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Pontificia Universidad Javeriana

Preseminario: René Descartes.


Profesora: Anna María Brigante.
Nombre: Miguel Ángel Vencé Duran.
21 de febrero de 2018

MORAL PROVISIONAL: MÁXIMAS DE VIDA

Introducción.

El presente texto pretende exponer una de las ideas de gran importancia para el
pensamiento cartesiano: la moral provisional. Ver en que consiste y profundizar acerca de
cada una de sus máximas y como con ellas se puede llevar una vida plena, sin dejar de lado
el buen sentido.

I) La moral provisional, y sus máximas.

A pesar de que la razón sea lo más importante para el francés, debido a que esta genera un
vínculo inseparable con el juicio y la verdad, para no permanecer irresoluto en el actuar del
día a día, decide elaborar una moral provisional compuesta de cuatro máximas con las cuales
se podrá llevar una vida tomando las decisiones y actuando de la mejor manera posible. Esto
lo pone de una manera analógica diciendo que: así como al iniciar la reconstrucción de la
casa donde uno vive, no basta con derribarla, reservar materiales, arquitectos, o ejercitarse
uno mismo en la construcción, además de haber diseñado cuidadosamente el plano, sino que
también se necesita de otra casa en la que estar alojado cómodamente durante la construcción
(AT, VI, 22).

La primera de estas será la obediencia. Esta dicta que se han de obedecer las leyes y
costumbres de su país, sin dejar de lado la religión y las reglas de Dios inculcadas desde su

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infancia, rigiéndose en cualquier otra cuestión por las opiniones más moderadas y alejadas
de extremos, que fuesen comúnmente practicadas por los más sensatos de aquellos con los
que le tocase vivir (AT, VI, 23). Ya que estando resuelto a no estimar en nada sus propias
opiniones, debido a que éstas debían ser sometidas a examen, estaba seguro de que lo mejor
era aceptar las de estos. Y aunque muchos han de haber en el mundo, es más útil tomar como
regla la opinión de aquellos con los que tuviese que vivir. Opinión que sería conocida de
manera veraz, prestando más atención a las acciones cometidas que a las palabras dichas por
estos, no solo porque debido a la corrupción de sus costumbres hay pocos que desean decir
lo que piensan, sino también porque muchos lo ignoran, pues siendo diferente el acto de
pensamiento en virtud de una creencia, al que lleva a conocer que se tiene tal creencia, no es
extraño que se dé el uno sin el otro (AT, VI,23).

También como se mencionaba anteriormente, entre varias opiniones igualmente aceptadas


solo se elegirá la más moderada, tanto porque son las más prácticas y probablemente las
mejores, pues todo exceso generalmente es perjudicial, como por no ir a extremos y correr el
riesgo de cometer una equivocación mucho más alejada de la verdad. Y por excesos
entiéndanse a las promesas por las que se enajena algo de la propia libertad, sin desaprobar
por esto leyes, votos o contratos, que poseen un buen propósito o en su defecto son
indiferentes. Pero puesto que en el mundo no se ve cosa alguna que permanezca de forma
constante en el mismo estado y como se han de perfeccionar continuamente los juicios y no
empeorarlos, sería una falta contra el buen sentido si por haber aprobado una opinión se viera
uno obligado a aceptarla posteriormente como buena, cuando quizá ya no lo sea o ya no se
vea de dicha manera (AT, VI, 24).

La segunda será la firmeza. Esta dicta que se debe ser lo más firme y decidido que se
pueda en las acciones realizadas y que no se deben seguir las opiniones más dudosas, después
de haberse determinado en ello, con menor constancia que si hubieran sido muy seguras
(AT, VI, 24). Es decir, permanecer apegado a las opiniones verdaderas para evitar la
incertidumbre que pueden ocasionar las más dudosas. Como los viajeros, que al estar
perdidos en algún lugar no deben vagar dando vueltas para acá y para allá, ni tampoco
detenerse, sino fijar un rumbo y seguirlo no dejándolo alterar por razones débiles, aunque en
un principio ese rumbo se haya fijado por el azar. Pues en caso de que no lleguen al lugar

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deseado, al menos llegarán a algún lugar mejor que el punto de partida (AT, VI, 24). De la
misma manera, puesto que las acciones de la vida no admiten plazos, es verdad que mientras
no se puedan distinguir las opiniones más verdaderas, se deben seguir las más probables y
aunque no nos percatemos con anterioridad de la mayor probabilidad de una respecto a otras,
en la practica la escogida se debe asumir como cierta y verdadera debido a que la razón que
nos ha hecho escogerla es de esta índole. Esto hará que se vea librado de arrepentimientos y
remordimientos, los cuales turban la conciencia de mentes débiles y volubles que de manera
inconstante se dejan arrastrar a practicar como buenas, las mismas acciones que
posteriormente han de considerar como malas (AT, VI, 25).

La tercera será adaptación. Esta dicta que se debe intentar vencerse a uno mismo antes
que a la fortuna y modificar los deseos propios antes que el orden del mundo (AT, VI, 25).
Debe uno acostumbrarse a pensar que no hay nada enteramente en su poder, a excepción de
los pensamientos propios, de manera tal que después de haber hecho lo que uno considera
como mejor en relación con los asuntos que le son ajenos, todo aquello que falte para triunfar
no corre por cuenta propia. Pensando así, se impide el desear lo que es inalcanzable, lo cual
conlleva a vivir feliz y satisfecho, pues si es posible desear solo las cosas que permite el
entendimiento, no habrá disgusto alguno al carecer de aquellas que parecen debidas a el
nacimiento cuando uno se vea privado de ellas sin culpa propia, del mismo modo que no
habrá si no se poseen los reinos de la China o de México (AT, VI, 25-26). Y haciendo como
suele decirse, de necesidad virtud, no habrá mayor deseo de estar sano cuando se está enfermo
o de estar libre cuando se está encarcelado, que de tener un cuerpo compuesto de una materia
tan incorruptible como el diamante, o de tener alas para volar como un pájaro (AT, VI, 26).

Cabe decir también, que es necesario un gran ejercicio y una meditación reiterada para
acostumbrarse a ver las cosas de esta manera, en esto consistía, según Descartes, el secreto
de aquellos filósofos que fueron capaces en otro tiempo de sustraerse al imperio de la fortuna
y a pesar de los dolores y la pobreza, estimarse igual de felices a los dioses, ya que la
apropiación de los pensamientos les permitía estimarse más ricos, más poderosos, más libres
y más dichosos que cualquiera de los hombres que carecían de esta manera de ver las cosas,
puesto que por más que la naturaleza y la fortuna los hubieran favorecido no llegarían a
disponer jamás de todo lo que ellos desean (AT, VI, 26).

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Finalmente, y a manera de conclusión, la cuarta será aplicación. El francés dice que se
debe realizar un examen de las ocupaciones que los hombres tienen en esta vida con el fin de
intentar escoger la mejor, y sin pretender afirmar nada sobre las ocupaciones de los otros,
llego a la conclusión de que no se puede hacer nada mejor que continuar ejercitando aquella
que se tiene; es decir, emplear toda la vida en cultivar la razón y avanzar todo lo que se pueda
en el conocimiento de la verdad, siguiendo el método del que se ha hablado anteriormente
(AT, VI, 27). La satisfacción obtenida por los resultados de la aplicación del método en el
día a día es tal, que logra saciar el espíritu de una manera tan alta que lo demás comienza a
carecer de interés. Por otro lado, las tres máximas anteriormente mencionadas no estaban
fundamentadas en otra cosa que no fuera el deseo de continuar instruyéndose, pues
habiéndonos dado Dios una cierta luz natural para distinguir lo verdadero de lo falso, nunca
se hubiese pensado que debía uno contentarse con las opiniones de los otros si no se hubiese
propuesto someter el juicio propio a su examen cuando llegase el momento adecuado. Y
siguiendo estas máximas no se podrían liberar preocupaciones si no se hubiese decidido
aprovechar todas las oportunidades para encontrar otras mejores, en caso de que las hubiese
(AT, VI, 27). Para terminar no se hubiese acertado a limitar los proyectos ni a ser feliz si no
se hubiese seguido un camino por el que se pensaba que no solo se aseguraría la adquisición
de todos los conocimientos que estuviesen en capacidad sino también, el logro de todos los
verdaderos bienes que estuviesen en el poder propio, ya que al no determinarse la aceptación
o rechazo de algo sino porque el entendimiento se lo presenta como bueno o malo, es
suficiente con juzgar de manera correcta para obrar bien y juzgar de la mejor manera, para
obrar de la misma forma, es decir para adquirir todas las virtudes y todos los bienes que
puedan lograrse. Cuando esto es así, no queda si no la dicha (AT, VI, 28).

II) Aplicación de las máximas.

Convencido de estas máximas y de las verdades de la fe, Descartes pensaba que podía de
manera libre deshacerse de todas las otras opiniones. Y dejando la comodidad de su
habitación donde había realizado estas reflexiones, continuó su viaje para alcanzar sus
objetivos por medio de la conversación con los hombres. En los siguientes nueve años viajo
por el mundo, procurando ser más espectador que actor en las comedias que se presentan a
diario en el mismo, y reflexionando en cada materia sobre aquello que podía hacerla dudosa

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y dar pie a equivocaciones, erradicaba de su espíritu todo error que podía haberse deslizado
en el anteriormente (AT, VI 28). En esto no imitaba a los escépticos, que dudan por dudar y
fingen permanecer indecisos, por el contrario, su único deseo era liberarse de la inquietud y
“rechazar la tierra movediza y la arena con el fin de hallar la roca viva o la arcilla” (AT, VI,
29). En esto obtenía buenos resultados, puesto que al tratar de descubrir la falsedad e
incertidumbre de las proposiciones que examinaba, no por medio de conjeturas débiles, sino
de razonamientos claros y concisos, no encontraba alguna tan dudosa que no fuera
concluyente y bastante veraz, aunque solamente hubiese sido la que no contenía nada cierto.
“Y así como cuando se derriba una nueva casa se conservan los materiales para construir el
nuevo edificio” (AT, VI, 29), de la misma manera cuando destruía aquellas opiniones que
consideraba mal fundadas, realizaba observaciones y recogía experiencias, que le sirvieron
posteriormente para establecer opiniones más ciertas. Por otro lado, continuaba ejercitándose
en el método, conduciendo sus pensamientos y tratando dificultades de ciencias como la
matemática, liberándola de principios de otras ciencias no tan firmes. De este modo no paraba
de avanzar provechosamente en el conocimiento de la verdad, quizás más que si se hubiese
limitado a leer o a frecuentar individuos letrados (AT, VI, 30).

Sin embargo, los nueve años pasaron sin que hubiese llegado a tomar partido en aquellas
dificultades que generalmente discuten los doctos y sin haber iniciado la búsqueda de una
filosofía más cierta que la vulgar. Por otra parte, el ejemplo de varias mentes que, habiéndose
propuesto dicha tarea, no habían llegado a triunfar en su realización, le hacía imaginar una
dificultad tan grande que quizá no hubiese intentado acometerla si no se hubiese enterado de
que algunos hacían correr el rumor de que la había concluido. No sabía decir sobre que
fundaban esa opinión, probablemente podía haber sido por confesar más ingenuamente lo
que ignoraba de lo que tienen costumbre de hacerlo aquellos que han estudiado un poco y
quizá también por mostrar razones que lo inducían a dudar de cosas que otros consideran
ciertas, pero no porque se haya vanagloriado de estar en posesión de algún tipo de doctrina
(AT, VI, 30). Consideró preciso hacerse digno de la reputación que se le concedía, esto lo
hizo alejarse de todo lugar donde podía tener conocidos y retirarse a un lugar tan retirado y
solitario como uno de los desiertos más apartados.

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Referencias

Descartes, R. (1987). Discurso del Método. Madrid. Alfaguara.