Avellaneda descubre el pueblo

Por Miguel Domingo Aragón (*)

Visionarios, los hombres a quienes se llama visionarios, no son tanto los que pueden ver de lejos, anticiparse al futuro, como los que no ven de cerca, los que no entienden lo que tienen delante. El futuro, cuando es consecuencia de un proceso que se desarrolla regularmente, suele confirmar la previsión de los visionarios, pero no su optimismo. Si se extienden miles de kilómetros de riel puede esperarse que por ellos han de circular más rápidamente las riquezas del mañana. Pero cuando el mañana es hoy a lo mejor esas riquezas que se quería llevar y traer se han convertido en la mera posibilidad de hacerlo con rapidez. Si se fundan escuelas en todo el territorio y se obliga a los ciudadanos a mandar sus chicos a ellas, el visionario puede anunciar una generación ilustrada como un definitivo triunfo contra la barbarie; pero cuando la peripuesta docente de las fiestas de aniversario advierte a su auditorio pueril, con voz que chirría de apostolado, que “el sueño de nuestros mayores se ha convertido en esta realidad que nos toca vivir”, el cuadro bobo, monótono y triste hace pensar que si aquellos “mayores” hubieran conocido mejor la realidad que les tocó vivir a ellos se habrían evitado estos sueños de los que nosotros vamos, malhumoradamente, despertando. Allá por 1878 Hace un siglo, la clase ilustrada y gobernante se sentía imbuida de una misión transformadora. Creía que el vapor, las máquinas, el telégrafo, la importación, en general, mejoraban a los hombres, los ganaban para la civilización y para la virtud. El pueblo, cuyo bien deseaban, era como una materia informe que debía someterse a tan benéficos influjos. Sin ser fariseos, se sentían muy satisfechos de sí mismos y muy afligidos por los demás. En nada se parecía a un fariseo esa buena persona que era don Nicolás Avellaneda. Pero compartía con los hombres de su generación ese hábito de ver el futuro y desdeñar el presente como un puro transcurso hacia él y, por lo tanto, poco interesante como para ser considerado en sí mismo. Avellaneda procedía de Tucumán, el corazón del país, donde su padre había sido célebre. Más atrás, en la época virreynal, sus antepasados habían sido propietarios y magistrados en Catamarca. Eran lugares donde poca cultura había que no fuera tradicional, donde se conocían las hazañas de los doce pares de Francia sin necesidad de saber leer porque el cancionero y las consejas eran un repositorio vivo de información. Pero don Nicolás Avellaneda era hombre de libros y podía enterarse de muchas otras cosas. Un día leyó las Tradiciones Peruanas de Ricardo Palma y se quedó asombrado. Inmediatamente le escribió al autor: “Antes de leer su libro, creía, con Chateaubriand, que la palabra tradiciones no tiene aplicación en América, porque las ciudades son nuevas, los

1

templos recientes y los sepulcros de ayer. Le doy las gracias por haberme enseñado lo contrario”. Había descubierto la realidad que lo rodeó desde la cuna. Visionarios de hoy Ricardo Palma, en ese libro, cita una copla que él oyó en el Perú: Las palabras amorosas son las cuentas de un collar, en saliendo las primeras salen todas las demás. Quizás Palma no sabía que esa copla también se cantaba en Andalucía, como se figura en el Cancionero de Rodríguez Marín. Pero lo extraño es que Avellaneda no la hubiera oído en Tucumán donde, cincuenta años después, la recogió Juan Alfonso Carrizo. No sólo dejó de oírla sino que fue a informarse en Chateaubriand sobre la posibilidad de que existieran tradiciones en América. Menos mal que un libro le sirvió para rectificarse. De no haber sido por ese libro hubiera seguido ajeno a esa realidad que tenía adelante y que los ferrocarriles y los escolares del futuro no le dejaban ver. La carta lleva fecha Agosto 7 de 1878. Con cambiarle un número podría ser firmada por un visionario de hoy.

(*) Pseudónimo de Roque Raúl Aragón. (Publicado en La Nueva Provincia, de Bahía Blanca, el 15 de agosto de 1978)

2

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful