3(Lander, 2002a). Y ese es, precisamente, el tipo de conocimiento que se espera produzcan las universidades (aunque no sólo ellas
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). Los problemas de investigación suelen surgir también del propio “desarrollo de las ciencias”: del “estado del arte” en tal o cual cuestión, que justifica una propuesta de investigación a parir de un vacío detectado. Pero estrictamente ningún vacío así detectado está en el
vacío
: en nuestras universidades todos se enmarcan, con mayor o menor ajuste, dentro de alguna de las disciplinas científicas existentes. Disciplinas que establecen límites a lo que es posible pensar a partir de sus categorías conceptuales y de su lenguaje, de sus supuestos y métodos consagrados. Estos límites son precisamente los que dan identidad al campo disciplinario, volviéndolo inteligible y manejable para sus practicantes. A medida que estas seguridades crecen tiende a olvidarse el origen de la creación del campo, el recorte efectuado por la disciplina para leer el mundo. En el caso de las ciencias sociales, por ejemplo, suele olvidarse que las cinco disciplinas centrales que surgieron en siglo XIX –historia, economía, sociología, ciencia política y antropología- nacieron y se desarrollaron en cinco países: Alemania, Francia, Italia, Inglaterra y Estados Unidos.
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En esa misma época y lugares se establecieron los límites entre las ciencias naturales, las ciencias sociales y las humanidades, como tres culturas diferenciadas del quehacer intelectual (Wallerstein y otros, 1996). Este origen local ha quedado sistemáticamente oculto tras la pretensión de universalidad de estas disciplinas –y de sus derivaciones y combinaciones posteriores-. Parecemos creer que estos aparatos epistémico son independiente del lugar y las circunstancias en que nacieron, de los hombres que le dieron origen y los fines que perseguían y que, por lo tanto, podemos usarlos con cualquier fin y en cualquier otro lugar y circunstancia. Estas ciencias aparecen como ya construidas, debiendo los países del Tercer Mundo limitarnos a “usarlas”, cuando no a ser objeto de conocimiento de los científicos de los países centrales. La hegemonía epistémica de estas ciencias supone la aceptación del predominio de lo que dio en llamarse “razón” sobre cualquier otra forma de conocimiento. Una razón que se ha autodefinido como algo diferente e independiente del cuerpo y del mundo (cfr. Lander, 2000b:15). Resulta muy difícil admitir que “la racionalidad humana no es lo que la filosofía occidental asumió ser” (Lakoff y Jonson, 1999:4), comprender que no es puramente literal, desincorporada y desapasionada, que es predominante inconsciente y metafórica y está profundamente ligada al cuerpo y al lugar que habitamos (Lakoff y Jonson, 1998, 1999). Cuesta admitir que vidente, visión y vista no son cosas independientes (Varela et al., 1997). No hay una única razón universal para todo tiempo y lugar, aunque así lo pretenda la razón cartesiana que nos legó la modernidad occidental. Se trata de una racionalidad que, por su propio origen eurocéntrico, excluyó de la “ciencia”, reduciéndolos por tanto a un lugar marginal, a los conocimientos de otras culturas y lugares. La colonialidad del poder europeo (Quijano, 2000) tuvo su continuidad en una colonialidad del saber, que consagra la diferencia colonial al poner
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Justamente la pérdida de hegemonía de las universidades tiene relación, entre otros factores, con el rol creciente –y con frecuencia más eficiente- de otras instituciones –empresas, ONGs, etc.- en la producción de este tipo de conocimientos. (Germano, 2001:226)
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No por casualidad son los mismos países que dieron origen a los modelos universitarios que sirvieron de base para la creación de la mayor parte de las universidades en el mundo occidental (cf. Dreze y Debelle 1983, cit en Barichello 2001:39).