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2 Rosa miraba la foto del joven en el pendiente que tenía alrededor del cuello, escondido entre el pelo rojizo que su madre le había ayudado a peinar antes de salir de su casa, cuando seguía a su hermana por los corredores oscuros del edificio donde habían llegado hacia poco. “Sabes quién es?” ella le pregunto. Su hermana miro la imagen del pendiente, con la nariz aguileña y facciones perfectas, como las fotos de los hombres que tenían en su escuela, antes de que se hubieran acabado en su mundo. “Tienes que llegar antes de la media noche,” le dijo. “Te espero por las luces de Piccadilly.” “Ya he hecho esto,” Rosa dijo. “Las leyes de la naturaleza no dejan que pase,” su hermana dijo. “No fallan a veces?” Rosa le pregunto. “Te puedo mostrar las ecuaciones,” su hermana dijo. “De acuerdo a los espejos.” “Pero son espejos,” Rosa dijo. “Las leyes de la naturaleza son constantes,” su hermana le dijo. pesadilla.” Ella le explico cómo viajaban en el tiempo fractal, gracias a sus sentidos colapsando la realidad en muchos sitios como lo hacían las olas del mar. “He tenido un buen viaje a este mundo,” Rosa dijo. “Te lo imaginarias,” su hermana le dijo. Rosa miro la cara del joven en su pendiente. “Quién es?”Le pregunto. “Solo el señor lo sabe,” su hermana dijo. “Pero los hombres no existen,” Rosa dijo. “Habían hombres hace mucho tiempo.” Su hermana le conto sobre las ondas de la probabilidad, llevándolas a otros mundos fuera de las dimensiones de la realidad. “Pero no conocemos al señor,” Rosa dijo. “Sino viviríamos en una

3 “El planeo nuestro nacimiento.” Ellas habían sido concebidas en uno de los bancos del ADN existentes en el mundo, las computadoras escogiendo sus atributos físicos entre los datos que el señor les habría dado. “No pueden crear un hombre?” Rosa pregunto. “Necesitamos la cromosoma Y,” Su hermana le dijo. El Señor de la tierra y las computadoras solo podían procrear mujeres, pues la cromosoma X seguía en existencia a pesar de que la cromosoma Y había desaparecido. “Creo que es un androide,” su hermana dijo. “Que confusión,” Rosa dijo. Tendrían que conquistar las leyes de la probabilidad, a pesar de que la física las atara a la realidad cuántica en existencia alrededor suyo. “Te debes de concentrar cerca de los espejos,” su hermana dijo. “Serán mágicos,” Rosa dijo. “Tienes que ir al infinito,” su hermana dijo. “Las ondas quánticas te llevaran allá.” “Como lo aprendimos en la escuela.” “Exacto.” La realidad se partía cada vez que parpadeaban, de acuerdo a las sacerdotisas estudiando esto en la casa de la posibilidad. “Otra de mi ira a las dimensiones,” Rosa dijo. Su hermana asintió. “Las ecuaciones dicen eso.” “Entonces los universos paralelos existen al lado de la realidad.” Rosa seguía a su hermana a través de los corredores, pensando en su misión en el tiempo, cómo le habían dicho en la escuela quántica. “Las alas de una mariposa pueden alterar el tiempo fractal,” ella dijo. “Lo que hagas influenciara tu línea del tiempo.”

4 Todo estaba hecho de ondas de probabilidad, las células de su cuerpo, las paredes del edificio, y cualquier cosa existente en el planeta y el universo. “No te quites el collar,” su hermana dijo. Rosa miraba a la cara en la medalla, sus facciones interrumpidas por las imperfecciones de la fotografía, mientras pensaba en su viaje por el tiempo fractal. “Tengo miedo,” ella dijo. “Prometiste ayudar.” Algunas ventanas iluminaban su camino hasta que llegaron a una puerta gris, donde alguien había dibujado algunos animales del campo. “Aquí debe ser,” su hermana dijo. Al entrar a una sala a media luz, una multitud de espejos saludaron sus sentidos, en los que realidades ocultas existirían en la física cuántica. “Esto nos recuerda de nuestra multiplicidad,” su hermana dijo. “Ya lo sé,” Rosa dijo. “Cierra los ojos,” su hermana dijo. Rosa se encontró en la oscuridad, las palabras de su hermana interrumpiendo el vacio alrededor suyo. “Toca los espejos,” su hermana dijo. Un rayo de luz iluminaba el tiempo continuo, cuando Rosa buscaba a otro mundo fuera de sus sentidos. “No colapses la ola,” su hermana dijo. Rosa se acerco al espejo, su respiración juntándose con las moléculas del vidrio, mientras esperaba a que algo pasara. “No lo puedo hacer,” ella dijo. “Tienes que parar la ola,” su hermana la empujo hacia el espejo. “Como lo hago?”

5 “No pienses en nada.” Rose se encontró en las tinieblas y su hermana había desaparecido. Los espejos no estaban más allí y unas cuantas cosas ocupaban el espacio que había estado vacio. Al abrir la puerta de un almario, sus manos acariciaron la ropa de esa dimensión, pero el sonido de pasos acabo con sus pensamientos tan lejos de su hogar. Alguien con ojos oscuros y cuerpo fuerte entro en la habitación. Tenía que ser un hombre, como los que ella había visto en las revistas de su reino. “Hay alguien aquí?” el dijo en uno de esos idiomas que ella había aprendido en su niñez. Rosa salió del closet, después de abotonarse un vestido de los que estaban colgados. “Soy Rosa,” ella dijo. El joven salto al oír su voz, como si nunca hubiera visto a una chica en el mundo que habitaba. “El departamento de empleos te ha mandado?” él le pregunto. Rosa lo tendría que transportar al reino atrás del tiempo, si hacia todo bien. “Si,” ella dijo. El la llevo a una pantalla iluminada, llena de letras y números en medio de otras cosas que ella nunca había visto en su vida, aunque su abuela tenía una bola de cristal para llamar a las ánimas. “Serás mi secretaria,” su voz interrumpió sus pensamientos. Una secretaria tendría que ser alguien cuidando la pantalla, de acuerdo a lo que le dijo que hacer con su tiempo. Entonces le mostro una caja metálica cerca de la puerta. “Puedes guardar tu comida en la nevera,” él le dijo. Rosa no entendía nada de esto, pues ella dejaba su comida en la alacena que su madre tenía en el plano de la probabilidad. “Tenemos que hablar,” ella dijo. “Lo puede hacer cuando almorcemos.” Rosa se lo imaginaba comiendo, en vez de no colapsar la función de la ola, como le habían enseñado en la escuela.

6 “Me llamo Pedro,” él le dijo. “Gusto en conocerle,” ella dijo. Rosa tenía mucho que decirle en el tiempo fractal de sus pensamientos. “Tenemos que apurarnos,” ella dijo. “Puedes mirar tus documentos,” él le dijo. “Cuáles?” “Los de la computadora.” “Pero primero lo beso,” ella dijo. El paro de organizar los papeles dentro del escritorio, el ruido de unas cuantas cosas cayendo al suelo terminaban el silencio en el que se habían sumido. “Es que te tengo que llevar a mi mundo,” ella dijo. Pedro recogió los papeles del suelo, mirándola con desconfianza, como si le pudiera hacer algo raro en cualquier momento. “Qué mundo?” le pregunto. “Del que vengo.” El buscaba algo entre el reguero de papeles, cuando la extraña lo iba a secuestrar para algún sitio. “Llamare a la policía,” le dijo. “Primero te beso,” ella dijo. “Oh,” el dijo. Sus labios respondieron a sus caricias, el ruido de los carros en la calle, interrumpiendo sus pensamientos. “Que es eso?,” ella pregunto. Pedro le mostro el trafico viajando a algún sitio, fuera de la ventana por la que se veían los edificios de la ciudad. “Son carros,” le dijo. “Tenemos caballos en mi reino,” ella dijo.

7 “Vienes de un sitio interesante.” El flujo del tiempo alrededor de ellos tendría que cambiar, si Rosa esperaba llevárselo a su mundo fractal. “Debemos ir a las luces de Piccadilly,” le dijo. Peter se zafó de sus brazos. “Esto es un truco,” le dijo. “Tenemos que detener las olas de la probabilidad,” ella dijo. “Estarás loca.” Rosa cayó en sus brazos, la luz que entraba por las ventanas formando un arco iris en el piso, mientras lo besaba. “Es mi hora de almuerzo,” le dijo. “Creo que te has confundido,” él le dijo. “Yo publico libros.” Rosa se acordó de los libros que tenía en su casa, al tiempo que él hablaba de su trabajo como escritor. “Quieres venir conmigo?” ella le pregunto. “Mi hermana nos espera por las luces de Piccadilly. “Eres rara,” él le dijo. “Es que tengo que encontrar un hombre,” ella dijo. Rosa le explico las leyes de la probabilidad en unas cuantas palabras, aunque se acabaran de conocer en ese mundo paralelo al que había llegado hacia unos minutos. “Tenemos que parar la ola quántica,” le dijo. “No entiendo por qué necesitas un hombre.” “Algo no existe si nadie lo mira.” “Eso es ciencia ficción.” “Y la observación colapsa la ola.” Rosa le cogió las manos. “No debemos de colapsar la ola,” le dijo.

8 “Pensé que querías las luces de Piccadilly.” “No hay tiempo,” ella dijo. “Usaremos el espejo.” “No creo que la agencia te mandara,” él dijo. “Cierra los ojos,” ella dijo. “Y piensa en nada.” Ella lo beso, tocando la superficie del espejo. “No queremos el colapse,” le dijo. “Me crees tonto.” “Concéntrate.” “Así?” el la beso. El mundo desapareció, las olas de la probabilidad compitiendo entre ellas por llevarlos al tiempo fractal, hasta que el colapse ocurrió, y Rosa se encontró mirando la foto del joven en su collar. “Pero sabes quién es?” le pregunto a su hermana.

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