Lope Cilleruelo

COMENTARIO A LA REGLA DE SAN AGUSTÍN

ESTUDIO AGUSTINIANO

Valladolid, 1994

PRESENTACIÓN

ISBN 84-85985-52-4 Depósito Legal ZA 24,1994 Edita y distribuye: Estudio Agustiniano Paseo Filipinos, 7 Teléf. (983) 30 68 00 47007 VALLADJOLID Imprime : Ediciones Monte Casino Ctra. Fuentesaúco, km. 2. Teléf. (980) 53 16 07, fax (980) 53 44 25 Apdo. 299 • 49080 ZAMORA, 1994

Con frecuencia, al leer un libro o un artículo sobre san Agustín me pregunto: todo esto ¿nos sirve para algo?; es decir, ¿tiene algo que ver con nuestra vida?; ¿nos roza siquiera sea tangencialmente? Nos urge saber hasta qué punto san Agustín sigue siendo válido; qué partes de su obra y de su vida están ya definitivamente muertas para nosotros; cuáles otras, ligera o profundamente corregidas, nos pueden seguir siendo útiles; cuáles, en fin, siguen vigentes. Como lector asiduo de sus obras, tengo que confesar que, a ratos, me entusiasma; pero, con más frecuencia aún, me encocora. Por ejemplo, siempre que releo el admirable y famoso libro X de las Confesiones. En la misma Regla encontramos altibajos. Junto a principios espléndidos y observaciones sutilísimas hay minucias de ordenancista provinciano, suspicaz y receloso, diametralmente opuesto a la imagen que de él arrojan otros textos. Y, como última instancia, por si fallan las otras razones, recurre al Dios Inspector, al Ojo universal y longuividente, que todo lo ve y lo anota todo para el día de la cuenta. Necesitamos una brigada de zapadores de san Agustín; de estudiosos que se muevan con soltura por entre la selva de su vida y obras; pero que sepan también bajar a los sótanos y descubrir lo que hay en ellos; penetrar en la tierra que lo nutre y desentrañarle las raíces. Investigadores que desde el presente, desde la desnuda realidad del presente, desde la

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vida, le pregunten, sin beatería de ninguna clase, por nuestros problemas. Vamos a ver qué responde. Nunca se ha estudiado tanto a san Agustín como en este siglo, observa Mandouze; pero nunca, añade, ha influido menos en el pensamiento teológico. Es verdad. Y es que nuestro mundo y el suyo, pese a los glosadores de centenarios, son dispares. El san Agustín de la tradición no nos sirve para nada. Es mero objeto de entretenimiento para eruditos. Necesitamos nuestro san Agustín. En esta tarea perentoria de tener un Agustín actual, Lope puede ayudarnos mucho. Estas mismas páginas son un auxiliar precioso. Es verdad que el trabajo se nos ha complicado. Porque, ahora, el san Agustín actual de los occidentales ya no es exportable. Se necesita, con la misma urgencia, el san Agustín actual africano y el asiático en sus diversas culturas y el americano, criollo y amerindio... ¿O es que el monacato agustiniano (o la frailía o como se quiera llamarlo) va a tener que seguir siendo lo que se diga en Nimega, en Roma o en Calaceite? Si algo hay actual en san Agustín es precisamente su actitud alerta ante los problemas que estaban viviendo la sociedad pagana y la iglesia de su tiempo; su curiosidad biensana por estar informado, por ahondar en las Escrituras y saber a qué atenerse respecto a la voluntad del Señor; su disposición pronta a rectificar errores. Es la actitud de quien está acostumbrado a reflexionar desde la experiencia; a volver una y otra vez sobre los mismos temas, asediándolos cada vez desde más cerca, de modo que las ideas sirvan a la vida y no al revés. Las obras que escribió no eran para él la última palabra. La reflexión quedaba siempre abierta. ¿Por qué lo van a ser para nosotros? ¿Por qué vamos a tener que

repetir in saecula saeculorum lo que él dijo, dándole una consistencia de eternidad que para él no tenía? Lope daba vueltas y más vueltas a san Agustín y, en concreto, a su monacato. En realidad, lo que hacía en esas páginas era expresarse a sí mismo, dándose respuesta sobre problemas que le acuciaban. Una y otra vez volvía sobre los temas desde la realidad cambiante y desde los nuevos conocimientos. Puede comprobarse comparando esta segunda edición de El monacato de san Agustín y su Regla con la primera (1947). Fue en esto ejemplar. Para quienes tuvimos como libro de texto en el noviciado aquella su primera edición leer esta nueva es una gozada. ¿Que Lope tuvo limitaciones? Muchas; muchísimas. Era hombre. Lo asombroso en él fue su capacidad para romper barreras, murallones claustrales, y ponerse al día, y hablar de Ortega y Gasset cuando Ortega era un proscrito (también el Vble. Gregorio Suárez lo estudiaba y nos hablaba de él), y de Husserl y de Sartre y de Aristóteles... y de Bernard Shaw y de Luis Rosales... y no reírse de Picasso ni de Dalí como tantos otros ignorantes lo hacían. El pensamiento de Lope, el lector lo advierte inmediatamente, camina siempre animado por el de san Agustín. ¡ Tan revenido estaba de él! No se queda, sin embargo, en los textos agustinianos. Conocedor de la tradición occidental, los hace avanzar hasta traerlos a nuestra orilla, a los problemas que nos oprimen; y aun señala, a veces, aquellos puntos débiles en que ya nada dicen. Lope sabía leer. Los textos agustinianos aquí recogidos nos siguen hablando en su voz propia, quedando a la vez enmarcados en nuestros afanes y situados en su contexto lingüístico y cultural. Todo con el aroma de una prosa clara y precisa, en la mejor tradición

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agustiniana, que, ¡ay!, también está desapareciendo. Compárense los comentarios de la primera edición con lo que entonces publicaban los clérigos españoles: con la prosa mazorral de unos y la oquedad retórica de otros; y dígase cuántos escribían con estilo tan suelto y ceñido, tan al día, y tan rebosante de ideas y sugerencias como Lope. El tiempo, gran cernedor, va colocando a cada uno en el lugar que le corresponde. Lope vivió ampliando constantemente sus saberes, ajusfando sus conocimientos. Esto quiere decir que las páginas presentes expresan lo que él pensaba en el momento en que las escribió. Ni menos ni más. El lector inteligente advertirá afirmaciones de las que la investigación actual invita a disentir. Así lo que se dice sobre la iglesia de Jerusalén en el capítulo V, por ejemplo. Es la condición de todo lo humano. Pero esto cabalmente, lejos de invalidar su obra, nos invita a estar en esa misma actitud suya de ampliar horizontes y aquilatar saberes. Lope está pidiendo a gritos que un agustinólogo lea con amor sus escritos. Y con amor levante acta del estado en que estaban los estudios sobre san Agustín en los temas que él trató y de cuáles fueron sus aportaciones. Con el olvido de los que nos precedieron no se va a ninguna parte. La cicatería es la peor polilla de la vida. Ya lo dice el Evangelio: "la esplendidez da el valor a la persona. Si eres desprendido, toda tu persona vale; en cambio, si eres tacaño, toda tu persona es miserable. Y si por valer tienes sólo miseria, ¡qué miseria tan grande!" (Mt 6, 22-23) Bienvenida esta obra postuma de Lope. Aprendamos su lección y continuemos la.

La obra no es reproducción exacta del original tal como lo dejó su autor. Antes de darlo a la imprenta pareció inevitable intervenir sobre él y someterlo a una más rigurosa metodología: introducir abundantes referencias bíblicas, unificar las ya existentes, poner epígrafes a secciones carentes de ellos, eliminar expresiones latinas donde podía ir la española sin pérdida de significado o adjuntar el significado en español cuando pareció oportuno mantener aquellas. Y, sobre todo, controlar uno a uno todos los textos agustinianos y asegurar la exactitud de la cita, tanto interna, con referencia a la obra, como externa, con referencia a la edición de la Patrología Latina de Migne. Por otra parte, el P. Lope se había limitado a poner únicamente una referencia inicial, aunque el texto citado incluyese varias referencias subsiguientes, debido a su magnitud o, más frecuentemente, al hecho de ir espigando frases de distintas secciones y, a veces incluso, de distintos sermones o libros de una misma obra. Todo ello hacía difícil con frecuencia localizar ciertos textos apoyándose en la simple referencia inicial. Para facilitar la consulta al lector, la referencia inicial se mantiene al final de cada texto, pero, dentro del mismo, entre paréntesis, se introducen las subsiguientes referencias, cuando es el caso. Rara vez trascribe el P. Lope un texto íntegro de san Agustín. De ahí que la mayor parte de las referencias vayan precedidas de un cf., con lo que se indica que lo trascrito está tomado de la sección o secciones señaladas, pero sin reproducirlas en su totalidad. Por ser tan frecuentes las lagunas se renuncia normalmente a señalarlas con los correspondientes puntos suspensivos. Se mantienen, sin embargo, cuando se produce un salto de sección y en los casos que se mencionan a continuación. En efecto, otras

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veces las referencias aparecen sin el mencionado cf. Con ello se señala que el texto reproduce el texto agustiniano en su totalidad o casi. Cuando existe una laguna de poca magnitud no hay dificultad en mantener la cita como textual, señalando aquella con los puntos suspensivos. Cuando la mayor parte de la cita es textual, pero otra parte no lo es, o bien porque sintetiza párrafos anteriores o introduce alguna frase que sirva de puente, se ha optado por poner esta entre corchetes. El hecho de que, en vez de unir con un guión el primero y el último de varios capítulos o parágrafos sucesivos en una referencia, se individualice cada uno de ellos, separándolos con un punto, quiere indicar que se toma de ellos algo, nunca el texto completo. Las traducciones son todas del P. Lope. En ningún modo se siente esclavo del texto latino y actúa con suficiente libertad, dotado como estaba de capacidad para captar el núcleo del pensamiento o la idea más significativa o que más le interesaba resaltar en ese momento. Por otra parte, muy conscientemente, prescinde de lo que podríamos llamar paja de la era, para quedarse con el grano. De ahí en parte las lagunas que antes señalamos. Como paja cabe considerar lo que es artificio retórico, metodología de predicador o, incluso, las pruebas de sus afirmaciones, aunque estas sean las más de las veces bíblicas. Aparte de eso, con frecuencia la traducción aparece personalizada y acomodada: personalizada en cuanto que el texto aparece dirigido a otro destinatario distinto del original; acomodada en cuanto que los conceptos adquieren otra aplicación concreta, lo abstracto puede concretizarse. Por poner un ejemplo: la «Ley» pasa a ser la Regla.

Carece de toda importancia el que utilice como agustinianos dos sermones, los 340 y 345, que hoy la crítica reconoce como de san Cesáreo de Arles, y el Tratado sobre el Cántico nuevo. Sus autores utilizan ideas indiscutiblemente agustinianas. Por último, para facilitar la consulta, en el rótulo se señala la sección comentada de la Regla, según la distribución en números y capítulos de la edición española de la Regla y Constituciones de los hermanos de la Orden de San Agustín, Madrid 1991. Asimismo, en el índice de textos agustinianos se introduce la referencia a la edición de la Patrología Latina de Migne, por ser la más universal y completa y por ser la que utilizó el P. Lope. Y para los lectores de habla hispana, el volumen de la colección de las Obras Completas de san Agustín en que puede hallar con más amplitud o en su contexto el texto en cuestión.
JOSÉ VEGA PÍO DE LUIS

PROLOGO

«Vida consagrada» es una fórmula delicada y sutil. Muchos la entienden mal. Contraponen la vida consagrada a la vida cristiana, como si se tratase de un cuerpo especializado, de un ejército profesional, en contraposición a la «vida civil». Piensan que los votos y las tareas específicas son suficientes para considerar a los religiosos y religiosas como privilegiados, diferentes, selectos, y de ese modo fomentan un orgullo colectivo, una soberbia espiritual. Por pensar así, Lutero llegó a concluir que la vida monástica o consagrada contradecía a la fe, a la libertad evangélica, a los preceptos divinos y a la misma razón de ser de la vida consagrada. Y ésta es, a veces inconsciente, una de las causas de tantas deserciones y abandonos de puesto como vemos en la actualidad, e incluso de ciertas fórmulas sintéticas, pero muy elocuentes, por ejemplo: «la vida consagrada carece hoy de sentido», «la vida consagrada nada me dice», etc. La vida monástica no es un fenómeno específicamente cristiano. Existió en el Oriente muchos siglos antes de Cristo. Tampoco Cristo presentó una vida monástica como corona de su doctrina o de sus caminos de perfección. La

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vida monástica nació en el siglo tercero con el ejemplo de san Pablo el ermitaño o de san Pacomio el cenobita. Sin embargo, no apareció en el cristianismo como imitación de otras religiones. San Antonio no se fue al desierto por haber leído los libros de la India, sino por haber leído el evangelio. Estimó que el evangelio mismo invitaba a una perfección un tanto misteriosa, y eso mismo pensaron los que fueron tras él. En cierto modo podían dar pie a la mala inteligencia que hemos expuesto antes, ya que así se formaba un cuerpo especializado o profesional, como huyendo de una situación deplorable del pueblo cristiano. De ese modo canta la fórmula de Sulpicio Severo: «Veamos si, por lo menos en el desierto, nos dejan ser cristianos». Sulpicio Severo refleja un relajamiento de las costumbres cristianas, causado por la paz de Constantino, pero su fórmula acentúa el deseo de ser cristiano, buen cristiano, cristiano perfecto si es posible. Es inevitable que esta vida consagrada tenga que sufrir la influencia de los tiempos, como la misma Iglesia. Los monasterios están abiertos a los aires del siglo. Tienen un fondo común y permanente que se desarrolla bajo el soplo del Espíritu Santo. En este sentido decía Harnack que el monaquismo ha sido la fuerza más poderosa de la Iglesia después del Papado. Pero tiene también un aspecto variable, que de hecho camina con los tiempos. Y hoy esto reclama especial reflexión, ya que estamos presenciando una crisis tan profunda como en los tiempos de Lutero. En la situación actual, la palabra de san Agustín tiene una importancia radical y quizá decisiva por estar colocado en los comienzos del monaquismo, y porque en su afán de buscar una «religión verdadera», esto es, racional, recogía

juntamente la tradición sapiencial de los clásicos y la tradición religiosa de la Iglesia. De ese modo su ideal monástico se extendía, no sólo a todos los cristianos, sino a todos los hombres. En primer lugar, el ideal sapiencial consistía en «buscar a Dios y la vida bienaventurada», y el ideal religioso consistía en cumplir el primer mandamiento: «amarás a Dios con todas tus fuerzas, y al prójimo como a ti mismo». Esos fundamentos ideales constituyen la finalidad elemental, el telos de la vida humana, capaz de reunir a todos los hombres. Y sin embargo, ese ideal acepta la distinción de la vida humana en «profesiones». La vida monástica es, pues, una profesión en el sentido noble de la palabra, esto es, un modo de vivir, un conjunto de medios estudiados para lograr el ideal común. El ideal sapiencial, por ejemplo, era aceptado por san Agustín en el sentido pitagórico clásico. Demandaba, pues, la comunidad de bienes, la organización administrativa, el estudio en común, y la amistad de los miembros de la secta. Por su parte, el monaquismo católico no era invención de san Agustín, sino que tenía ya su propia tradición, tradición que san Agustín recogió de labios de su compatriota Ponticiano, de la vida de san Antonio, escrita por san Atanasio, y de la visita personal a algunos monasterios o diversorios. Y era evidente que el modo de vivir de los monjes o religiosos era una profesión diferente de las profesiones ordinarias de los cristianos. La concordia y unidad entre ambos ideales quedaba establecida por el mismo modo de pensar de san Agustín. Las virtudes clásicas o sapienciales habían de tener un denominador común, que es la verdad: tales virtudes tenían que ser «verdaderas», es decir, enderezadas al Dios ver-

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dadero. Hay, pues, virtudes verdaderas y virtudes falsas, que son, como el Santo decía de los romanos, «espléndidos vicios». Tales virtudes falsas pueden darse en la vida religiosa. Por su parte, las virtudes cristianas quedan compendiadas en el primer mandamiento, al que se ordenan la ley y los profetas (Mt 7,12). Porque todas las virtudes morales han de tener un común denominador: el amor. Tales virtudes han de ser ordenadas o enderezadas al primer mandamiento para que sean auténticas. No son las obras exteriores por sí mismas las que confieren la perfección o santidad, aunque no se niega la moral objetiva, sino la intención del sujeto, la pura y recta intención del religioso q religiosa, que mira a Dios y al prójimo. En todo caso, no hay aquí dos morales, una para los «perfectos» o ascetas y otra para los «oyentes» y seglares. No hay más que un ideal o telos para todos, y diferentes profesiones o modos de vida para lograr ese fin. Si sólo se tratase de lograr la sabiduría o la salvación de los individuos, el problema quedaría planteado y resuelto. Pero el monaquismo era ya una institución social. Había nacido como un acontecimiento repentino, y su carácter ascético resultaba dudoso en un tiempo en que los herejes se jactaban de su ascesis, como demostración apologética de sus creencias. Por eso, algunos Padres, como los santos Ambrosio, Crisóstomo y el mismo Agustín, trataban de acomodar mejor ese monaquismo a la inspiración bíblica. Constituía al mismo tiempo un fenómeno social por su magnitud. Eran tantos los que abandonaban la vida activa social, que podían constituir una crisis, y por eso se los llamaba monazontes, solitarios, en la legislación imperial. Juliano el Apóstata los comparaba a los cínicos del

paganismo. Era, pues, necesario tomar una postura firme y era también posible elegir, cuando la institución estaba todavía en sus comienzos. Lo más interesante era, pues, dar a la misma «institución» una finalidad, no sólo individual, sino también corporativa o social. En este punto, san Agustín y sus amigos se plantearon claramente el problema. Todos o casi todos ellos pertenecían al «ejército sin armas», como llamaban los romanos al cuerpo de funcionarios del estado. Al abrazar el monaquismo pasaban a constituir una milicia espiritual, una suerte de organización paramilitar. Esta asimilación del ascetismo a la milicia venía ya de antiguo y se denominaba «milicia espiritual», especialmente en las religiones orientales y mistéricas. Así el planteamiento y solución de san Agustín y sus amigos consistía en enderezar esa milicia a una finalidad religiosa que era la «utilidad de la Iglesia». Por eso el grupo de aquellos africanos no era ya una secta filosófica ni tampoco un monasterio como los de Roma o Milán. Era algo nuevo. Era una milicia pública enderezada a combatir a los enemigos interiores y exteriores de la Iglesia, ya que anteriormente casi todos habían mantenido un espíritu proselitista. Por todo eso, carece de sentido el ataque de Lutero a los votos monásticos, cuando se trata del monaquismo agustiniano. En todo caso podría tener sentido frente a los abusos a que había llegado una tradición medieval. Pero el mismo Lutero exalta a los buenos monjes, que como san Francisco de Asís o santo Domingo de Guzmán vivieron la perfección evangélica; y el protestantismo no ha encontrado dificultad a su vez en organizar instituciones monásticas y hoy día estudia muy seriamente el modo de fomentarlas.

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Ningún católico puede hoy repetir sin sonrojo o sin mentira que la vida religiosa carece de sentido o que esa vida no le dice nada, o que pertenece a tiempos ya idos. Tales denuncias no son sino máscaras del propio rostro carcomido quizá por la lepra. Y no negaremos que en muchos casos algunas personas hayan abrazado este estado de perfección sin vocación, sin preparación, sin conocimiento exacto, o sin tener en cuenta las circunstancias, y también que pueden sobrevenir situaciones inesperadas o impedimentos que parecen invencibles y que aconsejan, como medida de prudencia, el abandono de lo que se pretendió mantener y no se pudo. Las denuncias no deben, pues, ir contra la institución monástica, sino contra los abusos o contra las situaciones dramáticas. San Agustín mismo, al organizar su institución, no podía sospechar los planes que la providencia iba a poner en juego. Cuando san Agustín fue de pronto ordenado de presbítero, encontró en la lectura de los Hechos de los apóstoles (Hch 4,32) una teología de Pentecostés, es decir, la teología de san Lucas, según la cual la inspiración del Espíritu Santo reunió a los primitivos cristianos en comunidad de bienes y de espíritu, para lograr «un alma sola y un solo corazón». Aunque esto era una gran novedad, no significaba una ruptura con los planes anteriores de san Agustín: significaba sólo un desarrollo ulterior, una actualización o aggiornamento. Desde este momento, el texto evangélico sobre el «joven rico» (Mt 19,21) significa que el mismo evangelio reconoce dos tipos de «perfección» crisliana, la de los sedentarios, y la de los misioneros, que lo dejan todo para organizar y predicar el Reino de Dios. El monaquisino no es, pues, un ghetto, una cuña dentro de la

Iglesia o del mundo, sino una exigencia de la Iglesia y del mundo. A veces se ha acusado a san Agustín de rigorista y aún de maniqueo por su postura ascética. Y es posible que la distinción maniquea entre los christianiores o ascetas y los semichristiani o cristianos que no renuncian a ninguna ventaja secular, haya influido en él. El santo aconseja la pobreza, la virginidad, la vida retirada con un entusiasmo singular. Pero hay que tener en cuenta que se trata de unos ideales, que con frecuencia se reducen a meros consejos y, a veces, a utopías. Así Cristo nos propone que seamos perfectos como el Padre celestial (Mt 5,48). Tratándose de un ideal, es claro que quizá no se puede alcanzar, pero que el esfuerzo por alcanzarlo es ya por sí mismo un nuevo ideal eficaz y tangible. Aun aquel ideal, cuyo logro es posible a corto o largo plazo, admite un más y un menos, y por eso cuando se habla de un «estado de perfección» como solía llamarse al estado religioso, eso no significa que los religiosos o religiosas sean perfectos, o que la organización monástica sea mejor o peor que la organización jerárquica o que otras profesiones cristianas, sino que hace referencia al texto evangélico de Cristo: «Si quieres ser perfecto, déjalo todo». No se trata, pues, de un problema abstracto, o de una discusión profesional, sino de la autenticidad de ese texto evangélico, de su credibilidad. Es, pues, claro que la profesión religiosa no puede ni debe contraponerse al bautismo, como lo hacían Pelagio y Lutero. Al hablar de «vida consagrada» no la contraponemos a la vida cristiana, pues toda vida cristiana es vida consagrada. Pero tal consagración puede revestir diferentes formas, y utilizarse la fórmula en términos específicos.

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Y aun dentro de ese carácter un tanto técnico o específico de la llamada «vida consagrada» puede haber muchas y diferentes formas. Los ensayos que actualmente se están realizando lo demuestran. La profesión religiosa es la consumación del propio bautismo, y por eso muchos estiman con razón que la profesión religiosa es un sacramento, una simple prolongación y consumación o corona del bautismo, «profesar el bautismo». El Vaticano II nos plantea los dos principios fundamentales: 1) «La lealtad al espíritu del fundador» y 2) La actualización o aggiomamento. Ambos puntos, lejos de oponerse, deben armonizarse: tenemos que hacer hoy lo que el fundador haría hoy. Al hacerlo así, realizamos la teología de la imitación de Cristo, pues no imitamos a Cristo al pie de la letra, sino que hacemos lo que haría Cristo o lo que enseñaría Cristo a nuestros contemporáneos. Y al hablar de «estado de perfección» nos referimos a la obligación que tienen todos los cristianos de ir y adoctrinar a todas las gentes (cf. Mt 28,19). Pero ¿quién cumplirá esa obligación? ¿Acaso los sedentarios? Ya san Pablo dio la explicación oportuna: ¿Cómo creerán si nadie les predica? y ¿cómo se les predicará, si nadie es enviado? (Rm 10,15). No bastan, pues, las jerarquías sedentarias, que se establecen cuando los misioneros han cumplido su cometido. Además, con frecuencia, ese cometido no se limita a las «misiones de infieles» (cf. J.B. METZ, Las órdenes religiosas, Barcelona 1978). El estado religioso no pertenece a la jerarquía, pero como parte de la Iglesia, es ya un ministerio eclesiástico, como tantos otros frutos del Espíritu Santo, incluida la misma jerarquía. San Agustín lo compa-

ra con el campamento del ejército, en plan ofensivo y defensivo. Esto lo vio claro san Agustín a la hora de convertir los monasterios en seminarios, lo que constituía otra extraña novedad. Poco se gana con soldados mal reclutados y mal formados, y este punto obliga hoy a los cristianos a reconsiderar el problema de la propia jerarquía. Por eso algunos luteranos de hoy estiman que en el fondo Lutero fundamentaba en el evangelio la misma vida monástica, al ponderar la inmensa riqueza de la inspiración divina dentro del cuerpo de la Iglesia. ¿Por qué esa riqueza no iba a incluir la vida monástica, cuando, según Harnack, ha sido la fuerza más eficaz del catolicismo después del Papado? Cada siglo ha tenido formas propias hasta llegar hoy a los «institutos seculares». Así, la vida consagrada es la plenitud de la vocación cristiana. La renovación de la vida consagrada precede a la renovación de la Iglesia.
# *#

La primera edición de este libro apareció en 1947. Desde entonces han cambiado bastante mis opiniones acerca de la llamada Regla de san Agustín. Si en aquella fecha la Regla me parecía reflejar adecuadamente el pensamiento agustiníano acerca de la «vida religiosa», hoy pienso que su carácter es excesivamente técnico, aunque no tanto como otras reglas que han venido después. Por eso hoy es bien difícil ver una adecuación entre Regla y vida religiosa. En la Regla se omiten muchos puntos importantes de la vida consagrada y en cambio se tratan puntos que hoy resultan obsoletos y anticuados. Por esta

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razón me sentía yo ahora tentado de cambiar el título de este librito diciendo «La Vida Religiosa según san Agustín» o cosa semejante. Sin embargo, teniendo en cuenta que el libro obedeció a la exigencia de explicar la Regla, y que la mayoría de los textos va montada sobre la serie de textos de la Regla, he optado por titularlo Comentario a la Regla de san Agustín. Por el cotejo de ambas ediciones es fácil constatar que la corrección y el aumento han sido importantes. Es curiosa nuestra situación. Mientras muchos de los que abandonan la vida común alegan que para ellos carece ya de sentido, otros muchos designan la vida religiosa como paradigma para el hombre de hoy, ya-que hace frente a los dos grandes problemas actuales: la incapacidad del individuo para vivir su propia y radical soledad, y la incapacidad de ponerse al servicio del prójimo. La vida religiosa parece superar ambas crisis actuales. El religioso parece ser hoy el portador de la independencia y de la solidaridad conjuntamente: es el solitario-solidario por excelencia, frente al engaño de los socialismos y los solipsismos, que carecen de las garantías de la «fe». Y precisamente san Agustín insistía en ambos rasgos. Por su «principio de interioridad», es ajeno al espíritu tribal de los pueblos nórdicos, a la Gemeinschaft, en la que pueden juntarse el egoísmo sórdido con un nacionalismo aún más sórdido. Defendiendo su personalidad, el religioso puede incluso llegar a aislarse de su propia comunidad monástica, ya que no está obligado a «aullar con los lobos», sino a servir a Dios y a la Iglesia. La persona no es imagen de la tribu, sino de Dios, y por eso tendría que dejar a su padre y a su

madre y también a sus hermanos, si llegase un caso de conflicto insuperable. Pero lo mismo acontece con la solidaridad. Un monasterio no es el edificio, ni tampoco una convivencia, sino la solidaridad de las personas conscientes y maduras en Dios. «Vivir en uno», según la fórmula de san Agustín, es vivir en común, entregando cada cual sus valores a un fondo común. Y esa consciencia religiosa del «nosotros» evita el sentido tribal y nacionalista del egoísmo corporativo o colectivo. Nos parece, pues, que la aparición de esta nueva edición es de una actualidad, quizá perenne, como en general lo referente al pensamiento agustiniano, pero en estos momentos acuciante. Son muchos los que necesitan más luz y son también muchos los que ven venir tiempos peores y necesitan saber a qué atenerse sobre el sentido de la misma vida consagrada. Desde que apareció la primera edición, han venido apareciendo muchos otros estudios. Cada autor ha seguido su propia inspiración. Algunos optaron por ofrecer una doctrina agustiniana sintética, citando textos, pero sin transcribirlos, obligando al lector a consultarlos o a quedarse en su incertidumbre. Otros se han atenido a los textos, pero han comenzado por anteponer una interpretación personal, un libre examen, que condiciona ya el pensamiento agustiniano o lo saca de su propio contexto doctrinal, fragmentándolo. Por eso entre las instancias que he recibido para esta segunda edición, me han aconsejado mantener el mismo método o criterio: mantener el contexto doctrinal agustiniano, y dentro de él poner a la vista de lector los textos o documentos que acreditan esa doctrina.

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También aquí podrían presentarme la objeción de ocasionalismo: recurrir a la Regla para justificar unas doctrinas agustinianas mucho más amplias y teológicas. Así en la Edad Media se utilizaba al Maestro de las sentencias para exponer capítulos enteros de filosofía y teología. El método podría prestarse a una falsificación de la doctrina o a una actualización desafinada. Pero en el caso presente el riesgo es muy pequeño. Porque en primer lugar, el ejemplo del Maestro de las sentencias demuestra que el método era válido. Y en segundo lugar, tal objeción probaría demasiado, ya que puede alegarse contra cualquiera exposición. El riesgo no impide que sigamos comentando los mismos evangelios. Finalmente recordaremos el carácter evolutivo del monaquisino agustiniano, que crea no pocos problemas críticos frente a la Regla. Los momentos más importantes serían estos: doctrinas del pecado original, de la predestinación, de la vocación, conversión, iluminación, formación y perseverancia final. Para encuadrar todo esto en un comentario a la Regla es necesario pensar en el llamado «pensamiento orgánico» de san Agustín, en ese pensamiento evolutivo que nunca admite rupturas, pero que se va incorporando todas las novedades y las va vitalizando e integrando en un sistema unitario desde el principio, en un núcleo absorbente, en la llamada «unidad primordial». La Regla, por su carácter específico, no toca la «teología de la vida religiosa», ni siquiera la «moral cristiana» sino de refilón. Pero la atención a la vida consagrada nos obliga a incluir esos puntos, como bases y postulados de la misma. En cuanto al método como postura o procedimiento espiritual, específico de san Agustín, diremos, por lo pron-

to, que hay que situarse en el «cree para poder comprender» (crede ut intelligas). La vida consagrada no es un problema sociológico, aunque también lo sea, sino principalmente un problema religioso, que se funda en la fe, en la revelación, en la Biblia, en la Iglesia. Por eso el monasterio es la casa de los misterios, y la iniciativa pertenece a Dios, aunque nosotros veamos los problemas desde abajo. Una Congregación religiosa no es una empresa económica, cultural, civil, filantrópica, laboral, ética o filosófica, sino que se apoya en la fe, y en una fe «religiosa», es decir, no en una especulación teológica, sino en una fe animada por la caridad subjetiva y objetiva. La fe no es la del «carbonero» que se reduce a la «viciosa credulidad» tan fácilmente, sino una fe ilustrada, una religión racional. La meditación de la Regla forma parte de la ascesis positiva, de la catarsis positiva, y se completa con el estudio, lecturas, diálogos, conferencias, discusiones, investigaciones, predicaciones y enseñanzas. Nunca se cansa san Agustín de recomendar: Pedid y recibiréis, buscad y hallaréis, llamad y entraréis (Mt 7,7). Dios es la iluminación, pero nosotros debemos colocarnos en postura de ser iluminados, ya que la iluminación ha de ser recibida, aceptada, recogida y desarrollada según el beneplácito divino. Este comentario no queda reservado a la llamada Orden de san Agustín, sino que esta Regla es un patrimonio de la Iglesia universal.

REGLA

TRADUCCIÓN CASTELLANA

1. Ante todo, hermanos carísimos, hay que amar a Dios y después al prójimo, pues estos preceptos son los que se nos han dado fundamentalmente. 2. Estos son, pues, los preceptos que mandamos observar a todos los que estáis en el monasterio. I. Vida común y comunión de bienes 3. Porque os habéis congregado en uno, lo primero que os mandamos es que habitéis unánimes en casa y tengáis una sola alma y un sólo corazón en Dios. 4. Y no llaméis propio a nada, sino que habéis de tener todo en común. Vuestro prepósito distribuirá a cada uno de vosotros la comida y el vestido, no igualmente a todos, pues no todos tenéis iguales fuerzas, sino más bien a cada uno según fuere su necesidad. Pues así leéis en los Hechos de los Apóstoles que tenían todas las cosas comunes, y se distribuía a cada uno según su necesidad (Hch 4,32.35). 5. Aquellos que, cuando ingresaron en el monasterio, tenían algo en el siglo, han de llevar a bien que sea ya común para todos.

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6. Los que nada tenían no busquen en el monasterio cosas que ni siquiera fuera podían tener. Pero se ha de atender a su debilidad con lo que necesiten, aunque su pobreza, cuando vivían fuera, no pudiera hallar ni siquiera las cosas necesarias. Y no se crean felices porque hallaron el alimento y vestido que fuera no podían lograr. 7. Ni se engrían por asociarse a aquellos, a quienes fuera no osaban acercarse: mantengan arriba el corazón y no requieran cosas terrenas y vanas, no sea que los monasterios comiencen a ser útiles para los ricos y no para los pobres, si en ellos los ricos se hacen humildes y los pobres soberbios. 8. Igualmente, los que parecían ser algo en el siglo, no han de menospreciar a sus hermanos que desde la pobreza vinieron a la santa sociedad. Procuren más bien gloriarse de la sociedad de pobres hermanos y no de la dignidad de padres ricos. No se envanezcan, si aportaron a la vida común algo de sus haberes, ni se hagan más soberbios con su riqueza, por haberla compartido en el monasterio, que si la disfrutasen en el siglo. En efecto, todas las demás iniquidades se realizan en las malas obras, mientras que la soberbia acecha las obras buenas también para dañarlas. ¿Y qué aprovecha repartir los bienes a los pobres y hacerse pobre, si el alma misera se hace más soberbia, desdeñando las riquezas, que lo fuera poseyéndolas? 9. Vivid, pues, todos en unanimidad y concordia y honrad a Dios en vuestra reciprocidad, pues os habéis convertido en templos suyos.

II. La oración. 10. Aplicaos a la oración en las horas y tiempos señalados. 11. Ninguno haga en el oratorio sino aquello para lo que fue destinado, como lo indica su nombre. De este modo, a los que fuera de las horas señaladas quisieren orar no se lo impidan los que creen que allí se debe hacer otra cosa. 12. Cuando oráis a Dios con salmos e himnos, sienta el corazón lo que dice la boca. 13. Y no cantéis sino lo que está consignado para ser cantado. Si no está consignado por escrito para ser cantado, no se cante. III. Del ayuno y la mortificación. 14. Domad vuestra carne, cuanto la salud lo permita, con la abstinencia de comida y bebida. Y aunque alguno no pueda ayunar, no tome alimento alguno fuera de la hora de refección, a no ser que esté enfermo. 15. Cuando os sentéis a la mesa, hasta que os levantéis de ella escuchad sin ruidos ni altercados lo que se os lee según la costumbre. No sean sola la boca la que reciba el alimento, sino que los oídos reciban también la palabra de Dios. 16. Si los que son débiles por hábitos inveterados, son distinguidos en el alimento, no debe molestar ni parecer injusto a los demás, a quienes otra costumbre hizo más fuertes. Ni los crean más felices porque toman lo que no

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toman ellos. Alégrense más bien porque pueden lo que no pueden aquellos. 17. Y si a los que de costumbres más delicadas vinieron al monasterio se diese en comida, abrigo o cama, algo que no se da a otros más fuertes y por eso más felices, deben considerar aquellos a quienes no se les da eso cuánto condescendieron los otros desde las comodidades del siglo, aunque no hayan podido llegar a la frugalidad de los que son más fuertes. Ni deben querer todos lo que unos pocos reciben de más, no por honrarlos sino por condescender con ellos, para que no sobrevenga la detestable perversidad de que en el monasterio, donde los ricos en cuanto pueden se hacen laboriosos, se hagan delicados los pobres. 18. Así como los enfermos por necesidad han de comer menos, para no agravarse, así también, pasada la enfermedad, han de ser tratados de tal modo que se restablezcan pronto, aunque hayan venido de una estrechísima pobreza en el siglo, como si la reciente enfermedad les otorgase lo que a los ricos su antiguo modo de vivir. Mas, una vez recobradas las fuerzas perdidas, vuelvan a su antigua y más feliz costumbre: en efecto, esta honra a los siervos de Dios tanto más cuanto menos necesitan. Una vez restablecidos, no se dejen dominar por el privilegio que la necesidad les ofreció en su achaque. Júzguense más ricos los que en soportar la pobreza son más fuertes. Porque mejor es necesitar poco que tener mucho. IV. Guarda de la castidad y corrección fraterna. 19. No os hagáis notar por vuestro atuendo, ni pretendáis agradar con los vestidos sino con las costumbres.

20. Cuando salgáis de casa id juntos. Y cuando lleguéis al lugar manteneos juntos. 21. En el caminar, en el detenerse y en todos vuestros movimientos, nada hagáis que ofenda la vista de los demás, sino aquello que corresponde a vuestra santidad. 22. Aunque veáis alguna mujer, no fijéis los ojos en ella. Pues no se os prohibe ver mujeres fuera de casa, pero es pecaminoso desearlas o querer ser deseados por ellas. No sólo con el tacto y de obra, sino también con la mirada es buscada y provocada la concupiscencia de las mujeres. Y no digáis que tenéis el corazón puro si son impuros vuestros ojos, pues la mirada impura es mensajera de la impureza del corazón. Y cuando los corazones, aunque calle la lengua, se declaran deshonestamente con mutuas miradas y siguiendo la concupiscencia de la carne se deleitan en un ardor recíproco, aunque el cuerpo quede libre de violación inmunda, la castidad desaparece de las costumbres. 23. Y no debe pensar el que fijó la vista en alguna mujer y desea que ella las fije, que nadie lo ve cuando eso hiciere: sin duda es visto por quienes él piensa que no lo ven. Pero dado el caso que quede oculto y no sea visto por nadie, ¿qué hará de aquel altísimo Inspector, a quien nada se le puede ocultar? ¿Pensaremos, quizá, que no lo ve, porque su mirada es tanto más paciente cuanto más sabia? Tema, pues, el santo varón desagradarle para renunciar a agradar malamente a la mujer. Piense que él lo ve todo, para no desear ver malamente a la mujer. Pues también en esta causa se nos recomienda el temor de Dios en el texto que dice: abominación es para el Señor el que fija la vista (Pr 27,20 [LXX]).

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24. Cuando os reunís en la iglesia, o en cualquier otro lugar en que haya mujeres, guardad mutuamente vuestra honestidad. Y Dios, que habita en vosotros, os guardará también por este medio, valiéndose de vosotros mismos. 25. Si notareis en alguno de vosotros esta liviandad en el mirar, de que os he hablado, amonestadle inmediatamente para que el mal comenzado no progrese y se corrija pronto. 26. Pero, si hecha la advertencia, viereis entonces u otro día que comete la misma falta, quien lo haya advertido delátelo como a sujeto dañado para que lo curen. Pero antes se lo manifestará a otro o a un tercero, para que con el testimonio de dos o tres pueda ser convencido y castigado con la severidad adecuada. Y no creáis ser malévolos, cuando hacéis esa indicación. Menos inocentes sois si por callar permitís que perezcan vuestros hermanos, a quienes podríais corregir con una indicación. Si un hermano tuyo tuviese una herida en el cuerpo, y quisiese ocultarla por temor a que se la sajasen, ¿no serías cruel al callarla y misericordioso al declararla? Pues, ¿cuánto más deberás delatarlo para que no se corrompa su corazón? 27. Pero antes de manifestarlo a otros, que puedan convencerlo si negare, debes manifestarlo al prepósito, si rehusa corregirse con tu simple advertencia: quizá con una corrección secreta pueda evitarse dar parte a otros. Pero, si niega, su disimulo será corregido por los otros: será convicto en presencia de todos, no por un testigo, sino por dos o tres. Una vez convicto, deberá sufrir el castigo medicinal, según el criterio del prepósito, o también del presbítero, a cuyo cargo pertenece el reo. Si rehusa aceptarlo, aunque él

no quiera retirarse, será expulsado de vuestra compañía. Y esto no es crueldad, sino misericordia, no sea que pierda a otros muchos con su contagio pestilente. 28. Esto que he dicho sobre el fijar la mirada se observará con diligencia y fidelidad, con amor a los hombres y odio a los vicios, en averiguar, prohibir, manifestar, convencer y castigar cualesquiera pecados. 29. Mas, si en alguno llegase a tanto la maldad, que recibiese ocultamente de otro cartas o regalitos, si espontáneamente lo confiesa, perdónesele y órese por él. Pero si es sorprendido y convencido, será más gravemente corregido a discreción del prepósito o del presbítero. V. Vestidos y utensilios. 30. Guardad los vestidos en común, bajo el cuidado de uno o de dos, o de cuantos fueren necesarios para sacudirlos, a fin de que no se apolillen. Así como os alimentáis de una sola despensa, así os vestiréis de una sola ropería. Si es posible, no dependa de vosotros señalar el vestido que habéis de usar según la conveniencia de los tiempos, o si cada uno recibe el que ya antes había dejado, o el que otro había tenido, con tal que a cada uno no se le niegue el que necesitare. Pero si de aquí se originasen entre vosotros contiendas y murmuraciones, quejándose alguno de que lo que recibe es peor que lo que antes tenía, o se siente postergado porque no se le viste tan bien como se viste a otro, deducid de ahí cuanto os falta en el hábito santo del corazón, al litigar por el hábito del cuerpo. Si se os tolera la flaqueza y os dan lo que antes teníais, depositad sin embargo

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en el lugar común lo que usáis bajo la custodia de los oficiales. 31. Así se conseguirá que nadie trabaje para sí, sino que todas vuestras obras sean para el común, con mayor esmero y más actual entusiasmo que si hicierais para vosotros cosas propias. Porque la caridad, de la que se escribió que no busca sus propias cosas (1 Co 13,5), ha de entenderse así: antepone las cosas comunes a las propias, no las propias a las comunes. Por ende, cuanto mejor cuidéis la obra común que la propia, tanto mejor comprobaréis que habéis progresado. Así, pues, que en todo lo que utiliza esta necesidad transitoria sobresalga la caridad permanente. 32. De aquí se infiere que, si alguno trajera a sus hijos, deudos o familiares que viven en el monasterio un vestido o cualquier otra prenda necesaria, no se reciba ocultamente, sino póngase a disposición del prepósito para que, reunido en el haber común, se dé a quien lo necesitare. Y si alguien oculta lo que le han traído, sea castigado como reo de hurto. 33. Lávense vuestros vestidos según la disposición del prepósito, ya por vosotros, ya por los lavanderos, para que una excesiva preocupación por el vestido limpio no ocasione manchas interiores en al alma. 34. No se niegue el baño del cuerpo al que lo necesita por su debilidad. Se procederá sin murmuración, según el consejo de la medicina, para que el enfermo haga lo que se haya de hacer por la salud, según la disposición del prepósito, aunque el enfermo lo rehuse. Pero si es él quien lo pide, y no le conviene, no se atienda a su demanda, porque

a veces, aunque sea perjudicial, se cree que es provechoso aquello que nos agrada. 35. En fin, si se trata de un latente dolor corporal, hay que creer sin vacilar al siervo de Dios que se queja. Mas, si no sabemos con certidumbre si para curar el dolor conviene lo que deleita, consúltese al médico. 36. No vayan a los baños, o a cualquier otro lugar adonde hubiera necesidad de ir, menos de dos o tres. Y quien necesite ir a alguna parte, deberá ir con quien el prepósito mande. 37. El cuidado de los enfermos o convalecientes de alguna enfermedad, o de los que sin calentura padecen algún achaque, debe dejarse a uno para que recabe de la despensa lo que vea que necesita cada cual. 38. Los prepósitos que tengan a su cargo la despensa, ropería, biblioteca, sirvan sin murmurar a sus hermanos. 39. Pídanse cada día los libros a hora determinada: a quien los pida fuera de hora no se le den. 40. Los que cuidan de guardar los vestidos y calzados no se demoren en darlos cuando los hermanos los necesitaren. VI. El perdón de las injurias. Humildad. 41. No tengáis pleito alguno, o terminadlo cuanto antes, para que la ira no crezca y se convierta en odio, y de una paja se haga una viga haciendo homicida al alma, pues así leéis: el que odia a su hermano es homicida (1 Jn 3,15).

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42. Quien ofenda a otro con injuria, maldición o acusación de un delito procure reparar cuanto antes con una satisfacción lo que hizo, y el que fue ofendido perdónele sin discutir. Si se ofendieron mutuamente, deberán también mutuamente perdonarse, con ayuda de vuestras oraciones, que deberán ser tanto más perfectas cuanto más frecuentes. Es mejor aquel que, aunque se irrite con frecuencia, se apresura a pedir perdón al que reconoce haber injuriado, que aquel que tarda en enojarse, pero se determina con mayor dificultad a pedir perdón. Quien se niega a perdonar a su hermano, no espere recibir el fruto de la oración. Y quien nunca quiere pedir perdón, o no lo pide de corazón, está de sobra en el monasterio, aunque no sea expulsado de él. Por lo tanto, absteneos de palabras duras. Si alguna vez las hubieseis pronunciado, no os avergoncéis de aplicar el remedio con la misma boca que produjo la herida. 43. Cuando, para corregir las faltas, os obliga la necesidad de la observancia a decir palabras duras, si notáis que habéis pasado la raya de lo justo, no se os exige que pidáis perdón a vuestros subditos, no sea que, por mostrar excesiva humildad ante aquellos que deben estaros sujetos, se menoscabe la autoridad para gobernar. Pero habéis de pedir perdón al Señor de todos, pues él sabe con cuánta benevolencia amáis a aquellos, a quienes quizá reprendéis algo más de lo justo. El amor entre vosotros no ha de ser carnal, sino espiritual.

VIL Observancia de la Regla. Obediencia 44. Obedézcase al prepósito como al padre, honrándole debidamente, para no ofender a Dios en él. Y mucho más al presbítero que cuida de todos vosotros. 45. Para que se cumpla todo esto y, si algo no se cumpliere, no se transija con negligencia, sino que se procure enmendar y corregir, la observancia se encomienda al prepósito, de modo que refiera al presbítero, que tiene mayor autoridad entre vosotros, aquello que exceda su autoridad o facultades. 46. Pero quien os preside no se considere feliz por dominar con potestad, sino por servir con caridad. Ante vosotros, el prelado aparecerá con honor; pero ante Dios estará postrado a vuestros pies con temor. Muéstrese como ejemplo de buenas obras para todos. Corrija a los inquietos, consuele a los pusilánimes, ayude a los débiles, sea paciente con todos. Mantenga con gusto la disciplina y la imponga con temor. Y aunque ambos aspectos sean necesarios, prefiera ser amado de vosotros más que temido, pensando siempre que ha de dar cuenta de vosotros a Dios. 47. Por eso, al obedecerle, compadeceos, no sólo de vosotros mismos, sino más de él, ya que entre vosotros, al estar en lugar superior, corre un mayor peligro. VIII. Lectura de la Regla 48. Conceda el Señor que observéis todas estas cosas con agrado, como amadores de la belleza espiritual, exha-

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lando en vuestra conversación el buen olor de Cristo, no como siervos bajo la ley, sino como libres bajo la gracia. 49. Y para que podáis miraros en este librito como en un espejo y nada dejéis por olvido, se os leerá una vez a la semana. Y si viereis que cumplís todo lo que va escrito, dad gracias a Dios, dador de todos los bienes. Y si alguno de vosotros ve que le falta algo, duélase de lo pasado, prevenga lo futuro, orando para que su deuda sea perdonada y no sea arrastrado en la tentación. Amén.

COMENTARIO

CAPITULO PRIMERO

ELECCIÓN Y VOCACIÓN

1. La elección. El problema del hombre escapa al hombre. Ni la humanidad se pudo hacer a sí misma, ni cada persona ha podido hacerse a sí misma. La humanidad se encontró arrojada a la tierra y cada individuo se halla «arrojado al mundo y perdido en él», como dicen los existencialistas, o bien «arrojado al mar a tontas y a locas», como dice san Agustín. Unos nacen blancos y otros negros; unos nacen en África y otros en Australia; unos nacen en la Iglesia y otros en el Budismo; unos nacen sanos y otros nacen tarados. De ese modo vemos que cada persona nace ya condicionada o, si se quiere, y en un amplio sentido, predestinada. Pero, además, hay que contar con la «circunstancia», que también escapa al hombre. Y aquí no sólo entran las circunstancias lejanas, como son los astros, sino también las circunstancias inmediatas, como son el prójimo, el aire que respiramos o la guerra que

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nos amenaza. Por eso se acepta la fórmula «yo soy yo y mi circunstancia». De ese modo estoy condicionado y en cierto modo predestinado, no sólo externa, sino también internamente, no sólo por el entorno, sino también por mi propio historial, por esa lógica de mi vida que no depende de mi capricho. No ya sólo mi vida exterior, sino también mi vida interior, todo eso que llamamos conocimiento e ignorancia, amor y odio dependen, no sólo de mi entorno, sino también de mi modo de ser y de mi historia. Y los pensadores se preguntan: ¿habrá una Providencia que se cuida del mundo? ¿Es todo producto de un azar, de una evolución ciega, del absurdo, de una voluntad malévola, de un ser que se divierte o que sueña? Así decía san Agustín: «Dios o la naturaleza, la necesidad o la libertad, nos han arrojado a este piélago a tontas y a locas, sin orientación, como juguetes de las circunstancias» (Vida feliz 1,1 PL 32,659). Así nos obliga san Agustín, desde el principio, a optar por una filosofía del orden o del absurdo, del cosmos o del caos. Pero aparte de las «leyes» que descubrimos en el mundo, descubrimos que el «absurdo» es una palabra sin sentido alguno, pues implica una contradicción interna. El partidario del absurdo suele ser un fanático del orden, un amante del orden tan celoso que no admite ni siquiera los caprichos más inocentes contra él. La misma muerte absurda de Alberto Camus es un proceso causal meticulosamente ordenado y riguroso. Por eso la humanidad ha optado siempre por el cosmos. El mundo es un orden. Pero en este caso, ya no podemos detenernos caprichosamente para jugar con el azar y con el absurdo. Es preciso llegar hasta el final. San Agustín mismo se vio arrastrado por la lógica, por la ley, por la razón y la revelación a preguntarse si el problema

no es todavía más profundo, es decir, si no hay raíces de la misma libertad humana, y llegó a concluir afirmando que el pecado y la gracia son efectivamente, y a veces eficazmente, «raíces de la libertad», formas de condicionamiento o predestinación. En consecuencia, hermano, el que tú y yo seamos «religiosos» es en definitiva un «misterio de elección», que se resume en la fórmula de Cristo: no me habéis elegido vosotros a mí, sino que fui yo quien os elegí a vosotros (Jn 15,16). Por esto, en la meditación que san Agustín dedica al encuentro de Jesús con la samaritana junto al pozo de Jacob, comienza diciendo: «ya empiezan los misterios». La samaritana iba a buscar agua y era llevada al pozo; buscaba agua muerta y encontró agua viva; no la encontró ella, sino que se la brindaron; después de la revelación de Cristo, la mujer ya nada tenía que decir; abandonó su cántaro junto al pozo y corrió a evangelizar (cf. Trat. ev. Jn. 16,6.28 PL 35,1512.1520). 1. La samaritana abandonó el cántaro de sus apetencias y corrió a evangelizar: Aprendan aquí los que desean evangelizar: abandonen el cántaro, pues el agua profana de nada les servirá: es sólo una carga cuando se desea el agua viva de Cristo (cf. Trat. ev. Jn. 16,30). 2. Que el hombre no se gloríe en sí mismo. Me refiero concretamente a vuestra profesión, hermanos. Nunca os hubiera reunido esta congregación, en la que vivís la continencia, si no hubieseis renunciado a las satisfacciones matrimoniales, pero Cristo advirtió: no todos entienden este misterio, sino aquellos a quienes es dado (Mt 19,11). A los que no se les ha dado o no quieren o no cumplen lo que quieren. En cambio a los que se les ha dado, de tal manera

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lo quieren que cumplen lo que quieren. En consecuencia el que algunos entiendan este misterio lo deben sin duda a su libertad, pero también a un don de Dios... (8) El Apóstol aconseja la continencia diciendo: quisiera que todos fuesen como yo, esto es, continentes, pero añade: sin embargo, cada uno recibe de Dios el oportuno bien (1 Co 7,7) (cf. Grac. y lib. 4,7). 3. Para indagar este misterio me fatigué mucho en defensa de la libertad. Pero me venció la gracia de Dios: no pude pasar aquella verdad clarísima, que acentúa el Apóstol diciendo: ¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿de qué te glorías, como si no lo hubieras recibido? (1 Co 4,7). Esta sentencia del Apóstol me convenció, pues anteriormente yo pensaba otra cosa. Cuando escribí al presbítero Simpliciano, Dios me hizo esa revelación (cf. Pred. santos 4,8). 4. No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros. Esta es la gracia inefable. ¿Qué éramos cuando no habíamos elegido a Cristo, y por lo mismo no lo amábamos? ¿Acaso podrá amarlo quien no lo ha elegido? ¿O acaso habíamos conseguido ya lo que canta el salmo?: Elegí ser el último en la casa del Señor, mejor que habitar en las tiendas de los pecadores (Sal 83,11). De ningún modo. ¿Qué éramos sino impíos y perdidos? Aún no creíamos en él para que nos eligiera. Pues si ya hubiéramos creído en él, nos hubiera elegido después de elegirlo nosotros a él. La gracia no encontró méritos pasados, presentes o futuros, sino que los produjo, (3) y por eso añadió Cristo: os puse a dar fruto, ya que sin mí nada podéis hacer (Jn 15,5). Nos colocó, pues, en el camino, que es él mismo para

que demos fruto... (87,1) es decir, para que nos amemos recíprocamente. La caridad es ese fruto, pues con ella nos amamos y amamos a Dios. Será auténtica si amamos a Dios. En efecto, cada cual ha de amar al prójimo como a sí mismo, si ama a Dios; pues, si no ama a Dios, no se ama a sí mismo (cf. Trat. ev. Jn. 86,2). 5. Habéis inundado mi corazón de un gozo tanto más placentero como más querido, con la noticia de la entrada en religión de vuestra hija. Más útil y glorioso es que se la entreguéis a Cristo, que si se la dieseis al mundo. Mejor es propagar la nobleza del espíritu que la de la sangre. Mejor es imitar la vida de los ángeles, que aumentar el número de los mortales. ¡Ojalá persevere la muchacha hasta el fin en ese esponsalicio divino, que no tendrá fin! ¡Ojalá sigan el ejemplo sus esclavas! He recibido el aguinaldo y albricias de la velación. Dignaos recibir mi afecto en el Señor, y presentar mis buenos servicios a la novicia (cf. Carta 150). 6. Por mi exhortación y ministerio ha desdeñado la muchacha un matrimonio que ya estaba concertado. Se ha unido a Cristo, prefiriendo la fecundidad espiritual a la carnal. Esa profesión de virginidad es un nobilísimo don de Dios, el cual se vale de sus siervos para plantar y cultivar, reservándose dar por sí mismo el crecimiento (1 Co 3,7). Nosotros somos sus obreros (cf. Carta 188,1). 7. Fue el Espíritu Santo el que descendió y llenó a sus siervos que estaban congregados en uno. Entonces amasaron todos sus haberes y los distribuyeron entre los pobres. Ninguno se reservó cosa privada, sino que hicieron comunes hasta el alma y el corazón. Y la tierra dio sus frutos, frutos innumerables, frutos excelentes. Tal bendición del

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cielo no era para ellos solos. También nosotros somos partícipes de aquella bendición. ¡Progresad siempre! ¡Reanimad el corazón! (cf. Com. Sal. 66,9). 8. No vine a traer la paz sino la espada. El hijo quiere servir a Dios y el padre se lo impide: la espada los separa. La nuera quiere y la suegra no quiere: venga la espada afilada y separe lo temporal de lo eterno. Que el padre, la madre, la hermana, la esposa, el amigo no te retraigan: utiliza la espada... (14) Cristo eligió a los que carecían de importancia para el mundo (cf. 1 Co 1,26-28). Los llenó de Espíritu Santo, les entregó la espada y los envió a predicar (Mt 28,19). Bramó el mundo, el león se levantó contra el cordero, pero el cordero resultó ser más fuerte que el león, y el corazón de los hombres se convirtió al amor de Cristo. Acudieron de todas partes, y ¿qué iban a hacer? Muchos eligieron el deshonor, abandonaron sus casas, distribuyeron a los pobres sus bienes y corrieron juntos hacia la perfección. Porque el Señor dijo: si quieres ser perfecto, ve, vende lo que posees, dalo a los pobres, vuelve, sigúeme y tendrás un tesoro en el cielo (Mt 19,21) Muchos nobles lo hicieron y dejaron de ser nobles ante el mundo: eligieron la pobreza del siglo y la nobleza de Cristo (cf. Com. Sal. 149,12). 9. Surge la división entre los deudos. ¿Qué espada causa esa división sino la que trajo Cristo? En verdad, hermanos, cada día contemplamos esos ejemplos. Si un muchacho desea ir a servir a Dios, desagrada a su padre: ya están divididos. El padre le promete una herencia terrena, mientras el hijo ama la celeste. El uno promete una cosa, mientras el otro prefiere otra. Mas no piense el padre

que el hijo le hace injuria cuando prefiere a Dios. Aunque sólo le antepone a Dios, reprende al hijo que quiere servir a Dios. Pero la espada espiritual, que separa, es más poderosa que la naturaleza carnal que une. Lo mismo ocurre entre la hija y la madre, y más aún entre la nuera y la suegra, pues sucede a veces que la una es hereje y la otra católica... (12) Pero esto acontece en general en todo el género humano (cf. Com. Sal. 44,11). 10. Hablamos del propósito de Dios o plan de Dios en el orden de la predestinación. Estos pelagianos afirman que ellos confiesan que la gracia divina ayuda a nuestro buen propósito, pero no infunde un deseo de virtud a quien ofrece resistencia. Hablan como si el hombre tuviera de sí mismo ese buen propósito y el deseo de virtud, y mereciera de ese modo que Dios le prestase su ayuda a continuación. Ignoran que ya el buen propósito es de Dios y no del hombre. Ya que Dios nos eligió aún antes de crear el mundo (Ef 1,4). Son, pues, llamados según el propósito los que fueron elegidos antes de la creación del mundo. Claro que el buen propósito es del hombre, ayudado por una gracia subsiguiente; pero no se daría tal propósito, si no se diera también una gracia precedente. El buen deseo del hombre nace con ayuda de la gracia, pero nunca comienza sin ella (cf. Cart. Pelag. 2,10,22). 2. La vocación: ¿quién me llama? Un hijo pródigo que malvive y vaga sin rumbo fijo oye de pronto una voz lejana, como si fuese la voz del padre que se quedó en casa. La voz puede revestir mil formas: tarjeta de visita, carta, invitación de tercera persona, un funcionario, un libro, una direc-

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ción equivocada, una ventura o una desventura, corazonada, ocurrencia, broma, borrachera. Pero hay llamadas «tan congruas y aptas» que se llaman «eficaces»; y en este caso, el hijo pródigo vuelve la cabeza antes de darse cuenta de lo que hace. Hay otras llamadas, que se llaman «ineficaces», porque dan lugar al rechazo, a la protesta, disimulo o despecho. En todo caso la llamada cumple siempre su cometido. Porque la gracia divina es un empréstito y no un puñado de monedas que se arroja sobre la muchedumbre y se cobra a la rebatiña quién sabe por quien, san Agustín decía: «Temo a Jesús cuando pasa» (timeo Jesum transeuntem). A su paso nos deja una merced, pero con una responsabilidad inherente. Pasa, deja el talento, pero volverá a pedir cuenta del mismo. Así se prolonga el misterio. Se cumple aquí el aforismo que Pascal tomaba de san Agustín: «si buscas a Dios es porque lo has encontrado». Quiere decir que Dios te tiene tomado por tu raíz, y por eso dice el mismo san Agustín: «Tú nos llamas para que nos guste alabarte, pues nos hiciste para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (Conf. 1,1,1 PL 32,661). Dios no es sólo un punto de llegada, sino también un punto de partida; no sólo una omega, sino también un alfa; en suma, es nuestro centro. Lo cual hace florecer nuestra humildad ante él y nos instala en la realidad y en la verdad. El hombre no es un fantasma volandero, ni un castillo en el aire, sino que tiene antecedentes y soportes; raíces. No se trata de herencias biológicas o míticas, sino de la «atracción del abismo», de ese abismo del que el hombre mismo salió. El abismo humano está siempre a la escucha de la voz que sale del abismo divino, pero no siempre la voz es tan «congrua y apta» que produzca un «gusto de cantar», y por eso muchos

rechazan, disimulan, se hacen el sordo-, protestan, maldicen, y se echan a llorar, o a reír. La fe se acerca con un dedo en los labios. Nos pregunta si realmente creemos que la llamada a la vida religiosa es un don de Dios, un privilegio que responde a el Señor es mi porción (Sal 72,26), y al me ha tocado latierrade mejor regadío (Sal 15,6). Porque no todos piensan así. San Agustín recordaba lo que decían algunos simpatizantes de los religiosos: «¡Hay que ver lo que se pierden estos desventurados!». Y no hay para qué recordar las maldiciones que lanzaban sobre ellos los donatistas y paganos. Hay quienes piensan que Cristo, al elegirlos, los ha hecho desgraciados, los ha desheredado, los ha engañado, les ha echado encima una cruz de bronce, que han de llevar a rastras por un bosque sombrío. Piensan en el plato de lentejas de Esaú, sobre todo cuando las lentejas son de Egipto (lenticulae alexandrinae), y en la olla de Egipto. Hay quienes piensan así, pero no vamos a reñir con ellos. La fe, que se acerca con un dedo en los labios, nos impide criticar diciendo: misterio, misterio... 11. Nadie puede querer, si no es amonestado o llamado, ya desde dentro, ya desde fuera. Cuando el Señor invitó a las bodas, no todos los invitados quisieron asistir; y los que aceptaron, no hubieran podido asistir de no haber sido invitados (Le 14,16-26). Los que se negaron a venir fueron responsables de su negativa; pero los que aceptaron, no tenían de qué jactarse por haber asistido, pues aunque asistieron libremente, asistieron porque los invitaban. La vocación preparó la voluntad... (6) Esta vocación, ya se trate de los individuos, de los pueblos, o de todo el género humano, es un plan misterioso y profundo que va obrando

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según la coyuntura de los tiempos. Hemos, pues, de retener con fe firme que Dios nunca obra injustamente, y que no hay naturaleza alguna que no deba a Dios todo lo que es (cf. 83 cuest. 68,5). 12. Nos mandan vivir rectamente..., pero ¿quién puede hacerlo, sino por una vocación, es decir, si no es justificado mediante la fe? Por eso nos mandan creer. Pero ¿quién puede creer, sino en virtud de alguna vocación, es decir, si no es impresionado por alguna realidad sensible? ¿Y quién puede hacer que una tal realidad toque su mente, para que su voluntad acepte la fe? Por otra parte, ¿quién puede acoger en su ánimo algo que no le deleite? ¿Y quién puede hacer que se le ofrezca algo que le deleite, o que en realidad le deleite cuando se presenta? Por consiguiente, cuando nos deleita algo que nos acerca a Dios, eso se debe a la misma gracia de Dios, no a nuestro capricho, ingenio o mérito. Del mismo modo nos mandan pedir para recibir, buscar para encontrar, llamar para entrar (cf. Mt 7,7). Pero, ¿no es verdad que nuestra oración es a veces tan floja y tibia que es casi nula o nula del todo? (22) ... Digamos, pues, ¡Aleluya! Alabemos al Señor con un cántico nuevo y no andemos preguntando ¿por qué esto y por qué lo otro? Todas las cosas fueron creadas a su tiempo (Si 39,21) (Simpliciano 1,2,21). 13. Oh, Señor, ... rompiste mis cadenas (Sal 115,7) ¿Quién soy yo, o cómo soy yo? ¿Qué mal no se reveló en mis obras, o en mis palabras, o en mi voluntad? Mas tú me diste la libertad. Y todo consistía en esto: en rechazar lo que antes quería y en aceptar lo que querías tú. Pero, durante todo ese largo tiempo ¿dónde estaba, o de qué

oscuro y profundo hondón salía en un momento mi libertad, para someter mi dura cerviz a tu suave yugo, y mis hombros a tu carga ligera, oh Cristo Jesús, mi auxiliador y redentor? ¡Cuan fácil me pareció de pronto la renuncia a las bagatelas! El miedo que tenía de perderlas se convirtió en el gozo de abandonarlas. Porque las arrojabas lejos de mí tú, más dulce que toda sensualidad, más radiante que toda luz, más elevado que cualquier honor. Así recobré la libertad de mi alma (cf. Conf. 9,1,1). 14. De pronto en la casa vecina oí una voz juvenil que repetía: «Toma y lee, toma y lee»... Me levanté pensando que Dios me ordenaba abrir el códice y leer lo primero que se me ofreciera. Había oído que Antonio, abriendo el evangelio al azar, fue amonestado, como si le intimara lo que leía: ve, vende lo que tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo. Y vuelve y sigúeme (Mt 19,21). Con ese oráculo se convirtió a ti de pronto. Volví, pues, al lugar donde estaba Alipio; allí había dejado el códice de san Pablo... Lo tomé, lo abrí y leí en silencio la sentencia primera con la que toparon mis ojos: No en comilonas y borracheras, no en burdeles e impurezas, no en contiendas ni envidias, sino revestios del Señor Jesucristo y no convirtáis el cuidado de la carne en concupiscencias (Rm 13,1314). No quise leer más, ni era ya necesario... Como si me hubieran infundido en el corazón una luz de seguridad, se disiparon todos los celajes de mis dudas (Conf. 8,12,29). 15. Mis planes eran claros para ti, mas no para los hombres, salvo los que estaban con nosotros, pues nos habíamos convenido en mantener el secreto... (2,3) Esperábamos las vacaciones de las vendimias para que

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nuestros planes no parecieran una locura o una jactancia... (3,5) Verecundo nos ofreció su finca de Casiciaco para descansar del fragor del mundo... (5,13) Renuncié a mi profesión y marché gozoso a la finca entre mis amigos... (6,14) Cuando llegó el tiempo, me bauticé con Alipio y con mi hijo Adeodato... (8,17) Y tú, que haces habitar en un lugar a los que tienen un alma común, nos trajiste a Evodio, un joven de nuestro municipio. Militaba como agente de negocios, y se había convertido y bautizado antes que nosotros; pero abandonó la milicia secular para unirse a la tuya. Juntos vivíamos preparados para habitar en un santo y común acuerdo. Nos preguntábamos en qué lugar seríamos más útiles en tu servicio y convinimos en regresar al África (cf. Conf. 9,2,2). 16. ¿Qué había merecido la materia corporal para empezar a ser? ¿O qué habían merecido los principios de la criatura espiritual para comenzar a ser una tierra fluida, semejante a un abismo, si no se convertía, llamada por tu Verbo, hacia su Hacedor? Sólo así podía ser iluminada por él y convertirse en su luz, una luz diferente, pero semejante a la Forma que es igual a ti... Será preciso que el espíritu se mantenga adherido a ti, para que no pierda por su aversión la luz que alcanzó por su conversión. Recaería en la vida tenebrosa, semejante al abismo {Conf. 13,2,3). 17. Tomaré como punto de referencia la opinión del Apóstol en esta epístola a los Romanos, a saber: que nadie se gloríe de sus méritos u obras. Eso hacían los judíos, al estimar que la gracia evangélica se les debía por su observancia de la ley. Y por eso negaban a los gentiles el mismo derecho. No entendían que, si la gracia es evangélica, no se

debe a las obras, pues en este caso la gracia no sería gracia (Rm 11,6). No se eliminan las obras, pero la gracia las precede. Nadie es observante si no recibe la gracia por medio de la fe, y nadie alcanza la fe sino por medio de la vocación... (3) Por eso concluye el Apóstol: Hemos sido salvados por la gracia de Dios, y ése es un don de Dios, no fruto de nuestra cosecha: no procede de nuestra actividad, para que nadie se engría (Ef 2,8-9) (Simpliciano 1,2,2). 18. ¿Quién reunió a los amargos en una sociedad? Aunque fluctúen en la innumerable variedad de sus individuales preocupaciones, buscan la misma finalidad; la felicidad temporal y terrena. Por ella hacen todo lo que hacen. Pues ¿quién los reunió sino tú, que mandaste a las aguas que se congregasen en comunidad y apareciera la árida, que tiene sed de ti? Tuyo es el mar ..., pero no se llama mar al amargor de las diferentes voluntades, sino a la congregación de las aguas. Tú subyugas los malos deseos de las almas y defines el límite ... en que se rompen sus ondas: así formas el mar con el imperio que ordenas sobre todas las cosas. (21) Esas almas, que tienen sed de ti, y que aparecen apartadas de la congregación por sus finalidades diferentes, se ven de pronto regadas con tu secreto y dulce manantial para que también la tierra dé sus frutos. Y efectivamente los da {Conf. 13,17,20). 19. ¿Piensas, oh buen hombre, que porque te volviste hacia Dios mereciste su misericordia? ¿O que los que no se han vuelto hacia él, no merecieron la misericordia y encontraron su ira? ¿Y cómo hubieras podido convertirte si no te hubieran llamado? El que te llamó cuando estabas distraído te otorgó el que te convirtieras. No te arrogues,

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pues, ni tu propia conversión. Si Dios no te hubiese llamado cuando huías, no hubieras podido volverte... No pongas, pues, tu gozo en estas cosas deleznables, sino en aquella luz que... dijo: Yo soy la luz del mundo (Jn 8,12). Al decirte eso te llama hacia sí. Y cuando te llama te convierte; cuando te convierte te sana; y una vez que te haya curado reconocerás al que te ha convertido, al que se dice: Y tu pueblo se regocijará en ti (Com. Sal. 84,8). 20. Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo (Mt 28,20). En virtud de esa promesa nos hemos convertido hacia Dios. No teníamos otra esperanza que la del mundo. Por eso éramos esclavos, doblemente míseros, pues poníamos la esperanza en esta vida, y al dar la cara al mundo volvíamos la espalda a Dios. Cuando Dios nos convirtió volviendo nuestro rostro hacia él, dimos la espalda al mundo. Todavía estamos en camino, pero mirando a nuestra patria. Aunque tengamos que sufrir alguna tribulación, mientras no abandonemos el camino, vamos embarcados en el madero. Quizá el viento es áspero, pero próspero. Nos exige fatiga, pero nos conduce con rapidez a la meta (Com. Sal. 125,2). 21. El Señor cuenta el número de las estrellas (Sal 146,4). Sabe el número de los que han de reinar con él. Y quizá dentro de los muros de la iglesia hay muchos que exceden el número, es decir, que no han de estar en el reino de Dios. Cada uno mire si es luz en las tinieblas, si no se ha dejado seducir por la tenebrosa iniquidad del mundo. Si no se ha dejado seducir ni vencer, será una de esas estrellas que Dios cuenta ya. (10) A cada una las llama por su nombre: en eso consiste el premio. Hay muchos dones y

carismas, corporales y espirituales, y de ellos no debemos gloriarnos, ya que sin la caridad no valen nada. Pero ante Dios está la lista de nombres. Y ¡ay de aquel a quien diga: No te conozco\, porque eso quiere decir que no lo ha contado en el número de las estrellas, ni lo ha llamado por su nombre (cf. Com. Sal. 146,9). 3. Aquí estoy porque me llamaste El hijo pródigo volvió en sí, organizó el regreso. Volvió primero la cabeza, imaginando que su padre lo llamaba desde la lejanía, y luego volvió la espalda a los cerdos, a las bellotas, al amo y a la región lejana. Convertirse es volver la cabeza y la espalda. Porque si la vocación es una voz que nos llama, es necesario recibirla en el oído y en el corazón. Y nunca nos faltarán motivos de conversión. Aun de aquellos a quienes ha tocado en suerte un alma buena, y que son niños inocentes (Sb 8,19), pregunta san Agustín: «¿Es ésta la inocencia de los niños?» (Conf. 1,7,11 PL 32,666). En realidad, todos comenzamos por una «vida informe» y todos tenemos que repetir el perdónanos nuestras deudas, porque aun el justo cae siete veces al día (Pr 24,16). En la antigüedad, los que llegaban al monasterio solían venir convirtiéndose o convertidos. Hoy, en cambio, vienen los niños y jóvenes inocentes, y con frecuencia no saben por qué vienen. Quizá ilusos, quizá alucinados, creyendo haber oído alguna voz lejana; o quizá para ser sabios, profesores, funcionarios, administrativos o ejecutivos; o quizá huyendo del yugo de la pobreza, del trabajo, de la responsabilidad, de la soledad, del desengaño; o quizá siguiendo a un amigo, a un consejero, a un familiar interesado, a un predicador imprudente. Algunos vienen a

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las bodas del hijo del Rey con tanta indiferencia que ni siquiera se cambian de vestido (Mt 22,11). Por eso el Noviciado debería ser una conversión, ya sea repentina, fulminante, ya sea lenta, progresiva, pero constructiva. Y por eso insiste tanto san Agustín en el tema de la «intención». No le interesa lo que haces tanto como la intención con que lo haces. Y no decimos «noviciado» como si se tratase de un simple «ingreso» momentáneo, ya que la conversión debiera ser una situación permanente, un «estado religioso». Por razón de esa intención orientadora, hay en el monasterio virtudes viciosas y espléndidos vicios, como en cualquiera otra sociedad. Y hay también virtudes rectas y verdaderas, observancias rectas y verdaderas. Todo dependerá de la rectitud de la intención. Hay que realizar el bien delante de los hombres, pero hay que realizarlo «bien» delante de Dios, esto es, en el propio corazón. No se negarán las obras de abstinencia y continencia, de benevolencia y beneficencia, pero tienen que estar animadas por el primer mandamiento. En fin, ahí está el misterio de la perseverancia, que hoy nos abruma, al considerar la cantidad y calidad de los que ponen en tela de juicio, como Lutero, los «votos monásticos». San Agustín, acatando los juicios de Dios, organizó los textos bíblicos para hablar de la perseverancia final y misteriosa. Es Dios quien estabiliza, y no es el iluso el que trata de estabilizarse a sí mismo, pero Dios guarda su secreto para que nadie desconfíe de sí mismo ni desconfíe de Dios, para que todos se gloríen en el Señor y no en sí mismos. No es poco pensar que la profesión religiosa como reiteración y proclamación del bautismo es un signo probable de predestinación final, un don divino que fomenta el júbilo religioso.

22. Invitado a regresar a mi interior, entré sirviéndome tú de guía. Pude hacerlo porque tú me sostenías. Entré y vi con los ojos del alma, sobre los mismos ojos del alma, otra luz permanente, diferente, muy diferente de todas esas cosas mudables. Era superior, pues ella me creó y yo era inferior, pues fui creado por ella. La reconoce quien conoce la Verdad, y quien la reconoce conoce la Eternidad; la Caridad la conoce. ¡Oh eterna Verdad! ¡Oh verdadera Caridad, oh cara Eternidad! ¡Eso eres tú, Dios mío, por quien suspiro día y noche! Entonces me di cuenta de que estaba lejos de ti, en una región de desemejanza, como si oyese una voz que me decía desde lo alto: «soy alimento de adultos: crece y me comerás» (cf. Conf. 7,10,16). 23. No pretendas exhibirte como los hipócritas. Los hipócritas no son por dentro lo que aparentan por fuera, son imitadores y como símbolos de personajes extraños, tal como lo vemos en las fábulas teatrales. Quien en una tragedia representa el papel de Agamenón, o de otro personaje del hecho histórico o fábula que se representa, no es él: finge serlo, y por eso lo llamamos hipócrita... [Estos actores trabajan bien para ser alabados: los críticos los alaban porque conocen su intención. Y con la alabanza y el premio reciben ya su paga merecida] (Serm. Montaña 2,2,5). 24. También oran los hipócritas, contentándose con la alabanza humana. Pero si Dios no necesita información, ¿por qué Cristo nos enseñó a orar con palabras? No se trata de palabras, sino de realidades, para que nosotros las reconozcamos y recordemos al tiempo de orar. Además, con la oración misma purificamos nuestro corazón y lo

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hacemos más capaz para recibir los dones de Dios... (14) El corazón se vuelve hacia Dios, y en esa conversión se purifica. La oración nos permite recibir la luz divina y mantenernos en ella con mayor firmeza; y no sólo con molestia, sino con gozo inefable (cf. Serm. Montaña 2,3,13). 25. Hay que limpiar el corazón, y si no es simple no puede ser puro. ¿Cómo será simple si sirve a dos señores, si no purifica su vista centrándola en las realidades eternas, sino que la enturbia con el amor de las cosas perecederas y mortales?... (3,10) La regla fija es: que los hombres te vean o no te vean, tú no hagas el bien para que te vean o te honren (cf. Serm. Montaña 2,2,9). 26. Cuando el ojo interior es ya puro y simple, es apto e idóneo para contemplar su luz interior. Esto lo logra aquel que pone el fin de sus obras en la gloria de Dios. Por eso se dijo bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios (Mt 5,8)... (23,77) Mas, como no son muchos los que lo logran, tenemos que pensar en nuestro camino áspero y en la puerta angosta, aunque nos parezca suave el yugo del Señor. Tenemos que evitar con cuidado a los pseudoprofetas (cf. Serm. Montaña 2,22,76). 27. [Si te golpean en la mejilla derecha ofrece la izquierda}. Si la sentencia se toma al pié de la letra, ¿por qué no la realizó Cristo cuando le golpearon? (Jn 18,23). Porque no se trata de una exhibición jactanciosa, sino de una disposición del corazón. Muchos serían capaces de ofrecer la otra mejilla, pero no de amar a aquellos que los golpean. El Señor estaba dispuesto a ofrecer, no sólo la otra mejilla, sino la vida en la cruz para salvarnos a todos... (59) Se

trata, pues, de una pureza de intención, de una disposición, no de una ostentación. Y esto hemos de aplicarlo a todo lo demás, al vestido, casa, campos, ganados, dineros... (cf. Serm. Montaña 1,19,58). 28. Hubo en nuestro monasterio un sujeto, a quien corregían los hermanos porque hacía las cosas que no debía hacer, y no hacía las que debía hacer. Y él replicaba: «sea yo ahora lo que sea, al fin seré lo que Dios haya previsto que he de ser». En realidad tenía razón, pero su razón no le ayudaba a ser mejor. Por el contrario, tanto progresó en el mal camino que abandonó la comunidad del monasterio y se convirtió en el perro que vuelve al vómito. Y sin embargo, nadie sabe cómo terminará. Pero ¿acaso por estos tales vamos a negar o a callar la verdad sobre la presciencia divina?... (16,39) ¿No hay otros que no oran o lo hacen sin ganas porque han leído en el evangelio que ya sabe Dios lo que necesitamos? (Mt 6,8). ¿Acaso por estos tales vamos a borrar esa sentencia de evangelio?... (16,40) Deberemos predicar la verdad, pero predicarla con prudencia (cf. Perseverancia 15,38). 29. La perseverancia es un don de Dios. No se diga que quien abandona lo hace porque quiere. Eso nadie lo niega. Pero eso no quita para que la perseverancia sea un don de Dios. Es lo que pide a diario quien reza: No nos dejes caer en la tentación (Mt 6,13); y, si es escuchado, es lo que recibe; en consecuencia, al pedir día a día la perseverancia, realmente pone en Dios, no en sí, la esperanza de ella. No veo, pues, eso que dicen los semipelagianos que al predicar la predestinación incitamos a la desesperación más bien que a la exhortación. Eso sería tanto como decir que el

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hombre pierde la esperanza de su salvación cuando ha aprendido a ponerla en Dios, no en sí mismo... (17,47) Por consiguiente Dios prevé y otorga esos dones que confiere a sus siervos... (22,57) Eso no quiere decir que andemos turbando el alma de los menos inteligentes. Sería incongruente predicar al pueblo diciendo: «ya corráis, ya durmáis, seréis lo que ha previsto Dios, que no puede engañarse». Sería esa predicación como un médico incauto o dañino que administra una medicina útil, pero que de momento no sirva de provecho y haga daño. Lo que el predicador debe decir es: ¡corred de modo que alcancéis el premio! (1 Co 9,24); así, en vuestra carrera conoceréis que fuisteis elegidos para correr legítimamente. Esto sí es sacudir la modorra de los hombres... (22,59) Del mismo modo, cuando se habla de los que fueron predestinados, no hace falta acusar o denunciar a los que se supone que no han sido, pues sería hacerles injuria. Lo que se debe decir es: «Reconoced en vuestra carrera buena y recta que pertenecéis a la predestinación de la divina gracia». Nadie puede considerar a otro rechazado, pues eso nadie puede saberlo ni afirmarlo. Lo que Dios nos manda es orar y confiar. A nadie debemos juzgar temerariamente, y aún en las obras evidentemente malas debemos disculpar al prójimo en lo posible, o suponer que quizá mañana será mejor que nosotros, puesto que nada sabemos de seguro. Y en todo caso, no podremos evadirnos del misterio de la existencia humana. El hombre nace con raíces (cf. Perseverancia 17,46). 4. Señor, ¿qué quieres que haga? Cuando san Agustín se convirtió, estaba muy polarizado por su formación cultural. El cristiano que hoy

se convierte es mucho más libre, menos determinado, y por eso necesita más de la iluminación que sigue a la conversión. Rara vez optará por una vida común o monástica. Le hablarán de muchos «estados de perfección» o aún de la perfección en todos los estados. Además encontrará muchas y diferentes clases de congregaciones religiosas y vidas consagradas. Por eso, ya no podrá contentarse con hablar de pureza de intención, sino que tendrá que escuchar la voz de las circunstancias, del entorno, que es también la voz de Dios, para poder ser él mismo, «yo y mi circunstancia». También la iluminación divina puede revestir múltiples formas, san Pablo formuló su pregunta con un grito del alma, y la respuesta fue también clamorosa: «en la ciudad te dirán lo que tienes que hacer». San Agustín fue a ver al presbítero Simpliciano y allí le dieron una respuesta casi terminante. La mayor parte de las veces habrá que ir de una parte a otra inquiriendo cuál es la voluntad de Dios. Y aún entonces hay que caminar con pies de plomo, ya que con frecuencia el demonio se transfigura en ángel de luz (2 Co 11,14), especialmente en estas ocasiones decisivas. ¡Cuántos, ingenuos o ladinos, dicen haber oído la voz de Dios, cuando oían voces de falsete, que ellos mismos proyectaban o se engañaban a sí mismos, o mentían a Dios y a los hombres, en lugar de ser iluminados. Porque la iluminación pide estar «disponible» y dócil a las órdenes del Espíritu Santo. Alguien dijo: «señal inequívoca de la vocación es llegar a un sitio del que literalmente no te puedes mover». Pero eso ocurre pocas veces. Quizá tú ya sabes cuál es tu puesto para el servicio de Dios y de la Iglesia. Y quizá estás bien convencido de que la objetividad y la subjetividad no deben separarse: en efec-

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to, de nada serviría la «vida religiosa» sin un «espíritu religioso». Pero por eso mismo es necesario pedir, buscar, llamar: una cosa es el camino, el reglamento, la profesión y otra la caridad, la agilidad, la alegría, el entusiasmo, la contemplación. Y todo esto es también un don de Dios, la gracia divina, que es ante todo y sobre todo «iluminación». Y no hablamos aquí tan sólo de las «gracias de la iluminación», sino de la iluminación fundamental, de esa iluminación inconsciente que dirige todos los movimientos inconscientes del alma humana. Sólo por ésta hay almas iluminadas, almas a media luz y almas apagadas. Para «querer» es necesaria la luz previa, y no viceversa. Porque ¿qué significa querer? ¡Hay tantas máscaras de la libertad! ¡Hay tantos que se juran «sinceramente» amores eternos la víspera del adulterio o del divorcio! ¡Los enmascarados son tantos que la sociedad humana parece un carnaval! Los hombres son domesticados y drogados a porfía, y los actuales métodos de falsificación y fraude están tan sofisticados que cabe preguntar uno por uno como en la última Cena de Cristo: ¿Soy yo, Señor? (Mt 26,22). Por todas partes surgen razones, motivos, empalizadas, parapetos, alambradas, biombos y lanzahumos que ponen en peligro las «obligaciones». 30. [Nuestra situación es de servidumbre: es un castigo]. La liviandad domina a la razón, la despoja de las riquezas de la virtud, la conduce, mísera e indigente, por mil lugares, mientras ella va aprobando lo falso como si fuese verdadero. Unas veces mantiene y otras rechaza lo que antes había aprobado, mientras se entrega a nuevas falsedades. Unas veces suspende el consentimiento, recelando de los más claros raciocinios; otras veces desespera de que pueda

encontrarse la verdad, mientras se sumerge del todo en la tiniebla; unas veces se esfuerza en entender, pero fatigada se rinde. Y entretanto, el reino de las apetencias hierve tiránicamente y perturba al hombre entero con fuertes y encontradas tempestades. Por un lado urge el temor y por otro el deseo; por un lado la ansiedad y por otro la falsa alegría; por un lado el dolor de perder lo que se ama y por otro el afán de conquistar lo que se anhela. Por un lado surge el despecho de la ofensa recibida, y por otro el aguijón de la venganza. Por todas partes puede tocarnos la avaricia, disiparnos la lujuria, dominarnos la ambición, engreírnos el orgullo, irritarnos la envidia, sepultarnos la pereza, aguijonearnos la obstinación, afligirnos la dependencia y todas las pasiones que llenan y revuelven este reino de la liviandad (Arbitrio 1,11,22). 31. Tienes que sentir gusto para perseverar, como lo sentiste para optar. Tu sabiduría consistirá en saber, cuyo don es ese gusto: revela al Señor tu camino (Sal 36,5). Desdeñaste lo que esperabas en el siglo. No querías engreírte con la abundancia de las riquezas, aunque ya habías comenzado a codiciarlas al estilo mundano. Ahora, para llevar el yugo del Señor y su carga, no has de confiar en tus fuerzas. El salmo condena a los que confían en sus fuerzas y a los que confían en la abundancia de sus riquezas (Sal 48,7). No gozabas aún la riqueza, aunque esperabas alcanzarla, y de pronto la desdeñaste prudentemente. Pues ahora no confíes en ti mismo, sino en Dios, y él será tu fuerza... (3) Vela y ora para no caer en la tentación, ya que la oración misma te mostrará la necesidad del auxilio divino. Ya que comenzaste, tienes motivo para dar gracias a

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Dios, pidiéndole que perfeccione lo ya comenzado (cf. Carta 218,2). 32. Aterrado por mis pecados y por la pesadumbre de mis miserias, había ya planeado y resuelto en mi mterior huir a la soledad. Pero tú me lo prohibiste y me reanimaste diciendo: para eso murió Cristo por todos, para que los que viven no vivan para sí, sino para aquel que murió por ellos (2 Co 5,15). Ahora, pues, Señor, en ti deposito mi preocupación, mientras medito las maravillas de tu ley. Ya conoces mis limitaciones y mis debilidades: enséñame y cúrame. Tu Unigénito, en quien se cifran todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, me ha redimido con su sangre (Conf. 10,43,70). 33. Os exhorto, hermanos, a mantener vuestro compromiso hasta el fin. Si la madre Iglesia reclama vuestra actividad, no os abalancéis a tomarla con arrogante avidez, ni la rechacéis con inercia perezosa: obedeced a Dios con humilde corazón... No antepongáis vuestro retiro a las necesidades de la Iglesia, pues cuando ella os dio a luz a vosotros, no hubiera podido hacerlo si otros no la hubieran auxiliado. Hay que trazar la senda entre el fuego y el agua, sin quemarse y sin ahogarse (Carta 48,2). 34. Si es la virtud la que nos conduce a la felicidad, yo diría que la virtud no es otra cosa que el sumo amor de Dios. Esa que se llama virtud cuádruple (cardinal) se denomina así, en cuanto entiendo, por su relación con el amor. Sus nombres están en los labios de todos, pero no su influencia, y yo las definiría de este modo: la templanza es el amor íntegro, que se entrega a lo que ama; la fortaleza es el amor que tolera con facilidad todo por aquello que

ama; la justicia es un amor que sólo sirve a lo que ama y por eso ejerce rectamente el poder; y la prudencia es el amor que discierne con sagacidad las cosas que ayudan y las que estorban. No se trata de un amor cualquiera, sino del amor de Dios, esto es, del supremo Bien, de la suprema Sabiduría y de la suprema Concordia. Daríamos, pues, una nueva definición: la templanza es el amor que se conserva íntegro e incorrupto para Dios; la fortaleza es el amor que todo lo tolera fácilmente por Dios; la justicia es el amor que sólo sirve a Dios y por eso sabe mandar bien en todo aquello que está al servicio del hombre; y la prudencia es el amor que discierne bien entre las cosas que nos acercan a Dios y las que nos alejan de él (Costumbres 1,15,25). 35. Cuando el cristiano sufre una crisis semejante, no debe escandalizarse, sino darse a la oración para no perder el amor ... (7) Este cristiano del que habla el salmo oraba turbado y triste, enturbiados sus ojos por la crisis. Sabía que la ira se convierte en odio, si perdura... (8) Desearía separarse del género humano, huir a la soledad, aunque luego volviera a su puesto en sociedad. Y entonces gime: ¡quién me diera alas! Quiere corregir a los disolutos y malvados que están a su cuidado, pero fracasan todas sus industrias humanas y su vigilancia. No puede corregirlos y tiene que soportarlos. El disoluto es tu hermano, no sólo por la comunidad humana, sino también por la convivencia eclesiástica. Lo tienes junto a ti, pero, ¿qué puedes hacer?, y ¿adonde irás? ¿dónde te aislarás para no sufrirlo? Yo te diría: «¡anímate, habla, exhorta, halaga, amenaza, castiga!». Y, quizá, tú me dices: «está bien, pero ya hice todo lo que estaba en mi poder; de nada me ha servido, y sólo ha

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quedado el dolor. ¿Cómo se ha de sosegar mi corazón? No puedo sufrir la resistencia de estos hombres. Amenazan, me demuestran su rabia, desahogan su cólera y con su petulancia me ensombrecen. No puedo serles útil. ¡Ojalá encontrara yo un lugar de liberación separándome de ellos, corporal, no cordialmente, para seguir amándolos! Si no puedo ayudarlos con mi trato, quizá los ayude con mi oración». Pero quizá este siervo de Dios que así habla, no puede volar porque está comprometido por su oficio. El deseo anida permanentemente en su corazón, pero sólo padecen este tormento los que han comenzado a andar por la senda estrecha (Mt 7,14). Comienza tú a vivir piadosamente en Cristo y comprobarás lo que te estoy diciendo: empezarás a desear tener alas, alejarte, huir y retirarte a la soledad. (9) ¿Por qué pensáis, hermanos, que se han llenado los desiertos de siervos de Dios? Si les hubiera ido bien entre los hombres no se hubieran separado de ellos. Pero ¿qué es lo que sucede? Se alejan, huyen, habitan en el desierto, pero no emparedados. Atados por la caridad, habitan con otros muchos, y entre estos vuelven a encontrar algunos indisciplinados. En toda reunión numerosa se encuentran algunos malos. Y el salmista concluye: Me alejé, huí, habité en el desierto. Pero ¿en qué desierto? Quizá en su conciencia. Si por desierto quieres entender algún lugar, ¿qué harás de los que quieren vivir contigo? Cristo mismo admitió entre sus doce a uno, al que tuvo que aguantar (cf. Com. Sal. 54,6). 36. ¿Qué es lo que pretendía en su corazón el religioso? ¿qué ilusión acariciaba cuando la gracia lo purificó de sus pecados, sino el adquirir la sabiduría? Los hombres abandonan el mundo y corren a refugiarse en el retiro para

alcanzar la contemplación. Quieren desposarse con Raquel (contemplación) y no con Lía (acción) lo mismo que Jacob. Pero a veces les acontece lo mismo que a Jacob. Lía, que por sí misma no es deseable, debe ser aceptada en razón de su fecundidad. Entonces el siervo de Dios tiene que tolerar su propia unión con Lía y servir otros siete años por amor a Raquel, que es de quien está enamorado. Vino del siglo huyendo en busca de la contemplación, y Jo han hecho víctima de un trueque inesperado: le obligan a aceptar un ministerio eclesiástico; le imponen un nuevo servicio; como si dijéramos, le obligan a casarse con Lía. Entonces el siervo de Dios se entrega fervorosamente al apostolado y las gentes ponderan su activismo y su fervor, pero al mismo tiempo ponderan en su presencia el bien del monacato, aquella contemplación, aquella Raquel, por cuyo amor había vuelto la espalda al mundo. El siervo de Dios lo oye todo: mientras se contenta con la compañía de Lía, hace cuanto puede para que Raquel disfrute la hermosura y fragancia de los frutos que apetece (cf. Fausto 22,58).

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CAPITULO SEGUNDO

LA FORMACIÓN 1. Te dirán lo que has de hacer. ¿Quién te lo dirá? Es posible que muchos te digan lo que no tienes que hacer. San Agustín quedó tan impresionado por el malogro de su amigo Nebridio, que recordó mil veces que Cristo vino a traer la espada y no la paz (Mt 10,34) y que los primeros enemigos eran los domésticos. Iluminación viene a identificarse con formación en el lenguaje agustiniano desde el punto de vista objetivo. Porque la luz divina es formadora, creadora, da forma a las cosas y a los espíritus que viven una vida «informe». Por eso la necesidad de la luz proviene no sólo de lo alto, sino también de lo bajo. ¿Qué es lo que se espera de un convertido? ¿Qué le piden las circunstancias en cuanto voz de Dios? Ahí está de nuevo el misterio. Nos lanzan a la existencia y se espera de nosotros que vivamos una existencia auténtica o verdadera, dentro o fuera de un monasterio. Nos mandan edificar, pero no nos entregan los planos de lo que hemos de edificar, ni nos dan otras instrucciones que la recta intención y un oído atento a la voz de las circunstancias. A san Francisco de Asís le mandaron arreglar la iglesia y el pobre se puso a hacer una chapuza en la ermita de san Damián.

Claro está, se nos encarga «imitar a Cristo», que es el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14,6), pero no se nos dice cómo. Porque, en primer lugar, una conversión no cambia el carácter y el modo de ser de cada hombre, aunque éste cambie de dirección en virtud de las causas o motivos de su conversión. En segundo lugar, no podemos esperar que los demás cambien de actitud porque alguien se haya convertido. Podemos hablar del «destino» de un hombre, si miramos a su pasado, pero no, si miramos a su futuro, que es siempre imprevisible, como lo demuestra la misma conversión que cambia el sentido de la vida y de la conducta. Parece que en esta materia será siempre necesario consultar, ya a las circunstancias, ya a las personas que nos rodean y conocen, y pueden expresar la convicción de lo que ellos piensan que las circunstancias demandan de nosotros para servir a Dios. Con frecuencia, los demás nos conocen mejor que nosotros nos conocemos. Así le dijo el Señor a san Pablo: entra en la ciudad y allí te dirán lo que tienes que hacer (Hch 9,7). Pero Ananías le dijo sólo esto: Me envía Jesús para que te dé la vista y te llenes del Espíritu Santo. Eso fue suficiente: lo demás tuvo que averiguarlo el mismo Pablo. Alguno pensará que eso es poco. Es sin embargo mucho, y a veces lo es todo. Muchos pensadores han llegado a afirmar que toda la doctrina y la conducta de san Agustín es en el fondo tan sólo eso: una teología de la conversión. El Santo no hace otra cosa que extraer de esa experiencia central y radical las doctrinas o teorías que generaliza y las maravillosas posturas humanas de su santidad. Y lo mismo diríamos de otros convertidos, o quizá de todos, cuando la conversión ha sido «¡auténtica», total, y no sólo un remiendo o chapuza. En todo caso, al árbol se le

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conoce por sus frutos. Lo cual no obsta para que siempre tengamos que vivir en el misterio, caminando por la fe, viendo por espejos y en enigmas. 37. He leído la carta que enviaste a nuestros hermanos los religiosos, pidiéndoles consuelo para las muchas tribulaciones que agitan tu noviciado e insinuando que deseabas recibir carta mía. Lo he sentido y por mi parte no he podido eximirme de cumplir tu deseo que es también el mío. Si te tienes por recluta o soldado de Cristo, quédate en el campamento (del monasterio), pues sólo en él podrás edificar aquella torre de que habla el señor en el evangelio (Le 14,28). Si te mantienes firme en tu vocación, y militas con las armas de la Palabra de Dios, no podrán penetrar en tu interior por parte alguna las tentaciones... (2) Pero advierte que antes de hablar de levantar la torre, el evangelio avisa: Si alguien viene a mí y no odia, hasta su propio alma, no puede ser mi discípulo... (3) Lo propio y temporal es lo que estorba para cobrar lo común y eterno... (4) Odiar nuestra alma es odiar el afecto privado y temporal para amar la comunión a que se refiere la Sagrada Escritura: tenían todos una sola alma y un solo corazón en Dios (Hch 4,32). De ese modo, tu alma ya no será una propiedad tuya, sino que será de todos los demás hermanos y las almas de ellos serán tuyas, o mejor dicho, las de ellos y la tuya serán una sola alma, la única de Cristo... (6) Mientras te espolea el afán por la verdad y por conocer y acatar la voluntad de Dios en las sagradas Escrituras, así como el deber de la predicación evangélica, mientras el Señor toca a rebato para que nos mantengamos alerta en el campamento y edifiquemos con prudencia nuestra torre,

mientras la celestial trompeta convoca al soldado de Jesús al combate, me dices que te retiene tu madre. No es ella como la madre de los Macabeos, ni siquiera como las madres espartanas. Si no te permite renunciar a los embrollos seculares, ¿cómo te permitiría repudiar plenamente al mundo para ir al martirio, si fuera menester? (7) Decídete a abandonarlo todo si eres recluta de Cristo, si has colocado bien el cimiento de la torre, para que no se burlen de ti los transeúntes, diciendo: éste comenzó a edificar, pero no ha podido acabar (Le 14,30)... (8) La madre Iglesia es también madre de tu madre. Ella os engendró en Cristo, os dio a luz con sangre de mártires, os alumbró para la luz sempiterna, os amamantó y nutrió con la leche de la fe. Otros hijos abortivos le hacen la guerra y se lamenta de que, por la cobardía y torpor de algunos que tiene que llevar en su regazo, sus miembros pierden fervor en muchos lugares y se ve impedida de ayudar a sus pequeños. Pide ayuda legítima y en estricta justicia a otros hijos, a otros miembros suyos, en cuyo número te encuentras tú. Y dejándola abandonada en su necesidad, ¿pretenderás envolverte en fórmulas carnales y justificarte con ellas? ¿No hace ella llegar a tus oídos graves quejas? ¿No te muestra entrañas más amables y pechos celestes? Ten en cuanta, además, que Cristo, su Esposo, asumió la carne para que no te adhirieras a lo carnal, y que todo lo que tu madre te reprocha lo aceptó la Palabra eterna para que tú no te enredaras en ello. Añade a eso las afrentas, la flagelación, la muerte y la muerte en cruz... (11) Atiende, querido Leto, toma tu cruz y sigue al Señor. Cuando estuviste entre nosotros, ya advertí que las ocupaciones domésticas te eran una remora en el afán por las cosas de Dios; veía que era tu cruz la que

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te llevaba y conducía a ti, más que tú a ella... (12) A todo debes anteponer la misericordia para evangelizar a los desgraciados, para que la mies del Señor no se pierda y sea pasto de las aves por falta de segadores. La caridad te exige tener corazón para responder a la divina voluntad en la prosperidad y en la adversidad. Medita esto, mantente en esto para que tu valentía sea notoria a todos. Te ruego no nos des ahora a tus buenos hermanos mayor disgusto con tu decaimiento que la alegría que nos proporcionaste con tu anterior generosidad (cf. Carta 243,1). 38. Cuando tratamos de ser sabios, ¿qué otra cosa hacemos que recoger toda nuestro alma y colocarla de forma estable junto a lo que tocamos con la mente? Se trata de que no se complazca ya en su bien privado sino que se apodere de lo que es siempre uno y lo mismo. Porque como el alma es la vida del cuerpo, así Dios es la vida bienaventurada del alma. Y mientras procuramos esto, hasta llegar a conseguirlo, estamos de camino, y se cumple lo que se dijo de la sabiduría: en el camino saldrá alegre a su encuentro y les ayudará en toda providencia (Sb 6,17). Adonde quiera que te vuelvas, te hablará por las huellas que ha impreso en todas sus obras y, cuando resbales hacia las cosas exteriores, con las mismas formas exteriores te empujará hacia adentro. Así, cuando te deleite la hermosura de los cuerpos y te cautive mediante los sentidos externos, verás que es efecto de los números y te invitará a buscar la causa. Entrarás dentro de ti mismo y comprenderás que no podrías aprobar ni reprobar la hermosura que llega a tu alma por los sentidos, si no tuvieras dentro de ti ciertos criterios de belleza por los que juzgas las hermosuras exteriores... (17,45) Ninguna realidad puede formarse a

sí misma, ya que no puede darse lo que no tiene. Para que algo tenga forma, ha de ser formado. Es, pues, necesario que tanto el cuerpo como el alma han de ser formados por una forma inalterable y perpetua. Esa forma es la providencia de las cosas, pues no podrían existir sin ella. El que contempla la creación universal camina hacia la Sabiduría y experimenta que ella le sale alegremente al encuentro y le atiende con toda providencia. De ese modo le inflama para recorrer este camino, tanto más cuanto que el Camino mismo se hace hermoso por ella, pues anhelamos llegar hasta esa Sabiduría. (17,46) Así comprenderá bien que todos los bienes vienen de Dios (cf. Albedrío 2,16,41). 39. La palabra hábito tiene muchos sentidos. Hay un hábito del alma, como es la adquisición de cualquier disciplina, robustecida y confirmada con el uso. Hay también un hábito del cuerpo por el que decimos que alguien es grueso o fuerte. Y hay otro hábito del cuerpo por el que decimos que alguien está calzado o vestido o armado. Se le llama hábito como accidente, que puede tenerse o no tenerse, ya que habitus viene de habere (tener). Hay unos hábitos que nos cambian a nosotros, como por ejemplo la sabiduría: no se muda ella, sino que cambia al hombre, al convertirle de ignorante en sabio; otros hábitos se transforman y nos transforman, como por ejemplo los alimentos; hay finalmente otros que no cambian al sujeto, sino que son adheridos al sujeto, como los vestidos externos... (2) Y por eso se dice que el Verbo se revistió de la humanidad como un hábito, porque el Verbo mismo es inmutable (cf. 83 cuest. 73,1).

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40. Buscas la hermosura, una buena cosa. Mas, ¿por qué buscas la hermosura, oh alma? Para que te ame tu esposo, ya que no le agradarás si eres fea, pues él es el más hermoso entre los hijos de los hombres. ¿Y pretendes agradarle, alma humana, única entre muchas? Oigamos a la Iglesia, pues se dijo que todos tenían un alma sola y un solo corazón en Dios (Hch 4,32). ¿Quieres agradarle a él? No te es posible mientras seas deforme. ¿Qué piensas hacer para volverte hermosa? Primero, ha de desagradarte tu deformidad. Será tu Reformador el que fue tu Formador. Luego, has de mirarte al espejo, pues el espejo reflejará tu rostro y te informará sin adularte. Y ahora comienza a confesar, y así comenzarás a agradar y a hermosearte. ¿Quién te hermoseará sino el que es el más hermoso entre los hijos de los hombres? (5) Pero yo te digo que ya te amó cuando eras fea, y no se me ha escapado un error, puesto que Cristo murió por los impíos (Rm 5,6)... (6) Tienes que formarte, tienes que blanquearte. Se dice en el Cantar de los cantares: ¿quién es ésta que asciende blanqueada? (Ct 8,5 [LXX]). ¿Qué significa blanqueada? No polvoreada como las mujeres que quieren parecer más blancas. No se trata de paredes enjalbegadas, sino «iluminada», eso es lo que significa blanqueada. No es blanca por sí misma, pero está blanqueada o iluminada por la gracia. Así se habla de la Iglesia o de cada alma cristiana (cf. Com. Sal. 103,1,4). 41. [El Maestro bueno dijo al joven]: ve, extirpa la fronda espesa de tus codicias, vende lo que posees, cosecha frutos, dándoselo todo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo (cf. Mt 19,21). Y luego sigue al Señor si quieres ser perfecto. Asocíate a aquellos entre los cuales él habla palabras de sabiduría, pues sabe distribuir sus dones al día y a

la noche, y así te instruirás y serás iluminado. Aparecerán también para ti las luminarias en el firmamento del cielo. Pero eso no ocurrirá si no tienes arriba el corazón, si no tienes arriba tu tesoro, como dijo el Maestro bueno (Mt 6,21). Y ya lo ves: la tierra estéril se entristeció y las zarzas sofocaron la palabra (Conf. 13,19,24). 42. El Verbo se hizo carne para convertirse en nuestra filosofía... (24,45) Así nos formaremos conforme a él, imitándolo, aprovechando la fe y la razón, aplicando la doctrina de la imagen de Dios... (31,58) Esta doctrina nos habla de la semejanza que va con la imagen. El religioso que aspira a la perfección, estampa en su vida la imagen unidad, regla, forma o ejemplo... (36,66) Dios lo imprime en él, infundiéndole la gracia y las virtudes, la forma o la energía de la unidad (cf. Verd. religión 16,32). 43. [Al árbol se le conoce por sus frutos. ¿Qué frutos?] Muchos llaman frutos a la lana de las ovejas, y de ese modo se dejan engañar por los lobos. Tal ocurre con los ayunos, oraciones y limosnas. Tales obras las realizan también los hipócritas, y por eso el Maestro nos advertía: no hagáis vuestra justicia delante de los hombres para que os vean. Se refería en concreto al ayuno, oración y limosna. Hay muchos que dan abundancia de bienes a los pobres, no por misericordia, sino por exhibición; muchos oran, o hacen que oran, no mirando a Dios, sino tratando de complacer a los hombres; muchos ayunan y exhiben una admirable abstinencia, y los que creen que eso es heroico los ensalzan. Y ved porque hay muchos que no saben descubrir al lobo bajo la piel de oveja, ya que por tales frutos no se puede definir al árbol. Pero tampoco deben renun-

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ciar las ovejas a su propia piel por tales razones (cf. Serm. Montaña 2,24,80). 44. Los frutos por los que se ha de conocer al árbol malo los señaló el Apóstol: son las obras de la carne. También señaló los frutos del árbol bueno, que son las obras del espíritu (cf. Ga 5,19-23). El elemento diferencial está en el empleo preciso del término gozo; gozo que nunca alcanzan los malos. Estos lo desean, pero no lo sienten. Porque no hay gozo para los malos, dice el Señor (Is 57,21 [LXX]). De idéntica manera se emplea con precisión el término fe; no se trata de cualquier fe, sino de la verdadera: la mirada u ojo interior limpio para conocer lo demás (cf. Serm. Montaña 2,24,81). 45. Si antes hemos hablado de la misericordia, ahora hablamos de la purificación del corazón. La purificación del corazón es como los ojos con que vemos a Dios. Aunque este ojo interior esté limpio en gran parte, es bien difícil no contraer algunas manchas o impurezas que suelen acompañar incluso a nuestras buenas acciones. Sirven de ejemplo las alabanzas humanas. El vivir mal es ya por sí mismo dañino. En cambio, vivir bien, y no desear ser alabado parece inhumano. Si los que viven contigo no te alaban cuando vives santamente, ellos yerran; pero si te alaban, eres tú el que peligra. A no ser que tengas el corazón tan sencillo y puro que no hagas el bien por la alabanza humana que te reporta; más aún, te congratules más por quienes alaban el bien que les agrada, que por ti, pues vivirías del mismo modo aunque no te alabaran. Has de entender que entonces les resulta provechoso alabarte a ti, si no te honran a ti por tu vida santa, sino a Dios, cuyo templo

santo son los que viven bien. Los que simulan la bondad tienen un corazón doble. Sólo lo tienen sencillo, es decir, puro los que sobrepasan la alabanza humana y ponen en Dios la razón de su vivir santo... (2) Por eso dijo el Maestro: no hagáis vuestra justicia delante de los hombres para que os vean. Es decir, guardaos de vivir santamente con la finalidad de que os vean los hombres, y de poner en ello vuestro bien (cf. Serm. Montaña 2,1,1). 46. En este mundo caminamos por la fe, no por la visión. Estamos a salvo, pero sólo en esperanza. Somos todavía un abismo que invoca a otro abismo, aunque ya con la voz de las cataratas divinas (Sal 41,8). El mismo san Pablo no se creía perfecto, corría como el ciervo a la fuente y se decía: «¿Cuándo llegaré?». Era el amigo del Esposo, que suspira poseyendo ya las primicias del Espíritu. Suspira por el Esposo, ya que es miembro de la Esposa. Siente celos por él, no por sí mismo; por eso invoca al abismo divino, no con su propia voz, sino con la voz divina: teme que el cristiano sea seducido, como lo fue Eva en el Paraíso. Espera la luz de la visión, para ver a Dios tal cual es, cuando se hayan secado estas lágrimas que son su pan cotidiano, mientras le dicen: ¿Dónde está tu Diosl (Sal 41,4) (cf. Conf. 13,13,14). 47. Estaba reciente la muerte de tu esposa, y tú, impresionado por la vanidad del mundo, querías retirarte de la milicia y entrar al servicio de Dios en la Religión. Querías abandonar todos tus cargos y acogerte al retiro sagrado, viviendo en adelante en esta milicia del espíritu en la que se ejercitan los siervos de Dios. Si no lo pusiste por obra al momento fue porque convinimos en que tus servicios

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militares eran necesarios aún para defender la paz de la Iglesia. Yo supongo que los negocios seculares en que te has vuelto a enfrascar no te habrán privado totalmente de la memoria. Es, pues, verdad que te aconsejé que siguieras al frente del ejército, pero es verdad que convinimos ambos en que te habías de contentar con lo necesario para vivir en castidad. Y con ese acuerdo nos separamos... (4) Y ahora oigo que estás casado de nuevo. Ya no puedo aconsejarte que renuncies a tus compromisos y que entres en un monasterio a vivir en compañía de los santos que pelean como soldados de Jesús, en silencio, contra las potestades tenebrosas... (5) Si quieres amar a Dios tienes que renunciar al amor del mundo y además hacer penitencia... (cf. Carta 220,3). 48. Pero vosotros, linaje electo, débiles del mundo, que lo dejasteis todo para seguir al Señor, id tras él, pies luminosos y lucid en el firmamento (1 P 2,9). Así los cielos cantarán la divina gloria discerniendo entre la luz de los perfectos, aunque inferiores a los ángeles, y la tiniebla de los pequeñuelos, aunque no desdeñables. Lucid sobre la tierra entera... Propagaos, fuegos santos, fuegos agraciados, pues sois luz del mundo y ya no estáis bajo el celemín. Al elevarse Aquel a quien os adheristeis, os levantó consigo. Propagaos y daos a conocer a todo el mundo (Conf. 13,19,25). 49. Considera como don de Dios el amor que sientes a la santa continencia. Da gracias a quien te ha hecho participar de su Espíritu, derramando su caridad en tu corazón. Te concedió que te agradara renunciar al matrimonio cuando te era lícito, de modo que ya no te es lícito aunque

te agrade. Cuanto mejor sabes que esto es un don de Dios, tanto más feliz has de sentirte con ese don. Y no serías feliz si no supieras de quién lo has recibido (cf. 1 Co 2,12). Hay muchos que han recibido de Dios grandes dones, pero ignorando quién se los da, se jactan con una vanidad impía. Nadie es, pues, feliz con los dones de Dios, si es ingrato con el donante. [Por eso en la misa se nos encarga elevar el corazón arriba y luego dar por ello gracias a Dios]. Y añadimos que eso es digno y justo. Guarda, pues, y conserva lo que recibiste y da gracias al donante. Porque aunque el recibir y retener es cosa tuya, sólo tienes lo que recibiste (cf. Viudez 16,20). 2. El mar y el puerto Los pueblos asomados al Mediterráneo vivían con pasión la vida marinera. Significaba las vías de comunicación, el comercio, el riesgo, la fortuna, la aventura, la historia, el mito, la fábula, la cultura, la tempestad, la religión, el fraude, el desengaño, en una palabra, la vida, el mundo, lo imprevisible, la amenaza constante. En oposición a esa tempestad que puede surgir de pronto en el mar, el concepto de puerto ponía de relieve entre sus muchos significados, la noción de refugio, de regazo materno, la salvación. Era normal que surgieran en la literatura grecolatina las metáforas del mar y del puerto. Hay un puerto de la filosofía frente al mar de la vida informe. San Agustín leía, ya en los bancos de la escuela, estas metáforas aplicadas a la religión y a la filosofía: «Tras haber superado tantas y tan variadas fatigas, tan terribles tempestades de la Fortuna, zarandeado por tan fieras galernas, has llegado, ¡oh Lucio!, al puerto de la tranquilidad y al altar de la

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misericordia» (APULEYO, Metamorfosis 11,782). San Agustín se hace eco de la reflexión de Apuleyo y ese eco se hace sentir tanto en Casiciaco como en las Confesiones. Al convertirse, Agustín se considera, como Lucio, zarandeado por muchas tempestades, y salvado en las playas de la religión y de la filosofía, en el refugio de una religión racional. Y al convertirse a la vez en siervo de Dios, considera la vida filosófica de los pitagóricos como el puerto de la filosofía, al que le ha llevado el aletazo de la tempestad, que parecía adversa, pero que era el soplo de la Providencia. Tenía sin embargo que adaptar las metáforas clásicas a la religión cristiana y a las circunstancias en que vivían él y sus amigos. Tuvo, pues, que recordar que el puerto no es un paraíso definitivo. También aquí podía Agustín recordar a Apuleyo: «Calmadas ya las tormentas del invierno y sosegadas las olas turbulentas del mar, mis sacerdotes bendicen las primeras salidas, entregando las rudas naves al piélago navegable» (Metamorfosis 11,765). El monasterio es un puerto, pero en él se cuelan los aires, remueven los fondos, empujan unas naves contra otras. Por otra parte, las naves no se hicieron para estar atracadas sino para navegar, para la travesía, el rumbo, la lejanía, la necesidad del «madero», que será la cruz. Y san Agustín recogerá los textos bíblicos que encuentre: el arca de Noé, el mar de Tiberíades, el mar Rojo, y sobre todo el Génesis, que habla de la formación del mismo mar, reuniendo las aguas en un lugar. El monasterio será una congregación de aguas, que eran amargas y sueltas y deberán ser dulces y unitarias; aguas que en el mundo tenían diferentes finalidades y que en el

monasterio han de tener la misma aspiración: una sola alma y un solo corazón en Dios. 50. Casiciaco: puerto seguro de nuestro reposo en vos. Refugio tranquilo para los náufragos y fugitivos de la borrasca de este siglo (cf. Conf. 9,3,5). 51. Nunca llegaríamos a penetrar en el puerto de la sabiduría, si no nos introdujera en él la Providencia, mediante favores y reveses de fortuna. Por eso hemos de implorar con la mayor piedad y devoción el auxilio divino, mientras sudamos al remo de la virtud, para que entre las olas de la galerna nos sea propicia la Providencia (cf. Acad. 1,1,1). 52. ¡Despierta, despierta, por favor! Has de congratularte, créeme, de que los dones de este mundo no te hayan seducido con su prosperidad, con la que encadenan a los incautos. A mí mismo trataba ya de envolverme, mientras contaba estas lindezas; pero el dolor del pecho me obligó a renunciar a esa profesión de azotavientos y a refugiarme en el regazo de la filosofía. Ella me nutre y alimenta ahora en el reposo que con tanto afán codiciábamos (Acad. 1,1,3). 53. Contra esas olas y borrascas de la fortuna hay que resistir con el remo de todas las virtudes y ante todo solicitar el auxilio divino con toda devoción y piedad, para que nuestra firmísima intención de buscar la sabiduría sea constante en su rumbo, y que ningún accidente le impida entrar en el seguro y agradable puerto de la filosofía (Acad. 2,1,1).

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54. Nadie puede atravesar el mar Egeo sin un navio o sin algún vehículo dotado de los instrumentos apropiados... Del mismo modo, quien desee alcanzar el puerto seguro y tranquilo de la sabiduría necesita un golpe de fortuna (Acad. 3,2,3). 55. Pocos son los que llegan a este puerto, desde el cual ya casi se tocan con la mano las playas de la bienaventuranza. Hemos sido arrojados al tempestuoso piélago del mundo. ¿Cómo sabríamos a dónde dirigirnos o por dónde volver, si de vez en cuando alguna galerna no nos arrojase a la playa que tanto anhelamos?... (2) Hay que distinguir tres géneros de navegantes. Hay quien apenas llegado al uso de la razón se refugia en el puerto y ayuda a los demás con su ejemplo y con su consejo. Hay quien se deja seducir por una serenidad superficial y se lanza a alta mar y tanto se aleja de las playas de la felicidad que termina por olvidarse de ellas; sólo podrá salvarle una borrasca. En fin, hay quien, perteneciendo a un grupo o a otro, se acuerda de pronto de la patria; pero una fruslería se interpone y alucinado y cautivado por ella vaga y zozobra de una parte a otra, hasta que una ráfaga de huracán le corta el rumbo, obligándole a lanzar por la borda las bagatelas y meterse en el puerto en el preciso momento en que las sirenas iban a consumar su perdición. (5) Yo voy ya navegando dentro del puerto, aunque no he percibido aún sus justas proporciones. Es menos temible que la mar gruesa, pero nadie está garantizado contra un posible riesgo. Quiero que conozcas mis ocupaciones y cómo reúno en este puerto a mis amigos. Acerca de la felicidad hemos disputado los dos, y no hallo otra cosa que pueda llamar con más razón don de Dios. Líbrenos Dios de la vanagloria, que es como

un escollo colocado en la misma entrada del puerto (cf. Vida feliz 1,1). 56. Codiciemos, hermanos, nuestra Patria. No encontraréis entre las olas objeto digno de vuestro amor. La familia y la hacienda nos ocasionan fatigas y ansiedad. Prevengamos los víveres. Embarquémonos en la nave de la fe y de la cruz, preparemos el áncora de la esperanza, tensemos los cables de las virtudes, abramos las velas de la caridad, invoquemos el soplo de la palabra de Dios, limpiemos las bodegas de la conciencia y pongamos manos a la obra. Nos ha de proteger la gracia de Jesús y el Aleluya será nuestra canción, mientras bogamos hacia la eterna playa. No temas, alma, al proceloso mar del siglo, amenazado por torbellinos y trombas. Con la esperanza fija en Dios rompieron las pesadas olas y llegaron a la tierra firme los santos... (4,4) Hay tres clases de navegantes desorientados: los que se detienen, los que retroceden y los que se extravían... (10,10) Pero tú sigue el rumbo recto hacia la ciudad beatífica y no desvíes hacia la derecha que es la presunción, ni hacia la izquierda que es la desesperación. Si remamos como buenos, ganaremos la costa y el premio (cf. Cántico Nuevo 2,2). 57. ¿Quién surcará el mar y nos traerá el precepto para que lo oigamos y cumplamos? (Dt 30,12)... Llamó mar a la vida en este siglo, que se extiende hasta la playa de la muerte. Cuando morimos, arribamos a la orilla eterna en la que se detiene el mar. Por eso a la muerte se le llama «ultramar», es decir, más allá de esta vida, simbolizada en el mar (Cuest. Hept. 5,54).

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58. Prestamos por lo general la máxima atención a las cosas que más amamos. La sensualidad, la curiosidad y la soberbia son los lazos mundanos que nos apartan de Dios. He aquí por qué ahora se nos recomienda que nos desembaracemos de todo para volar al puerto tranquilo y entrar en el gozo de nuestro Señor, entregándonos a la caridad. Es el amor el que nos une y el que nos separa (cf. Música 6,14,43-45). 59. Hermanos, guardaos del mundo, que es como un mar, como un huracán o una galerna. Nuestras apetencias son nuestras tempestades. Si amas a Dios, caminas sobre el mar. Si amas el siglo, te devorará. Si sientes zozobra, invoca a Jesús (cf. Serm. 76,6,9). 60. Pero aun el puerto tiene una entrada. Si no la tuviera, no podría entrar nave alguna. Es, pues, necesario que haya una abertura. Y a veces el viento se cuela por ella y las naves chocan entre sí y se dañan aunque no haya escollos. ¿Dónde habrá seguridad, si no la hay ni en el puerto? Con todo, más felices son en el puerto que en el piélago: hay que confesarlo, hay que concederlo, es la verdad. Ámense las navecillas en el puerto, júntense bien unas a otras, y no choquen entre sí; que en el puerto se mantengan el equilibrio de la igualdad y la constancia de la caridad; y que cuando por la abertura se cuele el viento, haya cautela en el gobierno. (11) ¿Dónde hay, pues, seguridad? Aquí, en ninguna parte; en esta vida no hay lugar seguro, sino sólo en la esperanza de lo prometido por Dios... Por ahora, no glorifiques la virtud de nadie: antes de la muerte no glorifiques a hombre alguno (Com. Sal. 99,10).

61. Así como los que entran en un palacio leen con cuidado el letrero de la fachada para no meterse donde no deben, así también el salmo tiene su letrero que dice: Hacia el fin, en favor del pueblo que se ha alejado de los santos (Sal 55,1). El fin es Cristo y a él tenemos que enderezar nuestro rumbo... (2) Estamos alejados de los santos, pues estamos apegados a las cosas terrenas (cf. Com. Sal. 55,1). 62. Llevo largo tiempo fatigándome y aún tengo ante mí una tarea sin fin... Pero todo esto es provisional, hasta que ingrese en el santuario de Dios (Sal 72,17). ¿Qué se te otorgará en el santuario para hallar la solución? Descubriré los novísimos... Desde el santuario del Señor tenderé la vista hacia el fin, saltando por encima de las cosas presentes (Com. Sal. 72,23). 63. Supongamos un capitán que gobierna hábilmente la nave, pero que ha olvidado el puerto de destino. ¿De qué le sirve el perfecto manejo del timonel, saber virar, el dar la proa a la ola y salvar el costado? Guía bien la nave, pero no sabe a dónde va. Marca con exactitud el rumbo, pero va derecho al escollo. Cuanto mejor maneja las máquinas, tanto más crece el riesgo. Pues como este capitán es aquel hombre que camina con agilidad, pero marcha extraviado. Mejor fuera ser torpe en la maniobra y mantener el rumbo recto; mejor es bogar despacio que volar al naufragio. Óptimo es el que navega ligero y dentro del rumbo debido (Com. Sal. 31,11,4). 64. Muchos ven significado en el mar a este mundo. El Apóstol llama muertos tanto a los que Cristo encuentre vivos como a los que han de resucitar para el juicio, sean

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buenos o sean malos. De los buenos dice: Estáis muertos y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Col 3,3). En cambio de los malos se dice: Dejad que los muertos entierren a sus muertos (Mt 8,22). A todos puede aplicárseles, además, el nombre de muertos por llevar un cuerpo mortal (Ciu. Dios 20,15). 65. Esperanza de los confines de la tierra y de las lejanías del mar (Sal 64,6)... Al hablar del mar, habla de lejanías. Porque el mar es el símbolo del mundo, amargo y salobre, turbulento y borrascoso. Los hombres, con sus codicias perversas y turbias, se convierten en peces que se devoran unos a otros. Contemplad ese mar malo, ese mar amargo, tempestuoso y desmelenado, y ved de qué clases de hombres está lleno. ¿Quién desea heredar sino por la muerte de otro? ¿Quién desea ganar sino porque otro pierde? ¡Cuántos desean ocupar los altos puestos de los que caen! ¡Cuántos desean comprar y esperan a que otros se vean obligados a vender! ¡Cómo se combaten recíprocamente y se devoran, si pueden! El pez mayor devora al menor, pero es devorado por otro mayor. ¡Oh pez malo, acechas a otro más pequeño y te está acechando otro más grande! Esto ocurre todos los días y ante nuestros ojos. Lo vemos, lo detestamos. Pero debemos evitarlo, hermanos, ya que Cristo es la esperanza de los confines de la tierra y de las lejanías del mar. Por eso dijo a sus discípulos: os haré pescadores de hombres (Mt 4,19) (Com. Sal. 64,9). 3. La travesía Al instalarse san Agustín en Tagaste, se vio arrastrado de nuevo al mar de las contiendas pastorales y doctrinales. El tema de la contemplación quedó rele-

gado a la vida eterna, a un futuro escatológico, aunque conservando en este mundo su función de nostalgia y de consolación, con algunas experiencias entrañables, vividas en la oración. Las metáforas del mar y del puerto cobraban así un nuevo significado, puesto que aún los monjes tienen que salir a alta mar y ni en el puerto pueden considerarse seguros. La caridad cristiana impone un fuerte colorido social a la vida monástica, pero de ese modo obliga al religioso a conocer el arte de navegar. La vida se convierte en navegación. Pero por eso mismo será necesario atender a los riesgos y a los accidentes tristes o dramáticos mejor que cantar la placidez de las olas, suavemente rizadas por la brisa de la primavera. La participación en la vida social significa por lo general participar en una batalla interminable, en una navegación arriesgada en que abundan los piratas, los naufragios, las sirenas y los escollos. Y he ahí cómo la graciosa fortuna que nos introdujo en el puerto del monasterio comienza a hablarnos de la necesidad de la perseverancia y de una fidelidad inquebrantable a nuestra pureza de intención. La travesía ha de ser larga y dramática y reclama por consiguiente una serie de condiciones imprescindibles. Y este tema desasosiega al hombre actual, reacio a comprometerse con estabilidad. En tiempo de san Agustín, la vida monástica era mucho más rigurosa que hoy. Pero el rigor fundamental subsiste frente a la soledad y al aburrimiento. Todas las asperezas de la vida monástica se soportan con facilidad, pues pronto se convierten en rutinas. Pero la soledad y el aburrimiento reclaman el cambio de postura, las sacudidas nerviosas, la ojeada sobre las tentaciones, la experiencia de las novedades. Hoy vemos la crisis del matrimonio y no podría sorprendernos la crisis

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del monaquisino: es difícil perseverar. Es verdad que esto implica una contradicción que san Agustín pone de relieve: defendemos nuestra volubilidad, alegando que somos débiles y nerviosos, pero luego reclamamos nuestra independencia, porque nos consideramos adultos y maduros. Y san Agustín dirá: «Pues confías en ti, estás perdido; apóyate en Dios y te estabilizarás y unificarás». Es difícil ser fiel, pero también es glorioso. Incluso surge un nuevo peligro por la posible jactancia del que se siente inconmovible e inexorable. Hay peligro de caer en el heroicismo ascético y sistemático, animado por un orgullo solapado que reta con san Pedro: aunque todos te abandonen, yo nunca (Mt 26,33). Es una forma enmascarada de la confianza en sí mismo de que hablábamos antes. Pero quien confía en sí mismo, se expone fácilmente al peligro y a la tentación, y las ocasiones propicias traen luego consigo la capitulación. El buen religioso pide a Dios la gracia de servirle alegremente hasta la muerte. Eso implica amor y temor conjuntamente. 66. Si Noé edificó un arca, Cristo edificó una Iglesia y se colocó como fundamento de la misma. Cada día entran en la estructura de este Arca maderas incorruptas, fieles que renuncian a este siglo. Todavía hay quien dice: ¡comamos y bebamos, pues mañana moriremos! (Is 22,13). Pero tú, hermano, respóndeles: «¡ayunemos y oremos, pues mañana moriremos!». Ellos lo dicen porque no esperan la resurrección. Nosotros creemos en ella y la esperamos...; no decaigamos pues, ni carguemos el corazón con la crápula y la embriaguez. Esperemos con solicitud, ceñidos los lomos, encendidas las lámparas, la llegada repentina de

nuestro Señor. Ayunemos y oremos, no porque mañana hayamos de morir, sino para morir con seguridad (Serm. 361,22,21). 67. Así aconteció en los días de Noé: comían y bebían, compraban y vendían... Pero llegó el diluvio y los anegó (Le 17,27)... Sería torpe que una casada no deseara la llegada de su marido ausente; más torpe sería que la Iglesia no deseara la llegada de Cristo. Llega el marido que ofrece el abrazo carnal y su casta esposa lo recibe ansiosa; ha de venir el esposo de la Iglesia a ofrecernos su abrazo eterno, a hacernos coherederos permanentes, ¡y nosotros vivimos de tal modo que no sólo no deseamos esa llegada, sino que la tememos! Pero vendrá como en los días de Noé... La construcción del arca duró cien años, para dar tiempo a los incrédulos y aún así no despertaron para decir: «El hombre de Dios construye su arca, porque hay peligro en que el diluvio sobrecoja al género humano». Hubiesen aplacado la ira de Dios, si se hubiesen convertido como los ninivitas (Serm. 361,21,20). 68. El buen hombre caminaba sobre las aguas, pero había comenzado a sumergirse en la turbación de la tempestad, a semejanza de san Pedro (Mt 14,30). Porque quien ama a sus enemigos camina sobre las aguas del mar de este mundo. Cristo caminaba con intrepidez, pues no podía faltarle ese amor, ya que, aun pendiente de la cruz, pudo decir: Padre, perdónalos, pues no saben lo que hacen (Le 23,34). También Pedro se puso a caminar, pues si Cristo era la cabeza, él era el cuerpo... y caminaba por mandato de Cristo. Mas, al ver que arreciaba el viento, comenzó a temblar. Ya había comenzado a hundirse, perturbado en

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su ejercitación. Pero, ¿cuál era ese viento tan recio? La voz del enemigo y la tribulación del pecador (Com. Sal. 54,5). 69. Hermanos, ya que os reconocéis herederos de la promesa, reconoced también que salisteis de Egipto, pues habéis renunciado a este mundo. Salisteis de un pueblo bárbaro. Pero interrogad a vuestro corazón, si lo ha circuncidado la fe, si lo ha purificado la confesión.... (6) Que cada uno de vosotros recuerde cuando hacía ladrillos en Egipto y oyó la voz del Señor que le decía: Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados y yo os aliviaré (Mt 11,28). Lo abandonasteis y dejasteis todo para aceptar la ligera carga de Cristo. Que recuerde cada uno los impedimentos seculares que cedieron, las voces disuasorias que callaron. El mar lo vio y huyó para que quedara expedito vuestro paso hacia la libertad espiritual. (7) Y el Jordán se volvió atrás. Algunos son como un río que se pierde en el mar, en la amarga malicia del mundo. Bueno será que se conviertan, dejando a la espalda el mar del siglo (cf. Com. Sal. 113,1,5). 70. Dios concedió a algunos pocos, que quiso fueran rectores de sus iglesias, el que no sólo esperaran con fortaleza la muerte, sino que la desearan vivamente, aceptando sin angustia las fatigas del gobierno... Pero ni a los que buscan el gobierno por el honor temporal que conlleva ni a los que apetecen la vida pública se les concede el gran bien de trabar familiaridad con la muerte. Unos y otros podrían divinizarse en el retiro. Si esto no es así, yo soy el más necio y cobarde de los hombres, pues si no disfruto de un retiro seguro no puedo gustar ese gran bien. Créeme, es

necesario apartarse del tumulto de las cosas transitorias para que el hombre pueda desprenderse del temor, de la obstinación, de la audacia, de la codicia, de la vanagloria y de la credulidad supersticiosa. Sólo así se disfruta ese íntimo júbilo que no puede compararse con ningún otro gozo (Carta 10,2). 71. Tenemos que vivir en la noche hasta que amanezca. Penemos que perdonar hasta que llegue la mañana, porque es de noche y los corazones están cerrados. Ves que alguien vive mal y has de tolerarlo, pues no sabeas quién será en el futuro, ya que es de noche. Quizá quien hoy vive mal vivirá mañana bien y quien hoy es bueno será mañana malo. ¿Cuándo les llegará la muerte? Mañana, cuando haya pasado la noche (cf. Com. Sal. 100,13). 72. ¿Adonde huirá el cristiano para no tratar con falsos hermanos? ¿A la soledad? Le seguirán los escándalos. ¿Se aislará porque ha progresado para no tolerar a los demás? ¿Y si antes de progresar no le hubieran tolerado los demás a él? Si por haber progresado no quiere tolerar, demuestra que no ha progresado. Atendedme. ¿Es que tú no tienes nada que los demás tengan que tolerar? ¡Oh maravilla, si así fuese! Pero entonces serás más fuerte para tolerar a los demás. En cambio, tú me dices: «¡No puedo tolerar!». Entonces, ya tienes algo que los demás tienen que tolerar, pues eres débil. El Apóstol nos dijo: Toleraos recíprocamente con amor (Ef 4,2). Si te aislas, ¿a quién aprovecharás? ¿Habrías aprovechado tú, si nadie te hubiera ayudado? ¿Acaso porque cruzaste deprisa el puente, vas a cortarlo? Os exhorto, pues, a todos, hermanos. La voz de

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Dios os anima a todos: ¡soportaos recíprocamente en el amor\ (cf. Com. Sal. 99,9). 73. Prometed y cumplid. No seáis medrosos para prometer, pues no cumpliréis con vuestras exclusivas fuerzas. Fracasaríais si confiarais en vosotros solos. Pero si confiáis en Aquel a quien hacéis los votos, prometed sin miedo, pues sin duda cumpliréis... Hay promesas generales y particulares: hay una castidad conyugal y una castidad total: esta promete no buscar el matrimonio, no desearlo, no experimentarlo. Algunos prometen la virginidad desde su infancia y otros renuncian cuando ya experimentaron el casamiento. Algunos prometen dar hospitalidad a los santos y peregrinos; otros prometen abandonar sus bienes, darlos a los pobres, y entrar en la vida común, en la sociedad de los santos y este es un gran voto. Malo es que quien ha prometido vuelva la vista atrás. Supongamos que una monja desea casarse. Dirá que sólo quiere lo que quiso su madre. ¿Acaso quiere algo malo? ¡Y tan malo! Porque ha hecho un voto al Señor su Dios. El Apóstol dice: Llevan su condenación, pues violaron la primera fe (1 Tm 5,12). Prometieron, pero luego no cumplieron. Por lo tanto ninguno de los monjes que viven en el monasterio se diga: «¡Voy a salirme, pues no irán al Reino de los cielos tan sólo los que viven aquí! ¡También los demás son de Dios!». Es cierto, pero los demás no han prometido. Tú te comprometiste y ahora rompes. Y el Señor dijo: Acordaos de la mujer de Lot (Le 17,32). Los ángeles la libraron de Sodoma, y en el camino miró atrás, y allí donde miró atrás allí se quedó. Se convirtió en estatua de sal para que los demás aprendan al contemplarla. Tengan corazón, no sean fatuos, no miren atrás, no den un mal ejemplo para que los demás apren-

dan, mientras ellos se fosilizan. Eso es lo que decimos a algunos hermanos nuestros, cuando vemos que vacilan en su buen propósito: «¿Y tú quieres ser como ese?». Les mentamos a algunos de los que miraron atrás. Son en sí mismos fatuos, pero sirven de sal a los demás para que aprendan. Mira atrás la casada que pretende cometer adulterio, y la viuda que pretende casarse, cuando prometió no hacerlo, y la virgen, que es monja, consagrada a Dios, si quiere dejar de serlo. Se convierte en la mujer de Lot. Quizá al oírme hablar así, ya no te atreves a prometer, como lo pensabas. Pero el Señor te dice: ¡Prometed y cumplid! (Sal 75,12). ¿O es que pretendías prometer y no cumplir? Haz ambas cosas, la una por tu profesión y la otra con la ayuda de Dios. Mira a quién te conduce y no mirarás atrás de donde te ha sacado. El que te conduce va delante de ti; de donde te saca quedó atrás. Ama al que te conduce y no te condenará por mirar atrás. Prometed y cumplid al Señor, nuestro Dios (cf. Com. Sal. 75,16). 74. Libra mi alma de la lengua dolosa (Sal 119,2). Cuando un hombre comienza a destacarse y perfeccionarse, se ponen en movimiento las lenguas taimadas. ¿Qué es lo que vas a hacer? ¿Te imaginas que no puedes vivir bien de otro modo? ¿Crees que sólo de esa manera puedes servir a Dios? ¡No seas extravagante y raro! Si el candidato a la perfección aduce el ejemplo de muchos otros, le replican en sentido contrario: «Efectivamente, esos han podido cumplir, pero es seguro que tú no podrás». Te metes en una aventura peligrosa y fracasarás. ¿No sería mejor no empezar que dar la campanada y terminar haciendo el ridículo? Si el aspirante persevera en su propósito, las lenguas untuosas y arteras cambiarán otra vez de tono y comenza-

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rán los aspavientos y las amenazas. Pero si Dios mora en el corazón del candidato, este no arrojará a Cristo de su pensamiento. Las palabras sagradas y los ejemplos de los valientes serán saetas agudas y brasas rojas para su corazón. Vencerá él, o mejor dicho, vencerá Cristo, quien mora en su corazón. ¿Cómo será vencido, si lleva en el pecho al Emperador? De este modo, a pesar de todas las contradicciones y a ejemplo del pueblo de Israel, el candidato saldrá de Egipto y cruzará el mar, en el que habrán de perecer sus perseguidores (cf. Com. Sal. 123,6). 75. Cristo prometió a los Apóstoles que con él juzgarán al mundo. Pero no ellos solos, pues Pablo añade: ¿No sabéis que juzgaremos a los ángeles? (1 Co 6,3). Él no tuvo reparo en contarse entre los que juzgarán con Cristo. Esos son los príncipes de la Iglesia, los perfectos. Y a ellos se les dijo: Si quieres ser perfecto, ve, vende tus posesiones y da el precio a los pobres. ¿Qué significa si quieres ser perfecto? Si quieres juzgar conmigo y no ser juzgado. Pero el joven se entristeció y se marchó (Mt 19,21). Otros muchos aceptaron y hoy siguen aceptando. Juzgarán, pues, con Cristo. Son muchos los que se prometen a sí mismos juzgar con él porque abandonan todos sus bienes para seguirle, pero presumen de sí mismos, cultivan una cierta soberbia y no pueden evitar al demonio meridiano. En la persecución y en el tormento, muchos negaron a Cristo. Cayeron por el lado izquierdo... (10) A los de la derecha les dirá: Tuve hambre y me disteis de comer (Mt 25,35). Es evidente que estas palabras las dirige a los que tienen riquezas con que hacer esas obras de misericordia. También ellos reinarán con los otros: unos como soldados, otros como proveedores están todos en el reino bajo el único Rey. El proveedor

es un entusiasta de la causa, el soldado lucha por ella; el fuerte soldado lucha con la oración contra el diablo; el proveedor entusiasta suministra la intendencia a los soldados. Pues, ¿quién no cobrará temor? Quien no presume de sí mismo sino que confía en Cristo... (12) Puso muy alto su refugio. Puso su refugio en Dios al acercarse la vorágine temporal. Si pusiste tu refugio en Dios que está en lo alto y muy oculto, no te alcanzarán los males y el azote no se acercará a tu tienda (cf. Com. Sal. 90,1,9). 76. Habitará en tus atrios, Jerusalén. Esta es Jerusalén, a la que cantan los que comienzan a salir de Babilonia. ¡Cuan abastecida y rica es! No pienses en bienes terrenos. ¡Olvida tales deseos, oh ciudadano de Jerusalén! Si quieres regresar a ella, la cautividad deberá desagradarte. Y si ya comenzaste a salir, no mires atrás, no te quedes atascado en el camino. No te han de faltar enemigos que te recomienden la cautividad o la peregrinación. No te dejes desviar por la palabra de los inicuos. Desea la casa de Dios, desea sus bienes... (9) Si Jesús no fuese la esperanza, incluso en el mar lejano, no habría dicho: os haré pescadores de hombres (Mt 4,19). Pues hemos sido recogidos en el mar por las redes de la fe, gucémonos de nadar aún dentro de las redes. Porque en este mar todavía ruge la tempestad, pero estas redes que nos han recogido, nos llevarán hasta la playa y la playa es el límite del mar y, por tanto, la llegada al fin del mundo. Entretanto, hermanos, vivamos bien dentro de la red y no la rompamos. Muchos la rompieron, se separaron y salieron afuera, alegando que no querían tolerar a los malos peces que había dentro... Ea, ciudadanos de Jerusalén, que vivís dentro de la red y sois buenos peces, tolerad a los malos y" no rompáis la red: estáis con

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ellos en el mar, pero en la playa os han de separar. Y por eso él es la esperanza del confín de la tierra (Com. Sal. 64,8). 4. En las tormentas Observamos que al principio de su conversión, san Agustín era un tanto idealista al enjuiciar el monacato, y poco a poco se fue haciendo más y más realista, hasta que quizá podamos llamarle pesimista, al ver cuánto insiste en las tempestades del mar del monasterio. No nos sorprenderá, sin embargo, si tenemos en cuenta que hablaba para monjes y seglares y tenía a la vista el cisma donatista, un triunfalismo revolucionario, que se separaba de la Iglesia por considerarla impura y se llamaba a sí mismo «iglesia de los santos». Era normal que, al hacer aplicaciones al monasterio, hiciese alarde de un tema que dominaba en todos los registros, sobre todo teniendo en cuenta que quería presentar a los monjes como modelos de cristianos, velando por su honra y fama, cuidando de evitar sus defectos, exigiendo a los seglares un realismo sensato, sin sobrestimar el bien del monacato, ni subestimarlo. '"

y criminales aflijan y torturen a los siervos de Dios, abre los ojos de la fe y verás cómo terminará esta tempestad (cf. Com. Sal. 90,2,2). 78. No tiembles, cuando llega la tribulación, como si Dios no estuviera contigo. Que la fe te sostenga y Dios está contigo en la tribulación. Son las olas del mar que azolan tu navio, porque Cristo duerme. Cuando Cristo dormía en el barco, naufragaban los hombres (Mt 8,24-25). Si la fe duerme en tu corazón, es como si Cristo durmiera en tu navio, pues Cristo habita en ti por la fe. Si comienzas a temblar, despiértale, aviva tu fe y comprobarás que él no te abandona. Quizá crees que te abandona, porque no te libra cuando tú reclamas. [Y es que unas veces libra a los suyos corporalmente y otras espiritualmente] (Com. Sal. 90,2,11). 79. Son dos los amores que construyen estas dos ciudades, Jerusalén y Babilonia. El amor de Dios edifica Jerusalén y el amor del siglo edifica Babilonia. Pregúntese cada cual qué es lo que ama y sabrá de cuál de ellas es ciudadano. Si se reconoce como ciudadano de Babilonia, desarraigue sus concupiscencias y plante en su corazón la caridad. Si se reconoce ciudadano de Jerusalén tolere la cautividad y espere la libertad. Muchos ciudadanos de Jerusalén fueron corrompidos por las apetencias de Babilonia y eran y son babilonios. Pero el Señor, fundador de Jerusalén, conoce a los ciudadanos que él predestinó, aunque ahora estén corrompidos. Por eso Jeremías y Ezequiel cantaban al comenzar a salir (Sal 64,1). Comienza a salir el que comienza a amar. Son muchos los que van saliendo ocultamente, ya que los pies de los que salen son los afectos de

77. El Señor sabe quiénes son los suyos (2 Tm 2,19). Ya hemos repetido que algunos caen por la derecha y otros por la izquierda. Pero hay algunos predestinados, de manera que el Señor sabe quienes son los que pertenecen a su Cuerpo. Como a estos no se acerca la tentación de manera que los derribe, se entiende que se refieren a ellos las palabras: no se acercará a ti (Sal 90,10). Para que no quedes a oscuras, cuando Dios permita que algunos impíos

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su corazón. Van saliendo de Babilonia, de la confusión, y comienzan a distinguirse por su caridad. Y ya son distintos, no confusos. Con el corazón han comenzado a separarse del montón... (3) Cuando alguien comienza a renovarse, empieza a cantar con el corazón en Jerusalén o Sión. Está en ella con el deseo, ha lanzado la esperanza como un áncora, para no naufragar en el piélago. Solemos decir que una nave está ya en tierra firme cuando ha asegurado las áncoras: aún fluctúa, pero ya está en tierra firme, frente al viento y la borrasca. Del mismo modo, frente a las tentaciones de la peregrinación, la esperanza se aferra a la ciudad de Jerusalén e impide que nos estrellemos en los escollos. Y así dice el salmo: Te conviene, oh Señor, el himno en Sión (Sal 64,2). ¿Es que todavía estamos en Babilonia? Sí, pero sólo corporal, no cordialmente, y cantamos con el corazón, no con la boca, en Sión. Los ciudadanos de Babilonia oyen lo que se canta con los labios, pero el fundador de Jerusalén escucha lo que se canta con el corazón... (4) Acá pronunciamos nuestros votos y es justo que los cumpliremos allá. ¿Quiénes son los que acá prometen y no cumplen? Los que no perseveran hasta el fin en lo que prometieron. Allá en Jerusalén se cumplirá el voto (Sal 64,2). Allá nos mantendremos íntegros, en la resurrección de los justos: allá se completará nuestro voto, cuando nuestro cuerpo sea celestial. Mi voto será como un holocausto. Se llama holocausto el sacrificio que es enteramente consumido por el fuego. Y allí, en Jerusalén, nos penetrará el fuego, el fuego divino. Comencemos ya ahora a arder con la caridad, hasta que se consuma nuestra mortalidad y lo que haya contra nosotros quede calcinado en el sacrificio al Señor (cf. Com. Sal. 64,2).

80. Juró al Señor, hizo un voto al Dios de Jacob (Sal 131,2). ¿De qué voto se trata? Jurar es prometer firmemente. Vemos que prometió con fervor, con amor, con deseo. Sin embargo para cumplirlo suplicó al Señor: ¡Acuérdate, Señor, de David y de toda su mansedumbre1. (Sal 131,1). Con esa mansedumbre prometió para convertirse en casa de Dios. Buscaba un solar para la casa de Dios. ¿En dónde? En sí mismo, pues era manso... Escucha al Profeta: ¿Sobre quién reposará mi Espíritu? Sobre el humilde y pacífico, que teme mis palabras (Is 66,2). ¿Quieres ser el solar del Señor? Sé manso, humilde, teme las palabras de Dios y serás lo que él desea. Porque si eso no se realiza en ti, ¿qué te importa que se realice en otros? Dios puede lograr la salvación de alguien mediante un evangelista que dice y no hace. Ese evangelista logra un solar para el Señor, pero él no es un solar del Señor. Todos los fieles juntos constituyen el solar del Señor. Los reúne la caridad y así tienen un solo corazón... (5) Eso es lo que dice la Escritura: tenían un alma sola y un solo corazón hacia Dios (Hch 4,32) {Com. Sal. 131,4). Promete y cumple al Señor. En ti mismo llevas lo que has de prometer y cumplir. Es el amor. Los hombres pueden quitarte todo menos eso que Dios te dio: la fe, la esperanza y la caridad. Ofrécele lo que él depositó en tu corazón. (20) Acuérdate de Job. Satanás le quitó todo y le dejó sólo la mujer; pero no por misericordia, sino para que lo tentase, como Eva tentó a Adán. Él sin embargo, lleno de Dios, cumplió a Dios sus promesas (cf. Com. Sal. 55,19). 81. Cumpliré mis votos de día en día (Sal 60,9). ¿Quieres cantar al Señor eternamente? Cúmplele tus votos de

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día en día. ¿Qué quiere decir eso? Desde este día de hoy hasta el día futuro. Persevera en el cumplimiento de tus votos en el día de hoy hasta que llegues a aquel día futuro. Pues por eso se dijo: quien persevere hasta el fin, ese será salvo (Mt 24,13) (cf. Com. Sal. 60,10). 82. ¿Qué prometiste a Dios? A ti mismo. Y eso es lo que ahora te reclama Dios. Dios contempla su moneda y dice: Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios (Mt 22,21). Devuélvele su imagen al César, pero devuelve su imagen a Dios (cf. Com. Sal. 115,8). 83. Esto acontece también dentro de los monasterios, en la vida común de los hermanos. Quizá tú dices: «Son grandes varones, siempre están empleados con sus himnos, oraciones y alabanzas de Dios, y de eso viven; siempre están estudiando, trabajando con sus manos, pues de ellas se sustentan; nada piden por avaricia; se contentan con lo suficiente y aceptan con caridad lo que les ofrecen los piadosos hermanos; nadie usurpa para sí algo que los otros no tengan; todos se aman, todos se toleran». ¡Qué bien los has enaltecido! Quien ignora lo que acontece allá dentro, quien ignora que el viento se cuela en el puerto y arroja unas naves contra otras, llega allí esperando vivir seguro: ya no tendrá que tolerar a nadie. Pero al momento ve que hay hermanos malos y no los habría si no fueran admitidos. Habrá que tolerarlos primero esperando que se corrijan. No pueden ser excluidos, si primero no son tolerados. Entonces el recién llegado se llena de una cólera intolerable. ¿Quién me mandaba entrar aquí? Yo creía que aquí reinaba la caridad. Irritado por las molestias que le producen unos pocos, no persevera en cumplir lo que prometió y

se hace desertor de este santo compromiso y reo de incumplimiento de su voto. Cuando sale se convierte en acusador y maldiciente y va contando lo que dice él que no pudo tolerar: y a veces no dice más que la verdad. Pero hay que tolerar la maldad de los malos para formar parte de la sociedad de los buenos. La Escritura le recuerda: ¡Ay de aquellos que perdieron la tolerancia}. (Si 2,16). Y lo que es peor, va eructando el mal olor de su indignación para amedrentar a otros pretendientes, pues él entró y no pudo perseverar. ¿Que cómo son los religiosos? Envidiosos, litigantes, intolerantes, avariciosos. Uno hizo esto, otro hizo aquello. ¡Oh, malhablado!, ¿por qué no hablas de los buenos? Denuncias a los que no pudiste tolerar y omites a los que te toleraron a ti, cuando eras malo. (13) Que nadie os engañe, hermanos. Si no queréis engañaros y queréis amar a los hermanos, sabed que en la iglesia todas las profesiones tienen sujetos fingidos. Por desgracia, la paja se ve mejor que el grano. Hay religiosas indisciplinadas, pero por eso ¿vas a condenar a todas las monjas? Muchas se aburren en casa, visitan casas ajenas, apacientan su curiosidad, hablan lo que no conviene, respiran orgullo y son habladoras (1 Tm 5,15). Son vírgenes, pero sólo en el cuerpo, pues su mente está ya dañada. ¿De qué le sirve su integridad corporal? Mejor es una casada humilde que una virgen altanera. Pero acaso, ¿eso nos autoriza a condenar a las que son santas en el cuerpo y en el espíritu] (1 Co 7,34). ¿O por estas buenas tendremos que ponderar a las malas? (cf. Com. Sal. 99,12). 84. Quizá un simpatizante y panegirista pondera nuestra congregación ante uno de nuestros detractores diciendo: con el obispo Agustín viven todos como está escrito en

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los Hechos de los Apóstoles. El detractor moverá la cabeza y enseñará los dientes, replicando: «¿De veras viven así como tú dices? ¿Por qué honras con falsas alabanzas a quien no lo merece? ¿No hizo testamento un presbítero en esa congregación, dispuso de sus propias cosas y las dejó como quiso? ¿De veras son comunes ahí todas las cosas? ¿De verdad nadie llama propio a nada?». ¿Qué podría oponer a esto nuestro panegirista? Le pesaría habernos alabado tanto. Quedaría avergonzado, confundido por la réplica y nos maldeciría. Por eso me he visto en la necesidad de plantear este pleito con claridad y diligencia. (12) Después de todas estas averiguaciones, quizá la gente seguirá hablando, pero algo llegará a mis oídos. Y si lo que dicen es tal que requiera una nueva justificación, contestaré a los detractores, maldicientes e incrédulos, como yo pueda y Dios me ayude. Ahora me callo, pues quizá nadie dirá nada. Los que nos aman, no ocultarán su gozo. Los que nos odian rumiarán su dolor. Y si sueltan la lengua, tendrán que oír mi respuesta, no mi pleito. No mencionaré los nombres, pero estad seguros de que responderé ante vuestra caridad. Quiero que nuestra vida esté a la vista de todos. Sé que muchos andan buscando malos ejemplos para justificar sus vicios y por eso he hecho lo que a mí me corresponde. No puedo hacer otra cosa. Vivimos ante vuestros ojos, y no apetecemos los bienes de nadie sino las buenas obras de todos. (13) Os exhorto, hermanos míos; si queréis regalar algo a los clérigos, sabed que no debéis fomentar algún vicio suyo contra mí. Ofrecedles libremente lo que queráis, pero ha de ser común y se ha de distribuir según la necesidad de cada uno. Proveed al gazofilacio y habrá para todos. Mucho me agrada que nuestro

pesebre sea ese gazofilacio común, ya que vosotros sois el campo de Dios y nosotros su ganado. Que nadie ofrezca un manto o túnica de lino, o cosas semejantes, sino para el común. Del común lo recibo yo también. No quiero que me ofrezcáis algo peculiar o precioso. Quizá eso conviniera a un obispo, pero es inconveniente para Agustín, esto es, para un hombre pobre, hijo de pobres. Dirían que logro aquí lo que no hubiera logrado en mi casa o en mi profesión. Si me entregáis algo precioso, lo venderé (cf. Serm. 356,2). 5. La venerable comunidad Si el Bautismo implica la renuncia al demonio, al mundo y a la carne, ¿para qué renovarlo en la profesión religiosa? ¿No es una forma simulada de «rebautización»? ¿No crea una casta privilegiada dentro del cristianismo, frente a la jerarquía, el matrimonio, el trabajo, el bienestar material, la colaboración humana? Por eso se han formulado muchas críticas, como vimos en la introducción. Pero en sentido opuesto, ya en el mismo san Mateo, vemos que frente a la justicia perfecta del Sermón de la Montaña, se proclama otra perfección misionera como se ve en el pasaje del joven rico. Y en este sentido muchos teólogos han pensado que la institución monástica es una necesidad que el Espíritu Santo crea en la riqueza interior de la misma vida cristiana. Tales especulaciones no caben en la visión agustiniana del monaquismo, ya que la idea de la vida común, al fundirse con la «teología de Pentecostés», crea automáticamente en el cristianismo un «estado de perfección», propio del «joven rico», en contraposi-

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ción a todos los perfectos cristianos que viven en otros «estados». Pero esto no implica ni oposición ni contraposición, sino complemento y «pensamiento orgánico», ya que todas estas especulaciones quedan superadas en el concepto superior de Iglesia, orgánica, en la que caben todos los estados y todas las clases de perfección, esto es, todos los miembros y todas las funciones. Esto crea a primera vista una cierta confusión para los que no están acostumbrados a leer al Santo, y no ven tras las discusiones coyunturales el pensamiento orgánico. No hay que olvidar que hablaba a los religiosos y seglares reunidos como quien habla a una iglesia y de cuando en cuando se dirige a alguno de los órganos o de las funciones de la misma. A veces exigirá a los seglares las obligaciones monásticas en virtud de las promesas del bautismo, que para él son exactamente lo mismo que nuestros «votos monásticos», pues se reducen a combatir las tres concupiscencias de que habla san Juan (1 Jn 2,16). Y a veces exigirá a los religiosos las promesas del bautismo, idénticas a los votos monásticos, pero más allá del aspecto jurídico de los mismos, como un compromiso con Dios, como un «voto» radical fundamentado en el mismo concepto de «criatura», que obliga a todos los hombres sin excepción alguna y en todos los órdenes. La Iglesia da sentido a todos los problemas eclesiásticos y no viceversa. Pero insiste también Agustín en el concepto de «consejo» frente a los pelagianos, que obligaban a todos los ricos a abandonar sus riquezas. Agustín acepta el argumento del rico epulón y del pobre Lázaro, aducido por Pelagio, pero le recuerda que el pobre Lázaro fue llevado al seno de Abrahán, el cual era más rico que el rico epulón. Surge, pues, un problema

agustiniano muy profundo que es el análisis del «si quieres». ¿Qué significa esa condicional? A la condición sigue una consecuencia y conclusión rigurosas en indicativo. ¿Cómo ha de entenderse eso? 85. Quien medite con piedad y rigor el sermón que lesucristo predicó en la montaña, según Mateo, encontrará <n él un plan perfecto de vida cristiana... Y así lo confirma su terminación, pues se indica que contiene todos los preceptos que pueden informar una vida cristiana perfecta (Serm. Montaña 1,1,1). 86. Puesto que mantenéis un compromiso más elevado en el Cuerpo de Cristo, tengo que felicitaros, pues veo que habéis acudido hoy en mayor número. No habéis alcanzado por vuestros méritos ese lugar más excelente, sino por la conciencia que Dios os ha infundido y con la ayuda de ese mismo Dios. Esa conciencia vuestra es sospechosa para los malignos que nos envidian, pero su mordacidad es para nosotros una prueba. Porque si al abrazar esta profesión de continencia buscábamos alabanzas humanas, nos derrumbamos ante la reprensión de los hombres. Quizá tú eres un casto siervo de Dios, pero el mundo sospecha que eres impúdico y murmura, te reprende y se deleita calumniándote. Para el alma malévola tiene un dulce sabor la suspicacia maligna. Si buscabas la alabanza humana, te derrumbaste ante los reproches de los hombres y viniste a menos en todo lo que te habías propuesto. (3,3) En cambio, si sabes decir con el Apóstol que nuestra gloria es el testimonio de nuestra conciencia (2 Co 1,12), la reprensión humana, lejos de menoscabar tu galardón, lo acrecienta. Tú, sin embargo, tienes que rezar por tu detractor para

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que él no perezca mientras que tú prosperas. ¿Por quién íbamos a rezar, si no tuviéramos enemigos?... Los malos son necesarios para los buenos, pues estamos en el mundo como el oro en el crisol del orífice. Si no eres oro, arderás como ganga; si eres oro, el malo será la paja que llevas. Y si también tú eres paja, ambos arderéis y os convertiréis en ceniza y humo. (4,4) Pero sabed, amadísimos, que en el cuerpo de Cristo no están solos los miembros más excelentes. Está también la vida matrimonial digna de loa. Del mismo modo que en el cuerpo no están solos los sentidos, que ocupan el lugar más alto. Si los pies no sustentaran a esos sentidos, caerían por tierra (Serm. 354,2,3). 87. Todos o casi todos sabéis que en esa que se llama «Casa del obispo» vivimos con el propósito de imitar, en cuanto sea posible, a los santos de los que dicen los Hechos de los Apóstoles: nadie tenía nada propio, sino que todo era común para todos (Hch 4,32). Y ya que algunos no conocen nuestro género de vida, explicaré brevemente lo que acabo de decir. Yo, por la gracia de Dios vuestro obispo, llegué joven a esta ciudad. Buscaba dónde edificar un monasterio para vivir con mis hermanos, pues había renunciado a todas las esperanzas del siglo. Comencé a reunir hermanos con este compromiso, de modo que no poseyeran nada propio, como yo no lo poseía. Nuestro bien común, nuestra gran finca ubérrima había de ser el mismo Dios. Más tarde organicé en la casa del obispo este monasterio de Clérigos. (2,2) Este es, pues, nuestro plan de vida: en nuestra organización no es lícito poseer nada propio. Si alguno lo posee de hecho, eso no es lícito. Y puesto que siempre pienso bien de mis hermanos, nunca traté de llevar a cabo una investigación (cf. Serm. 335,1,2).

88. He dado de término a mis hermanos hasta la Epifanía para liquidar su situación. No quitaré a nadie la clericatura, pero oídme: Dios será juez. Muy malo es prometer algo santo y después no cumplirlo. Quizá una virgen puede renunciar al matrimonio sin necesidad de vivir en el monasterio y nadie la obligará a vivir en él. Pero si ingresa en él y lo abandona, seguirá siendo virgen, pero medio caída. Pues del mismo modo, el clérigo ha profesado dos cosas, la santidad y la clericatura. Interiormente prometió la santidad, pues la clericatura se la ha puesto Dios en los hombros por razón del pueblo. Profesó, pues, santidad, profesó una institución de vida común, profesó el cuan bueno y agradable es que los hermanos habiten en uno (Sal 132,1). Si rompiese ese compromiso, sigue siendo clérigo, pero medio caído. Pero si se queda dentro hipócritamente, está caído del todo. No quiero ponerle en la necesidad de simular... (7) Lo que resulte de mi investigación, os lo diré después de la Epifanía (cf. Serm. 355,4,6). 89. Os traigo noticias alegres: he encontrado tales como los deseaba a mis hermanos y clérigos, que habitan conmigo, presbíteros, diáconos, subdiáconos y a mi sobrino Patricio... (14) Retiro, pues, mi primera determinación. Quien quiera poseer propiedades y vivir de ellas, obrando contra mis propuestas, no sólo no podrá vivir conmigo, sino que tampoco será clérigo. Ya puede recurrir contra mi a mil concilios, navegar contra mí a donde quiera, establecerse donde pueda. Dios me ayudará para que allí donde yo sea obispo, él no pueda ser clérigo. Lo habéis oído vosotros y lo han oído ellos. Espero en Dios y en su misericordia que así como han acogido esta mi salida con hilaridad, la mantengan pura y fielmente... (15) ¿Queréis algo

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más? Que nadie calumnie a los siervos de Dios, pues no conviene a los mismos calumniadores. Las falsas detracciones acrecientan el premio de los siervos de Dios, pero los calumniadores se acarrean un castigo. Y no queremos acrecentar nuestro galardón con detrimento de nadie. Nos contentaremos con menos, con tal de reinar con vosotros (cf. Serm. 356,1).

CAPITULO TERCERO

EL AMOR (Regla n.l) 1. Amor de Dios La fórmula inicial de la Regla dice: «ante todo, hermanos carísimos, amad a Dios y después al prójimo, ya que estos son los principales preceptos que se nos han dado». Tal fórmula no pertenece a la Regla de san Agustín, sino a un documento llamado Reglamento del monasterio (Ordo Monasterii), que solía acompañarla y que distribuía las horas canónicas, tiempos de trabajo, de lectura, etc. Los Canónigos Regulares, que tenían la Regla, consideraban ese documento como incompatible con su propio género de vida. Cuando en 1118 recurrieron al Papa Gelasio II para que les dispensara del «Reglamento del monasterio», ambos documentos, la «Regla» y el Reglamento quedaron separados. Pero esta fórmula inicial de la caridad parecía tan bien colocada, y era ya tan tradicional, que quedó para siempre incorporada a la Regla. Fue una idea excelente, ya que Eugipio, un buen conocedor del pensamiento agustiniano, creía que, siempre que se trate de moralidad, la caridad es lo primero y lo último, esto es, la raíz y el fruto de las virtudes. Tanto por su platonismo como por su cristianismo, san Agustín veía el amor como la potencia radical

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que se encarga de llevar a cada cosa hasta su ideal de perfección. En el platonismo este empuje o impulso universal era la consecuencia de la emanación, y en el cristianismo consecuencia de la creación, energía del Espíritu Santo. El ideal es la unidad perfecta de cada ser dentro de su género y especie, y por eso la unidad es «la potencia de la forma» (vis formae). Es obvio que, al aplicar la doctrina de la unidad al hombre, ha de ser la caridad la encargada de lograr esa unidad. Por eso todo amor es para Agustín un amor a Dios, a la Unidad absoluta: «Oh Dios v a quien ama, consciente o inconscientemente, todo lo que es capaz de amar» (Solil. 1,1,2 PL 32,869). Todo amor que no lleva a Dios es un amor estancado, atascado. Las divisiones fundamentales son: 1) caridad y concupiscencia; 2) gracia y pecado. La animación de las virtudes por la caridad, no significa una «reducción», sino un común denominador, porque representa la «rectitud», es decir, la línea recta que mira al blanco y el blanco o centro es Dios. Y puesto que esta fórmula inicial de la Regla dice que el primer mandamiento se ha dado especialmente para los monjes, como más obligados a aspirar a la perfección, es obvio que todas las observancias monásticas han de ir animadas por la caridad. Su valor y sentido dependerá de la cantidad y calidad de la misma caridad. San Agustín había tratado de construir una «escala de la perfección» en siete grados, durante su período sapiencial (cf. Serm. Montaña), pero pronto desistió de tales ensayos y se explicó diciendo que el progreso espiritual se define por la misma caridad: caridad incipiente, caridad proficiente, caridad perfecta. Pero la caridad es también el fruto de las virtudes, y aquí se nota mejor la influencia cristiana, que impo-

ne la necesidad del apostolado al gozo de la contemplación. Por eso la caridad es el índice del progreso espiritual, pues el ejercicio de todas las virtudes produce amor, y al mismo tiempo es el criterio para juzgar la santidad; el valor de la virtud depende del amor que la anima, y al árbol se lo conoce por sus frutos. 90. Sólo del Espíritu Santo se dice que es el «Don de Dios». Por consiguiente en tu Don descansamos, y en él gozamos de ti. Nuestro descanso , ese es nuestro lugar. Es el amor el que nos lleva hasta nuestro lugar, porque tu Espíritu bueno recoge nuestra humildad de las puertas de la muerte (Sal 9,15). Nuestra paz está en nuestra buena voluntad. Los cuerpos tienden por la gravitación a su centro. La gravitación no es sólo tendencia hacia abajo, sino hacia su centro. El fuego tiende hacia arriba, mientras la piedra tiende hacia abajo. Los objetos son movidos por sus pesos y así buscan sus centros. Si derramas aceite bajo el agua, asciende sobre el agua; si derramas agua sobre el aceite, el agua se sumerge. Porque cada cosa es movida por su gravitación y así busca su centro. Cuando no están en orden, están inquietos; si los colocas en el lugar que les corresponde, reposan. Pues bien, mi peso es mi amor: él me lleva adondequiera que voy. Tu Don, Señor, nos inflama y nos hace subir: al encendernos, nos pone en movimiento, y realizamos las ascensiones del corazón (Sal 83,6) y cantamos el cántico de las ascensiones. Gracias a tu fuego, gracias a tu buen fuego nos inflamamos y ponemos en movimiento y así vamos subiendo hacia la paz de Jerusalén... Allí nos coloca la buena voluntad para que no que-

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ramos otra cosa que permanecer allí para siempre (Conf. 13,9,10). 91. A la manera que el mal amor enciende el alma y la arrastra a apetecer lo terreno, así por lo contrario el amor santo, al inflamar al alma, la empuja a apetecer lo celeste, la eleva a las cumbres y desde el hondón del infierno la levanta hasta el cielo. Todo amor tiene su propia energía y no puede estarse quieto en el alma del amante: impele por necesidad. ¿Quieres saber cuál es la calidad del amor? Mira adonde conduce. Por eso yo no os diré que no améis. Sólo os pido que no améis al mundo, para que podáis amar libremente al que creó el mundo. Un alma, ligada por el amor terreno, tiene las alas impregnadas de viscosidad y no puede volar. Pero si se limpia de las sórdidas aficiones del siglo, va extendiendo las alas y las deja libres de todo impedimento. Y entonces vuela con ambas alas, esto es, con los dos preceptos, el del amor a Dios y el del amor al prójimo. ¿Y a dónde subirá en su ascensión y en su vuelo, sino a Dios?... (2) Por eso este salmo se llama gradual, ascensional. ¿Adonde quería subir el salmista, sino al cielo? Tenéis que exhortaros mutuamente diciendo: «vayamos, vayamos a aquel santo lugar». ¿Porque cuál no debe ser el amor que arrastra a los que viven concordes y se animan diciéndose: Iremos a la casa del Señor (Sal 121,1)? Corramos, sin perdonar fatigas, pues llegaremos a un lugar donde ya no habrá fatiga. Corramos a la casa del Señor y que nuestra alma se regocije con aquellos que nos dan estos avisos. Esos que nos los dan se adelantaron a contemplar la patria y desde lejos siguen gritándonos a los que vamos en pos de ellos: iremos a la casa del Señor. Son los profetas y los Apóstoles. (3) Tienen su gozo en Dios,

mientras que el que lo pone en sí mismo cae. ¿Y quién es el que lo pone en sí mismo? El que es orgulloso... (4) El fundamento de la celeste ciudad es Cristo. Cuando el fundamento se pone en tierra, sobre él se levantan las paredes y el peso de las paredes empuja hacia abajo. Pero si nuestro fundamento está en el cielo, somos edificados hacia el cielo. La amplia arquitectura de esta basílica que estáis viendo la han edificado los cuerpos: pusieron los cimientos abajo. Pero cuando edifica el Espíritu, pone el cimiento arriba. Y esto se aplica a todos por el amor. (10) El amor es una cosa fuerte, hermanos, una cosa fuerte. ¿Queréis saber cuan fuerte es el amor? Quien por alguna necesidad no puede realizar lo que manda Dios ame a aquel que lo realiza, y lo realizará en él. ¡Atended! Alguien, por ejemplo, tiene una mujer y no puede dejarla, pero piensa que es una vida mejor aquella de la que dice el Apóstol: quisiera que todos vivieran como yo (1 Co 7,7). Ve a los que lo han cumplido, los ama, y así cumple en ellos lo que no puede cumplir en su persona. Fuerte cosa es el amor. Él es nuestra virtud, pues si no nos sustentamos en él, nada aprovecha todo lo demás que tuviéramos (1 Co 13,1-3). En cambio, aunque esté sola la caridad, y no tenga nada que distribuir a los pobres, ame, ofrezca tan sólo un vaso de agua fría (Mt 10,42) y se valorará tanto como la mitad del patrimonio que repartió Zaqueo a los pobres (Le 19,8). ¿Y por qué, pues, es tan grande la diferencia? Porque es diferente la cantidad, pero no la caridad... (12) El Cantar de los cantares dice: el amor es más fuerte que la muerte (Ct 8,6). Gran palabra, hermanos. No pudo definirse mejor la potencia del amor que diciendo: es más fuerte que la muerte. Porque, ¿quién resiste a la muerte? Cabe resistir al

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fuego, al agua, al hierro, a las potestades y a los reyes. Pero llega la muerte sola y ¿quién la resistirá? Nada hay más fuerte que ella y por eso se le compara el amor. (14) Hermanos, he dicho muchas cosas, pero necesarias: tomadlas, comed, bebed, fortaléceos, corred y alcanzad la meta (Com. Sal. 121,1. Todos los comentarios a los salmos graduales [Sal 119-126] son variaciones de esa inexhausta melodía del amor entusiasta que va subiendo hacia Sión y ha lanzado a ella el áncora de la esperanza). 92. Nadie viene a mí, si el Padre no le trae. No pienses que te traen por fuerza, pues el alma es traída también por el amor. ¿Cómo creo voluntariamente, si me traen? Y yo te digo: te traen, no sólo voluntariamente, sino también placenteramente. ¿Qué significa ese placer? Complácete en el Señor, y te otorgará las peticiones de tu corazón (Sal 36,4). Hay un cierto placer del corazón, para el que es dulce ese pan celeste. Bien pudo decir el poeta: «a cada cual le arrastra su afición» (VIRGILIO, Égloga 2); no la necesidad, sino el placer; no la obligación, sino la delectación. Con cuánta mayor fuerza deberemos nosotros decir que el hombre es arrastrado hasta Cristo, pues se deleita en la verdad, en la felicidad, en la justicia, en la vida eterna y Cristo es todo eso. ¿Por ventura los sentidos tendrán su placer y el alma carecerá de su placer? Dadme un amante y entenderá lo que digo. Dadme uno que sienta deseos, que tenga hambre, que peregrine por esta soledad, que sufra sed y suspire por la fuente de la patria. Presentadme uno tal y seguramente comprenderá lo que os vengo diciendo. Mas si hablo a gente insensible, ¿cómo va a saber lo que quiero decir?... (5) Muestras el ramo verde a la oveja y la atraes. Muestras unas avellanas al muchacho y lo

atraes: viene adonde tú estás y viene por amor, viene sin lesión de su cuerpo, viene atado con un lazo el corazón. Tales cosas terrenas atraen, ya que es cierto que a cada uno le arrastra su afición. ¿Cómo no arrastrará Cristo, revelado por el Padre? ¿Es que hay algo que el alma apetezca mejor que la verdad? ¿Pues a dónde aplicará sus fauces ávidas o qué deberá codiciar para sanar su paladar al juzgar la verdad, mejor que comiendo y bebiendo la sabiduría, la justicia, la verdad, la eternidad? (cf. Trat. ev. Jn. 26,4). 93. Vemos el medio que el evangelio nos prescribe para vivir virtuosamente: amarás, dice, al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente (Mt 22,37). Esa es nuestra meta y a ella han de ser referidos todos nuestros consejos. Dios es para nosotros la suma de todos los bienes inferiores... (cf. Costumbres 1,8,13). 94. [Hemos de preferir ser de Dios a ser nuestros]... Veneno de la caridad es la esperanza de adquirir bienes temporales. Alimento de la caridad es la disminución de las apetencias; perfección de la caridad es la supresión de las mismas. Signo del aprovechamiento es la disminución del temor servil; signo de perfección es la carencia de ese temor. Porque, por un lado, la caridad consumada echa afuera el temor (1 Jn 4,18), mientras por otro lado la raíz de todos los males es la codicia (1 Tm 6,10) (83 cuest. 36,1). 95. Yo no sé si podría ponderarse mejor la caridad que diciendo Dios es amor (1 Jn 4,8.16). Breve elogio, gran elogio; breve expresión, profundo significado. ¡Qué pronto se dice Dios es amor] Es lacónico: si cuentas palabras es una sola, pero si la pesas, es abrumadora... Que Dios sea tu

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casa y tú seas casa de Dios. Ojalá permanezcas en él y él permanezca en ti. Él permanece en ti, conteniéndote; tú permaneces en él para no caer. Por eso dice el Apóstol: ¡La caridad nunca cae! (1 Co 13,8). ¿Cómo vas a caer, si Dios te contiene? (Trat. 1 Jn 9,1). 96. Amemos, pues, a Dios, hermanos, pura y castamente. No es casto el corazón, si sirve a Dios por el galardón. ¿Cómo? ¿No recibiremos de Dios un premio por nuestro servicio? Sí, lo recibiremos, pero será ese mismo Dios, a quien servimos. Él será nuestro galardón, pues le veremos como él es (1 Jo 3,2). Ya ves que recibirás tu premio. ¿Qué es lo que dice Cristo a sus amadores? Quien me ama guarda mis mandatos. Quien me ama será amado por mi Padre y también yo le amaré. ¿Qué le darás al que te ama? Me manifestaré a él (Jn 14,21). Si no le amas, esto será poco para ti. Pero si le amas, si suspiras, si sirves gratuitamente al que gratuitamente te compró, si tienes inquieto el corazón porque le deseas, no busques nada fuera de él; él te basta. Por muy avaricioso que seas, él te basta. En efecto, a la avaricia le apetecía poseer la tierra entera; añádele aún el cíelo: más que todo eso es el que hizo el cielo y la tierra. Os lo voy a decir, hermanos: juzgad por los matrimonios humanos en qué consiste tener el corazón casto para con Dios. Quien ama a su mujer por la dote, no ama en realidad a su mujer; y la mujer que ama a su marido porque le ha hecho un regalo, un gran regalo, no le ama castamente. ¿Y si el marido rico se queda pobre? Muchos proscritos son todavía más queridos por sus esposas después de la desgracia; muchos matrimonios castos fueron probados con la calamidad del marido. ¿Pues cómo habrá de ser amado Dios, auténtico y veraz marido del alma, pues la

fecunda para que dé a luz la vida eterna? Él no nos permite quedar estériles. Amémosle, pues, a él exclusivamente. Invocar a Dios es invocarle gratuitamente... (19) Prometed y cumplid. No prometáis sacrificios de animales. En ti mismo tienes lo que has de prometer y cumplir. Saca del arca del corazón el incienso de la alabanza y de tu despensa el sacrificio de la fe. Y enciende en la caridad eso que vas sacando. En ti están esos votos de alabanza que has de cumplir. ¡Oh riqueza interior, a la que no tiene acceso el ladrón! Dios nos las dio para recibirlas. Él nos enriqueció para que le ofrezcamos lo que ama. Dios reclama tu alabanza, Dios reclama tu confesión. ¿Pero se lo darás de tu cosecha? Él te ha provisto de lo que has de dar. Él te dio la fe, la esperanza y la caridad. Eso es lo que tienes que presentar, lo que tienes que sacrificar (cf. Com. Sal. 55,17). 2. El amor del prójimo La fórmula agustiniana frui Deo (gozar de Dios) ha sido a veces denunciada como sensualidad. Eso significa ignorar el carácter de la lengua latina que utiliza tales expresiones. Cicerón repite: gozar de los amigos, del campo, de la lectura, del ocio, etc. También el Antiguo Testamento, como el Nuevo, utiliza expresiones equivalentes: deleitarse en el Señor, adherirse al Señor. San Pablo dice a Filemón: goce yo de ti en el Señor (Flm 20). Finalmente, no se puede olvidar el carácter místico de san Agustín, que busca una religión experimental y vivencial. En sentido contrario, a veces se dice que san Agustín es un tanto severo en el amor humano, y eso se atribuye ya a platonismo ya a maniqueísmo. Tal acusación es falsa y contradictoria, ya que san Agustín rechaza

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desde el principio el platonismo del «hombre eterno», la indiferencia estoica, el rigorismo maniqueo; y no puede mostrarse más efusivo con sus amigos, hasta el punto de que otros le acusan de excesivamente efusivo, al leer cartas como las dirigidas a san Paulino de Ñola, Alipio, Severo, etc., al lamentarse de que cuando le arrebatan a un amigo es como si le arrancaran una viscera. En los últimos tiempos se han publicado estudios acerca de la amistad en san Agustín, y aun se ha intentado demostrar que la amistad es el carácter distintivo de la institución monástica agustiniana. Esto es hoy interesante. Porque en virtud de nuestras construcciones abstractas, hemos caído con frecuencia en una sequedad espiritual lamentable. Es fácil afirmar que basta la «caridad infusa», que nadie puede comprobar ni controlar, mientras se hace ostentación de frialdad humana. Por eso nos conviene meditar los dos aspectos de la caridad agustiniana. Por un lado, el amor fraterno es el mismo amor que Dios nos infunde y derrama en nuestros corazones por el Espíritu Santo, y por ende deberá ser gratuito o casto. Por otro lado, la respuesta a ese amor de Dios significa que el amor de Dios se expresa como amor fraterno: quien ama a su hermano, ve a Dios, dice san Agustín. Ese amor fraterno, que comienza por la comunicación de bienes, termina por dar la vida por el amigo. El amor del prójimo incluye el amor de Dios, cuando es auténtico, hasta el punto de identificarse, pues ambos son un don de Dios. La herejía pelagiana le obligaba a insistir en la acción de Dios en el amor, como «don divino». El silogismo agustiniano ha sido muy comentado: «quien ama al hermano, dice el Santo, ama al amor; ahora bien, el amor es Dios; luego el que ama a su

hermano ama a Dios». Este silogismo quizá no satisface a un filósofo, pero sí a quien medita la primera carta de san Juan, o al que vive la vida mística y experimental. Del mismo modo, la contienda donatista obligaba a ver que, en el fondo, el cisma es un pecado contra el amor, contra la caridad. El silogismo sería: «quien ama a su hermano, ama a un miembro de Cristo; y quien ama a un miembro de Cristo, ama a Cristo». Separarse de los hermanos es separarse de Cristo, de sus miembros. Desde el punto de vista del sujeto, proclama también san Agustín que el amor es siempre uno, aunque sus objetos sean dos, Dios y el prójimo. Por todo lo cual san Agustín no se cansa nunca de predicar la caridad fraterna. Después del evangelista san Juan, nunca hubo otro hombre que diera tanta importancia al amor fraterno y al calor humano. 97. Ama al hermano y ya estás seguro. No puedes decir: amo al hermano, pero no amo a Dios. Si dices «amo a Dios, pero no amo al hermano», mientes; si dices «amo al hermano, pero no amo a Dios», te engañas. Porque si amas al hermano, amas al amor y Dios es el amor. En cambio, si no amas al hermano, a quien ves, ¿cómo dices que amas a Dios, a quien no ves? No le ves precisamente, porque no tienes amor, y no tienes amor, pues no amas al hermano... (11) Te exaltabas, diciendo: «amo a Dios», mientras odiabas a tu hermano. ¡Oh homicida!, ¿cómo amas a Dios? ¿No has oído que arriba en la misma carta te decían: quien odia a su hermano es homicida (1 Jn 3,15)? Además te dice: Nos ha dado el precepto de amarnos recíprocamente (1 Jo 3,23). Pues, ¿cómo dices que amas a Dios, si rechazas

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su precepto? Eso es como decir: «Amo al emperador, pero odio sus leyes». Cabalmente el emperador entenderá que le amas, si observas sus leyes en las provincias. La ley del emperador es que nos amemos recíprocamente (cf. Jn 13,34). Sostienes que amas a Cristo: guarda su mandamiento, ama al hermano. Y si no le amas, ¿cómo amas a aquel cuyos mandatos desprecias? Hermanos, nunca me canso de hablar de la caridad en nombre de Cristo. No nos desviemos del camino, mantengamos la unidad de la Iglesia, retengamos a Cristo, retengamos la caridad. No nos separemos de los miembros de la Esposa (cf. Trat. 1 Jn 9,10). 98. Los preceptos son dos, pero la caridad es única. El Espíritu es único, pero su don es doble. La caridad con que se ama al prójimo es la misma con que se ama a Dios. Se comienza por el amor de Dios, y se sigue por el amor al prójimo; pero se alcanza primero el amor del prójimo y luego el amor de Dios. La caridad viene del Cielo y del cielo fue enviado el Espíritu Santo. Tú lo recibes en la tierra y así amas al hermano; recíbelo del cielo, y así amas a Dios. Del cielo viene lo que tú recibes en la tierra. Es verdad que Cristo nos lo dio en la tierra, pero venía del cielo, pues él mismo descendió del cielo. Aquí encontró a quienes dárselo, pero traía de arriba lo que daba acá abajo (cf. Serm. 265,8,9). 99. Aquel y sólo aquel que ama a Dios es el que se ama de verdad a sí mismo. No hay camino más seguro para alcanzar el amor de Dios que el amor del prójimo. (26,49) Y lo que haces contigo mismo has de hacerlo con tu prójimo. No le amarás rectamente si no le llevas a tu propio bien, y tu bien ha de ser el único Bien, Dios. De este prin-

cipio derivan todas las obligaciones de la convivencia. (26,51) Ambos amores crecen juntos y se perfeccionan juntos. O quizás el amor de Dios brota primero, pero el amor del prójimo se perfecciona antes. Para comenzar tiene que inflamarnos la caridad divina, pero damos cima con mayor facilidad a las cosas pequeñas... (27,52) Añadamos a esto que la caridad es difícil, pues comprende no ya sólo todas las obras de benevolencia, sino también todas las de beneficencia o de misericordia (cf. Costumbres 1,26,48). 100. [Todo lo que dice la S. Escritura se refiere a la caridad]. Pero la caridad no es cualquier cosa. También los que malviven se reúnen en la sociedad de su perdida conciencia; aseguran que se aman, que no quieren separarse; se estrechan en sus coloquios; se desean cuando están ausentes y se congratulan cuando están presentes. Pero este amor es infernal, viscoso, para arrojar al abismo; no tiene alas para volar al cielo. ¿Cuál es la caridad que se diferencia de todas las demás caridades? Pablo define la verdadera caridad de los cristianos, ... al decir: el fin del precepto es la caridad que brota de un corazón puro (Rm 13, 10). Ya veis que los salteadores de caminos no tienen un corazón puro, y carecen de caridad. Un corazón puro, en materia de caridad, es amar al hombre según Dios. Cuando te amas a ti mismo, no debe fallar la regla: amarás a tu prójimo como a ti mismo. Si te amas malamente, te amas inútilmente y más bien te odias, pues quien ama la iniquidad, odia su alma (Sal 10,6). Pues, si al amar al prójimo, le conduces a la iniquidad, tu amor es una trampa para el amado... La caridad es, pues, dilección de Dios y dilección del prójimo (Com. Sal. 140,2).

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101. ¿Acaso te permite la caridad hacer mal al que amas? ¿Quizá no te permite hacerle mal, pero te permite no hacerle bien alguno? ¿Es así? ¿No es la caridad la que incluso manda orar por el enemigo? ¿Abandonará al amigo quien desea el bien al enemigo? Una fe sin caridad es una fe sin actividad... La caridad no puede estar ociosa. También es el amor el que mueve al hombre malo. Muéstrame tú un amor ocioso, que no haga nada. Torpezas, adulterios, fechorías, homicidios, lujurias, todo lo realiza el amor. Purifica, pues, tu amor. En lugar de dirigir el agua corriente a la cloaca, dirígela hacia el huerto. Que los impulsos con que llevaba hacia el mundo, los dirija hacia el creador del mundo. ¿Acaso se os dice que no améis? ¡Nunca! Si no amáis, seréis perezosos, muertos, detestables y miserables. Amad, pues, pero ved lo que amáis. El amor de Dios y del prójimo se llama caridad. El amor del mundo, amor de este siglo, se llama codicia. Refrénese la codicia y suscítese la caridad... ¿Por qué se dice que la caridad es el fin del precepto? Porque lo perfecciona, no porque lo suprime. La caridad, pues, no suprime los preceptos, sino que los perfecciona; no los consume, sino que los consuma (Com. Sal. 31,11,5). 102. Todas las tesis de los filósofos, todas las leyes de las ciudades, no pueden compararse con esos dos preceptos del amor a Dios y al prójimo (Mt 22,37.39). Hay aquí una física, pues en Dios Creador están las causas de todas las naturalezas. Y hay una ética, pues una vida buena y honesta sólo cobra forma, cuando se aman, como deben amarse, las cosas que se deben amar, esto es, Dios y el prójimo. Y hay una lógica, pues la verdad y luz del alma racional no es sino Dios. Se da aquí también la loable salud de

la república, pues una ciudad nunca está bien fundada y custodiada, sino en el fundamento y vínculo de la fidelidad, de una concordia firme, cuando se ama el bien común, y Dios es el bien supremo y auténtico, y en él se aman los hombres con toda sinceridad, pues se aman en alguien a quien no pueden ocultar su intención (Carta 137,5,17). 103. Mirad cuan bueno y placentero es que los hermanos moren en uno (Sal 132,1). Tan dulce es esta letra, que la cantan aún los que no conocen el salterio. Es tan dulce como es dulce la caridad que logra que los hermanos moren en uno. Hermanos, esta letra no necesita ser interpretada ni expuesta. Sólo cabe preguntar si se refiere a todos los cristianos o a los perfectos que habitan en la unidad, y desde los cuales se extiende a los demás. (2) En efecto, esta letra dio origen a los monasterios. Despertados por esta música los hermanos desearon vivir unidos. Este versillo fue su clarín. Resonó por la tierra entera y los que estaban separados se reunieron. El clamor de Dios, el clamor del Espíritu Santo, el clamor profético no se oía en Judea y fue oído en todo el orbe. Aquellos entre los cuales se cantaba este salmo, fueron sordos para oírlo, pero se abrieron los oídos de aquellos de los que se dijo: verán aquellos a quienes no fue anunciado y entenderán los que no oyeron (Is 52,15). Pero los judíos fueron los primeros que habitaron en la unidad, vendieron sus haberes y los depositaron a los pies de los Apóstoles, como leemos (Hch 4,32). Fueron los primeros en oir, pero también los demás después de ellos. A la posteridad ha llegado este entusiasmo de la caridad y el voto a Dios... (3) Con la voz de este salmo han sido designados los monjes para que nadie tome

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esa voz como un insulto contra los cristianos. Cuando vosotros echáis en cara a los donatistas los circunceliones, ellos os insultan con los monjes. Comparemos ebrios con sobrios, fanáticos con prudentes, furiosos con tranquilos, vagabundos con sedentarios... (4) Pero hay también monjes falsos. También yo los conozco. Pero la piadosa fraternidad no falla porque algunos profesen lo que no son. Hay monjes falsos como hay también clérigos falsos y fieles falsos. Todas las profesiones tienen buenos y malos (cf. Com. Sal. 132,1). 3. Caridad y unidad En el mundo espiritual el Padre se difunde por el Hijo en el Espíritu Santo, constituyendo un solo principio de difusión que es el amor. Y todas las criaturas, selladas ya con ese principio de la unidad, tienden a regresar a la unidad, valiéndose del mismo principio del amor o caridad. Pero no se trata de una teología desde arriba, sino más bien de una teología desde abajo, ya que todo eso se funda en la revelación divina que es Cristo, el cristocentrismo. La encarnación del Verbo nos muestra que vivimos en un régimen temporal, en una dispensatio temporalis, no sólo viniendo de Dios sino caminando hacia Dios, hacia la eternidad. Nos encontramos en una dispersión, en una fragmentación, en un aislamiento y división: nuestro problema será seguir siempre nuestro instinto racional de unidad, pero por medio de la caridad, entendidas ambas en su sentido más amplio y profundo. Nuestra consciencia personal, nuestro sagrado egoísmo fundamental queda condicionado por el amor del que antes hemos hablado.

Nos encontramos, pues, ante un problema social. No sólo las criaturas nos invitan al amor con su hermosura, con su simpatía, con sus atractivos y provocaciones, sino que nosotros mismos nos vemos empujados desde dentro a amar, a dejarnos emocionar, mover, arrastrar, asociar a las criaturas, pero especialmente a los que llamamos prójimos, a nuestros hermanos en la naturaleza. Nuestro principio de movimiento es el amor fraterno, aunque este implique ya un amor de Dios y un amor a Dios. Pero por lo que antes decíamos sobre la encarnación del Verbo, la forma concreta del amor terreno y fraterno es una Iglesia, que comprende a todo el género humano, unificando a la humanidad por medio de la caridad. Nuestra tendencia a Dios toma la forma de una tendencia a Cristo, a ese «Cristo Total», que reúne a los hombres con Dios. Todo eso sube de punto cuando nos referimos a la vida monástica, pues la misma Congregación se denomina «Orden», es decir, «Plan divino». La Congregación sería la unión de los elementos dispersos o amargos. Para eso pone a disposición de la persona religiosa la energía de Cristo, en muchas formas de doctrina y de disciplina, de obediencia y de consejo, de estímulo y convivencia. Pero por eso mismo la falta de amor o caridad es un pecado tan grave para los religiosos, pues, mientras hacen alarde de perfección, ni siquiera tocan la moralidad elemental del hombre natural. Por eso el primer mandamiento se da principalmente para los religiosos, dice la Regla. Convendrá distinguir, pues, entre la falta de esa caridad radical y divina y la falta de las mil formas de caridad, benevolencia o beneficencia, que se dan en la vida común. Precisamente esa vida común es ocasión de continuas faltas de caridad. El religioso no

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deberá pensar que no tiene caridad divina porque con frecuencia choca con sus hermanos. Pero, eso sí, deberá vivir atento a fomentar la caridad esencial, no sea que creyendo vivir en la perfección viva en la perdición. La unidad de su «comunidad» inmediata, la amistad, la simpatía, la alegría, serán temas de frecuente meditación para un religioso verdaderamente religioso. 104. En la divina Trinidad hay una sola Caridad y por lo mismo una perfecta Unidad. Dios envió a los hombres esa Caridad y de muchos corazones humanos hizo un sólo corazón y de muchas almas una sola alma, como está escrito (Hch 4,32). Con tu alma y mi alma se hace una sola alma, cuando tenemos el mismo sentimiento y nos amamos (Trat. ev. Jn. 18,4). 105. A esto me obliga la caridad, por la que formamos unidad, aún perfeccionable, en la Unidad inmutable; me obliga también el temor de ofender en ti a Dios, quien te infundió ese deseo. Al servirte a ti, sirvo al Señor que te lo dio {Méritos 1,1,1). 106. Cristo ha formado con todos nosotros, como miembros suyos, un Cuerpo, cuya Cabeza, es él. Tú, por el contrario, te separas de Cristo, no amando la unidad. ¿No te causaría espanto que en tu cuerpo un miembro prefiriera estar dislocado? ¿No irías al médico para colocarlo bien? Tus cabellos son lo más fútil de tu cuerpo. Y sin embargo, te irritas con el barbero, si te los corta mal, si no respeta la igualdad. ¿Y tú no mantienes la unidad entre los miembros de Cristo? Entonces, ¿qué son o a quién sirven tus ayunos? (cf. Ayuno 6,8).

107. Ya ves lo que dice san Pablo acerca de los carismas: pueden darse sin la caridad. En este caso son algo, pero no aprovechan nada. Sólo la caridad utiliza bien esos bienes, pues todo lo tolera (1 Co 13,7). Es un vínculo fortísimo, que no admite ruptura en la unidad (cf. Simpliciano 2,1,10). 108. ¿Quién no se congratula cuando hay concordia entre los hermanos? Por desgracia se da raras veces en los negocios humanos... Bienaventurado quien vive lo que celebra en los demás, esa concordia entre hermanos. Todos alaban y enaltecen a los hermanos concordes. Pero, ¿por qué es tan difícil la concordia fraterna? Porque los hermanos se pelean por la tierra, porque quieren ser tierra. Desde el principio le tienen dicho al pecador: ¡tierra eres y a la tierra irás] (Gn 3,19). Entonces está bien que se diga al justo: «cielo eres y al cielo irás» (Serm. 359,1). 109. Los Apóstoles estaban «en un lugar» cuando vino el Espíritu Santo. Estaban «en uno». ¿Qué significa «en uno»? Tenían, dice el texto, un alma sola y un solo corazón en Dios (Hch 4,32). Fueron los primeros que oyeron: cuan bueno y placentero que los hermanos moren en uno. Este amor y esta unidad fraterna no se detuvo en ellos. El entusiasmo de la caridad y el compromiso con Dios eran también para la posteridad... (4) Por este salmo se habló de monjes (monachus). (5) Ezequiel nombra tres personajes en los que simboliza tres géneros de vida (Ezequiel 14,1316). Noé simboliza a los rectores de las iglesias. Job representa a los casados, y Daniel es el símbolo de esa vida contemplativa, que prefiere servir a Dios en el celibato. Bajo su nombre se significan los castos y santos siervos de Dios,

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y de ellos se dice: cuan bueno y placentero es que los hermanos moren en uno (Sal 133,1)... (6) ¿Pero qué significa monje? Monos significa uno, pero no uno cualquiera. En medio de la turba hay también uno, pero no está solo. «Monos» significa, pues, uno solo. Los que viven en uno vienen a constituir un sólo hombre, porque tienen todos una sola alma y un solo corazón; muchos cuerpos pero no muchas almas; muchos cuerpos, pero no muchos corazones. Se llaman con razón uno solo. Por eso en aquella piscina del evangelio uno sólo era curado, como símbolo de la Iglesia que es siempre una. Motivo tienen los que se han desprendido de la comunidad para insultar el nombre de unidad. Les desagrada el título de monje, ya que no quieren habitar en uno con los hermanos. Al seguir a Donato se apartaron de Cristo. He hablado a Vuestra Caridad de uno solo. Pienso que de éste modo es ya sencillo entender el resto de este salmo. (7) Mirad cuan bueno y cuan placentero es que los hermanos moren en uno. Lo estaba mostrando quien decía: Mirad. También lo vemos nosotros y bendecimos a Dios y oramos para poder decir: Mirad. El salmo indica también a qué se parecen: ese ungüento en la cabeza que cae por la barba de Aarón (Sal 132,2). Aarón era el Sacerdote y nuestro Sacerdote es Cristo. La barba significa la fortaleza y por eso decimos del que es fuerte, valiente, arrojado y decidido: es un hombre con toda la barba. (8) Así eran los Apóstoles y los mártires... (9) Pero si el ungüento no hubiera seguido cayendo de la barba, no tendríamos los monasterios. Por eso descendió al vestido, que es la Iglesia; ella es la vestidura de Cristo, que da a luz los monasterios, ya que el vestido sacerdotal es el símbolo de la Iglesia. El ungüento se derrama hasta la fimbria del

vestido. ¿Y qué simbolizará la fimbria? ¿Quizá que la Iglesia había de tener hermanos que habiten en común hasta el fin de los tiempos? ¿O quizá la perfección, pues en la fimbria se perfecciona el vestido, y son perfectos los que saben habitar en uno? ¿Perfectos son los que cumplen la ley? ¿Y cómo cumplen la ley de Cristo los hermanos que habitan en uno? Escucha al Apóstol: Llevad unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo (Ga 6,2). Esta es la orla del vestido. Mas puesto que se habla del ungüento que cae de la cabeza a la barba y al vestido, quizá no se refiere a la orla inferior sino a la cenefa superior que adorna el cuello. Y esto se aplica mejor a los que habitan en uno. Porque así como por el cuello del vestido entra la cabeza, así por la concordia de los hermanos entra Cristo, que es nuestra Cabeza para vestirse, esto es, para que su Iglesia se le una. (10) Como el rocío del Hermán, que cae sobre los montes. Esto significa, hermanos míos, que el que los hermanos moren en uno se debe a la gracia de Dios, no a sus fuerzas, no a sus méritos: es un don de Dios, una gracia, como el rocío del cielo... (11) Todos los que queréis habitar en uno, codiciad este rocío, empapaos en él. De otro modo no podréis mantener lo que profesáis, ni osaréis profesarlo (cf. Com. Sal. 132,2).

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CAPITULO CUARTO

LOS PRECEPTOS (Regla n. 2) 1. «Esto os mandamos» La entrada de la Regla es muy extraña ya que el autor habla en plural. ¿Es un plural mayestático, un plural de autor, o pluralidad de legisladores? En segundo lugar, el verbo praecipimus (mandamos) anuncia una jurisdicción, un poder sobre los subditos ya que es término oficial y técnico del lenguaje jurídico. Vemos, en tercer lugar, que el autor o autores no viven en el monasterio ni han de cumplir esos preceptos que imponen a los subditos. Estos puntos se han discutido muchas veces, pero no afectan a la espiritualidad de la misma Regla. De todos modos la relación entre los preceptos y la caridad ha de ser muy estrecha, y ya la hemos puesto en claro. Los preceptos de la Regla no tendrían ni valor ni sentido, sino van animados y ordenados por la caridad. Pero, al mismo tiempo, la caridad sería una mera ilusión, sino cristalizara en obras concretas y objetivas de observancia. Y eso se agrava cabalmente por tratarse de una vida común, ya que esta reclama un orden social, una disciplina, un alma sola y un sólo corazón. Pero los elementos son bien diferenciados y muy personales: no pueden menoscabarse ni por parte de la Comunidad, que rebaja a los individuos, ni por

parte de los individuos, que se «uniforman» para vivir a expensas de la Comunidad. Los defensores de la personalidad son los auténticos defensores de la comunidad, pues por amor a la comunidad defienden la personalidad, y así dice san Agustín: «No habitan en uno, sino aquellos que mantienen la caridad en Cristo. Aquellos en los que no es perfecta la caridad, pueden vivir en la misma casa, pero son molestos, inquietos, turbulentos y con sus ansiedades perturban a los demás, investigando lo que se dice de ellos. Son como el ganado de la reata, que no sólo no tira bien de la carga, sino que perturba y rompe lo que marchaba unido» (cf. Com. Sal. 132,12 PL 37,1736). Es peligroso que el monje identifique el ideal con la realidad, creyendo que la unidad y la caridad son un hecho, y no un precepto y un anhelo que debe realizarse, pero que no siempre se realiza. Tales defensores de la vida común se escandalizan fácilmente y quizá se sienten defraudados y abandonan, buscando realidades más tangibles. La vida común reclama personas capaces de vivirla y dispuestos al sacrificio que exigen la disciplina y la observancia de los preceptos comunes. El concepto de «milicia espiritual», que surgió en los principios del monacato, se ha mantenido siempre, e incluso ha dado forma concreta a una «Compañía de Jesús» o milicia cristiana. Claro está que pueden darse extremismos de una parte y otra, ya pasando el rasero uniforme, sin respetar a la persona, ya cultivando un personalismo que en el fondo es egoísmo, si no se centra en la caridad de la unidad. Lo que la Regla demanda es que se conjuguen ambos términos, que haya disciplina en el monasterio y en cada individuo, y que tanto en el monasterio como en el individuo, la

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observancia sea la expresión de la caridad, de un auténtico amor de Dios y del prójimo. 110. Vida común quiere decir ordenada concordia. Su norma consiste en no hacer mal a nadie y en hacer bien a quien se pueda. Ante todo, cada uno debe preocuparse de los suyos, ya que tiene más fácil y continua ocasión de mirar por ellos en virtud del orden natural o de la misma vida social humana. Del cumplimiento de esto depende la paz doméstica, la ordenada concordia en el mandar y en el obedecer. Mandan los dirigentes y obedecen los subditos. Pero en la casa del justo hasta los que mandan están al servicio de quienes, según las apariencias, les están sometidos (cf. Ciu. Dios 19,14). 111. ¿Qué es antes el amor o la observancia? ¿Es el amor el que nos obliga a cumplir los preceptos del amado, o es la observancia de los preceptos la que nos infunde el amor? ¿Quién duda de que ha de ir delante el amor? Quien carece de amor no tiene medios para cumplir los preceptos. Entonces, ¿por qué dijo Jesús si guardareis mis preceptos, permaneceréis en mi amor? A eso respondo: para indicarnos que la observancia es la prueba de que anida dentro el amor, ya que ella procede de él. Es como si dijese: si no observáis mis preceptos, no os hagáis ilusiones sobre el amor. Si los guardáis es que permanecéis en mi amor... Nadie se engañe diciendo que ama, si no es observante. Porque en tanto le amamos en cuanto cumplimos sus preceptos y en tanto nos falta el amor en cuanto dejamos de servir (Trat. ev. Jn. 82,3).

Sois amigos míos, su cumplís lo que os mando. ¡Gran condescendencia! Un siervo no puede ser bueno, si no cumple los preceptos de su señor; y por eso los llama amigos, porque se puede demostrar que son siervos buenos. Pero, como he dicho, es una gran condescendencia que el Señor, que conoce bien a sus siervos, se digne llamarlos amigos suyos. Y para dar a entender que al siervo le toca el cumplir los preceptos de su señor, les reprocha en otro lugar: ¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que os digo? (Le 6,46). Es como si dijera: «Cuando digáis «Señor», mostrad con las obras lo que decís». El mismo Señor dirá al siervo obediente: Ea, siervo bueno, ya que fuiste fiel en lo poco, te colocaré en lo mucho: entra en el gozo de tu Señor (Mt 25,21). (2) Por consiguiente, el siervo bueno puede ser al mismo tiempo siervo y amigo. Entonces, ¿por qué añade el Señor ya no os llamaré siervos? (Jn 15,15)... (3) Porque hay dos clases de temor y dos clases de siervos: el temor casto y el temor servil (Trat. ev. Jn. 85,1). 112. Hijitos, no amemos sólo de palabra y de lengua, sino de obra y de verdad (1 Jn 3,18). ¿En qué obra o en qué verdad se reconoce al que ama a Dios y al que ama a su hermano? La caridad comienza por la comunicación de bienes de este mundo (1 Jn 3,16)... (2) Pero algunos hacen eso y no aman a su hermano; por eso hay que recurrir al testimonio de la conciencia. Muchos herejes y cismáticos se llaman mártires y parece que ofrecen la vida por sus hermanos; si fuese así, no se separarían de la fraternidad universal. También hay muchos que reparten sus bienes por jactancia. Sólo queda interrogar al propio corazón si hace las obras por amor de Dios y del hermano. Eso es lo que nos dice el Apóstol (1 Co 13,3). Por lo tanto, que cada

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uno analice sus obras, para saber si manan de la vena de la caridad, si las ramas de las buenas obras brotan de la raíz de la dilección. No es la lengua ajena la que ha de dar testimonio, sino la conciencia propia ante Dios (cf. Trat. 1 Jn 6,1). 113. A Jesús le entregaron el Padre y Judas. La obra fue la misma. Pues ¿qué es lo que diferencia esa misma obra? El Padre y el Hijo la realizaron por caridad; Judas por traición. Ya veis que no hay que considerar lo que un hombre hace, pues en la misma obra encontramos a Dios Padre y a Judas, bendiciendo al primero y detestando al segundo. Y ¿por qué? Porque bendecimos la caridad y detestamos la iniquidad. Por consiguiente una diferente intención opera una diferente obra. La realidad es la misma, pero si la medimos por las intenciones, amamos lo uno y condenamos lo otro; vemos que hay que glorificar lo uno y detestar lo otro. ¡Tanto vale la caridad! Ya veis que sola ella discierne, ella sola distingue las obras de los hombres. (8) También acontece eso cuando las obras son diferentes. A un muchacho lo castiga su padre, y lo halaga el embaucador. Si atiendes a las acciones, ¿quién no optará por el halago y rechazará el castigo? Pero, si atiendes a las personas, la caridad castiga y la iniquidad halaga. Ya veis lo que ponemos de relieve, ya que las obras de los hombres no se distinguen sino por la raíz de la caridad. Se pueden ejecutar muchas obras con buenas apariencias, sin que procedan de la raíz de la caridad. Aun las zarzas producen flores. Por eso se te encarga un breve precepto: ama y haz lo que quieras: si callas, si gritas, si corriges o perdonas, que sea por caridad. Si tienes dentro la raíz de la caridad, sólo puedes producir el bien (cf. Trat. 1 Jn 7,7).

114. La ley se promulga para eliminar la excusa de ignorancia. Jesús decía que los judíos eran inexcusables, aludiendo a esa disculpa que suele alegarse: «si yo lo hubiera sabido, lo hubiese hecho». Tal excusa queda suprimida cuando se da el precepto y se publica la ciencia de no pecar (cf. Grac. y lib. 2,2). 115. Algunos estudian las normas, no para ser justos, sino para ser doctos: aprenden cómo se debe vivir bien, pero sin intención de vivir bien. Eso hacían los Escribas y Fariseos. Eso no es buscar los preceptos, sino valerse de ellos para otras finalidades. Sólo los que caminan en la Ley del Señor estudian de verdad sus preceptos (cf. Com. Sal. 118,1,2). 116. Tú mandaste que se guarden cabalmente tus mandamientos (Sal 118,4). Como si dijese: «ya he recibido la ley, ya la conozco». Tú mandaste que se guarden cabalmente tus mandamientos: son santos, justos y buenos. Pero el pecado, valiéndose del bien, produce en mí la muerte, como dice el Apóstol (Rm 7,12-13) si no me ayuda tu gracia. Por eso, ojalá mis caminos se dirijan a cumplir tus justificaciones (Sal 118,5). (3) Entonces no quedaré confundido, al considerar tus preceptos (Sal 118,5). Cuando se leen o se recuerdan los mandatos de Dios, aparecen como un espejo en el que nos miramos, según dijo el apóstol Santiago (St 1,23-25). Quiere que seamos, no ya oidores, sino cumplidores de los mismos. A eso han de dirigirse nuestros caminos. Y eso depende ya de la gracia de Dios... (4) Por ello dirigir los caminos es dirigir el corazón. ¿De qué me serviría conocer los caminos si los tuerzo con un corazón perverso?

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No me servirán de alegría, antes bien, serán mis acusadores (cf. Com. Sal. 118,4,2). 117. Mirad cuántas obras buenas hace la soberbia. Son semejantes, casi iguales que las que hace la caridad: alimenta al hambriento, viste al desnudo, entierra a los muertos. ¿Y quién distingue al soberbio? Vemos sus obras: limosnas, hospitalidad, intercesión. No podemos discernir. Entra, pues, en tu conciencia y escudriña. No atiendas a lo que florece por fuera, sino a la raíz que se esconde en la tierra. Y pon por testigo a Dios (cf. Trat. 1 Jn 8,9). 118. En esto consiste el amor de Dios: en que guardemos sus preceptos (1 Jn 5,3). ¿Es que temes hacer mal a otro? Pues ¿quién hace mal al que ama? Ama y no podrás hacer sino el bien. ¿Es que tienes que corregir? Quien corrige es el amor, no la iracundia. ¿Es que tienes que castigar? Lo haces en favor de la disciplina, porque el amor del amor no te permite abandonar al indisciplinado. Así acontece en todo. Pedid a Dios el amaros recíprocamente. Amad a todos los hombres, incluidos los enemigos, y no porque sean vuestros hermanos, sino para que lo sean. Si amas a un hermano, amas a un amigo (cf. Trat. 1 Jn 10,7). 119. Conforma tu voluntad a la de Dios y no pretendas que la voluntad de Dios se ajuste a la tuya. La divina voluntad es la regla... Si empiezas por torcer la regla, ¿cómo podrás después enderezar lo torcido? La regla permanece íntegra, pues es inalterable. Mientras ella se mantiene inalterada, tienes a dónde volverte y corregir tu tercedura (Com. Sal. 93,18). 120. ¿Cómo corrige el joven su camino?... Guardando tus palabras (Sal 118,9). Guardar las palabras es seguir los

preceptos. (2) Y se dirige principalmente al joven, porque la juventud es el tiempo en que se debe proceder a la reforma, y así dice: hijo, desde tu juventud recibe la disciplina. Mejor podría entenderse como alusión al hombre nuevo, al que es joven con la juventud de la gracia y corrige su vida en la observancia de la divina ley (cf. Com. Sal. 118,5,1). 121. Si el monje entra en tratos con el mundo, ha de ser para resolver negocios espirituales y no temporales. Huirá del embarazo de los negocios del siglo y, ya que está alistado en la milicia del Señor, ha de evitar también la vergonzosa ociosidad (cf. Serm. 351,3,4). 122. Si con el espíritu mortificáis las obras de la carne, viviréis (Rm 8,13). Tal es nuestra tarea en esta vida: mortificar con el espíritu las obras de la carne, reprimirlas a diario, disminuirlas, frenarlas, aniquilarlas. ¿Cuántas cosas hay que antes deleitaban a los fervorosos y ya no les deleitan? Cuando una de esas obras deleitaba, pero no se consentía en ella, se le daba muerte. Ahora ya no deleita, está mortificada. Pisotea, pues, al muerto y pasa al vivo; pisa al que yace en tierra y lucha contra el que resiste. Ha muerto una delectación, pero aun vive otra; y la mortificas también, al no consentir en ella. Cuando deja de deleitar, le diste muerte. Esta es nuestra actividad, esta es nuestra milicia. Mientras nos debatimos en esta contienda, tenemos a Dios de espectador. Pero mientras sudamos en esta lucha, pedimos que él sea nuestro auxiliador. Porque, si él no nos ayuda, no podremos ya vencer, pero ni aún pelear (Serm. 156,9,9).

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123. Sé juez de ti mismo. Entra en ti mismo, examínate bien, discute contigo y escucha tu propio dictamen. Aquí quiero yo ver si demuestras poseer un criterio íntegro, donde no te asiste testigo alguno. ¿Es que nada te dice tu conciencia acerca de tu conducta? Si no te empeñas en negarlo, algo te ha dicho. No, no quiero saber lo que te ha dicho, pero júzgalo tú, pues tú lo has oído. Sin duda te ha dicho lo que has hecho, lo que has recibido, lo que has defraudado. Quisiera yo saber qué sentencia has pronunciado: si oíste bien y correctamente, si oíste con serenidad, si subiste al tribunal de tu entendimiento, si te abriste a tu propia consideración, si te has acercado al potro de tu corazón, si te has aplicado la tortura del temor. En ese caso, supondré que has oído bien, cuando vea que has castigado tu pecado con la penitencia. Pero veo que te has perdonado con facilidad. Actúa de igual manera con tu prójimo (cf. Serm. 13,6,7). 2. Nobleza obliga. Los términos responsable y responsabilidad, tan utilizados en la sociología actual, distingue hombres responsables e irresponsables por encima de los preceptos taxativos. Es un problema de sensibilidad y dignidad personal, que parece implicar un carácter de nobleza innata y adquirida. La vida monástica plantea ese problema con profundidad por muchas razones. Primero, porque nadie está obligado a ser religioso; quien lo es ha aceptado un compromiso personal. Jesús dijo al joven rico: Si quieres ser perfecto..., proponiendo una prótasis condicional. Segundo, porque aunque la apódosis de la oración condicional es un imperativo (ve, vende lo que

posees... [Mt,21]), todo dependerá de la prótasis. Si alguien no quiere vender, renuncia libremente a ser perfecto, y nadie puede condenarle, como se ve en el mismo joven rico. Y tercero, porque de internis no iudicat Ecclesia: la conciencia íntima escapa al control jurídico, y sólo es responsable ante Dios. Por eso mismo, el problema se abre en profundidad. Quien acepta la condicional y publica que quiere ser perfecto se compromete en un proceso irreversible, en un imperativo categórico, que está por encima de todos los preceptos de una Regla y de unas Constituciones e incluso de los votos monásticos en cuanto jurídicos. Es ya un problema de responsabilidad y de solvencia, que por un lado va ligado al evangelio mismo, y por otro lado va ligado a la dignidad personal. El problema es tan delicado, que sólo los que tienen esa dignidad innata y adquirida lo pueden comprender. Así, por ejemplo, frente a la comunidad de los hermanos puede surgir un tipo «original», o un grupo de «tipos originales», que se consideran diferentes, selectos, protectores, críticos, distinguidos, privilegiados, etc.; que se consideran dispensados de las prácticas comunes; en realidad son tipos vulgares y anodinos, aunque se crean geniales. Lejos de servir a la comunidad, se sirven de la comunidad, irresponsablemente. Pero en sentido contrario, no sería suficiente el cumplimiento (cumplo y miento) formalista y mecánico de los preceptos minuciosos. Un gran moralista definía la moral como «el arte de quitarle a Dios todo lo que se pueda sin ofenderle». Y un gran misionero decía que un mal misionero no tiene ninguna obligación concreta fuera de la de darse de baja en el cristianismo. Puede darse el religioso inactivo, aprovechado y vividor, que se excusa diciendo que «no le

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mandan», porque sabe que no le mandarán, puesto que ya le conocen. Así vive tranquilo como parásito sofisticado. Y puede darse el religioso que aprovecha todas las ventajas materiales que le ofrece la vida común, sin renunciar a la más pequeña, mientras elude todo aquello que no consta en los códigos escritos legalizados: por eso, algunos piensan que se debería definir al religioso por las «obras de supererogación», por lo que ofrece a Dios libre y espontáneamente por pura nobleza y delicadeza de amor. Esto se aplicaría especialmente al tiempo libre, o llamado «tiempo libre». Como se ve, ambas posturas han de concordarse, recurriendo de nuevo a la caridad según san Agustín. Porque sólo Dios dará rectitud a ambas posturas, a la del iluso inobservante y a la del practicón mecánico o neurótico, despertando en ambos la relación amorosa con Dios, con Cristo. Esta sería la postura correcta ante la Regla, considerada como voluntad divina.

125. Quien oye, pero luego olvida por negligencia, es como el que traga lo que oye. Ya no lo saborea en la boca, pues lo ha sepultado en el olvido. Por el contrario, quien medita día y noche en la ley del Señor es como el que rumia constantemente, deleitándose en el sabor de la palabra, en el paladar del corazón (Serm. 149,3,4). 126. Hasta el día de hoy es costumbre en Numidia conjurar a los religiosos (como a los mártires) con la formula «¡Ojalá venzas!». No carece de misterio el que nos conjuren como a combatientes. También en Cartago es usual conjurar a los religiosos con la fórmula «¡Por tu corona!». Corona que sólo recibe el que combate y vence. Os conjuro pues, hermanos, por vuestra corona que luchéis con el mayor denuedo contra el diablo. Si juntos vencemos, juntos seremos coronados (cf. Serm. 94 A,6). 127. Os acaban de leer los Hechos de los Apóstoles y habéis visto lo que acaeció a los que vendieron su finca y sustrajeron parte del precio, al ponerlo, como si fuese íntegro, a los pies de los Apóstoles: se desplomaron y murieron el marido y la mujer. A muchos les parecerá excesivo el castigo. Pero el Espíritu Santo no tenía avaricia por el precio. Si castigó, fue por la mentira. Eso es lo que alegaba san Pedro: ¿Acaso no quedaba para ti mientras no lo vendieses y, vendido, no podías disponer del precio? (Hch 5,4). Nadie le obligaba a venderlo contra su voluntad. Si hubiera querido ofrecer sólo la mitad de valor , nadie iba a exigirle que lo diera íntegro. Así se nos daba a todos un aviso... (2) Porque si Dios castigó tan severamente por unos dineros, ¿cómo castigará cuando se le promete castidad y no se observa? Dios se edifica una casa, un templo,

124. La palabra inobservancia anuncia originalmente una falta de observación o de preocupación. En latín ¿qué otra cosa es negligitur (se mira con negligencia) sino lo que no se toma (legitur), es decir, lo que no se elige (eligitur). De aquí se puede deducir que delinque (delinquit) quien deja (derelinquii) el bien y, dejándolo, cae el bien, porque se muestra negligente (neglegii), es decir, no lo elige {non eligit). Tal dejación acarrea un decaimiento por tomar (legere) la ley (legem), es decir, por no optar por ella o elegirla (eligere) (cf. Cuest. Hept. 3,20).

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en el que se digna habitar y quiere que se conserve decente y santo. Cuando una virgen pretende casarse, se le puede decir lo que dijo san Pedro acerca del dinero: «¿No tenías la virginidad en tu poder y a tu disposición antes de que se la consagrases a Dios?». Los que se hayan comportado de ese feo modo, prometiendo frivolamente y no cumpliendo, no piensen que Dios los va a castigar a todos con la muerte temporal. Pero deben pensar en el fuego eterno (cf. Serm. 148,1). 128. Os pregunto con qué finalidad obráis. Las obras que ejecutamos se ordenan a un fin, esto es, a aquello que perseguimos con nuestras acciones. Cuando ese fin es inculpable y además es laudable, decimos que nuestras obras son dignas de alabanza. Por el contrario si ese fin que apetecemos y buscamos es jurídica y realmente defectuoso, nadie dudará de que es vituperable y condenable cualquier proceso en el que nos encontremos metidos. (28) De Catilina se cuenta que soportaba enérgicamente el frío, el hambre y la sed: eso tenía de común el sacrilego y sucio con nuestros apóstoles. ¿Cómo discernir al parricida del apóstol, sino por el diferente fin que ambos perseguían? Catilina aguantaba para poder realizar sus apetencias desordenadas y crueles; en cambio los apóstoles trataban de someterlas a la razón. También vosotros, cuando se os ensalza la muchedumbre de las vírgenes católicas, insultáis, diciendo: «También la muía es virgen». Sin duda sois insolentes, pues ignoráis el carácter de la disciplina católica. Y con todo también vosotros confesáis que esa continencia sería vana si no fuese ordenada por la recta razón a un fin superior. También los católicos podrían deciros, cuando os jactáis de absteneros de vino y carnes, que en eso sois

como los jumentos y numerosas aves. No quiero imitaros en vuestra insolencia, sino poner de relieve el fin con que obráis (Costumbres 2,13,27). 129. En el día de la batalla retrocedieron (Sal 77,9). Lo que autentifica una promesa de obediencia no es el pronunciarla, sino la tentación. Dios es fiel y no permitirá una tentación superior a las fuerzas, sino que con la tentación ofrece una salida para que podamos sobrellevarla (1 Co 10,13), y no retrocedamos en el día de la batalla. Dice el salmo que no quisieron caminar en la ley y no simplemente que no caminaron. Porque podría pensarse que las obras solas bastan para la justificación, aunque los que cumplen los preceptos desearían que no existieran tales preceptos. No obran de corazón y sin embargo obran. Temen la pena, no aman la justicia. Es, dice el salmo, la estirpe que no dirigió su corazón. No dice las obras, sino el corazón. Porque cuando el corazón está dirigido, van dirigidas las obras y son rectas. Pero si el corazón no está dirigido, las obras no son rectas, aunque lo parezcan. Esto no lo había hecho Simón Mago y por eso Pedro le dijo: No tienes parte ni herencia en esta fe, pues tu corazón no es recto con Dios (Hch 8,21). Hace ver que el corazón no puede ser recto sin Dios, si los hombres han de empezar a caminar, no como esclavos bajo la ley sino libremente como hijos. Esa libertad no la da el temor, sino la caridad que se difunde en nuestros corazones por el Espíritu Santo (Rm 5,5) (cf. Com. Sal. 77,10). 130. Si me preguntáis por qué Dios permitió que fuesen tentados Adán y Eva, sabiendo que iban a caer en la tentación, os confesaré que no lo sé: quizá lo sepan otros más

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agudos... (8) Pero muchos se preguntan, con ese motivo, por qué permite Dios que todos seamos tentados sin cesar. Quizás porque así se ejercita la virtud y la victoria es más gloriosa cuando el que es tentado y probado no consiente. El Apóstol dijo: Mira por ti, no sea que seas tentado también tú (Gal 6,1). Esta humildad nos mantiene pendientes del Creador para que no presumamos de nuestras fuerzas, como si no necesitásemos de él (cf. Gen. literal 11,4,6). 131. Dios es nuestro refugio y fortaleza (Sal 45,2). Hay algunos refugios sin fortaleza, en los que el que se refugia más peligra que se consolida. Recurres por ejemplo a una personalidad destacada en la sociedad, creyendo tener ya un amigo seguro. Pero son tales las vicisitudes de los tiempos que más bien comienzas a temer. Antes temías por ti mismo, ahora temes también por motivo de él... (3) Muchas son las tribulaciones, pero en todas ellas hay que recurrir a Dios. Si recurres a tu Salvador, serás fuerte, pues él es tu refugio. Huyes del campo a la ciudad, de la ciudad a tu casa, de tu casa a tu aposento, pero la tribulación te ha seguido. Ya no tienes a dónde huir, sino a tu santuario interior; pero si también dentro hay tumulto, humo de iniquidad, llama de delito no podrás entrar: serás rechazado hasta de ti mismo. Hallaste que era tu enemigo aquel en quien buscabas refugio. ¿Cómo huirás de ti mismo? Tienes que llevarte contigo y atormentarte. Mira lo que hace el carpintero cuando examina la madera: limpia la superficie y ve si el corazón de la madera está sano y se queda con ella. Pues así Dios, en su indulgencia, nos perdona nuestros pecados y nos da la seguridad... (4) San Pedro dio esa seguridad a los que habían crucificado a Cristo, (5) y por eso podían decir con el salmo: No temeremos, aunque tiem-

ble la tierra (Sal 45,3). Antes temblaban y ahora están seguros; de una gran tribulación han pasado a una gran tranquilidad. Se turbaban porque Cristo dormía en ellos; se despierta Cristo, impera al viento, y ellos recobran la calma (cf. Com. Sal. 45,2). 132. Quien aquí no busca su interés, sino el de Cristo, tolera con paciencia las fatigas y espera con fe las promesas, pues su corazón está preparado para esperar en el Señor. Por eso no le quebrarán las tentaciones. Su corazón está bien seguro y no vacilará hasta ver a sus enemigos abatidos (Sal 111,7-8). Que nuestro corazón esté bien seguro y no nos derribarán, hasta ver abatidos a nuestros enemigos. Ellos pretenden asegurar los bienes humanos en la tierra de los murientes; nosotros queremos ver los bienes del Señor en la tierra de los vivientes (cf. Sal 26,13). (7) Gran cosa es tener el corazón asegurado y no vacilar, cuando esos que aman las cosas sensibles se regocijan y nos insultan porque esperamos lo que no vemos. Pero no vacilaremos hasta que veamos... por encima de nuestros enemigos lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó (1 Co 2,9). ¡Cuánto vale lo que no se ve! ¡Para adquirirlo hay que dar cuanto uno pueda tener! Y por eso se dijo: lo repartió y lo dio a los pobres (Sal 111,9). No lo veía y lo compraba... No es maravilla que su justicia permanezca para siempre, pues la guarda el creador {Com. Sal. 111,6). 133. Quien oye mis palabras y las lleva a la práctica, es semejante a un sabio que edificó su casa sobre roca... Cayó la lluvia, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos, se lanzaron sobre la casa; pero ella no cayó, pues estaba edificada sobre roca (Mt 7,24-25). El que oye o percibe las

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palabras no las asegura sino cuando las lleva a la práctica. Y si Cristo es la roca, el que realiza lo que escucha edifica en Cristo. Ya no teme las supersticiones nebulosas, como telones de lluvia, ni los rumores humanos que son como los vientos, ni esos torrentes de las tres concupiscencias. Quien se fía de ellas es abatido, pero quien edifica sobre roca no las teme, pues ha asegurado la palabra con la obra (cf. Serm. Montaña 2,25,87). 134. Oh Dios, en mí están los votos que te hice y que cumpliré en alabanza tuya (Sal 55,12). Prometed y cumplid al Señor vuestro Dios (Sal 75,12). ¿Qué prometeréis y qué entregaréis? En ti llevas lo que has de prometer y entregar. Saca del arca del corazón el incienso de la alabanza y de tu despensa el sacrificio de la fe. Y enciende en la caridad eso que vas sacando. Estén siempre en ti esos votos que entregarás como alabanza al Señor. Si amo a mi Dios, ¿quién me lo puede quitar? Me pueden quitar todo, menos esos votos que están en mí y que entrego a Dios como sacrificio de alabanza. Así permitió Dios que tentaran al santo Job. En un momento le arrebataron todo. Se quedó en absoluta soledad; pero quedaban en él los votos que ofrecía a Dios como alabanza y dijo: El Señor lo dio, el Señor lo quitó; como plugo al Señor ha acaecido; sea bendito el nombre del Señor (Jb 1,21). ¡Oh riqueza interior, a la que no tiene acuso el ladrón!... (20) El diablo planteó su provocación: ¿Acaso sirve Job a Dios gratuitamente? (Jb 1,9) Veía a un hombre que servía a Dios, obsequioso en todo y observante en todo: pero era rico, su casa era feliz y así objeta que ya esta bien pagado Job. Pero Dios veía que le servía gratuitamente, que su culto era gratuito. Dios permitió la tentación y Job se quedó sólo, sin riqueza, sin familia, sin

hijos, Heno tan sólo de Dios. El diablo le dejó la mujer, pero no por misericordia para que le consolara, sino para que lo tentara más. Llagado de la cabeza a los pies, se mantuvo íntegro, resistió a su mujer tentadora, porque dentro de él llevaba los votos que ofrendaba al Señor. El demonio no había podido tocar ese patrimonio. ¡Cuan íntegra se mantenía la posesión por la que esperaba una mayor riqueza, caminando de virtud en virtud! Hermanos, que todo esto nos sirva para amar a Dios gratuitamente, para esperar siempre en él sin miedo ni a los hombres ni al diablo. Al fin, sólo pueden tentarnos con su permiso, y para nuestro bien (cf. Com. Sal. 55,19). 135. Cuando tengas que tolerar las molestias que el diablo promueve en este mundo ya mediante los hombres, ya ocultamente como en caso de Job, mantente fuerte y aguanta, refugiándote en la ayuda del Altísimo, pues si te apoyas en ti mismo, caerás. (2) Muchos son fuertes, cuando sufren las persecuciones de los hombres y piensan que así imitan a Cristo en su pasión, pues los persiguen los hombres; y en cambio, si el diablo los tienta con una oculta persecución, piensan que no serán coronados con Cristo. Pero tú, no tengas miedo cuando imitas a Cristo. Cuando el diablo le tentó en el desierto, no había hombre alguno, y la tentación era oculta, pero el Señor le venció a las claras cuando se ensañó contra él. Haz tú lo mismo, si quieres entrar por la puerta, cuando el enemigo te tienta ocultamente, cuando pide permiso para tentar al hombre a fin de dañarle, sirviéndose de incomodidades terrenas, de la fiebre, de la enfermedad, del agobio corporal. Así tentó a Job. Este no veía al diablo, pero reconocía el poder de Dios: sabía que el diablo nada podía, si no se lo permitía

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quien tiene el poder supremo. Atribuía a Dios toda la gloria, sin atribuir poder alguno al diablo. Por eso dijo: El Señor lo dio, el Señor lo quitó (Jb 1,21). No dijo: «El Señor lo dio y el diablo lo quitó», ya que el diablo nada hubiera quitado, si Dios no se lo hubiera permitido. Y Dios lo permitió para que el hombre fuese probado y el diablo derrotado... (3) Este es el hombre que con la protección de Dios nunca es conmovido, como acabáis de cantar, hermanos... (4) No te turbes y considera cómo operan los cazadores (cf. Com. Sal. 90,1,2). 3. La Regla como pedagogo Las utopías tienen sin duda una función providencial. Pero nos producirán un efecto contrario al pretendido, creando el derrotismo, el complejo de inferioridad, al ver que no podemos cumplir la Regla perfectamente o el evangelio perfectamente. Aun en ese caso, cumplen una función providencial, al crearnos un cierto pesimismo que nos humilla. El problema consiste entonces en distinguir entre un cierto pesimismo realista, activo, comprensivo, y un pesimismo inactivo, con el que quizá pretendemos justificarnos. Lo propio del hombre, desde que apareció en la tierra, es contar con obstáculos y superarlos, creciéndose así ante los impedimentos. Lo que ocurre aquí es que nos encontramos frente a una zona que llamamos «sobrenatural», frente al pecado y la gracia que muerden en las raíces de nuestra libertad. Y entonces comprobamos que la ley por sí sola no nos da la suficiente energía para cumplirla. Por eso san Pablo proclamó la teoría de la Ley como pedagogo: la ley nos humilla, porque nos muestra el camino, y no nos da energía para caminar. Y es que su función

propia es llevarnos a la zona de influencia de la gracia divina. Y esto es lo que acontece cabalmente con la gracia. Nada podemos por nosotros mismos, pero todo lo podemos en Aquel que nos conforta (cf. Flp 4,13). El supuesto derrotismo cristiano o monástico se llama humildad, y nada hay más recio y resistente que una auténtica humildad. La gracia nos hace, no sólo posible, sino también efectiva y atrayente la perfección idealista. Los fracasos son en cierto modo voluntarios, porque son negaciones de la oración, a la que san Agustín acude constantemente: pedid y recibiréis (Mt 7,7). Si no recibís, es que pedís mal (cf. St 4,3).

136. La ley, lejos de curar, aumenta la transgresión, pero así obliga a recurrir al médico. Porque si se tratase de una ligera indisposición, quizá sería desdeñada, y si el médico no viniere, la indisposición no se aliviará. Por eso, donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Rm 5,20) (cf. Serm. 155,4,4). Os hemos repetido que la ley se dio para que hombre se conozca. No cura las heridas, pero invita a buscar al médico, puesto que la prevaricación acrecienta la enfermedad. Busquemos, pues, al Salvador por razón de la llaga que nos hemos infligido. (3,3) Buena es la ley, si la utilizamos legítimamente (1 Tm 1,8). ¿Y qué quiere decir legítimamente? Utilizar la ley para reconocer la propia debilidad y para buscar la ayuda divina que nos ha de curar. Porque la ley no cura por si misma. Un buen pedagogo no conduce al muchacho hacia su propia persona, sino hacia el maestro. Cuando el niño está ya bien educado y ha ere-

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cido, ya no tiene necesidad del pedagogo (cf. Serm. 156,2,2). 137. La regla prohibe la inobservancia, pero no libra de ella. Denuncia la transgresión para que recurramos al Señor y le pidamos la gracia indispensable. He ahí la utilidad de la regla: revela nuestra debilidad, elimina la soberbia, nos somete a Dios (83 cuest. 66,1) 138. El enfermo siente hastío y desea sentir apetito. Es que ya tiene apetito el espíritu, aunque todavía no lo tenga el cuerpo. Así hemos de apetecer el tener buenos deseos, como debemos odiar los deseos malos; con frecuencia vemos lo que hay que hacer y no lo hacemos, y, sin embargo, deseamos sentir gusto en el bien obrar y nos pesa el no sentir ese tal gusto. Es que la intención va por delante volando, mientras el afecto sigue con paso tardo y a veces ni siquiera sigue. Por eso el salmista deseaba sentir deleite en aquellas cosas cuya razón aun no comprendía. (6) Lo primero es ver cuan buenos y útiles son los preceptos; luego viene el anhelar tener deseo de ellos; al fin, al paso que van creciendo la comprensión y la salud, deleita poner en práctica lo que antes deleitaba únicamente conocer (cf. Com. Sal. 118,8,5). 139. Sólo cumplen la regla los espirituales, los que poseen la gracia; porque tanto más cumple la regla el hombre, cuanto más semejante se hace a ella. La razón es que entonces encuentra deleite en cumplirla, se siente estimulado por sus amonestaciones y no afligido por sus intimaciones. Como se le ha infundido el espíritu de caridad, el cumplimiento de la regla no resulta pesado sino agradable (cf. Simpliciano 1,1,7).

140. ¿Quién abraza con gusto algo que le repugna? Nadie. Es la gracia de Dios la que nos infunde la delectación en las buenas obras. Dios promueve el agrado de la voluntad, la finura en la observancia, el fervor amoroso con que se practica la virtud. Por eso nos manda que pidamos, busquemos y llamemos (cf. Mt 7,7). A veces nuestra oración es tibia, fría, casi nula, tan absolutamente nula que ni siquiera reparamos con dolor en ello. ¿Qué significa, pues, esto, sino que el mismo que nos manda pedir, buscar y llamar, nos concede la gracia para poder hacerlo? ¿Cómo se pondría la voluntad en movimiento, si no mediara algún aliciente? ¿Y quién propone los alicientes, sino el Señor? (cf. Simpliciano 1,2,21). 141. La vida cómoda tiene sus incentivos. Nadie la apetecería, si no los tuviese. ¿Pero acaso los preceptos de Dios carecen de atractivos? Los pecadores me han descrito sus placeres, mas no igualan a tu ley, Señor (Sal 118,85). Feliz el alma que encuentra estos goces puros y serenos. Dios embriagará de suavidad al alma que ahora se goza en la ley divina y desdeña los pasatiempos. ¡Oh Señor, muéstrame qué suavidad es esa, para que yo me anime a pedirla! Tal suavidad es el mismo Dios. Suave eres, Señor; en tu suavidad, enséñame tus justicias (Sal 118,68). Aprendo a cumplir, si me enseñas en tu suavidad. Cuando nos halaga y nos resulta dulce la iniquidad, se hace amarga la verdad; para que sea suave la verdad, tiene que desdeñarse, Señor, la iniquidad con tu suavidad. Mucho mejor y más suave es la verdad, pero el pan es suave para los que están sanos. Nada hay mejor o más noble que el pan celestial, pero con tal de que no cause dentera la iniquidad. Quizá digas: quiero, pero no puedo. ¿Y por qué no puedes? Porque no estás

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sano. Perdiste la salud cuando ofendiste con tu pecado al creador (cf. Serm. 153,8,10). 142. El salmista clamaba pidiendo deseos. Es que el Señor nos manda que le pidamos lo que él nos exige que pongamos por obra. Del deseo a la ejecución hay un gran trecho, pero Jesús nos infundió confianza ilimitada, al asegurar con insistencia: buscad y hallaréis (Mt 7,7). El que pide a Dios eso mismo que Dios le manda ejecutar, obliga a Dios a intervenir e impulsar la obra. Porque en definitiva, Dios es el que obra en nosotros el querer y el obrar (Flp 2,13) (cf. Com. Sal. 118,29,1). 143. Dame, Señor, lo que mandas y mándame lo que quieras. Nos mandas guardar continencia,... porque en esa continencia nos recogemos y concentramos en uno, pues de la unidad nos habíamos desplegado en mil cosas. Te ama menos aquel que contigo ama alguna otra cosa, sin amarla por ti. ¡Oh amor, que siempre ardes y nunca te apagas! ¡Oh caridad, Dios mío, enciéndeme! Me mandas guardar continencia. ¡Dame lo que mandas y manda lo que quieras! (Conf. 10,29,40). 144. No dejéis de enviarme noticias de vuestro retiro, porque, en medio de mis angustias, gozo al pensar que mis hermanos disfrutan su quietud y me siento feliz con ese pensamiento. Tanto me molesta el mundo, que me obliga a desear el cielo, y eso no deja de ser un beneficio. Peor sería que el mundo me prodigase sus cariños y se me hiciese casi imposible el despegarme de sus dulces lazos. Aunque en definitiva, también podría libertarme la gracia, pues sin la gracia no puede la libertad humana cumplir la ley o la regla. (3) La regla nos propone lo que no podemos

cumplir sin la gracia: nos muestra nuestra impotencia y nos obliga a recurrir al salvador. Nos lleva al terreno de la fe y la fe nos negocia los dones del Espíritu Santo... (4) No crea que cumple la ley el que obra por temor, mientras interiormente desea pecar. Ese tal desearía suprimir la regla y la justicia cuanto es de su parte. Debemos, pues, pedir, buscar y llamar en la oración (cf. Carta 145,2). 4. La Regla como condescendencia El concepto de la Regla como pedagogo puede dar lugar a una oposición entre la ley y el espíritu. Y en efecto, con frecuencia hubo oposición entre espirituales y juristas. Pero no debe haber oposición, sino complemento, como la hay entre el cuerpo y el alma, la carne y la vida. Dios nos manifiesta su voluntad mediante los preceptos, valiéndose de los legisladores, más espirituales o más leguleyos, pero siempre prudentes. Aunque parezca extraño, los códigos son como las cartas familiares en que los enamorados manifiestan sus gustos y preferencias para dejarse conquistar. Es verdad que Agustín, a causa de la herejía pelagiana, y por la influencia de san Pablo, insiste en la ineficacia de la ley por si sola, pero la ley está siempre reclamando la presencia y energía de la gracia, de la oración y de la humildad. Por eso, el mismo san Agustín insiste también en las obras como expresión del amor y en los frutos como revelación del árbol. El ambiente del Imperio Romano le instalaba en una filosofía y teología del Derecho. La ley es razón y es voluntad, pero por encima de ambos conceptos es «imperio», es decir, no es intelectualismo ni voluntarismo, sino «imperialismo», como corresponde al

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Padre en la dialógica trinitaria. Es la criatura que reconoce al creador. El Padre impera por su amor. En ese sentido, nos habla san Agustín del emperador, encerrado en su oficina, que mueve todas las provincias mediante una pequeña firma estampada al pie de una ley. Se trata de la «ley romana y bíblica», no de las leyes medievales. Lo jurídico es aquí no sólo moral, sino también metafísica y amor, espíritu, condescendencia divina. Dios nos abre su corazón para mostrarnos sus deseos. La profunda y mística veneración que san Agustín siente por la Sagrada Escritura, se extiende a toda «palabra de Dios», a la tradición, a los concilios, a los intérpretes y a todo linaje de leyes justas. Si Dios condesciende con nosotros, revelándonos sus deseos, es justo que veamos esa revelación como amor y condescendencia con nuestra debilidad. No todos somos capaces de legislar, ni aun para nosotros mismos. Y son muchos los que, como recuerda san Agustín, preguntan: «¿Quién nos mostrará la ley para que la cumplamos?». Los comentarios al salmo 118, por su amplitud y por su profundidad, son un venero inexhausto de pensamientos y sentimientos en torno a la ley en general y en particular.

145. Aunque ya había explicado yo todos los salmos, ya en mis sermones, ya dictando un comentario, difería exponer este salmo 118, no tanto por su longitud, cuanto por su profundidad, que pocos comprenden. Pero mis hermanos llevaban muy a mal el que yo olvidase este salmo y reclamaban mi deuda. Yo retardaba el saldo, ya que lo consideraba superior a mis fuerzas. Cuanto más claro parece, más profundo lo sentía yo, hasta el punto de no saber explicar

tanta profundidad. Porque en otros salmos la dificultad es patente; pero aquí la superficie parece dar a entender que no necesita explicación. Al acometer ahora esta empresa, no sé qué podré hacer. Espero que Dios me ha de ayudar, como lo hizo siempre. He pensado exponer el salmo en homilías para que la asamblea eclesiástica lo escuche y entienda, pues le suele gustar cuando lo canta. (1,1) Desde el principio este salmo nos invita a la felicidad que todos desean, mostrando que el camino de Dios es esa ley que pocos desean. No es extraño que todos deseen ser felices. Lo extraño es que para ser felices los buenos sean buenos y los malos sean malos. Es una cuestión de camino. Hay caminos buenos y caminos desviados y por eso dice el salmo: Bienaventurados los que están sin mancha en el camino (Sal 118,1). (1,2) Los que marchan por el buen camino, por la ley de Dios, son los que estudian sus preceptos; los que obran mal no estudian esos preceptos. Es verdad que a veces los estudian para ser doctos o para saber cómo hay que vivir, pero no los viven, no caminan por la ley de Dios ni son felices. No aceptan el fin por el que fueron dados, sino que los convierten en medios para otros fines. No quieren ser sabios para gloria de Dios, sino para parecerlo por la gloria humana. Odian la sabiduría, pues esta les ordena desdeñar lo que aman. En cambio los que los estudian y aceptan van sin mancha por el camino. Podemos decir que estudiaba esos preceptos el que decía: Maestro bueno, ¿qué bien he de realizar para conseguir la vida eterna? Pero no inquiría de todo corazón, pues prefirió sus riquezas al consejo, ya que al escucharlo, se marchó cariacontecido (Mt 9,16-22).

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(1,3) Ahora bien, hasta los inicuos e impíos buscan a Dios, y, si le hallan, dejan de serlo. Entonces, ¿cómo son ya felices los que aún escrutan los preceptos de la ley del Señor y le buscan, si esto pueden hacerlo los inicuos e impíos? Lo son en la esperanza, porque lo serán en la realidad. No son ya felices porque investigan e inquieren, sino porque han de encontrar lo que ahora buscan. Y si caminan felices en esperanza, caminan sin mancha en la misma esperanza. En esta vida, aunque caminemos en la ley del Señor, aunque estudiemos sus preceptos y le busquemos de todo corazón, si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos y la verdad está ausente de nosotros (1 Jn 1,8) (cf. Com. Sal. 118, prol.). 146. ¡Ojalá se enderecen mis caminos para observar tus preceptos] (Sal 118,5). Tú, Señor, me diste el precepto, pero ¡ojalá se cumpla en mí lo que preceptuaste! Este «ojalá» anuncia un deseo del que espera, y anula la arrogancia del que presume. ¿Quién dirá que desea lo que tiene en su libertad de modo que pueda realizarlo sin ayuda alguna? Luego si el hombre desea que se cumpla lo que Dios manda, habrá que pedirle que nos dé lo que nos manda. Contra los pelagianos, aquí se supone que ya Dios ha dado el precepto, pero aún se espera su ayuda, como si se dijera: «Ya he visto la ley y la conozco, pues tú has encargado que se guarden estrictamente tus mandatos». Tus mandatos son santos, justos y buenos, pero, mediante ese bien, el pecado produce en mí la muerte (Rm 7,12-25), si no me ayuda tu gracia. Por eso, ¡ojalá se enderecen mis caminos para observar tus preceptos*. (3) Cuando se leen o se retienen en la memoria los mandatos de Dios, hay que considerarlos como un espejo (cf. St 1,23-24). El salmista

ve los mandatos de Dios en el espejo, pero quiere verlos realizados en sí mismo; anhela enderezar sus caminos para observar los preceptos de Dios, pero ¿cómo enderezarlos, sino mediante la gracia de Dios? Porque si quisiera contemplar los preceptos, sin realizarlos, le servirían de confusión y no de congratulación. (4) Te confesaré, Señor, con rectitud de corazón, por haber aprendido tus justos juicios (Sal 118,7). Es como si dijera: «Si mis caminos quedan enderezados, confieso, Señor, que lo has hecho tú y esta es gloria tuya, no mía» (cf. Com. Sal. 118,4,2). 147. Ya ha sido dedicado y consagrado el templo que es nuestra Cabeza, Cristo. ¿He dicho bien, cuando la cabeza está arriba y el fundamento abajo? Sí, el fundamento es Cristo, la culminación: subió al cielo y está sentado a la diestra del Padre. Pienso que hablo bien, pues el Apóstol dice: Nadie puede poner otro fundamento que el que está ya establecido: Cristo Jesús. Sobre ese fundamento unos edifican oro, plata y piedras preciosas y otros madera, heno y paja. El fuego de la tribulación y de la prueba demostrará el valor de la edificación. Unos colocan piedras preciosas, y otros, como los cristianos ricos y casados, ponen madera y paja. Todos se salvarán si no abandonan el fundamento. (10) Luego el fundamento es Cristo. ¿Pero no debe ir abajo el fundamento o cimiento? Voy a ver si me explico en el nombre de Cristo. Hay dos clases de peso o de gravitación. Llamamos peso al impulso que tiene una cosa o tendencia a ir a su centro. Tomas una piedra en la mano y aprecias su peso: gravita en tu mano, porque busca su centro. ¿Quieres saber lo que busca? Retira la mano y caerá a tierra y descansará en la tierra, porque habrá encontrado su sitio. El peso es, pues, ese movimiento espontáneo, aun-

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que no tenga alma ni sensibilidad. Pero hay otras cosas que tienden hacia arriba. Si derramas agua sobre el aceite, tira hacia abajo, por su propio peso. Busca su sitio, ordenarse. Supondría un desorden que el agua estuviese sobre el aceite. Por eso el agua estará inquieta hasta que caiga a su sitio. Y si derramas aceite bajo el agua, el aceite no se quedará quieto, sino que, por su peso, tirará hacia arriba, hasta su sitio. Del mismo modo el agua y el fuego buscan su sitio. Ya veis este edificio: se desplomaría y caería a tierra, si no lo sostuviéramos, si no le colocáramos un buen cimiento debajo. En cambio, la Iglesia de Dios que está en la tierra, tiende al cielo. Hay que poner, pues, en el cielo el fundamento, que es Jesucristo. Si habéis entendido esto, ya podemos seguir con el salmo... (17) Yo dije en mi abundancia: nunca seré removido (Sal 29,7). Quien habla es un hombre humilde. ¿Y quién goza aquí de abundancia? Nadie. ¿Cuál es la abundancia del hombre? Miseria, calamidad. ¿Pero no poseen abundancia los ricos? Cuanto más tienen, más codician y echan de menos: deseos, codicias, temores, tristezas. Eso lo podía decir Adán en el Paraiso. (18) El salmo indica que tal abundancia era don de Dios y se perdió. De ahí que siga: Me volviste el rostro y quedé desconcertado (Sal 29,8). (22) Por eso, aunque seamos deficientes en el cumplimiento de los preceptos, que nuestra conciencia no nos atormente con las espuelas de las transgresiones. Todas nos serán perdonadas y quedaremos libres. Para que te cante mi gloria, no mi humildad, como dice el salmo (Sal 29,13). Es mi gloria, pero también de Cristo, pues somos cuerpo de Cristo. Está en el cielo, pero también aquí; allí en sí mismo, acá en nosotros. Aquí mi humildad gime por ti, allá mi gloria cantará para ti. Confie-

sa, pues, ahora tus transgresiones contra Dios y un día confesarás lo que Dios te ayudó. ¿Qué hiciste aquí? Pecar. ¿Y qué hizo Dios? Perdonar para que puedas confesar eternamente sus alabanzas y no verte atormentado por tus transgresiones (cf. Com. Sal. 29,11,9). 148. Señor, imponme la ley (Sal 118,33). La Ley se dio en el Antiguo Testamento y se les impone a los injustos que todavía pertenecen a ese Testamento Antiguo. Pero aquí se pide la ley para los santos, para los hijos de la libre, de la Jerusalén celeste, hijos de la promesa y de la herencia eterna. Se trata de una ley que se da por el Espíritu Santo y escrita por el «dedo de Dios» en la mente o en el corazón. No es la ley que simplemente se guarda en la memoria y se olvida en la conducta, sino una ley reconocida por la inteligencia, ejecutada por el amor, vivida en la anchura del amor, no en la estrechura del temor. Porque quien cumple la materialidad de la ley por el temor de la pena y no por el amor de la justicia obra forzado. Preferiría que nadie le mandara, si fuese posible, y por lo mismo no es amigo sino enemigo de la ley. No se purifica por un mero cumplimiento, pues su impureza está en la voluntad... (2) Aquí en cambio, se trata del justo que pide la ley, y, después de conocerla, la sigue pidiendo. Es como el que pide de beber: le ofrecen un vaso lleno, pero su sed y sus deseos son tan fuertes que sigue pidiendo más (cf. Com. Sal. 118,11,1). 149. Dios enseña la suavidad excitando el deleite, enseña la disciplina moderando la tribulación y enseña la ciencia dando el conocimiento. Como hay cosas que las aprendemos sólo para saberlas, y otras también para ponerlas en

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práctica, cuando Dios las enseña, lo hace declarando la verdad para que sepamos lo que debemos saber, y enseña también excitando la dulzura para que hagamos lo que tenemos que hacer (Com. Sal. 118,17,3). 150. Tu ley es mi meditación (Sal 118,77). Esta meditación ha de hacerse en la fe que obra por la caridad (Ga 5,6). Sin ésta no se llegaría nunca a la vida eterna. Digo esto para que nadie crea que con sólo aprender de memoria toda la ley y cantarla cada día, proclamando lo que manda, pero sin vivirlo, ya se cumple lo escrito: tu ley es mi meditación. Tal meditación ha de ser la reflexión de un amante y de un amante tal que no se entibie en él el amor de esa meditación por mucho que abunde la maldad ajena {Com. Sal. 118,19,4).
CAPITULO QUINTO

TEOLOGÍA DE PENTECOSTÉS (Regla 1,3-6)

El «principio de comunidad» Al ser ordenado sacerdote y dedicarse al estudio de la Biblia, Agustín encontró reflejado cristianamente en san Lucas (Hch 4,32-35) el ideal sapiencial que él había buscado desde el principio. Aparece, pues, el Espíritu Santo como fundador de la vida monástica. Él convierte las aguas amargas en dulces, él reúne las aguas en un mar, él unifica las voluntades y los corazones, él prueba los metales, separando el oro de la ganga, y por la caridad sobrenatural edifica la unidad sobrenatural. Esta doctrina le lleva a fijar el «principio de comunidad». Sin renunciar a la interioridad personal, la comunidad monástica cabe dentro de la comunidad eclesial, y tiene el mismo principio. Por lo mismo, tal comunidad es unidad en la variedad. El principio de unificación es el Espíritu Santo que reparte sus carismas sin repartirse él mismo. Pero vivimos en la tierra, somos hombres y por lo mismo necesitamos ante todo aplicar los criterios científicos que nos ofrecen la psicología y la sociología. Es, pues, también necesaria una iluminación o formación para vivir en comunidad, pues no todos son capaces de ello y muchos se niegan a vivir en comunidad, y se contentan con ciertas apariencias formales. Entenderemos, pues, que el Espíritu Santo sigue planeando sobre la

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congregación de las aguas como planeaba sobre el caos primordial para producir la unidad mediante la caridad. El Espíritu Santo nos lleva, pues, a Cristo, al Cristo Total y Místico. Esto significa una educación del monje en esa doctrina del Cristo Místico, de la Iglesia, de su función personal y de la función de su monasterio en la Iglesia bajo la acción del Espíritu Santo. Pero así como la psicología y la sociología son necesarias para comenzar la obra de capacitación para la comunidad, ésta será siempre precaria, si no recurrimos a los medios propios del cristianismo: la oración, la gracia, los sacramentos. No bastan la convivencia materia] ni la educación civil, ni las rutinas neuróticas de los que se convierten en autómatas. Hoy, que tenemos a nuestra disposición tantos medios científicos, padecemos quizá más que nunca la ausencia de comunidad, es decir, de caridad y de unidad. La Regla comienza anunciando que para eso nos hemos juntado en uno, para vivir unánimes, para alcanzar una sola alma. Para una finalidad tan alta, no bastan las ciencias ni las filosofías: son necesarias la oración y la gracia. Porque es el Espíritu el que se difunde, crea y produce los frutos de la vida monástica.

idioma se afirma la asociación del género humano: por eso era menester que por los idiomas de todos los pueblos se significase esta unión de los hijos de Dios y miembros de Cristo que iba a haber en todas las naciones (Serm. 71,17,28). 153. Los que viven en uno, pero de forma que son un solo hombre y realizan lo que está escrito un alma y un corazón son los que llevan con verdad el título de monjes, ya que son todos uno; y por eso sólo habitan en uno aquellos en los que se ha perfeccionado la caridad de Cristo (cf. Com. Sal. 132,6). 154. Derramo lágrimas ante Dios para que no permita que se convierta en llanto el gozo que solíais procurarme. Y también para hallar de vez en cuando consolación entre tantos escándalos que abundan por doquier en este mundo, pensando en vuestro número elevado, en vuestro casto amor, vuestra santa vida y en la más generosa gracia que Dios os donó, hasta el punto de no sólo menospreciar el matrimonio carnal, sino también elegir el habitar en común y unidad en la misma casa, a fin de tener un alma sola y un solo corazón hacia Dios (Carta 211,2). 155. Dios está presente en todos, aunque cada cual le posea según su capacidad... (6,20) El Apóstol habla de división de carismas, como si se distribuyesen p o r los miembros de un cuerpo, en el que todos juntos constituyen un templo. Pero cada uno es ya un templo de Dios. Y Dios no es mayor en todos juntos que lo es en cada uno. Quizá todos juntos le posean menos que alguno en particular... La Cabeza de este cuerpo es Cristo y su unidad se proclama en nuestro sacrificio, como dice el Apóstol: Como el

151. Eres tú, Señor, quien con una fuente oculta y dulce riegas las almas sedientas de ti y que aparecen ante ti separadas de la sociedad del mar por otro fin, para que también la tierra dé su fruto (Conf. 13,17,21). 152. Al Espíritu Santo pertenece la unión, en la que constituimos un solo cuerpo, el del único Hijo de Dios... A causa de esa unión, aquellos sobre los que vino por primera vez hablaron las lenguas de todos los pueblos. Por el

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pan es uno, nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo (1 Co 10,17). Por nuestra Cabeza nos reconciliamos con Dios, ya que en ella está la Divinidad del Unigénito, que se hizo partícipe de su mortalidad para hacernos partícipes de su inmortalidad... (12,37) Esa congregación en uno habla de convertirnos en hijos de Dios. No se trata aquí de un local espacial. Congregar en uno es reunir en un espíritu, en un cuerpo, cuya Cabeza es Cristo. Esa congregación es la edificación del templo de Dios: no la produce la generación carnal, sino la regeneración espiritual (cf. Carta 187,6,18). Si los hermanos quieren vivir concordes, no amen la tierra; y si no quieren amar la tierra, no sean tierra. Busquen la posesión que no puede dividirse y vivirán siempre concordes. ¿Qué origina la discordia entre hermanos?... ¿A qué se debe que sea uno solo el seno y no una sola el alma? A que sus almas están inclinadas, y cada una mira a su parte y se esfuerza por engrosarla y aumentarla, y quiere que sea únicamente suyo lo que posee él que comparte lo de su hermano. Cristo es el hermano fidelísimo, que no es nunca avaro. Aunque ahora, al reflexionar, quizá debo decir que Cristo es también avaro. Quiere que todos adquiramos y poseamos. Por nosotros pagó un alto precio, pues se entregó a Sí mismo (cf. Serm. 359,2). 156. ¿Quiénes son los huérfanos y viudas? (cf. Sal 67,6). Los liberados del conjunto de las esperanzas seculares. En ellos se fabrica Dios su templo, del que dice a continuación: El Señor está en su lugar santo. De qué lugar se trata lo indica luego cuando dice: Dios que hace habitar en una casa de un único modo (Sal 67,7), es decir, a los unánimes, a los que piensan del mismo modo... Los hombres buscan

un lugar santo en que sean escuchados cuando oran. Pero han de ser ellos mismos ese lugar que buscan, habitando unánimes en una casa. En un gran palacio, el amo no habita en cualquiera dependencia, sino en una estancia más recóndita y honrosa. Así Dios, aunque está en todas partes, no habita en todos los que entran en su casa. Su estancia son aquellos a los que hace habitar unánimes, de un único modo o con unas costumbres comunes. Porque el término griego tropos puede traducirse modo y costumbre: así estos tienen el mismo pensamiento y la misma conducta (cf. Com. Sal. 67,7). 157. Doy gracias a nuestro Señor porque tienes de nosotros tan buena opinión, creyendo que somos fieles siervos de Dios, y porque con corazón limpio amas en nosotros esa fidelidad. A ti te es provechoso amar la misma bondad, que de hecho ama quien ama a quien tiene por bueno, lo sea o no lo sea. Porque no yerras, al creer o saber que el servir a Dios alegre y castamente es un gran bien, cuando amas a cualquier hombre porque lo crees partícipe de ese bien. El fruto es para ti, aunque el otro no sea tan bueno. Cómo seamos nosotros y cuánto hayamos progresado en Dios, véalo él, ya que su juicio no admite error. Tú nos crees tales como deben ser los siervos de Dios. Al alabarnos como si ya fuéramos tales, nos animas y exhortas a ser así. Y te damos gracias, si no sólo te encomiendas a nuestras oraciones, sino también oras por nosotros. En la súplica por un hermano se ofrece a Dios el sacrificio del amor (cf. Carta 20,2). 158. La paz del cuerpo es el equilibrio ordenado de las partes. La paz del alma irracional es el reposo ordenado de las apetencias. La paz del alma racional es el ajuste orde-

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nado del conocimiento y de la acción. La paz del cuerpo y del alma es una vida ordenada y la salud en el ser viviente. La paz del hombre mortal con Dios es la obediencia ordenada en la fe bajo la ley eterna. La paz entre los hombres es la ordenada concordia. La paz de una casa es la ordenada concordia en el mandar y en el obedecer... Y la paz universal es la tranquilidad del orden... (19,27) Pero toda nuestra paz, ya sea la común, ya sea la personal, es unas consolación en nuestra miseria más bien que un gozar la bienaventuranza. Nuestra misma justicia consiste más en una continua remisión de nuestros pecados que en la perfección de la virtudes. Esa nuestra justicia es pedir a Dios que reine en nosotros, que nos dé la gracia de los méritos, y el perdón de los pecados, y juntamente en darle gracias por los bienes ya recibidos. Esta justicia ha de referirse a aquella final y eterna paz para cuya consecución nos ejercitamos en esta justicia. Aquella paz bienaventurada o bienaventuranza pacífica será nuestro supremo Bien (cf. Ciu. Dios 19,13,1). 2. Caridad y amistad La época actual rehuye toda forma de compromiso estable y una de ellas es la amistad. El hombre de hoy, independiente y urbano, piensa que el amigo se convierte fácilmente en ángel de la guarda, policía o colonizador. En sentido contrario, vemos que el hombre actual busca la «secta», a la que ha dignificado sociológicamente y busca los gritos carismáticos, porque tiene hambre y sed de comunicación y de calor humano. Reconociendo que el valor de la amistad es la «amabilidad personal», vemos que, de todos modos, la amistad no depende enteramente de nues-

tra libertad, lo mismo que mucha otras clases de amor. Es, pues, inútil hablar en abstracto contra la amistad; será siempre una realidad inevitable. Algunos sociólogos han pensado que la vida monástica podría ser para el hombre actual el modelo que, por un lado, lo libere de su horror al vacío de la soledad y de su miedo al rasero socialista, y por otro, le proporcione el desarrollo de sus capacidades independientes, pero en un ambiente social estimulante y placentero. Recientes estudios demuestran que san Agustín es objeto de una atención particular en este sentido, ya por su personalidad cálida, ya por su estilo que oscila entre el entusiasmo y la mística. Advirtamos, sin embargo, que el tema es delicado: 1) sus amistades personales tuvieron algo de retórica clásica; 2) su personalidad, demasiado fuerte, se convertía en imperialismo o paternalismo; 3) al ampliar y profundizar la distinción entre amistad verdadera y falsa, quizá se restringe demasiado el valor del «tú a tú» humano; 4) al imponer la teología de Pentecostés, la «caridad sobrenatural» parece absorber todo lo que puede tener de recto y bueno la amistad, condenando las amistades puramente humanas como falsas. Tales objeciones son fáciles de rechazar y superar, si tenemos en cuenta precisamente el carácter de san Agustín y de su institución. Se trata de una religiosidad experimental y mística, que, si a veces se deleita en juegos retóricos, escudriña el corazón humano para purificarlo, rectificarlo y asociarlo a la Unidad mística, no sólo de la comunidad monástica sino también de la comunidad eclesial. Se busca la unidad del género humano, como pensamiento orgánico, y esa unidad queda consagrada por la doctrina del Cuerpo Místico con la que se identificará al fin. No se exclu-

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yen, pues, los valores humanos y los religiosos; por el contrario, la santidad parece abrir el corazón a la amistad, aun a la puramente humana. Si alguna vez el frui Deo (gozar de Dios) parecía un tanto exclusivo, el frui amicis (gozar de los amigos) es ya lógica consecuencia del carácter de «prójimo» o «próximo» en el afecto. Por lo dicho, se comprende que muchos religiosos se lamenten de que en los monasterios falte a veces el calor humano, ya con la disculpa de la «caridad sobrenatural» que es invisible, ya con la influencia del egoísmo, o del buscar fuera del monasterio el propio tesoro, aunque se pone como disculpa el monasterio. Y precisamente por eso se proclama la necesidad de la amistad humana, como expresión de esa caridad sobrenatural que el Espíritu Santo derrama en los corazones religiosos. De algún modo deberán ser visibles sus frutos. 159. Según Cicerón hay bienes que son honestos y, además, útiles. Entre ellos, la amistad. Esta se define como un desear el bien a alguien por razón de su propia persona y con correspondencia por su parte (cf. 83 cuest. 31,3). 160. Aunque [según Platón], mi mente puede contemplarte auténtico y simple, cual puedes ser amado sin preocupación alguna, yo confieso que, cuando te ausentas corporalmente y vas a otro lugar, yo deseo tu presencia y tu compañía, y la deseo tanto cuanto es lícito. Si te conozco bien, sin duda amas en mí este vicio. Mientras deseas a tus amigos y familiares todos los bienes, temes que se libren de este mal. Y si te consideras tan fuerte de espíritu que puedes descubrir ese lazo y burlarte de los que están pre-

sos en él, no te tengas por diferente y superior. Yo por mi parte, mientras deseo volver a ver al ausente, quiero que él también desee verme (Carta 2). 161. Aunque conoces bien mis sentimientos, quizá no sepas cuánto deseo gozar de tu presencia. Dios me concederá quizá algún día tan grande beneficio. Leí tu recentísima misiva en que te lamentas de tu soledad y del abandono en que te dejan tus amigos, cuya convivencia endulza la vida. Mas ¿qué te diré yo aquí sino lo que no dudo que ya haces? (Carta 9,1). 162. Nunca me dejó tan perplejo cuestión alguna de esas que me das a meditar, como la acusación que acabo de ver en tu última carta. En ella te lamentas de que no nos preocupamos de arbitrar un medio que nos permita vivir juntos. Gran crimen es ese, y, si no fuera falso, sería peligrosísimo. Mas la razón parece demostrar en cuanto cabe que es aquí en Tagaste donde podemos vivir concordes y no ahí en Cartago, ni en tu finca. Siendo ello así, no acierto a adivinar lo que he de hacer contigo, mi querido Nebridio... ¿Quieres que yo vaya ahí? Pero hay aquí quienes no pueden venir conmigo y a quienes sería un crimen abandonar. Tú sabes ya refugiarte con suavidad en tu espíritu, mientras ellos tratan ahora de procurarse esa facultad (Carta 10,1). 163. Largo tiempo vacilé sobre el modo de contestar a la carta de tu Santidad y no me decidía. Todo lo sobrepasó el afecto de mi corazón que, si espontáneamente brota, se inflamó más y más con la lectura de tu misiva. Me encomendé a Dios, que obra en mi según mis posibilidades y me decidí a contestarte, hablando de un asunto del mayor interés tanto para tu dignidad como para mi cooperación y digno de núes-

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tro celo por el Señor y por el gobierno eclesiástico. Ante todo, no sólo no rehuso, sino que acepto de buen grado tu creencia de que te sientes ayudado por mis oraciones. De ese modo, si el Señor no me escucha por las mías, me escuchará sin duda por las tuyas. No puedo expresarte con palabras lo agradecido que te quedo por haber dejado en nuestro monasterio al hermano Alipio, para que sirva de ejemplo a aquellos hermanos que anhelan substraerse a las preocupaciones de este mundo. Dios recompense tu alma por ello. Toda la comunidad de los hermanos que aquí en Hipona ha comenzado a organizarse te queda por ese favor altamente reconocida. Te has preocupado de nosotros, como presente en espíritu, aunque tan lejano vives por el lugar. Por ello nos entregamos a la oración con todo empeño para que el Señor se digne sostener contigo la grey a ti confiada y nunca te abandone. Sea él tu colaborador en las empresas, valiéndose de tu sacerdocio para conceder a su Iglesia misericordia. Estos varones espirituales le interpelan con lágrimas y gemidos para que la otorgue (Carta 22,1,1). 164. ¡Oh buen varón y buen hermano! Oculto estabas para mi alma. Dígole yo a esta mi alma que tolere el que aún no pueda verte con mis ojos, y apenas me obedece. Mejor dicho, no me obedece en absoluto. ¿Lo tolera acaso? ¿Por qué este deseo de verte me duele en el fondo del alma? Si padeciese molestias corporales, y estas no perturbasen la tranquilidad del alma mía, diría yo que ella las toleraba. Pero, como no puedo sufrir con serenidad el no verte, sería intolerable llamar a esto tolerancia. Siendo tú cual eres, sería más intolerable la tolerancia de carecer de ti. Está bien, pues, que yo no pueda tolerarlo con el alma tranquila; si tranquilamente lo tolerase yo, no sería tolerable yo. Es maravilloso, pero auténtico, lo que me

acaece: me duele el no verte y ese dolor me consuela. A mí me desagrada la fortaleza que permite tolerar la ausencia de los buenos, como lo eres tú (Carta 27,1). 165. Terminado ya todo lo que acabo de contarte, me retiré con el obispo. Los religiosos entonaban entretanto algunos himnos y un no pequeño concurso de ambos sexos se quedó con ellos a cantar hasta que el día fue oscureciendo. (12) Te he narrado con la brevedad que he podido lo que sin duda deseabas saber. Ora para que Dios se digne alejar de nuestras faenas todos los trabajos y pesares. En gran parte descanso en vosotros con ferviente solicitud, pues con tanta frecuencia me encarecen los dones de la espiritual iglesia de Tagaste. Todavía no ha arribado la nave en que vienen los hermanos. En Hasna, donde está de presbítero el hermano Argencio, invadieron nuestra basílica y desmantelaron el altar los circunceliones. Se ha incoado un proceso. Os suplicamos que oréis mucho para que el proceso, como conviene a la iglesia Católica, se lleve con orden y sirva para amordazar las lenguas de la turbulenta herejía (Carta 29,11). 166. Recibí la carta enviada por el favor de tu Santidad, llena de dulzura y gozo. Veo que me recuerdas y amas como solías y que te congratulas conmigo por los dones que el Señor, por su misericordia y no por méritos míos, me ha otorgado. En esa carta he comprobado el afecto de tu benignísimo corazón hacia mi persona. No es repentino ni nuevo tu afecto hacia mí, pero he vuelto a experimentarlo y reconocerlo... (2) Grande es la recompensa que recibe ahora este mi afán literario, que me ha hecho sudar en la composición de algunos libros, al haberte dignado leerlos. Sin duda el Señor, a quien está sometida mi alma,

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ha querido consolarme en mis preocupaciones y recrearme en mi temor. Necesariamente tengo que vivir preocupado por esas obras, no sea que cause escándalo por mi falta de conocimientos o de cautela, aun que esté dentro del campo llano de la verdad. Pero cuando a ti te agrada lo que escribo, ya sé a quién agrada, pues sé quién habita en ti: el mismo distribuidor y repartidor de sus dones confirmará por tu criterio mi obediencia. Todo lo que esos escritos tienen digno de gozo, está allí, porque Dios se valió de mi ministerio y dijo: «¡Hágase!» Y se hizo. Ahora en tu aprobación ha visto Dios que era bueno (Carta 37,1). 167. Alipio, Agustín, Sansucio y los hermanos que con nosotros están saludan en el Señor a ti, Severo, señor beatísimo, venerablemente amadísimo, sincerísimo hermano y consacerdote, y a los hermanos que están contigo... Cuando preguntamos al hermano Timoteo por qué se negaba a quedarse en Subsana, respondió que, al empezar a servir a Dios, había jurado no apartarse de ti... Pero al fin dijo que es un siervo de Dios e hijo de la Iglesia y que se atenía a lo que yo resolviese contigo acerca de su caso. Por lo tanto, te pido y por la caridad de Cristo suplico a tu prudencia que recuerdes todo lo que hemos hablado y que me alegres con tu respuesta (cf. Carta 62,2). Si digo lo que este pleito me obliga a decir, ¿dónde quedará la delicadeza de la caridad? Y si no lo digo, ¿dónde quedará la libertad de la amistad?... (2) Ahora, una vez subsanado el pleito, después de haber enmendado, corregido y rezado lo que he podido, (4) dejo mi causa a tu juicio. Estoy seguro de que Cristo habita en tu corazón. Por él te ruego que le consultes, pues él preside en la mente que le está sometida... (cf. Carta 63,1).

Severo, a Agustín: Demos gracias a Dios, hermano Agustín, cuyo don es todo lo bueno y agradable que nos viene. Confieso que me va bien contigo. Te leo mucho. Voy a decir algo sorprendente, pero verdadero: cuanto más ausente es para mí tu presencia, tanto más presente es para mí tu ausencia. No se interponen entre nosotros turbulentas actividades de cosas temporales. Trabajo contigo cuanto puedo, y no puedo todo lo que quiero. ¿Y cómo digo cuanto quiero? Bien sabes cuan avaro soy de ti. Sin embargo, no murmuro, aunque no estoy contigo cuanto quiero, ya que lo estoy siempre que puedo. Gracias, pues, a Dios, hermano dulcísimo, me va bien contigo; gozo unido más estrechamente contigo. Por decirlo de algún modo, trato de pegarme a ti todo lo estrechamente posible, como un niño al pecho de la madre (Carta 109,1). Agustín a Severo: Te soy deudor, no sólo por la caridad, sino también por tu carta. ¿Cuándo satisfaré a tu suavidad y a esa avidez del alma que tu carta me anunciaba, aunque yo la conocía de sobra en ti? No era cosa nueva pero fue una nueva reclamación de respuestas... (2) Quizá te cause extrafleza que yo me proclame incapaz de cancelar mi deuda, cuando tienes tan alto concepto de mí y me conoces como mi propia alma. Pero eso mismo es lo que dificulta contestar a tus cartas, porque no me atrevo a decir el alto concepto que yo tengo de ti por no avergonzarte; por ese miramiento digo mucho menos que tú. No me preocuparía de esto si supiera que eso que me dices acerca de mí mismo era adulación, enemiga de la amistad. Pero te las dicta la más sincera caridad... (4) Cuando a mí me alaba un sincero y grande amigo, me parece que me alabo a mí mismo. Y ya ves que eso es feo, aunque se digan cosas verdaderas. Y

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siendo tú como otra alma mía, o mejor siendo una sola tu alma y la mía, ¿cómo te engañas acerca de mí, creyendo que ya tengo lo que me falta? No rehuso las alabanzas únicamente para que no se equivoque un sujeto a quien amo, sino también para que no disminuyas tus oraciones, creyendo que ya soy lo que aún no soy (cf. Carta 110,1). 168. En las cosas humanas apenas se encuentra parte dulce y alegre. En todos los negocios humanos nada nos resulta dulce sin un amigo. ¿Pero quién puede hallarse que sea tan buen amigo, que podamos tener en esta vida seguridad cierta de sus intenciones y de sus costumbres? Como nadie se conoce a sí mismo, tampoco unos a otros se conocen. Y nadie se conoce a sí mismo hasta el punto de estar seguro de su propia conducta al día siguiente. Por eso, aunque muchos sean conocidos por sus obras y otros muchos alegren al prójimo con su buena conducta, otros muchos lo entristecen con la suya mala. Por eso nos amonesta el Apóstol a que no juzguemos antes de que venga el Señor (Carta 130,2,4). 169. Aunque éramos amigos desde hace tanto tiempo, en realidad no lo éramos, pues no lo éramos en Cristo. Dijo Cicerón que amistad era consentimiento en las cosas humanas y divinas con benevolencia y caridad. Pero en aquel tiempo no coincidíamos en las cosas divinas. (2) Y mucho menos después de mi conversión. Por eso no puedo expresar con palabras mi gozo actual, pues ahora eres ya mi amigo verdadero. (3) No te enoje porque te he dicho que, aunque entonces me amabas tanto, no eras mi amigo verdadero, puesto que tampoco era yo entonces para mi mismo un amigo verdadero: era más bien mi enemigo, ya que quien ama la iniquidad odia su propia alma (Sal 10,6).

(4) Gracias, pues, a Dios que nos ha proporcionado esta verdadera amistad, añadiendo a la definición ciceroniana «en Jesucristo, Señor nuestro» (cf. Carta 258,1). 170. La confianza que depositamos en un amigo prueba la necesidad de la fe, pues tenemos que creer en sus sentimientos, aunque no los veamos. ¿Cómo podríamos amarnos recíprocamente, Si no pudiéramos creer sin ver, puesto que el amor es invisible? Sería, pues, imposible la amistad, que consiste en un recíproco amor. Todas las relaciones humanas quedarían rotas, pues siempre van acompañadas por un sentimiento amistoso. Rota la fe, se rompen todos los lazos humanos (cf. Fe 2,4). 171. De Cristo rey mana la amistad verdadera, que no se mide por utilidades temporales, sino por un amor gratuito. Porque nadie puede ser verdadero amigo de un hombre, si primero no lo es de la misma verdad. Y si tal amistad no es gratuita, no puede existir en modo alguno. (2) Sobre esto hablaron mucho los filósofos, que intentaban darse una vida feliz, cuando ella es un don de Dios. Pretendieron darse la felicidad y terminaron aconsejando el suicidio, cuando sobreviene un mal intolerable para el sabio (cf. Carta 155,1,1). 172. Hay una amistad que se funda en una mala conciencia. Y hay amistades que se fundan en la sangre, en la costumbre, en la convivencia. Esta amistad es honesta y dulce. También los animales se acostumbran a convivir. Pero hay otra amistad superior, que se funda en la razón: según ella, amamos al hombre por su fidelidad y mutua benevolencia. Hay todavía otra amistad superior, pero esta es ya divina. Empiece el hombre a amar a Dios y ya no

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amará en el hombre sino a Dios... (3,4) La amistad verdadera es gratuita. Porque no amas al amigo para que te preste o ayude. Si lo haces, amas, no a él sino el préstamo o la ayuda. Has de amar al amigo por él mismo. Esa es la regla de la amistad. Pero por encima del amigo, has de amar a Dios. Y tú me dirás: ¿Cómo puedo amar a Dios a quien no veo? Fíjate en tu amigo: Quizá es anciano, y sin embargo le amas. Le amas gratuitamente por su fidelidad, y la fidelidad no se ve con los ojos. Empieza, pues, a amar a Dios. (4,5) En el libro de Job, el diablo mismo da testimonio de esto. Job no amaba a Dios por interés, sino gratuitamente (Serm. 385,2,3). 173. Bienaventurado el que te ama a ti, y al amigo en ti, y al enemigo por ti. Sólo él nunca pierde a los seres queridos, pues los quiere en Aquel a quien nunca pierde (Conf. 4,9,14). 3. Lo común y lo privado. Si Platón cifraba el mito de la «caída» en la preferencia de las almas a lo privado con menosprecio de lo común, eso mismo sugería san Lucas en los Hechos con su «teología de Pentecostés». Al recoger san Agustín ambas corrientes tradicionales, llega a una reducción suprema. Dios es el centro de todos los espíritus, es el común; y todos los espíritus caben en el primer mandamiento, y han de ser amados con referencia a Dios. El centro común es el que da sentido y valor a toda suerte de agrupaciones y comunidades para que sean «rectas». Por eso, mientras se pone de relieve la tendencia universal al centro común o unidad, se toma irónicamente lo privado como «privado de valor».

Como se ve, esta doctrina está por encima de las discusiones triviales sobre el individualismo y el socialismo, y esto obliga a hablar con circunspección. La base para relacionar el personalismo con el comunismo es siempre el sí mismo. Ni el conocimiento, ni el amor, ni la acción tienen sentido o valor sino por relación a un sí mismo en el aspecto social. Es la ley de la amistad, o ley que acerca a los hombres y establece la comunicación personal: «Pienso que es muy justa la ley de la amistad, por la que se ordena que cada uno ame a su amigo ni menos que a sí mismo ni más que a sí mismo» (Solil. 1,3,8 PL 32,873). La primera obligación del religioso es, pues, aportar a su comunidad un buen sí mismo, una personalidad que enriquezca y no empobrezca a la misma comunidad. Así distinguirá con cuidado un santo egoísmo de un falso egoísmo, ya que el egoísmo recto y santo es el mismo amor que en el primer mandamiento nos une a Dios y al prójimo en comunidad. En ambos aspectos es san Agustín un verdadero genio. De todo sabe sacar partido para relacionar al hombre con Dios, y lo mismo acontece para relacionarlo con su prójimo en Dios, esto es, en la comunidad de los espíritus. Diríamos que los motivos de ponderación de la comunidad y de condenación de lo privado son inagotables e insondables. Los hay de tipo psicológico, sociológico, filosófico, teológico y místico, y todos se decantan en verdaderos himnos, en auténticos ramilletes de sentencias preciosas. Nacemos en el mundo, desamparados, perdidos, arrojados temeré passimque, a lo loco. Y para vivir tenemos que irlo recibiendo todo, pues nada traemos con nosotros. Todo lo recibimos de Dios, pero por medio de la sociedad. Necio es el hombre que dice «Esto es mío». «Tú no eres tuyo, ¿cómo van a ser

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tuyas esas cosas?» (cf. Serm. 32,10,10 PL 38,200). «Será tuyo lo que yo te di, y no será mío lo que yo creé? Si tú eres mi siervo, todo tu peculio es mío» (Com. Sal. 49,17 PL 36,576). El Santo se deja llevar por el entusiasmo hasta allanar al hombre de un modo radical, presentando el amor como la fuerza que saca al hombre de sí mismo, de su ensimismamiento, para relacionarlo, para hacerlo vivir en sociedad, conviviendo. El religioso ha de hacer común, no sólo los intereses materiales, sino también los espirituales, la propia madre y hasta la propia alma. El alma ya no es «privada», sino común, por su misma naturaleza religiosa y espiritual, no por demagogia trivial. 174. Con razón dijo la Escritura: principio de todo pecado es la soberbia (Si 10,15) y en otra parte: Raíz de todo pecado es la codicia (1 Tm 6,10). Entendemos por avaricia el apetecer más de lo oportuno por la propia excelencia y por cierto apego al interés propio. Por eso la palabra privado indica más bien una privación o detrimento y no un incremento, pues toda privación es un menoscabo. Cuando la soberbia decae de lo común a lo propio, ese amor es ruinoso para ella misma. Porque el perverso amor a si propio le priva de la santa convivencia. Contraria a esa peste es la caridad, que no busca las cosas privadas, es decir, no se regocija en la excelencia privada (cf. Gen. literal 11,15,19). 175. La norma del amor es que amemos al hombre como a nosotros mismos, no como se ama a los hermanos, hijos, cónyuges, parientes y compatriotas. Este amor temporal es mera consecuencia del primer pecado. Por eso cuando la misma verdad nos llama a reintegrarnos a la

naturaleza prístina y perfecta, nos manda renunciar a las relaciones carnales. Lo cual no debe parecer inhumano a nadie. Más inhumano sería no amar al hombre por ser hombre, sino por ser hijo... Alguno dirá: «yo amo las dos cosas». Pero quizá Dios te dice: has de amar una sola, pues nadie puede servir dos señores (Mt 6,24). (89) Nadie puede amar bien la patria de destino, si no odia los estorbos que desvían de su ruta. El hombre ha de amar al prójimo como se ama a sí mismo y nadie es para si mismo padre, hijo, pariente, sino hombre a secas. Hay que amar la naturaleza humana, no la condición carnal. Todos somos hermanos bajo la paternidad de Dios, cuando le amamos y cumplimos su voluntad (cf. Verd. religión 46,88.89). 176. El amor filial es (4) con frecuencia un impedimento para la vida eterna. Tu madre no puede serlo mía, pero puede ser nuestra común hermana en Jesucristo. Ella debe estimar más el ser hija de la iglesia que el ser madre tuya... (5) Yo afirmo sin vacilar: el que ama a sus padres, los perderá. Hemos de suprimir ese afecto carnal con que los padres se apegan a si mismos y apegan a sus hijos al siglo... (9) También Jesús tenía madre y no obstante recusó como privado y propio el título materno que se le proponía, porque era terreno. También mandó que a nadie diésemos el nombre de padre sobre la tierra. Si amas de verdad a tu madre, mata el afecto carnal, pero con piedad, sin ser ingrato con los padres... (7) Porque en otro caso los transeúntes se burlarán de ti, diciendo: este también empezó a edificar y no pudo acabar (Le 14,28) (cf. Carta 243,3). 177. ¡Cuánta verdad es que el Reino de los cielos padece violencia y solos los violentos lo arrebatan (Mt 11,12)! Porque es menester harta violencia para odiar a los familiares

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más íntimos y amar en cambio a los enemigos. Y justamente el que nos llama al Reino de los cielos nos exige ambos extremos. El cumplimiento de esta orden es en sí difícil, pero es facilísimo con la gracia divina. Nos llama Cristo al Reino eterno y en él no hay ya lazos familiares que tengamos que odiar... (41) No se trata de odiar a las personas, sino los lazos temporales de esta vida. Así habrá que amar a alguien en cuanto es persona y odiarlo en cuanto amigo, si se opone a Dios. Como hay que amar al enemigo, no en cuanto es enemigo, sino en cuanto es hombre. Lo mismo acontece con el padre, la madre y demás vínculos de la sangre. En el Reino de los cielos nadie dice «Padre mío», sino «Padre nuestro», Dios. Nadie dice «Madre mía», sino «Madre nuestra», la Jerusalén celeste. Y nadie dice «Hermano mío», sino todos de todos «Hermano nuestro». (42) Por eso se llega hasta hablar de la propia alma en esta vida, es decir de esta vida misma (cf. Serm. Montaña 1,15,40). 178. Un mancebo dijo a Jesús: antes de seguirte voy a enterrar a mi padre. Jesús replicó: deja que los muertos entierren sus muertos (Le 9,59.60). Pero hay que recordar la última advertencia que hizo Jesús, cuando habló de abandonar la esposa, a saber: Por el Reino de los cielos (Mt 19,12). Esto significa que debemos amar y honrar a los padres, a los que, no obstante, despreciamos para entregarnos al anuncio del Reino de Dios. Lo cual no es linaje alguno de impiedad. Precisamente, cuando Jesús invitó al mancebo a que dejara todas sus posesiones para seguir el ideal evangélico, le había amado porque había guardado los mandamientos. Ahora bien, uno de esos mandamientos es: Honra a tu padre y a tu madre (Ex 20,12). Resulta claro

que se ha de honrar a los padres en la justa medida, y que conviene posponer este amor filial al amor divino, especialmente cuando los padres se convierten en impedimento para él (cf. Adimanto, 6). 179. Es Dios el que ha mandado que odiemos a nuestra propia alma. Las reservas que necesitas para edificar esta torre de la perfección no son otra cosa que la renuncia universal. Porque cuando renuncias a todo lo privado, odias no sólo a tu padre y a tu madre, sino a tu propia alma... (4) Bien sabes que lo que es privado de cada uno es lo que impide la consecución de lo común e imperecedero. Por eso ha mandado Dios que odiemos nuestra alma, es decir, que en ella odiemos el afecto privado y temporal y amemos en ella la comunión y convivencia de la que se dijo: Tenían un alma sola y un solo corazón en Dios (Hch 4,32). De esa forma tu alma no es un bien privado tuyo, sino de todos los hermanos. Y las almas de ellos son tuyas, o mejor dicho, las almas de ellos y la tuya no son muchas almas sino una sola, la única alma de Cristo... (5) Dijo el Señor: Quien ame su alma la perderá (Jn 12,25). Debemos, pues, renunciar el afecto carnal del alma, pues por ese afecto nos deleita la vida presente con detrimento de la futura. En cambio, el que perdiere su alma en este siglo, la recobrará en la vida eterna (Jn 12,25) (cf. Carta 243,3). 180. El que ame su alma, la perderá (Jn 12,25) Esto puede entenderse de dos modos. Primero: «Si la amas, la pierdes». Segundo: «No la ames para no perderla». El sentido de la primera fórmula es: si la amas, piérdela: la siembras aquí, y la recogerás allí, en el cielo. Si el labrador no pierde el trigo que siembra, no lo amará en la cosecha. En el segundo caso, el sentido sería este: «No lo ames para no

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perderla». Parece que los que temen morir aman su vida; pero si los mártires la hubiesen amado así, la habrían perdido. ¿De qué les sirviera conservar la vida aquí y perderla en el cielo? ¿Y qué aprovecha retener la vida aquí? ¿Retenerla hasta cuándo? Lo que retienes, se te escapa, mientras que lo que pierdes lo recobras en ti... (2,2) Pero el problema está en la causa, que dice: por mí; el que pierda su vida por mí... (3,2) En el calvario había tres cruces. La pena era semejante, pero la causa era muy diferente... (6,5) Un avaro y un mártir, ambos son mártires y repiten la misma fórmula: «por ti nos desvivimos cada día». Pero el uno es mártir del oro y el otro es mártir de Cristo (cf. Serm. 331,1,1).

4. Unidad en la variedad El monasterio agustiniano tenía que aceptar la situación. Por un lado eran increíbles las diferencias sociales de los religiosos: junto a un senador podía sentarse un liberto o un esclavo. Por otro lado, todos tenían que entregarse a la caridad para servir a la unidad monástica y a la unidad eclesial. Por eso la Regla tiene que conjugar ambos aspectos, lo que nunca fue fácil, aun en situaciones más suaves y uniformes. Todo tiene que ser común y sin embargo hay que dar a cada uno todo lo que necesita. Y su necesidad no es sólo material sino también espiritual, psicológica, intelectual, cultural o racial. Es claro que las mentes estrechas, incapaces de una organización pluralista y democrática optan, ya por la oligarquía política, ya por la demagogia insolvente e irresponsable. Esa estrechez mental fue siempre la ruina de las Ordenes religiosas.

El monasterio agustiniano se diferencia, pues, tanto del monasterio oriental como de la abadía medieval. Favorece el desarrollo de las personalidades fuertes, que enriquecen a la comunidad y no convierte al monje en una «idea» eterna e inmutable, que condena el «afán de singularidad» como una «caída» platónica. También favorece el servicio público a la iglesia local, y no convierte el monasterio en un castillo feudal, en el que la disciplina militar se sobrepone al espíritu de libertad del servicio libre del amor de Dios. Como se ve, esto es muy difícil de concebir y más aun de realizar, ya que supone una fe sin límites en la Providencia y un amor desbordante hacia los hermanos, monjes o seglares, católicos o donatistas, cristianos o paganos. Por su parte, el servicio de la Iglesia reclama a cada religioso la confesión de los talentos recibidos de Dios, y su puesta en común al servicio de la misma Iglesia, con independencia de la voluntad de los superiores y de los preceptos constitucionales. Estos habrán de acomodarse a la voluntad de Dios y no viceversa, todo lo cual es tan difícil de ser bien organizado, que podrían aducirse mil ejemplos a favor y en contra de esta libertad de espíritu o espíritu de libertad. 181. Los religiosos, reunidos en la vida común, castísima y santísima, pasan juntos el tiempo, entregados a la oración, a la lectura, a las conferencias, sin envidia ni obstinación, modestos, respetuosos y pacíficos. Los prepósitos se cuidan de que nadie tenga preocupación por su cuerpo, comida, vestido o cualquiera otra necesidad. Ellos se ocupan de eso con gran solicitud y diligencia (cf. Costumbres 1,31,67).

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182. Los hermanos que conmigo quieran convivir, espérenlo todo la misericordia divina. Quien se halle dispuesto a que Dios le alimente por ministerio de la Iglesia y a no poseer cosa privada, depositando todo en la masa común, quédese conmigo (cf. Serm. 335,4,6). 183. Los hermanos suelen venir de muy diferentes profesiones y géneros de vida y no pueden todos dedicarse al mismo oficio. Ese es el buen gobierno para que todas las cosas se realicen con orden, con justa distribución del cargar el espíritu con enredos y complicaciones (cf. Trabajo 18,21). 184. San Pablo nos amonesta a que nos desnudemos del hombre viejo y nos revistamos del nuevo y concluye exhortándonos: del mismo modo que antes llevasteis la imagen de Adán, llevad ahora la imagen de Jesús (1 Co 15,49). Para conseguir ese fin, hemos de dar de mano a los alicientes y trasladar nuestro afán a la esfera de lo divino e invisible... (20,37) Mientras el hombre vano sirve a la vanidad, el autentico varón toma señorialmente lo que necesita para desempeñar su vida y su ministerio... (31,66) No quiero hablar de los anacoretas que satisfechos con un poco de pan y un poco de agua viven en tórridos desiertos, entregados a la contemplación, porque no faltan quienes los acusan de haberse desentendido de las relaciones humanas algo más de lo justo. Estos acusadores no reparan en que los solitarios nos ayudan con sus oraciones y con su ejemplo... (2,13,27) Siempre que se hable de la templanza no se olvide lo principal, que es la intención, por la que se practican las abstenciones y los ayunos... (2,13,28) Catilina era ejemplar en resistir el frío, el hambre y la sed... (2,13,29) Y hay quien no hace al día sino una sola comida y es un sibarita, mientras otros hacen dos y son parcos y sobrios. El

alma no se mancha con la vianda sino con la gula. ¿Por qué hemos de reprender al que toma cualesquiera alimentos que le ponen delante y los contempla sin avidez alguna, dispuesto a tomarlos o dejarlos, o a hacer uso de ellos con absoluta indiferencia? (cf. Costumbres 1,19,36). 185. Tenemos que servir a Dios de balde y no por estos bienes que necesitamos para vivir, y mucho menos por los superfluos. Pero hemos de mantener la libertad de espíritu, sabiendo que la perfección no está en la abstinencia ni en la comida, sino en la ecuanimidad para tolerar la necesidad y en la templanza para no dejarse vencer por la abundancia. Hemos de ser señores para usar o no usar de aquello, cuyo uso es lícito y cuya concupiscencia es ilícita. No te preocupes por la calidad del alimento que tomas, mientras no llames la atención, mientras te acomodes a los que viven contigo. Tampoco te preocupes de la cantidad en las mismas condiciones. A veces encontramos personas cuyo paladar se satisface pronto y sin embargo son esclavos de torpes y violentas apetencias; hay, en cambio, otros que comen más, pero toleran mejor la estrechez; cuando les colocan delante los alimentos, no se abalanzan sobre ellos, sino que esperan y los contemplan con fría tranquilidad antes de tocarlos. Lo que interesa es, no el problema del alimento en sí, sino el conseguir una templanza fácil y serena (cf. Cuest. evang. 2,11). 186. Con la comida y la bebida reparamos las cotidianas pérdidas del cuerpo. Esta necesidad me es agradable y yo me debato con esta suavidad para no dejarme cautivar por ella. Con el ayuno le hago una guerra cotidiana y sin cesar reduzco mi cuerpo a servidumbre, aunque tenga que curar con ese inevitable placer mi decaimiento. El hambre y la

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sed son dolores: abrasan y matan como la fiebre, si no se acude con esa medicina del comer, que quita dulcemente los dolores. ¡Y a tan mísera necesidad se la llama «nuestras delicias»! (44) Pero Dios me ha enseñado a usar del alimento como de una medicina... (47) Sometido a esta tentación, lucho, pero no puedo renunciar totalmente como renuncié a la sexualidad. Sólo es posible mantener los frenos de la gula con templada condescendencia o restricción. ¿Y quién, Señor, no se deja llevar un tanto más allá de la necesidad? Quien lo logre es un gran hombre: que glorifique tu santo nombre. Yo no soy ese, ya que soy un pecador. Pero glorifico también tu nombre (cf. Conf. 10,31,43). 187. Una cosa es trabajar manualmente, dejando al espíritu en libertad para pensar, como lo hace el artesano, y otra es preocuparse de arbitrar ingresos como lo hace el mercader. Por eso el Apóstol dice a Timoteo: nadie entra en la milicia de Dios para enredarse luego en negocios seculares (2 Tm 2,4). Y a Tito: Distingue al abogado Zenón y a Apolo para que no les falte nada: que también los nuestros aprendan a distinguirse en las buenas obras para las necesidades usuales; así no serán infructuosos (Tt 3,13-14). El evangelista que no podía trabajar con sus manos era atendido por la comunidad. Eso no significaba «vender el evangelio», ni era mendicidad, sino potestad y derecho (cf. Trabajo 15,16). 188. No se trata de la riqueza material sino del espíritu de pobreza. Hay ricos que administran bien y serán contados entre los pobres. Y hay pobres presuntuosos y codiciosos. Pero todos pueden ser humildes de corazón y reunirse en la caridad, tengan lo que tengan en este mundo. Dios contará a todos los buenos entre los pobres suyos, a los que sacia de pan (cf. Com. Sal. 131,26).

189. Job era pobre aun antes de perder sus riquezas. Recuerdo esto porque hay algunos que están mejor dispuestos a distribuir su hacienda a los pobres que a hacerse ellos mismos pobres de Dios. Están llenos de jactancia, creyendo que deben atribuir su recta vida a sí mismos y no a la gracia de Dios. Por eso tal vida no es recta aunque parezca que se ejercita en obras buenas... Los tales son ricos de sí mismos, no pobres de Dios. Están embriagados de sí mismos, no sedientos de Dios {Com. Sal. 71,3). 190. Jesús podía haber obligado a los ángeles a que le sirvieran. En cambio, aceptó algunos fondos que los fieles le ofrecían para sus necesidades y se los encomendó a Judas. Así nos enseñó a tolerar a los ladrones cuando no podemos evitarlos. Permitió que unas buenas mujeres le administraran lo necesario y advirtió la obligación que tiene el pueblo de suministrar lo necesario a los predicadores y ministros de Dios (Trabajo 5,6; cf. también 11,12). 5. Pobres y ricos Es difícil conseguir una vida común igualitaria, sin caer en la vulgaridad del hombre masa y del monje masa, que espera su oportunidad para sacudir el yugo. Al renunciar al mundo y celebrar el holocausto de un egoísmo mal entendido, se corre siempre un riesgo. Habrá «señores» que buscan criados a bajo precio, y habrá criados y malos administradores que defraudan al amo. La insistencia de la Regla en este punto indica que el mundo de entonces era como el de hoy. No se necesita poseer nada para tener alma de propietario, y no se necesita una administración pingüe para sisar y regatear al por menor o al por mayor. El nuevo pobre y el nuevo rico tienen que

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afrontar, al ingresar en un monasterio, una situación duradera que será una perpetua tentación. El mohín displicente del ex-senador y el ademán relamido del ex-criado deberán ser abrasados en la hoguera y en el holocausto que reclama el fuego del Espíritu Santo. No se trata sólo ni principalmente del aspecto social, sino del aspecto personal. Hay superdotados y desheredados, extrovertidos e introvertidos, vitalidad exhuberante y anemia psíquica, formación afortunada y diamantes sin desbastar. Surgen fácilmente complejos de superioridad o de inferioridad con su picaresca correspondiente, que constatan los confesores y los psiquiatras. Más aun: la picaresca puede revestir formas agudas. Hay por ejemplo, un refrán que dice: «si éstas en comunidad, no muestres habilidad», aludiendo a que serás víctima de tus habilidades. Pero hay otro refrán que dice: «No des el paso más largo que la pierna», aludiendo a la ambición de sobrecargarse con funciones excesivas o sutiles. San Pablo corregía diciendo: llevad los unos las cargas de los otros (Ga 6,2), como corrección de ambos extremismos. Porque hay una filosofía en el dar y en el recibir, que define al hombre recto, al que ayuda al inferior y al que, al dejarse agasajar, hace un servicio al superior. En ambos casos puede haber extremismos encontrados. Puede haber orgullo en el que da y en el que recibe, o se niega a recibir. Y puede haber humildad en el que sirve y en el que se deja servir. Sería lamentable que alguien, que pretende llamarse siervo de Dios, viniera a anclar en la áurea mediocritas de las democracias gregarias y de las sociedades de consumo, satisfaciéndose con una ne quid nimis egoísta, que no es la paz de Cristo. El actual hombremasa, henchido de positivismo y juridicidad, ha inva-

dido todos los tejidos de la masa social y los monasterios no son ninguna excepción. Pero nada hay más contrario a la desolación intrínseca, y a la inquietud cordial que predicaba san Agustín, y que se manifiesta en la ausencia de oración y en el estancamiento espiritual (desolatam te esse memineris, inquietum est cor nostrum). Vivir lleno de esperanzas es vivir vacío de realidades terrenas y de seguridades sociales. La vida del monje será ardua y áspera, si es auténtica: la vida fácil no es religión, sino mixtificación o capitulación. ¿Qué otro sentido pueden tener hoy las abundantes deserciones y abandonos? El mundo trabaja bien: con ofrecer un cebo satisfactorio tiene suficiente para derribar incluso a algunos cedros del Líbano.

191. Los Apóstoles quedaron desolados, al oír que el entrar un rico en el Reino de los cielos era más difícil que hacer pasar un camello por el ojo de una aguja. Pero Jesús les advirtió que lo que es imposible para el hombre es fácil para Dios y así envió al rico Zaqueo al Reino de los cielos. Resucitado y glorificado, después de la Ascensión, hizo que muchos ricos desdeñasen este siglo, repartiéndoles el Espíritu Santo y aún los hizo más ricos poniendo fin a sus codicias de riqueza. ¿Cómo te preocuparías tú de orar a Dios, si no esperases nada de él? ¿Y cómo esperarías en él si confiaras en lo incierto de las riquezas y despreciases el precepto del Apóstol? (1 Tm 6,17-19)... (2,3) Debes pues, por el amor de la vida verdadera, considerarte desolada en el siglo, sea cualquiera la felicidad que te rodee... (2,4) Parece que los hombres buenos brindan en esta vida no pequeños consuelos. Cuando la pobreza aprieta y el luto entristece, y el dolor corporal atormenta y acongoja la

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soledad, cuando cualquier calamidad angustia, hay hombres buenos que no sólo saben alegrarse con los que se alegran, sino también llorar con los que lloran (Rm 12,15), y que saben hablar y conversar amablemente. Suavizan no poco las asperezas, alivian las cargas, ayudan a superar las adversidades. Pero en ellos y por ellos obra Aquel que los hace buenos con su Espíritu... (2,5) En esta tiniebla de la vida presente, en la que peregrinamos lejos del Señor, mientras caminamos por la fe y no por la visión (2 Co 5,67), debe el alma cristiana considerarse desolada para que no cese de orar (cf. Carta 130,1,2). 192. No se promete la corona de la victoria sino a los que combaten y en la Sagrada Escritura se nos promete con frecuencia la corona si venciéremos (2 Tm 4,7). Tenemos, pues, que conocer al enemigo para vencerle y alcanzar la corona. Es el diablo a quien ya venció Cristo. Se le vence, cuando se renuncia de todo corazón a este mundo, pues entonces se renuncia al diablo que es el príncipe de este mundo. Eso es tanto como renunciar a las corruptelas y pompas mundanas y por eso dijo también Cristo: Sabed que yo he vencido al mundo (Jn 16,33). (2,5) Pero, ¿cómo podemos vencer al diablo, a quien no vemos? Venciendo las apetencias que tampoco vemos. Al derrotarlas dentro de nosotros mismos, vencemos al diablo que reina mediante ellas en el hombre (cf. Combate 1,1). 193. He ahí un pobre que ora en alta voz y así podemos oirle y verle. ¿No será Cristo? Pero Cristo es muy rico. Se hizo pobre por nosotros, siendo rico (2 Co 8,9). Fue hecho por él todo lo que enriquece a los hombres: oro, plata, familia, hacienda, ingenio, memoria, virtud, vida, salud, sensibilidad, complexión, y todavía más: piedad, fe, justi-

cia, caridad, castidad, virtudes, ¡Cuánta riqueza! ... No parece ser un pobre, pero investiguemos mejor. En efecto, el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1,14). Escucha lo que dice el salmo: Siervo tuyo soy, hijo de tu esclava (Sal 117,7). Contemplad aquella esclava casta, virgen y madre. En ella recibió él nuestra pobreza, pues en ella se revistió de la forma de esclavo, aniquilándose a sí mismo. Lo hizo para que no te asustaran sus riquezas, ni rehusaras acercarte a él en tu mendicidad (cf. Com. Sal. 101,1). 194. Un cristiano nunca debe sentirse rico. Mientras acá vivimos, somos pobres y menesterosos, no sólo de las autenticas riquezas, sino de todo, hasta de la salud. Aunque en la apariencia estemos sanos, en la realidad vivimos enfermos. El cuerpo está sometido al hambre y a la sed; se fatiga en la vigilia, por estar de pie o sentado, por caminar y hasta por comer. Cuando alivia su fatiga, halla un nuevo principio de fatiga. Aquí no hay riqueza, sino mendicidad... (12) Llamamos riqueza a cualquiera cosa. Decimos: «ese es muy rico, no le falta nada de nada». Y nada le faltaría, si nada deseara. Pero desea más de lo que tiene y su riqueza provoca su pobreza, su codicia (cf. Com. Sal. 122,11). 195. ¿Por qué se dice que alguien «corrige su corazón»? Porque quizá pensaba servir a Dios para obtener ventajas temporales. Ahora se corrige a sí mismo: reconoce el verdadero valor del servicio de Dios. Antes le adjudicaba un precio mísero, pues se creía pagado con una felicidad terrena. Ahora comienza a adivinar lo que allá arriba se está preparando para los siervos de Dios, cuando le mandan elevar arriba el corazón y él responde que ya lo ha hecho (Serm. 19,5).

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196. Muchos vienen al monasterio desde un estado pobre. Es cierto que Dios escogió a los desheredados para confundir a los potentados (cf. 1 Co 27-29). Por este santo pensamiento no hay que poner obstáculos a la entrada de los pobres. Pero estos no podrán excusarse de trabajar según sus fuerzas... (25,32) Y me dirá alguno: «¿Otra vez le mandas vivir entre preocupaciones?». Pero yo pregunto a mi vez: ¿Quién siguió al Señor con un paso más ágil que el apóstol Pablo? Pues bien, él afirmó: no he corrido en vano, no he trabajado en vano (cf. Trabajo 22,25). 197. El afecto carnal se rinde a los halagos y se deja resbalar suavemente hacia el bienestar. Pero tú recoge los pliegues de tu amplia vestidura y cíñete con la virtud. Toma tu cruz y sigue al Señor (cf. Mt 16,24)... (6) Dios te prestó la vida y se la tienes que devolver. Si te das cuenta de esto, has recobrado tu alma; si no lo adviertes, tienes el alma perdida... (7) Piérdela, pues, ahora por Cristo, ya que nadie podra encontrarla en Cristo, si primero no la pierde en él. La simiente que se pierde al sembrar se recupera más tarde en la era... Lo que tú llamas perder es depositar en manos del Creador (cf. Serm. 344,3). 6. La motivación bíblica: «Así leéis en los Hechos de los apóstoles». El entusiasmo lleva a Agustín a recordar constantemente la teología de Pentecostés, sin precisar la raya entre el consejo y el precepto, entre el carisma y la fe, entre el monje y el seglar. La primitiva comunidad de Jerusalén es carismática, pues las otras iglesias tienen otro genero de vida; se atiene a un consejo, no a un precepto, y desde luego es un desprecio

olímpico de la economía. Eso lo reconoce fácilmente san Agustín. Pero piensa que en el fondo se trata de un ideal y por lo mismo de una norma, a la que se debe aspirar en lo posible. Cierto que las demás iglesias tuvieron que socorrer a la de Jerusalén, pero también necesitaban los misioneros que ella les enviaba, entablándose así un «comercio de caridad». Es verdad que se trata de un consejo, contra lo que piensan los pelagianos, que condenan a todos los ricos, pero los consejos se dan para vivirlos, no para ridiculizarlos. También es verdad que se trataba de un carisma pentecostal, pero ¿dónde está la raya entre la gracia divina y el carisma divino, cuando se trata de la utilidad de la Iglesia? Por otra parte, la tradición sapiencial arrastraba también a san Agustín. En sus comienzos pensaba en los pitagóricos y platónicos. El ejemplo de los cínicos hacía decir a Juliano el Apóstata que los monjes eran los cínicos del Cristianismo. San Jerónimo mismo recordaba que Crates y muchos otros filósofos habían despreciado las riquezas, y que lo que les distinguía de los cristianos radicales era el seguir a Cristo, no el dejarlo todo. La evolución teológica de san Agustín cambiaba las motivaciones. Al colocar el Reino de Dios, por el que se acepta el monaquisino, en el Cuerpo de Cristo, o en el Cristo Místico, la institución pública y eclesial mantiene el heroísmo o santidad de la Iglesia, una vez que la paz de Constantino ha rebajado el nivel heroico, y los arribistas han ingresado en masa en la Católica. Porque ahora los héroes son, como los mártires, un mero recuerdo, digno de una veneración que con frecuencia es un nuevo espectáculo lamentable, y a veces es fuente de fanatismo, como se aprecia en la iglesia africana. Meditando esto,

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comprendemos la insistencia de san Agustín al exhortarnos a la perfección todo lo posible, presentado el monaquismo como «puro evangelio» y no como contraposición al evangelio. Más todavía, con la evolución de Agustín, el monaquismo es obra de la predestinación divina, de la gracia divina, actividad cristológica y pneumática, que mantiene en la iglesia un perpetuo Pentecostés. Su constante preocupación es que el monje o la monja no se engrían considerándose privilegiados o independientes y selectos. De ahí su ironía un tanto ruda contra los giróvagos, contra los prófugos, contra los tibios, contra los calumniadores. En suma, el entusiasmo de san Agustín fue creciendo tanto más cuanto más meditaba la Biblia, y especialmente cuanto más meditaba el mensaje de Cristo al pueblo cristiano, y la deplorable realidad que contemplaba. Sólo el monaquismo podía realmente reformar la Iglesia. 198. Una vez ordenado de sacerdote, organizó un monasterio dentro de los solares de la Iglesia, y comenzó a vivir con los siervos de Dios según el modo y la regla tomada de los santos Apóstoles (Hch 4,32); y lo fundamental era que nadie poseyese nada propio en aquella sociedad, sino que todas las cosas fuesen comunes y se repartiese a cada uno según la conveniencia. Así lo había practicado ya él, al volver a su país desde ultramar (PosiDIO, Vida de san Agustín 5). 199. No os angustiéis diciendo: ¿qué comeremos?... Buscad primero el Reino de Dios y su justicia. Aquí muestra que no debemos apetecer estas cosas transitorias de modo que hagamos el bien para alcanzarlas, aunque son necesarias. Pone en evidencia la diferencia entre lo bueno que

tenemos que apetecer y lo necesario que tenemos que tomar. El Reino de Dios y su justicia son nuestro bien y eso es lo que hemos de apetecer poniendo en ello la finalidad de todo lo que hacemos. Sólo que militamos en esta vida, camino del Reino, y necesitamos estas cosas transitorias que se nos darán por añadidura. Y aun esto que es necesario se ordena a lo otro que es primero... (16,54) Por ejemplo, no debemos evangelizar para comer, sino comer para evangelizar. Si evangelizamos para comer, subordinamos el evangelio al alimento, y entonces lo apetecible es el alimento y lo necesario es el evangelio. El Apóstol renunció a su mismo derecho para no dar ocasión de que se creyera que vendía el evangelio... (17,57) Hay que evitar, sin embargo, que, si vemos a un siervo de Dios que se procura lo necesario para sí o para los que están encomendados, crea que contradice al evangelio, como se ve en el ejemplo de Cristo y en las colectas de san Pablo. Porque una cosa es procurarse lo necesario y otra subordinar a eso el Reino de Dios y su justicia (cf. Serm. Montaña 11,16,53). 200. El Espíritu Santo nos llama y congrega a los religiosos. Esta unidad tuvo su símbolo en Pentecostés. Sobrellevaos, pues, mutuamente con amor (Ef 4,2), ya que es el Espíritu Santo quien establece la paz y unidad entre vosotros a pesar de ser innumerables. Y pues él nos reúne en uno, nos reúne en la unidad del Cuerpo de Cristo, en la que participamos con humildad (cf. Serm. 270,6). 201. Vosotros, hermanos, miembros del Cuerpo de Cristo, gérmenes de unidad, hijos de la paz, celebrad alegres este día de Pentecostés. Celebradlo seguros, ya que hoy se cumple en vosotros lo que se prefiguraba en aquel día, cuando descendió el Espíritu Santo. Quienes lo reci-

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bieron entonces se convirtieron en una sola persona, que hablaba los idiomas de todos los pueblos. Así también ahora es la misma unidad la que habla todo los idiomas. Y vosotros, instalados en esa unidad, poseéis el Espíritu Santo, ya que no os separáis por cisma alguno de la Iglesia de Cristo que habla todas las lenguas (Serm. 271) 202. Esto que con la autoridad bíblica se nos enseña e informa, debería bastar como ejemplo de abandono de todas las pretensiones egoístas y como aceptación del trabajo de manos. ¿Acaso no vemos la humildad que necesita un rico para someterse a la disciplina monástica? Si alguien viene desde la pobreza, no piense que hace ahora lo mismo que antes hacía. Ha renunciado al interés privado y ahora no busca su interés, sino el de Jesucristo (cf. Flp 2,21). Ha entrado en la caridad de la vida común para vivir en comunidad con aquellos que tienen una sola alma y un solo corazón en Dios (Hch 4,32) (cf. Trabajo 25,32).

CAPITULO SEXTO

HUMILDAD Y SOBERBIA (Regla I, 7-9) 1. La humildad Las motivaciones de la humildad son muy variadas en san Agustín y fueron evolucionando con él mismo. La nobleza, la riqueza, la dotación personal, nos elevan a nuestros ojos y a los ajenos. Parece normal que sean orgullosos los potentados, ricos, fuertes y superdotados. ¿Cómo evitar las comparaciones? Sin duda cuando se reflexiona bien, el orgullo es una mentira, una falacia, un latrocinio, pues el hombre nace desnudo y todo lo recibe. Pero la experiencia demuestra que el egoísmo trata con frecuencia de desbordarse, llevando al orgullo, a la prepotencia y a la hybris. La privación, la pobreza, el desamparo encierran también su correspondiente peligro de orgullo, ya que hay en el hombre un instinto de compensación y supercompesación que brota de un complejo de inferioridad, como una protesta y una venganza. Así fue san Agustín recorriendo las motivaciones psicológicas y sociológicas al principio de su carrera. La soberbia engendra la envidia, y ésta la discordia, y así se constituye el trío de furias de la sociedad humana. La progresiva lectura de la Biblia fue poco a poco enriqueciendo las motivaciones. El desamparo radical del hombre frente a Dios hace que la humildad

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sea lo primero y lo segundo y lo tercero. Dios lo da todo, pero se reserva su gloria. El yugo de la fe nos impone un rationabile obsequium, un sacrificio de la razón. El pecado, que habita en nosotros, es una de las raíces de la raíz, es decir, de la libertad, y nos condiciona con una inclinación al mal, lo que nos hace desear la contrapartida de la otra raíz que es la gracia. Pero la ignorancia y la concupiscencia nunca desaparecen del hombre, pues son constitutivas de su segunda naturaleza, y eso nos humilla, pues nos estampa en la frente el tau, el inri del pecado original. Nuestra misma dependencia de la iluminación del Verbo y luego de la encarnación y de la incorporación al Cuerpo de Cristo nos humilla también, pues manifiesta nuestra impotencia radical, ya que sin Cristo nada podemos hacer para la salvación. Y el ejemplo de humildad que nos da el mismo Cristo, su kénosis, nos arrebata toda excusa de orgullo. ¿Quién puede sentirse orgulloso decentemente frente a un crucifijo? En suma, el hombre es un abismo de miseria que clama frente al abismo de la misericordia divina, y esto de un modo radical y constitutivo. Lo cual quiere decir que ese abismo no trata de reclamaciones, de derechos, o de protestas del hombre reducido a la total mendicidad y dependencia de criatura, sino de clamar silenciosamente con su mismo desamparo, confesando simplemente su miseria y la misericordia divina. Y sin embargo, la insistencia continua de san Agustín muestra que el combate de la humildad es arduo, áspero y doloroso. Las aplicaciones al monaquismo son comprensibles; quizá el monje, al ingresar, asciende de categoría social; quizá siente una oculta jactancia, al creerse superior a los demás, protector, paternalista, olímpico y fatuo; quizá adquiere en el monasterio el orgullo del "«nosotros», peor aun que el del «yo», al considerar su corporación como miembro distinguido en el

Cuerpo de Cristo, o en el servicio de la Iglesia . Por todo lo cual organiza san Agustín toda una filosofía y teología de la humildad. 203. En Cristo se nos dio un ejemplo de vida, esto es, un camino seguro de llegar hasta Dios. Sólo podíamos volver a él por la humildad, pues nos descaminamos por la soberbia... Nuestro Salvador nos mostró ese su camino, en su propia persona, para poder volver a Dios (Fe y Símbolo 4,6). 204. Sólo cuando has cimentado bien, puedes atender a la altura del edificio: por el fundamento puedes calcular esa altura. La fe va unida, pues, a la humildad. El conocimiento, la inmortalidad, la eternidad no van unidas a la humildad, sino a altura, elevación, estabilidad, firmeza eterna, fortaleza inexpugnable y seguridad. Es grande ese cimiento que demanda la fe, pero suele desdeñarse. Los ignorantes suelen menospreciar los cimientos de los edificios. Se abre una fosa grande, se colocan las piedras, al parecer de cualquier modo, sin pulimentar ni embellecer. Tampoco las raíces de los árboles ostentan hermosura alguna: pero todo lo que en el árbol te deleita viene de la raíz (Job 40,8). 205. [Puesto que este edificio de la castidad es tan noble, es preciso recomendar la seguridad de la humildad]. Los que profesan la continencia perpetua son más perfectos que los casados, tanto por el voto como por el premio, pero por eso mismo se les recomienda: cuanto más alto eres, tanto más has de humillarte y hallarás gracia ante Dios (Si 3,20). Se dan las medidas de la humildad según las

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medidas de la altura. Por eso es un gran peligro la soberbia que acecha a los más grandes. Y a la soberbia le sigue la envidia, su hija y compañera, y con ellas va el diablo. Por eso la milicia cristiana combate a la soberbia y adiestra a la humildad para que fomente y guarde la caridad. [Cristo, doctor de la humildad, insiste tanto en ella, que sería necesario escribir un libro entero sobre esto] (Virginidad 31,31). 206. Yo buscaba un camino para cobrar fortaleza que me hiciese capaz de gozar de ti. Y no lo hallé hasta que me abracé al Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús (1 Tm 2,5)..., el cual me llamaba y me decía: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14,6). Él era ese alimento del que yo era incapaz, pero mezclado con la carne. Porque el Verbo se hizo carne para amamantar nuestra infancia con aquella sabiduría con que tú, Señor, creaste el mundo. Yo no me adhería con humildad al humilde, a mi Señor Jesús, ni comprendía qué lección me estaba dando su debilidad. Porque tu Verbo, eterna Verdad, sobresaliendo en las partes superiores de tu creación, levanta a los subditos hasta Sí mismo. Pero en las partes inferiores se edificó con nuestro barro una casa humilde, mediante la cual tenía que abatir de sí mismos a los que iba a asumir: así los incorporaba a Sí mismo, sanando su orgullo y fomentando su amor para que no se degradasen más fiándose de sí mismos, sino que se humillaran viendo a sus pies la divinidad abatida por la participación en nuestra mortalidad. Así cansados descansarían en ella y ella, al levantarse, los alzaría consigo (Conf. 7,18,24). 207. ¿Quieres ser grande? Comienza por lo ínfimo, el cimiento de la humildad. Cuanto más alto haya de ser el

edificio, más profundos han de ser los cimientos. Cuando se construye la fábrica, ésta sube hacia lo alto, mientras los que ponen los cimientos ahondan hacia abajo. La fábrica se hunde, antes de ser levantada, y se erige después de su humillación. (4)... Tú tienes que edificar hasta la presencia de Dios, hasta ver a Dios. Y como está muy alto, piensa en la profundidad del cimiento. Aprende de él mismo. Cava en tu interior un profundo cimiento de humildad y llegarás a las alturas de la caridad (Serm. 69,2). 208. El primer camino es la humildad. El segundo es la humildad. El tercero es la humildad. Y cuantas veces me interrogues, otras tantas te daré la misma respuesta. Hay otros preceptos, pero de nada sirve cumplirlos cuando se carece de la humildad. Todos los vicios se nutren del pecado, pero la soberbia se nutre de la misma virtud (cf. Carta 118,3,22). 209. Mientras vivas en el mundo, nunca estarás seguro, nunca serás perfecto. Nuestra perfección es la humildad. Para que el mismo san Pablo no se ensoberbeciese se le dio el ángel de Satanás. Si os mantenéis en la humildad, el Señor os revelará la sabiduría, pues da su gracia a los humildes (cf. Com. Sal. 130,14). 210. Cabeza es la soberbia de todas las enfermedades, porque es la cabeza de todos los pecados. El médico diagnostica, pero nada hará si no ataja la causa, que volverá a reproducir la enfermedad... Elimina tu soberbia y habrás curado tus enfermedades. ¿Por qué se hizo humilde el Hijo de Dios? A ti no se te pide que te hagas irracional, sino que te reconozcas tal cual eres. Toda tu humildad no será otra cosa que la pura verdad (Trat. ev. Jn. 25,16).

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211. Desdeña la fatuidad de los orgullosos... (3,2) Pero al pisotearla, sé humilde, no sea que te caigas también de tu altura. Escucha que te dicen «¡Arriba el corazón!». Todos los orgullosos tienen arriba el corazón, pero no hacia Dios, sino contra Dios. Ten arriba el corazón, pero «en el Señor»; y el sostendrá tu corazón para que no caiga a tierra (Serm. 25,2,2). 212. No nos manda Dios quemar las riquezas; nos indica donde hemos de colocarlas. Todos piensan en su tesoro y siguen el camino de la riqueza con el corazón. Los cristianos saben lo que han profesado. Si colocan su tesoro en la tierra, entierran el corazón; si lo colocan en el cielo, el corazón subirá al cielo. No todos los que oyen decir «¡Arriba el corazón!» entienden el sentido de esa fórmula. Y ojalá que los que lo entienden no lo entiendan en vano. Quien quiera tener arriba el corazón ha de tener arriba lo que ama. Así habitará con su cuerpo en la tierra, pero con su corazón habitará en Cristo. Cristo nos precedió, subiendo al cielo. También el corazón del cristiano debe preceder al cristiano en su ascensión. Detrás del corazón irán todos los miembros (Serm. 86,1).

una empresa casi sobrehumana. Poseer y no sentirse poseído es un heroísmo extraordinario. Por eso renunciamos hasta a las esperanzas de lo que podíamos adquirir. Pero cabe una doble posibilidad: quizá el esclavo que ingresa en el monasterio se sienta de pronto enaltecido y eso le provoque la ambición y la complacencia ridicula de los nuevos ricos. Cabe también que quien dejó sus bienes al monasterio o a los pobres sienta la complacencia de una generosidad filantrópica, la autosatisfacción de la jactancia secreta. Por eso la Regla previene contra ambos escollos, que surgen en la misma entrada del puerto de la vida religiosa como Escila y Caribdis. Las estadísticas demuestran que existe una estrecha relación entre el bajo nivel económico social y el número de vocaciones religiosas. Es normal que el monasterio aparezca como una situación preferible a la pobreza, al trabajo duro, a la inseguridad, a la injusticia, y al anonimato de la ignorancia. San Pablo recuerda que la primitiva iglesia se nutría de pobres, y san Agustín repetía lo mismo. Había una larga tradición bíblica acerca de los «pobres de Yavéh». Si este hecho es normal, es en realidad un bien y no un mal. Una iglesia que cubre los puestos de su clero en las clases populares será siempre más fuerte y realista que si se nutriera de las clases elevadas. Pero el riesgo está ahí: quizá en lugar de una renuncia, la vocación significa un negocio disimulado. Y eso mismo acontece, en el caso contrario, con los que renuncian a sus bienes, pero no a su alma de propietarios. Es fácil que logren los primeros puestos, y que en su lenguaje demuestren su alma de propietarios. ¡Cuántos funcionarios y cuántos llamados «superiores» demuestran en su lenguaje esa mentalidad de que dan, de que ceden, de que «se rebajan» o «condescienden»! ¡Cuántas frases estereotipadas, puestas en boca de los superiores y

2. La ambición y la jactancia secretas. El religioso necesita utilizar cosas de la tierra. Pero se le encarga que no las ame, que no se haga esclavo de ellas, que las use con cautela y prudencia cristianas. No son las cosas terrenas las que envenenan el corazón, sino las apetencias terrenales, y de ellas ha de curarnos el Espíritu Santo. La vida religiosa comienza por dejar efectivamente los haberes, porque el dejarlos afectivamente, cuando se poseen, es

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encargados, demuestran que no se trata de un riesgo ficticio o raro, sino de una realidad lamentable! Las jerarquías, las curias, los consejos, las administraciones, los servicios dan a veces la impresión de que las comunidades, en lugar de «dirigentes», han logrado oligarquías de «selectos y privilegiados», que representan a Dios exclusivamente, mientras que el resto de la comunidad no representa a nadie, ni representa nada, como desheredados. 213. Dijo el Apóstol: El que no quiera trabajar que no coma (2 Ts 3,10). Pero eso puede contradecir al evangelio, en que dice el Señor: No os preocupéis pensando qué comeréis, qué beberéis o qué vestiréis (Mt 6,25-34). Por lo tanto el Apóstol se refería a las obras espirituales, de las que dice en otro lugar: cada uno, según el don que recibió de Dios (1 Co 3,5). Lo que importa es la edificación del prójimo, y a eso atendemos nosotros. Vivimos con los hermanos, que vienen a nosotros fatigados por el trajín del siglo para encontrar entre nosotros reposo en la oración, en la recitación de salmos, himnos y cánticos espirituales. Les hablamos, les consolamos, les exhortamos, edificando en ellos, cuando descubrimos que algo les falta en su modo de vivir según su posición. Si no hiciésemos estas obras, peligraríamos al recibir del Señor los mismos alimentos espirituales, y a eso se refería el Apóstol, al decir: el que no quiera trabajar, que no coma. Así hablan los que no quieren trabajar manualmente... (2,3) Pero olvidan que Cristo hablaba figuradamente en parábolas y semejanzas para referirse a preocupaciones espirituales, mientras que el Apóstol habla propiamente del trabajo y del alimento corporal (cf. Trabajo 1,2).

214. Dios había constituido a san Pablo predicador, soldado, plantador de la viña, pastor del rebaño, estableciendo que viviría del evangelio, pero él renunciaba a su derecho por las razones que aduce... (10,11) No tenía, pues, obligación alguna de trabajar corporalmente, pero tenía en cuenta a los suspicaces que podrían pensar que «vendía el evangelio», ganándose una vida holgada a costa del evangelio... (11,12) Llama, pues, «débiles» a tales suspicaces y se hace débil con los débiles... (12,45) El Apóstol trabajaba día y noche (1 Ts 3,8); en cambio éstos, que parecen muy ocupados y atareados, y preguntan cuándo trabajaba manualmente el Apóstol, ¿qué es lo que hacen? Sabemos que se han reunido en una santa sociedad, pero muy tranquilos. ¿Podrán compararse con san Pablo? (cf. Trabajo 3,4). 215. Pablo recomienda el trabajo manual a los siervos de Dios, pero quiere que los fieles suplan lo que necesiten, pues por diferentes causas el trabajo manual de los monjes no es suficiente, ya que se trata de trabajos que puedan realizarse sin preocupación y sin codicia... (16,17) Esa colaboración más ayuda al que hace la limosna que al que la recibe como suplemento de una necesidad, no como fomento de la pereza... (16,19) Tal colaboración es necesaria y providencial, ya que entre los siervos de Dios hay enfermos, hay ocupaciones eclesiásticas y hay un apostolado de enseñanza que aminora el valor económico del trabajo... (17,20) El trabajo manual del monje es compatible con la presencia de Dios... (18,21) Es verdad que algunos monjes enseñan, predican, disputan, pero son los menos. Y si fuesen todos, deberían turnarse para atender a todo... (19,22) Y menos mal, si esos débiles juzgasen mejores a los que trabajan. Pero se engañan y tratan de engañar a los

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demás alegando que los siervos de Dios son tanto más santos cuanto más perezosos. Si alegaran su incapacidad, habría que tratarles humanamente; aunque esa debilidad fuese ficticia, habría que dejarles al juicio de Dios. En ningún caso se establece una regla perniciosa. Pero estos que quieren establecer esa norma espiritualista engañan a los débiles. Estos hermanos podrían tener razón, si fueran evangelistas, ministros del altar, dispensadores de los sacramentos. ¿Pero es así? (cf. Trabajo 15,16). 216. Quizá algunos poseían en este siglo bienes con los que podían sustentarse sin el trabajo manual, y los repartieron al ingresar en el monasterio. Habrá entonces que creer en su debilidad y tolerarla, pues fueron educados, no mejor, como muchos piensan, sino más sofisticadamente. Quizá hubo muchos de estos en la primitiva comunidad de Jerusalén... (21,25) Pero ahora llegan a esta profesión del servicio de Dios, ya los esclavos, ya los libertos, desde una vida rústica y artesana, desde un trabajo plebeyo, con una educación más feliz por ser más dura. Sería un grave delito el no admitirlos, ya que muchos de ellos han sido distinguidos y dignos de imitación, ya que a los débiles del mundo eligió Dios (1 Co 1,27). Cuando ingresan, nunca se sabe si vienen a servir a Dios, o huyendo de su situación desvalida y laboriosa para hacerse alimentar, vestir y honrar por aquellos que antes solían despreciarlos y pisotearlos. Estos tales, ¿cómo podrían excusarse del trabajo manual?... (22,26) Pero ya que su cultura es escasa, pueden ser fácilmente engañados y llevados a proclamar la pereza como conservadora del evangelio, y a acusar a la misericordia como prevaricadora contra ese mismo evangelio (cf. Trabajo 20,23).

217. Citan el evangelio para hablar de las aves que no siembran ni siegan (Mt 6,26). Pero esas aves no guardan en su despensa. Estos, en cambio, procuran tener llena la despensa. Guardan lo que toman del trabajo ajeno para consumirlo cada día. Eso no lo hacen las aves (cf. Trabajo 23,27). 218. Y no es que se prohiba guardar nada para mañana. Pero alguien dirá: «¿Qué ventaja logra el siervo de Dios, al dejar el trabajo del siglo, al sentar plaza en esta milicia y vida espiritual, si tiene que ejercer un oficio de artesano?». Desde luego, eso es lo que Cristo dijo al joven del evangelio, si quería ser perfecto (Mt 19,21), y lo que prescribió y cumplió san Pablo, que manda trabajar (Flp 2,16). Esos ejemplos deberían bastarnos. Pero quizá nosotros podemos alegar las ventajas que se demandan. Si un rico se hace pobre y trabaja para comer, ¿quién será tan dejado de la mano de Dios, que no vea una mejora? Y si se trata de un pobre, no se crea que hace lo que hacía y que en nada ha cambiado, al no buscar su interés sino el de Jesucristo (Flp 2,21). El rico que ingresó y trabaja quita toda excusa a los pobres que ingresaron. Si esos ricos, por su delicada educación no pueden trabajar manualmente, no se les debe obligar, pero se les buscarán en el monasterio otras ocupaciones para que tampoco ellos coman a traición el pan, que es ya el pan común. Han entrado en aquella sociedad de caridad y santidad, que tenía una sola alma y un solo corazón en Dios, de modo que nadie tenía nada propio sino que todo era común (Hch 4,32).., (33) Por eso, si los que entraron pobres se niegan a trabajar que no coman. En esta milicia cristiana, no se humillan los ricos en su piedad para que los pobres se levanten en su orgullo.

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Es, pues, indecente que en esta vida en que los senadores se hacen laboriosos, los pobres se hagan ociosos; y que los que llegan aquí dejando sus posesiones y delicias de señores, se hagan los rústicos delicados (cf. Trabajo 25,32). 219. ¡Oh siervos de Dios, soldados de Cristo!, ¿por qué encubrís las asechanzas del astuto enemigo, el diablo, que con sus hedores trata de contagiar vuestra buena fama, ese magnífico olor de Cristo para que las buenas almas no digan: correremos tras la fragancia de tus esencias (Ct 1,3) y caigan en sus lazos? Él ha esparcido por todas partes muchos hipócritas con hábito de monjes, que recorren las provincias, que no llevan misión alguna, que nunca permanecen quietos, ni de pie ni sentados. Algunos venden huesos de mártires, suponiendo que sean de mártires; otros adornan su atuendo con cintas y símbolos; otros mienten diciendo que han oído no sé dónde que viven sus padres en tal o cual región y que van a buscarlos; y todos piden y todos exigen el gasto de una pobreza lucrativa o el precio de una santidad simulada. Entretanto cuando son sorprendidos en alguna acción indecorosa, o reconocidos como picaros, la gente murmura en general contra vuestro género de vida, aunque es tan bueno y tan santo que en nombre de Cristo deseamos que se extienda por toda el África como por otras regiones. ¿No os inflamáis en el celo de Dios? ¿No se os caldea el corazón interiormente, y se inflama el fuego en vuestra meditación (cf. Sal 38,4) para reprimir con obras buenas las malas obras de estos picaros, quitándoles la ocasión de sus negocios, con los que dañan vuestra reputación y son para los débiles piedra de tropiezo? Cuidad, compadeced y mostrad a los hombres que buscáis el reino de Dios por el camino estrecho y áspero de

vuestro compromiso, y no un buen pasar en el ocio. Vuestra situación es la misma del Apóstol, a saber, arrebatar la ocasión a los que buscan ocasiones (2 Co 11,12) (Trabajo 28,36). 220. No os impongo cargas que yo no me atreva a tocar con un dedo (Mt 23,4). Informaos y sabréis las fatigas de mis ocupaciones, y la enfermedad corporal, y la costumbre de la Iglesia a cuyo servicio vivo que no me permite trabajar en esas labores que os recomiendo. Pongo de testigo a Jesús, que si atendiese a mi comodidad, preferiría trabajar manualmente, como se hace en los monasterios bien organizados, destinando algún tiempo a leer, orar, ocuparme de las divinas letras, mejor que juzgar causas ajenas. Pero soy siervo de la Iglesia. Omito mis innumerables preocupaciones eclesiásticas, que nadie puede imaginar si no las experimenta. Preferiría hacer lo que os aconsejo a vosotros antes de hacer lo que me obligan a ejecutar. Si sois hermanos, hijos, consiervos, o mejor, si soy vuestro siervo en Cristo, escuchad mi amonestación, aceptad lo que os encargamos, aceptad lo que os ofrecemos (cf. Trabajo 29,37). 3. El sibaritismo de la soberbia Mientras los vicios en general se nutren de las obras malas, la soberbia se especializa en las obras buenas y encuentra un terreno abonado en la vocación y la vida religiosa. Es un excelente bocado el hombre y la mujer que han renunciado a todo, incluso a la esperanza secular, y aparecen despegados del mundo para entregarse a Dios. Aunque hagamos alarde de desdeñar las riquezas como los cínicos, nuestro ser-

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món suena a veces a literatura: «la riqueza tiene su palacio. El hombre llega a él, entra, usa de la riqueza si el tiempo lo permite, y se aleja camino de la muerte, mientras que la riqueza abre la puerta a otro viandante». Esto es cierto, sin duda, y se presta a una filosofía encantadora. Pero es indudable también que los que parecían ser algo en el siglo y entran en un monasterio y se sientan a la vera de sus esclavos de la víspera sienten la misma impresión que el gran señor que por galantería tiene que ceder el asiento a su criada. ¡Menos mal, si tiene buen humor para hablar de democracia e igualitarismo antropológico! ¡Menos mal si el cínico tiene una sonrisa cristiana! Sin embargo, esto no es literatura. Cada hombre es imagen de Dios y un templo vivo. Hay que aprender a ver en cada hermano la verdad divina sin adular al rico ni desdeñar al pobre, sin pagarse de galones y nombramientos de altos cargos y sabiendo estimar el trabajo, el servicio, la honradez. Con frecuencia una lista genealógica de nobleza encubre innumerables latrocinios, y una lista de generaciones pobres oculta el sacrificio personal y colectivo del alma popular. No es difícil, pues, comprender que esto no es literatura. Pero en el monasterio, a la consideración humana, hay que añadir la revelación divina. Cada hermano o hermana es hijo o hija de Dios y merece nuestro respeto y nuestro amor natural y sobrenatural. A veces los hermanos son una cruz que hay que soportar, pero con mayor frecuencia son un don que hay que agradecer. De no ser así, carecería de sentido el monacato. Si el rico y el pobre se hacen más soberbios al vestir el hábito monacal han hecho un mal negocio. No valdría la pena hacer ruido, si no se tiene corazón para dominar la soberbia y apretar los frenos al egoísmo con sus mil formas, derivaciones y disfraces. Repetimos que la humildad es la verdad. Reconocer

y aceptar la verdad y la realidad es reconocer y aceptar la vida tal cual es, la circunstancia que nos sitúa, el ambiente en que nos movemos, la presencia de estos superiores, iguales e inferiores. Es aceptar la voluntad divina, aceptar a Dios. Esta aceptación es nuestro reconocimiento fundamental, nuestra espiritualidad fundamental. ¿Cuántos talentos hemos recibido? ¿Uno sólo? En todo caso, lo hemos recibido para negociar. Contentarnos con el talento recibido, estimarnos en nuestro valor exacto, reconocer las propias faltas, eso es la humildad y la justicia: lo suyo a cada cual.

221. Si todavía piensas carnalmente, y la felicidad terrena te parece verdadera, te has estancado en ella y no has pasado de ella. Eres como ella o quizá inferior. Avanza, pasa..., y la felicidad de los impíos te parecerá como humo. El humo se levanta y cuanto más asciende, tanto más volumen alcanza, pero pronto se desvanece. No mires hacia atrás con el deseo, como la mujer de Lot, que se quedó petrificada en el camino, sino mira con desdén las cosas de la tierra y verás como se desvanecen los impíos (Com. Sal. 36,3,14) 222. Todas las profesiones tiene buenos y malos. Por eso se dijo: uno será tomado y otro será dejado (Mt 25, 40). Se habla de un molino, como símbolo del mundo, del negocio, del trabajo. Y se habla de un lecho, que a mi parecer significa quietud. Hay quienes rehusan aguantar las presiones del mundo, que aguantan por ejemplo los casados, con sus mujeres, casas, familias, hijos; y tampoco aceptan cargas eclesiásticas, como hacen los prepósitos, que trabajan en esta como agricultura. Se sienten débiles

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para eso y buscan el ocio santo, y aman el vivir tranquilo; conscientes de su debilidad, no se lanzan a una actividad fuerte y oran ante Dios, por decirlo así, en el lecho del sosiego. Pero también esta profesión tiene gente buena y gente fingida, y por lo mismo uno será tomado y otro dejado. Examina cualquier profesión y ya puedes prepararte para aguantar a los fingidos; si no te preparas, hallarás luego lo que no esperabas y te derrumbarás o te escandalizarás... (1,3) ¿Qué es lo que te perturba, oh cristiano? El que ves felices a los que viven mal (Com. Sal. 36,1,2). 223. Soy todo tuyo [de san Paulino de Ñola] en aquel a quien perteneces íntegramente. Si te parece poco, yo no tengo más. Tú has logrado que a mí no me parezca poco, pues en tu carta te has dignado colmarme de tales alabanzas, que, al entregarme a ti, tendré que estimarme para no parecer que no te creo. Me sonrojo al creer que tengo tantos bienes, pero me avergonzaría de no creerte. Pero ya sé lo que he de hacer: no me creeré tal cual tú me pintas, pues no me reconozco así; pero creeré que me amas, pues lo siento y lo compruebo; así no seré temerario para conmigo, ni ingrato para contigo. Y ya no será poco el que me entregue a ti entero, pues te ofrezco a quien mucho amas; y me ofreceré a ti, no tal cual tú me pintas, sino tal cual deberé ser con tus oraciones. Te suplico que así lo hagas, no sea que dejes de pedir para mí lo que me falta por creer que ya lo tengo {Carta 27,3). 224. [Desearía que vinieseis al África... (5) Muchos no han oído nada de vuestra conversión y otros no la creen y así glorificarían a Dios al ver vuestras buenas obras (Mt 5,16)]. Cuando el Señor llamó a unos pescadores que sólo dejaron sus barcas y redes, se regocijaron recordando que

lo habían dejado todo y habían seguido al Señor (Mt 19,27). Y en verdad todo lo desdeña, quien desdeña no sólo cuanto pudo, sino también cuanto quiso tener. Sólo que lo que deseaban lo ve sólo Dios y lo que tenían lo ven también los hombres. Y no sé cómo, cuando se posee la riqueza, constriñe más que cuando sólo se la desea. ¿Por qué se marchó triste el joven del evangelio, al oír que tenía que venderlo todo y dar el precio a los pobres para atesorar en el cielo, si quería ser perfecto? Sin duda porque tenía muchas riquezas (Mt 19,21-23). Una cosa es no querer incorporar lo que se echa de menos y otra arrancar lo que ya está incorporado; aquello se rechaza como los alimentos, pero esto se corta como miembro propio. Por lo mismo, ¿hasta qué punto y con qué gozo exulta la caridad cristiana en nuestros días, cuando oye que un rico acepta alegre lo que el joven del evangelio escuchó triste? (6) ... Sólo que, como auténticos discípulos de Cristo, veis que esto no es gloria vuestra, sino gloria de Cristo (Carta 31,4). 225. Me parece que si no me acomodo un tanto a los asuntos de que deseo sacar a los mundanos, nada saludable podré sacar de ellos. Pero cuando me acomodo, siento gusto por esas bagatelas y me agrada prestar oídos a los que las dicen. No sólo me gusta reír, sino dejarme vencer y disipar por la risa... Y si alguna vez consigo sobreponerme, oigo al momento que una voz me susurra: «¡Bien, muy bien!». No es voz de hombre, pues nadie tiene una tal clarividencia mental respecto de su prójimo. Es un cierto silencio interior; no sé de dónde me dicen: «¡Bien, muy bien!». Por esa clase de tentaciones de orgullo confiesa el Apóstol que le abofeteaba el ángel de Satanás (2 Co 12,7)Ya ves que la vida humana es toda ella tentación, puesto

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que el hombre es tentado en su mismo éxito cuando adopta con todo su ahínco la semejanza de la vida celeste (Carta 95,2). 226. [Unos te denigran, otros te adulan y son malos]. Son enemigos y has de prevenirte frente a ellos. El uno te insulta con cólera, el otro te alaba con dolo; el uno es detractor, el otro panegirista, pero ambos son el enemigo. Huye de ambos y ora por ambos y contra ambos... El salmista decía: queden confundidos los que dicen: «¡Bien, muy bien!» (Sal 69,4). Porque loaban falsamente: «eres un gran hombre, un buen hombre, instruido, docto; mas ¿por qué eres cristiano? Te alaban por lo que tú no quisieras ser alabado, y te reprenden por lo que es motivo de tu gozo». Y si tú alegas... que es Cristo quien te ha hecho así, el adulador te replica: «No, no te desprecies a ti mismo, tú te has hecho tal cual eres». [En cambio los buenos, cuando dicen]: «¡Bien, muy bien!», te buscan a ti, Señor, y no a mí. Ven que si tengo algo digno de gloria, me glorío en ti (Com. Sal. 39,26). 227. Hay dos clases de perseguidores: los que vituperan y los que adulan. Y la lengua del adulador hace más daño que la mano del verdugo. La escritura la equipara a un horno... Es un fuego de que has de librarte. Si te quiebras ante el que te vitupera, te has roto en el horno como vasija de arcilla; te había dado forma la palabra, pero necesitabas la prueba de la tribulación; la vasija ya modelada necesita ser cocida; cuando está bien modelada, se la pone al fuego para que le dé consistencia... El sufrimiento y horno de la tribulación te dan esa consistencia. Si te persigue la lengua del adulador y lisonjero y te doblegas ante ellos como comprando el aceite de que careces, igual que las cinco vír-

genes necias (Mt 25,3), dicha lengua será el horno en que le quebrarás. Ahora bien es necesario pasar por ahí. Hay que encontrarse con el vituperio y con la adulación. Pero también es necesario salir airosos de la prueba... Que se retiren al instante confundidos los que me dicen: «¡Bien, muy bienl» (Sal 69,4). ¿Por qué me alaban a mí y no a Dios? ¿Quién soy yo para que me alaben por mí? ¿O qué hice yo? ¿Tengo algo que no haya recibido? (cf. 1 Co 4,7)... Con este aceite untuoso se bañó la cabeza de los herejes, que dicen: «Soy yo, soy yo». Se les replica: «eres tú, Señor». Aceptaron el ¡Bien, muy bienl, se dejaron levantar por el ¡Bien, muy bienl y se convirtieron en ciegos que guían a otros ciegos que les siguen (cf. Mt 15, 14). Estos cánticos se entonan a Donato en coros descarados: «\Bien, muy bienl, guía bueno, guía glorioso». Él no rechazó la adulación (Com. Sal. 69,5). 228. Busquemos un pobre. No os extrañe que busquemos un pobre, dado que los hay por doquier. Por doquier busco yo a ese pobre... (1,2) Sin duda en eso que se llama vulgarmente riquezas late el cáncer más maligno que es la soberbia; en ella late una presunción íntima de soberbiaMás ¿quién tolerará a un pobre soberbio?... (2,3) He aquí que viene un mendigo y me interpela diciendo: «a mí se me debe el Reino de los cielos»... (3,4) Yo replico: «Está bien, pero escúchame: temo que, por culpa de la soberbia, no seas lo que dices, un pobre de verdad. Hazte pobre de veras, hazte humilde. Si te glorías de tus andrajos y repites que Lázaro fue llevado al seno de Abrahán, fíjate en que Abrahán era un rico opulento. Pues bien, Abrahán era un rico muy pobre, porque era humilde. He ahí un rico verdaderamente pobre»... (4,5) Ya veis que tenemos motivos

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para buscar un pobre verdadero... (4,6) Veamos ahora si el andrajoso no quiere ser rico. No quiero que lo diga su lengua, sino su conciencia. Si quiere ser rico, ya cayó en tentación y en mil apetencias funestas y necias (cf. 1 Tm 6, 7-10). ¿Ves en qué te apoyabas? ¿Te jactas de no tener riquezas y tienes deseos de ellas?... (6,9) Meditemos, hermanos, en la pobreza de Cristo. ¡Oh Pobreza! ¡Oh Cristo! Él es la Cabeza de los pobres que yo busco (Serm. 14,1,1). 229. Nada te has de llevar de este mundo. El rico y el pobre son diferentes en el vestido, pero iguales en la piel, ambos mortales. Es demasiado grave y horrible que la avaricia nos aprisione en la tierra, mientras repetimos: Padre nuestro que estás en los cielos (Mt 6,9). Ante ese deseo de Dios, deben perder valor todas las cosas. Demos como no existentes para nosotros las cosas entre las que hemos nacido, puesto que por él hemos renacido. Sean objeto de uso, según necesidad, pero no de amor. Sean para nosotros como la posada para el caminante, no como la granja para su dueño. Restaura tus fuerzas y sigue caminando. Mira que vas de viaje. No olvides a quien vienes buscando, puesto que es grande quien vino hasta ti. Cuando tú te vayas, otro llegará y ocupará tu posada. Así tienen que ser por necesidad las posadas... (3) [Necesitas alimentarte y vestirte, pero ¿para qué has de tomar más de lo que necesitas para el camino? ¿Para qué recargas la impedimenta? Aumentas tu responsabilidad y tu carga de ultratumba. Procúrate, pues, un viático para el camino, no una carga inútil]... (8) Pon en Dios el gozo de tu corazón. ¡Arriba el corazón!_A\ soltar las amarras acá, arroja el ancla allá. Es muy peligroso que te quedes sin asidero en medio de tantas tempestades y tentaciones (cf. Serm. 177,2).

230. Se estremece de júbilo un plebeyo, si un senador le llama hijo. ¡Cuánto más habrá de temblar uno de llamar Padre a Dios! Y con todo, el senador puede llegar a ser mendigo por la versatilidad de la fortuna. En cambio, Dios nunca puede descender de su categoría. Si Dios permite que le llamemos Padre, aprenden los ricos a no desdeñar a los plebeyos. ¿Cómo osaran llamar Padre al Señor si no se reconocen hermanos de los pobres? (cf. Serm. Montaña 2,4,16). 231. Grande es aquel rico que no cree ser una gran cosa por ser rico. Pero si cree que es una gran cosa, es soberbio y mísero. Es acaudalado en la carne, pero mendigo en el corazón. Está hinchado, no lleno... (4) Únicamente los buenos son ricos de verdad. Si son pobres en la despensa, son hacendados en la conciencia... (5)... Atienda el rico al hermano pobre y no se afrente al llamarlo hermano. Por muy afortunado que sea, más lo era Cristo, y sin embargo llamó hermanos a todos aquellos por quienes derramó su sangre... (6) La Escritura se cuidó de advertirnos que no tengamos en mucho las riquezas ni temamos perderlas. ¿Qué le aprovecha al hombre que presume de creerse rico, cuando no tiene nada?... (7) ¿Por qué entonces nos agrada un rico, cuando se humilla? Quizá por que es humilde, no porque sea rico. La Escritura se complace en el rico humilde, porque lo malo de la riqueza no es la misma riqueza, sino la soberbia (cf. Serm. 36,2). 4. Temor y temblor. La soberbia tiene su campo propio, el campo de su competencia y de su jurisdicción. Pero además tiene

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propósitos colonizadores e imperialistas: organiza quintas columnas en el campo de la virtud. Deberemos siempre desconfiar de las apariencias, pero no escudriñando las vidas ajenas, sino nuestro propio corazón, nuestras mejores intenciones. Para proceder con temor y temblor, según la fórmula bíblica, hay que descender a los bajos fondos, poniendo a Dios por testigo en un ensayo de confesión. La soberbia acecha sobre todo a la caridad, que es su manjar preferido. Y hemos de atenderlas a ambas con cuidado, ya que son inmensamente fecundas. Siempre que descubramos brotes o resabios de envidia, de discordia, de rencilla, de celos, de cisma, tenemos a la vista un proceso judicial, una investigación esmerada. Como en la horticultura, aprenderemos a descubrir los parásitos de la soberbia para aplicar los antiparásitos de la caridad. El pulgón y la mosca blanca, el piojillo y la cochinilla, la araña y el arañuelo espirituales caerán bajo el soplo del Espíritu Santo. 232. Quizá el onagro, en su independencia, es el símbolo de los pocos que se liberan del vínculo de los negocios temporales para servir a Dios. Rompen los lazos de los afectos carnales y populares, y se lanzan a las soledades, a las salineras, y allí exclaman: Mi alma tiene sed de ti, Señor (Sal 62,2). Se apartan de las turbas de Babilonia, que se agolpan y amontonan en la vía ancha que lleva a la perdición (Mt 7,13). No teme al recaudador, ya que nada tiene que pagar. Corre en libertad hacia los montes, que son las maravillas de la divina revelación y se apacientan en el verdor de los prados eternos. Del mismo modo el rinoceronte puede simbolizar a los dignatarios eclesiásticos y el avestruz a los seglares fieles (cf. Job 39).

233. [El maestro lavó los pies a los discípulos]. Del Excelso, hermanos, hemos aprendido la humildad. Hagámonos recíprocamente con humildad lo que el excelso hizo humildemente. Es una gran recomendación de la humildad. Los hermanos la realizan recíprocamente, también de obra y visiblemente, cuando son recibidos como huéspedes. La mayor parte de ellos conservan esta costumbre de humildad, realizando visiblemente este lavatorio. Y donde no se conserva tal costumbre, se realiza en el corazón, si son santos de los que se dijo: bendecid, santos y humildes de corazón al Señor (Dn 3,87). Indiscutiblemente, es mejor que se conserve la costumbre y que un cristiano no se avergüence de hacer lo que hizo Cristo. Cuando el cuerpo se postra a los pies de un hermano, se despierta o se confirma la buena inclinación de la humildad (Trat. ev. Jn. 58,4). 234. Quien presume de sí mismo es semejante al fariseo que se jactaba de los dones recibidos de Dios. Mirad bien, hermanos, qué clase de soberbia nos pone ante los ojos el evangelio. Tal soberbia se desliza más fácilmente en la conciencia del justo, aún del que ofrece las mejores esperanzas. Decía el fariseo: Te doy gracias, Señor (Le 18,11). Así confesaba haber recibido lo que tenía... ¿Dónde está, pues, la soberbia? No en dar gracias a Dios por sus beneficios, sino en sentirse superior a los demás por esos mismos dones (Com. Sal. 31,11,10). 235. No se gloría el cristiano si no quiere ser esclavo de la envidia y de la hipocresía... (9) Mirad cuántas obras ejecuta la soberbia, semejantes y casi iguales que las de la caridad. La caridad da de comer al hambriento y la soberbia también. La caridad lo hace por la gloria de Dios y la soberbia por la gloria propia: tal es la única diferencia. La

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caridad viste al desnudo y la soberbia también. Ayuna la caridad, pero ayuna también la soberbia. Entierra los muertos la caridad y también los entierra la soberbia. Además esas mismas obras que ejecuta la caridad, trata de desviarlas la soberbia: se ofrece a guiar a los caballos de la carroza de la caridad para desviar a ésta. ¡Ay del hombre cuyo conductor es el orgullo, porque va fatalmente al precipicio! ¿Es acaso la soberbia la que inspira y sugiere las buenas obras? ¿Y quién lo sabe? ¿Quién lo ve? La soberbia es capaz de confesar el nombre de Cristo y de adelantarse al martirio. Por eso la Escritura trata de apartarnos de la jactancia y nos llama hacia el interior... Entrad dentro de vosotros, hermanos, y poned a Dios por testigo de todo lo que hacéis. Examinad en presencia del Señor con qué intención obráis. Si vuestro corazón no os acusa de soberbia, vais bien y estáis seguros: no tengáis miedo de obrar bien, aunque os vean, pues todo redunda en gloria de Dios. Ocultar el bien de la vista de los hombres es sustraer a Dios su gloria, e impedir la imitación (cf. Trat. 1 Jn 8,8). 236. Los demás vicios sólo tienen jurisdicción en el campo de las malas obras. Pero a la soberbia hay que temerla también en las buenas obras. El bien, corroído por la soberbia, es mayor ruina que si no se ejecutara bien alguno. Aunque entendamos que es Dios el que produce el bien en nosotros, no podemos tenernos por seguros. Por el contrario, hemos de obrar con temor y temblor para que no se deslice de pronto la jactancia en el interior del ánimo... (31,35) ¿Por qué no suprime Dios esta soberbia? No lo sé. Lo cierto es que hemos de gemir y llorar para que Dios nos tienda su diestra... (32,36) El salmo dice: para que no perezcáis en la vereda justa (Sal 2,12). Porque la

soberbia, como he dicho muchas veces, y muchísimas más habría que repetirlo, hay que temerla en las mismas obras buenas, es decir, en la vereda justa, no sea que el hombre, al llamar suyo a lo que es de Dios, se vea reducido a lo suyo, que es el pecado. La vereda justa es Cristo, que dijo: Yo soy el camino (Jn 14,6), pero aún en este camino justo nos amenaza el aviso divino. Al hablar así no eliminamos la libertad humana, sino que predicamos la gracia divina. Todo esto redunda en provecho del que obra voluntariamente, pero con humildad, no engriéndose de la fuerza de voluntad, como si bastase por sí sola para llevar la justicia a su perfección (cf. Nat. y gracia 27,31). 237. Si el hombre se complace en sí mismo y se fía de su virtud, tanto más crece el mal, cuanto más domeñadas estén las demás apetencias malignas. Cuando es la soberbia la que reprime las demás pasiones, es tanto más de temer cuanto más saludable parece, a causa este dominio lisonjero (Juliano 5,3,9). 238. He aquí que ya os abstenéis de pecados graves. Tampoco hay entre vosotros otras faltas serias. No se ven en vosotros rostros insolentes, ni ojos inquietos, ni lenguaje suelto, ni risa petulante, ni chanzas bufonescas, ni porte indecente, ni andar gallardo o muelle... Sois así y así debéis ser... Pues bien, cuanto más grandes seáis, más os habéis de humillar en todo. Si os hincháis, no podréis pasar por la puerta estrecha. Parece superfluo que me detenga tanto en la humildad. Pero gracias a esta virtud, conserváis todo lo bueno que habéis aprendido (cf. Virginidad 53,54). 239. Este es el mal más fino. Porque jactarse de la riqueza, de la hermosura o de la fuerza parece una ridicu-

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lez... (2,5) Si cuando alguien va progresando espiritualmente, se introduce esa soberbia espiritual, arrebata toda la ventaja obtenida. Todos los vicios son temibles, cuanto tratan de obrar bien. Tan temible es esta serpiente de la soberbia que, para que no ser seducido por ella, el Apóstol fue sometido al ángel de Satanás (cf. Com. Sal. 58,1,7). 240. ¿Qué diré de las contiendas e intrigas, cuando estos vicios son más graves, no en el pueblo, sino en el mismo clero? La madre de estos vicios es la soberbia, la avidez de lisonjas humanas, que da lugar con tanta frecuencia a la hipocresía. Hay que combatirla con el temor y el amor de Dios {Carta 22,2,7). 5. Templos vivos. La inhabitación de Dios en el alma del justo se verifica por medio de Jesucristo. Cuando san Agustín se convirtió, aceptó la encarnación del Verbo como Sabiduría encarnada. La encarnación respondía al pecado original. Dios, en su misericordia, condescendía con los hombres, entraba en la historia, asumía a la humanidad entera, a la tierra entera, dentro de una dispensatio temporalis o régimen histórico para convivir con nosotros en el tiempo y en el espacio, sin perder su inmutabilidad eterna. El Verbo nos recogía a todos en Jesús, se hacía carne con la carne y se hacía alimento de los hombres, haciéndose para nosotros pan y vino. La bajada de Dios hasta el hombre se realizaba así según la forma de Cristo: Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él (Jn 6,56). De ese modo, Cristo-hombre, Mediador entre Dios y los hombres, acoge la fórmula general: Mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él (Jn 14,21). La revelación de

Jesucristo es también revelación del Dios-Trinidad. La presencia de Dios se le convertía a san Agustín en un tema muy apasionante. Dentro de la revelación de Jesucristo, podemos pensar que Dios está en todas partes, como hoy diríamos hablando filosóficamente, «por esencia, presencia y potencia». Podríamos considerarlo como un principio metafísico a la manera que lo haría Plotino. Pero el personalismo de san Agustín le lleva a interesarse vivamente por la inhabitación de Dios en el hombre. Todavía antes de hablar de las relaciones personales entre Dios y el hombre, san Agustín se interesa por aquella presencia, iluminación y orden que implanta la divina Trinidad en la metafísica del alma, en sus potencias, en esa memoria, entendimiento y voluntad, que se sumergen en el Inconsciente. Pero aunque demos a esta inhabitación un sentido personal, siempre queda la especulación metafísica como investigación propia del hombre. Por eso, la revelación de Cristo es más personal. En el momento del bautismo recibimos la gracia cristiana. ¿Qué significa eso? Quedamos entroncados en Cristo, incorporados a Cristo, nos convertimos en sarmientos de la Cepa, que es Cristo, en templos de Cristo. Todas esas metáforas tienden a hacernos ver una realidad fundamental: somos hermanos de Cristo, coherederos con Cristo. Y esta mediación de Cristo nos convierte en «hijos de Dios», no viceversa. Es el principio de la encarnación y su término, la redención. Esta es la realidad que nos establece en la doctrina de la inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma del Justo. Así queda estructurada la doctrina de Dios, que desciende hasta el pan y el vino del hombre. Si ahora queremos organizar la doctrina en orden ascendente, del hombre hasta Dios, volvemos a

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encontrarnos con Cristo en el pan y en el vino, en la carne. Además de la persona individual pasamos a la persona universal, a la humanidad que se incorpora a Cristo, como cuerpo de una Cabeza divina. Cristo continúa siendo el Mediador imprescindible por el que hay que pasar a Dios, abrirse a Dios, convertirnos en templos vivos de Dios. San Agustín no halla dificultad en intercambiar las fórmulas de la misma concepción: templos de Cristo, templos de Dios, cada cristiano un templo, todos juntos un templo. La doctrina interesa más a los monjes. 241. A Dios le debemos servicio, no sólo en ciertos misterios, sino también en nosotros mismos. Porque todos nosotros juntos somos un templo y cada uno de nosotros es un templo de Dios. Él se ha dignado habitar en cada uno y en la concordia común... Nuestro corazón es su altar... Aquí le sacrificamos la víctima de la humildad y de la alabanza que ha de ser consumida por el fuego de la caridad (Ciu. Dios 10,3,2). 242. La Iglesia es la casa de nuestras oraciones; la casa de Dios somos nosotros mismos. Nos edificamos en esta vida para ser consagrados en la otra. La edificación requiere trabajo, la consagración será puro regocijo... Cuando ves una fábrica en la que los sillares y las vigas encajan bien, no se te ocurre pensar en la ruina. Por eso, nuestro Señor Jesucristo, al querer entrar y habitar en nosotros con seguridad, nos repetía como si estuviese edificando: un nuevo mandamiento os doy, que os améis los unos a los otros (Jn 13, 34). Antes fuisteis material perdido y no formabais parte de mi casa, sino que yacíais en vuestra ruina. Para no volver a la ruina os habéis de ensamblar y unir

recíprocamente en el amor de Dios (Serm. 336,1). 243. Feliz la nación cuyo Dios es el Señor (Sal 32,12). ¡Señor nuestro! Pues, ¿de quién no es Dios? Pero no lo es de todos del mismo modo. Nosotros vivimos de él, como si fuese nuestro alimento. Por eso es más nuestro. Es nuestra herencia y nuestra posesión... Esto no es una temeridad, sino un anhelo, una dulce esperanza. Repita, pues, el alma con toda seguridad: «Tú eres mi Dios», ya que él le dice: «Yo soy tu salud (Sal 34,3)». No hace injuria a Dios. Al contrario, se la hará si no lo dice... (21) Con la mano de su gracia y de su misericordia plasmó nuestros corazones, sin menoscabo de la unidad. Del mismo modo que formó uno por uno los miembros del cuerpo y cada uno tiene su función o actividad específica, y todos juntos viven en la unidad del cuerpo..., así formó con todos nosotros un solo Cuerpo Místico... Y así como en nuestro cuerpo hay diversas funciones, pero la salud es una sola y personal, así en los miembros de Cristo las actividades son diferentes, pero es única la caridad (Com. Sal. 32,11,2,17). 244. Somos piedras vivas labradas por la fe, asentadas por la esperanza y ensambladas por la caridad... Nuestro fundamento y piedra angular es Jesús. Es fundamento porque él nos sostiene y es piedra angular porque él nos junta... (2) Mientras somos edificados, gime ante Dios nuestra humildad, pero cantará nuestra gloria, cuando seamos consagrados. Mientras se cortan las maderas en el bosque y los bloques en la cantera, mientras se desbastan, se tallan y ajustan, es necesario el trabajo, es precisa la atención... Más tarde vendrá el gozo, cuando el habitador eterno entrará en su casa engalanada, resplandeciente e inmortal... (3) Ahora, Dios habita en los suyos y los suyos

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habitan en él... (4) Dios mismo es el cimiento de ese edificio de la unidad. El cimiento humano se coloca abajo, porque la fuerza que obra aquí es la gravedad. Por el contrario, el cimiento divino se coloca arriba, porque la fuerza que empuja es la caridad (cf. Serm. 337,1). 245. Este misterio está muy distante del corazón de los sabios, soberbios. Esta congregación es la edificación del templo de Dios y no nace de la generación carnal, sino de la regeneración espiritual... (13,38) Habita Dios en cada uno de nosotros como en sus templos y en todos a la vez, congregados en uno, como en un solo templo. Doquiera está Dios presente y doquiera está integro. Pero no habita en cualquier parte, sino sólo en su templo. Y cuando él habita, unos le contienen más y otros menos. Por eso hay en los santos diferentes grados de santidad (cf. Carta 187,12,37). 246. Pecas contra Dios cuando profanas su templo en ti mismo. Porque él te ha redimido con la sangre de su Hijo y ya antes te había creado. Quiso poseerte de un modo particular y por eso te redimió. He ahí por qué dijo el Apóstol: Ya no sois vuestros. Habéis sido comprados a gran precio. Glorificad y llevad a Dios en vuestro cuerpo (1 Co 6,19-20). ¿Ves cómo tu Redentor te ha convertido en casa suya?... Si no te respetas por ti mismo, respétate por Dios, que te ha convertido en templo suyo. (8,8) Dios te intima: ¿en dónde voy a habitar? ¿Entre los escombros? ¿Entre esas malezas?... ¿Por qué no me limpias ese corazón, en el que yo quiero habitar? (Serm. 278,7,7). CAPITULO SÉPTIMO LA ORACIÓN (Regla II, 10-13) 1. Un abismo invoca a otro abismo La Regla resume en dos palabras un mundo profundo e interesante para san Agustín, que es el de la oración. Dios constituía para él el «supremo enigma», pues nunca hubiera llegado el hombre al concepto de Dios, si no partiera ya de una noción natural de perfección absoluta con que el hombre nace. Pero se trata de un «Enigma», puesto que el hombre se ve condenado a buscar a Dios, sometiéndose así a un proceso interminable: le busca para encontrarle y le encuentra para seguirle buscando. Ahí está el misterio de cada hombre: «yo conozco a Dios, pero no lo recuerdo bien; tengo que seguir buscándole, pues tengo que buscar la felicidad, la verdad, la unidad». Por el camino de la razón, puedo decir: «eso es Dios, esto es eternidad, esto no es nada de este mundo». Por el camino de la fe puedo decir: «he aquí a Dios en la naturaleza, en el hombre, en los sacramentos, en la Iglesia, en el pan y en el vino». Pero ni la razón, ni la fe pueden satisfacer la sed de Dios que siente el hombre, mientras no vea a Dios cara a cara. Y precisamente en la oración la razón y la fe acompañan al hombre para hacerle ver y hacerle sentir la fórmula agustiniana: el abismo humano invoca al abismo divino. El hombre es un ser abierto a la transcendencia y puede y debe hablar de una meditación transcenden-

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tal cristiana. Todas las ciencias tienen sus propios límites y, más allá de ellos, carecen de competencia. El cosmos, el conjunto de leyes físicas, biológicas y morales. ¿Es la ley Eterna, la Ley Divina, la Voluntad de Dios? Ante ese interrogante, el hombre cobra la humildad fundamental para hablar de oración. San Agustín creyó al principio en la mística neoplatónica y pronto la rechazó: la mística de la visión contradice a las fórmulas de la fe, que reclama para el hombre una peregrinación lejos del Señor y sólo ofrece espejos y enigmas. Conservó sin embargo el llamado método de las ascensiones, en cuanto las criaturas son precisamente esos espejos y enigmas, en los que podemos adivinar o barruntar a Dios. Subiendo, pues, de lo material a lo espiritual, o de lo temporal hacia lo eterno, purificando nuestro concepto de Dios, primero negativamente, viendo claramente lo que no es Dios, y después positivamente, viendo de algún modo o mejor intuyendo algo que nunca lleguemos a ver con claridad según la fórmula: ¡Dios es siempre más grande! Es incomprensible e inefable, pero todas nuestras ideas y palabras son útiles para hablar de él y con él. Al principio, san Agustín se inclinaba hacia la vida contemplativa, pero pronto optó por la vida activa, por la «caridad». Sin embargo, la contemplación quedó en el horizonte para dar sentido a la actividad, para suavizarla y endulzarla, para encender el hambre y la sed de Dios, como razón de ser de toda actividad. En cambio, dentro de la actividad y por razón de esa misma contemplación cobraba importancia radical la fórmula de la mendicidad: pedid, buscad, llamad (cf. Mt 7,7). Es curioso que san Agustín haya sido considerado como el «Príncipe de los místicos». En efecto, tanto la mística benedictina, como franciscana y carmelita recurren a san Agustín como a su fuente. El cristocentrismo reúne a todos los místicos cristianos en una «mística de Cristo».

247. Con esta ocasión [lectura de los platónicos] invitado a regresar a mi interior, entré en mi alma, conducido por ti. Pude hacerlo, ya que tú me ayudabas. Y entonces vi con la vista del alma, y por encima de esa vista del alma, sobre mi propia psicología, una luz inmutable... No se parecía a nada esta luz sensible, sino que era otra cosa, totalmente otra cosa, diferente de todo lo que hay en este mundo. Quien reconoce qué es la verdad, la conoce y quien la conoce conoce la eternidad. La caridad la conoce. ¡Oh eterna verdad, oh verdadera caridad, y cara eternidad! Eras tú, Dios mío, por quien suspiro noche y día. Cuando por primera vez te reconocí, tú me hiciste ver que tú no te alteras, mientras que yo no ceso de alterarme. Ante tu luminosidad, me extremecí de amor y de horror. Y descubrí que estaba lejos de ti, en una región muy desemejante, como si oyese tu voz que me decía desde lo alto: «Soy comida de adultos, crece y podrás gustarme; no me incorporarás a ti mismo, sino que tú quedarás asimilado por mí»... Así es la verdad, que es contemplada por el entendimiento mediante las cosas creadas (Rm 1,20) (Conf. 7,10,16). 248. Yo estaba absolutamente convencido de que tu realidad invisible se revela al entendimiento desde la constitución del mundo por medio de las cosas creadas; incluso tu eterna energía y divinidad (Rm 1,20). Al reflexionar sobre mi gusto por la hermosura de los cuerpos, celestes o terrestres, ¿qué luz me permitía juzgar y decir: esto debe ser así, o debiera ser así? ¿Qué luz me permite pronunciar tales juicios? Así descubrí la inmutable y verdadera eternidad de la verdad, por encima de mi psicología que es siempre mudable. Gradualmente subí desde el cuerpo al alma,

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que siente por medio del cuerpo. Desde la sensibilidad del alma subí al juicio del alma misma, como las bestias juzgan a su modo. Desde ahí subí a mi capacidad de razonar y juzgar, hasta distinguir bien la inteligencia. Pero, entonces, traté de separar las imágenes y opiniones de esos principios inmutables, que veo en mi interior. ¿Qué luz los ilumina para que yo los vea? Así llegué a ver «lo que es eterno» en un palpito de mi intuición trémula. Así, con mi entendimiento contemplé tu realidad invisible mediante las criaturas. No pude mantener fija la mirada y, deslumhrado en mi debilidad, recaí en estas cosas vulgares, se me quedó en el alma una memoria amante, que anhelaba un alimento oloroso que aún no podía comer (Conf. 7,17,23). 249. Mi madre [santa Mónica] y yo estábamos a solas, asomados a una ventana, desde la que se contemplaba el jardín interior de la casa que nos albergaba... Era dulce nuestro coloquio. Olvidando los tiempos pasados y mirando al futuro (Flp 3,13), nos preguntábamos en tu presencia, Señor, cómo será la vida eterna de los santos... (24) Estimando que la luz sensible no merece mención, quisimos elevarnos ardorosamente hacia la eternidad: recorrimos gradualmente la escala corporal y el mismo cielo estelar. Seguimos hablando y subiendo por nuestro propio interior y examinamos nuestra misma inteligencia. La transcendimos para alcanzar la región de la fertilidad indeficiente, en donde apacientas a Israel con el pasto de la eterna verdad. Y mientras hablábamos y la deseábamos, la tocamos un poquito con el ímpetu del corazón. Suspiramos y dejamos allí clavadas las primicias del espíritu. Recaímos en el estrépito de nuestra charla, en la que las palabras tienen principio y fin. (25) Decíamos pues: «si cesa el tumulto de

la carne, si callan las imágenes de la tierra, de las aguas y del aire, si enmudece el zodiaco, y enmudece también el alma misma, y se transciende, sin pensar ya en sí misma, si se callan los sueños, las revelaciones imaginarias, todas las lenguas y todos los signos y todo lo que signifique movimiento... Supongamos que todo eso cesara y callara. Porque estas cosas nos dicen: "No nos hemos hecho a nosotras mismas, sino que nos hizo el que es eterno" (cf. Sal 99,3). Pero si después de dar su mensaje se callaran para escuchar al Creador, y entonces hablara él sólo, no por intermediarios , sino por sí mismo... y nosotros pudiéramos oiría, como antes con ese pensamiento de relámpago hemos tocado ligeramente la eterna Sabiduría... Y si eso se continuase indefinidamente, ¿no sería esa la vida de los santos? ¿Pero cuándo será eso? ¿Quizá cuando resucitemos y seamos transfigurados?» (1 Co 15,51) (cf. Conf. 9,10,23). 250. Oh Señor, yo te amo con una consciencia no dudosa, sino cierta. Heriste mi corazón con tu palabra y te amé. Además el cielo, la tierra y cuanto hay en ellos me gritan por todas partes que ame y se lo dicen a todos, haciéndolos inexcusables (Rm 1,20). Sólo que, cuando escuchan lo deben a tu misericordia; en otro caso, el cielo y la tierra cantan tu alabanza, pero para sordos. Pero en fin, ¿qué es lo que amo, cuando te amo a ti? No eres hermosura corporal, ni belleza fugitiva, ni resplandor luminoso, ni dulce melodía, ni fragancia de flores, ungüentos o esencias, ni maná o miel, ni miembros delicados de abrazo carnal. Nada de eso amo, cuando amo a mi Dios. Y sin embargo, amo una cierta luz, voz, fragancia, comida, abrazo, cuando amo a mi Dios, que es voz, luz, olor, comida, abrazo de mi

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hombre interior... (6,9) ¿Y qué es ello? Pregunté a la tierra y me dijo: «No soy yo» y todas las cosas de la tierra dijeron lo mismo. Pregunté al mar y a los abismos y a todos los reptiles y dijeron: «No somos tu Dios, búscale más allá». Pregunté al aire y a sus habitantes, al cielo, al sol, a la luna, a las estrellas y a todo lo que está fuera de mí. Y dije entonces a las criaturas: «Ya me habéis dicho que vosotras no sois mi Dios, decidme algo acerca de él». Y me gritaron con voz formidable: «¡El nos ha creado!» Mi pregunta era mi observación y su respuesta era su belleza. Me volví hacia mí mismo y me pregunté: «Y tú, ¿quién eres?» Y oí la respuesta: «un hombre». Tengo un cuerpo y un alma, el uno exterior y la otra interior... Pero ya pregunté antes a los cuerpos y todos dijeron: «no somos tu Dios, él nos hizo», hablando mediante su belleza... (6,10) Ahora bien, ¿acaso esta belleza no habla a todos los que tienen íntegros los sentidos? ¿O no dice a todos lo mismo? Los animales contemplan, pero no pueden interrogar, ya que no tienen una razón que pueda juzgar el mensaje de los sentidos. Los hombres pueden, pero resulta que por el amor están sometidos a las cosas, y al estar esclavizados por ellas, no puedan juzgarlas. En cuanto a las cosas, no responden a los que preguntan, sino a los que juzgan. Tampoco cambian de voz, de belleza, cuando uno se contenta con mirar y otro interroga críticamente. Las cosas hablan a todos, pero sólo entienden aquellos que consultan con la Verdad el mensaje de los sentidos. Es la Verdad la que me dice: el cielo, la tierra, los cuerpos no son tu Dios. Son volúmenes. Y todo volumen es menor en una de sus partes que en el todo. Tú eres mejor, ¡oh alma! Pero tu Dios es para ti la vida de tu vida. (7,11) Voy ahora a subir por la

escalera interior de mi alma hasta Dios (cf. Conf. 10,6,8 PL 32,782-784. Todo el libro décimo de las Confesiones es una ascención fatigosa por la escala interior del alma hacia Dios. Es particularmente interesante la meditación sobre el subconsciente, ya que en él chocan la psicología y la teología). 251. [Los escalones del alma son siete: la animación, la sensación, la cultura sintetizada en la memoria, la espiritualidad o ideología, la sabiduría actual, la sabiduría habitual, la contemplación de Dios...] (76) Esta visión o contemplación de la verdad es el séptimo y último escalón del alma. Y ya no es propiamente un escalón o posada, sino una morada permanente, a la que se llega por esas estaciones del tránsito. ¿Cuáles serán los trasportes, cuál el disfrute del sumo y verdadero bien y cuál será el aura de serenidad y eternidad? ¿Qué puedo decir yo? Ya lo han dicho, en cuanto creyeron que debía decirse, algunas almas grandes e incomparables, que lo han visto o lo ven, según creemos. Lo que puedo decirte es que si perseveramos en este camino, llegaremos a ese Principio de todas las cosas... (79) Si vamos nombrando los escalones con sentido didáctico y en orden ascendente, la primera función del alma se llama animación; la segunda, sensación; la tercera, arte; la cuarta, virtud; la quinta, tranquilidad; la sexta, ingreso; la séptima, contemplación (cf. Dimensión 33,70-75). 252. ¿Dónde no caminaste conmigo, ¡oh Verdad!, enseñándome lo que he de evitar y apetecer, al referir a ti todas las cosas inferiores que pude y consultarte sobre ellas? Recorrí el mundo entero con los sentidos que pude y observé la vida de mi cuerpo, y la actividad de mis sentidos. De ahí pasé al interior, a mi memoria, a los antros y

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departamentos repletos de innumerables maravillas. Y todo lo que discerní, lo logré gracias a ti, comprobando que tú no eres nada semejante a estas cosas. Yo mismo, que hacía este recorrido, nada tenía que ver contigo, ya que tú eres la Luz permanente... Esto lo hago con frecuencia; esto me deleita y en este placer me refugio, siempre que puedo despegarme de las obligaciones activas ineludibles (Conf. 10,40,65). 253. [Esto lo vieron también los filósofos]. Vieron la patria a la que había que llegar, pero fueron ingratos hacia quien les concedió el verla, y se lo atribuyeron a sí mismos. En su soberbia, perdieron lo que descubrieron y cayeron en la idolatría... Vieron lo que realmente Es, aunque de lejos, pero rechazaron el camino humilde de Cristo, la cruz de Cristo. Y no pudieron atravesar el mar, por carencia de nave, que es la cruz. ¡Oh sabiduría orgullosa! Te burlaste de Cristo crucificado y era él a quien viste, aunque de lejos (Trat. ev. Jn. 2,4). 254. Dice el Apóstol que nuestros cuerpos son miembros de Cristo, ya que Cristo es nuestra Cabeza, pues se hizo hombre por nosotros... No tomó sólo el alma humana, sino también el cuerpo humano, y mediante él él es también nuestra cabeza. Por eso nuestros cuerpos son sus miembros. Si alguien pretende envilecerse en sí mismo, no se envilezca pensando en Cristo. Que nadie diga: «cometeré el pecado, ya que al fin nada soy: toda carne es heno (Is 40,6)». Sí, pero tu cuerpo es miembro de Cristo. ¿Qué ibas a hacer? Da marcha atrás. ¿A dónde ibas a precipitarte? Respeta en ti a Cristo, reconócelo en ti mismo... Piensa en el precio que él pagó por ti. De sus siervos hizo sus hermanos, y por si era poco, los hizo miembros suyos. ¿Es posi-

lile que se envilezca tan alta dignidad? ¿Se la desdeña porque fue regalada benignamente? Si no existiera, la desearíamos, y porque nos la dan, la despreciamos (Serm. 161,1,1). 2. Insistid en ia oración (1) Hay una meditación radical en la que insiste san Agustín y que va ligada al verbo «ser». Este vocablo es ambiguo, ya que en la lengua griega significa «inmovilidad» y en la cristiana significa «existencia». Al encontrarse el Santo frente a ambas corrientes de pensamiento, ve que las cosas «son y no son», es decir, que existen, pero que cambian sin cesar. Aceptar la existencia en cuanto tal es, pues, optar por una postura responsable. El filósofo se pregunta: «¿por qué existe el mundo y no más bien la nada?». Otro filósofo ateo proclama: «¡La existencia me produce náusea!». Muchos sociólogos y psicólogos se preguntan: ¿para qué se vive? ¿Tiene sentido el mundo, la vida, la inteligencia, la historia? ¿O todo es un absurdo sin sentido alguno, en el que nos vemos mezclados como extranjeros? Aceptar el mundo como Orden, como Creación divina, como Voluntad de Dios, como Providencia es la meditación fundamental de un cristiano: es el sentido literal e histórico de la realidad. En el fondo, esta meditación establece la auténtica espiritualidad del hombre, del cristiano o del monje. Porque, cuando designamos algo como «criatura», establecemos una relación radical de la realidad circundante con Dios. Y eso nos obliga a adoptar una postura correspondiente, es decir, a sentirnos «criaturas», en una relación con ese Dios que nos ha creado. Y ¿qué significa ser criatura? Significa no tener en sí misma la razón de su existencia, ser «contingen-

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cia». Pero no ser contingente al modo griego, en oposición a lo necesario, sino contingente en el sentido cristiano, en oposición a la nada. Ser contingente es ser nada, y sin embargo existir, sin poder llegar nunca a la nada absoluta; es aceptar una dependencia, una condescendencia divina, que son la razón del ser del mundo y de la historia y del acontecer de cada día. Con esta espiritualidad fundamental, todo lo que vivimos en cada momento tiene sentido, y no sólo no es náusea, ni absurdo, ni desesperación, sino que es resignación, gozo o entusiasmo en el Señor. Es incluso mística. Gracias a esta meditación, todas las criaturas tienen su propia voz y hablan al monje. Aceptado que Dios es incomprensible e inefable, y que sólo podemos verle mediante espejos y en enigmas, todas las criaturas son espejos y enigmas que nos hablan de Dios. San Agustín acepta al pie de la letra la fórmula paulina: a partir de la creación del mundo, lo invisible de Dios es entendido y contemplado a través de las realidades creadas (Rm 1,20). Así suele hablarse de una «vía indirecta», de un modo de ver a Dios en las realidades terrenas: los cielos y la tierra, los mares y los vientos. La literatura, las artes, paisajes, objetos, canciones, procesiones, reuniones, congresos tienen sentido y valor literales e históricos. Santa Teresa lo decía gráficamente: «Dios anda entre los pucheros». No es el hombre el que da sentido a lo que lo rodea, sino que la circunstancia da sentido al hombre, porque «lo relaciona», porque en lugar de considerarlo como una sustancia mostrenca, lo considera como una relación dentro de un contexto próximo o remoto.

do una indicación, que puede surgir cuando menos se espera. ¿Desde dónde o dónde no puede dar una señal?... (26) Nos preguntábamos por qué hay un orden en la lucha y por qué nos atraía aquel espectáculo. ¿Qué hay dentro de nosotros que nos hace tantas preguntas, más allá de lo que vemos? Y nos decíamos, ¿dónde no hay ley? ¿Dónde no se debe la victoria al más fuerte? ¿Dónde no hay una sombra de norma permanente? ¿Dónde no hay una imitación de la hermosura superior? ¿Dónde no hay modo? (cf. Orden 1,8,25). 256. Vieron los platónicos que Dios no es cuerpo, y por ello transcendieron todos los cuerpos en busca de Dios. Vieron que nada mudable puede ser Dios y por ello transcendieron también las almas y espíritus que son mudables. Vieron que la especie o idea de cualquier cosa no puede tener ser, si no lo recibe de un Principio que es eterno e inmutable... Entendieron, pues, que él hizo todas las cosas, mientras que él no puede ser una criatura. De este modo, desde el cosmos llegaron a Dios (Ciu. Dios 18,6). 257. Contemplé todas las cosas y vi que te deben a ti el ser, y que todas las cosas finitas están en ti, aunque de otra manera. No están como en un lugar sino que tú las tienes con la mano de tu verdad; por eso, todas son verdaderas en cuanto son; sólo llamamos falso a lo que creemos que es lo que no es. Vi, pues, que cada cosa está en su lugar y tiempo debidos... (16,22) Así sentí y experimenté que no es extraño que el pan sea molesto para un paladar enfermo, cuando es suave para el paladar sano; y que la luz sea enojosa para los ojos malos, cuando es amable para los ojos sanos. Tu justicia, Señor, desagrada a los impíos... (17,23) Y quedé asombrado al comprender que ya te amaba, y no

255. Nos detuvimos a contemplar una lucha de gallos. Porque los ojos buscan en todas partes al amado, esperan-

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ya a un ídolo. Pero no podía mantenerme en el gozo de ti, sino que, arrebatado brevemente por tu hermosura, caía luego por mi propio peso y rodeaba entre estas vulgaridades pesaroso. Y ese peso mío era la costumbre carnal. Pero ya llevaba conmigo la memoria de ti. Ya no dudaba de que existía un ser a quien yo debía adherirme, pero a quien no estaba en condiciones de adherirme. Ya sabía de cierto que tu realidad invisible es contemplada con el intelecto por medio de las criaturas, desde la creación del mundo (Rm 1,20). Y esto lo sabía por los primeros principios (cf. Conf. 7,15,21). 258. Si pregunto a un pagano «¿Dónde está tu Dios?», me señala con el dedo una piedra. Yo me río de la estatua, y él, quizá avergonzado, señala con el dedo al sol. Él puede señalar con el dedo a su Dios, porque se le percibe con los ojos corporales. Yo no puedo señalarlo, y no porque me falten objetos, sino porque no tiene ojos para lo que yo pretendo mostrarle... (7) También yo he buscado a mi Dios, deseando no sólo creer sino ver algo. Veo las cosas que hizo Dios, pero no puedo verle a él. Ahora bien, yo soy como el ciervo sediento y en él está la fuente viva (cf. Sal 35,10) y lo invisible de Dios puede ser contemplado mediante las criaturas (cf. Rm 1,20). Algo tengo que hacer para encontrar a mi Dios. Contemplaré la tierra. Es una criatura. ¡Y qué grande es la hermosura de la tierra! Y tiene un artífice. Grandes son los milagros de las semillas y de la reproducción, pero tienen un creador. Contemplo la inmensidad del mar y quedo asombrado y estupefacto, y pienso en un artífice. Contemplo el cielo y la hermosura de las estrellas, admiro el resplandor del sol que nos ilumina el día y también la luna que nos consuela en las tinieblas

de la noche. Todo esto es maravilloso, encomiable, estupendo, celestial. Lo admiro, lo alabo, pero no apaga mi sed, ya que tengo sed de su autor. Me vuelvo hacia mí mismo, como sujeto, y veo que tengo cuerpo y vida. Yo contemplaba la tierra, el mar, el cielo, el sol, la luna, las estrellas por medio de mis ojos corporales, que eran como las ventanas de la mente. El sujeto que contemplaba, el alma, es interior. Sería inútil la ventana, si nadie se asomara a ella. Pues bien, a Dios no le encuentro con los ojos corporales, pues no es color, ni sonido, ni olor, ni sabor, ni superficie. Por su parte, el alma puede ver algo propio, la sabiduría, la justicia, la belleza interior, y finalmente a sí misma. ¿Pero acaso Dios es como el alma humana? No, el alma es mudable y Dios es inmutable... (8) Siento ya que Dios está por encima de mí mismo (cf. Com. Sal. 41,6). 259. Estamos de camino, lejos del Señor, y lloramos cuando nos preguntan: ¿dónde está tu Dios? ¿Y qué piensas hacer en esta peregrinación?. ¿Qué harás? En mis manos tengo la oración al Dios de mi vida (Sal 41,9). Esto es lo que hago aquí, pues soy el ciervo sediento, que desea la fuente de agua, recordando la dulzura de aquella voz que me llevó por el tabernáculo hasta la casa de Dios. El tabernáculo de Dios es el mundo visible y su casa es la eternidad. En mis manos tengo la oración al Dios de mi vida. Para suplicar a Dios, no tengo que comprar ultramarinos; para que Dios me oiga no tengo que navegar y traer de lejos incienso y aromas, o algún becerro o carnero del rebaño. En mis manos tengo la oración. Llevo dentro mi víctima, mi incienso y el sacrificio con que alcanzaré a Dios. El sacrificio agradable a Dios es un espíritu atribulado (Sal 50,19). Diré a mi Dios: «Tú eres mi apoyo, ¿por qué

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me has olvidado?» (Sal 41,10). Tengo que fatigarme aquí, como si tú, Señor, me hubieses olvidado. Es que quieres ejercitarme y me dilatas, pero no me niegas lo que me prometiste. También en nuestro nombre clamó nuestra Cabeza en la cruz: Dios, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Sal 21,2; Mt 27,46) (cf. Com. Sal. 41,17). 3. La meditación de los valores Aunque la realidad, por sí misma, es ya la meditación fundamental y radical, las criaturas aparecen ante el hombre dotadas de valores. El hombre percibe directamente esos valores porque también él nace dotado del aspecto subjetivo de estos valores, de esas potencias que llamamos idoneidades, capacidades, aptitudes, o como quiera que las llamemos. El hombre que se enfrenta con la naturaleza descubre la belleza, la verdad, la bondad, la estabilidad, el orden, las leyes, el bien, la justicia, la alegría y los demás valores. Y todos estos valores hablan al monje, como le hablaba la realidad misma. San Juan de la Cruz, en el Cántico espiritual, expresa bellamente ese diálogo del monje con los valores de las criaturas. De ese modo, el santo carmelita se hace intérprete de la poesía agustiniana. Pero a esto viene a agregarse otro lenguaje misterioso, que es el lenguaje de los «signos». Las criaturas se convierten para el monje en «signos» o símbolos, en los que él sirve ya de intérprete racional. Los paganos cultos comprendían el absurdo de la idolatría olímpica, y convertían en símbolos no sólo las estatuas de sus dioses, sino también sus fábulas y mitos. Se había generalizado en el mundo literario la interpretación llamada «alegórica». San Agustín la aceptó de labios de san Ambrosio para explicar la Biblia y,

en cierto modo, todo lo existente. En cuanto a la Biblia, le bastaba la fórmula paulina: Todo esto les acontecía en figuras (1 Co 10,11) para aplicar la alegoría, no sólo a las palabras, sino también a los personajes y narraciones. Para el cosmos, atendía sobre todo a la belleza, al bien, a las apetencias de felicidad, de verdad y de unidad, a la energía de la forma, a todos los valores que podía encontrar en cada criatura, puesto que «todo bien, pequeño, mediano y grande viene de Dios a la criatura». Así las realidades, después de hablar directamente por sí mismas, por su contingencia radical, hablan por su dotación, por esos «bienes que nos dio nuestro Señor». ¿Por qué habíamos de buscar en la creación la náusea, la repugnancia, el rechazo, el absurdo y no más bien los bienes, la simpatía, la hermosura, la alegría, la convivencia? Esto no significa optimismo exagerado, excluyendo los males, sino aceptar todos los males sin excepción, pero con sentido y orden, ya que «no hay mal que por bien no venga». Dios saca de los males mayores bienes. Eso se ha llamado «sentido sacramental del mundo», puesto que convierte a las criaturas en símbolos, creados por Dios, instituidos dentro de un orden y portadores y productores de la gracia divina en su contacto e interacción con nosotros. La misma convivencia del monasterio se convertirá así en un valor sacramental, en una producción continua de la gracia divina, que se reparte entre todos los que intercambian su presencia y su influencia o actividad. San Agustín se atreve a hacer la apología de las tres grandes concupiscencias: pueden servir de escaleras para subir a Dios, como otros objetos cualesquiera, buenos o malos, ya que todo lo que Dios ha creado era bueno y en su conjunto muy bueno. Todas las cosas son «semejanzas de Dios» de algún modo ideal, y por eso los vestigios o huellas de Dios están

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estampados y grabados en todas las cosas y personas que nos rodean. Así la vida minuciosa es una perpetua meditación. 260. No es sólo la autoridad de los Libros Sagrados la que nos predica la existencia de Dios, sino que la naturaleza entera de las cosas, que nos rodea y a la cual pertenecemos, proclama que tiene un Supremo Hacedor, que nos dotó de una mente y naturaleza racional por la que vemos que es preferible lo vivo a lo inerte, lo que siente a lo que no siente, lo inteligente a lo no inteligente, lo inmortal a lo mortal, lo potente a lo impotente, lo justo a lo injusto, lo bello a lo feo, lo bueno a lo malo, lo incorruptible a lo corruptible, lo inmutable a lo mudable, lo invisible a lo visible, lo incorporal a lo corporal, lo feliz a lo infeliz. Y, pues, con esta constatación anteponemos sin dudar al Creador a las criaturas, entendemos que él vive y siente y entiende todas las cosas; y vemos que no puede morir, menoscabarse, cambiar, que no es un cuerpo sino un espíritu potentísimo, justísimo, hermosísimo, óptimo y feliz (Trinidad 15,4,6). 261. ¿En qué consiste la felicidad? ¡Qué maravilla que haya tantas opiniones sobre este punto, cuando todos los hombres sin excepción aman y buscan la felicidad!... (5,8) Cada cual la pone en lo que más le deleita a cada uno. Pero esto no puede ser, ya que hay quien se deleita en el dolor, o en el vicio, o en la inmundicia, y aquí hablamos de una felicidad objetiva y no subjetiva... (7,10) Y pues vemos cuánto han errado los filósofos, al buscar esa felicidad, vemos que es necesaria la fe... (8,11) Y por lo mismo vemos que puesto que todos quieren ser felices, la felici-

dad reclama una inmortalidad, pues de otro modo no hay felicidad. Por eso todos los hombres desean la inmortalidad, pero desesperan de poder ser inmortales. Para que el hombre pueda vivir feliz primero tiene que vivir y vivir seguro. ¿Cómo tendrás vida feliz, si de pronto te abandona la vida? Dios, pues, nos imprimió la necesidad de querer ser felices y con ello la necesidad de querer ser inmortales (cf. Trinidad 13,4,7). 262. No puedes amar sino lo bueno. Buena es la tierra, con la altura de sus montañas, la templanza de sus colinas y la llanura de sus campos: buena es la finca amena y fértil y bueno el palacio, estructurado con simetría, amplio, luminoso; bueno el aire templado y salubre; buena la comida suave y saludable; buena es la salud sin dolor ni cansancio; bueno el rostro humano de líneas regulares, risueño, rosado; buena es el alma del amigo, dulce por la concordia, la fidelidad y el amor; bueno el varón justo; buenas las riquezas que tantas cosas facilitan; bueno es el cielo con el sol, la luna y las estrellas; buenos son los ángeles en su santa obediencia; bueno es el lenguaje que instruye agradablemente y amonesta oportunamente al que escucha y bueno es el poema con su sinfonía rítmica y sus frases graves. ¿Para qué enumerar más y más? Bueno es esto y bueno es lo otro. Pues bien, quita «esto» y lo «otro» y contempla el bien mismo, si puedes. Así verás a Dios, quien no es bueno con un bien ajeno, sino que es el bien de todo lo bueno. En todas las cosas que acabo de citar, podemos anteponer unas cosas a otras porque llevamos impresa la noción de bien, gracias a la cual aprobamos algo y preferimos o posponemos. Por eso tenemos que preferir y amar a Dios, que no es esto bueno o lo otro, sino el mismo bien (Trinidad 8,3,4).

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263. Una cosa es el bien por participación y otra el Bien en sí mismo y por sí mismo, que es Dios. Cuando oigo hablar de un alma buena, veo dos cosas, el alma y la bondad. El alma nada pudo hacer para existir, pues antes no existía; en cambio para ser buena tuvo que utilizar su voluntad, ya que no es lo mismo existir que ser buena. Ahora bien, para ser buena tuvo que volverse hacia un Bien en sí mismo y participar de él... (5) Por ende no existiría bien alguno mudable, si no existiese un Bien inmutable. Cuando oyes que es buena esta o aquella realidad, que podrían no ser buenas, trata de contemplar al mismo Bien, por cuya participación son buenas las cosas que son buenas. Y si puedes contemplarlo, estás contemplando a Dios. Y si logras unirte a él por el amor, quedarás beatificado. Es vergonzoso no amar al Bien mismo, por el que son buenas. En cuanto al alma, tiene que volverse hacia el Bien para ser buena, recibiendo el bien de quien recibe la existencia. Y ese Bien no está lejos de nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y somos (Hch 17,28) (cf. Trinidad 5,3,4). 264. Contemplé las cosas inferiores a ti y vi que ni son ni dejan de ser del todo: existen, puesto que proceden de ti; pero no son, puesto que no son eternas como tú. En verdad sólo es aquello que permanece inmutable. Para mí, mi bien consiste en adherirme a ti (cf. Sal 72,28), ya que si no permanezco en ti, tampoco permaneceré en mí, mientras que tú, permaneciendo en ti, mueves todo y todo lo renuevas (cf. Sb 7,27). Tú eres mi Señor, porque no necesitas de mis bienes (Sal 15,2)... (12,18) Todas estas cosas son buenas, puesto que pueden corromperse, esto es, perder parte de su bien. Pero no son sumamente buenas, o eternas, pues

pueden corromperse... (13,19) Y el mal no existe, ni para Dios ni para la creación entera, pues nada puede alterar el orden de las leyes que tú impusiste. Hablamos del mal relativamente, porque unas cosas no convienen a otras... (14,20) Enfermo está aquel que se muestra displicente con las realidades de la creación... (16,22) Así puedo yo sentir y comprobar que no es maravilla que el pan sea un castigo para el paladar enfermo, cuando es tan agradable para el sano; como la luz es enojosa para los ojos enfermos, cuando es tan hermosa para los sanos. Tu justicia desagrada a los inicuos y llamamos inicuo al que se aparta de ti, pero no hay sustancia alguna que llamemos iniquidad (cf. Conf. 7,11,17). 265. Séasme dulce tú, dulzura auténtica, dichosa y segura. Así volverás a recogerme de esta mi dispersión. Estoy hecho añicos por haberme disgregado en mil tendencias, al divorciarme de tu unidad (Conf. 2,1,1). 266. ¿Por qué se ha llenado mi alma de ilusiones? Recogeos. Venced vuestra mala costumbre y lo conseguiréis todo. Una sola cosa buscamos, la más simple que existe. Busquémosla, pues, con simplicidad de corazón. Reposaos y conoceréis que yo soy el Señor (Sal 45,11). Este no es el ocio de la desidia, sino el ocio mental, que se abstrae de todos los tiempos y lugares. Toda esa muchedumbre de imágenes es la que nos impide ver la unidad constante. Los lugares nos ofrecen objetos de amor y los tiempos nos arrebatan lo que amamos, dejándonos en el alma montones de imágenes, pero por las que nuestra codicia vaga saltando de una a otra. El alma se vuelve nerviosa y doliente, queriendo en vano retener las cosas que la retienen a ella. Y por eso se la llama al retiro para que no ame estas cosas

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que no pueden ser amadas sin fatiga. Y sólo así será libre... Ya veis, los amigos del mundo temen el separarse de su abrazo tanto, que nada es para ellos más doloroso que el carecer de dolor (Verd. religión 35, 65). 267. Es preciso retirarse de todo lo sensible, aún del propio cuerpo y entrar solos en esa soledad en que nos espera Dios completamente solo para unirnos a él. Para percibir las increíbles cosas que se ocultan en nosotros, tenemos que prestarles atención, desasiéndonos de todo lo demás (cf. Solil. 1,14,24). 4. Insistid en la oración (2) Aunque las idoneidades o aptitudes para percibir los valores sean radicalmente iguales en todos los hombres y mujeres, se desarrollan y educan de diferentes modos, cuantitativa y cualitativamente. Por eso cada cual ha de ir construyendo su propio método de meditar y orar, siempre que viva dentro de una vida de oración y de recogimiento, y siempre que no olvide que el deseo es la esencia de la oración. Porque la oración es un medio y no un fin. Las almas sencillas percibirán mejor los valores prácticos y cotidianos y podrán fácilmente ver a Dios en los espejos de la naturaleza y de la historia; así podrán más fácilmente dialogar con él personalmente en un soliloquio religioso. En cambio los científicos, los que «abren un proceso forense para demostrar la existencia de Dios», se ven abocados a una alternativa: 1) o bien caen en un positivismo racional y bíblico y así se condenan al absurdo y a la náusea, 2) o bien inician el soliloquio con la Verdad, que es Dios. Quizá también los científicos religiosos abren el proceso forense de las pruebas y demostraciones; ya saben de antemano que el proceso es inútil como resultado,

pero útil y aún necesario como proceso. El proceso mismo es el camino de Dios, porque ese proceso es la existencia, presencia y potencia de Dios para los hombres reflexivos. En ambos casos, en el camino sencillo y en el camino procesal, se impone el soliloquio, es decir, el diálogo con Dios. Ya no se trata de una mera existencia desnuda, ni de unos valores objetivos-subjetivos especulativos, sino de un encuentro personal, de una relación amorosa y comprometida. Dios busca a los hombres y les sale al paso apenas ellos se vuelven hacia él. Naturalmente, al que no le interesan ni Dios ni el alma, no tiene por qué hacer oración, ni llamarse cristiano o piadoso. Con su humanismo puede divertirse a lo largo de su vida, si es bastante hábil y ladino para hacerlo. Pero el que se da cuenta de que se halla frente a Dios tiene que realizar un gran esfuerzo, porque Dios, no sólo es incomprensible e inefable, sino también invisible y sorprendente. Se necesita una gran fe y una gran convicción para admitir que un hombrecillo o una mujercilla están hablando con el Creador de los cielos y de la tierra, con el Verbo que se hizo tierra, carne y pan, o con el Espíritu Santo que penetra en las entrañas y las remueve, planeando sobre una vida informe y anodina. ¿No será mero orgullo, mera proyección sentimental, mera aspiración fantástica ese afán de ser como Dios, de hablar con Dios, de tratar con Dios, de divinizarse o dejarse divinizar? La lucha con la fe y con la razón puede revestir acentos dramáticos y desesperantes, pero eso es ya ir entrando realmente en la oración. Eso es ya encontrarse con Alguien que busca la amistad y que reclama dos condiciones elementales: 1) acercarse, pero 2) no demasiado. Sería impío e injusto parapetarse contra Dios, huir, esconderse, acudir a las hojas de higuera, rechazar la mano que se tiende con cualquier excusa, incluso amorosa.

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Pero sería también impío e injusto perder el respeto, olvidar la distancia y la diferencia, obligar al Señor a repetir como a la Magdalena: ¡No me toquesl (Jn 20,17). 268. Nuestro aposento es nuestro corazón, en el que Jesús nos invita a orar: Entra en tu aposento y cierra tras de ti la puerta (Mt 6,6). Ten cuidado de que no entren contigo las cosas exteriores y conténtate con las que ni el ojo vio, ni el oído oyó (1 Co 2, 9). Limpia tu aposento para que resulte grata la estancia. El que pasa todo el día en los pleitos del foro apetece de la calma del hogar. Pero si se encuentra con una esposa maligna, ¿dónde hallará sosiego? Si cuidas la conciencia, la Sabiduría será tu esposa y ella te endulzará la vida (cf. Com. Sal. 35,5). 269. Cuando oréis, entrad en vuestro aposento. Pero ¿de qué os servirá entrar en él, si queda la puerta abierta a los inoportunos? Las cosas extrañas nos asaltan y se deslizan hacia el interior. Extrañas llamo a todas las cosas temporales y sensibles. Entran por los sentidos carnales, penetran en nuestro pensamiento y el tropel de las imaginaciones hostiga al que pretende hacer oración. Por eso, cierra la puerta y ora. Tienes que cerrar la puerta, tener organizada la resistencia... (3,13) No tratamos con Dios de palabra, sino por la atención mental, el puro amor y el sencillo afecto... (3,14) Dios está siempre preparado para dar, pero nosotros no estamos siempre preparados para recibir. Nos lo impiden nuestras inclinaciones hacia las cosas extrañas. En la meditación, el corazón se vuelve hacia Dios para recibir, para contemplar... (4,15) Jesús mandó comenzar a meditar diciendo Padre nuestro, que estás en los cielos...

(5,17) Por los cielos podemos entender el corazón del justo, que es templo de Dios. Porque el que medita está ya deseando que Dios habite en su corazón, pues le invoca (cf. Serm. Montaña 2,3,11). 270. Este deseo tuyo es tu oración. Si tu deseo es continuo, continua es tu oración. En tu interior hay una oración nunca interrumpida, que es tu deseo. Hagas lo que hagas, si tienes deseo de aquel eterno sábado, nunca interrumpes tu oración y cumples el mandato del Apóstol: Orad sin interrupción (1 Ts 5,17). Cuando cesa el deseo, cesa el amor y entonces cesa el clamor, cesa la voz. En todo laten un suspiro y un gemido. No siempre pueden percibirlos los hombres, pero nunca pasan desapercibidos al oído de Dios (cf. Com. Sal. 37,14). 271. Dios quiere que perseveremos llamando a su puerta, no porque nos desatienda, sino para avivar nuestro deseo. Él sabe lo que deseamos, y sin embargo, insiste tres veces: pedid, buscad, llamad (cf. Mt 7,7). Y todavía recalca: es preciso orar siempre y no desfallecer (cf. Le 18,1). ¿Qué misterio es éste? Dios ha cerrado su puerta para ejercitarnos... (7) Tenemos que pedir que nos abra, no con largos discursos, sino con un hondo gemido. Nuestro deseo ora siempre, aunque la lengua calle. La oración nunca se interrumpe, mientras no se nos enfríe el deseo. También podemos pedir moderadamente las cosas temporales, en la seguridad de que Dios las negará, si no nos conviene recibirlas. Ahí tienes a tu hijo que se pasa todo el día llorando para que le entregues el cuchillo, y tú le dejas llorar para no verlo sangrar. El pequeñuelo llora y patalea para que le montes a caballo, y tú no le montas porque el caballo le estrellaría. Le niegas un capricho y le conservas la vida. (8)

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Ya veis porque os repito tantas veces: ¡orad cuanto podáis! (cf. Serm. 80,2). 272. El que no entrevé lo que es la gloria no puede hacerse cargo de la actual miseria, y por eso dijo el salmo: He sido arrojado de la faz de tu presencia (Sal 30,23). En mi intenso recogimiento vi un no sé que, que me hizo comprender cuan lejos estoy de lo que vi. San Pablo dijo que había sido arrebatado al tercer cielo y allí oyó palabras inefables, pero regresó y tuvo que gemir en su debilidad (2 Co 12,2-10). Si él no pudo decir lo que oyó, no me lo preguntéis a mí... (13) Con frecuencia veis que los siervos de Dios le interpelan con gemidos y preguntáis la causa. Lo que oís es un simple gemido de algún siervo de Dios, si es que el gemido se ha hecho perceptible. Porque hay gemidos que ningún hombre puede oír. Pero si el pensamiento de un gran deseo ocupa el corazón hasta el punto de que la voz revele la herida del hombre interior, buscáis la causa y os decís: «quizá gime por esto, quizá le ha sucedido aquello». ¿Pero quién puede saberlo sino aquel ante cuyos ojos y oídos gime el siervo de Dios? Los hombres no oyen el gemido del corazón. Por eso, que tu deseo se abra delante de Dios. Tu deseo es tu oración (cf. Com. Sal. 37,12). 273. Tus dardos son agudos y muy eficaces (Sal 44,6). Tales son las palabras a las que se refiere la Esposa... He sido herida por el amor (Ct 2,5; 5,8). Dice que el amor la ha vulnerado, que está enamorada, que arde, que suspira por el Esposo, quien la hirió con el dardo de su palabra, dardo agudo y eficaz... También a san Pablo le pasaron el corazón con uno de esos dardos y enseguida gimió: Señor, ¿qué quieres que haga? ¡Oh dardo afilado y eficaz, que convertiste a Saulo en Pablo! (Com. Sal. 44,16).

274. [Fomenta el deseo de la Jerusalén celestial]. A veces, cuando el teatro o el anfiteatro empiezan a vomitar las muchedumbres frenéticas después de la representación, ... se tropiezan con algunos siervos de Dios que casualmente pasan por allí. Conocen a los siervos de Dios por la compostura, por el vestido, por los cabellos o por el continente, y dicen para sí: «¡Qué desgraciados son! ¡Hay que ver lo que se pierden!». Hermanos, recemos al Señor por esos ciegos, que llaman buenos a sus espectáculos. No nos odian a nosotros; más bien odian a sus propias almas, y por eso se lamentan de que nosotros nos perdamos lo que ellos aman. Oremos para que no pierdan ellos lo que nosotros amamos. Por eso la Escritura canta las glorias de Sión para inflamarnos en el amor de aquel divino espectáculo. Ardamos en tal deseo. No seamos tibios o fríos de espíritu... (1) Si amamos a Cristo, desearemos su venida, su presencia. Sería extravagante temer la venida del Amado, cuando le estás diciendo: ¡Venga a nosotros tu reino!... (3) Si no existiera la vida futura, son más felices que nosotros esos que pasan la noche en el anfiteatro. Pero tú despierta la fe y atiende a los Novísimos. Adivina el regocijo glorioso del Reino de los cielos. ¡Mira el espectáculo! ¡Desventurados los locos que se satisfacen con la vista de un gladiador! (cf. Com. Sal. 147,8). 275. [El amigo pedía tres panes a su amigo para atender al huésped]. Y aunque recibió la negativa, no dejó de seguir llamando. Y el amigo que dio la negativa, al fin cedió, al ver que el otro no cesaba de pedir. ¿Cuánto mejor accederá nuestro amigo bueno, pues exhorta a pedir y se enoja si no pedimos? Cuando a veces retarda la concesión, encarece su don, no lo niega. Porque las cosas mucho tiem-

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po deseadas, proporcionan mayor placer cuando se consiguen; cuando se dan al momento, se desprecian. Pide, busca, insiste. Mientras pides y buscas, creces, te amplías para recibir. Dios te retiene lo que no quiere darte al momento para que aprendas a desear con ardor grande las cosas grandes. Y por eso conviene orar sin interrupción y noflaquear (Le 18,1) (Serm. 61,5,6). 5. Insistid en la oración (3) Orar es mendigar. Los griegos pudieron transformar el concepto de la gracia divina, convirtiendo la limosna en una participación en la naturaleza divina. Eran ciudadanos y no pordioseros como los hebreos. Pero san Agustín llegó a adentrarse en el terreno de la gracia divina guiado por san Pablo y no por Platón. Y así se hacia compatible la gracia gratum faciens, con la gracia que es la limosna previa de Dios para toda actividad salvífica. De ese modo el Doctor de la gracia era el Doctor de la Mendicidad. La obra buena del hombre es la revelación de una oculta gracia divina que la ha promovido. Las buenas obras y los mismos buenos deseos son manifestaciones de un principio divino que nos toma como «causas segundas» , aunque racionales y responsables o libres, de acuerdo con la parábola de los talentos (Mt 25,14-30). El hombre es, pues, un mendigo, cuya salvación está en la misma mendicidad. Lo propio del mendigo es pedir y no soñar, y por eso la oración bíblica se contraponía en ciertos aspectos a la meditación filosófica. El oficio primero del cristiano, como del hebreo, es solicitar el capital con que habrá de montar su negocio: sin capital, no hay negocio posible. No es ya extraño que san Agustín nos hable tantas veces y con tanta profundidad de nuestro desamparo radical, de nuestra miseria, de nuestro pecado original y de nuestro pecado incesante.

276. ¡Oh, alma! Pensando en la verdadera vida, debes considerarte desolada en este mundo... (2,5) Entre estas tinieblas debe el alma cristiana considerarse desolada para no cesar de orar. Es tierra desierta, sin camino y sin agua (Sal 62,3): esto es esta vida moribunda... (3,7) Para que insistas en la oración de día y de noche, no te olvides de tu desolación... (8,17) Dios, por su parte, dilata el darnos las mercedes para que nosotros dilatemos y ensanchemos nuestra capacidad con el deseo, pues su don es muy grande y nosotros muy pequeños... (9,18) Oh alma, tanto mayor será el efecto, cuanto precediere un mayor afecto. Por eso a ciertas horas recogemos la mente para el negocio de la oración, postergando los demás cuidados, que en cierto modo entibian nuestro afán. Así excitamos nuestra atención y el afán que empezaba a entibiarse no se enfría, ya que llegaría a extinguirse totalmente, si no lo avivásemos con alguna frecuencia... (10,19) Es muy útil y bueno que nos recojamos a menudo para esta oración actual, aunque nunca dejemos de orar con el deseo... (12,23) Todo lo tenemos que pedir, tanto para nosotros como para los nuestros, para los extraños y para los enemigos, si bien cada uno debe hacerlo en conformidad con sus personales relaciones (cf. Carta 130,2,3). 277. Todo lo que tienes te lo ha dado Dios, pero tú sigue pidiendo a la puerta del Padre de familia. Eres un mendigo, aunque quizá no lo adviertes. ¿Acaso has recibido ya la estola de la inmortalidad? ¿Quieres ya dejar de pedir? No ceses de pedir hasta que Dios se te dé a sí mismo. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque serán saciados (Mt 5,6). Deseaste los bienes de Dios, y Dios te los ha dado. Desea a Dios, que es

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mejor que sus bienes. Quien prefiere a Dios sobre sus bienes es el que invoca de verdad a Dios. ¿Acaso no le amarías, si te sustrajese sus bienes como a Job? (Jb 1,21). Quizá no te ha dado lo que le estás pidiendo, pero te está ahí escuchando. Es como el médico que practica un cauterio en el ojo o en las visceras; el enfermo pide que se retire, pero el médico espera la coyuntura, y no se va; y al fin impone la curación. Quizá Dios no atiende a tu presente voluntad, pensando en tu futura curación.. Y no dudes de que Dios está siempre cerca de los que le invocan de verdad (Sal 144,18) (cf. Com. Sal. 144,22). 278. ¿Acaso injuriamos al Unigénito de Dios, al decir que nos lo han dado, como posesión nuestra? Cierto, habrá de serlo. Si alguien te regalara hoy una finca amena y fértil, donde te gustaría vivir siempre por su amenidad, y de la que puedes sustentarte fácilmente por su fertilidad, ¿no te encantaría ese regalo y darías las gracias al que te lo hace? Pues bien, en Cristo hemos de vivir. ¿Cómo no va a ser nuestra posesión, si en él hemos de habitar y de él tenemos que vivir?... La Escritura nos apoya diciendo: Dios es la partija de mi herencia (Sal 15,5). No dice: «Señor, ¿por qué me das esa partija? Todo lo que me dieres, es una miseria. Sé tú mi herencia, pues te amo, te amo con toda mi persona, con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente. ¿Qué puede significar todo lo que me des fuera de ti?» Esto es amar a Dios gratuitamente, esperar que Dios te dé a Dios, correr a llenarte de Dios y saciarte de Dios. Fuera de él, nada sería bastante para ti... Quizá pecas contra Dios por el vestido, por el alimento, por la vida, por el honor y de mil otras cosas. No peques por estas menudencias. Dios será tu alimento eterno, tu vesti-

do de inmortalidad, tu honor, tu vida eterna. No peques, pues, por nada contra él. Deberás darle gracias, pues él puede saciarte mejor que todas esas cosas (Serm. 334,3). 279. Dios te invita a que le pidas cuanto quieras. ¿Qué le vas a pedir? Puedes pedirle por ejemplo toda la tierra, el mar, el aire y el cielo. ¿Has pedido ya todo lo que querías? Pues ahora, dime: ¿Has hallado alguna cosa mejor que el creador de las cosas? Pide todo lo que quieras. Pide a tu creador y tendrás todas las cosas que el creó. Todas son buenas, todas son hermosas, pero más hermoso es él. Ellas son fuertes, pero más fuerte es él. Y lo que él desea es darse a sí mismo. Le haces injuria si te contentas con menos. Un alma embelesada por este amor dijo: ¿Acaso no es mi porción el Señor? (Sal 72,26). Quería decir: «Señor, tú eres mi herencia; elijan otros su porción, la mía es el Señor». Que Dios tome posesión de ti y tú la tomes de Dios; tú serás su campo, tú serás su casa. Dios toma posesión para favorecer, y se da en posesión para favorecer... Dijo el evangelista: mis ojos vieron tu salvación (Le 2,30). Pues bien, la salvación de Dios es Cristo (Com. Sal. 34,1,12). 280. Aprende a negociar. Alabas a un mercader que vende plomo y adquiere oro. ¿Por qué no alabas al mercader que reparte dinero para adquirir justicia? Y tú me dirás: «Ya que no tengo justicia, quiero tener por lo menos dinero»... Mejor harías en dar el dinero para adquirir la justicia. ¿Quién te va a dar la justicia, sino Dios que es fuente de la justicia? Hazte, pues, mendigo de Dios. Dios conocía a su mendigo y por eso le dice: pide, busca, llama (cf. Mt 7,7). ¿Te espolea para que pidas y te va a negar lo que le pides? (Serm. 61,4,4).

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281. Dios te perdona, pero con tal de que tú perdones también a tu hermano (cf. Mt 18,35)... En efecto, todo hombre es deudor ante Dios y tiene a su hermano por deudor... Y lo mismo ocurre con los beneficios. El mendigo recurre a ti, y tú eres mendigo de Dios. Todos somos mendigos de Dios, cuando oramos. Nos colocamos a la puerta del gran padre de familia, más aún, nos postramos, gemimos suplicantes, deseando recibir alguna merced. Y esa merced es el mismo Dios. ¿Qué te pide a ti el mendigo? Pan. ¿Y tú, qué pides a Dios sino que te dé a Cristo, quien dijo: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielol (Jn 6, 51) (Serm. 83,2,2). 282. He subrayado copiosamente la gracia del Nuevo Testamento, porque tiene adversarios. Turbados por su profundidad, no quieren atribuir a Dios el que son buenos, sino que pretenden arrogárselo a sí mismos. Y son tales que no puedes desdeñarlos. Viven en continencia y son recomendables por sus buenas obras. No admiten un falso Cristo, como los maniqueos u otros herejes, sino que creen que ha venido y esperan que ha de venir el verdadero Cristo, igual al Padre, coeterno, verdadero hombre. Mas, ignorando la justicia de Dios quieren establecer la suya (Rm 10,3). No en vano el Señor, al citar a las vírgenes prudentes que entraron con él a las bodas, y a las fatuas a quienes cerró la puerta..., llama vírgenes a todas, por razón de la continencia. Todas habían domado la concupiscencia de la carne, que se extiende a los cinco sentidos. Todas habían adornado sus lámparas, por la alabanza clara lograda delante de los hombres con buenas obras y buenas conductas. Todas salieron al encuentro del esposo por la expectación con que se aguarda la venida de Cristo. Y sin embar-

go a unas las llama necias y a otras prudentes, porque unas se surtieron de aceite y otras no. Sólo se diferenciaban en un punto, pero tan importante que les da nombres diferentes y contrarios... (84) Esta es la comparación con estos adversarios de que hablo (los pelagianos). Si no se enmiendan, se quedarán fuera. Y no porque no sean vírgenes, sino porque no saben de dónde les viene el serlo: no llevan consigo el efecto de la gracia interna... (85) Si te encuentras con ellos, rechaza la vaciedad de sus vasos y que ellos admitan la plenitud del tuyo. En la acción de gracias sólo se trata de eso, de que quien se gloría, se gloríe en el Señor (1 Co 1,31) (cf. Carta 140,37,83).

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CAPITULO OCTAVO

ORACIÓN Y AMOR (Regla II, 10-13) 1. Orar es amar El deseo es el alma de la oración y también la voz del amor. Enfrentarse con Dios en una oración real es acudir a una cita, a un encuentro de amistad o de amor, y se verifica por la mediación de Jesucristo. Por eso la oración supone un modo de ser y de vivir, un comportamiento estable, una postura o situación de cierto compromiso. San Agustín lo expresó en una fórmula reversible: «bien sabe vivir quien bien sabe orar» y viceversa. No usa nuestras fórmulas técnicas: oración afectiva, de fervor, de quietud, de unión, de matrimonio espiritual, pero tampoco las necesita, ya que gradúa la oración por el grado del amor, y por su calidad. Tampoco habla de «mística psicológica» o de «contemplación infusa», pero acepta fácilmente tales conceptos. Su mística es el cristocentrismo y este queda cifrado en el primer mandamiento, llevado a su perfección. Los métodos agustinianos son teológicos. El fundamento y principio es siempre la fe, la revelación de Jesucristo y por lo mismo un conocimiento de la Biblia, y un razonamiento iluminado por esa misma fe. Sobre esa base podríamos hablar de métodos coyunturales o personales: las «ascensiones» desde las criaturas a Dios, la visión sacramental del mundo, del hombre, de la sociedad o de la historia, el soliloquio, la confesión de la miseria humana y de la mise-

ricordia de Dios, y las designaciones tradicionales: alabanza, petición, adoración, acción de gracias, etc. Pero en el fondo, da amantem. Cuando san Agustín espera objeciones, reclama: dadme un amante, un enamorado, un interesado; pero si me dais un pasmado, un indiferente, un formalista, no hay nada que hacer. ¿Es inútil o vana la oración de un desinteresado? Por de pronto, es difícil que haya un desinteresado total; además, el desinteresado de hoy puede ser el interesado de mañana; finalmente, si hace oración, ¿por qué la hace? Sin duda le trabaja la gracia divina. No es, pues, inútil su oración, pero apenas podrá llamarse oración. Santa Teresa nos habla de los años que dedicaba a contar los ladrillos del pavimento. Aun así podría ser un sacrificio, quizá una tortura, un «soportar» a una persona que no nos interesa. Resulta pintoresco, sin embargo, el afán actual de superar la crisis de oración mediante técnicas psicológicas. ¡Cómo si lo interesante fuese la oración, y no la persona que nos sale al paso y nos cita para aclarar situaciones y relaciones! No será, pues, extraño que se logre tan escaso éxito con estos procedimientos accidentales. En cambio los actuales movimientos carismáticos acuden a san Agustín con gran acierto, pues se suponen el amor y el interés para tratar con la Verdad y con el Amor. El júbilo y el trasporte equivalen a la fórmula teresiana: «No me puedo valer». Es la agallíasis (gozo) de la primera comunidad de Jerusalén. Por eso, san Agustín no habla de estados pasivos, pues todos los fenómenos del inconsciente son pasivos a cierta profundidad y el amor termina por ser una «acción» en sentido estricto. Se ha dicho que san Agustín no era místico, sino «entusiasta», pero luego quizá el entusiasmo es todavía más misterioso que la mística. Otros, en cambio, llaman a san Agustín «el príncipe de los místicos».

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283. En todas las estancias interiores que recorro, consultándote a ti, no encuentro lugar seguro para mi alma sino en ti, pues en ti se reúnen todos mis compartimentos y ninguno queda fuera de ti. Y a veces me introduces en un ardor interior sumamente inusitado y me sobrecoge no sé que dulzura; si esta se perfeccionase en mí, ya no sé qué sería, pero no sería esta vida. Y recaigo por mi propio peso en la vida vulgar y la costumbre me recobra y quedo de nuevo aprisionado. ¡Tanto me aprieta el fardo de la costumbre! En esta región vulgar puedo mantenerme, pero no quiero; en la otra quiero, pero no puedo, y en ambas soy un desgraciado (Conf. 10,40,65). 284. ¡Oh Señor, que suba a tu presencia el incienso de los incensarios que son los corazones de mis hermanos! Aspirando la fragancia de tu santo templo, apiádate de mí... (4,6) Este es el fruto de mis confesiones.. Voy a hacer mi confesión, no sólo en tu presencia con una secreta exultación, llena de temor y temblor, pero también de esperanza, sino también a los oídos de los hombres, compañeros de mi gozo, consortes de mi mortalidad, conciudadanos y peregrinos, que me preceden, me siguen o me acompañan en mi camino. Son siervos tuyos y hermanos míos, pues quisiste que fueran hijos tuyos y señores míos. Tú me ordenaste que los sirva, si quiero vivir contigo y de ti. Tu Verbo me dio la doctrina y el ejemplo. Yo le imito en sus dichos y hechos, refugiado bajo tus alas. Pequeño soy, pero vive siempre mi padre y está siempre pronto a protegerme. Y tú mismo eres todos mis bienes.... (6,8) Con una conciencia, no dudosa, sino cierta, te amo, Señor. Heriste mi corazón con tu palabra y te amé. Y el cielo y la tierra y cuanto en ellos hay me dicen que te ame (Conf. 10,4,5).

285. ¡Tarde te amé, oh hermosura tan antigua y tan nueva! ¡Tarde te amé! Tú estabas dentro, yo estaba fuera y fuera te buscaba. En mi deformidad, me abalanzaba a las cosas hermosas que creaste. Estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Al fin me llamaste, me gritaste y rompiste mi sordera. Relampagueaste, refulgiste y disipaste mi ceguera. Trascendiste y aspiré tu fragancia y todavía anhelo hacia ti. Gusté y todavía tengo hambre y sed de ti. Me tocaste, y se me inflamó el deseo de tu paz. (28,39) Cuando me haya unido a ti totalmente, en ninguna parte sentiré dolor ni fatiga. Mi vida estará viva, toda llena de ti. A quien tú llenas, lo levantas, pero como yo no estoy aún lleno de ti, soy una carga para mí. Mis lamentables alegrías luchan con mis dulces tristezas, y no sé de qué parte quede la victoria. ¡Ay de mí! ¡Apiádate de mí, Señor! Mira que no escondo mis llagas. Tú eres médico y yo estoy enfermo; eres misericordioso y yo soy mísero... (29,40) Toda mi esperanza estriba únicamente en tu misericordia. Dame lo que me mandas y mándame lo que quieras (Conf. 10,27,38). 286. Cristo es el verdadero Mediador. ¡Cómo nos amaste, Padre bueno, pues no perdonaste a tu único Hijo, sino que por nosotros lo entregaste a los impíos (cf. Rm 8,32)! ¡Cómo nos amaste, pues él no consideró como un botín el ser igual a Dios y se sometió hasta la muerte y muerte de cruz (Flp 2,6.8) (Conf. 10,43,69). 287. Te invoco, Dios mío, misericordia mía, que me creaste y no me olvidaste, cuando yo te olvidé. Te invoco sobre mi alma, a la que preparas para recibirte con el deseo que le inspiras. No abandones al que te invoca, pues me previniste antes de invocarte, y me gritaste para que te

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oyese desde lejos y me convirtiera y respondiera a tu vocación con mi invocación (Conf. 13,1,1). 288. Yo te pregunto: Dios mío, ¿dónde estás? He aquí que donde estás respiro un poco dentro de ti, cuando derramo mi alma sobre mi mismo, con voces de alegría y confesión de quien celebra una solemnidad (Sal 41,5). Pero todavía está triste mi alma, porque recae y se convierte en abismo, o más bien experimenta que sigue siendo abismo. Mi fe le dice: ¿Porqué estás triste? (Sal 41,6)... Espera y persevera ... hasta que amanezca el día y se remuevan las sombras (Ct 2,17). Espera en el Señor; en la madrugada me alzaré y contemplaré, y siempre le confesaré. Por la madrugada me alzaré y veré (Sal 5,5) que es la salvación de mi rostro (Sal 42,5). Gracias a su Espíritu Santo (Conf. 13,14,15). 289. Señor Dios, danos la paz, pues todo lo das tú; la paz de la tranquilidad, la paz del sábado, de un sábado sin tarde. Porque todo este orden pulquérrimo del universo pasará, pues fue creado en una mañana y una tarde... (36,51) Pero el día séptimo ya no tendrá tarde, ni ocaso, pues tú lo santificaste para una morada sempiterna. Y descansaste..., dando a entender que también nosotros, después de nuestras buenas obras, gozaremos el sábado de la vida eterna... (37,52) También entonces descansarás en nosotros, como ahora trabajas en nosotros. Y tu descanso será como tus actuales obras en nosotros. Porque tú, Señor siempre trabajas y siempre descansas. Y tú mismo eres tu descanso (Conf. 13,35,50). 290. Pues sois rectamente justos, exultad en el Señor (Sal 32,1), ya que os embellece la alabanza. Que nadie

diga:- «¿Justo yo? ¿Cuándo he sido yo justo?». No os rebajéis ni desesperéis de vosotros mismos. Hombres sois, hechos a imagen de Dios. Y quien os hizo hombres, se hizo también él hombre por vosotros. La sangre del Unigénito se derramó por vosotros para que fueseis muchos los hijos adaptados en la herencia sempiterna. Si os depreciasteis por la humana fragilidad, encareceos por el precio que lograsteis. Y pensad seriamente lo que coméis y bebéis para que suscribáis el Amén (en la Eucaristía). ¿Es que os animamos a ser soberbios y a osar arrogaros alguna perfección? No, pero tampoco debéis consideraros despojados de toda justicia. Además, yo no busco vuestra justicia, sino vuestra fe. Quizá nadie se atreva a decir: soy justo. ¿Pero osará decir «Soy infiel»?... El Apóstol dijo: El justo vive de la fe (Rm 1,17). Tu fe es tu justicia. En efecto, si crees, eres precavido; si eres precavido, intentas, y Dios conoce tus conatos y ve tu voluntad, y considera tu lucha con la carne, y te exhorta a que sigas luchando, y te ayuda para que triunfes, y te espera, y te ayuda y al fin te corona. Por tanto, ¡exultad justos en el Señorl (Com. Sal. 32,11,1,4). 291. Aprended a dar gracias al Señor en la prosperidad y en la adversidad. Aprended a llevar en el corazón lo que todo el mundo lleva en la lengua. Todos dicen: «¡sea lo que Dios quiera!». Con frecuencia el lenguaje,popular es doctrina ejemplar. ¿Quién no dice cada día: «Que Dios haga lo que quiera» ? Alabad al señor con la cítara; cantadle con el salterio de diez cuerdas (Sal 32,1). Esto es lo que acabamos de cantar; al expresarlo al unísono, adoctrinábamos vuestros corazones (Com. Sal. 32,11,1,4). 292. Te cantaré con la cítara, oh Dios, Dios mío (Sal 42,4)... La cítara y el salterio son dos instrumentos portáti-

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les de música, y anuncian ambos nuestras buenas obras, ya que se tocan con la mano. Pero hay una diferencia entre ambos. El salterio lleva la caja en la parte superior, mientras que la cítara la lleva en la parte inferior. Por eso, el salterio simboliza la prosperidad y la cítara simboliza la tribulación y el artista debe cantar apaciblemente en ambos casos, y su arte es muy agradable a Dios (cf. Com. Sal. 42,5). 293. Cantaré tu verdad con el instrumento del salmo (Sal 70,22). El instrumento del salmo es el salterio, que lleva la caja de resonancia en la parte superior, mientras que la cítara la lleva en la parte inferior. Y ya que el Espíritu procede de arriba y la carne de la tierra, parece que el salterio simboliza al espíritu y la cítara a la carne. Y decía el salmista que le había sacado dos veces del abismo de la tierra, una según el espíritu, en esperanza, y otra según el cuerpo en la realidad. Y por eso canta a Dios con el salterio y con la cítara (cf. Com. Sal. 70,2,11). 294. Canta al Señor con la cítara (Sal 32,2). Si tienes abundancia de bienes terrenos da gracias al que te los dio; y si te faltan, o te los arrebata un accidente, canta seguro con la cítara. Porque no te dejará el que te los había dado, aunque te sustraiga lo que antes te dio. Pulsa las cuerdas de tu cítara en el corazón para que resuenen bien en esa caja inferior, diciendo: Dios lo dio, Dios lo quitó; bendito sea el nombre del Señor (Jb 1,21). (6) Pero si quieres referirte a los bienes espirituales y superiores, templa el salterio de diez cuerdas... Diez son los preceptos de la Ley, tres que se refieren al amor de Dios y siete al amor del prójimo. Son las diez cuerdas; el

instrumento es perfecto. Medita la unidad, la verdad y la felicidad de los tres preceptos del amor de Dios. Porque hay una cierta delectación en el Señor, sábado verdadero, sosiego verdadero, y por eso se dijo: Deleítate en el Señor y te dará lo que pide tu corazón (Sal 36,4). ¿Quién puede proporcionar tanto placer, como aquel que creó todas las cosas que producen placer?... Cumple la Ley, pero la cumplirás con el amor, pues no podías cumplirla por el temor... No seas un esclavo, sino un hijo, pues de un buen esclavo se hace un buen hijo. La justicia es hermosa, tiene su encanto, pero pide ojos limpios y enciende a sus amadores. Por ella los mártires pisotearon el siglo y derramaron su sangre. ¿Qué es lo que amaban cuando a todo esto renunciaban? ¿Acaso no eran enamorados? ¿O acaso os predico yo que no améis? Quien no ama, está helado, está rígido. Amad, pues pero amad esa hermosura que busca los ojos del corazón. Amad, pero a esa justicia que enciende el ánimo. Las almas repiten palabras, dan voces, claman por doquier: «Bien, magnífico!». Es que han visto la justicia a cuya luz es hermoso el anciano encorvado. Cuando se presenta un anciano justo, nada hay de amable en su cuerpo, y sin embargo, todos le aman. Le aman por lo que no ven, o mejor, le aman por lo que ven con su corazón. Que os deleite pues el Señor; pedidle que os deleite para que cumpláis con amor lo que es difícil, o mejor, imposible, cumplir por temor {Com. Sal. 32,11,1,5). 295. Algunos preguntan cómo se ha de cantar al Señor. Cántale, pero no mal. No le gusta que ofendan sus oídos. Canta bien, hermano. Cuando te va a escuchar un buen músico, te dicen: «Canta de modo que le agrades»; y temes cantar sin acompañamiento de instrumentos músicos para

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no desagradar al artista. Porque él descubre en ti imperfecciones que el vulgo no sabe apreciar. Pues, tratándose del Señor, ¿cuándo podrás ofrecerle una canción artística y elegante, que no hieras en nada a oídos tan perfectos? Pero él mismo te proporciona un modo de cantar: no busques palabras, como si pudieras explicar lo que agrada a Dios. Canta con júbilo. ¿Qué significa cantar con júbilo? Significa no poder explicar con palabras ni entender lo que canta el corazón. Los que cantan, por ejemplo, en la siega o en la vendimia o en algún trabajo atractivo, cuando comienzan a exultar de alegría por las palabras de la canción, se sienten tan inundados de gozo, que ya no pueden expresarlo con palabras. Dejan a un lado las sílabas y palabras y se abandonan a un cantar de mero júbilo. Y ese júbilo significa que el corazón está dando a luz lo que no puede decir. ¿Y a quién conviene este júbilo mayor que a un Dios inefable? Es inefable, puesto que no le podemos definir. Pero como no te debes callar, ¿qué te queda, si no el júbilo? Y así dejas que tu corazón exulte sin palabras y que ese torrente de dulzuras se desborde sin los cauces de las sílabas. Por ende, ¡cantadle bien en el júbilo! (Com. Sal. 32,11,1,8). 296. Hay dos amores, el del mundo y el de Dios. Si el amor del mundo mora en ti, no tiene por dónde entrar el amor de Dios. Retírese el amor del mundo y habite en ti el amor de Dios... Deja libre el corazón del amor terreno y beberás el amor divino, cuando empiece a habitar en ti la caridad, de la que ningún mal puede proceder. Pero primero oíd la voz del que prepara el campo. ¿Cómo encontró el corazón humano? Cuando encontró un boscaje, tuvo que desarraigar; cuando lo encontró limpio, ya pudo desarrai-

gar el boscaje, que es el amor del mundo. (9) [Escucha otra metáfora] Eres un vaso, pero lleno: tira el contenido que tienes y recibirás el que no tienes (Trat. 1 Jn 2,8). 297. Habita en la caridad y ella habitará en ti... Pero, hermanos, ¿quién ama lo que no ve? Pues, ¿por qué, cuando oís alabar la caridad, atendéis, aclamáis y ovacionáis? ¿Qué os he presentando? ¿Os he mostrado colores, oro y plata, o perlas? Pues, ¿quién la ha mostrado a vuestros ojos? ¿Acaso se ha reflejado en mi rostro cuando os hablo? Yo no he cambiado y vosotros tampoco. Hago el panegírico del amor, y me ovacionáis, y eso que no veis nada (Trat. 1 Jn 7,10). 298. Hay dos clases de temor, uno que es expulsado por la caridad y otro que es casto y permanece siempre. Imaginaos dos mujeres casadas. La una quiere cometer adulterio y se complace en el pecado, pero teme la condenación de su marido. Teme al marido precisamente porque ama el pecado, y por eso la presencia del marido no le resulta grata, sino molesta. Y teme que venga el marido. Así son los que temen que se presente el día del juicio. En cambio la otra ama al marido, le brinda sus castos abrazos y no se mancha con el adulterio, y por eso desea la presencia del marido. ¿Cómo se distinguen ambos temores? Las dos mujeres sienten temor, pero la intención es muy diferente. La una teme que el marido venga, la otra teme que el marido se vaya. La una teme ser castigada, la otra teme ser abandonada. Traslada esto al alma cristiana y sabrás distinguir ambos temores {Trat. 1 Jn 9,6). 299. Dirijámonos ahora a la mujer casta... Mejor que hablar, yo desearía oiría... Habrá de ser un alma santa,

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ardiente, que desea el reino de Dios. No soy yo quien le dirige la palabra, sino Dios que la consuela, pues vive entre sufrimientos en la tierra. Le dice Dios: «quieres que yo venga, y bien sé que deseas que venga. Bien sé cómo eres, pues esperas segura mi llegada. Ya vengo, enseguida vengo, aunque a mi amante le parezca que tardo». Escuchadla a ella, hermanos, cantar como un lirio entre las zarzas; oídla suspirar y decir: Cantaré y comprenderé en el camino inmaculado, ¿cuándo vendrás a mil (Sal 100,2). Con razón no teme en ese camino inmaculado, ya que la caridad echa afuera el temor (1 Jn 4,18). Cuando llegue la hora del abrazo, todavía temerá. ¿Qué temerá? Tomará precauciones, se apartará de su maldad para no volver a pecar. No teme ser echada al fuego, sino que la abandonen. ¿Qué es, pues, el temor que queda? El temor casto, que permanece para siempre (Sal 18,10) (Trat. 1 Jn 9,8). 300. Primero habla del Hijo de Dios y después de los hijos de Dios... Es como si dijera: «Sabemos que amamos al Hijo de Dios, pues amamos a los hijos de Dios». En efecto, los hijos de Dios son el cuerpo del único Hijo de Dios. Él es la Cabeza y nosotros somos los miembros del único Hijo de Dios. Por consiguiente, el que ama a los hijos de Dios, ama al Hijo de Dios y el que ama al Hijo de Dios ama al Padre. Nadie puede amar al Padre sin amar al Hijo y el que ama al Hijo ama a los hijos. Por el amor él mismo se hace miembro y por el amor se incorpora a la estructura del Cuerpo de Cristo. Así tenemos un único Cristo que se ama a sí mismo. Porque, si los miembros se aman recíprocamente, es el cuerpo el que se ama (cf. 1 Co 12,26-27)... El amor no puede dividirse. Elige lo que has de amar y ya se sigue todo lo demás. Si dices: «Amo sólo a

Dios, a Dios Padre», mientes. Si amas al padre, amas al Hijo. Bueno, pues entonces diré: «Amo al Padre y al Hijo, pero a ellos solos». Vuelves a mentir. Si amas a la Cabeza, amas a los miembros, y si no amas a los miembros tampoco amas a la Cabeza. Recuerda: Saulo, Saulo, ¿porqué me persigues? (Hch 9,4). Dice que le persigue a él el que persigue a sus miembros (Trat. 1 Jn 10,3). 301. [He visto el fin de toda consumación (Sal 118,96), y el fin del precepto es Cristo (Rm 10, 4)]. No te estanques en el camino, no te atasques. Sigue hasta el fin. ¿Buscas dinero? Ese no es el fin; como peregrino sigue adelante. Busca por dónde pasar, no dónde reposar. Si un amor te detiene, caíste en la trampa de la avaricia: es una cadena a tus pies y no te deja avanzar. Sigue, pues, andando, buscando el fin. ¿Buscas la salud del cuerpo? Bien, pero no te estanques. La salud termina en la muerte, se debilita con la enfermedad, es frivola, mortal, evanescente. Búscala para que una salud precaria no te impida tus buenas obras, pero ese no es el fin. ¿Buscas honores? Quizá es para agradar a Dios, pero no ames el honor, no te atasques. ¿Buscas alabanzas? Si buscas la alabanza de Dios, haces bien; si buscas la tuya propia, haces mal: te quedas en el camino. Te aman, te alaban, dicen que hablaste muy bien. No te detengas en tu charla, como si fuera tuya, no está ahí el fin. Si pones ahí el fin, estás ya finiquitado. Sigue, pues, adelante. (6) Ya veis, hermanos, cuántas estaciones pasamos y aún no llegamos al fin. Las necesitamos en el camino como posadas para restaurarnos, pero vamos de paso, hasta que lleguemos al fin. Y ¿qué dice el salmo? Vi el fin de toda consumación: tu mandamiento es dilatado (Sal 118,96). Ese mandamiento dilatado es la caridad. Ama, pues, y no

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podrás hacer sino el bien... (8) Corramos pues, hermanos míos, corramos y amemos a Cristo. ¿A qué Cristo? ¿Quién es él? El verbo de Dios, que se hizo carne, y es nuestra Cabeza. Sus miembros trabajan en la tierra, y en ellos debe difundirse tu amor. Extiende tu amor por la tierra entera, si quieres amar a Cristo, pues los miembros de Cristo cubren el orbe entero (Trat. 1 Jn 10,5).

2. ¿Para qué oramos? Al principio pensaba san Agustín que la oración podía ser el ejercicio básico de una vida contemplativa. Y nunca le abandonó esa nostalgia del retiro monástico, de la soledad, de Raquel, la de los bellos ojos y de María, la que estaba encantada a los pies de Jesús; en una palabra el ideal del «sábado» eterno. Pero envuelto en mil preocupaciones y actividades, vio en la oración el refugio, la consolación y el remedio del cansancio apostólico. Vio la vida humana llena de peligros, tentaciones, tribulaciones, necesidades, tormentas, persecuciones, pecados, traiciones, cobardías, apostasías; en fin, un abismo de miserias, que clama al abismo de la misericordia. De ese modo, su fórmula constante es la petición de la gracia divina: no nos dejes caer en la tentación (Mt 6,13). Colocado al frente de su cristiandad, luchando siempre con herejes, cismáticos, autoridades de la administración pagana, y paganos retrasados y fanáticos, cristianos tibios, ignorantes, impregnados todavía de paganismo, veía mejor que nadie que sólo de Dios podía esperar la reforma eclesiástica que deseaba. Por eso su oración constante es no nos dejes caer en la tentación . Y su oración de confesión significa confesar ante Dios el pecado universal, la situación pecaminosa del mundo, el régimen de pecado en que vivimos.

Pero la confesión lleva otro aspecto que es el reconocer las misericordias de Dios. Un reconocimiento exacto y honrado de los beneficios de Dios implica el recuento de esos beneficios y una correspondiente postura frente a ellos. Esa postura de reconocimiento puede expresarse de diferentes formas. Las más usadas por san Agustín son la alabanza y la acción de gracias. Porque en realidad debería tratarse de una «retribución». Si Dios nos ha otorgado tantos beneficios, deberíamos corresponderle de algún modo. ¿Pero qué podemos ofrecer nosotros a Dios? Todos nuestros ofrecimientos se reducen al sacrificio, pero, en realidad, sólo podemos sacrificar, es decir, ofrecer a Dios lo que el nos da por adelantado. Es un ofertorio en el que, como dice san Agustín, confesamos que «devolvemos» y nos quedamos «con todo». Y por eso, la alabanza y la acción de gracias parecen las formas más honradas de reconocer que todo bien, pequeño, mediano o grande, viene de Dios. Pero finalmente, san Agustín expresa su ideal de oración que sería un amor «casto». ¿Qué es un amor casto? Es amar a Dios por Dios, por él mismo, no por sus dones, ni por sus amenazas. Es un amor gratuito, amar de balde. Pedimos a Dios que se nos dé a sí mismo, no como botín de guerra, sino que nos acoja en su misericordia, a la que nos entregamos: ese es el único sacrificio personal que podemos hacer. El sacrificio social, el «sacrificio de los cristianos» lo realizamos concretamente en la Eucaristía como sacramento de nuestra unión con Dios en Cristo.

302. Hemos de superar la concupiscencia y las tentaciones por la suministración del Espíritu Santo, que Dios difunde en nuestros corazones (cf. Tt 3,6). Por eso oramos para que Dios no nos deje caer en la tentación (cf. Mt

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6,13). Oramos para poder cumplir los preceptos, oramos para no pecar, ya que caeremos, si Dios no nos socorre en nuestra debilidad. La oración es una prueba evidente de la necesidad de la gracia divina. Por eso dijo el Apóstol: Oramos al Señor que no cometáis mal alguno (2 Co 13,7). Confiéselo así Pelagio y nos alegraremos de la rectitud de su fe o de su corrección (cf. Carta 111,4). 303. Cuando evoco vuestro retiro, ese sosiego que disfrutáis en Cristo, me siento invadido por vuestra paz y caridad, aunque me veo siempre acosado de mil agobios y preocupaciones. Porque juntos pertenecemos a un cuerpo y estamos organizados bajo una sola cabeza... Os amonesto e invito, por la sublime caridad de Cristo y su piadoso encumbramiento, a que me tengáis siempre presente en vuestras oraciones, que seguramente son más vivaces y recogidas que las mías, porque yo me veo malherido y agotado por la tiniebla y el estrépito de mis ocupaciones en el mundo... (3) Enderezad todos vuestros actos de piedad a la gloria de Dios... (4) Os digo esto para que os acordéis de mí en vuestra oración, pues los que han venido de ese solitario monasterio me han dado a gustar la fragancia de vuestra santidad, el buen olor de Cristo. Ya antes me había llegado la fama de vuestra santa vida, pero lo he palpado en Eustasio y Andrés. Eustasio ya nos ha precedido, pues ha llegado a aquella santa paz que ya no es golpeada por las olas como vuestra isla Cabrera, ni necesita los cilicios que hacéis en esa isla (cf. Carta 48,1). 304. Tú nos crees tales como deben ser los siervos de Dios... Al alabarnos como si ya fuéramos tales, nos animas y exhortas a ser así. Y te damos gracias, si no sólo te encomiendas a nuestras oraciones, sino también oras por noso-

tros. En la súplica por un hermano se ofrece a Dios el sacrificio del amor {Carta 20,2). 305. Sea casta nuestra oración, y así pediremos lo que demanda la caridad, no lo que apetece nuestra concupiscencia... Del mismo modo que alcanzamos la buena disposición para orar mediante la limosna y el ayuno, así también nuestra misma oración se convierte en limosnera cuando se eleva no sólo por los amigos, sino hasta por los enemigos, y se abstiene de la ira, del odio y de otros vicios perniciosos... El ayuno material se interrumpe en ciertos momentos, pero el ayuno espiritual no se interrumpe, porque siempre se abstiene del odio y se nutre del amor (cf. Serm. 207,3). 306. Dios te ha colmado de beneficios. ¿Qué vas a ofrecerle tú? Bendice alma mía, al Señor (Sal 102,1). Cada cual estimule a su alma para repetirlo. Y todos nosotros y en todo el mundo los hermanos en Cristo, que constituyen un solo hombre, cuya cabeza está en el Cielo, digan a su alma: bendice alma mía al Señor... (3) ¿Y por qué? Porque él te ha dado el ser, la vida, la inteligencia y te ha hecho a su imagen y semejanza. Y en recompensa sólo te pedía que le devolvieras su imagen, su moneda, que eres tú mismo. Pero tú le devolviste blasfemias y pecados. Y Dios te dijo: «confiésalo y te perdono. Y ademas, te voy a retribuir, no como tú a mí, ya que me devolviste mal por bien, sino que te voy a devolver bien por mal»... (4) Considera, pues, alma los dones del Señor y tus pecados. ¿Y qué sacrificio le vas a ofrecer ahora? Él quiere ser alabado, no para crecer él, sino para que crezcas tú. Lo que te pide no es para sí, sino para ti. Quizá querías ofrecer a Dios algo y no lo encontrabas, pues todo lo que tienes lo recibiste de él y

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tuyo es sólo el pecado. En suma, bendiga tu alma al Señor y no olvide sus beneficios (cf. Com. Sal. 102,1). 307. Pobre y doliente soy (Sal 68,30). En la tierra el Cuerpo de Cristo es pobre y doliente. Pero sean ricos los cristianos. Mejor, si son cristianos, son pobres... (15) Pero este pobre no queda desamparado. ¿Cuándo te dignarías tú sentar a tu mesa a un mendigo andrajoso? Pues a este pobre lo acepta el rostro saludable de Dios. El esconde la pobreza en su propio rostro. Y ya que el rostro de Dios encierra todas las riquezas y abundancias, ese pobre dejará de ser pobre y doliente. Y entonces comenzará a cantar y a alabar, porque su hambre habrá sido satisfecha... (16) La alabanza del pobre agrada a Dios más que cualquier sacrificio (cf. Com. Sal. 68,2,14). 308. Los que os llaman felices, os engañan... Esta no es una región de seguridad. Es una región de escándalos, de tentaciones y de todos los males para que gimamos aquí y merezcamos gozar allá; aquí somos atribulados y allá consolados... Esta es región de muertos. Pasará la región de los muertos y llegará la de los vivos. ¿Qué hay en la región de los muertos? Trabajo, dolor, temor, tribulación, tentación, gemidos y suspiros. Los falsos felices son verdaderos infelices y la falsa felicidad es una auténtica miseria. El que reconoce hallarse en la verdadera miseria se hallará en la auténtica felicidad. Ahora que eres infeliz, oye al Señor: Felices los que lloran (Mt 5,5). ¿Cómo llama felices a los que lloran? Entiéndeme: los llamo felices en esperanza, aunque lloren en esta realidad... Lograremos la felicidad en el cielo. ¿Acaso en el cielo tendremos alguna actividad? ¿No será el reposo? Sería el reposo total, si cesara el amor, pero el amor será nuestra actividad. Y esa actividad

comienza aquí. Ahora deseamos a Dios, por él suspiramos y, cuando lleguemos a él, nos encenderá más aún. Nuestra actividad será alabar a Dios. Así el amor de Dios te sacia y no te sacia. ¿Qué es lo que estoy diciendo? Si digo que te sacia, pensarás en una cena; si digo que no te sacia, pensarás que te deja defraudado. Por eso digo que te sacia y nunca acaba de saciarte. Ambas cosas dice la Escritura: bienaventurados los hambrientos, pues serán saciados (Mt 5,6). Y también: los que te comen tienen más hambre, y los que te beben tienen más sed (Si 24,29) (cf. Com. Sal. 85,24). 309. Mi lección es breve: alaba siempre a Dios con corazón veraz, sin hablar en falso... Mi lección es breve: reconoce que él da misericordiosamente y quita misericordiosamente. Te acaricia para que no desmayes, te castiga para que no perezcas. Alábale, pues, en sus dádivas y en sus castigos. La alabanza en el azote es la medicina de una herida... Día a día, hermanos, bendecid a Dios. Ocurra lo que ocurra, bendecid a Dios... (5) Para que no pongas límite a la alabanza, dice la Escritura que Dios no tiene límites. Aun después de muerto, seguirás alabando a Dios (cf. Com. Sal. 144,4). 310. Damos gracias a la misericordia de Dios, gracias a su gracia. En castellano decimos «dar gracias», pero «agradecer» no es dar, ni pagar, ni retribuir. Damos gracias de palabra y nos quedamos con todo {Com. Sal. 88,14). 311. Prefiero entender las palabras como toda o casi toda la Iglesia suele entenderlas. Así entendemos por precationes las súplicas que proferimos en la celebración de nuestros sacramentos antes de la bendición del pan y el vino presentes sobre la mesa del Señor. Las llamamos ora-

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tiones cuando se bendicen, se consagran y se parten para su distribución, petición que termina casi toda la Iglesia con la oración del Señor. El mismo origen de la palabra griega nos invita a entenderlo así, ya que cuando se dice «euché» la Escritura no suele indicar que haya que entenderse oratio. Más frecuentemente traduce «euché» por votum, mientras que «pros-euché» siempre significa la oratio. Por eso algunos... en vez de por orado lo traducen por ad-oratio, en griego «proskynesis». Pero si la Escritura traduce con mayor frecuencia «euché» por votum, dejando aparte la oración como concepto genérico, se ha de entender propiamente como oratio la que hacemos referida al votum, es decir, «pros-euché». Ahora bien, votum es un ofrecimiento a Dios, en especial la oblación del altar. Con este sacramento se anuncia ese nuestro máximo «voto» por el que nos comprometemos a permanecer en Cristo, es decir, en la estructura del Cuerpo de Cristo. De esa realidad es sacramento simbólico el del altar, pues en él muchos formamos un pan, un cuerpo (1 Co 10,17). Estimo que por eso, al preparar esa santificación, el Apóstol manda que se hagan «proseuchai», es decir, orationes o adorationes... Porque eso hace ya referencia al votum, en griego «euché». En cambio, hablo de interpellationes o ... postulationes, cuando se bendice al pueblo. Entonces los obispos hacen las veces de abogados y ofrecen a la divina misericordia a sus encomendados con la imposición de manos. Acabada esa ceremonia y participado tan gran sacramento, hablamos de gratiarum actio (acción de gracias) con lo que termina todo (Carta 149,2,16).

3. Oración y Eucaristía. San Agustín sintetizó la teología católica del Cuerpo de Cristo, pero dándole su propio carácter dentro de su pensamiento orgánico. Puesto que el hombre pecador no podía satisfacer a Dios, y tiene que acogerse a Cristo Mediador, ha de encontrar en el Cristocentrismo el sentido y valor de su propia entrega a Dios. El ideal de la verdadera religión consiste en unirse a Dios mediante Cristo, comenzando por reconocer la «kénosis» de Dios. El Verbo desciende a la tierra e inaugura una dispensado temporalis, un régimen histórico y temporal: Dios se hace tiempo, sin dejar de ser eterno. El Verbo se hace carne, es decir, hombre, asumiendo en sí a la naturaleza humana eterna, a la humildad histórica y así inaugura una redención que se perfeccionará y consumará en la Cruz. Cristo se constituye en Camino, Verdad y Vida de los hombres. Nuestra incorporación a Cristo, que comenzó con la fe se estrecha en la unión con el Espíritu de Cristo mediante el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, a la que nos incorporamos por la caridad. Pero el Verbo, en el banquete de despedida se había hecho pan y vino, es decir, había establecido el pan y el vino como signo sagrado o sacramento de nuestra unión con la Iglesia, con su cuerpo y con su Espíritu. Con él y con Dios. Así vemos que no es lo mismo comulgar materialmente que comulgar dentro del Espíritu de Cristo. Distingue, pues, san Agustín tres planos: el sacramento, el Cuerpo de Cristo y la caridad unitiva, que constituyen la unidad de Cristo. Este es, pues, el sacrificio que la humanidad ofrece a Dios en la verdadera religión. Nuestro sacrificio espiritual coincide aquí con el sacrificio sacramental. El fuego es la caridad y el altar es el corazón humano. Y por eso la Eucaristía es la oración por excelencia. En ella el monje recorre al revés la «kénosis» divina,

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comulgado en el Verbo que se hizo pan y vino, sacramentales, que de alimento de los ángeles pasó a ser alimento de los hombres, no sólo en cuanto Camino, Verdad y Vida, sino también en cuanto signo sagrado de la unión amorosa. La Eucaristía reúne así la cruz con el pan para infundirnos la gracia y garantizarnos la gloria. Tenemos así como un sistema de movióla espiritual del hombre que sube hasta Dios adherido a Cristo. Al comulgar nos comprometemos en nuestra responsabilidad de cristianos. El sacerdote dice: «Cuerpo de Cristo» incluyendo al comulgante y éste responde «Amen; sea yo Cuerpo de Cristo», o bien afirmando: «Soy Cuerpo de Cristo». Esta es por nuestra parte la oración perfecta. Comemos el pan que es Cristo y representamos la redención, que es también Cristo. Aceptamos el sacramento como símbolo eficaz, esto es, como portador y productor de la gracia de Cristo, que se difunde en nosotros por el Espíritu Santo. Vivimos así la visión sacramental de la existencia, el mundo de las mediaciones, de la visión de Dios por espejos y en enigmas, en la fe y en la esperanza, y avivamos en nosotros esa misma caridad que el Espíritu de Cristo nos infunde. Vivimos así plenamente el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia y con ella el Espíritu de Cristo que está en la Iglesia. Y esta es la verdadera religión de la humanidad, el verdadero sacrificio de la humanidad, la oración por excelencia, tanto de la humanidad como de cada persona. 312. Ato glorificaron ni dieron gracias a Dios (Rm 1,21).. ¿Es que es lo mismo glorificar y dar gracias? Exactamente. Ya saben los fieles dónde y cuándo se dice: «Demos gracias al Señor nuestro Dios». Y ¿quién da gracias a Dios, sino quien tiene el corazón levantado hacia el Señor?... (7)

(Por eso los filósofos) eran culpables, inexcusables, pues conociendo a Dios, no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se desvanecieron en sus pensamientos por su soberbia y arrogancia (Serm. 68,6 PLS 506). 313. Recuerdo mi promesa. Os prometí exponeros el sacramento de la mesa del Señor, que ahora contempláis y del cual participasteis la noche pasada. Debéis saber lo que recibisteis, lo que recibiréis y lo que debéis recibir cada día. Ese pan que veis sobre el altar, consagrado por la palabra de Dios es el Cuerpo de Cristo. Ese cáliz, o más bien lo que contiene ese cáliz, consagrado por la palabra de Dios, es la sangre de Cristo. Mediante ellos quiso Cristo, el Señor, recomendar su cuerpo y sangre, derramada por nosotros en remisión de los pecados. Si lo habéis recibido bien, vosotros mismos sois lo que recibisteis, pues el Apóstol dice: somos muchos, pero un sólo pan, un sólo cuerpo (1 Co 10,17). Así expuso el sacramento de la mesa del Señor: somos muchos, pero un sólo pan, un sólo Cuerpo. En este pan se os encomienda cómo debéis amar la unidad. ¿Acaso ese pan se hizo de un solo grano? ¿ No se confeccionó con muchos granos de trigo? Antes de que constituyesen el pan, estaban separados; se reunieron por el agua y por la molienda. Si el trigo no se muele, y se remoja en agua, nunca cobrará esa forma que se llama pan. Así también vosotros, mediante la humillación del ayuno y del sacramento de exorcismo, quedasteis como molidos. Luego el bautismo os dio el agua. Os humedeció para que cobraseis la forma del pan. Pues bien, no se confecciona el pan sin el fuego. ¿Y qué significa el fuego? La unción con el óleo. Puesto que el óleo alimenta el fuego, es símbolo del Espíritu Santo. Prestad atención a lo que se

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lee en los Hechos de los apóstoles... El día de Pentecostés vendrá el Espíritu Santo; se aparece en lenguas de fuego, pues infunde la caridad para que nos inflamemos en Dios, despreciemos el mundo, arda el heno y el corazón se purifique como el oro. Viene, pues, también el Espíritu Santo, como fuego tras el agua, y así os convertís en pan, que es el Cuerpo de Cristo. De este modo queda significada la unidad. Y ya veis los sacramentos por su orden. En primer lugar, después de la oración, se os amonesta a tener levantado el corazón, como conviene a los miembros de Cristo. Porque si os habéis convertido en miembros de Cristo, ¿dónde está vuestra cabeza? Los miembros han de tener una cabeza. Si no hubiera ido delante la cabeza, no habrían ido detrás los miembros... «Resucitó al tercer día de entre los muertos y está sentado a la diestra del Padre». Nuestra cabeza está, pues, en el cielo. Por eso cuando se os dice: «¡Levantemos el corazón!», respondéis: «¡Lo tenemos levantado hacia el Señor!». Y para que no lo atribuyáis a vuestros méritos..., el obispo o presbítero que ofrece, dice: «Demos gracias al Señor nuestro Dios». Y vosotros lo confirmáis diciendo: «Es digno y justo»... Luego, tras la consagración del sacrificio de Dios, ya que él quiso que seamos nosotros mismos su sacrificio, que es significado, cuando aparece en el altar el sacrificio primero, el sacrificio de Dios y nosotros, ese es signo de la realidad que somos nosotros mismos. Por eso terminada la consagración, recitamos la oración del Señor, que ya habéis aprendido y recitado de memoria. Después se os dice: «La paz sea con vosotros», y los cristianos se besan con el ósculo santo, que es la señal de la paz... Así como tus labios se acercan a los de tu hermano, así deben acercarse vuestro

corazones. He ahí unos sacramentos grandes, muy grandes. Por eso dice el Apóstol: quien come el cuerpo de Cristo o bebe el cáliz del Señor indignamente será reo del cuerpo y de la sangre del Señor (1 Co 11,27). Indignamente significa irrespetuosamente, desdeñosamente. ¡No te parezca vulgar porque lo estás viendo! Lo que ves pasa, pero lo invisible, que es significado, no pasa, sino que permanece. Lo recibes, lo comes, lo consumes, pero ¿acaso se consume el cuerpo de Cristo? ¿Se consume la Iglesia de Cristo? ¿Se consumen los miembros de Cristo? De ningún modo... Por tanto la realidad significada permanece eternamente (Serm. 227). 314. Lo que estáis viendo sobre el altar de Dios, lo visteis ya la noche pasada. Pero la gran realidad que encierra el sacramento, aún no lo habéis oído. Lo que veis es pan y un cáliz. Pero vuestra fe tiene que aprender que el pan es el cuerpo de Cristo y el cáliz la sangre de Cristo. Quizá esto es suficiente para vuestra fe, pero la fe demanda mayor instrucción... Quizá alguno diga: «El cuerpo de Cristo está en el cielo, sentado a la diestra del Padre; ¿cómo puede el pan ser su cuerpo? Y el cáliz o el contenido del cáliz, ¿cómo puede ser su sangre?». Hermanos, ambas cosas se llaman sacramentos, porque en ellos una cosa es lo que se ve y otra lo que se entiende. Lo que se ve tiene aspecto corporal, lo que se entiende contiene un fruto espiritual. Si quieres entender el cuerpo de Cristo, escucha al Apóstol que dice a los fieles: Vosotros sois el Cuerpo de Cristo y sus miembros (1 Co 12,27). Pues si vosotros sois cuerpo y miembros de Cristo, vuestro misterio está depositado en la mesa del Señor: recibís vuestro misterio. Respondéis «Amén» a lo que sois y, al responder, lo suscribís. Oyes

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que te dicen: «Cuerpo de Cristo», y tú respondes «Amén». Sé miembro del Cuerpo de Cristo para que el amén sea verdadero. Pero ¿por qué precisamente en el pan? No hablemos en nombre propio, sino escuchemos al Apóstol, que dice hablando de este sacramento: Siendo muchos, somos un solo pan, un único cuerpo (1 Co 10,17). Entended y alegraos: unidad, verdad, piedad, caridad. Un solo pan. ¿Cuál es este pan único? Muchos somos un único cuerpo. Recordad que el pan se confecciona, no de un solo grano, sino de muchos. Por eso cuando recibíais los exorcismos, erais como molidos; cuando fuisteis bautizados, como remojados; y cuando recibisteis el fuego del Espíritu Santo, como cocidos. Sed, pues, lo que estáis viendo y recibid lo que sois. Eso dice el Apóstol acerca del pan. Acerca del cáliz, aun sin decirlo expresamente, indica lo que hemos de entender... Se dijo: Tenían todos una sola alma y un solo corazón en Dios (Hch 4, 32). Con el vino acontece como con el pan. ¿Cómo se hace el vino? Muchos granos penden del racimo, pero el licor de los granos se recoge en unidad. Por eso Cristo el Señor se refirió a nosotros; quiso que perteneciéramos a él, consagró en su mesa el misterio de nuestra paz y unidad [Serm. 272). 315. El pan que yo daré es mi carne para salvación del mundo (Jn 6,52) ¿Cómo podría comprender la carne el que llamase pan a la carne? Se llama carne lo que no puede comprender la carne. Y la carne no lo comprende precisamente porque se llama carne... Ya conocen los fieles el Cuerpo de Cristo, si no son negligentes para incorporarse a él. Háganse Cuerpo de Cristo, si desean vivir del Espíritu de Cristo. Del Espíritu de Cristo no vive sino el Cuerpo de Cristo. Entended, hermanos míos, lo que acabo

de decir. Tú eres hombre y tienes un cuerpo y un espíritu. Llamó espíritu al alma... ¿Vive tu espíritu de tu cuerpo o tu cuerpo de tu espíritu?... Tu cuerpo vive de tu espíritu. Y ¿quieres tú vivir del Espíritu de Cristo? Pues entra en el Cuerpo de Cristo... El Cuerpo de Cristo no puede vivir sino del Espíritu de Cristo. Por eso dijo el Apóstol, hablando de este pan: Siendo muchos, somos un solo pan, un único cuerpo (1 Co 10,17). ¡Oh sacramento de piedad! ¡Oh signo de unidad! ¡Oh vínculo de caridad! (Trat. ev. Jn. 26,13). 316. Eso es, pues, tomar tal alimento y tomar tal bebida: morar en Cristo y tener a Cristo morando en sí. Por ende, quien no mora en Cristo y aquel en quien no mora Cristo no come espiritualmente su carne ni bebe su sangre, aunque carnal y visiblemente oprima con los dientes el sacramento del cuerpo y sangre de Cristo (Trat. ev. Jn. 26,18). 317. [El espíritu es el que vivifica, la carne no aprovecha nada (Jn 6,44). Los oyentes pensaron que descuartizaría su cuerpo y les daría a comer carne y se escandalizaron y se marcharon. Pero Jesús instruyó a los doce diciéndoles]: Entended espiritualmente lo que he dicho; no os daré a comer este cuerpo que veis, ni tendréis que beber la sangre que derramen los que me crucifiquen. Os he presentado un sacramento que os vivificará, si lo entendéis espiritualmente. Aunque es necesario celebrarlo visiblemente, hay que entenderlo invisiblemente (Com. Sal. 98,9). 318. Vuestros padres en el desierto comieron el maná y murieron (Jn 6,49)... Dice vuestros padres porque eran semejantes a ellos. Pero no todos murieron con la muerte espiritual. Moisés, Aarón, Fineés y otros muchos no murie-

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ron. ¿Por qué? Porque entendieron espiritualmente el alimento visible, lo apetecían espiritualmente, lo gustaron espiritualmente para saciarse espiritualmente. También nosotros hoy recibimos el alimento visible. Pero una cosa es el sacramento y otra el fruto del sacramento. ¿Acaso no hay muchos que reciben el sacrificio del altar y mueren precisamente al recibirlo? Por eso dijo el Apóstol: come y bebe su condenación (1 Co 11,29). El bocado recibido del Señor no era un veneno para Judas; sin embargo, lo recibió y, al recibirlo, entró en él el enemigo; no recibió un alimento malo, pero recibió el alimento bueno siendo malo. Estad atentos, pues, hermanos; comed espiritualmente el pan celestial, acercaos al altar siendo inocentes. A diario cometemos pecados, pero que no sean de los que causan la muerte. Antes de acercaros al altar considerad lo que decís: Perdónanos nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden (Mt 6,12). Si perdonas, serás perdonado. Acércate tranquilo, es pan, no veneno... (12) Este pan estaba simbolizado en el maná y también en el altar de Dios. Eran sacramentos diferentes por el signo, pero equivalentes por el significado. El que come de este pan no morirá (Jn 6,50). Se refiere al afecto del sacramento, no al sacramento visible. No morirá quien lo come interiormente, no quien lo come sólo exteriormente; quien come en su corazón, no quien muerde con los dientes (cf. Trat. ev. Jn. 26,11). 4. Contemplación y acción. La fórmula agustiniana es rotunda: la contemplación es el ideal, que sólo se realizará plenamente en la vida eterna, mientras que la acción es una necesidad

impuesta por la caridad. Así acentuaba la diferencia entre el sabio clásico y el santo cristiano. Pero no se trata de una disyuntiva, como si tuviéramos que optar por una vida de acción o de contemplación, sino que han de ir juntas cumpliendo cada una su función propia, como el alma y el cuerpo. La vida activa recibe su sentido y valor en la contemplación y la contemplación no tendría sentido y valor desligada de las exigencias de la caridad. Teóricamente la contemplación es preferible a la acción, pero muy pocos están en condiciones de vivir lo mejor. En todo caso, la acción ha de ser contemplativa y la contemplación ha de ser activa. Por eso no podemos pensar en una división de tiempos, como si hubiéramos de dedicar ciertas horas a la acción ciega y otras horas a la contemplación especulativa. Ni podemos soñar en modo alguno una vía media en que la acción y la contemplación se separen e independicen. Hablamos de una vida mixta, pero sólo por referencia a modos históricos de vivir, por ejemplo, vida eremítica, vida cenobítica, Cartuja, Trapa, o bien vida apostólica, vida de acción, de enseñanza, de caridad práctica, de organización, de administración, de cargos eclesiásticos, etc. San Agustín manejó admirablemente los ejemplos de Marta y María y los de Lía y Raquel para analizar la contemplación y la acción con gran ingenio. Abusaba del estilo figurado, pero lo hacía con tanta finura y profundidad, que aportaba a la espiritualidad cristiana fórmulas originales y magníficas. Los maestros espirituales posteriores fueron más científicos, pero se limitaban a seguir a san Agustín. Ya conocemos las bases de su postura. Por un lado, los que viven no deben vivir para sí, encerrados en un egoísmo, sagrado o sórdido, sino que deben vivir para el Cristo que murió por ellos, para el Cristo

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Total en el que se viven los dos aspectos del primer mandamiento. Por otro lado, la acción y la contemplación se complementan no sólo en la Iglesia, con diferentes géneros históricos de vida, sino también en el individuo o persona que vive la acción y contemplación cristianas. 319. Las dos esposas de Jacob... simbolizan quizá dos géneros de vida en el Cuerpo de Cristo, la activa y la contemplativa... Lía, la primera mujer de Jacob, es la acción de la vida humana y mortal; en ella vivimos de la fe, ejecutando muchas obras laboriosas, sin saber qué beneficio prestamos a los que tratamos de ayudar. Por eso nos recuerdan que tenía los ojos enfermos... Raquel es la esperanza de la eterna contemplación de Dios y vive con una inteligencia cierta y placentera de la verdad... Todo hombre piadoso y estudioso la ama y por ella entra al servicio de la gracia de Dios, buscando la remisión de los pecados... Quien entra a servir lo hace para alcanzar la paz en el Verbo, desde el cual se ve el principio, que es Dios. Se pone a servir por Raquel, no por Lía. ¿Quién ama la fatiga de la acción y de la pasión en sus buenas obras? Sin embargo, Jacob aceptó el abrazo y la fecundidad de Lía. Toleraba a Lía por sus hijos y por esperar el amor de Raquel. ¿Qué es lo que pretendía todo siervo de Dios, que quiere ser útil, sino la doctrina de la sabiduría? Muchos creen que lo conseguirán inmediatamente cumpliendo los siete mandamientos posteriores que se refieren al amor del prójimo... Así para llegar hasta Raquel tienen que pasar por Lía, por variedad de tentaciones en la noche de este siglo... Pasa, pues, la prueba de las siete bienaventuranzas:

pobre, lloroso, hambriento y sediento de justicia, misericordioso, casto, pacífico (Mt 5,3-9). Quisiera el hombre alcanzar al momento la sabiduría..., pero a Jacob se le dijo: No es costumbre en nuestro país que la menor se case antes que la mayor (Gn 29,26). La mayor es la fatiga de la acción y la menor es la delicia de la contemplación (Fausto 22,52). 320. [Para ser sabio, tiendes ardorosamente a la unidad, pero para alcanzarla tienes mucho que aguantar]. Raquel es amada, pero Lía ha de ser tolerada. Tienes que amar a Lía, si no por ella, por sus hijos, ya que el trabajo de los justos logra sus mayores frutos entre los que se van incorporando al reino de los cielos, aunque tienen que predicar el evangelio entre muchas tentaciones y tribulaciones. [Es lo que nos atestigua san Pablo con su doctrina y su ejemplo]. Raquel es más hermosa, pero no puede dar a luz, pues quiere ver directamente y no mediante las criaturas y así, al retirarse de todo trato, se vuelve estéril. Intenta un ocio santo, con el que se inflaman los estudios de la contemplación, pero no se acomoda a la debilidad humana, que pide auxilio. Pero Raquel quiere también dar a luz, manifestar a los hombres lo que ha conocido en su retiro. Cuando ve la fecundidad de su hermana y comprueba que los hombres se entregan más fácilmente a la acción, siente dolor: Raquel tenía celos de su hermana (Gn 30,1). Cuando el sabio ve que no puede expresar directamente su sentir, recurre a las imágenes corporales y alegorías para insinuar las cosas divinas, para no renunciar a la obligación de enseñarlas. Raquel prefirió lograr hijos de su marido con su criada antes de seguir siendo estéril. Y ya que Bala, la esclava de Raquel, significa «vieja», el sabio extrae de su vieja vida, entregada a los sentidos carnales, las imágenes

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corporales para introducir con ellas algo de la sustancia espiritual e incomunicable de la Divinidad (Fausto 22,54). 321. Ocurre a veces que el contemplativo logra fama popular y entonces se lamenta Lía, que tiene que atender a la vida activa... (58) Quizá entonces el que pretendía buscar sosiego es obligado a aceptar cargos eclesiásticos. Todos pueden comprobar esto en la Iglesia. Llegan ciertos sujetos desde los negocios del siglo, buscando sosiego para conocer y contemplar la verdad. Pero se atraviesa la necesidad eclesiástica y son regidos al trabajo. Si administran castamente el misterio de Dios, engendrando nuevos hijos para la fe, son alabados por el pueblo. Pero el pueblo alaba también aquella vida contemplativa, por cuyo amor se habían convertido y habían abandonado las esperanzas seculares, y ellos en todos sus trabajos procuran que esa profesión de que ellos fueron privados, sea más conocida y glorificada para que Raquel goce sus frutos olorosos. Y algunas veces, aunque raras, goza Raquel de su alta contemplación directa y sin imágenes, aunque parcial, como si diera a luz (Fausto 22,57). 322. Aterrado por mis pecados y por la pesadumbre de mi miseria, había yo pensado y planeado huir a la soledad. Pero tú me lo prohibiste diciendo: Para eso murió Cristo por todos para que los que viven no vivan ya para sí, sino para aquel que murió por ellos (2 Co 5,15). Arrojo, pues, Señor, en ti mi preocupación y viviré y meditaré las maravillas que hallé en tu ley (Conf. 10,43,70). .123. Os exhortamos en el Señor, hermanos, a que mantengáis vuestro compromiso y perseveréis hasta el fin. Si la madre Iglesia desea vuestra actividad, no la abracéis con

avidez orgullosa, ni la rechacéis con muelle pereza. Obedeced a Dios con humilde corazón, llevando con mansedumbre al que os gobierna. El que dirige a los mansos en la justicia enseñará a los mansos sus caminos (Sal 24,9). No antepongáis vuestra contemplación a las necesidades de la Iglesia, pues si no hubiese buenos ministros que se determinasen a asistirla cuando ella da a luz, no hubieseis encontrado modo de nacer. Hay que caminar entre el fuego y el agua sin abrasarse ni ahogarse: debemos gobernar nuestros pasos entre la cima del orgullo y el abismo de la desidia, como está escrito: no desviándose ni a la izquierda ni a la derecha (Dt 17,11). Hay sujetos que, por el temor de perderse en las alturas de la derecha, caen y se precipitan hacia la izquierda. Y hay quienes tanto se separan de la izquierda para no ser absorbidos por la blanda inacción de la desidia, que se dejan corromper por el boato de la jactancia y se desvanecen en humo y pavesas. Por eso, amadísimos, amad la contemplación para absteneros de toda delectación terrena. Pero recordad que no existe ningún lugar en el que no pueda tendernos un lazo el diablo, que teme vernos caminar y volar hacia Dios... (3) [Por otra parte, en todas vuestras actividades... hacedlo todo por la gloria de Dios. La actividad es recta, cuando los ojos miran al Señor. Una actividad tal no se quebranta en los negocios, ni se enfría en el ocio; no es turbulenta ni muelle, no es audaz ni fugaz, no es temeraria ni recelosa. Obrad así y la paz de Dios reinará entre vosotros (2 Co 13,11)] (Carta 48,2). 324. En relación con los tres géneros de vida, la activa, la contemplativa y la mixta, cada uno puede, dejando a salvo la fe, elegir para su vida cualquiera de ellos y alean-

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zar en ellos la eterna recompensa. Pero interesa distinguir lo que corresponde al amor de la verdad y a las obligaciones de la caridad. Nadie debe vivir tan desocupado, que en su misma vida contemplativa no piense en la utilidad del prójimo; ni debe estar tan ocupado que olvide la contemplación de Dios. En la vida contemplativa no debe buscarse la inacción inerte, sino la investigación o descubrimiento de la verdad... Tampoco en la actividad ha de amarse el honor de este género de vida, o el poder, sino la utilidad de los mismos encomendados... El Apóstol dijo: quien desea el episcopado buena obra desea (1 Tm 3,1). Porque el episcopado es un cargo oneroso, no honroso, según su etimología, que dice relación al hecho de que quien está al frente lleva la supervisión de sus subordinados, preocupándose de ellos... En suma, el amor de la verdad busca la contemplación, mientras la necesidad de la caridad acepta el negocio justo. Si nadie impone la carga, hay que dedicarse a descubrir y contemplar la verdad. Pero si alguien la impone, hay que aceptarla por la necesidad de la caridad. Pero aun en este caso no hay que repudiar el deleite de la verdad tanto, que se pierda la suavidad y oprima la necesidad (Ciu. Dios 19,19). 325. ¿Quién me dará alas como de paloma? (Sal 54,7), no como de cuervo. La paloma quiere volar para librarse de las molestias. Pero no pierde el amor... El hombre que se acoge a este versillo viene a decir: «no puedo soportar las contiendas humanas; los hombres se agitan, gritan, se enfurecen y me causan pesar con sus enojos. Yo en nada los puedo remediar; mejor fuera buscar mi propia quietud separado de ellos en cuanto al cuerpo, aunque no en cuanto al amor. Ya que con mi conversación y apostolado no

puedo serles útil, quizá con mis oraciones pueda prestarles algún servicio». Así se expresa el siervo de Dios y querría volar. Mas quizá no puede, porque se lo impide el deber, ya que no algún otro lazo... He ahí el ansia de la paloma atada, no por apetencias, sino por obligaciones... Imposible es que arranque esa ansia del corazón doliente quien comenzó a caminar por la estrecha senda monacal.. Cuando se está atento a las mil calamidades humanas, se comienzan a desear las alas: se sueña con huir y reposar en el desierto... (9) ¿Por qué creéis que se han llenado los desiertos de siervos de Dios? No se hubieran alejado de los hombres, si les hubiera ido bien junto a ellos. ¿Y qué hacen? Huyen, se distancian y moran en la soledad, aunque no como anacoretas, ya que les contiene la caridad. Moran en reunión con muchos otros, entre los cuales no falta quien les haga sufrir, puesto que en toda corporación hay algunos malos... ¿Adonde te irás? ¿Adonde volarás? ¿Dónde reposarás?... ¿En qué desierto? No podrás rehuir la compañía de otros hermanos... y no tendrás más remedio que ejercitarte. ¿De qué desierto habla entonces el salmo? Seguramente de la conciencia, que es el único sitio adonde ningún otro hombre puede entrar, donde puedes mantenerte a solas con Dios. Si por desierto entiendes algún lugar, ¿qué harás de los que se reúnen contigo? Mientras vivas entre los hombres, no podrás separarte del género humano... (10) El salmista se refugió en su conciencia y allí descubrió un cierto desierto en el que puede reposar. Pero el amor le atormenta. Estaba solo en la soledad de su conciencia, pero en compañía en cuanto al amor. En su interior hallaba consuelo, aunque fuera le asediara la tribulación. Viviendo su quietud interior, pero pendiente

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de los demás y por eso todavía atribulado, exclamó: Esperaba a quien me librase de la pusilanimidad y de la borrasca (Sal 54,9)... Que te tienda su mano Jesús que camina en las olas con intrepidez, que reanime tu miedo, que te dé seguridad con su propio ejemplo, y te hable interiormente diciendo: «Mírame a mí; mira lo que yo aguanté; quizá tú soportas a un mal hermano o padeces al enemigo exterior. Pero ¿a quiénes no soporté yo?»... Quizá Cristo duerme en ti, si te has olvidado de El. Despiértalo y él calmará la tempestad (Com. Sal. 54,8). 326. Cristo conducirá a los creyentes a la contemplación de Dios, en la que se fija el fin de todas las buenas acciones, el reposo eterno y el gozo que nadie podrá sustraernos. El símbolo era María, sentada a los pies del Señor y atenta a su palabra. Dejando toda actividad y atendiendo a la verdad según un cierto modo del que es capaz esta vida, tenemos el símbolo de lo que será la vida futura. Su hermana, Marta, se ocupaba de las actividades necesarias, buenas, y útiles, aunque pasajeras... Por eso, al quejarse al Señor de que su hermana María la dejaba sola él le dijo: María ha elegido la mejor parte, ya que no le será arrebatada (Le 10,42). No dijo que Marta hubiera elegido una parte mala, pero era mejor la parte que no puede ser sustraída. El remediar la indigencia termina con la misma indigencia y el premio es el reposo permanente. En la definitiva contemplación, Dios será todo en todos. [Allí Cristo, en cuanto sacerdote se someterá al Padre, que le entregó todas las cosas, y en cuanto Dios nos someterá a todos juntamente con él... (21) Siendo Dios y hombre, es ahora nuestro Mediador y nos conducirá a la contemplación definitiva. Cuando la visión será faz a faz, ya no necesitaremos

imágenes y semejanzas. Y ya que los fieles son el reino de Dios, logrado con la sangre de Cristo, este entregará al Padre ese reino] {Trinidad 1,10,20). 327. Marta se ocupaba de la necesidad del ministerio para atender a los huéspedes santos. María, su hermana, estaba sentada a los pies del Señor, escuchando su palabra. Marta en su trabajo se irritaba al ver a su hermana sentada, y se quejó al Señor y él vino a decirle: «Tú has escogido una parte buena, pero tu hermana una parte mejor. Lo que tú elegiste es transitorio, pero nunca cesará la contemplación» (cf. Le 10,42). María escuchaba la palabra externa, pero en el cielo la Palabra será eterna, el Verbo Divino (cf. Serm. 169,14,17). 328. Se dice que el «amigo del Esposo» esté en pie mientras María está sentada a los pies del Señor (Jn 3,29; Le 10,39). Una cosa es el ministerio activo y laborioso y otra la contemplación... (5,5) María se deleitaba, comiendo y bebiendo la justicia (cf. Mt 5,6). En su hambre y sed, recogía algunas migas de la mesa del Señor, y éste le daba tanto cuanto ella era capaz de recibir. No le daba todo, pues ni los discípulos ni los apóstoles podían recibirlo todo entonces; pero ella se deleitaba con esas migas de justicia y de verdad, anhelando y suspirando. Os lo repito, porque esto me encanta. Me atrevo a deciros que María comía al mismo Señor al que escuchaba, pues él dijo: Yo soy la Verdad (Jn 14,6). Comía al Señor puesto que es pan: Yo soy el pan que ha bajado del cielo (Jn 6,41). Este es el pan que nutre y no se gasta (cf. Serm. 179,3,3). 329. María era el símbolo de la contemplación: significaba la vida futura, pero aun no la poseía... (6,6) Porque

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hay dos géneros de vida: una se refiere al gusto, otra a la necesidad. La que atañe a la necesidad es laboriosa, y la que atañe al gusto, gustosa. Pero pasa al interior y no busques consolación exterior, no sea que te hinches y ya no puedas pasar por la puerta estrecha. María contemplaba a Cristo en la carne y le escuchaba en la carne, como por un velo, según os han leído (cf. Hb 10,20). Pero cuando le veamos cara a cara caerán todos los velos... Como dijo Cristo, una sola cosa es necesaria (Le 10,38). Lo necesario es uno, no múltiple. Antes de llegar a lo uno, necesitamos la multiplicidad. Lo múltiple nos dispersa, lo uno simplemente se extiende... Llegaremos y disfrutaremos de lo uno. Pero lo uno será para nosotros todas las cosas. Eso será la caridad de que disfrutaremos, el amor de Dios. Todas nuestras cosas serán simplemente Dios. Avaro, ¿qué querías recibir? ¿Qué pedirá a Dios aquel a quien no basta Dios? (cf. Serm. 255,5,5). 5. Salmos e himnos En su afán de espiritualidad, san Agustín sentía escrúpulo por la necesidad de acompañar el espíritu con la letra, la canción y la música. Sin embargo, al recordar la emoción que sintió en Milán al oir cantar al pueblo los salmos e himnos de san Ambrosio, comprendería la importancia del contagio social. Por otra parte, no podía eliminar una costumbre de cantar los salmos litúrgicos en las iglesias, ya en una forma, ya en otra. Incluso escribió un libro, hoy perdido, Contra Hilario, sobre la legitimidad y utilidad del canto litúrgico. Había que reconocer, sin embargo, que los donatistas, como todas las sectas, abusaban del canto litúrgico como medida de propaganda y polémica, y en ese sentido quiso él al principio de

su carrera replicar con un salmo abecedario, imitando sin duda a los cismáticos. La Regla parece interpretar bien su pensamiento, al establecer que se cante, pero tan sólo aquello que de antemano ha sido reconocido como legítimo y útil. Todo eso no le impedía diferenciar con finura la oración de los labios y la del corazón. En efecto, con frecuencia están separadas, ya se trate de una persona individual o de una persona colectiva. Hay cánticos que son ruidos, como los del viento, aunque sean articulados, como el lenguaje de los loros y cotorras, o los automatismos electrónicos. Y eso no es oración. Otras veces hay oración, pero es fría, tibia, mal orientada o llevada como un castigo. Así se ha repetido una fórmula atribuida al santo: «más le agrada a Dios el bramido de los bueyes que el canturreo tibio de los clérigos». Y muchos se burlan del «sacrificio de vociferación». Y sin embargo aquí comienza la utilidad de la oración vocal, ya que su función propia es la de despertar la atención, el interés, el fervor y el entusiasmo. Si eso se logra o no, dependerá del modo de organizar el rezo, pero nadie podrá negar la utilidad objetiva si se organiza bien. Es natural que san Agustín, por su interioridad, acentúe la necesidad de la oración interior, y subordine el «oficio divino» a una exigencia digna, los labios al corazón, los gritos al amor. Pero la emoción que él experimentó en Milán puede ser siempre un motivo ofrecido por la gracia divina. ¿Acaso es función despreciable el despertar el sentimiento, el contagiar el entusiasmo, el soplar sobre las brasas dormidas en el rescoldo del corazón? Hoy hemos asistido a un cambio profundo en este aspecto. Los cánticos tradicionales fueron eliminados como soñolientos y formalistas, y en cambio se introdujeron otros con mayor garra y mordiente, que indudablemente sacuden los nervios. Como de todas las cosas,

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se puede abusar, pero la utilidad objetiva es innegable y comprobable. Si todos confiesan que la canción puede arrastrar y arrastra al mal, ¿por qué no había de arrastrar al bien? Esta Regla es el primer documento que habla de un «oratorio» dentro del mismo monasterio. Y eso parece ya interesante, pues hace referencia a la oración individual, como se ve por el contexto, y no al oficio divino. Anuncia una voluntad de promover la meditación personal y espiritual. Se anuncia así la tradición eclesiástica de la meditación, de la oración silenciosa y espiritual, que responde tanto a la meditación sapiencial como a la contemplación. 330. Hablamos para manifestar nuestra voluntad, y eso podemos hacerlo también cantando. Pero a veces cantamos o hablamos a solas, y entonces se trata de recordar algo que llevamos en la memoria. Finalmente podemos cantar como lo hacen la aves o las flautas, aunque eso no es propiamente cantar, sino producir sonidos, o quizá expresar sentimientos... (2) Ahora bien, cuando oramos, sin duda hablamos, y no se trata ni de enseñarle nada a Dios, ni de recordarle nada. Quizá por eso se nos mandó orar a solas (cf. Mt 6,6), es decir, mentalmente. Habla entonces el hombre interior, que es templo de Dios. Ese es el santuario de la mente, santuario del corazón; es donde sacrificamos y en donde moramos. No es, pues, necesaria la oración vocal, sino, al modo como lo hacen los sacerdotes para manifestar su interioridad, es decir, para ser oídos, no por Dios, sino por los hombres; para recordarles algo, reunidos y llevarlos a Dios. Por eso el supremo Maestro enseñó a orar a sus discípulos con palabras (cf. Mt 6,9-13).

Así les enseñaba a quién hay que pedir y qué hay que pedir. Con palabras les mostraba realidades que han de ser pedidas en la oración mental o interior. Puesto que el orar interiormente es ya hablar interiormente, el hablar interiormente es expresar en palabras convencionales la interioridad (cf. Maestro 1,1). 331. Muchos, poco instruidos, piensan que la palabra confesión sólo se refiere a los pecados que se confiesan a Dios. Cuando el lector pronuncia la palabra confesión, se oye el ruido piadoso de los que golpean su pecho. Pero esa palabra tiene también otro sentido, como se dice en un salmo: voz de exultación y de confesión, de rumor que celebra una fiesta (Sal 41,5). Claramente confesión significa cantar las alabanzas de Dios. Cristo mismo confesaba al Padre: Te confieso, Padre, Señor de cielos y tierra, porque escondiste esto a los sabios (Le 10,21). ¿Hay cosa más congruente que cantar el Aleluya, es decir, alabad a Diosl Es la respuesta que damos cuando nos leen: Confesad al Señor, esto es, alabad al Señor porque es bueno (Sal 117,1) (cf. Com. Sal. 117,1). 332. Alabemos al Señor con la voz, con la mente y con la obras, cantémosle el cántico nuevo, como nos dice este salmo (cf. Sal 149,1). Eso corresponde al Nuevo Testamento y al hombre nuevo... (2) Es un cántico de paz y de amor. Por eso, quien se separa de la comunión de los santos, ya no canta el cántico nuevo, que es paz, vínculo de santa sociedad, lazo espiritual, edificio de piedras vivas. Y, pues la Iglesia está en toda la tierra, toda la tierra canta el cántico nuevo, y quien no canta con ella, canta un cántico trasnochado... (7) Alabad su nombre en un coro (Sal 149,3). ¿Qué significa «coro»? Como vivimos en una ciudad, todos

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saben qué significa coro: es armonía de cantores. Si cantamos a coro tenemos que cantar en concordia. Cuando se canta a coro, una voz discordante ofende los oídos y perturba el coro. La voz de un cantor desafinado rompe la armonía de los cantores; pues, ¿cómo disonará la herejía en la armonía de los cantores? El coro de Cristo es ya la tierra entera, que armoniza desde el Oriente hasta el Occidente... (8) Y el salmista pide que se cante con el tímpano y el salterio, esto es, no sólo con la voz, sino también con las obras. Las manos tienen que concertar con la letra. Cuando cantas el Aleluya y al mismo tiempo haces obras de misericordia, sin duda tus manos conciertan con tu voz. Tomas el instrumento y ajustas los dedos a tu canción. El tímpano es un pandero, en que se extiende el cuero y el salterio, un mástil en que se extienden las cuerdas. Y en ambos casos se significa la carne y la mortificación de la carne, ya que el cuerpo es golpeado en los instrumentos (cf. Com. Sal. 149,1). 333. Aunque oramos siempre con el deseo, a ciertos tiempos y horas oramos a Dios también vocalmente, con esos signos que son las palabras. Así nos damos cuenta del progreso que vamos haciendo en nuestro deseo y nos animamos a inflamarnos más y más en él. Cuanto más ferviente sea el afecto, se seguirá con mayor abundancia el efecto. Siempre debemos estar deseando la vida eterna, pero a ciertas horas y tiempos dejamos las preocupaciones y actividades que de algún modo entibian nuestro deseo y recogemos nuestro deseo para el negocio de la oración; entonces con las palabras de la oración nos amonestamos a nosotros mismos para atender mejor a lo que deseamos para que lo que empezaba a entibiarse no se vaya enfrian-

do o se extinga del todo por no reanimarlo con mayor frecuencia. Por lo cual dijo el Apóstol: que vuestras peticiones estén patentes ante Dios (Flp 4,6); no es para que las vea Dios, pues ya las conocía, sino para que las veamos nosotros; dice ante Dios para indicar perseverancia; pues ante los hombres significaría jactancia... (10,19) Por lo mismo ni es inútil ni reprobable el dedicarse largamente a la oración cuando hay tiempo, es decir, cuando otras obligaciones y actividades buenas y necesarias no lo impidan, aunque también en ellas hemos de orar siempre con el deseo. Pero no es lo mismo orar con verborrea que orar durante largo tiempo. Una cosa es un largo discurso y otra un afecto sostenido. El Señor perseveraba orando (cf. Le 6,12; 22,41), sin duda para darnos ejemplo... (10,20) Se dice que los hermanos en Egipto dirigen a Dios oraciones frecuentes y rápidas, como dardos, y por eso se llaman jaculatorias para que la intención no decaiga en las ocupaciones. No es lo mismo orar mucho que hablar mucho superfluamente. A veces se ora mejor con gemidos y lágrimas que con palabras, pero tales gemidos y lágrimas aparecen en la presencia de Dios... (11,21) Por eso para nosotros las palabras son necesarias, como se ve en las fórmulas del Padrenuestro, que dirigen nuestra intención hacia las realidades eternas... (12,22) Y cualesquiera fórmulas verbales que utilicemos vienen a decir lo mismo que las del Padrenuestro (cf. Carta 750,9,18). 334. Acepten tus oídos la voz de mi súplica (Sal 139,7). ¿Por qué no dice: «acepten tus oídos mi súplica»? Evidentemente quiso significar el afecto de su ánimo. Dice, pues, la voz de mi súplica, la vida de mi súplica, el alma de mi súplica; no el sonido de mis palabras, sino lo

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que les da vida. Los ruidos que no tienen alma pueden llamarse sonidos, pero no voces, pues la voz ha de ser animada, propia de seres vivos. Son muchos los que oran a Dios y no sienten a Dios, ni piensan bien de Dios. Tienen sonido de súplica, pero no voz de súplica, pues no le dan vida. En cambio el salmista vivía, entendía a su Dios, veía que era él quien lo tenía que liberar, y de quienes había de liberarlo y por eso tenía «voz de súplica» (Com. Sal. 139,10). 335. Si vivimos en el Cuerpo de Cristo y entre sus miembros, deberemos reconocer la voz del salmo como nuestra, no como voz de un extraño. Es nuestra, no ya sólo de los que estamos aquí reunidos, sino la de todo el mundo, que habla como un sólo hombre. No es un hombre sólo, todos unidos hablan como si fuese uno sólo. En Cristo todos somos un sólo hombre, con la cabeza en el cielo y el cuerpo en la tierra... (2) En todas partes clama esta posesión de Cristo, esta herencia de Cristo, Cuerpo de Cristo, Iglesia de Cristo, unidad que somos nosotros mismos... (3) Y clama porque vive en gran gloria, pero en gran tribulación. Durante esta peregrinación nuestra vida no puede carecer de tentación. El progreso se realiza por medio de tentaciones: nadie se conoce si no es tentado, nadie es coronado si no vence, ni vence si no lucha, ni lucha si no tiene enemigo y tentación. Por eso este que clama desde los confines de la tierra sufre angustia, pero no está abandonado. Acabáis de oír que os leían las tentaciones de Cristo en el desierto (cf. Mt 4,1-11). Le tentaba el diablo, pero en Cristo eres tentado tú, pues Cristo había tomado tu carne para curarte a ti; había tomado tu muerte para darte vida; había tomado tu afrenta para darte honor.

En él fuimos tentados y en él superamos al diablo. Podía haber evitado la tentación, pero no te hubiera enseñado a vencer cuando eres tentado (cf. Com. Sal. 60,1). 336. Cuando digo que en este salmo habla Cristo, alguno se extrañará... Es natural que la cabeza hable en nombre de sus miembros. Si alguien te da un pisotón, tu cabeza dice: «Me has pisado». Si alguien te hiere en la mano, tu cabeza dice: «Me has herido». Nadie te ha golpeado la cabeza, pero habla la unidad de tu organismo. La lengua toma la representación para hablar en nombre de todos los miembros. Oigamos, pues, la voz de Cristo, pero cada uno reconozca su propia voz. Es verdad que a veces habla Cristo de sola la cabeza, pero aún entonces utiliza nuestras palabras {Com. Sal. 140,3). 337. En la pelea entre David y Goliat, David simboliza a Cristo. Pero los que estáis bien informados sabéis que Cristo es la cabeza y los miembros. Cuando habla la cabeza deberán reconocer su propia voz. Establecido este principio como fundamento, podemos atender a sus consecuencias... (2) En efecto el Cuerpo de Cristo lucha aquí contra muchos enemigos, contra muchas aguas, y Dios le ayuda. David escogió cinco piedras, que simbolizan los cinco libros de Moisés, y Cristo no los rechazó. La ley y la gracia deben ir juntas, porque la ley se cumple precisamente por la gracia... (3) Y el salmo nos habla de los dedos de la mano identificándolos con la misma mano: son los carismas, que se reúnen en la unidad, pues proceden del mismo Espíritu... (15) Dios libra, pues, al Cuerpo de Cristo, humilde, que lucha contra las muchas aguas. Esas muchas aguas son los que hablan vanidad. Hoy os habéis reunido vosotros aquí para escuchar la palabra de Dios; si

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no hubieseis venido y os hubieseis mezclado con los que dicen vanidades, ¿cuántas vanidades habríais oído? ¿Y cómo ellos, que dicen vanidades, os hubieran escuchado a vosotros, que decís verdades?... (16) Tú sales a luchar con tu zurrón y con tus cinco piedras de la ley. Y te invitan a cantar un cántico nuevo. Ese cántico nuevo es fruto de la gracia y pide un hombre nuevo, un Nuevo Testamento. La Ley promulgaba diez mandamientos, y su símbolo es el salterio de diez cuerdas. Cantamos, pues, exultamos, salmodiamos el cántico nuevo, porque la plenitud de la ley es la caridad (Rm 13,10). Los que no tienen caridad pueden llevar un salterio, pero no. saben cantar. Cantaré, pues, mi cántico nuevo frente a las aguas de la contradicción, y esas aguas con todo su estrépito no impedirán que yo cante mi cántico nuevo (cf. Com. Sal. 143,1). 338. El salmo distingue entre cantar y salmodiar: cantad a Dios, salmodiad su nombre (Sal 67,5). Ya os hemos explicado que cantar es operación de la voz y la inteligencia, mientras que salmodiar es tocar un instrumento, operación de las obras, de las manos. Hay cánticos que no son salmos, pero todo salmo implica cantar. La mente puede trabajar sin manifestarse, pero toda obra supone una inteligencia, si es humana. No podemos hablar de salmos en ambos casos, pero sí podemos hablar de cánticos en ambos casos... (5) Canta para Dios quien vive para Dios y salmodia a su nombre quien trabaja para su gloria. Cantando, salmodiando, se vive y se trabaja. Por eso añade: abrid camino al que asciende sobre el occidente (Sal 67,5), esto es, abrid camino a Cristo, evangelizando... (7) Habla de huérfanos y viudas, esto es, de los que han renunciado a toda esperanza secular, y en los que el Señor ha edificado

su templo. Y por eso concluye: Dios, en su lugar santo (Sal 67,6). Cual sea ese lugar de Dios, lo explica diciendo: Dios, que hace habitar uniformemente en una casa (Sal 67,7). Uniformes son los que tienen un mismo pensar: ese es el lugar santo del Señor. Es como si el salmo dijera: «no busquemos a Dios fuera de nosotros, sino más bien habitando uniformemente en casa, mereciendo así que él habite en nosotros». Este es el lugar santo de Dios que muchos buscan para ser oídos cuando oran. Sean ellos mismos lo que buscan y humíllense en su corazón, en su santuario (Sal 4,5), habitando uniformemente en casa. Para que venga a habitarlos el Señor de la casa grande, y los oiga dentro de ellos mismos. Casa grande es aquella en que hay muebles de oro y plata, pero también de madera y de loza. Los que se limpian de esos muebles de afrenta (2 Tm 2,20) habitarán uniformemente en casa y serán lugar santo de Dios (cf. Com. Sal. 67,1). 339. Hemos repetido que el salterio tiene diez cuerdas, los diez mandamientos de la Ley. Hemos distinguido entre cantar y salmodiar, pero ambas cosas son propias de los amantes. Así, el Antiguo Testamento se apoyaba en el temor; el Nuevo, en el amor. Dijimos también que es la caridad la que canta el cántico nuevo. Pues el temor servil puede llevar el salterio de diez cuerdas, pero no puede cantar con él el cántico nuevo. Lleva el instrumento, pero no sabe pulsarlo. El salterio es para él una carga, no un ornamento. En cambio, para quien vive bajo la gracia no es un peso, sino un decoro. No es un tormento, porque no teme, sino que es un ornamento, porque ama: inflamado en el espíritu de amor, canta su cántico nuevo en su salterio (cf. Serm. 33,1,1).

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340. El cántico nuevo es un nuevo amor. El cantar es lo propio de un enamorado. La voz de este cantor es el fervor de su santo amor. Amemos, amemos gratuitamente, pues amamos a Dios y nada mejor hallamos. Amémoslo por él mismo, y amémonos nosotros en él, pero también por él. Ama verdaderamente al amigo el que ama a Dios en el amigo, o porque mora en él, o para que more en él. Ese es el amor verdadero; si nos amamos por otra razón, más bien nos odiamos. El que ama la iniquidad se odia a sí mismo (Sal 10,6) (Serm. 336,1.2). 341. [En el cielo cantaremos el aleluya con seguridad, pero ya aquí podemos cantarlo, aunque con solicitud. Por ende, hermanos, cantemos ya aquí, no para deleitarnos en la pereza, sino para animarnos en el trabajo. Se nos recomienda orar para liberarnos de la tentación y del mal, porque nuestra vida es tentación (Jb 7,1). Continuamente tenemos que pedir perdónanos nuestras ofensas para añadir y no nos dejes caer (Mt 6,12-13)... A pesar de todo, hermanos, tenemos que entonar el aleluya al buen Dios, pues nos libra del mal. No mires en torno tuyo para ver de qué mal. Mírate a ti mismo, tú mismo eres todavía malo. Cuando Dios te libra de ti mismo, te libra del mal]. (3) En el cielo, este aleluya será seguro y eterno, pero ya aquí ha de comenzar. Allí cantarán los inmortales, aquí cantamos los mortales. Allí canta la realidad, aquí la esperanza; allí se canta en la patria, aquí en el camino. Cantemos, pues, ahora, hermanos míos, no para alegrar la pereza, sino para animar el trabajo. Así suelen cantar los viandantes. Canta, pues, pero sigue caminando. Consuela tu fatiga cantando y no ames la pereza: ¡canta y camina! ¿Qué significa caminar? Progresar, avanzar en el bien. Porque algunos avan-

zan en el mal, como dice el Apóstol (2 Tm 3,13). Si progresas en el bien, avanzas en el camino. Progresa, pues, en la fe recta, en las buenas costumbres; canta y camina. No te desvíes, no retrocedas, no te atasques {Serm. 256,1). 342. Solemos entender alegóricamente el sábado como ocio santo, como reposo, como descanso espiritual. ¿Por qué recurrimos a la alegoría? Para fomentar el fuego del amor, soplando sobre él, impulsándolo hacia arriba y hacia dentro. La alegoría mueve más y enciende más el amor que la doctrina escueta. Es difícil explicar el porqué, pero es un hecho. Las imágenes mueven más, deleitan más, se reciben mejor que la doctrina expuesta con sus palabras propias. Pienso que ese movimiento del alma se enciende con mayor dificultad mientras estamos todavía enredados en las cosas terrenas. Si se le presentan las semejanzas corporales y desde ellas se hace referencia a las espirituales, simbolizadas en tales imágenes, el fuego se siente fortalecer en ese mismo tránsito. Es como el fuego de una tea que se inflama cuando se agita. Así es el alma arrebatada hacia el descanso con amor más ardiente... (12,22) [Por eso el sábado simboliza el descanso espiritual. Y de hecho no observamos el sábado al pie de la letra, (13,23) sino el domingo en memoria de la resurrección del Señor] {Carta 55,11,21).

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CAPITULO NOVENO

DEL AYUNO Y DE LA COMIDA (Regla III, 14-18) 1. Significado del ayuno. El ayuno se ha practicado siempre en la Iglesia como herencia del Antiguo Testamento. En los principios del monacato revistió importancia primordial como protesta contra la vida cómoda de los «nuevos cristianos». De ese modo coincidió con algunos movimientos heréticos, llegando a hacerse sospechoso. San Jerónimo, gran propagandista del ayuno, se lamentaba de que la gente llamaba «maniqueo» a todo aquel que por su abstinencia parecía delgado o macilento, y se quejaba de que los occidentales no sabían ayunar. San Agustín, educado entre los maniqueos auténticos, sabía que ellos se jactaban de sus excelentes marcas de ayunadores profesionales y por eso para él la justificación del ayuno estaba en la intención, en la calidad, en la interioridad, no en el mero hecho de ayunar. Es claro que el justificar el ayuno no significa rebajar su importancia. De hecho, san Agustín nos recuerda en las Confesiones que tanto él como Alipio se ejercitaban en penitencias durante su estancia en Casiciaco y san Posidio nos recuerda también que san Agustín, al organizar el monasterio de Tagaste con sus amigos, se ejercitaba en tres puntos fundamentales: la oración, el ayuno y el apostolado. Nos recuer-

da luego que la mesa del obispo Agustín era frugal y parca, que en ella se servían legumbres, hortalizas, algunas veces carne y vino. Esto significa que a su juicio, la dieta es un punto básico de la espiritualidad, pues significa la libertad frente a un apetito elemental ineludible. En ese sentido nos recuerda el mismo san Agustín que algunos monjes ayunaban diariamente; otros exceptuaban el sábado y el domingo; algunos varones y mujeres pasaban hasta tres días sin probar bocado, y otros, por imitar a Moisés, Elias y Cristo, ayunaban durante cuarenta días seguidos. El ayuno consistía en no probar alimento hasta la puesta del sol, o más benignamente hasta la hora de tercia, hacia las tres de la tarde. Hay escrupulosos que desearían saber con exactitud lo que se puede o lo que se debe tomar, y los moralistas han tratado de graduar los límites de la obligación y de la libertad. Desgraciadamente nunca fue posible establecer un canon taxativo para todos y cada cual deberá asumir su propia responsabilidad libre, y ese es su mérito. Recurriendo al sentido espiritual o figurado, entiende a veces el ayuno como simple abstinencia. Al principio decía: «Una sola cosa sé, que hay que abstenerse de todo lo sensible». Después, más cristianamente, estimó que el ayuno general consistía en evitar el pecado, y por lo mismo huir de los enemigos del alma, el demonio, el mundo y la carne, entendiendo por carne, en sentido paulino, los apetitos desordenados. 343. La abstinencia se impone por tres fines. Primero, para reprimir el sibaritismo o evitar la embriaguez. Segundo, para proteger o fortalecer a los hermanos débiles. Y tercero, por caridad para que no se escandalicen los ayuna-

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dores ingenuos... (13,28) Pero lo principal es el fin por el que se ayuna. Y por eso, en vano ayunan los maniqueos. De Catilina se cuenta que toleraba heroicamente el frío y el hambre, pero se diferenciaba de nuestros apóstoles en la finalidad que perseguía (cf. Costumbres 2,14,35). 344. Hoy comenzamos la observancia de la cuaresma. Tengo que suministraros la Palabra de Dios para que, mientras ayunáis corporalmente, el hombre interior se robustezca para sobrellevar la mortificación exterior y vivirla con mayor vigor (Serm. 205,1). 345. Añadamos las alas piadosas del ayuno y de la limosna a nuestra oración y así podrá volar más fácilmente hacia Dios... (3) Que vuestro ayuno no sea como el que denuncia el profeta: Yo no he elegido ese ayuno (Is 58,5). Es el ayuno de los litigantes. Dios quiere el ayuno de los piadosos. Arguye a los opresores y busca a los libertadores. Arguye a los peleones y busca a los pacificadores. [El ayuno impone la templanza]. De ese modo la oración busca y conquista la paz (cf. Sal 33,15) con la humildad y la caridad, ayunando y dando, frenándose y perdonando, distribuyendo el bien y no devolviendo el mal, apartándose del pecado y siguiendo la virtud {Serm. 206,2). 346. Ayunemos humillándonos, pues se acerca el día en que Cristo se humilló hasta la cruz (Flp 2,8). Imitemos su cruz, crucificando las concupiscencias domadas con los clavos de la abstinencia. Castiguemos a nuestro cuerpo y reduzcámoslo a la servidumbre; para no caer en lo ilícito por la rebeldía de la carne, retirémosla algo de lo lícito. En todo tiempo hay que evitar la orgía y el desenfreno, pero en estos días hay que renunciar también a comidas permi-

tidas... Has de procurar reprimir los placeres, no cambiarlos. Verás que algunos renuncian al vino, pero buscan licores exóticos, y compensan con jugos de frutas deliciosas el mosto ordinario; renuncian a la carne, pero la sustituyen por comidas más variadas y finas; así en este tiempo de ayuno ven delicias que en otro tiempo les sonrojaría; su cuaresma no es represión de viejas concupiscencias, sino ocasión de nuevas delicias. Cuidad, hermanos, con esmero que no ocurra esto. El ayuno va bien con la parsimoniaNo hay que detestar las clases de alimentos humanos, sino que hay que refrenar la delectación carnal. Esaú fue reprobado por unas lentejas, no por la caza exquisita o el becerro cebado (Gn 25,29-34)... El ayuno no busca, pues, alimentos exquisitos y bien adobados, sino fáciles y comunes... (3) Pero al ayuno hay que añadir siempre la limosna y la oración {Serm. 207,2). 347. Que vuestro ayuno sea tiempo de paz, no de pleitos, gritos y golpes, de modo que hasta vuestros subordinados sientan un cierto desahogo. Y cuando renunciáis a ciertos alimentos... recordad que todo es limpio para los limpios (Tt 1,15) y que sólo es inmundo lo contaminado por la infidelidad. Al someter el cuerpo a servidumbre, cuidad de que el espíritu gane lo que el cuerpo pierde. Por ende no busquéis viandas preciosas para sustituir a las comunes, ni otras más exquisitas, al renunciar a la carne común. Hay que restringir las delicias, no cambiarlas. ¿Qué importa en qué clase de comida se ceba la concupiscencia? [A los israelitas se les castigó por unas hierbas (Nm 11,5), a Esaú por unas lentejas (Gn 25,29-34) y a Cristo le tentó el diablo con un pan vulgar (Mt 4,3). Se trata de vivir la templanza, no de condenar a las criaturas de Dios por un error sacrilego] {Serm. 208,1).

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348. ¿Por qué ayunamos en cuaresma, antes de la Pascua? Todo el que ayuna rectamente lo hace para humillarse en la oración y mortificar el cuerpo desde una fe no fingida; o lo hace para cortar el atractivo carnal que impide el gusto espiritual de la verdad y de la sabiduría, dirigiendo su intención a sentir el hambre y la sed de esa verdad y sabiduría. Sobre ambas cosas explicó el Señor a sus discípulos por qué sus discípulos no ayunaban (Mt 9,14-17)... [Ya se ha ido el Esposo y tenemos que ayunar por su ausencia y por el deseo de su presencia]... (4,5) ¿Quién no tiene aquí que lamentarse o avivar el deseo de Cristo?... (5,6) Se acercan los días de la Pasión, muerte y resurrección de Cristo y por eso ayunamos en la cuaresma... (6,8) Todo el Cuerpo de Cristo lo celebra, y por eso instituyó la solemnidad de la cuaresma. Por eso hay que ayunar y orar, sin abandonar las buenas obras... (6,9) Os exhorto, pues, hermanos, al ayuno cotidiano, a la limosna y a una oración más fervorosa. Amonesto también a los casados de abstenerse del placer sexual. Porque la oración es una empresa espiritual, y tanto más aceptable cuanto más eficaz. Y es tanto más eficaz para el progreso espiritual cuanto más libre está de dependencia carnal el alma que hace tal oración... (7,9) Cuarenta días ayunaron Moisés, Elias y el Señor. Nosotros no podemos ayunar tanto, pero debemos hacer lo que podamos, agradando al Señor con ayunos frecuentes, exceptuados los días en que la Iglesia prohibe ayunar... (8,10) Pero hay también algunos deliciosos, que no religiosos, guardadores de la cuaresma, que buscan viandas nuevas y delicadas. No comen carne, pero ¿quién contará sus platos exóticos? (9,11) No beben vino, pero recurren a la sidra y otras bebidas delicadas y suaves.

Beben un vino que no pasa ni por la vendimia ni por el lagar, sino que sirve para condenar al vino vulgar, y de ese modo estimulan y satisfacen la gula en lugar de domarla (Serm. 210,3,4). 349. Si queremos vencer al mundo, tenemos que castigar nuestro cuerpo y reducirlo a servidumbre. El mundo sólo puede subyugarnos mediante sus ilícitos placeres, sus pompas y perniciosa curiosidad. Mediante su delectación perniciosa, las cosas del mundo atan a los amantes de las realidades corporales, y les obligan a servir al diablo. Por ese mismo procedimiento nos domina el diablo. Mas si reprimimos las tres concupiscencias, el cuerpo vuelve a nuestra servidumbre (Combate 6,6). 350. Dice el tentador: «¿Qué haces al ayunar? Defraudas a tu alma privándola de lo que le gusta. Te impones un castigo, convirtiéndote en tu sayón y en tu verdugo. ¿Y crees que agradas a Dios atormentándote? Sería cruel si se gozara con tus torturas». Respóndele tú al tentador: «Me castigo para que él me perdone, me aflijo para que él me ayude, para ser agradable a sus ojos y para deleitarme en su dulzura. También la víctima es sacrificada para ser colocada en el altar. Mi carne dejará de presionar mi mente». Respóndele también con esta semejanza: «¿Si montaras un caballo que al encabritarse te puede precipitar, para emprender un camino con seguridad le retirarías, sin duda, el pienso para domar con el hambre al que no puedes dominar con el freno. Pues mi carne es mi cabalgadura. Voy a Jerusalén, pero él con frecuencia se me lanza y trata de desviarme del camino. Mi camino es Cristo. ¿No voy a domar con el ayuno al caballo que se desboca?»... (4,4) [No se trata de condenar los alimentos al estilo maniqueo,

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ya que, aunque la carne y el espíritu luchan, hay entre ellos un cierto matrimonio, y la carne debe subordinarse al espíritu... (5,7) Lo importante en el ayuno es su finalidad: lo que hay que meditar es cuál es nuestro camino y nuestra patria. Sería reprobable tu ayuno si fuese inmoderado y excesivamente severo al castigar a tu siervo, que es el cuerpo. ¿Cómo aprobaríamos tu ayuno, si no reconoces que tu siervo es tu hermano? Peor sería que el siervo se sometiera a ti, y tú no te sometieras a Dios] (Ayuno 3,3). 351. La comida es una suave necesidad. Yo lucho para no dejarme dominar por el apetito. El ayuno es para mí una batalla cotidiana... (44) Dios me ha enseñado a usar el alimento como la medicina, si bien no hay modo de rehuir el placer y el peligro del apetito. Eso es difícil, porque lo que es suficiente para la salud es insuficiente para el apetito, y a veces no se sabe si es el apetito el que pide más y más. Así el alma se defiende con esa excusa, encubriendo su placer con el manto de la necesidad... (47) Yo no hallo cómo conducirme en este punto, pues no puedo romper con todo, con ánimo de no volver, como lo pude hacer con la relación sexual. Hay que manejar los frenos de la templanza en un continuo tira y afloja y ¿quién es, Señor, el que no traspasa a veces los límites de la necesidad? (32,48) En cuanto a los perfumes, ni los rehuyo ni los aprecio (cf. Conf. 10,31,43). 352. Muchos religiosos practican ayunos increíbles... (71) Pero a nadie se le obliga a afrontar asperezas, a nadie se le condena por ser más débil. No es en las viandas, sino en la gula donde está el principio del pecado... (72) Esos religiosos pasan una vida serena con sus alimentos vulgares. Por lo general no comen carne ni beben vino, pero no

tienen inconveniente en aceptarlos si se los pide la salud. Y algunos que ofrecen resistencia en su simplicidad son amonestados, no sea que por una vana superstición contraigan una enfermedad en lugar de una espiritualidad (Costumbres 1,33,70). 2. Al sentarse a la mesa Una cosa es la necesidad y otra la sensualidad: ésta, a su vez, aunque lícita, puede ser ilícita. Por eso, la mejor recomendación es distraer la atención con la lectura o la discusión útil, como se hacía en la mesa de san Agustín. Si el alma se distrae y vive en su esfera, la función fisiológica es insignificante. Algunos santos, al salir de una audiencia con la Divinidad encontraban grosera y desesperante esta función de alimentar el cuerpo y lloraban o recurrían a la ceniza y al ajenjo. ¡Qué hemos de hacer! La virtud no carece de riesgos. ¿Qué nos importa que el cuerpo tenga que pagar su tributo a la biología? Por eso, la fórmula de la Regla responde a la sabiduría y prudencia del Santo. Ya Platón había contrapuesto el gozo verdadero y el alimento del alma al placer y comida carnales: alimentar el alma era una terapéutica de la sabiduría, la frónesis. Dentro de esa tradición platónica, san Agustín va aprovechando los motivos bíblicos.

353. Además del pan visible y tangible que Dios da a buenos y malos existe otro pan cotidiano, el que le piden los hijos: la palabra de Dios que se nos ofrece día a día. De él se alimentan las almas, no los cuerpos. De él tenemos necesidad ahora, mientras trabajamos en la viña. Es alimento, no recompensa... Nuestro alimento cotidiano en

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esta tierra es la palabra de Dios que se distribuye siempre a las Iglesias (Serm. 56,10). 354. El hombre está compuesto de cuerpo y alma, y ambos componentes tienen su propio alimento necesario. Cada uno recibe su ración para que no sobrevengan el hambre y la anemia. Hoy, que es mi onomástico, y se ha mejorado la comida material, debe mejorarse a la par la espiritual. No seáis inapetentes para este manjar espiritual que os ofrezco, si bien ya veo que estáis codiciosos... (2,9) Tampoco se puede abusar del alimento espiritual, ingiriendo más de lo que el alma puede tolerar. La maceración se hace difícil, y la plétora puede amenazar a la salud tan gravemente como la inanición... (2,15) Veo que alguno se regodea, porque empieza a gustar le verdad. Estas rosquillas espirituales están confeccionadas con flor de harina, almendra molida y miel, pero algunos rehusan comerlas porque parecen hechas para encandilar a los muchachos... (3,17) No sé qué clase de viandas os voy a servir hoy, aunque nuestro Señor nos está ya sirviendo manjares finos. Sólo que rehusamos aceptarlos, o bien porque estamos ahitos de bazofia, ya porque vivimos distraídos y dispersos (cf. Vida feliz 2,9). 355. Suele decirse que alguien se trata bien cuando come y bebe sin tino. ¡Qué error! Yo digo que se trata mal, y Cristo dice lo mismo. ¿Te acuerdas del rico epulón? Estaba en el infierno haciendo la digestión de lo que había comido en sus festines, y pudo comprobar que había comido demasiada iniquidad. Por eso le vino la indigestión eterna. La justicia es el pan del corazón. Pero, si comes uvas agraces, sentirás dentera y no podrás hincar el diente en el pan de la palabra de Dios. Alabemos ese pan bendito

para que en el corazón crezca el apetito de gustarlo (cf. Com. Sal. 48,2,8). 356. El cuerpo necesita alimentos, pan, agua, frutas, vino, aceite. Del mismo modo, nuestra alma necesita de la palabra de Dios, oraciones, conferencias. Cuerpo y alma son frágiles y se debaten entre la mortalidad y la tentación. Demos gracias a Dios porque no se olvida de nosotros en este desierto, y nos provee de lo necesario para la carne y para el espíritu. Y si permite que a veces padezcamos necesidad, lo hace para estimular nuestro amor, no sea que la gordura nos prive de la memoria y lo olvidemos (cf. Com. Sal. 62,10). 357. El pan material robustece el estómago, pero hay otro pan que vigoriza el corazón, como hay vino espiritual que alegra el corazón... (3,13) Podéis embriagaros de ese vino, que es el cáliz del Señor. La embriaguez se manifestará en vuestras obras, en vuestro amor, en la enajenación de vuestro pensamiento, en vuestro despegue de la tierra y elevación al cielo... (4,19) Rumiad lo que habéis oído: hablad entre vosotros de ello y os comunicaréis el apetito, y no se deslizará el manjar hacia las entrañas del olvido. Retendréis en el paladar este tesoro inestimable y apetitoso (cf. Com. Sal. 103,3,14). 358. Tened en cuenta mi debilidad, ya que no la vuestra. Veo en vosotros tal avidez, que siempre estáis dispuestos a escuchar, pero habéis de considerar dos razones de peso: mi cansancio y la retención de las doctrinas que escucháis. Reflexionad sobre lo que escucháis. ¿Qué quiero decir? Que rumiéis lo que coméis. Así seréis como aquellos animales puros y aptos para el banquete de Dios. Exa-

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minad el fruto en vuestras propias obras. Mal digiere quien oye bien, pero no obra bien. El Señor nunca deja de apacentarnos. No olvidéis que tendremos que dar cuenta del pan que recibimos y que repartimos. Dios no adula a nadie, y la Escritura nos recuerda que os han de pedir el fruto de ese pan (Com. Sal. 103,1,19). 359. Cuando comes y bebes, puedes salmodiar; no porque prestes oídos a una música agradable, sino comiendo y bebiendo modesta, frugal y templadamente. Eso dice el Apóstol: ya comáis, ya bebáis, hacedlo todo para gloria de Dios (1 Co 10, 31). Si obras bien al comer y beber, repararás tus fuerzas dando gracias a Dios, que te proporciona ese solaz y suplemento. Tu comida y bebida alabarán entonces a Dios. Pero, si comes inmoderadamente, aunque tu lengua alabe a Dios, tu vida blasfema. Y eso mismo te digo del sueño {Com. Sal. 146,2). 360. Los que coméis el pan del dolor (Sal 126,2). Ese es el trabajo y el fruto, el pan del dolor. Si no fuera comestible, no se llamaría pan. Y si ese pan no fuese agradable, nadie lo comería. ¡Con qué dulce suavidad gime y llora la oración! Más dulces son las lágrimas del que ora que el alborozo frenético del teatro. El que come ese pan arde en deseos, ... y por eso se dijo: mis lágrimas son mi pan día y noche,... mientras me dicen ¿dónde está tu Dios? (Sal 41,4). Aún no vemos a nuestro Amado, con el que estamos comprometidos y cuyas arras conservamos. Los impíos nos dicen: «¿Dónde está tu Dios? Veamos qué Dios es ese». Entonces reflexionamos y oramos y las lágrimas fluyen en la presencia del mismo Señor. Suspiramos por verlo. Gemimos porque lo deseamos, y los deseos nos arrancan el llanto, pero esas lágrimas son dulces y nos sirven de ali-

mentó y refrigerio. Pero entretanto tenemos que comer el pan del dolor (Com. Sal. 127,10). 3. Unidad no es unicidad. La consigna de los Hechos de los apóstoles decía: todo de todos y a cada uno lo que necesite. El orden y el bien común reclaman distinciones, pero la transigencia con el débil no significa mimo, sino justicia. No hay selectos ni privilegiados, sino situaciones. Quizá al que viene de la opulencia se concede una mitigación, no por ser superior, sino por ser más débil. El deberá saberlo para integrarse lo más pronto posible a la milicia activa. Bien está el hospital, pero no para los prófugos y cobardes que tratan de emboscarse. Ahora bien, eso mismo puede ocurrir con los que han venido de una solemne pobreza. Además, hay diferencias que provienen de la casta, de la educación o de las circunstancias. Quizá se escandalizan los igualitaristas, pensando que el claustro ampara las injusticias, regala a los desheredados, deshereda a los situados o explota a los superdotados. La advertencia de la Regla orienta a unos y a otros. Por ende, en el monasterio es preferible delante de Dios el que más aporta y contribuye y menos necesita y reclama. Ese es el que debe estar más satisfecho de su suerte y de su servicio, pues ha recibido los diez talentos y por ende una mayor responsabilidad y medios más abundantes. En lugar de sentirse utilizado por la comunidad, debe hacer fructificar esos talentos. Pero el que ha recibido un solo talento deberá librarse de considerarse postergado, marginado, receloso y dispuesto a proteger celosamente su talento: deberá ponerlo a contribución sin complejos de inferioridad y de orgullo de «humillado y ofendí-

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do». Si el que necesita condescendencia la reclama como un derecho propio y no como una medicina o una caridad, da a entender que su religión es muy sospechosa. Pero sería igualmente sospechosa la religión de la comunidad, si no ofrece la limosna de la caridad como si fuese un derecho de justicia. No se oponga como una objeción el recurso a la unidad, ya que la unidad no es unicidad, como lo vemos en la estructura del cuerpo humano. San Pablo aducía ese ejemplo de los miembros que colaboran en lugar de reñir. Pero esto ha de aplicarse, no sólo a las necesidades de los hermanos, sino también a sus funciones positivas, y especialmente al trabajo. Para los monjes antiguos, el trabajo, y concretamente el trabajo manual, era un carácter elemental del monacato. San Agustín, en un principio pudo suponer que ese trabajo debía bastar y sobrar para resolver la situación económica del monasterio. Después comprobó que no era así, pero estimó que eso era providencial, pues así se organizaba un «comercio de caridad» dentro de la Iglesia local. Pero es evidente que no todos pueden trabajar del mismo modo y con la misma eficacia. Incluso se prevé el caso del monje que remata su trabajo con mayor desahogo y puede buscar un refugio piadoso y contemplativo en el oratorio. Como se ve, esta concepción de la unidad o comunidad del monasterio es eclesiástica y recoge la doctrina paulina de la «unidad en la diversidad».

mandato de trabajar y ganen el pan con el sudor de su frente, nunca faltan causas por las que su trabajo no llega a satisfacer todas sus necesidades. En atención a esa deficiencia, encarga a todos los fieles que sean generosos con los siervos de Dios, sin alegar el trabajo monacal para eludir su obligación: vosotros, hermanos, nunca ceséis de practicar la beneficencia (2 Ts 3,13). Sabía el Apóstol que Timoteo estaba débil y no podía trabajar; temía al mismo tiempo que tratase de ganarse la vida con pundonor, enredándose en negocios que distrajesen su atención. Para poner las cosas en su punto, le exhorta, amonesta y consuela: trabaja como buen soldado de Cristo; quien se alista en esta milicia divina no se enreda en negocios seculares (cf. 2 Tm 2,3-4). Así lo aparta de las ocupaciones absorbentes, que pueden estorbar su apostolado ...; establece, pues, que el evangelio no es un negocio, pero también la obligación de los fieles para proveer al ministro que no puede trabajar. No es una limosna para Timoteo, sino una deuda de justicia, obligación de mantener a un soldado, a un jornalero o a un pastor... (6,17) Por razón de las ocupaciones de carácter religioso y por las enfermedades que no pueden faltar en el monasterio, el Apóstol, no sólo permite, sino que recomienda enfáticamente que los fieles socorran a los siervos de Dios. Si los ministros tienen estricto derecho a ser mantenidos por el pueblo de Dios, era normal que el Apóstol atendiese a los fieles de Jerusalén, que lo habían vendido todo y vivían la vida común. Tenía sumo empeño, y por eso advierte que el socorro más favorece al que lo hace que al que lo recibe. Porque el siervo de Dios no sirve por ese interés material, y si lo admite es como suplemento

361. San Pablo es nuestro modelo en el trabajo. ¡Mucho les preocupa el tiempo a esos monjes que preguntan cuándo tenía tiempo Pablo para trabajar manualmente!... (14,15) Pablo aprovechaba todas las horas del día y de la noche para sus quehaceres... (15,16) No ignoraba las necesidades que acucian al siervo de Dios. Aunque cumplan el

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conveniente, no como justificación de su pereza... (16,18) En cambio, ese socorro beneficia mucho a los que lo hacen, pues obtienen bienes espirituales mejores. Así se recambian los dones materiales y espirituales... (16,19) Dios atiende a los siervos de Dios, que en la Iglesia han elegido un estado más perfecto y mantienen el ánimo libre. Pero esto no exime a los religiosos del trabajo, pues también han de atender a los enfermos y obedecer sin murmuración a sus prepósitos, aunque se acepte el suplemento de sus fieles... (18,21) Los hermanos que vienen al monasterio proceden de diferentes capas sociales, y algunos son capaces de encargarse de la instrucción y formación de los demás. Pero esos son los menos... (19,22) Al enfermo, verdadero o falso, hay que creerle y tratarlo con humanidad, pero lo normal es que todos trabajen... (22,25) La mayoría viene de la esclavitud, o de los libertos, campesinos, obreros o artesanos de la plebe, y han recibido una educación tanto más completa cuanto más dura. Sería un crimen no admitirlos, pero tienen que trabajar y satisfacerse con lo necesario, si no necesitan más (cf. Trabajo 13,14). 362. Llevad unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo (Ga 6,2). Oficio de amor es llevar la carga del prójimo. Estamos en ruta y tenemos que auxiliarnos recíprocamente. Recordad lo que Plinio narra de los ciervos que tienen que emigrar y pasar el estrecho. En esto se reconocen los verdaderos amigos... (2) Es claro que no podríamos cumplir ese precepto de amarnos los unos a los otros, si todos tuviésemos los mismos defectos. Pero las necesidades de cada cual varían con las circunstancias, y nunca falta quien puede dar lo que otro necesita... (3) Jesús nos toleró a todos... (4) Nosotros somos hombres, y

mañana nos puede sobrevenir la desgracia que hoy remediamos en otro. Llevemos la carga de éste como si supiésemos que mañana ha de llevar él la nuestra... (5) Pensemos también que quien necesita de nosotros es superior a nosotros por algún otro concepto y esto nos ayudará a ofrecer una humildad sincera. El Apóstol nos dijo: en humildad de pensamiento juzgad a los demás superiores a vosotros (Flp 2,3). No dice que simulemos o finjamos estimarlos, sino que los estimemos de corazón. Y ningún pensamiento nos ayudará más a ello que el que hemos apuntado. Así curaremos nuestra soberbia, fomentaremos la caridad, y llevaremos las cargas ajenas, no sólo con paciencia, sino también con alegría: nuestros prójimos serán nuestros amigos. ¿No es fácil amar y ayudar a los amigos? (cf. 83 cuest. 71,1). 363. Tal es la ley de Cristo, llevar recíprocamente nuestras cargas (cf. Ga 6,2). Si amamos a Jesucristo, conllevaremos de buen grado la debilidad ajena, aunque el hermano no sea amable personalmente. Porque Cristo ha muerto por ese hermano. Esa caridad es la que nos recomienda san Pablo cuando dice: ¿arruinarás con tu ciencia al hermano débil por el que murió Cristo? (1 Co 8,11). Si la debilidad del hermano no le hace amable por sí mismo, pensemos en quien murió por él. Porque si no amamos a Jesús, no diré que somos débiles, sino que estamos muertos. Conllevaos, pues, con solicitud y paciencia, implorando las misericordias del Señor para que vuestra negligencia en el amor fraterno no redunde en injuria de Jesús. Porque si amamos al hermano, lo amamos por Cristo (83 Cuest. 71,7). 364. El hombre consta de alma y cuerpo, y la caridad se ha de ejercer con ambos. Al cuerpo se endereza la medici-

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na, al alma la disciplina. Empezamos por la medicina con toda clase de remedios, alimentos, vestidos, habitación y demás protecciones con que nos defendemos de los agentes y riesgos externos... (27,53) Los que aguzan el ingenio para socorrer a su prójimo con delicadeza y bondad son llamados misericordiosos, porque se apropian la miseria ajena y la introducen en su propio corazón, aunque por su virtud parezcan inalterables... (27,54) En cambio los necios rehuyen la misericordia como si fuese un vicio, y alardean de estoicismo. Pero ¿no empiezan por llamar misericordia al mismo Dios?... (28,55) Pasemos ahora a la disciplina que se ocupa de la salud del alma. De nada serviría el bienestar orgánico, si el espíritu queda anémico y embotado ... Ambos remedios vienen de Dios, que es la fuente general de la misericordia... (28,56) Esta disciplina se subdivide en instrucción y corrección (cf. Costumbres 1,27,52). 365. Nos hemos informado minuciosamente de todas vuestras cosas por medio de los santos hermanos... (3) No sabíamos despedirnos de monjes tan simpáticos y no hubiésemos permitido la separación si no pensásemos como vosotros. Somos miembros del mismo Cuerpo y tenemos la misma Cabeza, nos nutrimos del mismo pan, vamos por el mismo camino y habitamos en la misma morada. Por tanto, la separación es sólo aparente... (4) Siento un deseo ardiente de que vengáis a este país africano... (5) para que mis hermanos vean vuestras buenas obras y glorifiquen a nuestro Padre (cf. Mt 5,16), pues tanto se alegran cuando leen que Cristo alabó a los apóstoles por dejarlo todo, siendo así que sólo dejaron unas redes remendadas. Cierto es que todo lo deja quien deja hasta la esperanza de adquirir. Pero eso no lo ven los hombres. Por

eso quiero que vengáis a esta tierra precisamente vosotros, que erais ricos y no os entristecisteis al dejarlo todo como aquel desgraciado joven del evangelio... (6) Además, sois humildes, y ese es otro buen ejemplo. Mejor sería quedarse con las riquezas y ser humilde que dejarlas para caer en la trampa de la soberbia... (9) Os saluda el beatísimo Severo, que fue condiscípulo mío en el claustro y ahora es obispo de Milevi. Todos los demás hermanos que con nosotros sirven a Dios os saludan y desean veros (cf. Carta 31,2). 4. £1 abominable desorden. Gran ventaja del carácter de san Agustín fue la vida pobre que tuvo que vivir: «Agustín es un pobre, hijo de padres pobres». Por eso la pobreza tiene la máxima importancia espiritual en su obra monástica. Nunca fue un prófugo del proletariado. Entre san Jerónimo o san Ambrosio y san Agustín hay cierta diferencia de tacto y estilo, ciertas delicadezas que sólo se adquieren contemplando desde abajo a los triunfadores. San Agustín conoce palmo a palmo, fibra a fibra, el corazón del pobre, y sale al paso a todos los peligros. Si la posición social del candidato mejora al ingresar en el convento, pueden surgir el lobo con piel de oveja, el comodón que se instala para gozar de la vida presente, el gato acurrucado junto al fuego o el nuevo rico que siente pujos de marqués. El nuevo rico alardea de superioridad y aristocracia y se hace ridículo en su mediocridad y mal gusto. Hay siempre un peligro cuando desertan del vulgo los vulgares, que se hacen pasar por gentilhombres. Por eso, el monacato agustiniano implica el abandono del «mundo». Sería abominable perversidad que el monasterio, que sirve a los corazones magnánimos para superar al mundo, les sirva a los

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plebeyos para hacerse lacayos del mundo, haciéndose delicados. En nuestro tiempo de crisis esta advertencia puede servir de meditación a dos tipos de gentes: a los que nunca dejaron el mundo y en la primera ocasión de sacudir el yugo, se buscaron una alcabala mundana, y a los fanáticos, que presentan a san Agustín como defensor de las clases privilegiadas frente a los pelagianos (a los que llaman «pobrecitos» y proletarios) falseando la verdad y la historia con un descaro muy apropiado a estas propagandas comunistas. Ambos grupos tienen sus propagandistas. Tales propagandistas suelen ser a veces demasiado necios y a veces demasiado listos. San Agustín levanta su índice inexorable: es Dios quien ve los corazones, el juez supremo y definitivo. Pero para todo esto es necesaria la fe, que Dios da en su divina misericordia a los predestinados. Deberemos también ver las enfermedades con espíritu sobrenatural. Dios envía una indisposición y queda interrumpido el servicio exterior. El trato de la enfermería se encomienda al médico, a quien hay que obedecer. Durante la convalecencia, Dios va devolviendo las fuerzas al soldado de línea y el servicio vuelve a reanudarse. La naturaleza humana se acomoda fácilmente al regalo y al mimo, y el enfermo va quizá reclamando delicadezas maternales. Pero disciplina y regularidad son dos palabras inexorables, cortantes y no admiten un mohín de rebeldía. Pasado el accidente provisional, sigue la cruda y bendita realidad, tan amada de los que creen verdaderamente en Dios.

366. Jesús le dijo al joven del evangelio: si quieres ser perfecto, aún te falta algo: vete, véndelo todo, reparte el precio a los pobres y ven y sigúeme. Para convencerte de que nada pierdes: y tendrás un tesoro en el cielo (Mt 19,21).

¿Qué te aprovecharía la renuncia, si no me sigues? Pero el muchacho se retiró triste porque era rico. También nosotros hemos escuchado la invitación de Jesús, y no podemos hacernos el sordo o el muerto... (2,2) Pues bien, cuando aquel mozo se retiró cabizbajo, Jesús comentó: cuan difícil es que el rico entre en el Reino de los cielos (Mt 19,23). Tan difícil lo pintó Jesús que parecía imposible... (3,3) Pero cuando yo cito ese texto me refiero a los ricos de este mundo (1 Tm 6,17), como dice el Apóstol, esto es, a los soberbios. La soberbia es la polilla que nace de la riqueza, el gusano que todo lo reduce a polvo... (5,6) He amonestado a los ricos, pero, escuchadme también, los pobres: vosotros, ricos, repartid y vosotros pobres, no arrebatéis; vosotros dad de vuestra riqueza y vosotros frenad vuestra codicia. Oíd, pobres, al Apóstol, que dice: Buen negocio es la piedad con lo suficiente (1 Tm 6,6). Negocio llama a la adquisición de ganancia. Tenéis, pues, con los ricos un mundo en común. No es común vuestra casa, pero es común el cielo y es común la luz. Buscad lo suficiente, y eso os baste. Lo demás es carga inútil. Y vosotros, ricos, tampoco trajisteis nada al mundo, nacisteis tan desnudos como los pobres, débiles, llorosos como ellos... (6,7) Todos me habéis oído, poneos de acuerdo en la palabra de Dios. Dios hizo a los pobres y a los ricos, y juntos se encontraron en el camino. Tú no presiones y tú no engañes. Éste necesita lo que tú tienes y el Señor os ha hecho a ambos. Él ayuda al pobre mediante el rico, y prueba al rico mediante el pobre. Hemos oído, hemos hablado; temamos, meditemos, oremos, fructifiquemos (cf. Serm. 85,1,1). 367. Cuando alguien se convierte e ingresa en el monasterio, si su vocación es sincera y cordial, no se cuida

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gran cosa de la venta y reparto de sus bienes. No quiere dar dilaciones a su propósito con tales menesteres, pues sabe lo peligroso que eso es. Por el contrario, si la conversión es falsa y busca su propio interés en lugar de buscar el de Jesús (cf. Flp 1,21), aparece falto de caridad. ¿De qué le sirve entonces distribuir sus bienes entre los pobres? (cf. 1 Co 13,3)... (4) Sin embargo, tenemos que sacar una conclusión: en adelante no será admitido nadie en el monasterio, si antes no ha liquidado formalmente la cuenta de sus bienes. Hay que ser precavidos para que los malignos y suspicaces no crean que los monjes buscan sus propios intereses (cf. Carta 83,3). 368. Quien diere al discípulo un vaso de agua fría, no quedará sin recompensa (Mt 10,42). Un vaso de agua fría no vale nada, y sin embargo a veces es de desear. Si el que lo tiene lo da al que tiene necesidad con entero amor, su don equivale a aquellos famosos dos céntimos que la viejecita depositó en el gazofilazio (cf. Me 12,42), o a la mitad de todos sus bienes que Zaqueo repartió a los pobres (cf. Le 19,8). Y aún digo más: aunque alguien careciese hasta de un vaso de agua, puede cumplir la ley, ya que se dijo: paz a los hombres de buena voluntad (Le 2,14). Es suficiente tener buena voluntad. Cualquier mendigo puede hacer un favor a un compañero: puede acomodarse amablemente al paso de su compañero, que apenas puede andar; puede prestar al ciego el beneficio de la vista y así de lo demás... (13) Frecuentemente un pobre es rico en algún aspecto y puede ejercer de limosnero. ¿O pensabas que el precepto de la limosna no iba contigo? Yo por ejemplo os hablo desde esta cátedra, y eso quiere decir que sois pobres respecto a mí en cuanto a la doctrina. Pero es Dios

el que nos provee a todos. Mantengámonos, pues, en estrecha cohesión, articulémonos con la caridad y apretémonos con el vínculo de la paz. El que tiene algo, dé al que no lo tiene. Amaos así, quereos así y no seáis egoístas. No penséis en solos vosotros, sino mirad a vuestro alrededor para descubrir a los necesitados (cf. Com. Sal. 125,12). 369. Volvamos a la alegoría del lagar. Antes de entrar al servicio de Dios, esos predestinados gozaban su libertad secular, como racimos pendientes de la vid. Pero han entrado en el lagar. Padecerán tribulaciones, estrecheces, apreturas y así se decantarán para la vida eterna. Quedará el orujo de sus deseos carnales, el hombre viejo... (3) Antes el amor nos llevaba hacia el mundo. Ahora en las prensas se nos estruja para la eterna paz. Antes de entrar en el lagar, el siervo de Dios podía saber que todo lo temporal es deleznable y podía ser espiritualmente pobre. Más ahora ha de serlo totalmente (cf. Com. Sal. 83,1). 370. No se humillan los ricos cuando entran en la santa milicia para que los pobres se engrían y pierdan la cabeza. Sería indecente que este género de vida, en el que los senadores se hacen laboriosos, se hagan haraganes los aldeanos, y que en esta vida, a la que llegan los amos de la heredad, des• pues de abandonar sus delicias, vengan a hacerse delicados los jornaleros de la misma... (26,35) No busquemos ventajas temporales, sino el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se nos dará por añadidura. Si por alguna enfermedad u ocupación no podemos trabajar manualmente, Dios nos alimentará y nos vestirá, como a las aves y a los lirios. Pero mientras podamos trabajar, no tentemos a Dios. Las fuerzas que tenemos las hemos recibido de él, y así nos da el sustento quien nos da la capacidad de ganarlo (cf. Trabajo 25,33).

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371. Por el amor, podemos cumplir en los demás lo que no cumplimos personalmente. Por ejemplo, un casado piensa en la perfección de los religiosos, los ama y así cumple en ellos lo que no puede cumplir en sí mismo. Si no tenemos amor, no vale un ardite todo nuestro haber. Pero si lo tenemos, lo tenemos todo. El que no puede dar limosna, ame. Con un vaso de agua que dé, da tanto como Zaqueo. Puede variar el precio del don, pero si es equivalente la caridad con que se da, el galardón de Dios será también equivalente... (12) \El amor es fuerte como la muertel Hace que los fuertes sobrelleven a los débiles, el cielo a la tierra, las dignidades a las muchedumbres para que reine la paz y se produzca la abundancia. La paz y la abundancia son frutos de la caridad. Quien busca su propia gloria, se desentiende de la salud ajena, (13) pero quien no busca su propio interés, predica la paz por el bien de sus hermanos. Porque para él lo mejor sería estar con Cristo (cf. Com. Sal. 121,10). 372. Repite el Apóstol: Llevad recíprocamente vuestras cargas y así cumpliréis la ley de Cristo (Ga 6,2). ¿Quiénes han de ser los que aceptan la carga sino los que tienen caridad? Los que no tienen caridad, son ya carga para sí mismos. Por ejemplo, alguien te ha zaherido y te pide perdón. Si no le perdonas, no llevas la carga del hermano; si le perdonas, sobrellevas su debilidad. Quizá él te sobrelleve a ti en algún otro punto. Se dice que cuando los ciervos atraviesan un estrecho forman filas y cada uno apoya la cabeza en la grupa del que tiene delante, mientras el cabecero se va turnando. No padecen naufragio porque les sirve de balsa la caridad. La caridad es la que lleva el peso. No temas caer abrumado bajo el peso de tal carga; mira sólo a

que no te opriman tus propios pecados. Cuando cargas con la debilidad de tu hermano, no te oprimen sus pecados. Si consientes a ellos, entonces ya te oprime el tuyo, no el de ellos... En cambio, si te desagradan y rezas por el pecador y le concedes el perdón cuando te lo suplica... entonces has aprendido a llevar la carga del hermano {Com. Sal. 129,4). 373. Hermanos míos, ejercitad la misericordia. No hay otro vínculo de caridad, ni otro carro con que seamos conducidos al cielo. Los misericordiosos podéis esperar tranquilos la venida del juez. Claro es que el bien del alma ha de ser antepuesto al del cuerpo cuando se trata de ejercitar la misericordia. Y si sois superiores, con mayor motivo. Imponed la disciplina, pero con caridad y amor, pensando en la salvación eterna de los subditos y afrontando las dificultades. No hagáis caso de la contradicción. Sufrid las injurias y quedaréis exentos de toda responsabilidad (cf. Com. Sal. 102,14). 374. Que no sepa tu siniestra lo que hace tu derecha (Mt 6,3). La siniestra es tu bienestar temporal, la diestra el eterno. Cierto es que también da Dios la felicidad mundana, pero el ánimo debe estar despegado de ella. Cuando se atiende a la felicidad eterna y a la terrestre, sabe la siniestra lo que hace la diestra. Por eso, aún en los bienes terrestres, la intención debe mirar a los eternos (cf. Com. Sal. 120,8). 375. No vayas a creer que, porque soportas a ottos, ya eres mejor que ellos. No digas: «mejores son los que llevan que los que son llevados». ¿Acaso un caballo es mejor que su jinete? El caballo soporta la debilidad del caballero, pero no es mejor. Quizá pienses: «si el animal se quitase, el

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jinete se caería». Es cierto. Pero Dios habita en los cielos, y no se caerá aunque los cielos se desplomen (cf. Com. Sal. 90,2,8). 376. Los que sean más ágiles al caminar, piensen que tienen que hacer la jornada con otros más torpes. El más rápido y suelto tiene que adaptarse al más pesado, y no viceversa. Es menester, pues, que los más ligeros frenen su prontitud, si no quieren abandonar a sus compañeros débiles. [Eso es lo que Cristo ha hecho con nosotros y nos lo ha enseñado dándonos una definitiva lección] (Com. Sal. 90,2,1). 5. Necesitar poco o tener mucho. El hombre originario se define como pura potencia: tiene que recibirlo todo, y su potencia se reduce a la capacidad de recibir y asimilar, capacidad que también tiene que recibir. En suma, ¿qué tienes que no hayas recibido? (1 Co 4,7). Sólo recibiendo podemos ir colmando nuestra vaciedad constitutiva. Nuestras necesidades son, pues, el índice de nuestra imperfección. Seríamos perfectos, si careciésemos de necesidades; pero entonces no seríamos hombres. Por otra parte, el hombre se define también como una aspiración a ser más, como un plus ultra. Posee una capacidad indefinida, y por lo mismo nunca podrá saturarse su potencialidad. Surge así la inevitable ley del avaro: cuanto más tiene más desea. O la ley del sabio: cuanto más sabe, mejor conoce su ignorancia. San Agustín se recrea burlándose de los que dicen: «Ese es tan rico que nada le falta: vive como un dios». El único sistema de sustraerse a esa dura ley de la avaricia es cortar por lo sano las apetencias, acostumbrándose a «necesitar poco», cercenando las necesidades artificiosas.

377. [Eres un enfermo habitual y por eso] tienes necesidad de tantas cosas. Necesitas vestirte porque no resistes el frío. Necesitas comer porque no resistes el hambre. Necesitas cabalgadura porque no resistes el camino. Son alivios de enfermo, no honras de potentado. [Sólo serás de verdad rico cuando no ames la riqueza] (Serm. 37,16,25). 378. Nacer aquí es comenzar a enfermar. Nuestros achaques se van prolongando mediante ciertas medicinas cotidianas que llamamos alimentos. A veces un moribundo se preocupa por sus negocios y su hacienda. Los suyos, solícitos, le reprenden diciendo: «deja ahora eso y piensa primero en tu salud». Pues eso mismo te digo yo: «piensa primero en tu salud, que es Cristo». ¿No ves que estás enfermo? ¿No ves que eres un mortal, un moribundo? (cf. Com. Sal. 102,6). 379. Feliz es quien tiene todo lo que desea y sólo desea lo conveniente. Piensa, pues, qué es lo que los hombres no deben desear. Uno desea casarse, otros prefiere mantenerse viudos, otro elige la continencia perfecta y se mantiene célibe o virgen sin cuidados de familia... (6,12) Todos pueden desear múltiples bienes, tanto para sus relaciones como para sí mismos: la salud, el honor, los cargos, medios para obtener bienes superiores. Siempre pueden desearlos, y de igual modo pueden desear lo que necesitan para vivir o para desempeñar su ministerio... (6,13) La salud y la amistad pueden pretenderse por sí mismas, mientras los otros medios materiales se refieren a esos dos... (7,14) En fin, todo se puede reducir y referir a Dios (cf. Com. Sal. 130,5,11). 380. No es feliz quien no tiene lo que desea y nadie busca lo que no desea alcanzar. Luego el que busca, desea alcanzar. Si no lo alcanza, ya no tiene lo que desea, ya no

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es feliz. Y si no es feliz, tampoco es sabio, pues sólo el sabio sería feliz. Ahora bien, el que no es feliz es desgraciado. Todo necesitado es desgraciado y todo desgraciado es un necesitado. Miseria, necesidad y pobreza son la misma cosa. La felicidad consiste, pues, en liberarse de esa miseria, necesidad o pobreza. Es verdad que el sabio tiene también necesidades corporales, pero en su cuerpo, no en su mente o sabiduría. El sabio, como tal, es perfecto, y nada necesita si es perfecto sabio. Mientras tenga medios los utiliza bien y si no los tiene sabe carecer de ellos. Lo que no puede evitar no le turba. Así dijo Terencio en su comedia: «si las realidades no se acomodan a tu voluntad, acomoda tu voluntad a las realidades» (cf. Vida feliz 4, 25). 381. Quien apetece muchas cosas se condena a padecer privación. La avidez produce vaciedad y no puede evitarse ésta si no se renuncia a la multitud y variedad de apetencias. Dentro de un círculo, por muy grande que sea, no hay más que un punto en el que coinciden todos los radios, y lo llamamos centro. El centro está en todos los radios y los domina todos porque domina todo el campo. Pero cuanto más nos apartamos del centro, tanto menos radios abarcamos, reduciendo el campo al querer abarcar más. De ese modo, el alma que se separa de su centro y se dispersa hacia la variedad de los objetos mundanos, se empobrece y sufre. Su naturaleza la empuja hacia Dios, que es su centro, en el que coinciden todos los seres, pero la pluralidad de esos mismos objetos a los que se va apegando, le impide moverse hacia el centro (cf. Orden 1,2,3). 382. [Os denuncio] ese refrán de todos los avarientos, ladrones, estafadores y rufianes que repiten: tanto eres cuanto tienes. Con ese mote necio quieren decir que el

poder se calcula con el dinero... En cambio, Cristo ha dicho: ve, vende tus propiedades, reparte el precio a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo. Se lo dijo a un joven, y éste se alejó cariacontecido. Entonces presentó la salvación del rico como problema tan arduo que todos exclamaron: pues, ¿quién se podrá salvar? (Mt 19,21.25). Pero la pobreza se mide más por los deseos que por estas realidades caducas. Hay quien tiene y es desprendido. Y hay quien nada tiene y es sórdido (cf. Com. Sal. 51,14). 383. Al pedirme que te escriba, ya supongo que deseas que te hable de la vanidad del mundo. Si antes la codiciaste y probaste, espero que ahora la despreciarás. Traidora es toda su dulzura, estéril su fatiga, continuos sus sobresaltos y peligrosas sus alturas. Empieza con aturdimientos y termina con lamentos. Se necesita más avidez que cautela para ambicionar tales fruslerías. Aunque en este mundo es inevitable el dolor, los religiosos tienen mejores esperanzas, frutos y recompensas. Cuando medito en el mundo, no sé por dónde puede venirles el remedio a sus amadores: si la fortuna les sonríe, toman los buenos consejos como cuentos de viejas; si la suerte les es adversa, procuran librarse del trance, pero no remediarse de una vez para siempre. Raros son los privilegiados que aciertan a aprovechar una ocasión para emanciparse de su esclavitud. Pues bien, deseo que tú seas uno de esos favorecidos, ya que te amo con sinceridad. Que mi saludo te sirva de exhortación. No quiero que vuelvas a sufrir los viejos sinsabores y sentiría en el alma que tus fracasos no te determinasen a mejorar de estado y condición {Carta 203). 384. Recordad a las vírgenes necias. Son vírgenes, pero tratan de agradar a los hombres, y se guían por el aprecio

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ajeno. Anhelan los favores del vulgo, se desprecian a sí mismas al subordinarse a los espectadores, pues no les basta su conciencia. No llevan consigo el aceite, su propio fuego y resplandor. Encienden sus lámparas, pero éstas pronto se apagan, pues les falta el aceite interior. De pronto llega el Esposo, y las fatuas carecen de aceite. Y ahora ya no les venden aceite los aduladores de costumbre. Pretenden volver a esos aduladores, pero ya no los encuentran (cf. Com. Sal. 147,11). 385. La parábola de las vírgenes no se refiere sólo a las mujeres, sino también a los varones, a la Iglesia, como dice el Apóstol: os he desposado con un varón para presentaros a Cristo como virgen casta (2 Co 11,2)... (12) Pensad, pues, ahora en las vírgenes prudentes. No pueden repartir su aceite con las fatuas, ya que no saben si les bastará para sí. No niegan la misericordia, ni obran por avaricia, ni se apropian lo superfluo. Por el contrario, la Escritura nos recomienda siempre dar y repartir... (13) Da, pues a tu hermano, ya que eso es dar a Cristo. Y no haces más que devolver algo de lo mucho que él te dio. Pero tienes que obrar según tu conciencia, en previsión de tu fragilidad, ya que pronto se cerrarán las puertas y reinará la paz... (15) ¡Cómo os habéis entusiasmado todos al oír mentar la paz! Amadla, hermanos míos. ¡Cuánto celebro el que grite vuestro corazón con el amor de la paz! (cf. Com. Sal. 147,10). 386. Nada hay más débil que nuestra alma que se mueve entre tentaciones. Y los orgullosos, que se creen felices, nos insultan... (9) Se jactan en la pompa de sus riquezas, en el viento de los falsos honores y nos insultan diciendo: «Mira qué bien me va, gozo de todo; que se aparten los

que prometen lo que no se ve. Yo tengo lo que veo, gozo de lo que veo, y que siempre me vaya bien en esta vida». Tú, cristiano, apóyate en tu seguridad: Cristo resucitó y te enseñó lo que te dará en la otra vida. Puedes estar seguro de que te lo dará. Pero el rico te sigue insultando porque es rico. Tienes que aguantar al que te insulta y un día te burlarás del que gime diciendo: estos son los que antes recibían nuestros insultos (Sb 5,3). Hermanos, para todo esto hay que levantar los ojos al cielo... (10) Pero a veces nos insultan también los que padecen justo castigo de sus iniquidades diciendo: «también los que viven bien sufren la cárcel y las cadenas. En su vanidad, los cristianos creen lo que no ven». Son como el mal ladrón (cf. Le 23,39). Y todavía dicen: «Otros muchos han hecho cosas peores y andan sueltos y libres». Los desgraciados, que no sabrían gobernar un navio, pretenden gobernar el mundo distribuyendo los dolores y las alegrías, los castigos y los premios. Y todos ellos abundan, unos en riqueza, otros en orgullo e iniquidad... (11) Por eso el cristiano debe tenerse como pobre. El que desea las falsas riquezas no busca las verdaderas, pero el que busca las verdaderas sigue siendo pobre. Y no sólo porque no abunda en falsas riquezas, sino porque tampoco abunda en orgullo e iniquidad. Si no levantamos los ojos al cielo, no entenderemos cuáles son las riquezas verdaderas... (12) Las riquezas falsas aumentan la codicia en sus propietarios: no aportan salud ni fortaleza, sino deficiencia. La debilidad es constitutiva y no tiene remedio ni en la riqueza ni en la pobreza, ni en la injusticia ni en la justicia. ¿A quién llamamos rico en esta vida? Solemos decir: «Es muy rico, nada le falta». La alabanza es generosa, pero veamos si no le falta nada. Si nada

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desea, nada le falta, pero si codicia cosas mayores que las que tiene, las riquezas sólo han servido para aumentar su necesidad. Sólo en la celestial Jerusalén nada nos faltará. Allí tendremos auténtica salud, auténtica justicia, mientras que ahora todos somos pobres, desheredados, indigentes, y dolientes. Suspiramos, gemimos, oramos, levantamos los ojos a Dios. Los que en este mundo se tienen por felices nos desprecian y nos desprecian también los que se tienen por infelices. Pero tú has de tenerte por pobre y desvalido, creyendo en el evangelio: bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados (Mt 5,6) (cf. Com. Sal. 122,6).

CAPITULO DÉCIMO

LA COMPOSTURA DEL HOMBRE EXTERIOR (Regla IV, 19-23) 1. No llaméis la atención. El problema del vestido revestía para san Agustín cierta importancia. No existía un hábito determinado en los monasterios, sino que los monjes vestían lo que los fieles les regalaban; eran los prepósitos los que distribuían esos vestidos. Tales vestidos eran muy diversos, según su procedencia. De ahí que el problema surgía inevitablemente. Si un senador regala un vestido suyo al monasterio y ese vestido es regalado al que fue su esclavo, puede causar sorpresa, risa o envidia, según los casos. Pero ya que una Regla no puede ni debe entrar en esa casuística, san Agustín trata de quitar importancia al vestido mismo, contentándose con que sea corriente y no llame la atención, ya que con frecuencia se utiliza el vestido no para vestirse, sino para llamar precisamente la atención.

387. A vosotros, fieles, os exhorto: si queréis regalarles algo, no fomentéis los vicios de mis hermanos contra mí. Podéis ofrecerles lo que queráis, espontáneamente. Pero sabed que todo ha de ser común y se distribuirá a cada uno de ellos según su necesidad. Pensad en el común y así todos quedaremos servidos... Nadie ofrezca, pues, un hábi-

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to o una túnica de lino, u otra prenda cualquiera, sino para el común. Quien reciba algo, lo recibirá del común; yo mismo quiero que sea del común todo lo que tengo. No quiero que ofrezcáis prendas exclusivamente para mí, con el fin de que vuestro obispo vista con elegancia. Que nadie me traiga un hábito precioso, que quizá es decente para un obispo, pero no para Agustín, es decir, para un pobre, hijo de padres pobres. La gente diría que gasto prendas que nunca hubiera tenido en casa de mis padres o en mi profesión secular. Eso no es decente. Debo llevar un vestido tal, que se lo pueda ofrecer a otro hermano, ya sea presbítero, diácono o subdiácono, si tiene de él necesidad. Si me dais uno precioso, lo vendo y doy el precio a los pobres, como suelo hacerlo... Ya que no dejáis que el vestido sea común, será común el precio del vestido. Si el donante tiene interés en que sea yo quien lleve su regalo, deberá enviarme algo de que yo no tenga que ruborizarme. Porque os confieso que me da rubor el llevar un vestido precioso. Eso no es decente para mi profesión ni para mi ministerio, ni para mis miembros ni para mis canas (Serm. 356,13). 388. Se puede llamar la atención tanto por la sordidez y porte descuidado, como por la elegancia y primor, pues en ambos casos puede haber jactancia. Y esta es más peligrosa cuando se encubre con el mote de servicio de Dios. Cuando alguien va alardeando de prendas lujosas, alhajas o afeites llamativos, sus mismas apariencias van pregonando al vanidoso y esclavo de las pompas del mundo, y nadie supone una pretensión de santidad. En cambio quien presume de desaliñado y andrajoso, atrae las miradas intencionadamente: hay que averiguar entonces si se trata de un despreciador de lo superfluo o de un ambicioso lobo con

piel de oveja. Por sus obras los conoceréis (Mt 7,16)... Con todo, no debemos recurrir al boato superfluo para que no se nos confunda con los hipócritas, que se envuelven en harapos y remiendos para autorizar su oculta ambición. No van las ovejas a desprenderse de su piel, porque haya lobos que se visten con piel de oveja (Serm. Montaña 2,12,41). 389. Hay hipócritas que pregonan que la santidad afeitada vale menos que la santidad intonsa; y no faltan candidos que justifican a esos picaros con su propia simplicidad. Dicen que los Patriarcas no se cortaban el cabello y que, según el Apóstol, es ignominioso que los varones se afeiten, como dicen que el cortar la barba es pena del pecado. De ese modo sugieren que ellos se apoyan en motivos de humildad. Pero en realidad es todo lo contrario: su afectación en el desaliño es alarde de soberbia. No puede ser más triste ni ridículo la defensa que hacen de sus crines. En cuanto a los demás religiosos buenos, pero ingenuos en demasía, les rogamos por amor de Cristo que se afeiten y que no sean encubridores de hipócritas (cf. Trabajo 31,39). 2. Cuando salgáis de casa. Los autores no ocultan la extrañeza que les produce este capítulo, tan detallado y largo, en un documento tan genérico y corto. La Regla no habla de virginidad, continencia o celibato, aunque los suponga, mientras en ocasiones semejantes (La santa virginidad, El trabajo de los monjes, El sermón del Señor en la montaña, Sermones sobre la Iglesia virgen, etc.) san Agustín insiste en esos términos. Por otra parte, la norma de que los hermanos no salgan de casa solos, no parece hallar correspondencia en la legislación de aquella época. Los monjes viajaban indivi-

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dualmente, llevando cartas de una parte a otra, por asuntos familiares, públicos o privados; intervenían individualmente en los negocios y polémicas, y eran elegidos para los puestos clericales, sin duda por sus actuaciones personales. La costumbre de los «giróvagos» parece demostrar las actuaciones individuales. Los autores se esfuerzan por justificar el realismo extraño de este capítulo, recurriendo al interés que san Agustín mostraba por la buena fama de los monjes. En efecto, con ocasión del escándalo producido por un sacerdote, que viajaba solo, san Agustín observa que si hubiese llevado consigo compañía se hubiese evitado el escándalo. Pero vale para el clero en general, pues no se trataba de un monje. Además, en este capítulo no se habla sólo de la fama, sino de situaciones muy concretas. No se puede negar, sin embargo, que esta norma hubiese agradado quizá a san Agustín, como medio de justificar no sólo la moralidad, sino también la buena fama de la institución monástica. De todos modos, esta norma, que durante cierto tiempo ha tenido aplicación rigurosa para muchas congregaciones de mujeres, va cayendo en desuso poco a poco, ya que formaba parte de un sistema que se viene desmoronando desde hace algún tiempo. En todo caso, se mantiene la doctrina de la interioridad, ya que la presencia de Dios es un ángel de la guarda para cada uno, y se mantiene también la doctrina de mirar por el bien del prójimo, porque es el que está próximo a nosotros, como lo exige la caridad bien ordenada.

tarla, siempre que lo necesitare... Igualmente es nuestro prójimo aquel que recíprocamente debe ejercitar eso mismo con nosotros... El «prójimo» es el «próximo», ya que no podría ni dar ni recibir, si no estuviese cerca de nosotros. El trato con este prójimo-próximo tiene que ir informado por la caridad (Doctr. crist. 1,30,31). 391. El prójimo es próximo, porque está próximo para atenderte. Tú y él conserváis vuestro bien o vuestro mal, pero él será misericordioso contigo o se entristecerá si eres malo. El amor hace que todos podamos participar en la bondad del prójimo (cf. Serm. 35,3). 392. Prójimo es aquel a quien socorres, pues es próximo. El samaritano era un forastero, pero al prestar misericordia, se hizo próximo, prójimo. Los que no te pueden ayudar son como extraños, lejanos (Com. Sal. 48,1,14). 393. Recuerda, Alipio, lo que habíamos hablado antes de que surgiera este percance, y tratemos entre nosotros de arreglarlo con la ayuda de Dios. No nos contentemos con nuestra propia conciencia, ya que no se trata de un percance en el que la conciencia sea suficiente. Si somos auténticos siervos de Dios, si arde en nosotros algo de ese fuego por el que la caridad no busca las cosas que son suyas (cf. 1 Co 13,5), debemos presentar el bien, no sólo ante Dios, sino también ante los hombres; no sea que mientras nosotros en nuestra conciencia bebemos agua limpia, se nos haga que por nuestros pasos incautos, las ovejas del Señor la beben turbia (Carta 125,2). 394. Si no nos cuidamos de la fama de los clérigos, nos veremos obligados a discutir cosas que no pueden averiguarse o a pasarlas por alto. Yo, por mi parte, he creído

390. Prójimo es el que demuestra su misericordia en socorrer y ayudar, como nos lo enseña la Parábola del Evangelio del Buen Samaritano. Ejercitamos con él la misericordia, siempre que lo necesite, o podríamos ejerci-

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deber retirar de las funciones de presbítero a Abundancio: en un día de ayuno, en el que su Iglesia ayunaba, se separó de su colega presbítero en el mismo lugar, se hospedó en casa de una mujer famosa, sin llevar consigo ningún clérigo, osó comer y cenar y dormir en esa misma casa. Yo he temido encomendarle la Iglesia de Dios. Si los jueces eclesiásticos piensan de otro modo, pues en el concilio se ha establecido que las causas de los presbíteros sean vistas por seis obispos, quien quiera puede entregarle una iglesia de su jurisdicción. Yo temo entregar el pueblo a estos sujetos, sobre todo cuando no los ampara una buena fama, y no puedo perdonarles el riesgo. No quiero que, si sobreviene el conflicto, me lo tenga yo que reprochar y lamentar (Carta 65,2). 395. Habéis de procurar que vuestra vida no sea mala ni lo parezca por negligencia vuestra. No hagáis caso de esos tranquilos, que, cuando son sorprendidos por haber dado ocasión de sospechas, contestan que les basta su conciencia delante de Dios. A ellos les consta su propia bondad, pero desprecian la opinión de los demás. Eso es no sólo imprudencia, sino también crueldad. Porque dan ocasión de blasfemar el camino de Dios a ciertos mal intencionados que tachan de torpe la vida religiosa, y dan ocasión de pecado y excusa a ciertos vividores que imitan las apariencias y no las realidades. Por lo tanto quien defiende su vida del pecado se comporta muy bien para consigo; y quien defiende su propia fama es además misericordioso para con los demás. Para nosotros es nuestra vida; para los demás, nuestra fama; y por cierto, la misericordia hacia los demás redunda en nuestra propia utilidad... El Apóstol encerró esa doctrina en dos palabras, Virtud y alabanza. Y

no se diga que el Apóstol se desvivía por las alabanzas humanas, pues dijo: no me importa ser juzgado por vosotros o por cualesquiera hombres (Viudez 22,27). 396. Se le prohibió al subdiácono Primo que volviese a poner los pies en el monasterio de las religiosas. Como no hizo caso de la prohibición, se le excluyó de la clericatura. Despechado se pasó a los donatistas y se dejó rebautizar. Dos monjas que eran de su aldea se salieron del claustro, quizá movidas por el mal ejemplo, o por el mal consejo, y se han incorporado a la grey licenciosa de las vírgenes donatistas (Carta 35,2). 397. ¡Oh siervos de Dios, soldados de Cristo!, ¿por qué encubrís las asechanzas del astuto enemigo, el diablo, que con sus hedores trata de contagiar vuestra buena fama, ese magnífico olor de Cristo para que las buenas almas no digan: correremos tras la fragancia de tus esencias (Ct 1,3) y caigan en sus lazos? Él ha esparcido por todas partes muchos hipócritas con hábito de monjes, que recorren las provincias, que no llevan misión alguna, que nunca permanecen quietos, ni de pie ni sentados. Algunos venden huesos de mártires, suponiendo que sean de mártires; otros adornan su atuendo con cintas y símbolos; otros mienten diciendo que han oído no sé dónde que viven sus padres en tal o cual región y que van a buscarlos; y todos piden y todos exigen el gasto de una pobreza lucrativa o el precio de una santidad simulada. Entretanto, cuando son sorprendidos en alguna acción indecorosa, o reconocidos como picaros, la gente murmura en general contra vuestro género de vida, aunque es tan bueno y tan santo que en nombre de Cristo deseamos que se extienda por toda el África, como por otras regiones. ¿No os inflamáis en el celo de

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Dios? ¿No se os caldea el corazón interiormente, y «.. inflama el fuego en vuestra meditación (cf. Sal 38,4) pm.i reprimir con obras buenas las malas obras de estos pican > quitándoles la ocasión de sus negocios, con los que daflnn vuestra reputación y son para los débiles piedra de tropn zo? Cuidad, compadeced y mostrad a los hombres qu> buscáis el reino de Dios por el camino estrecho y áspero il. vuestro compromiso, y no un buen pasar en el ocio. Vue tra situación es la misma del Apóstol, a saber, arrebatar lu ocasión a los que buscan ocasiones (2 Co 11,12) (Trábalo 28,36). 3. Cuando veáis alguna mujer. No se trata aquí de un desdén hacia la mujer: duran te siglos se creyó que la Regla estaba escrita pai.i mujeres y las miradas lascivas se aplicaban a lo-, varones. Por otra parte, es sabido que san Agustín no sólo profesa un gran respeto hacia la mujer, sino que la propone con frecuencia como lección para ION varones, al derivar virtus de vir y constatar que ION varones suelen ser más cobardes y flojos para la vir tud que las mujeres. Tampoco puede deducirse unn minusvalía por el proceso del pecado original, en el que san Agustín da el papel de Adán al varón, a la mujer el de Eva, y así propone en la mujer el sentí miento y en el varón el consentimiento: en efecto, i'l proceso del pecado se da igualmente en la mujer quien el varón. San Agustín no podía modificar el cóili go romano, y en el derecho matrimonial subordina la mujer al varón, pero en el resto la defensa de l.i mujer es en él continua y valiente para su tiempo. Ni > es, pues, por esta parte por la que este capítulo pro duce una impresión penosa.

Aparte de que no se hable expresamente del celibato, la extrañeza proviene de que este tema de las miradas lascivas vaya unido al de la corrección fraterna, dando al problema un carácter externo, casi policíaco, un tanto extraño en san Agustín. Es verdad que nos recuerda que la tentación puede provenir de un visum, signum, ictus, nixus, etc. Pero advierte también que tales sugestiones pueden provenir del interior, del mismo pensamiento. En ambos casos, no se trata de una causa propiamente dicha, sino de un motivo u ocasión. No parece, pues, que tal problema constituyera una doctrina general, sino que parece apoyarse en algunas experiencias lamentables, difíciles de explicar, ya que san Agustín fue siempre muy claro en este aspecto. Por lo que hace a la doctrina general, no podemos negarla, sino que hemos de ponerla de relieve. La concupiscencia no es un principio trascendente, intrínsecamente malo como dicen los maniqueos, pero tampoco es un principio inmanente intrínsecamente bueno o indiferente, como dicen los pelagianos. Nacemos inclinados al mal y así la concupisceneia implica esa merma de libertad que es la inclinación. Experimentamos la afición al mal, no como resultado o efecto de nuestras costumbres, sino como causante de las mismas. Así, en este régimen en que nacemos es imposible pasar por el mundo con los ojos cerrados, y es imposible que la belleza no sea placentera en todos los órdenes y especialmente en el de la lascivia. Es, pues, imposible que la carne no apetezca contra el espíritu. Tales proposiciones elementales deberán hacernos vigilantes, pero no vidriosos, ya que desde la mera sugestión hasta el consentimiento pleno o la costumbre hay un largo proceso, y las puertas del castillo interior sólo pueden abrirse desde dentro. Hn cuanto a la delación, deberá observarse la doctri-

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na general de la caridad fraterna, sin destacar demasiado este tema y sin considerarse vigilante de un hermano, sin fomentar la denuncia ni la desconfianza, y sin apoyarse en ejemplos o experiencias que son quizá de otros tiempos o de otros lugares. Por encima de estos accidentes coyunturales, está la doctrina suprema de la caridad fraterna. 398. El bien de la virginidad no lo guarda sino Dios, que es quien lo dio. Y Dios es caridad (1 Jn 4,8). La guardiana de la virginidad es, pues, la caridad. Y el lugar de la vigilante es la humildad. En esa humildad habita el que dijo que su Espíritu descansa sobre el humilde y tranquilo que teme sus palabras (Is 66,2) (Virginidad 51,52). 399. Habla el Apóstol de aquellas que desean casarse y no lo realizan porque no pueden hacerlo impunemente. Mejor fuera que se casaran y no se quemaran, esto es, que no dañaran su conciencia con la oculta llama de la concupiscencia. Están arrepentidas de su profesión y les da vergüenza confesarlo. Si no corrigen el corazón dirigiéndolo a Dios y no dominan su deseo con el divino temor, habrá que considerarlas como muertas, ya vivan florecientes, como advierte el Apóstol: la que se entrega al placer está muerta en vida (1 Tm 5,13), ya que se ejercitan en trabajos y ayunos que son inútiles sin la corrección y sirven más de ostentación que de enmienda. Pero no me dirijo ahora a las tales... Tampoco hablo aquí de las que sienten un apetito de agradar, ya con vestidos más elegantes, que los que pide la observancia de esta profesión, ya con aderezos de la cabeza, rizos, velos, redecillas. Porque a estas hay que darles preceptos, no de humildad, sino de castidad... Yo

temo la soberbia en solas aquellas que no tienen reproche {Virginidad 34,34). 400. Dios permite que con vosotros vivan muchos o muchas que caerán para que temáis y para que os humilléis con tales ejemplos... Habéis recibido un alto don de Dios... Porque ¿quién ofrece tales dones, sino el que da de lo propio a cada uno según su voluntad? ¿Y dónde está la equidad, si a unos les da un don y a otros otro? Es imposible o demasiado difícil para el hombre averiguarlo. Pero es obligatorio creer que Dios a nadie hace injusticia. ¿Qué tienes, pues, que no hayas recibido? (1 Co 4,7). ¿Y no serás perverso si amas menos a aquel de quien recibiste más? (Virginidad 40,41). *** No hay que olvidar, sin embargo, que san Agustín fue maniqueo. Su defensa y aun exaltación de la mujer fue progresiva, ya que tuvo que ir superando el antifeminismo cultural que se respiraba, tanto en la filosofía como en la Biblia, por la influencia de las sectas mistéricas y del platonismo dualista. Por eso ofrecemos algunos textos en que se vea que no se debe atribuir a san Agustín la situación de lectura de su tiempo, sino tan sólo su afán de superación, que es lo original. 401. En la formación de la mujer se dice que fue creada para auxiliar al varón. Gracias a la unión espiritual entre ambos, produciría frutos espirituales, buenas obras para alabar a Dios. El varón gobierna, la mujer secunda; él es

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regido por la sabiduría, la mujer es regida por el varón. Porque la cabeza del varón es Cristo y la cabeza de la mujer es el varón (1 Co 11,3). Por eso se dijo: no es bueno que el varón esté solo (Gn 2,18). Todavía había algo que hacer, de modo que no sólo el alma dominara al cuerpo, sino que la razón viril subyugase la parte animal del alma misma, y con ese auxilio dominase al cuerpo. Para ejemplificar eso fue creada la mujer, y así el orden real la somete al varón. La duplicidad de sexo puede considerarse también en cada uno de ellos, ya que en todo individuo hallamos la razón que debe imperar a los apetitos y no viceversa. Pero eso acontece también en la mujer, pues también ella tiene la razón y los apetitos. De ese modo Dios expresó la dignidad del género humano sobre los animales (Gen. c. Man. 2,11,15). 402. Incluso ahora, al que se desliza hacia el pecado no le acontece nada distinto de lo que les aconteció a los tres protagonistas del paraíso: la serpiente, la mujer y el varón. Primero se abre paso la sugestión, ya por el pensamiento, ya por los sentidos del cuerpo: la vista, el tacto, el oído, el gusto o el olfato. Una vez que ella se ha abierto paso, si el perverso deseo no se mueve hacia el pecado, se esquiva la trampa de la serpiente. Si, por el contrario, se mueve hacia él, acontece algo parecido a la persuasión a la mujer. A veces, sin embargo, la razón, haciendo las veces del varón, reprime y ahoga dicho deseo. Cuando actúa de esa manera, no nos deslizamos hacia el pecado, sino que, tras una cierta lucha, somos coronados. Si, por el contrario, la razón da su consentimiento y determina que ha de hacerse aquello a lo que impulsa la libido, el hombre es excluido de la vida feliz, igual que fue expulsado del paraíso. De hecho,

ya se imputa el pecado, aunque no se siga la acción, pues, al dar su consentimiento, la conciencia se hace culpable (Gen. c. Man. 2,14,21). 403. Tres son la etapas del pecado: sugestión, delectación y consentimiento. La sugestión viene de fuera; la delectación nace dentro, pero sólo el consentimiento consuma el pecado. Eso está simbolizado en el proceso del pecado original; la serpiente, Eva y Adán... (12,35) Del mismo modo, el pecado se produce de tres modos: en el corazón, en la obra, en la costumbre. Están simbolizadas en las tres muertes que evoca el Evangelio (Mt 9,18-25; Le 7,11-15; Jn 11,1-44)... (14,39) Eso vale tanto para el varón como para la mujer, como ocurre en el problema del libelo de repudio (Mt 5,31). ¿Pues por qué se ordena odiar a la esposa?... (15,40) También se ordena odiar al padre, a la madre y la propia alma (Le 14,26)... (15,41) El buen cristiano tiene que amar a la mujer en cuanto es criatura de Dios y desear reformarla y renovarla como a sí mismo; pero tendrá que odiarla en cuanto esposa, si se opone al Reino de Dios. Del mismo modo se ordena amar al enemigo, no en cuanto enemigo, sino en cuanto es hombre (Serm. Montaña 1,12,34). 404. Sin el pecado original, el varón no hubiera dominado a la mujer, a no ser en el sentido del que dice el Apóstol: recíproca servidumbre de amor (Ga 5,13). Después del pecado, los cónyuges pueden prestarse esa recíproca servidumbre de amor, pero el Apóstol no permite que la mujer domine al varón (1 Tm 2,12)... La potestad del marido no se debe a la naturaleza, sino a la culpa, pero hay que mantenerla, pues de lo contrario menoscabamos la naturaleza y aumentamos la culpa (cf. Gen. literal 11,37,50).

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405. [Cristo se hizo hijo del hombre, naciendo de mujer. Alguno dirá: «Podía ser hombre sin nacer de mujer, como Adán». Yo le respondo]: «¿Por qué iba a rehuir a la mujer? Suponte que yo no puedo explicarte por qué nació de mujer: muéstrame tú qué es lo que debía rechazar en la mujer». ¿Es que se iba a contaminar en las entrañas femeninas? Pues bien, al nacer de mujer nos ofrecía un gran simbolismo... Con eso nos manifestó que en ninguno de los dos sexos debía perder la esperanza la criatura humanaVino, pues, al mundo como varón, pero nacido de mujer, como si dijera: «Para que veáis que no es mala ninguna criatura de Dios, sino que la voluptuosidad la corrompe, cuando creé al hombre lo creé varón y mujer. Ha nacido varón, pero de mujer; no condeno la criatura que creé, sino el pecado que no hice». Reconozca cada uno de los sexos su honor, confiesen ambos su iniquidad, y esperen ambos su salvación. Cuando el varón fue seducido, se le administró el veneno por medio de la mujer; cuando fue reparado, se le administró la salvación por medio de la mujer. La mujer compensó el pecado de haber engañado al varón al engendrar a Cristo. Por eso fueron las mujeres las que anunciaron a los apóstoles la resurrección de Cristo. Que nadie, pues, calumnie a Cristo por haber nacido de mujer (Sermón 51,2,3). 406. Se te manda no fornicar, esto es, que no vayas con otra mujer. Tú exiges a tu mujer que no se vaya con otro hombre, pero tú te niegas a corresponder. Debías preceder a tu mujer en la virtud (Vir fvarónj-virtus), pero mientras exiges que tu mujer venza a la liviandad, tú te dejas derrotar por ella. Aunque eres cabeza de la mujer, ante Dios ella es más que tú que eres su cabeza... Algunos se enfure-

cen porque predico así la palabra de Dios. Los que rehusan ser continentes (y son muchos) no quieren que yo diga estas cosas, pero he de decirlas, les guste o no les guste... (4,4) ¿Y por qué me detengo en este punto? Porque el pecado es general, más común que en los otros mandamientos. Se ha hecho tan general, que las mismas mujeres no se atreven a querellarse contra sus maridos. La mala costumbre cobra apariencia de ley, y las mujeres llegan a pensar que se les permite a los varones lo que no se les permite a ellas. Oímos cada día que una mujer ha sido arrastrada al foro porque la encontraron con un siervo, pero jamás hemos oído que un varón haya sido llevado al foro porque se le encontró con una esclava. Y, sin embargo, el pecado es igual. Supongamos que alguna mujer, al oírme hablar así, reprocha a su marido la conducta: «no es lícito lo que haces; juntos lo hemos oído, somos cristianos y lo que exiges de mí debes observarlo conmigo; si te debo fidelidad, tú me debes fidelidad y ambos se la debemos a Cristo. Y si tú me engañas, no engañarás a quien nos hizo y redimió». Es seguro que el marido, al oir estas cosas que no suele oir, se revolverá contra mí, furioso, maldiciente y quizá responda: «¿por qué habrá venido hoy ese predicador, o por qué habrá ido hoy mi mujer a la iglesia?». Creo que aunque no lo diga, lo piensa, pues quizá no se atreve a declararse delante de su sola mujer. Pero yo, hermanos, como el médico, no miro al gusto del enfermo, sino al peligro que corre (Serm. 9,3,3). 407. El tentador te presenta una hermosísima mujer. Si dentro vive la castidad, fuera queda extinguida la iniquidad. Para que no te deslumbre la hermosura de la mujer ajena, lucha dentro con tu propia concupiscencia. No ves a

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tu enemigo, pero sientes tu apetencia. No ves al diablo, pero ves lo que te deleita. Domina dentro tu sentimiento. Lucha, lucha, ya que tu redentor es tu juez que te invita a la lucha y te prepara la corona (Serm. 57,9,9). 408. Algunos, pensando en la caída de David, escarmientan en la cabeza del fuerte y así protegen su propia debilidad. Cuidadosos de evitar lo ilícito, se abstienen de las mismas miradas lícitas. No fijan la vista en la hermosura de la carne ajena, ni se consideran seguros cuando les parece que miran con simplicidad. No dicen: «he mirado con buena intención, por pura benevolencia, y si me he complacido un poco mirando, ha sido por condescendencia». Al contrario. Se aplican el ejemplo de David y consideran que, si cayó alguien fuerte, fue para que los flacos no se aventuren a contemplar un objeto que les puede ocasionar la caída... El Apóstol dijo: que no reine el pecado en vuestro cuerpo mortal (Rm 6,12). No dice «que no haya pecado en vuestro cuerpo», sino «que no reine». Porque el pecado está ahí dentro, en tu delectación, pero sólo reinará si das tu consentimiento. La delectación carnal... ha de ser frenada, no liberada; hay que subordinarla con imperio, no dejarle el imperio. Quizá me digas: «tengo firmes las riendas». Bien, pero ¿eres tú más fuerte que David? (Com. Sal. 50,3). 4. £1 altísimo inspector. El veredicto social es para el religioso una barrera como una conciencia externa y colectiva. La compañía de un sólo hermano, como hemos visto, puede y suele modificar nuestra conducta, ya que en la mirada ajena descubrimos un juez, aunque se reserve el

juicio. Podríamos considerarlo a veces como un policía o como un colonizador insoportable, pero podríamos también considerarlo como un Ángel de la guarda que calla, observa y ayuda en lo posible. Hay un qué dirán malo y hay un qué dirán bueno y en todo caso ese qué dirán, que a veces despreciamos en teoría, nos influye a todos de un modo sorprendente. Y todo esto puede y debe aplicarse concretamente al caso de las miradas lascivas. Cuando surge ante nosotros la tentación, la ocasión, la sugestión, el pensar que un hermano nos está mirando puede significar un precioso auxiliar para rechazar un asalto repentino, o por lo menos una advertencia prudente o un instante de reflexión. Pero en definitiva, ya que todo este aparato puede faltar, puede interpretarse mal o puede eludirse, hay que recurrir al altísimo Inspector. Se nos recomienda agradar a los hombres, pero condicionalmente, con nuestras costumbres; pero en cambio a Dios hay que agradarle absolutamente con ellas, en todo tiempo y lugar. Pero, ¿acaso no podemos eludir, tergiversar y rechazar la mirada de Dios, tanto en los caminos de la fe como en los de la razón? En efecto, eso es factible y aún fácil. Más aún, hubo un tiempo en que la presencia de Dios se recomendaba como un medio excelente, quizá el mejor de educar la memoria y habituarse a una vida de reflexión piadosa. Así lo recomendaban excelentes maestros de la vida espiritual. Hoy en cambio este método resulta molesto e insoportable, y muchas personas piadosas se resisten a vivir bajo una mirada que ellos llaman imaginaria o falsa, tergiversando ya de antemano la mirada del altísimo Inspector. Y se comprende. El hombre se ha creado una picaresca sofisticada para no ver o anublar la mirada divina. Y algunos filósofos sugieren que la mirada de Dios se hace penosa por tratarse de un Ser personal, de un Inquisidor, que ha heredado los prejuicios de

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épocas de rigor justiciero, y por eso se ven intimidados y colonizados y no aciertan a ver al amigo, al Amor complaciente y misericordioso. Y por eso mismo sugieren que hablemos más y mejor de la voz de la conciencia. En definitiva, esa silenciosa voz de la conciencia es la voz de Dios. Pero por un lado, no molesta, ya que parece impersonal, aunque adopte el tono de imperativo categórico: la conciencia nos dice «tú debes», pero tan suavemente que más parece una caricia, y es fácil modificar el imperativo diciendo: «tú deberías». Por otro lado, parece brotar de nuestras propias entrañas, no es imposición ajena. Todo viene a ser igual. Porque quizá es más difícil eludir la voz de la conciencia que la voz de Dios, precisamente porque es acariciadora y porque es propia. Y aunque parece subir de las propias entrañas, san Agustín nos recordará que Dios es intimior intimis meis, más interior que las propias entrañas, por lo que esa voz de la conciencia es preco Dei, altavoz de Dios. En suma, nada hay mejor que el ejercicio de la presencia de Dios. 409. [¿Por qué, Señor, dice la Escritura que viste «siete veces» que las cosas eran buenas, si en ti no hay tiempos?]. ¡Oh hombre!, lo que dice mi Escritura lo digo yo. Pero ella lo dice temporalmente, mientras que en mi Palabra no hay tiempo, pues vive conmigo en la eternidad. Del mismo modo, cuando vosotros veis una cosa por mi Espíritu Santo, la veo yo; y cuando decís algo por mi Espíritu, lo digo yo. Vosotros la veis temporalmente, y yo la veo intemporalmente; vosotros la decís temporalmente, yo la digo intemporalmente (Conf. 13,29,44). 410. Si yo existo, ¿para qué te pido que vengas a mí, pues no existiría yo, si no estuvieses ya presente en mí?

Aún no caí al hondón del infierno y tú ya estás allí presente. Y si yo rodara al infierno, allí te encontraría presente. No existiría yo, pues, Dios mío, si tú no estuvieses en mí. ¿O será mejor decir, que yo no existiría si no estuviese en ti, de quien todo, por quien todo, en quien todo existe? Ambas cosas son ciertas, Señor. Pues, ¿adonde te invito si ya estoy yo en ti? ¿O de dónde te llamo para que vengas a mí? {Conf. 1,2,2). 411. [Os acaban de leer lo que aconteció a Ananías y Safira por su fraude. El Espíritu Santo, al castigar, no obraba por avaricia, sino que castigaba expresamente la mentira. Con una muerte temporal daba Dios a entender el rigor que reclama la disciplina]. (2) Porque, si tanto disgustó a Dios el que le defraudaran un dinero, que le habían prometido, ¿cuánto le disgustará que le hagan un voto de castidad y luego no se lo cumplan? Porque el voto de castidad es, por decirlo así, para uso de Dios, y no como el dinero que es necesario para usos humanos. ¿Qué quiero decir con esa fórmula «para uso de Dios»? Quiero decir que Dios hace en los santos su propia morada, su propio templo, en el que se digna habitar. Supongamos, pues, que ahora una virgen dice que se quiere casar. Se le puede decir lo que dijo san Pedro acerca del dinero en el caso de Ananías y Safira: «¿No estaba en tu mano el hacer voto de virginidad? ¿No estaba en tu poder hacer ese voto?» Los que así obran, quebrantando el voto que antaño hicieron, no se crean seguros porque no son castigados con la muerte corporal. Deben temer el fuego más duradero (Serm. 148,1). 412. Algunos, al callarse, consienten. No sólo no dicen: «Has obrado mal», sino que añaden: «Has hecho bien».

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Pero saben que la obra es mala y así en su boca florece la malicia y en su lengua se desliza el fraude. Porque el dolo es un fraude de palabra, cuando se siente una cosa y se dice otra. Esto hiciste y callé (Sal 49,21)... (28) Pero el Señor vendrá y no callará (Sal 49,3)... Dios te dice: «He omitido el castigo, he postergado mi severidad, he prolongado mi paciencia, largo tiempo sigo esperando tu penitencia... Pero tú no sólo te recreas en tu mala obra, sino que piensas que me agrada a mi». Como no quieres sufrir la venganza de Dios, quieres que colabore contigo y que tenga parte en tu botín como juez sobornado... Yo te pondré delante de tus ojos y verás tu fealdad... Oigan, pues, los interesados, mientras puedan oír, aunque Dios calle. Porque vendrá y no callará (Com. Sal. 49,26). 413. Se puede agradar a los hombres, pero no poner en eso nuestro fin. Se puede agradar a los hombres para que Dios sea glorificado. Y entonces las alabanzas no se dirigen al hombre, sino que suben a Dios (Serm. Montaña 1,7,18). 414. Si se prohibe desear la mujer ajena, considera qué pecado será provocar la concupiscencia ajena; y recuerda que los maniqueos habláis de esos dioses hermosos y esas diosas hermosas que se ofrecen a ser ardientemente deseados recíprocamente para excitar la liviandad (Fausto 15,7). 415. Ea, cumplid lo que habéis prometido, cuando os consagrasteis a Dios. Vuestra ofrenda no se pierde cuando se consuma, sino que se conserva y aumenta. Ya has pronunciado el voto, ya te has atado... (8) Ya no te es lícito obrar contra ese voto. Si antes eras libre, ahora queda en la presencia de Dios tu compromiso... Ya no te invitan a

adoptar un nivel de justicia superior, sino a que no incurras en una gran iniquidad... Tanto más miserable serás, al quebrantar la fe que prometiste a Dios, cuanto más bienaventurado serás al mantener tu lealtad. Alégrate de que has renunciado a la antigua y dañosa libertad. Dios que te demanda el cumplimiento del voto, te prestará su auxilio. Feliz condición la que nos empuja a buscar la perfección (Carta 127,6). 416. Los que ya os habéis consagrado, castigad con mayor rigor el cuerpo, y no os soltéis las riendas ni aún en los objetos lícitos. Debéis absteneros aún de muchas miradas lícitas. Cualquiera sea vuestro sexo, estáis obligados a llevar en la tierra vida angelical... Lo que han de ser los hombres después de la resurrección, eso habéis de serlo vosotros desde ahora... (4,4) Siendo fieles a vuestra profesión, acercaos a la carne y a la sangre del Señor... (2,2) Donde quiera que estés, te ve Dios. Sales y él te ve. Entras y te ve. Caminas en las tinieblas y te ve. Entras en tu cuarto y te ve. Entras en tu propio corazón y te ve (Serm. 132,3,3). 417. Una cosa son los ojos del cuerpo y otra los del corazón... (4,4) El amor de la justicia es preferible a la sensualidad, esto es, a todas las delectaciones carnales, aun lícitas. Si tienes ojos interiores, estos habrán de complacerse en la contemplación de la justicia... (4,5) Veo que te agrada tu oro y que tus ojos se complacen mirándolo: es un metal hermoso, brillante, seductor. Es hermoso francamente, no te lo niego. Si te lo negase, haría injuria al Creador. Pero he aquí que viene el tentador y te dice: «ahora te quito el oro, si no haces esto o lo otro». Si ante esa proposición te sientes verdadero siervo de Dios, tus ojos interio-

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res buscarán la delectación de la justicia... (5,6) Y esto que te digo de los ojos, se ha de extender a los demás sentidos (cf. Serm. 159,3,3). 418. El emperador está sentado en una oficina del palacio, pero todo lo que se ejecuta allá en las provincias se trama aquí. Desde su despacho pone el emperador en movimiento el mundo. Apenas mueve los labios, agita a una provincia entera. Pues del mismo modo, cada uno lleva dentro un emperador. Si este es bueno, dará buenas órdenes y se ejercitarán buenas obras. Pero si el emperador es malo, todo será ya malo (Com. Sal. 148,2). 419. Susana temía a Dios invisible, pero omnisciente. Sabía que Dios la contemplaba y por eso despreció la vida. Dios habitaba en ella y Dios respondía a los tentadores. Si el dador de la castidad se hubiese alejado, la caridad se hubiese desmoronado. Puso ella en Dios su confianza, Dios la gobernó y así la castidad no zozobró... (4) Elía temía sin duda morir a manos de sus enemigos, pero temía mucho más morir del todo a manos de Dios. El falso testimonio le acarreaba una muerte temporal, mientras el juicio de Dios le hubiese causado la muerte eterna. Comparó y eligió, y con ello triunfó. Nos enseñó a resistir al tentador, a pelear con esfuerzo, y a implorar el auxilio divino... (6) Al contrario, la mujer de Putifar buscaba la ruina de José y así demostró que no lo amaba bien. Ardía en liviandad, no en amor. José, por su parte, vio lo que ella no veía; su corazón era más hermoso que su porte y no dejó que la mujer corrompiera su hermosura interior... (8) Cuando os sobrevengan tentaciones, no perdáis de vista a Dios. ¿Acaso porque no ves junto a ti ningún testigo creerás que Dios no te ve?... (10) Además, Dios ayuda. No es un árbi-

tro, que contempla al atleta y prepara la corona de heno sin intervenir en la contienda. Dios contempla al luchador y le ayuda siempre que es invocado por él (cf. Serm. 343,1). 420. Hemos visto cómo Susana es un modelo para las casadas piadosas. Les ayuda a guardar la castidad Dios, quien ve lo que el marido no puede ver. El marido está lejos, a veces juzga en falso; pero Dios está presente y la falsa sospecha del marido no le cierra los ojos. Dios ve el corazón, ve la tribulación, da la victoria. La mujer atribulada ora por su marido, lleva buena vida y conserva incólume su fama en lo posible... (6) Del mismo modo, José es un modelo para los varones, que temen a Dios y son castos. Le tentó descaradamente la mujer, que no veía su hermosura interior, y que, mientras decía amarle por ser hermoso, le odiaba por ser casto. ¿Le amaba a él, o más bien se amaba a sí misma? Yo creo que ni le amaba a él ni a sí misma. Si le hubiera amado, no habría querido arruinarlo. Con su proceder demostró que no le amaba (cf. Serm. 343,5).

5. Paciencia y sabiduría de Dios. Se produce aquí un fenómeno curioso en apariencia. Creemos por la fe y con frecuencia estamos convencidos por la razón de que Dios pagará a cada uno según sus obras, y por lo mismo que nuestros pecados serán castigados. Pero entretanto vivimos tranquilos y aún indiferentes. ¿Cómo es esto posible? La respuesta parece ser que Dios fía para largo. Si castigase a tocateja, tendríamos sumo cuidado en pisar la raya, pero, como el juicio va para largo, podemos dormir confiados. Y por esa misma razón nos resulta fácil el pecado, ya que con esta tranquilidad nuestra

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nos creamos un hábito de inadvertencia, de fragilidad o de rutina, que convertimos en excusa, cuando podría ser un recargo de malicia. En efecto, el pecado satánico, el hacer el mal por el mal expresamente es una perversión casi inhumana, y por lo mismo nada corriente. El ejercicio de la presencia de Dios debiera irnos educando por una poderosa memoria. Pero ya hemos visto que la presencia de Dios nos resulta inoportuna y desagradable, incluso humillante. Claro que de este modo nuestro edificio espiritual está falto de consistencia y podríamos creer que edificamos sobre arena, como lo vienen demostrando tantas ruinas, no sólo entre la mediocridad devota, sino aun entre los cedros del Líbano. No es, pues, fácil el remedio. El recurso al amor parece aquí un tanto inoportuno. Es verdad que, si amásemos a Dios, no habría que recomendarnos su presencia y su memoria. ¿Quién recomienda a un enamorado que piense en el objeto de su amor? Pero si tenemos que esforzarnos para pensar en Dios, sin duda es claro que le amamos, por lo menos con cierta intensidad. Vivimos distraídos, en una región lejana. Cuando tenemos que esforzarnos en recordar algo decimos: tengo que hacer memoria. Dentro de esta vida distraída y ocupada, solemos consolarnos pensando que poseemos la caridad «sobrenatural». Eso nadie puede negarlo, ya que no hay medio alguno de comprobar la presencia o influencia de lo sobrenatural en nosotros. No es, pues, extraño que san Agustín insista tantas veces en recordarnos la presencia de Dios, el juicio de Dios, el temor de Dios, el ejemplo de los castigos visibles de Dios. Aunque nos repita mil veces que evitemos el temor servil, nos repite también que por un lado el temor ya no es tan servil cuando es capaz de evitar el pecado, pues el pecado se evita por la intervención de la gracia, y por otro lado, aún el

temor exclusivamente servil nos ayuda a reflexionar, detiene nuestros pies en el camino del mal, a la vista del castigo posible. Por eso en conjunto el principio de la sabiduría es el temor de Dios. 421. Hemos de vivir en la presencia de Dios, amándole. Hemos de vivir adheridos a él para gozar presente a nuestro Creador. Nadie podrá amar a Dios sin conocerle. ¿Y qué es conocer a Dios sino contemplarle con la mente y percibirle fijamente? Le amamos, pues, primero por la fe y luego podemos verle con la mente en cuanto esto es posible para los limpios de corazón (Mt 5,8). Amaremos a Dios por la fe y así limpiaremos el corazón para hacerle apto o idóneo para ver a Dios... (91,3) Tal como nos recomienda el Apóstol (2 Co 6,2-10), los ministros de Dios debemos vivir de manera que no nos contentemos con la fe, sino que contemplemos dentro en nosotros mismos o mejor por encima de nosotros mismos en la verdad misma. Amamos a Cristo por esto que vemos, y porque creemos que así vivió él. Contemplamos, pues, una forma inmutable en la verdad, y luego creemos que cuando Cristo vivió aquí se conformó enteramente con esa forma inmutable. Pero resulta que, sin que sepamos por qué, nos estimulamos más a amar esa forma inmutable, cuando creemos que alguien ha vivido de acuerdo con ella; también se fomenta nuestra esperanza, al pensar que también nosotros podemos vivir así, pues somos hombres, y vemos que otros lo han logrado; crecen, pues, nuestro deseo y nuestra confianza. Y finalmente se excita la caridad, pues al amar más a Dios, vemos mejor que los justos se han conformado mejor con él. Así, aunque nadie ama lo que no conoce, al cono-

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cer a Dios por la fe, vamos amándole más y más (cf. Trinidad 8,4,6). 422. Algunos no se atreven a hablar contra Dios de palabra, pero hablan contra él de corazón. Pero tú no olvides que Dios es el juez de tus iniquidades y está doquier presente. ¿Adonde huirás de la vista de Dios para hablar donde él no te oiga? El es juez en el oriente y en el occidente, en el desierto y en la ciudad. Nadie puede conocerle como él es, pero a nadie se le permite ignorarlo. Mira lo que dices, mira lo que haces. Si huyes del público y te encierras en casa; si luego te escondes en tu propia habitación; si todavía recelas y te ocultas en tu propio corazón, allí te espera Dios, que aún está más adentro. Adonde quiera que huyas, lo hallarás. Si quieres huir de Dios, entra en Dios: de un Dios airado pasa a un Dios aplacado. Hazle cara en tu confesión (cf. Sal 94,2) y se mostrará propicio, pues lo habías ofendido (cf. Com. Sal. 74,9). 423. Algunos murmuran o piensan contra la paciencia de Dios, estimando que para él son iguales los buenos y los malos o, lo que es peor, que sólo castiga a los buenos, mientras favorece a los malos. Quizá no ejecutan el mal, pero desean ejecutarlo y Dios ve ya su mal pensamiento. Cuando lo ejecutan, no se hacen malos, sino que manifiestan lo que eran: al ofrecerse la ocasión, puedes ver lo que se ocultaba dentro. Poco ha, ayer mismo, pudisteis comprobarlo. Había una gran familia, que era un flagelo del pueblo: muchos gemían, murmuraban, reprendían, detestaban, blasfemaban contra ella. De pronto algunos de los murmuradores pasaron a formar parte de esa familia y se convirtieron en flagelo de los demás. Bueno es, pues, el que puede hacer el mal y no lo hace (Si 31,10.9). Un león

desprecia a los perros, los ahuyenta y arrebata las ovejas que quiere; el lobo, en cambio, acosado por los perros, no logra arrebatar la oveja. ¿Pero acaso el lobo es mejor que el león? El que es inocente, lo es por el amor a la justicia, no por el miedo al castigo... (2) Algunos piensan, si no se atreven a decirlo: «Mira Fulano. Es un balarrasa y qué bien le trata Dios. ¡En cambio mira Zutano el bien que ha hecho, y mira cómo le castiga Dios!». Al pensar así, dan a entender que no hacen el mal porque no pueden o porque no se atreven. Pero los piadosos e instruidos, piensan: «Dios sabe lo que hace, aunque nosotros no comprendamos por qué durante un cierto tiempo triunfan los malos y sufren los buenos». Los que así piensan, toleran con paciencia el triunfo del malo y la prueba del bueno, mientras pasa este tiempo de prueba (cf. Com. Sal. 93,1). 424. Dios habla, pero casi siempre por medio de otros, especiaJmente por nuestros superiores, por la Escritura, por los Profetas... (3,3) Un salmo decía: esto has hecho y callé (Sal 49,21). Pero aquí advierte: Dios vendrá y no callará (Sal 49,3). Cristo calló, cuando le juzgaron, subió al cielo y sigue callado, hablando tan sólo por la Escritura, por los predicadores y quizá entre vosotros, en vuestras conversaciones... (4,4) Pero vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos. Muchos siguen murmurando: «Vemos a los secuestradores, a los que oprimen al indefenso, a los que expulsan a los vecinos, a los violentos que traspasan las fronteras, a los calumniadores, y son poderosos, ricos, felices en este país. Si Dios viese realmente estos atropellos, si se ocupase de ellos, ¿lo perdonaría? De nada sirve hacer el bien». A veces esto se piensa, y a veces también se dice. Pero Dios dice en el salmo: ¿Piensas que soy como tú? Te voy a argüir (Sal

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49,21). (5,5) Te dice entonces: «callo cuando obras mal, pero no callaré cuando te juzgue. Te argüiré, te colocaré ante tu propia cara. Ahora obras mal y te crees bueno, porque no quieres mirarte al espejo: reprendes a los demás, y en ti no piensas; acusas a los demás y de ti te olvidas. Pero cuando yo arguyo, hago lo contrario. Te doy la vuelta y te pongo a tus propios ojos. Tendrás que contemplarte y deplorarte, cuando ya no puedas corregirte. Si ahora te empeñas en desdeñar el tiempo de la misericordia, incurrirás en el tiempo del juicio». Ahora, hermanos, tenemos tiempo de alcanzar misericordia (cf. Serm. 17,1,1). 425. Los casados guardaos fidelidad. Y vosotros, los varones, vivid lo que exigís a vuestras mujeres. Si exigís la castidad, dad el ejemplo y no palabras. Si exiges fortaleza en el sexo débil, recuerda que ambos tenéis concupiscencia, y que ha de vencer primero el que es más fuerte. Por desgracia son muchos los varones que son vencidos por las mujeres. Ellas conservan la castidad, que sus maridos se niegan a guardar. Se llaman hombres, considerándose tanto más fuertes, cuanto mejor los doma el enemigo. Vosotros los cristianos que todavía sois solteros, conservaos para vuestras futuras esposas, como queréis que ellas se conserven para vosotros. Si dices que eso es imposible para ti, lo será también para ella. Y si tú das el ejemplo serás más glorioso. ¿Por qué? Porque a ella la resguardan la vigilancia de los padres, el pudor, y las leyes. Pero a Dios tenéis que temerle ambos... (3,3) En cuanto a vosotros, los que habéis prometido continencia, domad mejor el cuerpo (cf. Serm. 132,2,2). 426. Muchos miles creyeron, cuando depositaron sus bienes a los pies de los apóstoles. Cada uno se convirtió en

templo de Dios y todos juntos en un sólo templo. Por eso se dijo: tenían un alma sola y un sólo corazón (Hch 4,32). Hay muchos que, para no ceder el lugar a Dios, buscan lo suyo, aman lo suyo, gozan su independencia, codician su propiedad privada. Pero quien cede el lugar a Dios, debe gozarse de lo común, no de lo privado. Eso ejecutaron los primeros cristianos de Jerusalén convirtiendo sus bienes privados en comunes. Si cada uno hubiese conservado lo suyo, no hubiera participado en el bien de los otros. Atended: por los bienes privados surgen los pleitos, las enemistades, las discordias, las guerras, los tumultos, disensiones, escándalos, pecados, iniquidades y homicidios. Nadie litiga por el aire o por el sol. Por eso decía el salmista: no entraré en el tabernáculo de mi propia casa hasta que encuentre un lugar para el Señor (Sal 131,5). Quizá en ese tabernáculo hallará lugar para el Señor. ¿Por qué? Porque tú mismo eres lugar del Señor. Uno sólo con todos aquellos que son el lugar del Señor... (6) Pero atiende bien: si un senador quisiera hospedarse en tu casa, y te dijera: «me molesta que tengas eso en tu casa», tú lo retirarías, aunque a ti te gustase, por conseguir la amistad del senador. La amistad de Cristo es más segura, y él quiere hospedarse en tu casa. Hazle sitio, es decir, ámale a él, no a ti. Si te amas a ti, te cierras contra él: pero le abres si le amas. Y si le abres y entra, no perecerás en tu egoísmo, sino que te encontrarás a ti mismo con tu amante... (8) No daré sueño a mis ojos (Sal 131,4), dice el salmista. Llama noche a la iniquidad y en ella dormitan los que codician lo terreno. Todas estas felicidades mundanas que vemos son sueños de los que duermen. En sueños ven tesoros y son ricos mientras duermen: cuando se despiertan, ven su pobreza. La gente se

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regocija en sueños y ya que no se despierta cuando sería útil, se despertará cuando no quiera. Y entonces comprueba que todo fue un sueño que ya pasó (cf. Sal 72,20). Se acabó el sueño y las manos se encuentran vacías. Hay algunos que no duermen del todo, pero dormitan. Se apartan un tanto del amor a lo temporal, pero recaen en él. Cabecean adormecidos con frecuencia. Despabílate, sacude el sueño, pues si te adormeces te vas a caer. El salmo no quiere que quien busca lugar para el Señor dé sueño a sus ojos ni adormecimiento a sus párpados... (10) ¿Pero cuál es el lugar del Señor? Aunque con frecuencia tienda y casa suelen significar lo mismo, en realidad son diferentes, como se ve en la milicia: los soldados utilizan tiendas en las expediciones, pero tienen su campamento de construcción. Pues así también nosotros estamos de paso y luchamos contra el enemigo en la tierra, pero nuestra casa de construcción está en el cielo. Hemos de pasar por el tabernáculo hasta la casa de Dios (cf. Com. Sal. 131,5). 427. Amamos el decoro de la casa de Dios y el lugar de la tienda de su claridad, cuando lo somos nosotros mismos. Ese es el templo del que habla el Apóstol: santo es el templo de Dios, que sois vosotros (1 Co 3,17). Cuando contemplamos un edificio elegante y bien construido, se complacen nuestros ojos corporales. Del mismo modo, cuando las piedras vivas que son los corazones fieles están bien acopladas con el vínculo de la caridad, aparece la belleza de la casa de Dios y el lugar de la tienda de su claridad. Ved, pues, lo que habéis de amar para que podáis amarlo (Serm. 15,1,1). 428. Ahora se dirige a los que abren camino a Cristo como evangelizadores, que han renunciado al mundo, y les

invita a cantar y salmodiar, esto es, a vivir y trabajar para Dios... (6) Aunque tienen mucho que aguantar les invita a alegrarse, no ante los hombres, sino ante Dios. Como dice el Apóstol, gozosos en la esperanza, tolerantes en la tribulación (Rm 12,12). Algunos piensan en ellos como personas desoladas, porque la palabra de Dios ha separado padres e hijos, varones y mujeres, pero tienen la protección divina: mi padre y mi madre me abandonaron, pero el Señor me recogió (Sal 26,10)... (7) Sois los huérfanos y viudas, es decir, los destituidos de los que cultivan la esperanza secular. Pero Dios se fabrica su templo en vosotros. Y lo expresa al decir: Dios que hace habitar uniformemente en una casa (Sal 67,7) (cf. Com. Sal. 67,5).

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CAPITULO UNDÉCIMO

LA CORRECCIÓN FRATERNA (Regla IV, 24-29) 1. Impresión extraña Teniendo en cuenta que para san Agustín la corrección fraterna es una función de la caridad, sorprende la actitud jurídica de la Regla. En primer lugar, sorprende que la corrección fraterna se aplique concretamente a las miradas lascivas, sin haber hablado del celibato o de la virginidad como antes vimos ya, pues todo parece significar que se trata de casos concretos. Sorprende además este capítulo por su falta de orden sistemático: el monje puede llamar la atención por su indumentaria; debe salir de casa acompañado; no se le prohibe mirar a las mujeres, pero sí desearlas; aunque no parece referirse a la calle, pues se habla de «ardores recíprocos», lo que supone estacionamiento, complicidad sostenida. Finalmente sorprende que se recurra al altísimo Inspector, como último vengador, pues eso significa que los hombres ya no pueden descubrir la complicidad ni entablar procesos. Algunos, para eludir las dificultades, apelan al paralelismo del evangelio (Mt 18,15-17). Pero ese paralelismo falla cuando se ve de cerca. En el caso del evangelio se trata de faltas que implican prácticamente la apostasía, y por lo mismo sería demasiado rigor hablar aquí de paralelismo. Sería también

demasiado rigor aplicar el proceso del evangelio a un monje por una mirada lasciva o por muchas cuando hay una evidente complicidad. Porque habría que corregir en el momento, statim. Habría luego que recurrir al decano o prepósito. Habría que procurarse testigos que confirmen la culpa. Habría que recurrir finalmente al superior de todos o al presbítero nombrado por el obispo. Y todo esto parece suponer ya una praxis jurídica establecida para estos casos, lo que sería casi inconcebible en el ambiente de san Agustín. La extrafleza aumenta, cuando se pretende disiparla con la generalización que expresa la misma Regla: «esto mismo ha de observarse al averiguar, prohibir, denunciar, convencer y castigar los demás pecados». Aunque se añada que esto debe hacerse «con amor a los hombres y odio a los vicios», se corre el riesgo de convertir el monasterio en un colegio de vigilados y educandos. Lo mismo acontece con los regalos o cartas que el religioso puede recibir de alguna mujer: el religioso deberá confesarlo espontáneamente, lo que supone ya un pecado y una complicidad; si el religioso no lo confiesa, deberá ser castigado con todo rigor. Es verdad que algunas fórmulas de estas se encuentran en las obras de san Agustín, aunque referidas a casos más graves, pero la impresión penosa y la extrañeza no pueden ni deben ocultarse. ¿Significa todo esto algo en contra de la obligación de la corrección fraterna? Desde luego que no. La corrección bien hecha es función de la caridad y, como tal, es obligatoria e ineludible, como forma concreta del amor al prójimo: «¡si por él lo hiciste, bien hiciste; si por ti lo hiciste, nada hiciste!». Queda en pie la propiedad de la metáfora agustiniana: inhibirse ante la falta ajena es inhibirse ante un tumor que el prójimo no descubre por miedo al cirujano. La gravedad de la obligación dependerá de varias cir-

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cunstancias, pero no puede negarse. Y cuando esa corrección se realiza con prudencia, con la valoración de las culpas y el espíritu de suavidad y misericordia que recomienda el Santo, es necesaria para el monasterio y la persona. 429. También los cristianos son reos de muchos pecados de omisión. Con frecuencia disimulan para no enseñar, amonestar, reprender o castigar. Son perezosos para intervenir o temen ofender al que delinque; se quiere evitar la enemistad o el padecer algún daño o perder algún provecho en los bienes temporales o en los que la codicia espera conseguir o que la debilidad teme perder. En esta situación, aunque la vida de los malos desagrade a los buenos y así eviten la condenación eterna, transigen con sus pecados leves o veniales y por lo mismo sufren con ellos los castigos temporales. Así, cuando los buenos son castigados con los malos, sienten la amargura de esta vida muy justamente, pues no quisieron amargar a los que pecaban por amor a sus dulzuras... (2) Puede omitirse la corrección por motivos plausibles y prudentes y entonces no hay ocasión de codicia, sino consejo de caridad: por lo tanto no hay entonces una obligación perentoria. Pero la obligación pesa, no sólo sobre los casados que tienen bienes temporales, sino también sobre los religiosos, que viven un grado superior de conducta, y no están atados por vínculos conyugales, contentándose con una comida y vestido modestos: porque al cuidar de su fama y seguridad, temen las artes y ataques de los malos y se abstienen de reprenderlos. Y no digo que eso no haya de hacerse cuando la fama y la seguridad son necesarias para los subordinados y hermanos; hablo de los

que lo hacen por debilidad y buscan el crédito ajeno, temen el juicio del vulgo o también el daño corporal, es decir, cuando la corrección se omite por temporal utilidad y no por obligación de caridad... (3) Me parece que ésta es una causa grave por la que son castigados juntamente buenos y malos. Se diferencian por su género de vida, pero juntos aman la vida temporal: viven de diverso modo, pero juntos. Y esa obligación incumbe, no sólo a los dirigentes, sino a todos los buenos. Por eso es justo que, por su mala condescendencia, sufran con los malos (cf. Ciu. Dios 1,9,1). 430. Si eres buen hijo, no rechaces la disciplina, ya que el padre tiene que imponer la disciplina a todo buen hijo, aunque conservando siempre la misericordia. El padre hace bien en castigar al contumaz, pues trata de conservarle en la heredad. Si has entendido bien las promesas del Padre, deberás temer, no el ser castigado, sino el ser desheredado... ¿Por qué habrá de avergonzarse un hijo pecador de ser castigado cuando fue castigado el Unigénito inocente?... Mejor educación proporciona la correa del padre que el halago del seductor (Com. Sal. 88,2,2). 431. Dicen los que protestan: «que los superiores nos digan lo que debemos hacer y recen por nosotros, pero que no nos castiguen y reprendan, si no lo hacemos». Pero por el contrario, hay que hacer ambas cosas, como lo hacían los apóstoles, doctores de las iglesias... El Apóstol da el precepto para que se mantenga la caridad (1 Co 16,14); reprende porque falta la caridad (1 Co 6,7-9); y ora para que abunde la caridad (1 Ts 3,12). ¡Oh buen hombre!, en el precepto conoce lo que debes tener; en el reproche reconoce que no lo tienes por culpa tuya; y en la oración reconoce de quién has de recibir lo que deseas tener (Corrección 3,5).

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432. [Todo dependerá de la intención. A Cristo lo entregaron Judas y el Padre: (8) la caridad castiga y la iniquidad adula. Discernimos, pues, las obras por la raíz de la caridad, no por su buena o mala apariencia]. También dan flor las zarzas y escaramujos. Y a veces la conducta parece dura y truculenta, pero se trata de una disciplina al dictado de la caridad. Por eso se nos intima ese breve precepto: «¡ama y haz lo que quieras!». Si callas, calla por amor; si gritas, grita por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor. Si dentro vive la raíz de la caridad, no podrá salir nada malo de esa raíz... (11) Ya veis cuánto os hablo de la caridad. Pero si queréis guardarla, hermanos, no creáis que es encubridora y negligente. No creáis que la caridad se mantiene con la mansedumbre, que no es mansedumbre, sino transigencia e indiferencia. Así no se guarda la caridad. No creas que amas a tu esclavo, cuando no lo castigas, o que amas a tu hijo, cuando no le sometes a la disciplina, o que amas a tu vecino cuando no le corriges. Eso no es caridad, sino flojera. La caridad es viva para corregir y enmendar. Si las costumbres son buenas, deleitan; pero si son malas hay que corregirlas y enderezarlas. No ames en los hombres el error, sino al hombre mismo. Pues Dios hizo al hombre, pero fue el hombre quien cometió el error. Ama lo que hizo Dios, no lo que hizo el hombre. [Quizá a veces muestras rigor, pero quizá por eso vino el Espíritu Santo en figura de paloma (Mt 3,16). La paloma no tiene hiél, pero lucha por defender su nido, aunque sin crueldad. Pues así obra un padre: castiga, pero sin hiél. Sed así vosotros con todos. Esa sea vuestra regla: ojo colombino, no ojo corvino (Trat. 1 Jn 7,7).

433. ¿Qué es lo que estás diciendo? ¿Que soy justo y pecador al mismo tiempo?... Sí, eso lo dice el Apóstol, no lo digo yo: me complazco en el hombre interior según la ley de Dios..., pero hay dentro de mi otra ley (Rm 7,22). Por eso mismo eres capaz de corrección... (16) Quien castiga al cuerpo, ¿acaso odia al cuerpo? Quien castiga al esclavo o al hijo, ¿los odia? Tu carne es como tu esposa y nadie odia su carne (Ef 5,29). Y, sin embargo, puede castigarla. Podrás amarla y castigarla para vivir con ella en concordia... (17) Si debes ser corregido con misericordia por un hermano, vecino, prójimo, o por ti mismo, enmiéndate. Pero que el aceite del pecador no empape tu cabeza (Sal 140,5). Los aduladores me molestan con su charla incesante; alaban en mí lo que yo rechazo, lo que yo desdeño y reprenden en mí lo que yo anhelo; son aduladores, falaces, embusteros. «Es un gran hombre, dicen; bueno, docto, sabio, pero ¿por qué será cristiano?»... (18) Es verdad, pero tienes que tolerarlos, porque aún no ha llegado el tiempo del juicio (cf. Com. Sal. 140,15). 434. ¿Quieres ser juez? No te lo reprendo, pues quizás quieres hacer el bien. Pero empieza por juzgarte a ti mismo, en el santuario de tu conciencia. Quiero saber si eres un juez justo para perdonarte o para castigarte, (7,8) pues así habrás de tratar al prójimo, persiguiendo el pecado, pero no al pecador. Si alguien es tan duro que no quiere corregirse, eso mismo has de combatirlo. Elimina la pena de muerte para que haya siempre lugar de arrepentimiento y amor del hombre al hombre. Ambos habéis salido del mismo taller, de manos del mismo artesano, del mismo barro. ¿Por qué tratas de aniquilar con tu desamor al que juzgas? No te prohibo castigar, pero con espíritu de

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amante, benévolo, favorecedor... (8,9) Tú educas a tu hijo. Y gozas, si el muchacho teme ofenderte y te mira como padre, no como juez severo; pero si es necesario, lo castigas. Son muchos los que se corrigen ya por el temor, ya por el amor, pero llegan al amor por el temor. Suponed un muchacho indisciplinado y tolerado; vive camino de la perdición, pero el padre disimula, perdona, teme ofender al hijo perdido. ¿No será cruel en su indiferencia? (cf. Serm. 13,6,7). 435. Obras con buen espíritu, cuando impones la disciplina al prójimo que se desvía, cuando no te haces cómplice de su pecado con tu negligencia. Porque cumples el precepto que dice: no odies en tu corazón a tu hermano (Lv 19,17). Porque la venganza consiste en alegrarse del mal ajeno. Y por eso la cólera es un deseo de venganza. Esto es para que no intentes vengarte cuando reprendas, sino que mejores al que reprendes (cf. Cuest. Hept. 3,70). 436. El que se hace cómplice de los malos, lo hace por su propio mal, no por el mal de ellos. Si desprecia la disciplina de la Iglesia de Dios y se niega a amonestar, corregir, argüir, peca por su propia malicia. Su negligencia es ya un grave mal y eso es lo que debe superar con prudencia para no dañar al trigo, al arrancar la cizaña (Mt 13,29)... (3) Ese es el sentido del texto de Apóstol, del que abusan los donatistas (1 Co 4,21). A primera vista, parece que da a los corintios a escoger entre visitarlos con espíritu de justicia o espíritu de mansedumbre. ¿Pero acaso son cosas opuestas? ¿Acaso el castigo excluye la caridad? Es cierto que hay una caridad severa y una caridad mansa: es la misma caridad, pero con diferentes funciones. No se puede negar la caridad fraterna al que separamos de la congregación fra-

terna, como el mismo Apóstol enseña (2 Ts 3,14-16) (cf. Parmeniano 3,1,2). 437. En el proceso del pecado hay cuatro grados: la tentación, la delectación, el consentimiento y la ejecución total, que es ya la muerte. Hay etapas, como se ven en los muertos resucitados por Cristo... La corrección deberá atemperarse a la situación para que el pecador viva o resucite si ha muerto ya... (7,7) Quizá el pecado quedó aún en el corazón, y no se ha ejecutado; con el arrepentimiento se cura el pensamiento y el muerto se levanta dentro de la propia conciencia. Quizá el pecado se ha manifestado ya, pero no hay que desesperar: si el muerto no se levanta dentro, hay que levantarlo fuera; arrepiéntase de la mala acción reciente y reviva lo más rápido posible; no vaya a hundirse en la sepultura, no caiga sobre él el peso de la costumbre. Quizá el muerto está ya bajo la losa, oprimido por su costumbre y ya hiede como un muerto de cuatro días. Tampoco debe desesperar, pues si ha caído muy profundo, más profundo es Cristo. El puede alzar la voz, romper las cadenas, vivificar por dentro y entregar el difunto a los discípulos para que lo desaten. Y también ellos tienen que hacer penitencia. En suma, los que viven sigan viviendo; y quien haya muerto, sea su situación cualquiera de las tres mencionadas, resucite cuanto antes (cf. Serm. 98,6,6). 438. Santo es el matrimonio, pero la virginidad es superior, a tenor del consejo del Apóstol (1 Co 7,25). Las vírgenes amantes, que han desdeñado las nupcias terrenas, no sólo aceptaron el precepto, sino también el consejo. Para agradar más al Señor se adornaron con mayor primor. Ahora bien, cuando más se codician los ornamentos del cuerpo, esto es, los ornamentos exteriores, tanto mayor

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detrimento causan al decoro interior. Y cuanto menos se buscan los ornamentos externos, tanto más adornado vive el hombre interior con las buenas costumbres. Por eso dijo san Pedro: adornadas, pero no con rizos ensortijados (1 P 3,3; 1 Tm 2,9). No iba Dios a proporcionar medios de adornarse exteriormente, dejando al hombre interior desprovisto de medios. (12,12) Por eso muchas de esas vírgenes, doncellas de Dios, renunciaron a lo que les era permitido, y resistieron cuando se les quiso obligar; más aún, superaron los planes de sus padres con el fuego del amor divino. El padre se encolerizó, la madre lloró, pero la muchacha tenia ante los ojos al que es más hermoso que todos los hijos de los hombres (Sal 44,3). Ya veis lo que es el amor. Ella quiso adornarse para entregarse entera al amor de Cristo. No es que temiera ser condenada por Dios con temor servil, sino que quería agradarle con su hermosura interior, con la belleza del hombre interior, con la pureza del corazón desnudo ante Dios. Aunque son vírgenes, sirven de modelo a los casados para que no caigan en el adulterio. Porque ellas hacen más de lo que les era lícito y ellos con frecuencia hacen lo que no les es lícito (cf. Serm. 161,11,11). 439. Suponed que alguien tiene dos hijos: castiga al uno y abandona al otro; éste obra mal, pero el padre no le corrige; el otro, en cuanto se desvía, es castigado. Y ¿por qué sino porque el uno ha sido desheredado mientras al otro va a entregarle la herencia? En el uno ya no tiene esperanza y le deja hacerlo que se le antoje. Si el muchacho que es castigado es corto de luces, felicita a su hermano porque no le castigan.y se aflige diciendo: «mi hermano obra tan mal y obra a su gusto contra las órdenes de mi

padre, pero nadie le dice una palabra dura; en cambio yo, en cuanto me muevo, me castigan». Muchacho corto, muchacho imprudente, no atiende a lo que le espera, (9) no ve que los pecadores florecen como el heno. Reverdecen en invierno y se secan cuando llega el verano. Pero Dios es longánime y paciente... (8a) Su pensamiento es profundo. Si quieres entenderlo, acógete a la cruz de Cristo, a su pasión. Contempla a Cristo y ya no te impresionarán los que obran mal y florecen en este mundo. Dios deja ahora libres las riendas, pero luego las recoge. No te regociges como el pez que muerde la lombriz y espera a que el pescador tire del anzuelo. Lo que te parece largo no lo es, pasa en seguida. ¿Qué es una vida larga, comparada con la eternidad? ¿Y tú quieres ser longánime? Piensa en la eternidad de Dios. No atiendas a tus pocos días, con los que quieres resolverlo todo: que sean condenados los impíos, que sean coronados los buenos. Dios resuelve eso, pero a su debido tiempo. No sientas ni causes fastidio. Dios es eterno, tarda, porque es longánime. Y tú me dirás: «yo no soy longánime, porque soy temporal». Si, pero tienes la capacidad de adherirte a lo eterno, y así serías eterno (cf. Com. Sal. 91,8b). 440. Yo me manifiesto ante mis hermanos para que te den gracias e intercedan por mí, Señor. Que el amor fraterno ame y deplore en mí lo que tú nos enseñaste a amar y deplorar. Porque, cuando el amor fraterno me aprueba, se goza de mi bien, y, cuando me reprueba se lamenta de mi mal. Ya me apruebe, ya me repruebe, siempre me ama (Conf. 10,4,5).

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2. Crítica y corrección. Si la caridad tiene tantas falsificaciones, todas ellas se manifestarán en la corrección fraterna, amén de las propias de la psicología e idiosincrasia personales. En efecto, hay en el hombre un conocimiento directo y natural de sí mismo y un conocimiento adquirido e indirecto del prójimo. Y como al mismo tiempo se da en nosotros una propensión a juzgar, tenemos un problema mil veces discutido. Por un lado «cree el ladrón que todos son de su condición», es decir, por lo general los buenos interpretan bien las acciones ajenas y los malos las interpretan mal. Por otra parte, suelen interpretarse bien las acciones propias y mal las ajenas: «En una alforja al hombro llevo los vicios: delante los ajenos, detrás los míos». Hay jueces profesionales, pero son infinitos los jueces privados. Todos nos arrogamos el papel de juez y muchos no hacen en su vida otra cosa que juzgar a los demás, olvidados totalmente de sí mismos. Y ambas cosas son correlativas. Porque nos dedicamos a examinar y juzgar las vidas ajenas porque estamos vacíos interiormente, porque nuestra vida está «reservada» o condenada a una vaciedad, que sería penoso contemplar. Podríamos aplicar aquí lo que dice san Agustín del hombre colocado entre Dios y el mundo: al darnos la espalda a nosotros mismos, damos la cara al prójimo; si nos ocupáramos en arreglar nuestra vida, no nos entretendríamos tanto en averiguar las vidas ajenas. Por eso san Agustín nos considera a todos como presuntos jueces y nos pide que, antes de juzgar al prójimo, nos juzguemos a nosotros mismos con humildad,

no tratando de huir de nosotros mismos, ni pretendiendo justificarnos con defectos ajenos. Pero esto cobra cierta gravedad en la vida común, porque los hermanos conviven juntos: el crítico y juez impenitente tiene a su disposición un extenso campo de entretenimiento y ocupación, y quizás se jacta de su excelente información o de su finura crítica. ¿Cómo hallará tiempo para ocuparse de sí mismo? Pero es bien difícil que estos artistas se contenten con simples juicios temerarios. Por lo general caen en el vicio de la murmuración, o en el vicio de la corrección fraterna. ¿Qué es la murmuración? Es la exposición e interpretación de las faltas ajenas, sin ninguna ordenación a la enmienda. ¿Y qué es el vicio de la corrección fraterna? Es pretender corregir al prójimo y arreglar el mundo sin caridad, como simple desahogo personal. Puede haber ocasiones en que alguien, por no atreverse a reprender a un determinado hermano u otra circunstancia semejante, invite a otro a cumplir la función de la caridad y entonces está justificado. Lo que no está justificado es la ineficacia, la gratuidad, el afán de humillar al prójimo, de justificarse a sí mismo o de considerarse superior y juez justo. Repitamos, pues, que la corrección fraterna ha de ser función de la caridad, del amor.

441. Supongamos que un anciano, que de todos modos se va a morir muy pronto, se siente amenazado por el morbo letárgico y el médico comisiona a su hijo para que no le deje dormirse. El hijo vigila con asiduidad, mueve a su padre y le causa molestias, porque sabe que el sueño se insinúa con harta facilidad y dulzura. Si no basta moverle, le pellizca, y, si eso no basta, le pincha... ¡Este hijo se pone relamente pesado!... Pero si no fuese tan molesto, sería un criminal. El anciano que desea entregarse a la dulce muer-

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te increpa a su hijo diciendo: «¡Déjame en paz! ¿Por qué me molestas tanto?». «Es que el médico, -responde el hijoha dicho que, si te duermes, puedes quedar muerto». «Bueno, pues déjame en paz -insiste el anciano- si yo me quiero morir»... Sería impío el hijo si no contestase: «¡Pues yo no quiero que te mueras!». Y sin embargo aquí se trata de una vida temporal y de un indigno y miserable plazo... Y yo, que veo a mi hermano entregado al sueño de la mala costumbre, ¿no le despertaré, sabiendo que va juntamente a dormirse y a perecer?... (9,11) Pero, ante todo, seamos vigilantes para mantener entre nosotros el amor. ¿Cómo deshelarás un ánimo glacial, si tú no ardes ya en la llama de la caridad? No nos preocupemos si resultamos molestos al hermano, ya que no le molestamos para causarle la muerte, sino para librarle de ella. Tratemos las úlceras crónicas con los medios que tengamos a mano, cuidando modestamente de que el enfermo no desfallezca en manos del curandero. ¿Nos vamos a preocupar porque el niño llora cuando le llevan a la escuela? ¿Nos vamos a preocupar porque alguien, al ser sajado, aparte la mano del cirujano?... No mires cuan molesto eres para tu protegido, sino cuánto le amas. ¿Qué piedad sería la tuya, si le abandonas y muere? (10,12a) Yo no puedo ver a mi hermano entregarse al sueño de la mala costumbre, a no ser que también yo esté dormido. Si estoy despierto, no dejaré de molestarle (Ayuno 10,12a). 442. No es apto para imponer el castigo sino quien ha superado el resentimiento con la fuerza de la caridad. No hay que temer que los padres odien a su hijo, cuando le azotan por haber pecado para que no peque en adelante... Castigue aquel que por la jerarquía establecida tiene poder

para hacerlo y castigue como un padre al hijo pequeñito, a quien por su tierna edad no puede odiar. Este ejemplo nos hace ver que el amor prefiere castigar a dejar impune y vivo el pecado (Serm. Montaña 1,20,63). 443. En dos puntos deberemos evitar el juicio temerario. Cuando es incierta la intención con que una acción ha sido ejecutada, o cuando ignoramos qué será mañana del que hoy nos parece bueno o malo. Si, por ejemplo, alguien se queja del estómago y se niega a ayunar y tú no le crees y le acusas de glotón, cometes un juicio temerario. Del mismo modo, si ves una glotonería manifiesta, pero reprendes como si el desgraciado no pudiera corregirse y cambiar de vida, juzgas temerariamente. No reprendamos, pues, las acciones sin saber con qué intención se ejecutan; ni las reprendamos como desesperando de las personas. Sólo así cumpliremos lo que se dijo: «no juzguéis para que no os juzguen» (Mt 7,2) (Serm. Montaña 2,18,61). 444. Si no somos agradecidos con el médico, por lo menos no nos encolericemos con él, como los frenéticos y letárgicos. Muchos perecieron en su furor o en su sueño por rechazar al médico... (12,15) Si un hijo se muestra inexorable con su padre letárgico, ¿con cuánta mayor caridad molestaremos a nuestros amigos, con los que hemos de convivir no unos pocos días en el mundo, sino eternamente con Dios? Es menester que nos ganemos su amor y que por nuestro ministerio cumplan la voluntad de Dios, que participen de nuestro servicio y de nuestra corona (cf. Serm. 87,11,14). A veces vienen algunos a pedirnos un mal consejo. No lo creería si no lo supiese por experiencia. Nos piden con-

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sejos para mentir, o para poner asechanzas, creyendo que eso nos agrada. Pero gracias a Dios, y lo digo en nombre de Cristo, nadie nos encontró como él pensaba: vio que éramos pastores, no mercenarios. Y aunque mi conciencia no sea buena porque vosotros me alabéis, sino por la gracia divina, tengo que deciros que muchas veces lloro por los pecados de nuestros hermanos, padezco violencia y tortura del alma y con frecuencia reprendemos. Mejor dicho, siempre reprendemos. Sírvanme de testigos todos aquellos que recuerden lo que digo. ¡Cuántas veces hemos reprendido y reprendido con vehemencia a los hermanos pecadores! (cf. Serm. 137,11,14). 445. Aduladores hay que no reprenden, sinx> que se hacen alcahuetes y cómplices por no molestar. No dicen al amigo: «Te has portado mal», sino que contra su conciencia, le dicen: «Te has portado bien»... ¿Pero qué es el dolo, sino un fraude verbal, una expresión que no responde al sentimiento?... ¿Serías bueno si tu interlocutor se aproximase a un pozo en las tinieblas y tú te callaras a sabiendas? Y todavía la muerte espiritual es más grave que la temporal. ¿Tu prójimo se precipita a ciegas en el pozo del vicio, y tú lo alabas y lo ríes? (cf. Com. Sal. 49,26). 446. A veces la disensión nace de la misma caridad. ¿Dónde hallaremos un sabio a quien le guste el ser reprendido? ¿Pero por eso vamos a dejar de corregir al hermano que se nos pierde? Suele suceder y frecuentemente sucede que el que es reprendido se enfada de momento y resiste o niega. Pero luego reflexiona en silencio ante Dios y ante su conciencia; se enmienda y termina por amar al que le reprendió. Si quien reprende lo hace por caridad, se mantendrá sereno, aunque el reprendido responda con la cóle-

ra. Obrad así, hermanos. Eso sí, preferid la concordia al deber de la corrección fraterna; porque como el vinagre da con el tiempo mal sabor al vaso, así la ira duradera crea acidez en el corazón. Pero obrad como os he dicho y el Dios de la paz estará con vosotros (cf. Carta 210,2). 447. Te argüiré y te pondré ante tus ojos (Sal 49,21). Tú te colocas detrás de ti, pero yo te pondré delante de ti. Porque todo aquel que no quiere ver sus pecados se coloca a su propia espalda y observa con atención los pecados ajenos; y no por diligencia, sino por malicia, ya que no pretende curar, sino acusar para olvidarse de sí mismo. A esos tales dice el Señor: ves la mota en el ojo de tu hermano, y no ves la viga en tu ojo (Mt 7,3) {Com. Sal. 100,3). 448. No quiere el Señor que descuidemos nuestros pecados, sino que atendamos a lo que hemos de reprender, aunque no busquemos las ocasiones. Se refiere al que tiene el ojo muy agudo para sacar la mota del ojo ajeno y no para sacar la viga de su propio ojo. La mota en el ojo es la ira y la viga es el odio. La mota es ya el principio de la viga, pues la viga al nacer es pequeña como una mota, pero si la riegas, llega a hacerse viga; alimentando la ira con malas sospechas, la convertiste en viga... (3,4) Debemos corregir con amor, no con apetito de ofender, sino con preocupación de enmendar. ¿Por qué corriges al hermano? ¿Porque te duele que pecó contra ti? No. Si por tu amor propio lo haces, nada haces; si por amor de él lo haces, bien haces. Por eso, si te oye, has ganado a tu hermano. Si no lo haces, perece; si lo haces, lo salvas. ¿Por qué entonces la gente desdeña estos pecados diciendo: «no tiene importancia, he pecado contra un hombre». No lo desdeñes, pues has pecado contra un hombre. Si él te corrige y

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tú le escuchas, te salva. Y bien, pecas contra Cristo, cuando pecas contra un miembro de Cristo (1 Co 8,12)... (4,6) ¡Qué fáciles son los hombres para injuriar y qué difíciles para reparar! Pide perdón al hombre a quien ofendiste, al hombre a quien lesionaste. Y tú dices: «¡No me humillaré!». Pero, si no quieres escuchar al hermano, escucha a Dios: quien se humilla será ensalzado (Le 14,11). ¿No quieres humillarte y estás caído? Aunque hay diferencia entre humillarse y estar caído, dirías mejor si evitas la ruina diciendo: «¡No quiero descender!»... (4,7) Y si el que produjo la injuria debe hacer eso, ¿qué debe hacer el que la padeció? Si tu hermano te injurió, se produjo a sí mismo una herida. Si tú desatiendes esa herida, eres con tu silencio peor que él con su injuria. Ten, pues, cuidado, no por ti, ya que es glorioso olvidar las injurias, sino por la herida de tu hermano... (9,12) Corrígele, pues, pero guardando el modo. Hay corrección secreta y hay corrección pública... (11,14) Y no lo dejes para mañana, diciendo como el cuervo: eras, eras (mañana, mañana). Gime más bien como una paloma (cf. Serm. 82,1,1).

el diálogo continuo con los cismáticos donatistas le obligaba a hacer toda la propaganda posible, ya que el pueblo donatista pecaba por ignorancia, siguiendo a sus dirigentes, y esto obligaba a san Agustín a exclamar: «ellos no serían herejes, si nosotros fuéramos cristianos», es decir, si nos comportáramos con ellos como auténticos cristianos. Hoy, que se ha puesto de actualidad el hablar de los pecados de omisión, cobra gran actualidad este pecado, ya que no tomamos bastante en serio la corrección fraterna. Puede servirnos de disculpa la dificultad que entraña el cumplimiento de esa obligación. El mismo san Agustín confiesa que para él esta obligación era un tormento por la ambigüedad del éxito, pues con frecuencia la corrección resulta inútil o contraproducente. ¿Quién puede estar seguro de haber cumplido todos los requisitos de la prudencia y de la eficacia? ¿No es cierto que una acción semejante suele provocar una reacción inesperada, o un endurecimiento? Es, pues, natural la angustia ante la alternativa: «Mal si corrijo, y mal si no corrijo;». Con todo, persiste la obligación y esa obligación sólo pide caridad, buena intención, amor al pecador, pero no exige el éxito. Únicamente queda un problema de sensibilidad y finura espiritual, pues yo no puedo decir simplemente que ya he satisfecho mi obligación y tranquilizado mi conciencia a costa del prójimo. Esa delicadeza reclama atender a la oportunidad y a la esperanza del éxito, pero, precisamente por todo lo dicho, el amor al prójimo, cuando es sincero y leal, nos impulsará a corregir según nos recomienda la Regla. 449. ¿Por qué hemos de llevar recíprocamente nuestras cargas? ¿Acaso no tiene ya bastante cada uno con la suya?

3. Corrección y pecado de omisión. Tres motivos impulsaban a san Agustín a insistir en este punto. En primer lugar, veía la responsabilidad personal y colectiva del hombre en general y del cristiano o el monje en particular en un mundo como aquel en que vivía. En segundo lugar, frente a las quejas de los buenos, que se lamentaban de ser castigados juntamente con los malos, san Agustín argüía que los buenos tenían una grave responsabilidad y culpa por sus pecados de omisión, dada la obligación de enseñar y propagar el evangelio. En tercer lugar,

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Nadie está libre de culpa y, por ende, tampoco de carga. Pero si el pecado de tu hermano te encoleriza y tu pecado le encoleriza a él, ambos cometéis un nuevo pecado. En sentido contrario, si lleváis recíprocamente vuestras cargas, os aliviáis mutuamente en la santa ley de la caridad... (3) Sí, tú tienes ya tus culpas, pero si abandonas a tu hermano, tienes una culpa más y has de dar razón de tu culpabilidad por negligencia... (4) Reprende, pues, a tu hermano, si hay confianza entre vosotros. Si la confianza es escasa, por lo menos amonéstale y, si fuese preciso, suplícale (cf. Serm. 163 B,2) 450. ¿Por qué he de temer tus palabras, quizá duras, pero saludables?... Si recibo tranquilamente tu corrección medicinal, no me pesará de ella. Si por debilidad me entristezco un poco..., es mejor que me duela el tumor mientras me curan la cabeza que el permanecer insensible por que no me curan. Alguien dijo muy oportunamente que, por lo general, nos favorecen más los enemigos que nos injurian, que los amigos que temen entristecernos. Porque los enemigos dicen, a veces, verdades que podemos aprovechar; en cambio los amigos no son bastante libres para ejercer la justicia, por miedo de amargar la dulzura de la amistad {Carta 73,2,4). 451. ¿Qué diré del corregir y del no corregir? Al ejercitar esta obligación debemos pensar únicamente en la salud de los corregidos. ¿Qué modos se han de emplear en la corrección concreta, no sólo según la cantidad y calidad de las culpas, sino también según el temple de la carácter de cada uno?... ¡Cuan profundo y oscuro es este campo! No sé si, por ese miedo natural que se tiene a la corrección y al castigo, se habrá enmendado o se habrá empeorado la

mayor parte de los afectados por la corrección... Yo confieso que en esta materia peco cada día: no sé bien cuándo y cómo he de cumplir estos preceptos del Evangelio (1 Tm 5,20) {Carta 95,3). 452. Quien debiendo por oficio corregir no lo hace, es responsable no del pecado ajeno, sino del propio. Porque la negligencia en una materia tan importante es a veces un mal grave. Naturalmente, el Evangelio mandó no dañar el trigo cuando se arranca la cizaña (Mt 13,29), para lo que se necesita gran prudencia. Tolerar la cizaña entre el trigo no es comulgar en el pecado ajeno, como tampoco lo es el corregir con la esperanza de la enmienda, aunque se aplique una severidad necesaria. Eso es lo que recomendaba el Apóstol al decir: eliminad el mal de en medio de vosotros (1 Co 5,13). Ese problema lo resuelve sola la caridad (cf. Parmeniano 3,1,2). 453. ¿No quieres ser corregido? He ahí una nueva falta que necesita corrección. ¿No quieres que te den a conocer tus defectos? Es que no quieres que te los curen ni que el escozor te obligue a recurrir al médico. No quieres contemplar tu deformidad; rechazas el deseo de presentarte al Reformador y suplicarle que no te deje morir por esa deformidad. El ser malo es un vicio, pero el no querer ser corregido es otro vicio peor. ¿Hemos de alabar los vicios o contemplarlos con indiferencia? En nuestra conducta no deben influir ni el temor ni el pudor ni el dolor consiguiente. En todo caso, si el escozor existe, deberá ser un estimulante. Ahora bien, para que la corrección sea útil, ha de ser proporcionada a la gravedad de la culpa y vivificada por el médico celestial, pues nada se logra si no se consigue el arrepentimiento del culpable; pero el arrepentimiento lo

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da aquel que miró a Pedro cuando renegaba, y le hizo llorar... (5,8) Tampoco aleguemos ese ejemplo para decir que Dios tiene poderes ocultos y medicinas eficaces para curar, sin necesidad de la corrección fraterna. Eso podríamos decirlo de todas las formas de oración, pues por Pedro nadie intercedió ni oró (Le 22,61). Tampoco instruyó nadie a san Pablo para que se convirtiera. Dios puede, pues, curar sin la intercesión y sin la instrucción, pero suele hacerlo mediante ellas. Debemos, pues, aceptar la corrección de nuestros superiores, sin negar la omnipotencia de Dios. Y así como hay que insistir en la oración y en la instrucción, así hay que insistir en la corrección... (6,9) Es, pues, vano el argüir: «¿Por qué nos corrigen, arguyen, reprended y acusan? ¿Qué podemos hacer, si Dios da a unos el arrepentimiento y a otros no?»... (5,8) En efecto, el juicio no es propio del barro, sino del alfarero, (6,9) pero si comenzaran por humillarse, y por obedecer al precepto divino, pudieran curarse... (6,10) ¿Cómo saben que Dios no les da el arrepentimiento? (cf. Corrección 5,7). 454. Si sois nuestros consiervos en Cristo, aceptad mi corrección... (31,39) Estoy seguro de que vuestra humildad no despreciará mis advertencias, pues también yo deseo ser amonestado por vosotros... (33,41) Si sois religiosos de verdad, tendréis compasión de mí y recibiréis plácidamente mis palabras. Si no tenéis esa compasión, no os quiero decir cosas más graves (cf. Trabajo 29,37). 455. San Pedro recibió santa y benignamente, con piedad humilde, lo que san Pablo le decía con caritativa libertad... De ese modo nos dejó un ejemplo más santo y más raro que el mismo de san Pablo. Así, cuando alguien se desvía del camino recto, no rehusará la corrección que le

hagan los inferiores y subditos. El ejemplo de san Pablo nos enseña que hemos de enfrentarnos con los superiores sin temor, siempre que sea necesario defender la verdad evangélica, aunque salva también siempre la caridad. Mucho mejor es no desviarse en nada que desviarse un poco del camino recto. Pero es más admirable y laudable recibir con agrado la corrección, que el corregir con audacia al que se desvía del camino recto. Así la Sagrada Escritura nos presenta en Pablo un ejemplo de santa libertad y en Pedro un ejemplo de santa humildad (Carta 82,2,22). 456. El ejemplo de Pedro es más admirable y difícil de imitar que el de Pablo: es más fácil ver la falta ajena, reprenderla y apostrofarla, que reconocer la propia falta y condenarla, aunque la corrección te la hagas tú mismo. Pero mucho más si es otro el que te hace la corrección; mucho más si te la hace en público, y mucho más aún si te la hace un inferior... Pedro había aprendido de Cristo a ser manso y humilde de corazón (Mt 11,29)... (16) Eran los judíos los que llamaban pecadores a los gentiles, como si ellos fuesen justos, dominados por una inveterada soberbia, que veía la mota en el ojo ajeno y no veía la viga en le propio (cf. Mt 7,3-5). [Por eso tenía razón Pablo, al predicar la necesidad de la gracia cristiana] (Gálatas 15).

4. Amor a los hombres y odio a los vicios. Algunos partidarios de la lucha de clases acusan al evangelio de predicar la injusticia, al reclamar el amor a los enemigos. Y en ese sentido acusan más a san Agustín por distinción entre el hombre y el vicio, considerando que tal distinción es imposible, injusta e incongruente. No vale la pena de refutar tales inep-

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cias, ya que los que así piensan siempre suponen que los enemigos son los otros para los que piden la condenación y el vilipendio, mientras para sí mismos reclaman todos los respetos, libertades y privilegios. La experiencia ha demostrado siempre que tenía razón san Francisco de Sales, al decir: «más moscas se cazan con dos gotas de miel que con un barril de vinagre». El cristianismo ha ganado al mundo con el amor y la guerra no ha sembrado más que destrucciones y esclavitud. Agustín repite constantemente esa distinción, ya que es necesario distinguir entre el hombre creado por Dios y el vicio producido por el hombre. Puesto que la materia de la corrección fraterna es siempre un defecto, o digamos un vicio, y por lo mismo algo que hemos de odiar y eliminar, hay siempre un peligro de dejarnos contagiar por nuestro rechazo del vicio, aplicándolo casi sin darnos cuenta al portador del vicio, al hombre. Por otra parte, hay defectos que entorpecen la vida comunitaria, que tienen un aspecto social y entonces surge una nueva obligación que recae principalmente sobre los dirigentes y superiores, encargados de la disciplina. Conocida es la dureza con que san Agustín interpreta al profeta Ezequiel al aplicar a los obispos y dirigentes en general la doctrina que Ezequiel intimaba a los «pastores» de Israel. Y es que encontraba en esa doctrina un motivo u ocasión para corregir a los dirigentes de la Iglesia. Pero suele tratarse de graves pecados de omisión; por ejemplo, frente al cisma donatista o frente al paganismo. Los superiores de las comunidades religiosas deberán, pues, rebajar los calificativos y no crearse torturas o escrúpulos innecesarios, cuando san Agustín habla de los «pastores» en general. Los que denunciaban la distinción mencionada, no se

dan cuenta que el amor al hombre y el odio a su vicio son una misma cosa, vista desde dos puntos de vista. Si uno de estos filósofos ve una mancha en el rostro de su esposa o de su querida, sin duda sabrá aplicar la distinción: quitará la mancha, sin menoscabar el rostro, y precisamente porque ama ese rostro. De ese modo vemos que la obligación se va agravando a veces hasta convertirse en obligación de estricta justicia, como acontece en algunos casos aplicables a los superiores o de desdén imperdonable como cuando se trata de una persona muy amada, con el rostro desfigurado por una mancha odiosa. 457. La Sagrada Escritura nos presenta el ejemplo del encantador de serpientes, que con su sabiduría hace salir al reptil de su oscura tinaja. Se dice que, cuando el reptil no quiere obedecer, pega un oído a la tierra y el otro lo tapa con la cola y así resiste a la voz del sabio... (8) Y eso aconteció en los primeros tiempos de la Iglesia, como lo observamos en las correcciones de san Esteban a los judíos y (9) aun hoy, como lo vemos en la resistencia de los donatistas. Pero un medicamento tiene su propia voz. Tú no seas sordo como el áspid... (10) Debes salir a la luz, salir de la tiniebla, en cuanto oyes la voz del medicamento que te administra el sabio. Y no me digas que la Escritura alaba la astucia de la serpiente, al decir: sed astutos como serpientes (Mt 10,16), ya que eso se refiere a otra cosa: ofrece su cuerpo al que la golpea para poder salvar su cabeza, como debe hacer el cristiano. Debe guardar su cabeza que es Cristo y debe desnudarse del hombre viejo para revestirse del nuevo. En ese sentido se habla de la serpiente que cambia de camisa y para ello se coloca y pasa por un orifi-

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ció estrecho y con el roce deja la vieja vestidura (cf. Com. Sal. 57,7). 458. Si alguien ve a su enemigo correr hacia un precipicio, ¿no le devolvería mal por mal, si le deja correr y no le detiene? Sin duda ese enemigo quedaría agradecido a su bienhechor, si le salva... ¡Oh, si pudiera mostrarte cuántos circunceliones arrepentidos tenemos entre nosotros! Y fueron las leyes coercitivas las que les obligaron a recapacitar. Y lo mismo ocurre con muchos tradicionalistas que, aun reconociendo la verdad, se dejaban llevar por el ambiente familiar o social... (3) Es cierto que esas leyes coercitivas no aprovechan a todos. ¿Pero, vamos a proscribir la medicina, porque haya apestados incurables? Tú sólo atiendes a los irrecuperables y podrías tener razón, si sólo se tratase de reducirlos por la fuerza, sin razones; o sólo de darles razones sin reducirlos por las leyes penales. Pero ambas cosas constituyen una disciplina (cf. Carta 93,1,2). 459. Bien se dijo: la letra mata, el espíritu vivifica (1 Co 3,6), ya que una cosa es dar a conocer el pecado y otra curarlo; la letra sola agrava la situación, si no ayuda a salir de ella... (6,9 Por eso la apología de la gracia es lucha contra el pecado. Quien alaba el beneficio de la medicina, no pondera la utilidad de las enfermedades o llagas, de las que la medicina cura al hombre. Por el contrario, cuanto más se pondera la alabanza de la medicina, tanto más se vituperan y detestan las enfermedades y llagas. Así también la predicación de la gracia es la condenación de los delitos (cf. Esp. y letra 5,8). 460. ¿Hay estampa más humana que un cirujano con el bisturí en la diestra? ¿No sería ridículo que se anduviera

con blanduras? Corrijamos y, si es necesario, castiguemos, aunque no se aparte del corazón la mansedumbre. Amad a los hermanos y así les impondréis la disciplina para que no aumente la inquietud y para descargar vuestra responsabilidad ante el Señor. Si la culpa es secreta, corregid en secreto. Si la culpa es pública, podéis corregir en público (cf. Serm. 83,7,8). 461. Las amenazas de Ezequiel nos aterran en primer término a los superiores, pues Dios nos ha colocado al frente de su pueblo. Yo procuro cumplir mi obligación y salvar mi alma. Si yo me callase, no digo que corro un grave peligro, sino que he caído en la perdición. Y ¿qué es lo que pretendo? ¿Cuál es mi deseo, cuál mi ansia, para qué hablo, para qué estoy aquí, para qué vivo sino para que todos juntos vivamos siempre en Cristo? Mi anhelo, mi honra, mi gloria, mi satisfacción y mi riqueza sois vosotros. Yo puedo seguir reprendiendo y salvaré mi alma. Pero no quiero salvarme sino con vosotros (cf. Serm. 17,2,2). 462. Yo a veces perdono y me contento con hablar. Pero soy reacio a excomulgar o a expulsar de la Iglesia. Porque a veces temo que se empeore el alcanzado por el flagelo. Algunos de esos están ya muertos en el alma. Pero puesto que el médico es omnipotente, no hay que desesperar de ellos, sino suplicar con todo ahínco que Dios se digne abrir los oídos del corazón que tienen probadamente cerrados. Pero ¿ocaso perdonará o callará ese Dios, a quién debemos temer? (Serm. 17,3,3). 463. Tenéis que vivir, hermanos, temporalmente con los malos. Pero no seáis negligentes en corregir a los vuestros,

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a los que de algún modo pertenecen a vuestro cuidado, amonestando, enseñando, exhortando, amenazando... Cuando veáis en la Escritura y en la vida de los santos que los buenos tienen que convivir con los malos, no os volváis perezosos para corregirlos. Porque los malos no te mancharán, pero con dos condiciones; si no consientes con ellos, y si los corriges. O, dicho de otro modo, no comulgando ni consintiendo con ellos... (20) Sin embargo, al corregir no se engría el que corrige, no sea que la corrección se convierta en insulto (cf. Serm. 88,18,19). 464. Hay que vivir con los malos. Y por lo general disimulamos y no enseñamos, no amonéstanos ni reprendemos ni corregimos. ¿Por qué? Por pereza, por rubor, por evitar enemistades, por no crearnos impedimentos y daños en los negocios temporales, en cosas que pretendemos adquirir o tememos perder. Por ese mal disimulo con los malos Dios castiga a veces a unos y a otros temporalmente... (2) A veces el disimulo es razonable, porque se espera una coyuntura propicia, o porque se teme una reacción contraproducente, o que se interpongan e impidan a otros la conversión, o la misma fe. Porque entonces no hay ocasión interesada, sino consejo de caridad (cf. Ciu. Dios 1,9,1). 465. No se busque contradicción con el precepto de perdonar siempre, o setenta veces siete (Mt 18,21-22). Mejor es que seas duro de palabra y generoso de corazón que blando de boca y duro de corazón... (7,8) Los muchachos indisciplinados quieren marcarnos cuando tenemos que imponerles la disciplina, diciendo: «pequé, perdóname». Le perdono y nuevamente peca: «perdóname» y le perdono. Vuelve a la tercera vez, pero a la cuarta se le castiga.

No te ha fatigado setenta veces siete, ya que en ese caso sería imposible corregir o castigar. Por eso el Señor dijo: si no perdonáis de corazón... Imponéis, pues, la disciplina por caridad, pero perdonáis de corazón con mansedumbre. Ahí tenéis al cirujano con su herramienta. El enfermo llora, pero es operado; llora cuando van a aplicarle el cauterio, pero se lo aplican. No hay crueldad ni dureza. Se persigue a la úlcera para que el hombre sane, ya que si la úlcera es acariciada, el hombre muere. Digo esto para que compaginéis una cosa con otra; perdonando al hermano e imponiendo la disciplina por caridad (cf. Serm. 83,6,7). 466. ¿No vemos qué inmensa multitud de donatistas han vuelto a la fe católica? Dios no priva del galardón de su oficio al fiel predicador de la justicia, aunque le rechacen los hombres. La obra es cierta, pero el éxito es incierto. Digo que es incierto el ánimo del corregido, no el premio del que corrige. No sabemos si aquel a quien intimamos la verdad la admitirá; pero es cierto el deber de intimársela y es cierto también el galardón que Dios reserva, ya sea bien recibido el predicador, ya sea denostado, ya tenga que sufrir algún mal temporal por su corrección (Mt 10,13)... (7,8) Por eso el Apóstol concuerda la humildad con la corrección (2 Tm 2,24-25) para que el siervo de Dios no tome la prohibición de petulancia como ocasión de hacerse perezoso. Son muchos los que rechazan la corrección y llaman litigantes y buscapleitos a los que la hacen, aunque sea benignamente. Por esa gente, a la que ofenda la verdad, decía el Apóstol a Timoteo: predica la palabra, insiste oportuna e importunamente, arguye, exhorta, increpa con longanimidad y doctrina (2 Tm 4,2). ¿Quién puede encogerse de hombros al oir esto? (cf. Cresconio 1,5,7).

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467. Cuando te hayas juzgado a ti mismo sin adulación, puedes juzgar al prójimo con dilección. Y juzgarás lo que ves o lo que el mismo prójimo te confiese. Lo que no veas, déjalo al juicio de Dios. Pero al juzgar, ama al hombre y odia el vicio. No ames el vicio por razón del hombre, ni odies al hombre por razón del vicio. El hombre es tu prójimo, el vicio es el enemigo de tu prójimo. Amarás, pues, a tu amigo, si odias lo que daña a tu amigo... (6,6) Quizá alguien te dice: «tienes que ser enemigo de Fulano que es mi enemigo». Respóndele: «seré enemigo de tu enemigo y tu enemigo es tu vicio». Así te comportarás como el médico: no ama al enfermo, si no odia la enfermedad; para liberar al enfermo persigue a la fiebre. No améis, pues, los vicios de vuestros amigos y amáis de verdad a vuestros amigos. (7,7) Cuando yo os reprendo, primero me reprendo a mí mismo y tú, cuando me quieres corregir, corrígete primero a ti mismo. Esto es lo justo para que no nos digan: ves la mota en el ojo de tu hermano y no ves la viga en el tuyo (Mt 7,3) (cf. Serm. 49,5,5). 468. Hay un criterio seguro en este asunto: amar el bien, detestar el mal. ¿Acaso hay algo más humano que el no conocer el corazón humano? No sabemos si tal sujeto es honesto o deshonesto, justo o injusto. Amemos la honestidad y la justicia, detestemos la deshonestidad y la injusticia y así obraremos con rectitud. Y así acontece una situación curiosa, lamentable: rehuimos a un justo, nos apartamos de él, rechazamos su encuentro, no queremos tener con él ni vida común, ni mesa común y sin saberlo amamos en él la justicia; y quizá, si la necesidad de imponer la disciplina nos urge, o tememos que él perjudique a otros, o para que sea más ejemplar, le perseguimos con

saludable aspereza. Afligimos a un hombre bueno, como si fuese malo, pero sin saberlo lo amamos. Porque en realidad él es lo que yo estoy amando y en cambio él no es lo que yo estoy odiando. En suma, le amo y no le odio. Y esto puede suceder también con Dios: quizá alguien cree odiar a Dios, porque tiene un falso concepto de él, y le está amando sin saberlo (cf. Trat. ev. Jn. 90,3). 469. Los odié con odio perfecto (Sal 138,22). ¿Cómo odio perfecto? Sí, porque en ellos odiaba la iniquidad y amaba la condición humana. Se odia con odio perfecto, cuando no se odia al hombre por razón del vicio ni se ama al vicio por razón del hombre. Por eso añade el salmista: se enemistaron conmigo (Sal 138,22). Los enemigos de Dios se hicieron enemigos suyos. ¿Pues cómo cumplía el precepto de amar a los enemigos? Con el odio perfecto: amando al hombre y odiando su iniquidad. Así ya en el Antiguo Testamento Moisés oraba por aquellos mismos a quienes tenía que castigar y degollar (Com. Sal. 138,28).

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CAPITULO DUODÉCIMO

VARIACIONES SOBRE LA «REGLA DE ORO» (Regla V, 30-32). Tanto el platonismo, por su mito del «mundo celeste», como el judaismo, por su espíritu tribal, reclamaban la subordinación de la zona privada a la zona común. El cristianismo supera ambas concepciones con su doctrina de la Iglesia universal. Pero crea un nuevo problema. Es sabido que el instinto de propiedad contribuye a desarrollar las potencialidades humanas, a engrandecer al individuo, a estimular la producción y la riqueza, e incluso a engrandecer a las naciones por una educación de la ambición. Hay que tener en cuenta que no todo egoísmo es malo, sino que hay un egoísmo santo y bueno, infundido por Dios en el ser humano para su desarrollo. En este sentido, san Agustín repite que el amor del prójimo se funda en el amor propio y que sólo se ama en realidad, es decir, bien a sí mismo quien ama a Dios. Todo esto es cierto, pero todo esto no impide el riesgo del egoísmo que trata de sobreponerse al amor, y trata de desarrollarse sin medida, a expensas del prójimo, o de la comunidad. La Regla nos ofrece, pues, esta «Regla de oro» en una fórmula: «cuanto más antepongáis el bien común al propio, más perfectos sois». Se trata, pues, de un criterio de juicio, de un índice de perfección. Para eso recogía san Agustín las dos fórmulas paulinas

que le impresionaron: La caridad no busca las cosas que son suyas, sino las de Jesucristo (Flp 2,21), y también: para que los que viven no vivan para sí, sino para el que murió por todos (2 Co 5,15). Vivir, buscando los intereses del Cristo Total, o vivir para el Cristo Total, eso es vivir para el común, y anteponer el bien común al privado. Y en el fondo es el desarrollo último del primer mandamiento. El unum de los neoplatónicos, espiritualizado y personalizado en el un alma sola y un solo corazón de Pentecostés es el criterio que nunca puede ser superado. No se puede negar la fuerza del instinto de propiedad. Muchos ilusos pretendieron ignorar ese poder y cayeron desde las alturas del ideal, acusando luego a los ideales como faltos de energía frente a las potencias vitales. Es mala política ignorar la fuerza del enemigo. Es más, los psicólogos denuncian con frecuencia el orgullo que se esconde en el «nosotros», en que se amparan muchas individualidades pobres y raquíticas que así se justifican y ensalzan con un orgullo o racismo colectivo. Tanto el complejo de superioridad como el complejo de inferioridad reclaman un examen detallado a la luz de la «Regla de oro» para desenmascarar las intenciones o móviles de la acción y de la vida. Vivir a expensas de la vida común es un ingenio fácil y vulgar. Una cosa es apropiarse y otra entregarse o enajenarse; una cosa es servir al común y otra servirse del común. Y en esta materia, san Agustín vuelve sobre la caridad, exigiendo no sólo los bienes materiales, sino hasta la propia alma, que consiste en dar la vida por los amigos como dice san Juan. Sorprende la reiteración de la Regla en estos puntos específicos. También sorprende el carácter pragmático y detallista de los temas. Sobre todo, por tratarse de puntos coyunturales, que hoy no tienen aplicación sino en general.

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470. Por entre los montes pasarán las aguas (Sal 103,10). Ya os dije que esos montes eran los apóstoles, que se sitúan entre Cristo y nosotros, en medio. Y decimos que se pone en medio lo que es común. Una cosa común, de la que todos por igual viven, está en medio: ni te pertenece a ti ni a mí. Y por eso aplicamos esto a algunos hombres diciendo que tienen paz, fidelidad, caridad entre sí. ¿Y qué significa entre sí? Que son comunes a todos ellos. Los apóstoles mantenían entre sí una perfecta concordia y así el agua de la Palabra de Dios que corría entre ellos era común, pública, estaba en medio, no era de ninguno de ellos (cf. Com. Sal. 103,2,11). 471. ¿Qué decía el salmista? Primero dijo: no mantuvieron el consejo de Dios. Luego advierte: le irritaron con su propio consejo (Sal 105,13). Pernicioso es para el hombre ese consejo del hombre, con el que busca las cosas que son suyas, no las que son de Dios (Flp 2,21). Él es nuestra herencia y, cuando se ofrece a nuestra disposición, no tendremos que contender por la competencia de los santos, a causa de nuestra preferencia por el bien que llamaríamos privado. Porque la celeste Jerusalén, que ya posee la herencia prometida, ya no tendrá ciudadanos que busquen su propio interés. Dios será todo en todos (1 Co 15,28). Quien durante esta peregrinación anhela fiel y ardientemente aquella sociedad se acostumbra a preferir lo común a lo privado, no buscando su propio interés, sino el de Cristo. [No irritará a Dios con su propio consejo, pretendiendo ser sabio y prudente]. Será humilde en sus confesiones y no semejante a aquellos de quienes se dijo: fueron humillados en sus iniquidades (Sal 105,43) (Com. Sal. 105,34).

472. [No te importe que tu hermano haya dejado ese puesto, ya que tuvo para ello motivos razonables]. (2) A ti te toca ahora ocupar ese puesto. Piensa que los dones de que estás adornado, el ingenio, la prudencia, la elocuencia, gravedad, sobriedad y demás virtudes son dones del Señor: debes ponerlos a su disposición para que te los conserve, aumente, perfeccione y remunere. No los pongas al servicio de este siglo; renuncia a cualesquiera pretensiones que abrigues acerca de la terrena felicidad y entra a trabajar en la viña del Señor, donde el fruto es seguro... Te ruego por la divinidad y humanidad de Cristo, por la paz de la celestial Jerusalén, que ocupes el puesto que deja vacante tu valiente hermano. El pueblo debe recibir, por el conducto de tu pensamiento y lengua, los dones de Dios para que se multipliquen los frutos: así entenderán todos que tu hermano deja su puesto, no por desidia o comodidad, sino porque así lo exige la paz del mismo pueblo. Hemos mandado que no te lean esta carta sino cuando se hayan apoderado ya de ti los que te necesitan. Por nuestra parte, te echamos el lazo del amor, pues eres casi imprescindible para nuestro colegio. Más tarde sabrás por qué no me he presentado yo personalmente (Carta 69,1). 473. Mucho nos alegró vuestra venida, pero no os contriste mi ausencia, ya que somos miembros del mismo cuerpo bajo la misma cabeza. Por ende, aunque nos separe la distancia, vivimos juntos en Cristo. Se diría que vivíamos juntos si morásemos en la misma casa; ¿cuánto más juntos viviremos en un mismo cuerpo? Aparte de que esta misma Iglesia es ya casa de Dios. (2) Por eso la Escritura nos exhorta a los obreros a seguir edificando la Casa de Dios... (4) Cumplid, pues, con fidelidad y alegría los oficios ecle-

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siásticos, que os corresponden según vuestra dignidad y desempeñad vuestro ministerio delante de Dios, bajo el cual somos consiervos, y a quien daremos cuenta de nuestra administración. Sed misericordiosos y orad con nosotros por aquellos que todavía están tristes. ¿Quién no comprende la hermosura de que los hermanos habiten en unidad (Sal 132,1)? Hace falta que la alegría toque las fauces sanas para que la mente, al amar la dulzura de la caridad, escupa la amargura de la división. Dios es poderoso y misericordioso para llamarlos a la salvación. El Señor os conserve en paz {Carta 142,1). 474. Hay algunos que predican y no creen lo que dicen. Son reprobados aunque sean útiles para el pueblo... Y hay otros que creen, pero no predican, ya por miedo, ya por pereza. Son como aquel siervo que recibió un talento, pero, como no lo puso a contribución, fue calificado de siervo perezoso e inútil (Mt 25,26). Creyeron algunos príncipes de los judíos, pero no confesaron a Cristo por miedo de ser expulsados de la sinagoga y por eso dice el evangelista: prefirieron la gloria de los hombres a la de Dios (Jn 12,43). Por ende, siervo bueno y fiel es aquel de quien se dice: ea, siervo bueno, pues has sido fiel en lo poco, te pondré al frente de lo mucho: entra al gozo de tu Señor (Mt 25,21). Ese siervo cree y no se calla; da lo que tiene y no lo reserva para sí... (2) Por eso canta el aleluya y ofrece a Dios el sacrificio de alabanza. Se le llama siervo fiel, no porque recibió, sino porque administró y ganó. Pasó tribulaciones al repartir la palabra y por eso espera el premio de su predicación... (3) Este siervo de Dios sabe ya que no debe presumir de sus propias fuerzas, sino contar con el auxilio divino (cf. Com. Sal. 115,1).

475. El malo no imitó a la hormiga, que en el verano recoge el grano que necesita (Pr 6,6; 30,25). Cuando vivía en la felicidad, no la compartió con los pobres, no fue depositando un tesoro, mientras que la hormiga iba almacenando sus méritos. Aquí os presento a la hormiga de Dios: se levanta por la mañana y corre a la iglesia, reza, oye la lectura, canta himnos, rumia lo que ha leído, medita, va depositando en su almacén los granos que recoge de la tierra. Cuando llega el invierno de la tribulación, las gentes comentan: «¡Pobrecita! ¡Qué desamparada ha quedado! ¡Tiene que estar anonadada!». Pero no saben las gentes que la hormiga atesoró a tiempo las reservas de las que vive ahora. Los que la compadecen la miden por su propia estatura moral y yerran torpemente. La hormiga del Señor se nutre de sus provisiones, aunque las gentes no la vean comer. ¿Es que no la vieron recolectar y cosechar? Aunque en el mundo no hubiese una sola persona que se acercase a consolar a la hormiga, ella sería feliz en su tribulación, pues sabe que el Señor no se olvida de ella. Hermanos, estamos en el verano y no falta grano que recoger. Atended a la hormiga y atesorad para el invierno. Quizá llegue un día en que ya no podáis leer ni oir ni tratar con quien pueda animaros. Podéis quedar encerrados en el retiro; mirad si habéis recogido en el verano lo que os mantenga en el invierno (cf. Com. Sal. 66,3). 476. He recibido la túnica que destinabas a tu hermano y ahora me regalas a mí. No me he atrevido a contristarte, pues bien sé la necesidad que tienes de consuelo. Esa túnica que confeccionaste con tus manos para el difunto, yo la llevaré como tú quieres, en atención a tu hermano muerto. En este instante la llevo puesta. Ten, pues, buen ánimo,

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pero procúrate mejores consuelos. La lectura de la Escritura disipará tu melancolía... (4) Tu hermano Timoteo no pudo llevar esta túnica que ahora llevo yo, y eso dices que te consuela. Bueno es. Pero te repito que busques consuelos más altos y seguros... (1) Porque tu hermano ha sido ya revestido de la inmortalidad. Vivió de modo que tiene vida; persevera tú en tu vivir, de modo que vivas con tu hermano (cf. Carta 263,1). 477. Y a vosotros, hermanos, os exhorto a que regaléis libremente lo que queráis, pero sabiendo que ha de ser para el común... Que nadie regale un manto o túnica de lino, o cosa semejante, sino algo que pueda utilizarse por cualquiera y por todos. Yo mismo me visto del común. Y no quiero que me enviéis algo para la dignidad del obispo exclusivamente. Quizá es digno del obispo, pero no de Agustín, un pobre hijo de padres pobres. Si me enviáis un vestido precioso, lo vendo, como suelo hacerlo; si el vestido no puede ser común, lo es el precio (cf. Serm. 356,13). 478. Algunos siervos de Dios, por otra parte muy observantes, imitan el atuendo de Samuel y de los antiguos profetas que no se cortaban el cabello (cf. Nm 6,5). Y no ven el contraste que hay entre el velo profético y la revelación del evangelio (cf. 2 Co 3,15-16). Y como el Apóstol dice que es ignominioso para el varón dejarse crecer el cabello (cf. 1 Co 11,14), ellos alegan que merecen esa ignominia por sus pecados, haciendo así un alarde de humildad. Tal humildad es falsa, pues no entienden al Apóstol (cf. 1 Co 11,4.16). Córtense, pues, el cabello como los demás (cf. Trabajo 31,39). 479. Las hijas de Tiro vienen con regalos (Sal 44,13). Las hijas de Tiro son los ricos de este mundo. Al ofrecer su

limosna atesoran para el futuro (1 Tm 6,17). Sigue el salmo: rindiendo adoración mediante sus regalos suplicarán ante tu rostro. Porque acuden a la iglesia y en ella depositan su limosna. El rostro de esta esposa y reina premia a los que hacen la limosna. Así, todos aquellos vendían sus bienes, congraciándose con el rostro de esta reina, venían con sus dones. Los traían y los depositaban a los pies de los apóstoles (Hch 4,34). Ardía el amor en la Iglesia; la Iglesia era el rostro de la Reina, y el obsequio de las hijas de Tiro era también el rostro de la Reina... Todos juntos eran esposa, todos reina; la madre y los hijos juntos pertenecían a Cristo, a la Cabeza. (29) Pero como estas demostraciones externas pueden hacerse por jactancia, dice el Señor: no hagáis vuestra justicia ante los hombres (Mt 6,1). Y, como, a pesar de todo, hay que hacer las obras delante de los hombres (cf. Mt 5,16), se nos encarga no buscar la gloria externa. El pobre ve la limosna, pero Dios ve la intención. Dentro ama el que dentro ve; dentro ama, y dentro ha de ser amado aquel que produce la misma hermosura interior. No te complazcas con la mirada exterior, porque te ven, porque te alaban. Atiende más bien a lo que dice a continuación: toda la gloria de la hija del rey es interior (Sal 44,14). Llevaba vestidos preciosos y variados, pero el que amaba su hermosura interior conocía esa hermosura. Y ¿cuál es la interioridad de la hermosura? La conciencia. ¿Qué valen los vestidos preciosos y variados, si falta la hermosura interior? (cf. Com. Sal. 44,28).

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CAPITULO DÉCIMO TERCERO

LA MODERACIÓN (Regla V, 33-40) 1. La moderación Nos sorprenden en la Regla de san Agustín estas menudencias pragmáticas y meticulosas sobre los vestidos y sobre las discusiones acerca de los mismos, sobre la unicidad de la ropería, sobre los regalos que se hacen a escondidas y sobre la falta y el castigo que eso lleva consigo, sobre el excesivo lavado o limpieza que puede causar manchas en el alma, sobre los baños facultativos, sobre el nombramiento de compañeros para los que salen de casa, etc. No es que haya en todo eso algo impropio, sino precisamente por lo contrario, por que es tan obvio, que no parece necesario mencionarlo. Sobre todo, porque tales puntualizaciones, que quizá cayeran bien en boca de Alipio o Evodio, suenan extrañamente en labios de san Agustín. Tales menudencias prácticas van mezcladas con algunos principios agustinianos que les dan valor y sentido. Como acontece con otras Reglas, escritas después de la invasión de los pueblos nórdicos, estas prescripciones disciplinares ya no tienen aplicación. Por eso lo que importa es atender a los principios, al espíritu que informa esa legislación puntualizada que, al parecer, trata ya de cortar los abusos que la experiencia del mismo monacato ha ido poniendo de relieve durante un cierto espacio de tiempo. Es verdad que, en el ambiente de aquel

monacato, san Agustín, aunque no tan duro como san Jerónimo, parece condenar un afán de cosmética, por temor a la vanidad masculina y femenina, pero es verdad también que condena el extremo contrario, por temor al orgullo y a la ostentación. Ambos extremos son igualmente reprobables y por eso lo que importa es alcanzar el espíritu de humildad, gravedad, servicio, caridad, y santa indiferencia. Personalmente san Agustín huía de ambos extremos tanto en los vestidos como en las comidas, como en el comportamiento general cotidiano. Con espíritu de santa indiferencia, dejaba en manos de los prepósitos la administración y los oficios, aunque no se eximía de las responsabilidades inherentes a su cargo. Su norma práctica era la moderación, evitando extremismos por defecto o por exceso. 480. Los jóvenes que se dedican a la búsqueda de la sabiduría, han de empezar por abstenerse... del cuidado excesivo y superfluo ornato del cuerpo (Orden 2,8,25). 481. Si colocas un vestido precioso en la cama de alguien que está en ella dormido, no lo siente: quizá sueña y se ve envuelto en andrajos. Y más importancia tienen para él los andrajos soñados que los vestidos preciosos que no ve. Algunos dicen: «voy a tratarme bien. ¿Por qué he de dejar mi herencia para que la disfruten otros?». Pero recuerda al rico epulón (Le 16,24). En el mundo se presentaba con vestidos de seda y púrpura, pero en el infierno se vio envuelto en llamas. Quizá al rico le levantan un sepulcro suntuoso y envuelven su cadáver en lienzos delicados, empapados en aromas de cinamomo y rosas, o lo adornan con telas preciosas. Pero el hombre ya no esta allí. Es como si le mandaran al destierro y se dedicaran a adornar

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la fachada de su palacio. Se muere de frío y desnudez en el destierro y tú dices: «¡Qué feliz es! ¿Hay que ver cómo han adornado su casa!». Sin duda bromeas o estás loco. Adornas el cuerpo y atormentas al espíritu. El epulón pensaba en sus vestiduras y quizá en los lienzos de su sepultura, y no pensaba en su alma, que le fue sustraída y llevada al infierno (cf. Com. Sal. 48,2,7). 482. El vestido es algo relativo. Se dice que los cielos perecerán como un vestido, esto es, como un cuerpo. Porque el cuerpo es el vestido del alma. Así dijo el Señor: ¿No es el alma más que la comida, y el cuerpo más que el vestido? (Mt 6,25). Pero el Apóstol dice que mientras se corrompe el hombre exterior, el interior se renueva (cf. 2 Co 4,16). Se produce, pues, una mutación, un cambio, con la resurrección del cuerpo (cf. 1 Co 15,52)... El cuerpo de los santos es llamado cielo, porque es portador de Dios: glorificad y llevad a Dios en vuestro cuerpo (1 Co 6,20). El cuerpo perecerá desde luego, pero no para siempre. Y eso es lo que anuncia el salmo (Sal 101,28). Habla de vestidos y prendas de abrigo, y entiende el cuerpo. Esperemos, pues, la transfiguración de nuestro cuerpo, pero no comparemos nuestros harapientos años con el día de Dios. Esperemos, puesto que, aunque seamos abyectos, tierra y ceniza, nos apoyamos en él. Siervos somos, pero por nosotros tomó forma de siervo nuestro Señor (Flp 2,7). Por nosotros murió y nos ofreció el ejemplo de su resurrección (cf. Com. Sal. 101,2,14). 483. Sobre los adornos de oro y vestidos no quiero que sentencies con precipitación, a no ser con aquellos que ni son casados ni quieren serlo y deben pensar en agradar exclusivamente a Dios... Basta evitar los excesos, ya que el

auténtico ornamento de los cristianos y cristianas son las buenas costumbres, no el colorete mentiroso, ni siquiera la pompa del oro y de los vestidos {Carta 245,1). 484. No debiste cambiar nada de tu hábito y vestido sin el consentimiento de tu marido, pues sobre ese punto nada hay prescrito en la Escritura. Se dice, sí, que las casadas deben aparecer en un hábito decoroso, y se reprende a las que llevan alhajas de oro, cabellera trenzada o alguna vana pompa como incentivo carnal (1 Tm 2,9). Pero hay un atuendo matronal, diferente del que llevan las viudas y que puede convenir a las casadas según su condición. Si tu marido no quería que tú lo dejaras para vestirte de viuda, creo que debiste respetar su voluntad. ¿Hay mayor absurdo que el que una casada haga alarde de vestidos humildes y oscuros ante su marido al que más bien debería agradar con candidas costumbres? Y si te gustaba llevar un vestido de monja, debiste contar con el consentimiento y agrado de tu marido y no presumir sin consultarle y desdeñándole. Si él no te lo permitía, ¿qué perdías tú? No ibas a desagradar a Dios, por vestirte como Susana y no como Ana, estando casada... (10) Aunque tu marido te hubiese exigido un atuendo llamativo o indecente, podías todavía combinar la apariencia orgullosa con un corazón humilde como la Reina Ester (Est 14,16)... (11) Te escribo esto, porque me consultaste, pero lamento que te has portado mal e incautamente. Ya ves el mal al que empujaste a tu marido. No le desprecies en su caída; haz por él piadosas y asiduas oraciones; derrama tu llanto como un sacrificio, como sangre de un corazón herido, y escríbele, dándole satisfacción, pidiéndole perdón, pues pecaste contra él, al hacer por tu cuenta lo que debíais hacer de común acuerdo (cf. Carta 262,9).

LOPE CILLERUELO V,33 412 485. Imaginaos un amante perdido por una mujer. Ella le compone a su antojo y él desprecia las burlas y comentarios públicos con tal de agradar a la mujer. Las personas serias le reprenden su extravagancia diciendo: «te arreglaste el pelo de un modo indecoroso; vas haciendo el ridículo». Pero el joven sabe que de ese modo gusta a su amada, odia a los que le riñen y mantiene su rareza... Se aparta de las personas honradas y hasta pisotea las normas sociales. Pues si este joven desprecia el parecer de las gentes graves por agradar a una mujercilla, ¿no seremos nosotros capaces, por agradar a Dios, de despreciar las censuras y críticas injustas de esas gentes que no tienen ojos para ver nuestros amores? Cuando meditan esto los rectos de corazón, repiten: Confesad a Dios con la cítara, cantad con el salterio de diez cuerdas (Sal 32,2). (8) [Ese es el cántico del Nuevo Testamento que canta el hombre nuevo. Todo nuestro amor suspira y canta ese cántico nuevo. Canta bien, hermano, pues Dios no quiere que ofendas sus oídos] {Com. Sal. 32,11,1,7).

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Temblaríamos, sin duda, si le amásemos... (11,11) En cuanto a las personas consagradas a Dios, habrán de procurarse adornos interiores para agradar a su Amado. Notad que cuanto más se apetecen el culto y el adorno del hombre exterior, tanto mayor detrimento se causa al interior. Viceversa, cuanto menos afán se pone en el atavío exterior, tanto más compuesto va el hombre interior con las galas de las virtudes (cf. Serm. 161,10,10). 487. ¡Oh alma!, ¿por qué deseas la belleza? Bueno es tu deseo, pero quiero saber para qué la deseas. Sin duda para que te ame tu esposo que es el más bello entre los hijos de los hombres. ¿Cómo te atreverías a besarle si estás manchada? Por eso, primero es la confesión y después viene la belleza. Si pretendes besarle, piensa que la gracia se ha derramado en sus labios... ¿Y qué piensas hacer para ponerte hermosa? Empieza por reconocer y desaprobar tus manchas, y entonces el que te formó, te reformará. Mírate en el espejo de sus preceptos (cf. Com. Sal. 103,1,4). 2. Baños medicinales. Los romanos distinguían varios tipos de baños. Las termas de las ciudades eran lugares públicos de esparcimiento y los monjes hubieran llamado en ellas excesivamente la atención y más si iban en grupos. Las pequeñas ciudades, villas o grandes fincas tenían sus propios baños, y quizá podían ser visitados con discreción, si bien con permiso de los dueños o administradores. Sobre los baños privados, que eran también muy frecuentes, no se necesitaba dar prescripción alguna, ya que si un monasterio no tenía un local propio, tendría que recurrir a los dos tipos

486. El amor puede determinar al amante a adoptar un tipo de vestido. Suponed un joven que ama a una mujer y veréis cómo se viste y engalana para agradarla a ella. Si ella le dice: «no quiero que lleves esa túnica», él se la quita al punto. Si ella le propone llevar otra más ligera, aunque sea en pleno invierno, prefiere ir tiritando a desagradar a su amada. Y, sin embargo, esa mujer no puede condenar al joven ni encarcelarlo o castigarlo. En cambio, Dios puede arrojarnos al infierno. ¿No conseguirá de nosotros lo que consigue esa mujercilla con su amante? Si ella le dice al joven: «No te miraré a la cara!», le hace estremecer, y ¿no temblaremos nosotros si nos dice eso mismo el Señor?

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dichos. Parece, pues, que la Regla habla de baños medicinales y por eso recurre a la prescripción facultativa y los relaciona con la enfermedad. Algunas denominaciones toponímicas que hablan de «aguas» en el norte de África, parecen referirse a balnearios famosos. En Hipona, fuera de dos grupos de termas ya excavados, se ha descubierto una gran fuente que probablemente se usaba para baños medicinales. Lo que sorprende, pues, no es el baño, sino las circunstancias que lo acompañan. No parece referirse al tiempo de san Agustín, sino a la época inmediatamente posterior, en que los invasores nórdicos utilizaban los balnearios construidos y acondicionados por los romanos, como lo vemos en san Juan de Baños (Palencia, España). Sorprende también la prescripción de ir de dos en dos o en grupos, pues dice san Agustín: «A veces los que salen del circo, del anfiteatro o del teatro ven a un siervo de Dios; lo reconocen ya por su comportamiento, por su porte o atuendo y se dicen: "¡Hay que ver éstos, lo que se pierden!"». (La caria 211 añadía a la prescripción de la Regla una norma taxativa: «baño, una vez al mes». Eso significaría que las monjas tenían baños en el propio monasterio, o utilizaban los de alguna finca de confianza para poder ir de dos en dos o en grupos con sus vestidos característicos). Pero esta coyuntura de los baños, sujeta a tiempos y lugares, incluso al rigor o capricho de los legisladores, no debe hacernos olvidar el fondo del problema, que es la enfermedad o la salud. En todo caso, la Regla sería testimonio de una gran benignidad, pues sabida es la actitud de san Jerónimo y de los monjes orientales, que proscriben totalmente los baños. El mismo san Fulgencio decía: «¿Lograrán los baños que no se muera un mortal cuando se le acaba la vida? ¿Por qué me aconsejáis que al fin de mi vida

quebrante el rigor de mi profesión monástica?» (FERRANDO, Vida de san Fulgencio 28,62). San Agustín habría optado por la moderación. El tema se enlaza con el de la enfermedad oculta que alguien alega y que se presta a dudas. Puede el médico quizá reconocer la verdad, o puede no verla. Es preciso, pues, creer al presunto enfermo o al médico sin vacilar, como norma fija. Quizá el presunto enfermo se engaña o se perjudica, pero los que le aceptan ejercitan virtudes auténticas. El médico queda revestido en sus funciones de un prestigio casi religioso, ante el cual quedan anuladas las opiniones del enfermo y de los demás. Y la razón es que aparece la voluntad de Dios de algún modo. Hay que creer al médico, mientras no se le pueda desmentir visiblemente. La opinión del enfermo y de los demás dejan de tener importancia ante el facultativo. Y de nuevo vuelve a preceptuarse que en caso de ir a los baños o a otro cualquiera lugar, el religioso vaya acompañado, como una manera de continuar viviendo en comunidad. Pero estas prescripciones, como coyunturales, cambian con los tiempos y lugares y será suficiente mantener el espíritu de comunidad.

488. Quien alega una enfermedad verdadera ha de ser tratado con humanidad; y quien alega una enfermedad falsa debe ser remitido al juicio de Dios, pues nadie puede convencerle de falsedad. Él no establece ninguna norma perniciosa. El religioso sirve al hermano cuando está manifiestamente enfermo; cuando éste alega una falsa enfermedad o le cree o no le cree. Si le cree, no imita su maldad; si no le cree, tampoco le imita, pues conoce el fraude {Trabajo 19,22). 489. Veamos una semejanza. Una casa bien administrada tiene un señor y varios servidores. Estos atienden a las

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oficinas y servicios. Hay oficios nobles que miran a los vestidos, tesoros, graneros y hacienda; y hay oficios humildes que velan por otros servicios más menudos. Podemos distinguir muchos grados desde los altos administradores hasta los encargos más modestos. Supongamos que alguien es colocado por el señor en la portería y que empieza a arrogarse una autoridad propia y a molestar a los visitantes. El señor le destituye y le coloca en otro puesto inferior. Si llega un visitante, no podrá descubrir que en otro tiempo ese servidor gozaba de la confianza del señor. Eso ha ocurrido con el diablo. No era la puerta de la salvación ni su portero, ya que ese destino fue reservado a Cristo. Pero era portero para nuestra entrada en el mundo y fue desposeído del cargo. Ahora es sólo un flagelo de Dios, pero no tiene poderes propios. Dios sigue administrando su casa de la creación (cf. Com. Sal. 103,4,10). 490. En nuestro organismo cada miembro tiene su función. Mientras el organismo esté sano, no hay contienda entre los diversos órganos; el oído no es inferior al ojo, ni la mano al pie. Si en un miembro surge una molestia, todos los demás miembros cooperan a eliminarla... (7) Hermanos, haga cada uno lo que pueda, sin envidiar a otro que puede más; congratúlese con él, puesto que pertenece al mismo organismo. Conténtese con su talento y no sueñe en las cumbres... Lo que hemos de buscar todos es la salud del organismo (cf. Com. Sal. 130,6). 3. Sirvan a sus hermanos La vida común exige organización y los servicios públicos han de ser atendidos. Y aunque, como

hemos visto, todo los servicios son funciones del organismo, cada órgano y función tiene su nivel y dignidad. Por eso pueden surgir displicencias o murmuraciones cuando el superior comisiona a sus colaboradores: a veces no es fácil recibir la comisión como venida de lo alto, ni ejercer el oficio por religiosidad. En la edad media hubo una bendición especial para conferir esta clase de oficios y servicios. Así como en oriente se insiste en la uniformidad y en la austeridad, en occidente se insiste en el trabajo y en la cultura. Era natural que el monacato agustiniano desde sus orígenes neopitagóricos, insistiese en buscar la sabiduría, y la vida del fundador debe ser el modelo ideal. Por la correspondencia del Santo, vemos que los monjes se cultivaban con esmero, como posibles sacerdotes, y desde el principio reinó una gran preocupación por adquirir y copiar los libros como vehículos de la cultura religiosa. La catarsis neoplatónica tenía una parte positiva de lectura, discusión, meditación, conferencia, etc. y el cristianismo había de fomentar la cultura en un tiempo en que la iglesia llegaba a su madurez y por otra parte cundían las herejías, cismas y contiendas culturales. El estudio es ya un índice de la piedad. Una piedad que no incita al estudio ni lo promueve, ya como alimento espiritual, ya como medida de apostolado, es muy sospechosa, ya que la piedad de por sí va orientada al estudio como progreso de la misma piedad, como desarrollo y crecimiento que prepara la acción. Donde no se estudia, entran el ritualismo, el formalismo, la rutina, la simplicidad pueril y las almas vegetan en el marasmo de los «indoctos», como diría san Agustín. Tanto los hombres como las mujeres del monasterio disponían de tres horas libres para la lectura, según la prescripción ya tradicional. Así la vida espiritual puede mantenerse en actividad y desarrollo como motus ab intrínseco.

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491. Este religioso lleva mucho tiempo en Hipona, estudiando con diligencia la palabra de Dios bajo mi vigilancia. Por su conducto te saludo. En tus dos cartas me planteabas problemas muy difíciles. Una de las cartas se me ha extraviado y no he podido hallarla. En la otra me hablas acerca de la posibilidad de que el alma abandone el cuerpo y emigre a otro lugar con otro cuerpo (vehículo). Como eso pediría trabajo y reposo, te diré brevemente cuál es mi opinión (cf. Carta 159,1). 492. Meditaba en la ley de Dios día y noche y lo que Dios le revelaba en sus meditaciones lo iba exponiendo y enseñando a los presentes y ausentes por medio de conferencias y libros (POSIDIO, Vida de san Agustín 3) 493. Yo vi un monasterio en Milán y varios en Roma. Los dirigían hombres dotados de gravedad, prudencia y fuerte cultura bíblica... En la misma forma viven las mujeres, presididas por superioras, no sólo graves y bien probadas, sino dotadas de gran cultura y capacidad para dar a las religiosas una formación conveniente, además de la orientación y corrección morales (cf. Costumbres 1,33,70). 494. Por mi comodidad yo desearía tener diariamente ciertas horas para trabajos de manos, tal y como se hace en los monasterios bien organizados, y el resto del tiempo para leer, orar y conferenciar sobre temas bíblicos, antes de verme abrumado por los pleitos ajenos (Trabajo 29,37).

CAPITULO DÉCIMO CUARTO

EL PERDÓN DE LAS INJURIAS (Regla VI, 41-43) 1. Restablecimiento de la paz. La unanimidad y la concordia se encierran en la palabra paz. Orden debiera significar convivencia pacífica. Por desgracia, los hombres son siempre hombres y la misma vida común se presta a continuos roces o choques entre las opiniones y las posturas. Por eso es necesario restablecer continuamente la paz rota y organizar de nuevo la tranquilidad. El mismo evangelio marcaba ya la pauta, y una regla de comunidad debía apoyarse en esa pauta para la vida comunitaria. En el comentario al Sermón de la Montaña, san Agustín tomaba ya posiciones a este respecto. 495. En el terreno de la injuria hay grados. El primer grado sería la ira, que se mantiene secreta; el segundo grado es cuando esa ira se manifiesta con signos de cólera; pero si esa indignación profiere ya insultos que tienen un claro sentido peyorativo, tenemos un tercer grado más grave. A esos tres grados de culpabilidad corresponden otros tres grados de correctivo: el juicio, el concilio y el fuego. En el juicio se da lugar a la defensa; el concilio, aunque es una forma de juicio solemne, indica ya una senten-

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cia confirmada; no se discute ya culpabilidad, sino la cuantía del castigo. En el fuego o gehenna queda ya determinado el suplicio del fuego. Estos grados son sensibles, pero en el interior de las almas es imposible enumerar la cantidad de graduaciones... (25) Pero en los tres casos hay que sobreentender que puede darse una causa proporcionada que disminuye o anula el reato (cf. Serm. Montaña 1,9,24). 496. Si es ilícito airarse sin causa contra el hermano, o llamarle necio o fatuo, mucho más grave sería odiarle sin causa. Por eso dijo el Apóstol: que no se ponga el sol sobre vuestra ira (Ef 4,26). Por ende, si vamos a presentar nuestro don ante el altar y recordamos que tenemos algo pendiente contra nuestro hermano, hemos de buscar primero la reconciliación y después ofrecer el donativo. Pero no podemos tomar esto a la letra, pues quizá el hermano está ausente o en ultramar y no vamos a ir a perseguirlo. Se trata, pues, de una actitud espiritual... (27) El altar es, pues, igualmente espiritual, lo mismo que el templo, que es el alma. ¿Y cuál es entonces la ofrenda? Puede ser la profecía, la doctrina, la oración, los cánticos, la salmodia y cosas semejantes que Dios no aceptará, si no van refrendadas por la sinceridad de la fe... Ha de ser sana la intención del oferente... Por ende, si al ofrecer algo, recordamos que hemos ofendido a un hermano y tiene algo contra nosotros, como tendríamos nosotros algo contra él, si él nos hubiera ofendido, no necesitas moverte para reconciliarte con tu hermano, como no necesitarías moverte para perdonarle a él. No vas, pues, con los pies corporales, sino con el movimiento del alma, prosternándote con humilde afecto ante el hermano. Si estuviere presente puedes reconciliarte con suavidad, realizándolo primero ante Dios: así no irás a

tu hermano con paso torpe, sino con el veloz afecto del amor. Y purificarás tu intención {Serm. Montaña 1,10,26). 497. Vuelvo a exhortaros a que améis la paz y a que se la pidáis a Dios. Sea la paz vuestro reposo confiado y no vuestra amarga convivencia. El amador de la paz tiene que estar dispuesto a amar a los enemigos. A la manera que, si amas la luz, no te irritas contra los ciegos, sino que los compadeces, de la misma manera, si eres amador de la paz, compadecerás a los que no la aman. Tú gozas el bien, del que ellos están privados, y los estimas dignos de misericordia. Si poseyeras riquezas, arte, medicinas, te apresurarías a ayudar y no a dañar. Si, pues, amas la paz, compadece a quien no ama lo que tú amas ni tiene lo que tú tienes. Pero tener la paz es lo mismo que amar... (2) ¡Cuan bueno es amar! Y eso es poseer. ¿Y quién no desea que progrese lo que ama? Si vives en paz con unos pocos, tu paz es pequeña. Si quieres que se aumente tu posesión, multiplica los poseedores. ¿Crees que cuesta mucho? Nada, basta amar para poseer (cf. Serm. 357,1). 498. Tres cosas excelentes nos recomienda el Eclesiástico: concordia entre hermanos, amor al prójimo, consenso entre marido y mujer (Si 25,1). Si son laudables en el terreno humano, lo son más aún en el divino. ¿Quién no celebra la concordia entre hermanos? Pero es lamentable que en el terreno humano una realidad tan agradable sea más bien rara. La celebran muchos y la guardan pocos. ¿Y por qué es tan difícil? Porque litigan sobre tierra, porque quieren ser tierra. Pero si al pecador se le dice: eres tierra e irás a la tierra (Gn 3,19), al justo se le puede decir: eres cielo y al cielo irás... Cuando el Espíritu Santo vino sobre los apóstoles y comenzó a habitar en ellos, fueron templo de

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Dios, un cielo... (2) El amor de poseer lo terreno es la causa de la discordia (cf. Serm. 359,1). 499. Visita de mi parte a ese hermano y pídele que me perdone, si cree que ciertas frases de mi carta anterior eran demasiado duras y ásperas para él. No me pesa de haber escrito la carta..., (1,4) ni en ella dije nada para burlarme de él. Pero, aunque callé su nombre propio, fui severo en la corrección, sin considerar que se trataba de un hermano. No me defiendo, sino que me reprendo yo mismo; no me excuso, sino que me acuso y le pido que me perdone. Dile que recuerde nuestra vieja amistad y olvide este nuevo e insignificante incidente. Se le presenta ocasión de cumplir lo que reprende en mí, quiero decir, de ejercitar esa mansedumbre que yo no tuve. Perdóneme, pues. No le escribo personalmente, porque quizá no está seguro de mi sinceridad. Convéncele tú de ella. Y no he querido ir a visitarle por no dar un espectáculo muy divertido para los extraños. Tú puedes arreglarlo todo, pues es también amigo tuyo... (1,5) Por mi parte no encuentro mejor medio para reparar mi falta. Espero que también cumplirá el precepto del Apóstol perdonándome... (5,18) Te ruego por Jesucristo que le pidas perdón en mi nombre por la aspereza con que le traté en mi carta, de lo que él se ha ofendido con mucha razón (cf. Carta 148,1,1). 500. Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores (Mt 6,12). No se trata sólo del dinero, aunque tampoco se excluye. Si la deuda pecuniaria se reclama con modestia y mansedumbre, se hace un favor al deudor, mientras tenga con qué pagar, pues se le ayuda a superar su codicia. Pero la sentencia se refiere a todos los pecados que el prójimo puede cometer

contra nosotros... (29) Es, pues, claro que tenemos que perdonar a todos los que nos piden perdón, como nosotros queremos que nos perdone el Padre celestial. Ya no se trata de amar a los enemigos, pues el que nos pide perdón ya no es enemigo. Mas por este mismo precepto se nos manda orar por los enemigos (Mt 5,44) y nadie dirá que ora por aquellos a los que ni siquiera perdona. Tenemos, pues, que perdonar todas las trasgresiones que se cometan contra nosotros (cf. Serm. Montaña 2,8,28). 501. El evangelio nos presenta los tres géneros de injuria que se nos pueden inferir (cf. Mt 5,39-42). Podemos subdividirlos en dos clases: cosas que admiten restitución y cosas que no la admiten..., (63) aunque en todos se presupone la recta disposición interior. En un caso es necesario superar el odio por la caridad, sin recurrir a la venganza. Decimos venganza y no corrección, ya que los padres corrigen a sus hijos y Dios corrige también con castigos a los buenos. Hemos, pues, de renunciar a la venganza... (66) En cuanto al otro linaje de injurias que admiten restitución íntegra o parcial, puede tratarse de dinero o de otros objetos, también hay que distinguir entre la exigencia y la corrección, recurriendo a la prudencia... (67) Pero no podemos contentarnos con no perjudicar, sino que es necesario hacer el bien según nuestras posibilidades y por eso se dijo: da a todo el que te pida (Mt 5,42). No dice «da todo al que te pida»: has de dar lo que puedes dar honesta y justamente (cf. Serm. Montaña 1,20,62). 502. Nadie diga: «no pequé, contra Dios, sino contra un hermano. El pecado es leve o quizá nulo». Quizá lo llamas leve, porque se cura con facilidad: pecaste contra el hermano, dale satisfacción y estás curado. En un instante desen-

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cadenaste una acción mortífera, pero al momento hallaste el remedio. ¿Quién de nosotros esperará el Reino de los cielos, hermanos míos, cuando el evangelio dice: quien llame a su hermano fatuo será reo del infierno de fuego! (Mt 5,22). ¡Gran terror! Pero atiende al remedio:... deja tu ofrenda ante el altar (Mt 5,23). Dios no se irrita porque retardes presentar tu ofrenda. Te busca a ti, más que a tu ofrenda. Porque si le presentas tu don con mal talante, te responderá: «Has perecido tú, ¿y qué me traes aquí?». Presentas tu ofrenda, pero tú mismo no eres ofrenda para Dios. Cristo busca al que redimió con su sangre, más bien que a lo que tú has encontrado en tu granero. Deja, pues, la ofrenda y ve a reconciliarte con tu hermano... (Mt 5,23). Mira qué pronto se ha eliminado el reato de la gehenna... En cuanto te has reconciliado, ya estás seguro para presentar tu ofrenda en el altar (Serm. 82,5). 503. La parábola del Señor que pidió cuentas a sus administradores... (2,2) nos enseña que todo hombre es deudor de Dios, y tiene hermanos deudores, pues todos pecan y todos reciben injurias. Por eso Dios estableció esta regla: él perdonará como nosotros perdonemos (cf. Mt 18,35)... (3,3) Y tienes que perdonar setenta veces siete (Mt 18,22). Comienza a contar. Pero si tu hermano supera ese guarismo, tienes que seguir perdonando (cf. Serm. 83,1,1). 504. Cristo mandó perdonar al hermano, como si te dijera: «tú, hombre, perdona al hombre y yo, Dios, vendré a ti {da veniam et ego ad te veniam)». Dios te da ejemplo perdonando las deudas... (3) Y tú me dirás: «pero yo no soy Dios». Puedes, sin embargo, imitar a Dios como dijo el Apóstol: sed imitadores de Dios (Ef 5,1). Y ya que eres hombre, laico o monje, clérigo, obispo o apóstol, y tienes

pecados (cf. 1 Jn 1,8) ¿cómo te limpiarás? Perdonando. El corazón se resabia con el recelo contenido... (4) Pues ruegas que te perdonen, perdona a quien te ruega. Llegará el tiempo de la oración y te argüiré, ya que dirás: perdona nuestras ofensas. Aquí te esperaba yo: ¿Con qué derecho? ¿En virtud de qué pacto? ¿Por qué convenio? ¿Sobre qué documento? Como nosotros perdonamos a los que nos ofenden (Mt.6,12). Pero tú te niegas a perdonar y además mientes a Dios. Ahí está la condición, ahí queda fijada la ley: «perdóname como yo perdono». Luego «no te perdono, si tú no perdonas»... Al que miente en las preces, se le niega el beneficio. Si no pronuncias las preces, nada obtienes; y, si las pronuncias y mientes, eres reo de mentira (cf. Serm. 114,2).

2. Los grados de la ira. Como todas las pasiones, la ira admite grados. Y en la vida común no se puede evitar el choque entre diferentes opiniones, gustos y voluntades. Será, pues, necesario apaciguar los ánimos turbados por la discusión o por la incomprensión, especialmente en los períodos de crisis y división. Las pasiones se embravecen, piden pasto o se lo buscan y con su griterío impiden el diálogo y el acuerdo que las reduzca a sus jaulas. El religioso tiene que vivir en guardia contra su propio temperamento, ya que esas pasiones son muy sabias y hábiles. Ser juguete de las pasiones, o del temperamento o de las circunstancias implica ponerse a su servicio y nadie es tan necio que no encuentre sobradas razones para eludir la simplicidad del evangelio. Cuidemos, pues, de vivir en paz, ya que la excitación es el camino que conduce al homicidio espiritual.

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No debemos escamotear o colorear poéticamente la realidad cruda y desnuda. El hombre no puede vivir en un supuesto falso o en una ficción, ya que ese hombre que sería bueno en un mundo ideal, en este mundo malo suele contentarse con lamentaciones y excusas. Este mundo que parece tan malo lo hizo Dios, y en él tenemos que vivir la única vida que tenemos. La realidad no va a detenerse ante nuestras opiniones o teorías: somos seres arrojados a la cruda existencia, arrojados al mundo y perdidos en él como dice san Agustín, arrojados a tontas y a locas, temeré passimque {Vida feliz 1,10: PL 32,959). ¿De veras creemos en la providencia? Es probable que no hayamos pensado nunca lo que eso significa. Si no cae una hoja del árbol sin la voluntad del Padre, ni un gorrión en la tempestad del invierno; si están contados los cabellos de nuestra cabeza, ¿qué diremos de nuestras relaciones concretas con superiores, iguales e inferiores, con el mundo y con la historia, con la necesidad y con la libertad? Es preciso que haya antipatías, superiores inhábiles, crisis, rencillas, falsos hermanos, subditos díscolos, envidiosos, resentidos, aduladores, optimistas, pesimistas, realistas. La paz monástica no nace espontáneamente, sino que es obra de los religiosos que la aman y sirven. Hemos de estar, pues, dispuestos a reconocer y aceptar nuestros propios yerros y a enmendarlos. Todos confiesan que son pecadores, pero suelen poner mala cara cuando alguien trata de demostrárselo con algún hecho concreto. Es preciso aceptar que en un determinado momento hicimos sinrazón a alguien. ¿Es acaso increíble? Nuestra inclinación natural nos empuja a organizar la defensa con argumentos y disculpas. Por este motivo desconfiar de sí mismo es la mejor actitud inicial para no ser injustos ni dañinos.

505. Me cuido de la salud de todos, del sosiego y de la paz comunes, de la unidad que el Señor amó y prescribió. Y otra vez vuelvo a hablaros de la paz. Si siempre tenemos que amar la paz y la caridad, siempre debe gustarnos hablar de ellas. Y mucho más en este tiempo en que estamos a punto de lograr la paz con aquellos a quienes no devolvemos mal por mal (los donatistas) (cf. Serm. 358,1). 506. Me pides explicación de algo que escribí en el libro sobre El libre albedrío. En tales problemas no me fatigo. Porque, aunque mi sentencia no pueda defenderse con una razón evidente, es mía y no de la Biblia. Yo confieso que me esfuerzo por pertenecer al número de aquellos que progresando escriben y escribiendo progresan. Si con menos cautela y talento he dicho algo que puede ser refutado por otros o por mí mismo, eso no es admirable ni lamentable. Hay que alabarlo y celebrarlo, no porque sea un error, sino porque el error se ha enmendado. Sería excesiva perversidad querer que yerren los demás, por ese exceso de egoísmo... (3) Si los que tanto me amáis queréis defenderme así, trabajáis en vano, defendéis una causa perdida, y en ella seréis derrotados incluso por mí mismo. Me gusta que mis amigos me amen a mí y no a otro personaje con mi nombre, al que atribuyen quién sabe qué. Cicerón dijo de un cierto sujeto: «nunca dijo palabra que deseara revocar». Esa alabanza es una fatuidad: sólo los idiotas nunca dicen una palabra que no deseen revocar, esos que llamamos moñones. Es de cuerdos arrepentirse de lo mal dicho o mal hecho. Eso podría decirse de los hagiógrafos... (4) En todo caso, eso no me toca a mí, que retengo la obra La Trinidad más tiempo del que vosotros queréis o toleráis (cf. Carta 143,2).

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507. Me librará del señuelo de los cazadores y de la palabra áspera (Sal 90,3). Tienes que moverte entre lazos que te tienden por todas partes pero también de la palabra áspera. A muchos engaña el diablo con el insulto: quieren hacerse cristianos, pero les dicen insultos y así van a dar en el lazo del cazador. Pero eso se extiende a todos. Yo mismo caería en el lazo si, por miedo a la palabra áspera, no os dijese lo que tengo que deciros de parte de Dios. Entre cristianos se oyen también palabras ásperas: «Eres un hombre grande, un justo. Eres como Elias, como Pedro, has caído del cielo». Adonde quiera que te vuelvas, oirás palabras ásperas. Y si te asustas y te desvías, ya caíste en el lazo. A Cristo le dijeron que tenía demonio (cf. Jn 8,48). Así te enseñó a reaccionar contra la palabra áspera (cf. Com. Sal. 90,1,4). 508. No dudo de que ya conoces la muerte del anciano obispo Megalio, pues cuando esto escribo han pasado ya unos veinticuatro días. Y quiero saber si ya has pensado quién será su sucesor, pues tú lo tramitabas. No faltan escándalos, pero tampoco refugio; no faltan angustias, pero tampoco consolaciones. Y en esta situación hay que vigilar para que el odio no penetre en lo íntimo de algún corazón e impida orar a Dios en el santuario a puerta cerrada (Mt 6,6) o cierre la puerta contra el mismo Dios. Y esto puede ocurrir, ya que a ningún encolerizado le parece injusta su ira. Pero la ira persistente se convierte en odio: la dulzura se mezcla con el justo dolor, se retiene largamente en el vaso, hasta que todo se avinagra y el vaso se contamina. Por eso es mejor no airarse contra nadie ni aun justamente, que por airarse justamente resbalar insensiblemente hacia el odio contra alguien. Cuando se trata de

recibir huéspedes, solemos decir que es mejor tolerar a uno malo que rechazar a uno bueno por miedo de que sea malo; pero en las pasiones humanas acaece lo contrario: es mejor cerrar la puerta del santuario a una ira justa, que admitirla sabiendo que no se marcharía y de una púa se convertiría en una viga. Crece impudentemente más aprisa de lo que se piensa. No se ruboriza en las tinieblas, en cuanto el sol se pone sobre ella (Ef 4,26). Sin duda recordarás con qué preocupación y solicitud te escribo esto, si piensas lo que poco ha hablábamos en uno de nuestros caminos {Carta 38,2). 509. Cuidemos de que la ira no se convierta en odio. La ira no es todavía odio, pues te enfadas con tu hijo y no le odias, y le reservas la herencia. Si te enfadas, es para corregirlo. Pero si esa ira perdura y no la rechazas pronto, crece y se convierte en odio. Por eso nos dice la Escritura: no se ponga el sol sobre vuestra iracundia (Ef 4,26). Hallas a veces a un hermano que tiene odio y reprende al que tiene ira. Tiene en su propio ojo una viga y denuncia la arista en el ojo ajeno (Mt 7,3). Claro es que la mota puede convertirse en viga. Así se dijo: mi ojo se turbó por la ira (Sal 6,8), pero no se dice que se apagó, pues eso sería obra del odio. En cambio san Juan dice: quien odia a su hermano, vive en tinieblas hasta ahora (1 Jn 2,11). Antes de llegar al apagón, ya se turba el ojo con la ira, pero hay que evitar la ira para no llegar al apagón {Com. Sal. 30,11,2,4). 510. El salmista se airaba por los pecados ajenos. ¿Quién no se aira viendo a los hombres que confiesan a Dios con la boca y le niegan con las costumbres? ¿Quién no se aira al ver a los hombres que renuncian al mundo de pico, pero no de obra? ¿Quién no se aira, al ver a los her-

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manos que envidian a los hermanos, que no mantienen la fidelidad al beso que imprimen en el sacramento de Dios? ¿Y quién puede enumerar todas aquellas cosas, que irritan al Cuerpo de Cristo, que vive interiormente del Espíritu de Cristo y que gime como el grano entre la paja? Apenas conocemos a esos que gimen y que se airan, pues apenas aparece el grano cuando se mira a la parva, o a la trilla... Pero en otro lugar se dijo: el celo de tu casa me consumió (Sal 68,10). Y dijo asimismo al contemplar tantos malhechores: me invadió la náusea por los pecadores que abandonan tu ley (Sal 118,53). Y en otro lugar: vi a los insensatos y me consumía (Sal 118,158). Pero cuidemos de que esa ira no se convierta en odio (Com. Sal. 30,11,2,3). 511. Sois de los elegidos, pues os habéis congregado por la gracia de Dios. Pero os habéis de sobrellevar recíprocamente con amor; habéis de mantener la unidad del Espíritu en el vínculo de la caridad (cf. Ef 4,2-3). Porque nunca faltarán defectos que tolerar hasta que el Señor os juzgue (Carta 210,1). 512. Aunque huyas a la soledad, te seguirán los escándalos. Por eso dijo san Pablo: soportaos y toleraos recíprocamente (cf. Ef 4,2-3). Sería milagroso que no hubiera nada que perdonarte a ti. Pero ni aun en este caso estarías dispensado de perdonar a otro. Y si no puedes tolerar, entonces ya hay algo que tolerarte a ti. Pero si rehuyes la convivencia, ¿a quién aprovecharás? ¿Cómo hubieses llegado a donde estás, si nadie te hubiese ayudado?... (10) No está mal encerrarse en el puerto y resguardarse de las borrascas del siglo. Mas por el boquete que da paso a las naves se cuela el viento y lanza unas contra otras. ¡Ni siquiera en el puerto hay seguridad! ¡Ámense, apriétense

las naves unas junto a otras para no chocar, y vigile bien el cauto gobierno!... (11) Pero me dice el superior: «Voy a ser cauto; ¡no admitiré a ningún malo!». ¿Y van a venir todos a ti con el corazón desnudo? Si los candidatos no se conocen a sí mismos, ¿lograrás tú conocerlos? ¿Cuántos comenzaron muy bien y acabaron muy mal? En esta vida no hay otra seguridad que la esperanza. Muchos se prometieron observar esa vida santa, tener en común todas las cosas, no tener nada propio y tener un alma y un corazón en Dios (cf. Hch 4,32). Pero los metieron al horno y se quebraron. Tú, que hablas así, arroja de tu corazón todo mal pensamiento, si puedes. Me dirás que no consientes. Bien, pero ya tienes ahí la sugestión que tú no quisieras. ¿Y quién sabe por dónde entra? Cada cual lucha con sus pasiones y sugestiones y es bien difícil que no reciba alguna herida. ¿Dónde está entonces la seguridad? Aquí y en esta vida no la hay. Nos bastan las promesas de Dios y la esperanza. Pero aquí no alabes con seguridad la vida de nadie; no alabes a los hombres antes de su muerte (Si 11,30) (cf. Com. Sal. 99,9). 513. Mira si has faltado en algo a tu hermano y no pienses que se trata de niñerías. No parece mucho llamar fatuo a un hermano, y se castiga con la gehenna (Mt 5,22). Por la gravedad del castigo puedes medir la de la culpa. Amontonando esas cominerías se constituye una montaña. De granos se hace la parva, de gotas se forma el río que arrastra grandes moles. ¿Quién no peca con la lengua y con el corazón? Si el Señor nos tratase como juez, y no como padre, ¿quién podría estar en su presencia? Por eso el salmista, considerando cuántos son los pecados menudos que comete cada día el hombre, clama: desde lo profundo a ti clamo,

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Señor (Sal 129,1). Pero Dios se muestra propicio: gracias a tu ley pude darte la cara, Señor (Sal 129,4). ¿Y qué ley es esa? Llevad recíprocamente vuestras cargas y así cumpliréis la ley de Cristo (Ga 6,2). ¿Y quiénes son lo que llevan esas cargas? Los que dicen: perdónanos nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden (Mt 6,12) (cf. Com. Sal. 129,5). 514. Ahora me callo, dice el Señor, pero cuando te juzgue te argüiré. ¿Cómo? Te pondré ante tu rostro (cf. Sal 49,21). Ahora obras mal y te crees bueno, porque no quieres verte. Reprendes a los otros y en ti no reparas. Acusas a los demás y en ti no piensas. Pones a los demás ante tus ojos y tú te echas a tu espalda... (6,6) Pero lo que es peor, los hombres rechazan la medicina y no sólo se niegan a perdonar, sino que se niegan también a pedir perdón. Vino la tentación, se deslizó la ira y no sólo se alborotó el corazón, sino que la lengua comenzó a vomitar injurias y denuncias. Ya ves adonde viniste a parar. Por ende, corrígete, diciendo: «obré mal, pequé». No morirás, si dices eso. Esto no te lo digo yo, sino'el evangelio (Mt 18,15-17). Dice que quien no cree a la Iglesia has de mirarlo como gentil. Gentil es quien no cree en Cristo, un muerto... Y tú le ves: entra en la Iglesia, vive, se signa, se hinoja, ora, se acerca al altar. Pero sea para ti como un gentil o publicano (Mt 18,17). No atiendas a las falsas apariencias: es un muerto vivo. Si yo trato de reprenderte, comenzarás a excusarte. Por eso dice Dios: Yo te argüiré... (7,7) Y tú me dirás: «¡El juicio está lejos!». ¿Cómo lo sabes? Muchos se durmieron y ya no despertaron. Cada día vemos accidentes repentinos. Los hombres asisten a los entierros y siguen prometiéndose larga vida. Nadie dice: «me corregiré, no sea que

mañana sea yo como ese que acabamos de enterrar» (cf. Serm. 17,5,5). 515. Los hombres sin esperanza cuanto menos atienden a sus pecados, tanto más escudriñan los ajenos. No buscan qué corregir, sino qué morder, y, cuando no se pueden excusar, procuran acusar. Por el contrario, dijo el salmista: Pues yo reconozco mi delito y mi pecado está siempre ante mí (Sal 50,5). Este no miraba a los pecados ajenos, sino que se miraba a sí mismo. No se palpaba, sino que entraba en sí mismo y bajaba a sus profundidades {Serm. 19,2). 3. El homicidio espiritual. Hemos visto que así como en el amor hay muchos grados, desde la mera simpatía hasta la adhesión total y plenaria, así los hay también en el odio, desde el mero desagrado hasta el homicidio espiritual. Y dejamos a un lado el «odio perfecto», al que se refiere san Agustín cuando habla de la corrección de los hijos, ya que ese odio es amor más o menos vivo. Tampoco entramos en las formas específicas del odio que la psicología moderna ha puesto de relieve. Hay temperamentos coléricos que se ciegan hasta el punto de romper todos los límites de un modo más o menos consciente, hasta llegar a ese homicidio espiritual. Y hay resentidos y fríos calculadores que comienzan con atisbos de envidia y esperan con paciencia y sangre fría el momento de lanzarse sobre su víctima y descuartizarla, aprovechando bien las circunstancias y los accidentes del terreno, borrando todas las huellas con sabiduría y técnica insuperables. Por eso hay en las comunidades elementos benditos y elementos malditos, hombres que difunden el espíritu creador y hombres que difunden el aire de la muerte.

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La fórmula de la Regla dice: quien odia a su hermano es homicida (1 Jn 3,15). San Agustín se referirá veintitrés veces a este texto, conservando en su exégesis de san Juan la fórmula estoica: «el odio es una ira inveterada» (odium est ira inveterata). La insistencia en este tema es curiosa, ya que para completar su cuadro san Agustín relaciona ese texto con otro del mismo san Juan según el cual el odio entenebrece (cf. 1 Jn 2,9.11). Con eso ya parece acertada la recomendación de san Pablo: que el sol no se ponga sobre vuestra ira (Ef 4,26). No se necesita que el odio sea consumado o diabólico, ya que admite grados {Fausto 19,23 PL 42,361; Trat. 1 Jn 5,10; 9,11 PL 35,2017-2018.2053). Es, pues, claro que la Regla es el eco de esa insistente predicación agustiniana. Como hemos dicho, san Agustín recogía la tradición estoica (CICERÓN, Tuscul. IV,9,21; DIOGENES LAERCIO, Vitae Philosophorum, VII 113s). La labor interna de la asimilación es muy explicable en las circunstancias de san Agustín. El odio se opone a la caridad, y por lo mismo ha de pasar al primer plano. Pero concretamente el cisma donatista le obliga a insistir constantemente en la caridad cristiana, como opuesta al cisma y al odio: «El odio al hermano es el origen y continuación del cisma» {Bautismo 1,11,16 PL 43,118). Al enfrentarnos con el cisma, nos damos cuenta del lugar que el homicidio espiritual ocupa en el pensamiento agustiniano: es el cáncer en el Cuerpo de Cristo. Combatir el cáncer es tanto como amar al prójimo, como amar el Cuerpo de Cristo, y de ahí la gravedad del odio y de la dureza de corazón, que alcanza de plano a los religiosos, como vanguardias de la unidad del Cuerpo de Cristo. 516. Si te encolerizas contra tu esclavo cuando peca, vuélvete contra ti para no pecar tú mismo. Pero que no se

ponga el sol sobre vuestra cólera (Ef 4,26). Esto, hermanos, se refiere al tiempo. Porque, aunque por la condición humana y la debilidad de nuestra mortalidad, asalte la ira al cristiano, no debe retenerla hasta el día siguiente. Arrójala del corazón antes de que se extinga esta luz visible para que no abandone la luz invisible... Cuando este sol invisible, que es Cristo, comience a habitar por la fe en ti, que la ira repentina no pueda tanto que Cristo se oculte sobre tu mente. Cristo no quiere habitar con tu ira... Porque, cuando la ira se fosiliza, se hace odio y tú te conviertes en homicida, pues todo el que odia a su hermano es homicida (1 Jn 3,15). Y el mismo Juan dice: todo el que odia a su hermano vive en tiniebla (1 Jn 2,9). No es maravilla que quede en tiniebla aquel en quien se ha puesto el sol. (4) [Quizá viene bien aquí aquel pasaje del evangelio en que Jesús duerme en la barquilla (Le 8,23). Despiértale y dile: Maestro, nos hundimos (Le 8,24)] {Com. Sal. 25,11,3). 517. Una cosa es la cólera, de la que el sujeto se arrepiente, y otra el odio y el resentimiento en el corazón. Como también hay diferencia entre el texto bíblico que dice : mi ojo se ha turbado por la cólera (Sal 6,8) y el otro que dice: quien odia a su hermano es homicida (1 Jn 3,15). Mucho dista la turbación de la ceguera. La paja turba el ojo, la viga lo arranca... (3) Ese odio dafla ante todo al que lo tiene: con la viga no puede ver rectamente el ojo del hermano. Quien odia pretende causar un daño extrínseco, pero se causa un mal intrínseco. Al odiar a otro, se hace enemigo de sí mismo. Ademas, ya no lo siente, pues con el odio perdió la sensibilidad (cf. Serm. 82,2,2). 518. /El que dice que vive en la luz y odia a su hermano, vive en tinieblas hasta ahora (1 Jn 2,9). ¿Son las tinieblas de

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la cárcel? ¡Ojalá fuesen tales! Nadie quiere vivir en las tinieblas del calabozo. Pero en esas cárceles, que han sufrido los mártires, quedan todavía las luces de la fe y del amor. En cambio, en estas sólo queda la muerte. ¿Odias a tu hermano y te sientes seguro? ¿Y no buscas la concordia, aunque Dios te da largas? Eres un homicida, pero todavía vives. Si Dios se irritara mientras odias a tu hermano, serías arrebatado al momento. Dios te compadece, compadécete de ti mismo y busca la concordia con tu hermano. ¿Es que tú la deseas, pero él la rechaza? Eso te bastaría. Ya tendrías que lamentar su falta, pero tú estás a salvo diciendo: perdónanos nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden (Mt 6,12). (3) El verá cómo reza el Padrenuestro, cuando quiera orar (cf. Serm. 211,2). 519. No desdeñéis la ira, pues irrita los ojos. Permite ver el sol, pero esa vista no es ya un placer, sino un dolor. ¿Qué es la ira? Un apetito de venganza. Apetece vengar al hombre y todavía no han sido vengados Cristo y los santos. Todavía espera la paciencia de Dios..., ¿quiénes somos nosotros para urgir la venganza? Si Dios nos la aplicase, ¿dónde iríamos a parar? El, que nada nos ha hecho, no desea vengarse de nosotros y nosotros, que le ofendemos cada día, ¿pedimos venganza? Perdonad, pues, y perdonad de corazón... Y esa ira inveterada es ya el odio...; la paja se convierte en viga... Dejaste que el sol se pusiera y saliera sobre la ira y esta envejeció; la alimentaste con malas sospechas, regaste la paja, y formaste una viga. Y ahora eres ya un homicida. No has desenvainado el cuchillo, no has causado una herida en la carne, no has destrozado el cuerpo a puñaladas. Tan sólo un pensamiento de odio reina en tu corazón, pero ya te consideran homicida, ya eres reo a

los ojos de Dios. Tu enemigo vive, aunque tú lo has matado. En cuanto te atañe, mataste al que odiaste. Enmiéndate, corrígete. Si hubiese en vuestra casa escorpiones y culebras, ¡cómo la limpiaríais!... ¿Pues cómo no limpiáis la casa de Dios, que es vuestro corazón? Rezad pues: perdónanos nuestros deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores (Mt 6,12) {Serm. 58,7,8) 520. Erais tres amigos. Tus dos amigos riñeron. Sé tú amigo de los dos y no tengas otro enemigo que su vicio... (7,7) Y me diréis si yo hago eso que digo. Pues sí, lo hago, comenzando por mí mismo. Odio mis vicios, y ofrezco mi corazón a mi médico para que lo sane. Persigo mis vicios cuanto puedo, gimo por ellos, confieso que se dan también en mí, y de ellos me acuso. Tú que me reprendes ¡corrígete! Esa es la justicia para que no nos digan: ves la paja en el ojo de tu hermano y no ves la viga en el tuyo... (cf. Mt 7,35). Si odias, ¿cómo podrás ver el ojo de tu hermano? Desdeñaste tu ira, con ella dormiste y con ella te levantaste. La nutriste contigo, la regaste con falsas sospechas, creíste la palabra de los aduladores y murmuradores y formaste una viga. ¿No te asusta el odio? Dices: odio a un hombre, a un enemigo. No, odias a un hermano y eres homicida. No has preparado el veneno, no fuiste cuchillo en mano a buscar al hermano, no llamaste al matón, no estudiaste el lugar y el tiempo; en fin, no cometiste tú el asesinato. Tan sólo odiaste, pero así te asesinaste a ti antes que a él. Aprended, pues, la justicia odiando los vicios y amando a los hombres... (8,8) Después del sermón tendrá lugar el despido de los catecúmenos y quedarán sólo los fieles. Llegado el momento de la oración tendremos que decir: perdónanos nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que

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nos ofenden (Mt 6,12). No odiéis y perdonad las injurias (cf. Serm. 49,6,6). 4. El odio sofisticado. El termino «odio» suscita repugnancia en un cristiano: difícilmente concederá un cristiano, y menos un religioso que tiene odio a nadie. Pero vivimos en una época de violencias y terrorismos, de secuestros y separatismos y es necesario preguntarse por las causas, ya que tales flores negras no nacen espontáneamente. Ños asustan la guerra y la sangre y en cambio no nos asustan las propagandas que preparan las armas de fuego. A fuerza de tergiversaciones, distinciones, divisiones y subdivisiones, nos lavamos las manos como Pilato, pero la sangre inocente clama al cielo como la de Abel y algún día sobrevendrá el castigo, la justicia inmanente o la justicia divina, el día del Señor como un huracán de fuego. El ejemplo de san Agustín frente a los donatistas es una excelente lección para nuestros días, mostrando que el odio sólo puede ser superado por el amor. También en los monasterios puede ocultarse el odio que reina en el ambiente. Y no sólo en el horizonte de la política o del nacionalismo, sino también en el terreno espiritual, teniendo en cuenta las debidas proporciones. Aunque las luchas por el poder van desapareciendo en virtud de las nuevas circunstancias que hacen penoso y desaconsejable el poder y el mando eclesiásticos, siempre quedan personas que no saben en qué emplear su vida y creen darle sentido con unos galones, estrellas o condecoraciones. Se va cumpliendo cada día más el «se da a los que no lo quieren» (noleníibus datur) y los superiores de hoy son mas dignos, de compasión que de envidia. Pero la naturaleza humana no pierde fácilmente las malos resabios.

La vida menuda del convento no se presta a las grandes pasiones, pero también en las pequeñas pasiones se dan la ira, la envidia y el odio, un poco vergonzantes. La importancia de tales pasiones, sin embargo, es relativa. La vida monástica se presta a continuos roces y contraposiciones, y, quizá, con el agravante de aducir motivos religiosos o piadosos. Se han cometido muchas atrocidades en nombre de la religión y se ha usurpado muchas veces dolosamente el nombre de Dios. La ira suele revestirse de justicia, turba la mirada y al desarrollarse se convierte en una viga que arranca los ojos. La ecuanimidad, la serenidad, la amabilidad y el amor cristianos son siempre difíciles cuando aprietan las tentaciones. Los dulces vientos y las pequeñas olas de la ira terminan en grandes tempestades, si no recobramos la calma y la claridad mental y el sentido de la espiritualidad monástica. La Regla nos ofrece una serie de aplicaciones prácticas en que pueden manifestarse las raíces envenenadas del odio. Después de tanta insistencia, san Agustín se refiere a dos casos en que conviene llegar a una clarificación. El primero se refiere al superior que cree haberse excedido en el ejercicio de su autoridad. Si el superior pretende rebajarse y queda inerme la autoridad pública (la autoridad del superior es un bien público y esencial para la comunidad), los vínculos de la unidad se relajan y el perjuicio es común. Una autoridad desprestigiada es inoperante. Pero no por eso se invalida todo lo anteriormente dicho: porque quien sinceramente está dispuesto a pedir perdón ya lo esta pidiendo de corazón. En consecuencia, el superior pedirá perdón a Dios, que ve las intenciones. Así queda resuelto el conflicto aparente y hermanadas la humildad y la autoridad. La advertencia parece un tanto fuera de lugar, por no ir incluida en la regularidad de la obediencia de la que tratará luego la Regula.

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Eso mismo acontece en el segundo caso, que se refiere al amor carnal y espiritual, como reiteración que podría hacerse en cada página y que acusa siempre la falta de un esquema preliminar de la Regula, que no puede reducirse a parte preceptiva y parte de aplicación, como estamos viendo, ya que todo se mezcla, reiterando siempre los mismos fundamentos. Y no es posible estar repitiendo siempre que el amor admite muchas divisiones, subdivisiones y grados, como energía creadora del universo. Entre los hombres puede ir desde el amor concupiscente, sexual, erótico, amistoso, natural, afectivo, efectivo, interesado, egoísta, generoso, sobrenatural, heroico y realmente divino.

perdonad; si quien os ofendió no quiere pediros perdón, siempre hay mediadores que os pueden reconciliar... (6) Que pueda yo alegrarme con vuestra paz, ya que cada día tengo que entristecerme con vuestros pleitos. Así podremos todos celebrar con seguridad la Pascua (Serm. 211,4). 522. Hay un amor divino y otro humano... (2) ¿Qué hombre no ama a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, vecinos, parientes, amigos, etc.?... Aún las fieras aman a sus hijos (cf. Serm. 349,1). 523. Por aquellos años tenía yo un amigo a quien amé con exceso. Pero no hay verdadera amistad, sino cuando tú, Señor, eres lazo de unión por la caridad que se difunde en nuestros corazones (cf. Conf. 4,4,7). 524. Júntate a los buenos que aman contigo a tu rey. Has de encontrar hartos, si comienzas a ser uno de ellos. En el anfiteatro se juntan los partidarios de un atleta o histrión favorito. Pues ¿cuánto mejor deberá atraerte la compañía de los que aman contigo a Dios? Mas, cuando amas al hombre, no pongas tu esperanza en el hombre. Servid juntos a Dios y (27,55) amadle gratuitamente, no como se ama lo que entra por los ojos, sino como se ama la sabiduría (cf. Catequesis 25,49). 525. El oficio de este amor recíproco es llevar recíprocamente las cargas... (3) Para cumplir ese oficio nada mejor que meditar cuánto toleró por nosotros nuestro Señor... (5) y pensar que todos son superiores a nosotros en alguna cosa... (6) No debemos rechazar la amistad de nadie; y si alguien no se atreve a solicitar la nuestra, hemos de adelantarnos a él y ofrecérsela con alegre cortesía... (7) Tal es la ley de Cristo. Amando a Cristo, sobrellevaremos

521. Si has pedido perdón en las debidas condiciones y tu hermano rehusa perdonarte, no te preocupes más. Ambos sois siervos del mismo Señor. Si estás en deuda con tu consiervo y él no quiere perdonártela, acude al Señor común. Exija el siervo, si puede, lo que ha perdonado el señor. Aunque os animo siempre a pedir perdón, me parece excesivo que alguien pida perdón a su siervo, no porque no deba hacerlo, sino porque el esclavo se enorgullecería y empeoraría la situación. ¿Qué hacer entonces? El amo ha de confesar su pecado ante Dios, y castigar así ante el Señor su propio corazón. No convendrá que verbalmente pida perdón al esclavo, pero puede hablarle benignamente; un trato benévolo puede en ocasiones equivaler a pedir perdón. (5) ... Tienes que perdonar para poder rezar la oración del Señor. Pero te he dicho también que no te preocupes si pediste perdón, aunque no te hayan perdonado. Y he dicho también que, con frecuencia, los marginados se enorgullecen si se les pide perdón. Vosotros, los injuriados,

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con facilidad las debilidades ajenas, aun las de aquellos a quienes no podemos amar por sus dotes personales, ya que también por ellos ha muerto Cristo. Oremos para no dejar de amar a Cristo por razón de un enfermo, cuando hemos de amar a ese enfermo por razón de Cristo (cf. 83 cuest. 71,1).

CAPITULO DÉCIMO QUINTO

LA AUTORIDAD (Regla VII, 44-47) 1. La función de la autoridad. Algunos autores tienen dificultad en aceptar a san Agustín, doctor de la interioridad, como doctor de la exterioridad, de la jerarquía y de las estructuras sociales. Olvidan la fórmula elemental que une lo interior con lo exterior: el hombre es cuerpo y alma, la Iglesia es espíritu y jerarquía, Cristo es Dios y hombre. No podemos contentarnos con decir que las causas tradicionales (eficiente, material, ideal y final) constituyen la «forma» de una comunidad. Poique, de acuerdo con el «pensamiento orgánico de san Agustín», Dios creó a Adán y Eva como un «protoplasto», como célula originaria en la que ya estaba contenida toda la futura humanidad en su razón seminal. Ni siquiera basta decir que el hombre es «social», ya que para san Agustín cada entidad social tiene ya su ser propio. Por eso, otros autores consideran a san Agustín como fundador de la sociología por haber visto que una entidad no es la suma de sus miembros sino una corporación, un organismo con sus propias leyes, causas, forma y dirección y aspiraciones. Y esto tiene gran importancia para la vida monástica. No es posible que muchos convivan sin una autoridad en la que estén recogidos y representados todos los miembros y el ser propio de esa corporación. La autoridad se encarna en el superior, y los subditos

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han de mirarle como realización propia, ya que Dios le confiere la «gracia de estado» mediante la misma comunidad. No se trata, pues, de una mera «representación». Es verdad que el superior representa a Dios, pero también los subditos representan a Dios. Lo importante es que esa representación oficial lleva consigo las aspiraciones de la entidad sociológica, guiada por el espíritu de fe. Según la fórmula bíblica, toda autoridad viene de Dios (Rm 13,1), pero todo bien viene de Dios. Por eso la autoridad monástica va dirigida por normas concretas, como vemos en esta Regla. A través de los siglos, el concepto de autoridad monástica ha cambiado muchas veces, según los tiempos, lugares y finalidades. En el caso de san Agustín, ese concepto de autoridad evolucionó en un sentido muy concreto. Al principio se trataba de un grupo de amigos, que resolvían todos los problemas en forma democrática, mientras que el superior pasaba casi desapercibido. Luego la visita a diversos monasterios dio al Santo la idea de que un superior monástico es ante todo un padre: su función específica es recibir y formar a los candidatos, como director espiritual. Para cumplir ese cometido necesita, no ya sólo estar bien probado espiritualmente por la experiencia, sino también estar bien dotado de una cultura destacada, especialmente en el terreno bíblico. Partiendo de ese concepto es ya fácil determinar el carácter de las relaciones monásticas entre superiores e inferiores.

527. Entregan sus trabajos manuales a los que llaman decanos, o prepósitos para cada decena para que nadie tenga que preocuparse de sus propias necesidades. Los decanos lo disponen todo y dan cuenta de todo a uno, al que llaman «padre». Estos «padres» se distinguen, no sólo por sus santas costumbres, sino por su destacada doctrina divina; atienden sin ensoberbecerse a los que llaman hijos. En ellos campea la autoridad, como en los hijos la buena voluntad. Al acabar el día, y todavía en ayunas, acuden juntos a escuchar al Padre con gran solicitud y silencio. Después cenan según la conveniencia de la salud y necesidad del cuerpo... (33,70) Yo vi en Milán un «diversorio» de muchos y santos religiosos, presididos por un presbítero, hombre óptimo y doctísimo. Aquí en Roma he visitado muchos, presididos siempre por sujetos dotados de gravedad, prudencia y ciencia divina... Y no son sólo los varones, sino también las mujeres, solteras y viudas, presididas por superioras ponderadas y probadas, muy capaces y hábiles, no sólo para formar y organizar las costumbres, sino también para dar una instrucción adecuada (cf. Costumbres 1,31,67). 528. [Si la severidad está pronta a castigar las faltas que encuentre, la caridad desea no encontrar materia de castigos. Por esa razón no fui a vuestra casa cuando solicitasteis mi presencia, pues no la buscabais para gozaros en la paz, sino para aumentar la disensión. Yo no podía concederos lo que pedíais contra la sana disciplina, dando tan mal ejemplo... (2) Me contenté con derramar mi corazón por vosotras ante Dios, meditando vuestro pleito con lágrimas para que no convierta mi gozo en luto. Entre los escándalos que tanto abundan, yo me consolaba pensando en

526. Juntos vivíamos y juntos pensábamos vivir en santa concordia. Nos preguntábamos en qué lugar sería más útil nuestro servicio a Dios. Así decidimos volver juntos a África. Y estando ya de viaje en Ostia Tiberina, murió la madre Mónica (Conf. 9,8,17).

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vuestra numerosa congregación, en vuestra casta dilección, santa conversación y en la abundante gracia con que Dios os inunda. No sólo habéis desdeñado las nupcias carnales, sino que habéis elegido esa congregación en que vivís unánimes en una casa para tener un alma sola y un solo corazón hacia Dios (cf. Hch 4,32)... (3) Orad para no caer en la tentación (cf. Mt 26,41), en las riñas, celos, animosidad, disensión, detracción, sedición y murmuración (cf. 2 Co 12,20; Ga 5,20). En cuanto a las causantes, si no se corrigen, llevarán su castigo]. (4) Ahora que nos alegrábamos por la paz con los donatistas, tenemos que lamentar un cisma interno en el monasterio. Perseverad en el compromiso santo y no desearéis tener una nueva superiora. Ella ha perseverado en ese monasterio durante tantos años en que habéis crecido en edad y en número. Ella fue la madre que os recibió, no en sus entrañas, pero sí en su ánimo. Todas las que a ese monasterio vinisteis, la encontrasteis, o bien complaciente a disposición de mi hermana y santa superiora, o bien como superiora, que os fue recibiendo. Bajo su dirección os formasteis, recibisteis el velo y os multiplicasteis. Y ahora os alborotáis para que os la cambien, cuando deberíais llorar si yo quisiera cambiarla. Porque ella es a la que conocéis, ella es a la que vinisteis y ella es la que os ha visto crecer durante tantos años. La única novedad fue el prepósito. Pero si es él el causante de ese cambio, o si por su rencilla os rebeláis contra vuestra madre, ¿por qué no pedisteis, más bien, que él sea trasladado? Ya sé que eso es asusta, pues veo cuánto le amáis en Cristo, pero ¿por qué no amáis más a la superiora? El prepósito en sus comienzos está tan turbado por vuestra postura, que prefiere dejaros a que se diga que fomenta vues-

tra rencilla, o que se diga que nunca hubierais pedido cambio de superiora, si no le hubieseis tenido a él como prepósito. Que el Señor tranquilice y componga vuestro ánimo. Que no prevalezca en vosotras la obra del diablo (cf. 1 Jn 3,8), sino la paz de Cristo (cf. Col 3,15). No os entristezcáis porque no se hace lo que pedís y no os ruboricéis de haber querido lo que no debisteis querer y por esa vergüenza corráis a la muerte. ¡Ojalá con la penitencia os reaniméis, no con la inútil penitencia de Judas (cf. Mt 27,3-5), sino con las lágrimas vivificantes de Pedro! (cf. Mt 26,75) (Carta 211,1). 529. La paz doméstica es la ordenada concordia en el mandar y en el obedecer de los que moran juntos... (14) Pero aquí el superior sirve al subordinado; no gobierna por apetito de mando, sino por obligación responsables; no por orgullo dominador, sino por misericordia servicial... (15) Tanto aprovecha la humildad en el obedecer, cuanto daña la soberbia en el mandar... (16) Al que desobedece se le castiga para que se integre nuevamente a la paz (cf. Ciu. Dios 19,13). 530. Parece un contrasentido que la humildad ensalce y el engreimiento derribe. Pero cuando la humildad es piadosa, somete el subdito al superior y el superior es Dios. Por eso la humildad, que nos somete a Dios, en realidad nos eleva. El engreimiento, en cambio, al rechazar la sujeción, cae y se aparta de Dios, que es la cumbre más alta, y es abatido. El engreírse es ya deprimirse. (2) Por eso el diablo nos derribó diciendo: seréis como dioses (Gn 3,5). Podíamos mantenernos en la cumbre, adhiriéndonos por la obediencia al Sumo Principio, no buscando la autonomía por la soberbia (cf. Ciu. Dios 14,13,1).

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531. Esta pequenez es propia de hombres grandes, así como la presunción es grandeza fingida, propia de sujetos estrechos y débiles... Conservando la santa infancia, garantizáis la inmortalidad (Serm. 353,2,1). 2. Siervo de los siervos de Dios. El apetito de mando, la libido dominandi, en cuanto es índice de la voluntad de poder, tiene una gran fuerza psicológica. Cuanto menos vale un sujeto por sí mismo, más se envanece y presume cuando le condecoran con unos galones o con un nombramiento, aunque sea inmerecido. Pero nadie está exento del gusto del aura popular, del gesto de mando o de la sumisión ajena. En la más autentica democracia se oyen voces de mando y se escucha un lenguaje contrario a toda democracia. Sabido es que san Agustín atribuye a esa libido todos los excesos sociales, desde la esclavitud al cesarismo. El evangelio cambió el espíritu de esta relación social, advirtiendo que el mayor ha de servir a todos y que los varones más ponderados y serios han de hacerse como niños para entrar en el reino de los cielos (Mt 18,4; Me 10,15). Pero es fácil alegar sentidos «espirituales» para desoír la voz evangélica. De algunos años a esta parte se ha operado un gran cambio sobre este punto, especialmente en los monasterios. En la actualidad, el ser superior es una carga muy pesada y esto ha hecho que muchos superiores tradicionales esquivaran el cargo y que otros más «infelices» fueran semiobligados a aceptarlo. Esta es una maravillosa confirmación de lo que san Agustín enseñaba con el evangelio en la mano. Sólo sabe mandar bien quien ha sabido obedecer bien. Sólo sabe mandar bien quien ha logrado superar su propia voluntad de poder, de éxito, de triunfo; quien nunca se siente frustrado,

decepcionado, porque reconoce que su fracaso tiene causas auténticas; quien ha conquistado la libertad de ser él mismo y por eso sabe y puede darse a los demás. Ya vimos cómo san Agustín había padecido una gran crisis sobre este punto, al llegar al episcopado, pero la solución que encontró para sí es la que ofreció a todo el mundo, recogiéndola de san Pablo: que los que viven no vivan para sí, sino para el que murió para todos (2 Co 5,15) o bien: nadie vive para sí y nadie muere para sí (Rm 14,7). Desde entonces se considera siervo real de todos y su vida ejemplar es la mejor doctrina que hubiera podido dejarnos. Y a pesar de tantas doctrinas y ejemplos santos, el no vivir para sí, el vivir para el Cristo Total, es una empresa tan difícil que por fuerza ha de ser estimulada. Y más todavía cuando se trata de los verdaderos superiores, que hoy son dignos de nuestra compasión, porque tienen que ejercitar constantemente la humildad y la responsabilidad de su carga.

532. Yo había planeado fugarme a la soledad, pero tú me lo prohibiste diciendo: para eso murió Cristo, para que los que viven no vivan para sí, sino para él que murió por ellos (2 Co 5,15). Heme aquí, Señor: arrojo en ti mi preocupación, considerando las maravillas que descubro en tu ley (Conf. 10,43,70). 533. Si la madre Iglesia desea vuestra actividad, no la abracéis con avidez orgullosa, ni la rechacéis con muelle pereza. Obedeced a Dios con humilde corazón, llevando con mansedumbre al que os gobierna. El que dirige a los mansos en la justicia enseñará a los mansos sus caminos (Sal 24,9). No antepongáis vuestra contemplación a las necesidades de la Iglesia, pues si no hubiese buenos minis-

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tros que se determinasen a asistirla cuando ella da a luz, no hubieseis encontrado modo de nacer. Hay que caminar entre el fuego y el agua sin abrasarse ni ahogarse: debemos gobernar nuestros pasos entre la cima del orgullo y el abismo de la desidia, como está escrito: no desviándose ni a la izquierda ni a la derecha (Dt 17,11) {Carta 48,2). 534. No os imponemos cargas excesivas. No colocamos en vuestros hombros pesos que no queramos tocar nosotros con un dedo (Mt. 23,4). Informaos y sabréis las fatigas de mis ocupaciones y la enfermedad corporal y la costumbre de la Iglesia a cuyo servicio vivo, que no me permite trabajar en esas labores que os recomiendo... Pongo por testigo a Jesús... que, si atendiese a mi comodidad, preferiría trabajar manualmente, como se hace en los monasterios bien organizados, destinando algún tiempo a leer, orar, ocuparme de las divinas letras, mejor que resolver pleitos ajenos, negocios seculares, sentenciar juicios, o prevenirlos con mi intervención. Ni siquiera san Pablo padeció todo esto, ya que su apostolado era diferente... En cambio, yo no me puedo excusar, aunque sea mínimo comparado con san Pablo. Pero me consuela la esperanza de la vida eterna, pues así daré fruto con mi tolerancia. Soy siervo de la Iglesia y principalmente de sus miembros más débiles. Omito otras innumerables preocupaciones eclesiásticas, que quizá nadie puede creer, si no las experimenta... También Cristo pasó por este valle de lágrimas y por cierto con muchas angustias. Por ende, si somos consiervos o mejor, si soy vuestro esclavo en Cristo, escuchad lo que os encargo, reconoced lo que os mando, aceptad lo que dispongo. En todo caso no soy yo, sino san Pablo quien os hace el encargo {Trabajo 29,37).

535. No ocupó la cátedra de la pestilencia (Sal 1,1). Cristo rechazó el trono terreno de la soberbia. Con razón se le llama cátedra de pestilencia porque apenas habrá quien esté exento de ese apetito de dominar, de esa codicia de la gloria humana. La peste es una enfermedad que se extiende por doquier y envuelve a todos o a casi todos. Cuando se habla con más rigor, diríamos que cátedra de la pestilencia es la mala doctrina, que se desliza como un cáncer (2 Tm 2,17) (Com. Sal. 1,1). 536. En el Cantar de los cantares se alaba a ciertas ovejas, ciertos perfectos, considerándolos como los dientes de la Iglesia. Dice en efecto: Tus dientes como rebaño de ovejas esquiladas que suben del lavadero (Ct 4,2). ¿Y por qué? Porque los dientes entran en el servicio de la lengua y por ellos habla la Iglesia. ¿Y por qué las ovejas han de ser trasquiladas? Porque renunciaron a los cargos del siglo. ¿No estaban trasquiladas aquellas ovejas de las que yo hablaba antes? Las había trasquilado la palabra de Dios, al decirles: Ve, vende lo que tienes y ven y sigúeme (Mt 19,21). Cumplieron el precepto y vinieron trasquiladas. Por eso somos pueblo de su pastizal y ovejas de sus manos (Sal 94,7) (cf. Com. Sal. 94,11). 537. Por mucho que un alma se aparte de la verdad, sigue amándose a sí misma y a su cuerpo. Tiene que gobernarse y gobernar su cuerpo y por lo mismo tiene que amarse y amarlo. (23,23) Pero el hombre cree haber adquirido algo si puede dominar a otras almas, esto es a otros hombres. Es propia del ánimo vicioso la apetencia de dominio y reclama como una deuda lo que tan sólo compete a Dios. Ese amor de sí mismo mejor se llamaría odio. Es inicuo servirse de lo inferior, cuando te niegas a servir al superior.

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Por eso se dijo con razón: quien ama la iniquidad odia su alma (Sal 10,6). Así el alma se debilita y es atormentada por el cuerpo mortal... Y es una soberbia absolutamente intolerable que se pretenda dominar a los iguales, es decir, a los demás hombres (Doctr. Crist. 1,23,22). 538. Guardaos de los escribas que gustan de presidir en las sinagogas y buscan el primer puesto en los convites (Mt 23,6; Me 12,38). Lo malo no es que lo reciban, sino que lo amen. Aquí les acusa su corazón. Nadie puede ser acusador del corazón sino quien ve en él. Es menester que al siervo de Dios, que tiene alguna dignidad en la Iglesia, se le guarde el primer lugar. Porque si no se le guarda, el mal es para el que se lo niega, como no es ningún bien para el que lo merece. Es, pues, necesario que en las asambleas cristianas los dirigentes del pueblo ocupen cátedras eminentes y por ellas se distingan, y así se revele claramente su oficio. Pero que no se enorgullezcan por la sede, sino que piensen en la carga de que tendrán que dar cuenta. Nadie sabe si aman o no su asiento, pues es un problema de corazón y no admite otro juez que a Dios. Pero el Señor prevenía a los suyos para que no cayeran en esa falta que llama también «fermento» de los fariseos y saduceos, que era su mala doctrina (Mt 16,6-12)... Amaban lo temporal y en cuanto a lo eterno ni temían los males ni amaban los bienes. Con el corazón cerrado, no podían entender lo que el Señor les preguntaba (Serm. 91,5,5). 539. Hay superiores que presumen del título de pastores, pero rehusan cumplir el oficio. Por eso, nos amonesta a todos el profeta Ezequiel... (2) Nadie se llama pastor para apacentarse a sí mismo, sino para apacentar a las ovejas. A los que se apacientan a sí mismos dice el Apóstol:

todos buscan lo que es suyo, no lo que es de Cristo (Flp 2,21). Pues bien, somos cristianos y somos superiores, lo primero en beneficio nuestro y lo segundo en beneficio vuestro. El camino del subdito es más fácil porque lleva una carga más ligera. Nosotros, en cambio, tenemos que dar cuenta de una administración. No sabemos ni el día del juicio ni el último de nuestra vida, pero, si queremos estar seguros, tenemos que atender a vuestra utilidad y no a la nuestra (cf. Serm. 46,1,1). 540. Se habla de buen pastor en singular, no porque falten muchos buenos pastores, sino para recomendar la unidad, porque todos ellos son uno en Cristo. Dios nos libre de decir que faltan pastores buenos. Pero atended: si hay buenas ovejas, hay buenos pastores, pues los buenos pastores se hacen de las buenas ovejas. Pero en todos ellos es Cristo quien apacienta. Por eso le dijo a Pedro: apacienta mis ovejas (cf. Serm. 46,13,30). 541. Si los pastores guiamos con temor y tememos por las ovejas, ellas deben temer por sí mismas. A nosotros atañe la preocupación, a vosotros la obediencia; a nosotros la vigilancia pastoral, a vosotros la humildad de las ovejas. Aunque parece que os hablamos desde un lugar eminente, por el temor estamos a vuestros pies; sabemos que hay que dar estrecha cuenta de este lugar {Serm. 146,1,1). 542. Cuantos más años pasan, más siento la preocupación por la cuenta que he de dar de vosotros. Por eso mi carga es más pesada que la vuestra. Aunque si la llevo bien, me reportará mayor gloria, como si la llevo mal agravará mi castigo. ¿Y qué puedo hacer sino exponeros mi peligro para que seáis mi gozo? Dios, bajo cuya mirada

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hablo y aun pienso, sabe que no me deleitan las alabanzas populares, pero me preocupa la vida de los que me alaban. No quiero que me alaben los que viven mal, lo aborrezco y lo detesto, pero mentiría si digo que no quiero que me alaben los que viven bien. No quiero ni perderme en la presunción ni ser ingrato con mis oyentes... (2,2) Y por eso nos han leído la profecía de Ezequiel (Ez 33,9)... (3,4) Ayudadme a llevar la carga, llevándola conmigo. Nadie me ganaría en el deseo de vivir la seguridad contemplativa. Nada hay mejor, nada más dulce que ir considerando el divino tesoro, sin ruidos extraños. Eso es dulce, eso es bueno. Pero el predicar, argüir, castigar, edificar, preocuparse por cada uno de vosotros es gran carga, gran molestia, gran fatiga. ¿Quién no rehusará este trabajo? Pero el evangelio amenaza, al hablarnos del siervo inútil (Le 19,21). Como el siervo respondió a su Señor, así algunos me dicen: «pierdes el tiempo con ése: no te escucha». Y él añade: «no quiero poner el dinero a interés para conservarlo». Pero el Señor sentencia: el interés lo pido yo: Yo te encargué de negociar, no del interés... (5,6) Y pues nuestra vida es un viaje, será bueno trabajar un breve tiempo en el camino para poder llegar felizmente al eterno gozo de la patria (cf. Serm. 339,1,1). 543. Cuando llega este aniversario de mi consagración, mi cargo vuelve a ponerse ante mis ojos, como si cada año tuviera que comenzar. Y temo que me guste más el peligro que corro, que el beneficio que os consigo. Ayudadme con vuestras oraciones para que Dios se digne llevar la carga conmigo. Cuando oráis por mí, oráis también por vosotros, ya que mi carga sois precisamente vosotros. Orad por mí como yo oro y así vosotros seréis una carga ligera. Porque

el Señor Jesús no hubiera llamado ligera a la carga si no la llevase con los que la llevan. Del mismo modo, vosotros soportadme a mí y así llevaremos recíprocamente nuestras cargas y cumpliremos la ley de Cristo (cf. Ga 6,2)... Para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano. Lo primero es el título de cargo recibido, lo segundo es obra de la gracia; lo primero anuncia el peligro, lo segundo la salud... (6)... Oremos, pues, juntos, carísimos para que mi episcopado sea provechoso para mí y para vosotros {Serm. 340,1). 3. Compadeced al superior. Desde el Concilio Vaticano II ha cambiado tanto el carácter de la relación entre subditos y superiores, que estos son dignos de compasión a los ojos humanos. El oficio ha quedado subordinado a la función y la función es ardua y compleja, heroica. Siempre fue difícil ser un buen superior, pero ahora esa dificultad salta a los ojos. El es responsable, el responsable, de que todas las prescripciones de la Regla se verifiquen con el espíritu cristiano y de que las infracciones no se multipliquen en una atmósfera de negligencia y abandono. Entre las cualidades fundamentales del superior hay que contar el espíritu de arrastre que implica el ser un modelo y ejemplar para que todos los religiosos puedan meditar: sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo (1 Co 4,16; 11,1). Y eso implica un fuerte atractivo, una capacidad de irradiación, una habilidad para infundir el entusiasmo propio e interior, una gracia para presentar el ideal religioso, en fin todas las cualidades de un modelo. Pero no se trata de un modelo exterior, creado para figurar en una exposición, sino que, según el espíritu agustiniano, se trata de un padre y pastor, tanto en el

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terreno de la doctrina como en el de la disciplina. El factor personal tiene una enorme influencia, pero la función se sobrepone a él. Un buen superior es, no el que cumple los mandamientos, sino el que promueve y potencia su comunidad. Si se ha dicho que la escuela es el maestro y que el ejército es el general, podría decirse que el monasterio es el superior, pero la función del superior ha de sobreponerse a sus dotes personales. Todo esto crea hoy en los subditos un nuevo «espíritu de subordinación», que solía estar muy descuidado. No basta aprobar al superior, sino que es preciso admirarlo, como se hace con un modelo. Al principio de admiración sigue el principio de imitación, como la sombra al cuerpo. Imitamos lo que admiramos. Si la palabra mueve, el ejemplo arrastra a la imitación: Forma factus gregis (1 P 5,3). Pero ya vimos que los superiores deben practicar en justicia una larga serie de obligaciones: corregir, consolar, animar, tolerar, amonestar, castigar, excomulgar y expulsar. San Agustín aplica el cuadro apostólico al superior monástico, ya que para él el monasterio es un órgano y una función eclesiástica. Lo cual implica atender al carácter de cada subdito y a las condiciones y circunstancias de la comunidad. Los cánones jurídicos no resuelven el gobierno espiritual que es interior y libre. De poco servirá la disciplina externa, si la intención del religioso no ve dirigida hacia Dios. Como diría san Agustín, hay una observancia recta o virtuosa y una observancia que es un espléndido vicio. El superior ha de adentrarse en la conciencia del subdito más que las leyes. Corregir siempre sería tan equivocado como disculpar siempre. No sólo cada persona, sino también cada caso y cada circunstancia piden su propia norma.

544. Te agradezco indeciblemente el que hayas permitido que Alipio se quede al frente de nuestra comunidad para que sirva de ejemplo a los religiosos, ahora que yo tengo que dejarlos (cf. Carta 22,1,1). 545. No puedo adularte. Te haré mejor servicio reprendiéndote con sinceridad, con sana y caritativa sinceridad. Si antes me congratulaba de que llevabas a muchos hacia Dios, ahora lamento que los estás alejando de él... (2) Ni siquiera tus enemigos debieran encontrar nada malo que reprender en ti. Esto te lo digo también para descargo de mi conciencia. Ya sé que tienes corazón; pero el corazón, que es buen guía cuando vive del cielo, no sirve para nada cuando se apega a la tierra. La prelacia no debe ser una estratagema para disfrutar de la vida (cf. Carta 85,1). 546. Yo tengo que plantar y regar, mientras Dios da el incremento. Es preciso corregir a los inquietos, consolar a los pusilánimes, agasajar a los enfermos, argüir a los contradictores, desenmascarar a los emboscados, enseñar a los ignorantes, estimular a los perezosos, cohibir a los pendencieros, humillar a los soberbios, aplacar a los iracundos, ayudar a los necesitados, libertar a los oprimidos, aplaudir a los buenos, tolerar a los malos, amarlos a todos... (339,3,4) ¡Oh! Entregarse a la contemplación es agradable. Pero predicar, reprender, corregir, edificar, preocuparse por cada uno, ¡qué carga es, qué peso y qué trabajo! Si yo mirase a mi interés podría decir: ¿qué necesidad tengo de ser una carga para otros o de andar siempre corrigiendo? Pero me aterra el Evangelio, que condena al que enterró su talento (cf. Serm. 340,1). 547. Es Jesucristo quien edifica su casa. Son muchos los que trabajan en la edificación y construcción, pero si Cris-

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to no edifica, en vano trabajan los alhamíes (Sal 126,1). ¿Quiénes son esos albañiles? Todos los que en la Iglesia predican la palabra de Dios, y los ministros de los sacramentos de Dios. Todos corremos, trabajamos, construimos y antes de nosotros otros corrieron, trabajaron y construyeron, pero si el Señor no edifica la casa en vano trabajan los albañiles. Nosotros trabajamos desde fuera, Dios edifica, amonesta, aterroriza, ilumina, nos inclina a la fe; sin embargo, también nosotros construimos como obreros... (3) Y la casa de Dios o ciudad de Dios es el pueblo de Dios, como dice el Apóstol: porque es santo el templo de Dios que sois vosotros (1 Co 3,17). Jerusalen tiene sus vigilantes en la construcción. Los obispos realizan esa función. Se les ha colocado en una eminencia para que puedan supervisar y guardar el pueblo. El término griego obispo (episcopos) significa supervisor (superintentor), porque vela desde su altura. Así como al guarda de la viña se le coloca en la colina para vigilar, así se coloca a los obispos. Tiene que rendir cuenta de ese lugar eminente y peligroso, a no ser que de corazón se coloque humildemente a vuestros pies y rece por vosotros para que guarde vuestros pensamientos el que los conoce. ¿Cómo podemos guardarlos nosotros, que no sólo no vemos vuestra mente, pero ni siquiera vuestra casa? Os guardamos, pues, en cuanto hombres, en cuanto podemos, en cuanto nos permite. Pero no por eso quedáis sin vigilancia, pues os guarda también Cristo, el cual nos guarda también a los pastores. Él nos guarda a todos... (4) Y por eso sigue diciendo el salmo: es inútil que madruguéis antes de la luz (cf. Com. Sal. 126,2). 548. Montes en derredor suyo (Sal 124,2). Los montes son los predicadores de la verdad. (7) A veces son injustos

los que dominan a los justos, alcanzan los honores seculares y son nombrados jueces o reyes o dignidades. Esto lo permite Dios para educar a su pueblo y es necesario tributarles el honor debido a su dignidad. Como ejemplo voy a citaros un sólo caso: el amo, que es un hombre, domina al esclavo, que es otro hombre. Supongamos que eres esclavo y tienes como señor a un hombre: seguramente no te has hecho cristiano para librarte de la servidumbre, pues obedeces a Cristo por encima de tu amo. Y san Pablo no da la libertad a los esclavos, sino que de esclavos malos quiere hacer esclavo buenos. (Ef 6,5). Eso que digo de la relación de amo a esclavo, entiéndase de todas las potestades y dignidades de este siglo. A veces son buenas, a veces no lo son. A Juliano el Apóstata le obedecían los soldados cristianos en el terreno del mando, pero no le obedecían cuando les mandaba adorar a los ídolos: sabían bien distinguir entre el Señor eterno y el señor temporal... (8) Hay buenos y malos superiores, como hay buenos y malos subditos, pero no siempre será así... (4) La Escritura se refiere con frecuencia a esos montes buenos que rodean a Sión, pero no quiere que depositemos nuestra confianza en los montes. Miramos a estos, porque de lo alto nos viene el auxilio del Señor (cf. Sal 120,1)... (5) Hay también montes malos, que son algunos hombres malos, pero grandes. Donato, Maximiano, Fotino, Arrio eran grandes hombres. Tú ama a aquellos montes en los que está el Señor, y entonces esos montes te amarán a ti (cf. Com. Sal. 124,4). 549. Canta el cántico de los grados aquel que asciende, no aquel que desciende. Recordadlo. No améis las bajadas, sino pensar en las subidas. El que bajaba de Jerusalen a Jericó cayó en manos de los salteadores. Si no hubiese

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bajado, no hubiese caído. Eso le aconteció también a Adán y Adán somos todos. Pasaron el sacerdote y el levita y se encogieron de hombros, ya que la Ley no puede curar. Pero pasó también el samaritano, esto es, Cristo. Pues bien, samaritano significa guarda, vigilante. Pasó y no se encogió de hombros: nos curó, nos montó en el asno, en su propia carne; nos trajo a la posada, esto es, a la Iglesia; nos recomendó al posadero, esto es, al Apóstol, y nos dejó de reserva dos denarios, el amor de Dios y el del prójimo (Le 10,30-37). Y todavía el posadero, el Apóstol, añadió algo más: trabajó con sus manos, renunciando al estipendio que le correspondía cobrar a los civiles como soldado de Cristo (cf. Com. Sal. 125,15). 550. Hay pastores que buscan el servicio de Cristo y los hay que buscan los honores e intereses temporales. Siempre habrá ambas categorías hasta el día del juicio y ya los había en los tiempos apostólicos (2 Co 11,26)... (3) A nosotros nos toca reunir, a él le tocará un día separar... (4) Pero aunque haya ahora buenos pastores y los imitemos, no pongamos nuestra esperanza en ellos, cuando cumplen su ministerio..., (6) sino más bien en el Señor, con cuya sangre fueron redimidas las ovejas... (7) Por lo cual te exhorto, señora e hija mía en Cristo, a que mantengas tu fidelidad y no te escandalices (cf. Carta 208,2; cf. también Carta 249). 551. Servid al Señor con alegría (Sal 99,2). Parece que toda servidumbre ha de ser amarga, pues vemos que por lo general los siervos obedecen murmurando. Pero no tengáis miedo al servicio de Dios: en él no se llora, ni se murmura, ni se desespera. Es dulce pensar en el precio de nuestro rescate y eso basta para que no pensemos en cambiar de amo. Grande felicidad es, hermanos míos, morar en esta

casa como siervos, aunque sea con grillos en las manos. No temas, siervo aherrojado, y confiesa al Señor. Tus esposas se han de convertir en ajorcas; tu esclavitud es libre ante Dios, pues sirves por amor. Si la verdad te hizo libre, hágate esclavo la caridad. Eres libre y esclavo a la vez porque te ha atado las manos libres el amor. No murmures como un esclavo mísero, no pretendas manumitirte ni huir de la casa de tu Señor (cf. Com. Sal. 99,7). 552. El hermano Timoteo se resistía a aceptar mi voluntad, alegando que había jurado no apartarse de ti. Al fin ha cedido y me ha contestado lo que debe contestar un siervo de Dios, a saber: que está dispuesto a acatar cualquiera orden que yo le dé de acuerdo contigo. Envíame, pues, por escrito tu voluntad: nosotros que, al parecer, somos más fuertes, hemos de llevar la carga de los más débiles, según el precepto del Apóstol (cf. Carta 62,2). 4. Amad al superior. Siempre vemos y decimos que el método agustiniano de reflexión consiste en acercarse respetuosamente a la casuística externa y social para reducirla a la interioridad. Así se buscan en la interioridad los principios que dan sentido y valor a las obras, que, como todo lo humano, tienen su aspecto externo e interno. Pero luego san Agustín recurre a los primeros principios, a esa sindéresis que siempre le tiene a maltraer para buscar en ella una jerarquía. Y ya se sabe que su último principio ha de ser inevitablemente la unidad, y que ésta se consigue por la caridad o por el amor. Y en este terreno de la relación entre subditos y superiores no podría acaecer otro tipo de reflexión. Pero para facilitar el recurso y el ejercicio que se ter-

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mina en el amor, recuerda el santo que la severidad es un mal sistema de gobierno, una máscara de autoridad. Es verdad que distingue entre el temor servil y el temor amoroso, pero la severidad suele comportar sólo un amor servil, y entonces el cumplimiento de la ley se convierte en un mero expediente, en el que se oculta y envuelve una mala voluntad. Un superior puede lograr que se cumpla por cumplimiento, pero las intenciones, que preocupan a san Agustín, quedan fuera del alcance del superior. Este puede hacerse temer, pero ¿logrará hacerse amar? Quizá el superior duerme tranquilo en su presunción, mientras los corazones religiosos andan alborotados. La unión de corazones, el afán de superación y de entusiasmo en el servicio de Dios, el amor personal a Jesucristo, todo eso que es la vida religiosa se marchita mientras el superior duerme tranquilo en su presunción. El padre se ha convertido en un guardia, y el monasterio en un cuartel. ¿Y qué diremos cuando las imprudencias y el celo amargo del superior provocan la rebeldía desatada o siembran el descontento, que es lo que cabe esperar de esa filosofía de la severidad y del mando a distancia? El abismo se ahonda y ensancha entre la autoridad y la obediencia, y los subditos comienzan a hablar de tiranía. El superior severo ya no mira al bien de los subditos, sino (en el mejor de los casos, q u e es el de la ignorancia) a tranquilizar su propia conciencia, o a aumentar sus méritos a expensas de los rebeldes. Pero la clave es otra, es el amor. Si el superior no ama, los subditos lo descubrirán pronto y se crearán un mal concepto de la autoridad. Esa autoridad no está en los galones y en los nombramientos externos, sino en el valor que los subditos dan a la autoridad, pues buscan y desean la autoridad, p e r o una autoridad auténtica e interna, un superior sabio, prudente y virtuoso, y no un superior cargado d e galones y nombramientos. Y entonces es

fácil ejercitar el espíritu de fe y ver a Dios en el superior; p e r o eso es bien difícil frente a un superior agrio e irritante. R e p e t i d a m e n t e dice san Agustín que no hay que servir al superior, sino a Dios; que no hay que poner la esperanza e n el superior, sino en Dios. Pero ese superior no d e b e ser tampoco una m e r a t r a n s p a r e n c i a , un cristal a t r a v é s del cual vemos a Dios, ejercitando el espíritu de fe. Hay que ver al superior como tal, antes de ver a Dios en él. En este sentido hablamos de la incapacidad de los superiores. Los superiores competentes y edificantes comienzan por amar a los subditos, como principio de su gobierno, y, en justa reciprocidad, despiertan en los subditos una capacidad de correspondencia amorosa. Y entonces se logra el ideal, que es la unidad por la caridad. La severidad tiene muchas maneras de manifestarse. Unas veces aparece en los castigos, represiones, críticas y actitud general de reproche. O t r a s veces se manifiesta en la reserva frente a la virtud, regateando el estímulo de la aprobación, manifestando una extraña ausencia de simpatía, una displicencia inmotivada. Hay quien cree que alabar es fomentar la vanidad y que vituperar es fomentar la humildad. Pero en todo caso habría que pensar en la estrechez mental o en la tiranía, o en el caciquismo. En cambio, si trasladamos nuestra reflexión al campo del amor todo es claro y sencillo. Y en estos tiempos en que los superiores tienen que dar pruebas de una virtud varonil, no deberemos contentarnos con compadecerlos. T e n e m o s la obligación de amarlos ante Dios, comenzando por nuestras oraciones. Y además, t e n e m o s la obligación de manifestarles ese amor discreto y digno que sirve de estímulo al hombre que lleva muchas de nuestras cargas. Y, finalmente, tenemos la obligación de demostrar con nuest r a o b s e r v a n c i a y b u e n a s obras la f ó r m u l a q u e

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constantemente repite san Agustín a su pueblo: «vosotros sois mi corona». La obligación del subdito con el superior la resume san Agustín en el amor, pues tiene que orar por él, imitarlo si es bueno, imitar a Cristo si es malo, y colaborar con él en todo, sobre todo demostrando en su conducta el agradecimiento amoroso que debe al superior. 553. ¿Quién planta una viña y no come de su fruto? ¿O quién apacienta el rebaño y no se alimenta de la leche de las ovejas? (2 Co 9,7). Vemos que los prepósitos tienen derecho al sustento temporal que han de suministrarles los fieles... (2,4) Pablo, pues, renunciaba a su derecho al buscarse el sustento con el trabajo manual. Cuando los fieles le ayudaron, dio las gracias y alabó sobre todo la buena disposición de amor, del mismo modo que promovió el apostolado de las limosnas para los santos de Jerusalén... (2,5) Eso significa que si algunos pastores no pueden sustentarse por sí mismos, tienen derecho a alimentarse del rebaño, pero cuidando de las debilidades del rebaño. No han de buscar su propia comodidad para que no parezca que sirven al evangelio por la necesidad de su penuria. Cuando enciendes un velón en tu casa, sin duda le pones aceite para que arda y alumbre; pero, si poniéndole el aceite, no alumbra, no merece ser colocado en lugar visible, sino en la trastera: por eso reprende Ezequiel a los malos pastores, porque utilizaban la leche y la lana de las ovejas, pero no las cuidaban con diligencia: buscaban su interés, no el de Jesucristo (Flp 2,21). (3,6) En la leche y la lana quedan simbolizados el alimento y el honor. Eso es lo que buscan los malos pastores, que se apacientan a sí mismos. Con la lana cubrimos su desnudez. Porque el pastor es como vosotros, carnal,

mortal: come, duerme, camina, ha nacido y tiene que morir. No es más que un hombre. Y cuando tú le honras como si fuese un ángel, cubres su desnudez. (3,7) Pablo, al recordar que le habían recibido como a un ángel, no dice: «Yo tengo ya la leche y la lana y ¿qué me importa lo demás? Cada cual que se las arregle como pueda». Si hubiese hablado así le diríamos: «¿ya estás satisfecho, si cada cual se las arregla como pueda? No te pondremos al frente del pueblo, sino como uno más en el pueblo»... (3,8) Por lo tanto, yo no puedo deciros: «vivid a vuestro talante, que estáis seguros; retened la fe cristiana y Dios no condenará a nadie; no condenará a los que redimió, pues derramó por ellos su sangre. Si queréis correr a los espectáculos y extasiaros en ellos, id enhorabuena, ¿qué hay de malo en eso? Y celebrad con bailes y comidas estas fiestas que llamamos leticias. Grande es la misericordia de Dios y todo lo perdona. Coronaos de rosas, antes de se que marchiten (Sb 2,8). Celebrad banquetes en la casa de vuestro Dios. Llenaos de comida y de vino con vuestros amigos. Dios ofrece estas criaturas para que disfrutéis de ellas. ¿Es que las dio sólo para los paganos y no también para vosotros?». Si yo hablase así, sin duda reuniría a las turbas, aunque pudiera ofender a unos pocos. Pero si hablase así, no predicaría la palabra de Dios o de Cristo, sino la mía, y sería un pastor que se apacienta a si mismo... (4,9) Ezequiel insiste en los malos pastores: no sólo olvidan las ovejas débiles y enfermas, sino que degüellan las ovejas lozanas y sanas, en lo que pueden, ya que les dan mal ejemplo con su mala vida. Por algo decía san Pablo: da ejemplo de buenas obras delante de todos (Tt 2,7) y también: sé modelo para los fieles (1 Tm 4,12). Si la oveja loza-

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na pierde su contemplación de Dios y atiende a su superior, se dirá: «Si mi prepósito vive así, ¿quién soy yo para no hacer lo mismo?». Y entonces el prepósito degüella la oveja lozana; y más aún las ovejas más menesterosas. Y no se tranquilice el prepósito, porque las ovejas sean fuertes, a su pesar. La oveja no ha muerto, pero él, por su parte, es ya homicida. Así como el lascivo que desea a la mujer ajena es adúltero, aunque ella sea casta, así el que da mal ejemplo a sus subordinados es homicida, aunque nadie muera (cf. Serm. 46,2,3). 554. Mis ovejas oyen mi voz y me siguen (Jn 10,27). (13,30) Por aquí sé que todos los buenos pastores se reúnen en uno. No faltan buenos pastores, pero todos son uno. Son muchos los que están divididos: aquí sólo hay uno porque se predica la unidad. En el mismo Pedro recomendó ya la unidad: los apóstoles eran muchos, pero sólo a Pedro se le dice: apacienta mis ovejas (Jn 21,16.17). Así, pues, todos los buenos pastores son uno. Cuando ellos apacientan, es Cristo el que apacienta; la voz es la de Cristo, la caridad es la de Cristo. Por eso, al encomendar a Pedro las ovejas, como a su representante, primero le interroga: ¿Me amas? Y Pedro responde: Te amo (Jn 21,16.17). Tres veces se repiten la pregunta y la respuesta. Se confirma la caridad y se consolida la unidad. Y esto es apacentar para Cristo, en Cristo y con Cristo, no fuera de Cristo. De este modo, las ovejas siguen a su pastor, no a este o a aquel, sino al Pastor, oyen su voz y le siguen. Y ya veis por qué podéis oir la voz de Cristo y seguirle, cuando escucháis a vuestros pastores... (14,34) No tendrás excusa si dices: «Yo no lo sabía, nunca lo vi, nunca lo oí». Ahí está la Iglesia, ahí está el pueblo de Cristo; mira tú, si eres oveja,.. (14,35)

mira si escuchas la voz del Pastor o el aullido del lobo... (15,35) También los pastores donatistas dicen: «sea así, pero también nosotros ofrecemos la voz del Pastor». ¿Mas, dónde está su caridad, su unión con el mundo entero? (cf. Serm. 46,12,29). 555. Somos pueblo de su pastizal y ovejas de sus manos (Sal 94,7). Los pastores humanos no hicieron las ovejas, no las crearon. Dios, el creador y hacedor, se procuró las ovejas que tiene y apacienta. Nosotros, aunque somos pastores, oímos con temor, no sólo lo que se dice a los pastores, sino también lo que se dice a las ovejas. Al ser cristianos y prepósitos, somos ovejas y pastores... (3,4) Lo que nos interesa es oir la voz del Pastor... (9,12) Hay sujetos que nos injurian y ante ellos nos basta nuestra conciencia. Pero aun entre aquellos a quienes deseamos agradar, no buscamos nuestra propia gloria, ni debemos buscarla; buscamos la salud de las ovejas. Si nuestra conducta es buena, no yerran al seguirnos; son imitadores nuestros, como nosotros lo somos de Cristo (1 Co 4,16). Si nosotros no imitamos a Cristo, las ovejas deberán imitarlo a él. Porque él es quien está con todos los buenos pastores y apacienta con ellos, como único pastor. Cuando queremos agradaros no buscamos nuestra utilidad, sino la vuestra... (9,14) Pero ni a nosotros ni a vosotros basta la buena conciencia, sino que tenemos que dar ejemplo de buena vida. No sea que al apacentarnos en el pastizal del Señor, comamos la buena hierba, bebamos el agua limpia, pero enturbiemos y manchemos lo que han de comer y beber los demás (cf. Serm. 47,1,1).

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CAPITULO DÉCIMO SEXTO

LA HERMOSURA ESPIRITUAL (Regla VHL48)

Al terminar la Regla de san Agustín, nos asaltan diferentes impresiones. La primera es la renuncia absoluta y radical a ordenar la materia de la Regla. Todos los ensayos encaminados a estructurarla, y no han sido pocos, incluidos los nuestros, nos parecen ahora una puerilidad testaruda: la Regla carece de orden sistemático o lógico y parece redactada por, o a petición de, un espíritu práctico y teórico, que conoce la experiencia de los monasterios fundados por san Agustín. La segunda impresión es que la Regla ha sido redactada por un autor o varios autores que no viven en el monasterio ni viven sus observancias: son normas que se dan a los monjes por alguna autoridad que quiere subsanar el que esas normas no se hayan dado antes, que desea subsanar una omisión que se advierte en los monasterios. La tercera es la coincidencia de la Regla con la doctrina de san Agustín en casi todas sus dimensiones. El autor o autores de la Regla conocen perfectamente la doctrina agustiniana y saben dónde hallar unas normas doctrinales apropiadas para los monasterios, para la vida espiritual y para su estado «de perfección». Y no sólo conocen y recogen la doctrina, sino también el espíritu, pues indudablemente profesan a estas normas un cariño y un amor aprendidos en la escuela de san Agustín. La cuarta impresión es que

la Regla se mantiene todavía en el horizonte del Imperio romano. Es todavía una regla imperial, no una regla tribal, como las que aparecerán a continuación bajo la influencia de los pueblos nórdicos, empezando por la llamada Regla de san Benito de Nursia, la de san Cesáreo o la de san Isidoro de Sevilla. Pero todas estas impresiones parciales se reúnen en la impresión general de la coincidencia entre san Agustín y el autor o autores de la Regla, por esa coincidencia en las formas y en el espíritu, con ligeras excepciones, sin duda coyunturales. En todo caso, la Regla termina como comenzó. Comenzaba exhortando a los monjes a recibir una observancia preceptuada por quien tenía autoridad para imponerla. Y se termina con una exhortación en forma de oración: «quiera el Señor que observéis todo esto con amor». El comienzo decía: «Esto es lo que mandamos para que lo observéis los que vivís ahí en el monasterio». La correspondencia es perfecta entre el autor o autores de la Regla y los monjes del monasterio. Es evidente que a lo largo de los capítulos de la Regla se hallan notables coincidencias de forma y espíritu con algunos libros, como por ejemplo: El orden, La dimensión del alma, Las costumbres de la Iglesia, El sermón del Señor en la montaña y El trabajo de los monjes. Pero esa coincidencia significa tan sólo que para la Regla se han aprovechado los libros «morales», buscando una «moralidad de la vida monástica». Y, al hablar así, vuelven a asaltarnos diferentes impresiones. En primer lugar, la Regla debiera recibir su sentido y su valor dentro de una doctrina agustiniana más amplia y profunda, ya que la Regla se mantiene en el plano moral y necesita raíces y horizontes dogmáticos y transcendentes. En segundo lugar, la Regla necesita un encuadramiento histórico preciso: como tal Regla se mantiene en un plano jurídico, más bien que eclesiástico; pero

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¿quién podrá entender las continuas insistencias y reiteraciones de san Agustín, si no conoce la contienda donatista y los argumentos de caridad y de unidad que el santo sacó de esa contienda y aplicó a la vida monástica? En tercer lugar, la Regla necesita desmitificarse en un sentido concreto: por lo general y atendiendo a la tradición posterior, una Regla tiene sentido y valor técnicos, está escrita en un marco concreto y establece una organización tecnocrática, propia de los pueblos del norte, separando bien a los monjes de los laicos. En la Regla de san Agustín no acontece eso. Quizá, al principio de su carrera, san Agustín podría haber escrito una regla tecnocrática y específica para religiosos. Pero más tarde y especialmente a partir de su pontificado, vio con claridad que la vida monástica ni puede ni debe separarse de la vida cristiana corriente, sino que debe integrarse en ella, como un aspecto de ella. El monasterio es un órgano de la iglesia local, un seminario, principalmente, y también una academia de lucha y de propaganda, de oración, de recogimiento, de vida cristiana ejemplar y pura. En lugar de buscar una clausura, san Agustín busca un comercio de amor (commertium caritatis), que una a los monjes y a los laicos. Un monasterio autosuficiente o autárquico, sería para él un monasterio al margen del cristianismo, o al margen de la Iglesia, extraño al evangelio o, en todo caso, un cenáculo de vida contemplativa y filosófica, no inquietada por la caridad cristiana. Una vez que san Agustín llegó al pontificado, los monasterios eran para él «eclesiásticos», no sólo en cuanto que los monjes asistían con los laicos a sus sermones y conferencias, sino también en cuanto que la doctrina técnica del monacato era cada día menor. Y esto es lo que demuestra palpablemente este libro. La Regla es, como sí dijéramos, un eco, una filia vocis, a veces lejano de las doctrinas vivas y apologéticas que san

Agustín predicaba públicamente a los cristianos. Y esto nos demuestra asimismo esa facilidad con que san Agustín pasó del monje laico al monje sacerdote, convirtiendo a todo el clero de su diócesis en monjes, como hubiera convertido a todo el clero católico en un monacato, si hubiera podido. Por eso fue el fundador de los seminarios, al ofrecer el monasterio local como seminario local. Pero fue todavía más adelante, al fundar en su propio domicilio una congregación de los que pronto serían «Canónigos regulares», que con el obispo constituían la Junta episcopal. Porque eso significa, igualmente, que si san Agustín hubiera podido, hubiera convertido en monjes a todos los obispos, obligándoles a la pobreza absoluta, a la castidad absoluta y a una vida de cultura y habilidad, propia de dirigentes católicos. Ni en su tiempo ni más tarde podía el mundo católico aceptar un sistema tan rígido y tan evangélico como el que soñaba idealmente san Agustín. Pero el ideal quedaba ahí como una antorcha inextinguible. ¿Cuál no hubiera sido su sorpresa si hubiese oído hablar a los católicos de «estados de perfección», según el evangelio, bajo la argumentación de que en todos los estados pueden darse casos de perfección moral? Multiplicar estados de perfección es lo mismo que negar todo estado de perfección. Volveremos a hablar sobre esto en el epílogo, ya que vivimos realmente un crisis radical del monacato. En todo caso, la Regla queda aquí, igualmente, como una antorcha encendida para iluminar la noche de la crisis venidera. En este último capítulo, la Regla pide al Señor en su oración que cumplamos las «observancias» con amor, es decir, como «amadores de la belleza espiritual», cuya buena conducta «trasciende el buen olor de Cristo» (83 cuest. 36,2 PL 40,25-26). Esa belleza espiritual ha de interpretarse dentro de la relación

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entre acción y contemplación, y más concretamente en la relación entre «filosofía» y «caridad». Es empeño inútil insistir en el aspecto filosófico, como lo hiciera Nebridio cuando vio cómo san Agustín evolucionaba despegándose de la filosofía contemplativa para entregarse a la caridad cristiana. Hablar de un «anacoretismo» en san Agustín es negarle. En todo caso, la belleza espiritual sería escatológica, cuando veamos a Dios cara a cara, mientras que la vida monástica y cristiana es una perpetua tentación, una lucha incesante, en la que cada día repetimos: Perdónanos nuestras ofensas, como nosotros perdonamos (Mt 6,12). Los que se empeñan en presentar a san Agustín como un filósofo, son como aquellos que tanto le alababan, y cuyas alabanzas él rechazaba con lástima. 1. Amadores de la belleza espiritual. Como todos los conceptos fundamentales del hombre, éste de la belleza sufrió una evolución en el pensamiento agustiniano. Por brevedad, diremos que en su madurez la belleza es un valor y como tal tiene dos caras: la subjetiva, a priori, y la objetiva, experimental o empírica. Nadie vería objetos bellos si no tuviera una disposición para percibirlos, una «idoneidad», como nadie vería objetos sexuales, si careciera de sexualidad o de instinto sexual. Pero tampoco se verificaría el valor con una mera subjetividad, como no habría sexualidad actual sin objetos sexuales. Naturalmente las zonas o regiones a que puede aplicarse esa doctrina son muy variadas. San Agustín rechaza con pasión el dualismo metafísico y para él todas las criaturas son «criaturas», es decir, son buenas y bellas y verdaderas y justas y cabales, como creadas por Dios. Sin embargo, una cosa es la pura realidad y otra cosa es esa misma realidad iluminada

por el valor belleza. Por eso una cosa es la contemplación realista y otra la contemplación o intuición estética, lógica, económica, jurídica, comercial, etc. Dentro de la contemplación estética caben muchos aspectos y niveles: tenemos, por ejemplo, la simple belleza de los ojos, que es buena para los ojos. Pero como en el hombre concreto se reúnen todos los valores, unos habrán de subordinarse a los otros para que haya orden. Los ojos no pueden luchar contra las manos, ni contra la razón, ni contra el destino del alma, ni contra Dios. Esto es obvio. Habrá, pues, tipos de belleza que son malos, que son ruinosos, caros, antieconómicos, antiespirituales, corrosivos, contagiosos, escandalosos, blasfemos, necios, bestiales, zafios; y los habrá delicados, espirituales, justos, poéticos, ideales, santos, espirituales, divinos. La Regla pide a Dios que el monje obre como un «amador de la belleza espiritual», y ya se sabe que san Agustín buscará una interpretación de este problema en la Biblia. ¿Qué es para la Biblia la belleza espiritual? San Agustín registrará los textos y analizará el contenido, interpretándolo dentro de su propio sistema religioso. En cuanto al buen olor de Cristo, ya sabemos que san Agustín se refiere siempre a la conducta cristiana, que sirve de ejemplo a los demás. Nadie debe contentarse con su propia conciencia, sino que todos deben saber que su conducta es contagiosa, y que, cuando obran el bien como cristianos o como religiosos, difunden el buen olor de Cristo recordando una fórmula de san Pablo (cf. 2 Co 2,1416). Sería pueril recurrir a Platón o a Pitágoras para hablar de la belleza espiritual cuando los textos paulinos son tan clamorosos. Como siempre, san Agustín contemplará la belleza desde el punto de vista de la interioridad o subjetividad, y entonces y por referencia a Dios, distinguirá entre la belleza verdadera o recta y la falsa o viciosa,

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entre la maravillosa belleza espiritual y la irónica belleza de Babilonia. Resulta interesante ese contraste por el que san Agustín admira la creación y encuentra en ella los vestigios de Dios y la ironía de esa belleza babilónica. 556. Y tú me dices: «¿Y qué tengo que hacer? Mira, santo obispo, he escuchado tus exhortaciones, me he sometido a tu consejo, no he despreciado el mandato del Señor, he repartido a los pobres lo que tenía y comparto lo que tengo con los indigentes. ¿Qué más puedo hacer?». Te queda algo, tu misma persona. Tú eres lo principal y eso falta, tienes que agregarte a tus cosas. ¿Has cumplido el consejo de tu Señor? - «Sí, me contestas, ya lo cumplí». ¿Por qué mientes? No lo has cumplido entero. Cumpliste una parte y dejaste la otra sin tocar. Mira lo que mandaba: ve, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres. Pero al llegar aquí no despidió al joven. Para que no creyese que perdía lo que daba a los pobres, le dio seguridades diciendo: y pondrás un tesoro en el cielo. ¿Es que ya bastaba eso? No ¿Qué faltaba? Ven y sigúeme (Mt 19,21). Era como decirle: ¿amas y quieres seguir al que amas? Ha corrido, ha volado, busca por dónde. - «Pues no sé por dónde». ¡Oh cristiano!, ¿no sabes por dónde ha caminado tu Señor? ¿Quieres que yo te diga por dónde has de seguirle? Por las angosturas, por los oprobios, por las falsas imputaciones, por los salivazos, bofetadas, azotes, corona de espinas, cruz y muerte. ¿Te sientes indolente? Yo te he mostrado el camino, y tú me dices: «ese camino es áspero y ¿quién podía seguirlo?». ¡Avergüénzate, bárbaro, avergüénzate! Te llamas varón (yir), de virtud (virtus). Le han seguido las

mujeres, y hoy celebramos el martirio de dos de ellas (Felicidad y Perpetua) y de las mujeres de los mártires suburbitanos. El Señor nuestro, vuestro y de ellas, pasó primero por el camino estrecho áspero y lo dejó enlosado, seguro, garantizado (Serm. 345,6). 557. Debemos considerar como enemigos, no sólo a los que nos critican desde el exterior, sino también a los que parecen estar dentro y están fuera. Aman al mundo y por ende son malos. Buscan en nosotros lo que ellos aman y nos envidian esa prosperidad, que es para nosotros un lazo. En cambio ignoran, porque no la han gustado, nuestra felicidad interior... (2,3) Y ya que veo que los religiosos, que tenéis un compromiso más elevado en el Cuerpo de Cristo, habéis acudido en mayor número, os tengo que exhortar. Porque los malos y los envidiosos critican vuestra conciencia y su dentellada debe servir de prueba. Porque, si por la profesión de continencia buscamos la alabanza humana, desfallecemos ante la calumnia. Tú eres un casto siervo de Dios, pero el mundo sospecha que eres impúdico y te muerde y reprende y se deleita morbosamente cuando te calumnian. Al sujeto malévolo le sabe dulce la mala sospecha. Pero, si tú quisiste abrazar la continencia buscando la alabanza humana, desfalleces y lo pierdes todo si te calumnian... (3,3) En cambio, si te basta tu conciencia (2 Co 1,12), se te aumenta el premio... (4,4) Pero no olvides que en el Cuerpo de Cristo, aunque tú tengas el lugar más elevado, entran también los casados y, si eres soberbio, serás peor que un casado humilde (cf. Serm. 354,2,2). 558. Venid a mí los que estáis fatigados (Mt 11,29). ¿Por qué estamos fatigados, sino porque somos mortales, frágiles, débiles, vasijas de loza que recíprocamente se amena-

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zan? Pero si se rozan las vasijas de carne, ampliemos los espacios de la caridad. ¿Por qué dice venid a mí los que estáis fatigados, sino para que no os fatiguéis? Por eso ofrece la promesa: Yo os aliviaré. (1,2) Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí, no a fabricar el mundo, a crear todo lo visible y lo invisible, a hacer maravillas en el mundo y a resucitar a los muertos, sino que soy manso y humilde de corazón. ¿Quieres ser grande? Comienza desde lo ínfimo. ¿Piensas en construir un edificio de extraordinaria altura? Calcula primero el cimiento de la humildad. Y cuanto más alta haya de ser tu fábrica, tanto más profundos has de cavar los cimientos. Cuando se edifica, el edificio sube hacia lo alto; en cambio, cuando se cimienta, se baja hacia lo profundo. Luego la fábrica antes de destacarse es humillada y después de la humillación es elevada. (2,3) ¿Y hasta dónde ha de llegar la altura del edificio? Lo digo pronto: hasta la vista de Dios (Serm. 69,1,1). 559. Venid a mí... Mi yugo es suave (Mt 11,28-30). Cuando se mira a la experiencia, esto parece una ironía. No parece que Cristo llame del trabajo al descanso, sino del descanso al trabajo. Parece que debiera decir: «Venid a mí todos los descansados para trabajar»... (2,2) Y la respuesta es que el Espíritu Santo suaviza todo lo áspero y desgrava todo lo pesado... (3,3) Los que no aman creen que los trabajos son duros, pero los amantes los consideran leves. San Pablo enumera sus trabajos gravísimos (2 Co 6,4; 11,24-28). Y, sin embargo, dice: no hay proporción entre los padecimientos temporales y la gloria que se revelará en nosotros (Rm 8,18). Ya veis aquí por qué el yugo es suave y la carga ligera. Lo que es duro para el fatigado es dulce para el amador. El hombre interior, ya no bajo la

ley, sino bajo la gracia, queda dispensado de las innumerables y pesadas observancias que constituían el yugo pesado, que correspondía a gentes de dura cerviz. Este yugo es suave para la fe sencilla, la esperanza buena, la caridad santa. Nada hay más fácil para la buena voluntad que el soportarse a sí misma, y esto es lo que Dios pide (cf. Serm. 70,1,1). 560. Para conocer una realidad basta saber que es así o no es así; pero para juzgarla, suponemos que podría ser de otro modo, y así decimos: debe ser así o debió ser así, o deberá ser así. Y esto es lo que verifican los artistas en sus obras. (32,59) Para muchos la complacencia humana es ya el fin, y no pasan a un plano superior, preguntándose por qué agradan esas cosas visibles. Supongamos, por ejemplo, que me encuentro con un artista o un arquitecto que construye un monumento. Ha construido un arco y va ya construyendo otro igual en la parte correspondiente del monumento. Yo le pregunto por qué hace eso. Creo que me responderá que las partes del edificio han de corresponderse orgánicamente. Si yo vuelvo a preguntarle por qué, me dirá que eso es lo conveniente, lo hermoso, lo que deleita a los que contemplan el monumento. Y no osará decirme más. Se detiene en los ojos y no entiende de qué depende la complacencia sensorial. Pero yo buscaré un sujeto que tenga ojos interiores para preguntarle por qué agradan las cosas hermosas y le daré indicaciones para que emita un juicio sobre la misma delectación humana. Le preguntaré primero si las cosas son hermosas porque agradan o agradan porque son hermosas. Sin duda me contestara que agradan porque son hermosas. Le preguntaré entonces por qué son hermosas, y seguramente me contes-

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tara que porque sus partes correspondientes son semejantes y se organizan en cierta unidad conveniente; si vacila, yo le ayudaré a buscar esa contestación. (32,60) [Pero entonces le preguntaré dónde ve él esa unidad a la que todas las cosas aspiran para acercarse más o menos a ella, sin alcanzar nunca la perfección. Le seguiré preguntando dónde ve y cómo ve esa unidad, pues es indudable que la ve, al hablar como habla para juzgar como juzga. Por tanto hay que pasar de la hermosura sensorial a la hermosura espiritual] (Verd. religión 31,58). 561. Las tres concupiscencias fundamentales, la libido, el orgullo y la curiosidad, nos desvían de contemplar la verdadera belleza. Pero no dejan de hacernos recordar esa belleza originaria. Y así toda la belleza mundana nos lleva por sí misma hacia Dios, pues está ordenada a un fin últir mo y único. La bondad divina, que llega desde la sumo hasta lo ínfimo, no recela de ninguna hermosura, pues todas proceden de él. El que pierde la vista de la hermosura superior, es recogido por la contemplación de la belleza inferior. Si buscas el origen del placer corporal, hallarás que es una conveniencia, y lo que necesitas es reconocer la suprema conveniencia. No vayas afuera, regresa a tu interior; en el hombre interior habita la verdad. Y si ves que tu naturaleza es mudable, transciéndete a ti mismo y busca esa luz en que enciende tu propia razón. Esa luz es eterna, es la misma Verdad. En ella reside la conveniencia suprema (Verd. religión 39,72). 562. ¿Qué es lo que se alaba en los cuerpos? No veo otra cosa que la hermosura. ¿Y qué es la hermosura corporal? La congruencia de sus partes con una cierta suavidad en el color. Pero, ¿esa forma dónde es mejor o verdadera y

dónde es falsa? Sin duda es mejor donde es verdadera, esto es, en el alma. Por consiguiente hay que amar el alma más que el cuerpo (Carta 3,4). 563. Nadie podrá ver el rostro de Dios, esto es, la revelación de su Sabiduría y vivir. Porque esa es la hermosura, por cuya contemplación suspira toda criatura que pretende amar a Dios de todo corazón; a esa contemplación ayuda el amar al prójimo como a sí mismo. Mientras peregrinamos lejos del Señor y caminamos por la fe, no por la visión (2 Co 5,6) podemos contemplar por la fe la espalda de Cristo, esto es, su carne (cf. Trinidad 2,17,28). 564. Este sacramento, este sacrificio, este sacerdote, este Dios nos fue enviado, nacido de mujer. Pero antes se había anunciado la aparición de uno que sería la salud de todos. Por nuestras iniquidades e impiedad nos habíamos hecho añicos y esparcido todos, apegándonos a mil objetos. Por eso convenía que a una señal e imperio de Dios misericordioso, todas las cosas múltiples aclamasen al Uno, que venía; que las cosas múltiples clamasen al Uno,* que había venido. Así era necesario que, despegándonos de los mil objetos, nos reuniésemos en el Uno, y que, siendo pecadores y mortales, amásemos al Uno, que sin pecado murió en la carne por nosotros; que, creyendo en el Resucitado y resucitando espiritualmente en él por la fe, fuésemos justificados en el Uno justo, hechos Uno; que no desesperásemos de resucitar en la carne, viendo que el Uno, Cabeza nuestra, ha precedido a sus miembros; que, purificados ahora por él mediante la fe, y reintegrados luego por él mediante la visión, reconciliados por el Mediador, nos adhiriésemos al Uno, gozásemos del Uno y permaneciésemos en el Uno (cf. Trinidad 4,7,11).

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565. Contempla, si puedes, oh alma apegada al cuerpo corruptible, cargada de tantos y tan variados pensamientos terrenos, contémplalo, si puedes: Dios es la Verdad... (3,4) Vuelve a contemplarlo, si puedes. No puedes amar sino lo bueno, lo hermoso. Buena y hermosa es la tierra con las alturas de sus montes, la templanza de sus colinas, la llanura de sus campos; buena es la vega, amena y fértil; buena es la casa, dispuesta en partes correspondientes, amplia, luminosa; buenos son los cuerpos animales y animados y bueno es el aire templado y saludable; buena es la comida suave y conveniente para la salud, y buena es la salud sin dolores ni achaques; bueno es el rostro humano con sus dos partes equilibradas, iluminado por la sonrisa, coloreado con brillantez; bueno es el temple del amigo, por la dulzura de su acuerdo con nosotros y la fidelidad del amor; bueno es el varón justo; buenas son las riquezas; bueno es el cielo con su sol, luna y estrellas; buenos son los ángeles en su santa obediencia; bueno es el lenguaje que nos informa suavemente, que nos amonesta oportunamente, y bueno es el poema armonioso, grave, con sus números y sentencias. ¿Y para qué insisto más y más? Bueno es esto y bueno es lo otro. Pero quita esto y lo otro y contempla el Bien mismo, si puedes. Así verás a Dios, no bueno por participación, sino bien de todo bien. Porque en todas cosas que he citado, o que pueden citarse o pensarse, no podríamos decir que unas son mejores que otras, sino llevásemos impresas la noción misma del bien. Según ella aprobamos, nos complacemos y preferimos unas cosas a otras. Así ha de ser amado Dios, pues no es esta cosa buena o la otra cosa buena, sino el mismo Bien... Cuando hablan de un «alma buena», distingo dos cosas: «alma» y

«buena». El alma es alma porque fue creada, ya que no se hizo a sí misma; pero para ser «buena» tuvo que intervenir su voluntad, [volviéndose hacia el Bien, que tampoco es ella. Volverse hacia el Bien es amarlo, apetecerlo, tratar de conseguirlo... (3,5) Por eso ninguna cosa mudable sería buena, si no existiera el Bien inmutable. Las cosas son buenas por participación, y por eso te invito a contemplar el Bien mismo por cuya participación son buenas todas las cosas. Contemplar ese Bien es contemplar a Dios. Y si te adhieres a él por el amor, quedarás beatificado. Es vergonzoso que si se aman las cosas buenas porque son buenas, no se ame al Bien mismo de cuya participación son buenas. Ese no está lejos de cada uno de nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y somos (Hch 17,27)] {Trinidad 8,2,3). 566. ¿Dónde reconocen la felicidad, sino donde reconocen la verdad? La aman sin duda, pues no quieren ser engañados. Pero al amar la felicidad, que es el gozo de la verdad, aman también la verdad, y no la amarían si no tuvieran una noticia de ella impresa en la memoria. Pues ¿por qué no gozaban?, ¿por qué no son felices? Porque están ocupados más reciamente por otras cosas que los hacen míseros... (23,34) Y entonces aman la verdad que los ilumina, pero la odian en cuanto les hace ver su propia falsedad. El alma humana, como un ciego y paralítico, torpe e indecorosa, trata de ocultarse, pero no quiere que se le oculte nada. Y acontece entonces al revés, que la verdad la descubre y desenmascara, y se esconde a sus ojos... (24,35) Y he aquí como he encontrado a Dios en mi propia memoria, o mejor dicho, (26,37) en ti mismo, oh Verdad, cuya noticia está impresa en mi memoria... (27,38) ¡Tarde te amé, oh hermosura tan antigua y tan nueva! ¡Tarde te

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amé! Y ¡qué extraño! Estabas dentro y yo fuera, y yo te buscaba fuera. Yo, deforme, me apegaba a estas cosas bien formadas que tú hiciste. Estabas conmigo y yo no estaba contigo. Me retenían lejos de ti esas cosas que no existirían, si no se sustentasen en ti. Me llamaste, me gritaste, rompiste mi sordera; brillaste, resplandeciste y disipaste mi ceguera. Exhalaste tu fragancia y aspiré tu aire y sigo anhelando hacia ti. Gusté y sentí hambre y sed de ti. Me tocaste y me inflamaste en tu paz (Conf. 10,23,33). 567. [Este salmo cuarenta y cuatro se dedica a los esponsales de Cristo y de la Iglesia]. Suelen los escolásticos escribir epitalamios en estas ocasiones. Tenemos, pues, aquí la unión nupcial del Verbo y de la carne y el tálamo de esta unión es el seno de la Virgen. La Iglesia fue recogida del género humano para que fuese cabeza de la Iglesia la misma carne unida al Verbo y todos los creyentes fuesen miembros de esa Cabeza. Alégrese la esposa, amada por Dios. ¿Cuándo la amó? Cuando todavía era fea la amó para que dejase de serlo. Le quitó la fealdad y le dio la hermosura. Se había dicho de Cristo le contemplamos y no había en él hermosura ni vistosidad (Is 53,2), pero el profeta hablaba como representante del pueblo judío. En cambio, cuando el Verbo se hizo carne, los inteligentes descubren una gran hermosura; pero no hay contradicción. En cierto sentido Cristo no tiene hermosura ni vistosidad. Fue crucificado y se convirtió en escándalo para los judíos y estulticia para los gentiles. Pero de eso no sólo no te has de avergonzar, sino que te has de gloriar. Porque para nosotros los creyentes, el esposo es bello en todas partes. ¿Por qué tenía hermosura hasta en la cruz? Porque lo necio de Dios es más sabio que los hombres (1 Co 1,23). Cristo es,

pues, siempre hermoso para los creyentes. Es Dios hermoso, Verbo en Dios; hermoso en el seno de la Virgen, pues no perdió la divinidad al asumir la humanidad; hermoso al nacer como un niño siendo el Verbo; niño, lactante, llevado en brazos, le cantaban los cielos y los ángeles, una estrella guiaba a los magos hacia él, y le adoraban en un pesebre los pastores. Era, pues, hermoso en el cielo y hermoso en la tierra; hermoso en el seno y hermoso en brazos de su madre; hermoso en los milagros y hermoso en los azotes; hermoso cuando invitaba a vivir y hermoso cuando no temía la muerte; hermoso al entregar su alma y hermoso al recuperarla; hermoso en el madero, hermoso en el sepulcro, hermoso en el cielo. Oíd, pues, el cántico y que la debilidad de la carne no distraiga vuestros ojos del resplandor de su hermosura. La suprema y verdadera hermosura es la justicia: nunca descubrirás lo hermoso donde constates lo injusto; si Cristo es siempre justo, es siempre hermoso. Examinemos, pues, los ojos de la mente, según nos los presenta el profeta que comienza cantando: mi corazón ha eructado una hermosa palabra (Sal 44,1) (cf. Com. Sal. 44,3). 568. Vino Cristo a nosotros con la palabra de la gracia, con el ósculo de la gracia. ¿Hay algo más dulce que esta gracia? Bienaventurados aquellos cuyas culpas han sido perdonadas y cuyos pecados han sido ocultados (Sal 31,1). Si él hubiese venido como juez severo y no hubiese traído difundida en sus labios esta gracia, ¿quién podría esperar nada de su propia salvación? Grande es la gracia. ¿Y por qué la llamamos gracia? Porque es gratuita... (9) Por eso el profeta, eructó su palabra buena, dando a entender que no hay para el hombre nada superior que alabar a Dios. Lo

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uyo es agradarte por su hermosura, lo tuyo es alabarle con acción de gracias. Si tus obras no fueren alabanza de Dios, ya comenzaste a agradarte a ti mismo, hombre que se ama a sí mismo (2 Tm 3,2). Que tu obra sea alabanza de Dios y así tu corazón eructará palabras buenas. Devuelve lo suyo para que no obres como el hijo pródigo, antes bien se diga: estaba muerto y revivió; se había perdido y fue recuperado (Le 15,32) (cf. Com. Sal. 44,7). 2. El buen olor de Cristo. Al principio de su carrera, san Agustín, un poco trastornado por el júbilo entusiasta de la conversión, mantenía seguramente la apologética tradicional, ofreciendo como fundamentación su filosofía platónica. Dando por supuesto que la verdadera causa de una conversión es la gracia divina en general, presentaba como motivos inmediatos los que le habían preocupado a él: la fe en la Biblia y los milagros del cristianismo, ya expuestos en la misma Biblia, ya narrados en la tradición cristiana e incluso en la experiencia de Milán. Pero pronto, de un modo consciente o inconsciente, fue invirtiendo el orden de los términos. Comprendió que su conversión dependía inmediatamente de los motivos personales. ¿Qué hubiera sido de él sin su madre Mónica, sin san Ambrosio, sin los amigos de Milán, sin Simpliciano y Ponticiano, sin las historias sobre los monjes, sin el ambiente de la basílica cristiana asediada por las tropas imperiales al servicio del arrianismo? Y entonces comenzó a delinear una teoría de la propaganda. La propaganda es el primer motivo de conversión, de que se sirve la gracia divina. ¿Pero que es la propaganda? San Agustín examinó varios aspectos. Ante todo, se trata de la propaganda de la verdad: nada

hay tan atractivo e irresistible como la pura verdad. Es, pues, necesario exponer ante los hombres la pura y sencilla verdad, si queremos atraerlos hacia Dios, porque nada desea el hombre tanto como la verdad. Muestras al muchacho un puñado de avellanas y lo atraes; muestras a la oveja un puñado de hierba y la atraes; muestras al hombre la verdad y lo atraes. Desde ese momento, san Agustín, se convirtió en propagandista, ya de palabra, ya por escrito, y continúa siendo en la Iglesia el gran propagandista. Pronto concretó esta doctrina en otra teoría complementaria que aprovechaba una fórmula bíblica, la de los carbones devastadores (carbones vastatores). Poner los buenos ejemplos, ya a la vista, ya a la consideración del malo y del vacilante, es arrojar sobre su cabeza carbones encendidos, ascuas devastadoras. Los buenos ejemplos, las bellas acciones arrastran a la admiración y luego a la imitación. Exempla trahunt. De ese modo, aprovechó al máximo la doctrina evangélica del buen ejemplo: haced vuestras buenas obras delante de los hombres, ya que nadie enciende una luz para ocultarla bajo un celemín. ¿Y qué es toda esa propaganda? Es el buen olor de Cristo, la buena fama. No basta la propia conciencia, que nos justifica ante Dios, sino que es necesario la misericordia con el prójimo ofreciéndole la fragancia de Cristo, atrayéndole a Cristo. Toda esta doctrina es general como siempre, y su aplicación al monacato tuvo en este caso mucha importancia, ya que se sentía en cierto modo responsable de haber introducido en África del Norte el monacato, y quería extenderlo por todo el país, urgiendo como primera medida el que los mismos monjes fuesen el buen olor de Cristo. Es la fragancia que mareaba a la esposa del Cantar de los cantares (Ct 1,3), porque esa fragancia es la del amor.

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569. Cuando se trata de la verdad, hay que utilizar la diligencia y la piedad: la primera para encontrar a los que nos la ofrezcan, y la segunda para merecer verla. (2) Pero ya que los maniqueos se valen de dos atractivos para conducir a los incautos, el primero ridiculizando la Biblia y el segundo una imagen de vida casta y continencia memorable, este libro mío presentará la doctrina católica acerca de la conducta y de las costumbres (Costumbres 1,1,1). 570. Tú me dices: ¿cómo creeré espontáneamente, si soy traído? Y yo te respondo: eres traído, no sólo por la voluntad, sino también por la voluptad. ¿Qué significa ser traído por la voluptad? Gózate en el Señor y te concederá lo que te pide tu corazón (Sal 36,4). Hay una cierta voluptad o dulzura del corazón para la que es delicioso el pan celeste. El poeta pudo decir: a cada cual le trae su afición (VIRGILIO, Égloga 2), no la necesidad, sino la voluptad; no la obligación, sino la delectación. Pues con cuánta mayor razón debemos decir que es traído a Cristo el hombre a quien deleita la verdad, deleita la felicidad, deleita la justicia y deleita la vida eterna, todo lo cual es Cristo. ¿Acaso los sentidos corporales tendrán sus placeres y el alma no tendrás los suyos? Si el alma carece de placeres, ¿por qué se dijo: los hijos de los hombres esperan al amparo de tus alas; se embriagarán de las delicias de tu casa y beberán del torrente de tu dulzura; pues en ti está la fuente de la vida y en tu luz veremos la luz (Sal 35,9-10)? Preséntame un amante, y entenderá lo que te digo. Dame alguien que desee, que tenga hambre, que peregrine y tenga sed en esta soledad y que anhele hacia la fuente de la eterna patria. Preséntame uno tal; ese sabe lo que digo. Pero si estoy hablando a un pasmado, no sabe lo que le digo... (5)

Pero, ¿por qué digo que el Padre trae al hombre hacia el Hijo? Si hemos de ser traídos, seámoslo por aquel a quien decía cierta enamorada: correremos tras la fragancia de tus bálsamos (Ct 1,4). Trae el Padre al hombre que cree en la verdadera relación entre el Padre y el Hijo. Arrio creyó que el Hijo era una criatura: no le trajo el Padre. ¿Qué dices, Arrio? ¿Qué hablas, hereje? No te ha traído el Padre. ¿Pues a quién trajo el Padre? Al que dijo: Tú eres Cristo, el hijo de Dios vivo (Mt 16,16). No como un profeta, no como Juan, no como un justo muy grande, sino como Cristo, el hijo del Dios vivo. Esta revelación era el tirón. Enseñas a la oveja un ramo verde y la atraes: es atraída hacia donde corre, es atraída amando, es atraída sin lesión del cuerpo, es atraída con el lazo del corazón. Igualmente muestras un puñado de avellanas a un muchacho y lo atraes. Si, pues, tiran de nosotros estas cosas terrenas que se descubren a los amantes, porque de verdad «a cada cual le arrastra su afición», ¿cómo nos atraerá el Padre al revelarnos a Cristo? ¿Hay algo que el alma desee con más ardor que la verdad? ¿Hacia dónde dirigirá sus fauces ávidas, sino hacia la fuente en que bebe la sabiduría, la justicia, la verdad, la eternidad? (cf. Trat. ev. Jn. 26,4). 571. Ponticiano comenzó a hablarnos de las comunidades monásticas y de las costumbres que expandían tu divina fragancia, y de las fértiles soledades del desierto, de todo lo cual nosotros no sabíamos nada. Había allí mismo en Milán un monasterio lleno de excelentes hermanos y mantenido por Ambrosio fuera de los muros de la ciudad. Y tampoco nosotros sabíamos nada. Escuchábamos en silencio... (7,16) Ponticiano seguía narrando, y tú, Señor, entre sus palabras me obligabas a volverme hacia mí

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mismo, poniéndome delante de mis propios ojos, aunque yo me resistía a mirarme. Me presentabas mi rostro para que viera cuan torpe era, cuan desfigurado y sórdido, manchado y ulcerado. Yo miraba y me horrorizaba, sin saber cómo huir de mí mismo. Cuando yo quería distraer la mirada, Ponticiano seguía narrando y tú volvías a recriminarme con mi vista... (7,18) Cuando Ponticiano terminó de hablar y se despidió, ¿qué cosas no me dije a mí mismo?... (8,19) Me volví hacia Alipio y gemí: «¿Qué es esto que aguantamos? ¿Qué es esto? ¿Qué es lo que acabas de oír? Se levantan los ignorantes y conquistan el cielo y nosotros, con todas nuestras teorías sin corazón, nos estamos revolcando en la carne y en la sangre. ¿Tendremos acaso vergüenza de seguirlos, y no la tenemos de no osar seguirlos?». No sé qué cosas semejantes dije (cf. Conf. 8,6,15). 572. Procuré aprovechar las vacaciones de la vendimia para retirarme oficialmente y no volver a vender mis enseñanzas. Este era nuestro consejo delante de ti, Señor, aunque ante los hombres sólo los nuestros estaban enterrados. Nos habíamos puesto de acuerdo en guardar el secreto, aunque íbamos subiendo del valle de lágrimas, cantando el cántico gradual (cf. Sal 83,6); nos habías clavado tus aceradas saetas y arrojado los carbones devastadores contra las lenguas venenosas (Sal 119,3-4). (3) Habías cauterizado nuestro corazón con tu amor y llevamos tus saetas, tus palabras, clavadas en las entrañas y también los ejemplos de tus siervos, a quienes habías vuelto blancos de negros y vivos de muertos (cf. Conf. 9,2,2). 573. Si tu enemigo tiene hambre dale de comer. Así amontonarás sobre tu cabeza ascuas encendidas (Pr 25,2122; Rm 12,20). La frase puede tener un sentido peyorativo

y otro saludable. La caridad deberá inclinarte hacia la beneficencia, entendiendo que esos carbones encendidos son gemidos de penitencia que cauterizan porque curan la soberbia de aquel que se duele de haberse mostrado enemigo del hombre, que ahora le socorre, devolviendo bien por mal (Doctr. cristiana 3,16,24). 574. Caerán sobre ellos carbones encendidos (Sal 139,11). ¿Qué son estos carbones encendidos? Parece que los hay de dos clases, pues contra la lengua taimada se dice: saetas aceradas de valiente con carbones devastadores (Sal 119,4). Son, pues, palabras de Dios que traspasan el corazón, limpian la herrumbre y encienden el amor. Pero hay otras que son los ejemplos de hombres que estaban muertos y revivieron, que estaban negros y se volvieron resplandecientes. Los carbones simbolizan las tinieblas, como lo muestra su color; pero cuando los penetra la llama de la caridad, dirá el Apóstol: antes fuisteis tinieblas y ahora sois luz en el Señor (Ef 5,8). Estos son, hermanos, los carbones que contemplamos cuando intentamos cambiar de vida, tocados por la saeta del Señor, y tratan de impedirlo las lenguas taimadas, que dicen: «si prometes, no podrás cumplir». Entonces contemplamos esos carbones: el que antes era borracho, ahora es sobrio; el que era adúltero, ahora es casto; el que ayer era ladrón, hoy es limosnero: todos ellos son carbones encendidos. Y estos ejemplos de los carbones se aplican a nuestra llaga. Y digo llaga, pues gime la esposa: llagada estoy por el amor (Ct 2,5). Y entonces se produce un incendio como de heno. El heno se consume, pero se purifica el oro y el hombre cambia de la muerte a la vida y comienza a ser él también un ascua encendida. Uno de ellos era el Apóstol, quien dice:

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para algunos somos olor de muerte que mata y para otros somos olor de vida que vivifica (2 Co 2,16) (cf. Com. Sal. 139,14). 575. ¿Qué oponer a las lenguas taimadas? El salmo coloca delante las saetas aceradas de valiente (Sal 119,4), que son las palabras de Dios. El las arroja y traspasan los corazones y el amor despierta. Dios lanza con estilo bellísimo las saetas que encienden el amor; pero sus palabras no detienen las lenguas taimadas. No bastan, pues, las palabras, sino que son necesarios los ejemplos. Y esos ejemplos son carbones devastadores. La lengua taimada sugiere: «Mira que no vas a poder cumplir; lo que pretendes es demasiado para ti». Y tú, que ya has recibido la saeta del precepto evangélico, no tienes aun los carbones devastadores. Pero quizá Dios comienza a sugerirte: «si tú no puedes, ¿cómo pudo aquel? ¿O cómo puede éste? ¿Eres tú más delicado que aquel senador? ¿Eres más débil que esas mujeres? ¿Pueden las mujeres y no pueden los varones? ¿Pudieron los ricos delicados y no podrán los pobres?» Y quizá tú repliques: «es que yo soy un gran pecador, he pecado mucho». Pero comienzan a contarte los que pecaron mucho y luego amaron mucho más (Le 7,47). Y así, cuando te van dando los nombres, el fuego se aplica a la saeta y la llaga del amor lo supera todo, y se produce la desolación, la devastación. Se abrasa la mala fronda, los pensamientos carnales, los amores mundanos y queda limpio el solar para que Dios levante su edificio. El edificio es Cristo. Oyes a veces a los que se admiran y dicen: «Yo le conocí, era un perfecto borracho, un malvado, un fanático del circo y del anfiteatro, tramposo». No te admires, es un carbón; antes estaba apagado y ahora está encendido; apli-

ca ese ejemplo a los que están muertos o vacilan (cf. Com. Sal. 119, 5). 576. No soy desvergonzado cuando os ruego, os pido y suplico que os dignéis venir a África, que sufre más por la sed de tales hombres, que por su famosa sequedad. (5) Bien sabe Dios que no se trata sólo de mi deseo, o el de aquellos que os han conocido por su información o por la fama, sino también de aquellos que han oído, o no creen lo que han oído, pero que se alegrarán, al comprobarlo todo con vuestra presencia corporal. Aunque vuestra conducta sea santa y misericordiosa, anhelamos que vuestras obras reluzcan ante los hombres de nuestro país para que glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos (Mt 5,16). Si el joven del evangelio se fue triste, porque tenía muchas riquezas, ¿no es admirable que otros más ricos han desdeñado en nuestro tiempo sus riquezas por seguir al Señor? (cf. Carta 31,4). 577. Has de atender ante todo a tu conciencia, como Susana y como José ante la tentación. Pero, como a veces surgen falsas sospechas, deberás tener, no sólo una buena vida, sino también una fama ilesa. La pureza guarda tu vida para que no sea dañada; pero la buena fama defenderá a los demás para no incurrir en falsas sospechas, o quizá en pecado, al juzgar temerariamente lo que no ven. Así el profeta Daniel, o mejor dicho, Dios por medio de Daniel, liberó a Susana de la muerte, y a los demás de las falsa sospechas y de la condenación de una mujer inocente (cf. Serm. 343,5). 578. Vivimos aquí con vosotros y para vosotros. Y es nuestra misión y nuestro propósito vivir en Cristo con

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vosotros perpetuamente. Creo que nuestro género de vida está patente a vuestros ojos; por eso, aunque seamos muy inferiores al Apóstol, podremos decir con él: sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo (1 Co 4,16). Por eso no quiero que alguno de los nuestros encuentre ocasión de mal vivir, pues, como dice el mismo Apóstol, administramos los bienes, no sólo delante de Dios, sino también delante de los hombres (2 Co 8,21). En beneficio nuestro, nos basta nuestra conciencia; en beneficio vuestro, debe mantenerse limpia nuestra fama entre vosotros. Fijaos en lo que os digo y distinguid. Son dos cosas diferentes la conciencia y la fama. La conciencia es para ti, la fama es para tu prójimo. El que, confiado en su conciencia, desprecia su fama, es cruel; en especial, si está colocado en alto como modelo, del que dice el Apóstol para que sea ejemplo de buenas obras delante de todos (Tt 2,7) (Serm. 355,1,1). 579. [María ungió los pies de Jesús y la casa se llenó de la fragancia del perfume (Jn 12,3)]. La casa se llena de fragancia, el mundo se llena de buena fama. El buen olor es la buena fama. Los que viven mal y se llaman cristianos, hacen injuria a Cristo, y así se dijo por ellos es blasfemado el nombre de Dios (Rm 2,24). Si por esos tales es el nombre de Dios blasfemado, por los buenos es el nombre de Dios glorificado. Escucha al Apóstol: somos buen olor de Cristo en todas partes (2 Co 2,15). Y así se dice en el Cantar de los cantares: perfume derramado es tu nombre (Ct 1,3). El Apóstol era un buen olor y, sin embargo, para unos era ocasión de vida y para otros ocasión de muerte. Felices los que viven con el buen olor, porque ¿hay mayor infelicidad que hallar la muerte en el buen olor?... (8) La fama de Pablo se había extendido por doquier: unos le

amaban y otros le envidiaban, como él mismo nos dice (cf. Flp 1,17). Pero aunque el envidioso muera con el buen olor, este sigue siendo buen olor... (9) También Judas Iscariote se escandalizó por el perfume de la Magdalena. ¡Ay de ti, desgraciado, pues te ha matado el buen olor! El evangelista explica que ya era malo, pues era ladrón de bienes públicos. Por eso le ocasionó la muerte el buen olor (cf. Trat. ev. Jn. 50,7). 580. Cuando las solteras gozan de esas delicias espirituales, deben proceder también con cautela, no sea que al liberarse de la lascivia, se empañe su fama por negligencia. No hay que escuchar a esos benditos varones y mujeres que, cuando son reprendidos de esa negligencia, responden que les basta su conciencia ante Dios. Desprecian la estimación humana, no sólo con imprudencia, sino también con crueldad: condenan el alma ajena, ya porque maldice el camino del Señor, sospechando que la vida de los santos es hipocresía, ya porque halla una ocasión de imitar, no lo que ve, sino lo malo que sospecha. Por ende, quien guarda su vida del pecado se hace bien a sí mismo; y quien guarda su buena fama, es misericordioso para los demás. Para nosotros es necesaria nuestra vida, para los demás nuestra fama. Aunque también esto redunda en nuestra utilidad... Y puesto que a pesar de todas las cautelas, pueden surgir maliciosos que tratan de empañar nuestra fama, nos queda siempre el consuelo de nuestra conciencia (Viudez 22,27). 581. ¡Oh siervos de Dios, soldados de Cristo!, ¿así disimuláis las asechanzas del astuto enemigo, que empañan vuestra buena fama, ese delicioso olor de Cristo para que las almas buenas no digan correremos tras la fragancia de

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tus perfumes (Ct 1,3)? Con esa estratagema, caen en sus lazos y encuentran la muerte en sus hedores (Trabajo 28,36). 582. Aromas son los santos y los mártires, y de ellos dice la Esposa: correremos tras la fragancia de tus perfumes (Ct 1,3). Sobre eso el Apóstol se considera como buen olor de Cristo. ¡Gran misterio! Pero ¿cómo es que ese buen olor vigoriza a unos y mata a otros? Es por ellos mismos. ¡Oh desgraciados, pues, los mata el buen olor! Porque es preciso ser idóneo para aprovechar el buen olor. ¡Que el mismo buen olor, Cristo, nos haga idóneos! Ese olor vigoriza a los amantes, mata a los envidiosos. Cuando se hizo patente la caridad de los santos, surgió la envidia de los impíos y el buen olor comenzó a padecer persecución, pero al romperse el frasco del perfume, se extendió más la fragancia. (6,6) Aquí tenemos el ejemplo de santa Inés, cuya pasión nos acaban de leer. ¿Podrán compararse a nuestros mártires esos héroes que ensalzaron los paganos? Sería una injuria sólo el pensarlo o decirlo. Frente a esta Inés, cordera fiel y cristiana, ¿qué vale Juno? Frente a un anciano débil y tembloroso, pero cristiano, ¿qué vale Hércules? Hércules venció a Caco, al león y al Cancerbero, pero el mártir Fructuoso venció al mundo entero. Compara un sujeto con el otro. Inés, una muchachita de trece años, venció al diablo. Esa muchachita venció a ese diablo, que se vale de Hércules para engañar a muchos (cf. Serm. 273,5,5). 3. Esclavos e hijos Los autores romanos y cristianos utilizan con frecuencia los predicados Pater et Dominus para desig-

nar a Dios, y afirman que tal es la concepción cristiana. Así lo vemos en Tertuliano, san Cipriano, Minucio Félix, Arnobio y sobre todo en Lactancio. No podía ser otra cosa en san Agustín, no ya sólo en el uso de los predicados dichos, sino también en la relación constante esclavos-hijos. El concepto de paterfamilias romano no es tan sólo un uso convencional, sino también una doctrina o teoría que corresponde a la sociedad romana. Si el mismo evangelio presenta a Dios como paterfamilias, era normal que los romanos tomaran ese calificativo como definición o doctrina de Dios. Esto tiene importancia para comprender la mentalidad romana, un tanto diferente a la nuestra. Porque el paterfamilias romano tiene la potestad absoluta de su casa, posee la patria potestas, que es potestas vitae et necis, de vida y muerte, que no admite competencia, y en cambio admite una cólera, una represión, castigo mayor o menor, hasta la pena de muerte. Los mismos romanos habían trasladado ese concepto al imperator, al que dotaban del imperium. Así el estado era concebido como familia y ésta se compone de hijos y esclavos. Por lo mismo la potestad del paterfamilias se divide en patria potestas y dominica potestas según se refiera a los hijos o a los esclavos. Dentro de esa doble función se multiplican, interpretan y entienden los calificativos y teorías: piedad, disciplina, diligencia, clemencia, severidad, etc. Al aplicarse a Dios la concepción del paterfamilias, le aplicamos la piedad como amor entre padres e hijos, y así sucesivamente. El derecho influye poderosamente en la religión. Esto tiene mucha importancia para comprender el concepto de Cristo Mediador dentro del derecho familiar, en cuanto define la relación Dios-Hombre. Así como en el paterfamilias se reúnen dos funciones: padre y señor (pater et dominus), así en Cristo se reúnen también dos funciones: hijo y siervo (filius et servus).

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Esto ha dado lugar a algunas confusiones en el uso del término persona, ya que los romanos entienden por personas los personajes, las funciones, y así dicen que en Dios se dan las dos personas, la del padre y la del señor, como en Cristo se darán las dos personas, la de hijo y la de siervo, o en otra forma se dirá que el Verbo asume la «persona humana», o bien que tenemos que amar a Dios, pues somos hijos, y temerle, pues somos siervos, etc. Es verdad que san Agustín, por su más amplia cultura, y por su constante lectura de la Biblia se muestra con cierta independencia frente a los autores romanos, por ejemplo, frente a Tertuliano, pero nunca abandona la fundamental concepción romana. Hoy nos resulta a veces difícil comprender bien un lenguaje en el que la familia romana, la esclavitud y el derecho de uso y abuso (ius utendi et abutendi) eran normas fundamentales. Pero la lectura y meditación de san Pablo vino a dar un curso nuevo a la concepción agustiniana. San Pablo ponía de manifiesto la necesidad de Cristo, no sólo para los gentiles, sino también para los judíos. De ese modo contraponía la ley a la gracia, que se convertía en contraposición del Nuevo Testamento al Viejo. Esto implicaba una doble evolución. Por un lado, el pueblo judío había desarrollado una teología de la gracia divina otorgada al pueblo elegido sin mérito alguno por parte de éste: la gracia divina era una limosna universal, y exigía que quien se gloría se gloríe en el Señor, pues todo lo ha recibido del Señor (cf. 1 Co 1,31). Por otro lado, el cristianismo al apoyarse en la encarnación del Verbo, llegaba a considerar la gracia divina como un don que convierte al hombre en hijo de Dios y coheredero de Cristo. El problema planteado sería: ¿somos hijos de Dios por ser coherederos o hermanos de Cristo, o viceversa? Este problema, que pudiera ser puramente teológico, se cruzaba en san Agustín con el problema de la

libertad humana, que le traía a mal traer desde su juventud maniquea. Era necesario aplicar una nueva doctrina paulina que podría enumerarse de este modo: a los que predestinó para ser conformes con la imagen de su Hijo los llamó, los justificó y los glorificó (Rm 8,29-30). Esta doctrina se cruzaba a su vez con la doctrina de la fe cristiana, según la cual Dios nos engendra por medio de su palabra, por medio de la fe: a los que le recibieron les dio la «exousía», el fuero de ser hijos de Dios: son los que creen en el nombre de él. No han nacido de sangre ni de voluntad carnal, ni de voluntad de hombre, sino de Dios... Y de su plenitud hemos recibido todos gracia sobre gracia. Porque la ley fue dada por Moisés, pero la gracia y la verdad se realizaron por Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: el Unigénito de Dios, que está en el seno del Padre, él lo ha contado (Jn 1,12.18). San Agustín se acoge a san Pablo para reunir las tres corrientes de teología, que comienzan a constituir una mística, y el monacato queda envuelto en esa evolución del pensamiento. De eso no habla la Regla, a no ser en su primer estadio, esto es, en cuanto que la ley se contrapone a la gracia: Pero quizá por eso mismo debiéramos insistir más en los estadios subsiguientes de la evolución de la gracia, en especial durante la controversia pelagiana. Porque se nos presenta una alternativa inevitable: o bien pasamos por alto las nuevas posturas de san Agustín y entonces falsificamos su pensamiento, ofreciendo un Agustín juvenil inmaduro que las Retractaciones nos condenará, o bien supliremos el silencio de la Regla, añadiendo por nuestra parte la gran teología madura del Santo. Y como disculpa para la Regla, alegaremos que en ésta se trataba sólo de «moral», de normas prácticas, o de un autor que no se interesaba por «diálogos en las nubes». Las controversias de los monjes de Adrumeto y la biografía de san Ful-

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gencio prueban que el monacato, lejos de perder importancia en la madurez de san Agustín, la cobró mucho mayor, pero ya no como heroísmo ascético, sino como meditación profunda de cristología. Y vosotros, ¿quién decís que soy Yo? (Mt 18,15). 583. Llamo caridad al amor que el amante tiene a cosas superiores a él mismo, es decir, eternas: Dios y el alma. Esa caridad es pura y perfecta, si no se aman otras cosas. Por esa caridad se ama a Dios, se subordina el alma a Dios y se ama al cuerpo por el alma. Veneno de la caridad es la esperanza de alcanzar y retener lo temporal; su progreso es la disminución de la codicia; su perfección, la ausencia de codicia. Su índice de progreso, la disminución del temor; su índice de perfección, la ausencia de temor. Porque la raíz de todos los males es la codicia (1 Tm 6,10) y la caridad perfecta expulsa el temor (1 Jn 4,18). Cuando todavía no deleita la hermosura de la virtud, hay que valerse del temor de Dios. Para infundir ese temor de Dios, medítese en la divina providencia; a veces con razones, que ya pueden sugerirnos el amor de la hermosura de la virtud; otras veces mediante ejemplos modernos o antiguos... (2) Cuando el hombre se va acostumbrando a no pecar, comienza a gustar la dulzura de la piedad y la hermosura de la virtud, de modo que la virtud de la caridad supera ya a la servidumbre del temor. En este caso, hay que inculcar la diferencia entre el hombre viejo, que atiende a la esfera carnal y temporal, y el hombre nuevo, que se atiene a lo espiritual y eterno: para esto sirve sobre todo el ejemplo del «hombre del Señor» (Cristo)... (3) En seguida hay que

dominar el apetito de alabanzas humanas y (4) finalmente la soberbia (cf. 83 cuest. 36,1). 584. El Apóstol nos propuso el ejemplo de la mujer bajo el dominio del marido para hablarnos del hombre bajo el dominio de la ley (Rm 7.8). La ley aumenta el pecado. Nos prohibe pecar, pero no nos libra del pecado, sino que el alma debe buscar la gracia del Liberador para liberarse del pecado. Por sí misma, la prohibición acrecienta el deseo de pecar. Pero esta ley es útil, ya que, al mostrar al alma su miseria, la induce a acudir a la gracia del Liberador. Al contar con la gracia, cumplimos espontáneamente y agradablemente lo que la ley nos impone onerosamente... (2) Esa gracia viene por la fe... (3) Así marcamos cuatro diferencias: antes de la ley, bajo la ley, bajo la gracia, en la paz... (6) La ley no podía liberar porque lo impedían las delectaciones carnales; por eso es necesaria la caridad, que con una delectación mayor de la justicia, supere la situación anterior (cf. 83 cuest. 66,1). 585. Con la gracia se nos da la potestad de ser hijos de Dios... (3) Esa gracia del conocimiento se da por méritos, ya que creyendo se adquiere el mérito; en cambio la gracia, que se da por la fe, no se da por méritos anteriores. Cristo murió por los pecadores para que seamos llamados sin méritos a la fe y luego con la fe adquirimos el mérito. Nos mandan creer para que nos purifiquemos de los pecados por la fe. No podemos tener conocimiento claro, si no vivimos rectamente, y no podemos vivir rectamente si no creemos. Por consiguiente hay que comenzar por la fe... (6) De poco sirve la voluntad humana, si Dios no tiene misericordia, pero Dios no tiene misericordia, si no precede la voluntad humana, cuando llama a la paz, ya que se

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ofrece la paz a los hombres de buena voluntad (Le 2,14). Sin embargo la vocación demuestra que también Dios colabora en nuestro querer (83 cuest. 68,2. Este pasaje, como algunos otros de esta época demuestra que san Agustín era todavía «pelagiano», «semipelagiano» o vacilante, pues pone como punto de partida la voluntad humana, ya en un querer, ya en un comienzo de fe [initium fidei], ya en fórmulas ambiguas. Durante la misma época, san Agustín comenta las cartas a los Romanos y a los Gálatas y en esos comentarios repite hasta la saciedad la fórmula de la Regla, de modo que ésta debiera ser interpretada en ese contexto, y no en el contexto de una gracia divina como principio salvífico para cada acción humana. Pero dejamos al margen ese cúmulo de citas y vamos directamente al san Agustín maduro, que comienza con el texto siguiente). 586. La intención del Apóstol es que nadie se gloríe, alegando mérito, pues entonces la gracia ya no sería gracia (Rm 11,6). Las obras no preceden, sino que siguen a la gracia, ya que nadie puede obrar bien, si no recibe la gracia por la fe. El hombre comienza a percibir la gracia cuando comienza a creer en Dios, movido a creer por una admonición interna o externa. Pero en este proceso hay una gradación. En algunos, por ejemplo en los catecúmenos, la gracia de la fe no basta para alcanzar el reino de los cielos. Hay unos indicios semejantes a la concepción, pero es preciso nacer y no basta con ser concebido... (6) No hay justos, sino justificados. No hay santos, sino santificados. No hay vivos, sino vivificados. La gracia, al llamar a la fe, justifica al impío. No hay, pues, méritos para que nadie se envanezca (Ef 2,9). La fe misma es ya un don de Dios... (9) Por eso el Apóstol remite en serio al interrogante: ¿Es que

hay iniquidad en Dios? (Rm 9,14). Porque eso es lo que pudiera parecer, lo que más impresiona. Y todo se termina diciendo: ¿qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido? (1 Co 4,7). Al decir todo, no deja nada (Simpliciano 1,2,2. San Agustín pensó más tarde que, al meditar el texto de 1 Co 4,7, recibió una luz de relámpago, una revelación que lo dejó anonadado para toda su vida frente al misterio de Dios y del hombre. Quedó preparado para hacer frente a Pelagio en los múltiples aspectos del pelagianismo y del semipelagianismo, que todos llevamos dentro en forma de «humanismos vergonzantes»). 587. El pueblo judío recibió la ley, pero no la observó: obraba por temor, no por amor. Llevaba a cuestas el salterio, pero no cantaba. El que canta goza, mientras que el que teme sufre. Por eso el hombre viejo, o no cumple, o cumple por temor, pero no por amor a la santidad, no por gozo de la castidad, de la templanza y de la caridad. El hombre viejo, por serlo, puede cantar el cántico viejo, no el nuevo. Para cantar el cántico nuevo hay que ser hombre nuevo, como dice el Apóstol: desnudaos del hombre viejo y vestios del nuevo; renunciando a la mentira, hablad verdad (Ef 4,22-24). Si antes amabais el siglo, amad ahora a Dios; si buscabais bagatelas inicuas, y gustos temporales, amad ahora al prójimo. Y si lo hacéis con amor, cantáis el cántico nuevo. Si lo hacéis por temor, lo hacéis sin duda, lleváis el salterio, pero no cantáis. Y si ni siquiera lo hacéis, habéis arrojado el mismo salterio. Mejor es llevarlo que tirarlo, pero mejor es cantar gozosamente que llevarlo penosamente. Y no se canta el cántico nuevo, sino cuando se canta gozosamente. El que lleva el salterio con temor,

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teme que venga Dios y le condene. Aún no le deleita la castidad o la justicia, sino que se abstiene de pecar por miedo al juicio de Dios. No condena esa concupiscencia que trabaja en él, no le deleita el bien, no siente gusto en cantar el cántico nuevo, no se pone de acuerdo con su advertencia en el camino. Simplemente teme el castigo en su vieja mentalidad... (8,9) Estos tales se dicen a veces: «Dios no debía amenazarnos, sino otorgar a todos el perdón antes de venir». Puesto que son inicuos, quieren un Dios inicuo. Dios quiere que seas semejante a él y tú te empeñas en que él se asemeje a ti. Dios ha de gustarte como él es, no como tú quieres que sea. Él es la regla a que has de acomodar tu corazón para que sea recto... (10,16) Cantad, pues, el cántico nuevo, y para ello sed hombres nuevos. Amad la justicia, que tiene su propia hermosura. Si no queréis contemplarla, es que amáis otras cosas. Y, sin embargo, la veis cuando se la exigís a los demás. Alabas la fidelidad, cuando se la exiges a tu esclavo. ¿Cómo no la ves para exigírtela a ti? ¡Qué hermosa es la fidelidad y cómo la alabas cuando se la exiges a tu esclavo! Por ella le alabas diciendo: «Tengo un esclavo maravilloso, un esclavo magnífico, un esclavo fiel». Pero lo que alabas en tu esclavo se lo niegas a Dios sirviéndole tú mismo. Mira lo que se dijo : lo que no quieras para ti, no lo hagas a otro (Tb 4,16), a Dios o al prójimo (cf. Serm. 9,7,8). 588. En los tres primeros mandamientos se recomienda el amor de Dios y en los otros siete el del prójimo. Medita la unidad, verdad y deleite del Señor. En efecto, hay un cierto deleite en el Señor, verdadero sábado, verdadero descanso. Por eso se dijo: deleítate en el Señor y te concederá lo que pide tu corazón (Sal 36,4). ¿Quién deleita tanto

como aquel que creó todas las cosas que deleitan? Toma el salterio y cumple la ley. Cumplirás por amor lo que no podías cumplir por temor. Quien no obra mal por temor, desearía obrarlo si se lo permitieran. Aunque no se lo permitan, la voluntad está perdida. El dice: «no realizo el mal». ¿Por qué? «Porque temo». No amas a la justicia, todavía eres esclavo. Sé hijo. De un buen siervo se hace un buen hijo. No cometas el mal por temor, mientras aprendes a dejarlo por amor. La justicia tiene su propia hermosura, su compostura; se ofrece a los ojos, enciende a sus amadores. Ahí tienes a los mártires que eran buenos amantes. ¿Acaso predico yo que no améis? Quien no ama está pasmado, helado. Hay que amar, pero a esa hermosura que se ofrece a los ojos del corazón y enciende el alma. Cuando vemos un anciano justo, nada hay hermoso en su cuerpo, y sin embargo todos le aman. Aman lo que no ven en él, o mejor dicho lo que ven en él con el corazón. Buscad ese deleite y que el amor os ayude a cumplir lo que es difícil cumplir por temor. ¿Y qué digo difícil? Es imposible. Cuando no se obra por amor, se desearía eliminar y suprimir el mandamiento. Comienzas a amar la justicia, cuando empiezas a renunciar al mal, aunque no haya castigo. Eso es amar la justicia... (7) ¡Qué gran hermosura tiene la Sabiduría de Dios! Por ella son hermosas todas las cosas que agradan a los ojos, aunque hay que purificar el corazón para contemplarlas y gustarlas. Nos confesamos amadores de ella; ella nos embellece para que no la desagrademos. Cuando alguien ama a una mujer, ella lo compone a su gusto y él no hace caso de las críticas ajenas. Quizá un varón grave le dice al adolescente lascivo: «qué mal te has arreglado el pelo, no es decente que te presentes con ese

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pelaje». Pero el joven sabe que ese pelaje agrada a su amada, y desprecia el juicio del prudente; le cree enemigo, porque denuncia su torpeza, y desdeña la regla de la justicia. Si nosotros queremos agradar a la Sabiduría de Dios, ¿qué nos importará la irrisión de los injustos, que son ciegos para ver lo que nosotros amamos?.. (8) Cantaremos, pues, el cántico nuevo. Canta, no con tu lengua, sino con tu vida; canta, pero canta bien, hermano. Si tuvieras que cantar ante un músico famoso, temerías hacerlo mal. Dios juzga, examina y escucha bien al cantor. ¿Qué harás para que tu canto sea perfecto? Él mismo te da la respuesta. No busques palabras, como si con ellas pudieras expresar lo que agrada a Dios, pues él dice: Canta en el júbilo (Sal 32,3). Cantar bien para Dios es cantar en el júbilo. ¿Y qué es eso? Comprender que no puede expresarse con palabras lo que se canta con el corazón. Los que cantan en la siega o en la vendimia o en otro trabajo placentero, excitados por las palabras de sus cánticos, comienzan a exultar de alegría, se sienten tan llenos de gozo, que ya no pueden expresarlo con palabras, y las dejan a un lado para entregarse a un murmullo de júbilo. El júbilo es un linaje de murmullo, que índica que el corazón está dando a luz lo que no se puede decir. Y, ¿a quién convendrá mejor este júbilo que a Dios, que es inefable? Se dice inefable lo que no puede expresarse. Por eso, si Dios es inefable y nosotros no debemos callarnos, ¿qué nos queda, sino el júbilo? Que el corazón se embriague sin palabras y que la inmensa anchura del gozo no encuentre los muros de las sílabas. ¡Cantad bien a Dios en el júbilo! (cf. Com. Sal. 32,11,1,6). 589. En vano se imagina que es vencedor del pecado quien no peca por temor al castigo. Aunque externamente

no ejecute el mal deseo, lo lleva dentro, agazapado como un enemigo en la asechanza. ¿Y quién podrá sentirse inocente ante Dios, si está dispuesto a conculcar la prohibición en cuanto se suprima el castigo? Quien desea ejecutar lo ilícito y no lo ejecuta porque no cuenta con la impunidad, es reo en su corazón. Querría eliminar esa justicia que castiga, y, si pudiera suprimirla, la suprimiría. ¿Cómo será justo, si es enemigo de la justicia, si está pronto para eliminar sus órdenes y eludir sus castigos? Quien no peca por temor al infierno, no teme propiamente pecar, sino arder. Teme pecar el que teme al pecado como al mismo infierno, pero este es ya un temor casto... [Amigo de la justicia es el que no peca, porque ama; este sí que teme de veras pecar, porque (5) tanto odia uno el pecado en cuanto ama la justicia] {Carta 145,4). 590. Si tu caridad fuera perfecta, no temerías el día del juicio, porque sería perfecta tu justicia y desearías la venida del Reino de Dios. Cuando el temor entra en el alma, prepara sitio a la caridad, que va a venir también. Cuando la caridad llega y entra, el temor sale. A mayor caridad, menor temor; a menor caridad, mayor temor. Pero si no abriera camino el temor, no tendría por donde entrar la caridad. Cuando cosemos introducimos un hilo por medio de la tela de seda. La conciencia atormenta el corazón pecador, porque el temor de Dios es como el bisturí del cirujano; parece que agranda las heridas, pero quita la gangrena y disminuye el peligro... (5) Pero hay otro temor que es eterno y casto. Unos temen a Dios para que no los lance al infierno, y en realidad no aman a Dios. El temor casto teme perder a Dios. Un temor procede del miedo, el otro del amor.

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(6) Comparemos la conducta de dos casadas. La primera desea cometer adulterio, pero teme al marido: le teme precisamente porque desea pecar. No le resulta grata, sino enojosa su presencia. Tales son los que temen el día del juicio. Por el contrario, la segunda ama a su marido y se conserva pura para él, y por eso desea su presencia. Ambas temen, pero la una teme que venga y la otra teme que se vaya; una teme el castigo, la otra teme la ausencia... (7) A la primera la tiene que perdonar Dios el pecado,... (8) mientras que a la segunda le dice: «Ya sé que deseas mi venida. Sé que eres tal, que puedes esperar con seguridad mi llegada. Sé que te atormenta la dilación, pero espera y aguanta otro poco. Ya vengo. En seguida llego, aunque todo le parezca tarde a tu amor». ¿Qué es lo que teme este alma? Volver a pecar, y no porque Dios pueda echar al infierno, sino porque Dios pueda abandonarla... (9) Nuestra alma, hermanos, es fea por su iniquidad. Amando a Dios, se vuelve hermosa. Se hará hermosa amando al que es hermoso. Cuanto más crezca en ti el amor, más crece tu hermosura, pues el amor es la hermosura del alma. Ama a Jesús que te hizo hermoso y sé hermoso para que él te ame. Dirige tu atención a él, corre a él, busca sus brazos, teme separarte de él... (10) Dios es amor. ¡Ama tú el amor! Y ama también a tu hermano (cf. Trat. 1 Jn 9,4). 591. Vuelvo a hablar sobre el temor casto, pues quizá muchos se inflamen con él. Y quizá el mejor modo de hacerlo es la comparación. Imagínate a una mujer casta que teme a su marido y a otra adúltera, que también teme al suyo. La primera teme que el marido se vaya, la segunda teme que venga. Supongamos que ambos maridos están ausentes. Una teme que llegue, otra teme que tarde. Nues-

tro esposo está ausente, nos ha entregado las arras, el Espíritu Santo, nos ha redimido con su sangre y se ha ausentado. Aunque cayó como deforme en mano de los pecadores, nada hay más hermoso que él. ¿Cómo le amarían las vírgenes que en la tierra rehusaron marido? Los perseguidores no descubrieron su hermosura, porque no tenían ojos para verla. Así dijo el profeta: es más hermoso que todos los hijos de los hombres (Sal 44,3). Y en él amamos el Amor. Porque nos amó para que le devolviéramos amor. Y para que pudiéramos amarlo, nos hizo la visita su Espíritu. Es hermoso, pero está ausente. Pregúntese, pues, la esposa si es casta. Todos somos sus miembros, todos somos un hombre solo. Vea cada cual qué linaje de temor abriga: ¿quieres que él venga o quieres que tarde? Con mi pregunta he llamado a la puerta de vuestro corazón, y él ha oído vuestra respuesta, la voz de vuestra conciencia. Yo estoy presente, pero soy un hombre y no he oído vuestra respuesta; pero él, aunque esté ausente, está presente con la presencia de su majestad y ha oído la voz de vuestra conciencia. Si se dijese «Mañana es el día del juicio», muchos se alegrarían porque aman, otros temblarían... (9) Supongamos ahora que Dios hablase (aunque siempre habla en la Escritura) y dijese: «Si quieres pecar, peca; haz lo que te venga en gana; todo lo terreno que quieras, será tuyo; aquel a quien odies, morirá; aquel a quien quieras robar, será despojado; a quien quieras golpear, será golpeado; a quien condenes, quedará condenado; a quien desees poseer, será poseído. Nadie te resistirá, nadie te dirá: ¡qué es lo que haces!, o bien, no hagas eso, o bien, ¿por qué haces eso? Tendrás todo lo que desees y vivirás así para siempre. Únicamente nunca verás mi rostro». Hermanos

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míos, ¿por qué habéis lanzado ese gemido, sino porque ha nacido en vosotros el temor casto, que permanece para siempre? ¿Por qué ha sido tocado vuestro corazón? Porque el temor casto respondería a esas palabras de Dios: «Quita todo eso y véante mis ojos. Una cosa pedí al Señor, habitar en las casa del Señor todos los días de mi vida (Sal 26,4)». Hermanos, así no envidiaréis la felicidad terrena y esperaréis la auténtica felicidad y en el Cuerpo de Cristo cantaréis: Bienaventurados los que temen al Señor, los que caminan por su senda (Sal 127,1) (cf. Com. Sal. 127,8; cf. también 49,7). 592. El temor casto del Señor permanece para siempre (Sal 18,10). Ese temor no es del castigo, el que horroriza de que le sustraigan los bienes temporales, con los que el alma peca por amor. Es el temor casto, con el que la Iglesia ama a su Esposo con tanto más ardor, cuanto con mayor diligencia procura no ofenderle. Por eso la caridad perfecta no echa fuera a ese temor (cf. 1 Jn 4,18), sino que permanece para siempre {Com. Sal. 18,1,10). El temor casto del Señor permanece para siempre (Sal 18,10). Ese temor no es servil, sino casto. Ama gratuitamente y no teme ser castigado por aquel ante quien tiembla, pero sólo porque teme ser separado de su Amado. Por eso no le echa afuera la caridad perfecta (cf. 1 Jn 4,18). Ese temor es el Espíritu Santo, es decir, lo da, lo confiere, lo infunde el Espíritu Santo... Por eso en Pentecostés, cuando vino por primera vez, hizo hablar todas las lenguas, anunciando que todas las lenguas habían de reunirse en una congregación. Entonces lo realizaba un solo hombre, al recibir el Espíritu Santo y ahora lo realiza la misma unidad. Ahora un solo hombre habla todas las lenguas, un

solo hombre que es Cabeza y Cuerpo, un solo hombre que es Cristo y la Iglesia, un hombre completo: él es el esposo y ella la esposa, dos en una carne (Gen 2,24) {Com. Sal. 18,11,10).

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CAPITULO DÉCIMO SÉPTIMO

LECTURA FRECUENTE DE LA REGLA (Regla VIII, 49) 1. Olvido y negligencia. San Agustín sacó de su conversión una gran experiencia sobre los fenómenos interiores y concretamente sobre la atención, la sensación, la costumbre, el hábito, la libertad y la necesidad o dificultad de querer. Nos repitió que una acción es libre cuando se ejecuta por primera vez, especialmente si es difícil, porque ponemos en ella una gran atención y nos produce una fuerte sensación. Pero al repetir dicha acción, aumenta la facilidad y en la misma medida decrece la atención. Se crea un hábito que es como la rodera de un carro en el camino vecinal, y al fin ese hábito (virtud o vicio, poco importa) se pone en movimiento casi automáticamente, casi sin atención, casi sin libertad. La llamada rutina es simplemente el hábito y el olvido es con frecuencia efecto de la falta de repetición, o de la falta de atención. Y es normal que ese olvido vaya acompañado por una negligencia, por una falta de interés y de atención activa, cuando nos dejamos llevar por una suerte de atención pasiva y automática. Y es claro que la vida religiosa se presta a la rutina. Puede impresionar los primeros días, pero luego la continua repetición va aumentando la facilidad de

la conducta y rebajando la fuerza de la atención. Hay un reglamento, que en los días de san Agustín era riguroso. El religioso se acostumbra a los tiempos y lugares y pronto da la impresión de un autómata, si él mismo no promueve motivos y circunstancias para despertar el interés y la atención. Y eso ocurre con los preceptos y por eso somos tan olvidadizos. Se nos olvidan los preceptos que no cumplimos y los pecados que menospreciamos y así nos vamos deformando poco a poco por la rutina. La Regla, según la teoría agustiniana, era lo que hoy llamamos el metro y la regla conjuntamente, es decir, la norma que aplicamos a nuestra conducta para que sea moral y recta. Por eso hemos de aplicar esa regla a nuestra conducta para ver que la moralidad y la rectitud se conjugan bien. Por eso el abad Valentín de Adrumeto escribía al mismo san Agustín en una posdata: «Si el hermano Floro, siervo de tu Santidad, te sugiere algo, en favor de la regla del monasterio, te rogamos, oh Padre, que te dignes hacerte cargo instruyendo en todo a nuestra debilidad» (Carta 216,6 PL 33,978). La mayoría de los autores prefiere pasar sobre este texto rápidamente diciendo que tal regla no era otra cosa que el reglamento o el género de vida de los monjes de Adrumeto. Y lo mismo hacen con otra regla que suele denominarse Reglamento del monasterio (Ordo Monasterií), y que en algunos códices iba unida a la Regla de san Agustín, que aquí comentamos. Sin embargo, tras esa frivolidad se oculta un misterio, que algún día será desvelado. Lo cierto es que Valentín tiene en su monasterio una Regla y pide a san Agustín que la revise, por si cree conveniente añadir algunas instrucciones. Adrumeto era un puerto que debía estar en comunicación muy especial con Italia, y algún tiempo después encontramos que algunos monjes de Adrumeto proceden de Italia. Es bien claro que por este tiempo empiezan a

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proliferar las reglas monásticas, y eso demuestra su necesidad, su utilidad. Pero ¿de qué sirve tener una Regla perfectamente recta y ordenadora, si no se aplica, si se guarda en la trastera, si no se lee con frecuencia, ni se medita, ni se toma demasiado en serio? Por eso los legisladores que redactan una Regla han de procurar redactar también un mandamiento para que esa Regla sea leída con frecuencia y posiblemente meditada. Parece un tanto extraño que un san Agustín mandará leer una Regla «cada semana», ya que tales minucias solían escapársele. Mas ya que la Regla las prescribe así taxativamente, lo importante es que la Regla no sea olvidada por negligencia. Le gusta al Santo comparar las normas con un espejo. Y aunque ese término suele ser para él la referencia a la palabra de Dios, a la Escritura, vale lo mismo para la Regla monástica.

eso es vara de dirección... (18) Esta regla tiene que enderezarte para no romperte, ya que es una vara inflexible, vara de hierro (Sal 2,9). A unos los endereza, y a otros los quiebra: endereza a los espirituales, quebranta a los carnales. Acércate a la vara y no tengas miedo. Si te sientes inicuo, recuerda que Dios odia tu iniquidad, pero te ama a ti. Odia tú también tu iniquidad y serás amigo de Dios, pues odiarás lo mismo que él odia como amarás lo mismo que él ama (cf. Com. Sal. 44,17). 594. Diríamos que Samuel era perfecto, pues desde niño vivió en el templo, pasó sus años con los misterios de Dios, fue siervo de Dios desde la infancia. Nunca dijeron los hombres nada malo de Samuel. Pero quizá Dios descubrió algo que necesitaba purificación, ya que lo que parece perfecto a los hombres es imperfecto para la perfección divina. A veces el artista muestra su obra a un inexperto; y cuando éste cree que ya es perfecta, el artista la sigue trabajando, pues ve sus defectos. Lo comprobamos en los edificios, en la pintura, en los vestidos y en toda clase de artes. Una cosa es lo que juzga el ojo inexperto y otra lo que juzga la regla del arte. Por eso Dios veía también defectos en Samuel. Quizá los hombres no vean tales defectos, pero cada día experimento que eso acontece también con los siervos de Dios. Hablando al modo humano, Dios vengó los defectos de Samuel en sus hijos (1 Re 8,1), y lo mismo acaece con los religiosos. Leed y ved los castigos que reciben, y los mejores los sufren. Cada día soportan a la gente que contradice, cada día aguantan a los inicuos vivientes, se ven obligados a vivir entre ellos, aunque antes solían reprender su conducta. Este es el castigo. No ha progresado mucho quien tiene un castigo muy ligero. Porque cuan-

593. Vara de dirección, vara de tu reino (Sal 44,7). Es vara de dirección la que dirige a los hombres. Estaban encorvados y torcidos: querían reinar para sí, amarse a sí mismos, se deleitan en sus malas obras. No sometían su voluntad a la divina, sino que querían someter la voluntad de Dios a sus concupiscencias. Cada día disputan los hombres contra Dios: «él debió hacer esto, no hizo esto bien». ¡Ah!, ¿sabes tú lo que haces y él no lo sabe? Tú estás torcido y él es recto. ¿Cómo adaptas lo torcido a lo recto? No guarda la misma línea. Si en un pavimento plano colocas un mueble curvo, no se adapta, no se ajusta al pavimento. Sólo que tú, al ver que tu voluntad no se ajusta a la divina, dices que la de Dios está torcida. Pero en vano te esfuerzas, pues la voluntad de Dios es siempre recta. Eres tú el que tienes que enderezarte. La vara divina te dirigirá y por

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to más te apartes de tu propia injusticia, más te ha de doler la injusticia ajena. Y el castigo supone que hay defectos (cf. Com. Sal. 98,12). 595. La ley eterna o suprema razón es inmutable. Por ella los buenos merecen la felicidad y los malos la infelicidad. Y lo que las leyes humanas tienen de justo y legítimo no es sino derivación de esa ley eterna. Llevamos impresa en nosotros esa ley que dice «es justo que todas las cosas sean ordenadas»... (6,17) Y el hombre no es una excepción: también él tiene que ser perfectamente ordenado. Los hombres, asociados por una ley temporal, constituyen un grupo o pueblo (cf. Albedrío 1,6,15). 596. Aunque llevamos impresa la ley natural, se dio la ley escrita para que los hombres no se quejaran de que les faltaba algo. La llevaban impresa, pero no querían leerla. Se les obligó a leer con sus ojos lo que no querían leer en la conciencia. La voz de Dios desde fuera obliga al hombre a mirar a su interior, al decir de la Escritura: Un interrogante surge en el pensamiento del impío (Sb 1,9). Donde surge el interrogante, allí está la ley. Los hombres apetecen las cosas exteriores, y por eso se les da la ley por escrito, aunque ya la llevaban impresa en el corazón. Pero como tú huías de tu corazón Dios que está en todas partes te detiene y te llama de nuevo al interior. A todos los que dejaron la ley escrita en sus corazones, la ley les grita: ¡Volved al corazón, prevaricadores! (Is 46,8) {Com. Sal. 57,1). 597. Bienaventurados los que estudian sus testimonios (Sal 118, 2). Vemos algunos obreros de iniquidad que estudian los testimonios del Señor, no para ser justos, sino para

ser doctos. Otros los estudian para saber cómo deben vivir, aunque ellos no vivan así. Esos no caminan en la senda del Señor sin tacha y, por ende, no son bienaventurados. Así estudian los escribas y fariseos (cf. Mt 23,3): hablaban bien y obraban mal. Quizá diga alguno de esos tales que no buscan los testimonios de Dios, sino la alabanza humana. En todo caso son bienaventurados los que estudian los testimonios de Dios y caminan sin tacha por su senda, pues le buscan con todo el corazón. Porque sin duda han de encontrar lo que buscan, pues buscan de todo corazón y sin negligencia. Son bienaventurados en esperanza como son sin tacha en esperanza. En esta vida, aunque caminemos por la senda del Señor, aunque investiguemos sus testimonios, y le busquemos de todo corazón, si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañamos y no poseemos la verdad (1 Jn 1,8) (cf. Com. Sal. 118,1,2). ¿Podemos concebir que los santos digan que no carecen de pecado, no para confesar la verdad, sino para evitar la arrogancia? ¿Es que evitarán esa arrogancia? No alcanzarían la purificación, pues sería falsa su confesión. El que se confiesa pecador, tiene que sentirse pecador y así su humildad será verdadera. Hipócrita, si dices que eres pecador, ¿cómo crees que no lo eres? Finges desde fuera la humildad y dentro abrazas la vanidad. No tienes la verdad ni en los labios ni en el corazón. ¿De qué te sirve parecer humilde a los hombres, si Dios ve tu presunción?... (2) Los pelagianos me dicen: «los que obran iniquidad no caminan por la senda del Señor, como dice el salmo; luego los que caminan por la senda del Señor no obran iniquidad». Ven a ayudarme, Señor Jesús, contra el hereje presuntuoso para entender bien la confesión de tu Apóstol. Dinos, ¡oh

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bienaventurado Pablo!, si tú caminabas por la senda del Señor. Tú respondes afirmativamente (Flp 3,16). Por todas tus confesiones sabemos que caminabas por la senda del Señor, pero vamos a preguntarte otra cosa. Dinos por favor, ¡oh Apóstol!, si a pesar de eso tenías pecado, ¿no te engañaste a ti mismo como dice el apóstol Juan? Nos responde: «¿No habéis leído mi confesión, donde digo que no hago el bien que quiero, sino que ejecuto el mal que no quiero?». Entonces los que caminan por la senda del Señor no cometen pecado y sin embargo no viven sin pecado... (3) Alguno me dirá: ¿no es eso contradictorio? Bueno, por de pronto, ha quedado resuelto un problema y sobre tu contradicción hablaremos otro día (cf. Com. Sal. 118,2,1). Veamos entonces como no hay contradicción: el pecado habita en nosotros y, sin embargo, podemos vivir sin pecado. Hemos solucionado un problema y ha aparecido otro más grave. ¿Cómo obra el hombre cuando no obra él? Detengámonos en el deseo ilícito. Aunque la voluntad no consienta en él, no puede impedir que surjan interiormente afectos y movimientos. Hay, pues, deseos de pecar y se nos prohibe obedecerlos. Es el pecado mismo el que promueve esos deseos. Caminamos por la senda del Señor, pero surgen en nosotros deseos de pecar, aunque no los consintamos,... (2) y por eso rezamos: perdónanos nuestras ofensas, tanto por los movimientos involuntarios como por los voluntarios. Quizá evitamos los pecados graves de pensamiento, obra u omisión, o consentimiento tácito. Siempre hay defectos pequeños que acumulamos y nos oprimen con su pesadumbre. Por eso también los que caminan por la senda del Señor tienen que repetir: perdónanos nuestras ofensas (Mt 6,12). Y precisamente esa senda del Señor nos

exige la oración, la confesión, aunque los defectos no pertenezcan a la senda del Señor (cf. Com. Sal. 118,3,1). 598. No puede el hombre evitar todos los pecados, por lo menos los llamados veniales. No los desdeñes llamándolos veniales. Son faltas que quizá no te impresionan cuando las pesas, pero deben impresionarte cuando las cuentas. Muchas gotas llenan un río; muchos granos hacen una hogaza. ¿Qué esperanza tenemos entonces? En primer lugar tenemos la confesión: que nadie se tenga por justo, ni erija la cerviz ante Dios, pues Dios ve lo que hay. En segundo lugar tenemos la caridad, que cubre la muchedumbre de los pecados (1 P 4,8). No me refiero a esas confesiones puramente verbales, sino a la humildad verdadera; no al temor de desagradar a los hombres con nuestra arrogancia, sino el temor de desagradar a Dios. No falta quien se dice: «yo soy justo, pero si digo delante de la gente que lo soy, ni me creerán, ni me tolerarán; mi justicia es notoria a Dios, pero voy a decir a la gente que soy pecador para no hacerme odioso con mis alardes». Amigo mío, di lo que eres. Condénate tú, si no quieres que te condene Dios, advirtiéndote: si decimos que no hemos pecado, hacemos a Dios mentiroso (1 Jn 1,8). Si dices que no has pecado, haces mentiroso a Dios por hacerte a ti mismo veraz. ¿Eres tú veraz y Dios es mentiroso? La Escritura dice lo contrario: Todo hombre es mentiroso, sólo Dios es veraz (Rm 3,4) (cf. Trat. 1 Jn 1,6). 599. Cuando leemos o recordamos de memoria los mandamientos de Dios, es como si contempláramos un espejo, según dice el apóstol Santiago: quien oye la palabra y no la realiza, es comparable al que mira su rostro en un espejo: se mira, pero nada más irse se olvida de cómo es (St

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1,23). Podemos ver los preceptos de Dios como en un espejo y no ser confundidos, si los cumplimos y realizamos... (4) ¿Por qué dice el salmista: te confesaré en la dirección del corazón! (Sal 118,7). No es una confesión de pecados, sino de alabanzas. Porque esa dirección del corazón se debe a la gracia divina. Es como si dijera: «Si mis caminos van bien dirigidos, confieso, Señor, que eso se debe a ti, pues tú lo hiciste, y esta gloria es tuya, no mía. ¿De qué me serviría conocer tus preceptos, si no los cumpliera? Ellos no me alegrarían, sino que me denunciarían» (cf. Com. Sal. 118,4,3). 600. Buscas la hermosura. Es una buena cosa. ¿Y por qué buscas la hermosura, oh alma? Para que te ame tu Esposo, ya que no te amará si eres fea. El es hombre, pero es el más hermoso entre los hijos de los hombres (cf. Sal 44,3)? ¿Y quieres agradarle tú, que eres una de tantas? Escuchemos a la Iglesia, que nos dice: tenían todos una sola alma y un sólo corazón en Dios (Hch 4,32). A eso se refiere el salmo. ¿Quieres agradarle? No podrás, mientras sigas siendo fea. ¿Y qué harás para ser hermosa? Ante todo tiene que desagradarte tu propia deformidad, y entonces merecerás que te hermosee aquel a quien deseas agradar. Él será tu reformador, pues fue tu formador. Mira primero lo que eres, y no te presentes tan fea al ósculo del que es hermoso. Y tú me dirás: «Y para verme a mí misma, ¿qué es lo que tengo que mirar?». Aquí la Escritura levanta el espejo, diciendo: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5,8). Cuando leen esto, te presentan el espejo. Observa si tú eres lo que ahí se dice. Si todavía no lo eres, gime para serlo: el espejo te está revelando tu propio rostro. Y pues ves que el espejo no te

adula, no te hagas ilusiones. El espejo te dice lo que eres para que procures enmendarte. Y si al verte fea, tu propio rostro te desagrada, ya comienzas a agradar al Esposo. Cuando confiesas tu fealdad, te va decorando el que es hermoso entre los hijos de los hombres... (5) Es verdad que te amó cuando eras fea, pero según la forma del siervo, en la que también él se hizo pecado, no en el sentido en que es el más hermoso de los hombres. Por consiguiente, oh alma, no llegarás a ser hermosa, si no confiesas tu fealdad al que es siempre hermoso, aunque por algún tiempo dejó de parecer hermoso por tu causa (cf. Com. Sal. 103,1,4). 601. En la sentencia final dirá Dios: no os conozco (Mt 7,23). ¿Qué significa eso? Dios sabe lo que haces, y ¿qué digo lo que haces? Dios sabe lo que piensas y, ¿qué digo lo que piensas? Dios sabe lo que pensarás mañana, Dios lo sabe todo. Pues, ¿cómo dice no os conozco? Porque quiere decir: «No os conozco en mi regla. Conozco la regla de mi justicia y vosotros no os ajustáis a ella, os separáis de ella, estáis torcidos». Es lo que decía el salmo: Cuando el maligno se apartaba de mí, yo no lo conocía (cf. Com. Sal. 100,7). 2. Si viereis que cumplís. Ya hemos encontrado un capítulo en que san Agustín nos prevenía contra le soberbia. Esa preocupación era en él muy profunda, ya que había vivido su juventud entre maniqueos, santones y puritanos que hacían alarde de heroicismo moral y se jactaban de su abstinencia y continencia. Por eso su lucha contra el maniqueísmo en el terreno moral no olvidaba

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nunca la arrogancia, la jactancia y la presunción. Por eso ponía de relieve la táctica llamada de la soberbia: mientras los demás vicios arrastran a ejecutar obras malas, la soberbia se ceba en las obras buenas. Siente su complacencia en decirle al santón: «¡Bravo, muy bien, muchacho, qué bueno eres y qué bien trabajas!». Si el muchacho se siente satisfecho, la lengua taimada seguirá adelante: «¡Eres un ángel, eres como Dios!». Y si la voz de la soberbia encuentra aprobación o por lo menos eco, se siente muy satisfecha, pues ya tiene experiencia del orgullo satánico. Pero el mismo san Agustín no veía aún la profundidad de sus propias fórmulas, ya que, al luchar contra los mismos maniqueos en defensa de la libertad humana, se veía compelido a exaltar todo lo posible el heroísmo, sino el heroicismo, de los hombres. Era necesario que topase con la doctrina paulina de la gracia divina para darse cuenta de que el problema era más profundo de lo que él mismo había pensado y que era necesario plantearse la existencia de una «raíz de la raíz», como él decía, es decir, de fuerzas ocultas y transcendentes que influyen en la libertad humana, quizá hasta determinarla. Pero ni aun eso bastaba. Era necesaria la aparición de Pelagio para que estallase una contienda universal, que cada hombre lleva en su corazón, pero que hasta Agustín no se había planteado con tanta profundidad y universalidad. No bastaba decir «gracia divina», sino que era necesario decir «gracia cristiana», es decir gracia divina en cuanto principio salvífico de toda buena obra. De ese modo san Agustín abrió en la historia un debate que nunca se terminará, porque, como hemos dicho, cada uno de nosotros lleva dentro un «pelagiano», ávido de ser como Dios. Y ese pelagiano oculto se defiende con fuerza sobrehumana, ya que así como el bien, también el mal es trascendente, una vez que admitimos el pecado original.

No se necesita admitir el dualismo metafísico de los maniqueos para admitir con san Pablo que en nosotros trabaja una fuerza que llamamos «el pecado». Y, sin embargo, la palabra «confesión» es ambigua, con una ambigüedad providencial y maravillosa. Porque antes de referirse a una confesión de la miseria humana, se refiere a una confesión de la misericordia diviña, a una alabanza de Dios por sus mercedes. Y entre esas mercedes, tiene la gracia cristiana la supremacía. Por la gracia hay hombres santos, héroes santos, cristianos que sobrepujan con mucho la abstinencia y continencia de todos los maniqueos de la historia, antiguos y modernos. Y eso no debe quedar en mera confesión teórica, sino que ha de ser práctica; no debe aplicarse sólo a los demás, sino también a la propia persona del cristiano, que es al mismo tiempo santo y pecador. ¿Cómo vas a agradecer a Dios sus beneficios, si no los conoces, y no los conoces porque no los cuentas ni pesas, ni quizá te importan? Tropezamos aquí con la falsa humildad, con aquel que no quiere reconocer los beneficios, que se resiste a ser agradecido, que ve el agradecimiento como una humillación y la gracia como un empréstito oneroso. La fórmula agustiniana «temo a Cristo cuando pasa» (timeo Iesum transeuntem) se presta a las dos versiones, pero en ambos caso debe interpretarse rectamente. Pasa Jesús junto a mí y me deja una gracia y tengo que darle las gracias honradamente, porque me libra del mal y me vigoriza en el bien con su gracia; pero también debo saber que Jesús no tira sus gracias a la rebatiña y sabe muy bien dónde deposita los talentos para volver a pedir cuentas. Y por eso el temor va ligado al amor. Y ya hemos visto cómo es fácil compaginar la teoría del temor con la del amor. Hemos de temer a Jesús para hermosearnos y ser dignos de su hermosura en lo posible, y hemos de

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temer que él se canse de nosotros, al ver tanta negligencia y pereza mental. Pero comencemos por saber apreciar los talentos que Dios nos da, y sentirnos responsables de ellos. En una palabra, empecemos por reconocer la gracia cristiana en sus múltiples formas y el hombre nuevo que trata de crear o reformar en nosotros. 602. Confesar a Dios según su justicia es declarar: «verdaderamente eres justo, Señor, ya cuando proteges a los justos, iluminándolos por ti mismo, ya cuando ordenas a los pecadores de modo que son castigados por su propia malicia y no por la tuya». Una tal confesión es alabanza de Dios. Los impíos tratan de excusar sus fechorías, rehusan responder de sus pecados, es decir, no quieren cargar con la responsabilidad de sus culpas. Acusan a la fortuna, a la fatalidad, al diablo o introducen otra naturaleza que no procede de Dios. En cambio quien alaba a Dios por su justicia, reconoce la hermosura del universo. Esta no es confesión de pecadores, sino de justos. Es una confesión alegre, mientras la confesión de los pecados es triste (cf. Com. Sal. 7,19). 603. Le adorarán las hijas de Tiro con sus regalos (Sal 44,13). Aquellos que vendieron sus posesiones venían a ofrendar al rostro de esta reina sus donativos y los depositaban a los pies de los apóstoles (Hch 4,34). En la Iglesia ardía la caridad, pues esa Iglesia era el rostro de la Reina, obsequio de las hijas de Tiro, que traían sus donativos. Todos juntos formaban una esposa, una reina; todos pertenecían a su cabeza, Cristo. Pero esto no se hacía por jactancia (Mt 6,1), aunque se hacía públicamente ante el ros-

tro de la esposa para glorificar al Padre (Mt 5,16). Por eso se dice: toda la gloria de la hija del rey es interior (Sal 44,14). No sólo lleva vestidos de oro y bordado; el que amó su decoro vio también su hermosura interior. ¿Qué son esas intimidades de la hermosura? Las de la conciencia. Ahí es donde Cristo ve, ama, habla, castiga, y corona... (31) Las vírgenes son llevadas con alegría y algazara; son llevadas al templo del rey (Sal 44,15). Ya veis, la Iglesia es el templo de Dios y esa iglesia entra en el templo del Rey. El templo se va construyendo con los hombres que van entrando al templo, y que son piedras vivas fieles de Dios. Porque hay otras vírgenes fuera del templo del Rey, monjas heréticas; son vírgenes, pero ¿qué vale su virginidad, si no son llevadas al templo del Rey? El templo del Rey es unidad, no es un templo ruinoso, resquebrajado o dividido. La caridad reúne a todas las piedra vivas... (33) Esta es también una confesión, pero tal confesión de nada sirve, cuando se vive fuera del templo del rey. Ha de ser una confesión en el monte como dice el salmo (Sal 3,5). En el libro de Daniel se dice que una piedra pequeña creció hasta hacerse un monte universal (Dn 2,34-35), que es la Iglesia. En el hay que adorar y confesar. Porque en el cielo ya no habrá confesión de pecados, sino una eterna confesión de la alabanza de Dios (cf. Com. Sal. 44,28). 604. Jubilemos en Dios, nuestro salvador (Sal 94,1). Jubilar significa entregarse al júbilo. Ya lo dijimos. Es un goce que no puede expresarse con palabras y, sin embargo, se expresa con un murmullo lo que no puede explicarse con sílabas. Que vuestra caridad piense en esos que se huelgan en las cantilenas, o compiten en los alborozos seculares. Entre los cantares que se cantan con palabras,

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sobreviene de pronto la alegría entusiasta, que la lengua y;. no puede expresar: es como si se extasiaran, de modo que un murmullo simple indique los afectos del alma, porque las palabras ya no pueden designar lo que concibe el corazón. Y eso que se trata de un júbilo terreno. ¿Cómo no deberemos nosotros enajenarnos de júbilo celeste, cuando ya no podemos expresarlo con palabras?... (4) Por eso en la Escritura se habla de dos tipos de confesión, ya que confiesan tanto el que alaba como el que gime. La confesión del que alaba atañe al honor del que es ensalzado. Confiesan los hombres cuando alaban a Dios y confiesan cuando se acusan a sí mismos: nada más digno puede hacer la lengua. Pero ambos tipos de confesión se corresponden, pues la misericordia de Dios corresponde a la miseria del hombre. Cuando confiesas tus pecados, alabas a Dios. Tanto más se alaba al médico, cuando más desesperado parecía el caso del enfermo. Confiesa, pues, tus pecados, aunque parezcas un caso desesperado, pues será una gran alabanza para Dios. No pienses, pues, que para confesar los beneficios divinos tienes que dejar de confesar tus enfermedades, pues también esto pertenece al cántico de alabanza (cf. Com. Sal. 94,3). 605. Los dos tipos de confesión consisten, no sólo en mostrar al médico la llaga, sino en darle gracias por su curación... (3) La magnificencia de Dios se revela mejor en el perdón de los pecados y en la justificación de los impíos. Pero tampoco los justos carecen de su confesión de alabanza... (6) Que no se amilanen los buenos israelitas que abandonaron todas sus posesiones para seguirle, diciendo: ¿Pues quién podrá salvarse (Mt 19,25)?. Cristo les explicó la grandeza de su potencia: lo que es difícil para los hom-

bres, es fácil para Dios (Mt 19,26). Esos apóstoles fueron a los gentiles y éstos se convirtieron: Dios les dio los gentiles como patrimonio. Y si a muchos abandonaron sus posesiones, muchos otros entregaron su vida en el martirio, confesando el nombre de Cristo. Los camellos entraron por el ojo de la aguja, lo que parecía imposible (cf. Com. Sal. 110,2). 606. Cuando el lector ha pronunciado la palabra «confesión», el pueblo ha comenzado a golpearse el pecho. Pero aquí no se trata de confesar el pecado, sino de cantar las maravillas de Dios: voz de exultación, sonido de festividad. Cristo mismo dijo: Te confieso, Padre, porque escondiste esto a los sabios (Le 10,21)... (2) Confesar al Señor es alabar al Señor, cantar el Aleluya. Y no hay alabanza más breve que decir: Confesad, alabad a Dios, porque es bueno (Sal 117,1). Nada hay más grande que esta brevedad, pues lo más propio de Dios es ser bueno, como dijo Cristo (cf. Me 10,17)... (3) En el mismo salmo se dice: Diga la casa de Israel, diga la casa de Aarón, y digan los que temen a Dios, que él es bueno (Sal 117,2-5). En otro lugar dijimos quiénes forman la casa de Israel, la de Aarón y la de los que temen al Señor. Ahora basta repetir que todos formamos un solo hombre en Cristo (cf. Com. Sal. 117,1). 607. Te confesaré, Señor, de todo corazón (Sal 137,1). La costumbre hace que entendáis la confesión como reconocimiento de pecados. Pero hay que insistir en la confesión de alabanza, como lo hizo Cristo (Mt 11,25 ). Ensalzó al Padre, engrandeció a Dios, quien no desprecia a los humildes, sino a los soberbios. Y vamos a oir esa alabanza: Te confesaré, Señor, de todo corazón (Sal 137,1): Pongo todo mi corazón en el ara de tu confesión, te ofrezco un

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sacrificio de alabanza. Llamamos holocausto al sacrificio en que todo se quema, y este es un holocausto espiritual. Que la llama de tu amor abrase todo mi corazón. Que no quede en mi nada mío, ni siquiera para mirarme a mí mismo, sino que yo me abrase entero, que yo arda entero, te ame entero, como inflamado por ti, porque oíste las palabras de mi boca. Esta boca es la del corazón, pues es la que pronuncia las voces que Dios oye. Llevamos una boca en el interior: allí rezamos y desde ella rezamos y, si hemos preparado al Señor hospedaje o casa, allí hablamos y allí somos atendidos. No está lejos de nosotros aquel en quien vivimos, nos movemos y somos (Hch 17,28). Únicamente la iniquidad puede alejarte de Dios: derriba el muro del pecado y ya estás con aquel a quien rezas (cf. Com. Sal. 137,2; cf. también 141,19). 608. Confiésente, Señor, todas tus obras, y tus santos te bendigan (Sal 144,10). Cuando los hombres confiesan a Dios, le confiesan todas sus obras. Puesto que la confesión es, no sólo de pecados, sino también de alabanzas, confesar es lo mismo que glorificar a Dios. Y puesto que en muchos salmos se invita a todos los seres a alabar a Dios, se les invita a confesar a Dios, como en éste. Él repartió sus dones ordenadamente: a unas criaturas dio el sentido, el entendimiento y la inmortalidad, como a los ángeles; a otras dio el sentido y el entendimiento con la mortalidad, como a los hombres; a otras dio sólo el sentido corporal, sin entendimiento ni inmortalidad, como a los animales; a otras no les dio ni el sentido, como a la hierbas, árboles y piedras; pero todas fueron dotadas según su género y grado dentro del orden, de la tierra al cielo, de lo visible a lo invisible, de lo mortal a lo inmortal. Así toda la contex-

tura de la creación, toda su hermosura ordenadísima, que sube desde lo más ínfimo a lo más sublime y baja desde lo sublime a lo ínfimo, sin interrupción, pero suavizando los niveles, toda ella alaba al creador. La tierra muda, la hermosura muda, tienen su propia voz. Si observas y contemplas su hermosura, su fecundidad, sus potencias, cómo concibe las semillas, cómo produce hasta lo que no se ha sembrado, tu contemplación es como un interrogante. Y cuando consideras que no puede tener de sí misma esa hermosura y esa energía, al punto se te ocurre que no pudo crearse a sí misma la tierra y que tiene un creador. Y eso que tú descubres en ella, es la voz de su confesión, esa es la alabanza del creador. ¿No es verdad que toda la inmensa hermosura del mundo es una sola voz que te responde: «Yo no me he creado, sino que me ha creado Dios?». (14) Por eso dice: confiésente, Señor, todas tus obras y tus santos te bendigan. Cuando las obras confiesan, los santos bendicen, porque escuchan a la creación que confiesa. Esos santos ven cuan poderoso es Dios, que hizo todo esta tierra, que la llenó de bienes, que dio vida a los animales, que depositó tantas semillas en las entrañas de la tierra para que engendre tanta variedad de frutos, tantas especies de árboles. ¡Cuan poderoso es Dios, cuan grande es Dios! Tú, santo de Dios, pregunta y la creación te responderá. Y por su respuesta y confesión, tú bendices a Dios y cantas su poder. (15) Para revelar a los hombres tu poder y la gloria de la inmensidad de la belleza de tu reino (Sal 144,12). Grande será la gloria futura. Pero ya ahora atended a este mundo, que tiene su hermosura: la tierra, el mar, el aire, el cielo, los astros. ¿No sobrecogen a toda consideración? ¿No resplandece tanto su hermosura, que

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parece no puede haber cosa mas bella? Y, sin embargo, en esta maravilla, en esta hermosura casi inefable, viven contigo los gusanillos, los ratoncillos, y todo lo que repta por la tierra. Contigo viven en esta maravilla. ¿Cuál será la hermosura de aquel reino en que sólo vivirán contigo los ángeles? Amemos, pues, aquella maravilla antes de verla para que cuando la veamos, la poseamos (cf. Com. Sal. 144,13). 609. Si tienes fe, es que la has recibido. ¿Qué tienes que no hayas recibido? (1 Co 4,7). Ya veis de que tenéis que dar gracias a Dios para no ser ingratos en ninguno de sus dones y por vuestra ingratitud perdáis lo que recibisteis. (2,2) Si debemos reconocer en nosotros los menores dones de Dios, ¡cuánto más deberemos reconocer el beneficio de la fe!... (2,3) Hemos de reconocer que viene de Dios el ser que tenemos. Pero hemos recibido también la vida. Además esta vida nuestra viene dotada de sentidos. Por todo ello debemos dar gracias al creador. Pero hemos recibido algo más: la mente, la razón, el consejo, la imagen de Dios... (3,4) Tenemos el ser en común con la piedra, el vivir con el árbol, el sentir con la bestia y el entender con el ángel. Juzgamos los colores con los ojos, los sonidos con los oídos, los olores con el olfato, los sabores con el gusto, los calores con el tacto, las costumbres la entendemos con la inteligencia (cf. Serm. 43,2). 610. Envió los obreros a su viña (cf. Mt 20,1-16). Esta parábola cae bien en esta tiempo de vendimias. Pero hay una vendimia espiritual, en la que Dios recoge el fruto de su viña. Nosotros damos culto o cultivamos a Dios y él nos cultiva a nosotros. Nosotros no le cultivamos para mejorarlo con nuestro culto, cuando le cultivamos adorándole, no

arándole. Él, en cambio, nos cultiva como lo hace el labrador con su campo. Nos mejora y espera de nosotros el fruto para que le demos culto. No cesa de extirpar las malas semillas con su palabra, de abrir nuestro corazón con el arado de los sermones, de plantar los brotes de sus preceptos y de esperar el fruto de la piedad. Y pues hemos recibido ese cultivo para darle el culto, no seamos ingratos hacia nuestro labrador y démosle el fruto que le agrada. Él no se hará mas rico, pero nosotros seremos más felices. (1,2) No necesito explicaros cómo damos culto a Dios, pero escuchad cómo nos cultiva él. Todos repiten que el hombre da culto a Dios, pocos dicen que él nos cultiva a nosotros... (2,3) Como explica Cristo, Dios plantó una viña y la arrendó a unos campesinos, que le pagaran el fruto a su tiempo. Pero estos maltrataron a los enviados y mataron al hijo del amo. Ya conocéis la interpretación, como la comprendieron los judíos... (3,4) Pero también habéis oído la parábola del amo que envió obreros a trabajar a su viña, pagándoles un denario (cf. Serm. 87,1,1). 611. Bendice, alma mía, al Señor (Sal 102,1). Repite eso a tu alma. Dile: todavía estás en la carne frágil, todavía estas en esta vida, todavía el cuerpo corruptible abruma al alma; te perdonaron los pecados y después te dieron el remedio de la oración; todavía puedes repetir, perdónanos nuestras ofensas para remediar tus achaques. Como humilde valle, no como erguido cerro, di a tu alma: bendice, alma mía al Señor. Díselo, cuenta los beneficios, dale las gracias. Primero, te perdonó en el bautismo. Ahora remedia tus debilidades, y (8,8) al fin te coronará. Pero no tengas prisa por llegar a la coronación. Antes medita en tu redención. Fuiste llamado, aunque no eras digno, fuiste

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justificado sin merecerlo, y te glorificarán por haberte justificado. Di pues: bendice, alma mía, al Señor (cf. Serm. 131,7,7). 612. San Pablo se llama el primero de los pecadores (cf. 1 Tm 1,15) ... (4,4) y, por eso, nadie debe desesperar de su conversión o de su curación, como si dijera: «Cristo me eligió a mí el primero porque era su acérrimo enemigo; y pues me curó, que nadie desespere». Eso es lo que hacen los médicos: cuando llegan a un lugar donde son desconocidos, eligen primero casos desesperados para ejercitar su benevolencia y mostrar sus habilidades para que la gente diga: «vete a ese médico, y ten seguridad de que te curará; conozco casos como el tuyo; tu enfermedad la tuve yo primero». Así habla Pablo a todos los enfermos que se sienten desesperados: «el que me curó a mí, me envió a ti diciéndome: "ve a ese desesperado y cuéntale lo que tuviste tú, lo que yo te remedié, y cuan rápidamente; te llamé desde el cielo, y con una sola voz te herí y te abatí, y luego con otra te levanté y elegí; con la tercera, te saturé y te envié y con la cuarta te liberé y te coroné". Ve, habla a los enfermos, grita a los desesperados: Cristo ha venido a salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero»... (5,5) Nunca hay que desesperar. Si estáis enfermos dejaos curar; si sois ciegos, dejaos iluminar. Y los que estáis sanos, dadle muchas gracias. Confiesa que todo lo bueno que tienes lo recibiste de Dios y que lo malo te lo has buscado tú. No te alabes, no sea que llegues a desdeñar a Dios en tu bienestar; pero tampoco te excuses en tu malestar, como si acusases a Dios. Esa es la verdadera confesión. Él te ha prevenido con todos los bienes que posees, pero volverá a visitarte para comprobar sus dones y tus picardías. Te examinará

para ver cómo has utilizado sus talentos. Así pues, como él te previno con sus bienes, tú debes también adelantarte al que volverá a visitarte. Gánatelo antes de que llegue, agrádale antes de que se presente. Cristo es el sacerdote que aplacará a Dios por ti. Emociónate con el salmo, previniendo su rostro en la confesión (Sal 94,2.6). Entrégate al júbilo con el salmo, acusándote a ti y glorificándole a él... (6,6) ¿Recordáis el caso de los diez leprosos? Uno de ellos volvió a dar las gracias, y era un extranjero; pero entregaba a Cristo el arriendo, los diezmos. A Cristo debemos lo que somos, el ser, la vida, la inteligencia, la vida honesta, la inteligencia recta. Nada tenemos nuestro, fuera del pecado. Dad gracias a Dios (cf. Serm. 176,2,2). 613. Bendice, alma mía, al Señor (Sal 102,1). En todos los dones de Dios, nuestro Señor, en sus consolaciones, en sus castigos, en todas sus gracias, en su indulgencia, en todas sus obras, bendiga nuestra alma al Señor. Así comienza el salmo. Cada uno de nosotros reanime y exhorte a su alma... (2) El salmo insiste: y todas sus interioridades bendigan su santo nombre. Cuando estamos reunidos, cantamos y bendecimos a Dios, pero a solas, siempre nos oye Dios por la voz interior. Al empezar, hemos cantado y luego nos hemos callado; en la iglesia cantamos juntos, pero luego cada uno va por su camino. Sin embargo siempre debe sonar la voz de alabanza de Dios. Cuando estás dormido, tu inocencia bendice a Dios... (3) Hay un salmo que habla de retribuir: ¿Qué devolveré al Señor por todo los que me ha dado? (Sal 115,12). Lo que has devuelto es mal por bien. A él le debes el ser, la vida, la inteligencia y su imagen. No preguntes qué tienes que devolver: su imagen, su moneda (cf. Mt 22,21). Dios quiere ser ensalzado,

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no para sublimarse él, sino para que tú mejores. Lo que te pide lo pide para tu provecho... (5) Dios te perdonó los pecados (en el bautismo), pero todavía te quedan dolencias. Él las curará todas. Perturbaciones, sugestiones morosas, en las cuales a veces consientes, aunque otras veces no consientas. No temas. Si grandes son tus dolencias, mayor es el médico, pues es omnipotente. Tan sólo déjate curar, no rechaces su mano, que él sabe lo que hace. ¿Qué no toleran los hombres, por aliviar sus dolencias corporales? A veces el cirujano no puede con la dolencia o se equivoca y el enfermo muere en sus manos o a consecuencia de una complicación posterior y en definitiva se trata de cuatro días y harto inciertos. En cambio la cura de Dios es infalible. El, que te creó, sabe cómo recrearte. Él te formó y sabe reformarte. Ponte simplemente en sus manos, ya que se encoleriza con los que se resisten a su mano (cf. Com. sal. 102,1). 3. Si viereis que no cumplís. El concepto de penitencia es en san Agustín, como en todos los autores antiguos, demasiado amplio. Hay una primera penitencia, que precede al bautismo, en el cual se perdonan todos los pecados. Sin embargo, muchos cristianos reinciden y pecan gravemente. La disciplina antigua distingue entonces a los pecadores públicos de los privados, entendiéndose por pecadores propiamente los que cometan los delitos o crímenes (crimina) canónicos (apostasía, homicidio, adulterio). Esa publicidad grava la conciencia de los obispos, ya que con frecuencia les llegan las denuncias, ya de los enemigos del pecador, ya de los amigos, ya de sus propias mujeres. San Agustín sufre mucho por ese motivo. Nos confiesa que muchas

veces no sabe qué hacer, ya que una excomunión imprudente, e incluso una corrección o castigo inoportuno, puede ser contraproducente: el pecador se endurece, pierde la vergüenza y peca públicamente, escandalizando a la comunidad; escándalo que puede llegar también si no se le corrige, castiga o excomulga. En todo caso hay una lista de penitentes públicos, más o menos controlados por los sacerdotes. Los pecadores privados no son tan peligrosos o contagiosos, pero crean también angustias al Santo. A veces, en sus sermones hace observaciones generales: «Bien sabéis a cuántos de vosotros he corregido y amonestado: si hoy oís la voz del Señor, no endurezcáis vuestro corazón (Sal 94,8)». Unas veces se produce la conversión y otras no, pero san Agustín nunca pierde su preocupación, y por eso los avisos de que tiene que dar cuenta a Dios de sus almas son tan insistentes y tiernos, pidiendo conversión y oraciones. Un problema menos doloroso, pero más corriente, es el de las dolencias (languores). Se trata de los pecados cotidianos o corrientes, más o menos leves, según la apreciación de entonces. No le gusta a san Agustín que se los llama «veniales», porque si bien ese término corresponde a la facilidad con que son perdonados, pueden constituir una montaña por su número y carácter rutinario. San Agustín los compara a las gotas de agua que forman un torrente o a las arenas que constituyen un monte. Pero en sus análisis, provenientes del maniqueísmo, llega también a descubrir una fuente de sufrimiento. Después de su conversión y movido por el platonismo, exaltaba la libertad humana hasta hacer al hombre dueño de sus destinos, poniendo en sus manos el bien y el mal. El sacerdote maniqueo Fortunato le hizo ver que el problema era grave. San Agustín quería explicar las tendencias al mal como efecto de las malas acciones libres del hombre, mientras Fortunato pensaba que

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la tendencia al mal es anterior a toda mala acción y causa, no efecto, de las malas acciones. Al estudiar luego a san Pablo y ver que «el pecado habita en nosotros activamente», descubre la profundidad de ese pecado y pierde el miedo al maniqueísmo. Es verdad que la teoría del pecado original le da una explicación satisfactoria del hecho, pero el hecho está ahí. El pecado original se trasmite y todos nacemos con él y con su consecuencia inmediata: la ignorancia y la concupiscencia. Nacemos, al parecer, condenados a pecar por ignorancia o por concupiscencia. Es verdad que no se trata de un «pecado moral», sino cuando hay consciencia y libertad, sino de un pecado natural, de una suerte de «vicio de construcción». Pero, ¿quién puede tirar una raya clara entre ambos campos? Lo evidente es que en nosotros surgen sin cesar las «sugestiones», provocadas desde el interior mismo o desde el exterior. Unas veces consentimos, otras no consentimos, pero siempre tenemos que estar luchando contra nosotros mismos. El responsable de esta postura no es san Agustín, sino san Pablo, aunque los autores, por miedo a san Pablo, se remitan a san Agustín. Pero no hay que escandalizarse, ya que nunca el pecado original se identifica con la ignorancia o la concupiscencia «naturales», que son sus «consecuencias residuales». Lo cierto es que «el pecado habita en nosotros» y que la «gracia cristiana» es el único antídoto apropiado y generoso contra el pecado. Los pecados «actuales» brotan, pues, de esa fuente envenenada, y por eso se los llama también «dolencias» (languores) y pueden ser más o menos sutiles. A veces son faltas o defectos claros, transigencias, negligencias, condescendencias con el mal, que a veces se desdeñan por que son «veniales», aunque constituyan la costumbre, la rutina, o la tibieza mencionadas. Pero a veces el mismo sujeto no sabe si ha consentido o no, si con-

siente o no consiente, o si consentirá mañana o no. Porque es indudable que con frecuencia el mal agrada, ¿y quién puede discernir entre el agrado, el gusto, el recrearse, la morosidad, y un consentimiento más o menos enmascarado, tácito, implícito, etc.? La misma sutileza de san Agustín le lleva a torturarse. Y por todo eso hay que hacer penitencia, y para ello Dios nos dejó la oración y ese tipo de oración se condensa en el Padrenuestro: perdónanos y no nos dejes caer en la tentación. En este ambiente entra al «combate ascético» el monje. Por santo que sea, no podrá liberarse de las dolencias, ni podrá prescindir de las oraciones. Y si toma en serio su combate, ya que la vida del hombre es tentación, tendrá que estarse siempre arrepintiendo del pecado, precaviendo el futuro, pidiendo a Dios que le perdone su deuda y no le deje caer en la tentación. De ese modo, la teoría general, se aplica aquí con toda propiedad y fuerza, pues a quien más se le dio más se le exigirá (Le 12,48). Ningún monje queda dispensado de la penitencia. Y el mismo san Agustín, a la hora de su muerte, leía los salmos penitenciales: «Mandó que le escribieran los salmos penitenciales y colocó los cuadernos contra la pared y durante su enfermedad los contemplaba, los leía y lloraba continua y abundantemente» (S. POSIDIO, Vida de san Agustín 31 PL 32,63). Y decía que ningún cristiano o sacerdote debía salir de este mundo sin una digna y competente penitencia. 614. Dios castiga a sus hijos y estos deben reconocer que es por los pecados. Conviértanse, diciendo: sana mi alma, porque he pecado contra ti (Sal 40,5). Pongámonos, pues, en manos del cirujano. El creó la naturaleza y conoce su vicio. Tienes que confesar: «No acuso a la fortuna; no

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digo: "esto me lo ha traído el hado"; no digo "Venus me hizo adúltero, Marte me hizo ladrón, Saturno me hizo avaro", sino que digo: Señor, compadéceme, sana mi alma porque he pecado contra ti» (cf. Com. Sal. 40,6). 615. La primera tentación es la de la ignorancia. Todos venimos de la ignorancia y del error a la verdad, pero muchos no superan del todo esa ignorancia. La segunda tentación es la de la concupiscencia: muchos se sienten atenazados por ella y gimen: ¡infeliz de mí\ (Rm 7,24). Quizá, cuando el sujeto ha superado ambas tentaciones, sobreviene la tercera, que es la del tedio, por la que a veces da náuseas el leer y el orar. Esta tentación es contraria a la primera, pues si en esta el sujeto moría de hambre, luego muere de inapetencia, y de ese modo se revela una dolencia del alma. No te deleita ya el pecado, pero tampoco te deleita la palabra de Dios. Ya eres hábil y capaz, ya has dominado la concupiscencia, pero cuida no te mate la náusea. Y cuando hayas superado el tedio, confiesa a Dios sus misericordias. (7) Quizá ya seas digno de ser un dirigente de la Iglesia. Pero aguarda a superar la cuarta tentación, que es la galerna. Ésta aflige sobre todo a los que gobiernan las iglesias, pues cuanto más los honran los demás, más peligran ellos. Pero la comunidad entera peligra. Por eso todos los fieles debéis orar por vuestros dirigentes, ya que sois los primeros que peligráis, aunque no manejéis el timón y el gobernalle (cf. Com. Sal. 106,6). 516. Cuan útil y necesaria sea la medicina de la penitencia lo entenderán los que se hagan cargo de lo que significa ser hombres. El fariseo, que tanto presumía de su salud, fue pospuesto al publicano, que no se atrevía a levantar los ojos al cielo (cf. Le 18,9-14) porque Dios resiste a los sober-

bios y de su gracia a los humildes (St 4,6). Sólo Dios no es arrogante por mucho que se alabe a sí mismo, pero entre los hombres una cosa es levantarse hacia Dios y otra levantarse contra Dios; una cosa es la grosura sólida y otra la ampolla vacía. La ley se nos dio para que reconozcamos las faltas, pero es Dios quien levanta a los tullidos, desata a los esposados e ilumina a los ciegos (cf. Sal 145,7)... (2,2) Conocías como yo tres géneros de penitencia. La primera es la que precede al bautismo, como los dolores al parto. Exceptuamos a los niños, pero aun a estos les preguntamos por medio de la fe de sus padrinos si renuncian a Satanás y aceptan la nueva vida. Nadie empieza a ser cristiano, si no se arrepiente de lo que antes era... (3,3) La segunda penitencia es la que dura toda la vida y se enuncia en la humildad perpetua de la súplica. Quien desee la inmortalidad tiene que lamentar la mortalidad; quien desee la vida eterna tiene que lamentar y deplorar esta vida temporal. Y eso es arrepentimiento y penitencia, unida a la oración. Por eso el santo Job no dijo que en esta vida había tentaciones, sino que la vida misma es tentación, y añade misteriosamente: como un esclavo que ha huido de su amo, y se ampara en la oscuridad (Jb 7,1-2 [LXX])... (3,4) Supongamos que alguien no comete ninguno de esos pecados que le separarían del altar; más aun, supongamos que es tan perfecto que no sabe qué reprocharse. No quiero que se gloríe, pues todo eso se lo debe a Dios, es prestado, y no de su cosecha. Además, hace falta saber si socorre al prójimo, como le han socorrido a él. Y no crea que ya tiene bastante con guardar su talento, no sea que le llamen siervo inútil e indolente (Mt 25,25-26). Y si milita al servicio de Dios, no puede ser negado y torpe en el ocio de su incuria.

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Administre sus talentos con alegría, ya en el terreno carnal, ya en el espiritual, pues Dios ama al limosnero alegre (2 Co 9,7). No debe ceder al hastío o a las dificultades, que necesariamente aparecen para demostrar que él es bueno. Y no se deje llevar de los primeros movimientos naturales... (3,5) Los laicos conocen bien sus pecados cotidianos ..., (3,6) pero todos tenemos que rezar: perdónanos nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden (Mt 6,12). Estamos en el estadio, y no sólo damos golpes, sino que los recibimos también. (4,7) El tercer género de penitencia es ya para los pecados «mortíferos», contenidos en el decálogo, pues los que los cometen no poseerán el reino de Dios (Ga 5,21). En estos el sujeto debe ser más riguroso consigo mismo, juzgándose antes de que le juzgue Dios (1 Co 11,31). Abra la sesión, sentándose como reo ante sí mismo, en su propio corazón. El pensamiento será el fiscal, testigo será la conciencia y sayón será el temor. La sangre del alma será representada por el llanto, y la mente dictará la sentencia: «Indigno de participar en el cuerpo y sangre del Señor». Queda separado por la disciplina eclesiástica del sacramento del pan celestial. Y cuando vea que los demás se acercan al altar, mientras él queda excluido, piense en el día del juicio, en el que, mientras los demás entran en el reino, él puede quedar excluido. Es verdad que algunos criminales pueden acercarse ahora al altar terreno de Dios, ya que él tiene larga paciencia, pero no para siempre. Si continúan en su impudencia, quedarán excluidos del reino, por no querer ahora humillarse sometiéndose a la disciplina medicinal... (4,9) Algunos se bautizan, pero continúan en su mala vida. Procuren refugiarse en las llaves de la

Iglesia para que sea desatado en el cielo lo que ella desate en la tierra; vengan al obispo, que administra las llaves de la Iglesia; reciba como buen hijo la medida de su satisfacción, y, mientras atiende a su salvación, sirva de ejemplo a los demás. El obispo juzgará para utilidad de la Iglesia si su caso deben conocerlo otros, o toda la comunidad. Pero no rehuse, no resista, no añada por vergüenza la hinchazón a su úlcera mortal y desesperada. ¿Hay peor gusto que no avergonzarse de la úlcera manifiesta y avergonzarse de su vendaje?.. (4,10) Algunos saben que otros criminales conocidos se acercan al altar y quizá no los denuncian para protegerse a sí mismos. La mayoría de los buenos cristianos tolera eso, ya porque no tienen medios de demostración, ya porque ven que tampoco los obispos pueden aducir documentos probatorios. Los obispos no podemos excomulgar a nadie, sí no se acusa espontáneamente, o es denunciado y convicto ante un tribunal civil o eclesiástico. No podemos ser al mismo tiempo acusadores y jueces... (4,11) Los que desdeñan la penitencia no se hagan ilusiones diciendo que es «mal de muchos», ya que en el infierno no arderán menos porque el número de los condenados sea mayor... (5,12) Y tampoco se engañe ningún pecador diciéndose: «¡quién sabe si a esos penitentes que se confiesan, los perdonará Dios!». Hay que ver lo que se trabaja para que perdone el emperador y nadie sabe si eso llegará; en cambio las llaves de la Iglesia son seguras (cf. Mt 16,19) (cf. Serm. 351,1,1). 617. Aparta tu rostro de mis pecados y borra todas mis iniquidades (Sal 50,11). Tres son los géneros de penitencia. Os he mostrado ya por la Escritura la de los «competentes», que se preparan para el bautismo... (2,7) Ahora tengo

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que hablaros de la penitencia cotidiana y mi documento mejor es la oración del Señor (cf. Mt 6,12). Aquí las deudas son los pecados. Y ya conoces el pacto: perdóname, como yo perdono. ¿De verdad perdonas? Oras bien. Y ya lo ves: las alas de la caridad son dos: el amor al prójimo como a ti mismo y el no guardar rencor ni volver el rostro ante quien te sientes deudor... (3,8) Y no insistiré en el tercer género de penitencia que es el de los que se llaman «penitentes», reos de adulterio, homicidio o sacrilegio. Sobre esto dice la Escritura: Lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo (Mt 18,18)... (3,9) Algunos paganos insultan a los cristianos por haber establecido esta penitencia. También algunos herejes pensaron que no se debía conceder penitencia a algunos pecadores. Pero la Iglesia no ha perdido sus entrañas piadosas. Los paganos no saben lo que hablan y los herejes exageran diciendo: «vosotros hacéis que pequen los hombres, al prometerles el perdón, si hacen penitencia. Eso es disolución, no amonestación». Si no podemos convercerlos, podemos vencerlos, haciéndoles ver que el pecador añadiría más pecados si no tuviera esperanza, porque se diría: «Bueno, ya pequé, cometí el delito, ya no ha lugar el perdón; la penitencia es infructuosa y me he de condenar. ¿Por qué no voy a vivir a mis anchas? Ya que aquí no encuentro caridad, daré rienda suelta a la voluptuosidad. ¿Por qué habría de abstenerme? Me han cerrado el camino de la salvación, y lo que aquí no disfrute me lo pierdo; no tengo acceso a la vida futura; gozaré todo lo que me sea agradable, aunque sea ilícito». Por consiguiente, si suprimes el puerto de la penitencia, aumentas los pecados por desesperación. Por eso Dios evita la desesperación del hombre, pero al mismo

tiempo su excesiva confianza o presunción supersticiosa. Los que aumentan los pecados son los que inducen a la desesperanza o a la superstición. Porque unos dirán: «de ir al infierno, ir en coche». Y otros: «Cuando sea viejo, ya me convertiré; no tengo prisa». Por eso hermanos, el día de la muerte es incierto (cf. Serm. 352,1,2). 618. ¡Señor, no tardesl (Sal 69,6). Tú eres mi abogado y salvador; soy indigno de ayuda, pero ayúdame. Me he enredado en los zarzales, sácame tú. Nadie, sino tú, me sacará de estos enredos. Me ciñen los lazos de diferentes preocupaciones; acá y allá nos laceran los espinos y zarzas, caminamos por una senda estrecha y a veces quedamos prendidos en los setos. Digamos a Dios: «Tú eres el que nos sacas, pues nos mostraste la puerta angosta (Mt 7,14) e hiciste que te siguiéramos». Que esta voz perdure en nosotros, hermanos. Que nadie diga: «ya tengo bastante, ya soy justo». Quien eso diga, se atascó en el camino, nunca llegará. El Apóstol pedía ayuda para continuar confesando con el salmo: soy pobre y desamparado (Sal 69,6). Vayanse los que te dicen: ¿Bien, muy bien! (Sal 69,4). Y quien se alaba se dice a sí mismo: ¿Bien, muy bien! (cf. Com. Sal. 69,8). 619. Nuestra libertad es válida para las buenas obras, si Dios la ayuda; sin esa ayuda, por mucha ciencia que se tenga de la ley, no habrá solidez de justicia, sino tumores. Por eso pedimos en la oración no nos dejes caer en la tentación (Mt 6,13)... (2,6) La ley se dio para los que usan bien de ella, pues por ella saben cuantos grados de justicia han recibido, por los que tienen que dar gracias, y los que todavía no han recibido para que los soliciten con perseverancia. Si alguien cree que con conocer la ley ya tiene bastante, esa ley se entromete para que aumenta el delito (cf. Rm

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5,20). Eso es lo que se dijo de los judíos: no cumplían la ley y además se enorgullecían, desconociendo la justicia de Dios, la que Dios dé al impío... (2,7) Los que creen rectamente en Cristo para eso creen, para tener hambre y sed de justicia (cf. Carta 157,2,5). 620. Haz penitencia por tus pecados pasados. Han pasado ya, pero nadie puede hacer que no hayan pasado. Podrás no repetir lo que hiciste, pero no puedes evitar que lo que hiciste no fuese un hecho. Tienes, pues, que repetir: perdona nuestras ofensas (Mt 6,12) (cf. Serm. 56,13,18). 621. Vais a ser bautizados. Se os perdonarán todos los pecados pasados. Pero no por eso dejaréis de ser deudores, ya que no os quitarán la tentación y esa tentación seguirá siendo continua (cf. Serm. 57,8,8). 622. Aquí tenéis la oración del Señor, que tendréis que pronunciar de memoria dentro de ocho días. Y los que no habéis aprendido todavía el Símbolo, tenéis todavía tiempo para aprenderlo. El sábado tendréis que recitar el Símbolo y la oración del Señor delante de toda la comunidad. Por eso atended a esta oración... (5,6) La quinta petición dice: perdónanos nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden (Mt 6,12). ¿Quién no tiene necesidad de esta oración? Puedes alardear, pero no te puedes justificar. Imita al publicano para que no presumas como el fariseo (cf. Le 18,10-14). Cristo enseñó así a rezar a sus apóstoles que iban a ser los carneros del rebaño. Pues si los carneros tenían que rezar así, ¿qué deberemos hacer los corderos? (cf. Serm. 58,1,1). Se te perdonan los pecados pasados y puedes cortar los futuros, pero no puedes vivir aquí sin ellos. Supongamos

que son pequeños, mínimos, leves, pero no los subestimes. Te quedan dos remedios: Perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará (Le 6,37-38)... (11,13) Os mandamos aprender de memoria el Símbolo para que lo podáis repetir con todos en la Iglesia. Mas para que no lo olvidéis, repetidlo cada día. Al dormir y al levantaros, repetid vuestro Símbolo, repetidlo ante el Señor para refrescarlo. No seáis negligentes para recitarlo, ya que es buena la repetición para que no se deslice el olvido. No digáis: «ya lo recité ayer y lo he recitado hoy, lo recito cada día, lo tengo bien aprendido». Refresca tu fe, y contémplate en ella; que el Símbolo sea para ti como un espejo para que compruebes si crees todo eso que dices que crees, y te goces cada día en tu fe. Cuando te levantas, te vistes. Pues viste también a tu alma con el Símbolo para que no la desnude el olvido... Que nuestra fe sea nuestra túnica contra la confusión y nuestra loriga contra la adversidad (cf. Serm. 58,9,10). 623. La meditación de la vida presente debe redundar en alabanza del creador. Hemos de irnos ya ejercitando en lo que haremos eternamente. Roguemos a Dios y al mismo tiempo alabemos a Dios. Nuestra oración suscita un gemido, nuestra alabanza suscita un gozo. He aquí los dos tiempos, el de la cuaresma y el de la pascua. Nos regocijamos con la esperanza, pero sin dejar de gemir por el afán. En Cristo, nuestra cabeza, se dan ambos tiempos: la pasión y el aleluya de la resurrección... (4) Ahora gemimos en la peregrina nación para gozar después en la Patria. Quien no gima aquí como peregrino no exultará allí como ciudadano. ¿Cuándo cesará esta lucha a muerte en que nos debatimos y que nos obliga a gemir, pensando en la versa-

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tilidad de los azares y en la fragilidad de la carne? Cada día se levantan contra nosotros las tentaciones y delectaciones. Es verdad que quizá no consentimos, pero nos molestan y obligan a combatir. Siempre preocupa el riesgo de que el luchador caiga vencido. Pero aunque nos mantengamos victoriosos, el combate mismo es un tormento. El enemigo no se irá ni descansará hasta la resurrección de los muertos. Pero confesemos y quedemos tranquilos. ¡Vivid seguros! No os ilusionéis con los deleites de Babilonia para que no os olvidéis del amor de Jerusalén... (8) ¡Oh bienaventurados ciudadanos! ¡Y nosotros seremos como ellos! ¡Ay! ¡Suspiremos! ¡Gimamos suspirando! ¿Qué somos ahora? Mortales, pusilánimes, abyectos, tierra y ceniza. Pero ese Dios que es omnipotente nos ha hecho grandes promesas. ¿Cómo creéis que nos estimará Dios, si por nosotros entregó a su unigénito Hijo? (cf. Com. Sal. 148,1). 4. Tenga cautela. San Antonio, en una visión, contempló la tierra cubierta de lazos. Hoy diríamos que es un campo minado. Por todas partes podemos encontrar sorpresas, asechanzas, tinieblas y traiciones inesperadas. Es la «noche», de la que nos habla tanto san Agustín. Llegamos a no comprender cómo no caemos en el lazo a cada momento. Con nuestra libertad y con la gracia de Dios seguimos adelante, pero el riesgo no cesa. Gracias a ese riesgo evitamos en parte la presunción, pero nos asombra nuestra propia fragilidad. La presunción es signo de fatuidad y petulancia, pero nos gusta presumir y el riesgo nos corta la respiración. Miremos, pues, bien dónde asentamos los pies en esta noche, ya que hay lazos entre las flores y

entre la hojarasca. En los claros más sugestivos y tentadores se ha esmerado más el enemigo en su asechanza. Hablamos de arrepentimiento y penitencia, pero eso hay que demostrarlo. San Agustín, por su tendencia a la interioridad, sabía muy bien que hay arrepentimientos y penitencias de cumplimiento y que la verdadera penitencia es un asunto del corazón, un asunto del amor. ¿Cómo pensar que vive arrepentido quien no desconfía de sí mismo o desconfía mal? ¿Cómo está arrepentido quien no evita las ocasiones, quien no mira con recelo a las tinieblas de la noche? Quizá se ha movilizado una parte superficial de nuestra conciencia y por eso hablamos de nuestra conversión, como si hubiéramos vibrado hasta la raíz. Pero quizá nuestras masas profundas siguen sin convertir, puesto que no echamos mano a la cuchilla y empezamos a desbrozar caminos. Si fuésemos realmente sinceros, rezaríamos de corazón el Padrenuestro. Pero, tales como somos, necesitamos un inusitado coraje para recitarlo y por eso dice la liturgia: «nos atrevemos a decir», porque ¡ya se necesita atrevimiento! El tema de la «noche» es en san Agustín muy socorrido. El hombre vive en una noche, porque vive en el misterio y porque vive en el peligro. Pero por eso mismo su confianza en Dios ha de ser ilimitada, ya que sus propias cautelas no bastan para superar los azares de la ignorancia y de la concupiscencia. Ese tema de la noche lleva consigo el de la «soledad» radical. Cada hombre ha de vivir solo, solitario, aunque sea solidario de todos y viva una vida «común». Porque cada hombre es para cada hombre una noche, un misterio, e incluso cada hombre es para sí mismo un misterio. En ese tema de la noche se conjugan otros temas subordinados: la noche de los pecados, de las tentaciones, de los combates, de las asechanzas, de los desengaños y frustraciones, de la

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humildad y del abandono a la voluntad de Dios. Pero la noche significa también amor, aunque sea doliente y temeroso de que «él se vaya», o de que «él se canse». Entre herejías, cismas y traiciones, es preciso amar mucho, amar a los enemigos, pedir a Dios un amor ciego y rebosante, una generosidad que ya apenas ve las dificultades de la tierra y contempla el cielo estrellado como la verdadera patria. La «mala noche en una mala posada», dice santa Teresa, se verifica aquí en su último extremo en una época de agitaciones y turbulencias increíbles. Pero esa fórmula no es negativa, sino positiva. En la posada nos encontramos con los otros arrieros. Y no sólo hemos de caminar con ellos, sino que hemos de ofrecerles la información y la ayuda que podamos, pues lo que a todos nos interesa es el «más allá». Los «humanismos vergonzantes» quedan acá, y sólo cabe una lucha radical entre el humanismo ateo y el teísmo. Y, por eso, nunca podremos separarnos de la mano de la fe. El mal, en formas diabólicas o humanas, nos tienta, y Dios nos tienta también, en el sentido de «prueba»: tiene que probar nuestra resistencia, corregirnos, castigarnos, curarnos a veces rudamente como los cirujanos («aquí corta, aquí cauteriza, aquí no perdones para que eternamente perdones»). La noche general implica muchos tipos de noches parciales y zonas tenebrosas. La vida entera llega a ser una muerte perpetua, aunque temporal: vivir es perder la vida, irse consumiendo como un cirio. ¡Qué ironía es decir: «tengo veinte, treinta, cuarenta, cincuenta años», en lugar de decir ya me he gastado cincuenta años que ya no tengo! El hombre agustiniano es, pues, un hombre cauteloso, probado por el fuego y el agua, que camina por un sendero estrecho, espinoso, oscuro, rodeado de peligros, como en una jungla o un «desierto poblado de aullidos», pero alegre

y enamorado, dispuesto siempre a rendir a su Señor las cuentas definitivas. 624. Abismo significa profundidad impenetrable e incomprensible. ¿Y no es un abismo el corazón humano? ¿Hay algo más profundo que este abismo? Los hombres se expresan al exterior, pero ¿quién ve su pensamiento? Lo que dentro lleva, lo que puede, lo que maquina, lo que pretende, lo que íntimamente quiere o no quiere, ¿quién lo comprende? Ni el mismo sujeto penetra en su propia profundidad. Pedro se prometía temerariamente morir con el Señor o por el Señor. Todo hombre por santo y justo que sea es un abismo. Y este abismo invoca al abismo. ¿A qué abismo? No puede ser ni a otro hombre ni a sí mismo. Pero según el salmo lo invoca en la voz de tus cataratas (Sal 41,8)... (14) Puede significar al predicador, que invoca a Dios, pues se dice en otro salmo: Tus juicios son un profundo abismo (Sal 35,7)... (19) Pero al fin es un recurso a la misericordia divina, pues habla de la oración y termina diciendo: Espera en el Señor, pues todavía le confesaré. Expresa su confesión y repite su confirmación: salud de mi rostro, Dios mío (Sal 41,12) (Cf. Com. Sal. 41,13). 625. En tres etapas se consuma el pecado: sugestión o tentación, delectación o sentimiento y consentimiento o aceptación. La sugestión se origina en la memoria, en los sentidos (viendo, oyendo, oliendo, gustando o tocando algún objeto). Quizá nos gustaría disfrutar de ese objeto y entonces es preciso refrenar la delectación que surge. Si, por ejemplo, ayunamos y al contemplar algún manjar brota el apetito del paladar, tenemos ya ahí la delectación;

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pero no le damos rienda, sino que lo cohibimos por el fuero de la razón que se impone; en cambio, si consentimos, ya esta ahí el pecado consumado, y Dios lo ve en nuestro corazón, aunque su ejecución no aparezca al exterior ni la vean los hombres. Esto está simbolizado en el pecado del paraíso: la sugestión es la serpiente; y cuando más sutil sea la sugerencia, más semejanza guarda con la serpiente sinuosa y resbaladiza. La delectación está simbolizada en Eva, como en el sentimiento. Finalmente la razón imperante está simbolizada en Adán. Estos grados son ordenados y hermosos, ya que quien sugiere no obliga. Es la razón la que debe mandar y no servir. Del mismo modo, sentir no es consentir, mientras no haya una costumbre precedente. El pecado se consuma al consentir. Y si ese consentimiento se verifica exteriormente, parece como que el apetito se sacia y cesa o se extingue. Pero, luego, al repetirse la sugestión, aumenta la delectación y se va creando una costumbre. El superar esta costumbre es sumamente difícil... (35) Por eso distinguimos también tres etapas en el pecado: en el corazón, en la obra exterior y en la costumbre. Están simbolizadas en los tres muertos que resucitó Cristo (cf. Mt 9,23-25; Le 7,11-15; Jn 11,1-44) (cf. Serm. Montaña 1,12,34). 626. En la Escritura la serpiente es un símbolo ambiguo. Así se dice: sed astutos como serpientes (Mt 10,16); pero se dice también: la serpiente engañó a Eva con su astucia (2 Co 11,3) (Doctr. cristiana 3,25,36). La Escritura dice también que la serpiente era prudentísima o, como dicen los códices latinos, sapientísima. No se trata del puro animal, sino del espíritu diabólico que la animaba y hablaba por su boca, como a veces habla por los

vates. Por eso el término sabiduría se toma en sentido peyorativo, igual que a veces empleamos astucia en el buen sentido (cf. Gen. literal 11,2,4). Esto no significa que la serpiente entendiera las palabras que el diablo decía por ella, ya que ni siquiera los endemoniados entienden lo que dicen, cuando los interroga el exorcista... (29,36) Se dice, pues, que la serpiente es prudente o sabia por el espíritu que la animaba, como decimos lengua prudente o taimada por la razón que la guía, o como decimos estilo seductor... (29,37) Del mismo modo habló la burra de Balaán, movida por un espíritu angélico (Nm 22,28). Y digo esto para que nadie crea esas absurdas fábulas de hombres transformados en asnos o de asnos en hombres (cf. Gen. literal 11,28,35). 627. Agustín: Yo digo que no hay más que dos géneros de mal, el pecado, que se debe a la libertad humana, y el castigo de ese pecado que pertenece a la justicia divina... Fortunato: Si Dios dio el libre albedrío, habría dado licencia de pecar, a la que tú llamas libertad. Dios consentiría en mi delito, y de hecho sería el autor de ese delito. Tú hablas del pecado que habita en nosotros, pero yo hablo de las sustancias que originan ese pecado. Si cuando pretendemos cometer un pecado, ese pensamiento no tuviera su propio origen, no seríamos obligados. Pero pecamos contra nuestra voluntad, esto es, somos forzados por una sustancia contraria y enemiga. Por eso los maniqueos nos atenemos a la ciencia de las cosas, sin desdeñar la autoridad de la fe cristiana. Esa ciencia o gnosis nos refresca la memoria y reconocemos nuestro origen y el mal en que caímos. Así podremos evitar el pecado involuntario

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y hacer el bien, reconciliarnos con Dios gracias a nuestro Salvador, que nos enseña a evitar el mal y a hacer el bien (gnosis). Si todo dependiese del libre albedrío, como tú dices, nunca pecaríamos... (21) Agustín: Repito que no hay pecado sin la propia voluntad. Como tampoco habría premio, si no hiciésemos el bien libremente. Tú me remites a sustancias anteriores y yo repito que todo lo que Dios creó era bueno, pero no de su propia sustancia y por eso es inferior a él. En consecuencia la cabeza y origen del mal es el pecado, como dice el Apóstol: la raíz de todos los males es la codicia (1 Tm 6,10). Como ves, no puede buscar la raíz de la raíz. Es, pues, inútil buscar otro origen del mal. Y si tú pones otra naturaleza contraria al hombre, habrá que castigar a esa naturaleza, pero nunca al hombre que peca forzado por ella. Si la que peca es la gente de las tinieblas, ¿por qué habré yo de arrepentirme de pecados que no son míos? El maniqueo puede decir a Dios: «¿Qué mal hice? Yo estaba en ti, íntegro e incontaminado y tú me enviaste acá. Estabas en un aprieto y al enviarme aquí fui oprimido; no puedo respirar, no puedo resistir, ¿por qué me acusas, como si yo pecase? ¿Para qué me prometes el perdón de mis pecados?». A esto tienes que responder, Fortunato, como yo he respondido a tus interrogantes. Fortunato: Hablas de codicia, como si se tratase sólo de nuestro cuerpo. Pero la raíz del mal está en el mundo entero... (22) Agustín: Pero yo he dicho que sólo el hombre comete pecados por su libertad. Y eso se explicaba bien en el primer hombre. Pero, a consecuencia del pecado, dismi-

nuyó la libertad, porque creció la delectación perniciosa, de modo que se creó por la costumbre como una necesidad, muy difícil de superar. Esto se comprueba en los que tienen costumbre de jurar, y el juramento se les escapa sin querer... Repito que la delectación se debe a la costumbre, que se llama también prudencia de la carne, y que desaparece cuando Dios ilumina al alma. Se dice que la prudencia de la carne no se somete a la ley de Dios (Rm 8,7), pero es tanto como decir que la nieve no es caliente mientras sea nieve: puede sin embargo deshelarse con el calor. Cuando el evangelio habla del árbol bueno y del malo se refiere a dos hombres o voluntades que pueden cambiar. Cuando la gracia de Dios nos inspira el amor divino y nos somete a su voluntad, se dice: habéis sido llamados a la libertad (Ga 5,13) y también: la gracia de Dios me libertó de la ley del pecado y de la muerte (Rm 8,2)... Fortunato: No se trata sólo de nuestras almas, sino de todas las almas del mundo. Por eso dijo el Señor a sus discípulos: os envío como ovejas a los lobos (Mt 10,16) y contra los principes y potestades, espíritus de maldad, y dominación tenebrosa (Ef 6,12). Por eso dije que esa que tú llamas delectación es anterior al pecado; es la codicia, es la mala raíz. Y por eso dijo el Señor que el árbol malo no puede dar fruto bueno (cf. Fortunato 20). 628. Dios ve, como dice la Escritura, el corazón y los ríñones; pero no inmuniza a los rectos de corazón, según el salmo (Sal 7,11), pues dice que salva sólo a los rectos de corazón. Se coloca la sede del pensamiento en el corazón y la de la delectación en los ríñones. Las delectaciones malas se atribuyen, pues, a los ríñones y las buenas al corazón. Así surgen mil fantasías e imaginaciones de cosas terrenas

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que van asociadas a las delectaciones de la carne. Pero contra la sugestión de los ríñones lucha la delectación del corazón con la gracia de Dios. El salmo dice dirigirás al justo, escrutando el corazón y los ríñones (Sal 7,10). Cuando cesaron las persecuciones del cristianismo, creció la hipocresía, la simulación de los que con el nombre cristiano tratan de agradar a los hombres y no a Dios. Pues ¿cómo dirigir al justo en esta hipócrita confusión, sino escrutando el corazón y los ríñones, los pensamientos y los sentimientos? Dios, escrutando los ríñones, ve que no obedecemos a la carne y sangre (Ga 1,16), sino que nos deleitamos en el Señor, y eso es dirigir al justo en la conciencia. En efecto, la delectación es el término del cuidado: el hombre se apoya en los cuidados y preocupaciones para llegar a su delectación. Por eso Dios, al escrutar los corazones ve nuestros cuidados, y ve los fines de esos cuidados que son las delectaciones, pues escruta también los ríñones. En cuanto a nuestros cuidados, pueden referirse a la concupiscencia de la carne, a la concupiscencia de los ojos y a la soberbia de la vida (1 Jn 2,16), o bien al gozo de las realidades eternas. Sin duda los hombres pueden ver nuestras obras, pero nuestras intenciones y pretensiones sólo las ve el que escruta el corazón y los ríñones, (cf. Com. Sal. 7,9). 629. Cristo no os ha hecho ningún mal. A Judas, el traidor, le llamó diablo (Jn 6,71), le confío la administración (cf. Jn 12,6) y le envió con los otros apóstoles a predicar el Reino de Dios (cf. Mt 10,5). Así mostró que los dones de Dios llegan a los que los reciben de buena fe, aunque el ministro por el que los reciben sea como Judas. Toleró al traidor con tanta paciencia que, como a los demás apósto-

les, le entregó la primera Eucaristía, consagrada por sus manos y encomiada por su palabra (cf. Com. Sal. 10,6). Lo que para unos es fragancia de vida, para otros es hedor de muerte. Así el Iscariote murmuró de la religiosa María, que derramó su bote de perfume. ¡Ay de ti, mezquino! El buen olor te dio la muerte. El evangelista nos explica por qué menciona eso. Podríamos creer que la intención de Judas era la de socorrer a los pobres, pero buscaba el interés... (10) No se hizo malo cuando, corrompido por los judíos, entregó al Señor. Era ya ladrón y en su perdición seguía al Señor con el cuerpo, no con el corazón. Mirad, hermanos, entre los santos había un Judas, un ladrón de dinero sagrado, un peculado, como se llama a los ladrones de la hacienda pública. Y si esto era poco, era también sacrilego por ser bienes santos, como se dice a los que roban bienes eclesiásticos. Así era Judas y, sin embargo, entraba y salía con los otros santos apóstoles. Vivía con todos, podía conversar con todos, pero no contaminarlos (cf. Trat. ev. Jn. 50,9). 630. Pedro se prometía seguir al Señor hasta la muerte. Pero le seguía con los pies, sin ser capaz de seguirle con las costumbres. Se prometía morir por él, y no pudo ni morir con él. Su osadía era mayor que su capacidad de resistir. Prometía más de lo que podía: daré mi vida por ti (Jn 13,37). Esto tenía que hacerlo el Señor por el siervo, no el siervo por el Señor. Así, pues, tuvo miedo y renegó. Luego Cristo resucitado le enseñó a amar. Cuando amaba desordenadamente, sucumbió bajo la pesadumbre de la pasión; cuando amó ordenadamente, el Señor le anunció la pasión... (2) Pedro, decidido a morir por Cristo, le siguió. Y he aquí que ante las observaciones de una criada, lo

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negó una, dos y tres veces (cf. Le 22,56-62). Le mira Cristo y él rompe a llorar amargamente, lavando sus negaciones con lágrimas de piedad cordial (cf. Serm. 296,1). Que el hombre no diga en su optimismo: no me dejaré mover eternamente (Sal 29,7). Por eso se le dijo: servid al Señor con temor, y confesadlo con temblor, no sea que se enoje y perezcáis en la senda justa (Sal 2,12). No dice «y no lleguéis a la senda justa», sino «y no perezcáis en la senda justa». El aviso es para los que ya caminan por la senda justa para que sirvan al Señor con temor, es decir, para que no se engrían, sino que teman (cf. Rm 11,20) para que sean humildes. Alaben al Señor, pero sin gloriarse, pues nada propio tienen. Así, quien se gloríe, que se gloríe en el Señor (1 Co 1,31). Por eso el salmista, al decir el optimista no me dejaré mover eternamente, añade: Señor, por tu voluntad habías otorgado la virtud a mi esperanza; retiraste de mí tu rostro y quedé conturbado (Sal 29,7-8). Confiesa que Dios le había dado la virtud, pero después había presumido de sí en su optimismo y se encontró burlado para comprobar en quién hay que depositar la confianza, no sólo para alcanzar la vida eterna, sino también para perseverar en la práctica de esta vida piadosa. Quedó burlado para que aprendiera a conocerse. El mismo Pedro había dicho en su optimismo: daré mi vida por ti (Jn 13,37). Se adelantó a atribuirse lo que Dios le daría más tarde. Dios retiró su rostro y él renegó tres veces; después Cristo volvió su rostro a él y lavó su culpa con lágrimas... (25) Que nadie diga, pues, que no hay que corregir al que se desmanda en la senda justa, sino que sólo hay que pedir a Dios la perseverancia o el que vuelvan al sendero justo. Dice san Pablo que para los llamados todo coopera en su bien y el castigo

es un modo de cooperar. No sabemos si el castigado ha sido predestinado según el propósito; por eso el que le corrige haga con caridad lo que sabe que se debe hacer; y sabe muy bien que es preciso corregir al que se desmanda (cf. Corrección 9,24). 631. Nadie, fuera de Dios, sabe cómo es el hombre. A veces ni el mismo diablo conoce al hombre, y por eso se acerca a tentarle, como hemos dicho de Job. Por eso adelanta el interrogante: ¿acaso sirve Job a Dios de balde? (Jb 1,9). Veía a un hombre que servía a Dios, siempre atento, siempre dispuesto a obrar bien. Pero como era muy rico, el diablo arguye que está bien pagado por Dios. Sólo Dios veía que el culto de Job era gratuito. Dios permite al diablo que le tiente para darnos un ejemplo de conocimiento e imitación. Llegó el tentador y le arrebató todos los bienes, la hacienda, la familia y los hijos. Sólo le dejó la mujer, no por misericordia, sino para seducirle, como lo hizo con Adán. El diablo la consideró como una colaboradora, no como una consoladora. Y Job dijo: el Señor lo dio, el Señor lo quitó: como agradó al Señor, así acaeció, sea bendito el nombre del Señor (Jb 1,21). Privado de la salud, se conformó y reprendió a su mujer (Jb 2,10). Ella podía haber amado más a su marido, si hubiera conocido su belleza interior, que era el mayor de sus bienes. Hermanos, que este modelo nos valga para servir a Dios de balde para esperar siempre en él y no temer ni a los hombres ni el diablo. Que Dios sea nuestro patrimonio, nuestra esperanza, nuestra salud, en esta vida nuestro consolador, y en la otra nuestro remunerador y en ambas vivificador y fuente de la vida, pues dijo: Yo soy el camino, la verdad y la vida (Jn 14,6) (cf. Com. Sal. 55,20).

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632. En esta vida, entre tantos escándalos y pecados, entre tanta confusión de tentaciones cotidianas y de sugestiones cotidianas, ¿qué voy a hacer? ¿Cómo atravesaré este ancho mar? Cuando pienso en el largo camino, me pregunto: ¿No me envolverán las tinieblas! (Sal 138,11). Pero mi noche se ha iluminado. En la noche había desesperado de poder atravesar el mar, cubrir un camino tan largo, perseverar hasta el fin. Doy gracias al que me buscó cuando yo huía; al que me golpeó la espalda con su flagelo; al que al llamarme me impidió llegar a la perdición; al que iluminó mi noche. Porque es de noche cuando se trata de esta vida. Y ¿cómo se ilumina esta noche? Porque Cristo descendió a la noche. Aceptó la carne de este mundo y así nos iluminó la noche. Eso significa la parábola de la mujer que perdió su dracma (cf. Le 15,8). Encendió una lámpara. Las lámparas se hacen de arcilla, pero llevan la luz con que encontrar la dracma. La lámpara de la Sabiduría es la carne de Cristo, hecha de barro; pero dentro ardía la luz del Verbo para encontrar a los perdidos. La noche es iluminación en mis delicias (Sal 138,11). La noche se convierte en gozo, porque Cristo es nuestra delicia... (15) Pero el Señor no admite la impunidad y nos castiga. El dolor del mundo es medicinal, no penal. En todas partes reinan el dolor, el miedo, la necesidad, las fatigas. Así Dios, lejos de entenebrecer más nuestras tinieblas, las ilumina. De este modo las tinieblas de la noche se identifican con la luz de la noche... (16) Y la noche se iluminará como el día (Sal 138,12). ¿Y cómo es noche, si hay luz? Es noche porque aquí va errante el género humano; es noche porque aún no hemos llegado al día que no tiene ayer ni mañana, sino que es día perpetuo, sin aurora ni ocaso. Esta noche tiene sus

tinieblas, pero también su luz. La prosperidad y felicidad, el placer y el honor, son como la luz de esta noche. La adversidad y la amargura, la tribulación y el deshonor son las tinieblas de esta noche. Mas cuando llega Cristo y la fe se introduce en el alma, se promete otra luz, se otorga la paciencia y se enseña al hombre a no engreírse en la prosperidad ni amilanarse en la adversidad. El hombre fiel comienza a usar con indiferencia de este mundo y bendecir a Dios en toda contingencia. Así se realiza lo que se dijo: como sus tinieblas, es su luz: no me sobrecogen sus tinieblas, porque no me engríe su luz... (17) Esa luz pueden encontrarla en Job, que tenía abundancia de bienes. Esa era la luz de su noche. El enemigo pidió permiso para quitarle todo y le sobrevinieron las tinieblas de la noche. Pero Job poseía otra luz interior por la que le eran indiferentes la luz y las tinieblas de esta noche. Y por eso dijo: sea bendito el nombre del Señor. Dios me dio la luz temporal y él me la sustrajo, pero no estoy triste, ya que para mí sus tinieblas son como su luz... (18) Pero el salmo continúa: porque tú, Señor poseíste mis ríñones (Sal 138,13). Dios domina no sólo los pensamientos, sino también las delectaciones. Posee mis ríñones, por los que me deleita la luz de este mundo. Y ¿de dónde sacas tú esa indiferencia? Porque Dios me recibió desde el vientre de mi madre que era Babilonia. Recibidos, pues, por Dios, hermanos, comencemos a alimentar una nueva esperanza. Nos ha prometido algo de que nos hemos de alegrar. Colocados en esa nueva esperanza, dad fruto. Para nosotros ya no hay otro mal que el ofender a Dios y el no alcanzar lo que nos prometió; ni hay otro bien que merecer a Dios y alcanzar lo que nos prometió. ¿Y qué haremos con los bienes y males del

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mundo? Seamos indiferentes, sin considerarnos felices por los bienes, o desventurados por los males. Hay que mantener la justicia, amar la fe, esperar en Dios, amar a Dios y al prójimo. Tras estos trabajos lograremos la luz indeficiente, el día sin ocaso. Pasa volando todo lo que hay en esta noche, lúcido o tenebroso. Porque tú Señor, poseíste mis ríñones: me recibiste desde el vientre de mi madre (Sal 138,13) (cí. Com. Sal. 138,14).

EPILOGO La Regla de san Agustín es una aplicación coyuntural y parcial de algunos principios morales. Mucho se engañaría quien pretendiese tomarla como exposición de la moral agustiniana y quien pretendiese tomarla como una dogmática o una religión. Es, pues, un mero fragmento, un rostro desconchado, extraído de unas excavaciones. Puede servir, sin embargo, para construir, no ya sólo un régimen monástico, sino también un régimen cristiano, ya que Agustín no implanta una división entre monjes y laicos, sino que, por el contrario, la elimina. Ni el monje ni el laico tienen sentido sino dentro del pueblo de Dios, del Cristo total. Y nunca alcanzará el auténtico pensamiento agustiniano sobre el monacato quien no comience por deponer los juicios modernos y colocarse con el mismo san Agustín ante la figura de Cristo. La vida de san Agustín no fue otra cosa que una búsqueda de Cristo y un progresivo descubrimiento de Cristo. Mas para explicar estas palabras tan sencillas necesitamos un capítulo nuevo, una visión progresiva y cada vez más amplia de ese Cristo que, como Cristo Total, se identifica con la verdadera religión, que es el cristianismo. Y para ello necesitamos un nuevo capítulo en forma de epílogo. En realidad podría ir en forma de prólogo. Si no lo hacemos así, es para no desorientar a los lectores. Si vieran un prólogo un tanto deslumbrador, pensarían que tomábamos la Regla de san Agustín como mera

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ocasión para exponer una teología o una moral y nos acusarían de ocasionalismo. Ya hemos manifestado que cuando se estudia un torso, hallado en una excavaciones, no hay ocasionalismo, pues no se pierde de vista el mismo torso fundamental; pero es necesario encuadrar el fragmento en un todo, en la unidad, que dará nombre, sentido y valor al mismo torso. Y por eso no podemos contentarnos con una simple lectura de la Regla, sino que debemos ir a las obras, a todas las obras de san Agustín. Pero como eso es muy difícil o imposible para los lectores, reducimos la doctrina a un simple «comentario», compuesto de textos representativos y significativos. De este modo nuestro torso, lejos de perder valor o importancia la cobra mayor, ya que se hace ver que cada fórmula de la Regla va respaldada por una gran teoría, por las líneas arquitectónicas firmes y bellas de un sistema, de una unidad, o, como suele decirse con una palabra feliz, de un «pensamiento orgánico», del pensamiento orgánico de san Agustín. ¿Quién es Cristo para san Agustín? Esta pregunta no es ociosa, como no lo es para cada uno de nosotros, aunque demos por sabida la respuesta. Son muchos, demasiados, los que nunca se han preguntando quién es Cristo para ellos. Y muchos menos los que hayan identificado el problema de Cristo con el problema de la única y verdadera religión de la humanidad. Por eso nuestra pregunta no es ociosa, sino necesaria. El Santo nos dice que había mamado el nombre de Jesucristo con la leche de su madre santa Mónica, hasta el punto de que ninguna doctrina le gustaba, cuando no incluía ese nombre de Jesucristo. Por eso la lectura del Hortensio, con ser la llamada a la filosofía, no le satisfizo y se dirigió a encontrar en el maniqueísmo lo que buscaba. ¿Y qué buscaba? Buscaba una «religión racional» y el maniqueísmo se presentaba como tal, en oposición al catolicismo.

Mientras el catolicismo decía: «hay que creer para entender», el maniqueísmo proclamaba: «hay que entender para creer. ¿Cómo vas a creer si no entiendes lo que crees?». Y ya que los maniqueos se tenían, no sólo por auténticos cristianos en África del Norte, sino por más cristianos que los demás (christianores), y aireaban sin cesar el nombre de Cristo y el de la Santísima Trinidad y la fórmula «Verdad, Verdad», Agustín se dejó fácilmente seducir. Renegó, pues, del catolicismo de su madre y se declaró públicamente maniqueo, combatiendo a los católicos con todas sus fuerzas. Se entabló así un desafío entre el hijo y la madre, que terminó, como sabemos, con el «triunfo de la madre». Agustín se convirtió y regresó al catolicismo. Su larga peregrinación desilusionada y su paso por el escepticismo le habían convencido de la precariedad de la razón humana y de que era necesario «creer para entender». Pero el tiro de gracia para la conversión total estaba en el terreno de las costumbres y del corazón. Y ese tiro de gracia lo recibió en el huerto de su casa de Milán, cuya escena dramática ha descrito él con tanta morosidad, como se merece un tiro de gracia. Por un cúmulo de circunstancias, la conversión al cristianismo significaba para él una vida monástica, no al estilo de los monjes católicos de Milán o los de Roma, sino al servicio y utilidad de la Iglesia católica, como soldado de Cristo, encuadrado en un grupo o manípulo militar disciplinado y capacitado. La figura de Cristo evolucionaba rápidamente en su pensamiento. En el maniqueísmo aceptaba a Cristo como Salvador gnóstico, orientador de las almas, «camino, verdad y puerta» de salvación, enviado al mundo para iluminar a los hombres sobre el principio, medio y fin del universo temporal. Buscaba a los que predestinaba, a los que hallaba dignos de recibir su iluminación, como fuente de una muchedumbre

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COMENTARIO A LA REGLA DE SAN AGUSTÍN

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de iluminados, que constituían una religión o iglesia gnóstica. Ese Cristo predicador era un ser espiritual, revestido de una apariencia carnal, que era una mera trasparencia. Al convertirse al catolicismo, san Agustín tenía que aceptar al Verbo encarnado hecho hombre completo, con alma y cuerpo reales. Y la palabra «carne», tan odiada por los maniqueos, tenía ahora que resonar como un martillo en su cabeza. No valían los disimulos o interpretaciones sofísticas y sapienciales: la carne era la carne, que cubre los huesos del cuerpo humano con los mismos huesos. Al principio el reajuste parecía arduo. Cristo seguía siendo un gran profesor, una gran sabiduría, que asumía al hombre para comunicarle la luz orientadora, la «gnosis». Costaba trabajo hablar de «unión personal» o unión hipostática, ya que en latín, la palabra «persona» significaba «personaje». Un actor es la persona de Hércules o de Agamenón y san Agustín se había formado en la sabiduría clásica. Por eso, al principio prefería decir: «Cristo, el hombre que el Verbo asumió». Esto ha creado dificultad a algunos intérpretes, que se han atendido a posturas verbales. De todos modos, parece claro que le costó algún trabajo liberarse de un posible sabelianismo. Sobre todo porque no perdía de vista su concepto de «religión verdadera» y eso significaba que el cristianismo no es una religión entre otras de la humanidad, sino la única religión verdadera, en la que únicamente se salvan todos los que se salvaron, se salvan y se salvarán, porque abarca a toda la humanidad. Los evangelios y la Escritura en general ya no hablan de una historia de Jesús de Nazaret, sino del Verbo Encarnado, en el que los hombres fueron predestinados y así son llamados, justificados y glorificados. El análisis del pecado original dio a Agustín la pauta para comprender nuevos puntos de vista. La humani-

dad, convertida en una masa de pecado, apela a la predestinación y a la vocación. Y entonces la iniciativa salvífica o soteriológica pertenece a Dios y no al libre albedrío o libertad humana. San Pablo, con su dualismo moral y religioso, tortura de momento a san Agustín, pues parece hacerle recaer en el maniqueísmo, como han señalado algunos autores que hablan de la reviviscencia maniquea en el Santo. Confunden el maniqueísmo con san Pablo. El pecado original se había convertido para san Agustín en un bien hasta hacerle exclamar: ¡Oh feliz culpa, que nos deparó un tan alto Salvador! Y al momento aparece la «necesidad de Cristo». Ni el gentil ni el judío pueden salvarse: el hombre no puede salvarse por sus fuerzas propias, pues no las tiene. Cristo es necesario y de ese modo la figura de Cristo se agiganta ante el universo y al mismo tiempo se humilla hasta ponerse en contacto con cada uno de los hombres, incluido el más abyecto y miserable. Así la religión de Cristo, penetrada por el Verbo y por Jesús de Nazaret, es universal y es concreta. Dos nuevos elementos contribuyen a esclarecer misteriosamente esa figura de Cristo. Por un lado, se trata de la gracia cristiana; y por otro lado, se trata de una Iglesia cristiana. La gracia de Cristo cobra en san Agustín toda su dimensión o su desarrollo completo. Ya no se trata sólo de la gracia divina, fundamentada en una alianza, tal como la concibió Israel. Esa gracia, que suponía un contrato de justicia, un contrato de amor, adquiría un sentido más profundo en la revelación de Jesucristo. Ni se trataba sólo de la gracia divina por la que fuimos predestinados en Jesucristo para ser coherederos y hermanos suyos, constituyéndonos así en hijos adoptivos de Dios, partícipes en cierto modo de la naturaleza divina, engendrados por la palabra de la revelación y aceptación de la fe. Se trataba

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ahora de llevar hasta su límite extremo la fórmula paulina universal: ¿Qué tienes que no hayas recibido! (1 Co 4,7). Esta fórmula ha de contrastarse con la teoría agustiniana de la libertad humana. San Agustín procura defender esa libertad, pero va de retirada, abandonando sus posiciones y terminando por rendirse a discreción. Es la victoria total de la gracia cristiana. Esa gracia trascendente deja la iniciativa a merced de Dios en cualquiera hipótesis o condicionamiento. La concordia con la libertad humana comienza a ser un misterio cristiano. Pero el concepto de iglesia cristiana termina por coronar el pensamiento orgánico de Agustín. De ahí sus tendencias a la interioridad y a considerar la Iglesia como Iglesia de los santos, o Iglesia espiritual, por cuyas venas corre la sangre de Cristo.

ÍNDICE DE TEXTOS AGUSTINIANOS 83 cuest. 31,3 (PL 40,22; BAC 40): 159 36,1 (PL 40,25; BAC 40): 94 36,1.2.3.4 (PL 40,25-26; BAC 40): 583 66,1 (PL 40,61; BAC 40): 137 66,1.2.3.6 (PL 40,60-64; BAC 40): 584 68,2.3.6 (PL 40,71-73; BAC 40): 585 68,5-6 (PL 40,73-74; BAC 40): 11 71,1.2.3.4.5 (PL 40,80-82; BAC 40): 362 71,1.3.5.6.7 (PL 40,80-83; BAC 40): 525 71,7 (PL 40,83; BAC 40): 363 73,1-2 (PL 40,84-85; BAC 40): 39 Acad. 111 ,, 113 ,, 2,1,1 3,2,3 (PL 32,905; B A C (PL 32,907; B A C (PL 32,919; B A C (PL 32,935; B A C 3): 51 3): 52 3): 53 3): 54

Adimanto 6 (PL 42,136-137; BAC 30): 178 Ayuno 3,3; 4,4; 5,7 (PL 40,709-711; BAC 41): 350

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6,8 (PL 40,712; BAC 41): 106 9,11; 10,12a; 10.12b (PL 40,714-716; BAC 41): 441 Cántico Nuevo 2,2; 4,4; 10,10 (PL 40,679-680.681.686): 56 Cart. Pelag. 2,10,22 (PL 44,586-587; BAC 9): 10 Carta 2 (PL 33,63; BAC 8): 160 3,4 (PL 33,65; BAC 8): 562 9,1 (PL 33,72; BAC 8): 161 10.1 (PL 33,73-74; BAC 8): 162 10.2 (PL 33,74; BAC 8): 70 20.2 (PL 33,87; BAC 8): 157, 304 22.1.1 (PL 33,90; BAC 8): 163, 544 22,2,7 (PL 33,92-93; BAC 8): 240 27.1 (PL 33,107-108; BAC 8): 164 27.3 (PL 33,109; BAC 8): 223. 29,11.12 (PL 33,120; BAC 8): 165 31,2.3.4.5.6.9 (PL 33,122-125; BAC 8): 365 31,4.5 (PL 33,124; BAC 8): 576 31,4.5.6 (PL 33,124; BAC 8): 224 35.2 (PL 33,134-135; BAC 8): 396 37.1.2 (PL 33,152; BAC 8): 166 38,2 (PL 33,153; BAC 8): 508 48,1.3.4 (PL 33,187-189; BAC 8): 303 48,2 (PL 33,188; BAC 8): 33, 533 48.2.3 (PL 33,188-189; BAC 8): 323 55,11,21; 12,22; 13,23 (PL 33,214-215; BAC 8): 342 62,2 (PL 33,230; BAC 8): 167, 552 63,1.2.4 (PL 33,231-232; BAC 8): 167

65,2 (PL 33,235; BAC 8): 394 69,1.2 (PL 33,239-240; BAC 8): 472 73,2,4 (PL 33,247; BAC 8): 450 82,2,22 (PL 33,285-286; BAC 8): 455 83,3.4 (PL 33,292-293; BAC 8): 367 85,1.2 (PL 33,295-296; BAC 8): 545 93,1,2.3 (PL 33,322; BAC 8): 458 95.2 (PL 33,352-353; BAC 8): 225 95.3 (PL 33,353; BAC 8): 451 109.1 (PL 33,418; BAC 8): 167 110,1.2.4 (PL 33,419-420; BAC 8): 167 118,3,22 (PL 33,442; BAC 8): 208 125.2 (PL 33,474-475; BAC H A ) : 393 127,6.8 (PL 33,486-487; BAC H A ) : 415 130,1,2; 2,3.4.5 (PL 33,494-495; BAC H A ) : 191 130,2,3; 2,5; 3,7; 8,17; 9,18; 10,19; 12,23 (PL 33,494496.500-502; BAC 11 A): 276 130.2.4 (PL 33,495; BAC HA): 168 130,9,18; 10,19.20; 11,21; 12,22 (PL 33,501-503; B A C H A ) : 333 137,5,17 (PL 33,524; BAC H A ) : 102 140,37,83.84.84 (PL 33,575-576; BAC H A ) : 282 142,1.2.4 (PL 33,583-585; BAC H A ) : 473 143,2.3.4 (PL 33,585-587; BAC HA): 506 145,2.3.4 (PL 33,592-594; BAC H A ) : 144 145.4.5 (PL 33,593-594; BAC H A ) : 589 148,1,1.4.5; 5,18 (PL 33,622-624.630; BAC H A ) : 499 149,2,16 (PL 33,636-637; BAC H A ) : 311 150 (PL 33,645; BAC H A ) : 5 155,1,1.2 (PL 33,667; BAC HA): 171 157,2,5.6.7 (PL 33,675-676; BAC H A ) : 619 159,1 (PL 33,698-699; BAC HA): 491 177,4 (PL 33,766; BAC H A ) : 302 187,6,18.20; 12,37 (PL 33,839.846; BAC 11 A): 155

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187,12,37; 13,38 (PL 33,846-847; BAC 11B): 245 188,1 (PL 33,849; BAC 11B): 6 203 (PL 33,93; BAC 11B): 383 208,2.3.4.6.7 (PL 33,950-952; BAC 11B): 550 210.1 (PL 33,957; BAC 11B): 511 210.2 (PL 33,957-958; BAC 11B): 446 211,1.2.3.4 (PL 33,958-960; BAC 11B): 528 211,2 (PL 33,958-959; BAC 11B): 154 218,2-3 (PL 33,990; BAC 11B): 31 220,3.4.5 (PL 33,993-994; BAC 11B): 47 243,1.2.3.4.6.7.8.11.12 (PL 33,1955-1959; BAC 11B): 37 243,3.4.5 (PL 33,1055-1057; BAC 11B): 179 243,3.4.5.7.9 (PL 33,1056-1058; BAC 11B): 176 245,1 (PL 33,1060; BAC 11B): 483 258,1.2.3.4 (PL 33,1071-1073; BAC 11B): 169 262,9.10.11 (PL 33,1080-1082; BAC 11B): 484 263,1.4.1 (PL 33,1082.1084; BAC 11B): 476 Catequesis 25,49; 27,55 (PL 40,344.347; BAC 39): 524 Ciu. Dios 1,9,1.2 (PL 41,21-22; BAC 16): 464 1,9,1.2.3 (PL 41,21-22; BAC 16): 429 10,3,2 (PL 41,280; BAC 16): 241 : . 14,13,1.2 (PL 41,421; BAC 17): 530 18,6 (PL 41,231; BAC 17): 256 19,13,1; 19,27 (PL 41,640.657-658; BAC 17): 158 19,13.14.15.16 (PL 41,642.643.644; BAC 17): 529 19.14 (PL 41,643; BAC 17): 110 19,19 (PL 41,647-648; BAC 17): 324 20.15 (PL 41,680-681; BAC 17): 64

Com. Sal. 1,1 (PL 36,67; BAC 19): 535 7,9 (PL 36,103; BAC 19): 628 7,19 (PL 36,108; BAC 19): 602 10,6 (PL 36,135; BAC 19): 629 18,1,10 (PL 36,155; BAC 19): 592 18,11,10 (PL 36,161; BAC 19): 592 25,11,3.4 (PL 36,189-190; BAC 19): 516 29,11,9.10.17.18.22 (PL 36,221-223.224-226; BAC 19): 147 30.11.2.3 (PL 36,240-241; BAC 19): 510 30.11.2.4 (PL 36,241; BAC 19): 509 31.11.4 (PL 36,259-260; BAC 19): 63 31.11.5 (PL 36,260.261; BAC 19): 101 31,11,10 (PL 36,265; BAC 19): 234 32,11,1,4 (PL 36,279; BAC 19): 290,291 32,11,1,5.6 (PL 36,281-282; BAC 19): 294 32,11,1,6.7.8 (PL 36,281-283; BAC 19): 588 32.11.1.7 (PL 36,282-283; BAC 19): 485 32.11.1.8 (PL 36,283; BAC 19): 295 32,11,2,17.21 (PL 36,295-296; BAC 19): 243 34,1,12 (PL 36,331; BAC 19): 279 35.5 (PL 36,343-344; BAC 19): 268 36,1,2.3 (PL 36,357; BAC 19): 222 36,3,14 (PL 36,392; BAC 19): 221 37,12.13 (PL 36,103; BAC 19): 272 37,14 (PL 36,404; BAC 19): 270 39,26 (PL 36,449-450; BAC 19): 226 40.6 (PL 36,458-459; BAC 19): 614 41,13.14.19 (PL 36,473-474.476; BAC 20): 624 41,6.7.8 (PL 36,467-469; BAC 20): 258 41,17 (PL 36,475; BAC 20): 259 42,5 (PL 36,479; BAC 20): 292 44,11-12 (PL 36,500-501; BAC 20): 9

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44,16 (PL 36,503; BAC 20): 273 44.17.18 (PL 36,503-504; BAC 20): 593 44,28.29 (PL 36,511-512; BAC 20): 479 44,28.31.33 (PL 36,511-514; BAC 20): 603 44,3 (PL 36,495-496; BAC 20): 567 44,7.9 (PL 36,498.500; BAC 20): 568 45,2.3.4.5 (PL 36,515-517; BAC 20): 131 48,1,14 (PL 36,553; BAC 20): 392 48.2.7 (PL 36,560-561; BAC 20): 481 48.2.8 (PL 36,561-562; BAC 20): 355 49,7 (PL 36,569; BAC 20): 591 49,26 (PL 36,581; BAC 20): 445 49,26.28 (PL 36,581-583; BAC 20): 412 50,3 (PL 36,587; BAC 20): 408 51,14 (PL 36,609-610; BAC 20): 382 54,5 (PL 36,631; BAC 20): 68 54,6-9 (PL 36,632-635; BAC 20): 35 54,8.9.10 (PL 36,633-636; BAC 20): 325 55,1.2 (PL 36,646-647; BAC 20): 61 55.17.19 (PL 36,658-659; BAC 20): 96 55.19.20 (PL 36,659-660; BAC 20): 134 55,19.20 (PL 36,659-660; BAC 20): 80 55,20 (PL 36,660-661; BAC 20): 631 57,1 (PL 36,673-674; BAC 20): 596 57,7.8.9.10 (PL 36,679-682; BAC 20): 457 58,1,7; 58,2,5 (PL 36,696.709-710; BAC 20): 239 60.1.2.3 (PL 36,723-724; BAC 20): 335 60,10 (PL 36,729; BAC 20): 81 62,10 (PL 36,753-754; BAC 20): 356 64.2.3.4 (PL 36,773-776; BAC 20): 79 64.8.9 (PL 36,779-781; BAC 20): 76 64,9 (PL 36,780-781; BAC 20): 65 66,3 (PL 36,804-805; BAC 20): 475 66,9 (PL 36,810-811; BAC 20): 7

67,1.5.7 (PL 36,813-815; BAC 20): 338 67,5.6.7 (PL 36,814-815; BAC 20): 428 67.7 (PL 36,815-816; BAC 20): 156 68,2,14.15.16 (PL 36,863-864; BAC 20): 307 69,5 (PL 36,869-870; BAC 20): 227 69.8 (PL 36,872-873; BAC 20): 618 70,2,11 (PL 36,900; BAC 20): 293 71,3 (PL 36,902-903; BAC 20): 189 72.23 (PL 36,924; BAC 20): 62 74.9 (PL 36,952-953; BAC 20): 422 75,16 (PL 36,967-968; BAC 20): 73 77.10 (PL 36,990-991; BAC 21): 129 83.1.3 (PL 37,1056-1057; BAC 21): 369 84.8 (PL 37,1073; BAC 21): 19 85.24 (PL 37,1098-1100; BAC 21): 308 88,2,2 (PL 37,1131; BAC 21): 430 88,14 (PL 37,1139-1140; BAC 21): 310 90,1,2.3.4 (PL 37,1150-1151; BAC 21): 135 90.1.4 (PL 37,1151-1152; B A C 21): 507 90,1,9.10.12 (PL 37,1156-1158; BAC 21): 75 90.2.1 (PL 37,1159; BAC 21): 376 90.2.2 (PL 37,1162; BAC 21): 77 90,2,8 (PL 37,1166-1167; B AC 21): 375 90,2,11 (PL 37,1169; BAC 21): 78 91,8b.9.8a (PL 37,1177.1176; BAC 21): 439 93,1.2 (PL 37,1189-1191; BAC 21): 423 93,18 (PL 37,1206; BAC 21): 119 94,3.4 (PL 37,1218-1219; BAC 21): 604 94.11 (PL 37,1224; BAC 21): 536 98.9 (PL 37,1264-1265; BAC 21): 317 98.12 (PL 37,1267-1268; BAC 21): 594 99,7 (PL 37,1275; BAC 21): 551 99,9 (PL 37,1276; BAC 21): 72 99,9.10.11 (PL 37,1276-1277; BAC 21): 512

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ÍNDICE DE TEXTOS AGUSTINIANOS

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99,10.11 (PL 37,1277; BAC 21): 60 99.12.13 (PL 37,1278-1280; BAC 21): 83 100,3 (PL 37,1284; BAC 21): 447 100.7 (PL 37,1288; BAC 21): 601 100.13 (PL 37,1293; BAC 21): 71 101,1 (PL 37,1293-1294; BAC 21): 193 101.2.14 (PL 37,1314; BAC 21): 482 102,1.2.3.4.5 (PL 37,1316-1319; BAC 21): 613 102.1.3.4 (PL 37,1316-1318; BAC 21): 306 102,6 (PL 37,1320-1321; BAC 21): 378 102.14 (PL 37,1328; BAC 21): 373 103,1,4 (PL 37,1338; BAC 21): 487 103.1.4.5 (PL 37,1338-1339; BAC 21): 600 103.1.4.5.6 (PL 37,1338-1340; BAC 21): 40 103,1,19 (PL 37,1351; BAC 21): 358 103,2,11 (PL 37,1356-1358; BAC 21): 470 103,3,14.13; 4,19 (PL 37,1370.1369.1390; BAC 21): 357 103,4,10 (PL 37,1385-1386; BAC 21): 489 105,34 (PL 37,1415-1416; BAC 21): 471 106,6.7 (PL 37,1422-1423; BAC 21): 615 110.2.3.6 (PL 37,1464-1465; BAC 21): 605 111,6.7 (PL 37,1470; BAC 21): 132 113.1.5.6.7 (PL 37,1478-1479; BAC 21): 69 115,1.2.3 (PL 37,1491-1492; BAC 21): 474 115.8 (PL 37,1494; BAC 21): 82 117,1 (PL 37,1495; BAC 21): 331 117.1.2.3 (PL 37,1495-1496; BAC 21): 606 118,1,2 (PL 37,1502-1503; BAC 22): 597,115 118.2.1.2.3 (PL 37,1504-1506; BAC 22): 597 118,3,1.2 (PL 37,1506-1508; BAC 22): 597 118.4.2.3.4 (PL 37,1509-1510; BAC 22): 116,146 118.4.3.4 (PL 37,1310; BAC 22): 599 118,5,1.2 (PL 37,1511-1512; BAC 22): 120 118,8,5.6 (PL 37,1321.1322; BAC 22): 138

118,11,1.2 (PL 37,1528-1529; BAC 22): 148 118.17.3 (PL 37,1549; BAC 22): 149 118.19.4 (PL 37,1555; BAC 22): 150 118,29,1 (PL 37,1585-1586; BAC 22): 142 118,prol.; 1,1.2.3 (PL 37,1501-1504; BAC 22): 145 119.5 (PL 37,1600-1601; BAC 22): 575 120,8 (PL 37,1611-1612; BAC 22): 374 121,1.2.3.4.10.12.14 (PL 37,1618-1621.1627-1629; BAC 22): 91 121,10.12.13 (PL 37,1627-1729; BAC 22): 371 122,6.9.10.12 (PL 37,1634.1636-1639; BAC 22): 386 122.11.12 (PL 37,1638-1639; BAC 22): 194 123.6 (PL 37,1643-1644; BAC 22): 74 124,4.7.8.4.5 (PL 37,1650-1651.1653.1654; BAC 22): 548 125.12.13 (PL 37,1665-1666; BAC 22): 368 125,2 (PL 37,1658; BAC 22): 20 125,15 (PL 37,1666-1667; BAC 22): 549 126,2.3.4 (PL 37,1668-1669; BAC 22): 547 127,8.9 (PL 37,1681-1683; BAC 22): 591 127,10 (PL 37,1683; BAC 22): 360 129.4 (PL 37,1698-1699; BAC 22): 372 129.5 (PL 37,1699-1700; BAC 22): 513 130,5,11; 6,12.13; 7,14 (PL 37,498-499; BAC 22): 379 130,6.7 (PL 37,1707-1708; BAC 22): 490 130,14 (PL 37,1714; BAC 22): 209 131,4.5 (PL 37,1717-1718; BAC 22): 80 131,5.6.8.10 (PL 37,1718-1720; BAC 22): 426 131,26 (PL 37,1727; BAC 22): 188 132,1.2.3.4 (PL 37,1729-1730; BAC 22): 103 132,2.4.5.6.7.8.9.10.11 (PL 37,1729-1735; BAC 22): 109 132.6 (PL 37,1733; BAC 22): 153 137,2 (PL 37,1774-1775; BAC 22): 607 138,14.15.16.17.18 (PL 37,1792-1795; BAC 22): 632 138,28 (PL 37,1801-1802; BAC 22): 469

574

LOPE CILLERUELO

ÍNDICE DE TEXTOS AGUSTINIANOS

575

139.10 (PL 37,1809; BAC 22): 334 139,14 (PL 37,1811-1812; BAC 22): 574 140.2 (PL 37,1815-1816; BAC 22): 100 140.3 (PL 37,1816-1817; BAC 22): 336 140,15.16.17.18 (PL 37,1825-1826; BAC 22): 433 141,19 (PL 37,1884; BAC 22): 607 143,1.2.3.15.16 (PL 37,1856-1857.1865-1866; BAC 22): 337 144,4.5 (PL 37,1871-1872; BAC 22): 309 144,13.14.15 (PL 37,1878-1879; BAC 22): 608 144,22 (PL 37,1883; BAC 22): 277 146,2 (PL 37,1899-1900; BAC 22): 359 146,9-10 (PL 37,1904-1905; BAC 22): 21 147,8.1.3 (PL 37,1919.1913.1915-1916; BAC 22): 274 147,10.12.13.15 (PL 37,1920-1922; BAC 22): 385 147.11 (PL 37,1921; BAC 22): 384 148,1.4.8 (PL 37,1937-1938.1940-1942; BAC 22): 623 148,2 (PL 37,1938; BAC 22): 418 149,1.2.7.8 (PL 37,149.1953; BAC 22): 332 149,12.14 (PL 37,1955.1958; BAC 22): 8 Combate 1,1; 2,2 (PL 40,289-291; BAC 12): 192 6,6 (PL 40,294; BAC 12): 349 Conf. 1,2,2 (PL 32,661-662; BAC 2): 410 2,1,1 (PL 32,675; BAC 2): 265 4,4,7 (PL 32,696; BAC 2): 523 4,9,14 (PL 32,699; B A C 2): 173 7,10,16 (PL 32,742; BAC 2): 22, 247 7,11,17; 12,18; 13,19; 14,20; 16,22 (PL 32,742-744; BAC 2): 264 7,15,21; 16,22; 17,23 (PL 32,744-745; B A C 2): 257

7.17.23 (PL 32,745; BAC 2): 248 7.18.24 (PL 32,745; BAC 2): 206 8,6,15; 7,16.18; 8,19 (PL 32,755-757; BAC 2): 571 • 8,12,29 (PL 32,762; BAC 2): 14 9,1,1 (PL 32,763; BAC 2): 13 9,2,2-3; 3,5; 5,13; 6,14; 8,17 (PL 32,763-765.769-77115 9,2,2.3 (PL 32,763-764; BAC 2): 572 9,3,5 (PL 32,765; BAC 2): 50 9,8,17 (PL 32,771; BAC 2): 526 9,10,23.24.25 (PL 32,773-775; BAC 2): 249 10,4,5 (PL 32,781; BAC 2): 440 10,4,5.6; 6,8 (PL 32,781-782; BAC 2): 284 10,6,8.9.10; 7,11 (PL 32,782-784; BAC 2): 250 10,23,33.34; 24,35; 26,37; 27,38 (PL 32,793-795; BAC 2): 566 10,27,38; 28,39; 29,40 (PL 32,795-796; BAC 2): 285 10,29,40 (PL 32,796; BAC 2): 143 10,31,43.44.47 (PL 32,797.799; BAC 2): 186 10,31,43.44.47; 32,48 (PL 32,797-799; BAC 2): 351 10,40;65 (PL 32,806-807; BAC 2): 252 10,40,65 (PL 32,807; BAC 2): 283 10.43.69 (PL 32,808; BAC 2): 286 10.43.70 (PL 32,808-809; BAC 2): 32, 322, 532 13,1,1 (PL 32,845; BAC 2): 287 13,2,3 (PL 32,845-846; BAC 2): 16 13,9,10 (PL 32,848-849; BAC 2): 90 13.13.14 (PL 32,850-851; BAC 2): 46 13.14.15 (PL 32,851; BAC 2): 288 13,17,20-21 (PL 32,853; BAC 2): 18 13,17,21 (PL 32,853; BAC 2): 151 13.19.24 (PL 32,855; BAC 2): 41 13.19.25 (PL 32,855-856; BAC 2): 48 13,29,44 (PL 32,864; BAC 2): 409 13,35,50; 36,51; 37,52 (PL 32,867-868; BAC 2): 289

576 Corrección

LOPE CILLERUELO

ÍNDICE DE TEXTOS AGUSTINIANOS

577

Doctr. crist. 1,23,22.23 (PL 34,27; BAC 15): 537 1,30,31 (PL 34,31; BAC 15): 390 3,16,24 (PL 34,75; BAC 15): 573 3,25,36 (PL 34,70; BAC 15): 626 Esp. y letra 5,8; 6,9 (PL 44,205; BAC 6): 459 Fausto 15,7 (PL 42,311; BAC 31): 414 22,52 (PL 42,432-433; BAC 31): 319 22,54 (PL 42,434-435; BAC 31): 320 22,57.58 (PL 42,436-437; BAC 31): 321 22,58 (PL 42,437; BAC 31): 36 Fe 2,4 (PL 40,173; BAC 4): 170 Fe y Símbolo 4,6 (PL 40,185; BAC 39): 203 Fortunato 20.21.22 (PL 42,121-126; BAC 30): 627 Gálatas 15.16 (PL 35,2114-2115; BAC 18): 456 Gen. c. Man. 2,11,15 (PL 34,204; BAC 15): 401 2,14,21 (PL 34,207; BAC 15): 402

5,7.8; 6,9.10 (PL 44,919-923; BAC 6): 453 3,5 (PL 44,918-919; BAC 6): 431 9,24.25 (PL 44,930-931; BAC 6): 630 Costumbres 1,1,1.2 (PL 32,1311; BAC 4): 569 1,8,13 (PL 32,1316; BAC 4): 93 1,15,25 (PL 32,1322; BAC 4): 34 1,19,36; 20,37; 31,66; 2,13,27.28.29 (PL 32,13261327.1337-1338.1356-1357; BAC 4): 184 1,26,48.49.51; 27,52s (PL 32,1331-1333; BAC 4): 99 1,27,52.53.54; 28,55.56 (PL 32,1332-1333; BAC 4): 364 1,31,67 (PL 32,1338; BAC 4): 181 1,31,67; 33,70 (PL 32,1338-1340; BAC 4): 527 1,33,70 (PL 32,1339-1340; BAC 4): 493 1,33,70.71.72 (PL 32,1340-1341; BAC 4): 352 2,13,27-28 (PL 32,1356-1357; BAC 4): 128 2,14,35; 13,28 (PL 32,1360.1356-1357; BAC 4): 343 Cresconio 1,5,7; 7,8 (PL 43,449-450; BAC 34): 466 Cuest. evang. 2,11 (PL 35,1337-1338; BAC 29): 185 Cuest. Hept. 3,20 (PL 34,681; BAC 28): 124 3,70 (PL 34,708; BAC 28): 435 5,54 (PL 34,772; BAC 28): 57 Dimensión 33,[70-75].76; 35,79 (PL 32,[1073-1076].1076-1077.1079; BAC 3): 251

578 Gen. literal

LOPE CILLERUELO

ÍNDICE DE TEXTOS AGUSTINIANOS

579

Nat. y gracia 27,31; 31,35; 32,36 (PL 44,262-265; BAC 6): 236 Orden • 1,2,3 (PL 32,979-980; BAC 1): 381 1,8,25.26 (PL 32,989; BAC 1): 255 2,8,25 (PL 32,1006; BAC 1): 480 Parmeniano 3,1,2 (PL 43,83; BAC 32): 452 3,1,2.3 (PL 43,83-84; BAC 32): 436 Perseverancia 15,38; 16,39-40 (PL 45,1017; BAC 6): 28 17,46-47; 22,57.59 (PL 45,1021-1022.1028-1029; BAC 6): 29 Pred. santos

11,15,19 (PL 34,436-437; BAC 15): 174 11,2,4 (PL 34,430-431; BAC 15): 626 11,28,35; 29,36.37 (PL 34,444-445; BAC 15): 626 11,37,50 (PL 34,450; BAC 15): 404 11,4,6.8 (PL 34,431-432; BAC 15): 130 Grac. y lib. 2,2 (PL 44,882; BAC 6): 114 4,7-8 (PL 44,886; BAC 6): 2 Job 39 (PL 34,881; BAC 29): 232 40,8 (PL 34,1690; BAC 29): 204 Juliano 5,3,9 (PL 44,788; BAC 35): 237 Albedrío 1,11,22 (PL 32,1233; BAC 3): 30 2,16,41; 17,45-46 (PL 32,1263.1265; BAC 3): 38 1,6,15; 7,16 (PL 32,1229; BAC 3): 595 Maestro 1,1.2 (PL 32,1194-1196; BAC 3): 330 Méritos 1,1,1 (PL 44,109; BAC 9): 105 Música 6,14,43-45 (PL 32,1186-1187; BAC 39): 58

4,8 (PL 44,966; BAC 6): 3 Serm. 9,3,3; 4,4 (PL 38,78-79; BAC 7): 406 9,7,8; 8,9; 10,16 (PL 38,81-82.87; BAC 7): 587 13,6,7 (PL 38,110; BAC 7): 123 13,6,7; 7,8; 8,9 (PL 38,110-111; BAC 7): 434 14,1,1.2; 2,3; 3,4; 4,5.6; 6,9 (PL 38,111-115; BAC 7): 228 15.1.1 (PL 38,116; BAC 7): 427 17,1,1; 3,3; 4,4; 5,5 (PL 38,124-127; BAC 7): 424 17.2.2 (PL 38,125; BAC 7): 461 17.3.3 (PL 38,125; BAC 7): 462 17,5,5; 6,6; 7,7 (PL 38,126-128; BAC 7): 514 19,2 (PL 38,132-133; BAC 7): 515

580

LOPE CILLERUELO

ÍNDICE DE TEXTOS AGUSTINIANOS

581

19,5 (PL 38,135; BAC 7): 195 25,2,2; 3,2 (PL 38,168; BAC 7): 211 33,1,1 (PL 38,207; BAC 7): 339 35,3 (PL 38,214; BAC 7): 391 36,2.4.6.6.7 (PL 38,215-217; BAC 7): 231 37,16,25 (PL 38,232-233; BAC 7): 377 43,1,2; 2,2; 2,3; 3,4 (PL 38,254-255; BAC 7): 609 46,1,1.2 (PL 38,270-271; BAC 7): 539 46,12,29; 13,30; 14,34.35; 15,35 (PL 38,288-290; BAC 7) 554 46,2,3.4.5; 3,6.7.8; 4,9 (PL 38,271-275; BAC 7): 553 ' 46,13,30 (PL 38,287; BAC 7): 540 47,1,1.2; 3.4; 9,12.14 (PL 38,295-296.302-303; BAC 7) 555 49,5,5; 6,6; 7,7 (PL 38,322-323; BAC 7): 467 49,6,6; 7,7; 8,8 (PL 38,323-324; BAC 7): 520 51.2.3 (PL 38,334-335; BAC 10): 405 56,10 (PL 38,381; BAC 10): 353 56,13,18 (PL 38,386; BAC 10): 620 57.8.8 (PL 38,390; BAC 10): 621 57.9.9 (PL 38,391; BAC 10): 407 58,1,1; 5,6 (PL 38,393.395; BAC 10): 622 58.7.8 (PL 38,396-397; BAC 10): 519 58,9,10; 11,13 (PL 38,398-399; BAC 10): 622 61.4.4 (PL 38,410; BAC 10): 280 61.5.6 (PL 38,411; BAC 10): 275 68.6.7 PLS 506; BAC 10): 312 69,1,1.2; 2,3 (PL 38,440-441; BAC 10): 558 69,2.4 (PL 38,441-442; BAC 10): 207 70,1,1; 2,2; 3,3 (PL 38,443-444; BAC 10): 559 71,17,28 (PL 38,461; BAC 10): 152 76.6.9 (PL 38,482; BAC 10): 59 80,2.7.8 (PL 38,494.498; BAC 10): 271

82,1,1; 3,4; 4,6.7; 9,12; 11,14 (PL 38,506-507.511-513; BAC 10): 448 82,2,2.3 (PL 38,506-507; BAC 10): 517 82,5 (PL 38,508; BAC 10): 502 83,1,1; 2,2; 3,3 (PL 38,514-516; BAC 10): 503 83,2,2 (PL 38,515; BAC 10): 281 83,6,7; 7,8 (PL 38,518-519; BAC 10): 465 83,7,8 (PL 38,518-519; BAC 10): 460 85,1,1; 2,2; 3,3; 5,6; 6,7 (PL 38,520-523; BAC 10): 366 86,1 (PL 38,523-524; BAC 10): 212 87,1,1.2; 2,3; 3,4 (PL 38,530-531; BAC 10): 610 87,11,14; 12,15; 137,11,14 (PL 38,538.762; BAC 10): 444 88,18,19.20 (PL 38,549-550; BAC 10): 463 91,5,5 (PL 38,569-570; BAC 10): 538 94 A [= Caillau II],6 Miscel. Agost.1,255; BAC 10): 126 98,6,6; 7,7 (PL 38,594-595; BAC 10): 437 114,2.3.4 (PL 38,652-654; BAC 10): 504 131,7,7; 8,8 (PL 38,732-733; BAC 23): 611 132,2,2; 3,3 (PL 38,735-736; BAC 23): 425 132,3,3; 4,4; 2,2 (PL 38,736; BAC 23): 416 146.1.1 (PL 38,796; BAC 23): 541 148.1.2 (PL 38,799-800; BAC 23): 127,411 149,3,4 (PL 38,801; BAC 23): 125 153,8,10 (PL 38,830-831; BAC 23): 141 155,4,4 (PL 38,842-843; BAC 23): 136 156,2,2; 3,3 (PL 38,850-851; BAC 23): 136 156,9,9 (PL 38,854-855; BAC 23): 122 159,3,3; 4,4.5; 5,6 (PL 38,869-870; BAC 23): 417 161,1,1 (PL 38,878; BAC 23): 254 161,10,10; 11,11 (PL 38,883-884; BAC 23): 486 161,11,11; 12,12 (PL 38,884; BAC 23): 438 163 B,2 MA 1,213-215; BAC 23): 449 169,14,17 (PL 38,925; BAC 23): 327 176,2,2; 4,4; 5,5; 6,6 (PL 38,950-953; BAC 23): 612

582

LOPE CILLERUELO

ÍNDICE DE TEXTOS AGUSTINIANOS

583

177,2.3.8 (PL 38,954-955.958; BAC 23): 229 179,3,3; 5,5 (PL 38,967-969; BAC 23): 328 205,1 (PL 38,1039; BAC 24): 344 206,2.3 (PL 38,1041-1042; BAC 24): 345 207,2.3 (PL 38,1043-1044; BAC 24): 346 207,3 (PL 38,1044; BAC 24): 305 208,1 (PL 38,1044-1045; BAC 24): 347 210,3,4; 4,5; 5,6; 6,8; 6,9; 7,9; 8,10; 9,11 (PL 38,1049-1053; BAC 24): 348 211,2.3 (PL 38,1054-1055; BAC 24): 518 211,4.5.6 (PL 38,1056-1057; BAC 24): 521 227 (PL 38,1099-1101; BAC 24): 313 255,5,5; 6,6 (PL38,1188-1189;BAC24): 329 256,1.3 (PL 38,1190-1191.1993; BAC 24): 341 265,8,9 (PL 38,1223; BAC 24): 98 270,6 (PL 38,1243; BAC 24): 200 271 (PL 38,1246; BAC 24): 201 272 (PL 38,1246-1248; BAC 24): 314 273,5,5; 6,6 (PL 38,1250-1251; BAC 25): 582 278,7,7; 8,8 (PL 38,1271-1272; BAC 25): 246 296,1.2 (PL 38,1353; BAC 25): 630 331,1,1; 2,2; 3,2; 6,5 (PL 38,1459-1461; BAC 25): 180 334,3 (PL 39,1469; BAC 25): 278 335,1,2; 2,2 (PL 39,1569-1570; BAC 25): 87 335,4,6 (PL 38,1573; BAC 25): 182 336,1 (PL 38,1471-1472; BAC 25): 242 336,1.2 (PL 38,1472; BAC 25): 340 337,1.2.3.4 (PL 38,1476-1478; BAC 25): 244 339,1,1; 2,2; 3,4; 5,6 (PL 38,1480-1482; BAC 26): 542 339,3,4 (PL 38,1481; BAC 26): 546 340,1 (PL 38,1484): 546 340,1.6 (PL 38,1483-1484): 543 343,1.4.6.8.10 (PL 39,1505.1508-1511; BAC 26): 419 343,5 ( P L 39,1508-1509; BAC 26): 577

343,5.6 (PL 39,1508-1509; BAC 26): 420 344,3.6.7 (PL 39,1513.1516-1517; BAC 26): 197 345,6 (PL 39,1521-1522; BAC 26): 556 349,1.2 (PL 39,1529-1530; BAC 26): 522 351,1,1-4,7; 4,9-5,12 (PL 39,1535-1549; BAC 26): 616 351,3,4 (PL 39,1539; BAC 26): 121 352,1,2; 2,7; 3,8.9 (PL 39,1550-1559; BAC 26): 617 353,2,1 (PL 39,1561; BAC 26): 531 354,2,2; 2,3; 3,3; 4,4 (PL 39,1563-1565; BAC 26): 557 354,2,3; 3,3;4,4 (PL 39,1564.1565; BAC 26): 86 355.1.1 (PL 39,1568-1569; BAC 26): 578 355,4,6.7 (PL 39,1572-1574; BAC 26): 88 356,1.14.15 (PL 39,1575.1580.1581; BAC 26): 89 356,13 (PL 39,1579-1580; BAC 26): 387, 477 356,2.12.13 (PL 39,1575.1579-1580; BAC 26): 84 357.1.2 (PL 39,1582; BAC 26): 497 358,1 (PL 39,1586; BAC 26): 505 359.1 (PL 39,1590; BAC 26): 108 359,1.2 (PL 39,1590-1591; BAC 26): 498 359.2 (PL 39,1591; BAC 26): 155 361.21.20 (PL 39,1610; BAC 26): 67 361.22.21 (PL 39,1611; BAC 26): 66 385,2,3; 3,4; 4,5 (PL 39,1691-1692): 172 \ Montaña 1,1,1 (PL 34,1229-1230; BAC 12): 85 1,7,18 (PL 34,1238; BAC 12): 413 1,9,12.25 (PL 34,1241-1242; BAC 12): 495 1,10,26.27 (PL 34,1242-1243; BAC 12): 496 1,12,34.35 (PL 34,1246-1247; BAC 12): 402, 625 1,12,34.35; 14,39; 15,40.41 (PL 34,1246-1250; BAC 12): 403 1,15,40.41.42 (PL 34,1249-1250; BAC 12): 177 1,19,58-59 (PL 34,1260; BAC 12): 27

584

LOPE CILLERUELO

ÍNDICE DE TEXTOS AGUSTINIANOS

585

1,20,62.63.66.67 (PL 34,1261-1263; BAC 12): 501 1,20,63 (PL 34,1261-1262; BAC 12): 442 2,1,1-2 (PL 34,1269-1270; BAC 12): 45 2,2,5 (PL 34,1271; BAC 12): 23 2,2,9-3,10 (PL 34,1273-1274; BAC 12): 25 2,3,11.13.14; 4,15; 5,17 (PL 34,1274-1277; BAC 12): 269 2,3,13-14 (PL 34,1275; BAC 12): 24 2,4,16 (PL 34,1276; BAC 12): 230 2,8,28 (PL 34,1281-1282; BAC 12): 500 2,12,41 (PL 34,1287s; BAC 12): 388 2,16,53.54; 17,57 (PL 34,1292.1294-1295; BAC 12): 199 2,18,61 (PL 34,1297; BAC 12): 443 2,22,76-23,77 (PL 34,1304; BAC 12): 26 2.24.80 (PL 34,1306; BAC 12): 43 2.24.81 (PL 34,1306; BAC 12): 44 2,25,87 (PL 34,1308; BAC 12): 133 Simpliciano 1,1,7 (PL 40,105; BAC 9): 139 1,2,2-3 (PL 40,111-112; BAC 9): 17 1,2,2.6.9 (PL 40,111-112.115-116; BAC 9): 586 1,2,21 (PL 40,127; BAC 9): 140 1,2,21-22 (PL 40,126-128; BAC 9): 12 2,1,10 (PL 40,137; BAC 9): 107 Solil. 1,14,24 (PL 32,882; BAC 1): 267 Trabajo 1,2; 2,3 (PL 40,549-550; BAC 12): 213 3,4; 10,11; 11,12; 14,15 (PL 40,551.556-558.560; BAC 12): 214 5,6 (PL 40,552-553; BAC 12): 190

11,12 (PL 40,558; BAC 12): 190 13,14; 14,15; 15,16; 16,17.18.19; 18,21; 19,22; 22,25 (PL 40,559-568; BAC 12): 361 15,16 (PL 40,561; BAC 12): 187 15,16; 16,17.19; 17,20; 18,21; 19,22 (PL 40,561-567; BAC 12): 215 18.21 (PL 40,565-566; BAC 12): 183 19.22 (PL 40,566-567; BAC 12): 488 20,23; 21,25; 22,26 (PL 40,567-569; BAC 12): 216 22,25; 25,32 (PL 40,568.571-572; BAC 12): 196 23,27 (PL 40,569-570; BAC 12): 217 25,32 (PL 40,572; BAC 12): 202 25,32.33 (PL 40,571-573; BAC 12): 218 25,33; 26,35 (PL 40,572-574; BAC 12): 370 28,36 (PL 40,575; BAC 12): 581 28.36 (PL 40,575-576; BAC 12): 219, 397 29.37 (PL 40,576-577; BAC 12): 220 29,37 (PL 40,576-577; BAC 12): 534 29,37 (PL 40,576; BAC 12): 494 29,37; 31,39; 33,41 (PL 40,577-578.582; BAC 12): 454 31,39 (PL 40,578-579; BAC 12): 389, 478 Trat. 1 Jn 1,6 (PL 35,1982-1983; BAC 18): 598 2,8.9 (PL 35,1993-1994; B A C 18): 296 6,1.2 (PL 35,2019-2020; B A C 18): 112 7,10 (PL 35,2034; BAC 18): 297 7.7.8 (PL 35,2032-2033; B A C 18): 113 7,7.8.11 (PL 35,2033-2035; BAC 18): 432 8.8.9 (PL 35,2040-2041; B A C 18): 235 8,9 (PL 35,2040-2041; BAC 18): 117 9,1 (PL 35,2045; BAC 18): 9 5 9,10.11 (PL 35,2052-2053; B A C 18): 97 9,4.5.6.7.8.9.10 (PL 35,2048-2053; BAC 18): 590

586

LOPE CILLERUELO

ÍNDICE DE TEXTOS AGUSTINIANOS

587

9,6 (PL 35,2049; BAC 18): 298 9,8 (PL 35,2050-2051; BAC 18): 299 10.3 (PL 35,2055-2056; BAC 18): 300 10.5.6.8 (PL 35,2057-2060; BAC 18): 301 10,7 (PL 35,2059; BAC 18): 118 Trat. ev. Jn. 2,4 (PL rat. ev. Jn.35,1390; BAC 13): 253 16,30 (PL 35,1521; BAC 13): 1 18.4 (PL 35,1538; BAC 13): 104 25,16 (PL 35,1604; BAC 13): 210 26,11.12 (PL 35,1611-1612; BAC 13): 318 26,13 (PL 35,1612-1613; BAC 13): 315 26,18 (PL 35,1614; BAC 13): 316 26.4.5 (PL 35,1608-1609; BAC 13): 92,570 50.7.8.9 (PL 35,1760-1761; BAC 14): 579 50,9.10 (PL 35,1761-1762; BAC 14): 629 58,4 (PL 35,1794; BAC 14): 233 82,3 (PL 35,1843-1844; BAC 14): 111 85,1.2.3 (PL 35,1848-1849; BAC 14): 111 86,2-3; 87,1 (PL 35,1851-1852; BAC 14): 4 90,3 (PL 35,1859-1860; BAC 14): 468 Trinidad 1,10,20.21 (PL 42,834-835; BAC 5): 326 2,17,28 (PL 42,864; BAC 5): 563 4,7,11 (PL 42,895-896; BAC 5): 564 8,2,3; 3,4.5 (PL 42,949-950; BAC 5): 565 8,3,4 (PL 42,949; BAC 5): 262 8,3,4.5 (PL 42,949-950; BAC 5): 263 8,4,6; 9,13 (PL 42,951.959-960; BAC 5): 421 13,4,7; 5,8; 7,10; 8,11 (PL 42,1018-1022; BAC 5): 261 15.4.6 (PL 42,1061; BAC 5): 260

Verd. religión 16,32; 24,45; 31,58; 36,66 (PL 34,135.141.147-148.151152; BAC 4): 42 31,58; 32.59.60 (PL 34,148-149; BAC 4): 560 35,65 (PL 34,151; BAC 4): 266 39,72 (PL 34,154; BAC 4): 561 46,88.89 (PL 34,161-162; BAC 4): 175 Vida feliz 1,1.2.5 (PL 32,959-962; BAC 1): 55 2,9.13.15; 3,17 (PL 32,964.966-967; BAC 1): 354 4,25 (PL 32,971; BAC 1): 380 Virginidad 31,31 (PL 40,412-413; BAC 12): 205 34,34 (PL 40,415; BAC 12): 399 40,41 (PL 40,420; BAC 12): 400 53,54 (PL 40,427; BAC 12): 238 51,52 (PL 40,426; BAC 12): 398 Viudez 16,20 (PL 40,442-443; BAC 12): 49 22,27 (PL 40,448-449; BAC 12): 395 22,27 (PL 40,448-449; BAC 12): 580 POSIDIO, Vida de san Agustín 3 (PL 32,36; BAC 1): 492 POSIDIO, Vida de san Agustín 5 (PL 32,37; BAC 1): 198

ÍNDICE DE ABREVIATURAS DE LAS OBRAS DE SAN AGUSTÍN

83 diversas cuestiones (De diversis quaestionibus octoginta tribus). Cuestiones diversas a Simpliciano (De SIMPLICIANO diversis quaestionibus ad Simplicianum). Contra los académicos (Contra Académicos). ACAD. Contra Adimanto (Contra Adimantum). ADIMANTO La utilidad del ayuno (De utilitate ieiunii). AYUNO CÁNTICO NUEVO El cántico nuevo (De cántico novo). Cartas (Epistulae). CARTA La catequesis de los principiantes (De cateCATEQUESIS chizandis rudibus). La ciudad de Dios (De civitate Dei). CIU. Dios Comentarios a los salmos (Enarrationes in COM. SAL. psalmos). COMBATE El combate cristiano (De agone christiano). Confesiones (Confessionum libri tredecim). CONF. Las consecuencias y el perdón de los pecaMÉRITOS dos (De peccatorum meritis et remissione). CORRECCIÓN La corrección y la gracia (De correptione et grada). COSTUMBRES Las costumbres de la Iglesia católica y las costumbres de los maniqueos (De moribus ecclesiae catholicae et de moribus manichaeorum). Contra Cresconio (Contra Cresconium). CRESCONIO
83 CUEST.

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CUEST. EVANG. CUEST. H E P T . DIMENSIÓN DOCTR. CRIST. ESP. Y LETRA FAUSTO FE FORTUNATO GALATAS G E N . C. MAN. GEN. LITERAL GRAC. Y LIB. JOB JULIANO ALBEDRIO MAESTRO MÚSICA NAT. Y GRACIA ORDEN PARMENIANO PERSEVERANCIA PRED. SANTOS SERM.

LOPE CILLERUELO

ÍNDICE DE ABREVIATURAS DE LAS OBRAS. ..

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Cuestiones sobre los evangelios (Quaestiones evangeliorum). Cuestiones sobre el Heptateuco (Quaestionum in Heptateuchum libri septem). La dimensión del alma {De quantitate anímete). La doctrina cristiana (De doctrina christiana). El espíritu y la letra (De spiritu et littera). Contra Fausto (Contra Faustum). La fe en las cosas invisibles (De fide rerum invisibilium). Contra Fortunato (Contra Fortunatum). Exposición de la carta a los Gálatas (Expositio epistolae ad Galatas). El génesis contra los maniqueos (De genesi contra manichaeos). Exposición literal del Génesis (De genesi ad litteram libri duodecim). La gracia y el libre albedrio (De gratia et libero arbitrio). Anotaciones a Job (Adnotationes in Job). Contra Juliano (Contra Iulianum). El libre albedrio (De libero arbitrio). El maestro (De magistro). La música (De música). La naturaleza y la gracia (De natura et gratia). El orden (De ordine). Réplica a la carta de Parmeniano (Contra epistolam Parmeniani). El don de la perseverancia (De dono perseverantiae). La predestinación de los santos (De praedestinatione sanctorum). Sermones (Sermones).

SERM. MONTAÑA El sermón del Señor en la montaña (De sermone Domini in monte). SOLIL. Soliloquios (Soliloquiorum libri dúo). TRABAJO El trabajo de los montes (De opere monachorum). TRAT. 1 JN. Comentarios sobre 1 Jn (In Ioannis epistulam ad Parthos tractatus). TRAT. EV. JN. Comentarios sobre el evangelio de san Juan (In Ioannis evangelium tractatus). TRINIDAD La Trinidad (De Trinitate). VERD. RELIG. La verdadera religión (De vera religione). VIDA FELIZ La vida feliz (De beata vita). VIRGINIDAD La santa virginidad (De sancta virginitate). VIUDEZ El bien de la viudez (De bono viduitatis).

ÍNDICE GENERAL

PRESENTACIÓN PROLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN REGLA I. Vida en común y comunión de bienes II. La oración III. Del ayuno y la mortificación IV. Guarda de la castidad y corrección fraterna V. Vestidos y utensilios VI. El perdón de las injurias. Humildad VIL Observancia de la Regla. Obediencia VIII. Lectura de la Regla COMENTARIO CAPITULO PRIMERO: ELECCIÓN Y VOCACIÓN. .. 1. La elección 2. La vocación: ¿quién me llama? 3. Aquí estoy porque me llamaste 4. Señor, ¿qué quieres que haga? CAPITULO SEGUNDO: LA FORMACIÓN 1. Te dirán lo que has de hacer 2. El mar y el puerto 3. La travesía 4. En las tormentas 5. La venerable comunidad

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CAPITULO TERCERO: EL AMOR (REGLA n.l) 1. Amor de Dios 2. El amor del prójimo 3. Caridad y unidad CAPITULO CUARTO: LOS PRECEPTOS (REGLA n.2) 1. «Esto os mandamos» 2. Nobleza obliga 3. La Regla como pedagogo 4. La Regla como condescendencia CAPITULO QUINTO: TEOLOGÍA DE PENTECOSTÉS (REGLA 1,3-6) 1. El «principio de comunidad» 2. Caridad y amistad 3. Lo común y lo privado 4. Unidad en la variedad 5. Pobres y ricos 6. La motivación bíblica: «Así leéis en los Hechos de los apóstoles» CAPITULO SEXTO: HUMILDAD Y SOBERBIA (REGLA 1,7-9) 1. La humildad 2. La ambición y la jactancia secretas 3. El sibaritismo de la soberbia 4. Temor y temblor 5. Templos vivos CAPITULO SÉPTIMO: LA ORACIÓN (REGLA 11,10-13) : 1. Un abismo invoca a otro abismo 2. Insistid en la oración (1)

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3. La meditación de los valores 4. Insistid en la oración (2) 5. Insistid en la oración (3) CAPITULO OCTAVO: ORACIÓN Y AMOR (REGLA 11,10-13) 1. Orar es amar 2. ¿Para qué oramos? 3. Oración y Eucaristía 4. Contemplación y acción 5. Salmos e himnos CAPITULO NOVENO: EL A Y U N O Y D E LA COMIDA (REGLA 111,14-18) 1. Significado del ayuno 2. Al sentarse a la mesa 3. Unidad no es unicidad 4. El abominable desorden 5. Necesitar poco o tener mucho CAPITULO DÉCIMO: LA COMPOSTURA DEL HOMBRE EXTERIOR (REGLA IV, 19-23) 1. No llaméis la atención 2. Cuando salgáis de casa 3. Cuando veáis alguna mujer 4. El altísimo inspector 5. Paciencia y sabiduría de Dios CAPITULO UNDÉCIMO: LA CORRECCIÓN FRATERNA (REGLA IV, 24-29) 1. Impresión extraña 2. Crítica y corrección 3. Corrección y pecado de omisión 4. Amor a los hombres y odio a los vicios

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163 163 168 178 184 189 194

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199 199 204 211 219 224

339 339 341 346 354 361

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CAPITULO DUODÉCIMO: VARIACIONES SOBRE LA «REGLA D E ORO» (REGLA V,30-32) CAPITULO DÉCIMO TERCERO: LA MODERACIÓN (REGLA V.33-40) 1. La moderación 2. Baños medicinales 3. Sirvan a sus hermanos CAPITULO DÉCIMO CUARTO: EL PERDÓN DE LAS INJURIAS (REGLA VI.41 -43) 1. Restablecimiento de la paz 2. Los grados de la ira 3. El homicidio espiritual 4. El odio sofisticado CAPITULO DÉCIMO QUINTO: LA A U T O R I D A D (REGLA VII.44-47) 1. La función de la autoridad 2. Siervo de los siervos de Dios 3. Compadeced al superior 4. Amad al superior CAPITULO DÉCIMO SEXTO: LA HERMOSURA ESPIRITUAL (REGLA VIII,48) 1. Amadores de la belleza espiritual 2. El buen olor de Cristo 3. Esclavos e hijos CAPITULO DÉCIMO SÉPTIMO: LECTURA FRECUENTE DE LA REGLA (REGLA VIII, 49) 1. Olvido y negligencia 2. Si viereis que cumplís 3. Si viereis que no cumplís 4. Tenga cautela

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408 408 413 416

EPILOGO ÍNDICE DE TEXTOS AGUSTINIANOS ÍNDICE DE ABREVIATURAS DE LAS OBRAS AGUSTINIANAS ÍNDICE GENERAL

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419 419 425 434 439

443 443 448 455 461

468 472 484 494

510 510 519 532 544