El pogo más grande del universo, según la perspectiva de un hombre de 60 kilos

La peregrinación

El colectivo hacia San Martín (Mendoza) sale desde la ex Plaza Vélez Sarsfield cordobesa a las 0.30 del sábado, conocido también como viernes a la noche. A las 23 llega el mensaje de Ceci: “No encuentro la factura de los pasajes, por las dudas lleven DNI”. Angie lo tiene. El mío está a 200 kilómetros. En la mochila, además del mp4 y las clases de literatura de Cortázar, hay lugar hasta para boludeces como cuadernitos de crucigramas, pero no para el DNI. Reviso la billetera: mis únicas identificaciones son la tarjeta del cajero y la de la obra social. Ninguna tiene foto. Estoy hasta las manos. Empiezo a diagramar súplicas y sobornos para garantizarme mi bien pagado lugar en el cole de Oktubre Viajes. En algún momento recuerdo que por alguna causa (que en este caso no recuerdo) me autoenvié fotocopias del DNI al correo. Con Angie salimos entonces a recorrer Nueva Córdoba, pero resulta que en estos tiempos de wi-fi donde bien lejos quedaron las noches en que con los pibes íbamos a matarnos a tiros con el Medal of Honor, en estos tiempos, antes que un Cyber, más fácil será conseguir un lugar donde armen DNI truchos. Pero nos esperanzamos: en una esquina se ve una vidriera con computadoras de las que sobresalen cabezas, la mayoría pibes que seguramente intentan salvar la noche con un gol en tiempo de descuento. Nos acercamos a preguntar, pero las impresoras no andan. Ya son las 23.45, y seguimos dando vueltas. En algún punto bien oscuro de la manzana jesuítica aparece un segundo Cyber, curiosa conjunción de las Doctas colonial y posmoderna. Y tienen impresoras, y funcionan. Nos sentamos en la máquina y revisamos hasta los correos de 2011 cuando al fin aparece el bendito adjunto cuyo nombre es “DNI”. Con la impresión apaisada, se nota que mi cara es una década menor, pero ahí están el nombre y el número de DNI, de modo que con las tarjetas y los chamuyos pensados, los de Oktubre se tienen que poner muy en forros para no dejarme subir. Corremos y son las 0.29 cuando nos reunimos en la plaza con Ceci y Calamar. A último momento, apareció también la factura de nuestros pasajes, pero lo que ahora no aparece es el bondi a Finisterre, y ya hace un frío que te la voglio dire. Además, a nuestra desorientación se suma que a esa misma hora parte una segunda procesión religiosa, rumbo a Cura Brochero, epicentro de los festejos sabatinos por la beatificación del homónimo. Le estamos dando la quinta vuelta a la plaza cuando vemos que, en el extremo opuesto, arranca el colectivo número 14, detrás del cual aparece el 15, el nuestro, que estaba escondido y que ahora también arranca. Lo corremos por la Yrigoyen hasta la Plaza España. Ahí le hacemos una barrera humana bien ensayada en horas de GTA y logamos detenerlo. Decimos nuestros nombres y nos dejan subir sin mayores dramas. La bendita fotocopia del DNI quizá sirva para un eventual choque con la policía, o para que reconozcan mis restos después del pogo; por las dudas no la descarto. Ah, la tremenda corrida nos hizo olvidar el frío. Empieza el viaje, nos miramos entre los tripulantes, familiarizándonos para las próximas diez horas de ida y otras diez de vuelta, y para una eventual micro sociedad en caso de que nos suceda un percance del tipo Lost o Autopista del Sur... uno nunca sabe. Nadie canta ni alborota demasiado, suponemos que va a ser un viaje tranquilo. El responsable sube para darnos dos indicaciones. Número 1: en el pasillo no se fuma (sólo está permitido en la cabina del conductor) porque con el humo supuestamente se disparan unos supercensores que frenan el colectivo. Número 2: en el baño no se caga, para eso hay bolsas de consorcio que nadie quiere saber adónde se revolean. Ningún tripulante le da mucho crédito al tema de los sensores, porque el tipo esconde la cabeza y ya se prende el primer faso: el responsable es un rollinga de unos 18 años que desde entonces, como Boogie el Aceitoso, va a hacer de sus churros tamaño morcilla una extensión más de su cara. En ese mismo momento se prende la

música del bondi y se destapan las conservadoras. El colectivo se transforma en una fiesta bolichera ambulante que no se detendrá hasta que lleguemos al Autódromo. Los parlantes revientan al límite de su capacidad y saturan a más no poder mientras en las horas sucesivas pasan la discografía completa de Los Redondos, Los Fundamentalistas y Skay, también pasan Chizzo y su pandilla, y asoma Callejeros, pero entonces nos levantamos, vamos hasta la cabina y decimos que no, mi amigo, que eso ya no pasa, porque Indio hay uno solo, carajo. Como dice Ceci, ya estamos totalmente encausados. Después de un rato (3 AM, o mejor 4 AM, para espantar la mufa), el responsable vuelve a asomar la cabeza, para decirnos que estamos llegando a un control en Río Cuarto, donde la policía es muy “heavy” y se vale de perros para detectar los porros. -Así que se fuman todos los fasos y se toman toda la merca que traigan -advierte. Con las pastillas, en cambio, “está todo bien”: no corren riesgo los Refrianex de Angie y otros medicamentos vencidos de Calamar. Se larga pues un raid consumista en que incluso nosotros -reversos de cualquier estereotipo rockero con nuestro mate y el surtido de masitas (léase galletitas) Bagley- nos fumamos pasivamente la humareda que, de tan densa, hace perder velocidad al colectivo. Pero pasa Río Cuarto, y no pasa nada: la fiesta de la banda inconsolable sigue imperturbable. Nadie pega un ojo (ni siquiera los que los tienen achinados). En la oscuridad del pasillo brillan por doquier las farolas igual de rojas, así la causa sea el sueño o el faso. La discografía disponible se repite eternamente mientras Gendarmería de Mendoza y la impericia de nuestro conductor (que nos pasea por todo San Martín hasta encontrar el estacionamiento lindero al Autódromo) extienden el viaje más y más, hasta bordear las 16 horas. Escuchando La Mona y cantando que “eeeeeella, viveenamoradasemuereporélyélnosabenaaaaaada”, al fin, llegamos a destino.

La previa

El hambre nos tumba. Vamos al primer puesto de choris y lo atacamos como náufragos hallados. La cosa, sin embargo, viene lenta. Esperamos media hora y nos seguimos empapando de humo de parrilla hasta que al fin mandamos la triquinosis al carajo y exigimos que nos sirvan los choris aunque estén color bordó. En ese pasadizo de feria ambulante en que ofrecen desde remeras hasta caretas talladas, oímos lo del rumor por primera vez. Unos tipos de Jujuy nos comentan que se vinieron desde allá cuando escucharon lo que se comentaba. No les damos bola. Después de eso, empezamos a caminar hacía el ingreso del Autódromo. Siento toda mi solidaridad periodística al ver a la notera de C5N que, en vano, intenta una nota con un ricotero: basta que asome el micrófono para que a la pobre la rodee una patota que enarbola un estribillo irreconocible (pero muy bien afinado, por cierto). Seguimos camino y, en uno de los tantos asentamientos hippies (se pronuncia jipis) que se armaron con motivo del recital, cargamos el termo y enfilamos hacia la entrada. Pese al duro trajín, la pinta de los cuatro es tan tristemente pacífica que en los primeros cordones policiales ni siquiera nos controlan. Es recién en la última línea cuando un flaco me pide que abra la mochila y mete las manos hasta el fondo. -Gato con guantes no caza ratones -me dice. No casará ratones, pero si caza el termo recién cargado. -Esto no sé si pasa, Pá -advierte con una mueca poco optimista. Ensayo mi cara de gato con botas y saco a relucir mis mejores argumentos para defender la vida

del termo. -‘Perá que lo consulto con la mami -dice, para luego gritar-: ¡Mami! Una mujer (con poca pinta de madre) es la que aparece por la izquierda para tomar el termo y, con un despectivo “estás frito, angelito”, tirarlo dentro de un bolsa de consorcio. Sí, estamos fritos y ya el frío de las 17 empieza a apretar en serio. Caminamos el último tramo hasta ingresar al predio y nos sentamos bien cerca de las vallas, frente al escenario, pero después de 30 minutos nos corre la helada: hay que moverse. Vamos al puesto de tickets y pedimos bebida caliente. -Nada. -Una petaca de Güiski o licor. -Nada. Sólo cervezas, “y heladas”, aclaran. Damos una vueltas sin sentido, pero el frío traspasa pullóveres y camperas. Las pantallas no ayudan y sólo proyectan cuatro contenidos: recordando a Walter, pidiendo información sobre un hombre desaparecido desde 2012, homenajeando a los pueblos originarios y solicitando una fiesta sin bengalas. Para seguir matando el tiempo, volvemos al puesto de tickets con el fin de comprar hamburguesas. Son las 18.30 y el puesto donde se retiran los alimentos evidencia los primeros efectos de la multitud: la parrilla viene demorada y se arma un durísimo embotellamiento humano. El puesto empieza a ceder. Salvador, el parrillero empieza a tirar las hamburguesas como frisbees. Cazamos cuatro al vuelo, no obstante, no hay Ketchup. La cosa pinta fulera. En los puestos sanitarios reciben los primeros casos de hipotermia, cuando una pelota se eleva por los aires. Milagro. No hacen falta palabras ni prolegómenos: en un santiamén se arman dos equipos de 6.000 personas cada uno, que, sin arco, empiezan a correr detrás de la pelota al mejor estilo de fútbol de jardín de infantes. Se levanta tierra, es cierto, pero también un calorcito que ayuda a pasar mejor las horas que faltan, mientras el hormiguero en que se va convirtiendo el Autódromo suma más y más almas. Son las 20.30. Las palmas y chiflidos se hacen más masivos y frecuentes. Largan los cantos contra militares e ingleses, con un Calamar inalterable que, recordando a Iorio y su famoso “si alguien en otro país, en Europa, escucha a los tragaleches argentinos que dicen tantas pelotudeces, van a creer que somos todos así”, les larga un “esos cantos boludos no me van” a los pogueros que lo empiezan a mirar fiero. Se hacen las 21: entramos en tiempo de descuento. Ahora vivan a Los Redondos y, cada tanto, se acuerdan de que estamos en un recital del Indio y los Fundamentalistas. Nace un primer pogo grande y cunde la alarma, hay gritos de auxilio y a nuestro costado se abre una ronda: un colorado acaba de caer fulminado. Con tres cachetazos y un baldazo de cerveza helada, logran despertarlo. El colorado se levanta, le preguntan cómo está y, ante su gesto positivo, lo vuelven a zamarrear y a hacer saltar. A los cinco minutos, pande el cúnico de nuevo: el colorado se desmaya otra vez y lo cargan de urgencia hasta un puesto sanitario. Llegan las 21.30, la hora en que -según la entrada- debe empezar el recital. El río de cabezas es interminable en todas las direcciones en que nos fijamos. Nos decimos que tiene que empezar en cualquier momento, y empieza nomás, a garuar. Creo que es entonces cuando escuchamos el rumor por segunda vez: “Prepárense, porque es la última vez”. Son 10 ó 15 minutos de pura expectativa. Se apagan las luces y se eleva un grito de guerra atronador.

La misa

Desde nuestro lugar, hasta entonces bastante cercano al escenario, la introducción ni se escucha, pero el chisporroteo vaya si se oye. Contra el consenso general que apostaba a “Todos a los botes”, el Indio y sus Fundamentalistas largan con “Luzbelito”. Antes de que la marea humana nos tape y nos arrastre independientemente de nuestra voluntad, vemos a pocos metros que un flaco se agarra la cabeza, llora y le dice a un compañero: -¿Viste, boludo? El Indio siempre nos sorprende. Es una de las tantas escenas de devoción. Desde arriba, el Indio eleva la mirada camuflada tras los lentes oscuros y se mueve con lentitud al compás de la música, con pequeños gestos pero terriblemente significativos, gestos sublimes de gran titiritero, de Rey Momo que describe su Templo en esa Ceremonia durante la tormenta. El agua se escarcha en el aire, pero abajo, en el pogo, la tierra arde. En medio de una verdadera liturgia ricotera, es el escenario el que se cubre de nieve, y es entonces cuando el Indio cae por primera vez. Casi parece un incidente aislado, pero, de alguna manera, acrecienta el murmullo, el rumor. El Indio se levanta y nos sacude con una sucesión de clásicos, para que vayamos sabiendo que algún día nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos preguntarán por esa noche. El fantasma de Walter invade la tierra de la mano del Capitán Buscapina y en un periquete -como quien diceemerge el Gualicho de olvidar. Debemos estar cerca de las 23 cuando el Indio nos informa que somos historia, que formamos la convocatoria más grande en un espectáculo de rock con venta de entradas. Pero el récord dura poco: el pogo se pone demasiado salvaje con “Yo caníbal” y la multitud se engulle a unos cuantos. Al lado nuestro, un gordo salta como loco de la mano de su hijo de cinco años, que tiene cara de estar viendo un supositorio. Cuando la fiesta está encaminándose, el Indio hace culipatín por segunda vez. La caída es dura y parece que ya no puede con su cruz: el frío arrecia y los agudos se hacen cada vez más altos, cada vez más inalcanzables. Una corista le propone tomar su lugar, pero él se levanta, magnánimo, mira a la multitud y saca un grueso chorro de voz para “Blues de la libertad”, para decirnos a todos que “sí”, que “acá estoy yo”: Patricio Rey en persona. Suena la “Murga de la virgencita” y me acuerdo de cuando allá lejos y hace tiempo escuchamos por primera vez el “Momo Sampler” con mi hermano, esa tarde en que me preguntó si me imaginaba lo que podía llegar a sonar ese tema en vivo. Y vaya si suena. Es un caño. El tarareo de las cientos de miles de almas, penando por esa virgencita que lo hace por la guita, es estremecedor. Para que los amigos no me tomen de punto, no voy a decir que me emociono, pero el cimbronazo hace que varios pantalones se mojen sobre lo llovido. En medio de la liturgia helada que presagia neumonías y narices rojas, el Indio nos habla del futuro que llegó a la Argentina. A esa altura, sabemos que cada una de sus palabras está medida, contada. Sabemos que el rumor ya no es tal, sino que cobra rigor de veracidad. Está golpeado, sentido. La voz estridente que reclaman los viejos clásicos le desgarra las entrañas. Cae por tercera vez. Es un momento crítico. Pero ahí están sus fieles, su rebaño, para alentar a todos con el grito de “que lo vengan a ver, que lo vengan a ver, no parecen del Indio, parecen fanas de Luis Miguel”. La ofensa enciende todas las gargantas. Se elevan las banderas al cielo, en una caricia que ayuda al Indio a ponerse de pie, por última vez. Llega el momento cúlmine, la bendición final.

La inmolación

El Indio se toma un segundo, dos. Pierde la vista en el fondo de la multitud y pide que ese pogo se convierta en el más grande del universo. La noche lo amerita. Larga “Ji-Ji-Ji”, para autoconvencernos de que, efectivamente, no estamos soñando. Con Angie, Calamar y Ceci armamos una piña humana para no desbandarnos en el oleaje gigantesco que forma remolinos, huecos y explosiones por doquier. Hay llantos, abrazos, fanáticos que se las arreglan para encontrar un rinconcito de tierra donde postrarse. La tormenta es feroz, saltamos sobre un manto de nieve, con la conciencia de que, si nos detenemos, ahí quedaremos, agarrotados como el leñador de El Mago de Oz. Pero la canción llega a su fin. ¿Esto es to-to-todo? Intuimos que no, tal vez sea el frío, la noche, el viaje o el puto rumor. Algo va a pasar. El Indio no se despide, ya se sacó los lentes para mostrarnos sus ojos ciegos bien abiertos, y no deja de mirarnos. Apoya el micrófono y lo suelta. Da un primer paso hacia delante. Las luces le caen de lleno y recién entonces notamos que la nieve no lo toca. Lo observamos descender del escenario y lo perdemos de vista por un momento. El público está congelado, literal y metafóricamente. No suena ni un murmullo, ni siquiera un ínfimo chucho de frío. Seguimos la mirada de los músicos sobre el escenario, tan sorprendidos como nosotros, y observamos que el gentío se va abriendo a unos metros por delante de nuestra posición. Nos parapetamos sobre la espalda del gordo que hasta recién seguía haciendo saltar a su hijo de cinco años, y comprobamos que es el Indio quien divide las aguas con su caminar. Nadie reacciona más que para dejarlo pasar. Nadie lo toca. Nadie le chista. El Indio va con paso firme hacia el medio de la muchedumbre, justo hacia donde estamos nosotros. En pocos segundos lo tenemos tan cerca que le podemos contar hasta la última arruga de la cara. Siempre oteando el horizonte, el fondo mismo de la multitud, y nuevamente con las gafas oscuras sobre los ojos, el Indio se detiene. Podemos escuchar los copos de nieve cayéndonos en los hombros, el silencio es tan profundo que hasta podríamos escuchar la caída de un alfiler al suelo, sin necesidad de usar las orejeras de Mike Amigorena. Rocambole puede venir a retratar tranquilamente a la multitud, porque ni un solo ser mueve un músculo. Es el mocoso de cinco años el que rompe el encantamiento. Aprovecha el momento para liberarse de la mano de su papá y corre hasta el Indio, quien, sin siquiera mirarlo, recibe su abrazo en una pierna. Es el chispazo que hace crecer el fuego en el que todos quieren estar. La masa de cientos de miles de almas salta encima del Indio con un último abrazo, con un último grito de guerra. La montonera se compacta con su Rey Garufa como epicentro. Son poco más de las 12 de la noche. Ya es domingo. Cuando el gentío al fin se desbanda, en el medio del campo queda un lugar vacío, glorioso. Así desaparece el Indio y se convierte en sus canciones; así desaparece... hasta la próxima vez.

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