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LA CRÍTICA TEATRAL Y EL PÚBLICO UNA RELACIÓN DUDOSA*

Por: Aparicio Posada Arbeláez.


Para empezar es necesario hacer algunas precisiones en torno a las dos
entidades confrontadas en el título de esta ponencia crítica y público. Como lo
sostienen renombrados críticos de Europa y América de la talla de José
Monleón, Ugo Volli, Patricia Cardona y Patrice Pavis entre otros, la crítica
como entidad no existe y como profesión es dudosa.

Para empezar hay que mencionar el rol que han desempeñado los críticos a lo
largo de la historia de las artes escénicas y lo que tiene que ver con el público,
ese monstruo de mil ojos, veleidoso y cruel pero al fin de cuentas motivo y
razón de ser de la existencia del artista. Hablar de público es por lo menos
impreciso, implica hacer referencia a un ser, a algo que tiene una existencia
concreta y homogénea. Al igual que pasa con la crítica el publico no existe,
existen espectadores pues cosa muy diferente es hablar de críticos como seres
individuales que de crítica como entidad y bien distinto hablar de espectadores
como individuos que de público. Tanto en el primero como en el segundo caso
se trata de masificar, de unificar, dejándose de lado la diferencia existente
entre unificar y totalizar. Unificar es transformar las partes en una y el total
se consigue con la suma de individualidades que no son factibles de convertir en
una solo ente.

En un pasado no muy lejano el crítico teatral se erigía como el juez supremo, y


pontífice y como tal repartía baculazos, bendiciones y elogios sin otra autoridad
que la emanada de su “erudición”. Su criterio para juzgar se basaba en su
particular gusto, referencias literarias, evocación de otros montajes o
representaciones y en el mejor de los casos, en su muy particular forma de ver
la puesta en escena de la obra objetivo de su crítica. Posición facilitada
gracias a la reverencia cómplice de los espectadores en busca de “orientación,
de guía” y de los mismos artistas quienes ante la presencia de un crítico entre
los espectadores, llenos de pavor, se esforzaban por dar su mejor nota con el
fin de merecer los elogios del personaje de marras, como certificación de estar
desempeñando bien el oficio y como garantía de éxito entre los espectadores
llegándose a la aberrante situación que los creadores invitaban a los críticos a
sus ensayos generales para recibir su “permiso” del cual dependía la
presentación del espectáculo.

Esta anómala situación se debía por un lado a la necesidad de buscar un “deber


ser de las cosas” creada por las éticas de corte kantiano que incitaba a
creadores y espectadores a buscar quien avalara sus actos y dijera que
estaban haciendo e interpretando lo correcto y por otro lado en la
contaminación del teatro con las ideologías de corte político, filosófico y
religioso que a su vez imponían su deber ser y convertía a directores y
dramaturgos en “autocríticos” de su trabajo y a los críticos en “asesores”,
potenciales directores o dramaturgos.

Con el advenimiento de nuevas éticas como la comunicativa y otras de clara


inspiración nietzscheana, sepone en tela de juicio la dictadura de la razón y se
contempla entre otros el principio de la diferencia con la consecuente
descalificación de la unanimidad impuesta por los “imperativos categóricos”, se
desató una cuasi revolución copernicana en el teatro que lo liberó de varias
dictaduras: La del texto, la de los críticos, la de las ideologías y sobretodo de
la del “deber ser” dando de paso la entrada en el ámbito teatral a nuevas
corrientes ajena a los viejos cánones que abrieron nuevos rumbos al arte
teatral.

La irrupción de nuevas corrientes teatrales, replantea la relación de la escena


con los espectadores quienes pasaron de ser simples receptores pasivos de los
espectáculos teatrales a una posición de capital importancia para el desarrollo
del arte teatral y del espectador mismo que se puede sintetizar en la definición
que del teatro da Grotowski: “teatro es lo que sucede entre el actor y el
espectador” que entraña toda una nueva concepción en torno al significado del
arte teatral pues eleva al espectador a la categoría de cocreador del hecho
teatral y que concuerda con lo ya planteado Artaud, Meyerhold y Cantor con
sus teorías de “teatro de la crueldad”, “teatro de la convención conciente” y
“teatro de la muerte” respectivamente las cuales tienen al espectador no como
receptor sino como creador último del hecho teatral.

Si tenemos al espectador como parte integrante del hecho teatral no como


receptor sino como creador, esto significa que el arte teatral es un arte que
sólo existe en el instante mismo que sucede lo que virtualmente deja sin espacio
al crítico porque ¿Cómo criticar algo que sólo vive en el instante mismo de su
creación? Sin duda alguna se plantea una situación en extremo delicada pues se
puede caer en el extremo de negar cualquier posibilidad de lectura crítica de
un hecho teatral, lo cual nos sumiría en el más burdo empirismo que fácilmente
desembocaría en la posición facilista de expresar que como teatro es lo que
pasa entre el actor y el espectador, cualquier cosa puede clasificar en la
categoría de teatro, desde los manidos y otrora tan en boga “perfomances”
hasta un show de cuentachistes.
Pienso que ahí es donde entra a jugar un papel de capital importancia el crítico
de nuevo cuño, ese que se atreve a dejar su cómoda poltrona de pontífice, se
deja sugestionar por el escenario, se sumerge en la obra representada y no
teme ponerse a la intemperie y actuar no como crítico sino como alguien
comprometido con el hecho teatral, como un creador, es decir como un
espectador con un poco más de información y cultura, quien al emitir sus
conceptos no será juez sino que ligado a la creación, de su pluma saldrán
opiniones sinceras redundando en un diagnóstico aproximado a la calidad del
hecho teatral y por ende en un mejoramiento del mismo, eso sin contar que
esas opiniones verdaderamente calificadas y respaldadas en un compromiso
serio con el arte teatral, servirán al mismo tiempo de pauta, de herramienta
para la elevación de la cultura teatral del espectador que le permita por lo
menos discernir entre una verdadera obra de teatro y un espectáculo con
pretenciones de teatralidad.

Resumiendo tenemos que la relación crítica-público es una relación en extremo


dudosa al punto de poderse afirmar que al no existir un ente tal denominado
crítica ni otro denominado público, dicha relación es totalmente inexistente y
que lo que se impone es el concepto de espectador como copartícipe de la
creación del hecho teatral y el de crítico como parte integrante del que hacer
teatral en su calidad de creador es decir de espectador calificado.

*Ponencia presentada en el encuentro de críticos realizado en el marco del 26°


Festival Internacional de Teatro de Manizales

Aparicio Posada Arbelaez


Crítico teatral Licenciado y Diplomado en Filosofía.
miembro de ACIT Profesor de teatro en la Universidad del Quindio