"Saldos y retazos" (1993) 1 ASCO, LE DIO. Le dio asco. Un olor pegajoso y picante, como a sexo y humedad concentrados.

Muebles ordinarios, un montón de chirimbolos de mal gusto aquí y allá, sobre las repisas o colgados de las paredes pintadas de rojo violento o verde ofensivo. Jackson dedujo que era un ambiente estrafalario, poco estimulante para realizar orgías. Imaginó el living y los dormitorios a media luz, música lenta y desatada después, al final, cuando el whisky y la pasta habían hecho su efecto devorando neuronas, y todo empezaba a volverse blando, a diluirse en algodones multicolores, en gritos mudos, y uno quiere seguir, seguir hasta el fin del mundo, hasta que le explote la conciencia, el sexo infatigable, las llamaradas de pasión concentradas en la punta de la lengua o en la yema de los dedos, y las manos que recorren muslos y cavidades, que escarban frenéticas y se mojan con líquidos turbios, aceitosos, y se enriedan y tropiezan, siempre temblorosas. Buscó con la mirada en el dormitorio el lugar donde habían hallado el frasco con orina y dos tipos de esperma, uno de ellos no humano. ¿Habría estado sobre esa repisa, al lado de los enanitos de cerámica con la Blancanieves decapitada? ¿O acaso sobre el tocador, entre los frascos de colonia Polyana y de crema enjuague? Un conjunto de campera y pantalón Calvin Klein estaba desplegado a los pies de la cama y, encima de él dos libros: "El Principito", de Saint Exupery, y "Juan Salvador Gaviota", de Bach. No habían tocado nada después de descubrir los cadáveres de las dos mujeres, le comentó el comisario Mendieta a Jackson antes de ingresar a la vivienda donde madre e hija fueron asesinadas una semana atrás. "Las cosas están tal cual", aseguró el policía. 'También -pensó jacksonlos olores y las moscas, obesas y verdes'. Es que en Yerba Buena no hay cloacas, sólo pozos ciegos. No quiso recordar cuando, dos años atrás, tuvo que hacer una encuesta en el lugar: la gente huía de sus casas porque habían reventado, una noche babilónica, casi simultáneamente, miles de pozos ciegos; los excrementos se metían por todas partes, detritus infecto y pútrido que entraba a las casas y tumbaba los muebles, helado magma venenoso. Varias personas, la mayoría viejos y niños, murieron ahogados en esa avalancha fecal tras haber resbalado en el líquido pestilente. Ahora, en cambio, las lluvias habían provocado inundaciones por el desborde del arroyo Muerto. Y el sol castigaba sin misericordia, con violencia jupiterina. A Jackson le fatigó también tanta luz golpeando la tierra, tanto fulgor agobiante sobre las calles sin asfalto, tanto solazo ardiente haciendo brillar la pobreza en un reverbero irredento. 'La miseria puede encandilar', reflexionó, para advertir que hay gente a la que le gusta vivir en Yerba Buena. 'Claro que no precisamente en esta zona hedionda -se dijo-, sino a unos tres kilómetros más allá, en la zona de Marcos Paz, un lugar que al fin de cuentas también participa del subdesarrollo general aunque se vean muchas residencias pomposas'. En efecto, tanto les gusta, que intentaron conformar un ghetto sólo para especímenes privilegiados, pero no pudieron evitar que algunos comerciantes árabes de la calle Junín o empleados de multinacionales

se infiltraran armando un sabroso cóctel. Sólo quedan por introducirse los coreanos, esa nueva especie de trashumantes mundiales que ha copado ("Modas Cho", "Textil Yen") los centros comerciales de Nueva York o Buenos Aires o cualquier otro rincón del mundo y les disputan encarnizadamente el poder a las mafias vernáculas. ¿Un redivivo "peligro amarillo" de las Vísperas Sicilianas? ¿El mundo occidental y cristiano se va a doblar y romper? 'Al fin -pensaba-, todos los habitantes del ghetto tienden a confundirse en la manera de hablar, los hijos compran la misma ropa, asisten a los mismos colegios, practican los mismos deportes, adquieren juguetes electrónicos de la misma marca, y zapatillas 'Adidas' y pantalones 'Wrangler'... Dicen que defienden un estilo de vida pero viven como los chanchos: no tienen pavimento ni cloacas; cuando llueve las calles son ríos de barro; la luz y el agua se cortan a cada rato; a veces, en verano -con 40 grados a la sombra-, deben soportar una semana sin agua ni heladera'. Carmen y su madre, las dos mujeres asesinadas, vivían peor todavía, en la periferia brumosa del ghetto selecto, próxima a las villas-miseria que había hecho florecer, de la noche a la mañana, el proletariado rural expulsado del campo por las hambrunas apocalípticas. Carmen era profesora de "danzas españolas, clásicas y contemporáneas" y cosmetóloga; además, enseñaba gimnasia-jazz a amas de casa entradas en años en el Jockey Club y otras instituciones con patente de exclusivas. Para decir que hacía algo decente, nada más, pues -como luego se enteraría Jackson- comentaban que era en realidad una prostituta tapada, de lujo, que se cotizaba en hoteles del centro como "experta en relaciones públicas". 'Una chirusita linda y arreglada, a juzgar por las fotos en todos los tamaños y poses que cubren las paredes del dormitorio -observó. 'Tenía buena ropa y costosa (¿se la pagaría con las clases de gimnasia?)'. Mendieta le contó también que habían encontrado un sobre con fotos de Carmen cuando tendría 14 o 15 años, ensayando gestos sexuales con el cuerpo de niña desnuda, pero "ssshhh" y el comisario cerró su boca con una llave imaginaria. Aunque aparentaba escucharlo con atención, a Jackson nada del asunto le interesaba en realidad. Más aún, fue a la casa de las mujeres asesinadas acompañando a Mendieta porque éste había insistido: "Venga, a usted que es encuestador le va a interesar". Todavía no sabía por qué se había metido en esto. Mendieta, era evidente, creía que los encuestadores, como los periodistas, podían decir la verdad en Tucumán o cualquier otro rincón de este mundo. Pertenecía a esa especie de seres humanos para quienes la información escrita en los diarios era palabra santa; estaba persuadido de que existía la noble misión de encuestar en esta sociedad de masas, a fin de que el anónimo ciudadano participara con su opinión en los asuntos públicos y ayudara al gobierno a corregir lo que marchara mal. ¿Cómo podía explicarle Jackson que las encuestas eran otro brazo de la industria de la mentira y que sirven más a la manipulación y la asfixia que al noble propósito de que los ciudadanos tuvieran una tribuna para expresarse? No intentó hacerlo. Desde que le ayudó a conseguir trabajo a un hermano del comisario, éste no dejaba de pasarle todo tipo de información sobre el ambiente del hampa. 'Un buen policía -pensaba

Mendieta-, un policía honesto como pocos. ¿Y qué es este asunto? Probablemente uno de los tantos crímenes que aquí se cometen y que, como casi siempre sucede, quedará sin resolver'. Tucumán entero estaba convulsionado. Rumores sórdidos excitaban el morbo de la gente. Increíbles historias de orgías sexuales y perversiones dignas de Sodoma y Gomorra teñían la imaginación de los vecinos. No había quien no aportara algún detalle, con la autoridad de quien posee información de primera mano, a la maraña de chismes. Decían que la madre de Carmen sabía de sus actividades y la apañaba. No sólo que la apañaba, sino que participaba de algunas fiestas porque le gustaban los adolescentes, de modo que la hija le abastecía de tanto en tanto como para que la vieja se sintiera resucitar. El padre vivía, era enfermero. A veces debía cubrir turnos en hospitales de Monteros o de Aguilares, en el sur de la provincia, y permanecía fuera de la casa todo el fin de semana. Entonces las mujeres aprovechaban. Pero eran discretas. Los vecinos más sospechaban que sabían, lo que no impedía que cada cual tuviera una novedad de la que se pudiera cortar tela durante una semana, por lo menos. Eso sí, siempre había autos caros a la puerta de la casa. Cierta madrugada una pareja de invitados armó una trifulca en el jardín del frente, pero en general cuidaban las apariencias. Sólo música. Eran tantas las facetas oscuras en esos crímenes que, a pesar de que a Jackson no le interesaba la cuestión, no podía dejar de formularse algunas preguntas. Por ejemplo, ¿los análisis demostraron fehacientemente que uno de los dos tipos de esperma que contenía la orina de Carmen no era humano? Y, en caso de ser así, ¿se estaría ante la evidencia de prácticas sexuales (con el obligado tráfico de animales amaestrados) no comunes o insospechados en Tucumán? '¡Qué terrible para la gente decente!', se decía con cinismo. ¡Qué horror! Si lo supiera la vieja fruncida que teje primorosamente sus crónicas sociales en "La Gaceta" y hace casar a veces, para escándalo de su clientela, a dos mujeres (acaso como un acto fallido, porque sabe que una de ellas es lesbiana)'. Por otra parte, ¿era perfecta la coartada del padre, que decía que había permanecido toda la noche del crimen en un hospital de Aguilares? ¿Nadie lo había visto fuera del hospital? ¿tendría alguna relación con estos asesinatos el crimen de la profesora de francés cuyo cadáver, "con evidentes signos de haber sido ultrajado", apareció al día siguiente del descubrimiento de los cuerpos de madre e hija entre unos matorrales, en la Rinconada, junto al camino polvoriento que lleva al cementerio Parque de la Paz? Nada, en efecto, había sido revuelto en la casa de Carmen cuando las mataron. Parecía además como si a los asesinos (la policía insistía en que ran más de uno) les hubieran franqueado la entrada a la vivienda. Las malas lenguas del vecindario argumentaban que el padre les había mandado matar, hastiado de tanta corrupción. Decían también que había políticos, legisladores, e intendentes de todos los pelajes que participaban de las fiestas y que estaban interesados en que la investigación entrara a vía muerta. Los chismosos hablaban incluso de un candidato a gobernador por el radicalismo, coronado por una

esplendente calvicie temprana, que estuvo muy enredado en estos ágapes nocturnos, evidentemente para desacreditarlo. Lo cierto es que después del barullo que armó la prensa nada se descubrió y sólo quedó en claro el aparente desconcierto de la policía. 'En este país -reflexionaba Jackson- raras veces se descubre a los criminales o a los responsables de los grandes escándalos financieros. Y los que son aprehendidos purgan por pocos años sus condenas. Salen por buena conducta y caminan por las calles como señores. Nadie se acuerda. Y si alguien recuerda, a la mayoría no le importa. Al contrario, celebran con respeto la habilidad del ladrón de guante blanco porque ha sabido robar. Qué le vamos a hacer, nuestras leyes son así. El único que paga es el ladrón de gallinas, porque carece de padrinos y del sacrosanto dinero que todo lo puede. Martínez de Hoz y su recua no eran ladrones de gallinas, por supuesto: abogados de la banca internacional y miembros de la Trilateral Comission, entre otros entretenimientos. Eso no es moco 'e pavo, ¿no?'. Recordó en este punto al "Loco" Andrés, alojado por triple homicidio (la esposa, la suegra y la perra), que maldecía al ministro de Economía de la dictadura porque sus planes le habían hecho perder la casa y el auto. Jackson conoció al homicida cuando él mismo estuvo confinado por quince días en la sección de trabajos forzados de "La Maceta" (la empresa encuestadora que lo empleaba), allí donde enviaban castigados a los empleados que osaban pensar. En "La Maceta" estaba prohibido pensar o proponer algún sistema para mejorar y hacer más eficientes las tareas. El encuestador debía limitarse a ser eficiente y decir 'sí, señor'. De todo corazón, jackson no quería inmiscuirse en estos crímenes. Un sexto sentido le advertía que no se entrometiera y que cuanto menos supiera, mejor para él. Los años que llevaba trabajando en la empresa le habían enseñado que una de las condiciones para sobrevivir era limitarse a su trabajo y no buscar perfeccionarse profesionalmente o, tan sólo, estar informado. Pero un día, más o menos a los dos meses de los asesinatos, una mujer lo llamó a la oficina para decirle que conocía 'cosas' que la prensa no había revelado y que necesitaba conversar con él. Jackson, con un incómodo presentimiento, quiso saber quién le había dado su nombre porque él no hacía encuestas policiales ni quería hacerlas para no complicarse la vida. Ella respondió con evasivas. Tras el diálogo, quedó intrigado. A los pocos días, una mañana fresca de abril, fue a verla en el "Fitito" al barrio Horco Molle, donde vivía, al pie del cerro San Javier. Nadie caminaba por las calles de tierra. Parecía un pueblo abandonado, pero él sabía por experiencia que detrás de cada ventana cerrada habría alguien husmeando ('El que no salta es un maricón, el que no salta es un milicón', tarareaba de repente, sin saber por qué, las frases con que se excitaban los muchachos de la Facultad de Filosofía y Letras, al tiempo que recordaba que Pablo le había comentado que su compañera estaba a punto de enrolarse en la cofradía pomposamente denominada 'Club de Mujeres Hartas de Portarse Bien y Cumplir con Todo', comandada por la esposa de un coronel retirado que disparó algunas balas contra los guerrilleros cuando el Operativo Independencia, allá por 1975. Y se acoradaba

también, en contraposición, de las consignas de su época de Universidad: "Seamos realistas: pidamos lo imposible" o "No toméis el ascensor, tomad el poder"). La mujer del teléfono habitaba una casa del barrio idéntica a las demás, pero más pobre: un mezquino jardín al frente -que era más yuyal que jardín-, una puerta de lata descascarada y sucia. Tuvo que llamar varias veces y esperar largos minutos porque ella estaba durmiendo. Lo recibió enfundada en un camisón cortito, totalmente despeinada, y con restos de maquillaje en la cara. Era una rubia flaca y alta, de unos 30 años, de andar cimbreante y ojos celeste cielo. Rápidamente la ubicó: 'No, no es representante de ese sector integrado por las adolescentes que se ven arracimadas a las puertas de las escuelas de oficios, temblando de frío en invierno bajo camperitas de plástico transparente, las crenchas sucias recogidas con hebillas ordinarias, o sino, ya mayores, haciendo cola en las tiendas cuando aparece por milagro algún aviso de empleo, vestidas con ropa barata, pintarrajeadas como para un combate, y bañadas en un perfume empalagante, tal vez 'Passionnel' , de 'Avon', que no alcanza a disimular la dura pobreza, las manos ásperas de tanto enredarse en mil tareas, las noches polvorientas en alguna de las 200 villas miseria que ciñen la ciudad. No, no. Es de las que habitan ese costado indefinible entre las villas miseria y los sectores pobres de las villas Alem, 9 de Julio, o Muñecas, o el barrio Esteban Echeverría. Sí, es de las que provienen de la parte trasera del Cementerio del Norte o de los confines de la Ciudadela o de los pasajes estrechos y retorcidos que brotan a ambos lados de la calle Jujuy al 3000. A éstas se las ve mejores. Tratan de vestirse a la moda, compran vaqueros baratos en 'Monsy' o 'Tip Top', pero no intentan hablar con afectación como las chicas bien. Las que las imitan a la perfección son aquéllas que viven en las zonas mejores de esas villas, tienen mayor poder adquisitivo, van a buenos colegios, y pueden acceder a compañías, restorantes, hábitos, tics y jergas de las clases pudientes. Esta es una rubia natural, verdadera, no teñida o desteñida', observó para sí luego de una breve y embarazosa presentación en la que ella, todavía embotada por el sueño, no recordaba con claridad su llamada telefónica. Mientras aceptaba el ofrecimiento de un pocillo de café, Jackson notó que había algo raro en ella; descubrió que esa sensación se la producía su costumbre de no mirar casi nunca a los ojos del interlocutor cuando hablaba: permanecía con la cabeza gacha, como si estuviera orando. Pero cuando levantaba los ojos desnudaba una mirada muy dulce y extraña. Además, tenía los ojos inmensos y los párpados superiores muy caídos, como los de ciertos marineros que se ven en las películas oteando el mar a la distancia. Esa primera vez casi no hablaron de lo ue lo había llevado hasta allí. Mejor dicho, inexplicablemente, se dijeron pocas palabras, pero las suficientes. Es que se produjo de repente una rara corriente de armonía, como si ambos sintonizaran, por un impulso vital, la misma frecuencia de ondas para funcionar. Cada cual intuía que ese encuentro, inesperado y sin planeamiento, iba a enraizar en sus vidas.

Sentían sin darse cuenta, con la peil, la sangre, y el olfato, la presencia del alma del otro como una palabra cargada de emociones densas y oscuras promesas que estuvierna a punto de pronunciarse, pero no se dijeron... El diálogo preñado de monosílabos se fue llenando poco a poco de silencios expectantes. En algún momento ella lo rozó con los dedos al alcanzarle la azucarera y ofreció disculpas. Jackson se detuvo unos segundos a observarla y sus ojos chocaron con una mirada desnuda, terriblemente desnuda. Con un gesto instintivo le tomó la mano: ella no hizo nada por retirarla y él se la retuvo unos instantes, descubriendo que por primera vez en michísimo tiempo se sentía bien. Sin caer en cuenta de lo que hacía, como si se tratara de un rito cuyos orígenes se perdían en la infancia de los siglos, se encontró acariciándole el brazo, todo a lo largo, muy suavemente, con la yema de los dedos meditando en cada poro de la piel. Ella se estremecía, ensimismada, disfrutando del contacto. En verdad, Jackson en ese momento no tenía ganas de copular con ella ni con ninguna otra. Las mujeres lo enloquecían, pero no había ido allí a copular. Tampoco sabía por qué había ido. Muchas veces hacía cosas sin pensar, obedeciendo un impulso secreto. Acaso sólo fue porque quería conocer algún chisme sobre los asesinatos. La culpa la tendría Mendieta, que despertó su escasa curiosidad. Le levantó la cabeza por el mentón y la obligó a mirarlo con esos ojazos caídos. De repente pensó en irse, en abandonar rápidamente la casa. No podía ser, esa relación no tenía sentido. Se incorporó sin dejar de besarle las manos, los brazos, y le besó con ternura la frente y la cabeza. Tenía olor a pelo limpio, a champú. Sentía su respiración entrecortada, profunda, mientras ella entrecerraba los ojos. De pronto, apartándose de él, dijo: "Conozco a alguien que sabe quién mató a esas mujeres... y quienes iban a sus fiestas", y volvió a sentarse para terminar el café. A Jackson no le interesaba el tema, no quería hablar de él, menos ahora, que sólo estaba excitado y prefería olvidarse de los crímenes, golpes de Estado, pobreza e inflación, el pan nuestro de cada día. Graciela fue a preparar otra taza de café. Él se deleitaba contemplando sus nalgas erguidas, del tipo tulipánido, de carne tensa, 'una pera Williams que se insinúa apenas debajo del camisón, una pera de piel dulce y perfumada, colita de pétalos jugosos llenos de pelusa y revelaciones'. Le entarron deseos de besarla entera, de recorrerle cada rincón del cuerpo con los labios, de demorarse en los pimpollos mojados del sexo. Se el acercó por detrás sin hacer ruido, la tomó de la cintura, y empezó a besarle el cuello y los hombros. La piel sin perfume, todavía con restros de vibraciones nocturnas y mágicos asedios oníricos, lo volvía loco. Aspiraba las hilachas de los sueños que aún no se habían evaporado. En algún momento fueron al dormitorio y cayeron sobre la cama. Graciela le contó que a su hermana menos -tenía 14 años- le gustaba escribir poemas y que una vez se escapó todo un dñia de la casa y nadie podía encontrarla hasta que apareció de noche con la cara de 'no sé por qué se preocupan tanto, no me he muerto', y el padre la castigó con dureza. Tenía además otros dos hermanos, de 20 y 22 años, que no colabroraban en los quehaceres domésticos, dormían hasta tarde y salían de noche. Ella era la única

formal porque trabajaba, las otras vivían del padre y de los hombres que pescaban , a pesar de que una de ellas se defendía diciendo que era 'promotora de ventas'. Graciela hablaba, hablaba, y él, tendido a su lado, sintió que la subía y la penetraba muy suavemente y ella abría los ojos como si estuviera viendo algo maravilloso y los dejaba luego entreabiertos hasta que la azotaban relámpagos de estremecimientos (se estaría bañando en esa luz intensísima que estalla en millones de globos multicolores, antes de ir apagándose lentamente en una oscuridad dulce). Sintió que ella le apretaba la cintura con las piernas, muy fuerte, al tiempo que explotaba como un glaciar que se derrumbaba; hacía rechinar los dientes, pero no gritó, sólo lloró después, en silencio y con los ojos cerrados, y quedó exánime, los brazos en cruz, como si hubiera corrido una maratón, y él también estallaba a continuación, se iba haciendo chiquito dentro de ella, y ella sonreía y murmuraba que ése era el momento que más le gustaba, le gustaba un montón, era la Vida, Todo, la Música... Sólo que estas sensaciones las vivía Jackson con su imaginación, porque lo cierto es que Graciela se había cansado de ensayar, sin resultados, la batería de recursos que conocía para hacer que el miembro reaccionara, y ahora estaba acostada dándole la espalda. Él, todavía boca arriba, le pasaba mecánicamente la mano por los muslos mientras observaba su pelo despararmado sobre los hombros. "Parecés un anciano -dijo sin volverse. -No reaccionás para nada... (Molesta) Ahora me duele la cabeza, ¿ves? Me excitaste para nada". Jakson sufrió en el estómago el peso de su fastidio y sólo atinó a decir: "Disculpame, pero estoy bloqueado. No sé por qué, no me sucede a menudo". Graciela permaneció duros minutos en silencio y luego, como si nada hubiera ocurrido, comenzó a contarle, mientras le acariciaba el pecho, sobre los arreglos que planeaba hacerle a la casa, aunque con lo que ganaba en el Estudio no le alcanzaba, vos sabés, pagan una miseria, la semana que viene voy a entrar a la Municipalidad, seré la secretaria del intendente por la tarde, estoy cansada del Estudio, harta, encima los clientes creen que las empleadas somos putas, que nos acostamos con el primer tipo que aparece, una no puede ser amable, los tucumanos son así, en cambio los rosarinos o los porteños son más educados, la gente del sur es mejor; los hombres en todas partes del mundo son iguales -sentenció él-, qué querés que te digan si te ponés pantalones ajustados que revientan con sólo mirarlos y esos tops chiquitos que dejan el ombligo al aire y te pintarrajeás a las 9 de la mañana como si fueras al cabaret y después te ofendés como una casta doncella medieval cuando te gritan obcenidades; yo no me visto así ni me hago la ofendida como algunos chantas -refutó Graciela-, me pongo pantalones ajustados porque se usan, ¿no? (desafiándolo con un mohín travieso), y no me pintarrajeo, ésas son suposiciones tuyas... Y a jackson lo acometió, no sabía por qué, un hartazgo infinito, algo así como un asco leve e inexplicable que a veces le sobrevenía luego del coito, pero sólo con ciertas mujeres, no con todas, y dejó de acariciarla (estaba deslizando insensiblemente la yema de los dedos sobre ese territorio tierno limitado por el cuello y el nacimiento de los pechos). No

tenía nada que ver con su asco la frustrada relación sexual; era una sensación curiosa que se le localizaba en las entrañas y le sucedía raras veces; y le entraron ganas de escapar, saltó de la cama, le dijo se me hace tarde, ella tomate otro café, y él sí, bueno, lo mismo daba ya, y entonces Graciela le explicó: "Mirá, la verdad es que yo no conozco el asunto directamente, sino porque me lo contaron. Lo único que puedo asegurarte, porque lo vi antes de que se tape, es que al cadáver de la profesora de francés le faltaba una oreja, cosa que no apareció en los diarios, a pesar de que armaron un bochinche tremendo con eso de la violación y los golpes". Él no dijo nada. Sólo la escuchaba. "Te voy a dar con una chica que conoce bastante de lo que pasó, vive cerca, en Marcos Paz, pero jurame que no vas a decir nada a nadie, ¿si?". Jackson asintió con la cabeza mientras sorbía el café, horrible, casi sin gusto, un jugo de paraguas -pensó-, y le dijo está riquísimo, y ella sonrió como si supiera que le estaba mintiendo porque la infusión era una porquería. Graciela le dio la dirección de la muchacha y, ya antes de marcharse,apoyándose sobre el marco de la puerta, él la abrazó con fuerza como para transmitirle algo de afecto o pasión, pero en realidad sentía lo mismo que si estuviera abrazando a una almohada. '¿Qué necesidad tengo de mentirle?' -se cuestionó. -¿Se puede fraguar impunemente un sentimiento? ¿Hasta qué punto nuestras caricias son auténticas?'. Al parecer, ella no se dio cuenta, pues se estremeció y sin mirarlo le pidió que volviera. Había algo extraño en esa muchacha que tomaba la vida tal cual se le presentara, sin exigir ni esperar nada. '¿Qué clase de tipa es? ¿Puede una mujer que no sea una prostituta encamarse de pronto con alguien a quien apenas conoce como si fuera un animal que cumple sólo un rito fisiológico? ¿Qué buscará?'. Su cabeza bullía. '¿Y qué hay del espíritu, del alma? ¿En su corazón no queda nada? Pero, ¿las mujeres tienen corazón, o el corazón es otro invento de ellas, así como el amor?' El ángel cínico volvía a hacer de las suyas, '¡salí, ahora no!'. -¿Las mujeres tienen corazón?-, dijo de improviso provocándola. Ella lo miró fijamente, como si no lo viera; los párpados más caídos que nunca, parecía una cachorra de boxer atacada de tristeza. Jackson se arrepintió de su exabrupto, no había querido herirla, no se lo merecía. "Sí, imbécil"-se respondió en voz alta mientras ella hacía silencio. -Sí tienen corazón. Las mujeres son el animalito más parecido al hombre que hizo Dios -como dice el psicólogo Clod Massutt, quien sostiene que La mujer no existe, en cambio El hombre sí-, por lo tanto, también tienen corazón (¿Por qué la hería si estaba convencido de que las mujeres en general son más éticas y sensibles que los hombres? Ninguna de ellas, ni por todo el oro del mundo, crearía una guerra donde pudierna morir sus hijos o los hijos de otra). Habría que preguntarse, imbécil, si los seres humanos tienen corazón". -Es mi libertad-, empezó a decir Graciela sentándose, luego de una mirada intensa y fría, como si hubiera adivinado sus pensamientos, sus ganas de molestarla. -Elijo con quien quiero estar. A vos, en el fondo, te molesta mi libertad sexual y que no responda a los esquemas preconcebidos que tenés de la mujer. los hombres me interesan para ir

a buenos lugares, para hablar de política o de lo que ocurre en el mundo, y también, por qué no, para meter una mano de vez en cuando. ¿Para qué voy a vivir con un hombre si así estoy bien? No sabés cuánto disfruto cuando estoy sola. La convivencia mata el amor. Ese no poder hacer lo que querés porque al otro le molesta o no le gusta, te das cuenta... Pero no es fácil, no es fácil... Te cuento. No es como imaginamos... En enero cayó un francés por la Municipalidad, uno de esos días en que hacía antesala para verlo al intendente. era un flaco alto y hermoso de cara, rubio y de ojos celestes, tan celestes que parecían agua. No había nadie en la sala, la secretaria estaba en otra oficina. '¿Usted sabe dónde está la Diregción de Cultuga?', me dice. Entonces yo lo acompañé, le mostré el lugar, en el mismo edificio, y volvía a la sala de espera. A la media hora aparece de nuevo, hablaba bien el español, me dice: '¿Usted está tgabajando? ¿Puedo invitagla a tomag un café?' Y yo que no, tal vez, pero me moría de ganas por volteármelo, era hermoso. Fuimos a tomar un café en las galerías que están al frente. Me contó ue tenía 40 años y que era escritor, estaba haciendo un cuento sobre los problemas viales latinoamericanos... A mí me persiguen los escritores. Al día siguiente me envió flores al Estudio. La otra secretaria, celosísima. Me llamó varias veces. '¿Puedes salig esta noche?', me decía. Y yo: no, tengo un compromiso. Mentiras, porque en realidad tenía ganas de volteármelo, quería saber cómo hacen el amor los extranjeros. Acepté salir, por fin. Si vieras, estaba bien vestido. contraje, fuimos a cenar a 'Carlos V', las otras lo veían pasar y caían desmayadas, era hermoso. Comimos y yo le digo se me hace tarde, tengo que irme, mañana debo trabajar, y él: 'No, tú te quedas conmigo. Esta noche la pasamos juntos'. Y yo no, se me hace tarde, y él: toma, ten, y me dio 10 dólares en un vaso con agua y le dije vos te confundís, no me interesa el dinero, subamos a la habitación. Fue horrible, te juro, era como masturbarme, como si me metiera un palo adentro. Se le paraba bien, pero era frío, no me besaba, nada. Tuve una sensación espantosa y me desenchufé de golpe, lo aparte de mí con las dos manos y me puse a besarle todo el cuerpo, especialmente la cara, y se le murió el pito, y decía nunca nadie me hizo el amor así, y yo a cuántas les dirás lo mismo, no te creo, y lo veía conmovido, se estremecía entero. pero fue horrible para mí, fue como masturbarme. En esa semana me llamó varias veces por teléfono al Estudio, pero yo no quería saber nada. La otra secretaria, la Iris, al verlo un día me dijo: '¡Qué bombón!'. Sí, le digo, pero yo me lo volteé a él, yo me lo levanté y me lo volteé. Y la Iris: ¿no pagaste nada? ¿Estas loca?, le digo indiganda. Hay muchos tipos hermosos últimamente que andan de ciudad en ciudad y cotizan su bragueta, me dice la Iris... Bueno, ya ves que no es fácil. -No me molesta esa libertad. no me entendés. Las mujeres escogieron siempre al hombre con quien querían irse a la cama. Desde que el mundo es mundo, la mujer tuvo la sartén por el mango en el asunto. El hombre no elige nada; a lo sumo, pùede prestarse o no al juego. Lo que pretendía decirte es que creía -tal vez me equivoco- que tiene que haber un sentimiento previo, algún afecto, para que la mujer que no sea una puta se acueste con un hombre, ¿me entendés?... debe ser

otra de las tantas deformaciones culturales, no sé. ¡Hay tantas cosas que cada vez entiendo menos! -Creo... Quiero que sepas que no te voy a hacer la apología del feminismo, nada de eso. Sólo que en mi caso no quiero compromisos ni obligaciones. Tampoco se trata de que me importe tener que lavarle los calzoncillos a un tipo, como dicen algunas. -Sí, la mayoría de ésas actúan como en la fábula de las zorra y las uvas-, acotó Jackson sonriéndose. -No es mi caso. Yo no quiero compromisos ni ataduras ni construir nada en pareja, porque al momento menos pensado todo se rompe y te quedás sin el pan y sin la torta... El castigo más grande que tiene el hombre -reflexionó luego de una pausa- es su sentido de la esperanza, la expectativa del futuro, y también las cadenas que lo atan al pasado, a todo lo que lo hizo sufrir, a las privaciones, al odio, a la violencia. El hombre debiera amanecer cada día sin los fantasmas del futuro y del pasado, sería lo ideal. La vida debiera ser un presente perpetuo en el que tampoco existiera la memoria del pasado cruel, porque no sabemos utilizar la memoria. Entonces el odio no tendría razón de ser... Lo más duro de la existencia es la memoria, fijate, no poder olvidar tanto dolor, tanta humillación. Nuestros muertos no descansan en paz, no pueden, no los dejamos. Así no habrá paz nunca y seguiremos devorándonos... -Vayamos al grano-, la interrumpió. -Me parece que esos argumentos no alcanzan a justificar la ausencia de deseos de tener una pareja permanente. Acepto, como se enseña ahora, que no todas las mujeres nacieron para tener hijos, pero no entiendo cómo no te duele la falta del otro, de alguien con quien compartir las estrellas, los amaneceres, los efluvios del atardecer o las voces del viento, no sé, lo que vos quieras. Aunque no dure toda la vida, poder disfrutar de esa relación hasta la última gota mientras exista. Y una pareja no se hace en dos días, ¿me entendés?... (Con mordacidad) Lo que sucede, confesalo, es que todavía no pudiste apropiarte de un par de pantalones. La competencia es muy dura. Hay escasa oferta en el mercado de machos disponibles y no es tan fácil como parece. Tal vez tus armas no sean efectivas (¿Por qué la agredía?, se preguntaba). -No creás-, murmuró ella revelando en la voz que había sido alcanzada por el filo de Jackson. -Tuve algunas oportunidades en firme (entrecerró esos ojazos), pero fui yo la que no quiso comprometerse... te das cuenta de que si hubiese querido lo habría hecho, ¿no?. Él cortó súbitamente el diálogo y se marchó sin decir palabra. Tiene razón -pensaba. -Las relaciones entre los seres humanos, a la corta o a la larga, están condenadas al fracaso. tal vez no valga la pena buscar ese pedazo de alma que nos falta para sentirnos felices'... Ahora el sol del mediodía caía con todo su peso, pero no estaba muy caliente porque era abril. Un aire seco y transparente, y el cerro ahí nomás, como una gigantesca tortuga dormida. No iría a ver a la muchacha de Marcos Paz. A la tarde debía ir a "La Maceta" y llegar a horario. La situación en la empresa estaba muy tensa, había muchos problemas internos. Como decían sus compañeros, 'la pista estaba barrosa'. Resolvió dirigirse directamente al hotel y, mientras conducía, se

pasaba los dedos por la nariz, impregnados del olor de la piel de Graciela, de sus axilas perfumadas, de sus líquidos íntimos. Le parecían ahora aromas extraños, de una mujer a la que nunca había conocido, y le gustaron. Él era un animal olfativo; no podía saborera una comida si antes no la olía, práctica que realizaba con disimulo para no llamar la atención. Le gustaba recorrer con la nariz las orejas, las sienes, la nuca de una mujer: ahí se escondía un olor particular de la hembra que lo enloquecía. 'A través del olor -sostenía- se pueden descubrir paisajes futuros, pensamientos, emociones, colores, todo un mundo imprevisible'. Cierta vez supo que una muchacha no lo quería al olerla, pero ésa es otra historia. Confiaba más en el olor que en las palabras. No fue a almorzar, se acostó sin bañarse, y se durmió en el acto. === === 20 "CINCO VOLCANES están por estallar en Tucumán, y también todas las cloacas", dijo con seriedad Jackson al entrar en la oficina al día siguiente. "Estás loco, Jackson-, dijo el 'Turco' Jodal, que lo reemplazaba a Gálvez Toppa en la gerencia. -Dejate de joder. Ahí tenés sobre tu escritorio una lista de cartoneros para que entrevistés. No hiciste nada en estos días. Sabés que tenés que traer tres carillas por salida. Si no, ¡kaput!-, se pa´só la mano por el cuello. -Encima de todo, la empresa tuvo que mandar gente afuera para que te haga una lista. Es tu última oportunidad, Jackson. No sé qué va a pasar con vos en la próxima reunión de Directorio". Jackson revisó la lista y descubrió en ella el nombre del cartonero que vivía sobre las márgenes del Salí. Se acordó de su piano y de Jenny, y sonrió para sus adentros. En ese instante le avisaron que Graciela lo buscaba. '¡Graciela!', se dijo, mientras los recuerdos le inundaban la memoria y se preguntaba qué habría sido de ella en esos meses. Salió al recibidor y fueron a tomar un café a un bar de las cercanías. Se la veía muy deprimida. Le contó que estaba dilatando la fecha del trnsplante porque tenía terror, pero que ya, a pesar de que ella estaba en un punto óptimo para la operación, no podía esperar más debido a que su hermana necesitaba con urgencia los medicamentos. "Estoy como loca-, murmuraba apretando los labios y mirándolo con esos ojos caídos. -Tengo miedo de morirme, no sabés qué sensación rara". Jackson intentaba tranquilizarla: "Dejate de macanas -bromeaba- yerba mala nunca muere". Y ella insistía: "Te digo en serio. Es una intuición. Y a mi las intuciones no me fallan. Desde hace días que estoy mal. No sé por qué este desasosiego. Vivo luchando conmigo misma y cuestionándome, cuando debiera estar tranquila como mis hermanas, entonces me digo qué imbécil soy, qué es mi vida, y no tengo descanso y me pregunto por las noches, por las noches cuando uno está ante la llama de una vela, aunque la vela no exista, sola, y me cuestiono, y sé que los hijos no son todo, y aunque no encuentro respuestas no comprendo por qué me sigo preguntando... El reino de los cielos es de los que se resignan y yo no me resigno. Tal vez en esto haya una maligna piedad del cristianismo, porque los que se resignan, como sucede con mis hermanas, no viven este infierno de cuestionarse. Tal

vez ellas también se cuestionan e inventan esa resignación, pero en el fondo no es así, sino que inventan la resignación para hacerles creer a los demás y tapar un vacío que de alguna manera sienten... no sé. te cuento que Laura ha vuelto a encerrarse en su pieza y no sale desde hace varios días. Cree que tiene SIDA y no quiere hablar con nadie. Los padres, una tragedia, le hicieron un análisis y ahí descubrieron lo de la droga, una tragedia; cunado hablé con ella me dijo que tenía SIDA realmente, pero la madre me lo negó. Tal vez sean macanas de ella, que está medio chiflada, aunque en una de esas tiene SIDA, quién sabe". Jackson recordó con aprensión que había tenido relaciones con Laura, le vino a la cabeza esa mañana hermosa que había pasado con ella. En ese momento entró al bar un compañero de "La Maceta" para decirle, con grave preocupación, que Gustavito había tenido un accidente y lo internaron en el Hospital Padilla. Sintió como si le hubieran asestado una patada en la cabeza. la miró a Graciela sin atinar a decir nada, con miedo y desesperación. Se incorporó de un salto y ella le dijo 'voy con vos', y él 'no, voy solo, quiero ir solo, dejame', y salió del bar corriendo hacia el hospital. Cuando se dio cuenta de que estaba lejos llamó a un taxi que pasaba por el lugar. Al llegar preguntó por Gustavito. 'Está en terapia intensiva', le respondieron, 'por ahí'; su ex esposa lloraba y el padre la consolaba. Todo fue en un segundo: ingresó a la sala y lo vio acostado, el rostro amoratado e hinchado, con cánulas que le salían de la nariz, y suero y unos aparatos conectados y fue espantoso, quiso gritar, pero las lágrimas y un acceso de tos lo ahogaron, sintió náuseas, sólo pudo tocarle la cabeza, los pelos manchados, los pelos que flotaban al viento cuando corría. "Está en coma. El golpe mayor lo tuvo en la cabeza. Esperamos que se salve. hay que ser fuerte y rogar a Dios", le dijo un médico pequeño e insignificante mientras lo tomaba del brazo para darle ánimo. Jackson tuvo la sensación de que el médico era un cura harto de repetir todos los días la misma letanía sin convicción. Su ex esposa le contó entre sollozos cómo había sido el accidente. Se sentó e intentó imaginarlo a Gustavito corriendo detrás de otros chicos y metiéndose delante del auto que pasaba. "La calle no es para jugar", le había advertido él muchas veces, y Gustavito respondía sólo con una sonrisa traviesa como diciendo: "Está bien, papá, esta será la última vez que juegue en la calle". Una enfermera alta y obesa se le aproximó con unos formularios y una lista de algodones, gasas, agujas y otros elementos que debía comprar, porque "el hospital no tiene dinero y los pacientes deben colaborar; eso que las cosas en estos días, pero por estos días nomás, están más o menos bien. Si hubiera venido la semana pasada no habría encontrado a nadie por los paros. Hasta los médicos hacen paro. Los hospitales de la provincia se están cayendo, señor. No hay dinero para remedios ni para la comida de los internados ni para la limpieza. Es un desastre total". La enfermera gigantesca se explayaba en sus quejas mientras Jackson llenaba los papeles con pulso alterado. En eso estaba cuando oyó un alarido desgarrador de su ex esposa. Dejó todo y corrió hacia ella. "¡Ha muerto!-, repetía como loca. -¡Ha muerto, Dios mío, Dios mío...!"-, y cayó sobre una silla tapándose la

cara con las manos. Jackson entró a la sala de terapia intensiva y lo vio, ya sin los cables ni los aparatos conectados; parecía dormido. Sintió pánico; sintió que le habían arrancado el corazón de un manotazo; sintió la presencia inexplicable, extrañísima y violenta de la muerte. se acercó a Gustavito con aprensión y dudando de que pudiera estar muerto. Estaba tibio, pero no respiraba. le corrió el flequillo y mientras lo abrazaba le dio un largo beso en la frente. "Le falló el corazón. Se hizo todo lo posible. Lo siento mucho. Hay que llevarlo", musitó, al cabo de un respetuoso silencio y poniéndole una mano sobre la espalda, el mediquillo, que estaba a su lado. Dos enfermeras comenzaron a desplazar mecánicamente la camilla hacia otra sala. Jackson las siguió y se quedó mirándolo a Gustavito. La cabeza le quería estallar; miles de recuerdos y preguntas se le agolpaban caóticamente. ¿Por qué tuvo que ocurrirle a él? ¿Por qué tanta mala suerte? ¿Y si estuciera vivo todavía? ¿Estarían todos seguros de que había muerto?... La enfermera gorda le preguntó qué obra social tenía. "No sé, no sé", respondía como si estuviera drogado. permaneció en esa posición varios minutos, sólo sintiendo el absurdo de todo, la inutilidad de los afanes y preguntas que carcomen el alma. Llegaron dos hombres de la funeraria con un atúd que depositaron en el suelo, tras desplazar a Jackson, y dos enfermeras se apresuraron a ubicar el cadáver de Gustavito dentro de él. Una de ellas le preguntó si lo iban a vestir para el velatorio o le dejarían esa ropa nomás. Jackson no respondió, tal vez porque no las escuchó. Esa imagen del cuerpo que pasa en pocos minutos de la camilla al cajón no se le borraría jamás. tampoco el olor del hospital, esa asquerosa mezcla de alcohol, éter y comida grasienta, ni esos rostros contrídos por la pelea contra el dolor que había entrevisto en las salas. El velatorio iba a ser en una funeraria del Barrio Norte, pero él no fue. Se metió en el cuarto del hotel y no salió durante dos días. Al llegar a la pieza sólo pudo llorar, lloró a los gritos hasta que le dolieron los ojosy sintió que no tenía más lágrimas. Se esforzó por revivir cada gesto, cada travesura, cada sonrisa de Gustavito y trató de grabarlas en su memoria para no olvidarlas mientras viviera. Recordaba su voz cuando se ponía mimoso y pedía que le acariciara la espalda; su voz estaba llena de juguetes y picardías. Memorizaba cada instante cuando paseaban por el parque la última vez que se vieron. Gustavito estaba feliz en contacto con los árboles y el viento, libre, corriendo palomas o buscando caracoles entre las ramas. 'Voy a llevarle estas flores para mi mamá', le había dicho esa vez, mientras exhibía dos margaritas torcidas y mal cortadas. El primer día que salió a la calle fue doloroso. El ruido de los autos y las voces retumbaban en su cabeza como dentro de una caverna vacía. La gente caminando apresurada le parecían seres de otro mundo y su presencia lo agredía hasta los huesos. Cerca de la plaza Independencia se encontró con el doctor Caes de L'Amore. éste, tras expresarle su pésame, le dijo: "Jackson, escuche: estuve estos meses investigando lo que me comentó acerca de Esteco. Bueno, me entusiasmé, le confieso. Averigüé algunas cosillas. No sé si le interesarán, pero creo que lo ayudarán en algo. Ahora tengo la sensación de que Esteco puede

existir... Todo comenzó cuando llegó a mis manos casualmente un ejemplar de 'El País', de México (un semanario que se editaba en Chihuahua y desapareció en 1952). Allí se informaba, sin darle trascendencia, sobre tres expediciones costosas y frustradas que algunos millonarios del sur de California habían realizado, entre fines del siglo pasado y las dos primeras décadas del actual, para buscar una ciudad llamada Esteco, que estaría ubicada en 'una provincia remota de un lejano país del sur', según la expresión de los norteamericanos que el cronista registra textualmente. me pregunté qué estarían buscando los gringos por estas tierras. indagué en los diarios locales de la época y no había referencias, ni en los de Buenos Aires, 'La Nación' y 'La Prensa'. Pero había un párrafo que el cronista mexicano apuntó como al pasar. Habla allí de científicos alemanes exiliados en Esteco, junto con otras personas, nativas en su mayoría, que tenían grann capacidad de soñar e imaginar. Descubrí también un diario de viaje de un comerciante japonés, fechado en 1955, que refería la historia que un coya de Jujuy le había relatado en un bar de Humahuaca, una noche de Tantanakuy o del carnaval, no sabía precisar. Pero el japonés hacía la salvedad de que esa historia el coya la había escuchado de otro indígena en el velorio de un 'angelito', contada por un gringo que estuvo cerca, muy cerca, de Esteco, y que el gringo le describió en un papel dónde estaba esa ciudad y que el papel se extravió entre los asistentes al velorio, que también la escucharon. Buceando así llegué a enterarme de que las historias más coherentes sobre Esteco aparecían en la biografía de un pintor boliviano de Potosí, que murió en 1962, y en dos cuentos del escritor catamarqueño Domingo Rodrigo Quiroga, que desapareció bajo un alud de piedras gigantescas en la Cuesta de la Chilca, a mediados de los '60. En la década del '50 y principios de los '60 se organizó una media docena de expediciones integradas por millonarios, comerciantes y aventureros de California. texas y Florida, en busca de Esteco. Estas expediciones eran disfrazadas, para no despertar sospechas, con el rótulo de 'misiones comerciales y/o culturales'. Estoy seguro de que a los gringos, con su proverbial -y, según ellos, santificado por Dios- afán de lucro y privilegios desmedidos, sólo los movía la voracidad rapaz, la esperanza de hallar metales preciosos y extraerlos a bajo costo. Esos gringos tenían contacto con tucumanos, a través de la familia Barbarini Cortés, una de las más antiguas de la provincia, como usted sabe. Hay en estos tiempos un sobreviviente de la familia, casi extinguida repentinamente, que se hace llamar Caupolicán Smith, un individuo estrafalario, según me contaron. La última expedición vino encubierta entre el personal de la empresa Sargo, que construyó el dique El Cadillal, a impulso de Celestino Gelsi. Los gringos organizaron -como es su costumbre- una sutil campaña sustentada en la tergiversación y ocultamiento de los propósitos reales de esas 'misiones', por medio de la difusión estudiada de informaciones que inculcaban en los tucumanos de entonces la idea de que Esteco existía -pero sin llamarla por su nombre- y que había que ir a buscarla. Seleccionaban muy bien a los nativos, de acuerdo con su imaginación y capacidad de soñar. Encontraron muchos aquí, muchos que vivían armando todo tipo de sueños, pero no era la clase

de fantasías que ellos preferían. Para los gringos los tucumanos vivían fantaseando, pero tonterías desprendidas de la realidad práctica... Antes de que me olvide: Caupolicán Smith, según los chismes, tiene un vicio que heredó de un tío suyo, que fue gobernador de Tucumán a mediados del siglo pasado, y que se va transmitiendo de generación en generación: le gusta que le hagan fellatio niñas de 10 u 11 años; dicen que mantiene una troupe de niñas adiestradas para su servicio... Además de los datos del comerciante japonés y del escritor catamarqueño, existe un dictamen de un juez federal que también se entusiasmó con Esteco, Carlos de la Colina Urueño, que data de 1955, sobre un juicio en el ue estaba involucrado un alemán que había sido encontrado delirando en el Salar del Hombre Muerto. El alemán hablaba de una ciudad fabulosa en constante construcción, un paraíso aislado e incontaminado donde la gente moría de pura vejez, libre de enfermedades. Los que nacían en ella no tenían conciencia de cuándo nacían ni cuándo morían. Sólo vivían construyendo un sueño en el que eran felices; se sentían depositarios de una felicidad extraña que no habían logrado en ninguna ciudad del planeta y dominaban una ciencia in creíble, pero lo suficiente para ser felices. El alemán no llegó hasta ella. Sólo le fue dado presentirla detrás un aire espeso que impedía avanzar, según relató y consta en el dictamen, cuyo original se extravió, pero una síntesis apareció en un pequeño periódico que publicaba edictos y material judicial del Noroeste, y que pertenecía a los dueños del ex-diario 'El Sol', de Catamarca".

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