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Dr.

Kléver Silva Zaldumbide MEDICO ACUPUNTURISTA Doctor en Medicina y Cirugía en la Universidad Central del Ecuador Especialización de dos años de postgrado en la República de China en ACUPUNTURA Y MOXIBUSTIÓN La muerte, una ilusión.Hay, en la naturaleza humana, fases de vida, de éxito, en que las cosas vienen a nosotros, se desarrollan, y también fases de cambio, de fracaso en que las cosas se marchitan, se desintegran. Pero tenemos que dejarlas ir para que puedan surgir otras nuevas, o para que se produzca la transformación cíclica, que puede durar segundos o varios años, pero de todas formas siempre será impermanente. Si nos ha tocado llegar a ese punto, que frecuentemente creeremos prematuro e injusto, por nuestro ego, apego y nuestra resistencia a la aceptación, nos negamos a seguir el flujo de la naturaleza propia y de los designios divinos, y eso, es lo que nos hará sufrir. Creemos que el último límite humano es la muerte, el final de todo, por ello le tenemos miedo, y así, con esa concepción, no podemos darnos el lujo de vivir en paz, la creemos algo antinatural, por lo tanto, mala, pero la creencia oriental es que es un principio, por lo tanto cuando muere un ser amado, el dolor no tiene por qué ser profundo y duradero si apreciamos a la vida como un flujo eterno en el que no hay pérdidas ni ganancias sino transformaciones. Creación y destrucción en perfecto equilibrio. El sufrimiento dañino está vinculado con la limitación egoísta del cuerpo físico, divorciado con la libertad de trascendencia y la expansibilidad. No hay mortalidad cuando comprendemos que todos y cada uno de nosotros, en cualquier momento de nuestra vida, merecemos un lugar en el flujo eterno. En cuanto la mente juzga que un estado o situación es “bueno”, le toma apego y se identifica con él, tanto si se trata de una relación como de una posesión, un papel social, un lugar, el cuerpo físico propio o de un hijo o cualquier familiar. La identificación te hace feliz, hace que te sientas bien contigo mismo, y ese estado o situación puede llegar a convertirse en parte de quien eres o de quien crees ser. Pero nada es duradero en esta dimensión, la situación cambia. La misma situación que antes te hacía feliz, ahora te hace desgraciado. La boda feliz y la luna de miel se convierten en un doloroso divorcio o en una convivencia feliz. Esto significa que nuestra felicidad o infelicidad son, de hecho, circunstanciales. Sólo las separa la ilusión del tiempo. Es imposible tener un problema cuando nuestra atención está plenamente en el ahora. Hay una situación que tiene que ser afrontada y aceptada, eso sí. Pero, ¿Por qué a la vida convertirla en un suplicio? Inconscientemente, a la mente le encantan los problemas porque nos dan cierta identidad. Tener frustraciones y conflictos de pérdidas obsesivas significa dar vueltas mentalmente a una situación sin tener verdadera intención o posibilidad de hacer algo respecto al ahora. Inconscientemente estamos haciendo del problema parte de nuestra identidad. Acabamos sintiéndonos tan agobiados por nuestra situación que perdemos la sensación de la vida, del Ser. Más bien creamos problemas, ósea dolor. Basta con hacer una simple elección, con tomar una simple decisión: ¡Pase lo que pase, no generaré más dolor ni para mí, ni para mi entorno familiar, por respeto a un principio y un derecho: el de brindar y recibir felicidad! La elección requiere un elevado grado de conciencia. Sin ella, no hay elección. La elección comienza cuando dejamos de identificarnos con los patrones condicionados de la mente y su egoísmo, se inicia en el momento en que podemos estar en el presente. Una afligida madre lamentando la muerte de su hijo busca consejo en el Maestro. La mujer explica su insoportable pesar y su incapacidad para reponerse a esa devastadora pérdida. El Maestro le pide que llame a todas las puertas del pueblo y pida una semilla de sésamo en cada casa en la que no se haya conocido la muerte. Después de ir de puerta en puerta, ella termina con las manos vacías y comprende que no existe ningún hogar que no haya sido azotado por la

muerte, el Maestro le confirma lo que ella por si misma comprendió: “No es la única ni está sola”. Esta parábola oriental nos enseña que lo que es inevitable, no debe lamentarse en exceso, no existe poder en el mundo que pueda deshacer lo que Dios hace. Alejandro Jodorowsky, novelista chileno, poeta, dramaturgo y director de cine escribía: “No sé dónde voy pero sé con quién voy; no sé dónde estoy pero sé que estoy en mí; no sé qué es o quien es Dios pero Dios sabe lo que soy y quien soy; no sé lo que valgo pero sé no compararme; no sé lo que es el amor pero sé que he gozado de tu existencia; no puedo evitar los golpes pero sé cómo resistirlos; no puedo cambiar el mundo pero puedo cambiarme a mí mismo; no sé lo que hago pero sé que lo que hago, me hace; no sé lo que soy pero sé que no soy el que no sabe”. A veces hasta me atrevo a creer lo que él dijo: “No intentes con palabras consolar a alguien que ha perdido un ser amado, con puñados de paja no apagas un fuego”. Pero sé, bien que sé, que todo es relativo. Definir sería maniatar y todos queremos ser libres de pensamiento, pero cuando pasa al último estado de la vida, a la muerte, la fiel representante de Dios aquí, en la Tierra, nuestra Madre, se nubla la conciencia y revienta aquí adentro un dolor que no sabemos rechazar y que se lo va asumiendo hasta hacer que el dolor decrezca a medida que el amor aumenta y que pese a tener el corazón sajado prevalece la seguridad de su omnipresencia en cada rincón, en cada día de nuestro camino y que se eternizará en nuestra retina y en nuestro corazón como la más grande heredad que fortificará nuestros momentos duros en la vida que sigue adelante. Bastará con mirar al cielo y consultarte que hacer en nuestras más grandes decisiones que se vendrán. Nos enseñaste nunca a temer el sacrificio…alguien nos decía: “Quizás nunca logremos entender cuanto nos amabas, pero en cada roce del viento en nuestras caras, en cada lágrima que derramemos por algo que no ande bien, te sentiremos y te honraremos sintiendo tus cuidados y bendiciones divinas, recordando tu fortaleza ante la adversidad...Que el cielo más cálido abrace y te envuelva en su canto celestial brillando eternamente tu luz aquí abajo ”. Me resulta curiosa coincidencia que hace unos días también cumplió su ciclo natural a los 74 años Fuad Jorge Jury, Leonardo Favio, nacido en 1938 en Luján de Cuyo, Mendoza, Argentina, con quien, con la ayuda de mi guitarra, desde muy joven aprendí a cobijarme con casi todo su repertorio de canciones en mis soledades de estudiante. Este mágico y sencillo compositor, músico de voz varonil y tierna a la vez precursor de la canción romántica latinoamericana, cineasta que con su “Crónica de un niño solo”, “Perón, sinfonía y sentimiento”, “Nazareno Cruz y el lobo” hacía que lo inevitable no suceda, eterno adolescente, hipersensible e intuitivo, un buscador del alma, un creador que cuando cantaba lo hacía con pasión, 24 discos con múltiples mensajes al amor intenso, a las despedidas, a los enamoramientos primerizos, a los hijos, a la madre, a la rebeldía de la juventud, a la tristeza, a la alegría de la ilusión primera, al camino de la vejez, a los amigos o a cualquier cosa de la forma más simple y dotada de fino encantamiento y poesía, y fue justamente él quien decía: “Cuando uno muere es cuando ya no está en la memoria de la gente”. Descanso y paz para quien formó p arte de muchos de nosotros, que con sus canciones nos enamoramos y vivimos el amor pleno. Si la muerte no es morir, y si ahora morimos de dolor, será que nos debemos acostumbrar a la muerte o tal vez mirarle cara a cara, medio habituarse a ella, domesticarla, para que un día, cuando decida llevarnos, sea nuestra amiga. Quizás ella no tenga nada que ver con lo poético ni lo intelectual ni lo filosófico, pero para estar conscientes de que nos tocará la puerta, asegurémonos de que estamos aprendiendo de ella.