1 Pavimento Por Dalila Douceca
Yo no quería obsesionarme con ella. Uno conoce sus debilidades y se hace lo que se
puede. No fui yo aunque nadie me crea. Fue el destino quien la puso en el centro de mi
cabeza. Los escritores que había conocido me habían decepcionado por pusilánimes,
bajos, cobardes y chismosos de un mundillo intelectual. Los imagino con rolos y
chancletas matándose las liendres en los jardines de la UNEAC. También e
s cierto que tengo amigos escritores muy buenos pero no soy fan de ellos. Los le
í después de
conocerlos. A
sí no vale. El caso es que me cayó un cuento suyo en las manos y me lo devoré dos veces seguidas. Sentí que la literatura se restituía y los rolos y chancletas pasaban a mejor vida. No me gusta que la ficción se vuelva personal,
 el precio de la realidad es alto cuando la
imaginación
se vuelve tangible. Por eso, cuando me prestaron una de sus novelas con
dedicatoria de su puño y letra, temí. Temí porque los caminos del azar son inhóspitos para las mentes débiles como la mía.
 Los accidentes se sucedieron apabullantes
. Descubrí que nacimos en la misma cuadra. Yo me fui y ella se quedó. Tengo cada columna de su solar retratada en la retina y las dos entradas perfectamente pintadas en la memoria. No sé por qué supe dónde vivía.
Luego llegaron los detalles siniestros, los peores, los que levantan ese sentimiento tan terrenal y poco decente que es la lujuria. Supe que era bella, puta, mala o maligna, que
estaba enferma, loca y que no salía de su casa desde hacía años. ¿Quién no sale de s
u casa en La Habana?
Me moría de envidia. Ya me las había agenciado para no salir del país, sin embargo una fuerza superior me
precipitaba contra las aceras hirvientes del barrio.
Me leí todo lo que pude. Viví la pesadilla de sus personajes más enfermos, me sentía el hilo de realidad entre sus líneas, el cuerpo que no supuso para sus creaciones.
 Me imaginaba que iba a fumigarle el cuarto como una inspectora de mosquitos, o como una
mandadera que le llevaba el pan todas las mañanas
.
Ojalá
 mi fantaseo termi
nara así
, ella congelada como el m
ás especial de mis fantasmas aunque
con carnet de identidad.
La había sublimado y podía vivir con ello.
 Lo inesperado fue que la realidad superara al
ideal. ¿Cómo se supone que uno lidie con semejante contradicción?
 
 
2
Los días pasaban lánguidos y yo les inyectaba vida tratando de encontrar otra novela suya que no aparecía por ningún lugar. De haber nacido en el siglo XIX no habría recibido aquel correo, yo seguiría viva y ella muerta. Una pena para el hombre no tener
la posibilidad de predeterminar ciertas condiciones al nacer.
Claro que miento. La culpa fue mía. Contra todo pronóstico me respondió a un spam de esos que mando por toneladas y hasta me dio las gracias. No lo calculé. Mi ideal se volvió virtual y me aterré. Estáb
amos subiendo los escalones de la realidad de dos en
dos. Yo no quería pero al igual que salgo de mi casa a insolarme, aceleré todo el proceso y terminé escribiéndole una carta de dos páginas que redacté tres veces.
 
Un mes después nos tomamos el primer café. A mí no me bajaba por la garganta, temblaba tanto que por un instante auguré una burla. Ella comentaba de política, un tema tan cómodo como el clima en mi país. Supongo que trataba de ser amable. Yo adivinaba el tiempo que faltaría para meter la cabeza
debajo de su saya mientras
respondía con monosílabos a asuntos de debacle nacional. No sé cómo me las agencié
para despertarme con una sonrisa entre sus tetas. El resto prefiero no contarlo. Yo perdidamente enamorada y ella perdidamente sola. A pesar de la
mierda circundante me gustaba vivir. No tenía detalles del otro lado así que me limitaba a aprovechar este. Nuestra convivencia fue tan plácida como la muerte, salvo mis arranques de ira y sus depresiones fui feliz, según el canon. Con mi
tendencia a la i
nmovilidad sentí que había al fin encontrado mi lugar en su cuerpo y no me importó si ella estaba de paso o no.
 
Quizás la lógica indique lo contrario. Pero no sé lo que oí primero, si el rebote del
cuerpo contra el pavimento o mi nombre cuesta abajo cinco
pisos. Caminé hasta el borde del alero y vi mi ser en otra piel sin oxígeno. Como no quería que muriésemos, actué de acuerdo a las leyes de la mecánica humana: vecino médico, carro, hospital.
 
Nació otra vez, según dijeron los enfermeros. Pensaba que despertaría mi álter ego y no mi amante, o mejor, mi amada. En ese momento no reconocí mi desliz. La policía me interrogó una única vez y a pesar de que yo insistí en
accidente 
, ellos marcaron
suicidio 
. Probablemente les fue muy difícil imaginar el arrepentimie
nto entre el tercer
 y el primer piso. Estaba convencida que ella habría descubierto el sentido de la vida en la caída, o sea, mi sentido de la vida, y me había llamado aterrorizada. Ahora sé que
fue para castigarme.
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