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¿La psiquiatría es "solo para locos"?

En la práctica de la psiquiatría es bastante habitual
encontrar personas renuentes a cualquier tipo de ayuda
proveniente de aquella especialidad, bajo la premisa de que
"la psiquiatría es solo para locos". Sería, por supuesto,
anacrónico y hasta contradictorio avalar semejante
aseveración desde esta tribuna; pero tampoco puede
negársele cierto fundamento histórico.

En este sentido, debemos recordar que la psiquiatría tuvo
sus orígenes durante el siglo XIX, como heredera del
alienismo, disciplina médica encargada de la custodia de los
insanos en el manicomio, lugar natural y hasta terapéutico
de todo aquel que perdiese el juicio, según la ciencia médica
de aquel entonces. La palabra "psiquiatría" había sido
acuñada por Johann Christian Reil en 1808, en un artículo
titulado "Sobre el concepto de medicina y sus ramas,
especialmente en relación a la rectificación del tópico en
psiquiatría", pero demoró algunas décadas en imponerse.

Para los autores representativos del alienismo no existían
"enfermedades mentales" como las entendemos en la
actualidad, sino un estado único de "alienación mental", que
podía asumir diferentes variedades pero sin perder su
unicidad. Estas variedades eran relativamente pocas;
así, Philippe Pinel describió cuatro en su "Tratado médico-
filosófico sobre la alienación mental" de 1809: manía,
melancolía, demencia e idiotismo.

Vale aclarar que la supervivencia de algunos términos del
léxico psiquiátrico no debe llevarnos a equívocos. La manía
de aquel entonces hacía referencia a cualquier estado de
agitación o furor desencadenado por un delirio general; la
melancolía se caracterizaba por un delirio exclusivo que
podía conducir (pero no necesariamente) al aislamiento y
estupor; la demencia hacía alusión a una debilidad general
de las funciones intelectuales y afectivas, y el idiotismo era
un estado de abolición absoluta del entendimiento (Jean
Étienne Esquirol cambió esta denominación por idiocia, y
le atribuyó el carácter congénito que prevaleció en lo
sucesivo). Elaborar equivalencias indebidas lleva a la
falacia de la continuidad de ciertos diagnósticos, y esto
refuerza la idea de un "descubrimiento" progresivo de
entidades nosológicas que existen naturalmente y al margen
de nuestro entendimiento. Refutando tal creencia, se puede
decir que los diagnósticos son elaboraciones hechas para
agrupar, comprender y (en la medida de lo posible) tratar
determinados comportamientos juzgados como anormales.
La psiquiatría como especialidad médica se afianzó cuando
los muros del asilo fueron traspasados y la patología mental
comenzó a ser buscada en el mundo exterior. De este modo,
el campo de los trastornos mentales dejó de circunscribirse
a la pérdida del juicio y comenzó a abarcar diferentes
estados que pudiesen generar sufrimiento o que significaran
una desviación respecto al comportamiento promedio
("normal"). Así, con el transcurso del tiempo, el campo de
la psiquiatría se extendió significativamente.

Según la Organización Mundial de la Salud,
aproximadamente 1 de cada 3 personas en el mundo ha
tenido un trastorno mental durante su vida. En otras
palabras, 1 de cada 3 personas en el mundo tendría que
recibir tratamiento psiquiátrico en algún momento de su
existencia, sino en varios. No han faltado quienes advierten
sobre el aumento de las enfermedades mentales en todo el
orbe. Al respecto caben tres hipótesis: 1) que realmente se
haya incrementado la incidencia de trastornos psiquiátricos
en el mundo, producto del estrés que genera la sociedad
actual o cualquier otra etiología; 2) que en realidad no haya
un aumento de trastornos mentales, sino que, al haber cada
vez más acceso a los servicios de salud mental y menos
estigma hacia el tema, cada vez más personas con
padecimientos mentales se atreven a acudir a los psiquiatras
y son (felizmente) diagnosticadas y tratadas (la hipótesis de
la demanda oculta), y 3) que no haya cada vez más
trastornos mentales ni que cada vez más personas con
trastornos mentales salgan del anonimato, sino que la
frontera entre la normalidad y la psicopatología se ha
redefinido a lo largo del último siglo, llevando a que se
considere como anómalas situaciones que antes no lo eran.
Mucho se ha escrito sobre la inclusión de cada vez más
entidades nosológicas en las clasificaciones de uso
internacional. Por ejemplo, la primera versión del
Diagnostic and Statistical Manual de la Asociación
Psiquiátrica Americana (DSM I, 1952) comprendía 106
categorías diagnósticas, en tanto que la última versión
(DSM 5, 2013) ha llegado a comprender 216. En esta
proliferación de diagnósticos podría haber influido
la industria de los medicamentos,
evidentemente interesada en extender las prescripciones de
una psiquiatría cada vez más farmacológica. Vale aclarar
que esto no es patrimonio de la especialidad de la mente,
sino que involucra a toda la medicina.

No pretende este escrito descalificar del todo al DSM ni a
la Décima Clasificación Internacional de Enfermedades de
la Organización Mundial de la Salud (CIE 10), como
plantean algunos autores, que tildan a dichos manuales
como "recetas de cocina". De hecho, el tener cierto
consenso diagnóstico en diferentes partes del mundo resulta
imprescindible para los estudios de investigación, tanto
clínica como epidemiológica. Pero aun así es válido pensar
que la supuesta "epidemia psiquiátrica" podría no ser más
que un artificio generado por una expansión epistemológica
de la psiquiatría, en detrimento de los cada vez más exiguos
territorios de la normalidad.

Tampoco se entienda la pregunta titular como una
invitación a responderla afirmativamente. Como se dice en
el primer párrafo, sería anacrónico plantear un retorno de la
psiquiatría a los fueros iniciales de la locura, pues muchas
personas con trastornos menos graves encuentran alivio a
su malestar con los tratamientos que ofrece aquella
especialidad, y en esto cabe deslindar con las posturas
extremistas de la antipsiquiatría, que niega inclusive la
existencia de cualquier trastorno mental. Pero tengamos
presente que la psiquiatrización de la vida cotidiana resulta
cuestionable (no todo sufrimiento es enfermedad), más aún
si va de la mano con una farmacolización excesiva, que
desdeña otras alternativas terapéuticas, y con una visión
etiológica simplista que pretende reducir cualquier
comportamiento humano a desequilibrios de los
neurotransmisores. Así pues, resulta cada vez más frecuente
escuchar a quienes dicen estar deprimidos porque les "falta
serotonina".

La farmacolización excesiva es producto no solamente de
la influencia de la industria farmacéutica, sino también de
una oferta que se ha visto sobrepasada por la demanda,
llevando a consultas médicas cada vez más breves y, por lo
tanto, propensas al diagnóstico rápido y el tratamiento
apresurado. El mismo público es muchas veces exigente
con la prescripción de psicofármacos, lo cual se traduce en
un consumo creciente de tranquilizantes, que son muchas
veces autorecetados o indicados por personas no expertas.
Tal será la consecuencia de haberle "perdido el miedo" a los
tratamientos psiquiátricos.

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Santiago Stucchi Portocarrero
Enero 2016