EVOCACIÓN DE PÁJAROS

SALVADOR PLIEGO

Estética del poema La belleza de un poema radica en el vientre donde se descubre una figura y la maravilla de unos ojos que dotan de placer a la palabra. Salvador Pliego

Copyright © 2012 COPYRIGHT by Salvador Pliego. All rights reserved. Houston, Tx. USA Todos los derechos reservados. Este libro no puede ser parcial o totalmente copiado o reproducido de cualquier forma sin autorización del autor.

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PRÓLOGO
EVOCACIÓN DE PÁJAROS es una obra de aquellas históricas, y de éstas que se sienten, de ‘siempre’ y de ‘todo. ’ Es un viaje al presente, al pasado, al interior, al exterior… a lo físico y lo metafísico. El autor una vez más nos absorbe, nos demanda entrega, nos propone sentir, nos propone vivir, nos propone pensar… y nos invita a llorar. Son noventa y seis, páginas- no menos…no más. Estas, una vez más, son muestra del danzar de nuestro idioma, del infinito de su provocar, de lo extenso de su melodía y lo vasto de sus temas, cuando dirigido por el Maestro Salvador Pliego. Mi amigo-mi maestro: GRACIAS-GRACIAS por hacernos vivir, GRACIAS por hacernos volar. Le das vida eternas a las palabras, y al idioma le das brújula…y a nosotros, a nosotros…. nos das tú talento, tú talento, tú talento. Tu tinta graba huella en el existir. ¡Maestro, eres ave! Las aves tienen… Las aves tienen esa tristeza… abren sus alas, se copan, buscan oírse entre sus plumas. Para que el viento les oiga repican sus trinos donde el sonido, donde el eco esparce su vuelo. Y en el consuelo crean su cielo en un bosquejo donde, aleteando, elevan al orbe la exquisitez de sus sueños. Salvador Pliego Rodrigo Corzo Septiembre 2012

III

ÍNDICE

1 9 16 27 45 78 83 90 97

Machu Picchu Buña de flores Mirada al universo Acopio de versos Embelesos Cabalgaduras –La España del poetaMéxico en el alma Evocación de pájaros Biografía del autor

IV

A Diana y a Fernando: insuperables y únicos.

V

MACHU PICCHU

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I
Avecinado mi corazón de sures y en el vientre palpando su cóndor negro, sobre la mina de nubes que cae como estampida, junto a un parasol de piedras y canto, domando los territorios, expandiendo su collarín blanquizco a su sombra de altura y pico, a su inmortal ladera, a su cúspide verde y de harapos, van, como si fueran no uno sino cientos, o millares tal vez, o todos los puños juntos, y todas las manos adheridas, y todos los ojos incorporados, las alas de la América enseñoreando. ¡Oh! ingenieros del plomo y de las cuerdas de guitarra. ¡Oh! incaicas lenguas del morral y el cempasúchil. Mi corazón es loto: un cigüeñal del cielo, la raíz mezclándose en la piedra, el arado cavando y mostrando sus arterias. Guárdame en ti al labrador de pies de flauta, a las zampoñas obreras vestidas de humo y greda, a los herreros en quenas convertidos, para que un día escalen como llamas tu silueta, para que una tarde, con sus dedos, se levanten de la roca. Átame el corazón a tus orillas, y en el vértice del aire reviéntame de espuma; así me darás los picos, las bigornias, las yuntas y martillos. Y yo te amaré desde el crisol de la labranza, con un corazón de horno y amalgama, con una hoguera de pecho ya encendida.

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II
Por los poros de la cima y las rocas donde vi tu cuerpo, tan ciego y libre de manos, tan lleno de alas y destinos, vi soldados de pluma, carabineros de mimbre y helecho, fusileros vistiendo armaduras de granito y agua en el basamento puro de la orquídea -entonces aves del amor y la pureza. Eran todas las manos y todas las armas juntas, todos los pedregales de la aurora disparando desde arriba, apuntando hacia el centro, escalonándose en los huesos, acalambrándose en los pechos. Metrallas que hablaban desde las flores y en las rocas se incrustaban; Arpones que inundaban los colores y en las piedras se enredaban; Puntas de flecha tan dóciles al beso, tan llenas de dulzura y que apuntaban y, ya sin mira, a los ojos disparaban: ¡Fuego!... desde el sol que emergía en los dedos y brotaba en la montaña. ¡Fuego!... a las cenizas, al crepúsculo que ahogaba la azucena, a la lágrima roja en la garganta. ¡Fuego!... a las cordilleras por debajo de la aurora, por encima de la piedra. ¡Fuego!... a los mástiles callados, a los ojos abismados. ¡Fuego!... a ese último bocado que una piedra suplicaba. Y ahí, en esa punta, en esa cima, en ese espacio de nidos y de muros, como un quetzal de alerones blancos -guerrero de las dulces alas, artillero de ultramar entre gladiolas-, brotó el corazón, cual fuera de la piedra su estandarte y el primer latido abierto de las plumas. ¡Ven por él, soldado de los trinos!

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III
¿Quién besó desde tus ojos otros ojos? ¿Quién, desde el cielo uniforme, orbitó el lamento con lágrimas de hielo, con rocas desterradas, con crepúsculos de acero? ¿Quién, desde tus manos clandestinas, alzó, sin puños, rocas, delirios, basamentos? ¿Quién adujo, también, que los huesos eran humanoides y no deidades del guijarro, porque en ellos encontraron lágrimas, porque en ellos divisaron súplicas que eran divinas? ¿Quién, como otros tantos, fue a pisarte con los ojos para que tú sumaras piedras, para que levantaras los murales con pedruscos y los codos, y entre piedra y piedra, pechos, y entre pecho y pecho, hombros?

IV (El centinela)
Todo: coral, valle, granito, dinastías, subió desde Vilcabamba en jícaros abiertos. ¿Quién, Pachacútec , te dio los brazos? ¿De dónde, Atahualpa, sacaste la sonrisa? ¿A qué piedra, Túpac, le cediste los poderes? ¿En qué ofrenda, Cápac Yupanqui, amarraste las miradas? Y fue todo un manantial de sables subiendo esa cuesta, amurallando las leyendas, elevando el mundo hacia la hoguera. ¡Oh relámpagos de la batalla! ¡Oh mujeres oriundas de la cósmica vereda! Guarda la cima del combate su estrategia al jaguar y las estrellas, ahí donde las manos se dolieron por cada piedra que subieron, por cada escalón que levantaron, por cada precipicio conquistado. Todo se absorbió en sol y fuego. Perú, tú te quedaste abajo, extasiado.

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América, tú te pusiste las manos en el rostro y abriste los ojos de maíz, impresionada. Europa, tú le silbaste el viento y no supiste si llegó a tocarle, ni siquiera si a sus faldas pudo acercarse. Todo se incautó por la pólvora del aire: el indio y su guerrero, su Ayacucho y su Altiplano. ¡Abre tu boca milenaria, Wiracocha! ¡Saca tu sol de lana y amapola, Manco Cápac! Deja tu raíz de pluma y ágata en la risa de montaña, en el exilio glacial de las historias, en la militar vestimenta de la aurora. ¡No irán por ti los ojos! ¡No vendrán de ti las piedras ni caminos! ¡No golpearán más los cinceles los dedos ni martillos! ¡Ya alzarás tus manos en mis manos enterrándome en tus siglos! Yo hincaré mis piernas al mirarnos, y en el vacío de mis ojos hundiré tus anchos besos, tu beatitud de templo, tu piramidal decreto. Y en la soledad del día caminaré en la ruta del encuentro, junto a los hijos eternos de tu reino.

V
Iba desde la greda y el subsuelo frío de la tierra hacia la central angostura del paisaje, hacia la sonrisa más verde de la lejanía, la más bella tarde, la más nupcial de sus campiñas, como un gavilán que busca la rama desde el aire, o la soledad buscando un beso para hablarle, y germinar la intemperie con los párpados emplumados de las aves, cuando, desde mis pies acidificados y letales -barcos de un mar devorantes del celeste-, descubrí la sumergida altura, el altavoz de los silencios, la ponderada agitación del alma. Fue el primer paso de lluvia y alegría,

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la voz cristalina escalando y remontando. Las rodillas eran hombres, las piernas eran sables. Atareado en el vapor, en la neblina de la copa, fui tocando a la muerte, dejándola vacía, cobrándole sus vidas, jalándola a la cima. Cada escaño era el pulso que latía. Toda pendiente era un torrente de venas que subían. Y en la sangre de brazos, de caderas ríspidas, de viajes desposados, encontré las murallas, lo que la piedra a la piedra había dejado, lo que la muerte no pudo con su muerte. Ahí, como una piedra de agua, como un granito encendido y taladrado, como si alzara del pecho un guijarro y le pusiera sol y tierra, sedimento y lodo, saqué mi rojo músculo de sangre para adherirlo a la muralla, para llenarlo de cúspide y borrascas, para matar la muerte con la vida, para sobrevivirme en la altura infinita.

VI
No sé si desde el cielo, atalaya blanca y cenicienta, arpón crespo, endurecido, abriste los túneles de piedra para traer al hombre. Admirador de la estrella, abrazador de los silencios, navegante indivisible en los infinitos de la cima, torre perpetua de la vida: como si el ancho mar en ti cupiera, como si Juan, hombre, joyería, Esperanza, cimitarra, hablaran perennes por tus duros ojos y de la boca sacaran la aspereza, de los dientes mostraran la tristeza, de las uñas arrancaran la agonía, regalaste la roca al pecho y la altura al deseo.

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¿Entonces quién, copa y uva que bebimos, nos puso las pupilas y en las manos el poderío de las alas? ¿Y quién, desde tus gradas centinelas y tus pedruscos pescadores, nos regaló la lágrima y la sonrisa de alegría? Óyeme, hermano sorgo, hermano semejanza, Capitán de toda arcilla, Guerrero del arbusto: cuando montaba en cólera el cielo, la piedra su amor resplandecía y una dulzura de pueblo cayó en la copa, a consumirla. ¡Baja a beberte los destellos, las hojas, las pequeñas abejas, la neblina, el trigo y la palabra, el alud que viene de la vida, para que frente a una lámpara, en una nueva avenida, desde el pecho, desde la greda improvisada, desde la boca abierta y liberada, le llamen corazón al hombre, y lo pongan de pilar donde la cumbre, y le dejen el rostro de sol, de pájaro y de viña! ¡Baja a beberte la copa de la noche en un sorbo de estrella y de fortuna, en un trago de acierto, de océanos de ventura! ¡Deja que se pinte el color de luz y copa! ¡Deja que los vasos golpeteen de boca en boca! ¡Deja que las bocas se avecinen con las bocas!

VII (Ábrete paso, América…)
Desparrama tu dolor de frío, piedra, al sentimiento mundano de los hombres. Para que bajen los cielos, los mares que subieron, la sabiduría descriptiva, la alianza de los fuegos,

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los hijos incautados por la altura, la rabia del jeroglífico esculpido, irán, piedra por piedra, grada por grada, descendiendo cual fusiles los volcanes; irán bajando sin sandalias las miradas. ¡Ya nadie volverá a ser cumbre! Huayna Pichu, ¿te escondiste donde el hombre? Wiracocha, ¿te contuviste donde el pecho? Atahualpa, ¿te arrinconaste en las bocas ensanchadas de palabras? ¡Ay!, piedras de siglos, de rayas de jaguares: iba bajando la América, paso a paso y diente a diente; vociferante, como los sables, como urgentes mariposas, como embestidas codornices que pusieron plumaje y picos en alerta, como puntas de colmillos arrancadas a serpientes; como manos, más grandes que sus campos, más inmensas que sus soles, conquistando nuevamente, pisando, arengando, sacudiéndose la altura, empolvándose con flechas, revistiéndose de lanzas y cuchillas. América: hazme gritar ahora, y no por la garganta, sino del fondo, desde la pedrería, desde la batahola del consuelo, desde el rugido de la sangre donde nace la furia imprevista, donde se precipitan fervor y exhalación sin miedo, donde se juntan Pedro Pueblo y la María del Condado, donde se imantan los dedos con aceros, para buscar tus olas, tus verdes del verano, tus riberas matutinas, tus faldas de alfareras, y sembrar mis ojos de crepúsculos: libres, abiertos, llenos de esmeraldas, salpicados de corolas, ataviados de mieles y sonrisas, de arenas blancas que son tus travesías. ¡Ábrete paso, América! Dispara los primeros colibríes. Lanza las granadas de cenzontles. Estalla los gorjeos de ruiseñores. Y únete al desenlace matinal, a la fábrica del hombre, donde emerge el secreto de la cúspide del vuelo.

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BUÑA DE FLORES

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Buña de flores
¡Ah! simplemente. Tiñe al corazón. Pájaro luna, vuelo de flores, crisol de esporas. Cada canto es canción de rosas. Cada aleluya es unción de auroras. El mar aplaudía un parasol de lilas. ¡Ah! Simplemente. Simplemente el carmín del día. ¿Y los tejados? ¿Y los caminos? ¡Ah! simplemente. Tú no te irás por ese umbral de parto hambriento. Tú no caerás a esa poza de borde muerto. Soplan navíos. ¡Vamos de pie libando el sueño! Pájaros flores, cuerpos de bruma, con su ensayada preñez de estrella, reverdeciendo a la luz del día. Tinte de velas, flor del rocío. ¡Ah! simplemente. ¡Ah! simplemente. Fragor de pechos que son rojizos. Y el silbo puro que fluye vivo. El corazón se tiñe. Late. Canta. ¡Ah!... ¡Ah! simplemente. ¡Ah!

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Argamasa del pétalo
Viene el día abriendo su ramaje, su idioma almendrado, su exhalación de luna huidiza. No duda la abeja ni el pájaro a la miel de la alborada, contagiándose de polen y de ritmo. Ahí, nacarada, agua de miel, sensible, vislumbrándose un instante, horadada de alba y albiazules, tiende su manto de ademanes y desata su velamen: el pétalo es aguacero. Cada seña reparte su alcanfor divino: dibújale, tíñele su párpado, polvoréale su gracia, invítale su forma, sóplale su estilo. En un vendaval de geografía pinta de estrategia los colores.

Estatuto de la flor
Pero si tú, desde tu casa, flor, como una obrera saliste a dirimir la tierra, y entonces, las bigornias, con sus pétalos colgantes, con sus vistosas guayaberas, dieron los altos a la guerra, soltaron los gritos de paciencia, entregaron sus corolas al soldado y se ofertaron a la paz con su lis de golondrinas, con sus telas amarilis, con sus rosas de estamento; entonces, nos dieron overoles de azul y mil colores, nos vistieron de gendarmes, nos pusieron uno frente a otro y con los ojos a besarse.

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Cada rosa
Sin que se entienda la rosa, ni comprenda su color o aviste su elegancia, vuelve a su cristal, a su radiante transparencia, al aroma que la copa. Sueña la flor y se sueña estar entre las manos, queriendo que la toquen, deseando que acaricien su numen o palpen la levedad de un filamento. En el compromiso del edén, abre su belleza y la extiende hacia los ojos, surte al resplandor y propicia la hermosura. ¿Quién no quiere así tocarla?

Connubio floral
En la flor, y desprendida, estalla la voluntad, la delicia que derrama a los sentidos y en la sien se clava como un crótalo sin bordes, para insertar su música en los ojos, en el corazón que ya la habita. Busco y contemplo el ámbar, la sensación de un aroma entre las manos, la extraña pureza de la forma que brota de sí misma, la incipiente belleza que trastorna las corneas o un pecho al saberse parte de un presagio, de un adagio, de una senda que converge en la alegría, la plenitud del pétalo y su ritual de verso. Desde mi boca, en la sonrisa, sin que la flor lo sepa, emerge la más nupcial de las estrellas.

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Testificación y juramento
Y luego, siéntame a mirarte: aún en la resurrección, aún lleno de feroces reticencias, atribulado como nunca de pálidas levedades, inseguro de existencias, huido o cercado de albañales sinsabores, estereotipado de abstracciones. ¡Siéntame! ¡Como sea! Pregúntame de dónde vine, qué hice, qué traje, dónde anduve. Me denunciarán el polen y las ramas en la mano. Me delatarán los pétalos de vasto aroma. Me acusarán los ojos copiando las violetas. Te diré: me fui de enero a andar los imposibles. Me fui reinando al polen y desenhebrando al cielo.

Cubismo de un florecido retrato
Colibriábanse los pájaros, a tal grado, que el capullo se les vino encima y asistióle, de espalda, saltamontes a él mismo. ¡Que mía aquella pesadilla! Colgarlos por el óvulo, enredarlos en la antera, incrustarlos al estambre: opciones todas de un todo fueron sin embargo. Mas, ¡qué enorme pesadilla! Si volando se le fueron a encima, a un lado, al diatriba del costado. ¡Madre mía! ¡Por sus pétalos el cielo le proteja! Por si acaso,

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le ayudé comiéndome a los colibriando y el capullo pudo, estando, respirar a un gato. ¡Fuera yo el de siete vidas y el quebranto! ¡Que mía aquella pesadilla!

Similitud del costillar
Vítor al cisne hombre en su vuelo en v hacia la cumbre, signando piel de vela y alba en su demanda loca hacia la vida. Clamor a los mirtos humanos de las cortezas recias y encallecidas: en sus enjambres anillados los azules vientos levantan sus aullidos. Pájaros de las ramas humanas, de las corolas niños, de los cáliz femeninos: granas de la suerte picoteando espiga y talles, zarandeando los costados. Abejorros en estambre hombres, con su miel de antaño, con su luna lene, con su libro en mano ilusionado, en saúcos, florecidos verdes.

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Nacimiento
¡Qué parto de alhelíes! ¡Qué alumbramiento de borrajas! ¡Qué berrido de petunias! ¡Qué chillido de los cardos! ¡Qué pataleo de poinsettias! ¡Qué manoteo de azaleas! ¡Qué finura de camelias! ¡Qué dulzura de jacintos! ¡Qué inocencia de lavandas! ¡Qué lindura de laureles! ¡Qué hechizo de rododendros! ¡Qué exquisitez de nenúfares! ¡Qué delicadez de narcisos! ¡Qué candor de tulipanes! ¡Niña, has de vivir!

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MIRADA AL UNIVERSO

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I
Así era: perpetua y encinta, púrpura la sombra en un boceto o en un bosquejo de ágata y silencio. Y toda la mirada se crecía infinita, se agolpaba en las sílices de las estrellas cual centurión aguardando un permiso, la orden de avalancha, el séquito de guarda. Para los ojos, simplemente era la noche: la exacta medalla de rubíes. Y vino la mirada desgranándose; y vino como el agua, un galope, un torrente de misterios en la mano, una catapulta lanzando asombros al espacio: era la exacta mirada de rubíes. ¡Llevad puestos los ojos!

II
Llevad puestos los ojos, como dos mástiles, como dos torretas invaluables, como dos lazarillos vigilantes. Abridlos segregando esa visión de mundo. Desatadlos en la orilla, en el lindero de la nada, en la más sensible espiga. Lanzadlos como el humo. Y después, ya en alto cielo, en alto vuelo, en alto espacio, liberadlos de las luces.

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III (Emancipación de la mirada)
Y sí, sobre el espacio, a su morfológica manera, oteando latitudes elevadas, alcanzando las cimas propias de la escala, las copas enaltecidas y exaltadas; silente como los pájaros, abrió los ojos. ¡Ah grullas de rutas imprevistas! ¡Ah nacaradas luces y seseantes! ¡Ah observatorios galácticos de los alares!, abarcando el todo, el más allá, lo imprescindible, la más apetitosa de las vistas. Fueron abriéndose los ojos como dos jinetes negros, como dos bengalas negras, como dos ventiscas brunas, para insubordinarse en el vuelo y ser cómplices de aquella maravilla: el crepúsculo de las miradas.

IV
Y el arte devino en luz con su iridiscente resplandor. En el cortejo de la claridad la inmediatez del cielo desplegaba. Y el cristalino espacio se abrió con sus nuevas nebulosas, con sus gigantes amarillas, con sus quásares impactantes, para llamarle al universo: la mirada.

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V
Mientras haya una luz, un cielo, un pedazo de algo arriba que arda solo, que invoque un centelleo, que irradie con su cuerpo la mitad de un río y la otra mitad al corazón llenando, habrá una pupila encendida y alumbrando.

VI (La mirada)
Que sea como sea: abstrusa, adyacente, dibujada, articulada, un pleonasmo difícil en la cara, un triple triptongo acorralado, el gesto ventricular anonadado o la mímica del encéfalo acallado; de algún modo u otro, como sea, al fin, como sea, tal vez un día, tal vez por esos ojos llegará, incólume, la mirada.

VII (Hablando con la estrella)
Muéstrame el destello que baja en danza, la copa en cierzo alumbrando, el ritmo espectral de tu grisalla que es pincelada de albatros y tucanes, el desliz con que caes malabareando o zigzagueando las formas y dioramas, ese hato de luz que toca piel y ansias, que hilaza los dorados pájaros a las despabiladas nubes

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o los ata al crepúsculo de mieles. Siento que eres la música de un labio y una ráfaga en topacios prometida, que orillas a la arena en los rituales húmedos para verle su baile de colores. Enséñame tu piel escarlatina y el brebaje del paisaje con que dócilmente nos alumbras. Siento que eres la milonga concedida.

VIII (Corona de la estrella)
Creo la luz con el poder sumiso que brota de mis manos -aún la inexistencia subyace a esa voluntad esporádica del ente. Me afirmo, así, ante ella. La nulidad es proclive a la maleabilidad de un deseo. Abro luego los ojos… Y en la tentación surrealista de un sueño o un paisaje descifrado, ato mi vista a ella para crear la configuración del orbe en la mirada. Entonces, ella destapa su pecho y me regala su sonrisa más divina.

IX (Contornos de la estrella)
No sé de qué avistada, pero parece una luz de la matriz perfecta, un amarillo consensual de un rubor de sien y la forma convexa más simple de textura fina y palaciega. ¿Será que un día mostrará su pubis de hembra? 20

X (Aserción del big bang)
Ignoro si el destello es resplandor de coqueteo. Asumo que tienes algo por adentro: canto, verdor o un simple centelleo. Presumo llevas el tango entre las corvas, la milonga en las puntas. Predigo que hay un viaje de luces incoloras tiñéndose de trigo por donde te paseas. De cualquier forma, hay una reacción franca e inmediata cuando te veo: me expandes y alborotas.

XI (Interrogatorio estelar)
Me recuesto en mi vertical de humano. Ea, pues, que atravieso lo sideral entre mis sombras y mis rincones indiferentes. Y me recuesto, así, plácidamente. Parpadeo mi ser, tan fulgurante, tan equidistante de mí mismo, que atravieso la noche más antigua. Y solamente miro el más allá: enceguecido de sus ramajes, de su inmortal simiente, de su espacio contundente. Viajo en la interrogación, en la madreselva infinita, en la lluvia atmosférica y oscura que esparce sus semáforos de luces. Yo, simplemente me recuesto en mi vertical de humano, en la total atonía y fascinación que me reviste: ¿Sabrá el cielo que es autor del infinito?

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XII (Jardinero)
Recostado en la barandilla, en el lindero de su pecho y auscultando a la noche, con la mirada plantó una rosa, en la nada, sobre su enorme cielo.

XIII
Y un jardinero de espuma para regar a sus flores solía mirarles toda la tarde y su corazón desangrar. Y así, llegada la noche, en la escampada se iba a acostar, esperando a que brillara ese latido que a él le gustaba observar. Y le miraba de mar en mar, aguardando a que su pecho, una noche, comenzara a pulsar.

XIV (Ángel de los pechos)
¿A quién engendrarás desde tu vientre, o tu boca menuda, o el cuello tendido y aletargado, o tu brazos en la brea confundidos, o tu espalda náufraga llena de sisas y oquedades, o tus muslos vetados por ser bellos pastizales? Sal al firmamento, Ángel de los pechos, a llenar esos cántaros con el brebaje dulce de tu entraña, para que el niño se los beba.

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XV
Y el niño te devora, te devora, Ángel nupcial, Ángel hembra hecha de miedos, Ángel felina de los vuelos, Ángel del mortal acantilado; te devora en un murciélago desvelo, en un graznido exhausto, en un derruir de lastre, para que cuando despierte, le digas: “Mi dulce niño, piececitos lindos, manitas de agua, ojitos emplumados.” Y sigas siendo su vientre de la guarda: el Ángel de las plumas adoradas.

XVI (Iluminación de vida)
Ya en las postrimerías de su vida un hombre recostóse en la arena, con su desnudez de bruma, con su gigante mirada aquietada. Alzó la mano a la noche, al infinito, a lo eterno, esperando que de arriba, otra mano, otro índice, su índice tocara.

XVII
Montar una estrella en la crin y llevar una espada de bríos que parezca centellea, que lleve en la cuchilla esencias de alegrías que reflectan. Y galopar, galopar la noche entera, sobre la manta de brea, sobre la oscuridad toda recta, como un jinete que vibra

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y a su cuerpo excarcela, para que el alma la corra en galope que libera.

XVIII
Un lazarillo que apunte a cada uno, a cada guerra, que no diga: ¡se ha muerto!; que no exclame: ¡ha pisado!… Un lazarillo que traiga a la paloma del exilio y la ponga a mitad de cada mano, y no en el cierzo ni el espino. Un lazarillo apuntando al bufón y a aquel Hidalgo, para que de aquel molino se levante de la muerte el rucio y el caminante. Un lazarillo sin correa ni reata que le jale, sino apuntando de frente, donde se ensarta la vista, donde se fijan los ojos y se vuelca la mirada.

XIX
Viento de fémures de la mujer estrella. Y la luz, como el viento de la niña estrella, expandiéndose en las bellotas, en la magnificencia de la otredad, ataviándose de sí mismas y sus amapolas, ocultándose en los peldaños del carmín. Soplos de burbujas de la mujer estrella. Y su greda: pájaro de burbujas de la niña estrella. Bailes coronados de jazmines en el ceño de la Emperatriz de flauta. Tarde glauca de la mujer estrella. 24

Y su campo: mariposas glaucas de la niña estrella. Por debajo de sus rizos el algarrobo sus flores purpúreas centellea y un fruto cristalino lagrimea. Nísperos en ágatas de la mujer estrella. Y el resplandor: ícono de ágatas de la niña estrella. Vientre que responde a su sed de agua al vellocino que le llora y tiembla. Sílices aterciopelados de la mujer estrella. Y el beso: átomos aterciopelados de la niña estrella. Los cántaros vacíos la luz los llena, y una sonrisa fragua su torrencial marea. Pechos de estrella, vientre de estrella, junto a tus senos, también de estrella; sobre tu rostro, mujer estrella; sobre tu luna: clamor de estrella.

XX (Infinitud en años luz)
En este solo vuelo, en este, sin algoritmos, sin lógicas metidas, sin otras tantas matemáticas que valgan, que alucinen, que amedrenten e intimiden; con el solo sudor de la camisa, con la mano salobre en el bolsillo, un océano y el vestuario de la vida, voy calculando con sueños las distancias.

XXI (Mirada al infinito)
La sombra hubo desde entonces y salí a platicar con ella. Cada estrella era un pájaro de nieve. Cada centelleo era un silbido come fuego. Con los brazos picoteaba las magnéticas coronas. Con los pies alzaba el vuelo 25

e iba a zarandear las nebulosas, a argüir con espirales, a repintar cometas, caudas, astros nuevos o revestidos de materia, sombras amarillas y no extintas. Cada silbido era distinto y eran paisajes al oído. Así la tarde descubrí que era un cielo y el pájaro, su pico, en soles convertía. Más allá de todo vuelo y todo espacio, en los ojos primordiales, en los iris constelados, con una mirada nueva, con un solo vistazo, me senté a tomar la vida: a beberla, a contagiarla; y la fui a volar mirando arriba, cazando a cada estrella, cortejando toda forma, invitando a los gamas, seduciendo a los planetas, sentándome cual luna, viviendo como ella, y en esa cofradía, pasmándome la vida misma: me paré aleteando, como lo aprendí al acechar los cielos.

XXII
Fuera de todo, tal vez en el más allá, quizá en la sombra universal o en la navegación de ningún lugar, puedan los ojos, un día, aventurarse y platicar lo que escapa a la mirada y se alumbra en un soñar.

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ACOPIO DE VERSOS

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En los ojos del poeta
Con la greda que apilan las pájaras y las guitarras de ocre en la garganta, vestido de labriego, curtidor, principiante alfarero, voy, vengo, huyo de la tierra, soy otro marino, otra ráfaga de colibríes, otra turba incandescente de violines. Busco mi casa de palomas en los párpados y pechos. Laboro en la arcilla infalible de las manos. Me postro ante las verdes manecillas de los iris. Cada luna se amanece en el forraje y conmigo picotea las gradas del amor, y luego las embiste o las haces propias y las cubre de jardines. No tengo otros ojos mas que cumbres. Voy, huyo, me escurro, profano al aire con los besos, castigo al mirlo con caricias, postro al mar con los suspiros. Y desde la altura reconozco mi hambrienta sed de tregua que retoma violas y jazmines, que humedece al coral en el fondo de las rocas. Soy, si acaso, el amor a la madera, y la interrogo con las yemas de mi alma, hasta que forje la casa del aroma o la cueva donde habitan los secretos del dónde y cuándo de la aurora. ¡Nada me contiene! Huyo a la horizontal de los deseos, al más inmortal de los caprichos, a la vastedad de los anhelos, y ahí, lleno de vesubios, de águilas de nieve, de silbidos de la avena o del agua ilusionada, abro mis ojos, los hundo hasta la tierra, a que me llenen de luz y de silencios, a que me bañen de un tricolor vestido. A cambio les ofrezco: la tentación de la palabra.

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Yo, marinero… I
Por debajo del agua, por arriba de las uvas, apegado sin otra sombra a las nimiedades del salitre, a su cobrizada espora que humedece brisa y ojos como pastizales regados por la bruma, por la más etérea de las gotas, voy hacia el azul, hacia sus costas, a las llaves oceánicas, a las puertas gigantescas de sus aguas. Mares de pájaros y de racimos; Sales que beben con su canto el azul de las almejas; Ostras nacidas del quehacer nocturno y que se mecen en la imagen de la niebla; Calamares del paisaje que son los pintores de cada ola: voy más allá del mundo, por sobre las velas de mis ojos, junto a las alas de mis versos, sobrepasando dimensiones, reconstruyendo los telares donde el sol tejió sus luces, sus nidos voladores, sus rayos orientados a la blancura de jazmines, a los recintos del amor donde la espuma abrazara el resplandor de una mirada. Cada estero es un bergantín de mil miradas. No y sí es la vocación del marinero y solamente el mar lo atrapa, solamente la cresta que le besa y pone el corazón en la madera, como un buque, como una estela aventurera. Más allá, en mis ojos entreabiertos, en la casa azul que va en mi alma, visto el atavío de la ola: su ronda silvestre y renovada, su popular canto de albiluna, su dirección de reposo y andanza, para que en las astas, en mis velas, 29

surquen hilarantes mis palabras y naveguen alegres en las crestas. Yo, marino, hijo del mar y de veletas, salmón como mis iris, cetáceo por mis cantos, voy y surco por la tierra las mieles de sus aguas, y en cada mar dejo mi boca a las sílabas marinas, junto a la casa azul de mi alma, pescando poesía. ¡Ah rosas del mar de azul marea! ¡Ah jacintos que cuelgan de sus olas! ¡Ah núbil transparencia desglosada en el agua! Éxtasis puro de las aves en la casa de la música y aroma. Frescos del jardín moviéndose en vaivenes. Sube y bajas de la aurora peinándose en las algas. Ramas florecientes sumergidas en el brillo, en los colores, en los campos de los mástiles, en la palidez de sus claras avenidas. ¡Ah, novia marina que devora mi boca y la garganta! ¡Ah, novia de mi alma!... ¡Novia mía!

II
Si un día me perdiese y la nada a mi luz de sombra cobijase, ¡qué quedaría mío sino la arena! Y en ella el agua, las sales, el vaivén ultramarino, y el ruido aquel, de un buque, que del pecho al aire salpicara y del alma al viento le soplara; quedaría, entonces, meciéndome entre azules.

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El fallecido
Le dolía el esquinfacio al amarillo. ¡Pobrecito! Y el dolor tan fuerte se le vino que acudió al espejo a verse verde, pálido y teñido. Por más que le pusieron granadina, murió rojo el fallecido. ¡Pobrecito! Al entierro fue en violeta y con ojos de delirio. Y en la mueca, al menos, le sombreaba el amarillo. ¡Pobrecito!

Niño de la luz y el frío
Por entre las piernas siente todo el escalofrío. Luna negra que cae y flores se abren con el berrido. Un niño se llaman ave y la madre es sólo rocío. Cortina de humo que vuelas, salpicas de miel los muslos, que cuando se abren y chilla, su rostro es caserío de dos alas y la frescura de viento y arrojo color de trino. Pájaro de dientes de agua, de una madre hecha de aliño; vientre que se parece a la noche boca arriba. Cuando abre las piernas nace un pájaro llamado niño. Y la luna se retuerce en los parajes escondidos de un vientre cara de niño, de un pájaro amanecido. ¿Cuándo lo tengas en brazos, ya le cantarás tu frío? ¿Ya le darás ese pecho a que amanse con su pico? Gotas que caen del alba, parecidas a la nata, donde lactan las calandrias, donde pían los nacidos, porque al niño le llaman ave y a ti te dicen rocío.

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Madurez
Embestidos en los flancos por una multitud de hechos, por un ensordecido galopar de los heraldos, que llaman a enfrentar cada instante y cada asunto como si fuesen la ultérrima diatriba, el péndulo de un ocaso o victoria que cuelga en nuestras manos, y nos deja con los ojos abiertos, estupefactos, amarrados a respuestas que no supimos, que no pensamos… Y el tiempo, con esa tozudez de diablo o de turbación perpetua, viene y nos interroga secamente: ¿por qué actuamos de tal forma y a qué juicio fue que al hombre sometimos? O simplemente, ¿qué entendimos de la vida que en tal forma procedimos? Respondemos: desde el inicio hasta el presente, nada… Y en cada nueva encrucijada pareciera que empezáramos de cero.

Madre
Un día de estos, madre, te voy a hilar como tú me hilaste: haré un retoque que palpite y en el latir se emocione. Tú seguirás tejiendo a tu hijo y yo aprenderé a zurcir el sueño que me diste. Por tus ojos dejaré mi estambre, y en mi corazón bordaré tus manos y el beso que al nacer me diste.

Puente de luz y sombra
“ella sueña en su baranda…” Federico García Lorca Hay en la calle un puente en que la vida pasa cruzando, puente como de sombra y la sombra en la taberna. Por el paso de esa sombra los faroles se contemplan y la luna, oscura y ciega, de negro tiende su cabellera. Un cura en sotana, cabizbajo y con rosario,

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pasa debajo del puente y amargura va rezando. Hay en la calle un puente donde la vida se apea, y los faroles de sombra se embriagan en la taberna. Una moza corría y subía aquella avenida. Una moza de pueblo expandía la geografía: cascadas de estrellas sobre su falda y las yemas del agua sus piernas le humedecían. En el puente la avenida y las estrellas que corrían. Donde el pueblo se juntaba: un kiosco con escalinata y arriba la barandilla. El puente sobre la calle pintaba una avenida. El pueblo al kiosco subía y se agrupaba para observarla. Con la mirada seguía a la moza, y ella andaba revoloteando su falda donde un farol su fulgor prendía. Los varones en la taberna golpeaban tazones gruesos y volvían corriendo para apiñarse en la barandilla. ¡Qué alegre la falda baila! ¡Que alegre su cabellera! ¡Qué linda mujer recorre la senda de la alegría! Los tazones se levantaban y golpeaban entusiastas a la luna y la barandilla. En la calle de aquel pueblo chico un puente a la luna encendía su cabellera de azalea bruna. Nadie pasa las horas, nadie corre en la luna. Los faroles a la estrella el mercurio le vacían. Sobre la sombra de estrella una avenida vacía. El pueblo se apiñaba a ver si aún la veían. Sombra de luna en la luna y la moza se perdía. En la taberna la barandilla y los tazones callados. El kiosco se interrogaba si la luna la escondía. Por debajo de ese puente una sombra oscura reza y la moza que bailaba ni el farol la percibía. En la iglesia las campanas sonaban a plena furia y se iban junto al pueblo a esperarla de amanecida. Por el atrio de una sombra, la luna, en la taberna, los tazones se bebía, y la moza de aquel puente nunca más volvió a ser vista. Quedaba el kiosco despierto y el pueblo en la barandilla. El padre ofrecía perdón en el confesionario un día, y luego extendía la mano a un hombre que un diezmo a raudal le daba, un diezmo que le limpiaba el pasado de cobardía. En la taberna, el pueblo; en el bolsillo, la plata;

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y el tañido de campanas que a la luna atormentaba. En la calle hay un puente y un pueblo plañendo en la barandilla. Los faroles se contemplan, la luna es la sombra opaca. Por debajo de aquel puente hay un hombre en sotana negra: va llorando en el rezo, va gimiendo la sepultura; él guarda los secretos de lo que pasara un día. El puente es una sombra y la sombra su avenida. En la taberna está el kiosco y en la plaza, el pueblo, tristeando en la barandilla.

Plegaria de las arenas
Salmo de las arenas y los lamentos, sobre las manos tejidas, sobre los templos cristalizados, sobre las llagas de las arcillas y el correr de Sarajevo -mil hornos cocidos con sus hornos, mil Auschwitz templados con los huesos y miles más que en las voces se perdieron. ¡Todos en ti creemos! Nos hincamos. Caemos de los ojos a los muertos. Subimos sobre el viento a las cenizas. Danos tus Arcángeles de cuerpos soterrados, el perdón hacia aquel que ha sometido, la tarde en luz sin sacrificio, y deja hincarnos con las penas henchidas de lamentos. Vuela hacia ti el salmo de pupilas, el hambre del Sudán ya refugiada, la esquela insalubre de Somalia en el costillar de cada gránulo de arena, de cada gránulo necesitado. ¡Hosanna!... Nos hincamos. Somos los hijos del canto de la arena, una estación de pólvora humeada que respira levantando la cabeza a tus ojos grandes de bengalas, a tus ritos asociados con el silbo que brota de la brizna sentenciada. Danos la arena prometida, en los siglos de los siglos, en un mendrugo,

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en la boca oscura que palpita, en las manos pidiendo la mesada, en el amén que ya bailamos, en los gránulos pisados de la arena donde se alza la gloria eterna de los cantos.

Desde tu vientre
Como a una espiga me das la vida, me das pasado, futuro, me das latido. Donde se innova toda delicia en un calostro que empapa tu rostro alegre: bebo tu risa, chupo, devoro tu gracia encinta. Desde tu mundo nace mi mundo: vientre preñado de hogaza y lino, caña de luna oscura y prendida junto al azúcar que vigoriza. Obsequio de luna lleva tu luna: redonda y fresca, lechosa y suave, agua en franela que sorbo para sentirle tibia y privada; impresa en tu piel dobla mi arrojo, dobla mi asombro, dobla mi mundo. Seré tu niño, hecho de gasas y de berridos, de limaduras en las encías; desde el origen de tus sonrisas, desde las ganas de tus albricias, chupando el tacto que va por dentro, que va por fuera de tus caricias.

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Vengo a vivir
Vengo a vivir postrero para alargarme los días: en un extremo he nacido; en otro, no cuento ni las vendimias. Mas llevo la cuenta alegre de todas mis alegrías: lluvias astrales y risas, ¡son mieles cuando son mías!

Mi canto es un cantar de primaveras
Todo mi canto es un cantar de primaveras. Aún sin vuelo, sin alas, con pájaros ausentes, embisto las palabras con el sonar de los violines haciéndoles sentir las plumas viajeras de la espuma, los cafetales que adornan el sabor y acuartelan a las chozas con su aroma. De manos tibias, de ojos de energía, embarcado entre corrientes, acechando las pisadas, levantando la voz de los enjambres y las argollas enhebradas a suspiros, a las yemas de la flor, o a la arena que en el pétalo se viste con el blanco o púrpura del polen, y luego se describe rosa, azucena o gardenia. Desconozco la flor aunque la tengo, y la fabrico de tersura y corazones, del curso de la mariposa donde emanan los matices fulgurantes de colores, y donde brotan hemisferios impredecibles de belleza, mientras indago o rasguño el silencio de las albas y dejo abierta la casa de mi alma a su aurora, en la semilla de una flor desconocida que me canta en el pecho y me levanta.

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La isla del deseo
La noche canta. ¡Es todo! La piel aviva el fuego de la estrella y el pájaro se pierde en la otredad del cielo. Como una sombra oscura se mece el firmamento. Y de tus ojos negros, abiertos, nacen las islas del deseo. Vestida como el mundo, como el canto y el retorno, abres los quicios de la nada y las bodegas equidistantes de lo incierto. En la imaginación del alma tu vientre me recuesta y de tu pecho emana la luz de mis caprichos. La noche canta. ¡Es todo! Mi boca explora su murmullo: te quiero. Y en el beso profundo e irrepetible me dices que hemos muerto en la tumba de los brazos. Desde las tinieblas me ofreces el labio puro de la vida. La noche canta. ¡Es todo! En la tregua de mareas los cuerpos resucitan y un nuevo beso reclama los caprichos abriendo sus alas como fuego. Un perfume de besos se escapa hacia los cielos y los cuerpos se atan cual occisos moribundos. Yo soy la muerte -te digo. Yo soy la vida -respondes. La noche canta. ¡Es todo!

El poeta busca la palabra
Solamente yo, que me acaparo a mí mismo en la sinrazón, en la voluntad inmaterial del pájaro, en la otrora concepción de la odisea, pienso de mí, redimo mi voluntad, y me escapo hacia la amalgamada hermosura del pensamiento puro, a la sincronía de los silencios, a la voluntad etérea e insospechada de las náuticas gaviotas, a la sensación de la lluvia cuando atrae el polen y colectiviza la ternura en el trigo o en las minas que donan sus joyas a la tierra, para que brillen noctámbulas en cielos por demás indefinidos.

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Aprendiz de la palabra, jardinero, con vocación de júbilo y de diversión en mis adentros, comulgo del violeta su color de luz y de gladiola, el libro que nace de la leche, del azúcar, del manjar ávido de vino y besos, y es la clerical obra de los mares. Busco en la nomenclatura de la sílaba el ave de tres alas, los cascos cimarrones de unicornios, las letras forjadas en la arena donde las pupilas de un buque, por la brisa, encallaron. Busco el corazón del día en la palabra, que es capitán astral y de mareas, el litoral encarcelado por la niebla, las osas mayores que son liras cautivas de los iris y dejan su destello enroscándose en montañas, en el atavío o poderío de la azucena. Solamente yo, aprendiz, desde mi alma, desde mi estación de greda, en la periferia ovoidea de mis ojos, en los fantasmas rojos de mi boca, siendo nada, o hijo de los lagos, o sobrino antiguo de la música, o desde los carrizos pintados con jaibas y corales, o desde las ballenas que llevan el agua hasta la luna con sus azules cantos de adiós y bienvenidas, requiero de las hojas y su tacto, de la oceánica burbuja de un racimo, para hacer de la palabra, al menos, el clavicordio entonado que canta suavemente a la estrella, dulcemente a la mañana, y ser un soñador, jilguero nuevo, pájaro principiante, cóndor primerizo; y en el testimonio de mi voz deshilachada, ser el aprendiz, ufano, del sentimiento navegante que vive en la palabra.

Jinete negro
Sobre la tierra se prende un jinete que corre. La luna desata sus manos y enseña navajas al estruendo de un duro galope. El berrido de sombras se desplaza para no desbocarse, y las amarras sujetan al corcel que se enfila en recta hacia la perene hondonada.

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Un relincho asecha a la noche. Sobre la montura, un crespón se levanta en bandera, y el polvo olfatea el abismo que al caballo le jala y alcanza. En el aire, las herraduras se crispan y caen como galopes en llamas, cuando, desde la noche, la luna desata sus manos y, mostrando navajas, al jinete le abrazan… redoblando su marcha.

El canto es poesía
Es tiempo del canto. Vosotros, los que a sí mismos os llamáis pájaros, aventureros, apóstrofes del viento, servidores de la luminosidad del diario crepúsculo, de cada alondra que reconoce su aposento en la horizontalidad de la mañana, porque va atada a la poesía su cintura, y su celeste vestidura es un gigante adorno que le aroma; vosotros, artífices mágicos de la estadía, de la consagración del mar, de la arena que es razón y sentimiento, o marea incrustada en el alma, o ráfaga de azules adornada con miradas, y que gota a gota cae con sabor salino, a lágrima genuina, a bergantín de noche en vela; vosotros: jilgueros, cazadores fortuitos de las notas, silbantes reconciliados con la cabellera eléctrica de la tormenta, con los arqueros que tocan jícaras cual instrumentos y dan a la tierra sus bemoles, su conversación de palomares, su trinos blancos zurcidos en la madera, en los túneles silvestres donde las hojas son cuevas sentimentales de los cardos, de las campanas que hacen hitos del sonido, porque se forjan en los jardines donde el amor viene del nerviosismo de la vaina o del pétalo violáceo y coronado; vosotros, pajareros, ¡salid al canto! He ahí, en las mil melodías, en las voces de mil picos, en las bocas de mil lenguas, los sagrados vuelos de los verbos.

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¡Venid, amada!... ¡Cantad! Hoy nacen de tus ojos el ala y la palabra.

Recopilación de sueños
Necesito caminar por donde nadie pase, donde la huella no camine, dejar no rastro, sentir olvido, como un guijarro que va saltando para perderse vereda adentro, como ese polvo viejo que atiza pasos, andamios y derroteros. Y en la señal que quede, cuando mi rostro canse, palmear al viento para seguir silbando un sueño donde mis ojos abran las tardes en un crucero de cielo y aves.

Travesías en la mar
¡Ah, marinero! Giran las trombas sobre las velas, y las estelas se atan al mástil cual rudas ballenas. Del mar salisteis ensanchando la borda, arrinconando el anclote, embistiendo el agua sobre la popa. ¡Salid oleaje a propalar torrenciales! ¡Sacad el brío y que arrase a los mares! De luz, marinero; de sal, bandoneón; que se armen las aguas vestidas de azul. Al mar, marinero; al sol, cormorán. Y el sable sea ola con filo en la voz. A punta de fuelles navegáis con gaviotas. A punta de arpones conquistáis centuriones. Salid ostras bravas de los arenales, clavando los garfios, hundiendo puñales, para desenterrar oro y plata y navegar, conquistando, la barba de los mil mares.

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De cobre sea el muelle, de acero el coraje, para ir a encallar donde se encuentre la muerte. ¡Salid, marinero!... Atravesad, navegante, piélagos montaraces, donde se embarquen los cielos a la profundidad de los mares, donde la tierra sea cuña para nuestros arrozales. De luz, marinero; de sal, bandoneón; que se armen las vientos con espadones y adargas, para dejar en las aguas constancia de mar, para dejar en la tierra estelas de azahares.

Sonriendo la alegría
Tarde o temprano baja, se posa, sobre una rama se aposenta, me dicen que se pierde, que tiene una luz que no se ha visto nunca. Me basta con mirar lo que es ella: un claro de luna, un pie en la avenida, pasear los ojos en lo críptico de la neblina; ver la luz, simplemente, siendo un rostro en mi alegría.

Instante de júbilo
Plena de plumas mi guitarra canta, desde esa transparencia, desde esa flor engarzada en los colores que llama a mi alma: aluvión, peregrino, trigo de las copas de aire, cóndor oscuro de las luces ámbares y destellantes. Tengo la excusa del trinar de los violines, su energía sideral, su sonrisa de aguamiel y pájaros. Por mis manos cantan, tan dulcemente, los márgenes del cielo, su azul desorbitado, su sauce, que es portal y hogar de los cantores. Calladamente, mi alma vuela,

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planea en la llovizna y se deja llenar de febriles mesetas, de los púrpuras del suelo, del verde de los colibríes, para compartir con ellos el gusto por las enramadas, hurtar la geografía, descubrir la avistada de los límites, pues sólo ellos conocen la ultérrima visión del ala. Sacudo el palpitar de las mañanas, y en la república del vuelo mi cuerpo hace su patria en un canto de amor que no precisa más que la vida en el recinto de la dicha. Ahí interrogo a las rosas y a su tallo. Y en el cuestionamiento, dejo mi corazón como corteza, a que el ave se aposente y trine su cántico festivo.

El niño y el vuelo
Para que un niño sonría la voz se hace rito, y un pájaro sopla su viva certeza, su mágica ala que no olvida el volar. El niño es la pluma intacta del cielo, donde hay un espejo, donde el azul interrumpe en cántico sueño, para levantarle los brazos y aletearlos por el firmamento. Y ya cuando vuela, cuando la risa se escucha de arriba, el ave le mira en el suelo, y en un simple ajetreo, se prestan las alas para continuar con el vuelo.

Mira lo que hiciste
¡No sé!... ¡Bajo la claridad del día vi tantos soles! En sus manitas, los rayos de luz se desbordaban para pintarse en las paredes, o derramarse en el suelo, o en su carita dejar huella de alegría en el desorden.

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¡Niño, mira lo que hiciste!... Y los muros rayados eran expresión de su infantil revoloteo. Por igual, el caos en su cuarto, los jugos derramados, sus manitas de sol en las paredes, el embarrado de azúcar en los pisos y cachetes… ¡Niño, mira lo que hiciste!... Y oírle que corría a esconderse, presuroso, para afirmar, después, que había sido el sol el causante de tales desperfectos, mientras él lamía la evidencia de sus labios o de sus deditos achocolatados. ¡Niño, mira lo que hiciste!... No sé si es que la muerte es un bajel que nos aleja eternamente, y deja simplemente una estela como rastro de agonía de un sol que no se oculta nunca, de unas yagas encendidas y abiertas que buscan sombra o una cueva negra, para derramar lo que el llanto dejó postrero y el desconsuelo rasgó en el rostro en una marca sin sutura. Bajo los muros de mi pecho ya no hay manchas, ni suciedad aquella. Aún mis manos le acercan la pintura, los lápices, buscando alguna ralladura, alguna nueva mancha en este muro… Un crisol de lágrimas le acerco… y no se cae ni derrama. En el temblor de cada rayo, su ausencia me persigue. Y mi corazón, ya sin muros, sin paredes, sin pinturas ni manchas, se oscurece de recuerdos. En la incierta soledad de mi alma un blanco muro me apuñala. ¡Mira lo que hiciste!...

Ambiéntate en claveles
Ándate de pájaro para que yo vuele. Vístete de luna para que yo alumbre. Concédete de espora para que yo al tallo forje. Alístate de mimbre para que yo vista ternura. Descúbrete de azul que yo seré marea. Refínate de polvo que yo seré quien sople.

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Estilízate en la cima que yo construiré el abajo. Ambiéntate en claveles que yo sacudiré de flores. Y cuando lo hayas hecho, tú te pondrás las alas y yo te soplaré a que vuelen.

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EMBELESOS

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Ojos negros
Ojos negros, te contemplo. Guarda la acequia tu corazón de grana en la desnudez de luz y el atardecer de vientos. En mis ojos te abres como los vinos que el alma los saborea en el placer en vilo, y ahí tus iris cuelgan en ramos sujetos a un sabor de latitud y clima, donde el zumo cautiva su fermentación divina. Ojos negros del azúcar y bohemia: cuando te abres, un sol de siembra mi corazón bombea y un rostro de hambre te paladea. Te contemplo.

Crepúsculo
¿Eres el cielo? –Le pregunté. A veces –Me respondió. Apagué entonces la luz y clavé en ella mis ojos para ver el amanecer.

Atracción
Ahora que te miro, indiscutiblemente de pies a la cabeza, y te arraso en una doble horizontal de flancos que embiste tu minúscula egolatría, triplemente bella si muestra su sonrisa, no te queda más que ser árbol de fragante lozanía. Yo me subo a una de tus ramas y pío alegremente hasta el cansancio.

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Mi corazón guarda tus besos
En la ensenada de mi corazón guardo tus besos. Háblame o grítame… Y luego escápate. Eres el puñal de un arma blanca que mata cuando besa, y tus labios me arden fuego hasta morirme. ¡Ah!, veneno de mi amor, ojos de cárcel, la más sufrida llaga del silencio. Cuando tú me miras mi cuerpo se inmola en la palabra, se convierte en asonada y espejismo, y arroja de sí al ángel de su guarda. Parecieras la descarga de mis ansias. Entonces, simplemente digo: Te amo… Y el mundo es transparente.

Salutación de la mañana
Del lado donde centellea la volcánica asunción de lo celeste, abro, extiendo, dibujo tu boca. Dejo caer la noche y escucho del cielo sus galopes, mientras tu cuerpo emprende la salutación de la mañana. Y como en vuelo, o acorralada por las Nereidas, te despiertas, y pintas un verbo en tu lengua que explayas de mil formas en los acantilados de tu cuerpo: ¡Éxtasis! Me despierto y me siento frente a ti. Te observo. Y con una nueva sonrisa, simplemente te conjugo.

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Hazme cielo en tu cuerpo
Todos los aceites -pólvora de lirios, hebras simétricas entre navíosque sueltas, que al tocarte las minas de uvas galantean y hacen que se desplome mi muerte a tu mirada -brazos de mis iris tomando tu cintura-, o me arrodillan cual culebra que penetra tu carne en el licor de la osadía, que se enrosca traidoramente hasta tu lengua y la exaspera hasta llevarla al combate de la estrella -besos todos que nacen de tu boca-, en un destellar de erizadas conjunciones, en un disparo azul de tactos y de manos -hombre soy, y del águila asesino o del vuelo su pupilo-; mi diosa azul, de la bañera o del enjuague, me bañan de cielo los perfumes de tu viento y me llevan los ojos a la cacería inmóvil de tu cuerpo.

Eras los ojos tristes
Eras los ojos tristes para que yo te besara. En el canto de la alondra caía, a veces, tu mirada. En el torrente de los ríos tu tez desdibujaba tantas otras palabras que al viento las soltaba. Eras como los iris de la tarde azul y de las gaviotas alumbradas. En las paredes del rocío dejabas tu silencio para que nadie lo tocara; dejabas la mirada en un haz a que mi alma la cazara. Por donde corría tu silencio se evocaba tu cara centellada: era la caricia del arrullo, la que yo necesitaba. Eras los ojos tristes que a mi alma alegraban.

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Montados en el atardecer tus ojos
Montados en el atardecer tus ojos y abierta tu cabellera a pleno cielo, en el perfil del pájaro donde el crisol es vuelo o en el cauce del ala en su planeo -trópicos de altura y desnudez que avivan el vientre puro de la cima, el destello de unas manos que fabrican las aves en su forma de elegía, el voraz ascenso que al labio le entibia y en un tacto de ángel le respira-; por el mar abrupto donde afluye y dibuja cada espectro el vuelo en celosías, cada pájaro que no es ave, ni es vuelo a la deriva, tus ojos surcan y encallan al sol en una tarde de agonía, y en sus rayos llaman alas a las plumas de tus iris cuando miran.

Te quiero así, con todo…
Y sin todo, o con todo, me dueles más que el aire, me hieres más que el frío, me irrumpes más que el soplo. Te quiero, pese a todo. Te amo y me condeno a tu beso sentenciado, a una costumbre eterna de verme involucrado a una sonrisa tuya calentándome la mano, a un gesto extraviado que fácil me captura, a un movimiento corto que absorbe el sin sentido. Con todo, y pese a todo, me dueles como el frío. Mi corazón se entibia encarnándose contigo. 49

Te quiero y no me falta la humedad genuina: esa caricia de agua, esa alegría del alma que engendras en tu sino, ese murmullo interno que me habla convencido. Por todo cuanto llevas, o cubres cuando me hablas, será que necesitas el hielo de mis manos, será que siempre enciendes las chispas de mis ojos. Te quiero así, con todo, y te amo –lo sentencio-, donde brota aquí mi frío, donde escondo aquí tus labios que hacen mi cobijo. Mi mundo va en tu abrigo.

Encantamiento
¡Qué libre de pájaros eres! En el fresco de la tarde asciende por tus muslos el rumor de los albores y el anís espolvoreado. Intensamente eres otra. ¿O soy yo que en ese aliento de timbales me disipo en la música indispensable de tu estancia? ¡Jamás tocarás los mares ni las celdas de las olas!... ¡Qué libre de pájaros eres! Sólo tus alas se apegan a los vientos y la silvestre brisa reconcilia en ti el trajín de los albatros. ¿Cómo es que transparentas cada germinación y alteras a la rosa, capullo, estambre, y los estampas en el cliché de un pensamiento, de una dulzura, de un lirio inacabado? ¿De dónde vienes como el sueño

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y en qué nidal la lágrima forjaste? En la pasión del corazón inexorablemente fluyes. ¡Sólo tú eres esa brisa, y ese mar, y esa lluvia antes del cuerpo! ¿A dónde vas y de dónde vienes? En el cálido verdor hay un salvaje amor que te retiene y ahí tus ojos resaltan como dos altas torres en el cielo. Y hay algo más que huye y te descubre, te engendra y te presiente: ¿será tu algarabía de alas en los labios? ¡Qué libre de pájaros eres! ¡Qué beso de hojarasca y de neblina! ¡Qué latitud de luz y de paisaje! Sólo tus ojos explican este cielo.

Por el viento de tus besos
Sirénida de azules, Hojarasca, Pecho blanco: entras en mí de cualquiera de las formas. ¿O he de llamarte Pájaro ecuestre, Paloma clariverde, Niebla transpirada? Te sentí la lágrima cuando en mis ojos y el corazón de grillo me cantaba. También tu piel mis cavas albergaban. ¡Oh! niña de las lámparas que emigran a mi casa y en ellas el brillo es una miel encapsulada en tu espalda: Te sentí la lágrima… Y era un beso de amaranto bebiéndose mi alma.

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Inspiración de un beso
Cuando no haya pájaros y las aves ya no entiendan de alas o plumajes, me anidaré en tu corazón, y en las ráfagas de un beso crearé de nuevo el vuelo y la altura infinita de los cielos.

Ecos de tu mirada
Quizá no haya tantos paisajes como esperábamos. Me conformo con ver a tus pupilas. Lo demás, es un pájaro trinando un verso.

Estrategia al besarte
La estrategia de mis labios no es tocarte, no es rozarte; en un rincón de tu alma, donde gustes, donde quieras, sacar el fresco de la tarde… y besarle.

El beso que te nutre
Tras de ti, tras de las amapolas, en augurio de combate. Tus senos me desvelan. Tus ojos me hostilizan. ¡Ah, el sonar de las campanas cuando tus muslos se me avientan! Y al grito que es de guerra se enfrentan nuestras bocas cuando pareciera que un pálido sonido es el que muere en el toque de trompetas. Y en pleno estruendo, clamando tu silueta, 52

recorriéndote la espalda, el beso se agiganta cantando su victoria.

De tus labios dulces
Yo te nací. De tu natalicio blanco un alud de vida en ti se vino para tenerte como te tuve y como fuiste y como eres. En el nacimiento de tu rostro dejé el velaje de la fuente y aquel alumbramiento dulce que por un beso, en la ventisca más suave del cariño, procreó tus labios… y a ti te eligiera.

Extasiado
En esa, la avenida de las aves, me maravillaba ver abrirse la cauda majestuosa de los pavorreales. Pero, el día que una de ellas se despojó de plumas, de aretes y prendas interiores, mis iris se alumbraron y, emocionados, se llenaron de plumaje, alas… y fueron a cubrirle.

Pronunciamiento
Te diré, mis vocales comienzan con: “Mi cielo”. Pero, mi alfabeto es mil veces más profundo y delicado: comienza con un beso y termina con “Te quiero”.

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La última canción fueron tus besos
Mi vuelo triste… Y yo cantaba. Lo que la noche alumbró. Lo que el águila perdía. A ti, mujer, a ti, en la más profunda acequia de mi alma. ¡Oh trino de pescadores encallados! ¡Oh besos escondidos en la tierra! ¡Oh clandestinidad del pájaro sin vuelo! Nada se levantó del suelo sino la turbia soledad del cielo. Y mi corazón fue ese hormiguero de besos. Tan tuyos y míos, como los brazos atizados, como las luces de astros en los cuerpos. ¡Ah del elixir que el amor repartió y que nos sumergió entre cruces de silencios! ¡Ah de las bocas de espadas y sollozantes, enredadas en las ramas y en las nubes, en el maíz cortándose a granos, y que una y otra vez se ensancharon como alas, y volaron! ¡Ah del aroma que fue pólvora y granizo, y fue lo más dulce del sabor y el sentimiento! ¡Nada!... Ni el amor dejaste, ni los ojos abiertos de las islas donde anclamos, ni la levedad del rostro ante el muro de la noche, ni la corona de tiempo que en mí albergaste y guardaste. Ahí quedaste, como un fruto en estampida, como la máquina devorando su polea. Y mi corazón vuelve y te vuelve… y a veces canta. Por donde las cordilleras y el rocío se terminan, mi corazón migra y hace vuelo. ¡Ah, mi canto triste… la noche triste… el viento triste! Detrás de las corolas aún se escapa un sentimiento.

Despertar de un beso
Mi corazón se agita, y te encuentra en el lecho, en la sílaba de mi alma, como si fueras su oración, la plegaria antes del sueño. Entonces huye, escóndete, vuélvete azucena, para que yo escave tu vida cotidiana, o respire ese olor de uva y lanza, o trastoque la tierra desde la piel de la lágrima,

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y la frote como el otoño que frota los pistilos y los hace verdecer de tiempo en tiempo. Después, dormida, vienes como del alba y vas cayendo hacia mis brazos. El mundo me oye, me escucha. Pero eres tú, palpitante y silvestre, en el arsenal del pájaro y la espuma, en la pólvora dulce del desvelo. Y, simplemente, mis ojos se duermen en los tuyos, para que un buque zarpe entre los labios, y se acurruquen dos palomas en el lecho. Allá, volando, te retengo y arrullo entre mis brazos.

Mi corazón te canta
En tu corazón duermen los últimos pájaros. ¡Tal vez si yo cantara!... La tarde dona al temporal su espectro y la noche sosiega al río que corre entre lamentos. Escondida en mi alma, y solitaria, como la bruma, mi corazón te llama. Suenan desde el fondo tus ojos invernales. Y luego se abren. En el amor te encuentran, y en la melancolía entonan. Mi corazón dice que estás… Yo estoy de espera, y a mí llegan tus labios, cuando se estrellan mis pupilas en tus brazos. Mi corazón dice que estás… Que te oye. Y luego canta.

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Lo que en ti beso
Para que tu corazón vuele pronuncio la palabra. Para que tus ojos vibren deletreo a mi alma. Bajas del tiempo. Vuelves a la aurora. Y te escucho como al ruiseñor de los sonidos, como al centinela de la cima y la alborada. Puede que te mire a través de ti misma, y a través de esas manos esparcidas en mi pecho. Beso tu vuelo igual que a las sonoras campanadas que son ágiles como el amor y las caricias. Beso aquello que lleva en ti espuma y consuelo, y es la tranquilidad oceánica de un amor sin freno, para que tu boca crezca en sed y me hable en los labios cuando sueño. Como si estuvieras en mí, y como si la noche corriera por las manos, en el silencio oculto de las bocas mi corazón palpita lo que la estrella arrulla.

Tu alegría de flores
En qué forma me invades con tu alegría de flores, como si fueras ese verdor en los jardines, ese mimbre de luz en las palomas, y te adentras en mí, sigilosamente y sin reparos, tan calladamente y tan dulce, como si vistieras, una a una y todas, las sonrisas de las flores, y las mostraras en su atardecer del color de mil amores.

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Por tus besos
A veces te quiero, a veces, siempre, y como el sol, a veces, rondándote, en los círculos de tu alma, en las efemérides de tu cabello, rosa blanca y rosa negra, y rosa coronada de la noche en que me olvidas o me quieres, porque a veces, siempre, todavía, me combates y me quieres, me deseas en las manos de tu vida, en el desnudo lecho en que me gritas: ¡enemigo!; y beso y besas, ¡todo el tiempo son tus besos!, y son míos cuando beso: ese labio que se arrima, esa boca que gotea, esa lengua que desborda y se desborda porque agita, porque nuevamente a mí me llamas: ¡enemigo!; y otra vez te prendes con la rabia de tus labios, con la tilde de tus labios, que son besos doblemente atrincherados. ¡Yo te amo!, así me gritas. Y te quiero a veces, siempre, todo el tiempo, todo el rato hasta que muero, todo el cielo hasta que miro, siempre, ¡siempre!, y muchas veces, porque yo combato labio contra labio, y soy siempre, a veces, todavía, tu más fiero enemigo, el que te dribla, besa, lengua a lengua, hasta verte en las pupilas esas loas de victoria sonreída.

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Para que tú sonrías
Para que tú sonrías yo canto cual pájaro una doble primavera, la que brota del mar y la que emerge de tu boca. Y en el trino copioso de los vuelos, un ala alucinante sale del mar a contemplarte. Bajo mis ojos vuelas… y es otro el horizonte.

Sentimientos (cuando tú estás lista)
El viento hace un esfuerzo… y te acaricia. Mi mano impulsa y jala el firmamento. El mundo lanza un sutil elogio en la disculpa… y te acaricia. Cuando tú estás lista para amarme, avanza el ruiseñor y acuña sus palabras. Y un encanto posa el brillo en tu semblante para que venga el día y se abrace con la noche.

Tu cuerpo es un beso entre esteros
Terrestre tu cuerpo y sobre el fuego, y limpio el cielo en hervidero. Tu cuerpo que me inhibe -ebrio estoy y en lis consuelo. Dos aves tibias, dos plumas a tu vuelo, dos muslos grávidos rompiéndome, dos mástiles que revientan y clavan suavemente su dócil ajetreo. Dos muslos en cadera que me atan al milagro de un sesgo puro atajándose en el vientre. Y el vientre hecho de tibio y dulce aleteo. Un seno, la ruta de mar antes del vuelo; y el otro, la vela soplando al estero. Dos manos anclándose, dos manos que revientan la tibieza, dos nudos insertándose en mi pecho:

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precisas, en el punto nodal del desenfreno, en la vorágine de un hacha que percute el roce de lívido talante al expandir el gozo y la complacencia hecha arte. Dos ojos y la boca en arenales, zarpando, metidos en el ave. Y el ave siendo ruta marinera de una boca que se antoja si se besa, y oferta un par de labios cual fueran comensales de un prístino sabor de bellos nardos obsequiados. Una espalda, dos brazos perpetuados, y el vientre fresco, indómito en revuelos. Tus hombros alzan el mapa hasta la cima, y caen flores durmiendo sus pistilos. Y nuevamente, ebrio, desinhibido, se posa mi beso acariciando tus deseos.

Pecho de mujer y viento
Mi sueño acoge un desliz de olivo ante tu pecho. El viento frío sopla su angelada brisa. En la hora en que los hilos de agua gotean sus veneros, se adelanta el mediodía a su humedad de caña y llovizna. Como el verde abres los fogones de la tierra y de las ventanas de tu blusa las cuestas de los mares a las guitarras encadenan. ¡Oh!, forastera indómita: en tus senos agazapas las más inverosímiles preseas de la tierra: donde polvo fuimos, tus senos vino crean; donde el cristal se rompe, tus senos al esmeril le ungen. ¡Ah vasos de anís y ventisquero! ¡Ah virulentas flores que estallan rosas o a las espigas las devoran acosándolas! Tu pecho abre las cercas del amor

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y en fibra dulce le transforma; me hace peregrinar a los sonidos del follaje, me invita al amarillo, o a la greda, o me convierte en la unidad de su materia. Tus senos son la grata carrera de esmeraldas y los anillos que convergen cuando amamos. Y el deseo, ¡ah!, y el deseo: la carne firme en la mirada… Y otra vez tus senos como el agua, como cisnes que saben donde nadan, como un gajo de naranja en la garganta. ¡Qué copas de relámpagos y estrellas!… admito. ¡Qué dulzura de brumas y de oleaje!… imploro. ¡Qué música de viento hecha brebaje!… exhalo. Tienes la vida en el temblor que me acicala. Y tus senos –eternos violines de mi ensueñolimpian el aroma donde duermo. Cuando observo al fruto caer sobre la tierra, miro tu imagen madurando en ambrosías, y tus senos son pájaros… y luego golondrinas.

Dulce compañera
Tú eres un fragmento de algo dulce y tan pequeño, de un instante concebido que se angustia en mis adentros, de una parte que rebela la firmeza que sustenta al ser la suave predicción que me provocas de una linda historia destinada a ser consigna de por vida en la alegría. Compañera, tú me hiciste pueblo y arma, y por encima de esas balas hay sin duda una batalla disparándose a mansalva, un estruendo que restalla provocándome en el alma: tú eres esa patria suave y cristalina, esa bandera libertaria que en la calle ya se agita, y sin temores al dominio, sin miedo hacia el tirano, se ondea en la mirada,

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se levanta si te palpa, se iza en la caricia. Compañera, si me quieres… Yo te quiero siendo mía. Y por encima de este pacto mi consigna es tu alegría.


Aunque de dos fueras una, y la misma, y de todas ellas, tú, la única: ¡invencible y preciosa! Aunque de todos modos me dijeras: tu boca… y la otra boca, tu boca. Para mí siempre es la misma… Y no hay otra: ¡simplemente victoriosa! Aunque de tus manos a mis manos, otras manos, derramaran persistencia, recibieran indulgencia, ¡precisamente por quererlas!; tus manos, ¡qué belleza!, se tocan en pareja, se miman al contacto de una viola que se entona: tus manos, simples, ellas, ¡mis manos verdaderas! Por lo mismo, tú, la misma, me dijeras: tú… Yo siempre respondiera: la otra, ¡qué boca!, indiscutible y certera: tú, mi boca… ¡Y no hay otra!

Lo que tus ojos atesoraron
Un día de estos, cuando todo termine y deje de ver lo que tus ojos atesoraron, desde un resquicio del cielo, y aunque las nubes se aneguen en tristeza, miraré el sitio y la luz que ambos tocamos… Recordaré, de nuevo, por qué el cielo fue un milagro.

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El beso de las aves
Apretarás tus labios con los míos. Y del pájaro vendrán los cielos, como alas, como los sabores prometidos. Te llamaré: Mi canto. Y un plumaje verdiclaro sonará al oído, en tumulto, lleno de emociones, tarareando sinrazones, en un alumbramiento de sonidos, donde los brazos serán palomos, y el pecho: el repique de los trinos.

Supongo
Supongo, y no imagino, a un trébol de siete hojas, tres naranjas de la estación aeternus flora, una mirada lunar que se sonroja. Supongo, y es cierto, que tú tienes ese amor que me propongo: nada tuyo y nada mío, sino de ambos; solamente al tocarse nuestras manos. Supongo, y es un credo, verte ajena entre miradas, verte a tientas si caminas, parecerme a la ventana si descubro que le miras. Supongo, y te lo advierto, que hay revuelo en este cielo, donde pasa el aire veo un azul haciendo vuelo. Supongo, y lo asiento, que te veo y te quiero: son tres soles, tres razones, tres verdades siendo tales, y las tres responden al acierto de tu nombre. Supongo, y lo avalo, que al vivirte yo me muero,

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que al morirme yo te vivo, y al vivirte tú cobra sentido el estar vivo. Supongo, y lo afirmo, que tú eres ese trébol de ocho hojas que le ven mis ojos ya nacido.

Anda de luz a mi flor
Anda de luz que me levanto de flores, que visto en racimos para tocarte la piel, para que llueva en mi boca un suspiro, amanecido en colores, pintado de bosques, porque un tesoro, un cariño, me estalla hacia ti.

Verbo cielo
¡Tus ojos cielan tantas maravillas! Como una cruz de ave tus iris me persignan. Y luego, en forma dulce, alada, soplas al viento las caricias. En la frescura de las hojas parece crepusculas y… tus ojos me cielan y enternecen. Tú me celesteas… y en tus labios amanece un paraíso.

Compañerita, mientras tu boca…
Y en esa musicalidad de dos, siendo de nadie y mía, siendo pareja, desde tu boca: perdida y libre, fugada y luego mía, desde tus labios, te quiero a vos.

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Mientras tu boca, justicia a diario, conciba lo que es caricia, y la caricia, de nadie y mía, ¡de nadie nunca!, lleve mi boca, por eso mismo, te quiero a vos. Y en esos labios, dobles tus labios, la dulce forma de ver tus labios, la simple esencia de dos reclamos, de unir dos pechos: labio con labio, labio de labios; te llamo nada y te llamo mía. Y siendo mía, de nadie y nada, porque tu boca, y así tus labios, tienen suspiros que se fabrican con la indulgencia de dos extraños, por eso mismo, por eso digo: a vos te quiero… Y te quiero libre, te quiero un mundo, te quiero simple… a vos te quiero.

Agua de miel llevan tus labios
Agua de miel, fresca, dulce, sabor a boca en aletazos, y la hoguera centellea por un pájaro cayéndose a besos. Un labio es un jilguero, y el otro, lengua de enamorados. En cada pájaro pintan dos ramos brillando en las manos. Ungüento de nidos callados cuando las alas encumbran, y lo único que levantan son los labios engarzados. Sabor de plumaje nuevo: un labio circulado de verde,

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jazminero rondando en el puente, y el sonido de otro labio alegre. En la dicha de los trigos parecen sus granos dos besos: los nacidos de la espiga y los del penacho en tu barbilla. Pájaros llevan tus labios, volatines y esponjados, llenos de piruetas escalares y de cabriolas que sueltan de noche. En tu boca un par de cenzontles al ramaje derraman su canto, y aprestan sus alas al viento para volarlas en forma de labios.

Tus ojos, cuando miran…
Ojos verticales se alzan, se aclimatan, salpican su espuma, devoran mis ojos, brotan y niquelan la mar hecha malva. Nieve de pájaros coloreados con plumas… tus ojos. Y la luna se levanta al cielo en tu mirada. En el mármol de mil años tus iris se estampan o abandonan a la forma. En la cárcel del silencio son tus ojos signos de trémulos coloquios. Islas pajareras, ángeles etéreos: mientras se cierran, el azul es transparente. Y un sonámbulo deseo los abre a mi naufragio. Velas que cruzan el misterio. Valles de la pausa y el sosiego. Arpas que son directrices de los vuelos. ¡Ah!...Tus ojos, cuando miran. ¡Tan lindos pájaros!

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Se me escapan tus ojos
Se me vuelan, a veces, tus ojos a lo eterno. Se me alejan estando tú presente. Y tienen esa arcilla que es nueva, ese sollozo de un instante, esa sílaba de noche que no logra detenerte. Se me escapan tus ojos sin mirarles. Son esos navíos de guerra invencibles, esas torretas de luces y bengalas, esa lejanía de un faro que no enciende. Se me escapan tus ojos sin tocarles. Como la luna caen. Como la mina se resguardan. En el arado de la tierra dejan sus iris y se duermen. En el follaje constelado cierran sus párpados y fugan. Tus ojos me evaden y se pierden. Tu boca los lleva de regreso. Y en medio de mis besos, los abres y sonríes.

Reflejo de una mirada
Un día, sin otra causa, mis ojos brillarán de asombro, más que la luna misma, y tú estarás enfrente, en esa interminable traslación de mis ojos por mirarte.

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Corazón de malva
Niña bonita, corazón de malva: mi cielo coronaste en el frutal del alba, y un beso de pródigas lumbreras brotó de mi alma a que le vieras. ¡Yo siento que tu boca…! Niña bonita, de lilas alas: cuando trafican las flores sus colores, dos nubes de pájaros se prenden y se convierten en sendos ruiseñores. ¡Nadie toca el aroma de tu boca! Niña preciosa, picaflor de amores: haces la cintura de la espuma y en medio de sus flamas las uvas brotan y enjugan a tu espalda. ¡Por tus ojos, niña bonita, el cielo abre sus faldas y el alma se me escapa!

Compañera, compañerita…
Ando de vos. Porque respiro lo que respiras en la razón: un mundo nuevo, una guirnalda, que es blanca y del corazón, y lleva el arma invencible de ser de dos; ando de vos. Así escondida, así presente, la calle sabe que el pecho marcha al salir la luz. Y en ese paso, ¡toda la fuerza, toda la furia de la justicia marca el redoble de la ilusión! Por eso mismo, compañerita, ando de vos. Y aunque no entiendan que sois coraje, porque tus ojos hablan certezas y a mi me miran con la caricia del verbo sol,

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compañerita, con vuestras manos careo la vida y ando de vos. Así se diga: calle por calle, pueblo por pueblo, que no conozco más libertad que la que emana de la alegría de un pecho abierto que grita a flor, por vuestros credos, compañerita, por vuestros labios, ando de vos.

Tus manos suben por todas mis paredes
Mi corazón se vence si vuelves a tocarle, si adentras hoy tu mano, si tocas sus paredes que son de barro y ocre; se sube hasta tus ojos, se baja hasta perderse, hambriento de una boca que tu calor le ofrece. Mi cuerpo se desprende cuando tus manos tocan un pulso irrepetible desde un latido de agua, por un espera larga, tornándola en angustia. Y cuando se desploma y siente que le tocas, mi corazón se vence… Tus manos suben por esas, mis lánguidas paredes, recorren los adentros tanteando así la tarde, se escurren por mi frente, y mientras las engomas a todas mis fracciones, mi corazón se vence… y simplemente vuelve.

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Bailo en tu boca
Bailo, bailo en tu boca. ¡Con qué dulzura bailo! Busco tu rostro, lo observo, le canto. En mis labios un fresco emerge. En mis manos el mar se arroja como una boya de plata que el cielo toca. Bailo en tu boca, de agua… dulce, de pan y sorgo. Mi corazón se vuela… Y besa. Busca la altura. Busca tu boca. Y besa… En cada orilla sangra mi boca. En cada sorbo es coctel tu boca. Por estas manos va tu cintura. Por estos ojos corren tus ojos. Y bailo, bailo en tu boca. ¡Con qué dulzura! ¡Con qué fineza! Mientras tu boca el sol acaricia y deja un labio, perdido, hurgando, aquí en mi boca.

Qué bonito
Usted no sabe lo bonito que se escucha su nombre al pronunciarle, que lleva un subjuntivo de pájaros sonrientes, y no sabe de la dicha de poder articularle entre los infinitivos: dulzura y sentimiento. Usted no sabe, quizá lo intuye, que confundo su nombre al escribirlo. Y lo confundo de modo tal que al deletrearlo es dulce y más preciso, y suena a algo que reclama las letras propias del cariño: un futuro donde yo la necesito. Quizá no sabe que su nombre

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significa un deseo por demás reiterativo: que usted diga conmigo: “Igual, lo necesito”. Y al decirlo, sea yo quien a su nombre intensifique, porque, que bonito se pronuncia su nombre al decirlo: “La quiero”.

No tus ojos
Conozco tu mirada pero no tus ojos, lo que construyen, lo que observan, lo que dicen al hilarle al cielo una tristeza. Conozco que tú tienes parecido a mi nostalgia, y que es ella con que miras, es ella con que acechas, es ella por quien callas. Conozco que tus ojos se me escurren y se escapan. Y no suelen ser tus nubes, no suelen ser tus fuentes… Los veo y no los toco. Conozco que me miras y al mirarme se te cierran. Que todo se oscurece, todo se confunde, todo se obnubila. Pero no tus ojos… no tus ojos; tus ojos que me miran.

Tu beso se parece
Romperé tus alas para ponerte en mi cruz, y en cada herida un beso te llamará a ti: mi flor. ¡Oh serpentinera, mi canto es un navío en tu rostro! Y la estrella de mi alma acoge tu dicha y la asedia. ¡Ah!... Como las velas del amor así prenden tus ojos. Así, desde las copas a las hojas, y las hojas al rocío, y desde la estrella tocándome el alma mía. La noche estalla, y aunque te recorra el beso mi canto sobrepasa el corazón

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y en esa inmensa noche de luz te disemina. ¡Ah!... Tan sólo el beso se parece a lo que mi corazón en ti mira. Y el pecho, ¡oh fósforo de mi alma!, guarda la noche cuando tú al amor lo vuelves día.

Tus manos miran
Guardo silencio y escucho a tus manos. Mis manos les miran. ¡Cuánta belleza les cantarían! ¡Cuántos silencios no gritarían! Sobre tu cuello mis manos se apostan y tu alegría juega junto a la mía. Guardo silencio y tus manos miran. En tu cabello rondan mis palmas junto a espirales de tus sonrisas. Mis manos tocan, sienten y desatinan. Y frente a un faro que son tus cejas, mis manos palpan; quietas suspiran. Cuando tu frente se vuelve insignia de pan, perfume, de arcilla y mirra, mis manos retumban y de tus ojos se cuelgan y hablan. Mas, cuando se acercan inquietas, discretas, sobre tu boca y rozan, mis manos charlan con tus mejillas. Y un beso sale desde mi boca mientras mis manos descubren tu cabellera. Mis manos hablan. ¡Cuánta belleza me contarían!

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En ti me miro
Aunque te diga que eres pequeñita, suave y dulce; aunque al mirarte aprenda y aprendiendo se me escape tu rostro y no lo encuentre; aunque la noche arrecie y deje tu boca para amarte y suelte un velo queriendo la caricia; aunque al decirte linda a mi alma la suaviza; me gusto en ti, amor, en ti me miro.

Y aunque desprenda del silencio lo bello que es tu sino y no pueda verlo sin quererte, sin sentirte al quererte, porque a veces, por lo linda, en mis manos no te halle y no te encuentre en los sonidos para verte; porque a veces lleves nada en tus ojos y en tus labios y te escondes para amarles: me gusto en ti, amor, en ti me miro.

Madera
Dúctil y fibrosa abres tus brazos como si fueras el elixir natural o la esencia misma de la tierra, o el coctel sarmentoso y terso que engulle al verde, al café de las cortezas. Vienes del nogal sonriente, o del barniz puro que el lapacho ofrenda y consagra a sus viveros, o de las hayas ofertando sus cornisas, o de los talis regalando sus aceites. Te llamo: Dulce mía, Amada, Corazón de mi alma. Y eres esa especie rojiza que el amor decora, ese amarillento color de cabellera, ese castaño suave y delicado que baja en tus mejillas, ese blanco en crema tropical que aroma, el encolado rosáceo que torna tus muslos y entrelaza con marrones tu cadera en los vaivenes. En tu boca se difunde la carpintería del beso llamativo,

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de la enchapada agonía, de la rama que muestra su trabajo de ebanista. Yo a veces subo, te picoteo, canto, hago de tu tronco mi morada. Y tú abres tus brazos para acogerme en tu hermosa veta de madera o para anidarme en tu violáceo tallo que me embriaga.

Deseos de caricia
Si igual que los racimos y la uva se cosechara el trino, el alba, la mañana, amanecería tu rostro fermentándose en mis ganas y mis ojos bebiéndose a tu alma.

Muchacha alegre y bonita
Muchacha, greda o serpentina, sueles ser esa tarde que me atrapa y un girasol rotando entre alboradas. Por tu verde vida mi soplo, como grano que a la espiga le suplica, late y zumba, y luego hacia el mar, en su boca, disemina. Muchacha, fémina en cristal que enredas transparencias en la brisa, por ti hago mi canto y hago que el racimo se sonría; en el faro titilante escribo una silvestre melodía y… Muchacha en gotas de la lluvia, tus ojos cristalizan el viento y aguardan tu semblante, que palpita. Cuando el sol esconde sus arcos infalibles, hay unas letras blancas

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que arrastran el azul al pliegue donde te reclinas y un último lucero te suelta su caricia. La noche te llama: “Primorosa”. Y un canto de mi alma vuela hasta tu boca.

Todo lo que en ti miro
Si por tu mano, donde cabe un yo, una mitad de mí, un ahora existo -a veces es tan amplio este querer que yo mismo no cavilo-; digo luego: tu mano que es mi mano y tiene levadura de delicia, y está exenta de congoja pues se forja en el uso que mi mano necesita -esa piel tan tuya y que alarga otras partes que a ti te identifican-, porque toca, sube, baja hasta mi boca, recorre con sus dedos mi figura, se ancla cual bandera en mi espalda y se pierde nuevamente descifrando la marea; ¿te imaginas, entonces, todo lo que en ti yo miro?

Silueta
Ese espejo tuyo me lleva. Esa imagen me devuelve. Es fresco estar en ti por las mañanas. ¿De dónde naces? ¿De dónde vienes? ¿A quién otorgas tu forma preclara de contorno? Eres la lluvia contoneada y la humedad esmerilada de las gotas. Tu perfil fabrica los bordes del amor, la dermis avivada e inalcanzable que emerge con la noche. Por tu boca navega la dulzura. Y al morir y revivir parece que alumbras las estrellas. Tu gentil forma atardece el corazón y lo hace espuma.

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¡Es fresco estar en ti! Tu efigie se torna mi morada y el dibujo blanco de tu cara es el símil del aire en mi alma. ¡Es fresco estar en ti por las mañanas! Sobre tu estampa el hierro en dulce se proclama; y suele ser tan dulce, que es hoja, verde y tallo, de una flor de azúcar y de agua. Eres la pulpa de una luna silenciosa. Tienes la forma del color de la solana y un ave que saluda y luego cana. ¡Es fresco estar en ti por las mañanas!

Mi corazón platica
Feliz, mi corazón platica de la tarde. Así como las hojas suben, se esconden, maniobran los colores, seducen las esencias, trepita la luz junto al rocío. La tarde acuña tus brazos en los míos. Recostada, como el sol, mis ojos hacen dicha. La verde greda late a mi pecho y lo debela. La brisa siembra lo que el amor oferta. Y tú, silente, preciosa, al celeste avivas. Mi corazón platica… Vuelves la mirada y tu boca al ámbar la dedicas. En la sutil sombra de mi alma tu luz se aprisiona y conspira, y luego vuelven tus labios a besarla. Y en ese beso… ¡ah!, mi corazón platica… Como la arena al agua su vaivén renueva y el mar le presta del azul una caricia, así dejas que tu cuerpo sublime esa caricia, y en ese beso dulce, fugaz, prendido, silvestre, la tarde se reclina. ¡Ah!... Mi corazón platica.

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Azul
Por ti cosería mi corazón al infinito, y en una hebra donde no quede nada haría libre al universo, para volver al instante en que un pájaro, por un beso, fijó el azul al firmamento.

Canto de amor sobre la arena
Amo el canto de la arena, su orilla de agua y el mar que te acaricia, el cristal que va volando de una tarde silenciada, y tu ojos abiertos que al mar le dan su canto. Amo la lágrima que vine cuando de unos labios se escucha la alegría y se parece a la humedad, a la luz de lejanía. Amo tu boca que es pájaro y va a mi mano, y en ese sólo beso a la sombra la suaviza y suavemente deja que sea atardecer. Cuando tus manos tocan sencillamente el agua, amo la blanca sal, tu blanca tela que en mi alma se derrama y deja aquí en mis manos su azul desvanecido, y de esa arena flota el racimo de tu piel. Amo, sin otro trazo de algo, el corazón que es aire y es trigo reposado, de una bahía dulce viniendo de tus labios, de un cuerpo fresco que unta la caricia, porque es el resplandor que sopla de un sol discreto fluyendo de tu pecho, y me alumbra a solas, con dejos de sonrisa; y un mar sereno mirando tu cabello, queriendo atardecer.

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Son lágrimas mis manos
Me gustan más tus lágrimas que bajan a mis manos. Igual tus ojos caen y son lágrimas mis manos. Son parte de ese atuendo que va de pecho en pecho. Son lágrimas de un labio sin que las toque el beso. Parece que son tuyos los ojos del sereno, que llevan por los vientos matices de otro rostro, y luego lo devuelven, lo dejan ser la noche, lo duermen en los claros nacidos del silencio. Tus lágrimas remueven cenizas de mi boca, y luego se convierten en musgo, flora y beso, sin que las toque nadie, sin que las palpe el viento. Tus lágrimas convierten mis manos en cristales. Tienes esa mirada que limpia otra mirada, con una gota sola… con un sollozo solo. Igual tus ojos prenden y escapan al mirarlos. Son lágrimas tus ojos… Mis manos son sollozos.

Ay amor
Ay amor, mi amor, que todo es cima, y se reúnen tus senos como un pájaro de anís sobre este mundo. Yo les picoteo y bajo al entresuelo de un cuerpo desnudo como el cielo. Y en una ligera sensación que brizna, oculto mi mirada en el soplo de tu pecho. ¡Ay amor, mi amor, que todo es vuelo!

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CABALGADURAS -LA ESPAÑA DEL POETA-

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I
Ser una espada, como saeta, como un olivo que sangra flores, como un puñal en el alma y férrea, como la sombra de toda piedra, para cruzar la España hecha de escarcha y esparcirse en la luz nocturna enarbolando la mar que olea.

II
Levantaos, Caballero: asid el galope y la adarga, para que la lanza restalle en los linderos del alma; para que los cascos resuenen como un corazón que arrasa.

III
Llevadme el alma en la espada. Ponedla de arista y hierro, a que cabalgue por la asonada donde la tierra levanta y canta.

IV
De canto en canto y batalla: venid galopes en marcha; venid, que viene la alzada y el latido en avanzada. ¡Venid a todo galope, que el corazón va en himno y viene corriendo en marcha!

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V
Jinetes de la vanguardia que vienen a lomo de mar y España, con la cruz hecha de albarda doblegaréis cierzos y olas para cabalgar en las mareas.

VI
¡Salid todos de España! ¡Salid todos, ligeros! Mirad que ahora entra la España que cabalga.

VII
Caballero de la cruz manchega: ya no blandiréis al aire con el filo de la espada, sino con la mano del acero, de los hierros que trabajan.

VIII
Por la espada, por ella, por la espada: ¡salid a la llanura! ¡Salid!... ¡Salid, vientos de España! ¡Salid!... En la hora brava, en la crin, aventurada; con el lanzón puesto en la carga, con la vista en la montaña: ¡Salid! ¡Salid, que hay España! 80

¡Salid!... ¡Es un galope la tierra enamorada!

IX
En el mar… Desde el mar… Os digo: sobre el mar viene la marcha. ¡Cantad, España! ¡Cantad!... Abrid los brazos. Esparcid el mar. Ganad la ola en el mirar. Esta tierra centelleará al galopar.

X
¡Cantad, corceles, cantad, henchidos de galopar! Con esa montura hidalguense y el peto de mimbre o de bronce, corred a que prendan los cascos y ardan llanuras al trote. ¡Cantad, corceles, cantad, los himnos del galopar! ¡Arded, caballos de fuego! Arded que lleváis a España sin la montura ni reata, sobre el dorso del mar. ¡Cantad, corceles, cantad, las marchas del galopar! De pie en la grupa, de pie, que nadie os va a alcanzar; con la lanceta en la mano,

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con el rejón de mirar. ¡Cantad, corceles, cantad, galopes que van al mar!

XI (¿Por dónde se va la España?)
No hay pastorcillo en el llano. No hay manchego en la crin. En la llanura se escapa el torillo con su crespón. ¿Por dónde se va la España? ¿A dónde apunta el hurón? Nísperos de tierra ancha se han encomendado a Dios. Por más que el molino bregue y el rucio redoble a babor, salid, España, mirando, que cabalga ahora el sol. Limoneros y cerezos: ¿Por dónde se va la España? En la flor de la avellana donde se ha escondido Dios.

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MÉXICO EN EL ALMA

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Antes de que el corderillo grite
“Salid, niños, del mundo; id a buscarla!...” Cesar Vallejo Antes de que el sol recrimine a las pupilas por qué hicieron de las sombras el resplandor de la mirada; Antes, aún, de que en la orilla de la acantilada orilla busquéis el por qué no hubo territorio para anidar a las semillas, ni nido alguno donde maniobrar los azadones -pobres pájaros yertos a los que nadie enseñó del canto, y pobre canto palaciego que en el aire extravió el paso ante un emigrar sin alas y un plumaje sin destino-; Antes, entonces, de los besos traicionados, del gallo tres veces traicionado, del “¿tú también, hermano?”, traicionado; de la cruz en los óleos que fueron un medioevo traicionado (santos inquisitoriales maniobrando látigos de acero); Antes, luego digo, de que el cordero grite a los poblados al ver las fauces, no del lobo, sino del pastor cuando el engaño, y verlo en plena burla y deprecio, con guante blanco y estocada, apuntándole a las patas del cordero, a la laringe y al cogote del cordero, a la testa con cabeza de animal y de cordero; Antes, digo entonces, antes de que el águila al áspid aprese y a fuerza de estatutos levante la pirámide del rito para desollar la piedra y despeñarla al inframundo por un dogma inhumano en flechamientos, por un corazón sangrando entre las manos; Antes, y aún antes de que la pólvora enrojezca las miradas, de que la cólera se trueque en respiros y las inhalaciones nos castiguen por mil siglos; Digo e insisto: antes de que las manos se vuelvan los casquillos de un rostro inerte devorando al corderillo: ¡Buscad los niños! ¡Buscadlos ya! ¡Llamadles pronto!

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Manipuleo
“Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad.” Joseph Goebbels Clamó Poncio Pilatos: “La muerte es de la muerte. Corran la voz.” ¡Así sea!, declararon los patricios. El Senado decretó la ley: “El muerto ya es muerto”. Y esparcieron por el viento la proclama de ipso facto. Por el foro, el decumanus, el anfiteatro, resonó mil veces, un millón, diez mil millones: “El muerto anda en su muerte…” Del pueblo, la voz fue convicción: “El muerto es el cadáver”. Y Lázaro, ya estando en pie, respirando, y atosigado por la hablilla en multitudes, se inhaló cadáver.

Los brigadistas del 68
No fueron la plaza muerta, los adoquines muertos, las lágrimas encharcadas en los volantes que entregaron, tampoco la libertad en el omóplato bajo grilletes. No, no fueron ciudadanos hombres más allá de lo humano. Pasión. ¡Simplemente, pasión! Fueron los que se colgaron el día en las pupilas para que se abriera el sol, al otro lado, entre las cejas y el futuro, entre la frente y el porvenir, entre el sí y las generaciones. Fueron las otras manos, las llenas del estoy, los condenados a la nueva vida -estoy presente-, los que sin otra garganta más que el grito del hoy es el mañana levantaron polvo y libro y puño y pluma, hasta la altura de los ojos, hasta la infinita verdad de las palabras. ¡Pasión!... Fue eso, y las gargantas. ¡Pasión!... Fueron los cielos en las marchas y los pájaros saltando, regalando alas, ofertando plumas, llamándose pregones libertarios; los que a los pies pusieron no un cardo sino el suelo, y mostraron letras que al vello en su tinta erizaron. ¡Pasión!... Y la emoción del vuelo. Y de repente, se alzaron, volvieron nuevamente,

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los cíclopes del verbo, los mástiles del viento, venían gritando su urbana indumentaria, su alquimia de presente en el pasado, su voluntad de ave desencadenada. ¡Pasión!... ¡Pasión!... ¡Y orgullo! ¡Es un honor, valientes! ¡Es un honor! ¡Es un honor!

Es un honor
A Andrés Manuel López Obrador Desde la militancia de mi alma que cubre a mis ojos, que responde a una sola palabra, a una firme cabalgata, porque mi corazón es el guerrero de su historia, es el batallón de mi alegría, quien me convoca a la victoria, es un honor, soldado, decir que voy en marcha.

Despertar de las azucenas
¡Qué multitud de hombres era el hombre! Nada más a uno convocaron, con su convicción de muchos, con su autoridad de todos, con su necesidad total. Sólo uno salió a tomar las manos, sus desiguales brazos, sus diferentes hombros, sus tan distintos codos, sus colectivas uñas, sus comunales vellos. Y cuando abrió los ojos, ¡qué multitud de hombres iban en ese hombre!

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La alegría nunca muere
Vino un soldado para matarle. Pero la muerte no estaba lista. El gran jurado sentenció darle muerte a la muerte misma. Pero la muerte, aún, no estaba lista. La enfiló un pelotón con fieros sables. Y cuando ya encañonada y las ráfagas silbaron sobre el cadáver, la muerte alzó la frente y exhibió la fuerza de su sonrisa.

El corazón va en marcha
Mi corazón es un puñado de valientes y un río en las calles que palpita, para llevar esa voz despierta y el emblema de los gritos que le laten. Arda el agua de las charcas con el vigor de las pisadas. Cada paso ya palpita en el corazón de la avanzada. No podrán jamás doblar la frente que brota del pueblo y habla. Los pechos son bengalas de unos puños de vanguardia. A la altura de los pechos, hacia el frente con miradas, nuestros sables son latidos que ni el fuego vence o dobla. Mexicanos que hoy nacieron desde el suelo en asonadas, al calor de las gargantas repican las nuevas alas. Salgan las voces todas de unos labios que no callan, porque el pecho es ahora eco de los aires que acrecientan. ¡De cuando a acá las batallas se dieron con manos tristes!

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¡De cuándo a acá los galopes prescindieron de los trotes! Broten las voces del pecho de un sonido que palpita: el coraje hecho vida, la ilusión de quien lo habita. ¡A la altura de los ojos, a la altura de los pechos, apuntando con los labios, al corazón le agitan latidos que son pueblo y son pujanza; el corazón revienta de alas en las voces que agigantan!

Yo tengo un Padre Nuestro
Yo tengo un Padre Nuestro… y te incluye, compañera. Sean las calles, los murales que se esconden, los pórticos cerrados, los grafitis pisoteados en las bocas que articulan gestos mímicos callados. Seas tú misma que al mirarte lo pronuncias, con tus propias avenidas, con tus ansias yugulares, con tus rabias discurridas, que no se agotan en mentiras de aquel o aquellos que argumentan el golpe tres veces al negarlo, porque tres veces oprimieron y las tres mismas desmintieron. A pesar de todo, compañera: Padre nuestro, lo gritamos; por estas manos, nuestras manos, nuestros hijos levantados, nuestros pueblos soterrados: Padre Nuestro libertario; Padre Nuestro emancipado; Padre Nuestro que luchamos. Yo tengo un Padre Nuestro, compañera. Y le llamo, con franqueza,

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en mi llano entendimiento: el sabor de un beso… y me suena, enteramente, a tus ojos y a los míos advirtiendo rebeldía.

De la dictadura a la palabra
Contra la imposición y la violencia, no una bala, sino una rosa, y la revolución verídica de la palabra.

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EVOCACIÓN DE PÁJAROS

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Yo, pájaro sin vuelo…
En el fulgor abro mis manos al viento y a los pájaros, a cada alado sentimiento, al plumaje de las voces que son los pajarillos piando en la madera. A mí mismo me silbo y canto. Y nada es el vuelo sino la altura, la gravitación del sueño, el picoteo que se eleva y desarma la materializada carne para llevarla a la cúspide, al vertiginoso cielo, a lo recóndito de aquel azul espacio. Vuelo desde mis pensamientos, codeando con las plumas, sacudiéndome el sol desde el paisaje, arrinconándome en el agua que gotea con su ceremonial distancia y siempre cristalina forma, o en la alucinación que sube de mi alma y abre mi corazón al trino, sin tabúes ni recelo, simplemente en un atajo hacia la vida: buscándome, interrogándome, incorporándome a su sensibilidad, a su delicadeza de tiempo y fruto, para navegar donde ella misma: en las alas del amor… revoloteando.

Mi corazón se presta al vuelo
Mi corazón se presta al vuelo, a la acrobacia, al contacto de la niebla, al sigilo que emana del azul y la distancia, a la irresistible movilidad donde mi pecho hace pareja de un cantante ruiseñor o de un indeleble guacamayo, o bajo la sombra de un petirrojo que a la arena diamantina le cobija para ofrecerle su ciruelo o el crepúsculo de mar como testigo. Ando de pecho en pecho, a la deriva, en el tibio atardecer, seducido y copado,

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consentido por los quetros, empujado al aire como una torcacita colorada, o en las últimas plumas del loro alisero. Aunque mi pecho habla, bosqueja, intuye; aunque de mis manos el sol corone su amarillo al firme de mis pasos y los arrastre al océano o los carbones, mi corazón va en los pájaros creciendo, robándoles su tiempo, sus alas y su cresta, su voluntad de cielo, su mirada lejana y sorprendente, sus ojos de aurora inalterables, que son piedad y lluvia o el pregón inmortal de los alados, para que en ellos anide yo sin que me caiga, tan sólo platicándoles, llenándolos con letras, vaciándoles mis sueños, soplándoles el aire con la espuma cristalizada de mis versos.

Platicando con las aves
Hay un pedazo de firmamento en su pico y se desgrana como las verticales, como si estuviera deteniendo el pensamiento, o flotando por encima del todo, por arriba de la nada. ¿Qué vuelo han fraguado cuando suben, bajan, se precipitan sobre la turbia noche, y luego se cuelgan, sin quebranto alguno, sobre la avenida sorpresiva de los aires? Ahí voy, también, picoteando, a que me jalen sin reverencia alguna, porque con señas, iracundo, más lleno de sangre, mas ciego de timones, más abrupto de deseos, concreto como el agua y abstracto como los besos, respiro la vida al volarla. Entonces, nada me sorprende:

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el cielo baja hasta las manos, hace cabriolas, se explaya, se hechiza y contonea, pía, y luego sube a mostrarse nuevamente de nube, de azul o de infinito. Ahí acaricia el sabor de la mirada, y se retrata como si fuese el paisaje melancólico del viento enamorado. ¡Ah!... Ustedes tienen las gacelas pintadas en los ojos. Ustedes llevan la escultura del heno colgando entre suspiros. Ustedes atrapan el silbido del eco cual fuese un graznido y lo dejan escapar en las fibras rojas de un corazón risueño. Subo desde la orilla del cielo, desde el lumbar de la montaña, cual águila que pita poderosamente su destino, y todo me habla de pájaros, de aves verdes y amarillas, de la virtualidad de los colores, y me encuentro, soy… ¿Cómo no voy a volar de silbo en silbo, de verso en verso, hasta las cimas? ¿Cómo no he de surcar a la torrencial palabra? ¿Cómo no he de llamarle como a mí me llama y dejarle el verbo en su piel, en sus huesos, en su calva que aletea, en su escondida euforia o en su argucia liberada? Por mis ojos sale el mar… Y se despierta, habla, me platica. Un día, al ala, le atrapará en su forma de existencia.

Trino de pecho
Tengo una cicatriz de pájaro en el pecho que cuando me despierto trina al aire que le envuelve. Y en ese canto pinta mi corazón de azul, lo vuela y lo palpita.

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Las aves tienen…
Las aves tienen esa tristeza… abren sus alas, se copan, buscan oírse entre sus plumas. Para que el viento les oiga, repican sus trinos donde el sonido, donde el eco esparce su vuelo. Y en el consuelo crean su cielo, en un bosquejo donde, aleteando, elevan al orbe la exquisitez de sus sueños.

Siendo amigos
Cuando callado, pensativo, lleno de silencios, buscadme en el aire, en una ráfaga de viento, en un recinto de nube o cielo, para sentarnos los dos y jalar los astros con los ojos, mientras el horizonte lo usamos de aposento y pintamos la palabra en la esfera azul celeste.

Vocación de pájaro
Salí un día en la mañana y no había cima, altura, cielo. La cúspide era sombra, y la sombra un tiempo en desvelo. Pájaros del azul perdieron su perfección y galanura. Aves de los riscos precipitaron sus colores al vacío. Plumajes del atavío, de la decoración y del paisaje, desordenaron sus telares y sus trinos. Sólo el canto quedaba en el amor y la madera, vestido de luminosidad, de viento, de presagio y horizonte.

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¡Oh pájaros del canto y del amor! Salí un día, una mañana, con el corazón abierto, y los petreles, los nostálgicos gorriones, los canarios de ropaje amarillo, las tórtolas que rondan las milongas, revoloteaban en mi pecho. Mi alma era un cielo de pájaros volando. Mi cicatriz de hombre era una cima de plumajes picoteando. Toda mi piel era un crepúsculo de silbos y cantores. No tengo vocación sino de pájaro. Y aunque el cielo se me cierre ante los ojos, aunque la mirada no contemple sueño alguno, mi corazón es un cormorán blanco y va en los vientos. Todo el espacio es una estela hecha gorriones, un vecindario de águilas y de pichones, una parvada cincelando vida y substancia, levadura aérea incorporándome a la cumbre, donde el cielo brota, no de arriba, sino de mi alma y su alegría.

Evocación de pájaros
Jalando sus cuerdas y vocales -sin que me miren o interroguen, sin ser su semillero-, simplemente buscando la palabra, su canto indispensable de plumaje, su vibración específica que engalana al verbo y la altura, su penacho cubierto de cielo, de neblina, de la fragua del sonido y del silencio, de la lluvia transparente que copa flor y fuego y desarma con sus brazos el rencor de los barbechos para dejarle a la semilla el canto de la luz y la esperanza, busco, no sino alguien, yo mismo, y desde el trino, todos los silbidos de la tarde, y esa melodía del pecho que sube y que planea y esclarece el silencio en la mirada. Voy de miel en miel bajo los cantos, preso de todo y liberado, sucumbiéndome, abrazándome al aroma, a la perdiz, al ave de los fuegos, a la cauda existente que sombrea río y avenida

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y deja su corazón de uva a mitad de los caminos. Ahí voy, de beso en beso en beso, de barco a mar y en plumas, sin nombre y sin vocales, solamente sal, solamente carpintero, picador de zarzas y de nubes, comendador del árbol y del pétalo que deja abrir sus yemas al idioma, a los tálamos de las palabras, a la singular belleza de la letra. Yo canto soledad y vino, y canto la alegría pajarera, el salmo otoñal de la azucena. En mi pecho siembro el alhelí e intercambio mis ojos con los lirios, para que bajen las alas y las plumas y me inviten al trino de la altura, donde la palabra es blanca y solamente el alma la escritura.

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SALVADOR PLIEGO: Nacido en la ciudad de México. Con estudios en Antropología Social y una Maestría en Sistemas de Computación. Como escritor inicia su carrera a finales de 2005 y desde entonces ha publicado los siguientes libros: Poemarios: Flores y espinas Claro de la luna Encuentro con el mar Bonita… Poemas de amor Libertad México Los niños El libro de los besos Poemas de amor y de bolsillo Arterias de la tierra Crepitaciones Letras del buen humor Poemas de desamor y olvido 2006 2007 2007 – 2008 2008 2009 2010 2010 2010 2011 2011 2011 2011 2012

Libro I y II

Cuentos: Los trinos de la alegría Aquellas cartas de amor 2006 2008

Fue premiado como segundo lugar en poesía por la ENSL en México y nominado como finalista por el II Certamen Internacional de Poesía “San Jordi” en España, 2006. Participó como jurado en el Primer concurso literario “Atina Chile” en 2007. Su poema “Espadas y papiros” fue entregado como parte de los premios otorgados al ganador del Segundo concurso de cuentos cortos HdH Medieval. De sus viajes ha recibido múltiples 97

reconocimientos, entre otros, el de ser “visitante ilustre del Municipio de Urrao”, Colombia. Durante 2007 y 2008 participa activamente en el foro MundoPoesia, considerado uno de las más grandes de la red de Internet en cuanto a escritores, publicaciones y lecturas. En ese periodo es premiado en 19 ocasiones, entre ellas, otorgándosele el premio de Poeta del mes. En 2011 gana los siguientes premios: Ganador del premio de poesía Rubén Darío Rumbaut con el poema “Dulzura”, y “Primera mención de honor” en el concurso internacional de poesía “Trofeo Memorioso” organizado en Chiloé, Chile, con los siguientes poemas: Corcel de alas blancas, ¿Dónde los olivos? y Templanza. En enero del 2012 se le otorga el premio al primer lugar del Primer Concurso Literario Andrés D. Puello a su libro Crepitaciones, y en el mes de mayo se incorpora su poema “Oda a la risa” a libros de texto para el aprendizaje del español en Puerto Rico. A la fecha ha realizado lectura de su poética en Estados Unidos, México, Perú, Chile, Argentina y Colombia.

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