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¡Aún no ha caído!

2007.
Sin caer sigue, sí; y ya ¡hace tanto!…Hace tanto, pero ¿qué?... “Tiempo” dirías,
si supieras decirlo y que sonase a “¡Hace tanta vida!”; porque de recuerdo vivo se
trata, esto es: de un ensueño de olvido que desde entonces a ahora a
enseñorearse viene de ti en esta fábula. ¡Que se cumpla tal designio! Déjate,
pues, mecer de nuevo en la cuerda de la infancia, y arrullados por el cuento que
aún nos narra evoquemos la gloria de aquel tiempo que, sin tiempo ni fin, en ti
revive.

196…
¿Te acuerdas?...Era el barrio, culo y alma del pueblo; y más allá, las afueras de
un mundo oferente y peligroso… Eriales entre campos de cultivo, promesa de
inminentes escombreras, parcheando una huerta ya de muerte amenazada. Y
siempre algún claro, un roal limpio, que lo hueles aún su aroma supurando entre el
cemento, prestándose franco, a mozos y zagales, como teatro de juegos y
aventuras. Recién salidos de la escuela, ‘La Blanca’ nuestra de cada día, y antes
del condumio presagiado ¿no era por costumbre, los chiquillos, que matarais el
rato que mediaba dándole al balón en tales pagos?: partidos sin tregua que
acababan, pitido final inaplazable, cuando El Talgo a Madrid, tren de leyenda,
cruzaba flechado el horizonte llevándose tras él vuestro descuajo. Y ¡a correr!, no
fuese que pasara que a lomos de BH, nuestro padre, arribase a la meta de la casa
un cuerpo por delante y te ganaras, perdida por demás ya la carrera, reprimenda
segura por trofeo y quizá, de la mano, deshonores menos intangibles, más
palpables…
Perdido en la balumba de hitos sin su fecha, sin dejarse siquiera archivar de
modo vago por su mes, un año, la estación…, de aquel día -¿no lo sientes aquí
mismo desplegarse?- conservas, sin embargo, lo preciso: que era gris, y un
recuerdo luminoso que lo embasta y prende a la memoria, dejando, cual flecos, los
detalles suspensos al albur de su textura: como en pecera metido -no llovía-
boqueando te veo antes del saque, esa patada inaugural y portentosa que,
lanzando la pelota por los aires, en pos de conseguir, dulce quimera, burlar la ley
de que cayese y, a la par, verla rodar sin más demora, dará paso -¡cuanto tarda!- a
la pugna de intentar, ya cada equipo, meterla entre la puerta de dos piedras y
aumentar así la cuenta de los tantos...
El balón, esta vez reglamentario (¡de cuero y de primera!, cosa rara), ¿no lo veis
ya subiendo y que se pierde tragado de pronto por la niebla?... Alzados los ojos,
dos anhelos, expectantes los cuerpos y en tensión...¿qué esperáis?...Pues, lo
obvio, lo inminente, que se cumpla el lance de caída y que, ¡por fin!, la disputa
merecida empiece...Pero, ¡ah prodigio, oh maravilla!, lo imposible parece que está
siendo: la pelota rebelde que se os niega a caer… ¡todavía!...Y, boquiabiertos
vosotros y pasmados, sin saber qué hacer ni qué decir, os miráis confiando en el
milagro de que sea una broma su extravío. Pero… ¡no! , que sin caer que sigue,
subiendo sin parar o detenida, y, sólo por calmar tanta zozobra, en buscarla os
afanáis desconcertados. Entre risas ahogadas, no hay consuelo para el pobre
dueño desolado, los demás, con él a la cabeza, iniciáis concienzuda la pesquisa
batiendo palmo a palmo la explanada. Pero… ¡no! ¿Cómo va estar? ni
¿dónde?...Sin creer, bien lo sabéis que no ha caído; y, aunque tire por fuerza la
rutina de saberlo irreal, también sentís que la ley que lo obliga a la caída, por muy
grave y severa que se aduzca, por fuerza esta vez ha de incumplirse. Y por eso,
con un punto de desgana, proseguís ayudándole al muchacho en la vana tarea de
encontrar, no lo que estando perdido buscándolo no lo hayamos, sino, lo que sin
fin perdiéndose de veras ¿cómo ni dónde va a estar? Y ahí os siento, infelices y
escampados, desaliñada tropa de sabuesos, husmeando, por mor de la pelota, el
rastro inefable del misterio…
Cuántas veces no relatarás, versiones de lo mismo una y distintas, ante un coro
de atónitos amigos, a partir de hoy, la peripecia: que el balón no cayó, sigue
cayendo… Que aún estáis, pendientes y asombrados, aguardando a que caiga
para así jugar el partido interminable. Pero… ¡atento!, tiempo muerto, que,
rasgando el húmedo silencio con su bocina grave, la locomotora puntual avisa y
ahora, de momento, sólo vale plegar rápido el alma y ¡a correr!...

…O llegaremos tarde…
1992.
Año de eventos deportivos, grandes fastos de conmemoraciones patrias, en fin,
de pretextos culturales lavándole la cara al puro negocio en que se ha convertido
el despilfarro. Y entre patrocinadores y marcas, comerciales o de records,
competidores y artistas que se abren paso a codazos, entre el ruido y el tráfago de
tanto exceso, mudando de boca en boca, una voz que, en susurro, como pidiendo
disculpas, se va haciendo oír: la de Eliseo Subiela, cineasta argentino, que,
basándose en poemarios de Mario Benedetti, flirtea con la muerte, amor prohibido,
en ‘El lado oscuro del corazón’.
…Henos pues, algo apurados, tanteando arrellanarte en la butaca, recién
apagadas las luces del recinto en estos Cines Albatros de Valencia, junto a
Merche y Jose Luís, henos digo, aquí y ahora, sin barrunto ninguno de qué
esperas, lo que nunca está mal para empezar…
Se da margen todavía al cuchicheo, los anuncios previos se consumen, y, al
compás del trajín de rezagados, sombras chinescas perfilando su apresura, avivas
entretanto relamiendo los rescoldos del café que te ha embriagado: ¡qué dulce,
verdad, que se nos muestra sin querer a veces la amargura! Pero ¡chito ya!...y
acalla la conciencia: alerta prestos, los sentidos abre, ve dejándote mirar y siente,
que parece que sobre el blanco funde la película sus créditos de arranque…
(Has vuelto a verla después: ¡siempre se vuelve!; mas todas esas veces no han
podido -¿valdrá de algo este detalle?- fijar en tu recuerdo la minucia de si, al
alimón de la pantalla en negro surcada por la ristra de las letras, sonaba también
alguna música, o sólo un silencio oscuro, trasunto quizá de su sentido, latía por lo
bajo rubricándolas. Qué importa, acaso esa omisión apunta derecha al propio
centro, a la verdad misma que escatima. Sonase o no sonase lo que fuera, lo que
suena por lo pronto es esta flauta):
…Que tampoco esta noche -¡nada decían los papeles!- te has de librar de leer:
que imprevistas, añoradas, contra un fondo antiguo, humildes lucen y preclaras las
blancas letras de lo escrito. Las firma el poeta Dylan Thomas -¿sonarán tan bien
en su galés?- …Sorna y risas ya en la sala; desazón de unos pocos, que sofoca
-¿no es tu voz temblando la que arenga?- tu muchacho sin más entusiasmado:
“Reíd, reíd…Yo soy testigo -¿verdad Merche, Jose?- de que estas cosas…

La pelota que arrojé

cuando jugaba en el parque

aún no ha tocado el suelo.

Dylan
ThomasjuLLa pelota que arrojé

…¡pasan!”

REQUEJO
vilano_compre@yahoo.es

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