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INTRODUCCION
A LA CIVILOGIA POLITICA

La crisis de lo público ha puesto en tela de juicio nuestras condiciones de


civilidad en América Latina. Y esto porque dos fenómenos públicos modernos
amenazan con propagar peligrosas situaciones de incertidumbre para todas
nuestras sociedades. Por un lado, los Estados burocráticos expanden su
autonomía de poder y fabrican instituciones políticas a sus medidas bajo el pretexto
de solucionar eficazmente las contradicciones sociales; mientras que por el otro, la
sociedad civil se revela contra la tendencia decisionista del Estado y se declara en
desobediencia. Ambos sectores, Estado y sociedad civil viven un continuo proceso
de separación y diferenciación en el que emprenden un sin fin de luchas políticas,
altamente influidas por los medios de comunicación de masas, en aras de alcanzar
el consenso de los sectores sociales y populares para someter al otro sector
público “enemigo” a sus designios. Los rumores, las calumnias, la manipulación de
la información y los abusos de poder, en un intento de manejar y someter a la
opinión pública, revelan los altos niveles de incivilidad de ambos sectores.
Estas contradicciones generan en el ciudadano desconfianza en la cosa
pública, en la política y en la democracia, lo cual se traduce en un profundo efecto
de “despolitización ciudadana” y en una profunda “fatiga cívica”, lo que lleva
indirecta y progresivamente a una desafección hacia la institucionalidad
democrática. A pesar que el apoyo al régimen democrático en la región se puede
considerar “sólido”, paradójicamente los ciudadanos no le otorgan el mismo apoyo
a las instituciones representativas que les proveen fundamentos a la democracia
como régimen abierto y participativo. En otras palabra, la gente, el ciudadano
común, no quiere saber nada -no confía- ni en el Estado, ni en la sociedad civil y
mucho menos de aquellas instituciones intermedias entre ambos sectores como
son los partidos políticos tradicionales, las instituciones parlamentarias, los
gobiernos locales y, menos aun, en los procesos electorales. Los altos índice de
abstención electoral revela con claridad esta alarmante tendencia 1. Un ciudadano
1 De acuerdo con los sondeos de la opinión pública latinoamericana entre un 30% y un 40% de los ciudadanos
en la región han perdido su fe en el voto como “poder de cambio”. Mientras que la apatía de los ciudadanos a
participar en procesos electorales o votar por un partido en particular, ha declinado a partir del año 2001 hasta
en un 55%, donde la mayoría manifiesta no ir a votar. Es decir, a partir del 2001 la brecha de los que no votan
superó a los que si votan y tienen fe en el voto como poder de cambio. Esto es un síntoma de debilidad de la
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fatigado cívicamente y despolitizado concibe al Estado como un mecanismo


ineficiente que sólo favorece a sectores determinado de la sociedad (corporativos o
partidistas). Y a la sociedad civil como un grupo oligárquico, como un club de
“ricos” e intelectuales, que ante su incapacidad productiva eficiente económica y
culturalmente hablando, quieren hacerse con los poderes públicos estatales para
satisfacer sus ambiciones privadas.
La traducción social de este enfrentamiento por el espacio público es
alarmante. En América Latina se encuentran a la orden del día: La ambición
desenfrenada de los jefes de la política, la corrupción de las costumbres, la
manipulación de la participación política que lleva a la apatía ciudadana 2; la
manipulación de los comicios electorales3; la venalidad de los sistemas de Justicia 4,
la pérdida de dignidad de las más altas magistraturas 5. Los desordenes y las

democracia electoral en América Latina. (Véase Latinobarómetro 2004, 27-31). Esto es grave para una región,
que como la latinoamericana, concibe que participar en el sistema democrático se reduce a emitir un voto
(democracia electoral) cada determinado tiempo.

2 En este caso se incluyen factores como la corrupción, el clientelismo político, el nepotismo, el


patrimonialismo, el amiguismo y el soborno como males endémicos de nuestros sistemas políticos. Y es por
ello que los indicadores estadísticos del 2004 señalan que lo que los ciudadanos más esperan de la reforma del
Estado (accountability) es “atacar la corrupción” con un 37,3% del promedio, mientras que “crear
oportunidades de mayor participación en la tomas de decisiones” sólo tiene un 8,0 % de apoyo y el “mayor
control y rendición de cuenta” sólo goza de un 6,0% de apoyo (PNUD Compendio estadístico 2004, 245). Sin
embargo, también la opinión de los latinoamericanos es pesimista cuando se trata de calcular el tiempo en que
creen en que se podría eliminar la corrupción, la mayoría piensa que “nunca” (37%); los menos pesimistas
creen que “en más de 20 años” (17%) y los más optimista creen que en 8 años (8%) (Latinobarometro 2004,
51).

3 En este caso, las irregularidades son más que todo debido a fallas técnicas, algunas de ellas tienen una fuerte
influencia en la elección y otras no. Países como Perú (1995) y Guatemala (1995) presentaron fallas de tener
“elecciones limpias”, al igual que Colombia (1990, 1991, 1994, 1998), donde se sospecha de intimidar a los
votantes, violencia contra los votantes y fraude electoral. Mientras que en países como México el sistema
electoral ha tendido hacia una mejora significativa sobre todo a partir de 1994, donde se presentan fallas
técnicas pero sin mucha repercusión sobre los resultados (PNUD. Compendio estadístico 2004, 21).

4 La mayor razón que arguyen los ciudadanos en América Latina para no acudir a un tribunal de justicia es la
de “no tener dinero para pagar trámites u abogados en la región”, (21,0%); mientras que la segunda causa es la
“demora en el tiempo en que se realiza un juicio” (18,6%) y la tercera es “que “no confía en ser tratado
justamente” (10,7%) (PNUD, Compendio Estadístico, 2004, 257).

5 Para moralizar y devolver la dignidad a las más altas magistraturas se crearon en América Latina (con
excepción de Brasil, Chile y Uruguay) en los años 90 del siglo XX, las Defensorías del Pueblo o Procuraduría
de los derechos Humanos. No obstante, en su mayoría no tienen la capacidad o el derecho de entablar acción
judiciales contra funcionarios públicos que abusen de su poder contra los ciudadanos y sus derechos (con la
excepción de Bolivia, Colombia, Costa Rica, El Salvador, Guatemala y Perú) o no están claramente
especificada (Argentina, Honduras y México). Mientras que la mayoría Contralorías Generales de las
República (8 de 18 países) tienen poderes débiles, “emiten recomendaciones no vinculantes sin ningún tipo de
facultades judiciales”, es decir, no pueden castigar directamente a los corruptos y malvesadores de los fondos
públicos. 4 Contralorías tienen poderes medios, donde a pesar de que “son vinculantes no aplican justicia”, es
decir, sólo pueden llevar el caso ante un tribunal. Sólo 6 (Brasil, Chile, Colombia, El Salvador, Guatemala y
Panamá) tienen poderes fuertes, lo que significa que , tienen facultad judicial para castigar. Y todos los países
3

turbulencias plagan nuestras calles y sitios de reuniones públicas. El rechazo


permanente de los hombres honestos a favor de los más atrevidos y demagogos.
Las leyes se vacían de valor sustancial y vuelven irrisible al Estado de derecho 6; la
licencia, el libertinaje y la inseguridad de la vida envuelven la inercia moral de
nuestras naciones.
Por otra parte, dentro de las posibles soluciones que se avizoran, jamás se
habla de la vuelta a la vida ciudadana en nombre de la prosperidad del pueblo y a
favor del Estado, sino de la voluntad y deseo de los “lideres políticos” de satisfacer
“populistamente” los caprichos del populacho, logrando solamente llevar la
desilusión y el absentismo de la vida política (fatiga cívica). Esta situación hace que
se desacredite nuestra forma política de participación pública predominante, la
democracia. O en otras palabras, en este ambiente, en estas “nuevas repúblicas
con viejos vicios”, el debate político ha perdido sentido y la gente carece de acceso
a una verdadera forma de participación política. Esto pone en tela de juicio a
nuestras frágiles “cosas públicas” y minan nuestra confianza interpersonal 7 e
institucional8. Estas pugnas públicas afectan a la sociedad en su conjunto y crea
grandes espacios de marginalización y exclusión social. Lo peor es que abren y

de la región gozan de una Fiscalia General de la República, llamada también Ministerio Público o
Procuraduría General de la Nación, cuyo titular en su mayoría, deviene de una propuesta del poder Ejecutivo a
ratificación del Legislativo (véase PNUD. Compendio Estadístico 2004 pág. 82-87).

6 En una escala puntual del 1 al 10, la opinión pública latinoamericana apreció que el Estado en la región sólo
logra que se “cumplan las leyes”, es decir que se respete el Estado de derecho, en un promedio reprobatorio
general del 4.53 puntos. El país que más fe tiene en el Estado de derecho es Colombia, con una puntuación
aprobatoria de 5,96 puntos, y los más pesimistas son Guatemala (3,83 puntos) y Paraguay con un 3, 67 %)
(Latinobarómetro 20004, 18-19).

7 Con respecto a la confianza interpersonal, los sondeos del latinobarómetro (2004), revelan que América
Latina desde 1996 hasta el 2004, tiene los índices más bajos de confianza interpersonal (“las personas ya no
confían en otras personas”) que oscila entre un 4% en Brasil (la más baja) a un 24 % en Uruguay (la más alta)
(Latinobarometro 2004, 31-32)

8 De acuerdo con el mismo sondeo de opinión del 2004, la confianza institucional es una reflejo de la
interpersonal, es decir, también es baja a pesar de que aumento del 2003 al 2004: en los partidos de un 11%
aumentóa un 18%; el parlamento de un 17% a un 24 %; en el poder judicial de 20% a un 32% y en la policía
de un 29% un 37% y en los bancos de un 27% a un 41%, la que tiene más confianza es la Iglesia con un
promedio cercano al 77%, mientras que el Gobierno goza confianza del 27%. No nos dejemos engañar, el
hecho de que haya habido “mejoras relativas” no significa “apoyo consolidado”, ni mucho menos que esto se
traduce en una fuente de legitimidad. Para que la gestión pública de una institución sea aceptada y se le otorgue
confianza (legitimidad) debe promediar por lo menos el 50% de apoyo, y sólo la iglesia, quizás por ser una
institución conservadora y con valores postmateriales, supera este promedio. Por paradójico que parezca el
apoyo a la televisión se mantiene en una media del 44% de confianza, mientras que el de las Fuerzas Armadas
es de 36,5 %, mucho más alta que el otorgado a las instituciones políticas representativas, incluso, a la de los
gobiernos locales que con un 33% de confianza supera en 5% a la del gobierno nacional (Latinobarómetro
2004, 33-34).
4

abonan el camino a nuevas formas de poder autoritario como reproducción de


formas políticas “neo-timocráticas” o nuevas “oligarquías malinchistas” que ocultan
sus intereses pasionales privados y privatizadores detrás de una fachada
democrática y nacionalista.
Pero este alarmante panorama no puede proyectarse simplemente con
palabras, los datos estadísticos y los sondeos de opinión dan fe de tal tendencia.
En el último informe del Latinobarómetro del 2004 nuestra opinión publica revela el
apoyo manifiesto que tenemos por el sistema democrático que oscila entre un 61%
(1996) a 53% (2004). Mientras que el apoyo a gobiernos autoritarios tiene una
tendencia hacia la baja ya que oscila entre 18% (1996) a un15% (2004). Estas
cifras tienen que ser interpretadas debidamente y para ellos hemos de usar una
anécdota muy famosa en el ámbito de la teoría política. En una célebre crítica de
John Locke a la tesis leviatánicas de Thomas Hobbes, el primero comparó esta
última propuesta con la idea que de nadie estaría de acuerdo “en correr asustado
de las trampas del lobo para protegerse en la cueva del león”. Es simplemente una
cuestión de racionalidad y sentido común, es como preguntarle a una persona
dónde prefiere estar ¿en la plaza pública o en la cárcel? Si es racional, su elección
debería coincidir con la nuestra, la plaza. Pero la realidad y la toma de decisiones,
no siempre es esta.
Dentro de estos mismos datos estadísticos otra opinión pública es alarmante,
la de la indiferencia. Este variable (“la indiferencia a hacia cualquier forma de
gobierno”, o en términos más criollo, “me da igual quién gobierne”) ha ido en
aumentó de un 16% (en 1996) a un 21 % (en 2004). En términos comparados la
indiferencia va en aumento (+5 puntos), mientras que el apoyo democrático
desciende (-8 puntos), y el descenso de apoyo a gobiernos autoritarios es el menor
de todos (-3 puntos). Comparativamente los peores resultados los tiene la
democracia como régimen político dominante en la región, el que goza de mayor
aprecio a pesar de estar en problemas como lo expusimos al principio.
Pero este panorama aun no es alarmante, llama más la atención dentro de
este estudio estadístico del 2004 una pregunta tendenciosa: ¿En qué tipo de
circunstancia apoyaría a un gobierno militar? De dieciocho países bajo sondeos,
cuatro manifestaron abiertamente su apoyo a un gobierno militar (Paraguay 41%,
5

Honduras 47%, Perú 47% y el Salvador 48% 9). Mientras que cuatro países
estuvieron en la media estadística, es decir, su apoyo irrestricto a la democracia no
es tan sólido (Guatemala 54%, Brasil 56%, Colombia 58% 10 ) En estos últimos
países, si le sumamos el aumento de los que se mantienen indiferentes (+5
puntos)11, la democracia puede convertirse en un régimen político mucho más
inestable de lo que por su propia naturaleza ya es, y se podría tomar o bien una
opción militarista (neotimocrática), o bien, un “endurecimiento de la democracia”
basadas en liderazgos fuertes (neocaudillezcos). Esto coincide muy bien con la
opinión de la gente del latinobarómetro cuando comparando a América Latina con
la Macondo de “Cien años de Soledad” de García Márquez, manifiestan que:
“Aparecen como oráculos las voces que anuncian la vuelta al autoritarismo ante la
ausencia de otras interpretaciones sobre su desarrollo y sus problemas” (2004, 11).
Pero esto no es un temor infundado, países como Perú (40%), Paraguay (40%), el
Salvador (43%), Guatemala (46%), Brasil (46%), Honduras (47 %) y Colombia
(50%) opinan que los militares son más eficientes que los civiles para solucionar
problemas públicos. Y no es casualidad ya que todos estos países o no apoyaron
irrestrictamente la democracia o manifestaron abiertamente su apoyo a un gobierno
militar.
Es exactamente en este punto donde se centra parte de nuestra
investigación, ya que muchos de estos países manifestaron un clamor de “orden”
incluso sacrificando espacios de libertades. Países como Honduras (69%),
Paraguay (65%), República Dominicana (63 %), Costa Rica (56%), Salvador (54%),
Guatemala (54%) y Brasil (53 %), prefieren el orden (una sociedad ordenada) aún
a costa de limitar las libertades (a una sociedad libre). Parafraseando a Locke,
prefieren “la seguridad de la cueva del león, que la inseguridad y las trampas del
lobo”. Prefieren “la tranquilidad de la cárcel” que el “tumulto de la plaza pública”.
¡La racionalidad, tiene sus misterios!, sobre todo en política, los cuales hay que
desentrañar.

9 De acuerdo con el latinobarómetro 2004, los países que estén por encima de la media del +50 % apoyan la
democracia ante cualquier situación y los que estén por debajo de esas media (-50%) tienden a apoyar a
gobiernos militares (véase página 11 de dicho informe).

10 Tomamos en este caso los países que oscilaron entre el 50% y el 59%, luego del 60 % como es el caso de
México, se puede considerar una apoyo solvente (aunque no sólido) a la forma democrática.

11 Como en el caso peruano donde la indiferencia hacia la democracia y hacia el gobierno militarista es igual
de grande (Latinobarómetro 2004).
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Siguiendo este mismo baremo de la opinión pública latinoamericana, en la


mayoría de los países de la región están de acuerdo con “endurecer la
democracia”, es decir, en crear una “democracia autoritaria” con un liderazgo fuerte
que sea capaz de imponer orden. Es exactamente a esta tendencia a la que en
esta investigación hemos denominado decisionismo político, inspirándonos en las
tesis de Carl Schmitt y Max Weber. Con la excepción de Brasil (43%) y Uruguay
(32 %) el apoyo a la “mano dura”, es decir, a un liderazgo fuerte es relativamente
bajo. El caso más alarmante es el de Paraguay cuyo apoyo a la “mano dura” es del
85%, es decir de cada 10 paraguayos, casi 9, piensan que el decisionismo político
es un modelo alternativo a la democracia representativa. El Salvador, Guatemala,
Costa Rica y Honduras la apoyan en un 78%. Mientras que en Chile de cada 10
chilenos, 7,6 respaldan el liderazgo fuerte, con un 76%. Países como Colombia
(72%), Panamá (71%), Perú (70%) se encuentran en la misma situación que los
chilenos. Por debajo del 70% se encuentra Argentina (69%) y República
Dominicana (67%). Y finalmente por debajo del 60% se encuentran Nicaragua
(59%), Ecuador (57%), Bolivia (55%), México (54 %) y Venezuela con un, no muy
esperanzador, 53%. Según los responsables de este sondeo de opinión pública
(latinobarómetro) todos estos datos indican que parte de nuestra “cultura política”
esta marcada por nuestra tendencia hacia el “autoritarismo social” y que le dan un
apoyo consolidado a los regímenes populistas (Latinobarómetro 2004, 15). Las
nuevas propuestas de un viraje hacia “el socialismo de nuevo tipo” en la región sólo
se presenta como una vía de “endurecer la democracia” en nombre de un pueblo
excluido y a favor de una nueva casta timocrática.
Los resultados de este sondeo de la opinión pública latinoamericana ha
llamado poderosamente la atención de todos los cientistas sociales de la región, y
sobre todo de aquellos politólogos que han adquirido un compromiso con la
democracia como forma de gobierno por excelencia 12. Sin embargo, no es la
situación de la democracia la que más nos preocupa en esta investigación, sino la
situación sociopolítica y el desespero de nuestras sociedades por encontrarle
solución satisfactoria a nuestros males sociales y políticos. No podemos confundir
el síntoma con la enfermedad. De nada vale tener democracias consolidadas y con
alto apoyo social, si nuestras sociedades no confían ni en las instituciones, ni en
12 Para ello véase la última publicación del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, cuyo eje
principal es abordar el tema de la Democracia en América Latina y su relación con la ciudadanía (PNUD
2004).
7

las personas y buscan soluciones mesiánicas en liderazgos fuertes o autoritarios


(decisionista) o en ideologías políticas periclitadas.
De nada contribuye con este delicado panorama las rivalidades de un Estado
hipertrofiado, por la acumulación de tantas responsabilidades sociales, ni de una
sociedad civil, que luego de haberse gestado por más de doscientos años en el
vientre del Estado, nazca para rivalizar y luchar incivilizadamente por el poder
público estatal. Y es exactamente en este conflicto cívico, que se ha tornado incivil,
donde creemos encontrar los orígenes de todos estos males que amenazan no
sólo con barrer la institucionalidad democrática (síntoma) sino a nuestras
sociedades enteras que están perdiendo progresivamente la fe en la
institucionalidad política y social, así como en la individual, es decir, interpersonal
(enfermedad). Es por ello que nuestra principal hipótesis de trabajo afirma que: El
enfrentamiento que sostiene el Estado y la sociedad civil por el monopolio del espacio
público es inversamente proporcional a la estabilidad institucional y democrática de
América Latina, lo cual fomenta la despolitización y la fatiga cívica del ciudadano, al
incentivar la desconfianza y crea las condiciones para que surjan y se consoliden nuevas
formas de autoritarismo, decisionistas o neocorporativistas, en la región.
Necesariamente esta afirmación a demostrar, no nos convierte en algo así
como una especie de “pitonisa griega” augurando nuevas formas de autoritarismos
para la región dentro de nuestros apacibles “oráculos epistémicos” u oficina de
trabajo intelectual. Pero “lo que es evidente no necesita anteojo” más bien, necesita
demostración. Y para demostrar nuestro supuesto básico hemos recurrido en
nuestro auxilio a viejas propuestas teóricas expuestas originariamente por “la teoria
crítica de la sociedad” de la Escuela de Frankfurt. En el último apartado de su
famosa obra “Ciencia y Técnica como Ideología” (2001), el maestro y filosofo
político Jürgen Habermas abordó el tema de “la ciencia política y la opinión
pública”. En ella describió someramente tres modelos políticos necesarios para
entender la relación entre el científico político con sus procedimientos técnicos y la
politica con sus pasiones, instinto y voluntad de poder dentro del ámbito público de
la democracia. De esta forma aparecieron ante los “anteojos de nuestro
entendimiento” tres modelos políticos (decisionista, tecnocrático y pragmático) que
consideramos era necesario retomar, reevaluar y reformular para poder dar
explicaciones sobre nuestras propias realidades latinoaméricanas, que con los ya
“viejos patrones económicos” (rational choice) se nos manifestaban claramente
8

insuficientes. Si un aporte original tiene esta investigación fue el de haber


convertido en auténticos modelos políticos de espacios públicos alternativos tanto
al decisionismo (cuya móvil es la de entender y fomentar el liderazgo fuerte en
democracias plesbicitarias o delegativas), a la moderna tecnocracia (cuya idea
central es proponer el imperio de la técnica tanto como producción como operación
en detrimento de la participación política) y a la nueva propuesta pragmática (cuyo
presupuesto básico es la idea de que los ciudadanos tienen que participar en
condiciones de libertad e igualdad en lo que es interés de todo, en la “cosa
pública”; construyendo nuevas formas de cooperación y nuevos tipos de
sociedades abiertas, como nuevas teorías realizables (no metafísica) como “teorías
de la justicia” que tanta falta hacen en esta región 13. Esta es la esencia que guía el
primer y segundo capítulo de esta investigación.
Con la construcción y el uso de estos tres modelos queremos demostrar que
la tendencia histórica de nuestros sistemas políticos latinoamericanos hacia el
decisionismo (autoritarios o neopopulistas), no puede ser contrarrestada
eficientemente aplicando fríos, calculados y foráneos modelos económicos
tecnocráticos que excluyan al sector social y nuestras propias realidades. Esto sólo
lo que hace es fomentar, lo que aquí hemos denominado “el pragmatismo
negativo”, es decir, nuestra tendencia a cambiarlo todo en palabras pero en la
práctica institucional siguen teniendo el mismo funcionamiento /disfuncionamiento
de siempre, claro esta, esto difiere según sea el caso. Nuestra propuesta es que en
América Latina hace falta la aplicación de “un nuevo modelo político pragmático
positivo”. Uno donde la práctica política sea guiada por una verdadera teoría
política discutible, que logre condiciones de éxito y que haga realidad la
construcción de mejores tipos de sociedades, abiertas, participativas y justas. Esta
es la esencia que guía el tercer capítulo de esta investigación.

13 Siguiendo el planteamiento del mismo Habermas, éste propuso la integración entre el saber técnico y el
saber político en un proceso de cientización de la política para dar nuevas explicaciones sobre la realidad
(hermenéutica), pero bajo el presupuesta de que pragmáticamente se tendrían que hacer “extensiva al público
de los ciudadanos y libre de dominio”. Sin embargo, las condiciones empíricas para tal desarrollo no se habían
dado y esto se debía a la despolitización del ciudadano: “La despolitización de la masa de la población y el
desmoronamiento de la esfera de la opinión pública política son elementos integrantes de un sistema de
dominio que tiende a eliminar de de la discusión pública a las cuestiones prácticas” (2001, 151). La propuesta
del pragmatismo habermansiano es la de reconstruir la opinión pública política integrando a la masa de la
población en condiciones de igualdad y libertad.
9

La creación de este nuevo pragmatismo positivo, que supere las deficiencias


del decisionismo político y de la tecnocracia neoestructuralista aplicados de forma
tan traumáticas en América Latina, debería contribuir con la edificación de una
verdadera opinión pública política que involucre tanto al Estado como a la sociedad
civil, logrando mayores niveles de civilidad social y política. La necesidad de
civilizar las relaciones Estado-sociedad se hace impostergable en una región
donde los niveles de desconfianza institucional son tan alarmantes que ponen en
tela de juicio nuestra existencia como sociedades. Esta recivilización del espacio
público latinoamericano debe contribuir con la formación de una verdadera ética
pública que sea el piso de las relaciones políticas de toda la sociedad. Sostenemos
que en lo público, “en lo que es de todo y lo que esta a la vista de todo” esta la
esencia de la política. La política no puede ser una actividad privada (ni del Estado,
ni de las corporaciones privadas), ni privatizadora (en intereses de unos cuantos)
es una actividad pública, en interés de todos. Pero si esos “todos”, el público, no
saben la verdadera esencia de la política como “cosa pública” se corre el riesgo de
entregarle esa actividad a las manos de intereses privados (corporativos) o
privatizadores (políticos o sociales). Por eso una de las principales proposiciones
de nuestra investigación es la de limitarle “el monopolio de la política” que detenta
el Estado en la región (“hay política más allá del Estado”) y traspasarlo a la
sociedad civil y sobre todo al ciudadano. Pero no a una sociedad civil que niegue
su esencia política (abierta y participativa) y su esencia económica (burguesa,
organizada, disciplinada y altamente productiva). Ni a un ciudadano despolitizado
que “le da igual quien gobierne” a su país.
Es por esto que hemos denominado a esta investigación como “la ética de lo
público y el espíritu de la política en América Latina”, inspirada nominalmente en la
famosa tesis weberiana, la “ética protestante y el espíritu del capitalismo”. Pero con
la diferencia de que lo que para Weber era una relación de causalidad, (es decir,
demostrar cómo ciertos valores religiosos protestantes calvinistas –ascetismo-
contribuyó con el desarrollo de una mentalidad burguesa capitalista, basada en el
valor del trabajo productivo y la disciplina organizativa; para nosotros se establece
como una relación de necesidad. Es decir, es necesario en América Latina el
reencuentro de la política con la ética pública tanto en el plano de la burocracia
pública (en la relación del funcionario público con su administración publica) como
la de la sociedad civil (en la relación del ciudadano con su comunidad y la política).
10

Nuestras sociedades civiles, en proceso de formación, deben dejar de pensar,


deben abandonar la mentalidad, de que todos los problemas provienen del Estado
y de la política. Y que tomando el poder del Estado, y evadiendo a la política, se
pueden superar todos los problemas sociales.
De allí que tanto al Estado como a nuestras sociedades les haga falta
“inyectarle una dosis” de ética cívica y ética pública. La ética implica el carácter
con que un individuo o una institución enfrentan un problema y toman una decisión
para desarrollar un trabajo, en nuestro caso colectivo, con disciplina y orden. Este
carácter público tiene que enfrentarse con las mentalidades estatistas y
estatizadas de nuestras sociedades en vía de desarrollo, proponiendo nuevas
formas de asumir la política latinoamericana.
A pesar de que consideramos que este camino ya comienza a recorrerse, la
imposición del modelo político decisionista y del pragmatismo negativo es tan
fuerte en la región, esta tan arraigado en nuestra mentalidad política estatizada,
que hacen infructuoso las proposiciones de cambio, tanto de las que vienen de
nuestro entorno endógeno como las propuestas por los grandes organismos
multilaterales gubernamentales y no gubernamentales. Esta es la esencia que guía
el cuarto y quinto capítulos de esta investigación.
Concluimos que sólo con “la politización de la sociedad civil” y con la
“recivilización del Estado” se pueden solventar los graves problemas políticos que
atraviesan nuestras sociedades. Una lucha suma cero entre estos dos sectores
públicos lo único que trae son más problemas de los que tienen nuestras
sociedades.
Una última aclaración corresponde a la metodología. El método que he
utilizado es el “deductivo”, en el sentido de que he partido de las grandes ideas y
conceptos universales del espacio público para contrastarlo con la realidad
empírica y teórica de América Latina. Culminamos la investigación con el análisis
de un caso real y cercano como es el del “Hospital Sor Juana Inés de la Cruz” del
Estado Mérida-Venezuela. En cierta forma, este proyecto fue la materialización de
un proyecto político multisectorial y multisocial, inscrito en el despliegue de un
nuevo tipo de colaboración entre sectores públicos y privados en beneficio de toda
la colectividad, pero que vivió las contradicciones de nuestro pragmatismo político
negativo y nuestros decisionismos endógenos, haciendo que el proyecto mismo
naufragara en el mar de los intereses neo-timocráticos.
11

Nuestras principales variables han sido tres; lo público (independiente), lo


social (dependiente) y privado (interviniente). Cada una de estas tres variables se
identifica con tres fenómenos públicos de distinta naturaleza; lo público con el
Estado, lo social con la sociedad civil y lo privado con las corporaciones (el
mercado). En este sentido, y bajo el consejo de Hannah Arendt, concebimos a la
sociedad civil como un híbrido moderno entre lo público (Estado) y lo privado
(mercado), es decir, como el conjunto de personas privadas que se reúnen en
calidad de público para hacerle exigencias al Estado. Pero al fin y al cabo estas
sólo son variables, es decir, cambian de posición. No todo lo que hace el Estado es
público, ni todo lo que hacen las corporaciones es privado, ni todo lo que hace la
sociedad es social, ni todo lo que hace la sociedad civil es civil, hay muchos
intereses escondidos para entrar en determinismos unívocos. Es por eso, que
generalmente nos referiremos a la sociedad civil, en su sentido benévolo, es decir,
como el conjunto de personas que se reúnen en calidad de público para hacer
demandas al Estado en beneficio de toda la sociedad. Pero esta no es siempre la
realidad de la sociedad civil, y Hannah Arendt lo sabía muy bien, porque detrás de
ella se encubren intereses egoístas (oligárquicos) que quieren tomar los poderes
públicos del Estado para su propio beneficio y en detrimento de toda la sociedad.
De allí que nuestra idea básica sea civilizar, y sensibilizar deberíamos agregar,
tanto a la sociedad civil como al Estado, para que reflexionen en torno a que de sus
enfrentamiento sólo se genera una sociedad frustrada, desorientada, fatigada y
desconfiada. Todos los elementos que no dejan que surja un verdadero capital
social y un desarrollo económico y político sustentable en esta región. En otras
palabras, lo público puede ser compartido por todos los sectores de la sociedad,
siempre y cuando nos beneficien a todo por igual y en condiciones de libertad. Sólo
así se podrá crear un equilibrio general de la sociedad (orden justo) que nos
estimule a vivir no de “cualquier manera” (¡ya basta de vivir como animales!), sino
una “vida buena” de seres humanos pensantes. Asegurar las condiciones para que
esto se dé es la verdadera labor de la ciencia política.

CONCLUSIÓN
LA ÉTICA DE LO PÚBLICO Y EL ESPÍRITU DE LA
POLÍTICA EN AMÉRICA LATINA.
12

El fortalecimiento de la sociedad civil en América Latina se ha planteado


teóricamente sobre algunos presupuestos desacertados. El primero es el que
popularizó a Philippe Schmitter, de que “la transición hacia la democracias sería
cosa de los partidos, mientras que la consolidación sería un asunto de la sociedad
civil”. Esta tesis implicaría un postulado desatinado al suponer que ya los partidos
políticos han cumplido con su labor, y ahora la responsabilidad de la estabilidad
social es tarea a realizar en la agenda pública de la sociedad civil. O en otras
palabras, el momento político le corresponde a los partidos, mientras que el
momento social, le corresponde a la sociedad civil. En realidad el momento político
y el momento social no existen. Lo social y lo político son actividades que se
identifican, coexisten y trabajan conjuntamente. El segundo es el que sostiene que
la crisis del Estado asistencial o social ha potencializado la necesidad de que un
nuevo actor social distribuya más eficientemente los bienes y servicios públicos de
una sociedad. Esto eximiría al Estado de su responsabilidad de responder por
bienestar social ante toda una sociedad. La tercera es que la crisis de
representación política y la canalización de las demandas políticas hacen necesario
que la sociedad autoorganizada represente y canalice sin intermediación (partidista
o corporativa) alguna sus propios intereses políticos logrando mayores niveles de
gobernabilidad. ¿Cómo se va a lograr mayores niveles de gobernabilidad si la
sociedad civil se declara apolítica? El cuarto error es asumir a la sociedad civil
como “un club de beneficencia pública” compuesta por un sin fin de organizaciones
no gubernamentales donde los ciudadanos ilustrados se preocupan por el
bienestar de toda la sociedad asegurando que se respete el Estado de Derecho y
las reglas del juego democrático. Esto eximiría a la sociedad civil de su condición
de creación de burguesía y de su instinto a la acumulación de capital y
maximización de la ganancia, algo de lo cual no puede prescindir.
El error de estas tesis es doble: por una parte, se asume a nuestras
sociedades como simples, donde se puede establecer una dicotomía entre un
sector que gobierna y otro social que obedece o viceversa. Donde las descargas
de las responsabilidades del primero tendría que asumirla el segundo o viceversa.
Pasar los problemas del Estado a la sociedad civil o de ésta hacia aquél, en vez de
resolver algo crea mayores niveles de incertidumbre. Para trasformar una sociedad
se necesita tanto de la concurrencia de los sectores sociales civiles como del
13

sector estatal. Por otra parte, su estructura teórica se desenvuelve dentro de cierto
historicismo positivista, ya que tiende a establecer que las sociedades avanzan en
línea progresiva donde una nueva etapa supera o es mejor que la antecesora. Se
supone que la etapa de la sociedad civil debe ser superior a la etapa estatista y
partidista. Se tiene la esperanza infundada que donde el Estado fracasa tiene que
lograr éxitos la sociedad civil. Es infundada en el sentido de que las propuestas por
refundar la sociedad civil en América Latina se hacen a espalda de la actividad
política, cuando el proceso de reorganizar a una sociedad en su totalidad
corresponde a todas las fuerzas públicas y privadas de esa sociedad. Si la nueva
sociedad civil no quiere saber nada de la política, ni de los políticos, entonces
¿cómo transformar una sociedad sin la política? La complejidad señala que una
sociedad que se cambia a sí misma modifica en la práctica los parámetros del
cambio social original y racionalmente programados creando situaciones de
incertidumbres, y ante éstas, la actividad dinámica de la política es necesaria y
básica no sólo para proponer nuevos cambios o para consolidar nuevos acuerdos,
sino también para cambiar el rumbo del cambio social si este no satisface las
expectativas esperadas, como lo indica el pragmatismo positivo. De lo contrario, el
cambio social sólo es programado desde el Estado y se corre el riesgo de que un
poder gubernamental decisionista imponga sus criterios arbitrariamente
contraviniendo en muchos casos los intereses de la sociedad en su conjunto,
creando situaciones de injusticia y exclusión social, como recientemente ha
ocurrido en América Latina.

¿De la democracia de Estado a la democracia de la sociedad civil en


América Latina?
Lo que no queremos entender los teóricos políticos latinoamericanos es que
nuestras sociedades se han hecho cada vez más complejas, y que dentro de esta
complejidad conceptos como el de sociedad civil, si no quieren convertirse en una
simple etiqueta social que no tienen ningún elemento sustantivo o referencial,
tienen que asumirse no simplemente como el conjunto de ciudadanos ilustrados y
críticos, sino como una sociedad trabajadora y productiva que crea nuevas
condiciones de civilidad y sociabilidad. Una sociedad que no necesita de las
dádivas estatales o corporativas para poder crear las condiciones de
autoreproducción económica y social. La principal virtud de la sociedad civil no esta
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simplemente en la defensa de su libertad y autonomía jurídica frente a los poderes


arbitrarios del Estado o de las corporaciones privadas, sino en la defensa del
trabajo organizado como actividad productiva orientado hacia el ahorro nacional.
Estos dos últimos elementos, el trabajo y el ahorro, son dos factores que no dejan
prosperar en América Latina una verdadera sociedad civil.
Cuando en esta región asumimos las teoría políticas europeas centradas en el
desarrollo de la sociedad civil como sociedades críticas e ilustradas, al estilo
habermasiano, perdemos de vista las formación de las condiciones económicas
que la hacen fuerte. No se debe olvidar que este tipo de sociedad es una
asociación próspera económicamente hablando y esto incluye la maximización
racional de las utilidades esperadas. Cuando los teóricos la reducen simplemente a
expectativas racionalistas y filosófica, como la de la consolidación de la democracia
y creación de espacios de participación, olvidan que no puede haber participación,
ni democracia eficiente, en condiciones donde el trabajo y el ahorro privado y
nacional no crean estabilidad económica, ni bienestar humano. En otras palabras,
la actividad económica no puede seguir monopolizada por Estados
monoproductores y monoexportadores. La diversificación económica de nuestras
sociedades es una tarea que debe estar en el eje angular de nuestras sociedades
civiles que actualmente viven un proceso de separación y diferenciación del
Estado.
En Europa en el siglo XVII la sociedad civil y la sociedad política se
identificaban, esto significaba que en esas sociedades simples el Estado y
sociedad compartían los mismos presupuestos de un gobierno político y civil. A
medida que la burguesía se fue diferenciando de la clase gobernante (monárquica
y aristocrática), la sociedad civil en nacimiento (como sociedad burguesa) fue
creando al moderno Estado burocrático liberal, cuyo eje de acción era separar lo
político de lo civil. De allí la creación de todas las instituciones de segundo nivel
(Douglas Chalmers) que buscaban nuevos tipos de representación institucional
(Parlamentos, Tribunales, partidos de notables, etc.) que pudieran mediar entre los
intereses de la burguesía ante el poder arbitrario y decisionista de las monarquías
absolutas. A pesar que este proceso sea totalmente distinto al de América Latina,
en nuestras sociedades, y tenemos que reconocerlo, no se han creado todavía
sociedades burguesas ni se les ha enseñado a los ciudadanos y representantes
políticos el funcionamiento de las instituciones de segundo nivel. Queremos
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fortalecer sociedades civiles, como clubes de discusiones intelectuales y políticas


bajo el lema “la sociedad civil somos todos”, sólo para tomar distancia de las
sociedades burguesas, es decir, aquellas que se forman para el trabajo organizado,
productivo y tendiente a crear el ahorro privado y la prosperidad nacional. Mientras
que nuestras sociedades civiles, hoy en proceso de diferenciación con respecto a
las clases políticas o dirigentes, se desliguen de su papel de creación y
acumulación de riqueza, estarán a merced de nuestros sistemas políticos, y
sufrirán los embates negativos de la arbitrariedad del decisionismo político.
Al Estado en América Latina no sólo le ha tocado la difícil tarea de construir
nuestras sociedades, nuestras identidades culturales, nacionales y ciudadanas,
sino también de crear y fortalecer nuestros modelos de participación y distribución
del poder político, sobre todo, el democrático. Al espacio público estatal le ha
correspondido crear democracia, es decir, enseñar a un pueblo a reclamar sus
derechos a la participación política en los asuntos públicos. Pero esta ha sido una
forma democrática en contradicción con su propia esencia pública ya que oscila
entre el plesbicitarismo y la defensa de los derechos representativos liberales,
entre la autogestión comunitaria y la centralización de las funciones públicas, entre
la participación directa republicana y la participación intermediada por los partidos
liberales. No es que a los partidos políticos le corresponda la labor transitiva hacia
a la democracia y a la sociedad civil su consolidación, como sostuvo Schmitter, lo
que más bien sucede es que nuestras sociedades civiles están desde los años
ochenta hasta hoy en proceso de transición, de nacimiento si se quiere, se está
separando cada vez más del Estado. Es cierto que desde la instauración de la
etapa republicana, dentro del Estado se ha gestado la sociedad civil, pero en los
actuales momentos un Estado hipertrofiado por la gran cantidad de funciones
públicas acumuladas, se torna incapaz de soportar el peso de una sociedad cada
vez más compleja, diversificada y dinámica. De una sociedad que al mismo tiempo
no soporta que la estructura económica sea simple, es decir, monoproductora y
monoexportadora, pero que no hace nada para diversificar el sector económico
productivo de la nación.
Este alumbramiento de lo público-civil ha sido progresivo y doloroso, de allí
los traumas sociales que viven nuestros sistemas recientemente. Ante este
acontecimiento, los partidos políticos tradicionales han perdido su capacidad de
orientación política. Ellos mismos están desorientados, es decir, no saben si
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realmente sus propios intereses responden a los del gobierno o al de sus


sociedades. Lo cierto es que los partidos se alejan progresivamente de ambas
esferas públicas, se encuentran a la deriva; ya ni siquiera los afectan
negativamente los altos índices de abstención electoral que caracterizan a muchos
países de la región. Estos partidos tradicionales (como el PRI en México, el partido
peronista, Acción Democrática y COPEI entre los más representativos) que
nacieron o se fortalecieron al amparo del Estado (y de allí que se sientan más
identificado con lo público estatal que con lo público social) cuando son rechazados
por nuevas clases dirigentes outsiders y por sociedad civil, la única opción que les
queda es su autoeliminación. Los partidos tradicionales no han sabido adaptarse a
las nuevas complejidades sociales que vive América Latina con la irrupción de las
nuevas tecnologías, los nuevos paradigmas comerciales y productivos, los nuevos
actores sociales no gubernamentales, las nuevas inherencias de lo internacional
sobre lo nacional. Son partidos que conservan una “visión simple” de la realidad
donde unos están arriba y otros abajo, donde unos mandan y otros obedecen,
donde el ganador no comparte el poder con la oposición, donde el reparto de los
poderes públicos es monopolio exclusivo del partido en el gobierno, donde la
sociedad productiva es concebida como una mezcla entre las costumbres
tradicionales agrarias y un siempre inacabado proceso de industrialización. Con
esta concepción del mundo que los rodea, los partidos tradicionales se tornan
incapaces de comprender y adaptarse a las nuevas y complejas realidades.
Cuando estos partidos se enquistan en la estructura del Estado, sobre todo a nivel
parlamentario, producen una doble contradicción: se hacen muy fuertes para no
permitir que nuevos partidos civiles nazcan como alternativas válidas ante la crisis
representación política y conduzcan eficientemente las demandas de la sociedad
hacia el sistema político. Pero se hacen muy débiles para hacer oposición eficiente
a las pretensiones egoísta de líderes decisionistas (tipo outsider o salvadores
mesiánicos) o de intereses neocorporativistas que afectan negativamente todo el
espacio público.
Es cierto que a nuestras sociedades civiles, que actualmente se diferencian
cada vez más del Estado, le corresponde la nueva labor de reeducar a los
ciudadanos en el ejercicio de sus derechos políticos y en los principios
democráticos. Esto implica la ardua tarea de crear nuevos partidos políticos que
sean capaces de velar por el bienestar del espacio público civil y social. La vieja
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tesis de que la sociedad civil se tiene que construir a espalda o en contra de la


actividad política porque los ciudadanos están decepcionados de la política, es una
hipótesis que no conduce a nada y dificulta las posibilidades reales de crear
nuevas alternativas políticas. La sociedad civil es un espacio público económico
pero también es político, y los nuevos partidos que nazcan de su seno deben tener
la doble responsabilidad pedagógica de educar a sus miembros tanto en el
ejercicio económico productivo (enseñándoles las virtudes del trabajo y el ahorro
organizado) como la labor de canalizar políticamente sus demandas hacia las
instancias del poder estatal, siempre y cuando estas requieran la intervención del
sector público estatal en la distribución de los servicios básicos a la comunidades.
El patrimonialismo, el amiguismo, el clientelismo, el paternalismo, el
mesianismo, la corrupción, la malversación y el decisionismo que caracterizan a
nuestros sistemas políticos (pragmatismo negativo), hasta ahora, responden a la
estructura mental de nuestras sociedades estatizadas. Responden a las
expectativas pragmáticas de los ciudadanos estatizados en la región, es decir, a lo
que los ciudadanos esperan del Estado en aras de solucionar sus problemas de
convivencia social. Estos elementos negativos que son perjudiciales para la salud
del cuerpo público, tanto sociales y privados como estatales, son asumidos por
este tipo de ciudadano como síntomas de un gobierno enérgico y dinámico. A
nuestros ciudadanos no les interesa si las estructuras parlamentarias, municipales
o tribunalicias funcionan o no correctamente, si existen o no. Lo que les interesa es
que las leyes y los actos administrativos emanados de los sectores estatales los
favorezcan, aún en detrimento del resto del cuerpo social. Esto es algo grave
porque indica que los ciudadanos y los representantes políticos desconocen el
funcionamiento estructural de la sociedad civil; desconocen el funcionamiento de
las instituciones públicas que protegen a los miembros de esta sociedad contra el
abuso del poder político. Tanto los representantes políticos como los ciudadanos en
general deben conocer correctamente la labor de las instituciones políticas (de
segundo nivel) que canalizan las demandas de los miembros de la sociedad civil y
protegen sus derechos políticos y económicos. Y esto se puede lograr debatiendo
las nuevas teorías políticas que ponen su énfasis en el redimensionamiento de la
sociedad civil y el nuevo papel del Estado. Tanto el liberalismo político basado en la
defensa de los derechos (Rawls), como el comunitarismo político y su idea de crear
el bien común en condiciones de igualdad (Dworkin), como el republicanismo cívico
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y su propuesta de un tercer tipo de libertad (Skinner), son modelos políticos a


debatir en esta materia. Éstas no se deben concebir simplemente como teorías
política rivales sino como complementarias y necesarias para reorganizar a toda
una sociedad y sus instancias de poder tanto central, regional y local.
En América Latina se tiene que ir debatiendo la idea de crear nuevas
ciudadanías civiles, ya que nuestros imaginarios ciudadanos son estatistas.
Ciudadano es sólo la persona que reclama los derechos políticos al Estado o el
que está involucrado en los asuntos administrativos del Estado. La nueva noción
de ciudadanía cívica debe retomar la idea de que ciudadano es el que se preocupa
y participa activamente en los asuntos de la comunidad, en los asuntos sociales. La
mayor energía que tiene la sociedad civil no brota de su factum de sociabilidad, ya
que no es un club privado de ciudadanos ilustrados, sino en su condición de
civilidad, en su condición de crear nuevos espacios civiles. Al ciudadano en
América Latina hay que civilizarlo, hay que enseñarle a autoorganizarse, a trabajar
colectivamente por el bien de todo, a respetar lo que es de todos y a todos, es
decir, lo público y al público. Y en el principio del respeto esta la base de la justicia.
No habrá sociedades justas en América Latina donde los ciudadanos y los
representantes políticos no respeten la tradición, las buenas costumbres, las leyes
y la normativa institucional tanto pública como privada. Pero para ello hace falta
educar tanto al ciudadano como al representante político. La reforma del Estado no
debe empezar, como han propuestos los organismos multilaterales, por una
reforma de la burocracia y sus estrechos parámetros administrativos o financieros
estatales, sino por una reforma de la sociedad civil en nacimiento y su noción de
ciudadanía cívica. Hace falta construir una teoría de la justicia para América Latina
cuyos parámetros se basen en una idea del bien público que no sea ni impuesta
por un sector de la sociedad a otro, ni por un grupo político a otro, ni por un líder
carismático a toda la sociedad, sino que nazca de la concertación social como un
acuerdo que respete los principios y valores de convivencia pública. Que asuma al
Estado como una institución cívica y a la sociedad civil como una estructura de
acción colectiva eficiente tanto en lo política como en lo económica.
En América Latina no se puede seguir desarrollando sociedades civiles
desconociendo y negando su función política. Y no se debe seguir considerando al
Estado como una institución carente de civilidad, ni concebido como instrumento
racional altamente burocrátizado e insensible ante las contradicciones sociales, y
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que se puede autoreformar a través de programas prefabricados en laboratorios


multilaterales. Le costó mucho trabajo a la sociedad civil ser aceptada
positivamente tanto en el plano de las ideas como en el de las prácticas sociales.
Le costó mucho dejar de ser un concepto negativo vinculado al egoísmo de las
clases burguesas que poseía un instrumento de coacción pública (Estado) para
someter a toda una sociedad, para convertirse en un potencial medio de expresión
y defensa de los derechos ciudadanos (ético) contra las arbitrariedades de los
funcionarios que abusan del poder público. La sociedad civil debe ser reconocida
como una estructura de acción colectiva tendiente a crear condiciones de
cooperación social y trabajo productivo. Y el Estado debe ser concebido como una
estructura cívica, y que a pesar de que cuya naturaleza esta en la acumulación de
poder, el mismo debe estar al servicio de toda una comunidad y no de intereses
particulares, esta es su esencia pública. El factor cívico no sólo pertenece a la
sociedad civil sino también al Estado. El Estado pierde su condición pública cuando
los medios públicos que posee son monopolizados por sectores privados
(corporativos), especializados (militares) o políticos (partidos). Pierde su condición
cívica, cuando abusa indiscriminadamente de su poder para alcanzar fines políticos
particulares en detrimento de toda la sociedad. Si el Estado reconoce y respeta su
condición de civilidad y si la sociedad civil acepta el importante rol político que
juega en la sociedad al crear nuevos espacios públicos y nuevas formas de
ciudadanías no estatizadas, entonces, no sólo se podrán vencer los impasses que
se producen entre ambos sectores públicos y que afectan negativamente a todo el
sistema social, sino que además se podrán construir nuevos tipos de sociedades
en la región. De lo contrario, esta tendencia negativa será cada vez más dominante
en toda la región, lo cual amenaza con barrer la democracia e instaurar una nueva
etapa autoritaria en la región, cuyo eje central será la implantación de un nuevo tipo
de Estado burocrático autoritario al servicio del capital transnacional. ¡El reto esta
planteado!