You are on page 1of 33

Destino

©2012 Benjamín Blas

Capítulo A
En un segundo todo puede cambiar.
¿Por qué la gente tiene tanto afán de reconocimiento? ¿Por qué las personas se empeña en decir que no le importa lo que piensen los demás y sin embargo están dos horas frente al espejo? ¿Por qué esa obsesión en demostrar lo buenos, inteligentes y fuertes que somos? ¿Por qué se debe sonreír a una persona que sabes que no le caes bien? Las eternas preguntas sobre el ser humano. ¿Somos tan extraordinariamente inteligentes como para haber inventado millones de cosas útiles como la televisión, los coches o las medicinas? O por el contrario ¿somos tan increíblemente estúpidos como para seguir matándonos al volante, creyéndonos cualquier cosa que diga una persona en televisión o drogándonos con sustancias que deberían ser cura en vez de problema? Suelen decirme que soy un antipático o un antisocial, que debería salir más de casa y relacionarme con los demás, pero no quiero, no me cae bien la gente, solo te ayudan para echártelo en cara alguna vez; me gusta estar en casa, aquí nadie es estúpido, puedo controlar cualquier situación y si quiero relacionarme con alguien ya está mi amigo Alfred, con el cual, entre otras cosas siempre bromeo con que tiene nombre de mayordomo aunque esto no tenga demasiada relevancia. Me encanta sentarme frente al piano, comenzar a tocar mientras miro por la ventana de mi piso en el centro de los Ángeles y bucear en mis pensamientos. Ocho millones de años de evolución humana y seguimos queriendo matarnos unos a otros, continuamos auto engañándonos para poder engañar a los demás. Dinero, mujeres,

poder, lo queremos todo y lo queremos ya. Me estrello con el coche y la culpa la tiene el de delante, pierdo el trabajo y la culpa siempre es del jefe, me doy un golpe con la mesita de noche y es evidente que el error es suyo por moverse, patética humanidad. Y es por eso, entre otras muchas razones por las que intento alejarme de casi cualquier ser humano, me aburren y me desesperan. Uno de los pocos seres vivos con la capacidad de hablar y razonar a los que soporto, es a mi amigo ya nombrado Alfred, un tipo de familia media, moreno, unos centímetros más alto que yo, trabajador y con fe en la humanidad. Uno de los temas que más hablamos suele ser el mundo, el destino, las casualidades y de lo curioso que puede llegar a ser todo. ‒La vida puede cambiarte en un solo segundo John. –Suele repetirme–. Hoy estamos aquí y mañana allí. ‒Prefiero estar aquí –contesté–. Lo cierto es que hace mucho que no me pasa nada interesante –dije tumbándome en el sofá. ‒Si salieses de casa al menos para buscar trabajo… ‒El trabajo está sobrevalorado, los que tienen quieren irse lo antes que puedan y los que no, quieren conseguir uno, yo al menos no soy hipócrita –dije sonriendo. ‒Si al menos te quitases el pijama y te vistieses no tendrías tanta pereza –continuó increpándome. ‒No tengo pereza. ‒¿Y ganas? ‒Perdidas. ‒Algún día te arrepentirás de haberte tirado media vida en el sofá sin estudios ni trabajo –dijo en tono de desesperación. ‒Soy viejo para cambiar –dije dramatizando como si estuviese en una obra de teatro‒. ¿Puedes traerme una cerveza? –prolongué. ‒Tienes 24 años y no soy tu mayordomo –dijo algo desquiciado. ‒Si tus padres no querían que fueses mayordomo ¿porque iban a ponerte Alfred? ‒¿Al menos te enteras de lo que pasa en el mundo? –dijo suspirando. ‒¡Claro! Me gusta estar informado, el gobierno la ha vuelto a cagar ¿a qué sí? –Sea el año que sea es algo que no falla.

‒¿Has visto lo de ese asesino en serie? –preguntó. ‒¿Jack el destripador? –contesté. ‒El asesino en serie que mata porque sí. ‒Nada se hace porque sí mi ingenuo amigo. ‒Le llaman “Poison” porque mata a sus víctimas con toxinas –dijo sentándose en el sillón de al lado‒. Y si no lo hace porque sí, dime entonces qué relación tiene un tipo de 37 años que tiene una tienda de animales y aún vive con sus padres en California, un médico de Wisconsin, una azafata de vuelo que vive en Washington y un concejal de New York? Parecía estar muy enterado, casi ilusionado por saber tanto. ‒Evidentemente no lo sé, pero lo descubriría si quisiese– dije cogiendo el mando a distancia. ‒Por supuesto, el superdotado John que lo sabe todo… apuesto a que no podrías aunque trabajases en la policía. Esa frase levanto todo mi interés, sabía que tecla tocarme e incorporándome en el sofá le dije: ‒Acepto la apuesta, puede que no lo sepa todo pero sé que te has pasado la noche en vela por tus ojeras, porque no paras de estirarte y porque viste el reportaje de ayer entero sobre “el asesino Poison” y tenías ganas de sacar el tema, ves –dije señalándole el teletexto de la tele. –Vaya casi tres horas de reportaje, impresionante –expresé gesticulando. ‒No creas que eres Sherlock Holmes –dijo un poco indignado, a nadie le gusta que le pillen algo que está ocultando. ‒No me lo creo, si no sabría porque no dormiste… espera ¿es por esa chica…? Como era… ah, ¿Allison? Te ha dicho que no, por eso estas aquí porque necesitabas un abrazo ¿verdad? –señalé emocionado y abriéndole mis brazos. ‒¿Qué? No… aún no la he dicho nada y no pienso presentártela ‒ hubiese quedado tan bien… ‒Tampoco quiero conocerla –dije con aires de soberbia. ‒No vas hacerlo. ‒Vale.

‒Bien. ‒Perfecto. ‒Estupendo. ‒…En fin, me voy John tengo que hacer algunas cosas, te llamo mañana –comentó yéndose hacia la puerta. ‒Gané –dije riendo−. Puede que mañana ya tenga al asesino ¿puedes traerme la cena antes de irte?... ¿Alfred? Le había notado un poco más inquieto de lo normal, aunque no es que fuese muy tranquilo que digamos, siempre de un lado para otro, yo lo detesto. Seguía en mi mundo, nunca aburrido, pero sin hacer gran cosa, cuando más tarde, esa misma noche, recibí una llamada, un segundo para apretar el botón de recibirla, un segundo para ponerme el móvil en la oreja y un simple segundo para cambiar mi vida radicalmente. Me llamó una tal inspectora Reeve, Alfred había sido hallado muerto en su apartamento, no lo podía creer, ¿era una broma? ¿Muerto? ¿Por qué? Justo el mismo día en el que habíamos hablado del asesino en serie, no, tonterías, no puede existir tal casualidad, esto no es una película, no puede ser… Demasiadas preguntas me rondaban la mente, debía tranquilizarme. Aquella misma noche lluviosa me dirigí hacia la comisaría como me había dicho la inspectora para que me interrogase, aunque no sabía ni como había muerto, pero si fue asesinado estaba seguro de que encontrar al responsable iba a ser mi única obsesión. Me llevaron a una sala donde ya estaba esperándome Emma Reeve, inspectora de los Ángeles, la más adelantada de su promoción solo 24 años y un don innato para atrapar delincuentes. ‒Siéntese por favor –dijo casi sin mirarme a la cara. Yo en cambio sí me pare un momento a observarla a ella: pelo rubio, ojos azules, nariz curvada y labios sensuales, 1,71, 90 de pecho aproximadamente, copa A, tal vez B, piernas largas como días sin agua en el desierto; vestía camisa azul claro poco usada, chaqueta de cuero, pantalones vaqueros y unos zapatos con poco tacón, no demasiado incomodos, no llevaba pendientes, y a primera vista ni

rastro de piercings ni tatuajes, tenía una mirada distante, ella no te miraba sin embargo sus ojos eran casi hipnóticos. ‒Siento mucho su perdida, pero debemos descartarle como sospechoso –dijo en tono amable. ‒Lo entiendo, tranquila –dije observando todo lo que me rodeaba en esa sala. ‒Vaya, normalmente la gente de su entorno se enfada cuando le consideramos sospechoso. ‒Es estúpido ser irracional aunque sea en estos momentos, soy de las pocas personas que le veían a diario, es lógico. La veía sorprendida, y era obvio que después de esto aún me considerase más sospechoso. ‒Bien, ¿dónde se encontraba entre las 10 pm y las 11 pm de esta noche? ‒dijo con el bolígrafo en la mano lista para apuntar. ‒En mi casa, solo y no, nadie puede confirmarlo. ‒Veo que sabe el procedimiento –apuntó la inspectora Reeve. ‒He visto mucha tele. ‒No lo dudo… –dijo casi susurrando en tono despectivo. La situación me incomodaba y quería irme cuanto antes para comenzar mi búsqueda, pero todo comenzaba aquí. ‒Perdone inspectora Reeve –interrumpió un hombre que entró en la sala. ‒Sí, señor White este es mi compañero Michael Green. ‒¿Michael? –dije sorprendido. ‒¿Os conocéis? –preguntó la inspectora. ‒Oh, sí –dijo Michael‒. Vaya ¿cuánto tiempo hace? –continuó. ‒Creo que los Beatles estaban al completo– bromee. ‒Me alegro de verte, aunque no en estas circunstancias –dijo triste, después de sonreír. La verdad es que hace mucho Alfred, Michael y yo éramos inseparables, nuestros caminos se desviaron, y mira por donde, aquí estaba de nuevo, no había cambiado demasiado, castaño oscuro, entradas algo pronunciadas, dentadura perfecta, y algo despistado como de costumbre, la camisa estaba a medio planchar y hoy no se había afeitado, las prisas.

‒Sí, ¿se sabe cómo murió? ¿Hay alguna pista? –pregunté, ahora tenía una ayuda dentro, eso facilitaría las cosas. ‒Murió por envenenamiento, es pronto para sacar una teoría pero el modus operandi es el mismo que el del asesino Poison ‒no puede ser… no, ¿es casualidad que le maten el mismo día en el que hablamos de él?… pero ¿por qué? ‒¿Estáis seguros? ¿Por qué iba a querer matarlo? ‒Este asesino mata sin ninguna relación aparente, no sabemos que le mueve a hacerlo, aunque hay una pequeña diferencia respecto con los demás, en ese caso hemos encontrado signos fehacientes de lucha, quizá se defendió o se trate de algún imitador. Parecía estar convencida de ello, aunque era obvio que sabía más de lo que me contaba. ‒¿Tienen alguna pista sobre él? ‒No por el momento, no deja ni el más mínimo rastro, es limpio y con cada víctima usa un tipo de veneno diferente. Sin duda, sea quien fuere había llamado mi atención, me resultaba horrible tener esa sensación, pero me gustaba el reto. ‒¿Cuántas víctimas y tipos de veneno ha habido? –pregunté. ‒Lo siento pero no puedo decirle más. Ya puede marcharse – sentenció la inspectora Reeve. ‒Bien –dije levantándome y yéndome por fin, necesitaba pensar. ‒Perdone… am… John White –dijo, antes de marcharme, mientras miraba el informe que tenía en la mano. ‒No creo que un chico de 24 años sin estudios y que lleva casi 3 años sin apenas salir de casa pueda resolver el caso, el 100% de los familiares o amigos que intentan tomarse la justicia por su mano lo único que consiguen es obstaculizarnos así que déjenos esto a nosotros y no haga ninguna tontería –era lista, pero no hay cosa que más me cabree como que me tomen por idiota. ‒¿Crees que soy menos inteligente que tú porque no me gradué el primero de mi clase y me ascendieron a inspector por tener un porcentaje del 93% en arrestos? Creo que no he formulado bien la pregunta. ‒Sí, exacto.

‒Pues no debería juzgar antes de tiempo inspectora Reeve, ¿no es esa una regla básica para ser policía? ‒Se quedó cayada‒. No se aprende todo de los libros, no eres más inteligente por saber más si no por saber aplicar a la perfección todo lo que sepas. ‒Apártate de la investigación o yo misma te arrastraré –dijo amenazante mientras Michael miraba sin soltar palabra. ‒Bueno si eres tú entonces adelante, espósame –dije en tono seductor juntando las muñecas y levantando una ceja. ‒Si alguna vez te pongo las esposas, créeme no será divertido, al menos para ti. Creo que es hora de irme. ‒Nos volveremos a ver… ‒dijimos a la vez, fue extraño. ‒Me alegro de volver a verte Mike, da recuerdos a Abigail, y enhorabuena por el hijo que esperas. ‒¿Cómo has…? –dijo totalmente sorprendido mirándome a mí, así mismo y a la inspectora Reeve. Me fui a casa pensando, dándole vueltas a todo, sabía que era inútil porque aún no tenía casi datos pero no podía evitarlo, aquella noche había dado un vuelco mi vida, solo le tenía a él… Llegué a casa y me puse delante del ordenador, por suerte se me daba bien, así que me tiré toda la noche investigando sobre el asesino Poison, perdí la cuenta de las páginas que vi. 5 muertes, 4 hombres, una mujer, distintas edades, Washington, Wisconsin, California, New york, Los ángeles y de nuevo California; 5 tipos de veneno diferentes, batracotoxina, taipoxina, tetradotoxina, toxina de chironex fleckeri y bungarotoxina, demasiados datos, demasiadas teorías… pero creo que ya tenía algo. Me dirigí rápidamente al apartamento de Alfred, esa noche no era como las demás, era distinta, una luna casi llena, las calles mojadas, el mundo parecía exactamente igual que siempre, sin embargo mi mundo estaba al borde del precipicio, no obstante no me sentía del todo mal, me gustaba tener que perseguir a un asesino en serie, esa sensación me estaba convirtiendo en lo que siempre he evitado ser, un ser humano más, una persona irracional que solo hace las cosas si consigue una

satisfacción y buscando la aprobación de las demás, pero no tenía tiempo de pensar en eso, lo esencial era encontrar al asesino. Cuando llegué al apartamento de Alfred estaba lleno de policías como supuse, pero debía entrar, conque me dirigí hacia allí. ‒Alto señor –me detuvo un policía. ‒Hola, veras vivo en este edificio y necesito coger una cosa para el trabajo, si no… ‒No puede pasar señor es la escena de un crimen –dijo interrumpiéndome. ‒Por favor solo es un segundo, dios si no llevo la ropa a las chicas… ‒¿Las chicas? –dijo interrumpiéndome de nuevo. ‒Sí, el club Golden, si se me vuelven a olvidar… ‒Oiga, verá, si me regala un pase VIP quizá pueda pasar –sugirió el policía. ‒¿De verdad? ¡Hecho! Tome esta nota, diga que va de parte de Randall y lo tendrás todo pagado. ‒Gracias, adelante –dijo con cara de pervertido. Es sencillo manipular a alguien si le echas un vistazo; el policía tenía un pequeño resto de carmín en el lado izquierdo de la boca, podría ser de su mujer, pero dado que solo llevaba la marca sin la alianza en el dedo y pintalabios de otro color en el cuello… por no hablar de sus picores, era obvio que le gustan los clubs. Es increíble lo mucho que puedes saber de una persona si la observas y dejas de lado el querer ser siempre el centro de atención de las miradas. Una vez dentro sabía perfectamente lo que buscar, su móvil, no lo tenía debajo de su almohada como de costumbre, en su mesilla una nota “Llamar a John después” y al final de la frase, la hoja un poco emborronada de tinta, siempre le ocurría, desde el instituto… basta, concéntrate; busqué y finalmente encontré el teléfono entre la pata de la cama y la pared, por eso no se lo habían llevado aún, la última llamada marcada era a Jake, un antiguo amigo de la infancia, curioso, también tenía un mensaje: “cuidado va hacia allí, sal deprisa”.

Entre otras cosas me resultaba curioso que en un mensaje escribiese correctamente, aunque no creo que eso fuese relevante. Jake sabe bastante, vamos hacerle una visita, espera… pasos, tengo que salir de aquí, por la ventana, hay tres pisos, no lo veo factible, ya es tarde están aquí, tendré que improvisar. ‒Lo siento, hola agentes–dije chocándome contra uno de ellos. ‒Por aquí creo que ya está todo hecho pero quiero que le deis un último repaso por si acaso –dije con decisión. ‒¿Quién es usted? ‒Inspector jefe Curtis –dije alejándome para poder irme. ‒¿Identificación? ‒Por supuesto aquí está –dije enseñándole su propia placa que le había quitado del cinturón al chocarme. ‒Bien debo irme pero mantener los ojos abiertos –dije justo antes de marcharme por donde había venido. Puede que la placa me venga bien. En Aquella escena me di cuenta de lo importantes que son las apariencias, tal vez si no hubiese llevado americana y camisa, si hubiese tenido la cabeza rapada, tatuajes o el pelo pintado de rojo, quizás ahora estaría en un calabozo, y tal vez si hubiese tenido estudios y un trabajo la inspectora Reeve me hubiese dejado ayudar en caso sin tener que buscarme la vida infringiendo normas, y aunque prefiero trabajar solo he de reconocer que el pelo rubio y los ojos azules me pierden, y daba la casualidad que la inspectora tenía el lote completo lo cual no era nada bueno, con ella debía estar más atento de lo normal si no quería que me la jugase. Llegué a casa de Jake, la noche seguía siendo la más extraña de mi vida y presentía que iba a ser muy larga. Llamé a la puerta, no parecía contestar nadie, llamé de nuevo… nada, decidí pasar, la puerta estaba abierta, él estaba en el sofá, prácticamente tal como lo recuerdo, un tipo moreno, estatura media, nariz picuda y casi siempre con alguna prenda de color marrón. ‒¿Jake? –pregunté.

‒¡Hola! –contestó. ‒Que tal amigo, vengo por lo de Alfred, he visto su móvil y pensé que podrías ayudarme. ‒Pero… ¿Quién eres? Dios mío, no me recordaba, no puedo creerlo, no puede ser casualidad. ‒Perdona –dijo una voz que venía de la cocina. ‒Hola me llamo Annie, cuido del pobre Jake, hace ya un año que se quedó así después de su trágico accidente de tráfico. Calculo que ésta señora tiene entre 60 y 70 años, pelo blanco y piel bastante arrugada, pero hay algo raro en ella, quizá está demasiado erguida para su edad y para tratarse de una asistenta. ‒Lo siento, no lo sabía, vine por un mensaje que dejó a un amigo antes de morir. ‒Sí, lo hace todo el tiempo, en cuanto me descuido llama o manda mensajes incoherentes, es por su estado no te preocupes. ‒… Gracias, siento la molestia –antes de irme eché un último vistazo a la casa, la anciana y a Jake, tenía la mirada perdida, parecía un niño grande, no parecía estar fingiendo. Salí de la casa dispuesto a seguir mi investigación pero en ese momento oí sirenas, eran Michael y la inspectora Reeve. Creo que era hora de correr, pero antes de que pudiera darme la vuelta estaba Michael como si fuese mi sombra. ‒No creo haber violado ninguna norma –dije casi sin confianza. ‒¿No? ¿Y esto que es agente Curtis? –dijo sacándome la placa de un bolsillo y el móvil de Alfred del otro. ‒He debido confundirme de pantalones –dije metiéndome las manos en los bolsillos. ‒Quedas detenido John, por hacerte pasar por un policía y por el asesinato de Alfred Pitman. … Estoy jodido…

Capítulo B
Un minuto para pensar.
Acabábamos de encerrar la noche anterior en una celda provisional a John White, me inquietaba, era de esa clase de tíos misteriosos que nunca sabes por donde van a salir, gesticulaba bastante, sin embargo nunca estabas al corriente de sus pensamientos; metro setenta y nueve más o menos, ojos marrones, pelo castaño, no tenía nada especial a simple vista salvo esa mirada, esa mirada penetrante y esas cejas perfectas que combinada con esa sonrisa seguro que habría conquistado a más de una. Por extraño que me pareciese no había dormido especialmente mal, por la mañana hice mi rutina diaria, ducha y un café mientras miro por la ventana de mi apartamento y a la comisaría; aunque no todo era normal, había una sensación en el ambiente que no me gustaba, un día más, me tropecé con el mismo escalón roto de mi bloque de pisos, la misma vecina cotilla que apunta a que hora salgo de casa y cada paso que doy, pero sin embargo este caso era extraño, no me gustaba John White, pero tenía el presentimiento de que él no era el asesino Poison, tiene un aire de cinismo que me pone de los nervios, este caso no era como los anteriores, solo espero mantenerlo bajo control y que acabe pronto. Al llegar a la comisaría vi que Michael ya estaba allí, me hizo indicaciones de que fuera hacia él. ‒Buenos días Michael ¿has averiguado algo? –pregunté. ‒En el móvil de Alfred que requisamos a John estaba Jake Grant como última llamada. ‒¿Era el dueño de la casa donde encontramos a John? –pregunté mientras me servía un café. ‒Exacto, he mirado su expediente, hace un año que perdió totalmente la memoria y prácticamente está en estado vegetativo debido a un accidente de coche en el que sufrió graves daños cerebrales, sin

embargo pudo escribir el mensaje que envió a Jake, creo que oculta algo –dijo Michael dando el informe. ‒Hay algo que no me gusta, ¿tienes algo más? –comenté ojeando la ficha. ‒Sí, John quiere hablar con nosotros. ‒¿Desde cuándo os conocéis? ¿Es de fiar? –pregunté intrigada. ‒Prácticamente desde que éramos unos críos, su padre era policía, cuando murió al perseguir a un ladrón, él cambió radicalmente, no se fía de nadie, es sarcástico y saca a todo el mundo de quicio, pero es increíblemente inteligente, hubiese sido un gran policía –apuntilló. ‒¿Su padre policía? Nunca lo hubiera imaginado, pero si fuese tan inteligente hubiese seguido sus pasos –dije yéndome hacia su celda. Me intrigaba White casi tanto como Poison ¿sería tan inteligente como decía Michael? Sinceramente no lo creía, una persona perspicaz no se tira tres años en su casa sin hacer nada, sin embargo había conseguido llegar hasta el móvil de Alfred y quitarle la placa a un policía. Sin mencionar cuando adivinó que la novia de Michael estaba embarazada, pero tenía que quitármele de la cabeza, él no era el objetivo, era el asesino en serie. ‒Eh, levanta –dije a John que estaba tumbado en el banco. ‒Buenos días inspectora Reeve, ¿jersey nuevo? –señaló estirándose exageradamente. ‒Sí, ¿cómo…? –dije sorprendida. ‒Has quitado la etiqueta pero se ha quedado un cacho de hilo de plástico, ¿ves? Justo ahí en el cuello –dijo sacando la mano entre las rejas y quitándomelo. ‒En fin, Michael me ha dicho que querías vernos. ‒En efecto, ¿cuándo voy a salir de aquí? Necesito seguir mi investigación. ‒Eres muy gracioso sabes, cuando se demuestre que eres inocente – dije pero sin esbozar una mínima sonrisa. ‒Sabes tan bien como yo que no lo soy, Michael vamos díselo tú ‒ dijo dirigiéndose a él. ‒Yo no lo sé seguro John, lo siento. ‒Ambos sabéis que puedo ayudaros, en 3 horas y sin vuestros medios

he descubierto lo mismo que vosotros, deberíais investigar a la anciana que cuidaba de Mike, tenía algo que no me gustaba –dijo seriamente. ‒Oye John –dije poniéndome seria –por lo que a mí respecta eres el principal sospechoso de cinco muertes así que no saldrás de aquí hasta que se demuestre lo contrario. En mi interior intuía que no había sido él, pero no quería que me diese problemas. ‒No tengo coartada porque he estado solo la hora de los asesinatos y la única persona con la que he hablado ha sido Alfred, lo cual es una putada, pero no he viajado ni a Washington ni a New york ni a ningún sitio, compruébalo –dijo muy convencido ‒además –continuó–. Ya tengo una teoría. ‒Ilumínanos –dije sin convicción aunque intrigada. ‒Todas las toxinas que ha utilizado Poison son venenos que pueden sacarse de animales, la rana flecha, la serpiente taipán etc. ¿Pero de dónde podría el asesino haber sacado todo eso? –haciendo una breve pausa para que contestase. ‒La primera víctima –dijimos John y yo a la vez, de nuevo. ‒Exacto –dijo John–. Evidentemente no estaba apuntado en una lista, pero quizá sí, en otra que tenga escondida. ‒Sí, ya miré en su momento pero no encontramos nada ‒dije. ‒Porque no supisteis verlo, vuelve a mirar y observa si tiene alguna lista con nombres de amigos o apodos y fíjate si empiezan y terminan por la letra de cada animal que posee el veneno o alguna cosa similar. ‒Brillante –murmuró Michael. ‒Esto no te convierte en inocente –dije seriamente, sentenciando y yéndome. ‒Venga Septiembre, sácame de aquí. ‒¿Qué has dicho? –dije asombrada y confusa. ‒Septiembre, porque cuando llegas se acaba la diversión –fijé mi mirada incrédula en él–.Ya sabes, vuelve el trabajo… ‒Lo he pillado, pero yo no soy… por lo menos no me llamas Barbie –dijo algo aliviada. ‒Era demasiado típico, si prefieres puedo llamarte Lunes… ¿no?,

vamos apóyame un poco columna –dijo refiriéndose a Michael. ‒¿Lo pillas? ¡Eh, que era broma! –gritó mientras nos íbamos. La teoría de John era bastante buena, me apresuré a mirar la ficha de Aarón Jones, el tipo de 37 años que aún vivía con sus padres en San francisco, California. En el lugar del asesinato, entre otras cosas, había una hoja en un cajón que ponía “Tostón”, (Taipán) “Rosa fletcher” (la rana flecha) o “Piso amarillo alquilado” (pulpo de anillos azules) entre otros muchos. ¿Pero cómo podía tener tantos animales una tienda pequeña de Wisconsin? Creo que debíamos ir a visitar a los padres de Aarón a Wisconsin. Cuando me llamó el capitán Hawkins, Michael estaba a su lado. ‒¿Qué ocurre? –pregunté, les veía alterados. ‒Ha habido otras dos muertes –dijo Michael. ‒Dios, ¿dónde esta vez? –pregunté, se miraron. ‒En San francisco… son los padres de la primera víctima –dijo el capitán. ‒¿Ha sido Poison? –pregunté. ‒No, se han suicidado, se pegaron un tiro, dejaron una nota diciendo que era demasiado duro perder de nuevo a su hijo y que ellos eran demasiado mayores. Nos pedían por favor que atrapásemos al asesino –dijo Hawkins con tono de tristeza. ‒¿Perderle de nuevo? –pregunté. ‒Tampoco sabemos que significa. ‒Al menos creo que tenemos una pista capitán, creemos que Poison sacó los tipos de veneno con los que mata de los animales de la tienda de Aarón Jones, he mirado el registro y aún tenía más animales con distintos ejemplares de veneno. ‒Bien, aunque aún no tenemos nada sobre el asesino. ‒Puede que yo tenga algo –interrumpió Michael. ‒He investigado a la familia de Jones y su primo Robert Jones es un ex-convicto condenado por asesinato en primer grado ¿y a que no adivináis quien testifico contra él? ‒¿Su primo? No se tenían mucho aprecio al parecer –dije con sospecha.

‒Id a hacerle una visita a ver lo que le podéis sacar, creo que sale un vuelo a las 15:00, tranquilos la policía tiene preferencia –dijo haciéndonos un guiño, no venía nada mal la verdad. Fuimos al aeropuerto de Los Ángeles y nada más llegar a San francisco para ir a casa de Robert el primo de Jones, recibí una llamada. ‒Inspectora Reeve –dije contestando al teléfono. ‒Inspectora, ha habido una nueva víctima en Peoria, Illinois, un chico de 14 años, mismo modus operandi que el asesino de las toxinas, el primer análisis indica que no hace más de una hora que fue asesinado –dios mío, el tren cada vez iba más descarrilado. ‒En seguida iremos hacia allí, gracias agente. ‒Espere –dijo el oficial antes de colgar. ‒¿Sí? ‒También se ha encontrado una nota junto al cadáver –afirmó el policía. ‒¿Qué ponía? –pregunté. ‒Textualmente –dijo–. “14 años, ahora es cuando comienza lo divertido, e importante, John White, Emma Reeve, Michael Green. ¿También queréis pasarlo bien verdad? No me defraudéis ¿La solución está delante?” Me quedé un segundo en blanco, no solo era un asesino, si no que era listo y nos conocía. ‒Bien, gracias agente haga una foto a la nota y envíemela, también quiero que mandes la original a San Francisco, la recogeré allí –dije colgando. ‒¿Qué ocurre? –preguntó Michael. Cuándo se lo conté todo, solo vio una opción posible. ‒Tenemos un topo –dijo seguro de sí mismo. ‒Eso creo yo también –contesté. ‒¿Crees que John sabe algo más? –pregunté a Michael. ‒John sabe mucho más de lo que crees, pero por suerte tiene tantas ganas de atraparlo como nosotros. No dije nada más hasta que llegamos a casa de Jones, fui mirando la nota todo el camino, estaba escrita de forma extraña, no había duda de

que llevaba algo más escrito, algo aparte de lo visible a primera vista ¿pero que era? La verdad es que no me gustaba nada la idea, pero íbamos a tener que soltar a John. Llegamos a casa de Jones, se veía a través de las ventanas que era un total desastre. ‒Jones, abra, policía –grité desde fuera… solo se oían ruidos. ‒Vamos a entrar –dijo Michael dando una patada a la puerta. ‒¡NO! ¡No me volverán a encerrar! –dijo Jones poniéndose una jeringuilla en el cuello. ‒Tranquilo Jones, no venimos a encerrarte, baja la jeringuilla –dijo Michael intentando de calmarlo. ‒¡NO! Él dijo que vendríais, vaya mierda joder, mi vida es una puta mierda. ‒¿Quién es él? Tranquilo, ¿Vas a dejar este mundo? Si es cojonudo, hay cerveza, hay mujeres ¿qué más quieres? –dijo Michael‒. ¿Crees que no vale la pena vivir por chicas como ella? dijo señalándome, parecía tranquilizarse. ‒Sí, puede que sí… ‒dijo bajando poco a poco la jeringuilla y sonriendo. ‒Bien, ¿por qué no dejas eso en la mesa y nos vamos a tomar unas cervezas? ‒sugerí. ‒Vale… espera ¡No…! Él dijo… él, él dijo que jamás me fiase de la chica guapa que vendría –dijo justo antes de clavarse la jeringuilla. ‒¡No! –grité, aunque evidentemente no servía de nada, cayó desplomado al instante, convulsionó y murió. Era obvio que el asesino nos conocía, incluso parecía que sabía lo que íbamos a hacer. ‒Llama a los forenses y pide una unidad que revise esto a fondo – dije a Michael. Nos fuimos de nuevo a la comisaría, pasando antes por la de San francisco a recoger la nota de Poison. No dijimos ni una palabra por el camino, teníamos que pensar y teníamos que hacerlo rápido, no iba a ser fácil. Estaba obsesionada con la nota, sabía que escondía algo ¿pero qué? Espera, el papel parecía estar algo arrugado, como si hubiese estado

mojado. ‒¡Limón! –grité ¿pero no era eso demasiado sencillo? ‒Un mechero por favor, soy policía –dije a una de las azafatas el avión. ‒Si escribes con limón la tinta se vuelve invisible, y aplicándole calor… buen trabajo Reeve –dijo Michael. Cuándo trajo el mechero lo puse debajo de la nota, empezaba a verse algo… pero… ¿Qué? ‒¿Qué pone? –dijo Michael. ‒No tiene sentido, pone “¡euur!” por toda la nota –era lógico que no fuera a ser tan fácil. ‒Está cifrado –dijo Michael–. Sí, leí hace tiempo que en la antigüedad, para proteger sus mensajes usaban un alfabeto cifrado, el más famoso es el cifrado Cesar o por desplazamiento, solo tienes que desplazar cada letra 4, no 3 espacios creo que era, pero hacia atrás y verás que letra corresponde. ‒Te das cuenta de cómo no necesitamos a John –dije mientras contaba hacia atrás. ‒Veamos, b… o, o… m, boom, dios, pone “¡boom!” en toda la nota. ‒¿Una bomba?, ¿Qué demonios significa? ‒No lo sé, es probable que sea una bomba pero puede ser en cualquier parte –dije buscando alguna coherencia más en la nota. Cuando llegamos a la comisaria fuimos directamente a ver a John, estaba cabreada, necesitaba respuestas y las necesitaba ya. ‒¿Por qué un niño de catorce años? –dije furiosa y enseñando la nota a John. ‒¿Qué? –contestó–. ¿Una nueva víctima? –siguió. ‒No te hagas el estúpido, sé que sabes más de lo que dices y si no me lo dices ahora mismo… ‒No seas irracional –dijo interrumpiéndome‒. No quieras encontrar cualquier culpable para cerrar el caso, tranquilízate y piensa, eres más lista que eso –dijo, sin inmutarse y sin apartar la mirada de la nota. Me fastidiaba mucho asumir que tenía razón así que simplemente me mantuve callada. ‒Sé que te fastidia reconocer que llevo razón, tranquila no pasa nada.

Cabrón. ‒¿Por qué iba a dejar una nota ahora? Se aburre, quiere que seamos sus marionetas –dijo examinando la nota. ‒Exacto, escribió con tinta de limón y con un alfabeto cifrado, pero no tiene sentido, ¿solo “boom”? –dije, mientras él seguía “haciendo la autopsia”, a la nota. ‒Sí, es evidentemente que tiene que haber algo más… espera, creo que ya lo tengo, mirad fijantemente la nota en vertical a partir del 4. 14 años, ahora es cuando comienza lo divertido, e importante John White, Emma Reeve, Michael Green. ¿También queréis pasarlo bien verdad? No me defraudéis ¿la verdad está justo delante? ‒Dice, “4h, ¿será tarde?”. ¿Hace cuánto tiempo mató al chico? ‒A las 16:00 son prácticamente las 20:00, ¿la verdad está justo delante? Él mismo lo dice –dije bastante tensa. ‒Voy a llamar ahora mismo a los agentes de Illinois –dijo Michael sacando rápidamente su móvil. ‒¿Sí?, ¿Illinois? Salid rápido de la casa de la víctima, puede ser peligroso, ¡aahh! –gritó Michael apartándose rápidamente el teléfono de la oreja. ‒¿Qué ha pasado? –pregunté rápidamente. ‒Lo último que he oído ha sido una fuerte explosión… ‒Mierda… ‒dije golpeando la pared con la mano abierta. ‒Y este era de primaria, al menos lo hemos resulto. ‒Sí, ¿Y de que ha servido? –dije gritando. ‒Bueno, ahora tenemos una buena y una mala noticia.

‒¿Cuáles? –preguntó Michael. ‒La buena, es que la próxima vez estaremos más atentos, la mala es que tenemos que esperar a que alguien más muera. ‒No me quedaré esperando más muertes –dije indignada. ‒Yo tampoco quiero, pero poco puedo hacer aquí encerrado, venga, a mí también me nombraba en la nota, que no pude haber enviado yo, aquí dentro no soy útil y lo sabes. ‒No demuestra nada, quizá tengas cómplices, ha sido una casualidad que resolvieses la nota justo antes de que ya fuese tarde ¿no crees? ‒ ¨dije sin quitarle la mirada de encima, no me fiaba ni un pelo de él. ‒Emma, sé que no te convence, pero es lo mejor que tenemos por ahora –dijo Michael, no me gustaba, pero tenía razón. ‒…Está bien, pero no quiero perderte de vista. ‒No, no, lo siento Septiembre, pero yo voy a seguir por mi cuenta, creo que soy más eficaz, gracias –dijo poniéndose su americana. ‒¿Estás de coña? –dije sorprendida mientras abría la celda. ‒Claro que no, hasta ahora tenemos exactamente lo mismo y llevo toda la noche y gran parte del día encerrado en una cela. ‒¿Te vas a ir, en serio? –dijo Michael. ‒Veo que has estado atento a la conversación –dijo John. ‒Venga ya ¿y solo podemos esperar a que vuelva a matar? ‒Sí, eso creo. ‒No tenemos nada. ‒Lo sé. ‒Y te vas a ir sin ninguna pista. ‒Los políticos mienten –dijo John descolocando a Michael. ‒¿Qué? –contestó Michael mirándome. ‒Podemos seguir aquí diciendo obviedades o irme e intentar cogerle lo antes posible –dijo John yéndose hacia la puerta. ‒White –le dije cogiéndole del brazo, él me miró sonriendo‒. ¿Tienes alguna otra teoría que puedas decirnos antes de irte? ‒Ahora que lo dices sí, una de las toxinas con la que Poison ha matado ha sido la tetradotoxina, un veneno mortal, sin embargo si se usa en pequeñas cantidades puede ralentizar el corazón, simulando que has muerto durante un periodo de tiempo…

‒Se ha dónde quieres ir a parar y no, acabamos de ver al hombre al que se le administró, está muerto ‒dije sin dejarle acabar. ‒¿Seguro? ‒preguntó desconfiado. ‒¿Quieres comprobarlo tú mismo? Asintió y bajamos, lo miró y después de un minuto lo asumió ‒Mierda ‒dijo, al parecer no es tan infalible. ‒Al menos mantenme informada, ¿qué vas hacer si le encuentras? ‒ dije antes de que se fuera. ‒Tranquila, volveremos a vernos, sé que ya no puedes vivir sin mí – dijo mientras andaba hacia atrás –y puedes llamarme John–. Dijo lanzando un beso al aire. ‒¡Reeve! –gritó el capitán Hawkins, parecía importante. Michael y yo nos apresuramos a ir hacia allí, acababa de llegar una nota. –Es de Poison –dijo Hawkins dándomela. “Me habéis decepcionado, creo que os he sobrevalorado, aunque os daré una última oportunidad, puede que esta sea la última si os esforzáis lo mismo que con la anterior. He puesto una bomba en el mismo edificio en donde os encontráis, es una bomba que si llega a detonarse se librará un gas letal, tenéis dos horas para encontrar e intentar desactivar la bomba antes de que el dispositivo se ponga en marcha y muráis en cuestión de minutos, el contador comienza desde que cerréis todas las puertas y ventanas, tenéis cinco minutos contando desde el momento en que habéis recibido esta nota, si no se liberará el gas. Por cierto, creo que es importante decir que si abrieseis alguna puerta o ventana que da al exterior el dispositivo se pondrá en marcha y ya no parará, ¿estáis preparados? Hora de pensar”. Hawkins dio la orden de cerrar todo el edificio de inmediato. No tiene suficiente con matar a gente si no que ahora juega con toda a la comisaría de policía de los Ángeles, espera, John, iba a salir de aquí. Me fui corriendo hasta la puerta, bajé las escaleras, estaba justo ahí, iba a abrir la puerta… ‒¡No, John!

Capítulo C
Dos horas de locura.
Había pasado toda la noche y parte del día en una celda, tenía que salir de allí y ponerme a investigar. Había tenido mucho tiempo para pensar, ahora tenía que actuar, él no iba a fallar, así que solo quedaba forzarle para que cometiese un error. Intenté buscar una relación entre los sitios de las muertes, todos los sitios empezaban o contenían una “w”, menos California, no me valía, ninguna coincidencia en nombres, edades o peso de las víctimas, ¿por qué lo hacía? Lo único que tenía claro, es que no me iba a volver a pillar con otra nota, no había tenido tiempo en esta, pero no iba a morir nadie más por mucho que odiase a todo el mundo, no creo que matarles a todos fuese lo correcto. Estaba a punto de salir por la puerta cuando oí la voz de Reeve gritando mi nombre. ‒¡No, John! ‒gritó Reeve. ‒¿Tan poco aguantas sin mí? –pregunté dándome la vuelta aunque sin cesar el paso. ‒¡No abras la puerta, hay una bomba! Uf, me quedé a tan solo un palmo de abrirla. ‒Tranquila ya lo sabía –dije con fanfarronería. ‒Serás mentiroso –dijo sofocada. Mike y ella me pusieron al corriente. ‒No quiere matarnos –dije. ‒Se nota que en el fondo nos quiere –dijo Reeve con sarcasmo. ‒Es evidente que no quiere matarnos, si no ya no le quedaría con quien jugar, solo quiere divertirse, distraernos y sacarnos de su camino. ‒Está bien necesitamos ganar tiempo, tú ves con Michael a buscar la bomba, yo mientras investigaré a ver si encuentro alguna pista sobre que se propone Poison –dijo Reeve tomando al iniciativa. ‒Ahora sí quieres mi ayuda ¿no? ¿Y si me niego? –dije.

‒No lo harás, porque en el fondo, y en la superficie, te encanta esto – dijo, vaya, había dado en el clavo. ‒Bien Septiembre, sigue impresionándome –dije yéndome. ‒Deberías intentar impresionarme tú –dijo Reeve tratando de retarme. ‒¿Aún no lo he hecho? –dije girándome. ‒Ni un poco. ‒Tendré que esforzarme. ‒Te costará –dijo Reeve poniendo el punto. ‒Vamos a ver al capitán Hawkins, Mike –dije aún sin apartar la mirada de Reeve. Normalmente me resulta muy sencillo leer a las personas, llevaba casi 7 años sin ver a Mike, sin embargo sabía que seguía con su novia del instituto y que esperaba un hijo; es un tipo sociable y amable, casi llega a ser tonto de lo bueno que es, es tan afable porque ha tenido una vida fácil, padres que se quieren, novia que le quiere... Ha dejado de fumar, probablemente por lo del bebé, de ahí el nerviosismo y los calores. Pero Emma Reeve era diferente, mi segunda norma en mi código era: No te fíes de las mujeres guapas, la primera era no te fíes de nadie; aún con esa premisa tan clara me costaba saber quién era, ¿qué hacía?, ¿cómo ha llegado a ser así? Hasta ahora solo sabía que era diestra, nerviosa y lista, una chica policía elige este oficio por una razón, ha tenido malas experiencias con hombres no adecuados, pero debía dejarla apartada a un lado, al menos de momento, lo primero es lo primero. ‒Intenta no sacar de sus casillas al capitán por favor –dijo Mike ‒¿Por quién me tomas? Sé comportarme. ‒Capi Hawkins, necesito los planos de la comisaría ¿y un café es mucho pedir? –dije entrando bruscamente en el despacho de Hawkins, ambos se quedaron mirándome. ‒¿Qué?... Oh, perdón, por favor –apuntillé. ‒¿Quién cojones eres tú? –preguntó Hawkins ‒Es John White capitán –dijo Mike. ‒Bien en primer lugar, siéntate, en segundo no me gustan los listillos,

y en tercero si vuelves a entrar aquí así abro una ventana y me da igual morir aquí y llevarme a toda la jodida comisaría conmigo con tal de que te calles, ¿lo has cogido? –dijo Hawkins bastante cabreado, me gustaba este hombre. ‒8 segundos, creo que es tu nuevo record John –me susurró Mike. Hawkins era un tipo bastante grande, algo entrado en kilos, bastante áspero, no es el típico tipo al que le vas a pedir un abrazo, tenía el pelo canoso, y una perilla bien afeitada a juego, me resultaba familiar, pero no sé de qué, tiene una cara algo común. ‒Bien, aquí están los planos –dijo desenrollando todo el mapa he intentado sujetar las cuatro esquinas. ‒¿Alguna idea? –preguntó Mike. ‒Miles, el cerebro tiene mil pensamientos al mismo tiempo. ‒¿Y concretamente sobre la bomba? ‒Sí, creo que el mejor sitio para ponerla es la caldera ¿ves? Aquí hay acceso a todo el sistema de ventilación –dije señalándolo en el mapa. ‒Id a comprobarlo, pero con precaución –dijo Hawkins. ‒Oh, menos mal que lo has dicho porque iba a ir con un balón a pegar pelotazos a todo –dije con todo la ironía del mundo. Me ponen muy nervioso esa clase de comentarios obvios e irracionales. ‒¿Quién coño te crees que eres? ‒Solo un chico sin estudios –dije levantándome y yéndome hacia la puerta. Me parecía demasiado lógico que estuviese en la caldera la bomba, solo habían pasado apenas 30 minutos, si fuese tan fácil no nos hubiese dado 2 horas. Cuando llegamos, en efecto, no había ni rastro del dispositivo. El conducto de ventilación era demasiado estrecho como para meterme en él y seguir el fino hilo que probablemente llegaba hasta la bomba. ‒Está bien, tengo que preguntártelo –dijo Mike. ‒Bueno, en realidad no es ningún secreto, simplemente no tener estrés, ser feliz y estarás así de guapo –dije tocándome la cara.

‒No, ¿cómo supiste que Abigail está embarazada? ¿La has visto hace poco? –preguntó intrigado. ‒No me ha hecho falta, me lo has dicho tú, cuatro simples movimientos, uno, te tocas todo el rato la mano y la boca, ansiedad, has dejado de fumar, aunque no del todo hasta hace poco, tienes mono, segundo, cuando no te estás tocando la mano la tienes pegada al pantalón o dentro del bolsillo, esperando una llamada, es obvio que era importante, tercero, llevabas restos de chocolate blanco en la mano izquierda, podría ser casualidad, pero también olías a sandía, antojos al parecer y por último, no estaba seguro de lo del bebé hasta que me fijé en tus ojos. ‒¿Mis ojos? –preguntó extrañado. ‒No tienes ojeras –dije descolándole aún más‒. Si tuvieras ojeras significaba que ya habría nacido el bebé, como no hay constancia de ellas quiere decir que está en camino y que viene pronto, enhorabuena –dije dándole una palmadita en el hombro. ‒Lo siento, pero tengo curiosidad, ¿cómo has podido estar tres años casi sin salir de casa? –dijo impresionado‒. Sé que lo que ocurrió, junto con lo de tu padre fue… pero tres años… ‒Lo siento, el cupo de preguntas se ha cerrado por hoy… ‒dije mientras subía de nuevo las escaleras. ‒¿Y ahora? –preguntó Mike. ‒Vamos a enfocarlo desde otra manera, aquí dentro hay alguien infiltrado, no ha podido hacerlo él solo, es demasiado grande, tenemos que mirar el registro, es lógico pensar que ahora mismo estará fuera, si falta alguien, ya lo tenemos –dije mientras volvíamos a subir las escaleras, en un momento me paré y miré por la ventana, estaban poniendo el edificio en cuarentena, todos los policías del departamento de homicidios que se habían quedado fuera estaban allí aparte de cientos de curiosos y la prensa, parecía un circo. Llegamos al despacho de Hawkins. ‒Hoy no ha faltado nadie, todos están aquí –dijo mirando todas las fichas del personal del edifico. ‒Eso quiere decir que sigue aquí dentro –dije pensativo. ‒¿Cuántas personas hay en el edificio? –pregunté a Hawkins.

‒Contando los de mantenimiento y los forenses, 312, está la mayoría porque recibieron una orden falsa diciendo que se dirigieran inmediatamente aquí. ‒Son demasiados… ‒dije. ‒Creo que he encontrado algo –interrumpió Reeve entrando rápidamente‒. ¿Os acordáis de la nota de suicidio de los padres de Jones? ‒¿Los padres de la primera víctima se han suicidado? –pregunté extrañado. ‒Sí, ¿os acordáis que ponían que no soportaban perderlo de nuevo? ‒Si se me oculta información no puedo ser eficiente –seguí diciendo aunque sin mucho caso. ‒Pues lo decían porque antes de llamarse Aarón Jones, se llamaba Rupert Andrews, estuvo buscado por la ley 3 años por tráfico de animales hasta que se le declaró desaparecido, y lejos de cambiarse solo su nombre se lo cambio toda su familia, y su supuesto primo no era más que un tipo que se hizo pasar por él ‒concluyó Reeve. ‒Interesante, no es fácil cambiar el apellido a toda una familia, tendría contactos y buenos, investiga a los demás a ver si también estaban en busca y captura, buen trabajo Septiembre, aunque si yo hubiese tenido todos los datos… ‒dije. ‒2-1, yo tengo esto ¿qué tal con la bomba? –dijo metiendo el dedo en la llaga. ‒Estoy en ello, tranquila, aún me queda 1 hora –dije. ‒¿Cuál es tu siguiente gran idea? –me preguntó Reeve. ‒Esto –contesté cogiendo el megáfono –atención soy el capitán Hawkins reúnanse todos en el hall de la comisaría, sin excepción. Así es más rápido –dije mirando a Hawkins. Salí del despacho y me subí encima de una de las mesas que estaba justo en el centro mientras iban llegando todos. ‒Bien, ¿Estamos todos? Quiero informar de que ya hemos encontrado la bomba y ha sido desactivada –dije mientras empezaban a celebrarlo todos, todos, bajo mi asombro. ‒Siento deciros que es mentira, pero gracias a todos por vuestra colaboración –dije mientras me bajaba de la mesa e iba de nuevo al

despacho de Hawkins. ‒¿Para qué has montado todo este lio? Ni siquiera eres policía –dijo Hawkins bastante cabreado. ‒¿Qué más da que una tostadora sea de dos o de seis ranuras con tal de que tueste pan? –dije, me estaba poniendo nervioso. ‒Dos cosas, lo primero es que voy a tostarte el culo como sigas pasándote de listo, y dos, tu analogía era una mierda, ¿se puede saber que has hecho desde que has salido de la celda? –dijo Hawkins con tono desafiante. ‒¿Qué has hecho tú? –dije con el mismo tono. Se levantó ipso facto y se puso a un palmo de mí, me sacaba casi una cabeza. ‒Si le pegas que no sea en la cabeza, aun podría ser útil –dijo Mike. ‒Gracias amigo, gran ayuda –contesté ‒¿Os vais a dar cabezazos como las cabras ahora? ¿O nos lo explicas ya John? –preguntó Reeve. ‒Sí... ‒dije mientras ambos nos separábamos –y mi analogía no era una… ‒dije indignado. ‒John… ‒dijo impacientemente Reeve. ‒¿No es evidente? Han empezado a festejarlo todos, observé, intenté buscar alguien que no se alegrase, una reacción que no fuese precisamente de felicidad –dije sentándome y pensando. ‒¿Y? –dijo Mike. ‒Dos policías, no me ha dado tiempo a más, ellos dos, no ha habido alegría ni alivio, lo que he visto ha sido nerviosismo y miedo –dije señalándoles a través de la ventana del despacho. ‒Agentes, entrad por favor –dijo Mike abriendo la puerta y llamándoles. ‒Habla tú Septiembre –apunté justo antes de que entraran. Ambos se sentaron en dos sillas justo en frente estaban Mike, Reeve y Hawkins, seguía habiendo nerviosismo y miedo en sus caras respectivamente, ahora debía averiguar por qué. ‒¿Por qué no os habéis alegrado de que la bomba se haya encontrado? –comenzó Reeve. ‒¿Pero no se ha encontrado no? –dijo uno de los agentes.

‒Pero eso no lo sabíais, ¿estás nervioso porque sabes que estamos cerca de coger a Poison? –siguió increpando Mike. ‒¿Qué? –dijeron casi a la vez. ‒Oye yo no sé nada sobre él ‒continuó uno de ellos. –¿Y porque viene un niñato a mentirnos y juzgarnos a nosotros? – dijo uno de los agentes. ‒Sí, ¿por qué no te vas jugar con muñecos? –dijo el otro. ‒Porque es evidente que tú no sabes encontrar ni tú segunda camisa de policía en el armario ya que la que llevas tiene al menos tres días – dije al primero–. Y tú, es incuestionable que tienes un problema con tu valor, solo hablas protegiéndote detrás de él, si creéis que podéis coger al asesino en serie, adelante, si no, largo de aquí. Se levantaron y se fueron sin mediar una palabra más. ‒¿Por qué les dejas que se vayan? –preguntó Mike. ‒El que estaba nervioso era porque tiene un problema con las drogas, está sumido en una depresión y creía que hoy acabarían sus problemas con la bomba; y el que tenía miedo era porque está metido en algún asunto de corrupción no sé exactamente cuál será, pero no ha dejado de mirar a Hawkins y rascarse debajo de la nariz, los hombres tenemos tejido eréctil ahí, pica cuando escondemos algo, y sí, pica mucho… ‒dije explicando al mismo tiempo de encontrar alguna otra idea–. ¿Impresionada ojazos? –dije a Reeve. ‒¿Debería? Aún no tienes nada de nada –dijo intentando parecer indiferente–. ¿Y no me vas a llamar nunca por mi nombre? ‒¿Nunca voy a impresionante? –dije sonriendo. ‒¿Os ponemos velas y bajamos las cortinas, o buscamos la bomba? – dijo Hawkins. ‒Si fueran las olimpiadas romperías todos los records de arruinamiento de momentos ‒dije. ‒Perdona capitán –dijo Reeve. ‒Capitán –dijo un agente entrando por la puerta rápidamente–. Se ha organizado un motín en las celdas, uno de los presos le quitó la llave a un agente y están saliendo todos. ‒Era lo que nos faltaba, agentes cabreados por mentirles y presos queriendo fugarse –dijo Hawkins.

La verdad es que era un problema, si intentaban salir moriríamos todos, pero no podía preocuparme ahora de eso, no quedaba mucho tiempo y cualquier retraso ahora podría ser un decisivo. ‒¿Cuántos son? –pregunté a Hawkins. ‒89, entre los ya retenidos y los que había llegado justo antes de que empezara esto –dijo el agente–. Pero algunos están armados y son peligrosos –continuó. ‒La mayoría son borrachos o presos por cargo menor ¿no? –Tienes a 312 agentes aquí, no creo que suponga un gran problema –dije. ‒Yo me encargaré –dijo Reeve. ‒No –conteste rápidamente, te necesito aquí, que vaya Mike. ‒¿Ahora me pides ayuda? –dijo regocijándose. ‒¿Me vas hacer deletreártelo? ‒Bien, rápido, iré contigo, no quiero que salgan de la planta inferior –dijo Hawkins. Quedaban apenas 17 minutos o el topo sabía disimular muy bien o no había topo, pero ¿cómo iba a poner la bomba él solo en un edificio lleno de policías? debía ampliar mis parámetros de teorías, sabía que quería jugar, se creía muy listo como para hacer cualquier cosa de película de serie B, parecía que sabía incluso lo que íbamos a hacer nosotros, odio cuando me prevén, cada vez la gente estaba más alterada, la gente gritaba, así no hay quien se concentre. ‒Bien, volvamos a mirar los planos –dije mientras volvía a desenrollar el mapa del edificio. ‒¿Qué tal aquí? –dijo Reeve señalando las celdas del edificio. ‒No, tardaría demasiado en expandirse, además no creo que elija un sitio al que aparentemente resulte lógico –dije. ‒¿Y aquí? –dijo poniendo el dedo en los baños. ‒Podría ser, si no fuese porque solo hay un conducto de ventilación y tardaría aún más que en las celdas, vamos piensa no digas lo primero que se te viene a la cabeza, solucionaste lo de la nota, puedes con esto –dije intentado ayudarla a ayudarme. ‒Eso fue suerte –dijo Reeve. ‒La suerte no existe –dije contundentemente. ‒¿Qué? Claro que existe, hay muchas acciones que escapan a nuestro

control –siguió Reeve. ‒La suerte es como llamamos a la excusa de los hechos que nos suceden y no hemos podido prever. ‒Puede que a veces así sea, pero no puedes controlarlo todo, es simplemente imposible –dijo Reeve sin creerse una palabra. ‒Todo puede ser previsto, por ejemplo, el juego de azar por excelencia, tirar una moneda al aire –dije mientras me sacaba una del bolsillo–. Toma y lánzala –dije dándole la moneda a Reeve. Lanzó la moneda al aire. ‒Cara –dije. ‒Está claro que ha sido suerte –contestó. ‒Prueba otra vez –indiqué seguro de mí mismo. La lanzó de nuevo. ‒Cruz –dije. Estaba empezando a impresionarla, lanzó la moneda 5 veces más, acerté todas. ‒Está bien, ¿Cuál es el truco? –dijo un poco desquiciada. ‒Es sencillo, partiendo de la base de que la mayoría de veces un lado de la moneda pesa más que el otro; solo tienes que contar las veces que gira en el aire, si cuando se lanza el lado boca arriba es cara, y las veces que cuentas es impar significa que ha salido cruz, por el contrario es cara, solo hay que tener buen ojo, podríamos seguir así todo el día, me equivocaría varias veces, pero sería porque me he confundido al contar, no por la suerte –dije, esta vez sí, dejándola impresionada. ‒Imposible… ‒susurró intentando asimilarlo. ‒No hay nada imposible, que se te quede bien grabado, cuando todo parece perdido, en el momento que todo parece que ha terminado, cuando se cree que no hay nada más que hacer, es cuando lo imposible se vuelve la mejor opción, pero solo si tienes voluntad –dije–. Supongo que ahora si estarás impresionada. ‒No está mal para un chico corriente sin estudios –dijo intentando conservar su orgullo. ‒¿Siempre tienes que poner la puntilla verdad? –Cómo me cabreaba que dijese eso, y lo sabía.

‒Espera ¿qué dijiste antes? Ningún sitio que parezca lógico… ¿Y aquí? –dijo Reeve refiriéndose al despacho de Hawkins. ‒Tiene sentido el que no tenga sentido, es probablemente el sitio más inaccesible para ponerla –dije pensando donde podría encontrarse. ‒Y mira –dijo señalando a los dos conductos de ventilación que había en el despacho, ambos conducen al hall de la comisaría, se expandiría en cuestión de minutos –la verdad es que tenía sentido. ‒Exacto… ahí está –dije acercándome a uno de los conductos que estaba parcialmente tapado por una estantería. ‒Tenemos 7 minutos –dijo Reeve mientras yo sacaba con cuidado el dispositivo. ‒Espero que sepas algo sobre bombas, cables rojos, amarillos esas cosas –dije mientras quitaba la tapa superior con cuidado. ‒Eso espero yo también –contestó, mientras observamos lo que había dentro de la bomba. ‒Mierda… ‒dije. ‒No me lo pudo creer –dijo Reeve. Todos los cables eran de color negro, genial. ‒¿Que ha sido eso? –exclamó Reeve. ‒¿Qué clase de policía eres si no sabes cuál es el sonido de un disparo? –dije irónicamente. ‒¿Crees que es momento de decir gilipolleces? –dijo inquieta. Los presos comenzaban a subir por la escalera, esto se ponía difícil. ‒Quédate aquí con la bomba, intenta desactivarla, voy a ver si soluciono lo de ahí fuera –dije yéndome hacia a fuera. ‒Pero yo no… ‒dijo Reeve tartamudeando. ‒Tú sí –dije cerrando la puerta por fuera. Salí de la habitación, era un caos, los presos habían cogido a Mike de rehén y se dirigían hacia la puerta de fuera, habían disparado a un agente, cuál fue mi sorpresa al ver que era mi amigo el pervertido, el que custodiaba la puerta de Alfred. Tenía que hacer tiempo para que Emma pudiese desactivar la bomba. ‒Eh –dije dirigiéndome al que tenía cogido y apuntando con una pistola a Mike. ‒¿Qué coño quieres? –contestó hostilmente.

‒Lo mismo que tú, salir con vida, cosa que no pasará si abres esa puerta –dije. ‒No pienso morir aquí dentro rodeado de maderos –dijo el preso. ‒¿Eres gilipollas? ‒creo que se me había ido la lengua, pero me ponían de los nervios esa clase de estupideces irracionales. ‒¿Qué has dicho? ¿Quieres que le pegue un tiro a este poli? –dijo el irracional preso. ‒Si abres esa puerta moriremos todos de todas maneras, así que ¿por qué no bajas el arma y piensas con eso que tienes encima del cuello? ‒No pretendas engañarme pedazo de mierda, todos los polis sois iguales, solo queriendo joder –dijo aún con la pistola en el cuello de Mike. ‒Espera, ¿qué has dicho? –dije pensando. ‒Que todos los polis sois iguales… ‒No, lo anterior, engaño… ‒dije interrumpiendo, ahora lo veía claro, ese cabrón de Poison… ‒Te juro que me voy a cargar a este tío si no… ‒continuaba el preso intentando intimidarme. ‒Oh por dios, cállate –dije mientras me dirigí hacia él quitándole la pistola inmediatamente después de darle un puñetazo en la nariz. ‒Brutalidad policial –dijo tapándose la nariz con las dos manos. ‒No soy policía idiota –dije–. ¡Emma, ven! –grité. ‒¿Entonces quien coño eres? –preguntó el recluso. ‒No creo que sea el mejor momento –dijo Emma–. Solo quedan 3 minutos. ‒Ya no va a hacer falta –dije dirigiéndome hacia la puerta. ‒¿Pero qué haces? –dijo Hawkins. ‒Enseñaros quien soy y porqué soy útil –dije girando el pomo de la puerta–. 2-2 Septiembre –dije sonriendo y abriéndola del todo. ‒No –dijo Emma–. Se activado el dispositivo, ¡Tapaos la boca! –dijo mientras se tapaba con el brazo. Aspiré el olor, olía genial. ‒Lilas, maravilloso olor ‒dije. Todos se pusieron a oler, estaban sorprendidos, y yo también he de reconocer.

‒¿Pero… cómo? –dijo Emma. ‒No nos dio dos horas para encontrar la bomba, nos dio dos horas porque era lo que él necesitaba –dije. ‒¿Para qué? –preguntó Emma. ‒Solo se mata por tres razones, mujeres, trauma infantil o dinero, dinero, para robar un banco, mirad por la ventana, todos los policías de los alrededores están aquí dentro o ahí fuera, todos estaban atentos a lo que pasaba aquí, sin hablar de la prensa y todos los curiosos, era el momento perfecto para coger el dinero que quisiera de cualquier banco cercano, solo tendría un guarda, dos a lo sumo, sabía que no quería matarnos y por eso todos se alegraron cuando dije que ya habíamos encontrado la bomba, ya había pasado una hora, para el infiltrado significaba que probablemente Poison ya tenía lo que quería… Hubo un silencio muy desconcertante de un par de segundos en toda la sala, cien personas, nadie sabía que decir ni como sentirse. ‒Nos ha tirado la pelota y hemos ido tras ella como tontos…

Consigue ya el resto de la espectacular historia en cualquiera de las siguientes librerías: http://www.casadellibro.com/libro-destino/9788415584209/2061898 http://www.amazon.es/Destino-Benjam%C3%ADnBlas/dp/8415584202 http://librosbajodemanda.elcorteingles.es/DESTINO-BENJAMINBLAS-CORRAL-EDICIONES-ALBORES-LibroEbook9788415584209.html http://libros.elmundo.es/BENJAMIN-BLAS-CORRALAUTORLIBRO-es-99412-ORD-0-PAGINA-1.html http://libros.elmundo.es/DESTINO-BENJAMIN-BLAS-CORRALEDICIONES-ALBORES-LibroEbook-es-9788415584209.html