Del libro de Cuentos Eróticos: MANZANITAS VERDES AL DESAYUNO (2009) Autor: Milcíades Arévalo (Colombia

)

¡OYE, TÚ!, ¿CÓMO TE LLAMAS TÚ?

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Me arrimé al muelle a esperar la chalupa. Deseaba llegar pronto a la orilla del mar, que estaba a cientos de kilómetros de distancia y todavía más lejos. A esa hora del día el río parecía de vidrio bajo la resolana ardiente... Por un momento pensé que de no embarcarme pronto el calor me iba a derretir, pero al ver a una muchacha bajo una sombrilla de color es, vestida con unos pollerines escandalosamente rojos caminando para donde yo estaba, me olvidé de las ingratitudes del lugar y le di gracias a la vida de no ser otro ciego entre los ciegos. Más que una muchacha parecía una flor en el mes del más alto v erano. La muchacha se detuvo a mi lado y comenzó a morder un mango, mirando de soslayo hacia el muelle , dos tablas puestas ahí, a un lado

de la ribera. La fragancia de la fruta calor.

dulcificaba las arremetidas del

--¡Oye tú!, ¿cómo te llamas tú? ²me preguntó de repente. Aunque insistió no creí conveniente decirle mi nombre. En esa parte del país las muchachas querían saberlo todo desde niñas; después cualquier cosa podía ocurrir. --Tienes cara de no tener nombre ² dijo con desdén. Eso me dolió, que se diera cuenta de mi desamparo. Herido en lo más profundo de mi orgullo le respondí: --¿Y tú, cómo te llamas? De pronto te pareces a algo... --Ana Magdalena. Seguramente no se llamaba así. Para unos viajeros ocasionale s como nosotros cualquier nombre era bueno. Tan pronto abordamos la chalupa, un mocetón de ébano se paró en la proa con el bichero en ristre, dispuesto a enfrentarse con los bufeos, las serpientes y los caimanes que se nos atravesar an durante la navegación. El zumbido del motor fuera de borda nos impedía hablar como no fuera a gritos. Tal vez por eso me dediqué a contemplar el

paisaje. Los ojos se me iban detrás de las bandadas de garzas, los loros chillones, las casitas de palma de la ribera. El timonel, un viejo lobo de río experto en esquivar los bancos de

arena, los troncos podridos y cadáveres de cosas se puso a cantar

La

Piragua. Un pescado saltó del agua y me golpeó la cara. Como para que
la oyeran en los linderos del paraíso , Ana Magdalena soltó una risa, escandalosa y feliz, y eso fue suficiente para que los todos pasajeros

comenzaran

a echar chistes y a decirse para dónde iban. Ana

Magdalena iba para Ciénaga ; tan pronto desembarcara tomaría el tren. --Yo también voy para esos lados ²le dije. No creí conveniente decirle que vendía libros. En esos lugares del país era una aventura y casi un riesgo. En un pueblo me habían apedreado por culpa de unos versos de amor y en otro, un señor muy rico sólo compraba libros por met ros para que los vecinos lo creyeran inteligente. Después de varias horas de navegación en las que no vi sino a un caimán bostezando de hambre, cinco tortugas filosofales en los esteros, una iguana prehistórica, pequeñas lanchas de cabotaje y pescadores y mujeres fumando tabacos con la candela dentro de la boca en las puertas de sus ranchos, desembarcamos en una estación de aluminio puesta ahí en señal de progreso. Sin embargo sentarnos, allí no había donde

ni siquiera un ventorrillo donde me vendieran un café.

Llevaba varios días de viaje, durmiendo en hoteles baratos, espantando el hambre con mendrugos de cazabe, pero nadie tenía la culpa de mis desgracias. Tan pronto llegó el tren nos embarcamos para Ciénaga. Era tanta mi ansiedad de llegar a la orilla del mar que no creí que me fuera a alcanzar la vida para lograrlo. A todo momento me parecía ver el mismo paisaje por la ventanilla: caseríos sin importancia, un hori zonte escaso en árboles, pastos secos, tierras áridas, animales sedientos y estaciones de aluminio en las que escasamente se veían unos cuantos guajiros,

vendedores de comestibles y baratijas de contrabando. --¿En qué piensas? ²le pregunté al verla tan ensimismada.

Al día siguiente se iba a casar, me dijo. Sacó de su carterita la foto de un boxeador y se quedó mirándola. Su novio le había prometido a una casa con muchos lujos, con canario incluido. No era necesario que me contara esas cosas. Su s asuntos sentimentales me importaban de

menos que cualquier cosa, ¿quién era yo para cambiar el destino

una muchacha? Uno más entre los mortales. Tenía los ojos azules para que aquellos que me vieran una sola vez dijeran ´ Por aquí también

pasó µ, para que en todos los puertos y ciudades recordaran mi rostro
de agua y mis ojos de agua y mis pasos de agua sobre el lomo del agua que un día se llevó mi alma y la depositó en el bosque de los

fantasmas, en la gruta iluminada de sal donde habita e l ánima de los ausentes. Durante mi viaje no había encontrado la felicidad pero sí

innumerables libros, porque hasta las algas eran y las escamas de los peces también, el dorado de las mojarras, el blanco moco de las anémonas ²siempre lo eran--, un libro abierto. Después de la media noche llegamos a Ciénaga, un pueblo del litoral salitroso y bullanguero, y también un cruce de caminos. En todas las calles, casas y solares y aú n bajo las matas de guineo se veían encapuchados, mujeres escandalosas, ta húres de todos los pelambres, marineros curtidos por el salitre, estibadores del puerto, dráculas tropicales, borrachos y hasta una negra de visos refulgentes de caderas esplendorosas que vendía besos a 50 pesos. El único hotel que encontramos para pasar la noche, parecía de mentiras. No era el mejor lugar, pero un muchacho de uñas verdes

que dijo llamarse Adán, nos condujo por un largo corredor salitroso

hasta una habitación tan pobre que daba pena. No tenía mosquitero ni tampoco ventilador; las sábanas olían a rancio, las lagartijas

correteaban por todas partes, el techo estaba a punto de caerse ; un Cristo sangrante colgaba detrás de la puerta, y lo peor de todo: el calor sofocante, el olor a orines, los mosquitos, las risas escandalosas en las habitaciones contiguas, el tintinear de las botellas. Si el lugar no era un burdel, es lo que parecía. --¿Cuánto dura el carnaval? ²le pregunté. --Todo el tiempo que uno quiera ²dijo. Ana Magdalena me abrazó como un náufrago a una tabla de salvación y me besó. El mar no se oía por ninguna parte pero debía estar por ahí, perdido en la inmensidad de la noche. Una nube de mosquitos me chuzaba las nalgas, las lagartijas correteaban por el techo, el viento azotaba la ventana. Al otro lado de la pa red, por entre las hendijas, cientos de ojos la observaban. Ana Magdalena era el mar, la luna, la ola, la espuma. Yo era la playa, el desierto, la arena....

Cuando las olas se cansaron de morir en la playa, en alguna calle de Ciénaga alguien comenzó a tocar una gaita y me sentí triste. A la mañana siguiente mi vida comenzó a girar al revés: Ana

Magdalena no estaba. Se la pregunté al coime de uñas verdes, a la dueña del hotel, a las parejas que aún permanecían allí aletargadas por el alcohol. Nadie me dio razón. Salí a buscarla por las calles de Ciénaga. Fui a la Iglesia, a la alcaldía, la pregunté casa por casa, calle por calle, pensando que en cualquier sombrilla de colores... momento volvería a encontrarla bajo su

En ese pueblo de cumbiamberos lo único que

encontré fue un miserable canario enjaulado gritando que lo dejaran libre. Con la esperanza de verla de nuevo, me paré en una esquina por la que tenían que pasar todas las mujeres de Ciénaga. Pasaron ancianas huesudas, mujeres embarazadas, putas y hasta las niñas de la escuela con la sonrisa todavía dibujada en el rostro.... Tal vez pasaron muchos años en pocas horas porque cuando me cansé de esperarla, las niñas de la escuela ya habían perdido la risa, las putas s e habían santas, las vuelto

mujeres embarazadas ya habían tenido muchos hijos y

algunos de ellos ya habían muerto. Sé que la muerte vendrá a buscarme algún día de la misma manera que lo hizo Ana Magdalena, pero ojalá sepa mi nombre tenga que preguntarme otra vez: --¡Oye, tú!, ¿cómo te llamas tú? para que no

LOS COLORES DE LA PATRIA
A don Mario, el librero del trópico.
En el primer carguero que atracó en el muelle me fui para Samaria a buscar a Haroldo, mi amigo de andanzas y perrerías. No digo que el que trapear la cubierta, calafatear el

viaje fuera fácil porque tenía casco, hacer de

centinela nocturno cuando era el caso, pero yo me me ponía

diferenciaba de los demás marineros porque cada vez que

nostálgico destapaba una botella de ron y con entonado acento me ponía a cantar pequeños trozos de la Odisea:

--´Ahora, musa, canta el combate de los héroes muertos...µ
Si pudiera devolver el tiempo, diría que durante la travesía no hice más que leer la rosa de los vientos, novelas y poemas, preferencialmente de Pablo Neruda, porque a decir verdad los marineros guardaban en sus bolsillos alguno de los magníficos poemas del vate chileno y,

naturalmente, la foto de su mamá o de alguna chica en pelota. Después de varios días de navegación en los que no vi sino unas cuantas gaviotas, uno que otro barco de cabotaje, desembarqué en toda entera bajo un sol

Samaria. Sin ser desierto ni playa c repitaba

incendiario. De la tierra brotaba un perfume salvaje que alborotaba los sentidos y la belleza estaba regada por todas partes para que uno se la bebiera a grandes sorbos.

Haroldo era

más cuerdo que yo, pero

soñaba una barbaridad:

comprar un castillo a la orilla del mar, importar hielo del Polo Norte, hacer la revolución, triunfar. Como yo era el más entusiasta promotor de sus visiones comerciales, al llegar a Samaria le propuse que pusiera una venta de libros, ´para los enamorados y los viajeros del mundoµ. Vender libros en el litoral era el peor negocio, y todo porque

teníamos que competir con el mar, los turistas, los políticos , los vagos, los analfabetas, y los que para colmo de males no sabían hacer nada. Para que Haroldo no desistiera en tan noble empeño le auguré que con el tiempo seríamos tan famosos que los barcos llegarían a Samaria, no sólo por café y bananos sino también por libros. Mis débiles

argumentos lograron mellar su joven espíritu y se animó a abrir l a flamante Librería Trosky, según rezaba el aviso. Sacudiendo el polvo, limpiando telarañas y espantando lagartijas, me pasaba los días de la semana, que por tantos sucesos sociales y políticos que vivía el país parecían pasar más lentos. Los guerrilleros asaltaron el tren, los trabajadores del puerto entraron en huelga, unas bombas estallaron en las propias barbas del gobernador y la policía comenzó a vigilar todo lo que les pareciera sospechoso, porque sospechosos eran casi todos los barbudos que entraban a la librería a hablarme de plusvalía como si yo fuera su alumno más aventajado. Para colmo de males, nunca compraban nada, pero siempre estaban allí, hojeando libros, inclusive las obras completas de Marx que ya se estaban merendando las cucarachas.

¡Pobre Haroldo! Una noche de tormentas, el viento azotó la costa, las olas embravecidas rompieron los tajamares, un barco encalló en la bahía y faltó poco para que el mar se tragara el puerto. Por más que traté de levantarle el ánimo para que no cerráramos la librería, fue inútil: dejó todo en manos de la desgracia y se fue a vivir como un

ermitaño en el faro a la entrada de la bahía. Para no morirme de tristeza, el día siguiente empaqué unas cuantas cajas de libros y me fui a venderlos a Riohacha. Era preferible agonizar bajo el so l del trópico que de modorra detrás del mostrador. Ríohacha, río de agua clara y a rena, espejo del cielo en el Caribe, puerto antiguo iluminado por la luz meridiana y las cayenas. La poesía se desparramaba por sus calles polvorientas, para que todo el que llegara se la bebiera a mares. Después de deambular un día entero sin vender ni siquiera una miserable novela de amor, fui a la playa a mecer mi alma, a navegarla por esos senderos recién descubiertos , que eran como para quedarse toda la vida. Como a ninguno de los bañistas parecía importarle los mil destellos de luz que caían sobre el cabello de una rubia que en ese momento saboreaba un helado de crema recostada contra una palmera de la playa, me acerqué a hablarle. --¡Riohacha is beautiful! --le dije. --Yes, my lord ²dijo y continuó lamiendo su helado, diferente a como suelen hacerlo las demás mujeres. Las demás mujeres metían la lengua en la crema y engullían. En cambio ella... Metía la lengua en la crema,

la acariciaba, la arropaba con los labios y chupaba tan lentamente que duraba una eternidad en tragarse un bocado. Y todavía más: la crema embadurnaba la comisura de su boca pintada de rojo, se deslizaba por su cuello, resbalaba por sus brazos y caía lentamente sobre su barriguita pecosa, inundando el hoyuelo casi invisible de su ombligo. Cuando la rubia terminó de engullirse la crema helada, le pedí que me hablara de las manzanas azules de California, de los barcos a vapor que navegaban el Mississippi, de los rascacielos de Nueva York y del viejo Whitman, pero ella sólo hablaba inglés. Deduje que era una de

esas muchachas que iban por el mundo repartiendo pétalos y la invité a caminar por esas calles de arena que antaño hollaran los piratas bucaneros de todas las naciones. Después que cerraron los bares y cantinas, mucho después que el viento arrastrara la hojarasca y las calles quedaran completamente solas, la invité al hotel donde me hospedaba, un corral al que le habían puesto unas hojas de palma en el techo y un aviso de neones rojos en la puerta. Desde la habitación se podían ver la playa, las olas del mar rebotando contra el malecón y una luna gigante acaballada sobre un barco de guerra. Al ver a los marines en la cubierta del barco alistando los cañones, le dije: --¡Santo Dios! Nos van a matar como a unas cucarachas. Sólo entonces pareció despertar de su letargo. Su marido era uno de los altos oficiales del Pentágono que había venido a enseñarles a despachurrar ideologías a los ejércitos de mi país. y

--¡My husband! ²dijo dándome a entender que ella no era un bocado para cualquier tigrillo muerto de hambre sino el banquete de un león. Yo viento, yo fuego, las válvulas a todo full. Como tal vez jamás se me volvería a presentar la ocasión de tenerla para mí solo, no mirando sus ojos azules ni las pecas de su ombligo sino el pecado en persona, para que ningún curioso viera el incendio de mi pasión ni el cuerpo de la gringa en llamas, cerré la ventana, tranqué la puerta y empecé a

quitarle la camiseta, los shorts, toda la ropa. Y cuando la tuve desnuda le dije: --¡I am colombian tiger! Inmediatamente comenzó a vaivenirse, lentamente, hasta alcanzar el cielo: --¡Come in, baby! ¡Come in, baby! Tan pronto se fue, me metí debajo del mosquitero y me quedé

esperando que los marines comenzaran a bombardear la ciudad, pero estaba tan cansado que me quedé tan profundamente dormido que ni siquiera oí el canto de amor de las cigarras ni la voz de l viento, aunque esa noche ocurrieron muchas desgracias juntas. Al día siguiente la posadera me despertó dándole coces a la puerta de la habitación. Con su vozarrón de macho me preguntó si había dormido bien. Le respondí que sí. Que si yo era Kadir el árabe. Le dije que no. Se rascó la barriga, hizo cabriolas en el aire, maldijo como un hereje y se rió como una bruja. Después de husmear por debajo del catre como buscando una alimaña, m e preguntó cuánto me había

pagado la gringa por engrasarle el á nima.

--¿Cuál gringa? --le respondí sorprendido. --La que trajo anoche. --Yo vendo libros; no sé de qué me habla. Se quedó perpleja mirándome a los ojos con el mismo asombro de quien mira un incendio. No podía creer que yo hubiera ve nido a vender libros al desierto. Abrió la puerta y me echó a la calle a las patadas: --¡Vete antes que la muerte te alcance!

Manzanitas Verdes al Desayuno
² Cuentos Eróticos--

Milcíades Arévalo Sociedad de la Imaginación, Bogotá 2009, 112 Págs.

Marcos Fabián Herrera Muñoz Periodista. Universidad Surcolombiana. Neiva.

La obra narrativa de Milcíades Arévalo representa un ejemplar caso de fidelidad a ciertas obsesiones temáticas, vitales y literarias. Sus relatos y novelas, nutridos de un holga do universo testimonial, aúnan un corpus que trasluce una vastísima miscelánea de vivencias, una autenticidad escritural fundada en la transparencia y verismo de sus

personajes; y un modélico empleo de los tonos dialógicos, que deriva en una esencial poesía como rasgo principal de sus ficciones. Libros de

relatos como El Oficio de la Adoración e Inventario de Invierno , y novelas como Cenizas en la Ducha, han eslabonado un mundo en el que el apremio de un estado que se sobreponga a la prosaica realidad, se convierte en una pertinaz pulsión, en una desenfrenada vocación transgresora. Su nuevo libro de cuentos, Manzanitas verdes al desayun o, atesora fisionomías sicológicas y apuestas existenciales que le son transversales a la obra. Tal unidad le confiere el carácter de cuaderno de viaje que testimonia una azarosa vida. El narrador, en un despliegue de exquisito recuento de bitácora de éxodos y mudanzas, protagoniza una continua afrenta a la ajada realidad, en la que el erotismo, la poesía y la turbación amatoria, buscan socavar el dique que blinda a la rutina. Ello explica lo avieso del amor en personajes como Azaria en el cuento Fuego de Luna y Erika en Todo Fue por Culpa del Amor. El refugio en el placer, es un antídoto que pulveriza la negación del sue ño. Así, siempre que lo adverso se imponga, el amor se presentará como ensalmo y los viajes como el escape que remedia. Haroldo, prevenido y cauto cómplice del narrador, en una de las piezas que integran la obra, escasea en osadía, en actitud contrapuesta al descomunal ímpetu y valentía que porta el protagonista de cada uno de estos cuentos. En el bello y logrado texto Los colores de la Patria, una vez sucumbe la librería, una mujer gringa irrumpe como el abrasivo fármaco en el desespero. Y este otro atribu to característico de este libro. Todas las

mujeres (Lavinia, Ana Magdalena, Dinara, Alina,

Usina, Claudia,

Azaria, Marcela, Marsolaire, Maritza, Dahara), al igual que los libros que con incomparable avidez se leen en algunos de los cuentos; exorcizan, transportan, reinventan y alucinan: ´Nuestra vida era un

viaje en paracaídas, una caída interminable, un sueño. Deseé que así fuera siempre, un sueño, pero eso no podía ser. Al llegar a mi casa me enteré de la muerte de mi hermana. No lloré al saberlo, ni t ampoco en el funeral, ni durante la cremación, ni esa noche en la soledad de mi habitación. ¡Las lágrimas no servían para un carajo! No eran más que una disculpa que no servía para remendar las heridas ni para abonar la tierra. La vida tenía que seguir. Marcela era mi luz en la oscuridad del mundo, la felicidad presentida, el amor que tanto buscaba. Ni la muerte ni los pálpitos de miedo ni el dolor que me agolpaba el alma a cada instante me importaban ya: ¡Estaba loco de amor!µ. (Pág. 80 La Primavera en el
Jardín). Esta concepción del amor, como ablución catártica, como rito expiatorio, estrecha un fecundo parentesco con Simone, el personaje

de la novela Historia del Ojo, del legendario francés Georges Bataille. La fantasía, en sus muchas derivaciones y vetas (hedo nista, erótica, sádica, estoica, etc.) siempre fungirá como alternancia a la desdeñada y asfixiante rutina para implantar la fugacidad de lo utópico. En

Manzanitas Verdes al Desayuno, el taller literario, la carpa de circo, los
puertos, los desvaídos host ales, las vestimentas concupiscentes, las fiestas de disfraces, las viejas librerías, la lascivia femenina y las salitrosas canoas, escenifican la implacable imprecación del hombre al tedio, la requisitoria de lo humano frente a la imperfección de la

existencia: ´A lo largo de mi vida había conocido mujeres maravillosas,

pero con Dahara mi alma volaba hacia otro cielos plenos de luz donde el amor no era esa fría feria de vanidades cotidianas que los enamorados se encargaban de matizar con besos, lágrimas, d olores, ausencias, reproches y arrepentimientos. Mi vida era una mierda, pero al lado de Dahara me sentía humano, poseído por la poesía. Vestida parecía una niña; desnuda un poema. Sabía batir los huevos a punto de nieve, detestaba las arañas, cantaba con dolor y hacía el amor sin que le faltara ninguna tentación. ¡Qué días, qué noches, qué pétalos! Éramos dueños de todo sin tener nada. Dahara me amaba como si yo fuera su hijo y yo la amaba como si fuera mi madre y mi padre al mismo tiempoµ. (Pág. 83 Noche de
Disfraces). Pero, más allá de la verosimilitud ficcional que dota al libro , es el hálito de limpias y sublimes imágenes, el labrado tejido con la escritura poética, la que le conceden una distintiva atmosfera que ilumina su lectura con logradas y diáfa nas metáforas de alada orfebrería lingüística. Súbitas viñetas que habitan las líneas de estos cuentos, concibiendo una prosa de abonado lirismo y de fructuoso alcance narrativo: ´Yo también iba a morir. La belleza de la flor, el

perfume del bosque, las gl orias de los hombres, el amor, sus vanos sueños, todo moría. Los libros podían ser consumidos por el fuego, el agua o las polillas. Lo único eterno era el espíritu que los había engendradoµ. La relación del hombre con el mundo, se establece
siempre signada por una no saciada vaciedad metafísica, por una horadada concepción vital. Este desamparo, que se cristaliza en una reveladora sentencia aforística en el cuento En el camposanto, al lanzar

el protagonista un reclamo ante su reciente orfandad por la muerte de su padre, señala de modo concluyente, los constantes agobios que pueblan toda la obra: ´¡Pobre de mi padre! Desde niño me había

adiestrado para cazar leones, pero no podía distinguir el incendio de mi soledad ni el de mi penaµ.
Un absorbente y deleitoso libro, que en una sabía mixtura de crudeza, floración imaginativa y aprobado dominio cuentístico,

revitaliza un género infravalorado por la predecible industria editorial colombiana y confirma la vitalidad y madurez literaria de su autor.

MILCÍADES ARÉVALO. Nació en El Cruce de los Vientos (Zipaquirá, 1943).
Periodista cultural, fotógrafo, narrador, dramaturgo, editor y director de la Entre sus libros

revista cultural Puesto de Combate, fundada en 1972. publicados

se destacan: A la orilla del trópico (Relatos, 1978),

Ciudad sin

fábulas (Cuentos, 1981), El oficio de la Adoración (Relatos, 1988- Reeditada por
la Universidad Autónoma de Bucaramanga, 2004)), Inventario de Invierno (Cuentos juveniles, 1995), Cenizas en la Ducha (Novela, 2001), Manzanitas

verdes al desayuno (Cuentos eróticos, 2009).

Tiene varios libros inéditos,

entre ellos: El Jardín Subterráneo (Teatro) Las otras muertes (cuentos), Galería

de la memoria (ensayos), La Loca poesía (Antología), El caballo del viento y la muchacha desnuda (Relatos Medievales), La Lío y otras mujeres (Guión) y El oficio de la escritura (Entrevistas a escritores y poetas). Sus cuentos, crónicas,
entrevistas y ensayos figuran en diferentes periódicos de Colombiay en

revistas como Puro Cuento (Argentina), dirigida por Mempo Giardinelli; Casa

de las Américas (Cuba) dirigida por Roberto Fernández Retamar, Plural de
México y en diferentes las antologías de cuentos: Colombie a chuer ouvert,

anthologie de la nouvelle latino-americaine (Francia) de Olver Gilberto de León; Racconti dal mundo (Italia) de Danilo Manera y La Casa Grande revista (México).
Jurado de cuento, novela, teatro y poesía en más de cien eventos de esta naturaleza, y especialmente en los concursos de cuento: Ciudad de y La otra

Barrancabermeja, Universidad Central, Secretaria de Cultura de Neiva,
Secretaria de Cultura, Recreación y Deportes de Bogotá (SCRDB). Ha participado en diferentes encuentros, entre otros: "Conmemoración de los 10 años de la muerte de Pablo Neruda", Universidad Autónoma de Santo Domingo (República Dominicana, 1983); "Viaje por la Literatura Colombiana", realizado por el Banco de la República (1984); "Primer Encuentro

Iberoamericano de Teatro" (Madrid, 1985), con presentación de su obra "EL JARDÍN SUBTERRÁNEO" en Madrid, Granada, Palma de Mallorca, Toledo. Realizador del 1o, 2º y 3º "Encuentro de Revistas y Suplementos Literarios" en la Feria del Libro de Bogotá, durante los años 1988, 1989 y 1990. "Primer Encuentro de Revistas Culturales de América Latina y el Caribe", invitado por Casa de las Américas (La Habana-Cuba, 1989). marinero, vendedor de libros, publicista, Durante su vida ha sido conferencista de literatura

colombiana, editor de libros, corrector de estilo, periodista cultural, fotógrafo y dramaturgo. Estudió Español y Literatura, pero se considera autodidacta por naturaleza. Ha conocido muchas ciudades, puertos y gentes, lo cual le ha permitido hacer de su narrativa una experiencia