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ELEAZAR LEÓN

por José Jesús Villa Pelayo


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Sin duda, siempre recordaremos a Eleazar León por su valentía, su coraje,


su ausencia de temor a la hora de decir lo que pensaba, lo que sentía.
Siempre estuvo del lado de las verdades y de las resonancias, de la
integridad.

Su voz profunda, atildada, fina, cromática hablaba de poesía, estaba


habitada por ella, por sus ecos. En él y en su palabra siempre había algún
verso, algún poema, podía recitar muchos de memoria, porque convivía
abierta y deliberadamente con el hecho poético, con los habitantes de la
poesía. El era uno de esos habitantes habituales pero fugaces, como todos.

Su poesía era una hábil y sagaz mezcla de sabiduría (que lo rondaba),


percepciones, imágenes cotidianas pero también universales, emociones,
amor, sobre todo el que no se encuentra con frecuencia, ése que ansían los
trovadores ante las inaccesibles damas de los castillos imposibles y sus
cortes, porque era un observador muy atento del mundo y sus objetos.

Podía componer un soneto al estilo del siglo de oro español con una
descomunal naturalidad y facilidad o un poema provocador y novedoso.
Tenía el don de la poesía. Decir que es y fue uno de los más extraordinarios
poetas de la Venezuela del siglo XX sería simplemente redundante. Lo fue,
lo es, porque preferimos pensar que no se ha ido, que el 7 de agosto del año
2009, Eleazar León fue arrebatado por los ángeles de la poesía, por la
escala de Jacob, al lado de Hoelderlin.

Fue mi profesor en la Escuela de Letras de la Universidad Central de


Venezuela, pero fue también mi amigo, hablamos y compartimos mucho.
Era un crítico mordaz del sistema, del establishment. Recordaba a los
grandes poetas disidentes como Ezra Pound. Y como Pound, Eleazar se
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tomaba muy en serio la poesía, así como enseñarla. Porque era un maestro,
uno genuino.

Eleazar León nació en 1946, era un vástago de la II Guerra Mundial, de la


Venezuela que nacía con Médina Angarita y López Contreras, la Venezuela
post gomecista. Nació como un hombre del pueblo, en Caracas, nunca
pretendió ser nada más que eso, un hombre y un poeta del pueblo, y por
supuesto, del mundo, porque su aliento era universal y universalista.

Sabía reconocer el talento, como pocos. Eleazar nos marcó, su poesía, su


voz, sus enseñanzas, su aliento, su vida que trasvasaba poesía. Amaba a
Khayyam, a Borges, a Pound, a Eliot, a Li Po. Era un desterrado entre los
desterrados.

Murió un día de agosto, el séptimo día del mes de Augusto, él que tanto dio
de sí, que tanto amaba la poesía, la tradición poética, que traducía, con
sencillez, en sus clases. He aquí uno de sus poemas (del libro Reverencial):

Ningún camino me pertenece


ni yo soy suyo para nada. ¿Quién atesora
migraciones de nubes a la orilla del viento?
Abro los días por la puerta del mar
y en las corrientes planto mi casa, bebo
los torbellinos.
La luna me comprende con estaciones de intimidad
y luego vamos cada quien, ella creciendo
con mi lumbre por dentro, yo con la capa
de los jinetes a pleno sueño.
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Ondulaciones en la hierba, sé sus andanzas


de lluvia o sol, y el vencimiento de los árboles
muertos por hacha, y el corazón
abierto de las piedras.
Nada retiene bajo su luz, y así mi abrazo
rodea las cinturas de las espumas
y cuando nazco de raíz pienso en el aire
y el horizonte sobre mi mano.
Se me vuelve un tesoro
los días del universo.
Sus regalos destellan
por el instante de mi voz
y pronuncio la fuga de las arenas en mi puño
con júbilo las estrellas
y hago silencio.

Finalmente, reproducimos aquí el documental de Miguel Guédez sobre


Eleazar León, insigne poeta de las letras venezolanas: