Torturadoras vulgares.

El espanto es la reacción natural que nos produce, escuchar el llanto de decenas de niños atormentados por sus maestras. Oír las grabaciones registradas por sus padres, durante las horas que sus hijos pasan en el jardín, nos produce una sensación dolorosa. Escuchar golpes y llantos desgarrados es una sensación que preferimos evitar. Es que los pequeños del jardín maternal “Tribilín”; han padecido el mayor de los males que jamás pueda pensarse. Torturados por quienes deberían brindarles amor, sus indignados padres no encuentran consuelo. Percibir el sonido de un cachetazo, intuir la inmersión en el agua, oír sus llantos sin consuelo y el permanente acoso verbal, nos da lástima. El horror de pensar que a nuestros hijos pueda pasarles algo semejante, nos genera una repugnancia feroz. Semejantes actos dan lugar a un rencor ilimitado, que espera el rápido castigo de sus torturadoras. Cuanto dolor y angustia, nos produce la queja angustiante de tantos niños desdichados. Es imposible, imaginar el dolor de una madre, que escucha como torturan a su hijo con golpes, mientras es sumergido en el agua. Pero para el Ministro de Educación, el instituto “no contaba con personal idóneo y era atendido por gente con patologías”. Para el intendente de San Isidro “en el municipio ese jardín no tenía ninguna documentación respecto de su creación”. Es decir que su gestión no tiene nada que ver con lo sucedido. Mientras tanto, para la presidente, en los colegios de esta próspera “zona se presupone que no pueden pasar determinadas cosas. Para terminar con esta estigmatización que muchas veces se hace de muchos distritos… como que los que de lugares de tez más oscura o en determinados lugares geográficos tienen costumbres que hacen a la condición humana”. Así, todos se lavan las manos, mientras los pobres niños quedan con secuelas permanentes para sus vidas. Diluyendo las responsabilidades en un mar de denuncias y juegos políticos, los burócratas buscan esquivar su competencia en el caso, mientras los padres permanecen atónitos. Los medios se peguntan si el instituto estaba habilitado, si las maestras tenían título o quien es el responsable. Las inspectoras son despedidas y la justicia mantiene su apatía. Pero nuestra desconfianza, nos llena de interrogantes. Es que ¿nadie ha visto nada en tantos años? ¿Acaso no pasaban por allí cocineras, inspectoras, personal de limpieza, padres, preceptoras, administrativas, directoras? ¿Es posible que un instituto funcione por más de quince años sin habilitación ni inspección alguna? ¿Puede haber tanta impunidad a unas pocas cuadras de nuestros hogares? ¿Es que nadie se animó a intuir el dolor de tantos niños en sus cuerpos, en sus gestos, en sus llantos? ¿Es posible dejar avanzar por tantos años el macabro juego de la tortura a pobres niños indefensos? Es posible que todo ese grupo de personas haya sido engañado. Quizá como sociedad no nos animamos a denunciar ciertas injusticias. Pero lo cierto es que hay monstruos que parecen ángeles y permitimos que cuiden de nuestros hijos. Su espléndida inteligencia, hace que nadie intuya los actos siniestros que son capaces de perpetrar. Es que detrás de un psicópata, se puede encontrar una mente brillante, capaz de ocultar sus impunes actos atroces. Ellos parecen personas normales, buenos vecinos y ciudadanos razonables. Pero en el fondo, no son más que torturadores vulgares. Hastiados de su vida, buscan hacer padecer sus miserias a quienes los rodean Detrás de estas maestras desquiciadas, asoma una sociedad enferma, que deja a sus niños en manos de impiadosos verdugos. Golpes, maltratos, agresiones y torturas que no nos animamos a registrar, se van perpetrando mientras seguimos con nuestras ocupaciones cotidianas. Mientras tanto, nadie notó que los niños tenían pesadillas, temor al agua, dificultades en el aprendizaje, ausencia de sonrisa, vómitos durante las

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comidas, miedo recurrente o llantos inconsolables cuando los llevaban al colegio. Pareciera que permanecemos sedados, ante tantas injusticias que no queremos ver. En 1960 Hannah Arendt, mencionó las características de este tipo de torturadores. Había sido enviada como periodista al juicio de Adolf Eichmann, en razón del genocidio cometido contra el pueblo judío, durante la Segunda Guerra Mundial1. Adolf había sido el encargado de la solución final en Polonia y de la organización de la logística de transporte de los deportados a los campos de concentración Su capacidad intelectual, había ejecutado una matanza sistemática bajo un amparo legal, con una eficiencia envidiable. Fue acusado en Jerusalén por crímenes contra la humanidad y por pertenecer a un grupo organizado con fines criminales. Las impresiones que Hannah tuvo durante ese juicio, la llevaron a acuñar el término “banalidad del mal”. Con ello quería explicar, que Eichmann no poseía rasgos antisemitas ni una mentalidad enferma. Más bien su personalidad era una consecuencia de las circunstancias que debió vivir. En su defensa sostenía que sólo era un ejecutor de órdenes dictadas por sus superiores. No parecía el monstruo o el ser maligno que todos suponían. En su aspecto no se percibía el paradigma de la maldad ni sadismo alguno. Parecía un hombre normal, un buen vecino, un trabajador puntual y respetuoso del orden. En verdad, había actuado como un simple burócrata, que cumplía las órdenes sin reflexionar sobre sus consecuencias. No se trataba de un genio sanguinario o un brillante torturador. No había en él un sentimiento moral de bondad o maldad de sus actos, pero si de eficiencia y fidelidad al régimen. Era una especie de operario dentro de un sistema basado en el exterminio. Por ello, su maldad se aparecía como algo “banal”, como algo trivial e intrascendente. Hay personas que pueden cometer crímenes horrendos, en nombre de una ideología o un paradigma. En el caso de las maestras de “Tribilín”, su directora justificó por un largo tiempo, el rigor y la férrea disciplina con que allí se educaba a los niños. Pero detrás de estas vulgares torturadoras, se observa la negligencia de una sociedad que se deja engañar. Quizá esta sea la hora de despertarnos y dejar de actuar como una sociedad adormecida. Si seguimos por el camino de desinterés, la abulia y el descuido de nuestros hijos, es posible que tengamos males aún mayores. Esperemos que la desgracia de estos pobres niños, nos sirva para estar más atentos y brindarles el amor que se merecen. Horacio Hernández. http://www.horaciohernandez.blogspot.com.ar/

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Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén, Lumen 2003. 2

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