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En los tiempos que corren, a veces resulta muy difícil sentir por un instante un estado de plenitud y de, por qué

no, de “completud” que podríamos llamar felicidad. Vivimos en una era de incertidumbre, de insatisfacción, de poder desmesurado, competencia, narcisismo, consumo y vacío existencial. Hoy día somos individuos que nada nos llena, nada nos complace, todo nos angustia, a todo lo tememos; individuos guiados por la ambición de dinero, poder, fama, en fin, seres que perseguimos vanas ilusiones, espejismos, seguridades que nos tranquilicen y aminoren nuestra angustia en el futuro, en el vivir. Todos esos elementos tienen su correlato en el deseo de un cuerpo eternamente joven, bello, sano, perfecto. Le huimos al dolor, la muerte, la enfermedad (nada agradables, pero parte de la vida); evitamos la miseria huyendo velozmente y muchas veces sin escrúpulos de cualquier amenaza que vulnere nuestra seguridad. Nuestro ego inflado siempre está vigilante de no caer en desgracia, de mantenerse a toda costa ileso. Los valores actuales le rinden pleitesía al éxito, el poder, la fuerza, la explotación del semejante, el dinero, la riqueza, el desprecio hacia el desvalido, o hacia cualquier ser humano oprimido del mundo. Aunado a esto, los discursos dominantes nos pregonan el fin de las ideologías (que también es ideología), la inutilidad de las luchas y reivindicaciones de nuestros derechos, el estilo de vida de lo “políticamente correcto” y una cierta resignación en que “las cosas son así y nunca va a cambiar”. Se naturaliza la desigualdad, la injusticia y la falta de libertad, haciéndonos adoptar como lema de la vida aquella que promulga “la ley del más fuerte”. Y me pregunto, en medio de todo esto, cada vez que puedo, dónde queda el pequeño, ínfimo momento presente, lo que algunos llaman el aquí y el ahora, esa fracción de espacio y de tiempo donde somos lo que somos, donde la realidad es como es, donde tenemos lo que tenemos y no otra cosa. Único lugar donde es posible ser felices porque nos sabemos vivos y capaces de seguir hacia delante, construyendo de a poco nuevos caminos, nuevos espacios de lucha donde la vida cobra de nuevo sentido porque habitamos el lugar de lo posible, lugar de la esperanza y la confianza en la vida. EJERCICIO: Sienta sólo un instante el aquí y el ahora, no se adelante al segundo siguiente, sienta su cuerpo y cómo cada respiración es el único indicio de que usted está allí y ahora, viviendo. Cada inhalación y cada exhalación nos recuerdan que estamos vivos en un tiempo siempre presente. Reflexione luego por cuales cosas tiene sentido preocuparse y por cuáles no. La vida es el modo de definir un estar. María Elisa Al Cheikh