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El Comercio —

domingo 30 de agosto del 2015 —

l A15

Mundo

postal de guerra. Se llama Ángel Hernández y lleva 40 años recogiendo cadáveres que el río arrastra para enterrarlos en fosas comunes. Su historia es la de los pueblos azotados por la demencial violencia.

El lado más trágico del conflicto

El lejano oeste de Colombia
Las FARC decretaron un cese del fuego, pero hay pueblos colombianos donde la guerra se vive a diario.
ricardo león
Texto / Enviado especial
Sebastián Castañeda
Fotos / Enviado especial
Tumaco. Supo que algo realmen-

te grave ocurría, no por el color
ni el olor, sino por el dolor de cabeza. David Requené usa, como
uno de cada diez pobladores de
las zonas marginales de Colombia, una réplica de la camiseta
blanca que viste James Rodríguez en el Real Madrid. Pero ya
no es blanca, ahora está impregnada de gruesas manchas de
petróleo, igual que el remo de
su bote, igual que los arbustos,
igual que sus patos, a los que habrá que sacrificar porque sufren
con el sol; igual que el muelle de
madera podrida de este pueblo
remoto llamado Congal. Estamos a orillas del Pacífico colombiano, en el extremo oeste de este país que implosiona.
El 22 de junio, las FARC atentaron contra un oleoducto en
el municipio de Tumaco (en la
región Nariño). En los días siguientes, el crudo comenzó a
desplazarse por el río Mira, que
recorre la zona, y el primer pueblo afectado por la marea negra
fue Congal. La camiseta de David era blanca cuando este hombre se animó a subir a su bote y
acudir a las autoridades más
cercanas (es un decir, aquí todo
está lejos) para alertarlos. Burda ironía: su lancha no tenía petróleo y él no tenía dinero.
Todos saben quién perpetró
el atentado que dejó sin pescado a miles de pobladores, pero
nadie dirá, nadie acusará. Congal es un lugar de paso de las columnas de las FARC y no conviene pelearse con ellas. David lo
sabe porque ha sido dirigente
del pueblo por una década. Cerca de su casa hay un letrero pintado con aerosol: “50 años de
Marquetalia, 1964-2014”. No
lleva firma y tampoco la necesita: aquel año en Marquetalia
(región de Tolima) los choques
entre guerrilleros marxistas y el
Ejército devinieron en la formación de las FARC. Marquetalia

es el mito fundacional.
Eso tampoco lo dirá David.
Su lógica es elemental: “Si no
nos metemos con esa gente,
bien. Si los molestas, ‘trabajan
mal’”. El eufemismo es otro mecanismo de defensa.
Las violencias, los ejércitos
Hace más de un mes, el 20 de
julio, las FARC anunciaron un
cese del fuego unilateral como
parte de las mesas de negociación con el Gobierno Colombiano. Desde entonces ha disminuido la violencia relacionada
con este grupo. Sin embargo,
hay espacios donde la guerra
no es un episodio, sino un sistema. La costa del Pacífico es uno
de ellos. Tumaco es una región
que abarca la selva y se extiende hasta el mar. Aquí se siembra
hoja de coca, se transforma en
cocaína y se exporta. Y, como en
todo el proceso hay ganancia,
las puestas de mano se deciden
con balas y bombas. Hoy la presencia más sensible es la de las
FARC, pero hace poco fueron los
paramilitares y los narcos.

La guerra ha dejado
220 mil muertos, 25
mil desaparecidos
y casi 6 millones de
desplazados.
“En Tumaco no hay violencia, sino violencias”, aclara un
médico forense de la Oficina
de Medicina Legal de la localidad. Podía sentarse a conversar
porque ya se habían llevado los
cadáveres de dos adolescentes
asesinados un día antes. La noche en que conversó con El Comercio mataron a dos más.
Esta violencia –o su plural:
violencias– tiene muchas formas. En Tumaco se concentran
dos de las más graves: desapariciones forzosas y violencia sexual. Lo que es peor: ambas juntas. Adsumi Freyre era joven y
asustadiza cuando, en junio de
1987, le dijeron que debía ir a
buscar a su hermano y a su papá, que habían sido asesinados.

marea negra. Los pobladores de las riberas del río Mira sacaban diariamente baldes repletos de crudo. La tragedia también es ambiental.

una zona en riesgo

Medellín
Océano
Pacífico

Bogotá
Cali

COLOM B IA

Tumaco
ECUADOR

Adsumi Freyre busca hace 30 años
a su hermano desaparecido.

A su padre lo encontró, a su hermano no. Solo sabe que “unos
hombres” lo destriparon; de él
solo guarda una foto en sepia
y la sonoridad del nombre: Lisímaco Freyre. Años después,
Adsumi se casó con un militar.

la boca del lobo. Policías patrullan Barrio Panamá, uno de
los más peligrosos de Tumaco. Los choques son constantes.

El tipo, traumado por la guerra,
veía al enemigo hasta en sus hijos. A ella, su esposa, la violaba
sistemáticamente. El círculo de
Adsumi jamás se va a cerrar.
Como en una novela de Evelio Rosero, en pueblos como

Tumaco, se sienten a diario los
coletazos de una guerra feroz.
“Parecemos sitiados por un ejército invisible y, por eso mismo,
más eficaz”, escribió el autor de
“Los ejércitos”, obra cumbre de
la gran tragedia colombiana.

PERÚ

dudosas intenciones
Las FARC anunciaron que mantendrán el cese del fuego para hallar un
“ambiente político apropiado”.

contradicciones

El 33% de colombianos aprueba
el proceso de paz con las FARC y el
32% cree que deben ser derrotadas.