FANTASMAS Para que un fantasma tenga cierta credibilidad conviene que esté muerto.

Así lo debió entender mi tío Emerio antes de suicidarse. Porque, dicho sea desde el principio, mi pariente no tenía ningún motivo para borrarse del mundo de los vivos, si se exceptúa, claro, que quería pertenecer al mundo de los muertos. Unos cuantos gramos de cianuro potásico le allanaron el camino. Mi tío siempre fue un enamorado de los fantasmas. Admiraba sus elegantes trajes de noche blancos y su sutil andar silencioso, no andan, sobrino, se deslizan. Admiraba también su gusto por los castillos y las mansiones aristocráticas. Los fantasmas que aparecían en casas humildes no eran apreciados por mi tío. No era desprecio a su entidad sino a su conducta. Decía que los pobres ya tenían bastante con sus propios fantasmas - la amenaza del paro, las exigencias de la prole, los largos meses en los que no se llega a final- para asustarse con sábanas flotantes u otras zarandajas. Además, su poder adquisitivo no les daba ni para un fantasma. Se podían permitir alguna superstición, que son gratis, pero nunca un buen fantasma. Hay que tener cierta alcurnia para tener acceso a un fantasma mediano. Para tener un fantasma de calidad se debe ser conde o duque por lo menos. Los reyes tienen los mejores fantasmas, ese es el problema de las monarquías, sobrino, me dijo mi tío Emerio, que están llenas de fantasmas, que si el estado soy yo, que si en mis dominios nunca se pone el sol, que si el rey reina, pero no gobierna..: fantasmadas, sobrino, todo fantasmadas. Era otra forma de verlo, sin duda. Los arcanos del mundo de los fantasmas no son tan insondables como la gente cree. Yo pienso estudiarlos hasta descubrirlos todos y poder explicarlos a la humanidad, decía mi tío. Trabajo en la metodología adecuada para poner en marcha mi estudio. Es posible que me suponga grandes sacrificios, pero merece la pena. Ya te contaré. Durante el mes siguiente no supe nada de él. Después supe que lo habían encontrado muerto: Sentado en su sillón, cubierto por una sábana blanca con dos aberturas a la altura de los ojos y una taza de café con cianuro caída a sus pies. Rafael Úbeda Márquez © 2010