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Úlfar, el vengador

Manuel Velasco

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Agradecimiento especial a Mariano González Campo por la corrección de los
términos y nombres en nórdico antiguo.


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Índice

Primer año: El exilio
Segundo año: La espera
Tercer año: El retorno

Vikingos paganos preparando la venganza contra el rey cristiano que les
arrebató su tierra.

Noruega, año 997. Tras cinco generaciones de gobernantes de la región de Lade
(Hlaðarjarlar), donde se mantenían muy arraigadas las viejas tradiciones
paganas, Ólafr Tryggvason, llegado desde Inglaterra, mató al jarl Hákon, se hizo
nombrar rey e impuso el cristianismo.

Úlfar, un personaje ficticio, nos contará su visión de esta historia, en la que
Eiríkr, el joven hijo de Hákon, debe tomar el relevo desde el exilio y reconquistar
su tierra.

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Primer año: El exilio

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Tras vencer a los mercenarios de Joms tuvimos un tiempo de paz en la provincia
noruega de Lade. No fue muy largo pero lo suficiente para relajamos. Realmente
habría que decir que nos adormilamos pensando que los enemigos estaban muy
lejos de nuestra tierra. Y no supimos ver que el peor de todos vivía a nuestro
lado.

El fuego iluminó aquella noche, cuando Erlendr, un pariente lejano y rencoroso,
facilitó la llegada de Oláfr Tryggvason con sus barcos cargados de mercenarios y
monjes; también de arcones repletos de plata para pagar conciencias y lealtades.

Cuando cierro los ojos, aun puedo oler las maderas quemadas de la casa donde
vivíamos, el salón donde festejábamos, el granero donde los jóvenes retozaban
aquella noche de verano ajenos a la traición que estaba a punto de aplastarnos.

No presencié la muerte del jarl Hákon Sigurðsson, mi hermanastro; aun así
puedo entrever la desesperación de su último suspiro. Asesinado por su propio
esclavo, perdido definitivamente el amparo de Óðinn, cerradas definitivamente las
puertas del Valhöll.

Pero recuerdo cómo encontré a su hijo mayor Eiríkr, cubierto de sangre propia
y ajena, intentando aspirar el aire que necesitaban sus pulmones, y seguramente
notando cómo la vida se le escapaba poco a poco a través de sus heridas. Yo no
me encontraba mucho mejor, pero conseguí arrastrarlo hasta el embarcadero.

Herido de cuerpo y alma, me tocó dirigir el barco de la desolación rumbo a un
sur de esperanzas rotas, con mujeres de todas las edades, hombres demasiado
viejos, como yo mismo, y jóvenes demasiado pequeños, como Sveinn, el hermano
menor de Eiríkr. Dejamos atrás el fuego y la muerte, y a un traidor que abrazaba
a un nuevo rey con una cruz sobre el pecho. Nos llevamos el deseo de regresar
algún día para ejercer el sagrado deber de la venganza.

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Ordené que nadie mirase hacia atrás; no era esa la imagen que debía
permanecer en el fondo de nuestros corazones. Algunos agradecimos la repentina
lluvia que se mezcló con las lágrima.

En Dinamarca nos recibió nuestro aliado, el rey Sveinn, conocido como
Barbapartida. El joven Eiríkr me pidió que fuese yo quien hablara, pues no se
sentía digno de representar a Lade.

Al rey le entristeció mucho la muerte del jarl Hákon, aunque recordó algo que
ya se sabía: aquella ocasión en que prefirió entregarse a ciertos espíritus de la
brujería lapona para salvar su vida, sacrificando al menor de sus hijos. Pocas
cosas buenas presagiaba aquel acto, pero la gran familia que éramos prefirió no
cuestionar su autoridad. De alguna manera, también somos culpables de lo que
ocurrió después.

El rey Barbapartida era cristiano, pero me comprendió muy bien cuando le dije
que sin duda Óðinn había decidido que la deuda de Hákon fuese pagada por
todos nosotros con dolor. Y que no rehuiríamos el compromiso ni nos
compadeceríamos de nosotros mismos. La deuda sería saldada cuando
hubiésemos hecho suficientes méritos y nuestro dios lo considerase oportuno.

Sveinn prometió respetar nuestras creencias, cosa que no hizo su padre Harald
Dienteoscuro con el jarl Hákon y que fue un grave motivo de conflictos entre
ambas partes, y nos autorizó a instalarnos en cualquier zona de Dinamarca; pero
yo pedí, y tuve que insistir, que nos cediese temporalmente alguna pequeña isla
donde pudiésemos vivir sin demasiadas comodidades.

El rey protestó: “¡Qué dirán de mí si no acojo a mis aliados de la mejor manera
posible!”. Pero yo tenía las ideas muy claras: “No quiero que ninguno de los que
hemos sobrevivido deje de añorar por un solo día lo que perdimos ni deje de
soñar una sola noche en recuperarlo. Y ni tan siquiera le pondremos nombre a la
isla, porque eso ya supondría aceptarla como un hogar”.

Así nos instalamos en una pequeña isla de pescadores, donde montamos un
campamento de tiendas de campaña, como si estuviésemos en guerra, a pesar de

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ser un miserable ejército que solo provocaría carcajadas a cualquier enemigo que
quisiera atacarnos.

Pero éramos pacientes y no nos dejamos llevar por la aflicción, excepto el pobre
Eiríkr, que, a sus 18 años, heredó la maldición que cayó sobre su padre de igual
manera que el título de jarl de Lade, que no podía ejercer. Era joven y fuerte, y
siempre había sido audaz, pero esa derrota por culpa de un familiar traidor le
afectó profundamente hasta el punto de no sanar sus heridas tan rápido como en
otras ocasiones.

Y también me preocupaba su hermano Sveinn, para el que Eiríkr era poco
menos que un dios desde que lo salvó de morir ahogado en el fiordo cuando tenía
3 años; lo seguiría hasta el mismísimo Hel y compartiría sin la menor queja
cualquier penalidad.

Eiríkr siempre había escuchado mis consejos, pero ahora estaba como ausente,
asintiendo a mis palabras sin apenas escucharlas. Con gusto hubiese elegido la
muerte aquella noche en que lo arrastré hasta el barco si tal opción hubiese sido
posible. Le pedí que descargara el dolor de su corazón escribiendo en cortezas de
abedul cualquier cosa que se le ocurriese. Consintió en hacerlo y con las runas
por fin contó lo que su boca callaba:

Olvidado por los dioses.

Caído soy. Caído estoy.

Superviviente a mi pesar.

Soñador de la tierra que me vio crecer.

¿Dónde estabas, Óðinn, cuando Ólafr y el Cristo blanco masacraban a
nuestra familia?

Lade fue tu territorio, allí sentíamos tu presencia y tu protección, pero fuiste
vencido al mismo tiempo que todos nosotros.

Ahora vivimos condenados, vagando por un mundo que poco a poco se
transforma ante un dios extraño.

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¿Acaso aquella noche no nos oíste gritar tu nombre?

Y después, ¿no vistes nuestras lágrimas camino del exilio?

¿No sentiste el dolor de nuestros corazones al separarnos de nuestra tierra?

Frías paredes de dura piedra aprisionan mi espíritu, cuando antes volaba
libre y participaba del fluir de la vida.

¿Por qué este silencio, Óðinn?

Un espeso y largo muro separa ahora nuestros mundos a pesar de que tu
sangre corre por mis venas.

El amuleto del valknut me vinculaba a ti, pero ahora lo siento inerte como un
frío trozo de metal que sólo la nostalgia me impide arrojar al mar.

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En el fondo de la runa Nauðr resuena el latido del tiempo en que los dioses
crearon a los seres humanos. Sus primeros pasos por el mundo, la supervivencia
como meta prioritaria día tras día. Y el esfuerzo por afrontar y superar las
adversidades cotidianas y la paciencia por resolver el problema de encender el
fuego frotando dos palos.

Así se prendió la primera llama cuando nuestros antepasados se establecieron
en Noruega: la llama sagrada de Lade, que permaneció encendida por 100 años,
como símbolo de vida y de unión de la familia que se alimenta y se calienta
unida.

Pero no encendimos una nueva llama sagrada en esta isla porque no era
nuestra tierra, aunque los daneses ya la llamaban la isla de los noruegos.

Cada día, al levantarnos y antes de acostarnos, nos reuníamos todos en la
costa y mirábamos hacia el Norte lanzando al unísono el grito de guerra de la
familia: Ek em frá Hlöðum (Soy de Lade).

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En la vida surgen fuerzas externas que no podremos controlar. Pueden
frustrarnos, pueden pararnos, pero no pueden hacernos desistir de nuestros
propósitos. Son lecciones que tenemos que afrontar; pruebas de aprendizaje para
forjar nuestro carácter. Nada es estático y tenemos que estar preparados para
cualquier contingencia. No importa lo dura que sea, nosotros tenemos que ser
aun más duros para no sucumbir.

En aquellos días estábamos estancados, pero confiábamos en que tarde o
temprano llegaría nuestra hora porque ni imaginamos nuestra vida futura en otro
lugar que no fuese nuestra tierra; y también en que algún día recuperaríamos a
los dioses y las diosas; y a nuestras dísir, que estarían vagando extraviadas y
confundidas por tierras extrañas tratando de encontrarnos; y que daríamos
buena cuenta de aquel que mandó asesinar al jarl Hákon. Y que Lade volvería a
ser lo que fue.

Aunque antes había de solucionar el problema de Eiríkr, que ya se había
recuperado de sus heridas físicas, aunque las espirituales seguían aferradas a su
corazón. Al menos volvía a entrenar con la espada, aunque fuese de mala gana;
pero aun no se sentía capaz de dirigirse a nuestra gente, y eso no era bien visto
por nadie. Nada decían, pero yo notaba sus miradas de desconfianza y sus
murmuraciones. En nuestro mundo, un líder no vive de recuerdos del pasado o
posibilidades del futuro; y su linaje solo proporciona confianza si la mantiene viva
día tras día.

Así que, cuando el frío empezó a acuciar, envié a Eiríkr y su hermano a pasar el
invierno junto al rey Sveinn. Les vendría muy bien entretenerse con las
diversiones propias de los jóvenes que viven al lado del poder.

Pero antes de partir, les mostré una runa Hagall, explicándoles que representa
la escarcha y el granizo que entonces limitaban nuestros movimientos. Pero,
como bien sabemos, por mucho que se extienda la escarcha y por muy fuerte que
golpee el granizo, ambos finalmente se derriten. Y ese agua empapará la tierra o
correrá hasta el río y el mar, alejándose para siempre. Nosotros seguiremos ahí,
manteniendo nuestra voluntad bajo el nuevo sol de la esperanza.

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Los abracé deseando con todas las fuerzas de mi corazón verlos muy cambiados
cuando regresasen. Sin ellos no tendría sentido continuar manteniendo vivo el
espíritu y el impulso por sobrevivir de la familia.

Y partieron en nuestro barco, que olía a madera vieja cargada de salitre.
Conoció tiempos mejores, cuando los jarlar de Lade eran tan poderosos como
reyes. Las tablas estaban agujereadas allá donde impactaron flechas enemigas y
la quilla conservaba sus heridas de rocas y bajíos. Posiblemente fuese el barco
más viejo de Noruega y yo quería que fuese el que nos devolviese a nuestra tierra
para cumplir con el sagrado deber de la venganza.

Pocos días después, la nieve cayó sobre la isla como una densa cortina que
ningún viento perturbaba y apenas dejaba ver algo que no fuesen fantasmales
siluetas de árboles desnudos. Me alegré de que Eiríkr ya no estuviese allí, pues
aquello habría aumentado su melancolía.

En mi tienda me puse a leer las últimas cortezas de abedul que Eiríkr me dio
antes de partir y me pregunté muy seriamente si será capaz de retomar el camino
correcto.

Cada día, la temprana noche llega y la oscuridad añade un nuevo peso a mi
existencia.

Y tengo que luchar continuamente contra el deseo de desprenderme de mi
responsabilidad de manera similar a como hago con mi ropa cada noche.

Sería tan fácil dejarse arrastrar al sueño eterno, deshacerse de todas las
ataduras y cruzar el puente de Gjöll, hecho de blancos huesos y deseos
incumplidos, junto a tantos otros que pasaron por la vida sin pena ni gloria.
Muerto entre muertos, esperando la bendición del olvido entre voces crueles y
burlonas risas en un mundo asolado por vientos de tristeza.

Lejos, muy lejos, tan lejos…

Y yo cayendo cada día un poco más.

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Amarga es el agua que bebo, y es tan largo el camino por donde deambulo
entre húmedas piedras y flores marchitas añorando el silencio de quienes
viven en paz.

¿Donde estás, Óðinn?

¿No es suficiente pago las heridas de nuestros corazones?

Pero Óðinn no me escucha, ajeno a la estirpe que tan bien le sirvió.

La familia maldita y exiliada, soportando un enorme peso sobre sus almas,
aun cegadas por las cenizas esparcidas sobre nuestra ancestral tierra, que
duerme su agonía.

¿Cuanto puede doler la tierra perdida?

¿Cuanto dolor es capaz de aguantar el mejor de los hombres?

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