La Cerdos Carlos Gradin en revista Mancilla n°2 (mayo, 2012) Desde hace menos de veinte años existen los

buscadores en la web. Escritores y poetas, por primera vez en la historia, tienen a su disposición un renglón vacío al que llenar de palabras para recibir a cambio una lista infinita de textos. Como dice el escritor cyberpunk Bruce Sterling, la capacidad de procesamiento de las computadoras convirtió a la historia de la literatura “en una base de datos inmensa, gratis, portátil y googleable”. Sigilosamente, en los últimos años empezó a perderse cierto desamparo inherente a muchos libros. Hoy hay tanta información en la web que podemos tipear una frase entrevista al pasar mientras hojeábamos un polvoriento poemario en una mesa de saldo, y terminar leyendo la biografía de la prima pintora y suicida de aquél olvidadísimo poeta romántico de la Viena de fines del siglo XVIII. Pero esto es un desvío. O es, en realidad, una forma caprichosa de hablar de Enrique Symns. De subrayar uno de los rasgos más interesantes de sus escritos, que ahora pueden leerse en la antología que a fines de 2011 publicó la editorial El cuenco de plata: Cerdos & Peces. Lo mejor. Symns escribía las editoriales de su revista, publicada con grandes intermitencias entre 1983 y 2004, como si estuviera redactando declaraciones de guerra dirigidas no contra un ejército o un país, sino contra el Universo, con mayúscula, contra todo el conjunto de cosas, personas, leyendas y discursos que envuelven la vida y, en su visión conspirativa, intentan someter la libertad de los sujetos a lo que definió alguna vez como "la mecánica de la adaptación forzosa". Como rezaba el antiguo lema vanguardista: “Si lo que ves no es extraño, la visión es falsa”; y ese inconformismo, a veces desesperado, era el centro de la poética de Cerdos & Peces: una arenga interminable para no conceder ni un centímetro a la realidad y seguir intentando percibir el absurdo esencial de la trama de relaciones que la constituye. Esto, se hablara de sexo, drogas, menemismo o la guerra de Irak. “No hay otra manera de designar el acto de la lectura más que como una brujería. - Escribió Symns, una vez, en una nota no incluida en el libro. - ¿Cómo es posible que esa manada de pequeños y negros insectos salten dentro de mi cabeza y, con la velocidad del rayo, construyan rompecabezas sobre el mundo, diseñen teorías sobre el cosmos o sobre los átomos de un pan, me provoquen pasiones y desencantos?”. La perplejidad frente a los acontecimientos del mundo era el punto de partida de esa variante de periodismo gonzo que practicaba la Cerdos, con algo de la fantaciencia new-age de la revista Planeta disuelta en descreimiento punk. Como reza un viejo refrán, toda tecnología suficientemente avanzada se vuelve indistinguible de la magia. Y la Cerdos sostenía un programa emparentado, destinado a preservar el fondo indecidible, la cuota de maravilla por descubrir en cualquier fenómeno.

Porque la Cerdos & Peces creía en la magia, a pesar de todo y a riesgo de cursilería. La magia era mucho más importante para la revista que la lista de temas por las que adquirió fama de marginal. Más allá de sus informes y entrevistas profesaba la convicción de que ciertas palabras e imágenes tienen la capacidad de insuflar una energía especial en los lectores. Era el romanticismo de la contracultura. La certeza de que un poema, una canción o una novela poseen las propiedades curativas que un chamán hubiera asociado a la planta sagrada de su brebaje. No era entretenimiento, la Cerdos & Peces hablaba de los Redonditos de Ricota o las novelas de Burroughs con la seriedad de quien transmite un saber útil. Algo border y fanática, era heredera de esa trama de complicidades y descubrimientos compartidos que habían organizado desde los años ‘60 los relatos del under. Esa epifanía tantas veces repetida de quienes abrieron sus ojos a la vida en lugares tan grises y represores como aquélla Buenos Aires, agradecidos por el azaroso encuentro con un libro de poemas de Allen Ginsberg o un vinilo de los Rolling Stones que cambió para siempre su forma de ver el mundo. “Las drogas más poderosas que he consumido, las sustancias psicodélicas más transformadoras, fueron algunos libros que he leído” escribió Symns en el diario Crítica. Es una buena síntesis de la poética que subyacía a sus notas y editoriales. Y es difícil imaginar un elogio más desmedido de la lectura, surgido de alguien que dejó testimonio de su enorme pasión por el consumo de cocaína y alucinógenos. Para Symns, las novelas de Leopoldo Marechal en su adolescencia fueron faros que le permitieron “iluminar la vida legendaria que desde niño había añorado como si ya la hubiera experimentado”. Alguna vez describió la filosofía de Nietzsche como el tipo de lectura con la que ciertas personas pueden armarse una coraza con la que salir a hacer frente al mundo, nutridos por apenas un puñado de ideas y frases. Esto suena inocente y anacrónico. Desde hace años predomina en la crítica de arte y literatura el análisis distante, enfocado en las operaciones, reescrituras, diálogos de obras con el mercado o la tradición, formas, en definitiva, de inscribir a los artistas en ese lugar tan mitológico como pobre que llamamos Lo Contemporáneo. Comprar un libro o asistir a la inauguración de una muestra equivale, por momentos, a hacerle un favor al mundo, obligados como estamos a entender nuestra época, y a ser felices -o infelices, lo mismo da- contemporáneos de nosotros mismos. Por eso es más que interesante leer a Symns y su mirada de fan. De fan desquiciado, exigente y autoritario, que no va a pedirle a su artista nada que no sea una experiencia fulminante, conmovedora y capaz de partirte la cabeza. En su búsqueda, podía empezar una entrevista al crítico de rock Claudio Kleinman preguntándole “¿Qué es la música?” para terminar divagando con él sobre la idea de información. O preguntarle “¿Qué es el secreto?”, “¿Qué es la gracia? “¿Qué es el misterio?” a Mufercho, el presentador de los primeros Redonditos de Ricota. Escritas o no por Symns, las notas de la Cerdos adquirían dramatismo. Quizás su agenda de temas, repasada hoy, haya perdido novedad. Es imposible reivindicar el

filo contracultural de temas como el sexo gay, las radios piratas, las tribus urbanas o la apología de la droga; hace tiempo que todos ellos hallaron su nicho bajo la forma de ofertas de consumo en el mercado de la tolerancia cultural. Pero permanece su sensibilidad cargada de los anhelos y expectativas que supieron despertar frente a la mirada de los cronistas. ¿Por qué salir a conocer el mundo? ¿Para qué leer poesía, escuchar a una banda de rock? Las notas sugerían, con fervor romántico, que eran preguntas importantes y que en ellas se jugaba una parte decisiva de la vida de todas las personas. Los editoriales de Symns las enmarcaban en un tono crepuscular: “El corazón del universo late aquí donde, por suerte, todo está perdido. Aquí la guerra ha terminado y el guerrero vencido puede descansar. Aquí la sabiduría no existe y el sabio puede ignorar. Aquí el amor es una carta que las miradas jamás se escriben. Aquí podés abandonar tu libreto porque el teatro está vacío. Aquí podés hacer dormir tus planes porque el vacío ilumina lo único que hay: nada.” La Cerdos era anarquista en una época que había cristalizado el tabú más extendido de nuestro presente. Si desconfiaba del Poder del Estado y sus agentes también sospechaba de la voz autorizada de los artistas, esos “sacerdotes de la cultura”. Si alguna vez el arte de vanguardia pudo recibir el desprecio y hasta la violencia de las instituciones, hoy los artistas, como colectivo, parecen reducidos a ser una suerte de santos laicos dedicados a promover la creatividad, la diversidad, la tolerancia. La Cerdos todavía abundaba en algo tan extraño como insultos dedicados a ellos y sus seguidores (“lejos de despresagiar el mal futuro, de testimoniar este dolor, de acompañar la soledad, de denunciar el ultraje a la conciencia juegan “al arte” que siempre jugaron”). Pero tal vez por eso, porque colocaba tan alto las expectativas de lo que el arte podía darle al mundo, podían convivir en la revista el escepticismo y la pasión de los fanáticos. Porque pese a todo, aunque fuera modesta, la salvación era posible. En determinadas circunstancias, quizás difíciles pero nunca imposibles, las estrellas podían alinearse y entonces podría ocurrir un fenómeno tan misterioso como el de la conmoción -intelectual, emocional, psíquica, religiosa-. No siempre ocurría, pero la ocasión latía en cada libro o en cada obra de arte. En cada bar, esquina y demás escenarios de la vida. Y valía la pena intentarlo: “Henry Miller me hizo dar cuenta de que yo era lo que no sabía que podía ser” escribió Symns. Ese sesgo utópico distingue a la Cerdos. La exploración de lo contemporáneo es ya un lugar común. Internet acabó por convertirlo en un pasatiempo y escritores como Michel Houellebecq lo transformaron en una fuente inagotable de chicanas y sarcasmos. Hasta las series de televisión y los dibujos animados se volvieron expertos en ironizar sobre la vacuidad inherente a toda forma de arte. Ser moderno fue seguir al niño mimado de la Inrockuptibles a medida que desglosa su visión del mundo como supermercado. Y bostezar con él, seguros de la futilidad de todo intento por paliar el

hastío. La Cerdos, pesimista y enfurecida, mantenía la fe en una redención posible. En una dósis o en un libro que devolviera cierta cuota de sentido a la vida. Y ese es su rasgo más llamativo. Su capacidad para escribir sobre un mundo en el que ciertas palabras e imágenes son ansiadas como las fórmulas encantadas que un hechicero ejecuta para poner a salvo a los seres que ama. Mejor dicho: su capacidad para transmitir una certeza. La de que todavía es posible entusiasmarse por algo tan ínfimo e intrascendente, breve y misterioso, como una buena canción.