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1

Ismael Camacho Arango

Siete minutos

Comienzos

2
Homero jugaba con sus botes en las orillas de un pozo que había hecho con sus palas en el
jardín, pero estos naufragaron en el lodo, matando a las hormiguitas que lo molestaban todo
el tiempo, cuando una mujer alta, y con el pelo atado en un moño apareció a su lado.
“La comida esta lista,” ella dijo.
Esas palabras hicieron que Homero volviera a la realidad. Tenía que comer si quería
conquistar el mundo, eso pensaba mientras se lavaba las manos en el chorro del patio para
matar los microbios, después de recoger los juguetes esparramados por todo sitio.

La

venganza en las hormigas había sido espectacular ya que ellas no lo dejaban jugar con sus
carros en el patio.
“Tu padre está esperando,” su madre le dijo.
Homero se saco el barro en sus manos, restregándose con el cepillo que su madre había
dejado en una repisa del patio
“Ya vienes?” ella le pregunto.
Homero la siguió por entre las begonias y otras flores sin nombre, atrayendo al jardín a las
abejas con sus aguijones del infierno. Un señor pequeño, y con cara redonda los esperaba al
lado de una mesa llena de comida que su madre había cocinado toda la mañana, el olor del
almuerzo despertándoles el hambre.
“Les tengo una sorpresa,” el señor Homero dijo.
La señora Homero lo miro con ojos de duda, pues su marido no traía sorpresas a la casa,
aparte de un día que se había encontrado un perrito en la calle, que ella lo había hecho llevar
a la perrera municipal a pesar de las protestas de su hijo. Todos miraban a la puerta, por la
que apareció un señor alto y con gafas oscuras, su nariz sepultada por el bigote que no se
había afeitado en siglos, al tiempo que el reloj seguía su marcha vertiginosa hacia un punto
del que no regresaría más.
“Tío Hugo,” ella dijo. “No lo habíamos visto por mucho tiempo.”

3
“He estado recorriendo el mundo,” el dijo.
La señora Homero lo abrazo, mientras que la sopa se enfriaba en la mesa, y el niño
esperaba a que los adultos acabaran de hablar de cosas incomprensibles.
“Tú has crecido mucho, gordinflón,” el tío interrumpió sus pensamientos.
Ellos se sentaron a la mesa, donde la sopa los esperaba con las verduras y el calabazo, que
su madre había preparado.
“Y como fue el viaje en el barco,” el señor Homero dijo
“Los peces voladores nos tenían entretenidos todo el tiempo,” el tío dijo.
“Que es eso?” Homero pregunto.
“Son pescados con alas.”
La madre sirvió el sancocho de gallina en su plato, muy bueno para la digestión,
interrumpiendo el relato del tío acerca de las cosas que había hecho en ese barco.
“Estuve mareado todo el tiempo,” el tío dijo.
“Has debido de tomar un Alka seltzer,” la señora Homero dijo.
Homero se lo imaginaba mirando al horizonte, mientras que el estomago le dolía y el
mundo se entristecía con su enfermedad.
“Yo me acuerdo del día que rescataste un dólar,” el tío le dijo.
“Lo puso en sus pañales después de volar a las ramas de un árbol,” la madre dijo.
Homero sabía todo lo demás. Una vecina que estaba colgando los pantalones de su
marido en la cuerda, los dejo caer al barro y él se fue con la chica del bar de la esquina que no
cometía esa clase de errores. Los niños de los colegios cantaron canciones de gloria por
mucho tiempo, mientras que el padre Ricardo exaltaba las cualidades del niño en sus misas
cotidianas, una estrella que nunca se ocultaría a pesar de las injusticias de la vida.
“No puedo volar,” Homero dijo.
“Se te habrá olvidado,” su madre dijo.

4
Homero miro a sus brazos cortos y sin las plumas que las palomas tenían para desafiar la
fuerza de la gravedad.
El tío Hugo encontró una fotografía en su bolsa.
“Tome esta foto con mi primera cámara,” el dijo.
Homero vio un niño gordito y sin mucho pelo, sentado en una silla, cuando su tío había
grabado la realidad para siempre.
“La revele en mi estudio,” el tío dijo.
“Esa foto me trae recuerdos,” la señora Homero dijo.
Ella la examine con sus anteojos de leer, trazando los contornos con sus dedos untados de
aceite.
“El tiempo es extraño,” el tío dijo.
“No entiendo.”
“El pasado podría ser el futuro.”
“Tú y tus ideas increíbles.”
Homero había nacido bajo las sombras de un eclipse solar, y una enfermera que no tenía
buenos ojos había dicho esas palabras famosas, después de ayudar con el parto:
“Es una niña.”
El padre de Homero siempre había querido un heredero para llevar su apellido, aunque su
esposa se puso contenta con las noticias, una hija ayudaría cuando se sintiera cansada de los
quehaceres en la cocina. La enfermera descubrió su error después de expulsar la placenta.
“Parecía un ángel,” la madre dijo.
“Que recuerdos tan lindos,” el padre dijo.
Homero sonreía en una de las fotos en la pared y trataba de caminar en otra, pero el sol se
había ido al comienzo de su vida, de acuerdo a lo que sus padres contaban. El tío Hugo
encontró un centavo con la imagen de George Washington en su bolsillo.

5
“Ponlo en tu alcancía,” le dijo. “Te traerá buena suerte.”
“Es un buen niño,” la señora dijo.
Homero pensó que lo protegería contra todos los males del mundo cuando el tiempo se
alargaba y las manchas en la pared parecían monstruos.
“Vete a jugar,” la señora dijo.
Una vez en el patio, el sol lo cegó por unos momentos en los que le parecía oír a alguien
llamándolo.
Un niño de cara pecosa lo miraba desde el otro lado del jardín. El extraño se limpiaba la
cara con sus manos sucias sin importarle un comino que Homero lo mirara desde el otro lado
del patio.
“Yo soy de la selva,” el niño dijo.
“No te creo,” Homero dijo.
Los dos se revolcaron en el lodo que lo cubría todo, pero entonces José paro su ataque.
"Es que soy un perro,” le dijo.
El aulló y el perro del vecino empezó a ladrar, la voz de Homero uniéndose al ruido que se
oiría por el vecindario y su madre salió a la puerta.
“Ese perro hace mucho ruido,” ella dijo. “Me voy a quejar al dueño.”
José tenía que ser invisible como muchas cosas en el mundo de tinieblas del que tendría
que venir, aunque parecía estar vivo en el patio.
“No te vio,” Homero le dijo.
“Quien?”
“Mi madre.”
Las estrellas habían salido atrás del árbol, el tiempo jugándole trucos en la realidad
existencial en la que se encontraban a pesar de que el mundo parecía ser igual.
“Es de noche,” Homero dijo.

6
“Es que el tiempo no existe,” el niño dijo.
“Mi padre tiene relojes en la casa.”
“Pues no funcionan.”
El niño corría alrededor del árbol cantando cosas incomprensibles o habría tomado mucho
aguardiente como lo hacía la gente del mercado en días de fiesta.
“Dos y dos son siete,” José dijo
Homero lo miro en desafío. “Eso no es así.”
“Pues digo lo que quiero.”
“Es tu boca.”
“Claro está.”
Las sombras lo llenaban todo hasta que la noche invadió la ciudad, y el patio se sumió en
la penumbra donde mundos diferentes se peleaban entre sí a pesar de que había sido día hacia
solo unos minutos.
“Serás un brujo,” Homero dijo.
“Que es eso?”
“Hacen magia.”
José tendría que hacer brujería, como Homero lo había leído en uno de esos cuentos que
su padre le compraba de los vendedores ambulantes ofreciendo novelitas baratas para pasar el
tiempo.
“Te tienes que acordar,” el niño dijo.
“Acordarme de qué?”
“Ya verás.”
Homero quería jugar a algo más, antes de que su madre lo llamara a la casa, pero el niño
se desvaneció hasta que la luz del bombillo le penetraba por los calzoncillos que no se habría
cambiado.

7
“Me viste en las sombras,” le dijo.
“Pues no sé,” Homero dijo.
“Se te olvido.”
Los truenos interrumpieron la conversación, gotas de agua cayendo alrededor suyo como
si fuera un diluvio y haciendo que José se fuera con la noche.
“Estas hechizado,” Homero dijo.
Los truenos le contestaron, al ti0empo que su madre aparecía en la puerta como un
fantasma en el día de las brujas.
“Éntrate antes de que te mojes,” ella dijo.
Homero recogió unos papeles llenos de garabatos que alguien había tirado al suelo,
dejando las huellas de sus dedos sucios entre las letras sin sentido.
“Bótalos a la basura,” su madre dijo.
El los dejo entre los juguetes a un lado del corredor antes de entrar a la cocina, donde el
tío hablaba de las estrellas del cine mostrando sus curvas, quemadas por el sol en esas
películas que él habría visto.
“Marylin Monroe se paro al lado de un ventilador,” les dijo.
“Quién es?” la madre dijo.
“Una mujer muy linda,” el tío dijo.
“La quisiera conocer.”
“No es mi novia.”
Los adultos hablaban de pendejadas, cuando Homero tenía que ver a su amigo invisible,
hablando tonterías y ladrándole a las estrellas.
“Te debes de acostar,” su madre dijo.
“No tengo sueño,” Homero dijo.
“Ya tendrás.”

8
Homero se acabo de tomas el jugo de mango que su madre le había dado, comiéndose una
de las galletas que ella había cocinado para la cena.
"Buenas noches todos," les dijo.
El tío le deseo buenos sueños y su madre lo beso en sus mejillas, dejando la aroma de ese
perfume que su esposo le había regalado de cumpleaños.
Una vez en su cuarto, Homero vacio la alcancía en la cama donde cayeron las monedas
que había juntado por muchos meses, pero la de su tío era la más bonita. Tendría que pelear
con los espíritus de la noche como José lo habría hecho en esas tierras lejanas de las que
Homero no se acordaba.

María
Homero contemplaba a las ardillas entre las enredaderas del jardín, que su madre había
cuidado antes de que se fuera a un sitio mejor, Las últimas palabras de José no tenían ningún
sentido, como todo lo demás en su vida
“Ser o no ser,” Homero dijo.

9
El pensó en otros tiempos, en los que su madre le esperaba con la cena y su padre le traía
los dulces des escaparate, a pesar de que le dañaban los dientes a Homero.
“Hola,” una voz interrumpió sus pensamientos.
La chica más hermosa del mundo lo miraba al lado de la puerta, con un vestido que dejaba
ver sus curvas a la luz del sol al tiempo que caminaba por el sendero del patio.
“Tu existes,” él dijo.
Su risa interrumpió el silencio del mundo.
“Soy la hija de Miguel,” ella le dijo.
El hombre que ayudaba en el almacén era Miguel, y esta chica bellísima seria su hija. El
perro de enseguida interrumpió la conversación con sus gruñidos, despertándole su corazón
enamorado por primera vez en su vida.
“A mí no me gustan los perros,” ella dijo.
Ellos corrieron hasta la mesa llena de cosas en la cocina, donde, la máquina de escribir de
sus padres parecía un monstruo a punto de encontrar su comida.
“Siéntate acá,” Homero dijo.
“No te preocupes,” ella dijo.
“Quiero que veas mis fotos.”
El abrió un espacio para ella, entre las muchas cosas que habían en uno de los asientos,
haciendo que las polillas volaran por todo sitio y algunos de los papeles cayeran a sus pies.
"Lo siento mucho," él le dijo.
La chica recogió los papeles, dejando caer más cosas al suelo lleno de cosas
incomprensibles, como la crema de afeitar de Homero o sus pantaloncillos.
“Mis padres vinieron aquí en un barco grande,” él le dijo.
La chica hizo una pausa recogiendo las cosas, mirándolo con sus ojos oscuros de; color de
una noche sin estrellas.

10
“Que interesante.”
“Tenía muchos pisos y ventanas,” Homero dijo.
El encontró un álbum de fotos de encima del almario, nubes de polvo hicieron que ella
tosiera por un tiempo.
“Perdóname,” Homero dijo.
Ella se limpio la cara con una toalla que Homero encontró en los cajones, excusándose por
todas las cosas malas en su vida.
“Estas son las fotos de mi viaje,” él le paso un álbum envuelto en una funda plástica.
Las huellas de sus dedos quedaron en la cubierta, al cogerlo con sus manos finas, mientras
que Homero le traía un vaso de agua para mejorarle la toz.
“Gracias,” ella dijo.
“Ese eres tú?” ella le mostro una de las fotos.
“Y esos son mis padres,” él le dijo. “Parece ayer que estaban vivos.”
“Ellos murieron de un infarto,” él dijo.
“Al menos no sufrieron.”
“Ya lo sé.”
Él encontró unas galletas en la despensa, paras comerlas con el jugo de naranja de la
nevera, al tiempo que le contaba la historia de su niñez en un país extraño.
“Mis padres compran coca en la cordillera central,” ella encontró unas hojas secas dentro
de su bolsillo.
“Ponlas en tu boca,” le dijo. “Los indios las mastican durante sus viajes por las montañas”
Homero se los imaginaba haciendo cola en el almacén para comprar su mercancía de
primera clase, antes de que ella le cogiera las manos, haciendo que se erizara su corazón.
“Tu vida se acabara con el sol,” ella dijo.
“Como lo sabes?”

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“Pues eres especial,” ella dijo.
Homero asintió. “Nací durante un eclipse del sol.”
“Eso lo explica todo.”
Homero le mostro los papeles que José había dejado en el suelo, llenos de garabatos que él
no entendía cuando le quería chupar las tetas.
“José era mi amigo invisible,” le dijo. “Solo yo lo veo.”
Las hojas llenas de polvo la hicieron toser mas, las lagimas resbalandose por sus mejillas
hicieron que Homero la abrazara.
"Discúlpame," le dijo
“Me puedes llamar María,” ella dijo.
“María,” él le dijo. “Me ayudaría a traducir los papeles?”
“Cuando me quede tiempo.”
María vivía en una habitación pequeña, con un baño, una cocina y tres camas donde
dormían todos, aunque sus hermanos se acostaban en el suelo. Todo esto era muy interesante
para Homero, quien tenía de todo en su vida.
“He visto ratas en la letrina,” ella dijo.
“Que es una letrina?”
“Es un hoyo en el suelo que sirve de inodoro.”
“No te caes adentro?” él le pregunto.
“Ya estoy acostumbrada.”
El crucifijo de su medallón se movía sobre sus senos cada vez que ella hablaba, y él se la
quería comer de a poquito, saboreando cada instante.
“Te acostarías conmigo esta noche?” Homero le pregunto.
“Nos tenemos que casar primero,” ella dijo.

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María no aceptaba la oferta de su lecho ni aunque tuviera que dormir con el resto de su
familia en la misma cama y las ratas les mordieran los pies.
“Yo te comprare una casa cuando tenga plata,” él dijo.
“Te olvidaras de mi,” ella dijo. “Eso dicen tus manos.”
Él le toco los pechos bajo su blusa donde su corazón le palpitaba urgentemente, después
de besarle los labios húmedos que sabían a café.
El tiempo paso en cámara lenta, cuando ella dejo que él le tocara su cuerpo atrás de las
cortinas, cobijándolos de los males del mundo.
“Yo soy virgen,” ella dijo.
Homero mastico coca oyéndola hablar de su pureza, antes de levantarle la falda para mirar
por una última vez esos calzones que habría comprado en el mercado con la plata de su
trabajo.
“Dos y dos son siete,” él dijo.
“Estarás loco.”
Él le mostro la carta con unas fotos de Nueva York que el tío les había mandado hacia
unos días, en donde la estatua de la libertad levantaba su antorcha bajo un cielo de color
plomizo.
“Hay muchos edificios,” ella dijo. “Como suben todos esos pisos?”
“La gente usa ascensores,” él dijo.
“Que es eso?
“Son cajas de metal que suben y bajan.”
Homero se acordó de su niñez en un almacén lleno de cajas, cuando sus padres no
ganaban mucha plata. El tío Hugo, que vivía en ese país del norte, lo había llevado a la feria,
en la que Homero había aprendido a enfurecer al hombre gorila y a la mujer camello con la
pistola de agua que le habían dado de regalo en su cumpleaños.

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“Mi madre dono plata para los gamines,” él dijo.
Homero lloro en sus brazos, pensando en la plata que su madre le había dado al mundo.
“Pues se irá directamente al cielo,” ella dijo.
Las obras de misericordia de su madre habían pasado desapercibidas por la humanidad,
peleando contra los males del universo.
“Quiero llamar al almacén, el Baratillo,” Homero le dijo.
“Me gusta el nombre.”
“Quédate conmigo esta noche,” él le dijo.
“Me tendrás que alcanzar primero.”
María corrió por las escaleras, dejándolo solo con los monstruos del sótano y la calma del
día.
“Ya vienes?” su voz lo volvió a la realidad.
“No me gustan tu trucos,” ella dijo cuando el apareció en la cocina.
“Me perdonas?” él le dijo.
A ella no le interesaba que él hubiera visto cosas inexplicables durante sus momentos de
soledad, pero eso eran las mujeres para él.

El visitante
El Baratillo se convirtió en una institución, donde una corbata que costaba ochocientos
pesos Homero la daba por menos, y así con todo lo demás, como lo decían los periódicos en
las páginas de negocios. Un día cuando Miguel se había ido a comprar coca, un indio de cara
redonda y vestido de bata larga se escondía entre las sombras del almacén, como una de esas
estatuas de San Agustín en la provincia del Huila.
“En que le puedo ayudar?” Homero le pregunto.

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El indio busco en su mochila, murmurando algo que Homero no entendía, o es que era
tonto.
“No estoy interesado en religión,” Homero dijo.
El indio abrió su mochila de colores, murmurando más cosas sin sentido, como si Homero
quisiera escuchar uno de esos lenguajes de la selva los científicos no han identificado.
“Que quieres comprar,” él le pregunto.
El indio lo miro tranquilamente antes de sacar una cabeza pequeña de la bolsa. Tenía el
pelo largo, los ojos cerrados y los labios se los habían cocido como si fueran hechos de tela.
La memoria de la feria con toda la gente malformada en las jaulas volvió a Homero, al
tiempo que miraba la cabeza de pelo azabache y piel seca.
“Es de verdad?” le pregunto.
El indio parecía interesado en las cajas de coca Miguel había dejado allí esa mañana,
tratando de abrirlas sin importarle que rompiera la caja.
“Te gusta la coca,” Homero dijo.
“Mmmm,” el indio dijo.
Homero entendió porque el indio había venido al almacén: la fama de su de coca se
habría extendido por la selva, mientras la cabeza con su piel seca y boca cocida con hilo
sucio, lo miraba desde la mesa.
“Quiere un café?” Homero le pregunto.
El indio murmuro algo al tiempo que Homero se maravillaba del parecido entre el hombre
y la cabeza, pues parecía que fueran mellizos. Los niños deberían de jugar con cabezas
pequeñas en vez de hacerlo con juguetes, él pensó.
“Le doy más cabezas por bolsas de coca,” Homero dijo.
“Mmmm,” el indio dijo.
“Tiene que aprender mi idioma.”

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Homero encontró un mapa del país entre las cajas que su padre tenía en la cocina, en el
que las ciudades estaban entre las montañas y la selva.
“Donde vive?” le pregunto.
El indio se entretuvo mirando el mapa, diciendo unas cuantas cosas en esa lengua que ni
los fantasmas entenderían.
“Este es el rio Guaraní,” Homero le mostro algo en el mapa.
“Rio,” el indio dijo, señalando un lugar en la selva, perdido en las manchas mugrosas.
“Vive allí?” Homero le pregunto.
El galopaba por la habitación, tratando de hacerse entender por el indio que parecía vivir
en otro mundo lleno de cabecitas parecidas a él.
“Quiero saber si vas allá a caballo,” le dijo.
El indio no parecía entender nada de lo que Homero le decía, sus ojos oscuros siguiendo
los movimientos de Homero con curiosidad.
“Dónde está su casa,” Homero dijo.
“Casa,” el indio dijo.
“Me entiende?”
El indio se alisto a volver a su selva con una de las cajas de coca, y sin interesarle nada
mas alrededor suyo.
“Tiene que traer más cabezas,” Homero dijo.
"Mmmm."
"No cabezas. No coca," Homero dijo.
El indio freno su marcha por el zaguán, abrazando la caja de coca que parecía querer más
que todo en su vida, mientras Homero trataba de hacerle entender el negocio.
"Coca," el indio dijo.
"Pero tras cabezas."

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"Mmmm."
Homero lo vio desaparecer por las calles del mercado, llevando los misterios de la selva
en su mochila de colores.
“Algo está en el suelo,” María interrumpió sus pensamientos.
Ella iba a darle una paliza con su escoba antes de que el monstruo se la comiera viva.
"No hagas eso," Homero dijo. “Un indio me la dio.”
“Debe de estar loco.”
“Pueda que si.”
María estudio la cabeza con el pelo negro y la piel seca por la deshidratación de las
hierbas salvajes que usarían los indios para achicar las cabezas de sus enemigos.
“Vendrías conmigo a la selva?” Homero le pregunto.
Ella retrocedió unos pasos, chocándose con un asiento que le causo una hematoma en la
rodilla. Un hombre decente no invitaría a una chica a la selva, a no ser que se quisiera casar
con ella.
“Es para encontrar a tus indios?” ella dijo.
“Si.”
“Le tendré que preguntar a mi padre.”
El le podía hacer el amor en medio de los arboles, ahuyentando a los animales salvajes
haciéndoles la vida un infierno.
“El indio vive por el rio Guaviare,” le dijo.
“Te ha dicho eso?”
“No habla.”
Homero le mostro los sitios donde la tribu se tendría que esconder de esos curas locos
tratando de inculcarles el amor a Jesús y a ser poseídos por el espíritu santo.
“La selva es peligrosa,” ella dijo.

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“Ya te protegeré con mi pistola.”
Su mano bajo hasta sus pechos en un momento de locura por esa doncella que no lo
quería, bajándole el sostén donde sus pezones lo esperaban con su color oscuro llenos de la
dulzura de la vida.
“Esta coca es fantástica,” le dijo.
“De la mejor.”
La chica se le escapo por la cocina, y a Homero se le olvido la cabeza que el indio le había
traído de la selva, esperándolo entre las tazas de café y las galletas de la despensa.
“Te casarías conmigo?” le pregunto.
“Eso no es en serio,” ella dijo.
“No lo sabes.”
“Pues no dices lo que piensas.”
La cabeza les tenía que traer mala suerte, desde las profundidades de esa selva donde el su
dueño habría tenido que vivir.
“Solo te quería besar,” el dijo.
“Y eso acaba mal a veces.”

18

Jaramillo
El tío Hugo había vendido la cabecita que Homero le había mandado envuelta en el
periódico del día, causando sensación entre los periodistas de Nueva York.
“Mmm,” alguien interrumpió el silencio del jardín.
Un niño con la nariz llena de pecas apareció a su lado, como si fuera parte del sueño que
Homero tenía en el patio.
"Que haces acá?" le pregunto.
El niño lo miro, hurgándose las narices con dedos sucios y Homero cerró los ojos,
esperando que el fantasma se fuera cuando los abriera otra vez.
“Donde está tu madre?” él niño le pregunto.
“Se fue al cielo,” Homero dijo.

19
“Lo siento mucho.”
Ese espejismo no entendería que su madre se había ido a un sitio mejor, cuando parecía
estar flotando sobre el barro de las lluvias.
“Vengo de otra dimensión,” el niño dijo.
“No lo creo,” Homero le dijo.
“Aparezco en otro sitio después de cerrar los ojos.”
Homero le ladro al atardecer y José lo imitó, el eco de sus voces disolviéndose en la
naturaleza del espacio- tiempo del patio, cuando el niño venia del torbellino del tiempo.
“Y su tío?” le pregunto.
“Es un periodista en Nueva York,” Homero dijo.
“Me alegra mucho.”
Las memorias del pasado volvieron a la mente de Homero entre los juguetes y el triciclo
que su tío le había traído de Nueva York, perdidos en el barro del patio.
“El futuro está alrededor tuyo,” el niño dijo.
“No entiendo.”
“Cierra los ojos.”
El sonido de voces interrumpió el sueno a esas horas del día.
“Estas durmiendo?” alguien dijo.
Homero la vio acompañada de un hombre alto y bien vestido, que se debería de haber
confundido de sitio.
“Buenas tardes,” le dijo.” “Soy Jaramillo.”
El tenia cuidado con las paredes y las cosas sucias del patio, parado en el mismo sitio
donde el niño había estado hacia unos minutos.
“Conozco a su tío Hugo,” le dijo.
Homero asintió. “Vive en Nueva York.”

20
“Ya lo sé.”
Jaramillo le mostro fotos de la cabeza pequeña que habían sido publicados en los
periódicos de esa ciudad.
“Un almacén quiere más cabezas,” le dijo.
Homero se imaginaba toda la plata que haría con las cabezas, mientras entraban a la
cocina llena de basura.
“Excuse el reguero,” le dijo.
Él le ayudo a María a quitar cosas de los asientos para que el visitante se sentara entre los
corotos.
“Creo que el indio vive cerca del rio Guaviare,” Homero dijo.
Jaramillo asintió. “Sus cabezas deben de estar allí.”
“Eso espero.”
Homero se tomo el café que María les trajo, mirando el mapa de la selva donde se
encontrarían sus cabecitas.
“El indio quiere coca,” él dijo.
“No crece en la selva?”
“Ha llovido últimamente.”
Jaramillo se limpio las manos con su pañuelo de seda, que habría comprado en uno de los
almacenes finos de la ciudad, tratando de matar la bacteria contaminándolo todo alrededor
suyo.
“Tiene que venir a mi oficina la próxima vez,” le dijo.
“Ya lo hare,” Homero dijo.
Él le paso un vaso aguardiente para fumigar adentro de su cuerpo, aunque alrededor de
ellos todo estaba lleno de microbios.
“Llámame si el indio vuelve otra vez,” Jaramillo le dijo.

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“Claro que si,” Homero dijo.
Estados Unidos tendría que ser el mercado para las cabecitas achicadas de los indios de la
selva, muriendo para satisfacer la sociedad capitalista de los yanquis.
“Quieren más café?” María interrumpió.
"Tenemos el aguardiente," Homero dijo.
El mundo se desvanecía en una nube alcohólica, cada vez que tomaba un sorbo del licor,
el cuerpo de María volviéndose mas como el de una diosa esperando a que alguien lo
descubriera.
“El indio lo engaña,” ella dijo.
“Eso pienso,” Jaramillo dijo.
El periodista se limpio la boca con la servilleta que María había puesto a su lado, después
de tomarse el aguardiente en su vaso.
“Aquí tiene el numero de mi teléfono,” El puso una tarjeta amarillenta sobre la mesa.
“Quiere ir a la selva conmigo?” Homero le pregunto.
“Es peligrosa,” Jaramillo dijo.
“Pero encontraremos las cabezas.”
El tiempo corría al futuro, aunque algunas veces lo hacía hacia el pasado, de acuerdo a las
leyes de la física en uno de esos libros en el escaparate que a Homero le gustaba leer de vez
en cuando.
“Nos repartiremos la plata,” Homero dijo.
"Si su indio dice la verdad."
Cualquier podría pasar en el universo cuántico de esos libros llenos de garabatos, aunque
la cabecita si existía en su mundo de fantasmas hablándole en el patio.
“Los papeles que he encontrado en el suelo te hablaran de esto,” Homero dijo.
"Que papeles?"

22
Homero le mostro esas hojas que había guardado junto con los libros de formulas
químicas, escritas en una lengua desconocida.
"Serán de Einstein,” Jaramillo dijo.

El visitante
El indio se escondía entre las sombras del almacén en un día como cualquier otro, con su
ropa de colores y su pelo cogido en un moño en la espalda, cuando Homero les vendía a sus
clientes a esa hora de la mañana.
“Es que es de la selva,” le dijo a una mujer admirando la ropa de la vitrina.
“No se preocupe don Homero,” ella dijo.
Ella se media alguna de la ropa en frente del espejo, reflejando su cuerpo lleno de curvas
en todo sitio.
“Ese vestido es una ganga a ochenta pesos,” él le dijo.
Homero tenía que ser fuerte, si quería ser millonario antes de que el sol explotara,
mientras que ella admiraba uno de los vestidos de última moda con el escote grande y
lentejuelas en la cintura.
“Le doy noventa pesos por este,” ella dijo

23
“Cien es mi última oferta.”
“Pues no lo compro.”
El mundo paro cuando ella caminaba hacia la salida del almacén con sus caderas amplias
y senos tambaleantes.
“Noventa pesos,” él le dijo.
“Ochenta.”
El la alcanzo antes de que ella abriera la puerta con la manija sucia, de todos los clientes
que habían entrado al almacén.
“Se lo doy a buen precio,” le dijo.
“Don Homero.”
“No se arrepentirá.”
La mujer empezó a botar cosas de su bolso, hasta encontrar una billetera café con dibujitos
de colores al frente.
“Me puede escribir un cheque,” él le dijo. “Si me da la dirección de su casa.”
“Lo tengo en suelto,” ella dijo.
Homero recibió los billetes que habría sacado del banco esa mañana, dándole gracias al
dios que lo volvería rico si se manejaba bien.
“Ya tendré más cosas otro día,” le dijo.
“Muy bien, don Homero,” ella dijo.
El corazón de Homero latió más rápido cada vez que ella mostraba sus piernas en su
camino a la puerta, cuando el indio lo esperaba entre las cajas y otras cosas que le habían
traído de las montañas.
“Tengo buena coca,” Homero le dijo. “Donde esta mi pago?”
“Mmm,” el indio dijo.
“No le doy nada entonces.”

24
La pistola estaba en un cajón de la mesa, buena para solucionar los disputes ocasionados
por indígenas tercos.
“Ese hombre tiene cara de ladrón,” Miguel le dijo.
Homero puso unos enlatados de comida en su maletín, mientras el indio estudiaba sus
movimientos desde algún punto de la habitación.
“Dónde va?” Miguel pregunto.
“A la selva.”
“No confió en él,” Miguel le dijo.
Las vitrinas tendrían que estar bien abastecidas, mientras que el buscaba las cabecitas
entre los animales salvajes de esa selva desconocida.
“Ya le diré al padre Ricardo,” Miguel dijo. “Para que rece por su alma.”
Homero pensó que una parte de él se iría y la otra se quedaría en
el almacén, de acuerdo a uno de esos libros que su padre había dejado en el almario.
“La senda se dividirá en muchas,” Homero dijo.
“Que senda?”
“La de mi aventura.”
“Tienes mucha imaginación,” Miguel dijo.
“Mmmm,” el indio dijo.
Homero asintió. “Creo que esta de afán.”
“Es mejor que no vaya,” Miguel dijo.
Homero puso más cosas en la maleta, aunque había leído que en la selva andaban
desnudos entre los árboles.
“Tienes que cuidar el almacén,” el dijo.
“Miguel asintió,” lo sé.”

25
Homero le recordó que tendría que poner las bolsas de coca al lado de las vitrinas, para
que los clientes las vieran.
“Y no le fie saz nadie,” le dijo.
“Le he prometido a tu madre que te cuidaría,” Miguel dijo.
“Cuida del almacén.”
“Quédate acá,” Miguel le dijo.
El indio murmuraba algo en esa lengua incomprensible que alguien descifraría algún día,
cuando Homero se preparaba para su aventura en el tiempo fractal, mientras que el sol
brillaba en el cielo.
“Como se llama?” Miguel le pregunto.
“Su nombre no se puede pronunciar,” Homero dijo.
“No será cristiano.”
El indio seguía sin interesarle nada, aunque Miguel lo encomendara a su Dios de los cielos
mirándolos desde otro sitio del que no podían imaginar.
“Algún día aprenderá a hablar,” el dijo.
El indio miraba la biblia que Miguel le había dado, su rostro inmutable a todo lo que
pasaba a su alrededor, antes de que Homero le mostrara las bolsas de coca en el mostrador.
“Tiene que confiar en mí,” Homero dijo.
“Mmm,” el indio dijo.
“Me trae más cabezas,” Homero le mostro su cabeza. “Y le daré más coca.”
El indio miro la foto en los periódicos del trofeo que habría adquirido en una de sus
batallas campales al lado de los papeles, tratando de adivinar que estarían diciendo de la
cabecita.
“Mmm,” les dijo.

26
Homero encontró otras cuantas cosas que necesitaría en su travesía por la selva, mientras
que el indio permanecía callado, su rostro inmutable no le dejaba ver que estaría pensando.
“Debería de llamar al periodista,” Miguel dijo.
“Jaramillo se muere en un sitio tan sucio como la selva,” Homero le dijo.
“Pero lo acompañaría.”
“Ya lo sé.”
Ellos discutieron las cosas buenas y las malas de alguien como Homero visitando la selva,
cuando el indio parecía más jarto que nunca, mirando las bolsas de coca acumuladas a su
lado.
“Tus papeles tienen que decir algo de esto,” Miguel dijo.
Homero miro las hojas que había estado estudiando desde su niñez, en las que tenía que
estar su futuro entre otras cosas pasándole en su vida.
“El bus pueda que pase por acá,” Miguel interrumpió sus pensamientos.
Homero examino el horario de los buses que Miguel había encontrado entre sus cosas.
“La municipalidad es organizada,” Miguel dijo.
El indio puso el bulto de hojas de coca en una de sus mochilas, hablando consigo mismo
en un idioma bastante raro.
“Ya se querrá ir,” Miguel dijo.

27

El bus
Homero salió a la calle cuando el indio, al que no le importaba nada de lo que pasaba
alrededor suyo, corriera en persecución de un bus de color amarillento en camino a algún
sitio del mundo.
“Ese es nuestro bus?” le pregunto.
El indio no contesto, afanado por correr más rápido que los campeones de los olímpicos, y
Miguel apareció con la maleta en la mano.
“Lo puedes alcanzar,” le dijo.
Entonces Homero corrió con la cartera en una mano y su maleta en la otra, esperando que
el chofer parara en frente de las luces del semáforo, que la alcaldía había instalado no hacía
mucho.
“Déjanos subir,” él le mostro todos los pesos que tenía en su billetera.

28
El hombre ha debido de pensar en las implicaciones del gesto de Homero, porque les abrió
la puerta después de algunos momentos.
“Aquí está la plata,” Homero dijo.
“Sigue adentro,” el chofer le dijo.
Homero avanzo sobre la gente que había en el vehículo, ganándose unos cuantos insultos
de los que estaban sentados en el suelo.
“Ya lo mato,” una voz dijo.
Una mano salía por entre los cuerpos formando una muralla olorosa a todos lados, como
en el infierno del que hablaba el padre Ricardo durante sus sermones en la iglesia del
mercado.
“Lo siento mucho,” Homero dijo.
Entonces vio dos asientos al lado de una jaula llena de gallinas.
“Esto le costara,” una voz dijo.
Una mujer sentada debajo de la jaula, alargaba sus brazos bajo las barras de la prisión de
los bichos que llevaba a vender.
“Estos son mis pájaros,” ella dijo.
“Son gallinas.”
“Mentiroso.”
Homero la ignoro, mientras que el bus tomaba la carretera central por donde se veían los
cañaduzales y el viento les traía una lluvia de plumas y caca.
“Los pájaros no lo quieren,” la mujer dijo.
“Pues a mí no me gustan,” Homero dijo.
“Vete al culo.”
“Vieja grosera.”

29
Los pájaros lo miraban con ojos pequeñitos, llenos de malevolencia, hasta que se durmió,
y el mundo fue remplazado por el eco de los tambores de la selva. Quiero mis cabezas, le
decían. El ruido del vehículo le contestaba en su sueño de cabecitas pequeñas, gracias a las
hierbas de los indígenas en medio de los árboles.
“Empanadas,” una voz lo despertó.
Homero vio a una mujer ofreciéndole una bandeja llena de moscas afuera de la ventana.
“No tengo hambre,” él dijo.
“Pues come mierda,” la mujer de las gallinas dijo.
“Huevona,” Homero dijo.
“Su amigo se fue,” la mujer dijo.
Homero vio el asiento del indio vacío.
“Han visto a mi amigo?” él le pregunto a la gente.
“No nos molestes,” alguien dijo.
Homero trato de salir entre la chusma que había elegido el suelo para dormir antes de
llegar a su destino, ganándose unos cuantos insultos.
“Quiero salir,” les dijo.
“Pues te jodiste,” un hombre gordo, atrapado entre una mujer con cara de sargento y
alguien durmiendo, le dijo.
“Te doy plata,” Homero le dijo.
“Cuanto?”
“Veinte pesos.”
“Haber,” el hombre estiro su mano.
“Déjenme pasar primero.”
Unas cuantas personas que él no podía ver lo amenazaron de muerte, en las sombras del
fin del mundo.

30
“Quiero la plata,” el hombre decía.
“Han visto a mi amigo?” Homero pregunto.
“No,” la gente dijo.
“Tenía una bata larga.”
“Deme la plata,” el hombre seguía diciendo.
Homero pisó los cuerpos hacinados en el suelo, hasta llegar al lado del chofer que había
parado para comprar algo.
“Tu amigo está afuera,” él señaló algún punto en el infinito.
De pronto alguien le hacía señas al lado de unas mulas polvorientas y de los vendedores
ambulantes ofreciéndole sus concocciones.
“Que te pudras por la carretera,” el chofer le dijo.
“Quiero mi plata,” el hombre gordo decía desde algún rincón del bus.
“Solo tengo cheques,” Homero dijo.
Al fin se bajo del bus y paso al otro lado de la calle, donde el indio le acariciaba la cabeza
a la mula sin interesarle su sufrimiento.
“Imbécil,” Homero le dijo.
El indio continuaba acariciando al animal, haciendo que Homero se enfureciera más.
“Te doy más coca si me ayudas a subir en la mula,” Homero dijo.
“Mmm,” el indio dijo.
Homero se trepo encima del animal antes de caerse por el otro lado, raspándose las
rodillas y parte de su alma. Eso no les había pasado a los héroes de las películas del oeste,
que el padre Ricardo mostraba algunas veces en la casa episcopal.
“No mas coca,” Homero dijo.
“Mmmmm,” el indio le contesto.

31
Homero vio una piedra de buenas dimensiones cerca de ellos, por la que se podría montar
encima del burro, antes de que el indio se le escapara con las bolsas de coca.

La aventura
El cuerpo a Homero le dolía cada vez que el caballo trotaba y los insectos cantaban sus
sinfonías, mientras ellos cabalgaban por la llanura desapareciendo hasta el horizonte.
“Mmmm,” el indio dijo.
“Serás tonto,” Homero dijo.
Entonces llegaron a un rio en rumbo a algún sitio lejos de la civilización cuando el sol les
quemaba la espalda, y el indio esculcaba en una de las mochilas que había puesto al
comienzo de su viaje por la sabana, como si le ocultara algo importante.
“Donde están las cabezas?” Homero le pregunto.
El indio no le puso cuidado, entretenido con algo que había encontrado adentro de su
mochila, antes de sacar una malla de pescar entre las otras cosas que tendría.

32
“Es buena idea,” Homero dijo. “Ya me está dando hambre.”
El indio se paro al lado del rio con la malla que habría tejido en su pueblo, cuando no
estaba matando a sus enemigos en las batallas campales, al tiempo que Homero se trataba de
bajar de su mula.
“Esto parece un sueño,” le dijo. “Como si estuviéramos drogados.”
“Mmm,” el indio dijo.
“Tenemos que hablar de las cabezas,” Homero dijo.
El indio seguía pescando, haciéndose el tonto, o es que el pobre era tarado y no entendía
nada. Entonces Homero le mostro la mochila que tenía en el suelo.
“Te lleno varias bolsas con coca,” le dijo. “Por cada cabeza que me des.”
Al indio no le importo lo que Homero decía, pues tendrían que comer algo antes de que el
sol se ocultara atrás de la maleza, pero entonces algo saltaba en la malla de pescar,
interrumpiendo los pensamientos de Homero.
“Mmmm,” el indio dijo.
“Eso se llama un pescado,” Homero dijo.
El indio dijo algo parecido antes de que encendiera unos papeles que tenía en sus bolcillos
con una caja de fósforos del mercado, asustando a los zancudos que querían pasarles los
venenos de la selva.
“Cuantas cabezas tienes?” Homero le pregunto.
El indio seguía cocinando, sin importarle los sentimientos de Homero, que sería un
millonario antes del final del mundo.
“Yo quiero muchas cabezas,” el señaló su propia cabeza para que el hombre le entendiera.
El pescado había quedado muy bueno, mirándolos con ojos apagados detrás de su muerte
en el rio, antes de que el sol se transformara en una antorcha grandísima entre las tinieblas de
las que no saldría hasta el día siguiente.

33
El indio le ofreció un aguardiente, al tiempo que los tambores sonaban y el mundo se
evaporaba en una cantidad de imágenes, como si los duendes de la selva los hubieran
embrujado con sus pociones reservadas para festividades especiales.
Entonces aparecieron otros indios, caminando por entre los charcos que el rio había dejado
cerca de la maleza.
“Vengo en paz,” Homero dijo.
“Mmm,” ellos dijeron.
El habría cambiado el tiempo fractal, desde su llegada al rio hacia unos momentos, en los
que las sombras surgían entre los arboles rodeándolos por todos los lados.
“Mmm,” los indios dijeron.
“Es que no hablan?” Homero dijo.
Los indios le dieron a Homero una trucha cocinada en sus jugos, más un aguardiente
bastante fuerte, que le quemo el esófago hasta llegar al estomago, aunque él les quería hablar
en un idioma que entendiera.
“Les doy bastante coca,” Homero les dijo.
Uno de los indios le trajo más pescado, en esa primera noche en la selva, en la que el ruido
de los tambores lo hizo dormir al lado de la hoguera.
“Tome aguardiente,” alguien le decía.
“Es que hablan mi idioma,” el les pregunto.
El aguardiente que había tomado le hacía ver todo de una manera extraña, y el se quería ir
a dormir, antes de pedirles las cabezas a los indígenas.
“Les daré mucha coca, si me dan esas cabecitas que me gustan,” les dijo.
“Mmm,” los indios le dijeron.
“Lo prometo,” les dijo.

34
Los indios le ofrecieron más aguardiente, hasta que todo le daba vueltas y Homero corría
por la selva, en uno de esos sueños extraños de los que es imposible despertarse.
“Dónde estoy?” Homero dijo.
El viento le contesto mientras los murciélagos volaban y los tambores lo llamaban a una
ceremonia secreta.
“Uhhh,” algo se quejaba en algún sitio que él no podía ver porque no tenía fósforos.
Entonces unas sabanas brillantes bailaban sobre los arboles, como si el mundo se hubiera
vuelto mágico.
“Buenas noches,” una de las sabanas dijo.
“Estaré loco,” Homero dijo.
“Que esta chiflado,” la sabana dijo, mirándolo por entre las ramas.
“Soy un fantasma en camino a Pereira,” la sabana le dijo.
“No sé dónde voy,” Homero dijo.
“Tiene que saber.”
Homero explico cómo los indios le habían dado aguardiente cerca del fuego, cuando él
quería las cabezas achicadas.
“Porque está desnudo?” el fantasma le pregunto.
“Me desperté así.”
“Coja una de mis sabanas,” el fantasma dijo.
Él le dio una de sus sombras, ayudándole a encontrar los hoyos de los ojos por los que se
veía el paisaje en tonos grises.
“Donde van?” Homero pregunto.
“Vamos a actuar por dos meses en Pereira,” el fantasma le dijo.
“No tiene compañía?”
“Es la más famosa del otro mundo.”

35
Uno de los esqueletos luminosos boto algo sobre la maleza, matando unas cuantas
luciérnagas alistándose para su presentación nocturna.
“Esa es Ileana,” el fantasma dijo. “Ya ha roto dos piernas esta noche.”
El fantasma trato de repararla, después de darle a Homero uno de sus ojos.
“Guárdalo por el momento,” le dijo.
Homero lo cogió con la sabana, que alguien habría tejido en otro mundo que no entendía.
“Aquí tienes tu hueso,” el fantasma le dijo al esqueleto. “Si lo rompes otra vez, tendrás
que saltar entre los árboles como un canguro.”
Ileana siguió bailando después de colocarse el hueso en la pierna, y Homero le trato de dar
el ojo al fantasma.
“Lo puede guardar,” él le dijo. “Como recuerdo mío.”
“Gracias,” Homero dijo.
El mundo se veía diferente con el ojo encima de la sabana, como la fantasía en la que se
había sumido desde que había salido de la casa hacia un tiempo indeterminado.
“Este es un universo paralelo,” el fantasma dijo.
“No entiendo,” Homero dijo.
El fantasma le explico las leyes de la naturaleza rigiéndolo todo, desde el día que Homero
había abierto sus ojos a la luz del mundo.
“Eso es loco,” él le dijo.
El fantasma sonrió. “Estar hablando conmigo es loco.”
Homero se sentó en una piedra de buenas dimensiones, que algún volcán habría vomitado
del interior de la tierra haría miles de años, las palabras del fantasma llevándolo más lejos de
la realidad.
“El camino se bifurcó antes de que nos encontráramos,” el fantasma dijo.
“Ya lo sé,” Homero dijo.

36
“Te has ido por ambos lados del tiempo.”
“Pero si estoy aquí.”
“Estas aquí, allá y en todo sitio.”
La cabeza de Homero le dolía de pensar en las consecuencias de sus acciones, y más seres
transparentes aparecieron, envueltos en sabanas fosforescentes, como si estuvieran en una
fiesta de disfraces.
“La ley de las probabilidades indica que tienes un cincuenta por ciento de chances de que
estés en varios sitios,” el fantasma dijo.
El mundo se volvía confuso para Homero, que solo quería volver a su almacén, esperando
que su doble estuviera ayudándole a Miguel en sus negocios, de acuerdo a las palabras del
fantasma.
“Tienes que escoger tu futuro,” el espectro dijo.
“Pues no sé qué tiene que ver con esto,” Homero dijo.
Los fantasmas seguían bailando en ese sueño que él tenía en medio de la selva, al tiempo
que algunos micos interrumpían la escena con sus bailes y cantos, perfectamente normal en el
mundo al que Homero había llegado.
“Somos los Australopitecos
“Los Australopitecos invencibles
“Cualquier cosa que los hombres han hecho
“Ya la hemos hecho
“No lo nieguen
“No lo nieguen
“No digan no
“Somos los australopitecos
“Los hombres se llaman sabios

37
“Ja, ja, ja
“Lo quieres ver?
Somos los sabios”
Entonces se golpearon en la cabeza entre ellos, comiéndose a los micos arrastrándose por
el suelo. Hitler, Truman, Eisenhower, Mussolini, Franco, Tojo, Hirohito, Cesar y otra gente
famosa le pedían a los Australopitecos que no se comieran al resto de sus coterráneos.
“Como puedes ver,” el fantasma dijo. “Tienes que escoger.”
“No entiendo,” Homero dijo.
“Entre los caminos de la realidad.”
Homero se sentó al lado de los personajes famosos, oyéndolos hablar de cosas
inverosímiles en ese sueño en el que se había sumido en la selva.
“Esto no es real,” él dijo.
“Que si es,” el fantasma le dijo.
Homero se levanto de la piedra que había encontrado, teniendo cuidado de que la sabana
del fantasma no se ensuciara.
“Hay una infinidad de Homeros,” el fantasma le dijo.
“Pues entiendo menos.”
“El universo se parte cada vez que piensas,” el fantasma dijo.
Homero trataba de entender lo que le decía el fantasma de sus pesadillas, después de
haberse tomado ese aguardiente en el campamento.
“No existes,” Homero dijo. “Y quiero volver a mi almacén.”
En ese momento salió el sol, y el fantasma se desvaneció entre la piedra, donde Homero se
había sentado hacia unos momentos, aunque no hubiera alguna rendija por donde se hubiera
metido.
“Donde estas,” Homero dijo.

38
El pensó en todo lo que le había pasado, desde que el indio lo había abandonado en el
medio de los arboles en una noche que nunca olvidaría, cuando tendría que escoger entre los
caminos de la realidad.
Tin marin de dos pingue, cucara, macara, títere fue, Homero pensó, cogiendo el camino
de la izquierda, que sería el que seguían los habitantes de la región para llegar a la
civilización, y se sentó al lado de unos arbustos a descansar de su peregrinaje por las cabezas
que el indio habría escondido en algún sitio.

La iglesia
“Despiértate,” una voz dijo.
Al abrir los ojos, Homero vio a un grupo de gente a su alrededor, al tiempo que un
sacerdote le echaba agua con un balde.
“En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo,” el padre dijo.
“Amen,” la gente dijo.
Homero pensaba en la pesadilla en la que se había sumido, mientras que el agua se filtraba
por entre la sabana del fantasma.
“Un momento,” les dijo.
“Cállate,” el padre dijo.
La gente odiaba a Homero por algo que no había hecho, entre los poderes de la selva.
“Los indios me dieron pescado,” Homero dijo.
“Quienes?”

39
“Los indios antes de que viera a los fantasmas.”
El padre escucho todas sus calamidades desde que había salido del almacén en el mercado
el día anterior.
“Ven conmigo,” el padre le dijo.
Homero se sentó en el suelo. “Donde?”
“Ya verás.”
Él lo llevo por entre las enredaderas adornando el patio con una fuente, hasta llegar a una
calle donde un coche con caballos los esperaba.
“Tengo hambre,” Homero dijo.
“Te daré un cerdo entero en mi casa,” el padre le dijo.
“Quiero aguardiente.”
“Te daré toda la botella.”
El padre lo ayudo a subir al carro, teniendo cuidado que la sabana del fantasma no se
enredara en ningún sitio, antes de que los caballos galoparan por el camino.
“Ya los oigo,” Homero dijo.
“Qué oyes?” el padre le pregunto.
“Los tambores de los indios.”
“Te lo imaginas.”
El coche pasó por las calles vacías, hasta que llegaron a una iglesia afuera del pueblo, sus
torres recordándoles del poder de Dios y de otras de las cosas en las que creía la gente.
Homero levanto la sabana, para ver el paisaje a su alrededor.
“No te la quites,” el padre dijo.
“Por qué?”
“Nos volverá millonarios.”
Homero le dijo que la sabana se la habían dado los fantasmas de su sueño.

40
“Pues es muy real,” el padre dijo.
“Y todo ha sido una pesadilla,” Homero dijo.
“Los seres de pesadillas no dan sabanas con un ojo real.”
“No sé.”
Al entrar a la iglesia sumida en las tinieblas, unas viejitas encendían velas a la imagen de
la virgen con el niño Jesús en sus brazos, en uno de los rincones del atrio.
“Ahhhh,” ellas gritaron.
“No hace nada,” el padre dijo.
La sabana de Homero hacia que las viejitas corrieran atemorizadas de lo que pudiera
suceder.
“Este es Homero,” el padre les dijo. “Tiene el poder de Dios.”
“Amen,” todos dijeron.
El padre abrió una puerta atrás del altar, donde encontraron a una mujer alimentando las
llamas de una estufa ennegrecida por el humo a su alrededor.
“Tenemos un invitado esta noche,” el padre le dijo.
“Ahhhh,” ella dijo.
“No hace nada.”
“Es el mismo Satanás,” ella dijo.
Homero la miraba a través del ojo de la sabana, y la luz de la estufa bailaba a su alrededor
como en los finales del tiempo.
“Es un monstruo,” la mujer dijo.
“Este ojo no es mío,” Homero dijo.
“Pues devuélvelo.”
Homero se envolvió en la sabana, mientras que la mujer alimentaba el fuego, que Dios le
habría mandado para que le cocinara en la parroquia.

41
“Ven conmigo,” el padre dijo.
Él lo llevo entre la basura abandonada por los feligreses en sus visitas a la eucaristía y
donde las ratas se escondían para que no las mataran a escobazos, hasta que llegaron a una
habitación llena de basura.
“Aquí esta su comida,” la mujer le trajo una bandeja con morcillas, patas de pollo y otras
cosas irreconocibles después de ser asadas en la estufa.
Homero levanto la sabana, exponiendo su cuerpo al frio de la noche, antes de comer lo
que le ofrecían en la casa de Dios, que vino al mundo para darnos el espíritu santo.
“Tengo pecadores en el pueblo,” el padre dijo.
“Quiero otra ropa,” Homero interrumpió su discurso.
“Esa sabana con el ojo de bombillo, es lo mejor que he visto,” el padre dijo. “Que pilas
usas?”
“Ever ready,” Homero dijo.
El padre le explico los poderes de Satanás sobre el pueblo, loco por llevársele la sabana.
“Es que es la ley de las probabilidades,” Homero dijo.
“No entiendo,” el padre dijo.
Homero le explico todo acerca de su vida dividiéndose en muchos caminos, de acuerdo al
fantasma que había visto en una noche que nunca olvidaría.
“El señor te ayudara,” el padre dijo.
“Eso espero.”
Él padre le mostro donde podría descansar de todas esas pesadillas mandadas por el
diablo, que solo los locos del manicomio verían durante sus episodios cósmicos.
“No hay cama,” Homero dijo.
“Hijo mío,” el padre dijo. “Dios quiere que sufras por tus pecados.”

42
Homero se hubiera podido quedar en su almacén, vendiéndole a la ciudad, en vez de estar
sufriendo penurias en un rincón olvidado del país.
“Lo indios se robaron las cabezas,” le dijo.
El padre paro de barrer la basura al lado de ellos, antes de encontrar unos ladrillos, iguales
a los que Dios les hubiera dado a Adam y Eva, para que construyeran su casa después del
pecado original.
“Me dirás eso otro día,” le dijo
Homero no veía como podría dormir en el suelo, envuelto en la sabana del fantasma y
expuesto a que una rata le mordiera los pies, a pesar de que el padre había quitado bastantes
cosas de su lado.
“Quiero una cama,” Homero dijo.
“No he tenido plata para comprar eso,” el padre le dijo.
“Entonces me voy.”
“A donde?”
Homero no tenía otra opción que pasar la noche en el suelo, acompañando a las ratas y
otras criaturas de la noche en un rincón del infierno.

43

El camino a la civilización
Homero se despertó en el suelo, su cabeza apoyada en el ladrillo que el padre había
conseguido en las entrañas de la iglesia, y la sabana que el fantasma le había dado se había
esfumado por arte de magia. En ese momento alguien entro a la habitación.
“Pero si esta empeloto,” una chica gordita dijo.
Ella formo un escándalo, despertando las ánimas en pena vagando por los corredores de la
iglesia, e interrumpiendo la misa que estaba a punto de acabar. El padre apareció a su lado
con los hábitos sagrados que usaba para hablar con Dios.
“Que has hecho con la sabana,” le pregunto.
“Me la robaron,” Homero dijo.
“Ese era nuestro futuro.”
El padre miraba en todo sitio, tirando cosas al suelo y ensuciándose el hábito con las
telarañas esparcidas por el demonio el día que Adam y Eva salieron del paraíso.
“El agua bendita hiso que la sabana se desvaneciera,” Homero dijo.

44
“Esas son pendejadas.”
Las cabezas que Homero había perdido en la selva tendrían que ser más importantes que la
sabana del fantasma, pero el padre seguía quejándose.
“Es mejor que me vaya a mi almacén,” Homero dijo.
El padre lo miro. “Tienes un almacén?”
“Esta atrás de las montañas.”
“Tienes buena suerte.”
“Miguel lo está cuidando,” Homero dijo. “Su hija es muy linda.”
“Les tengo que hablar de Dios,” el padre dijo.
“No puedo ir empeloto,” Homero le dijo.
El padre le dio unos pantalones y camisas para que la gente no saliera corriendo al verlo
en la calle, pero le quedaban un poco grandes.
“Ya lo llevare al pueblo más cercano.” El padre dijo. “Quiero ver los fantasmas.”
El padre alisto un maletín viejo, dándole a su empleada instrucciones para cuidar a la
iglesia antes de su retorno.
“Deberían de tener más buses,” Homero dijo.
“Necesitamos plata,” el padre le dijo.
Se tendrían que ir rápido, o las viejitas esperando la comunión se quejarían a la diócesis,
por no tener el hombre de Dios oficiando la misa.
“Los indios quieren nuestras cabezas,” Homero dijo.
El padre lo miro. “Me confundes con tus indios.”
El puso una botella de agua bendita entre las cosas de llevar a la selva, mientras masticaba
las hojas que Homero habría encontrado en la maleza, fortaleciéndolo en su viaje por la
llanura.
“No creo en el espíritu santo,” Homero dijo.

45
“No digas eso.”
“Los espíritus no son santos.”
Ellos se sentaron a hablar de las cosas que Homero había hecho desde que había salido de
la ciudad.
“Me recuerdas de la historia de ese hombre que se quedo dormido y han pasado muchos
años al despertarse al día siguiente,” el padre dijo.
Homero oyó ese cuento, que alguien habría escrito un día en el que no tendría nada más
que hacer.
“Apenas salí ayer de mi almacén,” le dijo.
“Los diablos te han estado siguiendo,” el padre dijo.
El sonido de truenos los volvió a la realidad, en el que espíritu santo los había olvidado y
al padre le gustaba la coca creciendo en el campo.
“Esto nos dará fuerza,” Homero dijo.
El padre le sonrió. “Dios ayuda a sus animas benditas.”
Ellos tendrían que irse por la llanura, mientras los fantasmas se escondían en las tinieblas
del fin del mundo.
“Tenias esa sabana con ese ojo extraño,” el padre dijo.
Homero le conto la historia de las cabecitas que el indio le había prometido antes de salir
de la ciudad, pero ese último aguardiente ha tenido que estar drogado o él había tenido un
sueño raro.
“No debes de mezclar la coca con el aguardiente,” el padre le dijo.
Ellos discutieron el poder de los indios sobre su vida, los truenos interrumpiendo la
conversación del bien y del mal después del pecado original.
“Padre,” Homero dijo. “Los indios nos achicarán las cabezas.”

46
El padre no le creía, en su empeño por encontrar a los fantasmas de la noche, pero entonces
empezó a toser.
“Satanás me ha mandado esto,” él dijo.
“No puede ir enfermo,” Homero le dijo.
El padre tosía, como si el demonio en realidad no lo quisiera, cuando Homero quería irse a
su almacén.
“Los fantasmas no nos darán plata,” el dijo.
“Pero tienen sabanas mágicas.”
“Pues son el demonio.”
“Ya los encontrare otro día,” el padre dijo.
“Es buena idea,” Homero dijo.
El padre tomo sus detalles en un diario, anotando el precio de la coca si quería ofrecérsela
a sus feligreses en vez de que rezaran los padrenuestros después de la confesión.
“Los australopitecos se comieron entre ellos,” Homero dijo.
“No hay de eso.”
“Que los vi.”
El padre escribió los detalles de su aventura, después de tomarse ese aguardiente en la
selva.
“Los fantasmas bailaban sobre los arboles,” Homero le dijo.
“Cada vez estas más loco,” el padre dijo.
Homero le conto de Ileana perdiendo su hueso y toda la gente famosa reunida entre los
árboles.
“Todo eso lo soñaste,” el padre le dijo.
“Tenía la sabana mágica.”
“La encontrarías en algún sitio.”

47
Homero empaco su ropa, mientras el padre le daba las instrucciones para encontrar el bus.
“Que vayas con Dios,” le dijo.
“Me ha desamparado hasta ahora,” Homero dijo.
“Ya se acordara de ti.”

El mar
Miguel y María le dieron la bienvenida en su almacén. Las cabezas no le habían traído
sino problemas, aunque el tío Hugo las hubiera vendido en Nueva York por bastante plata,
donde los gringos admiraban las cabecitas reducidas por los indios después de sus peleas
campales.
Extranjero triunfa en su expedición a la selva, decía en algunos titulares de los periódicos
el día siguiente, aunque no sabían que Homero se había quitado su ropa en el medio de sus
sueños, antes de que todo acabara en una tragedia bíblica. Homero encontró el teléfono que
tenia entre los chécheres del almacén.
“Esta es la librería,” alguien le contesto.
“Quiero hablar del mar,” Homero dijo.
“No entiendo,” dijo la chica.
“Es para ayudar la economía.”
“Que pasa con la economía?” ella le pregunto.

48
“Es que soy don Homero.”
El oyó su voz después de una pausa.
“Lo llamare cuando arreglemos algo,” ella dijo.
Homero se dio cuenta como sus aventuras con los indios o su fama como vendedor de
coca de primera calidad en la región lo habían hecho famoso en la ciudad.
“Hay muchos Homeros por el mundo,” él dijo.
Miguel paro de arreglar las cajas de coca esparcidas por el suelo, antes de mirarlo por
entre los anteojos.
“Pues solo veo uno.”
“Es que mis dobles viven en otras dimensiones.”
“Quien dice eso?”
“Los fantasmas de la selva.”
Miguel siguió haciendo su trabajo sin importarle la locura de Homero, a pesar de que el
padre Ricardo lo había bendecido o de que su hija lo quisiera mucho.
“Quiero tener barcos,” Homero dijo. “Es mi nueva ilusión.”
“Buena suerte,” Miguel dijo.
Homero tendría que ayudarles a los jóvenes de la ciudad a tener un futuro mejor, a pesar
de que el padre Ricardo les predicara de la biblia, con sus historias horribles del viejo
testamento.
“Los jóvenes necesitan trabajo,” el dijo.
“Ya lo sé,” Miguel dijo.
“Les ayudare con su futuro.”
“Todo esto lo habrá dicho el fantasma.”
Homero seguía el árbol de su existencia, envolviéndolo con sus ramas fractales entre los
caminos del tiempo.

49
“Don Homero," Miguel le dijo. “Ya estoy cansado de tanta locura.”
Homero le explico de los caminos que tomaba con cada acción en el hilo del tiempo,
llevándolo hacia un futuro incierto
“No sabemos el futuro,” Miguel le dijo.
Homero hizo el diagrama de su vida, desde que había llegado al mundo entre el barro del
jardín, aunque los papeles de José lo podrían decir, entre sus garabatos.
“Es que no soy la misma persona que se acostó anoche,” Homero dijo.
“Ya empiezas con tus cosas.”
“Es la verdad,” Homero dijo. “Me he ido por muchos caminos.”
“Y yo debo de trabajar,” Miguel dijo.
Homero tendría que emprender su nueva aventura por el tiempo fractal, pues sus acciones
lo llevarían por caminos diferentes.
“Les pediré plata a los ricachones de la ciudad para comprar los barcos,” Homero dijo.
“No sé porque te darán plata.”
“A los ricos le gustan las obras de caridad.”
Homero dibujo la rama por la que tendría que seguir desde ese momento, sus
pensamientos impulsándolo hacia el futuro.
“Ya lo sé,” Miguel le dijo. “La plata es tu Dios.”
“Al menos nos da alegría,” Homero dijo.
“Y te llevara al infierno.”
“No hay nada de eso,” Homero dijo.
“De acuerdo a tus papeles.”
“Y los fantasmas.”
Homero tendría que planear la vida desde ese momento, antes de que se volviera un
millonario en su línea del tiempo.

50
“Hare otras cosas cuando tenga mis barcos,” le dijo.
Miguel asintió. “Habrá mas gente pobre que salvar.”
“Eso es buena idea.”
Homero le hablo de sus barcos trayendo la mercancía de muchos sitios del mundo, y la
que vendería a buenos precios en su almacén.
“Voy a hablarles del mar en la librería,” Homero dijo.
“Tu país estaba a la orilla del mar,” Miguel dijo.
Homero tenía las fotos del viaje de sus padres a otro país, en las que se veían jóvenes y
llenos de ilusión por lo que el mundo les daría.

La librería
“La librería está al lado de la plaza del mercado,” Miguel le dijo.
“Ya lo sé.”
Homero se alisto para hacer sus investigaciones acerca del mar, tratando de olvidarse de
su aventura por la selva, y de los fantasmas hablándole de mundos desconocidos, aunque
ahora tendría que pensar en su misión en el mar.
“Tiene que ir a la librería antes de que cierren” Miguel le dijo.
Homero encontró una libreta para apuntar lo que quería averiguar en la librería, antes de
su charla acerca de los océanos rodeando el país, que sus padres habían escogido como su
segunda patria.
“Primero tengo que pensar en lo que el mar ha hecho por este país,” el dijo.
“Nos trae las cosas que vendemos en los almacenes,” Miguel le dijo.
“Eso es lo que quiero hacer,” Homero dijo.
El anoto la plata que podría hacer con la mercancía del mundo, cuando nadie más en el
mercado tendría las mejores cosas del país y las más baratas.

51
“Perderás plata si vendes todo a menos precio,” Miguel le dijo.
“Eso es lo que va a aparentar,” Homero dijo.
El puso su libreta de anotaciones entre las cosas que llevaría a la librería, antes de ponerse
una camisa mejor, para dar buena impresión.
“Buena suerte,” Miguel le dijo.
“Es que siempre la tengo,” Homero le dijo.
Miguel le recordó de los últimos momentos de la humanidad, en un barco sin nombre.
“Te estarás enloqueciendo,” Homero dijo.
“Que si paso.”
“Debe de estar en tu biblia.”
Homero le dio ese libro que su madre había guardado en el medio del desorden y al que
Dios quería mucho, de acuerdo a sus palabras, pero se tendría que prepara para su cita con el
destino.
“Hiciste un espectáculo de luz,” Miguel dijo.
“Ya lo sabía,” Homero dijo. “Fue solo un sueño.”
Él le explico a Miguel acerca de otros mundos existiendo en dimensiones de las que
sabíamos nada, así como le habían dicho en la selva.
“Esto no tiene que ver con la selva,” Miguel le dijo.
“Entonces te lo imaginaste.
La librería estaba al lado de una plaza pequeña con el busto de Simón Bolívar, el
libertador del país que lo había acogido en su juventud, al tiempo que las palomitas se
bañaban en una fuente de agua sucia. Al entrar al edificio de ladrillos rojos, Homero vio a la
recepcionista afilándose las uñas.
“En que puedo ayudarlo?” ella le pregunto.
El esperaba que la chica cayera en sus brazos, antes de tocarle sus senos.

52
“Quiero unos libros,” le dijo.
“Tienes que llenar una de estas tarjetas,” ella le dio un papel.
Homero no había aprendido a escribir bien durante su niñez, pero quería estar registrado
en la librería.
“Se me han olvidado mis anteojos,” le dijo.
La chica escribió con sus manos delicadas que le podría hacer muchas cosas debajo de sus
calzoncillos.
“Me llamo Homero,” le dijo.
Ella estudio su cara antes de anotar el nombre.
“Eres tocayo de un hombre famoso,” ella dijo.
“No sabía.”
“Puedes ver sus libros en la parte de atrás del salón.”
Homero siguió sus indicaciones, estrellándose con unos asientos que alguien había puesto
en su camino, e interrumpiendo la concentración de la gente.
“Silencio,” alguien dijo.
Él había llegado al medio de la sala, donde unas madres leían con sus hijos pequeños,
cuando vio un hombre de nariz larga y ojos locos en la portada de un libro.
“La Ilíada,” el leyó en la cubierta.
Este libro tenía que ser de su tocayo del pasado. Homero se sentó a la mesa, creando más
confusión al mover los asientos a su lado, antes de concentrarse en el libro con el nombre
raro. Su tocayo había escrito acerca de Héctor, Zeus y el rey Hermes haciendo sus negocios
con Troya, mientras que Helena lo hacía con todo el mundo.

El tiempo retrocedió,

mostrándole otra realidad que había existido en medio del Olimpo, el silencio de la biblioteca
interrumpiendo sus pensamientos.
“Dos y dos son siete,” el dijo.

53
“Ese hombre habla solo,” un niño dijo.
Homero se estrello con más asientos, mientras caminaba hacia la chica atrás del escritorio.
“Me llevo este libro a la casa,” le dijo.
Ella puso la estampa en la primera página, pero se detuvo cuando vio la cara del otro
Homero en la cubierta del libro.
“Es extraño,” ella dijo.
“Qué es?”
“Nada.”
“Saldrías conmigo mañana?” Homero le pregunto.
“Tengo novio.”
“Que pesar.”
Homero dejo la librería mientras que el sol brillaba en el cielo, aunque no hubiera
conquistado a la bibliotecaria, las notas del himno nacional interrumpiendo sus pensamientos
de otros mundos, perdidos en el tiempo.
El Homero de la historia les hubiera robado la plata a los ricos para dársela a los pobres,
cuando el padre Ricardo apareció al lado suyo con su cara redonda y su cuerpo gordinflón,
donde el espíritu santo se le asomaría entre el hábito sagrado unas cuantas veces.
“Porque te metiste con los indios?” él le dijo.
“Tenían buenas hembras.”
“Ya discutiremos eso otro día,” el padre dijo.
Homero lo siguió adentro de la iglesia, donde las velas de los feligreses lo dejaban ver un
poco entre las tinieblas del atrio.
“Voy a comprar barcos,” Homero le dijo.
El padre lo miro después de persignarse en frente de la cruz, como si no le gustara que
Homero tuviera sus ideas de ayudarle a la gente.

54
“Eso cuestan mucho,” le dijo.
“Estoy pidiendo ayuda a la gente de la librería.”
El padre Ricardo paro de mirar la estatua de la virgen, a la que le faltaba un poco de
pintura por el lado de los pies, por donde los feligreses la tocaban para ganarse las
bendiciones.
“Estarán locos si te ayudan,” le dijo.
“Gracias padre,” Homero le dijo.
“De qué?”
“No sabes lo que dices.”
Homero siguió en su camino al tiempo que los relámpagos acababan la paz del día.

55

La librería
“Señores y señoras,” Homero dijo en frente del espejo. “Tengo una idea para ayudar al
mundo.”
El tendría que comprar un barco y varios camiones para traer la mercancía del puerto, la
mejor manera de hacer plata en medio de su vida.
“Dos y dos son siete,” el dijo.
Esa frase no significaba nada, pero muchas cosas no iban a ningún sitio, como los papeles
que José había dejado en el suelo, aunque una ardilla comiéndose una nuez lo miraba atrás de
la enredadera.
“Me amo mucho,” el se dijo a sí mismo.
Su madre le había contado historias de su niñez en esa tierra perdida en el tiempo, el
sonido del teléfono interrumpiendo sus pensamientos de sus padres viajando al otro lado del
océano.
“Hemos conseguido un salón para su charla, Don Homero,” una voz dijo. “Debe de estar
en la librería a las siete y media de la noche.”
“Muchas gracias.”

56
Homero se vistió después de bañarse en la regadera que había puesto en el patio,
desperdiciando el agua yéndose por la alcantarilla, pero tenía que convencer a la gente de su
sinceridad.
“Ese lunar que tienes cielito lindo..” el cantaba al frente del espejo, donde podía ver su
perfil con el que conquistaría el mundo.
El se vistió con su mejor ropa, después de secarse con la toalla, la imagen en el espejo
mostrándole que guapo era a pesar de sus sufrimientos.
“Cantas muy bien,” una voz dijo.
María lo observaba desde la puerta, mostrando sus piernas bajo una falda muy bonita que
habría hecho en su casa.
“Tengo que hablar en la librería,” Homero dijo.
“De qué?”
“De barcos.”
“Cuestan mucho.”
“Lo sé.”
Él le mostro las fotos que había encontrado en el libro de su tocayo griego, el de la guerra
de Troya,

antes de que hubieran periódicos y otras cosas indispensables para la vida.

Homero le toco su cintura pero ella lo rechazó con manos delicadas.
“Estoy ocupada,” le dijo.
“Siempre lo estas.”
Homero se tendría que alistar para exponerle sus ideas a la gente del mundo, mientras que
ella lo miraba desde la puerta, en caso de que tratara uno de sus trucos.
“No sé qué decirles,” él le dijo.
“Quieres ir pero no sabes que hacer.”
“Ayúdame.”

57
El la beso antes de que ella protestara y después le toco sus pechos.
“Te doy plata,” le dijo.
María lo empujo sobre unas cajas que habían venido esa mañana, con la palabra coca
escrita en todos los lados.
“Que te paso en la selva?” ella pregunto.
“Los indios no tenían cabezas.”
“Pues mientes.”
“Tengo que ir a la librería,” el dijo.
“Buena suerte,” María le dijo.
Homero le conto de su travesía en el reino de los arboles, y de su sufrimiento al lado de
las gallinas en el bus.
“Un fantasma me enseño realidades cósmicas,” le dijo.
“Y eso que es.”
“Me dijo de las ramas del árbol de la vida, llevándome a algún sitio en el universo fractal
desde mi nacimiento en las sombras del sol.”
“Dirá esto en tus papeles,” ella le dijo.
“Pues si.”
“Cada vez me confundes mas.”
El busco los papeles de José entre la ropa del cajón, esperando ver esa escritura que lo
había obsesionado desde su niñez, aunque María les habría quitado los gusanitos del polvo,
que le picaban la piel cuando volaban por el aire.
“Les dirás tus ideas a la gente” ella dijo.
Él le explico la estructura del universo, tal como el fantasma lo había hecho en esa noche
de luna llena en el medio de la selva.
“Las sendas de la vida nos llevan a diferentes sitios,” él le dijo.

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“Yo estoy en todo sitio entonces.”
“Tienes buena imaginación,” ella dijo.
“El fantasma la tiene,” Homero dijo.
Él le explico lo que había pasado el día en que su tío le había dado la moneda, mientras
ella lo escuchaba.
“Cuéntales en la librería,” ella dijo.
“No me da plata.”
El la beso, olvidándose de las sendas que tenía que tomar para ser el hombre más rico del
mundo y de lo que les diría a la gente del pueblo.
“Es que te amo,” le dijo.
María se soltó de sus brazos, ignorando sus manos que querían explorar su cuerpo antes
del fin del mundo.
“Quiero expresarte mi amor,” Homero le dijo.
“No así,” ella dijo.
“No hay de otra manera.”
“Pues ese camino no te llevara a ningún sitio.”
“Tienes la razón,” Homero dijo. “Te lo tengo que demostrar primero.”
Homero le mostro las páginas de su amigo invisible, que había encontrado entre el cajón
del almario.
“Es muy interesante,” ella le dijo.
“Nos los he encontrado en otro plano,” él le dijo.
“Tú y tus universos,” ella dijo.
“Que si existen.”
“Pruébamelo.”

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El la beso, dejando que sus microbios invadieran los recesos de su boca, aunque se tenía
que preparar para el futuro.
“Pensé que te irías a la librería,” una voz dijo.
Miguel los miraba desde la puerta, con una caja de coca en sus manos.
Homero puso las páginas en el cajón, dejando que ella le explicara a su padre acerca de su
amor, si quería ser un millonario al final de su existencia.

La librería
Homero salió a la calle, donde la gente compraba en el mercado sin importarles que todo
se acabara algún día menos pensado, como decía la biblia destartalada que el padre Ricardo
tenía en su escritorio.
“Don Homero,” alguien lo saludo. “Tiene buena coca?”
“Mi coca es siempre buena.”
Homero siguió su camino en medio de los transeúntes que iban de prisa a algún sitio en el
día más importante de su vida, cuando a ninguno le importaba que camino siguiera en el
universo, y las palomas se hacían el amor éntrela basura que no habían barrido por un tiempo.
“Señores y señoras,” el se dijo a sí mismo. “Yo voy a cambiar el mundo.”
Un par de hombres sentados en las bancas lo miraron, antes de seguir durmiendo la siesta,
pero Homero se imaginaba el día en el que sería el hombre más rico del mundo. Entonces se
acordó de la aventura en la selva, en la que había visto cosas extrañas, no atribuidas a la coca
barata de los potreros, ni al aguardiente que había comprado para el indio.
Homero se tropezó con algo en su camino y todo pasó en camera lenta, cuando nuestro
héroe iba en su ruta al suelo en uno de aquellos momentos de su vida, de los que no se querría
acordar en el universo. Varias personas lo ayudaron a levantarse del suelo, mientras que el se

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sacaba la mugre de los pantalones y otras de esas cosas que se encuentran en las calles que el
municipio no barre.
“Don Homero,” una voz dijo. “Me lo encuentro en todo sitio.”
El padre Ricardo lo miraba con la biblia en la mano, como si fuera en camino a ver a los
santos apóstoles.
“Voy a una reunión,” Homero dijo.
“De qué?”
“Pues es que voy a hablar del mar.”
“Y que tienes contra el mar?”
“Quiero comprar barcos,” Homero dijo.
El padre Ricardo pensó por algunos momentos, en los que Homero se alistaba para
continuar en su camino.
“Mira hijo,” el padre Ricardo dijo. “Te fue mal en la selva.”
“Es para darle empleo a los jóvenes de la ciudad.”
“Ellos necesitan la biblia,” el padre Ricardo dijo. “Y no empleo.”
El padre Ricardo le recito unos versículos que se sabía de memoria, ignorando esas cosas
inicuas que están en éxodos, levíticos, números y todos esos libros de la biblia llenos de
matanzas y apedreamientos a los niños desobedientes y las novias que no son vírgenes.
“Le quieres enseñar a la gente acerca del mar,” le dijo.
“No,” Homero dijo. “Les voy a proponer un buen negocio.”
“Acuérdate que paso con los indios.”
“Esta vez es en serio,” Homero dijo.
“Siempre lo es,” el padre Ricardo dijo. “Y luego vienen las consecuencias.
Unos hombres aparecieron con sus cámaras de fotos, listos a fotografiar al hombre que los
iba a sacar de la pobreza.

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“Hablaremos después,” Homero dijo.
El se arreglo la ropa para aparecer lo mejor que pudiera en las fotos de los periódicos,
antes de componerle el futuro a la ciudad.
“Ven a la iglesia conmigo,” el padre le dijo.
“Ya he leído la biblia,” Homero dijo. “Y es muy horrible.”
El padre Ricardo acariciaba el libro que tenía en su mano, esperando cualquier milagro del
altísimo convirtiera al ateo que tenia al frente.
“Don Homero,” uno de los fotógrafos dijo. “Lo estamos esperando.”
“Vaya con Dios,” el padre Ricardo dijo.
“Pues no lo veo en ningún sitio,” Homero dijo.
El padre Ricardo le rezo al sagrado corazón de Jesús, al tiempo que Homero seguía por la
senda del universo que más le convenía en su misión en la tierra.
“Quédese allí,” un fotógrafo le tomo unas cuantas fotos al lado de la entrada a la librería.
Homero le sonreía a la cámara, imaginándose todo el dinero que le darían por hacerle
buena cara a los periódicos.
“Cuantos barcos comprara?” el fotógrafo le pregunto.
“Los que más pueda,” Homero le dijo.
“Esta es otra de tus iniciativas.”
“Son siempre buenas,” Homero dijo.
“Como la de la selva.”
“Los indios se beneficiaron de mi visita.”
Homero se abrió paso entre los periodistas, cuando Jaramillo apareció a su lado.
“Que vivan tus barcos,” le dijo.
Homero asintió. “Cuando los consiga.”
“Ya hablaremos de eso.”

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Ellos entraron a la librería, donde una chica, los esperaba con sus tetas grandes y su falda
apenas tapándole las piernas.
“Por aquí,” ella los llevo al salón de actividades en el primer piso.
Homero vio bastante gente esperándolos, en medio de los libros y otras cosas adornado las
paredes.
“Este es don Homero,” la chica le dijo al público.
A él se le había ido la voz en ese día tan importante de su vida, en el que todos esperaban
sus palabras sagradas.
“Ahhh,” Homero dijo.
“Tráiganle un vaso de agua,” la chica dijo.
La bibliotecaria le daba una pastilla y su mente se aclaraba suficientemente para empezar
la charla.
“Nosotros teníamos dos mares en mi país,” el les dijo. “Por eso es que amo el mar.”
“Que viva don Homero,” ellos dijeron.
“Les daré empleo a la gente de la ciudad.” Homero dijo.
“Como lo hará?” alguien le pregunto.
“Pueden trabajar en mis barcos.”
El volvió a su asiento entre los aplausos del público, y la chica que lo esperaba con el
micrófono contra su pecho.
“Este joven es un tesoro,” ella dijo.
“Gracias,” Homero dijo.
Una señora paso recogiendo plata, para ayudar al extranjero que amaba el mar como nadie
más lo había hecho en la historia de la ciudad, a pesar de que el padre Ricardo le rezaba todos
los días al espíritu santo, que estaría en los cielos de acuerdo a las escrituras. Homero tomo

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aguardiente mezclado con las lágrimas de sus ojos, al tiempo que el mundo se desvanecía y
Dios lo esperaba al frente de su trono.
“Don Homero,” una voz lo llamo.
La chica le ponía un pañuelo oloroso sobre su nariz, sin importarle que hubiera tenido una
visión de estasis, como las de Santa Teresa antes de que la canonizaran.
“Se desmayo,” ella dijo, masajeándolo con sus manos delicadas.
“Te necesito esta noche,” él le dijo.
“Don Homero…”
“Dios lo agradecerá.”
Él le toco el pezón derecho al tiempo que ella lo empujo y acabaron juntos en medio del
público.
“Queremos saber cómo conseguirá los barcos,” alguien dijo.
Homero beso a la chica, antes de que ella se fuera de su lado sin agradecerle ese momento
de dicha.
“Ya preguntare acerca de eso,” Homero dijo.
“Con nuestra plata,” el joven dijo.
“La devolveré en fuentes de trabajo para los ciudadanos,” Homero dijo.
Sus barcos ayudarían a traer empleo a la ciudad, porque tendrían que confiar en sus
industrias ayudándole a la gente de la región a tener buena mercancías.
“Que viva don Homero,” todos dijeron.
Homero brindo por la buena suerte de sus negocios, mientras que alguien encendió un
gramófono y la gente de la audiencia bailaba un bambuco.
“Yo puedo manejar sus camiones,” alguien le dijo. “Y también puedo ser marinero.”
“Pues paseara por las islas del Caribe,” Homero dijo.

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La chica se le sentó al lado, lista a apuntar las ideas de Homero en ese día especial para la
ciudad, donde un extranjero les daría trabajo a los ciudadanos pobres de los tugurios.
“Debemos de ir a un sitio menos ruidoso,” Homero dijo.
El la llevo al baño que había atrás del salón de reuniones, donde a alguien se le había
olvidado un pañuelo de colores.
“Ahora si me puedes entrevistar,” él le dijo.
“Acá?”
“Es un sitio tan bueno como cualquier otro.”
“Hemos juntado miles de pesos,” el micrófono interrumpió la conversación.
“Felicitaciones,” la chica le dijo.
Homero la dejo sin aliento después de besarla por unos momentos, en los que sentía el
hombre más feliz del mundo, a pesar de sus peripecias en la selva, donde el fantasma le había
enseñado lo extraordinario.
Ella paro sus avances de la mejor manera que pudo, aunque las manos de Homero habían
subido hasta sus calzones de bordados.
“Debes de recibir el dinero,” ella le dijo.
“Pueden esperar.”
“Vamos ya,” ella dijo.
Homero la siguió hacia el sitio de reunión, saboreando en su mente los minutos en los que
le había tocado su cuerpo de diosa y el mundo lo felicitaba por sus ideas.
“Ya conseguiré mis barcos,” él le dijo al público.
“Que viva Homero,” ellos dijeron.
“Nos debe de decir cuando lo hará,” un periodista dijo.
“Lo más pronto posible,” Homero dijo.

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Él les delineo sus planes en el puerto, donde esperaba conseguir los barcos sin muchos
contratiempos.
“Ya lo veremos allá,” los periodistas dijeron.
“Si quieren,” Homero les dijo.
“Recemos por los planes de Homero,” la chica dijo.
“Padre nuestro que estás en los cielos,” todos dijeron. “Hágase tu voluntad tanto en la
tierra como en los cielos.”

Los barcos
Los periódicos publicaron artículos sobre el extranjero durmiendo entre un bulto de papas
y otro de plátanos en su camino al puerto, los moscos lo molestaban, pero un pasajero podía
viajar al lado del chofer, mientras que el canto de las gaviotas lo arrullaban en su paso por la
selva del Darién. Homero había juntado suficiente plata para comprar el vehículo después de
su discurso en la librería, pero ahora tendría que conseguir los barcos, de cualquier manera
que pudiera. La llegada del camión al garaje interrumpió sus pensamientos acerca del futuro.
“Don Homero,” uno de los choferes dijo.
“Estoy cansado,” Homero dijo.
“Necesitas una mujer,” el hombre dijo.
“Donde?”
“En el puerto.”
Homero quería encontrar sus barcos, entre la gente vendiendo pescado y otras cosas más
de la región, cuando un hombre quemado por el sol interrumpió la conversación.
“Mucho gusto en conocerlo,” le dijo.
“Quien eres?” Homero le pregunto.

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“Mis barcos me traen mercancía,” el hombre les dijo.
A Homero le interesaba lo de los barcos trayendo mercancía, cuando estaba interesado en
su negocio con otros países del mundo y puso cuidado a lo que el hombre les decía. Los
choferes se rieron, pero Cesar permanecía serio.
“Que ya viene el fin del mundo,” les dijo.
“Se lo pasa pronosticando los últimos días de la humanidad,” el chofer dijo.
Homero lo oyó diciendo como todo se iría en los últimos días del tiempo, antes de que el
sol estallara, como los fantasmas le habían dicho.
“Que fantasmas?” Homero le pregunto.
“Los de la selva,” Cesar le dijo.
Homero se olvido por unos momentos de su misión en el puerto, pensando en las palabras
del hombre.
“Que te dijeron y en donde?” le pregunto.
El hombre le dijo de su aventura un día en la selva del Amazonas. La que había recorrido
después de viajar por los océanos del mundo.
“Habían esqueletos?” Homero le pregunto.
“Solo vi fantasmas,” el hombre le dijo.
“Son mentiras de Cesar,” el chofer dijo.
La selva tendría que estar llena de sabanas blancas bailando al ritmo de los tambores,
aunque todo pasaba por las diferentes ramas del universo, creadas por las acciones del
individuo.
“Hola Cesar,” otro de los choferes dijo. “Cuando se acaba el mundo?”
Cesar hizo una señal ruda con sus manos.
“Maricon,” los choferes le dijeron.
“Cállense,” Cesar dijo.

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Homero quería oír las aventuras de Cesar que había empezado a traer la mercancía del
Caribe hacia tiempo.
“Tus fantasmas tenían un ojo mágico?” Homero le pregunto.
“No,” Cesar le dijo. “Pero los tuyos serán más avanzados.
Homero quería guardar la plata en el banco, lista para gastarla en lo que quisiera y no en
esos barcos que había prometido en la librería.
“Podemos confiar en el mar,” Cesar le dijo. “Pero el sol nos hará quedar mal.”
“Es buena filosofía,” Homero dijo.
“De la mejor.”
“Está loco,” ellos dijeron.
“No me jodan,” Cesar dijo.
Homero abrió una botella de aguardiente, antes de que Cesar discutiera la ruta que tomaría
por entre las islas del Caribe, donde vivían las mujeres que había conquistado en un pasado
lejano.
“Yo nací en Salvación,” el dijo.
“Eso es fantástico,” Homero dijo.
“Al presidente le gusta el football.” Cesar dijo.
“Lo quisiera conocer.”
“Que viva Salvación.”
Cesar saludo una bandera invisible, mientras que Homero pensaba en hacer negocios con
la isla de Salvación en el futuro.
“Es el fin del mundo,” Cesar dijo.
El aguardiente bajo por sus gargantas quemándole las amígdalas, antes de sumirlos en los
colores de sus sueños.
“Podría pasar ahora,” Cesar dijo. “Todos tienen que estar listos.”

68
“Es interesante,” Homero dijo.
“Tome mas aguardiente,” los choferes dijeron.
Homero tomo unas cuantas copitas del licor, hasta que el universo lo inundaba todo con el
ardor de su estupor.
“Al principio no había nada,” Cesar dijo. “Luego Dios dijo, hágase la luz y la luz fue
hecha.”
“La luz no podía existir sin el sol,” Homero dijo.
“No se puede dudar de la biblia, don Homero.”
“Pues dice mentiras.”
“Y entonces Dios dividió las aguas de la tierra,” Cesar dijo. “Y luego creo las estrellas.”
“No hay luz sin las estrellas,” Homero dijo.
“Cállate hereje,” Cesar dijo.
Homero pensó en la posibilidad de enriquecerse con la mercancía traída por Cesar de otras
tierras, si era barata y buena.
“Debe de tener fe, Don Homero,” Cesar interrumpió sus pensamientos.
“Fe no hará que vea sin sol,” Homero le dijo.
Entonces Cesar le leyó del libro que tenía en su bolsillo, empezando por la creación del
universo, desde que el ser que él llamaba Dios había empezado a fabricar cosas como por arte
de magia, nada era muy difícil de explicar para el hombre nacido en Salvación.
“Me tienes que traer la mejor mercancía del Caribe,” Homero dijo.
“Eso no está en la biblia.”
“Pero son mis palabras.”
Cesar le mostro un mapa del Caribe con la ruta que sus barcos tomaban entre esas islas de
señoritas preciosas, dispuestas a darle el mejor placer del mundo, a pesar de que vivieran en
la miseria.

69
“A ellas les gustan los dólares,” El dijo.
“Ya las conquistare un día,” Homero dijo.
“Tiene que venir en mis barcos.”
Ellos hablaron de las sabanas flotando en la selva que Homero había visto, durante su
aventura con el indio.
“Me dijeron del universo,” le dijo.
“Que pasa con el universo?”
“Se divide cada vez que pensamos.”
Cesar se rio, interrumpiendo las voces de los choferes. “Mis fantasmas solo me jalaban
los pies,” le dijo.

70

Homero se propone matrimonio
Homero se alisto para irse en uno de los camiones que lo llevaría a la ciudad, pues un día
tendría suficiente plata para conquistar el mundo como les había prometido a sus padres
muchas veces.
“Don Homero,” alguien dijo. “Ya compro sus barcos?”
“Claro que si.”
“Y cuando?”
“Somos los reporteros,” alguien mas dijo.
Algunos hombres con cámaras fotográficas, lo rodearon como abejas alrededor de un
enjambre, haciendo toda clase de preguntas, sin esperar a que Homero las contestara.
“Este es mi camión,” el les mostro uno de los vehículos, parqueados en el garaje. “Me
servirá para llevar la mercancía a la ciudad.”
“Y darle empleo a la gente,” el mismo periodista le dijo.
“Por eso lo compre,” Homero dijo.
Los reporteros le tomaban fotos a todo lo que veían, haciendo que Homero posara junto al
camión que habría conseguido en el puerto.
“No sabíamos que eras tan famoso,” los choferes dijeron.

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Homero había llegado al mundo después de que el sol se escondiera atrás de la luna, de
acuerdo a la historia de sus padres, que acabarían su existencia en el almacén del mercado.
“Deseo la paz para la humanidad,” Homero les dijo.
“Bien hecho,” dijeron los periodistas.
Los choferes se sentaron a discutir como traerían la mercancía al almacén, mientras que
los reporteros tomaban fotos y Homero pensaba en hacer una fiesta para soportar sus ideas.
“Dios bendiga a nuestro mesías,” Cesar dijo.
“No soy un mesías,” Homero dijo.
“Tienes los ojos verdes.”
“Eso no tiene que ver con nada.”
Cesar les mostro las anotaciones en su libreta, después de leer el libro sagrado de los
mayas, que quien sabe como lo había conseguido.
“Escribían en garabatos científicos.”
“No sabes lo que dices,” Homero dijo.
“Tengo sus predicciones.”
“Queremos verlas,” los periodistas dijeron.
La luz de las cámaras acabo con la tranquilidad del día, cuando tendría que explicarles a
los choferes como mejoraría la vida de los ciudadanos de la región.
“Ms barcos le ayudaran,” Cesar les dijo.
“Has visto los fantasmas,” los choferes dijeron.
“Don Homero también los vio,” Cesar dijo.
“Es muy interesante,” los fotógrafos escribían en sus notas.
El les dijo como todo lo que hacían los llevaba a un mundo diferente, aunque el futuro
siempre parecía incierto, así cono la línea fractal de la existencia, delineada por nuestras
acciones en la realidad.

72
“Es hora de que nos vamos,” los periodistas dijeron.
“Les mostrare los fantasmas un día,” Cesar dijo.
“Estás de psiquiatra,” los choferes dijeron.
Homero se subió a la parte de atrás de uno de los camiones con rumbo a la ciudad,
después de que los reporteros se fueron.
“El pasajero de adelante quiere que su perro viaje acá, don Homero,” el chofer le dijo.
“Tendrá que pagar extra,” Homero le dijo.
“Eso hará.”
Un perrito goloso y con el pelo cubriéndole sus ojos, salto junto a Homero que lo saludo
gruñendo.
“Este es el almuerzo del perro,” el chofer le dio una caja caliente. “Se lo puede dar
cuando quiera.”
“Está bien,” Homero dijo.
El camión se fue al cabo de algunos minutos, cuando las papas rellenas del perro olían a
bueno, entre una chuleta grasosa con salsa de tomate, y el animal lo miraba desde las cajas de
mercancía. Homero le comió todo lo que el señor le había comparado a su perro, al que
querría mas que a su mujer.
“Ya te dará comida tu dueño,” le dijo.
“Grrr,” el perro dijo.
“Huevon.”
Homero trato de dormir para bajar el almuerzo, el movimiento del camión arrullándolo
bajo la luz del sol, que lo había dejado solo al comienzo del tiempo.
“Diez elefantes se balanceaban encima de una hamaca,” Homero cantaba. “Si un elefante
se desliza solo quedan nueve.”

73
La canción siguió hasta que apenas que quedaron cero elefantes encima de la hamaca, y
Homero se hiso la paja tan bien como pudo, la piel de su miembro deslizándose por sus
manos, hasta que el semen corrió sobre las cajas de mercancía.
Es mejor que hacerlo con una prostituta, Homero pensó, pues se podía casar consigo
mismo para pagar menos impuestos al gobierno. El reflexionó por una hora en su propuesta,
el prospecto del hambre haciendo que se contestara afirmativamente, y los aullidos del perro
interrumpieron sus pensamientos sobre el amor en tiempos difíciles.
“No jodas,” Homero le dijo al animal.
El perro asusto a unas cuantas moscas volando sobre las cajas en busca de sustento, las
casitas adornando las afueras de la ciudad interrumpiendo los pensamientos de Homero.
Tendría que organizar el matrimonio consigo mismo, tan pronto llegara al almacén, donde
Miguel estaría vendiendo las hojas de coca y la mercancía barata pero no fiada.
Las calles de la ciudad le dieron la bienvenida al mundo real, invitándolo a pensar en más
maneras de hacerse rico, gracias a su imaginación con la que conquistaría el universo.
Un grupo de chicas, con ropa multicolores bailaba en los andenes, el olor a fritanga le
hacía dar rebote después de la comida del perro, pero las reinas lo invitaban al cielo cuando él
se tenía que casar consigo mismo. Al parar el camión, el dueño del perro apareció al lado de
ellos, como un conquistador en busca de más tierras.
“Como esta mi niño?” le pregunto.
“Ya comió,” Homero dijo.
El perro gruño, mas nadie entendía sus quejas con las que quería decir muchas cosas en su
idioma necio.
“Don Homero,” el chofer dijo. “Tendremos que revisar la mercancía.”
“Está bien.”

74
El tenía que ver que todo lo hicieran de buena manera, sin que dejaran algunas de las cajas
para sus familias viviendo en algún tugurio de la ciudad.
“Nos vamos a la feria,” los choferes dijeron.
La música interrumpió la conversación, la gente pasaba cantando las rancheras de última
moda en la ciudad.
“Tenemos las cajas de la ropa,” el chofer le dijo.
“Y las de los perfumes,” Homero dijo.
“La vida es para gozarla,” el chofer le dijo.
Homero ya sería el hombre más rico del planeta en el futuro, aunque fuera en otro
universo, de acuerdo al fantasma de su aventura en la selva.

75

El matrimonio
Homero le dio las buenas noticias a Miguel apenas llego al almacén.
“Me voy a casar,” le dijo.
“Quien es tu novia?”
“Me caso conmigo mismo,” Homero dijo.
“Estarás loco.”
Homero le tendría que decir a Jaramillo de su matrimonio con la persona mejor del
mundo, que no era un pecado de acuerdo a la biblia, donde los hermanos y hermanas se
casaban entre ellos y con sus padres. El teléfono sonó unas cuantas veces, hasta que oyó la
voz del periodista, entre la estática de otros mundos.
“Me caso conmigo mismo,” Homero le dijo.
“Es para que te den plata?” Jaramillo le pregunto.
“Quiero que seas mi testigo.”
“Eso te costara.”
“Mis hijas están acá,” Miguel interrumpió la conversación.
Homero vio a María con un vestido escotado por el que se le veían los pechos, y su
hermanita Amelia se hurgaba las narices, sin importarle nada alrededor suyo.

76
“Homero se casa con el mismo,” Miguel les dijo.
“No bromees,” María dijo.
“Es en serio.”
Ella estaba acostumbrada a las locuras de Homero, calmando su hambre sexual entre los
muebles de la casa o en el patio de atrás, donde solo Dios los vería.
“Me quiero casar ya,” Homero dijo.
“Lo debes de pensar,” Miguel le dijo.
Homero se sentó por unos momentos, en los cuales medito de su compromiso con el
mismo entre sus otras ideas de salvar al mundo.
“Yo inflare las bombas,” Amelia dijo.
La niña puso unas cuantas decoraciones alrededor de la cocina y la casa parecía una selva
amazónica entre la basura del día.
“Porque Homero no se casa contigo?” le pregunto a su hermana.
“Pues no quiere.”
“Eres bonita.”
La imaginación de Homero vagaba por otros mundos en los que hacia cosas imposibles
con María, aunque se ganara el salario mínimo, cuando el timbre de la puerta lo despertó de
sus sueños a esas horas de la mañana.
“Tenemos que llamar a la gente,” Homero dijo.
“Pero acabas de llegar del puerto,” Miguel le dijo.
El abrazo a María al llegar a la puerta, sus labios buscando los de ella en las sombras del
corredor, a pesar de que se casara con la mejor persona del mundo, de acuerdo a sus cálculos
en el camión.
Un hombre con la cabeza calva y un crucifijo listo a parar el fin del mundo, apareció entre
las sombras del zaguán.

77
“Padre Ricardo,” Homero dijo. “Que sorpresa.”
“He tenido una revelación,” el padre dijo
“Se casa con el mismo,” María dijo.
“Dios mío,” el padre dijo.
“Que no hay Dios,” Homero dijo.
El padre Ricardo se alisto a limpiar la casa de los demonios que Homero había traído en el
nombre de Satanás, el enemigo de los cristianos, mientras rociaba todo con su agua bendita.
“Me caso conmigo mismo,” Homero interrumpió sus acciones.
“Entonces no es mentiras.”
“Claro que no.”
“Esto si esta malo.”
“Le daré plata para la iglesia,” Homero dijo.
“El reloj de la torre no funciona.”
“Ya lo reparare, padre.”
“Que tal el confesionario?”
“Comprare uno nuevo,” Homero dijo.
“Y la imagen de la santísima madre en el atrio?”
“Lo hare pintar de nuevo.”
“Gracias, hijo mío.”
“A su servicio, padre.”
Homero trato de acordarse de todas las cosas que tendría que hacer por el padre Ricardo,
antes de que Cesar y sus marineros llegaran de tierras lejanas, por las que el sol a veces no se
ponía si tomaban mucho aguardiente.
“Alguien mas esta acá,” María le dijo.

78
El la siguió por el corredor esperando tocarla más en la oscuridad, lejos de los ojos de su
padre.
“Te espero esta noche,” le dijo.
“Estarás casado.”
María abrió la puerta, tratando de evitar sus manos en el día de su boda.
Cesar entro con los marineros, pateando las bombas que Amelia había inflado hacia unos
minutos, sin interesarle que Homero se uniera consigo mismo por la eternidad o hasta que el
sol explotara en un trillón de átomos.
“Queríamos ver tu casa,” ellos dijeron.
Homero asintió. “Pero los deje en el puerto no hace mucho.”
Ellos invadieron la casa, aunque María les decía que se limpiaran los pies, y el padre
Ricardo se daba bendiciones.
“Eres su novia?” le preguntaron a María.
“Me caso conmigo mismo,” Homero dijo.
“Ora pro novis,” el padre Ricardo dijo.
María les trajo el pastel que su mama había hecho esa mañana, cuando los hombres le
miraban su cuerpo lleno de curvas en todos sitios.
“Ya está comprometida,” Homero dijo.
“Te casas contigo mismo,” ellos dijeron.
El ruido del timbre interrumpió la conversación, cuando Homero trataba de tocar a María
en el zaguán, antes de que los periodistas grabaran el día mejor del siglo. Jaramillo apareció
con algunos de sus amigos fotógrafos, dispuestos a hacerle entrevistas al hombre con las
ideas fantásticas.
“Me caso conmigo mismo,” Homero les dijo.
“Que viva Homero,” todos dijeron.

79
Eso tendría que ser un sueño, , mientras que los marineros mezclaban las hojas de coca
con el aguardiente de las cajas de mercancía que Homero tenia para sus clientes.
“Queremos a María,” ellos dijeron.
“Bastardos,” Miguel dijo.
El padre Ricardo dominaba el desorden con la biblia en sus manos, antes de que el diablo
hiciera cosas a sus feligreses.
“Vendremos el día de tu boda,” Cesar dijo.
“Pero es ya,” Homero le dijo.
“Nos hemos reunido acá para casar a este hombre consigo mismo,” el padre Ricardo
interrumpió.
“Bravo,” todos dijeron.
El leyó partes de la biblia donde Dios aconsejaba a los conyugues que se amaran para
siempre, así como la santísima virgen había amado a San José, el padrastro de Jesús Cristo en
los anales del tiempo.
“Te quieres casar contigo mismo?” él padre le pregunto.
“Claro que si,” Homero le dijo.
“Yo te bendigo en el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo.”
“Amen,” todos dijeron.
Homero se sentía muy contento de haber escogido a alguien tan bueno como el mismo,
para pasar el resto de sus días en paz.
“Te casarías conmigo?” Amelia le pregunto.
“Otro día,” Homero dijo.
“Felicitaciones,” María dijo.
“Ven a verme esta noche.”
“En tus sueños.”

80
Homero se había casado consigo mismo cuando María no tenía novio, y las muñecas de
Amelia se comprometían al lado del ponqué que Miguel había conseguido esa mañana.
“Va a ser una noche larga,” Homero dijo.
“Pues invita a María,” ellos dijeron.
Los invitados se fueron después de tomarse el aguardiente, y el padre Ricardo lavaba todo
en el agua bendita, beneficiosa contra el pecado original que llevamos todos en nuestras
almas.
“Llámame mañana,” le dijo.
Homero asintió. “Ya lo hare, padre.”
El quedo solo después de cerrar la puerta, cuando tendría que pensar acerca de sus deberes
conyugales en ese día tan importante. Un ruido interrumpió el silencio en medio de sus
pensamientos.
“Quién es?” el dijo.
Los pasos se le acercaban, hasta que María apareció a su lado vestida de luto, su belleza
reflejada en el espejo de la pared que nunca mentía.
“Estas solo,” ella dijo.
Homero tendría que calmar su pasión si quería pasar la luna de miel consigo mismo,
aunque fuera un espejismo como todas las cosas en su vida.
“Abre las piernas,” él le dijo.
El fantasma que era María lo hiso y él vio su cuerpo, esperando darle todo el placer del
mundo en aquellos momentos de soledad después de su matrimonio.
“Esto no es un sueño,” Homero dijo.
El se lo metió y la atmosfera se puso eléctrica, hasta que ambos llegaron al clímax,
calmando su pasión en un día tan importante.
“Mi papa me está esperando,” ella dijo.

81
“Afuera?”
“Piensa que estoy en la letrina.”
“Esto es un sueño,” Homero dijo.
“Creo que si.”
María se fue por las calles bañadas en la luna llena, después de darle placer en un mundo
que ninguno comprendía. Hombre de negocios se casa con el mismo, decía en los titulares
del Espectador y el Tiempo el día siguiente.

Las viudas
Las cajas de coca ocupaban una gran porción de la cocina, llena de los regalos que le
habían mandado para su matrimonio, pero él no necesitaba nada en su casa- la más
desordenada del mundo. Una chica vestida de negro interrumpió la soledad en la que se
había sumido a esa hora de la mañana, pues Miguel no había ido a trabajar, mientras María le
ayudaba a su madre con los quehaceres de su hogar.
“En que le ayudo?” Homero le pregunto.
Ella le despertaba esos anhelos de conquistar al mundo, aunque le había hecho el amor a
María unas cuantas veces, después de su matrimonio.
“Me gusta esta blusa,” la chica lo trajo a la realidad.
Homero le mostro la ropa para lucir su cuerpo de diosa del Olimpo, si le diera permiso
para que él se lo tocara.
“Estos vestidos te quedarían muy bien,” le dijo.
“Gracias.”
“Me las puedes dar de otras maneras.”
Ellos se miraron por unos momentos en los que el reloj de la pared seguía su marcha
vertiginosa hacia un sitio en el futuro.

82
“Tengo mercancía de Paris,” le dijo.
“Eso está lejos.”
“Pero es buena.”
Homero puso unas medias de seda en la mesa, que Cesar le había conseguido en el Caribe
para las chicas bonitas de la ciudad.
“Los paramilitares me han dejado viuda,” ella interrumpió sus pensamientos.
“Lo siento,” él le dijo.
Mucha gente había muerto en el conflicto del país, de acuerdo a los periódicos que ponían
las fotos más horrorosas que se conseguían, y Homero le mostro sus brazos delgados como
símbolo de solidaridad.
“Tengo anorexia,” le dijo.
“Que es eso?”
“Me gusta aguantar hambre.”
“Usted es rico, don Homero.”
El tomo la oportunidad para verle las piernas cuando ella recogía unas cosas que se habían
caído al suelo.
“Las medias son un regalo,” le dijo.
“No las quiero.”
“Por qué?”
Ella camino a lo largo del almacén, sus caderas moviéndose al son de la música en la
mente de Homero.
“No te vayas,” le dijo.
“Mis hijos me necesitan.”
“Que hijos?”
“Los que tengo en mi casa.”

83
El timbre sonó cuando ella abrió la puerta del almacén con sus manos delicadas, que se
habrían puesto duras lavándoles la ropa a sus hijos en la quebrada.
“Ya lo veré otro día,” ella dijo.
Homero se estrello con una mujer que habría llegado al almacén unos minutos antes.
“Perdóneme,” le dijo.
“Me gusta esto,” ella le mostro un vestido rosado con pepitas brillantes.
“Cuesta cincuenta pesos,” el dijo.
“Pues es caro.”
La viudita desapareció entre la gente haciendo sus compras, antes de ir a los tugurios
donde sus hijos aguantarían hambre.
“Ella no volverá,” su clienta dijo.
“Sabe donde vive?”
“En las barriadas me imagino.”
La mujer miraba unas cuantas cosas en los mostradores, y Homero pensaba en la viudita
viviendo en la miseria.
“Le doy cien pesos por este vestido,” la mujer dijo.
“Perdería plata.”
Homero buscaba un mapa de la ciudad que había visto en el desorden del almacén, antes
de que la imagen de la viudita se esfumara en los anales del tiempo.
“Que haría si la encuentra?” la mujer le preguntó.
“la ayudaría.”
“Si le creo.”
Homero anotó el precio de la ropa en la libreta que María le había dado para su
cumpleaños.
“Deme ochenta pesos por la blusa,” le dijo.

84
“Gracias, Don Homero.”
Ella le regalaría la blusa a alguien más, porque la gente pobre le regalaba cosas a otra
gente pobre, pero entonces él vio un periódico con las historias de horror en la ciudad, donde
todos los días, mujeres, hombres y niños aparecían muertos, aunque los politiqueros lo
negaran en sus programas de radio. Los ojos de Homero se llenaron de lágrimas al pensar en
otra manera de ganar plata, mucho mejor que la del mar o la de encontrar las cabecitas en la
selva.
“Necesitamos un milagro,” ella dijo.
“Usted le daría plata a ese milagro?” él le pregunto.
“Claro que si.”
La viuda y su familia eran producto de la sociedad capitalista y del mundo en el que
vivían.
“Las viuditas necesitan casas,” ella le dijo.
“Casas?”
“La gente tiene que tener donde vivir.”
“Claro está,” Homero dijo.
La mujer le explico como Jesús Cristo ayudaba a aquellos que la sociedad había olvidado,
porque se irían directo al reino de los cielos.
“Tiene que leer la biblia, Don Homero,” le dijo.
“Eso dice el padre Ricardo.”
La mujer examino unas cosas más, murmurando algo acerca del evangelio de San Mateo
que había conocido al niño Jesús en Belem.
“En serio que si?” Homero le pregunto.
“La biblia siempre dice lo que es.”

85
Homero hacia sus planes para ganar plata a costa de la viudita que lo había abandonado,
antes de acostarse con él.
“Le agradezco la idea que me ha dado,” le dijo.
“Va a leer la biblia,” ella dijo.
“No,” Homero le dijo. “Tengo que ayudar a la viudita.”
El le ofrecería protección contra las maldades del mundo, como Dios lo había dicho en su
lucha con los espíritus malvados de la humanidad.
“Jesús Cristo les da consejos a los que quieran ir al cielo,” ella dijo.
“Por que murió en una cruz?” Homero le pregunto.
“Lo hizo por tus pecados.”
Homero le ofreció que hicieran el amor entre el desorden del almacén, pero ella se hizo la
sorda.
“Dios lo quiere mucho,” le dijo.
“Dígale que me encuentre a la viudita,” Homero le dijo.
La mujer le dijo unas cuantas cosas sobre el pecado original, por el que habían sufrido
tanto Adam y Eva después de comer la manzana del paraíso.
“Dios no es omnipotente,” Homero dijo.
“Eso es una blasfemia,” ella dijo
La mujer cambio de semblante, diciéndole unas cuantas cosas malas por no querer al
creador del universo.
“Lo quiero tanto como a mi padre,” ella le dijo.
Ella no podía tener a Dios como padre, si estaba manchada por el pecado original, aunque
hablara de él, como si fuera parte de la familia.
“Lo podemos hacer rápido,” Homero le dijo.
“Solo piensa en eso,” ella dijo.

86
“Hay que poblar a la humanidad.”
La mujer compro unas cuantas cosas, antes de dejarlo solo con su0s pensamientos de lo
que podría hacer con la viudita.

Homero construye casas
Homero llego a un lote abandonado, oliendo a mal y lleno de basura, lejos de los barrios
de la gente afortunada, donde todos comían, tenían un retrete y no leían bajo la luz de una
vela, cuando vio a un niño de pelo sucio, aspirando el aire de una bolsa plástica.
“Quiere probar esto?” el gamín le preguntó.
Homero encontró unas monedas entre las hojas de coca que tenía en su bolsillo, en caso de
emergencias.
“Gracias,” el gamín dijo antes de guardarla entre sus harapos.
El niño tendría diez u once años, difícil de acertarlo con todo el barro en su cara.
“Me gusta su bicicleta,” el gamín le dijo.
“Me la encontré,” Homero le dijo.
“Donde está su mama?” Homero le pregunto.
“Se murió.”
“Lo siento mucho.”
“Oiga señor,” el gamín dijo. “Deme más plata.”
Homero se había quedado sin monedas, pero el niño lo podría ayudar con sus negocios.
“Quiero construir unas casas,” le dijo.

87
“Este sitio es feo,” el gamín le dijo.
“Ya lo sé.”
El gamín señaló a unos niños jugando con una pelota embarrada, al tiempo que un perro
los perseguía.
“Atrás de esos árboles,” el gamín dijo.
Homero lo siguió por entre los charcos sucios, hasta que llegaron donde los gamines
pateaban la pelota.
“Este es mi amigo,” el gamín les dijo.
“Mentiroso,” ellos dijeron.
Ellos encontraron unos cuantos pesos en los bolsillos de Homero que los habías puesto allí
antes de salir del almacén esa mañana.
“Cabrones,” Homero les dijo.
El primer gamín imito su acento bajo la risa de sus amigos, que se hacían los borrachos.
“Oligarca,” ellos dijeron.
Homero encontró su bicicleta entre el follaje lleno de insectos cuando un grupo de
hombres lo miraban con sus caras sucias.
“Es un gringo,” los gamines dijeron.
“Como saben?” ellos preguntaron.
“Pues tiene acento.”
Homero se tenía que escapar con su bicicleta, antes de que lo mataran en las barriadas.
“No tengo más plata,” les dijo.
“Mentiroso.”
“No sabía que me los encontraría,” Homero dijo.
“No sabes nada.”
Uno de los hombres indicó una casa de latas donde un almario servía de puerta.

88
“Allí atendemos a los clientes,” le dijo a Homero.
“No entiendo.”
“Quieres construir casas.”
Estos hombres se habrían comunicado con los gamines, para que supieran tanto de su
vida.
“A nadie le interesa la gente pobre,” le dijeron a Homero.
“Pues a mi si,” Homero les dijo.
“Tendrás tus razones,” el hombre le dijo.
Ellos lo llevaron a una casucha de latas, al lado de los pozos oliendo a feo, la esencia de la
podredumbre haciéndole perder la fe en los tugurios.
“Esa es nuestra oficina,” ellos dijeron.
“Ya pensé que era la otra.”
“Es que tenemos dos,” ellos dijeron.
Homero entro a la casucha, teniendo cuidado con el barro cubriéndolo todo.
“Siéntese acá,” el hombre le señaló un asiento de madera.
Homero se sentó con cuidado, tratando de no tocar nada a su alrededor, al tiempo que los
hombres se sentaban en unas cuantas cajas al lado suyo.
“Estas serán las casa,” el hombre le mostro la foto de una choza con paredes de latas.
“Y los inodoros?” Homero pregunto.
“Pueden usar el patio.”
“Eso es sucio,” Homero dijo.
“A la gente pobre no le interesa.”
Homero odiaba ese lugar perdido entre los pozos inmundos, oliendo a muchas cosas pero
no a bueno.
“Yo quiero unas viudas,” les dijo.

89
Ellos se rieron y los gamines los imitaron con sus caras embarradas, porque era el chiste
más grande del universo, así como en las películas en blanco y negro que el padre Ricardo
mostraba en la casa al lado de la iglesia.
“Le conseguimos las viudas,” el hombre dijo.
Los niños jugarían con los muñecos hechos de basura, adentro de las casuchas de barro en
vez de mendigar por las calles, como lo hacían a toda hora.
“Construiremos las casas en siete días,” su interlocutor le dijo.
Relámpagos interrumpieron la conversación, cuando las gotas de agua deslizándose sobre
las paredes formaban charcos olorosos a su alrededor.
“Es el final del mundo,” los hombres dijeron.
Podía ser, si Homero no se afanaba a construir las casas para las mujeres olvidadas por la
humanidad, con las que le podría pasar las tardes tediosas de su existencia.
“Tendrán que empezar lo antes posible,” Homero dijo.
“Nos tienes que pagar,” ellos dijeron.
“No tengo plata ahora.”
Ellos miraban la bicicleta que a Homero le habían dado hacia tiempo.
“No es mía,” les dijo.
“Mentiroso,” su interlocutor dijo.
Homero les conto la historia del niño viajando con sus padres a lejanas tierras en los
comienzos del universo, cuando ninguno de ellos existía y su almacén en el mercado solo era
un sueño en las mentes de sus padres.
“Ellos ya murieron,” Homero les dijo.
“Lo sentimos mucho.”
“El tiempo se ha dividido muchas veces desde eso,” Homero les dijo.

90
El les explico de los caminos que la vida seguía por los senderos delineados por sus
acciones en el plano de la existencia, aunque ellos no se dieran cuenta de nada de esto.
“Todo ha pasado en algún sitio,” Homero dijo.
“No nos hemos encontrado en otro sitio entonces,” uno de ellos dijo.
“Creo que no.”
Homero había encontrado quien construyera sus casas, y no había perdido la bicicleta que
sus padres le había dado de cumpleaños en los confines de su vida.

Homero va a una fiesta
Los habitantes de la ciudad se reunieron para celebrar las casas que Homero había
prometido construir en las barriadas, en vez de dejar que las viuditas se murieran en las calles
del mundo.
“Primero se casa con usted mismo y ahora ayuda a las viudas,” Jaramillo le dijo.
“Soy un hombre de muchos talentos,” Homero dijo.
“Eso veo.”
Jaramillo tomó fotos de Homero acariciando a los niños, como un verdadero santo de las
barriadas. Una de las viuditas de pelo negro que le llegaba a los hombros y con un bebe en
sus brazos fue entrevistada en la radio acerca de lo que Homero había hecho por ella.
“Es como nuestro padre,” ella dijo con lagrimas en sus ojos.
“Eso vemos,” Jaramillo dijo.
Homero sintió el perfume barato que la mujer habría comprado en el mercado, mientras
que ella lo apretaba contra su pecho.
“Este hombre me ha salvado la vida,” les dijo.
“Que viva Homero,” todos dijeron.

91
Las viuditas no solo le solucionaban sus problemas monetarios pero podrían hacer cosas
más interesantes que hablar por la radio.
“Necesitaban algún sitio para vivir,” el les dijo.
“En el barro?” Jaramillo dijo.
“Ya se lo llevaran los albañiles.”
“Ojala que si.”
Las cañerías olían cuando Homero trataba de convencer a los oyentes de su misión en el
mundo, aunque sus ingenieros habían sido pillados robándose el material de unas casas en
construcción.
“Homero es un santo,” todos dijeron.
“He sufrido mucho en la vida,” el les dijo.
Entonces un carro elegante freno en el barro y los periodistas se agruparon con las
cámaras.
“Debe de ser el obispo,” ellos dijeron.
Un hombre pequeño salió arreglándose su vestimenta, mientras que otros religiosos lo
seguían por entre el lodo cubriéndolo todo, hasta llegar a la mesa donde Homero esperaba
con los periodistas.
“Le damos la bienvenida a su excelencia,” Jaramillo dijo.
El obispo le ofreció su mano, como prueba de que el espíritu santo lo quería mucho, antes
de arreglarse la ropa embarrada.
“Quiero hablar con Homero,” le dijo.
Los hábitos del obispo cambiaron más de color a medida que se movía hacia la gente,
esperándolo atrás de la mesa.
“Es un placer conocerlo, su excelencia,” Homero le dijo.

92
El no sabía si besar el anillo fino que su santidad se habría comprado en honor de Dios
que está en los cielos.
“Hemos ayudado a las familias,” Homero dijo.
“Eso es bueno,” el obispo dijo.
“Ya casi acabamos con las casas,” Homero señaló unas casuchas donde algunas sombras
se apretujaban contra las paredes.
“Quienes son?” el obispo le preguntó.
“No tenían donde vivir,” Homero dijo.
“Eso es tremendo.”
El obispo se aventuro por entre el barro hasta llegar al lado de una mujer y sus hijos, y los
reporteros filmaban el momento en el que el obispo los salvaba de las garras del demonio.
“Homero los quiere ayudar,” les dijo.
“Es un santo,” la mujer dijo.
“Claro está,” el obispo dijo, bendiciéndolos en el nombre del padre, del hijo y del espíritu
santo en el día más importante de la nación.
“Quiero ir al cielo” ella dijo.
El obispo asintió. “Te sentaras al lado de San Pedro y de Dios mismo.”
“Gracias, excelencia.”
Entonces otra mujer vestida de negro se arrodillo en frente del obispo, y por un momento
Homero pensó que la conocía.
“Homero es nuestro benefactor,” ella le mostró su cara morena, pero no era la viudita que
había ido al almacén ese día en el que el sol se había ocultado por un momento.
“Nos ha salvado la vida,” la mujer dijo.
“La veré mañana en la catedral,” el obispo le dijo.
“Gracias excelencia.”

93
El obispo sacó un papel del bolsillo con unos cuantos borrones de mugre, y después de
alisarle las arrugas se puso los anteojos.
“He escrito esta oración para que se lea en el país durante las próximas semanas,” les dijo.
“Nuestra ciudad ha sido invadida por los lobos de que las escrituras hablan, por ateos y
otra gente mala del mundo.
“El infierno los manda a estas tierras, a pesar de mis esfuerzos de acabar con los malvados
corrompiendo a la región.
“Se tienen que arrepentir de sus pecados antes de que el señor los mande al infierno del
que nunca escaparan.
“Un extranjero llamado Homero ha sido escogido por Dios en su lucha contra esos lobos,
enemigos del mundo.
“Tenemos que ayudarlo en sus esfuerzos, porque los buenos se irán al cielo y los malvados
al infierno como la biblia dice.
“Tendrán muchas bendiciones del altísimo por cada millón de pesos que manden a mi
palacio episcopal para ayudar a la misión de Homero en la tierra.
“Agradeciéndoles su ayuda.
Pomponio, el obispo de la ciudad.”
La carta tuvo un efecto muy bueno. Homero recibió muchas veces la plata que le habían
dado en los últimos días, aunque el obispo y los periodistas querían parte del botín, para que
la gente no supiera las cosas malas del barrio de las viuditas.
Los ciudadanos llenaron miles de peticiones, al tiempo que el gobernador visito las casas
de la barriada sin notar la ausencia de la luz y el agua.
“Que viva Homero,” todos decían.

94

Amelia
Homero abrió sus ojos a la luz de un nuevo día, cuando tenía que proteger a los pobres de
la ciudad, muriéndose de hambre en medio de las riquezas del mundo. Las viudas le habían
traído suerte, aunque se tuviera que aguantar a la gente hablándole de cosas sin mucho
interés, gracias al padre Ricardo, y a los periodistas del universo.
“Buenos días, don Homero,” Miguel y Amelia lo saludaron en unísono.
Homero se sentó en la cama que había comprado barata en el mercado, pensando en
exponerle sus ideas a la gente más importante de la ciudad en la librería.
“Este es el camino verdadero,” les dijo.
“Que camino, Don Homero?” Miguel le pregunto.
“El de las riquezas.”
“Pues eso esperamos.”
Homero busco las pantuflas en el suelo, teniendo cuidado con la mugre diseminada por
todo sitio, mientras Amelia cocinaba los huevos en la estufa barata que él había conseguido
en el mercado. La chica sabía hacer cosas simples sin que se quemara las manos.
“Tiene que comer algo, tío Homero,” ella dijo.
“Es bueno para su salud,” Miguel le dijo.

95
Homero se comió la yema de un huevo cocinado, mezclándola con las tostadas que
Miguel había hecho en el horno.
“Vi su foto en los periódicos, tío Homero” Amelia dijo.
Ella le mostro la página del periódico con unas cuantas fotografías hablando de su misión
en la tierra. El señor Homero ha juntado plata para ayudar a las viudas, decía en la primera
página de El País y El Tiempo.

La fotografía del gobernador y otras personalidades

adornaban parte de la página, informándole al lector de la misión de Homero en el mundo.
“Ha encontrado a su viudita?” Miguel le pregunto.
“No.”
Amelia seguía las letras con sus dedos, asombrada por la cantidad de dinero que la gente le
ofrecía a Homero por sus obras de caridad en la barriada al otro lado de la ciudad.
“Eres rico, tío Homero” le dijo.
“Esa es la plata de las viuditas,” Miguel dijo.
“Que pesar.”
Ella marchaba alrededor de la cocina gritando algunas cosas.
“Quiere ser un sargento cuando sea mayor,” Miguel dijo.
Homero había estado pensando en las viuditas y sus palabras no tenían mucho sentido. El
quería que la niña fuera un abogado o que estudiara medicina pues el ejército no alimentaria
su inteligencia.
“Ya pagare por la universidad,” les dijo. “El ejercito es para los hombres.”
Miguel contaba las cajas de coca recostadas contra la pared, ignorando las palabras de
Homero.
“El ejercito es la mejor universidad,” la niña dijo.
“No lo es.”

96
Ella marchaba por la cocina, gritándole instrucciones a un grupo de gente invisible,
tumbando unas cajas que su padre había puesto cerca de la puerta.
“Un, dos,” Amelia dijo.
“Debe de ser la edad,” Miguel dijo.
“Ojala que si,” Homero dijo.
Los pobres necesitaban un milagro para vivir decentemente, aunque a la niña solo le
importaran los soldados perdidos en las montañas y Homero tendría que pensar en lo que
diría en la librería.
“Este es mi discurso,” les dijo. “Soy el apóstol de los oprimidos.”
“Está bien,” Amelia le dijo. “Ya me acordare de esto cuando el cielo explote en un millón
de luces.”
“No hay más?” Miguel interrumpió.
Homero pensó que esas palabras habían sido las mejores de su vida, al tiempo que se
miraba en el espejo que alguien había puesto por la puerta.
“Hare del mundo un sitio mejor,” les dijo.
“Diles cuanto los quieres,” Amelia le dijo. “Y que le gustan las viuditas.”
Homero tendría que convencer a los habitantes de la ciudad, de que ayudaran a las
viuditas olvidadas por el mundo, en esos tiempos de desempleo en el país.
“Un, dos..,” Amelia interrumpió.
“Tienen que escoger el mejor camino entre los que les ofrece el destino,” Homero dijo.
“Eso les dirás,” Miguel dijo.
Homero asintió. “La vida se bifurca con cada paso que damos.”
“Ya empiezas con cosas raras,” Miguel dijo.
“Es la verdad.”

97
Homero se sentó en la mesa a escribir su discurso, ignorando a la niña marchando a su
lado y a Miguel ordenando la mercancía. Su aventura en la selva sirviendo como preámbulo
a lo que vendría en el futuro, si es que esos eventos no se habían convertido en una infinidad
de cosas por el continuum del tiempo.
“Todo está vinculado,” les dijo. “Si no hubiera ido por las cabezas esto no hubiera
pasado.”
“Nada sacaste con eso,” Miguel dijo.
“Como que no,” Homero dijo. “Compre el camión.”
“Y te encontraste con Cesar,” Miguel dijo.
Homero escribió más cosas que les diría en la biblioteca para salvar a las viuditas de las
garras del demonio.
“Los fantasmas no te dijeron de esto,” Miguel interrumpió.
“Todo se divide cada segundo,” Homero le dijo.
“Por las sendas del infierno.”
La senda de la vida se había bifurcado desde el momento en el que había conocido a los
fantasmas en la selva, aunque la gente no entendiera de esas realidades en el plano de la
existencia.
“Les dirás del infierno en la librería,” Amelia dijo.
“Dos y dos son siete,” Homero les dijo.
Amelia frunció el seño. “Dos y dos son cuatro, tío Homero.”
“Ya lo sé.”
“No sabe nada.”
“Se le hace tarde,” Miguel dijo.
“Puedo ir?” Amelia les pregunto.
“Es una fiesta de adultos.”

98
“No me dejan hacer nada,” la niña dijo.
Homero se miro en el espejo por una última vez, antes de ir al otro lado del mercado
donde el público lo esperaba, entre las sombras acechándolo de los rincones del mundo.
“Ya sé todo acerca del fantasma,” Amelia le dijo.
“Que sabes de eso?”
“Se me apareció hace unos días.”
Homero escucho lo que hacía en su casa, fuera de ayudar a su madre con el almuerzo y de
hacer sus quehaceres escolares.
“Lo vi cerca de la letrina,” ella le dijo.
“Ya les construiré un baño,” Homero le dijo.
“Al fantasma le gusta la letrina.”
“Te lo imaginaste,” Miguel le dijo.
Homero buscaba las notas que había escrito, ajeno a la disputa del fantasma, al que le
gustaban los malos olores.
“Mis papeles,” les dijo.
“Cuáles?” Miguel le pregunto.
“Los del discurso.”
Miguel le trajo las notas que había tomado antes de alistarse para la fiesta, en la que se
volvería un millonario.
“Aquí están,” Amelia le dijo.
Ella le dio las hojas arrugadas y con algunas manchas del café de las mañanas.
“Sé todo lo que dice,” le dijo.
“Entonces le ayudaras a Homero,” Miguel le dijo.
“No puedo ir a la fiesta,” ella dijo.
“Tendrás que crecer primero.”

99
“Pues estaré en el ejercito.”

El banquete
“Lo estábamos esperando.” Una joven le dijo cuando llego a la biblioteca.
Homero sintió los ojos del público siguiéndolo hacia la plataforma en el medio del salón
de reuniones.
“Tenemos aquí al apóstol de los pobres,” la joven interrumpió sus pensamientos.
“Que viva Homero,” todos dijeron.
El leyó lo que decía en la primera página de una biblia que Miguel le había dado acerca de
un ser todo poderoso, que había creado todo en siete minutos.
“Padre nuestro que estás en los cielos,” Homero dijo. “Vénganos en tu reino.”
“Hágase en la tierra lo mismo que en el cielo,” el gobernador dijo.
“Perdónanos nuestros pecados.”
“Así como nosotros perdonamos a los pecadores.”
Homero se sintió perdido en el medio del público, esperando oír de su compasión por sus
semejantes.
“No me siento bien,” les dijo.
La chica le sonrió. “No se preocupe, don Homero.”

100
El tenía que hacer algo, antes de que el mundo lo detestara en un momento tan importante,
cuando el universo había salido de la utopía en solo siete minutos.
“Yo viaje con mis padres en un barco en busca de otro mundo,” les dijo. “Antes de que
compraran el almacén del mercado.”
“Dios los ha debido de guiar,” la chica dijo.
“Igual que hubo luz antes del sol,” Homero le dijo.
Ella se rio, como si fuera lo más chistoso del mundo, el resto de la audiencia aplaudiendo
sus aventuras por la vida, porque Dios había escrito un libro para tarados.
“Tengo que ayudar a los desamparados,” Homero les dijo.
“Inspirado por la biblia?” la chica pregunto.
“Pues depende.”
“De qué?”
La discusión se estaba poniendo religiosa, cuando la gente lo tenía que apoyar por el amor
a las viuditas viviendo en la miseria.
“Homero quiere darles una mejor vida a unas cuantas familias de los tugurios,” el
gobernador dijo. “Como lo debemos de hacer con los que son menos afortunados, de acuerdo
al creador.”
“Eso nos llevara al reino de los cielos,” Homero dijo.
El se trataba de acordar de los mandamientos, que le habían enseñado en la casa
parroquial, pero todo daba vueltas alrededor suyo.
“Don Homero,” alguien le dijo.
Al abrir sus ojos, la chica le ponía un pañuelo lleno de colonia sobre su nariz como si fuera
su madre.
“Se desmayo,” le dijo.

101
Homero le toco sus senos al tiempo que ella lo ayudaba a levantarse con el pañuelo en la
nariz.
“Siéntese acá,” la chica lo llevo a la mesa más cercana. “Ahora vamos a comer.”
Unas señoritas hermosas les servían la comida a los invitados, moviendo sus caderas de
diosas misericordiosas en esos tiempos difíciles. Las reinas de la panela, el guarapo, el maíz,
el café, la mantequilla, los tamales y el arroz con leche servían un plato lleno de agua caliente
y con un pedazo de pan duro por el valor de mil pesos. La gente rica tendría que estar loca si
creía que Dios les perdonaba sus pecados por esa plata.
“Como se siente, don Homero?” la chica le pregunto.
“Pues bien.”
“Debe de comer,” ella le dijo.
Homero pensaba en como rescatar a los oprimidos de la ciudad, cuando ella tenía ese
culito tan bonito.
“Que goce de su comida,” ella dijo.
“Porque no se sienta acá?” Él le pregunto.
“Estoy ocupada."
Jaramillo apareció a su lado, con su mejor vestimenta para celebrar el día de las viuditas
en los tugurios.
“La comida es horrible,” le dijo.
“Pero las chicas son preciosas,” Homero dijo.
“Huevon.”
“Gracias maricon.”
Una señorita de tetas grandes y falda corta miro a Homero con ojos marrones llenos de
sexo, haciendo que se olvidara del comentario.
“Yo soy la reina de las empanadas,” le dijo.

102
“A mí me encantan,” él le toco su sostén.
“Ohh...”
Otra de las chicas empujo a la reina, antes de sentarse sobre Homero.
“Es mi turno,” le dijo.
“Eres virgen?” Homero le pregunto.
“Claro que si.”
Una fila de las reinas esperaba su turno de sentársele encima, haciendo que todo se pusiera
mejor, mientras que el resto de la gente gozaba de la fiesta.
La chica le conto acerca de su familia viviendo en la miseria, donde no comían muchas
veces.
“Ya los ayudare,” Homero le dijo.
Su mano acariciaba sus muslos, que estaban gordos a pesar de las veces que habría
aguantado hambre con su familia y las otras chicas le pedían que se apurara.
“Esto debe de ser el cielo,” Homero dijo.
“Es la fiesta de las viuditas,” la chica dijo.
“Tenemos que estar solos,” él le dijo. “Así me cuentas tus problemas.”
Sus manos habían llegado a sus calzones con bordados, donde sentía la calidez de otros
sitios sin nombre.
“Hemos juntado dos millones de pesos,” una voz interrumpió la actividad.
“Que viva Homero,” todos dijeron.
El gobernador le dio un cheque con una cifra muy grande impresa en una de sus caras, al
tiempo que las reinas de belleza lo besaban y todos celebraban su triunfo sobre la miseria que
ahogaba al país.
“Gracias,” Homero dijo. “Ya puedo ayudar a los desamparados.”
“Amen,” el gobernador dijo.

103
La gente del restaurante lloro, mientras que los oyentes se secaban las lágrimas. El país
lloraría al día siguiente al leer los periódicos, y unas cuantas mujeres amigas del obispo se
fueron a vivir en las cinco casuchas que los ingenieros construyeron al lado de los canales
oliendo a feo, gracias a la plata que la nación había donado.

La tragedia
Homero había estado ladrando en el patio del vecino la noche anterior cuando Miguel lo
despertó temprano, quitándole la cobija vieja que el usaba en caso de que los relámpagos lo
castigaran por su manejo.
“No pude dormir,” le dijo.
Miguel se sentó sobre algunas de las cajas adornando la habitación, pasándose la mano por
el pelo, como si el mundo se fuera a acabar a cualquier momento.
“Anoche llovió,” le dijo.
Homero trato de ver que podría tener la lluvia con la tristeza de su empleado, aunque el
pobre hombre tendría unas cuantas goteras en su casa por las que la lluvia le mojaría los
muebles.
“El agua del rio invadió los hogares de las viuditas.”
“Porque no escaparon?”
“Era imposible.”
La naturaleza había castigado a la ciudad por los pecados cometidos en el nombre del
diablo, como decía el periódico que había traído Miguel, en donde las fotos de las mujeres
salvando a sus hijos adornaban las páginas en blanco y negro.

104
“Los sobrevivientes están en la iglesia,” Miguel dijo.
La foto del padre Ricardo confortando a las viuditas, aparecía en una de las páginas,
marcadas como importantes por Miguel y su familia, que lo habrían leído más temprano.
“No sé qué hacer,” Homero dijo.
“Vístase primero,” Miguel le paso la ropa.
“Tendré que escapar rápido,” Homero le dijo.
“Escapar donde?”
“Salir del país.”
“Piénselo primero.”
“Ya lo pensé.”
Homero temía que lo castigaran por sus pecados, cometidos en el nombre de Jesús Cristo,
quien le había encomendado las viuditas viviendo en la miseria,.
“Jaramillo puede hablar con la prensa,” el dijo.
“El periodista?” Miguel le pregunto.
Homero tendría que llamar a su amigo a esa hora de la mañana, antes de que la ciudad lo
odiara por las noticias en los periódicos.
“Tengo que abrir el almacén,” Miguel dijo.
“Esto es muy tremendo,” Homero dijo.
El se peinaba el poco pelo que tenía antes de encontrar una boina que usaba a veces entre
el reguero de la habitación, cuando vio a la maleta que usaba cuando iba a quedarse al puerto,
para traer la mercancía de los barcos de Cesar a la ciudad.
“Esto no ha pasado,” el dijo.
“Que si paso,” Miguel le dijo.
“No ha pasado en otra realidad,” Homero dijo.
“Pues en esta se ahogaron.”

105
Homero pensó en los trucos que las rutas de la probabilidad le jugaban, al tiempo que en
las otras dimensiones las viuditas estaban vivas, y tenía que encontrar sus pantalones para el
viaje.
“Nueva York es frio en esta época,” Miguel le dijo.
“Allá me escondo de la prensa,” Homero dijo.
“Pues te pueden encontrar.”
“Mi tío me ayudara.”
Homero puso munas cuantas camisas en la maleta, mas las corbatas que María le había
dado de cumpleaños.
“Dejas a mi hija,” Miguel le dijo.
“Ella no me quiere,” Homero dijo.
El puso más cosas en la maleta, pero necesitaba un abrigo para el invierno de ese país.
“No me digas que te escapas,” una voz interrumpió sus pensamientos.
Jaramillo apareció en la puerta, teniendo cuidado de no enmugrarse su ropa, comprada en
los mejores almacenes de la ciudad, cuando Homero se tendría ir a cualquier sitio.
“Ya hablare con la prensa.,” Jaramillo dijo.
Homero puso las camisas de segunda mano que se había comprado en el puerto, debajo de
unos pantaloncillos oliendo a limpio, que María le habría lavado en los últimos días.
“Dame cinco mil pesos,” Jaramillo dijo.
“No los tengo.”
“La prensa te destruirá.”
Homero puso más medias entre la ropa, antes de mirar al periodista, diciéndole cosas
estúpidas.
“Entonces ya me voy,” Jaramillo dijo.

106
El camino entre las cajas de coca hasta la entrada al almacén, que Miguel abriría dentro
de poco, a pesar de las noticias entristeciendo al mundo.
“Te doy cuatro mil pesos,” Homero dijo.
Jaramillo paro por un momento, en el que el sonido de una mosca volando por el desorden
se oía sobre sus pensamientos.
“Dámelos ya,” le dijo.
La chequera estaba entre las cajas de coca amontonadas cerca de la pared, dividiendo la
cocina del zaguán por el que se salía a la calle.
“Los quiero en efectivo,” Jaramillo dijo. “Me puedes confundir con cheques.”
“Eres malparido,” Homero dijo.
“Claro está.”
Los truenos interrumpían sus pensamientos de las viuditas ahogándose en el agua de las
cañerías, cuando Jaramillo conto la plata que Homero le había pagado por silenciar a la
prensa.
“No debes de salir del país,” le dijo.
“Estaba limpiando la maleta,” Homero dijo.
“Cobarde,” Jaramillo dijo.
“Nueva York me acogerá,” Homero dijo.
“Te puedo llevar a donde los ingenieros,” Jaramillo dijo.
Un relámpago termino con la paz del almacén, el ruido del trueno retumbando por todo
sitio, pero Dios tiene que ser misericordioso con los pecadores de los tugurios.
“Debes de echarle la culpa a las lluvias,” Homero dijo.
“No controlas las nubes,” Jaramillo dijo.
El escribió su reporte sobre la mesa llena de papeles y otras cosas que no se sabía que
eran, al tiempo que Homero no se iría todavía a Nueva york.

107

Alicia
Una mujer vino al almacén al día siguiente, con buenas tetas y la línea de sus calzones se
le veía debajo de la falda.
“Se llama Alicia,” Miguel le dijo. “Lo quería ver urgentemente.”
Homero le miro sus pezones oscuros que se le notaban a través de su blusa y pensó que la
podría tocar antes del desayuno.
“La tragedia no ha sido su culpa,” ella dijo
“Quiere un café?” él le pregunto.
“Gracias, don Homero.
Alicia le mostro sus muslos al cruzar las piernas y el corazón de Homero latió más
rápidamente.
“Ha sido nominado para una medalla,” ella dijo. “La ceremonia será en la librería.”
“Esta tragedia me está matando,” él dijo.
Homero le toco su falda de arandelas y tela fina hecha en su casa, aunque las viuditas se
hubieran ido al cielo hacia unos días.
“Don Homero,” ella dijo.
“Miguel no sabrá.”

108
“Miguel?”
“Mi empleado.”
Después de saborear el perfume de su cuello, el sintió sus senos, mientras Alicia rezaba el
rosario para que Dios la protegiera de los hombres malos del mundo.
“Ave María gracia plena,” ella dijo.
Ambos quedaron callados, esperando que Dios interrumpiera ese momento en el que
Homero le quería hacer cosas malas, sin importarle la muerte de las viuditas.
“Yo no duermo con desconocidos,” Alicia dijo.
“Pues ya me conoce.”
“Ese no es el caso.”
El universo de homero se sintió triste. Las mujeres ni siquiera le agradecían esos
momentos de felicidad, a pesar del sacrificio de los inocentes al dios de las lluvias en uno de
los días más tristes de su existencia.
“Estamos hechos el uno para el otro,” él le dijo.
“Estarás loco.”
Homero la abrazo sin ponerle cuidado a sus quejas, su voz perdiéndose entre el ritmo de
los tambores y el olor a coca, hasta que el placer se disipara lentamente.
“Llegaremos tarde,” ella dijo.
“Ya lo sé.”
Ella jugaba con sus sentimientos, cuando se vestía como una doncella de cita con su
príncipe en algún lugar del mundo.
“He dicho que no, don Homero,” ella dijo.
“Es muy tarde,” el dijo.
Sus labios bajaros por el estomago, antes de que ella lo mandara sobre unas cajas que
habían llegado esa mañana.

109
“Ya me voy,” le dijo.
“Le doy plata.”
“Pues voy a la policía.”
Homero esperaba que ella le perdonara ese momento de locura, a pesar de lo que había
pasado el día que las lluvias en una noche que nunca olvidaría.
“Perdóname,” le dijo.
“Tiene que pensar en la librería,” ella dijo.
“Señoras y señores,” Homero dijo. “Dios nos mando la lluvia en la que se ahogaron los
inocentes.”
Alicia escribía lo que él decía en una libreta de colores que había sacado de su cartera,
ajena a que Homero la quisiera desde el primer momento de su existencia.
“Tenemos que prolongar esto,” él le dijo.
Alicia paro de escribir con el lápiz en su mano.
“No quiero más trucos,” le dijo.
Homero pensaba en su entrevista con los periodistas, mientras que ella escribía sin
importarle sus sentimientos, y el sol se ocultaba atrás de unas nubes negras que habían
aparecido afuera de la ventana.
“Si me quieres?” él le pregunto.
“No.”
“Cásate conmigo.”
Homero la beso antes de que ella le contestara su propuesta de amor.
“El padre Ricardo lo hará,” le dijo.
“Ahora?”
“Cuando acabe con la misa.”

110
Homero había intentado casarse con el mismo para pagar menos impuestos, los ojos de
Alicia perdiendo la intensidad de hacia solo unos minutos.
“Nos esperan en la librería,” le dijo.
Homero sonrió. “Ya lo sé.”
El siguió con la narrativa de su existencia desde que había abierto sus ojos a la oscuridad
del eclipse en ese día que nadie olvidaría por mucho tiempo.
“Que eclipse?” ella le pregunto.
“El del momento de mi nacimiento,” el dijo. “Aunque fue en el jardín.”
“No entiendo.”
El la beso esperando que la senda hacia su corazón se compusiera en la realidad de ese
momento.
“He llegado a este mundo,” Homero le dijo. “Después de abandonar el limbo inter
dimensional.”
“Me gusta la ciencia ficción,” ella le dijo.
Homero le conto su historia desde los comienzos del tiempo, en el que el que nadie mas
existía.
“Esto es la realidad, Don Homero,” ella le dijo. “Y no el mundo de tu sueños.”
“Nunca dije que era.”
Homero la beso otra vez, sus manos bajando por su cuerpo, al tiempo que su lengua
saboreaba sus curvas y ella le rezaba al espíritu santo que está en los cielos.
“Dime que me amas,” él le dijo.
“Mmmm,” ella le dijo.
“Que te gusta.”
“Don Homero.”
“Para que me quieres.”

111
“No hay mas coca,” Miguel dijo.
Homero volvió a la realidad, en la que su empleado había interrumpido su romance con la
mujer que lo quería condecorar por la muerte de las viuditas.
“Don Homero,” Alicia le dijo. “Tiene que pensar en que les dice a la gente.”
Homero asintió. “Ya lo hare.”
Ella se arreglo el vestido, antes de abrirse camino por entre unas cuantas cosas que habían
llegado esa mañana y el pensaba en su coca.

La conferencia
El mundo aplaudió al hombre más importante de la ciudad, la pena de las viuditas lejos de
sus corazones por unos momentos en los que el sol de Homero brillaba en la ciudad.
“Aquí tenemos a nuestro apóstol,” Alicia le paso el micrófono.
Homero tocio unas cuantas veces, aclarando su garganta.
“Queremos conmemorar a nuestros hermanos y hermanas que han tenido mala suerte en la
vida,” les dijo. “Porque se irán directamente al cielo.”
La audiencia aplaudió, pero a Homero todo le daba vueltas y le paso el micrófono a Alicia.
“Nuestro apóstol no se siente bien,” ella dijo.
Homero se esperaba que Alicia lo ayudara, cuando se sentía más malo que las víctimas de
las lluvias.
“Tómese esto,” alguien le ofreció una taza de té para su garganta.
“Se lo agradezco,” Homero dijo.
El se tomo el té de hierbas, oyendo a la gente de la ciudad hablar de su amor por los
pobres, que el diablo quería destruir con el agua de los cielos.
“Le damos a nuestro apóstol un cheque de miles de dólares para que construya más
casas,” Alicia interrumpió.

112
Homero aceptó la plata con lágrimas en sus ojos, aunque todo se acabaría en siete
minutos, de acuerdo a la biblia.
Algunas reinas de belleza aparecieron en medio de la música que la orquesta tocaba y por
el valor de miles de pesos ofrecieron al público unas tazas de agua hirviendo, para salvar a las
viuditas que las lluvias habían tratado de exterminar.
Homero se sentó a meditar acerca de sus ganancias como el patrón de los tugurios, aunque
no había sido su culpa que la gente se hubiera ahogado o de que lo quisieran volver un
millonario. La reina de la caña de azúcar le trajo una botella de aguardiente para refrescarse
la garganta, después la muerte de los inocentes, castigados por el diablo.
“Siéntate encima mío,” Homero le dijo.
“Estoy ocupada,” ella dijo.
El la empujo y ambos acabaron debajo de la mesa, donde los invitados trataban de ayudar
a los damnificados.
“Eso no fue gracioso,” ella dijo.
“Le daré plata,” él le dijo.
“Cuanto?”
“Miles de pesos.”
“No le creo.”
El público aplaudiendo a las reinas interrumpió la conversación acerca de la plata que
Homero había traído a la fiesta.
“Nuestro apóstol esta debajo de la mesa,” alguien dijo.
“Tome mas sopa,” una chica le ofreció una taza de agua hirviendo.
Homero esperaba que no se quemara la lengua, después de sentarse a la mesa con el resto
de la gente, cuando el padre Ricardo apareció a su lado, como un emisario del demonio.
“Construiremos mas casas con la plata que reunamos hoy,” Homero le dijo.

113
“Lo más importante es traerles la luz eléctrica,” el padre Ricardo dijo.
“Están acostumbradas a leer con vela,” Homero dijo.
“Eso es malo para los ojos.”
“También necesitan agua y inodoros,” Homero dijo.
“El señor las ayudara.”
Homero pensaba en robarles electricidad a los barrios ricos, para llevársela a las viuditas,
pero el padre Ricardo hablaba del electricista y el plomero.
“Hay gente que lo hace barato,” le dijo.
Unos ingenieros podían instalar la electricidad por unos cuantos pesos, dejándoles a ellos
la plata del banquete.
“Es por el bien de la humanidad,” el padre le dijo.
“Ya lo sé, padre.”
Homero necesitaba un aviso nuevo para su almacén y otras cosas para su negocio.
“Dios querrá que su casa este en buen estado,” el dijo.
El padre Ricardo asintió. “Los periódicos no lo tienen que saber.”
Fue así como Homero hiso las paces con la iglesia, prometiéndole un porcentaje de las
ganancias al padre Ricardo, que seria para el bien de todo el mundo.
“Dos y dos son siete,” le dijo.
“Ya entiendo tu filosofía,” el padre Ricardo le dijo.
La fiesta siguió alrededor de ellos, la reinas de belleza alegrándolo todo con sus vestidos
comprados en los mejores almacenes de la ciudad.
“Estas son las ultimas noticias,” alguien interrumpió la comida. “Los sobrevivientes están
alojados en la iglesia.”
“Eso lo sabemos,” el padre Ricardo dijo.
“Tienen camas donde duerman?” Homero le pregunto.

114
“Mi empleada les consiguió unos cuantos costales del mercado.”
“Jesús Cristo no estará contento.”
“No hay plata para nada mas.”
Entonces el padre Ricardo saco una libreta de su hábito para apuntar todo lo que harían
con las ganancias de las viuditas, aunque Dios misericordioso las ayudaría en sus horas de
pena.
“Necesitan electricidad y baños,” el escribió en su libreta.
“Nos costara mucha plata,” Homero le dijo.
El padre Ricardo hizo las cuentas de los pesos que tendrían que invertir en el proyecto,
para ayudar a las familias a salir adelante.
“Puede pintar la iglesia primero,” Homero le dijo.
El padre Ricardo lo oyó hablar de la importancia de tener la casa de Dios en buen estado,
si es que quería salvar almas.
“Las viuditas tendrán sus baños más tarde,” Homero dijo.
“Y la electricidad también,” el padre dijo.
“Quieren más sopa?” una de las reinas de belleza interrumpió la conversación.
La chica les trajo más agua hirviendo para que se quemaran la boca, diciéndoles como el
consomé les compondría la salud.
“Te tienes que sentar acá,” Homero le dijo.
La chica asintió. “Tendré que servirle la sopa a la gente.”
El padre Ricardo seguía discutiendo lo que harían con la plata de la fiesta, antes de que
Homero conquistara a las chicas.
“La iglesia parecerá nueva,” Homero le dijo.
“Eso espero,” el padre le dijo.
“Y las viuditas estarán bien en el futuro.”

115
“Claro que si.”

Casas para las viuditas
La gente de la nación le había echado la culpa a las lluvias por la tragedia en la que se
habían ahogado las familias de las viuditas, exonerando a Homero de cualquier cosa que
hubiera podido tener en el asunto. La naturaleza castiga a los tugurios, decía en los titulares
de los periódicos que Miguel había traído esa mañana, unas cuantas fotos de los damnificados
por la tormenta adornando las páginas en blanco y negro.
“Santa María madre de Dios,” una voz dijo.
Amelia apareció entre las cajas de coca que Miguel había dejado allí más temprano,
peinándole el pelo a una muñeca rubia, que le habían regalado en la iglesia.
“Dos y dos son siete,” Homero dijo.
“Eres chistoso, Tío Homero,” ella dijo. “Cuando te casaras otra vez?”
El la oyó hablar de las cosas buenas que Dios todo poderoso le daría en el reino de los
cielos, si era una buena persona.
“Quien ha dicho eso?” le pregunto.
“Me lo ensenaron en el colegio.”
“Uno, dos,” ella dijo antes de saludarlo a estilo militar, sus ojos negros llenos de seriedad.
“Siempre sales con tus cosas,” Homero le dijo.
“Los soldados del batallón marchan así.”
“No entiendo.”
“Cerca de las montañas.”
Los soldados les daban mal ejemplo a los niños del barrio, mientras que Homero trabajaba
como un loco, para ganarse su plata de manera honrada.

116
“Quiero tu primera moneda,” Amelia dijo.
“La heredaras un día.”
“Que día?”
“Cuando me muera.”
Homero le explico del tío Hugo, visitándolo en su niñez para darle la moneda, al tiempo
que ella marchaba por la cocina.
“Me acordare de esto cuando el sol asuste al mundo,” ella le dijo.
La niña paro su carrera desenfrenada, su pelo cubriéndole parte de la cara, como si
estuviera inspirada.
“Todo se acabara algún día,” ella le dijo.
“Ya lo sé,” El dijo.
Homero tenía que acabar de sumar sus ganancias en la libreta de apuntes que había
heredado de su madre, en vez de estar perdiendo el tiempo.
“Conocerás a mi ejercito un día,” Amelia le dijo.
“Antes del fin del mundo?”
“Eso espero.”
El tiempo les podría jugar trucos, como dirían los papeles que Homero había guardado
entre la ropa limpia de la maleta que tenia lista en caso de emergencia.
“Ya puedo escribir un padre nuestro,” Amelia interrumpió.
“Muy bueno,” Homero dijo.
“San Pedro me recibirá en el cielo.”
Me tendrán que dar plata para construir casas mejores, Homero pensó después de
encontrar su sombrero que se había caído por las cajas de coca y la niña seguía marchando
por la habitación.
“Quiero ver a las viuditas,” Amelia dijo.

117
“Tendrás que crecer primero.”
“Ya he crecido,” ella dijo. “Soy un sargento.”
“En tus sueños.”
“Que Dios lo bendiga,” Miguel apareció con algunas cajas en sus brazos.
Homero sonrió. “Pues que sea antes del fin del mundo.”
“No diga esas cosas.”
Homero salió a la calle donde los vendedores tenían que trabajar para alimentar a sus
familias en los tugurios.
“Que viva Homero,” todos dijeron.
“Estoy de afán,” el les dijo.
El sol brillaba sobre las nubes esparcidas por el firmamento, haciéndolo olvidar de sus
problemas, que serian peores que el infierno del que hablaba el padre Ricardo durante sus
sermones en la iglesia.
“Soy ciego,” un hombre se le acerco.
“Debes de ir al médico,” Homero dijo.
El hombre se postro en su camino, no dejando que fuera a los tugurios esperándolo detrás
de las casas bonitas con sus jardines llenos de flores.
“Que quieres que haga?” Homero le pregunto.
“Cúrame.”
“No soy medico.”
Homero le dijo unas cuantas cosas para calmar su enfermedad, como lo haría una estrella
de Hollywood, pero luego el hombre bailaba por la calle, proclamando que veía todo en
tecnicolor.
“Eres el mesías,” le dijo.
“Ja, ja,” Homero dijo.

118
“Que viva Homero,” todos dijeron.
Él seguía por la calle, donde la gente se persignaba, como si fuera uno de esos santos a los
que las viejitas les encendían velas en la iglesia, después de poner monedas en una caja de
lata. Los niños hicieron una rueda alrededor suyo para verle la cara al apóstol de los pobres,
que ellos amaban con toda su alma.
“Queremos tomar fotos,” unos periodistas le dijeron.
Homero no los había visto en su afán por llegar a los tugurios, en los que el fin del mundo
llegaría el día menos pensado.
“Eso les costara,” Homero dijo.
“Cuanto?”
“Miles de pesos.”
Homero poso con los niños, mientras les sonreía a las madres que los dioses le ayudarían a
llevar a la cama.
“Viva Homero,” todos dijeron.
Las cámaras tomaban fotos, cuando una mujer le dejo los labios rojos del beso que le dio.
“Muchas gracias, Don Homero,” ella dijo.
Homero pensaba en las casas hechas de barro de las viuditas, mientras que los relámpagos
iluminaban el cielo, y el cieguito le contaba a la gente la misericordia del santo de los
tugurios. Barrio de las viudas, Homero leyó en un aviso sucio al final de la calle, inundada
por las lluvias en las que habrían perecido unos cuantos pobres.
“Mi familia vivía aquí,” la mujer le mostro con sus manos blancas de tanto lavar la ropa
en las aguas contaminadas del rio.
“Lo siento mucho,” él le dijo.
“Se salvaron por la misericordia de Dios,” ella dijo. “Han buscado refugio en la iglesia.”

119
Homero pensaba en un ser malo como Dios, matando a sus pobres cada vez que llovía,
aunque esta gente no entendía nada de eso.
“Tengo que morir antes de que me canonicen,” Homero le dijo.
Todos hablaban de sus milagros en la ciudad, cuando él quería plata y la gente se prostraba
a sus pies.
“No soy santo,” les dijo.

120

El negocio de las viuditas
Las viuditas hacían que Homero pagara menos impuestos. El les había pedido a las
madres que firmaran algunos documentos, pero la mayoría de ellas no sabían leer y pusieron
garabatos al lado del lenguaje legal que sus abogados habían inventado para que se
enriqueciera, al tiempo que los niños jugaban en el barro, sin importarles la porquería a su
alrededor.
“Quiere un café?” una de las mujeres le pregunto.
Homero entro a la vivienda de una viudita con buen culo. De pronto se lo podría tocar,
cuando los niños estuvieran distraídos haciendo sus quehaceres en el medio del barro o
trayendo el agua de un pozo en el potrero.
“La tragedia no fue culpa de nadie,” él le dijo.
“Ya lo sé.”
La familia tenía que luchar contra los elementos. El niño mayor iba a la escuela pero los
pequeños se quedaban en la casa ayudándole a su madre a barrer el lodo y jugaban con el
conejo.
“Yo no sabía que tienen un conejo,” Homero dijo.
La mujer sonrió. “Es de las alcantarillas.”
Una niña se le acerco con una rata en sus manos, pero podía tener peste de rabia o alguna
otra enfermedad terrible, mientras que la mujer le trajo algo en una bandeja barata del
mercado.
“Debe de tomarse esto,” le dijo.
Homero aceptó el café en una taza de colores, esperando que el agua hirviendo hubiera
matado los gérmenes.

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“Gracias,” le dijo.
Tendría que salir de allí antes de que muriera de disentería pero la viudita quería hablarle
de su vida en medio de la tragedia.
“No perdí a ninguno de mis hijos,” le dijo.
Homero asintió. “Dios es grande.”
El ratón salto al lado de Homero, haciendo que botara sus papeles al suelo.
“No hace nada,” la viudita dijo.
Homero le toco el pezón que se le había salido de la blusa, esperando que ella le dijera
algo pero la mujer permaneció callada.
“Le daré plata,” él dijo.
La viudita lo llevo a una habitación sin ventanas, y con una cama en la que se veía la
mugre de los siglos.
“He encontrado otro,” un niño interrumpió la escena.
Un ratón le caminaba por las manos, su cola meciéndose por su pecho.
“Hemos tenido Antonio por unos meses,” la viudita dijo.
“Quien?”
“La rata,” ella dijo.
Homero esperaba ver más cosas entre las sombras alrededor suyo, pues a la gente pobre
no le interesaba vivir de cualquier manera. Entonces ella le abrió la cremallera de sus
pantalones.
“Es muy grande,” le dijo.
“Lo sé.”
La mujer lo llevo al cielo de su mundo en pocos minutos, pero todo quedo en silencio
después de la cúspide de su satisfacción, cuando el reloj continuaba su marcha hacia el final

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del mundo. Él le dio algunos de los pesos que le habían sobrado después de comprar el
periódico esa mañana, y antes de que los niños les mostraran más ratas de las alcantarillas.
“Muchas gracias, Don Homero,” ella dijo.
El no sabía por qué le daba las gracias, si todo parecía malo en su mundo.
“Debes de venir a verme,” le dijo.
“Se lo agradezco otra vez,” ella dijo.
Homero se lavo las manos en un balde de agua al lado de la cama, alistándose para que la
mujer firmara sus papeles, adornados por la mugre del suelo.
“Tiene que firmar acá,” le dijo.
“No puedo leer, Don Homero.”
“Es para mejorar sus vidas.”
“Usted es un santo.”
Uno de los niños la ayudo a escribir la inicial de su nombre, que lo habría aprendido en la
escuela embarrada del tugurio.
“Ya sé el abecedario,” le dijo a Homero.
El niño escribió unas palabras en una libreta que tenia, adornada por unos cuantos dibujos.
“Mis hijos van a leer primero que yo,” la mujer dijo.
Homero le explico cómo los papeles le ayudarían en su vida cotidiana, llena de miseria y
angustia por los problemas del mundo.
“Necesitamos agua y luz,” ella dijo.
“Eso lo hare.”
“Cuando nos la pondrán?”
Homero escribió unas cuantas sumas y restas, hasta que el papel estaba lleno de garabatos,
para explicar donde se iría la plata recolectada durante los últimos meses por la gente buena
de la ciudad.

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“Para eso ha firmado,” él le dijo.
“Ya me lo imaginaba,” ella dijo.
La cifra que él había escrito, con unos cuantos ceros, seria para ayudar al barrio de las
viuditas, que Dios había castigado el fin de semana, mientras sus hijos iban con hambre al
colegio.
“Donde están los niños?” Homero pregunto.
“Jugando con el conejo,” ella dijo.
Homero le besaba los pezones, sus dedos tocándole los puntos eróticos que había leído en
la iglesia, acerca del amor santo de los apóstoles con las mujeres del señor.
“Todos están afuera,” ella dijo.
Homero continúo su juego sexual, las voces de los niños acompañándolo en su misión de
amor en los tugurios.
“Me olvidara apenas se vaya,” ella dijo.
“No se preocupe.” Homero dijo. “La recordare por muchos años.”
La plata de las viuditas le ayudaría a conquistar el mundo, como sus padres lo querían
hacer, antes de que el padre Ricardo los matara con su religión. El placer de Homero le hiso
olvidar su misión en los tugurios, construidos en el nombre de Dios todo poderoso.
“Me tengo que ir,” el dijo.
“Tendrá una sorpresa un día,” ella le dijo.
“Que sorpresa?”
“Ya verá.”
La mujer leía las palmas de las manos y tenía otros poderes psíquicos, con los que se
defendía de día a día, a pesar de la ayuda de la gente rica como Homero. Los papeles que las
mujeres firmaron lo dejaron libre de los impuestos, pues gastaba más que lo que ganaba de
acuerdo a los documentos que había llevado a las barriadas. Las cajas que venían del puerto,

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llenas de mercancía para su almacén tenían letreros que decían: esta es la comida para los
pobres de Colombia. Cuídela. Cajas llenas de comida llegaban a veces, que se vendían a
muy buenos precios a los clientes de Homero. Los aduaneros nunca pensaban en las cosas
que Homero traía al país, mientras su plata se multiplicaba en el banco y el almacén parecía
un bazar donde se podía encontrar desde el mejor auto hasta la última moda de Francia.

125

Lola
El nombre de Homero se había vuelto sinónimo en el país, con el amor y la caridad por su
labor con las viuditas, mientras que lloraba en frente de las cámaras, o recitaba el padre
nuestro en la radio cada vez que podía. Todo el mundo compraba el país cuando aparecía en
la primera página del periódico en compañía de las viuditas, pero el ruido de las campanas
llamando a la gente a misa lo despertó de su sueño matutino, acerca de los desafortunados del
mundo.
Una foto en el periódico le llamo la atención. Fray Serapio, el cura gordinflón que se la
pasaba hablando con las mujeres de la iglesia, pero nunca hacia nada por la gente de los
tugurios, posaba al lado de unos niños desafortunados.
“Fray Serapio ayuda a los que no saben escribir,” Homero leyó en voz alta.
Eso era típico de ese representante de Dios en la tierra, sin interesarle a quien pudiera herir
en este universo en donde los que no creían en Dios se iban al infierno, de acuerdo a lo que
decía la biblia.
Homero abrió el libro que el padre Ricardo le había dado un día en el que no tenía nada
más que hacer, a pesar de que las almas de sus fieles se deslizaban hacia una eternidad de
sufrimientos en el infierno. Unas palabras en el Éxodo 21 le llamaba la atención, sobre la
mejor manera de vender sus esclavos.
“Los tiene que traer a la puerta, donde su amo les perforara su oreja con un chuzo,” los
ojos de Homero se llenaron de lagrimas de no poder vivir en el mundo de la biblia con sus
leyes asquerosas.
El puso el libro en la mesa, esperando que algún cliente entrara al almacén a esa hora de la
mañana, cuando la noche anterior se la había pasado tomando aguardiente al lado del árbol

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del patio. Se ha debido de dormir, porque el ruido de los autos en la calle lo arrullaban en sus
sueños.
En ese momento abrió los ojos y la chica más linda del mundo lo miraba afuera de la
ventana, antes de que la aparición se esfumara por entre la gente de la calle. Homero no
podía creer lo que había visto en aquellos momentos, en los que ha debido de estarla soñando.
“Que le pasa, Don Homero,” Miguel le pregunto.
Su empleado estaba a su lado con una de las cajas de coca que el camión había traído
hacia poco.
“Vi a una chica lindísima,” Homero le dijo.
“Te la soñarías,” Miguel le dijo.
“No ha podido ser,” Homero dijo.
“Así son los sueños,” Miguel dijo. “Se esfuman en un momento.”
Homero le describía todo acerca de la doncella que había visto fuera de la ventana, con el
pelo más negro que la noche y los ojos más lindos del mundo.
“Caminaba así,” Homero imito a la doncella escapándose de su vista.
“Le daré plata al que la encuentre,” Homero le dijo.
“Se llama Lola,” Miguel le dijo.
“Es que la viste?”
“Todo el mundo está enamorado de Lola.”
Miguel traía la coca del camión parqueado afuera del almacén, mientras que Homero
buscaba su billetera.
“Cuanto quieres?” le pregunto.
“Tu sueño no tiene precio.”
Miguel puso las cajas de mercancía a sus pies. Murmurando algo del que sueña mucho y
trabaja poco.

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“Vende ropa fina en el mercado,” le dijo.
“Creo que la viste,” Homero le dijo.
Miguel le dio la dirección donde la chica trabajaba, antes de acomodar las cajas al lado de
los mostradores.
“María sabe cocinar y limpiar la casa,” le dijo.
“Un día se conseguirá un buen marido,” Homero le dijo.
“Lo haría si fuera virgen.”
“Que no he hecho nada con ella.”
“Mentiroso.”
Homero tenía que encontrar a la mujer de sus sueños, antes de que se esfumara entre las
otras cosas de su mente.
“Es que ha cambiado mucho desde tu visita a la selva,” Miguel interrumpió sus
pensamientos.
“Quien?”
“María,” Miguel le dijo. “Se lo pasa hablando de la senda que cogerá.”
“Eso está bien.”
Homero dibujo el camino que habría seguido, en medio de las vías en las que no había
María.
“La realidad se divide después de la observación,” le dijo.
“De acuerdo a sus teorías,” Miguel dijo.
“Y a lo que dicen los científicos.”
“A los que no les gusta la biblia.”
“Es que no es la palabra de Dios.”
Homero tenía que encontrar a la chica que había visto afuera de la ventana, cuando
pensaba en las cosas de su vida.

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“Donde trabaja Lola?” le pregunto.
Miguel puso más cajas de coca a su lado, como si no le interesara su vida.
“El almacén esta cerca de la librería y antes de llegar a la iglesia.”
Homero apuntaba la dirección en su libreta, llena de las sumas de plata, que había pagado
por la mercancía que Cesar le había traído de algún sitio exótico.
“Me habrá venido a buscar,” le dijo.
“Le gustara la plata.”
“Pues tengo otras cualidades.”
Homero examino las cajas de la mercancía, antes de peinarse en frente del espejo, que
María le había dado hacia unos días.
“La tienes que querer,” Miguel interrumpió sus pensamientos.
“A quien?”
“A mi hija.”
“No debo de mezclar el trabajo con mi vida privada.”
“Eso que ella lo piensa,” Miguel dijo.
Homero interrumpió sus preparativos, antes de encontrar la billetera que guardaba cerca
de la caja fuerte.
“Yo también la quiero,” Homero le dijo.
“No le juegues sucio.”
“La quiero a mi manera.”
El miro la dirección que su empleado le había dado, mientras que le hablaba de las
bellezas de su hija.
“Hay otros mundos existiendo al lado del nuestro,” Homero le dijo.
“Como los fantasmas le dijeron?”
“Pueda que si.”

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“Estarás loco.”
“Gracias.”

130

En busca de Lola
Homero salió a la calle, ignorando lo que su empleado le decía acerca de su hija, cuando
tenía que ser millonario antes del fin del mundo. Todo esto pensaba, al caminar por entre los
vendedores ambulantes ofreciéndole su mercancía, quemada por el sol.
“Como están las viuditas,” alguien le dijo.
“Están vivas,” Homero le dijo.
“Por la gracia de Dios.”
Homero no veía que tenía que ver Dios con las mujeres de los tugurios, al lado de las
cañerías de la ciudad, pero su interlocutor se había esfumado como por acto de magia. En
alguna otra versión de su existencia, Lola no habría cambiado para siempre el de su vida.
“Que viva Homero,” alguien le dijo.
Un grupo de gente se habían reunido al lado suyo, pidiendo su autógrafo en libretas o en
pedazos de papel.
“Eres famoso,” alguien le dijo.
Homero tenía que encontrar a la ninfa que había visto hacia unas horas, pero les firmo en
todo el sitio que querían.
“Las viuditas tienen suerte,” le dijeron.
Homero asintió, poniendo su firma en una tarjeta postal de la ciudad que alguien había
puesto bajo su nariz, como si fuera más famoso que los santos adornando la catedral del
pueblo.
“Estoy de afán,” les dijo.
“Danos la bendición,” alguien le dijo.
“En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo,” Homero les dijo.
“Amen,” todos dijeron.

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El se escapo por las calles del mercado hasta llegar a un almacén de luces amarillentas,
donde unos cuantos maniquís lo miraban entre las telarañas esparcidas por todo sitio.
“En que lo puedo ayudar?” una mujer le pregunto.
La chica de sus sueños tenía que estar atrás de los mostradores, si es que no se había
confundido de almacén.
“Quiero hablar con Lola,” el dijo.
La mujer lo miro con ojos oscuros, llenos de desconfianza por la humanidad.
“Aquí no está.”
“La vi entrar.”
“Voy a llamar a la policía.”
Lola salió de una habitación al final del corredor que iba hacia la puerta trasera con unas
cajas en sus manos, antes de parar al lado de Homero.
“Gusto en conocerla,” él le dijo.
“No sé,” ella dijo.
“Ya llamo a la policía,” la mujer lo amenazo con el teléfono viejo que tenia.
Homero saco unos cuantos pesos de su billetera.
“Quiero ayudar a su almacén,” les dijo.
“A mí no me compran,” la mujer dijo.
“Es para que pinten la entrada,” Homero señaló las paredes sucias.
La mujer lo miro seria, antes de poner la plata en la caja del mostrador.
“La puedo acompañar a la casa?” Homero le dijo a la chica.
“Estoy trabajando.”
“Cuando acabes.”
Lola coloco la ropa en el mostrador sin ponerle cuidado.
“Es mejor que se vaya,” le dijo.

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“La esperare afuera,” el dijo.
Homero puso más pesos en el mostrador con su alma en pena. Nunca había gastado tanta
plata en una mujer que no conocía, él pensaba al tiempo que su corazón desangraba.
“Ella tiene novio,” la mujer dijo.
Homero le tendría que hacer el amor entre los muebles de su casa, y antes de que el sol se
ocultara por una última vez. El polvo de polilla le picaba su piel al poner más plata sobre la
mesa.
“Es un general del batallón,” la mujer dijo.
“La veré más tarde,” Homero dijo.
La mujer murmuro algo, antes de que Lola guardara la plata en su cartera, atrás de unas
cajas de ropa nueva.
“Compra a las mujeres,” la mujer dijo.
“Pero le agradezco,” Lola dijo.
Homero les conto cuanto había sufrido en su vida, después de que sus padres habían
emigrado a un país que no conocían.”
“Es extranjero,” Lola dijo.
“Debe de tener plata,” la mujer dijo.
“Es que viajamos en un barco con muchos pisos y ventanas,” Homero les dijo.
El les mostro las pocas fotos que tenía en su billetera de las gaviotas cazando los peces
voladores, cuando la mujer le ofrecía una taza de té y Lola tocaba las fotografías con sus
manos suaves.
“Pero no tiene acento,” la mujer dijo.
Homero asintió. “He vivido aquí por mucho tiempo.”
Entonces todo pasó en cámara lenta, cuando Lola dejo que la besara y la señora le decía
que se le enfriaba el té.

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“Es aromático,” le dijo.
“A mi madre le gustaban,” Homero le dijo.
La mujer asintió. “Son buenos para su salud.”
Homero les narro las peripecias de su infancia en un país extranjero, en el que no tenía
muchos amigos.
“Pero lo hemos visto en los periódicos con las viuditas,” Lola le dijo.
“No me querían al principio,” Homero dijo.
“Es que pensamos que era un truco,” la mujer dijo.
La mujer conto la plata del cajero, aprovechando que no habían clientes, dejando que
Homero le tocara el cuerpo a Lola atrás del mostrador.
“Se tendrá que casar con ella,” la mujer le dijo.
“Yo decidiré eso,” Lola dijo.
Ella no protesto cuando Homero le toco sus senos.
“Que viene un cliente,” la mujer interrumpió.
La memoria de los fantasmas cantando sobre los arboles, le recordó del camino que había
escogido desde que había visto a Lola no hacía mucho.
“Quería conocer al hombre famoso de la ciudad,” Lola dijo.
“Ya lo conoce,” la mujer dijo.
“Y bastante bien,” Homero dijo.
El salió a la calle sintiéndose contento, aunque hubiera perdido la plata por culpa de una
mujer muy linda.

134

La vida de Lola
A Homero no le interesaba que Lola tuviera un novio, cuando la podía comprar con la
plata que había acumulado con sus negocios, gracias a las viuditas, los barcos y otras cosas.
Entonces ella salió del trabajo, moviendo su cuerpo de diosa del Olimpo entre los taxistas de
la esquina, que la miraban con ojos, hambrientos por sus encantos.
“Esto es para ti,” Homero le ofreció una rosa que había cogido en un jardín.
“Gracias,” ella dijo.
“Eres tan linda como un millón de pesos,” Homero le dijo.
El se sintió mal, no sabía si era por la mención de un millón de pesos o porque se había
masturbado la noche anterior.
“La puedo acompañar a su casa?” le pregunto.
Tenía que ser fuerte en frente de la mujer más hermosa de la ciudad al tiempo que le
admiraba su culo.
“Yo trabajo para pagar mis deudas,” Lola dijo.
Homero sonrió. “También soy pobre.”
Tendría que ser amor a primera vista, tal como decían las telenovelas, cuando ella paro al
frente de una casa blanca de ventanas anchas.
“Mi madre es muy estricta,” ella dijo.
Una mujer pequeñita y con buena cara les abrió la puerta, mostrando los dientes blancos
como los de su hija.
“He visto sus fotos,” la mujer dijo.
“Mi madre ha seguido su campaña de amor,” Lola dijo.
La señora le mostro sus piernas pero Homero solo tenía ojos para Lola, quien lo llevo a
una sala al lado del patio, donde algunas fotos adornaban la pared blanca con manchas de
humedad. Homero la miro tímidamente antes de tocarle las piernas.

135
“Mi madre,” ella dijo.
“Está en la cocina.”
El subió sus manos hacia sus calzones llenos de alforjas, antes de tocarle las caderas,
amplias como las de una estrella de cine.
“De pronto viene,” ella dijo.
“Tu madre?”
“No hace ruido cuando camina.”
Sentándose en el sofá, el se arreglo los pantalones que se habían arrugado con toda la
actividad, mientras ella miraba donde estaba su madre.
“Lo tenemos que hacer rápido,” Lola dijo.
Homero no podía creer su suerte, cuando ella miraba al cielo raso, que necesitaba una capa
de pintura, mientras él le hacía el amor, pero entonces lo hiso caer sobre el tapete con polilla,
que su madre habría limpiado esa mañana.
“Que es eso,” Lola señaló unos animalitos saltando entre su pelo.
“Me los pegaron las viuditas,” Homero le dijo.
“No me gustan.”
Homero pensó que se quejaba por nada. Sus negocios en los tugurios lo habían llenado de
plata y piojos.
“Comprare el veneno mañana,” él le dijo.
“Lo debe de hacer ya.”
Lola buscaba algo en los cajones, antes de que el la besara y ellos resumieron lo que
habían dejado de hacer hacia unos momentos, por culpa de los piojos.
“Que me los pega,” ella le dijo.
“Shhh,” Homero le dijo. “Me pondré el veneno tan pronto como llegue a la casa.”

136
Ellos llegaron al clímax al mismo tiempo, su camino por el continuo del tiempo
adquiriendo las luces del universo.
“Te lo agradezco,” él le dijo.
“Que mi madre viene.”
Ella le conto las dificultades que tenían por falta de plata, al tiempo que él se tomaba un té
que había sobre la mesa.
“No me pagan bien en el almacén,” Lola le dijo.
“Ya veré que hago.”
“Usted es un santo.”
La puerta se abrió y la madre de Lola apareció con dos vasos de aguardiente en una
bandeja azul.
“Estábamos hablando de las financias,” Lola dijo.
La señora les mostro sus senos al poner las copas en la mesita al lado del sofá.
“Mi hija se debe casar con alguien rico,” ella dijo.
“Madre...”
“Es mejor que lo sepa.”
La señora le conto su vida antes de que su marido se muriera de un ataque al corazón,
mientras que se secaba las lagrimas con su pañuelo.
“Lo extraño mucho,” ella dijo.
“Mi madre piensa que hemos vivido antes,” Lola dijo.
“No entiendo.”
La señora encontró unos papeles entre toda la ropa que tenía almacenada en un almario.
“Este es el mapa de la vida,” ella dijo.
“Es mi destino?” él le pregunto.
“Mi madre lo sabe todo.”

137
“Sabría que vendría hoy?”
La mujer se arreglo su blusa antes de poner unas cartas bocabajo en la mesa.
“Coge una,” le dijo.
Homero corrió su mano por entre las cartas, hasta que se decidió por una cerca de las
piernas de la señora.
“Estas rodeado por sombras,” ella le dijo después de ver la carta que había escogido.
“Nací durante un eclipse solar,” Homero le dijo.
“Eso lo explica todo.”
La electricidad se fue, dejándolos en tinieblas y una mano le esculcaba sus rincones
eróticos, al tiempo que Lola buscaba la vela en los cajones.
“Busca en el baño,” la señora dijo.
“Si es que las pusiste allí.”
“Creo que si.”
Homero oía a Lola escarbando en los almarios, botándolo todo al suelo y haciendo reguero
pero la lengua de la señora le daba placer.
“Señora,” Homero dijo.
“Cállate.”
El ruido ceso al tiempo que la luz de una vela se esparció por los rincones de la habitación.
Homero ya se había arreglado su ropa arrugada de tanta acción.
“Si pagaste la electricidad?” Lola le pregunto.
La señora asintió. “Nunca se me olvida.”
Ellos tendrían que agradecerle a la planta de energía por todo el caos que les causaba
muchas veces.
“Este es tu primer ciclo de vida,” la madre de Lola interrumpió sus pensamientos.
“Que tiene que ver con la falta de energía?”

138
“Aun no lo sé.”
Homero vio las sombras llenándolo todo.
“Coge otra carta,” ella le dijo.
Homero escogió una de atrás, esperando que su suerte fuera buena.
“Un niño te acompaña en las tinieblas,” ella le dijo.
“No entiendo,” Homero dijo.
“Madre,” Lola dijo
“Es Armagedón,” la señora dijo.

Homero está enamorado

139
Lola había cambiado su mundo de una manera impresionante, aunque la chica no le
refregara la espalda después de que él se bañara con el veneno para los piojos. Homero le
compro un helado a Lola en el parque, aunque el tomara un vaso de agua para no gastar su
plata, y viajo al lado de chofer cuando fue al puerto esa semana. Una vez en allí se quedo en
un hotel que costaba un poco más que los otros, un milagro para alguien que no le gustaba
gastar la plata. El chofer del taxi guardo el pedazo del coco que Homero le había dado, como
recuerdo de la generosidad del hombre más rico de la ciudad.
“Buena suerte, don Homero,” le dijo antes de se bajara del taxi en el mercado.
“Gracias,” Homero dijo.
La gente lo empujaba hacia algún sitio secreto que solo ellos sabrían, cuando el caminaba
por la calle a encontrarse con el amor de su vida.
“Mire por donde va,” alguien le dijo at tratar de pasar la calle sin mirar.
Lola apareció moviendo sus caderas como una princesa, haciendo que Homero corriera
por entre los transeúntes, que le decían muchas cosas no muy buenas, antes de asustar a las
palomas descansando al lado de la fuente del parque.
“Espérame,” él le dijo.
Lola seguía su camino sin ponerle cuidado, aunque él fuera el apóstol de los pobres de la
ciudad y que se la pasara haciéndole cosas buenas. Entonces la alcanzo antes de que ella
cruzara la calle.
“Te he extrañado,” él le dijo.
Ella le beso sus labios de bienvenida, dejando su lápiz labial en su cara, sin que al él le
importara.
“Te traje algo,” él le dijo.
Al darle el paquete que tenía en la mano, un pedazo de coco se cayó al suelo,
enmugrándose con el barro de la calle y rodando hasta la alcantarilla.

140
“Oh,” Lola dijo.
“Perdóname,” Homero le dijo.
Lola esperaba algo mejor de su novio rico en vez de un pedazo de coco con la mugre del
parque en sus poros.
“Es muy saludable,” él le dijo.
“Pero sucio.”
“Lo puedo lavar.”
Homero no comprendía como ella peleaba por algo tan sencillo como el coco,
representando su amor de la naturaleza y el universo.
“Tenemos que hablar,” ella le dijo.
Ellos se sentaron en uno de las bancas al lado de la fuente, donde los pajaritos se bañaban,
sin importarles la gente pasando por su lado, y el sol los castigara con sus rayos del mediodía.
“Dijiste que te casarías conmigo,” Lola dijo.
“Me tengo que divorciar primero,” el dijo.
“De quien?”
Lola se levanto, asustando a las ardillitas buscando nueces debajo de los arbustos.
“Déjame explicarte,” él le dijo.
“Traicionero.”
Homero le cogió sus manos, sintiendo el aroma del perfume que él le había comprado en
un momento de locura.
“Me he casado conmigo mismo,” le dijo.
“Mentiroso.”
“Pregúntale al padre Ricardo.”
La chica oyó la historia de su matrimonio en un día en el que le había querido pagar
menos impuestos al gobierno y la señora de Miguel había hecho el ponqué.

141
“No me quieres,” Lola dijo.
“Que si.”
“Te casarías conmigo.”
“Acá?”
Ella quería que Homero la llevara a la notaria a pocas cuadras de distancia, aunque
hubiera empezado a llover.
“Espera un momento,” él le dijo.
Lola corría por entre los hombres que le miraban las piernas con ganas de hacerle algo,
tropezándose con unas cuantas piedras en su camino.
“Que viva Homero,” una viejecita le dijo.
“Se me va,” el dijo.
“Quien?”
“Mi novia.”
Homero se zafó de la gente, que lo quería defender del mundo, pero Lola ya no se veía por
ninguna parte, dejándolo solo con su pedazo de coco.
“Llévatelo a tu casa,” Homero le dijo a la viejita.
“Gracias don Homero,” ella dijo. “Tiene que leer las escrituras.”
“Son jartas.”
“Pero curan el alma.”
Los relámpagos iluminaban la escena, mientras que Homero pensaba en esa desagradecida
que se le había escapado antes del final del tiempo, de acuerdo a los pronósticos de la señora
en busca de su cuerpo en una noche sin luz.
“Es Armagedón,” el dijo.

142
Lola le estaría contando a su madre todas las cosas malas que su enamorado le había
hecho, mientras el agua de la lluvia lo mojaba y él pensaba en las viuditas ahogándose si las
alcantarillas se desbordaban.
“Las tengo que salvar,” el dijo.
“A quien?” la viejita le pregunto.
Homero la oyó hablar acerca de un Dios cruel, castigando a sus hijos por sus fechorías, en
una noche feroz de la que nunca se olvidaría, pero el sol salió atrás de las nubes oscuras.
“Ya me voy,” Homero dijo.
“Anda con Dios,” la viejita le dijo.
La viejita hizo que se sentara a su lado, antes de hablarle de las llamas del infierno
incinerando su alma, después de su muerte.
“No soy tu hijo y Dios no existe,” él le dijo.
“Esa es una blasfemia,” ella dijo.
“Que es eso?”
“Estas calumniando hacia Dios todo poderoso.”
“Yo soy eterno,” Homero dijo.
“Nadie lo es.”
Homero le conto como había conocido el limbo antes de su nacimiento en el medio del
barro del jardín, en un día como cualquier otro en la historia del universo.
“Dile cuanto la quieres,” ella interrumpio su relato.
“Si cree que funcionara.”
Homero se levanto de la banca, deseándole un buen dia.
“Esta noche será larga,” ella le dijo.
“Ya lo sé.”
“No,” ella le dijo. “No lo sabes.”

143

La desgracia
Los hombres admiraban a Lola, cuando caminaba por la calle del mercado hasta llegar a la
iglesia, las viejitas chismosas mirándola con envidia, después de dejar al tacaño de Homero
en el parque. La casa de Dios estaba sumida en las sombras, el sonido de sus tacones
despertando a los pordioseros durmiendo la siesta en las bancas de atrás, antes de ella que se
arrodillara en el confesionario de madera, teniendo cuidado con las medias nuevas que
alguien le había regalado de cumpleaños.
“Padre,” ella le dijo a la sombra atrás de la cortina. “Yo he pecado.”
El padre Ricardo se movió en su asiento, esperando oír más cosas sin sentido, cuando el
tenia que ayudar a sus feligreses.
“Me he acostado con tres hombres al mismo tiempo,” ella le dijo.
“En la misma cama?”
“No padre,” ella dijo. “He visto al sargento durante el día, Homero por la noche al tiempo
que fray Serapio se ocultaba debajo de la cama.”
El padre Ricardo sabia que fray Serapio haría cualquier cosa con tal de acostarse con las
chicas de la ciudad.
“Que vas a hacer?”
“No sé.”
“Tienes que rezar.”
Ella rezo un padrenuestro, las lágrimas dejando su huella por su cara pero le tenía que
preguntar algo al padre antes de que el señor la castigara.
“Es cierto que Homero toca a las viuditas?” ella dijo.
“Creo que si.”
Lola sintió la rabia corriéndole por el cuerpo y le pego una patada al confesionario,
“Se irá al infierno con ese comportamiento,” el padre Ricardo dijo.

144
Lola tenía algo malo en su vida. Su periodo no había vuelto, a pesar de todas las cosas
que había hecho.
“Creo que estoy embarazada,” ella dijo.
El padre Ricardo salto con el sonido de su voz. La chica si tenía muchos problemas.
“Es de fray Serapio?” él le pregunto.
Lola movió la cabeza. El cura practicaba coitos interruptus, aunque dejara la cama
húmeda después de que hicieran el sexo.
Lola lloro. “No sé qué hacer.”
El padre Ricardo le haría un exorcismo pero ella quería un aborto. No había nada más que
se pudiera hacer en esa situación.
“No le digas a Homero,” ella dijo.
“Tienes que rezar.”
Lola se arrodillo en el banco, mostrándole parte de sus piernas, donde le pidió a Dios que
le resolviera sus problemas.
“Quiero un aborto,” ella dijo.
Lola no quería ser la madre de un hijo del diablo y rezaba con toda su alma.
“Jesús Cristo,” ella dijo. “Seré una monja si me ayudas.”
Lola esperaba que los cielos la castigaran por tener pensamientos en contra de un alma que
no había nacido y cuando salió de la iglesia, relámpagos iluminaban su camino. Un niño
pequeño y con pecas en su cara la paro en la esquina.
“No me molestes,” ella dijo.
El pequeño la seguía por entre los transeúntes, haciendo sus compras.
“Dos y dos son siete,” ella pensó.
Esa frase la había oído en algún sitio, aunque no estaba segura en donde, hasta que llego a
su casa donde su madre estaba haciendo el almuerzo.

145
“Quieres arroz con pollo?” la madre le pregunto.
“No tengo hambre.”
Lola rompió las tarjetas que Homero le había dado durante su noviazgo, llenas de cosas
sin importancia.
“Ya lo has hecho antes,” la mujer le dijo. “Te acuerdas del abogado, el policía y el
soldado?”
“Homero es el diablo,” Lola le dijo.
Después de votar el pedazo de coco que Homero le había traído del puerto en la basura, y
las fotos que él le había regalado, ella salto desde el asiento, torciéndose su tobillo. El dolor
despertándola del sueño en el que se había sumido, desde que se había enterado de su suerte.
“Estás embarazada?” la madre le pregunto.
“Creo que si.”
“El brujo lo matara.”
Lola tomo el aceite de pescado que había encontrado entre los remedios y salto del sofá al
suelo.
“Uno de tus novios se puede casar contigo,” la mujer le dijo.
Lola paro su comportamiento loco para pensar en las consecuencias de sus acciones,
cuando Homero era estúpido, y el sargento del batallón la quería mucho, aunque comandaba
un ejército de cabrones.
“Volveré con el sargento,” ella dijo.
“No tiene plata.”
Lola se sentó al lado de la mesa, en la que su madre había puesto las cartas de su suerte,
incluyendo las que concernían la plata de Homero.
“Mañana lo visitaremos,” la mujer dijo.
“Podría ser muy tarde.”

146
Lola señaló una de las cartas sobre la mesa, diciéndole algo de su futuro en relación a
Homero.
“Se nos escapara,” ella dijo.
La mujer puso las cartas sobre la mesa otra vez, esperando que les dijera algo mas de la
suerte de Homero.
“Le llegaremos temprano,” ella dijo.
“Que no estará en su casa.”
“Eso veremos,” la madre dijo.
Lola se tomo la sopa que ella le preparo, cuando el estomago le dolía por todo lo que había
hecho.
“Puede ser del sargento,” ella dijo.
“Eso es de Homero,” la mujer dijo.
Lola lloro por todas las veces que lo habían hecho sin usar alguna protección, aunque ella
pensó que Homero la haría su esposa.
“Ese cobarde,” ella dijo.
“La vida le pagara,” la madre dijo.
“Eso espero.”

La despedida de un héroe

147
Llovió esa noche, los cielos abriendo sus puertas al agua estancada en las nubes y los
truenos iluminaban los sueños de Homero, en los que corría del sargento persiguiéndolo por
el infinito. El ruido de su empleado abriendo el almacén lo despertó temprano, cuando su
cuerpo le dolía tanto como la miseria de su alma.
“Tengo malas noticias,” Miguel le dijo.
Miguel se sentó al lado de la cama, con un periódico en su mano: La muerte de los
inocentes, decía en letras grandes acompañadas de unas cuantas fotografías de la tragedia.
“Anoche llovió,” Miguel dijo.
Homero se sentó en su cama, el mundo dándole vueltas, pues podría ir a la cárcel por su
incompetencia con las viuditas, si los periodistas no acababan con su vida.
“Ya querrán mi sangre,” le dijo.
El tenía que actuar rápido, antes de que vinieran a llevárselo a la cárcel, porque las
viuditas no tenían las cosas necesarias para su supervivencia, aunque Miguel parecía estar en
control de la situación.
“Tendrás que disculparte,” le dijo.
Homero se imaginaba a los habitantes de los tugurios juzgándolo por algo que no era su
culpa, pues Dios los había inundado con el agua de las nubes, envidiosas de sus hazañas en
este mundo. Otro titular del periódico le llamo la atención: Hitler castiga a Europa, decía en
medio de los horrores de las lluvias. Homero había oído hablar al padre Ricardo de los
Nazis, en esos sermones que lo hacían dormir, aunque tratara de no cerrar los ojos con toda su
voluntad.
“Es una guerra mundial,” Miguel le dijo.
Amelia apareció a su lado, con una gorra miliar.
“Un, dos…,” ella dijo.
“Me voy ya,” Homero dijo.

148
“Para donde se va?” la niña le pregunto.
Él les mostro las fotos que el Tío Hugo le había mandado, de ese país al otro lado del mar,
lleno de dólares y estrellas del cine.
“Siempre los protegeré,” Homero le dijo.
“Como Dios lo hace?”
“Pues si.”
“Me tiene que escribir, tío Homero.”
Homero prometió aumentarle el sueldo a Miguel si cuidaba su almacén, para el bien de su
familia.
“Le daré mi teléfono dondequiera que este,” le dijo. “O le mando un telegrama.
“Que le diré al mundo?” Miguel pregunto.
“Estoy muerto.”
María entro en ese momento, con una blusa donde sus encantos se veían bajo la luz del
sol, haciendo que Homero la codiciara más, a pesar de las malas noticias.
“Se va al otro lado del mundo,” Amelia le dijo.
María puso los platos que tenía en la mano en la mesa, prometiéndole muchas cosas a
Homero, si se quedaba en la ciudad.
“Las viuditas se murieron,” Miguel le mostro el periódico.
“No ha sido su culpa,” María dijo.
“La gente no lo verá así,” Homero dijo
El empaco su maleta con todo lo que necesitaría para su viaje a otras tierras, donde tendría
que probar su suerte, mientras Miguel se perdía en la oscuridad del almacén.
“Cásate conmigo,” ella dijo.
Amelia paro su marcha por la cocina, sus ojos negros llenos de alegría.
“Tiene que hacerlo, tío Homero.”

149
“Que lo oye tu padre,” Homero dijo.
María sonrió. “Está ocupado en el almacén.”
“Es por el bebe?” Homero le pregunto.
María apretó su delantal contra su estomago.
“No sé qué dice.”
“Ya sé que no es mío.”
Amelia había estado muy ocupada con su marcha para oír la conversación y Homero se
sentía mal. Ellos se besaron, haciendo el intercambio de gérmenes, cuando la lluvia seguía
inundando las calles de la ciudad.
“Me tengo que ir,” Homero dijo.
“Nunca lo olvidare,” ella dijo.
Homero alisto la maleta rápidamente, poniendo unos cuantos pantaloncillos para
cambiarse de ropa en el barco, al tiempo que María hablaba de su vida después de que se
fuera.
“Quien es el padre?” Homero pregunto.
“Es un secreto.”
“Ni tú lo sabes.”
La policía me estará buscando, Homero pensó, poniendo más cosas en la maleta que
había comprado en caso de emergencia.
“Toma esto,” Amelia le dijo.
Ella le dio una foto de un barco de varios pisos, flotando en las aguas del Caribe, cuando
la luna iluminaba todo con su luz plateada.
“Quiero que lo compres algún día.”.
“Ya lo hare.”
“No te olvides de tus papeles,” ella le dijo.

150
Homero empaco las hojas que había encontrado en el jardín en un día perdido en el
tiempo, aunque no sabía si le pudieran ayudar en su destino.
“Aquí está el desayuno,” María le paso un paquete con manchas grasosas.
“Comételo en el camino,” ella le dijo.
“Se lo agradezco,” el dijo.
“No nos olvides.”
El sol desafiaba a la lluvia, cuando Homero salió a la calle, con sus gafas oscuras y un
sombrero grande que Miguel le había prestado para que la gente no lo reconociera
“Para dónde va?” Jaramillo apareció a su lado.
“Debes de ser mágico,” Homero le dijo.
“Quiero parte de mi plata por quedarme callado.”
El periodista lo acompañó a coger el camión en rumbo al puerto, antes de que alguien más
lo parara.
“Ya le pagare,” Homero le dijo.
“Hazlo ya.”
Homero le paso un montón de pesos, que Jaramillo conto antes de entrar en el garaje,
donde los choferes estaban listos para irse al puerto.
“Tengo la dirección de tu tío,” Jaramillo dijo.
“Entonces nos veremos un día,” Homero dijo.
“Eso espero.”

El viaje

151
Miguel, Amelia, María y las viuditas estaban lejos cuando Homero encontró el barco
esperándolo en el puerto. El mercado había sido reemplazado por el mar, los pescados,
cangrejos y Cesar que hablaba como siempre.
“Don Homero,” le dijo. “Lo estábamos esperando.”
Cesar lo llevo por los corredores lleno de marineros, mientras se tocaba las pelotas,
sudándole con el calor del Caribe. Los periódicos tendrían que estar hablando de las viuditas
que se habían ahogado en la tempestad, cuando Homero se iba a otras tierras.
“Dos y dos son siete,” él le dijo.
“Ya lo sé,” Cesar dijo.
“De verdad?”
Homero podría llegar a ser el hombre más rico del mundo en la ciudad de Nueva York,
antes de partir al Caribe, donde las chicas mostraban sus curvas bajo el sol tropical, como
había visto en las fotos.
“No se preocupe de nada,” Cesar le dijo.
Homero se acostó en una cama pequeña, buena para su mareo, el sonido de las olas hizo
pensar en su vida desde que había llegado del limbo, aunque solo creyera en las cosas físicas
del universo.
Cesar le trajo una taza de té, buena para disipar su mareo, como lo diría su familia en
algún lugar del mundo.
“La tragedia no es culpa mía,” Homero dijo.
“Ya lo sé.”
Cesar tomaba aguardiente, mientras le hablaba de cómo había solucionado los problemas
durante su existencia, tal como Dios le habría dicho algún día de su vida.
“No es el momento para que hablemos de esto,” Homero le dijo.
Cesar suspiro. “Nunca lo es.”

152
“Dame una razón por la que tenga que oír tus historias.”
Homero miro las fotografías que Cesar había puesto sobre la mesa, admirando a las
chicas, mostrándoles sus encantos a los marineros que se las querían comer a poquiticos.
“Las viuditas se murieron,” Cesar dijo.
“Como lo dicen los periódicos.”
“Pero no te mencionan.”
“Espero que no.”
Cesar le conto la reacción de algunos de los marineros al oír las noticias de lo que había
hecho las lluvias en una noche de terror, aunque podía recuperarse con un remedio que tenia,
parecido al polvo que usaba María en su cuerpo.
“Qué es?” le pregunto.
“Pruébalo,” Cesar le dijo.
Homero lo hizo, sumiendo en la oscuridad del limbo de sus pesadillas y Cesar le contaba
más anécdotas de su existencia, entres las tinieblas de la nada.
“Estas en el paraíso,” Cesar le dijo.
“Muéstrame a Dios.”
“Ya lo veras.”
El barco salió en rumbo a las tierras frías del norte, donde las estrellas de cine le
mostraban sus calzones al público en medio de la plata.
Al principio no había nada, Homero pensó sumiéndose en sus sueños de las reinas de
belleza en un día lejano, el sonido de pasos interrumpiendo la orgia.
“Soy el médico,” un hombre pequeño le dijo.
“Me estoy muriendo?” Homero dijo.
“Claro que no.”

153
El médico quería que Homero se sentara en la cama, pero su cabeza le dolía mucho para
que hiciera cualquier cosa.
“Ya le encontrare una chica,” Cesar dijo.
El médico sonrió. “Buena idea.”
Homero no sabía cómo su vida sexual le podría curar su enfermedad, pero el médico dejo
unas pastillas en la mesa en caso de que Cesar no pudiera encontrar chicas.
“Volveré más tarde,” el médico dijo.
Homero pensó que sería alguna maldición de las viuditas, pero entonces una muchacha se
le acerco, como si fuera de su familia.
“Hola,” ella le dijo.
“Quien eres?”
Ella levanto sus cobijas, haciéndole cosquillas con sus manos quemadas por el sol hasta
que Homero le gusto lo que le estaba haciendo.
“Ahhh,” el dijo.
“Es una chica buena,” Cesar dijo.
El los miraba desde los confines del camarote, sin perderse las acciones de la hembra que
le había conseguido a su capitán.
“Donde esta mi plata?” ella dijo.
Homero se durmió y la chica se desvaneció hacia el infinito, donde viviría en medio de sus
sueños. A veces ella estaba desnuda, pero otras veces tenía una túnica sobre ese cuerpo
hermoso, con el que Dios la había mandado al mundo.
“Navegaras los mares,” ella le dijo.
Homero había estado ocupado con su cuerpo y no se preocupo por lo que ella le decía, si
le daba el placer en sus momentos de gloria en rumbo a su nueva vida en ese país del norte.
“Quien eres?” Homero le pregunto.

154
“Mi nombre es complicado,” ella dijo.
“Pues dímelo.”
La chica dijo algo en otro idioma, su voz haciendo eco por el camarote.
“Es raro,” Homero dijo.
“Tus acciones te mandan por las líneas de la vida,” ella le dijo.
Homero se acordó del fantasma que le había dado el ojo en el medio de la selva, después
de que el indio lo dejara solo en una noche sin luna.
“Sé porque camino voy,” el dijo.
El pensó en sus palabras, mientras que los sueños lo guiaban por la vida, tal como ella le
había dicho en uno de esos momentos de dicha, pues en algún otro universo las viuditas no se
habían muerto.
La chica había desaparecido antes de que la estatua de la libertad levantara su antorcha
hacia el cielo en una de sus pesadillas.
“Quiere comer algo?” Cesar apareció entre sus sueños.
“Donde está la chica?” Homero le pregunto.
“No sé de qué hablas.”
“La muchacha de pelo largo.”
Cesar tenía que hacerse el tonto porque ella le había dado mucha felicidad durante sus días
en el mar.
“Aquí están sus camisas,” Cesar le paso un paquete. “Las mande a lavar y aplanchar, pero
no vi a ninguna chica,”
“Mentiroso.”
Homero se sentó en la cama, esperando ver a la chica que lo había visitado en uno de esos
caminos en su ruta por el espacio- tiempo.
“La prensa lo podría esperar en Nueva York,” Cesar interrumpió sus pensamientos.

155
“He viajado de incognito,” Homero dijo. “Solo Miguel y su familia saben de mi viaje a
Nueva York.”
Homero se imaginaba la noticia de su fuga a otras tierras en los periódicos de otro
universo, el que nunca podría contactar ni aunque se concentrara.
“Quisiera ver a tu chica,” Cesar dijo.
Homero sonrió. “Estará escondida en algún sitio.”
“Eso es lo que crees.”
Homero tendría que escoger entre los caminos en su vida, y se acostó a soñar con la chica
dándole placer debajo de las sabanas, aunque el universo se dividiera con cada pensamiento
que tenia.

Nueva York

156
Los pasajeros descendieron por las escaleras hacia los oficiales que los esperaban por unas
mesas llenas de papeles, al tiempo que cada momento los llevaba hacia un futuro incierto en
el país al que habían emigrado en busca de una vida mejor. Homero no tenía nada que
declarar, pero el oficial lo miraba por entre los anteojos que parecían los ojos de un búho.
“Que quiere usted hacer en los Estados Unidos?” él le pregunto en un Español mal
hablado.
Homero le mostro la carta que tenia de su tío Hugo mas una cuenta del banco con la plata
que había juntado en la ciudad, donde sus padres lo habían llevado en su infancia.
“Le traeré buena suerte al país,” Homero dijo. “Mi mercancía es muy buena.”
“No entiendo.”
Homero le explico cómo su almacén sería el mejor del mundo, aunque el destino se lo
quería llevar al infierno.
“Venderé todo más barato y con garantía,” le dijo.
“Alguien lo está esperando?” el oficial le pregunto.
Homero asintió. “Mi tío debe de estar acá.”
El oficial de emigración escucho la historia de Homero, que había nacido en un eclipse de
sol.
“Eso es fascinante,” el dijo.
“Deberíamos de vender el aire,” Homero dijo. “La gente que no puede pagar se ahogaría
en un segundo.”
“Tiene ideas interesantes,” el oficial dijo.
“Las olas del mar no deberían de ser gratis,” Homero dijo.
“Ya entiendo el chiste,” el oficial dijo. “Deme una ola grandecita mas otra chiquita.”
“Ja, ja, ja,” Homero dijo.
“Se preocupa del mundo.”

157
“Es el único que hay.”
Homero le explico que los caminos de la vida se dividían con cada pensamiento, cuando
un hombre canoso interrumpió la discusión de mundos paralelos.
“Homero,” le dijo. “Lo estaba esperando.”
El tío Hugo no había cambiado mucho a pesar del paso del tiempo, aunque tenía el pelo
casi blanco.
“Pensé que eras más alto,” Homero le dijo.
“Me habré achicado,” el tío Hugo dijo.
Homero lo abrazo, acordándose de aquel día, cuando su tío había aparecido a la hora del
almuerzo y le había dado su primer centavo.
“Como fue el viaje?” el tío dijo.
“Estuve enfermo casi todo el tiempo,” Homero le dijo.
“Yo odio los barcos.”
El tío lo llevo entre la gente esperando a que sus familiares se desembarcaran después de
ese viaje tan largo a través del océano, mientras Homero le decía que lo había comprado.
“Es que los odias,” el tío le dijo.
“Mis barcos estarán al servicio de mi país,” Homero dijo.
“Puedes pelear con los Nazis en Europa,” el tío Hugo dijo.
“Que dices?” Homero dijo.
“Los puedes acabar con tus tanques.”
Homero le podría vender su mercancía a los guerreros del mundo, haciendo que se sintiera
feliz de estar en ese país.
“Dos y dos son siete,” el dijo.
“Ya te he oído decir eso,” el tío dijo.

158
Al salir a la calle, gotas de lluvia mojaban el prado y las nubes negras se preparaban para
la peor tormenta de los finales del tiempo.
“La viuditas se ahogaron,” Homero dijo.
“Lo leí en los periódicos,” el tío le dijo.
“Decían algo de mí?”
“Creo que no.”
Unos niños jugaban al beisbol en el parque, la pelota espantando a los pájaros entre el
pasto.
“Tu madre quería que fueras millonario,” el tío dijo.
“Ya lo sé.”
Habían llegado a los edificios de las tarjetas postales que Homero había visto en su niñez,
pero el más alto de todos tenía que ser el que su tío le había mostrado.
“Vamos a mi apartamento,” el tío lo llevo hacia un edificio de unos seis o siete pisos, un
enano en comparación con los otros, donde un hombre uniformado los miraba entre sus
anteojos al lado del ascensor que los llevaría al cielo.
“Esta en el cuarto piso,” el tío le dijo.
Homero no sabía si podría confiar en la caja de metal llevándolo a otros pisos, como por
arte de magia.
“No te preocupes,” el tío le dijo.
El ascensor se movió, haciendo que Homero se sintiera mareado, antes de que el portero
abriera la puerta, y el tío lo guiara entre las materas adornando el pasillo.
“Bienvenido a mi morada,” el abrió una de las puertas, cerca del balcón.
“El sol se ha ocultado,” Homero dijo.
“Es invierno,” el tío le dijo.

159
Homero se esforzaba por entender las estaciones de una ciudad fría, cuando no conocía
sino el sol los trópicos, al tiempo que seguía al tío adentro de su casa.
“Esta es la calefacción,” el tío le mostro unas rejas en la pared. “Funciona con gas.”
El también tenía un radio para oír las noticias de esa guerra, enloqueciendo a los
periodistas, la clase dirigente y a los soldados, que tendrían el honor de luchar por su país.
“Yo vengo del limbo,” Homero le dijo.
“Quieres un café?” el tío interrumpió.
“Me calentara,” Homero dijo.
El tío le mostro su biblia amarillenta, en la que vivirían los gusanitos del papel, aunque
fuera la palabra de Dios.
“Creo que estas confundido,” le dijo.
El limbo había sido el sitio donde Homero había estado antes de volver a la vida en un día
del que no se acordaba mucho, aunque la biblia lo negara y el tiempo le jugara trucos en las
aventuras por otras realidades.
El aroma del café se difundía por la atmosfera del apartamento, cuando el tío le contaba
sus aventuras en la ciudad de Nueva York, la mejor del mundo, aunque los periódicos dijeran
unas cuantas cosas malas.
“Tienes que estar cansado,” el tío le dijo.
“Un poco,” Homero dijo.
El tío le preparo su cama en la habitación de los huéspedes, por la que se veían los
edificios altos de la ciudad.
“Las viuditas se murieron,” Homero le dijo.
“Por eso te viniste.”

160
Homero se acabo de tomar el café, pensando en las mujeres entre el barro de las
alcantarillas de los tugurios, antes de que se fueran a ese lugar del que nunca volverían en el
reino de la nada.
“Estabas bien en Colombia,” el tío le dijo
“Encontré mi suerte.”
“Tus padres escogieron un buen sitio.”
Homero asintió, recordándose de ese viaje ocurrido al comienzo del tiempo en el que
había visto los pescados voladores jugando en el mar, antes de que empezara su vida en ese
otro país al otro lado del mar.

Otro día

161
Esa noche Homero oyó el tráfico de la ciudad que nunca duerme, sus sueños llevándolo a
la selva misteriosa, donde había encontrado a los fantasmas, perdidos en su imaginación. No
has sido un buen niño, su madre le decía a través del abismo del tiempo.
Homero había creado otras rutas por el universo con sus acciones en busca de dinero,
desde que su tío le había dado esa moneda en ese día, perdido en su memoria, antes de su
aventura en la selva.
El quería tener un dialogo con los personajes invadiendo sus sueños en su primera noche
en la ciudad de edificios tan altos como las nubes del cielo, y el sol se colaba por entre las
cortinas cuando el abrió los ojos a la luz de la mañana en un día como ningún otro en su vida,
el tic-tac del reloj en la pared, dándole la bienvenida.
“Buenos días,” él tío Hugo interrumpió sus pensamientos.
“No puedo creer que estoy acá,” Homero le dijo.
“Es un día mágico.”
El tío puso una bandeja llena de comida en la mesa antes de encender la radio, donde el
locutor reflexionaba sobre las tropas de Hitler invadiendo a Europa, peor que la muerte de las
viuditas en las barriadas.
“Hoy vamos donde María,” el tío le dijo.
“Quien es María?”
“Nos reunimos en su casa.”
El tío le mostro una foto de Nueva York, donde la casa de María estaría entre los edificios
tratando de alcanzar al cielo.
“Ya estamos en invierno,” el tío Hugo dijo. “Y las noches son frías.”
Homero se puso el abrigo que le dio el tío, admirando su reflexión en el espejo al lado de
la puerta, pero entonces se acordó de esa chica que había ido al almacén, en un día como
ningún otro.

162
“No puedo creer que se hayan muerto,” el dijo.
“Quien?”
“Las viuditas.”
Ellas habían firmado sus documentos en medio de las ratas y otras cosas oliendo a feo,
antes de que las lluvias se las llevaran a otro mundo.
“Dos y dos son siete,” el dijo.
“De pronto si,” el tío dijo.
“No tengo comienzo ni fin, como le pasa a Dios,” Homero dijo.
“Tengo tu certificado de nacimiento.”
“Esas son mentiras.”
La risa del tío despertó al alma de Homero, que todavía no creía que estaba en la ciudad de
sus sueños.
“Me debes de decir la verdad,” le dijo.
Su tío lo miro. “No soy tu padre si eso es lo que estas creyendo.”
“Eres chistoso.”
“A veces sí,” el tío le dijo.
“Sabes el idioma Maya?” Homero le pregunto.
El tío paro lo que estaba haciendo dejando caer unas cuantas cosas al suelo.
“Esa es otra de tus ideas.” Le dijo.
El tío lo oyó hablar de los universos, que le habían explicado los fantasmas flotando sobre
los arboles.
“Que fantasmas?” le pregunto
“Los de la selva.”
“Eso es locura.”
“Mis papeles podrían ser de otra dimensión,” Homero dijo.

163
“La de los mayas?”
Homero le mostro las páginas arrugadas por la ropa de la maleta, pero sin esos gusanitos
tan fastidiosos, que les gustaba vivir en el papel almacenado a través del tiempo.
“Las paginas lo deben de explicar,” Homero le dijo.
“Pero nadie las entiende.”
Homero dibujo varias líneas en un papel, para que su tío entendiera como su vida se
dividía con las decisiones del momento.
“Yo estoy vivo,” el tío le dijo.
“Ya lo sé.”
“Tú y tus mundos diferentes.”
Homero dibujaba otra línea en medio del papel, de donde salían hacia futuros inciertos,
cuando les tendría que vender sus ideas a la gente reunida en la casa de María.
“Esto es tu sección del árbol fractal del universo,” le dijo.
“Ya empiezo a entenderte,” el tío le dijo. “Te enloqueciste.”
“Y a los locos se les lleva la razón.”
El tío le mostro una revista acerca de los Mayas, con escritura que habían encontrado en la
península de Yucatán, llena de caracteres extraños, que aparentemente habían sido
descifrados por los arqueólogos.
“Se parece a la escritura de las paginas que me encontré,” Homero le dijo.
El tío Hugo fritaba los huevos, al tiempo que Homero hacia un grafico del árbol de la
existencia, una de sus ramas representando la realidad.
“Que te hayas encontrado esas hojas no quiere decir nada,” el tío le dijo.
“No sé,” Homero dijo. “Hay otras realidades.”
“Muéstramelas.”
“Están en las ecuaciones.”

164
“Cuáles?” el tío le pregunto.
Homero puso unos cuantos números en el papel, representando la realidad, tal como la
veía a todo momento.
“Un físico importante los ha escrito,” le dijo.
“No me digas que hay más gente alrededor nuestro.”
“Creo que sí,” Homero le dijo. “Es que no los vemos.”
Homero se tomaba el café que el tío había puesto a su lado, pensando es las ecuaciones del
científico famoso.
“Tienes tu imaginación,” el tío le dijo.
Homero siguió estudiando ese lenguaje que le había fascinado en su niñez del mercado,
cuando su tío hacia muchas cosas.
“Es que tiene muchas consonantes,” le dijo.
“Ya lo sé,” el tío dijo.
Homero encontraría esas realidades paralelas que le habían explicado los fantasmas en ese
sueño que tuvo, si alguien le ayudaba con las ecuaciones del tiempo.

María
Al salir a la calle, ellos caminaron por entre los transeúntes que iban de afán a algún sitio
en el fractal de la existencia.

165
“Que sueño tan lindo,” Homero dijo.
“No estás soñando,” su tío le dijo. “Esto es real.”
El tío Hugo le recordó lo bueno en la biblia, si ignoraba esas cosas malas, que algún ateo
habría puesto en el libro del señor.
“Dios no escribió la biblia,” Homero dijo. “Por eso es mala.”
“No aguanto tus blasfemias.”
“Digo lo que pienso.”
Al llegar a un
Edificio perdido entre las nubes del cielo, el tío Hugo lo llevo hasta el final de un corredor,
donde alguien había puesto macetas con flores y un gatito los miraba cerca de la baranda.
“Nos reciben con flores,” Homero le dijo.
“Eso no es para nosotros,” el Tío o le dijo. “Tenemos que subir.”
El ascensor los llevo al decimo piso donde una mujer de pelo negro abrió la puerta de uno
de los apartamentos, su escote mostrándoles parte de los misterios de su cuerpo.
“Este es Homero,” el tío le dijo.
“Lo estábamos esperando,” ella les dijo.
Ella dejo la marca de su lápiz labial en sus mejillas, mientras que el sentía su perfume
barato.
“Gracias,” Homero le dijo.
Ella los llevo al interior del apartamento, decorado con muchas banderas y otras cosas de
ese país que Homero había olvidado.
“Te tengo una sorpresa,” ella dijo.
Al abrir una puerta, ellos vieron a alguna gente y sentados alrededor de una mesa, que
aplaudieron al verlos, pero María restauro el orden.
“Tenemos aquí a nuestro héroe,” les dijo.

166
“Que viva Homero,” todos dijeron.
El escucho las historias de esos ciudadanos valientes que odiaban a Hitler, pues alguien les
conto que había escapado de un campo de concentración donde centenares de personas
morían todos los días.
“Este soy yo,” el hombre les mostro una fotografía al lado de víctimas de los nazis.
“Hice el túnel con las cucharas y tenedores de mi almuerzo,” les dijo.
“Eres muy valiente,” Homero dijo.
“Gracias.”
“Que viva Homero,” todos dijeron.”
Ellos cantaron sus alabanzas al Dios, a pesar de los problemas ocasionados por Hitler, que
no hacía sino joder a los ciudadanos decentes como ellos.
“Homero nos ayudara,” el tío Hugo dijo.
Un silencio siguió antes de que Homero delineara sus planes para conquistar a ese hombre
al que todos odiaban.
“El gobierno me tiene que dar armas,” Homero dijo.
“Ya nos encargaremos de eso,” el tío dijo.
Homero agradeció la ayuda prestada por sus coterráneos, aunque no se acordara de la
patria que había dejado en los anales del tiempo.
“Mi familia tiene que escapar,” el hombre de las cucharas dijo.
“Donde están?” Homero le pregunto.
“En el campo de concentración,” el hombre dijo.
El dibujo un plano en un papel que María había puesto a su lado, diciéndole a Homero
donde estaba la puerta y otras cosas importantes de ese sitio.
“Iré a Europa con mis barcos,” Homero dijo.
“Te puedes colar en la prisión,” el hombre le dijo.

167
“Y como salgo?” Homero le pregunto.
“Utilizando mis cucharas.”
La conversación se estaba volviendo peligrosa, antes de que volvieran a cantar las gracias
del señor y María les ofreciera una taza de café.
“Ya ayudare a nuestro país,” Homero dijo.
“El señor lo oirá,” María dijo.
Homero les dijo, como llevaría la libertad a su patria, sufriendo las consecuencias de
Hitler.
“Cuando sales con las armas?” el hombre de las cucharas interrumpió.
“No lo sé.”
“Dale mis saludos al presidente.”
“Comete el ariquipe,” María dijo.
El dulce se derretía en la boca de Homero, parecido a los que su madre hacia en un
universo del que apenas se acordaba, mientras ellos cantaban al Dios todopoderoso,
ayudándole a Hitler a invadir a Europa.
“Eres un Nazi?” alguien le pregunto.
Todo el mundo hablaba al mismo tiempo, sin oír las explicaciones del tío Hugo, que había
conocido a Homero por una eternidad.
“Claro que no,” Homero dijo.
“No podemos confiar en cualquiera,” el hombre de las cucharas dijo.
“Ya entiendo,” Homero dijo.
La gente puso muchas monedas y unos cuantos cheques en una canasta, mientras las
manos de Homero le masajeaban las piernas a María.
“Ayyy,” ella se quejo, su voz perdiéndose entre los planes que sus coterráneos tenían para
deshacerse de Hitler.

168
Homero había logrado lo imposible y el rostro de la mujer le daba a entender que a ella le
había gustado.
“Tendrás tu plata,” ella dijo.
“Ya lo sé.”
El conto la plata que le habían dado en el nombre de la libertad, el mejor regalo para su
camino de la realidad.
“Que viva Homero,” ellos dijeron.
Sus voces eclipsaban la muerte de las viuditas en una barriada perdida en el tiempo, y la
nieve emblanquecía al mundo fuera de la ventana.
“Está nevando,” el tío dijo.
“Ya les pondré cobijas en el suelo,” María dijo.
“Si te acuestas conmigo,” Homero le dijo.
El la protegería de la nieve cubriéndolo todo con sus moléculas frías en uno de esos
sueños de los que no quisiera despertar.
“Me tienes que contar de tu vida,” María le dijo.
Homero le pasaba sus manos por todos sitios, narrando su existencia desde aquel
momento en el que había abierto los ojos al mundo en el medio de un eclipse del sol.
“Que interesante,” ella le dijo.
“Sera mas si me dejas tocarte tus pechos.”
“No acá.”
El hombre de las cucharas se alistaba para volver a su casa en algún sitio de ese paisaje
blanco adornando los edificios alrededor de ellos.
“Te tienes que apurar con tus barcos,” les dijo.
“Ya lo hare,” Homero dijo.

169
Sus manos habían bajado a la línea de los calzones de María, cuando ella interrumpió sus
acciones.
“Me debo despedir de la gente,” le dijo.
“Terminaremos después,” Homero dijo.
Ella sonrió. “En tus sueños.”
Las mujeres siempre interrumpían sus avances, aunque él les prometía la plata del mundo,
pero María jugaba con sus sentimientos, a pesar de que él le había mostrado el cielo del
placer con sus juegos debajo del mantel.

Los papeles
Homero prometió mandarle plata a Miguel para ayudar con la educación de su hija en una
de las primeras llamadas telefónicas de larga distancia en el país, su voz perdiéndose en la
infinidad del momento, cuando Amelia lloraba y el mundo se ponía triste.

170
“Me visitaras un día,” Homero le dijo
“Cuando?”
“Tienes que acabar de estudiar primero,” Homero le dijo.
La familia de Miguel le había ayudado a salir de la desesperación después de la muerte de
sus padres en un lugar perdido entre las nubes del tiempo. El tío Hugo apareció a su lado con
el desayuno.
“Mándales saludos,” le dijo.
“La comunicación se ha cortado,” Homero dijo.
“Es un milagro que hablaras con un sitio tan lejos.”
El tío puso los huevos cocinados al lado de las tostadas con mantequilla y del café fuerte
para calentarlos en el frio de la mañana.
“Te tengo una sorpresa,” le dijo.
“Qué es?” Homero le pregunto.
“Adivina.”
“Es una chica,” Homero dijo.
“No piensas sino en mujeres.”
El tío le dio un cheque por miles de dólares, donado por sus paisanos para vencer a Hitler
en Europa.
“Muchas gracias,” Homero le dijo.
“Debes de agradecerle a María.”
“Lo hare mas tarde.”
La plata de Homero se había multiplicado en su banco desde su llegada al país de su
redención. Extranjero quiere ayudar al mundo, decía en la primera página del periódico que
el tío Hugo había comprado esa mañana, sin mencionar a las viuditas o alguna otra cosa de su
pasado.

171
“Acabare con los fascistas,” Homero dijo.
El tío Hugo asintió. “Buena idea.”
Homero tendría que vencer a la armada de Hitler, que mataba a los inocentes de acuerdo a
los periódicos que el tío compraba, mientras pensaba en su camino por los senderos de la
existencia.
“Mi vida se irá con el sol,” le dijo.
“Quien lo ha dicho?”
“La madre de Lola en una noche sin luz.”
Homero se acordaba del comienzo del tiempo después de que el sol lo saludara en el
jardín, entre las hormigas y el barro.
“Nací el día que nos visitaste,” Homero dijo.
El tío lo miro, sus anteojos resbalándose por su nariz como si tuvieran aceite.
“Tú y tus cosas,” le dijo.
“Es que llegaste al almuerzo.”
“Ya habías encontrado a tu amigo?”
“Eso paso después.”
El sol se había ocultado y él el tío había hecho su entrada triunfal en el comedor, mientras
que Homero miraba unas fotos que el tío había puesto en la mesa.
“Tu madre era muy hermosa,” le dijo.
Homero asintió. “Lo sé.”
El miro esas fotos en blanco y negro, antes del mundo del presente.
“Crees que naciste cuando llegue a tu casa,” el tío le dijo.
“Creo que sí,” Homero dijo.
“Estarás loco.”

172
El tío miro las páginas que Homero había traído en su viaje, donde los misterios de su
existencia estarían en medio del alfabeto desconocido, y un camino se creaba cada vez que se
movían por la vida.
“Me tendrás que ayudar con el idioma Maya,” Homero le dijo.
El esperaba que su tío le consiguiera un diccionario de esa lengua antigua, que a casi todo
el mundo se le había olvidado.
“Algunos Mexicanos lo hablan,” el tío le dijo.
El le explico todo acerca de los nativos mexicanos, viviendo a un lado de la civilización en
la península de Yucatán y otros lugares de México.
“Como sabes que es ese idioma?” el tío le pregunto.
“Es especulación,” Homero dijo.
“Aunque las encontraste en la basura.”
Homero copio algunas de las palabras extrañas en su libreta, mientras pensaba en su
misión en los mundos de su vida y de que las páginas estaban en el jardín, pero se tendría que
alistar para su misión en Europa.
Él tío le pasó unas fotos de chicas en varias posiciones eróticas, aunque no tenían nada que
ver con los barcos que el gobierno le daría para atacar a Hitler.
“Las puedes llevar a tu guerra,” el tío le dijo.
“Eres malpensado.”
La risa del tío interrumpio los pensamientos de Homero, que quería ser el hombre más
rico del planeta con la ayuda del gobierno de Estados Unidos.
“Las conseguí en la calle,” el tío le dijo.
“Entonces no las conoces.”
“Pues no,” el tío le dijo.

173
Homero le explico que María no quería una relación íntima con él, a pesar de que le había
ofrecido plata, para que saliera de su pobreza.
“No le has debido de decir eso,” el tío le dijo.
“Las mujeres están interesadas en algo.”
El tío le dijo que las mujeres en Nueva York podían ser fáciles, aunque María tendría sus
normas de manejo, muy lejos de lo que a Homero querría hacerle.
“No será virgen,” él le dijo.
“Pues no sé,” el tío le dijo
“Es la verdad.”
Ellos hablaron de la pureza de María, que guardaría su virginidad para su marido,
quienquiera que fuera.
“Tendrá mucha suerte,” el tío le dijo.
“Quisiera ser el primero,” Homero dijo.

Homero se embarca

174
Odiseo sería el primer barco con rumbo a Europa, en camino a liberarlos del fascismo,
mientras que Homero pensaba en la plata que haría, gracias a sus estrategias con el gobierno
de los Estados Unidos, cuando el presidente había madrugado para despedirlo antes del viaje.
“Que les vaya bien,” el presidente le dijo.
“Muchas gracias,” Homero le dijo.
El escucho sus consejos en una mañana resplandeciente a pesar de que los fotógrafos se
apretujaran alrededor de ellos y el frio que le congelaba los huesos.
“Que viva la democracia,” Homero dijo.
“Que viva,” todos dijeron.
Una muchacha de falda corta le trajo flores, mostrándole sus piernas cada vez que
caminaba a su lado.
“Le deseo un buen viaje,” le dijo.
Homero le beso los labios con sabor a lápiz labial, que el novio le habría regalado en
algún día importante de su vida.
“Quieres venir conmigo?” le pregunto.
“Estoy ocupada.”
Homero sonrió. “Que pena.”
Ella le daba confidencia en su misión a otro mundo, del que tendría que volver a continuar
su gestión de paz por el cosmos.
“Que viva Homero,” ellos dijeron.
El sol brillaba en el cielo, dándole la bienvenida al viaje por el mar, cuando el tío apareció
entre los varios funcionarios del gobierno en ese día que nadie olvidaría.
“Cuídate,” le dijo.
“Eso hare,” Homero dijo.
“Y rézale a tu madre que está en los cielos.”

175
Homero acepto la camándula que su tío le dio aunque no creyera en Dios todo poderoso,
que aparentemente estaba en los cielos.
“Tus barcos tendrán telégrafo,” el tío dijo.
Homero asintió. “Son de lo mejor.”
El le dijo de sus anhelos para un futuro mejor, en el que Hitler se iría al infierno al lado del
diablo porque sus coterráneos estaban en los campos de concentración de los Nazis.
“Ya traeré la libertad a mi país,” le dijo.
“Tómese un vinito,” la chica le ofreció una copa con un liquido oscuro.
Homero se lo tomo antes de seguir con su discurso acerca de las ánimas benditas
auxiliándolo en su viaje a Europa, aunque la santísima trinidad también tendría algo que ver
con su bienestar en el mar.
“Otro vinito,” la chica lleno su copa.
“Me tengo que ir,” Homero dijo.
Ella señaló al horizonte. “En sus barcos.”
“Dios me guiara a Europa.”
“Esperamos que no se encuentre con submarinos,” ella le dijo.
Homero la beso antes de empezar su aventura en las olas del mar, resbalándose por entre
los escalones y cayendo al lado de la chica.
“Don Homero,” ella dijo.
“Ven conmigo,” él le dijo.
“No puedo.”
“Le doy plata.”
“Aquí tengo su Alka seltzer,” Cesar le dijo.
“Se lo agradezco.”

176
El remedio refresco su estomago antes de que el movimiento del barco le dañara el viaje,
cuando el ruido de los cañones interrumpieron la paz del día con su ruido infernal.
“Dios lo protegerá,” la chica dijo.
“Eso espero.”
El la beso otra vez, saboreando todo el placer que le debería dar a su novio en sus
momentos románticos.
“Adiós, don Homero,” ella dijo.
“Espérame en mi hotel cuando vuelva,” él le dijo.
La chica aceptó una tarjeta con la dirección del tío Hugo, antes de que el ruido del los
cañones interrumpieran la despedida.
“Es la segunda vez que los disparan,” Homero dijo.
“Te tienes que ir,” el tío dijo.
Homero se zafó de los brazos de la chica, el eco del aplauso del público siguiéndolo por
entre los marineros envueltos en sus abrigos para protegerse del frio Neoyorquino, mientras
pensaba en su misión en el mundo.
“Lo llevare al camarote,” Cesar dijo.
“Quiero coca,” Homero dijo.
“Pues no tengo ni una,” Cesar dijo.
“Mentiroso.”
Homero trato de olvidar la falta de la coca antes de que el sueño lo mandara a otras tierras,
donde las chicas estaban enamoradas de su dinero. Al llegar a un camarote blanco, Cesar
puso sus cosas sobre una cama pequeñita de la que se caería si daba vueltas durante la noche.
“Don Homero,” Cesar le dijo. “Porque vamos hacia el sur si Europa está al este?”
“Tenemos que vencer al enemigo,” Homero dijo.
“Pero nos esperan en Europa.”

177
“Uno de mis barcos va allá.”
“Que le diremos a la gente?”
“Nada.”
“Don Homero.”
“Nadie se dará cuenta.”
Cesar leyó la ruta por el mar, que Homero había escrito en el apartamento de su tío, sin
importarle la liberación de Europa.
“Hitler castigara a su país,” Cesar dijo.
“Esperamos que no lo haga.”
Homero conto los tanques, fusiles y cañones que llevaban en el viaje de liberación, la plata
de cada uno escrita a un lado de la pagina.
“Los cañones cuestan 5000 dólares,” Cesar dijo.
Los dólares que la venta de los aviones y los fusiles le darían más plata para poner en el
banco, antes de que el mundo se acabara como decían las profecías mayas.
“Ya puede dormir,” Cesar dijo.
La ruta hacia el mar Caribe había sido finalizada, cuando Cesar ayudo a que Homero se
deslizara bajo las cobijas de las que no saldría por un tiempo.
“Tienes que soñar con el futuro,” Cesar le dijo.
“Mándame a una chica.”
Cesar le explico que no habían traído chicas en el viaje, pues iban a pelear una guerra y no
de fiesta.
“No tienes mujeres ni coca,” Homero dijo.
“Pero llevamos muchas armas.”
“La falta de mujeres me pondrá deprimido.”
“Ya veré que hago.”

178
Homero se lo imaginaba secuestrando unas cuantas chicas de las islas por las que pasaban,
aunque a las mujeres se conquistaban con los dólares que tenía en los bancos de los estados
unidos.
Entonces Cesar le dio una pastillita blanca que había sacado de una mesa.
“Esto le hará ver chicas,” le dijo.
“Y me quita el mareo?”
“Es de lo mejor que hay.”

Salvación

179
“Tierra,” Cesar dijo.
Homero se despertó cuando las gaviotas volaban en un cielo azul. Tendría que ser una de
esas islas perdidas en el mar Caribe como lo decía en las guías que había leído en los confines
de su almacén. Sentándose en su cama, el vio el mar lleno de barquitos pequeños.
“Serán piratas,” el dijo.
“No hay piratas en Salvación,” Cesar le dijo. “Bienvenido a mi país, don Homero.”
“Espero que me compren las armas.”
“Claro que si.”
Homero se alisto a desembarcar en la isla llena de palmas de coco, donde un hombre
pequeño fumaba una pipa en la playa de arena blanca.
“Ese es el presidente,” Cesar dijo.
“Donde esta mi corbata?” Homero dijo.
“No la necesitas.”
“Pero es el presidente.”
“A él no le importa.”
Homero vio a la gente bailando en la playa, esperando que él les vendiera sus armas entre
los mares del trópico.
“Una lanchita nos llevara a la costa,” Cesar le dijo.
Las chicas le tendrían que hacer el amor, tan pronto como el presidente le comprara sus
armas para matar a los invasores haciéndoles la vida imposible, Homero pensaba al tiempo
que se embarcaba a la lanchita de madera.
“Cuidado con las manos,” Cesar dijo.
Homero no quería perder los dedos, antes de venderle sus amuniciones al presidente
esperándolo en la playa, y la música desafinada la paz del día.
“Esa es la banda del país” Cesar dijo.

180
“Pues tocan feo.”
Homero puso su cara entre sus manos, el mareo acabándole con todo en el alma, hasta que
el bote paro en la playa de arena blanca.
“Mucho gusto en conocerlo, su excelencia,” el dijo apenas se bajo de la lanchita.
“El gusto es mío,” el presidente dijo. “He visto sus fotos en los periódicos.”
La banda toco el himno nacional y todos se pusieron las manos en sus pechos para honrar
a su país, la música resonando por entre las palmas adornándolo todo alrededor suyo, cuando
Homero quería hablar de negocios.
“Le tengo todo listo, excelencia,” el dijo apenas acabo el ruido de los tambores.
El presidente llamo a uno de los hombres a su lado.
“Vayan por la mercancía,” le dijo.
El presidente llevo a Homero a unos asientos bajo las toldas, para protegerlos de la
radiación solar, mientras que sus hombres se encaminaban al barco.
“Todo es de primera calidad,” Homero dijo.
“Dios bendiga al señor Roosevelt,” el presidente dijo.
“Sus vecinos lo respetaran.”
Los soldados pusieron una rambla para traer las armas del barco al tiempo que el
presidente buscaba imperfecciones en el armamento que le habían mandado desde Nueva
York, y los tanques dejaban sus huellas por la arena llena de cangrejos.
“Atenágoras,” el dijo.
Un hombre pequeño, vestido de marinero apareció a su lado.
“Tráeme la chequera,” el presidente le dijo.
Atenágoras desapareció por una de las casitas de la playa, dejando la aroma de su perfume
en el aire, cuando el presidente se miraba las uñas, que se habría pintado de un color claro,
para ocultar que se las comía en momentos de inseguridad.

181
“Perdimos unas islas el año pasado,” el dijo.
“Eso no pasara mas, excelencia,” Homero dijo.
“Espero que no.”
Atenágoras trajo la chequera en una bandeja con vasos de vino.
“Son miles de dólares, excelencia,” Homero dijo.
El presidente tosió al oír la cantidad de dólares que tendría que pagar, para garantizar la
libertad de su país, cuando nadie más los atacaría.
“Salvación es lo mejor del mundo,” le dijo.
“Claro, excelencia,” Homero dijo.
Ellos celebraron con el vino que las señoritas vestidas en bikini les traían para que se
emborracharan, después de que su excelencia pagara en efectivo, como le gustaba a Homero,
y la banda tocaba melodías caribeñas que nunca se olvidan. Una de las chicas con el pelo
más negro que la noche se les acerco moviendo sus caderas al son de la música.
“Quiere bailar?” le pregunto a Homero.
“No se arrepentirá,” ella le dijo.
“Eso espero.”
El la guio por entre los tanques, acordándose de los pasos que María le había enseñado en
esos días felices de su juventud, y tratando de no pisarle los pies.
“La llevo a mi camarote?” él le dijo.
“Es que soy virgen.”
“He oído esa historia muchas veces.”
La lluvia los mojaba como si estuvieran en un horno con la ventilación encendida, gracias
al clima del Caribe, pero la señorita quería bailar más.
“No tienes novio?” Homero le pregunto.
“Estoy sola,” ella dijo.

182
Él le prometió curarle su soledad, aunque fuera la única cosa que hiciera sin que ganara
plata.
“Tómese otro aguardiente,” Cesar dijo.
El mundo se veía diferente a través de una nube de alcohol, donde la chica se quitaba su
ropa, para que él le viera el cuerpo, y el presidente hablaba de cosas incomprensibles.
“Que vivan mis negocios,” Homero dijo.
“Que vivan,” el presidente dijo.
Ellos discutieron el precio de los aviones con las bombas de última clase, tal como los
querría la mejor nación del Caribe, mientras la señorita se sentaba encima de Homero.
“Así es que me gustan los negocios,” el dijo.
“Debes de venir más frecuentemente,” ella dijo.
El presidente tomaba más aguardiente sin importarle que Homero examinara el cuerpo de
la chica, o que cada vez que hablaba nadie le hacía caso.
“Me gusta tus tetas,” Homero dijo.
“Gracias.”
“Me las debes de dar en la cama.”
“Salvacion es el mejor país del Caribe,” el presidente dijo.
“Ahhh,” la chica dijo.
“Te gusta?” Homero le dijo.
“Ya puedo invadir al que quiera,” el presidente dijo.
Homero bailaba con la chica y el presidente seguía su discurso sobre las armas de
Salvacion,
“Llévame a tu camarote,” Homero dijo.
“Me debes de dar muchos dólares,” la chica dijo.

183

Los negocios del Caribe
La chica prometió escribirle antes de que el buque siguiera su recorrido con los tanques,
amuniciones y otras armas por el mar Caribe, lleno de islas, chicas solitarias, y presidentes
tratando de eliminar a sus vecinos. Atenágoras se había ido con ellos, para ayudar a llevar la

184
civilización a regiones apartadas del mundo, aunque Cesar se la pasara hablando todo el
tiempo.
“Los marineros comían carne salada con galletas duras hace tiempo,” le dijo.
Homero se imaginaba como seria cuando no tenían nevera donde poner sus cosas, la
bacteria multiplicándose como loca entre los marineros.
“El capitán Morgan escondió su tesoro en el Caribe,” Cesar le dijo.
“Alguien lo ha encontrado?” Homero pregunto.
“Creo que no.”
Homero cerró sus ojos, esperando ver a la señorita de Salvación persiguiéndolo alrededor
del patio, el mareo asediando su cuerpo cada vez que podía, aunque Cesar le daba muchos
remedios inventados por su madre que se había ido al reino de los cielos.
“Que en paz descanse,” Cesar le dijo.
“Amen,” Homero dijo.
Homero se la imaginaba ayudando a los ciudadanos con sus concocciones, antes de que su
hijo recorriera el mundo y entonces la chica apareció a su lado, o ha debido ser las drogas de
Cesar.
“Te estaba esperando,” Homero dijo.
“Pero si me dejaste en la isla,” ella dijo.
“Eso fue tu imaginación.”
Homero le conto como todo lo que pasaba, tenía su doble en una de las realidades
existentes en el universo múltiple.
“Entonces yo no estoy acá,” ella dijo.
“Pues vives en mi imaginación.”
Él le beso su cuello, bajando su lengua por su torso, hasta que una mano lo sacudió de su
sesión de amor.

185
“Despiértese, don Homero,” Cesar dijo. “Hemos llegado a otra isla del Caribe.”
Homero oyó todo lo que Cesar había hecho durante su viaje a otra de las naciones
caribeñas, bajo los rayos del sol quemándoles la piel a los habitantes del Caribe.
“La chica se habrá escondido,” Homero dijo.
“Que chica?”
“La que asustaste.”
“Que no había nadie.”
Homero miro debajo de la cama, esperando encontrar la doncella de sus sueños, atrás de
algo.
“Vístase rápido,” Cesar le dijo.
El ruido de las olas en los costados del barco, acabo con la monotonía del momento,
cuando Homero pensaba en las chicas del Caribe.
“El bote ya está listo,” un marinero interrumpió sus pensamientos.
Homero se vistió rápido, aunque la cabeza le dolía por todo el trago que había tomado.
“Aquí están las medias,” Cesar le paso un paquete con el resto de su ropa.
El estomago de Homero le dolía, al tiempo que trataba de no estar mareado por culpa del
movimiento del barco.
“Si había una chica,” Homero dijo.
“Que fue un sueño.”
Homero lo siguió a través de los corredores hasta que llegaron a la escalerilla bajando
hacia el mar, donde los esperaba una lanchita flotando en el agua.
“Bienvenido a esta isla,” Cesar le dijo. “Ese es el presidente.”
Un señor moreno les hacia señas, desde una playa de arena blanca y palmas de coco, antes
de que la lancha los llevara hacia la ensenada, donde la orquesta tocaba el himno nacional.

186
Homero se bajo de la lancha, mojándose los pantalones que Cesar le había preparado el día
anterior.
“Lo estábamos esperando,” el presidente le dijo.
“Mucho gusto en conocerlo,” Homero le dijo.
El presidente le sonrió. “El gusto es mio.”
Una chica muy linda los miraba atrás de las mesas con sus manteles blancos.
“Donde están las armas?” el presidente pregunto.
“Ya las traen del barco,” Homero dijo.
Atenágoras abrió una botella de champaña que Homero tenia lista para momentos
especiales, los cañones desfilando por la playa interrumpieron la charla del presidente sobre
la seguridad del Caribe.
“Salvación nos jode todo el tiempo,” les dijo.
“Hay que eliminarlos,” Homero dijo.
“Necesito mas aviones, tanques y bombas.”
“Los tendrás.”
El presidente escribió todo lo que necesitaba para castigar a Salvación mientras la chica
se sentó en las piernas de Homero, dejándole ver su cuerpo de ninfa del mar.
“No es muy linda?” el presidente le dijo.
Las manos de Homero subieron por sus muslos hasta sus calzones finos.
“Que atrevido,” ella dijo.
“Le daré plata.”
Cesar abrió una botella de aguardiente, el aroma de alcohol esparciéndose en el aire,
cuando el presidente hablaba de sus vecinos haciéndole males todo el tiempo.
“Ojala que los mates,” Homero dijo.

187
Salvación aterrorizaba a los ciudadanos pacíficos de la isla con esos aviones que alguien le
habría dado.
“Tomemos mas aguardiente,” Homero dijo.
La isla de Salvación tendría que manejarse bien, o pagaría por sus fechorías como Dios
decía en la biblia, de acuerdo a la charla del presidente.
“Sodoma y Gomorra?” Homero le pregunto, acordándose del padre Ricardo.
“Y Caín después de hacerle mal a su hermano.”
“El fue desterrado del paraíso,” Homero dijo.
“Eso le pasara a Salvación.”
El presidente se durmió sobre la mesa, roncando como cualquiera de sus enemigos antes
del ataque.
“Vamos a mi camarote,” Homero le dijo a la chica.
“Soy virgen,” ella dijo.
“He oído ese cuento muchas veces.”
“Se tendrá que casar conmigo,” ella dijo.
“Tengo esposa.”
“En Nueva York?”
“Pueda que si.”
Él le quito la virginidad en su camarote en una noche que nunca olvidaría, entre los humos
del aguardiente mezclado con las hojas de coca que alguien le había conseguido.
“Tendré tu hijo,” ella dijo.
“Yo soy infértil.”
“Mentiroso.”
La chica se había ido por la mañana cuando Homero se despertó con el peor guayabo del
mundo.

188

Malas noticias
El barco siguió por el mar Caribe con algunos tanques, amuniciones y Atenágoras que
quería ayudar a hacer más negocios con los presidentes de otras islas pero Homero no se

189
sentía bien, mientras caminaba hacia su camarote por el que podía ver el mar azul y esas islas
con palmas de cocos.
“La chica esta acá,” un marinero le dijo.
Homero miro a todo lado, esperando a que su amiga se hubiera colado por entre los
guardias cuidando su mercancía, pero solo veía el corredor con puertas a cada lado.
“Te la puedes soñar ahora,” él le dijo.
“Que chistoso,” Homero dijo.
Homero esperaba a que el médico de turno acabara con su mareo, cuando la gente lo
esperaba en otros sitios para castigar a más islas del Caribe con sus tanques de buena calidad.
“No me aguanto más esto,” Homero dijo.
“El mareo?”
“La enfermedad del mar,” Homero dijo.
El continuo por los pasillos oscuros, hasta que llego a su camarote, y Cesar apareció a su
lado con un vaso de alka seltzer, como su ángel de la guarda.
“Debes de tomar esto,” le dijo.
“Mi estomago se muere,” Homero dijo.
“No digas eso.”
Homero se acostó a mirar la pared blanca con borrones de mugre, tratando de pensar en su
negocio, la voz de Cesar interrumpiendo sus pensamientos.
“Alguien me ha dicho que hay una chica en el barco,” le dijo.
“Quien?”
“Uno de los marineros.”
“Pues se habrá colado.”
Eso tendría que ser una mentira, porque ninguna mujer se había subido al barco esa
mañana.

190
“Tráemela si la encuentras,” Homero le dijo.
Los minutos pasaron rápidamente, llevándolo cerca a ese momento en el que tendría que
irse a dormir para descansar de su mareo.
“El capitán Morgan escondió un tesoro en una isla del Caribe,” Cesar interrumpió sus
pensamientos.
“Ya he oído esa historia.”
“Es que nadie lo ha encontrado.”
“Que pesar.”
Los cuentos de Cesar lo hacían sentir mal, el mundo disolviéndose a medida que avanzaba
por los corredores del tiempo.
“Este es el tesoro,” Cesar dijo.
Homero vio la página de un libro en la que alguien había escrito algo en letras chiquitas,
encima de una foto.
“Esta en el fondo del mar,” Cesar dijo.
Cesar saco las hojas de una planta, que parecían pedacitos de basura entre otras cosas en
su bolsillo.
“Es coca,” le dijo.
“Dámela.”
“Tiene que oír mi historia primero.”
Homero no quería llevarle la contraria, al tiempo que Cesar narraba la historia de los
piratas buscando una fortuna en sus sueños de islas misteriosas.
“Quiero a la chica,” Homero le dijo.
“Ya veré que hago.”
Homero se ha debido de dormir, porque alguien le acariciaba el pelo en el mundo fuera de
sus sueños.

191
“Despiértate,” una voz le dijo.
Una mujer de senos grandes se había acostado al lado de él, su esencia de colonia
impregnando el aire alrededor suyo, o es que habría tomado una senda diferente después de
que Cesar le diera su remedio.
“Ya te mejorare,” ella le dijo.
“No te conozco,” Homero le dijo.
“Desconocidos pueden hacer el amor.”
La chica lo tocaba debajo de las cobijas, haciendo que se le olvidara la enfermedad
agobiándolo tan pronto se subía en un barco.
“Me haces feliz,” le dijo.
“No puedo hacer nada con los sueños,” Homero dijo.
“Que soy real.”
“Pruébalo.”
Ella lo beso, dándole unos cuantos de esos gérmenes que tendría en su boca, si es que
existía en el mundo fractal de su existencia, cuando tenía que pensar en el precio de las armas
que llevaba en su barco.
“Hazme el amor,” ella le dijo.”
El sintió los contornos de su cuerpo con toda la energía positiva de esos átomos que la
formaban, aunque fuera un espejismo.
“Esa medicina si es buena,” el dijo.
“No entiendo,” ella le dijo.
“La que me dio Cesar.”
Homero tendría que sacarle provechó a su espejismo y le beso su cuerpo, hasta llegar al
triangulo deseado en su imaginación.
“Hazlo ya,” ella le dijo.

192
El se lo metió, cuando el mundo vibraba del placer que experimentaba, hasta que el
universo exploto en los colores del goce.
“Quiero encontrar el tesoro,” Homero le dijo.
“Ahhh,” ella dijo.
“El del capitán Morgan.”
La chica murmuro cosas inteligibles, al tiempo que Homero le contaba todo acerca del
pirata navegando los mares del mundo.
“Cesar me lo ha dicho,” le dijo.
Entonces ella lo acariciaba otra vez, despertándole el afán sexual, aunque acabaran de
tener el placer del mundo.
“Esto no puede ser real,” él le dijo.
“Igual que tu capitán Morgan.”
“Ese si existió.”
“Lo dice Cesar.”
Ella lo besaba acabando con sus sueños de tesoros del pirata que quería ser el hombre más
rico del mundo, en otra línea fractal del tiempo.

La isla
Los días tenían que estar pasando, interrumpidos por los momentos en que abría los ojos,
para oír acerca de los piratas y otras cosas del mundo.
“Estamos cerca a otra isla,” la voz de Cesar interrumpió su estupor.

193
“Y la chica?” Homero le pregunto.
“No sé.”
“La que estaba a mi lado.”
“Siempre ves gente invisible,” Cesar le dijo.
“No se haga el tonto,” Homero dijo.
El tendría que venderle armas a otro presidente, esperándolo con varias botellas de
aguardiente para alegrarle el alma.
“Le diré cuando lleguemos,” Cesar dijo.
“Dime ya,” Homero le dijo.
“No he vista a nadie.”
“Me la trajiste,” Homero dijo. “Ya sé que estas mintiendo.”
Cesar alistaba la ropa que Homero tendría que usar en su cita con algún otro oligarca de
las Antillas, sin importarle la suerte de Europa en manos de Hitler.
“El mundo se acabara un día,” Cesar le dijo.
Las cosas pasarían de acuerdo a las escrituras, pues tenían que estar atentos al final del
mundo, igual que lo que habían dicho los discípulos de Jesús Cristo en el libro de las
revelaciones.
“Este libro es horrible,” Homero dijo, pasando las páginas de la biblia vieja que Cesar
llevari0a a todos sitios.
“Don Homero,” él le le dijo. “No debe de blasfemar.”
El paso las hojas, que se podían romper, a pesar de que fueran la palabra de ese Dios, que
nunca se manifestaba al mundo.
“Quiero que traigas a la chica,” Homero le dijo.
“No piensas sino en pecar,” Cesar le dijo.
“Para eso la conseguiste.”

194
Homero le dijo como habían hecho el amor toda la noche, a pesar de que sintiera mareado
en su camino por las islas del Caribe.
“Seria invisible,” Cesar le dijo.
“Era muy real.”
“Muéstramela.”
“Se fue al amanecer.”
“Ya sé que mientes.”
Atenágoras interrumpió la conversación con un telegrama en la mano, su cara roja de la
emoción.
“Uno de sus buques se ha hundido,” les dijo.
Sus palabras no tenían ningún sentido en el mundo de Homero, pero tendría que hacer
algo antes de que se enteraran de su cobardía al ir por las islas del Caribe en vez de desafiar a
Hitler.
“Yo estaba en otro barco,” el dijo.
“Usted es el capitán de este.”
Todos lo odiarían como a cualquier mentiroso, gracias a esa tragedia en el Mediterráneo,
cuando no le había hecho nada malo a nadie.
“Me perderé del mundo,” Homero dijo.
“Donde?”
“En cualquier sitio.”
El mar azul adornaba el paisaje en el horizonte, cuando Homero hizo sus planes de
desparecer del mundo, antes de mirar el mapa de las islas del Caribe que Cesar le había dado,
y donde las chicas tenían que estar bailando al lado de las palmeras. El puso la ropa en su
maleta, aunque solo se perdería hasta que lograra convencer al mundo de su inocencia.
“Quiero que llames a tu amiga,” le dijo a Cesar.

195
“De que habla?” Atenágoras pregunto.
Ese remedio que Cesar le había dado había hecho que viera a la chica.
“El manicomio es mejor que la cárcel,” Cesar le dijo.
Él le dio la dirección de unos amigos que vivían en una de esas islas alrededor de ellos, en
donde sería fácil hacerles el amor a las chicas.
“Es la primera casa que veas,” le dijo.
“La playa es grande,” Homero dijo.
“Te dejaremos cerca.”
Homero puso más cosas que necesitaba en su maleta, oyendo a las instrucciones de Cesar,
que tenía amigos en todos los sitios del mundo, aunque la gente lo podría reconocer por sus
fotos en los periódicos.
“Diles que me he muerto,” Homero dijo.
“Eso es muy terrible.”
“Y resucitare al tercer día,” Homero dijo. “Como Cristo.”
Cesar discutía como iba la gente a creer esta mentira, al tiempo que Homero seguía
empacando las cosas que necesitaría por unos días.
“Me perderé en el mar,” les dijo.
“Eso es peligroso,” Cesar dijo.
“Me encontraran en una hora.”
Homero les dijo de sus planes para ser el mejor héroe del sigo, cuando las fotos de ese
rescate podrían ser falsas.
“Mi amiga conoce a un piloto,” Cesar le dijo.
“Diles que voy en camino,” Homero dijo. “Mándales un telegrama.”
Ellos hablaron de lo que tendrían que hacer para dar la apariencia de que a Homero lo
habían encontrado perdido en el mar.

196
“Lo podremos hacer ahora,” Cesar le dijo.
“Este barco tiene que estar lejos de acá,” Homero dijo.
El les mostraba donde lo tendrían que encontrar para que la historia fuera más verídica, así
como lo harían los profesionales, pues se haría el moribundo en frente de las cámaras del
mundo.
“Mi amigo puede arreglar todo eso,” Cesar le dijo.
“Me siento el protagonista de una película,” Homero dijo.
“Es la de tu vida.”
Homero escribió el telegrama que Cesar le tenía que mandar a su amigo, oyendo las
proezas que la prensa podría inventar para que le dieran mas plata, las voces de los marineros
uniéndose al ruido de los motores y del mar.
“Esto será parte de ese camino fractal del que hablas,” Cesar le dijo.

Homero se desaparece
La lanchita lo dejo en un sitio lleno de palmas, donde los cangrejos lo miraban desde la
arena perdida en algún lado del planeta.
“Buena suerte,” Atenágoras dijo.
“Nos comunicaremos por telegrama,” Homero dijo.

197
El sonido de las olas estrellándose contra la playa interrumpió la despedida, en la que
Homero pensaba en como pasar el tiempo, las gaviotas que volaban en el cielo le recordaban
de ese viaje emprendido con sus padres hacia una eternidad.
“En el principio no había nada,” Homero dijo. “Luego Dios creó el cielo y la tierra.”
Esas palabras estaban en la biblia destartalada del padre Ricardo, aunque la luz ha venido
antes del sol, antes de poner a las estrellas en el firmamento, como si pudieran existir entre
las nubes flotando encima del mar.
“Tengo hambre,” Homero dijo.
Las gaviotas buscaban algo entre las olas azotando la arena, el camino dividiéndose cada
vez que se movía en su camino fractal, hasta que llego a la casita de madera que le había
dicho Cesar, donde alguien había olvidado un plato de comida al lado de los geranios.
“Hola,” Homero dijo.
“Rffff,” un perro le contesto.
Homero se miro en un espejo roto cerca de la entrada a la casa, hecha de hojas de palmas
y unas cuantas cosas más que no se imaginaba, pero el necesitaba un sombrero enredado en
un palo para que no lo reconocieran.
“Ay, Dios mío,” alguien dijo.
Una mujer morena salió a la puerta, con un martillo en su mano.
“No le hare daño,” Homero dijo.
“Eso dicen todos.”
“Soy amigo de Cesar,” Homero dijo.
Ella lo miro, lista a darle en la cabeza con el martillo si trataba algo raro, y un perro salió
gruñendo.
“Váyase chandoso,” ella dijo.
“Que no tengo buen sabor,” el dijo.

198
“Grrrrr,” el perro continuo su ataque, hasta que un niño de pelo crespo y ojos grandes, se
lo llevo atrás de la casa.
“Cesar le manda saludes,” Homero le dijo.
“Nunca se acuerda de mi,” ella dijo.
La mujer guio a Homero adentro de la casa, la luz de una vela iluminando los lugares
oscuros.
“Usted querrá plata,” Homero le dijo.
La señora lo llevo a una pieza pequeñita al lado de la cocina, llena de toda clase de cosas
para la semana y el pan que ella habría comprado bien barato en una de las tiendas al lado del
mar.
“Puede ponerse la ropa de mi marido,” ella le dijo.
“No entiendo.”
“Me deja la plata en la mesa,” ella dijo.
“Pensé que su marido era Cesar,” él le dijo.
“Es mi amante.”
Ella le tiro unos trapos que había sacado del almario, oliendo a perfume y otras cosas, que
se los tendría que devolver tan pronto como pudiera, pues nadie reconocería a Homero si se
vestía como los limosneros.
Un hombre pequeño entro a la habitación, al tiempo que la mujer les ofrecía unas tazas de
café en tazas blancas con fotos de la isla.
“Gusto en conocerlo,” el hombre dijo. “Me llamo el intermediario.”
“Soy Homero.”
“Cesar me mando un telegrama.”
El intermediario escribió unas cuantas cosas en su libreta, mientras la mujer limpiaba
alrededor de ellos, cantando una de esas canciones típicas de la isla.

199
“Me quiero perder el océano,” Homero le dijo. “Antes de que me encuentren.”
“No entiendo porque lo hace,” el intermediario dijo.
“Me gusta la aventura.”
“Tiene que estar loco,” la mujer dijo.
Ellos se tomaron el café con galletas en el patio atrás de la casa, y intermediario planeaba
como Homero podía perderse de la humanidad por unas horas.
“Esa lanchita te dejara en medio del océano,” le dijo.
Homero vio la lanchita en medio de la arena, donde esperaría la llegada de los periodistas
en el día más importante de su vida, cuando el intermediario discutía los pormenores de lo
que harían y la señora les traía aguardiente.
“Tómatelo todo,” le dijo.
Homero sintió el líquido quemándole las entrañas en el día más importante de la vida, a no
ser que el mar le jugara sucio, como había pasado con los indios en la selva y las viuditas
ahogadas en los tugurios.
“Cesar me conoce,” el intermediario dijo.
“Es que habla mucho,” Homero dijo.
El barco de Homero se había hundido en el Atlántico, pero las corrientes se habían traído a
la lanchita de Homero hacia el mar Caribe, de acuerdo a lo que el intermediario le decía, al
tiempo que tomaba aguardiente.
La mujer les trajo comida típica de la isla, para llenarle el estomago a Homero antes de su
aventura en el océano, de la que saldría un millonario.
“Tiene que confiar en mí,” el intermediario le dijo.
“Eso hare.”
Una chica apareció a su lado, su pelo negro le llegaba a la cintura, y su cuerpo bronceado
por el sol lo invitaba a pecar, antes de su aventura.

200
“Puede usar la habitación cerca del mar,” la mujer le dijo.
“No entiendo,” Homero dijo.
“Pues que te acuestes con ella,” el intermediario le dijo. “Te dará fuerzas para tu
aventura.”
Homero se la llevo al interior de la casa, donde la mujer les había preparado la cama, al
lado de una ventana con la vista del mar.
“Soy una virgen,” la chica le dijo.
Homero asintió. “Todas dicen eso.”

El naufragio
“Lo dejaremos en el medio del mar,” el intermediario le mostro un punto entre el azul del
Atlántico en un mapa que tenía en la mesa.
“Que hago si un submarino alemán me encuentra?” Homero le pregunto.
“Esperamos que no pase.”
Homero tenía coca cola, barras de chocolate, una sombrilla para el mal tiempo y fuegos
artificiales en caso de que no lo encontraran a tiempo. El intermediario le dio el Financial
Times en Español para ayudarle a pasar el tiempo, aunque las gaviotas lo distraerían con sus
juegos sobre las olas, mientras buscaban su comida.

201
“Sabe cómo mandar las señales?” el intermediario le pregunto.
Homero miro los juegos artificiales que le había dado.
“Los prendo con mis fósforos,” le dijo.
El intermediario asintió. “Los mandas al cielo si tienes algún problema antes de que te
rescatemos.”
“No me dejan más de unas horas,” Homero dijo.
“Todo saldrá bien.”
“Eso espero.”
Algunas rocas adornaban el muelle, castigadas por las mareas que azotaban la playa todo
el tiempo, hasta que un barco se les acerco meciéndose en el agua sin color. Los marineros
miraban a Homero con curiosidad, como si fuera algo que nunca habían visto.
“Tu lancha está adentro,” el intermediario dijo.
“Pensé que era grande.”
Homero lo siguió por entre las olas hasta llegar a un barco, esperándolo para empezar su
aventura en el mar.
“Tienes suficiente alka seltzer,” el intermediario dijo.
La pastilla de alka seltzer se deshizo en su boca en su camino al estomago, creado
diferentes vías en el continuo del tiempo.
“Eso que se toma con agua,” el intermediario dijo.
“Me gusta así no mas.”
“Le dañará mas el estomago.”
Homero pensaba en el momento en que lo rescataran al frente del mundo, que se enteraría
de su valentía en su lucha contra los elementos.
“Va a ser famoso,” el intermediario dijo.
Homero asintió. “Eso espero.”

202
El sabia de los peligros que le esperaban en el mar abierto, aunque la gente le pagaría
mucha plata por leer sus aventuras en medio del mar.
“Digan que ya me han rescatado,” el les dijo.
“Necesitamos la prensa.”
“Los veré en la casa.”
El intermediario medito en sus palabras por unos momentos, cuando Homero meditaba en
su camino es ese mundo fractal por el que había cogido.
“Es mejor que presencien su rescate,” el intermediario le dijo.
“No quiero morir,” Homero dijo.
Habían llegado al punto donde se perdería, donde el tendría que estar solo con los
elementos por solo unos minutos, si todo salía bien.
“Buena suerte,” el intermediario dijo.
“No se vayan,” Homero dijo.
“Para eso nos pagaste.”
Homero espero a que bajaran la lanchita al agua, pues tenía susto de lo que podía pasar
después de que lo abandonaran.
“Don Homero,” el intermediario le dijo. “La prensa estará acá dentro de poco.”
“Como lo sabes?”
“Ya les he avisado.”
Homero se bajo con cuidado en la lanchita que lo esperaba en el agua, pensando en
saludar a los periodistas al cabo de algunos momentos.
“Estaremos acá en una hora,” el intermediario le dijo.
“Tienen que hacerlo antes.” Homero dijo. “Estaré contando los minutos.”
“Don Homero,” el intermediario le dijo. “El barco de los periodistas debe de venir en
camino.”

203
Homero quería esperar un poco más, alargando el momento antes de que lo dejaran solo
en el océano, donde tenía que esperar por su rescate.
“Mi tío estará desolado con mi muerte,” le dijo.
“Que no se va a morir,” el intermediario dijo.
“Moriré un héroe,” Homero dijo.
“Piensa en la plata que ganara.”
Homero se imaginaba al mundo entero leyendo sobre su aventura en el mar, al tiempo que
lagrimas le rodaban por sus mejillas.
“El final de un héroe,” le dijo.
“Estarás vivo.”
El barco se separo despacio de la lanchita, hasta que el mar lo rodeaba por todos sitios, y
las olas lo mecían sin importarles sus sufrimientos ene un mundo de incomprensión.
“Me rescatan en una hora,” les dijo.
“No se preocupe,” el intermediario le dijo.
Homero recibió unas cuantas cosas más para pasar el tiempo, antes de que la prensa lo
viniera a rescatar, y el intermediario le pasaba una botella de aguardiente, de las mejores del
Caribe, en caso de se sintiera nervioso.
“Tómesela despacio,” el intermediario le dijo.
“No se olviden de mi rescate,” Homero les dijo.
“Estará en todos los periódicos.”
“Eso espero.”
Homero miro las noticias del día, donde se hablaba de su muerte en el barco en ruta al
Mediterráneo, porque el mundo lo quería, el recuerdo de ese viaje que tomo con sus padres al
comenzó del tiempo trayéndole lagrimas a sus ojos.
“Va a ser un héroe,” el intermediario le dijo.

204
“Chao,” Homero le dijo.
“Lo veremos dentro de poco.”

Solo en el mar
Homero los vio desaparecer en el horizonte, su última esperanza de salvación
desvaneciéndose a medida que se quedaba solo en el océano.
“Ya vendrán,” él le dijo a nadie en particular.
La sombrilla que el intermediario le había dado lo abrigaba de la lluvia, pero su comida se
mojaba cada vez que una ola lo levantaba hacia el infinito.
“Señores y señoras,” Homero le dijo al viento. “Mi buque se hundió por culpa de Hitler.”
El se sentó entre su equipaje, alistándose para su rescate dentro de una horas, en la que
tendría que olvidarse de los peligros del mar, como si no le importara nada.
Amo el amor que se vuelve leche y pan. Amor que puede ser eterno. Amor que puede ser
fugaz, Homero se acordó de los poemas que recitaba su padre hacía muchos años.

205
Sacando el reloj de su bolsillo, Homero conto los segundos marcados por la mano
deslizándose por los números, hasta que se sentía mareado.

El ya se vengaría del

intermediario si no lo rescataba pronto.
“Lo dejare sin plata,” Homero le dijo al océano.
El pensó en las enseñanzas de la selva en uno de los momentos peores de su vida, cuando
la muerte podría acabar con sus ilusiones de ser el hombre más rico del planeta.
“Donde estas,” él miraba a ese horizonte.
Homero se tomo unas cuantas copas de aguardiente, acompañadas de las hojas de coca
que tenía en su bolsillo y se ha debido de dormir, porque el cielo se veía oscuro al abrir sus
ojos a los terrores de su vida, cuando el sol se ocultaba y el intermediario no aparecía en
ningún sitio.
Él le contaría a los periódicos como el hombre lo había dejado a la merced de las olas.
“Se arrepentirá de esto para siempre,” Homero dijo.
Tenía que estarse volviendo loco si hablaba solo en los últimos momentos de su vida,
cuando su muerte afectaría el camino fractal por el que se movía desde su nacimiento.
Entonces un hombre vestido con una túnica larga apareció entre las olas que se volvían cada
vez más grandes y peligrosas.
“Vete,” Homero dijo.
El hombre señalo a una corona de espinas adornando su pelo castaño, y un tiburón le
mostraba sus dientes afilados.
“Debe de ser un espejismo,” Homero dijo.
El tiburón lo miro, sus ojos pequeñitos llenos de odio por el mundo que no lo quería, pues
Homero le daba una paliza con el remo, que había encontrado en su equipaje.
“Tengo sed,” el dijo.

206
Esas palabras no significaban nada en un mar lleno de agua salada, aunque el tenia la
botella de aguardiente que el intermediario le había dado, antes de que se fuera detrás del
horizonte. El liquido le quemo las entrañas en su camino por el esófago hasta el estomago,
dejándolo sonso entre su equipaje y otras cosas buenas para su subsistencia por unas horas.
Entonces fuera del agua apareció un U225 submarino, o eso era lo que Homero creía en sus
alucinaciones de la noche.
“Eres amigo o enemigo?” él le pregunto.
“Hijo mío,” una voz dijo.
“Quien llama?”
“Tu padre que está en los cielos.”
Después de unos momentos de silencio, hasta el mar se había calmado.
“El cielo y la tierra se acabaran,” la voz dijo. “Pero mis palabras seguirán.”
Un ángel descendió de los cielos con un ánfora llena de agua, que sabia mejor que coca
cola.
“Tómatela toda,” la visión le dijo.
Homero pensó que moriría antes de que fuera famoso, si es que el intermediario lo
encontraba en medio del Atlántico en una noche que nunca olvidaría, en el que las olas
atormentaban a su barquito, perdido en su desesperación. El otro Homero lo tendría que
rescatar de sus problemas en vez de pensar en Helena, la mujer más linda de la guerra de
Troya, de acuerdo a la librería del mercado.
“Es el fin del mundo,” Homero dijo.
El encontró los fuegos artificiales que el intermediario le había dado en ese universo del
que había salido no hacía mucho, cuando pensaba que había encontrado la solución de sus
problemas, pero los fósforos se le habían mojado.

207
Homero paso la noche sacando el agua que se había entrado al bote con un balde que
alguien había puesto por el asiento, hasta que el sol se asomo entre los peligros del mar.
“Quiero mi plata,” Homero dijo.
El mar le contestaba con sus olas gigantescas, un árbol apareciendo al lado suyo, sus hojas
meciéndose en el viento. No hay árboles en el mar, Homero pensó, y María le mostraba sus
tetas quemadas por el sol.
“No quiero más espejismos,” el dijo.
“Debes de tomar esto,” ella le ofreció un vaso de agua del mar, llena de nutrientes y sal.
“No te hará daño,” le dijo.
“Mentirosa.”
La chica quería vengar la muerte de las viuditas y a Homero no le gustaba el sabor del
agua del mar. Entonces el tiempo paso, a pesar de que tenía hambre y sed, cuando el
aguardiente le quemaba su garganta.
“Ayúdenme,” Homero decía.
Nadie oía sus suplicas en medio del mar, si el intermediario se había olvidado de salvarlo,
aunque Homero le había pagado bien el ultimo día de su existencia. El se acostó en su
lanchita, que el viento la llevaba por entre las olas de un mar violento, después de tomarse su
botella de aguardiente, resignado a que el intermediario lo había abandonado a su suerte.
Homero oía el ruido del mar chocándose contra su lancha, cuando los tiburones tenían que
estar esperándolo bajo el agua, aunque las visiones lo habían dejado quieto por el momento, y
él se acordaba de su vida desde el primer momento en el jardín.
“Tendré que escribir mi historia,” Homero les dijo a las olas levantándolo hacia el cielo.
“Si es que salgo de acá vivo.”

208
Se ha debido de dormir, porque estaba oscuro al abrir sus ojos, el ruido del mar
tratándoselo de tragar llenaba todo alrededor suyo, cuando vio una luz iluminando una mujer
más bella que cualquier otra en su vida, pero él no quería mas alucinaciones.
“Vete,” Homero le dijo.
Ella le sonrió al lado de su lanchita, donde el agua se entraba cada vez que las olas lo
llevaban hacia el cielo.
“Dile al ángel que me traiga más agua,” él le dijo.
Ella le sonrió, mostrándole los senos con sus pezones oscuros, hasta que se volvió
transparente, igual que las tinieblas a su lado.
“No quiero morir,” Homero dijo.

El rescate
Un hombre apareció al lado suyo. Homero estaba cansado de alucinaciones y le dijo que
lo dejara solo.
“Quiero que te vayas,” le dijo.
“Tranquilo,” el hombre le dijo.
Homero trato de matar al espíritu malo que lo quería matar, al tiempo que otras personas
lo linchaban.
“Déjenme solo,” Homero dijo.
El sintió un pinchazo, antes de sumirse en las tinieblas del infierno.

209
“No lo podíamos encontrar,” alguien lo saco de la oscuridad.
Homero abrió los ojos, y vio al intermediario al lado de la cama, como si viviera en el
medio del océano.
“Tómese esto,” el intermediario le dijo, dándole una cucharada de una medicina que sabia
a mal pero aparentemente haría que Homero se curara de su enfermedad.
“Aaaa,” Homero dijo.
“Que quieres?” el intermediario le pregunto.
“Bbbbb,” Homero trato de hacer trabajar sus cuerdas vocales quemadas por el sol.
El necesitaba su voz para vender la mercancía en el mercado y odiaba el intermediario,
cuando una chica muy linda le mostraba sus piernas al lado de su cama.
“Usted debe de ser Homero,” ella dijo.
“Mmmm,” Homero dijo.
Ella le cogió las manos entre las suyas haciéndolo estremecer.
“He oído mucho acerca de usted,” ella dijo.
Homero encontró su voz entre su erección.
“Debes de ser una princesa,” le dijo.
“Creo que no.”
“Llévame a tu rey,” él le dijo.
“Que chistoso.”
Ella le masajeo su pecho, poniéndolo contento debajo de las cobijas hasta que vio la letra
F bordada en su ropa.
“Soy Fifi,” ella dijo.
Homero nunca había conocido a una Fifi pero le encantaban sus pezones oscuros abajo de
su blusa.
“Todo el mundo sabe que no has muerto,” ella dijo.

210
“Quien?”
“El planeta.”
Homero se acordó de las bombas matando a sus hombres, mientras sus tetas se
balanceaban sobre su cara.
“Los botes se incendiaron,” le dijo.
“Dios mío.”
Él le beso sus manos, mirando sus ojos oscuros.
“Te amo” le dijo.
“Nos acabamos de encontrar.”
“No interesa.”
Después de tocarle el contorno de sus senos, él le puso cuidado a la aureola oscura de sus
pechos.
“He debido de morir,” le dijo.
“No digas eso.”
Al él se le olvidaron sus penas, mientras le hablaba de sufrimientos en el mar, porque sus
compañeros estarían al lado de Dios misericordioso, que está en los cielos.
“Has sufrido mucho,” ella dijo.
“Ya lo sé.”
Homero se seco las lágrimas rodando por sus mejillas, mientras le contaba de ese
momento cuando la bomba había explotado en el barco.
“Todos querían escapar,” le dijo.
“Pero Dios te escogió a ti.”
“Es que es misericordioso.”

211
El se tomo el aguardiente que el intermediario le ofreció, sintiendo que le quemaba el
esófago en su camino hasta el estomago y todo le daba vueltas alrededor suyo, cuando tenía
que contarle la historia de su vida.
“El tío Hugo nos visitaba de Nueva York,” le dijo.
Todo había estado bien, hasta el día en el que había conocido de otros mundos existiendo
al lado del suyo, como se lo había dicho José hacia una eternidad.
Ella se sentó, mostrándole sus muslos pálidos, a los que no les daría la luz del sol.
“Que interesante,” le dijo.
“Es que José es invisible,” Homero dijo.
La chica lo miro con sus ojos oscuros, iguales a esa noche del mar, antes de que él le
saboreara los labios, festejando su llegada desde la muerte.
“El bote con el salvavidas no se quería ir de mi lado,” él le dijo.
“Pero te salvaste.”
Homero le toco su piel, compuesta de electrones y protones, como le había enseñado el
padre Ricardo durante sus clases de los sábados.
“Ya te aliviaste,” el intermediario interrumpió.
Homero asintió. “Gracias a Fifi.”
“Llegaremos a Nueva York dentro de unos días,” el intermediario dijo.
El le beso la mano a Fifi antes de irse por el corredor, dejando la puerta abierta para que el
mundo los viera.
“Si eres real,” Homero le dijo.
“Que chistoso.”
“Ya lo sabía,” él le dijo.
Fifi dejo que él le tocara sus pechos, y sus piernas.
“Creo que te alentaste,” ella le dijo.

212
Homero tomo el aguardiente que alguien había dejado en la mesita al lado de la cama,
agradeciéndoles a los dioses por su aventura en el tiempo fractal.
“Tenemos que hacer el amor,” le dijo.
“Es que soy virgen.”
Ella le dijo que trabajaba como periodista con uno de los mejores periódicos de Nueva
York.
“He sufrido mucho,” Homero le dijo.
Ella asintió. “Ya lo sé.”
El la beso, sin hacerle caso a sus excusas por no dejarle hacer todas esas cosas que
deseaba, hasta que todo se esfumo como en un sueño.
“No he debido de tomar ese aguardiente,” Homero dijo.
Fifi se acostó a su lado, haciéndole compañía en esas primeras horas, después de que lo
habían encontrado en el océano, aunque él no tuviera alientos de hacerle nada, y las
medicinas que el intermediario le había dado lo mandaron al mundo de los sueños, donde la
voz de Fifi le calmaba las pesadillas que tenia de estar perdido en el mar.
A veces se despertaba para encontrar a Fifi peinándole el poco pelo que tenia o haciéndole
masajes a su espalda.
“Te quiero hacer el amor,” él le dijo.
“Espera a que estés bien.”

213

Fifi este enamorada
Homero desafía al mar, decía en el New York Times a la llegada a la ciudad. Las batallas
libradas en Europa no significaban nada para un mundo en el que Hitler y Churchill perdían
su gloria mientras que la estrella de Homero se levantaba sobre todos. Fifi escribió su
historia de valor: entre la tierra y el cielo, donde nuestro héroe tenía que enfrentar los
peligros en medio del mar, hasta el momento de su rescate. El artículo de la periodista Fifi
fue traducido a todos los idiomas y gano el premio de la paz.
Las fotos de Homero adornaban las paredes de la ciudad, como el héroe que había
desafiado a Hitler, al tiempo que él se recuperaba en el apartamento de Fifi, dejando que ella

214
lo sanara con sus tés de yerbas, tan necesarios para la civilización, de acuerdo a lo que le
habían dicho sus ancestros.
“Te pareces a una chica que conocí,” él le dijo.
“Quien era?”
Homero pensaba que la había visto en medio de la selva, así como ese niño visitándolo de
vez en cuando al lado del árbol.
“Es que existen otros universos,” le dijo.
Ella lo miro con sus ojos negros, mientras que el hablaba de un señor llamado Einstein
prediciendo muchas cosas en su teoría de la relatividad.
“El padre Ricardo me lo explico,” el dijo.
“Pues sabe muchas cosas,” ella le dijo.
Los fantasmas de la selva le habían dicho todo eso, antes de que se casara consigo mismo,
en frente del padre Ricardo y más gente.
“Amelia jugaba con sus muñecas,” le dijo.
“Amelia?”
“La hija de mi empleado en el almacén.”
El tío Hugo había llegado de otra realidad, antes de que Homero se ganara la plata
ayudándoles a las viuditas de los tugurios.
“Pero se ahogaron,” él le dijo. “El rio inundo sus viviendas.”
Ella abrió sus ojos al escuchar las noticias de su vida, peores que cualquier otra cosa en el
mundo, aparte de las cosas malditas que los hombres de Hitler hacían en la guerra.
“Hay muchos caminos del universo,” él le dijo
“Ya entiendo,” ella le dijo. “Creamos nuestro senderos a medida que vamos por la
realidad.”
“Eso creo,” él le dijo.

215
La luz del sol se colaba por entre las nubes oscuras al disiparse la tormenta, cuando él
pensaba en una catástrofe sin precedentes el día menos pensado.
“Te amaría en cualquier universo,” él le dijo.
“Que confusión,” ella dijo.
Había otras dimensiones atrás de las nubes del tiempo, de acuerdo a las leyes de física, de
las que había leído en los libros de su padre.
“Te gusta eso de dimensiones,” ella dijo.
“Por eso nos conocimos.”
“Tenía que ver al hombre desafiando a Hitler,” ella dijo.
Homero acaricio ese cuerpo que había aprendido a amar después de la tragedia en el mar,
cuando casi se había muerto por culpa del intermediario dejándolo solo en medio de las olas.
“Nuestras vidas se dividen en muchas posibilidades,” le dijo.
“Ya veo,” ella dijo. “Me ves en la selva, y tienes amigos en otras dimensiones.”
“Eso me define,” Homero dijo.
“Las dimensiones.”
Fifi tendría que contarle al mundo acerca del héroe siguiendo el camino fractal delineado
por sus ancestros en los comienzos del tiempo, cuando él esperaba hacerle el amor en la
ciudad mejor del mundo.
“No se te olvide del eclipse,” él le acaricio su estomago.
“Eso es lo primero que pondré.”
“Y mi vida acabara con el sol.”
Fifi paro de escribir, dejando que él le hiciera más cosas.
“Me lo dijo alguien hace tiempo.”
“En otra dimensión,” ella le dijo.
“Creo que si.”

216
“Estás loco.”
Homero la abrazo, sus labios besándole ese cuerpo con el que había soñado en su realidad
fractal, pero ella tenía que escribir más de su vida.
“Hablaremos después,” él le dijo.
“No piensas sino en eso.”
Él le acariciaba el triangulo del amor del que hablaban esas revistas especializadas en el
amor sexual, como las que tenía el padre Ricardo en su casa parroquial, las que hablaban del
placer del universo..
“Yo nací al lado de las hormigas,” él le dijo.
“Pensé que había sido en el eclipse.”
Ella escribía de su vida a pesar de que él le quisiera hacer el amor y el reloj los llevara
hacia otra realidad fractal, de la que nunca regresarían.
“No hay más que decirte,” él le dijo. “Aparte de las veces que acudía a las clases en la
iglesia y de los libros de mi padre.”
“Los que te decían de dimensiones.”
Fifi subrayo unas cuantas cosas que consideraba importantes en su narrativa de esos
detalles, los cuales tendría que informarle al mundo.
“Te amo mucho,” él le dijo.
Ella los escribió entre otras cosas que había puesto acerca de sus relaciones desde su
llegada del océano.
“Tendremos que ir al Empire Estate Building,” ella le dijo.
“El asintió. “Otro día.”
Él le masajeaba sus piernas, para que hicieran el amor en ese momento, en el que a ella
solo le interesaban los detalles de su vida.
“Tengo que acabar,” le dijo

217
“Shhh,” él le dijo.
Homero le conto mas detalles de su vida, como acerca de su aventura en la selva, donde
los fantasmas le habían contado muchas cosas, antes de encontrarse con el padre del pueblo y
el tiempo había pasado más rápido que de costumbre.
Su mano le masajeaba sus pechos, esperando que ella se cansara der escribir, pero ella
quería saber de los fantasmas. Homero la llevo hacia la cama, donde la beso, tocándole sus
zonas erógenas y ella dejo caer el papel al suelo.
“Seguiremos después,” él le dijo.

La reunión
Fifi lo llevo al metro al día siguiente, en el que los edificios que adornaban las tarjetas
postales de la ciudad se veían entre la neblina ocultándolo todo, antes de que entraran a una
estación con nombres escritos en ingles, llena de ciudadanos de prisa a algún sitio del mundo.
“Estoy nervioso,” Homero dijo.
“Por qué?”
Las puertas del tren se abrieron, mientras la gente hablaban en esa lengua que tendría que
aprender, si quería ser un millonario, mientras de subían y bajaban del tren.
“Les tienes que contar tus aventuras,” ella dijo.
“No se cuales.”

218
“Todo acerca de la explosión en el barco,” ella dijo.
La bomba lo habría matado en su misión de paz a su país, en otra de las realidades en las
que habitaba en el mundo fractal, aunque estuviera vivo en ese momento.
“Es que no estaba allí,” él le dijo.
“Deja de tus chistes.”
“Es verdad,” él le dijo.
Homero la oyó hablar de su vida, porque nunca había amado a nadie más que a él, si es
que existía en otra realidad.
“La tragedia no fue culpa tuya,” ella le dijo.
Ya le habían dicho todo eso a Homero en un día perdido en el tiempo, cuando las viuditas
se habían ahogado en la tormenta.
“Que si fue,” él le dijo.
Él le conto de su vida antes de que apareciera entre las hormigas del jardín, cuando el tío
Hugo les había traído fotos de Nueva York en una de sus visitas a la familia de Homero.
“El me llevo al circo,” él le dijo.
“Ha debido de ser interesante.”
Habían llegado a una estación de paredes grises, de donde la gente salía de prisa para
algún sitio desconocido de la ciudad.
“Le gustas a María,” ella dijo.
Homero miro a la gente que iba de prisa a algún lugar del universo, mientras los pájaros
volaban hacia otros países más cálidos en esa época del año.
“Apúrate,” Fifi dijo.
El la siguió a una estación de paredes grises como el clima de la ciudad, en donde se
volvería un millonario si el mundo algún día. Después de caminar por unas cuantas calles,

219
ellos llegaron a un edificio gris, donde el ascensor los esperaba cerca de las escaleras
olorosas.
“No te preocupes,” ella le dijo.
“Ya tratare.”
Al bajarse en uno de los pisos, ellos se encaminaron por entre los apartamentos, hasta
llegar a una puerta blanca.
“Lo estábamos esperando,” María los recibió, dejando la marca de su lápiz labial en la
cara Homero.
“Gracias,” el dijo.
“Tenemos que festejar al héroe,” ella dijo.
Entonces el tío Hugo apareció en la puerta, delgado a pesar de la ropa de invierno que
tenia puesta, por dejar que un hombre como Hitler acabara con sus vidas.
“Bienvenidos,” les dijo.
“Dos y dos son siete,” Homero le dijo.
El tío le sonrió. “Claro está.”
Su corazón latiendo rápidamente, cada vez que pensaba en la tragedia en el océano en la
que nunca había estado.
“Dios salvo su vida,” ellos dijeron.
“Mis compañeros murieron,” Homero dijo.
“Vio monstruos en el mar?” le preguntaron.
“Un pescado trato de comerme.”
Homero había desafiado a los nazis, en un día que nadie olvidaría, mientras lloraba en los
brazos de Fifi, consolándolo por sus sufrimientos en el mar.
“Es que nació en un eclipse solar,” ella les dijo.
“Que viva el mesías,” todos dijeron.

220
“Pondremos su foto en el altar,” María mostro el lugar donde habían encendido unas
cuantas velas.
“Lo adoraremos,” ella dijo.
“Gracias,” Homero le dijo.
“No sea tan modesto.”
Homero brindo por la liberación del mundo, al tiempo que una de las mujeres recogía
dólares en una canasta vieja, para aumentar el capital de Homero que quería ser un millonario
antes del final del mundo. Entonces él les conto una historia de valor en el medio del mar,
que se lo quería comer a pesar de todo lo que había hecho para deshacerse de los demonios
persiguiéndolo en el mundo.
“Ha estado adentro de una ballena?” alguien le pregunto.
“No se,” Homero dijo.
“Pero si eres nuestro héroe de las escrituras,” otro dijo.
“Alabado sea Homero,” todos dijeron.
Todo el mundo hablaba al tiempo de cómo Dios había mandado a Homero a salvar al
mundo, sumido en la desgracia de los pecados enviados por el demonio, que odiaba a Dios
con toda su aliento.
“Hemos conseguido miles de pesos,” una voz interrumpió la polémica.
“Que viva Homero,” todos dijeron.
El teléfono sonó y María hablo con esa boca que el añoraba tanto, dándole paz a su
corazón, sumido en la miseria de una ciudad tan fría.
“Es el presidente de los Estados Unidos,” ella dijo. “Le quiere dar una medalla.”
Había sido una tarde muy productiva aunque el reloj corriera hacia el final del tiempo, y
no había podido hacer nada con María.
“Este capítulo esta corto,” él le dijo.

221
“No entiendo.
Homero la quería llevar al baño con la escusa de contar la plata, esperando que el mundo
los dejara solos para poseer a la chica.
“Se puede alargar de otras maneras,” ella dijo.
“Esta es la única buena para mí.”
Ella no entendía lo que Homero le decía, cuando el final del tiempo se aproximaba por los
caminos que tendrían que escoger entre los universos.
“Alguien ha donado mil dólares para la aventura de Homero,” el tío Hugo interrumpió la
conversación.
María lo llevo al centro de la habitación, donde la gente lo aplaudió y varias mujeres le
besaban las mejillas, porque era el hombre más importante de la reunión, al tiempo que la
plata aumentaba en su cuenta bancaria.

El sol oscuro
Ellos vivían en un hotel como cualquier otro en la ciudad, donde ella pagaba las cuentas y
Homero la satisfacía de muchas maneras, a pesar de que tendría que pensar en su futuro,
cuando el timbre del teléfono interrumpió sus actividades amorosas.
“Puede ser importante,” Fifi dijo.
Al intentar coger el teléfono, Homero le toco los senos quemados por el sol del Caribe,
donde se habían conocido.
“Es suficiente,” ella dijo.
“Nunca lo es.”
Fifi alcanzo el teléfono a pesar de sus protestas, cuando él quería alargar el momento por
una eternidad.
“Es el tío Hugo,” ella dijo. “Los periodistas nos esperan en la recepción.

222
“No has debido contestar.”
“Te pueden dar más plata.”
Homero pensó en las consecuencias de sus palabras si quería ser el hombre más rico del
planeta antes de que el sol acabara con todo lo que tenia, como lo diría en las páginas que
José había dejado en el jardín.
“No sé qué decirles,” Homero dijo.
“La verdad.”
“Sabes que eso no puede pasar.”
Homero tendría que encontrar su ropa en la mescolanza del cajón, hasta que una de sus
camisas cayó a sus pies.
“Te quedara buena con tus pantalones azules,” Fifi dijo.
El no sabía que ropa ponerse, cuando Los periodistas los esperaban en ese día tan
importante para la nación.
“Vámonos,” ella le dijo.
El la siguió por los corredores hasta que llegaron al ascensor, en medio de las paredes
color crema de un edificio como cualquier otro de la ciudad.
“Si me amas?” él le pregunto.
“Claro que si.”
Homero se imaginaba los titulares del día siguiente especulando acerca de la mujer que le
había salvado su vida.
“Pues escribiste acerca de esto,” él le dijo.
“Ya lo sé,” ella dijo.
Fifi tenía lista la historia de las tribulaciones sufridas por Homero a bordo de esa lanchita,
meciéndose en las olas del mar Mediterráneo por una eternidad.
“El aguardiente se me había acabado,” el dijo.

223
“Tendría que ser una tragedia.”
Homero se acordó de esas horas que había pasado en la soledad de su naufragio, cuando el
mar intentaba matarlo, y Hitler lo había amenazado con el pescado salado.
“No quiero que las bombas me maten,” él le dijo.
“Porque no se hundió con el barco?”
“No estaba allí.”
Todo paso en cámara lenta, cuando ella dejo caer el papel en el suelo, después de oír su
confesión de las mentiras que le decía al mundo, cuando los reporteros los esperaban abajo.
“Pero tus hombres murieron.”
Homero asintió. “En otro de mis barcos.”
Ella escribió algo en su libreta, antes de que las lágrimas le rodaran por la cara, como si él
hubiera matado a unas cuantas personas del mundo o algo así por el estilo.
“Eso es una historia que no sabias,” él le dijo.
“Pero..”
“Le vendí armas a la republica de Salvacion.”
Homero le dijo la historia de sus negocios con los presidentes del Caribe, que querían
matarse con las armas de Homero.
“Te perdono,” ella le dijo.
“Y la prensa?”
“Les dirás tus mentiras.”
Ella escribió unas cuantas cosas más, mientras Homero reflexionaba sobre sus mentiras al
público que lo quería tanto en el camino del universo que había seguido desde la muerte de
sus padres.
“La prensa nos espera,” ella le dijo.

224
Homero se alisto para su cita con los periodistas, después de decirle a Fifi los secretos de
su vida, cuando ella seguía escribiendo cualquier cosa que quería decirles a sus lectores.
“No digas la verdad,” le dijo.
Homero se estaba amarrando la corbata y paro de mirarse en el espejo.
“Hare lo que quieras,” le dijo.
“La verdad te arruinaría.”
“Ya lo sé.”
Él le tenía que decir todo lo que había hecho en su vida para obtener la fama deseada por
sus padres antes de que la muerte se los llevara.
“Me perdí en el mar,” le dijo.
“Pagaste por todo eso.”
Homero le conto como el intermediario lo había dejado que sufriera a la intemperie por
unos días.
“Casi que me muero,” le dijo.
“Eso es castigo de Dios,” ella dijo.
“Pero no existe.”

225

Los periodistas
Homero bajo por las escaleras de la mano de Fifi, esperando que ella le hubiera perdonado
lo que le había hecho al mundo.
“No digas la verdad,” ella le dijo.
Homero miro al suelo, tratando de recordar lo que tenia de decirles a los periodistas que le
dirían a sus lectores de los sufrimientos de Homero en esa tragedia que ninguno olvidaría.
“Don Homero,” un hombre alto le dijo. “Es un placer conocerlo.”
Ellos lo siguieron por un corredor largo, hasta llegar a la recepción del hotel, donde el
resto de la prensa los esperaba.
“Que viva Homero,” todos dijeron.
Los periodistas alistaron sus cameras, apuntando todo lo que Homero les decía de su
aventura en el mar.
“Cuéntenos de la explosión,” le dijeron.
“Estábamos comiendo cuando oímos un ruido como un trueno,” Homero dijo.

226
“Ha debido de ser muy tremendo.”
“Pensé que me había muerto,” Homero dijo.
Ellos siguieron tomando fotos, sin importarles la plata que Homero les exigía, porque
quería ser el hombre más rico del mundo.
“Me acuerdo de mis camaradas,” Homero dijo.
“Ya están con Dios,” uno de los reporteros dijo.
Homero asintió. “Se habrán ido derechito al cielo.”
Los periodistas le tenían que pagar la plata exigida por esos momentos que lo llevarían
hacia el fin de la humanidad.
“Fue un milagro que se salvo,” ellos dijeron.
Fifi, le daba alientos para contestar las preguntas de los reporteros, quienes querían saber
de su nacimiento bajo la sombra del sol.
“Díganos más acerca de la tragedia,” ellos dijeron.
“Vi fantasmas,” Homero dijo.
“Estaba solo en el océano.”
El eco de los fuegos artificiales acabo la paz del momento, recordándole a Homero de esos
momentos cuando el submarino de Hitler había matado a sus compatriotas, como si hubieran
estado maldecidos por su dios.
“Quiero que paren,” él le dijo a Fifi.
“Quienes?”
“Los submarinos.”
Homero huyo de las cámaras, corriendo por las escaleras hasta llegar a su habitación en un
piso del hotel, donde nadie lo molestaría con sus preguntas acerca del día peor de la
humanidad.
“Es Armagedón,” el dijo.

227
Fifi apareció a su lado, acobijándolo de las pesadillas persiguiéndolo hasta el fin, tal como
decía en las escrituras hacia más de dos mil años, aunque podrían estar confundidas acerca de
algo, del que nadie sabía nada.
“En otra existencia yo estoy aquí con María,” el dijo.
Fifi lo miro, sus ojos oscuros estudiando su alma, como nunca lo había hecho.
“Pero mientes,” le dijo.
“Ya te lo he dicho.”
Homero busco las hojas de coca que guardaba debajo de la ropa, la mejor cura para los
problemas asediándolo desde su rescate del Atlántico, porque él no había visto las bombas
estallando.
“Tenemos que hablar,” ella le dijo.
Fifi le dijo de sus planes para que se casaran, después de su entrevistas con el mundo,
aunque tendrían que tener otra entrevista con la prensa.
“Pueden saber la verdad,” Homero le dijo.
“Lo dudo,” Fifi le dijo. “Piensan que eres un héroe.”.
Ellos hablaron de lo que pasaría si el mundo se enterara de lo que había pasado esa noche,
en la que Homero le había estado vendiendo las armas a uno de los presidentes del Caribe.
“Tenemos que hablar de lo vas a decir,” ella le dijo.
“Que estaba en el barco.”
“Es lo mejor que puedes hacer.”
Fifi escribió en su libreta todo lo que Homero le tenía que decir al mundo, cuando todos
creían que casi había muerto en el barco llevando las armas a Europa.
“Ya publicare mis notas,” ella le dijo.
“Y ganaran muchos premios.”
“Eso espero.”

228
El la beso, saboreando ese lápiz labial que él le había dado hacia poco, cuando el teléfono
interrumpió sus avances sexuales.
“Es la prensa,” Fifi le dijo. “Te quieren hablar otra vez.”
“Si vienes conmigo.”
“Claro que lo hare.”

Una nueva vida
Homero recibió una medalla del congreso de Estados Unidos en una ceremonia atendida
por presidentes de muchos países del mundo, trescientos mil soldados, seiscientos mil
estudiantes y veteranos de las guerras mundiales. Stalin lo declaro el líder de los trabajadores
soviéticos y Churchill lo beso en las mejillas unas cuantas veces en uno de sus viajes a
Europa, para celebrar el final de la guerra y el comienzo de su nueva vida, como persona
influyente en la humanidad.
Homero había seguido a su tío a la ciudad que había dejado, después de la muerte de las
viuditas en los misterios del tiempo, mientras que Fifi esperaba a que más millonarios
ayudaran con su misión de amor en la ciudad de Nueva York.
Eso se llama modernismo, Homero admiro el paisaje de la ciudad desde la ventana, al
tiempo que se tomaba el jugo de curuba, que el tío Hugo le había traído esa mañana. Una
fruta exótica producida en el país, pero no tan valiosa como la marihuana. Homero leía los
manuscritos que su amigo invisible le había dejado, tomándose un café con bastante azúcar,
así como su madre lo había hecho antes de irse al reino de los cielos.

229
Entonces miro los papeles que su amigo invisible había dejado en el suelo en el primer día
en el mundo, pues Homero no se acordaba de nada mas antes de ese acontecimiento tan
importante.
“Es una cuestión de palabras,” el se dijo a el mismo.
Algún escritor ganaría premios con el relato de su vida, desde el momento que había
abierto sus ojos al eclipse solar, cuando las hormiguitas acababan con todo lo que
encontraban en su camino al lado del árbol en ese patio donde pasaría muchos días de su
juventud.
Homero quería el yate para pasear por todo los sitios en compañía de mujeres hermosas,
pues tenía que pasar contento aunque Fifi se pusiera celosa de las chicas bañándose en su
piscina.
El dibujo la piscina al lado de ese mar azul del Caribe en uno de esos yates de los
millonarios que salían en los periódicos, paseándose por el mundo sin importarles la pobreza
de la gente en muchas de las ciudades que visitaban.
El puso algunas de las formulas de uno de esos libros científicos de su padre, mezcladas
con las palabras de los papeles de su amigo secreto.
“El tiempo no existe,” Homero se dijo a sí mismo.
El paso del tiempo tendría que ser un espejismo, a pesar de que todos dijeran que había
dejado la tragedia de las viuditas hacía muchos años, porque él había huido de las cosas
malas de la lluvia hacia solo unos meses, en los que se había embarcado para el Caribe, sus
hombres habían muerto en el Mediterráneo, antes de encontrarse con Fifi en el barco del
intermediario, donde se habían enamorado como nunca en sus vidas.
Algo que decía le llamaba la atención, entre todas las otras que no entendía por más que
las estudiara. Masa es energía y energía es masa, Homero leyó en una de las páginas de un
libro de física.

230
Homero pensó en el significado de esas palabras, y de cómo afectarían el mundo que
conocía al seguir leyendo todo eso lo de que la observación colapsa la ola de la realidad en
otra de esas formulas que le daban dolor de cabeza de solo verlas.
Homero volvió a sus cálculos matemáticos, que le habían enseñado en la escuela del Padre
Ricardo, mas algunas de esa formulas físicas de los libros que su padre tenía en el almacén
del mercado.
“Eso demuestra que las realidades existen,” se dijo a si mismo.
El hizo las sumas de lo que él llamaba el presente, dividiéndose en una infinidad de
mundos cada vez que parpadeaba, como lo diría en esas páginas que tenía desde los
comienzos del tiempo.
El copio algunas de las cosas que decían en los papeles viejos, que tenía en la mesa,
pensando en el significado de lo que había leído, si la realidad se dividía en muchas más de
acuerdo a esas formulas locas del libro.
“Nunca lo sabré,” el se dijo a sí mismo.
“Es que hablas solo?” el tío apareció a su lado.
Homero dejo caer su libreta al suelo, entre otras cosas que había puesto al empezar su
estudio de las realidades escondidas.
“Es importante,” le dijo a su tío.
“Debe de ser.”
El tío lo seguía mirando, sin interesarle las teorías de Homero sobre otros mundos de su
imaginación.
“Todos estamos entrelazados,” Homero le dijo.
“Si lo dices.”
Homero se habría vuelto loco después de masticar coca, que muchas veces le ponía la
boca negra o su mente le estaría fallando con los sufrimientos del mundo.

231
“Todo eso estará acá,” él le mostro las páginas.
El tío asintió. “Ya las he visto."
Homero le explico la teoría de otras dimensiones de las que no sabrían nada.
“El fantasma te lo ha debido de decir,” el tío le dijo.
“No fue un sueño,” Homero dijo.
“Como lo sabes?”
“Me dio la sabana con el ojo mágico.”
“Tú y tus historias,” el tío le dijo.
El fantasma le había dado la sabana para protegerlo de la noche, cuando sus camaradas
bailaban sobre los arboles en medio de la selva.
“Pero no encontraste tus cabezas,” el tío le dijo.
“Ya lo sé.”
“Te engañaron entonces.”
Homero miro a las páginas, pensando en la plata que le darían en todas las realidades, de
acuerdo a las teorías de la selva.
“Las mejores cosas en la vida nunca se olvidan,” le dijo.
“Como el fin del mundo,” el tío le dijo.
Homero dibujo a los fantasmas danzando sobre los arboles, explicándole a su tío todo lo
que había pasado esa noche.
“El indio te dio coca,” el tío le dijo.
“Mezclada con la marihuana.”
“Ya sé por qué viste esas cosas.”
“No fue un sueño.”
Homero tenía que discutir las otras realidades alrededor de ellos en las dimensiones del
tiempo.

232
“Cada vez que pensamos creamos otros mundos,” le dijo.
“Ya me lo has dicho,” su tío le dijo. “Tienen que haber una gran cantidad de esos mundos.
Una partícula se divide en dos al pasar por una rendija,” Homero le dijo.
“Estarás loco.”
“Pues lo dice acá,” Homero le mostro el libro que se había llevado a su destierro de Nueva
York.
“Entonces crearemos una gran cantidad de mundos.”
“Más que los granos de arena del mar.”
“Hablando de eso,” el tío le dijo. “Debemos ir a comprar el yate.”
Homero a su destino aunque saliera por los caminos cuánticos del universo, entre todas
esas realidades creadas por sus movimientos en el mundo.
“Esta es tu realidad,” el tío le dijo.
“Claro que si.”
“Entonces alístate ya.”
Él le paso la ropa que estaba en uno de los asientos.
“La he lavado y aplanchado para tu cita con el destino.”
“Eres una buena ama de casa.”

233

El yate
Homero admiraba los barrios de la ciudad, símbolo de la sociedad capitalista
acobijándolos en su manto, cuando el tío lo llevaba en su carro en rumbo a algún sitio del
mundo, y evitando los hoyos de las calles que el alcalde no se preocupaba por mandar a
componer.

Todo había salido como Homero lo quería, la vida brindándole muchas

oportunidades, desde el primer momento en el que había abierto los ojos al eclipse del sol en
los comienzos del tiempo.
“Tú y tus historias,” su tío interrumpió sus pensamientos.
“Cual de todas?” Homero le pregunto.
“La que dices que llegue el primer día de tu existencia.”
“Pues no me acuerdo de nada mas.”
Habían llegado a la parte comercial de la ciudad, llena de almacenes vendiendo toda clase
de cosas para ayudar en la vida cotidiana.
“Me acuerdo de cuando te di tu primer centavo,” el tío le dijo.
Ellos esperaban a que la luz del semáforo cambiara para seguir a su destino, y la gente
hacia sus maromas al lado del semáforo por algunas monedas, cuando un niño pobre se les
acerco.
“Dame una monedita,” les dijo.

234
Homero se acordó de la gente pobre a la que había ayudado hacia algún tiempo, aunque
las viuditas se habían ahogado en las lluvias.
“Toma esto,” Homero le paso unos cuantos pesos.
“Dios le agradecerá,” el gamín le dijo.
“Pues que lo haga pronto.”
Ellos dejaron al niño buscando por más plata para aplacar su hambre, y la calle los llevo a
uno de esos barrios nuevos para la gente con plata.
Ellos habían llegado a una calle con bastantes edificios parecidos entre ellos.
“Ese debe de ser,” El tío señaló un edificio gris.
“Como sabes?”
“Ya llame.”
Ellos dejaron el carro en un parqueadero cerca de allí, mientras buscaban el edificio que el
tío había visto.
“Esta atrás de estos,” el tío le mostro otros edificios.
“Eso espero,” Homero dijo.
Ellos encontraron el edificio del almacén de yates, cuando pensaron que estaban perdidos
en la parte nueva de la ciudad.
“El espíritu santo no nos dejo perder,” el tío dijo.
“Pues no lo he visto,” Homero dijo.
“La oficina está en el segundo piso,” el tío le dijo.
Homero subió las escaleras hasta una oficina pequeña, donde la oficinista escribía en la
maquina.
“Vengo a comprar un yate,” él le dijo.
“Pues son caros,” ella dijo.

235
Él la quería besar, pues tenía que conquistar a una mujer cada vez que pudiera, cuando un
hombre alto entro a la oficina.
“Buenos días,” le dijo.
Homero le mostro la foto del barco que había visto en una de esas revistas que su tío
compraba, cuando le quedaba tiempo.
“Es que soy Homero.”
“El magnífico?”
El hombre se rio, mostrándole una corona de oro entre sus dientes blancos, antes de que le
diera la mano.
“Mucho gusto en conocerlo,” le dijo. “He visto su foto en los periódicos.”
El hombre le dijo de cómo había seguido su labor de amor en el mundo, sin mencionar la
muerte de las viuditas en los tugurios.
“Es que es un santo,” el hombre le dijo.
“Gracias,” Homero dijo.
El hombre tenía un libro sobre el mostrador, donde algunos buques adornaban las páginas
amarillentas.
“Es un yate precioso,” le dijo.
Alguien había dejado un yate en el Caribe para la satisfacción de Homero, cuando sus
padres nunca habían tenido plata para nada en el camino del destino.
“Tiene que firmar acá,” el hombre interrumpió sus pensamientos.
Homero puso su nombre junto a otras cosas legales que le exigían para poseer su yate.
“Ya es suyo, don Homero,” el hombre le dijo.
La mente de Homero volvió al jardín de su nacimiento, su amigo invisible enseñándole
acerca de la vida y las hormigas invadiéndolo todo a su paso.
“Tiene ocho pisos,” el hombre le dijo.

236
Alguna gente caminaba por la proa en las fotografías de la revista, donde los huéspedes se
bañaban en una piscina, sin los peligros del mar abierto.
“Quiero ver las habitaciones,” Homero dijo.
El hombre le mostro unas cuantas fotos de los camarotes en todos los pisos.
“Es súper lujoso,” le dijo.
Homero tendría que saborear el mundo, gracias al dinero aportado por los ciudadanos de
todo sitio, pero el eco de los fuegos artificiales lo saco de sus pensamientos.
“Deben de estar celebrando su llegada,” la chica dijo.
“Eso creo,” Homero dijo.
“Es el veinte de julio,” el hombre dijo.
Homero tenía que ser más importante que todo lo demás que pasara en el país, aunque la
chica seguía escribiendo sin importarle nada.
“Necesito su nombre,” ella le dijo.
“Homero, Homero,” el dijo.
“Es un nombre extraño.”
“Ya lo sé.”
Ella escribía rápidamente, dejándole ver los pezones a través de la blusa que tenia puesta,
y su jefe le decía que tendría que tener cuidado en caso de que lo secuestraran, como ya les
había pasado a un poco de gente rica en el país.
“Lo puede asegurar,” el hombre le dijo.
“Qué?”
“A usted y al yate.”
El hombre le mostro los papeles, dándole el valor que Homero tendría que pagar cada
mes, en caso de que algo malo le pasara a su propiedad, cuando el tío Hugo apareció en la
puerta.

237
“Estábamos hablando del yate,” Homero dijo.
“Es mejor asegurarlo,” el hombre les dijo.
El les dijo de la muerte de hombres inocentes en un país lleno de desigualdades entre las
clases.
“Eres el apóstol de los pobres,” el hombre le dijo.
“Pero quiero una novia,” Homero le dijo.
La chica seguía escribiendo los detalles de Homero en una de las libretas de la compañía,
sin interesarle que él quisiera hacerle el amor esa noche, al tiempo que su jefe hablaba de su
grandeza.
“Que lo quieren canonizar,” le dijo.
“No me he muerto.”
“El papa ha canonizado a la gente antes de la muerte.”
“Es que es el santo patrón de los inocentes,” el tío le dijo.
“Ja, ja,” Homero dijo.
“Estoy casada,” la chica dijo.
“Homero es un millonario,” su jefe dijo.
La chica abrió los ojos al oír las cantidades de dinero que tenía en el banco.
“Ya la invitare al yate,” Homero le dijo.
“Si te acuestas con él,” el hombre dijo.
“Que chistoso,” la chica dijo.
Homero finalizó la compra del yate, mirándole las piernas a la secretaria cada vez que las
cruzaba, pues tenía que llevársela a la cama antes de salir de paseo por el mundo.

238

Las memorias
Homero se recordaba su niñez en esa ciudad en donde había hecho su fortuna, desde el día
en que había viajado con sus padres en un barco de varios pisos. Los ojos claros de su madre
tenían que estarlo mirando desde algún sitio del universo, mientras los zancudos le chupaban
su sangre.
“Le puedo cortar el pasto,” un hombre interrumpió sus pensamientos.
Homero le dio unos cuantos pesos, para que quitara la maleza creciendo por encima de las
tumbas, guardando los restos de sus padres a través del tiempo.
“Le puedo conseguir unas flores,” el hombre le dijo. “Si me da más plata.”
Homero busco los pesos que tenía en su bolsillo, para que las tumbas de sus padres no
desaparecieran en medio de la maleza creciendo por el cementerio.
“Pondré rosas,” el cuidandero le dijo.
“Ya veré si lo hace,” Homero dijo.
El cuidandero le explico cómo cambiaria las flores los fines de semana, antes de que el
sol las tostara con sus rayos tropicales.
“Mi madre me enseño a cortar el pasto,” le dijo.
“Muy bueno,” Homero dijo.
El cuidandero le conto la muerte de su madre hacía muchos años, cuando él la ayudaba a
comer con el salario mínimo que tenia.
“Y tu padre?” Homero le preguntó.

239
“No lo conocí,” el hombre le dijo. “Era un extranjero rico.”
Los mosquitos hicieron que Homero se olvidara de su misión en el cementerio, mientras
se rascaba las piernas y los brazos como un loco.
“Le cuidare sus tumbas,” el cuidandero le dijo.
Homero le dio más pesos, y las gotas de lluvia le mojaban la ropa que había comprado en
Nueva York.
“Que viva tu padre,” Homero dijo.
“Me hubiera gustado conocerlo,” el cuidandero le dijo.
Él le conto como su madre lo recordaba en esas noches tristes en las que no tenían nada de
comer.
“Como se llamaba?” Homero le pregunto.
“No sé,” el cuidandero dijo. “Tenía un nombre extraño.”
Homero pensó que el futuro alteraba el presente con sus ondas probabilísticas, de acuerdo
a las predicciones del fantasma y su compañía de danzas encima de los arboles.
“Es que soy hijo de una viudita,” el cuidandero le dijo.
“Pero todas murieron.”
“No todas.”
Una velita alumbraba una foto de la virgen de los remedios, entre unas cuantas tumbas,
olvidadas por el tiempo, mientras él le hablaba del héroe del pueblo.
“Eres nuestro héroe,” le dijo.
“Yo?” Homero le pregunto.
“El gran Homero.”
Homero pensó que nunca había oído hablar de sus fechorías en los tugurios, hacia algún
tiempo.
“Las lluvias las mato,” le dijo.

240
“Ya lo sé,” el cuidandero le dijo.
El se arrodillo a rezarle a los espíritus del tiempo y los zancudos se volvían más locos por
su sangre en un día que no olvidaría.
“Dos y dos son siete,” Homero le dijo.
“Claro, don Homero.”
Él cuidandero le hablaba de sus deseos de conquistar al mundo, como Homero lo había
hecho desde su llagada del limbo, y una chica interrumpio sus oraciones al creador del
universo.
“Este es Don Homero,” el cuidandero le dijo.
La chica lo abrazo, dejando las marcas de su lápiz labial en sus mejillas.
“Lo he querido conocer hace mucho tiempo,” ella dijo. “Una de las viuditas era mi
madre.”
“No puede ser,” Homero dijo.
“Que si,” ella le dijo.
La chica le conto como había nacido después de que su madre lo había conocido, en
vísperas de la tragedia.
“Usted la visito cuando los niños jugaban con las ratas,” le dijo.
Homero se sintió mal y todo le daba vueltas, mientras la chica le contaba de las
privaciones en su niñez, porque su padre la miraba desde el cielo.
“Sabe quien era?” Homero le pregunto.
“Mi madre dice que mi padre tenía un lunar en el cuello.”
Homero se buscaba un lunar como el que ella decía en el cuello, si su madre no había
tomado la píldora anticonceptiva. Entonces ella le hablo de su vida, cuando tenía que barrer,
trapear y todo lo demás que se hace en una casa, antes de ir a la escuela.
“No ha querido conquistar al mundo?” Homero le pregunto.

241
Ella señaló la tumba de su madre al lado de la vela, un poco amarillenta por el humo y el
paso del tiempo.
“Va a haber una tormenta,” el portero dijo.
“Eso pasa cuando estoy triste,” ella dijo.
Todo daba vueltas alrededor de Homero, su alma sumiéndose en la oscuridad del final de
la humanidad.
“No tengo un lunar en el cuello,” le dijo.
“Que?” ella le pregunto.
“Nada.”
Ellos hablaron de las viuditas ahogándose, mientras ella lloraba por esa mujer que la había
dejado sola en la vida.
“Creo que escogí el camino que no era,” Homero dijo.
“No entiendo,” ella dijo.
“La ley de la probabilidad me lleva por diferentes senderos cada momento de la
existencia,” el dijo.
“Según Dios,” ella dijo.

242

El tiempo juega trucos
Homero salió del cementerio un poco confundido acerca del tiempo que había pasado
desde su llegada a Nueva York, mientras caminaba hacia donde había estado su almacén, y
las campanas de la iglesia llamaban a los feligreses a la misa.
“Lo acompaño?” la chica apareció a su lado.
“Le puedo traer malos recuerdos,” Homero le dijo.
“Pero mi madre lo quería.”
“Con todo el corazón.”
El camino por el mercado hacia el sitio donde su casa había estado hacia algunos años, en
otra realidad que no entendía.
“Yo vivía por aquí,” él le dijo.
Ya habían llegado al parque, donde la fuente seguía mandando su agua al cielo y los
enamorados se sentaban en las bancas a hacer lo que no podrían bajo la mirada de sus padres
en su casa.
“Entonces yo visite a tu madre,” Homero le dijo.
“Ella me lo conto.”
“Y no murieron en las inundaciones.”
“Gracias a la caridad de Dios.”
Homero se sentó al lado de la fuente por la que había pasado tantas veces durante su
juventud, admirando el cuerpo de la chica.
“Te debes de parecer a tu madre,” le dijo.

243
“Eso me han dicho,” ella le dijo.
Ella le conto más de su vida en la barriada, donde nunca tenían suficiente plata para
comer.
“No sabes de tu padre,” Homero le dijo.
“Nada.”
En ese momento una figura conocida interrumpió sus pensamientos de las cosas sensuales
que tendría que hacer con la chica.
“Padre Ricardo,” Homero dijo.
“Que te trae por estas tierras?” el padre pregunto.
“Los vine a ver.”
El padre Ricardo se sentó a su lado, arreglándose el hábito que se le ensuciaba con la
mugre del suelo.
“Has huido de tus pecados,” le dijo.
Homero le dijo lo que había hecho desde que se había ido a Nueva York, no hacía mucho.
El padre Ricardo lo miro como si estuviera loco.
“Hace una eternidad que te fuiste,” le dijo.
Homero conto los meses desde su destierro obligado, pero no podía ser mucho tiempo
desde que les había vendido las armas a los presidentes del Caribe.
“He leído todo acerca de la bomba,” el padre Ricardo interrumpio sus pensamientos.
“Es que es un héroe,” la chica dijo.
“Se debería de casar,” el padre le dijo.
Homero asintió. “Lo hare un día.”
El padre Ricardo lo bendijo con la cruz que llevaba en su hábito, recordándole de la
muerte de Jesús Cristo por sus pecados.
“Dios lo cuidara,” la chica dijo.

244
“Claro que lo hará,” el padre Ricardo dijo.
Homero les dijo del yate esperándolo en las aguas del Caribe, con el que Dios lo había
premiado después de sus sufrimientos en la vida.
“Tus compañeros murieron,” el padre le dijo.
“Pero me salve.”
“Gracias a Dios.”
La buena suerte había permitido que Homero siguiera vivo, a pesar de las desgracias de
sus camaradas en el barco, aunque el padre Ricardo le metiera la culpa al diablo por lo malo
del universo.
“Que vas a hacer ahora?” el padre Ricardo le pregunto.
“Me iré por el mundo.”
“Te llevaras a tu novia,” la chica le dijo.
Ellos caminaron hacia la casa donde Homero había pasado su niñez, perdida entre un poco
de edificios tratando de alcanzar el cielo.
“No ha pasado mucho tiempo desde que te fuiste,” el padre le dijo.
“Solo unos meses,” Homero dijo.
Habían llegado al sitio donde su casa había estado un día, antes de la tragedia de las
viuditas esa noche debla que nunca se olvidaría
“Miguel me ayudo a estudiar,” la chica le dijo.
“Eso está bien,” el padre Ricardo dijo.
Ella los guio adentro del edificio, hasta que llegaron a un apartamento con la puerta de
color crema.
“Me tengo que ir,” el padre Ricardo les dijo.
“Ya es hora de la misa?” Homero le pregunto.

245
El padre Ricardo los dejo solos, y Homero le declaro su amor a la chica, tocándole esas
caderas por las que se podría ir al cielo.
“Que mi marido viene,” ella dijo.
Homero le dio unos cuantos pesos que tenía en su billetera, después de hacer las compras
esa mañana.
“Venga acá,” ella lo llevo a al dormitorio que usaría con su marido.
“Me llamo Aurita,” le dijo.
Homero le beso su cuerpo oliendo a talco y colonia, hasta que llego a su monte de Venus y
su lengua bajo por sus delicias.
“Te amo mucho,” le dijo.

246

La carta de Fifi
Homero encontró una carta oliendo a perfume, que su tío había puesto en su mesa de
noche, que el rompió al abrirlo con afán. Llego esta noche, decía en la mejor escritura de Fifi
que habría aprendido en sus estudios de periodismo en la universidad de Nueva York. Un
pariente rico le había dejado unos dólares después de su muerte, ayudando a que ella paseara
por el mundo sin muchos problemas.
El tío Hugo entro al comedor en su bata de baño, hurgándose los dientes con unos de esos
palillos de madera que tenía en el baño.
“Fifi llega esta noche,” Homero le dijo.
El tío le sonrió. “Qué bueno.”
“Pero me voy a la costa.”
“Ya la cuidare.”
Homero vio las fotos que ella le había mandado, donde mostraba sus piernas con las faldas
de última moda. Como las usarían las mejores modelos del país.
“Me acuerdo de ese vestido,” el tío Hugo dijo.
“La quise un día,” Homero le dijo.
Más fotos cayeron al suelo, testigos de aquellos momentos en los que una mujer le había
salvado su vida en medio del océano, que se lo quería tragar vivo.
“Llega a las seis de la tarde,” Homero dijo. “Pero necesito tiempo.”
“De eso no tenemos mucho.”

247
La piel dorada de Fifi lo había vuelto a la realidad, después de que el tiburón con los
dientes afilados lo había perseguido en el mar de las pesadillas, por el que se paseaban los
fantasmas del océano.
“Pues la querías,” el tío Hugo interrumpió sus pensamientos.
“No sé.”
“Nunca lo sabes.”
Homero se recordaba de esos momentos cuando habían hecho el amor en el camarote,
antes de que partiera hacia las dimensiones del tiempo, por las que se perdería por entre las
ramas del camino fractal de su existencia.
“Amo el amor de los marineros que besan y se van,” el dijo.
“Dejan una promesa y no vuelven nunca más,” su tío dijo. “Me gusta ese poema.”
Homero saco un librito que Fifi le había dado después de su rescate con todos esos
poemas amorosos de García Lorca y Pablo Neruda, que le gustaban, mientras se alistaba para
recibir a Fifi.
“No has olvidado nada?” el tío le pregunto.
“Creo que no.”
Homero empaco todo lo que necesitaba para su nueva vida, dándole las vueltas al mundo
en compañía de las estrellas de cine
Sería fascinante ver los diferentes universos paralelos de los que hablaba el padre Ricardo
en sus sermones incomprensibles, cuando su madre lo obligaba ir a misa con la ropa que le
quedaba pequeña en esos días, al comienzo del tiempo.
“Fifi me salvo la vida,” Homero le dijo.
“En el barco?”
“Claro que si.”

248
Esos días habían sido maravillosos, antes de que los periodistas lo volvieran loco con sus
preguntas, por haber sobrevivido la bomba del submarino alemán.
“El artículo de Fifi gano muchos premios,” Homero dijo.
El tío asintió. “Gracias a tus aventuras en el mar.”
Homero empaco las cartas que ella le había mandado desde que la había dejado a cargo de
sus negocios en Nueva York, por lo que él le pagaba lo que podía.
“También esta Aurita,” le dijo.
“Quien?”
“La hija de una de las viuditas de los tugurios y cuyo padre tenía un lunar en el cuello,”
Homero dijo.
“Eso es lo que tú tienes,” el tío le dijo.
“Mucha gente tiene lunares en el cuello.”
Aurita había sido su amiga por unos días de placer, cuando Homero solo tenía ojos para
Fifi en ese momento de su vida.
“Aurita te visitara en el yate,” el tío dijo.
“Creo que si.”
El tío escucho la historia de amor en esa ciudad de edificios altos, donde la gente lo había
ayudado a que consiguiera el dinero y la fama por no haber muerto en el barco, bajo la bomba
de los alemanes.
“Puedo probar que estaba allí,” Homero le dijo.
“Pero no estabas.”
“Eso es asunto de percepción.”
Homero le mostro unas cuantas fotos del barco que había naufragado, donde se veían unas
personas en la proa.
“He dicho que soy ese hombre,” él le mostro una foto.

249
“No se le ve la cara.”
“Por eso me gusta.”
“Eres inteligente,” el tío le dijo.
“Ya lo sé.”
Ellos discutieron que pasaría ahora que se iba al puerto, en vez de pasar unos días con ella,
para reencontrar ese amor que había sentido por la mujer que lo había ayudado a volver a la
realidad.
“Te tienes que alistar,” el tío le dijo.
Homero empaco más camisas para ese viaje que duraría para siempre, al tiempo que le
explicaba al tío como haría que se fuera con él.
“Las camisas de algodón serán mejores para el clima caliente del Caribe,” el tío lo
interrumpio.
Homero empaco más cosas en la maleta, no olvidándose del vestido de baño y el flotador
para la piscina, donde se divertiría con las chicas mas lindas del mundo.
“Ella tendrá otros planes,” el tío le dijo.
“No puede hacer eso,” Homero le dijo.
“Por qué?”
“Es que me quiere.”
“Eso ya paso.”
La maleta estaba llena de cosas, mientras Homero reflexionaba en su situación, cuando
Fifi vendría con él al yate y todo saldría así como el quería.

250

Fifi
Homero pensaba en Fifi, la mujer que lo había curado después de su aventura en el mar, y
a la que él la había querido como nada más en este mundo, mientras el tío manejaba por los
campos bajo los rayos del sol.
“Amor que te escondes bajo las enredaderas, olvidándote de mi pasión,” Homero dijo.
“Estas poético,” el tío le dijo.
“No sé porque la deje.”
Esa era una buena pregunta, cuando Homero tenía que viajar por el mundo, saludando a
todos los presidentes que lo querían conocer, aunque Fifi le había rogado que no se fuera de
su lado, en ese país del norte. Ya volveré un día, Homero le había dicho.
El revivió esos momentos en los que creyó que moría, mientras que los potreros
adornaban el paisaje, interrumpido por las inundaciones cerca del rio oliendo a agua
estancada bajo el sol tropical.
“Mis camaradas no han debido de morir,” el dijo.
“Fueron patriotas.”
Los campos se seguían los unos a los otros, donde las vaquitas ingerían su cena de pasto,
cuando Homero pensaba en esas dimensiones extraordinarias, a las que volvería en el día
menos pensado.
“Tengo que estudiar los papeles que encontré bajo el árbol,” le dijo a su tío.
“Si te queda tiempo en el yate.”
“Claro que si.”

251
Homero invitaría a la gente importante del mundo que habitaba, sin contar esos otros
universos en los que sus dobles podrían vivir, de acuerdo a las ecuaciones de la física que los
fantasmas de la selva le habían enseñado.
“Tendremos que escoger el camino de los destinos cuánticos,” el dijo.
“Me lo has dicho unas cuantas veces,” el tío le dijo.
Todo cambiaba de momento en momento, de acuerdo a un hombre llamado Einstein que
vivió en tiempos inmemorables.
“Lo que no entiendo,” el tío dijo. “Que tiene que ver la llegada de Fifi con todo esto.”
“Escogeré uno de los caminos de la encrucijada.”
“Ya compraste el yate,” el tío dijo.
Habían llegado al aeropuerto, donde los pasajeros empujaban sus maletas y un avión
aterrizaba encima de sus cabezas. Homero se bajo del auto, antes de seguir al tío por entre
los otros carros, el ruido de las escaleras automáticas interrumpiendo sus recuerdos de la
mujer que había amado después de su aventura en el mar. Una rubia de tacones altos se hizo
camino entre la gente hasta llegar a su lado.
“Te he extrañado mucho,” ella dijo, besándolo la boca.
“Fifi,” Homero dijo.
La aparición lo abrazo, sin darle tiempo a que se pusiera contento bajo sus calzones.
“Ya pediré los cafés,” el tío les dijo.
Fifi lo abrazo otra vez, sus tetas apretadas contra su pecho.
“He tenido cirugía plástica,” ella le dijo.
Pues tenía unos pechos de último modelo, y de los mejores materiales de los Estados
Unidos.
“Te he extrañado mucho,” ella dijo.
“Yo también.”

252
“Pruébalo,”
“Ahora?”
“Aquí están los cafés,” el tío interrumpió la conversación.
El los llevo a una tienda, donde las tazas de café los esperaba en medio de unos pasteles
para alegrarles el estomago, mientras Homero le explicaba que se tenía que ir a la costa.
“Ven conmigo,” él le dijo.
“A donde?”
“Estas invitada a mi yate.”
“No tengo el tiquete del avión.”
“Te lo comprare,” él le dijo. “Puedo comprar la aerolínea.”
Él le beso sus labios con sabor a café, mientras que el tío miraba a una revista que había
encontrado entre sus cosas y la gente alrededor de ellos hablaba en todos los idiomas.
“El apartamento está bien,” ella dijo.
“No lo has vendido.”
“Me trae muchos recuerdos.”
Homero acaricio su cintura, pausando bajo de esas montañas que tendría que escalar un
día.
“Ya sé que me has extrañado,” le dijo.
“Déjame que te explique.”
“No te preocupes.”
Él le saboreaba su colorete de labios, pues Fifi lo amaría para siempre entre los misterios
de su vida.
“Ya vendrás conmigo,” él le dijo.
“Es que no entiendes,” ella dijo.

253
Homero la llevo hacia la ventanilla de los tiquetes, donde la chica se miraba las uñas, sin
importarle que Homero estuviera de afán o que el mundo se acabara pronto.
“Quiero un pasaje mas para Santa Marta,” él le dijo.
“No hay más puestos,” ella dijo.
“Pero ni siquiera ha mirado el libro.”
Un señor bien vestido se les acerco, empujándolo a un lado como si no valiera nada, pero
Fifi lo beso en la boca.
“Este es el general Gómez Ayala,” ella dijo. “Es mi prometido.”
Homero pensaba en el significado de esas palabras tan simples en el universo. Fifi se
habría ido a la cama con el general después de que el la había dejado a cargo de su casa en
esa ciudad de edificios altos.
“Usted debe de ser Homero,” el general interrumpió el silencio “Fifi lo menciona todo el
tiempo.”
“Qué bueno,” Homero dijo. “Discutiremos los negocios algún día.”
“Claro que si.”
Homero le pasó su tarjeta con el teléfono del yate pues tenía que pensar en su vida antes
de la catástrofe que vendría muy pronto.

254

El general
EXTERIOR DE YATE LUJOSO- NOCHE
Vemos la parte de arriba de un buque suntuoso, donde el piso los asientos y las mesas son
lujosos, al tiempo que se mueven con las olas, una razón para creer que estamos en el mar.
Una gaviota trata de dormir en el mástil, pero tiene el ojo que le da al público abierto.
GAVIOTA
Se me olvido tomar esa tableta de sinogan y no puedo dormir.
La gaviota llora con la cabeza debajo de sus alas, cuando una chica muy hermosa aparece en
la escena. Ella tiene cabello rubio plateado, pestañas falsas de color azul eléctrico y sus
pechos con sostén numero cuarenta son imponentes.
Medidas: 94- 39- 90
Tiene un vestido crema ceñido a su anatomía, su busto parece que va a estallar y su piel
bronceada se le ve en los rotos de su vestido.
FIFI
Sola entre el cielo y la tierra.
Ella suspira poniendo su sostén en peligro.
FIFI
Los marineros aman la noche y el mar.
La gaviota abre su ojo.
GAVIOTA
No puedo dormir y esa trasnochada viene a decir cosas estúpidas.

255
Fifi mira a la gaviota.
FIFI
Pobre pájaro. Estas frio?
GAVIOTA
La noche si está fría. Tienes un sinogan?
FIFI
Qué es eso?
GAVIOTA
Es una pastilla de dormir.
FIFI
No necesito tabletas ya que duermo con mi marido pero a veces con mi amante para
tener buenos sueños.
Un hombre de mediana edad aparece en la escena, vestido de blanco y con zapatos del mismo
color. Fifi lo mira.
FIFI
Homero, mi amor.
Ella lo besa.
HOMERO
Que esta mi ángel rubio haciendo aquí sola?
FIFI
Le pregunte a este pajarito quien es el mejor marinero del mundo.
HOMERO
Quisiera ser el mejor pirata del mundo, aunque no te pueda esconder en ningún sitio
del Caribe.
FIFI

256
Nos tenemos que esconder de mi esposo, el general.
HOMERO
Los generales son buena gente.
FIFI
Mi capitán no me recordara mañana.
GAVIOTA
Ya lo pasare bien.
HOMERO
Mi amor te seguirá a todo sitio, como un perro.
FIFI
Si creo que eres un perro.
HOMERO
Me siento como un estudiante enamorado.
GAVIOTA
También veo esa telenovela.
FIFI
Esta es nuestra última noche.
HOMERO
Y solos si el general no nos molesta.
FIFI
Al general nada lo despierta.
HOMERO
Es como un antitanque.
GAVIOTA
Ha debido de hacer la línea Maginot.

257

El cardenal Anastasio aparece en la escena. Tiene un hábito gris con botones rojos, con una
corona triple con cruz de diamantes en la cabeza, mientras se mueve como un tanque listo
para el ataque con sus zapatos grises. Medidas: 94- 344- 48
El tose, su voz profunda saliéndole del estomago.
CARDENAL
Me da mucha pena por la interrupción pero estaba hablando con mi Dios como siempre.
Fifi y Homero se arrodillan en el suelo.
FIFI Y HOMER (al mismo tiempo)
Su santidad.
El cardenal los bendice, rezando en latín.
CARDENAL
Páranse mis hijos. Dios estará con ustedes para siempre.
Su santidad se arregla su ropa arrastrándosele por el suelo.
HOMERO
Su santidad, le agradezco que haya visitado mi barco.
CARDENAL
Eres muy modesto.
FIFI
Es un honor tener a un príncipe de la iglesia católica en este viaje tan importante. Es
como si viajáramos con Dios.
CARDENAL
Nosotros, los pastores tenemos que estar con nuestras ovejas.
FIFI
El almirante ha estado enfermo hoy.

258
HOMERO
Tomemos un vaso de vino mientras esperamos.
CARDENAL
Dios los bendecirá.
GAVIOTA
La señora de rojo debe de estar embarazada.
Homero le da órdenes a uno de los marineros.
HOMERO
Mis actividades necesitan la protección del todopoderoso.
FIFI
Es el padre de la libertad. Tienen que erigir estatuas en su honor.
HOMERO
No digan cosas tontas.
CARDENAL
No seas tan humilde. Sabemos de tu aventura en medio del Atlántico.
HOMERO
Hice lo que cualquier otro hubiera hecho.
FIFI
Escribí entre el cielo y el mar en su honor. Es difícil no reconocer a un héroe.
GAVIOTA
Creo que el barco más pequeño que ese hombre conoce es el Queen Elizabeth II
PASA A
EXTERIOR DE YATE LUJOSO- NOCHE
Los marineros traen unas cuantas botellas, vasos y flores, y los ponen en la mesa que hay en
el medio del escenario.

259
CARDENAL
Que le pasaría a Aurita.
FIFI
El amor es muy hermoso.
HOMERO
Es la substancia de la vida.
El cardenal suspira.
CARDENAL
Estoy enamorado.
FIFI
Has debido de ser buen mozo. Es una bendición para Aurita estar en el corazón de
Dios.
CARDENAL
He amado a Dios y a los seres humanos toda mi vida.
HOMERO
Dios protege a sus apóstoles.
CARDENAL
Puedo tener mis placeres, después de servir a la eternidad para siempre.
CORTA A
EXTERIOR DE YATE LUJOSO- NOCHE
Homero pone el vino en los vasos, cuando los invitados vienen a la mesa.
HOMERO
Brindo por el santo apóstol y la mujer más hermosa del mundo.
CARDENAL Y FIFI (al mismo tiempo)
Gracias.

260
Todos toman vino.
GAVIOTA
Siquiera que no tome ese sinogan.
CORTA A
EXTERIOR DE YATE LUJOSO- NOCHE
Una chica muy linda aparece en la escena. Tiene con un vestido negro largo con una abertura
en sus caderas, su pelo negro recordándonos al de Cleopatra antes de encontrarse con Marco
Antonio. Sus tetas grandes y brazos bien formados nos traen a la mente unas de esas estatuas
de afrodita, esparcidas por la Italia de la edad media. Medidas: 8-31-82
CARDENAL
Un ángel ha llegado.
Aurita le da un beso.
HOMERO
Eso si es amor.
FIFI
Y nosotros qué?
Fifi y Homero se besan.
CORTA A
EXTERIOR DE YATE LUJOSO- NOCHE
Las chicas se sientan en las piernas de los hombres.
GAVIOTA
Que están haciendo ahora?
El cardenal le ofrece a Aurita un vaso de vino.
CARDENAL
Toma algo, mi corazón.

261
Ella se lo toma casi todo.
AURITA
Tengo que dejar algo para mi santo.
CARDENAL
No quieres ser un vampiro.
El cardenal acaricia el tejido en los calzones de Aurita.
CARDENAL
Te los he dado.
AURITA
Los estoy usando en tu honor.
CARDENAL
Te los quitare después.
GAVIOTA
La mujer con la falda roja se quiere comer a la otra.
El almirante aparece con medallas en su pecho, al tiempo que las mujeres se alejan de los
hombres.
HOMERO
Estábamos esperándolo, almirante. Como esta?
El almirante camina por entre las mujeres y se arrodilla en frente del cardenal.
ALMIRANTE
Buenas noches, su excelencia.
El cardenal lo bendice.
CARDENAL
A Dios le ha dado compasión de tu alma.
El almirante se para, saluda a Homero, abraza a Fifi y besa a Aurita.

262
AURITA
Como esta mi león de la mar?
ALMIRANTE
Estoy mareado.
Homero le da un vaso de vino.
HOMERO
Te sentirás mejor después de tomar esta medicina.
FIFI
Que le habrá pasado al general?
El almirante toma su vino.
ALMIRANTE
Debe de estar buscando su sol.
CARDENAL
Es un general de cuatro soles.
GAVIOTA
Un sol es suficiente para mí.
AURITA
Los almirantes tienen que ser de cuatro lunas.
HOMERO
Buena idea.
FIFI
Y romántica.
GAVIOTA
Debe ser bueno tener cuatro lunas.

263
Homero habla algo con los marineros y la música se oye en el barco, mientras que el
almirante acaba con su vino.
ALMIRANTE
Este vino es como la leche de una mujer.
CARDENAL
Cuando Dios nos dejo su sangre, nunca pensó en las mujeres.
AURITA
Creo que si habla con Dios.
Un general con cuatro soles en su solapa aparece en la escena, al tiempo que todos se paran.
HOMERO
Que viva el presidente futuro.
TODOS
Que viva el presidente.
GENERAL
Le agradezco al cardenal en esta aventura, a Homero por darnos las armas y a
nuestras mujeres.
Homero llena los vasos de vino.
HOMERO
Tenemos que celebrar la victoria de nuestro general.
GENERAL
Muchas gracias.
CARDENAL
Brindo por la espada del general y por nuestra religión.
GENERAL
Pido la protección de Dios y de la armada.

264
ALMIRAL
Mi armada lo reconoce como la cabeza del estado.
GENERAL
Muchas gracias.
AURITA
Hoy es el comienzo de un país nuevo. Que viva el general!
TODOS
Que viva!
FIFI
Estaremos juntos no interesa lo que pase.
Aurita se seca las lágrimas, después de la declaración de amor de Fifi.
GAVIOTA
Donde tienen los soles?
Homero pone más vino en los vasos.
CARDENAL
Tenemos que parar al presidente con la revolución de mañana.
GENERAL
Las armas de Homero son de primera clase. Un poco caras, pero buenas para
nuestra causa.
HOMERO
No son muy caras si consideran unos cuantos detalles.
GENERAL
Aprecio la actitud de Homero, pero ya sé que ganaremos. Nuestro grupo es regular
y la armada nos apoya.
ALMIRANTE

265
Estamos atrás del general.
CARDENAL
Lo soportamos espiritualmente. La iglesia tiene mejores armas que los cañones,
con nos cuantos tanques.
GENERAL
Tenemos armas potentes, organización y las bendiciones de Dios.
CARDENAL
No he cambiado mi cadillac por dos años.
FIFI
Dos años?
HOMERO
Dos años?
CARDENAL
Solo tengo un chalet por la playa, después de que les ayude con el golpe de estado.
AURITA
Imbéciles!
GENERAL
Mi gobierno tratara muy bien a su santidad.
TODO EL MUNDO
Que viva el nuevo presidente!
FIFI
La religión ha cambiado mucho. Tenemos obispos comunistas, curas casados,
monjas desnudas, franciscanos locos, jesuitas malos, santos destituidos, futbolistas
canonizados, arcángeles que han sido echados del cielo, querubines trabajado con el
Metro Golden Meyer, vírgenes sin referencia, Adam y Eva sin manzana y Jesús

266
Cristo tratando de pasar un examen de conducir.
CARDENAL
Por eso necesitamos un gobierno nuevo para el país, pero el general se tiene que
acordar de mi.
GENERAL
Tendrás tu chalet.
CARDENAL
Ya te bendeciré.
GENERAL
Gracias, su santidad.
CARDENAL
El placer es mío.
AURITA
El tendrá su cadillac.
GENERAL
Claro que sí.
ALMIRANTE
Necesitamos un gobierno fuerte para nuestra gente, el país y la iglesia.
CARDENAL
Hablas de la virtud y la santidad.
GENERAL
Eso lo arreglaremos con nuestros cañones.
ALMIRANTE
No nos podemos olvidar de los tanques, barcos y submarinos.
HOMERO

267
Les tengo buenos submarinos.
GENERAL
Gracias. Los llevare por las ciudades.
ALMIRANTE
También los podemos usar en las maniobras.
HOMERO
Mis submarinos tienen que estar protegidos contra la humedad.
ALMIRANTE
Eso es bueno. El agua del mar acaba con todo.
GENERAL
Un desfile sin submarinos es como una fiesta sin aguardiente.
AURITA
O sin música.
GAVIOTA
Y comida.
HOMERO
Tenemos que tener música.
FIFI
Quiero música caliente.
Homero sale por la puerta al tiempo que los marineros traen mas botellas, limpian la mesa y
ponen unas cuantas flores en un florero.
EXTERIOR DE YATE LUJOSO- NOCHE
La música moderna se oye en el buque. El cardenal baila con Aurita, Homero baila con Fifi,
mientras que el general y el almirante bailan juntos.

268
El cardenal se tropieza y cae al lado de Aurita, que se mueve sensualmente. Homero lo ayuda
a parase y le arregla su habito.
CARDENAL
No me acostumbro a esta música. Bailábamos el minueto y bolero en nuestros
tiempos.
El se toca su cabeza calva.
CARDENAL
Donde esta mi corona?
FIFI
La he encontrado.
Ella le da una corona dorada. El cardenal se persigna y se la pone otra vez.
La música suena por todo sitio, al tiempo que el cardenal baila con Aurita, Homero se
esconde atrás de las plantas con Fifi y los militares hablan de sus planes.
CORTA A
EXTERIOR DE YATE, ATRÁS DE LAS PLANTAS- NOCHE
HOMERO
Serás una reina mañana.
FIFI
Y tú serás mi príncipe.
HOMERO
Eso debe ser el general.
FIFI
Es mi consorte.
Homero las mesa, tocándoles los pezones.
HOMERO

269
Me haces el hombre más feliz del mundo.
FIFI
Poséeme ya.
Homero la abraza, tocándole las caderas.
HOMERO
Tendrás que echar a tu marido.
Él le toca sus calzones de seda.
FIFI
La revolución lo matara.
CORTA A
EXTERIOR DE YATE LUJOSO- NOCHE
CARDENAL
Homero es estratégico, escondiéndose con Fifi atrás de las rosas.
AURITA
Sigamos su ejemplo.
Su santidad besa a Aurita atrás de unas cajas, alguien ha dejado cerca de la puerta.
CORTA A
EXTERIOR DE YATE LUJOSO- NOCHE
Homero y Fifi bailan, mientras que la música de un bolero los arrulla.
CORTA A
EXTERIOR DE YATE LUJOSO- NOCHE
GENERAL
Los tanques estarán listos mañana.
ALMIRANTE
Esa gente no sobrevivirá.

270
GENERAL
Debo de tener un avión listo para que el presidente se vaya. Me siento generoso.
ALMIRANTE
Siempre eres generoso.
GENERAL
No quiero derramar mucha sangre en nuestro golpe de estado.
ALMIRANTE
Esta muy bien.
GENERAL
Te hare un ministro de guerra.
ALMIRANTE
Tu generosidad no tiene límite.
GENERAL
Tenemos que firmar los cheques de Homero.
ALMIRANTE
Ya se preocupara de eso.
GENERAL
Que hombre!
ALMIRANTE
Es de los mejores negociantes.
GENERAL
Tomémonos otro.
Ellos toman más del vino que los marineros han dejado sobre la mesa.
ALMIRANTE
Nuestras mujeres son santas.

271
GENERAL
Ellas serán la primera dama y la señora del ministro. Las tenemos que condecorar.
ALMIRANTE
Necesitan títulos y honores.
GENERAL
Ya hare eso.
ALMIRANTE
Unas cuantas medallas de más no nos hará mal.
Ellos toman más vino.
CORTA A
EXTERIOR DE YATE LUJOSO- NOCHE
La música ha parado y todo el mundo vuelve a la mesa.
ALMIRANTE
Su santidad baila muy bien.
CARDENAL
Estoy molestando a su señora que baila muy bien.
AURITA
Es un honor estar con su santidad.
ALMIRANTE
Esto es de parte de ambos.
CARDENAL
Eres muy bueno.
Los marineros traen más comida y vino.
HOMERO
Me gusta bailar con la primera dama.

272
FIFI
Su yate es importante.
GENERAL
Los reyes y las reinas han estado acá.
HOMERO
Nunca he tenido a alguien como ustedes.
CARDENAL
El papa ha estado acá de vacaciones.
ALMIRANTE
Y el Dalai Lama.
HOMERO
He hecho lo mejor que he podido esta noche.
GENERAL
Gracias. Nunca lo olvidare.
Ellos continúan tomando en honor a Homero. Los marineros traen más botellas de vino y la
música de una ranchera se oye en la escena.
CORTA A
EXTERIOR DE YATE LUJOSO- NOCHE
Las parejas bailan. El general dispara su revólver al tiempo que el almirante hace eso con su
pistola de bolsillo y el cardenal se tira un pedo.
GAVIOTA
Hacen mucho ruido y no puedo dormir.
CORTA A
EXTERIOR DE YATE LUJOSO- NOCHE
GENERAL

273
Tenemos suficiente vino para calmar nuestros nervios.
ALMIRANTE
Este es un momento muy importante en nuestras vidas.
GENERAL
Necesitamos un gobierno nuevo.
ALMIRANTE
Que nos de felicidad por el resto de nuestras vidas.
GENERAL
Homero es maravilloso.
ALMIRANTE
Tendremos que tener al menos ochenta generales y otros tantos almirantes.
GENERAL
Hay tres generales por cada soldado al momento. Sería ideal que tuviéramos un ejército
de solo generales.
ALMIRANTE
Y almirantes.
GENERAL
Claro está.
Los marineros traen más botellas de vino y la ranchera se acaba.
HOMERO
Debes de firmas mis cheques, distinguidos huéspedes.
ALMIRANTE
He comprado un discurso corto de la fábrica nacional.
GENERAL
Tengo uno del mismo sitio.

274
Los marineros traen una mesa cubierta por un mantel verde, llena de papeles, lapiceros,
maquinas de escribir y calculadores, mientras que un hombre sin mucho pelo hace la venia en
frente de la gente y se sienta al lado de la mesa. Todos se sientan al lado de la mesa, excepto
por el general, que mira a sus medallas.
GENERAL
Buenas tardes su excelencia, damas y caballeros. Nos hemos reunido en el medio del
océano y bajo la luz de miles de constelaciones…
El general mueve en el aire la espada que tiene en su cinturón y le corta la cola a la
gaviota, cuando come tuna de uno de los platos.
GENERAL
…Para salvar a mi país de las cadenas. Estoy preparado a ofrecer mi vida por mi gente.
Todos aplauden.
GENERAL
Necesitamos fe y dignidad, grandeza y altruismo para darle a nuestra gente paz, justicia y
pan.
Todos aplauden otra vez y la gaviota aplaude mientras toma el vino de un vaso.
GENERAL
Volvemos como los espartanos con los emblemas…
Todos lloran, aplauden y toman vino.
GENERAL
El amanecer nos encontrara en las trincheras defendiendo nuestro país, quien nos enseño
amor desde la cuna, con las lagrimas de nuestra madre y los esfuerzos de un padre
moribundo. Dios, Cristo y la libertad! Aquí está un dicho de mi gobierno: de mi país y
para mi país.

275
Todos aplauden. El general busca su vaso para refrescarse la boca, pero la gaviota ha
acabado con su vino.
GENERAL
Los invito a que sigan a mis camaradas. Si vuelvo, mátenme, pero si muero, tienen que
vengar mi muerte.
Todos abrazan al general. Fifi y la gaviota le besan la boca, al tiempo que el general se
endereza su corona y se alista a hablar.
CARDENAL
En esta noche llena de fe y esperanza, yo represento la gente católica de mi país, quien
seguirán a sus líderes más allá de la muerte.
Todos aplauden.
CARDENAL
El veintisiete de octubre del año 1312, el emperador Constantino encontró las tropas de su
rival Magencio a doce kilómetros de distancia de Roma. El llamo al dios cristiano con sus
ojos fijos en el atardecer, donde vio una cruz luminosa con las siguientes palabras: con
este signo ganaras. Entonces fue promovido como Jesús Cristo, Dios de las armadas.
Todos aplauden.
CARDENAL
Por eso es que en este momento de nuestras vidas, volvemos nuestros ojos hacia Dios, y
encontramos sus palabras: con la santa cruz, todos tendremos la victoria.
Todos se paran.
CARDENAL
Les tengo que dar la bendición papal con la indulgencia plenaria.

276
Todos se arrodillan en el suelo, incluyendo la gaviota. El cardenal reza en latín al tiempo que
hecha agua bendita a su alrededor, pero a la gaviota no le gusta esto y vuelve a la comida.
Todos felicitan a su santidad.
HOMERO
General, jefe supremo, protector y padre de nuestro paisa: Nunca había visto una opinión
tan unánime acerca de nuestro gobierno y tengo el honor de mostrar los recibos y firmas
que muestran el coraje de sus corazones.
El general va a la mesa, y firma el documento después de leer unas cuantas líneas. El
cardenal pone una postdata: no se les olvide el diez por ciento antes de firmarlo.
HOMERO
Les quiero ofrecer los lapiceros que hemos usado en la ceremonia a nuestras damas.
Él le da un lapicero a Fifi, otro a Aurita y el último a la gaviota. El almirante toma un poco
de vino, se aclara la garganta antes de hablar.
ALMIRANTE
General, jefe supremo, almirante y padre de nuestro país, el cardenal, damas y caballeros:
Quiero decirles algunas palabras en este día, en el que decidimos el futuro de nuestro país.
Desde el nacimiento de nuestro país unas cuantas razas étnicas han venido a América,
abriendo sus entrañas a la raza ibérica, embarazada de Dios y al torrente de África. Todo
esto mezclado en la tierra nueva y en nuestros corazones.
Todos aplauden.
ALMIRANTE
Entre las sendas de la selva virgen..
CARDENAL
Este no es un buen momento de hablar de vírgenes.
ALMIRANTE

277
Nuestros antepasados sembraron en las altas montañas, los arboles de un Cristo victorioso
en su lucha contra los moros de Lepanto y un mundo hostil.
Todos aplauden.
ALMIRANTE
Esta sangre hizo que las plantas crecieran al lado de la cruz, que se volvió en la castidad
de nuestras mujeres, la caridad, el vigor de nuestros hombres y la santidad en los golpes
de la espada. Los reflejos eternos del mar cambiaron en una pirámide de luz, entre los
senderos de la esperanza y los amaneceres de gloria, al tiempo que las primeras notas de la
sinfonía de América fueron formadas con el llanto de los niños.
CORTA A
EXTERIOR DE YATE LUJOSO- NOCHE
ALMIRANTE
Atahualpa y Gaspar juntaron sus fuerzas titánicas sobre las montañas de nieve, como lo
escribió la última página de la cultura Inca…
CORTA A
CARDENAL
Creo que el general nos quiere contar la historia de América.
AURITA
Soy una fan del equipo de football americano, tiene que citar los clásicos, sin discutir los
juegos.
CARDENAL
El ultimo clásico acabo 2-2.
AURITA
Debemos de bailar.
El cardenal sale por la puerta.

278
CORTA A
EXTERIOR DE YATE LUJOSO- NOCHE
La música de una ranchera suena en el barco.
MUSICA
El día que yo muera será por cuatro balazos…
ALMIRANTE
…Cuando el talento guerrero de Pizarro se encontró con los indios idolatras, el fuego
celeste se tomo al último inca en frente de su causa. El…
MUSICA
No tuvo tiempo de subirse al caballo…
El cardenal le hace gestos a Aurita.
CARDENAL
Mi amor. Podemos escapar mientras el almirante se acuerda de nuestro país?
Ellos salen de la escena.
ALMIRANTE
El patriota es leal a las instituciones.
El general baila con la gaviota, después de tomarse otra copa de vino.
CORTA A
EXTERIOR DE YATE LUJOSO- NOCHE
Homero se sienta al lado de Fifi.
HOMERO
Su santidad se llevo a Aurita.
FIFI
Es natural. La mente de su marido está en Cusco.
CORTA A

279
ALMIRANTE
….Y los incas sufrieron en ríos de sangre…
El general mira a la gaviota.
GENERAL
Que piensas la mini falda?
CORTA A
ALMIRANTE
….el agua del Orinoco está llena de lo que queda…
MUSICA
Estoy tomando como un loco…
CORTA A
Homero y Fifi se sientan cogidos de la mano.
HOMERO
Nuestro general de cuatro soles no ha tenido mucho sol.
FIFI
Le debemos de dar las tabletas de dormir.
CORTA A
EXTERIOR DE YATE LUJOSO- NOCHE
El general baila con la gaviota.
GENERAL
Le gusta la música?
GAVIOTA
Prefiero el rock.
CORTA A
ALMIRANTE

280
….Y la libertad creció como una planta tropical. Una de esas enredaderas creciendo
hacia la luz, sin que mire a su blancura porque cuenta la energía…
MUSICA
Si te dicen que me vieron muy borracho…
EXTERIOR DE YATE LUJOSO- NOCHE
La música para y todo el mundo regresa a la mesa, mientras que Homero pone unas cuantas
gotas de sinogan en el vino del general.
GAVIOTA
Me dijeron que nada era bueno para dormir.
ALMIRANTE
…Los centauros de la libertad rompieron sus flechas en los trajes armados de los hijos
del Cid…
Todos toman y comen.
CORTA A
GENERAL
Nuestro almirante sigue hablando. Le daré una copa de vino.
El pone vino en una de las copas y se la ofrece al almirante.
ALMIRANTE
….La grandeza de la raza ibérica, que no pudo pelear contra sus propios hijos en quien…
El toma un poco de vino delo vaso que el general ha dejado a su lado.
ALMIRANTE
…Las semillas de su genio se multiplican…
CORTA A
HOMERO
El almirante es un genio en retorica sin ninguna duda.

281
GENERAL
Es muy interesante. Le pediré una copia para ponerla en el periódico oficial.
HOMERO
Quiere otro vaso de vino, general?
CORTA A
Homero abre otro sobre, pone sus contenidos en el vino y el general se toma el licor con las
medicinas.
TODO EL MUNDO
Que viva el almirante.
ALMIRANTE
….Y entonces los ríos fecundos de las mujeres morenas dieron nacimiento a los héroes,
quien se multiplicaron, igual que sus hijos…
CORTA A
EXTERIOR DE YATE LUJOSO- NOCHE
HOMERO
Le he dado todos los polvos y podremos gozar el resto de la noche.
FIFI
Cuando acabara el almirante?
CORTA A
El cardenal y Aurita vuelven a la mesa arreglándose su ropa, antes de pedir más vasos de
vino.
ALMIRANTE
…Y entonces la bandera de la libertad mostro sus colores…
AURITA
Mi marido tiene que estar acabando.

282
La gaviota se estrella contra los mástiles, y el general se queda dormido sobre la mesa,
roncando como los héroes del mundo.
CORTA A
ALMIRANTE
…Por eso debemos de gri0tar muchas ves: libertad, libertad, libertad. Ya he hablado.
Todos aplauden y el almirante se toma su vino.
CARDENAL
Nos debemos de acostar. Tengo que oficiar la misa mañana temprano.
ALMIRANTE
Ya entendemos.
Homero llama a los marineros.
HOMERO
Llévense al general a su cabina.

283

Las bombas humanas
EXTERIOR DE YATE – NOCHE
Unos cuantos marineros miran a la noche con binoculares, mientras que un hombre de edad
madura y vestido de pantalones cortos, los observa con un vaso en sus manos. El hombre
toma de su vaso, mirando al mar.
INTERMEDIARIO
Está seguro de que este es el lugar?
PRIMER MARINERO
El piloto jura que si es.
INTERMEDIARIO
Es raro. Esta gente llega a tiempo.
SEGUNDO MARINERO
Los deben de haber encontrado.
INTERMEDIARIO
No sea pesimista.
SEGUNDO MARINERO
Todo es posible, mi capitán.
INTERMEDIARIO
Solo soy un intermediario, se acuerdan?
TODOS LOS MARINEROS

284
Sí señor.
INTERMEDIARIO
Han chequeado las instalaciones de la seguridad?
TODOS LOS MARINEROS
Sí señor.
INTERMEDIARY
Díganle al hombre a cargo del radar.
El camina a lo largo del barco, antes de sentarse a tomar de su vaso.
ALGUIEN (VF)
Un barco viene.
El intermediario toma un micrófono que encuentra sobre la mesa.
INTERMEDIARIO
Un barco viene. Preparen la recepción.
Un barco se aproxima al tiempo que los marineros se alistan y el intermediario enciende su
pipa.
El intermediario se acerca a la baranda de su barco a darle la bienvenida a la gente que llega.
CORTA A
EXTERIOR DE YATE – NOCHE
Hombres y mujeres suben al barco y se paran en frente del intermediario, después de que se
bajan del bote.
RECIEN LLEGADOS
Ejercito de liberación nacional.
Ellos se dispersan por el barco, excepto un hombre barbudo, que parece estar a cargo y se
queda cerca al intermediario.
CORTA A

285
Más gente llega al barco.
RECIEN LLEGADOS
Ejercito de liberación nacional.
El hombre barbudo se quita su boina y saluda a estilo militar, antes de escupir en el piso.
HOMBRE BARBUDO
El batallón de las bombas X está listo para su misión de carácter económico.
INTERMEDIARIO
Gracias.
HOMBRE BARBUDO
Atención!
Los hombres forman una fila en frente de ellos.
HOMBRE BARBUDO
Descansen.
Todos se relajan.
INTERMEDIARIO

Están en la presencia de alguien a quien le gustan sus ideas. Viva la libertad.
TODO EL MUNDO
Que viva.
El intermediario le ofrece al hombre barbudo un cigarro, mientras que los notros se sientan
su alrededor.
ATENAGORAS
Quiere algo don intermediario?
INTERMEDIARIO
Muéstreme los papeles de los revolucionarios.

286
Atenágoras se sienta al lado del intermediario y el hombre barbudo, que mira entre los
papeles de su billetera, después de ponerse los anteojos.
INTERMEDIARIO
Les quiero mostrar mi admiración y solidaridad.
El hombre barbudo se para.
HOMBRE BARBUDO
Estamos en una misión acá y no aceptamos nada.
INTERMEDIARIO
Esta es ayuda desinteresada, don revolucionario.
HOMBRE BARBUDO
Don intermediario, dígame cuanto le debemos. No somos mendigos.
INTERMEDIARIO
Me deben de perdonar. Solo tengo las mejores intenciones del mundo.
HOMBRE BARBUDO
Muchas gracias.
Atenágoras se quita los anteojos.
ATENAGORAS
Nos debe de dar la suma de 28.000 dólares esta noche.
Se pone los anteojos otra vez y mira el papel que tiene en su mano, siguiendo las palabras con
su dedo.
ATENAGORAS
…Y 835 dólares.
HOMBRE BARBUDO
Ha cometido un error. No tengo que dar sino 28.300 dólares.
INTERMEDIARIO

287
No peleemos por eso.
El mira a Atenágoras.
INTERMEDIARIO
Escriba un recibo por la plata que él quiere.
El hombre barbudo se abre su camisa y saca un rollo de dólares.
HOMBRE BARBUDO
Gracias. Aquí esta su plata.
INTERMEDIARIO
Cuente la plata, Atenágoras.
El empleado calvo cuenta la plata.
INTERMEDIARIO
El idealismo es muy hermoso. Alguien piensa en su trabajo glorioso, después de tener
tanta plata en su bolsillo.
HOMBRE BARBUDO
Somos revolucionarios.
INTERMEDIARIO
Son hombres.
HOMBRE BARBUDO
Ninguno es un hombre acá.
INTERMEDIARIO
No entiendo.
HOMBRE BARBUDO
Es que somos bombas.
INTERMEDIARIO
Entiendo menos que antes.

288
HOMBRE BARBUDO
Es la última táctica descubierta por los héroes de Vietnam. Nuestro batallón está
compuesto de bombas vivientes, que explotan en los sitios más convenientes.
INTERMEDIARIO
Son una novedad. Nunca pensé en eso.
HOMBRE BARBUDO
Nuestra pelea es nuestra vida. Somos soldados de la revolución.
INTERMEDIARIO
Estoy nervioso, puedo tomar un aguardiente?
HOMBRE BARBUDO
Claro que si puede.
INTERMEDIARIO
Debería de hacer la misma cosa. Calma los nervios.
HOMBRE BARBUDO
El alcohol es para la gente rica.
INTERMEDIARIO
Es que soy un rico progresista.
HOMBRE BARBUDO
Señor intermediario, no es su culpa que sus jefes ricachones lo controlen. Puede tomar
lo que quiera.
INTERMEDIARIO
Mi espíritu es débil.
El aplaude y un marinero aparece. El intermediario le dice algo.
HOMBRE BARBUDO
Los planes de nuestros líderes nos libraran del opresor.

289
INTERMEDIARIO
Nunca imagine tanta fuerza.
HOMBRE BARBUDO
La pelea apenas está empezando. No se le olvide.
Alguien del ejército de liberación nacional se rasca una pierna.
INTERMEDIARIO
Dios mío. No hagas eso o de pronto te explotas.
HOMBRE BARBUDO
No se preocupe señor intermediario. Tómese su aguardiente.
Un marinero llega con unas botellas, vasos y soda, antes de que el intermediario ponga
aguardiente en su vaso. Luego se lo toma de una.
INTERMEDIARIO
Pertenezco a los oligarcas que odias, pues no puedo con tanto idealismo.
HOMBRE BARBUDO
Atenágoras está contando su idealismo.
INTERMEDIARIO
Somos los esclavos y los otros los dueños.
HOMBRE BARBUDO
Es la explotación del hombre por el hombre.
Atenágoras para de contar el dinero.
ATENAGORAS
Quiere decir que el hombre se explota a sí mismo.
HOMBRE BARBUDO
Es chistoso?
ATENAGORAS

290
No lo creo.
INTERMEDIARIO
Cuenta los dólares.
HOMBRE BARBUDO
No quiere una demostración?
INTERMEDIARIO
No, gracias.
HOMBRE BARBUDO
Podemos probar nuestro sistema en el mar.
INTERMEDIARIO
Le puedo dar su plata otra vez, señor revolucionario, pues no sé nadar.
HOMBRE BARBUDO
Cálmese, señor intermediario. No gastaremos nuestras armas en este barco.
INTERMEDIARIO
Siempre supe que era noble.
El intermediario se toma tres vasos de aguardiente y Atenágoras para de contar la plata.
ATENAGORAS
Todo parece estar bien.
El escribe en un papel y lo firma. El intermediario también lo firma.
INTERMEDIARIO
Mañana tendrá las armas en el sitio que dijimos, de acuerdo a nuestras promesas.
HOMBRE BARBUDO
Debe de guardar su palabra.
Atenágoras señala a los miembros del ejército de liberación nacional.
ATENAGORAS

291
Que le paso al examen de las bombas?
HOMBRE BARBUDO
Estoy pensándolo.
INTERMEDIARIO
Este no es un barco de guerra, señor revolucionario.
HOMBRE BARBUDO
Quiero probar algo.
INTERMEDIARIO
Se lo pido por favor.
HOMBRE BARBUDO
Nada le pasara al barco.
ATENAGORAS
Deje que ensaye las armas, señor intermediario.
El hombre barbudo murmura algo entre los dientes.
HOMBRE BARBUDO
Estas son maniobras militares y nada le pasara.
INTERMEDIARIO
Quiere perder una bomba?
HOMBRE BARBUDO
Le quiero mostrar una pelea con submarinos a usted, que es el terrorista rico. Debemos de
vivir para la revolución.
El se mueve hacia las bombas vivientes.
HOMBRE BARBUDO
Quiero una bomba con una carga pequeña para atacar un submarino. Número ocho, que
carga tiene?

292
Un hombre se para.
NUMERO OCHO
Tengo cuatro kilogramos, mi teniente.
HOMBRE BARBUDO
Y número seis?
Uno de los hombres sentados al lado de la mesa levanta su mano.
NUMERO SEIS
Peso tres kilogramos y medio con la carga incorporada.
HOMBRE BARBUDO
Necesito una bomba pequeña sin carga. Párate.
Un hombre pequeño que parece un niño se levanta del asiento.
NUMERO SEIS
Peso tres kilos sin la carga, mi capitán.
El barbudo mira al intermediario.
HOMBRE BARBUDO
Debe de navegar tan rápido como pueda, me entiende?
INTERMEDIARIO
Por qué?
HOMBRE BARBUDO
La explosión nos puede mandar al fondo del océano.
INTERMEDIARIO
Que explosión?
El barbudo señala al joven.
HOMBRE BARBUDO
Esa explosión.

293
INTERMEDIARIO
Solo veo un hombre.
HOMBRE BARBUDO
Haga que este barco vaya rápido o lo explotare en su cara, hombre rico estúpido.
El intermediario le dice unas cuantas cosas en voz baja a los marineros, el motor hace ruido,
el viento sopla sobre las bombas y el intermediario se limpia la frente.
HOMBRE BARBUDO
Cuál es la velocidad?
INTERMEDIARIO
Quince kilómetros por hora.
HOMBRE BARBUDO
Eso es todo?
ATENAGORAS
Sera eso dentro de media hora.
El barbudo mira al joven bomba.
HOMBRE BARBUDO
Puedes descansar por el momento.
El joven se sienta.
HOMBRE BARBUDO
Necesito un flotador.
ATENAGORAS
Tenemos varias clases de flotadores.
HOMBRE BARBUDO
Los puedo ver?
El intermediario llama a uno de los marineros, mientras se toma un aguardiente.

294
INTERMEDIARIO
Ve y trae los flotadores.
ATENAGORAS
Como será la maniobra, mi teniente?
HOMBRE BARBUDO
La bomba explotara cuando este cerca del barco.
ATENAGORAS
Pensé que eran maniobras bajo del agua.
HOMBRE BARBUDO
Eso es lo que es.
ATENAGORAS
Los submarinos van debajo del mar.
HOMBRE BARBUDO
Estará en la superficie, aunque a usted no le guste.
ATENAGORAS
No sé.
HOMBRE BARBUDO
Ya lo explicare en un grafico.
CORTA A
EXTERIOR DE YATE – NOCHE
El hombre barbudo escribe algo en su libreta.
Unos cuantos marineros llegan con los flotadores y esperan a que el hombre barbudo acabe
de escribir acerca de sus planes, mientras que el intermediario y Atenágoras toman
aguardiente. El ruido de los motores quiere decir que se están moviendo más rápido.
ATENAGORAS

295
Escúcheme teniente, pero los salvavidas han llegado.
El barbudo examina uno de los flotadores, antes de pasárselo al joven bomba.
HOMBRE BARBUDO
Atención!
El joven se para y se pone el salvavidas.
HOMBRE BARBUDO
El salvavidas es muy bueno. Puedo tener la referencia?
Uno de los marineros le da algo al barbudo, que escribe en su libreta de notas.
INTERMEDIARIO
El joven debería de tomarse un aguardiente. Lo hará sentir menos nervioso.
HOMBRE BARBUDO
Piensa que es una moja?
ATENAGORAS
El mar es frio a esta hora.
HOMBRE BARBUDO
Se mojara solo por cuatro minutos.
El barbudo le hace gestos al joven bomba.
HOMBRE BARBUDO
Debes de saltar al agua después de que cuente hasta tres, pero espera por la señal antes de
encender la bomba. Me entiendes?
NUMERO SEIS
Si, teniente.
HOMBRE BARBUDO
Repite lo que te dicho.
NUMERO SEIS

296
Cuando cuente hasta tres, me acerco a la baranda y me boto al mar. Entonces espero por
la señal, antes de detonar la bomba.
HOMBRE BARBUDO
Alístate.
El número seis se acerca a la baranda.
ATENAGORAS
No puede hacer la misma cosa sin una bomba, teniente?
HOMBRE BARBUDO
Como mas lo puedo hacer?
ATENAGORAS
Bota el salvavidas al mar.
HOMBRE BARBUDO
Lo mando a usted, si sigue interfiriendo.
INTERMEDIARIO
Excúseme teniente, pero el salvavidas es mi responsabilidad.
HOMBRE BARBUDO
Cuánto cuesta?
INTERMEDIARIO
Dos dólares.
El barbudo pone dos dólares en la mesa, después de buscar en sus bolsillos.
HOMBRE BARBUDO
El barco va rápido?
MARINERO
Si, teniente.
El barbudo le hace un gesto al el joven bomba número seis.

297
HOMBRE BARBUDO
Alistase.
El ruido del motor se oye sobre todo lo demás y el hombre barbudo mira a su reloj.
HOMBRE BARBUDO
Uno, dos, tres.
Número seis salta al agua y después de cuatro minutos, el barbudo dispara en el aire y todo el
mundo mira al mar.
CORTA A
EXTERIOR DE YATE – NOCHE
HOMBRE BARBUDO
Ese bastardo se debe de haber ido a dormir.
ATENAGORAS
O se habrá ahogado.
HOMBRE BARBUDO
El salvavidas si sirve?
INTERMEDIARIO
Le aseguro que estaba bueno.
HOMBRE BARBUDO
Tendremos que encontrarlo.
El intermediario les da órdenes a los marineros y el barco va más menos rápido.
HOMBRE BARBUDO
Tendremos que retroceder.
INTERMEDIARIO
Puede explotar al lado nuestro.
HOMBRE BARBUDO

298
Pues tendrás que nadar.
Todo el mundo mira al mar y Atenágoras pone más aguardiente en sus vasos.
CORTAN A
EXTERIOR DE YATE – NOCHE
Una voz se oye en el micrófono.
VOZ
Estamos cerca del sitio.
Ven algo flotando en el mar, bajo la luz de una linterna.
NUMERO SEIS
Estoy acá teniente. La bomba no exploto.
Un soldado le trae el micrófono al hombre barbudo.
HOMBRE BARBUDO
Número seis, me oye?
NUMERO SEIS
Si teniente.
HOMBRE BARBUDO
Te vamos a destruir.
El hombre barbudo dispara la pistola varias veces.
HOMBRE BARBUDO
Me oye, número seis?
NUMERO SEIS
Sí, señor. Me ha herido en mis piernas y en el pecho.
HOMBRE BARBUDO
Utilizaremos otro método.
El mira a los otros hombres bombas.

299
HOMBRE BARBUDO
Si los reaccionarios encuentran el cuerpo, estaremos muertos. Necesito una carga pequeña
de dos kilogramos.
MARINERO
No lo tenemos.
Una joven se levanta y sus compañeros sacan carga de su sostén, y después de contarla la
ponen cerca de su pecho.
MARINERO
Ya esta lista, teniente.
HOMBRE BARBUDO
Deben de revisar su equipo.
Ella les ayuda a chequear los cables conectándolos a la carga, hasta que su cuerpo joven
aparece bajo la luz de la antorcha.
El hombre barbudo mira al mar.
HOMBRE BARBUDO
Número seis, si me oyes?
NUMERO SEIS
Si, teniente.
HOMBRE BARBUDO
Como estas?
NUMERO SEIS
Estoy esperando explotar.
HOMBRE BARBUDO
No te preocupes. El número diez estará allá dentro de unos momentos.
NUMERO SEIS

300
Gracias teniente.
ATENAGORAS
Por que no lo subimos al barco?
HOMBRE BARBUDO
No es asunto tuyo.
ATENAGORAS
Lo podemos llevar al hospital.
HOMBRE BARBUDO
Si sigues interfiriendo acabaras en el hospital.
INTERMEDIARIO
Algo malo le pasara al barco?
HOMBRE BARBUDO
No.
INTERMEDIARIO
Solo quería saber eso.
El vuelve a la mesa donde esta Atenágoras. El barbudo le hace gestos a la chica, que esta
vestida con su munición.
HOMBRE BARBUDO
Atención.
Ella se para a su lado.
HOMBRE BARBUDO
Debes de nadar hacia el número seis, lo abrazas y enciendes la bomba. Entendido?
NUMERO DIEZ
Si, teniente.
El hombre barbudo sacas unos dólares de su bolsillo y los pone en la mesa.

301
HOMBRE BARBUDO
Quiero otro salvavidas.
INTERMEDIARIO
Sí, claro.
Un marinero trae otro salvavidas y la joven camina hacia la baranda, mientras se lo coloca
sobre su cuerpo.
HOMBRE BARBUDO
Esta lista?
NUMERO DIEZ
Si, teniente.
HOMBRE BARBUDO
Uno, dos, tres.
Ella salta al mar, los motores del barco hacen ruido por unos momentos, antes de que una
explosión ilumine la noche con su luz rosada.
HOMBRE BARBUDO
Señor intermediario, vámonos a la base.
INTERMEDIARIO
Si, teniente.

302

Chucho
EXTERIOR DE YATE – NOCHE
Un marinero se mueve con una bandeja llena de vasos. A primera vista parece raro con sus
brazos largos, pelo oscuro que sale de su ropa y la manera peculiar como camina, pero al
moverse por el barco, notamos su cara peluda, como aquella de un mico con un sombrero de
marinero.
Un hombre viejo y con decoraciones en su camisa camina por la proa, el sonido de las olas
nos da a entender que está en alta mar.
El tiene una cara amplia, adornada por un par de anteojos que lo hacen ver muy serio,
mientras camina con cuatro libros bajo su brazo derecho y tres bajo el izquierdo, antes de
sentarse sobre ellos en el piso.
CORTA A
EXTERIOR DE YATE – NOCHE
Otro hombre de edad, flaco y vestido de uniforme con muchas condecoraciones, y con un
maletín en sus manos, mira al hombre sentado sobre los libros.
PROFESOR GORDO
Hola.
PROFESOR FLACO
Por que está sentado en los libros?
PROFESOR GORDO
Quien?

303
PROFESOR FLACO
Tu.
El profesor gordo mira a sus pies y sonríe.
PROFESOR GORDO
Muchas gracias.
El se sienta en uno de los asientos que hay a su lado y el profesor flaco se sienta en otro.
PROFESOR FLACO
Me pueden traer una mesa?
Uno de los marineros sale por la puerta.
Una mujer de edad mediana aparece en el escenario. Esta vestida de largo, al tiempo que
lleva un niño de pelo crespo y con varias medallas en su uniforme.
MUJER
Buenas noches, hombres sabios.
Los hombres le besan la mano y le sonríen al niño.
El marinero peludo pone una mesa pequeña en frente del profesor flaco, antes de salir del
escenario. Homero aparece en la puerta, con muchas condecoraciones en su pecho.
HOMERO
Me perdonan hombres sabios por interrumpirles los pensamientos.
Todos se paran.
PROFESOR GORDO
Nunca había visto un yate tan lujoso como este en mi vida.
PROFESOR FLACO
Esto es una maravilla, mi querido Homero. Esa es la verdad.
HOMERO
No exageren por favor.

304
PROFESOR FLACO
Nuestras palabras son una fórmula matemática.
Homero acaricia la cabeza del niño.
HOMERO
Como está el bebe hoy?
WOMAN
Está bien y no tiene más diarrea.
HOMERO
No es fácil encontrar tres científicos de premio nobel en cualquier otro yate.
PROFESOR GORDO
Hemos estado muy contestos en este yate, pero nos tienes una sorpresa.
HOMERO
Nunca me imagine que tendría al famoso profesor Irwin in mi yate.
TODO EL MUNDO
Es difícil de creer.
HOMERO
El profesor Irwin cometió un error y se volvió un bebe, después de encontrar la formula
de la eterna juventud.
MUJER
Le tengo que dar pecho ahora.
Ella se abre el vestido y guía al infante hacia la aureola rosada de sus pechos.
HOMERO
Nos tiene que decir donde dejo la formula.
PROFESOR GORDO
No encontramos la formula en el laboratorio del profesor Irwin, aunque me tome el

305
liquido amarillo de una de sus botellas.
Todo el mundo se ríe.
PROFESOR FLACO
Si le dijo de sus experimentos?
PROFESOR GORDO
Estábamos en comunicación constante desde que empezó sus estudios.
HOMERO
Dinos más.
PROFESOR GORDO
El tenia que arreglar unos problemas antes de que su formula estuviera lista.
HOMERO
Pensó que había encontrado la fuente de la juventud.
La mujer pone al niño contra sus hombros, dándole palmaditas en la espalda.
MUJER
Nunca me imagine que estaría dándole el pecho a un niño a mi edad.
HOMERO
Tiene suerte de que es su marido.
MUJER
Es que come mucho.
Ella pone al bebe en su otro pecho.
MUJER
El no quería que el mundo se enterara de sus investigaciones, por todo ese montón de
cosas que venden y que aparentemente te hacen ver más joven.
PROFESOR FLACO
Tendría que estar en el útero de mi madre si funcionaran.

306
PROFESOR GORDO
Pero si tu madre murió.
PROFESOR FLACO
No me interesaría cualquier otro útero.
Todos de ríen.
HOMERO
Debemos de tomarnos otro vinito.
El da unas palmadas y el marinero peludo aparece.
PROFESOR FLACO
Quiero una coca cola.
PROFESOR GORDO
Quiero una coca cola.
MUJER
Quiero una coca cola.
HOMERO
Por que no toman un whiskey?
PROFRESOR GORDO
Es malo para mi hígado.
PROFESOR FLACO
Me mata el páncreas.
MUJER
No puedo tomar alcohol, mientras le de pecho al niño.
HOMERO
Que tal un vinito suave?
PROFESOR FLACO

307
Mi colon transverso se reventara.
PROFESOR GORDO
Afectara a mis riñones.
MUJER
Me reviento si no pruebo uno.
El marinero peludo muestra los dientes y sale de la escena.
HOMERO
Dinos la historia, mi querida amiga.
MUJER
Esa noche el se tomo el contenido de uno de sus frascos, antes de que se fuera a la cama y
me dijo que acababa de tomar el remedio de la juventud.
Deja de bromear, le dije. Pero el llanto de un niño me despertó muy temprano por la
mañana y encontré un bebe en el piso de la habitación con los mismos lunares de ese
cuerpo que conocía tan bien.
PROFESOR FLACO
Que hizo con la botella.
MUJER
Que botella?
PROFESOR GORDO
Pensé que la había dejado en la mesa de noche.
MUJER
Se me olvido la botella en la prisa de cuidar al niño.
PROFESOR GORDO
Sera una millonaria si lo encuentra.

308
El marinero peludo llega con todo lo que ordenaron, más una botella de whiskey y soda para
Homero. Luego hace la venia y sale de la escena.
El niño llora y la mujer se limpia el vestido con una servilleta, después de cubrirse sus senos.
MUJER
Discúlpenme, pero es que él hace estas cosas al acabar de comer.
Ella deja sus huellas húmedas, mientras se mueve con el niño en sus brazos.
HOMERO
El profesor no puede ni caminar ahora.
PROFESOR GORDO
El mama el pecho de su mujer durante una discusión con sus colegas, antes de ensuciar su
pañal.
HOMERO
El profesor Irwin debe de haber tomado mucho de la poción, pues ya sería un millonario si
hubiera tomado menos después de haber hecho bien el experimento.
PROFESOR FLACO
Tendremos que esperar a que el niño nos lo diga.
PROFESOR GORDO
Pero se acordara de esto?
HOMERO
Coleccionara pelotas y chicles
PROFESOR GORDO
Que pérdida de tiempo.
HOMERO
Piensen en toda la plata que ha podido tener.
CORTA A

309
EXTERIOR DE YATE LUJOSO – NOCHE
Un marinero aparece en la escena con un papel en una bandeja, y Homero les da
instrucciones a los marineros después de leer el mensaje.
HOMERO
Un helicóptero trae al profesor Greer, su esposa y Fifi.
PROFESOR FLACO
Me gusta Fifi, y es que trae al general?
HOMERO
Esta ocupado con una revolución por el momento.
PROFESOR FLACO
A ese hombre le gustan las revoluciones.
PROFESOR GORDO
Y a Fifi le gusta Homero.
PROFESOR FLACO
El profesor Greer se ha casado?
HOMERO
Estaba soltero la última vez que lo he visto, porque los científicos son cansones.
PROFESOR GORDO
Las mujeres quieren de todo.
PROFESOR FLACO
Solo amo a la ciencia.
HOMERO
Soy un científico frustrado.
PROFESOR FLACO
Tengo que estudiar los ángeles a la orilla del mar.

310
El saca un microscopio de su bolso y una caja lindamente condecorada.
PROFESOR FLACO
Se tienen que arrodillar a rezar, antes de que empiece mis estudios en la aguja que toco
los pañales de niño Jesús.
Todos se arrodillan y el profesor pone la aguja en el microscopio, pero luego todos se paran.
CORTA A.
EXTERIOR DE YATE – NOCHE
PROFESOR GORDO
Sabe del trabajo del profesor?
HOMERO
Ya he oído acerca de eso y que no le da tiempo para nada más.
PROFESOR GORDO
Este es el genio más grande del mundo.
HOMERO
Estoy seguro de eso.
PROFESOR GORDO
Los hombres de negocios tienen mucha influencia en nuestras vidas.
HOMERO
Claro que sí.
PROFESOR GORDO
Este científico ilustre se vestía de túnica y alas durante las navidades. Lo ha visto
durmiendo?
HOMERO
No he tenido ese honor.
PROFESOR GORDO

311
El se acuesta con alas de plástico con punticos de oro y una peluca rubia que le llega a sus
caderas.
HOMERO
Es muy interesante. Quiere otra coca cola?
PROFESOR GORDO
Bien.
Homero aplaude y un marinero aparece.
HOMERO
Trae otra coca cola para el profesor, por favor.
MESERO
Sí, señor.
El hombre sale de la escena.
PROFESOR GORDO
El profesor escribió su tesis en latín antiguo, después de graduarse con honores en la
facultad de teología de Roma, pero no ha sido traducida a ningún otro idioma, a pesar de
haber ganado el premio nobel hace unos años.
El marinero llega con las coca colas.
HOMERO
Que dice el libro?
PROFESOR GORDO
Tiene 834 páginas, escritas en versos de 10 líneas. Nadie sabe lo que dice, hasta que
alguien lo traduzca.
HOMERO
Es muy interesante.
PROFESOR GORDO

312
Es que ha ganado el primer premio en la historia de esa ciencia, pues siendo un genio debe
de ser una enfermedad.
HOMERO
Eso veo. Tómese su coca cola.
PROFESOR GORDO
El se gana $2,500 dólares en un mes, mas 800 dólares para los gastos.
HOMERO
No es mucho para un trabajo tan importante.
PROFESOR GORDO
Los genios como nosotros somos mal remunerados.
HOMERO
Ya cambiaremos eso.
PROFESOR GORDO
El ha pensado en el sexo de los ángeles desde su infancia. Son mujeres o hombres? Son
unas de las preguntas en las que ha pasado mucho tiempo deliberando.
HOMERO
Es un héroe.
PROFESOR GORDO
Como puede ver un ángel? Ha estado pensando en esa pregunta por 21 anos, hasta que un
día corrió por las calles de Roma gritando: Eureka, Eureka.
HOMERO
Que quiere decir?
PROFESOR GORDO
No lo sé. Es otra de sus palabras preferidas.
HOMERO

313
Que paso entonces?
La mujer aparece en ese momento. Se ha cambiado la ropa y no tiene al niño.
MUJER
Me da mucha pena haber interrumpido la conversación.
HOMERO
Donde está el profesor?
MUJER
Esta durmiendo y se despertara dentro de unas horas, cuando este con hambre.
TODO EL MUNDO
Qué lindo.
Ella mira al profesor, ocupado con el microscopio.
MUJER
Nuestro hombre sabio no es más de este mundo.
La mujer se sienta.
HOMERO
Quiere un vinito?
MUJER
Tiene que ser seco.
Homero le da órdenes al marinero peludo.
PROFESOR GORDO
Le he dicho a Homero las cosas que este hombre ha hecho.
MUJER
Es que ha batido todos los records con su trabajo.
El profesor delgado sonríe, mirando a su microscopio.
PROFESOR DELGADO

314
Gracias.
HOMERO
He oído del momento en el que salió corriendo por la calle empelotas.
MUJER
No sabía de esto?
HOMERO
Es que estoy muy ocupado con mis negocios.
MUJER
Fue primera página en los periódicos por unos cuantos días.
PROFESOR GORDO
El boxeador L. Clay gano su pelea ese mismo día.
MUJER
Han escrito columnas en las primeras páginas, acerca de su falta de ropa.
PROFESOR GORDO
Era miembro de la orden de Pieni una semana después.
HOMERO
Me gusta esa opera.
MUJER
La orden de Pieni es una decoración papal.
HOMERO
No lo sabía.
MUJER
Los Beatles cantan operas.
PROFESOR GORDO
Nuestro amigo, el hombre de negocios, no tiene tiempo para estas cosas.

315
HOMERO
Que paso después de que salió empeloto?
PROFESOR GORDO
Podía ver a los ángeles.
HOMERO
De verdad?
PROFESOR GORDO
El profesor se fue a encontrar sus ángeles, demostrándonos cómo funciona la mente.
HOMERO
Se fue al cielo?
PROFESOR GORDO
Tiene que estar muerto para ir al cielo y el estaba vivo.
HOMERO
Como lo hizo entonces?
PROFESOR GORDO
Corrió empeloto por las calles, cuando se acordó del pañal de Jesús Cristo en el
monasterio Corraplitence.
HOMERO
Que hombre.
PROFESOR GORDO
Los encontró, después de poner alguna de la materia fecal con una aguja bendecida por el
papa, en el microscopio.
HOMERO
Que encontró?
PROFESOR GORDO

316
Vio a los ángeles, claro está.
HOMERO
Es increíble.
MUJER
Piensa que encontró gusanos?
PROFESOR GORDO
No tengamos pensamientos locos, que vio solo ángeles en su microscopio.
HOMERO
Es un genio.
PROFESOR GORDO
El quería saber el sexo de los ángeles y cuantos podían bailar en la cabeza de una aguja.
MUJER
Es un tópico fascinante.
PROFESOR GORDO
El profesor vio hombres y mujeres angélicos, bailando en parejas en la cabeza de la aguja.
MUJER
Ese genio se merece todos los honores.
HOMERO
Quiere otra coca cola?
PROFESOR FLACO
Quiero una fría.
PROFESOR GORDO
También quiero una.
MUJER
Quiero un vino tiple.

317
Homero sale de la escena.
MUJER
Es un hombre ignorante con un corazón de oro.
PROFESOR GORDO
El quiere soportar la ciencia.
MUJER
Ya hemos hablado de eso. Yo prefiero si alguien me ayuda con dinero a criar a Irwin.
PROFESOR FLACO
Quiero que me ayude con su dinero a encontrar una vacuna contra el pecado, pues la
intravenosa del momento no quita el pecado original.
PROFESOR GORDO
Quiero acabar con la enciclopedia del pato Donald bajo la protección de Homero.
PROFESOR FLACO
Es la mejor obra literaria del siglo veinte y no hay nada como eso.
PROFESOR GORDO
Gracias.
Homero entra en la escena.
HOMERO
El helicóptero que trae al profesor Greer y a Fifi está a punto de llegar.
Un marinero llama a Homero.
HOMERO
Excúsenme pero los tengo que ir a recibir.
Homero sale y el profesor flaco mira en su microscopio, el gordo lee su colección del pato
Donald y la mujer se peina, pero entonces oyen el ruido de un helicóptero.
CORTA A

318
EXTERIOR DE YATE – NOCHE
Homero aparece en la escena.
HOMERO
El profesor Greer ha llegado sin su esposa.
PROFESOR GORDO
Pero están en su luna de miel. Porque ha venido solo?
HOMERO
No. Ha traído a alguien.
PROFESOR GORDO
Es Fifi?
Un hombre de cuarenta años aparece acompañado de un joven, vestido en blue jeans, con el
pelo largo y una falda corta sobre sus pantalones. Fifi sale en la escena, y besa a Homero,
mientras muestra sus piernas y parte de sus senos que se salen de su escote.
PROFESOR GREER
Este debe de ser el encuentro de los siete hombres sabios de Grecia.
PROFESOR GORDO
El octavo acaba de llegar.
El mira las piernas de Fifi.
PROFESOR GORDO
Debes de ser Fifi.
FIFI
Mucho gusto en conocerlo.
La falda de Fifi muestra más de su anatomía, cuando lo abraza y el profesor flaco mira en el
microscopio.
PROFESOR FLACO

319
El mejor financiero de todos los tiempos acaba de llegar.
HOMERO
Usted está en su casa, mi querido profesor Greer.
Ellos se abrazan. La señora Irwin besa a Greer, al tiempo que el joven juega con su arete.
Fifi abraza a la señora Irwin.
MUJER
He visto su foto en los periódicos.
PROFESOR FLACO
Solo les interesa la vida de ella, e ignoran todo lo demás en el país.
FIFI
No soy tan importante.
Corta a
EXTERIOR DE YATE LUJOSO– NOCHE
PROFESOR GREER
Me he casado antes de mi viaje y esta es mi esposa Ferny. Esta es nuestra luna de miel.
Ferny saluda a todo el mundo y se sienta al lado de Greer.
HOMERO
Pensé que era tu amigo.
PROFESOR GREER
Es mi señora. El matrimonio con el mismo sexo es más común.
PROFESOR GORDO
Es aceptado en muchos países del mundo.
El profesor Greer abraza a Ferny.
PROFESOR GREER
Te adoro mi amor.

320
La pareja se besan y abrazan, al tiempo que Fifi sale con Homero de la escena.
INTERIOR DE YATE LUJOSO– NOCHE
Fifi pasa un brazo sobre los hombros de Homero.
FIFI
Me has hecho mucha falta.
HOMERO
Como está el general?
Fifi le besa la oreja.
FIFI
Esta peleando sus guerras.
HOMERO
Te quiero hacer el amor.
FIFI
No has cambiado.
Ella le trata de abrir sus pantalones, al tiempo que Chucho aparece a su lado.
CHUCHO
Las bebidas están listas, don Homero.
Fifi se arregla su ropa.
HOMERO
Te he dicho que no interrumpieras.
CHUCHO
Pero he golpeado en la puerta.
HOMERO
Chucho, has estado en la selva?
CHUCHO

321
He vivido en Leticia por unos meses.
Homero encuentra los papeles de José en un almario.
HOMERO
Quiero que mires estas páginas.
Chucho coge las hojas.
CHUCHO
Lo hare después, don Homero.
Chucho sale con los papeles.
INTERIOR DE YATE LUJOSO– NOCHE
Homero y Fifi están en una cama por la ventana de uno de los camarotes y el cielo negro se
ve fuera de la ventana.
FIFI
Te amo más que a mí misma.
El mira su cuerpo desnudo.
HOMERO
Pues estarás bromeando.
FIFI
Es en serio.
Ella se pone encima de Homero, y el mueve su torso.
EXTERIOR DE YATE LUJOSO – NOCHE
Ferny y el profesor Greer están abrazados.
MUJER
El amor es algo muy hermoso. Yo era así con Irwin.
FERNY
Este es mi primero y último amor.

322
El se pone un pañuelo en su pecho y se endereza la mini falda. Greer lo besa.
HOMERO
Tenemos que brindar por la felicidad de esta pareja.
Fifi juega con su pelo.
FIFI
Y la nuestra qué?
Ella pone su cabeza en su pecho.
HOMERO
Ya hablaremos de eso mas tarde.
PROFESOR FLACO
He acabado con mis observaciones por hoy.
El profesor flaco pone todo en su bolsa, y hace la venia antes de tocar el alfiler.
EXTERIOR DE YATE LUJOSO – NOCHE
HOMERO
Estamos en camino a Gibraltar.
PROFESOR GREER
Que viva nuestro anfitrión.
TODO EL MUNDO
Que viva.
HOMERO
Veamos. Los profesores quieren coca cola, la señora un vino seco, y usted profesor
Greer?
PROFESOR GREER
Quiero ron de Jamaica seco.
HOMERO

323
Que quiere Ferny?
FERNY
Quiero un vino dulce en agua de rosas. Todo lo demás me da dolor de cabeza.
PROFESOR GREER
Es que es una flor.
HOMERO
Parece una flor plástica.
FERNY
No puedo tomar nada muy fuerte.
Homero mira a Fifi.
HOMERO
Quieres soda y whiskey?
FIFI
Con un pedazo de limón.
Ellos se van a la mesa, mientras que Ferny se empolva la cara por la baranda. El profesor
Greer se sirve ron en su copa, Homero trae más vasos y Fifi abre una botella de whiskey.
PROFESOR FLACO
Se ha servido mucho ron, profesor Greer.
FERNY
Es que es un hombre fuerte y yo lo adoro.
PROFESOR GREER
Ya tendrás tu vino dulce en agua de rosas.
FERNY
Gracias tesoro.
HOMERO

324
Profesor Greer, tengo los mejores hombres de la ciencia para que manejen mi fundación
filantrópica.
PROFESOR GREER
Soy asesor de las financias de Homero.
HOMERO
Gracias. El profesor Greer les explicara todo lo que tengan que saber.
El profesor Greer se toma su ron.
PROFESOR GREER
Hemos decidido empezar la sociedad filantrópica para ayudar a los hombres de ciencia y
les queremos donar el millón de dólar que se harán al año por sus actividades en vez de
pagar la plata en los impuestos. Homero solo quiere que ustedes le den cinco millones de
dólares en cambio por un millón para conservar el capital.
PROFESOR FLACO
Cinco millones por solo un millón es mucha plata.
PROFESOR GORDO
El tiene la razón.
MUJER
Estoy de acuerdo.
Homero y el profesor Greer hablan en voz baja, mientras que Ferny mira a Fifi.
FERNY
Donde compro ese vestido?
FIFI
Lo hice yo misma.
FERNY
Es muy lindo. Tengo que aprender a hacer mi ropa.

325
FIFI
Le puedo enseñar.
FERNY
Gracias.
PROFESOR GREER
La generosidad de Homero no tiene límites, pues solo quiere un millón y dos cientos mil
dólares.
PROFESOR FLACO
Le daremos cincuenta mil dólares más.
HOMERO
Lo acepto de estos hombres sabios distinguidos.
Todos aplauden y el profesor Greer saca unos documentos de su bolsa.
PROFESOR GREER
Deben de firman estos papeles.
Todos firman los documentos.
PROFESOR FLACO
Ya llamare a mi vacuna el Homero angélico.
HOMERO
Muchas gracias.
PROFESOR GORDO
A él le dedicare mi libro.
HOMERO
Gracias.
MUJER
Irwin lo llamara padre.

326
FERNY
Es que es un hombre peligroso.
FIFI
Lo amare para siempre.
MUJER
Cuál es la sorpresa?
HOMERO
Se me había olvidado eso.
El sale de la escena.
FERNY
Que hombre tan fantástico.
FIFI
Es mi héroe.
MUJER
Es un Mecenas.
PROFESOR FLACO
Era el hombre que le daba cosas a la gente.
FERNY
Que cansón.
MUJER
Pensé que era un emperador griego.
PROFESOR GORDO
Carlo magno era el emperador griego.
MUJER
Nunca me gusto la geografía.

327
FIFI
Odio la matemática.
FERNY
No se que hizo Cristóbal Colon.
PROFESOR FLACO
Creo que descubrió la penicilina.
PROFESOR GORDO
No lo confundan con Gagarin, que descubrió la luna.
FERNEY
La luna llena?
PROFESOR FLACO
No. Fue la luna de miel.
FERNY
Te prohíbo que hables de eso.
FIFI
Entonces el profesor Greer es Gagarin.
El profesor Greer parece estar borracho.
PROFESOR GREER
No me gusta el gargajo.
FIFI
No es gargajo sino Gagarin.
PROFESOR GREER
No es eso un remedio para la gripa?
FERNY
No mi ternura. El descubrió la luna.

328
Homero llega con Chucho.
HOMERO
Les quiero presentar a Chucho a estos científicos prominentes.
El marinero hace la venia.
HOMERO
Chucho debe de ser una sorpresa para mis científicos. Saluda a mis invitados, Chucho.
Todos aplauden.
HOMERO
Le pueden preguntar lo que quieran.
PROFESOR FLACO
Nos puedes decir algo sobre el primer campeonato de Football?
Lo jugaron en Montevideo, Paraguay, desde el 13 de julio 19-30. Argentina le gano a los
Estados Unidos en la semi final: 6-2
TODO EL MUNDO
Increíble.
PROFESOR GORDO
Quien fue el campeón de ajedrez en 1926?
CHUCHO
José Raúl Casablanca.
HOMERO
Quien gano el campeonato de boxeo del mismo año?
CHUCHO
Jack Dempsey.
TODO EL MUNDO
Ahhhhhh!

329
FERNY
Dime quien gano el Derby en Epson en 1956?
CHUCHO
Lavandin.
PROFRESOR GREER
Cuál es la raíz cubica cuadrada de 1.085?
CHUCHO
La raíz cuadrada es 32.94 y la raíz cubica es 10.28.
FERNY
Cuál es la montaña más alta del mundo?
CHUCHO
El monte Everest, que es 8.848 metros de alto.
FERNY
Que cansón.
PROFESOR GREER
Es una calculadora y no un marinero.
PROFESOR GORDO
Es maravilloso.
PROFESOR FLACO
Debería de estar en la academia de las ciencias.
HOMERO
Muchas gracias Chucho. Ya te puedes ir.
Chucho hace la venia.
CHUCHO
Sí señor.

330
Chucho sale de la escena.
HOMERO
Que piensan del marinero?
TODO EL MUNDO
Es un genio.
PROFESOR FLACO
Donde encontró ese cerebro?
PROFESOR GORDO
Debería de ser el director de la academia de ciencia.
FERNY
Es tan inteligente como es feo.
FIFI
Tiene su sex appeal.
PROFESOR FLACO
Podría ser de cualquier sitio del mundo.
PROFESOR GREER
No puedo creer que sea tan inteligente.
FERNY
Dicen que los feos son inteligentes.
PROFESOR FLACO
Esa cara tiene un precio.
PROFESOR GREER
Son la bella y la bestia, si lo comparamos con Ferny.
PROFESOR GORDO
Me recuerda de una película.

331
FERNY
No hable más o me desmayo.
Un marinero llega con un vaso en una bandeja.
PROFESOR GREER
Aquí esta su bebida.
FERNY
Quiero mi agua de flores amarillas.
CORTA A
EXTERIOR DE YATE LUJOSO – NOCHE
HOMERO
Piensan que Chucho es muy inteligente?
TODO EL MUNDO
Si.
HOMERO
Chucho es un chimpancé.
TODO EL MUNDO
Que?
PROFESOR GORDO
A chimpancé?
PROFESOR FLACO?
Un chimpancé?
PROFESOR GREER
Un chimpancé?
MUJER
Un chimpancé?

332
FIFI
Si te creo mi corazón.
FERNY
Es un chimpancé. Que jarto.
HOMERO
Ya viene Chucho otra vez.
El marinero aparece en la escena con su vestido de baño, pero es un chimpancé, que se afeita
su cara todas las mañanas. Ferny se desmaya en los brazos del profesor Greer.
PROFESOR GORDO
Debe de ser el diablo.
HOMERO
Ya te puedes ir, Chucho.
Chucho hace la venia y sale de la escena.
PROFESOR GREER
Donde encontró ese genio?
FIFI
Puede ser un antioqueño disfrazado.
HOMERO
Es un chimpancé y a su disposición, si lo quieren estudiar, pues trabaja por nada y le gusta
comerse el jabón después de hacer las burbujas.
PROFESOR GREER
Eso no está mal, si trabaja por una caja de jabón al día. Le ha ofrecido un aguardiente?
HOMERO
No le gusta como huele.
PROFESOR FLACO

333
Quien es el autor de este fenómeno?
PROFESOR GORDO
Es un atento contra la dignidad humana.
HOMERO
Su dueño, un colombiano llamado Mario, me ha vendido a Chucho por muy poca plata.
PROFESOR GREER
Cuanto le costó?
HOMERO
Solo me ha cobrado $85.000 dólares.
MUJER
Si es sano?
HOMERO
Hago que lo examinen cada año en Rochester.
PROFESOR FLACO
Y muerde?
HOMERO
No hace nada.
FIFI
Puede hacer el amor?
PROFESOR GORDO
Es muy caro para ser un mico.
HOMERO
Puedo arreglar exhibiciones en todo el mundo.
PROFESOR GORDO
Por que no lo haces?

334
HOMERO
Le he prometido a Miguel que no lo haría. Necesito a Chucho acá.
PROFESOR GREER
Homero sabe hacer sus negocios.
FERNY
Quiero más vino con agua de pétalos de rosas.

335

La historia de Chucho
Señor Homero
Yo trabaje para usted hace mucho tiempo, y si tiene paciencia, le diré como me encontré
con el hombre que entreno Chucho, sin que pague ni un dólar por el servicio. Felicitaciones!
Tus hombres sabios no sintieron ninguna admiración por Chucho, pero los hombres sabios
pueden tener cerebros pequeños, como los dinosaurios tenían hace mucho tiempo y hay que
gozar los momentos de la vida, en vez de preocuparse por cosas estúpidas.
Un día acepté la oferta de Jaramillo del LSD que había traído de Europa, donde los
aristócratas lo usan para viajar a las estrellas, antes de que viajáramos en el cielo en algo
parecido a un aeroplano, aunque hubiera podido ser mi imaginación.
“Esto es real,” le dije.
“Es tu opinión,” Jaramillo dijo.
Viajamos por la galaxia de una manera prodigiosa, aunque unos cuantos hoyos negros
interrumpían nuestra vista de las estrellas.
“Esto es fantástico,” Jaramillo dijo.
Yo gozaba la belleza del universo, al tiempo que el avión se iba por donde quería.
“Es bueno viajar por la galaxia,” le dije.
Un pájaro me contesto, mientras llamaba a sus camaradas, pues aparecimos en un sitio
muy diferente que no tenía nada que ver con las galaxias que habíamos visto.
“No tenemos aguardiente,” Jaramillo interrumpio mis pensamientos.
“Donde estamos?” pregunte.

336
El me despertó de la pesadilla en la que me encontraba, mostrándome los restos de un
avión en el que hemos debido de viajar antes de caer del cielo con todos los magullones que
teníamos.
“Creo que estábamos en esto,” le dije.
“Se llama un avión.”
El polen en la brisa me hizo estornudar por unos momentos, antes de pensar en la tragedia
de nuestras vidas.
“Estamos vivos,” le dije.
“Tenemos mucha suerte,” Jaramillo dijo.
“Que vamos a hacer?” le pregunte.
Jaramillo se sentó en una piedra con las manos en su cabeza, como si pudieras componer
lo que los pasaba.
“Nunca más tomare drogas,” me dijo.
“Es tu culpa,” le dije. “Las trajiste de Europa.”
El sonido de un rio en su camino a algún sitio, nos volvió a la realidad el mundo
psicodélico en el que nos encontrábamos.
“Me duele la cabeza,” Jaramillo dijo.
El me mostro una cortada cerca de su oreja derecha, donde un hilo de sangre le manchaba
la ropa, pero yo estaba bien, aparte de unas cuantas heridas sin importancia y mi ropa sucia.
“Es un milagro,” le dije.
“A Dios le deben de gustar los drogadictos."
Pensé en sus palabras investigando el sitio donde habíamos caído del cielo, cuando
encontré un paracaídas rojo y blanco, enredado entre los árboles.
“Esto nos salvo la vida,” le dije.

337
Jaramillo camino hacia el lugar en el que me encontraba, murmurando algo en contra de
las drogas del universo.
“Ya me acuerdo de saltar en el aire,” me dijo.
Yo también tenía mis memorias de seguirlo hasta la puerta de la nave, antes de saltar sobre
el verde de la selva, antes de que jalara el cordón del paracaídas y el mundo se había acercado
de una manera vertiginosa.
“Acá estamos,” Jaramillo interrumpio mis pensamientos.

“Debemos de buscar la

civilización.”
Al seguir el rio llegamos a uno mucho más grande y unas horas después estábamos
caminando por las orillas de un rio caudaloso.
“Debe de ser el Amazonas,” Jaramillo dijo.
No vimos casas, con la excepción de unos cuantos hoteles Hilton, llenos de gringos
estudiando las mariposas de la región.
“Déjenos solos,” nos dijeron.
“Queremos encontrar la civilización,” les dijimos.
“Es de para allá,” ellos señalaron a la distancia.
Nosotros seguimos sus instrucciones y llegamos a un pueblo donde la gente era buena,
pero luego nos dimos cuenta de que no eran buenos. Los campesinos dispararon sus pistolas
tres veces, pues les dio susto de nuestras barbas y de que teníamos marihuana en los bolsillos.
“Venimos en paz,” les dije.
“Pruébenlo,” ellos dijeron
Los dólares que yo tenía en el bolsillo devolvieron la calma, y los campesinos nos
pasearon por las calles para que nos viera todo el mundo.
“Estos son los hombres de la luna,” ellos decían.
“Es que son oligarcas,” alguien dijo.

338
El pueble había sido construido alrededor de un idiota llamado pate piña, pues su pata
derecha tenia elefantiasis y la izquierda mamustiasis, al tiempo que unas reinas de belleza,
con sus coronas en la cabeza, nos daban la bienvenida.
“Le tocare las pelotas por unos pesos,” la reina de la piña dijo.
“Ese es mi trabajo,” la reina de la arepa dijo.
Yo las deje que metieran sus manos en mis calzoncillos, al tiempo que las reinas de las
salchichas y frijoles, el queso blanco, el plátano, kumis, mermelada, la fiebre amarilla, el
arroz y el masato, esperaban por su turno.
“Queremos su plata,” ellas dijeron.
Jaramillo apareció a mi lado abrazando a una de las chicas.
“Esto si esta bueno,” me dijo.
La reina del masato lo miro con la plata en su mano, antes de llevarnos a otro edificio,
donde el alcalde les hablaba a los campesinos acerca de las reinas de belleza invadiendo su
tierra.
“Tenemos los hombres de la luna,” ella dijo.
“No nos pueden dar ropa?” le pregunte.
Todos se rieron, incluyendo las reinas de belleza que estaban a su lado.
“Únanse a la fiesta,” nos dijeron.
Coronamos unas cuantas reinas de belleza en nuestra ropa sucia, y les tocábamos los senos
erectos, debajo de la ropa elegante que tenían.
“Ven conmigo a esa choza,” le dije a una de las reinas.
“Esa es la casa de la señorita Lola,” ella me dijo.
Le quite la virginidad atrás de la choza, aunque algunas ratas interrumpieron el placer con
sus chillidos.
“Quien está ahí?” una mujer pregunto.

339
La chica se puso la ropa. “Esa es la señorita Lola.”
Ella dejo un caminito de sangre por entre el barro en su afán por irse rápido, al tiempo que
una mujer pequeña aparecía entre los arbustos.
“Debe de bañarse,” me dijo.
Me ofreció la ropa de su marido, tapándose la nariz por algo que no le gustaba, antes de
llevarme a la ducha.
“Corra la cortina,” me dijo. “Para que no lo vea empeloto.”
Yo me metí en el agua fría, refregándome bien con la barra de jabón que ella me paso.
Mientras me contaba que había sido la reina de la cebolla, los frijoles, el café, y de cómo
tenia la marca en su cabeza de todas las coronas que había tenido.
“Debe de ser muy terrible,” le dije.
“Ya me he acostumbrado a esto,” me dijo
Ella ayudaba a recrear la batalla de Boyacá cada siete de agosto, pero hacia que los
españoles ganaran de vez en cuando.
“Entonces tenemos una fiesta,” me dijo. “Donde elegimos mas reinas de belleza.”
“Debe de ser buena,” le dije.
Me dijo acerca de la escuela, donde los niños atendían las clases al lado del primer ladrillo
que habían puesto en 1922, esperando a que acabaran de construir el edificio.
“Es tremendo," le dije.
“Les gusta estar en el aire fresco, excepto cuando llueve.”
Primero le habían dicho que podía tener niños de ambos sexos, pero después de un análisis
detallado, se dio cuenta que eran niños y niñas y dos años después le dieron permiso para el
colegio. Un bus viejo que tenían, los llevaba de vez en cuando a la estación del tres, una
aventura para alguien que nunca había salido del pueblo.
“Puede que traigan los trenes acá,” me dijo.

340
“Es buena idea,” le dije.
Ella me presento algunos de los campesinos tomando aguardiente afuera de un almacén.
“Soy el médico,” un hombre pequeño me dijo.
El me dijo de las fiestas que tenían en la plaza principal, donde todo el mundo vomitaba
bajo la luz de la luna, después de tomar aguardiente.

“Debe de ser horrible,” le dije.

El podía diagnosticar las enfermedades de las personas, de acuerdo a sus vómitos, aunque
tuvieran una dieta mala, mientras tomábamos aguardiente.
“Este es el mejor lugar del mundo,” nos dijo.
Si que le crei. Nos fuimos cantando la marsellesa a su casa, con unas cuantas reinas de
belleza y a la media noche.
“Esta es tu cama,” me mostro un lecho doble en una habitación oscura.
Me soñé con las reinas de belleza haciéndome cosquillas bajo las cobijas.
“Ahhh,” yo dije.
“Queremos su plata,” me dijeron.
Luego me soñé que estaba corriendo por la selva, en la que Homero había perdido sus
cabezas, hasta que algo me despertó.
“Ha, ha,” una voz dijo.
Estaba en el medio del patio, al tiempo que un guacamayo se reía y una culebra se
deslizaba por mi torso.
“Ha, ha, ha, “el guacamayo dijo. Margarita te despertó.
“Debo de estar soñando,” dije.
“Te debería de morder las nalgas,” el guacamayo dijo.
Me caí sobre una tortuga, cuando un mico me ofreció un banano, el guacamayo cantaba
una ópera, y una iguana gorda buscaba moscas para almorzar. Un hombre vestido en sus
calzoncillos me saludo por la casa.

341
“Soy el médico,” me dijo.
“Ya me acuerdo,” le dije.
Tendría que ser la maldición de los indios, torciendo el camino del tiempo por el universo,
así como Homero me lo había dicho.
“Que paso anoche?” le pregunte.
“Tienes que bañarte,” me dijo.
Me llevo al baño en la parte de atrás de la casa, donde un caimán se refrescaba en la
bañera y Chucho- el mico, me recataba del león trayéndome la bandeja del desayuno en su
boca.
“Ya te lo explicare,” el médico me dijo.
Un hombre empeloto corriendo por el patio, interrumpio la conversación.
“Una culebra me persigue,” me dijo.
Su amigo corre rápido,” el médico me dijo.
Jaramillo se paro al lado nuestro, mientras que el médico espantaba a la boa constrictora
que se lo trataba de comer.
“Como es que has venido acá?” le pregunte.
“Es una historia larga,” nos dijo.
Yo apunte todo lo que nos dijo esa mañana, entre los gritos del loro y los horrores de los
otros animales rondando a nuestro lado y esta es su historia:
Un colega de mi amigo tenía un hijo medico, aunque nada así había pasado en su familia,
aparte de una tía sirviendo en la corte, pero murió antes de que su hijo acabara en la
universidad. El médico hizo su práctica en un hospital después de graduarse, acabando con
su dieta de hambre a la que se había sumido para pagarse sus estudios, para ganarse la plata
honradamente.

342
El tenía que encontrar un trabajo como medico después de graduarse y trato encontrar al
ministro de la salud, en un edificio entre los otros de la ciudad pero el ascensor no funcionaba
y cuando llego al séptimo piso, la secretaria se había ido a almorzar. El volvió cuando habían
compuesto el ascensor, gracias a que el ministro de educación había colapsado después de
visitar a su colega en el séptimo piso.
Allí le dijeron que se pusiera en contacto con un arquitecto Pérez, el presidente de la
sociedad de los cucarrones amarillos y que vivía en Barranquilla. Nuestro medico encontró
al arquitecto llorando al lado del cuerpo de un cucarrón muerto.
“Necesitamos médicos en un pueblo de la cordillera central,” el arquitecto le dijo.
Unos días después el arquitecto llego a la estación con su maleta en la que tenía un
monitor para la presión de la sangre, un estetoscopio y una inyección.
“Quiero un tiquete para la estación X,” le dijo a la chica en la ventanilla del puesto de
ventas.
El vendedor lo miro de abajo a arriba, repitiéndolo otra vez de arriba abajo.
“Deja de estar bromeando,” le dijo, limpiándose las uñas.
“Pero necesito ir allí,” el médico le dijo.
“Habla en serio?” ella le pregunto.
“Claro que si.”
Ella desapareció por unos momentos, en los que nuestro medico meditaba en su situación
y volvió con dos hombres gordos y uno flaco. Dos mujeres venían atrás de ellos.
“Ese es el hombre,” le chica les dijo.
Uno de los hombres gordos se quito los anteojos, antes de hablarle al médico.
“Sabe cuál es el castigo para los chistosos? Le pregunto.
Te debe de dar vergüenza,” una de las mujeres le dijo.
El otro gordo se hizo la señal de la cruz. “Que Dios te perdone.”

343
“No entiendo,” el médico dijo.
“Ven con nosotros,” uno de los gordos le dijo.
Entraron a una sala grande, donde alguna gente estaba sentada alrededor de una mesa, y el
que parecía tener más autoridad le hablo.
“Dime porque quieres ir a ese pueblo.”
“Es que no tienen médicos en el pueblo siguiente,” el médico les dijo.
“Por que odia a los médicos?”
“No señor,” el médico les dijo. “Es que yo soy un medico.”
“Pero quiere vivir en el pueblo X.”
El médico se veía desesperado. “Que quiero vivir en el pueblo de enseguida.”
“He estado trabajando en los trenes por treinta y cinco anos y esta es la primera vez que
alguien va al pueblo X,” el hombre le dijo. “Por que quiere ir allá?”
“Que quiero ir al de enseguida,” el médico repitió.
El hombre hablo con sus colegas por unos minutos, en los que el médico pensaba en su
situación.
Este hombre tiene ideas fantásticas,” el hombre les dijo. “Podríamos darle trabajo en
nuestras oficinas.”
“Que soy un medico,” el doctor les dijo.
“Debe de tener un trabajo verdadero.”
“Pues se de medicina.”
“Tiene una bicicleta?” uno de los hombres gordos le pregunto.
“No se manejarlas,” el doctor les dijo.
“No haces nada,” el hombre gordo le dijo.
“Entonces véndanme el tiquete,” el doctor les dijo.

344
“Le vamos a dar un pasaje gratis y una granada de mano, que debe de explotarla cuando el
tren se acerque al pueblo.”
Ellos le dieron el tiquete y la granada antes de que el tren llegara a la estación, y donde el
doctor espero entre los pasajeros que no sabían nada de su suerte.
“El tren viene,” alguien dijo.
El humo subiendo al cielo les informo que el tren estaría cerca, y el doctor les pedía a los
dioses del cielo que la granada no lo matara., pero la voz en el micrófono interrumpio sus
pensamientos de la muerte adentro del tren con destino a algún sitio del universo.
“Ya viene el tren,” les dijo.
El doctor espero a que los campesinos abordaran con sus bultos de papas y otras cosas que
llevaban a lejanas tierras, cuando una mujer empujaba una maleta llena de algo
incomprensible.
“Me puede ayudar?” le pregunto.
El la ayudo a meter su bulto al vagón, teniendo cuidado con la granada en la bolsa.
“Gracias,” la mujer le dijo.
“No estallo,” el dijo.
“Qué?” ella pregunto.
“Nada,” él le dijo.
El médico se alisto para lo que tenía que hacer, la bolsa con la granada recordándole de los
riesgos que tomaba para llegar a su destino, aunque esperaba que no le explotara en la cara.
“Hola amigo,” alguien dijo.
El médico vio a un hombre pequeño, mirándolo por entre sus anteojos.
“No he hecho nada malo,” el médico le dijo.
“Solo quiero su tiquete,” el hombre le dijo. “Soy el inspector.”
El inspector miro el papel que uno de los hombres gordos le había dado al médico.

345
“Todo está bien,” le dijo.
El inspector se fue, dejando al médico solo con su suerte, cuando vio unas cuantas casas a
la distancia, tenían que ser del pueblo que los hombres de la estación le habían dicho.
“Uno, dos tres,” el médico dijo, botando la granada fuera de la ventana.
La explosión hizo que el tren se saliera de la vía, matando a las vacas comiendo su pasto
en el potrero, algunas gallinas que salieron de algún sitio y unos neurocirujanos trabajando
para los trenes. El médico se fue rodando por entre el pasto y los ángeles lo recibían en un
sitio parecido al cielo.
“Te puedes despertar?” alguien le dijo.
El médico vio a la gente mirándolo y su cabeza le dolía.
“Estoy vivo,” les dijo.
“Ya lo sabemos,” ellos dijeron.
Un enfermero le curó las heridas, y todo el mundo quería ver al hombre salvado del tren.
“Le agradezco,” el médico le dijo.
“Tiene que conocer al padre, el dueño de la farmacia y a la señorita Lola, que pone las
inyecciones,” el enfermero le dijo.
“Soy un medico,” el doctor le dijo.
“Se ha golpeado la cabeza,” el enfermero le dijo.
El señor Procolo, el hombre más rico del pueblo se lo llevo a su casa para que le ayudara a
que su cerda diera luz.
“No quiero que se muera,” el señor Procolo dijo.
El médico le ayudo a que la cerda tuviera sus cerditos, volviéndose el mejor medico de
cerdos de la región y el señor Procolo consintió a que su hija viviera con él y algunos de sus
animales.

346
El médico hizo sus investigaciones contra Edison, al heredar los cerdos, la casa y la hija
del señor Procolo, con la que se caso, después de su muerte, cuando los resultados de dichas
investigaciones eran suficientes para que lo condenaran a la silla eléctrica, a que muriera
asfixiado por gases o a que rondara por Marquetalia para siempre.
Nuestros pueblos no tienen escuelas, hospitales, centros de salud o agua limpia. El agua
que se obtiene allí es sucia y maloliente, pero si tienen millones de transistores llenando la
atmosfera de rancheras las veinticuatro horas del día. El padre pone cuatro parlantes gigantes
en la torre de la iglesia y si las del café en la esquina o el que no está en la esquina no están
funcionando, su santidad enciende las de él. El pueblo más pequeño de Colombia hace más
ruido que un dormitorio de los hermanos maristas, después de su cena de navidad.
Nuestro país tiene miles de emisoras de radio por cada kilometro cuadrado y cada una de
ellas tiene dos programas: música popular mas los comerciales. Entonces el doctor me trajo
la maquina que había fabricado.
“Enciéndela,” me dijo.
Se la quería quebrar contra sus anteojos, pero el tigre lamiéndome los zapatos no me dejo,
y cuando la encendí, no oí mas la voz del padre ofreciéndoles otro tango a la presidenta de las
hijas de María. El hombre en contra de Edison había inventado el anti transistor.
No puedo describir la sensación de no oír nada, al tiempo que le pedía permiso para
limpiarle sus zapatos en vez del tigre. El también les enseno a que los animales aprendieran
a abrir trampas, después de señales acústicas y luminosas y a evitar los choques eléctricos.
El extrajo un acido con un nombre complicado, después de sacrificar algunos de sus
animales, pero conocido por sus iniciales: ADN, que lo introdujo en el sistema nervioso de
otros animales, haciéndoles que se portaran como los muertos o mejor dicho, tenían
metempsicosis. Mi amigo llamo a la academia de medicina, pero sus representantes se
fueron, cuando vieron a los cerdos.

347
De acuerdo a este hombre sabio, el proceso del conocimiento está ligado a una molécula
larga y curvada: el ADN y RNA, adentro del código de la vida. Mi amigo se compro a
Chucho- el chimpancé, después de que un antioqueno se lo había ganado jugando a las cartas
en el zoológico de Bucarest y no sabes cómo es de importante para los científicos.
Chucho no es solo el mico más inteligente del mundo, pero es un buen trabajador,
ayudándonos a entender la evolución a través de los siglos. El tigre es más inteligente que
cualquier perro, el guacamayo canta la opera traviata de memoria y la serpiente toma leche y
caza ratones. Los micos barren la casa, lavan la ropa, al tiempo que las tortugas solo se
reproducen cuando se les dice.
El tiene ratones multicolores, que bailan el ballet de Stravinski con perfección rusa. La
culebra Margarita no hace nada, aunque no puedo decir lo mismo de los cobradores, que
prometen llevársele todo lo que tiene, si no les paga las deudas en los próximos días. Yo le di
100 pesos y le prometí vender a Chucho para que no haya tanto peligro de que lo dejen sin
nada.
No le puedo decir más, o alguien se puede apropiar de los descubrimientos de mi amigo,
en un mundo obsesionado con plata.
Miguel

348

La sinfonía del siglo veinte
EXTERIOR DE YATE LUJOSO- DIA
Un hombre de edad mediana y con corte de pelo prusiano, hace ejercicio en una bicicleta. El
pedalea por algunos momentos, antes de chequear la velocidad y la distancia que ha viajado,
y luego se baja al suelo, donde levanta algunas pesas sobre su cabeza, respirando
profundamente. Chucho aparece a su lado.
CHUCHO
Debe de tener buen apetito, señor astronauta, Quiere desayuno?
ASTRONAUTA
Que hora es?
Chucho mira al reloj que hay en la pared.
CHUCHO
Son las diez y veinte.
ASTRONAUTA
No ese reloj. Mira el cronometro y dime toda la cosa.
Chucho mira al cronometro pequeño que hay en la mesa.
CHUCHO
Son las diez de la mañana, veintidós minutos, cuatro segundos y dos decimales.
ASTRONAUTA
No ese reloj. Dime todo lo que el cronometro dice.
Chucho mira a un cronometro pequeño que está en la mesa.
CHUCHO
Son las diez, veintidós minutos y dos decimas de segundos.
ASTRONAUTA
Tráeme el desayuno a las diez y media en punto.

349
Chucho deja la escena, después de leer un papel que está en la mesa.
El astronauta hace ejercicio en las barras con la fuerza de un antropoide, al tiempo que
Chucho llega con dos litros de aceite, dos libras de grasa en un plato, una botella de gasolina
y dos tornillos. El pone todo en la mesa, antes de mirar al cronometro.
CHUCHO
Son las diez y media.
El astronauta salta del trapecio, se limpia la cara y las manos, y respira diez veces, antes de
acercarse a la mesa.
El saborea la grasa del motor con una cuchara, y la mezcla con la gasolina.
ASTRONAUTA
Me gusta la grasa más densa.
CHUCHO
Nos has debido de decir cuál es tu aceite favorito, pues usamos ese para el motor diesel.
ASTRONAUTA
Me gustan todas las marcas.
Una calculadora del tamaño de un perrito y con ruedas, aparece leyendo el periódico. Ella se
acerca a la mesa y le sonríe al astronauta.
CALCULADORA
Hola Sompson.
ASTRONAUTA
Me llamo Simpson.
CALCULADORA
Me gusta el nombre español de sonso.
ASTRONAUTA
No me gustan los dialectos.

350
CALCULADORA
No te enfades o se te ira el apetito.
El astronauta se toma el aceite.
ASTRONAUTA
Me gusta este aceite.
CALCULADORA
Amo el mar y me gustaría ser una computadora submarina.
ASTRONAUTA
Estarías carcomida.
CALCULADORA
Me gusta estar carcomida.
ASTRONAUTA
Uhmmm.
El saborea el aceite.
La calculadora mira a Chucho.
CALCULADORA
Me estoy muriendo de hambre.
CHUCHO
Como la puedo ayudar?
CALCULADORA
Quiero carne con tostadas y mermelada, mas café con leche.
ASTRONAUTA
Que te da paro electrónico en el sistema ZX34
CALCULADORA
Tengo una salud se hierro, con cemento y transistores.

351
El astronauta mira el cronometro.
ASTRONAUTA
Tengo doce minutos, treinta segundos y dos decimales.
CALCULADORA
El aceite puro es malo para tu físico.
ASTRONAUTA
Es la presión atmosférica.
CALCULADORA
Debes de descansar en este ambiente marítimo.
ASTRONAUTA
He trabajado veintidós horas y diez decimales de segundo pero ya descanso.
CALCULADORA
Algo le puede pasar a tu cerebro.
ASTRONAUTA
Eso no es importante.
CALCULADORA
El cerebro y la cabeza le dan simetría al cuerpo. Las mujeres lo usan para los peinados,
sombreros, pelucas y dolores de cabeza. Una mujer sin dolor de cabeza no es mujer.
ASTRONAUTA
Tengo que hacer la maniobra L-09…
CALCULADORA (Interrumpiendo)
Quiero ver un transformador enano que me encontré anoche.
ASTRONAUTA
El amor es degradante, para los hombres con muchas cosas que hacer.
CALCULADORA

352
Es malo ser un hombre.
Chucho entra con el desayuno de la calculadora en una bandeja y el sonido de un clarinete
interrumpe la escena.
La calculadora mira a Chucho.
CALCULADORA
Qué es eso?
CHUCHO
El guardia del matador lo despierta con su clarinete.
CALCULADORA
“Que matador?
CHUCHO
Llego al yate anoche y se llama Cagangosto.
CALCULADORA
Que mata?
CHUCHO
Mata a toros, porque es español.
CALCULADORA
Y lo despiertan con clarinetes?
CHUCHO
Creo que sí.
CALCULADORA
Por que no usa un reloj de alarma?
Un hombre de edad madura con ojos asiáticos, una sonrisa asiática y un bigote aparece en la
puerta, moviendo sus manos.
PRESIDENTE DE SALVACION

353
Buenos días todo el mundo.
La calculadora y el astronauta se paran.
ASTRONAUTA Y CALCULADORA
Buenos días.
El presidente se limpia su bigote, teniendo cuidado de no ensuciar su camisa blanca y sus
pantalones.
PRESIDENTE DE SALVACION
Este es yate muy hermoso y Homero es un genio.
CALCULADORA
Ha probado la comida?
PRESIDENTE DE SALVACION
Anoche comí caviar.
El astronauta mira el cronometro.
ASTRONAUTA
Excúsenme.
El sale de la escena.
El presidente de Salvacion se sienta al lado de la mesa, mientras que la calculadora acaba de
comer y se limpia la cara con un tornillo.
PRESIDENTE DE SALVACION
Nosotros, los hombres del estado, debemos de descansar de las presiones del gobierno en
el yate de Homero.
CALCULADORA
Eso es un buen negocio.
El presidente de Salvacion mira a Chucho.
PRESIDENTE DE SALVACION

354
Quiero algo de tomar.
CALCULADORA
Un vino?
PRESIDENTE DE SALVACION
Buena idea.
Chucho sale de la escena.
PRESIDENTE DE SALVACION
El gran Melé esta acá?
CALCULADORA
Apenas llegue anoche.
PRESIDENTE DE SALVACION
Yo estoy de incognito, pues amo la humildad.
La conversación es interrumpida por la llegada de un hombre con una capa roja, que es
perseguido por otro con un trípode en ruedas, adornado con la cabeza de un toro.
PRESIDENTE DE SALVACION
Ese no es el gran matador Cagangosto? Es increíble.
CALCULADORA
Se debería de curar sus hemorroides, como lo hace un técnico de Houston que conozco.
PRESIDENTE DE SALVACION
Es un monstruo, esplendido e inmortal, y el matador más famoso de todos los tiempos.
Chucho llega con una botella de vino y la calculadora lo pone en unos cuantos vasos que
están en la mesa.
CALCULADORA
Aquí esta su vino, señor presidente.
PRESIDENTE DE SALVACION

355
Debes de llamarme, excelencia.
CALCULADORA
Ya le traje el vino, excelencia.
PRESIDENTE DE SALVACDION
A mi esposa le gusta Cagangosto.
CALCULADORA
Tómese el vino, excelencia.
Antes de que el presidente se lleve la copa a su boca, una pelota se estrella contra su cabeza,
y sus dientes falsos salen volando.
PRESIDENTE DE SALVACION
Qué demonios…
La pelota ahora se estrella contra sus anteojos, al tiempo que un hombre pequeño y con una
corona en su cabeza corre a través de la escena.
MELE
Hiii.
El presidente gatea en el suelo, antes de que Chucho encuentre sus anteojos y se los de.
El presidente limpia sus anteojos con su pañuelo.
PRESIDENTE DE SALVACION
Quien ha hecho esto?
El saca una ametralladora de su camisa, con balas de verdad, y la bola de Melé acaba en la
boca de un tiburón de adorno.
PRESIDENTE DE SALVACION
Pero es el rey.
El guarda su ametralladora y se arrodilla en el piso.
MELE

356
Hiii.
Melé le da patadas a la pelota.
PRESIDENTE DE SALVACION
Tenemos dos personas famosas. Es difícil de creer.
Su voz suena rara sin sus dientes falsos.
Chucho aparece con más botellas y vasos, mientras que Homero entra acompañado de una
mujer hermosa.
HOMERO
Buenos días, excelencia. Como durmió?
Todo el mundo se para.
HOMERO
Esta es Madame Bulla. La mejor soprano del mundo.
Madame se ventila con un abanico veneciano.
MADAME
Como están su excelencia y la señora calculadora?
El presidente de Salvacion se tapa la boca con su pañuelo de seda.
PRESIDENTE DE SALVACION
Tengo alguno de sus discos. Es un placer conocerla.
MADAME
Eres muy bueno.
PRESIDENTE DE SALVACION
Excúsenme. Volveré dentro de un momento.
El sale de la escena.
CALCULADORA
Se le perdieron los dientes.

357
MADAME
Muy chistoso.
Una cabeza con cuernos la hace caer al suelo, pero la calculadora y Chucho la ayudan a
pararse.
CALCULADORA
Cagangosto la tumbo.
Chucho encuentra la peluca de Madame encima de un busto de Julio Cesar.
MADAME
Es un honor ser golpeada por el torero mejor del mundo.
El astronauta se mueve a través de la escena con un casco en la cabeza y manejando un
tablero con riendas y ruedas.
MADAME
Quién es ese?
HOMERO
Es Simpson. El primer astronauta en Marte.
MADAME
He visto mucha gente en el campo de Marte.
HOMERO
Estoy hablando del planeta Marte.
El presidente de Salvacion aparece en la escena con otra caja de dientes.
PRESIDENTE DE SALVACION
Ese hombre que estaba comiendo acá parece loco.
El hace círculos en su cabeza.
HOMERO
Es Simpson, el primer hombre en Marte.

358
PRESIDENTE DE SALVACION
Ya me acuerdo de ese juego de football donde pelearon por la decima estrella.
MADAME
Me da mucha pena su excelencia, pero Homero habla de las estrellas del cielo.
PRESIDENTE DE SALVACION
Es que estoy tan ocupado y los amigos de Homero son tan famosos en el mundo.
HOMERO
Yo diría el universo.
PRESIDENTE DE SALVACION
He estado en la universidad.
Melé entra rápidamente y todos se paran.
MELE
Hiii.
HOMERO
El siglo veinte se acordara de sus mil goles, su majestad.
Melé se limpia la boca con su capa.
PRESIDENTE DE SALVACION
Tengo un pedazo de la pelota del los mil goles en una caja de oro.
MADAME
Y yo tengo una hebra de sus medias, después de cantar diez conciertos en beneficio de las
víctimas de la gripa.
MELE
Hiii.
Cagangosto entra, perseguido por el toro, al tiempo que Melé patea la cabeza del animal y la
hace caer al suelo.

359
CAGANGOSTO
Pero qué te pasa.
MELE
Hiii.
CAGANGOSTO
Has roto mi toro de entrenar.
MELE
Hiii.
CAGANGOSTO
Lo tendrás que componer o te…
Homero, Madame, el presidente y Chucho tratan de calmarlo, pero Melé manda a Cagangosto
al mar de una patada.
Homero coge el micrófono.
HOMERO
Alguien se ha caído al mar, apaguen los motores.

PRESIDENTE DE SALVACION
Una patada del campeón tiene que ser un honor.
MADAME
Es como si los Beatles me cantaran una de sus canciones.
CALCULADORA
Su majestad ya tiene mil y un goles.
MELE
Hiii.

360
Los marineros bajan un bote al mar, y el astronauta aparece con una llanta cuadrada, mientras
cuenta.
ASTRONAUTA
25…24…23…22…21…
PRIMER MARINERO
Veo un zapato.
SEGUNDO MARINERO
Y el vestido de luces con la capa roja.
MELE
Hiii.
HOMERO
Le podemos tirar un cable?
PRIMER MARINERO
Está muy lejos.
Madame se quita la ropa.
MADAME
Ofrezco mi vida por la suya.
PRESIDENTE DE SALVACION
Su vida no tiene precio, Madame.
CALCULADORA
Por que no amarran el cable a la pelota para que su majestad la patee.
MELE
Hiii.
HOMERO
Buena idea.

361
Los marineros amarran el cable a la pelota de Melé.
HOMERO
Apúrense.
PRIMER MARINERO
Como sabe su majestad donde está el matador?
CALCULADORA
Le decimos que es el gol número 2002.
MELE
Hiii.
Homero amarra el cable y llama a Melé, quien come una banana.
Homero hace la venia.
HOMERO
Su majestad.
MELE
Hiii.
El rey Melé patea la pelota, haciéndola ir más rápido que el sonido y la peluca del presidente
vuela en el aire.
PRIMER MARINERO
Perfecto.
MADAME
Es que es un genio.
PRESIDENTE DE SALVACION
Mi peluca.
MELE
Hiii.

362
PRIMER MARINERO
Esta cogido del cable.
Madame solo tiene los pantalones y el sostén puestos.
MADAME
Gracias a Dios.
HOMERO
Debemos de jalar al tiempo.
PRIMER MARINERO
Tráiganlo al barco.
SEGUNDO MARINERO
Tengan el oxigeno listo.
PRIMER MARINERO
Jalen ya.
Alguien grita y Madame corre hacia la baranda sin su sostén.
MADAME
No tiene cabeza.
Ella se desmaya.
HOMERO
Un tiburón se le habrá comido la cabeza.
PRESIDENTE DE SALVACION
El matador mejor de todos los tiempos ha muerto.
El llora.
CALCULADORA
No es tan mala la cosa. Puede que toree mejor sin cabeza.
HOMERO

363
Esta respirando.
Los hombres salen de la escena, al tiempo que Madame se quita los calzones, la calculadora
toma vino y todos esperan en silencio.
Unos marineros traen el cuerpo sin cabeza de Cagangosto, acompañados por Homero y el
presidente de Salvacion.
HOMERO
Necesita oxigeno.
La sangre sale de la herida en el cuello.
PRIMER MARINERO
Tenemos que parar la sangre.
SEGUNDO MARINERO
Necesitamos telarañas.
Un marinero pone bastantes telarañas en el cuello sangriento.
PRESIDENTE DE SALVACION
Tenemos que poner una hoja de plátano encima de esto.
MADAME
Que va a ser del mundo sin Cagangosto?
Ella llora.
MADAME
El sol ha muerto.
HOMERO
Es que está vivo, Madame.
Madame se para.
MADAME
Pero sin cabeza.

364
CALCULADORA
Le hubiera sido más terrible perder el brazo derecho.
PRESIDENTE DE SALVACION
No podría sujetar su capa.
Melé aparece pateando la pelota.
MELE
Hiii.
El astronauta camina en sus manos y con un paracaídas multicolor atado a sus pies.
HOMERO
Esta sangrando. Que hacemos.
CALCULADORA
Póngamele la cabeza del toro en su cuello.
MADAME
Esa calculadora es inteligente.
PRESIDENTE DE SALVACION
Chucho le pasa a Homero la cabeza del toro.
HOMERO
Intentaremos hacerlo.
El pone la cabeza del toro en el cuello del matador.
CALCULADORA
Necesita unos puntos.
Madame sale de la escena.
PRESIDENTE DE SALVACION
Ha parado la sangre.
HOMERO

365
Es un milagro.
CORTA A
EXTERIOR DE YATE LUJOSO- DIA
Madame esta arrodillada al lado de Cagangosto con un baulito dorado.
HOMERO
Debe de tener cuidado.
MADAME
Coseré mis mejores puntos.
PRESIDENTE DE SALVACION
Use diferente colores.
CALCULADORA
Quedara mejor que antes.
Madame cose la cabeza, mientras que los marineros se llevan las cosas que han usado para
salvar la vida.
FONDO DEL MAR- DIA
En el fondo del mar unos tiburones nadan.
PRIMER TIBURON
No me siento bien. Debe de ser apendicitis.
SEGUNDO TIBURON
Has comido algo malo?
PRIMER TIBURON
Me devore la cabeza de un torero.
SEGUNDO TIBURON
Los pies es lo mejor que tienen.
PRIMER TIBURON

366
No lo sabía.
SEGUNDO TIBURON
Aprenderás los secretos del trabajo un día.
EXTERIOR DE YATE LUJOSO- DIA
Todos aplauden cuando Madame acaba de coser la cabeza, que se mueve y abre los ojos.
CAGANGOSTO
Dónde estoy?
HOMERO
No se preocupe matador que está conmigo.
CAGANGOSTO
Quién es?
PRESIDENTE DE SALVACION
Puedes ver?
Cagangosto mira al presidente.
CAGANGOSTO
Quien es él?
HOMERO
Se tiene que acordar del presidente de Salvacion, excelencia.
Homero ayuda a que Cagangosto se levante, antes de examinarle sus cuernos.
CAGANGOSTO
Tengo sed.
CALCULADORA
Tome vino.
La calculadora le pasa la botella y él se toma casi todo el vino.
MADAME

367
Es tan hermoso como una Miura.
PRESIDENTE DE SALVACION
Voy a buscar mi otra peluca.
El presidente sale de la escena.
CALCULADORA
Creo que el matador ha mejorado, pues algunos toros son inteligentes.
CAGANGOSTO
Los matadores son los animales más inteligentes del mundo.
CALCULADORA
Sin incluir las calculadoras, claro está.
CAGANGOSTO
Estoy hablando de animales.
HOMERO
Tengo sed después de lo acontecido. Quiere otra botella de vino, matador?
CAGANGOSTO
Si hombre.
Uno de los marineros le dice algo a Homero.
HOMERO
Les tengo buenas noticias. Un helicóptero con los Beatles está a punto de aterrizar en el
yate.
CAGANGOSTO
Los Beatles?
Madame sigue empelota.
MADAME
Los Beatles?

368
El presidente de Salvacion aparece con otra peluca.
PRESIDENTE DE SALVACION
Si oí bien?
HOMERO
Los Beatles llegaran dentro de unos minutos, excelencia.
PRESIDENTE DE SALVACION
Los héroes del imperio británico?
MADAME
Estoy muy contenta.
Homero dice algo.
Melé corre a través de la escena pateando su pelota.
HOMERO
Excelencia.
MELE
Hiii.
PRESIDENTE DE SALVACION
Su majestad, los Beatles ya casi llegan.
HOMERO
La joya más resplandeciente del imperio británico.
CAGANGOSTO
Son miembros de la orden de Garreteer.
MELE
Hiii.
El corre atrás de la pelota
MADAME

369
Su majestad es un genio.
HOMERO
Es superman.
CAGANGOSTO
El vino es muy bueno.
CALCULADORA
Debemos de tomar por su salud, matador.
PRESIDENTE DE SALVACION
Representamos lo mejor de la humanidad.
MADAME
Dios ha reunido lo mejor de su gente en este yate.
El astronauta camina a través de la escena jalando una torre con luces de colores y una sirena
suena. Entonces para y camina de para atrás.
CALCULADORA
Puedo comer más calamares?
Homero sale de la escena, y se oye el ruido de un helicóptero.
PRESIDENTE DE SALVACION
Ya han llegado.
MADAME
Me voy a desmayar.
CAGANGOSTO
Desmáyese aquí.
El abre sus brazos.
MADAME
Ahhhhhhhhhhhhhh!!!!

370
Ella cae en los brazos de Cagangosto.
PRESIDENTE DE SALVACION
Es una mujer muy sensible.
CAGANGOSTO
Y muy bonita.
Ella se desmaya más, cuando él le lame su cuerpo.
CALCULADORA
Donde está el inodoro?
MARINERO
Al final del pasillo.
Él le muestra con sus manos.
La calculadora se va con el marinero.
PRESIDENTE DE SALVACION
No me gusta esa máquina.
CAGANGOSTO
Tiene aspecto de una nave espacial domesticada.
PRESIDENTE DE SALVACION
Debe de ser indiferente a la gloria humana.
CAGANGOSTO
No creo que entienda mucho de toros.
PRESIDENTE DE SALVACION
No le gusta el arte.
CAGANGOSTO
Ese astronauta se lo pasa jugando a ciencia ficción todo el tiempo.

371
Homero aparece con algunas personas de pelo largo, ropa extraña y con guitarras eléctricas.
El presidente de Salvacion se levanta de su asiento.
PRESIDENTE DE SALVACION
Los Beatles
Madame se levanta.
MADAME
Los Beatles.
Cagangosto se queda sentado.
CAGANGOSTO
Los muchachos están acá.
HOMERO
Estos los Beatles y sus novias, damas y caballeros.
Las personas con la ropa rara ignoran a todos y se sientan en un círculo en el piso, mientras el
astronauta gatea por la escena, cantando en voz baja.
ASTRONAUTA
My old Kentucky home...
El primero de los Beatles lo mira.
PRIMER BEATLE
Queremos probar lo que él está tomando.
HOMERO
Es Simpson, el conquistador de las montanas marcianas.
SEGUNDO BEATLE
Denos su marihuana y no las chicas que ha conquistado.
PRIMERA CHICA
Quiero mezcalina.

372
SEGUNDA CHICA
A mi deme LSD.
TERCER BEATLE
Traigan de todo lo que tengan.
PRESIDENTE DE SALVACION
Es que son genios.
Homero sale de la escena con uno de los marineros y la calculadora vuelve.
CALCULADORA
Todo es basura.
CAGANGOSTO
Me acuerdo de una tarde en Sevilla con los toros de Domec…
MADAME
Me encantan sus vinos.
PRESIDENTE DE SALVACION
Quiero una foto con los genios.
Unos cuantos marineros llegan con comida, vino, cigarrillos y algo parecido a dulces de
muchos colores. Homero aparece al lado de ellos.
HOMERO
Aquí están los licores, marihuana rubia asiática y café. También hay opio de varias
concentraciones, mezcalina, heroína sublimizada, y morfina.
Los Beatles tocan sus guitarras y todo el mundo aplaude.
CALCULADORA
Yo tomare vino.
Todos escogen entre la comida y los estimulantes, y Melé llega atrás de la pelota.
MELE

373
Hiii.
HOMERO
Quiere comer algo, su majestad?
MELE
Hiii.
El se va atrás de la pelota.
CORTA A
EXTERIOR DE YATE LUJOSO- DIA
Un marinero camina hacia el presidente.
MARINERO
Lo necesitan en el teléfono, excelencia.
PRESIDENTE DE SALVACION
Alguien me necesita?
MARINERO
Sí, señor. Es urgente.
HOMERO
Tráiganle el teléfono.
El marinero se va, mientras que los Beatles fuman marihuana y otras drogas.
CORTA A
EXTERIOR DE YATE LUJOSO- DIA
Los soldados le traen el teléfono al presidente y un hombre con muchas condecoraciones en
su ropa aparece en la pantalla tridimensional.
PRESIDENTE DE SALVACION
Que pasa ministro?
MINISTRO

374
Es malo, excelencia.
PRESIDENTE DE SALVACION
Dígame, hombre.
MINISTRO
El réferi ha hecho un penalti en contra de nuestro equipo, a los 25 minutos del partido de
football con la republica de Bajuras.
PRESIDENTE DE SALVACION
Eso es un atentado contra mí. Eso es…
MINISTRO
Excúseme, excelente presidente de la republica de Salvacion pero estamos perdiendo uno
a cero, pues ya han pasado el penalti.
PRESIDENTE DE SALVACION
Esos perros. Llamen a nuestras reservas del aire y mar.
El astronauta se mueve a través de la escena con don globos de diferentes colores.
MINISTRO
Lo haremos así, excelencia.
El hace la venia en la pantalla.
PRESIDENTE DE SALVACION
Tienen que informarme que pasa.
El cuelga el teléfono y respira profundamente.
HOMERO
Malas noticias, excelencia?
Madame canta con los Beatles, mostrando su cuerpo desnudo.
PRESIDENTE DE SALVACION
Algo terrible ha pasado, mi querido Homero. El equipo Barujas ha hecho un penalti en el

375
partido de football al final de la copa Rimmet. Que indignidad.
Estos idiotas han difamado a mi país.
Las voz de Madame cantando con los Beatles se oye por el escenario.
CAGANGOSTO
Y eso paso durante un toreo en Cali, en el que yo…
CALCULADORA
Tome mas vino, matador.
PRESIDENTE DE SALVACION
Quiero comprar treinta aviones con bombas. No podemos perder más tiempo, si mi país
está en peligro.
HOMERO
Asesinos, bastardos.
CAGANGOSTO
Por que no se lleva al hombre pareando la pelota?
PRESIDENTE DE SALVACION
Quiere decir su majestad, el rey Melé?
CAGANGOSTO
Sí, hombre.
PRESIDENTE DE SALVACION
No creo que su país quiera perder esa joya. Es como si Venezuela regalara su petróleo, el
Japón sus fabricas, Inglaterra su reina, Argentina sus generales, Colombia su salto del
Tequendama, Brasil el rio Amazonas, o China su muralla.
Los Beatles cantan en coro, y las chicas se quitan la ropa.
EXTERIOR DE YATE LUJOSO- DIA

376
El ministro aparece en la pantalla del teléfono.
PRESIDENTE DE SALVACION
Que está pasando?
El ministro hace la venia.
MINISTRO
El primer tiempo acabo 1-0. Han matado a siete miembros de nuestro club de deportes,
incluyendo el director técnico, el entrenador y dos analistas.
PRESIDENTE DE SALVACION
Que has hecho?
MINISTRO
Uno de nuestros aviones mato a un juez y cuatro espectadores, después de dejar caer una
bomba sobre el estadio.
Un marinero trae lapiceros y papel a la mesa, al tiempo que los Beatles, Madame y las chicas
bailan desnudos en la proa.
PRESIDENTE DE SALVACION
Tendrán más armas dentro de unos minutos.
MINISTRO
Gracias, excelencia.
PRESIDENTE DE SALVACION
Déjeme ver el partido en el teléfono.
El ministro hace la venia y ven a unos cuantos hombres pateando una pelota, mientras que
otros están en el suelo.
LOCUTOR
El jugador de Salvacion a la derecha del campo pasa la pelota a otro, al que mata la
defensa central de Barujas. La defensa de la izquierda de Salvacion apunta su

377
ametralladora hacia el portero del otro equipo, pero el árbitro lo para a tiempo.
Barujas está ganado 1-0, y se llevan a los heridos. La defensa de izquierda de Barujas está
muerto, y el árbitro reemplaza al que mataron en el primer tiempo con un sustituto.
Melé rompe el teléfono en mil pedazos con su pelota.
MELE
Hiii.
PRESIDENTE DE SALVACION
No, hombre.
HOMERO
Qué problema.
CALCULADORA
Su majestad ha acabado con el juego.
CAGANGOSTO
Estaba interesante.
PRESIDENTE DE SALVACION
Que hago ahora?
HOMERO
Tengo los papeles para que su excelencia firme, antes de que le llame el helicóptero.
Homero recoge los papeles de la mesa y sale con el presidente, mientras que los Beatles
cantan con Madame y las chicas desnudas.
El astronauta se trepa a una pared, antes de dejarse caer en una malla, que había puesto allí.
EXTERIOR DE YATE LUJOSO- DIA
Homero y los marineros traen unas cosas.
HOMERO
Debemos de cantar juntos.

378
Los Beatles cantan sus canciones, Cagangosto baila flamenco sobre la mesa. Homero mira a
sus instrumentos y Melé patea su pelota.
Todos se caen al suelo después de unos momentos, excepto Melé y Homero.
HOMERO
Gracias todo el mundo. He acabado de grabar la sinfonía del siglo veinte para el futuro.

379

Las monjas
EXTERIOR DE YATE LUJOSO- DIA
Dos hombres vestidos de batas largas están sentados en un yate. Uno de ellos es un hombre
con un estomago bastante grande, una corona en su cabeza y anillos en sus dedos.
El otro no tiene corona pero si unos pendientes con cruces colgándole del cuello.
Ellos toman el té y comen las galletas que hay en un plato en la mesa, cuando la luna llena
esta en el cielo.
CARDENAL
Es bueno que Homero nos deje esconder en su mansión flotante.
OBISPO
El ayuda a sus amigos.
CARDENAL
Le doy mis bendiciones.
Ellos toman su te con galletas, y la moronas se caen en los hábitos sagrados.
Una monja con un hábito azul oscuro y su cabeza cubierta por una tela del mismo color viene
hacia ellos.
HERMANA CAMILA
Qué bueno encontrar los hijos de Dios acá.
CARDENAL
Homero ignora al general y nos deja usar su yate. Es que es muy generoso.
HERMANA CAMILA
Lo quieren mandar a la corte en su país.
OBISPO
Es un héroe.
HERMANA CAMILA

380
El papa lo tiene que canonizar.
Ella coge una de las tazas de té de la mesa, y Fifi aparece en la escena con una mini falda.
OBISPO
Es bueno encontrarte aquí, Fifi.
FIFI
Estoy disfrutando de la hospitalidad de Homero.
Fifi saluda a los religiosos y a la hermana Camila, mientras que una monja malta y con la
misma ropa que la otra entra a la escena.
HERMANA ROSA
Hay unos cuantos miembros de la iglesia en este yate.
CARDENAL
Todavía no hemos visto al dueño.
La hermana Rosa coge una de las tazas de café. Homero aparece en la escena acompañado
de una chica de piernas largas, pelo negro, pestañas postizas y senos grandes, vestida con
ropa de soldado.
Todos se paran y aplauden.
HOMERO
Veo que lo están pasando bien en mi yate.
HERMANA CAMILA
Estamos lejos de ese país peligroso.
HOMERO
Considérenme su salvador.
Él muestra a la chica.
HOMERO
Amelia es la cabeza del movimiento revolucionario del país.

381
Ella saluda al estilo del ejército y mira a Fifi.
AMELIA
Debes de ser la esposa del general. He visto tu cara en los periódicos.
Fifi asiente.
FIFI
Mucho gusto conocerla.
AMELIA
Quisiera decir la misma cosa.
HOMERO
Brindemos por nuestra salud y la libertad.
El pone en la mesa una bandeja llena de vasos y dos botellas que un marinero le ha traído.
HOMERO
Quiere un vinito, cardenal?
CARDENAL
Gracias, pero tomo un té.
HOMERO
Alguien quiere vino?
FIFI
Deme ginebra y tónico.
AMELIA
Quiero una ginebra y tónico, tío Homero.
Un marinero va repartiendo las tazas de té y café y luego reparte la ginebra con el tónico.
Amelia se para en frente de todos.
AMELIA
Queridos camaradas. Nuestros países deben de ser gobernados por gente que no esclaviza

382
y tortura a sus compatriotas en el nombre del capitalismo.
Ella para por un momento para tomar un poco de ginebra con tónico.
AMELIA
Debemos de atacar las fuerzas del demonio.
Todos aplauden.
HOMERO
Tengo las armas listas para la pelea.
AMELIA
Es la pelea de Dios, tío Homero. Debemos de ganarle a la gente que nos tortura y nos
mata.
Ella lo besa.
HOMERO
Te tengo una sorpresa.
El aplaude y unas cuantas chicas uniformadas salen de una de las puertas y saludan al estilo
militar.
Amelia sonríe.
AMELIA
Gracias, tío Homero.
HOMERO
Ya sabía que querrías a tus amigas.
AMELIA
Atención.
Las mujeres se paran en frente de ella.
AMELIA
Un, dos, un, dos…

383
Ellas marchan alrededor de la escena.
AMELIA
Descansen.
Ellas se dispersan, mientras que Amelia se toma su ginebra y Homero la abraza.
CARDENAL
Ha sido buena muestra de solidaridad.
OBISPO
Es que peleas por tu país.
AMELIA
Queremos la liberación del opresor.
Todos miran a Fifi.
FIFI
He dejado a mi marido el general.
CORTA A
EXTERIOR DE YATE LUJOSO- DIA
Se oye música del Caribe. Homero baila con Amelia, la hermana Camila y la hermana Rosa
bailan entre ellas, mientras que el obispo, el cardenal y Fifi se toman sus bebidas.
Las mujeres del ejército están sentadas en el suelo, girando una botella y cada vez que la
botella para de girar, ellas se quitan su ropa.
HERMANA ROSA
Padre nuestro que estás en los cielos.
CARDENAL
Alabado sea tu nombre.
HERMANA CAMILA
Vénganos en tu reino.

384
Fifi cruza la escena y desaparece por la puerta.
CORTA A
EXTERIOR DE YATE LUJOSO- DIA
Chucho escribe en su libreta bajo la luz de una lámpara y alguien golpea en la puerta.
FIFI (F.V)
Chucho, soy yo. Puedo entrar?
Al entrar a la habitación, ella ve papeles en el suelo y la mesa está cubierta de cosas.
FIFI
Están todos locos.
Chucho para de escribir.
CHUCHO
Estoy trabajando en las páginas de Homero.
FIFI
Su amigo invisible los ha escrito.
CHUCHO
Ya lo sé.
Fifi acaricia su pelo y le besa la boca.
CHUCHO
Que estoy ocupado.
Ella lee lo que él ha escrito.
FIFI
Por que deja un espacio en este sitio?
CHUCHO
Eso no lo entiendo.
Ella sigue leyendo, pero la música interrumpe su concentración.

385
CHUCHO
Debes de volver a la fiesta.
FIFI
Me quiero quedar acá.
Ella le besa su cuello, pero él la detiene.
FIFI
Cuando acabaras?
CHUCHO
No sé.
EXTERIOR DE YATE LUJOSO- DIA
Fifi recoge las cosas que están en el suelo del camarote.
CHUCHO
No toques los papeles.
FIFI
Pueda que lo expliquen todo.
CHUCHO
Eso espero.
FIFI
Dímelo por favor.
CHUCHO
Es complicado.
EXTERIOR DE YATE LUJOSO- NOCHE
Fuegos artificiales explotan en el cielo. El aire está lleno de un humo rosado que se alza
hacia el cielo, al tiempo que el cardenal, el obispo y las monjas rezan al lado de las chicas
empelotas.

386
HOMERO
No olvidaremos esta noche.
AMELIA
Que viva nuestro héroe.
TODO EL MUNDO
Que viva.
La música empieza otra vez, Amelia se le acerca al cardenal y las chicas bailan entre ellas.
HERMANA ROSA
No tienes ropa, hija mía.
AMELIA
Dios me ha mandado así al mundo.
HOMERO
Quiero que bailemos.
El cardenal reza.
CORTA A
EXTERIOR DE YATE LUJOSO- NOCHE
Los marineros traen una mesa llena de papeles, lapiceros y calculadoras.
HOMERO
Tenemos que hablar de negocios.
AMELIA
Ya firmare un cheque por las amuniciones y los tanques, tío Homero.
Ella se sienta al lado de la mesa, sus tetas temblando sobre los papeles que han puesto allí,
antes de firmar un cheque por miles de dólares.
AMELIA
Mataremos a esos bastardos.

387
Las chicas empelotas vienen a la mesa por sus bebidas.
AMELIA
Brindamos por la revolución.
TODAS LAS CHICAS
Por la revolución.
CARDENAL
Ora pro novis.
HOMERO
Tendremos más fuegos artificiales esta noche.
CARDENAL
Que Dios nos salve.

Miguel
Yo llegue al yate de Homero en una noche caliente, y cuando el helicóptero volaba sobre
el yate, un grupo de chicas nos hacían señas al lado de la piscina.
“Esos son los ángeles de Homero,” el piloto me dijo.

388
“Tiene buena suerte,” le dije.
Homero había juntado plata con su negocio en el mercado, antes de que las lluvias
mataran a las viuditas que vivían en los tugurios de la ciudad, en esa tragedia que ya habría
olvidado.
“Bienvenido al yate,” el piloto interrumpio mis pensamientos.
“Es bueno estar acá,” le dije.
“Homero tiene las mejores fiestas del mundo,” me dijo. “Donde satisface las fantasías de
sus invitados.”
Yo pensé en sus palabras, mientras volábamos sobre el yate por última vez, y el mar
Caribe nos daba la bienvenida en el mundo fractal de Homero.
“No creas lo que te diga Don Homero,” el piloto me dijo.
El me conto todas las maneras como mi amigo engañaba a la gente para acumular más
dinero, a pesar de ser un millonario.
“No le hare caso,” le dije.
Al bajarme del helicóptero, el aire húmedo del Caribe me trajo a la realidad de mi viaje al
yate más famoso del mundo, al tiempo que los marineros me ayudaban con mi equipaje.
“Nos encontramos otra vez,” alguien dijo.
Un hombre alto y calvo me abrazo, y el sonido de los fuegos artificiales interrumpía ese
momento.
“Homero,” le dije. “Cuanto hacia que no nos veíamos?”
“El tiempo se pasa rápido,” me dijo.
Muchos años habían pasado en el resto del mundo, pero solo poco tiempo había
transcurrido en su vida, así como me lo había dicho en su almacén hacia una eternidad.
“Siempre bromeas,” le dije.
“Es la verdad,” me dijo.

389
Homero me mostraba las piscinas del yate, explicándome todo lo relacionado con los
varios restaurantes a bordo de su palacio flotante, con todas las comodidades del mundo
moderno.
“Amelia estuvo acá la semana pasada,” me dijo.
Ya había oído a mi hija hablando de sus aventuras en el yate en alguna de esas emisoras de
radio, cuando una mujer nadando en la piscina interrumpio mis pensamientos.
“Hola,” me dijo.
Tenía unas tetas grandes, que parecían que fueran a estallar a cualquier momento si no se
cuidaba.
“Tiene sangre azul,” Homero dijo. “Pues es una duquesa.”
Ella no parecía de ese color, pero la gente rica es extraña.
“Quiero un aperitivo,” ella nos dijo.
“Ven acá,” Homero dijo.
Ella se seco con una toalla que él le dio, mientras me miraba con sus ojos azueles, del
mismo color que su sangre.
“Acabo de llegar,” le dije.
Ella sonrió. “le puedo mostrar el yate.”
“Gracias,” le dije.
“Quiere un aguardiente?” una voz interrumpio la conversación.
Vi a un chimpancé con una bandeja llena de vasos, la memoria del viaje a la selva
volviendo a mi memoria, entre las otras cosas de mi vida.
“Hola Chucho,” le dije.
“Espero que la pase bien,” me dijo.

390
Chucho me hizo acordar de los experimentos del profesor, cuando las reinas de la belleza
me habían hecho feliz bajo mis pantalones, mientras se movía entre los invitados hablando de
toda clase de cosas sin importancia.
“El dueño de Chucho necesita su ayuda,” le dije a Homero.
“Es un hombre muy inteligente,” el me dijo.
“Invento el ante transistor,” le dije.
“Parece interesante,” Homero dijo.
Yo le explique la maquina que callaba la música de la torre de la iglesia, en un
experimento sin límites, aparte de sus estudios con el ADN y otras cosas que tenían que ver
con el tiempo.
“La realidad se bifurca cada vez que pensamos,” Homero dijo. “Eso lo aprendí en la
selva.”
“Tomaste mucha coca,” le dije.
“Los invitados le quieren hablar,” Chucho interrumpio.
Homero lo siguió a la otra parte de la piscina, dejándome solo con la mujer que acababa
de conocer.
“Llegue hace unos días,” ella me dijo.
“Tiene suerte,” le dijo. “Me gusta este sitio.”
Estudie su cuerpo, quemado por el sol, a pesar de los esfuerzos que haría en proteger su
piel de los rayos gamma del espacio.
“Tu señora tiene que estar en Nueva York,” me dijo.
“Estamos divorciados,” le dije.
“No estoy casada,” me dijo.
Ella me mostro parte de sus senos, al tiempo que se secaba con una toalla rosada y
pretendía ser tímida.

391
“Que paso con tu matrimonio?” me pregunto.
“Tuvimos nuestras dificultades.”
Quería acostarme con ella en mi primera noche en el yate, aunque me seguía hablando de
cosas sin importancia.
“Chucho lo llevara a su cabina,” Homero interrumpio la conversación.
El chimpancé me mostro sus dientes, que podrían acabar con la cara de alguien con solo
un mordisco de esos molares.
“Traeré mas bebidas,” la duquesa dijo.
Ella se fue al restaurante, y algunos de los invitados admiraban su cuerpo con cu0rvas en
todos los sitios.
“He estado perdido en el mar,” Homero dijo.
“Ya lo sé,” le dije. “Lo leí en los periódicos.”
El me mostro las fotos de una chica que había conocido después de su rescate del mar.
“Es Fifi,” me dijo.
“Parece simpática,” le dije.
Había visto esa cara en las noticias de la época, cuando hablaban de sus aventuras en el
océano Atlántico.
“Jaramillo esta acá,” Homero me dijo.
El periodista había estado escribiendo acerca de la gente importante visitando el yate,
mientras estudiaba los papeles que Homero había encontrado en el suelo.
“Me acuerdo de tus papeles,” le dije.
Homero asintió. “Son importantes.”
“No lo sé.”
El me dijo como podrían parar una tragedia de dimensiones extraordinarias, pero las
chicas jugando al lado de la piscina no me dejaron oír el resto de lo que pasaría algún día.

392
“Tendremos los fuegos artificiales esta noche,” Homero me dijo.
“Me gustan,” le dije.
“He tenido un matador con la cabeza de un toro el mes pasado,” me dijo.
“Eso es extraño.”
“Los matadores son raros.”
El ruido de truenos interrumpio la conversación, y más rayos iluminaban las nubes
flotando sobre el mar.
“Quiero una orgia,” Homero dijo. “Me gustan los truenos.”
“Tenemos que hablar,” le dije.
“Lo haremos otro día.”
“El médico necesita plata,” le dije.
“Que medico?”
“El dueño de Chucho.”
“Soy su dueño.”
Homero oyó acerca de los recaudadores molestándolo casi todos los días de su vida, al
tiempo que yo le mostraba los recibos de sus deudas.
“Todos tenemos problemas,” el dijo.
“Entreno a Chucho,” le dije. “Y le debes eso.”
El prometió mandarle plata, cuando tuviera tiempo de escribir un cheque de un uno con
bastantes ceros.
“Lo tienes que hacer ya,” le dije.
Homero me dijo de sus sufrimientos durante su vida, mientras buscaba su chequera, que
habría dejado en algún sitio, entre sus papeles.
“Ya lo sé qué has sufrido.” Le dije.
“Tú y tu familia eran todo en mi vida,” me dijo.

393
“Gracias,” le dije.
La banda empezó a tocar un pasodoble, recordándome de que había venido a pasar
contento en el yate Homero me daba el cheque.
“Gracias,” le dije.
“Dale mis saludos al profesor,” me dijo.
Yo asentí. “Eso hare.”

Los fuegos artificiales
Volví a la piscina, cuando las chicas nadaban empelotas, mientras que los fuegos
artificiales estallaban en el cielo y la duquesa me hablaba sin parar.
“Hemos tenido una fiesta del fin del mundo hace una semana,” me dijo.

394
“Que interesante.”
“No la pasaras jarto aquí.”
Unas cuantas chicas sin ropa bailaban al lado de la piscina, después de probar el
aguardiente que Chucho les había ofrecido en su bandeja, y otras cosas que Homero les daba
para su bienestar.
“Uno, dos, tres,” las chicas cantaban.
“Me quiero despertar,” yo dije.
“Cuatro, cinco, seis…”
Le mame los senos a la duquesa, cuando ella me mostraba los tatuajes de su torso, los que
estaban en sus nalgas dándome la bienvenida a las delicias de su cuerpo.
“Que es ese nombre?” le mostré algunas de las letras en su brazo.
“Pensé que quería a mi marido,” me dijo.
Ella había pasado la noche de bodas en Hide Park en Londres, los zorrillos llamando a sus
familia interrumpiendo los mejores momentos de ese día.
“A mi marido le gustaba el sexo en todos sitios,” me dijo.
Las voces de las chicas empelotas cantando la Marsellesa, me trajo a la realidad de una
noche.
“Homero se caso consigo mismo,” le dije.
“Me mientes,” me dijo.
“Pues es verdad.”
Le conté la ceremonia, cuando sus amigos le traían la mercancía del puerto para vender el
su almacén y mi hija lo había visitado esa noche, de acuerdo a lo que él me había dicho.
“El tiene buena imaginación,” le dije.
“Ese es Homero,” me dijo.

395
Nos sentamos cerca de la baranda, a admirar al océano bajo la luz de la luna, cuando las
chicas sin ropa, cantaban algo que sin importancia y yo pensaba que me la llevaría a la cama
esa noche.
“Mi hija lo quiso hace tiempo,” le dije.
“Donde está ahora?”
“Se caso con un hombre rico.”
Le dije todo acerca de los amores de Homero, antes de que las viuditas se ahogaran en
algún universo.
“Las viuditas?” me pregunto.
“Las casas que Homero les construyo se inundaron con las lluvias.”
“Eso eso es típico de él,” me dijo.
“Escapo a Nueva York y se enamoro de Fifi.”
“Creo que esta aquí,” ella me dijo.
Yo miraba a la gente en la proa, esperando encontrar a esa mujer que había visto en los
periódicos hacia unos años, mientras la briza nos refrescaba la cara en esa noche de magia.
“Homero me dejo el almacén del mercado,” le dije.
“Eso es bueno.”
“Y nos enriqueció.”
La noche adquiría el carácter de ciencia ficción, mientras pensaba en los problemas que la
herencia de Homero nos había traído en un mundo del que no sabíamos nada.
“Éramos pobres,” le dije. “Y de pronto resultamos ricos.”
Ella escucho la historia de mi vida, desde el momento que acepté parte de los negocios de
Homero en mi país de origen, después de que lo habíamos llamado a New York.
“Él dice que el tiempo se ha ido rápido,” le dije.
“A veces uno piensa que eso pasa.”

396
Homero creía que su aventura en el mar había pasado no hacía mucho, cuando muchos
anos habían trascurrido desde que lo habían encontrado en medio del océano atlántico.
“El habla de otras dimensiones,” le dije.
“Ya he oído de eso.”
La duquesa me mostro las otras partes del yate, donde habían restaurantes para todos los
gustos, más un teatro.
“Te tengo que decir la verdad,” ella me dijo. “He venido a conquistar a Homero.”
“Pero él tiene a Fifi,” le dije.
“Lo sé,” ella me dijo.”
Nos sentamos en una cafetería pequeña, donde algunos de los marineros discutían algo y
ella me hablaba más de Homero. Le pedimos dos tazas de café a uno de los meseros que no
dejaba de mirar a las chicas sin ropa que pasaban por su lado.
“Dejaste a tu marido,” le dije.
Ella asintió. “Si.”
Me dijo como había dejado a su país para estar con el hombre de sus sueños, pero el solo
quería a Fifi, la mujer que lo había conquistado en el mar.
“La quiere mucho,” me dijo.
“Eso es lo que piensas.”
“Haría cualquier cosa por ellas.”
Oí todo lo relacionado por su amor por Homero, mientras me tomaba el café caliente,
mezclado con un aguardientico colombiano.
Homero apareció al lado nuestro, con un papel en su mano.
“El presidente ha muerto,” nos dijo. “Que viva el general.”
“Fifi estará contenta,” le dije.
“Nunca lo quiso.”

397
Hablamos de cómo se sentiría ella al ser la esposa del hombre más importante de ese país
suramericano, donde vendían la mejor marihuana del mundo.
“Eureka,” Chucho dijo.
El chimpancé corría por el yate, con las hojas de Homero que había estado estudiando por
un tiempo.
“Párenlo,” Jaramillo dijo.
“Eureka,” Chucho dijo.
Yo no había visto al periodista por unos meses, pero corría atrás del chimpancé como si se
lo llevara el diablo, al tiempo que pensaba del significado de esa palabra en las clases de los
sábados con el padre Ricardo.
“Es que lo ha encontrado,” les dije.
“Que ha encontrado?” la duquesa me pregunto.
Las piernas del chimpancé se doblaban cada vez que brincaba, interrumpiendo la orgia en
el yate.
“Eureka,” el dijo.
“Mis papeles,” Homero dijo.
El chimpancé corría por entre la gente gozando de los placeres carnales, antes de subirse
por el mástil, entre los grupos de amantes jurándose el amor, en una noche que nunca
olvidaría.
“Esto es loco,” la duquesa dijo.
“Eureka,” Chucho dijo.
El cielo estallaba en una multitud de colores, mientras que la gente sin ropa se paseaba
por la proa, en el ambiente fantástico de la noche.
“Tienen que oír esto,” Homero encendió la radio que tenía en la mano.

398
“Los astrónomos creen que nuestro sol explotara en una nova,” la voz del locutor dijo.
“La palabra quiere decir nuevo, porque es cuando una estrella aparece en el cielo, donde no
había nada antes.”
“Esto es un chiste,” le dije.
“Mira al cielo,” Homero me dijo.
Vi nubes rosadas flotando en un horizonte gris y azul.
“Es el amanecer,” le dije.
“Un amanecer extraño.”
“Tenemos que guardar la calma,” el locutor nos dijo.
Yo asenté. “Estoy calmado.”
“Yo también,” la duquesa me acariciaba el cuerpo.
“Es el final del tiempo,” Homero dijo.
“Eureka,” Chucho dijo.
Estas son las ultimas noticias,” el locutor interrumpio. “Nuestro sol ha tenido unos
cuantos cambios, de acuerdo a las observaciones astronómicas alrededor del planeta.
Queremos que todos se queden en la casa, pues alguna gente ha muerto en las iglesias.
“No me gustan las iglesias,” la duquesa dijo.
Homero se tomo una copa de aguardiente que alguien había dejado en la mesa.
“Tiene que ser un chiste,” le dije.
“Me gustan los colores,” la duquesa dijo.
Al mirar al cielo, vi un poco de rojo disolviéndose en el mar, y tonos de rosado aparecían
atrás del rojo.
“Gracias por la bienvenida,” le dije a Homero.
“Que no he hecho nada,” me dijo.
“Eureka,” Chucho dijo.

399
El se había subido al mástil otra vez, al tiempo que miraba la neblina sobre el mar.
“Va a llover,” la duquesa dijo.
Entramos a la cafetería, donde los marineros estaban de fiesta, después de tomar
aguardiente y jugar con las chicas.
“Queremos más ron,” decían.
Homero nos llevo a una esquina del bar, y el olor a alcohol asaltaba nuestro sentidos entre
otras cosas que pasaban esa noche. El interlocutor del radio interrumpio mis pensamientos.
“El sol está cambiando,” nos dijo. “El hidrogeno del centro se está consumiendo, mientras
que el helio se expande.”
“Tráenos aguardiente,” Homero le dijo a uno de los camareros.
“Quiero menta en el mío,” la duquesa le dijo.
“No piensas en Armagedón?” le pregunte.
“No sé.”
Homero nos podía engañar en su fiesta, mientras que le subía el volumen a la radio para
que oyéramos mas detalles.
“Casi todo el mundo está sumido en la niebla,” el locutor nos dijo. “Entre las otras cosas
que están pasando en todo sitio.”
El espacio y tiempo se habrían juntado para el mejor espectáculo del mundo y la nebkina
se ponía peor afuera de la ventana.
“Los colores tienen que estar atrás de la niebla,” la duquesa dijo.
“El sol ha acabado con su helio,” el locutor de la radio nos dijo. “Siendo culpable por el
espectáculo que hemos visto hoy.”
“Helio es el gas de las bombas,” les dije.
“El sol es chistoso,” la duquesa dijo.
“Quiero una orgia,” Homero dijo.

400
El se tomo otro aguardiente, y su cara se le ponía mas roja, seguro pensando en lo que
habría planeado esa noche.
“La madre de Lola de pronostico esto,” nos dijo.
“La chica que trabajaba en el almacén?” le pregunte.
Homero asintió. “Tenía un sargento.”
“No me haga cosquillas,” la duquesa me dijo.
“Les traigo las ultimas noticias,” el locutor dijo. “los carros en las ciudades se estrellan
por culpa de la neblina.”
Tenía que ser el final del tiempo, de acuerdo a lo que el hombre de la radio nos estaba
diciendo.
“Esto es loco,” le dije.
Ella miro a Homero. “Debe de ser uno de sus chistes.”
“La neblina se empeora en donde estamos,” el locutor nos dijo.
“Como encuentras a la gente a tu alrededor?” alguien más le pregunto.
“Están asustados,” el primer locutor dijo.
“Y las luces?”
“Las tapa la niebla.”
“Igual que aquí.”

Armagedón
Homero me dijo como tenía que escoger un camino en su vida para cambiar su realidad,
de la manera como los fantasmas le habían enseñado en la selva.

401
“La realidad solo existe cuando se observa,” me dijo.
“Este debe de ser otro de tus trucos,” le dije.
“Ya sé que no lo entiendes, pero somos ondas de la probabilidad.”
El cielo tenía diferentes colores entre la neblina, mientras que él me trataba de explicar
cómo funcionaba la mecánica cuántica del universo y que podíamos cambiar todo con
nuestras acciones.
“El futuro y el pasado no son estables,” me dijo.
“El pasado no se puede cambiar,” le dije.
“Solo existe cuando lo observamos.”
La observación creaba nuestro mundo, haciéndome olvidar de la tragedia solar acabando
con nuestras vidas, porque algo está en limbo si nadie lo mira.
“Yo existo si no me observas,” le dije.
“Estarás en medio de universos, de acuerdo a mi punto de vista.”
“Pero existo,” le dije.
“Tu colapsas tu ola de la realidad.”
Las cosas se estaban poniendo muy científicas, en esos momentos en los que el sol sufría
una transformación muy seria, y la gente seguía disfrutando de la piscina a pesar de la niebla.
“Cada vez que te mueves y que piensas estas creando nuevas realidades,” me dijo.
“Entonces deben de haber tantas realidades como granos de arena.”
“Mucho más que eso.”
Yo pensaba en cambiar nuestro dilema con nuestras acciones, pues todo lo que podía pasar
pasaba en otro sitio no muy lejos de ese en el que estábamos, creando una confusión de
universos, separados por casi nada entre ellos.
“Debemos de escapar de acá,” le dije.

402
“Es imposible,” me dijo. “Pues creamos la realidad al colapsar las ondas de todo lo que
nos rodea.”
“No quiero colapsar nada,” le dije.
Homero encendió la radio que había puesto en la mesa, la voz del locutor acabando con
mis fantasías de escape de la presente realidad si no colapsábamos las ondas cuánticas.
“La neblina cubre toda la tierra,” la radio nos dijo. “Y los satélites artificiales alrededor de
la tierra nos informan de sus cambios. Hemos puesto las emisoras del país juntas para darles
las ultimas noticias acerca de lo que está pasando.”
Homero le bajo el volumen a la radio, mientras les daba algunas instrucciones a los
marineros.
“Estamos navegando a ciegas nos dijo."
“Eso me imagine,” le dije.
Jaramillo apareció, entre la gente a la que no les importaba los eventos de la noche.
“Los Beatles vinieron,” nos dijo.
Nos dijo come Cagangosto había perdido su cabeza, Pele, el futbolista hacia su gol en el
yate y los Beatles interrumpieron todo con sus canciones drogadas.
“Quiero más aguardiente,” la duquesa dijo.
“No he dormido,” le dije.
“Duerme acá,” ella señaló el suelo a sus pies.
La discusión volvió a la manera cómo podíamos para la presente situación, si no
colapsábamos las ondas existenciales, aunque podíamos dejar de pensar o para quedar entre
los universos.
“El sol está cambiando,” la voz del locutor de la radio interrumpio la conversación. “Esto
ha sido confirmado por los satélites artificiales dándole vueltas al planeta.”
Homero bajo otra vez el volumen para decirnos más cosas.

403
“Tienen que estar calmados,” nos dijo.
“El mundo se acaba,” le dije.
El me explico otra vez que el futuro, igual que el pasado no estaba definido.
“Allá llegaremos,” le dije. “Colapsando las ondas.”
“Debemos de gozar antes de morir,” la duquesa nos dijo.
“Hagamos el amor,” Homero dijo.”
“Has querido a mi hija?” le pregunte.
Hablamos de aquellos años, en los que había conquistado al mundo después de la muerte
de sus padres, la voz en la radio interrumpiendo la discusión.
“El cielo está cambiando de colores,” el locutor nos dijo. “Y la tierra tiene anillos.”
El nos explico cómo nuestro planeta había adquirido anillos como los de Saturno, desde
que el sol había empezado a cambiar, y que serian los restos de un asteroide, destruido por la
gravedad de la tierra.
“Esto se está empeorando,” dije.
Homero oía todas estas cosas, al tiempo que nos trataba de calmar con sus explicaciones
cuanticas.
“Debemos de hacer algo,” le dije.
“Eureka,” Chucho dijo.
El chimpancé brincaba por todo sitio con los papeles en sus manos, como si se estuviera
burlando de nosotros, por no creer en sus poderes mentales.
“El sol esta pulsando, de acuerdo a las ultimas noticias,” el locutor interrumpio la escena.
“Las autoridades están tratando de parar el pánico en el país.”
“Esto es real,” Homero dijo.
“En serio?” le pregunte.

404
La neblina se había disipado y olas de fuego alcanzaron otras partes del cielo, en el
espectáculo más hermoso de mi vida.
“El país se ha despertado a un fenómeno nuevo,” el locutor del radio nos dijo. “El sol esta
pulsando, debido a que ha acabado con su helio.”
“Eureka,” Chucho dijo.
La voz en el radio nos aconsejo alejarnos del mar, mientras que la gente empelota gritaba
en la confusión.”
“Estas son las noticias nacionales del momento,” el locutor nos dijo. “Está lloviendo en
Bogotá. Atención!! Hay una tormenta eléctrica con lluvia y granizo.
Llovía en el yate, y los rayos explotaban sobre nuestras cabezas, como si estuviéramos en
una película de horror.
“Es el final del tiempo," Homero nos dijo.
“Mentiroso,” le dije.
La duquesa asintió. “Quiero más drogas.”
Ella miraba al cielo, excitada por el carrusel de fuego extendiéndose por la semioscuridad
del amanecer.
“Pueden ver eso? Nos pregunto.
“No te lo estas imaginando,” le dije.
Mas luces había aparecido en el cielo en uno de los mejores espectáculos del mundo,
cuando marihuana o LSD no me habían hecho sentir así.
“Homero ha debido de poner algo en los cocteles,” la duquesa dijo.
“Que no he hecho nada,” el nos dijo.
“Mentiroso,” le dije.
Tomamos más aguardiente para calmar los nervios, en el yate con las mejores aventuras
del planeta.

405
“Homero encontró amerindios en la selva,” dije.
La duquesa me sonrió. “Y eso de importante.”
“Achicaban las cabezas de sus enemigos.”
“Ya quisiera hacer eso.”
Homero no parecía oír lo que estábamos diciendo, afanado con sus trucos del fin del
mundo.
“Ellos hacían magia,” le dije.
Muy interesante,” me dijo.
“Les traigo el siguiente boletín,” el locutor de la radio interrumpio la conversación. “El
sol va a explotar en una nova. Esa palabra significa nuevo, porque una estrella aparece
cuando antes no se veía nada.”
“Eureka,” Chucho dijo.
“Esto no tiene sentido,” les dije.
Todo esto pasaba gracias a la imaginación de Homero, y de que el chimpancé había
encontrado algo.
“Mira al cielo,” la duquesa dijo.
Una fuente de luz azulosa parecía una decoración de navidad sobre la neblina, volviendo la
noche en espectáculo de los dioses.
“Se estrello con el arco,” me dijo.
“Odio a Homero,” le dije.
“El sol sale por allá,” me dijo.
Una luz se veía atrás de las nubes, al tiempo que la orquesta tocaba un valse y la
naturaleza nos daba el mejor espectáculo al final del tiempo.
“No me muerdas,” alguien dijo.
“Que viva nuestro anfitrión,” alguien mas dijo.

406
“El capitán es un cínico.”
“Estarás loco.”
“Donde esta mi copa?”
“Si me besas diez veces te lo digo.”
“Eureka,” Chucho dijo.
Una fuente de colores adornaba las nubes del cielo al borde de la realidad en uno de los
momentos más extraños de mi vida.
“Homero es un genio,” yo dije.
“Hazme el amor,” la duquesa me dijo.
“Es Armagedón," le dije.

El final del tiempo
Fifi apareció al lado nuestro con un vaso de aguardiente en sus manos.
“Bienvenida a la fiesta,” la duquesa le dijo.
Le dijimos lo del final del mundo entre las cosas que pasaban en el yate, aunque el futuro
no estaba definido, igual que el pasado, de acuerdo a las teorías de Homero.
“Si creen en eso?” Fifi nos pregunto.
La duquesa asintió. “Debe ser verdad.”

407
Fifi nos dijo las cosas raras que pasaban en las fiestas en el yate, cuando un matador había
acabado con la cabeza de un toro.
“Al oír las palabras: tenemos siete minutos, quiero que busquen algún sitio para
esconderse” el locutor nos interrumpio. “Que es cuando la fuerza de la nova nos llegara.”
“Que es una nova?” la duquesa pregunto.
“El sol se hincha, antes de que vote parte de sus entrañas,” le conteste.
“No entiendo.”
“Es que explotara.”
Ella lloraba en mis brazos, esperando que el cielo acabara con nuestras vidas dentro de
unos minutos.
“Haz algo,” me dijo.
Yo le explique las ondas de la realidad colapsando cada vez que nos movíamos,
llevándonos hacia ese final del tiempo, aunque todo lo que pudiera pasar, pasaría en otro
sitio.
“Homero nos asusta con sus chistes,” me dijo.
“Eureka,” Chucho dijo.
Este solo sería una senda entre una infinidad de caminos, si poníamos atención a las
palabras de Homero, que nos explicaba las sendas de la realidad en un papel sobre la mesa.
“Sabremos que caminos tomamos en los próximos momentos,” nos dijo.
“Quiero ir a otro sitio,” la duquesa le dijo.
“Eso no es posible.”
“Pero has dicho que el futuro no es fijo.”
“Tenemos que estar calmados,” el locutor interrumpio la conversación. “La mayoría de
las víctimas han pasado por el pánico en todas partes, los rascacielos han desaparecido bajo la
neblina en Nueva York, mientras que miles barcos y aviones se han perdido en la confusión.”

408
“Estamos huyendo de Nueva York?” alguien dijo.
“Que bien. Es muy jarto.”
“Deben de ser las rentas tan caras.”
“Homero es un genio. Primero nos muestra las luces y ahora nos asusta.”
“Donde compraste ese disco?”
“Tengo esa novela de Wells.”
Se les había olvidado que el sol iba a estallar en una nova en solo unos momentos, o es
que no confiaban en las palabras de Homero.
“Esto tiene que ser un chiste,” les dije.
“Atención,” el locutor de la radio interrumpio. “Deben de buscar algún sitio cuando les
diga que tenemos siete minutos. Pues ese el tiempo en que la fuerza de la nova tomara en
llegar a la tierra.”
“Chucho debe de haber encontrado algo,” Homero dijo.
“Espero que sí,” le dije.
“Pues tiene mis papeles.”
Eso no tendría nada que ver eso con que el sol estallara a cualquier momento, de acuerdo
al locutor de la radio.
“José los dejo en el suelo,” me dijo.
“Ya lo sé,” le dije.
Homero creía que las páginas de su amigo invisible nos explicarían lo que pasaba en ese
momento de confusión.
“La nova manda la radiación por el espacio,” me dijo.
“Eso dirán tus paginas,” le dije.
“No lo sé.”

409
Homero me explico más acerca de aquellos papeles de su niñez, al tiempo que el yate
navegaba entre las olas del fin del mundo.
“El sol se está expandiendo,” el locutor nos dijo. “Y su atmosfera se nos está acercando,
de acuerdo a los astrónomos y tendremos siete minutos para prepararnos antes de la nova nos
alcance.”
“Eureka,” Chucho dijo.
“El chimpancé tiene los papeles de José,” me dijo.
“Quítaselos.”
“Es difícil.”
Me volvió a explicar acerca de la infinidad de universos creados en ese momento en los
que todo lo que podría pasar pasaría.
“Tendremos que para esto,” le dije.
“Es una nova,” me dijo. “Como se para eso.”
“Si todo lo que puede pasar pasa, podremos estar en el universo en el nada sucede.”
“Tiene que estar en los papeles.”
“El planeta mercurio ha explotado,” el locutor de la radio interrumpio mis pensamientos.
“Veremos el resultado dentro de unos momentos.”
“Eureka,” Chucho dijo.
La duquesa me abrazo y yo pensaba en los siete minutos.
“Tome mas LSD,” me dijo.
El universo se veía diferente después de haber pasado una de las tabletas con aguardiente.
“Estas drogado,” me dijo.
“Eso es culpa tuya.”
El mundo daba vueltas alrededor mío, mientras que el mar se veía más oscuro en el fin del
mundo y Homero me mostro unos papeles que tenía en una bolsa.

410
“Son algunos de los papeles de José,” me dijo.
“No los entiendes.”
“La observación hace que las ondas colapsen,” me dijo.
“No estoy para tu filosofía.”
“Es la mecánica quántica,” me dijo. “Y todo es hecho de ondas cuánticas.”
“Tenemos siete minutos,” el locutor de la radio nos dijo. “Atención! Tenemos siete
minutos.”
Homero seguía hablando del colapse de la realidad cada minuto de nuestras vidas, cuando
el sol iba a explotar.
“Somos ondas de incertidumbre,” me dijo.
“Me lo has dicho,” le dije.
Homero me conto todo acerca de ese día en el que había visto a su amigo invisible y
cuando todavía no lo conocía.
“Esas olas están grandes,” Fifi interrumpio la conversación.
Las ondas de la posibilidad tendrían que ser como las del mar, pero hechas de
probabilidad, en las que todo lo que podría pasar pasaría en algún sitio.
“Tenemos que parar el colapse de la realidad,” le dije.
“Como?” Homero me pregunto.
“No lo sé.”
Oí a la duquesa quejándose de la neblina dándole dolor de cabeza, mientras se recostaba
contra mi pecho.
“Fue esas tabletas que tomaste,” le dije.
Homero nos dijo de la superposición de estados cuánticos, como la superposición de
realidades, que ocupan el mismo sitio.
“Tenemos seis minutos,” el locutor interrumpio.

411
El reloj nos llevaba hacia el final del tiempo, a pesar de que no lo quisiéramos, cuando
teníamos que escapar a algún sitio.
“Eureka,” Chucho dijo.
“No podemos cambiar lo que va a pasar,” nos dijo.
“Eso es lo que quiero hacer,” le dije.
Jaramillo apareció con una copa de aguardiente en sus manos, y listo a confrontar el fin
del mundo.
“Que están haciendo?” nos pregunto.
“Es Armagedón,” le dije.
Pensé que tendríamos que escondernos de Armagedón, a pesar de la onda de la
probabilidad llevándonos hacia el final de todo lo que conocíamos.
“No sé qué hacer,” Homero nos dijo.
Empezamos a alegar sobre lo que pasaría si tratábamos de cambiar nuestro camino por la
realidad, la onda de la incertidumbre llevándonos un futuro sin salida.
“Debemos de cerrar los ojos,” les dije.
“Eres un genio,” Homero dijo.
“Vámonos,” Fifi nos dijo.
“A donde?” le pregunte.
“Lejos de las ondas de probabilidad.”
“Ha, ha,” Homero dijo.
“No veo el chiste,” le dije.
Los electrones de nuestros cuerpos nos llevaban hacia el futuro, como las olas del mar
Acabando en la playa.
“Vamos al tiempo antes de esto,” les dije.
“No tenemos máquina del tiempo,” Homero dijo.

412
“Pero si hay botes salvavidas,” Fifi dijo.
“Atención,” el locutor de la radio interrumpio. “Quedan cinco minutos.”
Yo arrastre uno de los botes hacia la baranda, después de desamarrarlo debajo de las
escaleras, al tiempo que la duquesa me traía un aguardiente..
“Hazme el amor,” me dijo.
“Vamos a morir,” le dije.
Nos abrazamos, entre el sonido de los truenos mezclándose con los fuegos artificiales que
alguien mandaba al cielo y la voz hablándonos de Armagedón en la radio.
“Tenemos cinco minutos,” ella dijo.
“Nos vamos,” le dije.
“A la muerte,” ella me dijo.
La gente no sabía qué hacer en los últimos momentos de sus vidas, mientras algunos de
los invitados se escondían bajo los muebles, para evitar un poco la radiación solar, mientras
Homero le hacía el amor a Fifi atrás de los muebles.
“Ahhh,” ella decía.
“Mueve las caderas,” él le dijo.
“Pensé que nos iríamos,” les dije.
“Quiero el sexo,” la duquesa me dijo.
“Es el fin del mundo.”
Le chupe las tetas, pensando que ya casi seria la hora en que dejáramos las ondas de la
existencia.
“Te amo,” me dijo.
Ya sabía que serian las últimas palabras que oiría, antes de dejar esta vida.
“Paren esto,” Jaramillo nos dijo.

413
Una pareja hacían el amor bajo las cobijas que alguien habría traído de los camarotes,
gritando de placer en los últimos momentos de la humanidad.
“No nos interrumpas,” Fifi dijo.
“Tenemos cuatro minutos,” la voz del locutor se oyó sobre la conmoción.
Alguien corría por el yate, antes de que el sol nos despachara de este mundo.
“Eureka,” Chucho dijo.
“Quiero mis barcos petroleros,” Homero dijo.
“Hagámoslo otra vez,” Fifi le dijo.
“Paren todo esto,” Jaramillo dijo.
Tendría que ser la mejor fiesta que Homero les había dado a sus invitados a través de los
años.
“Vámonos,” les dije.
Corrí hacia la baranda, donde vi el bote esperando al lado del barco, al tiempo que
Jaramillo gritaba algo.
“Tenemos tres minutos,” el locutor de la radio interrumpio.
“Esto no tiene sentido,” les dije.
“No te preocupes,” la duquesa dijo.
“Es el final del mundo,” le dije.
Ella puso unas cuantas tabletas en mi mano, después de encontrarlas en su bolso.
“Te hará sentir más contento,” me dijo.
“No colapsamos las ondas,” le dije.
“Claro que no.”
Caí en un estupor después de tomarme las pastillas de diferentes colores, y el locutor decía
algo de un planeta desintegrándose entre todo lo demás que pasaba.
“Adiós mundo,” les dije.

414
“Bésame,” la duquesa me dijo.
“Eres muy sexy,” le dije.
Una nube gigantesca había aparecido sobre el yate, que parecía de verdad y no algo
inventado por Homero.
“Me hace falta mi familia,” le dije.
Quería hacerle el amor a la duquesa, para tener el mejor orgasmo en los últimos momentos
de mi vida, aunque todo esto podría ser un truco de Homero con su equipo de luces en el
yate.
“Tenemos dos minutos,” el locutor interrumpio mis pensamientos.
“Que hacemos?” Jaramillo nos pregunto.
“Consíguete una mujer,” le dije.
“No es la solución.”
“Lo sé,” le dije. “Pero al menos mueres contento.”
“Eureka,” la voz de Chucho interrumpio la conversación.
“Quiero mis papeles,” Jaramillo dijo.
“Es el final del mundo,” le dije.
Trate de aclarar mi mente de todas las drogas que había tomado en esta noche tan
importante en la historia de la humanidad.
“Esperemos a que el locutor nos diga cuándo es el final,” le dije.
Le hice el amor a la duquesa, mientras que Homero se lo metía a Fifi y Jaramillo se
sentaba al lado de la piscina a pensar en su predicamento.
“Eureka,” Chucho dijo.
“Los papeles no dicen como paramos esta locura?” Jaramillo le pregunto.
El chimpancé le dio una de las hojas que tenía en su mano, murmurando algo ininteligible.
“Es que no tienen sentido,” Jaramillo dijo.

415
“Eureka,” el chimpancé le dijo.
“Falta un minuto,” el locutor nos dijo.
“Eureka,” Chucho dijo.
“Esos papeles deben de decir algo,” Jaramillo le dijo.
Chucho le dio algunas páginas que tenía en su mano y el periodista las miro por unos
momentos.
“Ya sé,” nos dijo. “Están en esa lengua de la india antigua.”
El saco un diccionario de su maletín antes de que nuestro universo se acabara. Las manos
de la duquesa masajeaba mi cuerpo y todo se oscureció.
“Eureka,” Chucho dijo.

Final
Homero se despierta en otro mundo, después de la mejor fiesta del tiempo, mientras que la
cabeza del duele del aguardiente que ha tomado y la oscuridad lo rodea.
“Dónde estoy?” el pregunta.
Su voz hace eco alrededor suyo, pues su yate ha desaparecido, cuando se trata de acordar
de lo que le ha pasado a su yate, si era todo un chiste, planeado entre las orgias de sus
invitados.
La voz de la radio le había dicho de los siete minutos para el fin del mundo, como
Homero le había dicho a la emisora que tenía en su yate, y todo había salido bien, excepto
que ahora no sabía en donde estaba.

416
“Fifi,” el llamo. “Que el chiste se ha acabado.”
Alguien aparece a su lado o pueden ser las sombras de ese sitio llamado limbo, del que
hablaba el padre Ricardo en sus sermones de los domingos.
“Es que soy José,” alguien le dice.
Homero se acuerda de cuando jugaba al lado del árbol en un mundo diferente al que se
encontraba en ese momento, mientras sus padres vendían en el almacén y el sol le quemaba la
cara, pues cada vez que pensaba o se movía el mundo se dividía en las sendas fractales de su
existencia. Al sentarse más cerca al niño, le ve las pecas de su nariz, en la luz del final del
tiempo.
“Es que todo se ha acabado?” le pregunta.
“Pueda que sí,” el niño le dice.
El juega con su camión de juguete, ignorando la pena que siente Homero al perder su
mundo.
“Solo estaba bromeando,” le dice.
Homero piensa en los fuegos artificiales para la fiesta mejor del tiempo, y en las otras
cosas que había organizado para darles placer a sus huéspedes, sus pensamientos siguiendo
varios caminos fractales hasta llegar a la misma conclusión en su realidad.
“Le he pagado al locutor de la radio mucha plata,” Homero dijo.
“La gastaste en nada.”
“El final del mundo si paso,” Homero le dijo.
El niño asintió. “Y no estás contento?”
Homero pensó en las consecuencias de no ser la persona más rica del planeta en su nuevo
mundo.
“Mándame al pasado,” le dice.
“No sé,” el niño le dice.

417
“Por favor.”
El se acuerda del sol explotando en una nova, en medio de sus fuegos artificiales y la orgia
del yate.
“Te daré cualquier cosa,” le dice.
“Si?”
“Lo prometo.”
El niño sonríe, mostrándole sus dientes desordenados en la penumbra donde se
encuentran.
“Nunca te importaron los indios,” él le dice.
“Que si,” Homero dice.
“Ni las viuditas.”
“No fue culpa mía.”
Homero piensa en que le ha pasado al mundo, la memoria de una tragedia de los últimos
momentos, asaltando sus sentidos, porque tenía que haber muerto en la tragedia de su planeta.
“Me quiero ir a la casa,” le dijo.
“No es lo que quieras,” el niño le dice. “Pero lo que yo diga.”
Homero se sienta en la penumbra, a reflexionar en lo que debe de hacer para volver al
universo que ha dejado.
“Esto no está bien,” el dice.
“Nada está bien.”
“Me hace falta mi yate.”
“El mejor del mundo,” el niño le dice.
Homero se quiere despertar de la pesadilla en la que se encuentra, aunque podría estar
durmiendo en su yate.
“Esto no ha pasado,” le dice.

418
El niño lo mira con sus ojos del color de la noche, rodeándolos por todo sitio.
“La realidad se divide siempre,” le dice.
Homero asienta. “Eso ya lo sé.”
El cae en un arco de luz, y todo alrededor suyo se va el torbellino de la multiplicidad,
como en una de esas películas de ciencia ficción que le gustaban.
“No colapses la onda,” una voz le dijo.
“Qué onda?” Homero pregunta.
Al abrir sus ojos, el ve sus barquitos en el barro del jardín, mientras que la mugre cubre su
ropa en otro día del mercado.
“Te tengo una sorpresa,” su madre aparece a su lado.
Una sombra sale de la nada, la figura de su tío Hugo eclipsando los rayos del sol que le
queman la piel.
“No te había visto por mucho tiempo,” le dice.