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El templo, imagen del universo en esta y otras creencias, tenía asimismo siete

Partes fundamentales:
1) El camino de acceso, que a veces es una avenida ornada de esfinges, y otras, de
carneros solares o de simples monolitos. Representan lo físico, las cosas inmóviles pero
atentas que sugieren con su actitud cuál es el camino que conduce al templo
propiamente dicho.
2) El o los pilonos: representan los pórticos que, a la vez, unen y separan el mundo
humano del mundo divino. Es el acceso a lo sacro, con sus grandes planos que reflejan
vitalmente la luz solar, y sus larguísimos gallardetes que flamean en lo alto, en postes
adosados a los muros exteriores, como lenguas del Verbo que expresan la vida y el
movimiento incesante.
3) El patio abierto al aire libre, rodeado por numerosas columnas que llevan en sus tallas
y colores las diferentes escenas de la vida con sus emociones, sus triunfos y sus
derrotas.
4) La sala hipóstila, generalmente pequeña y recogida, con juegos de luz y de sombras
que expresan la duplicidad de un puente entre lo exterior y lo interior. La cierra al fondo
un muro con una puerta comparativamente estrecha. Más allá está el mundo del
misterio.
5) La sala de la barca, donde efectivamente se guardaba una barca ritual, a veces
dentro de un brillante templete de piedras muy pulidas. Es el vehículo para el cambio de
dimensión, pues ya no aparecen las grandezas pesadas y voluminosas de la vida
manifestada.
Decorada con figuras de dioses, permite navegar en el Nilo Azul del cielo estrellado.
Estaba frecuentemente velada por cortinas semitransparentes, y a su alrededor ardía
incienso y diferentes resinas en los pebeteros, para dar la sensación de aguas volátiles
impregnadas de magia y misterio. En realidad, en un lugar subterráneo del templo se
guardaba otra barca, pero no nos cabe ahora hablar de ella.
6) El que podríamos llamar santuario, lugar posterior, escondido, como una cripta
iniciática bañada por la luz solar. Es el lugar santo donde se realizaban los recónditos
ritos. Como complemento, al fondo y a los costados, tenía capillas que correspondían a
diferentes ceremonias, a la sacralización de los objetos consagrados y a los
compromisos de servir a Dios. Desde allí el alma, aunque estuviese encerrada en un
cuerpo, o mejor, encadenada a él, se elevaba libre y poderosa, en la plenitud de su
inmortalidad consciente.
7) Las aberturas en el techo, generalmente tronco-cónicas negativas, dejaban pasar los
rayos del sol en determinados momentos, y tenían el poder, dada su ubicación, de
iluminar en distintas horas las imágenes de diferentes dioses o lugares específicos en el
suelo, a la manera de los oficios que milenios más tarde se harían en las cristaleras de
las catedrales góticas para alumbrar signos escondidos en los pisos.

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