FELICIDAD

Salvador Pliego

La alegría es como un pájaro que abre sus alas: al oírse, se esparce y crea la magnitud de la sonrisa.

Cuando la felicidad nos da metralla, no hay pólvora que aguante la alegría.

El placer de la razón radica en el quehacer de alguna tontería, y conspirar con ella, para volverla alegría.

Salvador Pliego

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Copyright © 2014 COPYRIGHT by Salvador Pliego. All rights reserved. Houston, Tx. USA Todos los derechos reservados. Este libro no puede ser parcial o totalmente copiado o reproducido de cualquier forma sin autorización del autor.

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ÍNDICE

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Felicidad Instantes Algunas sonrisas Biografía del autor

FELICIDAD

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I
Tú venías, ave de luna, a mi jardín a ver la lluvia, y yo comía tus sílabas, en el quicio, debajo de tus alas: deletreaba tu sonrisa, que volaba.

II
Antes de alguna melodía, antes de que las corolas a la lluvia le pidan su llovizna, antes de que el mar abra sus alas, o cuando la creación brote, muera y renazca, y cuando una sonrisa, el día, la efervescencia de la rosa pida ser la tarde y se despierte, estarás tú: mi alegría.

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III
Cuando del mentón una alegría brota y sueña ir caminando de puntitas sobre el pecho -una señalización mágica y de cosquilleo-, ¿qué te ofrezco?

Te regalo un risueño achispado revestido de campante.

IV
Dicen que las alas dejan de volar, caen, se despluman en el aire, y el cielo se ausenta en una marcha que migra hacia otras formas.

Prefiero mirarles como el trino, en una copa, sobre el viento y el ocaso, más allá de toda ave: en mis ojos, contando plumas de cien atardeceres.

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V
Es una sola flor, una sola en mi huerto. ¡Y tan chiquita, tan pequeña, tan endeble! Una sola flor, es una sola; dormida en un estambre, en un color, de una sola vaina, de una sola caña.

Es una flor de un solo ruiseñor, de un zumbido solo, de una brisa sola, que se abre en las mañanas amaneciendo al corazón.

Es una solitaria flor.

VI
En todo, vas cayendo y cayendo: piedra, sal y arena sobre mí; tu viento entero.

La luna así venía. Y tú venías a mi cuerpo adormecida, como un jilguero, o eras el canto de la cresta aquí en mis sueños.

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VII
Un rayo de luz limpio, ¡muy limpio!, limpio y claro, que desde temprano transforme a la mañana en un día fresco, fresco y claro, igual de limpio y fresco que el cristal de la ventana, para echarle una mirada, tuya y mía, mía y tuya, con los ojos nítidos de sol y alba, que salen a cantar de madrugada.

Y ese rayo que aluce un espejo, una calandria, un paisaje diamantino como el agua, el diáfano corazón que hace memoria de una danza de flores que atavían el claro de luces que emerge desde el alma.

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VIII
Pregonaba un hombre: Conversa tu felicidad. -Disculpe -le interrogue-, ¿no es más correcto decir conserva que conversa? -No-respondió-. Me refiero a comunicar; compartir la felicidad. - ¡Ah!, entiendo… ¿Le gusta a usted la mímica? -Eh… ¡Diré que sí! Entonces le abracé.

IX
Lo que me lleva es un verso llanero como el viento, entre norte y sur, sin desvarío.

Y me lleva presto, feliz, contento, a un paso imaginario, a un ritmo achispado, a un lugar figurativo, al yo del contentillo.

Se me escapa de la boca y se hace verbo.

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X (Conjugación del yo en presente)
En por dentro, explayada, dijósemele la palabra, como si la muy ufana acribillase su tilde en desfigurándose la conjunción del verbo.

¿Ignorantabilidad la mía? ¡Jamás! Díjeles y muéstroles la factibilidad de hacerlo, en su indicativo de su regular presente y siendo verbo: yo, yoel – yoella, yosotros, yustedes, yellos.

¿Y el verbo? -Preguntáranme. ¡Sea de Dios! Para mí, yo es verbo. ¡Pronunciálale!

XI
Y yo cabalgo y tú cabalgas por mis ojos, de tal forma y tal manera, que la vista se vuelve un equinoccio al mirarte y no mirarte, un volar de cardenales, una tolvanera de consuelo que perfuma todos los terrones de mis ojos, para abrirlos donde el milagro de tu sol y margaritas que se vuelan de las manos.

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XII
Si un pedacito de ti, un trocito quisieras, un instante de tu ala, viniera y tocara el agua y salpicara, y de la gota yo te dibujara la otra mitad de tu ala, para que el aire, en dos palabras, con su luz ya las soplara, y al abrir los ojos, cual desvanecida pluma, cual lecho de torcaza, ajustara el cielo a tu medida, ahí desnudaría mis ojos, y en el suspendido horizonte prendería de azul todo el espacio, y volaría contigo, como nube deslizándose.

XIII (Colinas musicales)
Desde el cristal de la música que como una linterna sobre el valle asoma, en su esplendor de alta colina, de luz y cumbre, cual antorcha que enciende el sonido, mi corazón, férrea y firme batuta, alza sus brazos, y sobre el viento las notas levanta, para que dancen, estallen, todas mis emociones juntas.

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XIV (Oda a la risa)
¡Ea!, pues, del ja ja ja tan lleno de sonrisa, de alegría, de plena carcajada, de abundante risotada; es la satisfacción al momento y a la gracia, el júbilo plenipotenciario y valorado, la jocosa respuesta a un chascarrillo, a una broma desinteresada, la salerosa solución en veredicto que deriva en fiesta, convite o festejo.

¿Qué otra razón al rostro, a su facial configuración, a su musculatura entrelazada, a su desprendida revitalización, a la gratitud natural de éxtasis y humor, le provoca si no es el agradable deseo de existir alegremente y convidando?

ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja… Nos reímos de todo: de uno mismo, del tiempo y su arrogancia, de la hora meticulosa, de la raíz cuadrada, de la curvatura unidimensional de la corteza, de la fábrica de tierra o de la máquina centrífuga que adelgaza al átomo y lo vuelve cereal de la mañana, del murciélago tejido o de la telaraña de migajas que despierta en nuestro ombligo diariamente.

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Mírate… Me miro… ja ja ja ja ja ja… ¡Qué risa! ¡Qué placer! Se encienden los ojos como soles, se agitan las manos hasta el vuelo, se abanican los dedos en sonoras manotadas, se invaden los máximos placeres.

Y no cesa… ¡No, no cesa! ¡Qué alegría inconmensurable! Es bulla, alboroto, cómica expresión, feliz dicha en radiante muestra. ¡Majestuosa es la risa cuando vibra!

Me miras, me río. Te miro, te ríes. ¡Qué bárbara delicia! Y no aguanta el lagrimal, hasta que una gota se desliza o cae uno rodando por los suelos revolcado como espuma. El corazón brinca con júbilo de niño. ¡Qué grata armonía! ¡Qué espléndido concierto de risas y eufonías! ¡Qué exorbitante algarabía!

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XV (El corazón gritando)
Qué honor, del corazón, ser su paladín, su caminata, su cuerpo por bandera.

Qué honor, reitero, marchar hacia adelante, liberarse en cada paso, a cada instante.

Qué honor, el de uno, hacer la fiesta en vida, mirarse colectivo, descubrirse como gente.

Qué honor, de pueblo, decir que aquí no hay miedo, hablar cuando se quiere, sacar la voz al viento.

Qué honor, insisto, ser mano en los aceros, ser fuerza en la bigornia, ser soplo en la caldera.

Qué honor, del alma, el de romper el maleficio: ya no sentirse hundido, ya no mirar abajo.

Qué honor, de todos, ser del corazón su amo, ¡y estarlo así gritando!

¡Qué honor, repito, qué honor humano ser el corazón gritando!

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XVI

¡Ladrones! Mil veces les gritaré a mis ojos: ¡ladrones! Porque al abrir sus iris seguirán robando valles, atracarán colores, se impregnarán de luces, y hurtarán los amarillos junto al violáceo de los verdes, para darle matiz al todo, y a la oscuridad obsequiarle un destello iridiscente.

¡Ladrones!... ¡Ladrones!... Y yo estaré junto a ellos: gritando, jugando, gozando en cabriolas, cascabeleando entre los bailes, usurpando la infinitud del cielo.

XVII
Cuando te amo a ti, no miro tus ojos, ni observo el color de tus sentidos, ni el olor dulce y silvestre de tu cuerpo, ni la gravitación que atrae mis delirios.

Escucho un canto. Y me decido ir tras de ti, como un pájaro, silbando. 13

XVIII
Lo que pienso del infinito es que tiene una rutina de dos ojos muy hermosos: se prenden en la noche, y al fijarles la mirada, son una imagen de espacio y poesía que van corriendo hacia mi alma.

XIX
Cuando a un caracol vacío te acerques, no escucharás el mar, ni el bramido del rompeolas en la brisa, ni la fontana de un cetáceo lamiéndose la sal.

Escucharás una sonrisa… la mía, que se ha quedado ahí impregnada.

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XX
Ya basta, yo digo, de ser un viejo triste, de ser un viejo blanco, azul, sin retórica ni labia, sin génesis ni asombro.

Ya basta de ser el sombrero de la palabrota, por tener un copete blanco, un moño almidonado y la ceja pintada en un costado.

Ya basta de un Whitman en mi memoria, aposentado. ¡De pie! -le digo-, es hora del transeúnte y el retrato, es momento de un verso luminoso.

¡Sal acá, niño, ven conmigo!; ya viene Quevedo con su Góngora y Castilla, ya llega el ladrón robándose a este mundo y a ese teólogo rociándole su vino; ya llega un cómo en el dónde, y se ha reído.

¡Sal acá, niño, ven conmigo, que viene una paloma a hacerte nido!

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XXI
Mi jardín es muy chiquito: sólo una planta adorna su floresta. De su tallo brota una boca que sonríe. Tiene un pistilo color alegre y un mírame que lo torna jubiloso.

Cada mañana se aviva en el primer rayo, y su contento uniforme se abre hasta reírse.

Mi jardín es muy chiquito, ¡muy pequeño!; una sola planta adorna su floresta.

XXII
Desde mis ojos a tus ojos hay una distancia inconmensurable que gravita y se mide en cosmos de sonrisas.

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XXIII (El prendedor feliz)
Prendedor, ser prendedor, quiero ser adorno en la mantilla y pegarme al corazón cuando se abroche. No tener ni joya o brillo, ni destello que le atilde.

Ser prendedor… Pedir posada en alguna casa, alguna aldea, alguna estrella, día a día.

Que me cuelguen, no abajo, no arriba, donde pueda alzarme una ventura: la mirada tranquila y placentera que vuela a pasos y camina.

Ser prendedor de barro y malaquita que al colgarse se sonríe, que al colgarse se ilumina, y pegarme al corazón… a plena risa.

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XXIV
De sólo imaginarme que sonríes dejé a mi corazón saltando en la resaca y entre nubes.

XXV (Instante de alegría)
Inconclusa nota o arpegio distante de corcheas, suenas tu cítara en el susurro de los vientos y la sobriedad del mar cabe en las manos.

En el retintín de las mareas sopla el viento su corcel de plata, y las amarras que le llevan entreabren cielos, plasmando obeliscos a su trote.

Su cadencia brega por la horizontal del tiempo. Y me deja sentarme, divisarle, disfrutarle, como si fuera yo el retrato.

Me extasío en el atardecer… mirándolo.

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XXVI (Mi alegría)
Cuando descubrí mi alegría, la bendije, como el cielo bendice a los pájaros; la exterioricé como la abeja que le zumba a las flores; le entregué mis deseos, para deambular como la noche al mirar la estrella, y me entregó su silencio y su boca.

En mi pecho están mil besos enterrados y un cariño desnudo con sabor a labios.

XXVII
La mayor emoción de todas es que tú, con todas tus beldades, sepas que mi sonrisa existe y vengas a pedirla.

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XXVIII (Tengo)
Tengo por mueca un jilguero y una mezcolanza de frente: mitad sonrisa, mitad amor.

Tengo un talismán en los ojos cual no otro pudiera ser flor, y una luna violeta alumbrando mi sol.

Tengo lo que no he dicho en la boca: un ojalá en los labios, un te diré muy de pronto, un preciso te quiero, un ahora te añoro.

Tengo y te tengo en mi doble fortuna, apretando las tuercas, cincelando las eras, para verte aquí sentada donde soy siempre feliz, muy feliz, como ese jilguero en mi mueca de anís.

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XXIX (Ponte un beso entre sueños)
Llévate puesta la risa, llévate hilado el azar, para alumbrarte de lirio, para besarte entre sueños impregnada de amor.

Ponme en los labios tu imagen que ensancha el día, que agranda la noche, que junta las alas en torno a tu piel.

Cólmame de nueva alegría donde destelle un posible, donde exceda tu ahora, donde asome tu aroma envestido de miel.

Ponte un beso entre sueños, ponte los labios de sol, para llevarte prendida, para seguirte de luces cada amanecer.

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XXX (De nuevo)
Vamos a empezar de nuevo, sin lanza, sin montura, sin oficio, sin imperio ni linaje, que no hay yelmo, corazón, ¡no hay yelmo!, sólo sueños por ventura.

Vamos a empezar de abajo, de abajo, corazón, de nuevo… No de bruces ni con casco, no arreando o lagrimeando.

De nuevo, corazón, de nuevo: ¡hilarante!; arremetiendo e imaginando, empuñando a cada paso.

Que no hay yelmo, corazón, ¡no hay yelmo! ¡Vamos a empezar de nuevo!

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XXXI

Concibo el amanecer desde la luz, lo que a los ojos en colores le penetra, y ya adentro, sin otra reticencia, se lanza desde las pupilas hacia el aire arremetiendo espacio y distancias, pregonando la mirada como un centro solar que al corazón le vuela y al alma aletea.

XXXII
Cuando quieras mirar, aquí tienes mis ojos. Cuando necesites que tus labios soplen una sensación de beso, mi boca se presentará en tu boca para ofrecerlo. Y cuando tú quieras, con tus brazos, repartir tu corazón conmigo, no solamente mi pecho sino una sonrisa irá contigo.

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XXXIII
Empieza a bajar el mundo. Llueve boca arriba y boca abajo. De tres modos amanece. En la vertical del horizonte se anota un instante. Se acrecienta el dios del aire. Y tú, igualmente, floreces al mirarte.

XXXIV
La posibilidad de mi felicidad es igual a la magnitud de tu sonrisa duplicada en mi alegría.

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XXXV (El amor)
Debe haber formas en que uno se percata que desde las cornisas del alma los ojos se levantan, y la piel se eriza y se transforma en un tacto lagrimal que nos recorre, en un temblor que perturba nuestro rostro, haciéndolo tan grande en sus adentros que no cabe en el pecho lo que advierte.

Hay algo así que yo lo siento.

XXXVI
Lo que yo te propongo es que, sin tapujos, sin premuras, a mi sonrisa hiles tu sonrisa y desde ahí proyectes tu alegría.

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XXXVII
(La manera de tu lengua)

Como magia tu rostro se aparece, y me asomo en ti, en tu boca; todo entero me escabullo. Brota entonces no sé qué delicia -porque es así como tu lengua me incorpora-, y desconozco en qué parte de un trueno voy jugando, en qué ladera de la Vía Augusta voy corriendo. Y me siento como Cesar con su imperio, en un anfiteatro en que tu lengua es Coliseo, en una bóveda notoria en sensaciones -yo digo que tu boca es mi campaña-, y es la arquitectura del sabor que me levanta.

Me asomo en ti y digo, que sólo tú tienes en mí esa manera de hablarme escarchas por tu lengua. Y yo, que reconquisto el tiempo a la manera de murmillo: peleándote centímetros, conquistándote terrenos, atrapando esa saliva a forma de vencerla, y someterla a mi pasión, a mi embriaguez hecha locura, para darle vida y casco, armadura aquí en mi boca, te digo: gladiadora, corona de la guerra, vencedora de la lucha… Y todo eso me sucede por tu lengua.

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XXXVIII
¿Preciosa, me regala una sonrisa para mi corazón? Y ella se salió de la foto para darle un beso.

XXXIX (Cuando tú sonríes)
Cuando tú sonríes alzo las manos, camino por la vecindad del mundo sin ser descubierto, me incorporo a un estrato caudaloso de mil naves imparables, voy como los quetzales: tocando puertas por los cielos; defiendo lo indefendible en manos del silencio y lo grito a voces por darle prudencia al mutismo. Insisto: cuando tú sonríes, y sonríes de tu rostro hacia afuera y hacia adentro, ahí dejo mi nombre, mi yo, mi todo, alimentándome de sueños.

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XL (Traigo un reino de tus flores)
Traigo, desde la flor del regocijo, tres fervores de tu rostro que me alumbran la mañana, una luz hecha de brazos que me toca el pecho hechizo y un frasquito de tu pelvis que transluce emociones.

Traigo, persistencia a doble vela, dos mitades de algún ángel que tu cara me ha devuelto: a media hora de la tarde me dan alas tus lunares y cual arpones se me clavan tus pechos en cobijo.

Traigo, me parece ya costumbre ver tu reino en vez de flores, un castillo que resbala y por mis ojos se hace bosque, donde guardo tantas yemas por tus bulbos de colores.

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XLI
Arden mis venas, mis iris se taladran, por encima de mis manos mi pecho se abalanza, y mi boca grita el verso como un águila que se alza.

XLII (Poesía)
Entre fuegos y esteros mi corazón arde. Cada vena secreta un fervor que sube. Disfruto la voz del vuelo, el sueño puro del cisne, el monte que brama al cielo.

Mis manos corren y prenden la inmensidad y se atan a los sonidos del pan, que son silbidos del mar y el viento.

Y lo que la escritura deja, como un racimo apasionado y de uvas, en las letras son los rubores que se arden cuando mi corazón las late.

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XLIII (Umbrales)
Hay de umbrales a umbrales: arcos o maderos que golpean a sesgo de muerte la lentitud del paso, el cansancio de las piernas que pasan; mientras que, desde mis ojos, yo les miro como aquel tronco, aquel larguero donde mis pasos signan su voluntad y se encaminan a una batiente de entrada y futuro.

XLIV
El verso me levanta al cáliz de la vida. Y es gigante su atadura: me clava su palabra, me nombra su consciencia, me apalea con el deber de la alegría.

XLV
Abre tus ojos: detrás están mis ojos; delante, la alegría.

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XLVI (Canto al amor)
Todavía, desde las olas, cobijado en las arenosas alas del suspiro, empolvado de sueños, de viajes, evaporándome entre trinos, aun siendo ráfaga y sonido, o desde el carbón que se procesa en las capas oscuras e insepultas de la tierra, descubro mis manos y mis ojos atándose a la luz y las espigas, a la lucha, no de la flor ni la semilla, sino al amor del fruto y su dulzura.

Amo el amor y su paisaje, su tarde triste, su beso alegre, su canto dulce y el fresco que en los ojos se atardece.

Amo el silencio de una flauta que percute, y suena a sorgo, a trigo, al campo donde duerme; sus ojos abren los níveos horizontes, y en los iris se hacen rojos cuando alguien, con sus besos, los encienden.

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XLVII (Mis aves)
A Ximena

Todas mis aves son alegres porque, aunque no puedan volar ni tengan las alas para hacerlo, todas sus plumas apuntan hacia el cielo.

XLVIII

Usted está leyendo un poema: agítese, expláyese, ensánchese a placer, que a modo de proemio le diré: la letra está en blanco; está esperando a que salga de sus ojos la luz de amanecer.

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XLIX
De los ojos del mundo abrí un libro. Hubo una primera página que me enseñó la risa, me aseguró la luz. Y la toqué como a un ángel que desciende por la noche, para que al cerrar su pasta no dejase mi corazón nunca de reír.

L
(Abro mi corazón)

Sin prejuicios ni confines, despierto, desnudo, atajando a la luz, los claros, la mañana, siendo la interrogación de los espacios y la acústica de un eco que pinta a la palabra, abro mi corazón, su pecho, sus rejas de sentires e intenciones, su caparazón de tacto y de carne, para romper su jaula y soltar sus alas, y verle libre en el día, como a un pájaro con destino hacia la vida.

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LI
Cuando tu sonrisa aventaja y sobrepasa mis antojos, mi alegría es un derecho: la convierto en asombro.

LII Alegre alegría
No de la estrella, ni de su luz, lo que en mi entraña vive y alumbra: radiante, precisa e inimaginable… mi canto entonado, el fresco pecho que alea, lo más predilecto de mi alma, porque sonríe… porque me alegra.

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LIII (Felicidad)
Acostúmbrame a ti, al año nuevo, al beso nuevo, a la sonrisa más hermosa, al trance primoroso, al instante de lo ameno, a la alegría incontrolable de saberme que te llevo.

LIV

Si nadie me ve, ¡no importa! Yo te siento… Con eso basta para medir la extensión del cielo.

Y de ahí nace la urgencia en que te miro.

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LV (Porque)
Me increpaban: ¿por qué?, ¿de nuevo?, ¿lo mismo?, ¿no acaso es un tema ya trillado? ¡El amor, el amor, otra vez el amor! –me imputaban.

Pero yo miraba la tarde y los pájaros que en el vuelo se abrazaban, las hojas en tonalidad de canto, las nubes colgándose de algún delirio, los pinos meneándose y riéndose en las zanjas.

Me prestaba el blanco su nieve y su terraza, el agua me bañaba en sus jardines, me salpicaba de colores todo enigma.

Fue así que me guardé la letra “guerra” en el bolsillo, me quité el “hasta nunca” de la boca, rellené mi alforja desmembrando “indiferencia” y a los magros tiempos de “a disgusto” los saqué del día y de las horas.

Entonces, aquellos me mostraron su cañón, y yo les di un beso; me apuntaron con su ego, y yo les di un beso; me asaltaron con su ira, y yo les di un beso; me inculparon con su ¡basta!, y yo les di un beso.

Y fue que, con un hambre de todos y de todas, con un temblor lleno de albricias, se me voló ese beso a la profundidad del pecho y me sacudió hasta el alma,

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mientras un corazón bailaba y mi sonrisa le besaba.

LVI
Y luego, si me sonríes, se salen los barrotes de mis iris y me escapo a un mundo fascinante.

El amor tiene los párpados abiertos y un itinerario de pájaros en vuelo.

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LVII
Cuando dos se aman y deshojan, cuando juntan sus llagas y colores, hay un lenguaje guarecido y silencioso que dentella a la noche y la desnuda, como una luz de amor que se fabrica en un latido y que busca a uno y otro en sus pechos, atravesando la piel estremecida de los cuerpos que se beben la mitad del otro con sus besos, para dejar la otra mitad como constancia de cuando los ojos en mariposas se volvieron.

LVIII
Pudieras amarrar mi boca y sonreírle. Pudiera yo tener tu boca y alegrarte. Y como dos nuevas mariposas dejar las alas, dejar los vuelos, y en crisálida volvernos.

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LIX

Hay puentes en las sombras, arcos, tiras que atan y jalan a los ojos del hombre, como espejos de miradas que nos enfilan hacia arriba, donde solamente el alma plasma su impávida morada, para armonizar su cuerpo en la desnudez y salvación de una sonrisa.

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INSTANTES

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Acotación del alba
Quizá desde la noche –el alto precipicio de la noche-, torrente en que cae la oscuridad del pájaro y su vientre, yo veo que aún sobre mis ojos hay luz, y miro las alas, sus vértices brillantes, sus extendidas proporciones de mirada -como si una estrella en mis pupilas se posara-, para ensanchar mi vista al ramaje donde el trino extiende la luz a los amaneceres.

Tentación
Su voz era muy dulce… Un día, por descuido, las aves la tomaron y se fueron a migrar.

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Cada tarde
Toda sombra que cae en cada tarde, yo veo sus colores, su horizonte, y aunque muera la luz o su paisaje, ahí palpita y se hincha mi corazón como un lucero, para que la noche, con sus soplos, lo irradie.

Latir del corazón
Yo tuve una sombra de luz en el corazón. Como una forma diáfana colgaba de mí.

Dicen que los ojos se abren para que les mire el sol; los de ella alumbraban para contenerme el corazón.

Yo tuve una vez una sombra de luz: era una sombra brillante que a algún ala se le escapó y se vino a mi cuerpo y se oscureció.

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Amanecer
Cada parte de mí que baja, desde mis entrañas, yo digo que no se muere en los silencios; que al igual que el rocío que cae, sólo humedece mi corazón y lo va escalando, para que cada mañana, de nueva cuenta, como la luz, salga a picotear las ramas y aceche la flor que en la tarde no abrió.

Visión de ala
En ésta, mi inquietud de asombro, todo existe: así mis manos bajen a la tierra y toquen, no las rutas, sino al relámpago caído, a la viruta del hierro y la madera, a la raíz entrecortada que se enreda al viento, al suspiro de la noche, a la vorágine del vuelo, mis pupilas brillan como teas, y aunque se abran de ojos, aunque parpadeen su oscuridad de iris, sobre su vista lanzan mi corazón hacia la altura y le prestan su visión de ala.

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Mi tristeza
Mi tristeza es como el llanto que rebosa y satura el mar. Pero, si vais al mar, en cada gota estaré cantando y ahí mismo me veréis bailar.

Susurro
¡Me has vencido, mujer!, -brama mi metálica cintura. Y tú acercas tu vellocino cardo compuesto de espalda, glúteos y meneos. ¡He vencido! –me soplas al oído. Y el aceite de tu boca escurre en la mía doblegando mi ansiedad silvestre. Entonces me ofertas tu pijama desnuda de jalea y de durazno… y a mis ojos tibios embelesas.

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A pecho abierto
Recaudo de tus senos un elixir de pulpa y de fontana.

Por sobre el aroma que goteas se empluma toda la mañana, y estando frente a ti, mis ojos se intercambian con tu piel para besarla.

Sea yo
A cien años de mi muerte no he nacido. Me falta un vértigo o algo así, o un impensado: yo, a mí mismo… ¿seré el mismo? ¡Y no he nacido! -me lo aclaro. Cien años no me bastan al ser interrumpido por un rostro análogo y de facciones similares.

¿Seré el otro y de rostro parecido? ¡Pero, a cien años no he estado! ¿O me igualo? Mas, me aclaro que en tono de facciones otro yo no tiene similar sentido. Sea yo, pues, que a cien años de mi muerte no he nacido.

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Ballet
Sombras del álamo danzan su arte escénico de pasos, el equilibrio exquisito de las puntas que aploman La Sílfide al tenor de zapatillas. Mientras el pas de deux se regodea, brota desde las sombras la bailarina, y con sus giros las ramas se alzan reverdeciendo al violín, los cisnes y al tronco.

Velero de mar
Velero que al mar embravecido, por ser su capitán, contempla. La dupla de la ola y el rocío al marino templan y las aspas rompen su altamar con brío.

En las noches atrevidas sale el mar y el azul del capitán arrecia su corcel bravío.

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Cantos del mar
Cantaba y canté todas las alas del mar, y en cada plumaje anduvo las olas de un ruiseñor, con su guitarra de trino, con su arena de azul y el buque hecho de estelas que vino a florear la mar.

Caminos y velajes
Dagas de todas las forjas que me revientan por mar, caminos que son mis ojos y se salen a volar. Ando sobre mis pasos que pisan toda la sal y la sal viene de mi alma y me devuelve a la mar.

Toda zancada estalla cruces, tierras de nadie, noches de adviento con aires por exhalar, y mis pisadas son rastro y acceso que nunca he de olvidar.

Donde empuño mi alma, filo de cimitarra, ensancho mi pecho ingente, y cuando la tarde roja se pinta camino me vuelvo y mi mente se arde y enciende.

Por eso no canto sino el cantar de los mares: ojos de lona y nacientes, navíos sin astas ni muelles, estelas que son mis manos y en los pies, mareas a mi velaje.

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Llueve
Hoy la nube nada espera: llueve… su semblante llueve. Los teclados del rocío llueven. Toda gota que fulmina es suya. Su cortina transparente de agua chorrea el alféizar con su fresca tinta. Su falda de petreles se deshoja y va cayendo cual semilla, va goteando su perfume, ya sin lilas.

Un clavicordio, desde el aire, enfila a un corcel de espuma. Y llueve… los acordes llueven. Sus notas de corolas caen y salpican las llanuras ya dormidas. Por encima del sereno, la humedad se enreda y empapa de fragancia el ramaje que transpira.

Llueve… Y una vocalización rezumba en la copa de la vida, ofreciendo una rosa de la luna al sonido de la boca.

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Azul horizonte cielo
Cautivo de azul el cielo acude a su espacio y busca su otrora canción de día. Va en el pico del ave, plumeando, soltando su grávida forma, pescando alguna neblina con cabellos hilados de fuego.

Herido de sol profundo sobre el confín se recuesta firme, y deja a la altura de alba con un viejo que es pilar y montaña.

Dueño de la tarde y fríos, donde un marinero escribe, dispersa en nuevas fragatas los aires y sus toronjiles corvos.

Preso de azul nocturno al viejo le otorga un claro, y el cielo, correspondido, del viejo recibe un beso.

Tarde de marinero copiando horizonte y versos, sobre la espuma del cielo va en timonel ese beso, lo mueve como otra nube bordando principescos sueños,

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para que vengan, con sus carrozas, pintando el azul las aves.

Tarde de primaveras
Liceo y cultural, ave de mímica, y la tarde en su imagen alfarera, donde el sol, bajo mis manos de canto literarias, rayan con precisión su amarilla vestimenta en un pregón de exaltación y fiesta. Así bailan los ojos, cual orquestas, los bailes del crepúsculo, y las yemas de los dedos son mujeres embelleciéndose las piernas.

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Arde la poesía
En las tardes insomnes -picos de hierro azulado de los palomos viajeros, de las garzas hechizadas por la arena o por el fuego-, desencadenándose las manos y atándose los ojos al empíreo, como un Dios de mármol y de Olimpo, como un Ares en traje de berilio -¡oh batallón de sables y alabardas!, Tritón de mil océanos y mil cabezas sometido-, arde el corazón con su llama enrojecida.

¡Oh venas sedientas del código escrito! ¡Oh recopilación del habla en el retumbar del trueno! Y las pupilas, sagradas como Hermes, templadas con Apolo, evocadas por Dionisio, gritando la palabra.

Arde la poesía, salvaje y liberada, antorcha de los cielos, con su Fénix deletreada, con su Hera silabeada, poderosa y titánica.

Jayán, Cíclope del habla, gigante de los verbos: arde la poesía en las tardes insomnes, en los dedos furibundos, en la lengua sacudida.

Arde el corazón como poesía, sangrada y agitada, en el nervio, en frenesí,

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toda sacudida, en el trajín de la mirada, combatiente y campeadora.

¡Oh! mar titánico de Cronos, rayo jerárquico de Zeus, criatura divina de los versos: arde la tarde y el corazón se sangra, y en su fuego: la victoria pronunciada.

Mar navegante
Mar de dos y dos abiertos, como los ojos. Viento de púrpuras, jazmines derramados. Las velas en las manos, las anclas en los labios. Tejidos en la espuma los pechos, los suspiros, las proas en los brazos y los dedos zigzagueando el movimiento.

Mar de vientres, la mar como un latido; y el latido en la barca tejiendo los colores. La piel oceánica en líquido ascenso y el ultramar por frente: navegante eminente.

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Aprendiz del verbo y la palabra
Entonces, desoídme y escuchadme, abridme la boca por las sílabas tan altas, por el grito de garganta en cordilleras, por la esquirla de la piedra en la ladera.

He aquí el tiempo y las alhajas. He aquí la mazmorra entre las hojas. Yo he de venir desde el otoño y reviviendo: héroe de mis lustros, de mí mismo, del capricho insondable. ¡Oh! ave de rosa y pluma y codiciada, vestidme de mi alma, del verano, de aguazules, de guitarra junto al alba, de boldo somnoliento.

¡Qué me disteis, corazón, qué me disteis sino polvo! Y del polvo la palabra… ¡Salid, veranos de las lenguas, refugio de las manos expresadas! ¡Salid de los labios condenados! Invitadme a su claustro de jardines, al temblor del vocablo en los oídos, al retumbo de la voz de colibríes, y sorteadme, pecho a pecho, a mitad de los delirios, junto al vaivén de los dislates, para ser guarda de las flores, un custodio inexistente, el celador que mira verbos, y tocar, como un aprendiz de la palabra,

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tocar, como novicio de la letra, el verso y a la vida, el verso y su alfabeto, el verso en el abrir de las miradas.

A pleno vuelo
Y tú vendrás, alas de España, gritando a tres galopes: (¡valencianos, madrileños, sevillanos!); el del mar, el de la tierra y el del viento. Y con el sainete de olivas y alcaparras reconquistaréis la altura y fundiréis los mares con el cielo, para que los ojos se ardan conquistando todo el vuelo.

Y gritaréis: (¡valencianos, madrileños, sevillanos!), con los ojos del mar y la tierra entre las manos, reinventando la llanura… galopando.

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Los poetas
Con toda la fuerza de mi pulso, la misma que me arde y que me prende, el batallón que a mis manos hace hervir y mueve, empuño el arte, la letra, porque sois los generales de la suerte, alquimistas todos del vocablo, el combate antes del frente, el trote del centauro galopando, el brazalete de la mina no cortado.

¡Salve, poetas de las aves! Los de alas escalares y escritas o bravías plumas e imborrables.

¡Salve, hijos de las letras! Que del mar a la noche forjasteis todo el tiempo, disparando los silencios, las uvas, las estrellas. ¿Qué fragmentos del alba no encontrasteis? ¿Qué labios del sonido no besasteis? ¿Qué ojos de la lluvia no marcasteis? ¡Salve, regidores de la crónica!

Padres de los iris decisivos, patriarcas de las épocas de flores, ¿qué voy a deciros? Yo, soldado del Vesubio, de un árbol sin nidales, de la pisada ferroviaria, de la cintura retraída,

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vengo a cantar su día: ¡Salve, poetas siderales!

Que no se pierda
Que no se pierda la montaña para traerle su jilguero. Que no se desvanezca ni se olvide su ladera. Que no se vaya que al perderse se inhibe la mañana y esa flor que aguarda al cenzontle cuando canta. Que no se calle el flautín ni el silbido que el mirlo deletrea, ni el sendero que en brazos ya le espera, ni la sonrisa del geranio tocando su vihuela. Que no se vaya el olor de la montaña, ni el zorzal que a la altura le apuntala, ni el soplido de la cima cuando escala. Que no se pierda la calandria, ni el azahar repintando la montaña.

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Canción de viento y brisa
En las arpas del viento y sus amarres mi piel como una vela, mis ojos van de mástil, rompiendo los oleajes mi corazón revienta, y no tengo poesía más que el mar que me atraviesa.

De todo y todo: verso, sal y vida; lucho, vibro y canto la voz de mi alegría, aquella que retumba en el acero de mi boca, la ráfaga que estalla mi sangre hecha marea.

Soy duro como el agua, blando como el hierro. Mis manos deletrean los metales de la estela, el bregar del maquinista, y llevan ese traje de espuma por las piernas, que acotan o que labran la espada de mi alma.

Mil veces es el fuego que se arde por mis ojos. Mil son los cantares que alambran a mi rostro. De todo y todo, mis dedos son metales que empuñan a los mares. Mi boca lleva espuma y el azul aireando en brisa.

Vengo desde el verso. Escapo a lo profundo. Entierro mis recuerdos en pájaros silbando. Y soy sólo la boca subterránea y submarina de una ola que levanta su adentro y su secreto, de un verso no escrito que busca junto al mar la arena no revuelta y el sí de su latido.

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Alas rotas del alba
Volando ya no volabas, alas rotas del alba. Ni extendidas ni alargadas, plumas que no soplaban. Cresta de boldos negros que en la tierra se avenía y las ramas no alcanzaba.

Copas de brisa y de nubes pasaban sobre sus alas y al vilo de algún barranco doble muerte le azuzaba. Alas rotas que en los aires crepitaban y el alba no las volaba. En los vitrales del viento la noche al alba abrazaba.

Poema
No hay más que un ave que es arte, pájaro y nube; sobre el silencio de los cielos vuela, y su canto abre mis párpados, para que en los silbidos de mis ojos lea los versos de sus alas.

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Amo la poesía
Polvo… Soy polvo. ¡No importa si lo soy! Cada atardecer me involucra, me hace palidecer los ojos, me acrecienta la mirada, hace brotar mis venas como agua que se beben en los cántaros de las tabernas. En la viña dorada de las letras veo las alas de mujer, su vientre de perfume, su gala que sopla mi cuello y lo eriza hasta tornarlo pasadizo de sus manos.

Atigradamente felina o siendo aullante y cautiva de los astros, mi alma se arde como un faro y mis manos salen a la luz para encender la noche. Soy todo su escucha, eco y portavoz, y ella me asigna su arcilla y su jilguero, su rio patrimonial lleno de peces, sus carmesís gacelas, para que le lea como las horas a las manecillas que deletrean su tic tac al tiempo.

¡Amo la poesía! ¡La saludo! Entierro mi cuerpo en sus cadenas. Hundo mis manos en sus tildes. Devoro, como nadie, su rima hecha de cumbres, su aborígenes acentos, sus coplas forjadas en acero. Hinco mis ansias en sus versos. Y desde mi pecho, desde el grito invicto de mi lengua, hablo sus coplas en un amanecer hacia la exaltación del vuelo, donde la conquista y reinvención de la palabra

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es la voz de vida y gloria que ella me reclama.

Dama en DO de cuerdas
Dama en RE y el mozo aquel con su guitarra. ¡Arde la luna ventolera que el torillo no quiere ser capeado! Toda la noche las cuerdas trepidaban. Los acordes eran piel carcasa y rizos de ella. Y el mozo, cara hoguera, sus manos le sangraban. ¡Ay la noche en la sombra emborrachada! ¡Ay los ojos del mozo con las uñas desaguadas! ¡Yo la quise! –decía el mozo. Y la guitarra era caldera que se aguaba.

Arde la luna su torillo cuando brama, y el torillo se arde con la espada claveteada. ¿Quién desangra la guitarra con la vaina? ¿Quién despierta al toronjil cuando en pecho y brazo la música le hurtan? Arde y arde la luna su guitarra. ¡Yo la quise!, y mostraba su anillo aluzado. ¡Yo la quise!, y la guitarra se ardía y derramaba.

Dama en Do y la noche era su guarda. Donde la luna iba, el torillo ardía en la estaca. En ese bar un mozo las tinieblas azuzaba

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y las cuerdas al lomo le pinchaban. La dama en LA fue un día desposada, ¡yo la quise!, y la guitarra al dedo ensortijaba. El anillo era la luna, el torillo la besaba. Los párpados del cielo a un blanco se hilaban: voz y trueno sus labios apiñaban.

Un día el mozo la vio con un peón que se besaba. ¡Arde la luna su copa azul y cuero! El torillo arde el estoque y muge tafiletes. La noche, en la guitarra, arde su umbría y su sonata. ¡Yo la quise!, a las cuerdas les gritaba. Y las cuerdas se ardían en forma de sonata. Cuando la noche escampaba, decía: ¡Que se arda el viento y aun la primavera!

Un torillo de hierro a la luna empitonaba. Se arde la luna: un águila le sangra; gota a gota y dorada la escafandra. Sobre la luna, la guitarra; y el torillo, ya sin astas, en las cuerdas se sangraba.

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Poética
Elevaos al sonido. Aludid al tono de las gaitas, al retumbar estoico que agasaja y encumbra, a la delicadeza sinfónica de los arpegios.

Hablad por los requintos fulgurantes: altos de las voces, atalayas descubiertas, cumbres filarmónicas que los tímpanos devoran.

Y con la musicalidad de ninfas y camenas, como un consorte del Dios Baco o las musas, alzad la lira poética con la divinidad del manantial de la palabra.

El pintor
Todo el frenesí en una obra. Toda la expresión en cada pincelada. No había color que no le bosquejara o le pintara en una sombra. Pasión… ¡Era pasión su arte!

Y ella se salía del lienzo cada noche para obsequiarle al artista sus labios y sus manos.

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Canto testimonial
Viene llegando desde las hojas, desde la madera, desde el mármol triturado por el hierro, desde las serpentinas en que los pájaros levantan su directriz y las cabriolas manosean el viento; como si un zumbar de mil latidos hacia el infinito, hacia el mismo corazón cuando se abre y busca a su otro pecho, a su otro nido, para beberse en un coctel de bocas y jacintos, sintiera su lágrima en las venas, su dulzura, porque va corriendo como un río y espolvoreándose.

No hay canto en el amor si no es el canto de los árboles y el agua, si no es la sonoridad perpetua de la tierra, la conmovedora espiga en su regazo. El sol tiembla en el frio y la miel en su colmena, y se abrazan para darle al verde una morada, para que cada uno caliente las tejas donde se cubren los ojos con miradas.

Amo el trigal, amo la noche, amo el amor con su desvelo, lo que limpia la tarde, lo que solloza y desgrana, aquello que se recoge en la mañana y se recuesta, tibiamente, en la suavidad de una sábana que es la piel del soplo y su sonata.

La greda susurra su amor hacia el rocío, y le protege.

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El mar abre sus aguas a los navíos, y les espuma. Para que cada nota florezca se regalan entre sí la armonía y la deslumbrante fiesta de un concierto. Así el amor teje sus redes y salpica. Así va hilando manos y acordes y follaje. Así va tendiendo la cama de la ternura para que pernocte durante la noche su larga travesía.

Amo, entonces, el corazón cuando sonríe y el amor que al amor acoge en su jardín de bruma. Pero sobretodo, amo la luz que me da una palabra, porque suena y sabe a dulce, y es una espiral eterna y de vida, un goce inconmensurable y perenne: la de un beso… y otro beso; la del beso, simplemente. Y lo guardo en el silencio para que no lo toque ni mi alma.

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ALGUNAS SONRISAS

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Sonrisas
Cuando de sonrisas se trata, hay de dos: te llevas las mías puestas o me llevo las tuyas encima; las sombras son otra cosa: hay tal intercambio, que nuestros cuerpos se abrazan por no saber cuál es la propia.

Pero, cuando de mirar se trata, me bastan tus pupilas… y sentir que son las mías.

Tu cadera rima
Enseñoreo, coqueteo planetario, lo que silba tu cadera. Le presto boca, salivación y aire; ebrio meneo que despierta al soplo. Encandilado en la forma: miel de mar, ola de esporas, tallo de mariposas; silbas, silbas, toda la aurora silbas. Tu cadera rima y canta una estrofa olor a rosas.

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Asterisco
Me imagino que eres, no sé -mi mente se crece imaginándote-, un asterisco: porque cabes en el crucigrama de una vocal nunca deletreada; porque de manera reiterada simplificas el amor en la dulzura y lo vuelves flujo, fondo, longevidad de manos coincidiendo -cómo gozo tu máscara de tarde, el antifaz que es viento, nube, disfraz de lejanía-, y verte semejada, no sé, a lo que mi imaginación no le da nombre, porque no tiene consigna más que la de parecerse a ti misma.

Ausencia
Un poquito de escarcha, es lo que me sale del corazón cuando te ausentas.

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Copa del mar
Bebo de tu boca el vino de mar. Arrastro náutica vela desde el confín de la noche. La galera en las manos navega su horizontal travesía. Y tú estás hecha de olas, de sal y navíos.

Sentado, callado, sobre la arena que baña, miro ese mar… y no sé si es tu boca. Abro las manos buscando la ruta… y no sé si es tu boca.

En las traineras se persignan las aguas para mirar alboradas y cuando suben los flujos al beso le llaman marea. Estás hecha de brisa, de olas… y no sé si es tu boca.

Eres la copa, el vitral, el sonido que rompe las aguas. Sentado, mirando, vaciando la mar en la copa, la tarde acompasa sus olas… y no sé si es tu boca.

Color de primavera
A Xasní

Quiero platicar contigo, como el surco que entierra a la semilla y la germina. Y toda vez que ya se gesta, desde el tallo mirarle su capullo abriendo su color de mil sonrisas.

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Amor, ropaje esbelto…
Más de lo que yo pudiera decirte: “Amor: ropaje esbelto de la noche; Las flores azules cantan y se esparcen; Los ciervos rinden a los lagos su ornamenta.”

La noche es un jazmín de besos que tu corazón la prende. Su vestimenta oscura entibia el rosa de tus labios y adorna la insinuante calidez de tu figura.

Delicada, mirando el regazo del espacio, abarca tu cuerpo la iluminación del infinito. Y estás aquí, acantonada en mis brazos, nupcial y bella, mientras la noche prende su mirada entre velas: te has vuelto mi canción de mil estrellas.

Canto
Se me da el amor como a los pájaros; aunque sin alas, sin plumaje, ni colores. Y yo le canto. Y ella me canta. Rozo su boca sobre el agua. Ella toca mis manos al soplarlas. Y cuando silba desde el aire, alzo mis brazos y mi vuelo se acoge a su acrobacia.

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A sueño lento
Soy a sueño lento: me dibujas, me quedo en la forma impensable de tus senos -¡siempre me renuevan!-; sobre el escaparate de tus manos anclo lo que soy, me redefino, intuyo tus maneras e intercambio deseos con tus poros -los percibo parte de mi empeño-, y en el trance hipnótico en que te miro, reinvento tu forma -la misma tú que siempre a mí me gustaa la manera en que el pájaro deja a su pájara batir el cielo.

Rubor de aves
Soy convicto de la sombra que atestigua a tu espalda. Expío el ansia y la inmovilidad frente a tu vientre. Pero ya ves, amor, así es la tarde: un caminar de besos y un sobrevivir de cuerpos.

En la intensa dimensión de las palabras vuelan tus muslos en la piel de aquellos vientos, y como un rubor de aves, serpenteando, espero ver al sol que caiga para observar tu rostro de levante.

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Encuentro
Sin nada, yo inventé unos ojos, fabriqué unos labios, construí unas cejas, imaginé un perfil, supuse una silueta de máxima tersura… ¡Y mira que ya estabas tú antes de todo!

Tus labios clavan
Hay un sudario en tu corazón que me incorpora. Tus labios clavan esos besos dulces que a mis manos se le entierran. Mas, como siempre, en lo tuyo, llenas mi pecho de tu boca y lo sangras desde la ternura propia de tus ojos. Ahí guardas mi amor, en lo profundo de tus brazos, y le soplas una brisa entregándome al arrullo. Cuando mi corazón despierta, tu alma reaviva el retintinear de mis latidos, y un beso se me escapa, suavemente, acariciando la piel de tu mirada.

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Estrellas
Cuando tú preguntas a los pétalos: ¿me quiere?… ¿no me quiere?... me recuesto encima de una nuez, de un dedo tuyo -alumbras mi sonrisa como pájaro-, y me voy haciendo cuentas con estrellas: la quiero uno… la quiero dos… la quiero tres… Y mientras tú preguntas, a mí se me hace interminable recontarlas.

Plegarias
Yo quiero que te encamines como las primaveras lo hacen en el polen y se sientan a platicar con los manzanos y las viñas, por los ductos de mis brazos, para que recorras las distancias más alegres, y en cada estación brotes verde y de la tierra y amarilla, y en mis manos, ya hecha caña, espuma o serpentina, me digan sus plegarias los tintes de tus besos.

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Déjame verte luna
Adéntrate en mí, mujer, desde tu cintura, desde tus senos bailadores, desde tus manos hechas greda. Déjate sentir a capa abierta, a torrenciales lluvias, a tu cósmica manera. Víbrame sobre tu escala, en la magnitud de una soprano, al tenor de tu batuta, con las manos, agitando. Déjame verte luna, azul y oscura, sentirte transparente, aromarte encendida. Estállame por dentro con tus pétalos divinos: sobrevivirte y sobrevivirme desde aquí, desde tu boca luna.

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Usted que pertenece
Usted que pertenece a esa raza de valientes que al amor le llaman beso y a la boca la estrujan con la dulzura carnosa que brota de unos labios, y se doblega entre los brazos de un varón que la hace suya, que al enigma de su sueño le suelta una caricia, yo decía, por si acaso usted quisiera, que tengo una consigna de amor para su vida: despertarle a usted su dicha, y en las noches, conversar con su alegría.

Soñaba que tú ya me soñabas
Pensaba, desde la exaltación, que me pensabas, y soñaba, y cubría un espacio tuyo y por tu boca -carnosa boca que soñaba.

Sentía por tus labios que sentías y andaba recostado en ese aroma -limpia boca, tan limpia y me tocaba.

Miraba que mirabas mis yemas en tu boca -dedos de agua volviéndose tus yemas-, y yo soñaba que tú ya me soñabas.

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Sobre el paisaje
Asciendo hacia tu rostro, Princesa del paisaje. La flora baila, los mirlos bailan. Cuando tu boca sopla mi corazón se vuela. Sobre el paisaje un cielo arde su luminosidad y vientre. Y allá, a lo lejos, tus ojos sorben la tarde que en mi mirada muere.

Frutos del crepúsculo
Fragante sembradora, me haces recordar los campos de cristales del atardecer y su asombroso espacio maderero. Lo que hoy amo, lo que hoy eres, viene sobre el viento y a mis manos le cantan su descenso en madrigales.

Alegremente te detienes en los frutos del crepúsculo. Y en los llanos de mi alma dejas la flor que yo levanto cada día, para repartir sus pétalos en sembradíos donde enraíza mi sonrisa.

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Qué perfume el de tu boca
Cuando desde tu interminable forma -¡ah!, tu boca, tu boca, sensación y muerte, toda junta y toda sueño-, tu boca -¡qué dulce, qué estrella!-, paladar de ébano, corteza de la flora, jacinto entre jacintos, la flauta de la espora; tu boca -¡qué perfume el de tu boca!-, ¡la beso, la beso, la beso, la beso!, tu boca… simplemente: corazón y beso.

Latir del viento
Mueres cuando te callas. Te enfrías cuando te alejas. Tus manos entierran mi corazón si no le tocan. Pero emerges de mi alma y ahí me atrapas.

Como las dulces noches bosquejas mis sentimientos. Mi alma te habla como un farol que enciende a la sombra y en su cortina blanca le arrulla y canta.

Y toda tú devuelves a mi latir su pecho: mi alma así se esparce como la noche y mi cuerpo siente tu cuerpo en un latir del viento.

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El amor de ti proviene
Un manantial de besos derramando uvas rojas provienen de tus senos descubiertos: lechos de pan, de migajas, dulzura destilada, flujo y reflujo de la vinificación de los encantos.

¡Que presteza es el amarte! Te digo te amo en la palabra y te amaría, atavismo de amor que siempre he amado. Vienes -y no sé si caigo, duermo, salgo de tu vientre para volverme tu propio niño-; vienes acercándote para hacerme prisionero, hacia mi otro yo, el mismo, el incontrolado espejo que diariamente te persigue, el brazo aquel que no ceja a tus brazos, que los ata y amarra a mi queriéndote en el todo, a mis deseos de ti que nunca sacrifico.

Yo me resigno a ti. ¡Mírame!, madre de mis ojos, de mi horario, de mis manos y mi beso, de mi niño angustiado que renace cada día, el que se bebe tu cuerpo en la leche de la noche o de la estrella amarilla que te cubre, la que me deja una sonrisa al decirte que te amo, porque la luna surge de tu cuerpo y el amor proviene de tus senos descubiertos.

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Te pareces tanto al sol
¡Te pareces tanto al sol! Mis manos se arden al tocarte. Coloreas mi piel, la impactas de amarillo. Roto, de un lado a otro, sobre ti, para mirarte. De cierta forma me abrigas si te pienso y ese calor se añeja en forma de quererte intensamente. Así mis pies se van descalzos por tu cuerpo entero: sudan de ti, beben de ti, plantan girasoles cada primavera. Y cuando tu espalda –esa campiña de aroma, de greda y vegetales-, irradia su numen, yo escribo a la tarde, al cenzontle, a la pizarra que retiene mis letras al leerlas, para que me entiendan que hay algo de mi puño y letra en tu forma, algo mío que va en tu cadera y se mueve leyéndote, pintándote una sombra, un rayo que no acaba de alumbrarte, una sensación fresca por amarte.

Mira que me vuelvo la noche, una fugaz estrella impaciente esperando a que tú abras los ojos, que despiertes de la nada, porque me calientan tus ojos, me reviven, me empujan hacia arriba, me irradian esa luz del bello día.

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Hablando te imagino
Sentado, y testarudo, como si no existieras, te estoy creando. ¡Y vaya que me dan de qué hablar tus ojos, o tus senos meditabundos, o tu cadera mil veces pernoctada, o tus platinos brazos que me deslumbran en cada acoso y me hacen cerrar los míos para acreditarte plumas, cielo, las nubes en tus dedos! Pero aun así te invento, te re-imagino, te hago parte de lo que ya eres, para que yo entienda que de ti no hay otra, que son sólo mis ganas de tu piel y cabellera, y por eso me imagino que soy como un dios que intenta descubrir lo que hermosamente ya fue construido.

Necesidad de ti
Tengo necesidad, no de ti, sino de un beso tuyo, para que seas tú mi necesidad y besos juntos, y no sea tu beso sino tú lo que más yo necesite.

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Alegría azul silvestre
Te quiero, no más ni menos poderosa, ni alegrada de olvidares, ni gozante de imposibles, ni perdida en lo silvestre; simplemente fuego, así quisiera, clavelina, ojos de corolas grises, reina y viña o mensajera, cultivante de aguas dulces, aguamarina constelada y de arrozales predilecta, vocación de mi impaciencia, navegante entronizada, que hoy, en esta hora, en este adentro, en este instante, desde mil colores y por todas partes, se desborda en mar de vientos mi alegría a tus amores.

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Retrato al óleo
Primera inspiración… Las cejas: ocre sobre el lienzo, bosquejo de una curva, cincel de carda fina y mango estampado.

Párpados: manto de titanio y resinas, ópalos cortados sobre telas, aceites que exaltan un cromado.

Pómulos: gaitas de oro hiladas sobre óleos y elevándose entre álamos; otoñales hojas que al graznido han besado.

Labios: dos alces polícromos de textura tersa, abrillantados al paso del galope.

Su cabellera: el caballete de ébano entintado, la paleta cincelando la silueta.

Entonces, en el lienzo abre sus ojos… transpira mi sentir y aflora su belleza.

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Sólo amarte
Lo que se aviva en el resplandor, en el sabor de toda luz, en la movilidad que brota por cada ventana de mis ojos, ¿qué más puedo decirte?...

Sólo amarte, y amarte en el otoño, en el atardecer sobre los musgos, en la tormenta de tu nombre.

Fuente dentro de mí que me riega y me fecunda, intensa boca que me llena, reflejo que me agranda y me satura: ¿qué más puedo decirte?

¡Ámame!, receptáculo de lunas, umbral sin límite ni horizontes. ¡Escápate conmigo ya sin cuerpo! ¡Despiértame en tu piel desnuda de silencios! ¡Gotéame en la fontana de los besos! ¡Delínqueme, para robarte en mil deseos!

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El mar sólo miraba
Desde las dársenas me figuraba que al tocarlos eran alas que se abrían hacia el viento y ahí anidaba yo, en tus cabellos.

El mar sólo miraba un beso.

El fuelle, entre las rocas, silbaba, y el fuego rojo de la tarde se esparcía, atando al mar tus ojos y a la brisa tu silueta.

El mar sólo miraba un beso.

Desde el azul tu piel flotaba y limpiaba nubes de tus piernas, para que temblara el agua y entibiara sus sal, maravillada.

El mar sólo miraba un beso.

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Me nace el amor
Como el sinfín, el todo, que me nace del amor y de tus brazos, la noche colgándose de un beso, las manos pintándose las nubes, y yo balanceándome en la habitación de tu cintura, abierto al amor y de infinitas velas por tus ojos, extendido tras tu piel, cercenado por tus poros, en el espejo más titilante de tu sombra, donde se desnuda el párpado y el labio estalla en la lluvia de luces de las manos.

¡Dónde te he encontrado, sino en el escondite donde tu silueta se ha trepado, en el mismo cristal que me habla por tu espalda, en los tálamos que se apegan a tus hombros para volverse los besos conyugales de palomos!

Me nace el amor desde tu boca y cada sílaba cimbra los versos como el agua. Las blancas cardas de tu cuerpo repintan los colores a tu nombre.

Me nace el amor desde tu boca y tu piel es la que a mí me baña.

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Eres como el sueño
No sé de donde hay algo de ti que siempre te veo platicando con los pájaros. Te calzas las nubes para dormir cual bruma. Pero, eres como el sueño del que despierto y te abrazo, y sigo soñándote de ángel con sus alas.

Flor de tu boca
De tus flancos dolidos busco algún retoño. Tus vellos recorren y erizan mis antojos. Y sólo te miro, flor de mis manos, en los sentidos que forjan mis penas y agrandan tu boca.

Escurro en tus labios la flor de hermosura, que se confunde de forma y se extravía en tu lengua.

Toda paloma nace en tu boca, y desde el ámbar deja su nido cautivo en mi alma.

Flor de tu boca, noche hechicera, intemperies de besos atajando las sombras, cuando tu llueves, tus mieles destilan una embriaguez de deseos donde emergen los soles.

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Quererte
Me da por quererte un poco… en exceso y abundancia. Y de tanto quererte nada, me excedo al quererte tanto, que si por mí así pudiera, te querría poco, que a más de poder no intento dejarte de amar ya nunca.

Agua
Beso oscuro que cuelga sobre mi garganta seca, arena tejida en mi desértica lengua: déjame a boca abierta, para que te recorra cristalina y te incaute el ópalo que te suda por la espalda; permíteme abrir tu despoblada zona, hartar de sed los labios custodiados que erizan el torrente de tus poros, y beber el agua, el manantial, la fresca uva de piel nacida de tu boca.

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El soplar de tu boca
Mas, al soplar de los cielos ya no canta tu boca. Peregrina silente, Rosa de agua, se escucha la tarde durmiendo en pesebre y el arrullo es madera picoteada en el alba.

Lo que cantan las flautas se esparce en tu boca y un venero de luces te busca, te llama; mi boca persigue al silencio y se encharca.

Cuando del aire nada se oye, ¡oh artificio de besos callados, callados, luna ausente y sin labios!, tu rostro es incierto, tu boca es tan leve, la noche su abismo perjura en tu vientre.

Jazmín de la tarde, tu beso replica en el telar de mi mente, y una hebra te hila al confín, a la sílaba de hambre, como un suspiro de leche, una lágrima dulce, donde tus brazos se vuelven cadencias de voces que incendian, de estruendos que evocan.

Suspira tu boca y mi boca se acerca. Cuando tu piel me descubre, una voz resucita y la noche se aparta exhalando su estrella.

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Esos labios
A veces quisiera morder tus labios y que tus labios esponjados me mordieran, y en esa sensación de no tocarte -lo que es un roce al aire y a la tierra, la contención del beso que se escala-, saber que hay esos labios, y es tu boca donde el beso los encarna.

Cita con tus alas
¡Cómo no quererte a ti! ¡Oh! costa de dos aguas, territorio donde subes tus senos a los encinares, racimo de hambre y dulce en el que brindo y donde la copa ofrenda su buqué de vino. Me devuelves el sabor del mar a los tejidos.

¡Oh! olorosa y palpitante, mi telar cuando me enfrío. Aún entre barbechos eres la semilla que atesora el talle de la espiga. Tu cadera es una tormenta de frazada y paraíso y el cañaveral perdido donde ancla el marino.

Aún recostado en tu vientre, hago recuento y reconformo los cielos infinitos. ¡Oh! testuz y cerviz destelladas, mis manos reconocen la palpitación de tu hermosura. ¡Cómo no voy a quererte!

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Sus senos lanzan el sur

Finales esconde tras del mar, y yo en sus ojos. Paisajes, no del mundo: pálidos contornos de su frente. Cónclaves de manos de un carnal arrullo. Y por sus labios entonces caminé como la niebla; el antes del ayer y mucho antes. Finales tras del mar… La fábula perdida de los ojos, y el poniente en la garganta y tan distante. ¡Qué amor de tierra llueve! ¡Qué azul de sombra esparce! Finales tras del mar… Aceras que se cruzan sin tocarse. Palabras en el lecho silenciadas. Finales tras del mar… Sus senos lanzan el sur sin abordarle. Las horas devoran su coctel sin tacto. ¡Y no alcanzo ya mis ojos! El mar zozobra tras la nada. Entonces caminé sobre sus labios.

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Volverás
Volverás astral, robando mares, con los ojos abiertos de las olas, a embriagarme de sales y destellos, mientras nadie, yo, absorto, caimán de verdes Ciénegas, en el trasiego del silencio y afiebrado, brindaré mi piel, mis brazos a tus hombros, al obsequio de tu cuerpo, para saciar la sed del sol y de la noche, y darle a mis entrañas esperanza.

Formato
A modo de sonrisa, estás. A modo de alegría, te quiero. A modo de contento, te disfruto. A modo de albricia, te acaricio. A modo de deleite, te entusiasmo. A modo de delicia, te emociono. A modo de embeleso, te animo. A modo de dulzura, te suspiro. Y a modo de querencia, te enamoro.

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La flor de un beso
Beso: trigo de mar nacido desde tu boca. Un beso… claridad de la luz que se transforma en plata. Y la vacilación del viento que calla y ama. Beso… Un beso recorre tu alma: punto del cielo, habitación de pluma que su amarillo engarza.

Beso… Beso… Amanecer de noche, transfiguración del alba, pernoctación de algún destello. Y tu cuerpo: lunar del vuelo. ¡Un beso!... ¡Un beso!... Tu piel: ¡un beso!

Emancipación de un sueño pastoril, silvestre. Limpieza nívea del bruno instante. Y un beso… un beso… tu boca: ¡un beso!... La flor de un beso.

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Frente a ti
Eso que pasa de creerte y resignarme es una costilla que me duele. Los labios se abrazan sin respiro…

Me marcho… Entonces, regreso, estás, no te has ido… ¡Nunca me he ido! Los ojos se han quedado respirando. Los cuerpos viven exhalando. Me faltas uno a otro. Nos vivimos dulcemente y desvivimos. Nos interrumpimos en horarios infinitos. Nos ayudamos a morirnos para continuar la vida. Nos miramos con las manos, nos sentimos.

¿Eres tú o soy yo el incontrolado? Frente a mí: estás, te has ido. Y así te toco: desesperado, intranquilo… ¡Nos perdemos al amarnos! Pero de ti -alejado, voraz, desmedido, presente-, ¡nunca me he perdido!

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Flores en tu piel
Avísame que llevas flores en la piel y un boldo, en esmeralda, soplando tus mejillas. Alumbras tú los faros que aluzan a cenzontles. Tus tobillos giran la danza en tu figura.

Avísame que llevas los ojos petirrojos, que tienes oropeles al bies de tus beldades.

Avísame, risueña, que tienes la sonrisa de un pájaro florista, de un hortelano en vuelo.

Avísame que llevas colores de alegría, y una blusa espuma, de malvís coloreada.

Luces de la madrugada
Juegos de la madrugada que suben el sol a la cama, que pintan de rayos los tallos del día, ponte los ojos guirnaldas para reiniciar la mañana, llévate un lirio de almohada mientras retoza el claro su arribo.

Flores de labios que entintan tesoros, sóplame cinco perdices donde se tiñen la lis y bromelias, que quiero hoy verte preciosa, pues traigo silvestre la luna, para llenarte la boca de su más radiante mañana.

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Recital de los amores

Me pinta el corazón y voy a mil banderas. Me arrastra una elegía y canto a mil colores. Voy a pasos, voy de nadie y voy contigo. Sin ser sueño: tus cabellos… ¡Voy contigo! A cien años de distancia me palpitas, me acorazas. Y no hay nadie, nada, cero, y voy contigo. Me zambulles en tus pliegues, en lunares preferidos. Corazón de corazones… Recital de colibríes… Señorial de ruiseñores… Voy contigo, y voy contigo, al florecer de los amores.

Luz y color
De tres tinteros era el barniz de amor. Ahí guardaba sólo un color en su palestra de estampa y luz, para pintarlo de flor en flor.

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Beso de encanto
Me asalta el amparo de tus ojos tejidos como la nieve y en medio de su blancura se enredan mis ojos a tus pupilas. Soleado corazón, bruma de oriente, cariñosa espiga exploradora: envuelta en el amor limpias la noche y la última ráfaga a tu perfil se prende.

Te he besado el alma y el alma era tu frente. Beso de amor, beso impecable. Y sin embargo, beso, beso y te quiero… como el estero que avienta al mar y a la mar se abre.

Como ese beso, que te he besado; como el verdor, muro de un tallo, o las retinas que se despliegan sobre el paisaje. Beso de amor, que te he besado… Claro bosquejo e inofensivo, púrpura estampa que identifica los mismos labios, las mismas manos, los mismos besos sobre tus besos.

¡Beso de encanto, que te he besado!

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Canción girasol
Prende una orquídea donde un girasol, jala la luna para pintarle sus rizos de azul, que esta mañana te quiero besar.

Sóplale al alba su delantal otoñal, que gire y que gire como lo hace la mar, para que con su crinolina corteje al estero, que esta mañana te quiero besar.

Pinta tus ojos con ropas de ajuar, hato de broches y aretes, porque vestida de trinos esta mañana te quiero besar.

Vientre de mujer, solsticio siempre
¡Qué hay debajo de tu vientre, sino ejércitos de sueños y pirámides que en la alta noche escalan venas y racimos de alcatraces!

Esa tela métrica y laberíntica atesora la majestuosidad de los umbrales; es un recorrido de resacas justificando mediodías y el oro que se alza por las tardes:

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símbolo de imperios, de aventureros caudillos empuñando aroma, utensilios de laureles, pólvora de escarcha.

Tú, vientre, eres capital de las palomas, la fe de las galaxias apuntando a Alejandría, Roma obsequiada por las liras, El Rodas vitoreando a Galilea, Babilonia como tierra prometida.

Álzate, caravana de signos y de ungüentos, como reina y como espada, como el arbitrio más dócil de una imagen, revelándote soberbia y alabada para ser la punta de elegías, el más fuerte gemido de la noche, y escaparte por tu piel, por tu arena, en la cavidad que sujeta a las bahías, donde zumba el agua y se obsequia como un Cesar a su imperio: nueve meses, desde el mar, desde su luna, en su victoria diamantina.

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Dulce corazón, hermosa dama…
¡Cómo me ardes, descubridora de espuma! En ti giro como un girasol que se levanta. Hacia ti hundo mis manos en relámpagos de sórdida agonía. Soy ese azufre encendido buscando tu fémina belleza: rosa preciosa, blanca y marina. Enterrándote en mis ojos, a tu piel respiro, y en bocanadas de aire sorprendo a la luna en tu cabello oscuro.

Te peinas con las sábanas de mis suspiros, y en mi pecho fermentas un crisol con tus caricias. Pero de tu boca, no entiendo la palabra: tu beso escritura el dulce corazón de hermosa dama. Y el silencio te escucha, como yo te escucho, aquí, en mi boca.

Mitad mar
Desde la esquina de mi pensamiento en que caes a mis brazos, te veo suspirar: mitad agua, mitad preciosa, y la otra mitad sobre mi boca. Ahí se crea la profundidad del mar y se extiende hasta la arena.

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Festejo de tu boca
Boca de lluvia y de viento que se entinta y se recorre, toda línea es una perfección o un ímpetu sin tregua.

Caben tus verdes hojas en mi boca. Entran tus doctrinas en mi gusto. Perteneces a esa horadación que barrena y me traspasa sin obstáculos.

Y aún de tu fuente de algarrobo me inundas caprichosamente, para enlazar, de cerca, el viento, algún pretexto, y lo que busco escrito y oculto tras el cielo.

Tu haces de mí un silbante vibrador de vuelo inagotable.

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Corazón de un beso
Desnudo tu desnudez y todos tus gestos son dulces, tiernos, pequeños como tus manos, intensos como el respiro, como un viento sin aire y rociado. Y tu ternura es tan cercana y tan lejana como un beso… Pequeña mía y por tu boca, por tu suavidad de beso, por tu corazón que encara y que al mirarte sopla tu fémina ternura, tu suave pequeñez tan frágil, que vuelve a mi memoria el desatino que fascinas, la noche que pasa siendo día, el labio en el corazón de un beso.

Tonada
Si una niña hermosa, como tú, mujer, me robara los ojos, y el cariño, y el amor, yo cantaría toda la tarde, no desde mi boca, sino desde la tuya al corazón.

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Tus ojos todo tienen
Nada de tus ojos viene. Nada de tus ojos va. Una luz es una sombra que centellea a la oscuridad.

Tus ojos todo tienen: pescan, sollozan y luego son el mar; pasan sobre la noche y se quedan para alumbrar.

Tus ojos todo tienen: se ponen en mi mirada y se la llevan hacia el mar.

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SALVADOR PLIEGO: Nacido en la ciudad de México. Con estudios en Antropología Social y una Maestría en Sistemas de Computación. Como escritor inicia su carrera a finales de 2005 y desde entonces ha publicado los siguientes libros: Poemarios: Flores y espinas Claro de la luna Encuentro con el mar Bonita… Poemas de amor Libertad México Los niños El libro de los besos Poemas de amor y de bolsillo Arterias de la tierra Crepitaciones Letras del buen humor Poemas de desamor y olvido Evocación de pájaros Poemitas enamorados 2006 2007 2007 – 2008 2008 2009 2010 2010 2010 2011 2011 2011 2011 2012 2012 2013

Libro I y II

Cuentos: Los trinos de la alegría Aquellas cartas de amor 2006 2008

Fue premiado como segundo lugar en poesía por la ENSL en México y nominado como finalista por el II Certamen Internacional de Poesía “San Jordi” en España, 2006. Participó como jurado en el Primer concurso literario “Atina Chile” en 2007. Su poema 102

“Espadas y papiros” fue entregado como parte de los premios otorgados al ganador del Segundo concurso de cuentos cortos HdH Medieval. De sus viajes ha recibido múltiples reconocimientos, entre otros, el de ser “visitante ilustre del Municipio de Urrao”, Colombia. Durante 2007 y 2008 participa activamente en el foro MundoPoesia, considerado uno de las más grandes de la red de Internet en cuanto a escritores, publicaciones y lecturas. En ese periodo es premiado en 19 ocasiones, entre ellas, otorgándosele el premio de Poeta del mes. En 2011 gana los siguientes premios: Ganador del premio de poesía Rubén Darío Rumbaut con el poema “Dulzura”, y “Primera mención de honor” en el concurso internacional de poesía “Trofeo Memorioso” organizado en Chiloé, Chile, con los siguientes poemas: Corcel de alas blancas, ¿Dónde los olivos? y Templanza. En enero del 2012 se le otorga el premio al primer lugar del Primer Concurso Literario Andrés D. Puello a su libro Crepitaciones, y en el mes de mayo se incorpora su poema “Oda a la risa” a libros de texto para el aprendizaje del español en Puerto Rico (el poema ha sido incorporado a este libro). La radio satelitevisión/Americavisión de Chile le otorga un reconocimiento “por su participación en la Poesía destacada, mes de septiembre 2012, de los programas radiales ‘Música y declamación de poesías’”. En abril de 2013 Radio Satelitevisión/Americavisión le otorga un nuevo reconocimiento como poesía destacada por su poema: Arde la poesía. En el mes de mayo, otro más por su poema “Desnudez de tu mirada”. En junio, un nuevo reconocimiento por el poema: Canción de viento y brisa. Y en julio, uno más por su poema: “Cuando contigo”. A la fecha ha realizado lectura de su poética en Estados Unidos, México, Perú, Chile, Argentina, Colombia y España.

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