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BARRERAS HACIA NUESTROS VALORES: EL CONCEPTO DE NUESTRO YO

Aunque todos tenemos una idea clara de nuestro YO, el concepto científico, que
da cuenta de en qué consiste esa experiencia general y cómo la adquirimos, ha tardado
tiempo en ser establecido. Los seres humanos no solamente actuamos, sino que
hablamos y pensamos sobre ello y también damos cuenta a los demás y a nosotros
mismos de aquello que controla nuestra conducta. Así construimos nuestro
autoconcepto, es decir, el concepto de nuestro YO.
La sociedad nos va enseñando quién actúa, quién piensa y quién siente. Lo
vamos descubriendo en comparación con los otros. Así, nos vamos dando cuenta de que
quien tiene un juguete soy yo y no mi hermano, que está a mi lado; que yo siento algo
diferente de mi madre o que quien está mirando soy yo. Vamos aprendiendo a referirnos
a nosotros mismos como yo, diferente a tú. Aprendo que soy yo quien tiene hambre,
quien quiere un helado, tiene dinero, posee la muñeca, etc. Por un proceso de
abstracción nos vamos dando cuenta de que somos los procesos internos que acompañan
nuestros actos: soy yo quien siente, quiere, hace. El proceso de abstracción nos lleva
finalmente a quedarnos con una vivencia más pura, abstracta y profunda de nuestro yo
(Kohlenberg y Tsai, 1991).

Yo siento frío
Yo siento hambre  Yo siento

Yo quiero un helado  Yo quiero  YO


Yo quiero dinero

Yo hago mis deberes  Yo hago


Yo hago un artículo

El proceso de abstracción lo podemos concebir en tres pasos (Hayes, Barnes-


Holmes y Roche, 2001):

1. El YO como contenido. Primeramente tomamos conciencia de las


consecuencias de emplear la palabra Yo para decir lo que hacemos y lo que poseemos en
casos concretos y circunstanciales. YO soy quien come pan, leche o potitos. También
aprendemos que YO soy quien piensa en ir al parque de atracciones, al colegio o a la
cama. La construcción de esta dimensión de nuestro YO la vamos haciendo cuando
nuestras conductas y, en especial nuestras atribuciones, se van consolidando con el hábi-
to. Por ejemplo, si tartamudeamos una vez, difícilmente nos diremos que somos
tartamudos; pero si lo hacemos más habitualmente, podemos llegar a la conclusión de
que lo somos.

2. El YO como proceso. Luego empleamos la palabra YO para designar los


procesos internos y decimos que yo soy quien piensa, siente o hace; independientemente
del contenido concreto de los pensamientos o de los sentimientos que tengamos o de las
acciones que hagamos. Hagamos lo que hagamos, sintamos lo que sintamos, pensemos
lo que pensemos, somos nosotros mismos quienes pensamos, sentimos o hacemos,
nuestro YO no cambia. Somos independientes del contenido de nuestros pensamientos,
sentimientos y acciones.

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3. El YO como contexto. Finalmente nos encontramos con un concepto más
profundo de nosotros mismos que trasciende nuestros procesos internos.
Independientemente de lo que ocurra dentro de nosotros, es decir, de lo que estemos
sintiendo, pensando o actuando, somos nosotros mismos, nuestro YO no varía. El YO se
va abstrayendo y vaciando de contenido. Nos quedamos con el hecho de que siempre
que empleamos la palabra YO lo hacemos desde aquí, frente a la palabra TÚ que
empleamos siempre como situada fuera de nosotros, es decir, allí; y siempre que
hablamos de nosotros mismos lo hacemos ahora, aunque hablemos de algo pasado o
futuro. Tenemos un sentimiento de permanencia pese a todos los cambios que se dan en
nosotros a lo largo del tiempo. Sentimos que este YO más profundo trasciende el
tiempo, el espacio y nuestros procesos internos. Aprendemos desde la más tierna
infancia que somos individuos y que tenemos una permanencia durante toda la vida.
Sabemos y sentimos que somos los mismos que cuando teníamos cuatro años, aunque
nuestro cuerpo haya cambiado totalmente y nuestras capacidades, nuestra forma de
comportarnos y de pensar, no tengan nada que ver con las de entonces. Tenemos la
percepción de nosotros mismos como seres permanentes, pese a los cambios que se
producen a lo largo de la vida. Nuestro YO más profundo nos proporciona un sentido de
trascendencia. Si somos los mismos pese a que todo cambie; ¿qué permanece en nuestro
YO? Lo que permanece es la perspectiva desde la que hablamos o pensamos sobre
nosotros, siempre lo hacemos desde la misma perspectiva y en el mismo tiempo: desde
aquí y ahora, aunque el tema al que nos refiramos se sitúe en otro lugar y otro tiempo; el
YO, es decir, quien piensa, habla o siente, siempre lo hace desde aquí y ahora. Todas
nuestras actuaciones, incluyendo nuestros pensamientos, surgen en el momento presente
y desde la misma perspectiva (Hayes, 1984; Hayes y Gregg, 2000). El sentimiento más
profundo de nuestro Yo está unido a la sensación de esa perspectiva: "YO estoy aquí
frente a TI que estás ahí" y "YO existo ahora, frente a aquello de lo que hablo, que
puede existir en otro tiempo".

Una metáfora nos ayudará a comprender las dimensiones del YO que hemos
definido. Nuestro YO es como una casa. En ella hay muebles, objetos y otros elementos
que nos van a permitir usarla, forman el contenido de nuestro YO. En la casa vivimos
utilizando esos objetos u otros: la disfrutamos, la sentimos, e invitamos a otros a
compartirla, aunque nunca será suya; es nuestro YO como proceso. Pero nosotros
somos, sobre todo, la casa. Podemos cambiar los muebles, podemos dedicarla a
menesteres diferentes; podemos incluso remodelarla, cambiar la fachada y las
habitaciones; pero la casa siempre será la misma, pues es nuestro YO como contexto.

1 EL YO COMO CONTENIDO
El concepto que tenemos de nuestro YO incluye lo que nos decimos a nosotros
mismos o a los demás que somos. Cualquier cosa que incluyamos en esa categoría es un
componente de nuestro YO.
Al concepto que tenemos de nuestro YO le vamos dotando de contenido
añadiéndole diferentes características, como las que a continuación se incluyen:
1. Sabemos cuáles son nuestros medios para actuar: desde pequeños nos enseñan
qué es lo que poseemos y se nos da permiso para usarlo y controlarlo. Surge así uno de
los componentes de nuestro YO: aquello que reivindicamos a la sociedad que nos deje
usar para conseguir nuestros objetivos. Así, si alguien posee un barco, la sociedad le
reconoce el poder hacer con él lo que quiera, dentro de unas normas. Según seamos más
ricos o más pobres, tendremos posibilidades de hacer cosas y, además, nos ayudará a
construir y mantener nuestra imagen social.

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2. Otro componente son nuestros roles: somos fontaneros, psicólogos,
estudiantes, ingenieros, etc. y la sociedad nos reconoce habilidades y capacidades para
hacer las funciones que corresponden en cada caso. Por ejemplo, a un fontanero se le
reconoce socialmente la habilidad de arreglar las conducciones de agua y se le otorga el
papel de hacerlo.
3. Otro componente son nuestros hábitos. Decimos que somos socios del
Madrid, jugadores de ajedrez, deportistas, etc.
4. Nuestro cuerpo constituye una parte importante de nuestro YO. Decimos que
somos altos, rubios, guapos, fuertes, etc.
5. Nuestras acciones tienen determinadas características y así lo reconocemos de
forma pública y/o privada y decimos que somos tercos, amables, risueños, nerviosos,
etc. Son peculiaridades de nuestra actuación que consideramos como parte integrante de
nuestro YO. Es una forma de integrar nuestros procesos internos en nuestro YO, de esta
manera el YO como proceso también es parte del contenido de nuestro YO.

La influencia de nuestro concepto de nosotros mismos en nuestra conducta es


clara: nuestra capacidad de poner en práctica una acción depende del contexto, de
nuestras capacidades reales de llevarla a cabo y del concepto que tengamos de nosotros
mismos, por ejemplo, de lo que pensemos que somos o no capaces de hacer. Cuando
creamos una regla de comportamiento vamos adquiriendo el conocimiento de que
haciendo determinada acción conseguiremos un resultado. De esta forma construimos
nuestra expectativa de resultado, es decir, la confianza de que "si, en estas
circunstancias yo hago bien la conducta A, obtendré el resultado B", y la expectativa de
eficacia, que es una evaluación subjetiva y anticipada de la probabilidad de "si seré
capaz de ejecutar adecuadamente la conducta o serie de conductas que me conducirán al
resultado deseado" (Bandura, 1977, 1986). Sabemos que haciendo determinadas cosas
obtendremos los resultados esperados y también creemos saber lo que somos y no
somos capaces de hacer; y con ese conocimiento planificamos nuestras conductas. Por
eso, el concepto que tengamos de nosotros mismos y de nuestras capacidades influye de
manera decisiva en nuestra capacidad de tomar decisiones, resolver problemas y en-
frentarnos a ellos. La iniciación y el control de las interacciones con el entorno están
gobernados, en parte, por el juicio que hagamos de nuestras propias habilidades para
conseguir lo que nos propongamos (Bandura, 1987, página 416). Si creemos que somos
capaces de conseguir lo que deseamos, lo iniciaremos; si pensamos que no podemos, ni
siquiera lo intentaremos. De esta forma, la idea que tenemos de nosotros mismos,
incluyendo nuestras capacidades, se perpetúa: no somos capaces de hacer algo porque
en realidad ni siquiera lo intentamos y si nos creemos capaces nos esforzaremos hasta
conseguirlo.

Existen dos factores importantes que están presentes en todas las características
de nuestro YO conceptual:
1. Nuestra imagen social. Nos decimos a nosotros mismos lo que somos y también se lo
decimos a los demás. De esta forma trasmitimos una imagen a la sociedad de la que
depende en gran medida nuestra relación con los demás. Dependiendo de la imagen que
trasmitimos, la sociedad se hace una idea inicial y preconcebida sobre qué puede esperar
de nosotros y qué ha de estar dispuesta a reforzarnos. Por ejemplo, los que nos rodean
tienen en cuenta nuestro rol y lo que decimos que somos capaces de hacer para esperar
nuestra actuación. Con la idea que tenemos nosotros de la imagen que damos
adelantamos si nos van a reforzar o nos van a castigar. Por ejemplo, podemos creer que
somos tímidos, tartamudos o agresivos y estar seguros de que por estas características la

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sociedad nos rechazará.
2. La evaluación. Es una característica que está presente en todo nuestro lenguaje, por
eso cualquier componente de nuestro YO lo evaluamos y lo consideramos evaluado por
la sociedad y, como hemos dicho, la evaluación nos anticipa los refuerzos que nos
esperan.

La importancia que le damos a que nos reconozcan socialmente nos lleva a


defender nuestro Yo a capa y espada, luchando por ser o no ser determinada cosa. Nos
esforzaremos por no ser tímidos, por no parecer débiles, por no ser pobres, etc.
La rigidez que puede introducir en nuestra actuación el contenido de nuestro YO
y su defensa a ultranza, hacen que tendamos a distorsionar nuestras propias
interpretaciones de lo que nos ocurre para que sean coherentes con nuestro concepto
previo. Este fenómeno nos dificultará ser honrados con nosotros mismos y nos
conducirá a ocultarnos todos aquellos hechos que contradigan aquello que pensamos
que somos (Haye y Gregg, 2000). Cuando hemos decidido que somos buenos
profesionales e identificamos nuestro Yo con esa idea, podemos caer en la trampa de
ignorar nuestros fallos o de esforzarnos en demostrar a nuestros clientes que somos
magníficos, aunque para ello tengamos que trabajar por encima de nuestras
posibilidades y sacrificar nuestra vida personal.
A veces, cuando queremos seguir nuestros valores, podemos encontrarnos
diciéndonos a nosotros mismos frases e ideas como: "Debería hacerlo, pero es que yo
soy así", y ese "así" indica una característica de nuestro YO que nos limita. Podemos
intentar perfeccionar nuestro autoconcepto, aumentar nuestra autoestima, lo que ha sido
durante mucho tiempo un objetivo importante en la psicoterapia; pero incluso tener un
buen concepto de nosotros mismos puede llevarnos a problemas importantes. Por
ejemplo, ¿cuántas veces algunas personas se encuentran siendo "buenos" o "amables"
solamente porque creen que son así, cuando en realidad han pensado fríamente que
deberían ser duros en una situación? La propuesta que se hace aquí no es tanto mejorar
nuestro autoconcepto como ser capaces de modificarlo, flexibilizándolo.

2 EL YO COMO PROCESO DE CONCIENCIA DE LO QUE NOS OCURRE


Cuando nuestra conciencia se vuelve sobre nosotros mismos comenzamos a
darnos cuenta de lo que nos ocurre dentro: descubrimos los procesos internos que
acompañan nuestras acciones; y pasan a formar parte integrante de nuestro YO.
Además, llegamos a considerarla una parte más nuclear, es decir, creemos que refleja de
forma más fidedigna nuestro YO que aquella que es más accesible a los demás.
Descubrir esta dimensión de nuestro YO implica darnos cuenta de que somos lo que
hacemos, lo que sentimos y lo que pensamos ahora mismo.
La sociedad influye en la creación de nuestro YO como proceso. Cuando somos
pequeños, nos enseñan a detectar lo que pensamos o sentimos, también nos lleva a
valorar nuestros procesos internos y nos dicen que pensar o sentir determinadas cosas es
bueno o malo. En un proceso de abstracción, podemos llegar a pensar que somos buenos
o malos por el mero hecho de sentir, razonar o emocionarnos. La sociedad también nos
enseña a pensar que nuestros procesos internos son causas de nuestras conductas. Así
decimos: "Te regañé porque estaba enfadado" y nuestra disposición interna, el enfado,
se acepta socialmente como causa de nuestra conducta, aunque nunca nos preguntemos
qué fue lo que nos enfadó y qué podemos hacer para solucionarlo, además de expresar
nuestro enfado.
Mostrar a los demás lo que sentimos es muy importante. Hemos visto que los
pensamientos, sensaciones, sentimientos y emociones están asociados a la preparación

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para actuar, lo que tiene especial relevancia en las relaciones con los demás. En efecto,
si les transmitimos nuestra capacidad e intención de hacer algo, podemos obtener una
reacción de los otros antes incluso de hacer nada. Por ejemplo, cuando decimos, de
forma verbal y no verbal, que estamos enfadados, es decir, dispuestos a agredir, o que
nos sentimos tristes, es decir, que necesitamos ayuda, etc., los demás pueden actuar en
consecuencia, sin que hayamos hecho nada realmente. Nos referimos a un estado
interno que antecede y acompaña a una reacción y los otros pueden reaccionar para
evitar que actuemos de acuerdo a los sentimientos expresados.
Pero los pensamientos, sentimientos, sensaciones y emociones no son la causa
de nuestras acciones, solamente las anteceden y acompañan. Porque no sabemos si
corremos porque tenemos miedo o tenemos miedo porque corremos o nos preparamos
automáticamente para correr. Además, podemos pensar y sentir de una forma y
comportarnos de manera no congruente con ello. Por ejemplo, podemos tener miedo y
no correr. Realmente, lo que finalmente hagamos dependerá del contexto. Podemos
decir a nuestra pareja: "Cuando ocurre esto, me enfado aunque no lo muestre, porque
estamos delante de tu madre", y por eso nos puede parecer más genuino y más propio de
nuestro Yo el sentimiento que la acción en sí, porque depende menos del contexto. Por
eso, comunicar nuestros sentimientos, pensamientos y deseos de forma socialmente
adecuada es importante. Hacerlo asertivamente nos ayudará.
Para construir esta dimensión de nuestro Yo, nos abrimos a nuestros
pensamientos, sentimientos, sensaciones y emociones. Estar en contacto con ellos no es
lo mismo que buscar una aguja en el pajar que hay dentro de nosotros, porque las
emociones no están ahí esperando que nosotros las descubramos, sino que van
surgiendo en nuestra relación con nuestro entorno. Por eso, se trata más bien de
integrarlos en nuestra conducta hacia nosotros mismos y hacia los demás de tal manera
que consigamos que se cumplan nuestros deseos y necesidades. Por ejemplo, si vamos
empujando un mueble con prisa por un pasillo y se atasca, sentiremos un enfado; nos
abrimos a sentirlo; pero en lugar de ponernos a pegar patadas al mueble, lo empujamos
con más fuerza o quitamos con rabia el obstáculo que nos impide el paso. Para abrirnos
a esta dimensión de nuestro YO, es preciso que estemos en contacto con nuestro cuerpo,
con nuestros estados internos y con las predisposiciones que tenemos a actuar, los
manifestemos adecuadamente y les demos la trascendencia social necesaria.

2.1 No querer ser algo


Nuestro yo como proceso lo evaluamos y mostramos socialmente y, por eso, es
una parte de nuestro YO como contenido. Por tanto, la evaluación de nuestros procesos
privados y la imagen que transmiten también introducen rigideces en nuestro
comportamiento: Si evaluamos algo como negativo o malo, tenderemos a intentar no
sentir o pensar en ello; pero hay que recordar que el control que tenemos sobre este tipo
de procesos es limitado. Por ejemplo, queremos dejar de sentir determinados
pensamientos, emociones o sensaciones y no queremos permitir que se presenten porque
"yo no puedo ser tan malo". Pero, cuando no permitimos que aparezcan en nosotros
procesos internos, estos se disparan con mayor probabilidad. Nuestros intentos de
control de nuestras conductas automatizadas hacen paradójicamente que esas aumenten.
Sabemos que nuestros sentimientos se trasmiten y los demás los notan, por lo que
podemos intentar esconderlos o disimularlos. Por ejemplo, cuando no nos permitimos
parecer nerviosos porque no queremos que los demás piensen que somos débiles, es más
probable que nos pongamos nerviosos, temblemos, nos pongamos colorados,
tartamudeemos, etc.; pero también en este caso aumenta la probabilidad de que se den
esos estados y que, además, se noten.

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Aprender a aceptar nuestros pensamientos, sentimientos, sensaciones y emociones es un
objetivo importante. Eso nos permitirá flexibilizar nuestro concepto de nosotros
mismos, para lo cual nos va a ayudar la experiencia de nuestro YO como contexto.

3 EL YO COMO CONTEXTO
Cuando hemos definido el YO, hemos utilizado la metáfora de que es una casa
en la que hay cosas dentro y en la que se hacen actividades, pero es sobre todo la casa,
que permanece independientemente de lo que haya dentro o de la tarea a la que se
dedique. Incluso, aunque se le cambie la fachada y la apariencia externa, sigue siendo la
misma casa. Otra metáfora, parecida a la del saloon, que mencionamos con anterioridad,
nos puede aclarar qué es el YO como un contexto:
Nuestra vida interna es como un juego de ajedrez con su tablero y sus fichas,
donde las fichas representas nuestras acciones y procesos internos. Pero en este juego el
tablero es infinito y las fichas no lo abandonan nunca. Cuando se juega una partida se
colocan en él las fichas que pertenecen a dos bandos contrarios. Como en la metáfora
del saloon, el bando "bueno" representa los sentimientos de control y los pensamientos
de autoconfianza que quieren ganar la partida al bando malo, que incluye entre sus
piezas la ansiedad, las obsesiones, etc. En verdad, se trata de una partida sin final,
porque las piezas no pueden desaparecer del tablero. ¿Quiénes somos en este juego?
Somos todas las fichas, buenas y malas; pero sobre todo somos el tablero en el que se
juega la partida y que no puede ser destruido ni modificado por las fichas, sea quien sea
el bando que vaya ganando. Este tablero, por sus características, no puede deshacerse de
las fichas; pero puede sentir y vivir el juego sin estar particularmente implicado. Los
pensamientos, sentimientos, sensaciones y emociones suceden dentro de nosotros, y
varían según el momento y las situaciones en las que nos encontremos; sin embargo,
tenemos la sensación de que nosotros permanecemos, de que somos siempre los
mismos: nuestro YO trasciende nuestros sucesos internos, desde el punto de vista del
tablero, podemos verlos como algo que ocurre en nosotros, pero no nos modifica.
Expresado de esta forma, el concepto del YO como contexto puede parecer una
obviedad, pero si, en lugar de pensarlo, lo experimentamos, tendremos un aprendizaje
experiencial de nuestro YO sintiendo que trasciende y es algo más. Cuando lo sintamos,
viviremos la experiencia de ser el observador de lo que ocurre a nuestro alrededor y
dentro de nosotros mismos. Cuando sentimos nuestros pensamientos, sentimientos,
sensaciones y emociones y no nos enganchamos en ellos; cuando no queremos
eliminarlos, ni tampoco seguir el impulso que generan; cuando los dejamos estar sean
buenos o malos, la sensación que nos queda es el YO más profundo: un lugar y un
espacio en los que en ese momento se están dando una serie de procesos que son
pasajeros y sin repercusión ninguna.
Una forma de descubrir qué somos el contexto donde ocurren nuestras conductas
es sentirnos observadores del flujo de la realidad, interna y externa. Tener esta visión
nos permite distanciarnos de nuestros hábitos y también de nuestra forma de pensar y
sentir. El hecho de aprender que, aunque nos ocurran mil desgracias o sintamos y
pensemos de manera muy distinta de la habitual, seguiremos siendo los mismos, y que
nuestro YO no varía, nos proporcionará un sentimiento de trascendencia, nos hará
darnos cuenta de que somos algo más de lo que sentimos, pensamos y hacemos; lo que
nos permitirá actuar más libremente siguiendo nuestros valores, independientemente de
lo que nos digan los pasajeros del autobús.
Cuando sentimos que todo cambia y que nosotros permanecemos; cuando
sentimos que somos el tablero en el que ocurren nuestras experiencias, tomamos
distancia y vemos con perspectiva lo que nos sucede y lo que hacemos, manteniendo un

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lugar que no cambia, pese a todo lo que nos ocurre. Nos situamos así como
observadores de nuestras propias vivencias. Es una experiencia muy valiosa porque
trasciende nuestro concepto del Yo. Ahora bien, si lo queremos conceptualizar, implica
algunos problemas lógicos, porque ¿cómo observaremos la experiencia de observar todo
desde una perspectiva? Nos situamos en el papel de observadores, pero ¿quién es quien
observa al observador? Y ¿quién es quien observa a quien observa al observador?
Aplicando la lógica de nuestra mente llegaremos a una serie interminable de
observadores, pero cada observador tiene su propia perspectiva, y nosotros, nuestro YO,
solamente tiene una. Por eso, el YO como contexto solamente se adquiere de una forma
experiencial; ya que no es un concepto mental.
Expresándolo de otra forma: la conciencia de nuestro YO como contexto se
adquiere como consecuencia de la experiencia continuada de pensamientos y
sentimientos que no nos llevan necesariamente a la acción y que son perecederos;
cambian en el tiempo por sí mismos, sin hacer nosotros nada. Esto nos permite
distanciarnos de ellos y considerarlos como fenómenos que ocurren en nosotros, pero
que no nos condicionan necesariamente: Podemos dejarlos fluir y observarlos sin que
nos arrastren. Es una experiencia, por eso, es difícil de describir: o se tiene o no se tiene.
Podemos probar a explicar a alguien qué es un orgasmo y nos encontraremos con
limitaciones para transmitirlo; sin embargo, si esa persona lo ha sentido, lo comprenderá
perfectamente.
El YO como contexto no está dentro del contenido de nuestro YO, porque lo
experimentamos cuando tomamos una perspectiva desde la que vemos fluir nuestros
pensamientos, sentimientos, sensaciones y emociones, y cambiar el contenido de lo que
creemos que somos. Al no ser parte YO como contenido, no contiene nada, no se puede
evaluar y, al ser una experiencia interna que no se puede manifestar, no forma parte de
nuestra imagen social y por lo tanto no es vulnerable a las influencias externas ni a los
cambios ambientales.
Una parte fundamental de la Terapia de Aceptación y Compromiso trata de
descubrir la dimensión más profunda del YO, vivir nuestro YO como contexto. Tener la
conciencia de que pase lo que pase nosotros permanecemos, nos permite enfrentarnos a
situaciones que de otra forma pondrían en peligro nuestra identidad. Por eso, la
construcción de nuestro YO como contexto nos ayuda a aceptar las condiciones más
extremas o los cambios más radicales en nuestra vida.
Nos enseña sobre todo que podemos hacer lo que queramos independientemente
de nuestros pensamientos, sentimientos, emociones y sensaciones. El YO como
contexto nos permite hacer y proponernos hacer lo que queramos, sintamos lo que
sintamos y digan lo que digan nuestros pensamientos automáticos.

4 LA FLEXIBILIZACIÓN DE NUESTRO YO
Nuestra salud mental depende de nuestra flexibilidad psicológica, de nuestra
capacidad de actuar con todas nuestras facultades en cada momento, sin rigideces ni
automatismos del pasado que limiten nuestras posibilidades de actuar. El concepto que
tenemos de nuestro YO, el contenido que le damos, es una de las fuentes más
importantes de esa rigidez. Si, cuando sentimos o actuamos de determinada forma
vamos en contra de nuestro concepto de nosotros mismos, nuestra resistencia a hacerlo
y admitirlo será tremenda, porque esteremos poniendo en cuestión nuestra propia
identidad. En consecuencia, si queremos tener libertad de acción hemos de eliminar las
rigideces que mantenemos en el contenido de nuestro YO, es preciso que lo
flexibilicemos y que descubramos el YO como contexto.

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4.1 Flexibilizando el contenido de nuestro YO
Decimos: yo soy: psicólogo, alto, rubio, viejo, inteligente, tartamudo, nervioso,
loco, cuerdo, hábil, guapo, feo, calvo, bueno, malo, rápido, lento, nervioso, tranquilo,
etc. todas estas facetas tienen dos aspectos: indican una característica social de nuestra
imagen o nuestro quehacer y una valoración o evaluación de ella. La sociedad nos
permite hacer o no determinadas cosas dependiendo de nuestro rol: si soy psicólogo
puedo ejercer la psicología, si no soy médico no puedo ejercer la medicina. Nosotros
también nos asignamos determinadas funciones, por ejemplo, si soy tartamudo,
tartamudearé, si no soy inteligente no puedo estudiar.
Nos esforzamos en conseguir las características que deseamos, hablamos de
nuestro YO ideal. Conseguirlo o no depende de circunstancias externas, muchas veces
fuera de nuestro control. Aceptar la posibilidad de fracasar y sus consecuencias, sin
dejar de luchar, nos permitirá encarar nuestros esfuerzos con mucha más tranquilidad,
flexibilidad y eficacia.
Para flexibilizar nuestro autoconcepto, hemos de librarnos de las rigideces que
introducen la evaluación y la imagen social que están implícitas en el contenido de
nuestro YO. Si nos evaluamos a nosotros mismos de una forma menos radical, ya no
seremos buenos o malos, activos o inactivos, potentes o impotentes, inteligentes o
tontos: lo seremos o no dependiendo del contexto, y siempre con evaluaciones
intermedias, sin radicalismos. También hacemos menos rígida nuestra imagen: somos
como somos y nos mostramos así, con independencia de lo que temamos que piensen
los demás; es decir, afrontamos la imagen que tememos dar y aceptamos sus
consecuencias, si así lo exige poder seguir nuestros valores.
Luego nos vamos dando cuenta de que muchas otras facetas de nuestro YO se
deben a las circunstancias que hemos vivido: somos matemáticos, pero podríamos haber
tenido que optar por otra profesión si nuestros padres no nos hubieran podido dar la
oportunidad de estudiar una carrera; o no hemos estudiado porque las circunstancias
sociales no nos lo han permitido o no hemos tenido la visión suficiente para aprovechar
las oportunidades que se nos han presentado. Podemos no ser hábiles con las manos,
porque no nos han hecho ejercitar desde niños nuestras habilidades manuales; pero
podemos serlo con la lengua, porque hemos leído y tenido que discutir con mucha
gente. Son las circunstancias las que han marcado la mayor parte de los componentes de
nuestro YO como contenido y hemos de verlo así para adquirir la perspectiva adecuada.
Si vamos poniendo en cuestión el concepto que tenemos de nosotros mismos y
somos conscientes de que nuestras acciones y nuestra imagen han variado, varían y
variarán a lo largo del tiempo y de las situaciones; podremos ir tomando conciencia de
que, pese a ello, seguimos siendo nosotros mismos. Ya no soy rico ni pobre, ni listo ni
tonto, sino que soy las acciones que hago en este momento en la sociedad. Los roles que
tenemos asignados en la sociedad han sido definidos por las circunstancias que nos han
tocado vivir, en las que hemos realizado nuestras conductas. Estar en el presente implica
que hemos de ajustarnos a nuestras circunstancias personales y sociales con las
circunstancias y roles que nos toque. Por eso, vivir en el presente, en el "aquí y ahora",
nos ayudará a flexibilizar nuestro YO.

4.2 Flexibilizando el Yo como proceso


Dentro del proceso de flexibilización del contenido de nuestro YO que estamos
indicando en este apartado, tiene un papel relevante lo que se refiere a nuestro YO como
proceso. Igual que evaluamos las características del contenido de nuestro Yo, también
hacemos valoraciones de nuestros sentimientos y conductas, por ejemplo, amar es
bueno y odiar malo. Cuando no aceptamos que en nosotros se pueden dar cualquier tipo

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de pensamiento, sentimiento, sensación y emoción, nos habremos anclado en nuestro Yo
como proceso y estaremos evitando hacer determinadas cosas o luchando contra
nuestros sentimientos, por eso necesitaremos flexibilizarlo. Aceptar el hecho de tener
pensamientos, sentimientos e impulsos extraños e incluso peligrosos y aprender a
dejarlos pasar sin que nos lleven a la acción es necesario para flexibilizar nuestro Yo. Es
una consecuencia inmediata de uno de los conceptos fundamentales que se han
mostrado: que no podemos controlar directamente nuestros procesos internos; es más,
que cuando intentamos suprimirlos, aumentamos su probabilidad e intensidad. Por
ejemplo, si se nos presenta el pensamiento y el impulso de empujar o tirar a alguien, el
hecho de luchar contra ello e intentar quitárnoslo de nuestra cabeza por temor a
convertirnos en asesinos en potencia, no nos llevará más que a tenerlo y sentirlo más,
con el agravante de aumentar la sensación de pérdida de control que supone no poder
eliminarlo, pese a todos nuestros esfuerzos. Aceptar y dejar pasar el riesgo de
convertirnos en seres despreciables nos acercará a la realidad de su temporalidad y nos
descubrirá que son perecederos, si no los alimentamos.
Nuestros procesos internos forman parte también de nuestra imagen. Desde
pequeños tenemos la capacidad de apreciar el estado emocional de nuestro interlocutor:
sabemos si está enfadado, alegre o preocupado. Si no queremos aceptar las
consecuencias de dar la imagen correspondiente a nuestro estado, podemos caer en la
trampa de intentar controlarlo. La aceptación de esas consecuencias es necesaria para
poder seguir nuestros valores e implica la flexibilización de nuestro Yo.

4.3 El yo como contexto


La experimentación del YO como contexto se consigue vaciando nuestro YO de
contenido. Para ello, dejamos pasar nuestros pensamientos, sentimientos, sensaciones y
emociones, de manera que los vivimos en el momento presente, pero sabiendo que son
pasajeros y que podemos ignorar sus consecuencias. De esta forma experimentamos los
procesos internos que vivimos aquí y ahora como transitorios y lejanos. Por ejemplo, si
pensamos "he fallado" y nos ponemos de inmediato a corregir lo que hemos hecho mal,
estamos considerando el pensamiento como una realidad. Sin embargo, si lo vivimos
como un pensamiento pasajero que estamos teniendo, lo relativizaremos y no lo
tomaremos como una realidad sobre la que hay que actuar. De ese modo, lo podremos
dejar pasar y lo experimentaremos igual que si lo hubiésemos vivido antes o después,
pero no ahora, porque ahora no tiene ninguna influencia en nuestro comportamiento.
Sentir así nuestros pensamientos, sentimientos, sensaciones y emociones nos lleva a
experimentar el YO como contexto.
El Yo como contexto aparece como una experiencia que nos dice que somos las
estructuras en el que se dan los procesos anteriores, es decir, de donde parten nuestros
sentimientos y nuestras acciones, donde suceden y pasan. Ya hemos indicado que en
esta dimensión de nuestro YO no existen evaluaciones y que no es parte de nuestra
imagen; por ello vivirlo y tenerlo presente nos da una gran flexibilidad para aceptar
sentimientos y realizar acciones que, aparentemente, pueden ir en contra del concepto
de nosotros mismos.