EL PADRE, LA ESPADA Y EL PODER: LA IMAGEN DE BOLIVAR EN LA HISTORIA Y EN LA POLITICA

Roland Anrup - Carlos Vidales

Cómo citar este trabajo: Vidales, Carlos y Anrup, Roland (1983), "El Padre, la Espada y el Poder: la imagen de Bolívar en la historia y en la política", en Carlos Vidales, ed., Simón Bolívar 17831983, vol. Monografías N° 9, Instituto de Estudios Latinoamericanos, Universidad de Estocolmo, pp. 35-73.

EL PADRE, LA ESPADA Y EL PODER: LA IMAGEN DE BOLIVAR EN LA HISTORIA Y EN LA POLITICA
Roland Anrup - Carlos Vidales1

I. Introducción La presencia del personaje histórico en los acontecimientos politicos —su imagen, su acción, su influencia, su modo particular de existir y de producir hechos politicos a través de sucesivas generaciones—, es un tema que se estudia frecuentemente en relación con factores ideológicos, con estrategias o intereses de «clase» o de «nación», y con aquellos conocidos elementos de la vida social que, de una o de otra manera, caben dentro de categorías económicas, politicas, jurídicas, filosóficas o morales. Existe sin embargo un campo que, influido y condicionado por tales categorías, desarrolla de hecho sus propias dinámicas y plantea sus propios problemas. Definir y delimitar este campo con un nombre («psico-historia», «psicopolitica») no nos puede ayudar, sino en muy escasa medida, a aproximarnos a un concepto cuya naturaleza no se explica tanto a través de definiciones formales, sino más bien a través de su uso como instrumento de investigación y de análisis.
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Roland Anrup: investigador sueco, Subdirector del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Estocolmo. Carlos Vidales: investigador colombiano, residente en Suecia, trabaja en el mismo Instituto. Este ensayo ha sido revisado en junio de 2013 por Carlos Vidales. No se ha hecho ninguna modificación del contenido original de 1983. Se han cambiado las imágenes del original por otras de mejor calidad y se han introducido algunas modificaciones de diseño para facilitar su publicación digital en formato PDF.

Podemos, para empezar, formular algunas preguntas que nos permitan iluminar los territorios de este campo que son de nuestro interés: ¿Qué procesos sicológicos actúan en la formación y en el uso de la imagen del personaje histórico? ¿De qué manera esta imagen satisface o resuelve necesidades y requerimientos individuales y colectivos de carácter sicológico? ¿Qué relaciones «íntimas» establecen las masas, los grupos sociales y los individuos con el personaje histórico que ha llegado a ser su «líder» o «padre» espiritual? ¿De qué modo se combinan, en el consciente y en el subconsciente de los grupos sociales en pugna, los elementos que constituyen —ya real, ya simbólicamente— la imagen del personaje histórico? Tal tipo de cuestiones parece, a primera vista, no ser interesante para el historiador. Sin embargo, todo aquel que ha tenido contacto con la investigación de campo, se ha encontrado muchas veces con esta clase de problemas. Un historiador mexicano, por ejemplo, cuenta que cuando se hallaba investigando sobre la sangrienta y heroica insurrección indígena de Jacinto Canek en el Yucatán (ocurrida en 1761), interrogó a un joven campesino si sabía quién había sido Jacinto Canek, y obtuvo la siguiente respuesta: «Claro que lo sé, ayer soñé con él». (Miguel Alberto Bartolomé, La insurrección de Canek, p. 24). En una situación como la que acabamos de describir, la conclusión es muy fácil, pero también es retórica: Jacinto Canek sigue vivo en el corazón de su pueblo. De extraordinaria utilidad para ciertos grupos políticos, tal conclusión no ayuda, sin embargo, a responder preguntas tales como por qué sigue «vivo», de qué manera sigue «vivo» y en qué consiste la dinámica de esta «vida» que es interior (íntima, individual) y exterior (colectiva, política, social) al mismo tiempo. Si ligamos este tipo de interrogantes a un personaje histórico concreto, a Simón Bolivar, el Libertador, el Padre de varias repúblicas y pueblos, el hombre de la Espada, la trágica figura del Poder-querido y del Poder-no alcanzado y, en fin, el símbolo del «orden autoritario» para unos y de la «profecía revolucionaria» para otros, tendremos entonces la posibilidad de iniciar un estudio sobre un personaje histórico verdaderamente «vivo» y sobre las premisas sicológicas en que se mueve su «vida». Ahora bien, es posible distinguir tres tipos de enfoque en el campo de la psicohistoria: El primero, y más común, es el que se basa en la vida de los «grandes hombres», es decir, en estudios sicobiográficos de las figuras heroicas del pasado, y que suele presentarse en tres variantes: a) El personaje histórico es visto como prototipo de su época, como portador del etos de su medio social, como receptor pasivo de, por ejemplo, los deseos y necesidades de las masas, como su vocero.

b) El personaje histórico es considerado como transformador heroico, como innovador que, tratando de enfrentar y resolver sus propios problemas, rompe con las convenciones de su medio y logra introducir algo nuevo en el marco de su propia cultura, modificándola; los ejemplos de esta variante abundan, y puede decirse que las figuras revolucionarias son su objeto predilecto. c) El personaje histórico es tratado como un simple «paciente», como un objeto de diagnóstico y análisis sicológico. Esta variante es a menudo caricaturizada como si se tratase del único método de la psicohistoria. Si bien es un método limitado, que presenta riesgos y peligros, especialmente cuando no se tiene acceso a fuentes autobiográficas, es también muy útil cuando se trata de aportar informaciones acerca de rasgos o particularidades de la personalidad. El segundo tipo de enfoque consiste en el tratamiento de la cultura, el carácter nacional, las tradiciones, los valores y la conducta de grupo, a través de la investigación de sentimientos humanos específicos, fantasías compartidas, ritos y experiencias comunes, a través de un período histórico de cierta extensión. El tercer tipo de enfoque, en fin, se refiere a aquellos trabajos de naturaleza más bien teórica que comparan, por ejemplo, las similitudes entre el procedimiento sicoanalítico y la actividad reflexiva del historiador, así como la importancia dual de los conceptos teóricos. La mayor parte de la investigación psiçohistórica se ha concentrado en el primer tipo de enfoque: el personaje más que el acontecimiento. En cierto sentido, la psicohistoria ha estado implícita en toda historia biográfica, usándose a menudo una sicología de sentido común. Un prerrequisito fundamental de este modo de hacer historia biográfica es, sin duda, el acceso a suficiente material documental privado (diario de vida, correspondencia íntima o relatos confiables de testigos oculares), sin el cual no se puede romper la barrera censora del material público u oficial relativo al personaje histórico estudiado. En estas notas rechazaremos la psicobiografía, a la cual no consideramos una línea fructífera de investigación, en parte porque no hay suficiente documentación accesible acerca de los pensamientos privados de Bolivar en los distintos períodos de su vida. Para todo propósito y en todos los sentidos, Bolivar fue un hombre público, un producto, hacedor y propagador de una imagen. Y es fundamentalmente esa imagen, ese mito, esta particular versión de la figura del caudillo, lo que deseamos ver a través de nuestros «lentes psicohistóricos». Hemos decidido, pues, indagar en las representaciones simbólicas acerca de Bolivar y el culto a Bolívar, para dejar planteadas algunas ideas acerca de su significado sicológico, politico e histórico.

En el desarrollo de nuestras consideraciones será necesario, desde luego, hacer referencias de orden teórico: la construcción teórica de la función del padre y de la imagen del padre, observaciones acerca del ego y de la sicología de grupo, conceptos sobre el carisma y la relación carismática, elementos básicos de la teoría del poder, etc. Tales referencias, al mismo tiempo que constituyen una base conceptual para la interpretación de los fenómenos que se discuten, sirven para intercalar comentarios a lo largo del texto y por eso no se encuentran agrupadas en un capítulo especial. Algunas consideraciones generales acerca de la psicohistoria parecen necesarias, tanto para fijar ciertos puntos conceptuales de partida, como para precisar el sentido en que ciertos términos serán usados en estas notas. La psicohistoria es el estudio del cambio de las diferenciaciones simbólicas. Las palabras «símbolo» y «simbólico» se emplean aquí en un sentido mucho más amplio que el habitual: «símbolo» no significa aquí una imagen fija de representación. En la acepción que usamos, símbolo es cualquier objeto que, representado en la mente de un sujeto individual o colectivo, cumple una función al ser usado para la realización de acciones y el desarrollo de hábitos y conductas. Un sujeto cualquiera, pues, estará envuelto en un proceso simbólico cada vez que emprenda una acción basada en el uso funcional de un objeto. El símbolo, así concebido, puede ser analizado, «desplegado», para comprender los procesos íntimos de las acciones individuales y colectivas. Del mismo modo que un sueño puede ser analizado ad infinitum, hasta incluir en el análisis toda la historia mental de un individuo, también todo símbolo —ya sea verbal, ya sea una imagen o una idea abstracta— es susceptible de un análisis que llegue eventualmente a abarcar la escala completa de la experiencia humana compartida. Una serie, un conjunto de símbolos conectados o relacionados entre sí, puede representar una determinada fantasía, y dar cuenta así de los diversos aspectos del deseo originario. Así pues, el aparato simbólico de la cultura incluye un conjunto de representaciones que condicionan toda la existencia consciente y subconsciente de los sujetos participantes en esa cultura. Una vez establecidos, tales símbolos adquieren una importancia fundamental para la historia; quedan arraigados en un impulso atemporal que, en cualquier forma que sea realizado, nunca llega a ser una realización cabal del deseo original. Cada símbolo se halla en el centro de una inmensa red de significados, que se extiende desde las más amplias actividades culturales hasta los estados más profundos de la mente individual. Cuanto más ricos, cargados de dinamismo y cercanos a hechos históricos importantes sean tales significados, tanto más fuerte será su impacto psicohistórico.

Por otra parte, ni los símbolos ni los conjuntos de significados son inmutables. En la medida en que la ideología social influye en la estructura sicológica de los hombres, no sólo se reproduce a sí misma en la mente de éstos, sino que —lo que es más importante— se convierte en una fuerza real, en un poder material dentro del individuo, quien a su vez se ve modificado concretamente y actúa, en consecuencia, de un modo diferente. El estudio de tales procesos de cambio, de las representaciones mentales de la realidad social, y de las, funciones que tales representaciones cumplen en la actividad social de los individuos y grupos, constituye la preocupación fundamental de la psicohistoria.

Grabado de M. N. Bate, Londres, 1819

II. La imagen y la función del Padre Al abordar la existencia sicológica de Bolivar en la historia y en la política, conviene tener presente algunos hechos que no son objeto de estas notas, pero que de un modo u otro influirán en nuestras observaciones: la existencia histórica y politica de Simón Bolívar es un hecho sicológico para el mismo Bolivar; las relaciones que él establece con su propio yo tienen por lo demás su propia historia y su propio desarrollo, y forman parte de ese apasionante campo de estudios que más de un historiador ha intentado recorrer y escudriñar para aproximarse a la «sicología del Libertador»; y por otra parte, la «historia clínica» de tal sicología puede ser ampliamente documentada y científicamente discutida, a partir de las circunstancias objetivas en que fue modelado este «caso» sicológico (la temprana pérdida de la madre, la presencia de la tuberculosis en la primera infancia, la particular relación con el padre, con el tío y con los maestros, la evolución de sus relaciones con la mujer —o con las mujeres—, los accesos de delirio y sus características sicosomáticas, la influencia de su enfermedad sobre la siquis, el ciclo evolutivo de su temperamento, etc.). Bolivar no es, de ninguna manera, un ser «normal»: su más notable «anomalía» es, desde luego, esa combinación de talento y cualidades temperamentales y morales que se llama grandeza en la terminología de la historia clásica. Pero él es anormal también en un sentido médico, es un enfermo, y su enfermedad es una combinación sicosomática de sus dolencias físicas (particularmente la tuberculosis) y de ciertas afecciones de la personalidad cuya naturaleza, repetimos, no estudiaremos aquí. Lo que importa es señalar que las anomalías de Bolivar —no importa cuál sea su diagnóstico— no son ajenas a la imagen que en torno a Bolívar crean sus contemporáneos y las gentes de las generaciones posteriores. Así por ejemplo, el delirio sobre el Chimborazo, presentado por el mismo Bolivar como una manifestación febril de su angustia por los destinos de América, será considerado por muchos historiadores y politicos como una visión profética —una especie de «trance» de clarividencia y premonición— que es inherente, ya a la revelación divina, ya a las características innatas del genio revolucionario. Un delirio es un delirio, sin embargo; y si preferimos dejar para otra ocasión el análisis sicológico de este momento crítico de la salud física y mental del Libertador, es precisamente porque nos interesa concentrar nuestra atención en el otro aspecto del problema: el de por qué y cómo este delirio se convierte en símbolo, en imagen, en instrumento político, en arma de combate y, caso extremo, en premisa ideológica para la construcción de una conciencia nacional latinoamericana. «Vuestra gloria crecerá con los siglos como crecen las sombras cuando el sol declina», exclamó ante Bolivar el cura Choquehuanca, y más tarde José Martí, en admirable síntesis, nos explicó por qué: «porque lo que él no dejó hecho, sin

hacer está hasta hoy; porque Bolivar tiene que hacer en América todavía». Y esto es verdad: la América Latina necesita hoy de libertad y de Libertadores, de Justicia y de brazos justicieros, de un destino nacional y de hombres dispuestos a construir ese destino. Tales cosas están pendientes todavía en ese continente. Pero también, para millones de individuos, para partidos politicos y grupos sociales, tienen rodavía que hacer en la historia de la sociedad y en la relación del hombre con su porvenir, el Padre y la imagen del Padre, la Espada y lo que ella simboliza y evoca, y el Poder como meta irrealizada, temible y apetecible al mismo tiempo. El Padre, la Espada y el Poder: tres categorías diferentes en una sola persona histórica: Simón Bolivar. Tal imagen tiene una indudable y muy vigente función social, porque además de satisfacer necesidades históricas y políticas, resuelve también problemas espirituales y afectivos, en suma, sicológicos. Conocer y analizar esta imagen no es suficiente, si no nos esforzamos por comprender, por aprehender su función. Y esta función no está determinada solamente por el juego de intereses políticos y económicos que constituye el sustrato de la vida social sino, también, por la formas de conducta individual y colectiva que tejen la trama de «voluntades humanas» que, al decir de Engels, realizan el proceso de la historia. Conviene pues exponer algunas ideas acerca de la imagen del Padre y de su función, desde un punto de vista sicológico. En el estadio de la identificación primaria, el padre idealizado es esa imagen del padre autor y creador de leyes, principio de las mismas, temido y admirado, en el cual el niño delega la omnipotencia en sus pensamientos, y que representa un poder ilimitado, aunque oscuro en sus razones, protector y castigador. Tal es, más o menos, su presencia en el ámbito de la imaginación: En el estadio de la identificación secundaria, el padre ya no funciona como creador de las leyes sino como su representante, tal como lo plantea Lacan, quien, en efecto, nos enseña a discernir, por debajo del padre real, un conjunto de funciones que no son fáciles de articular: la metáfora paternal, el nombre del padre, la deuda paternal-deuda simbólica, etc. (ver en especial las páginas de los Écrits relativas a Schreber: 575-583). El papel del padre tiene entonces relación con un proceso cuyo desarrollo determina el paso de la relación dual imaginaria al campo de lo simbólico. La identificación abandona el ámbito de la imaginación y entra en un orden simbólico, donde la ausencia del sujeto para alguien, y de alguien para él, es «traducida» a una nominación, a un «código» en el que cada sujeto en cuestión ocupa un lugar determinado. Este es, puede decirse, el momento cultural del proceso: el sujeto es identificado por un significante, y todas las posibilidades de su identidad se estructuran a partir de esa matriz simbólica esencial. Este momento abre, inaugura un nuevo ámbito: se pone fin al vínculo proyectivo-

introyectivo fascinador, y se inicia el proceso de la identificación sobre una nueva base: los dos miembros de la relación (padre e hijo) se han perdido recíprocamente, ya no existen el uno para el otro, y el primero se erige como una realidad diferente y ajena, superior y distante, realidad sicológica que es una construcción simbólica del segundo. Ahora bien, la relación entre la función paterna y la representación del Poder es íntima y estrecha. La primera es la condición de posibilidad para que exista la segunda, ya que ésta se construye, obviamente, gracias a la existencia de funciones del psiquismo que permiten la existencia de la representación. Pero, a su vez, la representación que cada sujeto se hace del padre y del poder, es capaz de influir en sus funciones síquicas y físicas: la función es modificada por la significación que adquiere al ser representada en el psiquismo, esto é al entrar a formar parte de la representación. El sujeto se constituye, se mantiene, se reconoce a sí mismo —parcialmente al menos—, a través de su identificación con la imagen del otro (es decir, del padre y del poder). Usamos la palabra del en un doble sentido. Primero, queremos decir: a imagen y semejanza de cómo el padre y el poder («el otro») se presentan o están representados para el sujeto que se identifica con ellos, con ese «otro»; y aquí tenemos en cuenta, también, que esa imagen del padre y del poder es, o puede ser, la imagen que el padre y el poder tienen de sí mismos y que el sujeto que se identifica con ellos acepta como tal. En este caso el sujeto se construye por identificación con la representación del otro. Y, segundo, el término del puede tener también el sentido de que el sujeto se constituye sobre la base de la imagen que el otro tiene de él y que de este modo lo identifica como sujeto. El otro ve al sujeto de determinada manera, y el sujeto se identifica con esta imagen. Tal proceso es posible porque en la siquis del sujeto existen, asociadas de múltiples formas con la imagen del padre, las imágenes, discursos, prácticas, signos y representaciones acerca del papel que los guías; conductores, líderes y jefes juegan en el proceso social; esas formas de asociación, que proveen el material fantástico sobre el cual los individuos y los pueblos construyen el mito acerca de sí mismos y de sus «padres», pueden variar, y de hecho varían, según las diferencias culturales, éticas, religiosas, estéticas, políticas y económicas que dan cuenta de la coyuntura particular en que cada proceso social tiene lugar. Es de hacer notar, por último, que la función del padre y del poder se evoca a menudo sobre la base de un personaje y sus accesorios histórico-personales: la espada, el bastón, el libro de la ley, el vestuario, el gesto y la pose, el caballo, la frase que lo identifica, el título. Se crea así un montaje teatral, dramático, que subraya la fuerza y la virilidad del símbolo y que remite la función del padre y

del poder a esos atributos externos, a esos velos, a esos elementos representativos. ¿De qué modo se han identificado las gentes con ese Padre, con su poder, y con su representación del poder? ¿De qué modo se identificaban con la imagen que Bolivar tenía de sí mismo y que él quería reproducir y perpetuar? ¿Cuál era esta imagen? ¿De qué modo, en fin, se identificaban ellos con la imagen que Bolivar tenía acerca de ellos, de su identidad y de su destino? ¿Cuál ha sido la evolución de estas representaciones y sentimientos, y cuál ha sido la suerte de la espada, el más importarte de los accesorios simbólicos de este Padre? Tales son algunas de las cuestiones que discutiremos a lo largo de estas notas. III. El símbolo en la trama del Poder Acaso pudiéramos comenzar —como en aquellos cuentos de García Márquez en que el relato se inicia por su desenlace— recordando algunas situaciones producidas durante los últimos meses de vida de Simón Bolívar. Poco antes de su alejamiento definitivo del poder, el Libertador se ve sometido a la acción de las potentes fuerzas políticas y sociales que se mueven en el caos original de la república. Sus amigos y partidarios constituyen una muchedumbre heterogénea e indisciplinada, sacudida por conflictos internos y luchas intestinas, pero más o menos cohesionada por la ambición del poder y por muchas otras ambiciones cuya legitimidad o ilegitimidad no es del caso discutir. Entre las huestes bolivarianas —tal vez fuera mejor decir bolivaristas, para acoger a quienes usan el nombre de Bolivar para fines diferentes de los que plantea la concepción bolivariana de la historia y de la politica— están las camarillas militares, los legionarios extranjeros, los soldados sufridos y harapientos que tantas brillantes campañas han hecho bajo las órdenes del Libertador, y una abigarrada masa de políticos civiles, unos llenos de talento y de fuerzas morales, otros oportunistas y bellacos, mediocres y arribistas. Héroes y traidores, seres luminosos como Sucre y taimados como Montilla: de todo hay entre las gentes que apoyan al régimen bolivarista. Los enemigos y adversarios de Bolívar no son mejores. En este campo también hay de todo. Incluso el reducido grupo de conspiradores que acaba de intentar el asesinato del Libertador, es heterogéneo y tiene contradicciones internas. Luis Vargas Tejada y Florentino González parecen ser dos polos opuestos, no solamente por sus concepciones politicas y económicas, sino además por su estilo, por su conducta moral y por sus cualidades temperamentales. Pero tanto el uno como el otro odian el militarismo, son civilistas, aborrecen el paternalismo bolivariano, rechazan y temen toda forma, abierta o encubierta de autocracia y se sienten —como muchos otros ciudadanos— mucho más protegidos y representados bajo la sombra de otro Padre: el general Francisco de

Paula Santander, héroe militar y civil de la República, de los Padres de la Patria, Hombre de Leyes, anticlerical, masón y republicano y, en suma, el único político a quien se puede considerar capaz de enfrentarse, de igual a igual, a Simón Bolívar. ¿De igual a igual? No exactamente. A Bolivar, viejo y enfermo, destrozado por la tuberculosis y por las decepciones políticas, lo rodea una aureola de gloria a cuyas alturas nadie se atreve a llegar. Todos, incluso Bolívar, saben que Bolívar ha comenzado el proceso irreversible de la agonía, a partir del 25 de setiembre de 1828, día del atentado en Palacio. El propio Bolívar repite, en conversaciones con amigos y en cartas personales y de estado, que sólo aspira a alejarse definitivamente del poder y morir en paz, puesto que comprende muy claramente su propia situación. La lucha política entre bolivarianos y antibolivarianos, pues, no se centra en torno a la persona física del Libertador, pues esta persona ya está disolviéndose en el pantano implacable de la muerte. En términos de Poder, la lucha se establece entre los administradores militares y civiles de la imagen bolivariana, de esa gloria que «crecerá con los siglos como crecen las sombras cuando el sol declina», y aquellos individuos y grupos sociales a quienes conviene la destrucción de esa imagen histórica para poder establecer sus propias normas de Poder. «¡Mi gloria, mi gloria! ¿Por qué me la arrebatan?», pregunta entonces Bolívar, dolido y desconcertado, mientras unos y otros se disputan esa gloria: los unos para demolerla y despedazarla, los otros para construir con ella un sistema de símbolos e imágenes políticas que sirvan de instrumentos adecuados para ejercer el control del poder en la naciente república. El célebre proyecto de establecer una monarquía es ilustrativo: quienes aspiran al control monopólico del poder, los más inteligentes y atrevidos hombres del Consejo de Estado, conciben el proyecto no solamente para «salvar al país de la anarquía» y «consolidar la unidad de la Gran Colombia», sino además y fundamentalmente para concentrar en sus manos el Poder con mayúsculas. Y el Poder con mayúsculas es el conjunto de los innumerables poderes locales y regionales que se encuentran repartidos entre las manos de muchos grupos oligárquicos de provincias (los responsables de la «anarquía»), a quienes es necesario despojar de sus privilegios y preeminencias para proceder a construir un Estado fuerte, centralizado, autoritario y eficaz. El proyecto de monarquía tiene, además, una virtud: Bolívar será el rey, y puesto que Bolívar está enfermo y moribundo, Bolívar será «manejable». Pero los proyectistas no han contado con lo increíble: Simón Bolivar, el Padre de la Patria, el Libertador, el hombre celoso de su gloria y de su grandeza, se niega airadamente a aceptar el engendro. ¿Por qué se niega? Sencillamente porque «su Reino no es de este mundo». Porque él ha trabajado toda su vida para «el otro mundo», el de la gloria histórica, el de la posteridad, el de aquella dimensión politica en la cual pueda «creer con los siglos como crecen las sombras cuando el sol declina».

Bolívar en 1930. Carboncillo de José María Espinosa

Pero los conspiradores no se rinden fácilmente. Fracasado el proyecto monárquico, se producen numerosos levantamientos y pronunciamientos militares regionales, con el claro propósito de obligar a Bolívar a reasumir la dictadura. En Riohacha, Cartagena y Santa Marta, los militares bolivaristas presionan para rodear al Libertador con un cerco de cuartelazos

anticonstitucionales en una región del mundo que, en rigor, no tiene constitución. Bolivar resiste también estos embates, pues ya no desea otra cosa que morir en paz. Pero su amigos y partidarios lo presentan como el Jefe Supremo, inspirador y autor intelectual de cuanta arbitrariedad militarista se comete contra la oligarquía civilista y «democrática». Y esta oligarquía acepta el regalo: Bolivar será el culpable de cuanto hagan los bolivarianos y los bolivaristas. Así, cuando Venezuela decide separarse de la Gran Colombia, se dirá que el Estado de Venezuela no está dispuesto a tratar con el de la Nueva Granada «mientras el general Bolivar permanezca en suelo colombiano». Parecidos episodios se repiten una y otra vez, y no vale la pena abundar sobre hechos bien conocidos por los historiadores. Conocemos hoy los resultados de esta lucha política, en términos de poder (o de impotencia, si hemos de juzgar por la medida del subdesarrollo, la dependencia politica y económica y los traumas sociales que han sufrido y sufren los países bolivarianos), pero no hemos discutido aún a fondo las consecuencias que tales conflictos han acarreado en la teoría de la historia, en la concepción histórica, y en la psicohistoria. Mencionemos pues, para abordar el tema, la interpretación sicoanalítica de Freud sobre el Totem y el Tabú, la primera de todas sus interpretaciones generales sobre la cultura. He aquí su parte esencial: después de que el temido —al mismo tiempo odiado y amado— padre fue muerto por sus propios hijos, comenzaron éstos a identificarse con él como con un héroe ideal. Una parte de ellos intentó tomar el liderazgo, pero sus rivales —sus propios hermanos— lo impidieron mediante el odio y los celos. Finalmente, uno de ellos logró imponer su autoridad sobre los demás gracias a la eliminación de sus más peligrosos rivales. El parricidio produjo, de un modo u otro, profundos sentimientos de culpa y temor por la venganza o el castigo. Asimilar al padre asesinado (comerlo, consumirlo, digerirlo), les permitió absorber su fuerza secreta y crear una profunda identificación con él y entre ellos mismos. Tal identificación tiene como resultado que los asesinos construyen para sí mismos una imagen interior de su víctima como un ideal poderoso al cual endiosan y adoran. Así niegan y borran su culpa. Así convierten su oculta e inconfesada animosidad en una creciente e irracional lealtad. Así forjan el mito. Es conveniente tener en cuenta la explicación de Freud en un sentido metafórico. La parábola de los asesinos que endiosan a su víctima para lavar el horror del crimen, se ha repetido demasiadas veces en la historia como para que podamos despreciarla. Las imágenes históricas que se han construido como resultado de esta maniobra sicológico-politica, han despedido siempre un sospechoso olor de funeral interrumpido, de retórica de cementerios, en que las alabanzas desmesuradas e hiperbólicas a la víctima cumplen la función de

certificar su muerte y de terminar de una vez por todas con el entierro —acaso para acabar con la incómoda presencia del héroe en cuestión— y, al mismo tiempo, para fraguar una imagen manejable y utilizable, inventando una persona de inimaginable grandeza con la cual una élite de privilegiados administradores de la historia tiene una relación íntima, una amistad y una complicidad eternas. Mario Briceño Iragorri ha advertido de qué manera, en el caso de Simón Bolivar, las exequias se han prolongado ya más de cien años: «él está vivo, y si muchos lo miran como muerto, debemos luchar tenazmente contra tal idea. Bolívar murió para aquellos que quisieron hacerse sus albaceas. Y ha sido durante los largos cien años de nuestra historia republicana, un muerto cuya fama sirvió para dar lustre a todas nuestras deficiencias. Hemos vivido de la gloria de un gran muerto. De un muerto a medio enterrar que, pese a su grandeza, ha despedido un hálito fúnebre en nuestro propio ambiente cívico» (Briceño Iragorri, El caballo de Ledesma, pág. 43). Es verdad: Bolivar murió para aquellos que quisieron hacerse sus albaceas. Sólo así, muerto, pueden ellos sacar de la manga un fraguado testamento político y administrar esa fabulosa herencia de fuerza histórica y política que bulle en la presencia viva del héroe. Por esta misma razón hay en la historia grandes líderes religiosos, espirituales y políticos, cuya muerte debe ser periódicamente renovada, representada, consumada y certificada por los albaceas, a efecto de: 1) asegurarse de que el muerto está bien muerto y no puede desenmascarar a sus «representantes»; 2) asegurarse el monopolio de la representación del muerto, por los siglos de los siglos; y 3) realizar el «aggiornamento» del fraude, modificando ciertas cláusulas del «testamento» que se administra, o agregándole nuevas, en concordancia con las exigencias de los tiempos. Así, cuando el tirano Gómez llegó, en 1900, a Caracas, al mando de un destacamento del ejército insurreccional de Castro, tuvo buen cuidado de acampar al pie de la estatua de Bolívar, en el centro de la plaza. Gómez siempre «pensó en sí mismo en relación con el Libertador». Cuando llegó al poder falsificó la fecha de su nacimiento para que coincidiera con la de Bolívar, y la asentó en San Antonio, «de manera que en las conmemoraciones... su propio retrato apareciera al lado del de Bolívar» (Thomas Rourke, Gómez, Tirano de los Andes, Ed. Claridad, Bs.As., 1940, pág. 160). Años más tarde, en las tierras dominicanas, uno de los escritores al servicio del régimen habría de escribir esta líneas inmortales: «Hace 2000 años, Jesús predicó su doctrina de la justicia y la paz; hace más de un siglo Bolívar proyectó su federación de naciones americanas; hace diez años Trujillo presentó sus luminosos proyectos para la creación de la liga de naciones americanas» (Citado por William Krehm, Democracia y tiranías en el Caribe, Ed. Parnaso, Bs.As., 1959, pág. 254).

Y no es posible reír, pues detrás de esas palabras hay tragedias y crímenes, sangre humana derramada y víctimas incontables de la arbitrariedad y del terror. Así funciona la imagen del Libertador en las manos de los Liberticidas. Así se cierra el ciclo del mito al servicio del Poder. IV. La Espada y el Poder Los símbolos, evocaciones y funciones en torno a las ideas de Padre, Espada y Poder, se entrelazan y combinan de las más diversas formas en estas innumerables construcciones del mito bolivariano. La gloria de Bolívar, en este sentido, no crece con los siglos «como crecen las sombras cuando el sol declina», sino de una manera mucho más compleja: es como si el hombre real, Simón Bolívar, estuviese parado con toda su grandeza real, en el centro de una galería de espejos vivientes que cambian de forma sin cesar y que reflejan hasta el infinito un número infinito de imágenes distorsionadas, que se modifican las unas a las otras, en un juego en el cual es imposible saber cuál es el Bolivar verdadero ni cuántos falsos Bolívares se están moviendo y actuando. Veamos, por ejemplo, algunas de las relaciones que el propio Padre establece entre la Espada y el Poder. Al jurar la Constitución de la república ante en Congreso Constituyente de Colombia, dice Bolívar: «Yo soy el hijo de la guerra: el hombre que los combates han elevado a la Magistratura: la fortuna me ha sostenido en este rango, y la victoria lo ha confirmado. Pero no son éstos los títulos consagrados por la justicia, por la dicha, y por la voluntad nacional. La espada que ha gobernado a Colombia no es la balanza de Astrea, es un azote del genio del mal, que algunas veces el cielo deja caer en la tierra para el castigo de los tiranos y escarmiento de los pueblos. Esta espada no puede servir de nada el día de la paz, y éste debe ser el último de mi poder, porque así lo he jurado para mí, porque lo he prometido a Colombia y porque no puede haber república donde el pueblo no está seguro del ejercicio de sus propias facultades». Y seguidamente, para aclarar y precisar aún más su pensamiento, agrega: «Un hombre como yo es un ciudadano peligroso en un gobierno popular; es una amenaza inmediata a la soberanía nacional. Yo quiero ser ciudadano para ser libre, y para que todos lo sean. Prefiero el título de ciudadano al de Libertador; porque éste emana de la guerra, aquél emana de las leyes. Cambiadme, Señor, todos mis dictados por el de Buen Ciudadano». Durante la dura guerra de Independencia había dicho el Libertador: «No envainaré jamás la espada mientras la libertad de mi patria no esté

completamente asegurada». Y en febrero de 1827, cuando se desarrollaba en su plenitud el proceso de la dictadura, había reiterado: «Mi espada y mi corazón siempre serán de Colombia». La Espada, pues, ese «azote del genio del mal», es un instrumento necesario para librarse de la tiranía y plantear la libertad de los pueblos, a condición de que ella se mantenga alejada del Poder, y de que este Poder emane verdaderamente de la voluntad de los pueblos libres y no del arbitrio del Padre de la Patria; porque este Padre, este Hombre de la Espada, este Libertador, concentra en sus manos y en su personalidad tan enorme suma de autoridad y de Poder, que se convierte en un «ciudadano peligroso» y en «una amenaza inmediata a la soberanía nacional». Pero es en vano. Todavía vive Bolívar cuando el general Páez decide invocar a Bolivar para unir en forma permanente la Espada y el Poder: «La espada redentora de los humanos!!! Ella en mis manos no será jamás sino la espada de BOLIVAR: su voluntad la dirija; mi brazo la llevará. Antes pereceré cien veces, y mi sangre será perdida, que esta espada salga de mi mano, ni atente jamás a derramar la sangre que hasta ahora ha libertado. Conciudadanos, la espada de BOLIVAR está en mis manos: POR VOSOTROS Y POR ÉL IRÉ CON ELLA A LA ETERNIDAD» (Páez, Manifiesto a los Colombianos del Norte, 7 de febrero de 1829). Durante los primeros cien años de vida republicana, en todas las naciones bolivarianas, se repite una y otra vez esta distorsión autocrática, este desarrollo militarista, esta conjunción liberticida de la Espada y el Poder bajo la advocación del Padre. Y, paralelamente, se produce tanto la divinización del héroe militar y de todos sus atributos guerreros, como el desarrollo del creciente fetichismo en torno a los objetos materiales que constituyeron pertenencias personales del héroe. Así, la Espada ya no es el concepto genérico de la Guerra Libertadora, la fórmula verbal de representar la lucha armada contra la tiranía, sino la cosa concreta misma, la hoja de acero con empuñadura dorada, el objeto metálico y refulgente, desprovisto de todas sus implicaciones político-sociales, excepto de aquellas que sirven para decir: esta reliquia perteneció al héroe y esta reliquia es el instrumento del Poder que ahora detentamos, que heredamos del héroe y que continuaremos detentando a cualquier precio. Luis Tejada, el más grande de todos los cronistas colombianos, ha escrito líneas ácidas sobre estos dos procesos, el del fetichismo y el de la divinización del héroe militar. En cuanto al primero, tenemos que reproducir casi íntegramente una de sus crónicas: «La minuciosa investigación a que se está dedicando Cornelio Hispano para encontrar el número de camisas que tuvo el Libertador, pertenece a un género histórico pueril, de decadencia, perfectamente inusitado en un

pueblo en que las actividades históricas no han alcanzado siquiera una relativa madurez; en realidad, la laboriosa adquisición de todos esos pequeños datos anecdóticos no puede interesar a inteligencias sinceramente serias... pero sí ayuda a precipitar este fenómeno de beatificación de las reliquias personales de los héroes, que estamos presenciando en América y que relaja y envilece el verdadero sentido místico y esencial de la historia; hay ya quienes le han dedicado odas, sonetos y madrigales a la última camisa que usó Bolívar y a los pañuelos y pantuflas de sus concubinas». Y continúa Luis Tejada: «Es decir: el sentido histórico ha degenerado en fetichismo brutal, siguiendo un proceso paralelo al que ha sufrido entre nosotros el sentido religioso: nuestro pueblo no posee ya una idea pura y eminente de Dios;... ha materializado sus sentimientos religiosos, concretándolos en mugrientas y milagreras reliquias de santos, en fetiches locales, enemigos a menudo los unos de los otros; no conoce a Dios; adora el manto de la Virgen o el pie de palo del Señor de Monserrate.. Un proceso paralelo y complementario puede advertirse en la evolución del sentido místico de la historia: no existe ya la concepción pura y esencial del héroe, como una fuerza espiritual impulsora, como un suscitador y creador de nuevos y fecundos ideales colectivos; se ha erigido en Héroe al caudillo militar, tipo primitivo, violento y brillante, de cualidades puramente temperamentales; y se ha llegado a venerar en él no sólo los atributos simbólicos de su profesión, la espada o el morrión de plumas, sino también sus más íntimas prendas personales, los calzoncillos o la camisa; o, como en la idolatría religiosa, sus secreciones fisiológicas, el sudor de la frente y la sangre de las heridas; y aún más: los objetos que tocó incidentalmente a su paso, el balcón por donde saltó en una noche de pánico, o el lecho en donde en otra noche de placer alimentó sus pasiones...» (Luis Tejada, Gotas de tinta, págs. 161 y 162). En otra crónica, titulada precisamente El mito boliviano, Tejada protesta contra «la deformación de la fisonomía histórica del Libertador» que se presenta como «la divinización del héroe por su aspecto militar», y luego dice: «¿Es justa la divinización del héroe militar? Yo creo que no; el héroe militar ocupa realmente un segundo término en nuestra revolución; el héroe militar no concibió el movimiento ni lo suscitó; no creó los acontecimientos; nació de ellos y marchó enrolado en su trayectoria fatal. Fueron los héroes civiles, los ideólogos de la revolución, los que concibieron, suscitaron y crearon; ellos fueron los que desencadenaron los sucesos poniendo en camino dos fuerzas contrarias que, ya en esta vía dinámica, tenían fatalmente que encontrarse y eliminarse; entonces surgió

el héroe militar y su actitud se redujo necesariamente a imprimir un orden relativo a ese movimiento, siendo al mismo tiempo arrastrado por él, teniendo que sujetarse íntimamente a su dinámica implacable...» (Luis Tejada, Gota de tinta, págs. 155 y 156). Es oportuno comparar estas afirmaciones con las del estadista Simón Bolivar, cuando explica, ante el Congreso de Angostura, el papel histórico del militar Simón Bolivar: «Un hombre, ¡y un hombre como yo! ¿qué diques podría oponer el ímpetu de estas devastaciones? En medio de este piélago de angustias no he sido más que un vil juguete del huracán revolucionario que me arrebataba como una débil paja. Yo no he podido hacer ni bien ni mal: fuerzas irresistibles han dirigido la marcha de nuestros sucesos: atribuírmelos no sería justo, y sería darme una importancia que no merezco». Fetichismo y divinización, el Héroe y su Espada: el héroe con cualidades sobrehumanas, y su espada (espada-objeto, ya no más espada-concepto) impregnada para siempre de ciertos atributos esenciales que la hacen distinta a todas las demás espadas que se han forjado a lo largo de la historia. La posesión de esa espada específica dará a quien la posea ciertas virtudes bolivarianas. Su «rescate» o «recuperación» de manos de los usurpadores a manos de los representantes del pueblo, certificará el carácter auténticamente bolivariano de éstos y dejará de algún modo desarmados a aquellos. La lucha entre los que detentan el Poder y los que aspiran a conquistarlo en función de una causa revolucionaria no se entablará solamente en torno a los problemas ideológicos, filosóficos, politicos, económicos, del desarrollo social: será también una lucha en torno a la posesión del fetiche histórico, de la cosa que representa, simboliza y evoca al héroe, del objeto que mediante el arte de la alquimia sicohistórica se mantiene impregnado, a través de los siglos, de los atributos del héroe. Y puesto que la lucha será armada, militar, lo primero que hay que rescatar para el pueblo será la Espada, el instrumento de la guerra libertadora, pues de ese modo se rescata también el concepto de la guerra libertadora y se pone el conflicto en sus justos términos desde el comienzo: la guerra continúa, la lucha de Bolivar continúa. En efecto, cuando el movimiento guerrillero colombiano 19 de Abril (M-19) se toma por asalto la Quinta de Bolívar y se apodera de la espada del Libertador, afirma y justifica de esta manera su acción: «BOLÍVAR, TU ESPADA VUELVE A LA LUCHA... La lucha de Bolívar continúa, Bolívar no ha muerto. Su espada rompe las telarañas del museo y se lanza a los combates del presente. Pasa a nuestras manos. A las manos del pueblo en armas. Y apunta ahora contra los explotadores del pueblo. Contra los amos nacionales y extranjeros. Contra ellos, los

que la encerraron en museos, enmoheciéndola. Los que deformaron las ideas del Libertador. Los que nos llamarán subversivos, apátridas, aventureros, bandoleros. Y es que para ellos este reencuentro de Bolívar con su pueblo es un ultraje, un crimen. Y es que para ellos su espada libertadora en nuestra manos es un peligro». La identificación de la lucha y de las ideas del Libertador con los intereses del pueblo es lo que justifica esta apropiación de su espada por parte del «Pueblo en Armas» o, lo que parece ser lo mismo, por parte del M-19. «Pero Bolivar no está con ellos —los opresores— sino con los oprimidos. Por eso su espada pasa a nuestras manos. A las manos del pueblo en armas. Y unida a las luchas de nuestros pueblos no descansará hasta lograr la segunda independencia, esta vez total y definitiva...» (Boletín del M-19, N° 2, febrero de 1974). «Con el pueblo, con las armas, al Poder», es la consigna de esta organización revolucionaria bolivariana que desde el inicio de sus operaciones rescata y reproduce, al parecer de un modo consciente y premeditado, el mito y la imagen del Libertador y sus funciones psicosociales, con todos los atributos excitantes y estimulantes que despierta la presencia viva del Padre con su Espada, en conjunción con su Pueblo, marchando a la conquista del Poder. Tal parece, sin embargo, que el uso de estos elementos dramático-históricos, teatrales, es insuficiente para la práctica politica, no porque sea insatisfactorio, sino porque en ese nivel de referencia —el de la práctica— es ineficaz para dirigir la «curación», la terapéutica revolucionaria. La necesidad de superar la perspectiva teatral, que bloquea las cosas en el nivel de los personajes e impide el acceso a la comprensión de los desarrollos históricos, tendrá que hacerse evidente, tarde o temprano, para cualquier organización de esta naturaleza. Desde el punto de vista de la organización misma, es indudable que el carácter cada vez más abusivo (en el sentido de abuso de confianza) de este tipo de referencia a un personaje teatral, asigna a la propia intervención y a toda la actividad de tal organización un carácter teatral del mismo tipo. Las manifestaciones de un amor apasionado o admirativo, por otra parte, todas esas tentativas de identificación con —y a través— de esos sentimientos, todo eso forma parte del depósito de accesorios sicológicos, que aspiran a una realización a través de la práctica politica. La creencia de que una profunda identificación en el orden de las vivencias, de los sentimientos, sitúa a quien se identifica más cerca de la verdad, sólo sirve para ocultar el hecho de que tal tipo de referencia no deja de ser una referencia a una colección de accesorios. Es verdad, no obstante, que el recurrir a los accesorios, al psicodrama, tiene en ocasiones cierta eficacia, porque evidencia algo de lo que la organización es y del modo como aborda y plantea su propia realidad en la sociedad y en la

historia. Pero si aún hoy este mecanismo funciona a veces, ello no nos exime de preguntarnos por qué tal o cual accesorio de la colección ha sido eficaz, y si se le podrá seguir usando; por qué el empleo de tal o cual imagen, de tal o cual representación, de tal o cual evocación de sentimientos pudo prosperar. Es decir: ¿qué función cumple realmente este tipo de accesorios? ¿Por qué esa necesidad, existente en alguna medida en todas partes, de contar con una imagen humana, con un hombre que concentre en sí mismo y rija las líneas de fuerza de la historia? ¿Qué es lo que está en juego, realmente, detrás de la utilización de la imagen del Padre y del Poder? Como más adelante veremos, es lo libidinal lo que mantiene la unidad del grupo: las fuerzas cohesionadoras, unificadoras, actúan bajo la influencia de una relación emocional definida entre el líder y sus adeptos, y éstos se aman mutuamente «a través de ese amor que la figura del padre sustituto prodiga a cada uno». Si, como parece, este es un mecanismo sicológico que afecta y condiciona el desarrollo ideológico del grupo, son evidentes aquí los riesgos que resultan del uso de accesorios como fetiches históricos, y del empleo de la imagen del héroe en su calidad de Padre omnipotente: a través de tales formas de divinización y de tales representaciones psicodramáticas, el líder o la jefatura presentes pueden transferir en su beneficio la relación amorosa de la multitud con el Héroe ausente: Bolivar está con nosotros a través del Jefe, el Jefe es el representante de Bolivar en la tierra, su vocero y mediador, y por medio del Jefe nos comunicamos con el Padre. Así quedan planteadas, al menos en el ámbito sicológico, las condiciones de existencia del culto a la personalidad, las premisas para la reproducción del Caudillo politico-militar, hacedor de la historia, protagonista de un drama espectacular al que las masas populares asisten en carácter de espectadores y agradecidos beneficiarios. El culto a la personalidad, encarnación de imágenes parentales, es siempre, en la vida politica, el síntoma patológico que rubrica la ocultación de lo politico verdadero, de las reales fuerzas profundas, de las causas y consecuencias esenciales de las transformaciones históricas. Sólo mediante el esfuerzo consciente de volver a activar los accesorios teatrales y lograr que sea el propio «paciente», el pueblo, quien los represente, podrá una organización politica impulsar cambios verdaderamente revolucionarios en la vida y en la sicología de las masas, a condición, claro está, de que tales cambios sean realizados por el pueblo mismo, como protagonista y hacedor de su propia obra. De otro modo, la Espada continuará siendo «ese azote del genio del mal», esto es, un instrumento para la concentración y el monopolio del poder, y éste poder no será más que el apetecido trofeo de la guerra, que el vencedor recibe y perfecciona para consolidar su dominio sobre el resto de la sociedad.

Pero en nuestra galería de espejos, como en la vida, los extremos se tocan. Cuando el gobierno colombiano inicia la primera investigación sobre las operaciones del M-19, dirige los organismos de seguridad del Estado el general José Joaquín Matallana, firme defensor del sistema imperante, irreductible adversario de las guerrillas y apasionado bolivariano. Dos Bolívares se encuentran entonces, frente a frente, en el curso de los interrogatorios: el Bolivar de los que detentan el poder y luchan por conservarlo, y el Bolívar de la guerra libertadora, el que alza la bandera de la lucha contra los que detentan el poder, el Bolívar subversivo, el insurgente. Y estos dos Bolívares son verdaderos en el sentido de que ambos están vivos, actúan en la dinámica diaria de la lucha social y política, y están siempre presentes en cada uno de los campos en conflicto. V. Entre el Poder y la Gloria Se ha calculado que, en el curso de sus actividades políticas y militares, Bolívar recorrió más de cien mil kilómetros, superando ampliamente en este fenomenal peregrinaje a Marco Polo, Alejandro Magno, Cristóbal Colón y Napoleón Bonaparte. ¿A dónde va este hombre que así se mueve sin cesar, atravesando cordilleras, llanuras, valles y desiertos, a pie, a caballo, a lomo de mula? ¿De qué huye? ¿Qué busca? Su inconcebible, monstruosa, patológica movilidad, ¿puede explicarse tan sólo por las exigencias politicas y militares de la guerra libertadora o, más bien, tales exigencias son el producto del análisis racional de un hombre que necesita moverse, viajar, estar presente en todas partes, salir de todas partes y estar siempre llegando a todas partes? Todas las explicaciones posibles han sido ensayadas para buscar el origen de esta manía ambulatoria. Se han invocado las características innatas, hereditarias, del genio Simón Bolivar; se han construído teorías para demostrar la psicopatología del Libertador; se ha propuesto, al menos por Juan Bosch, que Bolivar se sintió obligado a expandir sus ejércitos sobre los vastos territorios de América para evitar la continuación de la guerra social que sumió a Venezuela en un baño de sangre entre 1812 y 1814; se han aducido, en fin, razones politicas, militares, sicológicas, morales, genéticas... pero aún en los estudios más completos, sistemáticos y profundos, queda siempre la sensación de que algo falta, de que algo verdaderamente esencial o importante se nos ha escapado y de que no hemos podido verle bien la cara y el carácter a este personaje incesantemente movedizo. Sabemos que su extraordinaria inquietud no era solamente física. Sabemos, por ejemplo, que durante el sitio de Puerto Cabello, en 1812, permaneció trece días sin dormir, y que durante toda su vida mantuvo esta prodigiosa capacidad de concentración en la actividad corporal y mental. Sabemos que en sus discursos y conversaciones su raciocinio viajaba con enorme rapidez de una idea a otra, y

que las variaciones sorpresivas de su lenguaje eran una de sus características más conocidas. Y sabemos, en fin, que tanto a sus contemporáneos como a la mayoría de sus historiadores les produjo siempre una vaga sensación de asombro el espectáculo de este Quijote eternamente móvil que no parece tener un objetivo definido, excepto el de «plantear la libertad en donde antes reinaba la tiranía». Pero Simón Bolivar, genio «hereditario» o no, enfermo o no, sí tiene un objetivo muy definido. Todas sus acciones, toda su conducta, todas sus iniciativas y todas sus palabras son las de quien vive «teniendo siempre ante sus ojos el juicio que le merecería la posteridad, atento incansablemente a la gloria de su nombre» (Cristóbal L. Mendoza, en Revista de la Sociedad Bolivariana de Venezuela, diciembre de 1958, vol. XVII, número 57, pág. 612). Los hombres que conocieron de cerca al Libertador sabían de este casi angustioso afán suyo por forjarse un sitio de honor en la «otra vida», la de la Historia, la que se vive en la memoria de los siglos. Bolívar repetía en sus discursos y en sus cartas los nombres de los grandes personajes históricos en directa referencia a su propia persona. Cuando afirmaba que no quería ser como César ni como Napoleón y decía que «yo quiero superarlos a todos en desprendimiento, ya que no puedo igualarlos en hazañas»; cuando, frente a la necesidad imperiosa de asumir la dictadura, insistía en que «no soy como Sila que cubrió de luto y de sangre a su patria: pero quiero imitar al dictador de Roma en el desprendimiento con que abdicando el supremo poder volvió a la vida privada, y se sometió en todo al reino de las leyes»; cuando declaraba que «yo hago confesión general todos los días, o más bien examen de conciencia, y a la verdad tiemblo de mis pecados hechos contra mi voluntad, hecho en favor de la causa»; cuando sostenía que «mi único tesoro es mi reputación»; cuando expresaba que «hasta ahora, he combatido por la libertad, en adelante quiero combatir por mi gloria aunque sea a costa de todo el mundo. Y mi gloria consiste en no mandar más»; cuando repetía que, aun perdiendo todo sobre la tierra, «me quedaría la gloria de haber llenado mi deber hasta la última extremidad, y esta gloria será eternamente mi bien y mi dicha»; cuando aconsejaba a sus oficiales: «tengamos una conciencia recta y dejemos al tiempo hacer prodigios»; cuando sentenciaba que «el mando me disgusta tanto como amo la gloria, y gloria no es mandar sino ejercitar virtudes»; cuando reconocía que «quiero asegurar después de mi muerte una memoria que merezca bien de la libertad»; cuando reiteraba que «yo podría arrollarlo todo, mas no quiero pasar a la posteridad como un tirano»; y en fin, cuando decía que «yo siento por lo presente y por los siglos futuros», o «prefiero la ruina de Colombia a oírme llamar con el epíteto de usurpador», es entonces cuando los que le rodean comprenden que se encuentran frente a un hombre obsesionado por reproducirse, por recrearse a sí mismo, por procrearse para la historia. Este hombre no piensa, como el agnóstico, en vivir plena y totalmente «esta vida»

terrenal; tampoco pretende, como el místico católico, hacer de «esta vida» un tránsito, un camino para asegurarse la «otra vida», la del paraíso, la de la gloria eterna; este hombre quiere asegurarse la trascendencia histórica, quiere vivir en la memoria de las gentes como un ser excepcional, quiere ser recordado con gratitud, amor y respeto y, por eso, al reiterar por última vez su decisión de rechazar cualquier autoridad o mando político, insiste en que «mi honor y mi gloria exigen este acto solemne de absoluto desprendimiento, para que el mundo vea que en Colombia hay hombres que desprecian el poder supremo y prefieren la gloria a la ambición». Y el mundo lo ve: en la lejana Suecia, al anunciar a sus lectores la muerte del Libertador, dice un periódico: «Por ahora parece... que la memoria de Bolívar habrá de compartir en el futuro la misma gloria de Milcíades y de Escipión, y esto es bastante para aquel que verdaderamente ha vivido para la inmortalidad» (Svenska Minerva, Estocolmo, 11 de marzo de 1831, N° 20. En términos parecidos se expresan otras publicaciones europeas2). Bolívar insiste en innumerables ocasiones en su rechazo al poder —el material documental es abrumador al respecto—, y expresa casi siempre la misma idea: él odia el mando político porque lo considera una activdad que lesiona y obstaculiza la edificación de su gloria. Y sin embargo se ve obligado, una y otra vez, a asumir el mando —y en más de una ocasión bajo la forma de dictadura unipersonal—, porque a ello lo empujan los conflictos intestinos de la joven república, los peligros internos y externos, el desarrollo de las facciones civiles y el desmesurado crecimiento de un aparato burocrático-militar que trabaja por convertirse en la columna vertebral del Poder del Estado. Pero también el Libertador se ve obligado a ejercer la dictadura, porque de algún modo intuye o comprende que no habrá gloria para él si no hay consolidación de la república; de algún modo que él no confiesa abiertamente y que el liberalismo del siglo XIX se niega a reconocer, el Poder politico y la Gloria histórica se contradicen pero también se complementan y se alimentan recíprocamente, establecen entre sí una relación dialéctica de atracción y rechazo, de convergencia y divergencia, de amor y de odio. Para los hombres de los siglos anteriores, imbuidos de la concepción maquiavélica, no había conflicto: el Poder era un prerrequisito de la Gloria, era el mejor instrumento para conquistar la Gloria, a condición de que el Príncipe
2

Vidales, Carlos (1983), "La muerte de Bolívar en la prensa sueca", en Carlos Vidales, ed., Simón Bolívar 1783-1983: Imagen y presencia del Libertador en estudios y documentos suecos, Monografías, vol. N° 9, Instituto de Estudios Latinoamericanos, Universidad de Estocolmo, Estocolmo, pp. 11-34.

supiese y pudiese, primero, conservar y fortalecer su Poder y, segundo, gobernar de modo que el Pueblo viviese agradecido y unido. Para los marxistas ortodoxos, el Poder tiene el valor ambivalente de objetivo y de medio: objetivo, en tanto que sin su control es imposible iniciar la construcción de una nueva sociedad; medio, en tanto que es a través de la edificación de un Nuevo Poder que será posible orientar la construcción de esa nueva sociedad. La Gloria viene de añadidura: la gloria consiste en ser verdaderamente revolucionario, esto es, en «acelerar voluntariamente lo que por necesidad debe ocurrir», porque la Historia marcha ineluctablemente en una sola dirección, sujeta a leyes generales inmodificables. Así pues, el Poder y la gloria marchan unidos, solamente si el Poder actúa en el sentido en que la Historia marcha. Pero Bolívar y sus contemporáneos tienen otra concepción: la Historia marcha en el sentido que le imprime la Voluntad de los Hombres Superiores, y la gloria de tales Hombres Superiores depende de si ellos conducen la historia por caminos «positivos», en función de ciertos valores morales, de una ética concebida como verdad más o menos inmutable o como «imperativo categórico». Y es en este punto donde, para ellos, surge el conflicto entre el Poder político y la Gloria histórica: porque en el ejercicio del Poder, el Hombre Superior está sujeto a cometer actos de tiranía, de injusticia y de arbitrariedad. Ahora bien: en lo que Foucault ha llamado la concepción «jurídico-discursiva», el Poder es visto como posesión, como algo que el sujeto soberano posee a diferencia de los demás. La esencia de este poder es la capacidad de prohibición, de coerción: se trata esencialmente de un poder de decir no, de prohibir, de impedir. Así concebido, el Poder es algo fundamentalmente negativo, es una relación punitiva, coercitiva, entre dominante y dominado, es algo que está en la exclusiva posesión de aquellos que dominan, y que les permite mantener bajo su control a los subordinados y reprimirlos. Visto desde un ángulo afirmativo, este concepto del Poder se expresa en la conocida definición: «es la capacidad que tiene un individuo, un grupo, una clase social, de imponer su voluntad sobre los demás miembros de la sociedad». Pero el Poder no es solamente una relación unidireccional entre el dominador — fuente y sujeto de la capacidad de coerción— y los dominados —objetos del poder—; no desciende de un solo centro, sino que, por el contrario, se halla difundido a través de todo el cuerpo social, en un retículo complejo de diversas capacidades parciales y relativas que todos los individuos y grupos tienen, en diversas medidas, de «imponer su voluntad» a otros, o de impedir que otros les impongan su voluntad. Tenemos que considerar por eso, no sólo el Poder con mayúsculas, sino los distintos pequeños poderes, los variados y múltiples sitios

en que esos pequeños poderes se ejercen y los diversos modos particulares como son ejercidos. Y es en este retículo complejo de poderes parciales, individuales, locales, regionales, en este juego de fuerzas que se anulan, se neutralizan, luchan entre sí, se estimulan recíprocamente y confluyen a veces en dirección a la guerra civil o a la dictadura, en donde el Poder de Bolivar es poco a poco triturado, despedazado y reducido a un despreciable despojo. Los mismos que meses —o días— antes de la abdicación al mando lo llamaban «guerrero inmortal», «Padre de la Patria», se refieren ahora a su nombre con los epítetos más furiosos. Veamos, por ejemplo, cómo habla el Prefecto del Zulia, en una Proclama del 18 de setiembre de 1830, que es reproducida con todos los honores en la «Gaceta de Gobierno» de Venezuela el día 22 de octubre del mismo año (N° 292): «...Durante tantos años que el general Bolívar ejerció sobre nosotros su aciaga dictadura, sólo aspiró a consagrar en su persona el mando absoluto y perpetuo, abriendo a su ambición una senda de crímenes y atentados que han hecho de Colombia un vasto teatro de desolación. Pero Venezuela siempre fiel a los principios de la libertad, miraba con horror los hierros que quería imponerle, y por un acto solemne y simultáneo desconoció la autoridad del dictador... Falto de valor el dictador, fue a ocultar su humillante caída a Cartagena, de donde prometió embarcarse para países extranjeros. Pero ¡ah! habiéndose reunido sus más criminales cómplices en aquella plaza, ha llegado a ser ella el foco de todas sus intrigas y maquinaciones. Desde allí atiza Bolívar la discordia: arma las facciones, esparce la desolación y la muerte, pone en ejercicio los pérfidos medios del engaño y la intriga, y se goza como Nerón viendo incendiar a Roma». Y luego de describir de qué manera las fuerzas antibolivarianas se enfrentan, con éxito, a los pequeños golpes de cuartel con que los militares bolivaristas quieren imponer su voluntad, este Prefecto del Zulia, en una sintomática maniobra sicológica, utiliza las mismas palabras textuales que el Libertador ha usado otras veces para decir: «He aquí lo que puede siempre el pueblo cuando conoce sus fuerzas y se resiste contra sus tiranos». Estas actitudes, que ya hemos mencionado en páginas anteriores, no solamente reflejan necesidades inmediatas de la lucha política. Son también síntomas de otros tipos de exigencias: quienes así hablan necesitan ocultar el hecho de que ellos comparten objetiva y concretamente toda la responsabilidad de lo bueno y lo malo que haya hecho «el tirano», a quien hasta ese momento han apoyado, cuyo poder han compartido y en cuyo nombre han cometido excesos de los que, probablemente, él jamás tuvo noticias. Quienes así hablan necesitan ocultar el hecho de que sus propósitos no apuntan a destruir toda la red del poder, todo el complejo juego de poderes parciales, sino simplemente a deshacerte de aquel elemento de poder que está viejo, caduco e inservible, y que se ha convertido en

un obstáculo para la reproducción y la consolidación del juego de poderes que constituye el eje del sistema de dominación. Y esta necesidades no están conscientemente planteadas en la mente de esos hombres, pues ni los individuos ni las clases actúan siempre con la sabiduría preconcebida de Nicolás Maquiavelo: están planteadas como impulso sicológico, como mecanismo intuitivo y emotivo, como formas de compulsión interna que definen y orientan la conducta de los grupos humanos frente a sus propias culpas y en la búsqueda de sus autojustificaciones. VI. El Padre como hacedor de su imagen Bolívar era completamente consciente de que, en gran medida, su gloria dependía de lo que él mismo hiciera para forjarla. No eran suficientes las hazañas, las guerras, las grandes victorias políticas y militares. Se necesitaba algo más: era preciso conocer a fondo el espíritu, las ambiciones, las debilidades, los temores y los odios de las gentes que lo rodeaban. El Libertador era sagaz y comprendía que los pueblos secularmente humillados y pisoteados querían que se les diera una oportunidad de revancha, pero buscaban también la protección y la guía de un padre benévolo y severo al mismo tiempo. Él leía con atención cuanta línea de aplauso o de denuesto se escribía sobre él; observaba atentamente las reacciones, el lenguaje, las conductas de sus soldados, de sus oficiales, de los hombres y mujeres del pueblo, de sus amigos y de sus enemigos. Él, mejor que nadie, entendía con cuánta ansia, con cuánta esperanza largos siglos contenida, con cuánta fe las gentes esperaban un redentor, un Mesías, un jefe trascendente y superior, procreador de ideas y profeta del porvenir. En una provincia le ofrecían una corona; en otra lo nombraban Inmortal y él, seguramente, alcanzaba a sentir el formidable poder de esas muchedumbres mediocres y mortales que eran capaces de crear la inmortalidad del héroe a través de la innumerable voluntad colectiva; en las horas de triunfo y apoteosis él veía el proceso de la construcción de su gloria histórica en el delirio de las multitudes; en las horas de derrota, la abnegación y la lealtad de sus soldados y oficiales le permitía conocer la otra cara de la gloria. Por todo esto, Simón Bolivar no se limitaba a hacer hazañas políticas y militares; también se esforzaba por orientar, estimular, provocar ciertas reacciones en la opinión pública, y lo hacía no solamente en términos de estrategia política sino además, en términos de estrategia histórica. Un ejemplo muy ilustrativo lo constituye su confesión íntima a Peru de Lacroix: «Usted habrá notado, no hay duda, que en mis conversaciones con los de mi casa y otras personas nunca hago el elogio de Napoleón; que, al contrario, cuando llego a hablar de él o de sus hechos es más bien para

criticarlos que para aprobarlos, y que más de una vez me ha sucedido llamarlo tirano, déspota, como también el haber censurado varias de sus grandes medidas políticas y algunas de sus operaciones militares. Todo esto ha sido y es aún necesario para mí, aunque mi opinión sea diferente; pero tengo que ocultarla y disfrazarla para evitar que se establezca la opinión de que mi política es imitada de la de Napoleón, que mis miras y proyectos son iguales a los suyos, que como él quiero hacerme emperador o rey, dominar la América del Sur como ha dominado él la Europa; todo esto lo hubieran dicho si hubiera hecho conocer mi admiración y mi entusiasmo por aquel gran hombre». (Peru de Lacroix, Diario de Bucaramanga). Miguel de Unamuno escribió certeras palabras acerca de esta confesión de Bolivar: «¿no os parece oír a Don Quijote hablando de Amadís de Gaula?» El Libertador es, para Unamuno, el Quijote de América; las muchedumbres anárquicas, desordenadas, sedientas de justicia, son Sancho Panza; y la gloria es Dulcinea del Toboso. Estamos de acuerdo, pero agregamos: mirad qué Quijote y qué Sancho; y sobre todo, observad a Sancho. Porque mientras el Sancho de España está dispuesto al combate a cambio de la firme promesa de que su amo le dará el gobierno de un ínsula (cuyos habitantes, si son negros, Sancho se propone vender como esclavos), el Sancho de América, multitudinario y anónimo, paupérrimo e ignorante, es tan loco que va a las batallas, detrás de un Quijote que le ofrece estas cosas: «De ahora en adelante, avanzáis bajo la sombra de un bosque de laureles»... «Catorce millones de americanos os cubrirán con el escudo de sus armas»... «¡os cubriréis de gloria!» Algo excepcional debe de haber en este Quijote que así suscita el heroísmo y la veneración, y algo muy curioso debe ocurrir en el alma de este Sancho innumerable que así se decide a hacer todas las proezas que sean necesarias para que el Caballero Andante alcance la gloria y la alabanza de las generaciones venideras, y podamos así, por los siglos de los siglos, obedecer y venerar a este padre severo, soñador y omnipotente, que nos alumbra el camino y nos orienta en nuestra lucha conta los eternos enemigos de siempre. Por eso, los contemporáneos del Libertador, al expresar su elogio o su admiración por el «Jefe Supremo», por el «Padre de la Patria», usan siempre palabras en relación directa con la inmortalidad. Así por ejemplo, el 18 de abril de 1820, a las nueve de la mañana, se celebró un «Acto Literario» organizado por los sacerdotes franciscanos, en la Iglesia del Convento de la Orden, en Santa Fe de Bogotá. Los carteles anunciando el evento decían en grandes letras: «AL HÉROE INCOMPARABLE, ESPANTO DE LA IBERIA Y GLORIA DE SU PATRIA, AL GUERRERO INVICTO, AZOTE DE LOS TIRANOS Y PROTECTOR DE LOS HOMBRES, AL GENIO DE LA EMPRESA, SERENO

EN LA ADVERSIDAD, MODESTO EN LA ELEVACIÓN, Y SIEMPRE GRANDE, SIMÓN BOLÍVAR».

Cartel del “Acto Literario” organizado por los frailes franciscanos en homenaje a Bolívar, Santa Fe, 18 de abril de 1820

Y así es en todas partes a donde llega el Libertador. En el Perú los indios de la sierra le dicen «el taita Bolívar», «el padre Bolívar». El periódico «El Sol del

Cuzco» (N° 29) publica en 1825 una pieza literaria que se presenta como una carta del fundador del imperio de los Incas, Manco Cápac, a Simón Bolivar: «Desde la tumba, ilustre regenerador de mi patria, vengador de la sangre de mis hijos, yo te saludo... Tiempo ha que esperé yo con ansia este gran día... Y aunque el fanatismo y la superstición se alzaron contra ti, supe que era para relevar tu mérito, aumentando tus peligros, ensalzando tus glorias... Después, entre los padres conscritos de tu patria me asombré al verte presentar un código de bien, de libertad. Bolívar, Bolívar, al leer este rasgo, me avergoncé de mí mismo, que aunque el fundador era también el autócrata de mi imperio... ¡A Dios! La lámpara de mi gloria se extingue. Vuelvo a mi reposo, dejando a mi Perú descansando, Libertador, a la sombra de tus laureles» (Reproducido en la Gaceta de Colombia N° 226, Bogotá, domingo 12 de febrero de 1826). Durante la estadía de Simón Bolívar en el Cuzco, en aquellos días de 1825, los fieles cantan en las iglesias, en el acto de la misa, los siguientes versos de gratitud al Padre Eterno: De Ti viene todo lo bueno, Señor, Nos diste a Bolivar, ¡Gloria a Ti, gran Dios! En 1826, el ecuatoriano José Joaquín de Olmedo exalta la figura de Bolívar y dice que el rayo de Junín y el canto de victoria que en ecos mil discurre, ensordeciendo el hondo valle y la enriscada cumbre, proclaman a Bolívar en la tierra árbitro de la paz y de la guerra. En setiembre de 1823, durante el banquete ofrecido al Libertador en Lima, el Presidente del Congreso, Dr. Figuerola, alza su copa en un brindis por el héroe e improvisa unos versos que terminan así: Así cuando brilla ¡Oh! Simón, tu espada, ¡Qué regocijada brilla la ciudad! El gozo más puro rebosa toda alma, Tu espada es el alma de la Libertad!

En Bogotá le dicen «semidiós». En Quito le ofrecen una corona de oro. En las gacetas y periódicos de las nuevas naciones se reproducen versos, odas, apologías, cartas y comunicaciones que van marcando la ruta de un proceso de divinización creciente. Cuando Bolívar pasa, en enero de 1822, por la hacienda de Rafael arboleda, recibe de una muchacha indígena un verso que lo declara inmortal, «genio tutelar a quien el Cielo al cabo de tres siglos ha escogido». Y también en Caracas: allí la Universidad realiza un «acto literario» el 18 de febrero de 1827, para ofrecer un discurso de homenaje «a su Protector el Guerrero Político Simón Bolivar, Libertador de tres Repúblicas y Presidente de la de Colombia». El orador, Dr. José Hernández Sanavria, describe con emoción las campañas militares de Bolívar, y exclama: «¡Deidad soberana! ¡Emanación divina, que desde el cielo desciende a la tierra! ¡Tú que fuiste el don precioso que consignó la Providencia en la voluntad de los humanos, y les inspiras los más nobles sentimientos! recibe los transportes con que te aclama el siglo XIX fecundo de prodigio. ¡Tú eres el poderoso imán de los corazones que con un movimiento simultáneo te buscan y contemplan! Recibe el justo tributo que te consagra este cuerpo literario idólatra de tus dones y la gratitud de las generaciones futuras». Simón Bolivar observa todo esto y toma nota cuidadosa de lo que significa. Escribe: «Yo valdría algo si me hubiesen alabado menos», y agrega de inmediato: «no creo ninguna cosa tan corrosiva como la alabanza». Este Quijote sabe que con Sanchos como los que le acompañan, su poder se convertirá fatalmente en tiranía y autocracia, y su nombre se hará odioso para la historia. Este hombre teme la alabanza de sus contemporáneos porque necesita desesperadamente la de los hombres del porvenir. Él conoce a sus conciudadanos, sabe cuáles son sus debilidades, y ha visto el fondo del alma de sus arrogantes oficiales, Padres de la Patria, que intrigan y se estorban los unos a los otros «¡y después querrán gobernar, y después intrigarán, y después mandarán, y después harán morir como a Milcíades a los libertadores de la patria!» Él sabe que «es insoportable el espíritu militar en el mando civil», pero sabe también que él mismo ha contribuido a desencadenar fuerzas que, tarde o temprano, han de confluir para el establecimiento de las tiranías militares. Y en ese entorno social de guerras libertadoras y de caos primigenio, en esa sociedad naciente en que marchan del brazo el legionario extranjero, casi siempre monárquico, aristocrático o aristocratizante, militarista, deslumbrante con sus charreteras doradas y sus títulos difíciles de pronunciar, y el llanero semibárbaro, valiente, impetuoso, individualista, espontáneo y fiero; en ese mundo revuelto en que las muchedumbres irredentas vislumbran el inicio de una nueva vida, a todos sirve, de un modo o de otro, la sagrada conjunción del Padre, la Espada y el Poder.

Y el aparato de seducción colectiva que así se crea alcanza, incluso, a afectar a los visitantes extranjeros. Una señora inglesa que se encuentra circunstancialmente en Caracas describe así sus sentimientos al ver entrar a Simón Bolívar en la ciudad, en enero de 1827: «... Aun nosotras las señoras no podíamos refrenar los ruidosos vivas que brotaban de nuestros pechos. ¡Oh, fue un momento tal como yo nunca había sentido una cosa igual! Y cuando la multitud que precedía y seguía al héroe se ponía en movimiento, aumentaban las aclamaciones y, junto con el ruido de las tropas que avanzaban, parecía el rápido rodar de un trueno de donde el clarín de las trompetas y el vocerío venían como de las alturas del cielo; no podría yo decir de las nubes porque no había ninguna en ese glorioso día. Si literalmente yo no hubiera estallado en un raudal de lágrimas, me hubiera desmayado con el exceso de la emoción. ¡Y si una mujer inglesa sentia así, puede usted suponer cuáles serían los sentimientos de las nativas! ¡Pero cuando el Libertador se presentó a la vista, fue realmente como si cada uno estuviera mirando a su propio padre, a su liberador! y todas las mujeres lloraban, como yo misma, en medio de su arrebatadora alegría, ondeando sus pañuelos desde sus ventanas y gritando: ¡Viva, Viva Bolivar!... Todos los nativos de aquí saludaron el regreso de su adorado Libertador como a su más seguro defensor, en el presente momento, contra una multitud de amenazadores peligros intestinos, así puede usted comprender en parte al menos, su alegría» (Publicado en la revista femenina «La Belle Assemblée» en 1827. Reproducido por la Revista de la Sociedad Bolivariana, Caracas, diciembre de 1966, vol. XXV, N° 89, págs. 891-98). VII. Imagen y relación carismática Pero la imagen y la gloria de Bolívar no se construyen solamente en función de los esfuerzos del héroe. Cada grupo social, cada fuerza politica, cada individuo, producen para sí y para la sociedad en la cual viven y luchan, aquella imagen y aquella gloria de Bolivar que les ayudan a resolver sus problemas, sus interrogantes, sus carencias sentimentales, intelectuales o politicas; la imagen, la gloria, el mito, son elementos vivientes, orgánicos, de la personalidad individual y colectiva. Así, un sacerdote católico, miembro de aquella iglesia cuyo poder espiritual y temporal se ha construido sobre los cimientos de la continencia y el celibato, quiere afirmar que «la vida de Simón Bolívar nos revela que fue un hombre casto, severo, austero... La castidad es un manantial poderoso de energías físicas y morales, es una cascada refrescante del espíritu, un ambiente luminoso de vida, un estímulo al esfuerzo, un empeño al trabajo, una antorcha que dirige el pensar del hombre, una visión fulgente del futuro, una cultura rebosante de bellezas que atraen, que fascinan, que conquistan, que subyugan y

vencen» (Ricardo Sabio Pbro., Simón Bolívar sin espada, Gráficas Salesianas, Cali, Colombia, 1970, pág. 248). Para el pueblo raso, en cambio, la Paternidad histórica y politica, el Poder, la capacidad de acaudillar y atraer a las multitudes, tienen que ir parejas con la potencia sexual y con el ejercicio práctico de la virilidad: «se han propalado lamentablemenete, chistes, chismes, cuentos, fábulas, anécdotas, dichos, líos y enredos de Simón Bolivar sobre sus relaciones y tratos con mujeres. Llevo muchos años en los colegios y los mozos bachilleres hacen frecuentes preguntas sobre este tema, todas en un sentido peyorativo (!!) para el Libertador. Piensan y creen que Simón Bolivar fue un hombre lujurioso, lúbrico, lascivo, libidinoso, obsceno, rijoso: casi un sátiro» (Ricardo Sabio Pbro., obra citada, pág. 247). Si hacemos caso omiso de la comprensible reacción del sacerdote, podremos entender lo que la gente común y corriente suele pensar: Bolivar era grande en pasiones y sentimientos; era un hombre predispuesto para dirigir, hacer y dominar; era potente; tenía, pues, que amar a las mujeres con toda la fuerza y la energía de su sexo. Y por eso, para los ojos del pueblo raso, tales conclusiones no pueden tener un sentido «peyorativo» sino altamente admirativo, y forman parte del mito y la leyenda en torno al Libertador. Y así también la Espada: «la espada de su pluma», dice José María Samper, escritor de profesión, hablando de los escritos de Bolívar. «Manuela Sáenz ama la espada del Libertador», dicen con malévola ironía las comadres de Santa Fe de Bogotá. «Bolivar, tu espada vuelve a la lucha... hoy la opresión, la miseria y la tiranía que llevaron a Bolívar a desatar la guerra popular, se enseñorean más crueles, más despiadadas, más inhumanas que nunca, sumiendo a nuestro pueblo en la noche terrible de torturas, atropellos e injusticias», exclama el M-19 de Colombia. Pero ni la espada tiene la fuerza creadora de la pluma, ni sirve solamente para simbolizar la fuerza erótica del héroe, ni, lo que es más importante, se usó jamás para algo que pudiera recibir en justicia el nombre de «guerra popular». Es verdad que el brillo de la Espada crea la ilusión de que es el arma lo que produce las nuevas Repúblicas, y oculta el hecho de que tales Repúblicas son hijas de un largo y callado proceso histórico en el cual la Espada no juega otro papel que el de instrumento del partero en este parto o, si se quiere, en esa operación cesárea; es verdad también que la guerra nacional organizada y dirigida por Bolívar asume muchas veces la forma de guerra popular, social, pero hay que recordar que esto no significa que el pueblo y los oprimidos están siempre de parte de Bolívar: en Venezuela, entre 1812 y 1814, y en el sur de Colombia a lo largo de todo el proceso de la independencia, los pobres se

agrupan en torno a las banderas de España y los ricos y aristócratas defienden a la «patria». Es incuestionable, en cambio, que la Espada del Libertador puede tener un papel decisivo que jugar en la formulación de una guerra de independencia nacional (de liberación nacional, diríamos hoy): «Por eso es necesario que ahora, como hace siglo y medio, los colombianos empuñemos la espada con que Bolivar extirpó el colonialismo español; que sin distingos de ninguna especie nos lancemos a recorrer los caminos de la Patria, en lucha por la segunda y completa independencia; que junto al Libertador, su pensamiento y su espada, derrotemos al Imperialismo y sus aliados...», dice entonces el M-19 de Colombia, acentuando las tareas de una guerra de unión nacional, policlasista, democrática e independentista, y no de una guerra social, de clase. (Boletín extraordinario del M-19, 7 de agosto de 1980). Los grupos sociales y politicos, pues, crean y modelan la imagen y el mito, dentro del marco de condiciones, exigencias y valores muy definidos: intereses económicos, históricos y políticos señalan los limites de estas condiciones. Pero «no sólo de pan vive el hombre»: en el fondo de las motivaciones humanas hay también una energía que proviene de los intereses, necesidades y temores inconscientes y subconscientes, y que tienen relación con la personalidad, el ego, la vida emocional y afectiva. En este proceso tienen una gran importancia los valores y medidas de valor que se han transmitido, de generación en generación y de siglo en siglo, y que son funcionales y vivientes en la cultura y en la sociedad. En la «Nueva Serie de Lecciones para una Introducción al Psicoanálisis» afirma Freud: «El Superego del niño no se configura propiamente según el modelo de sus padres, sino conforme al Superego de estos últimos; se llena con el mismo contenido, pasa a ser el portador de la Tradición, de todas las valoraciones que han permanecido a través del tiempo, que se han ido pasando de unas generaciones a otras a través de ese medio... Las así llamadas concepciones materialistas de la Historia pecan probablemente por menospreciar este factor. Prescinden de él diciendo que las «Ideologías» de los hombres no son sino resultado y superestructura de las relaciones económicas existentes. Esto es verdad, pero muy probablemente no toda la verdad. La Humanidad no vive totalmente en el presente nunca. En las Ideologías del Superego vive el pasado, la tradición de la raza y del pueblo, que sólo cede lentamente ante los influjos del presente, ante nuevos cambios, y que, en tanto que ejerce su influencia a través del Superego, juega un papel poderoso e

independiente de la relaciones económicas en la vida del hombre» (Freud, «Nueva Serie», lección XXXI). Detengámonos un poco más en la concepción freudiana de estos procesos. Para Freud no existe mayor diferencia entre sicología individual y sicología de grupos; una muchedumbre no posee facultad crítica y está abierta a toda clase de influencias, pero muchedumbres y grupos son capaces de abnegación, altruismo y vocación por un ideal, y las gentes pueden elevar su conducta ética a través de la pertenencia a un grupo (Freud, «Psicología de Grupos y Análisis del Ego»). Ahora bien, los grupos y las muchedumbres son dirigidos por palabras, especialmente por ciertas fórmulas frecuentemente repetidas. El grupo pide ilusiones —o la satisfacción de ilusiones— y se guía más por la realidad sicológica que por la realidad objetiva. Es lo libidinal lo que mantiene la unidad del grupo. En dos ejemplos ofrecidos por Freud, el ejército y la Iglesia Católica, hay un lider (el comandante o el Cristo) que ama y guía a sus soldados o creyentes por igual; y éstos, a su vez, se aman mutuamente a través de ese amor que la figura del padre sustituto prodiga a cada uno. En el interior de la muchedumbre o del grupo hay siempre dos elementos emocionales: primero, una relación con un Líder, relación cuya estructura es similar a la del amor, donde el objeto amado reemplaza al ideal del ego; y segundo, la identificación interna del grupo, de los miembros entre sí, en que parte del objeto amado es interiorizado, internalizado, en un proceso que conduce al establecimiento de fuertes lazos emocionales entre los miembros del grupo. En este sentido, el grupo o la muchedumbre revolucionaria no busca solamente reparar injusticias económicas y políticas, sino también satisfacer necesidades subconscientes e inconscientes. El caudillo revolucionario desempeña un papel en la vida emocional del movimiento revolucionario, normalmente como un ideal inconsciente del ego de sus miembros; él puede articular los deseos de la hermandad de revolucionarios, en orden a establecer la justicia y la igualdad, mediante la repetición del homicidio originario contra el Padre, al tiempo que la culpa de tal hecho se lava con el sacrificio cotidiano en honor del Padre, bajo la forma de un expresa voluntad de morir por la revolución. Grupos y muchedumbres necesitan de líderes; tienen una sed de obediencia que los lleva a someterse a cualquiera que se levante a sí mismo como caudillo, aunque este mismo caudillo, para poder despertar la fe del grupo o alimentar su confianza en sí mismo, tenga que estar fascinado por la poderosa fe en una idea, en una causa. El Líder y la causa dan a la multitud un poder misterioso e irresistible, en tanto que la muchedumbre de adeptos otorga prestigio y gloria al Líder, en una relación recíproca que ha sido comprendida en la noción de carisma.

Al establecer esta relación y reproducirla a lo largo de sucesivas generaciones, el grupo reactualiza, revive, reactiva elementos muy antiguos de la herencia humana arcaica: la horda primitiva, el pequeño grupo regido por un macho despótico, originalmente el padre. Esta hipótesis, que Freud fue el primero en introducir (en Totem y Tabú, desarrollando una de las ideas de Darwin), ha tenido importantes implicaciones para la sicología de grupos. Freud pensaba que tal hipótesis contribuía a explicar la actividad emocional de los grupos humanos y que permitía establecer orden y coherencia en la comprensión de estos fenómenos. Desde entonces, esta construcción especulativa no ha cesado de embarazar a los empiristas, ya que no parece basarse en otros «hechos» que los de la vida emocional inconsciente de los grupos humanos, «hechos» que casi nunca puede ser documentados por los medios clásicos de la investigación histórica. Sin embargo, es solamente mediante el uso de métodos de análisis más amplios que los del historiador clásico, que será posible investigar la relación carismática profunda planteada entre Simón Bolívar y sus muchedumbres, las de ayer y las de hoy. Cuando uno de los personajes de la novela Huasipungo, de Jorge Icaza, concita a la multitud de indios del pueblo de Tomachi a construir el camino carretero sin ayuda oficial, presenta la empresa casi como una rebelión, como una afirmación del orgullo y de la independencia de su comunidad, y provoca el delirio de la multitud afirmando que los lideres espirituales de esa comunidad serán tan grandes «como Bolívar que ha de estar sentadito a la diestra de Dios Padre!» Aquí estamos frente a un hecho histórico, a una relación de carisma entre el Líder y su muchedumbre, que se reproduce y modifica a través de los siglos. Se podrá aducir que la situación descrita es ficticia y sólo ocurre en una novela. Es verdad. Pero no es ficticio el hecho de que el novelista la ha imaginado como posible y verosímil y, además, situaciones como ésta se han repetido y se repiten en la vida real, en todos los países bolivarianos. Y tales situaciones, que señalan directamente el núcleo de la relación carismática, no pueden ser analizadas solamente con los instrumentos metodológicos y conceptuales «propios» de la historia. Se requieren, también, los instrumentos de la sicología y del sicoanálisis, con ayuda de los cuales «aumenta nuestra posibilidad de descubrir y comprender las acciones y conductas colectivas e individuales, frecuentemente irracionales en apariencia, que producen los cambios históricos» (Magnus Mörner, Historia, conferencia pronunciada en el acto de instalación como Profesor en la Universidad de Gotemburgo, octubre 23 de 1982). En la novela de Jorge Icaza, la comunidad de Tomachi concibe al Libertador «sentadito a la diestra de Dios Padre»; en las Cantas y Fábulas del venezolano

Luis Jiménez, basadas todas ellas en la tradición popular, ocurre todo lo contrario, y conviene aquí reproducir una de esas narraciones: «Viene Simón Bolívar cuando se muere. Se monta en un caballo y llega a una alcabala donde hay dos caminos con dos letreros: Camino de la Gloria y Camino del Infierno. Bolívar se pregunta: ¿Por cuál camino de los dos caminos voy?... Si voy al cielo, allá con las 11 mil vírgenes y el Padre Eterno no puedo hacer una revolución... Mejor me voy p'al infierno. Y tomó el camino que lleva allá. Cuando llega al infierno, está un diablito de portero y le da la bienvenida. Luego el diablito corre pa'dentro a anunciarlo, y en seguida sale a decirle: – Pase adelante, General. El diablito toma el caballo de la rienda mientras Bolívar se apea; y cuando Bolívar dentra en el infierno, el diablito va por detrás a meter el caballo por el portón de campo. Bolívar, lo primero con que se encuentra al dentrar, fue con el Negro Primero. Luego ve a Sucre, a Boves, a Napoleón Bonaparte y una pila de otros generales. Bolívar fue saludándolos, y ellos lo recibieron contentos y se pusieron a preparar un baile y una comelona porque llegó su excelencia Simón Bolivar. Poco después se le acerca un diablito, y Bolívar le pide un poco de agua. El diablito se la trae y Bolivar le pregunta: – ¿Cuándo es la cuestión? – ¿Qué cuestión, Excelencia? – Eso del sacrificio. – ¿Cuál sacrificio? – Eso de que lo meten a uno en una paila con aceite hirviendo y lo sacan con un tenedor... (tenía miedo de no aguantar la prueba). – No Excelencia —contestó el diablito riendo—. Eso es una bola que los diablos zumbamos a los gafos que tienen su gloria allá en la América, para que nos tengan miedo.» Dejemos a otros el análisis sicológico de este relato popular: la familiaridad del personaje, su elección del infierno porque en el cielo no puede hacer una revolución, su encuentro con «una pila de otros generales» republicanos, monárquicos, de todas las calañas y cataduras, su miedo de no soportar las

torturas infernales, todo ello da a Bolivar una especie de inmortalidad cotidiana, terrestre, y sugiere la idea de que a través del Padre de la Patria las muchedumbres de adeptos pueden establecer una relación de igual a igual, de familiaridad campechana, con todas las potencias sobrenaturales (incluidas las once mil vírgenes), es decir con la Inmortalidad, sea que él esté «sentadito a la diestra de Dios Padre» o gozando de bailes y comilonas en el infierno. Esta relación carismática, multiforme, cambiante, que un día es delirio de la multitud y otro día es fábula humorística, requiere aquí de otras consideraciones de carácter teórico. Para Weber, carisma es «la autoridad del don de gracia extraordinario y personal, la absoluta devoción personal y confianza en la revelación, el heroísmo y otras cualidades del liderazgo individual; es la dominación ‘carismática’, tal como es ejercida por el profeta o —en el campo de la política— por el guerrero escogido, el gobernante plebiscitario, el gran demagogo o el jefe partidario» (Gerth y Wright Mills, From Max Weber, Londres, 1948, pág. 79). En contraste con la autoridad tradicional y con la legal, la autoridad carismática no se halla, en lo fundamental, institucionalizada, afirma Weber, quien establece una asociación entre dicha autoridad carismática y las personalidades individuales que plantean exigencias a sus seguidores o a los preceptos que promulgan: para el líder carismático, la aceptación de sus preceptos es vista como un deber y no simplemente como respuesta a un llamado que se dirige a intereses comunes, económicos o políticos. Estos conceptos de Weber parecen ser adecuados para comprender algunas de las actitudes de Bolivar: «Cuando temo que desaprueben mi manejo o mis ideas, dejo de importunar con mi amistad a los que me condenan», dice el Libertador en carta a Joaquín Mosquera el 15 de mayo de 1828. El Padre de la Patria, en efecto, siempre ha establecido una relación personal entre la causa que defiende y sus seguidores. Quien apoya a Bolivar, apoya a la causa. Quien está con la causa, debe naturalmente estar con Bolívar. Se ha dicho, a propósito de esta actitud, que el Libertador era «napoleónico», lo cual suele ser una manera eufemística de decir megalómano, ególatra. Tal vez sea más acertado decir que su ego era mesiánico, que él concebía su papel en la Historia como el de una causa personificada, como la encarnación de una idea y de un ejemplo: «La Historia dirá: Bolivar tomó el mando para libertar a sus conciudadanos, y cuando fueron libres, los dejó para que se gobernasen por leyes, y no por su voluntad» (Bolivar, carta a Gual, 16 de setiembre de 1821). Pero siendo el carisma, como es, una relación personal, él mismo es un obstáculo para la institucionalización, para que los ciudadanos «se gobiernen por leyes y no por la voluntad del Líder». El carisma es inorgánico, «arbitrario», en

contraste con el tipo de orden que se requiere en un sistema estable de relaciones sociales. Parsons ha sugerido que el componente carismático es, desde el punto de vista de Weber, análogo a lo que el Ello es para Freud. En ciertos aspectos, los impulsos del Ello son caóticos, vistos en el contexto del funcionamiento de una personalidad adulta «normal». En un sentido similar, las iniciativas carismáticas son también caóticas, desde el punto de vista del funcionamiento de una sociedad estable, compleja y diferenciada (T. Parsons, «The Articulation of the Personality and the Social-Action System: Sigmund Freud and Max Weber», en New Directions in Psychohistory, Ed. M. Albin, Toronto, 1980). Caóticos y anárquicos son, en efecto, los pronunciamiento de las guarniciones militares que, entre agosto y diciembre de 1830, se levantan contra el gobierno central y contra el orden constitucional, para enarbolar, en nombre de la lucha «contra la anarquía», el nombre y la autoridad carismática del Libertador, como redentor de la patria y salvador de toda la nación. Porque en períodos de dislocación social, politica o económica, creados por guerras y revoluciones, la necesidad de un grupo humano desesperado por fundirse con un objeto ideal crea la base política de donde surge el respaldo a un caudillo fuerte y carismático. Si la dictadura bolivariana no prosperó entonces, si el caudillo no se realizó como Padre autoritario, ello se debió a las mismas razonas por las cuales el infame proyecto de monarquía había fracasado: porque Bolivar no quería ni buscaba el Poder Supremo y porque, aunque lo hubiese querido y buscado, él estaba ya a las puertas de la muerte. Y estas circunstancias no producen más que el fortalecimiento y la supervivencia del poder carismático de este caudillo a través de los tiempos, del mismo modo que la autoridad personal de Augusto César Sandino, o la de José Martí, o la de Túpac Amaru. Líderes, caudillos, jefes paternales cuya autoridad y cuya realización como tales es interrumpida por la muerte y cuya causa pervive en las necesidades, en las angustias, en los dramas y en los dolores de las generaciones futuras. Héroes como Jacinto Canek, de quien es posible decir: «Claro que existe, anoche soñé con él». «¿A dónde irá Bolívar?», se pregunta Martí, y responde: «¡Al brazo de los hombres para que defiendan de la nueva codicia, y del terco espíritu viejo, la tierra donde será más dichosa y bella la humanidad! ¡A los pueblos callados, como un beso de padre! ¡A los hombres del rincón y de lo transitorio, a las panzas aldeanas y los cómodos harpagones, para que, a la hoguera que fue aquella existencia, vean la hermandad indispensable al Continente y los peligros y la grandeza del porvenir americano!...»

Sí: Simón Bolivar, el hombre a quien José Enrique Rodó definiera como «esa soberbia personificación de original energía», continúa vivo a través de los siglos. VIII. Conclusión Hemos recorrido, deliberadamente, un camino no lineal en estas notas. Hemos considerado la imagen de Simón Bolívar y las imágenes de Padre, Espada y Poder —y su función— en la política y en la historia, discutiendo algunos conceptos que nos parecen relevantes y regresando con frecuencia a temas o ideas ya expuestos para observarlos desde nuevos puntos de vista. El tema, desde luego, exige algo más que estas notas, y de ellas sólo puede pretenderse que sean capaces de suscitar interrogantes, discusiones y probables hipótesis de trabajo. Sólo nos resta señalar que, independientemente de las diferencias y múltiples interpretaciones que se advierten al analizar las innumerables imágenes de Bolívar en la politica y en la historia, es posible reconocer rasgos comunes a todas ellas, rasgos que dependen, por una parte, de ciertas cualidades propias de Simón Bolivar, reconocidas por amigos y enemigos y, por otra parte, de ciertas características propias de la cultura y de la sicología colectiva dentro de cuyos marcos se han construido tales imágenes. La grandeza de Simón Bolivar, a la que ya nos hemos referido al inicio de estas notas, es uno de estos elementos constantes y comunes en la construcción de las imágenes bolivarianas. Por eso nos parece oportuno reproducir aquí las primeras líneas del ensayo de José Enrique Rodó, líneas que, sin duda, serán suscritas unánimemente por todos aquellos que han estudiado la vida y la obra del Libertador: «Grande en el pensamiento, grande en la acción, grande en la gloria, grande en el infortunio; grande para magnificar la parte impura que cabe en el alma de los grandes, y grande para sobrellevar, en el abandono y en la muerte, la trágica expiación de la grandeza. Muchas vidas humanas hay que componen más perfecta armonía, orden moral o estético más puro; pocas ofrecen tan constante carácter de grandeza y de fuerza; pocas subyugan con tan violento imperio las simpatías de la imaginación heroica». Por estas mismas razones, es imposible no considerar, como un objeto particular de la historia bolivariana, la historia sicológica de su imagen, es decir, la historia de los amores, los odios, los temores, los mitos, las ternuras y los sentimientos de culpa que suscita, y que se convierten en valores y normas de conducta politica, elementos orgánicos de la vida social, formas de existencia activa del héroe en la vida cotidiana de su pueblo.

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