Proyecto “Conservación de la biodiversidad y manejo comunal de recursos naturales en la cuenca del río Nanay” IIAP- BANCO MUNDIAL/GEF

CUIDANDO NUESTRA SELVA
Cartillas para trabajo escolar

I.- EL BOSQUE AMAZÓNICO

José Álvarez Alonso Dibujos: Jaime Choclote Martínez Julio 2004

I.- EL BOSQUE AMAZÓNICO
ALGUNAS HISTORIAS PARA REFLEXIONAR

1.-La muerte de un lechecaspi (*)
La comunidad de Porvenir es un pueblo tranquilo de la margen derecha del río Nanay, al lado de la quebrada de Yuto, dentro de la Zona Reservada Allpahuayo - Mishana. Como otras comunidades vecinas, vive de la agricultura, la madera redonda, el irapay, la pesca y la caza. La comunidad se ubica al lado de varios varillales, y muy cerca de las casas todavía se encuentran bosques con muchos árboles, ya que en estos varillales el suelo es pura arena y no vale para la agricultura, sino para sacar madera para construcción nada más. Detrás de la escuela había un hermoso árbol de leche huayo, que era una bendición para los niños. Como muchos otros árboles del monte, este lechecaspi era un abuelo de varios cientos de años de antigüedad, que durante su vida había alimentado a muchos animales y, en los últimos años, luego de la fundación de la comunidad, también a las personas. A principios de año, siempre se cargaba de sabrosos frutos, que a medida que iban madurando poco a poco caían al suelo. Los niños, al final de las clases o al salir al recreo, lo primero que hacían era correr debajo del leche caspi para buscar los frutos caídos. Por supuesto, también los adultos comían de cuando en cuando sus dulces frutos, si es que alguno se escapaba de los niños. Este lechecaspi se había librado milagrosamente del hacha cuando sus moradores hicieron espacio en el bosque para su escuela, y se había librado también de la ola extractivista que hasta casi mediados del siglo pasado provocó el saqueo más despiadado que haya sufrido nuestra selva en toda su historia.

Todavía algunos viejos se acuerdan de ésta y otras olas extractivas del siglo pasado, nombradas por gente de la chacara de acuerdo a la especie explotada: “shiringueada”, “tigrillada”, “lagarteada”, “loreada”, 2

“lechecaspeada”, “balateada”... Cientos de miles de árboles de leche caspi y otros árboles (como palo de rosa y ciertas especies de caucho) fueron talados hasta en los últimos rincones de la Amazonía para extraer su precioso látex. El del leche caspi en particular (Couma macrocarpa) era utilizado para la fabricación de chicle. Un buen día, la gente de Porvenir escuchó una motosierra al lado mismo del pueblo. La mayoría pensó que algún morador estaba “tableando” algún tronco caído para hacer su banca, o algo así. Cuando se escuchó el estruendo de la caída de un árbol, algunos se acercaron para ver qué pasaba: el hermoso árbol de lechecaspi, que tantos frutos había producido para gusto de todos, estaba caído como un gigante derrotado, la mitad de sus ramas chancadas por la fuerza de la caída, y los huayos, verdes y maduros, regados por el suelo. Un hombre se apresuraba a escoger los pocos frutos maduros que en ese momento tenía el árbol. Cuando la gente le reclamó por su acción, se rió diciendo cosas como: ¿Acaso tú sembraste el árbol? ¿Por qué mezquinas lo que no es tuyo, ah? Historias como ésta se repiten casi a diario en muchas comunidades de nuestra Amazonía. Como la comunidad de Porvenir está bastante bien organizada, y tiene reglamentos internos para regular la tala de árboles y otros recursos para asegurar su uso sostenible, las autoridades decidieron ponerle una multa al desaprensivo morador: 15 soles. Algo así como el precio de la cosecha de frutos de una

semana del precioso árbol. Pobre pago, ciertamente, para compensar los miles de frutos que por muchos años podría haber producido éste árbol para deleite de niños y grandes.
(*¹) Historia real narrada por el Sr. Elvis Ahuanari Arirama, Comunidad de Porvenir, Río Nanay

Vamos a reflexionar sobre ello y sobre la necesidad de tomar medidas correctivas.

Preguntas para el diálogo:
a) ¿Crees que por el hecho que el árbol de leche huayo no había sido sembrado por nadie cualquiera podía tumbarlo? Explica por qué Respuesta:

b) ¿Crees que está bien que se corten árboles para aprovechar su fruta solamente? Explica por qué. Respuesta:

 Enumera las especies de árboles frutales que son tumbados por los moradores en tu comunidad para coger sus huayos 1.- Ej., caimitillo 2.3.4.5.-

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 Abajo hay una lista de especies de los animales más comunes que caza la gente en Loreto. Escribe a la derecha de cada uno qué huayos o frutos come (investiga con tus padres o abuelos). Majás: Añuje: Sachavaca: Sajino: Huangana: Venado colorado: Venado cenizo: Casha cushillo: Chosna: Achuni: Pucacunga: Perdiz: Montete: Pinsha:

producir en cien años si tumbamos ese aguaje?
Respuesta: a) b) 2) Muchos árboles de la tahuampa del Nanay son tumbados para venderlos como leña en Iquitos, a un precio entre 5 y 10 soles por árbol. Hay numerosos peces que se alimentan de sus frutos, como el sábalo, la palometa, la curuhara, el paco, la gamitana y otros. Sabemos que para producir un kg. de pescado se necesitan aproximadamente dos kg. de alimento, y que un árbol adulto de shiringuilla, tamamuri o cumala produce en promedio no menos de 50 kg. de fruta comestible al año. Si calculamos un promedio de 5 soles el precio de un kg. de sábalo en Iquitos en creciente, ¿puedes calcular cuánto dejamos de ganar (es decir, cuánto perdemos) matando un árbol para ganar cinco soles en vez de dejarlo que alimente a los peces, pongamos por 50 años? (Calcula primero lo que produciría de fruta ese árbol en 50 años, luego la cantidad de pescado que se podría criar con esa fruta, y luego multiplica por el precio de ese pescado en Iquitos.) Respuesta:

 Resuelve estos problemas (para grados superiores solamente) 1) Si con un kg. de pulpa o masa de aguaje (fruto pelado y sin la semilla) podríamos criar en nuestra piscigranja medio kg. de gamitana, y un aguaje promedio produce unos 100 kg. de masa comestible al año, a) ¿cuántos kg. de gamitana podríamos producir con el fruto de un aguaje en un año? Y b) ¿Cuántos kg. de gamitana dejaríamos de

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2.- Veinte soles por la madre lupuna (*)
En la comunidad de Ribera Alta, en la Quebrada Tamshiyacu, había una hermosa lupuna de unas 60 pulgadas apenas a 150 metros del campo de fútbol. Debajo del gigantesco árbol, los moradores habían construido un 4

hermoso vivero con ayuda del Proyecto Caspi cuyos plantones servían para repoblar todas las comunidades de la cuenca. Durante los tres años que funcionó el proyecto se habían repartido ya miles de plantones en 11 comunidades. El profesor de la escuela de Ribera Alta usaba la lupuna como uno de los temas favoritos de clase, e incluso llevaba a los alumnos hasta la lupuna a que aprendiesen a reconocer las semillas y el proceso de la regeneración natural del bosque, así como para aprender a hacer viveros forestales y a transplantar árboles.

una visita obligada también para los turistas que surcaban la quebrada Tamshiyacu camino del Yavarí – Mirim. Esta hermosa lupuna, de unos 55 metros de altura, y con un hermoso tronco recto, era la envidia de todos los madereros que transitaban por la quebrada, pero la comunidad la cuidaba y no permitía que nadie la tumbase, porque era la única que quedaba en la zona para semillero. Un día del año 1994, un maderero llamado Luis Gonzaga le convenció al teniente gobernador de la comunidad para que le “vendiese” el árbol por 20 soles, a cuenta de pagar la “enorme” cuenta a su vuelta, al estilo de todos los madereros. El teniente gobernador, ni corto ni perezoso, aceptó el negocio, e incluso ayudó al maderero a empujar las trozas a la quebrada, a cambio de una botella de cachaza, una vez que la motosierra realizó su macabro trabajo. Otros moradores de la comunidad también se prestaron a ayudar a empujar las trozas, a cambio de unos tragos de cachaza también. Nada menos que quince trozas de lupuna sana, para triplay, salieron del hermoso árbol, lo que significó al precio de aquel entonces (30 centavos de sol por pie tablar) una ganancia aproximada para el maderero de 3,600 soles (considerando unos 12,300 pies tablares de volumen). Pese a que el precio a pagar por la lupuna era absolutamente irrisorio, el maderero nunca se apareció de nuevo por la comunidad a cancelar su deuda. Los comuneros de Ribera Alta se molestaron bastante y reclamaron al 5

Las ramas bajas de la lupuna servían además de refugio a una bandada de bocholochos y paucares, que las utilizaban para colgar sus nidos, bien a salvo de los monos y las pinshas que son los enemigos habituales de los nidos de estas hermosas aves. La gente del pueblo estaba acostumbrada ya al parloteo de estas oropéndolas, con el que despertaban todos los días en las mañanas. La lupuna con sus nidos era

irresponsable teniente por las razones de su acción. Él sólo supo contestar que la plata iba a ser para fondos de la comunidad. La gente no quedó satisfecha con esta explicación. “Hemos perdido la lupuna, hemos perdido el vivero y hemos perdido a los pájaros que vivían en ese árbol”, se lamentaba la gente. En la siguiente asamblea, el pueblo destituyó por mayoría al teniente por su irresponsabilidad y el daño causado a la comunidad con la tala de la lupuna. Hubo personas que propusieron su expulsión de la comunidad, pero como habían sido varios los que cooperaron bajo los efectos de la cachaza con la tala de la lupuna, para evitar mayores conflictos se acordó no aplicar mayores penas.

Respuesta: c) Aunque sabemos que la pérdida de este árbol es invalorable, vamos a intentar el siguiente ejercicio: ¿Cuánto crees que debería haber cobrado la comunidad por ese árbol? Respuesta 1.- Considerando solamente el precio de la madera de la lupuna para triplay

Respuesta 2.- Considerando lo que perdió la comunidad con la muerte del árbol semillero, que pudo haber producido miles de plantones para repoblar por muchos años más

(*²) Historia real narrada por Marcial Trigoso Pinedo, ingeniero forestal que trabajaba en el Proyecto Caspi en la comunidad de Ribera Alta. El nombre del maderero es un pseudónimo

d) ¿Qué crees que debió hacer la comunidad al teniente gobernado por mandar tumbar la lupuna? Respuesta:

Preguntas para el diálogo:
a) ¿Crees que actuó bien el teniente gobernador de la comunidad al vender la lupuna? Explica por qué Respuesta: b) ¿Qué beneficios hubiera tenido la comunidad de Ribera Alta, y las vecinas, si se hubiese respetado la lupuna?

e) ¿Conoces otros casos similares en tu comunidad, en que una autoridad se ha vendido a un maderero o congelador, en perjuicio de todo el pueblo? Cuéntalos Respuesta: e) ¿Conoces algún otro caso de madereros o congeladores que han usado el trago para manipular a la gente para que les vendan o regalen recursos de la comunidad? Cuéntalos. ¿Qué crees que se debería hacer para evitar estos abusos? Respuesta:

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3.- El maderero pícaro
Dos historias, dos finales

3. 1.- Un final feliz (*)
La comunidad de Ayacucho, en el bajo Nanay, se dedica mayormente a la madera. En la cabecera de su quebrada quedan todavía bastantes maderas valiosas, incluso cedro y caoba. La comunidad ha tratado de cuidar su madera de extractores foráneos, aunque no siempre con éxito. Muchos madereros se han aprovechado de la buena fe e ingenuidad de los campesinos, como ocurre en muchas otras comunidades de Loreto. Algunos se presentan con papeles falsificados de permisos de extracción forestal, otros simplemente compran madera diciendo que van a pagar “a su vuelta, en otro viaje”, y nunca vuelven.

2002 a la comunidad de Ayacucho y con sus buenos modales y la inestimable ayuda de un par de garrafones de cachaza se había ganado la confianza de la gente. Firmó un acuerdo con la comunidad de pagar 150 S/. a cambio de que le permitiesen sacar unas 200 trozas de madera de la quebrada. Un precio realmente irrisorio y realmente beneficioso para el astuto maderero, a menos de un sol por troza, cuando cada una de ellas podía ser vendida en Iquitos por 300 ó 400 soles, dependiendo de especie y tamaño. Al cabo de unos meses había tumbado y había bajado a vender a Iquitos unas 180 trozas de cumala, 16 de tornillo, 12 de marupá u 6 de lagarto caspi o álfaro. A pesar de lo barato del precio que había acordado con la comunidad, el pícaro del maderero no quiso pagar nada. Además, varios comuneros habían sacado por su cuenta algo de madera, y como no tenían permiso forestal, se la habían vendido al maderero, que quedó en pagarles también “a su vuelta”, cosa que no hizo porque, según él, no tenía plata. En total debía a diferentes comuneros unos 2,400 soles, más los 150 a la comunidad por la madera extraída por él mismo. Con gran descaro, el maderero quiso volver a sacar madera olvidándose de su deuda con la comunidad, y surcó de nuevo la quebrada a fines del 2002 para seguir sacando madera. En febrero del 2003 el maderero había tumbado y estaba 7

El Sr. Winder Moreno, maderero de Iquitos, se había acercado a fines del

bajando 340 trozas de diferentes especies, principalmente cumala, pero también tornillo, marupá y lagarto caspi. Sin embargo, esta vez la gente de la comunidad ya estaba avisada. “Una vez nos harán la pilla, pero dos veces no”, decían los comuneros. Así que se organizaron y decidieron parar al pícaro. Como la quebrada pasa por la misma comunidad, se organizaron en piquetes e hicieron guardia a la madera día y noche, para evitar que se escapase. Una noche, cuando supieron que las trozas estaban por llegar, tumbaron un gran árbol sobre el agua para que la madera no pudiese seguir bajando. El Winder Moreno no estaba bajando la madera, sino su gente, que se acercó a la comunidad a preguntar por qué habían tumbando el árbol. Cuando la gente le explicó que si no pagaba el maderero sus deudas, no dejarían bajar la madera, prestaron una canoa y en plena noche se mandaron para Iquitos. Como esta comunidad queda muy cerca de Santa Clara, en pocas horas habían avisado al maderero del problema, y éste se presentó en la comunidad de Ayacucho esa misma hora, a las 2.00 am, con nada menos que 4,000 soles en efectivo para pagar sus deudas en la comunidad y poder así bajar su madera. Cuando hubo cancelado todo lo que debía, incluido un modesto pago por la nueva madera, recién los moradores permitieron bajar la madera a Iquitos.

Sin embargo, le dijeron al tal Winder Moreno que no querían verle nunca más. Ahora, como la comunidad está tramitando la titulación de su territorio con apoyo del IIAP (Proyecto Nanay), confían en poder sacar su propio permiso forestal para poder vender su madera a mucho mejor precio directamente en los aserraderos, sin temor a que les quite el INRENA o la Policía Ecológica. También han acordado no volver a vender nunca más madera en pie a los madereros, dado el precio irrisorio que ellos pagan, sino más bien trabajar ellos mismos su madera y venderla directamente en el mercado, sin intermediarios. Además, si los moradores sacan la madera en su propio territorio, van a hacerlo de modo más racional y con menos desperdicio. El problema lo suelen crear los foráneos, que depredan el bosque porque no es suyo y se van a vivir a otra parte. De todos modos, ese año, gracias al pago del maderero, los padres de familia de Ayacucho tuvieron su platita para la campaña escolar de ese año. Todos los niños pudieron ir al colegio con sus flamantes uniformes, sus cuadernos y demás materiales escolares completos.

(*³) Historia real narrada por el Sr. Róger Galán, Comunidad de Ayacucho, río Nanay. El nombre del maderero, sin embargo, ha sido cambiado.

-----------------------------------------------3.2.- Un final no tan feliz (*)
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Don Fernando Vilches, indígena JíbaroAchuar de la comunidad de Peruanito, en el alto río Corrientes, creyó que hacía el negocio de su vida cuando sacó a crédito de un maderero un motor peque peque “chino” por 40 trozas de caoba. Como es habitual en estos casos, se proveyó de abundante fariña, preparó una buena reserva de “ampi” o veneno para los virotes de su pucuna, y surcó con su canoa la quebrada, dejando a su familia en el pueblo a cargo de su hermano. Después de largos meses de dura labor, con las primeras lluvias de noviembre consiguió sacar a la boca de la quebrada Capirona las valiosas trozas, cada una de un promedio de entre 40 y 50 pulgadas de grosor.

esperaba tener un buen saldo para pagar su cuenta de la bodega, ya que en sus meses en el monte su mujer había sacado fiado varias veces víveres y otras necesidades de la casa, a cuenta de la maderita que estaba sacando su marido. Para su sorpresa de Don Fernando, el maderero le informó que el precio de la madera no era suficiente para el pago por el peque peque, que todavía quedaba debiendo. Don Fernando, si bien analfabeto y poco conocedor tanto de la cubicación de la madera como de los precios de la caoba en Iquitos, desconfió de las cuentas del maderero, ya que había vendido otras veces madera en el pasado. Mentalmente había sacado sus cuentas por las trozas, y según él debería haber un buen saldo. Entonces le pidió a uno de los líderes de la Federación de Comunidades Indígenas del Corrientes que averiguase en la ciudad el precio del motor, y también el precio del pie tablar de caoba en la ciudad de Iquitos. Éste le pidió a amigo maderero que calculase el precio de esas 40 trozas de caoba en el mercado de Iquitos: representaba entre 370,000 y 400,000 soles, ¡mientras el motor chino vendido a Don Fernando por el maderero valía exactamente 1,270 soles¡ Sin embargo, Don Fernando Vilches no pudo hacer nada para recibir un mejor precio por su madera: no había ningún contrato por escrito, ni había forma de demostrar ante las autoridades que la madera era suya. Y como la madera había sido extraída sin permiso forestal, incluso se arriesgaba a que le 9

El maderero que le había habilitado procedió entonces a cubicar la madera y “tiró saldo”. Don Fernando Vilches

denunciasen y le multasen por violación de la ley. Así que, como tantas veces, tuvo que tragarse su cólera y admitir que, una vez más, le habían hecho la pilla.
(*4) Historia real narrada por el Sr. Andrés Sandi Mucushua, Comunidad Belén de Plantanoyacu, Río Corrientes.

b) ¿Por qué crees que los madereros pueden estafar con tanta facilidad a los miembros de las comunidades? Respuesta: c) ¿Cuál crees que fue la clave del éxito de la Comunidad de Ayacucho? ¿Cómo consiguieron hacer pagar sus deudas al maderero pícaro? Respuesta: c) ¿Qué crees que deberían hacer las comunidades para evitar que los madereros sigan estafándoles, o sigan saqueando sus bosques por nada o casi nada? Respuesta:

Preguntas para el diálogo:
a) ¿Conoces alguna historia similar de algún maderero que se ha aprovechado de la gente en una comunidad, se ha ido sin pagar o ha estafado a los moradores? Descríbela brevemente Respuesta:

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4.- El tornillo y el batán (*)
La comunidad de Teniente Ruiz, en el alto Tigre cerca ya de la frontera con Ecuador, fundada a principios de siglo XX, había sido abandonada luego de varias décadas. Las chacras circundantes al antiguo pueblo se habían empurmado y convertido en hermosos bosques con muchas especies valiosas. Un grupo de los antiguos moradores volvió a refundar la comunidad unos 30 años después de que hubiese sido abandonado, a principios de los años 90. Justo detrás de las casas de la gente, había crecido un hermoso manchal de tornillo o “huayra caspi”, probablemente sembrado un día por algún morador empeñoso y previsor. Los nuevos colonos eran hijos o nietos de los moradores antiguos, y ya nadie sabía quién había sembrado los tornillos. Sin embargo, de común acuerdo decidieron cuidarlos por unos años más hasta que tuviesen el diámetro comercial, pues todavía estaban con un promedio de 20 a 30 pulgadas de promedio. Cuando yo visité la comunidad en 1993, me sorprendió encontrar uno de los tornillos más hermosos recién derribado por el hacha, aunque aparentemente entero.

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tumbar el árbol cerca de la casa. ¿Qué para hacer?” El irresponsable se salió con la suya en esta ocasión, pues en esta joven comunidad no tenían ningún tipo de reglamentos para regular este tipo de acciones. Poco tiempo después me enteré que se había ido de la comunidad a vivir en otro sitio. Sin embargo, no fue la primera ni la última vez que presencié el asesinato injustificado de un gigante del bosque amazónico. La tala de árboles maderables para aprovechar solamente una pequeña parte de su tronco es desgraciadamente una práctica común todavía en nuestra Amazonía. Por las apariencias, el tornillo había sido talado hacía meses, pero no se verían rastros de que hubiesen usado ninguna parte de él para nada. Intrigado, le pregunté al presidente de la comunidad, Don Enrique Cardoso, sobre el asesinado tornillo, y me comentó: - “Pucha, huauqui, ese haragán de mi hermano lo tumbó para hacer un batán para hacer el masato. Ese pata no entiende razones. Como él no es morador permanente de la comunidad, le importa un puñete lo que pase en el monte. Yo le había dicho que podía hacer el batán con la punta de un tornillo del que yo hice mi canoa hace unos meses, que queda un poco más al centro. Le había sobrado al palo un pedazo grande bien sanito. Pero ese bayano, por no cargar, ha preferido Años después, en los terrenos del Instituto de Investigaciones de la Amazonía Peruana – IIAP localizados dentro de la Reserva Allpahuayo – Mishana (a la altura del km. 26 de la carretera Iquitos – Nauta), observé un árbol de remocaspi derribado justo al lado del camino usado habitualmente por los turistas para visitar el bosque. Era un hermoso ejemplar de casi medio metro de diámetro, uno de los mayores que he visto, probablemente de varios siglos de años de antigüedad, ya que el remocaspi tiene madera muy dura y crece muy lentamente. Observé con cuidado el árbol y no observé nada extraño, aparte del limpio corte del hacha. La pregunté entonces a uno de los guardaparques sobre el motivo de la tala del remocaspi, y me señaló un costado: un pequeño pedazo de una 11

aleta de aproximadamente un metro de largo, apenas visible entre las hojas y arbolitos del suelo del bosque, había sido arrancado aparentemente con un hacha. Ahora parecía claro el motivo del crimen: el abuelo había sido derribado para hacer un simple mango de hacha. Es decir, un árbol de 300 ó 400 años, de una altura de más de 30 metros, con un peso total de más de una tonelada, muerto para aprovechar dos kilos de madera. La aleta ciertamente podría haber sido cortada desde el suelo limpiamente, sin necesidad de tumbar el árbol. ¿Qué movió al responsable a hacer tal fechoría? Nunca lo sabremos. Lo que sí averigüé unos meses más tarde fue la causa de la muerte de un enorme árbol de palisangre, al que tampoco le faltaba ningún pedazo visible en el tronco. Lo encontré derribado al lado de la trocha de ingreso a la Comunidad de Agua Blanca, dentro de la Reserva Allpahuayo – Mishana, y le pregunté en una de las casas sobre el motivo de la tala de ese árbol. Un joven me contestó que él lo había derribado “por error”. Resulta que él se dedicaba ocasionalmente a capturar insectos para la venta a turistas y coleccionistas, y uno de sus métodos consistía en tumbar árboles de algunas especies para que los arlequines, esos papazos de enormes antenas y colores llamativos, acudiesen a poner sus huevos. El palisangre no es precisamente una especie usada por el arlequín para reproducirse, pero el desaprensivo joven había tumbado el árbol “por error”. El palisangre tiene una de las maderas más duras de la Amazonía, y su crecimiento es muy

lento; el ejemplar derribado “por error” podría haber pasado fácilmente de 500 años. (*5) Hechos reales con base en el testimonio de José Álvarez

Preguntas para el diálogo:
a) ¿Conoces alguna historia similar de tala injustificada de árboles? Descríbela brevemente

b) ¿Cuándo debería ser permitido tumbar un árbol y cuando debería ser prohibido? 1.- Ej., debería estar permitido cuando se aprovecha una gran parte del árbol para construir algo grande, como una canoa o tablas para la casa 2.3.4.5.c) Enumera los casos que conoces en que los árboles son talados por necesidad (cuando la tala es bien justificada y debería ser permitida por la comunidad) 1.- Ej., para hacer chacra 2.3.4.5.d) Enumera los casos que conoces de árboles que son talados de forma irresponsable, y debería estar prohibido 12

1.- Ej., tumbar un remo caspi grande 3.para hacer un solo remo 4.2.5.-----------------------------------------------------------------

5.- La moena negra y el tractor (*)
Bolognesi es una pequeña y tranquila comunidad Kichwa localizada en el alto Tigre. Los indígenas Kichwa habitan en esta región por siglos, haciendo un uso sostenible de los recursos naturales. Los recursos naturales son (o eran hasta hace poco) abundantes, y la gente podía fácilmente satisfacer sus necesidades con la pesca, la caza, y el producto de sus chacras. está bien construido, más de 30 ó 40 años. Nadie en el río Tigre conocía un árbol de itaúba en pie, solamente los “shungos” o parte dura del tronco que se encontraban derribados por diversos lugares de la selva, que en lugares húmedos se conservaban por muchos años intactos. Eso lo comprobé personalmente cuando Don Baltico nos llevó a una purma vieja a un costado del pueblo y le enseñó a mi amigo Alfonso un hermoso tronco de itaúba. “Este tronco”, nos contó Don Baltico, “lleva ahí como mínimo 60 u 80 años. Yo hice esta chacra cuando era joven, hace 40 años, y encontré el tronco ya caído y sin la albura. Ahora míralo ve”. Y con el machete le limpió un poco el musgo y la parte podrida de la parte superior, y le hizo un corte limpio. Debajo de la capa de suciedad apareció una madera sana y de un hermoso tono rojizo claro. Conocí a Don Baltasar Sandi (“Baltico”) durante un viaje que con un regatón hasta el alto Tigre, en 1992. Alfonso, el patrón del bote, estaba comprando troncos de itaúba por todo el río para construir el casco para su nueva lancha. La itaúba es una de las maderas más duras y resistentes de la selva, sobre todo cuando están bajo el agua. Se dice que un casco de itaúba puede durar, si “Ésta es la itaúba de verdad”, comentó Alfoso. Y después de acordar un justo precio con Don Baltico, procedió a tablear el viejo tronco con su motosierra para extraer las preciosas tablas. En compañía de Don Baltico tuve luego la oportunidad de visitar los hermosos bosques del pueblo, ya que yo estaba estudiando las aves de la zona, y 13

comprobé el profundo conocimiento que el indígena tenía de la naturaleza amazónica. No había árbol del que no conociese su nombre y su uso, y el mínimo rastro en trocha era como un libro abierto para él, en el que podía leer qué animal había pasado, cuándo y qué había estado haciendo. Unos meses más tarde, el buen Don Baltico me visitó en Intuto, el pueblo más debajo de Bolognesi donde yo estaba viviendo por esa época. Me contó llorando lo que había pasado recientemente en su pueblo: un conocido maderero de Iquitos, al que llamaremos Severo Verdura, había aparecido con una motochata, un tractor forestal y un papel que decía era un permiso de extracción forestal. A pesar de las protestas de los moradores de Bolognesi, arrasó con toda la madera que quiso en la comunidad, pasando incluso con su tractor por medio de algunas de sus chacras para acortar distancias hasta el río. “Yo he visto crecer muchos de estos árboles desde que yo era pequeño, pensando que un día podría hacer mi platita vendiéndoles a buen precio, huauqui. Justo detrás de mi chacra tenía una moena negra que he visto crecer y he cuidado desde que tengo memoria, para hacer algún día mi canoa. También ésa se la sacó el maderero. El monte ha quedado una desgracia, todas las trochas malogradas por el tractor, las quebradas llenas de tierra, los animales se han ahuyentado al centro con el ruido de las motosierras y del tractor... No hay derecho a esto”.

Yo no podía hacer mucho, ciertamente, para ayudar a Don Baltico. Averigüé en el Ministerio de Agricultura por radiofonía, y me informaron que en la zona no había permisos forestales vigentes, pero que no tenían presupuesto para realizar un operativo para detener al delincuente. A pesar de mis gestiones, se salió con la suya, y bajó feliz con su madera, la que probablemente lavó en su aserradero de Iquitos con un permiso para otra cuenca. La comunidad de Bolognesi quedó “una tristeza”, a decir de sus moradores. Poco tiempo después me enteré de la muerte de Don Baltico Sandi, al que nunca vi recuperarse de la tristeza de ver sus queridos montes destrozados por las ruedas del tractor y los dientes crueles de las motosierras. Hoy él descansa en paz, aunque su pueblo todavía tardará muchos años en recuperarse del desastre. (*6) Hechos reales basados en el testimonios recogidos por José Álvarez

Preguntas para el diálogo
a) ¿Conoces alguna historia similar, de algún maderero que ha explotado a una comunidad aprovechándose de su falta de conocimiento? Cuéntala a tus compañeros y escríbela Respuesta: b) ¿Por qué crees que se producen estos abusos, y cómo se podrían evitar? Respuesta:

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c) ¿Qué crees que deberían hacer las comunidades campesinas e indígenas para evitar el saqueo de sus recursos por foráneos?

a) Ej. Titular sus territorio tradicionales. b) c) d) -----------------------------------------------------------------

7.- El maderero sabido y doña Marina la brava (*)
En 1986, la comunidad de Monte Calvario, en el bajo Pintuyacu (afluente del río Nanay) apenas estaba constituida por dos familias. Un buen día se apareció por la comunidad un señor llamado Vicente Morante, de la comunidad de Santo Tomás. Informó a la comunidad que quería ser morador y que iba a dedicarse a la crianza de chanchos en un lugar apartado, para que no molesten, en Muti quebrada, una zona rica en recursos, especialmente madera, que la comunidad cuidaba como su despensa para el futuro. En esta quebrada había hermosos manchales de tornillos bien cerca del agua, además de otras maderas como lagarto, quillosisa, cumala, moena, y otras especies. La gente le aceptó al Vicente, porque querían que la comunidad creciera para poder tener un día su propia escuela. Luego de varias semanas, el flamante morador pasó por el pueblo y les informó que ya había hecho su rozo para sus sembríos, y estaba listo para quemar. Un día, don Julián Pérez, el más antiguo morador de Monte Calvario, le dijo a su esposa: - “Me voy a la quebrada a visitar a nuestro vecino Vicente, como a cazar una pucacunga. Ya debe estar sembrando y de repente necesita máchiques de plátano y palo de yuca”. Cuando don Julián llegó a la quebrada, sólo encontró un tambito de mitayero, pero no observó ningún rozo. Le buscó al Vicente, y le preguntó qué estaba haciendo, y por qué no había hecho su chacra. - “Estoy sacando un par de maderitas para irme a Iquitos y comprar mis víveres y otras cositas. A mi vuelta voy a rozar y quemar mi chacra”, le dijo el Vicente. - “Pero usted en la sesión informó que iba a hacer su casa grande y a sembrar su chacra, por eso el pueblo le aceptó de morador. El acuerdo no era sacar madera, ni mucha ni poca”, le contestó don Julián. El Vicente se puso terco en que iba a seguir tumbando “sus maderitas”, por lo que don Julián se volvió al pueblo para informar a los otros moradores que el Vicente se estaba pasando de vivo y estaba tumbando árboles de tornillo y estaba ya para revolcar a la quebrada. Se fueron entonces todos en mancha a verle, con Marina Pérez, la hija de don 15

Julián a la cabeza. Cuando llegaron, ella fue la que más le increpó su actitud al tal Vicente: - “Tú has engañado al pueblo, tú no quieres ser morador. No vas a salirte con la tuya, no vas a llevarte ni un tronco, y ahoritita mismo te vas, no tienes palabra de varón”. El Vicente les quiso palabrear un poco, “que Marinita por aquí, que Marinita por allá”, pero la Marina y los demás se mantuvieron firmes en su posición. - “Mira ve”, le dijo la Marina finalmente. “Si quieres saca tu ungurahui, monteas un par de días para irte con algo a tu pueblo, pero tú no tumbas un palo más”. Y así fue. En unos días el Vicente se largó de la comunidad. Pasaron los años, y un día los moradores de Monte Calvario escucharon una motosierra en Muti Quebrada. Se fueron inmediatamente y encontraron a varios comuneros de una comunidad vecina, motosierra en mano, tumbando sus preciosos tornillos. Cuando les reclamaron que estaban en su territorio, les dijeron con insolencia: - “Ustedes no saben trabajar, parece que no tienen necesidad. Estas maderas están gruesas para trabajar. Y además, ¿por qué mezquinan? ¿Acaso ustedes las han sembrado?”. - “Ustedes no nos tocan nada, esas maderas son nuestras, y las vamos a sacar cuando se engorden más para

poder vender a mejor precio”, les contestaron firmes los de Monte Calvario. Doña Marina fue la más enérgica: -“Ustedes han acabado la madera de su comunidad, han metido tractor y han vendido sus árboles por una miseria, se han puesto su dentadura brillante, y a nosotros no nos han dado ni un sol. Ahorita que no tienen nada, quieren venir a acabar lo que nosotros estamos cuidando para el futuro de nuestros hijos”. A los de la comunidad vecina no les quedó más que volverse con su motosierra a su tierra. Ciertamente, la comunidad de Monte Calvario tiene asentado en sus actas que esa madera está en reserva para la comunidad, y que van a esperar a que engorden las maderas para el futuro. Han acordado también que el día que decidan trabajarla, lo harán todos los moradores unidos, y todos se beneficiarán por igual. En otras comunidades, por el contrario, a veces ocurre que sólo algunos moradores con más recursos trabajan la madera y sólo ellos se benefician, y ni siquiera dejan nada para la comunidad.

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Hoy la comunidad de Monte Calvario ha crecido, y cuenta con una docena de padres de familia. La comunidad ha logrado titularse, como anexo de la Comunidad Campesina Seis Hermanos del Pintuyacu,. Son cristianos evangélicos, y la comunidad es muy tranquila, sin borrachos ni fiestas estridentes. Tuvieron incluso su escuela hace unos años, aunque ahora, por cierto descuido, fue trasladada a una comunidad vecina. Doña Marina es hoy una madre de familia y lideresa conocida en toda la cuenca. Incluso es bien conocida en la comunidad de Santa María, capital del Distrito de Alto Nanay, porque es brava defendiendo sus cochas de los pescadores de afuera, que llegan a veces a pescar para negocio atropellando los derechos de los moradores locales, que como titulados tienen derecho de uso exclusivo de sus recursos. - “Bruto, ahí en ese pueblo no se puede pescar, ahí está la Marina que mezquina”, se comenta por Santa María. La Marina y sus vecinos no mezquinan por gusto. Las maderas del monte son su ahorro, su capital para el futuro, y las cochas, como ellos dicen, son “su mercado”, la despensa de la que sacan

su diario sustento, por eso las cuidan con tanto celo. Gracias a este cuidado, hoy sus cochas están llenas de peces selectos, que en comunidades más desorganizadas escasean, como lisas (de las que comimos unas sabrosas muestras en el desayuno), curuharas, palometas, etc. Gracias al cuidado de este pueblo, la fauna también abunda, y se pueden observar monos cotos y de otras especies bien cerca de la comunidad, especies que son raras en otras zonas del Nanay. En alguna de sus cochas hay incluso paiche y taricaya, animales que han desaparecido en casi toda la cuenca. Otras comunidades menos organizadas del Nanay y otros ríos hoy están peladas y no tienen ni madera, ni irapay, ni pescado en sus cochas. El futuro de sus hijos es bien negro. Como dice Doña Marina, no han pensado en que sus hijos también van a necesitar un día comer y vestir a sus propios hijos, sólo han pensado en un beneficio inmediato, en su dentadura brillante y en unos míseros 10 ó 20 soles por árbol en pie que los madereros les han pagado. (*) Historia real basada en el testimonio de Doña Elsa Marina Pérez Ahuanari, de la comunidad de Monte Calvario, río Pintuyacu.

Preguntas para el diálogo:
a) ¿Crees que actuaron bien los de Monte Calvario al mezquinar su madera a los madereros? Razona tu respuesta. Respuesta:

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b) ¿Conoces casos en tu comunidad en que la gente ha usado mal sus recursos, y ha barateado o permitido que saquen su madera a bajo precio? Cuéntalos a tus compañeros. Respuesta: c) ¿Te parece bien lo que acordaron los de Monte Calvario, sobre trabajar su madera entre todos, para que todas las familias se beneficien por igual? Respuesta:

d) ¿Te parece razonable que cualquiera pueda talar un árbol o pescar un pescado en cualquier sitio, con el argumento de que ellos no han sembrado el árbol, ni han criado el pez? ¿Por qué? (Pregunta al profesor y conversa con tus compañeros sobre los derechos de las comunidades indígenas y campesinas sobre sus recursos). Respuesta:

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8.- Historias de los viejos antiguos (*)
Apenas veinte años después del descubrimiento del Amazonas para Europa por Orellana, en 1560, la expedición del capitán Pedro de Ursúa, asesinado luego y comandada por el amotinado Lope de Aguirre, descendió por el Marañón y el Amazonas hasta su desembocadura. Uno de los cronistas de la expedición, el franciscano Fray Pedro Simón, describe la gran abundancia de recursos naturales de que disponían los indígenas, y particularmente la de maderas nobles. En un pueblo de las orillas del Amazonas en el actual Brasil describe así lo que vio:

días que fuese menester (=fuese necesario), hasta que quedasen acabados de todo punto.
(*) Fray Pedro Simón. 1542. Historial de la

expedición de Pedro de Ursúa al Marañón y de las aventuras de Lope de Aguirre. Ed. Biblioteca Cultura Peruana (SAN MARTI Y CIA. S.A.), Lima 1942, p. 69.

“Tenían los indios recogida en el pueblo gran cantidad de maderos (=troncos) gruesos de cedro, de los traía en sus avenidas el río, de que hacían sus canoas y casas, que pareciéndoles a los amotinados buen aparejo para concluir la fábrica de los bergantines (=tipo de barco mediano), determinaron por esto, y por hallar abundancia de comidas, tomar de asiento el ranchearse por los
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En 1639, el P. Cristóbal de Acuña, en la relación que hace del descenso por el Amazonas hasta la desembocadura acompañando al capitán portugués Pedro Texeira y a sus hombres, también describe la abundancia de maderas y otros recursos para hacer embarcaciones que entonces había en las riberas de los ríos:

“Los árboles en este río (el Amazonas), son sin número, tan altos, que se suben a las nubes; tan gruesos, que pone espanto; cedro medí con mis manos de treinta palmos de circuito; son todos por la mayor parte tan buenas maderas, que no se pueden desear mejores, porque son cedros, ceibos, palo hierro, palo colorado y otros muchos, reconocidos ya en aquellas partes y experimentados por los mejores del mundo para fabricar embarcaciones. (...)

poblaciones, y como venecianos o mejicanos, todo su trato es por agua, en embarcaciones pequeñas, que se llaman canoas; éstas de ordinario son de cedro, de que la providencia de Dios les proveyó abundantemente, sin que les cueste trabajo el cortarlos, ni sacarlos del monte, enviándoselos con las avenidas del río, que para suplir esta necesidad los arranca de las más distantes cordilleras del Perú, y se los pone en las puertas de sus casas, donde cada uno escoge lo que más a cuente le parece. Y es de admirar, ver que entre tanta infinidad de indios, que cada uno necesita, por lo menos para su familia, de uno o dos palos, de que labra una o dos canoas, como de hecho las tienen, a ninguno le cuesta más trabajo, que saliendo a la orilla, echarle el lazo cuando va pasando, y amarrarle a los mismos umbrales de sus puertas, donde queda preso, hasta que habiendo ya bajado las aguas, y aplicando cada uno su industria y trabajo, labra la embarcación de que tiene necesidad”. (*) Cristóbal de Acuña. 1642. En Informes de
Jesuitas en el Amazonas, 1660 – 1684. Monumenta Amazónica, Ed. CETA-IIAP, 1986. Pp. 56; 61, Iquitos.

Preguntas para el diálogo
a) ¿Existe ahora en tu comunidad la misma abundancia de cedro y otras maderas finas, como lo que cuentan los misioneros de hace siglos? Respuesta:

Todos los que viven a las orillas de este gran río, están poblados en grandes

b) ¿Por qué crees que escasean las maderas valiosas en el monte? 19

Averigua con tus padres o abuelos, y enumera las causas. Respuesta:

c) ¿Qué se podría hacer para que los árboles valiosos vuelvan a ser abundantes en el monte? Sugiere algunas alternativas. Respuesta:

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Lectura
El indígena y el campesino, los grandes marginados de la industria forestal Para la mayoría de las comunidades amazónicas alejadas de las ciudades, indígenas o campesinas, la madera representa casi la única fuente de ingresos económicos, dado que por las dificultades de transporte no pueden comercializar sus productos agrícolas. La necesidad de ganar algún dinero para comprar medicinas, útiles escolares para sus hijos, ropa o alimentos, obliga en la actualidad a miles de indígenas y campesinos a caer en manos de habilitadores e intermediarios madereros inescrupulosos, y a entrar en la informalidad. Como su madera es extraída ilegalmente la tienen que mal baratear para que sea “lavada” a través de los permisos forestales (o contratos de mil hectáreas, vigentes en Loreto hasta este año). Frecuentemente también venden la madera “en pie”, es decir, cobran al maderero por árbol parado que extrae dentro del territorio de su comunidad. Los precios son aún más irrisorios, si cabe: por un árbol de madera corriente se suele pagar entre 5 y 10 soles, y por uno de madera roja, entre 20 y 40 soles. Árboles que rinden entre 3 y 4 trozas, y que en el caso de los más grandes y valiosos, como sucede con el cedro y la caoba, pueden rendir más de 30 ó 40,000 soles cada uno en los mercados de Iquitos. Los pobladores rurales mal baratean sus recursos por varias razones: porque no tienen posibilidad real de explotar ellos legalmente su madera, tanto por falta de capital como por la carencia del permiso forestal, excesivamente caro y engorroso. En los últimos 50 años, millones de árboles de maderas nobles han sido extraídos de esta forma de territorios comunales a lo largo y ancho de la selva peruana, sin que las comunidades se hayan beneficiado más que con las migajas. Para muestra vale un botón: en la comunidad de Obrero, en el río Ucayali, durante un taller se hizo el ejercicio de contabilizar la madera que había sido extraída de la comunidad en la última mitad del siglo pasado. Los madereros habían extraído principalmente cedro, aunque también habían sacado caoba, lupuna, copaíba, lagarto caspi, y otras maderas. Un cálculo muy conservador arrojó un sorprendente resultado: más de 9´000,000 de soles (se dice bien, NUEVE MILLONES Y MEDIO) habían salido por delante de las narices de los moradores, y de sus propias tierras, sin que hubiesen recibido más beneficio que algún trabajo eventual de matero o obrero mal pagado para algunos miembros de la comunidad. Hoy esa comunidad es una de las más pobres de la zona, a pesar de la riqueza que ha salido de sus bosques. Imaginemos solamente cómo estaría hoy la comunidad de Obrero si hubiesen recibido un precio justo por su madera, o simplemente hubiese sido reinvertido ese dinero en la comunidad, creando puestos de trabajo. E imaginemos cómo estaría esa comunidad si por cada árbol que talaron los madereros hubiesen sembrado siquiera dos o tres. Hoy, 50 años después, sería la comunidad más rica del Perú. Lamentablemente, eso no ha 21

sucedido. Pero aún estamos a tiempo de que saqueos como ése no vuelvan a suceder jamás en ninguna comunidad amazónica, y más bien sus bosques sean manejados y explotados para beneficio de sus legítimos propietarios. La actividad maderera es una de las actividades más informales en la región Loreto. Se calcula que más del 95 % de la madera que es comercializada en Iquitos es extraída ilegalmente. Una buena parte de esta madera es extraída de forma ilegal de los territorios tradicionales de comunidades indígenas y campesinas, usando diferentes subterfugios y estratagemas para engañar a los propietarios legítimos del recurso. En efecto, según el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), del cual es signatario el Perú, las comunidades indígenas y campesinas tienen derecho a un territorio tradicional, y el Estado reconoce el derecho de aprovechamiento de sus recursos naturales. Sin embargo, en la práctica, las comunidades rurales amazónicas en Perú no han podido ejercer nunca ese derecho, salvo raras y honrosas excepciones. Los trámites para obtener los permisos forestales son sumamente caros y engorrosos. La nueva Ley Forestal abre nuevos caminos de explotación del bosque, pero lamentablemente el INRENA pone tantas trabas al aprovechamiento forestal por las comunidades locales con sus términos de referencia para planes de manejo, que les impide en la práctica beneficiarse legalmente de esta riqueza aún para fines de subsistencia. La nueva ley sólo permite a las comunidades locales amazónicas, sin necesidad de permiso del INRENA, el aprovechamiento forestal “para autoconsumo” (es decir, para construir sus casas, canoas y demás utensilios), más no así “para subsistencia”. Un indígena no puede talar y vender ni un simple tronco en su propio territorio aun cuando sea para comprar unas medicinas para su hijo enfermo, o para equiparle para el colegio, sin contar con un permiso forestal, para el que es necesario, además de otros engorrosos trámites, contar con un costoso “plan de manejo” aprobado por el INRENA. Este plan de manejo incluye un inventario forestal del área a explotar y un plan de manejo, que deben ser elaborados por un profesional forestal. El costo de ambos en el mercado local, en el mejor de los casos, bordea los 2,000 ó 3,000 dólares, algo totalmente inalcanzable para las comunidades locales. Hacia una gestión comunal de los recursos forestales La mayoría de las comunidades indígenas de Loreto (y otras regiones de la selva), y una parte de las comunidades campesinas están hoy tituladas o en trámite de titulación (entre tituladas y reconocidas hay más de 500 en Loreto.) Este es un escenario muy propicio para poner en ejecución planes de aprovechamiento de los recursos naturales dentro de estos territorios que eviten, por una parte, el vicio de la habilitación y/o intermediación, que es un sistema anacrónico de explotación del poblador rural, y depredador del bosque, y por otra faciliten al máximo el 22

aprovechamiento sostenible de los recursos naturales del bosque por los mismos pobladores rurales amazónicos. Los pobladores rurales amazónicos tienen la capacidad y el interés de realizar un aprovechamiento sostenible de sus propios recursos (= recursos dentro de su territorio y bajo su control). Esto requerirá, por supuesto, de asesoría y capacitación también, así como de un sistema de créditos que acabe con el sistema de habilitación. De hecho, las comunidades amazónicas han realizado un uso sostenible de sus recursos en el pasado, esquema actualmente quebrado por las distorsiones del mercado y los sistemas de patronazgo y habilitación heredados de las épocas colonial y del caucho. Si las comunidades indígenas y campesinas acceden a un título de propiedad de un territorio, que en la práctica les da el uso exclusivo de sus recursos, y encuentran formas de acceder dentro de la ley al aprovechamiento con fines comerciales de esos recursos, con seguridad el escenario de descontrol total, de depredación y desperdicio de recursos que domina actualmente nuestra región va a cambiar. Las comunidades como tales son permanentes, y por tanto tienen una visión del desarrollo y del uso de sus recursos mucho más a largo plazo y sostenible que los madereros con base en ciudades. Sabiéndose propietarios del terreno, y únicos beneficiarios del aprovechamiento de los bosques, con seguridad tendrán más incentivos para manejar e invertir en reforestación que una persona de fuera que trata de sacar el máximo beneficio en el menor tiempo posible. Actualmente está en estudio por el INRENA una propuesta de directiva, presentada por el Gobierno Regional de Loreto, que disminuirá mucho los requisitos a las comunidades indígenas y campesinas para aprovechar legalmente con fines comerciales sus recursos forestales, tanto maderables como no maderables, dentro de sus territorios. Los términos de referencia para un permiso forestal para productos maderables, fácilmente ejecutables por una comunidad indígena o campesina tipo sin gran desembolso, excluyen inventarios forestales y planes de manejo engorrosos, y hacen énfasis en el control por parte de la comunidad. Por ejemplo, exigen la firma de un acta de Asamblea con cuanto menos el 70% de los moradores, la mitad de los cuales deben ser mujeres, para aprobar la extracción de madera. También se exige que la extracción sea con métodos tradicionales de bajo impacto (a través de quebradas, arrastre con tilfor), pero se prohíbe la extracción mecanizada de alto impacto. Estos permisos son gratuitos, y el pago de derechos de aprovechamiento de la madera lo hace el primer comprador, no la comunidad que vende la madera. También se establece un límite de 15 trozas por familia, para evitar que los campesinos sean utilizados como testaferros por los viejos habilitadores, y se imponen sanciones severas a quienes laven madera ilegal con dichos permisos. Se ha establecido este límite de trozas por familia porque la sustentación de estos 23

permisos simplificados es que los comuneros necesitan vender su madera para satisfacer necesidades básicas, como salud, educación, y vestido. Si quieren extraer mayores volúmenes tendrán que embarcarse en los planes de manejo que exige el INRENA para permisos forestales en predios de propiedad privada, mucho más complicados. La estrategia de facilitar el aprovechamiento legal de los bosques por parte de las comunidades locales debe ir de la mano con una agresiva estrategia de titulación de comunidades indígenas y campesinas sin titular, que suman más de 2,500 en Loreto. Los territorios titulados deben ser también de suficiente extensión, para garantizar la sostenibilidad del aprovechamiento de recursos dentro de ellos, y por tanto una vida digna para las presentes y futuras generaciones de quienes son los dueños por derecho de los bosques amazónicos. Sin embargo, las facilidades de acceso legal al bosque no son los únicos problemas de los extractores locales. Es muy frecuente, por desgracia, que los intermediarios y habilitadores se aprovechen del desconocimiento de los campesinos e indígenas para estafarles tanto con el precio de la madera como en la misma cubicación de las trozas que están vendiendo. Adicionalmente está la lacra de la habilitación: Gran parte de los potenciales beneficios de la madera se los quedan los habilitadores, en cuyas manos caen los comuneros por falta de capital propio para trabajar. El Proyecto Nanay está capacitando a muchos comuneros en esta cuenca en cubicación y comercialización de madera, de modo que al menos en ese aspecto hoy pueden recibir un precio mucho más justo por su producto y su trabajo. El tema del crédito para trabajar madera es responsabilidad del Gobierno Regional, que debería canalizar fondos del Canon Petrolero para apoyar a pequeños extractores.

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