Pierre Bourdieu (2001) LAS ESTRUCTURAS SOCIALES DE LA ECONOMÍA Introducción

La ciencia que llamamos "economía" descansa en una abstracción originaria, consistente en disociar una categoría particular de prácticas -o una dimensión particular de cualquier práctica- del orden social en que está inmersa toda práctica humana. Esta inmersión obliga a pensar cualquier práctica, empezando por aquella que se da, de la manera más evidente y más estricta, por "económica", como un "hecho social total", en el sentido de Marcel Mauss. Lo cual significa decir que los estudios específicos realizados por el autor en relación a temas económicos se distinguen de la economía en su forma más común en dos aspectos esenciales: en cada caso, intentan poner en juego el conjunto de los saberes disponibles sobre las diferentes dimensiones del orden social, esto es la familia, el Estado, la escuela, los sindicatos, las asociaciones, etc. -y no sólo la banca, la empresa y el mercado-; y se dotan de un sistema de conceptos que, forjado con vistas a explicar los datos de la observación, podría presentarse como una teoría alternativa para comprender la acción económica: el concepto de habitus, originado en el esfuerzo por dar razón de las prácticas de hombres y mujeres que se ven en medio de un cosmos económico extraño y extranjero, importado e impuesto por la colonización, con una preparación cultural y disposiciones -en especial económicas- adquiridas en un universo precapitalista; los conceptos de capital cultural, capital social, capital simbólico, y por último, sobre todo, la noción de campo. La introducción de estas nociones no es más que un aspecto de un cambio más global de lenguaje (marcado, por ejemplo, por la sustitución del léxico de la decisión por el de la disposición o del adjetivo "racional" por "razonable"), que es indispensable para expresar una visión de la acción radicalmente diferente de la que funda la teoría neoclásica. Puesto que el mundo social está presente en su totalidad en cada acción "económica", es preciso dotarse de instrumentos de conocimiento que, lejos de poner entre paréntesis la multidimensionalidad y la multifuncionalidad de las prácticas, permitan construir modelos históricos capaces de dar razón con rigor y parsimonia de las acciones e instituciones económicas, tal como se presentan a la observación empírica. Sólo se podría dar una idea del trabajo de conversión que es necesario para romper con la visión primera de las prácticas económicas evocando la larga serie de asombros, sorpresas y desconciertos que llevan a experimentar de manera completamente sensible el carácter contingente de tantas conductas que son el pan cotidiano de la vida: el cálculo de costos y beneficios, el préstamo con interés, el ahorro, el crédito, la reserva, la inversión e incluso el trabajo. Los agentes económicos que el autor observaba en la Argelia de la década de 1960 debían aprender o, más exactamente, reinventar con mayor o menor éxito según sus recursos económicos y culturales, todo lo que la teoría económica considera (al menos tácitamente) como un dato, es decir como un don innato, universal e inscripto en la naturaleza humana: la idea del trabajo como actividad que procura un ingreso monetario en oposición a la mera ocupación conforme a la división tradicional de las actividades o al intercambio tradicional de servicios; la posibilidad misma de la transacción impersonal entre desconocidos, ligada a la situación del mercado, en oposición a todos los intercambios de la economía de la "buena fe", etc. Sólo una forma muy particular de etnocentrismo, disfrazada de universalismo, puede inducir a atribuir universalmente a los agentes la aptitud del comportamiento económico racional, y suprimir así la cuestión de las condiciones económicas y culturales del acceso a esa aptitud (erigida de tal modo en norma) y, al mismo tiempo, la de la acción indispensable si se pretende universalizar dichas condiciones. Contra la visión ahistórica de la ciencia económica, entonces, hay que reconstruir por un lado la génesis de las disposiciones económicas del agente económico, y muy en especial de sus gustos, sus necesidades, sus propensiones o sus aptitudes (para el cálculo, el ahorro o el trabajo mismo) y, por el otro, la génesis del propio campo económico; es decir, hacer la historia del proceso de diferenciación y autonomización que conduce a la constitución de ese juego específico: el campo económico como cosmos que obedece a sus propias leyes y otorga por ello una validez (limitada) a la autonomización radical que lleva a cabo la teoría pura al erigir la esfera económica en universo separado. Sólo muy progresivamente la esfera de los intercambios mercantiles llegó a separarse de los demás dominios de la existencia y afirmó su nomos específico, el enunciado por la tautología "negocios son negocios"; sólo muy progresivamente las transacciones económicas dejaron de concebirse según el modelo de los intercambios domésticos, gobernadas por lo tanto por las obligaciones familiares o sociales; y sólo muy progresivamente el cálculo de las ganancias individuales, y por ende el interés económico, se impuso como principio de visión dominante, si no exclusivo, contra la represión colectivamente aplicada y controlada de las inclinaciones calculadoras que se asociaba a la economía doméstica. El espíritu de cálculo, que no interviene en absoluto en la capacidad de someter los comportamientos a la razón calculadora, se impone poco a poco, en todos los ámbitos de la práctica, contra la lógica de la economía doméstica, fundada sobre la represión o, mejor, la negación del cálculo. La revolución ética a cuyo término la economía pudo constituirse en cuanto tal, en la objetividad de un universo separado, regido por sus propias leyes, las del cálculo interesado y la competencia sin límites por la ganancia, encuentra su expresión en la teoría económica "pura" que registra, al inscribirlos tácitamente en el principio de su construcción de objeto, el corte social y la abstracción práctica cuyo producto es el cosmos económico. Numerosos observadores comprobaron que existe una distancia sistemática entre los modelos teóricos y las prácticas concretas, y diversos trabajos de economía experimental mostraron que, en muchas situaciones, los agentes toman decisiones sistemáticamente diferentes de las que pueden preverse a partir del modelo económico. El interés económico, al que se tiende a reducir erróneamente cualquier clase de interés, no es sino la forma específica que asume la inversión en el campo económico cuando éste es aprehendido por agentes dotados de disposiciones y creencias adecuadas, por haberse adquirido en y por una experiencia precoz y prolongada de sus regularidades y su necesidad. Las disposiciones económicas más fundamentales, necesidades, preferencias, propensiones, no son exógenas, esto es, dependientes de una naturaleza humana universal, sino endógenas y dependientes de una historia, que es la misma del cosmos económico en que se exigen y recompensan. La economía de las prácticas económicas, esa razón inmanente a las prácticas, no tiene su principio en "decisiones" de la voluntad y la

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conciencia racionales o en determinaciones mecánicas originadas en poderes exteriores, sino en las disposiciones adquiridas por medio de los aprendizajes asociados a una prolongada confrontación con las regularidades del campo. La economía es cada vez más una ciencia de Estado, que por esa razón está recorrida por el pensamiento estatal: constantemente habitada por las preocupaciones normativas de una ciencia aplicada, se consagra a responder políticamente a demandas políticas, a la vez que se defiende de cualquier implicación política mediante la altura ostentosa de sus construcciones formales, de preferencia matemáticas. De ello se deduce que, entre la teoría económica en su forma más pura y las políticas que se ponen en práctica en su nombre o se legitiman por su intermedio, se interponen agentes e instituciones que están impregnados de todos los presupuestos heredados de la inmersión en un mundo económico particular, originado en una historia social singular. La economía neoliberal debe unas cuantas de sus características, presuntamente universales, al hecho de estar inmersa, embedded, en una sociedad particular, es decir, arraigada en un sistema de creencias y de valores, un ethos y una visión moral del mundo. Y la teoría económica neoclásica toma de esta economía particular sus presupuestos fundamentales, que formaliza y racionaliza, para erigirlos así en fundamentos de un modelo universal. Este modelo se apoya en dos postulados: la economía es un dominio separado, gobernado por leyes naturales y universales que los gobiernos no deben contrariar con intervenciones intempestivas; el mercado es el medio óptimo de organizar la producción y los intercambios de manera eficaz y equitativa en las sociedades democráticas. Se trata de la universalización de un caso particular, el de los Estados Unidos de Norteamérica, caracterizado, en lo fundamental, por la debilidad del Estado que, ya reducido al mínimo, fue sistemáticamente minado por la revolución conservadora ultraliberal. Vale decir que, entre todas las características de las sociedades en que está "inmerso" el orden económico, las más importantes para las sociedades contemporáneas son la forma y la fuerza de su tradición estatal, de las que no se puede hacer abstracción. El Estado es la culminación y el producto de un lento proceso de acumulación y concentración de diferentes tipos de capital: capital de fuerza física, policial o militar, capital económico, capital cultural o informacional, por último, capital simbólico. De tal modo, el Estado está en condiciones de ejercer una influencia determinante sobre el funcionamiento del campo económico. En especial, porque la unificación del mercado de bienes económicos acompañó la construcción del Estado y la concentración de los diferentes tipos de capital que éste llevó a cabo. La inmersión de la economía en lo social es tal que, por legítimas que sean las abstracciones operadas en función de las necesidades del análisis, hay que tener nítidamente presente que el verdadero objeto de una verdadera economía de las prácticas no es, en última instancia, otra cosa que la economía de las condiciones de producción y reproducción de los agentes y las instituciones de producción y reproducción económica, cultural y social, es decir, el objeto mismo de la sociología.

[Pierre Bourdieu, “Introducción”, en Las estructuras sociales de la economía, Manantial, Buenos Aires, 2001, pp. 14-28.]

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