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Cuentos de Animales

Cuentos de Animales

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Published by Angel G Mendez
EDUCACIÓN CONTRA EL MALTRATO ANIMAL
EDUCACIÓN CONTRA EL MALTRATO ANIMAL

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ANIMALES QUE HABITAN EN EL TIEMPO

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El olvido no pudo borrar sus huellas

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Foto de portada: Vania Mágliz
© Ricardo Muñoz José, 2010 ISBN-13: 978-84-95679-78-9 ISBN-10: 84-95679-78-7

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En agradecimiento a Odi, mi mujer, y a Vania, mi única hija. Sin el apoyo de ellas, mis libros quizás nunca habrían visto la luz.

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Índice (en orden alfabético)
7 - Prólogo 12 - Balto, el perro que perforó la tormenta 19 - Barry, el hijo de la nieve 27 - Bharani y Savitri, los elefantes enamorados 36 - Bobby, el perro que vive en la ausencia 43 - Bucéfalo, el caballo de Alejandro Magno 55 - Canelo, la triste historia de un perro triste 60 - Clara, la mansedumbre hecha rinoceronte 68 - Fernando, el perro que venció al olvido 81 - Gatos callejeros; una lección de amor 84 - Gaucho, sólo un perro sin dueño 90 - Golondrinas del amor 96 - Hachi K , el perro que llevó la tristeza al bronce 102 - Islero nos mira desde la memoria 115 - Jasmine, la perra que ama a todos los animales 119 - Laika, la perra que de la calle saltó al espacio 128 - Lobo, burro y hombre 133 - Moro, el perro del adiós 140 - Orión, el perro héroe 146 - Perico, un recuerdo interminable 156 - Topsy, la elefante compañera del infortunio 164 - Verbaux, el perro de Montargis 171 - Los músicos de Bremen 180 - Nera, un amor con cuatro patas 186 - Relatos hiperbreves 187 - Truhán, un perrito hecho regalo
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un mundo mayor y más completo que el nuestro, se mueven terminados y dotados de la extensión de los sentidos que hemos perdido (o nunca alcanzamos), asumiendo la vida por las voces que no se escuchan. Ellos no son hermanos, no son subordinados, son otras naciones, con nosotros mismos atrapados en la red de la vida y el tiempo; somos los otros exponentes del esplendor y las tribulaciones de la existencia”. La casa ultraperiférica, de Henry Beston, escritor naturalista.
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“El animal no será medido por el hombre. En

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PRÓLOGO

“En EEUU se llevó a cabo hace tiempo un intento de reintroducir lobos en la zona noroeste del País, y para ello, los promotores de la iniciativa organizaron un encuen tro con granjeros locales a fin de recabar su apoyo, ya que eran éstos, preocupados por su ganado, los que se mostra ban más reacios, destacando especialmente una de las asis tentes por la férrea reticencia. A la reunión llevaron a una pareja de lobos pertenecientes a un programa de rescate, que si bien habían nacido en cautividad no estaban domes ticados. Los invitados permanecían sentados en el suelo cuando el macho resolvió acercarse a algunos para olerlos; al llegar a la mujer se detuvo mirándole fijamente a los ojos. Pasados unos instantes y sin apartar la vista se tum bó junto a ella. La ganadera apenas si se movía, y por la expresión del rostro delataba encontrarse tan perpleja co mo emocionada; al fin y después de un buen rato exclamó: “Tiene una forma de mirar que hace que te llegue al cora zón, ¿no creen?”. Tras unos minutos el lobo se levantó, la olfateo nuevamente, y acto seguido, apoyó su frente en la de ella”. “Los diez mandamientos para compartir el Planeta con los animales que amamos” -de Jane Goodall y Marc Bekoff.
Cada una de las historias contenidas en “Animales que habitan en el tiempo” son como ese lobo delante de la mujer que los temía y rechazaba. Nos miran a los ojos, penetran en nuestra conciencia y transcurren allá por donde quiera que lo hagan las sensaciones que nos atena zan las entrañas, los descubrimientos que nos estremecen y las conclusiones que nos despiertan del letargo nacido de la ignorancia. Estos textos destapan ante nuestra men te y nuestro corazón un mundo nuevo y mágico, aunque labrado con realidades, invitándonos a no ser ajenos a cuanto nos rodea y alentando el compromiso, acaso dormi do, por detener el dolor y la destrucción que el hombre ha sembrado en este Planeta, así como por contribuir a
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restañar las heridas que el egoísmo humano ha ido abrien do a lo largo de la Historia. No puede exigirse respeto sin conocimiento, por eso es fundamental que en nuestros cerebros, tan domestica dos y sometidos a una educación y a una cultura repetiti vamente impuestas, parciales, dirigistas y supeditadas a intereses a menudo poco loables, seamos capaces de dar ese paso que separa la acomodación y la apatía, de la rebeldía contra las injusticias y la explotación. Aunque no podremos saber porqué ni por quién luchamos, si no enten demos cómo son esas víctimas, qué les mueve al actuar, qué constituye sus intereses, sus miedos, sus alegrías, sus necesidades y sobre todo, si no admitimos su capacidad y plenitud vital, que les lleva, como a nosotros, a gozar del derecho a estar protegidos frente a cualquier agresión injustificada. “Animales que habitan en el tiempo” cumple de forma magistral ese objetivo y con triste hermosura, de un modo conmovedor y hasta desgarrador en ocasiones, nos acerca a esos seres de los que tanto desconocemos y lo hace a través de sus sentimientos, de sus pasiones, de la descripción de actos de amor y de fidelidad más allá de lo imaginable, pero no extraordinarios debido a su esca sez, sino por culpa de nuestra sangrante nesciencia al respecto. Este libro logra trasladarnos esa realidad sin necesidad de humanizarlos, porque no debería ser preciso tratar de compararlos a las personas para valorarlos y respetarlos. Los animales, nos explica el Filósofo Tom Regan en la obra Jaulas vacías, son “sujetos de una vida” y como tales, dueños de la misma sin que nadie, en razón de la especie, pueda arrogarse la potestad de explotarlos, sub yugarlos, infligirles sufrimiento o provocarles la muerte. Poco importa que compartamos con ellos un 98,7% de nuestros genes, como en el caso de los chimpancés, de los que incluso podríamos recibir una transfusión en el caso de que los grupos sanguíneos coincidiesen, o que las similitudes sean escasas si tomamos como modelo a un gorrión.
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Hace tiempo, leí la historia “Golondrinas del amor” (incluida en este libro) escrita por Ricardo Muñoz José, y supe que en Taiwán, una pequeña ave estuvo junto a la compañera moribunda durante horas, ciudándola y lleván dole alimento, y cuando ella dejó de existir, él continuó a su lado, rozando su cuerpecito inmóvil con ternura como si tratase de despertarla. A pesar de estar rodeados de gente que los observaba y fotografiaba, aquella golondri na se negó a volar abandonando a la pareja inerte, pues el dolor era mucho más intenso que su miedo. Y no estamos hablando de un mamífero superior, sino de un ave. No parece cabal ni tan siquiera justo, pues, decidir qué criaturas merecen una consideración especial o no en función de la semejanza, física o emocional, con el ser humano, sino que ha de basarse en el hecho de que su exis tencia es tan real como compleja, que les pertenece su vida y que el hombre, a pesar de su racionalidad, no es la medida de todo, sino un actor más en este escenario que es la Tierra, pero con una responsabilidad especial en la protección de la misma, no ya sólo por su capacidad para la reflexión, la asociación de ideas, la previsión de las consecuencias de sus actos o los avances tecnológicos a su alcance, también y sobre todo, porque es el único culpa ble de la progresiva degradación a la que está sometiendo al Planeta, así como del padecimiento e incluso extinción de numerosas formas de vida. Este libro nos llama la atención sobre tal deber y lo hace provocando en nosotros unas veces el asombro, otras la sonrisa y también las lágrimas, pero sea cual fuere el sentimiento al que apele, la justicia, el respeto y la com pasión hacia los animales, cuya existencia no es propiedad humana, no lo olvidemos, se hacen presentes en cada una de las páginas para adentrarse en nuestra conciencia y recordarnos que tenemos la obligación moral de conver tirlas en la guía de nuestros actos, so pena de continuar destruyendo cuanto nos rodea y eso, sin duda nos incluye también a nosotros mismos. ”Animales que habitan en el tiempo”, espero y deseo que ofrezca a Ricardo Muñoz José la mayor de las satisfacciones que él pueda concebir y aquello que consti
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tuye el objetivo principal de su publicación: sirva para quitarnos la ignorancia sobre los animales, conocerlos, comprenderlos y a partir de ahí, amarlos y respetarlos. Ninguna de estas historias, ni Hachi K o Canelo con jugando el verbo esperar, ni la inconmensurable lealtad de Bobby, la promesa que Nera no podía olvidar, los deva neos huelguistas y tabernarios de Perico, el sentido del deber de Barry hasta las últimas consecuencias, la valen tía de Bucéfalo o la desgracia de Topsy, no casos excepcio nales ni mucho menos milagros, se repiten en el día a día y de modo anónimo. Este puñado de “irracionales” habitando en el tiem po, representa a millones de animales cuyas “proezas” son algo cotidiano y no sólo entre los de su especie, pues también están presentes en aquellos a los que tópicos e intereses, han condenado a la degradación y al desprecio. Existen casos contrastados en los que nos encontramos con vacas, cerdos y hasta con ratas mascota que han salvado la vida de sus dueños, pero ni a unos ni a otros los conside ramos amigos fieles y sí concebimos para ellos el destino de ser descuartizados o exterminados. “Animales que habitan en el tiempo”, es un reco nocimiento a las eternas víctimas y un revulsivo para los hombres, por lo que sería muy conveniente, si tenemos la mínima intención de hacer de este mundo un lugar más justo, más igualitario y más habitable, propiciar su lectu ra en todas las escuelas y tenerlo al alcance en todos los hogares. Estamos acostumbrados a conocer las habilidades y bondades de los animales a través de dibujos animados o personajes de revista infantil; sin embargo, no resulta moralmente honesto ni esclarecedor de la realidad, dar pábulo a tales recreaciones imaginarias, mientras acepta mos que permanezcan en el olvido historias como las que está a punto de leer. Nos hallamos ante textos que nos relatan sucesos verídicos con protagonistas reales y ahí, es donde está lo impresionante y turbador del asunto, lo que debemos de transmitir a las nuevas generaciones: que a los animales, sin necesidad de hablar, de vestirse o de conducir un vehículo, los sabemos capaces de actos que rozan lo épico y en todo caso, no tendría que hacer falta
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humanizarlos ni reinventarlos, porque tal y como son, merecen admiración, cariño y el más absoluto respeto. Podemos elegir entre criar a nuestros hijos con “más de lo mismo”, fomentando su insensibilidad hacia to do aquello que creemos que no les afecta directamente e intentando endurecerles ante sufrimiento ajeno, incluyen do por supuesto a los animales, cuyos padecimientos son para ellos tan terribles como para nosotros los que nos aquejan, o tenemos la posibilidad de hacerles receptivos ante el dolor de la Naturaleza y de cuantos la conforman, despertando su inquietud por defender el derecho de toda criatura a no ser violentada o asesinada. Si escoge esta op ción, el libro que tiene ante Usted, será un cómplice en tan digna tarea y en la de enseñar a niños y adultos, que los animales son seres vivos y sus derechos inalienables, no objetos o herramientas al servicio del hombre.
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JULIO ORTEGA FRAILE - Escritor animalista

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BALTO, EL PERRO QUE PERFORÓ LA TORMENTA
¿Veinte mil personas aclamando a unos perros?
En el andar de la actividad humana siempre hubo personas que a través de la sabiduría, los esfuerzos y el ahínco, alcanzaron a subir el arisco peldaño del reconoci miento. Pero también hubo animales, que han enriquecido el mismo limbo, y llegaron a inmortalizarse en el bronce gracias a la propia relevancia. Por eso viven en la memoria colectiva. Es el caso del perro Balto, cuyo ejemplo perdura en ese resplandor bruñido por la valentía, que lo llevó a inter pretar una conmovedora gesta de inigualable peso. Balto, devino en el can más famoso de su época, y el testimonio de tan tremenda fama permanece en la cús pide de una roca, ubicada en el Central Park de Nueva York. Allí una escultura metálica lo recuerda. Y la leyenda que figura en una placa, al pie del monumento, constituye un permanente homenaje al espíritu bravío de los perros de trineo. Este sitio es constantemente visitado por escolares, familias con hijos pequeños, además de turistas nacionales y extranjeros, que acuden a fotografiarse junto a la esta tua del sempiterno animal. El día de la inauguración, Balto y los amigos conocie ron el halago de una multitud compuesta por veinte mil personas, que los aclamó llenando de emoción el inusual acto. Después, en justa gratitud, el grupo apareció en el Madison Square Garden ante una muchedumbre que abarro taba el recinto. A continuación, y en honor a los canes que dieron el “do de pecho” en un memorable evento, actuaron numerosos artistas de prestigio internacional.
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En el invierno de 1925 la difteria aterrizó en Alaska, y tras apoderarse de la localidad minera de Nome, empezó a apretar las fauces en el blanco fácil de la población; niños y ancianos. Inclusive, los Inuit, pobladores indígenas del lugar, eran presa preferida de la “enfermedad del hom bre blanco”. La salvación respondía al nombre de suero antito xina y necesitaban trescientas mil unidades para ponerle freno al infeccioso mal. El agotamiento de las vacunas existentes en Nome introdujo el desespero en la vida de la gente, y el temor adquirió relevancia en el instante que la difteria inauguró el marcador presentando las primeras defunciones. Nadie podía hacer nada porque nada podía hacerse. Sin el antí doto la epidemia minuto a minuto conquistaba amplitud. El contagio y el miedo corrían abrazados por las calles. El doctor Curtis Welch, único médico residente en Nome, radio en mano puso en el éter un angustioso pedido de auxilio. La respuesta no tardó en aparecer; el Hospital de Anchorage contaba con el suero solicitado, y sus directivos facilitarían las dosis necesarias. Ya sabían adónde estaba la salvación. Sólo existía un inconveniente; las mil sesenta y dos millas (mil setecien tos kilómetros) que separaban Anchorage de Nome. ¿Cómo enviarlo? ¿Cómo ir a buscarlo? La dura tenaza invernal se interpuso alzándose en intransigente traba. Una traba más implacable que la distancia. Empero, la urgencia por traer la vacuna halló asilo en las mentes, y respiraba en todos los pechos. La voz de alarma inundó Estados Unidos; en Nome (un pueblo levantado al abrigo de la fiebre del oro, donde los aventureros depositaron sus destinos en la búsqueda del áureo metal) la difteria había plantado presencia, con el inquietante peligro de expandirse a todo el nordeste de Alaska. Por el momento, el riesgo de infección arrojaba la cifra de diez mil almas. En la memoria de los estadounidenses aún subsistía la acción de la gripe que entre 1918 y 1919 mató a más de
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un millar de personas en esa misma zona. Además, en ca da visita anual, la difteria arrojaba un saldo de veinte mil muertes en Estados Unidos. Por lo tanto, las autoridades sanitarias debían movilizarse rápidamente a fin de atajar el azote surgido en Nome. El gobierno territorial inmediatamente autorizó el envío de los tubos de suero. Pero, ¿cómo hacerlo llegar antes que la muerte se embolsara centenares de víctimas? ¿De qué modo transportarlo? El crudo invierno mostrábase intratable, pues un repentino temporal bloqueaba el sumi nistro por el medio habitual. Sólo tenían dos aviones de la Primera Guerra Mundial que acostumbraban a sobrevolar la región, pero, ya que nunca coronaron exitosamente los vuelos invernales, habían sido desmontados. Y por barco resultaba imposible, puesto que las aguas permanecían intransitables. El invierno enseñaba la rudeza a través del congelamiento del océano, ríos y lagos, y completando la severidad, una densa niebla derretía cualquier recurso. Entonces pensaron en la solución más viable; trineos tirados por perros. Fue organizada una riesgosa expedición compuesta de numerosos relevos hasta llegar a Nome, en el que participarían veinte musher (persona que conduce el trineo) y más de un centenar de perros que se iban a tur nar a lo largo de seiscientos setenta y cuatro millas (unos mil kilómetros); la distancia que separaba a Nenana de Nome. Así, atravesando una difícil ruta de hielo, engañosas aguas e intratables nevadas, el cometido contra la muerte obtendría vida. La operación dio comienzo con el suero viajando en ferrocarril desde Anchorage a Nenana, cubriendo cuatro cientas treinta y siete millas (setecientos kilómetros). Allí lo recogió el primer musher e iniciáronse las alternancias. Etapa a etapa enfrentaron el inhóspito camino. En la antepenúltima entraron en escena Leonhard Seppala y el perro-guía, Togo. Seppala hizo el tramo asig nado, aunque, al llegar a destino el siguiente relevo aún no estaba preparado y debió continuar hasta completar
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doscientas millas (cuatrocientos dieciocho kilómetros) con una temperatura de treinta grados bajo cero, en la que destacó la irrefrenable valentía de Togo. Gunnar Kaasen y Balto, el más experimentado de sus canes, junto a otros trece perros, asumió el encargo de manos de Seppala. Recorrió las últimas cincuenta y tres mi llas (ochenta y tres kilómetros). Un trecho que se convirtió en altamente difícil al agravarse la situación atmosférica; la temperatura descendió a sesenta grados bajo cero, y el viento de setenta kilómetros por hora en varias ocasiones estuvo a punto de tumbar el vehículo. Entonces Balto asumió el encargo de guiar el trineo en medio de aquella tortura de hielo, ventisca y desolación. Del cielo caía una cegadora descarga de nieve. Y cuando la nieve amainaba, inmediatamente la niebla cubría su sitio. -La visibilidad resultaba tan escasa que a veces no veía los perros -contó Kaasen-. Tuve que poner la suerte de la misión en el instinto de Balto. El trineo casi volcó y por poco se pierde el suero de la esperanza. Sin embargo, la significación de la empresa empujaba, y debía seguir aun sabiendo que a cada metro el terreno desafiaba, mostrándose intratable y propenso al golpe traicionero. No había paisaje; la tierra y el cielo estaban unidos por una cortina de niebla, y atrás de la niebla más niebla. Parecía que circulaban por dentro de una densa humareda helada. La luz constituía la fuga de la sombra, y la sombra el refugio de la luz. Los instantes íbanse haciendo largos y penosos. En semejantes condiciones la única alternativa era la muerte. No obstante, ni el clima hostil ni el cansancio demo ledor lograron truncar el cometido. La ayuda, centímetro a centímetro horadó la tormenta, sin cederle un palmo a la idea del abandono. La naturaleza, convertida en trampa mortal, tuvo que abrir el puño frente a la embestida de la decisión. Sólo la solidaridad humana encarnaba el estilete contra la adversidad. El 2 de febrero, a las dos de la madrugada, la antito
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xina entró en Nome. Gracias a la persistencia de Kaasen y al instinto de Balto, el suero de la salvación llegó a tiempo para derrotar la epidemia. El perro devino en héroe nacional de Alaska. Estados Unidos entero recibió a Balto y a los amigos entre vítores y rendidos homenajes. La gente enronquecía expresando tanta admiración. Los niños dibujaban trineos, y a los perros de compañía le daban el nombre de Balto. Hubo gatos, caballos, conejos, e incluso hamsters, llama dos Balto. La baltomanía tiñó de entusiasmo la vida estadouni dense. La hazaña derivó en conversación rutinaria, y ergo saltar de boca en boca la palabra Balto hospedábase en el cofre de los recuerdos mejor acunados. Hasta la música popular compuso obras de exaltación, que atravesaron la barrera de los años y aún son escuchadas. Mas, el tiempo fue pasando con muda pisada, hacien do decrecer la carrera del reconocimiento, y el halago, orientándose cuesta abajo, acabó por evaporarse. Entonces, a Balto y a los demás perros, lo vendieron a un realizador de espectáculos de Sideshow (variedades). La gente a fin de verlos pagaba diez centavos. Pero la fama, que sabe tener patas cortas y se cansa rápido, tam bién languideció en aquella feria de redundancias, y los pobres animales pasaron a atracción secundaria. La poca recaudación pronto mutó en falta de cuidado, y la comida mermó en consonancia al declive. Los ladridos reclamando alimento, redoblaron las palizas y las heridas adquirieron patente de evidencia. En 1927, George Kimball, un hombre de negocios de Cleveland, Ohio, visitó Los Angeles, y supo que los perros estaban mal atendidos y con la salud deteriorada. Resolvió comprarlos. El avispado promotor exigió una suma superior al dinero que Kimball disponía. Al regresar a Cleveland, el empresario promovió una colecta donde más amor existía; los colegios de la ciudad. Los escolares, penique a penique, reunieron los dos mil
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dólares que cristalizaron en la compra de Balto y los com pañeros. El empeño de Kimball y la compasión infantil, los libró de las enfermedades y del hambre. Y dado que donde el hombre pone la mano mete la pata, los canes, en vez de volver a la tierra natal a inte grarse en el paisaje, y a correr alegremente por la naturaleza que amaban, fueron llevados al zoológico de Cleveland. Sin advertir que tal medida suponía condenar los a vivir prisioneros, amarrados a la voluntad humana, y lejos del espíritu libre que atesoraban los perros de trineo. El arribo resultó apoteósico. Fueron recibidos como lo que eran, héroes. El primer día desfilaron ante la jaula quince mil personas. La emoción desbordaba a la gente, y los críos querían fotografiarse junto a los perros del suero. Las jornadas se hermanaron modelando meses, y los meses compusieron años, y ellos siempre allí, enlazando cambios crepusculares, inmersos en una abisal monotonía, y lamiéndose la cicatriz de vivir a desgano. Y, a mayor glo ria del derrumbe, al ámbito lo llenaban voces lejanas asiladas en la memoria, irrumpiendo en el impenetrable silencio de la nostalgia. Así, el grupo fue apagándose, con la mente describiendo horizontes abiertos, dentro de aque lla libertad sólo limitada por la acción del cansancio. Balto murió el 14 de marzo de 1933. Su vida terminó pronto; solamente duró 11 años. La muerte, camuflada en la atmósfera, lo asistió en el desenlace que escenificaba el trance del adiós. La noticia sembró el país de rostros compungidos. En las gargantas afloró una agria sequedad, y el desplome de las lágrimas anudaron los movimientos. Las palabras tornáronse incómodas, y la mirada de la tristeza reflejó la nueva realidad; el perro más amado había partido. Ya solo quedaba el refugio del recuerdo. Sin embargo, Balto, a través de la muerte consiguió la añorada libertad, dejando detrás de sí una historia que todavía habita en la evocación colectiva.
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En claro desafío al olvido, el cuerpo embalsamado de Balto hasta hoy es exhibido en el Cleveland Museum of Natural History. (Al morir Togo, obtuvo idéntica suerte). Además, el museo conserva un corto filmado en Hollywood bajo el título de: “Balto, in name of the race”. Unos años después, en la acera de la céntrica aveni da Cuarta D Street de Anchorage, la ciudad inauguró una escultura dedicada a Balto. En el transcurso de los años fue recuperado por el cine. Sobre todo por la factoría Disney. Varias películas lo inmortalizaron. Y en todas ellas su figura hace hincapié en los valores humanos, la solidaridad para con los semejan tes, y, por supuesto, la nobleza animal. Aunque, quizás, el homenaje más manifiesto sea la “Carrera IDITAROD”, organizada cada año a fin de reprodu cir la gesta del suero. La carrera, muy criticada debido al afán comercial que transpira, suele verse empañada por sospechas de maltrato de los perros participantes. Olvidando que en la esencia de la proeza original, los canes de trineo se unieron al hombre, en el dificultoso trance de salvar vidas humanas en las condiciones más aciagas.

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BARRY, EL HIJO DE LA NIEVE.
¿Un perro desafiaba a la muerte blanca?
En el corazón de la inhóspita naturaleza, en un lugar poblado por el sepulcral vuelo del aislamiento, donde no se escuchaban voces ni sonido alguno, la quietud mantenía se al acecho con la eternidad y el infinito formando una alianza atrapada en la niebla. Sólo la ventisca lo rompía todo pronunciando un bramido de indomable soplo. En la cumbre del sosiego extremo empollando vientos catastró ficos, habitaba ¡la muerte blanca! Y ahí, muy cerca de un lejano paso alpino, entre Suiza e Italia, existió un hospicio (fundado por Bernardo de Mentón hace más de mil años), que supo servir de cobijo a aquellos que decidieron viajar por la conturbadora región. A mediados del siglo XVIII, los religiosos empezaron a emplear perros de la zona en tareas de rescate. Eran canes tranquilos, valientes, corpulentos, musculosos, de aproximadamente setenta centímetros de altura, ochenta kilos de peso, pelaje tupido y encrespado, cubierto por manchas rojas sobre blanco, que hallábanse totalmente habituados al duro clima (todo indica que fueron introduci dos por los romanos unos veinte siglos antes). Los perros transportaban un arnés provisto de alfor jas conteniendo alimentos, además de un pequeño barril lleno de licor sujeto al cuello, para prestar el primer auxi lio (la comida y el alcohol ejercían de reconstituyentes ante la mortal acción del frío). Los monjes enseñaban a los perros a transitar por el territorio poblado de peligro y destrucción; con bajísimas temperaturas sobrevolando las montañas tapizadas de nie ve, que pacientemente permanecían a la espera de algún accidentado, a fin de echarle encima su gélido y mortífero abrazo.
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Los frailes del albergue, acostumbraban a organizar en grupos a los viajeros. A los que proveían de un experto marronier (guía) y varios canes, prestos a escoltarlos en el riesgoso cruce del paso. En ocasiones, los viajeros, el marronier y los anima les resultaban sorprendidos por una avalancha, o tenían un resbalón en los traicioneros caminos. Arriba de ellos pla neaba la silenciosa y temida muerte blanca. Entonces los instantes parecían olvidos reposando en la angustia. El tiempo aglomerábase en el trance, los siglos iban más deprisa que las horas. En estos casos, el concurso de los perros resultaba fundamental, ya que las poderosas garras siempre abrían una salida. Luego, gracias al fiable olfato, localizaban a las personas soterradas bajo varios metros de nieve. Uniendo la tenacidad a la fuerza, escarbando vigorosamente, conseguían llegar a las víctimas y arrastrar las a un sitio más seguro. En el año 1800, cuando Napoleón con su ejército emprendieron la travesía del paso, nació Barry. Desde que viera la luz, el cachorro y el padre Luís entablaron una entrañable amistad. Barry muy pronto evidenció cualidades peculiares. La obediencia, la entrega en el adiestramiento, hicieron de él un excelente perro de salvamento. Al lado del padre Luís diariamente recorría el abrup to terreno en busca de gente sepultada por los desprendi mientos. Sin otro abrigo que la intemperie, y las nevadas acarreando más nevadas, entraban en ese mundo silente, blando, helado, inquietante, imprevisible, monótono. Barry no requería señales ni órdenes; él actuaba por propia iniciativa; apenas olía en el aire la desgracia mar chaba a socorrer a quien lo necesitara. Cavando sin ceder al desmayo, accedía al accidentado y lo tornaba a la vida. Si la capacidad animal veíase sobrepasada por la situación, corría a buscar a los religiosos, para conducirlos al punto exacto en el que la persona aguardaba la ayuda. El hermano Luís, llevando a Barry al frente de la ma nada, una mañana hacía el diario recorrido de supervisión
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por las proximidades del Beco Nero. De sopetón el can paró. El resto de los animales y el mismo monje, lo imita ron. Al instante el viento trajo un ruido semejante al desenrollar de una gigantesca ola. La estridencia fue en aumento hasta derivar en un estampido, que en escasos segundos cuajó en nívea marejada deslizándose ladera aba jo. Cediendo a los hilos del instinto, el perro galopó sin desmayo por la cresta enfurecida del planeta, en dirección al alud. El fraile le gritó repetidamente e hizo sonar el sil bato de mando. Barry no atendió a ninguna llamada. Tal la cabellera de un relámpago atravesó la salvaje albura. El hombre, intuyendo otra avalancha, o el desembar co de la temible ventisca, resolvió regresar al refugio. Al comentar lo sucedido y la extrañísima actitud del can, la incredulidad aterrizó en los semblantes de los otros religiosos, pues a Barry no lo dominaba la desobediencia, ni tampoco pudo deberse a la necesidad de auxiliar a un viajero, porque nadie osaría cruzar el paso dadas las intra tables condiciones atmosféricas. Después del almuerzo un grupo salió a por él. Mas, tras horas de rastreo y de no hallar indicios, acordaron sus pender la búsqueda. En la Cantina de Proz, otros monjes escuchaban una reciente historia. Un trabajador italiano murió de tubercu losis dejando en total desamparo a la esposa y al pequeño hijo. La mujer decidió volver a Italia junto a la familia. A pie, cargando el niño en la espalda (tal la usanza de la época), arribó a Bour-Saint-Pierre pensando en trabajar para ganar algún dinero y reponer fuerzas. Intento baldío; la pobreza del lugar le cerró cualquier posibilidad de traba jo, por lo tanto, debía seguir. Le aconsejaron no hacerlo dada la peligrosidad que almacenaba el tortuoso trayecto. Sin embargo, ella, desde ñando las advertencias, prefirió vadear la alta blancura del desafío, sin temor al terrible mordisco de la montaña. Tomando la senda vecina al Glasiar de Balsore, subió el es pinazo de roca helada conducente al ansiado paso.
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Empero, la partida de la madre con el hijo, como el alud y la desaparición del perro, ocurrió por la mañana. Entonces, ¿qué había pasado? Barry olfateó en la atmósfera la presencia humana y acudió a prestar ayuda. Usando las zarpas a modo de cuchi llas embravecidas, hurgó briosamente en el manto dejado por el alud, hasta encontrar a la señora y al niño, guareci dos en el alero de un saliente rocoso. Ella, en desesperado intento por salvar la vida del crío lo amarró al arnés del can, depositando la suerte del hijito en la solidaridad del animal. A las once de la noche, cuando los monjes ya esta ban durmiendo, un aullido horadó la tormenta retumbando en la entrada. Un fraile abrió la pesada puerta del hospi cio. Halló a Barry cubierto de nieve, recostado en el muro. El perro mostrábase agitado, poseído por el vibrar de una premura. De súbito, el estupor apareció delante de la cara del hombre, al ver sujeto al arreo utilizado por los canes de rescate, un niño desmayado. El pequeño recibió asisten cia inmediata. Los padres, ergo la incertidumbre inicial, pudieron reanimarlo. Un llanto de vida alumbró el ánimo de los monjes. Al amanecer, otro grupo de frailes salió detrás del animal, que moviéndose igual a un navío en el imperio de la muerte, los condujo al lugar. La mujer parecía dormir plácidamente en brazos de la nieve. Una leve sonrisa le enmarcaba el rostro; había cumplido con su deber de madre. En marzo de 1809 Barry vivió otro hecho inolvidable. Cuatro obreros italianos, empujados por la necesidad de trabajo enfrentaron el clima adverso. Desafiando la conge lante temperatura rumbearon a Lausane. No los espantó la espesa calígine que bajaba de la montaña difuminando el sendero; ellos conocían las trampas del paraje. Tres religiosos, más el padre Luís y los perros ronda
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ban por la falda del macizo. Una ínfima claridad matinal caía sobre el nevado suelo. La neblina que entoldaba la negra cima, poco a poco iba acaparando los declives. Ese día Luís sentíase débil, afiebrado, y la frialdad repercutiéndole en los huesos. Los otros frailes insistieron en que tornara al albergue. Él así lo hizo. Los pies del padre, cual bultos irritados, a cada pisa da se enterraban en la blancura. De pronto advirtió que Barry, tras olfatear el aire, arrancó rumbo a la montaña Morta. Al conocer la inefable iniciativa del can, lo dejó ir. El animal arremetió contra el nevazo. Él, falto de fuerzas, prefirió quedarse a aguardar el resultado de la repentina incursión. Las horas siguieron andando. En el momento que la tarde recogía la gris cortina, el perro localizó a los italianos atrapados en la niebla, exhaustos, ateridos y muy juntos para así defenderse del congelante zarpazo. El licor y los víveres acarreados por el can, rápidamente aportaron la acción vivificante. Barry voló a la caza de auxilio. El padre Luís, en manos del gélido cruel, persevera ba sujeto a la espera. La nevada descendía sin ruido en el holgado ámbito de la soledad. El resto de monjes que transitaba el interminable lomo de la piedra nevada, acudió a socorrer a los cuatro hombres. En camillas los llevaron al refugio. Barry retornó al sitio en el que dejara al padre Luís, quien, al ir a buscarlo, con la niebla abriéndose en el avan ce y cerrándose a la espalda, rodó al fondo de un barranco acabando con una pierna rota. La sombra habíase desata do; la noche ya mostraba los tentáculos del misterio. El animal quiso reanimarlo. El religioso, encadenado al doloroso trance, atrapó el pequeño barril colgado del cogote canino, en pos del reconfortante licor. La falta de peso le habló de vacío. Al manotear los víveres obtuvo idéntica respuesta (los habían consumido los italianos).
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Conciente del riesgo que planeaba, e intuyendo el aleteo de la muerte blanca, efectuó la señal convenida y Barry salió a traer ayuda. El perro arribó al hospicio, trémulo, encadenado a la zozobra; expresando en cada movimiento la apremiante necesidad que lo oprimía. El padre Luís no soportó la embestida. El adiós ya le navegaba en el cuerpo congelándole el alma. Al llegar los frailes guiados por el can, lo hallaron muerto en medio de las rocas heladas. Barry lanzó un aullido de dolor, y echándose sobre el finado le escarbó el pecho, tal si quisiera meterse adentro del amigo para irse juntos a la tumba. Después, propulsado por un arrebato desgarrador, llorando desconsolado le lamía la cara. A los presentes les afloró un nudo en la garganta, y sollozaron con el corazón temblando entre los párpados. Les resultó imposible apartarlo del cadáver. Permaneció adherido al cuerpo, como escuchando la voz del muerto. La montaña entera fue testigo del intenso drama. Toda la noche los conmovedores aúllos estremecieron Los Alpes. Hasta que el arribo de la aurora le trajo un destello de resignación. A Barry lo aisló la pérdida y nunca más aceptó otro guía. Incluso, renunció al resto de animales. Igual a un penitente deambulaba solo por los escar pados caminos, desafiando a la nevasca y al hielo, yendo siempre niebla adentro, abrazando distancias, cubriendo terrenos intratables, encarando intratables despeñaderos, desvistiendo filosas rocas, surcando severos terraplenes; haciendo del aislamiento el único acompañante. El calendario siguió deshojando el vuelo del tiempo. Una tarde de lenta andadura, los monjes encontra ron a Barry cubierto de nieve ensangrentada. Pegado al animal, vieron un soldado evidenciando signos de congela miento; en evidente estado de delirio.
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-¡Maté al lobo! ¡Vino a atacarme y lo apuñalé! La envergadura y la fuerza de un perro San Bernar do, le permitía matar a un hombre. Dada la agilidad que atesoraba, lograría escapar fácilmente de los golpes. En es te caso, Barry pudo hacerlo antes que el puñal consiguiera hospedársele en la carne. Pero, en su psicología no anida ba otra intención que auxiliar a la gente en peligro. Posiblemente el militar, al desconocer tamaña cuali dad cedió al pánico, y el desvarío lo incitó a confundirlo con un lobo. Entonces, aplicando una furia excesiva lo apu ñaló repetidas veces. El animal cayó tocando el tormento de no entender el porqué de la agresión. Murió ante la mezquina pizca de aire que no quiso alargarle el respiro. No obstante, fiel a la función de perro de rescate, ya en plena agonía, cual último gesto se pegó al soldado a fin de mantenerlo vivo durante la espera de socorro. En el albergue el militar completó la recuperación. Hasta el momento de apagarse para siempre, Barry había salvado a cuarenta personas. Cuarenta personas res catadas de una muerte segura. Entretanto, la triste realidad aterrizó en el hospicio. Una extraña sensación de decaimiento iba desajustando la actividad. El tiempo habíase detenido, y el tremolar de la pena tiritaba en los rincones. La vida, iluminada por el par padeo de las lámparas, apenas rompía el monótono andar de la tristeza. La partida de Barry lo amordazaba todo. El dolor resistía estancado en el ambiente. Una opaca mudez desenfocaba las miradas. Los ojos, dirigidos al cielo, par tían el vacío. El silencio arropaba la desnudez de las lágri mas, y el eco de la nostalgia devenía en transeúnte sin destino. Las imágenes, encadenadas a la atmósfera, inten taban que nada escapara al abrazo del recuerdo. Barry, poco a poco íbase acomodando en la huella del pasado. La álgida hoja de metal, al descabalgar al perro de la existen cia, también se llevó un pedazo del corazón de cada uno de los religiosos.
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El Museo de Historia Natural de la Universidad de Berna, exhibe hasta hoy el cuerpo embalsamado de Barry. El escritor, abogado y académico francés. Henry Bor deaux (1870-1963) le dedicó la afamada novela La Neige, que en 1923 Henri Étiévant llevó al cine con el título La niege sur les pas. En 1840, el siempre recordado escritor y científico Peter Scheitlin (1770-1848) lo convirtió en el protagonista del Étude sur l'ins tinct des animaux. El famoso músico y director de orquesta, Claude Debussy, le compuso la sinfonía Des pas sur la neige. Pinturas y grabados de todas las épocas permane cen. Ese prestigio no decae; libros, sellos, etiquetas de botellas, y envases de chocolate, lo mantienen vivo. Aunque, tal vez, el homenaje de mayor relieve sea el monumento que posee en el Cementerio de los Perros de Asnières, París, que reproduce la escena del niño atado a su arnés por la madre moribunda. Al pie de la escultura puede leerse: “Barry, el heroico, salvó a cuarenta perso nas y fue muerto por la que hubiera llevado el número cuarenta y uno”. Existe otra versión del final de Barry, según la cual no murió en un acto de salvamento. Los monjes lo jubila ron a raíz de la notoria merma física. En consecuencia, para alejarlo de la actividad, el Prior aceptó que un religioso lo llevara a su casa familiar situada en Berna. Así, acarreando la vejez alojada en los huesos, el laborioso hacer del can en el paso alpino, desembarcó en un concluyente ayer perdido. Las anotaciones del fraile que le dio otro hogar, se ñalan que el alejamiento del hospicio lo fue convirtiendo en un perro quieto, marchito, nostálgico de la niebla y la ventisca. Siempre con la mirada puesta en la dirección de su montaña, en patética espera de la muerte. El hachazo de los años lo retiró de este mundo al finalizar 1814. Tenía casi quince años.
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BHARANI Y SAVITRI, DOS ELEFANTES ENAMORADOS.
Cuando la llama del amor enciende el corazón animal
Seguramente habrá gente que en esta historia vea el típico argumento concebido para una película. Pero no, es verídica. Tuvo un punto geográfico y una fecha: Raniganj, Bengala Oeste, India, 8 de mayo del año 2007. En Raniganj, pequeña localidad afincada a escasos kilómetros de la selva, y a ciento setenta y cinco de Calcu ta, estaba establecido el Circo Olimpic. Un circo humilde, que a través de la alegría y la fantasía encumbrábase en el deleite de niños y mayores. Bajo la acampanada carpa compartían aplausos personas y animales. No obstante, atrás de los adornos y las estridencias palpitaba una preo cupación; desde días precedentes a Savitri, una joven elefante en situación de merecer, veíasela inquieta, como si estuviera pendiente de unos sonidos indescifrables, extraños, que hendían la atmósfera cual intercambio de mensajes. Durante la noche del martes 8 de mayo, un elefante desconocido (elephas maximus indicos) asumió el papel de Romeo. Era un macho montaraz, solitario, de unos veinticinco años (calculados por la forma de las pezuñas), piel gruesa color café, tres metros de alzada y unos cuatro mil kilos de peso, que sin ambages ni timidez penetró en el recinto, arrolló las escasas defensas, y de un empellón lanzó todas las fuerzas contra el frágil vallado que conser vaba a los elefantes aislados. Entró en el corral. Este Romeo iba en busca de Savitri, su Julieta. La hembra, halagada por la osadía del rendido admi rador, le contempló las facciones, la mirada, las orejas armoniosas, las patas seguras, y el elegante movimiento de la trompa. Semejante estampa le caló el corazón. Y
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empujada por el oleaje amoroso reventando en el interior, rompió la cadena que la mantenía permanentemente amarrada de una de las extremidades. A las dos moles de carne viviente arribó una vibración incendiaria. El intruso enganchó la trompa a la de ella, arrancándola del establo. Los gritos de los cuidadores, resquebrajando la calma noc turna, de nada sirvieron, pues, al empuje animal, adobado en el cariño, no lo frenaba el griterío, ni conseguía allegar sensatez a la elefante seducida. Partieron tras la huella marcada por el enamora miento. Desafiando los caminos, la rispidez de la extensión, y la emboscada humana, avanzaron; la libertad ocupaba las cuatro esquinas del viento. Pero, ¿en la India dos elefantes pueden andar a sus anchas por las carreteras? Sí. Además de ser una especie protegida, desde siempre gozan del cariño de toda la po blación. Hasta los mismos umbrales de la madrugada, antor chas en mano, el personal del circo desarrolló una prolija persecución. Nada. Ninguna pista. La oscuridad sembró el desconcierto, y le puso longitud al escape de la pareja. A la mañana siguiente, cuando la naturaleza compar tía el momento, depositando en el semblante de las hojas emoción en forma de rocío, fueron vistos marchando por una carretera del distrito de Raniganj. Ambos alumbraban bienestar, emitiendo una serie de susurros bajos y gutura les. Muchos vecinos los vieron pasar. -Iban muy enamorados –comentó una señora. Al audaz proboscidio la gente no tardó en ponerle un nombre; lo llamó Bharani (portador de la nueva vida) debido a que su increíble irrupción coincidió con el signo zodiacal hindú. El amor era un viajero atravesando el abrazo del tiempo. Los amantes shakespeareanos en versión paquider mos, comprimieron kilómetros acomodando a las espaldas la barrera de la distancia, conduciendo las patas, empal mando los bultos. Fundiendo la epidermis en la arquitectu
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ra de la decisión, enfilaron hacia el boscaje. Los recibió la espesura vertiendo murmullos, arrian do las ramas, reprimiendo las espinas. La noticia causó estupor, y el estupor destapó simpa tías. Los medios de comunicación volcáronse reseñando el romántico suceso. -Me encanta que el amor triunfe –confesó a la televi sión la famosa actriz de cine, Rani Murkherjee (oriunda de Bengala). Como un manantial estremecido por la sangre, mol deado al fuego, la pasión, cual vendaval desatado depositó luminiscencia en el regazo abierto de la tierra. Las hojas y las plumas observaban sin arrobo ni asombro. Rodeados del verde puesto en pie, alimentando el fisgoneo de la ma dera, Bharani y Savitri se amaron. Cascadas de luces que percutían en las piedras, desvistiendo el mineral, rellenan do el vacío, cayeron encima de los cuerpos poniéndole un etéreo marco a la dicha. El cariño volaba sobre la superfi cie enternecida. La arboleda, con su alta muchedumbre, la brisa viajera, el sol impalpable, el cielo asomado, son reían ante la explosión de los gestos dibujando arabescos en el aire, describiendo la seda del recorrido de las cari cias. A la perenne mirada de las peñas, se ensamblaron las pupilas y los suspiros del mundo de natura. -Savitri está valorada en cuatrocientas mil rupias (diez mil dólares), y eso para un circo pobre es mucho dinero -declaró el propietario, Chandranath Banerjee, al periódico The Time of India-. Y lo que es peor, ha habido que suspender la función porque la falta de Savitri repercutió en el ánimo de la elefante Gayatri, que está deprimida por la marcha de la amiga. El Departamento Forestal designó un grupo de bús queda, que engrosó Kalimuddin Sheik, cuidador de Savitri. Realizaron varias batidas cosechando infructuosos resulta dos. La floresta se había adherido a la simpatía popular, prestándole amparo a la yunta perseguida.
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Pasaron los días pariendo nuevos días, y la elefante Gayatri se hundía más y más. La añoranza por Savitri pro vocaba baches de desánimo. Pero la amistad no moría frente al espacio de la ausencia. Una mañana los responsables del rastreo localizaron a la pareja. “Retozaban” a orillas de un lago. Los hombres abrieron alas esgrimiendo armas cargadas con munición anestésica. El vuelo de las aves, los pichones apoyados en el bal cón de los nidos, y el suelo renuente a la pisada humana, trajeron un aviso: ¡el hombre ocultábase detrás del arbola do! De inmediato naufragó la confianza que ambos mecían en aguas de la entrega. Nuevamente la libertad arrincona da, en el puño del recelo. El armamento furtivo implanta ba paréntesis de miedo. Bharani, presintiendo que iban a ser atacados, igual que un trombón lanzó un intenso chillido. Savitri, expresó temor colocando en el ambiente un repetido barritar. Sheik, valiéndose de unos trucos procuró atraer a la elefante, mas esta, anudó la trompa a la trompa del com pañero ignorando toda treta. -Es un indicio de rebeldía -señaló Sheik-. No lo en tiendo. He cuidado de ella desde que nació, y siempre ha sido obediente. Pero el elefante salvaje se ganó su afecto. Decidieron dejarlos tranquilos hasta que el amor agotara las energías. Eso sí, manteniendo una disciplinada vigilancia. El sosiego volvió de los atribulados meandros, y el ánimo configuró el reenlace de la seguridad. Febo, que bruñía los árboles, latiendo en las flores, pincelando las mariposas, puso chispas en los peñascos y hospitalidad en la arcilla. Las miradas del par de paquidermos eran como burbujas que escalaban con sed de firmamento, sorbiendo el aire aprisionado en el vacío. Las horas transcurrían des conectadas de la marcha del tiempo. Los cuerpos esmerá banse en el reparto de caricias. Nada sujetaba el discurso del instante. La reverberación desprendía un juego de ma tices. La naturaleza aprobaba el estallar de las hocicadas.
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El entorno vertía serpentinas de avenencia. La pasión ful guraba gorgoteando en la magnitud de los suspiros. El sol que doró la vívida piel de la frondosidad, par tió a otras lejanías, y el rostro de la luna diseminó plata en el techo de las ramas. El fuego del universo convertido en parpadeo, hacía de los astros la separación de los días. Sin embargo, pocas jornadas después sobrevino lo inesperado; Bharani y Savitri abandonaron la selva retor nando a la carretera. Los vigilantes no captaron la razón de ese cambio de norte. ¿Emigraban a otro sitio? ¿Un movi miento de distracción intentando confundirlos? La gente los vio cruzar tan sumamente enamorados. Algunos los aplaudieron y vitorearon sus nombres. La sim patía, más que mermar proseguía en fase ascendente. Llegaron a las proximidades de Raniganj. La sorpre sa puso un faro de extrañeza en la curiosidad. Raro, muy raro. ¿Nadie los espantaba y volvían al puerto de partida? ¿Qué pasaba? Pues, obedeciendo al llamado de la sangre, Savitri prefirió ponerle un punto y aparte al idílico capítu lo vivido junto a Bharani, para regresar al lado de la familia, y de las amistades de toda la vida, especialmente, la gran amiga Gayatri. En las inmediaciones del circo, los paquidermos fun dieron corpulencias en el roce final, aceptando el alud del adiós; asumiendo lo perecedero de la felicidad. Seguida mente trenzaron las trompas en un minuto interminable. El amor manteníase latente, pero la cordura imponía el peso del significado. Bharani retomó el camino de la floresta. Ella quedó parada, siguiéndolo con la vista. El macho, a corta distan cia paró y miró a la amada como diciéndole “volveré”. Luego agachó la cabeza, alejándose enredado en un andar lento, corroído por el dolor de la separación. Savitri entró al circo de testa alzada y paso firme, blandiendo un inequívoco mensaje que todos entendieron: “Viva el amor libre”. Y otra vez los medios de comunicación, siempre tan sensibles a aquello que vende, airearon el suceso. Savitri
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fue fotografiada, y su imagen apareció en televisión, perió dicos y revistas de tono rosa. Bollywood anunció el interés en rodar una película. El comportamiento animal aturdía al entendimiento; revelábase más sorprendente el regreso que la huida. -Se convertirá en una estrella –vaticinó Banerjee. El espectáculo de esa noche, anunciado con rimbom bante insistencia, recordaba que Savitri estaría en la pista Empero, temiendo el retorno del salvaje Bharani, robustecieron el vallado e incrementaron las medidas de protección (léase armas de fuego en ristre). Llegó la hora del anunciado rentrée. Las luces de colores y la música componían un dúo de estridencias. El público manaba de los rincones más insólitos, empujado por el entusiasmo; querían ver a la máxima atracción, la elefante Savitri. No obstante, sucedió algo que escapó del guión; un grupo de exaltados, al compás de latas y tambores, grita ba a viva voz: -¡Inmoralidad! ¡Esa elefante libertina es un pésimo ejemplo para niños y jóvenes! Sumamente indignados exhibían carteles reprobato rios: “¿Pagar por ver a una prostituta?” ¡No es un símbolo del amor, es un símbolo del sexo sin amor!” La intolerante palabrería de púdica efervescencia, a lengua suelta lo cubría todo bajo un belicoso nubarrón. Incluso, los que formaban fila esperando entrar, recibieron el rechazo de los intransigentes en hechura de pedradas. La Policía tuvo que endurecer el brazo a fin de disolver a los disconformes. En jornadas posteriores volvieron a repetirse los hechos, y el número de participantes iba en aumento, agigantando la protesta. El dedo zafio de la moralina que había desenterrado campanas enmohecidas, continuaba haciendo tremolar el clamor ultrajante. Una emisora de radio y un periódico reflejaron el malestar expresado por los descontentos. Las voces, cual flechas emponzoñadas caían sobre la elefante tachándola
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de pervertida, aplicando un principio moral humano a la conducta animal. Eran virulentos destellos de añosos pris mas aliñados en mezquinas estructuras, queriendo hacer del puritanismo un pabellón de retranca. El personal del circo recogió las instalaciones. Entre disgustos marchó a otros horizontes. Bharani se hundió en la tristeza. Savitri ancló en la fosa del desánimo. Los mora listas reían. Al elefantito que hizo madre a Savitri, le pusieron el nombre del progenitor; Bharani. La historia de los elefantes enamorados será llevada al cine. Pero nadie, absolutamente nadie, pensó que cada animal debe estar en su hábitat, al lado de los suyos. Atacaron a la elefante mas no al circo que la explotaba. ¿Qué cubre la colorida carpa del circo? ¿Es un esplén dido universo de fantasía o una actividad vendiendo un espejismo? En los circos los “irracionales” sólo conocen la liber tad otorgada por los centímetros de las cadenas. Estas pre sencias día a día construyen el edificio del oprobio. Viven destilando dolor, repitiendo incertidumbre, lamiendo cau tividad; atrapados en las altas paredes de la esclavitud sólo por ser diferentes. Son sangre derrumbada; una derro ta vegetando en el rostro de la indiferencia. Permanecen enjaulados en espacios donde apenas pueden moverse, comiendo entre las propias heces, y en el momento que las gayolas son aseadas, esos escasos minutos de excarcela ción, alejados del paisaje de rejas, los pasan amarrados por cuerdas o encadenados a algún poste. ¿Qué mal han hecho? Pues, haber caído en manos de los hombres. Los animales en jaulas encuéntranse en estado de alienación, consumiendo una dieta impropia, aceptando descargas de luz artificial, oyendo ruidos desconocidos, y en vecindad con especies ajenas al hábitat natural. Debido a la cautividad adquieren una enfermedad llamada zoocosis (patología acuñada por el zoólogo Hill
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Travers), desarrollando un comportamiento autodestruc tivo, causado, en gran medida, por la falta de ejercicio mental y físico. Se destrozan las dentaduras mordiendo el enrejado que los aprisiona. Algunos enloquecen y aterrizan en el sui cidio golpeándose contra los barrotes de las jaulas, otros caen en bajones depresivos, o tornándose irascibles. Todas conductas que desdibujan el espectáculo, y, por lo tanto, acaban siendo sacrificados. Son muertes que a nadie conmueven; mueren tal si no murieran, igual a las hojas derrumbadas por el otoño. Sus carnes terminarán alimentando a las otras fieras. Además, pasan gran parte de la vida en medios de transporte, y viajan miles de kilómetros cada año reclui dos en minúsculos remolques, saltando del frío extremo al calor intratable. ¿Los animales salvajes son artistas? Cuando un adul to presencia la actuación, ¿se preguntará cómo llegaron al circo esos animales? ¿Cómo aprendieron el número artísti co que representan? Aparecen en la pista luciendo ropajes de oropel (que muchas veces ocultan cicatrices), y ejecutan anóma las prácticas, pobladas de acciones artificiosas, movimien tos totalmente distantes a la tendencia de cada especie. Soportando adiestramientos crueles que van del maltrato corporal al psicológico. Los métodos proveedores de obe diencia y aprendizaje los constituyen; azotes con cables de acero, patadas en los testículos, pinchos de metal, golpes con barras de hierro, descargas eléctricas, negación de comida y agua, y un estricto aislamiento. A fiera más hostil más rigidez en el castigo. Y aquellos que puedan portar algún peligro entran en fase de reconversión; las temibles garras de los felinos sufren amputaciones, y los asustadores dientes incisivos de los chimpancés rápidamen te son extraídos. El espectáculo circense empleando animales, condu ce a los niños a la negación de empatía hacia los seres vivos de otro tipo, implantándoles la imagen de diversión proveniente de criaturas oprimidas y humilladas, respon diendo al restallar del látigo, al mandato del miedo.
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-¡Los circos entretienen a la niñez! Realmente, ¿qué ve y qué escucha la infancia? Sólo gruñidos arrancados de gargantas angustiadas, fuegos inter nos hechos cenizas, ruinas existenciales moviendo pasos, corazones vencidos, ojos sin lágrimas, miradas buscando la sepultura; despojos vivientes clavados al madero de la maldad humana. -Los circos traen conocimientos. ¡Traen cultura! Es imprescindible romper el mito, que el maltrato animal es cultura; aturde más el estruendo de la crueldad que la campanada cultural. -¡Los animales están protegidos y bien alimentados! Esa frase la repiten los que inventaron el argumento buscando inflarse los bolsillos. No obstante, tales palabras jamás borrarán la realidad: un circo es una condena a pri sión perpetua para los “irracionales”. De allí, ellos nunca saldrán con vida. Circos sí, ¡pero sin animales!
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BOBBY, EL PERRO QUE VIVE EN LA AUSENCIA.
.¿A todos los policías de Gran Bretaña se les
llama Bobby en homenaje a un perro?
La siguiente historia tuvo por escenario Edimburgo, Escocia, ciudad de casas encantadas gimiendo entre ruidos inquietantes, con errabundos fantasmas transitando entre tinieblas sin hallar el asidero del descanso, y, donde aún colea el tétrico tiempo de los ladrones de cadáveres. En mitad del siglo XIX, cuando la pésima economía de Gran Bretaña hundía a Jonh Grey (Jock), un modesto jardinero, el dedo de la urgencia le mostró el camino del escape de la miseria. A fin de darle un vuelco a las penu rias, en compañía de la familia estableció residencia en la capital. Mas, la mala época de la jardinería, indujo a Jock a archivar el cuidado de las plantas, e inclinarse por cuidar a los vecinos haciéndose policía. Y, remando contra el viento, convirtiendo la paga en elástica, exprimió cada mo neda hasta que la familia pisó terrenos de estabilidad. Sin embargo, la vida familiar necesitaba un componente más que rematara el arraigo, para que, de paso, alegrara la dureza de aquellos años. La palabra adopción abrió los corazones. A comienzos de 1857 un perrito entró en la casa. Tratábase de un skye terrier (raza canina originaria de la isla de Skye). Lo llamaron Bobby. Y Bobby, tal vez de seando aliviar la diaria lucha marcada por el pan, devino en compañero inseparable de Jock; donde iba el hombre, igual que una sombra iba el chucho. La afinidad consolidó al dúo: uno sin el otro no podían vivir. Jornada tras jornada Bobby acompañó a John en su labor policial, participando de las patrullas cual un agente
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más. La tierna amistad atrajo la simpatía de todos. Bobby logró el reconocimiento de los otros policías, siendo queri do y respetado cual un camarada perteneciente al cuerpo. En diciembre de 1857, un capitán de la Marina britá nica visitó Edimburgo. La impresión de ciudad culta, de hermosas edificaciones, con espléndidas obras de arte, viose empañada por un detalle; la población usaba relojes y había relojes en los edificios públicos, mas todos con una hora distinta. Un año después, a raíz de su intervención, la anomalía desapareció. A fin de que todos pudieran ajustar el suyo, diariamente, a las trece horas en punto, en la explanada del Castillo de Edimburgo se disparaba una serie de cañonazos (costumbre mantenida hasta hoy). El sargento Scott -gran amigo de John Grey, cumplía servicio en el castillo- y Bobby entablaron una buena amistad. El sargento acostumbraba llevarse el perro al lugar de trabajo. El can rápidamente obtuvo el cariño de los uniformados allí emplazados. Scott, encargábase de efectuar los disparos del cañón de la señal horaria. Bobby, aprovechando el descanso de Jock, a diario acudía a la co lina a presenciar la salva de las trece horas. Concluidos los cañonazos, y cuando el estómago lo llamaba al almuerzo, regresaba a la casa. La amistad de Jock y Bobby fue de corto recorrido. En el interior del hombre residía un activo enemigo. Una endémica enfermedad que le afectaba los pulmones, y en aquel tiempo sólo pronunciar el nombre producía espanto: ¡tuberculosis! El mal le provocaba dolorosos arre batos de tos, entorpeciéndole la movilidad. Sólo Bobby era conocedor de la letal desgracia. Cada vez que a Jock lo atacaba la tos, veía que el rostro mudaba, tal si la falta de aire lo pintara color rubí. El sufrimiento del amigo abatía al perrito, que, con ojos de comprensión, meneando la cola, pegábase a las piernas de Jock a ocultar en los bajos del pantalón su infinita tristeza. No obstante, John Grey no conoció el rechazo social ni el ineludible despido del cuerpo, porque la muerte tuvo
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la deferencia de cortarle el padecimiento. ¡La tuberculosis lo convirtió en difunto el 15 de febrero de 1858! Por expreso pedido de los compañeros de John, los deudos accedieron a enterrarlo exactamente a las trece horas. El sargento Scott, con el ánimo tiritando en un sollo zo, disparó el cañón despidiendo al amigo. Fue el único homenaje que recibió John Grey en su concluyente partida. Lo enterraron en el pequeño cementerio cercano a la iglesia de Greyfriars (Iglesia Presbiteriana). Sin lógica que apuntalara el entendimiento, Bobby se ocultó entre las sepulturas y ahí quedó. Las horas trans currieron palpitando en la inmovilidad del silente sitio. Al oscurecer, portando la dicha recluida en el recuerdo, y el silencio fustigándole la fragilidad, un impulso lo echó sobre la tumba del amigo. El plomo del pesar lo derruía. Era invierno. El cielo soltaba lágrimas de nieve en la noche aterida, esculpiendo en el rostro de la superficie formas con algodones congelados. El perrillo amoldó al suelo su callada presencia, dejando que la mirada recorriera las tinieblas cual esperanza sin destino. El césped encharca do, las lápidas en pie, la arboleda sobrecogedora, escolta ban la honda desolación del can. El tumbo del tiempo unido al cansancio, lo durmió. James Brown, el anciano jardinero de la iglesia y a la vez cuidador del cementerio, a la mañana siguiente ha lló al perro durmiendo arriba del sepulcro. La escena le cortó la respiración, y la vista cansada claudicó delante de tamaña demostración de amor. Bobby abrió los ojos. La humedad agazapada en el aire le convirtió el despertar en un gélido desperezo. Sólo los latidos del corazón musican do el viaje de la sangre, componían la savia de su aliento. El viejo James, aunque perforado por la pena, debió obedecer las ordenanzas (que prohibían estrictamente el acceso de perros a la necrópolis) y tuvo que espantarlo. Bobby permaneció rondando por las cercanías. Cuando la noche adquirió vigor, regresó. Al despuntar el nuevo día, la figura del animalito acostado encima de la fosa, emer gió frente al sorprendido mirar del señor Brown.
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Así diariamente fue repitiéndose la escena, derivan do en una suerte de ritual; James Brown lo expulsaba y amparado en la oscuridad, Bobby volvía. Tras acomodarse sobre el túmulo, lograba dormirse en el álgido regazo del ambiente. La baja temperatura castigábalo con desconside rada inclemencia. Él resistía el gélido ataque, entibiando la tumba y pidiéndole piedad al acoso invernal. Al alumbrar el otro día, James Brown se consterna ba frente al tembloroso ovillo de pelo acurrucado encima de la fosa, como si desafiando al frío le pasara su calor al cadáver del amigo. La familia de John Grey venía a por él. Incluso, el sargento Scott intentó adoptarlo. Pero todo cuajaba en un deseo inútil; el perrillo huía a la necrópolis a instalarse en el amplexo de la sepultura. Igualmente, algunos vecinos residentes en las cercanías, por las noches lo llevaban a sus casas alejándolo del frío. Mas el perrito no transigía, sentíase preso y aullaba lastimosamente, hasta que acce dían a dejarlo volver al túmulo del inolvidable Jock. En esos años difíciles, el pan giraba en torno a un solo trabajo de largas horas y corta paga. Sin embargo, el bueno de James Brown arriesgó el puesto, al permitir que Bobby se quedara. El admirable gesto del anciano afloró la sensibilidad de la gente, que arriesgándose a duras sancio nes, premiaron la fidelidad del perrillo trayéndole comida y agua tibia. Las autoridades del condado y los religiosos de la iglesia de Greyfriars, vencidos por el empeño del perrito, resolvieron tolerar su inquebrantable presencia. A muchas personas alegró la comprensiva decisión, dado que Bobby constituía el guardián de los muertos, pues aún asustaba la acción de los ladrones de cadáveres (tan aciagos en las primeras décadas del siglo XIX). Más por falta de cariño que por hambre, ergo oír los cañonazos de las trece horas, Bobby acudía al Café Traills (al que iba con Jock en los días felices), pues el dueño le
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daba el almuerzo. Allí su asistencia era tan esperada, que hasta poseía plato propio. Acabado el invierno, el frío emigró a otras latitudes llevándose la condena de grilletes helados. La primavera arribó. El sol ya escalaba las mañanas acercando susurros de caricias con revuelos de sonrisas. Todo había cambiado. La vitalidad de la luz destapaba existencias. Los colores lucían revividos, en la cima de las piedras anidaban los destellos. Los árboles convertíanse en campanas verdes, los pajarillos aturdían desde la cumbre de los gajos. El verano se presentó, el sol, astro de fuego y sostén de la naturaleza, con áureo rostro y diadema de oro, des de temprano crepitaba en el confín de lo desconocido. Durante el día Febo bruñía el mármol funerario, y detrás del escarlata vespertino, las noches navegaban en un inson dable mar de estrellas. El desembarco del otoño teñía de dorado la arbole da. Los ramajes derramaban en la tierra insonoras hojas secas, dejando tras cada caída las copas despobladas y los nidos indefensos. Y otra vez la noche con sus ahumadas alas paseando de tumba en tumba, destejiendo siluetas, trepando el andamiaje de la quietud. Después, la entrada de un sol tímido le definía el camino a la nueva jornada. El invierno volvió obsequiando glaciales manotazos, corriendo cementerio adentro, colocando su afilado soplo en el yerto ambiente. Al amanecer, el sol saltaba desde el infinito trayendo auroras acunadas en lejanas lumbres. Así, estación tras estación, año tras año. Y Bobby ahí, siempre ahí. Acondicionando el cuerpo a una esférica postura, tal si buscara abrigo en la calidez del propio pelo. En 1867, a raíz del aumento de perros abandonados, a veces portadores de rabia (por entonces mortal amenaza para los humanos), los gobernantes de Edimburgo optaron por endurecer la normativa, decretando la obligatoriedad de matricular a todos los canes de la ciudad. Y los que no estuvieran registrados serían ejecutados de inmediato. La flamante exigencia le complicó la vida a Bobby, porque el fallecimiento de John Grey habíale endosado el rótulo de perro vagabundo. Todos lo amaban, mas nadie se había
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hecho cargo de él ni pagaba la licencia. Y tamaño status conducía a la muerte. ¡La parca le pisaba los talones, él no lo sabía! ¿Qué hacer? El brío del exterminio empezaba a cercarlo. ¿El instinto de conservación podía salvarlo? El estilete del trágico final no le cayó en los huesos, gracias a que la fortuna le arrimó una mano amiga; el Lord Provost de Edimburgo, sir William Chambers, al enterarse de la peligrosa situación del popular animalito, costeó la licencia que lo amparaba bajo el manto legal. Le puso un collar con una placa en la que leíase: "Greyfriars Bobby from the Lord Provost, 1867-Licensed". Licencia que fue renovada cada año. Bobby salió doblemente favorecido, pues el Provost sir Chambers, apoyándose en el amor de la gente hacia el perrito, venció la reticencia de los religiosos de la iglesia de Greyfriars, y ordenó construir una caseta pegada a la tumba de John Grey, a fin de que el can tuviera donde refugiarse de las temperaturas más inclementes. El tiempo continuó enhebrando calores y fríos, céfi ros, vientos y nevadas, sin importarle la suerte del perrito que permanecía acompañando al amigo ausente. El rudo invierno de 1872, justo cuando el calendario marcaba el amanecer del 14 de enero, desde el fondo de la tenebrosidad vino la muerte desatascando resistencias, y al desplomarse sobre Bobby, recubrió de inmovilidad su destino de arcilla. Los pequeños párpados se cerraron; la respiración claudicó ante la carga de la quietud. Aquellos ojos ya nunca más verían los navajazos del rayo, ni la arbo leda devorada por la niebla, ni las lápidas sacudidas por el viento enrabietado. ¡Bobby había muerto! La despiadada mano de la parca lo llevó mientras dormía. Las lágrimas, al humedecer el despertar de Edimburgo, anudaron gargan tas; destrozó corazones. -¡Bobby has died! ¡Bobby has died! -gritaba la gente -¡Bobby has died! –respondía el eco entristecido. El perrito, el amado perrito, ya era pasajero de un tiempo inagotable.
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Su adiós le puso colofón a catorce años de constante compañía. Catorce años consumidos derramando el fervor de la lealtad, sin ceder nunca a los llamados del bienestar de una casa, ni a las caricias de otra gente. Catorce años con una única imagen engarzada a la memoria; la imagen de Jock, el amigo del alma. El pueblo, por unánime consenso, resolvió que fuera enterrado en el cementerio de Greyfriars, a pocos pasos de la sepultura de John Grey. La baronesa Angela Georgina Burdett-Coutts, a fin de que la gesta del perrito no naufragara en el olvido, le pidió al artista William Brody una escultura de bronce. El 15 de noviembre de 1873 inauguraron el monumento casi a escondidas, pues no hubo ninguna ceremonia. Lo emplaza ron en la cuesta de Candlemakers. A escasa distancia de la entrada principal del cementerio; frente al Café Traills (que todavía existe bajo el nombre de Bobby's Bar). Tanto el plato como el collar de Bobby se conservan en Hunt Hose Museum (un museo dedicado a la historia de Edimburgo). De él se escribieron muchos libros, y filmaron nume rosas películas. Su gesta traspasó fronteras, viajando de boca en boca, en sellos de correo, en tarjetas postales. Actualmente rivaliza en notoriedad con el Castillo de Edimburgo. Ningún turista que visite la ciudad deja de fotografiarse al pie de la escultura de Greyfriars Bobby. Pero quizás, la mayor recompensa está reflejada en un hecho; el pueblo británico a todos los policías los llama Bobby, en honor al inolvidable perrito. No obstante, después de los 137 años transcurridos desde el fallecimiento, aún flota en la atmósfera de Edim burgo una pregunta: Bobby, ¿fue un mártir de la lealtad?

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BUCÉFALO, EL CABALLO DE ALEJANDRO MAGNO.
Desde la altura de su lomo se edificó un imperio con más de 20 millones de kilómetros cuadrados
Pella, Macedonia, 356 aC. La atmósfera aparecía poblada de disímiles ropajes, los muros implantaban una magnitud altiva, dentro del castillo, las imágenes, enlazadas a la perennidad de lo efímero, íbanse acomodando en la explosión del arribo. Una chispa de esperan za ponía destellos en la mirada, y la luminiscencia de las pupilas eran anclajes de espera. Un mutismo grato, un episo dio trascendental, un acto ceremonioso; Olimpia, (375-316 aC) la princesa epirota, esposa de Filipo II (382-336 aC), se preparaba a engendrar. La jornada detuvo el paso y el sabor del trance acu rrucábase en los rincones. El doloroso atronar del parto descabalgó la carne rosada que derritió corazones. Había nacido Alejandro Magno. La vida arrancó de las profundas raíces del árbol, estremeciendo el descanso de las hojas, a fin de poner un canto en la estatura de la nueva rama, depositan do en el semblante de la tierra aquel ser de breve tamaño, párpados cerrados, y respiración colgada en el ambular del sonido. El llanto del primogénito, guiado por el pestañear de las lámparas, avanzó pasillos adentro rumbo a las estancias y los frisos, rompiendo la monotonía de fogones y alacenas, horadando las paredes, ciñendo los patios, rebotando en las caballerizas, disolviendo las murallas. El eco dulce del lloro llenaba el vacío desatando sentimientos, esparciendo ternu ra. Los dioses sonreían soltando centellas de beneplácito. Abrazos al padre y besos a la madre, devinieron en tran seúntes repetidos. La princesa quedó aletargada, suspirando en la recon fortante satisfacción, por haber puesto una barca más en la corriente de la existencia. La brisa, viniendo de lueñes potes
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tades, bajó por los etéreos senderos trayendo una caricia de sedas impalpables. Tesalia, Macedonia, 353 aC. Tierra donde el espacio desnudábase acaparando reco rrido, y los ojos viajaban con libertad de horizonte; con sed de paisaje. Allí el tiempo prescindía de rastro para conver tirse en pasajero de andar pausado, y el día a día era la metá fora que apuntalaba los sueños. Sitio en el que los vientos removían pastizales haciendo de las horas un desfile de aromas silvestres, y del trino de las aves el sutil aderezo del respirar eterno. Los ríos semejaban a venas retorcidas atra vesando la epidermis de la superficie. La llanura tenía una vecindad de montañas, prados, bosques y caseríos. Los soplos transparentes del cielo, derivaban en aéreos peregrinos marchando hacia la noche cargada de misterios. Adentro del establo una yegua próxima a parir. Unos hombres de facciones tensas rodeábanla. Un silencio apenas quebrado por el vuelo de algún carraspeo, aturdía la espera. La yegua se estremeció, las patas temblaron, un mudo agitar, crujió la madera; contracciones, gemidos, fuerza, nació el potrillo. Bucéfalo desembarcó en el mundo. El contento, mutado en fragancia, colgó sonrisas en el atril del aire, apeando la inquietud amontonada en el nudo del lance. Rápidamente el nacimiento conformó el desplegar del sosiego. En una distan cia de luna y sol la geografía dibujó el amanecer. La noche huyó dejándole su color en el pelo del recién llegado, y una estrella blanca en la faz. Febo derramó luz en este lado del planeta. Una fresca sustantividad llenaba las hendiduras. A Alejandro lo educó la institutriz Lánice y Leónidas, parientes de la madre. Mas, la voluntad paterna impuso otro norte, y a partir del 345 aC. fue discípulo de Aristóteles, cons tituyéndose en el alumno favorito del filósofo. El muchacho pronto destapó un carácter ególatra y dejó ver tendencia hacia lo heroico, aunque no despojada de una aureola místi ca. Luego afirmó relieve como buen gobernante, y cuajó noto riedad por hacer de la guerra su libertad de expresión. A los dieciséis años combatía igual al más experimentado guerrero, a los dieciocho hízose jefe de caballería, y a los veinte subió
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al trono, siendo enmarcado por el arco iris de disímiles epíte tos: Alejandro Magno, Gran Rey, El Gran Conquistador, y Constructor de la Patria Helena. Un día, una solicitud plantó desconcierto en Filipo II, Alejandro le pidió caballos de Tesalia, los mejores para gue rrear, ya que alentaba deseos de potenciar la capacidad del ejército. El tesalio Filónio acudió al llamado de Filipo II. Entre los ejemplares que presentó, lucía un bello corcel de brillante pelaje azabache y genio bravío, llamado Bucéfalo (cabeza de buey, en griego), al ser de perfil un tanto cóncavo, anchurosa cara redondeada, y en la frente portaba una mancha blanca en forma de estrella. Filónio pidió por el animal treinta talen tos. Sin embargo, un imprevisto puso trabas a la transacción. Bucéfalo, al verse rodeado de tanta gente, sacó al escenario un temperamento huraño e indómito, soltando relinchos y coces por doquier. Al verlo tan receloso y agresivo, la sorpre sa aprehendió a los allí reunidos. No obstante, la admiración permanecía asentada en toda su hermosura y pujanza. Filipo II llamó a escena al más diestro de los jinetes de la Corte. Pero, el belicoso équido no estaba para ofrecer espectáculo y menos para edulcorar el ego de nadie; en un tris puso en el suelo los huesos del osado caballero. Otros, viendo la ocasión de ganar puntos en la consideración del rey, también lo intentaron. Uno a uno Bucéfalo los fue tirando a los pies del monarca. Este, no tuvo otra salida que echar an clas en la tajante realidad; ningún desbravador podría domar al salvaje caballo. Lo rechazó. Empero, Alejandro, de tanto observar el impetuoso carácter del corcel, que exitábase fácilmente y en un corcovo derribaba a quien lo montara, dedujo que en la raíz de tal comportamiento residía una necesidad; escabullirse de su som bra. Sintiéndose poseedor del “secreto”, soltó el nudo y el manto buscó el suelo, se aproximó, sin ambages sujetó las bridas, y tras acariciarle el cogote, con resuelto salto le cayó sobre el lomo. Inmediatamente lo puso de cara al sol, y en el subsecuente espoleo le envió un mensaje de autoridad. El animal, viéndose desprovisto de sombra forcejeaba desespera do, consumiéndose en dispares cabriolas, hasta que la fatiga
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le aconsejó admitir la situación, y entrar en la vertiente pro puesta por el hombre. Los presentes quedaron encadenados al cepo del pas mo. Si bien, cuando Bucéfalo asumió la docilidad, el contexto estampó en los rostros humanos una expresión de alegría. Los vítores rompieron el ritmo matinal. Filipo II, desde el apogeo del éxtasis, gritó: “Hijo, búscate un reino que se iguale a tu grandeza, porque Macedonia es pequeña para ti”. El caballo aprendió lo malo de vivir esquivando opacida des. El joven príncipe encontró al mejor amigo. A partir de ese día, Alejandro y Bucéfalo formaron un encastre; vidas y avatares fueron un conjunto existencial. Bucéfalo, el corcel más vigoroso y veloz, acompañó al líder macedonio en el despliegue de las conquistas. Desde la estatura de su alzada, Alejandro construyó un imperio que la mirada no podía atrapar; más de veinte millones de kilóme tros cuadrado. Armaduras severas, cascos metálicos, corceles ornamen tados poniendo en el caracolero pinceladas de colores, arriba el firmamento asomado, abajo la batalla invitando al heroís mo, galopes, lanzas, gritos, babas, sudor, maldiciones, quites, agachadas, caídas, tierra hecha remolino, espadas converti das en arados, sangre regando el suelo, hachas en tenebroso viaje, escudos rotos, huesos machacados, cansancio, dolor, agonía; la muerte repartiendo fortuna entre intenciones de saqueos, espadazos abriendo heridas, sembrando gangrenas. Después, una retahíla de huérfanos, desamparo, hambre… Bucéfalo vio todo. Lo vivió todo. En cada combate el caballo demostraba un espíritu gue rrero nada común. Con irisado coraje resueltamente fundía el cuerpo en el fragor de la pugna. Tanto Alejandro como el ejército macedonio, confiaban en esa estimulante capacidad para la lucha. Bucéfalo se revolvía igual que una exhalación, corcoveando sin parar y girándose a fin de facilitar la efecti vidad del Magno. La avenencia enlazando a hombre y animal resultaba sorprendente. Alejandro era conciente, que en la marejada de toda contienda su integridad física dependía de los burbujeantes
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reflejos y agilidad de Bucéfalo. Por eso dispensábale un trato especial; atravesó miles y miles de kilómetros sin llevar carga alguna. Montándolo solamente a la hora que la lid llamaba a la participación. De allí que el respiro saludable ensamblando la musculatura, le acentuara la estampa. Una estampa que imponía respeto. En 335 aC, Alejandro, sintiéndose Dios, al frente de su ejército en Tebas, Grecia Central, conjugó el verbo destruir y a continuación plantó dominio en Atenas. En Sinedrio, Corinto, ergo un arranque de humildad, concedióse el título de “Generalísimo de los helenos”. Así siendo, encabezando el enjambre invasor pisaba con brioso pie el espacio de otros propietarios. El tronar de las herra duras estremecía arbustos y pueblos. El hombre, amasado en pedernal y exhalando temibles resoplidos, alzaba la prestan cia cual pendón sonoro. Liderando un ejército de vidriados ojos, mirar gélido, cejas erguidas desde la opacidad de la mano armada, y las sienes palpitando al compás del aterrador péndulo de espinas, en imparable arremetida le metió la zar pa a Tiro y Sidón. Cruzó el Helespanto (334 aC). Una victoria sobre los sátrapas junto al río Cránico, le permitió liberar Sardes y las ciudades griegas de Asia. Haciendo de la fuerza el puente a la apropiación, capturó Mileto y Halicarnaso. Luego de atravesar Licia y Panfilia arribó a Frigia, su capital. -¡Soy Dios! –repetía, mirándose en el espejo del aire. En Gordiom (Asia menor, península de Antolia, actual Turquía), una importante ruta comercial que unía el Bósforo y Antioquia, plato apetecido en las miras expansionistas del macedonio, le presentaron un nudo que enlazaba el carro y la lanza de Gordio, un antiguo rey de Frigia, advirtiéndole que de acuerdo a la leyenda, “quien lograra deshacer aquel nudo sería el dueño de Asia”. En muchos intentos nadie cosechó aplausos. Alejandro, reconociéndose incapaz de zanjar éxito samente el desafío, desenvainó la espada y de un certero tajo cortó el nudo. Bucéfalo, bajó la cabeza y escarbó el suelo demostrando malestar, pues esperaba del Magno una reacción más inteligente. Y allá se fueron, con el noble bruto cargando al bruto
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noble, para juntos descifrar la confusa estrategia del horizon te, dejando al nudo gordiano sumido en lo que realmente era; una tradición oral más. Alejandro orientó las pisadas rumbo a Cilicia pensando en adueñarse del resto de Fenicia, y seguidamente de Egipto, a fin de escamotearle sus bases a la flota persa. Tras la con quista de Palestina introdujo el avasallamiento en Egipto, que capituló sin combatir. Allí le hizo una visita al oráculo de Amón, Siwah, en pleno desierto. Los sacerdotes, por miedo o porque vieron el él una nueva divinidad, le otorgaron la jerar quía de “Hijo de Amón”, como si fuera un auténtico faraón. El delta del Nilo le cedió terrenos, y en ese sitio fundó Alejandría, que debía erigirse en el gran puerto de conexión con el Egeo. Acto seguido traspuso el Éufrates y el Tigris, y en los altos tornos de la refriega tomó Babilonia, Susa, Pasar gadal, Ecbatana, e incendió Persépolis en represalia por la destrucción de Jerjes, ciudad símbolo del Imperio Persa. Mandíbulas voraces devorando banderas abatidas, mar chaban a encharcar la existencia de poblaciones, imponiendo un aluvión de movimientos depredadores adobados en el brillo de la codicia. Cascos altivos, herraduras trayendo la muerte para gloria del invasor y desdoro del vencido. La potencia macedónica barrió pastos, ríos, arcillas, vidas; engordando enmarañados tentáculos bajo el gruñido de marejadas repeti das. Pariendo un panorama de puertas arrancadas, muecas sumisas, habitantes desprotegidos, corazones atesorando mie dos, cenizas enmohecidas, ruinas apagadas, fosas de bocas hambrientas, horizontes en constante alejamiento. Makhairas, arcos, flechas, jabalinas, thureos, doratías, hachas, irrumpie ron en el abigarrado cruce de destinos y sepultaron reinos, monarquías, ciudades, regiones, consiguiendo que las garras sucias hurgaran riquezas que aludían a otros zarpazos, a otras lágrimas. Hermanando ajetreos, padecimiento y aguante, subido a hombros de la impertinencia, exprimiendo el oxígeno, Ale jandro aplastó flores, desenterró raíces, abrió el estómago mineral, llevando fuego, encendiendo pupilas. Frente al uni verso apuntando a un final de tierra removida, arrebataba las mieles apetecidas sin contemplar la consecuencia del manota
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zo precursor de tanto sufrimiento ajeno. Parapetado detrás de los nerviosos dedos que repartirían la dimensión del botín, acrecentó anhelos de color sangre, Alejandro creíase Dios. Bucéfalo vio todo. Lo vivió todo. Las fuerzas egipcias, se unieron al ímpetu de su fiebre arrasadora, entonces, ondeando la prepotencia el Magno par tió hacia el Imperio Aqueménida. Venció al ejército persa del rey Darío III en la sangrienta batalla de Issos (331 aC). Esta batalla estableció un hito en la vida de Alejandro y Bucéfalo. El enfrentamiento tuvo lugar en la falda de una colina. Los hipaspistas clavaron rodillas. Pronto el volar de las flechas oscureció el cielo. Después, los pezhetairdis, sarissas en punta abrieron bandas, y las tropas avanzaron unas encima de otras. Los guerreros sujetábanse a las cabalgaduras igual que pulpos encolerizados a fin de matar y matarse. En un soplo quedaron atrapados en las esquivas estratagemas de la superficie. La polvareda comprimía el sudor, resecaba las gargantas, entor pecía la visión. En un revoltijo de polvo, galopes cortos, pala brotas, coraje y caídas, esculpieron el paisaje de siempre; hombres moribundos, caballos destripados, cascos rodando a la deriva, thureos abollados, argivos partidos, doratías ensan grentadas, víctimas esparcidas tal calderos de sal y cera, mira das blancas, manos frías, piernas oblicuas, aceptación del hir suto adiós. Carne troceada por la escarpadura de la codicia, abatida por el ruido del oro. Y la madre tierra recibiendo cual semillas el deceso de sus hijos infortunados. Un enemigo avanzó lanza en ristre, Bucéfalo se alzó en las patas traseras, Alejandro miró al costado viéndolo venir. Instintivamente tiró de las riendas echando el cuerpo hacia atrás para evitar la acometida, y resbaló cayendo en el cam po; perdiendo su kopis. El soldado partió a completar el ataque; la gloria lo esperaba atrás de la muerte del gran ma cedonio. Pero, cual un relámpago negro, Bucéfalo interfirió golpeando con las ancas al guerrero. El hombre perdió el equi librio, y el animal, aprovechando la ventaja, pudo aplicarle una tremenda coz en el pecho. A todo esto, Alejandro, de un brinco volvió a la verticalidad, y recuperando la espada rema tó en el suelo al rival. Mas otro adversario quiso lucrarse de la oportunidad, y metal en alto fue a por el Magno, quien, al
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estar de espalda, no lo vio. Y nuevamente Bucéfalo rompió la embestida soltando otra certera patada. El atacante voló dos metros y aterrizó lanzando alaridos de dolor, totalmente ven cido. A continuación, Alejandro saltó al lomo de Bucéfalo y prosiguieron la batalla. En medio de la algarabía generada por la victoria, el Magno recapituló lo sucedido. No era Dios. No era inmortal. La tan cacareada procedencia divina tambaleó enfrente de la evidencia: cualquier persona en impulso de muerte podía aca bar con él. Bucéfalo, al abrirle los ojos, habíale estampado la atronadora lección. Una vez en el campamento, premió al corcel dándole su comida preferida; una cesta de manzanas. Tras la derrota, Alejandro le perdonó la vida a Darío. Aunque, días después, la feroz lucha interna armó las manos que lograrían cortar la cabeza del monarca. Al triunfo de Issos, lo engrosó la sumisión del resto de países mediterráneos pertenecientes a los dominios persas. Posteriormente cayeron Alepo y Tápsaco. En una gran llanura entre Gahgamela y Arbela, al este del Tigris, le destructiva máquina usurpadora otra vez aplastó a los persas (331 aC). En Hircanio, al sureste del mar Caspio, unos soldados hircanos, intuyendo la influencia de Bucéfalo sobre las tropas invasoras, robaron el animal a fin de socavar el ánimo al ene migo. El robo, transformado en afrenta personal, desató la furia del jefe macedonio, qué airado amenazó: -¡Pasaré a cuchillo a los habitantes, incluidos mujeres y niños, si en un día no aparece mi caballo! Delante de tan drástica amenaza es fácil imaginar la rapidez de la devolución. Alejandro Magno llegó al matrimonio del brazo de la princesa bactriana, Roxana. Una mujer deslumbrada con las apetitosas comidas, los delicados tejidos y sutiles perfumes de la India. Tal admiración puso alas al incontenible interés de expansión, siempre latente en el gran macedonio. Una petición de ayuda del rey Taxila (reino afincado en la cuenca del Indo), sirvió para darle forma al escozor de la
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idea. En 327 aC. la apisonadora de guerra marchó llevando los ojos puestos en el inmenso territorio. Hombres convertidos en utensilios, sedientos de oro, ta llados en el hundimiento de pueblos oprimidos, hartos de pan arrebatado, dueños del aire, verdugos agrestes, hedonistas del sufrimiento infligido, turba ahíta de frondosos ademanes e intimidación, ojos impasibles, cinturas elásticas, arrogantes manos en tinieblas, brazos obedientes, puños apretados, pre sencias patibularias, sin más ley que la espada ni otro fin que someter o matar al perdedor. Ellos conmocionaron las piedras al estrépito de grebas e iphos, que cual pétalos grises sobre volando el abisal hueco del instante, y edificaron la altura calcinada, poniendo en los campos cadáveres sin nombres, sin andamiajes, sin sueños; sólo números ensanchando el balance de los triunfadores. La marabunta invasora arrasó Masaga, a Aornos le colgó el cartel de destrucción. El valle del Indo prestó el escenario para escenificar la derrota del rey hindú Poros. Ocurrió en la batalla de Hidaspes (326 aC). De acuerdo a crónicas de Diodoro Sículo, Flavio Arriano, Justino y Juniano, en esa batalla murió Bucéfalo. Encontró la muerte luchando denodadamente contra la fuerza de choque del ejército de Poros: los elefantes. Un ventarrón de cruda tristeza penetró en Alejandro. Los guerreros se miraban extrañados, sin asumir la ausencia del animal. El Magno, en estado de desaliento, roto de dolor, quedó hundido por la sorpresiva desaparición del corcel. Aisla do, sin poder desentrañar el arcano de la feroz partida, ajeno al estruendo del triunfo, aferrábase al recuerdo tal si buscara que las imágenes del ayer le apaciguaran el alma. La jornada desprendía olor a luz quemada, a viento sin recorrido, a polvo pegajoso, a quietud opresora, a greda sufri da. Alejandro dejó al cuidado de la tumba callada el cuerpo del amigo. Ahí acabó Bucéfalo; en una tierra que no era su tierra, y firmando un lugar destinado al recuerdo. Desde la estatura de la arboleda, las ramas volcaban encima del suelo marchito lágrimas de hojas sueltas, dejando las copas acurru cadas y los nidos midiendo el vacío. Ya nadie podría ver su
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estampa, ya nadie podría escuchar su relincho. Ya sólo calaba una imagen habitando la memoria. La pena de Alejandro Magno obtuvo virtud de homenaje por medio de Bucéfala, la ciudad que fundó junto a la sepul tura del inolvidable compañero. (De acuerdo a investigaciones posteriores, Bucéfala estuvo situada enfrente de la actual Jhelum, Punjab, noreste de Pakistán). A la vez, y a fin de inmortalizar la victoria sobre Poros, ordenó construir una segunda ciudad; Nicea. Levantada en el mismo campo de batalla. Nicea existió al menos un siglo. El Magno batió al rey hindú, si bien, impresionado por el valor y modos de encarar la guerra, desechó la ejecución de Poros, decidiendo edificar una alianza con él: lo nombró sátrapa del reino que perdiera al caer derrotado ante el exul tante macedonio. Atrapado en el búnker de sí mismo, a merced de la incansable evocación de Bucéfalo, a los pies de la abrumadora soledad, aturdido por el ondulante grito del silencio, Alejan dro enfiló los pasos al mundo que lo aguardaba; un mundo repleto de códigos pero carente de explicaciones. Y cuando el dolor abrió el puño determinando seguir hacia el Ganges, sucedió algo inaudito: ¡el ejército se amoti nó negándose a continuar! El desánimo por la muerte del caballo aún permanecía. Los hombres, pasando del sol a la luna sin poder evitar la mordedura de la reminiscencia, con la desolación enturbiando los gestos, y el sabor defendiendo la lágrima furtiva, los condujo a desoír la voz de mando del Gran Conquistador (Anotaciones de la época atribuyen la desobe diencia a que uno de los díádocos tuvo una visión, en la que Bucéfalo desaconsejaba nuevas incursiones). No obstante, y ergo unos días descansando la pena, el ejército aceptó reanudar la marcha, y en compacto bloque pu sieron proa al poderoso Imperio Magadha. Alejandro, montado en Bayo, su otra montura, batalló denodadamente hasta implantar el dominio ante los malios, y aunque salió triunfante, resultó malherido en un pulmón. Las
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fuerzas del macedonio destruyeron y ocuparon la ciudad de Malia. Mas, los hombres quisieron ver en la herida del Magno una advertencia de Bucéfalo, atribuyendo lo ocurrido a la fal ta de protección del animal. Aun postrado en una litera, desde el lecho de convale cencia Alejandro dirigió la invasión de amplias regiones de la India. Las consignas mantenían su esfera; vencer el objetivo, saquear el premio, y subyugar el castigo. Al consolidarse la conquista, el ejército otra vez cantó insubordinación. La falta del équido pesaba en el denuedo de cada militar. Alejandro saldó la insurrección ejecutando a los cabecillas. Sin haber superado nunca el fallecimiento de Bucéfalo, en Babilonia, a la edad de 33 años y siendo el 323 aC. la muerte le bajó el telón a la existencia del gran líder. (Todo indica que el motivo del deceso lo desencadenó la herida del pulmón, pues nunca cicatrizó, acabando por infectarse). Los diádocos, herederos del mando, dejaron que el sol de la conquista se apagara, hundiendo en la sombra el afán expansionista, y la huella tan duramente esculpida, terminó disolviéndose entre el cansancio y el desinterés. Alejandro Magno fundó unas setenta ciudades, dándole a muchas su nombre, por lo que en el mundo antiguo fueron conocidas por las “Alejandrías”. Han transcurrido 2.333 años y todavía en el seno de la historia palpita una pregunta: ¿aquel fabuloso ejército de cuarenta mil hombres, seguía a Alejandro o a Bucéfalo? En el LIBRO DE ALEXANDRE figuran estas cuadernas: “Buçifal conla muerte ovo a recreer, entendiólo el rey, ovo a deçender; fue leeal el caboso, non se dexó caere, fasta que vio al rey a sus pies tener. Buçifal cayó muerto a piedes del señor,
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remaneçió apeado el buen emperador; mintriemos si dixiéssemos que non avié dolor, mandólo soterrar a muy grant onor. Después fizo el rey, do yazié soterrado, poblar una çibdat de muro bien obrado, dixiéronle Buçifalia, nombre bien señalado, porque fuera assí el cavallo llamado”.

Es importante destacar que Bucéfalo no fue el único animal que acompañó a Alejandro Magno. También lo hizo Peritas, su fiel perro de apoyo, que dio la vida por defen derlo en una emboscada. De acuerdo a lo escrito por Sesión, y oído de Potamón de Lesbos, Alejandro, en homenaje al queri do amigo mandó construir una ciudad, poniendo en el centro una escultura del can. La llamó Peritas y estuvo situada en la confluencia del Acesines y el Indo, a ciento treinta kilómetros del actual Multan, Pakistán, y a cien de Ranjapur, India.

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CANELO, LA TRISTE HISTORIA DE UN PERRO TRISTE.
¿Una calle con el nombre de un can?
Con letras de constancia y pulso de lealtad, en la trimilenaria ciudad de Cádiz, un animal escribió una de las páginas más hermosas que la humanidad recuerde. A este animal lo llamaron "El perro de Cádiz" y también "El perro de todos". Incluso, alguien lo definió como “canis viator gardirense”, es decir, "perro callejero gaditano". Este can posee calle propia (y quizás sea el único en el mundo). El Ayuntamiento, gracias al empuje de AGADEN (Asociación Gaditana para la Defensa de la Vida y el Estu dio de la Naturaleza) y del pueblo, le dio ese nombre a la vía peatonal adyacente al Hospital Puerta del Mar, donde el chucho pasó los últimos años de su vida. La citada calle ostenta una rememorativa placa de bronce -obra de la es cultora Presentación Navarro-, donde puede verse al perro tumbado, mirando fijamente; en postura de espera. Esta historia empezó a rodar al final de la penúltima década del siglo XX, y los protagonistas son, un vagabundo doblegado por el padecimiento, y un perro de conducta mansa y silente andar. Para el mendigo su perro lo era todo; amor, amistad, y coraza contra el virulento soplo de la soledad. Y para el perro su dueño significaba el lengua je pleno reducido a dos palabras; un amigo. Las calles gaditanas los vieron pasar uniendo paseos y alegrías; el hombre vigilando al can con la amplitud del cariño, y el can husmeando en cada rincón, y enredándose en breves carreras con oponentes imaginarios. El indigente, una persona de salud quebrantada, aco gía un desagradable invasor; una enfermedad renal que lo obligaba a someterse a la acción renovadora de la diálisis cada semana. El perro, cual sombra asociada, acompañá balo hasta la entrada del Hospital Puerta del Mar.
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Aquella mañana el mendigo, al despedirse le dijo: -Espérame aquí, compañero. Y el "compañero", como siempre, quedó allí; firme. Pero ese día la dolencia adquirió tintes de gravedad, y al paciente tuvieron que ingresarlo de urgencia. Mientras tanto, el animal permanecía aguardándolo calmamente. Y ocurrió lo inevitable, ¡la muerte llegó sin preámbu los y al enfermo le firmó el fin de su existencia! El perro ignoraba que el amor y las caricias nunca más tornarían. Por la puerta que enmarcaba el regreso, el amigo no salió. Tal vez la muerte en bondadoso gesto, le dio otro camino a la retirada, librando al animal del trauma de la separación. Las horas desfilaron hacia el depósito del tiempo, y el portento del reencuentro se resistía a mostrar el rostro. En la memoria del can resonaba la frase que marcó el comienzo del desamparo: "Espérame aquí, compañero". Y ahí permanecía, repasando con mirar prolijo las figuras de quienes abandonaban el centro sanitario. Las jornadas pasaron y las preguntas corrieron rum bo al entendimiento de Cádiz; ¿qué hacía ese perro en la puerta del hospital? ¿Por qué sus ojos estaban clavados en la entrada? ¿Por qué volvía cuándo lo espantaban? La bús queda de respuestas iba abonando la curiosidad popular. No obstante, pronto la verdad descubrió el motivo de tan extraño comportamiento; el perro aguardaba al dueño, y el dueño había muerto al otro lado de la puerta. Rápidamente el drama del animal empezó a hallar cobijo en todas las conversaciones, y referíanse a él por el apelativo de Canelo (el color del pelaje). Y Canelo poco a poco devino en la personificación de la lealtad. El personal del hospital, los vecinos, y los taxistas con parada en el lugar, acoplaron el esmero al respeto, y atendieron sus necesidades. Por timidez o por un reflejo de cortesía, el chucho rechazaba el agua y la comida.
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Empero, en el momento que la debilidad afloró, la merma de fuerzas le propuso aceptar las invitaciones. El pobre comía y bebía, expresando un gesto humilde pobla do de miradas agradecidas, y movía la cola en réplica a las caricias que le daban. Muchos quisieron adoptarlo, mas en Canelo la deter minación lucía un único tono; la fidelidad. Y la fidelidad lo retenía en señera actitud, sin apartar la imagen del amigo refugiada en la memoria; deseando verlo aparecer con la sangre renovada, enarbolando la sonrisa, y trayendo en las manos abiertas el contacto que premiaría la espera. Los días transcurrieron conformando meses, los me ses al agruparse devinieron en años, y los años le agigan taron la desdicha en la emoción de la gente. Él aguantaba, atiborrado de firmeza, inaccesible al desaliento, y teniendo la intemperie como único abrigo. Las crónicas de entonces registran: "Desde Estados Unidos llegó una caseta de can destinada a su vivienda, pero las ordenanzas municipales prohibían tal instalación a las puertas del hospital". A Canelo no lo alteró la rigidez del Ayuntamiento, y continuó siendo lo que siempre fue; un "sin techo". La triste historia de este perro triste obtuvo resonan cia nacional e internacional. Los medios de comunicación hablaron de él, y apareció en los noticieros del mundo. La BBC le dedicó un conmovedor documental. Una mañana, Canelo sintió algo en forma de redon del que le silbaba sobre la cabeza, y antes que el instinto lo catapultara al salto de la fuga, la cuerda le aterrizó en el cuerpo y un tirón apretó el nudo del rigor cortándole la respiración. Se quedó con las patas abanicando el aire, haciendo de la impotencia el cepo de la desesperación. Lo llevaron a la perrera. Sin exhalar un gemido, Ca nelo integró su mansedumbre en los ladridos de los otros ocupantes del recinto –verdadero corredor de la muerte para los animales sin hogar-.
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¿Qué había ocurrido? Pues, que un caballero presen tó una denuncia quejándose por la permisividad otorgada al can, tan cerca del acceso al hospital y sin contemplar el riesgo de la salud pública. La reacción no tardó en aflorar; el pueblo gaditano, con AGADEN al frente, aunaron el grito y arremetieron contra las autoridades municipales. El imparable empeño obró el prodigio de la rectificación. El Ayuntamiento deci dió poner en la liberación una vertiente de simpatía, y lo convirtió en "perro indultado" (privando a la perrera del huésped más ilustre). La presión popular salvó a Canelo del "aislamiento preventivo" y de la guadaña sanitaria. AGADEN se hizo cargo de él, y tras vacunarlo y des parasitarlo, le arregló la documentación para que dejara de ser un "sin papeles". Y nuevamente hubo personas prestas a adoptarlo. Intentos baldíos, Canelo renunciaba a la acogida y volvía al sitio; a la atalaya de la expectativa. A él le constaba que el amigo entró por ahí y por ahí tendría que salir. El 9 de diciembre de 2002, días antes que el nuevo año desembarcara acercando campanadas, brindis y ale grías, Canelo, ahogado por la espera, cruzó una calle buscando un respiro, y la muerte vino a “saludarlo” montada en el ímpetu motorizado. En las inmediaciones del Hotel Playa Victoria, el descuido de un conductor lo descabalgó de la vida. El desaprensivo, al amparo de los reflejos de la chapa del automóvil, huyó a ocultarse entre los pliegues del anonimato. Canelo acabó tumbado, vencido; sintiendo los pulmones en fase decreciente, y maquillando el rostro del asfalto con su sangre generosa. La noticia ¡estremeció la ciudad! ¡La mudez afloró en las gargantas! Los niños mordieron las risas, la activi dad arrió banderas, la ambición detuvo los vaivenes, y el pueblo buscó en los corazones una lágrima de consuelo. La atmósfera capturaba el desgarro del silencio. A los ojos de Cádiz subió la tristeza, y el pesar congeló todos los gestos; el perro más querido había marchado al puerto del adiós.
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Así concluyeron doce años de ineficaz espera. Doce años consumidos palmo a palmo, minuto a minuto, mirada a mirada; ensamblando luces y sombras, fríos y calores, céfiros y tormentas. Al morir, el postrer pensamiento de Canelo viajó has ta el añorado amigo, llevándose cual regalo de despedida, el recuerdo del arrullo de sus palabras, la cariñosa tibieza de su mano, y el tintineo de su sonrisa. La vida de Canelo desapareció remando en la estela dibujada por la lealtad, y nos dejó lo único que nos podía dejar; un inolvidable mensaje de amor. El olvido no ha borrado su huella. Tan extensa infeli cidad permanece engarzada a la memoria de aquellos que lo amaron. Gente que transida de emoción, al pie de la placa estampó esta leyenda: "A Canelo, que durante 12 años esperó a las puertas del hospital a su amo fallecido. El pueblo de Cádiz como homenaje a su fidelidad. -Mayo de 2003". Este modesto animal, ergo haber vivido en estado de abandono, pasó a ser la musa de una pléyade de artis tas, saltando de las bellas artes a la música, y de la música a las letras. Miguel Torres López lo incluyó en la novela "Los que esperan". Pépin Muriel lo homenajeó en el libro infantil "El perro Canelo". El poeta Juan Pablo compuso el poema "A Canelo", al que pertenecen estos versos: "Te encuentro siempre triste y abatido, pero atento adonde tu mirada alcanza, porque aún no has perdido la esperanza, ni aceptas que tu amigo se haya ido". Si los deseos tienen alas, nuestros anhelos vuelan hacia ese recodo de la ilusión, donde seguramente están Canelo y el amigo; unidos para siempre en el abrazo que la felicidad concede a las almas puras.

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CLARA, LA MANSEDUMBRE HECHA RINOCERONTE.
Vivió para enriquecer a los pobres de empatía
Clara vio la muerte casi al nacer. Aún no contaba con un mes de vida, cuando unos “valientes” cazadores indios mataron a su madre. Huérfana y sin noción del ánimo que nutría al hombre, en 1738 la arrancaron de la selva natal para llevarla a Bengala. Allí la adoptó Jan Albert Sichterman (1692-1764), director de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales (Vereeningde Oostindis che Compagnie). Fue domesticada por la mano del cariño, y en premio a tanta obediencia gozaba de total libertad de movimientos en los jardines de la residencia. En 1740, la joven existencia de Clara entró por los carriles del cambio; Sichterman la regaló (o la vendió) a Douwe Mout van der Meer (1704-1761), capitán del barco Knappenhof. Ya sometida a la voluntad humana, partió desde In dia a los Países Bajos. El 22 de julio de 1741, el puerto de Rótterdam abrió las puertas del recibimiento, encerrán dola aún más en la hondura de la jaula que le hacía de vivienda. Desde la llegada de Ganda, conocido por el “rinoce ronte de Durero” (Albert Durero, 1471-1528), Clara era el quinto rinoceronte que arribaba a Europa. La gente quedó atónita al ver aquella mole de color pardo, tres metros cincuenta centímetros de longitud, uno sesenta de altura hasta la cruz de alzada, y unos dos mil doscientos kilos de peso. Piel gruesa y profundos pliegues formando placas rígidas articuladas entre sí a modo de co raza. Cabeza grande, rostro largo, ojos pequeños, y sobre el hocico puntiagudo un cuerno de cincuenta centímetros, grueso en la base y algo curvo hacia atrás, orejas picudas situadas encima de la testa y totalmente cubiertas de
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pelos. Patas cortas y robustas terminadas en tres enérgi cos dedos. Y la cola acabada en una borla de cerdas duras. En tanto Clara, digiriendo lejanías, despertando el estupor, consumiendo calendario, vio ante los ojos el tarta mudeo de la tristeza. La superficie le parecía un bulto ne gro mordido por el cielo, con poros callados reflejándose en los altos muros de las sombras; y ella ahí, rezumando temor. Todo deseo rebotaba en su infinito, recluido en me dio del enrejado de la gayola. Solamente el sol contribuía arrojando baldazos de luz, que espantaban las formas dibu jadas en el suelo por las edificaciones. La expectación generada por Clara, despertó en el dueño un inusitado afán comercial. Van der Meer colgó la capitanía en el timón del Knappenhof, y abandonó la nave gación a fin de dedicarse a exhibir la rinoceronte. Para él, el negocio estaba servido. Holanda dio el empujón de salida, que puso a la jo ven paquidermo en el tobogán conducente a Alemania, Austria, Prusia, Suiza, Francia, Polonia, Dinamarca, Bélgi ca, Italia e Inglaterra (el considerado mundo culto de la época). Recorrido europeo que repitió durante diecisiete largos años. Campos labrados sepultando sudores, calles rotas por el dolor del hastío, viviendas inundadas de sonrisas ocultando lágrimas, casas que escondían deseos detrás de las cortinas y debajo de las sábanas. Brumas sincopadas sembrando recuerdos. Viento paseándose, vertiendo polvo en el titilar de las flores, tapando los rostros, disolviendo humos. Y ella siempre encerrada, respirando el denso aire de ambiciones ajenas, mordiendo el ácido sabor del aisla miento, para que su deslumbrante figura fuera el abono que engordaba bolsillos de impertérrita codicia. No tenía familia, no tenía cariño, no tenía norte; sólo sal humedeci da en el silencio, crujiente de soledad. Alejada de toda amistad. Su vida exhalaba un inmóvil instante, parado delante de la curiosidad y el previo pago dando acceso al “espectáculo”.
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El impresionante aspecto acomodaba alas de asom bro. Aquella exótica criatura tan ricamente acorazada atraía la curiosidad, al punto de constituirse en tema de conversación. Aunque una mole tan intimidante generaba temor, los cuidadores sostenían que Clara era inofensiva, pues en ella habitaba la mansedumbre ahogando todo gri to, toda rebeldía. En 1743, van der Meer la llevó a “conocer” Bélgica. Obtuvo un gran éxito de público al mostrarla en Bruselas. En 1744 la recibió Alemania, extendiendo a dos años el periodo de “turismo” por tierras germanas. En la primave ra de 1746 la trasladaron a Hannover y luego a Hamburgo. En el verano viajó a Berlín, donde tuvo el “honor” de ser recibida por Federico II de Prusia (1712-1786). A finales de ese año desembarcó en Leipzig, pasando a ser “huésped destacada” del emperador Francisco I (1708-1765) y de la emperatriz María Teresa (1717-1780). El 13 de abril de 1747 viajó a Polonia, y fue recibida por el mismísimo Augusto III, el fuerte (1696-1763). A continuación regresó a Alemania, y por expreso deseo de Federico II la hospedaron en el Palacio de Kassel. Allí abrieron las puertas de los jardines para quien quisiera verla, erigiéndose en solaz del pueblo. En 1748 continuó el “tours” por el sur de Alemania. Vieron a Clara en Dresde, Ratisbona y Friburgo. En Dresde hizo una parada en Würzburg, ciudad que atesoraba el des cubrimiento de las nuevas escalas artísticas. Sitio donde posó para Johann Joachim Kaendler (1706-1775), escultor de la Corte y responsable de la noble Fábrica de Porcelana Meissen. Este artista la usó de modelo, estampando su figura en la fina decoración de los artículos. Durante aquel 1748 pasó la Pascua en Leipzig, y estuvo en la famosa posada Zum Pfau, lugar de encuentro de nobles y cortesanos, derivando en sonado reclamo publi citario para el establecimiento. Al ritmo de pitos y algarabía, en Estrasburgo, Fran cia, Clara recibió el año 1749. Seguidamente volvió a Alemania, “actuando” en Stuttgart, Augsburg, Nuremberg, y Leiden, Holanda. Des pués pasó a Suiza, presentándose en Zurich y Basilea.
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Ciudades uniendo hollines, bocas babeando disímiles ambiciones, dientes careados por la avidez; todos prestos a deleitarse observando la especie dominada. El público concebía a Clara, cual una reina residien do en un rosado castillo. Pero, por detrás transitaba otra realidad; ese castillo tenía muchas puertas cerradas y ninguna ventana abierta. Habitaba adentro de las enreja das paredes de una jaula. No podía moverse en tanta estrechez, y debía comer sobre los excrementos que piso teaba por deferencia de la digestión. Tamaña existencia, semejábase al arrebol de la tarde corriendo a refugiarse detrás de los cerros. En diciembre de 1749 tornó a Francia. El rey Luís XV (1710-1774), quiso hospedarla en el Palacio de Versalles, donde permaneció cuatro lentos meses, siendo expuesta a la nobleza y autoridades eclesiásticas. En París causó gran revuelo. Incluso derivó en musa de poetas, trovadores y pintores. Además, gracias a la sin gular docilidad y fácil adaptación a los modos humanos, fue estudiada por los naturalistas, Georges Louis Leclerc, conde de Buffon (1707-1788) y Jean-Baptiste Oudry (16861755). Este último, cediendo al llamado de su otra pasión, la pintó al tamaño natural (cuadro que aún se conserva). Los días de Clara cuajaban eternos crepúsculos, y los amaneceres tornábanse una continuidad de la noche existencial. Vivía como un lago que no acunaba el semblan te de las estrellas; tal una espiga desgranándose sin ruido. Siempre con el pensamiento embrollado, envuelta en un respiro tenso, ebria de hurgar monotonía, ávida de espa cios abiertos; sin patas para recorrer la libertad, sin ojos para degustar los paisajes, masticando esperas en tierra de otras tierras, entre olas azules de otros cielos, viendo otras criaturas, acumulando penas del mismo tono. Doscientos años antes, a comienzos de 1514, el sul tán Muzafar II (1433-1516) le obsequió al gobernador de la India Portuguesa, Afonso Albuquerque (1453-1515), un rino ceronte llamado Ganda. Afonso Albuquerque, a su vez, se
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lo regaló al monarca portugués, Manoel I, el afortunado (1469-1521). Desde tiempos del Imperio Romano, Ganda fue el primer rinoceronte en pisar Europa, y gozó de una importante deferencia, llegando incluso a ser pintado por el artista alemán, Albert Durero. A esta paquidermo pudieron apreciarlo en la reserva privada de animales que poseía el rey, y también en un desfile por las calles de Lisboa. Manoel I se encariñó con Ganda. No obstante, y dado que en aquellas fechas dilucidá base la posesión de nuevas tierras en América, África y Oriente, el monarca, a fin de congraciarse y atraer simpa tías hacia Portugal, decidió regalárselo al personaje más influyente; el Papa León X (1475-1521). En 1516, Ganda subió al Nossa Senhora da Ajuda. Realizaría un largo viaje por aguas del Mediterráneo. Pero la embarcación no llegó a destino, ya que en medio de una fatídica tempestad naufragó en la costa de Liguria, junto a Porto Venere. La nave, en garras del viento desatado, hizo que el balanceo escorase al paquidermo a estribor, y a consecuencia del peso tumbó el barco, muriendo ahogado él y varios tripulantes. Todo rinoceronte es, indiscutible mente, un buen nadador, mas, tan notable cualidad no logró salvar a Ganda pues hallábase encadenado. El azote de la tempestad engendró la leyenda conocida por la gen te del mar, como “La venganza de Ganda”. Dicha leyenda aumentó posteriormente, a causa del hundimiento de otros barcos que también transportaban animales salvajes. Postrimería de 1749. En Marsella fue embarcada Clara rumbo a Italia, aunque, y debido a que la supers tición aún se mantenía viva, evitaron repetir la ruta del Nossa Senhora da Ajuda, y esquivar de este modo “La venganza de Ganda”. Debutó en las míticas Termas de Diocleciano, levan tando asombro. A cada presentación la premiaba una gran afluencia de espectadores. Habíase acostumbrado tanto al éxito, que los vivas y los aplausos le rebotaban sin razón ni agobio. La admiración no acompañaba la felicidad.
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Clara, existía aprisionada en el dolor del vacío, cual palabra sin voz, sensaciones sin recorrido, mies sin firma mento; teniendo el corazón siempre palpitando a desgano, cansada de esperar ternura, y los sueños caídos que nadie recogía porque a nadie interesaban. Para ella, los días constituían la noche adulta atesorando misterios igual que la boca de un muerto, dentro de la negrura reviviendo un cementerio sin llantos, atravesada por el bostezo olvida do, de hinojos frente a un mustio peregrinaje. Estando en Roma se le cayó el cuerno, algo normal en rinocerontes enclaustrados en espacios reducidos, pues con reiterada insistencia golpean y friegan la cornamenta contra las paredes de la jaula. Sin embargo, en el caso de Clara, algunas anotaciones de entonces, apuntan que le fue cortado por motivos de seguridad. De Roma viajó a Bologna y Milano. En 1751 encarnó la atracción principal del carnaval de Venecia. Por encargo de una aristocrática familia veneciana, Pietro Longhi (1701-1785), pintó “Exhibición de un rinoce ronte en Venecia”. Pintura donde aparece comiendo heno, rodeada de siete personas, algunas luciendo máscaras car navaleras, junto a un cuidador que sostiene en las manos el cuerno y un látigo. De ser la imagen fiel a lo visto por el artista, es fácil deducir que Clara sufrió maltrato físico. 1752, en Inglaterra la presentaron a la Familia Real. Ese mismo año volvió al continente, tornando a reco rrer las principales ciudades europeas, y en cada una de ellas repitiendo logros anteriores. La gira duró seis años. El firmamento observaba impertérrito. Surgió el sol destapando la inmensidad. Pájaros negros y nubes compar tían emigración. El arbolado miraba bajo la luz profusa de besos. En el empotrado camino yacía la mañana escupien do el plomo del abandono. La intransigente tenaza de la jaula apretaba. Todo movimiento establecía un nudo de inútil espera. Para Clara vivir era un depósito de amores
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desconocidos; cual un fuego lejano que arrastraba ceniza, como la esperanza asilada en la cúpula de lo inalcanzable. Regresó a Londres en 1758, a fin de ser exhibida en el Horse and Groon, en Lamberte. El precio de las entra das iban de seis peniques a un chelín. Clara se sintió mal. El encierro la oprimía. La jaula le resultaba más pequeña. El nublado le entró en los ojos. Las patas cedieron concretando la caída. El universo se asomó a ver qué ocurría. El sol apagaba las guirnaldas de incendio. La distancia ya no tenía medida, y lontananza abriále los brazos a la nueva pasajera. El adiós desembarcó husmeando una vida inocente. Su cuerpo quedó en la ínfima extensión de la gayola. Igual que las estaciones ferroviarias perdidas en la soledad, sin andenes que junten viajeros ni trenes que renueven el movimiento. Cayó sin música, sin canción de despedida; encerrada en el pentagrama de las rejas, aplastando la partitura. Vertiendo todo el silencio acumulado en la tris teza, murió en Londres, el 14 de abril de 1758. Clara dejó este mundo a la edad de veinte años. Marchó como había vivido; pura, sin conocer el amor. Van der Meer, “su” dueño, miró sumamente contra riado. La muerte tuvo la desfachatez de robarles la fiel mercancía; la fábrica de dinero. A modo de homenaje póstumo, se expuso el cadáver de Clara a un público privilegiado, que pagó para verla por última vez. La humilde Clara, la mansa Clara, no pasó inadverti da en el arte. Además de los citados Jean-Baptite Oudry y Pietro Longhi, abundaron estatuillas, poemas, canciones, y pinturas inspiradas en ella. En la Enciclopedia de Diderot y D’Alembert, y en la obra de Buffon, Histoire Naturelle, apareció un dibujo ba sado en el cuadro de Oudry.
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Según los enciclopedistas Denis Diderot (1713-1784) y Jean Le Rond D’Alembert (1717-1783), Clara influenció la moda palaciega, y prueba de ello fueron las pelucas Á la rhinoceros. También dio pie a una nueva industria; los hoy triun fantes souvenirs. En las ciudades que visitó se vendieron muchos miles de figurillas representándola. Su influencia llegó hasta la Marina de Francia, que, cediendo al influjo, en el año 1751 a un buque le asignó el nombre de rhinoceros.

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FERNANDO, EL PERRO QUE VENCIÓ AL OLVIDO.
¿Un perro melómano y entendido en arte?
Esta historia comenzó a gestarse cuando el siglo XX atravesaba la década del cincuenta. En Resistencia, capi tal de la provincia del Chaco, y un día que el recuerdo no consigue precisar, apareció un forastero cargando en un hombro una guitarra, junto a un perrito blanco que no se soltaba de él. El hombre entró a una humilde pensión, y con voz serena preguntó si ahí podían hospedarse él y el perro. El dueño, tras mirarlo de reojo, respondió: -Si vos no cantás y el perro no ladra, pueden. Jornadas después, el artista ambulante, del cansan cio pasó al descanso eterno. El propietario de la pensión quedó frío con el cadáver caliente. La Municipalidad enterró al cantor desconocido. A las exequias asistió su único amigo; el perrito blanco. Nada ni nadie podía despegarlo de la tumba. En tanto, el dueño y algún vecino, movidos por la pana, resolvieron adoptar al perro. Ilusorio empeño. El animalito no complacía las buenas intenciones, y movien do la cola en señal de agradecimiento, al instante tomó la ciudad como su casa. Sin embargo, el inquieto cuzquito acudía diariamente al cementerio. Lápidas y sepulturas se acostumbraron a su presencia. Poco a poco aquel valiente perrito de espíritu callejero, fue adueñándose del cariño de la gente. Pronto sus andanzas y alegrías calaron hondo en la simpatía de los habitantes de Resistencia, ya que le entregó amistad a los niños y compañía a los ancianos. Pero continuaba sin ata duras. Así siendo, de todos obtenía buen trato, y respeto hacia la libertad que demandaba. Mas, un aciago día, el perrito vagabundo recibió el
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inesperado beso de un automóvil. Un coche, obedeciendo al descuido humano, vino a darle una caricia. El frío golpe del metal embravecido lo dejó sobre el asfalto, roto, escu dado en un patalear perdido; procurando en cada sacudida un alivio para la desesperación. El vehículo siguió su cami no obviando el auxilio al animal, total, un perro callejero menos en el mundo, a nadie podía molestar. Varios niños, únicos testigos del atropello, estupefac tos y doloridos corrieron a prestarle ayuda. Alzaron en brazos aquel bulto de carne trémula; ese manojo de pelos blancos salpicado por la sangre mansa derramada en vano. Ellos sabían que el perrito necesitaba un doctor, y sólo conocían a Pipo Reggiardo (un médico que en la Plaza Belgrano, a veces jugaba un rato a la pelota con ellos). Decidieron llevárselo. El doctor Reggiardo, rápidamente lo auxilió. Y, al tratarse de un animal sin dueño, lo "internó" en el consultorio dentro de una caja de cartón. La entrega del médico y el preciso tratamiento, en pocas semanas consiguieron la ansiada recuperación. El animalito volvió a las calles ondeando la natural tendencia a la confraternidad. Sin prisa ni timidez, el se ductor de cuatro patas iba dejando tras de sí una diáfana estela de modestia, gratitud y saber estar. Sin embargo, resulta imposible interpretar la histo ria de este can sin conocer a su amigo del alma: el cantor Fernando Ortiz. (Fragmentos de una larga entrevista concedida por el artista unos años antes de fallecer) -Fue como un regalo de Navidad. Lo conocí el 24 de diciembre de 1951 en el Bar Los Bancos, junto a la plaza. Era un perrito blanco, chiquito, y tenía más o menos un año. Cuando lo vi lo comparé con un capullo de algodón. No lo llamé, pero él vino directamente a echarse a mis pies. Los mozos del bar me preguntaron si molestaba. Les respondí que no. Se quedó a mi lado, y cuando salí me
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siguió hasta el Hotel Colón donde yo vivía. A la mañana siguiente lo encontré debajo de mi cama. Como hacía calor y no cerraba la puerta, entró mientras dormía. En tonces lo bañé, le di de comer, y comenzó la amistad. -En el hotel, yo disimulaba su presencia. Hasta que Coco Lucas, el dueño, lo descubrió. Coco, conmovido por mi mirada y la mirada del perrito, en vez de echarlo le hizo colocar una cucha para que pudiera descansar. -Yo trabajaba en Los Bancos con una orquesta, y cuando actuábamos el perro iba a echarse detrás del pia no. No se separaba de mí. A la salida, siempre me ladraba de modo especial. Sabía que era su forma de invitarme a la Plaza San Martín. Allí cumplía una especie de rito: per seguir a los gatos. No los agredía. Jugaba corriéndolos. -Una noche hubo una reunión de artistas. El perro se sentó a mí lado en la punta de la mesa. Los muchachos decidieron ponerle mi nombre. Él respondió bien al nombre de Fernando y jugó con todos ellos. En la amistad era como las personas. A mí me parecía un ser humano ves tido de perro. -A Fernando le gustaban mucho los picantes y el azú car, y eso no podía ser bueno para un perro. Como era blanco y se ensuciaba mucho, en cualquier casa lo baña ban. Hasta tres o cuatro veces por semana. Y eso tampoco podía ser bueno para un perro. -Recuerdo una noche que hacía mucho frío, se me ocurrió darle grapa con azúcar. Al principio no le gustó, pero al rato empezó a pedir más. Cuando nos fuimos, le costó bajar de la silla, y caminaba de costado; borracho. -De vez en cuando visitábamos a un gran amigo; el pintor René Brusseau. Fernando y René se hicieron muy amigos. Otro de sus buenos amigos fue el escultor, Víctor Marchese. Con Juan de Dios Mena iba al Fogón de los Arrieros. En el Fogón, lo aceptaron y lo hicieron socio de la institución. Allí destacó como crítico musical. Su mayor virtud era el oído. Como nadie captaba la belleza de los
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sonidos. -Para él lo fundamental era la noche. Recorría el Bar Sorocabana, el Bar Los Bancos y el Club Social. Y si oía música se acercaba. La música le encantaba. Pero si no era de su agrado la música o algún artista, se iba.Y la gen te lo seguía. -No se perdía ninguna fiesta. En los conciertos se colaba y se iba a echar cerca de la orquesta, o del solista. Cuando meneaba la cola aprobaba la actuación, pero ante las pifias gruñía, y a veces aullaba. Él nunca fallaba. Y los músicos admitían haber metido la pata en el punto indi cado por el perro. Era un crítico riguroso. Y ninguno se atrevía a pedir que lo pusieran de patitas en la calle, por que la gente se fiaba de su oído. -Recuerdo que el maestro Hermes Peresini, eximio violinista, sabía ponerlo a prueba. Tocaba un fragmento de las Czardas de Monti, y en algún momento colocaba mal alguna nota. Fernando respondía dando un salto y em pezaba a gruñir, mientras, el maestro se reía. El perro tenía un oído musical muy desarrollado. Quizás esa fue la herencia que le dejó el artista que lo trajo a Resistencia. Al ser un perro, Fernando amoldábase a un código de costumbres: dormía en la recepción del Hotel Colón (en ocasiones en El Viejo Rincón), a primera hora de la maña na entraba junto a los empleados al Banco de la Nación, y acudía al despacho del gerente, donde le servían el desayu no: café con leche y medialunas. Después iba a visitar la peluquería de al lado del Bar Japonés. A continuación, echábase a dormir un rato en el Sorocabana sin que nadie lo molestara. Almorzaba en El Madrileño (pegado al Soro cabana). En casa del doctor Reggiardo hacía la siesta (un ladrido y un arañazo a la puerta era la contraseña). Y ergo la siesta cruzaba a la Plaza 25 de Mayo, a divertirse hosti gando a los gatos. Al atardecer corría al Bar La Estrella, a merendar lo que le daban los dueños y la clientela. En La Estrella, vivió un irritante episodio. Cierta vez un "chistoso", pasado de copas y de botellas, le pegó una
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patada. El cuerpo le crujió por el impacto, y el dolor al derivar en aullido, le arrancó una mirada de incredulidad. Llevándose el miedo tarareando en las orejas agachadas, Fernando marchó a establecer distancia en el refugio de un rincón. Al aúllo canino replicó Alberto Rulli (cantor y dibujante), que increpó fieramente al agresor. Y detrás de Rulli, llegó Deolindo Bittel (el que fuera dos veces gober nador de la provincia), a quien hubo que frenar para que no la emprendiera a golpes. La trifulca concluyó con la expulsión del tipejo, y el perrito comiendo maníes debajo de una mesa. No obstante, fue en el Bar Japonés dónde vivió la experiencia más dura. Fernando habíase enamorado de una perrita del vecindario. Un día copularon quedándose abotonados en la puerta del bar. Los presentes los espanta ban, y, al no conseguir desengancharlos, un descerebrado les arrojó agua hirviendo. Fernando recibió el remojón de lleno en el lomo. Instantáneamente sintió algo similar al recorrido de una descarga eléctrica, y el cuerpo bañado por un dolor caliente le arrancó un chillido de sufrimiento. Y el chillido afloró otro más ensordecedor, cuando una hoja de metal, en aviar asesino, buscó asilo en la tibieza de su carne. Un “gracioso” le había sacudido una cuchilla da en un costado. La sangre del perrito manó sumisa y fecunda, empapando la llanura de las baldosas. Envuelto en una camisa, que alguien se quitó a fin de paliar la urgencia, lo transportaron al Club Social don de el doctor Reggiardo lo atendió de urgencia. Después lo alojaron en el Club Progreso. Allí, la entrega y la ternura asumieron el cuidado. Cual respuesta a la atroz agresión, el amor de la gente hacia el perrito salió a la superficie: a toda hora niños y mayores acudieron al club, ansiosos de conocer la evolución curativa del animal. De este modo quedó bien claro, que el perro tenía muchos amigos pero ningún dueño. Fernando volvió a callejear por la ciudad. No hubo evento artístico o social que no contara con su asistencia.
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Al simpático vagabundo todo le atraía: tertulias, concier tos, espectáculos, bailes populares, y él, sirviéndose del don de hacerse querer, aterrizaba en cualquier reunión. El perrito alegró bodas y cumpleaños, resultando un orgullo de todos aquellos que lo recibieron en sus casas. En los velatorios ocurría otro tanto; si recalaba era un honor, mas de no presentarse, establecía un descrédito para el fallecido y la familia. En las exposiciones pictóricas, los organizadores tem blaban al verlo entrar. Si Fernando recorría la sala y luego se echaba en un recoveco, todos contentos. Mas, si se iba, el pintor ya podía descolgar los cuadros. ALGUNAS DE LAS ANÉCDOTAS QUE LO LLEVARON AL BRONCE En 1954 (y en un momento de alarma social, ya que habíanse producido muertes de niños por mordeduras de perros), la vacuna antirrábica llegó al Chaco. Las autori dades establecieron la obligatoriedad de vacunar a todos los canes. En la Municipalidad se llevó a cabo el cometido, y a la Municipalidad acudió Fernando sin que nadie lo lleva ra. Por propia voluntad dejó al doctor Andreu inmunizarlo. Tal actitud, impropia en un animal, obtuvo un justo pre mio: le concedieron la patente número uno, y lo nombra ron "Primer perro civilizado de Resistencia". Pero, la patente número uno ni el título de "Perro civilizado", lo libraron de un infausto incidente. Una maña na los hombres de la perrera lo cazaron, y medio dormido lo introdujeron en la jaula del camión. Sin embargo, la providencial intervención de Tatalo Domínguez (campeón chaqueño y argentino de boxeo) y de Moisés Zaín (promo tor de espectáculos artísticos y deportivos) logró trastocar las cosas, porque además de reprender a los “perreros”, instaron a otras personas a unirse a la protesta. Se armó un alboroto. Hasta que una mano anónima abrió la puerta de la jaula, y entre los aplausos y las risas de la gente, Fer nando, como un balazo entró en el Sorocabana seguido por el resto de perros capturados.
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En el Bar La Estrella, una noche de invierno oíase en la radio una audición de tangos, que ni el bullicio ni la humareda invitaban a escuchar. O al menos eso pensó uno de los dueños del local, que optó por apagar el aparato. Al instante retumbaron los ladridos de Fernando. Planeó un breve silencio. Conectaron nuevamente el receptor. El can tras callarse, se tumbó junto al mostrador a deleitarse con la música. Una mañana muy temprano, tembló la Plaza 25 de Mayo a raíz de los ladridos de Fernando. Los taxistas que hallábanse en la parada acudieron a ver qué ocurría, y encontraron un señor mayor tirado en el suelo. Uno de los taxistas, hábil en primeros auxilios, le practicó ejercicios de reanimación. Acto seguido, en uno de los taxis llevaron al anciano al Hospital Perrando. Al perrito le impidieron el paso, aunque él permaneció merodeando por los alrededo dores. Los taxistas retornaron contentos; el anciano, que sufrió un infarto, habíase salvado. Aún permanece latente “su colaboración” con el Coro Polifónico de Resistencia (galardonado dos veces en certámenes internacionales en Italia: Arezzo-1968, y Pesca ra-1974). Ocurrió en el Teatro Sep. Iba a dar comienzo la fun ción y Fernando subió al escenario, miró uno a uno a los cantantes tal si pasara revista a la tropa, o si les pidiera máxima entrega, y luego agitó la cola delante de la míti ca directora, Yolanda de Elizondo, y fue a tenderse al lado de la candileja. La señora de Elizondo captó el mensaje de anuencia e inició la actuación. Durante una representación teatral, y en el momen to que la protagonista hallábase tendida en el suelo y era acosada por un hombre-lobo, Fernando entró en escena y lamió la cara de la actriz, Delma Ricci, como si le dijera: -No tengás miedo, aquí estoy. En ese punto concluyó la obra. El perrito conoció el aplauso. Al día siguiente, el diario El Territorio publicó un artículo reflejando la “actuación” del animal.
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El prestigioso artista plástico René Brusseau y Fer nando, establecieron una entrañable relación de amistad. Muchas veces, el perro le hacía compañía en el estudio en tanto él pintaba. Mas, la tarde del 26 de junio de 1956, Fernando salió a la calle preso de una repentina urgencia. Los reiterados ladridos e inquietos movimientos sorprendie ron a la gente. Comprendiendo que algo pasaba, algunas personas entraron al atelier y hallaron tirado en el suelo el cuerpo sin vida del pintor, que en la mano izquierda aún mantenía la paleta. Ignórase cómo, pero Fernando supo que René iba a ser velado en el Fogón de los Arrieros. Cuando el vehículo fúnebre llegó con el cadáver, el perro estaba esperando. Pasó la noche junto al ataúd del amigo. Al otro día acompañó el cortejo. Al concluir el entierro, todos los asis tentes abandonaron el cementerio. Fernando no; él quedó unas horas más. (En homenaje a este artista, en la ciudad existe el Museo de Bellas Artes René Brusseau). Cuenta el conocido periodista y escritor chaqueño, Mempo Giardinelli: -En el año 57 o el 58, visitó Resistencia un famosísi mo pianista polaco apellidado Pederewsky, y ofreció un único concierto en el Teatro Sep, y por supuesto mis pa dres me llevaron. La sala estaba repleta, y Fernando se acomodó debajo del piano de cola (los organizadores siempre explicaban a los músicos visitantes de la inelu dible presencia del cuzquito). Y a la vista de cientos de personas, se diría que Pederewsky y Fernando comenzaron el concierto. Nunca olvidaré la impresión de aquel públi co, cuando en medio de una sonata de Beethoven, Fernan do se puso de pie alzando las orejas y soltó un gruñido. Pareció que el mundo se detenía, pero Pederewsky, todo un profesional, siguió como si nada. Hacia el final nuevamente el perrito sacudió las orejas y miró fijo al pianista, como diciéndole: -Oiga, está pifiando. Entonces, Pederewsky, con europea elegancia, Det.
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vo las manos, miró al perrito y le dijo en duro castellano: -Tiene razón, equivoqué dos veces. Hizo un “da capo” y repitió la sonata, que le salió perfecta. El concierto acabó con una ovación, un par de bis, y el discreto mutis de Fernando. (A la siguiente anécdota, mucho tiempo habíasela considerado otra versión de la anterior. Hasta que el poe ta chaqueño Tito Grandi lo aclaró, al haber sido testigo presencial). -Un afamado violinista europeo, en tournée por el noreste del país, se presentó en el Teatro Sep. Fernando asentó su alba figura entre la primera fila y el escenario. El concertista tocaba con dulzura, y el perro, como buen melómano, disfrutaba con la música. De pronto abrió los ojos, levantó las orejas y lanzó un aullido. El músico había errado unas notas y el animal lo percibió. El hombre, muy contrariado, interrumpió la actuación, abandonó el esce nario, y entre bastidores exigió la inmediata evacuación del perro. La respuesta, muy a la chaqueña, fue tajante: -Fernando sabe lo que hace –respondió un promotor. -Así qué, tocás bien o el que se va sos vos. Agonizaba la década del 50, y a fin de inaugurar un tramo de la carretera de unión entre Barranqueras y Puer to Vilelas, visitó Resistencia el presidente del país, general (golpista) Pedro Eugenio Aramburu. En el Club Social orga nizaron un acto, al que comparecieron el presidente y las autoridades provinciales. Aramburu ocupó la cabecera de la mesa. El gobernador sentóse a la derecha del presiden te. De súbito, encima del alfombrado apareció Fernando. La inusitada irrupción provocó estupor, murmullos y risas. Entonces, ante las confusas miradas de Aramburu y su séquito, el gobernador se puso de pie, y tal si presentara a un embajador en el mismísimo Vaticano, dijo en voz alta: -Señor presidente, el perro Fernando. El animal miró a todos, y enfiló hacia la puerta de salida. Él no confraternizaba con el poder. Virtud, conside rada por muchos, una desfachatada irreverencia.
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Transcurría el año 1962. Por obra y gracia de la Junta Directiva, la Biblioteca Rivadavia (calle Pellegrini, 80) estaba a punto de cerrarse. ¿Motivos? Falta de subven ción, pocos socios, merma de donativos, y escaso público. Simples excusas. En realidad, el edificio constituía un blan co fácil de las apetencias inmobiliarias. -¿Cerrar una biblioteca? –gritó Tito Grande. Tal iniciativa resultaba inaudita en la mentalidad de un poeta. Por lo tanto, decidió encerrarse en las instalacio nes, esperanzado en que el desembarco del razonamiento echara anclas en la postura de los “inquisidores”. La protesta e intención del cerrojazo, fueron lleva dos dentro de la discreción, a espalda de la gente. A fin de presionar al atrincherado, cortaron la luz, y le hicieron saber que de no deponer su actitud, también cortarían el agua. ¿Hacer desaparecer un abrevadero de lectores, un aliado de estudiantes, una mesa servida a los sibaritas del saber? -¡Nunca! –repetía Tito Grande. Si Fernando frecuentaba todo sitio en el que había cultura, no iba a faltar donde era amenazada. La primera noche, Tito escuchó rasguños en la made ra. Abrió y encontró al can. El animal lo miró tal si dijera: -Tranquilo pibe que estoy de tu parte. Entró y se tumbó detrás de la puerta. Sus ojos envia ron otro mensaje: -Vos dormí que yo hago guardia. ¿Cómo supo que la biblioteca peligraba? El misterio aún no lo ha revelado. Pero lo cierto es que Fernando pasó muchas noches junto a Tito Grande. La Biblioteca Rivada via existe hasta hoy. Los perros abrazan una vida breve, y Fernando no podía escapar a tan tremendo designio. La mañana del 28 de Mayo de 1963, Chacho Escalante (un taxista amigo de artistas y bohemios), el que tantas veces lo llevó a los clubes y pistas donde actuaba Fernando Ortiz, lo encontró agonizando enfrente del Banco Español. A las pocas horas el perrito abandonó la vida, dejando para siempre un claro
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ejemplo de soledad y amistad. Al conocerse la muerte, Resistencia entera cayó en el pesar. El pueblo, apenado, lloró la irrevocable pérdida. El amado can habíase ido, arrancando de todos los pechos las más tiernas palpitaciones. El funeral paralizó la ciudad, y las campanas de la Catedral tocaron a muerto. Recibió sepultura en la puerta del Fogón de los Arrieros (institución de la que era socio de honor). Comercios cercanos bajaron las persianas, y los frentes de las viviendas arroparon la tristeza. Fue una cere monia solemne, en la que una compacta multitud cubrió la calle a fin de despedir al perro más querido. La Banda Municipal ejecutó una marcha fúnebre. La gente que lo había amado se encerró en el silencio, y los poetas derra maron versos en el hueco del adiós. Después, la vida continuó. Fernando ya pertenecía a la historia de Resistencia. En la tumba, la directiva del Fogón de los Arrieros puso una escultura y una placa en la que puede leerse la siguiente leyenda: "A Fernando, un perrito blanco que errando por las calles de la ciudad despertó en infinidad de corazones un hermoso sentimiento". El escultor, Víctor Marchese, lo inmortalizó en una estatua de bronce (instalada en una esquina de la Casa de Gobierno). Al acto de inauguración acudió el gobernador y las más altas autoridades de la provincia. Transcurrido un tiempo, Víctor Marchese explicó por qué la escultura está de espalda a la Casa de Gobierno: -Fernando era un libertario. Nunca se sometió a nin gún poder. Por eso nadie lo vio entrar a una iglesia ni a ninguna comisaría. Estar de espalda al poder refleja su verdadero espíritu. Al volverse bronce, la BBC de Londres le ofreció un merecido homenaje al perrito, emitiendo una crónica del periodista Arturo Barea.
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Hugo Ditaranto publicó el libro: "Fernando, un perro de verdad", traducido al italiano, al griego y al ruso. El notable cantautor Alberto Cortés, en Callejero, su popular canción, lo hizo poesía y lo hizo música: Era un callejero con el sol a cuestas, fiel a su destino y a su parecer. Sin tener horario para hacer la siesta ni rendirle cuentas al amanecer. También la historia del perro, convertida en pieza de títeres, fue representada en salas de Resistencia y escuelas de la provincia. Ahora airéase la idea de llevar su vida al cine. En el diario La Capital, de Rosario, Mario Candioti escribió, El perro que se convirtió en el mito de un pueblo: "La historia de Fernando, el inolvidable perro que derivó en personaje popular, no puede dejar de ser conta da. El 28 de Mayo de 1963 dio su último salto, su último ladrido, pero la ciudad lo evoca y lo nombra, al punto de conmemorar cada aniversario de su desaparición. Y a la distancia, es inevitable el recuerdo de Fernando Ortiz": -Cuando murió vinieron a mi casa a avisarme. Yo no quise asistir. Era un golpe demasiado grande para mí. Lo lloré mucho. Hasta los gatos de la Plaza San Martín, que Fernando acostumbraba perseguir, lloraron por él. Esa noche, con la calle ya desierta, fui a su tumba a explicarle mi ausencia. Volví a llorar. Creo que Fernando lloró conmigo. Está enterrado frente al Fogón de los Arrie ros. Pienso que él también habría escogido ese sitio para descansar. En Resistencia (llamada “ciudad de las esculturas”, por las casi quinientas esparcidas por calles, avenidas, pla zas y parques), el perro Fernando posee dos estatuas escul pidas por la fuerza del amor: la de su tumba en la acera del Fogón de los Arrieros, y la más significativa, enfrente de la Casa de Gobierno. En las dos, cada 28 de mayo apa recen ofrendas florales depositadas por manos anónimas.
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Hoy, al viajero que visita la ciudad, un gran cartel instalado en la vía de acceso, lo saluda con estas palabras: “Bienvenido a Resistencia, la ciudad del perro Fernando”. Es el reconocimiento de todo un pueblo, a aquel perrito blanco, amante de la música y vagabundo por naturaleza, que vivió en los años cincuenta y comienzo de los sesenta, y supo a todos robarles el corazón.

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GATOS CALLEJEROS: UNA LECCIÓN DE AMOR.
¿Un felino convertido en ejemplo para los humanos?
Jamil y Noa, era una pareja de gatos vagabundos, que callejeaban a sus anchas por Antalya, Turquía. La ciu dad entera constituía una casa, mas no un hogar, por eso emprendieron una romántica existencia afincada en el compañerismo. Así siendo, vivir derivó en constante ambu lar, cargando esperanzas, descubriendo sitios tentadores, enlazando búsquedas, zurciendo soledades. La pesca del alimento necesario conformaba el norte, aunque el mutuo cariño venía a ser el vehículo que encaminaba el rastreo. De allí que recorrían todos los rincones sin ataduras que le cercenaran la libertad, yendo de calle en calle, de basural en basural, de bocado en bocado, ensamblando miradas con suaves lambetazos; convirtiendo la intemperie en un cobijo de amor. No hubo situación climática que los detu viera. El viento y la tormenta los vieron cruzar. Ni el frió que recortaba los movimientos, o el calor que sugería abra zarse a la sombra, lograron derretir tanta unión.
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Sin embargo, el desembarco de la aviesa tarde del 19 de abril de 2010, frente al 76th del centro neurálgico de Antalya, distrito de Kizilsaray, trajo la desgracia. Todo ocurrió una tarde que decidieron atravesar una vía céntrica. Noa iba delante, cuando el nubarrón de un descuido le desenfocó la distancia, y un mal cálculo la dejó a merced de un automóvil. Los ojos de Jamil se desorbitaron. Un gesto y un arañazo al aire compusieron el grito de advertencia. Pero la fatalidad llegó antes que el aviso. Noa vio un armazón de chapas brillantes montado en veloces ruedas. No le dio tiempo a huir. Sólo atinó a agachar la cabeza. La fuga por la rendija de la salvación habíase cerrado de repente. ¡El impacto fue terrible! Sin
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tió la fuerza del mundo reventando en todo el cuerpo. El dolor le arrancó las babas, y el golpazo la arrojó en el difu so espacio del asfalto. En medio de desgarradores maulli dos la gatita pataleaba enloquecida. La respiración ya partía hacia el confín de la agonía. Las luces y las sombras le mostraban el desabrido gris del apagón. El coche conducido por la arrogancia humana, no paró; sin inmutarse continuó rumbo a la impunidad del anonimato. Movido por el reflejo del instinto, de un salto Jamil plantó presencia junto a Noa. Viéndola en estado moribun do, puso urgencia en la dentadura y la arrastró a un lugar seguro, antes que el intenso tráfico le robara el aliento de vida que aún la mantenía. Después, aplicando un insospe chado conocimiento, valiéndose de las patas delanteras comenzó a masajearle el corazón. El sitio íbase llenando de curiosos. En los rostros hu manos, desencajados por el asombro, rodaron las lágrimas cuajadas de emoción. La gente, consciente del dramático momento, miraba sorprendida el esfuerzo y la insistencia del gato. No obstante, nadie intervenía, confiando en que la capacidad del animal acabaría por recuperar a la compa ñera. La insólita escena trajo inspiración a alguna persona, dado que prontamente comenzó a filmar. Jamil repitió el método a lo largo de dos horas. Mehmet Ali Aikaya, estudiante de medicina, resol vió ayudar. Empero, la acción desplegada por el minino lo frenó el impulso. En tanto, Jamil, advirtió que el desesperado intento de recuperación devino en entera inutilidad, ya que Noa murió entre sus patas. El inflexible pincel de la realidad le pintó un lienzo poblado de desaliento. Entonces, arrimó la cara a la cara de la gatita, y ahí quedó; adherido al rostro amado, sin otro deseo que morir para irse con ella. Perma neció inmóvil cual un meteorito vemncido, haciendo de la
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muerte el escalón conducente al infinito. La tristeza del gato halló réplica en los corazones de los presentes, pues dejaba a la luz de la comprensión el sufrimiento animal que los hombres insisten en ignorar. Alguien llamó a la Cámara de Medicina Veterinaria. Al poco rato apareció el doctor Muamar, presidente de la Institución, acompañado de un colega. Lo sorprendió ver cómo el felino masajeó el corazón de la gatita. En treinta y un años de profesión jamás supo de nada igual. Rápidamente aterrizó una jaula portátil. En ella me tieron el cuerpo de Noa envuelto en papeles de periódico. Jamil intentó huir metiéndose debajo de un coche, pero el peso del pesar lo hizo presa fácil de la captura. Se los llevaron. El presidente de la Cámara de Medicina Veterinaria, declaró: “He visto muchos animales muertos en las calles ante la indiferencia de los transeúntes, pero el acto asumi do por este gato callejero, nunca. Es todo un ejemplo dirigido a los humanos. Los animales abandonados en Tur quía tienen una máxima esperanza de vida de dos años, por causa de las enfermedades y accidentes en el tráfico. Qué el ejemplo de este gato nos abra el corazón hacia la desgracia que viven”. El cadáver de Noa fue incinerado. Jamil ahora está aguardando adopción sin el menor entusiasmo. Además, la partida de Noa le ha diluido el afán de libertad. Con el dolor de la ausencia ahondando el pozo del desgano, gime dentro de un silencio pegajoso, centrado en la reconfor tante tarea de reavivar recuerdos. Para él la vida se ha tornado un soplo carente de sentido o de envergadura. A sus ganas de vivir la suplantó un sentimiento de derrota; como el de la hoja seca despreciada por el árbol, a la espe ra del viento que la tirará a los pies de la muerte.

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GAUCHO, SÓLO UN PERRO SIN DUEÑO.
¿Un perro destacó por haberse alimentado con el pan de la lealtad?
Alboreaba la década del 60 (siglo XX), cuando esta historia se comenzó a gestar. Un hombre de campo, don Facundo Ferro, junto a un perro, llamado Gaucho, residían en Villa del Carmen (lo calidad del departamento de Durazno, Uruguay), y los dos formaban el ensamble perfecto del hombre y el animal. Facundo ya era mayor, de salud delicada, solitario, sin parentela conocida, por tanto, el perro constituía su único familiar. El Gaucho compensaba tal deferencia entre gándole amor y compañía. Pero, un día, una enfermedad vino a interferir en tan sincera amistad. De repente, Facundo sintióse mal y necesitó urgente atención médica. En un viejo jeep un vecino lo llevó al Hospital Doctor Emilio Penza, de Durazno (capital del departamento del mismo nombre). El diagnós tico, crudo y directo, no dejó margen a la duda: -¡Es grave! -dijo el médico con total certeza. Entretanto, el Gaucho, presintiendo el manotazo de la desgracia, escuchó la voz de la fidelidad y orientado por el cariño a Facundo, salió detrás del jeep. Sin miedo se en frentó a la distancia: atravesó terrenos ariscos, intratables breñas, pinchudos pajonales y severos bañados. Desoyendo la voz del cansancio recorrió 52 kilómetros, hasta que el olfato lo plantó en el lugar donde hallábase el amigo. Con la ansiedad galopando en el pecho, merodeó vacilante por los alrededores. Aunque, la misma ansiedad lo apeó de la indecisión, y obedeciendo a un arranque de urgencia decidió adentrarse en lo desconocido. Guiado por el infalible instinto, desembarcó en la sala dónde el pobre
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Facundo luchaba contra la muerte. Bajo la cama del amigo el Gaucho instaló su angustia. Poco tardó el personal del hospital en descubrirlo. No obstante, conmovidos por la mansedumbre, la soledad y el amor al dueño, decidieron aceptarlo cual un familiar acompañando al enfermo. Sin embargo, eso no lo libró de algunas expulsiones. Pero él siempre volvía con la cabeza gacha, andando sin ruido. Y otra vez su mirada apacible y los movimientos mesurados, derribaban la rigurosidad de enfermeras, médicos y demás pacientes. Y, contra toda lógica sanitaria, le permitían ocupar el sitio de siempre; abajo del lecho de Facundo. Todo iba bien; el personal disimulaba y el perro, en silente actitud, hacíase querer. Mas, la muerte desatenta no aceptó mantenerse al margen, y un día entró en la sala. ¡De un seco guadañazo le cortó a Facundo el hilo de la vida! El hombre murió casi pidiendo disculpas, discretamente; sin exhalar una queja. El Gaucho lanzó un aullido y saltó a la cama a lamer la cara del amigo. Llorando desconsolado, el pobre se apre tó al pecho del muerto, como pidiéndole que lo llevara con él. Que no lo dejara solo y sufriendo por su ausencia. Conmovidos por la aflicción del can, con el corazón tiritando entre las manos, lagrimearon los presentes. Durante el velatorio, los tristes ojos del Gaucho iban de rostro en rostro, agradeciendo en silencio la presencia de quienes se arrimaron a compartir su dolor. Con las orejas caídas, mirada somnolienta y cansino andar, el Gaucho acompañó a Facundo al destino final. Cabizbajo presenció el enterramiento. Después, soltando lastimeros sollozos cayó sobre la sepultura, y ahí quedó; junto al hombre que tanto lo amó y que él tanto amara. Pasaron las horas y pasaron los días, y el Gaucho allí; mutado en paciencia, sin comer ni beber, nutriéndose de la incansable lealtad.
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Unos años antes de fallecer contaba Zoilo Martínez: -Al Gaucho lo conocí. Por aquel entonces yo había enviudado y roto por la pena iba al cementerio todos los días. Desde la tumba de mi finada esposa, lo sabía ver acostado encima de la sepultura, como si estuviera escu chando la voz del muerto. Con el paso de los días se fue quedando muy flaco, caminaba encorvado, sin ganas. Los trabajadores del cementerio le daban agua y comida, pero él ni comía ni bebía. Un tiempo después cambió, y sólo aceptaba el agua. Esa imagen del Gaucho vino a unirse a mi tristeza, y lo sentí igual que un compañero compartiendo el infortu nio. Creo que de tanto mirarnos establecimos un diálogo escrito en el aire, que solamente él y yo entendíamos. Una mañana, cuando la resignación adquirió consis tencia, el Gaucho salió a buscar alimento. Entonces, todo Durazno conoció el callejear de aquel perro de pelaje casi oscuro, de tamaño mediano, y claramente emparentado al ovejero alemán. Continuó don Zoilo: -La resignación nos llegó casi al mismo tiempo. Yo comencé a espaciar mis visitas al cementerio, y el Gaucho se adueñó de la ciudad. Me alegré por él. El pueblo le abrió los brazos y lo acogió cual un hijo. A partir de ese momento, al Gaucho no le faltó comida, agua, ni cariño. Inclusive, algunas personas de buenos sen timientos trataron de adoptarlo, mas él no aceptaba; ergo comer y mirar agradecido, acudía al cementerio a echarse en la sepultura de Facundo. Recordaba, M. Gloria Belén: -Por mi trabajo yo debía madrugar. A las 5:30 de la mañana iba a ocupar mi puesto en Radio Durazno. Iniciaba la transmisión a las 6. Hacía los preparativos previos que se necesitan para iniciar la programación. Aprontaba el mate y me disponía a trabajar y a esperar a mi amigo.El zaguán estaba abierto de par en par, al rato sentía la
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puerta de vidrio moverse y lo veía llegar, con su caminar lento, satisfecho, cual esos noctámbulos amantes de las madrugadas. Recorría el trayecto del vestíbulo a la cabina, despacio, olfateando por cumplir. Entraba, y acer cando la cabeza a mi falda, me miraba profundamente. Lo saludaba, siguiendo la costumbre: "¿Madrugó Gaucho?" O por el contrario, "¡Qué tarde que vino!". Él movía la cola en señal de afecto, y luego de dar unas vueltas, acababa echándose a mis pies debajo de la consola. Dormía hasta las 10, y luego de un largo desperezar se marchaba despa cio, como había llegado. De casualidad aceptaba un poco de comida. Por extraña paradoja, el Gaucho, al no ser de nadie, pertenecía a todos. Y así vivió varios años; rodeado del amor de la gente. Un amor que fue creciendo y acabó por convertirlo en personaje público. Incluso, aquellos que visi taban la ciudad, al conocer la dramática historia del can, también lo acariciaban transmitiéndole amistad y afecto. Sin embargo, tanto cariño no lo protegía de las incidencias que acechan a los perros callejeros. Rememoraba M. Gloria Belén: -Cierta noche festejábamos con los compañeros de la radio, un cumpleaños en El Grillo. En ese restaurante a las 12 de la noche hacía parada en el viaje a la ciudad de Artigas, una compañía de ómnibus. Recuerdo que bajaron los pasajeros, pidieron café o algo fuerte por el frío, y se arremolinaron en el mostrador a charlar y dejar pasar los minutos. De pronto entró el Gaucho y arrastrando la pa chorra de siempre avanzó en dirección a la cocina. Uno de los viajeros al verlo lo insultó y le pegó una patada que hizo gemir al perro. No había bajado la pierna, cuando recibió una trompada que lo incrustó debajo de una mesa, y la amenaza de linchamiento por parte de los parroquia nos duraznenses. El Gaucho era un amigo, por lo tanto la patada y el aullido de dolor constituían toda una ofensa. En la postrimería de los 60, Durazno se estremeció con el desembarco de una desgraciada noticia: en la Plaza
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Sainz del Barrio Varona, encontraron al Gaucho muerto. La mala nueva corrió de boca en boca mojando los ojos y anudando las gargantas. Los vecinos se miraban confun didos; negándose a admitir lo ocurrido. El amado perro, el perro de todos, habíase marchado dejándolos sumergidos en la más desbocada tristeza. Las lágrimas que surcaron los rostros, fueron el espontáneo homenaje al animal que supo hacer de la soledad y de la fidelidad, el faro de su vida. Con estas palabras don Zoilo Martínez concluyó la evocación: -Cuando murió el Gaucho lloré mucho. Mi compañe ro de aquellos días tristes se había ido, y yo continuaba aquí, viejo y enfermo, recordándolo del modo que él se merecía: como un símbolo de la lealtad. Ese día, en su nombre llevé flores a la tumba de Facundo. Hasta el final de su existencia, el perro mantuvo la diaria visita a la tumba del amigo. Con frío, calor, lluvia o tormenta, él llegaba, y tras acostarse encima del sepul cro, ahí permanecía horas y horas, haciéndole compañía al muerto. Por la fidelidad y transparente comportamiento, el Gaucho fue conocido y admirado en el Uruguay entero. Y de esta manera, sin quererlo, el humilde perro de Facundo derivó en mito, para satisfacción de los habitantes de Durazno. A fin de que perdure imborrable en el espacio de la memoria, el amor popular lo inmortalizó en el bronce, por medio de una escultura y una placa que pueden verse delante del cementerio de la ciudad. El perro de Durazno desde hace muchos años habita en otra dimensión. En una dimensión carente de forma y de distancia. Mas su recuerdo y su ejemplo permanecen en garzados al corazón de todo un pueblo. Manuel Demetrio Souza, poeta gauchesco, le dedicó “Romance a El Gaucho”, al cual pertenecen estos versos.
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Y así Durazno descubrió en "El Gaucho" la grandeza más noble de ese perro. Ejemplo de valor “pa” los humanos, de amor, de corazón, de sentimiento, que no pudiendo hablar porque era perro desenvainó el cuchillo del sufrimiento y lleno de bondades y ternuras venció al olvido y se instaló en el tiempo. Y aunque no crean quien no sabe de esto, ya cumplido su luto y su respeto, se vino cabizbajo para el centro y anduvo como un ánima en el pueblo. "Se le vido venir" cientos de veces rumbeando de ese "lao" del cementerio. Ya con lluvia o con sol, ya anocheciendo, de visitar la tumba de su muerto.

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GOLONDRINAS DEL AMOR
Cuando la felicidad navega en la ausencia, resucita una llaga que con nada se puede cerrar.
Esta historia ocurrió el sábado 13 de mayo de 2004, en el Puerto del Sur, Taiwán, y fue presenciada por nume rosas personas. Trino y Trini, dos golondrinas del tipo común (hirundo rústica), atravesaban el azul impalpable en viaje migratorio, empalmando el sabor del sol y la tierra en la gran zancada del vuelo; consumiendo paisajes que herían la vista a fuerza de distancia. Eran como dos naves de estructuras aerodinámicas desafiando el salto del recorrido. Las alas estrechas aguanta ban la flotación, y las colas horquilladas dirigían cada manio bra cual obediente timón. El duro aletear, raudo e inclinado, formaban la coreografía expresada en los repentinos virajes. El sentido de la orientación constituía el faro que marcaba la orientación. Bajo sus miradas se sucedían aguas sin medida florecien do existencias, praderas acaparando todos los matices del verde, desiertos incansables resumiendo la quietud, montañas colocando estatura a la elevación del planeta, bosques esta bleciendo el domicilio de la madera, y ciudades solfeando ruidos para anidar ambiciones. Muchos días de agobio y cansancio deletreaban la rigi dez del desplazamiento. De pronto, Trini puso una preocupa ción delante del compañero. Hallábase fatalmente herida por la extenuación. A Trino le estalló la burbuja de la sorpresa; Trini perdía altura, debatiéndose en movimientos enrevesa dos, que poco a poco le plegaban las alas hasta convertirla en un bulto. La golondrina cayó en el asfalto derrotada por el agota miento, quedando encadenada a los dolores paridos por el golpe. La angustia destapó estridencias, brotando desde la desgracia para estremecer la mañana. Trino captó en la
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situación un tono grave. La movió delicadamente, buscándole un acomodo que alejara el infortunio. La falta de respuesta de ella devino en el disparador del desespero. El cantar de Tri ni, de suave y encantador pasó a simples pío pío. Con las alas extendidas Trino la cubrió cual un manto, como si pretendiera abrigarla, susurrándole una tierna canción a fin de frenar el peligro que intuía. Hizo varios vuelos cortos, regresando con agua o comida, que pasaba de su pico al pico de ella, igual que si le hiciera el boca a boca, porque su cariño hallábase por encima de la compasión. Trató de reanimarla, pero lo imposible expelía un anuncio orientado a partirle el alma. Su esperanza alicaída ya era un plantón anudado a la espera. Las golondrinas, aunque adaptadas a la cercanía huma na, pocas veces recalaban en los grandes grupos urbanos. Por eso extrañó verlas en un sitio tan ajeno a sus preferencias. La gente, al notar aquello, enmudeció. ¿Un pájaro expe rimentando emociones? Parecía ilógico, mas estaban ante una ventana abierta que introducía al universo emotivo de las aves. El cuadro resultaba complejo, inaccesible al entendi miento, pero no por eso carente de ternura y tristeza. Los presentes enfrentábanse a una tragedia sólo al alcance de las palabras; uno de los pequeños dramas que permanecían invisi bles, mas que alcanzaban dimensiones desproporcionadas para quienes lo vivían. Otro de esos rasgos desgraciados e indescifrables atesorados por la naturaleza. Una nube jineteada por el viento se asomó curiosa a observar la cama de cemento. Del puerto partió un abrazo con vocación de amplitud. Trino palpaba la debilidad que agredía a la compañera. Ella, con mirada vencida, oponíase al guadañazo traicionero. Pasó un camión. La vibración movió el cuerpo de la golondrina. A él le cambió el gesto, y pegándose a Trini soltó un largo piar próximo a un quejido. Como si le dijera: -¡Levántate! ¡Levántate! Llamábala frenéticamente y la agitaba. ¿Pensaría que agitándola ella tornaría del trance para responder a sus llama das? Trino, posado en la arriesgada arista del asfalto, preten diendo hurtarle al cansancio un puñado de fuerzas, quedaba
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naufragando en los puntos suspensivos de la impotencia. El debilitamiento de Trini exhibía los cruentos dientes del fin. Cruzó un coche asustando a Trino y volviendo a mover el cuerpecito de Trini. Un dulce espejismo brotado en el impa ciente anhelo, lo impulsó a intentar reavivarla. Desgraciada mente, su amada ya pisaba el sendero sin retorno. La arrastró medio metro a fin de alejarla del peligro esgrimido por los vehículos. El episodio, de la óptica emocional humana, conmovía; desde la afectación animal manifestábase catastrófico. Un señor dijo: -Tengo pájaros, y he presenciado el duelo y la tristeza cuando en la jaula muere uno de la pareja. Ellos no pueden llorar pero sí sufren. Otro señor se echó a reír y exclamó: -¡Sensiblería! -Parece que no le gustan las aves –comentó una señora. -Se equivoca. Me gustan, ¡pero en la comida! La falta de empatía y el hundimiento del respeto hacia el trance de las golondrinas, le pusieron hélice al descaro del tipejo, que convertía la agonía de Trini en simple solaz. Una niña que sollozaba acongojada, dolida por el cruel comentario, manteníase al margen, porque no quería estar a la altura de los que inventaron la altura para imponerse. El murmullo de sus sentimientos era un clamor exasperado; un latido cariñoso transformado en furiosa marejada. Ante la angustia de Trino, la muerte entró en la existen cia de Trini. Él, renunciando a la evidencia, procuraba desper tarla, piando descontrolado al comprobar el adiós de su amor. La inmovilidad de ella era música de despedida. Gritó su dolor. ¡La había perdido! La excitada pasión de despliegue envolvente, no renunciaba a verse desposeída de la adorada presencia. El corazón destrozado le ponía frente a los ojos la rotundidad de la certeza; ya nada quedaba por hacer. A la realidad nadie la podía cambiar. Mas, aunque el sufrimiento lo arrastraba a los caminos de la resignación, su herida nunca curaría. El mazazo de la verdad acababa de decapitarle la
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alegría y las ganas de vivir. En el fugaz soplido que entoldaba el instante, para él la vida ya no existía; el tiempo la aparta ba, y la luz amontonada en las pupilas no resumían concierto ni recorrido alguno. Conciente que la amada habíase marchado, Trino aterri zó en el recodo del silencio. Un ademán lastimoso pintó el firmamento, el agua que cercaba el puerto se alzó en ola para ver el plumado cadáver, los pasillos abiertos permanecían cerrados, los gorjeos de todas las aves esperaban silenciosos, respetando el derrumbe existencial del compañero enamora do. Un sosiego tembloroso se adueñó del instante, los deseos huían reviviendo recuerdos. Trino movió a la avecilla muerta apartándola de la selva de asfalto; del trueno movido sobre ruedas. Nada iba a profanar su cuerpo. Sobre Trino cayó una sombra que empalmaba la evoca ción al diáfano ayer, al lejano punto del reciente instante, al presente que partía. La ausencia marcaba un semblante, la mirada un rastro, las alas olas estáticas, y la materialidad un encuentro amarrado al pesar. Muy lejos latían los azucarados augurios de cielos venturosos. El tiempo fue pasando sin mar car intervalos, y él continuaba adherido al pavimento, ajeno al ambular de las horas; ya no se mecía, ya no aleteaba, la parca habíale endosado el fuego del penar. Su actitud emitía un acto luctuoso, como si la estuviera acompañando hasta que el misterio la empujara a lo desconocido. La figura de Trino calcaba el comportamiento humano, con el pariente atravesado por el dolor de hinojos delante del difunto. Qué espeso íbase tornando el momento, cuanta aflic ción aprehendían los párpados; las voces sellaban los labios abriendo los ojos. Indudablemente, no eran dos montones de plumas asentadas en el pavimento atrapando la atención. La gente, en espontáneo apunte comparativo, relacionó la desdi cha de las avecitas al devenir del hombre. Temblaron las pre misas de quienes sostenían que sólo en las personas habitaba un elevado proceder emocional. La escena alzábase cual un libro abierto, desnudando la conducta de las aves frente al instante final. El criterio de separación de las especies se disolvía en la atmósfera. Los presentes aceptaban que las emociones
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animales y las humanas contenían espejos de una misma luna. Los pájaros del entorno callaron, un perro aulló en lue ñe sitio, el ronquido de una sirena escapó de un barco. Ese fue el señero homenaje que recibió la anónima golondrina en su humilde partida. Cual una gota escarlata se acomodaba el sol en el hori zonte, depositando en la superficie el vaho de un incendio ido. Trino, arrinconado a orillas del mundo, derramando un llanto sin lágrimas, exponía la duda angustiada al manifiesto presagio de los presentes. Impelido por el soplo de la resigna ción, levantó vuelo. Su aleteo era un pañuelo de luto agitando la distancia. Se marchó encerrado en el vientre naranja del crepúsculo, llevándose el espasmo de un sueño muerto impre so en el alma, el temblor de las plumas afiebradas atrapando soledad, y contándole al recuerdo el naufragio de una esperan za, mostrando la llaga del amor perdido. La insonoridad de la lejanía lo borró de la vista. Una mano piadosa recogió el cuerpo de Trini, y lo tiró al contenedor de basura. Al regazo de sus casas marcharon los testigos del drama de las pobres aves. Algunos a respirar la estrechez, otros a saborear la seguridad del pan desahogado, pero todos unidos por la misma tristeza. Al entrar la nueva jornada, muchos dedos rompieron el blindaje de las jaulas, y los pájaros condenados al encierro de por vida recuperaron la olvidada libertad. Wilson Hsu, fotógrafo taiwanés, grabó las imágenes del episodio vivido por las golondrinas del amor. Los medio de comunicación, tanto de Europa como de América, prontamen te divulgaron la curiosa noticia. Un periódico francés fue el primero en publicar las fo tos. Aquel día la edición se agotó. Francia entera lloró.
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COMENTARIO DE JULIO ORTEGA FRAILE (Prologuista de este libro) La edición se agotó, toda Francia lloró. Y al día siguiente, unos cuantos volvieron a apalear a sus perros, otros a comprar entradas para los toros, y algunos a engra sar su rifle para salir a cazar. Unas mujeres se pusieron el abrigo de piel porque hacía frío, los científicos realizaron vivisecciones, y los circos y zoológicos nuevamente abrie ron sus puertas. El Foie Gras fue, como siempre, uno de los platos más pedidos en los restaurantes de lujo... Así somos, hoy lloramos con "Raíces" y mañana nos trae sin cuidado que veinte negros se ahoguen cuando el cayuco vuelca. Vemos las imágenes de esas golondrinas, nos enternecemos, y una vez alimentada convenientemen te nuestra autocomplacencia, ese grito de dolor del pobre animal será un recuerdo muerto. Somos unos hipócritas, "compramos el cielo" con la entrega de una limosna, declaramos nuestro respeto y amor por los animales adquiriendo un periódico y derrama mos cuatro lágrimas al contemplar las fotografías. Pero, después, no hay nada. Sólo un egoísmo eterno, insonda ble, que determina la falsedad de nuestras reacciones y nos convierte en seres endogámicos y hostiles. El dolor de ese pájaro por la muerte de su compa ñera, sin duda será más duradero que la secuela que deje en la mente y el corazón de aquellos que aparentemente, se sintieron conmovidos.

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HACHI KO, EL PERRO QUE LLEVÓ LA TRISTEZA AL BRONCE.
¿Un monumento a un animal que bebió silencio y masticó soledad?
Al arribar el tren de las cinco de la tarde, un can de pelaje albo, sentado sobre las patas traseras, hundía los ojos en la puerta de la estación de Shibuya, y su mirada, saltando de rostro en rostro iba buscando el rostro que amaba. En un constante escudriñar, y las retinas patinando en el anhelo, manteníase alerta, suspirando por el sueño del reencuentro. Y, en el momento que el convoy partía, el perro aullaba dolorido, y sin apartar la vista perseguía al tren hasta que el zarpazo de una curva lo borraba del pai saje. Entonces repetía el patético aullido, que retumbaba en el corazón de Shibuya, y los tímpanos de la gente se disolvían convertidos en el turbión de la pena. Y él ahí, mirando sin cansarse, sumido en la añoranza, en paciente actitud de espera, uniendo luces y sombras jornada tras jornada, sin ceder a la incitación de la renuncia; pagando con esperanza el peso que la existencia habíale puesto en el ánimo. En enero de 1924, el doctor Eisaburo Ueno, profesor del departamento de Agricultura de la Universidad de Tokio, recibió desde Odate -provincia de Akita-, un perrito de dos meses de edad. Al encontrarse hombre y animal, la amistad formó una alianza firmada por el amor. En la casa del catedrático, cercana a la estación ferro viaria de Shibuya -un populoso barrio de la capital niponael animalito estableció domicilio. Lo llamaron Hachi K . Diariamente el doctor Ueno iba a la Universidad a ejer cer su cátedra, y Hachi K lo acompañaba a tomar el tren, mas, al no poder irse con él, quedábase en la plaza de enfrente de la estación, viendo cómo la muchedumbre absorbía la figura del amigo. Luego, soltando un resignado mirar, escoltaba al tren a la habitual zambullida en el soca
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vón de la curva. El profesor y Hachi K pronto devinieron en la pareja de amigos más conocida por los frecuentadores de la esta ción. Tan singular compañerismo encontró un hueco en los comentarios, y de boca en boca viajó adquiriendo alas. El 21 de mayo de 1925 la tragedia ingresó en la Univer sidad de Tokio, y un infarto halló cobijo en el corazón del profesor Eisaburo Ueno. La vida prescindió de él lejos del hogar. Hachi K no lo sabía. Pero continuaba en la plaza sin moverse, vigilando pacientemente la salida de la estación. Al conocerse la muerte del profesor, la conducta del animal bajó a tierra la sensibilidad de los pobladores de Shi buya, y la gente, barajando tiernas miradas, le hacía llegar un mensaje de afecto y solidaridad. Para el can la espera sólo era sinónimo de lealtad al amigo; al único amigo. Por eso estaba atornillado al sitio; al borde del abismo, aguardando sin desmayo, atento a la rectangular abertura que lo devolvería a la felicidad. Al desertar del domicilio, la familia de Eisaburo Ueno todos los días le suministraba agua y comida. Él no comía ni bebía nada alcanzado por otras manos. La arboleda lo contemplaba, y los gorjeos de las aves le leían la partitura de las horas. La luna lo cuidaba y el sol le ponía luz a la larga solitud. Transitaba el paso de los días, y al fenecer cada tarde, Hachi K caía en las noches interminables. Ora caminaba, ora se acostaba; parecía un fantasma girando alrededor de su tumba. Y así, coronado de oscuridad, vestido de añoranza, lo abrazaban las auro ras. Y otra vez discurría una nueva jornada, hasta que el agónico saludo del atardecer lo arrojaba en brazos de otra noche; en brazos de las inquietantes tinieblas. El inexorable deshojar del calendario hizo de él un permanente compañero de la tormenta, de la escarcha y
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del calor. El relámpago le hirió las pupilas, el trueno lo estremeció, y el rocío, al humedecerlo, le dejaba sobre el cuerpo gotas de comprensión. La persistente postura y la diafanidad del bondadoso empeño, convirtieron a Hachi K en una presencia querida. Ese comportamiento voló alto, y al aterrizar en diversos sitios despertaba curiosidad, y la gente quería conocerlo. En numerosos colegios se organizaron visitas a la plaza de Shibuya a fin de que los escolares vieran aquel ejemplo viviente de lealtad sin límite. De Tokio entero recalaban personas deslumbradas, ansiosas por verlo y fotografiarse junto a él. Y Hachi K ahí, parapetado en la silente espera, presenciando el desembarco del sol, la lluvia, el viento o la nieve. Sin embargo, legalmente, Hachi K sólo era un perro vagabundo, y las autoridades manifestábanse muy severas en la aplicación de las ordenanzas. De allí que un funesto día la captura plantó su desagradable cara delante de los adormilados ojos del animal. Hachi K , sujeto a la manse dumbre que lo caracterizaba acabó siendo conducido a la perrera. El pueblo digirió mal la captura. Una popular emisora de radio, asumiendo la protesta, encabezó el malestar de la gente. Los días tornáronse angustiosos dada la certeza de que Hachi K sería sacrificado. Las manifestaciones exigiendo la liberación se reprodujeron. En los periódicos los apartados de cartas del lector, desbordando un tinte dramático atravesó la expectativa. Ante el impacto negativo de la situación, el prefecto tras reconsiderar la medida, ordenó la inmediata puesta en libertad del animal. Los pechos se descongestionaron, y llenaron Shibuya de alegría. De este modo, Hachi K pasó a perro indultado, y, por añadidura, a ser el perro de todos. La alegría desatada aplaudió el retorno del animal al constante escudriñar.
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Mas, en el sentir popular anidó una voluntad; el amor llamaba al metal y el metal le daría vida al merecimiento. En abril de 1934, el arte del escultor Teru Ando recibió un encargo; la estatua de Hachi K (sufragada por colecta veci nal). El bronce, expresando la nobleza del perro, en 1934 fue instalado en la plaza que lo albergaba; frente de la estación de Shibuya. No obstante, en este mundo nada es perdurable, ni nadie está exento de la acción callada con abordaje fatal, y el perro que aguardó minuto a minuto, hora a hora, sema na a semana, mes a mes, cayó en garras de la filariasis (la enfermedad del gusano del corazón). El 7 de mayo de 1935 Hachi K falleció al pie de su es cultura. El imparable desfile del tiempo, lo había arrojado al foso de las cosas pasadas. El perro que hiciera de la exis tencia un canto a la fidelidad, habíase marchado. Así concluyeron diez años de inútil espera. Diez años que invirtió aguardando el regreso del amigo. Diez años a la intemperie sin otra compañía que la soledad. La noticia corrió por Shibuya colocando candados en las gargantas; ciñendo manos contra los rostros, galopando en los pechos, emitiendo incredulidad; empalmando gestos y miradas al planear de la tristeza. El pesar corrió detenien do los sonidos, regando silencio. Aunque permanece en otro sitio, de modo simbólico está “enterrado” en el Cementerio de Aoyama, al lado de la sepultura del profesor Eisaburo Ueno. Ahí la muerte “los mantiene” unidos en abrazo fraternal. En la placa puede leerse: Chuken Hachi K (en japonés, Leal Hachi K ). Por aquel entonces Japón estaba en guerra, y como en todo conflicto armado -momento que la sensatez anula los buenos sentimientos-, todas las estatuas del país fueron fundidas para así reutilizar el metal en la fabricación de armamento. La de Hachi K no pudo escapar al espantoso
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destino. Años después, el pueblo, empujado por la ternura, en unánime decisión acordó reemplazar la escultura. De la ejecución se encargó Takeshi Ando (el hijo de Teru Ando, que había sido asesinado). En 1947, emplazaron la nueva estatua en el exacto lugar donde estuvo la ante rior, y también espacio donde falleciera el inolvidable can. El cuerpo embalsamado de Hachi K exhíbese en el Museo de Ciencias Naturales de Ueno, Tokio. En el mismo museo se guarda un corto del perro, filmado en aquellos infelices días. La emisora de radio CBN (Culture Broadcasting Net work) conserva en una grabación los aullidos del perro, y cada 7 de mayo, día que en la plaza de la estación de Shi buya, Hachi K es recordado, tras pasar el tren de las cinco de la tarde (momento de máxima pesadumbre del animal), el acto tórnase dramático pues la CBN emite el lastimero aullar. Con el transitar de los años la escultura de Hachi K devino en el monumento más visto de Japón, y por añadidu ra, en el lugar de encuentro más reconocido. Es visitado y fotografiado por gente de muchos sitios del planeta. A pocos metros de la escultura está la estación de metro de Shibuya, en cuyas paredes puede apreciarse una blanca decoración reflejando grabados del animal. La notoriedad es tanta, que actualmente circula una línea de minibuses, en cuyo frontis y laterales puede leerse “Hachi K ”, con el punto de partida y de llegada situado delante de la estatua. Leslea Newman, le dedicó la novela Hachi K wait ilus trada por el afamado Machiyo Kodaira. En 1987 el cineasta Seijiro Kôyama, realizó la película Hachi K monogatari. Connie Francis, para recordarlo, compuso la canción
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I will wait for you. La escritora Pamela S. Turner en 2004 publicó un libro infantil titulado: Hachi K , the real history of a faithful dog, con ilustraciones del famoso Yan Nascimbene. En 2008, el actor estadounidense Richard Gere, vino a sumarse con el filme Hachi K , adoes store. De este modo habita en el tiempo, atando corazones, Hachi K , el perro mutado en paradigma, por haber hecho visible un valioso sentimiento; el sentimiento de la lealtad.

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ISLERO NOS MIRA DESDE LA MEMORIA
El toro que le apagó el traje de luces al gran Manolete
Manuel Rodríguez Sánchez, un torero engarzado a la admiración popular por el apelativo de Manolete, era un hombre de semblante macilento, ojos soñadores alumbrando un aire melancólico, perfilado apéndice nasal, boca de suave diseño, estructura física afincada en lo breve y llevando la delgadez por compañía, aspecto endeble en desacuerdo con la fortaleza interior, e innato andar quedo. A la luz de los especialistas fue, y a través del tiempo lo seguirá siendo, el diestro de calidad superior de toda la historia. Islero, hijo de Normalito e Islera, era un toro enérgico de luciente color azabache, y movimientos que al negro lo fundían en el azulado. Su bizarra figura de casi quinientos kilos de peso, hermanaba el nervio a la hermosura. Manolete le imprimió al toreo unas maneras distantes de lo común, opuesto al sopor de la monotonía y ensamblado al cenit de la belleza. El estilo ágil, establecido en lo distinto, lindante a lo ceremonioso, sobresalía por la prolijidad en el gobierno de la muleta. Contraponiendo la inteligencia huma na a la cerrazón del cornúpeto, en un encuentro de dos fuer zas, aguantaba cada embestida manteniendo los pies siempre atornillados al sitio, el paño en región delicada, y las manos atentas. Tanta firmeza metía al astado por el hilo del respe to. De allí que tal guisa de torear estableciera una división; el antes y el después de Manolete. Islero sólo conocía la vida al aire libre, junto a los suyos en la amplitud de la dehesa; en ese espacio pletórico de paisaje. Un sitio donde los reflejos anidaban en la cumbre de
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las piedras, y la arboleda adquiría la música de los pájaros, que cantaban alegremente en el escenario de las ramas. Luego, el paréntesis nocturno y la luna mirando borracha de vacío. A continuación el nuevo amanecer, y otra vez volvía el sol trayendo en el áurico rostro la pisada de otras existencias, de otras voces, hasta derivar en púrpura crepuscular, y darle entrada a las estrellas navegando el techo de la noche. LA “FIESTA DE LOS TOROS ES UN ARTE”. Aunque, en la criba de análisis, nada de fiesta y nada de arte. La tauromaquia encarna una industria asentada en procedimientos crueles, repleta de estratagemas repetitivas, y, sobre todo, descarados, pues lo único que posee amarre de verdadero es el sufrimiento animal. Simplificando, tratase de una fruta madurada a la som bra y consumida al sol. Básicamente estriba en airear el vetusto infundio de la sanguinaria naturaleza del toro bravo, y, a la vez, loar en plan estridencia al ídolo de carne viviente personificado por el torero, persiguiendo venderle al público la mercancía de la peligrosidad, y la encomiable acción de jugarse el tipo en pos del entretenimiento de los aficionados. Siendo que el toro, como todo bovino, es herbívoro y no caza ni para comer. Qué además carece de bravura ni describe reacciones salvajes, al ser una criatura sosegada, y de dársele cariño, sumamente sociable; igual que las vacas. Eso de atacar o actuar esgrimien do violencia, es un cuadro pintado por los que crearon la diferencia buscando enriquecerse. Este bóvido sólo saca a re lucir belicosidad cuando ve invadido su territorio, del mismo modo que cualquier animal, incluido el hombre. LAS MALAS ARTES DEL “ARTE” TAURINO. Veinticuatro horas antes de convertirlo en blanco fácil de la “fiesta”, encierran al cornúpeto en un receptáculo (chi quero) poblado de oscuridad, a fin de que al pisar el ruedo la luz le hiera las retinas encegueciéndolo, y el griterío de la gente lo enloquezca, dado que semejante actitud provoca un aspecto de terrible ferocidad.
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En el curso del enclaustramiento, los “expertos” le apli can “caricias” enraizadas en el devenir de la costumbre; patadas en los testículos, golpes en los riñones, le echan enci ma sacos de arena de hasta cien kilos de peso, todo aunado a laxantes, sales y sulfatos en la comida y en el agua (inducto res de diarrea), e introducción de astillas en los pesuños (producen aguijonazos que le impiden quedarse quieto), sin olvidar el “afeitado” (recorte de los pitones). Más las dos últimas golosinas que recibe al salir a “disfrutar de la fiesta”; le aplican vaselina en los ojos (para que no vea nítidamente al lidiador), y le clavan en el morrillo (parte abultada entre la nuca y el lomo) la divisa de la ganadería sujeta por un pincho de tres centímetros (ellos aseguran que no le duele, pero, en el campo, cuando al bovino se le posa un insecto, inmediata mente lo quita moviendo la piel o usando la cola. Es decir; siente lo extraño). Prácticas prohibidas en el Reglamento de Espectáculos Taurinos, pero, y sin salir del contexto, “se sal tan a la torera” (¿por qué será que el lenguaje popular acuñó este refrán?). INTERPRETACIÓN DEL “ESPECTÁCULO” La corrida es troceada por un trío pomposamente deno minado “tercios”: tercio de varas (toreo con capote), suer te de banderillas, y suerte suprema. El primero busca determinar la fuerza del toro, como también la disposición de embestida, y ofrece un mayor atractivo al introducir la figura del picador. En el segundo tercio, el banderillero (o subalter no) usa el lomo del morlaco tal un almohadón, y le hunde seis banderillas divididas en tres pares. En la suerte suprema, el torero recurre a los pases de muleta en clara preparación del epílogo: ¡matar! De haberse realizado una faena emparentada a la valen tía, nutrida de un vistoso despliegue artístico, y altamente precisa en la “metáfora” de la estocada, el entusiasmo de la concurrencia, exteriorizado por un flamear de pañuelos, le solicitará al presidente de la corrida (casi siempre una autori dad local), que conceda un premio al matador. El presidente puede otorgar una o las dos orejas, incluso, de haber sido una labor limpia (sin enredos) y concisa en el mortal pinchazo, el
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trofeo máximo; el rabo. SUBALTERNOS Y ELEMENTOS UTILIZADOS El picador: En el tercio de varas, cuando la vehemencia en la embestida pone repelús en el cuerpo del diestro, éste solicita los “buenos oficios” del picador. Quien, montado a caballo, utilizando una lanza (dos metros y cincuenta y cinco centímetros) que finaliza en un puya de acero cortante (triangular, en forma piramidal, veintidós milímetros de alto y veinte en la base), la introduce en el morrillo para mermar físicamente al animal desgarrándole los tejidos; llevándose por delante trapecio, romboideo, espinoso y semiespinoso, serratos y transversos del cuello, regodeándose en vasos san guíneos y nervios. Los puyazos están encaminados a aplacar la bravura del astado e impedir que arremeta a cabeza alzada (de modo que pierda el sentido de la orientación). Esa men gua jugará a favor del toreador, qué, teniendo el peligro en mecánica desactivada, podrá centrarse en la estética implíci ta en tan ponderable representación. Realmente, el picador aniquilaría a la bestia aplicando un único pinchazo, de allí que el apaño de los puyazos sean servidos en una serie de tres “inyecciones”, siempre “por el disfrute de los aficionados”. El partenaire del picador es el caballo. Un equino casca do, inaccesible a cualquier provecho, a menudo portador de costillas quebradas, o menoscabado por el mordisco del destri pamiento, hábilmente ocultos bajo gruesos petos, qué, en teoría, le protegen el pecho y el costado derecho a la hora de picar. Desde 1928, el uso de los petos es obligatorio en toda lidia (pero no en los “entrenamientos”). La participación de estos corceles nunca pasa de tres o cuatro corridas, y por lo general mueren reventados por asta de toro. Capote: La faena del capote señala un rumbo patente; aquilatar el talante y la capacidad de ataque del bóvido. Eso sí, a fin de alimentar el hedonismo del respetable, se edifica usando un afiligranado repertorio de lances, donde emergen la verónica (demuestra el temple y el mando, además de ajustarse especialmente al recorrido del toro, dado que el matador sitúase de costado respecto al animal, y cuando éste
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carga le da salida para quedar otra vez en disposición de repe tir el pase), chicuelina (suerte de ejecución vistosa, caracteri zada por el hecho de efectuarse por delante, poniendo la capa a la altura del pecho y en el centro, sacándola por deba jo del hocico), gaonera (realízase situando el capote a la espalda, el lidiador en primer plano y de frente), farol (des pués de echarle la capa al cornúpeto, el maestro la pasa en redondo por encima de su cabeza y la coloca en los hombros, logrando así llevar a cabo el quiebro). Muleta: Trátase de un paño rojo que es sujetado con un palo de unos cincuenta centímetros de largo. En el último tercio de la lidia, la muleta asume carta de elemento decisivo al sacar a flote la hondura artística del matador, dado que permite componer una amplia gama de pases y poses. El uso del rojo parte de un concepto costumbrista con trapuesto al conocimiento: ¡el rojo excita al toro! Idea que navega en aguas lejanas al saber; los seres humanos tienen tres tipos de conos receptores de colores, por lo tanto son tricrómatas, mientras que los bovinos poseen dos tipos de conos diferentes, son dicrómatas, de allí que no ven el rojo. Todo lo cual revela que agitar un trapo de cualquier color surtiría el mismo efecto. ¿Falta de información? ¿Subestímase la sapiencia del público? ¿Un pequeño engaño dentro del enor me engaño? Banderillas: Llevan un arpón de metal de hasta ocho centímetros, y son clavadas en el punto ya destrozado por la puya. Este gancho se revuelve en el interior de la herida en cada movimiento del astado, produciéndole un intenso dolor. Un dolor que crece al rozarse la muleta en las banderillas. La finalidad consiste en consolidar la hemorragia, ya que extien de y socava la parte dañada asegurando la continuidad del desgarramiento. Espada: Verdadero puente entre la muerte y el éxtasis. Es el eslabón que le otorga empíreo a uno y eclipse al otro. Valiéndose de los ochenta centímetros de metálico largor, el torero ensarta al toro, despedazándole el hígado, los pulmo nes, el diafragma, etc. Al serle rota la gran arteria, el animal, en estado agóni co debátese en medio de copiosos vómitos de sangre. No obs tante, sabe ocurrir que en un postrer propósito por conservar
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la vida, rechaza caer, y arduamente busca la puerta por la que entrara, intentando poner separación de fuga en medio del suplicio y el valiente señor. Empero, derrúmbase una y otra vez, atragantándose con los borbollones de su sangre. En ese momento, y así frenar la cobardía asumida por el animal, suena la palabra “descabello” (rematarlo), y el “verduguillo”, otra lámina de diez centímetros, no tardará en aparecer. Entonces le aplican la “puntilla”; una puñalada en la cerviz. Islero hallábase solo, aturdido, preso al miedo, apeado del caminar de las horas, en silente respiro, inmerso en la abrumadora quietud que lo alejaba de la dehesa sin arrimarlo a la felicidad; tal si pagara un castigo en aquel desconocido lugar. La memoria le sacudía imágenes, descorchando la año ranza que lo instalaba en el ayer perdido, cuando corría fun diendo los matices del verde de los campos, contemplando el cielo, recorriendo nubes, catando distancias, sorbiendo aire, respirando la hierba, oliendo los días, escarbando el planeta, repitiendo miradas, disfrutando de la familia, apartado de toda espera, teniendo los robles, las encinas y la libertad oteando desde la cercana vecindad. Y ahora allí, recluido en la negrura, delineando a fuerza de la evocación el terreno natal, reviviendo los pastos puestos de pie, y la manada ensamblando guiños. ¿Era de noche o era de día? La oscuridad del encierro le escondía las formas, llenándolo de una angus tia ascendente. El empujón del aislamiento, al repercutir en la estreches el sitio, agrandaba el revolotear de la sombra. 28 de agosto de 1947, Linares, Jaén. Plaza de Santa Mar garita. Tarde de toros, para gloria de toreros y “dignidad” de los toreados. Un calor asfixiante. Diez mil quinientos especta dores apisonando los tendidos. El cartel lo compartían Rafael de los Reyes, “Gitanillo de Triana”, Luís Miguel González, “Dominguín”, y el más grande de todos, Manuel Rodríguez, “Manolete”. La ganadería Miura aportaba los mejores ejempla res de raza brava. La holgada expectativa recaía en Manolete, ya que aún resonaba el eco de su celebrada actuación en Las Ventas de Madrid, en la tradicional Corrida de la Beneficencia (16-7-47), presidida y muy elogiada por el caudillo de España, Francisco
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Franco (1892-1975). El sol era la bigornia moldeadora de los metales del entusiasmo, el firmamento agazapado, refulgencia en las ba randillas, vaivenes de abanicos, cascabeleo y percal, boinas y sombreros, perlas formando collares, desabotonadas camisas, pañuelos cual palomas, pómulos almibarados, pupilas radian tes, risas, comentarios, claveles, azahares, botas de vino, piel morena, arena rubia, ansiedad en ver la muerte alcanzada por las manos de los que cortaban la vida. Las cuadrillas, encabezadas por los diestros, se presen taron realizando el mítico paseíllo. Una cerrada ovación. El donaire toreril subía como un suspiro al azul etéreo. El brillo de los trajes robábale esplendor al astro diurno. Un alud de aplausos arrancó de los graderíos y en bandada aterrizó en el ruedo haciendo flamear la satisfacción de los protagonistas. La admiración gorgoteaba. Las vestimentas de oro y seda ful gían debajo de un Febo inclemente. El griterío crispaba la atmósfera escribiendo notas en el pentagrama de la soñada diversión. Tambores y clarines rompieron la tarde. La hora había llegado. El redondel manteníase aguardando. A Islero lo domi naba el dolor, del cuerpo, testículos y riñones, a raíz de la paliza recibida que no entendía ni intentaba entender. Para él ya no existían pisadas, bultos ni longitud; hallábase despoja do de cualquier alcance, a merced de la crueldad humana. Antes de salir le untaron vaselina en los ojos, y le metie ron en los músculos del morrillo la divisa que otorgaba casta y concedía bravura. Manolete, vistiendo malva y plata, plantó figura en el corazón del círculo arenoso. Brotando de la profundidad del miedo surgió Islero, el quinto toro, trayendo en los cuernos un pertinaz mensaje de muerte. El maestro, sin alterarse, rostro adusto, recio gesto, lo esperaba para hacer con él la coreografía mortal. Islero, deslumbrado por el repentino encontronazo de luz intensa, desposeído de nitidez en la mirada, extraviado en las fauces del lugar extraño, galopó por el redondel goteando el padecimiento resultante del clavo de la insignia alojado en el lomo, aparte de los golpes dados por los “expertos” y la
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intratable diarrea. Era un animal quebrantado en garras del pánico, obedeciendo desesperadamente la orden dictada por su naturaleza; huir, nunca atacar. Oscilaba sin parar, ya que las astillas incrustadas en los pesuños le impedían mantenerse quieto. La luz y el bullicio lo aterraban. Tal desesperación imprimía en los asistentes el convencimiento de ver en él una terrible ferocidad. Manolete corrió a buscarlo. Los ojos de uno chocaron en los ojos del otro. En ese conciso instante se conocieron. El maestro lo contempló expresando la calma abonada en la cos tumbre de desafiar a la parca cada semana. El toro lo miró sin comprender qué hacía delante de aquel señor. El trance estaba servido; Islero, ondeando los temibles cuernos, Manolete armado sólo con la capa fucsia y oro. Una presencia involuntaria hecha mercancía por la codicia, frente al deseo de gloria y dinero. Los diez mil quinientos aficionados permanecían solda dos al desarrollo del enfrentamiento; la vida y la muerte a punto de disputarse un espacio en el amplexo de la arena. Sujetando el capote con las dos manos, Manolete puso una pierna atrás y lo invitó a embestir. Islero aceptó el convite dándole curso a la arremetida. El lidiador adelantó la pierna que había echado a la retranca y quedó firme. Tan pronto como el astado lo superó, tiró la capa por encima del bóvido forzándolo a rotar en torno a él. Seguidamente pasó el capote por sobre la cabeza, giró el cuerpo, y al concluir el lance acabó plantado enfrente del morlaco. Islero no rehuía el desafío; encarando sin asomo de timidez. Rápidamente Manolete captó que el toro derrochaba fuerza en la acometida, excedido de vehemencia, sobrado de tesón, comportamiento que no contribuía al rutilar personal y menos a la belleza del espectáculo. Solamente unos puyazos iban a fijarlo. Le hizo una seña al picador pidiéndole que lo pusiera en suerte. Entró el “perito de la pica”, montado en la otra víctima del business; el caballo. Luciendo porte altivo y enarbolando toneladas de “arrojo”, el valiente especialista clavó la lanza en el morrillo de Islero. El dolor fue tremendo. La metálica puya, hambrienta de desgarramiento, le partió las carnes
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sacando a flote una hemorragia muy del gusto de la galería. Primer paso del sufrimiento animal convertido en verbena. El pinchazo le entró en el pináculo de la alzada, y ese suplicio, según la sapiencia taurina, le exaltó la bravura poniendo de relieve el terrorífico carácter del cuadrúpedo. Eso sí, a partir de la tarea del “erudito de la puya” ya no conseguiría levantar la testa; perdió la orientación, perdió la puntería. Islero ya presentaba las condiciones previstas, para que Manolete le concediera a los concurrentes toda la plasticidad de su “expresión artística”. El maestro mantenía la mirada fija, inalterable; irra diando la destreza incubada en las batallas vividas. Tamaño aplomo auguraba la repetición de las enormes faenas que residían en la memoria de la afición. Incendiando la suerte voló el capote sin mezquindad ni desorden. Exhibiendo un toreo de ingenio le sacudió dos veró nicas que rivalizaban en hermosura. La exquisitez del pulso en el manejo, convertía el capotear en sutil alargamiento de la elegancia torera. Irrumpió el banderillero rehiletes en alto, como si fuera a levantar vuelo. Prescindiendo de adornos efectistas, ciñén dose al subrayado de la eficacia, tras un atildado quite le clavó un par de banderillas en el mismo sitio ya despedazado por los puyazos. Un temblor emanado del tormento visitó a Islero. El desgarrón aumentaba, la hemorragia crecía. En cada movimiento los arpones revolvíanse en el núcleo de la herida. El peso de los palitroques le rebanaba la carne. La muleta apareció en plenitud soberana. El público ha lló refugio en el silencio, atornillando la vista al dramatismo del momento. La escena reasumía todo el brío. El paño rojo formaba el enlace entre el matador de refinada planta y el cornúpeto sediento de venganza. Manolete, extrayendo un arsenal de naturales, girando a la trinchera, con intenso moli netear, y cambiadas por alto y por lo bajo, condujo al bovino hasta el centro del redondel. Islero se movía festoneando la muleta. Cada embate encontraba respuesta en el flamear del trapo. Los muletazos y el rozamiento mecían las banderillas engrosando el sufrimiento, causándole un pavoroso martirio. La faena continuó alternando envites y engaños.
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Sin embargo, el cansancio, que también figuraba en la representación, hizo acto de presencia. El toreador invitó al astado a la corta distancia, pero éste ya emitía renuencia al combate. La trompeta proclamó el capítulo culminante; la hora señalada, ¡la hora de matar! Manolete saludó al respetable brazo en alto, dando un rodeo de ofrecimiento. La fría espada brilló ante la faz de Febo. Planeó una insonoridad de espera, la tenue brisa frenó el suspiro, el polen andariego paró el recorrido, una nube contempló curiosa, las aves acapararon un silente mirar, los perros enmudecieron el ladrido. Los aficionados, estremeci dos hasta las uñas por la eternidad del instante, contuvieron la respiración. Los veintiún mil ojos tiritaban pegados al deve nir del trance. Islero sentía la atención humana paladeando placer desde adentro de su desgracia. La puesta en escena mudó el despliegue. Cada actor asumió el papel del otro; ahora el toro aguardaba la feroz aco metida del torero con el antropófago diente del estoque. Islero, malherido, martirizado sin piedad, perseguido sin tregua, humillado sádicamente para deleite de aquella gente “entendida”, parecía resignado a servir de envoltura al gélido metal. Las babas aunaban dolor y fatiga, la orina corría patas abajo empujada por el miedo, la ansiedad de huir lan guidecía, la respiración bronca, ningún aleteo que pusiera luz al faro de la esperanza; la desorientación le hablaba de final. La álgida espada refulgía amenazante, cual un encrespa do grito en las manos sedientas de aplausos. Manolete apuntó, y el estoque partió en viaje de epílo go. Un relámpago de plata surcó el oro de la tarde. Negro animal escupiendo espuma blanca. Expectativa suspendida en la mudez del lance. Cuando el matador alzó el cuerpo en acro bacia mortífera, la glacial espada, ávida de carne caliente, le penetró el morrillo poniendo en el trayecto el premio de la profundidad. El morlaco no pudo menos que palpar los ochen ta centímetros de acero abriéndole las entrañas. Marejada de sangre en fase creciente. La vida entera sucumbía frente a su vista como un astro moribundo. Después, los latigazos de las convulsiones, el ahogo de los vómitos, el vergonzoso cimbrear
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del tambaleo, los ojos descentrados, la niebla precursora de la agonía, la existencia tanteando en los dedos del tiempo, un adiós sin pena, la partida alojada en el recelo, y la sangre tiñendo el ruedo; humedeciéndolo con el rojo crepuscular del sacrificado sin motivo. Y allá al fondo, la parca, esperándolo a fin de otorgarle la liberación. Islero clavó rodillas. Un sabor de sol y arena se fundieron en su boca. No obstante, en el último segundo, el temblor de un espasmo buscó altura, y un cuerno, en desesperado ondear, encontró el muslo humano hundiéndose en la arteria femoral del torero; abriéndole una flor roja que no paraba de crecer. La cornada pintó tragedia. Por los claroscuros de la sorpresa, teñidos por el rojizo sangrar, un gemido vertical saltó a hos pedarse en la perplejidad más estremecedora. Igual que un colgajo de guirnalda vencida, Manolete quedó en poder de las violentas sacudidas que la cabeza de Islero dibujó en el aire. El albero, previsto para el éxito, devino en ensangrentado espejo. Los tendidos diseñaron el fiero pasmo, y un temblor de pupilas afloró en los rostros desencajados. La irrupción de la fatalidad, al llevarse el carmesí, depositó en los rostros el níveo del estupor. La afición elevó la voz en chillido de sobre salto; el diestro más admirado había sufrido una cornada del toro traicionero. Sofoco y lágrimas cuajaron muecas confusas, haciéndose añicos en el tañido del desconcierto. Los hombros renunciaron al paseo del triunfo, cediendo el paso a los brazos que se llevaron al “rey de los matadores”. Liberando quejas arrancadas desde el confín del dolor, Mano lete fue introducido en la enfermería. El sorpresivo empitonado marcaba el atroz componente de la corrida, y, por añadidura, el mordisco fatal pendulando sobre el respiro de un hombre. Islero yacía retorciéndose entre secos estertores, tal la cuerda de la guitarra al romperse. La agonía cantaba el desen lace desatando crudeza, vertiendo realidad; anunciando oscu ridad en la tarde sin final. La multitud, ahíta de voces, íbase apagando en la distancia marcada por la muerte. Islero murió sin saber porqué. De los dieciocho años de expectativa de vi da para un bovino, la mano armada por el tintineo del dinero
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dispuso que sólo viviera cuatro. La arena áurea, salpicada con su sangre, era la única presencia acompañando la anónima partida. Lo esperaba un pozo abierto prometiendo caricias de tierra removida. Bernardo Muñoz, “Carnicerito de Málaga” (integrante de la cuadrilla), aceptó el encargo de cortarle las orejas y el rabo al cadáver de Islero. La tensión desembarcada en el llanto de los presentes, ventilando el estrujón del momento, aunó gargantas en grito unánime, aturdiendo los graderíos, estremeciendo la plaza: -¡Córtale una pata al toro asesino! Los asistentes desprendían indignación. Islero era poca cosa y Manolete muy grande. -No le corté una pata como el público pedía, porque me dio un ataque de nervios. Un no sé qué… -declaró luego, “Car nicerito”. El parte médico emitido en la plaza y firmado por el doctor Fernando Garrido Arboledas: “Manolete, víctima de una herida de asta de toro situada en el Triángulo de Scarpa, de veinte centímetros de longitud de arriba abajo y de dentro a afuera… Con rotura de la vena safena y contorneando el paquete muscular nervioso de la arteria femoral”. A las 23 horas Manolete fue trasladado al Hospital de los Marqueses de Linares. Ingresó grave, pero vivo. Su vida res piraba mirando al vacío. Aunque él quejábase que no sentía la pierna. Una hora después, en un destello de recuperación, pidió a Rafael Seco, “Cantimpla” (subalterno y primo suyo) un cigarrillo. Dada la situación los médicos accedieron. -Me pidió un cigarro –recordaba “Cantimpla”-. Se lo en encendí, le dio tres chupadas y me lo devolvió. Salí de la habitación y yo acabé de fumar el último cigarrillo que fumó Manolete. Dejando entrever una cierta ironía, el diestro alcanzó a comentar: -¿De verdad Islero quería que yo lo acompañara a la muerte?
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-Esa es agua pasada, maestro. El toro diñó sin puntilla. Su espada lo mató. Aquí tiene las dos orejas y el rabo. Usted lo merece todo. Manolete sonrió. Él que nunca sonreía, lo hizo desde ñando la circunstancia. En la noche adulta flotaban las imágenes de las tardes triunfales. Mas, las miradas y los gestos, aún estando presen tes, parecían ausentes. Al amanecer del 29 de agosto de aquel 1947, siendo la 5:11 horas, el rocío del adiós le apagó el fuego de la existen cia. El gran Manolete marchó al recuerdo. Sólo tenía treinta años.

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JASMINE, LA PERRA QUE AMA A TODOS LOS ANIMALES.
Su amor maternal está por encima de las especies
Año 2003, Warwickshire, Inglaterra. La mañana había hecho de la superficie el apeadero de la niebla. Todo rezumaba una pátina gris de fantasma górica presencia. Las cosas emitían formas desdibujadas, y los sonidos rimaban con el crujir de casas encantadas. Las personas parecían esos barcos navegando río abajo, y que poco a poco eran tragados por la bruma invernal. En la maloliente boca de un cobertizo, y encerrada en una estrecha caseta de can, estaba una perra. Tenía hambre, tenía frío, tenía miedo. No planeaba en el am biente un solo ruido, ni un murmullo; nada que acelerara el vigor de la esperanza. ¿Por qué no venía su familia humana? Esa familia a la que ella diera tanto amor, y en la que esperaba continuar hasta que el hachazo de la muerte marcara la separación. ¿Por qué este silencio? ¿Por qué esta soledad? ¿Qué hacía en esa oscuridad de noche inter minable? ¿Habíanse olvidado de ella? Y la reclusión que la abrumaba, los huesos le dolían y las heridas sofrenaban la necesidad de movimiento. Aquellos que amaba golpearon impunemente la mansedumbre de su cuerpo amigo. No obstante, sentía añoranza por el tiempo ido, de cuando la dicha remaba sin mancha de mezquindad. ¿Será que hizo algo muy grave? Pero, ¿el nivel de culpa deslucía los días felices, al punto de cerrarle el acceso al perdón humano? ¡Ah! Si regresaran los aceptaría sin rencor y volvería a jugar con ellos. La perra negábase a aceptar la realidad; fue abando nada, y el abandono la colocaba en manos de la voluntad de los hombres. La Policía, aplicando pulso firme abrió la caseta, y
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ante los ojos sorprendidos de la ley, emergió la imagen de una perra whimpering que escondía el recelo detrás de un mirar acobardado. Habíanla encerrado, dejándola en el si lencioso torbellino de la muerte lenta. La pobre respiraba a través del susto asilado en el gesto. La suciedad eclipsá bale el pelo, y la desnutrición insistía en descabalgarla de cualquier intento de fuga. Su deprimente estado lo decía todo; el maltrato llegó al apogeo asumiendo tintes de crueldad. Los hombres la sacaron al aire libre, y la luz libe radora derivó en el rayo turbio de la derrota; en un viaje inútil hacia la nada. La piedad ablandó los corazones de los policías, y en decisión hermanada a la premura, la llevaron a Nuneaton Warwickshire Wildlife Sanctuary, dirigido por el proteccio nista Greff Grewcock. Un sitio conocido por el refugio para animales abandonados, huérfanos o necesitados de urgen te atención. Entró al Centro mirando de reojo; llevando el recelo metido en las costillas. El lugar le resultaba muy extraño, aunque aquellos que la recibieron manifestábanse propen sos a poblarla de cariño. Un destello de afecto le afloró en el pecho, aunque la lengua renunció a entablar amistades lamiendo algunas manos. El personal del santuario se marcó los dos caminos que encausarían el trabajo; restablecer la salud de la perri ta, y ganar su confianza. Varias semanas de horas lentas y aliento largo derivaron en testigo del empeño, y el empuje de la insistencia mostró el rostro amable al colocar el rótu lo de éxito en los dos objetivos. Ergo darle el nombre de Jasmine, la gente del sitio contrajo la consecuente obligación; buscarle un hogar. Sin embargo, en la cabeza de Jasmine bullían otras ideas. Nadie recuerda cómo, pero empezó a cobijar bajo el manto de su cuidado a los huéspedes que arribaban al santuario. Sin distinguir entre un cachorro de perro o de zorro, un pájaro, u otro animal recuperado o herido, ella lo acogía, poniéndose a lamerlo maternalmente, sin ceder
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al cansancio ni darle luz a la tentación del descanso. Greff evoca uno de los primeros contactos: -Empezó dedicándose a dos cachorros que habían sido abandonados cerca de una línea de ferrocarril. Uno cruza de Lakeland Terrier, y el otro cruza de Jack Russell Doberman. Eran pequeños cuando ingresaron al centro. Jasmine, al verlos fue hasta ellos, y usando la boca agarró a uno por encima del cuello y delicadamente lo puso en el sofá. Luego hizo lo mismo con el otro. Después se sentó en medio de ambos, y los atendió tal si fueran sus propios cachorros. Ella es así, maternal, sin distinguir animales, inclu so acepta los conejos. Entregando protección los conquista y los ayuda a sentirse integrados; a admitir el nuevo entor no. Ha hecho lo mismo con cachorros de zorro y de tejón. Lame a los conejos y a las cobayas. Inclusive, permite que las aves se le posen en el puente de la nariz". Así, delante de los ojos emocionados de la gente del Centro, Jasmine, la perra estigmatizada por el maltrato y el abandono, derivó en la madre sustituta de los animales residentes; papel para el que parece haber nacido. Muchos animalitos jóvenes, que entraron tiritando de inseguridad, trayendo en las miradas el espejo de la deso lación, salieron beneficiados de la inusitada asistencia. La larga lista la conforman; cinco cachorros de zorro, cuatro de tejón, quince polluelos, ocho cerdos de Guinea, dos pe rritos callejeros, quince conejos, y varios corzos y ciervos. Jasmine, aplicando cariño consigue que las criaturas de diferentes especies no se maten entre ellas. Merece destacarse la entrañable relación que mantie nen Jasmine y Bramble, un diminuto cervatillo de sólo once semanas de edad, encontrado semi-consciente en un campo. Nada más llegar, la perra lo arrimó a ella a fin de mantenerlo caliente, y continuó haciéndolo jornada tras jornada asumiendo plenamente la función de mamá. -Bramble y Jasmine son inseparables -dijo Greff-. Él
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se pasea por entre las piernas de ella, y en todo momen to intercambian besos. Es un placer verlos caminar juntos por el Santuario. Bramble seguirá al cuidado de Jasmine, hasta que la edad le amuralle el cuerpo y el instinto de supervivencia le dirija los pasos, facilitando así la devolución a la vida del bosque. Y cuando el instante los enfrente al aleja miento, la libertad burbujeará en la sangre de Bramble, y el ánimo de la perra quedará flotando en el vacío de la ausencia. El cervatillo volverá junto a los suyos, y Jasmine buscará otro destinatario donde encausar su ternura. Los próximos animales que arriben a “Nuneaton Warwickshire Wildlife Sanctuary”, allí la conocerán. En ese lugar los estará esperando el amor de una perra que habita sobre la división de las especies. Porque el amor, siempre será un caudal con alas propias, que surca el espa cio de los sentimientos llevando un abrazo transparente.

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LAIKA, LA PERRA QUÉ DE LA CALLE SALTÓ AL ESPACIO.
¿Una perrita vagabunda fue la primera astronauta?
-Los perros callejeros poseen mayor capacidad de aguante que los perros domésticos. Enarbolando la crudeza del concepto establecieron un plan de capturas. A mediados del siglo XX, las dos grandes potencias, URSS y Estados Unidos, vivían inmersos en la llamada “gue rra fría”, y por tanto, en lucha permanente hacia la ilusión de alcanzar la supremacía. Para conseguirlo el objetivo polarizante reposaba en tres palabras: la carrera espacial. La resonancia positiva alcanzada por el Sputnik (en ruso, compañero de viaje), animó al principal líder político, Nikita Jrushchov, a solicitar la puesta en órbita de un segundo satélite (a ser posible de espectacularidad supe rior) a fin de que coincidiera con la celebración del cuadra gésimo aniversario de la Revolución Bolchevique de 1917. En el propósito lucía un único horizonte; exhibir la hegemonía soviética. Satisfacer tal pedido, encasillaba a los hombres de ciencia en el escaso margen de cuatro semanas. Kudryavka (poco rizada), era una perrita errante -de tres años de edad y unos seis kilos de peso-, que recorría Moscú removiendo desperdicios a la pesca de comida. Mas, un infortunado día, un silente lazo le revoloteó encima de la cabeza, y cayó sobre ella inmovilizándola a través de la rudeza de un estirón. De pronto, Kudryavka se vio al borde del invisible abismo que le cerraba todas las salidas hacia la fuga. La perra Albina y el perro Mushka corrieron idén tica suerte. El golpe de un zarpazo habíales evaporado la soltura otorgada por la libertad. Inmediatamente los incor poraron al Programa Espacial Soviético. Uno de los tres se
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ría la carga biológica del Sputnik-2 En el científico Oleg Gazenko recayó el encargo del adiestramiento, que básicamente estribaba en habituar a los canes a las condiciones de un viaje estelar, en la capa cidad limitada de una cabina, con un ruido ensordecedor, vibración en constante aumento, y aceleraciones de dife rente intensidad. En un Centro de Investigación, los introdujeron en el rigor que la misión requeriría. Pasaron a vivir jornadas y jornadas en jaulas cada vez más pequeñas. El obligado encierro les incrementó la excitación, ocasionándoles una retahíla de desórdenes tanto en las funciones excretoras como en la situación corporal completa. Kudryavka demostró una mejor aptitud de adaptabi lidad, al mantenerse tranquila en las pruebas de larga duración. De allí que fuera seleccionada para protagonizar la aventura orbital, teniendo por suplente a Albina (a la que habían lanzado dos veces en un cohete, constatando así la resistencia canina a las grandes altitudes). Mushka aportó información en los ensayos con los instrumentos de vuelo y el equipamiento de apoyo vital. A Kudryavka decidieron ponerle un nombre de fácil retentiva, y, sobre todo, asequible a la pronunciación en otras lenguas. Pasó a llamarse Laika, por pertenecer a esa raza de perros de talla mediana oriunda de Siberia. Dada la urgencia que la coyuntura demandaba, cons truyeron un satélite de forma conoide, quinientos kilos de peso y tamaño de poco más de un metro. En el interior viajaría la primera astronauta; la perra Laika. La travesía, inicialmente habíanla programado para una duración mínima de siete días y un máximo de diez, por tenerse la certeza que durante ese periodo podíase mantener viva a la pasajera, hasta que el oxígeno se extin guiese totalmente. A Laika le confeccionaron un “traje espacial” muy específico, provisto de un arnés que la sujetaría para así impedir que la ausencia de gravedad la hiciera flotar en la
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cabina, y a la vez le dejase realizar las actividades básicas de todo can; sentarse, ponerse de pie o tumbarse. El traje contaba también, con una bolsa destinada a almacenar los desechos orgánicos. En cuanto a la comida y el agua las re cibiría en estado gelatinoso, sin que el “cinturón de seguri dad” le dificultara el acceso a los expendedores. La nave fue dotada de mecanismos específicos, para evaluar la refulgencia solar y el alcance de los rayos cósmi cos, además de un generador de aire con sus dispositivos aspiradores del dióxido de carbono, que imposibilitarían la intoxicación por oxígeno. La cabina estaba presurizada y las paredes debidamente acolchadas. Y llegó el gran día. En el Cosmódromo de Baikonur actual Kazajistán-, y con una temperatura excesivamente baja, el 3 de noviembre de 1957 la Unión Soviética puso en el espacio la primera nave tripulada. A bordo iba una navegante singular; Laika, la perrita rusa que conquistó los corazones de toda la humanidad. En aquel ínfimo gajo de vida burbujeaba la esperanza del afán científico. En tanto ella, mostrábase nerviosa, como si presin tiera que la subieron al mismísimo patíbulo. Asumiendo la condición inmóvil, y con el temblor patinándole en toda la anatomía, notábase encadenada al impiedoso vacío, sola, deslizándose por un tobogán carente de asidero, y siendo utilizada en una partida sin retorno. Antes del lanzamiento, los científicos le adhirieron al cuerpo una serie de electrodos que transmitirían sus signos vitales. Al comenzar el viaje, las primeras lecturas de tele metría arrojaron un apunte alarmante; se triplicaron las pulsaciones del animal, advirtiendo del nivel de pánico al que hallábase sometida. Este dato preocupante, enseguida aportó otro contratiempo de orden técnico; al arribar a la altura necesaria y separarse el satélite del cohete lanza dor, la punta del Sputnik-2 se desprendió conforme a lo establecido, pero el otro sector, el denominado Blok A, no lo hizo, dificultando así el correcto desempeño del control
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térmico. Inclusive, un pedazo del aislamiento que recubría la cabina, por culpa de la vibración habíase desprendido. Al abandonar la órbita terrestre, según testimonios de especialistas presentes en la Base de Control, la perrita ladró, y continuaba mostrándose sumamente agitada; en un completo desasosiego. Aunque, contra todo pronóstico, comía. Desconcertada por el ruido y la trepidación, Laika pataleaba enloquecida, y el corazón le latía a un ritmo superior al habitual. Sin embargo, ya en órbita, y con el silencio planeando en derredor, logró tranquilizarse, tal si aceptara la dictadura de la existencia inmóvil, y la inquie tante amenaza que navegaba en el infinito de la cúpula. Ella sólo quería dormir y a través del sueño fugarse de la opresora realidad. Al poco rato, afloró el recalentamiento producido por el fallo del sistema de control térmico. Nuevamente le sobrevino la intranquilidad, y el mie do le cantó una gélida canción. Y ella ahí, asumiendo la angustia del extenso trayecto, apartada de toda voz amiga, lejos del verde saludo de la arboleda, untada en tinieblas, prisionera de un negror inamovible, y adentro de una velocidad impalpable. Sentíase atravesada por el puñal de un relámpago, inerme en una nave de misterio, entre llamas sombrías que al asilársele en la piel le agita ban el oleaje del desamparo. Entretanto, la temperatura originalmente planifica da para los quince grados, en insonoro arrebato llegó a los cuarenta y uno. Laika proseguía sumida en una sensación de olvido, con el pavor nublándole los ojos, la garganta ardiendo, y los movimientos desprovistos de entusiasmo. Respiraba solitud en el calor ascendente, cual una rata en poder de un infierno dilatado, y enredada en la inagotable factura de un castigo inmerecido.
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Mientras tanto, los animalistas de todo el planeta hacían oír la voz del descontento, e insistentemente mani festábanse frente a las embajadas de la Unión Soviética, exigiendo el inmediato retorno de Laika. El oleaje del tiempo agitaba los minutos cual el mur mullo de un tren fantasma, y la guadaña de la temperatu ra mantenía el cerco letal. En la nave el día y la noche no circulaban; eran un etéreo bloque sin forma ni presencia. Caminos pálidos y lentos, tenazmente apilados a fin de ahogar los momentos, esgrimiendo el depredador afán de domesticar la eternidad. Y Laika, testigo de piedra con ciego mirar y escéptica paciencia, duraba delante del panel ensamblando el espacio a lo desconocido. En tanto, un turbión de sombras percutía en la estrechez de lo inter minable, repitiendo insistentemente el deseo de abarcar la distancia; esa distancia privada de masa y noción de medidas. Los medios de comunicación de la época, ceñíanse a informar el hecho desde un ángulo político. De la salud, la recuperación, o la pérdida del animal, nadie hablaba por que no vendía. Entretanto, la versión oficial daba pistas falsas. -Laika tiene alimento y agua suficientes como para completar el viaje, y tornar a la Tierra en un paracaídas. Respondiendo a tales aseveraciones, en Chile saltó la sorpresa. -¡Laika aterriza en Santiago! Vecinos de la zona urbana conocida por la Gran Avenida, vieron a la perrita descender en paracaídas. Aun que, se comprobó el montaje, al aterrizar un perro y no una perra. De tal modo la imaginación popular habíase reído de la psicosis levantada por el curioso regreso. Sin rostros que arrimaran una caricia que enjugara la angustia, junto a ella todo crujía igual que mortaja de hierros viejos. La mirada de Laika remaba incansable abra zando instantes faltos de fatiga. Ergo mucha opresión, de
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viajar por lejanías sin ver nada, privada de un mero alcan ce, expuesta a la confusa marejada de otros dominios, solamente añoraba su tiempo de Kudryavka, cuando vivía entregada a modestas esperanzas, y respiraba en espacios abiertos, enhebrando búsquedas, zurciendo sueños. Y ahora estaba encerrada en ese cepo nocturno, con la movilidad cercenada, y el parpadear del recuerdo latiendo en la asustadora quietud. Así, en lueñe punto, Laika íbase extinguiendo, solfeando la desnuda estructura de la más recóndita inmensidad. En el Reino Unido, la N.L.C.D. (National League of Canine Defense. Hoy Foundation For The Dogs) organizó numerosas concentraciones a favor de Laika, y efectuaba diariamente un minuto de silencio procurando despertar conciencia hacia el inaceptable martirio. Y les pidió a los dueños de canes de todo el planeta que hicieran lo mismo. Acurrucada en las ruinas, masticando soledad, exis tiendo cual las hojas secas en la cumbre del árbol, Laika, cordón umbilical que unía el vacío a la Tierra, sólo era una mancha agónica entre cuatro latas. Para ella todo brotaba desvaído, transportando un acento envuelto en negro, emitiendo gimoteos repetidos, sin horas ni paisaje. Sabíase una náufraga amarrada al vuelo de la ingravidez, con un entorno de desesperanza viajando sin moverse, y dentro de una despedida carente de ademanes. La perrita devino en compañera de la ausencia, sujeta a un silente adiós destinado a parir distancias. También en Gran Bretaña, la League Against Cruel Sports, aparte de promover marchas de protestas, acudió a la ONU y a otras organizaciones internacionales, a fin de requerir una postura de rechazo al inaceptable experimen to basado en el sufrimiento animal. Instituciones de otros muchos países expresaron su profundo malestar. Qué lejos latía el planeta convulso que le mostró el futuro cuajado de luces desorientadas, provistas de soles iluminando lunas, pero ajenas al cortejo de voces que po blaban el tiempo martilleando el espacio.
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La travesía concluyó el 14 de abril de 1958. Al tornar a la atmósfera terrestre el satélite ardió. La aventura del Sputnik-2 arrojó el siguiente balance; ciento sesenta y tres días de viaje a través de cien millones de kilómetros, en los que recorrió dos mil trescientos setenta órbitas, circun valando la Tierra cada hora y treinta y cinco minutos. Según el comunicado oficial, Laika superó los mil seis cientos kilómetros de altitud en condiciones normales. Así siendo, las autoridades soviéticas insistían en ofrecerle al mundo la imagen de un éxito rotundo. La noche cerrada flameaba sobre ella. Solitaria habi tante de una naturaleza muerta, dándole forma a una idea que desconocía. Estaba sola dentro de ingenios amon tonados con fines invasores. Existencia opaca girando en un eje reiterado, como un espectro dando vueltas alrede dor de su sepulcro, en una cueva color luto, separada del ambular del calendario, en nocturnal giro y silente área, sujeta a una rama que no resumía árbol ni cielo. La muerte de la perra astronauta desembocó en una polémica mundial. ¿La ciencia tenía derecho a maltratar y matar animales persiguiendo conocimientos? Verdadera mente, ¿el sacrificio de Laika le facilitó datos al hombre en la conquista del espacio exterior? Una espesa bruma de dudas aún cubre la misión. De acuerdo a las versiones que transitan hasta hoy, el final de Laika destila un tufo a crueldad. Algunos aseguran que en la última comida iba el veneno que la embarcó en el dece so. Otros hablan de una combinación de veneno y gases tóxicos que de modo premeditado liberaron en la cabina. Igualmente, existen fundadas sospechas que la perra murió antes de salir de la atmósfera terrestre. Y todo se enmarañó aún más, cuando en 1999 fuentes rusas declara ron que sólo había sobrevivido cuatro días. Laika llora sin lágrimas, aturdida, en medio de la desolación creciente, y la luz de la vida que huye de sus ojos igual que una centella moribunda. El trazo débil del desamparo le dibuja una visión desprovista de mañana. Y
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ella existiendo como la brisa en la cima de la arboleda, con la respiración urgida y el aire artificial hirviente vo lando alrededor en completa libertad. Dimitri Malashenkov, científico que participó del pro yecto y lanzamiento del Sputnik-2, en el Congreso Mundial del Espacio del 2002, en Houston, EE.UU., declaró: -Laika murió entre cinco y siete horas después del despegue debido a las altas temperaturas y al pánico. Presencia involuntaria al servicio de ideales ajenos. A su lado gimieron campanas insonoras agitando retornos de auroras perdidas, y al hurgarle la memoria le devolvió imágenes que dolían sin lastimar. Rendida a la soledad, atrapada en un silencio inagotable, era la única pasajera de una estrella fugaz. Gyorgi Grechko, un especialista integrado en el gru po de ingenieros del Proyecto Sputnik-2, coincidió con Malashenkov en que la muerte debióse a las temperaturas elevadas, producidas por el desperfecto en el sistema de regulación del oxígeno. -Cuanto más tiempo pasa, más lamento lo sucedido. No debimos haberlo hecho. Ni tan siquiera aprendimos lo suficiente como para justificar la pérdida del pobre animal –concluyó Grechko. De pronto la perrita sintió la paz de los astros acurrucada en el alma. El sosiego, precursor del fin, ya la habitaba. La mató el hachazo de la falta de oxígeno. La experiencia espacial de Laika duró exactamente cuatro órbitas. Fue el primer ser terrestre que surcó el espacio, y falleció atrapada en los impasibles dedos de la ciencia. ¿Por qué? Porque la avidez humana ve un camino fácil en la mansedumbre de la especie que le resulta útil, como si la vida animal fuese una espada marchita. En el monumento ofrecido a los “Conquistadores del Espacio”, inaugurado en 1964 en la Ciudad de las Estrellas,
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vecina a Kaliningrado, figura la perrita Laika. Ampliando la gratitud al sacrificio en aras de la cien cia humana, numerosos países emitieron sellos de correo. El cine recreó la historia en varias ocasiones. También inspiró cuantiosas obras literarias de índole fantástica. En “Intervención”, novela de Julian May, seres alienígenas la recuperan con vida. Jeannette Winterson, en “Weight”, el titán griego Atlas recogió la nave en órbita, y la rescata y adopta. En el seriado “Doctor Who” apa rece su funeral. En un capítulo del cómic “Flash Gordon”, a Laika la salvan extraterrestres de apariencia canina. Grupos musicales de gran relieve popular usaron su nombre. Se compusieron y grabaron canciones para home najearla. Su foto ilustró cubiertas de numerosos discos. CCCP, un conjunto alemán, en el álbum “Cosmos” (1996) le ofreció un tema cantado por un coro militar ruso. El 9 de marzo de 2005, los controladores del Mars Exploration Rover, a un terreno en Marte, próximo al crá ter Vostok (Meridiani Planum) lo llamaron Laika. En Moscú el 11 de abril de 2008, cerca de un Centro de Investigaciones Militares, se inauguró un monumento en bronce, de dos metros de altura, a la perrita Laika. El calor sofocante nunca detuvo la marcha letal. Y lentamente ajustició la frágil carga; la perrita ya no reve laba indicios de vida. Cayó como un meteorito derrotado, empalmando la muerte al desafío del infinito. El mundo que pobló con ladridos le naufragó en la mente; Laika ya pertenecía al pasado. Entre la movilidad abatida que tras pasaba la nostalgia, la astronauta dormía en brazos de un sueño sin redención. Allí quedó, sin tierra sobre el cuerpo y sin cuerpo que enterrar.

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LOBO, BURRO Y HOMBRE.
¿Lo horripilante puede convertirse en conmovedor?
¿Estamos frente a un cuento infantil? ¡No! Estamos delante de una inequívoca realidad promovida por la trucu lencia almacenada en el acaecer humano. La siguiente historia tuvo lugar en la punta norte de las montañas albanesas, en el transcurso de la primavera de 2007. En un bosque, hogar de la eternidad secreta atrapa da en un suspiro, un lobo joven escuchaba el tarareo del agua, y se divertía viendo a la lluvia revivir las flores y ale grar la vida, mientras la brisa acariciaba la madera, mo viendo las hojas, besando la piedra. Ante la diligente vigilancia de mamá loba, el lobito invertía las jornadas jugando junto a sus hermanos, y por las noche hablaba largamente con la luna. La reina del cielo nocturno, atravesando la tiniebla descendía a ras del suelo a anidar en los árboles, y esculpir mil formas a fuer za de reflejos. La luna, extendiendo la muda mirada que acumula el silencio guardado en la bocanada del tiempo, acompañaba los aullidos del lobuno. Un día, cediendo al deseo de conocer qué existía más allá del espacio habitual, el lobillo abandonó un ins tante la manada para aventurarse en los lindantes parajes desconocidos. Y aun cuando la cautela le blindaba el ánimo, acabó pisando donde no debía pisar. De súbito, una traicionera red le envolvió el cuerpo cerrándose rápida mente, sin darle ninguna opción a la fuga. Pataleando enloquecido, a merced del miedo y la desesperación, cayó en manos de un “intrépido cazador”. El animal no comprendió, porqué razón aquel ser le robaba el derecho a la libertad.
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En tanto, en un corral situado en casa del “intrépido cazador”, un burrito digería hastío, recluido en los límites de una rigurosa empalizada, contemplando siempre el mis mo paisaje, y sin otra perspectiva que hacer del lomo, el transporte de cargas ajenas a cambio de comida. Al lobo lo llevaron a Patok, una localidad afincada a cuarenta kilómetros de la capital: Tirana. Allí fue encerrado en una jaula inmunda, y exhibido por el “intrépido cazador” como un trofeo logrado a través de la tenacidad y la valentía. El pobre animal pasó las primeras horas revolviendo sombras, velando sospechas, intuyendo que iba a terminar apaleado por los que tenían el Cielo Prometido. Sintió el derrumbe del aliento carnicero, y palpó que poco a poco enterrábase más y más en el pantano de la agobiante pri sión. En el hueco de la mente veíase morir ante el titilar de las ojeadas asesinas, aturdido por las risotadas de los captores, y rodeado de las salpicaduras de su sangre espar cidas cual estrellas apagadas. Permanecía estático, aguardando el arribo del largo tormento, entretanto, con los ojos perforaba el velo del aire, y el pensamiento volvía a los suyos, allá lejos de los “señores” del acoso y del plomo; corriendo libremente en la amplia morada de la vegetación. El lobuno, reacio a cualquier contacto “social”, y parapetado en la ferocidad manifestada por la temida den tadura, continuaba atento el devenir del lance, mirando desde un inquietante distar; emitiendo el acérrimo propósi to de luchar antes de entregar la existencia. Tal vez, debido al humillante encierro, o por verse en garras del enemigo, el asustado lobito renunció a la ali mentación. El “intrépido cazador”, notando que el hambre se comía el premio de la inolvidable hazaña, resolvió mante nerlo vivo, pues la feroz presencia le proporcionaba gran deleite a su engreído ego. Inmediatamente su vista y el gesto viajaron hasta el burrito. Las retinas, desbordando entusiasmo, le mostraron el semblante de la solución. Y
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blandiendo un civilizado e inteligente proceder, metió al asno en la jaula para que el lobo lo devorara. Los dos animales, presas fáciles de la maldad, ya compartían el maloliente cuchitril; uno sería la merienda y el otro el comensal. -¡El lobo va comerse al burro! Parientes y vecinos del “intrépido cazador”, raudos acudieron a recrearse viendo cómo los colmillos enfureci dos despedazaban la carne indefensa. El reloj detuvo el andar, las aves amordazaron los trinos, los arbustos encres pados subieron a la altura de las hojas, la brisa errante frenó el vuelo, y la superficie callada se abrazó al espanto de la arboleda. La curiosidad clavó la atención en la esce na. Los murmullos galoparon a refugiarse en brazos de la insonoridad, y el silencio acaparó la anchura del día. Los ojos de cada animal emitieron un presagio. Una ráfaga de álgido estremecimiento horadó el sitio. Las pare des de la gayola retrocedieron alejándose del sangriento banquete. El borrico tembló, y dada la proximidad de la muerte miró en derredor buscando la vía de escape, mas, la consistencia de la jaula pronto le derritió la posibilidad de huir. Sin embargo, la fiera no vio en el asno el bocado apetecido, e ignoró el rezongo del apetito demandando alimento. Inexplicablemente, dejó en segundo plano la necesidad de comer, y con pasos breves recorrió el metro del recelo y fue a fregarse en las patas del borriquito cual un perro cariñoso. El jumento, invadido por una marejada de agrado, movió las orejas aceptando el dulce anuncio de la amistad. Los presentes quedaron patidifusos. El lobo feroz desistía de la comida. Los minutos pasaban y la muerte no aparecía componiendo el espectáculo. Los animales, canjeando un mudo mensaje de enten dimiento, decidieron darle descanso al cepo del instinto, a fin de que la situación creada por el hombre la resolviese la sensatez. Los “irracionales”, olvidando la severidad del
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trance, amansaron los dientes y las patas, recompusieron la rigidez de los cuerpos, y obedeciendo al arribo del amis toso llamado, perforaron el murallón levantado por las especies. En claro desafío a la dictadura del momento, establecieron una alianza basada en la colaboración; delante de la presencia humana el lobito se ocultaba detrás del burro, y el burro lo protegía de la “bondad de los anfitriones”. De este modo, el lobo asumió la docilidad del burrito, y el asno la fiereza aportada por el compañero de infortunio. El desencanto saltó de rostro en rostro estampando una mueca amarga en la expectación de los allí reunidos. El entretenimiento cuajado de sangre, le daba esquinazo al rojo esperado por las pupilas anhelantes. Las jornadas pasaron sin asomo de cambio, y la rela ción de las bestias derivó en show de cariño. La concordia había triunfado. La extraña convivencia agudizó la expectativa de los lugareños, y de inmediato rebotó en el interés de todos los medios de comunicación nacionales, acabando por desem barcar en los internacionales. La noticia produjo la masiva llegada de curiosos. El “intrépido cazador” no tardó en ver el negocio. Corresponsales de muchos países comparecieron a fin de comprobar in situ la veracidad del suceso. La rara confraternización cobró alas, y los “socios” de desgracia aparecieron en los periódicos y los noticiarios televisivos y radiofónicos del mundo entero. A todo esto, una honda sospecha aterrizó en la men te colectiva: ¿qué iba a pasar cuando los ocupantes de la sucia jaula, hermanados por el cautiverio, dejaran de ser noticia? La respuesta emergió expresando una despiadada probabilidad; el destino del borrico apuntaba al estómago del lobuno, y este, al no ser domesticable, moriría en ma nos de quienes lo apresaron.
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El insólito compañerismo halló cobijo en el corazón de la gente. Entonces, los animalistas de todo el planeta desenfundaron las voces, y en unánime grito pidieron a los gobernantes de Albania, la liberación de los animales; que el lobo tornara a la boscosa montaña de cuyo amplexo había sido arrebatado, y que al jumento lo trasladaran a un santuario donde el cuidado y el amor le hicieran olvidar el mal trago vivido. La presión internacional devino en insostenible y en pocos días surtió efecto; ambos recuperaron la libertad. El lobito regresó a la manada, y el asno al corral junto a sus congéneres. Para ellos la vida volvía a tener sentido. Los dos consiguieron transmitir, que en el ramaje de los impul sos enraizados en los buenos sentimientos florece el árbol de la amistad. Esta historia es una de las tantas que habitan en el seno de la naturaleza, enarbolando un enfático testimonio de la existencia de otras conductas, donde el afecto sabe ser un vehículo de arraigo, y especies, razas o tamaños, pierden la relevancia otorgada por el afán de dividir que palpita en la mezquindad humana.

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MORO, EL PERRO DEL ADIÓS.
¿Un monumento a un animal que inspiraba temor?
En Andalucía, tierra donde el trabajo amasa sueños y la poesía desgrana metáforas, se encuentra Córdoba, con los ojos bañándose en Sierra Morena y los pies esca lando el río Guadalquivir. Y en el sur de Córdoba, allá donde el viento y el olivo hacen esquina, y la acción del músculo convierte la aceituna en fruto humano, desde el año 1382 establece domicilio Fernán Núñez, un pueblo laborioso que canaliza los esfuerzos hacia el arco iris de la esperanza. En Fernán Núñez, y en la séptima década siglo XX, arrancó esta historia. Una historia que desafió al entendi miento, al asociar el desasosiego a la extrañeza. Y no por tratarse de un hecho esporádico que abrió puertas frente a lo pintoresco, sino, porque este episodio persistió a lo largo de diez años. El protagonismo recayó en un perro que desprendía un fuerte halo de intimidación. Eso sí, no fue un can que ladraba a las sombras ni exhibía los colmillos al primero que pasaba. Tampoco tenía casa, ni cadena que le pusiera metros a su libertad. Todo en él acuñaba lo sorprendente. Empezando por el modo de aterrizar en el lugar. Había pertenecido a un mendigo que falleció junto a él. El can permaneció al lado del cuerpo en constante vigilia; acompañando tan solitaria partida. Cuando lo hallaron, el cadáver ya estaba en extremo estado de descomposición. El Ayuntamiento se encargó de darle sepultura. Lo enterraron sin otra compañía que la de su fiel perro. Entonces, el pobre chucho, sin dioses que lo prote gieran ni cariño que lo abrigara, acopló sus carencias a la calma de Fernán Núñez. Algunas personas, conmovidas al ver tanta desdicha, lo alimentaron. Alguien lo llamó Moro.
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Pero la relación de Moro y la mayoría de los vecinos pronto derivó en descontento, al unirse lo normal a lo inquietan te. ¿Por qué? ¿Tratábase de un ser siniestro? ¿De un ser poseedor de poderes sobrenaturales? ¿De una criatura del inframundo que regresaba de los lúgubres abismos del mis terio, a buscar nuevas víctimas que engrosaran un perenne ambular? Durante un entierro desembarcó el nerviosismo del recelo. Cierto día, en el quieto paisaje de cruces oxida das, lápidas frías, candelabros sin brillo y flores decaídas, allí donde la vida se pierde de vista para transformarse en tierra callada, la atención de la gente rodó hacia él; un pe rro grande color de las tinieblas, con un ojo negro -similar al pelaje- y el otro blanco cual señal de ausencia. La señe ra figura y silenciosa conducta, asumía el aspecto de un doliente más. La curiosidad no tardó en comprobar que en cada fallecimiento el animal participaba de las exequias. Pero, lo que realmente disparó las suspicacias, fue la extraña costumbre del animal; aproximábase al domici lio de un enfermo, y, con la mirada ungida en el presagio y los movimientos remando en la tristeza, tal si obedeciera a un enigmático mandato, tendíase en la puerta a esperar el cercano desenlace. Al producirse el óbito que deshacía la madeja del drama, y una vez que la parca estableció la parafernalia del momento, Moro entraba en la casa. Su manso mirar le transmitía el pésame a los deudos, y luego, llevando los ojos cargados del reflejo de las velas, sin molestar el reposo de las flores ni coartar el apogeo de las lágrimas, acurrucábase en un rincón a aguardar la hora del cortejo. Al día siguiente, desde la cúspide del silencio, pre senciaba el estremecedor instante del sellado del ataúd. Seguidamente, integrado en la comitiva, y formando parte del espectáculo que el dolor exhibía por las calles, entra ba al cementerio. Allí, en medio del pesar, y de las frases sin palabras abarrotadas de comprensión, veía cómo los asistentes se abrazaban dándose ánimos delante del duro trance del sepultamiento, y el descorazonador momento
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escrito por las paladas de tierra marcando un espacio para el recuerdo. Después, la nada. El difunto ya pertenecía al pasado, y los familiares, consternados, enfilaban rumbo a la resignación. Rápidamente la voz popular le dio curso a la senten cia; cruzarse con Moro equivalía a poner un pie en el otro barrio. Tal posibilidad alarmaba; ¡el perro era un emisario de la muerte! ¡Y dónde se detenía la guadaña cantaba una canción de invierno! A su paso cundía la zozobra. Todos pasaban a varios metros de él, sin mirarlo y cruzando los dedos a fin de ahu yentar el peligro. Y si el perro decidía pararse enfrente de una vivienda, los moradores lo espantaban golpeando cace rolas o tirándole cascotazos. A tal semejante proceder lo hería profundamente, puesto que, al anularle el afán de amistad, lo aislaba más y más. La ojeriza encendió la mecha. Al verlo la gente salía pitando; algunos escalaban los árboles, y otros recurrían a repentinas visitas a los vecinos entrando en casas ajenas. Al avistar a Moro, a los hombres se les caían los calcetines y a las mujeres las enaguas. Muchos claudicaban frente al miedo y la sugestión los ponía mal; rotos por la angustia y sintiendo ganas de morir. Moro era más silencioso que el cáncer y más eficaz que la metralleta. De existir hoy, segu ro que alguna potencia lo nombraba Ministro de Relaciones Exteriores, y lo mandaba a diezmar pueblos; básicamente a los que poseen petróleo. En aquellos años, en Fernán Núñez el verbo estam par no llegó a convertirse en estampida, gracias a muchas personas veían en Moro sólo a un perro, y lo trataban con ternura por haberlos acompañado en el doloroso trance de la pérdida de un ser querido. Esa fue la gente que cuidó de él y lo atendió en todas sus necesidades. El chistecillo recorrió las calles: -Pal Moro, el Día de los Difuntos es su día de fiesta Y junto al chistecillo, la desconfianza le ponía alas a los interrogantes:
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-¿Y no será que la gente palma por haberlo visto? -Pa mí que el Moro tiene poderes mágicos, y se los carga pa aumentar el prestigio. De haber sido verdad, en las Fuerzas Armadas no se enteraron, ya que con un perro así ¿para qué armamento? Varios, aunque temblando por dentro, en prueba de valentía insistieron en acariciarle la cabeza. Moro captaba el recelo pero se hacía el sueco, y tras mover la cola ale jando los fantasmas de la repulsa, les colocaba un húmedo lengüetazo tipo trapo de la cocina. La exageración popular le atribuyó la intervención directa en unos seiscientos casos, con ritual completo; anuncio, velatorio, cortejo y enterramiento. Cifra difícil de aceptar al ser Fernán Núñez una localidad pequeña. Además, si al año lo componen cincuenta y dos semanas, en diez años las cuentas cantan a más de un muerto por cada una de esas semanas (por poco el animal era acusado de genocidio). Sin embargo, también la existencia de Moro supo cumplir una eficiente función social; pues al verlo rondar daba tiempo de avisar a toda la parentela, e incluso de discutir el precio del servicio con la funeraria. Asimismo, su agorero hábito contribuyó a que muchos fallecieran son riendo; imaginando la cara de los acreedores al enterarse que ya no le podían cobrar. Igualmente derivó en fuente de inspiración para otros, que hallaron en él la manera de librarse de las suegras. Otras, ansiosas por enviudar, abra zaron la idea de atarlo a la pata de la cama del marido. No es descabellado pensar en escenas de este tipo. La mujer parada en la puerta de la casa, ve venir al espo so haciendo eses. -¿Por qué caminas tambaleándote? -Porque el Moro me hizo mal de ojo. -¿Y el mal de ojo huele a vino? Mas, el cúmulo de la sorpresa asumió rol de inexpli cable cuando, en un alarde de anticipación, se quedaba
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jornadas y jornadas a las afueras del pueblo, hasta que la llegada de un vehículo fúnebre trayendo un difunto a exhumarlo en el cementerio local, le ponía fin a la espera. Entonces Moro se incorporaba a la comitiva tal si fuera un condoliente. Inclusive, ocurrió que hallándose lejos de un hecho luctuoso, él, avisado por un sexto sentido o por el olfato, venía al encuentro del séquito y respetuosamente sumábase al grupo, sin aquilatar la clase social ni la posi ción económica del finado. Sin embargo, este ejercicio de equidad no fascinaba a la gente. De allí que algunos intentaron deshacerse de él, y al menos dos veces lo metieron clandestinamente en camiones en tránsito, a fin de que desapareciera definitiva mente. Acciones estériles, ya que él volvía sin ruido, para alegría de los que sí lo amaban. Corría el año 1983. Un amanecer Moro abrió los ojos y se vio rodeado de personas jóvenes. Agachó la cabeza esperando una suave caricia, y recibió una patada en la amplitud de las costillas. Y a la patada inicial le siguió un palo, y a continuación otro, y otro... Cada golpe era como una erupción explotándole en el cuerpo. Moro, angustiado, encogíase tratando de alejarse de los impactos. Las babas y el dolor confluyeron en la honda zanja de la paliza. La mañana compartía espacio con los gritos, los garrotazos y las risas. Para el can todo fue volviéndose turbio; las luces y las sombras compusieron el múltiple gris de la desespera ción. Sintió que su masa corporal iba asumiendo otra confi guración; desembocando en un amasijo de huesos rotos, heridas abiertas y vísceras aplastadas. El hocico perdió la forma, y un ojo, al reventar, encontró refugio debajo de una oreja; los colmillos que le robustecían la defensa, le llenaron de astillas la boca, y la sangre, al desertar de las venas, volaba sembrando manchas en el suelo. La fuga por la grieta de la salvación, ya languidecía en un horizonte de agonía. La cola que dibujaba en el aire señales de amis tad, echó anclas en un mar de quietud. La muerte aceleró el final expresando una cruda firmeza, una espantosa rea lidad. En el último suspiro, escuchó las voces apagándose
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en la distancia. Murió sin entender porqué. La superstición habíase cobrado una nueva víctima. Moro entregó la vida en el Parque del Llano de Las Fuentes, en la más completa soledad, sin depositar la mirada en una mirada amiga. Abandonó este mundo del mismo modo que la vivió; en silencio. Mas no lo hizo por el declive somático, que fríamente pasa factura cual tributo existencial. A él, el adiós le sobrevino por medio de esa fuerza ilusoria que el alcohol otorga al estrecho cerebro de los cobardes. ¿Qué mal había hecho el pobre perro? Pues, nacer en un mundo de hombres. La gente empapada de tristeza, le dio sepultura jun to al paredón de las Huertas Perdidas. Al poco tiempo, la sorpresa volvió a estremecer el entendimiento: el muro se desplomó encima de la tumba, esculpiendo con escombros el definitivo panteón. Los años pasaron, y al cumplirse la docena de tan brutal asesinato, en el mismo Parque del Llano de Las Fuentes, el amor del pueblo de Fernán Núñez inauguró su monumento (obra del escultor Juan Polo). La historia de este sorprendente animal adquirió relieve en crónicas de la prensa nacional e internacional. La televisión alemana lo homenajeó a través el programa especial: "Die ungewöhnliche Geschichte von Moro, einem wahrsagenden Hund aus Spanien" (La insólita historia de Moro, un perro vaticinador de España). No obstante, aun hoy perduran algunas preguntas: ¿Cuándo aullaba de modo tan quejumbroso, prede cía el deceso de alguien o sólo reclamaba compañía para mitigar el desamparo? ¿Verdaderamente, podía vaticinar la muerte, o su presencia en el lugar debíase a la simple casualidad? ¿Y si la intuición lo incitaba captar la tristeza que emana de las casas dónde hay un enfermo? ¿Y si los humanos antes de morir segregan algún olor o sustancia, y los canes lo perciben?
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No es absurdo considerar que, al haber permanecido tanto tiempo al lado de un cadáver en descomposición, en el olfato le arraigó el olor de la muerte. De ser así, más que facultades paranormales, el comportamiento de Moro resumíase a una reacción bioquímica. En el antiguo Egipto ya conocían la extraordinaria capacidad de los perros ante la muerte, y los aceptaban hasta el punto de adorar al dios Anubis; el Señor de las Acrópolis (con cuerpo humano y cabeza de can).

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ORIÓN, EL PERRO HÉROE.
¿Un perro hizo de la solidaridad su escudo ante la muerte?
26 de febrero de 2000. El salón Andrés Eloy Blanco, coqueto rincón del Palacio Municipal de Caracas, levantó la mirada a fin de contemplar la entrada de los invitados. Eran las Fuerzas Vivas de Defensa, compuesta por Bombe ros, Guardia Nacional, Vigilancia Costera, Fuerzas Armadas Venezolana, Fuerza Aérea, médicos, veterinarios, Alcaldía, empresas privadas, asociaciones de vecinos y voluntarios, que en abrazo fraterno supieron aunarse en la difícil tarea de enfrentar el desastre natural del 15 de diciembre de 1999, cuando, extremando arrojo y generosidad, salvaron vidas de personas y animales. Eso si, el salón no entendió la presencia de un perro negro, con manchas marrones en la cara y de unos sesenta centímetros de alzada, en una reunión tan solemne. La ceremonia pronto desechó la adusta envoltura, y la amabilidad corrió sin dificultad por el recinto. Todos los participantes fueron condecorados y recibieron diplomas acreditativos. Mas, al llegar el momento del can, al salón lo tambaleó la sorpresa, y no pronunció un solo quejido por respeto al protocolo. El perro, llamado Orión, recibió la Medalla de Honor Al Valor. Diez años antes había llegado al seno de la familia de Mauricio Pérez Mercado, piloto de profesión, un cacho rro de raza rottweiller, al que le otorgaron el nombre de Orión, igual al del hijo de Poseidón, el dios de los mares. El perro se acostumbró a frecuentar el riachuelo de Tanaguarema, cercano a la casa en Cerro Grande (estado de Vargas). Y allí, entre muchos juegos y muchas alegrías aprendió a nadar. Tiempo después llegó Alfa, la compañera de la mis ma raza. La pareja entabló amistad con Negro, un perro
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vecino, y Micky, un gato travieso. Juntos perseguían las lagartijas, espantaban las mariposas o ponían en fuga a los pajarillos que en el suelo procuraban alimento para los polluelos. Y mientras el gato se lamía el pelaje sin inmutar se, los canes chapaleaban alegremente en el riacho. Uno de los grandes placeres de Orión era sacar del río a Mauricio, montado en el lomo. Por lo visto, latía en el animal la vocación de perro de rescate. En noviembre de 1999 las lluvias desembarcaron en el estado de Vargas, y aunque produjeron cuantiosos daños en toda Venezuela, esta región resultó la más castigada. Pero, el 15 de diciembre firmó una fecha cuajada de espanto. Una terrible realidad se adueñó de Cerro Grande; las aguas habían tomado la zona y fieramente amenazaban a las viviendas. La lluvia caía arrastrando más lluvia. Jornadas y jor nadas. La gente del lugar, presa en la red de las obstinadas precipitaciones, clamaba por el fin del persistente goteo musicando la expectación. Orión presentía algo y aquella tarde mostrábase in quieto; ladraba y ladraba como avisando de la llegada de una desgracia. Al arribar las primeras sombras la excitación del animal adquirió sentido; adentro de la negrura brotó un atemorizador ruido similar a gárgaras. Y del medio de un bullicio ensordecedor, parecido el regurgitar del infierno, la oscuridad escupió la respuesta; una avalancha de agua, lodo y cascotes bajó sembrando la tragedia. En pocos minu tos el líquido invasor penetró en las casas cual indeseado visitante. Mauricio entendió a Orión, y, preocupado por la segu ridad, junto a la familia y las restantes mascotas (Alfa y los ocho cachorros) siguieron al perro a la azotea; a refugiarse en la intemperie. Empapados hasta los huesos y envueltos en la noche inacabable, sólo tuvieron que esperar. Por la rotura de su bóveda, el cielo derramaba acuo sas hebras convertidas en tortura vertical. La lluvia, ciega metralla perforando la opacidad, escupía punzantes dedos cubiertos de furia, y golpeaba la vida tal un astro roto.
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Amaneció. El nuevo día mostró un paisaje dantesco, de fango devastador engordado por escombros, que insistía en permanecer acunando calamidades. Los árboles arranca dos pasaban haciendo piruetas, enseñando el violentísimo desalojo en el estremecimiento de las raíces desnudas; en una disonancia recargada por el barro viajero y las piedras arrolladoras. Las casas anegadas se partían por la presión del líquido indomable, y las vigas capitulaban como pidien do perdón por caer vencidas. El temporal fustigante esparcía presencia en la zona, y los riachos enloquecidos, en vuelo sin retorno, transporta ban trozos de viviendas, vehículos, rocas y árboles, junto a despojos humanos y animales. El agua embrutecida, esgrimiendo las afiladas uñas, desprendía amarras a las cosas, y el galopar del corcel de la tempestad iba dejando en la superficie un manto de des trucción y de muerte. Y en el medio, los habitantes, presos a los grilletes de la circunstancia, no veían ninguna salida. Con el firmamento enfurecido diluviando sin amainar, la esperanza mezclaba el terror a los gestos amilanados, y los abrazos de pánico a las miradas mudas; esperando que la adversidad derivara en un viaje a la nada. Mientras tanto en las cunas, el futuro aún retoño, lloraba presagiando el arribo de un dramático final. A media mañana de aquel infortunado jueves 16 de diciembre, un helicóptero rescató del techo de la morada a Mauricio y su familia. Tuvieron que partir sin Orión, Alfa y las ocho crías. Fue un momento penoso. -Lloré al ver cómo Orión se quedó aullando sobre la casa. La noche anterior estaba muy nervioso, al punto que nos llevó a la azotea -recordó Aída Touseda, esposa de Mau ricio Pérez. Partieron rumbo a un lugar tranquilo. Desde el aire la familia observó el panorama de agua, troncos a la deriva y piedras sueltas navegando en la vorágine. En aquellas horas que la parca devino en cacería, tan solo Orión podía hurtarle las piezas al guadañazo fatal. Tal vez eso pensó el can, cuando escuchó unos gritos pidiendo auxilio. De un vistazo localizó a una niña que se
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hallaba en el río agarrada a un palo. La vida de la niñita corría peligro, y las aguas revueltas no invitaban a heroici dades. La gente, paralizada, enmudeció. Orión, sin dudarlo, al instante saltó a la desdentada boca del acuoso desafío. Oponiéndose al riguroso trance nadó hacia ella desdeñando el zarpazo del riesgo; guiado por los desgarradores llamados de la nena. Mil ojos, chorreando preocupación, acompañaron la valentía del can. -¡La va a despedazar! -gritó alguien. Los chillidos de advertencia procurando que Orión renunciara al enorme empeño, contrastaban con el afligido mirar de la pequeña, que sentíase en garras de la muerte. Al abrir Orión las fauces para asirla, las miradas pin taron inquietud, los pechos reprimieron la respiración, las manos enmarcaron los rostros cual síntoma de desespero, y retornó el maligno presagio; ¡la potencia de las mandíbulas destrozaría a la chiquilla! -Apenas llegó a ella, todos gritamos al pensar que la iba a atacar. Pero la niña supo interpretar el mensaje y lo abrazó. El perro la sacó –contó un testigo. Luego, los presentes corrieron a prestar ayuda a la nena. Entonces, delante de ellos explotó la sorpresa: ¡la chiquita no presentaba un solo rasguño! Orión habíala tomado por las ropas, haciendo añicos los presentimientos adversos. La niña de ocho años -hoy huérfana-, cediendo al nerviosismo, derramaba un mundo de lágrimas pegada a su salvador. Otros gritos de socorro invadieron los oídos del can; una jovencita que intentó cruzar el río, había sido arrastra da por la corriente. Orión partió al rescate. Las aguas entenebrecidas se alzaron exasperadas a cortarle el camino, mas él rompió la muralla acuosa a fuerza de empuje. Al llegar junto a ella, usó la suavidad que la premura otorgaba, cerró la boca en las ropas de la muchacha, y nadando denodadamente la llevó a la orilla, sin producirle ninguna herida. La joven de catorce años lloraba, sólo lloraba. Sin embargo, Orión no esperó las caricias portadoras
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de reconocimiento, y sin frenar el ímpetu volvió a desafiar al líquido embravecido motivado por un único fin: salvar vidas humanas. El gentío, sumando de uno en uno alcanzó la cifra final; treinta y siete personas de diferentes edades -desde niños a un anciano de ochenta años-, rescatadas por Orión. El amor que atesoran los canes, empapado en el instinto de solidaridad, cristalizó en la inusitada hazaña. Este fue el heroico proceder de un rottweiller, un perro de raza considerada peligrosa. No obstante, al suceso lo saldó una nota negativa; a los ocho cachorros de Orión y Alfa se los llevó el desastre. También murieron su amigo Negro y el gato Micky. Mauricio Pérez Mercado, escuchó por la radio que en Cerro Grande, un perro salvó de una muerte cierta a varias personas. -Tras dos días de angustiosa espera, un vecino, un amigo y yo volvimos en helicóptero a buscar nuestros ani males. Los encontré entre los restos de la que fue nuestra casa, al otro lado del río. Orión y yo lloramos de emoción – señaló Mauricio. Recién supo que el héroe canino no era otro que su Orión. La noticia desembocó en una gran satisfacción, ya que jamás pensó que su amado perro llegaría a celebridad. Después, Mauricio, la familia y las mascotas, establecieron residencia en Guaicoco, al este de Caracas. Los medios de comunicación se volcaron con la haza ña. Globovisión le dedicó un amplio programa (participaron Mauricio Pérez, gente rescatada, testigos, y, por supuesto, Orión). El animal tornóse frecuente en periódicos, revistas, radios y otras televisiones nacionales. Asimismo, el eco de la gesta traspasó las fronteras, y viajó por las televisiones del mundo enlatada en vídeo. La gente lloraba conmovida viendo las imágenes. Orión logró múltiples homenajes en Estados Unidos, Rusia y España. En Venezuela participó de numerosos eventos, y fue asiduo visitante de escuelas, asilos de ancianos. Compartió juegos y alegrías con enfermos de alzheimer y síndrome de
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Down.

-Muchas personas al conocerlo, lo abrazaban llorando de emoción –recuerda Mauricio-. En facebook aún existe un grupo de admiradores. Pero, a la vida de Orión arribó el 2008 transportando una acción de epílogo, y la muerte, en paseo triunfal, le penetró en el cuerpo disfrazada de enfermedad. Un aciago día, una complicación gastrointestinal le cerró el libro de la existencia. Orión murió el uno de diciembre. Su tramo de tiempo había concluido. Partió en silencio, rodeado del cariño de quienes supieron amarlo y que él tanto amaba. El perro héroe de Cerro Grande partió dejando en Venezuela una fecha para el recuerdo. Si existe el cielo de los perros, Orión desde allí nos estará mirando. En tanto, dentro de nosotros las preguntas palpitarán aireando una indomable insistencia: ¿de él se acordarán poetas, escritores, artistas plásticos o músicos? ¿Le levantarán un monumento? ¿Alguna calle o una plaza, recibirá su nombre? Esperemos que tantos interrogantes, no demoren en adquirir forma de respuesta.

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PERICO, UN RECUERDO INTERMINABLE.
¿Un asno inconformista qué huía de la policía?
En Santa Clara, ciudad que rubrica el corazón geográ fico de Cuba, desde el diáfano cielo se descuelga la luz a integrarse en la belleza del sitio. Allí el verde enlaza con la arboleda colmada de nidos, y las aves en alegres vuelos ponen chispas de vida en el aire. Santa Clara ábrese generosa a los ojos del turista. Y si este recorre las calles deteniéndose en parques y paseos, al desembarcar en los barrios periféricos, hallará en una plaza color esmeralda la escultura metálica de un borrico. Ciertamente, la extrañeza adquirirá tono de interrogante, al ver la estatua de casi tres metros instalada sobre el césped. Si averigua quien es el personaje que atesora el metal, le dirán. -Es el burro Perico. Este pintoresco burrito dibujó su andadura en Santa Clara, y consiguió ganarse el cariño de todos. El pueblo lo mantiene entero en la memoria, y transmite la historia del borrico de generación en generación. En la tercera década del siglo XX, un hombre humil de, Bienvenido Pérez Lea, viajó a Cerro Calvo a comprar un burro para que lo ayudara en la dura tarea de comprar y vender botellas. Lea arribó a la finca Los Pacheco y el primero que le mostraron lo cautivó. Nada más pagarlo, le puso de nombre Perico. En ese conciso momento, hombre y animal ensamblaron dos destinos. De la mano de Lea, Perico llegó a la capital, y fijó residencia en una botellería que existía en la actual calle de San Cristóbal. No obstante, el debut como animal de tiro del carre
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tón de Lea hubo de postergarlo, pues una desatenta gripe acostó al hombre por un mes. A fin de que el traqueteo ciudadano y Perico fueran conjuntándose, Lea le pidió a la esposa, Victoria, que prestara el jumento a su primo Euse bio, para que tirara del carro de los helados. A Perico no le gustaba Eusebio por la afición al látigo. A Eusebio no le satisfacía Perico porque era cachazudo, se escapaba, y él debía ir a buscarlo a Cerro Calvo. Siempre planeó la sospecha de que el asno volvía a la finca atraído por una burrita blanca que le endulzaba las orejas con rebuznos de amor. Mucha gente habló de un rapto de romanticismo, y también de la dura soltería cuan do la urgencia llama al desahogo. Sin embargo, al ser un burro capón lo de la soltería y la urgencia no rimaba bien. Entonces, los más retorcidos aseguraron que no existía la burra blanca, y que tratábase de un burro blanco... Pese a los desencuentros, Eusebio y Perico optaron por la mutua tolerancia. Empero, la tolerancia suele tener aliento corto, y el heladero explotó por el numerito que montó el burro en el paradero de trenes. Una tarde encapotada, los truenos y los relámpagos, precursores de la tormenta, asustaron al burrito. Perico corcoveó presagiando el peligro. Al arribar el aguacero, Eusebio corrió a guarecerse en la caseta de la estación, dejándolo amarrado a un poste. Mas, aquella tarde, burro y lluvia no congeniaron. Perico dio el tirón y puso proa rumbo a la casa de Lea. Detrás de la espantada quedó un reguero de recipientes y de helados adornando el camino. Eusebio no dio ninguna explicación y Lea resolvió no prestárselo más. Pero Victoria, teniendo el marido en cama y los gas tos cortándole el respiro, lo alquiló al dueño de un carro conocido por la "ferretería ambulante". Perico trabajó sin desmayo a cambio de nada. Concluida la "participación" en el negocio del metal, pasó a "colaborar" en la recogida de torcerolas de manteca (una especie de barril).
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Finalmente, la alianza laboral Lea-Perico empezó a rodar. Lea, ergo sacudirse la gripe plantó presencia en el pescante del carretón, con el borrico entre las varas haciendo del esfuerzo una labor monótona y sin brillo. La ciudad entera los vio pasar multiplicando recorridos bajo un Febo abrasador y la brisa en estado de ausencia, para regocijo de Lea y fatiga de Perico, que acarreaba hasta un millar de botellas en cada viaje, además del carretero y algún familiar o amigo. El burrillo pronto se habituó a prensar con los cascos los adoquines de las calles, en jornadas de aliento largo y descanso corto. Consiguiendo, por medio de la inalterable mansedumbre, la amistad de la gente. En este ir y venir los días fueron amontonándose y acabaron redondeando la suma de quince años. Quince años señalando muchos millares de botellas hermanadas al cansancio del asno. El negocio de Lea creció en la misma medida que Perico envejecía. Y apenas los ahorros compusieron la can tidad, en la botellería aterrizó un camión. El borrico, con la vejez ablandando los músculos y el pedido de descanso en los ojos, observó sin resentimiento el arribo del “competidor”. Lea, tras una suave caricia en el lomo le dio la liber tad. Y la jubilación llegó acompañada de un premio; una ración diaria de abundante y apetitoso maíz de por vida. A la mañana siguiente se produjo el relevo. A partir de ese momento el burro, enarbolando la bandera de animal libre, y ya con los esfuerzos, los latiga zos, y la cuerda atada al cogote archivados en el pasado, empezó a esculpir la dimensión de su historia. Alternando andar cansino y trote suave, continuó la rutina de repetir los trayectos de siempre, aunque ahora movido por los hilos del instinto. Al principio el extraño ambular levantó polvaredas
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de oposición, ya que muchos no admitían que un animal anduviera paseándose libremente por las calles. Sin desani marse, Perico escuchó la voz de la cordura, y aunando buen talante y reiterados paseos, disolvió el témpano de la reticencia. La gente lo mimaba y los niños le ofrecían caramelos, que él saboreaba sin la menor timidez. Amparado en el telón de fondo de la aceptación, en un soplo le brotó la vertiente creativa; con el hocico acari ciaba las puertas y ventanas, y la gente agradecía la visita dándole pan, su comida favorita. El quehacer del burrito gustaba, y nuevas personas fueron sumándose a la invita ción a fin de verlo comer. Obtenía tanto pan diariamente, que un vecino comentó por lo bajo: -Así el Perico va a dedicarse a la reventa de pan. Lo curioso era, que el burro nunca aceptaba agua para bajar la comida. A no ser la de Victoria, que al regre sar a casa cada atardecer, le ofrecía un balde lleno. Dicen que ante tanta agua fresca Perico rebuznaba de alegría. Sin embargo, un día algo le hizo cambiar de idea; si guió rehusando el agua pero empezó a aceptar cerveza. Al principio en los bares, luego en las viviendas. Daba gusto verle el morro con espuma; parecía que iba a afeitarse. Empero, el burro, al igual que los hombres burros, claudicaba frente al exceso. Una vez, cargando menos sen satez de lo aconsejable y más cerveza de lo conveniente, resolvió enfilar hacia la botellería. Pisó el empedrado agi tando las patas cual si bailara una rumba, y engañado por la borrachera vio la calle llena de sinuosidades, y en una de las sinuosidades un automóvil venía en su dirección. Procurando esquivarlo tomó una ondulación. Justamente la misma ondulación por la que el coche se aproximaba. La coincidencia los enfrentó arrojando este saldo: un vehícu lo abollado, el burro pataleando al aire desde el suelo, y el conductor huyendo a los saltos como si temiera perder la virginidad. Más quebrantado que promesa de novio, los vecinos llevaron a Perico a la botellería. Al saberse lo ocurrido, la gente contuvo la respira
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ción. Los niños lloraron intuyendo lo peor, pero los viejos sonrieron al pensar en el conductor, saltando tal si tuviera una brasa en el calzoncillo. El desfile en casa de Lea se tornó incesante. El ma trimonio, gastando paciencia, a cada visitante le pasaba el "parte médico diario". Mas, ¿un coche antiguo iba a ser el verdugo de tan singular animal? ¡No! Perico superó los dos malos tragos; el de cerveza y el del atropello. Y para júbilo de todos reto mó los itinerarios de costumbre. Eso sí, el accidente le enseñó el sentido de la palabra prudencia, pues, aparte de medirse en la cerveza, antes de cruzar una calle deteníase estirando el cogote tal si espiara a la vecina, y miraba hacia todos lados, inclusive arriba, porque la desconfianza incluía hasta a los aviones. Muchos intentaron utilizar la popularidad del burro, a fin de enfatizar sus tesis moralizadoras. Desde el politi castro pasado de rosca hasta el personajillo de la prensa, buscaron adornarse centrando los ataques en Lea, al que acusaban de haberse enriquecido con el trabajo del asno, y ahora Perico vivía de la mendicidad. Cuentan que el edificio del periódico El Mundo, casi desapareció sepultado por las cartas de reproche, dado que era de dominio público el cariño existente entre Lea y el burrito. Registran las crónicas de la época, que el asno hallá base delante del Café Villaclara cabizbajo, hundido. Lea al verlo corrió junto a él. Lo notó afiebrado. No sabiendo qué hacer, sólo atino a decirle: -Estás enfermo. Vamos pa la casa. El burrito obedeció y regresaron a la botellería. A los presentes les extrañó el estado del asno. Al otro día, el 26 de febrero de 1947, Perico se apeó de la vida. La causa nunca quedó clara: una versión habla ba de muerte natural pues los huesos cedieron a la vejez y
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la vejez le paró el corazón. Otra mantenía que murió por una excesiva ingesta de boniatos. El fallecimiento conmocionó Santa Clara, y le puso sombras de luto a todas las miradas. ¡Fue un hachazo desgarrador! La perplejidad superó a la capacidad de asi milación, y los comentarios corrieron con la coherencia trastabillando en un errar perdido. Daba la impresión que con el adiós del animal, había desaparecido la razón de la existencia. La gente, fiel al amado burro, quiso enterrarlo en el cementerio local y que yaciera allí, junto a sus seres que ridos. Aunque, Lea, con autorización del Ayuntamiento y el previo consentimiento del Gobierno Provincial, resolvió sepultarlo en el patio de la botellería. -Si regresaba todas las tardes pa dormir en casa, en casa dormirá pa siempre -sentenció Victoria. Con las manos húmedas en lágrimas, palada a pala da el pueblo cavó la fosa del inolvidable burrito. La esquela que apareció en los periódicos, notifican do las exequias para las cinco de la tarde, concluía así: "Se marchó el asno Perico, pero nos dejó su filosofía de amor y de amistad". A la hora de la despedida el sol no compareció. La vegetación, atribulada, arrió las ramas. La elegante coreo grafía de pájaros y mariposas paró el andar, y la penumbra buscó refugio en el friso de las cosas. La ciudad se detuvo. Obreros, comerciantes, maestros, alumnos, y personas de toda condición social, formaron una multitud transida de dolor. Flores y coronas escoltaron el cuerpo de Perico. El senador de la República, doctor Elio Fileno de Cár denas, asistió al funeral representando a las autoridades de la nación. En medio del espeso silencio que empozaba los murmullos, pronunció un discurso pleno de tristeza, el asambleísta despidió al jumento a pie de tumba.
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La historia recibió emocionada al burrito, y tal fama inspiró programas especiales de radio, y elogiosos artículos en la prensa nacional e internacional. Incluso, el The New York Times, tituló una crónica usando estas tres palabras: "Perico has died" (Perico ha muerto). El soplo del tiempo agigantó la figura del animal. No obstante, él sigue a la espera de un poeta que le cante, de un músico que lo arrulle, de un escritor que inmortalice en un libro su sentido de la amistad. Ya que, hasta hoy, sólo en el cobijo del metal halló un sitio hecho escultura. Van sesenta y tres años desde el sentido mutis, y el burro permanece inalterable en la memoria de todos. Y aunque habita en la ausencia, las anécdotas que protagoni zó perduran y continúan burbujeando en las calles de la ciudad que amó y lo amó. Eso sí, aún nadie sabe cual de estas facetas define mejor su personalidad. ¿Fue un galán? Cuentan que alguien le puso una flor en la boca, y el borrico enfiló hacia una anciana -sentada en la puerta de la casa- y le echó la flor en la falda. Después, asumiendo un aire ceremonioso bajó la cabeza en una inclinación de cortesía. La mujer miró la flor, miró al burrito, y pensó: -Si mi marido viviera se mordía los bigotes de celos. A partir de ese momento llamaron a la viejita "la novia de Perico" ¿Fue un ciudadano distinguido? En las aperturas de los carnavales, el burro era un in vitado de honor.Tenía un espacio exclusivo, y ahí quedaba durante la fiesta presumiendo de personaje. Mientras que, junto a él, un cuidador de vez en cuando le servía cerveza en un plato. Desde lejos, Victoria y Lea reían viéndolo tan figurón, y secándose la espuma a lengüetazos.
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¿Fue un parrandero? En las noches siguientes, ya libre de la invitación de honor, participaba de los desfiles carnavalescos integran do la comparsa Los Pilongos, y cayendo en el embrujo de la música bailaba como el que más. ¿Fue un agitador estudiantil? En compañía de los estudiantes del Instituto de Se gunda Enseñanza, intervenía en todas las reivindicaciones, y encabezó una manifestación llevando carteles colgados del lomo, en protesta contra la tan cacareada e impopular "Prueba Selectiva". En otra ocasión salió portando letreros en los que leíase "Abajo Batista" (el presidente), y también "Abajo el Director" (del Instituto, pues, amparado en la anuencia de politiquillos de turno, autorizaba a "líderes estudiantiles" de confianza, a hacer colectas en favor del estudiantado, embolsándose el dinero). ¿Fue un inadaptado a las buenas costumbres? Desplegando una total discreción sabía entrar en el Parque Vidal a darse panzadas de césped, por eso, diaria mente hacia allí orientaba los pasos. Mas, cierta vez, la excursión viose frustrada por culpa de dos puntos de vista no convergentes: el burro, habituado a ese recorrido, se topó con un joven policía -de reciente aterrizaje en la ciudad- que le ordenó no avanzar. El borrico, al no com prender que aquel señor tuviese autoridad para frenarlo, no aceptó la "invitación" a suspender la marcha y olvidarse del banquete con la hierba mejor cuidada, e insistió en el propósito. El agente, a fin de espantarlo, inició una actua ción repleta de mímicas y ademanes a brazos tendidos, asociados a una repetición de voces, silbidos y gritos de vaqueros que él veía en las películas. Al poco rato, el inci dente derivó en espectáculo cómico, ya que las personas presentes tronchábanse de risa.
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Entonces, el joven policía, intimidado por el ridículo (sobre todo ante las chicas que le gustaban), y viendo que el burro se hacía el burro, la emprendió a bastonazos con el animal. Perico, lejos de intimidarse, le soltó una sonora ventosidad. El vigilante, encocorado por la falta de respe to, le sacudió otra lluvia de golpes. La gente que amaba más al borrico que a la rigidez policial, montó en cólera y amenazó con linchar al novato representante de la ley. Sin embargo, el joven guardián del orden tuvo un mi nuto de suerte; en ese instante un sargento de la Policía se acercó. Una suerte relativa, ya que el sargento, con más ostentación que un pavo real, lo reprendió delante del gentío. A voz en cuello le gritó: -¡Los animales tienen el mismo derecho que cual quier ciudadano de la República! El agente bajó la cabeza, y abandonó el lugar más arrugado que pescuezo de vieja. ¿Fue un infractor de las ordenanzas municipales? Un día Perico tuvo un mal día. Un alcalde apellidado Artiles, se asomó por una de las ventanas del Palacio de Gobierno, y lo vio pastando tranquilamente en los jardines del Parque Vidal. Indignado, el alcalde mandó a un policía a detener al burro por comerse el césped público. El uni formado, sabiéndose observado por la primera autoridad de la capital, quiso hacer buena letra, y ergo quitarse el cinturón, lo pasó por el cogote del asno. Y con una mano sujetándose el pantalón y la otra arrastrando al burrito, lo llevó preso. Ypso facto, los vecinos y los estudiantes tomaron la calle en espontánea manifestación. Dada la magnitud del descontento el alcalde optó por echarse atrás, convencido que por ese camino peligra ba su reelección. Por lo tanto, ordenó la libertad del asno, bajo la estricta prohibición de pisar el Parque Vidal. En solidaridad con el animal, e interpretando el sen tir del borrico y de la gente, alguien le colgó del cogote este letrero: "No voten a Artiles porque no me deja comer
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en el parque”. De sendos choques con la autoridad, Perico memori zó el azulado uniforme de los policías, y cada día, al llegar a la acera de enfrente del parque, alargaba el pescuezo espiando en todas direcciones. Y si veía un agente, recula ba en puntillas tal un bailarín de ballet. A una distancia prudencial salía al galope como si llevara un petardo en el trasero, y velozmente tomaba por la primera bocacalle. Ahora el turista comprenderá porqué razón la escul tura del burro Perico se encuentra instalada en el césped. Si bien, el sitio idóneo siempre será la hierba del Parque Vidal.

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TOPSY, LA ELEFANTE COMPAÑERA DEL INFORTUNIO.
¿Qué mal había hecho? ¡Nacer en tierra de hombres!
El sufrimiento habíase ensañado con Topsy, hasta el punto de convertirse en seña de identidad. Desde la infan cia fue preparada para ser artista de circo. Allí conoció las patadas, los latigazos y la pica de metal. Su entrena miento, era un constante asomarse al abismo que cerraba las puertas a la fuga del martirio. Vivía sujeta a una rama que no la ataba al árbol ni la acercaba al cielo. Cada jornada constituía un paso más cerca del dolor, y un paso más lejos de la felicidad. Y aunque degustaba el mimo del aplauso, la docilidad que exhibía hablaba alto del resulta do de un duro castigo. En aquel horizonte no resplandecía sol alguno; sólo cenizas resumiendo nostalgia de incendio. En Waco, Texas, año 1900, la mansedumbre incuba dora de paciencia, ya cansada de palizas, la empujó a la rebeldía. Entonces, la trompa alzada en arma, cayó cual certero azote matando al cuidador. Inmediatamente devi no en carne de comercio, y la vendieron a otro circo. A tan desvencijada existencia volvieron los malos modos, el apaleamiento, la falta de comida (como método disciplinario), y el aislamiento propulsor de sumisión. Mas, rechazando tanta crueldad de la especie auto-denominada superior, de lontananza retornó la sublevación a fin de pre sentar avinagradas credenciales catapultando un infausto resultado; en París, Texas, 1901, las ansias por librarse del maltrato la condujo al golpe defensivo, y acabó aniquilan do al infausto entrenador. El castigo asumió forma de destierro. Topsy desem barcó en Coney Island, Nueva York. En el “sugestivo” sitio, al igual que reo cumpliendo condena a trabajos forzados, derivó en animal de carga en la construcción de un Parque
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de Diversiones (que posteriormente llamarían Luna Park). Ahí, entre los jadeos que ahogaban y el cansancio que molía, al compás del látigo movió piedras, apisonó glevas, acarreó materiales, desplazó troncos, y desbravó relieves a cambio de comida. Para luego aterrizar en un descanso nocturno convertido en profundos ronquidos, que en un so plo la depositaban en el umbral de otro amanecer, donde permanecían esperando el trabajo agotador y los azotes interminables. A comienzos de 1902 se produjo la inauguración. El Luna Park obtuvo la inmediata aceptación popular, y la afluencia masiva de público en pocos días le plantó una mueca agradable a la caja recaudadora. Con el corazón palpitando en las manos y el entusias mo nutriendo el paso, la gente llegaba al Luna Park presta a regalarle esparcimiento al cuerpo, al olor y al gusto. El aire festivo resplandecía deteniendo rutinas. La alegría, empuñando un breve destello, y la claridad nacida buscan do la evasión del momento, iluminaba las caras pariendo sonrisas. En el Parque existía una atracción que avivaba la nostalgia de Topsy, manteniéndole los ojos puestos en ese emplazamiento; un circo. Allí el circo era mujer, la carpa, el vientre protector de nuevas sensaciones, y los artistas, una ventana abierta que rompía el silencio. Los propietarios del Luna Park, al descubrir el inte rés de la paquidermo, cedieron al lengüetazo de la codicia y sin dudarlo la colocaron a las órdenes de un avezado ins tructor de elefantes. Al entrar en escena, alzábase cual un almibarado obelisco; con un candoroso desplazamiento, una deliciosa caricia de raso invisible. Verla actuar, luchando contra la incomodidad del tamaño descorchaba el asombro precur sor del deleite, provocando el raudal de vítores y el batir de palmas conducentes a un relámpago de dicha. Así todas las funciones. En escasas semanas pasó a ser la elefante preferida de los niños, y los niños para Topsy, los humanos favoritos. Indudablemente, era la estrella. Tal “estrella
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to”, imponía que su nombre y su foto refulgieran en todos los carteles pegados a lo largo del recinto. Topsy respiraba en medio de payasos, malabaristas, acróbatas, equilibristas, domadores, trapecistas, oropel, música, colores. Mas, atrás de las luces y el halago del aplauso, yacía una penosa realidad. Algo que el público ignoraba; el suplicio que la convertía en su víctima diaria. Constantemente encadenada, lejos de la compañía de los demás elefantes, recibiendo la alimentación racionada, soportando un maltrato traducido en golpes y más golpes, para asegurar la continuidad de la disciplina. La alta cuota de vejaciones desembocó en estrés, afección característi ca de los animales que sufren en cautividad. Casi al finalizar el 1902, ya cansada de patadas, lati gazos y pica de metal, dejó a un lado el acatamiento, y en el ánimo le aterrizó el desenrollar de la insubordinación. Dispuesta a reivindicar una parcela de equidad se negó a obedecer. Los porrazos asumieron configuración de lluvia. Los otros cuidadores, verdaderos esbirros del adiestrador, encararon la paliza con la intención puesta en el regocijo. Topsy recaló en la defensa, las voces de los ancestros refu giadas en la memoria, lo reclamaban. El entrenador, a fin de reafirmar su autoridad, intentó hacerle tragar un ciga rrillo encendido. Los gritos humanos y los chillidos de la paquidermo acercaron ayuda a la fuerza apaleadora. La pobre, al verse rodeada de tantas personas hostiles, arre metió contra el culpable, y de un trompazo apartó de la vida al despiadado responsable del aciago adiestramiento. Ocurrió lo de siempre; mientras el animal resistía las crueldades encarnaba un ejemplo, pero cuando optó por defenderse pasó a bestia asesina. El copropietario del Luna Park, Frederick Thompson, dispuso ponerle cerrojo a la situación. El desalmado afán de venganza asumió matiz de condena. ¡Sería ejecutada! Los rostros, galaxia de gestos intolerantes, dieron apoyo a la feroz iniciativa; el recuerdo de cada “asesinado” lo ordenaba. Desde la perspectiva social, las tres muertes le ponían justificación al ajusticiamiento. Nadie se preguntó el porqué de la agresiva conducta, siendo que lo fácil
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hubiera sido comprobar que debíase al exceso de castigo físico y psicológico, pues Topsy nunca tuvo un adiestrador al nivel requerido por el quehacer encomendado. Tampoco pasó por la mente de los inquisidores, que al tratarse de un ser irracional, no concientes de sus acciones, lo justo, lo humano e inteligente, era devolverla al lugar de origen. Al lado de los suyos. A los brazos de la libertad. Mister Thompson, resolvió que la ejecución atrajera una fructífera atención hacia el Parque. Sin embargo, el modo de ejecutar a la elefante naufragaba en el pozo del desconocimiento. ¿Colgarla? ¿Cómo? Tratábase de una pro boscidio de siete toneladas de peso. ¿Y un balazo? No. ¡Imposible! Demasiado rápido y sin sufrimiento. Algo opues to al deseo de justicia imperante, y al principio de moral civilizada, siempre propensa a sembrar el ejemplo. Por lo tanto, Imponíase otro sistema. Los medios de comunicación, tan dispuestos a enfras carse en todo aquello que vendía, reseñaron la condena a muerte de Topsy. Thomas Alva Edison (1847–1931), afamado inventor y empresario, dueño de más de mil patentes (aunque, y por extraña razón, mundialmente conocido sólo por la inven ción del fonógrafo y de la lámpara incandescente, esta última de autoría discutible, ya que Heinrich Goebel había registrado la suya en Alemania veintiséis años antes), desde 1880 entregábale esfuerzos y desvelos al enfrenta miento llamado “Guerra de las corrientes”; una pugna contra George Westinghouse y Nikola Tesla, acérrimos defensores de la corriente alterna (AC), mientras que él plantaba batalla desde el polo antagónico; la corriente continua (DC). El inquebrantable objetivo de Edison consis tía en echarle desprestigio a la AC. Algo ya conseguido anteriormente, gracias a un alucinante engendro firmado por él y Harol P. Brown; la silla eléctrica. El “juguete” destinado a achicharrar respiros, fue alimentado con AC a fin de poner en evidencia la peligrosidad de esa corriente. El debut de la “freidora” marcó una fecha para la vergüenza; el 6 de agosto de 1890. Le colgaron el galardón
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de primer ejecutado a William Kemmler, un reo de origen alemán. Tras la ejecución alguien gritó: -¡Viviremos en una mejor civilización a partir de este día! Palabras que hallaron hospedaje en la memoria de Edison y Brown. Al convertirse en la parte primordial del mobiliario de las prisiones estadounidenses, la silla eléctrica derivó en negocio millonario. Los bramidos discrepantes poblaron la atmósfera, ya que la silla eléctrica equivalía al cometido de las hogueras de otrora; quemar vivas a las personas, sin llama pero con el mismo llanto. En 1903, la lucha por el dominio comercial de la electricidad, adquirió tintes encarnizados al transformarse en norte de la avidez; estaba en juego la concesión del tendido eléctrico de las grandes y nuevas ciudades. Edison poseía más de cien estaciones de energía que suministra ban corriente continua a millones de consumidores de muchos estados de USA. Don Thomas Alva, al enterarse del deseo de solución final para la elefante Topsy, igual al meteorito incendiado arribando a la tierra en plena noche, le llegó la idea de agrandar la recaudación expandiendo el negocio. Al ser un fiel apóstol de todo lo que le arrimara publicidad gratuita a la DC, entró en la controversia. Y obedeciendo a un arranque de genialidad propuso la electrocución utilizando corriente alterna, excluyendo el uso de la continua dada la escasa efectividad en tal menester. Rematando el dispa rate, se ofreció a ejecutarla personalmente. La potestad sobre el fluido eléctrico justificaba cualquier exceso, por muy siniestro que pudiera parecer. Y más aún, si de paso hundía en la inoperancia a la belicosa AC. La ocasión era una golosina de inmoderado magnetismo. La Sociedad para la Prevención de la Crueldad hacia los Animales (SPCA), apoyada por otras instituciones y ciu dadanos opuestos a la eliminación de Topsy, aunaron los
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puños y en grito unánime de protesta, cual gotas de plomo cayeron sobre los empresarios del Luna Park. La polémica corrió país adentro. La prensa escrita y hablada, respondía haciéndose eco de ambas inquietudes. No obstante, nadie daba un paso atrás. Así siendo, iba a escribirse un nuevo capítulo del libro de la estulticia humana, al trocar la dignidad de los hombres por la más aberrante estructura. Del drama de la elefante, la sandez haría un espectáculo propicio al morbo domiciliado en la lobreguez de los crueles. Como todo acto encaminado a abonar esferas de arquetipo, en el montaje destacó una rica escenografía, muy afín a la seriedad de la aleccionadora decisión. El público fue invitado a presenciar el “evento”. El bueno de don Thomas, concibió un revolucionario modo de electrocutar a la paquidermo; antes del ajusticia miento le pondría unos borceguíes de metal, para que la electricidad hiciera tierra recorriendo por completo el cuerpo del animal. Eso sí, previamente le darían de comer zanahorias impregnadas en cianuro, por si a última hora la electricidad se solidarizaba con Topsy, abortando el espec táculo. Edison resolvió inmortalizar el acto a través de una filmación, a la que titularían “Electrocuting an elephant”. (El filme fue usado hasta el hartazgo en la campaña de descrédito de la corriente alterna). ¡Llegó el día! La muchedumbre pluralizó la estatura invasora y acudió blandiendo dedos fríos, manos sepulcra les, y pies aviesos. Topsy estaba sola delante del pavoroso andamiaje atiborrado de rendijas entoldadas, que fundía larvas y ponzoñas en los cavernosos vericuetos de la inhu manidad. Ella no se engañaba, sabía que de su mole iban a hacer una estrella pisoteada. El 4 de enero de 1903, a las 14:45 h. la justicia de los injustos alzó la garra ejecutora, y la corriente alterna puso en el recorrido el fin de la resistencia. La fulminante descarga derrumbó las siete toneladas de vida. Topsy reci bió una ráfaga de 6.600 voltios, que la atravesaron en diez
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segundos. ¡Murió en el acto! Sin proferir sonido alguno, levantando la trompa como pidiendo una explicación. La muerte le cerró el camino al entendimiento de tan penosa medida. Mil quinientos espectadores tuvieron el “privilegio” de presenciar la ejecución. Mil quinientas personas que se recrearon con la elefante derrumbada por el latigazo eléc trico. Mil quinientas almas portadoras de sentimientos acu rrucados detrás de la rama erguida por la maldad. Topsy cayó frente a los ojos de un mundo sediento de destrucción e inmundicia. Entretanto, los ejecutores, seres orgullosos de su abismo existencial, amasaban soles enmohecidos y sales podridas. Ya tenían el aderezo elogiador, el pasaporte al Paraíso. Ahora, en la aureola ensartada en el aire beberían el regocijo del triunfo. El New Yok Time, refiriéndose a Edison, utilizó estos términos en el titular de una edición: “AN IDOL JUST FELL DOWN” (Acaba de caer un ídolo). La carnicería desembarcó en el cuerpo inerme de la elefante. A Hubert H. Vogelsangle le confiaron el despeda zamiento, a cambio de unos kilos de carne que acabaron surtiéndole la mesa familiar. Con otra parte le hicieron un banquete a los directivos y al personal del Parque. Una buena tajada marchó a las cocinas de los restaurantes afincados en el recinto, derivando en apetitoso plato para la clientela. Lo sobrante acabó en el estómago de las fie ras del circo. De los órganos se adueñó el Departamento de biología de la Universidad de Princeton. Las patas termi naron convertidas en paragüeros. La piel vendida (aunque un retazo sirvió para tapizar la silla de mister Thompson). En cuanto a los huesos, luego de trocearlos, los pusieron a disposición del público en las tiendas de souvenir del Luna Park. Los visitantes hicieron largas colas a fin de comprar los. En tres días no quedó ningún trozo. Y pensar que ante el menor desatino a una persona la llaman animal. Hasta que llegue el día que la vida inicie la retirada,
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la tierra vire ceniza, la atmósfera sea un respiro moribun do, las aguas busquen asilo en la evaporación, y la boca mineral cierre las crujientes mandíbulas, en la conciencia planetaria seguirá palpitando la acusación; ¡esto ocurrió por culpa de la indiferencia de la mayoría! El invento de Edison, ergo patentarse, hízose mer cancía de lucro generoso; tal venta puso al alcance de numerosos países el acceso a una solución limpia y actual, archivando definitivamente la tan humana costumbre de ahorcar animales. En poco tiempo don Thomas enriqueció el currículo vital; cediendo a un irrefrenable impulso pasó por el sabla zo eléctrico a perros, gatos, vacas y caballos. Toda criatu ra que se moviera a cuatro patas, resultaba apetecible al criterio devastador del gran Edison. Eso sí, la “Guerra de las corrientes” la ganó la AC. El pueblo no tardó en vincular la sonada derrota a la cruel ejecución. El veredicto fue descarnado; “La venganza de Topsy”. Delante de la corrosiva aseveración, el inventor sonrió masticando fracaso, pues a él le dolía haber perdido la concesión del abastecimiento eléctrico. En cuanto a la electrocución de la elefante, le daba la misma relevancia de un cero a la izquierda. En 1944 otro extraño suceso alimentó la superstición popular; un incendio destruyó el Luna Park. Para la gente, “Topsy también se vengó de los desalmados propietarios del Parque”. Thomas Alva Edison, antes de morir dejó esta frase: “La no violencia lleva a la más alta ética, lo cual es la meta de la evolución. Hasta que no cesemos de dañar a otros seres vivos, somos aún salvajes”. ¿Arrepentimiento o afán de lavar la imagen? ¿Desde el fondo del arcano indescifrable, finalmente Topsy le dio una lección?

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VERBAUX, EL PERRO DE MONTARGIS.
¿Un can ante un tribunal ejerciendo la acusación en un caso de asesinato?
En la fortificada ciudad medieval de Montargis (cono cida por la "Venecia de Gâtanais"), la historia le dio un punto geográfico a este acontecimiento, cuando la envidia –incubadora de corrosivas rivalidades-, utilizó una mente turbia para verter en ella el tóxico aliento de la tragedia. El chevalier Macaire, arquero de la guardia del Rey Carlos V de Francia, digería mal que un compañero de armas, Aubry de Montdidier, hubiese obtenido un sitio pri vilegiado en la confianza del monarca. Saberse desplazado a un plano secundario por culpa de aquella estima, le avi vaba el resquemor, hiriéndole hondamente el orgullo. Mondidier, un caballero de arraigadas costumbres, solía dar largos paseos por el bosque de Bondy, en compa ñía de Verbaux, su perro de ayuda. Macaire, sabedor de dicho hábito, desbordado por el acicate de la inquina, un día se adelantó y fue a emboscar se en la espesura. En el momento que Montdidier pasó, ¡le arrojó un dardo envenenado! Aunque Montdidier logró qui tarse el aguijón, a los pocos metros sintió la ponzoña del odio ajeno entorpeciéndole la movilidad. Mientras Montdidier claudicaba por el avance de la agonía, Macaire, con una red cazó al perro y lo ató a un árbol. Pero, como el fin del rival adquiría tintes de tar danza, sucumbió a la impaciencia, y ante el temor de ser descubierto, entre los atronadores ladridos del can, puso epílogo al acto sellando la traición a golpe de puñal. Las puñaladas hallaron asilo en las carnes desguarnecidas de Montdidier. En cada penetración, el metal afilado arranca ba contorciones del hombre tal si lo rociaran con aceite hirviendo. Después, la mirada borrosa con la garganta rese
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ca aunaron sus fuerzas en el último suspiro, y el último suspiro le arrebató la vida. Aubry de Montdidier, murió estremeciendo la naturaleza con el látigo del espanto. Verbaux lo vio todo. Macaire, a manotazos y puntapiés abrió un hueco en la hojarasca. Allí depositó el cadáver. Ergo cubrirlo con ramas, huyó, dejando el frío asesinato sumido en un hondo misterio. Desde la altura de la arboleda, la floresta conmo cionada presenció la partida. Por medio de los quejumbrosos ladridos, Verbaux pretendía arrebatar al amigo del abrazo de la muerte. Por lo tanto, frente a la inutilidad de la impotencia, buscó en los dientes una salida a la desesperación, y rompiendo los hilos de la red consiguió soltarse. Inmediatamente corrió hacia la tumba, y echándose encima descargó desgarrado res aullidos que conmovieron al bosque entero. Ahí quedó, sin noción de tiempo, uniendo el sol a la luna, hozando entre las ramas; llorando sin hallar la paz precursora del consuelo. Mas, en el momento que la resignación le dio luz al entendimiento, puso las pisadas en dirección a Montargis. A muchos les extrañó verlo sin el dueño. Empero, el animal, movido por el instinto de lealtad logró enhebrar su propósito a la atención de los demás. Entonces condujo a los soldados hasta el cadáver de Montdidier. Trayendo el muerto a cuestas y el perro aullando entristecido, el grupo desanduvo el camino a Montargis. Carlos V, altamente consternado, dispuso el sepulta miento de Aubry de Montdidier, otorgándole los más altos honores. A Verbaux lo mantuvo junto a él. Tanto cortesa nos como servidumbre lo colmaron de cariño. Empero, el imprevisto adquirió patente de sorpresa, el día que el can se topó con el chevalier Macaire. Empujado por el recuerdo y el afán de venganza, al verlo enfiló hacia él mostrándole los colmillos. El miedo
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erosionó los sentidos de Macaire, aunque alcanzó a zafarse de la arremetida introduciéndose en una vivienda. En jornadas siguientes volvió a darse el encuentro, y otra vez engarzó el encono al gruñido, expresando deseos de atacar. El comportamiento del animal despertó el interés de la gente, y la sombra de la duda cavó el cimiento de la sos pecha. Macaire decía desconocer la razón de tanta animo sidad, pero la insistencia de Verbaux echaba desconfianza en la solidez de esa versión. Así siendo, en la atmósfera flotó una pregunta: ¿No sería Macaire el asesino de Aubry de Montdidier? El rumor llegó a oídos del Rey. Sin duda, la conducta del animal acusaba a Macaire. Ese primer indicio puso en funcionamiento la maquinaria de la ley. El Tribunal de Justicia -que a menudo establecíase en el castillo de Montargis-, citó a Macaire, a fin de que expusiera su postura. Además, y por expresa voluntad de Carlos V, accedieron a que el perro compareciera a modo de acusación. Verbaux, al verse ante Macaire, reiteró la agresivi dad hacia el caballero, formalizando así la denuncia. El monarca se sintió atrapado. ¿Qué hacer? ¿Antepo ner el servicio que Macaire prestaba a la corona, o valorar la abnegada insistencia del can? Para deshacer la encruci jada de la disyuntiva –cumpliendo así con el amigo Montdi dier-, tomó una sabia decisión: ordenó un duelo judicial en presencia de la corte, entre el animal y el chevalier. -¡Que la verdad brille a través del vencedor! Macaire aceptó encantado. ¿Qué podría hacerle un perro pulguiento a un guerrero acostumbrado a salir victo rioso de todas las batallas? En la corraliza del castillo de Montargis, instalaron un ruedo acordonado por una empalizada –a fin de separar
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combatientes de espectadores-, además de un palco real y balcones destinados a autoridades clericales y palaciegos. La gente del pueblo permanecería de pie. La curiosidad atrajo a la multitud. El pregonero anunció: -Por voluntad de Carlos V, Rey de Francia, y ejecu tando un mandato judicial, en este día del año 1371, van a batirse a duelo hasta las últimas consecuencias, el cheva lier Macaire y el perro Verbaux. Al hombre, para su defensa y ataque le han entrega gado un palo. Al animal, para su protección en caso de necesidad, le fue concedido un barril abierto por ambos extremos. El tiempo burbujeaba en el tramo de la mañana oto ñal. En los árboles, las hojas con las aves repartían guiños. El cielo se asomó demostrando extrañeza, y la tierra tem bló presagiando una desgracia. Tras un sonar de trompetas el silencio acaparó los murmullos. Macaire entró vistiendo jubón de cuero, manoplas de hierro, borceguíes con punta de metal, y el garrote en alto. Verbaux apareció "armado" de las garras y los dien tes. En el centro, el barril miraba en posición de espera. Dibujos de la época muestran horripilantes escenas, en las que se ve al perro en manifiesta desventaja, con el guerrero lanzando palos y patadas, como buscando macha car la cabeza del animal, y a la vez, apuñalarlo con los botines de puya metálica. Mas, la contienda verdadera arrojó otra lectura, pues, Verbaux, exhibiendo determinación, paciencia y va lentía, construyó la coraza de su inferioridad. A base de rápidos desplazamientos fue esquivando las acometidas y los garrotazos, hasta que el cansancio hizo mella en los bríos del hombre. Cuando la fatiga nubló la vista de Macai re poniéndole plomo a los movimientos, el relámpago de un descuido vino a quebrantarle la defensa. Entonces, el
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perro ¡le saltó a la garganta! La sorpresiva embestida desplegó las negras alas de la inquietud, depositando en los espectadores el sofoco de la expectación. A Macaire la lucha lo llenó de angustia. A Verbaux de sois de vengeance. Impelido por el dolor en las carnes, la zozobra en la mente y un galope en el corazón, el hom bre dio réplica al feroz ataque soltando el palo, y usando las dos manos intentó arrancar al animal. Pero resultó im posible. ¡La mordedura llevaba un anuncio de muerte! Al caer hacia atrás, Macaire tropezó en el barril. Una rodilla se dobló a besar el suelo. Las áureas hazañas de antaño pusieron proa a la inmensidad de la nada. La sangre de guerrier vencido corrió generosa empapándolo con el rojo de la vergüenza. El oleaje del miedo reventan do en el confín de las entrañas, la boca poblada de babas, y la vista oscurecida por el apretón del suplicio, propulsa ron el desenlace del grito: -¡Quítenlo! ¡Quítenlo! ¡Yo he sido! ¡Yo maté a Mont didier! ¡Yo lo maté! La verdad resplandeció en magnitud ascendente, y la justicia cavó hondo en la comprensión humana. El Rey honró al victorioso Verbaux. Un lluvioso amanecer, con el alma tiritando entre los ojos, Macaire enfrentó al cadalso. La horca, en actitud obediente, firmó el último capítulo de su indigna existen cia. El estrujón del nudo corredizo y los pies en el aire agi tándose sin ruido, fueron los únicos testigos de su ingreso en el pasado. Lo sepultaron en tierra de oprobio, en medio de delincuentes y prostitutas. El perro de Montargis inspiró muchos libros, siendo incluso protagonista de numerosos poemas épicos. Como tarjeta postal viajó por el mundo entero. Aún sobrevive una gran cantidad de dibujos de la época. En la iglesia de Sainte Madeleine de Montargis, pueden apreciarse vitrales del siglo XIX. Cual detalle curioso, en algunos restaurantes
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de la ciudad, utilizan vajillas decoradas con escenas del famoso enfrentamiento. En recuerdo de tan tremenda epopeya se erigieron dos esculturas. La instalada frente a la iglesia, acabó des truida durante la Primera Guerra Mundial -según parece, la bala de un cañón se arrimó demasiado a contemplar la obra-. La que todavía existe, del escultor Gustave Debrie, data de 1870, y está en los jardines del Museo Girodet antiguo Hotel Durzy-. El bosque de Bondy -sitio que marcó el inicio de esta historia-, es constantemente visitado por los autóctonos y los turistas, que se pasean sabiendo que no corren peligro, ya que el chevalier Macaire lleva bajo tierra más de seis cientos años, conviviendo con las lombrices.

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A continuación un homenaje a los hermanos Grimm, un cuento de navidad, relatos hiperbre ves, y otro cuento de navidad.

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LOS MÚSICOS DE BREMEN
Relato inspirado en el cuento infantil de los Hermanos Grimm
Muchos años lo contemplaban a través de sacos y más sacos rumbo al molino, sin evaluar cantidades ni pe sos. Tarea que resumía el único vínculo del asno con aque lla granja. Sus días representaban un interminable canje; sudor y cansancio por agua y comida. Mas, la vejez, que siempre espera en la ondulación del tiempo, poco a poco le fue entrando en los huesos, y la silente mordida de la edad le mermó las fuerzas. La rea lidad pronto gritó la sentencia; ¡ya no servía! Frase atroz que le estremeció el alma, pues a él le constaba que a los inservibles la suerte nunca los protege. Y la sospecha redobló el estremecimiento al escuchar al dueño hablán dole a la esposa: -Come y no trabaja. Tengo que deshacerme de él pero no sé cómo. Y si no puedo venderlo, lo… El asno quedó petrificado, naufragando entre disími les volutas de incomprensión. ¿Era esa la paga por tanto esfuerzo y tanta abnegación? Intuyendo un sombrío destino cedió a lo inmediato, aterrizando en la hondura de un atrevimiento. -¡Me marcharé! El nuevo día y la extrañeza de los demás animales presenciaron la partida. La realidad le había roto el empa ñado espejo de la senil existencia. -Mis padres han muerto. Murieron trabajando para los hombres. Y aquella burrita parda que pretendía mi amor, hoy cuida de los nietos. Sólo me queda conocer la libertad. El eterno soplo del aire abrazó el cuerpo del equino vencido. Cual bandera de separación, una sábana colgada en el patio flameaba silente, marcando el adiós imprescin dible. Miró atrás, la sombra gris de un pasado, que de tan nuevo aún no asumía lo lejano, parpadeaba enternecida.
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Partió envuelto en un entusiasmo anubarrado, agonizante, tambaleando en el eco de la mañana. Con un trote suave dio inicio a la longitud del cami no. Todo rezumaba luminosidad, el color conjuntábase a los sonidos; la exuberante vida le ponía cadencia a la músi ca de natura. Las pisadas insonoras lo fueron adentrando en el amplexo de los valles. Las montañas observaban desde la altura de las cúspides. El diáfano cielo asentía. Todo conformaba un panorama límpido, que él no podía ver pues el desengaño habíale instalado una venda en los ojos. Empero, la marcha, horadando la distancia, le indica ba la presencia de un mundo nuevo; un mundo despoblado de intranquilidad. La muda mirada recorrió el rostro del amo. El otro no entendía que aquella mirada encadenaba al perro a la tortura del recuerdo. No quería partir. Tal vez su dueño reconsiderara para devolverle la amistad, el amor, la con fianza. Las jornadas compartidas reclamaban una vejez serena… Pensamiento inútil. Lacerante. -Viviré la condena de amarte y de no tenerte a mi lado. De no verte ni de lejos… Por ti hubiera dado la vida. Te amé a ti, a tu familia, y hasta fui juguete de tu hijo… El dueño pudo ayudarlo, él era fuerte. Pero, en la cobarde intención germinó la barrera que fracturaba la re lación poblada de entrega y fidelidad. -Y aunque sé que nunca saldrás a buscarme, igual, igual te espero… Los pasos presurosos le pusieron alas a la fuga. Zarpó atraído por el imán de la esperanza. De una débil esperanza enumerando nuevos rostros, nuevos cielos. El reposo, asentado en el desván de las hojas, aureolaba la mañana; describía la vida. Pronto la memoria devino en pájaro cautivo aleteando en la tristeza, sollozando en el hueco del adiós, advirtiendo fríamente que el ayer habíase convertido en un sueño muerto. Mas el pobre can perse veraba en engañarse, en remover las imágenes del ayer, en recrearse en la dicha perdida. Un inutil empeño de amarrar el fino hilo de la distancia a los innumerables afluentes del cariño.
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El burro tras haber andado un kilómetro, encontró un perro de caza que iba jadeando tal si lo persiguieran. -¿Por qué estás tan cansado? -He huido de mi casa. Porque estoy viejo y ya no puedo cazar, mi dueño ha intentado matarme. ¡Y yo sé cómo acaban los perros de los cazadores! -¿Cómo acaban? -¡Colgados! ¡Pataleando en el aire y sin poder tocar el suelo! -Eso es muy cruel. -Así es. A los cazadores no les importa el amor de un perro. Mientras eres útil, te mantienes, y cuando dejas de servir, adiós… Por eso he huido. -Yo también he huido. -¿Y tú por qué? -Porque estoy viejo y no puedo trabajar igual que antes. Mi dueño resultó un desagradecido. Olvidó los años que trabajé para él. Incluso escuché que planeaba vender me, y de no conseguirlo, me entregaría al zoológico para que me coman los leones. -A la ingratitud humana nada la detiene. -Y ahora voy a Bremen. Pienso hacerme músico. Ven conmigo y hazte músico tú también. Yo puedo tocar el laúd y tú el tambor. El perro aceptó. La fortuna cambió. Había hallado un amigo y una nueva ilusión. Juntos encararon el rumbo a Bremen. La mujer de rostro iracundo, mirada borrascosa, y palabras quebradas derramando ingratitud, agitaba un ar senal de frases vestidas de amenazas. Renunció a su gato, al tierno corazón cansado de latir por ella, haciéndole sentir con esa actitud que el animalito vivió en la mentira, habitado por sueños falsamente edulcorados por alguna caricia. La conducta de la dueña definía sentimientos muertos que estaban vivos. El michino enjugó la decepción en las inquietantes aguas de la fe hundida en un tiempo ido. El amor, palpitando en la vejez, resumía la urgencia de una decisión; la coyuntura reclamaba un movimiento si quería salvarse.
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Aunando pasos desasosegados y atentos, cruzó por delante de una displicente puerta entreabierta, después atravesó el adormilado pasillo y bajó por la anciana esca lera, tejiendo un enlace escalón a escalón. La puerta prin cipal de la casa no opuso resistencia. Los ojos de la atmósfera lo observaron. El patio, llorando entre el polvillo de añosas estelas, le concedió patente de veracidad a la silenciosa partida. Abandonó la vivienda con el estremecimiento del famélico pordiosero frente al pan inalcanzable; cual la rama seca que renuncia al árbol que la sostiene. Atrás quedaban diez años. Tres mil seiscientos cincuenta días confundiendo mentiras por cariño; mala intención por felicidad. El asno y el perro, ergo recorrer un trecho, en un recodo del camino hallaron un gato, que detrás de la cara enfadada escondía el tajante hachazo de una amargura. -¿Qué tal, amigo? –lo saludó el burro- No pareces muy feliz. -¿Puedo estar feliz cuando por viejo me acaban de retirar el cariño? -Cuéntanos, ¿qué te pasa? –invitó el perro. -Pues, como estoy viejo y prefiero acurrucarme fren te a la chimenea en vez de cazar ratones, mi dueña, la mujer que más amo, ha querido ahogarme en la bañera. Para librarme tuve que escapar. El can y el jumento trocaron miradas sin dar señal de asombro. -Pero ahora tengo miedo –prosiguió el gato-. No sé qué será de mí, ni adónde puedo ir. -Ven con nosotros a Bremen. Aprenderás música y podrás ser músico igual que nosotros. El gato, conmovido, aceptó. La ventura le sonreía. La vida suplantó la pérdida de la dueña por la llegada de dos amigos. Noche adulta, redondez nocturnal, espacio retinto, estrellas inquietantes; todo el silencio ocupando el hueco de la eternidad. El gallo sentíase exhausto, pequeño, frá gil, desvalido en el oscuro corral; encerrado entre las
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aéreas murallas de las sombras. Solfeando desasosiego, cada vez más oprimido ante la derrota, más segmentado por el miedo. Un miedo que le empañaba las plumas de rrumbándole la cresta, encogiendo los espolones. La deci sión le imponía arriar el amor por aquella casa, y por la gente que la habitaba. Debía partir y le costaba irse. Seme jábase a la golondrina que al estar prendada del paisaje, resolvió quedarse en el sitio desafiando el gruñido del invierno, y la derribó el viento helado. El torbellino de recelo ya pronunciaba la palabra tardía; adiós. Y aunque en los ojos permanecía la tristeza del niño paralítico viendo a los otros niños correr, lo empu jaba el velo gris de una sospecha recluida en la memoria. Con un leve empujón abrió la puerta del gallinero. El lambetazo de la brisa le acarició el plumaje. Partió. Los tres fugitivos, cargando en sus adentros el inten so drama que la ingratitud humana les endosara, aunados por la naciente amistad, miraron al horizonte; consumían trayecto, sólo consumían trayecto. Bremen quedaba lejos y tendrían que luchar contra la fatiga y la lejanía. Al pasar por frente de una granja, vieron un gallo agitándose y cacareando a todo pulmón. -¡Eh! Frena el quiquiriquí. ¿Quieres dejarnos sordos? –reclamó el asno. -¿Qué te ocurre? –preguntó el gato. -Mi canto tenía que ser alegre, pero ya no puedo estar alegre. -¿Por qué? -quiso saber el perro. -Porque mañana es domingo y mis dueños tienen invitados. Y le han dicho a la cocinera que me mate y haga conmigo una apetitosa comida. Pronto olvidaron mis servi cios de reproductor y de anunciador del nuevo día. Por eso chillo. Para quitarme la rabia y el miedo. -Te comprendemos. La gente es desagradecida – apostilló el perro. -Vente con nosotros –lo convidó el asno. -A nuestro lado estarás mejor –agregó el gato. -Vamos a Bremen a hacernos músicos –continuó el burro-. Y ya que tú tienes buena voz, contigo podremos
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formar un cuarteto. El gallo no pudo negarse. Atrás quedaba la muerte, adelante la vida, y junto a él, tres amigos. Los cuatro prosiguieron viaje. Los kilómetros que iban acomodándose a la espalda, contemplaron gozosos aquella fuga hacia la ilusión. La arboleda, puesta de pie, agitó la cabellera en señal de simpatía. Detrás del horizon te Bremen esperaba. Conocían la imposibilidad de llegar en un día. Metro a metro la piel de la superficie desfilaba bajo las patas, y el peso del cansancio alivianó la carga ante la animada charla de los animales. Desplegando un crepuscular vuelo, la tarde ponía en un bostezo el escarlata que matizaba el semblante de la tierra. Al caer el sol, un bosque les ofreció cobijo. Resol vieron hacer un alto y pasar ahí la noche. El asno y el perro hallaron acomodo a los pies de un árbol, el gato prefirió la concavidad de una gruesa rama. El gallo, sujeto al temor navegando en las entrañas, prefi rió instalarse en la copa. Sin embargo, antes que el sueño lo depositara en brazos del descanso, paseó la vista por el entorno. Divisó algo. Sí, a corta distancia vio una tenue luz. Rápidamente llamó la atención de los otros tres, y deshojando cacareos les hizo saber que debía tratarse de una casa. -Entonces, ¡vamos hacia ella! –propuso el burro- El bosque es muy hospitalario aunque la intemperie no es agradable. -En esa casa habrá comida –murmuró el perro. -Y también un poco de leche –agregó el gato. -O un poco de heno –musitó el jumento. -Yo sería feliz si a los dueños no les guste la carne de ave –remató el gallo. Guiados por la luz pusieron proa al objetivo. Ese faro afincado en la nada, en la medida que se aproxima ban, se iba agrandando. Al poco rato vieron la casa a un costado del camino. Sin embargo, la confianza dio paso al recelo, y los cuatro amigos determinaron arrimarse centra dos en el sigilo, convirtiendo la insonoridad en el motor de las pisadas. La vivienda, erguida en el regazo de la
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soledad, esgrimía una razón de ser; era la guarida de un grupo de ladrones. El asno, al ser el más alto, arrimó la testa a la venta na. Sus ojos adquirieron destellos de satisfacción. -¿Qué ves? –le preguntó el gallo. -¡Lo más bellos del mundo! Veo una mesa repleta de comida y bebidas. Parece que nos está esperando. -¿Y no hay gente? –indagó el gato. -Eso es lo malo. También hay varios tipos de feo aspecto. Parecen facinerosos. -Me gustaría participar de ese banquete –confesó el gallo. -A mí también, pero, ¿cómo? –interrogó el burro. Recularon en bloque prestos a elaborar un plan. -Lo primero es librarse de los delincuentes –opinó el gato. -Si unimos nuestras características animales, no será tan difícil –propuso el perro. Velozmente compusieron la acción. El asno puso las patas delanteras en la ventana, el perro subió al lomo del burro, el gato hizo lo mismo sobre el perro, y el gallo levantó vuelo y se posó encima del ga to. Inmediatamente arrancó el concierto; un coro de caca reos, rebuznos, ladridos y maullidos, atronaron la noche. Los ladrones, desconcertados, vieron aquella masa animal de múltiples formas, y pensando en algún monstruo sanguinario sediento de carne humana, dejaron la mesa con todos los manjares. Y a fin de evitar el mortífero ata que, huyeron atemorizados en dirección al bosque. Los amigos comieron hasta el hartazgo, hablaron, rieron y cantaron. Después, respondiendo al llamado del descanso, apagaron las luces, y establecieron los acomo dos para dormir en sitios idóneos a cada naturaleza: el burro marchó al patio y acabó echado arriba de un montón de paja, el perro prefirió tumbarse detrás de la puerta, el gato buscó acomodo al lado del fogón de la cocina, y el gallo en una percha.
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Cuando la noche madura acaparaba el sitio, el gru po de ladrones, ya libres del susto, y espiando desde lejos, advirtieron el retorno de la calma. -Creo que nos asustamos sin motivo –dijo el jefe, y ordenó a uno de los compinches-. Tú, vuelve a la casa y mira bien a ver si de verdad hay un monstruo. -Yo no voy. A mí no me atrae la curiosidad. El jefe, advirtiendo pérdida de autoridad, tomó la decisión: -¡Iré yo mismo! Las tinieblas envolvían el mutismo de la vivienda. Nada insinuaba la existencia de ser viviente alguno. El hombre resolvió entrar en la cocina a la caza de una vela. Los animales despertaron y mantuviéronse quietos, en acti tud callada. El sujeto, vio dos ojos brillando en la oscuridad, y dedujo que algunas brasas aún seguían ardiendo. Arrimó la vela “al fuego”. Entonces, el gato, juntando fuerza y determinación, le saltó a la cara y lo llenó de arañazos. El individuo, entre gritos de dolor, partió horrorizado hacia la salida presto a hacer de la fuga la vía de salvación. Mas, en la puerta tropezó con el perro, que en un tris le mordió una pierna. Enloquecido salió al patio, donde el asno le atizó una tremenda coz. El gallo, al grito de ¡quiquiriquí! levantó vuelo y le cayó en la cabeza aplicándole una lluvia de picotazos. El delincuente tornó al bosque tiritando y ahogado por la extenuación. Los compañeros quisieron saber lo sucedido. Una vez que amainó el nerviosismo, el malean te, en medio de balbuceos, contó: -En la casa hay gente extraña. Una bruja me arañó la cara, en la puerta alguien me dio una cuchillada en una pierna, en el patio una monstruo negro me atizó un mazazo, y desde el tejado me saltó algo que picoteaba y gritaba “¡No lo dejéis escapar!”. A duras penas he conse guido zafarme. A esa casa no vuelvo más. Para regocijo de la comarca, la banda de ladrones
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desapareció, prefiriendo seguir desafiando al destino an tes que enfrentarse a las monstruosas criaturas que los expulsaron de la cómoda guarida. El asno, el perro, el gato y el gallo, se hicieron con la vivienda, y dado que fue refugio de ladrones, allí encon traron de todo, y dentro de ese todo, también instrumen tos musicales. A fuerza de reiterados ensayos, lograron formar el ansiado cuartero. Cierto día, pasó por allí un viajante de comercio, y escuchó la música que presidía el sitio. El hombre quedó prendado. Al regresar a Bremen contó el maravilloso descubri miento. La noticia corrió de boca en boca. Al domingo siguiente, una caravana viajó al lugar dis puesta a hacer suya en placer de la música. A los cuatro amigos les encantó el aplauso de tan rendida concurrencia. Y, debido al éxito, resolvieron insta larse definitivamente en la morada, y así seguir ofreciendo conciertos al aire libre. Ya que nunca pudieron llegar a Bremen, Bremen había venido a ellos. Jacob y Wilhelm, más conocidos por los Hermanos Grimm, los llamaron LOS MÚSICOS DE BREMEN.

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NERA, UN AMOR CON CUATRO PATAS.
Un cuento de Navidad
Román, un señor mayor, vivía solo en un pequeño pueblo. Su mujer flotaba en el distante ayer desde que abandonó la vida, y Marga, la única descendiente, tras ca sarse estableció residencia en una población cercana. Dos años atrás, Marga le regaló al padre una perrita (que fuera abandonada y ella recogió en un camino), a fin de que le hiciera menos pesada la soledad. Por el color del pelo Román la llamó Nera (negra, en italiano). Román y Nera se tornaron inseparables. El vecinda rio poco tardó en habituarse a verlos pasar, enredados en largos paseos, y trocando miradas repletas de mensajes que solamente ellos entendían. La perra lo besaba en la cara y él le decía: -¡Nunca te dejaré! Román era feliz, Nera era feliz. Sin embargo, la delicada salud del hombre le daba sustos cada vez más frecuentes; preludiando el desembar co de la parca presta a bajarle el telón de la existencia. Y cuando eso ocurriera, ¿qué iba a pasar con la perrita? Un amanecer el pecho le jadeaba y el cuerpo no le respondía. Una imprevista debilidad asociada a mareos conducente a las ansias de vómito, lo llenaban de un inten so malestar. Unos vecinos lo trasladaron al hospital. Fue ingresado de urgencia. Al mediodía Marga acudió a verlo. El padre hallába se muy mal. -Hija, llévate a Nera. No quiero que se quede sola. -Pero papá, no va a pasar nada. Te curarás y todo seguirá igual. Marga accedió al pedido paterno. La llevó consigo, y
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la puso al cuidado de un pariente del esposo. Nera se sintió sola. ¿Quién era aquella gente? ¿Por qué la habían traído a este sitio desconocido? ¿Dónde esta ba Román? Un lánguido atardecer Román cayó vencido. Tal un pétalo desmayado murió en la cama del hospital. Sus días acabaron de repente, esquivando el feo trago del sufri miento. Abandonó la vida sin que el dolor físico le alterara la calma. Nera no sabía que el amado amigo habíase ido de este mundo. Debajo de un añoso árbol enterraron a Román. En el cementerio del pueblo arraigó para siempre. Una tumba de aspecto humilde, fijó el punto en el que la tierra guar daba el inevitable adiós. El otoño ya le cedía el turno al invierno. Al despuntar el alba, Nera emprendió la huida. En silente retirada atravesó varias calles y tomó la carretera. Anduvo sin pausa bajo el tibio sol matinal. El cuerpo le vibraba a causa de las ráfagas de viento producidas por el paso de los vehículos. Enhebrando claridades y sombras, soledad y mutis mo, recorrió unos cuarenta kilómetros sin otra meta que el deseo de llegar. Román la esperaba. Derribando distan cia de ríspido asfalto consumió el trayecto. Al entrar en la población que tan bien conocía, la noche ya desplegaba las renegridas cortinas del paréntesis nocturnal. Nera enfiló directamente a la casa. Puertas y ventanas aparecían cerradas. Ninguna luz, ningún murmullo. La vivienda respiraba en el regazo de la mudez, detenida en un bostezo de acongojado reposo. Un enigmático halo la cubría, dándole una pegajosa sensación de desierto. La solitud ganaba terreno, e íbase apropiando de los espacios ya rendidos. ¿Román dormía o salió a dar
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un paseo? Nera decidió echarse en la puerta. Pronto el cansancio llamó al sueño, y el sueño crista lizó en descanso. La entrante mañana vino izando un sol macilento, desganado, como si el planeta parpadeara vencido. ¿Román no regresó? La perra rumbeó hacia el parque que sabían frecuen tar, y donde el amigo la soltaba y corría dichosa, mientras Román sonreía. Entre carreras y revolcones, ella enlazaba su alegría a la satisfacción de él. Erró por todo el parque y nada; no veía a Román. Otros perros, compañeros de juegos en días más felices, vinieron a recibirla. Las personas conocidas, al acariciarla, la regaban con tiernas miradas repletas de pena. Nera no entendía el matiz ni el motivo. Deambuló el día entero por el pueblo buscando al amigo del alma. La tarde partía llevándose la luz en vuelo de adiós, y el crepúsculo que manejaba el pincel del instante, iba dejando en el firmamento un velo escarlata. Un rúbeo res plandor de incendio agotado, desplegábase por la amplia superficie. A Nera, el inexorable aterrizaje de las tinieblas no la espantaba. Tenía hambre, tenía sed. ¿Dónde estará Román? La casa continuaba igual a un cofre sellado. Allí sólo existía el vacío. La vida desapareció por la brumosa abertu ra del pasado. El amor que ahí tarareó mil latidos, devino en marco de la desolación. Se durmió debajo de un coche. Las jornadas pasaron acarreando jornadas nuevas, y ella centrada en el rastreo, sin ceder al desánimo que fuer temente arreciaba desde el confín de la tentación. Sólo la nada respondía al desvaído mirar. La pobre comía lo que encontraba y bebía en un charco. Aparecieron flamantes días acarreando un idéntico resultado; ausencia. La figura de Nera perdió elegancia,
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los huesos le dibujaron la estructura, y su caminar era un encaje de movimientos enrevesados. Las personas capta ban el drama y caían en la tristeza al verla cruzar. Unos intentaron ganarse su confianza, otros quisieron recogerla a fin de darle un nuevo hogar. Pero ella nunca transigía. Meneando la cola cual bandera de agradecimiento, marcha ba en aras de la callada búsqueda. Entretanto, la debilidad íbale minando las fuerzas, y junto al deterioro físico, el temblor de sus ojos transmitía gritos de angustia. Otros perros la atacaban y Nera no se defendía. ¿De qué modo hacerlo cuando en ella sólo anidaba el amor? Los niños la perseguían tirándole piedras, y uno le pegó una patada que respondió soltando gemidos de dolor. Arribó el invierno, y junto al invierno asomó el ros tro la Navidad. La gente diseñaba la noche más familiar del año. Todo desprendía colores, y los cantos navideños brotaban por doquier. -¿Qué será eso de la Navidad? –Se preguntaba NeraVeo niños con otros perritos en los brazos, y juegan con ellos como si fueran juguetes nuevos. ¿Los perritos serán los regalos de Navidad? Atrapada en el tejido de la memoria, sumida en la niebla de la desvaída realidad, Nera insistía en inmolarse en el ayer perdido. El sol y la luna alternaban presencia, y la perra sola, con el afán plantado adelante y el miedo empujando de atrás. Román percutía en la hondura de su mente; una promesa de dulces palabras le resonaba sin sonido: -¡Nunca te dejaré! La inquietante soledad, el temor persistente, los rui dos asustadores, la escoltaban en la incansable marcha. ¿Por qué Román no volvía? La nochebuena llegó trayendo estridencias. Las fami lias consumieron copiosas cenas, y en medio de repetidos
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brindis intercambiaron deseos de felicidad. En el cielo fulgían las chispas sempiternas. A ras del suelo el frío azotaba sin prudencia ni proporción. -¿Y este olor? ¡Es el olor de Román! -repetía Nera al tiempo que afinaba el olfato. Vino la hora de las despedidas. La inapelable invita ción a retornar cada cual a su casa hacía sentir el llamado de la partida. -¡Sí, huele a Román! En la quieta opacidad avanzó guiada por el empellón olfativo. El alcohol se alzaba como el dueño del momento, y las risas estremecían el nocturno sosiego. La gente desmar cábase de las reuniones, acometiendo el bullicioso regreso a la tibieza hogareña. -¿Y esas luces? ¿Por qué esas luces vienen hacia mí? Las luces iban agrandando el tamaño en la medida que se acortaba la aproximación. De súbito enmudecieron las voces. Parecía que la vida habíase detenido. Nera procuró escapar a los faros precursores del vehículo, pero la rapidez motorizada… ¡Sintió un duro golpe! Un doloroso aullido, le puso música a la fuga del coche conducido por el exceso de alcohol. La perrita quedó pataleando sobre el empedrado. Encogiendo y estirando el cuerpo en un intenso tiritar. Un amago de muerte la estremecía. El dilatado amplexo de la oscuridad la zambulló en una marejada de silencio. Desde el techo de la noche las estrellas miraban compungidas. Hallábase en el umbral de la desesperación; presa a un sufrimiento atroz. No obstante, ¡debía seguir! El olor que alumbraba una dirección mantenía la espera. Lentamente logró levantarse. La flojedad la atenaza ba y las patas traseras no respondían. Un hilo de sangre le manaba de la boca. El costado le dolía por la rotura de
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una costilla. Empujada por el olfato, y el espanto cavando hondo, empezó a arrastrarse. Aunque los huesos clamaban pidiendo quietud, a ella le urgía continuar. La oscuridad que revoloteaba agitando alas de cristal ahumado, la fue secundando en el martirizante esfuerzo. A la mañana siguiente, 25 de diciembre, día de Navi dad, hallaron a Nera muerta sobre la tumba de Román. El viento helado la envolvía con cruel abrazo. Todo era paz. Román y Nera ya estaban juntos. En el hueco matinal se oía el vuelo de una frase: -¡Nunca te dejaré!

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RELATOS HIPERBREVES
ANIMALES Yo grito, tú abandonas, él indiferente, nosotros luchamos, vosotros reís, ellos matan. PATÉTICO Gente divertida, perro agonizando; sangre tiñendo las piedras. TOREO Yo desapruebo, tú toreas, él muere, nosotros imploramos, vosotros aplaudís, ellos felices. ENTRETENIMIENTO Gasolina y risas, pelo que arde; el gato muere carbonizado. CAZA Yo repudio, tú cazas, él cae, nosotros sufrimos, vosotros calláis, ellos proliferan.

VÍCTIMA Canta contento el pájaro en libertad, canta triste el pájaro en la jaula; el hombre dichoso con el canto de “su” preso.

PELETERÍA Yo protesto, tú vistes, él sucumbe, nosotros denunciamos, vosotros consumís, ellos enriquecen.
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TRUHÁN, UN PERRITO HECHO REGALO.
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Otro cuento de Navidad

La mano humana surgió ante la perra, y ella hizo del gruñido el escudo protector de las crías. Cuando subió el cachorrito llevado por la mano, la madre dibujó una dente llada de feroz decisión. La voz del perro-padre frenó el impulso del instinto. -Déjalo. No le hará nada. El hombre es el mejor ami go del perro. El perrito escuchó la frase paterna y la archivó en la memoria. La perra lanzó un gemido, y levantando una pata a modo de ruego, esgrimió una muda mueca implorando que le devolviera el hijo. Los ojos se le vidriaron, y de la boca abierta cayo la lengua vencida. Acurrucado entre las altas paredes de una caja de zapatos, el perrito pasó de las manos del hombre a las manos de otro hombre, a cambio de dinero. El coche, al alejarse, apagó con distancia los lasti meros aullidos de la perra, que ahogada en la impotencia tragó la amargura de una certeza: sabía que ya nunca más volvería a ver al hijo de sus entrañas. Una calle marcó el punto de destino. El hombre des cendió del vehículo caja en ristre; tal si cargara el cofre de un tesoro. Tras un corto viaje en ascensor, un desolado pasillo los depositó delante de una puerta. El hombre la abrió, y dijo a viva voz: -¡Niños! Éste es el regalo de Navidad. -¡Bieeennn…! La alegría iluminó todos los rostros. Cual un muñeco de peluche el perrito pasó de brazo en brazo, coronado de miradas tiernas y aturdido de caricias. En el espíritu del animalito aterrizó la felicidad al
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saberse amado. A modo de obsequio de bienvenida pronto recibió un nombre: lo llamaron Truhán. Y para Truhán, el frío de diciembre desaparecía en el calor humano que lo rodeaba. Las jornadas pasaron. Los gemelos, Marisa y Jorgito, hacían del descanso de Truhán un postergado deseo, ya que, los juegos y los mimos lo agotaban. Además, los pa réntesis de respiro eran aprovechados por la abuela Paca, que lo ponía en el regazo a colmarlo de cariño. Además, tres veces al día lo llevaban a pasear al par que donde corría a gusto, y con otros perros del vecindario enredábanse en continuos juegos. Tanto amor y atención le recordaban la frase de su lejano padre: “El hombre es el mejor amigo del perro” Mamá Clara y papá Joaquín, contentos sonreían; sin duda, el perrito completaba el cuadro familiar. Mientras tanto, el tiempo fue haciendo de Truhán un animal ágil e inquieto, y, sobre todo, un ser amoroso en compañía de la gente. -Es encantador –decían los vecinos. Truhán acompañó la angustia familiar por la enfer medad de la abuela Paca, presenció las disputas de Clara y Joaquín, además de compartir las risas y las lágrimas de los gemelos. Llegaron los calores fuertes. Una mañana bien temprano, como acostumbraba a hacerlo, papá Joaquín lo instó a subir al coche. Truhán, de un salto ocupó el asiento junto al conductor. Anduvieron largo rato. El hombre conducía intercambiando cariñosas miradas con el perrito. Mucho rato después de abandonar la ciudad. Papá Joaquín detuvo el automóvil. Descendió, abrió la puerta, y sonriente lo invitó: -Vamos, Truhán. Baja a correr un poco. Él saltó a tierra, y gorgoteando entusiasmo salió dis parado a retozar por el campo. Brincó entre las piedras y los matorrales, les ladró a los pájaros que levantaban vuelo nada más verlo, y consumó la diversión poniendo en
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fuga a una lagartija. Mas, al volver la cabeza buscando la sonrisa aprobatoria de Joaquín, éste ya no estaba. Con la mueca desencajada, el hocico empinado, vio al coche empequeñecerse en la medida que se alejaba. De pronto, el zarpazo de un desnivel lo borró de su vista. Una espuma blanquecina le brotó de la boca, y sintió el cuerpo sacudido por el latigazo de la sorpresa. Al instante la tris teza lo atravesó, y el ánimo cayó postrado a los pies de la soledad. Entonces Truhán, eludiendo aceptar lo evidente, optó por echarse en el arcén, preso al silencio, y anegado de esperanza decidió aguardar el regreso de Joaquín. En brazos de la abuela, Marisa y Jorgito, lloraban. -No teníamos donde dejarlo -repetía Clara, tratando de mitigar la pena de los niños, que en los dedos aún soste nían la pelota y los muñecos de Truhán, pues en aquellos juguetes palpitaba la alegría del amado animalito. Llegó el padre. -¡Solucionado! Mañana salimos de vacaciones. Cuan do regresemos les compraré otro. Las horas transcurrieron lentamente, la luz dio lugar a la sombra, y de la sombra brotó el nuevo día. Los rayos del sol cayeron en vertical, encendiendo las gotas de rocío posadas en las hojas. Y Truhán, allí; único habitante en el inerte paisaje del abatimiento. Tenía sed, tenía hambre, pero seguía sin apartar los ojos de la carretera. En su inte rior, el abandono ya entonaba una afilada canción. Con la mirada sin brillo y un dolor sin llanto, el perrito gemía sin ruido. Lo azotaban los ecos del ayer; la casa, los niños, el amor que le brindaron. Todo lo había perdido sin saber por qué. Y en la cabeza las palabras del padre: "El hombre es el mejor amigo del perro". -Apareció de golpe. ¡No me dio tiempo a frenar! Las manchas de sangre que pintaban el asfalto, eran el último vestigio de su paso por la vida. En el cielo, las nu bes corrían cual olas cabalgadas por el viento.
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