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Lea Tobery-Resurrección

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Índice

Encuentro Búsqueda Él En el Manantial de la Sima Resurrección Biografía de la autora

Pág. 3 Pág. 36 Pág. 92 Pág. 116 Pág. 146 Pág. 158

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Encuentro

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Capítulo 1

Me morí sin morirme un 14 de febrero. Sin duda, aquél fue un buen regalo de San Valentín. Los médicos no se ponen de acuerdo en por qué alguien se muere así, sin morirse, deja de respirar, se le paralizan el riego sanguíneo, los músculos, los nervios. Nada responde. La llaman muerte aparente. Al menos podrían haber considerado la situación antes de anunciarles mi muerte a mis padres. No se puede hacer sufrir a la gente así porque sí. —Su hija acaba de fallecer. Al médico que les había dicho esto no le tembló la voz. Sin embargo, mi madre sí que tembló, tanto que se rompió por dentro. — ¡No es posible! —exclamó con voz quebrada. Y se echó las manos a la cabeza. No se esperaba aquella noticia. Mi padre no reaccionó. Enmudeció, sus cuerdas vocales no respondieron, y posó los ojos en el extintor que había en la pared de enfrente. —Esta mañana estaba bien —se puso a hablar mi madre—. ¡No puedes ser! Se despidió de mí y luego… Me buscaba en su recuerdo para recuperarme otra vez, a su niña. Se negaba a aceptar mi muerte. —Me dijo que había quedado con Julia y que no vendría a comer… ¡No puede ser! —Lo siento —la interrumpió el médico—. Hemos hecho todo lo que ha estado en nuestras manos, se lo puedo asegurar. Hizo una breve pausa y observó a mi padre. —Si necesitan algo, pregunten a las enfermeras por el doctor Robinson. Mi madre asintió. Mi padre seguía con la mirada clavada en el extintor. —En unos momentos podrán ver a su hija —añadió el médico. Y se fue. Entonces mi padre abrazo a mi madre. Sus brazos poderosos, los mismos que de pequeña me levantaban en volandas, la rodearon. Ella no se resistió y se hundió en el pecho de papá. Los médicos también les podrían haber ahorrado el disgusto a mis amigas. A Fannia casi le da algo. Janis y Julia se quedaron petrificadas. No se lo creían. Rachel se echó a llorar y no paró hasta que se le acabaron las lágrimas. Las quiero un montón. Tom me da igual que lo pasara mal. Se lo merecía. Aún me pregunto cómo pude perder la cabeza por un tío tan idiota. Y lo que es peor, hacerlo la primera vez con él. Pudo haber sido

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con otro mejor. Austin, por ejemplo. Está superbién, pero por aquel entonces salía con Fannia. O Robin. Sí, Robin tampoco está nada mal. Él fue quien me presentó a Tom… Eso sí que no se puede negar, Tom está muy bien. Creo que me enrollé con él por eso. Por eso y porque era tan popular. La verdad es que es muy difícil rechazar a un tío así. Yo nunca había estado dentro de ese grupito que andan con cochazos y organizan las fiestas más célebres. Reconozco que, más que nada, halagó mi vanidad. Sobre todo después de haber estado tonteando con Bill. Bill no estaba mal, pero va un día y me suelta que estaba conmigo por mis pechos. ¡Será imbécil! Quizá Tom se liara conmigo por lo mismo. Aunque nunca se lo he preguntado. Ni con Bill ni con Tom conocí el amor de verdad. Lo descubrí cuando me morí sin morirme. El día de mi muerte llovía muchísimo. Hacía una semana que llovía, pero aquella mañana parecía que estaba cayendo el diluvio universal. Me morí desplomándome súbitamente en el pasillo del instituto. —De hoy no pasa —le iba diciendo a Julia mientras íbamos andando rápido hacia la salida. Yo había quedado con Tom y llegaba tarde—. No lo aguanto más. Hoy corto con él. Se lo voy a decir en cuento lo vea. — ¿El día de los enamorados, precisamente? —Sí. ¡Qué más da! —Tú sabrás lo que haces —Es un pesado… Muy guapo, pero me aburre. Se pasa todo el día hablando de sí mismo. Y además es celoso. ¡No lo soporto! Hace semanas que… No pude acabar la frase. La cabeza me empezó a dar vueltas. Los ventanales, Los tablones de anuncios, las taquillas, Julia, todo giraba a mi alrededor a una velocidad de vértigo. A la desesperada intenté asirme a algo para no caer. No encontré nada. Perdía el equilibrio irremediablemente cuando, de súbito, noté unas manos estrechando mi cintura. Tiraron de mí con fuerza pero suavemente, me arrastraron. No me pude resistir. Creí escuchar una voz. —No temas. Era una voz próxima y lejana a la vez, como si proviniese de mi mente y al mismo tiempo de un lugar remoto. Era una voz de chico, profunda y grave, que me infundió tranquilidad en un momento en que la necesitaba. —No te pasará nada. Una voz desconocida que me transmitió la misma calma que la voz de mi padre cuando yo era pequeña y lo llamaba por la noche desde la cama porque tenía miedo. Me pareció ir a toda velocidad, arriba, siempre hacia arriba. El estómago se me subió a la boca. Aquellas manos me llevaron hasta una bruma luminosa. A partir de ese momento y durante las siguientes cuatro horas no recuerdo nada del mundo real. Todo lo que pasó durante el tiempo

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en que me dieron por muerta lo he podido reconstruir gracias a mis amigas y a mis padres. Llegué a estar técnicamente muerta en el mundo real. Allí, en la bruma luminosa, todo lo contrario: me sentía bien viva. ¡Y tanto que sí…! Allí conocí a Ethan. Muerta y viva a la vez. Tuve que morirme para conocerle… Para descubrir lo que es el amor verdadero. Para sentir que todo, al final, sí tiene sentido. Ethan, nunca nadie me había atraído tanto. — ¡No hagas tonterías! —me dijo Julia al verme caer. Me desplomé en el pasillo con los brazos abiertos en cruz. Se oyó un sonido sordo cuando mi cabeza dio contra el suelo. La carpeta que llevaba salió disparada por los aires. — ¡Emma! ¡Ya está bien! ¡Deja de hacer tonterías! —Julia estaba realmente enfadada. Soy bastante payasa y me gusta llamar la atención. Es superior a mis fuerzas. Mis amigas ya están acostumbradas. Fannia, Janis y Rachel son tan payasas como yo. Una de las payasadas más sonadas la hicimos en el bar que hay al lado del instituto. Montamos aquello para irnos sin pagar. Era por la mañana y en el local no cabía ni un alfiler. Pedimos unos refrescos y nos lo tomamos tranquilamente hablando de nuestras cosas. Al acabarlos, tuve una idea. Janis, Fannia, Rachel y yo nos pusimos de acuerdo. Julia intentó disuadirnos. Y como nosotras pasamos de ella, puso cara de enfado y salió del bar después de pagar su consumición. Me levanté, di unos pasos y finalmente fingí perder el sentido. Me desplomé como un saco de patatas. Janis, Fannia y Rachel actuaron con rapidez. Me levantaron del suelo y me sentaron de nuevo en la silla. — ¡Venga! Ya pasó —disimuló Janis aguantándose la risa. Rachel me empezó a abanicar con un periódico. El camarero se interesó por mí. — ¿Necesita ayuda? ¿Puedo hacer algo? —No es nada. Es diabética —lo tranquilizó Janis—. Un poco de azúcar y se recuperará. Janis dijo la verdad, soy diabética. En algunos asuntos no nos gusta mentir. El camarero trajo un sobre de azúcar. —Mejor sacarina —le dijo Fannia. Un poco más y se me escapa la risa al oír aquello. El camarero fue a buscar un sobre de sacarina. Volvió en menos de un segundo. Lo abrió y me lo tomé. Fingí toser. —Muchas gracias —dijo Janis—. Ahora lo mejor es que le dé el aire. Ya le ha pasado otras veces. Rachel y Fannia me ayudaron a ponerme de pie. El camarero nos acompañó hasta la puerta. — ¿Seguro que no necesita nada más? —dijo. —No se preocupe —contestó muy seria Fannia. ¡Salimos del local sin pagar! Misión cumplida. Julia nos estaba esperando fuera, a unos metros del local.

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— ¡Cómo os pasáis! —vociferó nada más vernos—. Y tú eres la peor de todas —me señaló a mí. Nosotras nos pusimos a reír. Empezamos y no pudimos parar durante un buen rato. Me llegó a doler la barriga de tanto reír. Julia no tuvo más remedio que tragarse su enfado. Ella es mi mejor amiga. No es que Rachel, Fannia y Janis sean malas amigas, pero Julia y yo somos uña y carne. Inseparables. Físicamente nos parecemos un montón. De carácter somos diferentes: ella es más comedida y yo más impulsiva. También soy bastante más bromista. A Julia también le gusta bromear, pero a veces se enfada a la mínima y se pone seria… No tiene mayor importancia porque se le pasa pronto. — ¡Te he dicho que te levantes! —insistió con los brazos en jarra cuando me desplomé en el pasillo del instituto. Pobre. Yo no le podía decir que aquella vez no se trataba de unas de mis payasadas. Me había muerto sin morirme.

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Capítulo 2
Las manos me llevaron a la bruma luminosa. Llegué allí a toda velocidad, a caballo de la montaña rusa más vertiginosa que jamás pude imaginar. Caí en una especie de telaraña de espuma. Era como si la bruma tuviese esa textura. La telaraña amortiguó la caída y no me hice nada de daño. Había llegado a una llanura inmensa y sin horizonte. Me llamó la intención que allí todo fuese de color naranja, pero no le di mayor importancia. Empecé a andar sin más. Fue curiosísimo, mis pies parecían tener vida propia. Y me llevaron por la llanura sin brújula, guiados por mi intuición. Me sentía ligera y tenía la sensación de levitar. Caminé y caminé durante no sé cuánto tiempo. Porque allí el tiempo parecía no existir. Yo no llevaba reloj. Si lo hubiera llevado, estoy convencida de que las manecillas se habrían detenido. Caminé y caminé hasta que llegó un momento en que a lo lejos apareció una plantación de algo que no llegué a identificar desde aquella distancia. Me acerqué curiosa y comprobé que se trataba de un campo de centeno. Las espigas me llegaban a la cintura. Entré sin vacilar. La tierra estaba mojada y me manché los pies de fango. Iba descalza. Al cabo de un rato me detuve y miré para todos los lados. Aquel campo de centeno era un verdadero océano de espigas. Un océano naranja. El cielo, la luz, las espigas de centeno. Allí todo era naranja. De pronto oí una voz. — ¡Me encontrarás! Era la misma voz de antes, profunda y grave. De un chico. Busqué con la vista pero no vi a nadie. — ¿Quién está ahí?— me atreví a preguntar. Nadie contestó. Finalmente pensé que tal vez aquella voz había sido producto de mi imaginación. O quizá mi mente estaba jugando una mala pasada… ¿Todo aquello era una alucinación? Decidí seguir caminando hacia ningún sitio en concreto. Me dejé llevar. Había algo incontrolable que me impulsaba a continuar. Caminé y caminé mucho más, hasta que me detuve de nuevo porque me parecía estar siempre en el mismo sitio. No avanzaba… ¿O sí? — ¡Socorro! — grité. Esperé pacientemente una respuesta que no llegó. En aquel lugar reinaba el más absoluto silencio. Aquel silencio se escuchaba. Latía entre el centeno.

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No quedaba otra que continuar. No corría ni una gota de aire. La quietud era extrema. Tan sólo se movían las espigas que yo apartaba con las manos para avanzar. No hacía frío ni calor. Pequeños hilos de bruma me rozaban por aquí y por allá. Observé aquel campo de centeno sin fin. Nadie ni nada a la vista, sólo espigas y más espigas. Súbitamente me noté muy cansada. Pasé de la ligereza a la pesadez en centésimas de segundo. Fue como si el cansancio me golpeara y me aplastase. De repente no podía resistir de pie. Las piernas exigían reposo. Me senté en el suelo… Pero no fue suficiente. Cada vez me notaba más y más abatida. Así que decidí estirarme boca arriba… Tumbada y rodeada de espigas me puse a observar el cielo. No había nubes y la claridad era tenue. Los ojos se me cerraron solos. Era como si los párpados me pesasen toneladas. Mi cuerpo entero parecía hundirse en la tierra húmeda y fresca de aquel campo de centeno. No sé cuánto tiempo estuve durmiendo. Creo que bastante. ¿O poco…? ¡Qué más da! — Me has encontrado. Era la voz Me despertó… Abrí poco a poco los ojos para no ahuyentarla. — Soy Ethan.

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Capítulo 3

La primera vez que tuve una experiencia paranormal fue seis meses antes de mi muerte aparente. Ocurrió la noche del entierro de la abuela Kerry, la madre de mamá. Ya muerta y bajo tierra, me hizo una visita. No fue un sueño. Después de lo de Ethan estoy segura de ello. Además, creo que la aparición de la abuela Kerry fue un aviso del encuentro con él. Del encuentro y de la separación.... El mismo día de la aparición de la abuela Kerry, por la mañana muy temprano, mi padre me despertó. Aún no había amanecido. Me dijo con dulzura que la abuela había muerto. Mi madre no estaba en casa. Había marchado hacía tres días. Me había dicho que se iba por motivos de trabajo. Yo me lo tragué. Mi madre solía ir a menudo de viaje, ¿por qué aquella vez no iba a ser verdad? Pero en realidad se había ido porque la avisaron de que la abuela estaba en las últimas. — ¿Por qué no me lo habéis dicho? —le reproché a papá. —Para que no te preocupases. —Ya no soy una niña... Además, me hubiese gustado despedirme de la abuela Kerry. Mi padre puso cara de disculpa. Me enternecí y me lancé a sus brazos. —Sí, ya no eres una niña... ¡Venga, vístete! —dijo papá con un nudo en la garganta —. Tenemos prisa. Nuestro avión sale dentro de tres horas. Llegamos al funeral de la abuela Kerry poco antes de que la enterraran. Desde el aeropuerto fuimos directos al cementerio en taxi. Aquél era uno de esos cementerios enormes con césped verdísimo y bien cuidado y todas las sepulturas iguales. Mi madre nos recibió en la entrada con la tía Erica y el tío Craig. —Lo siento —les dije espontáneamente. Mi madre me abrazó largamente. La tía Erica y el tío Craig la imitaron. —Has crecido mucho —me dijo la tía Erica—. Ya estás hecha toda una mujer. Ni el tío Craig ni ella tienen hijos. Mi padre es hijo único. O sea que por su parte tampoco tengo primos. Soy una tipa sin primos. Tampoco tengo hermanos. Nadie diría que la tía Erica y el tío Craig son hermanos de mi madre. Ella no se les parece en nada, aunque entre ellos dos sí que se parecen. Son rubísimos. Mi madre es morena. A mí me hubiese gustado ser como la tía Erica. Dicen que las rubias con ojos azules ligan más. Fannia se lleva a los tíos de calle... En fin, soy una envidiosa. El entierro de la abuela Kerry no fue demasiado triste porque todo el mundo esperaba que se muriese. La suya era una muerte anunciada para todo el mundo menos para mí. Mis padres no me habían dicho nada sobre el cáncer de páncreas que padecía. Se ve que este tipo de cáncer es de los peores.

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Nosotros apenas visitábamos a la abuela Kerry. Vivía sola desde hacía muchos años. El abuelo se murió en un accidente de coche cuando yo todavía no había nacido. Mi padre me ha dicho que lo pasó muy mal. — ¿Por qué vamos a ver a la abuela Kerry tan pocas veces? —le preguntaba yo a mis padres cuando hablaban de ella. Mi madre se excusaba diciendo que vivíamos demasiado lejos. —Con nuestra economía no nos podemos permitir tanto viaje. Eso era falso. Mis padres siempre se han ganado bien la vida. Se piensan que me chupo el dedo. Ellos nunca han sido del todo conscientes de que me he ido haciendo mayor y de que poco a poco me empezaba a dar cuenta de las cosas. El motivo real de no ir a ver a la abuela Kerry era que la relación entre mi madre y ella era inexistente. No se llevaban ni bien ni mal. Simplemente se habían alejado a partir de la muerte del abuelo y no tenían nada que decirse. —La muerte del abuelo afectó mucho a la abuela —me contó mi madre una vez—. Perdió el juicio. Era lo que le faltaba. Porque era una mujer de armas tomar. Deduzco que el motivo del alejamiento entre mi madre y mi abuela fue que tenían el mismo genio y siempre chocaban. Yo tengo el mismo carácter que ellas: soy cabezota y me cuesta dar el brazo a torcer. —El orgullo hay que tragárselo —me recuerda mi padre una y otra vez. Tiene razón, no hay que conformarse con ser como se es. Yo hago todo lo posible para rectificar mis defectos. Con la abuela Kerry yo apenas tuve relación. En las contadas ocasiones en que estuvimos en su casa nuestras conversaciones fueron típicas. — ¿Cómo te van los estudios? —me preguntaba ella. —Bien. — ¿Cuál es la asignatura que más te gusta? —No lo sé. —Yo no tuve tanta suerte como tú. Estudié durante muy poco tiempo. Tuve que ponerme a trabajar muy joven. —Ya — ¿Tienes muchas amigas? —Bastantes. —Sé buena y hazle caso a papá y a mamá. —Sí. No tenía suficiente confianza con ella. La abuela Kerry era casi una extraña para mí. Y yo, de primeras, si no conozco a alguien soy bastante vergonzosa.

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La vez que más hable con la abuela Kerry fue, precisamente, cuando se me apareció la noche después de su entierro. Entró en la habitación y me despertó moviéndome ligeramente a la vez que me acariciaba la frente. — ¿Pequeña mía? ¿Cómo está mi única nieta? Soy yo, la abuela Kerry. Nos habíamos quedado a dormir en su casa. Yo me había instalado en una habitación de invitados que hay en la planta baja. Al verla no me sobresalté. —Abuela Kerry, me hubiese gustado despedirme de ti —dije con toda naturalidad. —Ya lo sé. Por eso estoy aquí. Fue hasta una de las esquinas de la habitación y se sentó en la mecedora que había junto a la ventana. Yo no sabía qué hacer: si quedarme en la cama o coger una silla y sentarme al lado de la abuela. Me lo estuve pensando un rato. Al fin me decidí por coger la silla. Me senté. —Me he muerto, ya lo ves —me dijo la abuela Kerry. Tenía los ojos cerrados y se mecía mientras hablaba. —Así es la vida. Hablaba bajo. —La muerte forma parte de ella. Seguía con los ojos cerrados. Por un momento llegué a pensar que se quedaría dormida. —Un día las personas se tienen que separar. Yo perdí a tu abuelo cuando aún éramos jóvenes. Me lo arrebataron demasiado pronto. Estábamos muy unidos y todavía teníamos muchos sueños por cumplir. Fue muy injusto. La abuela Kerry se calló. Abrió los ojos y se quedó observando el suave movimiento de las ramas de un árbol de jardín. Además de llover, hacía viento. —Abuela Kerry, ¿por qué me cuentas todo esto ahora? —le pregunté. —Para que aprendas. A ti también te pasará lo mismo. Tarde o temprano encontrarás a alguien maravilloso. Te enamorarás de él. Lo querrás con toda tu alma... Y os tendréis que separar. Al oír aquello me puse triste, muy triste. —Es inevitable, mi niña —me consoló la abuela Kerry. Se inclinó ligeramente y me propinó un coscorrón cariñoso en la cabeza. Aquel pequeño golpe se llevó mi desasosiego. Una fuerte ráfaga de viento hizo que una rama del árbol del jardín se estrellase contra los vidrios de la ventana. Aquel ruido me despertó en plena noche. Abrí los ojos. Casi no pestañeaba. Volvía a estar en la cama. La mecedora se balanceaba ligeramente.

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La abuela Kerry había desaparecido. —Hasta pronto —susurré—. Dale un beso al abuelo de mi parte. Lancé un beso al aire. Concilié nuevamente el sueño y dormí de un tirón el resto de la noche. Al despertar por la mañana me hubiese gustado volver a ver a la abuela Kerry. Pero no quedaba rastro de ella por la habitación. La mecedora ya no se movía.

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Capítulo 4
Levanté la vista y, al ver a aquel chico que se me había aparecido por arte de magia, se me aceleró el corazón. Empezó a latirme ansioso, desbocado. La respiración se me agitó y un ligero temblor se apoderó de mí. Era una corriente mágica que me recorrió y me hizo vibrar. Me sentí enormemente afortunada por estar allí. Percibí su olor. Un olor agradable que me recordó, y eso que yo nunca había estado allí, el interior de un volcán. ¿Había salido él de un volcán? ¿Había venido desde las entrañas de la Tierra...? ¿Me había venido a buscar? ¿Qué hacía yo allí? Le recorrí con la mirada. Tenía un físico perfecto. Vestía unos vaqueros y una sudadera con capucha de un naranja más intenso que el naranja que nos envolvía. Se le adivinaba un cuerpo poderoso y estilizado. Llevaba puesta la capucha. Aquella capucha afilaba un rostro de una belleza increíble, un rostro adornado por unos ojos rasgados poseedores de una mirada potentísima... ¡Qué mirada! Profunda, clara y opaca al mismo tiempo, directa y esquiva. Enigmática... Nunca había visto antes a nadie con una belleza tan serena. Porque Ethan no sólo era un cuerpo y un rostro perfectos, también destilaba tranquilidad, armonía, paz, confianza, inundaba el corazón de ternura y amor. Cuando lo miraba, tuve una intuición: de alguna manera, sabía que él sería mi complemento, que me iba a enseñar de la vida, así como que él aprendería de mí. No sé por qué, pero sentí una confianza infinita, que podríamos caminar juntos, que encontraría cobijo en los malos momentos y que compartiríamos la felicidad. Y, a pesar de eso, además de aquella certeza, sentí un punto de desazón y adiviné que tendría que pagar un precio, un precio costoso. Pero ¿cuál? Me ofreció una mano. Me cogí a ella ávida por tocarla y la reconocí. ¡Ésas eran las manos que me habían traído hasta allí! ― ¿Quién eres? ―balbuceé, nerviosa. ―Ya te lo he dicho —Sonrió—. Soy Ethan. Y tú eres Emma. Oír pronunciado mi nombre por su boca fue maravilloso. ¡Sabía cómo me llamaba! —Repítelo, por favor... Despacio. No se hizo de rogar. —Emma —dijo lentamente. La piel se me erizó. No pude evitar un nuevo suspiro. Él se puso a andar. Yo me lo quedé mirando sin moverme del sitio.

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— ¡Vamos! —me invitó a seguirle. Corrí para alcanzarlo y me puse a su altura. Caminaba estilizadamente, como una gacela, a grandes pasos, vigorosos y seguros. — ¿Dónde estamos? —le pregunté. — ¿Crees en el amor a primera vista? —me preguntó él. —Hasta que tú has aparecido, no. Se detuvo y se giró hacia mí. A continuación se echó para atrás la capucha. Me lanzó una sonrisa cómplice. La electricidad que me recorría el cuerpo desde que él había aparecido subió de intensidad. Y aún subió más cuando me acarició la cabeza. —Tienes un pelo muy bonito. Deslizó la mano hasta la cara y se puso a acariciarme las mejillas. Yo me dejaba seducir... Mientras su mano derecha se entretenía en mis mejillas, noté que la izquierda me asía por la cintura. —Llevo mucho tiempo esperándote —me dijo entonces. Me estrechó contra él. —No sabes cuánto me alegro de que estés aquí. Entonces, en un impulso, le rodeé el cuello con mis brazos. Me aferré a su torso con fuerza. Y toqué la felicidad.

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Capítulo 5
La reconstrucción de las horas durante las que fui dada por muerta la empezó Julia. Me contó que cuando se dio cuenta de que el desmayo no era una payasada de las mías, se puso a pedir auxilio a gritos. La profesora de historia, que estaba en la otra punta del pasillo del instituto, acudió corriendo. ― ¡No sé qué le pasa! ―le dijo atropelladamente Julia. ―Tranquila ―dijo ella mientras sacaba el móvil del bolso. Reaccionó con serenidad y llamó a urgencias. La ambulancia tardó pocos minutos en llegar. Dos paramédicos entraron deprisa en el instituto con una camilla y una especie de carrito con diversos aparatos médicos. ―Se ha desplomado y ha perdido el conocimiento. Eso es todo lo que sé ―les informó la profesora. Uno de ellos se acuclilló para auscultarme. Julia estaba histérica. ―Todo… todo… ha… Le costaba hablar. Los dientes le castañeteaban. ―Ya está. Nosotros nos encargaremos de todo ―la tranquilizó el otro paramédico―. Y ahora, tómate esto. Mastícala antes de tragártela. Le ofreció una pastilla violeta. Alrededor mío se empezaron a agolpar los alumnos y profesores. Mi desvanecimiento se convirtió en un verdadero espectáculo. Por momentos, aparecían más y más personas. ― ¿Es la primera vez que le pasa? ―preguntó el paramédico que me asistía. Alumbraba mis ojos con una pequeña linterna. ―Es… diabética ―consiguió decir Julia. La pastilla le había ayudado a calmarse. ―Las pupilas no responden ―dijo el paramédico acuclillado al otro―. Hay que ponerle oxígeno. ―Por favor, ¡apártense un poco! ¡Que corra el aire! ―reclamó el que estaba de pie. La gente retrocedió un poco, no mucho. El paramédico me puso una mascarilla en la boca y abrió la válvula de oxígeno. ― ¿¡Qué le pasa!? ―preguntó Julia. Los dientes aún le castañeteaban ligeramente. Ninguno de los paramédicos respondió. ―Ponle una vía ―le pidió el que estaba acuclillado al otro.

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El que estaba de pie sacó de una bolsa una aguja larguísima y me la clavó sin titubear. Fannia, Janis y Rachel llegaron cuando la punta me estaba traspasando la piel. Les costó colarse entre la gente. Al verlas, Julia se abalanzó sobre ellas. ― ¿Emma? ―balbuceó Janis. Fannia, Julia y ella se abrazaron. Rachel se quedó tiesa como un palo tapándose la boca con las dos manos. En ésas, el paramédico acuclillado le hizo un gesto a su compañero. ― ¡Pon en marcha el desfibrilador! ―le ordenó con voz apresurada. Su compañero le dio al interruptor del carro de paradas cardíacas. ― ¡Déjennos trabajar! ―pidió mientras lo hacía. Los profesores empezaron a poner orden y obligaron a los alumnos a retroceder un poco más. Numerosos ojos observaban en absoluto silencio, expectantes por saber cuál era el desenlace. El paramédico acuclillado sacó un bisturí y me cortó el suéter desde el cuello hasta abajo. Lo abrió y seguidamente me cortó mi sujetador favorito, uno rosa de algodón con rombos negros. Mis pechos quedaron a la vista. ¡Qué vergüenza! Yo medio desnuda delante de un montón de gente del instituto. No me ruboricé porque estaba muerta. Me empezaron a atizar descargas eléctricas. Insistieron durante más de un cuarto de hora. Mis cuatro amigas dieron un respingo con cada uno de aquellos intentos por devolverme al mundo real. Sin embargo, en aquel momento no volví. Me aferré a Ethan. No lo quería dejar escapar. Era feliz en sus brazos en medio de aquel campo de centeno notando sus músculos bajo la sudadera. Por fin los paramédicos desistieron. Tenían la frente bañada en sudor y las venas de las sienes ligeramente infladas. ―Quítale la mascarilla le dijo uno al otro. Me la quitó. Me quedaron dibujadas las marcas de gomas en la cara. ― ¿Por qué? ¿Qué pasa? ―decía Julia sin parar. Rachel seguía en la misma postura, inmutable, tapándose la boca con las manos. Sus ojos denotaban incredulidad. Fannia, Janis y Julia continuaban abrazadas. Los alumnos empezaron a hablar. Se oyó gimotear a alguien y a algún profesor decir «¡Venga, todo el mundo a clase!». Entre los dos paramédicos me subieron a una camilla. Mientras cerraban la válvula de la bombona de oxígeno, uno de ellos le preguntó a la profesora de historia si alguien podía acompañarnos hasta el hospital. ―Yo misma ―se ofreció ella. ― ¡Emma! ¡No! ―se puso a gritar Rachel de repente. Fannia la abrazó por detrás. Ella se la quitó de encima de malas maneras y se marchó corriendo propinando empujones a quien se le ponía por delante.

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― ¡No puede ser! ―se le oyó chillar a lo lejos. Julia, Fannia y Janis me acompañaron hasta la ambulancia cogidas a la camilla. Sus caras eran un verdadero poema. El rímel se les había corrido y tenían las mejillas emborronadas de negro. Estaban tan compungidas que al llegar al vehículo uno de los paramédicos les tuvo que pedir que soltaran la camilla. ― ¿Está muerta? ―le preguntó Julia a unos de los paramédicos. ―Nos la tenemos que llevar al hospital ―respondió él mientras plegaba las ruedas de la camilla. ― ¡Ahora vamos! ¡Nos vemos en un momento! ―se dirigió a mí Julia. Me metieron dentro de la ambulancia. Después subió la profesora de historia. Julia, Fannia y Janis se abrazaron de nuevo. Janis se frotó la mejilla derecha y se la emborronó aún más. El conductor arrancó el motor y las luces y la sirena se pusieron en marcha. En diez minutos entrábamos por urgencias. Cuando mis padres llegaron al hospital, los médicos ya me habían dado por muerta. A la primera persona que se lo comunicaron fue a la profesora de historia. Mis padres entraron azorados. Ella les estaba esperando. Parecía tranquila, aunque a procesión debía ir por dentro. ― ¿Cómo está Emma? ―le inquirió mi madre. La profesora no fue capaz de decirle la verdad. ―Se ha desmayado… ―dijo esquivando los ojos de mi madre. ― ¡Eso ya lo sabemos! ―atajó mi madre. ―La han llevado al quirófano de la segunda planta ―añadió la profesora. Mi padre tiró de la mano de mi madre y los dos subieron a la segunda planta por las escaleras. Iban a toda prisa. Les resultó fácil encontrar lo quirófanos. Coincidieron con el doctor Robinson en la puerta de los quirófanos. Allí el médico les anunció mi muerte.

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Capítulo 6
Siempre he odiado las sirenas de las ambulancias, de la policía, de los bomberos. Las sirenas de todo tipo. Al oírlas me pongo muy nerviosa, algo dentro de mí se altera profundamente. Me quedo paralizada. Una vez, cuando tenía diez años, yendo sola al colegio vi una ambulancia. Estaban atendiendo a una viejecita que se había caído. Me acerqué y me paré un momento para mirar cómo metían a la anciana dentro del vehículo. Reemprendí la marcha. Llegué a un paso de cebra justo en el instante en que la sirena de la ambulancia se puso en marcha. Fue oírla y quedarme plantada en medio de aquel paso de cebra. Algunos coches empezaron a pitar para alertarme. Entonces, un señor muy amable me cogió de la mano y me llevó a la acera. — ¿Quieres que te acompañe al colegio? —me dijo. Sin pensármelo dos veces, empecé a correr sin darle las gracias ni nada. Pobre hombre. Reaccioné así porque estaba desconcertada. Además, mis padres me habían repetido hasta la saciedad que no hablara con desconocidos. Aún no he superado el miedo a las sirenas. Me ponen los pelos de punta. Mi madre me dijo que se trata de una fobia que se remontaba a una tarde cuando yo era bebé y mi padre me llevaba de paseo en carrito. Aquella tarde mi padre tuvo un bajón de glucosa. Perdió el conocimiento en plena calle. Según le explicó a mi madre la mujer que lo auxilió, yo empecé a llorar moviendo los brazos y las piernas con fuerza. Por lo que se ve, no había forma de tranquilizarme. —Era la viva imagen de la desesperación. Lo intenté de todas las maneras posibles. Mire usted, tengo tres hijos y sé de qué va —le dijo. Al llegar a la ambulancia con la sirena y las luces en plena actividad, dejé de llorar de golpe. —Se quedó como hipnotizada —fue lo que dijo exactamente la señora. No sé si mi fobia a las sirenas de las ambulancias se remonta a aquel episodio. Lo curioso es que en el mundo de las brumas en que conocí a Ethan todo era naranja, el color habitual de los destellos de las luces de las sirenas de las ambulancias. ¿Coincidencia? Me gustaría preguntarle a la señora que ayudó a mi padre de qué color eran las luces de la ambulancia que según ella me hipnotizaron. Seguro que eran naranjas. Las de la que me llevó desde el instituto al hospital cuando me morí eran naranjas.

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Capítulo 7
Fannia, Julia y Janis llegaron juntas al hospital. La profesora de historia estaba apoyada en el mostrador de urgencias. Al ver a mis amigas forzó una sonrisa mientras se retorcía un mechón en la frente. — ¿Se sabe algo de Emma? —le preguntó Julia. La profesora se dejó en paz el pelo. La sonrisa se le borró. — ¿Dón… dónde… dónde… está? —le empezó a temblar la voz a Julia. Los dientes le castañeteaban de nuevo. La profesora tampoco se atrevía a decirles la verdad a mis amigas… No sé qué hubiese hecho yo en su lugar. Debe de ser muy difícil decirle a alguien que un ser querido ha muerto. Fannia y Janis se cogieron fuertemente de la mano. —Se… se lo… lo ruego —insistió Julia—. Di… díganos… algo. Tenía la expresión desencajada. — ¡Por favor! —exclamó Fannia. La profesora tardó unos interminables segundos en contestar. —Está en la segunda planta. En el quirófano. — ¡La están operando! —se alegró Janis. La profesora negó con la cabeza de inmediato. Fannia apretó todavía más la mano de Janis. Las puntas de los dedos de ambas perdieron el color rosáceo. Parecían pequeños helados de nata de lo blancas que se les pusieron. Julia emitió un quejido lastimero entre dientes y, decidida, se dirigió hacia las escaleras. Las mismas escaleras que mis padres habían subido minutos antes con el corazón en un puño. Fannia y Janis la siguieron. La profesora las vio alejarse y no pudo evitar que las lágrimas le inundaran los ojos. Decidió salir a la calle y al lado de la puerta de urgencias se topó con Rachel. Mi amiga frenó en seco. La profesora se la quedó mirando sin saber qué decirle. Rachel no dijo nada, pero sus ojos reclamaban saber qué me había pasado. —Lo siento —musitó la profesora—. No se ha podido hacer nada. Con las manos temblorosas, abrió el bolso y buscó a tientas el paquete de tabaco. Lo encontró y sacó un cigarrillo. Lo encendió y le dio una larga calada mientras se secaba las lágrimas. — ¿Me das una calada? —le pidió Rachel. La profesora le pasó el cigarrillo. Rachel notó que la boquilla estaba caliente. Aspiró un par de veces pero no se tragó el humo. Se limitó a expulsarlo de la boca como si haciéndolo echara fuera la rabia que le consumía las entrañas. —Emma ha muerto —le dijo entonces la profesora con voz apagada. — ¿Puedo verla? —le preguntó Rachel.

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La profesora le dijo dónde estaba yo. Mejor dicho, le dijo dónde estaba mi cadáver, porque yo estaba con Ethan muy lejos de allí. Rachel le pegó otra calada al cigarrillo. Después entró en el hospital caminando despacio y mirándose las puntas de los pies. Cuando Julia, Fannia y Janis llegaron a los quirófanos de la segunda planta, mi padre tenía a mi madre entre sus brazos. Ella se había refugiado en aquel reconfortante lugar. El soniquete rítmico del corazón de papá le mitigaba en parte el intenso dolor que se había apoderado de ella. Al verlos así, mis tres amigas comprendieron. —No puede ser —balbuceó Fannia. Se puso a respirar a grandes bocanadas, como si le faltase el aire. Casi le da algo. Una enfermera que pasaba por allí tuvo que suministrarle un calmante. Fannia es muy sensible. No soporta las emociones fuertes. Sin ir más lejos, no podemos llevarla al cine a ver pelis de miedo. No las resiste. En la última lo pasó tan mal que a los cinco minutos tuvimos que sacarla de la sala en brazos. ¡Qué corte! Para colmo, antes de entrar se había hinchado de palomitas y las vomitó todas encima de nosotras. Nos pusimos perdidas. Fannia, Janis y Julia se quedaron petrificadas al ver a mis padres tan abatidos. Si les pinchan en ese momento no les sale ni una gota de sangre. Entonces apareció Rachel. Se mantuvo a un par de metros de ellas y de mis padres… Y explotó. Se echó a llorar desconsoladamente. Mi madre advirtió la presencia de mis amigas. Se separó de mi padre y les pidió que se acercaran. Obedecieron las cuatro. —Siempre llevaremos a Emma en nuestro corazón —les dijo con ternura. Lo mismo me dijo Ethan. —Siempre estaré contigo, en tu corazón. — ¡Qué asco de vida! —exclamó Rachel sin dejar de llorar. No paró de llorar hasta que se le acabaron las lágrimas.

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Capítulo 8
Resucité a las cuatro horas de mi desvanecimiento. Me evaporé del mundo de las brumas y aparecí tumbada en una fría camilla de acero inoxidable, en un habitáculo contiguo a los quirófanos de la segunda planta. Tenía la cara tapada con una sábana. Técnicamente yo era un cadáver. La sábana me impedía respirar bien. La retiré y abrí los ojos. La luz fluorescente me cegó y tuve que tapármelos con las manos hasta que se acostumbrasen a la nueva situación. Tenía un insistente dolor de cabeza y me sentía muy aturdida. Hacía nada que estaba con Ethan y de repente me encontraba en un habitáculo feo y pequeñísimo. Giré levemente la cabeza y descubrí a Julia adormilada en una pequeña silla con la cabeza apoyada en la pared. Miles de preguntas me acribillaron. ¿Qué me había pasado? ¿Qué hacía yo en aquella camilla? ¿Estaba en un hospital? ¿Por qué…? ¿Dónde estaba Ethan? Sus palabras resonaban en mi cabeza. Me acababa de decir algo… Algo importante que no alcanzaba a recordar… Me puse de mal humor y me volví a tapar la cara con la sábana. Cerré los ojos en un último intento desesperado de volver junto a él. Pero no hubo manera. En menos de un minuto me volvió a faltar el aire y aparté de nuevo la sábana. En el preciso instante en que se despegaba de la cara, noté como si algo me abandonase, se escapase de mí. Era Ethan, lo sé. Se fue. Quise atraparlo, pero se me escabulló entre los dedos. — ¡No te vayas! —dije. Lo único que conseguí fue despertar a Julia. Me miró con sus ojazos verde y puso cara de sorpresa mayúscula. —Hola —la saludé. Ella se frotó los ojos, incrédula. — ¿Emma?

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—Sí Se volvió a frotar los ojos. — ¿Eres tú? Asentí con la cabeza y por fin reaccionó. Un poco más y se le sale el corazón por la boca. Pegó un grito tremendo. —¡¡¡Emma!!! Mi padre abrió la puerta del habitáculo. — ¿Qué ocurre? —le preguntó a Julia. Ella no contestó y se puso a llorar, supuestamente de alegría. — ¡Papá! —dije yo—. ¿Qué pasa? ¿Dónde estoy? —Emma —articularon los labios de él. La voz casi no le salió. — ¿Qué ha pasado? ¡Déjame entrar! Oí a mi madre. Estaba detrás de mi padre. — ¿Te encuentras bien? —le preguntó mi madre a mi padre. Mi padre me señalo con el dedo índice de la mano derecha y ella se fijó en mí. — ¡Hija! —chilló mi madre. Se me tiró encima. La camilla crujió. Me pareció que se partía por la mitad. Hizo tal ruido que atrajo a la gente que estaba fuera. La puerta empezó a vomitar personas y el habitáculo se llenó a más no poder de vecinos, amigos, alumnos y profesores del instituto, padres de mis amigas. Aquello parecía el camarote de los hermanos Marx. Todos me miraban con ojos desorbitados. Y yo no entendía el porqué. — ¡Me estás aplastando! —le dije a mi madre. Ella lloraba, reía, suspiraba, gemía. Tuve que insistir en que me aplastaba un par de veces más. Finalmente se incorporó con torpeza. No dejaba de observarme con ansiedad. — ¡Estás viva! —murmuró. — ¿Cómo que estoy viva? —Dime que es verdad —me pidió.

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Y me pellizco en el antebrazo. — ¡Jo! ¡Me haces daño! —me quejé. Retiré instintivamente el brazo. —Si es verdad ¿el qué? ¿Qué dices? —le pregunté. Mi madre estaba alucinada. Era lógico. Hacía apenas un par de horas le habían dado la noticia de mi muerte. Y allí estaba yo, haciéndole preguntas. Aunque no sé quién estaba más alucinada, si ella o yo. Mi padre también estaba confuso y me observaba con incertidumbre. — ¡Dejen pasar! ¡Y ya vayan saliendo, por favor! —dijo alguien que no alcancé a ver y que pretendía traspasar la barrera humana que se había formado a mi alrededor. Era el doctor Robinson con dos médicos más. Al oír aquella voz levanté la vista. La primera cara que vi fue la de Fannia. Después me fijé en Rachel y en Julia. Y en Janis. Eran la viva imagen de la felicidad. No me canso de decir que las quiero muchísimo. De golpe empecé a notar calor. Había demasiada gente en el habitáculo. — ¿Qué tal, tía? —me dijo entonces Tom. Me dedicó una larga sonrisa con los dientes blancos de su perfectísima dentadura. Noté una intensa punzada de dolor en las sienes. Cerré los ojos esperando que al volver a abrirlos Tom no estuviese allí y que Ethan ocupase su lugar. —Cansada —le respondí escuetamente con ojos cerrados. — ¡Vayan saliendo, por favor! —pidió por enésima vez el doctor Robinson. Había conseguido llegar ya hasta mí. Le acompañaban dos médicos que a duras penas consiguieron salir a la gente del habitáculo. Mis amigas me hicieron «adiós» con la mano desde la puerta. — ¡Hablamos luego! —me dijo Rachel. Tom también me dijo algo desde la puerta. Esquivé su mirada y pasé de él. Mis padres se quedaron conmigo. El doctor Robinson cerró la puerta y a continuación me cogió el bazo para tomarme el pulso. — ¡Ya nos puede estar dando una explicación convincente! —le exigió mi madre.

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—Pues parece que su hija ha sufrido un episodio de muerte aparente —afirmó el doctor—. Ocurre muy raramente…Pero ha tenido que pasarle algo más. Hoy con los aparatos que tenemos es imposible que demos por muerto a un paciente que sufra muerte aparente… Mis padres le miraron confundidos. — ¿De qué habla? —le preguntó a mi padre. —La muerte aparente antes se conocía como catalepsia —se explicó Robinson—. Para resumir, se trata de un episodio transitorio en el que aparentemente desaparecen las funciones vitales esenciales del individuo: circulatoria, respiratoria, nerviosa. Puede suceder en situaciones diversas: por alteraciones del sistema cardiovascular, nervioso, o en caso de asfixia, y en estados infecciosos a veces inducidos por medicamentos… — ¿Y si tardo más en resucitar? —interrumpí la explicación—. ¿Y si me hubiesen enterrado viva o me hubieran incinerado? Quién sabe, a lo mejor era el camino más corto hasta Ethan. Morir para estar con él. Resucitar para perderlo. Así de simple y complicado a la vez. — ¿Y si me hubiesen abierto en canal para hacerme la autopsia? El doctor Robinson pidió auxilio con los ojos a sus colegas. —Será mejor que lo dejemos estar —atajó mi madre—. Ya haremos lo que tengamos que hacer. ¡Se les va a caer el pelo, doctor! —Hay que revisar tu medicación para la diabetes —cambió de tema Robinson—. A ver si encontramos ahí el detonante de tu episodio de muerte aparente. — ¿Insinúa que puede volver a pasarle? —dijo mi padre. —Nunca se puede asegurar a ciencia cierta —respondió uno de los colegas de Robinson. Mi madre resopló con fuerza. Tenía unas ojeras enormes y las arrugas de los labios parecían habérsele acentuado. Durante las cuatro horas en que me morí sin morirme había envejecido años. —Si le soy sincero, creo que no se volverá a repetir —dijo el otro colega de Robinson para calmar a mi madre. — ¿Cómo te encuentras? —me preguntó Robinson. —Agotada —le contesté.

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—Te tenemos que trasladar a una habitación —dijo él—. Hay que hacerte pruebas… Tienes que quedarte algún tiempo en el hospital… Puede ser que también hayas sufrido una hipotermia severa. Eso, sumado a la muerte aparente, puede haber sido la causa de nuestra equivocación. —Miró a mis padres—. Además, hoy tenemos el servicio de urgencia al borde del colapso. Un accidente múltiple en la autopista… Está claro que nos hemos precipitado. Los médicos se marcharon y se presentó un camillero para trasladarme a la habitación. Salimos del habitáculo y pasamos entre medio de la gente. Saludé a mis amigas y algunos profesores. Todo el mundo estaba sonriente. Mis padres caminaban al lado de la camilla. Ya en la habitación una enfermera ajustó el regulador del suero y se fue en compañía del camillero. Mi madre se acomodó en la butaca. Mi padre se quedó de pie a mi lado. —Me duele todo el cuerpo y la cabeza parece que me va a estallar. Creo que quiero dormir. Por favor, ¿podéis bajar la persiana? Mi madre la bajó hasta la mitad. —Del todo. —No verás nada. —Me da igual. — ¿Puedes encender un momento la luz? —le pidió mi madre a mi padre—. No quiero romperme la crisma —bromeó. Bajó la persiana del todo. Mi padre me besó en la frente. —Estamos fuera —dijo mi madre. Salieron de la habitación y apagaron la luz. Cuando se cerró la puerta me envolvió la oscuridad. Me refugié en ella y me concentré en recuperar el mundo de Ethan. Pero el cansancio me pudo y me dormí.

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Capítulo 9
Ethan me invitó a sentarme entre las plantas de centeno. Nos sentamos el uno al lado del otro. Sus piernas rozaban las mías. Cogió una espiga y la hizo girar entre sus dedos. No le quitaba los ojos de encima. Estaba muy ensimismado y yo lo notaba próximo y lejano. Era una sensación extraña.... Me parecía accesible y distante a la vez. Era capaz de engullirme y también de hacerme sentir a kilómetros de él. O quizá la culpa no fuera suya y se debiera a mi propia inseguridad. De repente empezó a recitar un poema sin dejar de mirar la espiga: Fue una larga separación, pero el momento del encuentro había llegado en el juicio final, la última y segunda vez que estos amantes incorpóreos se encontraron. Un cielo en una mirada, un cielo de cielos, el privilegio de los ojos de uno en los del otro. No tenían una vida por delante. Ataviados como los nuevos no nacidos, sólo que ellos habían visto nacidos más infinitos, ahora. ¿Hubo nupcias como éstas alguna vez? Un paraíso, el anfitrión. Y un querubín y un serafín los discretos invitados. Cuando acabó de recitar posó sus ojos en los míos. Y yo quedé mirando dentro de ellos intentando desentrañar el sentido de aquellos versos. Me parecían enigmáticos, pero por otra parte sentía que me describían, que describían aquel extraño momento que estaba viviendo y también el futuro. Que en cierta manera estaban dotados de una significación que me desvelarían el misterio de aquel episodio. El misterio de Ethan y el mío. Él se levantó primero. Yo me hice la remolona. — ¡Se está tan bien aquí! —dije.

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Me estiré y me desperecé. Ethan se agachó y me cogió en brazos. —Tengo que enseñarte algo —me susurró al oído. — ¿Puedes llevarme al fin del mundo? —le pregunte. —Si tú quieres, iremos allí. Pero antes quiero que veas algo. En sus brazos me sentía poderosa. Poderosa y feliz. También afortunada, inmensamente afortunada. — ¿Estás preparada? — ¡Adelante! —grité. Ethan empezó a caminar, cada vez más y más rápido. Llegó a coger tal velocidad que aquel inacabable campo de centeno se transformó en un haz de luz. A toda velocidad por aquel camino luminoso me pareció entrar en un volcán en plena erupción. Noté un ligero calor y una tibieza agradable se adueñó de mí. — ¡Adelante! —volví a gritar. El eco de mi voz resonó, rebotó, se multiplicó hasta la infinidad.

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Capítulo 10
Mi madre regresó por la habitación del hospital pasada una hora. Se quitó los zapatos para no hacer ningún ruido. Se sentó en la butaca y se puso a observarme en silencio. Yo ya hacía un buen rato que me había despertado, pero me encontraba a gusto en aquella oscuridad. —Hola —le dije casi murmurando. — ¿Estás despierta, entonces? —me preguntó con voz dulce. —Sí... — ¿Has descansado bien? ¿Te sigue doliendo la cabeza? —Ya no me duele. — ¿Quieres que suba la persiana? —Estoy bien así. —Si quieres que la suba, me lo dices. —No te preocupes. Mi madre se recostó cómodamente en la butaca. Yo cerré los ojos. Estuvimos así un rato, calladas, hasta que yo rompí aquel silencio agradable. — ¿Te puedo hacer una pregunta? —Claro que sí, hija. —Es sobre la abuela Kerry... — ¡Dime, nena! Aunque mi madre intentó aparentar tranquilidad, noté cierta crispación en su voz. —La abuela Kerry me hizo una visita... la noche de su entierro —disparé. — ¿Cómo? —exclamó mi madre. Le expliqué todos los detalles de aquel encuentro. Cuando acabé, ella no dijo nada. Se calzó y se levantó le la butaca. Fue directa a la ventana y subió la persiana. La tarde estaba declinando y las farolas de la calle se habían puesto en marcha. Ya no llovía. —Menudo día de San Valentín. ¡Cuántas emociones! —dije espontáneamente—. Ya se acaba... Todo se acaba... Mi madre encendió la luz y cogió una botella de agua que había encima de la mesita de noche. Desenroscó el tapón. — ¿Quieres? —me ofreció. Negué con la cabeza, y ella se sirvió agua en un vaso. Se lo bebió sin respirar. —Tuviste suerte... Yo no me pude despedir de la abuela Kerry —se sinceró después de apurar el agua—. Llegué al hospital demasiado tarde... Ya había perdido el conocimiento. ¡Ojalá me hubiese venido a visitar a mí también! —Ella fue muy feliz con el abuelo. Me lo dijo... — ¿Y tú has conocido a ese ser maravilloso que te anunció la abuela?

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No llegué a responder porque en ese momento alguien pidió permiso para entrar en la habitación. — ¿Se puede? —se oyó fuera. Mi madre fue hasta la puerta y la abrió. —¡¡¡Sorpresa!!! —entonaron mis amigas, todas a la vez. Después de saludar a mi madre, las cuatro se abalanzaron sobre mí. —Os echaba de menos —les dije mientras las apretujaba. Tuve un ataque repentino de alegría y me puse a besarlas sin parar. Ellas hicieron lo mismo conmigo. — ¿Así que has decidido volver...? No te has querido quedar allí. Las palabras de Fannia me desconcertaron. Dejé de repartir besos. — ¿Cómo sabes que he estado «allí»? —le pregunté. —No sé... ¿No dicen que al morir vamos a algún sitio? —Eso son chorradas —dijo Rachel—. Después de la muerte no hay nada. Nada de nada. Quien diga lo contrario, miente. —Yo no estaría tan segura —dije yo. — ¿Qué insinúas? Julia puso cara de interrogante. —Que yo no estaría tan segura de que después de la muerte no haya nada. Me incorporé y ellas se sentaron en la cama alrededor de mí. —Tengo que contaros algo que no... Dejé la frase a medias y miré a mi madre. Ella captó el mensaje a la primera. —Bueno, tengo que salir —dijo—. Cuidadla bien. —Eso no se lo podemos garantizar —bromeó Rachel. Mi madre sonrió. —Dame un beso —le pedí. Se me acercó y me besó. —Te quiero —me dijo después. — ¿Y papá? —le pregunté. —En casa. Ha ido a darse una ducha... Han sido unas horas muy intensas... —Dile que le quiero. Mi madre me miró inquisitivamente. —A ti también... Me dio otro beso y salió por la puerta con una sonrisa de oreja a oreja. — ¡Qué escena más tierna! Me muero de la envidia —dijo Fannia. —Has dicho que tenías que contarnos algo —me recordó Janis. —Sí —asentí—. Pero tenéis que prometerme que no os vais a reír de mí. Rachel se empezó a tronchar de la risa.

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—Pues ahora paso... —me enfurruñé bromeando. —Venga, no seas tonta. Ya conoces a Rachel —me dijo Julia—. Y tú, haz el favor de tomarte las cosas más en serio —le dijo a ella. Esta vez fui yo quien se partió de la risa. — ¡Encima que te defiendo! —se quejó Julia. Me abracé a ella y a Rachel. —No te vuelvas a morir, ¿vale? —me pidió Rachel. —Pensé que no te volvería a ver —me confesó Julia. Su voz traslucía tristeza. De la risa pasé al llanto. Las tres nos pusimos a llorar. —Hoy es el día de las escenas tiernas —intervino Fannia. —Venga ya. Desembucha —exigió Janis—. ¿Qué es lo que nos tenías que explicar? Julia, Rachel y yo dejamos de abrazarnos. —Sí, eso. ¡Cuéntanos! —me dijo Julia secándose las lágrimas. —Bien... Resulta que... he conocido a alguien—dije vergonzosamente. — ¡Te mola el doctor ese como se llame! —dijo Rachel—. Está buenísimo. —Se llama Robinson —apuntó Julia—. Pero me parece que eso no es lo que nos quiere explicar Emma. —Julia tiene razón —dije. —Entonces, ¿a quién has conocido? ¡Pero si has estado muerta...! ¡Qué suspense...! ¿Te has enrollado con Dios? —soltó Janis. —Eres una bruta —le recriminó Julia. Todas nos empezamos a reír a mandíbula batiente. —Venga, no seáis pesadas. ¡Dejadle hablar! —insistió Fannia. —Se llama Ethan —dije yo. — ¿Lo conozco? —me preguntó Julia. — ¿Os habéis liado? —me preguntó Janis. — ¿Lo sabe Tom? —me preguntó Fannia. — ¿Se lo monta bien? —me preguntó Rachel. — ¿Podéis dejar de interrumpirme? —les pregunté yo. La habitación se volvió a llenar de carcajadas.

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Capítulo 11

Efectivamente, Ethan me había llevado al interior de un volcán en plena erupción. La lava subía lenta pero inexorablemente por el conducto principal, impulsada por una fuerza irrefrenable, salvaje, descomunal. Ni rastro de cenizas. Todo era lava y sólo lava. Se podía respirar con facilidad y la temperatura era agradable, como la de una noche de verano en la que corre una brisa templada. Entonces entendí por qué, la primera vez que lo vi, me pareció que Ethan olía a volcán. Habíamos llegado hasta allí volando… A aquellas alturas, ya nada me extrañaba en aquel mundo. Estábamos en una cueva grandiosa, encima de unas rocas de lava solidificada. Delante de nosotros, a escasos metros, había un mar de lava. ―Tenemos que sumergirnos en él. Ethan señaló el mar de lava que teníamos enfrente. ― ¿Nos tenemos que meter ahí? ―le dije temerosa. ―Conmigo al lado no tienes que tener miedo. Es más, si alguna vez lo tienes y no estoy, piensa en mí. Se te pasará. Aquellas palabras me sosegaron. Me cogió de la mano y nos pusimos a caminar sin más dilación. Nos hundimos lentamente en la lava. Primero los pies, luego las rodillas, luego la cintura. Le apreté con fuerza la mano y, aún con cierto temor, cogí aire antes de sumergirme por entero en aquel mar viscoso y tibio. Cuando no pude contener más la respiración, abrí la boca… ¡Y podía respirar! El miedo se desvaneció por completo. Ethan tiraba de mí y yo me dejaba arrastrar. Me relajé y disfruté de aquel viaje submarino tan peculiar con el cúmulo de sensaciones que recorrían mi cuerpo entero. Cuando me quise dar cuenta, mi cabeza ya estaba de nuevo fuera de la lava. Dimos unos pasos más y salimos de aquel océano interior. ― ¡Ohhh! ―exclamé. Aparecimos en una cueva bastante más pequeña que la anterior. Era espectacular. Había estalagmitas y estalactitas en cada rincón. En la pared del fondo vi una fuente de lava que alimentaba el mar del que acabábamos de emerger. ― ¡El Manantial de la Sima! ―me anunció Ethan. Le pasé las manos por la cintura y me agarré a él por detrás. ― ¿Quién eres? ¡Dímelo! ―le exigí. ―Soy quien tú quieras que sea ―respondió sin vacilar. ― ¡Ethan! ―pronuncié en voz alta.

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Capítulo 12

Mis amigas dejaron de hacerme preguntas y ¡por fin les pude explicar mi encuentro con Ethan! Me moría por hacerlo. Compartir con ellas aquellas vivencias tan intensas fue como recuperarlas, vivirlas de nuevo. Volví a sentir a Ethan. Cada una tomó mi historia a su manera. —La poesía que recitó ese superhombre que dices es de Emily Dickinson —comentó Julia. —No lo sabía —le dije. — ¡Pero si la dimos a principio de curso! —exclamó ella. —Por eso ha salido en tu sueño —intervino Rachel. — ¿Estás diciendo que todo ha salido de un sueño? —le pregunté. —Es una posibilidad. —Eres… No encontré palabras para demostrar mi desencanto. —Solo he dicho que se trata de una posibilidad, nada más. — ¡Ya empezamos con vuestras discusiones! —se quejó Julia—. Y tú ¿no puedes dejar tus comentarios para otro momento? —se dirigió a Rachel. —Ethan es un nombre muy sexy —dijo Janis—. Una vez en un bar conocí a un tío que se llamaba así. También parecía muy interesante. Pero no lo volví a ver. —Pues tendrías que ver a mi Ethan —dije yo toda satisfecha mirando a Rachel con cara de condescendencia. De las cuatro, a la que más le gustó la historia fue a Fannia. Se quedó fascinada. A medida que yo avanzaba en el relato, notaba que su interés iba creciendo más y más. Bueno, la verdad es que ella y yo somos unas romanticonas. Nos encantan las películas, las series de televisión, las revistas y las novelas de amor. — ¡Qué bonito! ¡Ojalá me hubiese pasado a mí! —suspiró profundamente Fannia cuando terminé de contar mi historia. — ¡Eres una cursi! —le espetó Rachel. Fannia hizo oídos sordos. Rachel es una tía dura donde las hayas y no le gusta el «rollo romántico», como ella lo llama. — ¿Y cómo has dicho que llegaste a ese mundo tan… tan fantástico? —me preguntó Rachel. —Lo acabo de contar… Tendrías que haber estado más atenta —le contesté secamente. —No lo entiendo, de verdad… Rachel se incorporó de la cama y fue hasta la ventana. Había oscurecido totalmente. En invierno los días son demasiado cortos. Me gusta mucho más el verano, los días son más largos

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y se puede estar en el parque al aire libre, tumbada en el césped tomando el sol al acabar las clases. — ¡Eres una aguafiestas! —le recriminé a Rachel. — ¡Dale! ¡No sigáis así, por favor! —nos advirtió Julia. No es que Rachel y yo nos llevemos mal. Discutimos pero nos queremos mucho. Lo que pasa es que somos muy distintas. Yo soy soñadora y ella, en cambio, mira el mundo de una manera racional. Lo racionaliza todo, absolutamente todo. Y en una cuestión tan irracional como el amor su manera de ver las cosas choca frontalmente con la mía. Ella a menudo me critica que soy demasiado impulsiva y que me enamoro hasta de las piedras, y que por eso los tíos con lo que me enrollo se aprovechan de mí y me acaban haciendo daño. Puede que tenga razón en que sea una romántica… Pero no soy para nada una enamoradiza. En verdad no ligo demasiado, y de hecho, antes de conocer a Ethan, no me había enamorado hasta la médula de nadie. Un poquito sí, de Tom. Hasta que descubrí que era idiota… Soy una mezcla rara de chica lanzada e insegura. A veces parece que me voy a comer el mundo y voy a conseguir lo que me proponga. Otras veces me veo incapaz de gustar a nadie. —No era mi intención estropearte nada —me dijo Rachel desde la ventana—. Lo único que quiero es que no sufras… —No estoy sufriendo… — ¿Cómo que no? —Alzó la voz—. A ver, dime. ¿Ahora qué harás? ¿Dónde está tu Ethan? ¿Cómo volverás a ese mundo…? ¿Te morirás de nuevo? Calló en seco. Mi respuesta fue un silencio absoluto. No podía rebatirle. Por crudo que pareciese, estaba en lo cierto. ¿Dónde estaba él? ¿Cómo volvería a su lado? —Yo te ayudaré —rompió el silencio Julia. Rachel se dio cuenta del alcance de sus palabras y vino corriendo a abrazarme. —Lo siento —se disculpó—. A veces resulto odiosa. Pero no puedo evitar decir lo que pienso… ¿Me perdonas? —Claro, tonta —le dije cariñosamente. —Ojalá conociera yo a un Ethan que me demostrase que el amor existe —dijo mientras me abrazaba. —Pues ya sabes lo que tienes que hacer: ¡morirte! —le dejó caer Janis. Rachel esbozó una sonrisa. —En cuanto salgas del hospital, nos pondremos manos al asunto —me dijo Julia—. ¡Encontraremos a tu Ethan! En ésas, mi madre volvió a aparecer por la habitación. —Están repartiendo la cena —anunció al entrar. —Tengo hambre. Me parece que no como nada desde hace una eternidad —dije yo. Rachel acercó su boca a mi oreja.

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—Te quiero —me dijo con la voz un poco ronca. —Ya sabes que yo también. Un ruido inesperado estropeó la magia del momento. Alguien acababa de batir el carrito de la cena contra la puerta.

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Búsqueda

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Capítulo 13
Entre tantas pruebas que me hicieron, total para no sacar nada en claro y confirmar lo que ya sabían, lo del dichoso e inexplicable episodio de muerte aparente, me pase cuatro días en el hospital. Me aburrí como una ostra. Y eso que mis amigas me regalaron novelas de todo tipo: de vampiros, de ángeles, de amores imposibles, diarios de adolescentes… Hasta Rachel, que no lo suele hacer, me compró una. Las ojeé pero no pasé del primer capítulo de ninguna, y eso que habitualmente me las leo en nada. No se trata de que me dejasen de gustar de la noche a la mañana. Era que no me concentraba en la lectura porque no me podía quitar a Ethan de la cabeza. Él eclipsaba a cualquier personaje de novela. Su recuerdo era tan intenso que mi mente se escapaba a todas horas a su mundo y recorría el campo de centeno, se colaba por el volcán, se sumergía en el mar de lava, visitaba el Manantial de la Sima, rememoraba cada pequeño detalle. Intentaba revivir a Ethan. Nuestro encuentro sí que fue una historia de amor de verdad… Y yo ansiaba con todas mis fuerzas volver a protagonizarla fuera como fuese no sólo en el recuerdo. Durante los días que pasé hospitalizada, los únicos momentos en los que me divertí algo fue en las horas de visita, cuando alguna de mis amigas, o todas a la vez, se presentaban en la habitación. Lo peor fue, además de tener que soportar que me sacaran sangre continuamente, que me hiciesen decenas de escáneres y radiografías, tener que orinar no sé cuantas veces en un botecito, pasarme horas y horas rellenando formularios, más que todo eso, lo peor con diferencia fue la tarde que Tom vino a verme. Apareció a última hora, mis padres se acababan de marchar y yo estaba preparándome para ir a dormir. Salía del cuarto de baño cuando me tropecé con él. — ¡Qué susto! —casi grité. La toalla que llevaba en las manos se me cayó. — ¿Pensabas que no iba a venir, eh? —dijo él sonriendo con esa ristra de dientes blanquísimos que tiene. Mascaba un chicle. Yo hice ademán de recoger la toalla del suelo pero Tom se me adelantó y se agachó a toda velocidad. —Más rápido que el rayo —se pavoneo. Me dio la toalla y aprovechó para cogerme de la mano. Yo me tensé al instante. —Hola, cariño —dijo con voz tierna. Cuando utilizaba ese tono es que le apetecía besarme. —Estoy hecha polvo —atajé yo para disuadirlo.

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No se dio por aludido y me tiró suavemente de la mano, me acercó y me besó en los labios. Respondí a aquel beso porque no me apetecía empezar a discutir, pero me retiré enseguida. Después conseguí escabullirme de entre sus brazos y me senté en la cama. —Estás muy guapa con ese camisón —me dijo él—. ¿Te gusta mi cazadora nueva? —me preguntó a continuación. E hizo un gran globo con el chicle. —Es muy chula —mentí. Era horrorosa y no le combinaba para nada ni con la camisa ni con los pantalones. Además le quedaba un poco ancha de hombros. —Si te la quieres poner algún día, me la pides… ¿A que me queda bien? Giró sobre sí mismo un par de veces. Yo no respondí. No hacía falta que lo hiciera. Dejé la toalla encima de la mesita de noche y me metí en la cama. Me tapé hasta las cejas. Tom se quitó la cazadora y la lanzó a la butaca. Se acercó a la cama y se inclinó para darme un beso. Giré la cabeza. —Estoy muy cansada —le dije. No sé por qué no aproveché aquella ocasión para decirle que cortábamos, que se fuese, que no quería saber más de él, que había conocido a alguien maravilloso que le daba un millón de vueltas, que marchase de una vez porque era un pesado, que me dejase en paz… Instantes antes de desvanecerme en el pasillo del instituto, estaba convencida y dispuesta a cortar con él. Y cuando por fin se presenta una ocasión, la desaprovecho. —Venga, sólo es un beso —insistió Tom. Sus labios se volvieron a depositar sobre los míos. No tuve más remedio que tocar el timbre para llamar a las enfermeras. Lo hice sin que él se diese cuenta. El tiempo que tardó en llegar la enfermera de guardia se me hizo eterno. Tom estaba a lo suyo… Se creía tanta cosa y besaba fatal. — ¿Qué pasa aquí? —dijo la enfermera cuando entró en la habitación—. Ya no son horas de visita. Tom se dio media vuelta. —Me… estaba despidiendo de mi novia —se justificó. Creo que la enfermera no se echó a reír por no abochornarlo más. Tom estaba coloradísimo. —Nos vemos mañana —me dijo. Y se encaminó hasta la puerta. Entonces advirtió que se dejaba la cazadora en la butaca y retrocedió para cogerla. —Bueno, ya me voy —le dijo a la enfermera al pasar por su lado. Recogió la cazadora y se fue. La enfermera salió con él.

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Apagué la luz y me abracé a la almohada. Intenté no pensar en nada, pero el reciente incidente con Tom no se me borraba de la cabeza. Aún tenía la sensación de notar sus labios. Encendí la luz y me levanté. Había decidido ducharme. La ducha caliente me sentó genial. El agua se llevó a Tom por el desagüe. Me metí en la cama con ánimos renovados. Apagué la luz y me volví a abrazar a la almohada. Nada más cerrar los ojos me vino a la cabeza el poema de Ethan me había recitado Lo empecé a recitar yo: Fue una larga separación, pero el momento del encuentro había llegado en el Juicio Final. La última y segunda vez que estos amantes corpóreos se encontraron. No seguí por la segunda estrofa. Y repetí los dos últimos versos. La última y segunda vez que estos amantes incorpóreos se encontraron. Paré de nuevo. Estuve un rato pensativa, musitándolos en voz baja. Finalmente me puse a hablar en voz alta, como si Ethan me pudiese escuchar. —¿Qué quiere decir «la última y segunda vez»? ¿Tal vez que nos encontraremos de nuevo…? ¿A que sí…? Estoy convencida… No sabes cuánto me gustaría. Pero debes tener en cuenta que no querría que la segunda vez fuese la última… Ya sabes a lo que me refiero. Yo quiero estar contigo siempre… Así de simple… Sí, has oído bien, siempre… ¿A que tú también quieres lo mismo…? Me callé y el silencio retumbó en mis oídos. Ethan, como era de esperar, no contestó. —Te gusta jugar, ¿eh…? Así que la poesía es una pista… ¡Cómo eres…! No me daré fácilmente por vencida. No sabes con quién te la estás jugando… Mi madre dice que soy una cabezota. Y tiene razón. Me conoce como si me hubiese parido… Hablé, hablé y hablé hasta que la desazón se apoderó de mí. Entonces me puse a llorar de impotencia. Al día siguiente me desperté con un dolor de cabeza terrible.

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Capítulo 14
Ethan y yo nos acercamos al Manantial de la Sima. —El cordón umbilical que alimenta a la madre Tierra —dijo él en tono solemne. Yo no entendí nada pero no se lo dije. Aquello era una fuente de lava. La lava brotaba de la pared en estado líquido a presión y, al poco de salir, se iba haciendo cada vez más densa. —Se puede tocar —me animó a meter la mano en el chorro. Sin pensar en las consecuencias, rocé la lava con la punta de los dedos. —No quema —reconocí. Entonces metí las dos manos. La presión me hacía cosquillas. —No te has quemado porque tienes el corazón puro. —Ya… Eso se lo dirás a todas —bromeé. —Bebe —me sugirió. —No pretenderás que… —Confía en mí. —No tengo sed —me excusé. —Eso es que aún no estás preparada. Yo no entendía tanto enigma y me asusté un poco. Además, ¿y si beber aquella lava me sentaba fatal? —No pasa nada. —Ethan se había dado cuenta de mi temor. Me cogió de la mano y me llevó hasta unas piedras que había a la derecha del manantial. Aquellas piedras tenían forma de silla. Me senté en una. Era muy cómoda… Apoyé la cabeza contra la pared. Él arrancó una estalagmita que había cerca. Aquella estalagmita, como el resto y también las estalactitas, no era de agua. Era de lava. Toda aquella cueva era de lava. Se acercó al Manantial de la Sima y puso la estalagmita debajo del chorro de lava líquida. La estalagmita se fundió y se mezcló con la otra lava. Yo me quedé embobada mirando la corriente de lava. — ¿Qué es este mundo naranja? ¿Quién eres tú? —le pregunté con voz rota. —Yo seré quien tú quieras que sea. Ya te lo dije antes. — ¡Dale con los enigmas! —Alcé un poco la voz. Ethan se rio. —Me voy a enfadar enserio —le advertí. —No te lo tomes tan a pecho, mujer. En verdad no estaba enfadada, estaba ansiosa, nerviosa… Y confusa.

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¿Y si todo aquello era un simple producto de mi imaginación? Observé a Ethan detenidamente. ¿Era un sueño? Se inclinó y bebió un par de sorbos del manantial. — ¿Dónde estamos? —le pregunté otra vez mientras iba junto a él—. ¡Y no me digas que donde yo quiera que estemos o algo por el estilo, eh! —Ha valido la pena la larga espera. —Venga, no quiero más evasivas, por favor… Te lo ruego. Ethan era desesperadamente encantador. —Contéstame, venga… ¿Dónde estamos? —En el Manantial de la Sima… —Eso ya lo sé… —Entonces, ¿por qué lo preguntas? — ¡Me doy por vencida! —exclamé y me abalancé sobre él. Me recibió con los brazos abiertos y me levantó en volandas como hacía mi padre cuando yo era pequeña. —¡¡¡Uau!!! —grité mientras daba vueltas. — ¿Quieres beber ahora? —me preguntó. Y me depositó en el suelo. —Estoy un poco mareada. Me puso las manos en las sienes y el mareo desapareció. — ¿Eres un brujo o algo así? — ¿Ahora te apetece un trago del Manantial de la Sima? Miré aquella fuente de lava. —Dijiste que era el cordón umbilical que alimenta la madre Tierra. Movió la cabeza en sentido afirmativo. —Si insistes, beberé… No sé por qué motivo, de golpe tuve el deseo irrefrenable de beber en aquella fuente. —Me parece que ya estás preparada. Bebí un largo trago de lava líquida.

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Capítulo 15
Mis padres pusieron de inmediato una denuncia al hospital por lo que ellos creyeron una negligencia cometida conmigo. Yo no les pregunté nada sobre el asunto. Me enteré por mi madre días después de salir de allí. Lo único que sé al respecto es que, excepto el día que ingresé, no volví a ver más al doctor Robinson. Supongo que él cargaría con las culpas. A mí me llamó la atención que no hubiese pasado más por la habitación. No era un mal tipo y Rachel tenía razón: era atractivo. Por curiosidad, le pregunté a la enfermera que me había ayudado a desembarazarme de Tom si sabía algo de él. Ella puso cara de póquer y yo me olvidé de Robinson en ese mismo instante. Al final me dieron de alta un sábado. — ¡Ha llegado el gran día! —me anunció mi madre al llegar a la habitación. Eran las diez de la mañana. Yo aún estaba medio adormilada. Normalmente a las nueve ya estaba despierta, pero la noche anterior no había conseguido pegar ojo hasta altas horas de la madrugada. La señora que estaba en la habitación contigua se había pasado horas gritando. Debía tener un dolor que ningún fármaco conseguía aplacar. Pobre mujer. —Por fin te podrás ir a casa —me dijo mi madre—. ¿No estás contenta? La que estaba más que contenta era ella: estaba radiante. Las ojeras le habían desaparecido y las arrugas de los labios se le habían estirado. Parecía haber rejuvenecido los años que había envejecido durante las cuatro horas que estuve muerta. Toda ella era una sonrisa. Por eso no le quise preguntar si le habían dicho algo sobre el resultado de las innumerables y tortuosas pruebas a las que me habían sometido. —Pues sí, tengo ganas de salir de aquí —admití. Bostecé un par de veces. Tenía un sueño espantoso. —Voy preparando la bolsa —me dijo. Y se puso a recoger mi ropa del armario de la habitación. —Tengo la sensación de llevar aquí meses —comenté yo. Mi madre dejó la bolsa en el suelo y me abrazó con fuerza. Al cabo de una hora y media, un celador con cara de aburrido me vino a buscar. — ¿Emma Patterson? —me preguntó. —Sí. Es mi hija —se me adelantó mi madre. —Cuando quieras —me dijo el celador. Traía una silla de ruedas. Me hizo gracia. Mi madre metió mis novelas en la bolsa y cargó con ella. Yo monté en aquel artefacto con ruedas. Mi padre nos estaba esperando con el coche aparcado delante del hospital. Le dije adiós con la mano a la habitación sin que me viesen ni el celador ni mi madre. Me salió así, no es que tenga la costumbre de hacerlo. No soy maniática. Fannia sí que lo es. Todas las

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noches, cuando se va a dormir tiene que dejar la ropa bien doblada y las zapatillas de estar por casa las pone perfectamente alineadas a los pies de la cama; no puede ponerse dos días seguidos la misma ropa; se compra bragas nuevas cada mes… Es una esclava de sus manías. El celador me llevó hasta la salida del hospital. Unos metros antes de llegar le dije que parase. Salí a la calle por mi propio pie. Hacía un día de esos de invierno con un cielo azul espléndido. — ¿Has traído mis gafas de sol? —le pregunté a mi madre. —Aquí las tienes. ¿Quieres que te las limpie? —Da igual. Me las puse. Mi padre vino a nuestro encuentro. — ¡Buenos días, hija! —me saludó con efusividad. Mis padres estaban felices y contentos. —Esperaba que Julia y las demás estuviesen aquí —dije. La verdad es que no había caído en ese detalle. Fue al decirlo cuando realmente me extrañó que ninguna de mis amigas viniese para celebrar tal acontecimiento. Salía del hospital después de que me hubiesen dado por muerta. ¿Era un acontecimiento o no? — ¡Vamos! Seguro que tendrían cosas que hacer. Ya las verás —me dijo mi padre. Nosotras entramos en el coche mientras él metía la bolsa en el maletero. Bajé la ventanilla. —Vas a coger frío —me advirtió mi madre. —Estoy bien así. Mi padre pudo el coche en marcha y en menos de un cuarto de hora enfilábamos nuestra calle. Fui casi todo el recorrido con los ojos cerrados, saboreando el aire fresco en la cara. No me di cuenta de la gran pancarta que había en la fachada principal de nuestra casa hasta que pasé por debajo de ella ¡¡¡BIENVENIDA EMMA!!! — ¿Qué es esto? —les pregunté a mis padres. Se miraron el uno a otro y no me respondieron. Mi madre abrió la puerta y se apartó. Mi padre me dio un empujoncito para que entrase yo primera. El interior de la casa estaba totalmente a oscuras. Todas las persianas estaban bajadas y en el comedor no se veía ni torta. De repente oí una voz familiar… Era Julia. — ¡A las de tres! —dijo—. Una… —empezó a contar. —Dos… —se le sumaron otras voces. Deduje que había mucha gente en la casa—. Y… ¡¡¡tres!!! Entonces alguien encendió las luces.

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—¡¡¡Bienvenida Emma!!! —voceó todo el mundo a la vez. La gente estaba emocionada. Mi madre se puso a llorar de alegría. A mi padre le costó mantener la compostura y puso cara de esas que pereces medio tonto. Yo me quedé plantada en la entrada, supongo que con una cara parecida a la de mi padre. El comedor estaba lleno de vecinos, conocidos, desconocidos, alumnos y profesores del instituto, amigas y padres de mis amigas. Incluso habían venido la tía Erica y el tío Craig, los hermanos de mi madre… Había muchísimas personas. Clavé los ojos en el suelo. — ¡Te queremos! —exclamó Julia. Al oír su voz levanté la vista y me topé con los ojos de Fannia. A su lado estaban Rachel, Julia y Janis. También vi a Tom. Me dedicó una de sus sonrisas de dientes blancos. Mi padre me pasó el brazo por encima de los hombros. Y mi mente echó a volar… Imaginé que aquél era el brazo de Ethan.

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Capítulo 16
Mis padres me habían preparado una fiesta de bienvenida sorpresa. Yo no estaba para fiestas. Lo que me apetecía era instalarme en mi habitación y estar a solas. Necesitaba descansar y digerir todo lo que me acababa de pasar. Uno no muere todos los días y luego resucita. Ni anímica ni físicamente estaba para tolerar a la gente. Me encontraba muy, pero que muy cansada. Pero mis padres se merecían que hiciese un esfuerzo. Además, era de agradecer la presencia de todas aquellas personas. Así que hice todo lo que pude y más para ser cordial y conversar. —Qué suerte has tenido. —Sí. —Has vuelto a nacer. —Ya. — ¿Qué sensación tuviste mientras estabas...? — ¿Mientras estaba muerta? —Sí. —Ninguna en especial. — ¡Ah! —Pues ¡qué bien...! Me alegro. —Ya. —Tus padres lo han pasado tan mal... —Sí, los pobres... Unos segundos de silencio aprovechados para dar unos sorbos a la bebida. —Tu madre me ha dicho que ya puedes hacer vida normal. —Sí.

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—Supongo que tendrás ganas de recuperar la normalidad. —Por supuesto. Más sorbos. —Es lo mejor que te podía haber pasado. — ¿El qué? —Ya sabes... Haber... — ¿Haber resucitado? —Sí, eso. —Pues, no. — ¿Cómo que no? —Sí... Quiero decir que sí... Que era lo mejor que me podía haber pasado. —Ya.... Otro trago. —Perdone, pero últimamente me cuesta un poco concentrarme. —Debe de ser por... Es normal. —Sí, seguro. —De verdad que me alegro. —Ya. —Voy a probar uno de esos canapés. Tienen una buena pinta... —Están deliciosos. —Hasta luego entonces. —Nos vemos... Fin de la conversación.

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Normalmente soy educada, sé agradecer las cortesías, pero llegó un momento en que no pude más y le dije a mi madre que me iba a descansar en mi habitación. No la había vuelto a pisar desde que había salido de casa la mañana que me desvanecí en el instituto. Se notaba que alguien había estado ordenando. Estaba todo en su sitio y bien recogido. No había ropa y otros trastos tirados por ahí... Normalmente, tengo la habitación un poco desordenada. La ropa se me acumula encima de las sillas. Y a veces la mesa está tan llena de objetos que cuando tengo que utilizarla pierdo algún tiempo haciendo sitio. En ese momento me digo: —De hoy no pasa. Pero enseguida me olvido y sigo con mi pequeño caos. A mi madre no le gusta. —No lo puedo evitar, ya sabes. Lo intento pero no lo consigo —le digo para intentar justificarme, aunque ya sé que depende de mí. Ella no dice nada, pone cara de malhumorada y se marcha. Entonces ordeno a conciencia. Me escabullí a mi habitación y cerré la puerta con llave. Me quité los zapatos y me estiré en la cama. Mi cama, mis cojines, Kisses y Smiles, dos muñecas peponas grandiosas... ¡Qué gusto! No había pasado ni medio minuto, cuando alguien aporreó la puerta con los nudillos. — ¿Estás ahí? Era Rachel. Me levanté, le abrí y me volví a tumbar en la cama. —Eres lista. Has hecho bien en escabullirte —me dijo—. Vaya fiesta más aburrida. Están todos los profes del instituto, nuestros padres... Me siento vigilada... Se tumbó a mi lado. − ¿Puedo liarme uno de los míos? −me preguntó. A Rachel le gusta fumar de vez en cuando marihuana. Yo paso de eso. Ni siquiera le he dado una calada a un pitillo. Sólo pensarlo, me da asco... Julia no soporta ver fumar a Rachel. Fannia

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también fuma maría, pero más esporádicamente que Rachel. Janis y Julia son como yo: nada de nada. — ¿Me has oído…? Te he preguntado si puedo liarme un porro. —Aquí no... —Ya verás tú. ¡Un día de éstos te voy montar una fiesta que vas a alucinar! —No me lo digas —le seguí el rollo—. Habrá sexo, drogas y rock and roll... — ¿Así que hablando de sexo? —intervino alguien súbitamente. Me quise morir... Tom había entrado en la habitación. Rachel se había dejado la puerta abierta. Me levanté de la cama de un salto. Un par de cojines se cayeron al suelo. Rachel también se incorporó. —Yo ya me iba —dijo. Y se fue. La fulminé con la mirada. Recogí los cojines del suelo e hice ademán de salir tras Rachel, pero Tom se me puso delante y me lo impidió. Reaccioné con serenidad. —Tom —le dije—, ya no podemos posponerlo más. Tenemos que hablar. — ¿Hablar? ¿De qué? ¿Qué ha pasado? —En realidad no ha pasado nada. En realidad es por eso que tenemos que dejar lo nuestro: porque no hay nada. — ¿Cómo? ¡Pero si todo va bien! —Ni bien ni mal... Simplemente, no iba. No creo que debamos estar juntos sólo porque sí. La verdad es que yo misma estaba sorprendida ante mis palabras: estaba expresando tranquilamente lo que sentía. Estaba cortando con él sin gritos ni malos rollos. —Pero... ¡Jo, tía! ¡En el instituto todo el mundo habla de ti! ¡Y ahora quieres dejarlo! Era idiota. Lo que importaba era eso.

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—Puedes decirles que fue bonito mientras duró. Así que, si quieres que sigamos siendo amigos, vete, por favor. Y acepta mi decisión. Dos no pueden seguir juntos si uno no quiere. Me miró con la boca abierta. Creo que estaba tan noqueado no tanto porque cortara con él como porque lo hiciese de aquella manera, tan tranquila. Tan madura. Dio la vuelta y se fue. Al poco, salí yo. En las escaleras me tropecé con Fannia y Rachel. —Me ha dicho Rachel que a lo mejor necesitabas ayuda —me dijo Fannia. —Me has dejado colgada —le solté a Rachel—. Pero al final no me has hecho falta. —Íbamos en tu auxilio —me dijo ella. —Parece que me las empiezo a arreglar yo sola —contesté. Y las tres nos empezamos a reír. —Nosotras dos nos vamos —me comentó Fannia entre risa y risa—. Rachel me ha convencido para que... —No me cuentes más. Fannia y Rachel bajaron las escaleras a la carrera y marcharon a fumarse un porro a saber dónde. Yo fui hasta el comedor. — ¿Lo estás pasando bien? —me preguntó mi padre. Estaba de charla con el director de mi instituto. —El lunes te esperamos allí —me dijo el director. —Sí... Sí.... Por supuesto —le respondí—. Me voy a meter en la cama. Estoy derrotada —le dije a mi padre. Me despedí de los invitados que encontré a mi paso y me encerré en mi habitación.

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Capítulo 17

Bebí un largo trago del Manantial de la Sima bajo la atenta mirada de Ethan. Degusté con calma la lava pero, para mi sorpresa, no sabía a nada en particular. Parecía agua. Tampoco quemaba, ni siquiera estaba templada. Me incorporé de nuevo. —Lo ves. Estabas preparada —me dijo él—. Si no lo estuvieses, te habrías abrasado. —Me lo podías haber advertido -le comenté un poco asustada. —Tienes el corazón puro. Antes te has sumergido en el mar de lava y tampoco ha pasado nada... Tienes que confiar más en ti… —Sí, pero... Se puso el dedo índice delante de la boca pidiéndome que me callase. Dejé de hablar y él se fue a sentar en las sillas de piedra. Yo me quedé en el Manantial de la Sima, metí las manos en aquella fuente de lava, chapoteé. Después bebí oro trago y miré a ver qué era lo que estaba haciendo Ethan. Seguía sentado. Observé que su mirada era triste. Fui a su lado y comprobé que, efectivamente, estaba cabizbajo. Me senté junto a él. —Me alegro que finalmente te hayas decidido a beber —me dijo inmutablemente serio. —Pues no pareces estar muy contento, que digamos. Todo su ser transpiraba tristeza. Se levantó y me acarició la cabeza. La electricidad volvió, me recorrió. —Ha llegado la hora de nuestra despedida -me anuncio repentinamente. — ¿Co... cómo... has dicho? —balbuceé. No me creía lo que acababa de salir por su boca. — ¿Supongo que estarás de broma? Me empecé a poner nerviosa.

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— ¡Dime que no lo has dicho en serio! Pero no estaba bromeando... Ojala... Eso es lo que me hubiese gustado a mí. Se alejó. Fue hasta el fondo de uno de los laterales de la cueva. Yo le seguí con la vista. Los hombros caídos, el torso encogido, la cabeza gacha, parecía un guerrero derrotado. Quise ir hasta él, pero me hizo un gesto con la mano para que no fuese. Entonces entonó una de las estrofas del poema que ya había recitado.

No tenían una vida por delante. Ataviados como los nuevos no nacidos, sólo que ellos habían visto nacidos más infinitos, ahora.

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— ¿Qué pasa? —le pregunté. Me empecé a mordisquear los labios hasta que noté el sabor de la sangre en mi boca. — ¡No entiendo nada! —No hay nada que tengas que entender —me respondió él con una serenidad exasperante—. Sólo tienes que amar... Aquello fue lo último que le alcancé a oír. La cabeza me empezó a dar vueltas y de repente me envolvió un silencio sepulcral. Ethan me siguió diciendo cosas que, aunque me esfuerzo por hacerlo, no consigo recordar. Por la expresión de su rostro deduzco que eran importantes... La cueva, las estalactitas y las estalagmitas, las paredes, el mar de lava, todo se entremezcló y tuve la sensación de estar flotando. Intenté caminar hacia Ethan pero, no alcanzo a saber cómo, empecé a alejarme cada vez más. Una fuerza tiraba de mí, me arrastraba sin remisión...

Y él no hizo nada por impedirlo. Sus manos, que me habían traído hasta allí, no me quisieron retener. ¿Por qué? Un torbellino de sensaciones me abrumó... No pude seguir con los ojos abiertos y la oscuridad me tragó. Me desvanecí de allí y aparecí en un triste habitáculo de hospital, encima de una camilla.

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Capítulo 18

Al día siguiente de la fiesta sorpresa de bienvenida, fui a casa de Julia. Vivimos muy cerca, en la misma urbanización, a unos cuatrocientos metros. Nuestras casas son casi idénticas. Por eso me siento tan bien en casa de Julia. Me parece como si estuviera en la mía. Llegué pasado el mediodía. Era domingo. Por la noche había dormido como un tronco. Me acosté a las nueve. Estaba tan cansada que me quedé dormida antes de que la cabeza llegase a la almohada. Estuve durmiendo más de doce horas de un tirón. Me despertó mi padre. Entró en mi habitación para decirme que la tía Erica y el tío Craig se marchaban. Le dije que por favor me esperasen, que me apetecía ir a despedirlos al aeropuerto. Me vestí en un momento, me inyecté la insulina y cogí algo para comérmelo en el coche. La despedida con la tía Erica fue muy emotiva. Conforme se hace mayor, se parece más a la abuela Kerry. Y al darme un beso en el aeropuerto hizo un gesto que me recordó muchísimo a ella. Me fundí en sus abrazos. —Prométeme que vendrás pronto a vernos —me dijo. —Este verano, sin falta. Me volvió a besar y luego se despidió de mis padres. El tío Craig me dio un beso y cargó con las maletas, la suya y la de la tía Erica. Esperamos a que pasaran el control de seguridad. La manera de andar de la tía Erica, arrastrando los pies, me trajo a la cabeza la noche que la abuela Kerry me vino a visitar. En el trayecto de vuelta a casa reviví en mi mente aquella experiencia, incluida la advertencia premonitoria de la abuela: —A ti también te pasará lo mismo. Tarde o temprano encontrarás a alguien maravilloso. Te enamorarás de él. Lo querrás con toda tu alma… Y te tendrás que separar de él. —Cuánta razón tenías, abuela —dije en voz baja. — ¿Qué has dicho? —me preguntó mi madre.

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—Que si puedes poner la radio —le mentí. Mis padres me dejaron directamente en casa de Julia. Ella estaba meciéndose tranquilamente en un balancín que hay en el pequeño jardín de la entrada. Nosotros también tenemos uno. El suyo es azul marino y el nuestro, verde oscuro. Aunque hacía un poco de frío, como el día era magnífico, sin apenas nubes y con un sol reluciente, decidimos instalarnos allí. Y en aquel balancín le conté a mi mejor amiga cómo me había ido con Tom. Cuando salí de mi habitación después de cortar con Tom, Julia ya se había marchado porque sus padres habían quedado con no sé quién, una cita ineludible, y no le pude explicar nada sobre el asunto. Después, por la tarde, mis padres me llevaron primero al cine y luego a cenar con la tía Erica y el tío Craig y no pude llamarla porque tenía el móvil muerto. No me había acordado de poner la batería a cargar. La telefoneé por fin desde casa, justo antes de meterme en la cama. —Ya está. Lo he hecho —le resumí muy brevemente. Más brevemente imposible—. Mañana te cuento… Estoy rendida. Quedamos en vernos al día siguiente y colgué. No tuvo más remedio que esperar para saber del episodio de mi ruptura con Tom. —Cuéntame… Habla ya —me pidió nada más sentarme en el balancín. Le puse un poco de tensión a la cosa hasta que llegué a la parte realmente interesante. —Y entonces se lo dije tranquilamente, que no quería seguir con él. — ¿Se cabreó? —Parecía atontado, nada más. —No sé qué hacías con un tío así. —Yo tampoco. Pienso que Tom ya se lo esperaba y que en cierto modo le ahorré el trámite. Como últimamente no le daba lo que quería, o sea, morreos y magreos a todas horas, se había cansado de mí. Estoy convencida de que mientras estaba conmigo también se lo estaba montando con otra. Es guapo y se lo sabe hacer. Le resulta muy sencillo ligar… Una tarde en un

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bar incluso se llegó a insinuar a una chica delante de mí. No sé por qué no corté con él entonces… Cada vez que lo pienso, me da rabia que fuese él con quien lo hice por primera vez. Siempre había imaginado que la primera vez sería con alguien muy especial. Aquella tarde fuimos a casa de Tom. Sus padres no estaban y no llegarían hasta la noche. Yo sabía a qué íbamos. Lo deseaba y lo temía a la vez. Cuando entramos en la habitación, puso música y se acercó a mí, muy tierno. Yo temblaba aunque no hacía frío. Con suavidad, fue venciendo mis miedos, y todo salió bien. Pero a partir de entonces él ya no fue el mismo conmigo. A veces pensaba que es como si hubiese asaltado una torre, la hubiese vencido y ahora iba a por otra. Estaba un poco defraudada, no sólo por su actitud posterior, sino porque nunca había llegado a sentir hacia él la misma unión que sospechaba que debía existir, y que efectivamente después había experimentado con Ethan. En fin, ahora creo que, finalmente, la relación con Tom me enseñó algo: a elegir, en vez de ser elegida. A decir que no. Julia y yo estábamos solas en su casa. Sus padres se habían ido a comer con unos amigos. Ella les dijo que no le apetecía ir y que prefería quedar conmigo. Yo también voy cada vez menos con mis padres cuando quedan con alguien. Me aburro con ellos, no lo puedo evitar. No entiendo a Janis, que va con sus padres a todos los sitios y hasta participa en las conversaciones. Yo, la verdad, tengo pocas cosas que compartir con los amigos de mis padres. Prefiero estar con mis propias amigas. Después de hablar de lo de Tom, Julia y yo entramos a la casa y nos preparamos una pizza. Y bien acomodadas en el sofá del comedor empezamos a hablar de lo de Ethan. —Debió de ser alucinante —dijo ella. Se recostó en el sofá. —Me desvanecí aquí y llegué allí… Allí me desvanecí y volví aquí… ¿Por qué no pude oír lo que me decía Ethan? ¿Qué es lo que me quería decir? Tengo la impresión de que era importante… ¿Por qué no impidió que me fuese? —Buena pregunta, pero imposible de responder en estos momentos —comentó Julia. —Voy a por agua —le dije—. ¿Tú quieres algo? —Un refresco. Recogí los restos de piza y fui hasta la cocina. Volví enseguida con las bebidas. —Así que lo único que me tienes que decir es que lo de Ethan te parece alucinante… ¿Nada más?

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Julia se incorporó y le dio un trago al refresco. —Ya te dije que te iba a ayudar a encontrarlo. Pero… Calló de golpe. — ¿Pero qué? —Hum… No sé cómo decirlo… —Dilo y punto. Bebí agua con tan mala fortuna que me tiré parte encima. — ¡Últimamente no me sale nada bien! —No te pongas así… Es agua… Y no te preocupes porque lo encontraremos… Pero sólo lo conseguiremos si existe de verdad… — ¿Qué quieres decir? —Si existe de verdad… Quiero decir que este Ethan existe, que sepamos, en un mundo… En el más allá, para entendernos… Y que, por lo tanto, no existe en el mundo normal. En nuestro mundo, quiero decir… —O sea, que no existe de verdad… —Existe de verdad pero no en el mundo real… Eso es lo que quiero decir… Y si sigo hablando, me voy a liar aún más… Aquella especie de trabalenguas me hizo gracia y me puse a reír. —Es muy fácil. Vamos al mundo de las brumas y ya está —dije. Le contagié la risa a Julia. —Mi padre tiene una escalera en el garaje —dijo. Risas y más risas. — ¿Es muy larga…? Tiene que llegar hasta el más allá. —Mejor una cuerda, entonces… —La cuerda y la escalera. Carcajadas. —Sí, las cosas.

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— ¡Ethan! ¡Abre…! ¡Qué subimos…! —grité bien fuerte. Nos reíamos tanto que acabamos revolcándonos por el sofá.

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Capítulo 19

Finalmente Julia y yo nos pusimos serias. Y pensamos que para empezar la búsqueda de Ethan lo primero era encontrar un médium que nos ayudase a ponernos en contacto con el más allá. Una de las pocas cosas que teníamos claro es que Ethan no era de este mundo. Y por tanto necesitábamos de alguien que nos pusiese en contacto. No nos preguntamos dónde estaba ese más allá porque no teníamos una respuesta concreta. A cualquiera que le dijésemos lo que nos traíamos entre manos nos tomaría por locas. Bien visto, aquello era una locura, un sin sentido. Así que decidimos no hacernos preguntas para no abandonar incluso antes de comenzar. La razón me decía una cosa muy distinta al corazón y yo sólo quería escuchar al corazón... Julia me secundó, estaba dispuesta a hacer lo que hiciese falta para ayudarme. Es una tía genial. Siempre que la he necesitado ha estado a mi lado. En lo bueno y en lo malo... Para eso somos amigas, amigas de verdad. A los nueve años hicimos nuestro pacto de amistad. Estábamos en mi habitación. Abrí la mochila del colegio y saqué el cúter del estuche. Nos hicimos un pequeño corte en la palma de la mano y las juntamos. Ya éramos amigas de sangre. —Vosotras lo que sois es tontas —nos dijo Rachel años más tarde cuando se lo explicamos. Julia fue a su habitación a por el ordenador portátil para buscar un médium en internet. Mientras tanto yo me entretuve en ojear la sección de anuncios de los diarios atrasados. No vi ningún anuncio de médiums. Había un par de personas que echaban las cartas para adivinar tu futuro. Yo no necesitaba saber mi futuro, yo quería volver a mi pasado reciente, volver a estar con Ethan. Julia volvió con el portátil y lo encendió. —Tú, cuando sueñas, ¿en qué color lo haces? —le pregunté. —En blanco y negro. — ¿Estás segura?

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—Ahora que lo dices, no. Julia respondía sin mirarme, atenta a la pantalla del ordenador. —Mis sueños no son en blanco y negro —dije yo—. Son en color... Pero no en varios, sino en un solo color. —Creo que a mí me pasa lo mismo —intervino ella mientras tecleaba la palabra médium en el buscador de internet. — ¿Sueñas en naranja? —No. De eso sí que estoy segura. — ¿De qué color eran las luces de la ambulancia que me llevó al hospital? Julia apartó los ojos del portátil. — ¿Y por qué quieres saberlo? −se sorprendió. —Cosas mías. —No me acuerdo bien —dudó ella. —Haz un esfuerzo —le insistí. —Desde que te desmayaste estás muy rara, tía. — ¡Por fa! Va... venga. —Me parece que naranjas... Sí, eran naranjas. — ¡Bien! —exclamé. La besé en la cara, en los brazos, en el pelo. — ¡Déjame en paz! —se quejó ella. — ¡Eres un sol! Empecé a dar saltos de alegría. Me puse tan contenta porque tomé aquello como una señal, un pista que, por pequeña que fuese, me podía llevar de nuevo hasta Ethan. —Quiero morirme de nuevo —dije.

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— ¿Seguro que estás bien? Julia me quedó mirando como si yo fuese un bicho raro. —Estoy bien... Tú sigue buscando. Volvió a concentrarse en el ordenador. —Aquí salen un montón de médiums —me informó—. ¡354 millones de resultados! —Pon también el nombre de la ciudad, so lista. Lo hizo. —Pues no te pienses, salen 242. No sabía que hubiera tanta gente aquí que se dedicase a eso. —Tengo un presentimiento —le dije toda entusiasmada—. Busca “médium naranja”. Movió la cabeza de izquierda a derecha varias veces, como diciendo “tú y tus presentimientos”. —Hay un resultado. Mrs. Orange, médium y vidente natural. — ¿Lo ves? — ¿Qué tengo que ver? —Que yo tenía razón. Julia no respondió y entró en la página web de una tal Samantha Orange, con un pequeño texto, la fotografía de la médium y un número de teléfono de contacto. Leí el texto:

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Mi madre tenía el don de la videncia y veía venir los acontecimientos que luego sucedían. También era capaz de ponerse en contacto con almas errantes que no habían encontrado aún la paz. Yo, ya de pequeña, me di cuenta que había heredado estas capacidades. Cuando me hice adulta, tomé la decisión de ayudar a los demás. Así que aquí estoy. Utilizo mis dones para ayudar a aquellos que lo necesiten, ya que la vida nos pone a prueba continuamente y, en realidad, si ponemos empeño, todo tiene solución. No dudes más, ¡llámame!

A continuación marqué el número de teléfono. —No te contestará nadie... Es domingo —me dijo Julia. Estaba equivocada. Tardaron en atender la llamada, pero sí que me cogieron el teléfono. — ¿Diga? —contestó una voz masculina. Estuve a punto de colgar. — ¿La... la señora Orange? —pregunté tímidamente. —Un momento, por favor. Pasaron pocos segundos hasta que la médium se puso al teléfono. —Buen día, soy la señora Orange —dijo—. ¿Con quién tengo el placer de hablar? —Con la señorita Patterson. Me sentí ridícula presentándome de esta manera, pero me salió así y ya no había marcha atrás. —Querida señorita Patterson, ¿qué es lo que desea? Estaré encantada de prestarle mis servicios... No se arrepentirá. Estoy a su entera disposición. La voz de Mrs. Orange era muy agradable. —Querría una cita —dije intentando aparentar seguridad. — ¿De qué se trata? Le expliqué lo de Ethan lo más resumidamente que pude. La sensación de ridículo me volvió a asaltar. —Creo que le puedo ayudar —afirmó la médium. Aquella respuesta me gustó. — ¿Le vendría bien pasarse por mi casa el próximo miércoles a las once de la mañana? —No —contesté. Me pillaba en hora de clase—. ¿Puede ser cualquier día por la tarde? O también un sábado... —Aguarde un instante, se lo ruego. Oí pasar hojas.

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—Este sábado tengo un hueco por la mañana... A las diez y media —me dijo Mrs. Orange. —Perfecto. Entonces me facilitó la dirección de su casa. Estaba en la otra punta de la ciudad. Tendría que levantarme temprano porque para llegar hasta allí necesitaría coger un par de autobuses. — ¿Puede venir una amiga conmigo? —le pregunté. —No hay ningún inconveniente. —Muy bien... Nos vemos el próximo sábado. —Que tenga un buen día, señorita Patterson. Colgué el teléfono. El corazón me latía con fuerza. —No sé por qué estoy tan nerviosa −le dije a Julia. —Mira... Te voy a decir una cosa y no te la tomes a mal... Si piensas fríamente en lo que estamos haciendo, es para morirse de miedo. Resulta que vamos a ir a ver a una médium para que nos ponga en contacto con tu Ethan... Pero, ¿y si nos sale algún tipo raro? Un espíritu maligno... A mí estas cosas me imponen respeto... —No me digas que te vas a rajar y me vas a dejar colgada. —He prometido ayudarte y lo haré. —Nunca he creído en esto de la gente que dice que habla con los espíritus −reconocí−. Siempre he pensado que es una absurdidad. Aunque Mrs. Orange me ha dado buen rollo... —Pues claro. No te iba a tratar a patadas... Tiene que cuidar su negocio. Este tipo de gente tiene mucha labia... —Será mejor que no le digamos a nadie nada de esto. —Si se entera Rachel, nos mata... ¡Ah! ¿Le has preguntado a la médium cuánto cuesta? —Se me ha olvidado. Julia buscó en la web de Mrs. Orange a ver si salía el importe de la visita. —No pone nada de precios... Esperemos que no te pegue una clavada −dijo. —Por suerte tengo algo ahorrado...

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Estaba dispuesta a arruinarme, a pedir un préstamo, a robar un banco... Si aquella médium me ayudaba a encontrar a Ethan, le pagaría todo lo que me pidiese.

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Capítulo 20

Llegó el lunes por la mañana y con él la irremediable vuelta al instituto. El instituto me queda relativamente cerca de casa, a un kilómetro y medio, y Julia y yo, si no llueve, vamos a pie. Si llueve lo hacemos en autobús o, si puede, nos lleva mi padre en coche. Mi madre se va muy temprano de casa y no puede acompañarme. Cuando vamos caminando pasamos a recoger a Janis. Las tres juntas atravesamos el Parque de la Independencia. Es un lugar precioso y en verano paso horas allí con mis amigas, a la sombra de un viejo roble. Rachel y Fannia vienen al instituto en autobús. Viven bastante lejos. Las cinco nos juntamos en el bar que hay al lado. Quedamos allí un cuarto de hora antes de que empiecen las clases. Ese lunes no llovía, pero le pedí a mi padre que me llevara en coche. Le dije que todavía no estaba totalmente recuperada y que me encontraba un poco cansada. La verdad era que se me hacía cuesta arriba volver al instituto. Después de lo que me había pasado, no me apetecía ni sentirme observada ni estar en boca de la gente. Definitivamente, tenía que ir en coche. Por lo menos ese lunes. Temía que, si iba caminando, en cualquier momento me daría la vuelta y volvería para casa. Pero si me llevaba mi padre, evitaría esa tentación. Recogimos a Julia y a Janis. Mi padre nos dejó delante de la puerta del bar. Llegamos antes de lo habitual. ―Llámame si necesitas algo ―me recordó mi padre antes de marcharse. Le di un beso y le dije que estuviese tranquilo, que no me iba a pasar nada. Entramos en el bar y nos dirigimos a nuestra mesa de siempre, una que está al fondo del local.
― ¡Tierra, trágame! ―exclamé de pronto―. ¿Veis lo que veo yo? ―les pregunté a mis amigas.

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Nuestra mesa estaba ocupada por el impresentable de Ernest y sus amigotes. ―Mirad para otro sitio con disimulo ―propuso Janis. ―Me parece que Ernest ya nos ha visto ―dijo Julia.

Efectivamente, me fijé y comprobé que nos estaba haciendo gestos con las manos para que fuéramos hasta aquella mesa.
― ¿Qué hacemos? ―preguntó Janis.

―Vamos y punto ―decidí―. ¿O le tenéis miedo? ―Es que ya sabes lo pesado que es ―dijo Julia. Ernest es el típico chulito de instituto que se pasa el día gastando bromas de mal gusto a la gente. No sabe hacer otra cosa y siempre va con media docena de imbéciles como él que necesitan de alguien que les diga lo que tienen que hacer. Nos acercamos hasta la mesa como quien que no quiere la cosa. ―Me alegro de que ya estés de vuelta ―me dijo Ernest. ―Estáis en nuestra mesa ―le dije yo. ―Precisamente nos pusimos aquí porque te estábamos esperando ―contestó y miró a sus colegas―. Te queríamos dar una bienvenida especial. Todos sus amigotes asistieron con grandes risotadas. ―Pues si está ocupada, nos vamos a otro sitio ―dije dando por terminada la conversación. ―No seáis maleducados, caramba, y dejad que las señoritas se sienten ―les ordenó Ernest a sus amigotes. ―No hace falta ―repliqué. Pero sabía que no serviría de nada.
― ¿No nos haréis un feo? ¿A qué no? ―dijo Ernest.

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Tres de sus amigotes se levantaron y nos cedieron sus sillas. ―Pónganse cómodas, señoritas ―dijo Ernest haciendo reverencias burlescas. Janis y yo nos sentamos. En cambio, Julia aterrizó de culo en el suelo. Justo cuando iba a sentarse, el tipo que le había cedido la silla se la apartó.
― ¡Tú qué te has creído! ―le gritó Ernest a aquel tipo, fingiendo estar enfadado con él. Lo

agarró por la camiseta con el puño derecho en alto. Pobre Julia. Al abalanzarse sobre su amigote, Ernest le pasó por encima y la pisó.

Estábamos cansadas de verle hacer aquello a otros alumnos del instituto. Ahora Julia era la víctima. Me levanté y la auxilié.
― ¡Ya está bien! ―le grité a Ernest―. ¡Eres un imbécil!

Ernest dejó en paz a su amigote y se volvió hacía mí. Me echó una mirada entre amenazante y burlesca. Pasé de él. ―Veo que ya estás recuperada del todo ―me dijo. No le hice ni caso.
― ¿Sabes que me gustas? ―me soltó entonces él. Tenía ganas de tirarme de la lengua.

―Ya lo sé… ―Un día tenemos que quedar. Me he enterado de que ya no sales con Tom… El tonto de Tom se había ido de la boca. ―Verás qué bien lo pasamos ―añadió Ernest poniendo cara de baboso. Aquélla fue la gota que colmó el vaso.
― ¿Sabes lo que me dijo mi padre una vez? ―le pregunté al bobo. ― ¿Qué te dijo? A ver, cuéntamelo… ― ¡Que quien da primero, da dos veces! ―grité.

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Y le empujé con rabia. Ernest salió literalmente disparado por los aires. Voló un par de metros y fue a golpear contra la pared, y después cayó al suelo. Yo fui la primera sorprendida. Nunca había sospechado que tuviese tanta fuerza… Ernest se quedó pasmado en el suelo. Un camarero apareció por allí.
― ¿Qué está pasando aquí? ―dijo.

Ernest se levantó con la cara blanca del susto.

― ¿Qué te ha parecido? ―le dije.

Y me empecé a reír. Julia y Janis me miraban con ojos expectantes. Los amigotes de Ernest empezaron a escurrir el bulto. Ernest le pidió la cuenta al camarero y se marchó avergonzado.
― ¿Desde cuándo vas al gimnasio? ―me preguntó Janis, asombrada.

Repentinamente me sentí muy cansada. ―Será mejor que te sientes ―me dijo Julia. Escuchaba lejana su voz.
― ¿No se te ocurrirá desvanecerte de nuevo? ―me regañó de buen rollo―. No te lo voy a

permitir. Entre Janis y ella me sentaron en la silla. Cada vez me notaba más y más abatida, como cuando estuve en el campo de centeno y me tuve que estirar para descansar. Como aquella vez, cerré los ojos porque los párpados me pesaban toneladas. Aquella vez, cuando volví a abrirlos, Ethan estaba delante de mí. Pero aquél no fue un segundo episodio de muerte aparente. Fue un bajón de glucosa que se solucionó con un simple sobre de azúcar. Julia me abrió la boca y me lo vació dentro. No era la primera vez que me pasaba y ella ya sabía lo que había que hacer en estos casos. Padezco la llamada «diabetes juvenil», que me causa una deficiencia absoluta de insulina, la hormona que permite que el azúcar entre en las células del cuerpo… Yo me la tengo que inyectar antes de cada comida. Lo de pincharme lo llevo bien. La aguja es muy pequeña y no duele. Lo que peor llevo de mi diabetes es que se caracteriza por inesperadas bajadas y subidas de glucosa. Cada vez que se me altera la glucosa, o vomito o me mareo o me siento intensamente fatigada. He ido acostumbrándome a vivir con esto, a saber reconocer los síntomas. Ya forma parte de mi vida, porque estará siempre. Esto sí que es para siempre. Lo que no me gusta nada es que la gente me vea como a una enferma. Cuando el azúcar me hizo efecto, me percaté de que Rachel y Fannia habían llegado.

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―Eres una flojucha ―me dijo Rachel. ―Pues la tendrías que haber visto ―le dijo Janis―. Ha hecho volar por los aires al imbécil de Ernest. ―Qué exagerada ―le replicó Rachel.
― ¿Quieres que llamemos a tus padres? ―me preguntó Fannia.

―Estoy bien ―dije. ―Os voy a proponer una cosa ―anunció Rachel. Todas la miramos. ―Vamos a hacer campana la primera hora. No soporto las matemáticas… Julia se levantó. Janis y Fannia también.
― ¿No vienes? ―me preguntó Julia.

―Me quedo con Rachel. Julia me dirigió una mirada reprobatoria. ―Está decidido ―dijo Rachel―. Se queda. Y no te preocupes, mamá ―se dirigió a Julia―, iremos a segunda hora. ―Eso espero ―dijo Julia con cara de cabreo. Rachel y yo fuimos a clase a segunda hora. Durante el rato que tuvimos en el bar nos dedicamos básicamente a reír: de Tom, de Ernest y de sus amigotes… Una de las cosas que más valoro de Rachel es que me río muchísimo cuando estoy con ella y eso me ayuda a olvidarme de los problemas. Allí sentadas en nuestra mesa me olvidé de la diabetes y de Ethan. Y también de la fuerza repentina. ¿Cómo había sido capaz de hacer volar a Ernest por los aires? Ni idea. Cuando le empujé me pareció como si mis manos no fuesen mías, como si las manos que hicieron salir disparado a aquel impresentable fuesen las de otra persona.

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Decidí no darle más vueltas a aquel asunto y preguntárselo el sábado a Mrs. Orange. El lunes y el resto de la semana se me hizo eterno a la espera de la visita a la médium.

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Capítulo 21

Julia y yo habíamos quedado en la parada del autobús de la línea 115 a las nueve menos cuarto. La cita con Mrs. Orange era a las diez y media. Disponíamos de casi dos horas para llegar. Era más que suficiente, pero como teníamos que atravesar la ciudad de sur a norte en dos autobuses diferentes, decidimos ir con bastante tiempo de antelación por si se nos presentaba algún imprevisto. Tanto a ella como a mí nos gusta planificarnos. Aunque eso no quiere decir que no improvisemos cuando conviene. Yo me presenté en la parada un par de minutos antes que ella. Según el horario, el 115 tenía que pasar por allí a las nueve menos diez. —No he pegado el ojo en toda la noche. Estoy nerviosa —le dije cuando llegó. —Hace un frío que pela —se quejó ella. Iba tapada hasta las orejas. Llevaba abrigo y bufanda de lana. Yo iba abrigada con un chaquetón de mi madre. Me gusta ponerme alguna de sus prendas. — ¿Tú qué excusa le has puesto a tus padres? —me preguntó. —Les he dicho que iba de tiendas y que no me esperen para comer. Mi madre me ha mirado como diciendo "¿tan temprano?" ¿Tú qué les has dicho a los tuyos? —Lo mismo. Y ahora que lo dices, es un buen plan. Si quieres, después de lo de Mrs. Orange nos damos una vuelta por el centro comercial… En otras circunstancias, me hubiese parecido una idea excelente. Me encanta ir al centro comercial a ver tiendas. Voy con mis amigas, nos probamos miles de prendas y nos hacemos fotos con el móvil con las cosas más estrafalarias. Al final casi nunca compramos, pero nos reímos un montón. También vamos por las tiendas de música a escuchar novedades, y a la librería a curiosear por las estanterías. Pero aquel sábado mi pensamiento no iba más allá de la cita con Mrs. Orange. —A lo mejor —dije por decir algo. El autobús llegó puntual. Iba vacío y nos instalamos en los asientos traseros. —Qué bien se está aquí con esta calefacción —suspiró Julia una vez sentadas. Se quitó la bufanda. — ¿Así que has dormido mal? —me dijo—. Lo entiendo… —Si quieres que te diga la verdad, además de nerviosa, estoy desmoralizada —le confesé. —Tú tranquila… —Creo que estamos perdiendo el tiempo… Me quité el chaquetón porque hacía un calor insoportable. —No adelantes acontecimientos —me animó Julia.

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Ella seguía con el abrigo puesto. Es una friolera. —Nunca más volveré a ver a Ethan —afirmé con rotundidad. — ¡Ven aquí! Me pasó un brazo por el hombro. Yo me recosté en ella. —Me parece todo tan lejano —empecé a hablar en voz baja—. Cada día que pasa, los detalles de aquel mundo se van borrando. Todo se está convirtiendo en una simple sensación, en algo irreal… No he soñado con Ethan… Nada. Ni una pista que me haga mantener la esperanza. — ¿Y qué me dices de lo de Ernest? ¡Voló por los aires! —Fue una casualidad… Por lo que parece, en ciertas circunstancias de ansiedad y de miedo los accesos repentinos de fuerza sobrehumana son habituales. Y yo estaba muy, pero que muy enrabiada cuando empujé a ese imbécil… —Ya… No le comenté nada sobre la sensación que había tenido al arremeter contra Ernest, como si mis manos no fueran las mías. ¿Fue Ethan? Después de más de una semana sin señales de él, ya empezaba a tener la certeza de que todo había sido producto de mi imaginación. — ¡Pura casualidad! —dije con resignación. —No te des por vencida. Yo no sé si Ethan es real o irreal. Si lo has inventado… Glups… Parecía como si Julia hubiese leído mi pensamiento. —Yo sólo sé que te quiero —prosiguió— y haré lo que me pidas y creeré en lo que me digas. Si hay que buscarlo, lo buscaremos. Si lo encontramos, mejor que mejor. Si no, no pierdes nada… Ahora no está contigo, ¿no? Así que lo único que puede pasar es que tu situación mejore. No puede empeorar… —Lo echo de menos. No aguanto un segundo más sin él. Su ausencia me duele y me deprime… —Mi madre me suele animar diciéndome que cuando se toca el suelo, lo único que se puede hacer es subir. ¡Es imposible bajar más! —Eres una buena amiga —le dije con la emoción a flor de piel. —Soy tu amiga. —Mi mejor amiga… Julia suspiró. Yo me fijé que el conductor del autobús nos estaba observando por el retrovisor. A lo mejor nos había tomado por una pareja de lesbianas. Estuvimos calladas hasta que nos apeamos. Bajamos en una parada en la que también pasa el 35, que nos tenía que llevar hasta la parte de la ciudad donde vivía Mrs. Orange. —Tenías razón, hace mucho frío —le dije a Julia mientras esperábamos el otro autobús. — ¿Y tu chaquetón? —me preguntó ella—. ¿Dónde lo has metido? — ¡Me lo he dejado en el bus!

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Me imaginé la cara que pondría mi madre cuando le dijera que había perdido su chaquetón. —Por lo menos el bolso lo tienes contigo —me dijo Julia mientras sacaba el móvil del suyo y marcaba un número de teléfono que había en un panel informativo Habló con alguien durante un par de minutos. —Ya está. Asunto solucionado —me anunció cuando colgó—. Cuando quieras puedes pasar a recoger el chaquetón por la central de autobuses. Se van a poner en contacto con el conductor para que lo deje allí. — ¡Qué bien! Eres un cielo. Me abalancé sobre ella y la besé rápidamente. Me apartó a los pocos segundos. —Ya llega nuestro autobús. Subimos. Iba vació como el otro. Miré el reloj y eran las nueve y media. También nos sentamos en los asientos traseros. —No sé qué haría sin ti —le dije a Julia. — ¡Quieres dejar de hacerme la pelota de una vez! —me riñó ella aparentando estar enojada—. Y toma mi bufanda. Por lo menos te podrás poner algo por encima cuando bajemos. Si no, vas a coger una pulmonía. Era lo que te faltaba. Cogí la bufanda. Olía a Julia.

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Capítulo 22
Llegamos a casa de Mrs. Orange diez minutos antes de la hora cita. Era una casa normal situada en una zona residencial de la parte norte de la ciudad y rodeada de otras bastantes parecidas. Nadie hubiese dicho que aquélla era la consulta de una médium. — ¿Estás segura de que es aquí? —dudó Julia. Miré el papel donde tenía anotada la dirección que me había facilitado Mrs. Orange. —Estamos en el número 62, ¿no? —dije. —Sí. La casa estaba rodeada por un muro alto que no dejaba ver el interior de la finca. En la parte del muro que daba a la avenida en la que nos había dejado el autobús se veía un portalón de hierro de color óxido con el número 62 dorado. Al lado había una puerta del mismo color que el portalón. Julia se acercó hasta allí. —Es aquí —confirmó—. Hay una placa debajo del timbre del interfono. Fui hasta donde estaba ella y leí aquella inscripción: SAMANTHA ORANGE, MÉDIUM Y VIDENTE NATURAL La placa era dorada, como el número, con las letras naranja. — ¡Qué nervios! —dije. Julia pulsó el timbre y al cabo de unos segundos un hombre contestó. — ¿Quién es? —Emma Patterson. Tengo cita con Mrs. Orange. Se oyó un zumbido y Julia empujó la puerta. Recorrimos un jardín con un pequeño camino de gravilla. El hombre nos esperaba en la entrada de la casa. —Buenos días, soy Gabriel Orange, el marido de Mrs. Orange —se presentó. Le saludamos y entramos. —Mi mujer ya está preparada —nos dijo él al tiempo que ajustaba la puerta. El pasillo que conducía hasta la habitación donde nos esperaba Mrs. Orange, se me hizo larguísimo. El marido de la médium se detuvo delante de una puerta con unos relieves de unos animales extraños que no identifiqué, una especie de pájaros sin pluma con las alas muy grandes y cabezas de felino o algo así. —Ya pueden pasar —nos invitó a entrar. Nos recibió una bocanada de oscuridad. El pasillo estaba iluminado con una luz muy tenue, pero aún se veía algo. Pero la habitación donde Mrs. Orange recibía a las visitas estaba negra como la boca de un lobo. Me quedé plantada. —Vamos —me animó Julia—. Estoy aquí contigo.

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—Por favor, señoritas —nos apremió el marido de la médium—. El tiempo pasa y Mrs. Orange tiene mucho trabajo. Julia y yo entramos en la habitación casi a tientas. La puerta se cerró detrás de nosotras y la oscuridad se intensificó. —Estoy aquí —se oyó una voz de mujer. A continuación se escuchó el sonido de una cerilla. Una pequeña vela se encendió. Y luego otra. Las dos llamas iluminaron la cara de Mrs. Orange. —Hagan el favor de acercarse lo más despacio que puedan y en el más absoluto silencio —nos indicó—. Los espíritus necesitan paz y armonía. El silencio es nuestro guía y consejero. Nos sentamos en dos sillas dispuestas enfrente de la médium. —Tú eres Emma, supongo —adivinó Mrs. Orange. Asentí, perpleja, con la cabeza. —He estado pensando en tu caso —me miró—. Voy a hacer el Ritual del Reencuentro, que abre todos los caminos y derriba todas las murallas. Me fijé en que iba tal cual salía en la fotografía de la página web: con los ojos muy pintados y raya negra, pendientes largos plateados y una especie de redecilla, también plateada, que le cubría la cabeza. La luz de las velas, entre rojiza y amarillenta, se reflejaba en los pendientes y en la redecilla produciendo una atmósfera turbadora. Con la vista concentrada en una de las pequeñas llamas, contemplé aquella danza hipnótica. Y pensé que a lo mejor aquel Ritual del Reencuentro podía funcionar. Mientras, Mrs. Orange enumeró los ingredientes que iba a utilizar: una cruz egipcia, un medallón de oro de una persona muerta, agua de lluvia y diez monedas antiguas. Metió todo menos el agua en un cuenco grande. E inició el ritual. —Tengo que obtener tu permiso para poder cambiar tu destino. —Busqué la mano de Julia por debajo de la mesa. Por suerte, la encontré—. No puedo cambiar tu destino porque sí, sin más, si no, estaría privándote de tu libertad. Entonces, yo te pregunto: ¿me das tu permiso? —Sí —respondí sin dudar a la vez que apretaba la mano de Julia. Luego la médium cogió la botella de cristal que contenía el agua de lluvia y vertió casi toda en el cuenco. —Dame tu mano derecha —me pidió. Solté la de Julia y alargué el brazo. Mrs. Orange estiró el suyo y nuestras manos se tocaron. — ¡Ah! —exclamé encogiendo el brazo. Me había dado un fuerte calambre. — ¿Qué pasa aquí? —preguntó ella frotándose la mano. Se incorporó y alzó la voz con los ojos cerrados. — ¡Vete de aquí! ¿Quién eres tú? ¿De dónde vienes? ¿Con quién hablaba aquella mujer? ¿Con nosotras? Abrió los ojos de repente. Estaba como traspuesta, los brazos en cruz.

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Continuó gritando en la penumbra. Parecía como si hubiese enloquecido de pronto. Entonces se encendió la luz y entró su marido. — ¿Qué te pasa? ¿Qué te pasa? — ¡No! ¡No! ¡Vete! ¡Que se marche! El marido nos hizo ademán de que saliéramos de la habitación. Esperamos, asustadas, mientras oíamos los gritos, cada vez más discontinuos. Finalmente, el señor Orange vino hacia nosotras. —Ha ocurrido algo inesperado. Hay una vibración muy fuerte en el ambiente. Lo siento —se disculpó—. Ahora mi mujer no puede hacer nada más. Debe descansar. Quizá otro día... Nos acompañó a la puerta de la casa. Allí nos pidió cincuenta dólares. Julia me tuvo que dejar un billete de diez.

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Capítulo 23

Antes de morir sin morirme nunca me había atraído el naranja. Era un color que hasta ese momento no me hacía una gracia especial. Mi favorito de toda la vida es el verde. Siempre que echo una partida a un juego de mesa, si hay que elegir un color determinado, escojo el verde. Me da buena suerte. Para vestir el que más me gusta es el negro. Aunque es un poco difícil, si los sabes combinar, el negro y el verde conjuntan muy bien. Quien es una fan del naranja es Fannia. En el hospital, al día siguiente de explicarles a mis amigas el encuentro con Ethan, ella llegó entusiasmadísima a la habitación. Lo primero a lo que se refirió nada más abrir la boca no fue precisamente a él, sino al color del mundo de las brumas. ―Desde que nos lo contaste no me lo puedo quitar de la cabeza ―dijo―. Daría un brazo por poder ir a ese lugar naranja en el que dices que has estado. Era primera hora de la tarde y Rachel y ella habían venido a hacerme una visita. ―No hay suficiente con un brazo. Te tienes que morir para poder ir hasta allí ―ironizó Rachel. ―Eso está hecho. ¿Dónde hay que firmar? ―dijo Fannia, riéndose―.Así que ya me puedes decir lo que tengo que hacer. Yo también quiero ir a ese mundo naranja… ―empezó a repetir una y otra vez mientras pataleaba como una niña pequeña. ― ¿Quieres parar? ¡Me vas a dar una patada! ―se quejó Rachel. Sonreí. Después de pasar todo el día padeciendo estoicamente toda clase de pruebas médicas, aquellas visitas con mis amigas eran todo un antídoto para combatir la soledad y las comeduras de coco. Fannia dejó de patalear y se sacó el jersey de lana que llevaba puesto. Debajo tenía una camiseta blanca con una inscripción en letras naranjas en la parte delantera. ―Mira lo que pone ―me dijo. Lo leí. I LOVE ORANGE ― ¡El naranja es el color del amor! ―afirmó Fannia. Se giró y me enseñó lo que ponía en la parte de atrás de la camiseta. LIVE LIFE IN ORANGE

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― ¡El color del amor, por favor! ―dijo Rachel secamente―. No empieces con tus chorradas que te veo venir. ―Vive tu vida en naranja… ¡Me gusta! ―afirmé yo―. Suena genial. ―Yo paso de este rollo ―comentó Rachel―. Me voy un rato a la calle para fumarme un cigarrillo. Espero que cuando vuelva hayáis acabado con vuestras tonterías. ―Algún día encontrarás a alguien especial ―la sermoneé―. Entonces dejaras de ser tan… ¡tan fría…! ― ¡Que te crees tú eso! ―dijo ella―. Nos vemos ahora. ―Y tendrías que dejar de fumar ―añadí. ―Pareces mi madre ―farfulló. Y se fue sin más. Fannia y yo seguimos a lo nuestro. ―Me gusta tu camiseta ―le dije. ―Pues te la regalo. Se la quitó y me la dio. ― ¡Me encanta! ―Y ahora, si te parece, te puedo explicar cosas sobre el color naranja. Se volvió a poner el jersey y me giñó el ojo. ―Me parece un plan estupendo ―asentí. Me senté en la cama. Estaba cansada de estar acostada. Pero era lo que había. Los médicos me habían advertido que, debido a las pruebas a las que estaba siendo sometida, era muy importante que permaneciese estirada el mayor tiempo posible. Podía caminar lo imprescindible para ir al baño y poca cosa más. ―Ya estoy lista. Cuando quieras ―le dije a Fannia. Y le devolví el giño. Acercó la butaca a la cama y se sentó con una pierna cruzada sobre la otra. ―En la teoría de los sueños, el naranja expresa lo ideal, la perfección ―me empezó a contar toda concentrada―. Y también lo absoluto, lo sublime, la unión de las almas, el amor puro, la fidelidad, la templanza, la sinceridad… Las palabras claves de este color son ―Fannia puso pose pensativa―: energía, alegría, felicidad, atracción y creatividad ―dijo de carrerilla―. Además el naranja está asociado al signo Leo… ―Yo soy Leo ―dije. ―Ya lo sé… ― ¿Cómo sabes tú tantas cosas del naranja? ―Pues porque es mi color favorito…

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―Nunca me habías dicho nada de todo esto ―le comenté en un tono ligeramente recriminatorio. —Nunca me lo habías preguntado. ―Es verdad ―reconocí. ― ¿Quieres que te explique más cosas o no? ―Si no lo haces, te mato. Estiré los brazos y la cogí por el cuello. Fingí estrangularla. Ella sacó un palmo de lengua. Nos reímos. ―Hay creencias en las que el naranja tiene un significado determinado ―prosiguió con su explicación. Yo abrí bien los oídos―. En el budismo representa la falta de deseo y la humildad. Para los chinos, el renacimiento, el rejuvenecimiento, la intuición. Para la religión cristina simboliza lo sacro y la divinidad. Y creo recordar que en la India es el color de la humildad y la solidaridad… ―Me gusta eso que has dicho de los chinos ―comenté―. Eso que simboliza el renacimiento… Yo he renacido después de estar en un mundo naranja. ―Has renacido gracias al amor. ¡Qué bonito! No tenemos cura, a veces a Fannia y a mí nos sale una vena de lo más cursi. ¡Pero lo que disfrutamos! ―El naranja es el color del segundo chakra, el que está situado en el vientre… El naranja se relaciona con las emociones profundas y los chinos antiguos dicen que la mejor manera de pensar es con el vientre… Desde el vientre estamos conectados profundamente con nuestras emociones. ―Me he perdido. ¿Qué es eso del chakra? ―le pregunté. ―Son como unos centros de energía que hay en el cuerpo, es lo único que te puedo decir… Me parece que hay siete…Los chinos también dicen que el naranja es el color del sol. Y que el sol es dador de vida… ―Sois unas pesada. ¿No os cansáis nunca? ―nos recriminó Rachel. Ya estaba de vuelta―. Están hablando del naranja ―se dirigió a Julia y Janis, que venían con ella. ― ¿Cómo te encuentras hoy? ―se interesó por mí Julia. ―Bien, hasta que ha llegado esta cortarrollos ―respondí señalando a Rachel. ―Te he traído esto ―dijo Janis. Y me dio una novela. Rachel se puso a contar un incidente que había tenido en el instituto por la mañana con el profesor de matemáticas. Le cae fatal y a la mínima que puedo aprovecha para interrumpir su clase y sacarlo de sus casillas. Fannia y yo no tuvimos otro remedio que dejar el naranja para otro momento.

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Capítulo 24

Nos alejamos de la casa de Mrs.Orange. — ¡Aquí no volvemos más! —exclamó cabreada Julia—. ¡Vaya timo! —Tengo que descansar —me quejé—. No puedo más. El calambrazo me había dejado débil. Se lo dije a Julia y me senté en la acera. Me miré la mano derecha: podía mover los dedos pero estaban hinchados. ¿Y si la médium me había lanzado un hechizo? En aquellas circunstancias de debilidad se me pasaban por la cabeza idioteces de este tipo. Julia le dio el alto a un taxi y me ayudó a subir. — ¿Dónde os llevo? —preguntó el taxista. —Al centro comercial —le dijo Julia. El taxista maniobró y se encaminó hacia allí. Pasamos por delante de la casa de la médium. —Vaya tipa más histérica esta Mrs. Orange — me comentó Julia. —Sí —contesté mecánicamente. —Pensaba que los médiums eran gente tranquila. —Quizás haya visto algo… Quiero decir un espíritu… —Pero eso es lo normal para un médium, ¿no? —Supongo… —No me han gustado nada sus modales. Julia dijo aquello muy indignada. — ¿Y si Ethan estaba allí? –solté yo. — ¿De veras lo crees? Aunque, por el numerito que ha montado la médium, parece que se había presentado el mismísimo diablo. —Cada vez estoy más perdida… Todo esto es un lío y ya no sé qué pensar. —Pues mi mujer es muy aficionada a estas cosas —dijo de repente el taxista. — ¿Cómo dice? —le preguntó Julia. —Mi mujer va a menudo a una señora que lee el futuro y cosas por el estilo —aclaró él—. Va un par de veces al mes… ¡Os enseñaré una cosa! —Se inclinó un poco para poder llegar con la mano a la guantera sin tener que apartar la vista de la carretera. La abrió y del interior sacó una bolsita negra—. Podéis mirarla de cerca. —Nos invitó a cogerla. Julia lo hizo y a mí me llegó un intenso olor a ajo—. Cuando me dio esta bolsita, mi mujer me dijo que se trataba de un amuleto para ahuyentar la mala suerte, los robos, los malos espíritus, los accidentes… ¡Todo tipo de desgracias, vamos! Yo la guardo en la guantera para que no me ahuyente a la clientela. Supongo que ya habréis notado que huele que apesta. El taxista se rió a carcajadas.

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—No la he tirado a la basura por si el día menos pensado mi mujer me pregunta dónde está — añadió. Julia le devolvió aquella bolsita. El olor era insoportable. Yo no la quise coger porque ya tenía bastante con la hinchazón de los dedos. Lo que me faltaba es que además me oliesen a ajo. Las pocas veces que me ha tocado pelar ajos en casa, las manos me han estado oliendo horas aunque me las haya lavado una y otra vez. — ¿Su mujer conoce a una tal Mrs. Orange? —le preguntó Julia al taxista. —No creo… ¿Por qué lo quieres saber? ¿Os han intentado timar? Si queréis os llevo a la policía y le ponéis una denuncia… No os voy a cobrar. —No, gracias —le dijo Julia—. No hace falta. —Tengo una hija de vuestra edad —prosiguió el taxista—. Siempre le digo que no se meta en líos. Hoy en día esta ciudad no es lo que era. La gente ahora es más egoísta. Yo, debido a mi profesión, sé mucho de estas cosas. Las he visto de todos los colores. Así que tened cuidado, que los problemas vienen solos. Como era sábado y no había mucho tráfico, llegamos al centro comercial en menos de un cuarto de hora. Ente semana, el mismo trayecto nos hubiese costado más de una hora… Y el taxi nos hubiese salido por un ojo de la cara. Pero aquel día fue gratis. Aquel hombre no aceptó de ninguna de las maneras que le pagásemos la carrera. —Es mi acción de buen samaritano del día —nos dijo con una gran sonrisa dibujada en la cara. Nos despedimos de él y entramos en el centro comercial. Yo ya estaba totalmente recuperada y mi mano había vuelto a su estado normal. Los dedos se habían deshinchado y los podía mover con total facilidad. —Qué simpático —le dije a Julia—. Y qué bien que no nos haya querido cobrar. —No nos iba a salir todo mal hoy. Nos sentamos en el café al que solemos ir cuando vamos al centro comercial. Pedimos unos sándwiches para comer. Mientras nos los traían, me inyecté con disimulo la insulina. —Un día me tienes que dejar que lo haga yo —me pidió Julia—.Para que aprenda…

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Capítulo 25
Yo tenía un hambre voraz y me comí el sándwich en dos bocados. Cuando acabé a Julia todavía le quedaba más de la mitad. Le pedí un poco. — ¿Así que en la consulta de Mrs. Orange dices que te ha dado un calambrazo? —me recordó ella mientras yo le hincaba el diente a su sándwich. — ¡Están buenísimos! —le dije a ver si se daba por aludida y me daba otro bocado. Ella me caló y se metió todo lo que le quedaba en la boca. —Te vas a ahogar. Me reí de ella. — ¿Me vas a explicar lo del embarazo? —me pregunto con la boca llena. —Lo noté cuando la médium me tocó… Me mire la mano derecha y moví los dedos enérgicamente para comprobar que estaban definitivamente recuperados. En la fiesta de celebración de mi séptimo cumpleaños estuve a punto de electrocutarme. Mis amigas y yo estábamos jugando en mi habitación. Estábamos entretenidísimas con la casa, la tienda y la peluquería de mis muñecas. Mientras tanto, escuchábamos un CD de canciones infantiles que me acababan de regalar. En un momento dado, mi madre apareció por la habitación para traernos una bandeja con unos trozos más de pastel especial para diabéticos en el que había soplado las velas. —Eso es por si tenéis hambre — nos dijo. Dejo la bandeja encima de la cómoda y se marchó enseguida. Nadie cogió pastel. No es que ese pastel especial para diabéticos estuviese malo, lo que pasa es que estábamos hartas de comida. Al lado de los trozos de pastel había unos platillos y unos tenedores pequeños. Me levanté y cogí uno de aquellos tenedores. Me agaché al lado del enchufe y metí las púas del tenedor por los orificios. La reacción fue inmediata. Soltó una chispa que me cegó la vista y un calambrazo me recorrió el cuerpo entero. Salí despedida para atrás y caí de espaldas al suelo. La música se dejo de escuchar y pocos segundos después mi padre abrió la puerta de la habitación. Entró corriendo. — ¿Qué ha pasado? Yo estaba confusa y me sentí débil. El brazo derecho me dolía. Mi padre me sentó en el suelo, a mi lado. Vio el tenedor clavado en el enchufe. Lo sacó. — ¡Dios mío! ¿Te ha pasado algo? —me preguntó. Me miré el brazo y vi que tenía una herida sangrante toda chamuscada alrededor. Me levanté el jersey y le enseñe a Julia la cicatriz de aquella herida.

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—En la consulta de Mrs. Orange noté lo mismo que en aquel cumpleaños —le dije—. La electricidad me dejó paralizada por unos instantes… — ¿Te has fijado? —Julia acarició la cicatriz con la punta de sus dedos—. Tiene forma de sol… —Ahora que lo dices, puede ser… También tiene forma de pelota… O de luna llena… Según se mire. —Ya, pero fíjate en estas líneas de aquí, no sé, parecen los rayos del sol… —Nunca lo había visto así… Pero parecen… —Es un sol… Míralo. Aquel comentario de Julia me atrajo a la cabeza una de las cosas que me había explicado Fannia sobre el color naranja. —Los chinos también dicen que el naranja es el color del sol. Y que el sol es dador de vida — recordé. Me bajé apresuradamente la manga del jersey como dando por zanjada aquella cuestión. Aquel día, después de todo lo que había pasado en la consulta de Mrs. Orange, no me apetecía comerme más el coco. — ¿Damos una vuelta? —propuse. Nos pusimos en marcha. —Janis me dijo que en no sé qué tienda de por aquí esta quincena hacen un cincuenta por ciento de descuento en todas las prendas —me acordé. —Antes de nada quiero comprar mi revista de música —dijo Julia. Ella toca la guitarra eléctrica y más de una vez les ha propuesto a Janis y Rachel formar un grupo. Janis toca el piano. Y lo hace muy bien. Rachel tiene muy buena voz. A Fannia y a mí sólo nos gusta escuchar música, no tocamos ningún instrumento. Fuimos directas a la librería. Yo me quedé en el escaparate de afuera y, mientras Julia compraba su revista, me detuve dándole una ojeada a las portadas de los periódicos. Tardó muy poco en estar de vuelta. —Ya está —me dijo al llegar a mi lado—. Ahora vamos a ver si encontramos la tienda esa que te ha dicho Janis. — ¿Te has fijado? —le dije—. La mayoría de noticias que salen en los periódicos son de desgracias. Mira esa portada —señalé el City, el periódico de nuestra ciudad. ACCIDENTE MORTAL EN EL CEMENETERIO DE LOS ÁNGELES Resulta que un camión que transportaba combustible se había estampado contra el muro de la entrada principal de uno de los tres cementerios de la ciudad. El impacto había provocado una fuerte explosión que destrozó parte del muro junto al portalón de la entrada. El conductor del camión y una pareja mayor habían muerto en aquel triste incidente. — ¡Tenemos que ir! —dijo Julia.

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—Sí que tienes prisa en llegar a la tienda esa, tía. —A la tienda, no… —Entonces, ¿adónde quieres ir? —le pregunté toda extrañada. —Ahí. —Julia señaló la portada del City. —No te entiendo —le dije. —Al cementerio ese del accidente… — ¿Qué se nos ha perdido allí? — ¿En el poema que te recitó Ethan no hay una parte que hace referencia a unos ángeles? Julia estaba rarísima. Y yo descolocadísima. — ¿Salían ángeles…? ¿Sí o no? —insistió. Recordé el poema. —Pues la verdad —afirmé—. En la última estrofa… — ¡Dime como era ese trozo! Me encontré y recité aquella estrofa: ¿Hubo nupcias como éstas alguna vez? Un paraíso, el anfitrión. Y un querubín y un serafín los discretos invitados. — ¿Lo ves? —exclamó Julia. — ¿Qué es lo que tengo que ver? —Que tenemos que ir. Julia no dejaba de señalar la portada del City. —Un querubín y un serafín —masculló—. En ese cementerio hay un par de ángeles. — ¿Y tú cómo lo sabes? —Mira la foto que hay a la derecha del camión accidentado. Agucé la vista y en la foto que decía se veían, detrás de los escombros, las estatuas de los ángeles. —Los querubines y los serafines son ángeles. ¡Por eso se llama Cementerio de los Ángeles! — ¿Y si lo dejamos correr? —sugerí—. ¿No hemos tenido bastante por hoy? —Te prometí que te ayudaría a buscar a Ethan — dijo Julia. Verdaderamente, por el empeño que ponía, parecía que ella tuviese más interés que yo en encontrarlo. Mi móvil empezó a sonar. —Es Rachel —advertí a Julia—. ¿Qué le digo? —Invéntate algo sobre la marcha, pero no le digas dónde estamos ni lo que vamos a hacer…

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Atendí a la llamada. — ¿Dónde os habéis metido Julia y tú? —me preguntó Rachel sin saludar. Fue directa al grano— . ¡Y no me mientas! He llamado a tu casa y me han dicho que estas con ella… —Estamos en el centro comercial —le dije la verdad. Julia resopló. —Voy para allá —resolvió Rachel —. Quedamos dentro de una hora al lado de las taquillas del cine. —Es que… vamos a ir a un cementerio. Julia resopló de nuevo y puso cara de cabreo. — ¡Un cementerio! —exclamó Rachel al otro lado del móvil —. Últimamente estás muy rara… Bueno, esperadme ahí. —Cuando llegues, ya hablamos —le dije. Y colgué. —Rachel se va a reír de nosotras —afirmó Julia con resignación—. ¿Por qué no le has mentido? Se trataba de una simple mentira piadosa, tía… —Ya… Pero es nuestra amiga. —No le des más vueltas. Ya no hay nada que hacer —concluyó Julia —. Cuando llegue nos vamos volando al Cementerio de los Ángeles. Queda en la parte oeste y tenemos que coger el 47… Me parece que vamos a llegar sin luz de día. En esta época del año anochece muy temprano. Mire el reloj. Eran casi las cuatro de la tarde. Rachel se presentó en las taquillas del cine del centro comercial pasadas las cinco. —Mis padres no me han podido traer en coche y cuando he llegado a la parada el autobús acababa de pasar —se excusó —. Pero ¡contadme…! ¿Qué es eso de que tenemos que ir a un cementerio? —Es una larga historia — le dije. —Que tiene que ver con el dichoso Ethan —dijo ella. — ¡Vamos! —nos apremió Julia —. Te lo contamos todo de camino al cementerio… Al salir del centro comercial ya había oscurecido. Además el cielo estaba encapotado y presagiaba tormenta. —Era lo que nos faltaba —murmuré. Apretamos el paso y fuimos hasta la parada del autobús. El 47 tardó menos de cinco minutos en llegar. Iba bastante lleno y no había apenas asientos libres. Julia se sentó sola. Rachel y yo nos sentamos juntas detrás de ella. Aproveché para ponerla al corriente de por qué teníamos que ir al Cementerio de los Ángeles y también de nuestra peripecia en la consulta de Mrs. Orange.

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—Esto ya pasa de castaño oscuro —me dijo —. Tienes que olvidarlo. Todo es producto de una alucinación tuya… Seguro que lo del episodio de muerte aparente te afectó el cerebro y por eso imaginaste ese… ese ¡mundo naranja…! ¡Por favor…! ¿No te das cuenta de que es absurdo? Unas lágrimas afloraron en mis ojos. Ella se dio cuenta y me acarició una mano. —Te digo esto para que no sufras más —Rachel me hablaba con cariño —. Os acompaño al cementerio para demostrarte que estoy de tu lado… Pero, por favor, pasa página… Que no te pase igual que con los tíos. Siempre te acabas llevando un desengaño… Tienes que ser mas lista… Si no fuera porque eres mi amiga, te diría que has perdido un tornillo. Quién sabe, a lo mejor tenía razón y todo lo relacionado con Ethan era producto de la locura. Quizá yo había perdido un tornillo, como decía, y estaba molestando y haciéndoles perder el tiempo a mis amigas con una tontería sin sentido alguno.

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Capítulo 26

Bajamos del 47 en la parada más próxima al Cementerio de los Ángeles. Nos recibió una ligera lluvia. Miré hacia el cielo y en el horizonte más cercano vi el resplandor de un par de relámpagos. El sonido sordo de un trueno no se hizo esperar. — ¡La que nos va a caer encima! —advertí a Julia y a Rachel. —No llames al mal tiempo —me dijo Rachel. —Pero ¿tú has visto esas nubes? — ¡Bah…! Van a caer cuatro gotas. —Os pasáis el tiempo discutiendo por tonterías —atajó Julia. Además de lloviznar, seguía haciendo tanto frío como cuando llegamos por la mañana a casa de Mrs. Orange. Por suerte, mientras esperábamos a Rachel, Julia y yo habíamos encontrado la tienda que me había dicho Janis y había aprovechado para comprarme un abrigo a buen precio. Precisamente, al acabar de pagarlo, Janis me llamó al móvil. Como antes preguntara Rachel, quería saber dónde estaba. —Con Julia en el centro comercial… Me acabo de comprar un abrigo superchulo. —Os vais de compras y no nos lo decís. ¡Vaya cara! —se enfurruñó—. Estoy con Fannia… Ahora vamos para allí… —No tan rápido —le dije. Y le comenté que íbamos a ir al Cementerio de los Ángeles. —Qué sitio más raro para pasar la tarde de un sábado —se extrañó—. Pero si te empeñas… Quedamos de vernos directamente en el cementerio. Julia, Rachel y yo llegamos a la entrada principal a las seis en punto. Janis y Fannia ya estaban allí. No había nadie más por los alrededores. Era lógico, ¿a quién se le podía ocurrir estar en un sitio así en pleno invierno, casi de noche, con el frío que hacía y la tormenta que se avecinaba? La respuesta es simple: sólo a una loca como a mí y a unas amigas que me seguirían hasta el fin del mundo si hiciese falta. — ¿Os habéis fijado? —nos dijo Janis haciendo grandes aspavientos—. ¡Qué pasada! La entrada principal del cementerio estaba hecha un verdadero desastre. Al camión que había provocado aquel desastre ya lo habían retirado. Tampoco quedaba ni rastro del portón de la entrada. Seguramente que también se lo habían llevado. En esa parte el muro estaba destrozado y los escombros se acumulaban en el interior del cementerio. También había aún algunos cascotes en la acera. La explosión había tenido que ser tremenda. Seguro que el conductor y la pareja mayor habrían muerto en el acto. Pobre gente…

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Unas vallas y unas cintas de la policía impedían el acceso al cementerio. Al pie de los escombros vi a un vigilante. — ¿Se puede saber qué se nos ha perdido aquí? —preguntó Fannia. —Ya sabes cómo es Emma… —Rachel me dio un golpecito en la espalda—. Se piensa que su Ethan es una de esas estatuas. Señaló a los ángeles de piedra que había justo detrás de los escombros. Estaban ennegrecidos, seguro que por la deflagración del combustible que transportaba el camión. Aquellas estatuas, más que un querubín y un serafín, parecían un par de deshollinadores de la película de Mary Poppins. El vigilante pasó por debajo de las cintas de la policía y, después de mirarnos, cruzó la calle. Entró en un bar cercano. Aproveché la ocasión, aparté una valla y me colé en el cementerio. La lluvia arreció un poco. Subí por los escombros y me dirigí hacia los ángeles. Observé que el de la derecha tenía un ala rota por una punta. Al otro le faltaba una mano. —Aquí está —dijo de repente Rachel. Me dio un susto. No me había dado cuenta de que había venido detrás de mí. Ella había encontrado la mano amputada del ángel. — ¡Cuidado con lo que hacéis! —nos dijo Julia desde el otro lado de las vallas—. El vigilante puede volver de un momento a otro. Janis, Fannia y ella se mostraban reticentes a entrar. —Venid a ver esto —las animé—. Además, tú has sido la que has dicho de venir aquí —le dije a Julia. A regañadientes, y mirando a todos lados para comprobar que no la veía nadie, apartó un poco más la valla y entró. Janis y Fannia la siguieron. — ¿Cuál de ellos es Ethan? —me preguntó Janis—. Sería maravilloso que uno de estos ángeles cobrase vida y te besase. ¡Qué bonito! —Ya empezáis con vuestras tonterías. No tenéis arreglo —dijo Rachel—. Yo me piro… Me dio la mano amputada del ángel y luego se bajó de los escombros. Se puso a caminar hacia el interior del cementerio. — ¿Adónde vas? —le gritó Julia. —Mi abuelo está enterrado aquí —dijo. Enseguida la perdimos de vista. La iluminación era bastante deficiente. —Estos ángeles son simples estatuas —le dije a Julia—. ¿Y ahora qué? —No sé —balbuceó ella—. A lo mejor es cuestión de esperar. —Ya… A lo mejor les cae un rayo y cobran vida, como pasa en las películas—ironicé. No es que tuviese ganas de broma, es que ya me empezaba a sentir un poco estúpida con todo aquel asunto. Pensé que si Ethan existiera en alguna parte, ya me hubiese mandado alguna señal. Aunque fuese a través de un sueño… Se mostraba muy esquivo. Demasiado. Y yo

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necesitaba algo sólido para mantener la esperanza y no pensar que todo había sido una alucinación. — ¿Y si le das un beso en la boca a uno? —sugirió Janis. —No digas bobadas —le solté—. Y ahora vamos a buscar a Rachel… —Yo paso de meterme por ahí —dijo Janis—. Este cementerio está hecho polvo. Da pánico. —Yo me quedo con ella —intervino Fannia—. Para hacerle compañía, no penséis que tengo miedo. — ¡Ya! —exclamé yo. — ¿Vamos o qué? —me dijo Julia—. A ver si por culpa de Rachel nos vamos a meter en un lío. Tenemos que salir de aquí antes de que vuelva el vigilante. Fannia y Janis salieron del cementerio. —Os esperamos en la parada del autobús —nos dijeron desde la entrada—. Llueve mucho. La lluvia arreciaba cada vez más. Un relámpago iluminó el cielo. El trueno que lo siguió fue ensordecedor. Teníamos la tormenta encima. Julia y yo bajamos de los escombros. — ¿Te has fijado por dónde se ha metido Rachel? —me preguntó. —Por ahí. Señalé la parte más lejana del cementerio. Nos dirigimos hacia allí. Entonces me di cuenta de que llevaba conmigo la mano amputada del ángel. Me dije que a la vuelta la dejaría a los pies de su propietario. Pisamos no sé cuántos charcos y nos mojamos los pies. — ¿Por qué habré tenido la brillante idea de venir a este maldito cementerio? —refunfuñó Julia. Era enorme. Habría cientos de cadáveres enterrados allí. Me empecé a poner nerviosa. — ¡Rachel! —grité varias veces. Dejamos atrás los panteones más nuevos y nos adentramos en el cementerio. El ruido de un trueno hizo que me sobresaltara. Entre los panteones se veían algunas farolas, pero ninguna funcionaba. —Esto es un verdadero laberinto —comenté. —Vamos por ahí —propuso Julia. Caminábamos sin saber muy bien dónde estábamos hasta llegar a la zona de los panteones más antiguos. — ¡Rachel! —voceó Julia. —Llueve muchísimo. Las gotas me hacen daño en la cara —me quejé. —Vamos a resguardarnos ahí, a ver si se calma un poco la cosa —me dijo Julia. Nos acercamos a un panteón que tenía una cornisa. Estábamos empapadas de pies a cabeza. —Mi abrigo nuevo —dije con voz lastimera. Julia movió la cabeza como diciendo «¡No me vengas ahora con chorradas!» Oí unos pasos y giré la cabeza. Era Rachel.

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—Hola, chicas —nos saludó. También estaba empapadísima. — ¡Ya era hora! —exclamó Julia—. ¡Vámonos de aquí! Si seguimos así, vamos a pillar una buena… Teníamos todos los números para coger una pulmonía. Pero entonces lo que realmente nos preocupaba era salir de allí cuando antes. Yo ya estaba hasta el gorro de aquel cementerio. Y también de aquel día. De verdad que aquel sábado era para olvidar. Por la mañana, el extraño incidente con Mrs. Orange y por la tarde, aquello. —Necesito un café con leche bien caliente —dijo Rachel. — ¿Has encontrado la tumba de tu abuelo? —le pregunté. Ella me cogió de la mano. —Sí… Hacía tiempo que no la visitaba. —Ojalá aún no haya vuelto el vigilante —dijo Julia. Dejamos atrás la zona de los panteones antiguos y nos metimos entre una hilera de tumbas realmente destartaladas. Luego torcimos a la izquierda y después a la derecha y otra vez a la izquierda. Y una vez más a la derecha y otra a la izquierda. — ¿No hay manera de salir de aquí? —pregunté cabreada. —Seguidme a mí —dijo Rachel—. Me parece que ya recuerdo por dónde es la salida. Nos condujo entre los panteones aparentando saber por dónde iba. No dudó en ningún momento, pero al cabo de un rato fuimos a dar otra vez a la zona de los panteones más antiguos. — ¿Así que sabías el camino? —le recriminó Julia. — ¿Os podemos ayudar en algo, guapas? —dijo alguien de repente. Las tres nos giramos a la vez hacia aquella voz. Y vimos, a escasos metros, dos siluetas masculinas. Uno de aquellos hombres estaba apoyado en un panteón y el otro estaba acuclillado. No tenían pinta de visitantes. Su ropa estaba sucia y llevaban tiempo sin afeitar. Tenían cada uno en la mano esas bolsas de papel que esconden botellas de alcohol. La lluvia no daba tregua. Llovía y llovía sin parar. — ¿Estáis perdidas? —preguntó el que estaba acuclillado. — ¡Y a ti qué te importa! —le soltó Rachel. — ¡Qué genio! —dijo el otro hombre—. ¡Me gustan las chicas con carácter! El que estaba en cuclillas se incorporó torpemente y avanzó unos pasos hacia nosotras. Era alto. Su compañero, en cambio, era bajo y gordo. —Parece que llueve —dijo el gordo. Y chutó una piedra que impactó en mi pierna derecha. Me dio en la rodilla y me hizo bastante daño. —No lastimes a estas señoritas —le dijo el alto al gordo—. ¿Qué se van a pensar de nosotros?

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—Perdóname, preciosa —se disculpó el gordo gesticulando excesivamente—. No era mi intención lastimarte. —Nosotros somos unos caballeros y sólo queremos ayudaros —intervino el alto. Parecía que sin querer nos habíamos metido en un buen lío. Estaba claro que aquellos supuestos caballeros no eran tal. Eran un par de borrachos. Y cada vez llovía más y más. —Pedid por esa boquita —dijo el alto—. ¿Qué queréis que hagamos por vosotras? Estuve a punto de contestar «Que nos dejéis en paz de una vez.» Pero no me pareció la respuesta más oportuna. Así que me mordí la lengua y empecé a pensar en cuál sería la mejor manera de solucionar aquello. No se me ocurrió otra que salir pitando. Y eso fue lo que le dije en voz baja a Julia. —Comparte conmigo ese secretito —me pidió el alto al ver que hablaba con ella. —No… no es nada —balbuceé. —¡¡¡Ahora!!! —gritó Julia con determinación. Las tres echamos a correr y nos zafamos de aquellos tipos con facilidad. Ni siquiera intentaron correr detrás de nosotras. No estaban para muchos trotes. — ¡Vaya borrachos impresentable! —dijo Rachel. Ya no llovía, diluviaba. Caminamos entre los panteones en busca de la salida mirando de vez en cuando para atrás, no fuera a ser que los borrachos nos siguieran. — ¡Alto! —escuchamos una voz. No era ninguno de los borrachos, sino el vigilante. Nos alumbró con la linterna. — ¿Qué hacéis por aquí? —Mi abuelo está enterrado en la parte antigua —se excusó Rachel. —Éstas no son horas —dijo él paternalmente. Nos acompañó hasta la salida. —Y nos volváis por aquí fuera de horas de visita —nos advirtió. Fuimos hasta la parada de autobús. — ¿Por qué habéis tardado tanto? —nos preguntó Fannia al vernos. —Ya os contaremos —atajó Rachel—. Volvamos a casa cuanto antes. Necesitamos una buena ducha. Julia paró un taxi que casualmente pasaba por allí y las cincos nos apretujamos en el coche con el beneplácito del taxista. —Hace un día de perros —comentó el hombre. Y puso en marcha el taxi. Pasamos por delante de la puerta del cementerio a poca velocidad. A través de los cristales, a través de aquella lluvia torrencial, me pareció ver que el ángel manco abría la boca y por ella

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salía un chorro de lava. El corazón se me aceleró. Estuve a punto de pedirle al taxista que detuviese el coche, pero finalmente no lo hice. Apreté la mano de aquel ángel. Todavía la llevaba conmigo.

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Él

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Capítulo 27

A las diez en punto de la mañana del día siguiente estaba de vuelta en el Cementerio de los Ángeles. Yo sola. No se lo dije a ninguna de mis amigas porque pensé que no tenía que molestarlas más con aquel asunto. Había decidido que, pese a la buena voluntad de ellas, sobre todo de Julia, aquello lo tenía que resolver yo. A mis padres les mentí. Les dije que iba a la central de autobuses a recoger el chaquetón de mi madre. Mi padre insistió en acompañarme en coche, pero le argumenté que lo había extraviado yo y, por lo tanto, tenía que encargarme de recuperarlo. —Me has convencido —me dio la razón—. Me parece bien que asumas tus responsabilidades. Veo que estás madurando. No pude evitar sentirme incomoda al oír aquello. En realidad le estaba mintiendo. Aunque fuese una mentira piadosa. Era cierto que pasaría por la central de autobuses para recoger el chaquetón. Pero no le dije que después iría al cementerio. Se lo oculté porque no quería que se preocupasen por el asunto de Ethan. Bastante habían sufrido ya con mi muerte aparente. Lo malo de mentirle a mis padres, piadosamente o no, es que me había habituado a hacerlo. Cada vez que no quería que se enterasen de algo, no les decía la verdad. La tergiversaba a mi conveniencia. Estaba un poco preocupada por ello porque iba a más y no sabía si algún día podría dar marcha atrás. ¡Era tan cómodo mentir! Pero ese mismo día las circunstancias me llevarían a dar por zanjado el asunto. Por supuesto, también les había mentido cuando llegué a casa empapada del Cementerio de los Ángeles. Me bajé del taxi lejos de casa para disimular. Entré sin que me vieran y fui directa a la ducha. Durante la cena mi madre me preguntó dónde me había metido durante todo el día. La ducha me había sentado de maravilla y ya me encontraba mucho mejor de la fatiga que me había anulado tras un día tan intenso. —Por la mañana hemos estado paseando por el parque. Luego hemos ido a comer algo al centro comercial. Olvidé tu chaquetón en el autobús. Pero no te preocupes, ya he llamado y podemos pasar a recogerlo cuando nos vaya bien. Mañana voy yo, sin falta. Y eso fue todo.

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Al llegar a la entrada del Cementerio de los Ángeles metí la mano en el bolso y apreté instintivamente la mano del ángel manco. Estaba delante de aquella figura chamuscada, ansiosa por encontrar restos de lava. Ése había sido el motivo que me había llevado hasta allí otra vez. Por la noche apenas había dormido dándole vueltas al asunto. Estuve dudando entre volver o no a aquel cementerio hasta que despuntó el día. Me levanté de la cama y fui al lavado a echarme agua fría por la cara para ver si así conseguía que se me aclarasen las ideas. Después de refrescarme, me miré en el espejo. Me quedé absorta observándome, ahora las cejas, ahora los labios, ahora la nariz. Las gotas me resbalaban y humedecían mi camisón. —Date otra oportunidad —me dijo la imagen del cristal. —La última —afirmé yo. —De acuerdo —respondió ella con una tímida sonrisa dibujada en los labios. La sonrisa de la esperanza. ¿O de la desesperanza, tal vez? Las vallas y las cintas de la policía estaban apartadas. Delante de los escombros un buen número de personas hablaban en voz baja. Había un coche funerario aparcado al lado de los ángeles. Las caras largas de los parientes del muerto se mezclaban con los comentarios de la gente que había acudido allí para ver los estragos del accidente. Me acerqué a la estatua del ángel manco. La examiné concienzudamente. Ni rastro de lava. Se me cayó el alma al suelo. A mis ojos, quedaba claro que todo era mentira. Durante las cuatro horas que yo había estado técnicamente muerta había sido víctima de mi mente. Seguramente, en un intento de mantener su actividad para no desconectarse y perecer, mis neuronas se habían puesto a funcionar para inventar un sueño potente que me mantuviese asida a la vida. Consiguieron engañarme. Durante el episodio de muerte aparente construí una imagen ideal, la de mis deseos. No hay otra explicación posible. Es absurdo pensar que alguien se puede enamorar irremediablemente de otra persona a primera vista. Alguien te puede gustar mucho cuando lo ves, incluso puedo reconocer que te puedes liar con él porque sientes una atracción física muy fuerte, pero lo más

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probable es que te enamores cuando lo conozcas. Lo que realmente hace atractiva a una persona es su carácter. La explicación de que me enamorase perdidamente de Ethan nada más verlo es que ya estaba en mi cabeza desde hacía tiempo. Él era ese chico que yo había ido forjando en mi pensamiento. Y sólo existía allí. ¿Y el extraño calambre en casa de Mrs. Orange? Aquel calambrazo también tiene una interpretación lógica. En un escenario así, en casa de una médium a la luz de las velas, con la predisposición y el deseo de la aparición de algún espíritu, lo más lógico es creer que se trata de un acto paranormal. El espíritu se presenta con tanta fuerza a través de la médium que se produce el calambrazo. Un día un amigo de mi padre vino por casa y explicó que en su fábrica tenía un problema con la electricidad estática. Algunos de sus operarios recibían pequeñas descargas eléctricas cada dos por tres en una de las máquinas. Mi padre, que es asesor en seguridad laboral, le informó que había personas predispuestas a captar esta electricidad que pulula en el ambiente. Y nos puso a mi madre y a mí como ejemplo. A menudo, tanto ella como yo, al bajar del coche y cerrar la puerta, recibimos una pequeña descarga de electricidad estática. Pues eso es lo que me debió pasar con Mrs. Orange. Estoy convencida de que aquel calambrazo fue una descarga de este tipo. Ethan no existía. Nunca lo encontraría. El mundo naranja de las brumas era Made in Emma. Me lamenté. Saqué del bolso la mano del ángel manco y la deposité a los pies de su propietario. Se me escaparon varios puñados de lágrimas. —Lo siento —me dijo una señora que había a mi lado. Seguramente me había tomado por un familiar del muerto que estaban enterrando en aquellos momentos, a una decena de metros de nosotras. Noté su mano en uno de mis hombros. Cerré los ojos. —Así es la vida —afirmó la señora. Hablaba bajo, pero su voz me parecía familiar. —La muerte forma parte de ella.

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Yo seguía con lo ojos cerrados. —Un día las personas se tienen que separar. Yo perdí a mi marido cuando aún éramos jóvenes. Me lo arrebataron demasiado pronto. Estábamos muy enamorados y todavía teníamos muchos sueños por cumplir. Abrí los ojos de golpe y miré aquella señora con curiosidad infinita.
— ¿Abuela Kerry? —dije con voz temblorosa.

—Sí, podría ser tu abuela. —Me sonrió—. Pero no me llamo Kerry. Mi nombre es Susan. ¿Y el tuyo? —Emma. —Arriba ese ánimo, Emma… Piensa que todo se acaba, lo bueno y lo malo. Si vives un buen momento, aprovéchalo, porque se acabará sin duda. Si pasas por un mal trago, acéptalo. Te puedo asegurar por experiencia que también llegará a su fin. Me sequé las lágrimas y me despedí de Susan. Salí del cementerio sin mirar atrás en ningún momento. Estaba dispuesta a pasar página y olvidarme de Ethan. Aquél era el punto y final de la historia. Llegué a casa casi a la hora de comer. Mi padre estaba en el jardín con la barbacoa. —He recuperado el chaquetón de mamá —le dije. —Muy bien… ¿Me puedes hacer un favor? Tu madre está en la cocina preparando la carne. Tráemela ya, las brasas están a punto. Dejé el chaquetón en el colgador de la entrada y fui a la cocina. Mi madre tenía la carne lista. —Ya tienes de vuelta tu chaquetón —le dije. —Me alegro. —Papá me ha dicho que le lleve la carne. —Ahí la tienes. —Señaló una bandeja que estaba en el mármol, al lado de la nevera—. Dile que voy a preparar la salsa. Cogí la bandeja y salí al jardín.
— ¡Qué buena pinta tiene! —comentó mi padre—. Déjala aquí.

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— ¿Necesitas algo más?

—De momento, no. —Entonces voy a llamar a Julia.
— ¡Ah! —exclamó mi padre—. Te ha llamado un tal Ethan.

Fue como si me golpeasen con un martillo en la cabeza. Me quedé aturdida.
— ¿Qué? —balbuceé.

—Me ha dicho que te ha estado llamando al móvil y no se lo cogías... Dijo que llamaría en otro momento… Me ha causado buena impresión, es un chico muy agradable... —Ya… Yo no salía de mi asombro.
— ¿Te pasa algo?

—Nada. Di media vuelta y subí corriendo a mi habitación. ¡Me había dejado el móvil cargando! Vi que tenía dos llamadas perdidas. Una de Julia y otra de alguien que me había telefoneado con un número oculto. No me quedaba otra que esperar.

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Capítulo 28

Vuelta a empezar. Pero ¡ojo!, esta vez iba a ser mucho más prudente. No me dejaría llevar por el corazón, aunque se empeñase en latir con fuerza. — ¡Emma! —me llamó mi madre desde la planta baja—. ¡Baja, por favor! — ¡Ahora voy! Antes llamé a Rachel. En aquella situación ella era la persona idónea para ayudarme a mantener la cabeza fría. Necesitaba su lógica aplastante. —No te vas a creer lo que te voy a contar —le dije en cuanto cogió el teléfono. — ¡Ah! Eres tú… Llamas para decirme que has vuelto por el cementerio —me contestó irónicamente—. ¿Me equivoco? Me dejó pasmada. ¿Cómo lo sabía? ¿Me había seguido? ¿Había contratado a un detective? Estaba claro que no. Me conocía y sabía mi manera de actuar, así de sencillo. —No es por eso. — ¿Qué quieres entonces? —Ethan me ha llamado —le solté sin más. Ella no contestó. Y me dio la sensación de que la comunicación se había cortado. — ¡Hola! ¿Estás ahí? —pregunté. —Por lo que veo, ya has perdido el sentido del todo —sentenció Rachel de sopetón. —Necesito hablar contigo largamente. ¿Por favor, puedes venir a casa? —le pedí—. Vamos a comer asado… No se hizo de rogar. —Si no hay más remedio… ¡Qué se le va a hacer! Además, me encanta el asado, ya lo sabes. Voy para allá, no te muevas. Colgué e intenté reprimir cualquier atisbo de ilusión. Metí el móvil en uno de los bolsillos del pantalón y bajé al jardín. —He invitado a Rachel a comer —le dije a mi padre. Él estaba atareado dándole la vuelta a la carne. Tosió por culpa del humo. —Me parece estupendo —dijo como pudo. Me puse a toser yo también. —Apártate de aquí. Ya tengo suficiente yo con esta humareda. Mi madre apareció por allí con la salsera. —He oído que tenemos una invitada —dijo—. ¡Anda! Ayúdame a poner la mesa. Miré hacia la entrada del jardín, impaciente por la llegada de Rachel. Tenía que hablar con ella cuanto antes para evitar que mi mente se obnubilara de nuevo.

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Mi madre fue a la cocina a buscar los utensilios para preparar la mesa mientras yo ponía el mantel. De repente me empezó a sonar el móvil. No lo cogí de inmediato porque al oír su zumbido me quedé literalmente paralizada. Lo saqué del bolsillo con lentitud. Parecía que me movía a cámara lenta. Observé la pantalla con los ojos entreabiertos, como si el sol me estuviese deslumbrando. Era Julia. Respiré hondo para serenarme y atendí la llamada. — ¿Cómo te has levantado hoy? —me preguntó. —Bien. —Hace un día magnífico. ¡Después de la que nos cayó ayer! —Ya. — ¿Tienes planes para hoy? —No. — ¿Te apetece quedar? —Bueno. — ¿Por qué me contestas con monosílabos? —Me duele un poco la cabeza… —Seguro que fue por lo de ayer. —Sí. —Yo estoy empezando a estornudar. Me parece que me he resfriado. Mientras Julia hablaba empecé a oír a través del auricular el sonido que avisa de que alguien te está llamando. —Te tengo que dejar —le dije atropelladamente a Julia. —Es sólo un momento, es que… — ¡Te llamo más tarde! Corté su llamada y atendí la otra. No llegué a tiempo. Y en la pantalla del teléfono leí otra vez aquello de «número oculto». — ¡Coge esto! —me pidió mi padre. Me acerqué a la barbacoa y llevé la bandeja de carne hasta la mesa. La puse en el centro mientras mi madre acababa de colocar los platos. En ésas se presentó Rachel. — ¡Veo que he llegado en el momento justo! —dijo. Saludó a mis padres. —Ya estoy aquí —me dijo a mí a la vez que me guiñaba un ojo. —Esto se enfría —comentó mi padre. Rachel y mis padres devoraron la carne. Yo casi no la probé. Estaba deseosa de subir a mi habitación y hablar con mi amiga. También de poder atender de una vez la llamada del número oculto y salir de dudas.

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Capítulo 29

Después de comer, Rachel y yo subimos a mi habitación. Ella se repantigó en la cama. ― ¡Cuánto he comido! ―se quejó a la vez que se frotaba la barriga―. Siempre me pasa lo mismo, cuando una comida me gusta, no puedo parar. La carne que hace mi padre en la barbacoa, sazonada con la salsa que prepara mi madre, está deliciosa. ―Te escucho. Porque hemos quedado para hablar, ¿no? ―me dijo―. Tenemos toda la tarde por delante. Me acerqué al puf que suelen ocupar Kisses y Smiles. Me las había regalado la abuela Kerry en una de sus pocas visitas a nuestra casa. Entonces me habían hecho muchísima ilusión: tenía cinco años y eran tan altas como yo. Me pasaba tardes jugando con ellas. Senté a las muñecas en el suelo. Las dos me miraron con su sempiterna sonrisa adornada por unas mejillas rojo carmín. Cogí el puf, lo arrimé a la cama y me acomodé en él. Rachel había cerrado los ojos. ― ¿No te irás a dormir? ―le dije. ―Es que es muy aburrido estar dándole siempre vueltas a la misma cosa. ¿Quieres que te sea sincera? Creo que tienes que olvidar a Ethan. Eso es. ― ¿Pero cómo me lo puedo sacar de la cabeza si resulta que me ha llamado? ¡Está intentando ponerse en contacto conmigo! ¡No te das cuenta! ― ¿Estás segura de que se trata de él? Mi amiga puso énfasis en la palabra él. ―Bueno, alguien llamado Ethan ha hablado con mi padre. ― ¿Conoces a alguien que se llame así...? Aparte de él, ya me entiendes. ― ¡No! ―negué con rotundidad―. Pero... ― ¡No hay pero que valga! ―me interrumpió Rachel. Se incorporó, cogió un cojín enorme de plumas y se volvió a estirar abrazada a él―. Ahora va a resultar que en el más allá tienen teléfono. ¡No seas idiota, por favor! Aquello me sentó mal. A nadie le gusta que le digan que es una idiota. Pero me tragué la indignación y pensé que, precisamente, si había elegido hablar de aquel asunto con Rachel era para que su punto de vista, en las antípodas del mío, me ayudase a no perderme otra vez en conjeturas absurdas. ― ¿Y cómo se explica que alguien llamado Ethan quiera hablar conmigo precisamente ahora? ―dije aparentando tranquilidad. ―Casualidad pura y dura, mi amor. ―Si tú lo dices...

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Me levanté del puf y me estiré en la cama al lado de Rachel. ―Estoy hecha un lío ―reconocí. ―Ya lo veo ―contemporizó ella―. Tú relájate y confía en mí. Insisto en que tienes que olvidarte de aquel mundo. Tuviste la suerte de pasar un buen rato mientras creíste estar allí. Nada más. Aprovecha el momento. Ya verás cuando vuelva a llamar ese tal Ethan. Eso si llama... Seguro que se trata de una casualidad. Le arrebaté el cojín. Ella se revolvió y se hizo con él de nuevo. Yo insistí y lo así con fuerza. Tiré y conseguí quitárselo otra vez. ― ¡Tú lo has querido! ―exclamó ella. Se puso de pie en la cama. ―Prepárate ―me advirtió―. ¡Allá voy! Se echó encima de mí. No pude esquivarla. Empezamos a reír. Nos peleamos, nos revolcamos hasta que súbitamente se oyó un golpe seco en el parqué. Había caído algo al suelo. ― ¡Para un segundo! ―le dije a Rachel. Miré hacia el lugar de donde había provenido aquel ruido. Y vi mi móvil descuajaringado. Con tanto giro en la cama, había salido disparado de mi bolsillo. A causa del impacto, la tapa de atrás se había aflojado y la batería estaba fuera de su sitio. No era la primera vez que me pasaba una cosa así. Rachel volvió a la disputa y, como yo estaba pendiente del móvil, consiguió apoderarse del cojín. Hice ademán de levantarme. ―Olvida el teléfono ―me dijo ella―. Ahora lo estamos pasando bien. Venga. ― ¿Y si...? Rachel movió la cabeza con un movimiento de desaprobación. No pude evitar la tentación y recogí el móvil del suelo bajo la mirada inquisitiva de mi amiga. ― ¡Yo me voy! ―me dijo―. Veo que mis consejos no te sirven de nada. Cogió la puerta y se marchó. Coloqué la batería en su sitio y ajusté la tapa. Puse el móvil en marcha. Al cabo de pocos segundos un sonido me avisó de que tenía una llamada perdida. NÚMERO OCULTO Leí aquello y me tumbé en la cama. ― ¡Ya está bien! ―maldije. Kisses y Smiles acudieron a consolarme. ―Todo saldrá bien ―me susurró al oído Smiles. ―Ten paciencia ―dijo con voz cariñosa Kisses.

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Las dos se abrazaron a mí. Las apreté con fuerza contra mi pecho. Finalmente nos quedamos dormidas las tres. A los cinco minutos me despertó el móvil. Aparté las muñecas peponas apresuradamente y descolgué. Era Julia de nuevo. ― ¡Me has dicho que me llamarías! ―me abroncó ella de buenas a primeras―. ¡Han pasado horas! ―Ya. No me apetecía hablar con nadie. ― ¿Y qué? ¿Me pensabas llamar o no? ―Quizá... ― ¡Ya empiezas otra vez con tu laconismo! ―Lo siento. Tuve que hacer un esfuerzo enorme para no contestar con un monosílabo. ― ¿Te pasa algo? Y no me digas que te duele la cabeza. ―Estoy bien, de verdad. Mañana hablamos y te lo explico todo. ― ¡No hay quien te entienda! Si quieres algo, ya sabes dónde encontrarme. ¡Hasta mañana! ―Chao. Colgamos. Dejé el móvil en la mesita de noche. ―Sois unas buenas amigas ―les dije a las peponas. Ellas me obsequiaron con su sempiterna sonrisa con detalles rojo carmín. Me estiré en la cama y me abracé al cojín.

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Capítulo 30

El móvil empezó a sonar otra vez. ¿Era él? Quien fuese, llamaba con un número oculto. La mano me tembló. Descolgué hecha un flan.
― ¿Hola? ―alcancé a decir.

Me salió un hilo de voz apenas audible. Tenía la garganta reseca. Desde la llamada de Julia no había hablado con nadie y lo único que había estado haciendo era llorar y dormitar. De hecho, sobre las cinco me había despertado y vi una nota encima de la mesita de noche firmada por mi madre.

VAMOS A CASA DE LOS FORD. VOLVEREMOS A LA HORA DE CENAR... DESCANSA, MI AMOR. BESOS.

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―Hola, Emma ―me respondió alguien. No reconocí aquella voz. Fue como si me echaran un jarro de agua fría por la cabeza. Aquella voz no era la de Ethan. Entonces, ¿quién me llamaba?
― ¿Eres tú? ―pregunté con un nudo en el estómago.

―Sí, soy yo. Tenemos que vernos lo antes posible. Tengo que volver pronto.
― ¡¿A dónde tienes que volver?!

―A mi mundo... ―Eres tú, entonces ―afirmé. Aparte de mis amigas, no le había explicado a nadie aquella historia.

―Sí, soy Ethan. Mi nerviosismo fue a más, a mucho más. Si no me calmaba, me iba a dar algo. ―Pero tienes una voz diferente. ―Para llegar hasta aquí he tenido que adoptar otra apariencia...
― ¿Cómo?

No pude evitar sorprenderme. ¿Se había metido en el cuerpo de un muerto? No podía ser. ―Te lo quise explicar todo en el Manantial de la Sima, pero los acontecimientos se precipitaron. ―Ethan empezó a hablar con un toque de tristeza que me llamó la atención―. Tenemos que vernos. No dispongo de mucho tiempo. Estaba claro que era él. Se me puso la piel de gallina. Mi cuerpo entero se erizó. ―Te he echado mucho de menos ―le dije―. ¿Dónde has estado? ¿Por qué no has venido antes? No contestó. A través del teléfono sólo se oía su respiración. ―Me has robado el corazón ―añadí. ―Siento haber estado este tiempo alejado de ti ―dijo él con voz triste.
― ¿Dónde estás? Será mejor que yo vaya para allá, mis padres pueden volver a casa de un

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momento a otro. ―Si te parece podemos vernos en el centro comercial. ―Sí, sí. Hay un café justo en la entrada sur. Podemos quedar allí. La emoción me embargó. ¡En breve iba a estar de nuevo en los brazos de Ethan! ―Hasta ahora ―se despidió de mí―. Pero no te hagas muchas ilusiones... Colgó y me quedé como una imbécil con el móvil en la oreja escuchando el «bip, bip, bip».
― ¿Que no me haga ilusiones? ―dije en voz baja.

Decidí que ya le pediría explicaciones cuando nos viéramos.

Me cambié de ropa y apresuradamente les escribí una nota a mis padres advirtiéndoles que salía y que no se preocupasen si volvía un poco tarde. La dejé en el mueble de la entrada. Luego llamé a un taxi. Mientras lo esperaba en la puerta de la casa, no pude reprimir que la última y lapidaria frase de Ethan se atrincherara en mi interior.

NOTEHAGASILUSIONES.NOTEHAGASILUSIONES

NOTEHAGAS

ILUSIONES

NOTEHAGASILUSIONES
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¡Ya estábamos otra vez con los dichosos enigmas!

Capítulo 31

Aparecí por el centro comercial más tarde de lo que había calculado porque Julia se había presentado en casa justo antes de que llegase el taxi. Yo estaba apoyada en la parte exterior de la reja de nuestro jardín. La reconocí desde lejos. Su manera de andar es inconfundible. Camina despacio y con pasos cortos. Siempre le digo que parece una japonesa de esas que salen en las películas y que caminan así por culpa de las faldas tan estrechas que llevan hasta los tobillos. — ¡No! —exclamé entre dientes. Estaba tan ansiosa por volver a ver a Ethan que no quería perder ni un minuto más. Llegó a mi altura. — ¿Por qué me miras con esa cara tan rara? —me preguntó—. Por lo que veo, sales. —Sí —me limité a contestar. No me apetecía perder el tiempo explicándole que me había llamado Ethan y que en esos momentos acudía a una cita con él. ¡No deseaba dilatar ni un segundo más mi ansiado reencuentro! — ¡Tengo prisa! —añadí. — ¡Si quieres que me vaya, me lo dices! Se merecía todas las explicaciones del mundo. Pero el tiempo corría en mi contra. Entonces oí el sonido de un claxon. El taxi había llegado. Me impacienté todavía más. — ¿Por qué antes no has querido hablar conmigo por teléfono? —insistió. El taxista bajó la ventanilla. — ¿Habéis pedido un taxi? —nos preguntó. — ¡Sí! -—le dije sin mirarlo—. ¡Un momento, ahora voy! El hombre volvió a subir la ventanilla y se marchó. Me quedé con un palmo de narices. — ¿Lo ves? ¡Me has hecho perder el taxi! —le recriminé a Julia. — ¡¿Por qué no quieres hablar?! —me recriminó ella a mí. Pobre. Siempre pasa lo mismo: hacemos daño a quien menos se lo merece. Ella había puesto todo su empeño en ayudarme a encontrar e Ethan y yo le correspondía de aquella manera. Pero en aquellos instantes de gran nerviosismo, pensé que se tendría que haber dado cuenta de que quería que me dejase en paz. Me puse a caminar sin rumbo con Julia pegada a los talones. Por suerte, al torcer la esquina vi otro taxi. Me apresuré en darle el alto y paró en la acera de enfrente. — ¡Le juro que ahora mismo voy! —le dije en voz alta al taxista.

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Pero antes de cruzar la calle me encaré a Julia. —No olvides nunca que te quiero y que eres muy importante para mí —le dije mirándola a los ojos—. Pero ahora necesito estar sola... Ya te llamaré. Ten paciencia. Hizo ademán de hablar pero me adelanté y le tapé la boca con una mano. Lo hice con suavidad. Luego le di un beso en la frente. Miré para ambos lados de la calle y crucé corriendo. Monté en el taxi. En cuestión de un cuarto de hora llegué al centro comercial. — ¡Aquí estoy! —suspiré al entrar. Me dirigí al café con paso apresurado. Había pocas mesas ocupadas. Las recorrí con la mirada y vi a un tío levantando la mano. Me estaba saludando, por lo que deduje que debía de ser él. Aunque aquella cara no me sonaba de nada, me acerqué. — ¿Eres Emma, no? —se dirigió a mí aquel desconocido con semblante serio. Respondí sí con la cabeza. —Pensaba que ya no vendrías. —Miró su reloj—. Estaba a punto de llamarte. Siéntate, por favor. Me senté en silencio. —No me apetece seguir con esta farsa —me dijo sin más preámbulo—. Como podrás observar, no soy tu Ethan... Ni me llamo así. —Hizo una pequeña pausa. Se puso aún más serio, si cabe—. Ni tampoco me he reencarnado en nadie para venir a verte... Me quedé petrificada. —Lo siento de veras —añadió. Entonces me levanté con la intención de marcharme. — ¿Dónde vas...? Creo que te debo una explicación. Te aseguro que hay una, ya lo verás. Vuelve a sentarte, te lo ruego.

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Capítulo 32

Era necesario que supiese la causa de aquel montaje. Así que me volví a sentar. —No entiendo nada. Tendrás que ser muy convincente —le dije a aquel desconocido con toda tranquilidad. Mi nerviosismo había desaparecido, ni rastro de él. Prometo que no estaba nerviosa. Ni una pizca. En aquel momento lo que sentía era asombro por estar viviendo una situación así. ¿Hasta dónde iba a llegar aquel suplicio? Me muero sin morirme, encuentro a un ser maravilloso y al poco tiempo lo pierdo, me obsesiono buscándolo, me meto en problemas, me como el coco, lloro, me ilusiono, vuelvo a llorar, me monto la película y me creo que todo fue realidad, después dudo, más llantos, sueño con mi abuela y creo que es una pista, me meto en un lío en un cementerio, una médium me monta una escena lamentable. Cuando pienso que todo se acabó, un tío me llama y me dice que es Ethan. En un principio no lo creo, pero luego sí. Mi corazón se vuelve a disparar. Y llego al centro comercial y sin preámbulo me dice que todo es mentira. ¡Una burda mentira! —Empiezo, entonces. —Se echó el flequillo a un lado. Tenía el pelo lacio. El corte le quedaba bien—. Tengo una foto tuya. Rachel me la ha dado para que te reconociese cuando nos viéramos. Al escuchar el nombre de mi amiga mi asombro fue a más, se disparó hasta límites insospechados. Sentí unas ganas tremendas de levantarme y gritarle a aquel tío que se fuese a tomar viento. Y que le dijese lo mismo a mi amiga, con todas las letras. Pero me controlé como buenamente pude y decidí no dejarme llevar por aquel impulso. Tenía que llegar hasta el fondo de aquel asunto. Sacó la foto del bolsillo de la camisa. Era una de tamaño carné en la que salíamos Rachel y yo con nuestras caras juntas y haciendo muecas burlonas. —Estás mejor al natural. Dejó la foto al lado del café que estaba tomando. — ¿Qué pinta ella en esto? —le pregunté secamente. Luego cogí la foto y la partí por la mitad. Separé la cara de Rachel de la mía. —Será mejor que comience por el principio —dijo él. —Me parece bien —respondí con frialdad. Me sorprendió mi manera de reaccionar. Tenía motivos suficientes para derrumbarme anímicamente. O bien para ponerme hecha un basilisco. ¿Por qué no me había puesto a llorar? ¿Por qué no me había venido abajo al comprobar una vez más que no volvería a ver a Ethan?

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Además, Rachel había tenido la sangre fría de venir a casa pocas horas antes. Me había intentado convencer de que lo olvidase todo. ¡Qué buena actriz! Entonces, ya estaba de acuerdo con aquel tío. ¡Inocente de mí! Le pedí ayuda para que me diera su punto de vista por lo de la llamada... ¡Y ella había sido la promotora de aquella farsa! Me mintió. Me engañó vilmente. — ¿Quieres tomar algo? Voy a pedir otro café para mí. —Se levantó y se metió uno de los faldones de la camisa por dentro del pantalón. —Tráeme un agua, por favor —le pedí—. Tengo la boca seca. Fue hasta la caja. Le seguí con los ojos y no pude evitar fijarme en la camisa negra. Le combinaba bien con los vaqueros. Y también con su cuerpo. Volvió enseguida. —Antes de seguir, me gustaría saber tu nombre. Tu nombre de verdad —le dije cuando se acomodó en la silla. Sonrió y me sirvió agua. —Me llamo Brice. Soy un primo de Rachel. Bebí. — ¿Así que eres pariente de mi amiga? —Me llamó ayer a la hora de cenar y poco después se pasó por la residencia en la que estoy alojado. Me he mudado aquí este año para estudiar en esta universidad. La noté muy preocupada. Me imploró que le echase un cable porque una amiga suya estaba fatal y se puso a explicarme toda tu historia del desvanecimiento y tal. Finalmente me pidió que me hiciese pasar por Ethan. Bebió café. —Te ha quedado espuma en el labio de arriba —le indiqué cuando dejó el vaso en la mesa. Se la limpió con el dorso de la mano. Sus labios eran carnosos y rojos. Un rojo que se intensificaba bajo la luz de los fluorescentes del bar. — ¿Y para qué tenías que hacerte pasar por él? Me interesaba saber por qué Rachel le había pedido aquello. Bueno, más que interesarme, necesitaba comprenderlo. —Eso mismo le pregunté yo. —Para enredar las cosas —afirmé con aspereza. — ¡No! ¡Ni mucho menos! Eso es lo que pensé yo en primer lugar. Pero Rachel es buena gente. —Permíteme que te diga que lo dudo. Si lo fuese, no se le hubiese ocurrido algo así. —Bebí más agua—. ¿Tienes un mechero? —No fumo. —Haces bien. —Si quieres voy a pedir uno a la barra... Y lo de Rachel tiene su lógica, no pienses. —Ya voy yo a por el mechero.

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Me acerqué a la caja y pedí uno, y también un cenicero. Los llevé a nuestra mesa y, antes de sentarme de nuevo, le dije a Brice que iba al servicio. Una vez allí, me cerré por dentro y empecé a dar patadas a los azulejos de la pared. — ¡Eres odiosa! ¡No te lo perdonaré! —grité. Me pasé un rato echando rabia por el retrete. Luego me compuse y volví junto a Brice. — ¿Por dónde íbamos? —le dije mientras metía en el cenicero el trozo de foto en el que salía Rachel. Su mirada seguía con curiosidad el trajín de mis manos. Partí en cuatro partes la foto y apilé los cachos en forma de pira. —Querías saber por qué me pidió que me hiciese pasar por Ethan —me recordó. — ¡Ah, sí! Le prendí fuego a los trozos de la foto y unas diminutas llamas, primero azules, luego verdosas, después rojizas, al final anaranjadas, empezaron a contorsionarse delante de nosotros. Me fijé en los ojos de Brice. Eran oscuros. Las llamas bailaban en ellos. — ¿Cuál es tu color favorito? —le pregunté entonces. —Ninguno en especial. ¡Seguro que acierto cuál es el tuyo! Hizo como si pensase. — ¡El naranja! —No me hace ninguna gracia... Tú sabes cosas de mí y yo no sé nada de ti. Juegas con ventaja. —A ver. —Bebió otro sorbo de café—. ¿Qué quieres que te cuente? —Lo primero que quiero saber es por qué Rachel te pidió que suplantaras a Ethan. —La verdad, pensé que te pondrías como una fiera cuando te confesase que se trataba de una farsa. —En todo caso tendría que estar enfadada con ella. Y lo estoy, no te voy a engañar. Ahora mismo es la última persona en el mundo que me gustaría tener delante... Contigo es distinto. Tal vez tendría que mandarte a paseo por seguirle el rollo. Pero me da la impresión de que eres un buen tío. Has sido valiente. Has dado la cara antes de que la situación se complicara más... Y ahora, por favor, ¡dime cuáles son los argumentos de tu prima para montar todo esto! — ¡Lo haré yo! Miré hacia mi derecha y vi a Rachel. —La he llamado mientras esperaba que llegases al centro comercial —se justificó Brice—. Bueno... Y ya que está aquí, os dejo solas. Creo que necesitáis hablar. Ella se sentó a mi lado y me acarició la pierna. Yo me tensé y me levanté. — ¡Me voy contigo! —le dije a Brice. — ¡Emma! —Rachel se incorporó y me agarró por un brazo—. Lo he hecho por tu bien... — ¡Déjame en paz! —le espeté y me zafé de ella. Brice tenía cara de «quiero desaparecer de aquí». — ¡Vamos! —Me cogí de su brazo y tiré de él con fuerza.

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Vi de reojo que Rachel se volvía a sentar con gesto de abatimiento. Pero no me apiadé de ella. Brice y yo nos dirigimos hacia la salida del centro comercial caminando deprisa. — ¿Estás segura de que no quieres hablar con ella? — ¡Segurísima! —afirmé.

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Capítulo 33

Le pedí a Brice que me acompañase a la parada del bus. —He venido en coche. Está ahí al lado. —Señaló una hilera de vehículos que había aparcados a unos cien metros—. Es aquel rojo. Si quieres, te puedo llevar a casa. Acepté y fuimos hasta el coche. Antes de montar me preguntó dónde vivía. — ¿Quieres escuchar algo de música? —propuso mientras encendía el motor. —No. Prefiero que me expliques por qué te lo pidió Rachel... Ya sabes. Miró por el retrovisor y giró el volante con suavidad. Carraspeó un poco antes de hablar de nuevo. —Ya te he dicho que tiene su lógica. Si no, yo no hubiese accedido... — ¡Ya! —le corté—. ¡Pero al final te has echado atrás! ¡Eso significa que no era tan buen plan! Brice no hizo ningún ademán de volver a hablar. Su rostro se endureció y se dedicó a conducir en absoluto silencio. Estuvimos así un par de minutos. Yo me sentía cada vez más incómoda. —Sigue, por favor —le dije en plan disculpa. — ¿Me vas a interrumpir más? —Estábamos parados en un semáforo y aprovechó para girar la cabeza hacia mí. Sus ojos negros me miraban fijamente—. Soy consciente de que estás cabreada. Lo entiendo. Pero me has pedido una explicación. Te puede gustar o no, ¡pero déjame que te la cuente! Si no la quieres oír, me lo dices y ya está. No tengo problema en dejarlo correr. Te llevo a tu casa y listo. El semáforo se puso en verde. —A veces soy un poco impulsiva —le dije. —¡Bien! No te voy a cortar más —le prometí—. Decías que accediste a la propuesta de Rachel porque en un principio te pareció bien. —Tiene su lógica porque lo que ella pretendía es que olvidases definitivamente a Ethan. Yo me tenía que hacer pasar por él y quedar contigo para convencerte de eso... No nos volveríamos a ver nunca más... Se puso a hablar como si él fuese Ethan. Supongo que para hacer más convincente su explicación. —... Mi mundo naranja está a punto de extinguirse y yo también pereceré. Pero tú sigue adelante con tu vida. He vuelto para despedirme de ti. Ya sé lo que sientes por mí. Lo mismo que yo por ti... No pude evitar que mi mente se disparase y me pareciera que quien conducía era Ethan. ¡Fue una visión tan real! —... Aquellas palabras que no llegaste a oír después de beber en el Manantial de la Sima eran las de nuestra despedida... Me entristecí. El me lo notó en el acto.

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—Creo que ahora no es momento de ponernos tristes. —Agarró el volante con una sola mano y con la otra me acarició la cabeza. Me sentí reconfortada. —Lo que has sentido por mí permanecerá inalterable. Las vivencias nos acompañan siempre. Así que arriba ese ánimo. Piensa que tenemos la suerte de poder decirnos adiós. Para eso estoy aquí. Para ofrecerte un hasta siempre eterno. Sólo te voy a pedir una cosa. —Detuvo el coche— . No te empeñes en buscarme. Marcho lejos, muy lejos. El único lugar en el que me encontrarás será en tu recuerdo. Echa mano de él cuando quieras... Allí estaré. — ¡No te vayas! — ¿Por qué dices eso ahora? —me preguntó Brice—. Ya hemos llegado a tu casa. Un pequeño temblor me recorrió entera. —Perdona —me disculpé—. Es que por unos momentos he confundido esta ficción con mi ficción. Vale, yo puedo tener un buen lío en la cabeza. Pero lo que no entiendo es cómo pudiste haberte prestado a esto. — ¿De verdad quieres saberlo? —Sí. —Ha pasado un año ya —se puso a contarme—. Una tarde de febrero mi madre me anunció que Christine había muerto. Un camión la había atropellado. Ella y yo habíamos estado comiendo juntos. Teníamos planes para la tarde. Iríamos al cine. Ponían una peli de vampiros. Le encantaban los vampiros... Pero se la perdió... Yo no me creí que estuviese muerta. ¡No podía ser...! Hacía ya tres años que salíamos. Era una tía genial, de verdad te lo digo. Nos compenetrábamos de maravilla. Pero se murió. Todo se acabó. De golpe. Nunca más la volveré a ver. Ni siquiera pude despedirme de ella. Un hasta pronto o hasta quién sabe cuándo... He tardado mucho en aceptar su ausencia. Si te soy sincero, creo que aún no me he acostumbrado a vivir sin ella... Por eso le dije que sí a Rachel. Pensaba que su plan podía ser una buena idea para ayudarte a olvidar a Ethan. Es muy difícil aceptar una pérdida. Te lo digo por experiencia, ya ves. Aparentemente, lo tuyo es diferente a lo mío... Sin embargo, si lo miras bien, es parecido. Lo más fácil es recriminarte que estás pirada y que todo es producto de tu mente. ¡Da lo mismo! Aunque lo de Ethan pasase en tu cabeza, lo viviste. Es como esos sueños que parecen tan reales. —Sí... —susurré. —Los corazones rotos son difíciles de reparar... Pero no es imposible hacerlo. ¿Sabes quién me dio el mejor consejo cuando pasó lo de Christine...? Mi tío Peter. — ¿Qué te dijo? —Un clavo saca otro clavo, Brice. El dolor de Christine desaparecerá cuando encuentres otra que la sustituya. — ¡Un poco cruel tu tío!

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—Pero es así, supongo. Nunca olvidaré a Christine, pero ¡cómo me gustaría poder volver a sentir de nuevo lo que sentía por ella! Era curioso. Aquella situación absurda había provocado que estuviésemos hablando de unos sentimientos tan íntimos que sería imposible en dos personas que acababan de conocerse. Intenté relajar la intensidad del momento. —La única cosa buena del plan de Rachel ha sido elegirte a ti —reconocí—. El resto era penoso, perdona que te lo diga. —Por eso no quise seguir adelante. Era mejor dejar las cosas como estaban. Si te llego a convencer de que yo era realmente Ethan y me vuelves a perder, te hubieses vuelto loca. Me imaginé en tu piel y... —Me has ayudado más de lo que te imaginas —le dije. — ¿Llegarás a perdonar a Rachel? —me preguntó. —No me hables de ella... —Bueno, Emma. Me vuelvo para la residencia. Mañana es lunes y me espera una semana muy dura. El martes tengo un examen muy difícil... Así que hasta otra. Abrí la puerta del coche y bajé. —Eres un buen tío, Brice —le dije espontáneamente—. Seguro que encontrarás otra Christine. Se echó a reír. — ¡Buenas noches! —me despedí. Entré en el jardín de casa con sensaciones encontradas. Por un lado, decepción. Una parte de mí había creído en aquella locura, y la ilusión se había desvanecido de nuevo. Por otro lado, la confesión de Brice me había hecho sentir muy cerca de él. Me parecía que se establecía una sutil conexión entre nuestros pesares. Y, por encima de todo, se superponía la impresión de que ¡por fin! sería capaz de pasar página.

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En el Manantial de la Sima

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Capítulo 34

Aquella misma noche me sinceré con mis padres. Pasar página también comportaba dejar de engañarles tergiversando la verdad. — ¡Hola! —saludé en voz alta al entrar en casa. Escuché la voz de mi padre proveniente de la planta de arriba. Por la hora que era, supuse que estaban en su habitación. Subí las escaleras decidida a explicarles lo que me había ocurrido a partir del día en que sufrí el dichoso episodio de muerte aparente. Incluida mi ensoñación, o lo que fuese, con Ethan. En efecto, llegué a la habitación y ya estaban metidos en la cama. Es lo que hacen siempre. Se acuestan muy temprano. Mi madre leía el periódico tranquilamente. Acostumbra a hacerlo antes de dormir. Mi padre miraba un partido de béisbol en la tele. Tenía el volumen muy bajo. Me senté a su lado en el borde de la cama. Le di un beso. Le lancé otro a mi madre con la mano. — ¿De dónde vienes? Estaba empezando a preocuparme—me dijo ella. Dejó el periódico en la mesita de noche—. Hemos visto tu nota, pero no pensé que fueses a volver tan tarde. ¿Has cenado algo? Si quieres, hay restos de asado en la nevera. —Quería contaros algo... — ¡Estos Bárbaros están jugando fatal! —se quejó mi padre y a continuación apagó la tele. Es un hincha de los Bárbaros, el equipo de la ciudad. Jamás han conseguido ganar un título, pero como le gusta tanto el béisbol, los sigue siempre que tiene ocasión. Cada temporada va al estadio una media docena de veces. Le gusta verlos en directo. Yo le acompaño cuando me apetece. No es que el béisbol me apasione, pero disfruto con él en los partidos. —Tienes cara de cansada —me dijo mi madre. —Tengo sueño —admití—. Pero antes de irme a dormir me gustaría hablar con vosotros... — ¿Ha pasado algo que tengamos que saber? —Mi madre se preocupó—. ¿Estás bien? Siempre te digo que puedes confiar en nosotros... Somos tus padres y nos puedes contar sin ningún problema lo que... — ¿Quieres dejar que se explique? —cortó mi padre. Ella lo miró con ojos de «tienes razón». — ¡Dinos, hija! —me pidió. —Todo empezó cuando me desmayé en el instituto —dije en primer lugar—. Desde que me ingresaron en el hospital me han pasado algunas cosas raras. —No sabía muy bien cómo explicarme sin dejar nada en el tintero. Así que pensé que lo mejor era comenzar la historia desde el principio. Les conté todo, absolutamente todo. Mi encuentro con Ethan, lo que sentí por él, mis posteriores peripecias para buscarlo, la reciente jugarreta de Rachel.

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—Siento haberos engañado —apostillé al final—. Y no sólo estas últimas semanas... Llevo algún tiempo mintiéndoos. —Me sentí bien al soltar aquello—. Pequeñas mentirijillas, no os penséis otra cosa —añadí por si acaso. Más que nada para que mis padres no se enfadaran demasiado—. Pero os prometo que voy a cambiar. A partir de ahora os diré siempre la verdad. Noté una reacción extraña en mi madre. Esquivó mi mirada y buscó nerviosamente los ojos de mi padre. Supuse que se había sentido decepcionada al oír que le había estado mintiendo. Pero estaba equivocada. No había reaccionado así por eso. Unos días más tarde habría de conocer el verdadero motivo. — ¡Ven aquí! —Mi padre abrió los brazos. Yo me acurruqué y hundí la cara en su pecho—. Ya supondrás que no nos chupamos el dedo, Emma. Alguna vez nos hemos dado cuenta de que nos estabas mintiendo. —Debí de ponerme colorada porque de súbito sentí calor en las mejillas—. No te voy a decir que esté bien, claro... Dejó de hablarme de pronto y le dijo algo a mi madre en voz baja. Algo que no entendí. Luego escuché los pasos de ella. Salió de la habitación. Entonces levanté la cabeza y vi que entornaba la puerta tras de sí. —Mentir no lleva a ningún sitio —prosiguió mi padre—. Eso lo único que te puede acarrear son problemas a largo plazo... Ahora bien, reconozco que a tu edad todos hemos mentido alguna que otra vez... ¿Entiendes lo que quiero decir? —Sí, papá, no soy una cría... ¿Adónde ha ido mamá? —le pregunté. —Al despacho. Me incorporé. — ¿Así que tú también mentías? He salido a ti, entonces —le dije en broma a mi padre. Se echó a reír. Lo dejé allí en la cama y fui a toda prisa al despacho. — ¿Qué haces? —le pregunté a mi madre al entrar. Ella estaba sentada en el ordenador. Parecía muy concentrada. No me respondió. —Lo siento por lo de las mentiras —le dije—. No lo volveré a hacer... —No te preocupes —dijo ella sin apartar la vista de la pantalla. Tanto la reacción de mi padre como la de mi madre me desconcertaron. Les confieso que les he estado engañando y él, aunque me advierte que no siga por ese camino, acaba reconociendo que es normal mentir a mi edad. Ella primero me da la impresión de que al enterarse se ha sentido defraudada y al rato parece que no le ha importado en exceso. Y luego van de adultos maduros. Los padres algunas veces son incongruentes. — ¡Bien! —dijo de golpe mi madre—. ¡Ya está! ¡Tenemos los billetes! — ¿Qué billetes? —Me sorprendí. Ella imprimió algo y a continuación apagó el ordenador. —El próximo fin de semana, tú y yo nos vamos a ver a la tía Erica y el tío Craig. Se levantó y me enseñó dos billetes de avión. —Le prometí a tía Erica que iría, pero no pensé que fuese tan pronto...

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— ¿No quieres ir? — ¿Y papá no viene con nosotras? —Tenemos derecho a perderlo de vista por unos días, ¿no? Y él también querrá estar tranquilo... Encontraba a mi madre, no sé, como fuera de control. Parecía aparentemente contenta, pero en sus ojos había algo anómalo. ¿Qué le ocurría? Yo no tenía ni idea. —Bien, antes me... Mi madre vaciló. Había hecho ademán de contarme algo que en el último instante no quiso compartir conmigo. — ¡Déjalo correr! No era nada —concluyó. No le insistí en que me dijese lo que se acababa de callar. Observé sus ojos. Estaban fijos en los míos pero no me veían. Parecía ausente. Esa es la impresión que me dio. Salimos del despacho y volvimos a la habitación de matrimonio. Mi padre miraba otra vez el partido de béisbol. — ¡Está emocionante! —nos informó—. Los Bárbaros han conseguido empatar. Mi madre se metió directamente en el cuarto de baño. La oí sollozar. Mi padre también la debió oír porque subió el volumen de la televisión para enmascarar aquellos lloros. Yo me hice la despistada. —El viernes nos vamos de viaje. Mamá y yo —dije. — ¡Muy bien! —exclamó mi padre. Los Bárbaros se habían adelantado en el marcador. Agucé el oído. Ya no se escuchaban más sollozos. Oí el ruido de la cisterna. Mi madre salió del baño poco después. — ¿Así que os vais de viaje? —le dijo mi padre. Ella fingió normalidad. —Pero sólo el fin de semana, eh. Mi padre apagó la televisión. Los Bárbaros habían ganado el partido. —Es una buena idea —asintió—. Menuda sorpresa se van a llevar la tía Erica y el tío Craig. Sin duda él estaba al tanto de lo que yo descubriría unos días más tarde durante aquel viaje. Lógicamente había sido cómplice de mi madre. Era su esposa y, según tengo entendido, las parejas guardan los secretos el uno al otro. ¡Y yo preocupada porque les estaba mintiendo!

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Capítulo 35

Aunque pensé que sería al contrario, la semana no tardó en pasar. Estaba como liberada de un peso, me sentía serena de vuelta a los detalles cotidianos, a la rutina y a la frivolidad del instituto. El lunes, nada más verlas, les expliqué a Julia, Fannia y Janis lo del falso Ethan. Julia entendió entonces mi reacción un poco extraña del día anterior. A Rachel la esquivé, su plan me seguía pareciendo una traición. No le dije a nadie lo de mi larga conversación con Brice. El viernes llegó rápido. Mi madre y yo cogimos el avión y me vi otra vez en casa de la abuela Kerry. Había pasado algo más de medio año desde su entierro. Le pedí a la tía Erica si podía instalarme en la misma habitación en que estuve en aquella ocasión. Tenía la secreta esperanza de que la abuela me volviese a visitar. Habíamos llegado al aeropuerto a media tarde. El tío Craig nos vino a buscar. Nos esperaba en la única puerta de llegada de la terminal. — ¡Es genial que estéis aquí! —nos dijo después de los abrazos de rigor—. ¡Alegra esa cara, mujer! —se dirigió a mi madre—. Ya sé que a ti no te gusta mucho venir por aquí... —No sigas por ahí porque vas a conseguir que me enfade —le advirtió ella. Mi madre estaba de un humor de perros desde que habíamos salido de casa. Durante el viaje le pregunté por qué tan seria. —Mamá, da la impresión de que estás cabreada con el mundo. Intenté bromear para ver si se le pasaba. Ella me dio largas y se justificó con la típica excusa del dolor de cabeza. También me dijo que había dormido mal. O sea, otra excusa barata. El tío Craig cogió nuestra maleta. Luego nos llevó hasta su coche. Ni él ni mi madre volvieron a hablar hasta que aparcamos delante de casa de la abuela Kerry. De camino me entretuve en mirar el paisaje: una vasta llanura con unas montañas como telón de fondo al este, a bastantes kilómetros de distancia. En un momento dado, creí distinguir la silueta de un volcán. En el viaje anterior, cuando el entierro de la abuela, no me había fijado. —La tía Erica ha preparado una cena especial —rompió el silencio el tío Craig. Apagó el motor. Mi madre se bajó. — ¡Al ataque! —gritó el tío Craig y me sacó del coche en brazos. Los dos nos reímos como niños. Cuando por fin me depositó en el suelo, le pregunté si el volcán que me había parecido ver era tal. —Sí—afirmó.

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—Mañana iremos de excursión hasta allí —intervino mi madre. — ¡Ah, vale! —dije un poco extrañada. No me había extrañado porque me anunciase que al día siguiente iríamos a ese volcán. Me llamó la atención la manera en que lo dijo: con una voz casi de ultratumba. Y no exagero. No pude evitar recordar que con Ethan también había estado en un volcán. Sin embargo, descarté aquel pensamiento enseguida. Me repetí a mí misma que había decidido olvidar ese asunto de una vez por todas. — ¡Bienvenidas! Era la tía Erica. Al pronto creí ver a la abuela Kerry. Se parecían muchísimo. —Mira tú quién está aquí. —Se me acercó y me dio un fuerte abrazo. Después besó a mi madre y la saludó: — ¡Hola, cariño! El tío Craig se adelantó y entró en la casa con nuestra maleta. — ¿Qué tal el viaje? —me preguntó la tía Erica—. Supongo que estarás cansada. Y que tendrás hambre... He preparado algo para cenar que seguro que te va a gustar. La tía Erica y mi madre entraron en la casa hablando de trivialidades. Yo me quedé en el porche, apoyada en la barandilla. Desde allí se vislumbraban las montañas que nos habían acompañado durante el camino desde el aeropuerto. Volví a fijarme en aquel volcán que había suscitado la extraña reacción de mi madre. Entonces me sonó el móvil. Rechacé la llamada cuando vi de quién se trataba: era Rachel. Desde el mismo domingo ella había estado intentando reconciliarse conmigo. Pero a mí me costaba más de lo esperado. Comprendía que lo había hecho por querer ayudarme, pero su plan había conseguido herirme. Porque no podía esperar que ella, precisamente la más racional de mis amigas, me hubiese querido engañar con una mentira así, que incidiese aún más en mi fantasía. Es cierto que ella parecía desolada, pero yo aún no estaba preparada para perdonarla. — ¡Emma! Me llamaba la tía Erica. Guardé el móvil en el bolso y entré en la casa. Coincidí con ella justo en la entrada. — ¡Qué bien huele! —le dije. —La mesa está preparada —me anunció ella. — ¿Puedo dormir en la habitación que hay al lado del trastero? —Por mí no hay ningún problema —contestó jovialmente. — ¿Sabes que mañana vamos a ir de excursión a un volcán? — ¿Adónde has dicho? La cara le cambió. —A ese volcán. —Señalé en dirección al horizonte montañoso. — ¡Qué bien! —dijo ella forzando una sonrisa.

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— ¿Qué pasa con ese volcán? —le pregunté para ver si conseguía averiguar por qué se había puesto tensa. —Nada —contemporizó—. ¿Por qué lo dices? —No lo sé... —Pues entonces no le des más vueltas. Seguro que os lo pasaréis en grande. — ¿Tú no vas a venir con nosotras? —No voy a poder ir. Tengo que ir al supermercado a hacer la compra semanal. Me cogió de la mano y entramos en el comedor así. Me percaté de que al vernos aparecer el tío Craig y mi madre interrumpieron una conversación. ¿Qué se traían en secreto? Me esforcé por no darle mayor importancia. Después de lo que había pasado, debía haber aprendido a no mostrarme paranoica.

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Capítulo 36
Aunque estaba cansada, no conseguía conciliar el sueño. Tras casi una hora dando vueltas en la cama, decidí ir a buscar agua a la nevera. Tenía la garganta reseca. Me fijé que la ventana estaba abierta y la cerré. A través de los cristales se colaba la claridad de la luna. Me gusta mucho caminar por la noche en esa semioscuridad. Me relaja. En casa lo suelo hacer. Al salir de la habitación me di cuenta de que había alguien en el comedor. La luz estaba encendida. Me acerqué sigilosamente y distinguí la figura de mi madre y la de la tía Erica. Estaban de pie junto a la puerta. Hablaban en voz baja. Mi madre daba pequeños pasitos hacia atrás, como si quisiera marcharse, pero su hermana la tenía cogida por un brazo y se lo impedía. — ¿Cómo que aún no se lo has contado? —Oí que le decía. —Porque no —respondió mi madre ásperamente. — ¿Y a qué esperas? Lo tiene que saber. Dile la verdad a Emma. ¡Por favor, no sigas huyendo! Yo estaba al tanto de que la abuela Kerry y mi madre se habían llevado mal. Y que con la muerte del abuelo su relación había empeorado. Mi madre se había ido de aquel sitio siendo joven para montar su vida. Al menos eso era lo que me había dicho ella. ¿A qué se refería la tía Erica entonces con aquello de que mi madre me tenía que decir la verdad? Secreto. —He venido aquí para decírselo. Mi madre se calló de golpe y se desembarazó de la mano de su hermana. Se fue a la carrera escaleras arriba. La tía Erica apagó la luz del comedor y también subió. Yo volví a la habitación. Se me habían pasado las ganas de beber agua. La cabeza me había empezado a dar vueltas y decidí que tenía que volver a estirarme en la cama.

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SECRETO. LA VERDAD
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SECRETO LAve

Al cabo de no sé cuánto tiempo me dormí con estas palabras zumbándome por la mente.

— ¿Emma? —La abuela Kerry me zarandeó con suavidad hasta que abrí los ojos—. ¡Soy yo! ¡Hola, nena! Intenté devolverle el saludo, pero me fue imposible. Lo intenté varias veces pero la voz no me salió. ¡Me había quedado muda! Ella pareció no darle importancia y fue a la ventana. La seguí con la vista mientras intentaba articular sin éxito alguna palabra. Miró hacia el jardín con gran interés. Llovía ligeramente. Observé que le hacía un gesto con la mano a alguien, como invitándole a que se acercase. A continuación abrió las hojas de la ventana y una mujer entró en la habitación. ¡Era mi madre! Estaba empapada y tenía los zapatos manchados de barro. — ¿Así que de visita por aquí? —le dijo la abuela Kerry a mi madre—. ¡Sí no aparezco yo, ni te veo! ¡Ni siquiera te has dignado visitar mi tumba! —Hola, mamá —la saludó mi madre. Y se quedó hierática, con los brazos caídos y paralelos al cuerpo. — ¿Qué ? ¿No me vas a dar un abrazo? —le preguntó la abuela Kerry—. Hace mucho tiempo que no me das uno... ¡Tampoco el día de mi muerte! ¡Llegaste tarde! —le dijo sin acritud—. No me pude despedir de ti. Mi madre ni se inmutó. Me levanté de la cama y fui hasta ella. La abracé por detrás. — ¡Venga, no es tan difícil! No le guardes rencor. Ya verás como te sienta bien. ¡Abrázala! Le intenté decir eso, pero continuaba muda. Y además parecía que era invisible para las dos. Ni me miraban. Me sentí una invitada de piedra. He tenido esta sensación muchas veces. Es como si las cosas fluyesen a mi alrededor y yo no pudiese decidir si participar en ellas o no. Me tengo que conformar con presenciarlas. Entonces me invade la extraña sensación de que los acontecimientos se suceden sin control, como si mi vida no fuese mía. La abuela Kerry fue un momento hacia una esquina de la habitación y volvió con la mecedora a rastras. Se acomodó en la mecedora y empezó a balancearse apaciblemente. Mamá dio un primer paso tímido hacia ella. Luego otro y después otro. Por fin se sentó en el regazo de su madre. Se hizo un ovillo y cerró los ojos. La abuela Kerry empezó a susurrar una canción con unos versos que yo ya conocía. Fue una larga separación, pero el momento del encuentro había llegado en el juicio final, la última y segunda vez.

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— ¡Ethan! —-grité en voz alta. Esta vez sí que me salió la voz. Chillé con tanta fuerza que estuve a punto de desgañitarme. La abuela Kerry me miró y sonrió. —Mientras hay ilusión, hay esperanza —afirmó. Y ahí acabó el sueño. Mi madre me despertó cinco minutos antes de las nueve. — ¡No te hagas la remolona! —me dijo—. ¿Has olvidado que hoy vamos de excursión? — ¡Ya voy! Me salió una voz ronca. —Has cogido frío. Eso es lo que pasa por dormir con la ventana abierta. La ajustó. —Juraría que la cerré. —No la cerrarías bien y la debió abrir el viento. Ha hecho una noche de perros. Ha estado lloviendo... Sin embargo, hoy ha amanecido un día espléndido. Me fijé que tenía manchados los calcetines de barro fresco. Ella se dio cuenta de que me había quedado mirándoselos con curiosidad. —Me he levantado muy temprano —me explicó sin que se lo pidiese—. Aunque esta noche haya llovido, he regado el jardín. No me mires así. ¡No estoy loca! Me encanta hacerlo. Cuando vivía aquí, yo era la encargada. — ¿Y por qué no lo haces en casa...? Siempre riega papá. —Ahora que lo dices... ¡Es verdad! —Empezó a reírse. Se le notaba contenta. Ni rastro del malhumor del día anterior. Salí de la cama y empecé a canturrear: Fue una larga separación, pero el momento del encuentro había llegado Inesperadamente, mi madre se me sumó: en el juicio final, la última y segunda vez. Al oírla dejé de canturrear. — ¿Dónde aprendiste estos versos? —le pregunté—. Supongo que por lo que te conté el otro día de Ethan... Pero es increíble que los hayas memorizado... —La abuela Kerry los recitaba casi a todas horas y se me quedaron grabados desde la más tierna infancia. A mi madre le gustaba la poesía y en especial Emily Dickinson... Años después utilicé este poema muchas veces contigo, como nana. Te calmabas al escucharlo...

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Tu padre acabó aprendiéndolo. Pregúntaselo y verás. Nos hizo gracia cuando nos comentaste que ese chico del que te enamoraste perdidamente en aquel mundo te lo recitase. Estabas tan entusiasmada explicándonoslo que no te dije nada. Luego se me olvidó... Ya ves, a ti también se te quedó grabado en la cabeza. Al subconsciente le gusta jugar con nosotros... ¿Misterio resuelto? —Nunca me lo habías dicho. — ¿Cómo que no? ¡Otra cosa es que tú no me escucharas! De golpe me vino un flash de una conversación que tuvimos sobre ese asunto un día a la hora de comer. Tendría 13 o 14 años. Fue uno de aquellos típicos monólogos en los que los padres se ponen a hablar interminablemente sobre la infancia de los hijos. Seguro que en algún momento debí desconectar y no presté atención cuando me contaron lo del poema. Me sonaba muy pero que muy vagamente —Pues ahora, ¡vístete rápido! —dijo mi madre, diligente—. Te espero en la cocina. Voy a preparar el desayuno. Se marchó y yo fui al cuarto de baño. Me di una ducha rápida para estar bien despejada. Ese día necesitaba tener la cabeza fría. Estaba dispuesta a sacarle a mi madre qué era aquello tan importante que, según la tía Erica, yo tenía que saber.

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Capítulo 37
Me presenté en la cocina un cuarto de hora después de que mi madre se marchara de la habitación. Ella tenía el desayuno a punto. Era un señor desayuno: huevos revueltos, cereales, tortitas con mermelada, zumo de naranja, leche y café. Aunque mi padre lo acompañaba también con salchichas o bacón, eso ya era demasiado para nosotras. — ¿Así que no hay nadie en la casa? —le dije. —La tía Erica y el tío Craig suelen desayunar más temprano, y se han ido ya a hacer la compra. Me senté a la mesa. Tenía sobre todo sed. La garganta me molestaba un poco. ¿Por qué llamaría con tanta fuerza a Ethan? Casi me rompo las cuerdas vocales con ese grito. Pero claro, ¿qué quiso decir la abuela Kerry con eso de «mientras hay ilusión hay esperanza»? La primera vez que ella se me apareció me había anunciado que me enamoraría de alguien maravilloso y que lo perdería al poco. Aquel pronóstico se cumplió. Durante la ducha rápida me había enfadado conmigo misma y me prohibí darle más vueltas al asunto. Pero... Me bebí el tazón de café con leche de un trago. Entonces escuché el lejano sonido de mi móvil. Me lo había olvidado en la habitación. No me apeteció ir corriendo a atender aquella llamada porque supuse que se trataba de Rachel. Seguía sin ganas de hablar con ella. — ¿Has descansado bien? —me dijo mi madre. —Más o menos. —Hoy tendremos que caminar. Desde donde dejaremos el coche hasta la cima del volcán hay casi dos kilómetros a pie. Nos irá bien. El tío Craig me ha dejado las llaves de su todoterreno. ¡A ver si me acuerdo del camino! Hace ya tantos años... — ¿Yo he estado antes allí? —De pequeña. A mamá se le resquebrajó la voz al decir esta simple frase. Le salió el mismo tono de ultratumba que el día anterior cuando me anunciara que iríamos de excursión al volcán. ¿Qué pasaba con ese sitio? Lo tenía que saber como fuese. No se lo pregunté en ese momento porque me percaté de que el rostro se le había vuelto a agriar. Se había quedado con la mirada vacía fija en mi tazón. Seguramente me hubiese contestado con una evasiva. A los adultos, por norma, Ies cuesta confiar en los adolescentes. Y más si son sus hijos. Los padres están empecinados en guiarnos, en enseñarnos lo dura que es la vida. Porque ellos saben mucho de eso. Nos instan a que nos sinceremos, a que les pidamos ayuda. ¿Y ellos qué? ¿Por qué no nos la piden a nosotros cuando la necesitan? A veces dan un poco de pena.

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Lástima es lo que sentí por mi madre al verla de nuevo así. ¿Qué le pasaba? ¿Cómo le podía echar una mano? ¿Qué secreto se escondía en aquel volcán? Decidí tener paciencia y esperar. Total, en breve íbamos a partir hacia allí. Sólo era cuestión de horas. Tenía la certeza de que, por mucho que insistiese, mi madre se refugiaría en evasivas. —Supongo que prepararás un superpicnic de los tuyos —dije para cambiar de tema. —Sí. —Ella desvió la vista del tazón y me guiñó un ojo. —Necesito ir un momento a mi habitación —le dije. Me comí rápidamente una tortita y recogimos juntas la mesa. — ¿Quieres que te ayude a preparar los bocatas? —le pregunté después. Me dijo que ya se las arreglaba ella. Salí de la cocina. Al llegar a la habitación cogí el móvil y miré a ver quién me había llamado. Había un aviso de un número que no tenía en la agenda. ¡Y no era Rachel! También tenía un mensaje enviado desde aquel mismo número. Lo abrí. SOY BRICE. SÓLO QUERÍA SABER CÓMO ESTABAS. XXX Le llamé de inmediato. — ¿Hola? —Él descolgó a la segunda. —Brice, soy yo... Emma. ¿Me has llamado...? — ¡Ah! Eres tú... Me coges con un poco de prisa. En breve empieza el partido. No te he dicho que juego al básquet. —Lo entiendo... Hablamos en otro momento... —Espera, tía. No tan rápido... Tenemos un par de minutos... — ¿Qué querías? —Nada... Saber cómo estabas. —Bien. —Me alegro... ¿Has hecho ya las paces con Rachel? — ¡No me hables de ella! —Vale, de acuerdo. —Estoy muy lejos. — ¡No me digas que has vuelto al mundo de tu Ethan! —No seas tonto. —Era una broma. —Ya. —Me reí. —Dime. ¿Dónde estás, entonces? —En casa de mi abuela Kerry. Murió hace poco. —Lo siento. —Bueno, han pasado seis meses ya.

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—Lo siento igualmente... ¿Y qué haces allí? —Ya te contaré... —Vale. El caso es que estás bien, ¿no? —Sí. —Ahora sí que te tengo que dejar... ¡Cuídate! —Tú también. Colgamos y me quedé pensativa. Había pensado en Brice varias veces durante la semana, es cierto. Aunque lo había intentado alejar de mi mente porque lo asociaba a algo doloroso, cada día que transcurría se estaba desvinculando de esa sensación y empezaba a pensar en él de otra manera. Y con su llamada más. Claro que también pensé que no me tenía que empezar a hacer ilusiones por una simple llamada telefónica. — ¿Estás lista? —Mi madre se había plantado en la puerta de la habitación cargada con una mochila ni grande ni pequeña. —Cuando quieras —afirmé. Se me acercó y me dio un beso. —Te quiero, hija —me dijo después. Le devolví el beso y nos encaminamos a la calle. Ella le dio tres vueltas a la cerradura de la puerta de la casa. Luego cargamos la mochila en el maletero del coche del tío Craig. — ¡Me gustan los días así! —dije. El sol lucía alto. Ni una nube a la vista. A pesar de que hacía frío, la mañana era muy luminosa. —He consultado el parte meteorológico en internet. Aquí el tiempo es muy cambiante —me informó mi madre—. Esta noche probablemente llegará un frente de lluvias. Pero para esa hora ya estaremos de vuelta. Lo que no sabíamos en aquel momento es que la tormenta se desataría antes de lo esperado. O mejor dicho: aquel día se desencadenarían dos tormentas. La prevista para la noche, que se acabaría adelantando. Y la que causó en mi interior la confesión de mi madre en el volcán.

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Capítulo 38
Mi madre y yo siempre hemos tenido una relación bastante buena. Hemos discutido, no lo voy a negar. Pienso que en todas las familias pasa. No conozco a ningún adolescente que no se haya enfadado alguna vez con sus padres. Fannia, aunque no lo parezca, porque es más callada, menos atrevida y aparentemente parece buena chica, es la que más discute con sus padres. A mí también me pasaría si tuviese unos como los de ella. Si se retrasa cinco minutos en llegar a casa la castigan. Son muy intransigentes. Yo he tenido bastante más suerte con los míos. No me puedo quejar. Comparados con los de ella son infinitamente más flexibles y me dejan mucha libertad. Dispongo de ese espacio tan necesario que una adolescente precisa para respirar. Con mi madre he discutido y también me he enfadado. Pero después nos hemos reconciliado y las aguas han vuelto a su cauce. Por eso, cuando ella me contó lo mal que se llevaba con la abuela Kerry, no lo entendí del todo. Podía comprender que se cabreasen, pero no me cabía en la cabeza que eso acabara suponiendo el final de su relación. ¿Cómo pueden una madre y una hija acabar rompiendo? Que si la abuela era agresiva y no se podía hablar con ella. Que si la muerte del abuelo la había deprimido y, encima, había acentuado su agresividad. Cosas como éstas me dijo mi madre que eran las que había detrás de su falta de entendimiento y su posterior ruptura. Esa era su versión. Entonces, ¿por qué la tía Erica y el tío Craig no habían roto con la abuela Kerry? En honor a la verdad, a mí la abuela nunca me dio la sensación de ser una persona agresiva. Todo lo contrario. La noche antes de visitar a la tía Erica y el tío Craig empecé a dudar de la versión de mi madre. Una vez en la casa de la abuela Kerry, cada vez tuve más claro que no disponía de todos los datos para entender la ruptura entre ella y mi madre. Pero ¿qué era lo que yo no sabía? Salimos de casa de la abuela sobre las once, minuto arriba, minuto abajo. Me faltaban sólo unas horas para encontrar la pieza que me permitiría resolver aquel rompecabezas. Con mi madre al volante del todoterreno del tío Craig, abandonamos la población y nos dirigimos hacia la lejana cadena de montañas. Desde aquella distancia y por efecto de los rayos del sol las laderas parecían anaranjadas. La silueta del volcán se perfilaba nítida entre dos picos redondeados. Me quedé mirándolo hipnóticamente hasta que no pude resistir la intensidad de la luz. Me tuve que poner las gafas de sol porque me deslumbraba. Con ellas, caprichos de la paleta de colores, el débil naranja se transformó en cobre oscuro. Cerré los ojos con fuerza para dejar de ver la realidad en ese color.

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Por suerte, cuando los volví a abrir las laderas habían recuperado su tonalidad entre verdosa y ocre. ¡El naranja había desaparecido! Me alegré. Lo que no había desaparecido era el volcán. Avanzábamos hacía él a toda velocidad por una carretera bastante estrecha y solitaria. Y allí seguía aquella mole, impertérrita, cercana. Aunque llevaba las gafas puestas, el sol me volvió a deslumbrar. Intenté resistir sin cerrar los ojos y, durante un instante, me pareció que la carretera se convertía en un camino de luz. A toda velocidad por aquella especie de sendero luminoso me pareció entrar en un volcán en plena erupción. Un ligero calor me embriagó y una tibieza agradable se adueñó de mí. De repente noté que el cinturón de seguridad me oprimía los pechos y la cabeza se empeñaba en salir disparada del cuerpo. — ¡Qué susto! —exclamó mi madre—. ¡He estado a punto de atropellar a un animal! El frenazo había sido de aúpa. — ¿Estás bien? —me preguntó. —Sí. No me he enterado de nada. ¿Qué animal era? —No sé. Quizás un tejón. —No me he dado cuenta —le dije—. Me debo haber quedado dormida. Proseguimos. Mi madre se refugió en el silencio. Conducía con la cara inexpresiva. De pronto apareció el primer campo de centeno ante mis ojos. Y después otro. Y otro. Y otro... El centeno nos rodeó. En el único lugar donde no había era en la carretera. El viento mecía aquellos millares de plantas. «Primero el volcán y ahora, esto», me dije. Bajé la ventanilla y alargué el brazo. — ¡Haz el favor de no hacer tonterías! —me reprendió mi madre. No le hice caso y estiré aún más el brazo. Noté un pequeño dolor en el hombro, pero tenía que tocar una de aquellas plantas como fuera para saber si eran reales. Finalmente conseguí rozar una con la punta de los dedos. Mi madre me volvió a llamar la atención. — ¿No ves que te vas a hacer daño? ¡Déjalo ya! Esta vez le obedecí: metí el brazo dentro y subí la ventanilla. — ¿Puedes parar el coche un momento? —le pedí. Mi madre se apartó de la carretera y estacionó el todoterreno lo más arrimado que pudo a la plantación. Me quité los zapatos, abrí la puerta y bajé de inmediato. Entré en el campo de centeno sin vacilar. Las plantas me llegaban a la altura de la cabeza y la tierra estaba mojada. Me manché los pies de fango. Empecé a caminar sin rumbo fijo.

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Mis pies parecían tener vida propia. Anduve bastante. No sabría decir cuánto. Cuando por fin me detuve, miré para todos los lados. No veía nada. Salté para ver por encima de las plantas. Pero no hubo manera. Las espigas me envolvían por completo. Apartaba una y aparecía otra. Estaba en un verdadero océano de centeno. Volví a saltar y se me cayeron las gafas de sol. Me agaché para recuperarlas. No di con ellas. Desistí y me puse a caminar de nuevo. Una sensación de agobio empezó a apoderarse de mí. ¿Me había extraviado? El miedo se mezcló con el agobio, pero la curiosidad pudo con ellos y seguí adelante, apartando plantas y más plantas. Comencé a caminar cada vez más deprisa. Llegué a correr y tropecé un par de veces. Una de ellas me caí y me golpeé en las rodillas. Noté una punzada de dolor. Sin embargo, me levanté propulsada por algo que yo misma me había estado intentado negar: el deseo de toparme con Ethan. De pronto oí una voz. — ¡Me encontrarás! Me pareció su voz profunda y grave. Paré en seco y lo busqué con la vista. Las plantas no me dejaban ver más allá de mis narices. — ¿Eres tú? —me atreví a preguntar. — ¡Emma! —escuché gritar a mi madre. No respondí. En verdad, me había quedado un poco decepcionada. Aquella voz no era la de él. — ¡Emma! —me llamaba en voz alta mi madre sin cejar. Había ido siguiendo el casi imperceptible camino que yo había abierto en mi deambular errático por la plantación de centeno. Me pareció que estaba muy cerca de mí. — ¿Dónde estás?—voceó—. ¡Espera! — ¡Estoy aquí! —la avisé tragándome la frustración. Tardó apenas unos minutos en dar conmigo. Llevaba mis gafas de sol en la mano. — ¿Esto es tuyo? —Me las enseñó. Las cogí y me las puse mecánicamente, aunque allí en medio del centeno no hiciese falta. Mi madre no dijo nada. Tenía cara de no saber si reñirme o abrazarme. Acabó por estrecharme entre sus brazos. Las gafas se me volvieron a caer. Pasé de ellas y me apreté contra mi madre. Me acunó como había hecho la abuela Kerry con ella en la mecedora. Se empezó a mover a izquierda y derecha, muy suavemente. — ¡El volcán! ¡El centeno! —dije atropelladamente. Ella me apretó aún más y continuó con su dulce y apacible balanceo.

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— ¡Todo coincide! —musité.

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Capítulo 39
Deshicimos el camino y volvimos al coche. Me había costado tranquilizarme, pero con la ayuda de mi madre lo había conseguido. Estuvimos un buen puñado de minutos abrazadas en medio de la plantación, con las espigas de centeno rozándonos, como acariciándonos. Me gusta estar en los brazos de mi madre, y también en los de mi padre. En ellos me siento protegida. Necesito ese contacto físico para notar que estoy viva. Notar el fluir del cariño por la piel. Encontramos el camino de vuelta con cierta facilidad. Se trataba simplemente de seguir el rastro que yo había dejado al apartar las plantas de centeno. Algunas incluso las había llegado a resquebrajar. Al salir de la plantación había un coche de policía aparcado detrás del nuestro. Y un agente fumando apoyado en el capó. Aquel policía nos miró con desconcierto. —Pero si es... ¡No me lo puedo creer...! ¡Hola, Natalie! —saludó a mi madre con efusividad—. ¿Tú por aquí? ¡Cuánto tiempo! —Hola—devolvió el saludo mi madre, notándose que no se daba cuenta de quién era. — ¿No me conoces? El policía se quitó las gafas de sol y el sombrero. Se acercó a nosotras. — ¿Nathan? —preguntó mi madre, dudando. — ¡El mismo! Calculé a ojo que aquel pedazo de hombre medía dos metros. Tenía una barriga prominente y los botones de la camisa estaban a punto de saltarle por culpa de la tensión que tenían que soportar. —Cuánto tiempo sin vernos —comentó mi madre. — ¡Han pasado siglos! —exclamó él—. ¿Y esta chica tan guapa? Supongo que es Emma... —Supones bien. El policía apuró el cigarrillo y lo apagó contra el suelo. Se metió la colilla en el bolsillo. —Has crecido mucho —me dijo a mí—. Cuando tu madre se marchó de aquí eras así. —Con la palma de la mano derecha hacia abajo y el suelo como referencia, indicó que entonces yo debía medir poco menos de un metro—. Tenías dos años. ¡Hay que ver! El tiempo pasa volando. —Ya —suspiró mi madre. —Tú también estás muy guapa —le dijo él—. Por cierto, ¿qué hacéis por aquí? —se interesó luego. Su asombro aún no había desaparecido. Aquel hombretón estaba realmente emocionado de ver a mi madre. Parecían viejos amigos—He visto aquí el coche de Craig aparcado y he parado para ver si había algún problema. —Vamos de excursión —le explicó mi madre.

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—Seguro que lo acierto... ¿A qué vais al volcán? —Sí, se lo quiero enseñar a Emma. —Últimamente va mucha gente por allí. — ¡Es un sitio espectacular! —reconoció ella. —No lo digo por eso —matizó él. — ¿Entonces? Aunque aquella conversación sobre el volcán me interesaba, empecé a darle vueltas a lo que me acababa de ocurrir hacía unos momentos: mi carrera desenfrenada en la plantación de centeno, la búsqueda frenética de Ethan. Había perdido la calma y me había dejado llevar por un arrebato. ¡Otra vez! Me prometí a mí misma que no se podía volver a repetir. Aquella pesadilla, porque ya se había convertido en eso, tenía que expulsarla de mi interior. Lejos, muy lejos. — ¡El Manantial de la Sima! ¡No me digas! —oí que decía mi madre, ¿De qué estaban hablando el policía y ella? ¿Qué me había perdido? ¡Mi madre acababa de referirse al Manantial de la Sima! El policía se carcajeó. —Sí —afirmó. —Ya, pero me parece un tanto extraño —admitió ella—. ¿No decían que nunca más volvería a la actividad? —Por lo visto, se equivocaron —respondió él encogiéndose de hombros. — ¡Un momento! —Les reclamé la atención levantando la voz más de la cuenta. Ellos se me quedaron mirando, los dos con el entrecejo fruncido. —Perdón... Es que me he perdido. —Disimulé—. ¿Qué es el Manantial de la Sima? ¿Qué es eso de que ha entrado en actividad? — ¡Qué casualidad! —se adelantó mi madre—. Se llama igual que el de tu... sueño. — ¿Por qué no me lo habías dicho? —le recriminé. —Emma, éste no es momento oportuno para hablar de ese asunto —intentó contemporizar ella—. Nathan acaba de contar que los vulcanólogos han detectado actividad en el volcán. —En este punto detuvo su explicación—. Pero ¿no lo has escuchado? —Estaba distraída —dije secamente. —Pues te lo resumo —decidió—: una vez al mes, más o menos, sale un pequeño chorro de lava por el Manantial de la Sima. —Me tenías que haber dicho que hay un lugar que se llama así —me volví a quejar. Entonces por la radio del coche del policía se escuchó una voz. Él fue hasta el vehículo. En menos de un minuto estaba de vuelta. —Me tengo que ir —nos anunció—. Me reclaman.

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—Hasta otra, Nathan —se despidió mi madre. — ¿Sabes una cosa? —se dirigió a mí aquel hombretón—. Ella y yo fuimos novietes cuando estábamos en el instituto. Seguro que tu madre nunca te ha hablado de sus antiguos novios. Negué con la cabeza. — ¡Déjalo! —le riñó mi madre. —No te preocupes, Natalie. —Él se volvió a carcajear—. No le estoy revelando ningún secreto a tu preciosa hija. Mi madre se puso muy seria. Nathan guiñó un ojo. Después le dio un beso en la mejilla a ella y se montó en el coche. Salió a toda velocidad. — ¡Me lo tienes que contar todo! —le exigí a mi madre. —En cuanto lleguemos al volcán... ¿De acuerdo? No dije nada más y me subí al coche. Ya faltaba poco para que supiera la verdad.

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Capítulo 40
Mi madre arrancó el motor del todoterreno del tío Craig y nos pusimos en marcha. Aceleró suavemente y nos adentramos cada vez más entre el centeno. La carretera se estrechaba por momentos. Ella conducía con seguridad. Se notaba que no era la primera vez que recorría aquella especie de serpiente de asfalto. Volví a bajar la ventanilla. Esta vez no saqué el brazo para intentar tocar las espigas. La había abierto sólo hasta la mitad para que entrara el aire frío. — ¿Puedes apagar la calefacción, por favor? —le pedí a mi madre. Lo hizo sin desviar la vista de parabrisas. Me estaba empezando a notar agobiada. Y la calefacción del coche aumentaba esa sensación. El tiempo me pasaba a cámara lenta y la carretera se me hacía interminable. Una curva tras otra, parecía no tener fin. ¿No íbamos a llegar nunca al volcán? El aire frío me calmó un poco. Otra gran recta y otra curva. Luego una curva más y dos y tres. Zigzagueamos entre incontables plantaciones de centeno. El sol continuaba pintando a capricho el paisaje. Ahora naranja, ahora cobrizo, ahora amarillo oscuro, ahora amarillo claro e intenso. Me deslumbró de nuevo. Mi desasosiego interior iba a más. Mi madre conducía concentrada, la mirada fija en el asfalto. Aspiré a bocanadas. Henchí los pulmones para intentar oxigenarlos bien y calmarme. Sin embargo, noté que el pulso se me aceleraba más y más. Allí estaba. ¡El volcán! ¿No tenía nombre? No había caído en ello hasta ese momento. No podía ser. Todas las cosas tienen un nombre. Seguro que aquella mole se llamaba de alguna manera. — ¿Cuál es el nombre del volcán? —le pregunté a mi madre. —Eh... —balbuceó. Me percaté de que tenía los ojos inyectados en sangre y las venas de las sienes muy hinchadas. —Es igual —le dije. —Fervens —dijo ella de pronto. — ¿Qué? —Me extrañé. —El volcán se llama así. Frenó bastante, dejó la carretera y se metió por un camino pedregoso. Al cabo de unos cien metros, detuvo el coche. Habíamos llegado al aparcamiento.

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Estábamos en una de las vertientes del volcán Fervens, al principio de un sendero que llevaba hasta su cima. Me bajé del todoterreno y avancé unos pasos. Miré hacia arriba. Me dio la impresión de que por el cráter salía una diminuta columna de humo.

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Capítulo 41
Las primeras nubes hicieron acto de aparición por detrás del volcán. Eran unos cúmulos de tamaño considerable. Secuestraron el sol durante unos minutos y con él se llevaron la diminuta columna de humo que creí ver salir por el cráter. En realidad no se trataba de humo. Lo que había visto eran hilachos de nubes casi transparentes que se habían adelantado a los cúmulos. Mi madre fue cansinamente hasta la parte posterior del todoterreno. Abrió el maletero con la misma parsimonia y cogió la mochila. Luego volvió a mi lado. — ¡Vamos! —Señaló hacia el sendero que llevaba hasta la cima del Fervens—. Hablaremos de camino. Nos pusimos en marcha. —No sé por dónde empezar —balbuceó ella. — ¡Estoy harta de las medias palabras! —Me costaba mantenerme serena—. Necesito que me digas lo que me tienes que decir, pero claramente... El primer tramo del sendero era bastante empinado. Sentí una sed repentina. Mi madre me indicó que había una cantimplora en uno de los bolsillos laterales de la mochila. La cogí y bebí un buen trago. —Papá no es tu padre biológico —dejó caer ella mientras yo le ponía el tapón a la cantimplora—. Tu padre biológico murió hace tiempo. Tú tenías dos años. La cantimplora se me cayó de las manos. Rebotó contra una piedra y rodó sendero abajo, un par de metros. Mi madre hizo ademán de ir a buscarla. Yo se lo impedí. La retuve por uno de los tirantes de la mochila. Una sensación de vacío, como si me hubiese tirado en paracaídas, me encogió el estómago. Aquella primera confesión había impactado contra mí con violencia. — ¿Qué dices? ¡Eso no puede ser! De repente sentí que había estado viviendo encima de una mentira. Mi madre apartó la vista, recogió la cantimplora y se puso a caminar cuesta arriba, sin mirar para atrás. Le dejé unos metros de distancia y la seguí como un autómata. Caminamos en silencio un buen rato. Subíamos y subíamos. El esfuerzo paliaba aquella terrible desazón. Finalmente, llegamos casi a lo alto. Allí ella se sentó en una gran piedra negra. —Estoy cansada —dijo. Me planté delante de ella. — ¿Quién fue mi padre biológico? —le pregunté. Sus dedos comenzaron a juguetear con las cintas de la mochila. Las anudaba y desanudaba las unas con las otras. Me senté en el suelo con las piernas cruzadas. Mi madre tosió un par de

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veces. Abrió la cantimplora y bebió largamente. Después vertió un chorro delante de sus pies y se formó un minúsculo reguero. Yo ya no podía aguantar con la incertidumbre. Por fin, empezó a hablar: —Yo era demasiado joven para prever todo aquello. —Tenía la mirada fija en algún lugar de la cima del volcán—. Además, en casa no contaba con ningún apoyo. El tío Craig y la tía Erica no me podían ayudar. Yo tenía dieciocho y le llevo cinco años a ella, y tres a él. No entendían mis problemas… Con la abuela Kerry apenas hablaba. La evitaba todo lo que podía. Yo era demasiado introvertida y ella se pasaba el día recriminándomelo, diciéndome que tenía que salir del cascarón... Y, cuando por fin me decidí a hacerlo, metí la pata y me quedé embarazada... Ya no éramos unos críos, pero nos enamoramos con la pasión propia de los adolescentes que se sienten solos. —Te refieres a mi padre biológico, supongo. —Sí. Bajó la mirada del cráter y la depositó en mí. — ¿Cómo se llamaba? —le inquirí. —Luke. Cerré los ojos y escondí la cabeza entre las manos. Un nombre para una presencia recién descubierta. Al oírlo se hizo realidad. — ¡La Cueva del Manantial de la Sima! —dijo mi madre, levantándose. Abrí los ojos y me puse de pie. Me mareé un poco al hacerlo, pero se me pasó enseguida. Efectivamente, a diez metros había un enorme hueco en la pared. Había llegado allí tan alucinada por la confesión de mi madre que me había pasado desapercibido. —Ahí dentro está el Manantial de la Sima —añadió ella—. Luke murió ahogado en él. Fui hasta aquella gruta. Me detuve en la entrada. Estaba oscura como la boca de un lobo. Oí los pasos de mi madre. Se me acercó y se puso a mi lado. —He traído una linterna —me dijo. Y la sacó de la mochila—. ¿Sabes una cosa? —me preguntó sin esperar respuesta—. Me prometí que nunca más volvería a este lugar. ¡Lo detesto...! Le pedí la linterna. Me la dio y la encendí. Entré en la Cueva del Manantial de la Sima, con tan mala suerte que resbalé y me caí de bruces. —¡¡¡Ay!!! —grité. Mi voz resonó, rebotó en las paredes negras. El volcán se la tragó. Mi madre acudió en mi ayuda y ya no me pude contener más. Me lancé a sus brazos llorando desconsoladamente. Lloraba por mí. Me sentía desdichada, engañada, frustrada. —Lo siento —le escuché decir con la voz quebrada. La abracé más fuerte y también lloré por ella. Fue bueno. Con las lágrimas se iba diluyendo la ira.

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Capítulo 42
Mi madre me había mentido. No sólo me había ocultado lo de mi padre biológico, también había sepultado un episodio de mi infancia que se acabó convirtiendo en trauma. Un trauma que se instaló profundamente en mi subconsciente. Casualidades de la vida, quince años después todo se destapó cuando me morí sin morirme. Las piezas encajaban. Yo ya había estado dentro de un volcán, en el Manantial de la Sima. Y había conocido las vastas plantaciones de centeno. ¿Y el color naranja? Era el de las luces de la ambulancia que me llevó al hospital desde el Fervens. Estuve a punto de morir ahogada. Mi madre y mi padre se habían inventado, el episodio del desvanecimiento de él en plena calle para justificar mi miedo compulsivo a las ambulancias. MENTI

RAS MENTIRAS MENTIRAS
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Dejé de llorar e hice esfuerzos por calmarme. La profesora de educación física del instituto nos había enseñado a respirar acompasadamente para relajarnos. Seguí sus instrucciones. Y lo conseguí, en parte. Mi madre recogió del suelo la linterna que se me había caído al resbalar y me ofreció la mano. — ¡Ten cuidado! —me advirtió—. Yo te guiaré. Nos adentramos de la mano en la oscuridad caminando muy despacio. Mi madre alumbraba hacia el suelo. Conforme avanzábamos hacia el interior de la cueva, la oscuridad iba remitiendo. Después de recorrer un estrecho y largo pasillo en continua bajada, se veía mejor. Llegamos a una especie de bóveda enorme. Me percaté de que la luz se filtraba por numerosas y diminutas grietas. Mi madre apagó la linterna. Ya no nos hacía falta. Yo me quedé estupefacta. Delante de nosotras estaba el Manantial de la Sima. Sus aguas eran tranquilas, como un espejo. Allí dentro parecía que el tiempo se había detenido. —Aquí murió tu padre. Y tú estuviste a punto de morir con él. Abrí la boca para empezar a hablar. — ¡Calla! Te lo contaré desde el principio. Me soltó de la mano y se adelantó. Rodeó el manantial y fue hasta el fondo de aquella especie de cripta. Me fijé y comprobé que había centenares de estalactitas y estalagmitas. Las sorteé y fui con mi madre. Me senté a su lado en una gran roca que nacía de la pared. Era un banco natural de lava petrificada.

Ella me ofreció uno de los bocatas que había preparado, No tenía hambre, la situación no estaba para eso. Pero como tengo que comer cinco veces al día, le di un mordisco distraído. — ¿Así que te quedaste embarazada? Supongo que fue un embarazo no deseado... —En esos momentos de mi vida yo andaba hecha un lío. Estaba enamorada de Luke y quería marcharme de casa. Esto último era lo único que tenía claro... Yo no contaba con aquel embarazo. En aquellos tiempos no era fácil tener información sobre los anticonceptivos, por lo menos a mi edad. Y los padres no les hablaban de esas cosas a los hijos. Así que sucedió. No es que se aprovechase de mí. Nos queríamos. Luke tenía buen corazón y no era para nada una mala persona. Su madre había muerto hacía años y su padre era alcohólico. Él también se quería escapar de su casa. En eso coincidíamos los dos. Teníamos algo muy fuerte en común: la necesidad de cambiar nuestras vidas... Aunque era un poco alocado, nunca jamás imaginé lo que acabaría haciendo. Se paró, como ordenando los recuerdos. —Sigue, por favor. —Encontrar un trabajo era difícil si no estabas dispuesto a trabajar en el campo —continuó—. Ninguno de los dos queríamos un futuro aquí. El caso es que lo hablamos y hablamos. Él me decía que nos fuéramos a una gran ciudad a buscarnos la vida. A mí me daba miedo. Qué quieres que te diga, yo nunca había salido del pueblo. — ¡No me lo puedo creer! —Tenía miedo de marcharme —prosiguió haciendo caso omiso a mi comentario—. Además, no teníamos recursos. Yo le insistía en que la cosa sería diferente si conseguíamos un poco de dinero. No estaba dispuesta a marcharme con una mano delante y otra detrás. Además, me quedé embarazada al poco de salir con él. Creo que fue a la primera. Ya te he dicho que nosotros no usamos ningún tipo de protección... No pude evitar pensar en mi primera vez. Le dije a Tom que se pusiese dos preservativos. Él se me quedó mirando con cara de tonto. — ¡Es lo que hay! —le dije. Y se los puso. —Un buen día, él se presentó en casa. —Mi madre hizo una breve pausa para beber un sorbo de agua—. La abuela Kerry no veía con buenos ojos lo nuestro. Me decía que me tenía que buscar un partido mejor. Ella siempre me estaba reprochando cosas. Yo pasaba de ella y creo que cada vez me sentía más unida a Luke sólo por llevarle la contraria... Bien. Un día, él apareció por casa. ¡Llevaba un buen fajo de billetes! Le pregunté de dónde lo había sacado. Me dijo que había robado una gasolinera. Aquella noche había tenido una fuerte discusión con la abuela, así que entré en casa, cogí ropa y me largué con él. La miré con ojos como platos. —Fui una estúpida. —Se rio con amargura—. Cogimos el primer autobús que paró y pasamos semanas vagabundeando por moteles. El robó otra gasolinera. ¡Aquél sí que fue un buen golpe!

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No hubiésemos conseguido tanto dinero trabajando los dos durante un año... Pero a la tercera fue la vencida. Lo cogieron y fue directo a la cárcel. Me quedé sola en una ciudad miserable, viviendo en un motel hasta el día en que parí. Tenía dieciocho años, ya te lo he dicho. Ahora te deben parecer que eran muchos, pero por aquel entonces con esa edad éramos unos ingenuos. Nos tocó vivir en una sociedad muy diferente a la tuya. El caso es que, mal que me pesara, no tuve más remedio que volver a casa. —Debió de ser una decisión difícil... —No te puedes llegar a imaginar cómo se puso la abuela Kerry. Me montó una bronca de mil demonios... Pero me aceptó. ¡Eras un bebé precioso! Supongo que al verte se le ablandó el corazón... Durante los siguientes dos años mi vida pareció encauzarse. Contigo en casa todo era distinto. Llegamos a tener una especie de armonía. Pero el regreso de Luke lo volvió a estropear todo. Se acabó la tranquilidad. —La mirada se le oscureció—. Había salido de la cárcel y se presentó en casa. Quería que volviésemos a estar juntos, que formásemos una familia. No puedo negar que yo también había soñado con eso. Pero en aquellos dos años había cambiado. Él era débil. En la cárcel había empezado a meterse heroína. Se había convertido en un adicto. Me di cuenta de que lo nuestro, lo de formar una familia, era una tapadera. Ni tú ni yo le importábamos nada. La droga era lo único para él... Lo que buscaba era dinero. Me reclamó el botín del segundo golpe. Me negué. Era mi seguro para poder sacarte adelante si las cosas se torcían. Me amenazó con cometer una locura, pero mantuve mi negativa. Por fin se fue, cabreadísimo. Al cabo de una semana se coló en casa en plena madrugada. Aquella noche tenía el mono y no fue cuidadoso. Oí ruidos, me levanté y pude ver que te estaba metiendo en su coche. Había tenido la precaución de rajar las ruedas del nuestro. La abuela llamó a la policía. El comisario y un agente se presentaron en casa al poco. Craig se empeñó en ir con ellos. Empezó una búsqueda enloquecida. Luke conducía torpemente y fue dejando muchas pistas a su paso. Era fácil seguir su rastro. Fuera de sí, condujo hacia el Fervens con la policía encima. Arriesgando tu seguridad, enfiló la subida con el coche. Llegó hasta la entrada de la cueva y entró contigo en brazos. Y aquí dentro pasó lo inevitable. —Mi madre tragó saliva—. No se sabe cómo, se precipitó en el manantial. Se desnucó en la caída. No pudieron hacer nada por él. Tú también caíste al agua, pero Craig consiguió sacarte con vida. No te ahogaste de milagro. Le acaricié el brazo. —Fue una historia de amor sin final feliz —afirmó con amargura—. Luke me arrebató el corazón y... La abracé y ella continuó con su confesión: —Cuando saliste del hospital decidí marcharme definitivamente de aquí. Después de todo aquello, necesitaba empezar una nueva vida. Tenía que poner distancia de por medio. A la abuela Kerry no le gustó mucho la idea, pero yo había tomado una decisión inquebrantable. Lo

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aceptó a disgusto... Aproveché el dinero del robo para pagar el viaje y el alquiler durante los primeros tiempos. Encontré trabajo de camarera. Conocí a tu padre sirviéndole cafés. Ya ves. Mis padres me habían dicho que se habían conocido en un bar, efectivamente. Pero no en aquellas circunstancias. Puse la cabeza en el regazo de ella. — ¿Me lo pensabas ocultar toda la vida? —Fie pensado en decírtelo muchas veces, pero nunca he encontrado el momento oportuno. Cuanto más tiempo pasaba era más difícil. Y supongo que me he equivocado. No quiero que sirva de excusa, pero me sentía avergonzada de mi pasado. Por otra parte, tú tuviste la suerte de poder empezar una nueva vida siendo muy pequeña, con un padre digno. No te lo quería estropear... Ya sé que esto no justifica mi silencio. Te merecías conocer la verdad... Ninguna de las dos dijimos nada más. Estuvimos en silencio en el Manantial de la Sima durante mucho tiempo, yo con la cabeza en su regazo, y ella acariciándome suavemente el pelo. Mi madre me había ocultado una parte importantísima de mi pasado que yo tenía derecho a conocer. Me había mentido, pero la perdoné. Aquel secreto, que nos hubiera podido alejar irremediablemente, en realidad reforzó aún más nuestra relación. Repentinamente, se escuchó el sonido lejano de la tormenta que se acababa de desatar. Por las grietas del techo empezaron a caer infinidad de pequeñas gotas que dibujaron formas onduladas en el Manantial de la Sima. La quietud se acabó. Aquellas ondas en el agua no sólo eran producto de la lluvia. Al mismo tiempo que los truenos, se había notado un pequeño temblor. Apenas perceptible. Entonces el asiento de piedra pareció estremecerse. A continuación empezó a oler a azufre y a subir la temperatura. — ¡Vámonos ya! —me ordenó mi madre de pronto—. Nathan ya nos ha advertido que últimamente hay indicios de que el Fervens vuelve a la actividad. Salimos fuera lo más rápido que pudimos. La lluvia nos recibió con los brazos abiertos. Llovía a cántaros, como el día que me morí sin morirme.

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Resurrección

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Capítulo 43
Habíamos regresado del viaje la noche anterior. El domingo a última hora. Y antes de irme a dormir llamé a Julia. Fue una conversación breve. Estaba demasiado cansada del viaje y del emotivo reencuentro con mi padre en el aeropuerto. Quedamos en vernos en el instituto. Le dije que al acabar las clases podíamos comer en su casa. Fannia, Janis y nosotras teníamos que hablar. Tenía muchas cosas que explicarles. Con Rachel ya hablaría más tarde. Había llevado el periódico del domingo. El Fervens acaparaba la portada. Había entrado en erupción. Unas horas después de que mi madre y yo nos marchásemos de la Cueva del Manantial de la Sima, la lava empezó a salir por todos los resquicios del volcán. Oí la explosión desde la casa de la abuela y me asomé a la ventana. Como era de noche pude contemplar un espectáculo de luces de primera. Con el protagonismo del naranja, por supuesto. La lava cubrió los campos de centeno circundantes. Por la mañana, antes de marcharnos de allí, el tío Craig y yo fuimos a curiosear. La policía no nos dejó acercarnos demasiado, pero pudimos comprobar que, aunque por lo que dijeron los expertos la erupción no había sido excesivamente importante, los resultados habían sido ruinosos. No había afectado a ninguna población, pero muchos kilómetros cuadrados de plantaciones habían quedado completamente calcinados. Un manto negro había sustituido al centeno. Yo nunca he estado, pero por las fotos que he visto, en ese momento me pareció estar en la luna. —Gracias —le dije al tío Craig. —De nada —respondió, absorto. Estábamos subidos en el techo de su todoterreno y él estaba oteando el Fervens. — ¡Es una lástima que no nos dejen pasar! —dijo—. Conozco un mirador magnífico que... —De pronto se interrumpió y me miró—. Por cierto, ¿por qué me has dado las gracias? —me preguntó haciendo una mueca de sorpresa. —Por salvarme la vida. — ¡Ah! —exclamó—. ¡Es por eso! —Estoy en deuda contigo. —De vuelta paramos en un bar y me invitas a una cerveza. ¿De acuerdo? —Sonrió. —Hablo en serio. —Lo sé, Emma. —Me cogió una mano—. Aunque hayan pasado los años, aún sueño con aquello: tirándome al agua para sacarte, el peso de tu cuerpecito en mis brazos. Pensé que estabas muerta, como él... ¡Resististe! Fuiste una campeona. No sé por qué no te ahogaste. Fue un milagro. Estabas boca arriba. Inconsciente pero boca arriba. Lo he repasado

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mentalmente más de una vez. Lo normal es flotar boca abajo. Es como si alguien te hubiese dado la vuelta. Nada, un milagro. Me apretó la mano. — ¿Qué tal te caía Luke? —le pregunté. Tenía curiosidad por saberlo. Frunció las cejas y demoró su respuesta unos segundos. — ¿Quieres que te sea sincero? —Por favor. — ¡Se comportó como un canalla! —dijo con amargura—. Menuda insensatez. No sé cómo se le pudo ocurrir una cosa así... No es que se lo tuviese merecido, pero todo apuntaba a que sus días acabarían de aquella manera... Reconozco que fue un desgraciado. La mala suerte se cebó con él. Un padre borracho no es un buen referente para nadie. Era carne de cañón y arrastró a tu madre con él. —De repente me dio la espalda—. Lo que te decía. ¡Sé de un lugar perfecto para observar todo esto! Me bajé del todoterreno de un salto y me acerqué al cordón policial. Un coche de bomberos estaba atravesado en medio de la carretera para impedir el paso a los curiosos como nosotros. Allí estaba el agente Nathan. — ¡Os lo advertí! —me dijo al reconocerme—. El Fervens estaba a punto de caramelo. —Ya. —Forcé una sonrisa. —Me recuerdas a tu madre de joven. Te. pareces mucho. Eres tan guapa como ella. Fue una lástima que no quisiera saber nada de mí y prefiriese a... Se calló antes de acabar de meter la pata. Yo me despedí de él educadamente y volví al todoterreno. El tío Craig me esperaba sentado al volante. — ¿Así que te tengo que invitar a una cerveza? —le dije. Los dos nos echamos a reír.

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Capítulo 44
Me pasé toda la comida contándoles a mis amigas la intensa experiencia que había vivido en mi reciente viaje. Hablé por los codos y casi no probé bocado. Y eso que los padres de Julia habían preparado unas hamburguesas que estaban para chuparse los dedos. Siempre que voy por allí, como saben que me gustan, las hacen. Ellas me escucharon atentamente. No se perdieron detalle. Me gustaría haberles hecho una foto con el móvil cuando les dije lo de mi padre biológico. Pero no era el caso. Fannia y Janis estaban a cuál más emocionada, los ojos lagrimosos. Julia no les iba a la zaga: su cara rezumaba incredulidad y sorpresa infinitas. Y no paraba de decir «¡Oh!» a cada momento. — ¡Y eso es todo! —les dije para dar por finalizada mi explicación. Me había quedado con la boca seca. Me bebí de una vez el vaso de agua que me había servido Fannia. Ninguna de las tres dijo nada durante unos instantes. ¡Y yo que esperaba que me cosieran a preguntas! Aproveché para comerme la hamburguesa. La había subido a la habitación para acabármela allí. Aunque se había enfriado, me supo a gloria. Julia se levantó y cogió de encima de la cama el periódico que yo había traído. Volvió a nuestro lado e hizo sitio en la mesa de estudio. Lo abrió por las páginas dedicadas al Fervens. El reportaje se acompañaba de varias fotos. Una de ellas la habían hecho de noche, con el volcán en plena erupción, casi con la misma perspectiva con la que yo había estado observando desde casa de la abuela Kerry. — ¡Tu volcán! —afirmó Julia. De súbito, oí la breve melodía de mi móvil anunciándome la llegada de un mensaje. Abrí el bolso y miré a ver de quién se trataba. Era Rachel. Leí su mensaje: YA SÉ QUE ESTÁS POR AQUÍ. TENEMOS QUE VERNOS. LLÁMAME Y NO TE HAGAS LA DURA. —Tengo que hablar con ella —reconocí. —Hemos estado comentando el asunto con ella —dijo Janis—. Se pasó un poco con lo de su primo, pero te quería ayudar... Tampoco es para tanto. Me levanté de la silla y miré a las tres: primero a Julia, luego a Janis y por último a Fannia. — ¡Así que estáis compinchadas! -—les solté. Se empezaron a reír. Fannia se puso de pie y se me echó encima. Julia y Janis la imitaron. Acabamos llorando las cuatro abrazadas y revoleándonos por la alfombra.

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Aquéllas fueron lágrimas de alegría. Nos quedamos tumbadas mirando hacia el techo. — ¡Todo lo que te ha ocurrido ha sido una pasada, tía! —exclamó Fannia—. ¡De película! —¿Y qué tal con tu padre? —me preguntó Janis. Poco antes de aterrizar de vuelta a casa, un ligero desasosiego se había instalado en mí. Los nervios a flor de piel, aguardaba temerosa el reencuentro con él. —No sé cómo reaccionaré cuando vea a papá. —Compartí con mi madre aquella preocupación. Ella me besó y seguidamente me acarició las mejillas. —Sé tú misma —me aconsejó—. No fuerces nada. Él ya está al corriente de todo. Además no tienes que darle explicaciones. Es tu padre y te conoce bien. Sí, él era mi padre. Por lo menos hasta hacía unos días yo así lo había creído. Le quería. Me gustaba verlo sonreír, me encantaba estar en sus brazos. Pero ¿y si después de la confesión de mi madre todo eso había cambiado? Dejé de pensar en ello. Decidí, como me había dicho mi madre, dejar fluir las cosas y comportarme con él tal y como me dictase el corazón. Nada de planes preconcebidos. Mostrarme natural. —El caso es que nada más verle en la puerta de la terminal, eché a correr hacia él —les conté a mis amigas—. Me recibió con los brazos abiertos, como si nada hubiese pasado. En realidad nada había cambiado. Él era mi padre. —Te noto diferente —me comentó Julia—. No sé, más madura y segura. Sonreí. Fannia giró sobre sí misma y se me subió encima. —Hay algo raro en todo esto —afirmó. —Como no te expliques mejor... —le dije. —El trauma ese que dices. Lo de la muerte de tu padre biológico. —Fannia puso cara pensativa—. ¿Por qué ese trauma lo reviviste en forma de historia de amor? ¿Seguro que no hay nada más? No sé, que Ethan exista de verdad e intentara ponerse en contacto contigo. ¿Te acuerdas que te dijo que te conocía desde hacía mucho tiempo? Que te estaba esperando, o algo así. A lo mejor te vio cuando tu padre, ese tal Luke, te llevó al Manantial de la Sima. Y él fue el que te mantuvo a flote hasta que llegó tu tío Craig... Tenías dos años. ¡Y no te ahogaste! Suspiré con fuerza. — ¡Tú eres peor que yo! ¡Sí que le echas imaginación! —le dije a Fannia a continuación. —Pero sería tan chulo si fuese así —comentó ella poniendo las dos manos en el pecho y entornando los ojos. —Como acaba de decir Julia —añadí—, ahora soy diferente. — ¿No dejarás de ser una gamberra? —intervino Janis y se tiró encima de mí. —Espero tener la cabeza un poco más centrada, nada más —le aclaré entre risas.

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El resto de la tarde voló de manera increíble hablando sobre todo lo ocurrido a partir de mi episodio de muerte aparente. Aquéllos habían sido unos días muy intensos para mí y también para mis amigas, pero al final habían valido la pena: tantas emociones, tantas revelaciones, te hacen ver las cosas de otra manera.

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Capítulo 45
Alrededor de las siete de la tarde, se oyó el timbre de la casa. Los padres de Julia habían salido. — ¿Quién será? —preguntó ella. —No te hagas la tonta —le dije—. Seguro que habéis llamado a Rachel para que venga. —Yo no —dijo Janis. —Yo tampoco —se sumó Fannia. Julia se encogió de hombros y fue a abrir. Ella y Brice entraron en la cocina instantes después. — ¡Hola, Emma! —me saludó él. —Éste es Brice, el primo de Rachel —les dijo Julia a Fannia y a Janis. Ellas le dieron un par de besos y lo recorrieron de arriba abajo con ojos de interés. Conozco bien esa manera suya de mirar. Brice les había gustado. — ¿Qué haces tú aquí? —le dije a él. Me salió un tono de voz un poco impertinente. No es que me supiera mal que hubiese venido ni nada por el estilo. Todo lo contrario. Lo que pasó es que me había puesto nerviosa al verlo aparecer. ¿Por qué se había presentado en casa de Julia? ¿Sería por mí...? No me quería hacer ilusiones, ¿Pero ilusiones de qué? ¿Acaso me gustaba? —Me ha enviado Rachel. Soy su emisario —se explicó—. Quiere que la perdones. Allí tenía la respuesta. No había venido por mí. Venía a hacer de intermediario. Estaba visto que era una ilusa. — ¿Dónde está Rachel? —le preguntó Julia. —En su casa. — ¿Y por qué no ha venido ella a dar la cara? —intervine yo con voz de cabreada. —Eso es lo que le he dicho yo —reconoció Brice—. Y tú, veo que aún estás enfadada con ella. —Ya no —le dije. —Pues no lo parece. ¿Qué le digo a Rachel, entonces? —me preguntó. Me quedé pensativa. No es que aquella pregunta fuese complicada de responder. Yo quería volver a ver a Rachel. Decirle que era una impresentable a la cara. Lo necesitaba. Seguro que ella lo encajaría bien. Ya la había perdonado, como había hecho con mis padres. Era mi amiga y la quería. Pero le iba a dejar bien claro que no me volviese a hacer una jugarreta así nunca más. La nueva Emma iría siempre con la verdad por delante. ¡Las cosas claras como el agua! Me había quedado pensativa para ganar tiempo y encontrar la manera de quedarme a solas con Brice. Su presencia me daba buen rollo, me hacía sentir bien. — ¿Me acompañas a casa? —le dije sin más.

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—Sí—aceptó él con naturalidad—. Ya sé dónde vives. Janis y Fannia se miraron y sonrieron pícaramente. — ¡Y tanto que estás diferente! —comentó Julia—. Ahora eres una tía decidida.

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Capítulo 46
Brice me acompañó hasta casa. Como Julia y yo vivimos casi al lado, no hizo falta coger el coche. Fuimos paseando tranquilamente. Hacía frío, pero no tanto como los días anteriores. A él también le expliqué las confesiones de mi madre. Después hablamos un poco de Rachel y le aclaré que la llamaría esa misma noche. Nos sentamos en unos bancos de un parque infantil que hay a tiro de piedra de casa. Allí enfilamos una larga conversación sobre música, literatura, blogs. Poco a poco me fui dando cuenta de que teníamos muchas cosas en común. En un momento dado le pregunte qué tal llevaba lo de Christine. —A los dos días de morir fui al psiquiatra —me contó—. Para que me ayudase. Si tenía que tomar algún medicamento, estaba dispuesto a hacerlo. Algo que me ayudase a superarlo. Hablé con él un buen rato y al acabar me dijo que me daba el alta. Nada de ayuda química, por el momento. Aquel tipo no se fue por las ramas. Me dijo que pensase que aquella pérdida la llevaría siempre conmigo. Era para el resto de la vida. Me puso el ejemplo de una bola negra. La muerte de Christine era esa bola pululando por mi cuerpo. Cuando pasase por el corazón, la tristeza me embargaría. Cuando estuviese por los pies, ni la notaría. Efectivamente, ha pasado el tiempo y hay días en que me pongo a llorar sin aparentemente venir a cuento. Entonces intento expulsar la bola negra de mi cabeza... Se nos hizo tarde. Nos despedimos cerca de las diez de la noche. En la puerta del jardín de casa me dejé llevar por la espontaneidad. — ¿Te apetece que quedemos otro día para tomar algo? —le pregunté. La voz no me tembló. —De acuerdo. ¿Te parece bien el sábado que viene? —Nos llamamos durante la semana. Me dio un beso en la mejilla y se marchó. Yo entré en casa. — ¿Hay alguien? —voceé. Mi padre me respondió desde la planta de arriba. Subí las escaleras a la carrera e irrumpí en su habitación. Ya estaban acostados. Pero aún tenían la luz encendida. Me abalancé sobre ellos. A mi madre se le cayó el periódico de las manos. Mi padre me cogió y me volteó. Me quedé tumbada boca arriba, contemplando con interés una lámpara que mi madre se había traído de la casa de la abuela Kerry en nuestro último viaje. —Veo que ya la habéis instalado —comenté. —Tu padre es un manitas —dijo ella. —No es para tanto —se restó mérito él—. Ha sido muy fácil. —Queda bien —reconocí. —Sí que has estado hasta tarde con tus amigas —me dijo mi madre. — ¡Mamá! ¡Tengo diecisiete años! —le recordé.

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Ella se quitó las gafas que utiliza para leer y se me quedó mirando. —i Ya! —exclamó súbitamente—. Te he parido yo. ¿Qué te piensas? —Tu madre siempre te verá como su pequeña Emma —dijo mi padre. Me deslicé un poco por la cama hasta ella y la abracé. —Te quiero —le susurré al oído. Me besó en la frente. Sus labios tardaron algunos segundos en despegarse de mi piel. —Mañana hay que madrugar —me dijo finalmente—. ¡A la cama, gamberra! La besé y luego hice lo mismo con mi padre. — ¡A ti también te quiero, eh! —le dije después del beso. —Mi pequeña Emma —dijo él. Salí de la habitación radiante de felicidad. La nueva Emma era una chica feliz. La anterior había muerto sin morirse. Y había resucitado con ganas de vivir, de comerse el mundo, de disfrutarlo. De amar. Fue mi particular resurrección.

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Capítulo 47
¡Por fin había llegado el sábado! Tenía una cita con Brice. La semana lo había pasado genial. Me había reconciliado con Rachel. Me había reído con mis amigas, con mis padres. Reía a todas horas. Y pensar en volver a ver a Brice aún me animaba más, si cabía. Me desperté a las ocho menos algo. Yo no me hago la remolona en la cama. Los fines de semana me gusta levantarme y desayunar. Después vuelvo a mi habitación y me siento en el puf que suelen ocupar Kisses y Smiles, mis dos muñecas peponas. A ellas las estiro en la cama y yo me pongo a leer una novela. ¿Qué más se puede pedir? Lavándome los dientes me vino a la cabeza un pequeño flash. Esa noche había soñado con la señora mayor que me había encontrado en el Cementerio de los Ángeles. En el sueño ella me repitió lo que me había dicho entonces. —Arriba ese ánimo, Emma... Piensa que todo se acaba, lo bueno y lo malo. Si vives un buen momento, aprovéchalo, porque se acabará sin duda. Si pasas por un mal trago, acéptalo. Te puedo asegurar por experiencia que también llegará a su fin. Tenía razón la buena señora. Esa mañana no pude estar leyendo hasta que me apeteció. Sólo pude dedicarle un par de horas a la lectura. Había quedado con Brice en que me pasaría a recoger a las doce. A las once mi padre apareció por la habitación. — ¿Dónde vas tan guapa? —me preguntó. Yo me estaba probando ropa. —Un chico —le respondí toda orgullosa. —Nosotros nos vamos al centro comercial —me explicó él—. Comeremos algo por allí. — ¡Hasta luego! —Le hice adiós con la mano—. ¡Y cierra la puerta al salir! —Que lo pases bien. Mi padre se marchó de la habitación sonriente. Él también estaba feliz. Un poco después ya estaba lista. Me repantigué en el puf a esperar. No cogí la novela que tenía a medias. Me quedé mirando a través de los cristales de la ventana. Había amanecido nublado y se había puesto a llover. Me levanté y abrí la ventana. Saqué la mano. Las gotas me golpearon en la palma. ¡Daba igual, nada iba a conseguir estropearme el día! Oí el timbre y consulté la hora. Eran las doce menos cuarto. Bajé las escaleras de dos en dos.

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Al abrir la puerta me quedé sorprendida. No había nadie. Entonces me fijé en unos niños que se alejaban corriendo calle arriba. Era evidente: una gamberrada infantil. Justo cuando iba a cerrar, escuché una voz. — ¡Espera! Asomé la cabeza y vi a Brice. —Me he adelantado un poco —comentó. —Da igual. —Te queda muy bien ese vestido. Sonreí. — ¿Nos vamos? —le propuse.

—Ponen una peli que me gustaría ver —me dijo mientras recorríamos el jardín. Monté contenta en el coche. — ¿Y qué has pensado antes de ir al cine? —le pregunté abiertamente. Me encontraba cómoda con él. —Conozco un restaurante mexicano. Tal vez... —Me encanta el picante. — ¡Vamos, entonces! Condujo a poca velocidad. Al pasar por el lado de la parada de autobús miré distraídamente y vi a un chico con una sudadera naranja. Entonces se giró y le pude ver la cara. El corazón me dio un vuelco. Cerré los ojos de inmediato y respiré hondo. Le pregunté a Brice: —Después de morir Christine, ¿te parecía verla por todas partes? —Sí. Pero llegó un día en que se acabó. Abrí los ojos y, no sin esfuerzo, evité la tentación de mirar hacia la parada. Clavé la vista en el parabrisas. Estaba decidida a mirar hacia delante. Siempre hacia delante.

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Fin

Biografía de la autora
Lea Tobery se crió y vive en Albuquerque con su marido. Tiene veintinueve años. Se graduó en Salud y Servicios Sociales en la New Mexico State University. Su interés por el más allá y su pasión por la lectura de las novelas de amor clásicas la ha llevado a escribir Resurrección. En 2010 publicó su primer libro, Resurrección.

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