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6 TERRI TORIOS LECTURAS

Sábado 13.10.12 EL CORREO

ENTREVISTA

«Todo autor vocacional escribe sobre lo que necesita»
Una novela en ruta entre un padre enfermo terminal y su hijo sirven a Andrés Neuman para adentrarse en los delicados terrenos del duelo y del sexo como vía de escape en la desesperación

EDUARDO LAPORTE

tói. ¿Por qué tormentos pasó la mujer de Iván Ilich? Todos hemos pasado por la desgracia terrible de cuidar a un ser querido que se está yendo, y a mí la novela que más me atraía era la del antes, el durante y el después de esa pérdida, que es la novela de la cuidadora.

Experiencia propia
ras la prolija ‘El viajero del siglo’, con el que se hizo con los algunos de los premios más prestigioso del panorama literario, el hispanoargentino Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) se atreve ahora con una obra más breve pero no menos intensa: ‘Hablar solos’ (Alfaguara). Tres voces narrativas distintas, el niño, el marido-padre y la mujer-madre se intercalan a lo largo de una novela que nace como una «reflexión visceral» sobre el duelo y el papel del cuidador de un enfermo. Neuman reconoce que se ha servido de estos personajes para colar sus propias inquietudes («Un escritor escribe de lo que necesita»), sobre todo en el caso de Elena, la mujer de un agonizante conductor de camiones que decide seguir sus impulsos íntimos para compensar su dolor. Una novela en la que el autor se posiciona en contra de la incomunicación y de aquellos tabúes aún presentes en nuestra sociedad, entre ellos el sexo vivido sin prejuicios, que nos condenan a hablar solos. – Después de una obra tan ambiciosa y documentada como ‘El viajero del siglo’, ¿le apeteció escribir algo más que no exigiera documentación, más a corazón abierto? – Sí, me ha salido muy visceral. Es una escritura menos premeditada, en la que entran aspectos tan a priori antagónicos como la metaliteratura y el sexo. Está todo el drama de Elena, su inmersión en el sexo con el médico de su marido agonizante, pero también toda esa antología literaria sobre la enfermedad y la pérdida que la propia protagonista va componiendo a lo largo de la obra. Elena lee solo libros sobre lo que le está pasando, como si documentara sobre ella misma, en un intento desesperado de entender su situación, porque lo que no se nombra no se supera. Leer sobre el dolor es una manera de ponerle nombre. – ¿Se da así la razón a esa cita de Mallarmé, introducida en la novela, que dice que la lectura y el sexo son lo único que puede oponerse a la muerte?

T

– En realidad esa es la interpretación que (Roberto) Bolaño hace en un ensayo suyo que se llama ‘Literatura + enfermedad = enfermedad’, que es un texto que escribe antes de morir, y que me parece que es incluso mejor que el poema. En él, Bolaño habla de la enfermedad como algo que derriba las ganas de vivir, y cómo el instinto de supervivencia trata de aferrarse a ciertas zonas de placer, algo que en el caso de Elena se sitúa en lo carnal y en los libros. Con su marido enfer-

mo terminal, se aproxima al placer sexual de una forma completamente distinta, busca una forma de sexo que reúna el placer y el dolor al mismo tiempo. – Hay descripciones crudas como la del «polvo triste» que se dedican marido y mujer el día que se enteran de lo irreversible de la enfermedad de él. ¿Ha querido evidenciar actitudes naturales que no se comentan lo suficiente? – Sí, como el tema de qué pasa cuando se muere al-

guien con quien has hecho el amor, que creo que es algo de lo que se habla poco. En qué se convierte el recuerdo del otro cuando uno toma consciencia de que ese cuerpo que uno ha tocado, con el que ha gozado, ya no está entre los vivos, ya no existe en el mundo. A la protagonista le llena de dudas sobre su propio cuerpo, tiene dudas incluso de estar viva y el recuerdo de la vida sexual con la persona que ha muerto es el recuerdo de hacer el amor con un fantasma.

– Cita también a voces actuales como la de Juan Gracia Armendáriz, autor de una ‘trilogía de la enfermedad’, pero que escribe sobre lo que ha vivido, cosa que no se da en su caso... – Mi objetivo no era contar la enfermedad desde el punto de vista del enfermo, sino desde el punto de vista del cuidador. En la novela doy más espacio a esta figura porque siempre me ha parecido que nos ha faltado la novela de la esposa de Iván Ilich, el personaje de Tols-

«Leer sobre el dolor es una manera de ponerle nombre»

Andrés Neuman.
:: JOSÉ RAMÓN LADRA

– ¿Qué parte de usted hay en este libro? Porque todo libro oculta una motivación personal... – Por un lado hay un tema que me concernía y me afectaba mucho porque yo he cuidado de mi padre y de mi madre, esta última ya fallecida. He tenido experiencias de cuidador que me han hecho mucho daño, pero que me han enseñado también a aferrarme a la vida con convicción. Es un tema que me comprometía de manera personal, pero para el que busqué tres puntos de vista que me hicieran salir de mí y tendieran puentes con la experiencia colectiva. Creo que todo escritor vocacional escribe sobre lo que necesita, lo que no significa que tenga que escribir de temas de cargada apariencia autobiográfica; uno puede necesitar escribir sobre Mallarmé, como le pasaba a Bolaño. Además, me seducía el reto literario de presentar tres tipos de habla, como si fueran tres novelas en una: el pensamiento del niño, el lenguaje oral del padre, con la grabación que deja a su muerte, y la literatura en el caso de la madre, que es una lectora que empieza a escribir. – Además del duelo, otro tema de fondo es la soledad, la incomunicación, que se resume en un momento en que a la hermana de la protagonista le preguntan si vive sola y responde que sí, que está casada... – Juan Ramón Jiménez hablaba de la soledad sonora... Y también está la soledad física, real, que hay que combatir como se pueda. Cuando el marido finalmente muere, ella sigue escribiéndole cartas, como hizo la mujer de Chéjov, Olga Knipper, a la muerte de este. El duelo es una herida, y hay una parte de sanación en forma de diálogo invisible. Pero cuando puedes visualizar a la otra persona dentro de tu cabeza, no se llama locura sino duelo bien hecho. Por otra parte, nadie puede hablar con nadie, ni siquiera dentro de la familia, así que todo el mundo termina hablando solo, de ahí la importancia de narrarlo.

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