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“Y les decía: La mies a la verdad es mucha, mas

los obreros pocos; por tanto, rogad al Señor de la
mies que envíe obreros a su mies” (Lucas 10:2)
Al mirar a las multitudes que le rodeaban, Jesús vio cómo
germinaba la semilla del Evangelio plantada en sus corazones.
Pero, ¿dónde estaban aquellos que les guiarían al Salvador?
Se necesitan obreros (pastores o laicos) que trabajen para
cosechar la preciosa semilla.
“Nuestras iglesias están
languideciendo por falta de
obreros fervorosos y abnegados.
Nuestras iglesias más pequeñas
están perdiendo su vitalidad
porque los miembros no están
trabajando por aquellos que los
rodean. Dios puede trabajar con
pocos obreros o con muchos;
pero lo importante es
comprender la responsabilidad
personal que tiene cada
miembro. Dios no puede
bendecir una iglesia que es
indolente y egoísta”
E.G.W. (Review and Herald, 16 de junio de 1891)
“Y les decía: La mies a la verdad es mucha, mas los obreros pocos; por
tanto, rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies” (Lucas 10:2)
“Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará
en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará
todo lo que yo os he dicho” (Juan 14:26)
El testimonio de humildes
pecadores arrepentidos,
auxiliados y guiados por el
poder del Espíritu Santo,
puede convencer a otros
pecadores de un modo que
ningún ángel podría hacer.
¿Por qué quiere Dios usar a hombres y
mujeres para proclamar el Evangelio?
¿Acaso el Espíritu Santo no tiene
suficiente poder para hacerlo Él solo?
¿No podrían hacerlo mucho mejor los
ángeles que nosotros?
No todos estamos llamados a realizar
multitudinarias obras de evangelización.
El ejemplo de Andrés, de Felipe, o el de la
mujer samaritana, nos demuestran el poder de
testimonios sencillos e invitaciones fervorosas.
Todos somos llamados a hacer lo mismo.
“Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará
en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará
todo lo que yo os he dicho” (Juan 14:26)
Un buen obrero debe dejarse
guiar por Aquel que lo contrató.
El Espírito arrebató a Felipe y lo
llevó a Azoto (Hechos 8:39-40)
A Pablo, el Espíritu le prohibió
hablar en Asia y lo guió a predicar
en Europa (Hechos 16:6-10)
“No podemos nosotros emplear el Espíritu
Santo; el Espíritu es quien nos ha de emplear
a nosotros… Únicamente a aquellos que
esperan humildemente en Dios, que esperan
su dirección y gracia, se da el Espíritu”
(E.G.W., La maravillosa gracia de Dios, 23 de julio)
“He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre
vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén,
hasta que seáis investidos de poder desde lo alto” (Lucas 24:49)
“Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros. Como me envió el Padre,
así también yo os envío. Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el
Espíritu Santo. A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a
quienes se los retuviereis, les son retenidos” (Juan 20:21-23)
Como el Padre comisionó a Jesús,
Cristo comisiona a sus discípulos.
Por medio del Espíritu, el Padre
invistió a Cristo con poder divino.
Por medio del Espíritu, Jesús inviste
a sus discípulos con poder divino
para sus tareas terrenales. Él da
cada habilidad, fortaleza, capacidad
y talento que sean necesarios.
La autoridad delegada recibida de
Jesús nos enseña también que es
necesario que nosotros, a su vez, la
deleguemos en otros. Nadie está
capacitado para realizar él solo toda
la obra.
“Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar
lo que se había perdido” (Lucas 19:10)
Los hombres se salieron del camino recto y
no saben cómo regresar. Jesús vino a buscar
a los perdidos y llevarnos de vuelta al hogar.
Él quiere que nosotros
seamos “halladores”
de los perdidos.
Quiere que amemos y
alcancemos a los
perdidos, sin importar
el tipo de personas
que son o la clase de
vida que lleven.
“Todos los ángeles del cielo están
dispuestos a cooperar en esta obra.
Todos los recursos del cielo están a
disposición de los que tratan de salvar a
los perdidos. Los ángeles os ayudarán a
llegar hasta los más descuidados y
endurecidos. Y cuando uno se vuelve a
Dios, se alegra todo el cielo; los serafines
y los querubines tañen sus arpas de oro,
y cantan alabanzas a Dios y al Cordero
por su misericordia y bondad amante
hacia los hijos de los hombres”
E.G.W. (Palabras de vida del gran Maestro, cp. 15, pg. 155)