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Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

CONQUISTADA
de
Leslie Ann Miller

Título original: Conquered.
Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003
Descargos: Los personajes de Xena y Gabrielle pertenecen a Universal y
Renaissance Pictures. No se pretende infringir sus derechos de autor.
Violencia: Sí, un poco. Nada peor de lo que se vería en la serie.
Subtexto / sexo: Sí, esta historia describe actos sexuales entre mujeres. Si esto
es ilegal donde vivís u os da repelús, deberíais leer otra cosa.
Dolor / Consuelo: Sí.
Otros: Esta historia se basa libremente en el episodio Armagedón de Hércules.
Agradecimientos: Estoy especialmente agradecida a Fizz por toda su ayuda. Doy
las gracias también a Ellen y los ex guardias por sus comentarios y su ayuda.

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Me llamo Gabrielle, tal vez más conocida como la poeta coja de Potedaia,
historiadora, oradora y cronista del gran emperador Alejandro. Esta historia, al
contrario que las demás que he escrito, trata de mí. Si esperáis una historia
sobre las heroicas hazañas de la rebelión, me temo que os vais a quedar
decepcionados, y os recomiendo que leáis mis otras obras. Aquí oiréis lo que me
sucedió cuando terminó la guerra, cuando dejé el palacio de Corinto y fui a la
Isla del Tiburón para hablar con Xena en la celda de su prisión, y lo que ocurrió
a partir de ese momento.
Sin embargo, comenzaré primero con algo de historia, por si no conocéis mi
pasado.
Tenía tan sólo diecisiete años cuando Xena, Destructora de Naciones y
Emperatriz del Mundo Conocido, me crucificó por hablar en contra de ella. La
acusación era injusta. Lo cierto es que, en ese momento, había hecho poco más
que contar relatos verdes en una posada donde algunos soldados de Xena
estaban pasando la velada bebiendo. Cuando rechacé sus proposiciones después
de mi actuación, me acusaron de traición contra el estado y me llevaron ante
Xena para recibir mi castigo. Xena no era conocida por su misericordia, en
especial cuando se trataba de la recién nacida rebelión, y ordenó que me
clavaran en la cruz.
No me gusta pensar en aquel día, en el dolor, la agonía, la desesperación. Baste
decir que cuando pensaba que sin duda iba a morir, cuando, de hecho,
suplicaba morir, tuve una visión. Me vi envuelta en una luz blanca que se llevó el
dolor y lo sustituyó por una calidez, un bienestar y un amor tales como nunca
hasta entonces había experimentado. En la luz blanca había un ser alado, y ese
ser me dijo que sobreviviría a la cruz y viviría para conquistar a Xena, y que esto
sería bueno para el mundo. Y aunque parecía una idea ridícula que yo, una
campesina de Potedaia, pudiera conquistar a la Emperatriz del Mundo Conocido,
no morí entonces, cuando tanto lo deseaba.
Mi amigo Alejandro me rescató de la cruz. Alejandro era brillante, un excelente
guerrero, y burló fácilmente a los guardias de Xena para salvarme la vida. Mi
recuperación fue lenta y perdí la pierna a causa de la gangrena, pero le conté a
Alejandro mi visión, y juramos unirnos a la rebelión y hacer que la profecía se
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cumpliera. Yo tenía las palabras y Alejandro el ingenio, y juntos levantamos un
ejército para desafiar el poder de la emperatriz... y a la larga, derrocarla.
Mi odio imperecedero por Xena me sostuvo durante siete desoladores años de
guerra. Perdí amigos y compañeros, vi ciudades enteras arder hasta los
cimientos. Cuando Atenas quedó arrasada, tuve la seguridad de que habíamos
perdido la guerra, pero fue entonces cuando Xena empezó a cometer errores. Tal
vez la propia Atenea cambió la suerte a nuestro favor: dos años después se libró
la sangrienta batalla final en la llanura situada a los pies del Monte Citerón.
En nuestras conversaciones nunca nos planteamos que la Destructora de
Naciones llegara a sobrevivir a su ejército. Esperábamos su suicidio o su muerte
en combate, pero nunca que fuera capturada con vida. De modo que cuando los
soldados de la falange de Hefestión nos la trajeron cubierta de la sangre de sus
víctimas, supe que Alejandro no tenía ni idea de qué hacer.
Los ojos azules de Xena soltaban rayos, y escupió sobre la sandalia de Alejandro.
—Puede que hayas derrotado a mi ejército —bufó—, pero jamás me conquistarás
a mí.
Alejandro sonrió, pasándose los dedos por el pelo dorado, pero yo percibí la
tensión de su rostro. Lo observé atentamente, para poder describir con precisión
su reacción ante las palabras de la Destructora. Con mis muletas, no podía
llevar pergamino y pluma encima, por lo que tenía que recordarlo. No lo olvidé.
Su sonrisa se hizo más amplia al alzar la espada para descargarla, para acabar
con Xena de una vez por todas, para vengar nuestras pérdidas, para apaciguar
nuestro odio.
—Xena, estás conquistada —dijo despacio, y observé cómo se le tensaban los
músculos para descargar el golpe.
Puede que suene extraño, pero en ese instante, en mi interior se libró una
batalla. Por una parte, quería ver muerta a Xena, nada me habría gustado más
que ver caer su cuerpo ensangrentado y decapitado en el polvo para poder clavar
su cabeza en una lanza y desfilar con ella para que todo el mundo la viera, pero
la poeta que había en mi corazón sabía que ésta no era la manera en que
Alejandro debía inaugurar un reinado de paz y justicia.

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—Espera —exclamé, cuando la poeta ganó la batalla interna, y Alejandro se
detuvo con la espada en el aire, aún preparado para descargarla.
—¿Por qué? —preguntó, sin apartar los ojos de los de Xena.
—Hemos cumplido la profecía. No comiences tu reinado con sangre —dije
vacilante.
Soltó una áspera carcajada.
—¿Y cómo llamas tú a esto, Gabrielle? —Tocó la sangre roja que le cubría el
peto—. ¡¿Cómo puedo comenzar mi reinado sin sangre cuando estoy
prácticamente nadando en ella?!
Contuve las lágrimas que amenazaban con saltárseme de los ojos.
—Hemos tenido que librar esta batalla —dije—. Con esto, —señalé a Xena—,
puedes elegir. Puedes elegir entre comenzar tu reinado con la venganza o con la
clemencia.
Alejandró dudó, mirando a Xena con odio.
Continué:
—Yo también quiero que muera, Alejandro, créeme. Pero debes pensar en el
futuro, en cómo te verán las generaciones venideras. Ésta es tu oportunidad de
demostrar al mundo que eres distinto, que eres mejor que Xena, que no estás
cegado por el odio como ella. No te rindas al odio, Alejandro, ni ahora ni nunca,
te lo ruego. La clemencia es el mejor camino. —Me costó decirlo y aún más
creerlo. Pero la poeta que había en mí sabía que era cierto.
Él se volvió de nuevo a Xena, debatiéndose indeciso.
Ella lo miró con desprecio.
—Mostrar clemencia es señal de debilidad —se mofó.
Hefestión se puso al lado de Alejandro y colocó la mano en el hombro del general.
—Las palabras de Xena demuestran la verdad de las de Gabrielle —dijo con
calma.

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Alejandro bajó la espada y me señaló.
—Mira, Xena. Ahí está Gabrielle, la poeta de Potedaia. Hace siete años la
crucificaste, a ésta que es mi mejor amiga, por contar historias en una posada.
Pero yo la rescaté y ella sobrevivió a tu tortura y empezó a hablar en tu contra. —
Abrió los brazos—. Su sabiduría, su visión, me guiaron por este camino. Sus
palabras contribuyeron a levantar un ejército para derrotarte. Y por el amor que
siento por ella, no traicionaré ahora esa visión. Que Atenea me fulmine si alguna
vez me convierto en un dirigente como tú, sin conciencia, clemencia ni
compasión.
Xena resopló.
—Pues entonces no durarás mucho como dirigente. Aunque Atenea no sea la que
te mate, algún traidor lo hará. No se puede sostener el poder con compasión, y la
clemencia será tu perdición.
Alejandro se echó a reír, y me di cuenta de que realmente le hacía gracia.
—Eres una guerrera brillante, Xena. Me asombra que puedas ser tan necia en
otros temas.
La ex Destructora de Naciones gruñó al oír esto. Al parecer no estaba
acostumbrada a que la llamaran necia.
—¡Ya lo verás! —espetó—. ¡Dentro de menos de un año estarás muerto! ¡¿De
verdad esperas ser capaz de mantener unido mi imperio?! ¡¿Tú?! ¡¿Y tu pequeña
bardo coja?! ¡Acabaréis los dos hechos pedazos!
Sonreí. Alejandro mantendría el imperio unido, de eso no me cabía duda. Poseía
un carisma que impulsaba a los hombres a hacer cualquier cosa por él. Xena
había mantenido unido su imperio mediante el miedo hasta que se vino abajo al
enfrentarse a una fuerza mayor. Alejandro mantendría unido su imperio
mediante el amor. Su ejército lo adoraba, sus seguidores lo adoraban y pronto,
de eso estaba segura, el mundo entero lo adoraría.
Alejandro también sonrió ante las palabras de Xena.
—Yo no pretendo predecir el futuro, Xena. Sólo sé esto: que tú, que afirmabas
ser invencible, estás de rodillas ante mí, derrotada. No confío en tu don de la
predicción.
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Varios de los comandantes que nos rodeaban se rieron por lo bajo.
Xena estaba furiosa.
—Adelante, mátame ya, bastardo hijo de puta.
—No, Xena. Serás encarcelada hasta que reconozcas ante mí que has sido
conquistada. Y como me da la impresión de que eres demasiado orgullosa para
llegar a hacerlo alguna vez, no espero tener que plantearme una nueva condena
para ti. —Miró a Hefestión—. Ocúpate de que no sufra ningún daño. Ponle
cadenas resistentes y no le dejes los brazos sueltos bajo ningún concepto.
Asegúrate de que los lleva sujetos a las piernas. Recuerda que puede matar con
un mero contacto. Es peligrosa, incluso ahora.
Hefestión asintió.
—Así se hará.
Me quedé mirando satisfecha mientras los guardias se llevaban a rastras a la
Destructora de Naciones, cuya cara, normalmente bella, estaba contraída de
furia. Ésa era una, pensé, que nunca sería curada por el amor.
—Dejarla vivir será para ella un castigo mayor que darle una muerte rápida —
dijo Alejandro a mi lado.
—Bien —dije, sin pensar.
Alejandro enarcó una ceja y yo lamenté lo que acababa de decir. Él sonrió.
—Una vez me dijiste que con una ejecución no hay esperanza de redención.
—¿De verdad esperas que la Destructora de Naciones vaya a redimirse? —
pregunté con amargura.
—No. Pero, Gabrielle, tú sabes que tenemos que tener esperanza.
Solté un bufido. Alejandro era mejor persona que yo, a pesar de su ferocidad
como guerrero.
Suspiró cansado.

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—Mientras siga viva, representa una amenaza. Tendré que ponerla a buen
recaudo. —Se quedó pensando un momento—. La enviaré al penal de la Isla del
Tiburón y la rodearé de guardias de Atenas.
—La matarán.
—Tal vez, pero no tendré la preocupación de que algún día puedan soltarla.
Era cierto. Si a Xena se le iba a permitir vivir, Alejandro tenía que asegurarse de
que ningún traidor pudiera liberarla. Asentí.
Alejandro se colocó ante mí y me apretó los hombros, mirándome a los ojos.
—Gabrielle, hoy hemos logrado la victoria. Xena ha sido derrotada. El reinado de
Ares ha terminado. Mañana entraremos triunfantes en Corinto y me coronaré
emperador. Cuando el Partenón esté restaurado, estableceré mi capital en
Atenas. —Me tocó la mejilla—. Xena ha sido conquistada, tal y como predijo tu
visión. Olvídate de ella ahora, puesto que sé que no puedes perdonarla.
Tenía razón. Era mejor olvidar y concentrarse en el futuro. Por fin, lo miré a los
ojos y sonreí.
—Tú tienes mucho que hacer, y yo... bueno, yo tengo mucho que escribir.

Once meses después de la entrada triunfal de Alejandro en Corinto, el imperio
seguía unido. Un solo sátrapa insolente de Persia había intentado aprovecharse
del cambio de liderazgo, y Parmenio, general de Alejandro, aplastó rápidamente
el levantamiento.
Me dieron habitaciones en el piso bajo del palacio para que no tuviera que subir
tantas escaleras. Aunque podía moverme bastante bien con las muletas, la
pierna y el pie buenos todavía me dolían si pasaba demasiado tiempo de pie o
caminando y las escaleras eran especialmente dolorosas de recorrer.
Tenía un pequeño dormitorio y un estudio con una puerta que daba a los
jardines. Además, estaba atendida por una joven criada que se ocupaba de mis
necesidades. Me hacía recados en la ciudad y me traía las comidas de la cocina
cuando no comía con Alejandro.

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No quise aceptar las enormes riquezas que me ofreció el emperador, tan sólo un
pequeño salario adecuado para una historiadora y poeta de la casa real.
Comparado con lo que había tenido hasta entonces, era una vida de lujo. Tenía
todo el pergamino que necesitaba y podía comprar tinta en lugar de fabricarla yo
misma. Tenía medicinas que me aliviaban el dolor. Las riquezas excesivas que
me ofrecía, le dije, estarían mejor empleadas ayudando a los pobres. Por fin,
aceptó, y se construyó en mi honor un baño público en la zona pobre de Corinto.
Aún más preciado para mí era el tiempo que tenía para reflejar mis palabras
sobre el papel. Durante la rebelión, siempre estaba el miedo, la huida, el
combate. Mientras que antes había dedicado gran parte de mis esfuerzos a
escribir discursos y propaganda, ahora podía escribir las crónicas.
El problema era que no estaba satisfecha con ellas. La poeta que había en mí
estaba descontenta. Era mi retrato de Xena lo que más me molestaba. Oh, no me
faltaba material para demostrar lo malvada que era, y presentaba un contraste
perfecto con Alejandro. Era la historia clásica del bien contra el mal, el cabello
dorado contra el cabello negro. Era fácil demostrar la locura de sus costumbres,
la forma en que la crueldad había provocado su caída, la manera en que la
arrogancia no le sirvió de nada al final. Era un largo discurso sobre el triunfo de
la luz sobre la oscuridad.
Pero Homero, cuyo héroe era Aquiles, retrataba a Héctor, su enemigo, con
absoluta compasión. Lo cierto es que eso hacía que la historia fuera mejor. Y
aunque yo no quería que el futuro se compadeciera de Xena, no creía que ningún
ser humano naciera tan malvado como había llegado a ser ella. No conseguía
explicar por qué era como era. No conseguía explicar su crueldad, no conseguía
explicar su odio. Había construido un imperio para gobernarlo con un corazón de
hielo y, sin embargo, yo, que era poeta, no conseguía explicar por qué.
Sin esa explicación, mi historia estaba incompleta. Sin esa explicación, la
historia de Alejandro estaba incompleta, pues su destino y el de Xena estaban
inextricablemente unidos.
Me di cuenta entonces de que por el bien de la historia, tendría que volver a
enfrentarme a la Destructora, para encontrar las respuestas a mis preguntas.
Alejandro, por supuesto, se opuso.
—¡Necesito que reflejes mis actos como emperador!

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—Ya tienes escribas que reflejan tus actos como emperador. Recogen tus
decisiones, tus nuevos códigos de leyes. Recogerán todo lo que necesites o
desees. Yo estoy contando la historia de la guerra, Alejandro, y no puedo hacerlo
sin averiguar la historia de ella.
—Sigo sin comprender por qué.
—Eso es porque eres guerrero, no poeta.
—Tú eres mi conciencia.
—Tienes tu propia conciencia y confío en ella con todo mi corazón.
—Eres mi inspiración.
—La idea de seguir remediando las injusticias del reinado de Xena debería
inspirarte más que yo.
Se echó a reír.
—Te quiero.
—¡Como a una hermana! Tu auténtico amor es Hefestión, y no intentes negarlo.
—Le estreché la mano—. Ya sé que esto no tiene ahora mucho sentido para ti.
Pero tengo que hacerlo, Alejandro. Estoy escribiendo la historia y tengo que
hacerlo para el futuro.
Me miró con seriedad.
—Desde tu crucifixión, has seguido tu corazón con la certeza de una sabiduría
que yo no comprendo. Ya sé que dices que tú misma no comprendes este don,
pero no me voy a interponer en tu camino. Si deseas ir, no te detendré. Pero
debes prometerme que no permitirás que ese monstruo te haga daño. No corras
el menor riesgo. Incluso en prisión, Xena es peligrosa.
Asentí.
—Lo sé. Te lo prometo.

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Averigüé dos cosas importantes en el viaje a la Isla del Tiburón. En primer lugar,
averigüé que me mareaba fácilmente. No fue una revelación agradable. En
segundo lugar, averigüé que aunque en tierra firme tenía un equilibrio
extraordinario con mi única pierna, al parecer no lo tenía tan bueno en la
cubierta en perpetuo movimiento de un barco. Aunque había maldecido a
menudo la necesidad de avanzar por terreno abrupto y montañoso con el
ejército, ahora daba gracias a los dioses por que Alejandro hubiera ganado su
guerra en tierra fundamentalmente. Apenas podía mantenerme en pie ni con la
ayuda de las muletas, y me pasé la mayor parte del viaje a la isla vomitando en el
camarote del capitán.
A primera vista, la Isla del Tiburón parecía tan sombría como su propio nombre
indicaba, pero podría haber besado el suelo cuando llegamos. La alcaidesa del
penal se llamaba Talasa, y me recibió en el muelle con el capitán de la guardia,
un hombre de aspecto severo llamado Braxis. Me sorprendí al ver que a Talasa le
faltaba un brazo, y sentí una afinidad instantánea con ella cuando me sonrió
cálidamente.
—Es un honor tener aquí a la poeta de Potedaia —dijo—. He mandado prepararte
unos aposentos especiales cerca de la cocina. Dan directamente al patio, de
modo que no hay escaleras, tal y como pidió el emperador.
—Gracias —dije agradecida. Alejandro no me había dicho que había solicitado
aposentos especiales para mí en la isla, pero con lo enferma que me sentía
todavía por el viaje de venida, no me iba a quejar.
Al parecer, Talasa lo percibió en mi cara.
—Tenía planeado enseñarte el penal, pero ¿tal vez prefieres ir a tus habitaciones
a descansar? Debes de estar cansada del viaje.
—Me temo que me he mareado muchísimo. —Sonreí.
—Comprendo. —Se volvió hacia el capitán—. Encárgate de que lleven las cosas
de Gabrielle a sus habitaciones. Yo misma le mostraré el camino.

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A la mañana siguiente me invitaron a desayunar con Talasa en el comedor de los
guardias. Se mostró atenta y cortés, y pensé que aunque mi trabajo sin duda iba
a ser desagradable, mi estancia no lo sería necesariamente.
—¿Puedo preguntarte por qué has venido? —preguntó—. El mensaje de
Alejandro sólo decía que tenías asuntos que tratar con Xena.
—Estoy escribiendo las crónicas de Alejandro, en concreto las de la guerra. Pero
Xena tiene información que necesito para completar la historia. He venido para
entrevistarla.
—Estás perdiendo el tiempo. No te va a decir nada.
—¿Cómo lo sabes?
—Créeme. Conozco a Xena. —Escupió el nombre, y me sorprendió el odio
abyecto que se percibía en su tono—. Claro, que siempre puedo torturarla por ti
—continuó Talasa, casi esperanzada.
—Seguro que eso no va a ser necesario —dije despacio. Aunque la idea de la
tortura me espantaba, la posibilidad de ver sufrir a Xena tenía un cierto atractivo
indefinible.
—Ah, pero sí que ha sido necesario —dijo Talasa, con aire misterioso.
—¿En serio? —pregunté, incapaz de contener mi curiosidad morbosa.
—Bueno, ya conoces a Xena. No puedo dejar que sus crímenes queden sin
castigo.
—¿Cómo... cómo la castigas?
Los ojos de Talasa soltaron un destello.
—La primera vez, la eché a un pozo lleno de ratas y dejé que la mordieran unos
cuantos días. —Se echó a reír—. Todavía tiene las piernas llenas de cicatrices.
Me sentí a la vez horrorizada y fascinada. ¿Cuántas veces había soñado yo con
hacer daño a Xena en venganza por lo que ella me había hecho a mí?
—¿Pero no la mataron?

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—Oh, no —dijo Talasa—. Acabó ahuyentándolas, después de matar como a una
docena con sus propios dientes.
—¡¿Con los dientes?!
Talasa asintió.
—De todas formas, no dejaría que muriera ahora mismo. Quiero que sufra
mucho tiempo antes de...
—¿Antes de qué?
—Antes de que muera por fin.
Estaba segura de que no era eso lo que había querido decir, pero no importaba.
Quise cambiar de tema.
—¿Te importa que te pregunte qué te pasó en el brazo?
Talasa hizo una mueca.
—Xena. Hace muchos años me ató y me dejó a merced de unos cangrejos
carnívoros.
¿Cangrejos carnívoros? Vaya, eso es nuevo.
—Ah —dije, sin saber muy bien qué decir. Pues sí que hemos cambiado de tema.
Al menos ahora comprendía el odio que se percibía en su voz al pronunciar el
nombre de Xena y por qué deseaba tanto que sufriera.
Talasa sonrió y me tocó la cara con la mano.
—Sé lo que te hizo a ti —dijo en voz baja, y vi la comprensión en sus ojos—. Pero
ahora está pagando por lo que hizo. Hay justicia en este mundo.
Sus palabras eran amables, pero me produjeron un escalofrío por la espalda. Me
pregunté qué le habría hecho a Xena en el último año.
—Deja que te enseñe el penal —se ofreció Talasa, y yo acepté agradecida.
Durante la visita, averigüé que Xena era ahora la única presa y que las antiguas
celdas se habían convertido en un cómodo cuartel para los soldados que la
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guardaban. Había unas sesenta personas estacionadas aquí, entre los soldados,
los cocineros, la alcaidesa y un sanador jubilado de Elis. Casi todos ellos eran de
Atenas.
A Xena nunca se le permitía salir al patio infestado de malas hierbas. En
realidad, nunca se le permitía salir de su celda. La celda misma estaba
construida de una forma especial. Era una jaula situada en el centro de una
estancia fría y oscura con una antorcha que daba luz al pie de las escaleras. El
suelo era de granito y los barrotes de su celda habían sido forjados por maestros
herreros de Chin. En los brazos llevaba grilletes y cadenas. Las cadenas estaban
sujetas a la pared y de ahí pasaban a una manivela situada cerca de las
escaleras. Cuando era la hora de darle las dos comidas que recibía al día, dos
guardias se encargaban de la manivela, tirando de ella hasta el fondo de la jaula
para que no pudiera hacer daño al guardia que dejaba la comida a su alcance
fuera de los barrotes.
Dado que hasta los objetos más vulgares se convertían en armas mortíferas en
manos de Xena, no se le daban cubiertos. La comida se servía siempre en
rodajas de pan rancio o en cuencos de pan, y se le hacía pasar hambre suficiente
para que se comiera el pan, en lugar de intentar guardarlo para usarlo contra un
guardia. Había estado a punto de matar con una manzana a uno de los soldados
encargados de la manivela, por lo que ahora sólo se le daba comida blanda, sin
huesos.
Se le daba agua tres veces al día por un agujero del techo que había en un
rincón de su celda. El agua caía chorreando a través de los barrotes y podía
usarla para beber, bañarse o limpiar sus heces echándolas por la pequeña rejilla
de hierro que servía como desagüe y que estaba debajo. Al menos hasta ahora, el
sistema parecía funcionar. Xena seguía viva, no había conseguido matar a
ningún guardia y no se había escapado.
Tardé dos días en hacer acopio de valor para ir a verla por primera vez. La
alcaidesa me dijo que le daban frecuentes ataques de ira rayanos en la locura.
Los guardias me dijeron que había dejado de intentar matar a las ratas y que
ahora en cambio hablaba con ellas. Yo no sabía qué esperar.
Quería ir sola, pero Talasa no quiso ni oír hablar de ello.
—Voy a ir contigo —dijo, cogiendo un látigo de la pared—. Te voy a demostrar
cómo le enseñamos a la gran Conquistadora la gravedad de sus faltas pasadas.

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Cuatro guardias nos escoltaron por la estrecha escalera, dos ellos con antorchas,
los otros dos armados con espadas y escudos. Los escudos, según me dijo
Talasa, eran para protegernos en caso de que Xena encontrara algo que pudiera
tirarnos.
Los guardias armados entraron primero, con los escudos por delante. Los dos
guardias de las antorchas las colocaron en unos candelabros de pared al pie de
las escaleras. Luego se ocuparon de la manivela. Oí el ruido de las cadenas al
agitarse mientras daban vueltas a la manivela, pero los soldados que tenía
delante me impedían ver a Xena.
Por fin oí un gruñido de dolor y Talasa dijo:
—Así está bien.
Los guardias de delante se apartaron y la alcaidesa se adelantó, con el látigo en
la mano.
Seguí a Talasa y vi por primera vez a la infame Destructora de Naciones en su
nueva morada.
Xena estaba situada al fondo de su jaula por el tirón de los brazos encadenados.
Los tenía estirados hacia atrás, hacia la pared, en un ángulo doloroso. Estaba
ojerosa, flaca y pálida, y el odio de sus ojos al ver a Talasa acercarse era de lo
más evidente.
—Hola, Xena —sonrió la alcaidesa—. Ha venido alguien para hablar contigo.
Sus ojos se posaron en mí, pero si le sorprendía verme, no lo demostró.
—Vaya, vaya, vaya —dijo—. Pero si es la pequeña poeta de Alejandro. ¿Qué, ha
decidido que hacerme torturar por una tullida patética no era suficiente y por
eso ha enviado a otra?
Me quedé petrificada ante las palabras de Xena, pero Talasa se enfureció. Dio la
vuelta a la jaula con una mueca de rabia hasta que estuvo cerca de los brazos
estirados de Xena.
—Vas a pagar por eso, Xena —dijo con frialdad, y descargó el látigo cruelmente
sobre los brazos de la mujer.

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Xena hizo una mueca de dolor, pero no gritó mientras Talasa le azotaba los
brazos sin piedad. Me quedé mirando, curiosamente indiferente, mientras iban
apareciendo verdugones en su carne expuesta. Conté seis, siete latigazos antes
de que la alcaidesa se echara por fin hacia atrás. Se volvió hacia mí.
—¿Quieres probar, Gabrielle? —sonrió.
Pensé que algún dios del Olimpo debía de haber escuchado mis plegarias y ahora
me ofrecía la oportunidad de vengarme. Rodeé la jaula, me equilibré sobre las
muletas y cogí el látigo con una mano. Entonces, advertí la sangre que goteaba
por el cuero trenzado. Tragué con dificultad.
—Adelante —me incitó Xena—. A ver cuánto daño me haces.
Hubo momentos durante la guerra en que me vi obligada a defenderme. La
mayoría de los soldados no se esperaban ser golpeados con una muleta, en
especial si la blandía una muchacha tullida de aspecto indefenso. De modo que a
lo largo de los años, había acabado derramando una buena cantidad de sangre,
había fracturado una buena cantidad de cráneos. Pero nunca había matado a
nadie, y sólo había actuado por necesidad, normalmente para defenderme como
último recurso. Desde luego, no era una guerrera.
Esto era distinto. Xena había asesinado a centenares, tal vez miles de inocentes.
Había arrasado ciudades enteras y me había abandonado a morir en la cruz por
un crimen que ni siquiera había cometido. El dolor de los verdugones que tenía
en los brazos no era nada comparado con la agonía de sentir los clavos
atravesándote la carne, de intentar sostener tu peso sobre unos pies empalados
y unas piernas rotas para poder seguir respirando un minuto más. No eran nada
comparados con la angustia de estar atada a una cama y ver cómo te cortaban la
pierna por encima de la rodilla.
Alcé el látigo para golpear. Xena debía sufrir algo de dolor.
—Sí —susurró Talasa.
La excitación y el deseo que rezumaba su voz fueron como una bofetada en la
cara. Si golpeaba a Xena ahora, indefensa como estaba, cruzaría una línea que
sabía que no debía cruzar bajo ningún concepto, por mucho que lo deseara.
Alejandro había decretado que el castigo de Xena fuera el encarcelamiento hasta
que reconociera que estaba conquistada. Su intención no era que fuera
torturada. Esto no estaba bien.
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Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

Cerré los ojos y bajé el látigo.
—No, Talasa, hoy no.
—Cobarde —dijo alguien, y no supe si había sido Xena o Talasa la que había
hablado. Cuando volví a abrir los ojos, ambas me miraban con desprecio.
Le devolví el látigo a la alcaidesa con mano temblorosa.
—Me gustaría hablar con Xena a solas, si no te importa.
—No vas a conseguir nada de ella si no es por la fuerza.
—Así y todo, me gustaría intentarlo.
—No te voy a dejar aquí sin un guardia.
—Talasa, no soy estúpida ni estoy indefensa, y puedo cuidar de mí misma. ¿Por
favor?
Hasta a Alejandro le costaba resistirse cuando usaba esas palabras y Talasa no
fue una excepción. Por fin, llegamos a un acuerdo. Los cuatro guardias se
quedarían en lo alto de las escaleras. Si me oían gritar, vendrían a rescatarme.
Cuando soltaron la manivela, Xena retrocedió hasta el rincón de su celda más
apartado de mí, mirándome con desconfianza. Me recordaba muchísimo a una
leona que había visto en una ocasión enjaulada en la parte trasera de un
carromato de camino al palacio de Corinto. Tenía el mismo aspecto acosado, casi
enloquecido. Al ver sus brazos ensangrentados, casi sentí lástima por ella. Casi.
Tomé aliento y hablé.
—Señora Xena —dije, preguntándome por qué me molestaba en utilizar el
título—. Me gustaría hacerte unas preguntas.
De repente, Xena sonrió.
—¿Qué se siente al tener sólo una pierna y media? —ronroneó, recorriendo mi
cuerpo con los ojos con aire despreciativo.
A mi pesar, noté que se me acaloraban las mejillas, y la poca compasión que
sentía por ella quedó rápidamente sustituida por la rabia.
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Traducción: Atalía

—No he venido a hablar de mí misma, Xena. He venido para hablar de ti.
—Ese tema es muy aburrido —dijo—. Estoy aquí encerrada noche y día y sólo
tengo a las ratas por amigas.
—Me sorprende que puedan soportar tu presencia —dije.
Xena sonrió.
—Siempre he tenido ratas por amigos. —Entrecerró los ojos. Tenía un aspecto
fiero, depredador—. Pero al menos tengo amigos. Seguro que a ti te resulta difícil,
¿verdad? Hacer amigos, me refiero, dado que eres una tullida. Nadie quiere
relacionarse con una mujer por lo demás bella que está... tan incompleta, tan
desfigurada. Seguro que a todos los que te rodean les resulta incomodísimo.
Seguro que follar contigo sería estupendo... lástima que estés lisiada.
Me quedé mirando a Xena petrificada, dándome cuenta en una especie de bruma
de que en menos de un minuto a solas ante ella, había descubierto mi punto
más vulnerable y me había clavado el puñal hasta el fondo. No quise que viera el
daño que me habían hecho sus palabras, de modo que fingí ira y me volví antes
de que pudiera ver mis lágrimas. Su risa me siguió mientras subía cojeando por
las escaleras.

Me metí esa noche en la cama y me eché a llorar. ¿Cómo podría volver a
enfrentarme a ella? ¿Cómo podía ser tan cruel? Había arruinado mi vida hacía
siete años, robándome la inocencia y la alegría de mi juventud y llenándome en
cambio de odio y dolor.
Y luego me lo restregaba por la cara.
Tenía razón, por supuesto. Yo tenía muy pocos amigos íntimos. Mucha gente se
conmovía por mis palabras y mis obras. Hasta cierto punto, era famosa. Sé que
era respetada y admirada por muchas personas de muchas tierras. Pero siempre
habían mantenido las distancias conmigo. Supongo que en parte se debía al afán
protector de Alejandro, pero también sabía que era a causa de la pierna que me
faltaba.
Mi desfiguración... Cuánto deseaba ser amada, ser amada como Alejandro
amaba a Hefestión, como Orfeo amaba a Eurídice. ¿Pero quién podría llegar a
18

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

amarme a mí, a una tullida, a un fenómeno de las palabras con una sola pierna?
Cuando el sanador me cortó la pierna para detener el avance de la gangrena,
también me hizo un agujero en el corazón. Ansiaba tener a alguien, anhelaba a
mi media naranja. Pero era grotesca e incompleta, y nada, nada podría volver a
hacer que me sintiera entera.
A veces la verdad me dolía más que la crucifixión.

19

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

3

A la mañana siguiente volví a discutir con Talasa hasta que aceptó permitirme
ver a Xena a solas. Fui después de que le hubieran dado la comida de la
mañana. Bajé cojeando por las escaleras hasta su celda y me senté en el
pequeño banco de piedra que los guardias habían colocado allí para mí, bien
lejos de su alcance. Me miró con despreocupación, apoyada tranquilamente en
los barrotes más cercanos. Sonrió con sorna cuando me senté.
—No esperaba que fueras a volver tan pronto —sonrió—. Resulta que la tullidita
tiene cierto valor, después de todo.
Suspiré. La verdad dolía, pero era lo que me hacía ser quien era. Quise que Xena
supiera que había llegado a aceptar mi sino. Si quería mi sufrimiento, se lo daría.
—Quise morir en la cruz, por el dolor —dije despacio, con franqueza—. Pero el
sanador hizo que me recuperara. Cuando me cortó la pierna a causa de la
gangrena, quise morir de nuevo, porque no soportaba la idea de vivir... de esta
forma. Pero viví, y aquí estoy. Lo que dijiste ayer era cierto, en su mayor parte, y
reconozco que me duele. Pero eso ya lo sabías, ¿verdad? La gran señora
Conquistadora reducida a atormentar a una pobre poeta tullida. Espero que te
produzca satisfacción.
—Pues sí.
—¿Por qué? —pregunté.
Pareció sorprenderse por la pregunta, pero se apresuró a poner cara de fastidio y
desprecio.
—¿Por qué no me dejas en paz?
—¿Tantas ganas tienes de librarte de mí? —sonreí—. La alcaidesa me ha dicho
que cree que te vas a volver loca de aburrimiento. Y los guardias me han dicho
que hablas con tus amigas las ratas.
—La alcaidesa es una necia y los guardias son unos idiotas.
—No se te da bien juzgar el carácter de las personas, Xena.
20

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

Aferró los barrotes con los nudillos blancos.
—¡Y tú eres una zorra!
A mi pesar, me alegré de verla furiosa.
—Primero una tullida, ahora una zorra. A ver si te decides, Xena.
—¡Vete!
—No.
—¡Déjame en paz!
Sonreí.
—Oblígame.
Entonces sí que perdió los estribos, y se lanzó a soltar una larga retahíla de
insultos y obscenidades. Describió con gran detalle lo que le gustaría hacerle a
mi cuerpo, que consistía sobre todo en cortar otras partes de mi anatomía para
hacer juego con la pierna que me faltaba.
No le hice ni caso y me permití disfrutar de su rabia impotente. Por fin terminó
de despotricar escupiéndome. No alcanzó su objetivo por varios metros.
—¿Has acabado? —pregunté apaciblemente.
Gruñó, literalmente, y se apartó de los barrotes. Se sentó en el frío suelo de
mármol, dándome la espalda.
No le iba a dar la satisfacción de despedirme con esa acción, de modo que me
quedé. Le hablé de Alejandro y de sus nuevas leyes y reformas. Le hablé de lo
agradecida que estaba la gente por tener un nuevo gobernante.
Fingió que no me escuchaba, pero sé que lo hizo. Hacía casi un año que no tenía
noticias del exterior. Qué difícil debía de ser pasar de ser el centro del mundo a
estar tan aislada de él. Una vez más, sentí esa punzada de lástima, pero me
apresuré a reprimirla. Xena era un monstruo. Mi trabajo sólo consistía en
averiguar por qué.
Al no obtener respuesta alguna por su parte, la dejé en su oscuridad.
21

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

Durante doce días más, las cosas siguieron igual. Yo iba a su celda, ella me
insultaba y luego se quedaba callada. Entonces yo pasaba a hablar con su
espalda. Le hablé del levantamiento de Persia y de lo rápidamente que había sido
sofocado. Le conté quién había sustituido a sus gobernadores provinciales. Le
conté todas las noticias que se me ocurrieron, pero cuando le hablé de la
reconstrucción de Atenas y de las muchas otras ciudades que había destruido en
la guerra, por fin se decidió a hablar.
—¿Y Anfípolis? —preguntó en voz baja.
—¿Mmmm? —Me había interrumpido a media frase.
—¿Está reconstruyendo Anfípolis? —repitió enfadada.
—Sí. Todas las ciudades que se quemaron durante la guerra.
Se quedó en silencio.
—¿Por qué lo preguntas? —me pregunté.
Al principio pensé que no iba a responder.
—Tengo entendido que opuso mucha resistencia.
—Cirene fue una buena dirigente.
Xena soltó un resoplido.
—Fue una necia por dirigirlos contra mí.
—Para ti todo el mundo es un necio, Xena. En mis pergaminos la llamo heroína.
—¿Qué ha sido de ella? —preguntó Xena—. La encerré en prisión. ¿Sigue allí? ¿O
a tu precioso Alejandro se le ha ocurrido soltarla?
Sentía mucha curiosidad por saber por qué Xena parecía tan interesada. Ella no
había participado en el saqueo de Anfípolis. En aquel momento se encontraba en
el sitio de Atenas. No me parecía a mí que la rebelión de un pequeño pueblo de
Peonia le hubiera preocupado mucho en aquel momento.

22

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—Alejandro ha liberado a todos tus presos políticos, Xena, los pocos que dejaste
con vida. Cirene es libre.
Tal vez no fueron más que imaginaciones mías, pero casi me pareció que se le
relajaban un poco los hombros cuando le dije eso. Tomé nota mental para
localizar a Cirene cuando terminara aquí. Tal vez ella me pudiera decir por qué a
Xena le importaba Anfípolis.

Esa noche cené con Talasa en sus aposentos privados. Por las noches me había
dedicado a entretener a los guardias con mis historias, de modo que agradecí
mucho el cambio.
La comida era buena: al parecer Talasa le había pedido al cocinero que nos
preparara una comida especial a base de pato y fruta fresca.
—¿De dónde...? —empecé a preguntar, cuando nos sirvieron naranjas. ¡Debían
de haberlas traído directamente de Chin!
Talasa sonrió.
—El emperador las envió ayer en el barco de suministros.
Me sonrojé. ¡Qué detalle por parte de Alejandro! Sabía cuánto me gustaban las
naranjas, y yo sabía lo difíciles que eran de conseguir, incluso para un
emperador.
—Te quiere mucho, ¿verdad? —preguntó Talasa.
Asentí.
—Hemos pasado muchas cosas juntos.
—¿Entonces por qué no te hace su emperatriz? —preguntó, y luego se ruborizó—
. ¿O es una pregunta demasiado indiscreta?
Me eché a reír.
—No, tranquila. Alejandro me quiere, pero su corazón pertenece a otra persona.

23

Conquistada de Leslie Ann Miller

En mi tono se
compasivamente.

debía

Traducción: Atalía

de

notar

cierta

tristeza,

porque

Talasa

sonrió

—Lo siento —dijo.
Sacudí la cabeza. No había necesidad de caer ahora en la melancolía.
—No pasa nada. Siempre lo he sabido... incluso antes de... —Me callé, incapaz de
decirlo.
—¿Antes de perder la pierna?
Asentí y jugué con la comida que tenía en el plato.
Talasa cogió una naranja y me la alargó.
—¿Te importa pelármela? —preguntó, casi con timidez.
Levanté la vista sorprendida. Por supuesto, ella no podía hacerlo con un solo
brazo.
—Será un placer. —Se la cogí y me puse a pelarla.
Talasa se rió por lo bajo al cabo de un momento.
—Vaya par de tullidas.
Sus palabras reflejaban mis propios pensamientos. Partí la naranja y le pasé un
gajo.
—Es curioso. Durante la guerra, hacía todo lo que hacía el ejército. Subía
montañas, luchaba en las batallas, acampaba en la nieve, combatía incendios.
Bueno, había cosas que no podía hacer... que no hacía... como correr llevando
mensajes, —sonreí—, pero participaba en todo. Yo no me sentía particularmente
lisiada. De hecho, en algunos sentidos, me siento más fuerte que nunca. Pero sé
que otras personas no me ven así.
—¿No aborreces esa expresión de lástima que se les pone en los ojos?
—O peor, el miedo y el asco, como si por tocarte, se les fueran a caer a ellos las
extremidades.

24

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

Talasa se echó a reír.
—Y luego están los que se cortan.
Sonreí.
—Esos no me suelen molestar tanto. Sabes, se cortan porque por un momento se
han olvidado de que soy diferente y luego van y dicen algo o hacen algo que se lo
recuerda y tienen miedo de haberme ofendido. Pero al menos se han olvidado
durante un rato.
Talasa pensó en ello un momento.
—Nunca me lo había planteado de esa manera. —Suspiró y se comió otro gajo de
naranja—. Al menos... al menos a ti te ven como a una heroína, por eso tienen
miedo de ofenderte.
Me pregunté si Talasa había sufrido la experiencia de tener que soportar a
muchas personas haciendo lo imposible por ofenderla. Parecía muy segura de sí
misma en su puesto de alcaidesa y todos los guardias parecían respetarla
bastante.
—A mí no me parece que sea una heroína... —Me encogí de hombros.
—Oh, pero lo eres. ¡Mira esta cena! El emperador del mundo te envía fruta de las
provincias exteriores.
—Eso me convierte en amiga del emperador, no en una heroína —sonreí.
—Oh, pero Gabrielle, todo el mundo sabe lo que hiciste por la guerra. Yo... ¡yo te
admiro muchísimo!
Sé que me sonrojé. Lo decía con enorme sinceridad y la cara reluciente a la luz
de las velas. Se me ocurrió pensar que si no llevara el pelo recogido con un
peinado tan severo, sería muy guapa. No, me corregí, incluso con el pelo
recogido, era muy guapa.
—Perdona —se disculpó, bajando la mirada—. Ahora te he puesto incómoda.
Sonreí.

25

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—No pasa nada. Supongo... supongo que no estoy acostumbrada a recibir
cumplidos tan directos.
—Pues es una gran lástima —dijo, mirándome de nuevo—. Te mereces
muchísimos cumplidos.
Ahora sí que me sentí incómoda y me afané en pelar otra naranja.
—Gracias.
Talasa se echó a reír.
—¿Le has sacado información a Xena? —preguntó, cambiando de tema.
—No.
—Dime lo que necesitas y yo la obligaré a dártelo.
Hice un gesto negativo con la cabeza.
—No es algo que se le pueda sacar a una persona a base de latigazos. Quiero
saber por qué se convirtió en la persona que era. Eso no te lo va a decir bajo
tortura.
—¿Por qué no?
—Es que... no. No, gracias. En serio, creo que lo voy a tener que hacer a mi
manera.
Talasa se encogió de hombros y se recostó en la silla.
—Pues vas a pasar aquí mucho tiempo.
Sonreí.
—¿Eso te molesta?
Ella volvió a echarse hacia delante y puso su mano sobre la mía.
—No.
—Pues muy bien. Esto va a salir bien.
26

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

Sonrió.
—¿Quieres más vino? Yo me suelo beber dos vasos antes de acostarme. Parece
calmarme el dolor y así puedo dormir por la noche.
—Sí, gracias. Yo hago lo mismo. Aunque también tengo unos medicamentos que
me ayudan en los días malos. Alejandro tiene un sanador de Chin que recibe
hierbas de Oriente. ¿Quieres probarlas?
—Por favor. En los días previos a una tormenta, casi no consigo tolerarlo.
—¿Has probado con masajes?
—La verdad es que no, todavía me duele un poco.
—Vamos, ¿has terminado de comer? Deja que te lo enseñe. —Señalé hacia su
cama, para poder sentarme a su lado, y pasé a mostrarle las técnicas de masaje
que me había enseñado el sanador.
—Mmmmmmm —suspiró—. Qué gusto da.
—Incluso con una sola mano, si lo haces varias veces al día, conseguirás que
esté menos sensible.
—Gracias, Gabrielle —dijo Talasa, cogiéndome la mano y estrechándomela.
—No hay de qué —sonreí.
Me invitó a quedarme más rato, pero estaba cansada y decidí despedirme.
Cuando me acosté después de tomar nota de los acontecimientos del día, aún
sentía la presión de la mano de Talasa sobre la mía. Era agradable, pensé, antes
de quedarme dormida.

27

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

4

—¿Por qué estás aquí, Gabrielle? —preguntó Xena hoscamente.
Era la primera vez que hablaba desde que preguntó sobre Anfípolis unos nueve
días antes. También era la primera vez que usaba mi nombre. A decir verdad, no
creía que se acordara, y no me había molestado en recordárselo.
—Como ya te he dicho, estoy escribiendo los hechos de la guerra para el futuro.
Quiero contar tu historia, además de la de Alejandro.
Se echó a reír y se volvió para mirarme antes de sentarse.
—Pero mi historia está bien documentada.
—A partir de tus tiempos de señora de la guerra en adelante, tal vez —asentí—.
Pero no todo lo anterior. ¿De dónde eres, Xena? ¿Dónde naciste?
Volvió a echarme una mirada depredadora y sonrió.
Me armé de valor. Esa mirada nunca presagiaba nada bueno, y me pregunté
cómo tenía planeado hacerme daño esta vez.
—¿Eres virgen? —preguntó dulcemente.
Oh oh. Ya sabía yo que se avecinaban los problemas.
—¿Y a ti qué te importa?
—Oh, mera curiosidad. Tienes cierto aire de inocencia... —Agitó la mano como
para desechar la idea. Se recostó contra los barrotes de su celda, con las piernas
abiertas, observando atentamente mi reacción.
Casi me veía venir lo que iba a pasar a continuación y sólo quería huir, subir
corriendo esas escaleras y dejarla sola en la oscuridad. Pero ella lo habría
considerado una victoria y yo no estaba dispuesta a dejar que me volviera a
derrotar.

28

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

Sólo llevaba una túnica corta hecha jirones. Levantó las rodillas y se subió la
túnica por encima de las caderas.
Aparté la mirada, avergonzada.
Xena se rió.
—Eres virgen, ¿verdad? ¿Cuántos años tenías cuando te hice crucificar?
¿Diecinueve? ¿Veinte?
—Diecisiete.
Se le estremeció la mejilla un momento con lo que creí que podía ser lástima...
pero no, la Destructora de Naciones no podía sentir remordimientos.
Chasqueó la lengua.
—Diecisiete. Tan joven. Tan dulce. Seguro que los chicos bebían los vientos por ti
en Potedaia.
—No había chicos en Potedaia. Casi todos fueron obligados a servir como
remeros en tu armada.
—Ah, sí, se me había olvidado. —Se masajeó un pecho con una mano—. No
había chicos que dieran placer a la dulce Gabrielle. Qué desperdicio. Y luego en
Corinto. ¿Qué hacías en Corinto, Gabrielle?
—Intentaba encontrar a mi prometido, Pérdicas.
—¿Prometido? ¿Un matrimonio acordado?
Asentí.
—¿Lo amabas?
Lo pensé un momento y luego asentí de nuevo.
—¿Lo encontraste?
—Murió encadenado a un remo de una trirreme en la Batalla de Kárpatos.
—Una muerte gloriosa, pues, en una batalla gloriosa.
29

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—No veo nada de glorioso en ahogarse como esclavo, arrastrado al fondo del Mar
de Creta por tus cadenas.
Xena pareció irritarse al oír esto, y por un momento tuve la esperanza de haber
conseguido distraerla de lo que estaba haciendo. Ya tendría que haberme
imaginado que no iba a ser así.
—¿Y el niño bonito, Alejandro? ¿Cuándo lo conociste?
—En Macedonia, de camino a Corinto.
—Ah, y cuando llegasteis a Corinto, ¿os unisteis a los traidores?
Sonreí a mi pesar.
—En realidad, no nos unimos al levantamiento hasta que me crucificaste. El
resto, como se suele decir, es historia.
Xena frunció los labios y se tocó entre las piernas.
—¿Es tu amante, Gabrielle? ¿Es por eso por lo que te rescató?
Suspiré. Esto era lo que me había estado esperando, pero vaya si había tardado
en ir al grano.
—No, Xena, Alejandro nunca ha sido mi amante. Me rescató porque sabía que
era inocente y aborrece la injusticia. Su corazón pertenece a Hefestión. Yo sólo
soy su poeta e historiadora.
Xena se echó a reír.
—Ah, ésa sí que es buena. Pobre Gabrielle. Y nadie te deseaba después de que
perdieras la pierna, ¿verdad? Ni siquiera los soldados desesperados del ejército,
estoy segura. No les gusta que les recuerden la falta de miembros... el miedo es
demasiado real para ellos.
Continuó cuando se dio cuenta de que yo no iba a responder.
—¿Alguna vez te has dado placer a ti misma, Gabrielle, imaginando que estabas
con otra persona? —Su mano empezó a moverse con mayor firmeza.

30

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

Tragué con dificultad. Me esperaba las palabras insultantes y dañinas, pero no
esto. No sabía qué pensar.
—¿Alguna vez te retuerces en la cama de noche, fingiendo que estás entera? —Se
quitó la túnica con un ágil movimiento, revelando todo su cuerpo.
Estoy segura de que me debí de quedar boquiabierta. Me quedé... sin aliento.
Incluso después de casi un año de prisión, era asombrosamente bella.
Se lamió los labios.
—¿Alguna vez te tocas aquí? —Se pellizcó un pezón erecto con dos dedos—. ¿O
aquí? —Se acarició suavemente el otro pecho—. ¿O aquí? —preguntó con voz
ronca. Sus dedos se perdieron en la sombra de entre sus piernas.
Me sentía mareada. Tenía el corazón desbocado. ¿Qué me pasaba? Pensé que lo
mejor sería marcharme ahora, pues la prudencia se imponía al valor, pero
sencillamente no podía apartar los ojos de la mujer asombrosa que tenía delante.
Ahora tenía la espalda arqueada contra los barrotes de su jaula y con una mano
se tocaba un pecho, mientras la otra acariciaba su sexo hinchado. Cerró los ojos
y empezó a mover las caderas al ritmo de sus caricias.
—Mmmmmmmmm —gimió y la piel empezó a brillarle de sudor a la luz de la
antorcha.
Sí que hacía calor en la celda. Qué curioso que no me hubiera dado cuenta
antes, pero me notaba ardiendo.
Xena gimió de nuevo y aceleró el ritmo.
—¡Oh, dioses! —gimoteó cuando un espasmo le sacudió el cuerpo. Ahora llevaba
un ritmo frenético y apretaba el cuerpo contra su mano. Otro espasmo le
contrajo los miembros y lanzó la cabeza hacia atrás inmersa en el éxtasis—.
¡Gabrielle! —exclamó—. ¡Oh, dioses, oh, dioses! —Se le estremeció el cuerpo
entero con tal fuerza que las cadenas se agitaron hasta la manivela.
Me quedé allí paralizada mientras ella parecía volver a la tierra. Otro
estremecimiento, un suspiro de satisfacción. Se quitó la mano de entre las
piernas y vi que chorreaba de líquido. Volvió a abrir los ojos y me miró. Despacio,
se lamió los dedos mojados. Por fin, terminó y echó la cabeza a un lado,
sonriendo.
31

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—Deberías ver la cara que se te ha puesto —dijo—. El esfuerzo ha merecido la
pena.
Cerré la boca de golpe.
Ella se rió.
—Sabes, deberías probarlo alguna vez. A lo mejor no estarías tan tiesa y formal
todo el tiempo.
Me quedé sin habla.
—¿Cómo, una poeta sin palabras? Seguro que tienes algo que decir.
—Eres bella —conseguí decir por fin. Era lo único que se me ocurrió, el único
pensamiento que tenía en la cabeza.
Fuera lo que fuese lo que estaba esperando, al parecer no era esto.
Ahora me tocó a mí echarme a reír.
—Deberías ver la cara que se te ha puesto.
Sonrió.
—Tú también lo eres.
—¿El qué?
—Bella.
Tragué con dificultad.
—Adiós, Xena —dije por fin, levantándome. Tenía la pierna floja y tropecé en las
escaleras mientras subía. ¿A qué jugaba? ¿Por qué había dicho eso?
Sencillamente, no comprendía sus motivos.

Esa noche me desperté más tarde nadando en sudor, mientras los recuerdos de
un sueño se desvanecían de mi mente. En él estaba Xena, desnuda,
desparramada.
32

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—¿Alguna vez te has tocado aquí? —susurró—. ¿O aquí? —Mis dedos se
movieron, tocándome—. ¿O aquí? —Gemí y luego me perdí en el éxtasis, con la
imagen de Xena colmándome la mente.

—Bueno, ¿así que has tardado tres días en anotar debidamente nuestro último
encuentro? —dijo Xena con humor cuando por fin fui a verla otra vez.
Sé que me puse coloradísima, pero lo cierto era que no había sido capaz de volver
a enfrentarme a ella al día siguiente.
—No he venido a hablar de tu presente, Xena, sólo de tu pasado.
—Qué pena —dijo crípticamente.
No supe qué decir a continuación, pero decidí intentar empezar de nuevo por el
principio.
—¿Dónde naciste, Xena?
—Pienso en ti en la oscuridad —dijo.
Oh, no, otra vez no.
—Pienso en cómo sería tocarte...
Me levanté.
—No me interesa oír tus fantasías, Xena. Adiós.
Ya había llegado al pie de las escaleras cuando oí que decía:
—Espera.
Vacilé.
—Por favor —dijo.
¿Por favor? Eso no tenía que haberle resultado fácil de decir. Me di la vuelta.
—Si te digo de dónde soy, ¿te quedarás a hablar conmigo un rato?
33

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

Asentí.
—Soy de Corcira.
Corcira. Era una isla de buen tamaño situada frente a la costa de Epiro en el
Mar Jónico. Era posible, supuse, pero había algo en su aspecto que me hizo
desconfiar.
—¿Quiénes eran tus padres? —pregunté.
—Ah, no —dijo—. El trato es que yo te digo de dónde soy y tú hablas conmigo.
¿Qué noticias hay de Alejandro, el niño bonito?
—El barco de suministros tardará todavía un día en llegar. No he oído nada
nuevo.
—Pues recita algún poema tuyo.
—Muy bien —acepté, y volví al banco—. Éste se titula Mi musa.
Xena hizo una mueca cuando terminé.
—¿Qué clase de poema es ése? No tiene forma, ni estructura. ¡Ni siquiera rima!
Me reí.
—A Alejandro tampoco le gustó. De hecho, todavía no he encontrado a alguien
que le guste.
—Pues recítame un poema que sí le guste al niño bonito.
Suspiré y me lancé a recitar mi largo poema sobre el nacimiento de Atenea y su
ascenso al poder en el Olimpo.
Cuando terminé, Xena soltó un resoplido.
—El tema no me gusta mucho, pero me doy cuenta de que estaba bien hecho.
¿Eso ha sido un cumplido?
—En realidad no eres de Corcira, ¿verdad?
Apretó los músculos de la mandíbula y estrechó los ojos.
34

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—¿Me estás acusando de mentir?
—De mentir, de engañar, de asesinar... —Me encogí de hombros.
—¡A ti me gustaría asesinarte!
—¿Qué tal si en cambio me dices la verdad?
—Púdrete en el Tártaro —bufó.
Estaba harta de sus rabietas.
—Adiós, Xena —dije, levantándome.
—¡Que te den!

35

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

5

A la mañana siguiente desayuné con los guardias en el comedor. Normalmente
prefería comer sola en la comodidad de mis aposentos, pero esta mañana me
apetecía tener compañía y no quería volver a visitar a Xena tan pronto.
Empezaba a sospechar que le gustaban mis visitas, y no quería que creyera que
yo sentía lo mismo.
Me sentí decepcionada cuando el capitán Braxis se sentó frente a mí: era el
menos agradable de todos los guardias de la isla y normalmente mantenía
cuidadosamente las distancias con todo el mundo salvo la alcaidesa. Rara vez se
apartaba de su lado. Con todo, le sonreí amablemente.
—Buenos días —dije.
Me devolvió la sonrisa, pero sin la menor cordialidad. Por un momento me
pregunté si se oponía a que contara historias por las noches. La verdad era que
no parecía el tipo de hombre que pudiera disfrutar de un buen relato, pero lo que
dijo a continuación me tranquilizó.
—Bonito poema épico el que recitaste anoche —dijo, y parecía sincero.
—Gracias —repliqué.
Asintió, frunciendo el ceño.
—Ya llevas aquí casi un mes, ¿verdad? —preguntó.
—Sí —afirmé, preguntándome si esto era un problema.
—¿Has conseguido algo con Xena?
—La verdad es que no —reconocí—. Pero lo cierto es que no me esperaba que me
fuera a decir nada muy deprisa.
—No te va a decir nada de buen grado, sabes —dijo, y pensé que hablaba
exactamente igual que Talasa.

36

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—En realidad, está empezando a ablandarse —dije—. Ahora tengo bastantes
esperanzas.
Su expresión me dijo que no me creía, pero asintió de todos modos.
—¿Por qué no nos dejas a la alcaidesa y a mí que le aflojemos la lengua por ti? —
propuso—. Así sería más rápido.
En mi mente apareció una imagen del cuerpo desnudo de Xena cubierto de
latigazos. Sorprendentemente, no me resultó tan agradable como podría haber
sido. Tragué con fuerza.
—¿Es que quieres librarte de mí? —dije en broma.
Braxis se rió nervioso.
—¡Claro que no! Nuestros suministros han mejorado mucho desde que llegaste.
La comida está mucho mejor. Pero seguro que no querrás quedarte aquí más de
lo necesario, ¿verdad?
Me encogí de hombros. La verdad era que aquí era tan feliz como lo había sido en
cualquier parte, salvo tal vez en casa cuando era niña, aunque echaba de menos
a Alejandro. La mayor parte del tiempo estaba sola y podía escribir mucho. El
cocinero tenía arte, mis aposentos eran cómodos y tenía compañía cuando la
necesitaba. ¿De qué me iba a quejar?
—Pasé muchos años con el ejército, capitán. Ésta es una vida de lujo en
comparación —sonreí.
Volvió a fruncir el ceño.
—Ah, sí. Se me había olvidado. —Levantó la mirada cuando entró Talasa y su
cara pareció animarse un poco—. Discúlpame, por favor —dijo bruscamente, y
fue a reunirse con Talasa mientras ésta cogía su comida.
Me quedé extrañada por nuestra breve conversación, y me dio la impresión de
que a pesar de lo que había dicho Braxis, no estaba contento con mi presencia.
Observé cómo se comportaba con Talasa, con la esperanza de averiguar por qué
querría que me marchara de la isla. Ayudó a la alcaidesa a coger su desayuno,
puesto que le faltaba una mano, y recordé cómo se le había animado la cara al
verla.
37

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

Fruncí el ceño. Ahora era evidente lo que estaba buscando. El bueno del capitán
sentía algo por la alcaidesa. Por eso, sin duda, quería que me fuera. Tenía celos.
Debía de haber captado el vínculo que nos unía. Talasa era atentísima conmigo.
Incluso ahora, venía hacia mi mesa.
Terminé de desayunar a toda prisa, un poco nerviosa por lo que había
descubierto. No quería enfrentarme a Braxis, y aunque valoraba mi creciente
amistad con Talasa, no estaba en absoluto interesada en ella de esa forma.
¿No?
—¿Tan pronto te vas? —preguntó Talasa, evidentemente decepcionada al ver que
me levantaba cuando ella se acercaba.
—Sí, lo siento —dije, alcanzando mis muletas—. Tengo mucho que escribir y
quiero terminarlo hoy.
—¿No vas a visitar a Xena?
—No, hoy no. Probablemente no iré hasta dentro un par de días.
Talasa y Braxis intercambiaron una mirada que no comprendí, pero no me
ofrecieron ninguna explicación.
—Yo me ocupo de tus platos, señora —dijo Braxis cortésmente.
—Gracias —dije, y me fui del bullicioso comedor en busca de la tranquilidad de
mi habitación privada.

Tres días después decidí volver a visitar a Xena. Estaba sentada apáticamente en
el rincón de su jaula junto al desagüe y no levantó la vista cuando me senté. Me
quedé horrorizada por su aspecto. Tenía vívidas marcas de latigazos en los
brazos y el cuello y manchas de sangre en la túnica. Al parecer, Talasa la había
castigado de nuevo y parecía... rota.
Recordé la mirada que habían intercambiado la alcaidesa y el capitán cuando les
dije que no tenía intención de visitar a Xena en un par de días. Llegué a la
conclusión de que habían planeado hacer esto juntos y por algún motivo eso me
puso furiosa.
38

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—Xena —pregunté en voz baja—, ¿Talasa te ha interrogado al hacerte esto?
Me miró con una mueca de rabia en la cara.
—¡Tú sabrás! ¡Tú eres la única que quiere conocer mi pasado!
Se me cayó el alma a los pies. Le habían hecho esto en mi nombre. Cerré los ojos
y sacudí la cabeza.
—No. No. Te lo juro. —Si pudiera haber dado vueltas por la estancia, lo habría
hecho—. Yo... esto... —Quería pedirle disculpas, convencida de que era culpa
mía, pero no conseguí pronunciar las palabras—. Xena, yo no creo en la tortura.
Me echó una mirada despreciativa e incrédula.
—Eso te pega más a ti —le solté, y luego lo lamenté al ver que se encogía
literalmente—. Escucha, te juro que yo no le he pedido que haga esto. No quería
que hiciera esto.
La cara de Xena se relajó hasta quedar ceñuda. Apartó la mirada.
—No te hacía falta. No necesita excusas.
—Déjame ver si consigo convencer a Talasa de que permita al sanador echarte
un vistazo.
—No necesito un sanador —gruñó.
—Algunos de esos latigazos tienen muy mal aspecto.
—¡No son nada! —espetó.
—¿Me dejarías que te los curara? —pregunté.
Se volvió hacia mí y se quedó mirándome largo rato mientras yo intentaba
reprimir las ganas de moverme inquieta bajo su mirada.
Por los dioses, ¡¿por qué he dicho eso?!
—¿Por qué querrías hacer una cosa así? —preguntó por fin.
¿Por qué, efectivamente? Tragué con fuerza.
39

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—Porque... porque estás herida.
—¿Qué te hace pensar que no te voy a matar si te acercas a mí? —preguntó con
los ojos entornados.
—Nada —reconocí por fin.
—¿Entonces por qué me lo ofreces?
—No me gustas, Xena, pero lo que te han hecho está mal.
—¡No necesito tu ayuda ni tu lástima!
—Bien —dije—. No tendrás ninguna de las dos cosas. —Cogí mis muletas para
marcharme. Estaba muy molesta con toda esta conversación, mucho más
molesta de lo que quería admitir.
—Anfípolis —dijo en voz baja antes de que pudiera levantarme.
—¿Anfípolis? —repetí, confusa.
—Nací en Anfípolis —dijo pausadamente.
—¿En serio? —pregunté, atónita.
Asintió.
—Deja las muletas, ¿quieres? Y... y habla conmigo. ¿Por favor?
Ya lo ha vuelto a decir.
—Está bien —dije—. ¿Qué quieres oír?
—Lo que sea —susurró.
De modo que empecé a contarle la misma historia que les había contado a los
guardias en el comedor la noche anterior, sobre la persecución entre el zorro
mágico al que nunca se le podía dar caza y el perro de Orión, que siempre
capturaba a su presa.
Xena sonrió a medias cuando terminé.
—Qué pena que interviniera Zeus. Ahora todavía estarían persiguiéndose.
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Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

Asentí.
—Y causando el caos en toda Grecia —añadí—. ¿Xena?
—¿Sí?
—¿De verdad eres de Anfípolis?
—Sí.
—¿Quiénes eran tus padres?
Sonrió con ironía.
—Vuelve mañana, Gabrielle, y te lo diré.
—Lo haré —prometí.

Cuando me marché fui a pedir explicaciones a Talasa. La encontré en su
despacho, en lo alto de las escaleras.
—La has vuelto a torturar —dije cuando se levantó, sonriendo, y no intenté
disimular mi ira.
Se quedó desconcertada.
—¿A qué te refieres?
—Has dado de latigazos a Xena.
Sonrió.
—Pues claro. El capitán y yo intentábamos obtener información para ti.
—¡Te dije que no necesitaba tu ayuda!
La sonrisa desapareció de su cara.
—Gabrielle, no va a hablar contigo. Además, hacía semanas que no la castigaba.
Xena se merece todo lo que le pase. ¡A ti te crucificó y a mí me abandonó a la
muerte! ¿¡Cómo puedes decir que no se lo merece!?
41

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

No pude responderle. Sí que se lo merecía. Se lo merecía con creces. Pero eso no
quería decir que estuviera bien.
—¡Yo administro justicia! —dijo Talasa, dando un puñetazo en la mesa.
Tragué con dificultad, sintiendo el conflicto de mis emociones.
—El mismo tipo de justicia que ella nos administró a nosotras —dije con
amargura.
—¡¡¡Nosotras no éramos culpables!!! —casi me gritó la alcaidesa.
—¡Y esta vez, ella tampoco!
—¡¿Qué?! —Talasa me miró como si me hubiera salido otra cabeza.
¿Cómo podía hacérselo entender?
—Talasa, su castigo es la cárcel, la pérdida total de su libertad para el resto de
su vida. Lo que tú estás haciendo es torturarla. Y la tortura es algo que haría
Xena. Nosotras tenemos que ser mejores que ella.
Los ojos de la alcaidesa ardieron de furia.
—¡¿Te atreves a compararme con ella?! ¿¡Crees que la cárcel es suficiente castigo
por todo lo que ha hecho!? ¡Yo estoy tan presa en esta maldita isla como ella! ¡No
puedo irme con esto! —Agitó el muñón para mostrármelo—. ¡Estoy atrapada aquí
para el resto de mi vida igual que ella! ¡Y por los dioses, voy a hacer que sufra!
Repasé rápidamente mis opciones en vista de su furia. Podía seguir insistiendo
en mi punto de vista, cosa que sólo haría que se enfureciera aún más, o podía
intentar aplacar esa furia. Solté las muletas y alcé las manos en un gesto de
súplica.
—Talasa —dije con toda la calma que pude—, lo siento, no debería haberte
comparado con ella. Por favor, yo no soy tu enemiga. Comprendo lo que sientes,
¡de verdad!
—¡Fuera! —gruñó—. ¡Vuelve a tu palacio de Corinto y a tu cómoda vida con
Alejandro! ¡Tú no comprendes nada!

42

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

No me había golpeado, pero fue como si lo hubiera hecho. Bajé las manos y me
di la vuelta para marcharme, muy dolida.
—Gabrielle... —empezó a decir Talasa cuando ya salía cojeando por la puerta.
—No te disculpes, Talasa —dije sin volverme—. Prefiero saber cuál es mi
situación con la gente.
—Espera...
Bajé renqueando por las escaleras y volví a mi habitación. No me siguió.
Me derrumbé en la cama y me tapé la cara con las manos. Estaba a la vez
furiosa y herida. Creía haber encontrado amistad y comprensión verdaderas en
la alcaidesa, pero no era así en absoluto. No, ella estaba amargada de una forma
que me daba tanto miedo como la fría crueldad de Xena.
¿Habría acabado yo así de no haber tenido aquella visión en la cruz? Si no
hubiera visto esa luz blanca y no hubiera recibido la profecía para contribuir a
guiarme en los momentos difíciles, ¿me habría arrastrado hasta una isla para
esconderme, avergonzada de que me viera el resto de la humanidad, llena de
rencor y resentimiento?
Supongo que Talasa me daba miedo porque en ella veía un reflejo de mí misma:
un reflejo de lo que yo podría haber sido. Tomé aliento profunda y
temblorosamente.
¿Qué iba a hacer ahora? ¿Debía marcharme, como había dicho ella, volver a mi
palacio y a mi criada y al calor de la amistad de Alejandro? ¿O debía pedirle a
Alejandro que la sustituyera como alcaidesa enviándole un mensaje en el
siguiente barco de suministros? ¿O debía irme en el barco y hacerlo en persona?
¿O tal vez sería mejor quedarme a pesar de la hostilidad de la alcaidesa e
intentar terminar mi tarea?
Marcharme era sin duda la opción más atractiva. Podía marcharme sin mirar
atrás. Podía olvidarme de Talasa y de Xena y abandonarlas a las dos a su
horrible fealdad. Eran dignas la una de la otra. Sí, debía marcharme sin más.
Que se pudrieran en esta roca dejada de la mano de los dioses hasta que a
Hades se le antojara reclamarlas.

43

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

El cocinero tenía un pequeño barco de pesca amarrado al muelle. Lo contrataría
para que me llevara al continente a la mañana siguiente. No me hacía gracia el
mareo que me iba a entrar en una embarcación tan pequeña, pero sería mejor
que quedarme aquí un día más.
Decidida, me levanté de la cama y me puse a recoger mis cosas. Hasta que me
puse a guardar mis pergaminos en sus estuches encerados, no me di cuenta de
lo que estaba haciendo.
Estaba huyendo. Estaba huyendo a mi propia isla, a mi propio lugar cómodo y
seguro donde podía ser libre de las miradas curiosas y a veces compasivas de los
desconocidos, protegida como siempre por Alejandro. Me había ganado mi sitio
de paz, sin duda, ¿pero qué había hecho en el palacio? Me había encerrado con
mis pergaminos: cuanto menos me relacionara con otros, mejor. Me escondía en
el palacio como Talasa se escondía aquí. La única diferencia era que mi prisión
era mucho más gloriosa que la suya. Casi me eché a reír en voz alta al pensarlo.
Ella y yo teníamos más en común de lo que hasta yo misma había percibido. Tal
vez ella no andaba tan desencaminada: ¿qué comprendo yo en realidad?
Tal vez no mucho, pero decidí una cosa. Ahora no me iba a marchar.

44

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

6

A la mañana siguiente me encontré a cuatro guardias muy soñolientos en lo alto
de las escaleras que bajaban a la prisión de Xena. Por su cara al acercarme me
di cuenta de que algo iba mal.
—¿Ocurre algo? —pregunté.
Los guardias se miraron.
—Bueno, señora, la alcaidesa ya está abajo.
Se me llenó el corazón de miedo.
—¿Cuánto tiempo lleva allí?
—Desde poco después de medianoche.
—¿Cómo? ¿Y está sola?
—Sí, nos ordenó que nos fuéramos, so pena de muerte.
—¿Dónde está el capitán Braxis?
—En sus aposentos, que yo sepa. Sabe que no debe interferir cuando ella ha
estado bebiendo.
—¿Estaba borracha?
Los cuatro asintieron solemnemente. De repente, me dio la impresión de que esto
ya había ocurrido antes.
—¿Cómo sabéis que no le ha pasado nada? —O que no ha matado a Xena, añadí
por dentro.
—Ah, no le pasará nada, señora, aunque se despertará con un poco de dolor de
cabeza, no sé si me entiendes.

45

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

Suspiré, preguntándome qué iba a encontrar abajo en la celda. A una de ellas o a
las dos muertas o mutiladas, sin duda, incluso borracha, Talasa habría llevado
ventaja. Miré a uno de los guardias a los ojos.
—Ve a buscar al sanador. Vosotros tres venid conmigo.
Cuando por fin llegamos abajo, dos de los guardias fueron a ocuparse de la
manivela.
—No os molestéis —les dije. Xena yacía hecha un guiñapo ensangrentado en el
extremo opuesto de la celda. Talasa estaba sentada, apoyada en la pared, con el
látigo en la mano y una botella de vino entre las piernas abiertas, claramente sin
sentido. A su lado había un charco de vómito.
Renqueé hasta ella.
—Talasa —dije, empujándola con una muleta—. Despierta.
Se quejó, pero no se movió.
—¡Talasa, despierta!
Murmuró algo, pero siguió sin moverse.
Me volví a los guardias.
—Vosotros dos, llevadla a sus aposentos. Tú, ve a buscar un cubo y que alguien
te ayude a limpiar esta porquería. —Señalé el vómito con asco—. Y déjame las
llaves.
—¿Mi señora?
—Dame las llaves, por favor.
El soldado miró la figura inerte de Xena, luego volvió a mirarme y tragó.
Yo sabía por experiencia que los soldados sólo estaban entrenados para obedecer
cierto tipo de tono autoritario y mi conocida amistad con Alejandro no carecería
de peso con cualquier súbdito leal del nuevo imperio. Cuando fue evidente que
no iba a hacer lo que le decía, lo agarré por la pechera del uniforme y lo bajé de
un tirón para mirarlo a los ojos.

46

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—He dicho que me des las llaves.
—S-sí, señora —dijo, y se agachó para soltarlas del cinto de la alcaidesa. Me las
entregó y luego, con ayuda de su compañero, se inclinó para levantarla. Juntos
se la llevaron escaleras arriba.
Me quedé a solas con Xena. No sabía si estaba viva siquiera desde donde me
encontraba, de modo que me acerqué con cautela.
—¿Xena? ¿Estás despierta?
Aunque me daba cuenta de que podía tratarse de una trampa muy hábil, a
juzgar por la cantidad de sangre que le cubría la ropa y la piel, tenía mis dudas.
La empujé con una muleta, pero no respondió. No sabía si respiraba.
No podía ayudarla con los barrotes entre las dos, por lo que fui a la puerta de la
celda y la abrí.
—En nombre de los dioses, ¿qué haces? —preguntó una voz detrás de mí.
Me volví y vi al sanador, Artorus, y a un guardia al pie de las escaleras.
—Ah, bien —dije, y le hice un gesto a Artorus para que se acercara—. No sé si
respira.
Artorus, que era un caballero mayor de pelo gris, sacudió la cabeza con
vehemencia.
—Yo no entro ahí.
—Mira la sangre. Está claro que está herida.
—¿Y? —preguntó.
Una palabra lo decía todo.
—Pues deja tus cosas y ve a ocuparte de Talasa —dije asqueada. Miré al
guardia—. Tráeme agua, vino y mantas.
Ninguno de ellos se movió.

47

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—¡Vamos! —grité por fin, y el guardia se volvió y huyó escaleras arriba.
—¿Dónde quieres que te deje esto? —preguntó el sanador hoscamente,
mostrándome sus bolsas.
—Ahí, junto a la jaula para que pueda alcanzarlas. ¿Has traído vendas?
—Por supuesto.
—Bien. Ahora cierra la puerta detrás de mí, haz el favor. —Le entregué las llaves.
Tiré las muletas bien lejos y entré saltando a la pata coja en la celda de Xena. No
tenía sentido entrar con unas posibles armas, en caso de que Xena siguiera viva
y decidiera ponerse violenta.
El sanador cerró la puerta con llave como le había pedido y se fue, dejándome
sola en la celda con la mujer más peligrosa del mundo. ¿Estoy loca?
Sí, no cabía duda de que lo estaba. Pero algo me impulsaba a continuar.
Me senté al lado de Xena y la puse boca arriba. Estaba inconsciente, pero
respiraba. Al parecer, Talasa había hecho algo más que azotarla, porque además
de una cantidad espantosa de latigazos que la cubrían por delante y por detrás,
tenía golpes en la cara y un rastro de sangre seca que le salía de la nariz.
Quedaba poco de su túnica destrozada y quité con cuidado lo que quedaba,
intentando no volver a abrir las heridas que ya se hubieran coagulado. Aunque a
primera vista parecía haber mucha sangre para tratarse de unos latigazos,
ninguna de las heridas era especialmente profunda o grave. Talasa sabía
manejar bien el látigo. Si hubiera querido matar a Xena, podría haberlo hecho.
Evidentemente, su intención en cambio, una vez más, había sido mutilar y
castigar.
Cuando llegó el guardia con mantas y frascas de agua y vino, me puse a
limpiarle y vendarle las heridas. No era sanadora, pero los había ayudado con
frecuencia durante la guerra, por lo que tenía cierta idea de lo que estaba
haciendo.
Xena se movió cuando empecé a limpiarle la sangre de la cara. Me quedé
paralizada cuando sus ojos se abrieron parpadeando y luego suspiré aliviada
cuando volvieron a cerrarse. A pesar de mi anterior ofrecimiento, la verdad es
que no quería encontrarme en la celda con ella mientras estuviera despierta.
48

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—No te molestes —susurró, sobresaltándome—. Me lo merezco.
Eso era lo último que me habría esperado oír de boca de la Destructora de
Naciones. Hasta los dos guardias que limpiaban el vómito de Talasa levantaron
la mirada sorprendidos.
—Déjame... morir —dijo, haciendo un esfuerzo por emitir cada palabra.
Esto era de lo más inesperado.
—Hoy no —dije suavemente, sin sentir ya miedo de estar con ella—. Todavía
tengo que sacarte una historia.
Sonrió de medio lado, sin abrir aún los ojos.
—Cirene... te la... puede... contar.
—¿Cirene? ¿De Anfípolis?
—Mi... madre.
Si no hubiera estado ya sentada, seguro que me habría desplomado del pasmo.
¡¿¿¿Cirene era la madre de Xena???! ¡Ésa sí que era una historia digna de
contarse!
—De todas formas, no voy a dejar que mueras.
Xena abrió los ojos para mirarme y el dolor que vi en sus profundidades azules
me rompió el corazón.
—¿Por qué... no?
Lo cierto era que no lo sabía. Pero la respuesta chistosa se formó en mi lengua
antes de que pudiera detenerla.
—Porque todavía no has reconocido que estás conquistada.
—¡Jamás!
Sonreí a pesar mío. Ésa era la Xena que conocía.
—Pues vas a vivir mucho tiempo.
49

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

Hizo una mueca de dolor.
—Si... lo... reconozco... ¿me dejarás... morir?
Meneé la cabeza y le llevé una frasca de vino a los labios.
—No. Ahora toma, tienes que beber esto.
—Eres... peor... que... Talasa.
—Vaya, gracias. ¡Ahora BEBE! —Le metí el vino por la garganta casi a la fuerza.
Espurreó, tosió y luego hizo una mueca.
—Zorra.
—Todavía no he terminado —dije muy satisfecha, y la obligué a beber un poco
más.
—Preferiría agua —gruñó, en un tono más coherente repentinamente.
Cambié de frasca.
—Muy bien.
Observé impasible mientras vaciaba la frasca. ¿Por qué estaba haciendo esto?
¿Por qué no la dejaba morir? ¿Acaso no quería verla muerta? Si Cirene era
realmente su madre, seguro que podría obtener de ella toda la información que
necesitaba. Era lógico que una persona como Xena prefiriera la muerte a seguir
enjaulada y maltratada de esta manera. Si yo creyera de verdad en la
misericordia, ¿no me levantaría, me marcharía y dejaría que muriera? ¿Era
porque quería verla sufrir más tiempo? Era un pensamiento desagradable, pero
franco.
Xena se quejó levemente y se movió sobre el frío granito. Empezó a temblar.
Que los dioses me ayuden. Miré su cuerpo, las heridas recientes que cubrían
viejas cicatrices. Miré sus manos, de dedos largos y elegantes, y sus labios
delgados y pálidos, su pelo pringado de sangre y sus suaves pestañas. Parecía
una persona, no un monstruo, y en eso, me di cuenta, consistía mi dilema.

50

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

En algún momento, Xena se había convertido en una persona real para mí. Podía
odiar a la Conquistadora, a la bestia inhumana que me había crucificado. Podía
odiar el mal y la injusticia personificados. Pero el cuerpo que tenía delante no era
la Conquistadora ni la Destructora de Naciones. Era simplemente una mujer que
sufría. Y, desgraciadamente, eso hacía que me importara. A pesar de ser
consciente de que probablemente estaría más feliz muerta, yo no podía dejar que
eso pasara. ¡Tampoco sería capaz de ahogar gatitos!
Respiré hondo. Para bien o para mal, esto era lo que tenía que hacer. Terminé de
limpiar y vendar las heridas de Xena, con cuidado de volver a poner todas las
cosas del sanador fuera de la celda cuando terminé con ellas, y luego la abrigué
con las mantas.
Por fin, Talasa en persona bajó tambaleándose por las escaleras para dejarme
salir. No dijo nada al abrir la puerta de la celda.
Me levanté haciendo un esfuerzo y salté hacia la puerta. Talasa se agachó para
recoger mis muletas y me las pasó.
—Gracias —dije, cogiéndolas.
Talasa cerró la puerta y echó la llave.
—Podría haberte matado, sabes —dijo sin mirarme.
—Pues no lo ha hecho —dije, encogiéndome de hombros.
—¿Tantas ganas tienes de sacrificarte por ella? —preguntó la alcaidesa,
disimulando apenas la amargura de su tono.
Yo estaba cansada y agotada emocionalmente y no tenía la menor gana de tener
esta conversación. Suspiré con fuerza.
—Escucha, no me estoy sacrificando por ella. No está en condiciones de hacerme
daño y por alguna razón, no creo que lo hiciera aunque pudiera.
—¿Qué quieres decir?
Meneé la cabeza.

51

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—Tú no la has oído, Talasa. Se siente sola... y tal vez incluso un poco
arrepentida. Cuando intenté limpiarle la cara, dijo: "No te molestes, me lo
merezco".
La alcaidesa miró a Xena.
—No te creo.
Puse los ojos en blanco.
—Pues lo dijo, te lo creas o no. Puedes preguntárselo a tus guardias: ellos
también lo oyeron.
Talasa se quedó callada.
—¿Vas a pedirle a Alejandro que me sustituya? —preguntó por fin.
Yo no quería ocuparme de esto ahora, pero merecía una respuesta sincera. Me lo
pensé un momento.
—No —dije por fin—, si aceptas una condición.
—¿Cuál?
—Que dejes de torturar a Xena.
Talasa tomó aliento temblorosamente.
—Muy bien —dijo por fin.
Le quité el látigo del cinto.
—¿Cómo puedes perdonarla? —preguntó Talasa cuando me daba la vuelta para
irme.
Me detuve.
—No la he perdonado —dije con franqueza—. Pero eso no quiere decir que desee
verla sufrir.

52

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—No esperes que te dé las gracias por ayudarme —masculló Xena a la mañana
siguiente.
—Tranquila, que no lo espero —sonreí. Todavía parecía una inválida, pero al
menos había recuperado plenamente el mal genio. Me lo tomé como señal de que
se estaba curando rápidamente.
—Vete —murmuró, abrigándose más con las mantas alrededor de los hombros.
—No. Lo siento. El barco de suministros llegó esta mañana, así que tengo
muchas noticias que contarte.
Fingió enfadarse, pero me di cuenta de que en el fondo estaba contenta.
Hasta pareció decepcionada cuando por fin me levanté para marcharme.
—Volveré mañana, si me prometes que me hablarás de tu infancia —dije.
—¿Qué te voy a contar?
—Piensa en algo para complacerme.
—Oh, está bien.

Esa noche el capitán Braxis se acercó a mí cuando salía del comedor, y por su
expresión supe que fuera lo que fuese lo que quería de mí, la cosa no iba a ser
agradable.
—Buenas noches, capitán —dije lo más alegremente que pude al tiempo que me
armaba de valor por dentro—. ¿Qué puedo hacer por ti?
—Me gustaría hablar contigo, si tienes un momento.
—Por supuesto. —Lo miré, sonriendo expectante. Sabía que mi sonrisa podía ser
bastante encantadora y era la única arma que tenía contra él en este momento.
Se frotó la barbilla y miró a su alrededor nervioso. Tragó.
—Los guardias me han contado lo que ocurrió ayer en la celda de Xena.

53

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—Ah... sí. ¿Hay algún problema?
—Pues sí. En primer lugar, no me hace gracia que te dediques a dar órdenes a
mis guardias. En segundo lugar, no tienes derecho a interferir en la manera en
que Talasa lleva la prisión. Y para terminar, eres una necia estúpida por abrir la
jaula de Xena y has tenido suerte de que no se haya escapado y nos haya
matado a todos. Su celda NUNCA se debe abrir. ¿Está claro?
Agarré mis muletas con más fuerza. Al parecer, el capitán no era un hombre que
se anduviera por las ramas. Hubo un tiempo en que una regañina como ésta me
habría dejado hecha polvo, tal vez incluso al borde del llanto. Pero hoy no.
Estaba furiosa.
—Si tú hubieras estado donde tenías que estar, yo no habría tenido que dar
órdenes a tus guardias —dije con frialdad—. Y si Talasa hiciera su trabajo
correctamente, yo no tendría que interferir. Pero sí, está perfectamente claro. Lo
único que espero es no volver a tener motivos para abrir la celda de Xena.
Los músculos de la mandíbula de Braxis se tensaban y relajaban, y supe que
acababa de echar a perder cualquier posibilidad que pudiera haber tenido de
ganarme las simpatías de este hombre.
—Si no fueras la mascotita del emperador —dijo con aspereza—, te habría
echado de esta isla. —Se dio la vuelta y se dirigió hacia las escaleras del
despacho de Talasa.
Ahora sí que la has hecho buena, Gabrielle, me recriminé a mí misma. Me había
dejado llevar por mi genio y tenía la sospecha de que lo iba a lamentar. Braxis
podía fácilmente hacerme la vida imposible en la isla. Esa noche me fui a la
cama muy preocupada, temiendo la mañana.

Me levanté con el sol, pero el alegre amanecer no contribuyó en nada a quitarme
la sensación de oscuros presagios. Ni siquiera me animé al comer.
Me encontré a dos guardias en las escaleras que llevaban a la celda de Xena.
Volvían de entregarle su comida de la mañana y se volvieron amablemente para
escoltarme hasta abajo, dejando una antorcha conmigo para que tuviera luz.

54

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

Xena estaba acurrucada en un rincón, desnuda y temblorosa. No levantó la vista
cuando llegué.
—¿Talasa te ha quitado las mantas? —pregunté, espantada.
Xena no respondió y siguió contemplando la pared con rostro inexpresivo.
—No intentarías hacerle daño a alguien con ellas, ¿verdad?
Volvió la cabeza despacio y me miró fijamente.
Tragué. No sabía cómo interpretar esa mirada.
—Bueno —pregunté en voz alta—, ¿lo has hecho?
Se volvió de nuevo para contemplar la pared.
—¿Tú qué crees? —gruñó.
Puse los ojos en blanco.
—Si lo supiera, no te lo habría preguntado.
Por su cara se cruzó una levísima insinuación de sonrisa.
—Vete de aquí, Gabrielle. Éste no es tu sitio.
Fruncí el ceño. ¿Qué quería decir eso?
Xena me miró de nuevo y sus ojos me atravesaron.
—Te va a pasar algo, niña. Vete ahora que aún puedes.
Por supuesto, como me lo decía como una orden, yo no estaba dispuesta a
obedecer. Me senté en el banco, en cambio, y me crucé de brazos. Pero lo que
había dicho me intrigó. No era posible que conociera mi conversación con el
capitán Braxis. Fuera cual fuese la explicación, sus instintos eran
extraordinarios.
Xena me miró malhumorada.
—Muy bien. Pues quédate conmigo. Quédate a pudrirte conmigo. —Apoyó la
cabeza en un barrote y cerró los ojos.
55

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—¿No quieres comer? —pregunté, señalando la comida que no había tocado
junto a los barrotes.
—No tengo hambre.
Era mentira y yo lo sabía.
—No te creo.
—Me da igual lo que pienses o creas.
Eso también era mentira, pensé, pero me encogí de hombros.
—Y a mí me da igual que te mueras de inanición.
—Mentirosa.
—¿Qué?
—Mentirosa, he dicho. Si te diera igual, no me habrías ayudado.
—Créeme, Xena, estoy empezando a lamentarlo cada vez más con cada minuto
que pasa. —Y era cierto. ¿Cómo se me ocurría enemistarme con Braxis y Talasa
por la Destructora de Naciones?
Xena debió de percibirlo también en mi tono, porque no contestó.
No sé cuánto tiempo nos quedamos allí sentadas en silencio total. Quería
preguntarle varias cosas, pero no pude obligarme a hablar. De modo que me
quedé sentada escuchando el castañeteo de sus dientes. Tal vez tenía miedo de
decir algo porque sabía que probablemente ella tenía razón. Éste no era mi sitio.
Ésta era la isla de Talasa y la prisión de Xena, y yo había venido en una misión
inútil y me encontraba atrapada entre la depredadora y la presa en este retorcido
intercambio de papeles. Peor aún, no tenía ni idea de cómo acabar con esa
cacería y dudaba seriamente de que debiera intentarlo siquiera. Pero me
intrigaba el hecho de que al parecer a Xena le importaba lo suficiente como para
decirme algo al respecto, aunque fuera con su estilo insultante.
Pasó tal vez medio día hasta que el dolor sordo de mi pierna mutilada se hizo tan
intenso que me vi obligada a moverme. Agarré mis muletas y me levanté.
—Gracias, Xena —dije—, por esta mañana tan entretenida.
56

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

Bufó sin abrir los ojos.
—Eres una zorra, niña.
—Una tullida, querrás decir.
—Eso también.
Sonreí y fui a buscar a Talasa.

La alcaidesa estaba encerrada en su despacho y, como Xena, no levantó la vista
cuando entré.
Suspiré. Qué bien acogida me sentía en todas partes.
—Bueno, ¿ha intentado atacar a alguien con las mantas o se las has quitado por
pura diversión?
—He protegido a mis guardias como es mi obligación —contestó Talasa
impasible, soplando para secar la tinta reluciente del pergamino que estaba
escribiendo.
—¿La vas a dejar desnuda?
—Sí.
—Ahí abajo hace frío.
—Esto es un penal. No me interesa la comodidad de Xena.
—Talasa... —empecé.
Se levantó furiosa y sin darse cuenta volcó el tintero encima de la mesa.
—¡No me digas cómo debo dirigir mi prisión, Gabrielle! Ni te atrevas. Ahora vete
de aquí antes de que les diga a los guardias que te saquen.
Me quedé mirándola, sorprendida por la amenaza, y me pregunté si sería capaz
de cumplirla.

57

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—¡Guardias! —gritó Talasa y fuera oí unos pasos que empezaban a subir por las
escaleras de madera.
Parece que sí. Ya había forzado las cosas con los guardias y no cabía duda de que
Talasa y Braxis los habían llamado al orden desde entonces. Lo cierto era que en
este sitio yo no tenía la menor autoridad.
—Ya me voy —dije.
Llegaron los guardias y nos miraron a Talasa y a mí con curiosidad.
—Gabrielle está cansada —dijo la alcaidesa—. Aseguraos de que baja las
escaleras sin peligro.

58

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

7

Al día siguiente, me encontré a Xena tirada en el suelo de su celda, febril e
incoherente.
Una vez más, subí las escaleras de madera hasta el despacho de la alcaidesa.
—Se va a morir si no la ayudas —dije cuando Talasa, una vez más, no me hizo el
menor caso cuando entré.
—Ya lo sé. —Me miró y sonrió—. A lo mejor si Xena ya no está de por medio,
podemos volver a ser amigas.
—¡¿Qué?! —Era la primera vez que se me ocurría que Talasa podría ser
mentalmente inestable.
—Tú y yo, Gabrielle, ¿es que no notas la conexión? Estamos... ¡estamos hechas
la una para la otra! No deberíamos discutir por Xena.
Retrocedí cuando se levantó y dio un paso hacia mí. Dioses, después de los
últimos días, sentía más conexión con Xena que con ella.
—No tengas miedo, Gabrielle. Cuando me hiciste el masaje en el brazo...
entonces supe que pasaríamos el resto de nuestra vida juntas. No me digas que
tú no lo sentiste. —Avanzó otro paso y yo retrocedí otro. Ahora me encontraba en
el umbral. Dos pasos más y estaría retrocediendo escaleras abajo, cosa nada fácil
de hacer con muletas.
Tragué con dificultad. Por Atenea, ¿cómo me he metido en semejante lío?
—Talasa, pasamos una agradable velada juntas. Es cierto que tenemos muchas
cosas en común, pero... —Retrocedí otro paso.
—¿Pero? ¡¿Pero?! ¿Pero qué, Gabrielle? —Ahora estaba plantada justo delante de
mí y acercó su cara a la mía.
No me atreví a retroceder más. ¡¿Qué estaba haciendo?!

59

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

Talasa me tocó suavemente un lado de la cara y luego me pasó los dedos por el
pelo hasta la nuca. De repente, me echó la cabeza hacia delante y puso sus
labios directamente sobre los míos.
—¡Mmmmmff! —Me quedé tan sorprendida al recibir mi primer beso que no supe
si debía disfrutarlo o enfurecerme. Intenté apartarme, pero el fuerte brazo de
Talasa me sujetaba en el sitio y yo no quería soltar las muletas por temor a
perder el equilibrio.
Por fin, me soltó, mirándome a los ojos con tal anhelo que me quedé sin aliento.
De repente noté el calor que despedía su cuerpo contra el mío, la agitación de
sus pechos apretados contra los míos.
—Me perteneces, Gabrielle —susurró.
Eso acabó con mi trance. Yo no pertenecía a nadie. Sentí que la rabia se iba
acumulando en mi interior. ¡¿Cómo se atrevía a besarme sin mi permiso?! Sin
pensarlo, le di una bofetada.
Se tambaleó y luego se enderezó. Vi que la sorpresa de su rostro se transformaba
en una ira comparable a la mía. Antes de que me diera tiempo a reaccionar, me
empujó hacia atrás con todas sus fuerzas.
Perdí las muletas y caí por las escaleras. Mi cuerpo estalló de dolor al aterrizar
con fuerza y rodé escaleras abajo. Me quedé tirada al final, atontada, llena de
dolor en demasiadas partes, apenas consciente de que Talasa gritaba por encima
de mí y del ruido de pisadas que corrían hacia mí.
Unas manos delicadas me dieron la vuelta y gemí cuando el movimiento me
causó un dolor que me atravesó la cabeza y la pierna.
La voz de Talasa penetró la neblina roja del dolor.
—¡Llevadla a la celda de Xena y metedla ahí!
Me obligué a abrir los ojos y vi la expresión horrorizada de los dos guardias que
estaban a mi lado.
—¿Mi señora? —preguntó uno de ellos.

60

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—¡Que la llevéis a la celda de Xena! —le gritó Talasa. Empleó ese tono, el tono
que yo sabía que obedecerían. Perdí el conocimiento en el momento en que me
agarraban de los brazos para llevarme.

Dolor. Me dolía la cabeza. Me dolía la pierna. Me dolía la espalda. Me obligué a
abrir los ojos al oír un fuerte estrépito metálico detrás de mí. Guardias... se
estaban marchando. Estaba en la celda de Xena. Ya veo cómo nunca se abre su
jaula. Ella estaba echada a pocos metros de mí, con el cuerpo desnudo reluciente
de sudor, febril, ajena a mi presencia. La luz se fue apagando a medida que los
guardias subían por las escaleras, llevándose la antorcha, dejándome sola en la
negra oscuridad. Dioses, qué dolor. Jadeé tratando de respirar. Tenía frío. Frío
en el cuerpo, frío en la mente, frío en el alma.
Luché por permanecer despierta. Tenía el estómago revuelto. Sentía tanto dolor
que supe que debía de estar bastante malherida, pero no conseguía poner en
orden mis ideas. A mi lado, Xena gimió apagadamente. No, no estaba sola.
Sonreí a mi pesar. Xena tenía demasiado calor y yo tenía demasiado frío.
Mordiéndome el labio para aguantar el dolor, me arrastré hasta su lado, le rodeé
el torso caliente con los brazos y volví a desmayarme.

Primero, tuve conciencia del dolor, luego, la idea semicoherente de que me dolía
la cabeza. Abrí los ojos en la oscuridad. ¿Dónde estaba? Parecía estar tumbada
boca arriba sobre un suelo duro y gélido y me dolía algo más que la cabeza. La
pierna buena... me debatí con un momento de pánico. ¿Qué había pasado? No lo
recordaba. ¿Dónde estaba? Qué frío tenía. Intenté levantar la cabeza. Grave
error... mi estómago se rebeló.
—Tranquila —dijo una voz en la oscuridad, dándome un susto de muerte.
Sonaron unas cadenas y una mano caliente me apretó el hombro, sujetándome
para que no me moviera—. No intentes levantarte.
Tenía la boca seca como la lija y la lengua hinchada y rara, pero de todas formas
intenté hablar.
—¿Dónde...?
Silencio, luego por fin:
61

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—¿Qué es lo último que recuerdas?
Me costaba concentrarme. Me costaba recordar algo. Alejandro. El palacio. ¿Un
viaje en barco?
—¿La Isla del Tiburón...?
—¡Bien! —La voz parecía sorprendida—. ¿Recuerdas cómo te llamas?
—Gabrielle —respondí al cabo de un momento.
La mano me apretó el hombro.
—Bien. Ya vas mejor.
—¿Qué... ha pasado?
—¿Recuerdas haberte peleado con Talasa?
—¿Quién?
—Oh, pequeña, estás hecha un desastre. —La voz se rió por lo bajo.
—¡No tiene g-gracia! —protesté débilmente. Ahora estaba temblando y la cabeza
me dolía horriblemente.
—¡Ah, pero si supieras lo irónico que es!
La voz me resultaba extrañamente familiar, pero no conseguía localizarla.
—¿Quién... eres? ¿Por qué n-no veo?
—No ves porque aquí dentro está muy oscuro. En cuanto a quién soy, eso puede
esperar un poco, creo.
Me estaba costando muchísimo seguir cualquier tipo de pensamiento.
—Qué frío...
—¿Incluso con las mantas?
—Qué frío...
62

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

Oí una larga y lenta inspiración de aire.
—Está bien. Prométeme que no me lo vas a echar en cara cuando recuperes el
sentido, ¿de acuerdo? —Un cuerpo muy cálido se acurrucó junto a mí, con la
cabeza en mi hombro y un brazo alrededor de mi cintura.
Casi al instante, me acometió una oleada de sueño.
—Qué sueño...
—Eso está bien. Volveré a despertarte dentro de un rato. A lo mejor la próxima
vez, recuerdas todo esto.
La voz era reconfortante y parecía aliviarme el dolor. No tardé en caer en el
agradable olvido del sueño.

Abrí los ojos en la negrura, con la mente nublada de restos de sueños infelices.
¿Dónde estaba? Me dolía la cabeza horriblemente.
—Ay —dije a falta de algo más profundo.
—¿Gabrielle? —preguntó una voz a mi lado.
El recuerdo volvió de golpe. Talasa... las escaleras... Xena. Dioses, estaba
encerrada en la celda de Xena, ¿no?
—¡¿Xena?!
Mi pánico repentino debió de reflejarse en mi voz, porque Xena tardó varios
segundos en responder.
—Eso me temo. ¿Recuerdas cómo has llegado aquí?
—Talasa... los guardias... ¿Cuánto tiempo...?
—Unos tres días.
¡Tres días! ¿Llevaba tres días en la celda de Xena y seguía viva? Alejandro decía a
menudo que los dioses amaban a los necios y a los poetas. Tal vez tuviera razón.

63

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—¿Talasa?
—No la he visto. Ni a su querido capitán.
—¿Los guardias?
—¡Panda de cobardes! ¡Ni siquiera abren la puerta! Al menos han traído mantas
y algo más de comida.
—¿He comido? —Como en respuesta, me rugió el estómago.
Xena se rió entre dientes.
—Algo. También te he guardado un poco, aunque no ha sido fácil. Puede que
Ares nunca me perdone.
—¿Ares? —pregunté confusa.
—Oh, ah... una de mis ratas amaestradas. —Parecía cohibida—. Me harté de
matarlas y... bueno, en cambio empecé a amaestrarlas. Les doy un poco de mi
comida todos los días.
Xena, Destructora de Naciones, compartiendo la comida con sus ratas
amaestradas. No pude evitarlo. Sonreí.
Xena resopló.
—Bien patético, ¿eh?
—¡No, conmovedor! En serio.
—Te estás burlando.
—Sí...
Tras una larga pausa oí que se reía por lo bajo y cambiaba de postura.
—Gabrielle...
—Xena... —dije al mismo tiempo.
—Tú primero —dijo ella.
64

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—Yo... mm...
Vaya, ¿a que es una situación incomodísima? Sabía que Xena tenía motivos más
que suficientes para desear verme muerta y era evidente que había tenido
oportunidades de sobra para hacer realidad ese deseo.
—Gracias por no matarme —me limité a decir. Todavía. Pensé que le debía algo
por eso, al menos.
Se quedó en silencio durante un rato incómodamente largo.
—Curiosamente —dijo por fin—, no tengo el menor deseo de hacerte daño,
Gabrielle.
Solté un suspiro de alivio. Parecía decir la verdad.
—Me alegro.
Más silencio.
—¿Crees que puedes comer algo? —preguntó por fin—. Los guardias han dejado
un odre de agua lleno.
—Agua primero, comida después —sonreí.
—Te voy a ayudar a incorporarte. No intentes ayudarme. No quiero que te apoyes
en la pierna en absoluto.
—¿La pierna? —Me dolía sordamente, pero sobre todo la notaba adormecida.
—Está rota.
Sentí que me daba un desvanecimiento.
—¡Oh, dioses...!
Xena me agarró por los hombros con firmeza cuando empecé a debatirme.
—¡Eh! Tranquilízate. Se va a curar. Te la he colocado bien y te he dormido los
nervios para que no puedas moverla. Mientras no muevas demasiado el cuerpo,
estará bien.

65

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

Ahora estaba temblando descontroladamente. No soportaba la idea de volver a
pasar por esto, de estar tan absolutamente indefensa e inmóvil, de los meses de
dolor e indignidad. ¿Quién cuidaría de mí? ¡No podía hacerlo! Otra vez no.
Xena me zarandeó suavemente.
—Gabrielle, se va a curar. ¿Me comprendes?
No pude evitarlo. Me eché a llorar histéricamente.
Xena gimió.
—No llores. Por favor, no llores.
Parecía irritada, pero me daba igual.
—Mejor morir... mejor morir...
—Oh, Gabrielle... —Se volvió a colocar detrás de mí. Sus fuertes manos
levantaron mis hombros hasta una posición medio reclinada y me sostuvo en sus
brazos—. Tú no has dejado que yo muera, así que yo no dejaré que mueras tú —
me susurró al oído.
Cuando lo recuerdo, sé que todavía estaba algo irracional por el golpe en la
cabeza, pero en ese momento, sólo era consciente de una creciente y justificada
ira. Intenté soltarme de sus brazos. Intenté golpearla con los codos.
—¡Tú me has hecho esto! ¡Tú lo has hecho! ¡De no haber sido por ti, yo no estaría
aquí! ¡Maldita seas, Xena! ¡Maldita seas! ¡Te odio!
En realidad no recuerdo qué pasó después de eso. Xena jura que solté uno de
mis mejores discursos sobre la pérfida crueldad de la Conquistadora al tiempo
que hacía todo lo posible por arrancarle la cara con las uñas. No le costó gran
cosa defenderse, pero no podía protegerme a mí al mismo tiempo, y en mi
empeño por hacerle daño, conseguí deshacer todo lo que había hecho para
arreglarme la pierna rota. Huelga decir que cuando por fin volví en mí, la agonía
que sentí fue considerable. No percibía a Xena en ninguna parte cerca de mí y
me encontraba atontada y confusa. Noté que tenía la pierna torcida en un ángulo
extraño y me asusté horriblemente. No quería morir así, en la oscuridad, sola.
Volví a echarme a llorar, sin control. No quería morir. No quería vivir. No quería
estar lisiada.
66

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—Ayúdame —susurré por fin a los dioses, a Xena, a la voz de la luz blanca. A
alguien, a cualquiera—. Por favor, ayúdame.
—¿Por qué tendría que hacerlo? —bufó Xena desde la oscuridad.
Sofoqué un sollozo.
—Por favor... no me dejes así...
Cuando lo único que obtuve fue el silencio por respuesta, me tapé la cara con las
manos y me eché a llorar con fuerza.
—Oh, por el amor de Zeus —exclamó Xena asqueada—. ¿Has sobrevivido a una
crucifixión y te pones histérica por una pierna rota? ¿Pero qué te pasa? Por favor,
dime que no eras así de llorona con el niño bonito...
Oí que se acercaba a mí, noté unas manos que me palpaban la curva de la
cadera. De repente, me clavó los dedos dos veces y la pierna se me durmió. Jadeé
al sentir la liberación del dolor, casi mareada de alivio.
—¿Qué has hecho? —pregunté sin poder creérmelo, enjugándome las lágrimas
de la cara.
Suspiró con fuerza.
—Es un viejo truco que me enseñó una amiga.
—¿Y no podrías usarlo para quitarme este dolor de cabeza? —dije sólo medio en
broma.
—No. Ahora escucha, esto te va a doler. Intenta relajarte.
Sorbí.
—Que me relaje. Ya. Me... ¡¡¡¡AAAAAAAAAAA!!!! —No quería gritar, sobre todo
después de su comentario sobre lo llorona que era. Pero por los dioses, os juro
que intentó arrancarme la pierna. No sólo me dolió espantosamente, sino que la
sensación de roce de los huesos al frotarse entre sí me resultó de lo más
enervante.
—Hala —dijo Xena—, mucho mejor. —Parecía muy satisfecha de sí misma
incluso en la oscuridad.
67

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—Oh, dioses... has disfrutado, ¿verdad? —gimoteé. Volvía a sentir náuseas.
—Sí —replicó Xena—. ¿Sigues con hambre?
—¡Oh, dioses! —gemí de nuevo, esta vez con mayor insistencia.
—Oh, no. —Parecía saber lo que iba a pasar, porque sus manos me aferraron la
pierna—. Ponte de lado. Yo haré que la pierna gire contigo.
Hice lo que me decía y al instante vomité. Tenía el estómago bastante vacío, por
lo que no fue especialmente desastroso, pero las arcadas secas no fueron muy
agradables. Volví a ponerme boca arriba.
—¿Te encuentras mejor? —preguntó Xena.
—Algo. —En cualquier caso, me sentía con más control sobre mí misma. Estaba
demasiado agotada para sentir gran cosa.
—De nada. ¿Quieres un poco de agua?
—Sí, por favor.
Xena tardó un momento en volver a colocarse y pasarme el odre. Me sostuvo la
cabeza en alto para que pudiera beber. Tenía mucha sed y me sentó bien
librarme del horrible sabor a bilis que tenía en la boca.
—Gracias —dije cuando terminé.
—De nada. —Me quitó el odre de las manos y me bajó la cabeza con cuidado. Me
tocó la mejilla—. Gabrielle... —empezó y luego se calló.
—¿Sí? —la animé.
Su mano dejó de tocarme.
—Nada. ¿Estás cómoda? ¿Crees que podrás descansar?
Realmente, estaba agotada.
—Mmmmmmm.
No tardé en quedarme dormida.
68

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

8

Unas luces y voces me sacaron de un sueño inquieto.
—Escuchad, idiotas —decía Xena—. Creía que erais leales a Alejandro. ¡No le va
a hacer ninguna gracia cuando descubra lo que le ha pasado a su poeta
preferida!
Abrí los ojos. Xena estaba pegada a los barrotes por las cadenas y había un
guardia arrodillado delante de la celda, con pan y queso en la mano.
—Sí —masculló, mirándome con aire culpable. Se sonrojó al ver que tenía los
ojos abiertos y apartó la mirada rápidamente, depositando el pan y el queso a
toda prisa—. No tenemos las llaves, señora —dijo, y supe que hablaba conmigo.
—Si esa maldita zorra está borracha, quitádselas —exclamó Xena.
—El capitán no nos dejará. —El guardia volvió a mirarme a los ojos—. Lo siento,
señora.
Empecé a incorporarme sobre los codos y me desplomé cuando me inundó una
oleada de vértigo.
—¿Señora? —preguntó el guardia preocupado.
Yo gemí.
—¡Lo veis! —dijo Xena—. Y no se va a poner mejor hasta que me traigáis algo
para entablillarle la pierna. Juro por el Estigia que no lo usaré para hacer daño a
nadie.
El guardia se levantó, pero vaciló. Miró a sus compañeros que sujetaban la
manivela al pie de las escaleras.
—Depende del capitán, pero se lo preguntaré. —Me miró—. Aguanta, señora.
Conseguiremos sacarte de aquí.
Se hizo la oscuridad cuando los guardias soltaron a Xena y volvieron a subir por
las escaleras.
69

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—Gracias por intentarlo —dije.
Las cadenas sonaron cuando Xena se movió para coger el pan y el queso. Luego
vino a sentarse a mi lado.
—Sé que debes de estar muerta de hambre. —Me puso un trozo de queso en la
mano.
—¿Cómo haces eso? —pregunté.
—¿El qué?
—Es como si vieras.
—Es que veo. Hay un poquito de luz que entra por el agujero del agua del techo
durante el día. Es suficiente. Quédate aquí un año y tú también acabarás
desarrollando esa capacidad.
—No, gracias.
Se rió por lo bajo.
Terminamos de comer en silencio. Me dio un poco de pan y luego compartimos el
agua que quedaba en el odre. Habría dado cualquier cosa por un poco de vino y
mi medicina contra el dolor, pero así y todo me encontraba bastante mejor con
algo en el estómago.
—Nunca pensé que el pan rancio pudiera estar tan bueno —murmuré.
Xena soltó un resoplido.
—Bueno, los tres primeros días no comiste gran cosa.
Entonces caí en la cuenta.
—¿Gran cosa? ¿Quieres decir... que estaba despierta? —Qué raro, perder la
noción del tiempo de esa manera. Qué inquietante.
—Bueno, no estabas muy coherente. En realidad, más que nada no parabas de
hacer las mismas preguntas una y otra vez. —Parecía molesta.
Me sentí mortificada.
70

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—¿Qué clase de preguntas?
—¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado? No recordabas nada. Ni siquiera tu nombre.
—Oh. —Todavía me estaba preguntando qué se sentiría al olvidar tu propio
nombre cuando oí unos extraños roces procedentes de un rincón alejado de la
estancia—. ¿Qué es eso?
—Oh... sólo son Ares y algunos de sus amigos que han venido a comer. Saben
que pueden venir cuando se van las antorchas. Los ahuyentaré si quieres.
—¡Por favor, cómo no voy a recibir a tus amigos!
—Gabrielle, son ratas. ¿De verdad quieres que se te suban encima?
Tragué.
—¿Encima?
—Al cabo de un tiempo, ansías el contacto con cualquier ser vivo.
¡Puaj!
No dije nada, pero Xena debió de notar mi respuesta. Pegó un grito hacia los
roces hasta que por fin se fueron.
Al cabo de un tiempo, ansías el contacto con cualquier ser vivo. Por un momento vi
con absoluta claridad lo horrible que era realmente la existencia de Xena en esta
celda. ¿Cómo había logrado sobrevivir?
Xena me tocó el hombro.
—Gabrielle... —empezó.
Sonreí a la oscuridad y puse mi mano encima de la suya.
Hizo amago de retirar la mano y luego se detuvo.
—Mmmmm... —empezó de nuevo—. Sé que probablemente esto no signifique
mucho para ti, viniendo de mí, pero para lo que valga, bueno, lamento que te
haya ocurrido esto. No te lo mereces.

71

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

Sé que me debí de quedar boquiabierta.
—Xena, ¿estás segura de que la fiebre no te ha ablandado el cerebro?
Apartó la mano con rabia y al instante lamenté lo que le había dicho.
—No tiene nada que ver con la fiebre —rezongó.
—Xena, perdona. Sólo te estaba tomando el pelo. —Palpé a tientas en la
oscuridad. Encontré una cadena y la seguí hasta sus muñecas. Le cogí la mano y
se la apreté—. Es que me ha sorprendido, nada más. Yo... bueno, sabes, no me
esperaba que fueras a ser amable conmigo y sin embargo lo has sido. Es que no
entiendo por qué.
—Supongo que me... —Vaciló—. Que me... supongo... que... ¡Ah, por las tetas de
Atenea, no puedo hacerlo!
—¿El qué?
—Olvídalo.
—¡No! ¿Qué ibas a decir?
—¡Ah, maldita sea! Nunca te rindes, ¿verdad?
—No. Terca como una mula, como decía mi padre.
—E igual de irritante también.
—Bueno, ¿qué ibas a decir? —pregunté, negándome a perder el hilo.
Oí que se reía por lo bajo y por fin suspiró.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí, Gabrielle? —preguntó por fin, con el tono más serio
y menos agresivo que le había oído usar hasta entonces.
—Poco más de un año.
—Poco más de un año. Un año es mucho tiempo para no tener nada que hacer
salvo pensar.
Sí que lo era.
72

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—¿Y? —la animé cuando pareció que no iba a continuar.
—Hace muchos años, una mujer de Chin, Lao Ma, me enseñó a meditar. Es lo
único que me ha mantenido cuerda. Pero...
—¿Pero qué?
Suspiró.
—Cuando meditas, te ves obligada a mirar hacia dentro. Baste decir que no me
ha gustado lo que he visto. No me gusta... lo que veo. —Resopló—. A ti te falta
una pierna, Gabrielle. Pero a mí... a mí me falta el alma.
Oh, dioses, qué confesión. No era posible imaginarse a una Conquistadora
introspectiva, pero para mí estaba claro que Xena se equivocaba en una cosa: sí
que tenía alma, porque acababa de desnudarla ante mí con la misma certeza que
si hubiera cogido una espada, se hubiera abierto el pecho y hubiera depositado
su corazón en una mesa delante de mí. ¿Y qué tenía que hacer yo con esto?
Por los dioses, había pasado la mayor parte de mi vida odiando a esta mujer.
Raro había sido el día en los últimos ocho años en que no hubiera maldecido su
nombre conscientemente. Sí, me había permitido sentir lástima por ella en días
recientes; sí, había visto que no era totalmente un monstruo. Pero parecía que el
Olimpo tendría que desplomarse y el sol dejar de brillar y la tierra ser tragada
por el mar el día en que Xena, Destructora de Naciones, reconociera que no era
buena persona. Alteraba el orden del universo y, desde luego, me alteraba a mí.
Reconozo que luché con mis emociones... ¿cómo podía ponerme en esta
situación? Podía tomar este ofrecimiento y tirárselo a la cara, hacerle daño como
ella me había hecho daño tan alegremente en tantas ocasiones; o podía aceptarlo
graciosamente.
—Aunque supongo que eso ya lo sabías, ¿verdad? —dijo Xena en voz baja
cuando yo no dije nada.
Suspiré apesadumbrada.
—Xena, hubo un tiempo en que habría estado totalmente de acuerdo contigo.
Pero estoy aquí echada, viva y bastante menos incómoda de lo que podría haber
estado, así que me siento obligada a señalarte que una persona sin alma no

73

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

estaría preocupada por carecer de ella. Creo que eso dice algo sobre ti, tanto si a
las dos nos gusta admitirlo como si no.
—¿Y preferirías no admitirlo?
—Es mucho más fácil odiarte que perdonarte.
—¿Crees que podrías llegar a perdonarme?
—¿Me lo preguntas como hipótesis?
—No... no lo sé.
—Hipotéticamente... —empecé, y me callé. No me podía creer que estuviera
manteniendo esta conversación. Me resultaba tan surrealista—. ¿Me estás
pidiendo que te perdone, Xena?
—¡Claro que no!
Puse los ojos en blanco. No, claro que no.
—Pues está bien, hipotéticamente, me gustaría pensar que podría perdonar a
cualquiera, porque es lo correcto.
—¿Por qué?
—¿Por qué qué?
—¿Por qué es lo correcto? ¿Para qué sirve?
De repente me sentí como un filósofo con un joven alumno. ¿Cómo se le
explicaban las ventajas del perdón a un niño?
—Bueno, para empezar —dije—, el perdón no es algo que uno hace por otra
persona.
—¿No?
—Si yo te perdonara, Xena, no te haría a ti mejor persona. Ni haría menos
horrible o malo lo que me hiciste. El perdón es algo que haces por ti, para no
tener que cargar con el peso del resentimiento.

74

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—¿Entonces por qué no me has perdonado?
Tragué con dificultad. Era una pregunta justa, pero no pude responder de forma
inmediata. Los dioses sabían que yo misma me había hecho esa misma pregunta
mil veces. Me odiaba a mí misma por odiar a Xena, pero nunca había sido capaz
de perdonarla. ¿Por qué no?
—Supongo que siempre he estado convencida de que eras imperdonable —dije
despacio—. Pero creo... creo que en realidad puede ser porque tengo el
recordatorio de lo que me hiciste cada día, así que no puedo simplemente
olvidarlo. No siempre me gusta quién soy, Xena, y te culpo por ello. Y supongo
que es porque llevo tanto tiempo culpándote y odiándote que se ha convertido en
una costumbre. Algunas cosas acaban siendo parte de ti de tal forma que es
difícil renunciar a ellas, aunque no sean buenas para ti.
Una vez más, se hizo el silencio entre nosotras, y ya no me sentía como una
poeta o un filósofo. Me sentía en carne viva y herida al haber reconocido la
verdad ante mí misma. Me aferraba a mi odio por Xena simplemente porque era
una costumbre. Era mi forma de ser. En lo que me había convertido. Y era algo
muy, muy feo. Me esforcé por controlar un creciente ataque de llanto.
—¿Te ayudaría si te dijera que lamento lo que te hice?
Una vez más, furiosa por mi falta de control, me eché a llorar. Mi mundo se
estaba viniendo abajo. Como poeta, vivía de la emoción y la experiencia, pero
esto era demasiado.
—Oh, no —gimió Xena—. ¡Lo retiro!
—¡No te atrevas! —sollocé—. No te atrevas.
—¿Siempre lloras tanto?
—¡No!
—¿Estás dolorida?
—¡No! O sea, sí, pero no estoy llorando por eso...
—¿Entonces por qué estás llorando?
Traté de sonreír entre jadeos.
75

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—Porque te perdono, Xena.
Hala. Lo había dicho. Lo había dicho y lo decía en serio. Había cogido los fardos y
los había tirado y había dejado que mis lágrimas lavaran la fealdad que habían
dejado atrás.
Cuando por fin me quedé sin lágrimas, Xena me estrechó la mano y me di cuenta
sorprendida de que me la había estado sujetando todo el tiempo.
—Estás equivocada en una cosa, sabes —dijo suavemente.
—¿En qué? —dije sorbiendo.
—El perdón puede significar algo para la otra persona.
Con un sollozo, alcé la mano libre para tocarle la cara y mis dedos encontraron a
tientas su mejilla. Estaba mojada.
—Xena, ¿estás llorando?
Se apartó rápidamente de mi mano.
—¡Claro que no!
Sonreí, a mi pesar.
—Está bien llorar a veces, sabes.
Xena soltó un resoplido.
—Quién iba a decir eso sino tú.
—Hasta Aquiles lloró cuando murió Patrocles.
—Aquiles era un blandengue.
—¡¿Cómo puedes decir eso?!
—Fácilmente. Cuatro palabras: Aquiles... era... un...
Se calló cuando le apreté suavemente los labios con mis dedos.
—Xena...
76

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—Qmf...
—Xena, estoy demasiado cansada para discutir contigo. —Dejé que mis dedos se
movieran por su mejilla, secando la humedad que todavía quedaba en ella.
Xena me cogió la mano.
—Tienes la mano helada —dijo.
Hice una mueca.
—Lo siento —dije, intentando que me la soltara. Me la agarró con fuerza.
—No lo sientas. —Unos labios cálidos me rozaron la piel.
La sensación de que el mundo se estaba volviendo del revés regresó con toda su
fuerza.
—No... —susurré, notando que se me llenaban de nuevo los ojos de lágrimas.
¡¿Pero qué me pasaba?!
—¿Por qué tiemblas? ¿Tienes frío? ¿No qué?
Estaba tan confusa y cansada. Todavía me dolía la cabeza. Estaba harta de
pensar, harta de intentar seguir una conversación con esta mujer agotadora que
tenía al lado, harta de tratar de comprender lo que me estaba pasando, harta de
preocuparme por lo que podría pasar.
—Un abrazo —murmuré.
—¿Que no te dé un abrazo? ¿Qué te hace pensar que lo iba a hacer? ¡Antes sólo
lo he hecho porque te estabas congelando!
Dioses, ¿es que tenía que convertirlo todo en una batalla? ¿Y cuándo me había
abrazado?
—¿O te refieres...?
No sabía a qué me refería. No sabía qué quería. De repente me sentía muy
confusa. ¿Qué estaba ocurriendo? Me entró una sensación extrañísima de que
me caía.

77

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—Agárrame —susurré, dejándome ir.
Me desperté rodeada de oscuridad y calor, envuelta en los brazos de Xena bajo
dos mantas. Roncaba suavemente a mi lado. Era extraño, teniendo en cuenta
quién me tenía abrazada, pero me sentía a salvo, reconfortada. Tal vez era
porque la única otra persona que me había abrazado en mi vida era Alejandro, a
quien le confiaba mi vida. Me volví a quedar dormida sin dificultad.

Estaba tendida en la cruz, con las manos y las piernas sujetas por soldados
cuyos rostros estaban tallados en piedra. El primer clavo atravesó mi mano
derecha. La sensación del metal al deslizarse a través de mi carne, desgarrando
tendones y huesos, no estaba, afortunadamente, nublada por el dolor. No grité
cuando me incrustaron el clavo en la mano izquierda con la misma sensación
nauseabunda. Curiosamente, sólo me clavaron un pie a la madera.
—Rompedle la pierna —ordenó la voz de Xena, y miré por encima de las caras de
los guardias para descubrir a Talasa, vestida como Xena la emperatriz,
mirándome con una sonrisa malévola. Llevaba un látigo en su única mano.
Terminaba con la cabeza de una serpiente viva y siseante.
Recé a Atenea pidiendo misericordia cuando un gran guardia se adelantó con un
gran martillo. Lo descargó y grité de agonía cuando los huesos de la pierna se me
rompieron.
Talasa hizo un gesto a los guardias para que se marcharan y se arrodilló a mi
lado.
—Gabrielle —dijo, acariciándome la mejilla con el dorso de la mano—. Estamos
destinadas a estar juntas, tú y yo. —La serpiente que era su látigo reptaba por la
carne expuesta de mi estómago.
Gemí, luchando contra los clavos que me tenían presa en el sitio. No podía
moverme, ni siquiera la pierna libre, no podía defenderme de Talasa ni de la
serpiente.
Talasa soltó el látigo y éste empezó a deslizarse por la cintura de mi falda.
—Gabrielle —susurró Talasa, inclinándose hacia mi cara. Me pasó la lengua por
la mandíbula.
78

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

Intenté apartar la cabeza, pero me agarró por la barbilla, obligándome a mirarla.
—Te quiero, Gabrielle —dijo suavemente, al tiempo que sus labios casi rozaban
los míos. Le apestaba el aliento a alcohol y vómito.
Me entró una arcada.
—¡¡¡No!!!
Me besó, apretando sus labios contra los míos hasta que se me quedaron
insensibles y su lengua intentó colarse por la fuerza entre mis dientes. Entre mis
piernas, una serpiente fría y escamosa empezó a enrollarse en torno a mi muslo.
Intenté gritar pero no pude.
La lengua de Talasa me abrió los dientes a la fuerza y se deslizó dentro,
explorando el fondo de mi boca, penetrando cada vez más hondo, bajando por mi
garganta. Al mismo tiempo, la serpiente se movía sobre mi entrepierna,
deslizándose por mis partes privadas.
Se me llenó la mente de horror y pánico ante mi impotencia.
De repente, Talasa empezó a sacudirme, gritando mi nombre.
—¡Gabrielle! ¡Gabrielle!
—¡Despierta, Gabrielle!
Salí del sueño jadeando, como una mujer que se estuviera ahogando y tratara de
respirar. Abrí los ojos a una oscuridad total y por un horrible segundo me
pregunté si me había despertado de verdad.
—¡¿Gabrielle?! —preguntó Xena sacudiéndome suavemente por los hombros.
—¡¿Xena?! —pregunté aterrorizada, tratando de encontrarla con la mano.
Me la agarró con firmeza y me la estrechó.
—Estoy aquí. Tenías una pesadilla.

79

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—Oh, dioses... oh, dioses, ha sido horrible. —Me dieron arcadas al recordarlo.
Sabía que estaba temblando, pero no podía parar. Jadeé, notando aún la
presencia sofocante de Talasa encima de mí.
—No pasa nada. Ya estás despierta —dijo Xena suavemente, acariciándome el
pelo.
Poco a poco, me calmé con sus caricias. Tomé aliento temblorosamente y lo solté
despacio, dejando que se desvanecieran los últimos restos del horror.
—Tuve pesadillas casi todas las noches durante meses después de perder la
pierna —dije en voz baja—. Pero hacía mucho tiempo que no tenía ninguna.
—Seguro que
desagradables.

esta...

situación...

te

está

trayendo

muchos

recuerdos

—Sí. Yo... detesto sentirme tan indefensa.
Xena siguió acariciándome el pelo en silencio.
—¿Xena?
—¿Sí?
—Gracias por despertarme.
—De nada.
No podía volver a dormirme, con la pesadilla tan reciente, y Xena tampoco
parecía dispuesta a intentarlo. Se acomodó de lado junto a mí, a suficiente
distancia para que sus brazos apenas me rozaran. Yo deseaba que me abrazara
como antes, pero no supe cómo pedírselo sin parecer más tonta y débil de lo que
ya me sentía.
Nos quedamos así durante lo que me pareció una eternidad. Sin luz u otros
estímulos, era difícil calcular el paso del tiempo. Escuché el sonido de la
respiración de Xena, la única distracción externa que tenía para evitar que mis
pensamientos se centraran en mi dolor. Aliento, vida, alma. Había algo sublime
en el mero acto de respirar. Era curioso que nunca le hubiera prestado mucha
atención hasta entonces.
Me desperté sobresaltada, sorprendida de haberme quedado dormida.
80

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—Vienen los guardias —susurró Xena, y sentí una corriente de aire frío cuando
salió de debajo de las mantas.
Advertí la luz que se movía sobre las paredes y el ruido de varios pies que
bajaban por las escaleras. Xena estaba sentada al borde de la jaula donde la
arrastrarían las cadenas cuando giraran la manivela.
La luz de las antorchas cuando entraron los guardias era casi cegadora. Eran
tres, uno de ellos el soldado que había prometido pedir tablillas para mi pierna.
—Mi señora —dijo suavemente—. ¿Sigues despierta?
Lo que preguntaba en realidad, pensé, era: "¿Sigues viva?" Lo saludé para
tranquilizarlo agitando la mano, ya que levantar la cabeza me causaba dolor.
—Aquí sigo, vivita y coleando —dije, y me lo pensé mejor—. Bueno, coleando no,
en realidad, pero sí que sigo aquí.
Sonrió e hizo un gesto de asentimiento a sus compañeros. Hicieron girar la
manivela hasta que los brazos de Xena quedaron estirados detrás de ella en ese
ángulo tan espantosamente incómodo.
Él se adelantó y se arrodilló ante la jaula, poniendo dos de mis largos estuches
de cuero encerado para los pergaminos en el suelo junto con uno de mis peplos
viejos.
—¿Por qué has traído eso? —pregunté, perpleja.
—El sanador indicó que los estuches funcionarían bien como tablillas, pero no
como armas. El peplo se puede romper en tiras para sujetar los estuches. Lo
siento, señora, pero el capitán me ha prohibido traer ninguna de nuestras cosas.
Claro, que como todo esto es tuyo, técnicamente no son nuestras cosas...
—¿Podríais tener problemas por hacer esto? —pregunté, preocupada. Hasta
ahora, no me gustaban los castigos que había visto imponer aquí.
—Bueno, en realidad no estamos desobedeciendo sus órdenes directas. —Echó
una mirada a Xena—. Mientras Xena cumpla su juramento de no usarlos contra
nosotros, el capitán no nos hará ningún daño permanente.
—Me preocupa más Talasa. Y deja de llamarme señora. Me llamo Gabrielle.
81

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

Sonrió.
—No puedo predecir lo que hará la alcaidesa, pero no le tengo miedo.
—Pues deberías —dijo Xena gravemente—. Es peligrosa.
—Tal vez —dijo dubitativo—. Pero nunca ha maltratado a un guardia. Jamás.
—¿Cómo te llamas? —pregunté.
—Peonius —respondió.
—Peonius —dije—, eres un buen hombre por ayudarme y te estoy
profundamente agradecida. Pero si estás dispuesto a hacer una cosa más por mí,
me aseguraré de que tu nombre quede inmortalizado en un poema de
agradecimiento.
Tragó, pero los ojos se le iluminaron de emoción.
—Lo que sea —dijo.
—¿Quieres avisar a Alejandro de mi situación? Tal vez el cocinero esté dispuesto
a ir en su barco. O podrías enviar un mensaje en el próximo barco de
suministros.
Pareció decepcionado.
—Ya se ha hecho. El ayudante del cocinero partió ayer.
Le sonreí.
—No te preocupes, te escribiré un poema de todas formas.
—¡Gracias! Tengo un hijo... para él sería muy importante. —Volvió a mirar hacia
las escaleras—. Ahora tenemos que irnos, antes de que venga el capitán. Si
necesitas cualquier otra cosa, díselo a los guardias que traen la cena. Pero
asegúrate de que el capitán no está con ellos. —Con eso, se reunió con sus
compañeros. Soltaron la manivela y subieron juntos por las escaleras, llevándose
las antorchas.

82

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

Xena recogió los estuches de pergaminos y el peplo. Oí que desgarraba la tela
para hacer tiras. Cuando me sobresalté al oír el correteo de las ratas que se
acercaban, ella las ahuyentó con un grito.
Pobre Ares. Otra vez se queda sin comer.
—Te voy a entablillar la
Probablemente te va a doler.

pierna

—dijo

Xena,

apartando

la

manta—.

Apreté los dientes durante el doloroso tratamiento, pero cuando se terminó, solté
un suspiro de alivio. Al menos ahora podría cambiar de postura en el suelo sin
temor a descolocarme los huesos.
—¿Mejor? —preguntó Xena.
—Mucho, gracias.
—Todavía queda la mayor parte de tu peplo. ¿Te importa si me lo pongo?
Se me pasó por la mente que estaba tan bella desnuda que era una lástima que
quisiera taparse, pero era una tontería, por supuesto.
—Por favor, adelante.
Tras una buena dosis de ruidos de cadenas, Xena gruñó.
—Eres una canija, ¿verdad?
—¿Es que no te está bien? —Los peplos se llevaban sueltos. Incluso con nuestra
diferencia de tamaño, me costaba creer que Xena no se lo pudiera poner.
—Bueno, no me lo puedo pasar por los hombros por culpa de estas malditas
cadenas. Parece que se va a sujetar él solito. —Se rió por lo bajo—. Supongo que
eso está bien, ahora que lo pienso. —Se acomodó a mi lado—. ¿Quieres probar a
sentarte?
—Sabes, me dolió mucho la cabeza cuando intenté levantarla para mirar al
guardia. No creo que sea buena idea.
—Mmmm. Pues probablemente no. —Se puso a palparme el cráneo con dedos
delicados—. ¿Esto te duele?

83

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

Me cruzó un relámpago por delante de los ojos.
—¡Ay!
—Ya. Tienes un bulto del tamaño de un huevo justo detrás de la oreja. Eso te va
a dar problemas hasta que baje la hinchazón.
—¡Pues deja de toquetearlo!
—¡No estoy toqueteando! Sólo estoy comprobando de nuevo para asegurarme de
que no tienes nada fracturado.
—¡¿Y podrías hacer algo de ser así?!
Su mano se apartó con un ruido de cadenas y luego volvió a posarse en mi
hombro.
—Perdona. Tienes razón.
Advertí por su tono que estaba contrita, pero ahora me dolía mucho la cabeza
otra vez y estaba de mal humor.
—Xena, ¿por qué te convertiste en señora de la guerra?
Su mano se quedó inmóvil.
—No es que seas terca como una mula. ¡Más bien como un tocón de árbol en el
campo de un pobre granjero!
Me encogí al oír su voz iracunda.
—Olvida la pregunta.
Suspiró.
—Era una joven muy furiosa, Gabrielle. Me convertí en señora de la guerra
porque pude. Era buena y lo sabía.
—Eso es evidente —asentí—. ¿Pero por qué estabas tan furiosa?
Al principio pensé que no me iba a contestar. Notaba la tensión de su mano y
estoy segura de que estaba manteniendo un serio debate interno. ¿Quería
84

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

contármelo? ¿Conocía siquiera la respuesta? ¿Quería admitirla de ser así? Por
fin, sin embargo, empezó a contarme a trompicones la historia de cómo murió su
hermano Liceus y de cómo la repudió su madre.
—¿Cirene te pegó una bofetada? —pregunté pasmada cuando terminó.
—Sí.
—¿Y por eso te fuiste de casa?
—Sí.
Pensar que Cirene de Anfípolis había creado a Xena la Conquistadora de una
sola bofetada. Bueno, era muy posible que alguna otra cosa pudiera haber hecho
que Xena se entregara a una vida de violencia, pero el rechazo de su madre,
unido a la muerte de su querido hermano, fue evidentemente el catalizador que
la llevó a su camino de destrucción. Hasta Xena lo identificaba como tal.
¿Cómo habría sido la historia de distinta si en cambio Cirene la hubiera
consolado?
—Voy a tener que volver a escribir el capítulo dedicado a Cirene y la batalla de
Anfípolis —dije con toda seriedad.
Con alivio por mi parte, Xena se echó a reír por lo bajo.
—Sí, hazlo.
Sonreí.
—También voy a tener que reescribir varios de los capítulos que tratan de ti.
—No. Me merezco cualquier cosa que hayas dicho. Y probablemente cosas
mucho peores.
—Pero eres capaz de cambiar, Xena. Eso es algo que ni Alejandro ni yo
habríamos creído posible jamás.
—Eso demuestra que el niño bonito no es perfecto, ¿verdad? —dijo Xena con un
resoplido—. No cuentes con que mi benevolencia vaya a durar para siempre. Es
difícil cambiar las viejas costumbres.

85

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

Bueno, no me cabía duda de que la Xena que yo odiaba podía volver en cualquier
momento. Pero ahora había visto una faceta distinta de ella y sabía que su
corazón no estaba tan absolutamente corrupto ni era tan malévolo como antes
creía. De hecho, tenía algo que resultaba... bueno, muy simpático.
—¿Por qué sonríes así? —preguntó Xena con desconfianza—. Si supieras lo que
te conviene, me tendrías miedo.
Esperé que no viera cómo me sonrojaba en la oscuridad, pero me sentí como una
niña a la que hubieran pillado robando dulces.
—Si supiera lo que me conviene, nunca me habría marchado de Potedaia. —
Sonreí, intentando disimular mi turbación—. Y nunca me habría unido a la
rebelión contra ti.
—Tú nunca me has tenido miedo, ¿verdad? —preguntó despacio.
Parece que mi intento de pasar al humor ha fracasado.
—No, te tenía terror. Me crucificaste. Mataste a tantos... —No pude terminar de
decirlo, no pude animarme a pensar en todos los amigos y compañeros que
habían muerto a manos de esta mujer y sus soldados—. ¿Cómo no te iba a tener
miedo? ¡Vivíamos aterrorizados por ti y por tu ejército todos y cada uno de los
días de nuestra vida!
Oí que se levantaba inquieta.
—Lo siento —dijo.
Cerré los ojos.
—Ahora ya se ha terminado. Te he perdonado.
—Lo sé, pero... no quiero que me tengas miedo, Gabrielle. Ya no.
Suspiré.
—Eso lo veo ahora. Aunque todavía no comprendo por qué. Tú podrías
fácilmente odiarme tanto como yo te odiaba a ti.
Suspiró a su vez y se sentó de nuevo a mi lado.

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Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—Háblame de tu familia —dijo.
—¿Por qué?
—Quiero saber más sobre ti.
—Está bien —dije despacio. Estaba cambiando de tema y me pregunté qué
querría decir eso, pero no me importaba hablar de mi familia. Así que le hablé de
mis padres y de mi hermana Lila y de cómo había sido crecer en una granja en
Potedaia. La vida nos había tratado bien hasta que Xena subió al poder.
Entonces, las cosas se pusieron difíciles.
Me salté los peores detalles, sobre los jóvenes que se alistaron en el ejército para
compensar los impuestos que sus familias no podían pagar, esos mismos jóvenes
que no obtuvieron un puesto pagado de soldado como se les había prometido,
sino que acabaron como galeotes en la armada de Xena. No hablé del duro
invierno de hambre que me llevó a irme de casa simplemente porque no había
comida suficiente para todos y yo, con mi capacidad como bardo, tenía más
posibilidades de ganarme la vida en otra parte. Le dije que mi padre había
muerto durante la guerra, pero no que había sido ejecutado por golpear a uno de
los soldados de Xena al defender a Lila de sus violentas intenciones de borracho.
Terminé con algo alegre. Mi madre había conseguido conservar la granja con la
ayuda de Lila y ahora que Alejandro era emperador, las cosas les iban muy bien.
Cuando terminé, Xena se quedó en silencio largo rato.
—No me has contado muchas cosas —dijo—. ¿Por qué te marchaste de casa?
—No tiene importancia, Xena. Es el pasado.
—¿Por qué te marchaste de casa? —insistió.
Suspiré.
—No había comida suficiente.
—¿Por qué no? Teníais una granja, ¿no? ¿Es que hubo mala cosecha?
—Tu ejército confiscó la mayor parte de nuestra cosecha y nuestros animales;
tuvimos que vender lo que quedaba para pagar los impuestos. Conseguimos
quedarnos con una vaca vieja y algunas gallinas que se les escaparon a los
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Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

soldados. Pero no era suficiente. Les dije a mis padres que me iba para buscar a
Pérdicas, pero creo que sabían la verdad. Si no, no me habrían dejado marchar.
—¿Cómo te las arreglaste sin dinero?
—Al principio, contaba mis historias. Después, conocí a Alejandro.
—¿Y él tenía dinero?
—Algo.
—Me alegro —dijo despacio. Me cogió la mano y me la estrechó—. A veces
desearía... —Se calló y me soltó la mano.
—¿El qué?
—Nada.
Busqué a tientas su mano, pero en cambio me topé con su muslo. Dejé ahí mi
mano, disfrutando de su piel cálida y lisa.
—Has dicho, "A veces desearía..." Me gustaría saber qué deseas, Xena.
Carraspeó.
—A veces desearía poder volver y hacer las cosas de otra manera.
—¿No lo dices por decir?
—No.
—¿Xena?
—¿Sí?
—Si pudieras escapar de esta prisión y recuperar la libertad, ¿qué harías?
—¿Es una pregunta capciosa?
—No, es mera curiosidad. ¿Intentarías derrocar a Alejandro?
Se lo pensó un rato antes de responder.
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Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—Lo primero es lo primero. Mataría a esa zorra de Talasa por lo que te ha hecho.
Aunque no era la respuesta que me esperaba, no me sorprendió por completo.
—Te echa la culpa de la pérdida de su brazo, sabes.
Xena resopló.
—Ya, lleva recordándomelo todo el año. Créeme, es lo único por lo que está viva.
Pero ésa no es excusa para hacerte daño a ti.
—¿Quieres decir que has tenido la oportunidad de matarla y no lo has hecho?
—Gabrielle, no sólo he tenido la oportunidad de matarla, sino que podría
haberme escapado en al menos cuatro ocasiones distintas. Por favor, si se trae
las llaves y despide a los guardias para poder torturarme sin que la vean.
Me lo dijo con tal despreocupación que no pude evitar creerla. Además, yo misma
había visto a Talasa inconsciente cerca de la jaula de Xena. Sin los guardias para
sujetarla, no cabía duda de que Xena podría haberle quitado el látigo a Talasa y
volverlo contra ella. Eso quería decir que Xena se había dejado azotar
voluntariamente y que además había rechazado la oportunidad de escaparse.
—¿Por qué no te has escapado?
Hizo un ruido que no supe interpretar sin verle la cara.
—A lo mejor me pareció demasiado esfuerzo.
—Querías ser castigada, ¿verdad? —pregunté atónita.
—¡No soy una especie de masoquista, si es lo que estás insinuando! —dijo
enfadada y parecía realmente ofendida.
—Tal vez no, pero... piensas de verdad que te lo mereces, ¿no? —Aunque ya lo
había dicho antes, yo había interpretado sus palabras como una forma de
resignación o de aceptación de su sino. Pero esto... esto iba mucho más lejos.
Su silencio fue todo el asentimiento que me hizo falta. Intenté comprender esta
última revelación.

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Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

Era impensable que hubiera tenido la oportunidad de escapar y no lo hubiera
hecho. Pero una cosa estaba clara: el sentimiento de culpa de Xena era mucho
más fuerte y profundo de lo que yo sospechaba. Teniendo eso en cuenta, su
atípico comportamiento conmigo ya no resultaba tan increíble. Evidentemente,
esta transformación de su carácter se había ido produciendo a lo largo del
tiempo.
Y entonces caí en la cuenta como si me hubiera alcanzado un rayo de Zeus.
—Nos dejaste ganar la guerra, ¿verdad? —murmuré.
Tenía sentido... el hecho de que nos hubiera permitido capturarla en la batalla
final; el hecho de que cometiera tantos errores en aquel último año. Ahora que lo
pensaba, todo había comenzado con la destrucción de Atenas... y Anfípolis al
mismo tiempo, por supuesto. Lo que debería haber sido una derrota fatal para la
rebelión se convirtió en cambio en el punto de inflexión de nuestro éxito.
Oí que Xena cambiaba de postura.
—No os dejé ganar —contestó por fin.
—Pero podrías haber terminado todo después de Atenas, si hubieras querido,
¿verdad? —insistí.
—Tal vez... ¡no lo sé! —Se levantó y su agitación se hizo de nuevo tangible en la
oscuridad—. Y qué importa ya.
A lo mejor ni siquiera había sido consciente de lo que estaba haciendo, pensé.
Era posible que se hubiera arruinado a sí misma inconscientemente. Fuera cual
fuese la causa, en aquel último año había cometido varios errores muy poco
propios de ella.
—A mí sí me importa —dije.
—¿Por qué? ¿Por qué habría de importarte, Gabrielle? Tú quieres que la historia
recuerde a Alejandro como "el Magno". Su gran victoria resultaría un poco hueca
si le hubiera dejado ganar, ¿no? —Se rió con aspereza.
—Yo preferiría que la historia conociera la verdad —dije con cuidado.
La oí dar vueltas por la celda y contuve la respiración.
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Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—Pues cuéntales esto —dijo Xena por fin entre dientes—. Ares me abandonó el
día en que quemé Atenas.
—¿Ares? ¿El dios de la guerra?
—No, Ares la rata —dijo, irritada—. ¡¿Tú qué crees?!
No hice caso de la pulla.
—¿Por qué te abandonó?
—Por Atenea. El muy cabrón le tiene miedo, y cuando arrasé el Partenón, ella se
enfadó muchísimo.
Me quedé algo desconcertada. Hablaba de los dioses como si los conociera en
persona.
—Entonces, en realidad culpas a los dioses de tu derrota —dije.
—No. Pero cuando Ares se marchó, creo que empecé a ver en qué me había
convertido. No quería reconocerlo, Gabrielle, pero estaba asqueada de lo que
había hecho en Atenas. Todos esos niños...
Soltó un ruido que sonaba muy parecido a un sollozo.
Sus soldados habían masacrado a cientos de civiles inocentes cuando cayó
Atenas. Muchos más se quemaron vivos en los edificios donde se habían
refugiado.
—Todos esos niños —repetí en un susurro, cerrando los ojos para no ver el
horrible recuerdo.
—Oh, dioses —gimió Xena, un sonido desgarrador que me llenó los ojos de
lágrimas al instante. De repente, cayó de rodillas a mi lado y hundió la cabeza en
mi hombro—. Diles que lo siento, Gabrielle. Por favor... ¡diles que lo siento
muchísimo! ¡Haz que la historia sepa que lamento lo que he hecho!
Fue tan repentino y tan absolutamente inesperado que me quedé ahí echada,
atónita, cuando la mujer se derrumbó literalmente encima de mí, llorando.
Tardé un momento en recuperar la serenidad y luego la tomé entre mis brazos.
Me dolía el corazón por ella. Una matanza tal pesaría mucho en la conciencia de
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Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

cualquiera. Y Xena tenía conciencia. Noté que me caían las lágrimas por las
mejillas. ¡¿Por qué, ay, por qué no lo descubrió muchos años antes?!
Habría resultado un espectáculo extraño para cualquier guardia que hubiera
bajado a la celda de Xena vernos a la una en brazos de la otra, llorando como
bebés hasta que nos quedamos sin lágrimas.
Al final, nos quedamos abrazadas en silencio hasta que la luz de las antorchas
anunció otra visita de los guardias que traían comida.
—Gracias —me susurró Xena al oído antes de apartarse.
La agarré del hombro.
—Xena, me aseguraré de que el futuro conozca la verdad sobre ti.
Ella me apretó la mano como respuesta.

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Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

9

Era difícil contar el paso de los días en la oscuridad total. Hasta las visitas de los
guardias parecían irregulares y a intervalos poco fijos. Perdí la noción del tiempo
por completo. Podría llevar allí unos pocos días o un mes: daba igual. Parecía
una eternidad.
Sólo la presencia de Xena me mantenía cuerda. Su tacto delicado al comprobar
mis lesiones era lo único que me sujetaba a la realidad. Su voz calmaba mis
miedos.
Hablamos de muchas cosas en la oscuridad. Le conté más historias mías y ella
me habló más de su pasado. Me descubrí abriéndome ante ella como no lo había
hecho con nadie, y lo asombroso es que ella respondía con respeto y compasión.
Cuando
no
hablábamos,
simplemente
nos
quedábamos
reconfortándonos con el cálido contacto de otro ser humano.

abrazadas,

En una de estas ocasiones me desperté de un tranquilo sueño al oír que Xena
me llamaba.
—Gabrielle —susurró.
—¿Mmmmm? —pregunté adormilada, advirtiendo que Xena estaba acurrucada a
mi lado, con la cabeza en mi hombro y un brazo con su correspondiente cadena
sobre mi estómago.
—Gabrielle —susurró Xena de nuevo, esta vez con más intensidad.
—Xena, estoy aquí, ¿qué ocurre? —Bostecé, preguntándome por qué susurraba
cuando no parecía que viniera ningún guardia. No se veía luz de antorcha por
ningún lado.
—Oh, Gabrielle —repitió Xena, esta vez sensualmente, y su mano subió despacio
por mi estómago hasta mi pecho.
De repente, me desperté del todo.
—¿Xena? ¿Qué haces?
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Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—Tan bella —farfulló Xena, frotando la cabeza en mi hombro.
—Xena, ¿estás despierta? —pregunté con desconfianza.
Su mano se puso a acariciarme el pecho por encima de la tela suave de mi peplo
y gimió:
—¡Oh, sí, me encanta que me toques ahí!
Mis manos no la tocaban en absoluto. Oh, dioses. Xena estaba dormida y yo
estaba viviendo uno de sus sueños eróticos.
Sofoqué un grito cuando me pellizcó el pezón.
—¡Xena! —exclamé y la sacudí ligeramente por el hombro.
Esto tuvo el desafortunado efecto de provocarle otro gemido y se pegó más a mí,
echando la pierna por encima de lo que quedaba de mi pierna derecha y
apretando su sexo contra mi muslo.
¡Oh, dioses, oh, dioses! Por un momento, perdí todo vestigio de pensamiento
racional cuando empezó a menearse rítmicamente contra mí.
—¡Oh, sí, Gabrielle! —suspiró y su mano dejó mi pecho y volvió a deslizarse por
mi estómago. Y siguió bajando.
Solté una exclamación cuando sus dedos me apretaron la entrepierna y hundió
sus caderas en mi pierna. Le agarré la mano y le pegué un codazo en el
estómago.
—¡Xena, DESPIERTA!
Había algo demasiado retorcido en la idea de permitirle que siguiera haciéndome
el amor en sueños mientras yo estaba despierta disfrutando de ello.
Se despertó dando un respingo y soltando un ronquido.
—¿Quéééé? ¿Quééé pasa? ¿Gabrielle?
Le solté la mano.

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Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—¡Xena, estabas soñando! —le dije, esforzándome por disimular la turbación de
mi voz.
—¿Soñando? —farfulló, colocando la mano en su posición original sobre mi
estómago. De repente, noté que se quedaba rígida—. Oh, no...
Lo sabía.
—Oh, sí.
Se apartó de mí a toda prisa y se echó boca arriba.
—Gabrielle...
Parecía tan mortificada que no pude evitar sonreír.
—No pasa nada, Xena. Estabas dormida.
—Pero... yo... oh, no... ¡¿y te he despertado?!
Me eché a reír.
—Ah, sí. Con una cosa así, cuesta dormir.
—Lo siento muchísimo... —De haber podido verla, estoy segura de que se habría
estado ruborizando.
Alargué la mano y le toqué la cara, sintiéndome súbitamente melancólica.
—No lo sientas. Es... —Tragué—. Has dicho mi nombre. Es agradable saber que
alguien piensa en mí de esa manera, aunque sólo sea en sueños.
Xena se quedó en silencio durante un rato incómodamente largo y yo estaba
tratando de pensar en algo que aliviara la tensión cuando volvió a ponerse de
lado, de cara a mí.
—Gabrielle, eres una mujer muy bella y deseable. Yo pienso en ti "de esa
manera" cuando estoy bien despierta. Creía... creía que ya te lo había dejado
claro —dijo, y oí la sonrisa en su voz.
"Pienso en ti en la oscuridad", dijo. "Pienso en cómo sería tocarte..."

95

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—Yo... yo creía que sólo lo decías para atormentarme —dije despacio.
Xena resopló.
—La verdad siempre es el arma más eficaz, cuando se utiliza correctamente.
Intentaba hacerte daño, sí. Sabía que te produciría asco y desazón el hecho de
que yo te encontrara atractiva. Y es tristemente evidente que no eres consciente
en absoluto de lo preciosa que eres en realidad. Sé que no tienes motivos para
creerme después de todo lo que te he hecho, Gabrielle, pero de verdad eres bella.
—¿Cómo puedes decir eso? —susurré, notando un nudo creciente en la
garganta.
—¿Alguna vez te has mirado al espejo?
—¡Claro que sí!
—Pero lo único que ves es una pierna de menos —me dijo—. Puede que eso sea
lo que ve mucha gente, Gabrielle, pero no es lo que ve Alejandro y no es lo que
veo yo. Yo veo a una joven muy capaz y valiente cuya belleza ilumina esta celda
como no podría hacerlo nunca una antorcha. —Me tocó la mejilla con la mano, y
parpadeé conteniendo las lágrimas—. ¿Estás llorando? —preguntó suavemente.
—Lo siento, ya sé que no te gusta... —Me sequé la cara con la mano.
—Sshhhh. —Me cogió la mano y me la besó con ternura, y cerré los ojos con
fuerza para evitar que se me saltaran más lágrimas. Volvió a cambiar de postura
y noté que se inclinaba sobre mí, sentí que sus labios se posaban sobre los míos
en un beso delicadísimo.
Se me aceleró el pulso y pasé los dedos por el pelo de Xena, acercándola más. El
beso se hizo más profundo entonces y me dejé llevar por la sensación. Xena
gimió y luego se apartó, dejándome sin aliento.
Tenía miedo, pero quería más. Quería que me hiciera sentir deseada, sentir
deseable, sentir... normal. No tenía ni idea de cómo hacer el amor con otra
persona, pero mi mano encontró su pecho y se lo cogí, pasándole el pulgar por el
pezón erecto. ¡Que Afrodita me ayude ahora!
Xena tomó aliento cuando la toqué, pero luego se sentó sobre los talones,
quedando fuera de mi alcance.
96

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—Gabrielle, esto no es bueno para ti.
Me tapé la cara con desesperación.
—¿Cómo Hades puedes saber lo que es bueno para mí, Xena? —pregunté con
amargura, secándome los ojos.
—¿De verdad me deseas, niña? —ronroneó Xena desde la oscuridad tras una
larga pausa—. Piénsalo. ¿De verdad deseas que yo, la Conquistadora, sea la
primera en tomarte? Ya hice que perdieras la pierna. ¿De verdad quieres que te
haga perder esto también? La primera vez siempre es especial, sabes.
Sus palabras me atravesaron hasta la médula.
—¡Maldita seas! —exclamé entre mis manos.
—Está bieeeen —dijo Xena, en tono súbitamente contrito—. Ésa no ha sido la
forma adecuada de decirlo. —Me cogió las manos entre las suyas y me las apartó
de la cara. Intenté resistirme, pero me agarró con firmeza.
—¡Suéltame! —escupí.
—No. Gabrielle, cálmate. Lo siento. No... no debería haberlo dicho así. Por favor,
cálmate. —Me estrechó las manos para tranquilizarme y luego continuó antes de
que yo pudiera interrumpirla—. Tienes razón, yo no sé qué es bueno para ti. A lo
mejor ya no sé nada. Pero hubo un tiempo en que te habría... tomado sin más...
sin planteármelo siquiera, sin consideración alguna... simplemente por deseo y
por saber que podía... —Me soltó las manos—. Gabrielle, ya no quiero ser esa
persona, pero no... no tengo mucha práctica. Lo siento.
Tragué, intentado controlar mis emociones. Lo que decía tenía perfecto sentido.
Caí en la cuenta de que Xena sabía tan poco como yo sobre cómo hacer el amor.
Claro, tenía más experiencia con el sexo, pero no con el amor.
Esa palabra me dejó paralizada. Amor. ¡Pero claro que no nos amábamos! No me
extrañaba que toda esta situación fuera tan complicada. Me sentía muy confusa.
Yo no amaba a Xena. No quería amar a Xena. Pero tenía tanta necesidad de
ella... quería que sus manos me tocaran, sentir su piel cálida contra la mía... ¡lo
necesitaba! Me moría por sentir sus labios apretando los míos, sus dedos
acariciándome, sus caderas moviéndose... me estremecí al recordarlo.
—Xena, ¿tú me deseas? —susurré, tratando de hablar en un tono neutro.
97

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—No —contestó en voz tan baja que casi no la oí—. Así no.
No. No. La palabra se repitió en mi mente mientras yo yacía allí, entumecida. No.
Claro que no. Tanto hablar de belleza... mentiras, mentiras, mentiras. Más
engaños, más burlas. Sí, era posible que de verdad quisiera hacérmelo creer por
piedad equivocada, pero daba igual. En realidad no era bella. No era normal. No
era deseable. El apetito sexual de Xena era legendario, pero a mí no me deseaba
ni siquiera tras un año de abstinencia. Sin duda en su sueño tenía dos piernas y
estábamos entre sábanas limpias de seda en el palacio de Corinto.
—Gabrielle —dijo suavemente, acariciándome el hombro.
—¡No me toques!
Apartó la mano de golpe como si la hubiera quemado.
—Lo siento.
—No lo sientas. Ya me habías advertido de que la verdad es la mejor arma.
—No es eso... —Se calló, maldiciendo por lo bajo. Cogió con rabia una de las
mantas y oí que se trasladaba al otro lado de la celda.
Cerré los ojos, incapaz de llorar siquiera. Me sentía hueca. Vacía. Iba a morir en
este agujero maldito y lo único que encontraría Alejandro sería mi cadáver
putrefacto. El sueño pareció tardar una eternidad en venir a rescatarme de mi
desdicha.

Me desperté sobresaltada, con el corazón palpitante por otra pesadilla. En ella,
yo era una esclava a bordo de un barco que se había estrellado contra las rocas
en medio de una tormenta. Me habían clavado al mástil y me ahogaba cuando se
hundía el barco, incapaz de escapar. Respiré hondo, calmando mis
pensamientos, e intenté percibir lo que me rodeaba. Seguía en la celda de Xena.
—¿Un mal sueño? —preguntó su voz desde un rincón.
—Sí —contesté temblorosamente.
—Te habría despertado, pero me has dicho que no te toque. —Sonaba como la
Xena de mi primera visita, furiosa, malévola.
98

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

Me quedé mirando la oscuridad, sintiéndome tan indefensa como en mi sueño.
No me extrañaba que hubiera soñado que me ahogaba. Mi vida era un barco que
se iba a pique. La guerra había acabado y Xena había sido derrotada. Yo tenía
mis historias que escribir, pero ahora ése era mi único propósito en la vida.
Alejandro ya no me necesitaba. Mi familia no me necesitaba. Pérdicas estaba
muerto. Si muriera mañana, ¿quién me echaría de menos? Hasta Alejandro no
tardaría en olvidarme. ¿Y qué si el futuro no oía la historia de la rebelión por mí?
¿Sería eso una pérdida tan grave? Tal vez al futuro ni siquiera le importaría.
Cerré los ojos y me reproché entregarme a tal extremo de autocompasión. La
negrura eterna devoraba el alma. No creía que pudiera soportarlo mucho más.
—Ahora ya entiendo por qué querías morir, Xena —suspiré en voz alta—. ¿Qué
sentido tiene vivir así?
—Alejandro vendrá a buscarte —contestó Xena en voz baja, sin el menor rastro
de ira.
¿Y luego qué? Me esperaban meses de total dependencia mientras se me curaba
la pierna rota, si llegaba a curarse. ¿Y después? Años de soledad, encerrada en el
palacio de Alejandro. ¡Qué divertido! Resoplé con escepticismo.
—Con la suerte que tengo, el ayudante del cocinero se perderá de camino a
Corinto.
—Entonces Talasa acabará por recuperar el sentido común. O uno de los
guardias se lo dirá al siguiente barco de suministros. Vas a estar bien, Gabrielle.
Parecía sincera, pero yo no estaba de humor para que me consolaran.
—No me crees, ¿verdad? —preguntó Xena.
No contesté.
—Cuéntame tu sueño.
—Moría en un naufragio.
—¿Eso es todo?
—Sí.

99

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—Pero... no es eso por lo que ahora estás mal, ¿verdad?
No quería pensar en ello. Daba igual. Todo daba igual.
La oí levantarse y acercarse a mí. Se sentó a mi lado y me cogió la mano.
Pensé en apartarla, pero no lo hice. Necesitaba que me tocaran.
—Gabrielle —dijo Xena suavemente—. Lo... lo siento. No quería hacerte daño. —
Me besó los dedos.
Tomé aliento, pero me soltó la mano antes de que pudiera protestar.
—Esta mazmorra —dijo—. No es el lugar donde deberías hacer el amor por
primera vez... —Continuó incómoda cuando no respondí—: Yo no soy la que...
Gabrielle, yo te crucifiqué. Soy una persona horrible. No es posible que me desees
a mí...
—No creo que sea ése el problema, Xena, y lo sabes —dije con rabia.
—¡Oh, por los dioses, Gabrielle, tienes la pierna rota!
—¡Y cuando le das en el punto de presión, apenas la noto!
—¡Pero en una mazmorra...!
—Puede que nunca salga de aquí, Xena. A lo mejor no quiero morir virgen. A lo
mejor sólo quería experimentar... eso... por una vez...
—Gabrielle, vas a salir de aquí. ¡Tendrás otras oportunidades!
Me eché a reír con aspereza.
—¿Con quién, Xena? ¡¿Con quién?! ¡Nadie se enamorará nunca de mí!
—Estás convencida de eso, ¿verdad? —susurró Xena.
Cerré los ojos.
—¿Qué tengo que se pueda amar?
—Gab... —empezó Xena y luego tragó con dificultad—. Mira —susurró
despacio—. Deja que te lo muestre. —Volvió a cogerme la mano y besó la áspera
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Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

cicatriz del dorso por donde había pasado el clavo. Luego le dio la vuelta y besó
la cicatriz del otro lado.
Tragué y ella me cogió la otra mano y repitió la acción.
—Yo te deseo, Gabrielle. Te deseo muchísimo —dijo Xena suavemente.
Gemí, sintiendo que recuperaba plenamente mi deseo por ella.
—¡Entonces, por favor...! —rogué.
Oí que tomaba aliento con fuerza y de repente estaba a mi lado, sus manos
exploraban mi cuerpo, sus caricias me devolvían a la vida tras la insensibilidad
de la depresión, sus labios dejaban un reguero de fuego por mi cuello. Jadeé
cuando una de sus manos encontró mi pecho y me acarició el pezón.
—Eres tan bella, Gabrielle —me susurró al oído antes de mordisquearme el
lóbulo.
Gemí de placer, más por las palabras que por las sensaciones. Subí la mano y le
acaricié la cara, el cuello, los hombros. Volvió a apartarse.
—¡No! —supliqué, tirando de ella para que volviera.
Se rió por lo bajo.
—No te preocupes, sólo me estoy quitando el peplo. —Un momento después
volvía a estar a mi lado y sentí que tiraba de mi propia prenda. La ayudé a
subirla por mis muslos, mis caderas y mi cintura. Me pasó las manos por los
costados, levantándola por encima de mis pechos y sacándomela luego por la
cabeza.
Me estremecí por el aire frío, sintiéndome expuesta y vulnerable.
—Dioses, Gabrielle, eres perfecta —susurró Xena sin aliento, y yo sonreí.
Intenté imaginarme su aspecto arrodillada a mi lado en su gloriosa desnudez. Lo
que imaginé me aceleró aún más el pulso.
—Xena...

101

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

Cubrió mi boca con un beso, crudo y apasionado. Le rodeé los hombros con los
brazos, pegando su cuerpo al mío. Se movió ligeramente y una cadena fría me
rozó el pecho cuando intentó recuperar el equilibrio. Solté un grito sofocado y me
encogí por el contacto.
—Lo siento —farfulló Xena, intentando colocarse bien de nuevo.
—¡No! —jadeé—. Quiero sentirte encima de mí...
Xena gimió y se puso encima de mí, a horcajadas sobre mi media pierna. Me
besó de nuevo y apretó las caderas contra mi muslo.
—Oh, dioses —murmuré, arqueándome hacia ella. El movimiento me causó dolor
en la pierna rota, pero me dio igual.
Su mano empezó a acariciarme el pecho y la curiosa mezcla de metal frío y carne
caliente sobre mi piel sensible hizo que me estremeciera de placer. Mis dedos se
clavaron en los fuertes músculos de su espalda.
Xena jadeaba ahora, con la cara a escasos centímetros de la mía. Notaba su
aliento en la mejilla, notaba cómo aceleraba el ritmo al moverse contra mí.
Notaba que su humedad me pringaba la pierna con cada empujón e intenté
pegarla más a mí, pues necesitaba sentir la presión sobre mi propio clítoris.
Gemí, deseando algo más directo, y me vi recompensada cuando dejó mi pecho y
se alzó sobre los dos brazos, apretando mi pierna entre las suyas y empujando
hacia abajo con las caderas, con lo cual aumentó la fricción sobre mi sexo.
—¡Oh, sííííí!
Siguió embistiendo contra mí y noté el calor exquisito que iba creciendo entre
mis piernas. Le toqué los pechos con las manos, apretándolos y estrujándolos
delicadamente.
—Oh, sí —gruñó Xena—. ¡Más fuerte!
Obedecí encantada, tocándolos con la mano entera.
—¡Oh, dioses! —exclamó Xena y noté que se estremecía. Su espalda se apartó de
mí arqueándose e incrustó el pubis en mi muslo—. ¡Oh, dioses! —repitió y noté
otro espasmo que le sacudía el cuerpo. Se pegó a mi pelvis—. ¡Oooooh, dioses! —
102

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

gritó roncamente al tiempo que todo su cuerpo se sacudía violentamente y luego
cayó encima de mí, temblando.
Se quedó ahí jadeando un rato y yo me regodeé en la sensación de su tronco
caliente y sudoroso que me aplastaba. Deslicé los dedos entre nuestros cuerpos y
acaricié un momento la mata de su vello púbico. Bajé más y sentí la humedad
que había entre sus pliegues, maravillada por la firmeza de su clítoris, que
acaricié con el dedo. Sus caderas se movieron de nuevo, atrapándome la mano, y
noté otro estremecimiento que le recorría el cuerpo.
—Oh, Gabrielle —susurró Xena y noté que su mano bajaba por mi costado. Se
echó ligeramente a un lado y pasó la mano por los tensos músculos de mi
vientre. Hundió la cara en mi cuello y sentí que su lengua me acariciaba la
mandíbula.
Gemí de pura frustración, desesperada por algo más.
Xena se rió por lo bajo y me puso la mano entre las piernas.
Grité y le aferré el hombro con la mano libre.
—Qué húmeda estás —ronroneó Xena, y sus dedos acariciaron ligeramente toda
la longitud de mi clítoris, lo cual hizo que me agitara bajo sus caricias.
—¡Oh, dioses, Xena, por favor!
—¿Por favor qué, Gabrielle? —bromeó, acariciándome el labio inferior con la
lengua.
—Más fuerte —gimoteé, empujando hacia arriba con las caderas.
—¿Es esto lo que quieres? —preguntó, aumentando la presión.
—Oh, sí —jadeé—. ¡Oh, sí! —Notaba que la tensión iba en aumento con cada
caricia, sentía que me retorcía debajo de su cuerpo, cada vez más cerca de la
descarga a medida que ella aumentaba el ritmo y la presión de sus caricias.
Justo cuando creía que ya no podría soportarlo más, me penetró hasta el fondo
con los dedos y estallé con una mezcla de placer y dolor—. ¡Oh, síííííí!
Xena siguió moviendo los dedos dentro de mí mientras una oleada tras otra me
sacudían el cuerpo. Poco a poco, se me empezaron a relajar los músculos y por
103

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

un breve instante me sentí entera, saciada, completamente... llena. Luego Xena
me besó en la boca y sacó los dedos con delicadeza.
—Eres tan bella, Gabrielle —dijo suavemente.
Sonreí y pensé que esta mujer acababa de hacerme el regalo más precioso que
podía existir.
—Tú también —susurré, con absoluta convicción.

104

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

10

Xena me despertó con una nana, y por un momento la dulzura de su voz me hizo
olvidar nuestra horrible situación, recordándome en cambio los días más felices
de mi infancia. Cuando terminó, sonreí.
—Hay tantas cosas sobre ti que todavía no conozco, Xena —dije—. No sabía que
cantabas tan bien.
Se rió por lo bajo.
—Seguro que no me puedo comparar contigo.
Sonreí ampliamente.
—Ah, no, hay un motivo por el que soy poeta y no cantante.
—Pero tienes una voz preciosa.
—Ah, pero hasta los muertos del Tártaro se quejan cuando intento cantar. Y, por
favor, advierte que digo "intento". No considero que mi gorjeo desafinado sea
cantar realmente.
Xena se echó a reír.
—Bueno, pues tu poesía es música para mis oídos. ¿Me recitas otra, por favor?
—¿Algo corto o algo largo?
—Lo que tú quieras.
Su nana me recordó un poema que había escrito hacía muchos años para
ayudar a mi hermana Lila a quedarse dormida por las noches.
—Éste es uno que escribí antes de irme de casa —dije.
Cuando iba por la mitad del poema un leve destello de luz procedente de lo alto
de las escaleras hizo que me detuviera. Xena se apartó de mí y se incorporó con
cautela.
105

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—No es la hora de comer —susurró—. Pasa algo. —Se trasladó al otro extremo de
la celda cuando se oyeron pasos que bajaban por las escaleras. Percibí dos tipos
de pisadas distintas. Me tapé los ojos cuando la luz de la antorcha me cegó. Oí
las vueltas de la manivela y parpadeé con fuerza, guiñando los ojos para ver
quién había venido, con la esperanza de que fuera Peonius.
En cambio, vi al capitán Braxis dando vueltas a la manivela. A su lado estaba
Talasa.
—He venido a sacarte de aquí, Gabrielle —dijo la alcaidesa, adelantándose muy
decidida, con las llaves en la mano. Solté un suspiro de alivio. Por fin la mujer
había recuperado el sentido común.
La alcaidesa utilizó las llaves y abrió la puerta con un chirrido de bisagras. Sacó
el látigo.
—No voy a entrar ahí, Gabrielle. Agárrate al látigo y yo tiro de ti. —Lanzó el
extremo, que aterrizó limpiamente sobre mi pecho. Me estremecí, recordando la
pesadilla, pero lo agarré con las dos manos. Como había prometido, empezó a
tirar de mí para sacarme de la jaula.
Sentirme arrastrada fuera de la manta y por el suelo de granito no fue divertido,
pero me alegraba de salir de la celda. Cuando estuve libre, Talasa cerró la puerta
con estrépito detrás de mí y volvió a echar la llave. Braxis soltó la manivela y
Xena se frotó las muñecas dolorida, con expresión hosca.
—Vamos, deja que te ayude a sentarte —dijo Braxis, sonriendo y adelantándose.
Me alargó las manos. Agradecida, fui a agarrarlas, pero él me sujetó las
muñecas, en cambio, y volvió a empujarme bruscamente al suelo—. Ya la tengo
—dijo, pillándome los brazos por encima de la cabeza con las rodillas.
—¡¿Qué haces?! —quise saber, asustada de repente, intentando soltarme los
brazos sin éxito.
Talasa gruñó, cayendo encima de mí y sentándose a horcajadas sobre mi
estómago.
—¿Tú qué crees, Gabrielle? No voy a permitir que le cuentes a Alejandro lo que
he hecho. Ah, no, le diré que te acercaste demasiado a Xena y que ella te mató.
El miedo se apoderó de mi cuerpo al oír la frialdad de su voz.
106

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—¡Talasa, los guardias conocen la verdad! ¡No van a apoyar tus mentiras!
—Sí, sí que lo harán —dijo Braxis con mucha seguridad—. No querrán
enfrentarse a la cólera del emperador si descubre la verdad.
Talasa alargó la mano y me agarró por la garganta. Intenté resistirme, pero el
capitán me sujetaba los brazos con fuerza y la alcaidesa me tenía el cuerpo
pillado. Quise pegarle un rodillazo con la pierna rota, pero seguía dormida por el
punto de presión de Xena e inmóvil por las tablillas.
—¿Tienes miedo, Gabrielle? —preguntó Talasa, echándose hacia delante.
—Sí —susurré, avergonzada del temblor de mi voz.
—¿Esto es mejor que amarme? —susurró, a escasos centímetros de mi cara.
Oh, dioses, esto era peor que cualquier pesadilla. Me apretó la garganta con la
mano.
—¡Por favor, no hagas esto! —dije a duras penas antes de que empezara a
apretar más.
—Eh, Talasa —dijo Xena despreocupadamente desde la celda que teníamos
detrás—. ¿Por qué no la llevas fuera y la atas para que se la coman los
cangrejos? —propuso—. Una muerte más lenta y dolorosa siempre es mejor
castigo.
Mi mente chilló de pánico cuando la alcaidesa alzó la cabeza de golpe y su mano
me estrujó la garganta.
Xena se echó a reír.
—Mejor aún, ¿por qué no la encadenas y la azotas primero? Los cangrejos
acudirán a la sangre. ¡No te va a oponer resistencia, con lo incapacitada que
está!
Si acaso, la mano de Talasa se cerró aún más. Me ardían los pulmones y la
oscuridad empezaba a invadir mi campo visual.
Talasa miró a Xena por encima del hombro, con el rostro contraído en una
mueca de odio.

107

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—¡Cállate! —gritó.
—No le hagas caso —la instó el capitán—. ¡Acaba de una vez!
—Da gusto, ¿verdad, Talasa? —sonrió Xena—. ¿Tener el poder de la vida y la
muerte en tus manos? ¿La capacidad de castigar como te plazca? ¡Ahora
comprendes por qué a mí me gustaba tanto!
Noté que la mano de la alcaidesa temblaba al tiempo que sus dedos se
incrustaban en mi cuello. Cerré los ojos antes de que la oscuridad me tragara
por completo.
De repente la presión que me cerraba la garganta se aflojó y jadeé recuperando el
aliento. Talasa soltó un grito de rabia primitiva y me agarró del pelo,
estrellándome la cabeza en el suelo con todas sus fuerzas. La cabeza me estalló
con una explosión de estrellas y dolor y cuando por fin se me despejó la vista, vi
a Talasa de pie por encima de mí, con la mano en la cara, mirándome
horrorizada y confusa.
Por un segundo tuve la esperanza de poder escapar de esta isla con vida, pero
Braxis me agarró del pelo y volvió a estamparme la cabeza en el suelo,
borrándome todo pensamiento coherente. Se levantó y sacó la espada mientras
yo yacía allí demasiado atontada para moverme, luchando con una bruma roja
de dolor que amenazaba con dejarme sin sentido.
—Lo haré yo —gruñó Braxis, apartando a Talasa de un empujón. Movió las
manos en la empuñadura para sujetar la espada hacia abajo y la levantó para
clavármela en el pecho como si fuera un sacrificio.
—¡No! —gritaron Xena y Talasa a la vez cuando sus músculos se tensaron.
Impulsada por el terror ciego, conseguí apartarme en el momento en que bajaba
la espada hacia mi cuerpo. Me hirió entre la parte superior del brazo y el pecho y
golpeó el granito con un resonante tono metálico.
—¡Maldita sea! —exclamó Braxis y yo aullé de dolor cuando la espada me rajó
aún más el brazo al retirarla para volver a intentarlo. La sangre salió a
borbotones cuando la hoja se soltó, cubriendo de rojo mi peplo blanco. Talasa se
tiró contra Braxis antes de que pudiera golpear de nuevo y los dos se chocaron
con los barrotes de la jaula de Xena.

108

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

Rápida como el rayo, Xena le incrustó los dedos a ambos lados del cuello y él se
desplomó de rodillas a sus pies.
Me apreté el brazo con la mano, intentando desesperada detener el chorro de
sangre de la arteria.
Talasa miró a Xena aterrorizada, sin moverse. Xena la agarró de los hombros y la
zarandeó.
—Talasa, reacciona. ¡Tienes que ayudar a Gabrielle!
Sentí que iba perdiendo el conocimiento junto con el hilo de sangre que todavía
se escurría entre mis dedos, pero vi que Talasa me miraba, luego miraba a
Braxis y por fin las manos de Xena sobre sus hombros. Se apartó de las manos
de Xena y luego la oscuridad se apoderó de mí.

Oí que Xena me hablaba.
—Aguanta, Gabrielle, no me dejes ahora. Resiste, sé que puedes hacerlo.
Me obligué a abrir los ojos y la vi inclinada sobre mí, aferrándome el brazo con
las dos manos, con los largos dedos empapados de sangre. Mi sangre.
—¿Xena?
Sonrió y creí ver lágrimas en su cara.
—Sí, aquí estoy, Gabrielle. ¡Te vas a poner bien! Talasa ha ido a buscar al
sanador.
Entonces me di cuenta de que las dos estábamos fuera de su celda.
—Deberías escapar —susurré, temblando de frío. Me sentía totalmente
entumecida.
Xena sonrió con ironía.
—Estoy justo donde debo estar —dijo y me besó en la frente. Intenté tocarle la
cara, pero el movimiento me provocó un latigazo de dolor y volví a desmayarme.

109

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

El ruido de un llanto me hizo recuperar el conocimiento y me di cuenta, con
cierta sorpresa, de que todavía debía de estar viva.
—¿Xena? —gemí.
—¿Gabrielle? ¡Gracias a los dioses!
No era la voz de Xena y me obligué a abrir los ojos. Estaba en mi habitación, en
mi propia cama, y pasé a hacer un rápido repaso de mi estado. Me dolía la
cabeza, tenía el brazo vendado, mi pierna rota estaba firmemente entablillada
con tablas de madera y tenía mucha hambre.
Talasa estaba sentada a mi lado, con los ojos enrojecidos y las mejillas mojadas.
Cuando vio que la miraba, se arrodilló junto a mi cama, con ojos suplicantes.
—Gabrielle, por favor... perdóname. No... no sé qué me ha pasado...
—¿Qué ha ocurrido? —pregunté, algo divertida al descubrir a otra mujer junto a
mí suplicando que la perdonara. Qué experiencia tan extraña estaba resultando
este viaje.
—He... he intentado matarte —susurró Talasa.
—Ya lo sé —dije—. Pero no lo has hecho.
—Gabrielle, lo siento muchísimo, de verdad. No soy una asesina. Sé... que tal vez
no me creas, pero yo no soy así... es que... es que estaba como perdida...
Sonreí.
—Xena te lo hizo ver —dije en voz baja. La alcaidesa me miró, con expresión
interrogante—. ¿No te das cuenta? Por eso te dijo que me dejaras con los
cangrejos. Quería que te dieras cuenta de que me estabas haciendo a mí lo
mismo que te hizo ella a ti.
—Funcionó —dijo por fin.
Le sonreí ampliamente.
—Me alegro de que te hayas vuelto a encontrar.
110

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—Eres... eres una persona asombrosa, Gabrielle —dijo, estrechándome un
momento la mano.
Mi mente volvió a la celda, donde Xena me había estrechado tan a menudo la
mano de forma parecida. Se me cortó la respiración al recordarlo.
—Por favor, dime qué ha sido de Xena y del capitán Braxis.
Talasa apartó la mirada.
—Xena está en su celda. Ni siquiera intentó escapar. El capitán está encerrado
bajo guardia en sus aposentos.
—Me alegro de que no haya... —Iba a decir "muerto", pero una mirada
angustiada de Talasa me lo impidió.
—No sé por qué quería hacerte daño —dijo la alcaidesa en un susurro
torturado—. No sé por qué me siguió la corriente.
Ante su sorpresa, sonreí.
—Talasa, él haría cualquier cosa por ti. Aparte de eso, probablemente estaba
celoso.
—¿Celoso? —repitió la alcaidesa, desconcertada—. ¿De ti?
Asentí.
—Te quiere —le dije—. ¿Es que no lo sabías?
Ella negó con la cabeza medio atontada y me pregunté con tristeza si las cosas
habrían sido distintas si se hubiera dado cuenta antes. ¿Podría haber sentido lo
mismo por él?
Dos lágrimas resbalaron por sus mejillas, tal vez dándome la respuesta.
—Lo siento —dije, muy en serio. Tal vez estaba demasiado agotada para sentir
rencor por el daño que me habían hecho o tal vez se debía a que ya había
aprendido una buena lección sobre la inutilidad del odio, pero no sentía la menor
rabia contra Talasa o el capitán.
Sonrió irónicamente y luego tragó.
111

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—Ayer envié un mensaje al emperador, explicándole todo lo que ha ocurrido.
No le dije que lo más seguro era que ya estuviera de camino.
—Es un hombre clemente, Talasa. No tienes por qué sentir miedo de él.
Asintió.
—Gracias, Gabrielle.

Unos gritos emocionados procedentes del patio anunciaron la llegada de
Alejandro varios días después.
No perdió el tiempo en acudir a mis aposentos.
—¡Alejandro! —exclamé encantada, abriendo los brazos cuando su alta figura
apareció en la puerta y él se abalanzó para darme un abrazo.
—¡Gabrielle! —Me estrujó hasta dejarme sin aliento y luego me miró
atentamente, tomando nota de cada herida y cada golpe—. Por los dioses, cómo
me alegro de verte con vida. He venido lo más deprisa que he podido. Ya veo que
el mensaje que recibí no estaba nada claro, aunque eso no me sorprende. ¡Decía
que la alcaidesa te había encerrado en la celda de Xena! —Se echó a reír ante lo
que para él era una ridiculez evidente y luego se puso serio—. Casi me esperaba
llegar para recuperar tu cuerpo y ofrecerle un funeral.
Meneé la cabeza.
—Me alegro de que no haya sido así. Pero el mensaje que recibiste era correcto.
La alcaidesa y yo tuvimos un... desacuerdo. Llevada por la rabia, me tiró por
unas escaleras y mandó encerrarme en la celda de Xena.
Alejandro se arrodilló junto a mi cama, cogiéndome la mano entre las suyas.
—Por la clemencia de Atenea, amiga mía... ¿cómo has sobrevivido?
—Fue muy raro —dije despacio—. Xena... me cuidó. Me ayudó. Hasta me
entablilló la pierna.
—¡¿Quieres decir que no fue ella la que te la rompió?!
112

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—No, eso ocurrió en la caída.
—¿Y esto? —Me tocó en vendaje del brazo.
—Eso lo hizo el capitán Braxis. —Le resumí lo que había ocurrido después de
que Talasa me sacara a rastras de la celda—. Xena me salvó la vida, Alejandro.
Soltó un bufido.
—Muy interesante. ¿Qué estará tramando?
—¡No, no es eso en absoluto! ¡Podría haber escapado si hubiera querido! —
¿Cómo podía explicarle que había cambiado? —. Está distinta, Alejandro.
—¿Escapado? ¿De esta isla? Muy improbable. ¿Distinta? Lo dudo. Debe de
haberte estado utilizando para atacarme. —Sonrió—. Pero afortunadamente tu
tortura ha terminado. Mañana regresamos a Corinto.
—¿Regresamos a Corinto? —repetí, conmocionada por lo repentino de la
decisión.
—¡Por supuesto! No querrás quedarte aquí, ¿verdad? No pueden cuidarte como
es debido.
Tenía razón. Tendría que querer marcharme. Ya tenía lo que había venido a
buscar, la historia de Xena, la razón de que se hubiera convertido en señora de
la guerra y mucho, mucho más. En el palacio, podría escribir cómodamente a
pesar de la pierna rota, atendida por criados a quienes se les pagaba bien por
ocuparse de mis necesidades, en lugar de tener que confiar en la bondad de los
guardias del penal y en el anciano y hosco sanador. Me vendría bien que me
mimaran un poco, volver a vivir en el lujo tras la fría oscuridad de la celda de
Xena. Pero descubrí que tenía una extraña falta de entusiasmo ante la idea de
marcharme.
—Gabrielle, ¿qué pasa? —preguntó Alejandro, preocupado por mi evidente
vacilación—. No te dará miedo el viaje, ¿verdad? Me he enterado de que te
mareaste al venir, pero con mi barco y los vientos predominantes, no tardaremos
tanto en volver.
—No, no, no es eso —dije. ¿Qué era, pues? Ahondé en mi corazón y me quedé
pasmada ante lo que descubrí. No podía creer que fuera a decir esto, pero tenía
que reconocer la verdad—. No... no quiero dejar a Xena.
113

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

Se echó a reír.
—Sé que estás decidida a obtener tu historia, pero eso tendrá que esperar a que
estés curada. En cuanto tengas bien la pierna, te enviaré de vuelta en el primer
barco de suministros.
¡Dioses, cómo quería a este hombre! ¿Pero cómo podía hacérselo entender?
—Alejandro, ya tengo mi historia. No quiero dejar a Xena porque, bueno,
porque... —Tragué, incapaz de continuar.
Él abrió la boca para decir algo y luego la cerró. De repente, se le llenó la cara de
preocupación.
—Estás herida. Y te has fracturado el cráneo. —Me tocó la cara dulcemente—. Es
lógico que estés desorientada después de tener una lesión en la cabeza,
Gabrielle. Deja que te lleve con mis sanadores, te lo ruego.
Gemí por dentro. Esto iba a ser dificilísimo. A mí me había costado muchísimo
superar el odio que sentía por Xena y sabía que los sentimientos de Alejandro
eran tan intensos como los míos. Casi me parecía que lo estaba traicionando al
confesar... al confesar... ¡Oh, dioses, ayudadme! Noté que se me llenaban los ojos
de lágrimas al tiempo que movía la cabeza para negarlo.
—Gabrielle, ¿qué pasa? —preguntó Alejandro con ternura.
Me tapé la cara con las manos, incapaz de ver la expresión de su cara.
—Oh, dioses, creo... creo que la amo.
Se quedó en silencio un momento, como si intentara decidir si me había oído
correctamente. Por fin, me apartó las manos de la cara.
—¡¿Que la qué?!
—Amo a Xena —sollocé.
Él sacudió la cabeza con rabia.
—¡No! No, no la amas. ¡No puedes! ¡Estás herida!
—¡No lo entiendes! ¡Me salvó la vida! ¡Oh, Alejandro, ha cambiado!
114

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—¡¡No te creo!!
—¡Es cierto! ¡Lamenta lo que ha hecho!
—¡Te está engañando, Gabrielle! —me gritó—. ¡Malditos sean los dioses, tendría
que haberla matado en la llanura del Monte Citerón!
—¡No! ¡No! ¡Alejandro, no es eso! No te das cuenta... está... es... una redención.
—Me reí entre lágrimas—. Se ha redimido. Contra todos nuestros pronósticos.
Tienes que verla. ¡Habla con ella! ¡Tú mismo lo verás!
—¿Reconocerá que ha sido conquistada?
—¡Sí! ¡Tal vez! ¡No lo sé! Pero Alejandro, sabe que ha hecho mal y lo lamenta.
¿Acaso pediría perdón la Xena que odiábamos?
—Claro que no.
—Pues lo ha hecho. Me ha pedido perdón por crucificarme. Hasta me dijo que lo
lamentaba.
—¡Manipulaciones!
—¡Se echó a llorar!
Eso lo dejó parado. Sabía que Alejandro no podía imaginarse a Xena llorando
para manipularme a mí, que podría contárselo al mundo más adelante.
Asentí.
—Lo hizo, Alejandro.
Se quedó pensativo un momento, aunque seguía furioso.
—¿Cuánto tiempo estuviste en su celda?
—Doce días.
—¡¿Doce días?! ¿Te dejó vivir doce días?
Asentí de nuevo.
Se pasó la mano por el pelo.
115

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—Gabrielle, lo siento. Es que no me lo puedo creer.
—Por favor, Alejandro, tienes que confiar en mí. ¿Alguna vez te he engañado?
Reconozco que estoy herida, ¡pero no estoy loca!
Se puso a dar vueltas por mi habitación. Al cabo de cuatro vueltas, se detuvo.
—Muy bien. Iré a hablar con ella.
—Gracias.
Recé para que a Xena no le diera uno de sus ataques. En cuanto intentara
escupirle, sabía que se marcharía. Tal vez, sólo tal vez, se mostrara lo
suficientemente contrita como para convencerlo de que yo no me engañaba por
completo.

Alejandro volvió poco después y se me cayó el alma a los pies al ver su rostro
impasible. Se sentó en silencio en la silla de mi mesa.
—No ha reconocido que la has conquistado, ¿verdad? —pregunté, conteniendo
una súbita oleada de amargura.
—No, no lo ha hecho. —Frunció los labios un momento antes de volver a adoptar
la misma expresión inescrutable—. Sin embargo, me ha recordado enfáticamente
que te ha salvado la vida.
—¿Sí? ¿Y qué le has dicho?
—Le he dado las gracias.
—¿Y luego qué?
—Me ha pedido que se lo compense.
—¿Cómo?
—Con una ejecución honorable.
Solté una exclamación de horror.

116

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—Oh, no... ¡oh, no!
—He aceptado.
Me sentí desvanecer.
—¡¡¡No!!! ¡Oh, no! ¡No puedes! ¡No lo has hecho! Oh, Alejandro, ¡¿cómo has
podido?!
—Es la recompensa que ha pedido, Gabrielle. Al menos, le debo eso.
Qué ironía tan cruel. Cuántos años me había pasado deseando ver muerta a esta
mujer y ahora que podía conseguirlo con la conciencia limpia y tranquila, no
soportaba la mera idea.
—¡Llévame con ella!
—No, Gabrielle. Es mejor así.
—¡Si no me llevas con ella, iré yo misma arrastrándome!
Me conocía lo suficiente como para saber que no lo decía en broma. Sin decir
palabra, se inclinó y me cogió en brazos. Dos guardias nos precedieron escaleras
abajo hasta la celda de Xena.
—Quietos —les dijo Alejandro cuando empezaban a girar la manivela. Pasó
conmigo ante sus miradas sorprendidas y se inclinó para depositarme en el
banco.
—No —dije—. Ponme ahí, junto a los barrotes.
Xena estaba sentada en el rincón opuesto, pero no quería que Alejandro tuviera
que llevarme hasta ella.
—Gabrielle... —empezó a protestar.
—¡Hazlo!
Xena soltó una risita cuando obedeció.
—Diría que te tiene dominado un chocho, Alejandro, pero Gabrielle me ha dicho
que te van más los chicos.
117

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—Cómo voy a disfrutar matándote mañana, Xena —contestó él, irguiéndose con
rostro ceñudo.
Con ayuda de los barrotes, conseguí sentarme.
—Por favor, basta —les rogué—. ¡Basta ya!
Los dos se quedaron mirándome.
—Alejandro, por favor, ¿quieres llevarte a los guardias y dejarnos a solas? —le
pedí cuando estuve segura de que me estaban atendiendo.
—Yo no me marcho —dijo él, aunque despidió a los guardias con un gesto.
—No —dijo Xena al mismo tiempo.
Yo no sabía si echarme a llorar o gritar.
—Xena, tengo que hablar contigo —susurré, decidiendo no hacer ninguna de las
dos cosas.
—Puedes despedirte delante del niño bonito. —Su tono era frío, distante, y no me
miró al decirlo.
Me apoyé en un barrote para sostenerme.
—¿Crees que he venido por eso? ¿Para despedirme?
Sus ojos me miraron un instante y luego volvieron a desviarse.
—¿Es que no es así? Ya tienes lo que buscabas, ¿no? Te he hablando de mi
pasado. Ya es hora de que vuelvas a casa, niña.
Estaba intentando enfadarme a propósito, pero fracasaba miserablemente. En
cambio, se me estaba rompiendo el corazón.
—Xena, por favor, no hagas esto —susurré, incapaz de contener las lágrimas
esta vez.
Vi que se le contraían y relajaban los músculos de la mandíbula, pero seguía
negándose a mirarme.

118

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—Quiero morir.
No pude soportarlo. Me agarré a los barrotes de la jaula, deseando romperlos.
—¡No! —le rogué—. ¡Por favor, no! ¡Vendré a verte todos los días! Te contaré
todas las historias que conozco... cada poema que escriba... ¡te lo juro!
Entonces me miró y el dolor que vi en sus ojos enrojecidos me dejó sin aliento.
—Gabrielle —dijo apagadamente—, éste no es tu sitio. No puedes pasarte la vida
en este agujero. Mereces algo muchísimo mejor.
—Xena, te amo.
Su cara se contrajo de dolor como si la hubiera golpeado físicamente. Cayó de
lado, acurrucada en posición fetal, con la cara entre las manos, ocultando sus
lágrimas.
Empecé a arrastrarme hacia ella, consciente sólo de una necesidad abrumadora
de abrazarla.
—Por Zeus bendito —soltó Alejandro, agarrándome por los hombros y
llevándome medio a cuestas, medio a rastras alrededor de la celda hasta donde
estaba Xena. Metí los brazos en la celda y tiré de ella hacia mí. Echándome de
lado, le rodeé la espalda con los brazos, detestando los fríos barrotes de metal
que nos separaban.
—No hagas esto, Gabrielle —suplicó Xena.
—No puedo negarlo, Xena —susurré—. Te amo. Por favor, no mueras.
Se dio la vuelta para mirarme y me tocó la mejilla con dedos mojados.
—Esto es tan malo para ti. ¡Sólo te he hecho daño...!
—Tu muerte me haría aún más.
—Tú... nosotras... no podemos... ¡vivir así!
—Xena, ¿tú me amas? —Tenía que saberlo, tenía que oír su respuesta, aunque
me destrozara.

119

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

Vi el dolor de sus ojos, la decisión.
—No —susurró por fin y se apartó de mí—. Déjame en paz.
Me di cuenta de que lo hacía para protegerme. Pensaba que me marcharía con
Alejandro y que acabaría olvidándome de ella, llevando una vida larga y feliz en
otra parte. Pero no podía estar más equivocada.
—Xe... —Me ahogué con su nombre y no pude continuar.
Alejandro intentó apartarme de los barrotes, pero le di de manotazos para que
me dejara.
—¡Vete! —le grité, recuperando la voz—. Xena, por favor, dime la verdad —
supliqué.
—Quiero morir —repitió roncamente.
Metí la mano por los barrotes y le acaricié la cabeza.
—¿Por qué, Xena? ¿Por qué?
Empezó a temblar, pero no quiso contestar.
—Xena, crees que me estás ayudando, pero no es así. Tú no sabes lo que es
bueno para mí. No lo sabes. Tu muerte será la mía también, porque no sé cómo
voy a vivir sin ti.
Se volvió de nuevo y abrió los ojos despacio. Me encontré con su mirada de
angustia con total franqueza, intentando que viera que le decía la verdad.
—Gabrielle —susurró.
—¡No...! —Le toqué la mejilla—. Xena, ¿me amas? Por favor, dime la verdad.
Vi que su decisión se venía abajo poco a poco y se echó a llorar de nuevo.
—Sí —jadeó por fin—. Dioses, sí.
Mi corazón echó a volar.
—Xena, ¿confías en mí?
120

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—Sí.
—Xena, ¿te ha conquistado Alejandro?
Por favor, miente, por favor, miente, por favor, miente.
Se quedó paralizada y sus ojos soltaron un gélido destello azul al encontrarse
con los míos.
—Las dos sabemos la verdad —dije, intentando sonreír a través de mis propias
lágrimas—. Confía en mí, por favor. ¿Te ha conquistado Alejandro?
—Por ti —dijo por fin, sin apartar los ojos de los míos—, reconoceré que
Alejandro me ha conquistado. —Sonrió de medio lado—. Y que tú has
conquistado mi corazón.
Miré triunfante a Alejandro. Éste miraba a Xena sin dar crédito.
—¡Revoca su condena! —le rogué, incorporándome hasta sentarme—. Dijiste que
lo harías si alguna vez lo reconocía.
Él se puso a dar vueltas.
—No puedo dejarla libre, Gabrielle.
—Ya lo sé, pero no tiene por qué quedarse encerrada en esta celda. Deja que su
encierro sea toda esta isla, en cambio.
—Es un peligro para los guardias.
—No merezco tu clemencia, Alejandro —dijo Xena con tono apagado,
incorporándose también—. Pero te juro que no haré daño a los guardias.
Alejandro se volvió en redondo para mirarla.
—¡¿Cómo puedo fiarme de ti?!
—Yo me fío de ella —intervine con firmeza.
Él hizo una mueca.

121

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—No puedo hacerlo, Gabrielle. Acabará matándote... y también a mucha otra
gente.
—¿Te fías de mi palabra de honor como guerrera? —preguntó Xena antes de que
yo pudiera contestar.
Él se lo pensó un momento.
—No. No me creo esta farsa que te traes entre manos, Xena. No la comprendo y
desde luego no me fío de ella.
—Alejandro... —empecé.
—¡Te está utilizando, Gabrielle! —me vociferó y yo me encogí ante su furia—.
¿¡Es que no te das cuenta!? Si dejo que salga de esa celda, te matará, matará a
los guardias y antes de que nos demos cuenta, ¡estará dirigiendo un ejército
contra mí!
—¡Eso no es cierto! —protesté débilmente—. ¡Hace tiempo que podría haber
escapado!
—¡Mentiras y manipulaciones! —rugió él—. Morirá mañana, Gabrielle. Y si no
quieres marcharte conmigo ahora, enviaré a los guardias para llevarte por la
fuerza. —Intentó agarrarme de los hombros para apartarme de los barrotes, pero
yo le pegué una bofetada en la cara con todas mis fuerzas.
—¡No me toques! —bufé—. ¡No vuelvas a tocarme jamás!
Retrocedió sorprendido, luego frunció el ceño y se dio la vuelta, dirigiéndose a las
escaleras.
Me eché a llorar. Ahora Xena iba a morir, tanto si quería como si no, y mi vida
entera estaba destrozada.
—Alejandro, espera —dijo Xena, poniéndose en pie con dificultad—. ¡Por favor!
Él dudó un minuto sin volverse.
—No tienes motivo alguno para fiarte de mí —dijo ella—. Eso lo comprendo.
Tienes todos los motivos para desconfiar de mis razones. Eso también lo
comprendo. Hubo un tiempo en que habrías estado totalmente en lo cierto.
Habría hecho cualquier cosa, habría manipulado a cualquiera para salir de este
122

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

agujero miserable y recuperar la libertad. Créeme, los primeros meses que estuve
aquí lo intenté. Pero ya no. No sé cómo convencerte de esto, pero jamás le haría
daño a Gabrielle.
—¡La crucificaste!
—Y fue un acto horrible. Ojalá pudiera deshacerlo, pero no puedo.
—Bonitas palabras, Xena. Si creyera que naciste con corazón, hasta podría
creérmelas. —Dicho lo cual, se marchó.
Xena suspiró profundamente y se sentó a mi lado, cogiéndome en sus brazos
como mejor pudo con los barrotes y las cadenas de por medio.
—Lo siento, amor mío —dijo suavemente—. ¡Por favor, no llores!
Yo no podía parar.
—¡Se cree que estoy irracional! —Hundí la cara en su hombro—. ¡Cree que me he
dado un golpe en la cabeza y que no puedo pensar como es debido! ¡No quiere
creer que hayas cambiado!
Xena me besó en la cabeza.
—Gabrielle, estás irracional al haberte enamorado de mí. Él sólo intenta
protegerte.
—¡Pues ya no quiero su protección!
—Bueno, creo que puedo decir con bastante conocimiento de causa que a los
"Dirigentes del Mundo" no les hace gracia en general que les den una bofetada —
bromeó—. Pero me parece que te va a hacer falta algo más que eso para convecer
a Alejandro de que te abandone.
Solté un resoplido entre lágrimas.
—¡Pues la próxima vez tendré que darle una patada!
Xena se rió por lo bajo.
—Eso me gustaría verlo. —Volvió a besarme con seriedad—. ¿Me prometes una
cosa, Gabrielle?
123

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—¿El qué?
—Prométeme que seguirás adelante sin mí.
Me aparté de ella para poder verle la cara, sin poder creer que fuera tan cruel de
pedirme una cosa así.
—¡No!
Su cara se contrajo de dolor.
—Siento tanto que esté pasando esto, Gabrielle. Lo lamento tanto. Todo. Nunca
podría salir nada bueno de algo que tenga que ver conmigo. Lo mejor es que
muera mañana. Lo mejor es que te libres de mí para que no pueda volver a
hacerte daño.
—¡No digas eso! —dije, poniéndole dos dedos sobre los labios, recordando cómo
habíamos hecho el amor—. ¡Eres lo peor y lo mejor que me ha pasado en mi vida!
Lo digo en serio, Xena. No sé cómo voy a poder vivir con el corazón roto.
—Tendrás que encontrar una forma, Gabrielle. Por mí... ¿por favor?
—Te amo, Xena.
—Y yo te amo a ti, Gabrielle.
Nuestro tierno abrazo quedó interrumpido por unos fuertes pasos en las
escaleras seguidos de juramentos entre dientes. Miré a Xena, confusa. No
parecían los guardias. Ella captó mi mirada y se encogió de hombros.
Momentos después apareció de nuevo Alejandro al pie de las escaleras.
—Por Zeus bendito —rezongó—. ¡Nunca en mi vida he oído unas confesiones de
amor más ridículas, bobas, melosas y asquerosamente desgarradoras!
Me lo quedé mirando pasmada.
—¡¿Estabas escuchando?!
¡Eso no era digno de él!

124

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—Ha sido sin querer —dijo defendiéndose—. No podía dejarte aquí abajo sola,
Gabrielle. Me detuve a mitad de las escaleras. Y entonces os oí hablar... Mm, al
parecer la acústica es muy buena... Simplemente decidí no interrumpiros, nada
más.
Era evidente que estaba más cortado que enfadado y noté que podía estar
dispuesto a renegociar. La pregunta era, ¿hasta dónde estaba dispuesto a llegar?
—Alejandro —dije, intentando secarme los ojos con mi peplo—. Por favor,
reconsidera la condena.
Se cruzó de brazos, con rostro ceñudo.
—Levántate, Xena.
Despacio, ella obedeció, adoptando la misma postura que él.
Él sonrió.
—¿Te he conquistado, Xena?
Xena también sonrió.
—Te he dejado, por supuesto, pero sí, me has conquistado.
—¿Que me has dejado?
—Mm-mm.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo lo explicas?
Ella dejó de sonreír.
—Después de lo de Atenas... bueno, digamos que dejé de creer en lo que estaba
haciendo.
Alejandro se puso pálido, y supe que estaba recordando la guerra y cómo
entonces habían cambiado las cosas contra todo pronóstico.
—Alejandro... —empecé, pero me detuvo alzando una mano.

125

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—Jura por lo que más quieras que no intentarás escapar de esta isla, Xena. Jura
que no intentarás hacer daño a los guardias ni a nadie del personal.
—Hecho —dijo Xena sin vacilar—. Lo juro por mi amor por Gabrielle.
Se miraron fijamente a los ojos y parecieron intercambiar algo, un entendimiento
tácito que sólo ellos compartían. Al cabo de unos segundos, Alejandro asintió.
—Que así sea. Quedas confinada a esta isla de por vida, Xena. No rompas tu
palabra o ya sabes que mi castigo será duro y rápido.
—Lo tendré presente —dijo ella.
Él me miró.
—Más vale que no te equivoques con esto, amiga mía.
Sonreí.
—No me equivoco. Lo sé en lo más hondo de mi corazón.
Asintió.
—Ahora, si me disculpáis, tengo que ocuparme de la alcaidesa y del ex capitán.
¿A menos, claro está, que quieras marcharte conmigo? —preguntó, mirándome.
Hice un gesto negativo con la cabeza.
—Se clemente, Alejandro —le imploré—. Talasa, sobre todo, lamenta lo que ha
hecho. También ella me salvó la vida al final.
Asintió y se marchó de nuevo, y yo me volví hacia Xena.
—Por favor, amor mío, dime que compartir la vida conmigo en esta isla es mejor
que la muerte.
—Gabrielle... —empezó y luego tragó, al tiempo que sus hermosos ojos azules se
llenaban de lágrimas—. Es mucho más de lo que merezco —susurró—. No
merezco ser tan feliz.
Sonreí de buen grado.

126

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

—Shhh. Por favor, no llores —dije, y sentí que se me llenaba el corazón de una
alegría absoluta, sabiendo que ahora podía compartir mi vida con la mujer a la
que amaba. Me eché hacia delante y la besé... con mis labios, mi corazón y mi
alma.

FIN

127

Conquistada de Leslie Ann Miller

Traducción: Atalía

J7 y XWP
(Traducciones al español y demás)
https://j7yxwp.wordpress.com

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estrellas que la consideres merecedora.

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