Pap

El reloj en forma de gato movía su cola al ritmo en que sus ojos suspicaces miraban de un lado al otro. La habitación se encontraba totalmente revuelta: almohadas destripadas, juguetes rotos, crayones partidos y la basura regada. Parecía que un huracán había tenido lugar, precisamente en el cuarto de Diego y era en medio de la habitación, donde él se encontraba, cabizbajo y arrodillado, apoyado en sus manitas apretadas formando un puño. Se podían escuchar a sus pobres tripas exigiendo la merienda, pero ya era demasiado tarde, lo habían mandado a la cama sin cenar. Y es que, minutos antes, le había proferido un insulto a su padre, una palabrota que le habían hecho jurar, nunca pronunciaría de nuevo. Diego detestaba a su padre ya que, había sido él, quien diseñó casi todos los castigos con los que le amonestaban cuando hacia algo malo. En la planta baja su madre había sacado una botella llena de vino tinto y regresaba a la mesa con dos copas en la otra mano. -¿Te sirvo, cariño?- preguntó, al tiempo en que casi llenaba su copa con el líquido rojizo opaco. -Si sobra – respondió, con una poco convincente sonrisa con la que pretendía dar a entender que todo estaba bien. Ella le miró a los ojos y rápidamente regresó la mirada a la botella al tiempo en que se dibujaba en su rostro una media sonrisa. Sentados en la mesa del comedor, cada uno bebía silenciosamente su copa de vino. El ambiente todavía estaba algo tenso y cada uno buscaba, cuidadosamente, una manera de reiniciar la conversación. Fuera de la casa una brisa de viento movía ligeramente las hojas de los árboles que se encontraban del otro lado de la acera, las mortecinas luces de los faroles iluminaban la calle y un sedan se estacionaba junto a la oscura banqueta. -Ha sido sólo un pequeño capricho, no te preocupes por eso- dijo ella. -No creo que sea sólo eso, él… me odia- dijo con una expresión seria. Él sabía que Diego lo odiaba, a pesar de que siempre hacía todo lo posible para ganarse su cariño, a pesar de que varias veces le había comprado juguetes y dulces después del trabajo y a pesar de que hasta hace unos minutos él había cortado su trozo de ternera como le gustaba, en pedacitos pequeños. Y es que ése era un ritual que Diego había compartido con su padre durante años; siempre, antes de comenzar a cenar, él tomaba el cuchillo y partía su cena en pequeños trozos para que Diego pudiera comerlos mejor. Era algo que siempre había hecho, desde que Diego podía recordar, algo que lo hacía sentir

que su padre estaba ahí con él, que lo protegía, que no importaba lo que sucediera, siempre podría contar con la tranquilizadora mano de su padre y saber que todo estaría bien. Pero esa noche, él estalló en una furiosa pataleta que concluyó con una terrible injuria hacia su padre. Como consecuencia su madre se había levantado de la mesa de un salto y con un enérgico grito le había dicho “¡Te vas a la cama sin cenar!”. Con la frente apoyada en el piso de su habitación y los pequeños puños dando golpecitos al suelo, en voz baja, seguía profiriendo insultos hacia su padre, una y otra vez decía – ¡Eres un tonto, un tonto!- en ese momento un pensamiento entró en su mente como un viento helado que recorre las calles de la ciudad a media noche, crispando su cuerpo. – Quisiera… que… estuvieras muerto…- dijo, levantando lentamente la frente del suelo. En su rostro se apreciaba la manera en la que la idea iba tomando forma hasta convertirse en una firme resolución -¡Quisiera que estuvieras muerto!- dijo al fin. El eco de sus palabras retumbó en la profundidad de su inconsciente hasta encontrar el camino que lo conducía hacia su corazón. El reloj continuaba su incesante caminar y las manecillas se movían con insólita velocidad hasta marcar la 1:05 de la madrugada. Diego se había quedado dormido abrazado fuertemente de su oso de felpa gigante al que le faltaba un ojo de botón. Su tranquila respiración fue bruscamente interrumpida por un sonido atronador que lo hizo despertar de golpe. Era un sonido que nunca antes había escuchado, pero que le producía un escalofrío que helaba su sangre, no por la estridente explosión sonora sino por el frío presagio que amenazaba en cada sombra de la casa. El fuerte palpitar de su corazón se sentía claramente como si alguien le hubiera implantado un reloj de cuerda en el pecho; con los nervios de punta y los ojos bien abiertos, se debatía en un diálogo interno sobre si debía ir a la planta baja a investigar lo que había pasado o quedarse quieto en la seguridad de las sabanas. –Después de todo, mi mamá está allá fuera. Seguro que ella se encargará de cualquier cosa que pase- se decía a sí mismo. Pero la confianza que sentía en su madre se esfumó cuando un fugaz pensamiento cruzó su mente ¿y si a ella le había pasado algo? La poca seguridad que había tenido hasta entonces se desmoronó dejando tras de sí un terror abrumador y la imperante necesidad de salir de la cama de un salto y correr hasta la puerta de su habitación. Cuando se dio cuenta se encontraba cruzando el corredor con pasitos silenciosos buscando indicios de cualquier cosa que le pudiera dar una idea de lo que había ocurrido. Cuando llegó al cuarto de sus padres se encontró con la puerta cerrada -¿Será posible que no hayan escuchado nada o tal vez nunca hubo ninguna explosión y todo fue producto de mi imaginación?- pensó. Sin embargo la posibilidad de que su madre

estuviera en peligro lo empujó a seguir adelante y con mucho sigilo abrió la puerta de la habitación de sus padres. Lo que encontró fue algo tan fuera de lo común que dio rienda suelta a su imaginación contemplando diversos escenarios posibles, cada uno más horroroso que el anterior. La cama estaba hecha, los estantes y cajones cerrados, el tapete bien acomodado y los libros perfectamente apilados en la mesita de noche. Nada, ni siquiera una sola señal de que alguien hubiera dormido ahí ¿Habrán salido mientras yo dormía? ¿Me habrán dejado sólo en casa? ¿Y si les pasó algo? Cada nuevo razonamiento le empujaba más y más al borde de la histeria. Su cuerpo destilaba gotas de sudor frío y sus músculos se encontraban totalmente agarrotados por el miedo. De repente notó una luz bicolor e intermitente que se asomaba por la escalera que provenía de la planta baja. Con toda la valentía que pudo reunir, se dispuso a caminar por el pasillo y bajar las escaleras. El escenario que se mostraba ante sus ojos parecía extraído de una realidad alterna, una realidad tan grotesca y cruda que colapsó su cordura. En el comedor había manchas de un líquido aceitoso de color rojo oscuro que se extendían por todo el salón y la sala. Sentado en un extremo de la mesa se encontraba la persona a la que hasta hace unas horas había odiado tanto, con las manos colgando a los lados y la camisa bañada en sangre, su cabeza estaba apoyada en el respaldo de la silla. Su garganta estaba abierta en un gran corte que le recorría casi todo el cuello; un extremo de la tráquea ensangrentada, se asomaba por la extensa abertura y un débil sonido silbante se podía escuchar inhalando y exhalando. La expresión desencajada del hombre había quedado marcada en su rostro y los ojos fijos y bien abiertos, miraban hacia el techo. Un rastro de sangre corría desde el otro extremo de la mesa, pasando por el gran charco que estaba a los pies del hombre, y seguía hasta la sala, terminando en unas piernas torneadas con los pies descalzos, que culminaban en una falda levantada. No tenía que ver su rostro para saber de quién se trataba… no quería ver su rostro para no enterarse de quién se trataba. El cuerpo de su madre se hallaba tirado en el suelo, inmóvil y con la espalda ensangrentada. En un acto reflejo, cerró los párpados con fuerza y aparto la mirada del cadáver de su madre, cuando los abrió se encontró con los ojos azules del hombre, sentado en la mesa del comedor, mirándolo fijamente con la misma expresión desencajada con la que lo había visto la primera vez y con el mismo sonido silbante que no había parado de chirriar. Eso fue todo… su mente se resquebrajó como un vidrio que se rompe en mil pedazos; el rostro del niño se contrajo en una mueca de terror indescriptible. Se escuchaban sonidos guturales exageradamente graves provenientes del exterior. Eran voces demoniacas que emitían palabras extrañas que nunca antes había escuchado, palabras como “asesinato”,

“infidelidad” y “crimen pasional” se oían acompañados de raros sonidos que Diego pensó provenían de algún tipo de nave espacial. Con el rostro pálido miró hacia la puerta principal de la casa, de la que provenía la luz bicolor que le cegaba e impulsado por una voluntad ajena comenzó a caminar muy lentamente, paso a paso hasta que sus piececitos descalzos sintieron la frialdad del camino de ladrillo que conducía de su casa hacia la acera. Tendido en el césped estaba la figura de un hombre de edad madura, vestido con un gastado suéter café oscuro, pantalones viejos y unas botas sucias, junto a su mano derecha había tirado un gran cuchillo de cocina, cubierto en sangre coagulada, en su espalda a la altura del corazón tenía una herida circular por donde había salido la bala. Aparcada frente a la acera estaba una patrulla de policía con la sirena luminosa encendida y dos agentes discutían acaloradamente detrás del automóvil. Detrás de ellos se encontraba un sedán con la puerta abierta y una luz intermitente iluminaba por momentos el interior del vehículo, el cual estaba lleno de botellas de cerveza vacías. Diego siguió caminando con la mirada fija en el cadáver del hombre tumbado en el pasto. Había algo muy familiar en esa persona, pero no fue hasta que pudo ver claramente el rostro del hombre, que comprendió de quien se trataba. Una lágrima resbaló desde los ojos hasta su quijada y cayó al suelo con la eterna lentitud con la que se escapaba su último atisbo de cordura. Reuniendo sus últimas fuerzas alcanzó a hacer una última pregunta: - ¡¿Papá!? -

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