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Beashley, W.G., Historia Contemporánea de Japón. Alianza, Madrid, 1995.

Capítulo 10
Soldados y patriotas, 1818-1933
Como portavoces de un monarca «trascendental», en teoría absoluto pero en la práctica una
hechura de sus ministros, los dirigentes de la era Meiji, concretamente los integrantes del
Genro, se habían autoasignado la tarea de coordinar un sistema de gobierno cuyos diferentes
elementos eran individual y no colectivamente responsables ante el trono. Era su autoridad
personal, extra-constitucional y ejercida en nombre del emperador, lo que conjuntaba en un
todo funcionable a ministerios, fuerzas armadas, Consejo Privado y Dieta. Al llegar los años
veinte, esa autoridad, por la edad y por la muerte, había desaparecido. Ningún sucesor —
ciertamente tampoco Saionji, el único superviviente del Genro— fue capaz de heredarla
intacta. Lo que es más, el gabinete, instrumento principal del ejercicio de esa autoridad,
demostró ser ahora demasiado débil para imponer prioridades, quizá porque el Genro lo había
mantenido así. La consecuencia fue una situación en la que era más fácil mantener el orden
entre el pueblo que entre los gobernantes. Varios componentes de la maquinaria del gobierno
—especialmente el ejército, pero también la cámara baja de la Dieta gracias a Hara—
competían entre sí para controlar las decisiones de política o, si no lograban ese control,
reclamaban el derecho al veto en aspectos particulares de la politica en virtud de sus poderes
designados.
Hay semejanzas entre esta situación y la existente en los últimos años de la era Tokugawa.
En los dos periodos demasiado poco de lo que ocurría era por mandato de los gobernantes
nominales de Japón. En los dos también la gente estaba dividida por creencias a las que se
aferraba fanáticamente y que estaba dispuesta a poner por encima de la ley. Incluso las
cuestiones eran aproximadamente las mismas. En los años treinta del siglo xx, como en los
sesenta del siglo xix, había dos cuestiones en el candelero: la capacidad japonesa de mantener
un «buen» lugar en el mundo de cara a enemigos externos, y el grado en el cual el ser
«japonés» debía ser sacrificado para ser «moderno». Pese a todos los cambios efectuados en
la sociedad y en la economía entre uno y otro periodo, no era inapropiado que los activistas
de la primera parte de la era Showa (es decir, el reinado del emperador Hirohito, 1928-1989)
hablaran de otra Restauración y usaran un vocabulario que evocaba el de los «hombres de
espíritu» del tiempo de los Tokugawa. De esos activistas, de sus aliados y de sus ideas se va a
ocupar principalmente este capítulo.
La cuestión china
China, como se ha visto, se presentaba como una cuestión muy importante en el conjunto
de las ideas japonesas sobre el mundo exterior. Para algunos japoneses, los dos países,
habiendo compartido la experiencia de estar sometidos a los tratados desiguales, tenían el
deber de colaborar para resistir el dominio de Occidente en el Asia oriental. La revolución
contra los manchúes les había alentado a creer que China podía estar preparada a asumir esa
tarea. Tarea que otros consideraban un deber primordial de Japón, pues China había
demostrado ser demasiado débil para hacer algo más que ofrecerse como mercado y fuente de
materias primas que, por otro lado, a Japón le servirían muy bien para poder llevar a cabo tal
tarea. El corolario de los dos razonamientos era que Japón necesitaba proteger a China de las
potencias extranjeras al tiempo que mantenía sus privilegios en este país y que convencía a su
pueblo para que los aceptaran.

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Hasta 1917 esa protección se había ideado como orientada a limitar el crecimiento de las
esferas de influencia occidental en China y a prevenir la partición territorial. Sin embargo, al
estallar la Revolución Rusa, la situación cambió. No se trataba sólo de que los bolcheviques
podian renunciar a los acuerdos entre Japón y la Rusia zarista de cooperar en la defensa de
sus respectivos intereses en Manchuria, sino que además existía el peligro muy real que para
la estabilidad de todo el Asia oriental podrían tener las ideas comunistas si penetrara en China
el movimiento revolucionario. Esto, a su vez, haría peligrar los privilegios económicos
inherentes al sistema de tratados portuarios y del cual dependía la prosperidad japonesa.
Cómo responder a la Revolución Rusa era, por lo tanto, un test para la política japonesa en su
sentido más amplio.
Dentro de Japón, las opiniones al respecto estaban muy divididas, como cabría esperar por
los desacuerdos surgidos en los últimos diez o quince años. Los estadistas más altos y el
Ministerio de Exteriores, apoyados por los lideres de los partidos políticos, ponían de relieve
la cooperación con Gran Bretaña y Estados Unidos señalando los beneficios económicos que
de ello se derivaría. El ejército, especialmente el ejército de Kuantung, contemplaba la
perspectiva de una intervención contra los bolcheviques a nivel más continental, como algo
que ofrecería la posibilidad de crear un estado títere anti-bolchevique en las provincias
orientales de Rusia, dotándose así a Manchuria de un tapón en su frontera del norte. Como
había ocurrido en otras ocasiones, en Tokio predominó el planteamiento internacional, si bien
el ejército vio que era más fácil perseguir sus objetivos en el campo.
El no ponerse de acuerdo en la vía a seguir tuvo paralizada varios meses la toma de
decisiones políticas, y Estados Unidos, cuya cooperación se juzgaba esencial, empezó a re-
celarse algo de los motivos japoneses. Después, en junio y julio de 1918, las tropas checas,
logrando abrirse paso en la Rusia europea en un intento de proseguir la guerra contra
Alemania pese a la rendición rusa, capturaron Vladivostock y las secciones orientales del
ferrocarril transiberiano. Esto dio motivo a Estados Unidos para proponer operaciones li-
mitadas con el fin de cubrir la retirada checa. El gobierno de Terauchi accedió, consintiendo
el 2 de agosto en que cada país enviara a Siberia una división apoyada por una fuerza más
pequeña en el norte de Manchuria, mientras otros aliados aportarían contribuciones
simbólicas.
A pesar de este arreglo, lo que en realidad se llevó a cabo fue el plan anterior del ejército
japonés o algo muy parecido. Antes de acabar el año 1918, había cuatro o cinco divisiones
japonesas operando en la cuenca del Amur y en el control del ferrocarril que en dirección al
oeste llegaba a Baikal. Pero ni siquiera esto representó más de un éxito parcial. El coste fue
enorme; los altercados entre los aliados eran constantes y no hubo ningún grupo de rusos
anti-bolcheviques capaz de establecerse en la zona como gobierno estable. En noviembre de
1919, la marcha de los soviéticos hacia el este desde la ciudad de Omsk era ininterrumpida.
En enero de 1920, Washington llamó a sus tropas con el pretexto de que los checos habían
sido evacuados y de que no podía hacerse ya nada útil. El ejemplo fue rápidamente seguido
por Gran Bretaña, Francia y Canadá, quedando solamente Japón, que poco después extendió
sus operaciones a Sajalin como represalia por una masacre de japoneses en Nikolaevsk. Pero
ni siquiera los japoneses estaban dispuestos a aguantar mucho tiempo el peso ellos solos. En
octubre de 1922 se replegaron del Amur y en 1925 evacuaron Sajalin.
Mientras tanto quedaban sin resolver otras cuestiones tocantes al Asia oriental y que
afectaban muy de cerca a ingleses y americanos. Japón y Estados Unidos estaban embarcados
en una disputa sobre la emigración a California. Tanto el gobierno de Gran Bretaña, como el
de Estados Unidos buscaban formas de reducir o limitar las ganancias chinas que había

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realizado Japón durante la guerra y de proporcionar un mejor marco para los derechos del
sistema de tratados portuarios a la luz del aumento del nacionalismo chino. Estados Unidos
estaba además alarmado por las implicaciones de la alianza anglo-nipona en el contexto de un
posible conflicto con Japón, como también por la competencia por armamentos navales
desatada entre las potencias. En consecuencia, Estados Unidos invitó a los representantes de
los países con algo en juego en estos asuntos, incluyendo a China, para que se reunieran en
una conferencia en Washington que comenzó en noviembre de 1921.
En los tres meses siguientes se llegó a varios acuerdos importantes. Sobre armamento naval
se decidió limitar el volumen y la capacidad artillera de los navíos más importantes y fijar el
tonelaje de la marina norteamericana, británica y japonesa en una proporción respectiva de 5
:5 : 3. Japón, a requerimiento de un poderoso grupo de su alto mando naval, había empezado
pidiendo más, pero le convenció a aceptar, a cambio, la promesa de que se detuviera la
construcción de las fortificaciones navales en Guam, Hong Kong y Singapur, con lo cual
lograba la hegemonía naval en el Pacífico occidental. En contra de esto tuvo que situar la
pérdida de su alianza con Gran Bretaña. El Pacto de las Cuatro Potencias, en diciembre de
1921, sustituyó esa alianza por un acuerdo más vago en virtud del cual Gran Bretaña, Francia,
Japón y Estados Unidos concertaban el respetarse los derechos en Asia oriental y el
consultarse en caso de crisis.
En cuanto a China, el Tratado de las Nueve Potencias, firmado por Bélgica, Italia, Holanda
y Portugal, además de China y las partes del Pacto de las Cuatro Potencias, fue firmado en
febrero de 1922. Se prometía en él reconsiderar las provisiones arancelarias y de
extraterritorialidad del sistema de tratados portuarios y corregir los tópicos relacionados con
la política de Puerta Abierta. Las potencias se comprometían a respetar la independencia y la
integridad de China y evitar cualquier ingerencia en los esfuerzos de China «para desarrollar
y mantener por sí misma un gobierno efectivo y estable» (artículo 1). No se establecía
ninguna estructura para hacer cumplir esas promesas, pero al menos los delegados chinos y
japoneses pudieron llegar en este contexto a un acuerdo aparte sobre Shantung. Japón
prometía devolver el territorio arrendado de Kiaochou y retirar sus tropas del ferrocarril de
Tsingtao-Tsinan, y China se comprometía a comprar el ferrocarril y a transferir los antiguos
derechos mineros alemanes a una compañía sino-nipona.
Este acuerdo dejaba entrever que el objetivo de Japón después de la Conferencia de
Washington era instalarse en China. El arquitecto de la nueva política sería Shidehara Kijuro,
diplomático de carrera y ministro de Exteriores en 1924-1927 y 1929-193 1, cuya esposa,
como la de Kato Takaaki, pertenecía a la familia Iwasaki, propietaria de Mitsubishi. Esta
conexión contribuyó sin duda a su fe en la «diplomacia económica», es decir, la promoción
en ultramar de las inversiones y del comercio japonés. En cuanto que esto se refería al
continente asiático, las implicaciones, a su entender, significaban una negativa a emprender
aventuras territoriales que pudieran dañar al comercio (Manchuria sólo era un caso especial).
En otras palabras, Shidehara buscaba conservar en lo posible el sistema de tratados
portuarios, colaborar estrechamente con ingleses y americanos y entenderse con el
nacionalismo chino.
Lamentablemente, los diversos ingredientes de esta política demostraron ser incompatbiles.
Las «Veintiún Peticiones», las negociaciones de Versalles y la presencia constante de Japón
en Manchuria, en donde el cabecilla militar, Chang Tso Lin, tanto dependía de la ayuda
japonesa, habían hecho de Japón un blanco del resentimiento chino. Por ser el nacionalismo
de los años veinte una fuerza capital en la política china, ningún gobierno de Pekín podría
permitirse el lujo de ignorarlo en sus relaciones diplomáticas. Además, la interpretación de

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Shidehara de la «diplomacia económica» le dificultaba a él mismo el proseguir con la
revisión de los tratados desiguales, lo cual socavaría las ventajas japonesas no obstante las
promesas hechas en Washington. En esto Shidehara se vio en discrepancias con Gran Bretaña
y Estados Unidos. Por eso, cuando en 1925-1926 se iniciaron las discusiones sobre reforma
arancelaria, insistió en adoptar medidas que protegieran los mercados textiles de Japón y
ofrecieran alguna esperanza de devolver los préstamos de Nishihara. De forma parecida, en la
negociaciones sobre extraterritorialidad de 1929 y 1930 intentó poner aparte la posición de
Japón en Kuantung y en el sur de Manchuria. Ninguna de esas cuestiones había quedado
solucionada de forma satisfactoria antes de que en 1931 ocurriera el incidente de Manchuria,
modificándose toda la estructura de las relaciones sino-niponas.
De esa forma, con toda su voluntad de trabajar y dentro de un orden en China que a muchos
japoneses les parecía pensado sobre todo en beneficio de ingleses y americanos, Shidehara
consiguió bien poco. Arriesgó determinados derechos japoneses que por definición eran
vitales para la economía nacional. Llegó incluso en parte a sacrificar símbolos de status
internacional, como la extraterritorialidad, que habían sido penosamente adquiridos a lo largo
de los años una vez que se puso fin a los tratados desiguales que sufría el mismo Japón. Y con
todo ello aparentemente no había hecho nada para reducir la hostilidad de China, pues los
boicots y las huelgas anti-japonesas siguieron siendo sucesos regulares. Si era esto lo que en-
tendía por cooperación internacional —decían sus críticos— Japón podría pasar sin ella. Le
iría mejor optando por una «autonomía» de acción.
La reacción nacionalista
Dentro de Japón, la politica de Shidehara era defendida por los liberales en términos que
resultaban ofensivos para los conservadores y nacionalistas. Ishibashi lanzan, por ejemplo, se
había opuesto a la intervención en Siberia argumentando que Japón tenía que evitar
«enemistarse con nuestros vecinos», que también eran clientes, con el uso «imprudente» de
las tropas. Este argumento lo convirtió después en un ataque al imperialismo japonés en un
sentido mucho más general. Según él, los beneficios sacados de las colonias eran inferiores a
los que se sacarían del comercio; además, la acción militar que debía emprenderse para
adquirir colonias ponía en peligro al comercio y, al necesitarse un alto nivel de gastos
militares, la misma posesión de un imperio era un estorbo para el crecimiento de la economía
interior del país. Por lo tanto, la «fuerza» en forma de autoridad politica y de derechos
exclusivos fuera de Japón resultaría mucho menos deseable que la «riqueza» definida como
inversiones y comercio exterior.
Se trataba, pues, de un liberalismo de más alcance que el de Shidehara, pero uno y otro
hacían mofa de los prejuicios de los tradicionalistas que contemplaban la riqueza en su guisa
moderna como causa de un despilfarro indeseable. Además, y en opinión de estos
tradicionalistas, su desigual distribución provocaba «ideas peligrosas», como el comunismo y
el socialismo, la existencia de las cuales implicaba que había algo muy grave en el organismo
de la política. Así, los salones de baile, el lujo, la corrupción, el comercio en gran escala, los
sindicatos, las huelgas, la inquietud en el campo y también la política exterior de Shidehara
podía ser todo ello y en última instancia empaquetado y etiquetado como el producto de la
excesiva tolerancia ante las costumbres extranjeras. Producto que amenazaba no sólo la
posición de Japón en el continente asiático, sino también las mismas bases de la vida nacional
como el sistema imperial, la ética confuciana y los valores del samurai.
Hasta más o menos el año 1930, los portavoces más notorios de esas opiniones constituían
una influyente minoría de japoneses, miembros de las denominadas «sociedades patrióticas»,

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que siempre habían reconocido la existencia de una estrecha relación entre la naturaleza de la
sociedad japonesa y los vínculos del país con el mundo de fuera. La Kokuryukai, por
ejemplo, había anunciado desde el principio que sus fines eran «renovar el sistema actual,
fomentar una politica exterior dirigida a la expansión en ultramar, revolucionar la política
interior para aumentar la felicidad del pueblo y establecer una política social que resolviera
los problemas entre trabajo y capital». Algunas de las organizaciones posteriores, como Dai
Nihon Kokusuikai (Sociedad de la Esencia Nacional de Japón), que databa de 1919, y
Kokuhonsha (Sociedad de la Fundación Nacional), de 1924, apuntaban claramente a salvar a
Japón de los peligros del socialismo. La última de las mencionadas era especialmente
respetable e influyente. Entre sus miembros se contaban tres futuros primeros ministros
(Saito Makoto, Hiranuma Kiichiro y Koiso Kuniaki) y varios generales célebres (Ugaki
Kazushige, Araki Sadao y Mazaki Jinzaburo), además de políticos de partido, altos burócratas
y representantes de las empresas de zaibatsu.
En marcado contraste había un número de grupos extremistas más pequeños con existencia
al borde de la política y dependientes financieramente de los que no eran miembros —por
métodos que iban del halago al chantaje moral— y estructuralmente del liderazgo de
caciques. Con frecuencia, no eran mucho más que escuadrones al mando de un hombre fuerte
que sacaba partido de la moda del patriotismo en lugar del crimen. A veces, sin embargo,
contaban entre sus partidarios con hombres políticamentee mucho más peligrosos, fanáticos
con ideas tan violentas como los medios con que intentaban propagar-las. Uno de éstos era
Kita Ikki, escritor y revolucionario, ejecutado en 1937 por participar en una intentona de gol-
pe de estado. Con Okawa Shumei fundó en 1919 Yuzonsha (Sociedad para la Conservación
de la Esencia Nacional), siendo el hombre inspirador de varios como él.
La principal contribución de Kita fue la ideológica. En 1923, con cuarenta años, publicó un
libro muy celebrado que, con el título de Nihon kaizo hoan taiko «Un anteproyecto para la
reorganización de Japón», postulaba cambios radicales a fin de hacer de Japón el líder de una
Asia revolucionaria que Kita creía habría de venir. El primer paso sería un golpe militar que
posibilitaría la desaparición de las elites existentes en el país y su sustitución por un régimen
basado en una relación directa entre el emperador y el pueblo. Después vendría la
confiscación de todas las fortunas de más de un millón de yenes, la nacionalización de las
principales industrias, la toma y redistribución de las propiedades rústicas de valor de más de
100.000 yenes y la renuncia del emperador a sus fincas familiares. Purificado de esa manera,
Japón estaría preparado para actuar en los asuntos del exterior con más vigor que el
demostrado por los últimos gobiernos. Después de todo, afirmaba Kita, Japón, como
miembro del proletariado de naciones, tenía el deber de sacar la justicia de los ricos (Gran
Bretaña, la millonaria; Rusia, la gran terrateniente) emprendiendo una política expansionista
en el continente asiático y apoyando por doquier los intereses de los asiáticos en contra de
Occidente.
Se trataba, lógicamente, de un revoltijo, pero fue popular. Lo mismo pasó con las ideas de
Gondo Seikyo, apóstol de un nacionalismo ruralizante que erigía a la aldea y no a la ciudad
como núcleo de la vida política y económica. Como Kita, Gondo subrayaba el papel del
emperador en la política nacional y aceptaba la doctrina de la misión racial de Japón en
ultramar. Pero, a diferencia de Kita, no pretendía socializar la industria, sino mantenerla baja,
pues era la culpable de la explotación capitalista del campo. Centralización, burocracia y casi
todo lo occidental era reprobable. En otras palabras, rechazaba el logro Meiji de haber creado
un Estado moderno, pues ello contradecía —e incluso había contribuido mucho para destruir
— la verdadera «japoneidad» de la familia y del linaje tal como debían hallarse en las
comunidades agrarias.

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Las ideas de Gondo, publicadas por primera vez en 1920, se propagaron a través de un
instituto establecido por él mismo al efecto. Con grandes parecidos, otro nacionalista agrario,
Tachibana Kosaburo, fundó una escuela comunal cerca de Mito e inauguró una escuela en
donde enseñaba una mezcla de agricultura y de patriotismo a un puñado de estudiantes
adictos. A diferencia de Gondo, lachibana no dudaba en servirse de la fuerza. Desde 1929
aproximadamente, había establecido relación con el grupo Ketsumeidan, de Inoue Nisho, una
hermandad de parentesco dedicada a imponer el milenio agrario asesinando a determinados
financieros e industriales.
Las actitudes y los intereses representados en tales sociedades eran demasiado variados
para posibilitarles el trazado de un programa concreto o la cooperación necesaria para
promocionarlo. Además, lo reducido de su número y la falta de fondos regulares tenía que
hacerlas ineficaces a la hora de actuar solas. De ahí que su importancia fuera catalítica, como
«los hombres de espíritu» de los años sesenta del siglo anterior, con quienes a menudo
gustaban de compararse. Pero fueron capaces de comunicar sus prejuicios anti-capitalistas y
anti-occidentales a numerosos oficiales jóvenes del ejército, cuya capacidad de ejercer
influencia era mayor que la de ellos. Muchos de estos oficiales, como consecuencia de las
reformas realizadas por el gabinete de Kato en 1924-1925, procedían de familias de pequeños
comerciantes, de terratenientes y de funcionados secundados sin la misma fidelidad al orden
establecido que sus predecesores ex samurais, pero que no estaban dispuestos, pese a ello, a
abrazar la causa del socialismo o de los pobres de la ciudad. Eran hombres con tendencia a la
derecha extremista como los había en otras naciones industriales. Abrigaban también quejas
concretas como miembros del ejército. A su entender, el control civil, ejercido por los
partidos políticos, había contribuido a una merina del prestigio de las fuerzas amadas; las
buenas relaciones con los vecinos en el extranjero y las economías en casa se habían juntado
para amenazar sus carreras; y la manera de vivir que disfrutaban los ricos, sobre todo en las
ciudades, contrastaba de forma extraña con el bajo salario y las costumbres espartanas que
tenían que aceptar en la vida castrense.
De ese modo, bastantes militares oficiales empezaron a entablar relaciones con el
movimiento nacionalista a un nivel claramente distinto del utilizado en las vías reconocidas
existentes entre el alto mando, los burócratas de posición más alta y los políticos. Algunos se
pusieron de acuerdo con Kita fldd, Okawa Shumei y otros por el estilo y fundaron grupos
conjuntos civil-militares para tratar la posibilidad de lograr la «reforma» por la fuerza. Otros
establecieron nuevas sociedades sólo con miembros del ejército y la marina. De éstas, la más
famosa fue Sakurakai (Sociedad de la Flor del Cerezo) del teniente coronel Hashimoto
Kingoro, fundada en septiembre de 1931 y que llegó a contar en sus mejores tiempos con
unos cien afiliados, todos con el grado de teniente coronel para abajo. Procedían la mayoría
del Ministerio de la Guerra y del Estado Mayor, así como de los centros de formación militar
situados en la zona de Tokio.
Había dos expresiones que se repetían constantemente en los discursos y libelos de estos
patriotas, fueran militares o civiles. Una era Kodo («la vía imperial»), la otra Showa Ishin («la
Restauración de Showa»). Las dos daban a entender que el emperador tenía un lugar especial
en la estructura política del país, pero ninguna precisaba lo que en realidad el emperador tenía
que hacer. Por lo demás, la de «vía imperial» poseía connotaciones de alto contenido moral y
de medidas encaminadas a restaurar los valores tradicionales de Japón; por su parte la de
«Restauración de Showa» volvía la vista al ambiente de mediados del siglo xix cuando Japón
se hallaba asediado de enemigos por fuera y de desuniones por dentro, igual que parecía
estarlo otra vez en los años veinte y treinta del nuevo siglo. Lo que hacía falta, mantenían los
nacionalistas, eran medidas tan radicales y decisivas como las que habían salvado al país en

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1868. Pero en esta ocasión debían dirigirse contra lo que tipificaba la nueva corrupción: el
gran comercio, sobre todo el zaibatsu, los políticos de partido y los burócratas que trabajaban
con ellos. Y quienes debían emprender tales medidas serían los «hombres de espíritu»
modernos, patriotas dispuestos a recurrir a la fuerza a riesgo de su propia vida en contra de
personas o gobiernos.
Esta vertiente del pensamiento nacionalista se refería a lo que debía hacerse dentro del país,
pero había otra que se centraba en el lugar del país en el mundo. Según el planteamiento de,
por ejemplo, Ishiwara Kanji, uno de los jóvenes estrategas más capaces del ejército y que
enseñaba historia militar en la Academia del Estado Mayor en 1926, el ejército japonés tenía
la función de guardián de la mística kokutai —política nacional—, estando como tal desti-
nado a salvar al mundo del marxismo y de otras ideologías occidentales por medio de una
guerra justa. Japón aparecería como el campeón de Asia y la lucha que libraría iría dirigida al
fin contra el archirrepresentante de la corrupción capitalista, Estados Unidos. Pero antes de
que este nuevo Armagedón bíblico llegara, sería primero necesario deshacerse de las otras
potencias que tanto tiempo habían explotado a Asia, especialmente Gran Bretaña y Rusia. De
hecho, esas campañas preliminares serían esenciales para la victoria final: «la guerra puede
mantener la guerra» y cada etapa victoriosa dotaría de fuerza y de recursos a la siguiente. Por
esto, Ishiwara creía que debía empezarse en Manchuria, región que no sólo era la clave para
defender-se de Rusia y para expansionarse en China, sino también la fuente de los alimentos,
del carbón y del hierro que Japón precisaba con urgencia.
Ishiwara no era solamente un visionario militarista, como tantos contemporáneos suyos,
pues reconocía que las tareas a emprender exigían una cuidadosa organización de los recursos
del país. Había que desplegar y poner bajo riguroso control a toda la población y a toda la
economía. En atención al armamento, debía haber una dirección central de las finanzas y de
la industria; en atención a la unidad, debían eliminarse los pensamientos peligrosos y la
corrupción de la política. En otras palabras, el Estado moderno no tenía que ser
desmantelado, como proponía Gondo Seikyo, sino disciplinado y purificado a fin de ser un
mstrumento apropiado para el desempeño de la misión «asiática» de Japón. Era un
planteamiento que atrajo el apoyo y la simpatía general.
El incidente de Manchuria
A fines de los años veinte, la lucha por el poder entre las diferentes facciones y jefes
militares de China empezaba a afectar a Manchuria. En 1926, Chiang Kai Shek, que dos años
antes se había hecho con la dirección del Kuomitang (Partido Nacionalista), inició una serie
de campañas orientadas a ganarse el control del valle del Yangtse y del norte de China. En la
primavera de 1927 tenía establecida la capital en Nanking y nuevas victorias ese año y el
siguiente extendieron su autoridad hacia Pekín. Entonces entró en conflicto con Chang Tso
Lin, a quien Japón desde 1921 había estado apoyando en Manchuria. Parecía inevitable una
confrontación entre los dos líderes chinos que amenazaba, no sólo con implicar a Manchuria
en una guerra civil china, sino con poner a Chiang Kai Shek, si ganaba la guerra, frente a
frente de Japón en el reducto que este país tenía al norte de la Gran Muralla, enfrentamiento
que el gobierno de Tokio deseaba evitar a toda costa.
El gabinete de 1927 era el del general Tanaka Giichi, con funciones tambjén de ministro de
Exteriores. En junio, en una junta de altos mandos militares y de diplomáticos celebrada en
Tokio, se acordó una vez más que mantener a Manchuria como esfera de influencia, al
margen de la inestabilidad política de China, debía seguir siendo un objetivo principal de la
política japonesa. Se dejó a un lado la propuesta del ejército de Kuantung que contemplaba

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alguna forma de autogobierno en la región bajo Chang Tso Lin; pero cuando Chang Kai Shek
visitó Tokio en noviembre, Tanaka intentó convencerle de que detuviera su avance en la
frontera de Manchuria. Japón envió tropas a Shantung a principios de 1928 amenazando las
comunicaciones de los nacionalistas chinos, con lo que quedó reforzado el aviso de Tanaka.
Tuvieron lugar entonces choques contra los chinos en Tsinan, seguidos una vez más de la
ocupación japonesa del ferrocarril Kiaochou-Tsinan.
Al hacerse evidente que los nacionalistas pronto iban a tomar Pekín, Tanaka apremió a
Chang Tso Lin para que se replegara del norte de China a Manchuria en donde las tropas
japonesas podrían protegerlo. Chang aceptó sin entusiasmo. Sin embargo, algunos miembros
del ejército de Kuantung seguían descontentos, pues pensaban que Japón necesitaba un
dominio en Manchuria más directo del que proporcionaría un cabecilla títere. Uno de ellos, el
coronel Komoto Daisaku, decidió urdir un pretexto para conseguir algo mejor, y ordenó a
unos subordinados suyos que hicieran explotar una bomba debajo del tren en el que la
mañana del 4 de junio de 1928 viajaba Chang Tso Lin cerca ya de la ciudad de Mukden. A las
pocas horas Chang moría de las heridas provocadas por la explosión.
El incidente no desencadenó de hecho la intervención japonesa en las provincias manchúes,
como buscaba Ko-moto, pues ni los superiores de éste ni el gabinete de Tokio deseaban
autorizarla. Además, Komoto se libró por los pelos de un consejo de guerra. Mientras, la
situación en el continente había vuelto a la normalidad: el hijo de Chang, Hsueh Liang, tomó
el control de Mukden llegando a un acuerdo con Chiang Kai Shek; las tropas japonesas
fueron retiradas de Shantung. Así y todo, los compañeros de Komoto en el ejército de
Kuantung no cejaron en sus ambiciones. Dos nuevos oficiales del Estado Mayor se hicieron
cargo de la planificación, el teniente coronel Itagaki Seishiro y el nuevo jefe de la sección de
operaciones, el teniente coronel Ishiwara Kanji.
Mientras que en Tokio el ministro de Exteriores en el gabinete del partido Minseito,
Shidehara —Tanaka había dimitido en julio de 1929—, reanudaba las negociaciones sobre
extraterritorialidad y aranceles chinos, en el continente Ishinara e Itagaki tomaban medidas de
prevención para una ocupación de Manchuria si se presentaba una coyuntura favorable. Los
cambios que estaban ocurriendo en la escena política dentro de Japón debido a la crisis
económica daban carácter urgente a esas medidas. El colapso del mercado de acciones
norteamericano en 1929, seguido de la depresión mundial, tuvo un efecto devastador para la
empresa y la agricultura japonesa, a causa sobre todo de que una inoportuna vuelta al patrón
oro en junio de 1929 había subido el yen a niveles incómodamente elevados. El total
exportado cayó de 2.513 millones de yenes en 1929 a 1.426 millones en 1931. Para muchas
pequeñas empresas del sector textil esto presagiaba el desastre. Los agricultores lo pasaron
peor. El índice de los precios de la seda cruda (1914 = 100) cayó de 151 a 67 en 1929-1931,
mientras que los precios del arroz, afectados por la competencia colonial y por la
consecuencia de varios años de buenas cosechas, descendieron más del 50 por ciento sólo en
la segunda mitad de 1930. El resultado fue empobrecer más todavía al campo, causar
bancarrotas y un desempleo ya evidente en las ciudades. Para los rivales del Minseito la
lección estaba clara: los dirigentes del gobierno y sus políticas ya no eran tolerables. El grito
de protesta vino del ejército y de las sociedades patrióticas para las que, después de todo, el
campesinado y el agro japonés encarnaban la «esencia nacional».
La polémica se centró primero en las negociaciones tocantes al armamento naval. Las
propuestas iniciales para llegar al Tratado Naval de Londres de 1930, encaminadas a incluir a
los buques más pequeños en las limitaciones ya concertadas en Washington en 1922 para los
navíos más grandes y portaaviones, fueron rechazadas por el Estado Mayor de la Marina

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japonesa en base a que su aplicación dificultada más —algunos decían imposibilitada— la ta-
rea de defender el Pacifico occidental contra Estados Unidos. Estas objeciones fueron
desautorizadas por el gabinete del Minseito por motivos económicos y por el deseo de
mantener buenas relaciones con las potencias. Así, el tratado fue firmado y ratificado. Para
muchos oficiales en funciones y no sólo de la Marina, esta decisión fue un uF traje. Es decir,
la consideraron inconstitucional, además de imprudente desde el punto de vista estratégico.
Los ministros militares que eran miembros del gabinete y los jefes del Estado Mayor que no
lo eran desempeñaban funciones diferentes que podían ser distinguidas grosso modo como
administrativas, por un lado, y de planificación, por otro. Podría argüirse, por lo tanto, que no
era de la competencia del ministro —tampoco del colega civil que tenía en el gobierno— el
desautorizar al jefe del Estado Mayor sobre asuntos operacionales de los que como
comandante en jefe era responsable ante el emperador. El nivel del armamento naval de
defensa, se afirmaba, era un caso significativo.
En los diez años siguientes se acudió varias veces al mismo razonamiento para justificar a
los jefes militares en el extranjero cuando ignoraban o evitaban las órdenes de Tokio. Sin
embargo, en 1930, las repercusiones inmediatas fueron nacionales. En noviembre, el primer
ministro, Hamaguchi Yuko, cayó bajo las balas de un joven relacionado con una de las
sociedades patrióticas menores, falleciendo a causa de las heridas al año siguiente. Al no
producirse ningún cambio en la política —le sucedió Wakatsuki Reijiro, con ideas y
formación semejantes— los patriotas fueron más lejos: la sociedad Sakurakai, de Hashimoto,
con algunos extremistas civiles, proyectó un golpe de estado destinado a imponer la ley
marcial y un gobierno militar. La conspiración tuvo que ser abandonada en marzo de 1931, al
negar-se a participar algunos altos oficiales; pero en el otoño el plan resurgió a una escala
induso mayor. Esta vez se eliminaría en un ataque aéreo al gabinete reunido en una de sus
juntas; en la confusión resultante, a la intentona se uniría una división de la policía y el
ministro de la Guerra quedaba aislado hasta que hubiera quedado declarada la ley marcial.
Aunque la conspiración fue abortada y sus autores detenidos en octubre, el patriotismo de sus
motivos mereció al parecer de los jueces un tratamiento indulgente.
En este contexto hay que ver lo que Itagaki Seishiro e Ishiwara Kanji estaban haciendo en
Manchuria. Estaban convencidos de que la posición japonesa en el continente asiático estaba
siendo seriamente minada, no sólo por las señales de que Chang Hsueh Liang podía pasarse
el Kuomitang, sino también por la depresión mundial que había mermado sustancialmente las
ganancias de la Compañía Ferroviaria de Manchuria del Sur. El colapso de esta empresa, de
sobrevenir, pondría en peligro el suministro japonés de alimentos y de importantes materias
primas justo en el momento en que aumentaba su necesidad ante el crecimiento del
proteccionismo a escala mundial. Además, una Manchuria dominada por el Kuomitang sería
una amenaza a la frontera coreana. Desde el punto de vista militar, estas consideraciones
hacían imperativo el tomar medidas, y pronto.
Estas medidas, al entender del ejército de Kuantung, consistían en la ocupación de lugares
claves de Manchuria, un paso que podría justificarse con el apaño de algún incidente en el
ferrocarril de Manchuria del Sur. En el verano de 1931 finalizaron con los planes para llevar
esto a cabo, después de haber conseguido la cooperación de compañeros del Ministerio de la
Guerra y del Estado Mayor de Tokio y de Corea con las mismas ideas que ellos. Atendiendo
al número de los implicados no es de extrañar que llegaran rumores a funcionados de la Corte
Imperial y del gabinete. Se pidió prudencia a los altos mandos y a principios de septiembre se
despachó un mensajero a Mukden para ordenar a los conspiradores que desistieran o, al
menos, que postergaran sus planes hasta la celebración de consultas más amplias.
Desgraciadamente, el enviado elegido, Tatekawa Yoshitsugu, un oficial del Estado Mayor,

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estaba de parte de los conspiradores, así que, después de dar aviso a Itagaki y a Ishiwara de
que iba, hizo el viaje lentamente para dar tiempo a que llevaran adelante sus planes. Y los
llevaron. La noche del 18 de septiembre de 1931 explotó una bomba en la vía férrea fuera de
Mukden. Inmediatamente se movilizaron las tropas para tomar la ciudad y la mañana
siguiente había empezado la ocupación del sur de Manchuria. En cuestión de días llegaron
refuerzos de Corea con lo que las operaciones pudieron abarcar a las tres provincias
manchúes.
Todo esto se había hecho no solamente contra los deseos bien conocidos del gabinete, sino
también sin la autoridad del alto mando militar y posiblemente sin la del mismo jefe del
ejército de Kuantung (no se tiene certeza de lo que éste sabía sobre las órdenes dadas en su
nombre). Pero una vez emprendida, la acción demostró ser incontenible. El Estado Mayor y
el Ministerio de la Guerra, ahora en sus esferas más altas, insistieron en que las tropas ya en
el campo de batalla tenían que ser apoyadas totalmente, consiguiendo así que fueran
ignoradas las instrucciones del gobierno relativas a un alto del avance. En efecto, al acabar el
mes de enero de 1932 las hostilidades se habían extendido más al sur de China, y un choque
entre soldados chinos y japoneses en Shanghai fue seguido del bombardeo naval de Nanking.
En sólo un aspecto fueron capaces las autoridades civiles de imponer cierta dosis de
moderación. El trupo Itagaki-Ishiwara del ejército de Kuantung había anticipado que cuando
todo estuviera hecho Manchuria quedaría bajo el control militar japonés. Esto lo rechazaba
Tokio, en parte porque sería una afrenta a los intereses burocráticos creados (del Ministerio
de Exteriores, por ejemplo), en parte porque ello supondría arrojar el guante a las otras poten-
cias de los tratados con intereses en China. El ejército de Kuantung, por consiguiente, adoptó
mejor un arreglo —con el visto bueno del gabinete— ya intentado antes repetidamente: un
régimen títere personificado en un manchú. Pu Yi, el emperador manchú depuesto en 1912,
fue sacado de donde vivía retirado en Tientsin e instalado como jefe de Estado (marzo de
1923) en lo que fue rebautizado como Manchukuo. Seis meses después, Japón reconoció al
nuevo régimen. El comandante en jefe del ejército de Kuantung fue nombrado embajador
japonés responsable de la defensa del país y del mantenimiento de la ley y el orden. Para
todos los puestos claves de la nueva administración manchú se nombraron asesores
japoneses.
Mientras, la diplomacia japonesa estaba haciendo lo que podía para paliar la mancha en la
reputación internacional del país. El 21 de septiembre de 1921, China había apelado a la Liga
de Naciones sacando de Japón una declaración en la que éste negaba tener ambiciones territo-
riales en el continente y prometía retirar sus tropas. Pero era una promesa que Tokio se veía
imposibilitado para cumplir a la vista deja intransigencia del ejército. La Liga nombró a su
tiempo una comisión investigadora dirigida por lord Lytton y cuyos miembros llegaron a
Yokohama a principios de 1932 para ser recibidos casi de inmediato con la noticia de la
creación del Estado de Manchukuo. Nada de lo visto u oído en sus viajes subsiguientes daban
fe a la pretensión japonesa de que se trataba de una elección espontánea por parte de la
población manchú. De aquí que el informe por ellos elaborado, a la vez que era prudente y
moderado en el tono, apenas dejaba entrever la posibilidad de que la Liga declarase contra
China. Y, cuando el asunto salió por fin a debate en Ginebra en febrero de 1933, Japón eligió
retirarse de la Liga antes que escuchar una condena.
Al explicar esta decisión, Uchida Yasuya, ministro de Exteriores, afirmaba que la culpa
estaba en los disturbios de China y no en las ambiciones de Japón. El mundo, escribía, debe
reconocer «que China no es un Estado organizado, que sus condiciones internas y relaciones
exteriores están caracterizadas por un extremo confusionismo y complejidad, así como por

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numerosos rasgos anormales y excepcionales; y que, en consecuencia, las costumbres y los
principios generales del derecho internacional que rigen las relaciones normales entre las
naciones, ven considerablemente alterado su funcionamiento en China»~. Teniendo esto en
cuenta, concluía, Japón busca seguir su propia vía para conseguir en el Asia oriental el orden
y una «paz duradera».

Capítulo 11
El nuevo orden de Japón, 1931-1945
Tras la captura de Manchuria en 1931, la vida japonesa conoció un nivel de turbulencia sin
igual desde la década que siguió a los tratados de 1858. En el extranjero, la guerra era casi
constante. Hasta el verano de 1937 continuaron los combates intermitentes en el norte de
China, que después se convirtieron en campañas a gran escala en todo el país. Aunque al
principio se esperaba que fuesen breves —no estando dignificadas con la designación de
«guerra» por el gobierno japonés— las hostilidades prosiguieron de hecho hasta 1945,
confundiéndose en los últimos cuatro años con un conflicto más amplio, la Guerra del
Pacifico. Esta se inició en diciembre de 1941 cuando Japón atacó a Estados Unidos y a los
territorios coloniales de las potencias situados en el Sureste Asiático.
En su sentido más general, la finalidad de los políticos japoneses al montar estas
operaciones era crear un orden internacional en el Asia oriental que dominado por Japón
sustituyera al que, según ellos, Occidente había ideado en el siglo xix para su propio
beneficio. Este aspecto del periodo será el tema del capítulo siguiente. En éste, en cambio,
nos ocuparemos de los sucesos ocurridos en el país que también fueron violentos, incluyendo
bastantes asesinatos e intentonas golpistas. La mayoría de estas acciones las realizaban
patriotas que buscaban regenerar la sociedad japonesa, limpiándola de los elementos de
«corrupción» occidental que se habían acumulado desde la Restauración de Meiji en la
búsqueda nacional de «riqueza y fuerza».
Una manera de mirar estas actividades políticas es compararlas con las que estaban
teniendo lugar en la Alemania y en la Italia de la época, pues en las de estos países se daba
también un rechazo a la democracia parlamentaria, además de la imposición de un rígido
control en las finanzas y en la industria con el objeto de levantar una economía de guerra. En
este contexto, a los sucesos de Japón se les ha puesto con frecuencia la etiqueta de
«fascistas». Es cierto que Japón no tenía un dictador carismático ni un Estado genuinamente
unipartidista que hubiera sustituido al antiguo orden atrayendo a sectores descontentos.
Tampoco se dio una destrucción masiva de la instituciones establecidas. Pero aun así, existe
entre los tres regímenes una semejanza general en otros aspectos, un parecido suficiente para
que Maruyama Masao describa lo que sucedía en Japón como «fascismo desde arriba»
(poniendo de relieve la dependencia de los dirigentes de sectores militares y burócratas).
Otro planteamiento a aquellos años treinta sería uno de tipo particularista, contemplando el
papel del nacionalismo (o mejor, del ultra-nacionalismo, pues era elevado a un podio en que
ningún otro valor podía competir). El vocabulario de la política japonesa en ese tiempo era
tradicionalista: los hombres buscaban autoridad en la divinidad imperial y una política
nacional única (kokutai), a la vez que justificaban la expansión como una «misión» cultural y
racial. Resulta, por tanto, tentador caracterizar la confrontación que libraban como la pugna
entre una «vía» japonesa y otra extranjera, y no entre ideologías políticas en el sentido
europeo. Así es como ciertamente lo veía la mayoría de los patriotas japoneses. También es el

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planteamiento que ha resultado más atractivo para los revisionistas desde el final de la guerra.
Militares en la política
Una premisa de aceptación casi universal para los historiadores es que después de 1930 la
influencia de los militares en la política japonesa aumentó hasta convenirse en un dominio.
Pero pasar de ahí y preguntarse quién tomaba las decisiones y por qué, es meterse en un
atolladero. La complejidad de la rivalidad ejército-marina, de las facciones de uno y otra
compitiendo entre sí, de las alianzas cambiantes con el paso del tiempo y de las confusas rela-
ciones existentes entre oficiales, burócratas y políticos dificultan la formulación de cualquier
exposición resumida.
Para intentar poner en claro la situación es útil empezar distinguiendo entre altos oficiales
(principalmente los que ocupaban altos cargos en los Ministerios de Guerra y Marina, en los
dos Estados Mayores y en el ejército de Kuantung) y los llamados oficiales jóvenes con
categoría de teniente coronel para abajo al iniciarse este periodo, la mayor parte de los cuales
estaban apostados en Tokio o en sus alrededores en ocasiones relevantes. Todos estos hom-
bres compartían la convicción de que las fuerzas armadas tenían el deber de defender Japón,
lo cual podía invalidar en ciertas circunstancias lo que debían al gobierno civil. Una mayoría
estaba convencida de que la tarea comprendía tanto reformas políticas como eficacia militar.
Más allá de eso, sin embargo, los militares estaban divididos. En las esferas más altas —más
en la marina que en el ejército— la actividad política se contemplaba como encaminada más
al control de las instituciones de poder existentes que a la destrucción o al cambio radical de
las mismas. En las esferas más bajas, o bien por impaciencia o por compromiso
revolucionario, el modelo se tomaba más frecuentemente de los «hombres de espíritu» de la
Restauración de Meiji; eran, en otras palabras, fanáticos dispuestos a recurrir a la violencia
para que sus superiores complacidos hicieran su tarea.
Dentro del ejército había en definitiva dos facciones. Una, la facción del «Control» (Tosei-
ha), tenía orígenes en el movimiento de reforma militar instituido bajo Ugaki Kazushige y
Minami Jiro, que ocuparon sucesivamente la cartera del Ministerio de Guerra entre 1929 y
1931. El objetivo primario de esta facción era acelerar la modernización del equipo y de la
estructura militar, especialmente de tanques y aviones, de manera tal que se consiguiera una
mayor fuerza atacante sin un aumento en el número de las tropas. Otro era prepararse para la
clase de movilización nacional, económica y política necesaria en el arte militar moderno. En
el centro de esta facción estaba un oficial del Estado Mayor, Nagata Tetsuzan, asociado al
cual se contaban varios de los más célebres militares y políticos-militares del periodo
posterior a 1937: Matsui Iwane, Tojo y Koiso Kumiaki.
Sus rivales principales eran los miembros de la facción de la «Vía Imperial» (Kodo-ha),
centrada en tomo a los generales Araki Sadao y Mazaki Jinzaburo, que ponían su confianza
mucho más en las virtudes marciales tradicionales de la moral y del esprit de corps.
Politicamente, su preocupación era con un fenómeno comparable, la unidad nacional, que
concebían como hallar su foco espiritual en el emperador, más que en un gobierno
burocrático o parlamentario. No está del todo claro hasta qué punto estaban preparados para
tolerar la rebelión como medio para lograr sus fines, pero muchos patriotas, tanto militares
como civiles (véase capítulo 10), que creían que a Japón debía dársele una nueva pureza y
sentido de finalidad con otra Restauración, veían sin duda en ellos a los líderes capaces,
cuando una crisis les diera ocasión, de declarar la ley marcial y de reformar la política del
país.
Tal como resultó después, los patriotas iban a sufrir una desilusión. La primera de una serie

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de conspiraciones sobrevino en marzo de 1931, cuando la sociedad Sakurakai de Hashimoto
Kingoro, en colaboración con Okawa Shumei y otros civiles, maquinó asesinatos politicos
para llevar al poder a Ugaki Kazushige. Abandonado por falta de apoyo de los altos oficiales,
el plan resucitó en octubre como una ampliación a nivel nacional de las acciones del ejército
de Kuantung en Manchuria. Esta vez fue Araki Sadao la figura elegida para acaudillar el
régimen militar que sustituiría al gabinete existente, pero una revelación prematura le
permitió al alto mando poner freno al asunto. A los participantes en el complot sólo se les
castigó de forma leve. Y una consecuencia fue que Araki, que parecía no haber tenido
conocimiento de lo que se había estado tramando en su nombre, fue nombrado ministro de
Guerra en diciembre con la idea dentro de los círculos del gobierno de que tal medida era
necesaria para tener sujeto al grupo de exaltados.
A principios de 1932, los extremistas civiles prestaron una nueva dimensión a la violencia
cuando la hermandad de Inoue Nisho se dedicó a lanzar ataques contra aquellos a los que
culpaba del malestar en el campo. En febrero fue asesinado Inoue Jonnosuke, antiguo
ministro de Finanzas; y, en marzo, Dan Takuma, jefe ejecutivo de la empresa Mitsui. Dos
meses después (15 de mayo), un grupo de jóvenes oficiales de la marina, al lado de un
puñado de cadetes del ejército y de otro de extremistas agrarios, con Tachibana Kosaburo a la
cabeza, llevaron a cabo frecuentes ataques a ministros y oficinas del gobierno de Tokio. El
primer ministro, Inukai Tsuyoshi, fue una de las victimas.
El desorden que de repente había entrado en la vida politica del país se puso claramente al
descubierto con los juicios que siguieron a esos incidentes: juicios civiles separados para
Inoue Nisho y Tachibana Kosaburo, cada uno con sus partidarios; dos consejos de guerra, uno
del ejército y otro de la marina, para los oficiales implicados. Todos fueron públicos, largos y
sonados, permitiéndoseles a los defensores lanzar feroces diatribas, que a veces duraban dos
o tres días, contra todo y a quienquiera que sus defendidos, según ellos, tenían razón para
odiar. Su defensa, en suma, constituyó una aserción de los motivos patrióticos. Lo que es
más, a los defensores les daban alas jueces y fiscales. Las sentencias que se fallaron, habida
cuenta de la naturaleza de los crímenes, fueron mínimas: de cuatro años de cárcel para los
cadetes a cadena perpetua para Tachibana. Esta indulgencia no pasó inadvertida a los que
tenían razones para temer más ataques.
La siguiente fase de la lucha tomó la forma, no de patriotas contra gabinetes, sino de una
facción contra otra. Desde finales de 1931, con Araki como ministro de la Guerra y Mazaki
como subjefe del Estado Mayor, la facción de la «Vía Imperial» tenía una fuerte posición en
el seno del ejército. En enero de 1934, sin embargo, Araki dimitió por motivos de salud y su
sucesor, Hayashi Senjuro, empezó a caer bajo la influencia de Nagata Tetsuzan.
En julio de 1935, Mazaki, que había sido nombrado director general de Formación Militar
—sólo el cargo de ministro y de jefe del Estado Mayor eran de mayor importancia—, fue
destituido, siendo asesinado al mes siguiente Nagata por el teniente coronel Aizawa Saburo,
partidario de Mazaki. Enseguida, los líderes de la facción del «Control» llevaron a Aizawa a
juicio.
Las dificultades que estaba encontrando la facción de la «Vía Imperial» para llegar a los
altos cargos provocaron otra intentona de cambiar el curso de la historia política. Sus autores
fueron los «Oficiales Jóvenes». A primeras horas de la mañana del 26 de febrero de 1936, mil
hombres de la Primera División, conducidos por jefes militares simpatizantes de la «Vía
Imperial», se hicieron con el centro de la capital. Algunos atacaron la residencia del primer
rninistro, Okada Keisuke, matando a su cuñado al que confundieron con él. Otros asesinaron

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al ministro de Finanzas, al guardián del Sello Privado y al nuevo inspector general de
Formación Militar (el sucesor de Mazaki). Se distribuyeron panfletos en los que se proponía
el establecimiento de un régimen reformado encabezado deseablemente por el mismo
Mazaki. Pero ni éste ni Araki dieron ningún paso, al tiempo que el alto mando —a instancias
del emperador— llamó a unidades de la marina y a la guardia imperial que rodearon a los
rebeldes y les instaron a rendirse. La rendición tuvo lugar a primeras horas de la tarde del día
29.
Esta vez la rendición no significó publicidad ni sentencias nominales. Trece de los
insurrectos, entre ellos Alzawa, fueron juzgados y ejecutados en secreto y con prisas; a cuatro
de los contactos civiles, entre ellos Kita Ikld, les ocurrió lo mismo al año siguiente; a Araki y
a Mazaki se les pasó a la reserva (impidiéndoseles regresar a la política al volver a entrar en
vigor la antigua ley, abandonada en 1913, que exigía estar en activo al titular del Ministerio
de Guerra). A los «Jóvenes Oficiales» radicales que no habían estado directamente
implicados en el golpe, se les envió con diferentes destinos al extranjero o a las provincias.
Tomados en conjunto, los estallidos de violencia ocurridos entre 1932 y 1936 no sólo
llevaron a la victoria de la facción del «Control» dentro del ejército —al menos en Tokio,
pues la situación a veces era diferente en las colonias— sino también cambiaron el equilibrio
del poder en la política japonesa. Un resultado fue el relegar los partidos de la Dieta a una
posición de impotencia. La formación del partido Minseito en junio de 1927, integrando los
elementos de la Cámara Baja que se oponían al Seiyukai, había dado por un tiempo a Japón el
aspecto de un sistema bipartidista. El premio por este éxito parlamentario, se pensaba, sería la
formación a partir de ahora de gabinetes partidistas. En julio de 1929, la administración del
Seiyukai de Tanaka Giichi fue sustituida por una del Minseito con Hamaguchi Yuko a la
cabeza. Al caer éste asesinado en 1930, su cargo lo ocupó Wakatsuki Reijiro, de su mismo
partido; y, a fines de 1931, cuando la posición de Wakatsuki había quedado debilitada por su
impotencia en controlar los sucesos de Manchuria, el poder pasó a Inukai Tsuyoshi, del
Seiyukai. Y ahí se acabó la secuencia, pues desde entonces la dirección de cualquier partido,
debilitada por asesinatos y amenazas, se mostraba incapaz de asegurarse la lealtad de otros
segmentos de la elite gobernante —las fuerzas armadas, la burocracia— en un periodo
indudablemente de crisis nacional. En lugar de gabinetes partidistas, los gabinetes tenían una
proporción de representantes de partidos cuyo número fue reduciéndose con el paso de los
años. Tampoco alteró mucho la situación la emergencia de un grupo más fuerte de izquierdas,
el Shakai Taishuto (Partido Social de las Masas) que, constituido en 1932 según directrices
anti-comunistas y anti-capitalistas, consiguió medio millón de votos y 18 escaños en 1936,
duplicó esos resultados en 1937, pero no ganó voz en la política. De hecho, después de 1932
se dio una vuelta al tipo de gabinetes «trascendentales» que había habido años antes. Sus
primeros ministros eran mayoritariamente militares: el almirante Saito Makoto, en 1932-
1934, asesinado en febrero de 1936 cuando ocupaba el cargo de guardián del Sello Privado;
el almirante Okada Keishuke, en 1934-1936, que no corrió la misma tragedia por pura
casualidad; el general Hayashi Senjuro, a quien el ejército hizo ocupar brevemente el cargo
en 1937 para que no lo ocupara el general Ugaki Kazushige; el general Abe Noboyuki, en
1939-1940; el almirante Yonai Mitsumasa, en la primera mitad de 1940; el general Tojo
Hideki, principal dirigente de la guerra, en 1941-1944; el general Koiso Kuniaki, en 1944-
1945, y el almirante Suzuki Kantaro, en los meses anteriores a la rendición en el verano de
1945. En esa lista sólo quedó sitio para tres civiles: dos ex burócratas, Hirota Koki, en 1936-
1937, antiguo diplomático, y Hiranuma Kiichiro, en 1939, llegado del Ministerio de Justicia;
el tercero fue un noble de la Corte, Konoe Fumimaro, que presidió el gabinete en 1937-1939
y nuevamente en 1940-1941.

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No todos los militares que acaban de ser mencionados eran portavoces de sus compañeros
de filas. A algunos les había elegido el Genro y la Corte con la esperanza de que pudieran
mantener la frágil disciplina del ejército. Los almirantes eran a veces figuras de compromiso
cuando el ejército y los civiles andaban de pique. Aun así, la ley que exigía que los ministros
del ejército y de la marina estuvieran en activo, les daba a los altos oficiales de los dos cuer-
pos una voz colectiva en la composición del gabinete, una voz que no dudaban en usar. Y era
precisamente la influencia militar en este sentido lo que más preocupaba a los que todavía
buscaban mantener el sistema de Meiji.
En este grupo de defensores del orden establecido se distinguía Saionji Kinmochi, último
superviviente de los estadistas veteranos (Genro). Su tarea había sido asesorar al emperador
en elegir de vez de cuando al primer ministro. Como protegido de Ito, Saionji había sido él
mismo primer ministro a principios de siglo. La experiencia diplomática, incluyendo sus
funciones al frente de la delegación japonesa en Versalles, le había dado relaciones estrechas
con el Ministerio de Exteriores, mientras que como miembro de una distinguida familia
cortesana mantenía una buena relación personal con el emperador. Se sirvió de esos contactos
para asegurarse que los hombres con cargos cercanos al trono compartieran sus mismas
simpatías políticas —Makino Nobuaki, guardián del Sello Privado, hijo segundo de Okubo
Toshimichi, es un ejemplo sobresaliente— y a veces para convencer al emperador en persona
a que diera un codazo de atención al mandatario civil o militar de turno. Hasta su muerte en
1940, Saionji seguiría usando esos medios para hacer lo que podía por mantener a su país
dentro del orden internacional anglo-norteamericano y por preservar la continuidad de la mo-
narquía constitucional según el modelo de Meiji.
Pero ese «hacer lo que podía» no resultó ser suficiente al mediar la década de los años
treinta. Quienes estaban dispuestos a usar tropas contra el gobierno parecían más inclinados a
hacerse con la persona del emperador que a obedecer a los allegados a éste. Además, en
1935, sus aliados civiles empezaron a criticar por primera vez abiertamente a Saionji y a sus
amigos, alegando que la forma de usar su influencia estaba siendo contraria a la política
nacional (kokutai). Makino dimitió como guardián del Sello Privado. Saionji cambió de
rumbo alejándose más de la política de Tokio y consagrándose más a mantener la institución
imperial para el día en que «las tendencias de la época» le permitieran volver a desempeñar el
papel «debido». A su entender, esto quería decir que el emperador debía también ser separado
lo más posible del acontecer político. El emperador no debe «de ningún modo... participar en
las decisiones», ni sus opiniones personales deben «presentarse como si fueran decisiones
imperiales». En estas circunstancias, Saionji acudió a otro noble cortesano, Konoe Fumimaro,
del que se creía que sería aceptable para el ejército por sus ideas sobre política exterior, como
el hombre capaz de plantear un compromiso que pudiera salvar la monarquía. Lo que hacía
falta era reconciliar de alguna forma —sin cambiar fundamentalmente las instituciones
políticas— los planes de la facción del «Control» relativos a un «estado de defensa nacional»
(kokubo kokka), las nociones de la «Vía Imperial» sobre el «trascendentalismo» del
emperador, y el deseo de los políticos y burócratas civiles de conservar por lo menos algunas
de sus prerrogativas existentes. Era una tarea formidable. Konoe, como después resultó,
carecía de la personalidad y de la decisión capaces para realizarla con éxito. Por un lado, se
declaró dispuesto a «combatir el veneno con el veneno», es decir, dispuesto a dar
responsabilidades a los extremistas con objeto de controlar a los demás. Por otro, resolvió
poner a los burócratas, comerciantes y políticos en una misma organización, más amplia que
los partidos, pero de estructura más flexible que el sistema global de un único partido
favorecido por los totalitaristas (según el modelo alemán). Fue la Asociación de Auxilio al
Gobierno Imperial (Taisei Yokusankai), fundada en octubre de 1940.

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Ni una medida ni otra, sin embargo, consiguieron dotar a Japón de la estabilidad y la
coherencia política que Konoe deseaba. La primera lanzó a hombres que a la postre se
mostraron dispuestos a ignorar los deseos de Konoe, como Tojo Hideki que fue además su
sucesor. La segunda resultó ser totalmente ineficaz como medio de frenar a los militares al
menos fuera de Japón. En casa, es cierto, le ayudó a garantizar la superviviencia en cierta
medida de aspectos del sistema de Meiji: dentro de la Asociación de Auxilio al Gobierno
Imperial, por ejemplo, los políticos de los partidos seguían dirigiendo los asuntos de la Dieta
y conservaban el prestigio derivado de conferir legalidad a las regulaciones de la guerra; los
funcionarios de los gobiernos regionales de hecho aumentaron sus poderes (como el
administrar los racionamientos, ahorros para la guerra, defensa civil) ejerciéndolos a través
sobre todo de asociaciones de vecinos (tonarz gumaí) establecidas en septiembre de 1940;
finalmente, los burócratas siguieron con la mayoría de sus viejas prácticas y procedimientos
usándolos a veces para frustar las aspiraciones de los militares a la asignación de los recursos
económicos. En otras palabras, mientras que Japón después de 1937 estaba sometido a una
incómoda serie de controles y prohibiciones, seguía siendo demasiado pluralista para ser
completamente totalitario. Tampoco era todo lo militarista que los militares hubieran deseado.
Ideas peligrosas
Cualquier país en guerra echa mano a la censura y trata de suprimir las ideas que se piensa
amenazan la estabilidad política, pero el uso de la policía contra los socialistas y los
comunistas de Japón no empezó solamente en 1931 con el estallido de las hostilidades en
Manchuria. Aparte de la legislación que se blandía en contra del movimiento de derechos
populares de los años ochenta del siglo xix y del sindicalismo de principios del xx —pese a la
relevancia de estos dos precedentes— la Ley para el Mantenimiento de la Paz de 1925 había
dotado a la policía ideológica (tokko, bajo el Ministerio del Interior) y a la policía militar
(kempei, bajo el Ministerio de la Guerra) de amplios poderes para combatir a cualquier
organización que persiguiera el derrocamiento de la forma de gobierno o la abolición de la
propiedad privada. Estos poderes fueron ejercidos en marzo de 1928 cuando la policía
acorraló a unos mil comunistas y simpatizantes del comunismo. Un año después, en una
nueva serie de redadas se detuvieron también a muchos extremistas no comunistas; y desde
entonces hombres y mujeres de conocidas tendencias izquierdistas estaban siempre expuestos
al arresto, prisión y a menudo tortura sin mediar aviso o motivo aparente. Antes de 1945 se
habían detenido en virtud de esa ley a más de 75.000 personas, aunque a juicio sólo se llevó a
5.000, la mitad aproximada de los cuales seguía detenida cuando en 1945 acabaron las
hostilidades.
Pero tampoco acabar con la subversión política a cualquier precio era todo lo que se
preveía. Araki Sadao, siendo ministro de la Guerra a principios de 1934, recomendó al
gabinete imponer un rígido control en la publicación de libros y periódicos con el objeto de
prohibir «las ideas que pudieran dañar la política fundamental nacional», al mismo tiempo se
fomentarían las que «contribuyeran a la prosperidad del Estado, al orden social, a la buena
marcha de vida nacional y al saludable esparcimiento de la población». Se impondrían
restricciones a los grupos que «propagaran ideas antibelicistas y antiimperialistas». Además,
se movilizaría a la hostilidad popular contra las ideas peligrosas de todo orden a través de la
Asociación de Reservistas Militares, de la Asociación Juvenil, de los Jóvenes Exploradores
(Boy Scouts), de la Cruz Roja y de varias organizaciones femeninas así como mediante
cuerpos religiosos y sociales.
La censura a las editoriales y a la prensa se hizo cada vez más rigurosa en los, años que
siguieron y era manejada por la policía, aunque con respecto a libros parece haber ido

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dirigida principalmente contra los autores con suficiente fama como para ejercer influencia en
el público en general. Así y todo, el efecto fue más omnipresente de lo que tal cualificación
pudiera dar a entender. La autocensura, que reflejaba el miedo a la prisión o amenazas de los
patronos, existió indudablemente aunque no era fácil de identificar. Tampoco era el material
abiertamente político el único que se ponía bajo la lupa del censor. Eran objetos de sospecha
también los escritos sobre historia antigua de Tsuda Sokichi, pues se trataba en ellos del
origen del linaje imperial, y las novelas como Sasameyuki (traducida al inglés con el título de
The Makioka Sisters), de Tanizaki Junichiro, que presentaba dudas sobre valores convencio-
nales. A su tiempo, la referencia de Araki al «saludable esparcimiento de la población» llegó
a justificar la desaprobación oficial de la música de jazz, de la escenas de amor en el cine y en
el teatro occidental, y de las expresiones americanas empleadas en el béisbol.
Es difícil juzgar el impacto de todo esto. No cabe duda de que al pueblo japonés se le
mantenía ignorante de muchos de los sucesos ocurridos dentro y fuera del país que pudieran
mostrar a un Japón poco agraciado. Además, la presión era muy considerable sobre el
ciudadano inconformista o sobre el portavoz de ideas impopulares. Por ejemplo, de la gente
detenida en este periodo unos 1.800 eran cristianos, sobre todo de un grupo de los menos or-
todoxos y sumisos como el de los Testigos de Jehová. Se tomaron también medidas contra
algunas sectas budistas y sintoístas cuyas creencias eran críticas del Estado o de la guerra, o
que aprobaban normas sociales, o cuyas costumbres eran indebidamente heterodoxas. El
sintoísmo estatal, por el contrario, nunca había recibido más apoyo del gobierno que ahora,
no sólo por su compromiso con la divinidad del emperador, sino también porque se le consi-
deraba como el tipo de ideología verdaderamente japonesa que podía utilizarse para impulsar
el imperio en ultramar. Holtom cita a un oficial japonés en Corea que en 1936 intentaba
justificar las instrucciones recibidas de Tokio para que los coreanos participaran en los ritos
sintoístas, y lo hacía con el argumento de que no se trataba de un acto religioso, sino de
«patriotismo y lealtad» que reflejaba «las virtudes morales básicas de nuestra nación»6’4. En
1938, el Ministerio del Interior estableció que los santuarios sintoístas en el extranjero debían
estar dedicados a Amaterasu, la progenitora del linaje imperial, y no a deidades menores,
tener una arquitectura de estilo japonés aunque sujeta a variaciones «adecuadas al clima y al
lugar» y contar con sacerdotes japoneses.
Cuando el contexto era directamente político, el requisito de conformidad era casi absoluto.
El asunto Minobe lo ilustra perfectamente. Minobe Tatsukichi, profesor de Derecho
Constitucional en la Universidad Imperial de Tokio y miembro por nominación de la Cámara
Alta, recibió críticas histéricas en la prensa y en la Dieta en 1934-1935 por haber descrito al
emperador en algunos de sus escritos como un «órgano» del Estado, descripción que los tra-
dicionalistas juzgaron como falta de lesa majestasd. En un sentido la campaña iba dirigida
contra todos los que, como Saionji Kinmochi, se habían servido de las teorías de Minobe para
defender la monarquía constitucional. En el plano personal, la campaña era un preludio de
persecución. A Minobe se le obligó a dimitir de la cámara alta y a renunciar a todos sus
honores. Sus libros se prohibieron y a principios de 1936 le faltó poco para ser asesinado.
Incidentes como ése, sumados al conocido rigor de las condiciones de las cárceles y a la
sospecha de torturas a manos de la policía, contribuyeron a explicar la reacción de muchos
otros intelectuales. Frecuentemente, hacían declaraciones de tenko o renuncia a ideas
anteriores, un fenómeno definido por Tsurumi Shunsuke como «conversión ocurrida bajo la
presión del poder estatal». Y la renuncia no la hacían como resultado sólo del miedo y de las
privaciones, aunque esto también contaba, pues las declaraciones solían efectuarse al salir de
la cárcel. Estaba también el hecho de que las autoridades eran capaces de hacer que la
persona arrestada e interrogada se diera perfecta cuenta de que estaría incomunicada con casi

17
todos sus compatriotas, es decir, la atacaban en el sentimiento de «pertenencia» étnica y
nacional. Un caso famoso fue el de dos comunistas, Sano Manabu y Nabeyama Sadachika, a
los que en 1933 les hicieron renegar de los elementos antiimperialistas de sus ideologías en
cuanto aplicables a Japón. Puesto que, explicaron, Japón estaba liderando a Asia contra el
capitalismo occidental era legítimo que se extendiera por la «atrasada» China y pusiera a
Manchuria, así como a Corea y Taiwán, bajo su dominio. En esta tarea, las nociones de
«independencia para las colonias y de autodeterminación nacional son ideas burguesas desfa-
sadas».
No todos los radicales japoneses sucumbieron a este tipo de presión, aunque pocos
pudieron resistirla una vez que eran seleccionados como blanco. Algunos se replegaron a un
retiro intelectual, otros a desviaciones eruditas más esotéricas y otros siguieron criticando en
revistas de producción privada. Ninguno de ellos, sin embargo, como tampoco ninguno de
los disidentes políticos supervivientes se involucraron en protestas activas o crearon un
movimiento de resistencia en Japón. Una razón importante era el peso de la propaganda
pública y privada desplegada para mostrar que el individualismo y la antipatía al consenso —
de aquí, el liberalismo, el votar, las políticas de confrontación— era algo no japonés. El
proceso empezaba en las escuelas en donde el profesor de ética se preocupaba más que nunca
de mostrar que esas cosas eran iniportaciones indeseables de Occidente. Junto con una fuerte
dosis de admiración por los logros militares del país, pasados y presentes, administrada con el
estudio de la historia y la literatura, al alumno se le enseñaba en el principal texto de ética,
Kokutai no Hongi «Principios de Política Nacional», publicado en 1937) a poner siempre a la
nación por encima de uno mismo. La persona, se le decía al alumno, «no es esencialmente un
ser humano aislado del Estado, sino que tiene su destino asignado como parte formante del
Estado». Concebir esto de otro modo, como hacían algunos pensadores políticos de
Occidente, equivalía a promover «la creación de una lucha entre individuos y entre clases».
En efecto, «los males ideológicos y sociales del Japón de hoy» podían ser atribuidos al hecho
de que «desde los días de Meiji habían sido importados y a una celeridad excesiva tantos
aspectos de disciplinas, sistemas y culturas de Europa y Estados Unidos». Lo que hacía falta,
en lugar de eso, era algo japonés, una armonía conseguida porque había «bajo el emperador
un cuerpo de personas con una sola sangre y una sola mente».
En esta vía a la unidad nacional había, sin embargo, un escollo. Lo que Araki Sadao
llamaba «movilización espiritual» tenía sus limitaciones. Si el esfuerzo de la guerra de Japón
iba a ser efectivo, el rechazo al pensamiento occidental no podía extenderse a la ciencia
occidental como lo demuestra la proporción creciente de estudiantes graduados de las
facultades japonesas de ciencia y de ingeniería: del 15 por ciento del estudiantado
universitario en 1931-1935 al 23 por ciento en 1941-1945. Tampoco a la organización de una
economía de guerra era posible aplicarle principios puramente «nativistas».
Una economía controlada
Las medidas que más contribuyeron a sacar a Japón de la crisis económica provocada por
la gran depresión mundial fueron obra de Takahashi Korekiyo, ministro de Finanzas de fines
de 1931 a comienzos de 1936. El primer paso (diciembre de 1931) fue abandonar el patrón
oro a fin de reducir el valor del yen y estimular las exportaciones. En 1932 aumentó
sustancialmente el gasto público, gran parte del cual se destinó a ayudar a la agricultura.
Aunado a una reducción de los tipos de interés, esto ocasionó a lo largo de unos cuantos años
un resurgir gradual de la demanda y, en consecuencia, de la inversión privada. La producción
agrícola, cuyo índice (1925-1929 = 100) seguía siendo sólo de 103 en 1935, habiendo caído
de 110 en 1930, empezó a remontar de nuevo. En el capítulo manufacturero, el índice por

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volumen (1910-1914 = 100) casi se duplicó entre los periodos 1925-1929 y 1935-1939 y al-
gunos sectores superaron con creces ese promedio. El índice del sector del metal y de la
maquinada en particular subió de 255 a 920, el químico y cerámico de 453 a 1.255. En la
construcción naval, el tonelaje anual bruto se recuperó de 106.000 toneladas en 1929-1933 a
259.000 en 1934-1937, o sea, a un nivel aproximadamente igual que durante la guerra de
1914-1918.
Esta recuperación económica estuvo acompañada de varios cambios importantes
vinculados sobre todo a la posición de Japón en la economía mundial. El descenso del valor
del yen, que hizo más caras las importaciones y menos gananciosas las exportaciones, animó
a los comerciantes a buscar fuentes de abastecimiento allá donde el cambio de moneda les era
favorable, y mercados en donde había menos trabas a las ventas japonesas. Esto produjo un
crecimiento del comercio con el este y sureste de Asia, sobre todo con las dependencias
japonesas, en lugar de con Europa y América. En 1934-193 6 (los años tomados generalmente
como norma de antes de la guerra, ya que las cifras de los años siguientes están deformadas
por factores militares), casi el 60 por ciento de las exportaciones japonesas fueron a China,
Corea, Taiwán y el sureste asiático, mientras que el 50 por ciento de las importaciones proce-
día de esas mismas partes.
Otro cambio fue el desarrollo más acelerado de la industria pesada dentro de Japón, lo cual
reflejaba el aumento del gasto militar y una tendencia a la sustitución de las importaciones
para evitar las fuentes de abastecimiento más caras. Hubo un desarrollo significativo de las
industrias eléctrica y de maquinaria, más el crecimiento de nuevas empresas en los sectores
de la aviación y automóviles. Esto hizo crear un nuevo campo manufacturero dominado por
lo que se llamó el «nuevo» zaibatsu. Las antiguas corporaciones a las que se refería este
término habían concentrado su atención en las finanzas y el comercio, incluyendo el
comercio exterior. A la espera de tiempos dificiles, decidieron atrincherar su posición con el
uso creciente de carteles y acuerdos comerciales semejantes, y no con la ampliación de sus
actividades en la industria. En este campo, pues, la iniciativa vino de gente nueva junto con
algunos que habían sido antiguos socios del zaibatsu —Nitrógeno de Japón (Nihon Chisso)
tenía relaciones con Mitsubishi, Toyota con Mitsui— y otros que habían surgido
independientemente, como Nissan. Todos ellos se beneficiarían de la expansión de la
industria militar posterior a 1936. La planta de automóviles de Nissan en Yokohama, por
ejemplo, fue eclipsada completamente en importancia por sus intereses en Manchukuo.
La victoria en el seno del ejército de la facción de «Control», comprometida a un programa
de modernización militar, junto con el brote de hostilidades a gran escala en China en 1937,
dieron pie a nuevas oportunidades y también a problemas económicos. El gasto militar se
elevó de poco más del 9 por ciento del gasto nacional bruto en 1933-1937 al 38 por ciento en
1938-1942, es decir, a 11.900 millones de yenes de un total de 31.000 millones. Baba Eiichi,
nuevo ministro de Finanzas al caer asesinado Takahashi en la intentona golpista de febrero de
1936, fue incapaz de vencer la tendencia que acabó llevando a una crisis en la balanza de
pagos. Y si bien es cierto que la expansión territorial en el continente asiático le dio a Japón
acceso al tan necesitado carbón y hierro a precios cómodos, gran parte de lo que se requería
—máquinas herramientas, petróleo, algunos metales raros usados en aleaciones de acero—
venía de países en donde era difícil aumentar o incluso mantener el poder adquisitivo. Sólo
quedaba una opción: equilibrar la oferta y la demanda con un sistema de planificación y
control.
Durante 1936 y 1937, el Estado Mayor del Ejército llevó a cabo el primer intento coherente
para solucionar este problema. Ishiwara Kanji, en colaboración con Miyazaki Masayoshi,

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antes de la Compañía Ferroviaria de Manchuria del Sur, elaboró un Plan Quinquenal para
1937-194 1 con objetivos de inversiones y de producción de hierro, acero, petróleo, carbón,
energía eléctrica, productos químicos, maquinaria y otras industrias vitales para el poderío
militar. Aunque el gabinete no le dio el visto bueno final hasta principios de 1939, su
contenido era ampliamente conocido entre los funcionarios y provocó un flujo constante de
capital y de recursos de uso civil a militar bastante antes de esa fecha. Se establecieron
nuevas instituciones para supervisar el proceso. En el Ministerio de Comercio e Industria
existía ya un instrumento para la intervención asistencial del gobierno en la recuperación si-
guiente a una depresión económica y en el fortalecimiento de las empresas japonesas de cara
a competidores extranjeros (principalmente mediante el fomento de la formación de cárteles).
Con este objeto, en octubre de 1937 se agregó el Consejo de Planificación Interministerial,
cuya tarea primordial era coordinar a los distintos ministerios afectados por el esfuerzo de la
guerra en China. Su personal abarcaba a oficiales militares en traslado temporal y burócratas
del gobierno central con aquilatada experiencia en economía. En 1943, al aumentar los
problemas de la guerra, se fundió con el Ministerio de Comercio e Industria para constituir el
Ministerio de Municiones. Los miembros de estos organismos debían cooperar con el Cuartel
General Imperial (Daihonei), que había sido activado en noviembre de 1937 para concertar
los objetivos estratégicos —y por tanto las necesidades económicas— del ejército y la
marina.
A finales de 1937 se establecieron controles en el capital y comercio extranjero con la mira
de dar prioridad a las exigencias militares. El Decreto de Movilización Nacional de abril de
1938 puso éstas dentro de un marco más general de poderes de emergencia, estipulándose la
dirección de la mano de obra y del material, la regulación de salarios y precios, el
funcionamiento por parte del gobierno de las industrias clave, si fuera necesario, e incluso un
mecanismo de ahorro obligatorio. Algunas de sus estipulaciones permanecerían cierto tiempo
inactivas, pero en teoría le dieron al gobierno. las armas con que enfrentarse a todos los
problemas capitales relativos a la producción de material bélico, asignación de recursos y
balanza de pagos.
Pese a la existencia de ese Consejo de Planificación Interministerial, la maquinaria del
gobierno japonés de los años treinta carecía de un cuerpo central capaz de identificar y de
poner en vigor las prioridades económicas. La insistencia del ejército y la marina, en conjunto
y por separado, en que sus necesidades fueran en primer lugar; la presencia en la Corte y en
el Ministerio de Exteriores de hombres poderosos en desacuerdo con los militares en cuanto
que ponían al comercio exterior por delante de la expansión territorial; la reticencia del viejo
zaibatsu y de otras grandes empresas a sacrificar sus ganancias por lo que les decían ser de
interés nacional o a doblegarse ante la interferencia estatal en sus negocios; todo esto compli-
caba excepcionalmente las cosas para los que intentaban planificar. Tampoco es de extrañar,
habida cuenta de la gran influencia política de todos esos grupos a los que les resultaba díficil
el aguantar imposiciones, que hubiera varias innovaciones constitucionales en estos años
consagradas a buscar una unidad en la toma de decisiones y su puesta en vigor. La
Conferencia de Enlaces (Renraku Kaigi) constituyó un foro en el que los ministros del
gabinete podrían debatir sobre política de alto nivel con representantes del ejército y de la
marina. La Conferencia Imperial (Gozen Kaigi), que se reunía en presencia del emperador,
tenía una función parecida, aunque en ella se trataban temas especialmente críticos. Sin
embargo, lo más que casi siempre podía lograrse en estas juntas, por distinguidas que fueran,
eran compromisos verbales que se desmoronaban tan pronto como se sometían al test de la
puesta en marcha.
El hecho es que la situación no daba de sí para compromisos, sólo para resoluciones que

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exigían un nivel de autoridad del que en última instancia se carecía. Las fuerzas armadas,
ocupadas en una guerra en China mucho mayor de lo que habían previsto, necesitaban más y
más material, la mayor parte del cual se componía de acero. Conseguirlo solamente era
posible a costa del capital, la mano de obra y la capacidad industrial que de otra manera se
hubieran destinado a las industrias de consumo. A su vez, esta situación ponía en peligro dos
cosas: una, las exportaciones —de textiles, por ejemplo- que constituían el único medio que
tenía Japón para pagar las importaciones de materias primas estratégicas (como el petróleo,
hierro y carbón); otra, la moral de la población civil, que en parte dependía del nivel de vida.
Por si fuera poco, el choque entre las’ necesidades a corto plazo (municiones para la guerra en
China) y los objetivos a largo plazo (la expansión de los recursos para una confrontación con
Estados Unidos y Rusia) provocó disputas entre los mismos estrategas. Así, en abril de 1941,
estas contracorrientes alcanzaron un punto en que el ejército llegó a insistir en el arresto de
algunos miembros civiles del Consejo de Planificación Interministerial, dando como razón
que se habían pronunciado en nombre de los industriales, lo cual equivalía a descubrirse
como simpatizantes de la izquierda política.
Las implicaciones de esta situación en la política exterior japonesa se tratarán en el capítulo
siguiente. Por ahora baste añadir a guisa de conclusión que las experiencias de la guerra en
este contexto contribuyeron grandemente a determinar el tipo de desarrollo industrial de la
postguerra. Por ejemplo, por una ordenanza de agosto de 1939, se dispuso que los fabricantes
del país se sometieran a cárteles obligatorios encabezados por empresarios prominentes bajo
la guía del ministerio incumbente, una decisión que robusteció en gran medida el poder de los
burócratas y el de los conglomerados sobre las empresas más pequeñas. Asimismo, la
uecesidad de poner en marcha los controles sobre salarios y el movimiento laboral hizo surgir
un programa patrocinado por el gobierno de «servicio industrial a la nación» (sangyo-
hoko/eu, abreviado como sampo), a tenor del cual las asambleas laborales sustituían a los sin-
dicatos. Esto dio estímulo al proceso por el cual la empresa más que la industria se iba
convirtiendo en la unidad clave de las relaciones industriales. Aceleró también esto la
tendencia hacia un sistema salarial basado en la veteranía y el empleo de por vida,
haciéndolas alternativas aprobadas en lugar de las huelgas. A corto plazo, la transformación
de la industria de consumo en industria de guerra tuvo un fuerte impacto en el nivel de vida,
como, por otro lado, estaba ocurriendo en la Europa de la misma época. La premisa resultante
también sería importante para la situación de la postguerra. La gente aprendió a trabajar más
que nunca, pero a cambio de una gratificación material menor. Productos de consumo de la
variedad y calidad de antes de 1937, como ropa y artículos domésticos, se fueron haciendo
inalcanzables; los alimentos escaseaban a causa de los precios de control y de la carestía de
fertilizantes agrícolas; el hacer cola pasó a ser una escena cotidiana en la vida urbana; comer
en restaurantes y comprar en el mercado negro llegó a ser para los ricos un medio de evadir
prohibiciones. Hay al menos un testigo que afirma que las condiciones eran peor en Japón
que en la Inglaterra de la guerra. Se trata de John Morris, que no fue repatriado hasta el
verano de 1942 y que recuerda que a su regreso a Londres «una de las cosas que me
impresionaban era la abundancia de alimentos».

Capítulo 12
Un imperio ganado y perdido, 1937-1945
Este capítulo va a tratar de las relaciones exteriores de Japón entre 1937 y 1945, es decir,
del nuevo orden en el Asia oriental y de la esfera de coprosperidad del Asia oriental mayor,

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junto con las guerras que las instauraron. Llamar a este periodo una fase de construcción de
un imperio, aunque es habitual entre los historiadores, no ha sido siempre aceptable para la
opinión pública japonesa ni entonces ni después. Algunos japoneses han preferido describirlo
como una búsqueda de la «autonomía», ya que el país lo que buscaba era una libertad de
acción en el Asia oriental que antes se le había negado por su «dependencia» de un orden
internacional dominado por Gran Bretaña y Estados Unidos. Otros lo han puesto en el marco
de un conflicto cultural y político entre Asia y Occidente, en el que Japón tenía el deber de
ponerse del lado de Asia.
Este segundo planteamiento ha presentado siempre problemas de definición. En los años
treinta, la mayoría de los japoneses estaban de acuerdo en que la igualdad e independencia
para los pueblos de Asia deberían ser mgredientes en cualquier sistema que llegara a sustituir
al imperialismo occidental; de aquí la importancia que daban a la «coexistencia y
coprosperidad» (kyoson-kyoez) Por otro lado, creían que China y los demás países del sureste
asiático y del Asia oriental habían sido reducidos a tal debilidad y desunión por los sucesos de
los últimos cien años, que en realidad no podían ser tratados como socios iguales de Japón.
De hecho, si la lucha para liberarlos significaba una guerra a gran escala, como parecía ine-
vitable, Japón entonces tendría que proporcionar la dirección y casi toda la fuerza efectiva. Se
seguía que para ello Japón necesitaría tener a su disposición la mayor parte de los recursos de
la zona ofrecidos de buena o mala gana. A su vez, esto implicaba que el camino hacia la
independencia de Asia pasaba por algo muy parecido a un imperio japonés.
El nuevo orden en el Asia oriental
Después de 1932, el Estado Mayor del ejército de Kuantung tenía el plan de avanzar más
en las provincias limítrofes con el sur de Manchukuo. Una razón era que la posición japonesa
en la zona nunca estaría muy a salvo con los nacionalistas chinos de Chiang Kai Shek al otro
lado de la frontera. Otra era que un avance relativamente corto por el norte de China y la
Mongolia Interior significaría un incremento sustancial de las reservas de carbón y hierro,
con lo cual Japón daría un paso más a su auto-suficiencia económica. Con ambos
argumentos, los dirigentes del ejército contaban con el respaldo de Tokio. Ciertamente en el
ambiente político dominante en la capital en los años siguientes (véase capítulo 11), era
difícil ver quién podría impedir que se repitiera lo de 1931; esta vez por razones nuevas.
En las primeras semanas de 1933 se encontró un pretexto para añadir Jehol a Manchukuo.
En mayo de ese año, una tregua en Tangku, negociada sin referencia al Ministerio de
Exteriores, creó una zona desmilitarizada, aislando los territorios ocupados por los japoneses
en el norte de los controlados por los nacionalistas. Esta medida dio pie en junio de 1935 a
que se exigiera la retirada de las tropas chinas de las provincias de Hopei y Chahar en el
interés de «mantener la paz». Se trataba de una conocida forma de imperialismo de frontera,
que se reforzaba concediendo el reconocimiento a los movimientos políticos chinos de la
zona que estuvieran dispuestos a aceptar la «autonomía» bajo patrocinio japonés. El resultado
más llamativo de esta estrategia fue el establecimiento del Consejo Político de Hopei-Chahar
en diciembre de 1935.
En Tokio, los gobiernos intentaban colocar algún marco político a estas acciones. En abril
de 1934, un portavoz del Ministerio de Exteriores anunció que la relación entre China y
Japón no se consideraba de la incumbencia de la Liga de Naciones ni de ninguna potencia. A
fines de 1935, se indicaron las condiciones aceptables para un acuerdo con China: el
reconocimiento chino de Manchukuo, la supresión de las actividades antijaponesas en China
y una alianza anticomunistas sino-nipona. Finalmente, en agosto de 1936, Tokio aprobó una

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declaración conocida como Fundamentos de la Política Nacional, a partir de la cual acabarían
desarrollándose las directrices del nuevo orden y de la esfera de coprosperidad. Era central en
ella la eliminación de la «tiranía política de las potencias en el sureste asiático» y su
sustitución por «relaciones cordiales» con los pueblos de la zona «fundadas en los principios
de coexistencia y coprosperidad». Para lograrlo, tenía que haber «una fuerte coalición entre
Japón, Manchukuo y China» en la cual el norte de China sería «una región especial» dada su
importancia económica. Yendo más lejos, Japón extendería sus intereses al sureste asiático,
pero sólo de forma «gradual y pacifica».
En estos objetivos —tal como los entendían los líderes militares, pues, después de todo,
habían jugado un papel importante en redactar el documento- estaba implícita la voluntad de
separar el norte de China del resto del país de forma parecida a como se había hecho con
Manchuria en 1931. Sin embargo, la creciente determinación de los nacionalistas a impedir la
fragmentación del país, sobre todo después del acuerdo de Chiang Kai Shek con los
comunistas a fines de 1936 para hacer causa común contra los japoneses, imposibilitada el
logro de los objetivos japoneses sin una conflagración general. La chispa saltó en 1937
cuando un incidente en el puente de Marco Polo, en las afueras de Pekín, provocó otro
enfrentamiento local. Los chinos se negaron a doblegarse a las exigencias del mando militar
japonés. Las dos partes enviaron más soldados y, al ser capaz el Estado Mayor japonés de
convencerse a sí mismo y al gobierno de que era posible una victoria rápida y completa, lo
que había sido un incidente se transformó en una campaña. A final de año, Japón tenía
200.000 soldados en combate con un nuevo mando, el ejército del norte de China.
Una vez empezados los combates, Tokio, como pasó en 1931, no estaba en situación de
impedir su escalada. A primeros de agosto, Tientsin y Pekín habían sido ocupadas. Las
hostilidades se extendieron al sur, empezando en Shanghai, donde se libró una encarnizada
batalla, y siguieron por el curso ascendente del río Yangtse hasta Nanking. Esta ciudad, la
capital de Chiang Kai Shek, fue ocupada a mediados de diciembre en medio de las mayores
atrocidades de la guerra. El gobierno chino entonces se replegó al interior, asentándose
finalmente en Chungking, mientras que Japón ampliaba el bloqueo naval a todo el litoral
chino. Muchas ciudades chinas fueron rigurosamente bombardeadas y el control japonés
quedó establecido en todos los centros políticos y económicos del valle del Yangtse inferior y
del norte de China, así como en sus rutas de transporte y en sus comunicaciones. En 1938, el
ejército del norte de China enlazó con las fuerzas a lo largo del Yangtse; se capturó Hankou y
en un ataque aparte por el sur se tomó la ciudad de Cantón.
La negativa del Kuomitang a rendirse pese a estos reveses hizo cambiar la táctica de los
japoneses. A partir de febrero de 1939, con la ocupación de Hainan seguida en junio de un
bloqueo a las concesiones francesas y británicas de Tientsin, se utilizó una combinación de
presiones políticas y militares destinadas a aislar a Chiang Kai Shek de toda ayuda extranjera.
Mientras tanto, continuaban a menor escala las operaciones en China. El estallido en sep-
tiembre de la guerra en Europa facilitó la nueva táctica japonesa, pues las potencias europeas
no estaban en situación de ignorar las amenazas japonesas. Francia permitió a Japón el acceso
a la frontera del sur de China, y Gran Bretaña cerró temporalmente la ruta de abastecimientos
de Birmania a Yunnan. Sin embargo, la resistencia china no había muerto. En el suroeste del
país, Chiang Kai Shek mantenía en línea de combate un ejército importante. En el norte, los
guerrilleros comunistas ocupaban grandes extensiones fuera de las ciudades agotando la
fortaleza de los japoneses y reuniendo fuerzas considerables.
El hecho de que los combates prosiguieran en una parte u otra de China hasta el fin de la
Guerra del Pacifico en 1945, tuvo un impacto considerable en la estrategia japonesa de

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control e integración de la región. No hubo nunca un periodo en que al sur de la Gran Muralla
disfrutara Japón del grado de estabilidad y cooperación que existía al norte de la misma. En el
plano político intentó Japón establecer un gobierno indirecto, como había hecho en
Manchuria. Pero el gabinete de Tokio y el ejército eran incapaces de ponerse de acuerdo
sobre qué quedan exactamente en China ode hallar una personalidad que gozara de suficiente
posición para colaborar con ellos. Wang Ching Wei, un antiguo alto miembro del Kuomitang,
fue el que estuvo mas cerca. En 1940 le pusieron al frente de un régimen títere en el valle del
Yangtse, pero en la práctica jamás le dieron la autoridad que le podría haber permitido
ganarse el apoyo del pueblo chino: Tokio seguía jugando con la idea de un entendimiento con
Chiang Kai Shek, mientras que los jefes militares japoneses no parecían muy dispuestos a
sacrificar a sus títeres locales para dar prestigio a Wang. En consecuencia, China se mantuvo
tan fragmentada con los japoneses como lo había estado con los cabecillas militares chinos.
En diciembre de 1938, Konoe Fumimaro, hablando como primer ministro, realizó una
declaración pública sobre el nuevo orden de Asia oriental. Japón, dijo, debería llegar a un
acuerdo con «los chinos clarividentes que comparten nuestros ideales y aspiraciones», tal
como ya había estado haciéndolo desde hacía varios años. Aunque era verdad que, al reunir a
Japón, China y Manchukuo en una liga anticomunista, Japón debía insistir en ciertos dere-
chos militares —en Mongolia Interior, por ejemplo-, tampoco deseaba «ejercer un monopolio
económico». Debía haber libertad de residencia y comercio para los súbditos japoneses, pero
lo que Japón queda principalmente era que China «le diera facilidades para el desarrollo de
sus recursos naturales.
Tal como resultó después, la planificación económica japonesa contemplaba algo bastante
más explotatorio de lo que esa declaración podía parecer implicar. Como lo expresaron
Ishiwara Kanji y Miyazaki Masayoshi cuando formularon su Plan Quinquenal, la intención
era crear en Manchuria y norte de China un complejo industrial que, integrado al japonés,
contribuyera decisivamente al aparato bélico japonés. Para el periodo 1937-1941 y en
productos como el acero que sería producido a nivel local, los objetivos para Manchukuo
eran diferentes. También se había proyectado fabricar aquí armas, aviones, automóviles y
material rodante ferroviario. Tanto Japón como Manchukuo obtendrían del norte de China y
de Mongolia sobre todo carbón y hierro, aunque el disponer de ello entrañaría invertir más en
energía y transportes.
La puesta en marcha de planes de este orden había empezado en Manchukuo tan pronto
como después de 1931 la ocupación japonesa de la zona había dejado de correr peligro. A una
serie de compañías «especiales» y «semiespeciales», cada una con dominio en un campo de
la industria, se les confió la ampliación de determinados sectores de producción bajo la
supervisión general de la Compañía Ferroviaria de Manchuria del Sur, en la que el gobierno
japonés poseía la mitad de las acciones. Japón se apropió de los ferrocarriles chinos y en
1935 le compró a Rusia la empresa Ferrocarriles Orientales de China con el objeto de
garantizar un control más completo del movimiento de suministros, aunque en otros aspectos
el desarrollo fuera al principio decepcionante. Los militares solían echar la culpa al hecho de
que la compañía ferroviaria estaba más preocupada con las ganancias que con los intereses
nacionales. Así, cuando en 1937 las hostilidades con China aumentaron la urgencia de
municiones, a la compañía se le quitó la administración de los ferrocarriles. En diciembre, se
fornió la Compañía para el Desarrollo Industrial de Manchuria (Mangyo) con tareas de
coordinación, y dirigida por Ayukawa Yoshisuke de la empresa Nissan, la cual había
trasladado su sede central a Manchukuo. Un año más tarde, justo antes del anuncio de Konoe
del nuevo orden, quedaron establecidas compañías similares en el norte y en el centro de
China.

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El resultado de estos cambios fue un aumento muy sustancial de las inversiones japonesas
en el continente —al lado de mucha explotación política y de expropiaciones de empresas
chinas— que provocaron un brusco aumento de la producción, sobre todo de carbón y hierro.
El norte y centro de China, junto con Mongolia Interior, produjeron casi 23 millones de
toneladas de carbón y 5 millones de toneladas de mena de hierro en el periodo 1941-1942.
Sólo Manchukuo terminó aportando el 20 por ciento de la producción total de Japón de hierro
en lingotes y el 8 por ciento del acero. Sin embargo, estas cifras eran más bajas de lo que en
un principio se había esperado, como pasó con las relativas a otros sectores de la actividad
industrial. Una razón fue la carestía de capital y de mano de obra especializada que trababa
continuamente el esfuerzo bélico japonés. Otra fue el cambio de prioridades después del año
1937, cuando los crecientes imperativos militares en China —y la constatación de que
podrían prolongarse algún tiempo- acentuó más las necesidades inmediatas, como
municiones, y menos el desarrollo a largo plazo. En la práctica esto significaba que los
conglomerados industriales dentro de Japón se llevaron la parte del león de la tecnología,
capacidad humana y financiación que había entonces, dejando que las empresas de ultramar
volvieran a su función tradicional de suministrar a la economía metropolitana materias primas
o semiprocesadas.
Pero tampoco hay que restar importancia a los logros realizados. Al acabar la guerra, el sur
de Manchukuo estaba considerablemente industrializado, como también lo estaban Corea,
Taiwán y algunas zonas del norte de China. En este sentido, el nuevo orden le dejó a la
postguerra un importante legado.
El camino a Pearl Harbor
Ishiwara Kanji había explicado que los pasos dados por Japón en Manchuria eran sólo la
primera etapa de una lucha que al final tendría que ser librada contra Rusia, Gran Bretaña y
Estados Unidos. Su premisa era que Japón podía elegir el momento para cada una de las
etapas y así enfrentarse con sus enemigos uno a uno. Pero la invasión de China, que él no
aprobó, junto con los sucesos mundiales de los que Japón no tenía control, iban a invalidar su
premisa. Gran Bretaña y Estados Unidos ya llevaban un tiempo indispuestos con Japón no
sólo por los incidentes concretos en China, en los que habían sido atacados sus barcos y
ciudadanos, sino más todavía por el hecho de que los dos tenían mucho que perder
económicamente si se destruía el sistema de tratados portuarios. Rusia, por su parte, no
afectada por nada de eso, tenía las manos libres para consolidar sus fuerzas militares en
Siberia y las provincias marítimas. En estas circunstancias, los políticos japoneses dieron en
creer que tenían que elegir entre dos caminos: uno ilustrado en la expresión «defender al
norte, atacar al sur»; otro, su opuesto. Cualquiera que se tomara, se encontrarían
ramificaciones que les sacarían evidentemente fuera del Asia oriental tal como se entendía
este término.
El recelo por la fuerza y las intenciones de Rusia creció a raíz de dos enfrentamientos en el
continente a lo largo de la frontera ruso-japonesa. El primero ocurrió en julio de 1938 en
Changkufeng (cerca de la frontera entre Manchukuo y Corea, al norte); el segundo, el verano
siguiente en Nomon-han (entre Manchukuo y Mongolia Interior). En los dos se desplegaron
grandes contingentes militares incluyendo fuerzas blindadas, y en los dos también el ejército
de Kuantung sufrió un grave revés. Este hecho, sumado a la conciencia de la hostilidad
británica y americana, llevó a algunos grupos del ejército a pedir con urgencia una relación
más estrecha con Alemania, confiando así que Rusia se quedaría tranquila hasta que quedara
«solucionada» la cuestión china. Japón ya había dado un paso en esta dirección, cuando en
noviembre de 1936 firmó el Pacto Anti-Comintem obligándose públicamente a cooperar con

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Alemania contra el comunismo internacional. Lo que ahora se contemplaba era algo mucho
más político, que llevaría a una coordinación de planes y a un reparto de botines.
Fi argumento en favor de esta alianza fue reforzado por lo que estaba ocurriendo en
Europa: el pacto de no agreSión ruso-germano (agosto de 1939), el estallido de la guerra
(septiembre de 1939), la cadena de victorias alemanas en la primavera y principio de verano
de 1940. Cuando en julio de 1940 tomó posesión el segundo gabinete de Konoe, su ministro
de Exteriores, Matsuoka Yosuke, apoyó con entusiasmo las ideas del ejército. Estaba seguro
del triunfo alemán en Europa. De aquí sacó la conclusión de que Japón no debía perder
tiempo en negociar las consecuencias de ese triunfo, pues la derrota de Gran Bretaña, Francia
y Holanda dejaría sin protección sus colonias de Asia. El panorama era lo bastante tentador
como para aplacar los escrúpulos de los demás miembros del gabinete, llegándose a firmar
así el 27 de septiembre de ese año el Pacto Tripartito con Alemania e Italia. Con Rusia se ce-
rró un acuerdo de neutralidad en abril de 1941, eliminándose de ese modo cualquier
incertidumbre que quedara sobre las fronteras del norte.
Los cálculos de Matsuoka resultaron equivocados en varios sentidos. Gran Bretaña no
sucumbió al ataque alemán, y Hitler, sin dar aviso previo a Japón, se lanzó a invadir Rusia en
junio de 1941. Un resultado secundario fue la caída de Matsuoka, otro fue una revisión
exhaustiva de la estrategia japonesa. Hubo miembros de los consejos internos que defendían
ahora insistentemente que era el mejor momento de atacar por el sur, pues la retaguardia de
Japón había demostrado estar bien segura. Otros, entre ellos el mismo Matsuoka, mantenían
que Alemania había creado una ocasión inigualable para consolidar la posición japonesa en el
norte, es decir, para atacar las provincias orientales de Rusia. El 2 de julio, en una conferencia
impenal de ministros veteranos y de líderes militares, celebrada en presencia del emperador,
se rehusó, casi como era de esperar, el optar por una u otra postura. Japón actuaría en el norte,
se decidió, si la situación europea se tornaba favorable a dar tal paso, una vez que el ejército
hubiera acabado con los preparativos necesarios, lo cual no sería antes de septiembre; pero la
alternativa quedaría entretanto abierta con la toma de posiciones en la mitad sur de Indochina.
Este paso, que se dio a fines de mes, puso en marcha efectiva el dispositivo que haría estallar
la Guerra del Pacifico a fines de ese mismo año.
Por detrás de la incertidumbre que tenía el gobierno estaba un dilema fundamentalmente
económico. Aunque el control del norte de China y de Manchukuo había contribuido mucho a
asegurar el suministro de carbón y hierro, había otras materias primas, vitales para la guerra,
que no se producían en las zonas vecinas a Japón. La más señalada de esas materias era el
petróleo, pero en la lista figuraba también caucho, estaño, tungsteno, cromo y níquel. La
guerra en Europa había aumentado, además, su demanda haciendo subir los precios y
dificultando su adquisición, sobre todo para un país como Japón que andaba corto de oro en
lingotes y de divisas. Una de las fuentes posibles de suministro era Estados Unidos, donde
Japón compraba sobre todo chatarra y petróleo. Otro era el sureste asiático. Pero estos
territorios asiáticos eran en su mayor parte colonias, lo cual quería decir que sus recursos
estaban a disposición en primer lugar de sus estados metropolitanos respectivos. En otras
palabras, cualquier intento de llevarse esos recursos a Japón equivalía a arriesgarse a una con-
frontación internacional a gran escala. Y si un avance en el sureste asiático enfrentara a Japón
directamente con Estados Unidos, se corría el peligro adicional de que la guerra alcanzara
unas dimensiones insostenibles incluso teniendo dominado el sureste asiático.
En octubre de 1931, el Consejo de Planificación Interministerial llevó a cabo un estudio
que concluyó con que la creciente demanda del país de materiales estratégicos hacía
necesario «poner dentro de nuestra esfera económica zonas continentales del este y sur de

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Asia»71. Según se había indicado tres años antes en los Fundamentos de Política Nacional, lo
ideal sería conseguir esto mediante presiones diplomáticas acompañadas de apoyo financiero
a las empresas japonesas, pero en los meses que siguieron, al hacerse cada vez más evidente
que las potencias europeas no estaban en condiciones de resistir, las posturas se endurecieron.
En agosto de 1940, cuando ya estaban en camino las negociaciones del Pacto Tripartito,
Matsuoka Yosuke habló por primera vez públicamente de la creación de una esfera de
coprosperidad del Asia oriental mayor que sería «igual que el nuevo orden del Asia oriental»
excepto que ahora se incluirían «partes como las Indias Holandesas y la Indochina Francesa».
Koiso Kuniaki, entonces ministro de Asuntos Coloniales, advirtió que el papel de Japón en tal
esfera debía ser algo más que un papel económico, puesto que comprendería la «guía» de los
asuntos internos de los países importantes y la protección militar de sus territorios. Las
directrices probablemente serían las adoptadas ya en China y Manchukuo. Por otro lado, en
un nuevo documento del Consejo de Planificación, fechado sólo unos pocos días después de
la declaración de Matsuoka, se seguían identificando a los objetivos, no a los métodos, de la
política japonesa como económicos: exportación ilimitada a Japón de los materiales
precisados; derechos especiales para Japón en el comercio, transportes y comunicaciones, y
concesiones mineras. En otras palabras, en esta fase no había un plan concertado en el que se
identificara con exactitud lo que tenía que hacerse.
No resultó demasiado difícil intimidar a los franceses de Indochina para que les facilitaran
a las tropas y a la aviación japonesas instalaciones que iban a ser hipotéticamente utilizadas
contra China. Esto sucedió en septiembre de 1940. En mayo del año siguiente, Francia
concedía también privilegios económicos. Los holandeses de Indonesia se mostraron, en
cambio, mucho más tenaces. En todo el otoño yel invierno de 1940-1941 y con el respaldo de
ingleses y americanos, rechazaron las exigencias japonesas de más petróleo, dándole
claramente a entender a Tokio que no cederían sin la fuerza. En este contexto, el gobierno de
Konoe decidió despachar en julio de 1941 importantes fuerzas al sur de Indochina, trampolín
obligado para lanzarse a la acción más al sur.
El resultado notorio fue empeorar las relaciones con Estados Unidos, relaciones que desde
el inicio de 1940 ya habían venido deteriorándose en parte por el expansionismo japonés en
Asia, en parte por la hostilidad americana hacia el Eje, también dirigida contra Japón como
aliado de Alemania. Se introdujo el requisito de las licencias para poder exportar cierto tipo
de petróleo y chatarra a Japón en julio de 1940, es decir, tan pronto como la situación en
Europa empezó a ser desesperada para Gran Bretaña; a partir de septiembre se impuso el
embargo a todo tipo de chatarra que se amplió a las exportaciones de hierro y de acero
después de las elecciones presidenciales norteamericanas de noviembre. Hubo entonces un
respiro de varios meses hasta la ocupación del sur de Indochina, cuando quedaron de
inmediato congelados todos los activos japoneses en Estados Unidos (26 de julio de 1941) y
el completo embargo de las exportaciones petroleras (1 de agosto). Al seguir el ejemplo los
holandeses, quedando prohibidas todas las exportaciones de petróleo y bauxita, los
planificadores de Japón se vieron ante una crisis. Apoderarse del petróleo de Indonesia
acarreada con toda probabilidad la intervención norteamericana, pero el no hacerlo reduciría
rápidamente los suministros hasta el punto de que el «avance hacia el sur» sería imposible.
Japón, en efecto, estaba ya luchando contra el reloj. La marina y el ejército estaban de
acuerdo en que a la decisión de entrar en guerra, si iba a tomarse, tenía que llegarse en
cuestión de semanas.
Japón y Estados Unidos ya llevaban varios meses entablando negociaciones directas,
aunque los intercambios de abril, mayo y junio de 1941 no habían hecho más que dejar daro
lo que los separaba. Washington pretendía que Japón respetara la integridad territorial de sus

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vecinos, como China y Filipinas, que persiguiera su política por medios pacíficos y que
garantizara la igualdad de oportunidades económicas (Sistema de Puerta Abierta) en las zonas
bajo su control. Japón quería un acuerdo con China en las condiciones ya enunciadas —y que
pensaba que Estados Unidos había alentado a los nacionalistas chinos a rechazar— además
de acceso a las materias primas que necesitaba, especialmente petróleo. Ninguna parte pare-
cía dispuesta a ceder. En agosto, Konoe intentó salir del punto muerto mediante una
entrevista personal con Roosevelt. Al ser ésta rechazada como gesto inútil, envió a un
representante especial, Kurusu Saburo, para dar mayor peso a los esfuerzos de su embajador
en Washington.
Mientras, en Tokio, los oficiales del Estado Mayor consideraban las alternativas a la vía
diplomática. El estado de las reservas de materias primas y la climatología del sureste asiático
les llevaron a pensar que el empuje hacia el sur no debía empezar después de diciembre. Los
preparativos tendrían que comenzar unos dos meses antes (condición irreversible
considerando que Japón tenía ya demasiado poco petróleo para repetir esos preparativos).
Octubre, por lo tanto, era el mes en que había que decidirse. Cuando llegó, los dirigentes del
país seguían divididos. Los militares no veían otra alternativa que avanzar hacia el sureste
asiático. Los civiles, o algunos de ellos, se oponían inflexiblemente a una guerra con Estados
Unidos. Konoe dimitió, nombrando como sucesor al general Tojo Hideki con posición, creía,
para solucionar estos desacuerdos.
El 5 de noviembre, el gabinete de Tojo dio a sus negociadores una última oportunidad para
que Washington aceptara las exigencias japonesas. Al fracasar, la suerte quedó echada. Se
preparó una declaración formal de rompimiento de relaciones que el gobierno japonés
pretendía que llegase a Washington justo antes de las primeras hostilidades, pero una
excesiva conciencia de seguridad aunada a la ineficiencia secretarial retrasó su entrega. Al
mismo tiempo, se hacían los preparativos para una serie inicial de ataques. Estos tendrían
primero como blanco las bases desde las que las fuerzas norteamericanas o británicas podrían
bloquear el asalto japonés al sureste asiático: un ataque aéreo emprendido desde un
portaaviones contra la flota americana del Pacifico andada en la base hawaiana de Pearl
Harbor, realizado en la mañana del domingo 7 de diciembre de 1941, hundió o dañó a ocho
acorazados y destruyó un elevado número de aviones que estaban en tierra. Simultáneamente,
la aviación japonesa atacó con el mismo éxito objetivos en Wake, Guam, Midway, Filipinas y
Hong Kong. Unos días después, un acorazado y un crucero de batalla británicos que operaban
en Singapur fueron hundidos por aviones japoneses frente a la costa de Malasia.
Estas operaciones, planeadas cuidadosamente y ejecutadas con brillantez, señalaron el
comienzo de las campañas de tierra en el sureste asiático. Hong Kong fue obligado a rendirse
el día de Navidad. Los desembarcos en Luzón precipitaron la toma de Manila el 2 de enero de
1942, seguida rápidamente de la ocupación de todo el archipiélago filipino (con excepción de
la península de Bataan frente a Manila, donde un contingente norteamericano resistió hasta
comienzos de mayo). Otras tropas japonesas desembarcaron en la costa oriental de Malasia,
atravesaron el istmo de Kra y bajaron por los dos lados de la península capturando el 11 de
enero Kuala Lumpur y el 15 de febrero Singapur, ciudad supuestamente inexpugnable. Esto
dejó tropas libres para lanzarse contra las Indias Holandesas, donde Holanda se rindió el 9 de
marzo, y contra Birmania, la mayor parte de la cual a fines de abril estaba ocupada. En esta
fase Japón dominaba una zona que se extendía desde Rangún a la mitad del Pacifico, desde
Timor a la estepas de Mongolia. Se capturaron también miles de prisioneros de guerra
americanos y europeos. Todos iban a ser tratados con rigor en los próximos tres años, como
lo serían los prisioneros asiáticos, muchos de los cuales sufrirían torturas y ejecuciones.

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La esfera de coprosperidad
Las declaraciones públicas relativas al carácter de la esfera de coprosperidad, realizadas
antes del estallido de la guerra tendían a ser más idealistas que prácticas. Incluso Tojo Hideki,
hablando como primer ministro a la Cámara Alta en enero de 1942, se sirvió de un lenguaje
que era vago sobre el futuro a largo plazo. El objeto de la guerra, afirmaba, era establecer «un
orden de coexistencia y co-prosperidad basado en principios éticos y teniendo a Japón como
núcleo». A Birmania y Filipinas se les acabaría dando la independencia, pero zonas que eran
«absolutamente esenciales para la defensa de un Asia oriental mayor» —Hong Kong y
Malasia estaban en esta categoría— permanecerían bajo control japonés, mientras que las In-
días Holandesas sedan tratadas «con plena comprensión de su bienestar y progreso» 73. Una
idea de lo que se entendía por esto nos la puede dar la decisión de la Conferencia de Enlaces
del 20 de noviembre de 1941, según la cual Japón debería evitar «el prematuro fomento de
los movimientos autóctonos de independencia».
En un principio, los territorios conquistados por Japón estaban bajo la supervisión de
secciones del gobierno militar adjuntos a los diferentes cuarteles generales del ejército y de la
marina situados en las zonas ocupadas. A estas secciones se les agregó en la primavera de
1942 un número de civiles como asesores políticos y económicos. En los distritos en que eran
responsables, a estos funcionarios del gobierno militar se les mandó que utilizaran en todo lo
posible las organizaciones administrativas existentes —casi todas coloniales, pero sin los
funcionados occidentales— y que intentaran ganarse el apoyo popular sin conceder ninguna
autoridad real. Ante las comunidades chinas del sureste asiático estos funcionados mostraban
recelo y, en cambio, favorecían a los nacionalistas antibritánicos de Birmania, a los sultanes
malayos y a los musulmanes de Malasia e Indonesia. En algunos países pudieron dar con
dirigentes títeres, como habían hecho en China: Ba Maw, jefe del régimen birmano que
patrocinaban los japoneses; Jorge Vargas, en Filipinas. Tailandia mantuvo el régimen político
preexistente y una independencia nominal, aunque firmó un tratado de alianza con Japón. A
Indochina se la seguía considerando francesa pese a la presencia de las fuerzas de ocupación
japonesas.
En noviembre de 1942, esta estructura tan variada fue puesta bajo la tutela de un nuevo
cuerpo central, el Ministerio del Asia Oriental Mayor, si bien los oficiales del ejército y de la
marina, responsables ante el Cuartel General Imperial, seguirían jugando hasta el final de la
guerra un papel importante en su dirección. A esta medida, que integró en un solo organismo
al Ministerio de Asuntos Coloniales y a diferentes agencias especiales encargadas de China,
Manchukuo y de otras zonas, se opuso el Ministerio de Exteriores, en parte por rivalidades
burocráticas y también porque los diplomáticos preveían con más claridad que los generales y
almirantes las dificultades para convencer a los pueblos de la esfera de que no eran parte de
un «imperio» si sus asuntos se administraban al lado de los de las colonias y otras
dependencias.
El Ministerio de Exteriores resultó estar en lo cierto, sobre todo cuando Japón empezó a
tener desventaja en la guerra. A mediados de 1943, era evidente que estaba a la defensiva. De
aquí que cualquier medida que pudiera mitigar la inquietud —y había mucha, sobre todo en
Malasia y Filipinas— y conquistar a la población no japonesa era considerada de valor
militar. Así, en agosto y octubre de 1943, se «dio» la independencia a Birmania y Filipinas,
respectivamente —aunque sometidas a la autoridad del embajador japonés, como en
Manchukuo- al precio de sendas declaraciones de guerra contra Gran Bretaña y Estados
Unidos. En Malasia e Indonesia se le concedió a la población local modestos derechos
políticos, aunque sin hacer pública la decisión ya tomada de mantener indefinidamente a

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ambos territorios como japoneses. El régimen de Wang Ching Wei, de China, que en enero de
1943 había declarado la guerra a los enemigos de Japón, fue premiado con la abolición de
algunos privilegios japoneses existentes en el antiguo sistema de tratados portuarios. Fi-
nalmente, en noviembre del mismo año, se celebró en Tokio una conferencia de los jefes de
Estado y dirigentes políticos de la esfera. El discurso de bienvenida de Tojo subrayaba la
«esencia espiritual» del Asia oriental mayor, que ponía en contraste con la «civilización
materialista» de Occidente. Los miembros de la conferencia respondieron comprometiéndose
a solidarizarse con la continuación de la Guerra de la gran Asia oriental.
Pese a ello, había bastante renuencia por parte de los pueblos de la esfera a aceptar lo que
veían como dominio japonés. En el norte, Japón había podido apelar a una tradición
compartida con el pueblo chino, concretamente confuciana, a tenor de la cual al menos los
conservadores podían cooperar en contra de aquellos que, como el Kuomitang y los
comunistas, rechazaban gran parte o el total de los valores tradicionales chinos. La
Asociación de la Concordia (Kyowakai), de Manchukuo, y la Nueva Sociedad Popular (Hsin
Mm Huí), de China, habían sido constituidas para explotar ese sentimiento que se reforzaba
con la concesión de privilegios a sus miembros (vivienda, empleos, víveres). Pero en el
sureste asiático no existía un sentimiento equivalente. El confucianismo existía entre los
chinos expatriados, pero se sospechaba que todos ellos apoyaban desde hacía mucho a
Chiang Kai Shek. El favoritismo hacia los grupos budistas y musulmanes era útil como arma
contra la influencia occidental, pero tampoco consolidaba una opinión pública favorable a
Japón. La introducción del sintoísmo, junto con el conocimiento de la lengua japonesa, como
se intentó en muchos sitios, no hizo más que añadir un ingrediente más a una mezcla cultural
más apta para provocar el resentimiento que para inducir a la conformidad.
Así y todo, el descontento económico fue más responsable de la inquietud política que el
cultural. La intención general de Japón, tal como se había formulado a fines de 1939 en el
Consejo de Planificación Interministerial, fue crear en el sur de China y sureste asiático una
zona especial de intereses, dentro de la cual fuera posible asegurarse no sólo materias primas
estratégicas, sino también mercados de exportación, obteniendo así divisas extranjeras. El
hecho de la guerra desvirtuó este plan de varios modos. Para empezar, hizo que las
necesidades bélicas tuvieran absoluta prioridad, siempre a costa de la estructura económica y
del nivel de vida de la zona. Como se expresaba en un documento oficial de noviembre de
1941, «hay que aguantar... las dificultades impuestas en la vida de los nativos como resultado
de la adquisición de recursos vitales para la defensa nacional». En consonancia con esta polí-
tica, las secciones de los gobiernos militares de las zonas ocupadas enviaban a Japón todos
los suministros existentes de petróleo y de otros materiales estratégicos, canalizaban la
inversión para incrementar la producción de los mismos, se aseguraban de que su consumo
local quedara reducido, prohibiendo en lo posible su uso en las industrias del sureste asiático,
y en cuestión de transportes daban preferencia al envío de esos materiales a Japón.
Otro problema económico lo causaba el hecho de que los productos de exportación a
Occidente cultivados o desarrollados en Malasia, Indonesia y Filipinas, como té, café, azúcar,
incluso estaño, ya no tenían los mismos compradores. El nuevo «corazón industrial» del norte
—Japón— no era un sustituto suficiente. Tampoco una economía de guerra, por culpa de la
cual a las industrias de consumo se les hacía pasar necesidades de capital y de materias
primas, estaba en posición de satisfacer la demanda de bienes que antes cubría Occidente.
Una respuesta a este problema consistió en intentar hacer pasar la producción del sureste
asiático del tipo de exportación de «plantación» al tipo de producción alimentada y de otros
productos de primera necesidad, es decir: aumentar la auto-suficiencia de las zonas en
cuestión. Pero incluso eso requería un nivel de nuevas inversiones que con frecuencia no

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había.
De esta situación se derivó un conjunto de factores que contribuyeron a una caída del nivel
del vida de los pueblos del sureste asiático. A pesar del aumento de las operaciones de las
compañías japonesas, como Mitsui y Mitsubishi, que tenían viejos intereses en la minería yen
el comercio exterior (no se intentaron establecer nuevas industrias de «política nacional»,
como se había hecho en el norte de China y en Manchukuo) hubo una baja en el nivel de la
actividad económica general que se reflejaba en carestías de alimentos y de otros productos
de consumo. Esto, sumado al uso generalizado de vales militares, condujo a la inflación. Se
subían los precios y se controlaban los salarios. El desempleo cundió. Los daños de guerra, en
principio provocados en el curso de la conquista (incluyendo la modalidad de defensa de
«tierra quemada» empleada en algunas regiones), se extendieron por los ataques de aviones y
de submarinos del enemigo quedando cortadas las comunicaciones. Las consecuencias fueron
la desestabilización de la economía y un considerable nivel de descontento popular
manifestado en movimientos nacionalistas, o incluso guerrilleros en regiones de acceso ex-
cepcionalmente dificultoso para las tropas japonesas. Esto hizo punto menos que imposible la
restauración, acabada la guerra, del control colonial occidental, pero no en la forma que Tokio
había intentado. También hizo que la esfera de coprosperidad tuviera un valor sólo limitado al
esfuerzo bélico japonés.
La derrota
Siempre hubo motivos para dudar de la durabilidad del éxito militar japonés. Su flota
mercante estaba en el límite de sus posibilidades para sostener un imperio marítimo de la
envergadura del que se contemplaba en 1941, incluso si todo iba bien. Pero resultó que el
inesperado rigor y eficacia de los ataques norteamericanos a la marina comercial japonesa —
tres cuartas partes habían sido sido hundidas antes de 1945—, unido a la incapacidad de la
industria naval japonesa para sustituir las pérdidas, sobre todo por falta de acero, pusieron en
peligro toda la obra. Japón carecía además de mano de obra suficiente para la tarea que había
emprendido. La conquista del sureste asiático se había logrado con un número
considerablemente bajo de soldados, pero la necesidad de guardar la frontera de Manchukuo
de cualquier incursión rusa impedía la utilización de muchos más, así como las obligaciones
de las tropas de guarnición apostadas en otros muchos puntos. En China se libraban costosas
campañas contra nacionalistas y comunistas, mientras que los combates a lo largo de la fron-
tera entre Birmania y la India Británica era otro importante redamo de tropas. En las fases
posteriores de la guerra las fuerzas armadas habían drenado al país de hombres, induso de
jóvenes, y seguían reclamando más. Se ha calculado que entre 1937 y 1945 murieron unos
2.300.000 japoneses, entre militares y civiles, de resultas de la guerra.
Fue en el Pacifico, sin embargo, zona en que los combates de tierra fueron
comparativamente de menor escala, donde se libraron las batallas decisivas. En las
extensiones oceánicas el poder aéreo naval rápidamente se convirtió en un factor crucial.
Gracias principalmente a los portaaviones norteamericanos que se habían librado en Pearl
Harbor, el empuje japonés hacia el Asia austral y Hawai fue frustrado en las batallas navales
del mar de Coral en mayo de 1942 y de Midway un mes después. Desde entonces, las fuerzas
de Estados Unidos, bajo el mando del almirante Chester Nimitz desarrollaron una nueva
táctica bélica para empujar hacia el oeste a los japoneses. Llamada «brincos de isla en isla» (
island-hopping) , se trataba de juntar fuerzas de aire, mar y tierra en superioridad abrumadora
para aislar y capturar pequeñas y determinadas islas que después eran usadas como bases para
cubrir otro avance similar. A las guarniciones japonesas que no estaban en las islas escogidas
como blancos se les dejaba en posesión de sus «propiedades». En noviembre de 1943, esta

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táctica se empleó en las islas Marshall, cuyo punto clave, Kuajalein, fue capturado en febrero
de 1944. Le siguió Saipan, en las Marianas (de mediados de junio a principio de agosto de
1944), siendo necesaria toda una flota —fue la batalla del mar de las Filipinas— para cubrir
las fuerzas de desembarco. En agosto cayó Guam, en septiembre el archipiélago Palau,
completándose así en menos de un año un «avance» de más de tres mil kilómetros.
En el Pacifico suroeste, en donde tenía el mando el general Douglas Mac Arthur, la guerra
era más ortodoxa. El primer revés serio de los japoneses, después de haber logrado defender
en 1942 el sur de Nueva Guinea de las fuerzas australianas, sobrevino con la toma
estadounidense de Guadalcanal en febrero de 1943 tras seis meses de encarnizados combates.
Desde entonces, el progreso de las fuerzas de Estados Unidos era constante en las islas y en la
costa norte de Nueva Guinea, progreso que culminó en septiembre de 1944 con el
desembarco en Morotai, a medio camino de Mindanao. Un mes después llegó el ataque a
Leyte, ocupado a fines de diciembre, seguido en enero de 1945 de la invasión de Luzón. La
captura de Manila a comienzos de febrero y de Saipan seis meses antes hizo posible que las
dos grandes pinzas de Nimitz y Mac Arthur se acercaran para intentar atenazar las islas más
sureñas del archipiélago japonés. Mientras tanto, en Birmania las fuerzas terrestres de los
británicos, al mando de Louis Mountbatten, habían tomado también la ofensiva
restableciendo en enero de 1945 las comunicaciones con China vía la carretera birmana y
capturando Mandalay en el mes de marzo.
Estas derrotas tuvieron importantes repercusiones dentro de Japón, en donde Tojo Hideki
iba quedando políticamente aislado. En julio de 1944, las presiones le hicieron dimitir
ocupando su puesto el general Koiso Kuniaki, un hombre igualmente decidido a seguir
combatiendo pese a una situación militar en rápido deterioro. Lo que le quedaba a la flota
japonesa quedó casi todo destruido en la batalla del golfo de Leyte, en octubre de 1944. Los
aviones que quedaban para defender el suelo patrio ya eran pocos de por sí y los ataques de
los bombarderos enemigos estacionados ahora en Saipan contra los centros de la industria
aeronáutica japonesa dañaron gravemente los intentos de construir más. La captura
norteamericana de Iwojima en marzo de 1945 facilitó aún más el trabajo de los bombarderos.
En mayo, las fuerzas de Mounbatten tomaron Rangún y unas semanas después los
americanos se hicieron con Okinawa. Por entonces ya había dimitido Koiso, dejando el
puesto a Suzuki Kantaro, un almirante ya de edad y muy respetado del que se sabía que en
privado estaba en favor de negociar la paz.
Y ciertamente no era el único. Antiguos diplomáticos, como Shigemitsu Mamoru y Yoshida
Shigeru, habían empezado ya en 1943 a pensar en términos de un posible arreglo. Al
empeorar la situación bélica durante 1944, se ganaron a un número de personas próximas al
emperador, como a Konoe Fumimaro, y en julio contribuyeron a deshacerse de Tojo. El
siguiente paso fue sondear en secreto a Rusia —todavía técnicamente neutral en la Guerra del
Pacífico- con la esperanza de convencer a Stalin para que mediara ante Estados Unidos y
Gran Bretaña; pero antes de que las gestiones avanzaran debido a las demoras de los rusos,
los líderes aliados, reunidos en Postdam, hicieron una declaración (26 de julio de 1945)
pidiendo la rendición incondicional de Japón que sería seguida de la desmilitarización, la
ocupación militar y la pérdida de territorio.
Un panorama tan desalentador no produjo de forma inmediata el resquebrajamiento de la
moral, sino más bien un aparente cerrar filas detrás de los que proponían la resistencia a
ultranza. Se trataba, sin embargo, de la política del desesperado, pues al país le quedaba poco
con qué luchar. Desde fines de 1944, la única posibilidad de contraatacar por aire a la flota
norteamericana había llegado a depender de un destacamento especial de ataque, los ka-

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mizake, bombarderos suicidas que estrellaban sus viejos aparatos contra los navíos enemigos.
En la campaña de Okinawa causaron bastantes daños, pero no los suficientes como para
afectar el resultado de la misma. Aun así, en Tokio se planeó que formarían un elemento
principal de defensa en contra de la posible invasión, al lado de otras unidades suicidas que
utilizarían submarinos de bolsillo, torpedos humanos y lanchas de alta velocidad. A este tipo
de armas se le dio prioridad en las fábricas que fueron emplazadas, cuando era posible, en
subterráneos para estar a salvo de las bombas enemigas. También para la defensa había
destacamentos de combate de voluntarios civiles —todos los varones de 15 a 60 años y las
mujeres de 17 a 40 tenían que alistarse— que emprenderían lucha de guerrillas contra
cualquier enemigo que desembarcara en suelo japonés.
Los ataques aéreos estadounidenses sobre Japón contrastaban notablemente con la
improvisación de esas desesperadas medidas. Los bombarderos, que en los últimos meses de
1944 habían atacado a las fábricas japonesas de municiones y de aviones, desde la primavera
de 1945 ampliaron sus blancos a otros centros industriales y de transportes. Había, además,
grandes bombarderos incendiarios que atacaban las ciudades con la intención de romper la
moral de la población civil. El más devastador de estos ataques fue el realizado sobre Tokio el
9 de marzo de 1945, que dejó a 120.000 habitantes muertos o heridos. No se libró casi
ninguna ciudad importante japonesa, con la salvedad de Kioto. La peor parada fue Hiroshima,
en donde una sola bomba atómica, caída el 6 de agosto, causó quizá el doble más de bajas
que las bombas incendiarias de Tokio. Y como no se produjo una reacción inmediata de
Japón, otra bomba similar destruyó tres días después gran parte de la ciudad de Nagasaki.
El 6 de agosto, Rusia declaró la guerra a Japón, una decisión que apuntaba a hacer que los
dirigentes japoneses aceptaran las condiciones de Postdam y a abrir el camino del botín ruso
en el continente. Pese a este golpe, el ministro de la Guerra y los dos jefes militares del
Estado Mayor siguieron sordos al llamamiento de la paz. De esa manera la conferencia
imperial estaba en un punto muerto que sólo el emperador podía romper. En un principio, éste
se inclinó en favor de los que apremiaban a rendirse, pero manteniendo sus prerrogativas
imperiales; pero cuando los aliados ignoraron esta condición, volvió a intervenir el
emperador para hacer la rendición incondicional. Estas negociaciones se prolongaron vados
días. Fue el 15 de agosto cuando la decisión se hizo pública en Tokio.
Desde 1931 el ejército había mostrado más respeto por el estatus del emperador que por sus
opiniones. Agosto de 1945 no fue una excepción. La noche anterior al anuncio de la
rendición, unos oficiales del Ministerio de la Guerra y del Estado Mayor General del Ejército
irrumpieron en el palacio imperial en un intento fallido de encontrar y destruir la grabación
en la que el emperador iba a dar la noticia a toda la nación. Otros prendieron fuego a la casa
del primer ministro y del presidente del Consejo Privado. Cuando vieron que nada de esto
alteraba la decisión de rendirse, muchos se suicidaron, entre ellos el ministro de la Guerra,
Anami Korechika. Fue en este agitado escenario donde el 16 de agosto se dio la orden de alto
el fuego y, para ver que se cumplía, se estableció un nuevo gobierno encabezado por un
príncipe para darle mayor impulso. El 2 de septiembre, sus miembros firmaron el documento
de rendición a bordo del barco insignia norteamericano anclado en la bahía de Tokio.

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