Navidad en Sorrento

MARIETTA SHAGUINIÁN

Pertenecen a la pluma de Marietta Shaguinián (n. 1888), veterana escritora y traductora soviética, crítica de arte y correspondiente de la Academia de Ciencias de Armenia, la conocida novela Central Hidroeléctrica, numerosos libros de ensayos de la cultura y las costumbres de los pueblos de la URSS y las biografías Taras Shevchenko y Goethe. Marietta Shaguinián ha entregado muchos años al estudio de la vida de Lenin y sus allegados. Ha publicado las novelas La familia Uliánov, La primera huelga general de Rusia y otras. El relato publicado en esta recopilación es un fragmento del libro Cuatro lecciones tomadas de Lenin, que ella preparó para el centenario del nacimiento del jefe de la revolución.

NAVIDAD EN SORRENTO
Querida mamá: te envío afectuosos saludos desde Nápoles. He llegado en barco desde Marsella. El viaje resulta barato y agradable. Es como navegar por el Volga. De aquí saldré para Capri por poco tiempo. Un fuerte abrazo, muy fuerte. Saludos para todos, tu V. U. Carta de Lenin a su madre del 1 de julio de 1910 .

1 Las "Felices Navidades", Buon Natale, como dicen los italianos, comienzan en Italia, y en toda Europa, mucho antes de la propia fecha. Cuando bajé de Suiza a Italia, a fines de noviembre, los preparativos estaban en su apogeo. Yo viajaba lentamente, poco a poco, de norte a sur, deteniéndome largos días en las ciudades por las que pasaba, atraída, a decir verdad, no por estas ciudades en sí, sino por el gran tema que aún veía confuso, por citas sueltas, por líneas de una carta, que no me había sido dirigida a mí, y por la concurrencia de casualidades en las que, como dice el refrán, donde menos se espera, salta la liebre. Una lo piensa mucho antes de emprender un trabajo, la invade fuertemente, como la pasión invade el alma, un solo tema, que por el momento es una incógnita sin despejar, totalmente nueva para una y, desde todas partes, se enrollan, como la hierba en la rueda de una carretilla, las insinuaciones, coincidencias y descubrimientos, orientando constantemente el pensamiento de una hacia la solución. Yo caminaba por las antiguas calles, mirando distraída los llamativos escaparates. En colgaduras de colores, extendidas por encima de las calles, se felicitaban con enormes letras las Navidades: "Buon Natale". Cuando anocheció, se encendieron miles de luces de colores. Comenzaba la feria de vísperas de Navidad. ¡Qué no se exhibiría en los escaparates! Diminutos arbolitos de mazapán; enormes cirios retorcidos con cintas y lentejuelas; pequeñas esferas de cristal reluciente, guirnaldas de eslabones dorados y ondas de malla plateada. Únicamente los papas Noel con barbas y las tradicionales caperuzas aún no se veían, pues no había sonado su hora. Pero las calles ya estaban animadísimas en estas largas vísperas, que duran varias semanas de la fiesta.

V. I. LENIN. Obras Completas, 5a ed. en ruso, t. 55, pág. 315.

Incluso lo que más se parecía a nuestros propios objetos de adorno del árbol de Navidad se grababa, sin saber yo cómo, en la rueda de mis reflexiones. Era lo humano, lo común a toda la humanidad... ¡Lo que son las cosas! Una cita, a primera vista tan imposible... Llevaba ya varios días dándome vueltas en la cabeza, como una melodía, con todo su sentido impropio, hereje: así, al menos, me lo pareció entonces bajo el hipnotismo de la costumbre de reflexionar, adquirida a lo largo de decenios. Hace casi medio siglo, en Moscú, semihambriento, lleno de frío y de un emocionante sentido de la novedad y lozanía de la percepción del mundo, se celebraba con mucha modestia, como siempre por aquellos días, el cincuenta cumpleaños de Lenin. El Comité de Moscú del Partido Comunista (bolchevique) de Rusia convocó para el 23 de abril de 1920 una reunión a la que se invitó también a Gorki para que pronunciara unas palabras. Y Gorki las pronunció, con voz algo sorda, un tanto jadeante y baja de primero y subiendo luego de tono poco a poco. Fueron unas palabras asombrosas cuyo comienzo, cuando las releí varios años después, recuerdo que me chocaban, me dejaban perpleja y me ofendían por su deje un tanto heterodoxo. Gorki dijo: "Camaradas: hay personas cuya trascendencia no encaja en la palabra humana. La historia de Rusia, por desgracia, es pobre en hombres de este tipo. Europa Occidental ha tenido algunos. Pongamos por ejemplo a Cristóbal Colón... Podríamos mencionar a toda una serie de hombres como él, hombres que, dijérase, movían una palanca e inclinaban la historia de su lado. En nuestra historia ha habido, yo diría que casi ha habido, uno: Pedro el Grande fue un hombre así para Rusia. Y un hombre así, pero no para Rusia sólo, sino para todo el mundo, para todo nuestro planeta, es Lenin". En aquellos momentos me pareció una herejía comparar a Lenin, ¡a Lenin!, con Cristóbal Colón. ¿Quién había sido Colón para que alguien se atreviera a compararlo con Lenin?... Mi enfado aumentó hasta trocarse en indignación y perplejidad contra Gorki, y tenía por delante, en Sorrento, un mes de trabajo para dar fin al tema del libro, el capítulo "Lenin y Gorki". Mi deseo no era simplemente escribir este capítulo, quieta en Sorrento, el lugar más apartado de la patria y de más soledad de la vida de Gorki, el lugar donde él escribió su Klim Samguín. Quería aclararme a mi misma qué se habían dado mutuamente estos dos hombres, por qué se estimaban y por qué se necesitaban el uno al otro. Y de pronto, una comparación tan inopinada y hecha, además, en vida de Lenin, por Gorki. En Genova hice la primera parada de mi largo camino a Sorrento, parada que se prolongó mucho tal vez porque la cita de Gorki exigía, como un jeroglífico, el descifrado inmediato, en la primera etapa del viaje, en la ciudad donde había nacido Colón. Yo comprendía cómo el impulsivo Gorki, con su colosal memorión, tan grande como una hucha, pudo invocar, mejor dicho, cómo se le ocurrió de pronto la comparación con Colón. Gorki interpretaba a su manera a las personas, a veces sin tener en cuenta para nada la historia. Atormentado y acosado por las visitas en Capri, extraordinariamente acongojado por la polémica y la ruptura de Lenin con Bogdánov y Lunacharski, María Fiódorbvna Andréieva lo convenció para que se fuera de viaje al norte de Italia, descansara y recogiera nuevas impresiones. En Genova, sin darle tiempo a salir a la plaza de la estación, Gorki topó con un tropel de gente que había salido a esperar el tren de Parma, en el que venían los hijos hambrientos de los obreros en huelga de dicha ciudad. Vio que los italianos, obreros también, recogían en sus familias a los niños para mantenerlos mientras tanto, y por encima de todos ellos se erguía en la plaza la estatua de Cristóbal Colón. Y en el mismo

comienzo y al final del brillante y cordial ensayo que escribió, relacionó la estatua con la muchedumbre de obreros: "...la noble figura del hombre que descubrió el Nuevo Mundo...", "...sobre un alto pedestal, la figura de Colón, soñador que sufrió mucho por haber tenido fe y que triunfó por haber tenido fe. Hasta hoy sigue mirando a la gente a sus pies, como si articulara con sus marmóreos labios: "Sólo triunfan los que tienen fe". Quizás en esta romántica característica de Colón se reflejara la polémica implícita a la sazón en el propio Gorki, su intercesión a favor de Bogdánov... Génova con sus palacios y quintas, con los centenares de banderas multicolores en el puerto, Génova la Magnífica, que se extiende en tres pisos hasta el mar, era distinta de la que yo me imaginaba. Me pareció una ciudad de espíritu especial para Italia, la ciudad del genovés, del emprendedor, del navegante, del descubridor y del filántropo tomajón de arrepentida conciencia católica. De hablar en plano europeo general, toda la ciudad es una pétrea hablar en plano europeo general, toda la ciudad es una pétrea memoria maciza de las inmensas pasiones humanas, del egoísmo exacerbado y del romanticismo vacilante. El primer día subí al primer piso de la ciudad para contemplar el extraño monumento medieval a la filantropía de los rapiñadores genoveses, el "Albergo dei poveri", o albergue de los pobres, palacio que desciende majestuoso, escalón tras escalón, al parque. Ahora es un asilo para ancianos. De los pétreos muros de sus corredores, en los que retumban los pasos, hasta hoy miran al visitante los oscuros lienzos de viejas pinturas, pero los propios corredores están vacíos. El personal de servicio, con mandiles, empujaba en silencio por esos corredores, repartiendo la cena, unas carretillas, y en los sombríos rincones, ceceando con las desdentadas bocas, estaban sentados ancianos y ancianas, y aquí la vejez se presentaba tan humillante, tan innecesaria para la gente viva como tal vez la deplorable miseria sin hogar de los peregrinos que llenaron el espacio comprendido entre estas paredes hace varios siglos. Desde allí fui a pie al centro y, junto a la puerta de Soprano, vi la casita de Colón, una mole de piedra sin ventanas ni puertas, parecida a una casamata. A decir verdad, tenía ventanas y puertas, pero se habían cubierto de una tupidísima capa de musgo. Estaba rodeada de una alta cerca de piedra, y pude mirar por encima sólo poniéndome de puntillas. Dentro se veía un jardín descuidado donde, sobre cuatro columnas y bajo un bonito techado de piedra, hay un pequeño belvedere... y nada más. Aquella noche tardé mucho en dormirme, después del primer día pasado en Génova. ¡Colón! ¡Pero si ni siquiera había dado su nombre al nuevo continente que descubrió! Colón, que ni siquiera sabía lo que descubría... Que ni siquiera se proponía descubrir una parte nueva del mundo, pues soñaba sólo con descubrir una ruta nueva, más cercana, para que el comercio marítimo resultara más ventajoso... Colón... 2 Ir en automóvil de Nápoles a Sorrento es un fastidio interminable. El conductor llega a odiarla a una. Durante el camino me pregunté el porqué. ¿Por qué el conductor empieza a tener aversión al pasajero? Y lo comprendí: pues porque el pasajero va sentado, sin más ni más, pensando y quizás enfrascado en la lectura de algún librejo italiano amarillo (las novelas baratas de detectives se llaman en italiano así, "giallo", amarillas). Y el conductor sufre el drama de la arritmia constante, peor que la cardíaca. Y es que todas las carreteras que salen de Nápoles, incluso por la mañana temprano, casi aún de noche, están abarrotadas de automóviles hasta quedar obstruidas,

como los intestinos durante una indigestión. Se avanza no ya al paso, pues los dichosos peatones hace mucho que nos han adelantado y están ya lejos, más allá de la curva. Se avanza a trompicones. Un paso adelante, y a parar. Dos pasos más, y vuelta a parar. Y esta horrenda arritmia dura una hora, dos horas, tres horas... El conductor tuerce con odio la vista hacia el pasajero: ¡Para qué habrá querido ir en coche! En realidad, yo no me sentía mal. Iba sentada, pensando la ausencia de impresiones de la carretera, tanto por la derecha como por la izquierda, tanto por delante como por detrás, que casi no cambia a la vista, no impide, antes al contrario, contribuye a que fluyan los pensamientos. Iba pensando en dos personas que se apreciaban mucho, pero que no se percataron del grado de su estima (o quizás se percataran a medias) hasta poco antes de su muerte. En derredor, si bien apretujándonos los costados y el morro otros automóviles, estaba la antepuerta de la Navidad; la propia furia de este "avanzar a trompicones" evidenciaba que estábamos en vísperas de la fiesta de Navidad; en las paradas que hacíamos a cada momento, unos alocados vendedores ambulantes con artículos de rebaja de todo género se las arreglaban para abrirse paso hacia los pasajeros de los automóviles. Las cintas transversales de los letreros gritaban por encima de la carretera: "¡Felices Navidades! ¡Felices Navidades!" y yo pensaba en cómo murieron dos personas que se estimaban. Murieron de manera asombrosa. Por supuesto, yo no llevaba ningún libro amarillo. Llevaba en la cartera un cuaderno enrollado con notas sacadas de los libros que necesitaba y que, por su volumen, no me pude traer al extranjero. No valía la pena releer estas anotaciones, pues me las sabía al dedillo, las tenía tan grabadas en la memoria que me parecía verlas delante de mí lo que decían sin leerlas. Veía cómo se escribió la primera, con lágrimas en los ojos del que empuñaba la pluma, pues aun hoy se le saltan las lágrimas al que la lee: "Querido Alexéi Maxímovich, ayer enterramos a Vladímir Ilich escribía Krúpskaya a Gorki —... Conversábamos durante la lectura del periódico todos los días. En una ocasión se quedó muy preocupado, al leer en el periódico que usted estaba enfermo. Y no hacía más que preguntar, intranquilo: "¿Qué, qué?"... En otra ocasión topó en un libro de Guilbeau con la nota de una cita del ∗ artículo que usted escribió en 1918 sobre Lenin y que se publicó en La Internacional Comunista. Me pidió que se lo volviera a leer. Cuando se lo releía, él escuchaba con honda atención..." Transcurridos seis años desde que Nadiezhda Konstantínovna Krúpskaya escribiera esas palabras, aún no se les habían secado las lágrimas ni a Nadiezhda Konstantínovna ni a los partidarios de Lenin. El 25 de mayo de 1930 volvió a escribir a Gorki: "...Cuando usted llegó, yo tenía unas ganas inmensas de hablar con usted de Ilich, de llorar sencillamente como mujer en presencia de usted, en presencia del hombre con quien Lenin habló de sí mismo más que con ningún otro... Y yo no hacía más que recordar, ya le escribí de esto otra vez, cómo Lenin buscó en el último mes de su vida el libro en que usted escribió de él y me pidió que le leyera en voz alta el artículo de usted. Tengo delante de los ojos el rostro de Ilich, la expresión que ponía al escuchar y cómo miraba a un punto de la lejanía, a través de la ventana: estaba haciendo el recuento de su vida y pensaba en usted..."

Es un error. Fue en 1920. (N. de la Edit.)

Gorki falleció doce años después que Lenin. Aquel Gorki que escribió de sí mismo que sentía "una repugnancia orgánica por la política", aquel Gorki a quien las faltas de la revolución, la incomprensión de las crueldades de ésta, los maliciosos gemidos de la intelectualidad burguesa y el hambre y el desbarajuste en Petrogrado, que ya no era la capital, pero que aún estaba lleno de lo que una capital tiene de inmundo, apartaron de los primeros años de la Revolución de Octubre, años terribles, pero de emocionante dicha por su fuerza moral; aquel Gorki que se apartó de Lenin y los bolcheviques y luego, cuando volvió en los años treinta, estaba con ellos de verdad y, según palabras de Krúpskaya, se había metido "hasta las orejas en la política, escribía fogosos artículos periodísticos y veía a los obreros cuanto quería", aquel Gorki vivo y estimado que estaba en trance de muerte. En los momentos de la agonía de Gorki también estuvo en torno de su lecho, en el pensamiento, el pueblo soviético. Pero personalmente se encontró a su lado uno de los médicos fisiólogos más sutiles e inteligentes: A. Speranski. Veló a la cabeza de Gorki las últimas noches y, cuando éste falleció, él escribió en Pravda lo que había visto durante esas horas de vigilia. A juzgar por sus palabras, el agonizante Gorki "recordó varias veces a Lenin. Una noche comenzó a hablar del primer encuentro que tuvo con él: "De esto no he escrito y creo que tampoco he hablado. Nos vimos en San Petersburgo, no recuerdo dónde. El, bajito y calvo, con mirada astuta, y yo alto y desgarbado, con cara y ademanes de morduino. Al principio no fuimos del agrado el uno del otro, pero luego nos escrutamos con mayor atención, nos echamos a reír y, de pronto, nos fue fácil hablar a los dos..." Lenin, en sus últimas horas, "al hacer el recuento de su vida", pensó en Gorki y quiso volver a leer lo que éste había escrito de él en el susodicho artículo. Agonizante, Gorki pensó en Lenin y quiso expresar lo que aún no había dicho a nadie ni había tenido tiempo de escribir: cómo se conocieron, el uno bajito y calvo, con mirada astuta, y el otro alto y desgarbado, salientes los pómulos como los de un morduino, y cómo se escrutaron con mayor atención, pues antes "no habían sido del agrado el uno del otro", pero soltaron la carcajada y les fue fácil congeniar. Lenin lo hizo por raciocinio; Gorki, mediante la plasticidad de sus imágenes. Así fue el asombroso "encuentro en el recuerdo" de los dos hombres, al final de sus días. Este encuentro es tan significativo en la biografía de los dos que una siente deseos de ahondar en ellas, de meditar en ellas como si fueran acertijos presentados por la misma vida. Y ante todo, ¿de qué trataba el artículo que Gorki escribió en julio de 1920, aún en vida de Lenin, y fue publicado el mismo año en el número 12 de La Internacional Comunista? ¿Qué movilizó toda la atención de Lenin, enfermo y ya en las últimas, para escuchar la lectura de este artículo y mirar a la lejanía, a través de la ventana, como si hiciera "el recuento de su vida"? Gorki escribía de Lenin que era un romántico y un utópico, un hombre que veía delante un mundo maravilloso de felicidad para todo el género humano: "...Yo no puedo imaginármelo sin este bello ensueño en la futura felicidad de todos los seres, en una vida luminosa y jovial... Lenin es más persona que cualquiera de mis contemporáneos, y aunque tiene la mente ocupada principalmente como es natural, con esos razonamientos políticos que un romántico debe denominar "estrictamente prácticos", estoy seguro de que en los pocos momentos de descanso esta combativamente vuela a ese maravilloso futuro mucho más allá y ve mucho más de lo que me puedo figurar. El objetivo fundamental de toda la vida de Lenin es el bien para toda la humanidad y ha de vislumbrar ineludiblemente en la lejanía de los siglos el fin de ese gran proceso a cuyo comienzo brinda ascética y valientemente toda su voluntad..."

A Nadiezhda Konstantínovna Krúpskaya le parecía que estas últimas horas de la vida de Lenin (a juzgar por las Crónicas, que preparó el Instituto de Literatura Mundial Gorki, le quedarían, en todo caso, no más de dos o tres meses y aun es posible que unos días), al escuchar éste el artículo de Gorki, hacía el recuento de su vida y pensaba en el autor del artículo. Hoy, después de haber leído el artículo de Gorki, al lector le parece que Lenin tenía puestos todos los pensamientos en el futuro, en el mundo luminoso de dicha para toda la humanidad. Pero se puede interpretarlo de otra manera, y esta otra interpretación, la más probable, es que quiso volver a leer lo que Gorki había escrito de él, pues lo había hecho aún en vida de él. No es probable que, al escuchar las palabras de su amigo sobre él y al evocar, por las palabras de su amigo, su propia vida, la vida de uno más de los millones de seres, si no "descansando ya", sí en vísperas del descanso eterno, antes de expirar, no se mirase a sí mismo, no pensara en su pasado y en sí mismo como hombre pensante, combativo, sufridor, amoroso, sensible... Se me podrá objetar que esto no deja de ser una conjetura, que a nadie le es dado calar en el alma de Lenin, postrado en el lecho de la agonía. Pero contamos con una razón de mucho peso a favor de esa "otra" interpretación precisamente. El lector habrá reparado sin duda en las palabras de Nadiezhda Konstantínovna de que le pidió que le volviera a leer el artículo de Gorki. Este artículo, titulado Vladímir Ilich Lenin, lo había leído él tres años antes, cuando se hubo publicado. No puede caber ninguna duda de esto, porque reaccionó en el acto con un arrebato de indignación y contestó con una resolución especial del Comité Central. He aquí lo que escribió de esto A. Andréiev en sus memorias: Cuando aparecieron el artículo y, encima, la carta de Gorki a Wells (publicada en el mismo número), que contenían, además de grandes alabanzas a Lenin en el primer artículo, tesis erróneas sobre el campesinado ruso y las relaciones entre el Este y el Oeste, etc., en la carta a Wells, Lenin se indignó.

"Exigió una rigurosa resolución del CC en la que se indicara que esos artículos eran muy inoportunos y prohibiera publicarlos en lo sucesivo en la ∗ revista. Esta resolución fue aprobada a propuesta de Lenin"
En el proyecto de esta resolución hay las siguientes palabras: "...o en estas palabras no hay nada de comunista o hay mucho de anticomunista". ¿Podía Lenin olvidar esta resolución y la turbulencia con que reaccionó al elogioso tono del artículo? No es verosímil. ¿Por qué de pronto, pasados tres años, gravemente enfermo, sin poder hablar ni leer, pues sólo podía escuchar lo que le leían en voz alta, quiso refrescar en la memoria las palabras que Gorki había escrito de él? Está claro que no por los lugares erróneos para repetir mentalmente que los censuraba. Ni tampoco para reavivar su descontento por la "encomiástica opinión" que le pareció inoportuna cuando la leyó la primera vez. En aquellos momentos no era posible escrutar en su alma, pero Nadiezhda Konstantínovna vio en su semblante una expresión de bondad y cavilación, mas no de indignación: "Tengo delante de los ojos el rostro de Ilich, la expresión que ponía al escuchar y cómo miraba a un punto de la lejanía, a través de la ventana: estaba haciendo el recuento de su vida y pensaba en usted..." ¡Mas recordemos la inmensa carga que Lenin llevaba sobre sus espaldas cuando abandonaba este mundo! Dejaba un mundo nuevo, obra suya, pero sin terminar de construir, y las inmensas
Revista Kommunist, N° 5 de 1956 (El subrayado es mío: M. Sh.) El motivo a que Lenin apelaba para afirmar que "esos artículos eran muy inoportunos... en la revista" evidencia que su indignación era debida no sólo a las "tesis erróneas", sino también a los elogios que Gorki le tributaba.

dificultades que implicaban su sostenimiento y desarrollo; sabía que al otro lado de la puerta, sus fieles compañeros de lucha aguardaban sus indicaciones, consejos y ayuda; durante los últimos años había pensado profundamente en cada uno de ellos; analizando las buenas cualidades, los defectos y el grado de aptitud de cada cual para la labor revolucionaria, los protegía y prevenía; y, por último, sentía de todo corazón, y no podía menos de sentir, hondo dolor e inquietud por sus seres queridos: por su esposa, sus hermanas... ¡Y tantas cosas más! Entretanto, la mirada puesta en la lejanía, a través de la ventana, no parecía dirigida al futuro, sino al pasado, era la quietud de la memoria. Como si los embates de las olas del tiempo hubiesen elevado por encima de todo la memoria de él hacia el mundo y del mundo hacia él, quizás por primera vez interrogando cómo era él y cómo había sido su vida, cómo lo interpretaba la imaginación del literato, del amigo. Gorki también dejó en pos de sí un fardo de cosas sin acabar: no terminó de escribir Klim Samguín, que le parecía el trabajo más importante de su vida; dejó todo un mundo de trabajo profesional, todas esas cartas que requerían respuesta, manuscritos de otros que debía leer y a compañeros de profesión a quienes él había enseñado. También a él lo habían querido mucho en vida y había estado rodeado de muchos seres queridos. Pero en trance de muerte, pensó en Lenin. Y no es que "se acordara de él" simplemente. Speranski escribe: "Recordó varias veces a Lenin". He calificado de "asombroso" este preagónico "encuentro en el recuerdo" de los dos grandes hombres. Y si se piensa bien, en ello no hubo nada de asombroso. Lo asombroso habría sido que esta amistad y este cariño entre el jefe político y padre de la revolución y el escritor de talento innato salido del pueblo, esta necesidad de trato que los dos, siendo tan distintos, sentían, aún no había llegado al gran arte. Y aun es más asombrosa la actitud que seguimos teniendo hasta la fecha ante lo humano de la biografía de Lenin, cubriendo de una cortina impenetrable esa "ventana a la lejanía", en la que Lenin, el hombre, tenía puesta la mirada antes de morir. Gorki escribió "ascética y valientemente". "Valientemente" sí. Pero en cuanto a lo de "ascético", ¡Gorki se equivocó! Lenin odiaba el ascetismo, amaba con pasión la vida. Tuvo un gran amor personal. Amaba a la gente con vehemencia, con toda el alma, con enamoramiento. Hasta de Marx y Engels escribió con pasión: "Aún sigo "enamorado" de Marx y de Engels, y no puedo soportar con tranquilidad ninguna injuria contra ellos". Recuerdo que fue para mí una revelación una página de un libro de Dridzo acerca de Krúpskaya. Allí se refiere cómo la casta y comedida Nadiezhda Konstantínovna Krúpskaya se salía llanamente de sus casillas al leer muchas veces en libros y manuscritos que repetían de mil maneras que ella y Lenin no hacían en la aldea de Shúshenskoe más que traducir a los Webb. ¡Traducían a los Webb! Estaban recién casados, se amaban mutuamente, todo les alegraba por aquellos días, estaban en "la pasión juvenil" (las ∗ palabras entrecomilladas son de la propia Krúpskaya y las aduce en sus memorias Vera Dridzo ), ¡y decir sin más ni más que "traducían a los Webb"! Una siente cuán grande era la indignación de esta comedida mujer que conservó en el siglo XX todos los rasgos puros de la revolucionaria del siglo pasado si, no pudiéndose contener, exteriorizó lo de "la pasión juvenil". Mas confesemos: ¿qué otra cosa han hecho bastantes escritores, historiadores e investigadores sino echar, año tras año, un velo

Vera Dridzo. Nadiezhda Konstantínovna Krúpskaya, Moscú, 1958, pág. 20. He aquí la cita completa de Krúpskaya: "Estábamos recién casados, y eso mitigaba nuestro destierro. El que yo no escriba de eso en mis memorias no quiere decir, ni mucho menos, que no hubiera en nuestra vida ni poesía ni pasión juvenil". "...Y él dice que no hacíamos más que traducir a los Webb".

de textura doméstica sobre la vida pasional del hombre más grande de la época contemporánea para ocultarla de la vista de niños y adultos, diciendo que se dedicaban a "traducir a los Webb"?... Lenin tuvo una vida muy intensa, pero no ascética. Una vida de renuncias, sí, de "renuncias" (Entsagung según Goethe), de hacer grandes renuncias a los entretenimientos, a lo apasionante, a las distracciones y a lo personal en aras de la felicidad del pueblo, esa magna felicidad creadora del principal amor, del principal tema de la vida. De renunciar al "ajedrez" en aras de la política... Salí de pronto de mi ensimismamiento como de un sueño interrumpido. Como si me hubiera sacado de él un empujón interno, si bien no era del todo un empujón interno, sino más bien al contrario, el ligero susurro del rítmico y raudo correr del automóvil. Resulta que habíamos salido ∗ del "enredo sin desenredar", según la expresión ideada por Nadiezhda Konstantínovna y avanzábamos de prisa ya por el estrecho corredor de la costa del golfo de Nápoles. Por la derecha azuleaban las aguas del golfo; pero no es ésta la palabra, decir azuleaban. Pese a que estábamos en diciembre, el azul era de fuego, como el de la cascarilla de fundición del metal, con el rojo oculto del fuego. El sol calentaba como no suele calentar en invierno. A la izquierda pendían rocas del color de la arena con vegetación polvorienta y pocas casas de blancura tan deslumbrante que casi cegaba. La flora fue desapareciendo, y la fauna no se veía a todo lo largo de la costa, inundada de sol como si fuera oro líquido, y nuestro automóvil rodaba solitario como una bola, habiendo mejorado el humor del compañero que iba al volante. Detrás de un desfiladero quedó Pompeya, dejamos a nuestras espaldas la "Tierra china"; textualmente, "Terracina". El paisaje se hizo muy interesante. Volví a meter en el bolso el cuaderno de mis anotaciones, por las que iba conduciendo, como se lleva a un niño de la mano, mis tímidos pensamientos, y me puse a mirar a los lados. Pero hagamos aquí una digresión... para reanudar el último "encuentro en el recuerdo" de Lenin y Gorki ante el umbral de la muerte.

No ya Nadiezhda Konstantínovna sólo, sino todos los que estamos ligados por la vida con Lenin, debemos tener delante de los ojos el rostro de Ilich, la expresión que ponía al escuchar y cómo miraba a un punto en la lejanía, a través de la ventana... "En el último mes de su vida", escribió Krúpskaya a Gorki, lo cual quiere decir que era en invierno. Cuando por la ventana se ven los árboles cubiertos de nieve, pero dejando entrever, no obstante, por las ramas la lejanía, tal vez de una alameda del parque de la casa de campo en el lugar que lleva el nombre de Gorki, o tal vez por el espacio abierto entre unos abetos. En invierno, cuando los pájaros no cantan, cuando de los aleros cuelgan carámbanos de hielo, no se oye el crujir de la nieve helada, a través de la pared, y el silencio es completo. Nadiezhda Konstantínovna leía con voz pausada, sin alzar el tono, para no emocionar a Lenin, enfermo. Leía el artículo de Gorki: "...El objetivo fundamental de toda la vida de Lenin es el bien para toda la humanidad y ha de vislumbrar ineludiblemente en la lejanía de los siglos el fin de ese gran proceso a cuyo comienzo brinda ascética y valientemente toda su voluntad..." Y aquí yo diría que una leve sonrisa movió las comisuras de los labios de Lenin. No tenemos pruebas. La única testigo, Krúpskaya, no dijo de eso una palabra. Y yo me imagino esa sonrisa cuando cierro los ojos, cuando, dando lentos pasos en la fila de gente, miro sus inmóviles facciones

N. K. Krúpskaya. Memorias sobre Lenin, Moscú, 1933, pág. 156 (en ruso).

yertas en medio del eterno silencio del Mausoleo. Una leve sonrisa, la hubo de esbozar. ¿Por qué se le ocurrió de pronto escuchar el artículo, que conocía desde hacía ya mucho tiempo y lo había indignado tanto, de su viejo amigo? Pues no lo hacía para holgarse, como despedida, con la plétora de elogios. Ni tampoco para comprobar si se había indignado entonces con razón. Entro ahora en el dominio de las conjeturas. Y todo eh que posea la llave de entrada en él, debe de entrar. La llave es el amor... Y yo soy una de quienes la posee. ... Hum, hum... pudo decirse Lenin. "A la breve y típica exclamación "hum-hum" sabía darle una gama interminable de matices, desde la ironía mordaz hasta la duda prudente, y a menudo este "hum-hum" sonaba con agudo humorismo accesible únicamente al muy sagaz y buen conocedor de las "diabólicas absurdidades de la vida", como escribió de él Gorki después de su muerte. ¿Qué podría expresar él con este "hum-hum" ahora? Durante los últimos años, estando postrado y sin poder moverse, en la cama, a él, como combatiente que era, sentía una gran necesidad de discutir con su viejo amigo; como combatiente que era, se aburría sin la polémica. Quería tratar, llegar a estas líneas, recibir una descarga de ellas que le hicieran estremecerse para que el aliento de la vida fuera más cálido, "las contradicciones vivas, mucho más ricas, diversas y de mayor contenido de lo que a la mente del hombre le parece en un comienzo" lo rociaran con su agua vivificante, ya que los médicos le prohibían discutir, tener entrevistas, levantarse, esquiar hasta algún paraje lejano; ni podía ni podría hacerlo ya nunca. Es posible que él no se diera clara cuenta de ello. Es posible que eso le bailara en algún rincón del alma, en el instinto, sin expresarse con palabras. Pero la descarga y la sacudida, el contacto vivificante con el adversario polemista se produjeron en el acto. Hum-hum... "ascética y valientemente". Erróneo desde el punto de vista formal: el ascetismo es incompatible con la valentía; evadirse de la vida es una cobardía y no una valentía. Y es erróneo, también, en el fondo... pues jamás fue asceta. Fue un combatiente. Se dice que cuando uno está en trance de muerte, desfilan por delante de sus ojos las imágenes de lo vivido desde la infancia hasta los últimos días. ¿Qué imágenes desfilaron entonces por delante de la mirada de Lenin, puesta en la lejanía? Miraba la alameda nevada del parque. Recientemente, por aquella alameda había pasado un herrero de la fábrica de Glújovo, asombroso anciano que, dijérase, había salido de las páginas del temprano Gorki. El herrero abrazó fuertemente a Lenin, sin dejar de repetir: "Soy obrero, Vladímir Ilich, soy herrero y forjaremos todo lo que has trazado" —y el viejo lloraba. El calor del amor del pueblo envolvió a Lenin... Los Glújov habían traído cerezos para plantarlos. Eso no estaba mal, los árboles son naturaleza. Y es posible que la memoria lo llevara a él muy lejos, a la falda del Rothorn, en la aldea suiza de Siorenberg, donde paseaban los tres por el bosque, recogiendo setas, pues había una enormidad de ellas. Y en su rincón del jardín, estaba su mesa de trabajo, la felicidad que le daba el trabajo. Mucho más tarde Krúpskaya contaría en sus memorias: "Madrugábamos, y hasta la hora de la comida, que era, como en toda Suiza, a las 12, cada uno de nosotros estudiaba en su rincón del jardín. En esos momentos Inessa tocaba a menudo al piano, y a los acordes de la música que nos llegaba se estudiaba mejor aún". La cálida oleada de música, mezclada con la fragancia del bosque, de las setas blancas y secas, de las vaguadas mohosas bajo el sol, el monte Cuerno Rojo, Rothorn, las blancas rosas alpinas...

Como es propio del hombre, Lenin sabía odiar en la lucha. También sabía amar, como es propio del corazón humano. Y si eso no fuera así, si Lenin hubiera sido un asceta, la humanidad no hubiese podido amar a Lenin, tan querido y entrañable, tan familiar e imprescindible, con tanta vehemencia como le ama ahora. -.Relato tomado de: Así era Lenin. Editorial Progreso. Págs. 247-262.

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