Lunes, 12 de Enero de 2009 A Dios tú le importas. ¡Vive el gozo y la alegría de esta Buena Noticia!

Hb 1,1-6 Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy. Sal 96,1-9 Sión lo oye y se alboroza, pues Tú eres Dios sobre la tierra. Mc 1,14-20 El Reino de Dios está cerca; convertíos y creed. Desde siempre, Dios se nos ha manifestado; los cielos y la tierra nos hablan de su grandeza, de su belleza, de su majestad. Siempre le ha importado el hombre, no nos ha abandonado a la oscuridad, a la necedad de vivir lejos de su Amor, se ha mostrado como Luz que ilumina el camino de todos los que están perdidos, para que podamos vivir el gozo de compartir día a día su amor que nos sostiene, nos cuida, nos ama... Gracias, Señor, por tu Palabra, que nos anuncia unos cielos y una nueva tierra; gracias porque no nos abandonas a la rutina de lo cotidiano, nos invitas una y otra vez a vivir el gozo de tu presencia, recordándonos que Tú eres nuestro Dios, nuestro Padre, y todos nosotros tus hijos. Ha pasado ya la Navidad, el tiempo en el que los cristianos nos dejamos llenar el corazón de la ternura de un Dios hecho niño, que se entrega para mostrarnos el camino de vuelta al hogar. Estamos en un tiempo donde puede que la rutina se instale en nuestros corazones y no nos deje vivir el gozo de la presencia de Dios en nuestras vidas. Por eso, Jesús nos invita a la conversión: Convertios, creed en la Buena nueva. Pero... ¿de qué tenemos que convertirnos? Nuestro corazón, está lleno de cosas, de criterios, que no nos dejan medrar en el amor, que aún nos permiten vivir en el juicio fácil, en la acepción de personas, en el rechazo a todo lo que no está de acuerdo con nuestras ideas. Jesús, hoy, nos llama a ti y a mí a seguirle. Pero nadie sigue a quién no oye, a quien no ha prendado su corazón. Jesús se hace palabra de Dios viva, para que le podamos oír, seguir, amar. ¿Escuchamos la palabra de Dios? ¿Es su Palabra la que nos ilumine la vida? ¿Ponemos empeño en entrar en el corazón de Dios, descubrir su dolor por todos los hijos que aún no están en el hogar? ¿Nos prestamos como hijos amados a llevar la Buena Noticia de su amor? ¿Somos conscientes de que si no somos imagen del amor de Dios, si no somos HIJOS preocupados por sus hermanos, el mundo, los que amamos, permanecerán en las tinieblas, en la muerte? CONVERTIOS, no endurezcáis vuestro corazón, escuchad cómo Dios sólo nos habla de su amor, que es justicia y derecho para todos.

Sábado, 17 de Enero de 2009 “Si tu sueño es que te amen, AMA y sigue a quien es el AMOR”
Hb 4,12-16 La Palabra, penetra y escruta los sentimientos del corazón.

Sal 18,8-15 ¡Sean gratas las palabras de mi boca! Mc 2,13-17 Toda la gente acudía a Él y les enseñaba. “Señor, tú nos sondeas y nos conoces”, conoces nuestros sueños, nuestros desvelos, lo que queremos ser y no logramos alcanzar, el ansia que tenemos de ser amados, de vivir felices, de que se nos mire con bondad, de poder contar y rendir los talentos que nos has dado en medio de quienes amamos. Hoy nos das prueba de tu amor, haciéndote uno de nosotros; vives como uno de nosotros y nos enseñas lo que es esencial para vivir. Conoces nuestra fragilidad y te compadeces. Vienes para hablarnos al corazón, para mostrarnos el camino del amor, para mostrarnos que quien tiene fe, quien cree en tu Palabra, sabe de dónde viene, dónde está y hacia dónde va. ¿Cómo agradecerte, Señor, tantos desvelos, tanta ternura como derramas sobra nuestras vidas? ¿Cómo agradecerte que te hagas hombre, Palabra viva de Dios, para mostrarnos el único camino que nos llena el corazón de gozo y alegría: EL AMOR? Tu palabra es nuestro consuelo en los momentos de dificultades, tu palabra es la sabiduría para poder vivir como cristianos, tu palabra es dulce como la miel, es veraz, gran ganancia para quienes la escuchan Hacia Yahveh gritaron en su apuro y Él los salvó; su palabra envió para sanarlos (Sal 107,20). Tu Palabra nos salva, y es tu Palabra la que nos invita a seguirte, a ser también nosotros en tus manos instrumentos de salvación para los que nos rodean. Auméntanos Señor la fe, para que oyéndote te creamos y creyéndote te sigamos. ¡Ayúdanos Señor!, a estar atentos, para que cuando pases por nuestra vida, como lo hiciste por la vida de Leví, sepamos reconocerte, dejarlo todo y, como nos dice Pablo: Fijos los ojos en el Señor, te sigamos, no por lo que otros nos dicen, sino porque te hemos experimentado vivo en nuestra vida. Somos pecadores pero, ¡qué bueno poder escucharte!: No he venido a llamar a justos, sino a pecadores... He venido a llamarte a ti, que estás escuchando mi Palabra, para que tu corazón arda de amor, para que tu rostro se ilumine con mi Luz, para que seas palabra viva de Dios, carta de Dios, que proclame como María las grandezas del Señor.

Viernes, 16 de Enero de 2009 “Si crees, si has experimentado el amor de Dios, corre y anúncialo” Hb 4,1-5.11 Hemos entrado en el descanso los que hemos creído.
Sal 77,3-8 Lo que hemos oído no lo callaremos a la futura generación.

Martes, 13 de Enero de 2009 “Quien escucha y guarda la Palabra, Dios está en él y él en Dios” Hb 2,5-12 Gustó la muerte para bien de todos.
Sal 8,2-9 Al ver tu cielo, ¿qué es el hombre para que de él te acuerdes?

Mc 2,1-12 Él les anunciaba la Palabra. La Palabra, hoy, nos invita a entrar en el descanso al lado de Dios. Pero este descanso sólo lo consiguen aquellos que tienen puestos sus ojos en el Señor y creen en su Palabra, porque, como dice Pablo: Sin fe es imposible agradar a Dios (Hb 11,6). En estos tiempos se necesitan más que nunca hombres y mujeres que crean en Dios, pero... ¿qué significa creer? ¿Cómo es nuestra fe? Realmente, ¿a quién y en quién creemos? Para creer a alguien necesitamos conocerle, tratarle, comprobar día a día que sus palabras están en consonancia con sus hechos. ¿Conocemos nosotros a Dios, nos esforzamos por acercarnos, por escucharle, por estar, como dice Sta. Teresa, muchos ratos a solas con Él? Sólo se ama lo que se conoce. A Dios le conocemos cuando oímos su Palabra, cuando somos capaces de mirar a todos los que nos rodean (amigos o enemigos), como si estuviéramos viendo al mismo Dios. Si alguno dice: Amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso (1Jn 4,20). El amor se concreta, cuando hacemos realidad en nuestra vida los mandamientos del amor: Ama a tu enemigo, no robes, no mates, no difames, respeta, honra, bendice, sal fiador por el débil, ayuda al más necesitado... y serás hijo de Dios, porque su Ley estará en tu corazón. Dios necesita nuestra fe en el hombre, en la sociedad, en la familia, para poder actuar. Jesús ve la fe de quienes llevan al paralítico y por su fe le perdona y le cura. ¿A cuántos podemos llevar a su presencia cada uno de nosotros? ¿Cuántos esperan que se les hable de un Dios cercano, que salva y cura? Somos nosotros, tú y yo, los que tenemos que correr la voz, hablar a la gente de este Dios que no ha venido a curar a sanos, sino a los enfermos... ¿Cuántos enfermos de amor conoces tú? Preséntalos al Señor para que Él les cure, les perdone, les devuelva a la vida. Pero, ¿cómo invocarán a Aquél en quien no han creído? ¿Cómo creerán en Aquél a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique?... Por tanto la fe viene de la predicación y la predicación por la palabra de Cristo. Pidámosle al Señor, que nos ayude a comprender la importancia de escucharle, de acercarnos y dejarnos amar por Él, porque en su Palabra está la vida.

Mc 1,21-28 Se puso a enseñar y quedaban asombrados de su doctrina. ¿Qué más puede hacer Dios para hacernos entender? Nos ha dado a su Hijo para que, viéndole vivir y morir, comprendamos el valor de la vida y sepamos mirar el futuro con esperanza y con fe. ¡Ojalá!, hoy comprendamos el valor de su entrega solidaria. Dios ha consagrado a Jesús a través del sufrimiento, para llevarnos a una comunión de vida con Dios. Que todos sean uno, como tú Padre en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros (Jn 17,21). ¿Por qué tanto desvelo, tanta entrega?... ¡Le importamos!, nuestra existencia le importa... Somos hechura de sus manos, para gozar con Él una vida llena de paz y de amor. Ha creado todas las cosas para que tú y yo las disfrutemos: El cielo, la tierra y todo cuanto en ella habita, todo lo ha creado para ti, para mí, para que viéndolo comprendamos que para Dios nuestras vidas son importantes, son amadas... Porque somos su delicia, su complacencia, imagen de su amor. Jesús es el Hijo amado, el Cordero que quita el pecado del mundo, que nos enseña el camino de vuelta a la casa del Padre, cómo saber vivir la plenitud de su amor. Su doctrina, enseñada con autoridad, con la fuerza de quien sabe que lo que dice y hace, es la voluntad de Dios y nos muestra que el único camino que tenemos los hombres para acercarnos a Dios es el camino del amor, porque, como nos recuerda Juan: Dios es amor, y quien escucha y guarda su Palabra, tiene el amor de Dios en plenitud. Eso es lo que Jesús anuncia con autoridad: El amor de Dios y Él mismo es ese Amor. Pero este camino de Amor, de Vida, de Plenitud, que Jesús nos anuncia, no es algo mágico, sino que todo se hace posible cuando aprendemos a aceptar la propia muerte para dar vida... Muerte a nuestro egoísmo, orgullo, vanidad, etc., para dar vida a la esperanza, a la fe, al amor. Fortaleciéndonos en el dolor nos hermanamos con los que sufren, como Jesús: El cual, siendo de condición divina, … haciéndose semejante a los hombres y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte de Cruz. Por lo cual Dios le exaltó (Flp 2,6-8).

Miércoles, 14 de Enero de 2009 “¡Señor, enséñanos a orar, para comprender tus planes para nosotros” Hb 2,14-18 Se asemejó a sus hermanos para ser misericordioso. Sal 104,1-9 ¡Buscad a Yahveh y su fuerza! Mc 1, 29-39 La suegra de Pedro estaba con fiebre y le hablan de ella. ¡Qué bueno!, poder descubrir en la Palabra que tenemos un Dios que, para sacarnos de la esclavitud, de la muerte y del “sin sentido” del dolor se asemeja en todo a nosotros, no nos deja abandonados. Él mismo recorre el sendero de la vida, para indicarnos el Camino de la VIDA. Su entrega, su bondad, su misericordia y su amor le preceden; por eso, quien le trata y le conoce pone a sus pies la vida de quienes ama, de quienes sufren, de quienes están abandonados, para que Él los cure. Hoy, nuestro mundo adolece de una fiebre profunda de amor. Los hombres buscamos saciar esta sed de amor en aguas hediondas que nos contaminan de egoísmo, de soberbia, de prepotencia; y ahí baja nuestro Dios para rescatarnos, para curarnos, para enseñarnos a vivir con paz, en armonía, con bondad. Hoy, el evangelio nos muestra que Jesús, para curar a la suegra de Pedro y a muchos más, necesita la fe y la colaboración de los que le rodean: “Le hablan de ella”, le trajeron a todos los enfermos”. “Jesús curó a muchos”... ¿Nos atrevemos a pedirle a Jesús que cure a los que vemos necesitados? Nos recuerda: Pedid y recibiréis, pues Dios se apiada del débil y socorre a quienes le buscan, es compasivo y misericordioso. La fuerza, el poder de Jesús para curar, se encuentra en la oración, en escuchar al Padre, en buscar en todo hacer su voluntad: ¡Buscad a Yahveh y su fuerza! Si nosotros nos decimos seguidores de Jesús, necesitamos momentos de oración, de intimidad con Él, para poder comprender lo que quiere para nuestras vidas, para descubrir el gozo de que Dios quiere hacerse necesitado de nuestra pobreza y debilidad. Se hizo necesitado de los Patriarca para conducir a su pueblo; de los profetas, para anunciar y proclamar su voluntad; del sí de una mujer frágil y sencilla, para encarnarse... Y necesita, también hoy, nuestro sí, nuestra compasión, para poder obrar, curar, sanar, a este mundo que sufre y espera la manifestación de los hijos de Dios. Señor, auméntanos fe, que nos abra los ojos al sufrimiento de los que nos rodean, para que, con sencillez, le podamos decir: Señor compadécete y cúrales.

Jueves, 15 de Enero de 2009 “Abre, Señor, nuestros oídos a tu Palabra, para salir de la ignorancia” Hb 3,7-14 Si oís hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón. Sal 94,6-11 Él es nuestro Dios, nosotros el pueblo de su pasto. Mc 1,40-45 Compadecido, extendió la mano, le tocó y quedó limpio. También hoy el corazón del hombre vive errado. En nuestro afán de felicidad, corremos detrás de espejismos que nos agotan la vida; somos capaces de fiarnos y hacer caso a cualquiera con tal de que sus palabras suenen agradables a nuestros oídos, y a ti Señor, roca nuestra, Salvador nuestro, te ignoramos, te volvemos el rostro. No seamos ya niños, llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina, a merced de la malicia humana y de la astucia que conduce al error (Ef 4,14) ¿Por qué Señor somos tan necios? ¿Por qué no se abre nuestro corazón a tu amor y quedamos seducidos, enamorados de ti? Compadécete de nosotros, porque vemos la paja en el ojo ajeno, pero somos incapaces de ver la viga en el nuestro. Caminamos en la mayor de las cegueras por desconocer tu voluntad. ¿Por qué no te preguntamos? ¿Por qué padecemos y no somos capaces de decirte como el leproso: Si quieres puedes limpiarme? ¿Acaso dudamos de tu fuerza, de tu poder? Señor, danos un corazón humilde como el del leproso, para reconocer nuestra enfermedad y suplicarte que nos ayudes y nos cures. Decimos creer a un Dios al que no escuchamos, decimos seguir a un Cristo que es Luz, Camino y Vida, y nuestros oídos y nuestro corazón están cerrados a su voz. Oír la voz del Señor supone dejarnos tocar el corazón por su Palabra, dejar que esta Palabra nos empape, nos fecunde y haga germinar en nosotros el amor. Dios es amor, y el mundo, el hombre, la familia, nuestra sociedad sólo se salvarán por y a través del amor. En el amor, está la fuerza de la vida, la valentía de la entrega, la generosidad de una disponibilidad y de un servicio gratuito. Si oyes hoy la voz del Señor, no calles, lleva su palabra, dala con gratuidad, con fe, con esperanza, sabiendo que el amor de quien es la Palabra todo lo hace nuevo, lo revitaliza y sana. ¡Ojalá!, la Palabra del Señor toque nuestros corazones, nos saque de la mediocridad, nos fortalezca de tal modo que podamos ser testigos fieles y creíbles de su voz. ¡Ojalá!, que no endurezcamos nuestro corazón. Estoy a la puerta y llamo, si alguno escucha mi voz, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo (Ap 3,20).

Domingo, 18 de Enero de 2009 “¿Quieres que la Palabra empape tu vida?... Escúchala y responde”. 1S 3,3b-10.19 ¡Habla Señor que tu siervo escucha! Sal 39,2-10 ¡Dichoso el hombre que en Dios pone su confianza!
1Cor 6,13b-15ª.17-20 Habéis sido bien comprados, ¡glorificad a Dios!

PAUTAS DE ORACIÓN

Jn 1,35-42 Al ver que le seguían, Jesús les dice: ¿Qué buscáis? ¿No has escuchado aún en tu corazón una voz que te habla de salir de la rutina que te ahoga, de buscar caminos nuevos que te llenen el corazón de paz? Es el Señor el que llama. Sí, te llama a ti y a mí porque necesita nuestras vidas; necesita nuestras manos para abrazar tanta soledad, nuestros pies para recorrer las distancias que nos separan, nuestros ojos y nuestro corazón para tener una mirada nueva, para amar con la misma pasión que Él nos ama. ¿Por qué, sabiendo que no somos capaces de hacer frente a las dificultades, a la enfermedad, al dolor, no nos ponemos a la escucha de la Palabra?... Es la Palabra la que nos da la vida, la que nos revitaliza, la que construye en nosotros todo aquello que sin saber añoramos, buscamos, deseamos. Dios tiene unos planes específicos para cada una de nuestras vidas, pero ¿cómo vamos a reconocer esos planes si no le escuchamos? Dice Samuel cuando oye la voz de Dios: Habla Señor, que tu siervo escucha, y Samuel crecía y Dios estaba con él. La Palabra nos abre el corazón para poder escuchar los proyectos de Dios. ¿Quieres escuchar la voz de Dios? ¿Quieres que la Palabra empape tu vida, la fecunde y la haga germinar, o prefieres seguir viviendo con el corazón vacío, corriendo detrás de una felicidad que no llena? Sólo descubrirás la plenitud en la medida que te sientas profundamente amado por Dios? Tú eliges... Pongo ante ti vida y felicidad, muerte o desgracia... escoge la vida para que vivas tú y tu descendencia, amando a Dios, escuchando su voz, viviendo unido a Él... pues en eso está tu vida (Dt 31,15) Dichoso el que pone su confianza en Dios. También hoy Jesús nos pregunta: ¿Qué buscas? ¿Vivir cómodo, sin problemas, sin sufrimiento? ¿Para qué, por qué buscas a Dios? Juan, miró a Jesús, y ¿qué vio? ve un Cordero, manso, humilde, presto a ser sacrificado para convertirse en alimento y en vida. Seguir a Jesús supone escuchar cómo nos dice: Si el grano de trigo no cae en tierra y muere no da fruto... Pero también: Mi yugo es suave y mi carga ligera.

SEÑOR,, ¿DÓNDE VIVES?

VENID Y LO VERÉIS

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