CAPITULO I

La tarde era cálida, deliciosa; inusitadamente cálida para la época del año. La suave fragancia del incienso, elevándose dulcemente en la atmósfera quieta, llenaba nuestro espíritu de calma. Envuelto en una gloriosa aureola, el sol se ocultaba en la lejanía, tras las altas cimas del Himalaya, dejando teñidos de púrpura, como un presagio de la sangre que salpicaría el Tibet en los días futuros, los picachos llenos de nieve. Las sombras se acentuaban poco a poco deslizándose hasta la ciudad de Lhasa desde las cumbres gemelas de Potala y de nuestro Chakpori. Bajo nosotros, hacia la derecha, una tardía caravana de mercaderes de la India, recorría lentamente su camino hacia Pargo Kaling, la Puerta de Occidente. El último de aquellos devotos peregrinos, lleno de una premura increíble, se apresuraba con el deseo de recorrer su camino hasta Lingkor Road, como si sintiera el temor de verse envuelto en la oscuridad aterciopelada de la noche, ya muy cercana. El Kyi Chu, o Río Venturoso, discurría feliz en su interminable viaje hacia el mar, lanzando nítidos destellos de luz como un tributo al día que agonizaba. La ciudad de Lhasa brillaba con el dorado resplandor de las lámparas de grasa. Desde el cercano Potala se escuchó el sonido de una trompa anunciando el ocaso y sus notas volaron y se multiplicaron con el eco por todo el Valle, chocando contra la superficie de las rocas y regresando hasta nosotros con una cadencia distinta.

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LOBSANG RAMPA Yo contemplé la escena familiar, el Potala, centena-

res de ventanas iluminadas como si los monjes de todos los grados estuvieran atendiendo sus postreras tareas del día. E n l a p a r t e su pe r io r d el i nme nso ed i fi cio , ju n to a l as Tum bas Doradas, una figura solitaria, aislada y remota, parec í a e s ta r o b s e r v á n d o l o to d o . C u a n d o l o s d é b i l e s ra y o s d e l sol se ocultaron detrás de la muralla de montañas, sonó de nuevo una trompa y el profundo rumor de un cántico b ro tó d e s d e e l t e mp l o . Lo s ú l t i mo s v e s t i g i os d e l u z s e d e s vanecieron rápidamente y, rápidamente, las estrellas del cielo se trocaron en un resplandor de joyas brillando sobre un marco de púrpura. Un meteoro cruzó el cielo relampagueando, convirtiéndose despu és en u n estallido postrero de gloria, antes de caer sobre la tierra extinguiéndose en un puñado de humo y de cenizas. —¡Hermosa noche, Lobsang! — dijo una voz querida. —Re al me n te es u na he rmo sa noc he — respo ndí pon ié ndome en pie rápidamente para saludar al Lama Mingyar Dondup. S e s e n tó j u nto a u n mu ro y m e i nv i tó a s e n t a rm e a s u lado. Señalando hacia arriba, me dijo: —¿Te has dado cuenta de que las personas, tú y yo, tenemos cierta semejanza con todo eso? Le contemplé silencioso sin comprender qu é semejanza podía existir entre nosotros y las estrellas. El Lama era alto, bien parecido y con una noble cabeza. ¡A pesar de todo no encontraba ningún parecido entre él y las estrellas! Él sonrió ante mi expresión perpleja. —Como siempre, eres literal, Lobsang, literal. Quise decirte que las cosas no son necesariamente lo que parecen ser. Si escribes: "¡Om! ma-ni pad-me Hum"
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en caracte-

res tan enormes que a las personas que pueblan el Valle de Lhasa les resulte imposible leerlos, su propia grandiosidad impedirá que éstos puedan captarlo. Se interrumpió y me miró para asegurarse de que era capaz de seguir sus explicaciones. Después continuó: —Lo mismo sucede con las estrellas. Son "tan gran1. Fórmula sagrada, iniciada con la sílaba mágica "OM", que debe repetirse intermitentemente hasta conseguir el vacío mental y la unión con la divinidad.

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des" que no podemos comprender lo que forman entre todas. Le miré como a alguien que de pronto ha perdido la r a zó n . ¿L a s e s t r e l l a s "fo rma nd o a l g o "? ¡ La s e s t re l l a s e ra n — eso — "estrellas"! Después pensé en la posibilidad de e sc ribi r con ca rac te res ta n g ra ndes como pa ra l le na r todo el Valle, hasta el punto de que su propio tamaño los hiciera ilegibles. Él siguió hablando con su voz suave. —Piensa que tú mismo disminuyes y disminuyes de tamaño hasta llegar a ser tan pequeño como un grano de a re na . ¿C ó mo p o d r í a v e r te y o e n to n c e s ? I m a g i n a q u e a ú n te haces más pequeño, tan pequeño que incluso el grano de arena fuera para ti tan grande como un mundo. En ese caso, ¿qué alcanzarías a ver de mi persona? — Se interrumpió y me observó con su mirada penetrante —. ¿Bien? — preguntó —, ¿qué es lo que podrías llegar a ver? M e s e n té a s o m b ra d o , c o n e l c e re b ro v a c í o d e to d o p e nsamiento, boquiabierto como un pez al que acabaran de pescar. —Lo único que verías, Lobsang — dijo el Lama — es u n g ru p o i n m e n s o d e m u n d o s d i s p e r s o s q u e r u e d a n e n l a oscuridad. Porque como consecuencia de tu pequeñez física, percibirías las molécu las de mi cuerpo como mu ndos aislados, separados unos de otros por espacios enormes. Verías mundos girando unos en torno a otros. Verías "soles" que serían en realidad las moléculas de ciertos centros psíquicos. ¡Verías un "universo"! Mi cerebro estallaba. Hubiera jurado que la "maquinaria" que está sobre mis cejas se estremecía convulsivame n te b a j o e l e s fu e rz o q u e m e v e í a o b l i ga d o a h a c e r p a ra alcanzar tan extraño, tan excitante conocimiento. Mi Ma es tro , el L a ma Mi ngyar Do ndup , se inc li nó ha ci a mí y, suavemente, me hizo alzar la cabeza. —¡Lobsang! — murmuró riendo —. Tus ojos se están extraviando en un esfuerzo por seguirme. — Se sentó, inclinándose hacia atrás, riendo, concediéndome unos instante s pa ra que m e recup e ra ra u n poco de mi tu rbac ió n . De spués me dijo —: Mira el tejido de tu manto. ¡Pálpalo!

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LOBSANG RAMPA Así lo hice y me sentí como un estúpido al tener con-

ciencia de mis viejas y andrajosas vestiduras. Dijo entonces el Lama: Es tela. Suave al tacto. No es posible ver a t r a v é s d e e l l a . P e ro i ma g i n a q u e l a v e s a t ra v é s d e u n c ri s t a l d e a u m e n t o q u e l a m u e s t ra d i e z v e c e s m a y o r d e l o q u e tu s o j o s te d ice n . Pi en sa e n l as heb ra s d e la la na de y ak e ima gina q u e v e s c a d a h e b r a a u m e n t a d a d i e z v e c e s . Sin duda alguna, verías la luz entre las hebras. Pero multiplica abarcarlas! Ante esas explicaciones, empezaba a comprender el sentido de sus palabras. Asentí pensativo, mientras el Lama proseguía: ¡Como si fueras una mujer vieja y decrépita! —¡Señor! — respondí al fin —. En ese caso, la vida entera no es más que una gran extensión de espacio acribillado de mundos. La cosa no es tan "sencilla" — respondió — , pero p o n te c ó m o d o y te c o m u n i c a r é a l gu no s d e l os c o n o c i m i e nt o s q u e h e m o s p o d i d o d e s c u b r i r e n l a C a v e r n a d e l o s A n tepasados. —¡La Caverna de los Antepasados! — exclamé lleno d e a v i d e z y c u r i o s i d a d — . ¡ V a s a h a b l a rm e a c e r c a d e e s a s cosas y de la Expedición! ¡Sí! pero, Homb r e ¡Sí! en y de — la murmuró Vida, tal —. como Pienso los hacerlo; los pri me r lu ga r , e s p rec iso que h ab le mo s d e l concebían sus dimensiones por un millón y podrás c a b a l g a r s o b r e e l l a s , ¡a no ser que su inmensidad te impida

A n te p a s a d o s e n l a é p o c a de la Atlántida. Y o se n tí a de n tr o d e m i esp í ri t u e l m ayo r int e ré s po r la Caverna de los Antepasados, descubierta por una expedic i ó n d e g ra nd e s l a m a s , y q u e c o ns ti tu í a u n d e p ó s i to fa b u loso de ciencia y de máquinas procedentes de una época en q u e l a Ti e r r a e r a t o d a v í a j o v e n . C o m o c o n o c í a a m i m a e s tro, comprendía que era inútil abrigar la esperanza de qu e m e r e l a t a r a e s a h i s to ri a h a s t a q u e é l l o c o n s i d e ra ra o p o r tuno, y ese momento no parecía haber llegado todavía. Las estrellas brillaban sobre nosotros en todo su esplendor, le-

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veme nte mitigado po r e l aire ex traño y pu ro de l Ti bet. La s l uce s iba n apag á ndose u na otra s o tra en los Te mplo s y en l as La mas e rí as. El ai re no cturno tra nspo rtaba , d esde la lejanía, el gemido lastimero de un perro y los ladridos con qu e le respo nd ía n los p e rros de la a ldea de "Sho ", si tuada sobre nosotros. La noche estaba serena, incluso plácida, y ninguna nube oscurecía el rostro recién aparecido de la luna. Las cintas de oraciones pendían, lacias e inanimadas, de sus mástiles. Hasta nosotros llegaba el débil repiqueteo de u n Mo l i n o d e P l e g a ri a s a l q u e a l g ú n m o n j e p i a d o s o , d o m i n a d o p o r l a s u p e rs ti c i ó n e i n c a p a z d e t e n e r c o nc i e n c i a d e la Realidad, hacía girar, con la esperanza inútil de conseguir los favores de los Dioses. Escuchando aquel ruido, el Lama, mi Maestro, dijo sonriendo: — C a d a c u a l a c tú a d e a c u e rd o c o n s u s c re e nc i a s y c o n sus necesidades. Las galas de las ceremonias religiosas sirven a muchos de consuelo y nosotros no debemos condenar a aquellos que todavía no han sido capaces de recorrer un trecho suficiente del Camino o que no pueden sostenerse en pie sin muletas. Lobsang, quiero hablarte ahora de la naturaleza del Hombre. Yo me sentía muy cerca de "aquel" hombre, el único que había mostrado, en muchas ocasiones, consideración y amor hacia mí. Le escuché atentamente con el deseo de no d e f ra u d a r l a f e q u e e n m í t e ní a . D e b o d e c i r , s i n e mb a rg o , q u e a s í fu e a l p r i n c i p i o , p e ro e n s e gu i d a m e d i c u e n ta d e qu e e l te ma e ra fas ci na nte , y e nto nce s l e e scuc hé co n un a avidez realmente irreprimible. —La totalidad del mundo está constituida por una masa de vibraciones. Toda la vida y todo lo inanimado tiene su origen en esas vibraciones. Hasta los poderosos Himalayas — dijo el Lama — son solamente un conjunto de partículas aisladas en el espacio que no pueden llegar a tocarse unas a otras. El mu ndo, el Universo, está compuesto por esas diminutas partículas en torno a las cuales dan vueltas sin cesar otras partículas semejantes. Todo cuanto existe está compuesto de torbellinos de mundos que giran

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u nos e n to rno a o tros , de la m ism a ma ne ra qu e el sol e stá c i rcu nd ad o de m undo s qu e , s ie m p re a l a m is ma d is ta nci a, sin llegar a tocarse nunca, giran alrededor de él. Se interrumpió y me miró, tal vez preguntándose si comprendía sus explicaciones, que yo seguía fácilmente. —Los esp í ri tus que n oso tros, l os v ide nte s, v emo s en e l templo — prosiguió — son personas, personas vivas, que han abandonado este mundo, pasando a un estado en el que sus moléculas se mantienen tan ampliamente separadas que el "espíritu" puede atravesar el muro más compacto sin rozar una sola molécula de las que componen la materia. Honorable maestro — pregunté yo entonces — , ¿ p o r qué, cuando un "espíritu" pasa junto a nosotros r o z á n d o nos, nos sentimos desasosegados? —C ada mo lé cul a , c ada pa rtícu la de es te sis t ema "sol a r y planetario" está cargada de electricidad, de una electricid a d d i s ti nt a a l a q u e e l H o mb re e s c a p a z d e p ro d u c i r c o n su s má qui na s , de u na el ec tric idad más su til . Es l a e lec tric i d a d q u e , a l gu n a s n o c h e s , p o d e m o s o b s e r v a r e n e l c i e l o . D e l a m i s ma m a ne ra q u e l a Ti e r ra t i e n e l a s L u c e s S e p te ntrionales o Auroras Boreales, temblando en los Polos, la meno r p a rtí cula d e ma te ri a ti e ne su s "Lu ces Sep t entrio nales". Si un espíritu se acerca demasiado a nosotros, produce un leve temblor en nuestra aura psíquica y ésa es la causa de que sintamos ese desasosiego. Nos envolvía la noche silenciosa, cuya calma no era turbada por la menor ráfaga de viento. Solamente en países como el Tibet existe esta clase de silencio. Entonces, el aura psíquica que podemos ver e n o c a siones, ¿es una carga eléctrica? — le pregunté. Sí — respondió mi Maestro, el Lama Mingyar D o n dup —. Fuera del Tibet, en otros países

d o n d e l o s c a b l e s eléctricos de alto voltaje llenan todas sus regiones, los especialistas de la industria eléctrica han podido observar y rec o no c e r l a e x i s te n c i a d e u n "h a lo luminoso". Como consecuencia de este "halo luminoso", l o s c a b l e s p a re c e n e s ta r circundados por un anillo o aura de luz azulada. En la os-

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c u ri d a d , e n l a s no c h e s hú me d a s , s e p u e d e d i s t i n gu i r c on mayor claridad, pero, naturalmente, aquellos que tienen la facultad de verlo saben que está allí noche y día. Me miró con aire reflexivo. —Cuando vayas a Chungking para estudiar medicina, podrás utilizar un aparato detector de las ondas eléctricas del cerebro. Toda la Vida, todo cuando existe está compuesto de electricidad y vibraciones. —¡Me siento perplejo! — le respondí —, porque ¿cómo puede ser la Vida vibración y electricidad? Soy capaz de co mp re nde r uno de e s tos concep to s , pe ro m e e s impo sibl e comprender los dos. —¡Pero mi querido Lobsang! — replicó el Lama riendo —. ¡No puede haber electricidad sin vibración, sin movimiento! Puesto que es el "movimiento" el que genera la electricidad, ambos están íntimamente vinculados. — Obs e rvó m i g es to d e pe rp le j id ad y , g ra ci as a su p o de r t el ep á tico, pudo leer mis pensamientos —. ¡No — dijo —, "no podrá generarla cualquier" vibración! Vas a permitirme que te exponga las cosas de la siguiente forma: Imagínate un te cl ado rea lmente g i ga n tes co que se ex tie nda has t a e l i nfi ni to . La vib rac ió n qu e nosotros con sid e ramo s como sól ida estará representada por una de las notas de ese teclado. La siguiente podría representar el sonido y la siguiente a ésta la visión. Las demás notas indicarían los sentimientos, los sentidos, los designios que no podremos comprender mientras permanezcamos sobre la tierra. Un perro tiene la capacidad de escuchar notas más altas que los seres humanos y un ser humano puede escuchar notas más bajas que un perro. Cabe la posibilidad de hablar a u n perro en u n tono tan alto que él oye perfectamente, pero que los seres humanos no pueden oír. De idéntica manera, los seres del llamado Mundo Espiritual pueden comunicarse con los que todavía están en esta Tierra, si los terrícolas poseen el don especial de la "clariaudición. El Lama hizo una breve pausa y sonrió lentamente. — Te e s toy p riv a ndo d e tu s u e ño , L ob s a n g , p e ro pod rá s descansar por la mañana. — Señaló las estrellas que brilla-

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ba n in tensam ente e n med io de l a i re li mpio de la noc he — . Desde que tuve la oportu nidad de visitar la Caverna de los Antepasados y de probar los maravillosos instrumentos que se han mantenido allí, intactos, desde la época de la Atlánt i d a , me c o mp l a zc o a v e c e s e n d e j a r v o l a r m i i m a g i na c i ón con ciertas ironías. Imagino que existen dos criaturas inteligentes, pero aún más pequeñas que el más pequeño de los i n fu s o r i o s . N o i m p o r ta l a fo rm a q u e te n g a n. B a s ta c o n s u poner que poseen inteligencia e instrumentos insuperables. Imagínalas erguidas sobre un espacio abierto de su propio u ni ve rso i nfi n ite si ma l , ¡ lo mis mo qu e noso tros en es te momento! "¡Ah, qué hermosa noche!", exclamó Ay, contemp la ndo e l c ie lo a nsio same nte. " Sí ", respo ndi ó Be h, "nos incita a interrogarnos sobre el sentido de la Vida, sobre lo qu e somos y ha ci a dó nde v amo s ". A y, re fl ex ivo , se gu ía contemplando las estrellas que atravesaban el cielo en una r o nda i nte r minab le . " Lo s mu ndos i n f in i tos . Mi l lo n es , b il lo nes de mundos. Siento curiosidad por saber cuántos podrán estar habitados." "¡Qué tontería! ¡Tus pensamientos son sacrílegos y ridículos!", farfulló Beh. "Sabes perfectamente que solamente existe vida en nuestro mundo. ¿Acaso no nos h a n d ic ho los s ace rdo t es qu e es t amos h ech os a I ma ge n d e Dios? Entonces, ¿cómo puede existir otra vida a no ser que s e a e x a c t a m e n t e i g u a l a l a n u e s t ra ? N o , e s i mp o s i b l e . ¡ Es tás perdiendo la razón!" Ay, malhumorado, mientras se alejaba, murmuró como hablando consigo mismo: "¡Pueden estar equivocados!, ¿sabes? ¡Pueden estar equivocados!" El Lama Mingyar Dondup me sonrió y añadió: —Tengo una segunda parte de esta historia. Escúchala: —En algún laboratorio remoto, fruto de una ciencia que nosotros no hemos podido ni soñar, dotado de unos microscopios de un poder increíble, hay dos científicos. Uno de ellos está sentado ante su mesa de trabajo; con los ojos p e ga d o s a u n su p e rm ic ro s c o p io , o b se rv a a te nt a m e n te . S e sob resa l ta de p ro nto y , con g ra n e s trép i to e mpu ja su si lla sobre el piso encerado. "¡Mira, Chan!", grita llamando a su Ayudante. "¡Ven y mira esto!" Chan se levanta de un

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salto y acude rápidamente al lado de su excitado Jefe, sentándose ante el microscopio. "Tengo la millonésima parte de un gramo de sulfuro de plomo en la platina", dice el j e fe . " O b sé r va lo . " C ha n se adap t a los co n tr o les y l a nz a u n silbido de admiración. "¡Ah!", exclama. "Es lo mismo que contemplar el universo a través de un telescopio. ¡Un sol resplandeciente! ¡órbitas de planetas...!" El Jefe habla pensativo. "Me gustaría saber si podremos conseguir los a u m e n to s n e c e s a r i o s p a ra a l c a n z a r a v e r u n m u nd o d e i n dividuos. ¡Me pregunto si «ahí» habrá «vida»!" "¡Tonterías!", dice Chan bruscamente. "No cabe duda de que «ahí» no hay vida consciente. No «puede haberla». Los s a c e rd o te s n o s ha n d i c ho q u e n o s o t ro s e s ta mo s h e c h o s a imagen de Dios. ¿Cómo, entonces, puede existir «ahí» Vida inteligente?" Las estrellas recorrían sus órbitas infinitas, eternas, sob re n o s o t ro s . E l L a m a Mi ngy a r D o nd u p , s o n r ie nd o , b u s c ó e n t re su s ve s tidu ra s y s acó una ca ja d e c e ril l as , u n au té nt i c o te s o ro q ue h a b í a s i d o tr a í d o d e l a I n d i a l e j a na . P a rs i moniosamente, extrajo una cerilla y la sostuvo entre sus dedos. —¡Voy a mostrarte la Creación, Lobsang! — dijo jovialmente. Después frotó la cerilla sobre la parte de la caja destinada al afecto y me la mostró, convertida en una llamarada, entrando en la vida llena de fulgores. Entonces sopló sobre ella y la apagó. —Creación y disolución — dijo —. La cerilla encendida emite millares de partículas que estallan y se alejan unas de otras. Cada una de ellas es un mundo aislado y la to ta l idad de eso s mundo s cons ti tu ye el Uni ve rso . Y e l U ni verso muere cuando la llama se extingue. ¿Puedes acaso asegurarme que en esos mundos la vida no existe? — Le mi ré va ci la n te, s i n sabe r qu é respo nde rle —. S i esos mund o s e x i s t i e ra n, L o b s a ng , y h u b i e s e v i d a e n e l l o s , p a ra e s a Vida, l a du ración de e sos mu ndos hab ría s ido d e millo nes de años. ¿Somos "nosotros" solamente una cerilla que prende de pronto? ¿Estamos aquí viviendo con nuestras alegrías

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y nuestras tristezas — ¡sobre todo, tristezas! — imaginando que este mundo no terminará nunca? Reflexiona todo cuanto te he dicho y mañana seguiremos hablando. Se puso e n p ie y a le jó de mi l ado . Al a traves a r la te rraza, tropecé y tuve que buscar a tientas la parte alta de la escalera que conducía abajo. Nuestras escaleras son distintas a las que se utilizan en el mundo occidental, ya que están hechas con un tronco en el que se han practicado dive rs a s ra nu ras . P o r fi n en co n t ré l a p ri m er a ra nu ra , la se gunda y la tercera. Después, mi pie resbaló porque alguien h ab ía d e r ra mado l a g r asa de u n a l ámpa r a. C a í ju n to a un mo n tó n d e c os a s , v i e n d o má s "e s t re l l a s " d e l a s q u e ha b í a en el cielo, provocando con ello las protestas de los monjes que ya dormían. Una mano, surgiendo de la oscu ridad, me a ses tó u n pu ñe tazo que hi zo qu e m is o ídos se ll en a ra n de repiques de campanas. Me levanté con presteza, alejándome e n bu sc a d e refu gio e n la os cu ridad p ro tec to ra . Co n e l mayo r c u i d a d o , bu s q u é u n l u ga r d o nd e p o d e r d o rm i r, m e e n volví en mi manto y me abandoné a la inconsciencia del sueño. Nada me molestaba ni interrumpía mi reposo. Ni el rumor de los pasos apresurados, ni el ruido de las trompas, ni el sonido de las campanas de plata. La mañana estaba ya bastante avanzada, cuando fui despertado por alguien que, con gran entusiasmo, me asestaba un puntapié tras otro. Medio dormido todavía, pude ver la cara de un tosco "chela".1 "¡Despierta! ¡Despierta! ¡Por la Daga Sagrada, eres un perro perezoso!" Me dio o t r a p a ta d a c o n fu e r z a . Y o c o g í s u p i e c o n g r a n ra p i d e z y se lo retorcí. Cayó al suelo y sus huesos crujieron, mientras gritaba: "¡El Superior! ¡El Superior! ¡Desea verte, estúpido!" Asestándole otro puntapié para desquitarme de los muchos que él me había propinado a mí, me ajusté el m an to y m e ap re su ré . "¡ S in co me r n ada ! ¡S i n d es ayu na r! ", murmuré. "¿Por qu é me mandan llamar precisamente en el momento de la comida?" Recorrí rápidamente los interminables corredores, torciendo veloz las esquinas y estuve casi a punto de provocar un ataque cardíaco a algunos monjes
1. Discípulo bajo la dirección de un "guru", o maestro. (N. del T.)

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co n los qu e me c ru c é , p e ro co ns egu í l le gar a l a habi tac ió n d e l Su p e ri o r e n m u y p o c o ti e m p o . L l e no de p re c i p i ta c i ó n , entré, me arrodillé ante él y le hice los saludos de rigor. El Superior estaba leyendo cuidadosamente mi expediente cuando, de pronto, escuché su risa a duras penas contenida. ¡Bien! — dijo —. Un joven salvaje que se cae de l a s rocas, engrasa la base de los zancos y produce más conmoc i o n e s q u e l o s d e m á s d i s c í p u l o s . — S e i n t e r r u m p i ó y me miró severamente —. Pero has estudiado bien, extraordinar i a m e n t e b i e n . T u s d o t e s m e t a f í s i c a s s o n t a n e l e v a d a s y estás tan avanzado en las enseñanzas, que voy a hacer que recibas, especial e individualmente, la instrucción del Gran Lama Mingyar Dondup. Ello presupone la concesión de una oportunidad sin precedentes, gracias a las órdenes expresas del Gran Santo. Preséntate ahora a tu Maestro, el Lama. Me despidió con un gesto de su mano y volvió a enf r a s c a rs e e n s u s p a p e l e s . Me s e n tí a l i v i a d o a l p e ns a r q u e n i n gu n o d e m i s i n nu m e ra b l e s "p e c a d o s " h a b í a s i d o d e s c u bierto y me apresuré de nuevo. Mi Maestro, el Lama Ming ya r D o nd u p , m e e s t a b a e s p e ra nd o . C u a n d o e n t ré , m e o b servó atentamente. ¿Has desayunado ya? — me preguntó. No, señor — respondí —. El Superior me o r d e n ó q u e c o m p a re c i e r a a n t e é l , c u a n d o a ú n e s t a b a d u rm i e n d o . ¡Tengo hambre! El sonrió y me dijo: ¡Ah!, creo que tienes un aspecto lamentable, c o m o si estuvieras enfermo y cansado. Vete a desayunar y vuelve luego. No fue p rec iso que insis tie ra. Es taba hambri e n to y eso me resultaba muy molesto. Poco podía sospechar yo entonces, a pesar de que ya me lo habían advertido, qu e el hambre me perseguiría implacablemente durante muchos años. Me repuse con un abundante desayuno, sintiendo mi espíritu más limpio ante la perspectiva de un trabajo difícil, y regresé nu evamente con el Lama Mingyar Dondup. Cu ando entré, él se puso en pie.

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LOBSANG RAMPA —Ven — me dijo —. Vamos a pasar una semana en el

Potala. Le s egu í has ta e l ve s tíbu lo y s al imo s a un l u ga r donde un monje sirviente nos estaba esperando con dos caballos. O b s e rv é , c o n a i r e l ú gu b re , l a b e s t i a q u e m e ha b í a t o c a d o e n s u e r te . El c a b a l l o p a re c i ó o b s e rv a rm e c o n u n a i re a ú n más lú gub re , s egú n todo s los i nd ic ios , p ens ando de mí cos as peo res q ue la s qu e yo hab ía p en sado d e él . Mo n té con el presentimiento de que mi fin era inminente. Los caballos eran unas criaturas horribles, inseguras, temperamentales y sin control. Montar era la más difícil de las habilidades para mí. Trotando sin prisas, descendimos por el sendero agreste que parte de Chakpori. Después de atravesar el camino de Ma ni Lak ha ng , de jamo s e l Pa rgo Kal i ng a nues tra d e recha y alcanzamos, muy pronto, el pueblo de Shó, donde mi Ma es tro d ec idió ha ce r u na bre ve p a rada . De spués as ce ndi mos con dificultad por los ásperos escalones del Potala. Subir esos escalones a caballo constituye una penosa experienc i a . ¡ M i ma y o r p re o c u p a c i ó n e ra e v i t a r u na c a í d a ! Un a i n cesante multitud de monjes, lamas y visitantes subía y bajaba por la Escalera. Algunos se detenían para poder admirar e l pa is aj e . O t ros , que hab ían co nse gu ido s e r rec ib idos po r el D alai Lama en persona, meditaban tan sólo sobre esa ent r e v i s t a . A l f i n a l d e l a Es c a l e r a , n o s d e tu v i m o s y y o , a g ra de cid o p e ro s in l a me no r g ra ci a , m e b aj é d e l caba l lo . ¡Y e l caballo , pob recillo , la nzó u n re li nc ho de dis gus to y me volvió la grupa! Seguimos ascendiendo, escalón tras escalón, hasta alcanzar el elevado lugar del Potala donde el Lama Mingyar Dondup tenía, permanentemente, unas habitaciones reservadas cerca del Salón de las Ciencias. El Salón de las Ciencias estaba lleno de aparatos extraños procedentes de todos los países del mundo, pero los aparatos más extraños eran precisamente los que procedían del más remoto pasado. Por fin, alcanzamos nuestro pu nto de destino y, por algún tiempo, tomé posesión de la que entonces iba a ser mi habitación.

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D e sde m i ve n ta na , s i tu ad a en la s al tu ras de l Po ta la solamente un piso más abajo que el que ocupaba el Dalai Lama, podía contemplar la ciudad de Lhasa sobre el Valle. E n l a l e j a n í a a p a re c í a l a G ra n C a t e d ra l ( Jo Ka n g) c o n s us techos dorados y resplandecientes. El Camino Circular o Lingkor se estrechaba a lo lejos, circundando completame n te l a c i u da d d e L ha s a . E r a re c o r ri d o p o r l o s p i a d o s o s peregrinos que llegaban allí para postrarse ante el altar del Co noc im ie nto Ocu l to más g ra nde de l mundo . Yo me se ntí a so rp rend ido ante la bue na sue r te de tene r u n ma estro ta n m a ra v i l l o s o c o m o e l L a m a Mi n g ya r D o n d u p . Si n é l , yo h u biera sido un chela vulgar, un simple discípulo viviendo en un oscuro dormitorio, en lugar de hallarme casi en el techo del mu ndo. De pronto, tan súbitamente que no pude evitar un grito de sorpresa, me sentí cogido por unos brazos vigorosos que me levantaron en el aire. Escuché una voz profunda que me decía: — ¡ N o e s t á m a l ! To d o l o q u e s e t e o c u r r e p e n s a r d e t u Maestro es que te ha traído a lo alto del Potala y que te permite comer esos repugnantes dulces amasados y traídos desde la India. Ante mis disculpas, se reía y yo estaba demasiado ciego, o tal vez me sentía demasiado desconcertado para comprender que él conocía mi pensamiento. Por fin, me dijo: —Estamos vinculados los dos. Nos conocimos muy b ie n en e l cu rso de u na vida a n te rio r. Tú pose es todos l os conocimientos acumulados en esa vida y sólo necesitas que te ayuden a recordarlos. Ahora vamos a trabajar. Ven a mi habitación. Me ajusté el manto y recogí y guardé nuevamente mi plato, qu e se me había caído mientras él me levantaba por l o s a i re s . D e s p u é s me a p re s u ré a i r a l a ha b i ta c i ó n d e m i Ma es tro . Él me invi tó a s enta rme y, cu ando me v io aco modado, me dijo: —¿Has reflexionado ya sobre el tema de la Vida, después de nuestra conversación de anoche? —Señor — respondí inclinando mi cabeza lleno de desaliento —. Sentía necesidad de dormir. Después, el Supe-

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rior me mandó llamar. Luego, me mandaste llamar tú. A continuación, fui a desayunar y, finalmente, volví de nuevo contigo. En todo el día, no he tenido tiempo para pensar en "nada". Más tarde hablaremos de los efectos de la a l i m e n t a c ión — me d i jo so n rie ndo —. Pe ro , e n p rime r l ug a r, va mos a resumir nuestras conclusiones acerca de la Vida. Guardó silencio unos instantes y cogió un libro escrito en algún idioma extranjero. Ahora sé que era inglés. Volvió sus páginas y, por fin, encontró lo que buscaba. Me entregó el libro, abierto en una página ilustrada. —¿Sabes lo que es esto? — me preguntó. Contemplé las imágenes y, considerándolas muy corrientes, intenté leer las palabras que había escritas debajo. Car e c í a n d e to d o s i g n i f i c a d o p a ra mí . L e d e v o l v í e l l i b ro y l e dije en tono de reproche: ¡El Honorable Lama sabe que soy incapaz de l e e r l o ! —Pero, ¿reconoces esas imágenes? — insistió. ¡Bueno, eso sí! Es tan sólo un Espíritu de la N a t u r a leza que no se diferencia en nada de los que hay aquí. A cada momento me sentía más sorprendido. ¿Qué es lo que pretendía con todo aquello? El Lama abrió el libro de nuevo y me dijo: —Más allá de los mares hay un país lejano donde se ha extingu ido la capacidad general para ver a los Espíritus de la Na tu raleza . S i a lg uie n c ree ve r u n esp í ri tu e s ob je to d e l a s b u rl a s d e l o s d e m á s e i n c l u s o e s a c u s a d o d e " te n e r alucinaciones". Los occidentales no creen en las cosas a no ser que puedan desmenuzarlas, o tocarlas con sus manos o encerrarlas en una jaula. Los occidentales llaman duendes o ha d a s a l o s E s p í ri tu s d e l a N a tu ra l e z a y , e n O c c i d e nte , nadie cree en los Cuentos de Hadas y de Duendes. S u s p a lab ra s m e caus a ron aso mb ro i nf i ni to . Yo e ra ca pa z e n todo momen to d e ve r a los Esp í ri tus , cosa que consideraba absolutamente natural. Sacudí mi cabeza como si quisiera disipar las tinieblas que la oscurecían. Como Mingyar te dije la pasada noche — exclamó Dondup —, toda la Vida no es más que un

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ráp ida s v ib raci ones de la mate ria que genera n c a rg as eléct r i c a s , p o r q u e l a e l e c t ri c i d a d e s l a V i d a d e l a M a t e r i a . D e la misma manera que la música tiene distintas octavas, imag i n a q u e e l h o m b re m e d i o d e l a c a l l e v i b ra e n u n a e s c a l a d e te rm i n a d a . E l l o q u i e re d e c i r q u e l o s E s p í r i tu s d e l a N a tu ra le za y l as A lm as vib ra rá n en un a e sca la má s e le vada . Pero como el Hombre Medio vive, y piensa, y cree en una octava solamente, ¡los seres que vibran en las otras escalas resultan invisibles para él! Yo palpaba mi manto reflexionando cuanto me decía. Y todo aquello carecía para mí de sentido. Yo tenía la facu l tad d e ve r l as A lm as y los Esp í r i tu s de l a N a tu r al ez a y de este hecho deducía qu e "todas" las personas podían verlas lo mismo que yo. Tú puedes — ver me el aura psíquica el de los seres mi h u m a nos respondió Lama, leyendo

p e ns a m i e n to — . P e ro l a ma yo r p a r t e d e l o s s e re s hu m a n o s no p u e d e n . Tú ves los espíritus de la naturaleza y las almas. Pero tampoco p u e d e n v e r l o s l a m a y o r p a r t e d e l o s s e r e s humanos. los niños Los niños las pequeños también ven de la esas vida cosas van En porque su juventud les hace más receptivos. Pero cuando crecen, la preocupaciones de sus disminuyendo agudeza p e rc e p c i o n e s .

O c c i d e n te , l o s n i ño s q u e c u e nt a n a su s p ad res qu e han e s tado ju ga ndo co n lo s E sp í ri tu s , que han tenido a los Espíritus como Compañeros de Juego, son c as ti gado s po r men ti roso s o s e co nv ie rte n e n e l bl anco de l a s b u r l a s d e los demás, que les atribuyen una "imaginación demasiado viva". Y el niño queda resentido ante el trato que le dan l o s m a y o r e s y , c o n e l t i e m p o , ¡ t e r m i n a convenciéndose a sí mismo de que todo fue fruto de su imaginación! Gracias a las enseñanzas especiales que has recibido, tú puedes ver a los espíritus de la naturaleza y a las a l m a s . Y p o d r á s s e g u i r v i é n d o l o s s i e m p r e , l o m i s m o q u e siempre podrás ver el aura psíquica de los humanos. Entonces — le pregunté —, los espíritus de la n a t u raleza que cuidan de las flores, ¿son idénticos a nosotros? Sí — replicó —, son idénticos a nosotros, aunque c o n la pequeña diferencia de que vibran con mayor rapidez que

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nosotros y de que las partículas de materia que los compo ne n e s tá n má s se pa rad as . Ésa es la razón de que te sea posible pasar tu mano a través de ellos de la misma manera que puedes pasarla a través de un rayo de sol. —¿Has "tocado"... quiero decir, has "cogido" alguna vez un espíritu? — le pregunté. —Sí, lo he hecho — me respondió —. Es posible hacerlo si podemos incrementar el ritmo de nuestras propias vibraciones. Voy a explicártelo. Mi Maestro hizo sonar la campanilla de plata que le h a b í a re g a l a d o e l Su p e r i o r d e u n a d e l a s má s n o ta b l e s l a maserías del Tibet. El monje sirviente, que nos conocía bien, no nos trajo "tsampa", sino té de la India y esos panecillos dulces traídos expresamente para el Sagrado Dalai Lama, atravesando las altas cadenas montañosas, y que yo, un pobre "chela", saboreé encantado. "Una merecida recompensa por haberte esforzado tanto en tus estudios", como el Dalai Lama solía decir muy a menudo. El Lama Mi ng ya r Do ndup hab ía reco rri do e l mu ndo e nte ro ta nto e n e l p la no fís ico c omo en e l as tral . Su p red il ec ció n po r e l té de la India constituía una de sus pocas debilidades. ¡Y era ésta una debilidad que yo compartía de buena gana! Nos s e n ta mo s l o s d o s c ó m o d a m e n te y , c u a n d o t e rm i n é m i s p a necillos, mi Maestro me dijo: —Hace ya muchos años, cuando yo era joven, solía e scap a rme de l Po ta la , ¡lo m is mo que tú acos tu mb ras a ha c e r a ho ra ! Un a d e e s a s v e c e s , c u a nd o l l e ga b a re t ra s a d o a los Servicios Religiosos, con verdadero horror vi que un co rp u l e n to Su p e rio r m e c e r ra b a e l p a s o . ¡É l p a rec í a te ne r también mucha prisa! Era imposible evitar el encuentro. Cuando estaba pensando en las excusas que iba a darle, me tropecé con él. Él pareció estar tan preocupado como yo. S i n e mb a r g o , yo s e n tí a ta n to m i e d o q u e s e gu í c o rr i e nd o y conseguí no llegar tarde, bueno, no "demasiado" tarde. Yo reía imaginándome al digno Lama Mingyar Dondup intentando "escabullirse". Él sonrió y prosiguió su historia: —Poco después, aquella noche, reflexioné mucho. Me

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pregunté "por qué no podía tocar un espíritu". Cuando m á s p e ns a b a e n e l l o , má s d e c i d i d o me s e n t í a a " i n te n ta r" tocar uno. Hice mis planes cuidadosamente y leí cu anto dec í a n l o s E s c ri to s a n ti gu o s a c e rc a d e e s ta c u e s ti ó n . L l e gu é incluso a consultar a un hombre muy, muy culto que viv í a e n u na c u e v a s i t u a d a e n l o a l t o d e l a m o n ta ña . É l f u e e l q u e m e e x p l i c ó m u c h a s c o s a s y m e m o s t r ó e l c a m i n o adecuado. Y voy a contártelo todo porque está directamente re la cio nado co n tu p regunta ac e rca de la po sib i lidad de tocar un fantasma. Se sirvió otro sorbo de té y se lo bebió antes de continuar: —Como ya te he dicho, la Vida está compuesta por una masa de partículas, de pequ eños mu ndos que recorren sus órbitas alrededor de pequeños soles. El movimiento orig i na u na su s ta nc ia qu e, a f a l ta d e un t é rm i no m ás ade cu a do, llamaremos "electricidad". Si nos alimentamos racionalmente, podremos incrementar el ritmo de nuestras vibraciones. Una dieta eficaz, libre del lastre de las ideas nocivas, sirve para mejorar nuestro estado de salud, aumentando nuestro ritmo básico de vibraciones. Con ello nos acercamos al ritmo de vibración del Espíritu. Se i n te rrump ió y ence ndió un a va ril la f resc a de i nc ie nso. Al comprobar que ardía normalmente, pareció satisfecho y centró su atención sobre mí nuevamente. —El único objetivo del incienso es incrementar el ritmo de vibración del sector en que éste arde y el ritmo de v i b ra c i ó n d e l o s q u e s e ha l l a n e n e s te s e c t o r . M e d i a nt e l a u t il i zac ió n de l i n ci enso ad ecuado , ya que cad a c las e de incienso tiene una vibración determinada, podemos conseguir los resultados apetecidos. Durante una semana, me sometí a u n a r í g i d a d i e t a q u e m e a yu d ó a a u m e n t a r e l r i t m o o l a " f r e c u e nc i a " d e m i v i b r a c i ó n . Ta m b i é n e s a m i s ma s e m a na h i ce qu e e n m i h ab i tac ió n a rd ie ra con t i nu am en t e e l i nc ien so apropiado. Al finalizar ese período de tiempo, casi había conseguido "salir" de mí mismo. Sentía que, más que caminar, flotaba y, al mismo tiempo, experimentaba cierta dificultad en mantener mi doble astral dentro de mi cuerpo

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físico. — Me miró y añadió sonriendo —: "¡Tú nunca te hubieras sometido a una dieta tan rígida!" ("No — pensaba yo —. Yo hubiera preferido tocar una buena comida que tocar un buen espíritu".) —Al finalizar la semana — prosiguió el Lama, mi Maestro —, descendí hasta el Santuario Interior y quemé aún más incienso rogando para que un espíritu viniera a mí y me tocara. De pronto, sentí sobre mi hombro el calor de una mano de amigo. Al volverme para ver quién era el que turbaba mi meditación, sentí que mi cuerpo temblaba de asombro dentro de mi manto, porque me di cuenta de que me había tocado el espíritu de un hombre "muerto" hacía ya más de un año. El Lama Mingyar Dondup dejó de hablar de pronto y l a n z ó u n a ru i d o s a c a rc a j a da r e c o rd a n d o a q u e l l a e x p e ri e n cia vivida en un pasado ya remoto. —¡Lobsang! — dijo por fin —, el viejo Lama "muerto" se burló de mí, preguntándome cuál había sido la causa de mis inquietudes de entonces cuando, en realidad, para conseguir alcanzar los mismos objetivos me hubiera bastado co n i n troduc i rm e e n lo a s tral . R eco no zco que me se ntí p rofundamente humillado pensando que no se me había ocurri do una so lu c ió n ta n se nc il l a . E n la a c tua l idad , co mo tú sabes perfectamente, nos introducimos en lo astral para poder hablar con los espíritus y con todos los seres de la naturaleza. — N a tu ra l m e n te , hablaste con él por telepatía — o b s e rvé —, pero yo desconozco qué explicación se puede dar a l a t e l e p a t í a . S é q u e p u e d o h a c e r l o , p e r o ¿ "c ó m o " l o h a g o ? —¡Me planteas las cuestiones más difíciles, Lobsang! — dijo mi Maestro riéndose —. Las cosas más sencillas son las que se explican con mayor dificultad. Dime cómo pod r í a s e x p l i c a r e l s i m p l e p r o c e s o d e l a re s p i r a c i ó n . T ú r e s piras. Todos lo hacemos, pero ¿cómo explicar ese proceso? Asentí de mala gana. Yo sabía que me pasaba la vida haciendo preguntas, pero ésta era la única forma de poder comprender las cosas que desconocía. La mayor parte de los "chelas" estaban libres de tales preocupaciones y, mien-

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tras no les faltaba su alimento diario y poco trabajo que hacer, se sentían satisfechos. Pero yo deseaba algo más, aspiraba a "saber". —El cerebro — dijo el Lama — es como un aparato de radio, como el invento que utilizaba aquel hombre llamado Marconi para enviar mensajes sobre los océanos. El complejo de partículas y cargas eléctricas que componen un ser huma no es tá do tado de un i mpu lso el éc tri co , sem ej ante a l de la radio, mediante el cual el cerebro determina los actos e n c a d a m o m e n to . S i u n a p e r s o n a p i e n s a e n m o v e r u n ó r ga no , la s co rrie n te s el éc tri cas c i rcu la n a tra vés de lo s nervios correspondientes con el objeto de galvanizar los músculos para que lleven a cabo la acción deseada. Lo mismo sucede cuando una persona piensa: el cerebro — hoy sabemos que su origen está en la parte superior del espectro m a g n é t i c o — e m i te o nd a s e l é c t r i c a s y h e r t z i a na s . E x i s t e n instrumentos detectores de esas radiaciones que pueden incluso clasificarlas en lo que los científicos occidentales llaman rayos alpha, beta, delta y gamma. Asentí parsimoniosamente. Yo había oído hablar de ello a los médicos lamas. —Pues bien — prosiguió mi Maestro —, las personas sensibles son capaces de captar esas radiaciones y de comp re nde rla s tamb ié n. Yo leo tus pe nsa mi entos y, s i tú lo i n te n ta s , pod rás l ee r los míos . Cu a n to m ayo r e s l a s impa tía y la armonía existente entre dos personas, más fácil es para cada una de ellas leer los pensamientos de la otra, porque los pensamientos son tan sólo radiaciones cerebrales. De esa forma, conseguimos la telepatía. Los hermanos mellizos e s tá n a me nud o comp le t ame n te co mu n ic ad o s e n t re sí tel epá tic ame n te . Los he rma nos ge melo s , e n qu e e l c e reb ro d e cada uno de ellos constituye una réplica exacta del cerebro del otro, están tan vinculados entre sí telepáticamente que muy a menudo es difícil determinar cuál de los dos es el que ha sido la causa de cada pensamiento. —Respetado Maestro — le dije —, como tú sabes, soy capaz de leer la mayoría de las mentes. ¿Cuál es la razón

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de ese poder? ¿Es acaso un poder concedido a mu chas personas? —Lobsang — respondió mi Maestro — tú estás especialmente dotado y has sido adiestrado para poder hacerlo. Tu s p o d e re s h a n s i d o fo m e nt a d o s p o r to d os l o s m é to d o s a nuestro alcance, porque tienes asignada una misión difícil qu e te nd rá s qu e cu mp l i r e n e l f u tu ro . — I n c li nó su c ab ez a s o l e mn e m e n te — . Se t ra ta d e u na ta re a r e a l m e n te a rd u a . E n l o s t i e m p o s a n ti gu o s , Lo b s a n g , l a H u m a ni d a d te ní a e l poder de comunicarse telepáticamente con el mundo animal. En el fu turo, cuando la Humanidad comprenda que la guerra es una locura, ese poder será recuperado. Entonces el Hombre y el Animal caminarán en paz, juntos de nuevo, sin sentir el deseo de dañarse uno a otro. Un gong resonó varias veces debajo de nosotros. Después escuchamos el toque de trompas y el Lama Mingyar se puso en pie rápidamente y me dijo: —Debemos apresurarnos, Lobsang. Los Servicios del Templo están empezando y el Sagrado Dalai Lama en persona estará allí. Yo también me levanté inmediatamente, me ajusté el man to y se gu í p resu roso a mi Maes tro , qu e se a le jaba por e l co rredo r a toda p risa , h asta ta l pu n to que c as i ya h abía desaparecido.

CAPÍTULO II

1 F.1 Gran Templo parecía estar vivo. Desde mi lu gar privilegiado, en la parte más alta del edificio, podía m i r a r hacia abajo y contemplarlo en toda su extensión. A primera h o r a d e l a m a ñ a n a , m i M a e s t r o , e l L a m a M i n g y a r y y o lo habíamos visitado en una misión e s p e c i a l . E n a q u e l l o s momentos, el Lama estaba encerrado con un alto dignatario y y o — l i b re p a ra v a g a b u n d e a r — h a b í a d e s c u bi e r to a q u e l lugar de observación de los sacerdotes, entre las poderosas vigas que soportaban el peso del techo. Deambulando por el corredor que conducía a la terraza, descubrí la puerta y me h a b í a a t r e v i d o a e m p u j a r l a y a a b r i r l a . C o m o n o e s c u c h é ni ngú n g ri to de p ro tes ta de spués d e hac e rlo , d ec idí ec ha r u na mirada al interior. No había nadie. Por eso, entré. Era una pequeña habitación de roca, una especie de celda construida en la piedra de los mu ros del Templo. D etrás de mí, estaba la pequeña puerta de madera; a ambos lados, muros d e p i e d r a y , a n t e m í , u n a n a q u e l t a m b i é n d e p i e d r a , d e unos tres pies de altura. A vancé silenciosamente y me arrodillé de tal forma que solamente mi cabeza sobresalía del anaquel. Al contemplar la sombría oscu ridad del Templo allá abajo, me sentí como un Dios contemplando desde los Cielos a los viles mortales. Fuera del Templo, el crepúscuo de púrpura se trocaba poco a p o c o e n o s c u r i d a d . Lo s ra y o s p o s t re ro s d e l s o l p o n i e n t e iban disipándose detrás de las montañas nevadas, lanzando iridiscentes ráfagas de luz sobre los perpetuos copos de nieve que caían desde los picachos más altos.

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gares, acentuándose en otros, gracias a centenares de vacilantes lámparas de grasa. Las lámparas brillaban como pu ntos de lu z do rad a , esp a rci e ndo su re spla ndo r e n to rno a sí mismas. Me parecía que las estrellas estaban debajo de m í e n l u ga r d e b ri l l a r s o b r e m i c a b e za . Un a s s o m b ra s f a n tásticas se deslizaban silenciosas entre las poderosas columnas . Somb ra s qu e e ra n a v ec es fi na s y ala rgad as y , o tra s , pe que ñas y como a ga zapad as , pe ro si emp re gro tesc as y ex trañas, como consecuencia de esa iluminación irregular que confiere apariencia sobrenatural a lo natural y convierte lo extraño en algo indescriptible. Al mirar hacia abajo, sentí la sensación de hallarme en un extraño plano astral donde se confundían los testimonios de mi vista y de mi imaginación. Sobre el suelo del Templo flotaban las nubes azules del incienso, elevándose sucesivamente y obligándome a imaginar, aú n con mayor fu erza, el trono de un Dios que contemplara, allá abajo, la Tierra rodeada de nubes. Las nubes de incienso ascendían en suaves y concretos torbellinos desde los incensarios que agitaban los "chelas", jóvenes y piadosos. En silencio y con el rostro impasible, recorrían el Templo en todas direcciones. Siguiendo sus idas y venidas, un millón de puntos luminosos brotaban de los incensarios dorados, lanzando brillantes t o r r e n t e s d e l u z . D e s d e m i p ri v i l e g i a d o p u e s t o d e o b s e r v a c ió n , podí a mira r ha ci a aba jo y co n temp lar e l ful go r ro jiz o del incienso, mecido por la brisa que, en algunos momentos, parecía estallar en llamaradas más intensas, agonizand o en lluvias centelleantes y purpúreas de ceniza. Corno revitalizado, el humo ascendía después en compactas col u m n a s a z u l e s a b ri e n d o s e nd e ro s d e n i e b l a e n to rn o a l o s "chelas". Proseguía su ascensión y formaba nubes cambiantes y nuevas en el interior del Templo. Se arremolinaba y g i ra b a , m e c i do p o r l a s s ú ti l e s c o rr i e n te s d e a i re q u e g e neraba el movimiento de los monjes. Y tenía una apariencia de ser viviente, de criatura apenas entrevista que respiraba y se agitaba en el sueño. Durante unos instantes, lo contemplaba todo como hipnotizado, con la sensación de ha-

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llarme dentro de un ser vivo, de cuyos órganos percibía las sacudidas y las oscilaciones, escu chando los latidos de su cuerpo y de su propia vida. A través de las tinieblas, a través de las nubes formadas por el humo del incienso, veía las apretadas filas de los lamas, de los ascetas y de los "chelas". Con las piernas cruz ada s , se ntados en e l su elo , s e a golp aba n e n hi le ras i nter m i n a b l e s h a s ta d e s a p a re c e r p o r c o m p l e to e n l a o s c u r i d a d de los últimos rincones del Templo. Con sus mantos, corresp o n d i e n te s a to d o s l o s ó rd e ne s , c o n s t i tu í a n u n a tú n i c a v i viente y ondulante bordada con los colores acostumbrados. Oro, azafrán, rojo, marrón y algunos puntos aislados de gris pálido. Todos los colores parecían estar vivos, mezclándose unos con otros de acuerdo con los movimientos que hacían los que los vestían. En la parte más avanzada del Templo, estaba sentado el Sagrado, el Profundo, la Décimot e r c e ra E n c a r n a c i ó n d e l D a l a i L a m a , l a P e r s o n a m á s v e n e rada del mundo budista. Durante unos instantes, lo observé todo, escuchando el cántico de los lamas a cuyas voces servía de contrapunto la voz aguda y joven de los "chelas". Vi que las nubes de inc ie nso v ib rab an al u ní so no co n o tr as v ib rac io nes m ás p ro fu ndas. Las luces palidecían a ratos en la oscu ridad, reanim á nd o s e l u e g o , y e l i n c i e ns o s e e x t i n g u í a y s u rg í a nu e v a mente trocándose en una lluvia de chispas rojizas. El servicio religioso seguía su curso y yo, allí arrodillado, lo contemplaba todo. Observaba la danza de las sombras qu e crecían y morían proyectadas sobre los muros y miraba los temblorosos puntos de luz hasta que casi perdía la conciencia del lugar donde me hallaba y de lo que allí estaba haciendo. Un lama anciano, encorvado por el peso de los años que sobrepasaban en mucho los límites normales de la edad de los hombres, se agitaba parsimoniosamente ante sus hermanos de Orden. En torno su yo, con varillas de incienso y l á m p a ra s p o r tá ti l e s , s e m o v í a n, a te n to s , l o s a s c e ta s . D e s pué s de i ncl i na rse an te el Pro fu ndo , vo lv ié ndos e co n l enti tud para hacer su saludo ritual a los Cuatro Rincones de la

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Tierra, se enfrentó con la multitud de los monjes congregados en el Templo. Con una voz sorprendentemente vigorosa en un hombre tan anciano, entonó el siguiente canto:

Escucha la Voz de nuestros Espíritus. Éste es el mundo de la Ilusión. L a v id a te rr en a e s sol ame n te un su eño [p arp ad eo. que, comp ar ado con l a V id a E tern a, no es más que un Escuchad la Voz de nuestros Espíritus, vosotros, todos los [que os sentís abandonados. Esta vida de Tinieblas y de Sufrimientos se terminará y la Gloria de la V id a E terna seguirá ilumin ando a los [justos.
—Que enciendan la primera mecha de incienso para que su luz pueda orientar a un Espíritu solitario. Un asceta avanzó unos pasos e hizo una reverencia ante e l Profundo. Después, lentamente, saludó también a los C u a t r o R i n c o n e s d e l a Ti e r r a . E n c e n d i ó u n a v a r i l l a d e i n cienso y, volviéndose de nuevo, la mostró a los Cuatro Rinco n e s . La s vo c e s p ro f u n d a s p ro r ru mp i e ro n o t ra ve z e n u n cántico, apagándose luego, junto con las voces agudas de los "chelas". Un gigantesco lama recitó algunos Pasajes, marc ándo los so lem ne me nte med ia nte el ta ñido d e u na C a mpana de Plata, con un vigor inusitado que, sin ningún género d e dudas, estaba determinado por la presencia del Profundo. Al quedar todo en silencio, miró atentamente en torno suyo para comprobar si su actuación había conseguido la aprobación de todos. El lama anciano se adelantó de nuevo y se inclinó ante e l P ro fu nd o y a nt e l a s E s ta c i o n e s . O t ro a s c e t a , d o mi na d o po r u na e no rme an s iedad , ca usad a si n dud a po r la p re se nc i a del Jefe del Estado y de la Religión, pidió a los allí reunidos que prestaran la mayor atención. El lama anciano entonó otro cántico.

Escucha la Voz de nuestros Espíritus. Éste es el mundo de la Ilusión.

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La Vida de la Tierra constituye una Prueba destinada a purificarnos de nuestras miserias y de nuestras desmesuradas ambiciones. Vosotros, todos los que dudáis, escuchad la Voz de vuestras almas. Muy pronto se desvanecerá el recuerdo de la Vida sobre la Tierra y, entonces, alcanzaremos la Paz y terminarán nuestros sufrimientos.
—Que enciendan la segunda varilla de incienso para que su luz pueda orientar a los Espíritus sumidos en la duda. Debajo de mí, el cántico de los monjes volvió a sonar de nuevo, extinguiéndose después, mientras el asceta encendía la segunda varilla y practicaba sus reverencias rituales ante el Profundo y en dirección a los Cuatro Rincones. Los mu ros del Templo parecían alentar y vibrar al unísono con l o s c á n ti c o s . E n t o r no a l l a m a a nc i a no , s e a g r u p a b a n l a s formas fantasmagóricas de los que habían abandonado esta vida, hacía poco tiempo, sin la debida preparación, viéndose por ello obligados a caminar errantes, solos y sin nadie que guiara sus pasos. Las sombras temblorosas se agitaban y se retorcían como almas en pena. Mi propia conciencia, lo mismo que mis percepciones e incluso mis sentimientos, fluctu aba entre dos mundos . En u no d e e l los , se guí a co n u na a te nc ió n extática los Servicios Religiosos que estaban celebrando a b a j o e n e l Te m p l o . En e l o tr o , c o n te m p l a b a "l o s m u nd o s tangenciales" donde las almas de los que habían muerto recientemente temblaban de temor ante el milagro de lo Desconocido. Espíritus aislados, dominados por la angustia, pe rd idos e n las tinieb la s, l lorab an de te rror y de so led ad. Separadas unas de otras, separadas de las demás como consecuencia de su escepticismo, se habían quedado paralizadas como un yak atrapado en una inmensa ciénaga. Y el cántico del lama anciano, su Invitación, llegaba hasta "los mundos tangenciales", cuya impenetrable oscuridad que-

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daba atenuada levemente por la azulada luz de los Espíritus de los muertos.

Escucha la Voz de nuestro Espíritu. Éste es el inundo de la Ilusión. De igual manera que el Hombre muere en la Gran Realidad [para poder nacer sobre la Tierra, el Hombre debe también morir sobre la Tierra para poder nacer nuevamente en la Gran Realidad. No existe la Muerte sino tan sólo el Nacimiento. Los dolores de la Muerte son los tormentos del AlumbraMiento.
Que se encienda la tercera varilla de incienso con el objeto de que pueda orientar a un alma atormentada. Una orden telepática alcanzó mi conciencia. ¿Dónde estás, Lobsang? ¡Ven inmediatamente! Haciendo un gran esfuerzo, conseguí regresar a "este" mundo. Mis pies estaban entumecidos. Me levanté vacilante y atravesé la puerta a toda prisa. Envié un mensaje mental a mi Maestro: "Ya voy, Respetado Señor". Pasé restregándome los ojos por el Templo lleno de calor y de humo y, después, me sentí refrescado con el aire nocturno y seguí caminando, subiendo hasta la habitación contigua a la puerta principal, donde mi Maestro me esperaba. Él sonrió al verme. ¡Pero, Lobsang! — exclamó —. ¡Parece que hayas visto un fantasma! —He visto varios, señor — le respondí. —Esta noche nos quedaremos aquí, Lobsang — dijo el Lama —. Y mañana iremos a consultar el Oráculo del Estado. La experiencia te resultará interesante. Pero ahora debemos comer primero y, después, dormir. Comí lleno de preocupación, pensando en lo que había visto en el Templo, preguntándome "por qué" era éste "el M u nd o d e l a I l u s i ó n " . Te r m i n é rá p i d a m e n te m i c e n a y me retiré a la habitación que me habían asignado. Me envolví

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en mi manto, me acosté y me dormí en seguida. Durante toda la noche, mi sueño estuvo plagado de pesadillas e impresiones extrañas. Soñé que estaba despierto, sentado y que llegaban hasta mí, como el polvo de una tormenta, grandes esferas de " a l go " d e s c o n o c i d o . A p a re c i e r o n a l o l e j o s c o m o p e q u e ña s manchas y fueron creciendo poco a poco hasta convertirse en globos de todos los colores. Cuando alcanzaron el tamaño de una cabeza humana, se acercaron, alejándose despu é s p re cip i tada me nte . E n m i su e ño — ¡si e s qu e fue rea lmente un sueño! — me resultaba imposible volver la cabeza para ver hacia dónde habían ido. Sólo veía esas esferas que nunca terminaban, que surgían de algún lugar desconocido y que cruzaban velozmente junto a mí, hacia... ¿alguna parte? Me sorprendió extraordinariamente que ninguna de aquellas esferas chocara con mi cuerpo. Tenían una apariencia sólida au nqu e, a mi juicio, carecían de sustancia. De pronto, de una forma tan horriblemente repentina que me desperté sobresaltado, escuché una voz que dijo a mis espaldas: —A cabas de ver l os mu ro s fi rm es y só lido s del Te mplo como los ven los Espíritus. Sentí un estremecimiento de terror. ¿Acaso estaba "mu e rto "? ¿Me hab ía muerto m ie ntras do rmía? Pero , ¿po r qué preocuparse ante la "muerte"? Yo sabía que lo que llamábamos muerte era tan sólo un renacimiento. Me acosté otra vez y el sueño se apoderó de mí nuevamente. E l m u n d o e n te r o te mb l a b a , c r u j í a y s e d e s p l o m a b a d o minado por la locura. Asustado, me incorporé creyendo que el Templo se estaba derrumbando. Era una noche lóbrega, i lu mi nad a t an só lo p o r e l bri l lo fa n tas ma l d e l as es t r el la s que lanzaban desde lo alto débiles simulacros de lu z. Miré f i j ame n te ant e m í y e l m iedo e r i zó m is c abe l lo s . Es tab a p a r a l i z a d o . Me re s u l t a b a i m p o s i b l e mo v e r u n s o l o d e d o y l o más terrible era que el mundo crecía vertiginosamente. Las suaves piedras de los muros adquirieron una apariencia tosca y se convirtieron en rocas porosas como las de los volcanes extinguidos. Se agigantaban los orificios de las pie-

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dras y pude darme cuenta de que estaban pobladas por criaturas de pesadilla, como las que había visto con el gran microscopio alemán del Lama Mingyar Dondup. El mundo seguía creciendo y aquellas horribles criatu ra s adqu iriero n un tamaño in menso , alcanzando po r fin tan vastas dimensiones que hasta podía distinguir "sus" poros. Y mientras el mundo crecía y crecía incesantemente, comprendía que, al mismo tiempo, yo disminuía y disminuía de tamaño. Me di cuenta de que se había desencadenado u na temp es tad d e a re na . D e t r ás d e m í ru gí a el v ie nto , s in embargo ni un solo grano de arena llegó a tocarme. Rápida me nte , tamb ié n la s a re nas e mpe za ro n a c re ce r. Al gu na s a lc an za ro n e l t a ma ño d e u na c ab e z a hu m a na , o t ra s las di mensiones del Himalaya. Pero ninguna me rozó siquiera. Y s i g u i e r o n c r e c i e n d o y c r e c i e n d o h a s t a q u e p e r d í e l s e n ti do de l tam año , has ta qu e perd í el s entido de l tie mpo . En sueños, me parecía flotar entre las estrellas, frío e inmóvil, mientras las galaxias pasaban a mi lado vertiginosamente y s e d e s v a n e c í a n a l o l e j o s . N u n c a s a b ré c u á n to t i e m p o pe rm a ne c í a s í . Me p a r e c í a t o d a u n a e t e r ni d a d . A l c a b o d e u n largo, muy largo, período de tiempo, una galaxia inmensa, un grupo infinito de Universos se precipitaron directamente contra mí. "¡Todo se ha terminado!", pensé caóticamente c o n f o r m e a q u e l l a m u l t i t u d d e m u n d o s s e m e i b a a c e r c a n do, preñados de amenazas. —"¡Lobsang! ¡Lobsang! ¿Te has marchado a las Praderas del Cielo?" La Voz sonaba retumbando por todo el U ni v e rs o , r e b o t a n d o d e m u n d o e n m u n d o . . . y m u l ti p l i c á n dos e e n eco s sob re lo s mu ros d e pi ed ra de mi c ua rto . Ab rí los ojos con dificultad e intenté abarcarlo todo en el campo de m i v is ión . Sob re m í hab ía u n en ja mb re de b ri l la ntes e strellas a las que creí reconocer. Y aquellas estrellas fueron desvaneciéndose poco a poco hasta ser sustituidas por completo por el rostro bondadoso del Lama Mingyar Dondup. Suavemente, me sacudía. La clara luz del sol iluminó mi habitación. En uno de sus rayos, el polvo flotaba tenuemente y se vestía con todos los colores del arco iris. —La mañana está muy avanzada, Lobsang. Te he per-

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mitido que durmieras, pero ahora es preciso que comas algo. Luego proseguiremos. M e l e v a n t é c o n d i f i c u l t a d . A q u e l l a m a ñ a n a , m e s e n tí a "fuera de mí". Me parecía que mi cabeza era desmesurad a m e n te g ra nd e e n c o m p a ra c i ó n c o n e l re s to d e l c u e rp o y mi mente seguía aún agitada con los "sueños" de la noche. Envolví en la parte delantera de mi manto mis exiguas propiedades y abandoné mi habitación, en busca de nuestro alimento básico, el "tsampa". Descendí la escalera, agarrándome al mástil con todas mis fu erzas para no caerme. Abajo, los monjes cocineros haraganeaban ociosos. He venido para que me deis algo de comida — d i j e con la mayor suavidad. ¿Comida? ¿A estas horas de la mañana? ¡Vete d e aquí! — vociferó el jefe de los cocineros. Me agarró, pero cuando iba a golpearme, otro de los monjes le susurró al oído: ¡Es el que está con el Lama Mingyar Dondup! El jefe de los cocineros dio un salto, lo mismo que si hubiera recibido el picotazo de un tábano, dirigiéndose después a su ayudante. ¡Bien! ¿Qué esperas? ¡Sirve su desayuno al señor! E n c i rc u ns ta n c i a s n o rm a l e s , hu b i e ra te n i d o u na c a n t i dad suficiente de cebada en mi bolsa de cu ero. "Todos" los m o n j e s l a l l e v a n s i e m p re c o n s i go , p e r o , c o m o é ra m o s v i s i tantes, todas mis reservas se habían agotado. Los monjes, independientemente de que fueran "chelas", ascetas o lamas, llevaban siempre la bolsa de cuero y la escudilla donde p o d e r c o m e r l a . La c o m i d a p r i n c i p a l d e l . Ti b e t e s t a b a c o m p u e s ta d e " ts a m p a " , té y m a n te c a . S i e n l a s l a m a s e rí a s t i betanas existieran menús impresos, figuraría solamente una palabra: "¡tsampa!". L ev eme nte reco n fo rtado d espué s de l a com ida , vo lv í de nuevo junto al Lama Mingyar Dondup y nos dirigimos a caballo hacia la lamasería del Oráculo del Estado. No hablamos durante todo el trayecto y mi caballo trotaba de una forma tan especial que necesitaba concentrar toda mi atención sobre él para no caerme. A nuestro paso por Lingkor

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Road , los pe reg ri nos , dá ndose cue nta de l al to g rado d e mi Maestro por sus vestiduras, le pedían que los bendijera. Cuando recibían su bendición, seguían su camino por el C i rcu i to Sag rado , co nv encidos d e qu e s e hal l aba n y a a mitad del camino de su salvación. Nuestros caballos nos llevar o n p ro n t o a t r a v é s d e l B o s q u e d e l o s S a u c e s y , d e s p u é s , s i g u i e r o n t ro t a n d o a l o l a r g o d e l c a m i n o d e r o c a s q u e c o n duc ía a l a Mans ión d el O rácu lo . Ya en el pa tio , los mo nj es s i rv ie n te s s e hi c ie ro n ca r go d e los animal es y yo , l le no d e satisfacción, pude poner mis pies sobre la tierra nuevamente. El lugar estaba abarrotado de gente. Para asistir al acto, los lamas más importantes habían acudido desde todos los rincones del país. El Oráculo iba a ponerse en comunicación con los Poderes que rigen el mundo. Por decisión especial del Profundo, siguiendo sus órdenes expresas, yo t a m b i é n d e b í a e s t a r p re s e n te . N o s mo s t ra r o n e l l u ga r q u e nos habían asignado para dormir. Yo tenía que hacerlo junto al Lama Mingyar Dondup, y no en el dormitorio c o m ú n d e l o s " c h e l a s " . A l p a s a r c e r c a d e u n p e q u e ño t e m plo, situado dentro del edificio principal, escuché las siguientes palabras:

Escucha la Voz de nuestros Espíritus. Éste es el Mundo de la Ilusión.
—Señor — pregunté a mi Maestro cuando quedamos solos —. ¿Qué significa eso del "Mundo de la Ilusión"? Verás —. ¿Qué — respondió, mirándome sonriente " es " lo r ea l? Si t o c as es t e mur o , tus d edos no

pu ed en a t rav es a r la p ared . De e llo d edu ces que e l mu ro e s a l go sól ido q ue n o p u e d e s e r p e n e t ra d o . E n e l e x t e r i o r , l a m u ra l l a d e mo n t a ñ a s d e l H i m a l a y a e s t a n s ó l i d a c o m o s i f u e r a l a c o lumna vertebral de la Tierra. Pero un Espíritu , o tú mismo si te introduces en lo astral, puedes moverte libremente, con l a m i s m a f a c i l i d a d c o n q u e t e m u e v e s e n e l e s p a c i o , a t ra vés de las rocas de las montañas. Pero ¿cómo es esa "ilusión"? — le pregunté —. La

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pasada noche tuve un sueño que "era" realmente una ilusión. ¡Sólo al recordarlo, siento que me pongo lívido! Mi Maestro, con infinita paciencia, me escuchó. Y cuando terminé de relatarle mi sueño, me dijo: — V o y a h a b l a r t e d e l M u n d o d e l a I l u s i ó n . P e r o t o d a vía no, porque ahora debemos visitar el Oráculo. El Oráculo del Estado era un hombre extraordinariamente joven, delgado, de aspecto enfermizo. Fui presentado a él y su mirada penetrante pareció introducirse dentro de m í m ie ntra s m i co lum na ve rtebra l vib raba como reco rrida por un temblor de miedo. —Sí, eres tú — dijo —. Te he reconocido en seguida. Estás dotado del poder interior y alcanzarás también la sabiduría. Más tarde, hablaré contigo. Mi querido amigo, el Lama Mingyar Dondup, pareció estar satisfecho de mí. —Siempre sales airoso de todas las pruebas a que te sometemos, Lobsang — me dijo —. Ven conmigo. Nos retiraremos al Santuario de los Dioses. Tenemos que hablar. — Me so nre ía mie ntra s nos al ejáb amos — . Lobs an g — a ñ adió — , trataremos acerca del Mundo de la Ilusión. E l Sa n tu a ri o e s t a b a d e s i e r to , c o m o y a m e h a b í a a d v e rtido mi Maestro. Las lámparas ardían temblorosas ante las Imágenes Sagradas confiriendo movimiento a sus sombras que parecían agitarse y saltar en una danza exótica. El humo del incienso se alzaba en espirales sobre nosotros. Nos sentamos, uno al lado del otro, junto al atril donde el lector recitaría los pasajes de los libros sagrados. Adoptamos una a c ti tud d e co nte mpl ac ión , c ru za ndo nu es tra s pi e rnas y entrelazando nuestros dedos. — És te es e l Mu ndo de la I lu s ió n — d i jo mi Ma es tro —. Y s i i nvo camo s a los "Espí ri tus " pa ra que nos es cuc he n es porque sabemos que ellos se sienten solitarios en el Mundo de la Realidad. Tú sabes perfectamente que decimos: Escucha la Voz de nuestros Espíritus, en lugar de decir: Escuc ha l a V o z d e nu e s t ro s C u er p o s . A ho ra b i e n , a ti e nd e a l o q u e v o y a d e c i r t e s i n i n te r ru m p i rm e p o rq u e e l l o e s e l fu n damento de nuestra Creencia Intima. Como te explicaré

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de spués , las pe rson as qu e no h an e volu cionado su fic ie nte m ente deb en te ne r a n te todo u na f e que l es sos ten ga , qu e les ayude a creer que un Padre o una Madre vela por ellos. Ta n s ólo cua ndo se al ca nz a u n g rado adecuado de d esa rrollo espiritual es posible aceptar lo que voy a revelarte. Contemplé a mi Maestro pensando que él era para mí el mundo entero y deseé fervientemente que pudiéramos permanecer siempre juntos. —Nosotros somos — dijo — criaturas del Espíritu. Somos cargas eléctricas con inteligencia. Este mundo, esta vida es el Infierno, un lugar de prueba donde nuestro Esp í r i tu s e v a p u ri f i c a n d o p o c o a p o c o a t ra v é s d e l d o l o r d e aprender a controlar la grosera carne que compone nuestro cu e rpo . Nue s tro cue rpo ca rn a l e s d i rigido por u nos cab les eléctricos qu e tienen su origen en la parte superior de nosotros mismos, en nuestro Espíritu, de la misma manera que u n t í te re es co n t ro lad o p o r lo s c a b l e s qu e e l t i t i ri te ro m a neja hábilmente. Un titiritero bien adiestrado puede proporcionar la ilusión de que los muñecos que él mueve están dotados de vida y voluntad propia para determinar sus actos. De idéntica manera, hasta que no conseguimos conocer exactamente la esencia de las cosas, "nosotros" tenemos cierta tendencia a creer que nuestro cuerpo carnal es lo ú ni co qu e t ie ne r ea lme n te imp o r t an ci a . La a tmós fe ra de la Tierra estrangula el Espíritu y, por ello, olvidamos nu estra Alma que es la que en realidad nos controla. Pensamos, e nto n c e s , q u e a c tu a m o s l i b r e me n t e , e n v i r tu d d e n u e s t r a v o l u n ta d c o n s c i e n t e . Y d e e s a f o r m a , L o b s a ng , n o s v e m o s atrapados por nuestra primera Ilusión que es la que nos induce a creer que lo más importante para nosotros es el títere de nuestro cu erpo de carne. — Se interrumpió al dars e c u e n t a d e m i g e s t o d e p e r p l e j i d a d — . B u e n o — m e p r e guntó —, ¿qué es lo que te sucede ahora? —Señor — le respondí —. ¿Dónde están mis cables eléctricos? ¡Yo no veo nada que me vincule a mi Ser Superior! —¿Acaso puedes ver el aire, Lobsang? — respondió sonriéndome —. No puedes, a no ser que salgas de tu envoltura carnal.

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Se inclinó hacia mí y cogió mi manto. Contemplaba sus ojos penetrantes, sentí que la vida me abandonaba. — ¡ L o b s a ng ! — m e d i j o l l e n o d e s e v e r i d a d — , ¿ a c a s o tu cerebro se ha evaporado "por completo"? ¿Crees acaso que estás compuesto solamente de materia? ¿Has olvidado la ex is ten ci a de l Co rdó n de P lata , d e es a se rie d e l í nea s e lec tromagnéticas que — aquí en la Tierra — te mantienen u nid o a t u E s p í r i t u ? ¡ E s t á s r e a l m e n t e e n e l M u n d o d e l a I l u sión, Lobsang! Me di cuenta de que me había ruborizado. "Naturalmente", conocía la existencia del Cordón de Plata, esa línea de lu z a zu l ada q u e v in cul a lo f ís ico a lo esp i ri tu a l . En mu chas ocasiones, cuando me sentía transportado a lo astral, l o hab ía v is to v ib ra r y fu lgu ra r lle no de lu z y d e vid a . Era semejante al cordón umbilical que mantiene unido al recién nacido con su madre, pero con la particularidad de que ese " n i ño " q u e s e l l a m a b a c u e rpo fí s i c o no p o d í a e x i s ti r n i u n solo instante si el Cordón de Plata era cortado. Observé a mi Maestro que parecía dispuesto a proseguir sus explicaciones. —Cuando nos hallamos en el mundo físico, estamos dominados por la tendencia a pensar "tan sólo" en los aspectos de ese mundo. En realidad ello constituye una de las medidas de seguridad del Ser, porque si fuéramos cap a c e s d e re c o rd a r e l Mu n d o d e l E s p í r i tu c o n to d a s s u s d i chas, sólo mediante un poderoso esfuerzo de nuestra voluntad podríamos permanecer aquí. Si pudiéramos recordar nuestras vidas pasadas en el curso de las cuales éramos, tal vez, más importantes que en nuestra vida presente, nos resu l ta ría di f íc il s e r hu mild es . V amo s a p edir u n po co de té y, después, te contaré cómo es la vida de un chino desde su muerte hasta su renacimiento en una nueva existencia. E l La m a iba a h ac e r so na r la camp an i ll a d e p la t a p a ra que viniera un sirviente, pero al ver mi expresión se detuvo. —Bien — preguntó —, ¿qué es lo que quieres preguntarme?

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—Señor — le respondí —. ¿Por qué la de un chino? ¿Por qué no la de un tibetano? —Porque si te hubiera dicho "de un tibetano" asociarí as es a pa labra co n al gu nas de la s p e rson as qu e co noce s y el resultado de mis explicaciones no sería correcto. Hizo sonar la campana y un monje sirviente nos trajo té. Mi Maestro me miró con aire pensativo. —¿Has pensado que al beber este té nos estamos tragando millones de mu ndos? — me preguntó —. Au nque los fluidos tienen un contenido molecular más diluido, si vieras aumentados los átomos de este té creerías estar viendo una multitud de granos de arena que se agitan en un lago turbulento. Lo mismo su cede con los cuerpos gaseosos. Hasta el aire está compuesto de moléculas, de diminutas partículas. P e ro no s es tam o s ap a r ta nd o d e l t e m a . Í ba m o s a tr a t a r d e la vida y de la muerte de un chino. Bebió su té y esperó a que yo terminara de beber el mío. —Había un viejo mandarín llamado Seng — dijo mi Ma es tro — . Su v id a hab ía sido si emp re di chos a y a l l le ga r al ocaso de su existencia, se sentía muy satisfecho. Su famil i a e ra m u y n u m e r o s a y t e n í a m u c h a s c o n c u b i na s y e s c l a vo s. Hasta el propio Emperador de la C hina le había hecho o b j e t o d e s u s fa v o re s . S u s o j o s y a g a s ta d o s p o d í a n v e r u n p o c o d e e s p a c i o a t r a v é s d e l a v e n t a n a d e s u h a b i t a c i ó n , aunque apenas distinguía sus hermosos jardines donde mer o d e a b a n l o s p a v o s r e a l e s . L o s t r i n o s d e l o s p á j a r o s , q u e poblaban los árboles al terminar el día llegaban débilmente a s u s f a t i g a d o s o í d o s . S e n g p e r m a n e c í a t e n d i d o , r e l a j a d o sobre sus almohadones. Sentía dentro de sí los arañazos de l a Mue rte co rta ndo su s v í ncu los con l a v ida . El sol , teñ ido de sangre crepuscular, se ocultaba lentamente detrás de la a n ti g u a p a g o d a . El a n c i a no S e n g , ta m b i é n l e n ta me n t e , s e de splo mó sob re sus a lmo hado nes , mi en tra s su re spi raci ón entrecortada silbaba entre sus dientes. La luz solar se desvan e c i ó p o r c o mp l e to y l a s l a mp a ri l l a s d e s u h a b i ta c i ó n e m p e z a ro n a a rd e r , p e ro e l a nc i a no Se n g ya s e ha b í a i d o , s e había ido con los últimos rayos del sol agonizante.

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Mi Maestro me observó, como para comprobar que le estaba escuchando. Después, prosiguió: —El anciano Seng permanecía derrumbado sobre sus almohadones y los latidos de su cuerpo se diluían levemente en el silencio. La sangre ya no circulaba por sus arterias y sus venas y los fluidos de su cu erpo se habían extinguido. El cuerpo del anciano Seng había muerto, había terminado, ya no servía para nada. Pero si allí hubiera estado presente algún clarividente, podría haber observado un halo luminoso, azulado, rodeando el cuerpo del anciano Seng, una figura qu e se separaba del cu erpo y flotaba sobre él, unido a su envoltura carnal solamente por el sutil Cordón de Plata. Poco a poco, el Cordón de Plata fue estrechándose y, al fin, se partió. El Espíritu del anciano Seng flotó en el espacio, como una nube de incienso arrastrada por el viento, desvaneciéndose después suavemente a travé9 de los muros. El Lama llenó su taza nuevamente y, tras comprobar que la mía tenía té todavía, prosiguió: —E l Esp í ri tu atra vesó re i nos y d ime ns io nes in comp re nsibles para los espíritus materialistas. Al fin, llegó a un maravilloso jardín, lleno de inmensos edificios, deteniéndose en uno de ellos, donde lo que había sido el Alma del anc ia no Sen g e ntró ab rié ndose ca mi no e ntre una cas cada de luces. En su mundo, Lobsang, un Alma es tan concreta como tú puedas serlo en tu mundo. En el mundo del espíritu, los espíritus pueden quedar confinados entre cuatro paredes y caminar sobre el suelo. El espíritu tiene allí unas posibilidades y unos dones muy diferentes a los que nosotros poseemos aquí, sobre la tierra. Aquel Espíritu deambuló durante algú n tiempo y, después, entró en una pequeña habitación. Se sentó y contempló los muros que le rodeaban. Súbitamente los muros se desvanecieron y, en su lugar, apare ci e ron mu cha s esc e nas de su v ida pa sada . C o ntemp ló lo que nosotros llamamos al Archivo Kármico que contiene todo lo que ha sucedido en el tiempo y que puede ser observ ado co n u na rap ide z i nc re íb le po r todo s a qu e llo s qu e ha n sido especialmente preparados para ello. También es observable por "todos" los que hacen el tránsito de la vida te-

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rrestre a la vida del más allá, puesto que el Hombre cont e m p l a e l b a l a n c e d e s u s é x i t o s y d e s u s fr a c a s o s . D e e s a forma, el Hombre puede ver su pasado ¡y "juzgarse a sí mismo"! No hay un juez más severo para sus propios actos que el mismo Hombre que los ha realizado. No es preciso comparecer tembloroso ante un Dios. Nosotros mismos presenciamos lo que hicimos y lo que intentamos hacer. Yo le e scuc haba si le nc ioso . Sus pa lab ras m e apa sio naban, me fascinaban. Me hubiera gustado oírle durante horas y horas, en lugar de tener qu e someterme a la rigu rosa monotonía de las lecciones cotidianas. —El Espíritu del que en vida había sido el anciano Se ng, e l Ma nda rí n C hino , con temp ló nu evam ente tod a esa v i d a q u e no s o t ro s , s o b re l a Ti e r ra , h u b i é r a m o s c a l i fi c a d o de dichosa — prosiguió mi Maestro —. Vió los muchos errores que había cometido y se arrepintió de ellos. Después se levantó y abandonó aquella habitación, dirigiéndose a un g ra n sa ló n d o nd e le e s p e r a b a n l o s ho mb re s y la s mu je re s del mundo del espíritu. Silenciosos, sonriendo comprensivos y llenos de compasión, le vieron cómo se acercaba para pedirles que le orientaran. Se sentó junto a ellos, les confesó su s e r ro re s y le s co n tó l as cos as qu e h ab ía he cho , la s que intentó hacer y las cosas que pensó hacer pero que no hizo. — P e ro — d i j o yo rá p i d a m e n te — , c r e o ha b e r te o í d o d e cir que no lo juzgaba nadie, que era él el que se juzgaba a sí mismo. —Y así es, Lobsang — respondí mi Maestro —. Después de contemplar su pasado con todos sus errores, se acercó a aquellos Consejeros C elestes para que éstos le sugirieran lo qu e creyeran oportuno... Pero, por favor, no me i n t e r ru m p a s . L i m í t a t e a e s c u c h a r y g u a rda tu s p re g u n ta s para más tarde... Como te iba diciendo — prosiguió — el Alma se sentó entre los Consejeros y les confesó sus fracasos y les habló de las virtudes que, a su juicio, necesitaba para poder seguir su evolución espiritual. En primer lugar, tenía que regresar a la Tierra para ver nu evamente su cuerpo . Lue go , de sc ansa ría du rante va rio s a ños o va rios s ig los y después le ayudarían a hallar las cualidades esenciales

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para continuar su progreso en el futuro. Su Alma volvió a la Tierra para contemplar por última vez su propio cuerpo, muerto, dispuesto ya para ser enterrado. Entonces, a q u e l E s p í ri tu , q u e h a b í a d e j a d o d e s e r e l e s p í r i tu d e l a nciano Seng para empezar a ser tan sólo un espíritu destinado al reposo, regresó al País del Más Allá. Durante un período de tiempo i nde te rmin ado , de scansó y se recuperó , aprendiendo las lecciones de sus vidas anteriores, preparándose para la vida futura. Allí, en su existencia ultraterrena, los elementos y las su stancias tenían la misma solidez que h ab ía n te n ido s o b re l a Ti e rr a . D es ca nsó h as t a qu e l le gó el tiempo propicio y se cumplieron las condiciones previstas a su llegada. —¡Me gusta este relato! — exclamé —. Me parece realmente interesante. Mi Maestro sonrió y prosiguió su historia. —Al llegar el momento establecido previamente, el Esp í ri tu e n es tado de Esp e ra fue re qu e rido y e nv iado de nu ev o a l Mu nd o H u m a n o p o r u no d e l o s e s p í ri tu s e nc a rga d o s d e e s a m i s i ó n . I nv i s i b l e s p a r a l o s s e re s d e c a r n e y h u e s o , s e detuvieron a contemplar a los que estaban destinados a s e r su s pad re s. V ie ro n la que se ría su ca sa y anal i za ro n l as pos ib il idad es qu e o frec ía "aqu el la " c asa pa ra fac il i ta rle el aprendizaje de las lecciones futu ras. Se retiraron satisfechos. Algunos meses después, la mujer que tenía que ser su mad re si nt ió de p ron to en su i n te rio r u n ex traño la t ido y el Espíritu se introdujo en ella y el Niño adquirió vida. A su debido tiempo, el niño nació en el mundo de los h o mb re s . El Esp í r i tu qu e e n o t r a v ida animó el cu e rpo d el anciano Seng se agitaba ahora entre los complicados nerv i o s y e l c e re b r o d e l ni ño L e e W o n g , e n u n h o ga r hu m i l d e de una aldea de pescadores chinos. Las elevadas vibracione s d e u n E s p í r i t u h a b í a n s i d o a p r i s i o na d a s , u n a v e z m á s , en la mezquina octava de vibraciones de un cuerpo de carne y hueso. M e d i té l a s p a l a b ra s d e m i M a e s t ro . D e s p u é s , l a s s e g u í meditando aún durante algunos instantes. —Honorable Lama — le dije al fin —. Si las cosas son

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como tú dices, si la muerte es tan sólo una liberación de l a s a ng u s ti a s d e l a Ti e r ra , ¿ p o r q u é l o s s e re s h u m a n o s l a temen tanto? —Tu pregunta es muy inteligente — respondió mi Maestro —. Si fuéramos capaces de recordar las dichas del otro mu ndo , l a m ay o r p a rte d e noso tros no pod ríamo s soporta r las miserias de éste. Por ello, nos ha sido inculcado el temor a la muerte. A muchos de nosotros — me advirtió mirándome de reojo —, no nos gusta ir a la escuela, nos molesta la disciplina, tan necesaria para que nuestros estudios sean p rov ec hosos . Pe ro co n fo rm e va mos hac ié ndo nos ma yo res y convirtiéndonos en hombres, comprendemos el bien que nos ha hecho esa disciplina escolar. Nadie debería creer que es posible avanzar por el camino del conocimiento sin necesidad de asistir a las clases, de la misma manera que nadie debería quitarse la vida antes de que suene la hora que nos ha sido señalada para abandonar la existencia terrena. Sus palabras me sumieron en profundas reflexiones porque, pocos días antes, un monje viejo, enfermo e inculto, se h a b í a s u i c i d a d o a r ro j á nd o se d e s d e l o a l to d e u n a e rm i ta . Siemp re había s ido un v ie jo hu ra ño , con u na clara p red isposición a rechazar la ayuda que los demás le ofrecían. Sí, era mejor que el viejo Jigme se hubiera suicidado, había pensado yo. Mejor para él y para los demás. —Se ño r — le pre gu nté — , ¿com e tió , ento nc es , u n e rro r el viejo Jigme al poner fin a su vida? —Sí, Lobsang — respondió mi Maestro —. Cometió un grave error. Cada ser humano tiene asignado un período determinado de tiempo que debe pasar en la Tierra. Si pone fin a su vida antes de que se cumpla ese plazo, entonces, se v e o bl i gado a r e g re sa r c as i inmed ia t ame nte al mu ndo . Es a es la razón de que haya niños que nacen y viven tan sólo unos meses. Son las almas de los suicidas que vuelven para reencarnarse en un cuerpo y vivir el tiempo que les faltaba y que debieron haber vivido antes. El suicidio "nunca" está justificado. Constituye una grave injuria contra uno mismo, contra el propio ser. —Pero, Señor — respondí —. ¿Qué sucede entonces con

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l o s nob l es jap o nes es , qu e com e te n su ic idios r i tu a le s par a i d e n ti f i c a rs e c o n l a s d e s g ra c i a s d e s u s fa m i l i a re s ? E l q u e procede de ese modo debe ser, sin duda alguna, un hombre valiente. —Te equivocas — dijo enfáticamente mi Maestro —. Te equivocas, Lobsang. La valentía no consiste en morir s i no e n v iv i r h ac ie nd o f r ente a l as d i f icu lt ad es d e la v ida , enfrentándose con el sufrimiento. Morir es sencillo, pero v i v i r . . . ¡ "é s a " e s l a v e r d a d e ra v a l e n t í a ! N i s i q u i e r a l a s t e a trales ceremonias del "suicidio ritual" pueden liberar a este acto de su inicuidad intrínseca. Venimos al mundo para ap rend e r y sola me nte pod remo s ap rend e r v iv ie ndo aqu í l a totalidad de nuestra vida natural. ¡El suicidio "nunca" está justificado! Volví a pensar en el viejo Jigme. Cuando se quitó la vida era ya muy anciano. Por esa causa, cuando tuviera que regresar, pensé, lo haría tan sólo para vivir un breve período de tiempo. —Honorable Lama — le pregunté —. ¿Cuál es el objetivo del miedo? ¿Por qué nos hace su frir tanto? He observado que las cosas qu e más temo no suceden nu nca y, sin embargo, ¡sigo temiéndolas! —Eso es lo que nos sucede a todos — dijo el Lama riend o — . S e n ti m os e l te m o r d e l o D e s c o n o c i d o . P e ro e l te m o r es necesario. Nos estimula. Sin él, nos dominaría la pereza. Gracias al miedo, se incrementa nu estra fuerza y podemos e vi t a r m al es ma yo re s . El m iedo nos o bl i ga a sup e r a r nues tra predisposición a la holgazanería. No estudiarías tus lecciones ni harías tus tareas escolares si no "temieras" al maes tro o s i no si ntie ra s e l "te mo r" a pa rec e r u n e s túpido ante tus condiscípulos. Los monjes empezaban a entrar en el Santuario. Los "c he la s " se a fa nab an en to rno a l as lámpa ras y ence ndía n varillas de incienso. Nos pusimos en pie y salimos. La tarde estaba fresca. Una brisa ligera mecía las hojas de los sauces. A lo lejos, sonaron las trompas del Potala y sus ecos se multiplicaron suavemente en los muros de la lamasería del Oráculo del Estado.

CAPITULO III

La lamasería del Oráculo del Estado era pequeña, estaba aislada y condensada en un reducido espacio. Algunos "chelas" jugaban despreocupadamente. No había grupos de mo njes oc iosos d eambu la ndo po r el p a tio sol eado o pe rdiendo el tiempo en conversaciones los inútiles. La mayoría de los ancianos — ¡incluso lamas ancianos! — residían allí.

C a noso s , cu rvado s ba jo el pe so de lo s años , rea li zab an su l a b o r l e n ta m e n t e . E ra e l H o g a r d e l o s A d i v i n o s . L o s v i e j o s lamas y el propio Oráculo tenían a su cargo las tareas de la Adivinación y de la Profecía. Ningún visitante podía entrar sin invitación. Ningún viajero perdido acudía allí en b u s c a d e re p o s o o c o m i d a . S e tr a t a b a d e u n l u g a r a n te e l qu e todos s entí a n m iedo y qu e a todos es taba p ro hib ido , a n o s e r q u e f u e s e n i n v i t a d o s m u y e s p e c i a l m e n t e . M i M a e s tro , el L ama Ming ya r Do ndup , co ns ti tuí a u na exc epc ió n de la regla, ya que podía entrar y salir a su antojo y era siempre un visitante bien recibido. U n de lic ioso co nju n to de árbo les p ro tegía la lamase ría de las miradas indiscretas. Los altos muros de piedra ocultaban sus edificios a los eventuales curiosos, suponiendo que alguno se atreviera, con su curiosidad, a suscitar las iras del p oderoso L ama d el Orá cu lo . Sie mp re hab ía un as hab i tac ion e s reservadas para el Profundo, el Sagrado Dalai Lama, que v i s i t a b a c o n f r e c u e n c i a e s t e Te m p l o d e l a S a b i d u r í a . Su atmósfera era sosegada y su aspecto exterior tranquilo, con esa clara quietud qu e emanan los hombres capaces de realizar plácidamente las más importantes tareas.

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Era imposible que un intruso pudiera promover alboroto. El lugar estaba vigilado por los fuertes hombres de K ha m , m u c h o s d e l o s c u a l e s m e d í a n m á s d e s i e te p i e s de estatura y tenían un peso superior a las doscientas cincuent a lib ras . Eran utilizados en todo el Ti b e t como mo nj es policías y se encargaban de la tarea de mantener el orden en l a s c o m u n i d a de s , q u e a l g u n a s v e c e s c o n g r e g a b a n a m i l e s de monjes. Se mantenían constantemente en estado de alerta, permanentemente vigilantes. Con sus poderosas armaduras de madera, constituían un espectáculo realmente aterrador para todos aquellos que no tenían la conciencia tranqu i la . Y co mo e l háb i to no ha ce nec esa riamen te a l mon je , y en todas las comunidades hay seres culpables y perezosos, los hombres de Kham tenían siempre trabajo. L os ed i fi cio s qu e ocu paba n los lam as e s taba n tamb ié n ocultos por la misma razón. No eran altos ni tenían escal e r a s v e r t i c a l e s d e m a d e ra , p a ra n o fa ti ga r a l o s a n c i a nos q u e ha b í a n p e r d i d o l a e l a s t i c i d a d d e l a j u v e n t u d y te n í a n e l cu e rpo ca nsado y f rá gi l . La e nt rad a a los co r r edo res no era nada difícil y los más ancianos vivían en la planta baja. El Oráculo del Estado tenía también sus habitaciones en la planta baja junto al Templo de los Augu rios. En torno a él, se alojaban los más ancianos, los más sabios y los jóvenes monjes policías de Kham. —Haremos una visita al Oráculo del Estado, Lobsang — dijo mi Maestro —. Se interesó mucho por ti y parece dispuesto a dedicarte mucho tiempo. A q u e l l a i n v i t a c i ó n , q u e e n re a l i d a d e ra u n a o rd e n, me l l enó de u na an gu s ti a i n fi n i ta ya qu e , en el p asado , tod as mis visitas a los astrólogos y a los adivinos, habían constitu ido una confirmación de "malos" au gu rios, de nuevos sufrimientos, de nuevas dificultades futuras. Normalmente, me veía obligado también a colocarme mi mejor manto, y a sentarme, tieso como un palo, para escuchar a algún viejo tedioso decir largas estrofas de vulgaridades que no valían l a pe na . Le m iré d esco n fiado. E l Lam a i n ten taba si n éx i to ocultar una sonrisa burlona. Sin duda alguna, pensaba yo, ha leído ya mi pensamiento.

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LOBSANG RAMPA —No es necesario que te cambies de ropa — me dijo

al fin, lanzando una ruidosa carcajada —. Lo que pueda decirte el Oráculo no estará determinado por el manto que lleves. ¡Te conoce mejor que tú mismo! Sus palabras aumentaron mi tristeza. ¿Qué es lo que te nd ré que escu ch a r, e n to nc es ? , me p re gu ntaba . Des cendi mo s po r e l corredo r y s al imos al p a tio i n te rio r. Co ntemp lé las cimas de los montes que asomaban sobre los edificios y me sentí como un condenado a muerte. Un desagradable monje policía, como una montaña viviente, se acercó a nosotros. Al reconocer a mi Maestro, se deshizo en sonrisas de bienvenida y exageradas reverencias. —Me postro ante tus Pies de Loto, Lama Sagrado — dijo —. Concédeme el honor de conducirte ante Su Reverencia, el Oráculo del Estado. E m p e z ó a c a m i na r d e l a n te d e no s o t ro s , mo s t rá nd o n o s e l ca mi no y a mí me pa re ció qu e sus paso s hac ía n temb lar la tierra. Junto a la puerta del Oráculo, había no dos monjes guardianes sino dos lamas que, al vernos, se apartaron para cedernos el paso. El Sagrado os espera — dijo uno de ellos a m i M a e s tro con una sonrisa. Está esperando tu visita, señor Mingyar — d i j o e l otro. Entrarnos. Era una pequeña habitación tenuemente iluminada. Durante unos instantes, apenas me fue posible distinguir nada. Mis ojos estaban deslumbrados por la brillant e l u z d e l p a t i o , i n u n d a d o d e s o l . P o c o a p o c o , c o n f o r m e mis pupilas fueron adaptándose a la penumbra, me di cuenta de que me hallaba en una habitación desnuda. Dos tapices adornaban las paredes. Y en un rincón, un pequeño brasero de incienso humeaba. En el centro, sentado sobre una pequ eñ a a lm o hada , hab ía u n homb r e jo ve n , de l gado y d e f rágil aspecto. Mi sorpresa fue enorme al darme cuenta de que "aquél" era el Oráculo del Estado del Tibet. Sus ojos brillantes me contemplaban fijamente y penetraban en mi in-

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terior. Sentí la sensación de que no estaba viendo mi cuerpo sino mi alma. Mi Maestro, el Lama Mingyar Dondup, y yo nos postramos ante él y le hicimos la reverencia prescrita por nuestra s trad ic ion es . D espué s , nos le va ntamo s de nu evo , e spe rando. Y por fin, cuando el silencio empezaba ya a resultar realmente desagradable, el Oráculo dijo: —¡Bienvenido, señor Mingyar! ¡Bienvenido, Lobsang! Su v o z e ra va r o n i l au nq u e no d e ma si ad o p o d e ro sa . P a recía llegar desde muy lejos. Durante unos instantes, el Oráculo y mi Maestro trataron de diversas cuestiones de interés general. Despu és, el Lama Mingyar Dondu p le hizo una reverencia, nos volvió la espalda y salió de la habitación. El O ráculo me miró fijamente du rante unos instantes y por fin dijo: —Trae una almohada y siéntate junto a mí, Lobsang. Así lo hice. Durante un rato, me contempló en medio de u n e mba ra zoso s il en cio , pe ro cu ando su mi nu cioso exa men empezaba a resultarme incómodo habló. —De modo que tú eres Lobsang Rampa — dijo —. En otra vida nos conocimos muy bien. Ahora, sigu iendo las órdenes del Profundo, debo hablarte de las dificu ltades y las pruebas que te esperan en el futuro. —¡Señor! — exclamé —. Debo haber hecho cosas terribles en mis vidas pasadas para merecer tantos sufrimientos en ésta. Mi Karma, mi Destino parece ser más doloroso que el de las demás personas. — N o e s a s í — r e p l i c ó — . L a s p e r s o n a s s u e l e n c o m e t e r el error de creer que los sufrimientos que padecen en "esta" v ida son co nsecu en ci a nece sa ria d e las f alta s que com e tie ron en sus vidas pasadas. Si colocas algún metal en el fuego ¿lo haces para castigarle por sus errores o, por el contrario, para darle temple y mejorar su calidad? — Me miró fijamente y añadió —: En todo caso, tu Maestro, el Lama Mingyar Dondup, ya te explicará todas estas cosas. Yo debo limitarme a hablarte del futuro. Agitó una campanilla de plata y un sirviente entró silencioso. Sigilosamente, colocó una mesa muy baja entre

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nosotros dos y, sobre la mesa, puso un brasero de plata, aparentemente adornado como si estuviera hecho de porcelana. En su interior, había algunas brasas que aumentaban su fu lgo r ro ji zo co nfo rme e l mo n je s i rv ie n te lo b al anceaba en el espacio. Después lo colocó ante el Oráculo. Murmurando palabras cuyo significado no llegué a comprender, co locó ju nto al b ra se ro u na c aj a de mad e ra , p ro fusa me nte labrada, y se marchó tan silenciosamente como había llegado. Yo seguía sentado y me encontraba incómodo, preguntándome por qué razón me tenían que suceder a mí s i e m p re a q u e l l a s c o s a s . " To d o e l m u nd o " me a d v e rt í a q u e mi vida estaría llena de grandes dificultades. Parecían complacerse en ello. Las dificultades eran dificultades, aún en e l c aso d e qu e n o fu e r an e l p re cio que t ení a q u e p a ga r por los errores de alguna de mis pasadas existencias. Lentamente, el Oráculo se inclinó hacia adelante y abrió la caja. Con una cucharilla de oro, extrajo un poco de polvo que derramó sobre las brasas. La habitación se llenó de un azulado brillo. Me di cuenta de que mi vista se nublaba y de que fallaban mis senti dos . Me pa rec ió escu ch a r el ta ñ ido de u na g ran c ampana q u e l l e ga b a ha s ta m í d e s d e u na i n c o n m e n s u r a b l e l e j a n í a. E l s o n i d o s e a c e rc a b a p o c o a p o c o y s u i n t e n s i d a d fu e a u m en t ando ha s ta t al p u n to q ue c re í que mi c ab e za iba a es tallar. Se desenturbió mi mirada y pude contemplar atentamente la columna de humo surgiendo interminablemente del brasero. El humo empezó a agitarse y a agitarse, se acercó a mí y yo yo me sentí identificado con él. Desde algún lugar misterioso que mi razón no podía alcanzar, llegó hasta mis oídos la voz del Oráculo del Estado y resonó dentro de mi espíritu. Pero yo no necesitaba escucharla. Estaba "contemplando" el pasado y el futuro, y los veía tan reales como si fueran mi presente. Arrastrado por el torbellino del Tiempo, iba contemplando, en calidad de s imp le esp ec tado r, los a con te ci mi ento s de m i vid a como s i s e t ra ta ra d e u n a s i m p l e p e l í c u l a . M i te m p ra n a n i ñe z , s u cesos que ya se habían desvanecido de mi memoria, la severidad de mi padre. Lo volví a ver todo con la mayor ni-

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ti de z . Vo lv ía a e s ta r se n tado fre n te a la g ra n lam ase ría de C hakpo ri. Volvía a s entir la du re za de las rocas de la Montaña de Hierro después de que el viento se abatía sobre mí, sobre el tejado de la lamasería, y me arrojaba contra la ladera, con una fuerza capaz de romperme todos los huesos. El humo se convirtió en un torbellino y las imágenes (lo que n o s o t r o s l l a m a m o s e l A rc h i v o K á r m i c o ) s i g u i e r o n t ra n s fo rmándose. Volví a ver de nuevo mi iniciación, las ceremonias secretas envueltas en nubes de incienso, presenciadas antes de ser iniciado. Y me vi haciendo un largo y solitario viaje hacia Chungking, en la China. U na m á q u i na e x t ra ñ a s e e s tr e m e c i ó y p a re c i ó e s ta l l a r e n el a i re p rec ip i tá ndose vel ozme nte sob re lo s e sca rp ados acantilados de Chungking. ¡Y yo... yo... controlaba aquella máquina! Después, vi volar muchas máquinas idénticas, que llevaban en sus alas el Sol Naciente del Japón. Arrojaban manchas negras qu e caían sobre la tierra convirtiéndose en estallidos, en fuego y en humo. Los cuerpos saltab an hec hos trizas y, du ran te algú n tiempo , un a ex traña lluvia de sangre y de restos humanos parecía caer desde el c i e l o . L u e go , p re s e n c i é c ó m o l o s j a p o n e s e s m e to r tu ra b a n y me sentí mareado y enfermo. Contemplé mi vida, vi las dificultades que me esperaban, sentí la amargura de mi futu ro . P e ro lo qu e me p rodu jo m a yo r tri s te za fue la maldad y l a fa l s e d a d de a l g u no s s e re s h u ma n o s p e r te ne c i e n te s a l Mundo Occidental que, según pude comprobar, ansiaban la destrucción de mu chas cosas buenas, impu lsados tan sólo por la envidia. Las imágenes seguían pasando ante mis sentidos y pude darme cuenta de cuál sería mi destino y la vida que me esperaba en el futuro. Como ya me habían dicho, las "posibilidades" pueden predecirse con gran exactitud. Solamente los detalles secundarios varían en algunas ocasiones. Las previsiones astrológicas determinan los límites de lo que puede ser y de lo que puede soportar cada persona, de la misma manera que e l c o n d u c to r c o no c e l a s v e l oc i d a d e s m á x i m a y m í n i m a d e l v e h í c u l o q u e d i r i g e . " ¡ M e e s p e r a u n a v i d a d i f í c i l ! — p e n sé —. ¡De acuerdo!". Luego me levanté de un salto. Sentí

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que una mano se apoyaba en mi hombro. Me volví y vi el rostro del Oráculo del Estado, qu e estaba detrás de mí. Me miraba lleno de compasión, como lamentando las dificu ltades que me esperaban. —Tienes grandes dotes psíquicas, Lobsang — me dijo —. Generalmente, me veo obligado a explicar esas imágenes a los que las contemplan. Como era de esperar, el Profundo no se ha equivocado en sus predicciones. —Lo único que deseo — le respondí — es permanecer aquí, en paz. ¿Qué necesidad tengo de visitar el Mundo Occidental, donde predican las religiones tan apasionadamente... y luego, si pueden, se apuñalan por la espalda? —Tienes una misión que cumplir, amigo mío—dijo el O rá c u l o — . " Tú " p u e d e s re a l i za rl a a p e s a r d e to d a s l a s d i fi cu l tade s . Ésa es l a ra zón de que h ayas s ido ob je to de u n adiestramiento especial realmente difícil. De nuevo, me hablaban de dificultades y de tareas que llevar a cabo y ello me llenó de pesimismo. Yo deseaba tan s ó l o u n p o c o d e p a z y d e c a l ma y , d e v e z e n c u a n d o , a l g u nas diversiones inofensivas. —Ahora debes regresar con tu Maestro — dijo el Oráculo —. Te está esperando. Tiene que revelarte muchas cosas. M e p u s e e n p i e , m e i nc l i né a n te é l re s p e tu o s a m e n te y salí de la habitación. El gigantesco monje policía me estaba esperando en el exterior para acompañarme junto a mi Maestro, el Lama Mingyar Dondup. Mientras caminábamos uno junto al otro, pensé en la imagen que había visto en un libro y que representaba un elefante y una hormiga caminando juntos por uno de los senderos de la jungla. —Bueno, Lobsang — me dijo mi Maestro al verme entrar en su habitación —. Espero que lo qu e has visto no te h a y a d e p r i m i d o d e ma s i a d o . — S o n ri e nd o , m e i n v i tó a s e n tarme —. Pero, es necesario alimentar el cuerpo, Lobsang. Después, el Espíritu. Agitaba riendo la campana de plata para llamar al monje sirviente. Iba a pedir té. Sin duda algu na, había llegado el momento oportuno. Las Reglas de la lamasería prohibían mirar alrededor durante las comidas e incluso mirar de sos-

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l a yo . E ra p re c i s o p re s ta r a te n c i ó n s o l a m e n te a l a V o z d e l Lector. Pero en la habitación del Lama Mingyar Dondup no había ningún Lector que nos recitara los libros Sagrad o s e n v o z a l ta , c o n e l o b j e t o d e m a n te n e r n u e s t ro p e n s a miento alejado de una cosa tan vulgar como la comida. Ta m p o c o h a b í a ni ng ú n s e v e r o V i g i l a n te d i s p u e s to a p re c i pitarse sobre nosotros a la más leve infracción de las Reglas. A través de la ventana, contemplé ante mí el Himal a ya i n fi n i to , p e n s a nd o qu e mu y p ro n to ll e ga r ía e l tiem p o en que ya no podría volver a contemplarlo. Me había asomado al futuro — a "mi" futuro — y lo que más temía eran las cosas que no había podido ver claramente por estar envueltas en la niebla. —Has visto muchas cosas, Lobsang — dijo mi Maestro — . Pe ro son muc ha s más l as co sas que no te han sido mo s t ra d a s . S i c re e s q u e n o p u e d e s e n f re n t a r te c o n tu F u turo, aún sintiéndolo mucho, aceptaremos tu decisión y podrás seguir en el Tibet. Señor — le respondí —, una vez me dijiste q u e e l hombre que se aparta de los Senderos de la Vida y , v a c i l a n d o , v u e l v e l a e s p a l d a a s u d e s ti no , n o e s u n auténtico hombre. Aunque sé que me esperan muchas d i f i c u l ta d e s , deseo seguir adelante. No esperaba menos de ti — me dijo asintiendo s o n riente —. Y sé que alcanzarás al fin la meta que te h a s propuesto. Señor — le pregunté —, ¿por qué las personas no esta cosas? No cabe duda de que tu sed de saber es infinita — d i j o el Lama Mingyar Dondup siempre sonriendo —. Pero tamb i é n e s c i e r to q u e t e f a l la l a m e m o r i a p o rq u e , n o hace m u c ho , te dije que n o rm a l m e n te no r e c o rd a m o s nu e s tr a s v i d a s a n t e r i o re s p o rq u e e l l o s e rv i r í a ta n s ó l o p a ra a u m e n t a r n u e s t r o d o l o r e n e s t e m u n d o . P o r e s o decimos: "La Rueda de la Vida da vueltas incesantes, proporcionando a llegan a este mundo recordando lo que fueron en sus vida? ¿Por qué e x i s te eso que tú l l a ma s el vidas pasadas, conscientes de lo que se espera que hagan en " C o no c i m i e n to Oculto"? ¿Por qué no podemos conocer todas esas

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u no s r i q u e z a y a o t ro s p o b re za . El m e n d i g o d e h o y p u e d e ser un príncipe mañana". Si no conocemos cómo fueron nuestras vidas pasadas, podemos empezar nuevamente a viv i r s in i n te ntar esp ecu la r con lo qu e fu imos e n nues tra úl tima existencia. —Pero, ¿qué puedes decirme del Conocimiento Oculto? le pregunté —. Si las personas poseyeran ese conocimiento, todas serían mejores y nuestro progreso sería más acelerado. — ¡ Las cosa s no so n ta n se nci l la s como tú c rees ! — re spondió mi Maestro con una sonrisa. Guardó silencio dura n te u nos i nsta nte s y , lu ego , p ros i guió —: D e nt ro d e nos otros hay poderes controlados por nuestro Ser, que son muy superiores a todos los que el Hombre puede poseer en el mundo material, en el mundo físico. Sin duda alguna, e l Ho mb re O cci de n ta l ha ría u n uso i nad ecuado de esos pode res que noso tros so mos cap ace s d e co ntro la r, p orque lo único que preocupa a los occidentales es el dinero. Los occidentales viven condicionados solamente por dos preguntas: "¿Puedes probarme esto?" y "¿Qué es lo que puedo cons e g u i r s i h a go ta l o c u a l c o s a ? ". E nc u e n to mu y d i v e r ti d os — d ijo rie ndo co mo u n ni ño — toda s esa s m áqu in as y apa r a t o s q u e e l H o m b re u t i l i z a p a r a e n v i a r s o b re l o s o c é a n o s su s me ns aj es d e " t el eg r a fí a s i n h i los " . Es ta d eno mi na ció n es la última que deberían utilizar porque esos aparatos están fabricados con miles y miles de hilos. Nuestros lamas, aquí, en el Tibet, pueden enviar sus mensajes telepáticos sin necesidad de usar ningún aparato. Nos introducimos en lo astral y viajamos a través del espacio y el tiempo, visitando todos los lu gares del mu ndo e incluso otros mundos. Dominamos la levitación. Levantamos pesos inmensos utilizando p o d e re s q u e c a s i na d i e c o no c e . N o to d o s l o s ho mb r e s s o n puros, Lobsang, ni el hábito hace necesariamente al monje. U n m a l v a d o p u e d e v i v i r e n u n a l a ma s e rí a y u n s a n to p u e de estar recluido en una cárcel. Le contemplé perplejo. — P e ro s i t o d o s l o s h o m b r e s p o s e y e r a n e s e c o n o c i m i e nto — le pregunté —, ¿acaso no serían mejores?

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— Si ma n te nemo s ocu l to e l C o noc im ie n to Sec re to — me d i j o e l L a m a l l e no d e t ri s t e z a — e s t a n s ó l o p a r a p ro te g e r a la Humanidad. La mayoría de los hombres, especialmente l o s q u e p u e b l a n O c c i d e n te , e s tá n d o mi na d o s p o r e l d e s e o d e l d i ne ro y d e l p o d e r. C o m o y a t e a d v i r ti e ro n e l O rá c u l o y tus maestros, nuestro país será invadido y conquistado fís i c a m e n te p o r u n c u l to e x t ra ño , q u e no c o n c e d e l a me n o r importancia a los hombres y cuyo objetivo no es otro que a gi g a n ta r h a s ta e l m á x i m o e l p o d e r d e l o s d i c ta d o re s q u e c o n s e gu i r á n s o m e t e r a l a e s c l a v i tu d l a m i t a d d e l a t i e r r a . Algu nos lamas han sido torturados hasta la muerte por los ruso s po r haberse negado a divulgar la cienc ia p ro hib ida . El hombre normal qu e pudiera adquirir de pronto esa ciencia actuaría de la forma siguiente: En primer lugar, sentiría miedo ante el poder recién adquirido. Después, empezaría a pensar que tenía en sus manos un medio para alcanzar una riqueza muy superior a la que nunca había so ñado . Y , e nto nce s , u til i za rí a esa c ie nc ia p a ra co nse gui r dinero. Y conforme incrementara su riqueza y su poder, de searía mayor pode r y ma yo r ri que za. Un millo nario nu nca se siente satisfecho con un millón. Quiere muchos millones. Se ha dicho que el poder absoluto corrompe a los seres poco evolucionados. Y el Conocimiento Oculto proporciona el poder absoluto. La luz se hizo dentro de mí. ¡De pronto comprendía cómo podía ser salvado el Tibet! — ¡ E nt o n c e s , e l Ti b e t e s tá s a l v a d o ! — d i j e s a l ta nd o d e excitación —. El Conocimiento Oculto es el que nos librará de la invasión. Mi Maestro me miró lleno de compasión y de tristeza. —No, Lobsang — me dijo —. No queremos utilizar los Poderes para eso. El Tibet sufrirá persecuciones y será casi aniquilado, pero en el futuro, resurgirá de nuevo, más grand e , m á s p u r o q u e a n t e s . E l p a í s s e l i m p i a r á d e s u p o d re dumbre a través del fuego de la guerra y lo mismo sucederá con el mundo entero. Las guerras son "necesarias", Lobs a n g — d i j o e l L a m a l l e n o d e c a l m a — . S i n o h u b i e ra g u e rras, la población del mundo crecería desmesuradamente.

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Y e n es e ca so , te nd rí a que hab e r epid em ias . Las gue rra s y l as en fe r medade s so n la s g ra nde s re gul ad o ra s d e l a p o bl ación mundial y proporcionan a los seres humanos — y a los seres de los otros mundos — la oportunidad de hacer el bien a sus semejantes. Mientras la población del mundo no pueda ser regulada por otros medios, "siempre" habrá guerra. Sonaron los gongs, llamándonos al servicio nocturno. Mi Maestro, el Lama Mingyar Dondup, se puso en pie. —Vamos, Lobsang — dijo —. Somos huéspedes y debemos mostrarnos respetuosos asistiendo al servicio. Salimos al patio. Los gongs seguían sonando insistent e m e n te y s u s t o q u e s s e p rol o ng a b a n d u ra n te mu c ho m á s tiempo que los de Chakpori. Fuimos hacia el Templo caminando despacio. Nuestra lentitud me asombraba. Miré a mi alrededor y vi muchos ancianos achacosos que atravesaban el patio cojeando. Sería muy cortés por tu parte, Lobsang — me s u s u r r ó mi Maestro — que te sentaras entre los "chelas". Incliné la cabeza en señal de asentimiento y, dando un rodeo, me acerqué al lu gar qu e ocupaban los "chelas" de la l a m a s e r í a d e l O rá c u l o d e l Es ta d o . C u a n d o m e s e n té e n tre e l l o s , m e c o n t e m p l a ro n l l e no s d e c u r i o s i d a d . Y e n l o s m o me n to s e n q u e l o s v i gi l a n t e s no m i ra b a n, s e i b a n a c e rc a n do a mí poco a poco hasta rodearme casi por completo. —¿De dónde eres? — me preguntó un muchacho que parecía ser el jefe del grupo. D e C h a k p o r i — m u s i t é . —¿Eres el chico qu e envió el Profundo? — me preguntó otro. —Sí — susurré —. He visitado al Oráculo y me ha dicho... ¡Silencio! — gritó una voz d e n o s otros —. ¡No quiero volver a oiros! El corpulento Vigilante se alejó. poderosa detrás

¡Bah! — dijo uno de los muchachos —. No le h a g a s caso. Ladra, pero no muerde. Aparecieron entonces el Oráculo del Estado y un Su-

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perior, saliendo por una de las pequeñas puertas laterales, y se inició el servicio. Poco después correteábamos libremente por el patio. Fui con los demás a la cocina y llené de cebada mi bolsa de cuero, consiguiendo también un poco de té. No tuvimos ocasión de hablar. Los monjes de todos los grados paseaban y mantenían las últimas discusiones del día, antes de re ti ra rs e a de sca ns a r. Me d i rig í a la hab i tac ió n qu e me habían asignado, me envolví en mi manto e intenté dormirme. El sueño tardaba en apoderarse de mí. Me entret u v e c o n te m p l a nd o l a p e nu m b ra p u rp ú re a c o ns te l a d a p o r l a s p e q u e ñ a s c hi s p a s d o r a d a s d e l a s l á m p a ra s . E n l a l e j a nía, el eterno Himalaya alzaba hacia el firmamento sus gi ga nte scos dedos de p ied ra co nv e rtido s en un a muda pl egaria a los Dioses del Mundo. Los rayos blanquecinos de la l u n a d e s a p a r e c í a n y v o l v í a n a s u r g i r m i e nt r a s e l a s t r o d e l a noc he s e e le vaba en el cie lo . No sop laba la me no r b ris a nocturna. Las cintas de oraciones caían inmóviles desde lo alto de sus mástiles. El insignificante jirón de una nube fl o taba i ndol entem ente sob re la c iudad de L hasa . Me vo lví y dormí con un sueño sin sueños. Me desperté sobresaltado y lleno de angustia a primera ho ra d e l a m a ñ a n a . H a b í a d o rmi d o m á s d e l a c u e n ta y l l e garía retrasado a los servicios matutinos. Me levanté de un salto, ajusté mi manto precipitadamente y salí con toda rap i d e z a tr a v e s a n d o l o s c o r r e d o re s d e s i e r t o s . A l s a l i r a l p a tio..., me tropecé con uno de los hombres de Kham. ¿Adónde vas? — me preguntó, sujetándome c o n s u mano de hierro. Al servicio matutino — le respondí —. Me h e d o r mido. ¡Ah! — dijo riéndose, mientras me dejaba l i b r e — . Eres un visitante. Aquí no tenemos servicio matutino. Vuélvete a dormir. ¿No hay servicio matutino? — le pregunté —. ¿ P o r qué? ¡En "todas partes" hay ese servicio! El mon je po l ic ía que , s i n duda al gu na , e s taba d e bue n humor, me respondió amablemente:

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—Aqu í hay muchos ancianos y algunos están enfermos. Ésa es la razón de que hayamos prescindido de ese servicio. Vuelve a tu cuarto y duérmete tranquilo. Me golpeó en la cabeza de una forma que a él debió pa rece rle c a riñ osa y que a m í me p a rec ió u n tru eno , y me obligó a entrar en el corredor. Después prosiguió su ronda, p isa ndo e l su el o co n paso s pode ro sos qu e en e l pa tio sona ban con un ruido de "¡bong!, ¡bong!" y "¡tung!, ¡tung!", según por donde pasaba. Recorrí, también con toda rapidez, l o s c o r re d o r e s y , a l o s p o c o s m i n u to s , v o l v í a a d o r m i r p ro fundamente. Más tarde, aquel mismo día, fui presentado al Superior y a dos de sus lamas más allegados. Me interrogaron durante mucho tiempo sobre ciertos pormenores de mi vida fa mi l ia r, sob re lo s recue rdo s que co ns e rvaba de mis v ida s pasadas y sobre mis relaciones con mi Maestro, el Lama Mingyar Dondup. Finalmente, se levantaron los tres y, tambaleándose, se dirigieron hacia la puerta. —Ven — dijo el último de ellos, antes de salir, señalándome con el dedo. Les seguí desconcertado, silencioso y humilde. Salieron despacio, arrastrando los pies dificultosamente, casi letárgicamente, a lo largo del corredor. Yo les seguí a pasos co rto s , h ac ie ndo u n es fu e rzo pa ra ca mi nar co n la l en ti tud necesaria para mantenerme junto a ellos. Lentamente, muy lentamente, cruzamos ante las habitaciones abiertas, desde donde los ascetas y los "chelas" contemplaban curiosos n u e s t r o p a s o . S e n tí m i s m e j i l l a s e nc e n d i d a s d e r u b o r . M e resultaba sumamente desagradable ir detrás de aquel lento cortejo, al frente del cual marchaba el Superior apoyado e n s u s b a s t o ne s , a r ra s t r a n d o l o s p i e s . Le s e g u í a n l o s d o s lamas, tan decrépitos y achacosos que les resu ltaba difícil ma n te n e rs e j u n to a é l . Y a l f i na l , c a m i n a ba y o re a l i z a ndo grandes esfuerzos para hacerlo con la lentitud adecuada. Después de mucho tiempo — o al menos a mí me pareció "mucho tiempo" — llegamos a una pequeña puerta ab ie r t a e n u n mu ro apa rt ado. A l lí no s de tu v imo s m ie n t ras el Superior, murmurando en voz baja, manejaba torpe-

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mente la llave. Con la ayuda de uno de los lamas, consiguió po r fin ab rir la pue rta , cuyos go znes ch irri a ro n des agradablemente. Entró el Superior, seguido por ambos lamas. Como ninguno de ellos me hizo ninguna advertencia en contra, yo también entré. Uno de los lamas cerró la puerta de trás d e nosotros . Ant e m í , v i una g ra n m esa l le na de objetos antiguos y cubiertos de polvo. Ropajes viejos, molinos d e p l e g a r i a s d e t e r i o ra d o s , t a z o n e s a n t i g u o s y u n g ra n s u r tido de rosarios. En medio de aquel desorden, pude ver también algunos talismanes y otros objetos cuya identificación me era imposible a primera vista. —¡Hummmm! ¡Hummmm! Acércate, muchacho, — me ordenó el Superior. C o n d e s ga n a , m e a c e rq u é a é l . Y é l m e c o g i ó d e l b ra z o izquierdo con sus manos huesudas, mientras yo tenía la sensación de que me había agarrado un esqueleto. —¡Hummmm! ¡Hummmm! ¡Observa con atención, muc ha c h o ! ¿C re e s q u e e n t re e s to s o b j e to s ha y a l gu no q u e t e pe rtenec ie ra en tu ante rio r ex is tenci a? — Me l l evó an te la mesa y añadió —: ¡Bien! Si crees que alguno de estos objetos te perteneció... ¡hummmm!, cógelo y dámelo. Se sentó con gran dificultad y pareció desinteresarse p o r c o m p l e to d e m í . L o s d o s l a m a s s e s e n t a ro n j u nto a é l sin añadir una sola palabra. "Bueno — pensé yo —, parece que los tres ancianos quieren jugar un poco. De acuerdo, vamos a jugar." La psicometría es, naturalmente, una de las cosas más sencillas del mundo. Con la palma de mi mano derecha extendida hacia abajo, fui recorriendo los diversos objetos. A l t o c a r a l g u no s d e e l l o s , s e nt í a e n m i ma no c o m o u n p i nc ha z o , u n l a t i d o y m i b r a z o e ra re c o r r i d o p o r u n l e v e te m b lo r. Cog í u n mo l ino d e pl ega ria s , un tazón v ie jo y resque brajado y un rosario. Luego volví a hacer mi recorrido a lo largo de la gran mesa. Esta vez, solamente uno de los o b j e to s e s t re m e c i ó m i m a no y m i b ra z o . U n ma n to v i e j o y a n d r a j o s o q u e y a n o s e rv í a p a ra na d a . H a b í a p e rte n e c i d o a un alto dignatario. Era de color de azafrán y estaba des-

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v a í d o p o r e l t i e mp o . S u s t e j i d o s , s e c o s y p o d ri d o s , s e d e s i n te g ra b a n a l t o c a rl o s . Te m i e nd o q u e p u d i e r a d e s ha c e r se por completo, lo levanté con el mayor cuidado. Y con el mayor cuidado, lo deposité a los pies del Superior y volví en busca de los otros tres objetos que había elegido. El Superior y los demás lamas lo examinaron todo en silencio y compararon sus marcas y sus signos secretos con los grabados en un libro negro y antiguo. D urante mucho rato, se consultaron, mirándose unos a otros, con las cabezas inclinadas y sus viejos cerebros casi crujiendo como consecuenc ia d e los e s fue rzos a qu e su s pe nsa mie n tos los te ní an sometidos. —¡Ah! — murmuró el Superior, resoplando como un yak fatigado —. ¡Hmmmm! ¡Es él, sin duda alguna! ¡Hmmmm! ¡Ha tenido una brillante actuación! Vete en busca de tu Maestro, el Lama Mingyar Dondup, muchacho y, ¡hmmmm! dile que tenga a bien honrarnos con su presencia. ¡Hmmmm! Sa lí co rri endo de l a habi taci ón, sa tis fe cho de se nti rme l i b re d e a q u e l l a s mo mi a s v i v i e n te s c u y o a s p e c t o s e c o y re moto los hacían tan distintos a la tibia humanidad del Lama Mingyar Dondup. Al doblar una esquina, me tropecé con mi Maestro. ¡No te alarmes, hombre! — me dijo s o n r i e n d o — . Y o también recibí el mensaje. M e g o l p e ó l a e s p a l d a c a r i ñ o s a m e n te y a c e l e ró e l p a s o , dirigiéndose a la habitación donde le esperaban el Superior y los dos lamas. Yo me dediqué a vagabundear por el patio, ocioso, dando indolentes puntapiés a las piedras. ¿Eres tú el muchacho a quien están haciendo un R e conocimiento de Reencarnación? — p re g u n tó u n a v o z j u nto a mí. Me volví y pude ver a un "chela" que me observaba atentamente. —Ignoro lo que están haciendo — respondí —. Todo cuanto puedo decirte es que me han hecho que les siga por los corredores para ver si reconocía algunas de mis antiguas cosas. ¡Eso lo puede hacer "cualquiera"!

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—Vosotros, los hombres de Chakpori, sabéis lo que queréis — me dijo sonriendo alegremente —. De no ser así, no ha b rí a i s v e n i d o a e s ta l a m a s e r í a . H e o í d o d e c i r q u e tú fu iste algu ie n "gra nde " en una de tu s pasadas ex istenci as y "debes" haberlo sido realmente, de lo contrario, no te hu bi e ra ded ic ado m edi a jo rnad a e l O rácu lo. — C o n u n ges to de miedo, añadió encogiéndose de hombros —: Debes a nda r co n cuidado . A n tes de qu e te ha yas dado cue nta de l o q u e te e s tá s u c e d i e nd o , t e ha b rá n " Re c o no c i o " y t e c o n vertirán en Superior. Y entonces, ya no podrás volver a jugar nuevamente con tus compañeros del Chakpori. M i Ma e s t ro a p a re c i ó e n l a p u e r ta q u e s e a b rí a a l fi na l del patio. Avanzó hacia nosotros rápidamente. El "chela" qu e habí a es tado ch a rl ando co nm i go , se inc li nó a nte él e n u n a p ro fu nd a r e v e re nc i a . E l L a ma l e s o n ri ó y s e d i r i g i ó a mí, con la amabilidad que le caracterizaba. — Te ne mo s qu e ma rc h a rno s y a , Lo b s a n g — me d i j o — . La noche se extenderá pronto sobre la tierra y no debemos montar nuestros caballos en la oscuridad. Nos di ri gi mos a lo s e s tab los , do nde u n monj e s i rv ie nte nos estaba preparando las monturas. De mala gana, subí a mi caballo y seguí a mi Maestro por el sendero que atravesaba el bosquecillo de los sauces. Trotábamos en silencio. Siempre me ha sido imposible conversar cuando monto a caballo, porque me veo obligado a concentrarme con todas m i s fu e r z a s pa ra n o c a e rm e . Me s o rp re n d i ó e no rm e m e n t e el hecho de que no regresáramos al Chakpori sino nuevamente al Potala. Recorrimos con lentitud las Escaleras mientras, allá abajo, el Valle se desvanecía en las sombras de la noche. Lleno de satisfacción, abandoné mi caballo en los establos y corrí por los patios del Potala, cuyos lugares me resultaban ya familiares, en busca de comida. Cuando regresé a mi habitación después de la cena, mi Maestro me estaba esperando. —Ven conmigo, Lobsang — dijo, y yo me senté a su lado —. Bueno — añadió —, supongo que te habrás preguntado ¿qué es lo que significan todas estas ideas y venidas?

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LOBSANG RAMPA —Creo que intentan Reconocer mi Reencarnación

— respo nd í a lgo i rri tado —. Es lo que es taba habl ando co n u n o d e l o s " c h e l a s " d e l a l a m a s e r í a d e l E s t a d o , c u a nd o t ú viniste a buscarme para regresar. Bien todo — dijo el Lama Mingyar Dondup —, eso es u na bue na co sa pa ra tí . Aho ra debe mos

a na l iz a rlo t od o co n cu idado d u ra n te al gún t i emp o . No e s p re ci so que as ist a s a l o s s e rv i c i o s no c tu rn o s . S i é n t a te c ó mo d a m e n te y e s cúchame con atención y, sobre todo, no me interrumpas. La mundo a los mayoría para que la de las personas vienen a este aprender algo — dijo para empezar mi n e c e sitan o para realizar alguna — Me miró misión

Maestro —. Otros vienen con el objeto de prestar ayuda extraordinariamente imp o r t a n t e . fijamente

c o m o p a r a c o n v e n c e r s e d e que comprendía sus palabras, y luego prosiguió —: Muchas rel i gion es ma n tie ne n l a c ree ncia e n u n I nfi e rno, do nde los ho m b re s s o n c a s t i g a d o s p o r s u s pecados. Venimos P e ro el I n fi e r no para e s tá "a qu í ", en para es te mundo . las como re Nue s tra vid a re al es tá , si n e mb a r g o , e n e l O t r o M u n d o . aquí aprender, pagar — equivocaciones de nuestras vidas anteriores o e sp ec ia l . La m is ió n qu e te ha s id o asi g nad a

a c a b o d e d e c i r t e — p a r a l l e v a r a c a b o a l g u n a mis ión es tá lacionada estrechamente con el poder psíquico del hombre. Tu s "instru mentos de trabajo" serán u na capacidad de percepción psíquica extraordinaria, un enorme poder para perc ib i r la s au ras hu ma na s y e l co noc im ie n to d e l as c ie nci as ocu l ta s qu e noso tro s te p ropo rc io nare mos. El P ro fundo ha o rde nado qu e s e pongan a tu d isposic ió n todos los med ios capaces de intensificar tus dotes y tu sabiduría. Para ello, pa ra qu e pu eda s adqu i ri r todo e l sabe r pos ib le e n el p laz o más breve, utilizaremos la enseñanza directa, las experiencias más recientes, el hipnotismo. De acuerdo. Vais a sumirme en el Infierno, — e x c l a mé lúgubremente. —Pero "este" Infierno — respondió mi Maestro sonr i e n d o a n t e m i s p a l a b ra s — e s s o l a m e n te e l p u n to d e p a r t i d a h a c i a u n a v i d a m e j o r . A q u í no s e s p o s i b l e l i m p i a rno s de algunas de nuestras faltas más importantes. En el curso

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de algunos años de vida terrena, nos libramos de faltas que p od ría n a to rme n ta rnos e n el O tro Mun do d u ra nte mu c ho s s i g l o s . To d a l a v i d a d e e s t e m u n d o n o e s m á s q u e u n p a r padeo comparada con la Otra Vida. La mayoría de los occidentales creen qu e cuando uno "muere", es transportado a l a s nu b e s , d o nd e s e d e d i c a a to c a r e l a rp a . O t ro s e s tá n convencidos de que cuando abandonamos este mundo, nos su me rgi mos en u n es tado mí s tico de a nonad am ie nto y es a perspectiva les complace. — Lanzó una carcajada y conti nuó — : ¡ Si fu é ramos cap ac es d e co ns egu i r qu e s e d iera n cu enta d e que l a vid a u l tra te rrena es má s rea l que l a vida t e r r e n a ! To d a s l a s c o s a s d e e s t e m u n d o s o n s o l a m e n t e v i braciones. Y este mundo — y todo cuanto en él existe — p u e d e s e r c o m p a ra d o a l a O tr a O r i l l a d e l a M u e rt e , d o n d e alcanzarnos una escala más elevada. S e i n t e r ru m p i ó , a s i ó m i m a n o y m e o b l i g ó a g o l p e a r e l piso con mis nudillos. — Es to es p iedra , Lobs ang — d ijo —, un a vi b rac ió n que nosotros llamamos piedra. Asió nuevamente mi mano e hizo que mis dedos rozaran mi manto. —Ésta es la vibración que nosotros llamamos lana. Aunq u e re c o r ra m o s "c o m p l e ta m e n te " l a e s c a l a d e l a s v i b r a c i o nes, seguimos percibiendo los grados relativos de suavidad y de dureza. Por ello, en la Vida que nos espera después de la Muerte, en la "verdadera" Vida, las cosas están a nues tro a lca nce i gua l que aqu í ab ajo . ¿Comp rend es lo que quiero decirte? — me preguntó. Evidentemente, le comprendía. H acía ya mucho tiempo qu e comp rend ía es ta s cos as . E l La ma pe net ró de nue vo en mi pensamiento. —Sí, ya sé que todo esto es algo que aquí todo el mundo conoce, pero si "hablamos" de esos "conocimientos i ne fa b l e s ", l o s f i j a re m o s c o n m a yo r c l a ri d a d e n tu m e n te . Má s ad el an te te nd rá s qu e v isi ta r los pa íse s d el Mu ndo Occidental. Las religiones occidentales te plantearán serias dificultades. — Sonrió burlón y añadió —: Los Cristianos nos consideran paganos. La Biblia dice que "Cristo recorría los

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d e s i e rto s " . P e ro " nu e s t ro s " a r c h i v o s r e v e l a n q u e C r i s to re co rrió la I ndi a , e s tu d ia ndo nue s tras re li g ion es , y que es tu vo e n Lhasa y es tud ió e n Jo K a ng, b ajo la d i rec ció n de l os sacerdotes más destacados de la época. Cristo creó una "buena " religió n, pe ro el C ris tia nismo qu e s e p rác tic a ho y no es la religión que Él creó. — Mi Maestro me miró severamente y me dijo —: Sé que te aburres con todo esto po rqu e c re es qu e so n só lo p a lab r as ; p e ro y o h e v is i tad o e l Mundo Occidental y mi deber es advertirte acerca de las cosas que te esperan. Para ello, lo primero que debo hacer es hablarte de sus religiones, porque no ignoro que posees una memoria capaz de deducir lo esencial de los simples fenómenos. ¡Me sonrojé! ¡Había estado pensando excesivamente "en palabras"! Po r lo s co rredo re s p asa ba n l os mo nj es a rra s tra ndo los p ies . Se d i r i gía n a l Temp lo pa r a as is t i r a l o s se r vi cio s noc tu rnos. Sob re las terrazas, los t ro mpe te ros, contemp lando e l V a l l e , l a n z a b a n l o s ú l t i m o s t o q u e s d e l d í a . M i M a e s t ro , el Lama Mingyar Dondup, siguió hablándome. —Dos son las religiones fundamentales de Occidente, p e ro s u s s e c ta s s o n m u y nu m e ro s a s . La Re l i g i ó n Ju d í a e s antigu a y tolerante. Los Judíos no te ocasionarán dificu ltades. Durante siglos han sido perseguidos y ello les ha hecho comprensivos con los demás. Pero los Cristianos ya no son tan tolerantes, excepto los domingos. No te diré nada acerca de las creencias individuales. Ya conocerás esas cosas por l os l ib ros . Lo qu e sí qu ie ro re la ta rte es e l o rigen de l as re ligiones. Cuando iniciaron la vida sobre la Tierra — dijo el Lama — los hombres vivían en pequeños grupos, se reunían en pequeñas tribus. No tenían leyes ni código de conducta. No existía otra ley que la de la fu erza. Las tribus más fuertes y feroces hacían la guerra a los más débiles. Con el t i e m p o , a p a re c i ó u n ho m b re m á s e v o l u c i o n a d o y m á s i n te ligente que comprendió que su tribu podía ser la más fuerte si se organizaba. Por ello, fundó una religión y un código de conducta. "Sed fecundos y multiplicaos", les ordenó, porque sabía que el poder de su tribu dependía de los niños

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que nacieran. "Honra a tu padre y a tu madre", les ordenó, po rqu e s e dio cu enta de qu e s i conced ía a l os p ad res autoridad sobre los hijos, él tendría autoridad sobre los padres. Ta mbi én se dio cu enta de qu e si e ra cap az de co nve n cer a l os hi jos de que te n ía n d ebe res pa ra co n su s p ad res , s erí a m ás fá ci l impon e rles u na d isc ip li na . "No com e te rá s adu l te rio", ordenó amenazador el Profeta de aquellos tiempos. Pero lo que ordenaba realmente era que la "tribu" no se "adulterara" con la sangre de los miembros de las otras tri bus , ya que e n es e c aso la l ea l tad d e sus ho mb res se d i v e rs i fi c a r í a e n d o s d i r e c c i o n e s d i s ti n ta s . E l ti e mp o s i g u i ó p a s a n d o y l o s s a c e r d o te s d e s c u b r i e ro n q u e h a b í a a l g u n a s p e rs o n a s q u e no s e s o m e t í a n e n to d o m o m e n to a l o s m a ndatos religiosos. Tras pensarlo y discutirlo mucho, los sacerdotes consiguieron crear un mecanismo de castigos y de recompensas. "Cielo", "Paraíso", "Valhalla" — o dale el nombre que prefieras — para los que obedecieran a "los sacerdotes" y el fuego del Infierno y las torturas interminables para los que les desobedecieran. — ¿Qu ie re s deci rme con el lo que repudi as e nte rame nte las religiones occidentales? — le pregunté. —No, nada de eso — respondió mi Maestro —. Hay muchas personas que se sienten desvalidas si no pueden pensar o imaginar un Padre omnipresente que vela por ellos, con un Ángel Contable, dispuesto a tomar nota de sus bu enas y sus malas acciones. Nosotros somos el dios de las c ri a tu ra s m i c ro s c ó p i c a s q u e h a b i t a n n u e s t ro c u e rp o y d e los seres, todavía más pequeños, que habitan "sus" moléculas. En lo que a las plegarias se refiere, Lobsang, ¿tú habrás escuchado muchas veces las plegarias de esas criaturas que viven en ti? —Sin embargo, tú me has enseñado que la oración es eficaz — repliqué asombrado. —Sí, Lobsang, la oración es muy eficaz "si dirigimos nuestra plegaria a nuestro propio espíritu ", a la parte más auténtica de nuestro ser, situada en el otro mundo, a la parte que controla nuestros "cables de títeres". La oración es "muy" eficaz si obedecemos las normas sencillas y natura-

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l e s q u e l a r e g u l a n . — Me s o n r i ó y p ro s i g u i ó : — El ho mb r e es una simple partícula de un mundo turbulento. Solamente se encuentra a gusto cuando siente la seguridad de un "abrazo maternal". Para los hombres de Occidente, poco diestros en el arte de morir, el último pensamiento es siemp re el m ismo : ¡ Mad re ! Si se s ie n te i nse gu ro , in tenta rá apa rentar confianza en sí mismo, chupando un cigarro o un cigarrillo, lo mismo que los niños se aferran a su chupete. Los psicólogos coinciden en la creencia de que el hábito de fumar constituye tan sólo una simple regresión a los rasgos de la primera infancia en que los niños extraían alimento y "s egu ridad " de s us mad re s . L a rel i gió n con sue la a los afl i gido s. Pero e l co nocimie nto de la ve rdad de la vid a — y de la muerte — es un consuelo mucho mayor todavía. Sobre la Ti e rra somo s co mo el a gua . C ua ndo re al iz a rnos el trá ns i to de la "muerte" nos convertimos en vapor. Y volvemos a ser como el agua cuando renacemos de nuevo en este mundo. —Se ño r — exc la mé — ¿c rees a caso que los h i jos no de berían honrar a sus padres? Mi Maestro me contempló sorprendido. —¡Qué cos as d ice s , Lobsa ng ! Es ev ide nte que lo s hijo s deben honrar a sus padres, siempre que sus padres sean merecedores de ello. Los padres dominantes no tienen el menor derecho a arruinar a sus hijos y los "niños" adultos son resp o n s a b l e s d e s u s a c to s a n te s u s c ó ny u g e s . L o s p a d re s n o deben tratar tiránicamente a sus hijos mayores, ya que ello constituye un grave atentado no solamente contra sus hijos, s i no tamb ié n co n tra sí m ismo s . Y es u n e rro r que deberá n pagar en otra vida. Reco rd é a m i pad re , s eve ro y du ro , que en re al idad no fu e nunca un "padre" para mí. Mi madre, que no tenía otra preocupación que la vida social. Después pensé en el Lama Mingyar Dondup que había sido para mí más qu e un padre y u na ma dre y , s in dud a al gu na , l a únic a pe rso na que m e había mostrado en todo momento amabilidad y amor. Un monje mensajero entró precipitadamente. —Honorable Mingyar — dijo haciendo una profunda re-

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verencia —. He sido encargado de transmitirte el saludo y la consideración del Profundo, rogándote que tengas a bien c o m p a re c e r a n te I . ¿ P u e d o c o nd u c i r te a n te s u p r e s e nc i a , señor? Mi Maestro se puso en pie y salió con él. Y o s u b í a l a t e r ra z a d e l P o t a l a . A l o l e j o s , e n m e d i o d e la oscuridad de la noche, brillaban las luces de la Lamasería Médica de Chakpori. Junto a mí, una Cinta de Plegarias ondeaba levemente a lo largo de su mástil. Cerca de allí, de pie ante la ventana, un viejo monje hacía girar afanosamente s u Mo l i no d e O ra c i o n e s , tu rb a n d o c o n s u " c l a c - c l a c " e l s i lencio nocturno. Las estrellas rodaban en el cielo en un interminable viaje. Y yo me pregunté: ¿Tendremos "nosotros" apariencia de estrellas para los seres de otras dimensiones?

CAPITULO IV

Er a l a é p o c a d e L o b s a r , e l A ñ o N u e v o t i b e t a n o . L o s "chelas" — y también los ascetas — habíamos estado, durante algún tiempo, muy atareados haciendo figurillas de c e ra . El a ño an te rio r, no s de scu idamo s , produ c ie ndo m ala i m p re s i ó n . L o s d e l a s d e m á s l a m a s e r í a s q u e d a ro n c o nv e ncidos — ¡y con razón! — de que los de Chakpori carecíamos de tiempo y de interés por aquellas obras infantiles. Po r ello , al año sigu iente , por o rde n exp resa d el P ro fu ndo, nos vimos obligados a hacer figurillas de cera y a tomar parte en la competición. Nuestra obra fue, sin embargo, muy modesta en comparación con la de las otras lamaserías. Sob re u n ma rco d e madera de uno s veinte p ies de alto por treinta de ancho, moldeamos varias escenas de las Sagradas Escrituras en cera de colores. Hicimos nuestras figuras tridimensionales y abrigábamos la esperanza de que, al ser vistas a la luz vacilante de las lámparas de grasa, producirían la impresión de estar en movimiento. El Profundo en persona y los lamas de mayor categoría, ex am inaba n todos los a ños la expo si ció n y e logiab an a los que se habían esforzado por realizarla. Terminada la época de Lobsar, la cera era derretida y se utilizaba para las lámparas durante el resto del año. Mientras realizaba mi trabajo — era bastante hábil modelando —, recordé las muchas cosas que había aprendido en los últimos meses. To d a v í a m e s e n t í a d e s c o n c e rt a d o a nt e a l g u n a s c u e s t i o ne s re ligios as y, po r el lo , había decid ido inte rro gar a mi Maes tro, el Lama Mingyar Dondup, sobre ellas, en la primera

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ocasión que se me presentara pero, de momento, tenía que dedicarme a "modelar". Me incliné y tomé un puñado de c e r a d e l c o l o r d e l a c a r n e y , c o n g ra n p re c a u c i ó n , s u b í a l a nd a mio pa ra p o de r d a r la f o rma ad ecu ada a u na o re ja d e Buda. A mi derecha, dos jóvenes "chelas" se arrojaban uno a o tro p elo tas de ce ra . To maba n u n pu ñado , la mo ldeab an groseramente dándole forma esférica y lanzaban aquel sucio proyectil al "enemigo". Se estaban divirtiendo mucho. Pero, desgraciadamente apareció un monje vigilante detrás de una co lu m na co n el d eseo de co noc e r la s caus as de a que l alboroto. Sin que una sola palabra saliera de sus labios, agarró a los dos niños, uno con cada mano, ¡y los arrojó dentro de una gran caldera de cera caliente! Me di la vuelta y proseguí mi trabajo. Mezclé la cera con el hollín de las lámparas y dibujé unas cejas realmente a c e p ta b l e s . L a f i gu ra d a b a ya l a i m p re s i ó n d e te n e r v i d a . "Al fin y al cabo — pensé — este «es» el Mundo de la Ilus i ó n . " D e s c e n d í d e l a n d a m i o y m e a l e j é l o s u fi c i e n t e pa ra ob te ne r un a imp res ión de co nju nto d e mi trab ajo . E l Mae stro de A rte son re ía . Pos ibl em ente e ra yo su di sc ípulo favo r i to y a q u e s e n t í a g ra n a f i c i ó n a l a p i n tu ra y a m o d e l a r y trabajaba con gran interés para aprovechar sus enseñanzas. —Estamos trabajando con eficacia, Lobsang — dijo complacido —. Parece que los Dioses tengan vida. Nos alejamos los dos, con el objeto de que él me indicara qué correcciones era preciso introducir en otras partes de la escena. "Parece que los Dioses están vivos", pensé. "Pero ¿existen los Dioses? Y si no existen, ¿por qué nos hablan de ellos? Tengo que preguntárselo a mi Maestro." Pensativo, limpié mis manos de la cera que tenían adherida . Los dos "c he la s " qu e hab ía n sido arro jados a la cera caliente, en un rincón, con gesto de estúpidos, intentaban también limpiarse frotando sus cuerpos con arena fina y o s cu ra . So nr e í b u r l ó n y m e d i sp u s e a s a l i r . U n "c he l a " re gordete caminaba junto a mí. —¡Hasta los propios D ioses deben haberse reído! — me dijo.

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LOBSANG RAMPA "Hasta los Dioses... Hasta los Dioses... Hasta los Dio-

ses..." Esas palabras sonaban en mi mente al compás de m i s p a s o s . ¡ Lo s D i o s e s ! ¿ E x i s tí a n l o s D i o s e s ? M e d i r i g í a l Templo y esperé a que comenzara el acostu mbrado servicio nocturno.

"Escuchad la Voz de nuestros espíritus, todos los que camináis errantes. Este es el Mundo de la Ilusión. La vida es un sueño solamente. Todo lo que nació debe morir."
L a voz de l sace rdo te s egu ía re sonando , reci ta ndo a quellas palabras tan conocidas que, de pronto, inexplicablemente, despertaban mi curiosidad. —Que se encienda la tercera varilla de incienso para que pueda orientar a los espíritus errantes. "No son los Dioses los que le ayudan — pensé — sino s u s s e m e j a n te s . P e ro ¿ p o r q u é no l o s D i o s e s ? ¿ P o r q u é d i r i g i m o s l a s p l e ga ri a s a nu e s t ro p ro p i o Es p í r i tu y no a l os Dioses?" E l r e s to d e l s e r v i c i o c a r e c i ó p a r a m í d e a t r a c ti v o y d e s i g ni fi c a c i ó n . F u i v i o l e n ta m e nt e a r ra nc a d o d e m i s m e d i t a ciones por un codo que se hundió con fuerza en mi costado. —¡Lobsang! ¡Lobsang! ¿Qué es lo que te sucede? ¿Estás "muerto"? ¡Levántate! ¡El servicio ha terminado ya! V ac il an te , me pus e e n p ie y s al í de l Temp lo co n lo s demás. Algunas horas después, dije a mi Maestro, el Lama Mingyar Dondup. — ¡ Se ño r! ¡ Se ño r! ¿Ex is te D ios ? ¿Ex is t en los D ios es ? Él me miró y me dijo: —Vamos a la terraza, Lobsang. Aquí hay demasiada gente para que podamos hablar. C a m i n ó , d e l a nt e d e m í , p o r e l c o rr e d o r c ru z a nd o a n t e las habitaciones de los lamas. Llegamos a la terraza trepando por la escalera vertical de madera. Durante unos instantes, contemplamos el amado paisaje. La inmensa muralla de las montañas. Las aguas luminosas de Kyi Chu y

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el círculo rojizo del Kaling Chu. Bajo nuestros ojos, el Norbu Linga, o Parque de las Joyas, surgía como una masa viva de verdor. Mi Maestro me lo señaló todo. —¿Crees que todo "esto" es fruto de la casualidad, Lobsang? ¡"Naturalmente", Dios existe! Nos dirigimos a la parte superior de la terraza y, allí, nos sentamos. —Tu pe nsa miento e s tá confuso , Lob sa ng — me dijo — . Existe Dios. Existen los Dioses. Pero mientras permanezcamos sobre la Tierra, nunca podremos comprender la Forma y Na tu r al ez a d e D ios . V iv imo s e n lo que p o drí amo s l la ma r e l mu ndo tridimens ional. D ios hab i ta e n u n mu ndo ta n remo to que el c e r e br o h u m a no , " m i e n t ra s p e rma n e z c a en la tierra", es incapaz de elaborar un concepto necesario de Dios y, por ello, el hombre se ve obligado a forzar su razón. Se supone que "Dios" es algo humano o, si prefieres este o tro té rm ino , " s o b r e hu m a no " , p e ro e l ho mb re , d e ac u e r d o con sus categorías mentales, ¡tiene tendencia a creer que ha sido hecho a Imagen de Dios! También cree que, en los otros mundos, no existe la vida. Si el H ombre está hecho a Imagen de Dios y los seres de los otros mundos de acuerdo con otros moldes diferentes, ¿qué podemos pensar de nuestras concepciones, según las cuales "solamente" el Hombre es Imagen de Dios? El Lama me observó atentamente intentando comprobar s i s egu ía su s razo nam ie ntos . Si n ni ngú n gé ne ro de du da s , yo lo comprendía perfectamente. Su s palabras me parecían del todo evidentes. —Todos los mundos y todos los países de todos los mundos, tienen su propio Dios o Ángel Tutelar. Nosotros llamamos Manú al Dios que tiene el mundo a su cargo. Es un Espíritu altamente evolucionado, un ser hu mano que, tras numerosas reencarnaciones, quedó purificado de todas sus e s c o r i a s . E x i s t e u n a v i nc u l a c i ó n e n tr e to d o s l o s Se re s Su periores y éstos, algunas veces, cuando es necesario, vuelven a la tierra para mostrar a los mortales que, si quieren, pueden elevarse sobre el barro de los deseos terrenos. Asentí con la cabeza. Lo sabía. No ignoraba que Buda,

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M o i s é s , C ri s t o y m u c ho s o t ro s ho m b re s p e r te n e c í a n a e s e o rd e n d e S e res S u p e rio re s . Ta m p o c o ig n o ra b a q u e M a i t re ya, según afirman las Escrituras Budistas, vendrá al mundo 5 . 6 5 6 "m i l l o n e s " d e a ño s d e s p u é s d e B u d a o G a u ta ma , c o m o d e b e r í a e n r e a l i d a d s e r l l a m a d o . To d o e l l o , y m u c h a s cosas más, formaba parte de nuestras enseñanzas religiosas c o r ri e n te s , l o m i s m o q u e l a c e r t e z a d e q u e " to d a s " l a s p e r sonas buenas tenían las mismas oportunidades de evolucionar, independientemente del nombre que se diera a sus c re e n c i a s re l i gi o s a s . N o s o t ro s n u nc a h e m o s c re í d o q u e s o lamente puedan "alcanzar el Cielo" los que pertenecían a una secta religiosa determinada y que todos los demás eran precipitados en el Infierno para servir de diversión a algunos demonios sanguinarios. —Nosotros conocemos la existencia de Manú — prosiguió mi Maestro —, el Ser Altamente Evolucionado que controla los destinos del mundo. Existen Manús menores que son los que controlan el destino de cada país. Du rante muchos años, el Mundo de los Manús estará en movimiento inte rm in ablemente y, po r fin, cu ando es té adecuadamente p re p a ra d o p a r a e l l o , r e c o r r e r á e l ú l t i m o p a s o d e s u e v o l u ción y dominará la Tierra. —¡Entonces — exclamé con cierto aire triunfal — no t o d o s l o s Ma nú s s o n b u e no s ! E l Ma n ú d e Ru s i a p e rm i te a los rusos que atenten contra nuestra dicha. El Manú de China permite a los chinos que atraviesen nuestras fronteras y asesinen a nuestro pueblo. El Lama sonrió. —Lobsang — me respondió —. Te olvidas de que este mundo es el Infierno y de que estamos aquí sólo para aprender. Si sufrimos es para que nuestro "espíritu" pueda seguir su evolución. Las dificultades y el dolor nos sirven de enseñ a n z a , p e r o l a v i d a f á c i l y l a c o n s i d e ra c i ó n d e l m u n d o n o nos enseñan nada. Si hay guerras es para que los hombres puedan mostrar su valentía en los campos de batalla y — lo mismo que el hierro en la fragua — se templen y endurezcan en el fuego de los combates. Nuestra envoltura carnal carece de importancia, Lobsang. Es solamente un muñeco

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p ris ion e ro del ti empo . El A lm a , el Esp í ri tu , e l S e r (d al e el no m b re q u e p re f i e r a s ) e s l o ú n i c o q u e i mp o rt a . C i e go s s o bre la Tierra, creemos que lo más importante es el cu erpo. El miedo a los posibles sufrimientos de nuestro cuerpo e nt u r b i a n u e s t r o r a c i o c i n i o y p a r a l i z a n u e s t ro j u i c i o . S i n embargo, debemos actuar pensando siempre en nuestro bien espiritual prestando, en todo momento, ayuda a los demás. Los que obedecen ciegamente los dictados tiránicos de sus padres se dañan a sí mismos y dañan a sus padres. Los que siguen fanáticamente los principios de cualquier religión dogmática también atentan contra su evolución. —Honorable Lama — le interrumpí —, ¿puedo añadir dos observaciones? —Sí, puedes hacerlo — dijo mi Maestro. —Me has dicho que nuestro aprendizaje es más acelerado cuando las condiciones son adversas. Yo creo que sería preferible un poco más de suavidad. Creo que me sería posible también aprender esas condiciones. Me contempló pensativo. —¿Crees que te sería posible? — me preguntó —. ¿Crees que aprenderías las Sagradas Escrituras si no temieras a tus maestros? ¿Harías tu trabajo en la cocina si no temieras recibir el castigo que se aplica a los holgazanes? ¿Crees que lo harías? Incliné la cabeza. Tenía razón. Solamente trabajaba en la cocina cuando me lo ordenaban. Estudiaba las Sagradas Escrituras sólo porque temía las consecuencias de un eventual fracaso. —¿Cuál es tu segunda pregunta? — inquirió el Lama. —Verás, Señor, ¿cómo puede una religión dogmática atentar contra nuestra propia evolución? — Te p o n d r é d o s e j e m p l o s — r e s p o n d i ó m i M a e s t r o — . Los c hi nos es tab an co nv e ncidos de que lo qu e hic ie ra n en esta vida carecía de importancia, puesto que podían reparar s u s f a l ta s y s u s e r ro re s c u a n d o s e re e n c a r n a ra n . El l o l es condujo a adoptar una postura de indolencia mental. Su re l igió n se conv i rtió p a ra el los e n una e spe ci e d e op io que les arrastró a la pereza espiritual. Vivían solamente pensan-

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do en su próxima existencia y ello determinó la decadencia de su a rte y de su ci enci a . Ento nc es C hi na s e co nv i rtió e n u n p a í s d e te rc e ra c a te g o r í a e n e l q u e l o s b a nd i d o s , tr a n s f o r m a d o s e n s e ño r e s d e l a g u e r ra , i mp l a nta ro n e l r e i na d o del terror y del saqueo. Yo me había dado cuenta de que los chinos que residían en Lhasa eran innecesariamente brutales y estaban dominados por el más absoluto fatalismo. ¡Para ellos, la muerte no parecía tener más importancia que el mudarse de casa! Yo no temía la muerte ni mucho menos, pero deseaba fervientemente poder finalizar mi tarea en el curso de una sola vida en lugar de diferirla, viéndome obligado a volver otras mu chas vec es a es te mu ndo . Me "a te rraba " te n e r q u e vi vi r nuevamente todo el proceso de nacer, ser un niño desamparado y te ne r que i r de nue vo a la escu el a . D e seab a que m i v ida a c tua l fue ra la úl tim a qu e vi vi e ra sob re la Ti e rra . Los c hi no s h a b í a n r e a l i z a d o m a r a v i l l o s a s i n v e n c i o n e s , m a r a v i llosas obras de arte y habían creado una maravillosa cultura. Pero ahora, después de haberse sometido servilmente a una creencia religiosa, el pueblo chino estaba en plena decadencia y había sido una presa fácil para el Comunismo. En otra época, la ancianidad y la sabiduría eran en todo momen to p ro funda me n te respetad as en Chi na , pe ro aho ra y a no eran honradas como merecían. Y lo único que imperaba era la violencia, el lucro personal y el egoísmo. La voz del Lama Mingyar Dondup interrumpió mis reflexiones. ¡Lobsang! Hemos analizado una religión que p r e d i c aba la i nac ció n, cu ya s e ns eñ an za s a se gu rab an que nad ie d e b í a i n t e n t a r i n f l u i r e n l o s d e m á s , c o n e l o b j e t o d e n o a ñad i r nad a a su p rop io Ka rma , en virtud d el cua l la s co nsecuencias de nuestros actos en la vida se pagan en las vidas sucesivas. Contempló la ciudad de Lhasa y nuestro pacífico Valle. Después se volvió hacia mí de nuevo. Las religiones de Occidente tienen una a c e n t u a d a t e n dencia a ser exageradamente militantes. Los occidentales no s e c o n f o r m a n c o n c r e e r l o q u e " d e s e a n " creer, sino que

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necesitan asesinar a los demás intentando convencerles de que deben creer lo mismo. No comprendo cómo "matar" a una persona p u e d e ser considerado como una forma de religiosidad. —No, Lobsang — me respondió —, pero en tiempos de la I n q u i s i c i ó n e s p a ñ o l a , l o s c r i s t i a n o s d e u n g r u p o p e r s i gu ieron a los que pertenecían a los demás grupos con la intención de "convertirlos y salvarlos". Las personas eran tort u r a d a s e n l o s p o t r o s y q u e m a d a s e n l a s h o g u e r a s ¡ p a r a obligarlas a cambiar de creencias! Incluso en la actualidad, esa gente envía sus misioneros que intentan por todos los medios conseguir que otros pueblos se conviertan. Todo parece indicar que no tienen mucha seguridad en su propia creencia y necesitan que los demás den su aprobación y se muestren de acuerdo con su religión, ¡como si la salvación dependiera de simples cifras estadísticas! Señor — le pregunté —, ¿crees que las personas d e ben pertenecer necesariamente a alguna religión? —¡C la ro ! ¡S i ell os lo d ese a n, na tu ra lm ente qu e s í ! — rep l i c ó e l L a m a M i n g y a r D o n d u p — . S i n o h a n a l c a n z a d o toda ví a e l g rado de p e rfec ció n nec esa rio pa ra ide n ti fic a rse con s u p rop io s e r y co n e l Manú de l Mundo , sin duda a l guna será un gran consuelo para ellos adherirse a algún sistema religioso formal. Es una disciplina mental y espiritual y, gracias a ella, algu nas personas se sienten vinculadas a un g rupo fa m il ia r, do nde un Pad re bo ndadoso ve la po r e l los y una Madre compasiva está siempre dispuesta a interceder en s u b e ne f i c i o a n t e e l P a d re . N o c a b e l a m e no r d u d a d e q u e e se tipo de re l ig ió n es sa lu dab le pa ra los qu e no se ha ll a n s u f i c i e nt e m e n te e v o l u c i o n a d o s . P e ro s i e s a s p e rs o n a s s o n capaces de darse cuenta de que deben dirigir sus plegarias a s u p r o p i o E s p í r i t u , p o d r á n p r o g r e s a r c o n m u c h a m a y o r rapidez. Nos preguntan a menudo la razón de que tengamos imágenes sagradas en nuestros Templos, e incluso la que razón de que te n ga m o s y Te m p l o s . que La r e s p u e s ta a esa en p re gu n ta e s bien simple. Esas imágenes sirven para recordarnos debemos evolucionar podemos convertirnos elevados seres espirituales. En cuanto a nuestros Templos, hay que

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tener en cuenta que son lugares donde se pueden congregar l as pe rsonas qu e pos ee n m en tes idé ntic as co n e l obj e to de estimularse recíprocamente en la tarea de alcanzar cada u na su p ropio S e r. Medi ante l a o rac ión, aú n en e l ca so de que ésta no esté debidamente orientada, es posible alcanzar un grado más elevado de vibración. La meditación y la contemplación son beneficiosas lo mismo si se hacen en un Templo, en una Sinagoga o en una Iglesia. Sus palabras me hicieron reflexionar. Allá abajo, resplandecía el Kaling Chu, deslizándose cada vez más rápido conforme su cauce se estrechaba y se convertía en remolinos de espuma bajo el Puente de Lingkar Road. Hacia el sur, en la lejanía, un grupo de hombres esperaban al barqu ero del Kyi Chu. Los mercaderes habían llegado al despuntar el día y habían traído a mi Maestro diarios y revistas de la India y d e o t r o s r e m o t o s p a í s e s . E l L a m a M i n g y a r D o n d u p hab ía v ia jado mu c ho y muy f r e cu e n te me n te y s e ma n te ní a en estrecho contacto con los acontecimientos que se producían más allá del Tibet. Diarios. Revistas. Un pensamiento d a b a v u e l t a s e n m i c a b e z a . H a b í a s i d o d e t e r m i n a d o p o r nu estra conversación. ¿D iarios? ¡De pronto, salté como impul sado p o r u n re so r te ! E r a al go qu e yo hab ía v is to , no en l o s d i a r i o s , s i no e n u n a re v i s ta , p e ro ¿ d e q u é s e t ra ta b a ? ¡ L o recordé de repente! ¡Lo veía todo claro! Contemplé v a ri as pá g in as s i n comp rende r lo qu e d e cía n a que llo s idi o mas extranjeros. Esperaba encontrar alguna fotografía. Una p á g in a ilu s trada apa r ec ió ant e mi s ojo s . U n a fo to gra fí a de una máquina voladora atravesando las nubes, cubriendo con su sombra un ensangrentado campo de batalla. Mi Maestro, a quien mostré mi descubrimiento, me tradujo el texto. ¡Honorable Lama! — exclamé excitado —. E s t a m a ñana me hablaste de esa visión a la que tú llamaste el Ángel d e Mo ns y qu e al gu nas pe rso na s p re te nde n habe r v is to en el campo de batalla. ¿Es Dios acaso? No, Son Lobsang los — respondió que, mi en Maestro momento —. de m u chos hombres un

d e s e s p e r a c i ó n , pretenden haber visto la figura de u n Ángel o de un Santo, como dicen ellos. Su estado de urgente necesidad y las

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intensas emociones vividas en el campo de batalla, estimul a n su s pe nsam ie ntos , su s de seos , y d an i n te ns idad a su s plegarias. Con ello, como ya te dije, crean una forma mental a la que poder aferrarse. Cuando aparece el primer trazo espiritual de una visión, los pensamientos y las plegarias del hombre que, inconscientemente, la determina se van intens i fica ndo y, poco a poco , la v is ió n ad qu i ere du rante a l gún t i e mp o m a y o r fu e r z a , m a y o r s o l i d e z . N o s o tro s h a c e m o s l o mismo, en el Tibet, cuando "emitimos formas mentales" en el Templo Interior... Pero marchémonos ya, Lobsang, porque es bastante tarde y todavía no se han terminado las ceremonias del Lobsar. Recorrimos los corredores y nos dirigimos a los lu gares donde, en la Época de la Celebración, se agrupaba la comunidad de la Lamasería. El Maestro de Arte vino a buscarme porque quería que un muchacho, pequeño y ligero como yo, subiera al andamio para introducir algunas modif i c a c i o ne s e n l a p a r te s u p e ri o r d e l a c a b e z a d e u n a d e l as figuras. Mu y satisfecho, le seguí hacia la habitación donde modelábamos. Me puse un viejo manto, cubierto por completo de manchas de cera de todos los colores, enrollé a mi cintura una cuerda para poder subir luego los materiales y trepé al andamio. Como el Maestro de Arte me había advertido, una parte de la cabeza se había despegado del marco de mad era . Con a yuda d e la c ue rda p edí u n cu bo d e c era, qu e n e c e s i ta b a p a ra re a l i z ar m i t rab a j o . Y d u ra n te va ri as horas me afané por colocar la cabeza en su lugar, mediante u nas tab li l las qu e c la vé en el m a rco que se rv ía de fo ndo a la escena. Después, el Maestro de Arte contempló mi labor con ojos de entendido y me dijo que estaba satisfecho. Lentamente, entumecido, descendí del andamio. Me cambié de ropa y, lleno de satisfacción, me apresuré a salir. Al día siguiente, estaba yo, con otros muchos "chelas", e n l a ll anu ra de Lhasa , a los p ies de l Po ta la , junto a l pue blecito de Shó. Se suponía que estábamos contemplando las p ro c e s i o n e s , l o s j u e g o s , l a s c a r re ra s . P e ro e n re a l i d a d , l o que hacíamos era exhibirnos orgullosamente ante los humildes peregrinos que recorrían los senderos montañosos, re-

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cordándoles que debían estar en Lhasa en la época del Lobsar. Acudían a la Meca del Budismo desde todo el mundo budista. Ancianos decrépitos, mujeres jóvenes que llevab a n e n b ra z o s a s u s h i j o s , to d os l l e g a b a n c o n v e n c i d o s d e que recorriendo el Círculo Sagrado de la Ciudad y subiendo al Potala se quedaban limpios de su s pecados pasados y se a s e g u ra b a n u n a b u e na r e e n c a r n a c i ó n s o b re l a t i e r r a . L o s a d i v i n o s l l e n a b a n e l c a m i no d e L i nd k o r . Lo s v i e j o s m e n d i gos pedían limosna gimoteando. Y los mercaderes, con sus bultos sobre la espalda, iban en busca de clientes, abriéndose paso entre la multitud. Muy pronto me sentí cansado de aquel espectáculo delirante, de la muchedumbre bobalicona y de sus interminables y estúpidas preguntas. Me separé de mis compañeros y, lentamente, subí hasta la lamasería, que era mi hogar, por el sendero montañoso. En mi lugar preferido, sobre la terraza, todo era quietu d. El sol proporcionaba un agradable calorcillo. Allá abaj o , e n l a l e j a n í a , s e e s c u c h a ba e l ru mo r c o n fu s o d e l a mu chedumbre que, poco a poco, me fue relajando hasta que m e a d o rm e c i ó e n l a v a g a t i b i e za d e l m e d i o d í a . U na f i g u ra indefinida se materializó en los últimos límites de mi campo v isu al . Me dio do rm ido , s acud í m i cabe za , pa rp adea ndo va rias veces. Pero la figura no desaparecía. Seguía allí, y parecía incrementar su nitidez y su densidad. Sentí que los cabellos de mi nuca se erizaban de temor. Tú n o e r e s u n e s p í r i t u ! — e x c l a m é — . P e r o ¿ q u i é n eres? La Figura sonrió levemente y me respondió. —No, hijo mío, no soy un espíritu. En otros tiempos, estudié también aquí en Chakpori y, como tú estás haciendo ahora, pasé en esta terraza mis momentos de ocio. Deseaba yo entonces, sobre todas las cosas, liberarme lo antes posible de los deseos terrenos. Por ello, decidí encerrarme entre los muros de aquella ermita. Señaló hacia arriba y yo seguí con la mirada la direcc i ó n d e s u b ra z o e x t e n d i d o ; d e s p u é s , m e s i g u i ó h a b l a n d o telepáticamente. —Y ahora, al cumplir el décimo primer Lobsar, he

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c o n s e gu i d o re a l i z a r m i d e s e o d e e nto nc e s . P u e d o d e j a r m i cuerpo seguro dentro de la celda de mi ermita y vagar errante donde mi voluntad me lleva. Y es aquí adonde he q u e ri d o re a l i za r m i p r i m e r v i a j e , p a ra p o d e r c o n te m p l a r a la mu ltitud de nuevo y visitar, una vez más, este lu gar que tanto he reco rdado a lo la rgo de mi v ida. He conseguido la libertad, muchacho. La he conseguido. Se desvaneció ante mis ojos como una nube de incienso que hubiera dispersado la brisa nocturna. ¡L as e rmitas! Noso tro s , lo s "c he las ", h abíamos o ído h ab l a r m u c ho d e e l l a s , p e ro , ¿ c ó m o e ra n po r d e n t ro ? N os l o preguntábamos con frecuencia. ¿Por qué los hombres se encarcelaban voluntariamente en aquellas cámaras de roca que asomaban peligrosamente en los bordes de la montaña? ¡También nos habíamos hecho esa pregunta! Decidí interro ga r a m i am ado M aes tro . Reco rdé de spué s que , no mu y l e j o s d e d o nd e y o m e ha l l a b a , v i v í a u n v i e j o m o n j e c h i n o . El anciano Wu Hsi había vivido una interesante existencia. F u e m o n j e d e l P a l a c i o d e l o s E m p e r a d o r e s e n P e k í n , d u rante algunos años. Pero sintiéndose cansado de aquel géner o d e v i d a , h a b í a v i s i t a d o e l Ti b e t e n b u s c a d e l a v e r d a d . Lle gó a l C hakpo ri po r ca sua lid ad y fu e acep tado . Despu és d e a l g ú n t i e m p o , s e s i n t i ó t a m b i é n c a n s a d o d e s u n u e v a vida y se refugió en una ermita donde, durante siete años, había vivido solitario. Sin embargo, después regresó al Chakpori y allí vivía esperando la muerte. Decidí visitarle. Corrí por el pasillo y, acercándome a su celda, le llamé. —¡Adelante! ¡Adelante! — le oí decir desde dentro con voz temblona. En tré y , po r pri me ra ve z, me e nco ntré e n p res enci a de Wu Hsi, el monje chino. Estaba sentado con las piernas cruzadas. A pesar de su edad, su tronco estaba tieso como u n jove n ba mbú . Te n ía los pómu los p romi nent es y su p iel era muy, muy amarilla y como apergaminada. Sus ojos eran ex trao rdina riam ente ne gros y rasg ados . Su b a rba e ra mu y escasa y de su labio superior colgaban los pelos, muy largos p e ro t a m b i é n e s c a s o s , d e s u b i g o te . Su s m a n o s te n í a n u n color amarillento oscuro y estaban llenas de las manchas de

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l a a nc i a n i d a d . S u s v e na s s e ma rc a b a n a t r a v é s d e s u p i e l c o mo l a s ra í c e s d e u n á rb o l . C o n fo rm e m e a c e rc a b a h a c ia él, seguía a ciegas mis movimientos, sintiendo mi presencia pero sin llegar a verme. ¡Hmmmm! — dijo —. Por tu forma de a n d a r , c r e o que eres un muchacho. ¿Qué deseas, hijo? Señor — le dije —. Durante mucho tiempo v i v i s t e e n una ermita. ¿Puedes contármelo, Sagrado Señor? — Sié n ta te , hi jo — mu rmu ró , c hu p ando l as g u ías de su b igo te — . H ace ya mu cho tie mpo qu e no h ab lo de l p asado , aunque pienso en él constantemente... Cuando era niño — p ros iguió de spués de una pausa — viajé mu cho y visité la I nd ia . A ll í vi a l os e remi ta s e nc e rrados e n su s cu eva s y m e pareció que algunos de ellos habían alcanzado la verdad. — A g i t ó l a c a b e z a . — L a s p e r s o n a s c o r r i e n t e s e r a n mu y h o l g a z a n a s y s e p a s a b a n e l d í a s i n h a c e r n a d a , b a j o los árboles. ¡Era triste! ¡ ¡Muy triste!! Sagrado Señor — le interrumpí —. Preferiría q u e m e hablases de las ermitas del Tibet. ¿Cómo? —. ¡Ah, me ¿Qué dices? — exclamó débilmente sí! Las ermitas del Tibet. Cuando regresé de la abur r í a y no me p ro p o rc i o n a b a las la m e no r del

India, me di cuenta de que la vida de mi ciudad natal, de Pekín, e ns e ña n za . P or e l l o , tomé nuevamente mi cayado y, du rante varios meses, camin é en dirección a fronteras T i b e t . — Y o s u s p i r é i m p a c i e n te . — D e s p u é s d e mu c ho t i e mp o , t ra s h a b e r r e c o r r i d o m u c ha s l a m a s e r í a s , s i e m p r e e n b u s c a d e l a v e rd a d , llegué al Chakpori. Como en China era médico, el Superior me permitió que me quedara aquí. Yo estaba especializado en acupuntura. D urante algunos años, viví satisfecho. Después, sentí el deseo de vivir en una ermita. Yo temblaba de impaciencia. Si el anciano se demoraba tanto, llegaría tarde a los cultos ¡y yo no podía faltar al servicio nocturno! Mientras me perdía en estas reflexiones, escuché la primera llamada de los gongs. Respetado Señor — le dije levantándome d e m a l a gana —, es preciso que me vaya. No, hijo — me respondió el anciano riéndose —. Pue-

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des quedarte. ¿Acaso no estás aquí recibiendo las enseñanz as d e un H e rmano Mayo r? N o te va yas . Es tás d ispe ns ado del servicio nocturno. Me senté de nuevo. Sabía que era así. A pesar de que él no era un lama sino un asceta, como consecuencia de su edad, sus viajes y su experiencia, era considerado como un Hermano Mayor. —Vamos a tomar té, hijo — exclamó —. Vamos a tomar té porque mi cuerpo está débil y siento sobre mí el peso de los años. Té para el joven y para el viejo. Respondiendo a su llamada, un monje sirviente nos trajo té y cebada. Los mezclamos con nuestro "tsampa" y nos dispusimos, él a hablar y yo a escucharle. —El Superior me concedió autorización para abandonar Chakpori y trasladarme a una ermita. Con un monje ayudante salí de aquí y subí a las montañas. Después de una marcha de cinco días, llegamos a un lugar que puede verse desde la terraza, mirando hacia arriba. Asentí con la cabeza. Conocía el lu gar. Era un pequeño edificio solitario construido en un elevado paraje del Himalaya. El anciano prosiguió su relato. —El lugar estaba vacío. Su ocupante había muerto recientemente. Entre el ayudante y yo lo limpiamos todo. Después, por última vez, contemplé Lhasa, Chakpori y el Po ta la , y e ntré en la cáma ra in terio r. El ayudante tap ió la puerta sólidamente y yo quedé allí solo. —¡Pero, Señor! ¿"Cómo" es el interior? —Es un edificio de piedra — respondió el anciano Wu H s i p a u s a d a m e nt e , m i e n t ra s s e ra s c a b a l a c a b e z a — . Su s muros son muy gruesos. La puerta queda cerrada por un tabiqu e. En un rincón, hay un orificio por el que no puede e nt ra r l a l u z y p o r e l q u e e l e re mi ta re c i b e l o s a l i m e n to s . S e t ra ta d e u n t ú n e l o s c u ro q u e c o m u ni c a l a c á m a r a i n te ri o r con la hab i tac ió n que ocup a el ayud ante . S e vi ve comp l e ta m e n t e a i s l a d o . L a o s c u r i d a d e ra t a n e s p e s a q u e c a s i podía palparse. No entraba ni el menor destello de luz ni el menor ruido. Sentado en el suelo, inicié mis meditaciones. Al principio, tuve alucinaciones y creí ver rayos y franjas

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luminosas. Luego me pareció que la oscuridad me estrang ul aba como si es tu v ie ra rode ado d e b a rro . El tie mpo de jó de existir. Pronto sonaron en mi imaginación cánticos y sonidos de campanas y gongs. Y después, sintiendo que me ahogaba, me precipité contra los muros de mi celda enloquecido, intentando salir. La diferencia entre el día y la noche había dejado de existir. La oscuridad y el silencio de las tumbas lo dominaba todo. Poco a poco, sentí que mi espíritu se apaciguaba y mi terror se desvanecía. Yo intentaba visualizar la escena: El anciano Wu Hsi — ¡e nto nce s jov en ! — e nvu el to e n la o scuri dad v iv ie nte de su celda, abismado en el silencio absoluto. —Cada dos días — prosiguió el anciano —, llegaba el a yu d a n t e y c o l o c a b a a n t e e l o ri f i c i o u n p o c o d e " ts a m p a " . Se acercaba tan silencioso que nunca le oía. La primera vez. cuando buscaba mi comida a tientas, en la oscuridad, le di un golpe y la coloqué fuera del alcance de mi mano. Al darme cuenta de que me era imposible llegar hasta ella, llamé al ayudante y grité, pero mi voz no salió de mi celda. Por esta razón, me vi obligado a esperar otros dos días. —Señor — le pregunté —, ¿qué sucede si un eremita cae enfermo o muere? —Hijo mío — dijo Wu Hsi —, si un eremita cae enfermo, muere. El ayudante le sigue llevando la comida cada dos día s du rante u n pe ríodo de ca to rce dí as . Tra nscu rri do ese tiempo, si el eremita no ha tocado los alimentos, suben unos hombres, echan abajo el tabique que obstruye la puerta y sacan su cuerpo. C o m o y a h e d i c h o , W u H s i h a b í a s i d o e re mi ta d u ra n te siete años. —¿Y qué ocurre en los casos en que, como sucedió contigo, el eremita resiste todo el tiempo fijado previamente? —Yo viví allí durante los dos años que me había propuesto. Y después amplié ese plazo a siete años. Cuando se fue acercando el momento de mi salida, hicieron un diminuto orificio en el techo con objeto de permitir que pasara un insignificante rayo de luz. Periódicamente fueron

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ampliando el o rificio para que entra ra un po co más d e c la ridad. Hasta que por fin, al cabo de algún tiempo, ya me f u e p o s ible r es is t i r e l sol sob re mi s o jos . S i u n e rem i ta e s tra sl adado a l ex te rio r súbi ta me nte e n p leno dí a , se vuel ve ciego en el acto porque la oscuridad ha dilatado demasiado sus pupilas y éstas han perdido el hábito de contraerse. C u a n d o s a l í , m i p i e l e ra p á l i d a y b l a nc a y m i s c a b e l l o s s e habían puesto tan blancos como la nieve de las montañas. Me dieron masajes e hice ejercicio porque la inmovilidad había anquilosado mis mú sculos. Recobré mis fu erzas poco a poco y por fin, con el auxilio de mi ayudante, pude bajar de la montaña y volver al Chakpori. Y o m e d i ta b a s u s p a l a b ra s e i n te n ta b a i ma g i na rm e l o s i n t e rmi na b l e s a ño s d e o s c u ri d a d , d e s i l e nc i o a b s o l u to , v i v i d o s e n l a s o l e d a d . Y m e s e n t í a m a ra v i l l a d o a n t e a q u e l la proeza. —¿Y cuáles fueron las enseñanzas que obtuviste con ese sacrificio? — le pregunté por fin —. ¿"Valió la pena" hacerlo? —¡Sí, hijo, sí, valió la pena! — dijo el viejo monje —. Comp rend í e l s en tido de l a v ida y la fin ali dad de l ce rebro . Me liberé de mi cuerpo y conseguí, lo mismo que tú ahora, introducir mi espíritu en lo astral. — P e ro , ¿ c ó m o s a b e s q u e n o fu e u na s i mp l e i l u s i ó n de tus sentidos? ¿Cómo sabes que no estabas loco? ¿"Por qué" no podías, lo mismo que yo ahora, introducirte en lo astral? W u H s i e m p e z ó a r e í r y s i g u i ó r i e n d o h a s ta q u e l a s l á grimas resbalaron por sus arrugadas mejillas. — ¡ P re gu n t a s ! ¡ P r e g u n ta s ! ¡ P r e g u n t a s ! — d i j o a l f i n — . ¡Las mismas preguntas que yo me hacía...! Primero me dominó el pánico y maldije el día en que se me ocurrió hacerme monje y el día en que entré en mi celda de eremita. Pero poco a poco fui capaz de seguir las normas que regulan l a respiración y pude empezar a meditar. Como ya te he d ic ho , a l p ri nc ip io tu ve al uc i nac io nes y cre í v e r co sas que no e x i s t í a n . P e ro e l d í a q u e m e l i b e ré d e m i c u e rp o , l a o s curidad dejó de ser oscuridad para mí. Vi mi propio cuerpo sentado en el suelo en actitud meditativa. Vi mis ojos cie-

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gos, fijos, desorbitados. Vi la palidez de mi piel y la delgadez de mi carne. Me elevé sobre mí mismo, atravesé el techo de mi celda y vi a mis pies el Valle de Lhasa. Observé los cambios que se habían producido, contemplé a los viejos amigos y, al entrar en el Templo, conversé telepáticamente co n u n la ma , qu e m e co n fi rmó que rea lm ente hab ía co nse g u i d o m i l i b e ra c i ó n . R e c o r r í e l p a í s e n t e r o y v i s i t é p a í s e s extranjeros. Y cada dos días, regresaba de nuevo a mi cuerpo , rea ni má ndo lo pa ra qu e pud ies e re cog e r l a comida y a li mentarse. Pero ¿por a qué la no podías, e re mí tic a , sin necesidad eso s de someterte vid a re al iz a r v ia jes

a s tra les ? — le p regunté. La mayor parte de los humanos somos seres c o r r i e n t e s . So n mu y p o c o s l o s q u e p o s e e n l o s p o d e re s e s p e c i a l e s que te han sido entregados a ti con el objeto de que puedas r e a l i z a r t u m i s i ó n . Y a s é q u e h a s l l e g a d o m u y l e j o s e n l a dim en sió n a s tral . P e ro te n e n cu en ta qu e hay mu chas p e rsonas qu e, como yo, deben templarse en la soledad y en el sacrificio para poder liberar su espíritu del yugo de la carne. T ú e r e s u n o d e l o s a f o r t u n a d o s , h i j o " M u y " a f o r t u n a d o ! — Su spi ró y d i jo e n u n su su rro . — Vete y a . Te ngo qu e de sc a n s a r . H e h a b l a d o d u r a n t e m u c h o t i e m p o . V u e l v e a v i s i tarme otra vez. Siempre serás bien recibido... a pesar de tus preguntas. Me volvió la espalda y yo, musitando palabras de gratitud, me puse en pie, me incliné ante él respetuosamente y salí de su habitación. Mis pensamientos me tenían tan abstraído que anduve directamente hasta el muro de enfrente y tropecé con él de tal forma que faltó muy poco para que mi espíritu abandonara mi cu erpo. C aminé lentamente por el corredor, frotándome la cabeza dolorida, y me fui al Templo. El servicio de medianoche estaba terminando. Los monjes se apresuraban ansiosos, para tener unas horas de reposo y d e su e ño has t a e l d ía si gui e n te . E l a nc iano lec to r colo có la señal cuidadosamente entre las páginas del libro y descendió, presuroso también, de su tribuna. Los ojos perspicaces

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de los vigilantes, siempre atentos para evitar los alborotos o para dar alguna llamada de atención a los muchachos distraídos, parecieron relajarse. El servicio tocaba a su fin. Los pequeños "chelas" eran objeto de la última inspección de la jornada y se escuchaba el susurro apenas reprimido de una gran reunión dispuesta a disgregarse. De pronto, un espantoso alarido pareció perforar nuestros oídos. Una figura salvaje saltó sobre las cabezas de los monjes que permanecían en sus asientos e intentó atacar a un joven asceta que sostenía dos varillas de incienso. Todos nos levantamos sorprendidos. Ante nosotros, el salvaje se retorcía convulsivamente, arrojando espumarajos entre sus labios contraídos y lanzando gritos horribles desde su garganta torturada. Durante unos instantes, todo se quedó paralizado. Los monjes policías permanecían inmóviles, helados de asomb ro . Lo s s a c e rd o t e s q u e o fi c i a b a n s e ha b í a n q u e d a d o c on l os b razo s al zado s . De spués, l os v i gi la ntes e ntra ron e n ac ción con violencia. Rodearon al loco y, con gran rapidez, l o dom in a ron , a tand o su man to e n to rno a su c ab e za p ara que no se oyeran los juramentos que surgían como un torrente de su boca. Con gran eficiencia y rapidez, lo sacaron del Templo. El servicio terminó. Nos levantamos y salimos rápidam e n te p a ra p o d e r h a b l a r d e l e s p e c tá c u l o q u e a c a b á b a m o s de presenciar, una vez estuviéramos afuera. Es Kenji Tekeuchi — dijo cerca de mí un j o v e n a s ceta —, un monje japonés que ha viajado por t o d o s l o s países. Sí, eso dicen — dijo otro —. Se ha recorrido el m u n do entero. —Buscando la Verdad — dijo un tercero —, pero con la esperanza de poder alcanzarla sin necesidad de tener que esforzarse demasiado. Me marché lleno de preocupaciones. ¿"Por qué" la "búsqueda de la Verdad" podía enloquecer a un hombre? La h abi tac ión e s taba fría y yo temb lab a . Me e nvo lv í e n mi manto y me dispuse a dormir. Cuando los gongs nos llamaron nuevamente al servicio, me pareció que acababa de

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acostarme. Miré por la ventana y vi brillar los primeros ra yos de l so l de sce nd ie ndo de sde lo a l to de l as mo n ta ña s , con sus columnas de luz parecidas a dedos gigantescos que se alzaban al cielo como para alcanzar las estrellas. Suspiré y atravesé velozmente el corredor con la esperanza de no ser el último en llegar al Templo y librarme de las iras de los vigilantes. — P a re c e s e s ta r p e n s a t i v o , L o b s a ng — d i j o m i Ma e s t ro el Lama Mingyar Dondup, cuando fui a verle después del servicio de mediodía. Me invitó a sentarme con un gesto. — V i s te a l mo n j e j a p o n é s Ke n j i Te k e u c hi e n e l Te mp l o , ¿verdad? — me dijo —. Quiero hablarte de él ya que vas a volver a verle. Me senté con la mayor comodidad posible. Todo parecía indicar que nuestra sesión no iba a ser breve. ¡Me había "cazado" para el resto del día! Al ver mi expresión, el Lama se sonrió. — ¿ Q u i e re s q u e to m e m o s u n p o c o d e té i nd i o . . . y u no s p a s te l e s . .. p a ra e nd u l za r l a p í l d o ra , L o b s a n g ? — A n te e s a perspectiva me animé de pronto. Él seguía sonriendo. — E l s i rv ie n te lo v a a t rae r t od o en se gu ida — a ñad ió — . ¡Te estaba esperando! "Es cierto — pensé, al ver que entraba el monje sirviente —. ¿Dónde podría yo encontrar un Maestro como éste?" Los dulces de la India me complacían extraordinariamente. ¡Y los ojos del Lama se desorbitaban, algunas v ece s , so rp rend idos al comp roba r cuá n tos era cap az de "l iquidar"! —Kenji Tekeuchi — dijo mi Maestro — es... era... un hombre muy versátil. Fue un gran viajero. Durante toda su vida (y ahora pasa ya de los setenta años), se ha recorrido el mundo entero buscando lo que él llama "la Verdad". Sin embargo, aunque él no lo sabe, la verdad está e n su in te rio r. Pe ro e n lug a r de bus ca rla de n tro de s í mis mo, realizó interminables viajes. Estudió muchas religiones y l e y ó , o b s e s i o n a d o , m u c h o s l i b ro s d e tod o s l o s p a í s e s d e la tierra, buscando, siempre buscando. Después de mucho

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t i e mp o , l l e g ó h a s t a n o s o t r o s . H a e s t u d i a d o t a n t a s t e o rí a s co n tra ria s que su au ra ps íqu ica se ha ll a co n ta mi nad a . Ha l e í d o t a n to y c o mp re nd i d o ta n p o c o q u e c a s i s i e m p re e s t á enajenado. Es como una esponja humana que absorbe todos los conocimientos, pero es incapaz de asimilarlos. —Entonces, señor — le pregunté —, ¿crees que el estudio de los libros es inútil? —Nada de eso, Lobsang — replicó el Lama —. Pero, como todos los hombres de criterio, me opongo a la lectu ra de folletos, panfletos y libros de ocultismo y de cultos extraños. Los que leen esas obras "envenenan" su espíritu, se cierran a sí mismos la senda de todo progreso futuro hasta que se desprenden de esos falsos conocimientos y se convierten en niños ignorantes. —Honorable Lama — le pregunté —. ¿"Cómo" puede l a lec tu ra i nade cuada condu ci r, al gu na s vec es , a la co n fusión y a la locura? —Es una larga historia — me respondió el Lama Mingyar Dondup —. En primer lugar, es necesario que analic emos a l gun as cos as es enci al es . ¡ Te n p ac ienc ia y e scúc ha m e! Lo s human o s somos lo m is mo qu e t í te r es sob re la Ti e rra. Estamos hechos de moléculas vibrátiles rodeadas de cargas de electricidad. Nuestro espíritu tiene una escala de vibración mucho más elevada que la de nuestro cuerpo, una carga eléctrica mucho mayor. Entre nuestra escala de vib rac ión y l a e sca la d e vi b rac ió n de nue s tro S e r ex is te u n a re l a c i ó n p e r f e c ta me n te d e fi ni d a . E l p ro c e s o d e c o m u ni cac ió n en tre no so tros , e n l a Ti e rra , y nue s tro Se r, e n la dimensión donde éste se halle, puede ser comparado con el p roc eso a travé s d el cu al las ond as h e rtzianas pued en ser transmitidas, a través de los mares y de los continentes, a u n a p e rs o na d e a l g ú n p a í s re m o to . N u e s tro s c e re b ro s s o n lo mismo qu e receptores de radio que reciben los mensajes de "alta frecuencia", las órdenes y las instrucciones de nuestro propio Ser, para transformarlas en impulsos de baja frecuencia capaces de controlar nuestras acciones. El cerebro es el instrumento electro-químico-mecánico que nos mueve sobre la Tierra. Pero las reacciones químicas deter-

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m i n a n u n fu n c i o n a m i e n to d e fe c tu o s o d e nu e s tro c e re b r o , interfiriendo parte del mensaje ya que es muy difícil, mient r a s pe r ma ne zc amos e n l a Ti e rra , re cib i r e l m e nsa je " exacto" que nuestro Ser nos "transmite". Y ello es debido a que l a Mente es capaz solamente de llevar a cabo acciones limitadas, a no ser que se vincule al Ser. La Mente puede a cep ta r c ie rtas re sponsab il idad es , fo rma rs e ci e rtas op in io n e s e i n te n ta r c o l m a r e l a b i s mo e x i s te n te e n tr e l a s c o n d i ciones "ideales" del Ser y las dificultades vigentes sobre la Tierra. Pero, ¿aceptan los occidentales la teoría de la e l e c t r i cidad cerebral? — le pregunté. Sí — respondió se mi Maestro las ondas —. En algunos de los hospitales, registran cerebrales

pacientes y han descubierto que algunos desórdenes mentales tienen un diagrama c e re b ra l c a ra c te r í s ti c o . D e e s ta fo rm a , a través del e s tudio si una de las ondas su fre del cerebro es posible o determinar persona alguna enfermedad

desorden mental. Sucede con frecuencia que una dolencia física determinada produce en el cerebro ciertas sustancias químicas que contaminan sus ondas y producen algunos síntomas de locura. ¿Es muy grave la locura del japonés? — le p r e g u n t é . —Vamos a verle ahora mismo. Está en uno d e s u s p e ríodos de lucidez. E l La m a M i n g y a r D o n d u p s e l e v a n tó y s a l i ó p re s u ro s o de l a hab i ta ció n. Yo l e se guí ráp ida me n te . A trave samo s v arios corredores y llegamos al lugar apartado donde eran a lo jado s lo s qu e es t ab a n som e tid o s a t r a ta mi en to méd ico . En u n pequ eño dormitorio, desde cuya ventana se divisaba e l K ha t i L i n g a , e l m o n j e j a p o n é s m i r a b a a l o l e j o s s u m i d o en profundas reflexiones. Al acercarse el Lama Mingyar Dondup, se levantó, le estrechó las manos y se inclinó ante él con el mayor respeto. Siéntate este joven — dijo mi Maestro —. He traído a pa ra qu e e scu c he tu s p alab ras . Sigu iendo

ó rde ne s de l P rofundo, está recibiendo una enseñanza intensiva. El Lama le saludó, nos volvió la espalda y salió de la habitación. El japonés me miró fijamente durante unos ins-

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tantes. Después, me invitó a sentarme. Y yo me senté, aunque a una distancia prudencial ya que no sabía si existía el riesgo de que sufriera otro ataque de violencia. —No llenes tu cabeza de teorías sobre lo oculto, muc ha cho — me d ijo — , po rqu e e l lo te p roduci rá u na ind i ges tión capaz de obstaculizar todo progreso espiritual. He estud i a d o to d a s l a s re l i g i o ne s , to d o s l o s c u l to s m e ta f í s i c o s d e que tuve noticia y ello me envenenó, enturbió mi visión de las cosas y me convenció de que yo era un Elegido. Pero a ho r a , m i c e re b ro e s t á e n fe rm o y , e n o c a s i o ne s , p i e rd o e l control de mí mismo y escapo en busca de mi Espíritu. —Pero, señor — exclamé —, ¿es acaso posible aprender algo sin leer ningún libro?; ¿qué daño pueden causarnos las palabras impresas? —Sin duda alguna, puedes leer, hijo — me respond ió —, p e ro debe s e le gi r cu idado sam ente tus le c tu ras , p rocurando comprender con segu ridad su contenido. Las palabras impresas no entrañan ningún peligro intrínseco, pero "existe" el peligro de los pensamientos que éstas puedan determinar. No es aconsejable comer todo lo que cae en nu es tras ma nos , me zc la ndo a l ime n tos i ncomp a tib le s . Tam poco se debe n l ee r l ib ros que s e con tradi gan u nos a o tro s o q u e p ro m e ta n p o d e re s o c u l t o s , p o rq u e e l l o p u e d e e ng e n drar Formas Mentales imposibles de controlar, como me sucedió a mí, que nos causan un gran daño. —¿Has visitado todos los países del mundo? — le pregunté. El japonés me miró y sus ojos se llenaron de una luz extraña. —Nací en una pequeña aldea del Japón — dijo —, y c u a n d o a l c a nc é l a e d a d re q u e ri d a p a ra e l l o , i n g r e s é e n e l Servicio Sagrado. Du rante muchos años, estudié religiones y practiqué el Ocultismo. Fue entonces cuando mi Superior me ordenó que viajara, que visitara otros países. Durante cincuenta años, visité un país tras otro, recorrí todos los continentes, siempre estudiando. Pero mi pensamiento había creado poderes qu e yo no era capaz de controlar, poderes que residen en la dimensión astral y que, algunas ve-

LOBSANG RAMPA c e s , a f e c t a n n o c i v a m e n t e m i C o r d ó n d e P l a ta . T a l v e z m á s t a rd e me p e rmi t a n vo lve r a hab la r con t i go . Pe ro aho r a , me siento aún muy débil después de mi último ataque y, por ello, tengo necesidad de descansar. Si tu Maestro te lo permite, puedes visitarme otro día. Le hice la reverencia de rigor y le dejé solo en su dormitorio. Al verme partir, un monje médico se acercó a él solícito. Lleno de cu riosidad, miré a mi alrededor, a los ancianos que languidecían enfermos en aquella parte del Chakpori. Después, recibí una urgente llamada telepática de mi Maestro, el Lama Mingyar Dondup, y me apresuré a ir a su encuentro.

CAPITULO V

Atravesé rápidamente los corredores, doblando las esquina s a to d a v e l o c i d a d , p o n i e nd o e n p e l i g ro l a s e g u r i d a d d e a q u e l l o s q u e s e c ru z a b a n c o n mi g o . U n v i e j o sujetó al pasar, sacudiéndome con fuerza. —No está bien que te dejes dominar por esa prisa, hijo — me advirtió —. Es indecorosa e impropia de un auténtico budista. Lu ego me miró a los ojos y reconoció en mí al discípu lo del Lama Mingyar Dondup. Emitiendo un sonido inarticulado que sonó como un "!ulp!", me soltó como si mi contacto le hubiera quemado y se marchó "rápidamente". Yo seguí mi camino, ya más reposado. Me detuve en el umbral de la habitación de mi Maestro tan súbitamente que estuve a punto de caer al suelo. Mi conciencia me estaba jugando u na ma la pa sada . "¿Qué " e ra lo qu e habí a h ec ho ? O mejor dicho, ¿cuál de mis numerosas "faltas" había sido descub ie rta ? Lo s Supe rio re s no solí a n espe ra r a los mu chac hos a no ser que fuera necesario comunicarles alguna mala noticia. Mis piernas temblaban. Busqué en mi memoria intentando recordar algo que pudiera determinar mi expulsión del Chakpori. Uno de los Superiores me contempló, so n rie ndo con una co rdi al idad de iceb e rg . El o tro me m iró co n un ros t ro qu e p a rec ía hab e r sido l ab rado e n u na roca del Himalaya. Mi Maestro sonreía. —Sin duda alguna, Lobsang, no tienes la conciencia tranquila — dijo, y añadió riendo entre dientes —: ¡Escu-

monje

me

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c ha ! E s t o s R e v e re n d o s H e r m a no s S u p e r i o re s s o n t a m b i é n lamas telepáticos. L as mi r ad as d e los do s sup er i o res es tab an f i j as e n m í . Con una voz de terremoto, uno de ellos me dijo: —Lobsang Rampa, como consecuencia de las investig ac io nes o rden ada s po r el Pro fu ndo , se ha p robado in equ ívocamente que eres la actual Reencarnación de... Mi cabeza se estaba convirtiendo en un torbellino de ideas. Me resultaba difícil seguir sus palabras y casi no comprendí sus conclusiones. —... y se te confiere el trato, rango y título de Superior, que te será oficialmente concedido en el curso de una ceremonia cuya fecha y lugar de celebración serán fijados a su debido tiempo. Los lamas hicieron una solemne reverencia ante el Lama Mingyar Dondup, inclinándose después ante mí, también solemnemente. Salieron y el ruido de sus pisadas se fue apagando conforme se alejaban. Yo miraba fascinado hacia e l co rredo r po r do nde e llo s se h ab ía n ido . Una ris a co rd ia l y u n golp e c a riñoso en mi esp ald a m e hi ci e ro n re g re sa r a l presente. — B i e n . A ho ra y a s a b e s l o q u e h a y . L a s p ru e b a s a q u e te sometimos confirmaron lo que todos sabíamos desde hace y a mucho tiempo. Por ello es preciso que nosotros dos lo celebremos muy especialmente. Por mi parte, debo comunicarte algo realmente interesante para ti. Pasamos a otra habitación donde nos habían servido una auténtica comida india. ¡No necesitó insistir! ¡Me senté inmediatamente! Poco después, cuando me resultaba ya imposible seguir comiendo, cuando hasta el espectáculo de los alimentos que habían quedado me producía cierto malestar, mi Maestro y yo regresamos a su habitación. — E l P ro fu n d o me h a d a d o s u a u to ri z a c i ó n p a r a q u e te h a b l e d e l a C a v e r n a d e l o s A n te p a s a d o s .. . O me j o r d i c ho ,

me h a su g er id o qu e l o h a g a . — M e m i r ó c o n l o s o j o s e n tornados y añadió susurrando —: Dentro de unos días, saldrá una expedición para allí.

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La excitación me dominaba. Sentía la impresión incomprensible de que tal vez iba a volver a "mi hogar", a un l u ga r q u e h a b í a c o no c i d o a n te s . M i Ma e s t ro m e o b s e rv a b a fijamente. La intensidad de su mirada me obligó a levantar la cabeza. —Lo mismo que tú, Lobsang — me dijo —, yo fui som e tid o a u na p rep a rac ió n esp ec ia l . Ta mb ié n m e o fr ec ie ro n las mismas oportunidades excepcionales. Mi propio Maest ro fu e u n h o m b re q u e a b a n d o nó e s ta v i d a h a c e y a m u c h o t i emp o y cu y as c en i zas s e co nse rva n tod av ía e n l a C áma ra de las Imágenes de Oro. Con él recorrí el mundo entero. Tú tendrás que viajar solo, Lobsang. Ahora escúchame. Voy a hablarte del descubrimiento de la Caverna de los
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Antepasados. M e hu m e d e c í l o s l a b i o s . D u r a n te m u c ho ti e mp o , ha b í a d e s e a d o q u e me ha b l a ra d e e l l o . E n u n a l a m a s e r í a , l o m i s mo que en todas las comu nidades, los rumores se difunden muy a menudo con cierto carácter confidencial. Algunos rumores eran, sin duda alguna, solamente "rumores" que carecían de fundamento. Pero desde el primer momento, me pareció que los rumores relativos a la Caverna de los Antepasados constituían algo muy distinto y los creí ciertos. —Yo era un lama muy joven, Lobsang — dijo mi Maestro iniciando su relato —. Junto con mi Maestro y otros t r e s l a ma s j ó v e ne s , e s tá b a m o s re a l i z a nd o u n a e x p l o r a c i ó n en unas montañas lejanas. Pocas semanas antes, habíamos e s c u c ha d o u n t e r ri b l e e s t ru e nd o , a l q u e s i g u i ó u n e n o r me alud de rocas. Salimos dispuestos a investigar la razón d e a q u e l a c o nt e c i m i e n to . D u ra n t e v a ri o s d í a s , e x p l o ra m o s la base de un enorme cúmulo rocoso. Al amanecer del quinto día, mi Maestro despertó aunque, según todos los indicios, no había despertado del todo. Parecía estar absorto. Le hablábamos, pero no nos respondía. Yo me sentía l l e no d e p re o c u p a c i ó n a n te l a s o s p e c ha d e q u e p u d i e ra e s tar enfermo. Pensaba en la forma adecuada para descender con él varias millas de montaña con el objeto de intentar s a l v a rl e . L e n ta m e n te , c o m o s i s e h a l l a ra b a j o e l i n f l u j o de algún poder extraño, se tambaleó, cayó al suelo y, final-

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mente, se puso en pie de nuevo. Después, vacilante, empe zó a sa l ta r sob re la s roca s y a c am in a r como en t ran ce . L e s e g u i m o s t e m b l a n d o d e m i e d o . E s c a l a m o s u n a g r a n roca, sintiendo sobre nosotros una lluvia de polvo y de pied ra s p e q u e ña s . Ll e g a m o s al fin a la cima y o b s e rv a m o s el terreno. Experimenté un sentimiento de profundo desencant o . A n te n o s o t ro s , ha b í a u n p e q u e ño v a l l e l l e no d e ro c a s . S i n d u d a a l g u n a e r a a l l í d o n d e s e p r o d u j o e l d e r r u m b a miento cu yo es true ndo hab ía mos o ído . A l pa rece r, fu e p rov o c a d o p o r a l g ú n t e m b l o r d e t i e r r a o p o r a l g ú n f a l l o d e l te rr e no q u e s e h a b í a a c e n t u a d o p o c o a p o c o . L a s g ra nd e s grietas y las piedras partidas hacía poco tiempo, reflejaban l a l u z d e l sol. El musgo y los líquenes, privados de todo apoyo, c o l g a b a n l l e n o s d e t ri s t e z a . M e d i l a v u e l t a d i s g u s t ad o . A ll í n o hab ía nad a qu e ll ama r a mi a tenció n , a no se r u n e n o r m e montón de rocas. Me disponía a descender cuando escuché que alguien susurraba mi nombre. "¡Mingyar!". Me d e t u v e . U n o d e m i s c o m p a ñ e r o s m e s e ñ a l a b a al go . M i Ma es tro , someti do toda ví a a e x tra ñas i n flue nc ia s , descendía por la ladera de la montaña. E s c u c h a nd o e l re l a t o d e m i M a e s t ro , e l L a m a M i n g y a r Do ndup , e s taba comp le tamente abso rto . Él s e inte rrump ió durante unos instante y bebió unos sorbos de agua. — Le o b s e r v á b a mo s d e s e s p e r a d o s — p ro s i gu i ó d e s p u é s mi Ma es tro — . Le ntamen te se gu ía de sce ndi e ndo y ac e rcándose al valle. No sin cierta desconfianza, le seguimos, tem i e n d o d e s p e ñ a rn o s . U n a v e z a b a j o , m i M a e s t ro , s i n v a c i laciones pero con el mayor cuidado, caminó entre las rocas inmensas y alcanzó el otro extremo del valle. Con gran desesperación por nuestra parte, empezó a trepar por la o t r a l a d e r a a p o y a nd o s u s p i e s y s u s m a n os e n l o s h u e c o s y los salientes qu e nosotros, a cierta distancia de él, no podíamos ver. Le seguíamos contra nuestro deseo. No teníamos otra alternativa. No podíamos regresar y decir a todos que el jefe de nuestra expedición había trepado a un lugar muy peligroso y que no nos habíamos atrevido a seguirle. Yo fui el primero en imitarle, procurando elegir el camino más sencillo. El terreno era absolutamente rocoso.

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E l a i re es ta b a e n ra rec i d o . Mu y p ro n to , m i a lie n to e mp e zó a a t r a v e s a r m i g a r g a n t a c o n d i f i c u l ta d y m i s p u l m o n e s s e l l e na ro n c o mo d e u n d o l o r s e c o y a g u d o . E n u n a p e q u e ñ a g ri e ta , si tu ada a u nos qu in ie ntos pi es de a l tu ra , me te nd í para tomar aliento. Cuando, dispuesto a seguir ascendiendo, m i ré h ac ia a r ri b a , p ud e ve r e l ma n to a ma ri l lo d e m i M aes tro, qu e desaparecía en lo alto. D e mala gana, me enfrenté de nuevo con la montaña y seguí subiendo sobre aquel precipicio. Mis compañeros, tan disgustados como yo, también trep aban d e trás d e noso tro s. Hab íamo s ya de jado aba jo la protección de las otras montañas que circundaban el valle. Y el viento, que soplaba con gran fuerza, arremolinaba nuestros mantos en torno a nuestros cuerpos. El ascenso era c ada v ez más d i fí ci l y un a l luv ia d e p i ed ras p eque ña s caí a sobre nosotros. Mi Mae stro inte rru mpió d e n uevo su rela to pa ra b ebe r otro sorbo de agua y para comprobar si yo estaba interesado en su s palabras. ¡Y en verdad, yo sentía un au téntico interés por todo aquello! —Por fin — prosiguió mi Maestro, el Lama Mingyar Dondup — mis manos descubrieron un gran escalón de roca sobre mí. Me así a él con fuerza y advertí a mis compañ e ro s q u e a l l í h a b í a u n l u g a r d o nd e p o d í a m o s d e s c a ns a r . E r a u na p l a ta f o r m a o b l i c u a q u e s e h u n d í a e n l a m o n ta ñ a p o r l o q u e e ra i m p o s i b l e v e rl a d e s d e l a l a d e ra d e l o t ro e x tre mo de l va lle . Pa re cí a tene r uno s d ie z pi es de a nc ho . No me quise entretener observando el lugar más cuidadosamente. Me arrodillé y ayudé a los demás a subir hasta allí. Pronto nos reunimos todos. El viento nos azotaba y nosotros jadeábamos como consecuencia del esfuerzo. Era evidente que la caída de las rocas había dejado al descubierto aquel saliente. Lo observé todo atentamente y me di cuenta de que había una grieta en la montaña. ¿Lo era realmente? P o d í a s e r ta m b i é n u na m a n c ha , u n a s o m b ra o u n p o c o d e liquen oscu ro. Desde donde estábamos no podíamos disting ui rlo co n exac ti tud . Como mo vido s po r el mi smo re so rte , nos adelantamos todos a una. "Era" una grieta de unos dos

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pies y seis pu lgadas de ancho y casi cinco pies de alto. De mi Maestro no quedaba el menor rastro. Pod ía hab e r visua l iz ado perf ec tamente la e scena. Pero no era el momento oportu no para introspecciones. ¡No quer í a perderme una sola palabra! El Lama Mingyar Dondup prosiguió su relato. —Miré hacia arriba para ver si mi Maestro había seguido subiendo , pero todo in di caba que no hab ía sido así. L l eno d e mi edo , m i ré hac ia e l in te rio r de l a g ri e ta . E s taba tan oscuro como una tumba. Avancé pulgada a pulgada, con grandes dificultades y fui entrando poco a poco. Recorrí unos quince metros ya dentro de la cueva y doblé v a ri as e squ inas , ava nza ndo e n la os cu rid ad . Pe ro d e p ronto... si el miedo no me hubiera mantenido paralizado, hab rí a l a n z a d o u n g r i t o d e s o r p r e s a . A l l í h a b í a l u z , u na l u z suave

y

plateada, más brillante que la de la luna. Yo nunca

h a b í a v i s to u n a l u z c o m o a q u é l l a . H a b í a l l e g a d o a u na c a verna más grande que las anteriores. Era imposible comprobar la altura del techo que se perdía en la oscuridad. Uno de mis compañeros me apartó para poder verlo todo m ejo r y, d espués , fu e apartado po r un terc ero . Lo s cu atro permanecimos silenciosos y atemorizados contemplando a que l fantás tico e spec tácu lo que se nos ofre cí a . Un e spe ct á c u l o q u e a c u a l q u i e ra d e n o s o tro s , q u e hu b i e ra l l e ga do allí solo, le hubiera obligado a pensar que había perdido la r a zó n . La cav er n a p a rec ía un s aló n i nme nso que se ib a e strechando a lo lejos, dando la sensación de que toda la montaña estaba hueca. La luz que lo iluminaba todo procedía de numerosas esferas que parecían estar suspendidas en la oscuridad del techo invisible. El lugar estaba lleno de aparatos extraños y de máquinas que nunca pudimos haber imaginado. Muchos de estos aparatos y mecanismos estaban t a m b i é n s u s p e nd i d o s d e l te c h o . C o n g ra n a s o m b ro , m e d i cuenta de que algunos de ellos estaban recubiertos con un cristal extraordinariamente transparente. Mis ojos debían estar desorbitados de sorpresa, porque e l L a ma Mi n g ya r D o nd u p s o n ri ó d i v e rt i d o , a n te s d e p ro s e guir su apasionante historia.

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—Ante aquella insólita visión, nos habíamos olvidado p o r c o mp l e to d e n u e s tro Ma e s t ro , q u e a p a re c i ó d e p ro n to haciéndonos dar un salto de miedo. Sonrió burlón al ver nuestros ojos de sorpresa y nuestros rostros atemorizados. N os d imos cuenta e nton ces de qu e ya no e s taba dom i nado po r ningu na fue rza pode rosa y ex tra ña . Ju ntos , lo recorri mos todo y observamos aquellos extraños aparatos. Carec ía n de sign ificado para noso tros. Co ns titu ía n tan sólo un c o nj u n to d e me ta l a l q u e s e l e h a b í a d a d o l a s fo rma s m á s exóticas. Mi Maestro se dirigió a una puerta negra construida, al parecer, en los muros de roca de la caverna. Cuando iba a tocarla, inesperadamente, se abrió. Todos empezamos a creer que aquel lugar estaba hechizado y que éramos la víctima propiciatoria de alguna fuerza alucinógena. Asustado, mi Maestro retrocedió de un salto y la pue rta s e c e rró d e u n golp e . U no de mis comp añ e ros , d ando muestras de una increíble valentía, alargó su mano y la puerta se abrió de nuevo. Una fuerza irresistible parecía i mp u lsa r nos a co n ti nua r ade la n te . I n te n ta nd o i nú t il men t e detener nuestros propios pasos, atravesamos el umbral. El interior estaba tan oscuro como la celda de un eremita. Dominados por un impulso increíble, avanzamos algunos pies y nos sentamos en el suelo. Durante unos instantes, permanecimos allí temblando de miedo. Poco a poco, al comprobar que no sucedía nada anormal, nos fuimos tranqu ilizando. Después escuchamos una serie de extraños "clics", como si golpearan o se rasparan dos objetos de metal. Escuchando el relato del Lama Mingyar Dondup, yo temblaba sin poder evitarlo. ¡Estaba seguro de que si hub i e ra e s ta d o a l l í , me h a b r í a m u e rto d e m i e d o ! M i Ma e s t ro prosiguió: —Con una lentitud casi imperceptible, vimos cómo una n i ebl a lu m i nos a se iba ex tendi endo a nte n oso tros de sva ne c ie ndo la oscu ridad . A l p rinc ipio p a rec ía só lo u n p equ e ño g e r m e n d e l u z a z u l a d a , l o mi s mo q u e s i u n e s p í ri tu s e e s tuviera materializando de pronto. La niebla luminosa se fue extendiendo e incrementó su brillo. Y entonces pudimos ver máquinas inverosímiles llenando por completo aquel

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salón inmenso, a excepción del centro del mismo, donde nosotros nos habíamos sentado. La luz daba vueltas, se agitab a , aum e ntaba y d is mi nu ía de intensid ad , ha sta qu e por fin asumió una forma esférica. Yo tenía la extraña, la inexplicable sensación de hallarme en presencia de alguna máquina antigua que chirriaba al ponerse en marcha después de muchos milenios de inmovilidad. Nosotros cinco estábamos pasmados. A mi cerebro pareció llegar una llamada, como si fuese lanzada por algún monje telepático qu e de repe n te s e hub ie ra vue l to lo co . Pe ro de spués , aquel l a p ri m e ra i m p re s i ó n s e d e s v a n e c i ó y l a l l a ma d a a d q u i ri ó la nitidez del lenguaje. Mi Maestro carraspeó para aclararse la garganta. Iba a beber agua de nuevo, pero cambió de parecer. Vamos a tomarnos un té, Lobsang — dijo. A g i tó l a c a m p a n i l l a d e p l a ta . E l m o n j e s i rv i e nt e , a d i v i nando nuestro deseo, llegó con el té... ¡y con dulces! —En el interior de la esfera luminosa vimos unas formas que se agitaban — dijo el Lama Mingyar Dondup —. Al principio eran confusas, pero poco a poco fueron adquiriendo nitidez y dejaron de ser simples formas. Y entonces empezamos a "contemplar" antiguos acontecimientos. Pero, de Honorable Lama — le pregunté lleno i m p a c ie nc ia s i n pod e r co nte ne rme por má s tiempo — , E l L ama se si rv ió u n poco má s de té . Pe nsé que nu nca l e había visto comer ningún dulce indio. Tomaba mucho té, eso sí, pero su alimentación era realmente sobria, mod e ra d a . Lo s go n gs l l a m a ro n a l s e rv i c i o d e l Te mp l o p e ro e l Lama no se movió. Cuando el eco de los últimos pasos de los monjes se apagó a lo lejos, suspiró profundamente. Ahora ya podemos proseguir — dijo v o l v i e n d o a s u relato —. Eso es lo que vimos y oímos. L o m i s m o q u e t ú podrás ver y oír dentro de poco. Hace varios milenios, Los hubo sobre la tierra una civilización voladoras floreciente. hombres ten í a n máquinas

¿ "qué " es lo que viste?

c a p a c e s d e v e n c e r l a l e y d e l a gravedad. Habían inventado aparatos que podían proyectar

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p e n s a mi e n to s e n e l c e re b ro d e s u s s e me j a n te s c o mo s i se tra ta ra d e u na p el ícu la . Co noc ía n la fís ic a nu c le a r y co ns ig ui e ron p ro voc a r una g igante sca explo sión que e s trem ec ió todo el planeta hundiendo continentes enteros en el océano, mientras surgían nu evos continentes de las aguas. El mund o q u e d ó d e s tr u i d o . É s e e s e l o r i ge n d e l a h i s t o r i a d e l D i l u v i o , q u e ha l l e g a d o a n o s o t ro s a tr a v é s d e to d a s l a s re l i giones que existen hoy sobre la Tierra. —Señor — exclamé impresionado por sus palabras —. E n n u e s t ro A rc hi v o Ká rm i c o , p o d e mo s c o n te m p l a r a c o n t e cimientos de esta natu raleza. ¿Por qué tenemos, entonces, qu e lu cha r con t a n peligro sa s mo ntañas tan só lo p a ra pre senciar algo que podemos alcanzar más fácilmente sin necesidad de movernos de aquí? — Lo b s a n g — m e r e s p o nd i ó m i M a e s t r o g ra v e m e nt e — . Es cierto qu e en el Archivo Kármico y en lo astral podemos v e r todo s los aco n te ci mi ento s de l a his to ria h uma na . Pe ro l o cierto es que lo "vemos", pero no podemos "tocarlo". A t r a v é s d e l o a s t r a l , n o s e s p o s i b l e v i s i ta r l o s m á s i nc re í b l e s lugares, pero no podemos tocar nada. — Sonrió levem e n t e — . N o s e s i m p o s i b l e t r a e r u n s o l o m a n t o o u n a simple flor a nuestro regreso. En el Archivo Kármico vemos esas cosas, pero nos resulta imposible analizarlas detalladam e nt e . P o r e l l o , d e b e m o s e s c a l a r d e n u e v o l a s m o n ta ña s . N u e s t ro o b j e t i v o e s e x a m i n a r c u i d a d o s a m e n te to d o s a q u e llos aparatos. —¡Es extraño — exclamé — que solamente en nuestro país hayan quedado aparatos de este tipo! —¡No, Lobsang! — respondió mi Maestro —. ¡Te equivocas! En cierto lugar de Egipto existe otro depósito similar. Y lo mismo sucede en una región de Sudamérica. Yo los he visto. Sé dónde están. Estas cámaras secretas fuero n co ns tru idas po r nu es tro s antepasados con e l p ropósito de que las descubrieran las generaciones futuras, cuand o llegara el momento oportuno. Aquel temblor de tierra descubrió casualmente la entrada del depósito del Tibet y, gracias a que pudimos penetrar en él, nos fue posible conocer la existencia de los otros depósitos. Pero la jornada

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está terminando. Dentro de algunos días, una expedición de siete hombres, entre los cuales estarás tú, visitará de nuevo la Caverna de los Antepasados. Los días que siguieron, me sentí dominado por la fiebre de la excitación. Pero me veía obligado a mantener el secreto. Los demás debían creer que nuestro viaje a las montañas tenía por objeto la recolección de hierbas medicinales. Hasta en un lu gar tan recluido como Lhasa, había siempre individuos dispu estos a aprovechar cualquier ocasión para enriquecerse. Los representantes de países como China, Rusia e Inglaterra, los mercaderes que llegaban desde la India e incluso algunos misioneros se mantenían constantemente vigilantes con el propósito de descubrir dónde ocultábamos nu e s tro o ro y nu e s tr a s j o y a s o p a ra a p ro v e c h a r c u a l q u i e r i nfo rmac ió n que l es pud ie ra re su l ta r luc rati va . Po r es a ra zón, nos veíamos obligados a mantener en el mayor secreto el verdadero objetivo de nuestra expedición. Un pa r de sem anas despu és de m i co nv ers ac ión co n e l Lam a Min gya r Do ndup , nos d ispus imo s a pa rtir. No s esper a b a u n l a r g o v i a j e e n t re l a s m o n ta ña s , a t r a v é s d e s e n d e ros rocosos y de oscuros abismos. Como en la actualidad los comunistas han invadido el Tibet, la situ ación de la Caverna de los Antepasados se ha mantenido en secreto ya que la posesión de sus misterios y de sus máquinas les perm i t i rí a c o n q u i s ta r e l m u nd o e nt e ro . P o r e l l o , to d o c u a nt o relato es auténtico y lo único que me veo obligado a silenciar es el lugar por donde pasa realmente el camino que conduce a la Caverna. Los mapas y las indicaciones oportunas para determinar su situación exacta fueron depositados e n u n lu ga r se c re to co n e l ob je to de qu e , cu ando ll egu e el momento fijado, las fuerzas de la "libertad" puedan dar con ella. L e n ta m e n te , d e s c e nd i mo s p o r e l s e nd e ro d e l a l a m a s e ría de Chakpori y recorrimos el Kashya Linga, tras de lo cual llegamos hasta el río, donde nos esperaba el barquero, co n su lanch a rod eada d e vejigas d e yak , hi nchadas como globo s , de s ti nad as a a se gu ra r l a tra ves ía . É ra mos si e te e n total. Por ello, al atravesar el río — el Kyi Chu — nos de-

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mo r amos un poco , pe ro al f in n o s r eunimo s lo s s ie t e e n l a o t r a o ri l l a . N o s d i ri g i m o s ha c i a e l s u d o e s te , c a rg a d o s c o n nu estros paquetes de ropas y alimentos, las cu erdas, algu n a s h e r ra m i e n t a s y u n ma n to d e r e p u e s to p a ra c a d a u n o . Proseguimos nuestra marcha hasta que el sol se puso y las sombras se agigantaron, impidiéndonos continuar. Después, envueltos en la oscuridad, hicimos una modesta comida de "tsampa" y nos tendimos a dormir entre las rocas. El sueño me ve nc ió en segu ida . Mu chos lamas tibe ta nos , s i gu ie ndo l a s p re s c ri p c i o n e s d e s u e s t a d o , d u e rm e n s e n ta d o s . Y o , y otros muchos, dormíamos acostados, pero, también de a cue rdo co n la s re gl as , so lamen te podí amos do rmi r as í , s i nos tendíamos exclusivamente sobre el costado derecho. Lo último que vi, antes de quedarme dormido, fue la silueta d e l L a m a M i n g y a r D o n d u p , r e c o r tá n d o s e c o n t r a e l o s c u r o cielo nocturno, lo mismo que si se tratara de una estatua. N o s d e s p e r ta m o s c o n l a s p r i m e r a s l u c e s d e l a m a ne c e r y tom amos u n l ig e ro d esa yuno . Lue go , ca rg amo s d e nuevo nuestros bártulos y proseguimos la marcha. Caminamos así d u ra n te d o s d í a s . D e s p u é s d e a t ra v e s a r l a s c o l i n a s , l l e g a mos a las verdaderas montañas. Muy pronto nos vimos oblig a d o s a a ta r no s u no s a o t ro s , e n f i l a , e nv i a nd o d e l a n te a l ho m b re m á s l i g e ro — ¡ y o ! — c o n e l o b j e to d e q u e s u j e ta ra las sogas en las piedras más seguras, facilitando con ello el acceso de los demás. De esa forma, fuimos escalando la mo n ta ña l e n ta p e ro p ro g r e s i v a m e n te . P o r f i n , c u a nd o no s hallábamos ante una inmensa roca, casi desprovista de sal i e n t e s d o n d e p o d e r a p o y a r l o s p i e s y l a s m a no s , m i Ma e s tro dijo: —Debemos trepar a esta roca y, por el otro lado, desc e n d e r ha s ta e l v a l l e . E n e l o t ro e x tr e mo d e l v a l l e , e nc o n tra remos la l ade ra do nde es tá s i tuad a l a entrada de la C a verna. I n s p e c c i o na mo s l a b a s e d e l a ro c a b u s c a nd o u n l u g a r adecuado para iniciar el ascenso. Todo parecía indicar que la erosión había limado, durante muchos años, los salientes y las hendiduras. Después de haber perdido casi todo el día en la búsqueda, encontramos un estrecho "cañón", por

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el que pudimos trepar, apoyando las manos y los pies en las rocas de un muro y la espalda en el otro muro. Jadeando y respirando aqu el aire enrarecido, trepamos hasta la cima y miramos hacia abajo. Ante nosotros, teníamos por fin el valle. Aunque observamos con gran atención la ladera del otro extremo, no nos fue posible percibir ninguna cu eva ni si qu ie ra ni n gun a gri e ta e n la sua ve supe rfic ie ro cosa. El valle estaba sembrado de piedras y — lo que es peor — estaba atravesado por un veloz torrente. Adoptando todas las precauciones necesarias, descendimo s has ta e l v al le y no s a ce rcam o s a l as a gu as emb ra ve ci d a s h a s ta l l e g a r a u n l u g a r d o nd e l a s ro c a s p a re c í a n fa c i l i ta r e l pa so , s i é ramos capa ces de da r un l a rgo sa l to . Yo , como era todavía demasiado pequeño, no tenía las piernas suficientemente largas para ello. Por esa razón, me vi sometido a la terrible humillación de tener que cruzar el t o r re n te he l a d o a r ra s t ra d o ma te r i a l m e n te p o r u na c u e r d a que habían atado a mi cintura y de la que tiraban los demás. También ayudaron a cruzar de la misma forma a un lama pequeño y regordete, otro desdichado como yo, que no s e s i n t i ó c a p a z d e s a l ta r s o b re l a s a g u a s . En u n l u g a r apartado, escurrimos nuestros mantos y nos los colocamos de nuevo. La espuma que el viento levantaba nos había empapado a los siete. C ru zamo s e l va l le , so rtea ndo l as p ied ras , y l l eg amos a l a o t r a l a d e ra . M i M a e s t ro , e l L a m a M i n g y a r D o nd u p , no s mostró una hendidura reciente en la base de una gran roca. —Mirad — nos dijo —. Alguna roca, caída desde arriba, ha derribado el saliente que nos sirvió a nosotros para iniciar el ascenso. Nos retiramos unos pasos, para estudiar la forma en que podríamos llevar a cabo la escalada. El primer saliente e s taba a u nos do ce p ies de l s ue lo , pe ro co ns ti tuí a nuestra ú ni ca al te r na ti va . E l lam a m ás a l to y m ás fu e r te se i rgu ió con los brazos extendidos hacia arriba, agarrándose a la roca, tras de lo cual, el lama más ligero subió sobre sus hombros y se agarró también a la roca. Finalmente, entre

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todos , me ayuda ro n a sub i r s ob re és te , y y o , co n u na cu e rd a a t a d a a m i c i n t u r a , p u d e a l c a n z a r e l s a l i e n t e c o n f a cilidad. D eb ajo d e m í , l o s m o nj es me dab a n i ns t ru cc io nes a g rito s y yo, con lentitud, casi muerto de miedo, iba ascendiend o . P o r fin, conseguí atar el extremo de la cuerda en uno de los s a l i e n t e s . M e h i c e a u n l a d o y , u n o t r a s o t r o , l o s lamas treparon, pasaron junto a mí y siguieron ascendiend o . P o r fi n , e l ú l t i m o d e e l l o s ro d e ó s u c i n tu r a c o n l a s o g a y s i g u i ó a l o s d e m á s . E n seguida vi el extremo de la cuerda balanceándose ante mis o j o s y e s c u c h é c ó m o m e o r d e naban gritando que me atara por la cintura. Mi estatura era insuficiente para poder trepar sin ayuda. Me sentí levantado en el vacío y, entre todos, me subieron hasta el lugar donde e l l o s e s t a b a n . L l e n o s d e a m a b i l i d a d y c o n s i d e ra c i ó n ha c i a m i insignificante persona, me habían e s p e r a d o c o n e l o b j e to d e qu e p ud ié ra mo s e n t ra r ju n tos e n la Ca ve rna de los A ntepa sados. Confie so que me se n tí co nmo vido a n te su deferencia. — Y a h e m o s s u b i d o a l a M a s c o t a — m u r m u r ó u n o d e ellos —. Podemos seguir adelante. Es cierto — le respondí —, pero el más pequeño t u v o que iniciar el ascenso o, de lo contrario, "vosotros" n o habríais podido llegar hasta aquí. Acogieron mi respuesta con una carcajada. Después, todos se volvieron a contemplar la oculta entrada. Yo miraba a s o m b r a d o . A l p r i n c i p i o , m e r e s u l t a b a i m p o s i b l e d i s ti ngu ir nada . Ve ía sol am ent e una so mb ra os cu ra qu e , má s que una grieta, parecía un cauce seco o una mancha producida por pequ eños líquenes. Después, me di cu enta de que, realmente, las rocas estaban partidas. Uno de los lamas me empujó hacia dentro. Pasa tú primero — dijo de buen humor —. ¡Así p o drás ahuyentar a los malos espíritus y protegernos a todos! Así fue como yo, el más joven y el menos importante del grupo, entré antes que los otros en la Caverna de los Antepasados. Me arrastré a lo largo del estrecho túnel de piedra. Detrás de mí, podía escuchar la respiración ja-

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deante de los demás que me seguían. Súbitamente, apareció la luz ante mis ojos y yo sentí qu e el terror me paralizaba. I nm ó v i l ju n to a l mu ro ro c o so , c o n t e m p l é a q u e l f a n tá s t i c o espectáculo. La Caverna me pareció de grandes dimensiones. El doble que la Gran Catedral de Lhasa. Pero a diferencia de la Catedral, envuelta perpetuamente en una oscuridad que las lámparas de grasa trataban en vano de disipar, allí la claridad era muy superior a la de una noche de luna l l en a y s i n nube s . Mu y s uperi o r. De eso no cab ía la men or duda. Contemplé las esferas que producían aquella luz. Y los lamas, detrás de mí, también las contemplaban asom brados. —Los archivos antiguos — dijo mi Maestro — indican qu e la i lum inac ió n fue mu c ho más i n te ns a c ua ndo fu e i ns t a lad a . Las l ámp a ras se v an a go tando a med ida qu e pa sa n los milenios. Du ra nte muc ho ra to , no s ma n tu v imo s i nmó vi le s , s il en ciosos, como si temiéramos despertar a los que dormían allí d e s d e ha c í a ta n to ti e m p o . D e s p u é s , c o m o i m p u l s a d o s p o r u na m ism a fue rza , av a nz amos sob re e l sól ido pi so d e roc a e n d i re cc ión a l a p r ime r a má qu i na qu e s e e r gu ía a nte nos otros. Nos agrupamos en torno a ella, temiendo tocarla aunque llenos de curiosidad por descubrir para qué servía. Parecía estar empañada como consecuencia de un largo período de inacción, pero daba la impresión de que estaba disp ue s ta p a r a en t r a r in med ia ta me n te e n fu nc io nam ie n to , suponiendo que alguien hubiera sabido como se ponía en marcha. También nos llamaron la atención otros aparatos, pero co n el mi smo re sul tado . Aque l las máqu i nas resu l taba n de m a s i a d o a v a n z a d a s p a ra no s o tro s . Me d i ri g í ha c i a u na p e queña plataforma cuadrada de unos tres pies de lado, pegada a u n mu ro y rode ada po r u na b a ra ndi l la . Un la rgo tubo d e metal se extendía desde allí hasta el aparato más cerc ano . Me a ce rqué preg un tándom e qué obj e to te nd ría aquel l a p l a ta fo rma y p o r p o c o m e m u e ro d e l s u s to p o r q u e é s t a vibró y se elevó de pronto en el aire. Y en mi desesperación, me agarré a ella con fuerza, elevándome también. Debajo de mí, los seis lamas me contemplaban conster-

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nados. El tubo se había ergu ido y parecía empu jar la plataforma hacia una de las esferas luminosas. Asustado miré a m i a l red edo r. Estab a y a a unos trei n ta p ies de l sue lo y seg u í a ascendiendo. Temía que aquel manantial de luz me incendiara de pronto, lo mismo que a una mariposa que se acerca a una llama. Se escuchó un "clic" y la plataforma q u e d ó i n m ó v i l e n e l a i r e . A l a rg u é m i m a n o l l e n o d e t e m o r y m e di cue n ta de que la e s fera lum i nosa es taba fría como el hielo. Ya "¿Cómo me iba sentía a más tranquilo. Observaba cuanto de allí"? Me agité en me rodeaba. De pronto, me asaltó un pensamiento terrible. bajarme todas d i r e c ciones intentando encontrar una salida, pero todo fu e inútil. Intenté alcanzar el tubo con el propósito de descender por él, pero estaba demasiado lejos. Cu ando ya empezaba a des e s p e r a r , l a p l a t a fo rm a v i b ró nu e v a me n te y e m p e zó a d e s cender. ¡Apenas tocó el suelo salté y escapé! ¡No podía correr el riesgo de que empezara a subir nuevamente! U na g ra n e s ta tu a a g a za p a d a e s t a b a a p o y a d a c o n t ra e l muro. Mirándola sentí que un escalofrío me recorría la m édu l a . Te nía e l cu e rpo de g a to y l a c abez a y lo s hombros de mujer. Sus ojos parecían estar vivos. La expresión de su ro s t ro , t o r c i d o e n u n a m u e c a e n t r e b u r l o n a e i n q u i s i ti v a , me aterró. Uno de los lamas se había arrodillado en el suelo y examinaba atentamente unos signos extraños. — M i r a d — d i j o — e s t e i d e o g r a m a m u e s t r a a l o s h o m bres y a los gatos conversando. Sin duda alguna representa a un espíritu que abandona el cuerpo y vaga errante por el inframundo. Ardía en su propio celo científico inclinándose sobre las f i gu r as d e l su e lo — a las qu e l lam aba " je ro gl í f ico s " — , co n la esperanza de que los demás compartieran su entusiasmo. E r a u n ho m b re m u y c u l to q u e h a b í a a p re nd i d o , s i n l a me nor dificultad, los idiomas antiguos. Pero los otros segu ían afanándose en torno a aquellos extraños aparatos intentando descubrir para qué servían. De pronto, un grito nos hizo volver el rostro aterrados. El lama alto y delgado se hallaba en un extremo del muro y había acercado su cara a una

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os cu ra ca ja de m e ta l , qu e la o cul tó cas i po r comp le to . Dos hombres se precipitaron hacia él con el deseo de librarlo de aquella trampa. Pero cuando consiguieron arrancarlo de a l lí , so l tó u n ju ra me nto y vol v ió o tra ve z a co loca rse e n e l mismo sitio. "¡Qué lugar tan extraño! — pensé —. ¡Hasta el más tranquilo y culto de los lamas pierde aquí la razón!" Cuando el lama alto y delgado se apartó, le imitó u n seg u n d o l a m a . M e p a re c i ó e n t e n d e r q u e e n a q u e l l a p a n ta l l a veían máquinas en movimiento. Al final mi Maestro, comp a d e c i é nd o s e d e m í , m e a l z ó y m e a y u d ó a a p ro x i ma rm e a a que ll a ca ja , si n dud a a lgu na , d es tin ada "a se r co nte mpla da ". Sigu ie ndo su s i ns tru cc io nes , mov í lo s co n tro les y , en s u i n te r i o r , p u d e v e r h o m b r e s y m á q u i na s i d é n t i c a s a l a s qu e ha bía al l í depos i tad as . Es tab an fu nc io na ndo . Ob se rvé q u e l a p l a t a f o r m a q u e m e h a b í a s u b i d o h a s ta l a e s f e r a l u minosa podía ser controlada y movida a voluntad. Posteri o rme n te , he co mp re ndido qu e la ma yo r pa rte d e aqu e llos ap a ra to s e ra n s im i la re s a lo s q ue ho y se ex hib en e n tod os los Museos Científicos del mundo. Nos acercamos a la puerta negra de la que el Lama Mingyar Dondup me había hablado ya en una ocasión. Ante nuestra proximidad, se abrió chirriando con tanta fu erza, en medio de aquel silencio reinante en aquel lu gar, que todos nos sobresaltamos. En el interior dominaba la oscuridad más absoluta. Era como si estuviéramos rodeados por un enjambre de nubes negras. Nuestros pies seguían un pequeño canal excavado en el suelo, al final del cual nos sentamos. Después oímos una serie de sonidos metálicos y, antes de que pudiéramos tener conciencia de lo que nos s u c e d í a , l a l u z d e s v a ne c i ó l a o s c u r i d a d . E s t á b a m o s r o d e a d o s d e má q u i na s e x t ra ña s . Ta m b i é n ha b í a e s ta tu a s y fi gu r i l l a s m e tá l i c a s . S i n d a rno s t i e mp o a c o n te m p l a r n a d a , l a l u z g i r ó s o b re s í m i s m a y s e c o n v i r t i ó e n u n a e s f e r a , c o l o cándose en el centro de la cámara, sobre nosotros. Una o lead a de co lore s os ci ló c aó ti ca me nte y u na s ba nda s lumi n o s a s , a p a re nt e m e n te d e s p r o v i s t a s d e t o d a s i g n i fi c a c i ó n , constelaron la esfera. Poco a poco, fueron surgiendo for-

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mas, confusas al principio, que se concentraron rápidamente , cob rando v ida y ex te nd ié ndos e sob re la s tres di me ns iones físicas. Y nosotros lo observábamos todo, absortos... Era el Mundo de la Antigü edad más Remota, un mundo mu y jove n . D on d e a ho ra ha y m a res hab ía e n to nce s mo n ta ñ as y las monta ña s ac tu al es e ran p la ya s e n a que l ti empo . Su clima era cálido y estaba poblado por extrañas criaturas. E ra u n mu ndo dom i nado po r e l p rog reso de la c ie nc ia . Má qu i nas i nsó l i ta s vo lab an a poc as pu l gadas d e la sup e r fi c ie d e l a Ti e rra o a un a a l tu ra d e muc ha s m il l as . Los g ra nd e s templos alzaban sus cúpulas hacia el firmamento como desafiando a las nubes. Los hombres y los animales podían mantenerse unidos telepáticamente. Pero no todo era dicha. Los políticos se enfrentaban unos con otros. El mu ndo era un campo dividido en el que cada bando codiciaba los territorios del otro. Los hombres vivían a la sombra de los densos nubarrones del miedo y la sospecha. Los sacerdotes de "ambos " bandos p ro cl amaban o rgu llos amente que e l los eran los únicos predilectos de los dioses. Vimos sacerdotes delirantes — como ahora —, predicando frenéticos la salvación de sus semejantes. ¡Y a qué precio! Los sacerdotes de cada secta aseguraban que matar al enemigo era un "deber s agrado ". Sin e mba rgo , con el m ismo apasion am ien to , a firmaban también que todos los hombres eran hermanos. Y la au se nc ia absol u ta de ló gi ca de sus teo rías ni s iqu ie ra c ru zaba por sus mentes. Presenciamos las grandes batallas de aquel mundo. Y nos dimos cuenta de que casi la totalidad de las víctimas pe rten ec ía n a l a pobl ac ión ci v il . Las fue rza s a rmad as , prote g idas grac ias a su s d ispos i tivos de de fe ns a , sol ía n es ta r fuera de todo peligro. Los ancianos, las mujeres, los niños, todos los qu e no podían "luchar", eran quienes en realidad s u f rí a n l o s e fe c to s d e l a l u c ha . V i mo s a l o s c i e n t í f i c o s e n s u s l a b o ra to r i o s , b u s c a nd o a fa n o s a m e n te a rm a s má s d e s tructoras todavía, bacterias más terribles que pudieran ser l a nzadas co n tra e l e ne mi go . D espu é s v imos a u n grupo de hombres pensativos y preocupados, que proyectaban la creación de lo que ellos llamaban una "Cápsula de Tiempo"

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— l a qu e nosotros habí amos l l am ado "C ave rna de lo s A nte p a s a d o s " — c o n e l o b j e to d e t r a n s m i t i r a l a s ge ne ra c i o ne s futuras unos modelos de sus aparatos y un archivo completo de películas relativas a su cultura, con todas sus virtudes y todos sus errores. Las excavadoras gigantescas abriero n la ro ca vi va . U n ve rdad ero ej é rc i to de h omb re s in s tal aron allí máquinas de todos los tipos. Vimos cómo colocaban en su lugar las esferas de luz fría, emanada por sustancias radiactivas inertes que tardarían en extinguirse millones de años. Eran inertes porque no dañaban a los seres humanos y activas porque su luz seguiría brillando hasta que el Tiempo terminara. N o s d i mo s c u e n t a d e q u e c o mp re n d í a m o s s u i d i o m a y , por fin, tu vimos la certeza de qu e la explicación a ese raro f e nóm eno e ra mu y s en ci l la : ¡ Cap táb amos sus " co n ve rs ac iones" telepáticamente! Había otras "Cápsulas de Tiempo" ocu l ta s ba jo los d es ie rtos de Egip to , b ajo u na p i rám ide de Su d a m é ri c a y e n l u g a r e s c o nd i d o d e S i b e r i a . C a d a u no d e e so s lu ga re s es t ab a ma rc ado c on e l s ímbo lo d e a que l t iem po: la Esfinge. El origen de la Esfinge no era egipcio. Recibimos la explicación de este animal quimérico. En aquella é p o c a re m o ta , l o s h o m b re s y l o s a n i ma l e s t r a b a j a b a n j u n tos. Por su fuerza e inteligencia, el gato estaba considerado como el animal más perfecto. El propio hombre es también un animal. Por ello, los seres humanos de la antigüedad idearon aquella figura compuesta por un cuerpo de gato, s ímbo lo de la fu e rza y de l a re si s te nc ia , y u n bu s to de muj e r. La cab ez a s imbo l izaba la i nt e li ge nc ia y l a ra zón hu ma n a s , m i e n t ra s q u e l o s s e no s s i g ni f i c a b a n q u e l o s ho mb re s y los animales podían proporcionarse recíprocamente alimen to me n ta l y esp i ri tua l . En aqu el la época , es te sí mbolo era tan corriente como el Buda, la Estrella de David o la Cruz en nuestra época. Contemplamos los océanos, llenos de ciudades flotantes, que iban de un país a otro. El cielo era también cruzado por grandes naves que volaban silenciosas, capaces de detenerse en el aire y de partir de nuevo a gran velocidad, casi instantáneamente. Sobre la tierra, los vehículos corrían ve-

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l o z me n t e , a l g u n a s p u l g a d a s p o r e n c i m a d e l s u e l o , s u s p e n d i d o s e n e l e s p a c i o p o r u n p ro c e d i m i e n to q u e no p u d i m o s comprender. Las ciudades estaban atravesadas en todas direcciones por puentes y líneas interminables de cables. Un gran resplandor llenó el firmamento y uno de los puentes más gigantescos se derrumbó y quedó convertido en un mo n tó n d e ru in as . D espué s s e p rodujo o t ro v iv ís imo re lám p a g o y l a m a yo r p a r te d e l a c i u d a d d e s a p a r e c i ó e n u na l l a marada de gas incandescente. Sobre las ruinas, flotaba una nube diabólica, rojiza, que tenía la forma de un hongo gigantesco. Cuando se desvaneció aquella imagen, volvimos a ver a los homb r es qu e h abí an p la ne ad o l as "Cápsu la s d e Ti emp o " . Es ta b a n c o n v e n c i d o s d e q u e " y a " h a b í a l l e g a d o e l m o mento de sellarlas. Contemplamos las ceremonias y cómo colocaban los "informes filmados" en la máquina desde la cual ahora lo estábamos presenciando todo. Escuchamos el discurso de despedida que nos revelaba a nosotros los Homb r e s d e l F u t u r o — ¡ s i a l g u n a v e z v o l v í a a h a b e r hombres sobre la Tierra! — que la Humanidad estaba a p u n t o d e destru irse a sí misma o que era muy posible que así fu era, advirtiéndonos que en "aquellas cavernas quedaba constancia de sus invenciones y locu ras para que pudiera servir de e x p e ri e n c i a y d e e ns e ña n z a a l o s s e re s d e una ra z a futura que tuvieran la inteligencia de d e s c u b r i r l a s y comprenerlas". Después, la voz telepática enmudeció y la pantalla se qu edó s in lu z . E n si le nc io , es tup e fac to s a nte lo qu e ac abá bamos de presenciar, nos sentamos en el suelo de nuevo. Y al momento la cámara volvió a iluminarse y nos dimos cuenta de que, esta vez, la luz procedía de los muros. Nos levantamos y nos dispusimos a inspeccionarlo todo. Hab ía ta mbi én nu me roso s apa ra tos y m áqu inas , ma que ta s de ciudades y de puentes, construidos todos ellos con un material cuya naturaleza desconocíamos. Algunos de los objetos estaban recubiertos por una capa de materia absolutam ente tra nspare nte qu e nos i ntri gó . No e ra c ris tal . I gno rá bamos lo que "era". Nos dimos cuenta de que estaba des-

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tinado a evitar que pudiéramos tocar los modelos protegidos en su interior. De repente, dimos un salto de terror. Un ojo rojo y malvado nos miraba parpadeando. Me disponía a huir, cuando el Lama Mingyar Dondup se acercó a aquella nueva m á q u i n a . S e i n c l i n ó s o b re e l l a , t o c ó l o s c o n t ro l e s y e l o j o r o j o s e d e s v a ne c i ó y f u e s u s t i t u i d o p o r o t r a p e q u e ñ a p a n talla que nos mostraba otra habitación contigua al Gran Salón. Nuestros cerebros captaron un nuevo mensaje. —A n te s de marc ha rse , pa se n a es ta h abi tac ió n . Al l í e ncontrarán material para sellar de nuevo el lugar por donde hayan entrado. Si no han alcanzado el estado de evolución necesario para hacerse cargo de nuestras invenciones, vuelv an a s el la r la e ntrada y d éje n lo todo intac to pa ra los que puedan venir más adelante. En silencio, pasamos a la tercera habitación, cuya puert a s e a b r i ó a u t o m á t i c a m e n te a l a c e r c a r n o s . A l l í , e nc o n tr a mos varias vasijas herméticamente cerradas y una máquina d e c i n e t e l e p á t i c o q u e e x p l i c a b a l a f o r m a d e a b r i r l a s y d e sellar nuevamente la entrada. ¡Maravilloso! ¡Maravilloso! — dijo un lama. —No hay en todo esto nada maravilloso — dije yo inso le n te me n te —. H ub ié ramos pod ido v e r toda s es tas cos as en el Archivo Kármico. ¿Por qué no lo hacemos? De esa forma, podremos ver lo que sucedió después de que sellaron este lugar. Los demás miraron, inquisitivos, al jefe de la expedición, el Lama Mingyar Dondup. Él asintió levemente. Nuestro Lobsang da algunas veces muestras d e i n t e l i g e n c i a — d i j o — . C o n c e n t r é m o n o s y v e a mo s l o q u e s u c e dió, porque yo siento tanta curiosidad como vosotros. Nos sentamos en estrecho círculo, uniendo nuestros dedos de la forma prescrita. Mi Maestro inició el ritmo de respiración necesario y todos le imitamos. Poco a poco nos despojamos de nuestras identidades terrenas y nos deslizamos al unísono en el Océano del Tiempo. Los que tienen el poder de introducirse en lo astral pueden ver todo lo que ha sucedido en el pasado, regresando después a su estado

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normal enriquecidos con nuevos conocimientos. Todos los acontecimientos históricos, por remotos que sean, pueden ser contemplados como si estuvieran produciéndose entonces. Recordé la primera vez que había utilizado el Archivo Kármico. Mi Maestro me había hablado de ello y yo le había dicho: —"De acuerdo, pero ¿qué «es»? ¿Cómo funciona? ¿Cómo es «posible» ponerse en contacto con las cosas que han pasado ya, que ya han terminado, que ya se han ido para siempre?" "Lobsang — me respondió él —. Admitirás que tienes una memoria. Puedes recordar perfectamente lo que sucedió ayer y las cosas que sucedieron hace mucho tiempo. Si te esfuerzas y desarrollas esa cualidad, puedes recordar todo cuanto te ha sucedido en la vida. Y con un entrenamiento adecuado, te será posible incluso recordar tu propio nacimiento. También puedes conseguir lo que se llama una «evocación total» y ello haría que tu memoria se remontara a momentos «muy anteriores» a tu nacimiento. El Archivo Kármico no es otra cosa que la «memoria» del mundo. Todo lo que ha sucedido sobre la Tierra puede ser «recordado» de la misma manera que a ti te es posible recordar los acontecimientos de tu pasado. No hay ninguna magia en todo esto. De la magia y del hipnotismo, tan estrechamente relacionado con ella, ya h a b l a r e m o s o t r o d í a ." Por ello, gracias a nuestro especial entrenamiento, nos resultaba realmente fácil situarnos en el momento del tiempo en que la máquina había interrumpido sus mensajes. Vimos nuevamente la gran muchedumbre de hombres y mujeres, sin duda alguna muy conocidos en aquella época. Estaban saliendo de la Caverna. Las grandes máquinas, con sus brazos gigantescos, colocaron ante la entrada un enorme bloque de roca. Las grietas y los orificios exteriores fueron cuidadosamente sellados y todos aquellos seres se marcharon. Las máquinas se alejaron también y durante algún tiempo, tal vez algunos meses, todo se mantuvo tranquilo. Después vimos a un sumo sacerdote, erguido sobre los escalones de una inmensa Pirámide, exhortando a los fieles

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a la guerra. Las imágenes registradas en la Película del Tiempo siguieron desfilando ante nosotros y, por fin, vimos el campo de batalla. Los jefes vociferaban furiosos. El tiemp o s e g u í a s u c a r r e r a . E l f i r m a m e n t o a z u l q u e d ó c r u z a d o po r n u me ro sas e s te la s b la nc as y r e c ti l ín eas . D espu és , lo s c i e l o s s e e n r o j e c i e r o n . T o d o e l p l a n e t a t e m b l ó y s e e s t r e meció. Contemplando todo aquello, sentimos que el vértigo s e a p o d e ra b a d e n o s o t r o s . L a o s c u r i d a d d e l a n o c h e c a y ó sobre el mundo. Las negras nubes se incendiaron y giraron envu eltas en llamas en torno a la Tierra. Súbitamente, las ciudades ardían

y desaparecían por completo.

L os m a res e ncre spad o s i nvad ie ro n lo s conti n ent es , b a rriéndolo todo, y una ola gigantesca, más alta que el mayor edificio de aquella civilización, avanzó rugiendo estruendosamente y arrastró consigo los últimos vestigios de una cult u r a m u e r t a . T e m b l ó l a Ti e r r a e n s u a g o n í a y s e l l e n ó d e abismos enormes que lo engulleron todo y se cerraron luego como las fauces de un gigante. Las montañas se quebraron como juncos en una tormenta y se hundieron después en la sima de los océanos. Emergieron las nuevas tierras del fond o de los mares y se convirtieron en montañas. La superficie del planeta se estaba transformando a través de las continuas conmociones. Algunos supervivientes aislados sub ie ro n g ri tando , en tre mi llones de cad ávere s , a l as mo nta ñas recién aparecidas. Otros se salvaron milagrosamente en sus barcos y se escondieron en los nuevos continentes. Y hasta el Planeta quedó inmóvil, interrumpió su movimiento de rotación y, después, empezó a rodar en dirección c o n t ra r i a . E n u n i ns ta n te , l a s s e l v a s q u e d a ro n r e d u c i d a s a cenizas. La superficie de la Tierra quedó desolada, aniquil a d a , c o nv e r t i d a e n u na ne g ra ru in a . En l o m á s ho nd o d e las cuevas y en los túneles de lava de los volcanes extinguidos, un escaso puñado de seres humanos, enloquecidos ante el espectáculo de aquella catástrofe, temblaba y lloraba de terror. Desde el negro firmamento, cayó una sustancia blanca, dulce, sustentadora de la vida. En el curso de los siglos, la Tierra siguió cambiando. Donde antes hubo mar ahora había tierra, y las tierras an-

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ti gu as do rm ían e n e l fo ndo de los ma re s. U n va ll e i nte rio r se abrió al empuje del océano y fue invadido por las aguas formando el Mar Mediterráneo. Otro mar cercano se hundió también en aquel valle y sus arenas quedaron secas convirtiéndose en el Desierto de Sahara. Las tribus salvajes recorrían errantes el mundo y, a la luz de sus hogueras, se t r a ns m i ti e r o n d e p a d re s a h i j o s l a s a n t i g u a s l e y e n d a s d e l Diluvio, de Lemu ria, de la Atlántida y de aquel día terrible en que el Sol quedó inmóvil en el cielo. L a C ave rna de l os A ntepa sados qu edó e nte rrada en u n mundo medio sumergido. Libre de los intrusos, se conservó i n t ac ta , o cu l ta b a jo la su pe rfi c ie d e l a t ie rr a . Co n el p aso del tiempo, los torrentes poderosos arrastraron el lodo hasta el mar y dejaron limpias las rocas, que brillaron al sol nuevamente. Por fin, heladas de repente por una lluvia fría, e n e l m o m e n to e n q u e e l s o l l a s ha b í a s o me ti d o a u na e l e vada temperatura, las rocas se agrietaron y dejaron libre la entrada de la Caverna, permitiéndonos el paso. S acu d imo s nue s tros mú scu los entu mec idos y nos pus im o s e n p i e c o n g ra n d i f i c u l ta d . L a e x p e ri e n c i a ha b í a s i do d e m o l e d o ra . E r a p re c i s o c o m e r y d e s c a n s a r . L u e go , v o l v e ríamos a inspeccionarlo todo para ver si nos era posible aprender algo nuevo. Después, cuando consideráramos que nuestra misión había sido cumplida, sellaríamos nuevamente l a e nt ra d a . L a C a v e r n a d e s c a ns a rí a e n p a z o t ra v e z h a s t a q u e p u d i e r n te n e r a c c e s o a e l l a l o s ho m b re s d e b u e n a v o l u n ta d y d e i n t e l i g e n c i a s u pe ri o r . Me a c e rq u é ha s ta l a e n trada de la Caverna y contemplé, allá abajo, el paisaje desolado y rocoso. Y me pregunté, qué pensaría uno de aquellos hombres de la Antigüedad si pudiera levantarse de su tumba y estar allí a mi lado. A l regresar al interior, me sentí sorprendido por u n curioso contraste. Un lama intentaba, con un pedernal y una mecha, hacer arder un poco de estiércol seco de yak que llevábamos con nosotros para ese fin. Nos rodeaban las máquinas y los aparatos de una época remota, de una cultura desaparec ida. Noso tro s — homb res modernos — calentábamos nuestra agua sobre una hoguera de estiércol, rodeados

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de maravillosos instrumentos que escapaban a nuestra comprensión. Suspirando, abandoné mis pensamientos y me concentré exclusivamente en la tarea de mezclar té con "tsampa".

CAPITULO VI

E1 servicio de media mañana había terminado. Los niños corríamos a nuestras clases forcejeando y e m p u j á n d o nos unos a otros para no ser los últimos en llegar. Y no lo hacíamos por interés en aprender sino porque más el M a e s tro que por los de aqu ella clase tenía el la horrible "primero" me costumbre de golpear con su bastón al más rezagado. Yo, vivo otros, el conseguí honor de llegar que el mereciendo ello Maestro

s o n r i e r a s a t i s f e c h o . C o n g e s t o s d e impaciencia, indicó a los demás que debían apresurarse y, de pi e a n te l a puerta , d io a l gunas bo fe tadas a los ú l timos qu e e n tra ro n. P o r fi n no s s e n ta m o s t o d o s s o b re l a s a l fo m b ras d is em in adas po r toda la hab i tac ió n y c ruz amos nue stras piernas. Siguiendo la costumbre, nos colocamos de esp a l d a s a l M a e s tro q u e , " d e tr á s " d e nos o t ro s , n o s v i g i l a b a y , co mo n o podí amos v e r dó nde se e ncontraba e n cada momento, nos veíamos "obligados" a trabajar sin distraernos. —Hoy trataremos de la similitud de las religiones — dijo con la voz campanuda —. Ya hemos visto que la leyenda del Diluvio es común a todas ellas. Hoy nos centraremos en el tema de la Madre Virgen. Hasta el menos inteligente — dijo mirándome fijamente —, sabe que nuestra Madre Virgen, la Dolma Bendita, la Madre Virgen de la Gracia, equivale a la Madre Virgen de algunas sectas cristianas. Escuchamos unos pasos apresurados que se detenían en la entrada de nuestra au la. Entró un monje mensajero que hizo una profunda reverencia ante el Maestro. —Te saludo, Sabio — murmuró —. El Lama Superior

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Mingyar Dondup te ofrece sus respetos y te pide que permitas salir "inmediatamente" al niño Martes Rampa. Le necesita con urgencia. —¡Muchacho! — rugió el Maestro con el ceño fruncido —. Eres una molestia y un estorbo en la clase. ¡ "Márchate"! Me levanté con rapidez, saludé al Maestro y seguí al veloz mensajero. ¿Qué sucede? — le pregunté jadeante. Lo ignoro — dijo —. También a mí me gustaría s a be rlo . El Sag rado L ama Mi n gya r Dondu p
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ti e ne p rep a rados los instrumentos quirúrgicos y los caballos. Nos apresuramos. ¡Vamos, Lobsang! ¡Ya puedes darte prisa! —

d i j o m i Maes tro ri endo a l v e rme l le ga r —. N os vamo s a l pueb lo de Shó, donde precisan nuestros servicios médicos. M o n tó e n s u c a b a l l o y m e i nv i tó a h a c e r l o m i s m o c o n e l m ío . Esa op era ció n me resu l taba si emp re d i fí ci l . Lo s ca ballos y yo nunca estábamos de acuerdo cuando me veía obligado a montarlos. Me acerqué al animal pero reculó, caminando de costado. Me deslicé al otro lado y, dando una pequeña carrera, lo monté de un salto antes de qu e se diera cuenta de lo que sucedía. Después traté de aferrarme a é l c o mo e l l i q u e n s e a fe r ra a l a s mo n ta ñ a s . Re s o p l a nd o co n exasp e rada res i gnac ión, d io la vue l ta y , s i n nec es idad de que yo l e gu ia ra , des ce ndi ó po r el se nde ro de trá s de mi Maestro. Mi caballo tenía la horrible costumbre de detenerse en los lugares más escarpados y, agitando la cabeza, asomarse a los precipicios. Estoy convencido de que estaba dotado de un inadecuado sentido del humor y que, sin duda a l gun a , te n ía co nc ie nc ia d e l m a l ra to qu e m e hac ía p a sar. S e gui mos de sce nd ie ndo po r e l s end e ro y , tra s a tra ves a r e l Pargo Kaling, o Puerta Occidental, llegamos al pueblo de S hó . Re co rri mos la s ca ll es de la ciud ad has ta l le ga r a l ed ificio de la prisión. Rápidamente, los guardas se hicieron cargo de nuestros caballos. Recogí las dos cajas de mi
1. El primer nombre que llevan los tibetanos corresponde, según la tradición, al día de la semana en que nacieron.

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Maestro, el Lama Mingyar Dondup, y las trasladé a aquel so mb río lug a r. S i n du da a lgu na , aqu el lo era mo le s to , rea lm e n te h o r r i b l e . Y o p o d í a " o l e r " e l m i e d o , " v e r " l a s f o r m a s mentales de los malvados pensamientos de los recluidos. La atmósfera de aquel sitio me ponía los pelos de punta. Seguí a mi Maestro hasta una habitación relativamente g ra n d e . L a l u z d e l s o l s e fi l tr a b a p o r l a s v e nt a na s . V a r i o s guardas esperaban en pie y el Magistrado de Shó esperaba t a m b i é n p a ra sa lu d a r a l Lam a Mi n g ya r D o nd u p . Mie n t ra s h a b l a b a n , m i ré a mi a l re d e d o r. D e d u j e q u e e ra a l l í d o nd e se juzgaba y sentenciaba a los criminales. En los muros había archivos y libros. En el suelo, una sombra gemía cerc a de no so tros. M i entras la obs e rvab a , es cuc hé que e l Magistrado decía a mi Maestro: —Es un chino. Creo que debe de ser un espía, Honorable Lama. Estaba intentando subir a la Montaña Sagrada. A l p a re c e r s e d i r i g í a a l P o ta l a . R e s b a l ó y c a y ó . Ta l v e z d e una altura de unos cien pies. Está grave. Mi Maestro avanzó hacia él y yo le seguí. Un hombre le quitó el manto con que le habían cubierto. Ante nosotros, te níamo s a u n c h ino d e medi a na ed ad . Era de p eque ña es tatura. Parecía ágil. "Casi un acróbata", pensé. Gemía lleno d e d o lo r, el su d o r re sb a l a b a p o r s u ro s t ro y s u p i e l te n í a un matiz verdoso y oscuro. Estaba malherido. Sus dientes rechinaban. Estaba agonizando. El Lama Mingyar Dondup le miró lleno de lástima. —Un espía. Un probable asesino... No importa lo que sea — dijo —. Debemos hacer algo por él. S e a rrod il ló a su lado . Colo có sus m ano s sob re su s si enes doloridas y le miró a los ojos. Al momento, el herido pareció relajarse, entreabrió los ojos y una vaga sonrisa apareció en sus labios. Mi Maestro apartó el manto un poco m ás y l e exa mi nó la s pi e rn as . A nte aque l e spec tácu lo c re í ponerme enfermo. Los huesos de sus piernas, completamente destrozadas, asomaban entre los jirones de sus pantalones. Mi Maestro, con ayuda de u n afilado cu chillo, cortó sus ropas. Todos los allí presentes lanzaron un murmullo de

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asombro. Los huesos estaban completamente astillados desde los pies hasta los muslos. El Lama los palpó suavemente. E l herido no se movió, ni siquiera se estremeció. Estaba completamente hipnotizado. Mientras el Lama le curaba, sus piernas crujían. — Es tá n d e ma s i a d o d e s t ro z a d a s . N o e s p o s i b l e c o l o c a r las de nuevo en su sitio — dijo mi Maestro —. Puede dec i r s e q u e l a s t i e ne c o mp l e ta me n te d e s he c ha s . Te nd re m o s que amputárselas. —Honorable Lama — preguntó el Magistrado —. ¿Puedes conseguir que nos confiese lo qu e estaba haciendo? Tememos que sea un asesino. —Habrá que amputárselas primero — respondió el Lama —. "Luego" podremos interrogarle. Se inclinó sobre él y le miró fijamente a los ojos. El chino siguió relajándose sumido en un profundo sueño. Yo lo había ya preparado todo y el juego de hierbas esterilizantes estaba ya dispuesto en su tazón. En él, hundió su s ma nos mi Ma es tro y la s h umed ec ió . Los ins tru me n tos le esperaban en otro tazón. Siguiendo sus indicaciones, lavé l a s piernas y el cuerpo del hombre. Al tocar sus huesos sentí l a s e n s a c i ó n d e q u e " t o d o " e s t a b a d e s t r o z a d o . L a s piernas habían adquirido un color azulado. Sus venas sobres a l í a n c o mo c u e rd a s o s c u ra s . D e a c u e rd o c o n l a s i ns t ru c ciones de mi Maestro, que seguía limpiando sus manos, até l a p a r t e s u p e r i o r d e l m u s l o , c e r c a d e l a i n g l e , c o n u n a c o rr e a e s t e r i l i z a d a . C o l o q u é u n p a l o d e b a j o d e l n u d o y l e seg uí da ndo vu el tas , co mp ri mie ndo su c a rn e has ta que l a p r e s i ó n detuvo la circulación. El Lama Mingyar Dondup, con gran d e s t r e z a , c o r t ó l a c a r n e e n f o r m a d e " u v e " c o n un a fi lado cu chi llo . Lu e go as e r ró e l hue so — lo qu e qued ab a d e é l — y o p r i m i ó l o s d o s s e c t o r e s d e l a " u v e " h a s t a dejar oculto el extremo del hueso, que qu edó protegido por una doble capa de carne. Le entregué el hilo de piel de yak esterilizado y él, diestramente, cosió el muñón. Lentamente, con el mayor cuidado, fui relajando la presión de la correa que aprisionaba el muslo, dispuesto a apretarla de nuevo en caso de hemorragia. Pero no salió sangre y los puntos re-

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sistieron perfectamente. Cerca de nosotros, uno de los guardas palideció y se desmayó. Mi M ae s tro l e v endó me ticu los ame nte . D espu é s , vo lv ió a desinfectarse las manos. Hicimos lo mismo con la otra pierna y, muy pronto, ambas estaban amputadas. Mi Maestro dijo a uno de los guardas que las envolviera en un paño. Debemos China entregar sus piernas a la Legación — le ad vi rtió — . De lo co ntra rio d i rá n que este

homb re h a sido torturado. Pediré permiso al Profundo para devolverle a su pueb lo . La m is ió n que tra je ra no importa . F r aca só de la m is ma fo rm a qu e f ra ca sa rá n toda s l as m is io nes d e este tipo. Pero Honorable Lama — dijo el Magistrado — . D e beríamos obligarle a que nos dijera lo que estaba Mi Maestro guardó silencio. Se dio la vuelta y miró fijamente los ojos del hombre, ahora abiertos, saliendo de la hipnosis. ¿Qué hacías? — le preguntó. E l ho mb re s u s p i ró y c e r ró l o s o j o s . Mi Ma e s t ro l e i n t e rrogó de nuevo. — ¿ Q u é i b a s a h a c e r? ¿ P e n s a b a s a s e s i n a r a a l g ú n A l to Dignatario del Potala? L a boc a de l c hi no se ll enó d e e spuma . D espué s , no si n cierta resistencia, asintió con la cabeza. —¡"Habla"! — le ordenó el Lama —. No basta con un gesto de asentimiento. L e n tam ente , do lo rosa me n te , l a hi s to ri a sa li ó de su s l abios. Un asesino le entregó una cantidad para que cometiera crímenes y alterara el orden en un país tranquilo. Un a s e s i n o q u e h a b í a f ra c a s a d o e n s u e m p e ñ o , c o m o f r a c a s a rí a n todos po rqu e no co noc ía n nue s tros d ispo si tivo s de s eguridad. —Iré a ver al Profundo, Lobsang — dijo el Lama Mingy a r D o ndup poni éndo se e n p ie —. Quéd a te tú a quí y vi g il a a este hombre. haciendo y con qué objeto.

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¿Me mataréis? — preguntó el hombre g i m i e n d o d é b i l mente. ¡No! — le respondí —. ¡Nosotros no m a t a m o s a nadie! Humedecí sus labios y enjugué su frente. Pronto se tranquilizó. Se durmió extenuado, después de la difícil prueba que se había visto obligado a resistir. El Magistrado me miró co n e l ce ño fru nc ido pe nsando s in duda qu e los monjes estábamos locos pretendiendo salvar a un presunto asesino. El día transcurrió lentamente. Los relevos de la guardia se sucedían. Sentí que mi estómago gruñía de hambre. Por fin, escuché los conocidos pasos del Lama Mingyar Dondup y éste entró en la habitación. Miró primero al paciente para comprobar si estaba todo lo cómodo que las circunstancias permitían y examinó sus muñones. No sangraban ya. Se levantó dirigiéndose al oficial de guardia. —En virtud de la autoridad que el Profundo ha delegado en mí, te ordeno que pongas a disposición de este h o m b r e d o s c a m i l l a s c o n e l o b j e t o d e c o nd u c i r l e , a é l y a su s p ie rnas , a l a L egac ión C hi na . Tú a compa ña rás a e s tos hombres — añadió dirigiéndose a mí — y me informarás en caso de que cometan alguna brusquedad innecesaria al transportar al herido. M e s e n tí re a l me n te d e s d i c ha d o . A l l í e s t a b a e l a s e s i n o con sus piernas amputadas... y mi estómago, vacío de comida, resonando continuamente como el tambor de un te mplo . Mie n tra s los homb re s iba n a recoge r l as ca mi l la s , me apresuré a correr hasta el lugar donde había visto a los oficiales bebiendo té. En un tono seguro, pedí — y conseguí — que me ayudaran a saciar mi hambre. Tragué el "tsampa" velozmente y regresé con la misma prisa. Silenciosos, lúgubres, los hombres entraron en la habitación, llevando dos camillas improvisadas con unos palos y u n p o c o d e ro p a u s a d a . Mu rmu ra n d o d e s c o n te n t o s c o l o caron en una de ellas las piernas amputadas. Sobre la otra, colocaron al chino con el mayor cuidado, bajo la mirada vigilante de mi Maestro. Cubrieron su cuerpo con una man-

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ta y la ataron por debajo con el objeto de evitar los movimientos bruscos. Acompaña Mingyar a estos hombres — dijo el Lama Dondup al oficial de guardia —, presenta mis

respetos al Embajador de China y dile que le devolvemos a e s t e s ú b dito chino. Se volvió hacia mí. Tú, Lobsang, los acompañarás y me informarán a t u regreso. S a lió . D esp u és , a r r as t ra ndo lo s p ies , s al ie ro n tamb ié n l os homb res co n las ca mi ll as , p ri me ro los q u e ll eva ba n l as p i e r na s , l u e go l o s q u e l l e v a b a a l c h i no . Y o c a m i n a b a a u n l a d o y e l o fi c i a l d e g u a rd i a a o t ro . E l a i r e e r a f r í o . Y o t e m blaba bajo mi ligero manto. Descendimos hasta el Mani L h akh a r . D ob la m os a la de re cha , a t r ave samo s los d o s pa r ques y nos acercamos a la Legación China. El Río Venturoso estaba lleno de reflejos y mostraba, e n tre los á rbole s , su b ril la n te su p e rfi ci e . Ll e gamo s a la Le g a c i ó n. L o s h o m b re s d e j a ron l a s d o s c a mi l l a s e n e l s u e l o . M u r m u r a b a n m o l e s to s y , m i e n t ra s c o n c e d í a n u n b r e v e r e poso a sus músculos doloridos, contemplaban curiosos aquel lo s mu ro s. Los c hi nos e ra n p e rso nas " muy " a g re si vas co n l o s q u e t ra ta b a n d e e n t ra r e n s u s p ro p i e d a d e s . En v a ri a s o c a s i o ne s , "p o r a c c i d e n t e ", d i s p a ra ro n c o n t ra u no s n i ñ o s porque éstos, jugando, habían entrado allí, matándolos. Tras escupir en sus manos, los hombres levantaron de nuevo las camillas y reanudaron la marcha. Doblamos a la izquierda, s i g u i e nd o e l c a m i n o d e L i n g k o r y , p o r f i n , e n t ra m o s e n e l territorio de la Legación. Llenos de hostilidad, unos hombres acudieron a la puerta. — Te n g o e l h o n o r d e d e v o l v e r l e a u n o d e s u s h o m b r e s q u e s e a v e n tu r ó a re c o r re r l a Ti e r ra S a g ra d a — d i j o n u e s tro oficial de guardia —. Se despeñó y ha sido necesario a m p u ta rl e a m b a s p i e rn a s . La s t ra e mo s ta m b i é n c o n n o s o tros para que puedan comprobarlo. Unos soldados, con el rostro tenso, introdujeron ambas camillas dentro del edificio. Entretanto, los demás nos apuntaron con el fusil, obligándonos a retroceder. Nos retiramos

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hacia el camino y yo me escondí tras un árbol, mientras los demás regresaban. Unos terribles alaridos acribillaron el aire. Miré a mi alrededor y vi que no había ningún soldado. Todos habían entrado en la misión. Vencido por un l o c o i m p u l s o , a b a nd o né e l d u d o s o re fu g i o q u e e l á rb o l m e o fr e c í a y , p ro c u ra n d o no h a c e r ru i d o , c o r r í h a c i a l a v e nta na. Habían tendido al herido en el suelo. Un soldado estaba sentado sobre su pecho. Otros dos en sus brazos. Otro le quemaba los muñones con la brasa de un cigarrillo. Éste, de pronto, se irguió, desenfundó su revólver y le hizo un disparo entre los ojos. Escuché un crujido detrás de mí. Rápidamente, me puse de r o d i l l a s y m e a p a r t é . U n s o l d a d o c h i n o h a b í a s u r g i d o d e l a o s c u ri d a d y a p u nt a b a c o n s u r i f l e a l l u g a r d o nd e e s t a b a antes mi cabeza. Como un rayo, me lancé entre sus piernas y le hice perder el equilibrio, mientras el fusil se le e s c a p a b a d e l a s m a no s . C o r r í d e á rb o l e n á rb o l to d o l o ap ris a que pude. Las balas pa saba n rozando las ramas ba jas y, de trá s de mí, o ía u n ru ido de paso s ap resu rado s. La situación me era favorable. Yo era muy rápido corriendo y l os ch i nos se v eí an obl i gados a d e te ne rs e p a ra pod e r di spararme. Me precipité hacia la parte trasera del jardín, ya que la puerta principal estaba vigilada. Subí a u n árbol y m e d e s l i c é p o r u n a d e s u s ra m a s ha s t a q u e m e fu e p o s i b l e s a l t a r a l o t r o l a d o d e l m u r o . P o c o s s e g u n d o s d e s p u é s me hallaba de nuevo en presencia de mis compatriotas que habían transportado al herido. Cu ando oyeron mi historia, aceleraron el paso. No sentían el menor deseo de experimentar emociones. Lo único que querían era evitarlo. Un soldado chino saltó al camino desde el muro y me miró desconfiado. Yo le miré también a él con la mayor serenidad. Con gesto agrio, lanzó un juramento en el que mis p a d re s e ra n m e n c i o na d o s y s e d i o m e d i a v u e l ta . N o s o t ro s seguimos nuestro camino con la mayor rapidez posible. De regreso a Shó, los hombres me dejaron solo. Mirand o hacia atrás con cierto miedo, corrí por el camino que conducía al Chakpori. Un viejo monje, sentado al borde del camino, me llamó.

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¿Qué te sucede, Lobsang? Parece que te p e r s i g a n todos los espíritus maléficos.

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Seguí corriendo sin parar y entré jadeante en la habitación de mi Maestro, el Lama Mingyar Dondup. Durante unos instantes intenté recobrar el aliento. —¡Ay! — dije al fin —, los chinos asesinaron a aquel hombre. Lo mataron de un tiro. Atropelladamente, le conté lo sucedido. Mi Maestro guardó silencio durante unos instantes. —Verás mucha violencia en tu vida, Lobsang — me d i j o d e s p u é s — . P o r e l l o , d e b e s p ro c u r a r no d e j a rt e i mp r e sionar demasiado por este acontecimiento. Se trata tan sólo de u n s is tema hab i tua lme nte u ti li zado en d iplo mac ia . As es i na r a los que f r aca sa n y aba nd o na r a los esp ías que so n capturados. Así se hace en todo el mundo, en todos los países de la Tierra. S e ntado a nte m i Ma es tro , mi e ntras se n tí a qu e me recob ra b a p o c o a p o c o e n l a q u i e t a t r a n q u i l i d a d d e s u p re s e ncia, pensé en otra cosa que me preocupaba. —Señor — le pregunté —, ¿cómo actúa el hipnotismo? ¿Cuándo comiste la última vez? — me preguntó c o n una sonrisa en los labios. ¡Oh, lleno de hace unas doce horas! — le respondí t r i s te za , d á nd o me c u e n ta d e m i a p e ti to c o n

m a yo r i n te ns i dad que hasta entonces. Entonces, vamos a comer ahora. Cuando nos s i n t a mos repuestos, trataremos del hipnotismo. Me hizo señas para que gu ardara silencio y se sentó en a c t i tu d m e d i ta t i v a . Y o c a p té e l m e ns a j e te l e p á t i c o q u e e n viaba a los sirvientes: "Comida" y té. Capté también un mensaje telepático dirigido a alguien del Potala para que fuera a ver inmediatamente al Profundo con el objeto de informarle de todo. ¡Pero mi "sintonización" del mensaje te lep á ti co fu e in terrump ida po r la e ntrada de u n sirviente que nos traía comida y té! Después de comer me sentí satisfecho, casi incómodamente saciado. "Había" pasado una jornada difícil. Durante muchas horas "había" sentido hambre, pero en mi

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interior se formaba un pensamiento torturante: tal vez comí demasiado, tal vez me había excedido. Desconfiado miré a mi Maestro y me di cuenta de que me miraba divertido. —Sí, Lobsang — dijo —, "has" comido demasiado. Esp e ro q u e s e rá s c a p a z d e s e gu i r m i s e x p l i c a c i o n e s s o b re e l hipnotismo. — Observó mis mejillas cubiertas de rubor y s u r o s t r o p a r e c i ó s u a v i z a rs e — . ¡ P o b r e L o b s a ng ! H a s t e n i do un día difícil. Vete a descansar. Ya hablaremos mañana. Abandonó la habitación. Yo subí a la mía cayéndome de sueño. ¡Dormir! Era lo único que deseaba. ¿Comer? ¡Bah! Había comido demasiado. Me acosté en un rincón y me envolví en mi manto. Mi sueño fue muy agitado, l l e no d e p e s a d i l l a s e n l a s q u e u n o s c hi no s s i n p i e rna s me pe rse guí an por e l bo squ e y o tros c h ino s arm ados sa l taba n a mis espaldas tratando de matarme. "¡Pum!" Me saltaban la cabeza. Un soldado chino me daba furiosos puntapiés. "¡Pum!" Mi cabeza saltaba de nuevo. Abrí los ojos con dificultad. Un "chela" me estaba sacudiendo con fuerza y me daba patada tras patada, intentando despertarme. —¡Lobsang! — exclamó al ver que mis ojos se habían abierto —. ¡Lobsang! Creí que estabas muerto. Has dormido toda la noche sin acudir a los Servicios Nocturnos. G raci a s a la in te rv en c i ó n d e tu Ma e s tro , e l L a m a Mi n g ya r D o n d u p , t e s a l v a s t e d e l a s i ra s d e l o s v i g i l a n te s . ¡ D e s p i e r ta! — me gritó al darse cuenta de que estaba a punto de dormirme de nuevo. La lucidez volvió a mí. A través de la ventana, vi los p rime ro s rayos d el so l de aqu el la jo rn ada a soma ndo sob re l a s c u m b r e s de l H i m a l a y a y a l u m b ra nd o l o s e d i f i c i o s m á s altos del Valle, los techos dorados del lejano Sera y la parte su p e rio r d el Pa rgo Ka li ng . El dí a a nte rio r hab ía e s tado en el pueblo de Shó. ¡Ah, eso sí que no había sido un sueñ o! Y ho y , ho y " e spe raba " l ibra rme d e al gun as c las es pa ra re cib i r di rec tam ente la s en se ña n zas de mi am ado Maes tro Mingyar Dondup. Iba a hablarme acerca del hipnotismo.

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Te r m i né e n s e gu i d a m i d e s a y u no y me d i ri gí a c l a s e , p e r o no pa ra quedarm e a ll í y rec ita r p asa je s de l os c ie n to ocho Libros Sagrados, ¡sino para explicar por qué no podía ir a clase! ¡Señor! — dije en cuanto entró el Maestro —. S e ñ o r , hoy tengo que recibir las enseñanzas del Lama M i n g y a r Dondup. Te ruego que me permitas marcharme. Sí, hijo mío — dijo el Maestro en un asombroso t o n o festivo —. Ya he hablado con el Sagrado Lama, tu Maestro. Tuvo la amabilidad de darme las gracias por los p r o gresos que bajo mi dirección habías realizado. Confieso que estoy muy satisfecho, muy satisfecho. Con gran asombro por mi parte, alargó la mano y me dio unas palmadas cariñosas en el hombro antes de entrar e n c las e . D iv er t i do , me d i r i gí ha ci a e l sec to r de los l amas , preguntándome qué podía haberle sucedido. Caminaba libre de preocupaciones. De pronto, me detuve al pasar por una puerta entreabierta. ¡Oh! — exclamé asombrado —. "¡Nueces en dulce!" Olían muy bien. En silencio, retrocedí y miré al interior. Un viejo monje buscaba algo por el suelo. Murmuraba palabras que no eran precisamente oraciones. Se lamentaba porque había perdido una caja de nueces en dulce que alguien le había traído de la India. — ¿ P u e d o a y u da rl e e n a l g o , Re v e re nd o La m a ? — l e p re gunté cortésmente. Se volvió furioso hacia mí y me habló en un tono tan grosero que me vi obligado a huir de allí con toda la rapidez que pude. "¡Cuánto ruido por unas nueces!", pensé disgustado. ¡Entra! — dijo mi Maestro cuando me acerqué a l a puerta de su habitación —. Creí que habías vuelto a d o r mirte. —Señor — le dije —, he venido para recibir tus enseñ a n z a s . D e s e o a rd i e n t e me n te q u e m e e x p l i q u e s l a na tu ra leza del hipnotismo. Lobsang — me respondió —, es preciso que a p r e n das muchas cosas más. Primero debes poseer una base su-

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ficiente para comprender el hipnotismo. De no ser así, no sabrás con exactitud lo que haces. Siéntate. Me senté en el suelo con las piernas cruzadas y él se sentó frente a mí. Parecía estar perdido en sus propias reflexiones. —De momento, ya sabes que todo cuanto existe es vibración, electricidad. En la composición del cuerpo intervienen diversas sustancias químicas que llegan al cerebro a través del sistema circulatorio. Como ya te he dicho, el cerebro está muy bien abastecido de sangre y de las sustancias químicas que ésta arrastra consigo. Estas sustancias (potasio, manganeso, carbono y otras muchas) forman los tejidos cerebrales, interrelacionados entre ellos, y que dan lugar a una oscilación peculiar de las moléculas que nosotros denominamos "corriente eléctrica". Cuando pensamos, ponemos en marcha una cadena de reacciones que constituyen esa corriente eléctrica y, con ello, las "ondas cerebrales". Reflexioné en todas aquellas cosas que no podía ver. Si mi cerebro estaba lleno de "corrientes eléctricas", ¿por qué yo no sentía el calambrazo? Recordé que un niño que hacía volar su cometa, en medio de una tormenta, lo sintió. Un intenso resplandor azul descendió súbitamente por la cuerda mojada y él — lo recuerdo con un escalofrío — cayó al suelo como un montón de carne seca y quemada. Y yo también sentí una vez uno de aquellos calambres cuando elevaba mi cometa. Una débil descarga, comparada con la que recibió mi amigo, pero lo suficientemente "fuerte" como para hacerme dar un salto de unos doce pies. —Honorable Lama — le respondí —. ¿Cómo puede haber electricidad en el cerebro? Si fuera así, los hombres se morirían de dolor. —Lobsang — dijo mi Maestro sonriendo —. Ese calambre que sentiste una vez te ha dado una idea errónea de la electricidad. La cantidad de electricidad con que está cargado el cerebro es pequeña. Sólo puede ser medida con instrumentos muy delicados que registran en sus diagra-

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mas las variaciones producidas cuando se piensa o realiza alguna acción física. La idea de que un hombre podía medir el voltaje del c e r e b ro d e o t r o m e r e s u l ta b a i nc re í b l e . P o r e l l o s o l té u n a carcajada. Mi Maestro se limitó a sonreír. —Esta tarde — me dijo — iremos caminando al Potala. El Profundo tiene unos aparatos que nos permitirán tratar con mayor claridad el problema de la electricidad. Ahora ve a distraerte un poco. Después de comer, colócate tu mejor manto y ven a verme. Le hice una reverencia y me marché. Durante dos horas di vueltas al acaso. Subí a la terraza y me entretuve a rro ja ndo p iedre ci l las a la cab ez a de lo s co nfi ados monje s que pasaban debajo de mí. Cuando me cansé de esta distracción, me agaché e introduje mi cabeza por una estrecha ventana que daba a un corredor oscuro. Estaba a punto de entrar por allí, cu ando escuché unos pasos que se acercaban. No pude ver quién era porque la ventana estaba en u n ri ncó n . Saqu é l a le ngu a , pu se u na ca ra fe roz y esperé . Se acercó un anciano y, como no podía verme, tropezó conmigo. Mi lengua húmeda tocó su mejilla. Lanzó un a gudo g ri to y , tra s de ja r c ae r al sue lo , con g ran es trép ito , l a b and ej a que l le vaba , h uy ó con u na r ap i de z in c re íbl e e n un hombre de sus años. Yo también me llevé una sorpresa. A l trope za r conm igo , e l an cia no me hi zo perde r e l equ il ibri o . Ca í d e e spa ldas e n e l co rredor. L a ve nta na s e c e rró de go lpe co n u n so no ro "c ras h " y una ab und ante cantid ad d e p o l v o c a y ó s o b r e m í . M e p u s e e n p i e , n o s i n c i e r t a d i fi cu l tad, y m e fu i co rri en do en d i rec ci ón co ntra ria todo lo rápido que pude. Do lo rido aú n co mo co nse cue nc ia d el go lpe , me c amb ié de manto y comí un poco. ¡No estaba tan mal como para olvidarme de eso! Cuando los objetos se quedaron sin sombra y llegó el mediodía, me presenté puntualmente ante mi Maestro. Al verme, hizo un esfuerzo para mostrarse severo conmigo. —Lobsang, un viejo monje jura que fue atacado por un espíritu maligno en un corredor del norte. Un grupo de

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tre s lam as ha i do a l lí pa ra pro nunci a r los exo rci smos des tinados a alejarle. Sin duda alguna, representaré un importa nte p ape l e n e s ta e mp res a s i m e l levo a es e esp í ri tu maligno — tú — al Potala, como convinimos. ¡Vamos! Salió de la habitación y yo le seguí. Me pareció estar rodeado de miradas inquisitivas. Al fin y al cabo, nunca s e s abí a lo que pod rí a su cede rme mi en tras l os la mas p rac t i cab an sus exo rc is m os . Se n tí e l t emo r d e e nco n t ra r me de pronto volando por los aires con rumbo a un destino desconocido y, probablemente, bastante incómodo. S a l i mo s a l a i re l i b r e . Lo s s i r v i e n te s no s ha b í a n p r e p a rado los caballos. El Lama Mingyar Dondup montó y empezó a descender el sendero de la montaña lentamente. Me ayudaron a montar y uno de los sirvientes, bromeando, dio u n a p a l m a d a e n l a g ru p a d e m i c a b a l l o . É s te , s i n ti é nd o s e también juguetón, inclinó su cabeza y levantó sus patas tra se ra s , a rrojá ndome al su el o . Mie n tra s me lev antaba sacudiéndome el polvo, el sirviente sujetaba al animal por las bridas. Lu ego monté de nuevo, vigilando cautelosamente a los sirvientes para que no me jugaran otra mala pasada. El caballo "sabía" que le había montado un jinete inexp e rto . A ris co , tro taba po r lo s si tios más pe l ig ro sos y se de ten ía e n lo s bo rd es de l a mo nta ña . I ncl ina ndo la c abez a sob re e l v ac ío , co n te mpl aba l as ro cas debaj o de noso tro s. Me v i obl i gado a des mon ta r y d esc end í cami na ndo , l lev ándole por las riendas detrás de mí. Era más rápido y más seguro. Al pie de la Montaña de Hierro, monté nuevamente y seguí a mi Maestro hasta el pueblo de Shli, donde nos detuvimos unos instantes porque él tenía que hacer unas cosas. Aquella pausa nos sirvió para recobrar el aliento y recuperar mi aplomo. Luego, otra vez sobre los caballos, subimos los amplios escalones del Potala. Lleno de alegría, entregué mi animal a los sirvientes que nos esperaban allí. Aún más alegre, seguí hasta su alojamiento al Lama Mingyar Dondup y, cuando me dijo que pasaríamos allí uno o dos días, mi dicha fue inmensa. L l e g ó l a h o r a d e a s i s t i r a l s e r v i c i o d e l Te m p l o . P e n s é que allí, en el Potala, los servicios eran excesivamente for-

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m a l e s y l a d i s c i p l i n a d e m a s i a d o e s t ri c t a . A p e s a r d e l a e x citación que me había producido aquel día y de ciertas contusiones, me porté lo mejor que pude y el servicio transcurrió sin incidencias dignas de mención. Se había establecido que cuando mi Maestro visitara el Potala, yo ocuparía una habitación contigua a la suya. Me retiré a mi c u a r to d i s p u e s to a e s p e ra r e l c u rs o no rm a l d e l o s a c o nt e cimientos, ya que no ignoraba que el Lama Mingyar Dondu p estaba tratando de asuntos de Estado con un alto funcionario que había llegado recientemente de la India. Me fascinaba mirar por la ventana y ver la ciudad de Lhasa a l o l e j o s . L a p e r s p e c t i v a e r a d e u n a e x t r a o r d i n a r i a b e l l e za. Los sauces rodeaban los lagos, el Jo Kang estaba lleno de dorados destellos y se escuchaba la algarabía de los per e g r ino s que , a l pi e d e l a Mo n ta ña Sa g rada , c la maba n co n la esperanza de ver al Profundo (que hallábase en su residencia) o, por lo menos, a alguno de los altos dignatar i o s . U n a i n t e r m i na b l e h i l e r a d e c o m e r c i a n t e s c a m i n a b a n co n sus be s ti as bo rde ando s in p ris as e l P arg o Ka l in g. Con te mpl é sus exó tica s ca rga s po r u n mom ent o , has ta que e scuché a mis espaldas unos pasos suaves. —Vamos a tomar un poco de té, Lobsang. Después, seguiremos hablando — dijo mi Maestro al entrar. L e s egu í a su h ab i tac ió n, donde hab ía n serv ido u na comida muy diferente a la que se suele ofrecer a un pobre monje. Té, como es lógico, pero también dulces de la India. Era demasiado. Normalmente, los monjes no hablan cu ando come n po rqu e e llo se consid e ra como u na fal ta de respeto hacia los alimentos. Sin embargo, en esta ocasión, m i M a e s t ro me c o ntó q u e l o s ru s o s e s ta b a n i nt e n t a nd o a l terar el orden en el Tibet y trataban de infiltrar a sus espías. Cuando terminamos de comer, nos encaminamos hacia la habitación donde el Dalai Lama guardaba extraño s i n s t ru m e n to s p ro c e d e nt e s d e l e j a n o s p a í s e s . D u ra n te unos instantes, nos limitamos a mirar a nuestro alrededor. El Lama Mingyar Dondup me iba señalando cada uno de a que llo s ob je tos y me expl icab a p a ra qué se rví an. Po r fi n, se detuvo en un rincón de la habitación.

132 ¡Mira esto,

LOBSANG RAMPA Lobsang! — me dijo.

Me acerqué. Lo que me mostraba no me impresionó en absoluto. Frente a mí, sobre una mesilla, había una jarra de cristal en cuyo interior se veían dos delicados hilos, c ad a u no de los cua les p a rec ía sos te ne r u n a pe que ña b o la de madera. ¡Esto Maestro es importante! — dijo secamente mi al darse cuenta de que no daba importancia a

aquel objeto —. Lobsang, tú piensas en la electricid ad solamente como algo que te produce calambres. Hay otro tipo, otra manifestación de la electricidad, que llamamos e s t á t i c a . ¡Observa! To mó d e la mes a u na va r il la o s cu ra d e u nas d oce a c atorce pulgadas de longitud. La frotó rápidamente contra su manto y la acercó luego a la jarra de cristal. Con gran sorpresa, vi cómo las dos varillas se separaban súbitamente y "seguían" separadas cuando él retiró la varilla. No pierdas detalle — me recomendó mi Maestro. Yo lo observaba todo atentamente. A los pocos minutos , s i gui endo e l i n flu jo n a tu ra l de l a g rav edad , amb as bol as vo lv ie ro n a des ce nde r len tamen te y los hi los qu eda ro n de nuevo verticales, como antes del experimento. Inténtalo tú — me ordenó el Lama t e n d i é n d o m e l a varilla. ¡Por la Dolma Bendita! — exclamé —. ¡ N o q u i e r o tocar esa cosa! A l v e r m i e x p r e s i ó n a t e r r a d a , m i M a e s t r o r e í a d e b u e na gana. Inténtalo, Lobsang — dijo —. Sabes p e r f e c t a m e n t e que nunca te he jugado una mala pasada. Es cierto — refunfuñé —, pero puede ser é s t a l a p r i mera. Me entregó la varilla. Yo cogí, desconfiado, aquel obj e t o t e r ri b l e . A r e g a ñ a d i e n t e s , l l e no d e a ns i e d a d , e s p e r a n d o q u e d a r e l e c t ro c u ta d o d e re p e n te , f ro t é l a v a r i l l a e n mi m anto . N o se ntí n i ngu na se ns ac ión d e ca lamb re , ni s iqu ier a h o r m i gu e o . D e s p u é s , l a a p r o x i m é a l a j a r r a y , ¡ m a ra v i lla de las maravillas!..., "las bolas se separaron de nuevo".

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—Como puedes ver, Lobsang—observó mi Maestro—, l a e le ct r ic idad e s tá a c tu a nd o au nqu e tú no la si ent as . As í es la electricidad del cerebro. Ven conmigo. N o s a c e rc a m os a o t ra m e s a s o b re l a q u e h a b í a u n a p a rato más extraño. Parecía ser una rueda en cuya superficie había numerosas placas de metal. Tenía dos varillas dispu estas de forma que unos alambres colocados en la extremidad de cada u na de e l las ro zaba levemente do s de aque llas placas. Los alambres estaban unidos a dos bolas metálicas situadas aproximadamente a un pie de distancia. Aquel conjunto de cosas carecía de toda significación para mí. "Un aparato diabólico", pensé. Y mi Maestro pareció querer confirmar mi impresión con sus actos. Dio una vuelta brusca a una manivela que salía de la rueda. Rug i e n d o y r e l a m p a g u e a n d o , l a r u e d a s e p u s o e n m o v i m i e n to . De las es fe ras de me ta l sa l ió una lu z a zul ada s is ea ndo y c r u j i e n d o . C o m o s i a l g o s e e s t u v i e r a q u e m a n d o , e l a i r e se llenó de un extraño olor. No pude contenerme. Sin duda alguna, aquél "no" era lugar para mí. Me escondí debajo de la mesa más grande y traté de huir, arrastrándome hacia la puerta. Cesaron los siseos y los crujidos para ser sustituidos p o r o t ro ru i d o d i s ti n to . C o nt u v e m i r e s p i ra c i ó n y e s c u c h é lleno de asombro. ¿Era aquél acaso el eco de una "risa"? ¡No podía ser! Desde mi escondite, muy nervioso, miré atentamente. Era el Lama Mingyar Dondup. Estaba riéndose a carcajadas. Sus ojos estaban llenos de lágrimas. Su cara, congestionada por la risa. Jadeaba como si le faltara la respiración. —¡Oh, Lobsang! — dijo por fin —. ¡Es la primera vez que veo a alguien aterrorizado por la máquina de Wimshurst! Estos aparatos son de uso corriente en mu chos país es ex t r an je ros . S i rve n p a ra de mos t ra r la s p ro p iedad es d e la electricidad. Salí de mi escondite arrastrándome. Me sentía ridículo. Me acerqué a la extraña máquina para observarla de cerca. —Voy a su jetar estos dos alambres, Lobsang — me dijo el Lama —. Y tú da vueltas a la manivela con toda tu

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f u e r za . M e v e rá s rod e ado de c h isp as y d e r a yos que no m e causarán el menor daño. Vamos a intentarlo. ¿Quién sabe? ¡A lo mejor tienes la oportunidad de reírte de mí! To m ó l o s d o s a l a m b r e s , u n o e n c a d a m a n o , y m e i n d i có con un gesto que podía empezar cuando quisiera. Ceñudo, empu ñé la manivela y la hice girar con fu erza. Grité l l e no d e te r ro r . G ra n d e s f ra n j a s d e l u z p u rp ú re a y v i o l e ta brillaban en las manos y el rostro de mi Maestro. Pero él se mantenía impertérrito. Entretanto, volvía a sentirse aquel olor extraño. —Es ozono — dijo mi Maestro —. Completamente inofensivo. Me convenció después para que yo sujetara los alambres mientras él daba vueltas a la manivela. Los siseos y los crujidos eran realmente pavorosos; pero en cuanto a la sensación, ¡era tan sólo como una fresca brisa! El Lama c o g i ó d e u n a c a j a v a r i o s re c i p i e n t e s d e c ri s t a l y l o s c o n e c tó, uno a uno, a la máquina mediante unos alambres. Mientras él daba vueltas a la manivela, pude ver una llama brillante ardiendo dentro de una de las botellas. En las otras botellas había cruces y otras figuras de metal, incandescentes. Pero no sentí un solo calambre. Con la Máquina de W ims hu rs t, mi Maestro me demo s tró qu e u na persona , au n no pose yen d o do te s d e cl a r iv ide nc ia , p ued e v e r el a u r a p s í q u i c a hu m a na . P e ro má s a d e l a n t e i ns i s ti ré s o b re este tema. La tarde declinaba y la luz del día se desvanecía poco a poco. Por ello, interrumpimos nuestros experimentos y regresamos a la habitación del Lama. Asistimos al servicio d e l a ta rd e c e r . N u e s t ra v i d a e n e l Ti b e t p a r e c í a e s ta r to ta l mente circunscrita a las observancias religiosas. Después del servicio, volvimos a la habitación del Lama, donde nos sentamos con las piernas cruzadas, como es habitual entre noso tro s , a ambos lados de una pequ eña me sa de ma de ra de unas catorce pulgadas de alto. —Lobsang — dijo mi Maestro —. Ahora podemos ocuparnos del tema del hipnotismo. Pero primeramente es preciso que analicemos cómo funciona el cerebro humano.

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E s p e ro h a b e rte d e mo s t ra d o q u e p u e d e p ro d u c i rs e e l p a s o de la co rri ente e lé c tri ca po r e l cu e rpo s in exp e ri me nta r e l m e no r d o l o r o ma l e s ta r . A ho ra q u i e ro q u e p i e ns e s q u e e s posible que cuando alguien piensa genera una corriente eléctrica. No es preciso que analicemos la forma en que esa corriente estimula las fibras musculares y produce una reacción. De momento, lo único que nos interesa estudiar es la corriente eléctrica en sí, las ondas cerebrales que la ciencia médica de Occidente ha podido medir y registrar tan inequívocamente. Reconozco que todo aquello me interesaba en sumo grado porque, a pesar de mi insignificancia, yo ya sabía con c e r te z a q u e e l p e ns a m i e n to t e n í a p o d e r . Re c o rd a b a a q u e l cilindro hueco que utilicé varias veces en la Lamasería y al qu e yo podí a imp rim i r u n mov im ie n to de ro ta ció n só lo co n la fuerza de mi voluntad. —¡Estás distraído, Lobsang! — me dijo mi Maestro. — Lo s i e n to , H o n o ra b l e S e ñ o r — l e re s p o n d í — . E n r e a l i d a d e s ta b a p e n s a nd o e n l a na tu ra l e z a d e l a s o n d a s m e n t a l e s y re c o rda b a c ó mo m e d i v e r t í c o n a q u e l c i l i n d ro q u e , hace algunos meses, me enseñaste a mover con el pensamiento. Mi Maestro me miró y dijo: — Tú e res u na e ntidad , u n i nd iv iduo que tie ne sus p rop i o s p e n s a m i e n to s . P u e d e s p e n s a r e n r e a l i z a r u n a a c c i ó n determinada como, por ejemplo, levantar aquel rosario. Solamente con pensar en esa acción, tu cerebro hace que brote la electricidad de los elementos químicos que lo constituyen y esa onda eléctrica predispone tus músculos para r e a l i z a r l a a c c i ó n p ro y e c ta d a . S i tu c e re b r o p u d i e ra g e n e ra r u na fue rza e léc tric a ma yo r co n tra ria , te ve rí as imposi bilitado para realizar tu deseo de levantar el rosario. Es fácil compender que si yo puedo convencerte de que no puedes realizar esa acción, tu cerebro escapará a tu cont ro l in me d i a to y ge ne ra rá u n a o nd a c o n t ra ri a a tu d e se o . Y e l l o t e i m p e d i r á l e v a n t a r e l r o s a r i o o r e a l i z a r l a a c c i ó n que habías pensado.

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L e m i ré p e ns a t i v o y me d i c u e nt a d e q u e s u s p a l a b ra s c a rec ía n de s entido pa ra m í po rqu e ¿có mo pod ía é l i nflu ir e n l a e l e c t r i c i d a d q u e p ro d uj e r a m i c e re b ro ? S e g u í m i rá n d o l e p e ns a t i v o , p re g u n tá nd o me s i d e b í a e x p o n e r l e m i s d u d a s . P e ro , e n t o d o c a s o , n o f u e ne c e s a r i o , p o rq u e a d i v i n ó mis pensamientos y decidió tranquilizarme. —Lobsang — me dijo —. Puedo demostrarte que mis a fi rm a c i o ne s c o n s t i tu y e n u n he c ho c o mp ro b a b l e . E n c u a l qu ier p aí s occidenta l pod ríamo s p robarlo co n u na s e ri e de aparatos que registrarían las tres ondas básicas del cerebro. Sin embargo, aquí no tenemos esa posibilidad y debemos limitarnos a analizar este problema verbalmente. El cerebro produce electricidad, genera ondas. Cuando decides levantar el brazo, tu cerebro emite las ondas necesarias para q u e p u e d a s ha c e r l o . S i y o s o y c a p a z — y u t i l i za ré u na te r m i n o l o g í a t é c ni c a p a r a e x p l i c á r t e l o — d e i n t r o d u c i r e n t u c e reb ro u na ca rga neg a ti va , e n es e c aso , tú no pod rás rea lizar tu proyecto. En otras palabras, ¡estarás hipnotizado! A q u e llo e m p e za b a a te ne r s e nt id o p a ra m í . C o no c í a l a Má qui na d e W im shu rs t. Hab ía as is tido a v ari os exp e ri me ntos. Y había visto cómo era posible invertir la polaridad de una corriente, haciendo que fluyera en dirección contraria. —Honorable Lama — le pregunté —, ¿cómo puedes tú introducir una corriente en mi cerebro? No puedes levant a r l a s p a r e d e s d e m i c rá ne o p a ra m e te r a l l í e l e c t ri c i d a d . ¿Cómo puedes hacerlo, entonces? —Mi querido Lobsang — dijo mi Maestro —. No necesito entrar en tu cabeza. No soy yo quien debe producir la electricidad para meterla dentro de ti. Pero puedo influirte con las sugestiones adecuadas para que te convenzas de la exac t i tu d de mi s a f i rma cio ne s y sea s tú m is mo — in voluntariamente — quien genere tu propia corriente eléctrica negativa. Me miró atentamente y añadió: —No soy partidario de hipnotizar a nadie contra su voluntad, a no ser en caso necesario, por razones médicas

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o quirúrgicas. Pero creo que sería una buena idea demostrar — con tu cooperación — la realidad del hipnotismo. — ¡ O h , s í ! — e x c l a m é r á p i d a m e n t e — . ¡ M e g u s t a r í a h a cer algún experimento de hipnotismo! Sonrió un poco ante mi impetuosidad y me dijo: — B i e n , L o b s a n g , ¿ q u é e s l o q u e te d i s gu s t a h a c e r no rm al me n te ? Te l o p re gun to po rqu e qu ie ro hip no tiza rte pa ra que hagas algo en contra de tu propia voluntad. De esa forma, podrás estar personalmente seguro de que, al hacerlo, estás actuando bajo la influencia de una fuerza independiente de tu voluntad. Reflexioné unos instantes y no supe qué responder. ¡Había tantas cosas que me molestaba hacer! Mi Maestro me resolvió el problema de aquella difícil opción. —¡Ya lo sé! — dijo —. No sientes el menor deseo de leer aquel pasaje, más bien complicado, del quinto libro del Ka ng yu r. Te mía s , a mi ju ic io , qu e al gu nas d e la s pa labra s a l l í u ti l i za d a s t e t ra i c i o n a r a n y p u s i e ra n d e m a n i f i e s t o e l hecho de que no habías estudiado la materia suficientemente. Sus palabras me avergonzaron y confieso que mis mej i l l a s s e l l e n a r o n d e ru b o r. E r a c i e r to . U no d e l o s p a s a j e s del Libro me resultaba particularmente difícil. Sin embargo, m i i n te ré s p o r l a c i e nc i a m e p re d i s p o n í a a s e r p e rs u a d i d o para leerlo, au nque, en realidad, aquel pasaje me producía verdadera fobia. Mi Maestro sonrió y dijo: — E l L i b ro e s tá j u nto a l a v e nt a n a . V e a tr a e rl o , b u s c a esa página y léemela en voz alta. Y si intentas no leerla, si tratas de equivocarte, entonces será aú n mayor el valor de la prueba. Tomé el Libro de bastante mala gana y busqué la página indicada. Las páginas de los libros tibetanos son mayores y más pesadas que las de los libros occidentales. Procuré hacerlo lo peor posible y me demoré todo lo que pude. Sin e m b a r go , a l f i n a l , e n c o n tr é a q u e l p a s a j e q u e , c o m o c o n s e cuencia de un incidente que había tenido anteriormente con un tutor, me hacía sentir físicamente enfermo.

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LOBSANG RAMPA Tenía el Libro ante mí y, aunque lo intentaba, no con-

seguía articular sus palabras. Por muy extraño que parezca, e l h e c h o d e h a b e r s i d o t r a ta d o c o n v i o l e n c i a p o r u n t u t o r incomprensivo, había desarrollado en mí un auténtico odio hacia todas aquellas frases sagradas. Mi Maestro se limitó a m i ra r me — nad a más — y d e p ro n to me p a r e c ió q ue a l go había estallado dentro de mi cabeza. Sorprendiéndome a mí mismo, me di cuenta de que lo estaba leyendo y que no solamente lo leía, sino que lo hacía sin la menor vacilación, fácilmente, con fluidez. Al terminar el párrafo, tuve una sensación inexplicable. Abandoné el Libro, me dirigí al centro de la habitación y, levantando mis piernas, me sostuve sobre la cabeza. "¡Estoy volviéndome loco!", me dije. "¿Qué pensará de mí mi Maestro si me comporto de una f o rm a t an e s tú p ida ? " P e ro d e spués p e ns é qu e é l e ra qu i e n d e te rm i na b a m i s a c to s , i n f l u y e nd o e n m í p a ra q u e hi c i e ra aquellas cosas. Rápidamente, me puse en pie de nuevo y me di cuenta de que me sonreía benévolo. Es Es l os la cosa más fácil del mundo, Lobsang. r e a l mente sencillo influir en una persona. No existe co noc i m i e n t o s necesarios para ello. Me limité a

n i n g u n a d i ficu ltad para poder hace rlo cuando se domi nan p e n s a r y t ú captaste mis pensamientos telepáticamente. Por ello, tu cerebro reaccionó de acuerdo con lo qu e te había anticipado. Y e l l o h i z o q u e s e p r o d u j e r a n e n é l c i e r t a s f l u c t u a c i o n e s que dieron lugar a tan interesante resultado. Honorable Lama — dije —. ¿Quieres decir c o n e l l o qu e si somos capaces de introducir una corriente eléctrica en el cerebro de una persona, podemos conseguir que haga cuanto nosotros deseamos? No, que en absoluto — dijo es no mi que es Maestro si eres —. Lo de sus r e a l mente significa capaz con

p e r s u a d i r a u n a persona para que lleve a cabo una acción determinada y esta a c c i ó n i n c o m p a ti b l e c o n v i c c i o n e s , s i n d u d a a l gun a l a l le va rá a cabo , po rqu e su s o ndas c e reb ra le s fu eron alteradas e, independientemente de sus intenciones originales, actuará de acuerdo con las sugestiones hipnóticas. La mayor parte de las veces, las sugestiones se reciben del

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hipnotizador pero la única influencia que éste ejerce sobre el sujeto agente es la de la sugestión. Con habilidad y la utilización de ciertos recursos, el hipnotizador pu ede determ i na r a s u v í c t i m a a re a l i z a r a c c i o ne s d i s t i n ta s a l a s q u e proyectaba hacer en un principio. Me contempló con gran seriedad durante unos instantes y añadió: —Naturalmente, tú y yo poseemos un poder distinto. Tú serás capaz de hipnotizar a una persona instantáneamente, aun en contra de sus propios deseos, ya que ese pode r te ha s ido co nc edido te nie ndo e n cue nta la espe cia l n a tu ra le za d e t u v ida y las en o rme s di ficu ltad es a qu e ten drás qu e someterte para realizar la excepcional misión qu e te ha sido asignada. Me miró fijamente como para darse cuenta de si le había comprendido. Al convencerse de que era así, continuó: —Más adelante — todavía no es el momento —, te ens e ña rá n to d o c u a n to d e b a s s a b e r s o b re e l h i p no t i s m o y l a forma más rápida de hipnotizar. Y has de saber que con ello incrementarás también tus poderes telepáticos, porque cuando estés viajando por remotos países, tendrás que mantenerte en todo momento en estrecho contacto con nosotros y la forma más rápida y segura de conseguirlo es la telepatía. To d o a q u e l l o m e e n t r i s te c i ó . To d o p a re c í a i n d i c a r q u e necesitaría pasarme aprendiendo cosas nuevas la vida enter a . P e ro c u a n ta s m á s c o s a s a p re n d í a , m e n o s t i e mp o l i b re me quedaba. Procuraban por todos los medios aumentar mis tareas, ¡sin librarme de ninguna! —Pero, Honorable Lama — le pregunté —, ¿cómo act ú a l a t e l e p a t í a ? To d o p a r e c e i n d i c a r q u e n o h a s u c e d i d o nada especial entre tú y yo y, sin embargo, tú sabes siempre lo que pienso, ¡especialmente cuando tengo gran interés en ocultarlo! Mi Maestro me miraba sonriente. — E n r e a l i d a d , l a t e l e p a t í a e s a l g o m u y s e n c i l l o . To d o consiste en saber controlar las ondas del cerebro. Te explicaré. Tú sabes que tu cerebro genera corrientes eléctricas

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que oscilan de acuerdo con las fluctuaciones de tu pensam ie nto . No rm al me n te , és tos a c ti va n tus mús culo s y ha ce n que tus miembros puedan moverse. También puedes pensar en algú n objeto lejano. En ambos casos, tu energía mental es transmitida, es decir, tu cerebro emite fuerza-energía en t o da s d i r ecc ion es . S i co noc ie r as u n mé todo ad ecu ado p ar a concentrar tus pensamientos en una dirección determinada, éstos serían de una intensidad mucho mayor. Recordé un pequeño experimento que él me había ens e ña d o h a c í a p o c o ti e m p o . E s tá b a m o s , c o mo e n a q u e l m o m e n to , e n l o a l t o d e l a C u m b r e , c o m o l o s t i b e t a n o s l l a m a m o s a l P o ta l a . E l L a m a , m i M a e s t ro , h a b í a e n c e n d i d o u n a vela pequeña que difundía débilmente la luz a su alrededor. Colocó un cristal de au mento ante la vela y, ajustando adecuadamente la distancia entre ambos objetos, proyectó contra la pared una imagen de la llama mucho más intensa que la auténtica. Para sacar mayor provecho de la lección, colocó una superficie brillante detrás de la vela de modo que su luz se concentró más todavía y la imagen proyectada sobre la pared aumentó de tamaño. Le recordé aquellas experiencias y él me dijo: — ¡ E s o m i s m o ! Ti e n e s r a z ó n . E s p o s i b l e , m e d i a n t e d i s tintos procedimientos, concentrar el pensamiento y enviarlo e n una di recc ió n d e te rmi nada . Toda s l as pe rsonas pose en l o q u e p o d r í a m o s l l a m a r u n a l o n g i t u d d e o n d a , e s d e c i r , que el conjunto de la energía emitida por las ondas básicas d e c a d a c e re b ro s i gu e n u n o rd e n p r e c i s o d e o s c i l a c i ó n . Si nos f u e r a p o s ibl e p re ci sa r e l r i tmo d e o sc i lac ió n d e las o ndas básicas cerebrales de las demás personas y sintonizarlas, n o hallaríamos dificultad alguna para enviarles nuestros m e ns a j e s te l e p á ti c o s , i nd e p e n d i e nt e me n te d e l a d i s ta nc i a que nos separa de ellas. Me miró con firmeza y agregó: —Grábate todo eso muy bien en tu cabeza, Lobsang. Para la telepatía, las distancias carecen de significado... porque la telepatía puede abarcar océanos... ¡y mundos! C o n fi eso que s entía g rand es d eseo s d e rea l iz a r a l gun a nueva experiencia telepática. Me imaginaba conversando

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con mis amigos de otras lamaserías, como Sera, o incluso de otros distritos lejanos. No obstante, tenía el convencimiento íntimo de que debería orientar todos mis esfuerzos en aprender otras cosas que me pudieran ser útiles en el futuro, un fu tu ro que , según toda s l as p ro fe cí as , se ría re al me n te de sdichado. Mi Maestro interrumpió de nuevo mis pensamientos. —Más adelante, volveremos a tratar del tema de la telepatía. Trataremos también extensamente el tema de la c l a ri v i d e nc i a , y a q u e t e s e r á n c o n c e d i d o s e x t r a o r d i n a ri o s poderes de clarividente y las cosas te resultarán más fáciles si conoces su mecanismo y su proceso. Todo ello está estrechamente relacionado con las ondas cerebrales y con el Archivo Kármico. Pero ya se ha hecho de noche y, de momento, debemos interrumpir nuestra conversación para desc an sa r du ra n te el sue ño y p r ep a ra r nos p ar a el p rim e r se r vicio de mañana. Nos pusimos en pie. Le hice una respetuosa reverencia, d e s e a nd o p o d e r e x p re s a r l e l a p ro fu n d a c o n s i d e ra c i ó n q u e me inspiraba. Una fugaz sonrisa cruzó por sus labios y, adelantándose hacia mí, oprimió su mano con ternura sobre mi hombro. —Buenas noches, Lobsang — me dijo lleno de afecto —. No debemos demorarnos más o, de lo contrario, mañana tendremos la cabeza muy pesada y no habrá nadie capaz de despertarnos cuando llegue el momento de asistir a nuestras devociones. Ya en mi habitación, estuve unos instantes de pie ante la ventana sintiendo sobre mí el aire frío de la noche. Cont e m p l é l a s l e j a n a s l u c e s d e L ha s a y p e n s é e n t o d o c u a n t o mi Maestro me había enseñado y sobre todo en lo que todavía tenía que aprender. Para mí resultaba evidente que conforme aumentaban mis conocimientos, aumentaban también las cosas que ignoraba. Y yo me preguntaba cuándo te rmi na ría a que l ex tra ño p roc eso . Su spi ran do , tal v ez con un poco de desesperación, me envolví en mi manto y me eché a dormir en el suelo.

CAPITULO VII

Un viento helado soplaba desde lo alto de las montañas. El
aire estaba saturado de polvo y de piedrecillas diminutas que caían profusamente sobre nuestros cuerpos estremecidos. Los animales viejos, llenos de experiencia, se manten í a n e n pie e inclinaban la cabeza ante el viento para esq u i va r l o e i m p e d i r q u e s u p i e l p e r d i e r a e l c a l o r d e s u s cu e rpos . Dob lamo s e l K undu Ling y n os d i ri g imos ha ci a e l M a n i L ha k ha n g . U na fu e r t e rá fa g a d e v i e n to , m á s fu ri o s a que l a s a n te rio re s , l eva ntó el ma n to d e uno de m is compañ e r o s q u e , d a n d o u n a g u d o g r i t o d e t e r r o r , a t r a v e s ó l o s aires como una corneta. Le vimos elevarse, boquiabiertos y asustados. Parecía volar hacia la ciudad, con los brazos extendidos. Sus vestiduras, infladas por el viento, le daban un aspecto de gigante. Después, volvió la calma durante unos instantes y mi compañero cayó al Kaling Chu como una piedra. Enloquecidos, corrimos hacia allá temiendo que se ahogara. Al llegar a la orilla, Yu lgye — así se llamaba — tenía el agua por las rodillas. El huracán rugió de nuevo lleno de ímpetu, giró en torno suyo y lo trajo de nuevo hasta nosotros. Y lo más sorprendente de todo fue que solamente se había mojado de rodillas para abajo. Nos apresuramos a seguir el camino, sujetando nuestros mantos con fuerza para impedir que el viento también nos arrastrara. Bordeamos el Mani Lhakhang. ¡Y nuestra marcha fue re al me nte d i fíc i l! El hu racán au ll aba a nue s tro a l rededo r. Todos nuestros esfuerzos estaban destinados a mantenernos en posición vertical. En el pueblo de Shó, un grupo de da-

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ma s d e e l e v a d a c o nd i c i ó n s o c i a l i b a n e n b u s c a d e u n re f u g i o . Siempre me complacía intentar adivinar la identidad de las personas detrás de las máscaras de cuero. Cuando más cara de "joven" tiene la máscara, más anciana es la mujer que la l l e v a . E l T i b e t e s u n p a í s c r u e l y d u r o . S u s vientos llenan el espacio de rugidos y hacen caer de lo alto de las montañas torrentes de arena y piedras. Los hombres y l a s m u j e r e s s e v e n o b l i g a d o s a l l e v a r , c o m o p r o t e c c i ó n contra esas tormentas, unas máscaras de cuero que tienen l o s o r i f i c i o s n e c e s a r i o s p a r a l o s o j o s y p a r a r e s p i ra r y c u y o s rasgos equivalen invariablemente a la opinión qu e cada persona tiene de sí misma. ¡Vamos a pasar por la Calle de los Comercios! — g r i t ó Timón con la esperanza de hacerse oír a través de la t o r menta. Perderemos el tiempo — dijo Yulgye —. Cuando s o pla el huracán, echan los cierres. De no hacerlo así, volarían todos los géneros. Nos ap resu ramo s , cas i dupl i ca ndo la ve loc idad de nuestra ma rc ha . Al cru za r el Puent e de la Tu rqu esa , no s v i mos o b l i g a d o s a s u j e ta r n o s u n o s a o t ro s p a ra p o d e r re s i s t i r l a violencia del viento. Miré hacia atrás y vi que el Potala y la Montaña de Hierro se hallaban cubiertos por una nube negra d e p a r t í c u l a s d e p o l v o y d e p e q u e ñ a s p i e d r e c i l l a s , arrancadas del eterno Himalaya por la tormenta. Aceleramos nuestros pasos para evitar que nos cubriera también a nosotro s y de ja mos a trás l a Mo rada d e D o ri ng, s i tu ad a en el ext e r i o r d e l C í r c u l o Interno, cerca del inmenso Jo Kang. La tormenta cayó ru giendo, azotando nuestras cabezas y nu estros ros tros si n p ro te cc ión . I ns ti n ti vam ente , Ti m ó n le va ntó sus manos con el propósito de protegerse los ojos. El viento h i n c h ó s u m a n t o y l o l e v a n t ó s o b r e s u c a b e z a , d e j á n d o l o tan desnudo como un plátano pelado, precisamente delante de la Catedral de Lhasa. Por la calle, bajaban rodando piedras y guijarros que golpeaban y hacían sangrar nuestras piernas. El cielo se oscureció aún más, poniéndose tan negro como la noche. Delante de nosotros, Timón avanzaba dando tumbos, lu-

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c h a n d o c o n s u m a n to , q u e s e a r r e m o l i n a b a e n t o rn o a s u cabeza. Por fin, entramos todos atropelladamente en el Santuario del Lugar Sagrado. Allí había "paz", una paz profunda y tranquilizadora. Durante trece siglos, los fieles habían acudido a aquel lugar para hacer su s oraciones. El edificio exhalaba santidad. El suelo de piedra estaba desgastado como consecuencia del paso de varias generaciones de peregrinos. Su atmósfera estaba viva. A lo largo del tiempo, se había quemado allí tanto incienso que el lugar parecía tener conciencia. Las columnas, ennegrecidas por el paso de los años, se alzaban en medio de una perpetua oscuridad. El deslustrado brillo del oro reflejaba la luz de las velas y de las lámparas de grasa sin conseguir disipar las tinieblas. Las llamas, peq u e ña s y te mb l o ro s a s , p ro ye c ta b a n s o b re l a s p a r e d e s d e l Templo las sombras de las Sagradas Imágenes en una danza g ro tes ca . Y mie n tra s e l i nte rm i nab le co rtejo de los pe re gri nos cruzaba frente a las Imágenes, el Dios y la Diosa se enlazaban en un infinito juego de luces y de sombras. D e l o s g ra nd e s m o n t o ne s d e j o y a s s u r g í a n b ri l l o s c a m biantes de todos los colores. Diamantes, topacios, aguamarinas, rubíes y jades, reflejaban la luz sobre sus superficies formando un calidoscopio cromático. Las grandes rejillas de hierro, con sus pequeños espacios libres, destinados a impedir el paso de posibles manos codiciosas, mantenían las joyas y e l o ro i na cce sib les a todo s aqu el los que pud ie ra n se n ti r qu e su ho n rad ez ced ía a n te su a va ric ia . Po r toda s pa rte s , al otro lado de las rejillas de hierro, los ojos rojizos de los g a to s d e l Te m p l o b r i l l a b a n e n l a o s c u ri d a d , p ro b a n d o a s í que estaban siempre vigilantes. I ncorruptibles, indómitos, sin temor al hombre ni a las bestias, caminaban silenciosos co n su s pa tas a te rciop el adas . Pe ro s i se p rovo caba su i ra , de sus suaves dedos surgían al instante uñas afiladas como n a v a j a s . S u i n t e l i g e n c i a e ra e x t ra o r d i n a r i a . S o l a m e n te n e c esitaba n mi rar a las personas pa ra p en e trar e n su pe nsam ie nto . Un s imp le mov imiento sosp ec hoso ha cia l as joy as que guardaban y se convertían en auténticos diablos. Siempre de dos en dos, uno se precipitaría contra la garganta

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del supuesto ladrón y el otro paralizaría su brazo. A no ser que los monjes acudieran rápidamente en su ayuda, solamente la muerte podría liberarle de sus garras. Conmigo y con
.los

que, como yo, querían a los gatos, éstos se

mostrarían cariñosos permitiéndonos jugar con aquellos inestimables tesoros. Jugar con ellos, pero no llevárnoslos. Completamente negros, con sus ardientes ojos azules que emanab a n u n fu l go r r o ji z o al r e fl eja r l a Lu z , en los d em ás p aí se s e ra n c o no c i d o s b a j o e l no mb re d e g a to s "s i a m e s e s " . E n e l frío Tibet, "todos" los gatos eran negros mientras en los trópicos, según me habían dicho, todos eran blancos. Recorrimos el Templo rindiendo adoración a las Imág e ne s d e O ro . E n e l e x te ri o r , l a to rme n ta s e g u í a ru gi e nd o llena de ira, arrastraba todos los objetos que no estaban seguros e imposibilitaba el paso a los viajeros sorprendidos a quienes sus negocios urgentes obligaban a recorrer los c amino s azo tados po r e l v iento . E n el i nte rio r de l Te mpl o, s i n e m b a rgo , t o d o e s ta b a t ra nq u i l o . S ó l o s e e s c u c ha b a e l "shus-shus" de los pies de los peregrinos que hacían sus recorridos y el continuo "clac-clac" de los Molinos de Plegarias que giraban incesantemente. Pero nosotros ya no los oíamos. De día y de noche, llenaban el espacio con su "c la c-c la c ", "c la c-c la c ", qu e se hab ía conve rti do ya e n p a rte de nu es tra s ex is te nc ia s . No. No lo s o íamos y a , co mo n o oíamos los latidos de nuestro corazón o nuestra respiración. Pero "había" además otro ruido, un ronco y áspero "purr-purr" y unos golpes suaves contra las rejillas. Las golpeaba un viejo gato para recordarme que éramos viejos a mi gos . Pa sé m is dedo s po r lo s p eque ños o ri fi cio s con cu idado y le rasqué la cabeza. Él "mordisqueó" suavemente mis dedos como saludándome y, luego, me los lamió con su áspera lengua ¡casi arrancándome la piel! De pronto, se produjo un movimiento sospechoso en el Templo y él, como un rayo, escapó de mi lado para defender "su" propiedad. —¡Me hubiera gustado ver las tiendas! — murmuró Timón. —¡Estúpido! — le susurró Yulgye —. "Sabes" perfectamente que están cerradas durante las tormentas.

146 ¡"Silencio,

LOBSANG RAMPA muchachos!" — dijo un adusto

v i g i l a n t e , surgiendo de las sombras mientras asestaba al pobre Timón u n pu ñe ta zo que le hi zo pe rde r el e qu i l ib rio y rodar po r el suelo. Un mo nje ce rca no co n temp laba la esc ena co n g es to d e desaprobación y hacía girar su Molino de Plegarias. El enorme vigilante, que medía casi siete pies de altura, se alzaba como una mole humana ante nosotros. Si volvéis a alborotar — dijo — os d e s c u a r t i z o c o n mis manos y arrojo vuestros pedazos a los perros callejeros. ¡Ahora, guardad "silencio"! Nos lanzó una ú ltima mirada furibu nda y, dándonos la espalda, se hundió nuevamente en las sombras. Timón se levantó con cuidado temiendo turbar el silencio con el crujido de sus ropas. Nos quitamos las sandalias y nos dirigimos a la salida de puntillas. La tormenta seguía rugiendo afuera. Una cascada de nieve resplandeciente caía desde los picos de las montaña s . Desde las partes más bajas, del Po ta la y del Chakpori, llegaban "negras" nubes de polvo y de piedrecillas que el viento arrastraba hacia la Ciudad a lo largo de los Caminos Sagrados. El huracán bramaba y ululaba c o m o s i h a s t a l o s d i a b l o s s e hu b i e ra n v u e l to l o c o s y e n to naran una cacofonía sin sentido. Apoyándonos unos en otros, nos dirigimos hacia el su r bordeando el Jo Kang, en busca de un refugio en la fachada posterior del edificio del Consejo. El viento enfurecido parecía qu erer arrancarnos del su elo y hacernos saltar el muro d e l Mo nas te rio d e m uj e r e s d e Ts a ng Ku ng . A n te a que l p el i gro, nos estremecíamos de miedo y nos apresurábamos. Una vez alcanzado nuestro refugio, nos tendimos en el suelo jadeantes, rendidos por el esfuerzo que habíamos tenido qu e hacer... "..." Maestro — dijo a ese Timón "..." hacerlo —. de ¡Me gustaría Tu Lobsang. poder Tal vez embrujar vigilante! Honorable

podría

fácilmente,

p u e d a s c o n v e n c e r l o p a ra q u e c o nv i e r ta a e s e ". . . " e n u n c e r d o — , a ña d i ó l l e n o de esperanza.

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—Estoy seguro de que no querrá — le respondí agitando negativamente la cabeza —. El Lama Mingyar Dondu p nu nca quiere hacer daño a ningún hombre ni a ningún animal. Sin embargo, no "estaría" mal convertir al vigilante en algo así. ¡Era un fanfarrón! La tormenta se estaba calmando. La furia del viento ya no resonaba con tanta fuerza en los aleros. Tampoco el po lvo se intro ducía ya e n nu e s t ro s ma nto s . E l Ti be t e s u n país alto sin protección contra los elementos. Los huracanes se van condensando detrás de las montañas y, llenos de furia, r e c o r re n l o s d e s f i l a d e ro s , e m p u j a n d o m u y a m e nu d o a l o s viajeros al fondo de los barrancos y causándoles la muerte. E l v i e n to hu ra c a n a d o b a r r í a l o s p a ti o s de l a s l a m a s e r í a s , limpiándolos de paja y de tierra, y salía después irrefrenable a los amplios espacios del Valle. S e a p a g ó e l c l a mo r d e l h u r a c á n y re i n ó nu e v a m e n te el silencio. Las últimas nubes tormentosas se fueron elevando en el firmamento, dejando la infinita bóveda del cielo limpia, teñida de púrpura. El intenso brillo del sol cayó sobre nosotros, deslumbrándonos con su luz después de desvanecer las tinieblas. Cautelosamente, llenando el aire de chirridos, las puertas fueron abriéndose, mientras asomaban las cabezas d e l o s v e c i n o s p a r a c o m p r o b a r l o s d e s p e rf e c to s . L a p o b r e señora Raks, ya anciana, cerca de cuya casa nos hallábamos, comprobó afligida que el viento le había arrancado las ventanas traseras, llevándoselas lejos, mientras que sus ventanas delanteras, también arrancadas, habían sido violentamente introducidas en la casa. En el Tibet, las ventanas están hechas de un fino papel u n tado en g ras a de tal ma nera que , con un po co de es fuer zo, se puede incluso ver la calle. El vidrio es verdaderamente raro en Lhasa pero el papel, fabricado con los ju ncos y los sauces tan abundantes allí, resulta muy barato. Nos dirigimos hacia nuestro hogar — el Chakpori —, d e te ni é n d o n o s e n l o s l u g a re s d o nd e a l g o l l a m a b a n u e s tra atención. —Lobsang — dijo Timón —. ¡ "Ahora sí estarán las tien-

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das abiertas"! ¡Vamos allá! ¡No nos entretendremos demasiado tiempo! Mi e n tras dec ía e s to , to rció a l a de re cha y e mpe zó a ca minar rápidamente. Yulgye y yo le seguimos sin mostrarnos en absoluto reacios. Al llegar a la Calle de los Comercios, l o c o n te m p l a m o s t o d o l l e n o s d e c u r i o s i d a d . ¡ H a b í a t a n ta s cosas preciosas! El aroma del té llenaba la atmósfera. Había d ive rsas c la ses de i nci e nso p roc ede ntes de la I ndi a y de l a C hina. Joyas. Objetos fabricados en Alemania, un país tan re mo to pa ra noso tro s que care cí a de s i gn i fi cado . Más a l lá , vendían pasteles, dulces pegajosos adosados a unos palillos, t o r ta s c u b i e r ta s d e a z ú c a r y d e a l m í b a r d e c o l o re s . L o m i rábamos todo llenos de deseo. Como éramos pobres "chelas" n o tenía mos di n e ro p a ra comp ra r aque l las co sas . Pe ro n os conformábamos con mirarlas. Yulgye, asiéndome del brazo, susurró: —Lobsang, ¿no es ese grandullón aquel Tzu que te tenía a su cargo? M i r é e n l a d i re cc ión que m e s eñ al ab a . ¡ S í , t e n ía ra zó n! Era Tzu. Tzu, que tantas cosas me había enseñado, que había sido tan riguroso conmigo. Instintivamente, me acerqué a él. —¡Tzu! — le dije sonriente —. ¡Yo soy...! Él me miró con el ceño fruncido. —Marchaos, muchachos — dijo con un gruñido —. No mo le s té is a u n ho nrado c iudad ano qu e es tá ocup ado reso lviendo los asuntos de su señor. No debéis pedirme limosna a "mí". B rus camen te , s e dio la vue l ta y s e a le jó a gra nde s z an cadas. S e n tí q u e m i s o j o s s e h u m e d e c í a n y te mí q u e i b a a d e sacreditarme ante mis compañeros. No, no podía permitirme el lujo de llorar. Pero Tzu me había ignorado, fingiendo que no me conocía. Tzu, que había sido mi acompañante desde que nací. Él había intentado enseñarme a ser un buen j i ne t e sob re e l p o n y Nakk i n . M e h ab í a e ns eñ ado a lu c ha r. Y a h o r a , m e n e g a b a y m e d e s p r e c i a b a . D e s c o n s o l a d o , i n cliné la cabeza y mi pie jugueteó con la tierra. Mis dos

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c o m p a ñ e ro s , j u n to a m í , g u a r d a b a n s i l e n c i o , i d e n t i f i c a d o s con m is pe ns am ien tos , s in tie ndo que ta mbi én el los hab ían sido despreciados. A l go m e l l a m ó l a a te n c i ó n . U n h i n d ú b a r b u d o , d e e d a d a va nz ada , tocado co n un tu rba nte , se ac e rcab a l entam ente a nosotros. —¡Joven señor! — me dijo en tibetano, con un extraño acento extranjero —. Lo he visto todo, pero creo que no d e b é i s j u z g a r m a l a e s e ho mb re . M u c ha s p e rs o n a s o l v i d a n su niñez. Yo no he olvidado la mía. Venid conmigo. Nos condujo a la tienda que habíamos visto poco antes. —Deja que estos muchachos elijan lo que gu sten — dijo al propietario. T í m i d a m e n t e , c a d a u n o d e n o s o t r o s t o m ó u n o d e a q u e llos apetitosos dulces. — ¡ N o ! ¡ N o ! — e x c l a m ó — . N o b a s t a c o n u n o . T o m a d otro. Hicimos lo que nos indicaba. El abonó su importe a l sonriente comerciante. — ¡ S e ñ o r ! — l e d i j e e m o c i o n a d o — . ¡ Q u e B u d a t e b e n diga y te proteja! ¡Que tus dichas sean infinitas! Nos so n rió bondados ame nte, no s hi zo u na l eve reve re ncia y se marchó para continuar con sus negocios. Regresamos a nuestro hogar sin prisas. También sin pris a s , p a r a q u e n o s d u r a r a n m u c h o t i e m p o , n o s c o m i m o s n u e s t ro s d u l c e s . C a s i ha b í a m o s o l v i d a d o e l s a b o r d e a q u e llas cosas. Nos supieron mejor que las que habíamos comido e n o t r a s o c a s i o n e s p o r l a b o n d a d c o n q u e n o s l a s h a b í a n r e ga l a d o . Mi e nt ra s c a m i n a b a , r e c o r d é q u e , p ri m e ro , m i p a d re me hab ía i gn o rado e n una oc as ión en l as es ca le ras de l Potala. Ahora era Tzu el que había fingido no reconocerme. Yulgye rompió el silencio. —Este mundo es curioso, Lobsang — dijo —. Ahora somos niños y, por ello, nos ignoran y nos desprecian. Pero cuando seamos lamas, los "Cabezas Negras" acudirán a nosotros para impetrar nuestros favores. En el Tibet, llamamos "Cabezas Negras" a los seglares

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porque, en lu gar de llevar la cabeza afeitada como los monjes, la llevan cubierta de pelo. Aquella noche, estuve muy atento en el servicio. Estaba decidido a trabajar en serio para convertirme en un lama lo a n te s p o s i b l e , c o n e l o b j e to d e p o d e r d e s p r e c i a r a l o s "C a bezas Negras" cuando pidieran mis servicios. Estaba tan extraordinariamente atento que atraje la atención de uno de los vigilantes, que me miraba receloso pensando posiblemente que mi devoción era completamente sospechosa. Cuando terminó el servicio, corrí a mi habitación porque sabía que al día siguiente, el Lama Mingyar Dondup me te nd ría mu y ocup ado . Me resu l tab a di fíc il co nc i li a r el sue ñ o . Me ag i taba co ns ta nte men te y c amb iaba de pos tu ra , re cordando el pasado y las dificultades que había superado. Me levanté temprano, tomé mi desayuno y cuando ya iba a aba ndo na r m i habitació n para dirigi rm e al Secto r de los Lamas, un monje andrajoso me detuvo. — ¡ E h, t ú ! — d i j o — . E s t a m a ñ a n a v a s a t r a b a j a r e n l a cocina... ¡y limpiarás las piedras de moler! ¡Pero, Señor! Mi Maestro, el Lama Mingyar D o n d u p , quiere verme — le respondí intentando seguir mi camino. No. Tú te vas a venir conmigo. No me importa "quién" quiera verte. Te digo que vas a t r a b a j a r e n l a c o cina. O p rim ió m i b ra zo con fu e rza y m e lo re to rc ió p a ra que no pudiera escaparme. Le segu í a regañadientes porque no tenía otra alternativa. En el Tibet, todos participamos en los trabajos manuales y "domésticos". "¡Nos enseñan a ser h u m i l d e s ! " , d e c í a n a l g u no s . " ¡ I m p i d e n q u e l o s mu c ha c ho s se vuelvan orgullosos!", decían otros. Y otros afirmaban: "¡Terminan con las diferencias de clases!". Sólo por espír i t u d e d i sc ipl in a , lo s n i ños y los mon je s re al i z aba n l as ta reas que les eran asignadas. Naturalmente, existía el grado d e mo n jes m en o res , e nc a rgado s d e la s t ar e as d omé s ti ca s. Pe ro lo s ni ños y l os monje s de "todos " los g rados se ve ían obligados periódicamente a realizar las faenas más bajas y más desagradables, como una forma de alcanzar el conocimiento. Sin embargo, a todos nos resultaba odiosa esa

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m i s i ó n p o rq u e l o s "re g u l a re s " — to d o s e l l o s ho mb r e s i n f e riores — nos trataban como a esclavos, convencidos de que no nos quejaríamos ya que quejamos hubiera equivalido a admitir que aquello era difícil. D e sce nd imos po r e l co rredor de pi ed ra y, despu és , po r las escaleras verticales de madera, hasta llegar a las grandes cocinas donde, en otra ocasión como aquélla, me había producido en una pierna una gran quemadura. — A q u í — d i j o e l m o n j e s i n s o l ta rm e — . L i m p i a d e p a j a las piedras de moler. To m é u n g r a n p u n z ó n d e me t a l , m e s u b í a u n a d e l a s g ra n d e s ru e d a s y e m p e c é a l i mp i a r l a s ra nu ra s y l o s o r i f i cios de los restos de cebada. Se habían descuidado durante mucho tiempo y en lugar de moler el grano, lo único que h ac ía n e ra es trope a rlo . Yo te n ía que "a li sa r" su supe rfic ie para que quedara de nuevo afilada y limpia. El monje, j u nto a m í , v ig i lab a m i traba jo e sca rb ando e n sus d ie nte s indolentemente con una paja. ¡Eh! — gritó alguien desde la puerta —. ¡Martes L o b s a n g R a mp a ! ¿ E s tá a q u í M a r te s Lo b s a ng R a m p a ? E l H o n o rable Lama Mingyar Dondup quiere verlo en el acto. Instintivamente, interrumpí mi trabajo y salté al suelo. ¡Aquí estoy! — respondí. El monje me asestó un fuerte puñetazo en la cabeza, derribándome al suelo casi desvanecido. Te he dicho que vas a quedarte aquí para h a c e r t u trabajo — vociferó —. Si alguien quiere verte, q u e v e n g a personalmente a buscarte. Me levantó agarrándome por el pescuezo y me sobre la piedra, en uno de cuyos bordes se golpeó beza. Antes de desvanecerme por completo y de mundo desapareciera de mis sentidos, creí ver todas trellas del firmamento. Después, tuve la sensación extraña de que me arrojó mi caque el las eslevan-

t a b a n — h o r i zo n ta l m e n t e — y m e o b l i ga b a n a p o n e r m e e n pie. El sonido profundo de un enorme gong, cuyo eco llegaba a mis oídos desde algún lugar remoto, parecía contar los segundos de la vida. "Bong-bong-bong." Con su último

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g olp e , mi s o jos s e l le na ro n de u na lu z a zu lada y el mun do d e u n f u l g o r e x t r a ño q u e m e p e r m i t í a v e r c o n m a y o r c l a r i d ad qu e d e cos tu mb re . "¡O h! — pe nsé — . D eb o e s ta r fu era de mi cuerpo. ¡Qué extraño es todo esto!" Yo tenía una gran experiencia en viajes astrales. Había llegado mucho más allá de los confines de nuestra vieja Tierra y visitado muchas de las grandes ciudades del planeta. S i n e m b a rg o , e s ta b a v i v i e n d o p o r p r i m e ra v e z l a a v e n tu r a de "ser proyectado fuera de mi cuerpo". Me hallaba al pie de la gran rueda de moler, contemplándome a mí mismo, desnucado sobre el suelo, envuelto en mi viejo y su cio manto. Observé cómo mi doble astral estaba unido a mi e x á ni m e c u e rp o f í s i c o p o r u n c o rd ó n a z u l a d o q u e v i b r a b a y parecía ondear en el espacio, encendiéndose y apagándose segundo tras segundo. Después me acerqué a mi cuerpo inmóvil para poder observarlo mejor y me quedé perplejo al descubrir una profunda herida sobre mi sien izquierda, de la que manaba sangre oscu ra. Salpicaba la piedra y se mezclaba con los restos de cebada que no había tenido tiempo de limpiar. Una conmoción súbita atrajo mi atención y, al volverme para averiguar lo que sucedía, vi a mi Maestro, el Lama Mingyar Dondup, que entraba en la cocina lívido de ira. Avanzó seguro y se paró frente al monje jefe de cocina, q u e m e h a b í a m a l tr a t a d o . D e s u s l a b i o s n o s a l i ó u n a s o l a pa lab ra . El s ile nc io pa rec ió co nde ns a rse . L os pe ne trante s ojos de mi Maestro se clavaron, con un terrible fulgor de relámpago, en los del monje. Éste suspiró y, como un balón pinchado, se desplomó en el suelo convertido en una masa inerte. Dejó de mirarlo y se volvió hacia mi cu erpo terreno que se retorcía en los estertores de la agonía. Miré a mi alrededor. Me sentía fascinado ante el pensam ie nto d e qu e pod í a aba ndon a r m i cue rp o y sepa r a rme d e él unos centímetros. Realizar "largos viajes" en lo astral e ra s e n c i l l o . S i e m p r e f u i c a p a z d e c o n s e gu i r l o . S i n e m b a r g o , a q u e l l a s e n s a c i ó n d e e s ta r l i b r e d e m í m i s mo , c o n t e m p l a n d o m i e nv o l tu ra te r re na c o n s t i tu í a p a r a m í u n a e x p e riencia nueva e incitante.

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D esentendiéndome de lo que sucedía a mi alrededor en l a c o c i n a , m e e l e v é y a t ra v e s é e l te c h o fá c i l m e n te . " ¡ O h! " , dije involuntariamente al hacerlo. En la habitación superi o r, hab ía u n g rupo d e la mas co nte mpl ando un a es fe ra te rráquea en la que aparecían los continentes y los países, los océanos y los mares, fija en un ángulo que correspondía a la inclinación de la tierra en el espacio. No quise detenerme a llí, po rqu e aqu ello se parec ía demas iado a un a lecc i ó n , y s e g u í re m o n t á nd o me . Te c h o t ra s t e c ho , r e c o rr í v a rias habitaciones hasta llegar ¡a la Cámara de las Tu mbas! Me rodeaban los muros dorados que guardaban los sepulc ro s d e d i v e rs a s re e nc a r n a c i o ne s d e l D a l a i La ma a t ra v é s de los siglos. Contemplándolo todo respetuosamente, me detuve allí unos momentos. Después seguí ascendiendo, aseendiendo hasta ver debajo de mí el glorioso Potala con sus luces doradas, purpúreas y sus maravillosos muros blancos que parecían prolongarse en la roca viva de la montaña. A la derecha, veía la aldea de Shó y, a lo lejos, la ciud a d d e L h a s a s o b re u n fo nd o d e m o n ta ñ a s a zu l e s . S e gu í a subiendo y contemplaba los anchos espacios de nuestro b e l l o y a ma d o p a í s , u n p a í s q u e p o d í a s e r a v e c e s c ru e l y duro, en virtud de los raros caprichos de su clima inaudito, ¡pero que era mi "hogar"! Me sentí detenido por una fuerte sacudida y me di cuenta de que me atraían desde abajo a través de una cuerda invisible, como yo había hecho tan a menudo con las cometas qu e h ac ía vo lar p o r e l c ie lo . P o co a p o co fu i des ce nd i endo de nue vo has ta el Po tal a , a tra ves ando o tra ve z lo s tec hos , hasta llegar a mi lu gar de destino, en la cocina, al lado de mi cuerpo. El Lama Mingyar Dondup estaba lavando cuidadosamente mi sien izquierda de la que sacaba algunas esquirlas. "¡Dios mío!" — pensé profundamente asombrado —. ¡Tan d u ra e s m i cab e za qu e he ro to y d e s me nu z a d o la p i ed ra !" Pe ro ento nc es me di cu enta de qu e te ní a una pe que ña b re cha y que lo que sacaba de mi herida eran pequeñas briznas de paja y de tierra y residuos de cebada molida. Yo lo observaba todo asombrado y — lo confieso — bastante di-

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vertido puesto que, por hallarme en mi cuerpo astral, fuera de mi envoltura física, no sentía dolores, ni molestias, sino solamente una paz inefable. El Lama Mingyar Dondup dio por terminada su cura, colocó una compresa sobre la herida y envolvió mi cabeza en una venda de seda. Después, hizo señas a los monjes que esperaban junto a nosotros con una camilla y les rogó que me levantaran con el mayor cuidado. Ellos, que eran monjes de mi propia Orden, me alzaron suavemente y me colocaron en ella, sacándome de la cocina, mientras el Lama Mingyar Dondup caminaba a nuestro lado. Miré en todas direcciones asombrado. La lu z estaba debilitándose poco a poco. ¿Había pasado ya tanto tiempo? ¿Se estaba acabando el día? Antes de tener tiempo a responderme a esas preguntas, comprendí qu e yo también me debilitaba. El azul y el amarillo de la luz espiritual perdían intensidad rápidamente. Sentía una imperiosa, absoluta, irresistible necesidad de dormir y de no preocuparme de nada ni de nadie. Durante algún tiempo, permanecí inconsciente. Después, el dolor entró a ráfagas en mi cabeza y me hizo ver grandes sup e rfi ci es ro ja s y a zul es , ve rd es y a ma rill as . Tu ve el con vencimiento íntimo de que aquella intensa agonía acabaría volviéndome loco. Sentí una mano fría sobre mi piel y escuché una voz cálida que me decía: —Todo va bien, Lobsang. Todo va bien. Descansa. Duerme. E l mu ndo e nte ro pa rec ió conve rti rs e en una a lmo hada de oscuridad y de quietud, suave como las plumas de un cisne, en la qu e yo me su mergía lleno de tranquilidad y de calma, envolviéndome en una dulce inconsciencia. Y mi alma ascendió de nuevo por el espacio, mientras mi cuerpo herido reposaba sobre la tierra. Debían haber pasado muchas horas, cuando volví a tener conciencia de mí mismo. A l despertar, encontré a mi Ma es tro se ntado a m i lado , o p rimie nd o m i m a no e ntre la s suyas. Mis ojos se abrieron y se llenaron de la luz de la tarde. Sonreí débilmente y él me devolvió la sonrisa. Soltó

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mis manos y acercó a mis labios un tazón lleno de una infusión dulzona. —Bébete esto — me dijo —. Te sentará bien. As í lo hice y s entí que la vi da vo lv ía a mí nue vam ente . Traté de incorporarme pero el esfuerzo era excesivo y me pa rec ió qu e me go lpe aba n la c ab ez a o tra ve z. Mi cab ez a s e consteló de luces y tuve que desistir. Las sombras del crepúsculo se agigantaron y escuché un repique de tambores anunciando el Servicio Nocturno. —Tengo que irme, Lobsang — me dijo mi Maestro —. Es ta ré au se n te u na med ia ho ra , po rqu e el P ro fu ndo de se a v e r m e . P e r o t u s a m i g o s Ti m ó n y Y u l g y e c u i d a r á n d e t i e n mi ausencia y me avisarán si es necesario. M e e s t re c h ó l a m a n o , s e l e v a n tó y a b a nd o n ó l a h a b i t a ción. Aparecieron dos rostros familiares, algo asustados, llenos de excitación. Mis dos amigos se sentaron junto a mí. —¡Oh, Lobsang! — dijo Timón —. ¡Ha sido el Cocinero Jefe el que te ha herido! —Sí — dijo el otro —. Y lo expulsarán de la lamasería por su brutalidad excesiva e innecesaria. ¡En estos momentos lo estarán llevando afuera! Ambos tartamudeaban de excitación. — C r e í q u e e s t a b a s m u e r t o , L o b s a n g — d i j o Ti m ó n — . ¡Sangrabas como un yak degollado! Yo sonreía escuchándolos. Sus voces revelaban su extraordinaria sensibilidad ante cualquier estímulo capaz de romper la monotonía de la vida de la lamasería. No les reproché su alterado estado de ánimo porque me daba cuenta de que yo habría reaccionado igual en el caso de que le h u b i e ra s u c e d i d o a l g o p a re c i d o a u n o d e e l l o s . L e s s o nr e í y m e s e n tí d o m i na d o p o r u n t e r r i b l e c a n s a n c i o . C e r ré l o s o jos co n e l des eo de des ca ns a r u no s i ns tantes y me d esv anecí nuevamente. Du ra n te a l gún ti empo , ta l ve z se is o s ie te dí as , pe rmanecí acostado y mi Maestro, el Lama Mingyar Dondup cu idó d e m í . Si n su a yuda , no hubi e ra sob re vi vido , ya qu e la vida en una lamasería no es precisamente fácil y agradable y en realidad sólo sobrevive el más apto. El Lama era

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un hombre amable y lleno de ternura. Pero aunque no lo hubiera sido, existían razones muy poderosas para intentar por todos los medios conservar mi vida. Como ya he dicho, yo estaba destinado a llevar a cabo una misión excepcional y c o m p re n d í a q u e to d a s l a s d i f i c u l ta d e s q u e ha b í a te n i d o que soportar a lo largo de toda mi infancia tenían por objeto endurecerme y prepararme para resistir el su frimiento y las adversidades ya que todas las profecías que había escuchado (¡y había escuchado ya muchas!) coincidían en afirmar que mi vida estaría llena de dolor y dificultades. Pe ro de mo mento no todo e ra n s u f rim ie nto s . C o nfo rme mi salud mejoraba, tenía más ocasiones para conversar con mi Maestro. Hablábamos de muchas cosas, de temas corrientes y de otros más insólitos. Tratamos extensamente de los conocimientos ocultos. Honorable Lama — le dije en una ocasión — , d e b e de s e r a l go m aravi lloso ser b ib lio te cario y te ner a nu es tro a l c a n c e to d a l a c i e nc i a d e l mu nd o . Me gu s t a rí a ser bibliotecario... en caso de no conocer todas esas t e r r i b l e s p r o fecías sobre mi futuro. Mi Maestro sonrió. Hay más nunca un proverbio chino que dice: Y yo "Vale te digo, una imagen que mil tan palabras".

L o b s a n g , q u e e l atesorar miles de libros y de imágenes podrá ser útil como la experiencia práctica y el conocimiento. Le observé para comprobar si hablaba seriamente y lu eg o r e c o r d é a l m o n j e j a p o n é s K e n j i Te k e u c h i q u e , d u r a n t e setenta años, estudió todo género de libros sin conseguir practicar ni asimilar ninguna teoría. Mi Maestro leyó mis pensamientos. —Sí — dijo —, el pobre viejo no ha sido inteligente. Él mismo se produjo una indigestión mental por empeñarse en leer cuanto caía en sus manos sin comprenderlo. Se cree un gran hombre, con una espiritualidad extraordinaria. Pero es tan sólo un pobre necio que a nadie decepciona tanto como a sí mismo. — El Lama suspiró lleno de tristeza y agregó —: Ha fracasado espiritualmente. Cree saberlo todo, pero en realidad no sabe nada. La lectura in-

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sensata, desordenada y arbitraria es siempre peligrosa. Ese hombre ha estudiado todas las religiones sin conseguir comprender ninguna de ellas. Y sin embargo, llegó a considerarse a sí mismo como el más excepcional de los hombres. —Honorable Lama — dije —, si es tan peligroso tener libros, ¿por qué existen entonces? Durante unos instantes, mi Maestro me contempló como n o s a b i e n d o q u é r e s p o nd e r . " ¡ V a y a ! — p e n s é — . ¡ E s t a p re gunta sí le ha desconcertado!" Pero mi Maestro sonreía. — ¡O h , m i que ri do Lobs ang! — repu so —. ¡La respu es ta e s ev ide n te ! Le e , le e cu a nto qu ie ra s , p e ro no pe rmi tas qu e "ningún" libro embote tu sensibilidad ni tu razón. Los libros tienen por objeto enseñar, instruir e incluso entretener. Pero "no" son un maestro al que se pueda seguir ciegam ente y sin ni ngu na re serva. N i ngu na p erso na in te li gente se dejará esclavizar por un libro o por unas palabras. Asentí con la cabeza. Sí, tenía razón. No obstante, en ese caso, ¿"por qué preocuparse en leer ningún libro"? — ¿L o s l i b r o s , L o b s a n g ? — d i j o m i M a e s t ro r e s p o nd i e n do a mi pe ns am ie nto —. ¡Natu ra lm ente tien e n que exi s tir! Las bibliotecas del mundo constituyen un reservorio de todos los conoc im ie n tos d e la Hu ma nid ad , pe ro sol ame n te a u n estúp ido se le ocu rriría pens a r que la Humanidad e s l a e s c l a v a d e l o s l i b ro s . É s t o s s i rv e n ú n i c a m e n te d e o ri e n t a c i ó n p a ra l o s ho mb re s y p u e d e n s e r u ti l i z a d o s c o m o m a teria de estudio. Es evidente que si no se usan adecuadamente, pueden convertirse en una maldición porque pueden inducir a los hombres a creerse más importantes de lo qu e son realmente, desviándolos de los auténticos caminos de la vida, si éstos carecen de la preparación y de la inteligencia necesarias para recorrerlos hasta el final. —Pero entonces, Honorable Lama — le pregunté insistente —, ¿cuál es la utilidad de los libros? Mi Maestro me miró gravemente. —Tú no puedes estudiar en todos los países del mu ndo bajo la dirección de los maestros más insignes, Lobsang — me respondió —. Pero las palabras escritas — los libros — pueden proporcionarte sus enseñanzas. No debes

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creer todo cuanto leas y hasta los grandes maestros del pens a m i e n to te d i r á n q u e e s ne c e s a r i o q u e u ti l i c e s tu p ro p io c ri te rio y que co ns ide res sus ob ras como un pu n to de partida capaz de orientarte por el camino de tu propia verdad. Puedo asegurarte que las personas que carecen de la prepar a c i ó n s u f i c i en te p a ra e s tu d i a r u n a m a ter i a d e te rm i nad a , pueden perjudicarse considerablemente con la lectura indisc r i m i n a d a d e l a s o b r a s q u e tr a t a n d e d i c h a m a t e r i a , a u n que lo hagan con el propósito de acelerar su desarrollo kármico mediante el estudio de las teorías ajenas. Puede darse e l c a s o d e q u e e l l e c to r s e a u n h o m b re p o c o e v o l u c i o na d o y, entonces, al intentar comprender esas cosas sin la preparación suficiente para ello, en lu gar de acelerar su desarrollo, lo que hace es imposibilitar su evolución espiritual. Yo he conocido muchos casos como éste. El del japonés es uno de ellos. Mi Maestro pidió té, ¡una ayuda necesaria en todas nu e s tr a s d i s c u s i o ne s ! C u a n d o e l m o n j e s i r v i e n t e l o t ra j o , continuamos. —Lobsang — dijo mi Maestro — vas a vivir una existencia realmente extraordinaria. Toda tu educación está orientada hacia esa meta. Por ello, tus poderes telepáticos están siendo incrementados por todos los medios de que disponemos. Debo decirte que precisamente ahora, con a y u d a d e l a te l e p a t í a y d e l a c l a ri v i d e n c i a , e n u n o s p o c o s meses, estudiarás algunos de los libros más grandes que se ha n esc rito , las ob ra s ma estras d el p ensam ie nto hu ma no . Y las podrás estudiar aún sin conocer el idioma en que han sido creadas. Creo que le miré completamente perplejo. ¿Cómo podría yo estudiar los libros escritos en idiomas para mí desconocidos? Esa posibilidad me desconcertaba por completo. Mis dudas fueron desvanecidas en seguida. — C u a n d o s e a gu d i c e n tu s p o d e re s d e t e l e p a t í a y c l a r i videncia, cosa que sucederá muy pronto, te será posible c a p ta r t o d o s l o s p e n s a m i e n to s c o n te n i d o s e n u n l i b r o a s i milándolos directamente del cerebro de una persona que a c a b e d e l e e rl o o q u e l o e s t é l e y e n d o e n a q u e l l o s m o m e n -

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tos . Ésa es u na de la s ap l ica cio ne s meno s c ono cid as d e l a te lep a tí a qu e , e n esos ca sos , s e comb in a co n la cl a ri vid en c i a . La s p e rs o n a s d e o t ra s pa r te s d e l m u n d o n o s o n s i e m p re a d m i t i d a s e n l a s b i b l i o te c a s p ú b l i c a s o e n l o s c e n t ro s de enseñanza de su país y, aunque consigan entrar en esos lugares, si no demu estran que están matriculados como est u d i a n t e s a n s i o s o s d e a p r e n d e r , n o s o n a d m i t i d o s . Tú n o tropezarás con tales dificultades. Podrás viajar en lo astral y e s tudiar du rante todo s lo s d ías de tu vida , gracias a ese sistema que solamente dejarás de utilizar cuando abandones este mundo. Me informó acerca de la práctica del Ocultismo. El abuso de los poderes ocultos, o el hecho de influir sobre los demás mediante esos poderes, eran cosas terriblemente c as tigadas . La c ie nc ia eso téri ca , las fue rza s me ta f ís ic as y l as p e rcep cio ne s ex tra se nso ri a les , sol ame nte d ebe ría n s er utilizadas para hacer el bien, para ayudar a los demás, para incrementar el conjunto total de los conocimientos existentes en el mundo. — ¡Pero Honorable Lama!—le dije imperiosamente—. ¿Qué sucede entonces con las personas que, a través de la ex ci tac ión o de la cu rios idad , co ns i gue n sa l i r de sus cue rpos ? ¿ Y co n los qu e se ha ll an d e p ronto fue ra d e sus cu erpos y, al darse cuenta de ello, están a punto de morirse de miedo? ¿No es posible hacer nada para advertirles de los peligros que les esperan? Al oír mis palabras, mi Maestro sonrió lleno de tristeza. Lobsang — me dijo —. Es cierto que muchas p e r s o nas se dedican a leer esos libros y a hacer experimentos por s u c u e n t a s i n c o n t a r c o n l a a d e c u a d a o r i e n t a c i ó n d e u n Maes tro . S on muc hos los que co ns igue n tra sce nde rse a s í m i s m o s , vez, por un exceso de a través de la embriaguez cosas que alcohólica o de algún otro tipo de sobreexcitación o, tal to l e ra nc i a hacia p e rj u d i c a n s u s e s p í r i tu s . P e ro después de conseguirlo, el pánico se apodera de ellos. A lo l a r g o d e t o d a t u v i d a , podrás ayudar a esas personas a d virtiéndoles que, en cuestiones ocultas, lo único que hay

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q u e te m e r e s e l s e n t i r t e m o r . E l m i e d o ge n e ra p e ns a m i e n tos indeseables y nos impide poder dominarnos y control a r no s a n o s o t r o s m i s m o s . Y t ú , Lo b s a n g , d e b e rá s r e p e t i rte h a s ta l a s a c i e d a d q u e n o h a y n a d a ta n te r ri b l e c o m o e l propio temor. Si el temor puede ser vencido, la humanidad incrementa su firmeza y su pureza. El miedo es el verdadero causante de las guerras y de las disensiones del mund o , l a nz a nd o a l o s h o m b re s u no s c o n t ra o t r o s . E l e s nu e s tro gran enemigo, hasta tal punto que si los seres humanos fueran capaces de librarse del temor, en realidad, ya no tendrían nada que temer. ¡El miedo! ¿Qué significaba toda aquella disertación sobre el miedo? Miré a mi Maestro y creo que él leyó en m is ojo s l a p re gu nta que toda ví a no l e hab ía fo rmu l ado, o quizá captó mi pensamiento por telepatía. — ¿ Te p r egu n ta s que p o r qu é t e h ab lo d el m iedo ? — me dijo de pronto —. Bueno, Lobsang, tú eres joven e inocente. Yo pensé: "¡Oh, no tan inocente como tú crees!" El Lama sonrió como si hubiera oído mi secreta ironía aún sin necesidad de que yo la exteriorizara. Después dijo: — E l m i e d o e s a l g o a u t é n t i c a m e n t e r e a l y t a n g i b l e . Tú habrás oído hablar muchas veces de personas que intentan e n t r a r e n c o n ta c t o c o n l o s e s p í r i t u s , p e r o q u e a c a b a n v o l viéndose locas. Todos ellos pretenden haber visto seres muy c u r i o s o s . C u a nd o e s t á n e b r i o s , c re e n v e r e l e f a n t e s v e r d e s co n f ra nj as ros ad as y ha s ta c r ia tu r as mu cho más fa n tá st i cas. Y lo más curioso del caso, Lobsang, es que todas esas criaturas, que se consideran simple fruto de su imaginación, existen realmente. Las en cosas estaban días poco en claras me para vi mí. Naturalmente, a permanecer de sabía lo que el temor significaba en su aspecto físico. Pensé aquellos que obligado la perp e t u a m e n t e inmóvil, sentado ante lamasería

Chakpori, con el objeto de superar la prueba de resistencia necesaria para ser aceptado como el más humilde de los "chelas". —Honorable Lama — dije volviéndome hacia mi Maest r o — . ¿ C u á l " e s " el significado del temor? He oído hablar

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algu nas veces de las criaturas del inframundo astral, pero la realidad es que yo nunca he encontrado a ninguna de ellas a lo largo de mis viajes astrales. ¿Qué es el miedo? Mi Maestro guardó silencio unos instantes. Después, como si hubiera adoptado una decisión repentina, se puso en pie. ¡ V e n ! — m e d i j o . M e l eva nté tamb ié n y l e s egu í . Reco rrimo s u n co rredo r de piedra torciendo unas veces a la derecha y otras a la izquierda. Por fin, entramos en una habitación sin luz y avanzamos a través de la oscuridad. Mi Maestro, delante de mí, encendió una lámpara de grasa, dispuesta cerca de la puert a . D espu é s me i ndi có co n un g es to qu e me t end ie r a e n e l suelo. Ya tienes edad suficiente para entrar en c o n t a c t o c o n l a s e n ti d a d e s d e l i nf ra mu nd o a s t ra l . V o y a a y u d a r te p a ra q u e p u e d a s v e r a e s o s s e r e s y p a r a i m p e d i r q u e t e h a g a n daño, ya que no sería conveniente que se mostraran ante ti s i n o t e h a l l a r a s p r o t e g i d o y p r e p a r a d o a d e c u a d a m e n t e . Apagaré la luz. Tú limítate a relajarte y a elevarte fuera de tu cue rpo fí s ico . Lo ú ni co que tie nes qu e h ac e r es s al i r de ti mi smo s i n p reocupa rte de tu de s ti no , s i n n in gu na i nte nc i ó n d e t e r m i n a d a . A b a n d o n a t u c u e r p o y v a g a c o m o u n a brisa. A p a g ó l a l á m p a ra y c e r r ó l a p u e r t a p a r a q u e l a l u z n o penetrara. No se escuchaba ni siquiera su respiración, pero yo podía sentir su presencia tibia y tranquilizadora muy cerca de mí. V ia ja r e n lo a stra l no e ra p a ra m í u na experi e nc ia nu eva ya que había nacido con la capacidad de hacerlo y de recordar cuanto había visto, a mi regreso. Tendido en el suelo, con mi cabeza apoyada en mi manto enrollado, crucé mis manos, junté mis pies e inicié el proceso que haría abandonar mi cuerpo. Algo realmente sencillo para los que conocemos el sistema para conseguirlo. Sentí muy pronto la suave sacudida que anunciaba la separación de lo astral y lo físico. Después, se produjo en mí la habitual invasión de la luz. Me sentí flotando en el extremo de mi Cordón de

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Plata. Debajo de mí, la habitación que acababa de abandonar seguía sumida en la más absoluta oscuridad, sin el menor resquicio de luz. Miré a mi alrededor y me di cuenta de que aquel viaje astral no era distinto a los otros que había realizado. Pensé elevarme sobre las cumbres de la Mo nta ña de H ie rro y , só lo con p e nsa rlo , aba ndo né l a h abi tación y me hallé volando a unos trescientos pies de las cumbres. De pronto, el Potala, la Montaña de Hierro, el Valle de Lhasa y el Tibet desaparecieron de mi conciencia. Me invadió una angustia infinita y vi cómo mi Cordón de Plata se estremecía violentamente y que, llenándome de a s o m b ro , a l g u no s d e s u s ha l o s " a z u l p l a te a d o s " s e t e ñ í a n de un desagradable color amarillo verdoso. Me sorprendió una fuerte sacudida, un terrible tirón, la espantosa sensación de que algún espíritu enloquecido intentaba atraerme hacia sí. Miré hacia abajo instintivamente y el espectáculo que se ofrecía a mis ojos era indescriptible. Muy cerca de mí, casi rodeándome, se agitaba una multitud de criaturas extrañas y detestables, como las que veían los borrachos. Ondulando en el aire, se acercó a mí la cosa más espantosa que he visto en mi vida, algo que parecía una g i ga n te sca bab o s a , co n u n h o r re nd o ros t ro hu m a no d e u n color que los rostros humanos nunca habían tenido. Las mej i l las ro jas , la n a r iz y l as o re ja s ve rd es . Los o jo s p a rec ía n g i ra r a l o c a d a m e n te d e n t ro d e s u s ó rb i ta s . H a b í a ta mb i é n otros seres a cual más espantoso y nauseabundo. Criaturas que no puede describir la palabra. Todas tenían sin embargo el rasgo humano común de la crueldad. Se acercaron a mí como queriendo atacarme y trataron de cortar mi C o rdó n . O tra s d esc end ie ro n e i n tenta ron a rranca rlo de mi cuerpo, tirando de él con fuerza. "¡El miedo! ¡Esto es el miedo! — pensaba yo estremecido —. Bien, en todo caso, no pueden hacerme ningún daño. ¡Estoy inmunizado contra su s m ani fe s tac io nes y p ro teg ido co ntra sus a ta ques ! " Y a l pensar esto, aquellas inenarrables criaturas desaparecieron. El Cordón etéreo que me unía a mi cu erpo brillaba de nuev o c o n s u s c o l o re s n o rm a l e s . M e s e n tí a l i v i a d o , l i b re , p o rque me daba cuenta de que después de superar esta prue-

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b a , y a nu nc a t e me r ía qu e pu d ie ra suc eder m e a lgo ma lo e n lo astral. Gracias a aquella experiencia, comprendí que las cosas que tememos solamente pueden dañarnos si no somos capaces de dejar de temerlas. Una súbita sacudida de mi Cordón de Plata y yo miré hacia abajo sin vacilar, sin el menor sentimiento de miedo. U n p e q u e ñ o d e s te l l o d e l u z i l u m i n ó l a o s c u ri d a d y v i a m i Maestro, el Lama Mingyar Dondup, que encendía la pequeña lámpara de grasa, mientras mi cuerpo astral descen día. Suavemente, atravesé los techos del Chakpori hasta colocarme en forma horizontal sobre mi cuerpo físico. Despué s , aú n co n m ayo r s u av idad , mi s cue rpos f ís ico y as tra l se unieron y formaron un solo cuerpo. Mi "yo" se agitó levemente y me incorporé. M i M a e s t ro m e c o n te m p l a b a l l e no d e s a t i s fa c c i ó n y d e afecto. Muy bien, Lobsang — dijo —. Has estado en p o s e s ió n de un se c re to mu y g ra nde . Y lo ha s h ec ho mu cho m ej o r d e l o q u e y o l o h i c e c u a n d o m e f u e r e v e l a d o . ¡ E s t o y orgulloso de ti! Pero yo no acababa de comprender del todo la naturaleza del miedo. Por ello decidí interrogarle de nuevo. Honorable Lama — le dije —. Entonces ¿qué e s l o que en realidad debemos temer? Mi Maestro me respondió grave, casi con un aire sombrío: — H a s s i d o b u e no a l o l a rg o d e tu v i d a , Lo b s a ng , y p o r lo tanto no tienes nada que temer. Pero hay otras personas qu e ha n come ti do c rím enes , qu e ha n he cho da ño a su s semejantes y que, cuando están solos, sienten que su conciencia les tortura. Los seres del inframundo astral se nutren de e se temo r q ue s i enten los que no ti en en li mp ia la concie nc ia . Esa s p e rso nas c rea n la s fo rma s me ntal es de l ma l . Ta l v ez e n e l fu tur o , pu edas a lgu na ve z v is i tar a l gu na d e e sa s a ntigu as catedrales o te mplos co ns tru idos hace siglos. En sus muros (como en nuestro Jo Kang) podrás percibir todas las cosas buenas que se hicieron en su interior. Pero si después visitas alguna antigua cárcel, escenario de incontables

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su frim ie ntos y p e rse cuc ion es, s e nti rás u na s e nsa ció n com pletamente opuesta. Esto prueba que las personas que habitan un lugar determinado emiten formas mentales que quedan para siempre entre los muros del edificio qu e habitaron. Un edificio bu eno está satu rado de formas mentales p o s i t i v a s q u e p ro d u c e n e m a n a c i o ne s p o s i ti v a s . Y l o s l u ga res donde se ha hecho el mal están poblados de formas mentales negativas de las que surgen emanaciones negativas. Y esos pensamientos y formas mentales pueden ser percibidos por los clarividentes cuando se hallan en la dimensión astral. Mi Maestro reflexionó un momento. Luego añadió: — Y a t e d a r ás cu ent a m ás ade la n te d e qu e h a y a l gu n as v ece s en qu e los mo njes y o tra s p e rso nas se c ree n m ás im portantes de lo que son en realidad. Con ello, producen una forma mental y ésta, con el tiempo, determina el aspecto d e s u s p ro p i o s a u to re s . Re c u e rd o u n c a s o c o n c re to : e l d e un viejo monje birmano. Era un hombre realmente ignorante y — debo decirlo — muy rastrero y nada comprensivo. Sin embargo, como era hermano nuestro y pertenecía a nuestra Orden, nos veíamos obligados a soportarle. Como muchos de nosotros, vivía una vida solitaria. Pero en lugar de dedicarse a la meditación, a la contemplación y a fomentar sus virtudes, imaginaba ser el hombre más poderoso de Birmania. No quería admitir que era un pobre monje que ap en as hab ía e mpe zado a reco rre r e l C a mino de la Ve rdad sino que, en la soledad de su celda, soñaba que era un gran P ríncip e , co n pode ro sos e s tados y rique za s i nago tabl es . Al principio, aquello era solamente un entretenimiento inútil, pero inofensivo. Evidentemente, nadie podía condenarlo por su s su eño s y de seos o cio sos po rq ue , co mo ya te he d ic ho, carecía de la voluntad y de la sabiduría necesarias para dedicarse provechosamente a las tareas espirituales cotidianas. A lo largo de muchos años, siempre que estaba solo, se t r a ns fo rm a b a e n e l g ra n p r í n c i p e . Es to d e t e rm i nó u n c a m bio de color en su aspecto y en sus modales y, con el tiempo, el humilde monje pareció desvanecerse poco a poco convirtiéndose en un hombre arrogante. El pobre desgra-

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ciado creyó, al fin, que era realmente un señor de Birmania y un día habló con un Superior como si lo estuviera haciendo con su vasallo. Pero el Superior no era tan paciente como la mayoría de nosotros y — lamento tener que decirlo — aquel contacto con un pobre monje que creía ser un príncipe, le hizo perder la calma produciéndole cierto de sequ i lib rio m ental .. . P e ro , L obsa n g, tú n o debe s p reocu parte por esas cosas. Eres paciente, equilibrado y no tienes miedo. A título de advertencia, recuerda siempre que el miedo corroe el espíritu. Las imaginaciones vanas e inútiles n os empu ja n a l o l a rgo de cam i nos to rcido s y, c o n e l ti empo, los sueños se convierten en realidad y las realidades de sapa rece n y ya no vu el ve n a su rgi r e n va ria s re en ca rna ciones. Sigue el Buen Camino y no permitas que ningún d e s e o i nc o n fe s a b l e ni n i n g ún s u e ñ o d e fo rm e t u p e rs o na l i dad. Éste es el Mundo de la Ilusión, pero para los que alcanzan el conocimiento íntimo de las cosas, la ilusión pued e c o n v e r t i r s e e n r e a l i d a d c u a nd o t e r m i na l a v i d a e n e s t e mundo. Reflexioné su s palabras. Ya había oído hablar de aquel mo nje qu e c reyó se r u n p rí nc ipe . Lo hab ía l e ído e n a l guno de los libros de la biblioteca de los lamas. —H o no rab le Ma es tro — le d i je —, ¿ cuá l es e nto nce s l a utilidad de los poderes ocultos? Él se cruzó de brazos y me miró fijamente a los ojos. —¿La utilidad del conocimiento oculto? — me respond ió — . V e rás , e s b as t an t e fác i l , Lob sa ng . D eb emos ayuda r a los que son dignos de nuestra ayuda. Pero no podemos ayudar a los qu e no la merecen o no están dispuestos a rec i b i rl a . N o u ti l i z a m o s n u e s tr o p o d e r o c u l to o nu e s tr a s e x traordinarias dotes en nuestro propio beneficio material, esperando recompensas terrenas. El auténtico objetivo de los p o d e re s o c u l tos e s a c e l e ra r nu e s t ro p ro p i o d e s a rro l l o pe rsonal, nuestra propia evolución, y ayudar al mu ndo entero a conseguirla, no sólo al mundo de los seres humanos sino ta mbi én a l mu ndo d e los an im al es , a toda l a n a tu ra le za , a todas las cosas.

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LOBSANG RAMPA Interrumpimos nuestra conversación cuando empezaba

el servicio nocturno en el Templo. Y como si seguir habland o , mi e n tr a s l o s D i o s e s e r a n o b j e to d e c u l to ta n c e r c a d e nosotros, fuera una falta de respeto hacia ellos, guardamos s i le nc io y no s s en tamos ju n to a l a l ámpa ra de grasa , cuya llama brillaba ya muy débilmente.

CAPÍTULO VIII

Era realmente agradable tenderse sobre el césped, fresco y jugoso, al pie del Pargo Kaling. Detrás de mí, las viejas r o c as se e rgu ía n ha ci a e l c ie lo y , d e sde mi p u n to de o b se r vación sobre la tierra, contemplaba la más alta de aquellas cu mb res pe ne tra ndo e n las nu bes . L a "Flo r de Lo to "
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qu e

fo rm aba l a cim a p a rec ía s imbo l iza r el Esp í ri tu y sus "pé tal o s " c o n s t i t u í a n u n a r e p re s e n t a c i ó n c o n c r e t a d e l A i r e . Y o descansaba apaciblemente al pie de aquella imagen pétrea de l a "V ida sob re l a Ti e r r a " . F ue ra d el a lc anc e d e mi v is t a — mientras permanecía tendido — estaba la "Escalinata de l a s Consecuencias". ¡Bien, en todo caso, en aquellos momentos, yo estaba intentado "conseguir" algo! Era agradable estar allí tendido, contemplando el paso c a ns i n o d e l o s me rc a d e r e s d e l a I nd i a , C hi na y B i rma n i a . Algunos caminaban junto a las largas hileras de los animales cargados de géneros exóticos procedentes de los lugares más remotos de la tierra. Otros, los más ancianos o tal vez los más cansados, arrastraban los pies con dificultad y miraban a su alrededor. Saboreando mis instantes de ocio, intentaba adivinar el contenido de sus paquetes. Pero de p ro n to , e m p e c é a b u rl a rm e d e m i s p ro p i o s p e ns a m i e n tos . "¡Estaba allí precisamente para eso!" Mi objetivo era ob1. El Loto o Padma constituye el símbolo del espíritu y sus pétalos varían en cada uno de los siete Chakras (o plexos) fundamentales, a través de los cuales el Kundalini asciende hasta que el yogui alcanza el estado supremo de Samadhi (la superconciencia). Una de las posturas fundamentales del yoga es el Padmasana (o postura del Loto) que es la postura más propia para meditar y alcanzar el máximo desarrollo espiritual.

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servar el au ra psíquica de las personas qu e pasaban, para "adivinar", mediante esa observación y también por telepatía, lo que aquellos hombres hacían y pensaban, penetrando en sus intenciones. Frente a mí, al otro lado del camino, había un pobre mendigo ciego, cubierto de su ciedad. Harapiento y vu lgar, estaba sentado en el suelo y dirigía sus lamentos a los viaj e ro s . Me s o rp r e n d i ó c o m p rob a r c ó m o gr a n p a r t e d e é s to s le arrojaban monedas y se complacían en mirarle mientras él las buscaba a tientas, orientándose por el sonido que éstas producían al caer en la tierra o al chocar con alguna roca. A lgu na s vec es , au nqu e mu y r a r ame n te , e ra i nc ap a z d e ha l l a rl a s y , e n to n c e s e ra e l p ro p i o v i a j e ro e l q u e l a s re c o g í a para arrojárselas de nuevo. Le miré atentamente y me inv adió u na p e rp le jid ad s i n lím i te s . ¡Su au ra ! H as ta es e mo mento, no me había preocupado en observarla. Pero al hacerlo, al concentrar en ella mi atención, me di cuenta de q u e n o e ra c i e go . E ra m u y r i c o . T e n í a m u c h o d i n e r o y m u chos bienes, guardados celosamente en un lugar oculto. Se fingía ciego porque ésa era la forma más fácil de ganarse la v id a . ¡No ! E ra i m pos ib l e . Te n í a que h abe r un e r ro r e n m is ap rec iac io nes . Ta l ve z m e hab ía equ ivoc ado po r u n exce so de confianza en mí mismo. Posiblemente, mis poderes estaba n fal la ndo . P reo cupado ante se me ja nte sosp ec ha , me le v a n té d e m a l a g a na y , c o n e l p ro p ó s i to d e q u e é l d e s v a n e c ie ra m is du das , fu i e n bu s ca de mi Mae s tro , el L ama Min gyar Dondup, que se hallaba al otro lado del Kundu Ling. Pocas semanas antes, había sido sometido a una operación destinada a abrir hasta el máximo mi "Tercer Ojo". Mi extraordinario poder para ver el "aura" de los cuerpos h uma nos , de los a ni ma les y de l as p la n ta s, e ra i nn a to . La dolorosa intervención quirúrgica que me fue practicada había incrementado mis poderes en un grado muy superior al que el Lama Mingyar Dondup esperaba. Y en aquellos días, mi desarrollo se aceleraba a u n ritmo increíble. Todo m i tiem po l ib re es taba d es tinado a re cib i r l a s e nse ñanza s ocu l ta s. Me sentía do minado po r fue rza s pode ro sas y e ran varios los lamas que, por telepatía o por otros sistemas se-

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cretos cuyo mecanismo estudiaba entonces con gran interés, "l a nzaba n " conoc imie ntos a m i c e reb ro . ¿Po r qu é as is tir a clase cuando es posible aprenderlo todo por procedimientos te lep á ti cos ? ¿Po r qu é tra ta r d e co noc e r po r o tro s m é todos l as i n te nc ion es d e u n se r hu m ano si es pos ib le co noc e rl as con sólo observar su aura? ¡Sin embargo, aquel ciego me había llenado de preocupaciones! ¿Dónde estás, Honorable Lama? — grité, a t r a v e s a n d o el camino presuroso en busca de mi Maestro. Al entrar al pequeño parque lleno de precipitación, resbalé y estuve a punto de caerme. Allí estaba mi Maestro, sonriente, lleno de calma, sentado en el tronco de un árbol caído. Bien, bien, bien... ¡Te sientes excitado p o r q u e h a s descubierto que aquel "ciego" ve tan bien como tú! Me detuve ante él jadeante, indignado, sin aliento. —¡Sí! — exclamé —. Ese hombre es un tramposo, un ladrón porque roba a los que tienen buen corazón. ¡Debería estar en la cárcel! El Lama prorrumpió en ruidosas carcajadas contemplando mi rostro rojo de indignación. Pero Lobsang — me dijo suavemente —, ¿por q u é tanto ruido? Este hombre está prestando un servicio, de la m i s m a m a n e r a q u e p r e s t a u n s e r v i c i o e l v e n d e d o r d e M o linos de Oraciones. Las personas le dan unas monedas insignificantes para convencerse a sí mismas de su generosidad. Gracias a eso, se creen buenos. Y durante un breve período d e t ie m po , e se s e ntim ie n to aum en t a su r i tmo de vib rac ión molecular y su espiritualidad... acercándolos más a los dios es . El lo les be ne fic ia . ¿Y e n cu an to a la s mo ned as qu e regalan? ¡Eso no es nada para ellos! ¡Una insignificancia! ¡Pero no es ciego! — dije lleno de e x a s p e r a c i ó n — . ¡Es un "ladrón"! Lobsang servicios. Más — respondió inofensivo. adelante, Se mi Maestro a en estés el —. Es sus c o m p l e t a mente limita vender

cuando

mundo

occidental, te darás cuenta de que los agentes de publicidad hacen el elogio de muchas cosas que realmente son nocivas a la salud, deforman a los

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n i ño s i nc l u s o a n te s d e s u na c i m i e n to y tr a n s fo rm a n a l a s personas normales en verdaderos locos. G o l p e ó c o n e l p i e e n e l tro nc o s o b re e l q u e s e h a l l a b a sentado y me invitó a sentarme junto a él. Le obedecí y, con mis talones, tamborileé sobre la corteza del árbol. —Debes practicar simultáneamente la telepatía y el anál i s i s d e l a s a u r a s — d i j o m i M a e s t ro — . S i e n l u ga r d e u t i lizar ambos sistemas, te limitas tan sólo a uno de ellos, tus conclusiones pueden, como te ha sucedido en este caso, ser i n exac tas . Es p re ci so u til i zar al mis mo t iempo toda s nues tras facultades, poner en marcha todos nuestros poderes, si queremos analizar eficazmente todos los problemas o un problema determinado... En fin, esta tarde tendré que marcharme. En mi ausencia, el gran Lama Médico Chinrobn o b o , d e l H o s p i ta l d e Me n z e k a n g , te ha b l a rá . Y tú p o d rá s hablar con él. —¡Oh! — dije desolado —. ¡Pero él nunca me dirige la palabra! ¡Me ignora por completo! —Esta tarde cambiarán las cosas — dijo mi Maestro —. Ya lo verás. Cambiarán de una u otra forma. "¡De una u otra forma!", pensé. Las perspectivas no parecían ser demasiado propicias. Regresamos juntos a la Montaña de Hierro, deteniénd o no s d e v e z e n c u a nd o p a ra c o n te m p l a r d e nu e v o l a s a n tiguas rocas, siempre llenas de frescura y color. Ascendimos después por el sendero montañoso. —Este sendero es como la vida, Lobsang — me dijo el L a m a — . L a v i d a e s l o m i s m o q u e u n s e n d e ro á s p e r o y p e d re g o s o , ro d e a d o d e p e l i g ro s e i ns o n d a b l e s a b i s m o s . P e r o el que persevera puede alcanzar la cumbre. A l l le ga r a la pa rte al ta de l s end e ro , escu ch amo s la l la mada para el servicio religioso y cada uno de nosotros sig uió su p ropio c am ino . Él se d i ri g ió a l se c to r de los la mas de su rango y yo al de mis condiscípulos. Cuando terminó el servicio, hice una comida ligera. D e s p u é s v i q u e u n " c he l a " m e no r q u e y o s e a c e rc a b a a m í dando muestras de excitación. —Martes Lobsang — me dijo con gran deferencia —.

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El Sagrado Lama Médico Chinrobnobo desea verte inmediatamente en la Escuela de Medicina. Me ajusté el manto, aspiré profundamente el aire varias veces para que mis nervios alterados se calmaran y, con la triste seguridad de que no lo conseguiría por mucho que lo intentara, me dirigí a la Escuela de Medicina. —¡Ah! — rugió cerca de mí una voz poderosa que me recordaba el profundo sonido de las trompas del Templo. M e de tu ve y me in cl i né a nte é l co n el respe to deb ido a su alto ra ngo . Era u n hombre alto , co rpule nto , de anc has espaldas, con un aspecto que atemorizaba. Sentí el convencimiento de que con sólo asestarme un puñetazo, podría arrancarme la cabeza de los hombros y lanzarla rodando mo ntaña abajo. Pero e n lu gar de eso , me ro gó que me sen tara ante él ¡y lo hizo tan cordialmente que casi me desmayo! —Bien, muchacho — dijo con voz poderosa y profu nda, co mo s i u n tru e no hub ie ra re son ado e n la s mo nta ña s qu e c e r r a b a n e l h o r i z o n t e — . H e o í d o h a b l a r m u c h o d e t i . Tu Ilustre Maestro, el Lama Mingyar Dondup, asegura que eres un prodigio, que tus dotes paranormales son inmensas. ¡Vamos a comprobarlo! — Me estremecí al oírlo —. ¿Me ves? ¿Qué es lo que ves? — me preguntó. Yo se guí a temb la ndo cad a vez má s . Y no se me ocu rrió otra cosa que decirle lo primero que pasó por mi cabeza. Sagrado Lama Médico — exclamé —. Veo un h o m b r e t a n g i g a n t e s c o q u e c u a nd o e n t ré a q u í m e p a r e c i ó q u e era una montaña. Lanzó una carcajada vigorosa acompañada de un auténtico huracán que salía de su boca y, según me pareció, estuvo a punto de hacer volar mi manto. ¡Mírame, muchacho! — me ordenó —. ¡ "Observa mi aura" y dime qué ves! ¡Dime cómo la ves y qué L e obs e rvé , p ero no fi jam ente , no e n fo rma d i re c ta , ya que ello puede oscurecer el aura de las personas a causa de los vestidos que llevan. Miré "hacia" él, pero no exactamente "a" él. s i g n i f i c a ción tiene para ti!

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Señor — dije —. En primer lugar, veo el c o n t o r n o f í sico de tu cuerpo y lo veo oscuro como si no e s tu v i e ra c u bierto por el manto. Después, muy cerca de ti, veo u na lu z d é b i l , a z u l a d a , p a r e c i d a a l h u m o d e u n a m a d e r a f r e s c a . A mi ju icio, esto significa que has estado trabajando demas iado , que has p asado noc he s s in concil i a r e l su eño y qu e tu energía etérea está debilitada. M e mi ró con los o jos d esm esu rado s de a somb ro y a si ntió satisfecho. ¡ C o n t i n ú a ! — d i j o . — ¡ S e ñ o r ! — a ñ a d í — . Tu a u r a t i e n e u n a e x t e n s i ó n d e unos nueve pies en torno a tu cu erpo. Los colores están repartidos en franjas horizontales y verticales. Tienes el amarillo de la elevada espiritualidad. En estos momentos, estás asombrado de que un muchacho de mi edad te pueda decir tantas cosas y has pensado que, en realidad, el Lama Mingyar Dondup, sabe lo que dice. Piensas también que tendrás qu e pedirle disculpas por haber dudado de lo que te contó acerca de mis dotes personales. Me interrumpió con una carcajada. —¡Tienes razón, muchacho! ¡Tienes razón! — dijo divertido —. ¡ "Continúa"! ¡Señor! — le dije. (¡Aquello era un juego d e n i ñ o s para mí!) — Hace poco tuviste un accidente que te produjo una afección hepática. Cuando ríes demasiado fuerte, te resientes y piensas que tal vez deberías tomar una infusión de "hierbas anestésicas" y, aprovechando sus efectos, someterte a varias sesiones de masaje interno. Y piensas también que ha sido el D es ti no el que ha hec ho qu e , e ntre m ás de se is mil hierbas curativas, sea la "anestésica" la más escasa y la más difícil de encontrar. Había dejado de reír y me contemplaba sin intentar ocultar el respeto que le inspiraba. — A d e m á s — a ñ a d í — , e n t u a u r a e s t á c l a ra m e n t e i nd i c a d o q u e , e n u n p l a z o m u y b re v e , t e c o nv e r t i rá s e n e l Su perior Médico más importante del Tibet. Me miró preocupado.

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—Tienes grandes poderes, hijo — afirmó —. Llegarás m u y l e j o s . P e ro nu nc a , " n u nc a " , a b u s e s d e e s o s p o d e re s . Puede ser muy peligroso. Ahora analizaremos, como colegas, la cu estión del au ra. Pero primero, vamos a tomar un poco de té. Tomó la pequeña campanilla de plata agitándola con tal violencia que temí que se le escapara de las manos. Al instante, un joven monje nos trajo té y — ¡oh, dicha entre las dichas! — algunos de los lujos que nos proporcionaba la Madre I ndia. Mientras permanecíamos allí sentados, pensé qu e los a l tos la m as v iv ía n tod os co n l a ma yo r comod idad . Deb ajo de noso tros , v eí a los g rand es pa rque s d e Lha sa , e l Dodpal y el Khati, que parecían estar al alcance de mi mano. Hacia la izquierda, el Kesar Lhakhang, la atalaya de nuestra zona, se erguía como un centinela. Más al norte, al otro lado del camino, aparecía mi lugar predilecto, el Pargo Kaling, la Puerta Occidental. —¿Qué es lo que origina el aura, Señor? — le pregunté. Como ya te ha dicho tu respetado Maestro, el L a m a Mingyar Dondup — me respondió —, el cerebro r e c i b e men sajes d el Espí ritu Sup e rio r y gene ra co rrientes e lé c tric a s . L a V i d a e s e l e c t r i c i d a d . E l a u r a e s u n a d e s u s m a n i festaciones. Como tú sabes, nuestra cabeza está circundada p o r una au reo la . L as pi ntu ra s ant i guas mu es tra n s iemp re a D i o s y a l o s S a n t o s c o n u n n i m b o d o r a d o q u e r o d e a l a parte posterior de sus cabezas. ¿Por qué son tan pocas las personas que p u e d e n v e r el aura, Señor? — le pregunté. —Hay muchas personas que, como no son capaces de verla, no creen en su existencia. Pero olvidan que tampoco ven el aire y, sin embargo, ¡si el aire no existiera iban a pasarlo bastante mal! Algunas — muy pocas — pu eden ver el aura. Otras no pueden. Hay personas que pueden oír frecuencias más altas o más bajas que las que oyen sus semejantes. Eso no guarda ninguna relación con el grado de e spiritua l idad de l obse rvado r, de la m isma manera que la habilidad para caminar sobre zancos no indica necesaria-

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m e n te q u e u n a p e rs o n a s e a e s p i r i t u a l . Ta m b i é n yo — a ñ a d i ó s o n r i e n d o — , c u a n d o e ra j o v e n c o m o tú , s o l í a u ti l i z a r los zancos. Pero ahora ya no puedo. Yo tamb ié n sonre ía pens ando qu e, e n lu gar de za nco s , hubiera necesitado un par de troncos de árbol. —C u ando t e som e ti mos a la op e rac ió n de A pe rtu r a d e l Tercer Ojo — me dijo el Lama Médico —, observamos tus circunvoluciones cerebrales frontales y vimos que eran muy diferentes a las que existen normalmente, lo cu al nos llevó a la conclusión de qu e tu s poderes de clarividencia y de telepatía eran innatos. Ésa es una de las razones que nos han inducido a someterte a un entrenamiento tan intensivo y acelerado. Tendrás qu e permanecer aquí, en la Escuela de Medicina, durante varios días — me dijo mirándome con i nm e ns a s a ti s fa c c i ó n — . V a mo s a o b s e rv a r t e c o nc i e n z u da mente para descubrir la forma de incrementar hasta el máximo tus extraordinarias dotes. E scu chamos un a to s di sc re t a a l o tro l ado de la pue rta y mi Maestro, el Lama Mingyar Dondup, entró en la habitación. Me levanté de un salto y le saludé con una reverencia, lo mismo que el Gran Chinrobnobo. Mi Maestro sonreía. —Recibí tu mensaje telepático — dijo al Gran Lama Médico —. Y he venido rápidamente para ver si puedo ten e r l a s a ti s f a c c i ó n d e q u e c o n f i r m e s m i s d e s c u b ri m i e n to s acerca de mi joven amigo. Me sonrió y tomó asiento. Sonrió también el Gran Lama Chinrobnobo y le dijo: — ¡ Resp e tado C o le ga ! Me inc l ino d e bue n grado a nte tu alta sabiduría y acepto a este joven para estudiar su caso. Tu i n te l ig en cia , qu e rido Co le ga , e s i nm ens a . E re s u n hom bre realmente polifacético. Pero nunca habías encontrado a un muchacho como éste. A mb o s re í a n y e l L a m a C hi nr o b n o b o s e a g a c hó y s a c ó de un mueble que había junto a él, ¡tres jarras de nueces en almíbar! Sin duda alguna, se me puso cara de tonto porque ellos, al mirarme, lanzaron al unísono una sonora carcajada.

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— Lo b s a n g , ¿p o r q u é no u ti l i za s t u s d o t e s t e l e p á t i c a s ? Si lo hubieras hecho, te habrías dado cuenta de que el L ama Méd ico y y o hemos cedi do a n ues tra deb i lid ad huma na para cruzar una apuesta. Llegamos al acuerdo de que si t ú e ra s c o m o y o a fi rm a b a , é l t e d a rí a e s ta s t re s j a r ra s d e n u e c e s e n al míb a r . En c a so d e no ha b e r te nid o razó n , me hubiera visto obligado a realizar un largo viaje y a llevar a cabo cierta intervención quirúrgica en nombre de mi amigo. Mi Maestro me sonrió y añadió: —Naturalmente, haré ese viaje y ese trabajo de todas f o r ma s y tú v e nd r á s c o n m i g o . P e ro n o s c o mp l a c i ó a p o s ta r y hay que hacer bien las cosas. Ahora nuestro honor está a salvo. — Señaló las tres jarras y añadió —: Quédatelas, Lobsang. Y cuando te vayas, puedes llevártelas porque es el premio del vencedor y, en este caso, el vencedor eres tú. Yo me sentía realmente confu ndido. Evidentemente, yo no pod ía u tilizar mis pode res te lep á ti cos co n aquellos dos Altos Lamas. Sólo con pensarlo, un gran escalofrío recorría m i c o l u m n a v e r te b ra l . Se n t í a g ra n a fe c to p o r m i Ma e s tro , el Lama Mingyar Dondup, y un profundo respeto por la s a b i d u r í a y l a c i e n c i a d e l G r a n L a m a C hi n ro b no b o . I n te ntar espiarles — incluso por procedimientos telepáticos — hubiera sido u n insulto, u na imperdonable descortesía. El Lama Chinrobnobo interrumpió mis pensamientos. —Muy bien, hijo. Tus sentimientos te honran. Estoy realmente satisfecho de haberte conocido y de poder tenerte entre nosotros. Te ayudaremos para acelerar tu desarrollo. —Ahora, Lobsang — dijo mi Maestro —. Tendrás que permanecer aquí tal vez durante una semana con el objeto de qu e puedas aprender muchas cosas relacionadas con el au ra... Sí, sí — añad ió interp re tando m i m i rad a —, sé perfectamente que crees qu e ya no pu edes aprender nada nu evo sobre el aura. Puedes verla. Sabes interpretarla. Pero es necesario que conozcas su génesis y su mecanismo interno. Deb es ap re nder todo l o qu e c as i nad ie sabe de e ll a . Y a hora, tengo que dejarte. Pero mañana te veré de nuevo. Se l ev an tó y , na tu r al me nte , yo le im i té . S e d e spid ió y

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abandonó la habitación. El Lama Chinrobnobo se volvió a mirarme y exclamó: —No estés nerviosos, Lobsang. No te va a suceder n a d a . V a m o s a i n te n ta r s o l a me n t e a c e l e ra r tu d e s a r ro l l o . En primer lu gar, conversaremos un poco sobre el aura. Naturalmente, tú la ves con la mayor claridad y la comprendes a la perfección. Pero imagínate por un momento que carecieras de esa facultad, como el 99,90 % — o tal vez más — de la población mundial... De nuevo agitó la campanilla violentamente y el sirv ie nte acud ió p re su roso con e l té y , co mo e s lógico y ne ce s a r i o , l a s "o t ra s c o s a s " q u e t a n to m e gu s ta b a n p a r a a c o m pañar al té. Creo que puede ser interesante recordar que, en el Tibet, algunos días, tomamos más de sesenta tazas. Como todo el mundo sabe, el Tibet es un país muy frío y el té caliente nos "entona". Hay que tener en cuenta que nosotros no podemos, como los occidentales, salir a tomar unos tragos y nos vemos obligados a limitarnos al té y al tsampa, a no ser que alguna persona de buena voluntad nos traiga de otros países, como por ejemplo de la India, todas aquellas cosas de que carecemos en nuestro país. —Ya hemos hablado del origen del aura — dijo el L a ma C h i n ro bn o b o — . E s l a f u e r z a v i ta l d e l c u e rp o hu m a no. Supongamos por un momento que tú no puedes verla y que no sabes nada de ella. Es preciso que partamos de esa hipótesis para que comprendas lo que normalmente ven las personas y lo que no ven. Asentí con la cabeza para indicar que había comprend ido . N a tu ra lm ente mis fa cu l tade s pa ra pe rcib i r e l au ra y o tra s cos as semej an tes e ran i nna tas . Y e sa s facu l tad es s e habían incrementado después de que me practicaron la oper a c i ó n d e l Te rc e r O j o . A n te s d e c o n o c e r tod a s e s a s c o s a s , en muchas ocasiones me había descubierto a mí mismo, inconscientemente, al decir lo que veía, porque ignoraba qu e la mayoría de las personas eran incapaces de ver esas cosas. Recu e rdo qu e e n u na o cas ión d ije qu e una pe rso na es taba viva todavía. Era un hombre que el viejo Tzu y yo habíamos encontrado tendido al borde de un camino. El viejo

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Tzu me aseguró que estaba equivocado y que aquel hombre estaba muerto. Yo había dicho: "¡Pero Tzu, sus luces sig ue n en ce ndida s! " A fo rtu nada me nte , e l vi en to imp id ió qu e m i s p a l a b r a s s e o y e ra n c l a r a m e n te y e l v i e j o Tz u no l l e g ó a darse cuenta de lo que significaban. Sin embargo, siguiend o u n r a ro i m p u l s o , e x a m i n ó a l p o b re h o m b re m á s d e te n i d a me n te ¡ y d es cu b rió que aú n v iv ía ! Pe ro e s toy apa rt ándo me de mi relato. —Lobsang — me dijo el Lama Médico —, la mayor parte de los hombres y mujeres son incapaces de ver el aura humana. Algunos están realmente convencidos de que ésta no existe. Siguiendo ese mismo razonamiento lógico podrían asegurar también que no existe el aire, puesto que no pueden verlo. El Lama Médico me miró como para comprobar si le escuchaba en lugar de pensar en las nueces. Mi aspecto, qu e s i n duda re fle jab a c la ram ente mi a te nc ió n , le tran qu ilizó. Sacudió la cabeza satisfecho y prosiguió: —Mientras el cuerpo tiene vida, el au ra pu ede ser vista po r a quel los que tie ne n es e pode r, e se do n, es a facu l tad o l l áma le co mo qu ie ras . Es p re ci so que sep as , Lobsa n g, qu e para ver el au ra co n ma yo r claridad , la perso na obs e rvada deb e hal la rse de snud a . Más ad el ante te exp li ca ré la razón de es te hec ho . P a ra re al i za r u na le c tu ra no rm al bas ta co n mirar a la persona aunque vaya vestida. Pero cuando se trata de formular algún diagnóstico es preciso que el pac i e n te es té d e s nu d o to ta lm e n te . B i e n . L a e nv o l tu ra e té re a rodea el cuerpo por completo y se extiende sobre una sup e r fi c i e q u e mi d e d e u n o c t a v o d e p u l g a d a a t re s o c u a tr o pu lgadas a partir del cuerpo. Es una especie de niebla gris a z u l a d a , a u n q u e n o e s e x a c t a m e n te u n a n i e b l a p o r q u e e s posible ver claramente a través de ella. Esta envoltura etérea constituye una emanación puramente animal, que procede de la vitalidad física. Por ello, una persona que goce de buena salud tendrá una envoltura etérea de tres o cuatro pulgadas. Solamente las personas con grandes dotes, Lobsang, serán capaces de ver la tercera envoltura porque debes saber que, entre el aura propiamente dicha y la

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e nvo l tu ra e té re a , ex is te o t r a e nvo l tu ra d e u nas t r es p u l ga das de ancho. Para poder percibir sus colores se requieren dotes realmente extraordinarias. Reconozco que yo lo único que puedo ver allí es un espacio vacío. Lleno de tristeza, me apresuré a confesarle que yo sí era capaz de ver los colores de ese espacio. —Sí, sí, Lobsang. Lo sé — me dijo —. Sé que puedes verlos porque eres una de las personas más dotadas que he c o no c i d o . P e ro y o p a r tí a d e l a h i p ó te s i s d e q u e no p o d í a s ver nada de eso, porque así lo convinimos al principio para que yo pudiera explicarte la razón de este fenómeno. El Lama Médico me miró severamente, como reprochándome que hubiera interrumpido el curso de sus explicaciones. Cuando creyó que mi humillación era ya suficiente para imped i rme cua lqu ier nueva in te rrupción, co ntinuó la exposición de la teoría. —Tenemos, entonces, en primer lugar la envoltura e té re a . D e s p u é s , e s a s e g u n d a z o n a q u e l a m a y o r p a r te d e n o s o t ro s s o mos i n c a p a c e s d e d i s ti ng u i r a n o s e r c o m o u n simple espacio vacío. Y a continuación, el aura, que depende más de la vitalidad espiritual que de la animal. Está compuesta de franjas y de estrías oscilantes qu e contienen todos los colores del espectro visible. Es decir, un número de colores muy superior al que pu eden percibir los ojos ya q u e e l a u r a n o s e v e c o n l o s o j o s s i n o c o n o t r o s s e n ti d o s . C ad a ó rg ano de l cu e rpo hu ma no e nv ía su s p rop ias i rrad ia ciones que varían y fluctúan de acuerdo con el pensamiento de l a p e rso na . Al gu nas de es t as i rrad ia cion es s e po ne n de relieve muy acusadamente en la zona etérea y en el sig ui en te espa cio . Cua ndo se obs e rva e l cuerpo des nudo , e l aura refleja las señales de salud y de enfermedad. Por ello, los que poseen una clarividencia suficiente pueden diagnosticar con seguridad en todo momento. Yo ya sabía todo aquello. Para mí era como un juego de niños. Lo venía practicando desde que me abrieron el Te r c e r O j o . S a b í a q u e l o s g ru p o s d e La m a s Mé d i c o s s e c o l o c a b a n e n to r no a l o s e n f e r mo s y e x a m i n a b a n s u c u e r p o desnudo para determinar la forma en que éstos debían ser

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curados. Supuse que tal vez pensaban prepararme para realizar un trabajo de este tipo. —Ahora — dijo el Lama Médico — recibirás una enseñanza especial, una enseñanza realmente excepcional. Y esperamos que, cuando visites ese gran mundo occidental que existe más allá de nuestras fronteras, inventarás un aparato destinado a que los que carecen en absoluto de poderes ocu l tos pued an ve r e l au ra y, d e esa fo rma , cu ra r muc has enfermedades. Más adelante, volveremos a tratar de esta cuestión. Ya sé qu e todo esto te resulta fatigoso. Sé que ya conocías muchas de las cosas que te he dicho. Te resulta tal v e z m o n ó to no p o rqu e tú e re s c l a riv i d en te p o r n a tu r a lez a . P e ro e s m u y p r o b a b l e q u e n u n c a ha ya s p e n s a d o e n e l m e c anis mo de e sos f enó me nos qu e pa ra ti son ta n no rma les . Y eso es algo qu e debes conocer irremediablemente porque quien conoce las cosas a medias está también preparado a medias solamente y, por consiguiente, su utilidad no es completa. ¡Y tú tienes que ser realmente útil! Pero por hoy vamos a terminar, Lobsang. Retirémonos a descansar a n u e s tr a s hab i t a c i o ne s . La tu y a es tá ya d i sp u e s ta p a ra t i . Cuando descansemos, volveremos a tratar de todas estas cuestiones qu e hoy hemos analizado tan sucintamente. Durante esta semana, no necesitarás asistir a ningún servicio religioso ya que el Profundo ha ordenado que todas tus energías y todas tus devociones estén orientadas exclusivamente a alcanzar el dominio más absoluto de las cuestiones que yo y mis colegas te expondremos en días sucesivos. N o s lev an t amos . A gi tó d e nu e vo la camp ani l la d e p la ta entre sus manos poderosas y lo hizo con tanta energía, que me pareció que iba a saltar hecha pedazos. El monje sirviente acudió presuroso a su llamada. —Te encargarás de atender a Martes Lobsang Rampa — dijo el Lama Médico Chinrobnobo —. Ya sabes que es un huésped de honor. D ale el mismo trato que darías a un monje de alto rango. Se volvió hacia mí. Nos saludamos inclinando nuestras cabezas. Después, el sirviente me invitó, con un gesto, a seguirle.

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LOBSANG RAMPA ¡Detente! — gritó el Lama Chinrobnobo —.

¡ T e h a s olvidado de tus nueces! Tomé aquellas tres preciosas jarras, sonriendo un poco desconcertado, y salí rápidamente al corredor, donde el sirviente me esperaba. Mi acompañante me condujo a una hermosa habitac ió n. A l o tro lado de la ve n ta na se ve ía e l d ese mba rc adero del Río Venturoso. Mi deber —. es Ahí atenderte, tienes la Señor campanilla — dijo por si el me sirviente

necesitas. Utilízala siempre que quieras. Salió. Yo me acerqué a la ventana. Me sentí hechizad o a n te l a p e rs p e c t i v a d e l V a l l e S a g ra d o . L a b a rc a , ro d e a da de ve ji ga s h i nc had as d e y ak , se al ej aba de la o ri l la y e l b a r q u e r o h u n d í a l o s r e m o s e n l a s a gi ta d a s a gu a s d e l r í o . En la otra orilla esperaban tres o cuatro hombres. Por su s mantos, deduje que debían ser personajes importantes. Esta i mp re sió n m e fue conf i rm ada po r la fo rm a obs equ iosa con q u e e l b a rq u e ro l o s a c o g í a . D u r a n te u no s m i n u to s , l o c o n templé todo desde la ventana. Después, de repente, me s e n tí l l e n o d e i ne s p e ra d o c a n s a nc i o . M e s e n té e n e l s ue l o sin preocuparme en buscar los almohadones que tenían que servirme de lecho y, casi sin darme cuenta de nada, caí hacia atrás y me quedé dormido al instante. Pasaron las horas mecidas por el monótono ruido de los Molinos de Plegarias. De pronto, me incorporé temblando de miedo. "¡El Servicio!" Se me había pasado el tiempo y llegaría tarde. Escuché atentamente. Alguien cantaba una salmodia a lo lejos. Era suficiente. Me puse en p ie y co rrí h aci a la pue rta de mi hab i tac ió n. ¡ Pe ro la pu e rt a n o es taba a l lí ! C hoqué cont ra la p a red y es cu c hé e l c ruj i d o d e m i s hu e s o s . D e s p u é s , c a í a l s u e l o d e e s p a l d a s . M i cabeza parecía estar llena de luces azules y blancas qu e gir a b a n v e r ti gi no s a me n te . C u a nd o m e re p u s e d e l g o l p e , me levanté de nuevo. Lleno de terror ante la inevitable perspectiva de mi retraso, corrí desesperado dando vueltas por la habitación, sin conseguir hallar ninguna puerta. ¡Y lo que es peor, tampoco hallaba ninguna ventana!

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Lobsang — dijo una voz desde la oscuridad — . ¿ T e sientes mal? R eco noc í la voz de l si rvi en te y vol ví a la re al idad como si hubieran echado un cubo de agua helada sobre mi cabeza. —i Oh! — dije aturdido —. Creí que llegaba tarde al servicio. Me había olvidado de que tengo dispensa. Una risa apenas contenida acogió mis palabras. Después, la voz dijo: — Voy a e nce nde r la lá mpa ra po rqu e és ta es u na noc he muy oscura. U n p eque ño re spl ando r ll egó has ta mí d esd e l a pu e rta — que e s tab a s i tuad a e n e l lu ga r "m ás " insosp ec had o — y vi cómo el sirviente se acercaba. Ha sido realmente divertido — me dijo —. Al p r i n c i p i o c re í q u e s e t ra ta b a d e u na ma na d a d e ya k s q u e s e ha bían escapado y estaban aquí dentro. L a so n risa quitab a a su s pal ab ra s cua lqu ie r i nte nc ión ofensiva. Me acosté de nuevo y el sirviente se retiró con l a l á m p a ra . E n e l m a r c o l e v e m e n te i l u m i n a d o d e l a v e n t a na vi correr una estrella fugaz que ponía fin de pronto a un largo viaje de incontables millas a través del espacio. Me envolví en mi manto y me dormí de nuevo. El desayuno consistió, como siempre, en "tsampa" y té. Alimenticio, reconfortante, pero nada sabroso. Cu ando terminé de tomarlo, entró el sirviente. — Se ño r — me d ijo — . S i ya es tás p rep a rado, deb o con ducirte a otro lugar. Me levanté y salí con él de la habitación. Seguimos una dirección distinta a la del día anterior. Nos dirigimos a una z o na d e l C h a k p o ri c u y a e x i s t e n c i a yo d e s c o no c í a p o r c o m pleto. Descendimos por un largo corredor que parecía introducirse en las entrañas de la Montaña de Hierro. No había allí más luz que la de nuestras lámparas. Al final, el sirviente se detuvo y señaló un lugar frente a nosotros. Sigue adelante, todo recto y, después, entra en l a h a bitación que hallarás a la izquierda.

182 Me hizo una

LOBSANG RAMPA inclinación de cabeza y se marchó por

d o n d e h a b í a m o s v e ni d o . Y o a v a nc é m i e nt r a s m e p re g u n ta ba: "¿Y ahora qué hago?" La habitación de la izquierda estaba frente a mí. Entré y me detuve lleno de asombro. E n m e d i o d e l a ha b i t a c i ó n h a b í a u n Mo l i no d e O ra c i o ne s . Sólo me dio tiempo a mirarlo muy fugazmente, pero me pare ció qu e e ra mu y ex tra ño. Al gu ie n p ron unció m i nomb re. —¡B ie n, Allí Lobsa ng! mi Nos a leg ramo s el de que ha yas v enido . Dondup, estaba Maestro, Lama Mingyar

acompañado del Gran Lama Médico Chinrobnobo y de un Gran Lama hindú de aspecto distinguido llamado Marfata. És te habí a e stud iado med ici n a oc cid en tal e n una u ni ve rsidad alemana, que según intuí era la de Heidelberg. Después se había hecho monje budista, un lama, ya que hay que tener en cuenta que "monje" es un término genérico. El hindú me miró tan agudamente, con unos ojos tan pe ne trant es , qu e me p a rec ió q ue a t rave saba mi cu e rpo d e parte a parte. Sin embargo, en esta ocasión, yo no tenía la menor sensación de culpabilidad en mi conciencia y resistí fácilmente su mirada. Al fin y al cabo, ¿por qué no iba a hacerlo? Yo era tan bueno como él, ya que estaba recibiend o las enseñanzas de robnobo. los lamas Mingyar Dondup y Chin-

Una sonrisa pareció abrir con dificultad sus labios rígidos como si sólo le fuera posible reír gracias a un doloroso esfuerzo. Sí — dijo asintiendo con la cabeza a mi M a e s t r o — . Estoy satisfecho de que el muchacho sea c o m o m e d i j i s teis. Mi Mae s tro tamb ié n so nrió . Pe ro su so nri sa no e ra fo rzada, sino natural, espontánea y cálida. Lobsang hemos — dijo el Gran Lama Médico —. Te traído a esta habitación secreta para mostrarte y

explicarte a l gunas co sas . Tu Ma es tro y yo es tamos re al mente s a ti s fec h o s d e l o s e x á m e n e s a q u e te he m o s s o m e t i d o . Tu s p o d e res son extraordinarios y vamos a desarrollarlos aún más. N u e s t r o c o l e g a h i n d ú M a r f a t a n o p o d í a c r e e r q u e e n l

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Tibet existiera un prodigio semejante. Esperamos que tú confirmes cuanto le hemos dicho sobre ti. " E s u n homb re qu e t ie ne u n a ele vad a o pinió n sob re s í m is mo ", pe nsé y o obs e rva ndo a Ma rfa ta. M e vol ví h aci a e l Lama Chinrobnobo. Respetado Señor — le dije —. El Profundo, q u e m e ha ho nrado re cib iéndome en va ria s oca sio ne s , m e ad vi rtió m u y e s p e c i a l m e n t e p a r a q u e p r o c u r a r a n o p r o b a r m i s p o deres, ya que esas pruebas carecen de utilidad casi siempre. L o s q u e d e s e a n q u e s e l e s p ru e b e a l go , s u e l e n s e r i nc a p a ces de aceptar la verdad de una prueba por muy au téntica que ésta sea. L a c a r c a j a d a q u e l a n zó e l L a m a C hi nr o b n o b o e s t u v o a pu nto de hacerm e vo la r po r l os ai res . M i Ma es tro tamb ié n reía. Ambos contemplaban al hindú Marfata, que me miraba con cierta hostilidad. ¡Hablas muy bien, muchacho! — dijo el h i n d ú — . Pero, como tú mismo has dicho, las palabras n o p r u e b a n nada. Ahora, mírame y dime qué es lo que ves en mí. S e n tí c ie rta inqu ie tu d a n te la pe rspec tiv a de te ne r qu e hacerlo, porque muchas de las cosas que veía no me gustaban. ¡Ilustre Señor! — le dije —. Me temo que si te digo to d o l o q u e v e o , v a s a e n f a d a r te c o n m i g o . Ta l v e z p i e ns e s qu e , en l u g a r d e r espo nde r a tu p r e gu n ta , i n te nto i n sol entarme tan sólo. Mi Maestro, el Lama Mingyar Dondup, asintió con la cabeza y sobre el rostro del Lama Chinrobnobo apareció una sonrisa amplia, resplandeciente como una luna llena. Di lo que quieras, muchacho — dijo el hindú —. No estamos aquí para perder el tiempo en charlas i n t r a s c e n dentes. Contemplé al hindú durante u nos instantes, hasta qu e me di cuenta de que se estremecía levemente ante la intensidad de mi mirada. ¡Ilustre Señor! — le dije al fin —. Me has o r d e n a d o que te d i ga todo c u a n to v eo y c omp re ndo que m i Ma es tro , e l L a m a M i n g y a r D o n d u p , y e l G r a n L a m a Médico Chin-

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robnobo esperan que hable con sinceridad. Pues bien, te diré lo que veo: Nunca te había visto antes, pero tu aura y tu s pensamientos me revelan que eres un hombre que ha viajado mucho y ha navegado por todos los océanos del p la ne ta . Es tu vi s te en esa p equ eña i sl a cu yo nomb re no conozco, donde todas las personas son de la raza blanca y que tiene a su lado una isla aún más pequeña, como si f u e ra n u na y e g u a y s u p o tr i l l o . E ra s e n e m i go d e e s a s p e r sonas, y allí todos estaban deseando poder emprender alguna acción contra ti, como consecuencia de algo que estaba relacionado con... Al llegar a este punto vacilé. Las cosas se me aparecían especialmente embrolladas, ya que se referían a cuestiones y conocimientos de los que yo no tenía ni la menor idea. —Se trata de algo relacionado con una ciudad india que, según deduzco de tus pensamientos, debe tratarse de Calcuta — le dije —. Y también veo que todo ello está vinculado a un negro abismo donde los habitantes de aquel l a is la se enco ntraba n su ma me n te mol es tos e i nqu ie tos. .. E n c i e r to m o d o , p e ns a b a n q u e tú d e b í a s h a b e rl e s l i b r a d o de todas esas dificultades en lugar de causarlas. E l G ran La ma C hi n rob nobo re ía d e nu evo y su risa me tranquilizó y me hizo suponer que había acertado. Mi Maestro no decía ni hacía nada, pero el hindú se agitaba desconcertado. — Fui s te de spué s a o tro pa ís —p rose gu í— . E n tu me nte puedo lee r con tod a cl a rid ad un a pa lab ra: He ide lbe rg . A ll í e s tud i as te m ed ic in a de acu er do con lo s bár b a ro s s is t ema s de rajar, cortar y coser, tan diferentes a los que utilizamos e n e l Ti be t. De spués , te h ic ie ro n e ntre ga de u n pap el muy grande lleno de firmas y de sellos... También veo en tu aura que estás enfermo... Respiré profundamente, con cierto temor. Ignoraba qué re acc ió n pod ían c ausa rle l as p al ab ras qu e i ba a de ci r des pués. —Tu enfermedad es incurable — dije —. Es una de esas enfermedades en que las células del cuerpo proliferan desordenadamente y, como las hierbas venenosas, se niegan

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a llevar a cabo un crecimiento armónico, extendiéndose en t o d a s d i re c c i o n e s d e u n a fo r m a a n á rq u i c a , o b s t ru ye n d o y cegando los órganos vitales del cuerpo... Señor: Te estás destruyendo a ti mismo. Te matan poco a poco tus propios pensamientos porque eres incapaz de admitir que pueda haber bondad alguna en el espíritu de tus semejantes. D u ra n te u no s i n s ta n tes — ¡a m í me pa r ec iero n a ños! — t o d o p e r m a n e c i ó e n s i l e n c i o . D e s p u é s e l L a m a C h i n r o b n o bo dijo: — ¡ T i e ne s r a z ó n , L o b s a n g ! ¡ H a s a c e r t a d o p o r c o m p l e t o ! El hindú le interrumpió. —Tal vez advertisteis al muchacho lo que tenía que decir cuando estuviera en mi presencia — dijo desconfiado. —Es posible — dijo mi Maestro, el Lama Mingyar Dondup —. Hubiéramos podido hacerlo. Pero debes tener e n c u e n ta q u e mu c h a s d e l a s c o s a s q u e h a d i c h o s o n c o m pletamente nuevas hasta para nosotros, ya que no hemos analizado tu au ra ni tu mente porque tú no nos invitaste a h ac e rlo . Si n emb a rgo , c reo qu e aqu í lo que re al me nte i nte r e s a e s e l h e c ho d e q u e Ma rt e s Lo b s a n g Ra m p a t i e ne re a l m ente uno s extrao rd i na rios pode res y que noso tros vamos a desarrollárselos hasta el máximo. No hay tiempo para discutir. Es necesario que realicemos nuestra tarea concienzudamente. ¡Ven conmigo! — dijo dirigiéndose a mí. Se levantó y me llevó hacia el gran "Molino de Plegarias" que había en el centro de la habitación. Yo obs e rvé aqu e l obj e to ex tra ño y me d i cue nta de que no se trataba de un Molino de Plegarias, sino de un apar a to d e u n o s c u a t ro p i e s d e a l t o p o r c i n c o p i e s d e a nc ho . En uno de sus lados tenía dos pequeñas ventanitas cubiertas de cristal. Al otro lado tenía dos ventanas algo mayores y, en el centro, una gran manivela. Para mí, constituía un objeto misterioso. Yo no tenía ni la menor idea de lo que podía ser. —Lobsang — dijo el Lama Médico —. Este es un apara to de sti nado a que l as p e rso na s no cl a riv ide n te s pu eda n ver el aura humana. El Gran Lama hindú Marfata vino a consultarnos, pero no nos explicó la naturaleza de su en-

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f e rme d a d a l e g a nd o q u e s i e n re a l i d a d c o no c í a m o s l a m e d i cina esotérica, seríamos capaces de descubrirla sin necesidad de que él nos dijera nada. Lo hicimos conducir aquí con el objeto de examinarlo con la máquina. Ahora, si lo p e r mi t es , v a a qu i ta rse e l ma n to . Tú le v as a exa mi na r p r im e ro pa ra de ci rno s cu ál es , a tu ju i cio , su p rob le ma . De spués lo haremos nosotros, con ayuda de esta máquina, y veremos si nuestro diagnóstico coincide con el que tú obtengas. Mi Maestro señaló al hindú un rincón oscuro y él se desnudó allí. Su oscura silueta se recortaba contra la pared. — L o b s a n g — d i j o m i M a e s t r o — . O b s é r v a l o c o n c u i d a do y dinos lo que ves. No miré al hindú directamente. Miré su contorno con una mirada oblicua, ya que ésa es la mejor forma de ver el a u r a . N o u t i l i c é l a v i s i ó n b i n o c u l a r , q u e e s l a n o r m a l , s i no qu e mi ré a is lando e ind epe nd iz ando l a vi si ón de cad a o j o . Es algo realmente difícil de explicar, pero consiste simplemente en mirar con los ojos torcidos y éste es un juego que, sin duda alguna, puede aprender cualquiera. Miré al hindú. Su aura brillaba y oscilaba. Me di cuenta de que era realmente un gran hombre, un hombre altamente do tado intel ectua lmente, pero , po r desgracia, su aspecto había sido deformado por aquella misteriosa enfermedad que le dominaba. Yo le observaba con gran atención y expresaba mis pensamientos en voz alta. Y no me d a b a c u e n t a d e l a e no rm e a n s i e d a d c o n q u e mi Ma e s t ro y Lama Médico seguían mis palabras. —Es evidente que la enfermedad ha sido provocada p o r l a s nu m e ro s a s te ns i o ne s fí s i c a s . El G ra n La ma hi n d ú s e ha se n tido i n sa tis fe cho y fru s trado , lo cu al ha a fec tado su salud, haciendo que las células de su cuerpo intentaran s al va jem ente ev adi rse e n la di rec ció n de l Esp í ri tu . Ésa e s l a razón de que su hígado haya enfermado. Y como es un hombre acusadamente temperamental, su enfermedad se agrava cada vez que tiene algún estallido de cólera. Su au ra ind ic a c la rame nte que s i fu e ra c apa z d e ma nte n er la calma, si se mostrara más plácido en sus reacciones, como

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m i Ma e s t ro , e l L a m a Mi ng ya r D o nd u p , p o d rí a p e rm a n e c e r m á s t i e m p o s ob re l a ti e r ra y r e a l i z a r l a ma y o r p a r te d e l a tarea que tiene asignada sin necesidad de reencarnarse. G ua rd amos s ile nc io nu e vam ent e y me co mp lac ió o b se rv a r qu e e l Lama hi ndú ag i tab a la c abe za a si ntie ndo , como s i e s t u v i e ra to t a l m e n te d e a c u e rd o c o n mi d i a gn ó s ti c o . E l L ama Méd ico C hi n rob nobo se ac e rcó a aque l la ex t ra ña má quina y miró por una de sus ventanillas. Mi Maestro dio vu el tas a l a ma nive la , i nc rem en tando e l ritmo poco a poco hasta que el Lama Médico le indicó que mantuviera el r i tm o c o n s ta n t e . D u ra n te u n o s i n s t a n te s , e l La m a Mé d i c o obs e rvó a travé s d el apa ra to. D espu és , se s epa ró y , s in de cir una sola palabra, el Lama Mingyar Dondup ocupó su lugar, mientras él se encargaba de la manivela. Cuando terminaron su examen, permanecieron en pie unos momentos sin hablar, sin duda alguna conversando telepáticamente. No hice el menor intento por captar sus pensam ie ntos po rqu e e l lo hub ie ra s ido u na te rrib le fa l ta de educación y de respeto. Por fin, volviéndose hacia el Lama hindú, le hablaron. —Todo cuanto ha dicho Martes Lobsang Rampa es ex ac to . H emos ob se rv ado a ten tam ent e tu au ra y h emos l le gado a la conclusión de que tienes un cáncer de hígado. Es ta mos co nv enc idos de qu e és te h a sido mo tiv ado po r tu inestabilidad temperamental. Sin embargo, creemos qu e si llevas una vida tranquila, vivirás todavía los años suficiente s pa ra re alizar tu ta re a. Es tamos dispuesto s a h acer las gestiones necesarias para que puedas quedarte aquí en Chakpori si así lo deseas. El Lama discutió algunas cosas y despu és abandonó la h ab i tac ió n con e l La ma Ch i nrob nobo . Mi Ma es tro , e l La ma Mingyar Dondup, me golpeó en la espalda cariñosamente. —¡Lo has hecho muy bien, Lobsang! — dijo —. ¡Muy bien! Ahora quiero mostrarte ese aparato. N o s a c e rc a m o s , l e v a n t a mo s s u ta p a s u p e r i o r, y l o e x a minamos atentamente. El aparto vibraba. En su interior vi una serie de radios que partían de un eje central. En el extremo de cada uno de ellos había un prisma de cristal.

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Su s c o l o re s v a r i a b a n . R o j o , a z u l , a m a ri l l o y b l a nc o . C u a n do se hacía gira r la ma nivela, los rad ios gi raba n mediante u n s is tema d e pole as qu e po nía e l e je en mov im ie nto . Y al girar, los prismas pasaban alternativamente ante las lentes ex te rio res . Mi Ma es tro me exp li có su fu nci onam ie nto . De spués me dijo: —Naturalmente, este aparato está sin perfeccionar y su manejo es difícil. Lo utilizamos para llevar a cabo nuestros exp e ri me ntos y espe ramos que , a l gún dí a , pod remo s fabri c a r u n m o d e l o m á s p e q u e ño . Tú , L o b s a n g , n u n c a t e n d r á s necesidad de utilizarlo. Son muy pocos los que pueden ver e l aura con tanta nitidez como tú. Cuando llegue el mom e n to o p o r t u n o , t e e x p l i c a r é s u m e c a n i s m o d e t a l l a d a m e nte. Pero de una manera sucinta, puedo anticiparte que está b a s a d o e n u n a l e y ó p ti c a e n v i r tu d d e l a c u a l l o s p r i s m a s de colores, al girar rápidamente, interrumpen la línea de v i s i ó n, d e s v a n e c i e nd o l a i m a g e n n o rm a l d e l c u e rp o hu ma n o e intensificando la luz, mucho más débil, del aura —. Cerró la tapa de nuevo y se dirigió a otro aparato que se hallaba en un rincón sobre una mesa. En aquel momento, el Lama Chinrobnobo entró en la habitación de nuevo para reunirse con nosotros. —¡Bien! — dijo acercándose —. ¿De modo que vas a probar su fuerza mental? ¡Bien! ¡Me alegro de haber llegado a tiempo para presenciarlo! M i M a e s t ro m e s e ñ a l ó u n c u r i o s o c i l i n d r o q u e p a r e c í a fabricado con un papel áspero. — Es to , Lobs ang, es u n pap el du ro , g rose ro. Como pu ed e s v e r , s e h a n h e c h o e n é l n u m e r o s o s a g u j e ro s , c o n a y u da de un punzón gru eso, para que quede lleno de salientes po r u na de sus cara s . De spué s, s e le da l a fo rm a d e u n cil i nd ro p rocu rando que to dos los s ali e ntes qued en e n el exterior. Lo atravesamos con una paja, aprovechando uno de l os o ri fi cio s , que s i rv e de ej e . Y fi na lm ente, co n u na agu ja afilada, lo fijamos en una plataforma. De ese modo, el cil i nd ro p u e d e d a r v u e l ta s c a s i s i n f ri c c i ó n. ¡ B u e no ! ¡ A h o ra fíjate bien!

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Colocó sus manos en torno al cilindro, sin tocarlo, a una distancia de una pulgada o pulgada y media. Muy pronto, el cilindro empezó a girar despacio, adquiriendo poco a poco una velocidad considerable. Entonces mi Maestro lo tocó y lo detuvo. Colocó las manos en dirección contraria. Sus dedos, que antes se extendían hacia afuera, s e e x t e n d í a n a h o ra h a c i a s u c u e rp o . Y e l c i l i n d r o e m p e z ó a girar en sentido contrario. —¡Estás soplando sobre él! — le dije. —¡Eso es lo que cree todo el mundo! — dijo el Lama Chinrobnobo —. Pero se equivocan por completo. E l G ra n Lam a s e d i ri g i ó a u no d e lo s h u ec o s d e l m u ro y trajo una gruesa lámina de cristal. El Lama Mingyar Dondup detuvo nuevamente el cilindro. El Lama Chinrobnobo colocó aquella lámina en el espacio comprendido entre el cilindro y mi Maestro. —¡Piensa que va a empezar a girar! — le ordenó. Mi Maestro le obedeció y el cilindro empezó su rotac i ó n d e n u e v o . E l c ri s ta l i m p e d í a p o r c o mp l e to q u e ni n gu no de nosotros pudiera impulsarlo con su aliento. —¡Hazlo tú ahora, Lobsang! — dijo mi Maestro levantándose. Me senté y coloqué mis manos de la misma forma. El Lama Chinrobnobo seguía sujetando el cristal ante nosotros pa ra imp edi r qu e nue s tra re spi rac ión pud ie ra influ i r en la ro ta ció n del c ilind ro . Yo es taba convenc ido de qu e no conseguiría nada. Y al parecer, el cilindro se dio cuenta de ello porque no se movió. —¡Piensa que vas a hacerlo girar, Lobsang! — dijo mi Maestro. Hice lo que me decía y el cilindro se puso en movim i en to . P o r u n m o m e n to , e s tu v e a p u nto d e ti ra r l o to d o y salir corriendo. ¡Aquello era cosa de brujería! Pero prevaleció la razón (¡aunque ignoro qué clase de razón!) y permanecí sentado. — Es te a p a ra to , L o b s a n g — d i j o m i Ma e s t ro — , s e m u e ve por la fuerza del aura humana. Tú piensas que va a girar y el aura genera la fuerza necesaria para que tu pen-

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samiento se realice. Es interesante que sepas que en todos l o s p a í s e s d e l m u n d o s e h a n h e c ho e x p e r i m e n to s c o n a p a r a to s d e es te ti po . Todos los g r a nd es c ie n tí f i cos ha n t ra ta d o d e d a r u n a e x p l i c a c i ó n a e s t e fe nó m e no . P e ro , n a t u ra l mente, los occidentales no creen en la fuerza etérea y se ven obligados a inventar explicaciones que resultan aún más incomprensibles que la fuerza real de lo etéreo. —Estoy hambriento, Mingyar Dondup — dijo el Gran Lama Médico —. Creo que ya es hora de que nos retiremos a nuestras habitaciones para comer algo y descansar. No debemos poner a prueba la capacidad y la resistencia del muchacho porque ya tendrá en el futuro muchas ocasiones para hacerlo. R e g res amos al ed i f ic io ce ntra l de l C hakpori . P ronto estuve en mi habitación con mi Maestro, el Lama Mingyar Dondup. Y en seguida (¡qué felicidad!) pude comer algo y me sentí realmente satisfecho. —Come, Lobsang, come — dijo mi Maestro —. Más tarde, volveremos a reunirnos y trataremos de otros temas. D escansé en mi habitación du rante una hora, asomado a la ventana. Siempre me gustaron los lugares altos. Me encantaba ver a la gente agitándose debajo de mí y a los comerciantes atravesando lentamente la Puerta Occidental, reflejando en sus rostros la satisfacción de haber llegado al final de su largo y penoso viaje a través de los estrechos senderos montañosos. Algunos de aquellos comerciantes me habían hablado de la maravillosa perspectiva que se divisaba d esde un a de la s c ima s po r do nde p asaba el cam i no de l a I n d i a . E n t re l a s m o n ta ña s , m i ra nd o ha c i a a b a j o , p o d í a v e rse la Ciudad Sag rada co n sus te cho s do rado s la nza ndo destellos y, al otro lado, la blanca mole del "Montón de Arroz", que parecía de veras un montón de arroz derramándose generosamente por las laderas. Me parecía hermoso contemplar al barquero que cruzaba el Río Venturoso y nunca perdía la esperanza de que las vejigas de yak de su barc a se desinfl a ra n de p ro nto . Me hub ie ra gus tado mucho presenciar cómo se hundía poco a poco hasta el cuello, asomando sólo la cabeza sobre la superficie del

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agua. Pe ro nunca tuve la sue rte de pod e r se r testigo de s emejante espectáculo. El barquero llegaba siempre a la otra orilla, recogía su carga y regresaba al embarcadero. Poco después, volví a aquella habitación subterránea con los dos lamas. ¡Lobsang! — dijo el Lama Médico —. Cuando vayas a ex am i na r a u n pa ci en te , hombre o mu je r, deb es te ne r la m á s c o m p l e t a s e g u r i d a d d e q u e p o d r á s a y u d a r l e a d e s n u darse. ¡Honorable Lama Médico! — dije desconcertado — . N o c re o q u e s e a p re c i s o o b l i g a r a n a d i e a d e s nu d a r s e c o n este frío tan horrible. Puedo percibir con la mayor claridad s u a u r a s i n n e c e s i d a d d e q u e s e q u i t e u n a s o l a p r e n d a . . . Y , ¡ o h , re s p e ta b l e L a m a Mé d i c o ! , ¿c ó m o v o y a p e d i r a u n a mujer que se desnude? Sólo de pensarlo, mis ojos se extraviaron de horror. Mi rostro debió parecerles realmente cómico porque los dos lamas empezaron a reírse de mí. Sus carcajadas eran estrepitosas. Yo me sentí ridículo y aturdido. Podía ver cualq u i e r a u ra p e r f e c t a m e n te , s i n l a m e n o r d i f i c u l ta d y n o h a llaba ninguna razón para adoptar un sistema distinto al que había seguido hasta entonces. ¡Lobsang! — dijo el Lama Médico —. Tú eres

e x t r a ordinario, clarividente, pero hay muchas cosas que todavía n o h a s v i s to . C o n e l L a m a h i n d ú , n o s h i c i s t e u n a m a gn í fi ca demostración de tus facultades para interpretar el aura h u m a n a , p e r o n u n c a h a b r í a s p o d i d o d i a g n o s t i c a r s u a f e c ción hepática, si él no se hubiera quitado sus ropas. Medité sus palabras y me vi obligado a admitir que t e n í a ra z ó n . Y a h a b í a o b s e rv a d o a te n ta m e n te a l La m a hi nd ú a n te s d e q u e s e d e s nu d a ra y , a u nq u e me d i c u e n ta e n seguida de los rasgos fundamentales de su carácter y de su personalidad, no había sospechado siquiera que su hígado estuviera enfermo. Tienes razón, Honorable Lama Médico — le dije — . C r e o q u e ne c e s i t o q u e s i g a s i n s t ru y é n d o m e . —Cuando miras el aura de una persona — dijo mi Maestro, el Lama Mingyar Dondup — l o ú ni c o q u e d e -

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s e a s e s v e r s u a u ra . N o t e i n te re s a n l o s p e ns a m i e n to s d e la oveja que produjo la lana de que está hecho tu manto. Todas las auras están influidas por los objetos que interfieren sus irradiaciones. Aquí tienes una lámina de cristal. A fectará necesariamente cu anto veas a través de ella. Aunqu e s ea tran spa rente , a l te rará l a lu z , o me jo r d ic ho , el co lor de la luz que lo atraviese. Por ello, si miras a través d e u n c ri s t a l d e u n c o l o r d e t e r m i n a d o , e s t e c o l o r a l t e r a r á todas las vibraciones de los objetos que veas, no solamente e n s u s m a t i c e s c ro má t i c o s , s i no t a m b i é n e n l a i nt e ns i d a d de sus ritmos. Por ello, si una persona está vestida, su aura sufrirá ciertas alteraciones aparenciales determinadas por las ropas o por los adornos que lleve esta persona. M ed i té sus pa lab ras y comp re nd í qu e cua nto m e dec ía tenía que ser cierto. —Otra cosa muy importante — añadió —. Cada órgano del cuerpo proyecta su propia imagen — su propio estado de salud o de enfermedad — a lo etéreo. Y cuando el aura está libre de la influencia de las ropas, magnifica e intensifica su brillo auténtico. Con ello, te habrás convenc i d o d e q u e s i t i e ne s q u e e x a m i na r a u na p e rs o n a , l o m i s mo si está sana como si está enferma, deberás indicarle que debe desnudarse. Y si hace frío, Lobsang — añadió sonriendo —, deberás llevarla a un lugar más abrigado. —Honorable Lama — le dije —. Según me contaste hace tiempo, estás trabajando para crear un aparato que nos permitirá curar las enfermedades a través del aura. —Así es, Lobsang — respondió mi Maestro —. La enf e r m e d a d e s s ó l o u n a d i s c o rd a n c i a d e l a s v i b ra c i o n e s f í s i cas. Si un órgano tiene su ritmo de vibración molecular alterado, se considera que está enfermo. Si pudiéramos medir con exactitud la diferencia de vibración existente entre u n ó r ga n o e n fe rm o y u n o s a no , no s s e r í a f á c i l p ro c e d e r a la curación del órgano afectado restableciendo su ritmo n o rma l de v ibra ció n. En los c asos de trasto rnos men tale s , el cerebro recibe los habituales mensajes del Espíritu, pero no los interpreta correctamente. Por esa razón, las acciones resultantes difieren de las que suelen considedarse como

L A

C A V E R N A

D E

L O S

A N T E P A S A D O S

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normales en un ser humano. Si una persona no puede razonar o actuar normalmente, se dice que padece desequilibrio mental. Si podemos medir la magnitud del infraestímulo, también podremos ayudar a la persona que lo sufre a recuperar su equilibrio. Como consecuencia de un infraestímulo, las vibraciones pueden ser más bajas o más altas de lo normal y se manifiestan a través de ciertos desvaríos. Cualquier enfermedad que haya sido medida por este sistema, puede ser curada por él. El Gran Lama Médico intervino en ese momento. —A propósito — dijo —. El Lama Marfata discutió conmigo este problema y me aseguró que en algunos lugares de la India, en ciertos monasterios aislados, estaban l l e v a n d o a c a b o e x p e r i m e n t o s c o n u n a p a r a t o de alta tensión l l a m a d o . . . — v a c i l ó u n m o m e n t o y a ñ a d i ó — : . . . g e n e r a dor de Graaf. No tenía mucha seguridad en cuanto a los términos que u ti l i z a b a , p e ro , s i n d u d a a l g u n a , e s t a b a re a l i za nd o u n p o deroso esfuerzo para informarse con exactitud. — Es te ge ne rado r d esa rro l la al pa re cer u n voltaje ex tra o rd in a ri ame n te e lev ado co n u na co rri en te mu y p eque ña ... Y aplicándolo al cuerpo de una forma determinada incrementa considerablemente la intensidad del au ra, hasta tal p u n to , q u e i n c l u s o l o s me n o s c l a r i v i d e nt e s p u e d e n v e rl a . Ta m bi én me di jo que , ap rove ch ando es te s is tema , los fo tógrafos habían conseguido tomar fotografías del aura. —Sí — dijo mi Maestro asintiendo solemnemente —. También es posible ver el aura mediante un tinte especial, un líquido que se coloca entre dos láminas de cristal. Parece ser que muchas personas pueden verla, utilizando una i l u mi na c i ó n y u n fo nd o a d e c u a d o y mi ra nd o e l c u e rp o hu mano desnudo a través de esa pantalla. Yo les interrumpí en sus especulaciones. —Pero Honorables Señores! ¿Acaso es necesario utilizar todos esos trucos? Yo puedo ver el aura. ¿Por qué ellos no? Mi s do s m aes tros ri e ron nu ev ame nte y es ta ve z no c reyeron que fuera preciso explicarme la diferencia que existía

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e n t re l a s e ns e ñ a n za s q u e yo h a b í a re c i b i d o y l a s q u e r e c i bían la mayor parte de los hombres y mujeres del mundo. —Caminamos a ciegas todavía — dijo el Lama Médico —. Curamos a nuestros pacientes con hierbas, píldoras, pociones e intervenciones quirúrgicas. Somos lo mismo que c ie gos que trata n de e nco n tra r u n a l fi le r en un mo n tó n de arena. Quisiera poseer un aparato que permitiera a cualquier persona ver el aura humana con todos sus fallos, con el objeto de poder eliminar esos fallos que constituyen la causa real de las enfermedades. E l re s to d e l a s e m a na l o d e d i c a ro n a i nc re me n t a r m is co noc imie ntos po r med io d el hipno tis mo y de la telepatía. A u m e n t a ro n y p e r fe c c i o na ro n m i s p o d e re s y c o n v e rs a m o s interminablemente sobre los mejores sistemas para percibir el aura y sobre las posibilidades de construir un aparato que permitiera verla. Y la última noche que pasé en el Chakponi, asomado a la ventana de mi habitación, pensé que al día siguiente regresaría a nuestra lamasería y me vería obligado a pasar de nu evo la noche en el dormitorio colectivo, en compañía de todos los demás monjes. L a s l u c e s d e l V a l l e v i b ra b a n a l o l e j o s . L o s ú l t i m o s r a yos del sol poniente se filtraban entre las grietas de las montañas y descendían sobre los techos dorados como dedos de luz que reflejaban todos los colores del espectro. Azules, amarillos, rojos, verdes. Sus matices se iban oscureciendo poco a poco conforme avanzaban las sombras. Todo el Valle se vistió de un terciopelo azu lado, violáceo, pu rpúreo, qu e casi se palpaba. Desde mi ventana, abierta a la noche, llegaba hasta mí el aroma de los sauces y el perfume de las p la n tas de l j a rd ín de la la mas e rí a . Y la b ris a e rrante l le nó m is se ntido s de u n d el ic ioso o lo r a po le n y a flo res que s e abrían. El sol se ocultó por completo y los dedos de luz desaparecieron detrás de las cumbres de las montañas, reflejándose l e v e m e n te e n e l c i e l o c a d a v e z m á s o s c u ro y e n l a s nu b e s bajas, que quedaron teñidas de una leve púrpura. La noche incrementó su negrura mientras el astro rey se alejaba más y más de nosotros. Las tinieblas rojizas del firmamento se

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fueron llenando de remotos puntos de luz. Saturno. Venus. Marte. Y después apareció la luna menguante, con sus cicat r i c e s d e p i e dr a . Y u n a n u b e p e re z o s a c ru z ó f re n te a e l l a . Y me pareció que era una mujer que se estaba vistiendo, después de haberse quedado completamente desnuda para mostrar su aura. Volví la espalda a la ventana y me prometí a mí mismo no regatear ningún esfuerzo para seguir aumentando mis conocimientos a toda costa y para ayudar a todos los millones de seres humanos que sufrían en el mundo. Me acosté sobre el suelo de piedra, apoyé mi cabeza en mi manto enrollado y me quedé dormido en el acto.

CAPITULO IX

El silencio era profundo. La atmósfera, concentrada, intensa. De vez en cuando se escuchaba un susurro casi inaudible que turbaba sólo un instante la quietud absoluta de la Biblioteca. Contemplé, a mi alrededor, la larga hilera de fig u ras in móv ile s , envu e l tas e n su s m a nto s , s en t adas en el su elo en ac ti tu d ríg ida . Eran ho mb res sum idos en ho ndas meditaciones, concentrados en los acontecimientos del mundo ex te rio r, ¡má s i nte resado s en es e mundo "ex te rio r" qu e en nuestro mundo! Mis ojos lo observaban todo atentamente, recorriendo, una tras otra, aquellas figuras augustas. Aquí, un Superior procedente de un distrito remoto. Allá, un lama v es tido pob rem ente , hum ilde me nte , que hab ía de sce nd ido de las montañas. Inconscientemente, aparté una de las mesas bajas con el objeto de tener más espacio. El silencio pesaba como si estuviera vivo. Parecía imposible que un grupo tan numeroso de hombres pudiera mantenerse tan silencioso. "¡Crash!". El silencio fue turbado de pronto. Intenté l ev an ta rme y , e n a que l mome nto , a l gui en c ayó ju n to a mí . Era uno de los sirvientes de la Biblioteca. Había rodado por e l su elo . Lo s grue sos l ib ros , co n sus cubie rtas d e m ade ra , cayeron con él produciendo u n ruido estrepitoso. Entró en l a habitación con su precioso cargamento y tropezó en la mesa que yo había cambiado de lugar y cuya altura era tan sólo de unas diez y ocho pulgadas. Los monjes, solícitos, se apresuraron a recoger los libros, s acud ie ndo el po lvo que habí a qued ado adhe rido a sus cubiertas. En el Tibet, los libros son un objeto de veneración

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porque constituyen un depósito de conocimientos. Nunca s o n m a l t ra ta d o s ni ma ne j a d o s i rr e v e re n te m e n te . P o r e l l o , l o s mo n j e s s e o c u p a b a n c u i d a d o s a m e n t e d e e l l o s y n o d e l h o m b r e q u e s e h a b í a c a í d o . A p a r té l a m e s a . ¡ F u e u n m i l a g ro! ¡Nad ie pensó qu e yo e ra e l cu lpab le de todo! El bib liotecario, aturdido, se rascaba la cabeza tratando de descubrir la razón de su caída. Como yo no estaba cerca de él, era i m p o s i b l e q u e h u b i e ra t ro p e z a d o e n m í . S a l i ó nu e v a m e n t e de la habitación sacudiendo la cabeza asombrado. La calma quedó restablecida y los lamas prosiguieron su lectura. Durante los días que trabajé en la cocina, me desacredité absolu tamente para ese tipo de actividades. Por ello me hab í a n e x c l u i d o p o r c o m p l e to d e e l l a s . Y é s a e r a l a ra z ó n d e que cuando tenía que dedicarme a tareas "serviles", me enviaran a la B iblioteca con el encargo de qu itar el polvo a las cubiertas de madera y mantenerlo todo limpio. Los lib ros tibe ta nos so n g rand es y pes ados . Sus es tu c he s es tá n llenos de complicadas tallas con el título y algunas figuras. El trabajo era du ro. Era preciso levantarlos y llevarlos, sin hacer ruido, a mi mesa para devolverlos de nuevo a sus estanterías, una vez limpios. El bibliotecario era muy meticu loso . Lo exam i naba t odo es c rupulo sam ent e p a ra comprob a r s i lo s hab ía l imp iad o b ien . A lgu nos d e l o s es tuc he s d e madera contenían revistas y diarios de otros países. A pesar de que no comp re nd ía u na so la pa lab ra , me resu l taba rea lmente agradable contemplarlos. Algu nos de aquellos viejos periódicos extranjeros tenían fotografías y, siempre que podía, les echaba una mirada. Mi curiosidad por ellas aumentaba cada vez que el bibliotecario me prohibía mirarlos y yo aprovechaba su ausencia para hacerlo. L a s f o t o g ra fí a s d e v e h í c u l o s d e r u e d a s m e f a s c i na b a n . N a t u r a l m e n t e , e n e l Ti b e t n o e x i s t í a a q u e l t i p o d e v e h í c u los. Nuestras Profecías aseguraban que "el principio del fin" llegaría cuando las ru edas se apoderaran del Tibet porq u e e nto n c e s nu e s tro p a í s s e rí a i nv a d i d o y d o m i na d o po r u n a fu e rz a m a l é f i c a q u e s e e x te nd e r í a p o r to d o e l p l a ne t a como un cáncer. A pesar de las Profecías, teníamos la esperanza de que las grandes naciones — ¡tan poderosas! — no

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se sintieran interesadas por nuestro pequeño país, libre de ambiciones territoriales y de intenciones bélicas. L o co n te mpl aba todo fa sc inado . E n u na de a que l las rev is tas (na tu ra lm ent e , no recue rdo su no mb re ) v i u na s erie d e fo to g ra fía s qu e mos t r ab a n có mo se imp ri m ía n lo s p e rió dicos. Grandes máquinas rotativas. Engranajes. Los hombres trabajaban como si se hubieran vuelto locos. En el Tibet era completamente distinto. Trabajábamos por amor a nuestro oficio, por el simple placer de realizar bien nuestro trabajo. Ningún pensamiento comercial movía las manos de nuestros artesanos. Nosotros hacíamos las cosas de otra forma. I mp ri mí amos los l ib ro s en la a ld e a d e S KI . L o s mon je s g ra b a d o re s , c o n g ra n ha b i l i d a d , c o n l a l e n t i tu d ne c e s a ri a pa ra co ns egu ir l a máx im a exa c ti tu d y pe rf e cc ión, ta ll aba n los caracteres tibetanos en madera fina. Una vez realizado ese delicado trabajo, las tallas eran pulidas hasta quedar co mpl e tam ente l imp ia s d e aspe rez as . Despué s , se comp rob ab a l a f ide l id ad d el tex to pa r a ev i ta r pos ib les e r ro r es . E l tiempo no importaba. Sólo importaba la seguridad y la precisión. Luego, las planchas de madera, talladas, limpias y comprobadas, eran entregadas a los monjes impresores que impregnaban de tinta los huecos de las letras y de las figuras. N atu ralmente, el texto había sido grabado al revés, con las palabras invertidas para que al ser impresas resultaran inteligibles. Tras comprobar que todos los relieves habían qued a d o re c u b i e rto s d e ti n ta , s e c o l o c a b a s o b re l a s p l a n c ha s una hoja de papel grueso parecido a los papiros de Egipto. Se pasaba un rodillo sobre la parte posterior de la hoja, presionando suavemente, y después, rápidamente, se separab a e l p ape l de l a p la nc ha de mad e ra . Los mo nj es i nspe ctores examinaban y comprobaban la página cuidadosamente co n e l ob je to de desc u b ri r los po sib le s e rro re s o de fec tos . En c aso de ser as í , el pap el e ra e mpaqu e tado y gua rd ado , pero nu nca raspado para enmendar sus posibles faltas, ni tampoco quemado.

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L as pa lab ras imp resa s tie nen u n ca rác te r c as i sa g rado e n e l Ti b e t y s e c o ns i d e ra un i ns u l to a l a c i e n c i a d e s t ru i r por cualquier medio los papeles donde se han escrito textos científicos o religiosos. Por esta razón, a lo largo de muchos a ñ o s , s e h a n a c u m u l a d o e n e l Ti b e t g r a n d e s p a q u e t e s d e h oj as de p ape l qu e co n ti en en a vec es impe rfe cc ion es insi gnificantes. Cu ando se considera que la impresión es satisfactoria, los impresores reciben la orden de "seguir adelante". Ento nce s s e s igu e n imp rim ie ndo nu e vas ho jas y cada u na de ellas es sometida al mismo proceso minucioso de comprobación. Yo les observaba trabajar a menudo. Y en el curso de mis estudios, tuve que hacer algunas veces aquellas tareas. Y había aprendido a tallar, pulir, humedecer los huecos con tinta, imprimir y revisar todas esas operaciones. Los libros tibetanos, a diferencia de los occidentales, no s e e nc u a d e r n a b a n . S o n m u y l a r g o s . O t a l v e z s e r í a m e j o r decir que son muy anchos y muy bajos ya que cada línea tibetana puede tener varios pies de longitud, mientras que la altura de cada página tiene un pie escasamente. Después de ser impresas y comprobadas, las páginas se extienden con cuidado y se dejan secar durante mucho tiempo porque n un ca te ne mos p r is a . U na ve z s eca s , se un e n pa ra fo r ma r l os l ib ros . Sobre un a m ade ra fi na se va n co loca ndo la s pá g i na s o rde nada me n te . D espué s , s e co loc a e nci ma o tra m ad e ra q u e s i rv e d e c u b i e r ta . E s ta s e gu n d a c u b i e r ta e s má s gruesa y suele tener complicados relieves, con el título y la r ep r ese n ta ció n g r á f ica d e al gu nos d e lo s p a sa jes . E n c ad a cubierta se colocan dos cintas que se atan sólidamente para que el libro quede cerrado y las hojas sujetas con seguridad en su interior. Los libros que se consideran más valiosos se e nvu el ve n ta mb ié n e n seda y s e le s co loc a e l se llo ade cuado destinado a mantener cerrada obra tan cuidadosamente impresa, que solamente podrá ser abierta y consultada por los que tengan la suficiente autoridad para ello. O b s e rv é q u e mu c h a s d e l a s fo to gr a f í a s d e l a s re v i s ta s oc cid ent al es pe rten ec ía n a mu je res c as i de snud as y pensé que debía tratarse de países muy cálidos ya que de no ser

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así no hubiera tenido objeto mantenerse en semejante estado de desnudez. Otras fotografías mostraban a algunas personas t e n d i d a s e n e l s u e l o , t a l v e z m u e r ta s . J u nt o a e l l a s , s o l í a erguirse orgullosamente, con el rostro lleno de maldad y de o d io , al gú n homb r e qu e so s te nía e n su s ma nos u n ex t raño tubo de metal qu e humeaba. Siempre me resultó imposible comprender aquellas cosas que parecían estar destinadas a de mos tra r — se gú n tod as la s a pa rie nc ias — q ue l a d is tra cción favorita de los occidentales consistía precisamente en matarse unos a otros. Después, llegaban unos hombres realm e n te c o r p u l e n t o s , v e s t i d o s d e u n a f o r m a m u y e x t r a ñ a , y colocaban unos objetos de metal en las muñecas de los que sujetaban aquel tubo que vomitaba fuego. Las mujeres desnudas no me turbaron en modo alguno, ni despertaron en mí ningún interés especial. Los budistas, l os hindú es y e n ge ne ral todos lo s o rie n ta le s , e s tamo s con vencidos de que el sexo es algo absolutamente necesario en la vida humana. Sabemos que las experiencias sexuales const i t u y e n p o s i b l e m e n te l a fo rm a má s e l e v a d a d e é x t a s i s q u e los seres humanos pueden alcanzar en este mundo. Esa es l a ra zón de que mu ch as de nue s tras p in tu ra s rel i gio sas re presenten a un hombre y a una mu jer — que generalmente s imbo l iz an a un d ios y a u na dio sa — u n idos e n el m ás es tre cho de los ab razo s . Las re al idad es d e la v ida y de l na ci m ie nto so n tan co noc idas po r todos noso tros que no ex is te ninguna necesidad de ocultarlas o disimularlas, sino que procuramos mostrarlas con el mayor realismo. Todo ello no pued e co ns idera rse po rnog ráf i co ni i ndec ente . Sin dud a al g un a , es la fo rma má s ade cu ad a p a ra i ndi ca r qu e la u nión d e l a mu j e r y e l ho mb re p rod u c e c i e r ta s s e ns a c i o n e s e s p e cíficas, simbolizando al mismo tiempo el hecho de que, a t r a v é s d e l a u n i ó n d e s u s a l m a s , p u e d e n e x p e ri m e n ta r u n placer aú n mayor, au nque, natu ralmente, eso no puede ser conseguido por completo en este mundo. Como consecuencia de algunas conversaciones que tuve o c a s i ó n d e s o s te ne r c o n v a ri o s c o me rc i a nte s e n l a c i u d a d de Lhasa y en la aldea de Shó, así como con los que se sentaban a descansar cerca de la Puerta Occidental, me en-

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t e ré , c o n g ra n a s o m b ro p o r m i p a r te , d e q u e e n e l m u nd o occidental se consideraba indecente mostrarse desnudos ante l o s d e m á s . Me r e s u l t a b a i m p o s i b l e c o mp re nd e r e s e h e c ho ya que la más elemental realidad de la vida es precisamente la existencia de ambos sexos. Recuerdo lo que hablé con un viejo comerciante que hacía frecuentemente el recorrido entre Lhasa y la localidad india de Kalimpong. Fui a verle varias veces a la Puerta Occidental para saludarle y desearle u na fe li z es tan c ia e n nues tro pa ís . C o nv e rs ábamo s y yo l e explicaba cosas de Lhasa y él me informaba sobre los acontecimientos del extranjero. Y en varias ocasiones, trajo libros y periódicos para mi Maestro, el Lama Mingyar Dondup, que me entregaba a mí para que yo se los llevara. Uno de los días en que fui a verle, me dijo: — Te h e h a b l a d o y a m u c h a s v e c e s d e l o s o c c i d e n t a l e s , pero la realidad es que yo todavía no he conseguido comp renderlos. Un o de su s p rov e rbio s , sob re todo , me re su l ta desconcertante. Dicen que "el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios" y, sin embargo, sienten vergüenza de mostrarse desnudos. ¿Significa esto que se avergüenzan de Dios? Me contempló como interrogándome pero yo, completa me nte desconce rtado , no pude respo nder a su p re gun ta . D ios es la máx ima pe rfe cc ión y , s i el homb re es t á hec ho a su imagen y semejanza, resulta realmente absurdo sentirse avergonzado ante una imagen de D ios. Nosotros, a quienes e l l o s l l a m a n p a g a n o s , n o s e n t i m o s v e r g ü e n z a d e n u e s t ro s cuerpos porque sabemos que sin el sexo la raza humana no podría perpetuarse. Por otra parte, estamos absolu tamente convencidos de que el sexo, en ciertas circunstancias, constituye una forma muy eficaz para aumentar la espiritualidad de los seres humanos. Mi perplejidad llegó a su punto culminante, cuando supe que muchos matrimonios, que a veces llevaban casados muchos años, no se habían visto nunca desnudos. Cuando supe que "hacían el amor" con las ventanas cerradas y a oscuras, creí qu e se estaba burlando de mí, que me tomaba por un tonto, ignorante de las cosas de la vida. Por ello, decidí

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interrogar a mi Maestro, el Lama Mingyar Dondup, en la primera ocasión que se presentara, sobre las concepciones sexuales de Occidente. Abandoné la Puerta Occidental y corrí hacia el Chakpori, por un atajo estrecho y peligroso que nosotros, los niños de la lamasería, utilizábamos en lugar del sendero habitual. Aquel atajo hubiera causado terror incluso a un montañero y, algunas veces, también nos lo causaba a nosotros. Sin embargo, ir por aquel atajo siempre que no nos a compa ña ran nues tro s sup eri o res , se h abí a con ve rtido en u na cues tió n de ho no r p a ra todo s noso tros . E ra nec esa ri o trepar por las rocas escarpadas, atravesar estrechos caminos q u e b o rd e a b a n p e l i g ro s a m e n te b a r ra n c o s y d e s f i l a d e ro s y llevar a cabo auténticas proezas de alpinismo qu e ninguna persona en su sano juicio se hubiera decidido a realizar por mucho dinero que le ofrecieran a cambio de ello. Por fin, llegué a la cima y me introduje en el Chakpori, también por una entrada que sólo nosotros conocíamos y que nos podía costar una bu ena paliza de los vigilantes en caso de ser descubiertos. Llegué al patio interior de la lamasería mucho más fatigado que si hubiese utilizado el sendero "ortodoxo", pero — ¡eso sí! — mi honor estaba a s al vo . H abí a co nse gu ido subi r en me nos tie mpo d el que a lgunos de mis compañeros utilizaban para descender. Limpié mi manto del polvo y de las piedrecillas, vacié mi plato en el que habían caído numerosas briznas de hierba y cuando me pareció que mi aspecto era más normal, fui en busca de mi Maestro, el Lama Mingyar Dondup. Al volver u n a d e l a s e s q u i na s , l o v i q u e s e a l e j a b a y m e a p re s u r é a llamarle. —¡Eh! ¡Honorable Lama! S e d e tuvo , volv ió la cab ez a y s e a ce rcó a m í , cosa que , sin du da alguna, nadie hubiera hecho en el Chakpori. Pero él trataba a todo el mundo de igual modo, lo mismo a los hombres que a los niños, y acostumbraba a decir que no es la forma externa, ni el cuerpo, lo que tiene importancia, s i n o l o q u e h a y d e n t ro d e é s t e , l o q u e c o n tr o l a re a l m e nt e el cuerpo. Debo añadir que mi Maestro había sido en una

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v i d a a n t e r i o r u n G r a n H o m b r e , c u y a r e e nc a r n a c i ó n f u e f á cilmente reconocida cu ando volvió a la tierra de nu evo. Su humildad y el hecho de que respetara en todo momento los s entimie n tos de los que "no e ran tan g ra nde s " como él , e s decir, de sus inferiores, constituyó siempre para mí un ejemplo inolvidable. —¿Qué sucede, Lobsang? — me preguntó —. Ya te he visto subir por el sendero prohibido. Si yo fuera un vigilante te habría dado unos buenos palos en cierto sitio para que te vieras obligado a estar sin poder sentarte durante muchas horas — dijo sonriente —. Sin embargo, debo reconocer que, cu ando t e ní a tu edad , yo hice lo m is mo que tú muc has ve c es . E inclu so a ho ra , que ya n o puedo ha ce rlo , s ie nto u na especie de nostalgia prohibida al ver cómo vosotros recorréis el atajo. En fin, veamos a qué viene tanta prisa. —Honorable Lama — le dije —. Me han contado cosas horribles sobre las personas del mundo occidental, y mi mente está un poco embrollada porque sospecho que han intentado burlarse de mí. En realidad, ignoro si me han tomado por un tonto o, por el contrario, es cierto todo cuanto me han dicho. —Ven conmigo, Lobsang — dijo mi Maestro —. Voy a mi h a b i ta c i ó n . M i in te nc ió n e ra d e d i ca r u no s m i n u to s a la meditación. Pero, si quieres, podemos analizar todas esas cosas. Ya meditaré más tarde. Nos dirigimos a su habitación, cuya ventana se abría sob re e l Pa rque d e l as Joy as. E ntramos , pe ro , en lu ga r de sentarse, lo primero que hizo fue pedir té. Después, nos acercamos a la ventana y contemplamos la maravillosa perspe c ti va d e a que l la reg ió n. S in duda a lgu na, e ra aqu e l u no de los lugares más hermosos del mundo. Debajo de nosotros, a la iz qui e rda , es taba e l frondoso bos que co noc ido ba jo el nombre de Norbu Linga o Parque de las Joyas. El agua l í m p i d a l a n z a b a d e s t e l l o s e n t re l o s á rb o l e s y , e n u na i s l a d e l i c i o s a , e l p e q u e ño Te m p l o d e l P ro fu n d o re f l e j a b a e l s o l s o b re s u te c ho . A l g u i e n e s ta b a a t ra v e s a nd o e l c a p ri c ho so sendero trazado en el agua por una serie de piedras planas, separadas unas de otras cuidadosamente, con el objeto de

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q u e l a c o r r i e n t e y l o s p e c e s q u e é s t a a r ra s t r a b a p u d i e ra n pasar libremente entre ellas. Miré atentamente y me pareció que se trataba de uno de los altos dignatarios del gobierno. Durante un buen rato, estuvimos los dos juntos ante la v e n ta n a , c o n te m p l a n d o e l p a no r a m a q u e s e e x te nd í a b a j o nuestros ojos. El Río Venturoso se agitaba en una danza de espumas como si sintiera la alegría de vivir un día tan hermoso. Veíamos también el embarcadero, uno de mis lugares predilectos. Contemplar al barquero atravesando las aguas sobre su barca rodeada de vejigas hinchadas hasta alcanzar la otra orilla, siempre constituía para mí un espectáculo maravilloso que me llenaba de una satisfacción inenarrable. Debajo de nosotros, entre la lamasería y e] Norbu Linga, los pe regrinos cam in aban pe rezo sam ente po r el cam ino de Lingkor. No miraban hacia nuestro Chakpori. Sin embargo, o b s e rv a b a n c on l a m a y o r a te n c i ó n El P a rq u e d e l a s J o y a s co n la e spe ra nz a de pod e r ver a l go i nte resante po rqu e p robablemente sabían que el Profundo estaba allí. También veíamos el Kashya Linga, un parque pequeño pero lleno de u n frondoso arbolado, cercano al camino del Embarcadero. U n p e q u e ño s e nd e ro c o nd u c í a d e s d e e l c a m i no d e Li n g ko r h as ta e l K y i C h u . Lo r eco r r ía n los v ia je ro s qu e te ní an que utilizar los servicios del barquero y también aquellos que se dirigían al Jardín de los Lamas qu e estaba en el otro extremo del Embarcadero. El sirviente nos trajo té y comida abundante. —Ven, Lobsang — dijo mi Maestro, el Lama Mingyar Do ndup — . Vamo s a come r po rqu e lo s homb re s qu e ti en en que discutir algún problema no deben tener el estómago vacío, pues ello equivaldría a correr el riesgo de que sus cerebros parecieran también estar vacíos. Se sentó en uno de los toscos almohadones que en el Ti b e t u tilizamos en lu ga r de s i llas, pu esto q ue noso tros te nemos la costumbre de sentarnos en el suelo con las piernas c ru zad as . Una v e z se n tado , me i nd icó con u n ges to que yo h i ci e ra lo m ismo , o rd e n que e je cu té con la ma yo r p re mu ra y a qu e e l esp ec tácu lo d e la co mid a si emp re m e es timu laba muy favorablemente. Comimos silenciosos. En el Tibet se

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considera incorrecto, especialmente entre los monjes, hablar o hacer ruido cuando nos hallamos ante la comida. Los monjes comen en silencio cuando están solos, pero cuando s e t ra ta d e u n a c o n g r e ga c i ó n d e v a r i o s m o n j e s , u n Le c to r r e ci t a e n vo z a l ta al gu nos pa sa jes d e lo s L ib ro s S ag r ado s . El Lector suele colocarse en un lugar elevado desde donde, además de leer, puede observar a los monjes y descubrir a aquellos que, demasiado abstraídos en la comida, no a ti e n d e n a d e c u a d a m e n te s u l e c t u ra . G e n e r a l m e n t e , s u e l e haber un monje vigilante con el objeto de impedir que nad ie hab le a exc epc ión d el Lec to r. Pe ro noso tros es táb amos s o l o s . I n t e rc a m b i a m o s a l g u n a s p a l a b r a s p o rq u e s a b í a m o s que las antiguas costumbres, y entre ellas la de guardar silencio durante las comidas, constituían una disciplina muy necesaria cuando se reunía un grupo de numerosas personas pero resultaban u n poco superfluas cu ando, como en nu estro c aso , s e tra taba so la me nte d e un pa r de p e rso nas . Por esta razón me sentí muy satisfecho de poder considerarme co m o e l co m pa ñe ro d e u no d e los ho mb res au té n ti cam ente grandes de mi país. —¡Bien, Lobsang! — dijo mi Maestro cuando terminamos de comer —. Dime. ¿Qué es lo que tanto te preocupa? —¡Honorable Lama! — le dije excitado —. He estado hablando unos momentos con un mercader en la Puerta Occidental y me ha contado algunas cosas realmente sorprendentes acerca de los hombres de Occidente. Asegura que ellos consideran obscenas algunas de nuestras pinturas religiosas. Y me ha dicho cosas increíbles sobre sus costumbres sexuales. No sé si se estuvo mofando de mí. Durante unos instantes, mi Maestro me contempló pensativo. —Lobsang — me dijo —. Tratar esta cuestión nos llev a rá m ás d e un a ses ió n. Y es ca si la ho ra de l s e rv ic io re li g i o s o . S i te p a r e c e , d e m o m e n t o , d i s c u ti re mo s s ó l o u n a s pecto del problema. ¿Estás de acuerdo? Asentí lleno de ansiedad ya que me sentía bastante desc o nc e rt a d o c o m o c o n s e c u e n c i a d e a q u e l l a s r e c i e n te s re v e laciones.

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LOBSANG RAMPA —La razón de todo — dijo mi Maestro — es de tipo

religioso. La religión de Occidente es distinta a la de Oriente. Vamos a analizar de qué forma influye en todas esas cosas. Se ajustó el manto para sentirse más cómodo y agitó la campanilla para que el sirviente limpiara la mesa. Después, volviéndose hacia mí, inició una disertación que me pareció de un interés fascinante. —Lobsang — dijo —. Vamos a establecer el paralelismo existente entre una de las religiones occidentales y nuestra re l ig ió n bu d is ta . Tú y a sabes , po rque lo ha s ap rend ido e n el curso de tus estudios, que las Enseñanzas de nuestro Señ o r G au ta na ha n s ido al te rada s al gu nas ve ces co n e l p aso d e l t i e mp o . A lo l a r g o d e l o s s i g l o s q u e ha n tr a ns c u r ri d o de sde qu e G auta na pasó po r e s ta tie rra y al ca nzó la I lumi nación Última, las doctrinas que Él predicó personalmente han sufrido ciertos cambios. Algunos opinamos que esos cambios han sido negativos. Otros, sin embargo, creen que, con ello, sus enseñanzas se han adaptado a las necesidades reales de nuestro tiempo. M e mi ró p a ra co mp roba r si l e comp rend ía y e scuc h aba sus palabras con atención. Al darse cuenta de que así era, continuó: —N o so tros tuvi mos nue s tro G ra n Se r, a l qu e l lam amos G a u ta n a y a l q u e a l g u n o s l l a m a n El B u d a . L o s c r i s ti a n os tuvieron también su Gran Ser que les expuso sus Doctrinas. L a l e y e n d a y , e n r e a l i d a d , t o d a s l a s i nv e s t i g a c i o n e s h i s tó r i c a s re a l i za d a s h a s ta l a fe c h a p ru e b a n q u e e s e G r a n Se r que, según sus Libros Sagrados, se retiró al desierto, lo que hizo en realidad fue visitar la India y el Tibet, en busca de la Ve rdad , e n bus ca de unas en se ña nz as rel i gio sas ade cu adas a l a me nta l idad y a l a esp i ri tu al idad oc cide n tales . Llegó a Lhasa y visitó nuestro Gran Templo, el Jo Kang. D e s p u é s , re gre s ó a O c c i d e n t e y p re d i c ó u n a a d m i r a b l e r e ligión que cuadraba perfectamente a los occidentales. Pero cuando ese Gran Ser — como nuestro Gautana — abandonó la Tierra, se produjeron ciertas disensiones en la Iglesia Cristiana. Unos sesenta años después de su muerte, se celebró un Concilio en Constantinopla que introdujo ciertas

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m o d i f i c a c i o ne s e n e l d o gm a y e n l a s c re e nc i a s c r i s ti a na s . Y , a l pa re ce r, a lg u no s d e lo s mo njes de aque l la époc a co ns ide ra ron qu e e ra ne ces a rio re cu rri r a l a to rtu ra co n e l objeto de mantener el orden en las comunidades más rebeldes. Me miró de nuevo para ver si le escuchaba. Yo le aseguré que no sólo le escuchaba, sino que lo hacía con el mayor interés. Los mujeres, hombres no lo mismo que que celebraron la menor con sucede ese Concilio por de de las C o n s tantinopla sentían simpatía

algunos

nuestros

monjes, quienes t a n s ó l o c o n p e n s a r e n u n a m u j e r s e p o n e n e n f e r m o s . L a mayor parte de aquellos hombres consideraban al sexo como algo impuro, como algo necesario solamente para perpetuar la especie. Sin duda alguna, no tenían grandes necesidades sexu al es , s i no o tro tipo de nece sid ades e s t ri c tam en t e e spir i t ua le s . N o lo sé co n exa c ti tu d , pe ro l a re al idad e s que e l sexo era para ellos algo sucio, algo que había sido producido por el espíritu del mal. Y aseguraban que los niños llegaban sucios al mundo y no podían aspirar a la salvación a no ser que antes quedaran limpios. Guardó silencio unos instantes, pensativo. − Ignoro cuáles eran sus ideas en lo que se refiere a los millones de niños que nacieron antes del Concilio de Constantinopla! — añadió sonriendo —. Quiero que comprendas, Lobsang, qu e te estoy dando una interpretación pu ramente p e rs o n a l d e l C ri s t i a n i s m o . E s m u y p o s i b l e q u e c u a nd o tú tengas que vivir entre los cristianos, obtengas una impresión muy distinta que te obligue a rectificar mis enseñanzas. S o na ro n l a s tro mp a s y l o s c u e rno s d e l Te m p l o . En to r no a n o s o t ro s , s e e s c u c h a b a n l o s p a s o s y l a s v o c e s d e l os monjes que, obedientes, acudían al servicio. Nos pusimos en pie, sacudimos nuestros mantos y también salimos de nuestra habitación. Ven me dijo a verme mi después a la del Servicio, del Lobsang Templo — —. Maestro entrada

S e g u i r e m o s h a blando. Me senté entre mis compañeros. Recité mis plegarias y di las gracias a mi Dios propio y particular por haberme

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LOBSANG RAMPA

hecho tibetano, lo mismo que a mi Maestro, el Lama Mingyar Dondup. Era hermoso ver el viejo Templo trascendiendo de aquella atmósfera de devoción, con las leves columnas de incienso que se elevaban y nos ponían en contacto con los seres exist e n te s en o tras d ime ns io nes . E l o lo r d e l i nc ie nso no e s solamente agradable y "desinfectante". Es una fuerza viviente, una fuerza que, según el tipo de incienso utilizado, nos permite controlar el ritmo de las vibraciones de todo cuanto existe. Y aquella noche, en el Templo, el incienso se difundía e n e l a i re y lo l l enaba de u n a ro ma su ave y a n tigu o . Yo mi raba a los muchachos de mi grupo en las tinieblas que i nu ndab an el re ci n to s agrado . Se e scuc haba n los c ánticos profundos de los lamas acompañados, algunas veces, por el so n id o d e l as c ampa na s de p la ta . Un monj e j ap o nés s e h allaba entre nosotros. Había llegado a nuestro país después d e h a b e r p a s a d o a l g ú n ti e mp o e n l a I nd i a . E n s u p a í s e ra una persona muy importante y había traído consigo algunos de esos tambores de madera que en la religión japonesa representan un papel tan esencial. Quedé maravillado al comprobar su habilidad para arrancar a sus tambores una rica gama de sonidos. Me parecía asombroso que, golpeando sus instrumentos de madera, le fuera posible producir aquellas armonías increíbles. Se acompañaba también con unas campanas de plata cuyos ecos se mezclaban a los de las c ampa na s de l os l ama s y a la s no tas p ro fun das de l a g ran caracola del Templo que sonaba de vez en cuando. Todo el Templo vibraba. Los muros se estremecían y las tinieblas de los lugares más apartados parecían transfigurarse en rostros y siluetas de lamas que habían muerto hacía ya mucho tiempo. C u a n d o e l s e rv i c i o t e r m i n ó , c o m o h a b í a mo s a c o r d a d o al separarnos, acudí nuevamente a la habitación de mi Maestro, el Lama Mingyar Dondup. —¡N o te has retrasado, Lobsang! — me dijo mi Maestro sonriendo —. ¡Creí qu e tal vez ibas a entretenerte un poco para hacer una de tus innumerables comidas!

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—No, Honorable Lama — le dije —. Siento grandes deseos de recibir tu s enseñanzas. Confieso que las concepciones sexuales de Occidente me han asombrado e interesado desde el primer momento. —¡El sexo es algo que suscita el mayor interés en todas partes! — me respondió riendo —. No hay qu e olvidar qu e, en resumidas cuentas, es él el que mantiene poblada la tierra. Iremos ampliando el tema paulatinamente. —H o no ra b l e La m a — l e d i j e — . Una v e z me d i j i s te q u e e l s e x o e ra l a s e g u n d a fu e rza d e l m u nd o . ¿ Q u é s i g ni f i c a n esas palabras? Si el sexo es tan necesario para mantener el mu ndo poblado, ¿cómo no consideras qu e es la fuerza más importante? No, Lobsang — dijo mi Maestro —. La fuerza m á s poderosa del mundo no es el sexo, sino la imaginación, porque sin ella no existiría el impulso sexual. Si no fuera por la i m a g i n a c i ó n , e l h o m b r e n o s e n t i r í a e l m e n o r i n t e r é s p o r la mujer, ni habría escritores, ni artistas, ¡ni nada que fuera positivo y bueno! —Pero Honorable Lama — respondí —. Tú has dicho qu e la i ma gi na ció n es neces a ri a p a ra el s exo . Si e s cie rto , ¿qué sucede entonces con los animales? Los animales poseen también imaginación, L o b s a n g — repuso mi Maestro sin vacilar —. Lo mismo que los seres humanos. Hay mucha gente que está convencida de que los animales son seres irracionales que carecen de inteligencia p o r c o m p l e t o . P e r o y o , q u e p o r m i e d a d t e n g o gran experiencia, te aseguro que no es así. — Me miró e h i z o c h a s quear sus dedos. — Tú sientes gran afecto por los gatos del Te m p l o . ¿ Se rí a s c a p a z d e a f i r m a r q u e c a r e c e n d e i m a g i na c i ó n ? H a b l a s c o n e l l o s y l o s a c a r i c i a s . Y c u a n d o t e h a s mos tra do c a ri ñoso co n el lo s , te e spe ran y te reco noce n. Si se tratara de simples reflejos condicionales, si se tratara sol a me n te d e há b i to s me n ta l e s , n o b a s t a rí a c o n h a b l a rl e s y acariciarles una sola vez para que te reconocieran, sino que s e rí a ne ces a rio h ace rlo mu chas v ece s co n obj e to de que e l reflejo condicionado se creara en sus cerebros. Sí, Lobsang, sí. Los animales tienen imaginación. Imaginan el placer

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que recibirán de su pareja ¡y entonces ocurre lo inevitable! R e flex ioné sobre a que ll a cues tió n, med i té l as pa lab ras de mi Maestro y me di cuenta de que tenía razón. Yo había visto que las aves agitaban sus alas de una forma parecida a como las mujeres mueven sus ojos. Se mostraban llenas de ansiedad mientras esperaban que sus compañeros regresaran a l n i d o t ra y é nd o l e s a l g u n o s a l i m e n to s . Y re c o rd a b a l a a l e gría con que recibían a éstos cuando regresaban. Era evidente que los animales tenían imaginación. Comprendía que las afirmaciones de mi Maestro eran acertadas. Realmente, la imaginación era la fuerza más poderosa que existía sobre la tierra. — Uno d e l o s m e rc a d e re s m e a s e gu ró q u e l a s p e rs o n a s interesadas en los conocimientos ocultos son las que se oponen al sexo más violentamente — le dije —. ¿Es eso cierto, Honorable Lama, o se burlaron de mí? Me dijeron tantas co sas ex tra ña s q u e , en rea l idad , no sé qu é pe nsa r de todo esto. El Lama Mingyar Dondup agitó la cabeza. —Es cierto, Lobsang — me respondió lleno de tristeza —. Hay muchas personas que se ocupan con gran interés d e l c o no c i m i e n to o c u l to y q u e s e m u e s t ra n v i o l e n ta m e nte opue s tas al sexo . Pe ro exis te u na ra zó n espe ci al que lo exp li ca todo . Y a te d i je e n u na oc as ión qu e los g ra nde s ocu ltistas no son personas normales. Hay algo que falla dentro de ellos. Una persona puede padecer una gran enfermedad, como la tuberculosis o el cáncer o algo parecido. Puede ser v íc tim a d e u n des equ ilib rio nervioso ... Cualqu ie ra d e esas e n f e r m e d a d e s i nc re m e n ta s u c a p a c i d a d d e p e rc e p c i ó n m e tafísica. — Arrugó el entrecejo y añadió: — Hay personas que consideran que el impulso sexual constituye un extraordinario manantial de energía. Y utilizan todos los medios a su alcance para sublimar esa energía sexual, para incrementar su fuerza espiritual. Cuando los seres humanos renuncian a a l g u n a c o s a , s e c o n v i e r te n e n l o s e n e m i g o s i rr e c o n c i l i a bles de aquello a lo que han renunciado. Los alcohólicos regenerados suelen ser los mayores detractores de la bebida. Por ese mismo mecanismo psicológico, los seres humanos

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que han renunciado al sexo (¡posiblemente porque se sentían insatisfechos o imposibilitados para satisfacer a los demás!), buscan el refugio de las ciencias ocultas y dedican a las experiencias ocultas todas las energías que antes habían consagrado (con éxito o sin él) a las experiencias sexu ales. Pero desgraciadamente, tarde o temprano, sufren serios desequil ib rios y l le gan a l ex tremo de a fi rma r que e l p ro g reso e spi ritual solamente es alcanzable a través de la renuncia al s e x o . Si n e mb a rg o , e s a s a f i rm a c i o ne s s o n a b s u rd a s y d e s cabelladas. Las personas realmente grandes en lo espiritual pu eden al mismo tiempo vivir una vida normal y conseguir increíbles progresos metafísicos. E l G ran Lama Méd ico C hi n rob nobo e ntró p re ci sam ente en aquel momento. Después de los saludos de rigor, se sentó con nosotros. —Estaba explicando a Lobsang las relaciones existentes entre el sexo y el ocultismo — dijo mi Maestro. — ¡ A h , m u y b i e n! — d i j o e l L a m a C h i n r o b n o b o — . C re o que ya tiene edad para conocer esas cosas. Hace algún tiempo que lo vengo pensando. Mi Maestro continuó. —Es evidente que los que usan moderadamente del sexo, como debe hacerse, incrementan su fuerza espiritual. El sexo no puede ser objeto de abusos, pero tampoco puede ser repudiado. Al aumentar las vibraciones de una persona, puede acelerar su proceso evolutivo. Sin embargo — dijo mirándome severamente —, creo necesario advertirte que el acto sexual es solamente positivo para aquellos que se aman realmente y se sienten vinculados por una afinidad de carácter espiritual. Pero la simple prostitución del cuerpo es siempre ilícita y pecaminosa y puede dañar muy seriamente a las personas. Por ello, cada hombre y cada mujer deberán tener solamente un compañero y evitar todas las tentaciones que puedan apartarles del camino de la verdad y de la honradez. —P e ro ha y o tro asp ec to qu e d eb e se r a na liz ado , R espe tado Colega — dijo el Lama Médico Chinrobnobo —. El problema del control de la natalidad. Os dejaré para que podáis discutirlo libremente.

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LOB SANG RAMPA S e lev an tó , nos h izo u na sole mn e rev e re nci a y sa l ió de la

habitación. Mi Maestro quedó silencioso unos instantes. —¿Estás fatigado, Lobsang? — me preguntó al fin. ¡No, aprender Señor! cuanto — le respondí —. Deseo me sea posible, porque esta materia es

completamente nueva para mí. Bien, en ese caso, es preciso que sepas que cuando dividió empezó la vida sobre la tierra, la población se en pequeñas familias de seres humanos que

después fueron creciendo poco a poco. Pero, como era i n e v i t a b l e , s e p r o du je ro n luc ha s y di se ns io nes entre el lo s. Y los ve ncedore s mataban a los hombres de las familias vencidas y se apoderaban de su s mujeres. Las familias crecieron y se transform a r o n e n t r i b u s . Y l o s h o m b r e s s e d i e r o n c u e n t a d e q u e cu anto ma yo r fue ra l a tribu m ás pode ro sa se ría e s ta ndo a su vez en mejores condiciones para enfrentarse a los posibles a c t o s agresivos de las demás t r i b u s . — M e m i r ó l l e n o d e tristeza y prosiguió: — A través de los años y los siglos, las t r i b u s f u e r o n h a c i é n d o s e c a d a vez más poderosas. Y aparecieron los sacerdotes, que eran hombres proyectarse investidos hacia el de poder político, capaces a de sí futuro. Decidi e ron a tribu i rse

m is mos u n ca rá c te r sa grado — y l l amarse enviados de Dios — con el objeto de ayudar a la tribu. Y ordenaron a sus fieles que se multiplicaran se con la mayor frecuencia posible. y que se en Entonces era realmente necesario ya que l as tri bus qu e no s e "mu l tiplic aba n" miembros re al idad de la deb ilitaba n irrem ediablemente lo su extinguían. Por ello, los sacerdotes, al ordenar que todos los comu nidad se multiplica ran, hac ie ndo e ra p ro te ger a es taba n tribu,

garantizando su continuidad en el fu turo. Sin embargo, en la actualidad, el mundo está ya superpoblado y la población de la tierra sigue creciendo a un ritmo tan acelerado que los recursos alimenticios resu ltan realmente insuficientes. Habrá que hacer algo para resolver este problema. Lo comprendía todo perfectamente. Las cosas empezab a n a te ne r s e nt i d o p a ra m í . P o r o t ra p a rt e , m e s e n t í a s a tisfecho al pensar que mis amigos del Pargo Kaling — aque-

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llos mercaderes que tanto habían viajado — me habían dicho la verdad. —Pero también en la actualidad — prosiguió mi Maestro — hay ciertas religiones que no aceptan el control de la natalidad. Sin embargo, si analizamos la historia humana, l l eg amos a la co nc lus ió n de qu e la m a yo r pa r t e d e l as gue rras han sido determinadas por la falta de espacio vital de l o s a g re s o r e s . S i u n p a í s e s tá s o m e ti d o a u n rá p i d o i n c re mento de su población y sabe que en caso de seguir ese ritmo de crecimiento demográfico no tendrá recursos ni oportu nidades suficientes para mantener a sus propios habitantes, se verá arrastrado irremediablemente a la lucha y hará la guerra con el pretexto de que necesita más espacio vital. —Entonces, Honorable Lama — le pregunté —. ¿Cómo resolver ese problema? —Mira, Lobsang — me respondió —. Resolverlo no es difícil, si los hombres y mujeres de buena voluntad se unen para conseguirlo. Las viejas normas religiosas, las viejas ens eñ an z a s , e r an mu y ac e r tada s cu a ndo e l mu ndo e ra jo ve n todavía, cuando su población era muy reducida. Pero ahora es necesario — ¡más necesario que nunca! — que analicemos de nuevo las cosas. ¿Me preguntas qué se puede hacer?. Bien. A mi juicio, es necesario establecer un control legal de la natalidad. Se debería preparar a la población del mundo para practicarlo racionalmente a la luz de los nuevos conocimientos científicos. Es preciso que las parejas que desean tener hijos, tengan solamente uno o dos como máximo y los que desean no tenerlos conozcan la forma más segura para r e a l i z a r s u s p r o p ó s i to s . D e a c u e rd o c o n nu e s t ra re l i g i ó n , Lobsang, con ello no ofendemos a Dios. Y he llegado a esta conclusión después de estudiar meticulosamente los libros a ntiguo s e sc ritos muc ho an te s de que l a vida l le ga ra a Oc cidente porque, como tú sabes, la vida apareció al principio e n Chi na y e n l as zo nas li mí t ro fes a l Ti bet, ex te nd ié ndose luego a la India y, de allí, hacia el oeste... Pero nos estamos apartando del tema.

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LOBSANG RAMPA Pensé qu e más adelante, cuando hallara la ocasión pro-

picia para ello, pediría a mi Maestro que me explicara todo lo relativo al origen de la vida sobre la tierra. De momento, tenía que limitarme a conocer con la mayor profundidad posible las cuestiones sexuales. Mi Maestro me observaba atentamente. —Como te decía — exclamó al darse cuenta de que le prestaba atención nuevamente —, la mayor parte de las guerras han tenido su origen en un exceso de población. Y las guerras seguirán produciéndose mientras la población de la ti e rra si ga aum entando . E n e se a spec to son n ece sa rias , y a que de no ser así, el mundo sería un hervidero de seres h u m a n o s d e l a m i s m a m a n e r a q u e u na ra t a m u e r ta e s u n hervidero de hormigas. Cuando abandones el Tibet, donde afortunadamente la población es reducida, y visites las g r a nd es ciud ade s de la t ie rra , t e a somb ra rá s a n te esa s inmensas multitudes que pueblan el planeta. Y entonces comprenderás que es cierto todo cuanto te he dicho. Las guerras son, sin duda alguna, necesarias para que la población del mundo disminuya. Las personas vienen a la tierra con el objeto de aprender y si no existiera la enfermedad y la gu erra, sería imposible impedir que los hombres se multiplicaran desorbitadamente y, en ese caso, sería imposible conseguir los alimentos necesarios para todos ellos. Y los hombres se convertirían en una plaga de langostas que devorarían cuanto hallaran a su paso, lo contaminarían todo y, al final, se aniquilarían unos a otros. —Honorable Lama — le dije —. Algunos comerciantes que me hablaron de estos problemas, me aseguraron que hay muchas personas que están convencidas de qu e el control de la natalidad es un crimen ¿Por qué lo creen así? Mi Maestro reflexionó unos instantes, posiblemente preg un tándo se qu é co sas pod ía expo ne rme s in pe li g ro a lgu no para mí, teniendo en cu enta que yo era todavía demasiado joven. —Algunos — me dijo por fin — consideran el control de la natalidad como el asesinato de un ser que todavía no ha nacido. Pero según nuestras creencias, Lobsang, el espí-

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ri tu no en tra e n los ni ños ha s ta que n acen. Po r el lo no s e puede considerar como un crimen. Y en todo caso, es evidentemente absurdo creer que tomar las precauciones necesarias para evitar la concepción sea un asesinato. Es lo mismo que asegu rar que cuando impedimos qu e u nas semillas germinen, lo que hacemos en realidad es matar a unas plantas. Los seres humanos tienen cierta tendencia a pensar qu e so n lo m ás m a rav i llo so qu e se ha p rodu c ido e n e l Uni verso. En realidad, son solamente una forma de vida, pero no la más elevada de todas las formas de vida. Sin embargo, de mom ento , es me jo r que de je mos es ta cu e s tió n ma rgina l para otro día. Recordé otra de las cosas que había oído. Me parecía a l go ta n ho rrib le , ta n so rp re nde nte , que no pude d eja r de interrogar de nuevo a mi Maestro. —Honorable Lama — le dije —. Me contaron también que a algunos animales, por ejemplo a las vacas, se les hace concebir por sistemas antinaturales. ¿Es cierto? Mi Maestro se mostró hondamente preocupado durante unos instantes. —Sí, Lobsang. Es absolutamente cierto. En el mundo oc cid ent al , hay mu c ha s p e rso nas que se ded ic an a la c rí a de ganado mediante lo que ellos llaman la "inseminación artificial". La preñez es producida por sistemas mecánicos, en lugar de utilizar al macho para esa tarea. No quieren darse cuenta de que en la producción de un niño, de un cachorro o de la cría de cualquier animal interviene algo más qu e un si mpl e a copl amie n to m ecá n ico . Para que ha ya una buena descendencia, el proceso de unión de los seres que la p rep aran debe es ta r re gido po r el a mo r o po r algu na clas e de afecto. Si los seres humanos fueran producidos por inseminación artificial, podría suceder que, al no ser fruto del a mo r , se c rea ra u na ra za i n fra hu m an a . No l o o lv id e s , Lob sang. Para conseguir los tipos humanos o animales adecuados, es preciso que los padres se sientan unidos por alguna clase de afecto ya que ello eleva el ritmo de sus vibraciones fí s ica s y esp i ri tua les . L a i nse mi na ció n a rtifi c ia l , rea l iz ada fríamente, sin que el amor exista, produce resultados muy

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pobres y constituye uno de los mayores crímenes que puede cometer el hombre. Las sombras del crepúsculo invadían poco a poco la hab i ta c i ó n y s u m í a n e n l a p e nu mb ra a m i M a e s t ro , e l L a m a M i n g y a r D o n d u p . Y c o n f o rm e a u m e n ta b a l a o s c u r i d a d , s e intensificaba el resplandor, dorado por la espiritualidad, de su au ra . C o n m is do tes de cl a riv ide nc ia , pod ía obs e rva r l a interpretación de la luz y las sombras. Y el aura de mi Maest ro m e i n d i c a b a — c o s a q u e y o no i g no ra b a e n m o d o a l gu n o — q u e m e h a l l a b a e n p re s e nc i a d e u no d e l o s h o m b re s más grandes del Tibet. Me sentí emocionado y sentí que todo mi ser estaba trascendido de amor hacia él. Las trompas del Templo sonaron nuevamente, pero esta vez no nos convocaban a nosotros sino a otros monjes. N os acercamos a la ventana y contemplamos el panorama grandioso del Valle sumido en las tinieblas rojizas del crepúsculo. Mi Maestro colocó, lleno de afecto, su mano sobre mi hombro. —Deja que te guíe tu conciencia — dijo Siempre distinguirás con claridad lo bueno de lo malo. Llegarás muy lejos, mucho más lejos de lo que puedes imaginar ahora, y t e nd rá s qu e ve nc e r mu c ha s t e n ta cio ne s . D e ja si emp re que te guíe tu conciencia. N osotros, los tibetanos, somos gente pacífica. Nuestra población es pequeña y vivimos en paz. Creemos en las cosas sagradas y en la santidad del Espíritu. Dondequiera que vayas, sean cuales fueran las adversidades a q u e t e n g a s q u e e n f re nt a r te , q u e t e gu í e s i e mp re tu c o n ciencia. Aumentaremos hasta el máximo tus poderes de clarividencia y de telepatía con el objeto de que, desde cualquier lugar donde te halles en el futuro, puedas mantenerte en contacto con los grandes lamas del Himalaya que estarán consagrados exclusivamente a esperar y captar tus mensajes. ¿Esperar mis mensajes? ¡Fue una casualidad que no me desmayara de asombro! ¡"Mis" mensajes! ¿Qué es lo qu e esperaban de mí en el futuro? ¿Por qué tenía que haber lamas c o ns a g ra d o s d í a y no c h e a c a p ta r l o q u e y o l e s d i j e ra p o r telepatía?

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Mi Maestro sonreía. Me golpeó cariñosamente la espalda. —Tienes una misión muy especial que llevar a cabo, Lobsang. Y esa es la auténtica razón de tu existencia. Pero puedo asegurarte que a pesar de todas las adversidades y de todos los sufrimientos que tendrás que superar, saldrás vencedor en esta empresa. Aparentemente, es injusto que te dejemos solo en medio de un mundo extraño y hostil que se b u rl a rá d e t i y t e l l a ma rá fa rs a n te , e mb u s te ro y l o c o . S i n embargo, tú deberás mantenerte siempre firme y seguro, sin de sesp e ra r nunca , po rque la ra zó n triu n fará al fi n. ¡ Y co n la razón, Lobsang, triunfarás tú! Las sombras del crepúsculo se habían transformado ya en la oscuridad más absoluta y las luces de la ciudad palpitaban debajo de nosotros. En lo alto, la luna asomaba sobre l a s c u m b r e s de l a s m o n ta ñ a s . L o s p l a ne ta s — m u c ho s m i llones de planetas — brillaban en el firmamento. Yo los contemplaba y recordaba todos los vaticinios que se habían hecho sobre mi futuro, todas las profecías que habían anunciado mi destino. También pensaba en la confianza que mi Maestro, el Lama Mingyar Dondup tenía pu esta en mí y en la amistad que me profesaba. Y me sentía dichoso.

CAPITULO X

El maestro estaba de mal humor. Tal vez le sirvieron el té ____ demasiado frío o el "tsampa" no fu e tostado y mezclado a su gusto. Pero lo cierto es que su mal humor era notorio. Los niños, sentados en la clase, temblábamos de miedo. Varias veces, inesperadamente, se había precipitado sobre alguno de mis compañeros. Yo tenía una memoria excel e nte . S abí a pe rfec ta me nte la s le cc ion es . Pod ía repe ti r los versículos de todos los capítulos de los ciento ocho libros del Kan-gyur. "¡Pam! ¡Pam! ¡Pam!". La sorpresa me hizo dar un salto, lo mismo que a los compañeros que me rodeaban. Por un momento, no pudimos darnos cuenta con exactitud a cuál de nosotros iba dirigida la paliza. Después, cuando los golpes aumentaron en violencia, tuve la clara conciencia de que el desdichado era yo. —¡El predilecto del Lama! — rugía sin dejar de golpearme —. ¡Mimado! ¡Idiota! ¡Ya te enseñaré yo lo que debes aprender! Con los golpes, una nube sofocante de polvo se desp re n d i ó d e m i ma n to , o b l i g á n d o m e a e s t o rnu d a r . E l ma e s tro se enfureció más todavía y siguió sacudiéndome el polvo con el mayor esmero. Afortunadamente — aunque él lo ignoraba — yo me había anticipado a su malhumor, colocándome más ropas que de costumbre. Por ello — y la verdad es que esto le hubiera molestado extraordinariam e n te d e ha b e r l o d e s c u b i e r to — s u s g o l p e s a p e na s m e d o lieron. Además, mi piel estaba ya muy curtida.

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El maestro tenía un carácter tiránico. Aunque él distaba mucho de ser perfecto, exigía que los demás lo fueran. N o so lamen te nos ob li gab a a ap rend e r la le cc ión d e memoria, palabra por palabra, sino que si la inflexión de voz o la pronunciación no le gustaban, descargaba su vara sobre nuestras espaldas. En aquellos momentos estaba aplicando a que ll a p rá c tic a co nm i go y y o m e hal lab a e n vue l to e n una n u b e d e p o l v o . E n e l Ti b e t , c o m o e n to d o s l o s l u ga re s d e l mundo, cuando pelean o juegan, los niños se revuelcan por el suelo con mu cha frecuencia. Y si además están privados de los cuidados de sus madres, es muy posible que sus ropas contengan un buen cargamento de polvo. Y eso es lo que su ced ía co n l as m ía s . Po r ell o , aque l la pa li za equ iva l ía en realidad a una buena limpieza. —¡Ya te enseñaré yo a que pronuncies las palabras co mo es deb ido ! — decía s i n de ja r de golpe a rme —. ¡Cómo te atreves a mostrarte tan irreverente con los Conocimientos Sagrados! ¡Mimado! ¡Idiota! ¡Siempre faltando a clase y, a pesar de todo, sabes más que los otros! ¡Chiquillo inútil! ¡Te enseñaré yo, quieras o no quieras! En el Tibet, nos sentamos en el suelo con las piernas cruzadas, muchas veces sobre almohadones de unas cuatro pu lgadas de espesor y las mesas en que trabajamos suelen t e n e r d e d o c e a d i e c i o c ho pu l ga d a s , s e g ú n l a e s ta tu ra d e l que las utiliza. De pronto, el maestro sacudió mi cabeza con fuerza y me obligó a inclinarme sobre la mesa donde yo h ab ía co loc ad o m i p iz a r ra y a l gu no s l ib ro s. D e spu és d e colocarme en esa postura, que él consideraba la adecuada, r e s p i ró p ro fu n d a m e n te y p a s ó a o c u p a r s e d e o t r a s c o s a s . Yo me había agitado bajo sus golpes de una forma mecánica, pero en realidad, sus palizas no nos dolían en absoluto a pesar del rigor con que nos las propinaba. Aquellas cosas sucedían todos los días y los muchachos tibetanos éramos fue rtes y te ní amo s l a pi el curti da co mo e l cu e ro . C e rc a de mí, uno de mis condiscípulos murmuró algunas palabras ininteligibles. El maestro se apartó de mí como si de repente yo me hubiera puesto al rojo vivo y se lanzó contra mi compañero como un tigre. ¡Tuve que controlarme para no

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exteriorizar mi regocijo al ver que la nube de polvo se había desplazado a o tro lu ga r de la c lase! A mi derec ha sonaro n algu nas exclamaciones de dolor, de miedo, de sorpresa. El m a e s t ro p a re c í a e s ta r c e g a d o p o r l a i ra y p e ga b a a v a ri o s mu ch ac hos a la v ez , i nc apa z de d escub ri r a l au té n ti co cu lp a b l e . A l f i n a l , s i n a l i e nto y t r a s ha b e rs e d e s a ho ga d o , p a reció tranquilizarse. — ¡ A y! — d i j o j a d e a n te — . ¡ P e q u e ño s m o n s t ru o s ! ¡ E s to os enseñará a prestar atención a mis palabras! Ahora, Lobsang Rampa, empieza nuevamente la lectura y procura estar seguro de que tu pronunciación es perfecta. Así lo hice. Cuando me concentraba en algo, me salía realmente bien. Por ello, presté la mayor atención y el m aes tro no tuvo opo rtu nidad d e golpe a rme de nu e vo n i y o me vi obligado a recibir sus golpes. Durante toda la clase, que duró cinco horas, el maestro no dejó de pasearse de un lado para otro detrás de nosotros, controlándonos atentamente y, en varias ocasiones, propinó n uev as pa l iz as a al gu nos mu c ha cho s , ca ye ndo sob re e llos cuando éstos menos lo esperaban. E n e l Ti b e t e m p e z a m o s l a j o r n a d a a m e d i a n o c h e , c o n el primer Servicio y, naturalmente, los servicios se repiten a lo largo de todo el día y a intervalos regulares. Con el objeto de qu e sepamos conservarnos hu mildes y no desprec ie mo s a los que lle va n a cab o l as t a rea s dom és t ica s , e st a mos obligados a realizar trabajos serviles. Después, tenemos un rato de descanso, tras el cual asistimos a nuestras clases de la t a rde q u e du ran ci nco ho ras se guida s . Lo s ma es tros nos hacen trabajar de firme. También tenemos clases matutinas, pero éstas no son ya tan largas. Pasaba el tiempo. Nos parecía que llevábamos varios días sin salir de clase. Oscurecía con una lentitud desesperante y daba la sensación de que el sol se había inmovilizado en el cielo. Todos suspirábamos exasperados y aburridos pensando que hubiera sido hermoso que algún dios bajara a la tierra y se llevara al maestro para siempre. Sin d u d a a l g u n a e r a e l p e o r d e t o d o s n u e s t ro s p r o fe s o re s . S e había olvidado por completo de que él también había sido

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niño. Al final, sonaron las caracolas del Templo y, desde la terraza, se escuchó la llamada de una trompa cuyos ecos parecieron rebotar en el Valle regresando después nuevamente al Chakpori. —Bueno — dijo el maestro suspirando —. Siento mucho tener que dejaros ir. Pero podéis estar seguros de qu e la próxima vez que nos veamos, ¡comprobaré si habéis aprendido algo! N o s i n d i c ó c o n u n a s e ñ a q u e n o s f u é r a m o s . To d o s l o s mu ch ac hos se pu si e ron e n p ie rápid ame nte y se d iri gi ero n h a c i a l a p u e r ta . Y o i b a a s a l i r ta m b i é n , c u a n d o o í q u e me llamaba. Martes no te Lobsang que luego Rampa vengas — dijo a —. los Tú demás a p r e n d e s m u chas cosas con tu Maestro. D e acuerdo. Pero permito diciendo muchachos que a ti te enseñan mediante métodos hipnóticos y telepáticos. Y si l o h a c e s , t e s a c a r é a p u n t a p i é s d e l a c l a s e . — M e d i o u n m a no ta zo e n l a c a b e z a y c o n t i nu ó — : ¡ A ho ra , fu e ra d e m i v i s t a ! ¡ M e m o l e s t a t u p r e s e n c i a ! S o n m u c h o s l o s q u e s e quejan de que tú sabes más qu e los niños que reciben mis enseñanzas. No esperé más. Salí todo lo rápido que pude sin preocup a r me s iqu ie ra d e ce r r a r la pu e r t a . E scuc hé su s g ru ñidos d e t rá s d e m í , p e ro n i p o r u n m o m e n to s e m e o c u r ri ó d e te nerme en mi veloz carrera. Afuera, me estaban esperando los demás muchachos. Tenemos que hacer algo contra este tipo — dijo u n o , tras asegurarse de que el maestro no podía oírle. Sí — dijo otro —. Algún día nos va a hacer daño d e veras si no le enseñan a controlar sus nervios. Lobsang — dijo un tercero —. Tú que tienes la o p o r tu nid ad de hab la r co n tu Mae s tro , ¿po r qué no le cu en tas cómo nos maltrata? M e p a r e c i ó u na b u e n a i d e a . E r a n e c e s a r i o q u e no s e ns eña ra n lo que i g no rába mos, p e ro no hab ía n i ngu na ra zó n que justificara la brutalidad con que nos trataban. La idea de hablar con mi Maestro me complacía cada vez más. Se lo contaría todo y, sin duda alguna, él iría a ver al ti-

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rano y lo hechizaría, convirtiéndolo en sapo o en algo parecido. —Sí — exclamé —. Voy a verle ahora mismo. M e a le jé co rrie ndo . A trave sé v e loz me nte los co rredo res y sub í h as ta l le ga r ca si a l a te rraz a . Entré e n e l sec to r de l os l ama s y v i que m i Mae s tro es taba y a en su hab i ta ción. H a b í a d e j a d o a b i e r ta l a p u e r t a . Me i n v i tó a e n tr a r c o n u n gesto. —¿Qué te pasa, Lobsang? — me preguntó Estás muy excitado. ¿Te han otorgado el grado de Superior o algo parecido? —Honorable Lama — respondí desolado —. ¿Por qué en clase nos maltratan de esa manera? ¡Pero con gran cómo! — dijo mi Maestro mirándome s e ried ad —. ¿Te han maltra tado ? Sién ta te y

cu én tame qu é es lo que te tiene tan agitado. Me senté e inicié mi triste relato. Mi Maestro me esc u c hó e n s i l e n c i o , s i n i n t e rr u m p i rme , s i n ha c e r e l m e no r comentario. Dejó que me desahogara. Cuando terminé de exponerle mis desdichas, me había quedado casi sin aliento. Lobsang — dijo mi Maestro —. ¿No p e n s a d o nunca que la vida es en realidad una escuela? ¿ U n a e s c u e l a ? has

Le contemplé perplejo, convencido de que se había vuelto loco. Si me hubiera asegurado que la luna había ocupado el lugar del sol no me habría causado tanto asombro. Honorable Lama — le pregunté sin salir de m i a s o m bro —. ¿Has dicho que la vida es una escuela? — Eso he d ic ho, L obsa ng — rep u so — . S e ré na te . Va mos a tomar un poco de té y luego hablaremos. El sirviente nos trajo té y algunos manjares. Mi Maestro co mió co n su a cos tumb rada s ob ri edad . Como ya me h abí a d ic ho en u na oc as ión ¡yo com ía ta nto como pa ra man tene r a c u a t ro c o m o é l ! P e ro m e l o d i j o s o n r i e n d o c o n t a n ta te r nura que era imposible tomarlo como una ofensa. Se burlaba de mí muchas veces. Sin embargo, yo estaba seguro de que era incapaz de decir una sola palabra que pudiera

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herir la sensibilidad de alguno de sus semejantes. Sus palab ra s no m e o fe n d í a n e n n i ng ú n mo me n t o p o rq u e c o m p re n día que sus intenciones eran siempre buenas. Nos sentamos y tomamos nuestro té. Luego mi Maestro escribió una pequeña nota y se la entregó al sirviente con el encargo de que se la llevara a otro lama. — Lobs ang , l es h e ad ve rtido qu e tú y yo no as is ti remo s al Servicio Religioso de esta tarde. Tenemos mucho que h ab la r. Y au nqu e as is t i r al Te m plo e s s iemp re ne ces a rio y beneficioso, las circunstancias especiales del momento, nos obligan a prolongar hasta el máximo nuestras lecciones. S e l eva ntó y se a ce rcó a la v entana . Yo hic e lo mismo . Y a he d ic ho que u no de m is pl ace res fa vo ri tos e ra con templar todo cuanto ocurría afuera. Y la habitación de mi M a es t ro e ra u n a d e las má s a l t as d el Chak p o r i . Te n ía ade m ás u na d e las cos as m ás ma rav il los as q u e ex is te n: u n te l es copio . ¡C uán t as ho r as pas é co n m is o jo s p e gad o s a es t e aparato, contemplando la llanura y la ciudad de Lhasa, llena de hombres y de mujeres que recorrían sus calles, haciendo compras o visitas, yendo y viniendo de sus ocupac i o ne s o s i m p l e m e n te ( c o mo h a c í a y o s i e m p re q u e m e e ra posible) paseando ociosos! Durante un cuarto de hora, nos dedicamos a observarlo todo a tra vés de l te les copio . Lu ego , d e p ron to , mi Ma es tro dijo: —Vamos a sentarnos de nuevo, Lobsang. Si te parece bien, trataremos del terna de la escuela. Qu iero que me escu ch es con l a m a yo r a tenció n, Lobsa n g. E s ne ces a rio qu e veas las cosas claramente desde el principio. Cuando no comprendas mis palabras, dímelo. Es esencial que tus ideas queden absolutamente definidas. ¿Comprendes? —De acuerdo, Honorable Lama — le respondí con el m a y o r re s p e to y c o r te s í a — . S i e m p re te e s c u c h o y te c o mprendo. Pero si hay algo que no vea con toda claridad, te lo diré en seguida. Él asintió satisfecho. —La vida es como una escuela — dijo —. Cuando estamos en la otra vida, en el mundo astral, antes de empezar

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a habitar en las entrañas de una mujer, discutimos con otros seres acerca de lo que tenemos que aprender en la tierra. Hace algún tiempo, te conté la historia del chino Seng. Te dije entonces qu e utilizaría ese nombre chino porq u e e n c a s o d e u ti l i za r u n n o mb re t i b e ta no , i nc o ns c i e nt e m ente tú lo asoc ia ría s a a lgú n t ibe ta no conoc ido . C omo y a t e e x p l i q u é , e l a n c i a no S e n g , d e s p u é s d e m o r i r , p r e s e n c i ó toda su vida pasada y se dio cuenta de que necesitaba aprender muchas cosas. Entonces, los seres astrales que ten í an qu e a yuda r le , le b u sca ro n u no s p ad res y u na fa mi l ia que reunieran las condiciones necesarias para que el alma del que fue el anciano Seng pudiera aprender todo lo necesario... Esta historia es muy parecida a la de un niño que tiene qu e convertirse en monje. Si qu iere ser un monje médico viene al Chakpori. Si lo que desea es realizar algún trabajo doméstico irá al Potala ¡pues allí hay siempre escasez de monjes sirvientes! Siempre elegimos nuestra escuela de acuerdo con lo que deseamos aprender. Asentí. Aquello resultaba algo muy evidente. Mis propios padres habían decidido que yo ingresara en el Chakpori por considerar que era suficientemente fuerte y estaba preparado para salir airoso de la primera prueba de resistencia. —Cuando una persona va a nacer — dijo mi Maestro, el Lama Mingyar Dondup —, todo está preparado para recibirla. Bajará a la tierra. Sus padres y el lugar donde vaya a vivir es tán dete rm inados de an te mano . Estas circu ns tan cias darán al niño que tiene que nacer la oportunidad de a d q u i r i r l a e x p e ri e nc i a y l o s c o no c i m i e n to s q u e , s e gú n s e planeó en lo astral, le son necesarios. A su debido tiempo, nace el niño y aprende a alimentarse, a controlar su cuerpo fí s ico , a hab lar y a e scuc ha r. Co mo tú sabe s , a l p ri nc ipio , l o s ni ño s no s a b e n u t i l i za r s u s o j o s . Ti e n e n q u e a p re nd e r a v e r. La v ida e s u na e scue la — me d ijo sonri en te —. A na die le gusta esa escuela. Unos tienen que acudir a ella. Otros no. Nosotros hemos venido — no como castigo por las faltas cometidas en otras existencias — sino para aprender muchas cosas que no sabíamos. Los niños crecen y se

L A

C A V E R N A

D E

L O S

A N T E P A S A D O S

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t r a ns fo rm a n e n m u c ha c ho s q u e ti e ne n q u e a s i s ti r a l a e s cuela donde, algunas veces, son tratados duramente por su maestro. Pero eso no es malo, Lobsang. La disciplina nunca ha perjudicado a nadie. La disciplina es lo que diferencia a un ejército de una horda. No hallarás un solo hombre culto que no se haya sometido a una disciplina. Tal vez ahora creas en muchas ocasiones qu e te maltratan, que tu maest ro e s d u ro y c ru e l , p e ro d e b e s te n e r e n c u e n t a q u e , i n d e pendientemente de lo que puedas pensar, la realidad es que tú aceptaste venir a la tierra en esas condiciones. De acuerdo, Honorable creo que Lama sería — exclamé que me e x c i t a d o — . Pero si fui yo quien aceptó venir aqu í a esta tierra, en ese c a s o , necesario e x a m i n a r a n e l c e rebro. Y si realmente fue así, ¿cómo es que no lo recuerdo en absoluto? Mi Maestro reía estrepitosamente ante mis palabras. Sé perfectamente lo que te sucede, Lobsang, p e r o t e a s e g u ro q u e no ti e n e s p o r q u é p re o c u p a rt e . H a s v e ni d o a este mundo para aprender ciertas cosas. Eso es lo más importante. Más adelante, cu ando tus conocimientos sean ya muy extensos, abandonarás nuestro país y recorrerás tierras extrañas para seguir aprendiendo nuevas cosas. Tu Camino no s e rá fác i l de recorre r, pe ro al fin a l a lc anza rás e l éx i to . No quiero que te desmoralices. Todas las personas del mundo, independientemente de las condiciones en que su vida se desenvuelve, han llegado aquí desde los planos astrales para aprender y evolucionar. Estarás de acu erdo conmigo, S upon go Lobsang, qu e en que si quieres mal progresar que, por en la lamasería, tienes qu e es tud ia r y ap rob ar tus exámene s . e nco nt r a r í a s muy simple favoritismo, un niño pudiera convertirse de la noche a la m a ñ a n a e n l a m a o e n s u p e ri o r , a u n q u e s u s mé ri to s f u e ra n m u y i n fe ri o re s a l o s tuyos. Mientras existan los exámenes, podrás tener la más a b s o l u t a s e g u r i d a d d e q u e n o p o d r á s u c e d e r n a d a s e m e jante. Guardó silencio unos instantes y luego prosiguió: Venimos a la tierra para aprender y no importa q u e las lecciones sean amargas o difíciles porque, en todo caso,

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l a s he m o s ac ep ta d o d e a n te m a n o , an te s d e v e ni r . C u and o abandonamos esta vida, pasamos un período de vacaciones más o menos largo en el otro mu ndo. Y luego, si deseamos seguir evolucionando, seguimos nuestra marcha sobre el tiempo. Podemos elegir entre regresar a la tierra en ciertas co nd ic iones y d i ri g i rno s a o tros pl ano s de ex is ten ci a to tal mente distintos. Algunas veces, cuando estamos en la escuela, el día se nos hace interminable y nos parece qu e no p o d r e m o s s o po rt a r l a d u re z a d e l m a e s t ro . La v i d a t e r re n a es algo parecido. Si todo fuera sencillo para nosotros, si tuviéramos siempre a nuestro alcance la realización de todos nuestros deseos, nunca aprenderíamos nada y nos limitaríamos a dejarnos arrastrar por la corriente de la vida. Es triste, pero los seres humanos solamente podemos alcanzar la verdad a través del dolor y de las adversidades. —Pero entonces, Honorable Lama — le pregunté —. ¿Por qué algunos niños, e incluso algunos lamas, consiguen v i v i r u n a e x i s te n c i a ta n d i c h o s a ? Y , s i n e m b a rgo , to d o p a rece indicar que yo, a pesar de que procuro portarme lo mejor posible, me veré obligado a su frir las mayores adversidades, según aseguran las profecías y, de momento, tengo que soportar las palabras de mi maestro. —Pero mi querido Lobsang. ¿Estás seguro de que todas esas personas aparentemente tan felices, lo son realmente? ¿Estás seguro de que las cosas les resultan tan fáciles como indican las apariencias? Mientras no sepas lo que proyectaron hacer en la tierra cuando estaban todavía en lo astral, n o p o d rá s j u zg a r l e s o b j e t i v a me n te . To d o s l o s s e r e s hu m a nos han llegado a la tierra con un plan, preparado de antemano, de lo que tienen que aprender, de lo que tienen que hacer y de lo que desean conseguir cuando abandonen la tierra, después de haber pasado por la escuela de la vida. Tú d ice s qu e h oy te h an tratado ru d ame nte en la e scue la . ¿ Es tás "s egu ro"? ¿No te sa tisfa ce má s pe nsa r qu e en rea li dad has aprendido una de las lecciones que tenías que aprender? ¿Acaso no fuiste un poco culpable, con tus peq u e ño s a i re s d e s u p e ri o ri d a d , d e q u e e l ma e s t ro s e p o rt a ra mal?

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Me contempló con gesto acusador y yo me di cuenta d e q u e m i s m e j i l l a s e n ro j e c í a n . ¡ S í e ra c i e r to ! Mi M a e s t r o te nía la ra ra hab i lid ad de coloc a r e l dedo en l a ll ag a cu an do lo co ns ide rab a nece sa rio . En rea lid ad , yo me hab ía se ntido muy satisfecho de mí mismo. Estaba convencido de que el maestro no podía encontrarme un solo fallo. Mi actitud de superioridad contribuyó en gran parte a que se irritara de aquella forma. Sí, Honorable Lama — respondí asintiendo t a m b i é n con un gesto —. Soy tan culpable como él. Mi Maestro aprobó mis palabras con una sonrisa. Como ya sabes, Lobsang — me dijo —, más a d e l a n t e irás a Chungking, a la China. A s e n tí s i l e n c i o s o p o rq u e m e d i s gu s ta b a p e n s a r q u e a l gún día tendría que irme del Tibet. Mi Maestro continuó: —Antes de tu partida, pediremos a varias universidades y colegios que nos informen sobre sus programas de e s tudio . Una ve z co no zca mos todos esos d et a l les , d ec idi re mo s en tre todos a qué co le gi o o u n ive rsidad e s p rec iso e nv ia rte co n e l ob je to de qu e re cib as las e nse ña n zas n ece sa rias para realizar tu misión. De igual forma, cuando un alma proyecta bajar a la tierra desde lo astral, estudia cuidadosamente lo que se propone hacer y aprender y, finalm e n te , l o q u e d e s e a c o n s e g u i r . D e s p u é s , s e l e b u s c a n l o s pad res qu e nec es i ta . Es lo mis mo qu e bus ca r u na es cue la adecuada, como en tu caso. La idea de tener que ir a estudiar a un colegio extranjero me resultaba cada vez más desagradable. Honorable Lama — le dije —, ¿por qué algunas p e r sonas están siempre enfermas, o son tan desgraciadas? ¿Qué es lo que aprenden con eso? No olvides nunca — me respondió — que todas l a s personas que bajan a este mundo tienen muchas cosas que aprender. No se trata tan sólo de llegar a conocer un oficio o u n i d i o m a o d e s a b e r r e c i t a r d e m e m o r i a l o s L i b r o s S a grados. Las cosas que tenemos que aprender son las que nos serán útiles en lo astral, cuando abandonemos esta tierra de nuevo. Como ya te he dicho muchas veces, Lobsang, éste es

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e l Mu n d o d e l a I l u s i ó n y e s e l m u nd o a d e c u a d o p a ra e x p e r i m e n ta r m u c h a s a d v e r s i d a d e s y , a t r a v é s d e e l l a s , p o d e r comprender los problemas y adversidades de nuestros semejantes. Reflexioné sus palabras. Estábamos entrando en un tema de la mayor importancia, que nos llevaría mucho tiempo. Mi Maestro captó mi pensamiento. — Ti e ne s ra zón, Lob sa ng — d i jo — . E s tá a noc he ci end o . E s m ejo r qu e d e je mos nu es tra con ve rs ac ió n po r hoy . Tod a vía tenemos que hacer algunas cosas. Tengo que ir a la Cumbre (así llamábamos al Potala) y quiero que vengas co nm i go . P asar e m os a ll í l a n o c he y p a r t e d e la jo r nad a d e mañana. Más adelante, trataremos de nuevo este interesante tema. Ve a tu habitación, ponte un manto limpio y trae otro de repuesto. S e pu so en pie y sa l ió . De sco nce rtado , v aci l é u nos i nstantes. Después, corrí presuroso a mi habitación para cambiarme de ropa y prepararlo todo. Descendimos a trote corto por el sendero de la montaña hacia el Mani Lhakhang, pero al pasar por el Pargo Ka li ng o Pue rta O ccide ntal, o í detrás de mí un agudo grito que por poco me hace caer del caballo. —¡Oh, Sagrado Lama Médico! — decía una voz de mujer al borde del camino. Mi Maestro desmontó rápidamente de su caballo y, como sabía mi falta de habilidad como jinete, me hizo señas para qu e yo no desmo n ta ra . Su defe rencia me l le nó de gra titud. —¿Qué te sucede, mujer? — le preguntó mi Maestro con la mayor amabilidad. La mujer se arrojó a sus pies. Sus ropas produjeron un leve ruido. —¡Oh, Sagrado Lama! — dijo jadeante —. Mi marido, ¡ e l m a l d i to h i j o d e c h i v a ! , n o h a s i d o c a p a z d e e n g e n d ra r un hijo normal. Silenciosa, como sorprendida ante su propia audacia, le mostró un pequeño bulto. Mi Maestro se inclinó sobre él y lo contempló atentamente.

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—¡Pero mujer! — exclamó —. ¿Por qué crees que tu marido es el culpable de qu e hayas dado a lu z este hijo enfermizo? —Porque es un hombre repugnante que anduvo siempre entre mujeres malas, porque no piensa más que en el sexo. Por eso no ha sido capaz de hacerme un hijo fuerte y sano. Empezó a llorar y sus lágrimas salpicaron la tierra como pequeñas gotas de lluvia o como granizo fino que cayera desde las montañas. Yo estaba consternado. Mi Maestro miró a su alrededor como buscando algo en la oscuridad cada vez más densa. De entre las sombras del Pargo Kaling surgió un hombre andrajoso, que avanzó h a c i a n o s o t ro s c o n c a r a d e p e r ro a p a l e a d o . M i M a e s t ro le hizo señas y él se acercó, arrodillándose a sus pies. El Lama Mingyar Dondup los miró a ambos y les dijo: —N o d ebé is cu lpa ros mu tua me n te de esa de sgrac ia . La culpa no es de ninguno de vosotros. Es el destino — el karma — quien ha determinado el nacimiento de este niño. Apartó cuidadosamente las ropas y observó a la criatura atentamente. Yo comprendía que estaba examinando su aura. — M u j e r — d i j o d e s p u é s d e u n o s i n s t a n t e s — . Tu h i j o puede ser curado. Contamos con los conocimientos suficientes para hacerlo. ¿Por qué no me lo trajisteis antes? L a p o b re m u j e r c a yó d e nu e v o d e ro d i l l a s y e n t re gó e l niño a su esposo, quien lo tomó como si se tratara de algo que podía estallar en cualquier momento. —Sagrado Lama Médico — dijo la mujer estrujándose las manos desesperada —. ¿Cómo íbamos a suponer que nos prestarían atención? Somos de Ragyab y no tenemos rec o me nd a c i ó n d e na d i e . N o n o s a t re v í a m o s a i r a v e r te , S a grado Lama, aunque nuestra necesidad era muy urgente. Pensé que todo aquello era ridículo. Los Ragyab eran los que se hacían cargo de los cadáveres. Vivían en el extremo sudeste de Lhasa y sus servicios eran tan imprescind i b l e s c o m o l o s d e l o s d e má s mi e mb ro s d e l a c o mu n i da d . M i M aes t ro dec ía s ie mp re qu e tod a s la s p e rso na s e ra n ú t iles a la sociedad, independientemente del trabajo que tu-

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vieran asignado. Recuerdo que una vez lancé una carcajada cu ando le o í de ci r que lo s l ad ro nes e ra n ta mbi én ú til es ya que sin ellos la policía no sería necesaria, por lo cual podía afirmarse que, gracias a ellos, los agentes podían mantener su empleo. Pero mucha gente miraba con desprecio a los Ragyab, considerándolos impuros porque trabajaban con los mu e rtos , co rt an do los c adáv ere s a p eda zos y d ise mi ná ndol os p o r d is t i n tos lu g a re s p a r a que lo s b u i t res s e los com ier a n . Yo estaba de acuerdo con mi Maestro en que el trabajo que realizaban era muy útil porque Lhasa tenía un terreno tan rocoso que era imposible abrir fosas en él y, aun en el caso de que ello hubiera sido posible, el Tibet era tan f r í o q u e l o s c a d á v e r e s s e h a b r í a n c o n g e l a d o , i m p i d i e n d o con ello su descomposición y absorción por la tierra. Mujer — le dijo mi Maestro —. Tráeme p e r s o n a l m e n te a tu h i j o d e n t ro d e t re s d í a s e i n te n ta re m o s c u ra rl o ya que, según deduzco del breve examen a que le he sometido, su enfermedad no es incurable. S a c ó d e s u b o l s a u n p e d a z o d e p e r g a m i n o y e s c r i b i ó en él una nota que entregó a la mujer. Entrega esto en el Chakpori y te dejarán e n t r a r . A v i sa ré a l p o r te ro d e que v as a i r y no t e p o nd rá n ni n gún impedimento. Descansa tranquila. Para los dioses, todos somos s e r e s humanos. No debes temer nada de nosotros. — Se volvió hacia el marido —. Se fiel a tu mujer. — Miró a la mujer y añadió —: No seas tan arisca con él. Si te posible que él muestras más amable con tu esposo, es no c re a ne c e s a ri o ir a buscar a otras

m u j e r e s . A ho ra , m a r c ha o s a v u e s t r o h o g a r y , d e n t r o d e t r e s d í a s , v e n i d a l C h a k p o r i . Os ayudaré. Os lo prometo. Mo n tó de nu evo en su cabal lo y no s fu imos . Co nfo rme nos alejábamos, las palabras de gratitud y de alabanza del ho m b re d e R a g y a b y d e s u m u j e r s e e s c u c h a b a n c a d a v e z más débilmente. — S u p o n go , L o b s a n g , q u e a l m e no s e s ta n o c h e e s t a rá n de acuerdo y se mostrarán amables mutuamente. Lanzó una breve carcajada y subimos por el camino de la izquierda hasta llegar a la aldea de Sho.

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Era la primera vez que había visto a un hombre y a una mujer casados. Y me hallaba realmente sorprendido. —¡Sagrado Lama! — exclamé —. No comprendo por q u é e s a s p e rs o n a s s i gu e n v i v i e nd o j u n ta s s i n o s e a ma n . ¿Por qué no se separan? —¿Por qué me llamas ahora "Sagrado Lama"? — me p re g u n tó s o n ri e nd o — . ¿ Te h a s c re í d o q u e e re s u n c a m p e sino? En cu anto a tu pregu nta... Bueno, trataremos de ese tema mañana. Esta noche vamos a estar muy ocupados. Mañana te explicaré muchas cosas e intentaré poner orden en tu cabeza tan llena de confusión. S ubimos ju ntos a la co l ina . Si emp re me gus tab a m i ra r desde lo alto la aldea de Shii. Y a veces me preguntaba qué su cede ría s i arro ja ra u na pied ra sob re e l te jado de a l guna casa. ¿Lo derrumbaría? ¿O tal vez el estruendo obligaría a salir corriendo a sus moradores pensando que los espíritus maléficos se precipitaban contra ellos? Nunca me había a trevido a hace rlo po r temo r a he rir a alguie n, p e ro la ten tación nunca me abandonaba. Ya en el Potala, ascendimos por los interminables postes co n sus to scos e sc alo ne s — y a que al lí no ha y e sca le ras — gastados por el continuo uso. Por último, llegamos a nuestras habitaciones, situadas sobre la de los monjes y sobre los almacenes. Ya en mi dormitorio, contiguo al del Lama Mingyar Dondup, me acerqué a la ventana. Abajo, un páj a ro noc tu rno go rj eaba l la man do a su p a rej a en e l Bosque de los Sauces. A la luz de la luna, lo veía con sus patas y su pico hundidos en el agua temblorosa, escarbando en el barro del fondo. Y el gorjeo de la hembra respondía vivamente a su llamada. "¡Parece ser que esta vez «el marido y la mujer» sí están de acuerdo!", pensé. Me acosté pronto porque tenía que asistir al Servicio de Medianoche y me hallaba tan cansado que tenía que despertarme a tiempo. Al día sigu iente, por la tarde, el Lama Mingyar Dondup e n t ró e n m i ha b i ta c i ó n , d o nd e y o m e ha b í a q u e d a d o e s tu diando un libro antiguo. —Vente conmigo, Lobsang — me dijo —. Acabo de mantener una conversación con el Profundo. Y creo que ha

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llegado e l momento de tra ta r de todo s eso s p rob lemas qu e te tienen desconcertado. P a s a mo s a s u h a b i ta c i ó n . Se n t a d o f re n te a é l , p a s é re vista a todas las ideas que hervían en mi cabeza. — Se ño r — l e p re gu n té — , ¿p o r q u é s e c a s a n l a s p e rs o nas si se odian? Anoche observé las auras de aquellos dos R a g ya b y l l e gu é a l a c o n c l u s i ó n d e q u e s e d e t e s ta b a n p r o fundamente. ¿Por qué se casaron, entonces? El Lama pareció entristecerse. —Las personas, Lobsang — me respondió —, se olvidan con frecuencia de que están en el mundo para aprender. Antes de que nazcan, cuando están en lo astral, se determina ya quién será el cónyuge de cada uno. Debes comprender qu e muchos hombres y mujeres contraen matrimonio en un momento que podríamos considerar como la cumbre de la pasión amorosa. Pero cuando la pasión se termina, entonces, la novedad recién descubierta se convierte en algo familiar y cotidiano y aparece el cansancio y el desprecio. "La familiaridad engendraba el desprecio." Yo medit a b a y m e d i ta b a to d o a q u e l l o . P e ro e n to n c e s , ¿ p o r q u é s e casaban los seres humanos? Sin duda alguna, lo hacían solamente para poder perpetuar la raza. Pero ¿por qué las personas no podían unirse lo mismo que los animales? Miré a mi Maestro y le hice esa pregunta. — ¿ P o r q u é , L o b s a n g ? — m e p r e g u n t ó a s u v e z — . Tu s dedu cc ion es me so rp re nde n. Deb e rí as saber, c omo todo e l m u nd o , q u e l o s l l a m a d o s a ni m a l e s s e u n e n a l gu n a s v e c e s p a r a tod a l a vi d a . As í lo hace n mu c ho s d e e llo s , e i nc luso ciertas especies de aves, natu ralmente las más evolucionadas. Si las personas, como tú dices, se unieron sólo con el o b je to de p e rpe tu a r l a r az a , l o s ni ños qu e f u e r an f ru to d e esas uniones serían lo mismo que seres sin alma, como esas pob re s c ri a tu ra s que n ace n medi ante la ins em inac ión a rti ficial. Es preciso que en las relaciones sexuales haya amor si l os pad re s dese an re al me nte e ng e nd ra r un hi jo co n au tént i c a c a l i d a d hu m a na . Lo c o n t ra r i o e q u i v a l e a p ro d u c i r u n simple artículo manufacturado.

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El problema de las relaciones entre marido y mujer me p re o c u p a b a re a l m e n te . P e ns a b a e n m i s p a d re s . Mi ma d r e fue siempre una mu jer dominante y mi padre trató a todos sus hijos con la mayor rudeza. Cuando los recordaba me era imposible hacerlo con auténtico afecto filial. Pero ¿por qué los seres humanos se casan en la c u m bre de la pasión amorosa? — pregunté a mi Maestro —. ¿Por qué no lo hacen con la misma frialdad con que s e trata de un negocio? —Lobsang — me respondió —. Ése es el sistema que utilizan a menudo los chinos y los japoneses. Sus matrimon io s so n concertado s fríam ente y hay que adm i ti r qu e su elen ser mucho más afortunados que los del mundo occidental. Los propios chinos comparan al matrimonio con una tetera. No se casan cuando les domina la pasión porq u e d i c e n q u e e s e a mo r e s c o m o u n a t e t e r a hi rv i e n te q u e luego se enfría. Se casan fríamente para conseguir que esa tetera simbólica alcance paulatinamente el punto de ebullición y mantenga el calor durante mucho tiempo. Me observó para comprobar si comprendía la significación de aquellas palabras. Pero, Señor, me resulta imposible c o m p r e n d e r p o r qué las personas son tan desgraciadas cuando viven juntas. Ya te he dicho, Lobsang, que las personas v i e n e n a es ta tie rra como a u na esc uel a , pa ra ap re nder. S i s iemp re fu era n fel ic es , a l ca sa rs e no ap re nde ría n nada n uevo . V ienen al mu ndo para vivir unidos y para mantenerse unidos. E s o f o r m a p a r t e d e l a l e c c i ó n . D e b e n d a r y r e c i b i r . A l g u nas veces, como consecuencia de su carácter rudo o por sus inestabilidades temperamentales, no consiguen estar en perfecta armonía con los compañeros que les han asignado. Es preciso que cada uno de ellos aprenda a reprimirse y a elim i na r sus ra s g o s negativos. Deben m o s t ra rs e e n to d o m omento tolerantes y pacientes. Si fueran capaces de asimilar esa gran lección que consiste en dar y en recibir, casi todos los matrimonios serían felices y se mantendrían unidos. Señor — le pregunté de nuevo —. ¿Qué debe h a c e r entonces una pareja para alcanzar la dicha?

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LOBSANG RAMPA —Lo mismo el marido que la mujer deben saber espe-

rar el momento oportuno de poder hablar con calma y exponerse, con la mayor delicadeza, sus defectos recíprocos. De esa forma terminarán con sus imperfecciones y conseguirán ser felices. ¡ Y o m e p re g un t a b a q u é ha b rí a s u c e d i d o e n e l c a s o d e que mis padres hubieran intentado adoptar aquel sistema! A m i j u i c i o , e l l o s e ra n , c o m o e l a g u a y e l fu e g o , a b s o l u ta m e n te i n c o mp a ti b l e s . M i Ma e s t ro c a p tó , s i n d u d a a l gu n a , mis reflexiones. —Es preciso que ambos estén dispuestos a dar y a rec i b i r . S i r e a l m e n t e q u i e r e n a p r e n d e r l a g ra n l e c c i ó n d e l a vida en común, deberán ser suficientemente sinceros como para reconocer sus propios errores. De acuerdo, Señor — respondí —. Pero ¿qué e x p l i c a c ió n sentido ti e ne el he cho de que dos en pe rsonas un se e na mo re n o se sientan atraídos recíprocamente? Y si se han vinculados sentimentalmente momento determinado, ¿por qué luego se van distanciando poco a poco? Sin duda alguna, Lobsang, tú sabes que por e l a u r a de las personas puedes saber cómo son éstas. L o s h o m bres y mujeres comunes no pueden ver el aura, pero, algun a s ve ces , tie ne n como u na e spe ci e d e se n tido ocu l to que le s h a ce se n ti r si mpa tía s o anti pa tías , a p esa r de qu e so n incapaces de comprender ellos mismos la auténtica razón de esos sentimientos. —Lo sé, Señor — exclamé —. Pero ¿cómo pueden senti r d e p ro n to antip a tí a po r un a pe rso na que a nte s le resu ltaba simpática y agradable? —Hay momentos en que los seres hu manos sienten que el amor se agita en sus espíritus. Este hecho determina un i nc re m e n to c o n s i d e ra b l e d e s u s v i b ra c i o n e s . C u a n d o u n a m u j e r y u n ho m b re s e u ne n y s u b l i m a n e s a s v i b ra c i o ne s , consiguen la compenetración necesaria. Desgraciadamente, e so no suc ede co n frecue nc ia . Manten e r la s u bl ima ció n e s u n a e m p r e s a d i f í c i l . La e s p o s a s e d e j a v e n c e r p o r l a i n d o lencia y, algunas veces, rechaza a su marido y le impide que éste use de lo que le corresponde por legítimo derecho.

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Y e n to nce s , é l busc a e n o tras mu je res lo qu e su espo sa le niega y se va distanciando de ella. Y poco a poco se alterará el ritmo de sus vibraciones etéreas y dejarán de ser c o m p a ti b l e s , a l c a n z a nd o p o r f i n u n g ra d o d e a b s o l u t o a n tagonismo. Sí, lo comprendía perfectamente. Las palabras de mi M a e s t ro m e h a b í a n a c l a ra d o m u c ha s c o s a s . P e ro , a p e s a r de todo, decidí seguir preguntando. Señor — le dije —. Algunos niños mueren al p o c o t i e m p o d e n a c e r . E s a i d e a m e to r tu r a . P o rq u e ¿ q u é p o s i b i lidades de aprender y de realizar su destino tienen esos desd i c h a d o s ? A m i j u i c i o , h a n s i d o c o n d e n a d o s a v i v i r u n a existencia breve e inútil. No, Lobsang — dijo mi Maestro, el Lama Mingyar Dondup, sonriendo ante mi apasionamiento

— . N o h a y nada qu e se a i núti l . Es tá s equ ivo cado . Y pa rte s de u n po stulado completamente falso, puesto que hablas como si creyeras que cada persona vive una sola vida. Me observó durante unos instantes. Después miró hacia l a v e n t a n a . Y y o m e d i c u e nt a d e q u e p e ns a b a e n e l h o m bre y la mujer Rabyabs y en su pobre hijo. Imagina por un momento que vas a c o m p a ñ a n d o a un a p e rso na qu e a t ra vi es a u na se r ie de ex is t en ci as suc es iv a s — d i j o m i M a e s t r o — . L a s c o s a s n o l e h a n i d o b i e n e n una de sus vidas y, al llegar a cierta edad, se da cuenta de qu e v iv i r l e r e su l t a i nsopor t ab le . Y d ec ide po ne r fi n a su s d í a s , s u i c i d á n d o s e . . . C o n e l l o , l o ú n i c o que consigue es morir antes del plazo que se le había fijado , po rqu e lo s años, días y horas que debe vivir cada ser hu m a n o e s tá n determinados siempre con la mayor exactitud y todo había sido establecido minuciosamente antes de que naciera. En e s e c a s o , s i a l g u i e n p o n e f i n a s u existencia doce meses antes de la fecha en que debía m o r i r d e a c u e r d o c o n l a s previsiones astrales, se verá obligado a regresar a la tierra para vivir los doce meses de vida que le faltan. Yo reflexioné sobre las infinitas posibilidades de aquella teoría, que me proporcionaba una explicación a tantas cosas que hasta entonces me habían resultado incomprensibles.

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LOBSANG RAMPA —Y esa persona que ha puesto fin a su vida prematura-

mente, después de permanecer en lo astral el tiempo necesario, volverá de nuevo a la tierra para terminar de vivir la v ida que i n te rrump ió co n su mu e rte volu nta ria . N ace rá de n uevo y se rá ta l ve z un ni ño e nfe rmi zo que v iv i rá ta n sól o los doce meses en que acortó su existencia terrestre, y morirá en ese plazo. Y con ello, los padres perderán a su hijo, p e ro g a na r án e l te so ro d e u n a nuev a exper i e nc ia y h ab rá n realizado una parte importante de su inevitable destino. Sab e m o s q u e m i e nt ra s e s t a m o s s o b re l a t i e rr a , n u e s t ra a p a riencia, nuestras percepciones, nuestros valores sufren una a l te rac ión m iste rios a . Te lo re co rda ré de nue vo : És te es e l Mundo de la Ilusión, el mundo de los valores ficticios. Pero cuando regresamos al Gran Mundo del Ser, nos damos cuenta de que las duras lecciones y las experiencias apar e n te me nte c ar e n te s d e se n ti do qu e nos v imo s o bl ig ad o s a v iv i r e n e l cu rso d e nu es tra e s ta nc ia e n la ti e rra , en real i dad no eran tan absurdas como suponíamos. Yo pensaba en las adversidades, en las torturas, en los viajes a los remotos países que me habían anunciado las profecías. —En ese caso, cuando alguien profetiza un acontecimiento lo que hace realmente es entrar en contacto con las fuentes del conocimiento. Si todo está predeterminado antes de nuestro nacimiento, ¿es posible, bajo ciertas condiciones, alcanzar ese conocimiento de las cosas futuras? —Sí, Lobsang, es posible — dijo mi Maestro —. Pero n o p i e ns e s q u e e l fu tu ro e s t á p re d e te rm i n a d o to t a l m e n t e . Los acontecimientos básicos son inevitables. Pero nosotros poseemos la facultad de actuar con entera libertad para re-

solver esas situaciones necesarias, de acuerdo con nuestros
co noc im ie ntos . Uno s puede n s al i r a i roso s de esa p ru eba y o tro s p u e d e n f r a c a s a r . Te po n d ré u n e j e m p l o g rá f i c o p a r a que lo comprendas mejor. Supongamos que se ordena a dos hombres que vayan a Kalimpong, en la India. Deben intentar por todos los medios llegar a su punto de destino, pero eso no quiere decir que tengan que elegir los dos el mismo sendero para conseguirlo. Cada uno de ellos elegirá

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su propio camino. Y según el camino que elijan, vivirán aventuras distintas y distintas experiencias. Con la vida sucede lo mismo. Se ha fijado nuestro punto de destino, pero de nosotros depende la elección de la forma para conseguirlo. Entró un mensajero y mi Maestro le siguió, después de pedirme que le disculpara. Me acerqué a la ventana, me apoyé en el alféizar y oculté el rostro entre mis manos. Pensativo, analicé las palabras de mi Maestro, recordé cuánt o m e h a b í a e n s e ñ a d o . Y m e d i c u e n ta d e q u e t o d o m i s e r e s taba l le no de amo r po r a qu e l homb re ú ni co que me mos traba en todo momento mucho más afecto y comprensión qu e m is p ro p ios pad re s . I ndep end ie n te me nt e d e lo qu e me deparara el futuro, estaba decidido a comportarme siempre como si él estuviera a mi lado, supervisando mis actos. D e b a j o d e m í , e n e l c a mp o , l o s m o nj e s m ú s i c o s to c a b a n y a fi naba n sus ins tru m ento s , de lo s que b rotab an no tas , sonidos y ritmos diversos. Los contemplé indolentemente. La música carecía de significado para mí. Nunca tuve las dotes necesarias para comprenderla. Pero me daba cuenta de que e ran ho mb res de bue na volu ntad qu e i ntentaba n c rea r be l l as a rmo ní as . V o l ví l a espa lda a l a v en t ana pe ns ando que me sería más útil leer un buen libro. A s í lo hi ce , pero p ro nto me fa ti gó l a lec tu ra . Me s entía l l e no d e u n a r a ra i nq u i e tu d, p l e tó ri c o d e p e ns a m i e n to s y sensaciones qu e me impedían concentrarme. Volvía las páginas perezosamente. De pronto, decidido, guardé todas las h oj as imp re sas d entro d e la cu b ie rta de m ade ra lab rada y até las cintas. Era uno de aquellos libros preciosos que debían ser envueltos en seda. Así lo hice con el mayor cuidado y lo coloqué a mi lado. M e l e v a n té y m e d i ri g í a l a v e n t a n a d e n u e v o , c o n te mp l a n d o e l p a n o ra m a . La n o c h e e ra c a l u ro s a , t ra n q u i l a . E l aire parecía no existir. Abandoné la habitación. Todo estaba qu ie to y si le nc ioso . La gran l am ase ría pare cí a te ne r vida . Un a vid a se ren a y ll ena d e c al ma . Lo s homb res de l Po ta la h ab ía n re al i zado du ran te sig lo s su s ta reas sa grad as y los muros latían como seres conscientes. Trepé por una de las

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escaleras verticales y subí a la terraza más alta, junto a las Tumbas Sagradas. Procurando no hacer ruido, me dirigí hacia mi lugar fa vo ri to , donde me re sgu a rdab a cua ndo e l v i en to frí o baj ab a h a s ta l a l a m a s e r í a d e s d e l o a l t o d e l a s m o n ta ñ a s . A p o yado en una Imagen Sagrada, crucé las manos sobre mi n uca y contemp lé el Va ll e . De spués , me te nd í de e spa ldas mirando las estrellas. Sentí la extraordinaria impresión de que todos aquellos mundos giraban alrededor del Potala. Este pensamiento me aturdió y me llenó de una extraña s e ns a c i ó n d e v é r ti go . Un a e s te l a d e l u z c ru z ó e l c i e l o , b r i llando fugazmente y se extinguió en las sombras. "Un cor n e ta q u e ha m u e r t o " , p e n s é c o n te mp l a nd o s u re s p l a n d o r postrero. C e rca de mí , es cuc hé u n ruido c as i i mpe rcep tib le . Le ntamente, me incorporé. Bajo la débil luz de las estrellas, v i u n a fi gu ra e nc a p u c h a d a q u e p a s e a b a m a j e s tu o s a me n te frente a las Tumbas Sagradas. Le observé. Se acercó al borde de la terraza, contemplando la ciudad de Lhasa. P u d e v e r s u p e r fi l . E ra e l Ho m b re m á s s o l i ta r i o d e l Ti b e t . El Hombre que había asumido las mayores responsabilidad es de l pa ís. L e o í susp i ra r p ro fu nda men te y pe nsé que tal vez las profecías qu e habían anunciado su destino eran tan nefastas como las que habían anunciado el mío. Con el m ayo r cu idado p a ra no l lam ar s u a tenció n, m e a rras tré si lencioso y me alejé de allí. No sentía el menor deseo de turbar sus pensamientos. Llegué a la entrada y me deslicé lentamente, descendiendo al santuario de mi habitación. Tr e s d í a s d e s p u é s , y o m e ha l l a b a p re s e n te c u a nd o mi Maestro, el Lama Mingyar Dondup, reconoció al niño de los Ragyab. Lo desnudó y observó su aura con la mayor a tenció n. Du ra nte uno s in sta n te s , ex aminó su ce reb ro . El n i ño no g ri taba ni l lo raba . C omp rend í qu e , a p esa r de s er tan pequeño, se daba cuenta de que mi Maestro quería sanarlo. —Bien, Lobsang — me dijo después de su examen —, l o cu ra remos . Es e vid en te que p adec e u na a fecc ió n p roducida por las dificultades del parto.

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Sus padres esperaban en la habitación contigua. Yo, p e g a d o a m i M a e s t r o , c o m o s i f u e r a s u s o m b r a , f u i a v e r les. Se postraron, llenos de humildad, a sus pies. Vuestro hijo puede ser curado y será curado — les d i jo co n la ma yo r amabi l idad — . Es e vid en te qu e a l n ac e r re cib ió al gú n go lpe o tal v ez fui v íc tima de un a c aíd a. E so puede ser remediado. No temáis nada. Sagrado Lama — dijo la madre temblorosa —. T i e n e s ra zón. S u cedió l o que h as di cho . Ll e gó al mu ndo i n espe rad a m e n te . N a c i ó d e r e p e nte y c a y ó a l s u e l o . Y o me h a l l a b a sola en aquellos momentos. Mi Maestro sonrió lleno de comprensión y de afecto. —Volved mañana a esta misma hora. Estoy seguro de que os lo podréis llevar con vosotros completamente curado. Se arrodillaron y le hicieron grandes reverencias hasta que abandonaron la habitación. Mi Maes tro me d ijo que yo exami na ra tamb ién a l niño , con la mayor atención. Señaló su cabeza. —Observa aquí, Lobsang — me dijo —. Algo presiona su cerebro. Es un hueso que tiene oprimido el cordón. ¿ C o m p re nd e s ? S u a u ra ti e ne u na fo rma d e a b a ni c o e n l u gar de ser redonda. Tomó mis manos y las guió hábilmente en torno a la zona afectada para que yo pudiera darme cuenta mejor. — A h o ra v o y a r e d u c i rla . H a y q u e " p re s i o n a r " e l h u e s o que le produce la enfermedad "hacia afuera". ¡Observa atentamente! Con una habilidad increíble, presionó con sus pulgares suavemente haciendo que el hueso se encajara en su sitio. El niño no lanzó un solo grito. La operación había sido re al i zada con u na rap ide z aso mb rosa . S in duda al gu na n o sintió ningún dolor. Su cabeza ya no se inclinaba sin fuerza h a c i a u n l a d o c o m o a n t e s . E s t a b a e re c t a . E ra u n a c a b e z a completamente normal. Durante unos instantes mi Maestro l e dio unos masajes en la nuca, con su avidad. Sus hábiles d e d o s d e s c e nd í a n d e l a c a b e z a a l c o ra z ó n , " nu nc a " d e l c o razón a la cabeza.

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LOBSANG RAMPA A l d í a s i g u i e n t e , c u a nd o l l e g ó l a h o r a q u e m i M a e s t ro

l e s h a b í a i n d i c a d o , l l e g a r o n l o s p a d re s . E s t a b a n l o c o s d e alegría ante aquel milagro. —Ahora — dijo sonriendo el Lama Mingyar Dond u p — , e s p re c i s o p a g a r e l b i e n q u e h a b é i s re c i b i d o . Y p o déis "pagarlo" cambiando de conducta. No discutáis más n i v o l v á i s a p e l e a ro s , p o r q u e l o s h i j o s a s i m i l a n l a s a c t i t u des de los padres. Si ellos se mu estran hostiles, el niño se v u e l v e n h o s t i l . Si e l l o s s o n d e s g ra c i a d o s y no s e a m a n , e l n i ño se rá d es gra ci ado e in capa z de am a r. "Pa gad " e l favo r que os hemos hecho con afecto y ternura... Dentro de unas s ema na s , nos l o tra e ré is d e nuevo pa ra que podamo s comprobar sus progresos. Acarició, sonriente, las mejillas del niño. Después abandonó la habitación y yo le seguí. —Las personas muy pobres, Lobsang, suelen ser muy o rgullos as. Les i nqu ieta no t e ne r d i ne ro para paga r los favores que les hacen. Es necesario hacer las cosas de tal forma que se queden convencidos de que han "pagado" e s o s fa v o re s . P o r e l l o l e s d i j e q u e d e b í a n p a g a r — d i j o m i Maestro sonriendo —. Eso les ha complacido. Se habían co loc ado su s m ejo res ves tidos pa ra di si mu la r su pob rez a . Pero solamente pu eden pagar siendo bu enos. Es necesario dejar que los seres humanos mantengan su orgullo, su autoestimación, Lobsang. Y si lo consigues, ¡podrás obtener lo que quieras de ellos! A l re gres ar a m i habi tac ión, re cog í e l tel es copio con e l q u e a n tes h a b í a e s tad o ju gand o . Ex t e nd í y a j u s té s u s b ri l l a nt e s t u b o s d e m e ta l y m i r é e n d i re c c i ó n a l a c i u d a d d e Lhasa. Vi dos sombras lejanas. Ella llevaba al niño en su s b ra zos . El homb re pu so su b ra zo sob re los homb ros d e su esposa y la besó. En silencio, pensativo, abandoné el telescopio y me dispuse a estudiar mis lecciones del día siguiente.

CAPITULO XI

Estábamos en el recreo. Caminábamos por el patio sobre ______ nuestros zancos, tratando de derribarnos unos a otros. El último que quedaba en pie, tras haber resistido todos los a ta q u e s d e l o s o t ro s , e ra d e c l a ra d o v e n c e d o r. U n o d e m i s compañeros tropezó en uno de los agujeros del suelo y cayó sobre mí y sobre el muchacho que estaba a mi lado, haciénd o no s p e rd e r e l e q u i l i b ri o . C a í m o s l o s t re s s o b re l a ti e rr a lanzando estrepitosas carcajadas. ¡El viejo maestro Raks estaba hoy de un humor g r i s ! — dijo uno de los muchachos jovialmente. ¡Es cierto! se — dijo otro —. Los demás maestros pondrían verdes de envidia si supieran

q u e e s c a p a z d e descargar su cólera sobre nosotros sin quedarse sin aliento, como les sucede a ellos. Seguíamos riendo con todas nuestras fuerzas. ¿Verde de envidia? Llamamos a los demás muchachos para que se baj a ra n de sus za nco s y se senta ra n a ju ga r co n noso tros a l juego del significado de los colores. —¡La cara gris! — exclamó uno. —No — le respondí —. Ya hemos citado ese color. Antes dijimos "un humor gris". Continuamos nuestro juego y, del "humor gris" del maestro, pasamos a las "negras reflexiones" de un superior y a la "envidia verde" de algunos hombres. ¡Uno nos habló de una "mujer escarlata" qu e había visto en el mercado de Lhasa! Pero de momento, ninguno de nosotros sabía si aquella imagen podía ser utilizada en nuestro juego porque

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ignorábamos qué significado podía tener una "mujer escarlata". —¡Ya sé! — dijo el muchacho que se había sentado a mi derecha —. Un "hombre amarillo", amarillo de miedo. A l fi n y a l c a b o , e l c o l o r a m a ri l l o s e u ti l i z a m u c ha s v e c e s para calificar el miedo. Me quedé pensativo. Me daba cuenta de que si aquel l as exp res io ne s s e us aba n n o rma lm en te en todos los id iomas sería por alguna razón determinada. Este pensamiento me impulsó a levantarme para acudir en busca de mi Maestro, el Lama Mingyar Dondup. E n t ré c o r r i e nd o e n s u h a b i ta c i ó n re a l m e n te e x c i ta d o . Él me miró imperturbable, a pesar de mi descortesía. Honorable Lama — exclamé —. ¿Por qué r e c u r r i m o s a los colores para describir estados de ánimo? C erró el libro que estaba leyendo y me invitó a que me sentara a su lado. Supongo que te refieres a esas expresiones t a l e s c o m o "humor gris" y "verde de envidia" — dijo. Sí — le respondí, más excitado que nunca, c o m o p a r a reforzar mi afirmación —. Me gustará saber por qué los colores tienen esas significaciones concretas. ¡ Ti e n e q u e existir alguna explicación a ese hecho! —Bien, bien, bien, Lobsang — me respondió sonriendo —. Creo que tú mismo has preparado las cosas para que pueda darte otra de mis charlas pedagógicas. Pero ahora me doy cuenta de que te has estado dedicando a algún ejercicio agotador. No te vendrá mal un poco de té. Yo iba a tomarlo ahora... Luego entraremos en materia. E l s i rv ie nte no ta rdó e n l le gar. Era l a ho ra d el té y d el "ts ampa" p a ra todos los poblado re s — lama s, mo nj es o n i ños — de la lamasería. Comimos silenciosos. Yo pensaba en l os colo res m ien tras esp e rab a a q ue mi Ma es tro emp ez a ra a e x p o n e rm e s u s te o rí a s . C u a n d o te rm i na m o s nu e s t ro p e queño refrigerio, contemplé al Lama con impaciencia. —Ya sabes muchas cosas acerca de los instrumentos mu si ca les — emp ezó d ic ie ndo —. Y no ig no ra s que u no de esos instrumentos, muy utilizado en el mundo occidental, se

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l l ama p ia no . Re co rda rá s que u n dí a te mos tré u na fo to g rafía de un piano. Está formado por un rectángulo lleno de teclas blancas y negras. B ien, olvidemos las negras por un m o m e n to e i m a g i n a re m o s u n t e c l a d o d e d o s m i l l a s d e l on g i tu d , o s i qu ie res más l a rgo tod av ía , qu e co n tie ne la t o ta l id ad de l as v ib ra cio ne s ex iste nte s e n tod as y c ada u na de las dimensiones del universo. Me miró para comprobar si le comprendía porque evidentemente, para mí, un piano era un instrumento casi desconocido que, como acababa de decir mi Maestro, había visto solamente en fotografías. Al darse cuenta de que captaba perfectamente la imagen que pensaba utilizar como punto de partida, continuó: —Bien — dijo —, si tienes ese instrumento capaz de contener la totalidad de las vibraciones existentes, es muy posible que la escala completa de las vibraciones hu manas esté contenida en tres de las teclas centrales. Ya sabes — ¡al menos eso espero! — que todo cuanto existe está compuesto de vibraciones. Consideremos la vibración más baja que el hombre percibe: la de los cuerpos sólidos. Si los tocas, imp i d e n e l p a s o d e tu s m a no s a t ra v é s d e e l l o s . ¡ P e ro l a r e a l id ad es que toda s su s mo lécu la s es t án v ib ra ndo ! Si gamos con el teclado imaginario. Escuchas las vibraciones llamadas sonidos. Y si sigues subiendo, tus ojos reciben las vibraciones que percibimos con la vista. Me incorporé sorprendido ante sus palabras. ¿Cómo podía la vista percibir las vibraciones? ¿"Cómo" nos era posible ver las cosas cuando las mirábamos? —Lobsang — dijo mi Maestro —. Si somos capaces de v e r l a s c o s a s e s p o rq u e é s ta s v i b r a n y p ro d u c e n u n a c o n moción molecular que tus ojos captan claramente. En otras pa lab ras , lo s ob je tos i rrad ian ci e rtas o ndas v ib rá ti les que son recibidas por los órganos de la visión. Y éstos se encargan de transmitir los impu lsos recibidos a un lugar del cerebro que transforma esos impulsos en una imagen de las co sas qu e m i ra mos . Todo e sto es rea lm ente co mpl icad o y , de momento, no creo que sea necesario profundizar en ello. De lo único que se trata es de que comprendas que todo

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cuanto existe vibra necesariamente. Si seguimos ascendiendo en la escala de vibraciones, hallaremos las ondas de radio, las ondas telepáticas y las ondas de los seres que habit a n e n o t ra s d i m e n s i o n e s . P e ro , na tu ra l m e n te , no s v a mo s a limitar a las tres teclas que producen las notas conocidas bajo los nombres de objetos sólidos, sonidos y cosas visibles. Yo re f lex ionaba sus pa lab ras y me daba cue nta de qu e m i c a b e z a d a b a v u e l t a s . S i n e m b a rg o , l o c i e r to e s q u e l o s métodos pedagógicos de mi Maestro no producían en mí ningún cansancio. Solamente sentía odio a la enseñanza cu ando a lgú n m aes tro ti rán ico , dom inado po r la i ra , s acudía mi pobre y viejo manto con su vara. Me preguntaste acerca de los colores, L o b s a n g . B i e n . Como tú sabes, cada vibración imprime sobre nuestra aura u n colo r de te rm in ado . As í , po r ej empl o , s i u na p e rso na s e siente desdichada, realmente desdichada, sus órganos emitirán vibraciones en una frecuencia de onda que asu me un c o l o r a p ro x i m a d o a l q u e no s o t ro s l l a ma m o s azul. Y h a s ta las p e rs o na s que no son c l a r i v i d e n te s p a re ce n p e rcib i r e l azul de la tristeza y, por ello, en muchos idiomas, ese color p a r e c e v i n c u l a d o a l a d e s d i c h a , a l a f r u s t r a c i ó n y a l p e s i mismo. E mpe zab a a comp rend e r. Sin emb a rgo , no c ap taba con claridad la relación existente entre "verde" y "envidia". Por ello, interrogué a mi Maestro sobre este particular. Tú po r el sabes v ic io de perfectamente, la envidia, sus Lobsang — me una r e s p o n d i ó — , qu e cua ndo una p e rso na s e ve dom inad a vibraciones sufren alteración específica que e n e l a u r a s e t r a d u c e p o r u n c o l o r p a r e c i d o a l v e r d e . Y , aunque su aspecto exterior no se tiña de ese color, no cabe l a me no r duda de que muc has ve ces p rodu c e l a s en sa ció n de estar verde. También debes saber que, según las influencias planetarias bajo las que ha nacido, cada persona siente la atracción de un color o colores determinados. Sí — exclamé —, ¡ya sé que a los que h a n n a c i d o bajo el signo de Aries les gusta el rojo! —Es cierto — dijo mi Maestro, sonriendo ante mi entu-

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siasmo —. Es la ley de las concordancias armónicas. Las p e rs o n a s r e a c c i o na n m á s fa v o ra b l e m e n t e a n te l o s c o l o re s c u y a s v i b ra c i o n e s c o i n c i d e n c o n s u r i tm o b á s i c o d e v i b ra ción. Ésa es la razón de que los que pertenecen al signo de A ries , po r e jemp lo , p re fie ran el ro jo . En su es tru c tu ra mo lecular predomina ese color. Por ello lo prefieren a los otros. Ardía en deseos de hacerle otra pregunta. Ya conocía la significación del verde y del azul y sabía que el negro de la meditación estaba determinado por el hecho de que el e s tudio hac ía su rgi r franja s os cu ras e n e l au ra d e l as personas que se sometían a un esfuerzo de concentración. ¡Pero era incapaz de comprender el significado del color rojo de una mujer! —Honorable Lama — exclamé por fin, incapaz de contener mi curiosidad por más tiempo —. ¿Por qué decimos que una mujer es escarlata? Mi Maestro me contempló sorprendido. Y me pareció qu e ap enas pod ía contene r la ri sa . D espués , l le no d e a ma bilidad, me puso al corriente de algunas cosas con el objeto de que en el futuro mi cerebro se librara de ciertas confusiones. —Tú ya sabes, Lobsang, que cada persona tiene una frecuencia básica de vibración. Sus moléculas vibran a un ritmo determinado. Y su cerebro emite esas vibraciones por u na l on gi tud de o nda ad ecuad a . N o ha y dos pe rso nas que tengan u na longitud de onda absolu tamente idéntica. Pero cuando sus longitudes de onda son similares o entre éstas s e p roduc en ci e rta s co nco rda nc ia s a rmón ic as , se d ic e que son compatibles. Ése es el origen de las simpatías recíprocas. Al oír sus palabras, pensé en ciertos artistas, extraordin a ri a me n te d o t a d o s p a ra l a c re a c i ó n y d o m i na d o s p o r u n fuerte temperamento. —H o no rab le La ma — l e p regu nté —, ¿ es ci e rto que los a rtis tas ti enen un ri tmo de v ib ra ció n má s i nte nso qu e la s demás personas? —Sin duda alguna, Lobsang — respondió mi Maes-

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tro —. Cuando un hombre posee eso que llamamos inspiración, cuando es un auténtico artista, el ritmo de sus vib ra cio ne s y su l on gi tu d d e onda e s muy supe rio r a l de las de más p e rso na s . El lo hace qu e a lgu na s ve ces tenga u n c arácter inestable y difícil para la convivencia normal. Como co ns ecue nc ia de su e le vado ri tmo vib ra tori o , tie ne n c ierta tendencia a tratar como a inferiores a sus semejantes. Sin embargo, las obras de creación que llevan a cabo tienen tanto valor para la humanidad que vale la pena soportar sus manías y sus anormalidades. Yo imaginaba aquel gigantesco teclado de varias millas de longitud y me parecía imposible que la extensa gama de las experiencias humanas estuviera circunscrita exclusivamente a tres notas. Le expuse mi nueva confusión. —El ser humano, Lobsang — me respondió —, tiene u na i r re f re nabl e te nde nc ia a p e ns a r qu e es l o ú n ico au tén ticamente importante de la creación, ¿comprendes? Pero en realidad hay numerosas formas de existencia completamente distintas a la humana. Los demás planetas están poblados de seres muy diferentes a los seres humanos y que nosotros no podemos imaginar ni comprender. Y esos seres ocupan, en nuestro teclado imaginario, un lugar muy distinto al que ocupamos nosotros. Y los seres de las dimensiones astrales de existencia están en un plano mu cho más elevado qu e el nuestro porque un espíritu que puede atravesar las paredes posee una naturaleza tan sutil que su ritmo de vibración es necesariamente muy superior al nuestro aunque su composición molecular sea muy inferior a la de los seres del mundo físico. Mi Maestro, el Lama Mingyar Dondup sonreía al ver mi gesto de perplejidad. —Verás, Lobsang — me dijo —. Un espíritu puede pas a r a tra vés de u n mu ro de p ied ra po rqu e u n mu ro de p ie d ra es en rea lidad sol ame n te u n co njun to de mol écu las v ibrátiles, separadas unas de otras por espacios vacíos a través de los cuales pueden pasar con facilidad los seres que tienen una composición de moléculas más tenues. Naturalmente, el ritmo de vibración de los seres astrales es muy elevado,

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pero su naturaleza es sutil. Su ausencia de solidez hace que e l núm e ro d e la s mo lé cul as qu e los compon e n s ea mu y re d u c i d o . L a g e n te s u e l e c re e r q u e d e s p u é s d e l a s c a p a s a tmo s fé rica s de l a tie rra , so lamen te ex is te el e spac io va cío . Pe ro se e qui voc an. El esp acio tie ne e n todo mo me nto y e n todas partes una estructura molecular. En general, sus mol é c u l a s s o n d e h i d ró g e n o y e s tá n mu y s e p a ra d a s u n a s d e otras. Pero esas moléculas existen realmente y pueden ser d e t e c ta d a s d e l a m i s m a f o rm a q u e s e p u e de c a p ta r l a p re sencia de un espíritu. Sonaron las caracolas del Templo, convocando el servicio. — Mañan a se gui remo s tra ta ndo de es te tema, L obsa ng . Creo que es necesario que llegues a dominarlo totalmente. Al terminar el servicio religioso, se inició la carrera que tenía por meta la comida. El hambre nos dominaba a todos. Nuestras reservas de alimentos estaban agotadas y aquel era e l d í a s e ñ a l a d o p a ra a b a s te c e r no s nu e v a m e n te d e c e b a d a tostada. En el Tibet, los monjes llevan siempre consigo una pequeña bolsa de cuero donde guardan la harina de cebada que se mezcla con el té y la manteca para preparar el "tsampa". Por esa razón, todos participamos en aquella carrera y nos congregamos en el lugar destinado al reparto, para llenar de provisiones nuestra bolsa, pasando luego al comedor donde nos proporcionarían el té necesario para nuestra cena. L a c o m i d a e ra h o r r i b l e . M a s t i q u é m i " t s a m p a " p re g u n t á n d o m e s i l e i b a a s e n t a r b i e n a m i e s t ó m a g o . Te n í a u n espantoso sabor a grasa quemada y pasé verdaderos apuros para tragarlo. —¡Ah! — dijo un muchacho —. ¡Esto está demasiado tostado! ¡No hay quien se lo coma! —¡Han echado a perder la comida! — le respondí. L o i nt e n té d e n u e v o , c o n t ra y e nd o a ns i o s a m e n te e l ro s tro pa ra v e r si con se guí a por fi n t ra gá rm el o . D espe rd ic ia r la comida es, en el Tibet, una falta grave. Miré a mi alred e d o r y v i q u e t o d o s e s ta b a n d o m i na d o s p o r l a m i s m a a ngustia. Sin duda alguna, el "tsampa" estaba en malas con-

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diciones. Todos tiraban la comida y aqu el hecho constituía u na ex tra ña co in cid en ci a e n u na comu nidad s iemp re hamb ri e n ta c o m o l a n u e s t ra . H a c i e n d o u n g r a n e s f u e rz o , c on seguí tragar el "tsampa" que llenaba mi boca y éste cayó en mi estómago con una violencia inesperada, produciéndome náuseas. Rápidamente, lleno de asco, me tapé la boca con la mano y avancé hacia la puerta... C u a nd o m e d i s p o n í a a e n t ra r d e nu e v o e n e l c o m e d o r, d e s p u é s d e v om i t a r v i o l e n t a me n te c u a n to t e n í a e n e l e s tó mago, oí que alguien me llamaba. ¡Hola, jovencito! — me dijo una voz que p r o n u n c i a ba el idioma tibetano de una manera extraña. Me volví. Era Kenji Tekeuchi, el monje japonés que había estado en todas partes, que había visto y hecho tantas cosas y que, después de vivir las más variadas experiencias, s e ve ía dom i nado po r u n extra ño y p el i g roso de sequ i librio mental. Te ha parecido mala la comida, ¿no es c i e r t o ? — m e di jo co n afe c to —. Yo he te n ido l a mi sm a d i fi cu l tad qu e tú p a r a t r a g a r l a y t a m b i é n t u v e q u e s a l i r c o r r i e n d o p o r l a s mismas razones que tú lo has hecho. Vamos a esperar para v e r q u é s u c e d e . Y o m e q u e d a r é a q u í afuera comida. Señor — le dije con la mayor deferencia — . Tú has por viajado por todo el mu ndo. Tal vez puedas qué en el Tibet la alimentación es tan decirme un rato. E s pe ro qu e el ai re f re sco me l ibre to ta lm ente de l a s náus eas terribles que me ha provocado la

terriblemente monótona. E s t o y c o m p l e t a m e n t e c a n s a d o d e co mer té y "tsamp a" y "tsampa" y té. Algunas veces me r e s u l t a i m p o s i b l e t ra ga r un solo bocado. El japonés me miró con gran comprensión, como compadeciéndose de mí. ¡Ah! — exclamó —. Me lo preguntas porque supones que he tenido que probar los platos más variados. Y tienes r a z ó n . M e h e p a s a d o l a v i d a v i a j a n d o . C o n o z c o l a c o c i n a inglesa, alemana, rusa y, posiblemente, la de casi todos los p a í s e s q u e p u e d a s m e nc i o na rm e . A p e s a r d e m i s v o t o s r e ligiosos, me he dado buena vida o, al menos, así lo creí

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durante mucho tiempo. Pero ahora me entristece pensar q u e n o c u m p l í c o n m i s o b l i g a c i o ne s . — S e a ni m ó d e p ro n t o —. ¡Ah, claro! Me has preguntado por qué nuestras comidas son tan monótonas. Voy a decírtelo. Los occidentales comen demasiado. Su alimentación es muy variada. Sus sistemas digestivos actúan siempre inconscientemente. Quiero decirte con ello qu e no están controlados por la parte consciente del cerebro. Según nuestras enseñanzas, si nuestro c e reb ro pu ede a nal i za r, a tra vés de los ojos , e l tipo de nut r i c i ó n q u e v a m o s a i n t r o d uc i r e n n u e s t r o e s t ó m a g o , é s t e segrega los jugos gástricos necesarios, en cantidad y en cal id ad , p a ra apr o v ec ha r lo s al i me n tos h as ta e l máx imo . S i , p o r e l co n t ra r io , los a l ime n tos se in g ie re n i nd is c ri mi nada m ente y l a p e rso na qu e los come es tá pe rdi e ndo el tiempo en conversaciones inútiles, los jugos no son segregados de la forma adecuada, la digestión se hace penosa, se padecen indigestiones y, finalmente, se producen las úlceras intestinales. ¿Querías saber por qué nuestras comidas son tan pobres? ¡B ien! C uanto más pobre y, dentro de unos límites r a z o na b l e s , m á s m o n ó to na e s l a c o m i d a q u e c o n s u m i mo s , m ás p rop ic ia e s pa ra e l de sa rro l lo de la s pa rtes fís ica s de n u e s tro c u e rp o . Y o e s tu d i é l o O c u l to c o n e l ma y o r a p a s i o namiento. Tenía grandes poderes de clarividencia. Pero s ie mp re co mí y beb í e n pro po rc io nes rea lme n te i nc re íb les y perdí todos mis poderes metafísicos. Por ello, me vine aquí a Chakpori, para que cuidaran de mí y para que mi cu e rpo ca nsado pu di e ra repos a r u n poco an tes de ab andonar este mundo. Y cuando, dentro de pocos meses, me vaya de l a tie rra , los Tri t u rado res de C adá ve res des tro za rán mi cuerpo y terminarán la tarea que yo inicié, hace ya mucho ti empo , y ll evé a cabo a lo larg o de toda mi v ida comie ndo y bebiendo desmesuradamente. M e mi ró y s e ag i tó u n in s ta n te en u no de su s ex t ra ño s y súbitos estremecimientos. —No olvides mis palabras, hijo — añadió —. Sigue mi co ns ejo . A l iménta te si emp re co n sob ried ad y nu nc a pe rde rás tus poderes. Si no crees lo que te digo, si, comes como un animal hambriento, te destruirás a t i m i s m o . Y ¿ q u é

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g a n a r á s c o n e l l o ? I n d i g e s ti o n e s , s o l a m e n t e i n d i g e s ti o n e s . Y úlceras gástricas que terminarán irremediablemente con tu buen humor. ¡Ay! ¡Ay! Tengo que irme. Creo que voy a tener otro ataque. El monje japonés Kenji Tekeuchi se alejó precipitadam e n te ha c i a e l s e c to r d e l o s l a m a s . Y o m e s e n t í a l l e no d e compasión y tristeza. Me hubiera gustado poder hablar con él durante mucho tiempo. ¿Qué tipo de alimentos le habían arruinado de aquella forma? ¿Serían sabrosos? De pronto, tuve conciencia de mis propios pensamientos, de mis dudas. Y me burlé de mí mismo. ¿Para qué atormentarme de aquella forma si todo lo que tenía a mi alcance era el té rancio y grasiento y el "tsampa" quemado, negruzco, repugnante? Sacudí mi cabeza resignado y entré en el Comedor nuevamente. H ab lé con mi Ma es tro , e l Lam a Mi n gya r D o ndup , un as horas después. Honorable Lama — le pregunté —, ¿por qué l a g e n t e compra horóscopos a los charlatanes de "El C a m i n o " ? Mi Maestro lanzó un hondo suspiro. Como tú ya sabes, Lobsang — me respondió —, n i n gún horóscopo es válido si no se prepara especialmente para cada persona. Los horóscopos no pueden ser preparados por un p rocedi m ie nto de p roduc ció n m as iva . L os qu e los c ha rl a t a n e s v e nd e n e n "E l C a m i n o " s i rv e n ta n sólo p a ra sacar — Me el dinero a las que personas los demasiado cuando crédulas. miró significativamente y continuó —: compran,

N atu ralmente, los peregrin o s

r e g r e s a n a s u h o g a r , m u e s tra n e sos ho rós copos co mo u n re cue rdo de l Po ta la . De esa forma se quedan satisfechos y los charlatanes también. Por ello, si todos se sienten tan felices, ¿para qué preocuparse con esas cosas? —¿Crees necesario que las personas conozcan sus horóscopos auténticos? — le pregunté. —No, Lobsang, no. Creo que, en general, no es conveniente. Sólo en algunos casos, como el tuyo, es aconsejable. Los horóscopos sirven muy a menudo para que las personas intenten eludir las responsabilidades de sus pro-

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pias acciones. Por ello, no soy partidario de que se recurra a l a as tro log ía , a no s e r que ex is tan pa ra el lo ra zones conc re tas y su fi cie n te s . Co mo tú sab es , l a may o rí a d e la s p er sonas son como peregrinos que recorren la ciudad de Lhasa. Los árboles, las casas y el laberinto de las calles les impiden ver el camino que tienen ante ellos. Deben estar preparados para enfrentarse a cualquier contingencia. Desde aquí, desde nuestro elevado puesto de observación, podemos ver con la mayor claridad los obstáculos que les esperan. Los peregrinos son como las personas que no conocen su horóscopo. Nosotros, por haber alcanzado un grado de desarrollo superior al de los peregrinos, somos como personas que sí co noc en e l su y o . Y el lo nos pe rmi t e ve r e l c amino que ten dremos que recorrer, con sus dificultades

y

sus obstáculos, y

p o d e m o s p re p a ra r no s p a ra s u p e ra rl o s c u a nd o s e a n e c e sario. —Hay otra cuestión que me preocupa enormemente, Honorable Lama. ¿Por qué conservamos en esta vida los conocimientos que adquirimos en nuestras pasadas existencias? L e mi r é l le no d e a ns iedad . S i emp re se n tía c ie r to te mo r cuando le hacía preguntas de este tipo porque sabía perf e c ta m e n t e q u e n o t e n í a n i n g ú n d e r e c ho a p ro fu nd i z a r e n c ie rt as m a te ria s má s a l lá d e l o a co n se jab le . P e ro m i Mae stro, en lugar de molestarse ante mi cu riosidad, me respondió con su amabilidad acostumbrada. —A nte s d e v en i r a l a tie rra, Lob sa ng , no s tra zamo s un plan de lo que intentaremos hacer. Nuestro su bconsciente acumuló una serie de conocimientos. Y si nos es posible introducirnos en él — ¡como hacemos algunos de nosotros! — podemos llegar a conocer con la mayor exactitud cuáles fueron nuestros planes. Naturalmente, si lo recordáramos todo detalladamente, nuestros esfuerzos para perfeccionarnos no tendrían ningú n mérito porque todo lo tendríamos previsto de antemano. Algu nas veces, por razones ocultas, du rante el sueño o a través de un desdoblamiento consciente, las personas salen de su cuerpo y se ponen en contacto con su Ser Superior. Y ello permite en ocasiones

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e n t ra r e n c o n ta c to c o n l o s c o n o c i m i e n to s a l m a c e na d o s e n e l s u b c o n s c i e n te , c o n s i g u i e n d o q u e é s to s s e v i e r ta n e n e l cuerpo físico. Y cuando el cuerpo astral regresa a su envoltura terrestre, la mente conserva el recuerdo de las cosas qu e l e suc edi ero n e n sus pas adas exi s te nci as . Es to pu ede s e rno s mu y ú ti l pa ra no vol ve r a come ter los m ismo s e rrores en que incurrimos a lo largo de nuestras vidas sucesivas. Te pondré un ejemplo. Una persona siente tal vez la tentación de suicidarse. Pero si esa persona fue castigada por haber cometido esa falta en otras ocasiones, tendrá una conciencia intuitiva del carácter negativo de la autodestrucc ió n y e l lo l e se rvi ría ta l v ez pa ra no c ede r a l de seo de autodestruirse de nuevo. Yo reflexionaba sus palabras. Pensativo me acerqué a la ventana y miré al exterior. Debajo de nosotros, se extendía e l húmed o v e rdo r d e l p a n ta n o y la v e rde h e rmo su ra de l o s sauces. Las palabras de mi Maestro desvanecieron mis ensueños. — Siemp re te gu sta mi ra r por la ventana , Lobsang. ¿N o has pensado nunca que lo haces porque, inconscientemente, sientes que tus ojos descansan al contemplar el color verde que predomina en el paisaje? M e d i c u e n ta d e q u e , e n re a l i d a d , s i e m p re q u e m e s e ntía cansado de estudiar mis libros, se asomaba en busca de aquel color. —El verde, Lobsang — dijo mi Maestro —, es un color que tiene la propiedad de aliviar nuestros ojos fatigados. Cuando visites el mundo occidental, verás que en alg uno s tea tros ex is te u n "sa ló n ve rde ", donde los ac to re s y las actrices descansan y alivian sus ojos, sometidos durante algún tiempo a la intensa luz de los focos. Mis ojos se abrieron asombrados. Pensé qu e cuando se me presentara la ocasión, suscitaría nuevamente el tema de los colores que me parecía tan apasionante. —Ahora debo irme, Lobsang — dijo mi Maestro —. Pero mañana ven a verme otra vez y proseguiremos nuestras clases.

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S e l e v a n t ó y s e fu e , d e s p u é s d e d a rm e u na s c a ri ñ o s a s palmadas en el hombro. Durante unos instantes, seguí contemplando el húmedo verdor de las hierbas de los pantanos y de los árboles, tan beneficioso para mis ojos fatigados.

CAPÍTULO XII

Me detuve unos instante a mitad del sendero y contemplé la ladera de la montaña. Mi corazón estaba lleno de t r i s te z a y l a s l á g ri m a s a rd í a n d e n t ro d e m í p u g n a n d o p o r brotar de mis ojos. Se llevaban al anciano Kenji Tekeuchi. El mo n je japo nés h ab ía " re g resado con sus An tepa sados ". Los Trituradores de Cadáveres se llevaban su pobre cuerpo s in v ida le jos d e noso tros . ¿Es ta rí a ac aso su Esp í ri tu re corriendo un sendero bordeado de cerezos en flor? ¿O tal vez co n te mpl a rí a u na ve z más los e rro re s de su v ida y empe za ría a preparar su regreso a la tierra? Miré hacia abajo y, a n te s d e qu e los homb re s dob la ra n un recodo de l c am ino , v i el patético conjunto de carne que antes había sido un homb re . El sol se e nsomb rec ió d e p ronto y m e pa re ció que veía su rostro entre las nubes. ¿Sería cierto, me preguntaba, que los Guardianes del mundo existían? Los Grandes Espíritus Guardianes estaban destinados a dar testimonio de los sufrimientos del Homb re a lo la rgo de su v ida sobre la Ti erra . Pe ns é que se rían l o m i s m o q u e ma e s t ro s . Ta l v e z c u a n d o Ke n j i Te k e u c h i s e ha ll a ra e n su p re se nc ia , é s tos le di ría n qu e hab ía ap re nd id o b i e n l a g ra n l e c c i ó n d e l a e x i s t e n c i a . E s p e r a b a q u e a s í sucediera porque fue un débil anciano que había vivido mucho y sufrido mucho. ¿O tal vez necesitaría volver a encarnarse y asumir una nueva envoltura carnal para seguir aprendiendo? ¿Cuándo volvería? ¿Dentro de seiscientos años? ¿Ahora mismo?

LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS

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Pensaba todo aquello y pensaba, al mismo tiempo, en el servicio religioso al que no había acudido para asistir al Servicio de Acompañar a un Muerto. Las vacilantes llamas de las lámparas de grasa eran como una imagen de nuestra pobre vida. Recordé las nubes de incienso, con su dulce aroma, qu e al ascender parecían transformarse en seres vivientes. Por un momento, había imaginado que Kenji Tek e u c h i a c a b a b a d e r e g re s a r d e n u e v o c o n n o s o t r o s y e s t a ba vivo. Pero su cuerpo se alejaba por el sendero lentam e n t e . Ta l v e z e n a q u e l l o s m o m e n t o s , s u e s p í r i t u e s t a b a contemplando en el Archivo Kármico las escenas de todo cuanto había sucedido. Y, posiblemente, podría conocer claramente cuáles fueron sus errores para recordarlos cuando regresara de nuevo a la tierra. E l an ci ano me h ab ía e ns eñ ado mu chas co sa s . A su m an e ra , me demos t ró su ap rec io y me tra tó como a u n i gu al . P e ro y a h a b í a a b a n d o na d o e s te m u nd o . Y o a r ra s t ra b a s i n prisas mis sandalias gastadas sobre la tierra y sobre las roc as . ¿C ó mo hab ría s ido su m ad re ? Me re su l taba impos ib le imaginármelo joven, en su hogar, entre su familia. La soled a d d e b i ó d e s e r d u ra p a r a é l , p o rq u e s i e m p re v i v i ó e n tr e extraños, muy lejos de su patria, muy lejos de la cálida brisa de su Montaña Sagrada. Me había hablado del Japón muchas veces. Y cuando lo hacía, su voz enronquecía y sus ojos brillaban con una luz extraña. Un día me sorprendió profundamente asegurándome que las personas solían aventurarse en el peligroso mundo de los conocimientos ocultos cuando en realidad, en lugar de asediar a un Maestro con sus preguntas, lo que deberían h ac e r es esp e ra r a a lc an za r l a p repa r ac ión n ece sa r ia pa ra ello. "El Maestro llega «siempre» cuando el alumno está p re p a ra d o p a ra r e c i b i r l o , hi j o " , m e h a b í a d i c ho . "C u a nd o tengas u n Maestro, obedécele en todo porque ésa es la única forma de alcanzar la verdad deseada." Oscurecía. Las nubes pasaban veloces sobre nosotros y el viento arrastraba su cotidiano cargamento de polvo. Deb a j o d e m í , e n l a L l a nu ra , u n p e q u e ño gr u p o d e h o m b r e s pareció salir de la montaña. Suavemente colocaron su pa-

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LOBSANG RAMPA

tética carga sobre un caballo y se alejaron todos lentamente. Yo estuve contemplando el pequeño cortejo fúnebre h a s ta q u e s e p e rd i ó e n e l ho ri zo n te . D e s p u é s , s i n p ri s a s , vo lv í l a e spa lda a la L la nu ra y a sce nd í p ens a ti vo a la mon taña.

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