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JESÚS, EL OTRO.

A propósito de los “Evangelios apócrifos”

No me desagrada aquel Jesús gnóstico que reía entre sus discípulos. El Jesús bíblico nunca ríe. Lo
circunspecto no me inspira confianza, lo contrario de la sonrisa franca, atributo consciente sólo de
la especie humana.
Antes de llegar a ser hombre fue, como todos los seres humanos, niño. Tampoco los evangelios
favorecidos nos muestran nada de eso ni nos cuentan que le agradaba modelar el barro junto a un
arroyo y hacer, por ejemplo, doce formas de pájaros que con un simple impulso echaban a volar,
terrosos jumentos que comían de su mano; avispas y moscas que inundaban la ciudad. O que aún
antes de los cinco cuando realizó aquellas cosas, que viendo un pececillo muerto le colocó en un
plato y lo hizo palpitar de nuevo.
Siendo humano, era como cualquier niño, y podía enfadarse con otros niños porque lo molestaban o
lo agredían. Sólo la naturaleza de su enojo lo distingue entonces: los seca como a un árbol o les
paraliza el corazón. No, no me desagrada este Jesús que se comporta vengativo como me hubiera
comportado yo, pero que puede, por su sola voluntad, sólo porque se le antoja, no por
arrepentimiento ni generosidad, deshacer sus anteriores actos y devolver las vidas que quitó en un
arrebato de cólera.
Con mayor prodigalidad que en los evangelistas, los milagros se multiplican y anuncian, como otros
grandes mitos, la literatura fantástica.
Ya arde en fuego la mano de la mujer que pretender corroborar, apenas nacido el niño, la virginidad
de la sagrada madre.
Sus pañales devolvían la cordura a los posesos, salían del fuego de los Magos de Belén –aquellos
que llegaron de lejos siguiendo la estrella para honrarlo con perfumes, metales y telas- impecables y
sin combustión; se transformaban en túnicas sanadoras o lanzaban fuego sobre dragones que
absorbían como vampiros la sangre de sus víctimas. El agua del baño del pequeño hijo de María
curaba la lepra; el simple efluvio de su cuerpo devolvía el habla o la salud al agonizante; ante su
sola presencia, autómatas de cobre en Egipto y figuras talladas anunciaban la grandeza y gloria de
aquel Rey recién nacido que podía, ante un burro, devolver a un joven la que había sido su forma
humana trastocada por maleficios.

en las formas presentes. que será con el tiempo el costado y lugar exacto por donde penetre una lanza. un Jesús que juega a deslizarse por los rayos de sol desde terrazas al suelo o por sobre las aguas con una pelota me parece más ajustado a lo verosímil. anunciando visiones de ejércitos alegres -las milicias celestiales. Un Jesús al que no han despojado de su ropaje mítico es un desafío a encontrar revelaciones como en los antiguos Misterios. me restituye el tiempo cíclico. el golpe de otro niño -llamado Judas Iscariote-. al que será su discípulo. los rostros de los dos ladrones que treinta años después serían crucificados con él y sentir. y puede salvar de la mordedura mortal de una serpiente. niño que hace brotar agua de una roca y peces para los camaradas sedientos y hambrientos. Simón. a la izquierda -sabidos demonios que serán derrotados. en su derrotero. le haya dado fama y trabajo. casi torpe carpintero y que la propiedad de su hijo.y de ejércitos oscuros y tristes. de las formas futuras: pudo reconocer. antes de serlo entre los hombres. en el lado derecho. primero. La faz cambiante de la virgen a punto de darlo a luz en su marcha a Belén. Me gusta ese Jesús que marcha hacia nosotros convertido en un bosque de símbolos. Me atrae que los humanos tengan fallos humanos y que en verdad fuera José un inhábil. como si ya multiplicara el vino y los panes. obligándola a absorber el veneno inyectado. de acortar o extender largores de madera. Que una vida principie y culmine en un madero.Es un Jesús anunciador.me devuelve la fe en los augurios. . O que María manifieste la misma obcecada incredulidad que nosotros ante el ángel anunciador de una maternidad sin conocer hombre alguno. Niño-Dios consagrado Rey de reyes en ronda de juegos de los niños.