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EL LENGUAJE ES UN ENCIERRO

Rigoberto Lanz

“Lo que prevalece y abruma es lo secundario


y lo parasitario”.
GEORGE STEINER: Réels Présences, p. 154

Los amigos Esteban Emilio Mosonyi y Jonatan Alzuru han estado


ocupados en un importante debate en el que yo mismo he servido
de inspirador. Tal vez sea el momento de una breve acotación. El
lector puede que haya perdido los hilos de la discusión inicial, pero
no importa. De momento me ocuparé sólo de una derivación de esa
conversa para no “llover sobre mojado”. ¿De qué se trata?
Vamos a tomar como una ingenuidad la afirmación del amigo
Alzuru de que el lenguaje “no sólo es cárcel”, que “lo constitutivo
del lenguaje es el fluir”. ¡Malas noticias! Para no andar por las
ramas digámoslo brutalmente: el lenguaje es esencialmente cárcel
y lo que le es constitutivo es el encierro. Exactamente lo contrario
de lo que dice nuestro amigo. La tiranía del significante no se
resuelve con el juego del significado (salvo momentos excepcionales
de la palabra poética y rupturas rarísimas en el pensamiento) El
lenguaje, sobre manera cuando se hace discurso, está allí para
normalizar, no para liberar; está allí para instrumentalizar, no para
emancipar; está allí para disciplinar, no para rebelar. Incluso en las
sociedades más inocentes, el lenguaje es un normalizador, es decir,
funciona como dispositivo que recorta la realidad de un cierto modo
(no tiene otro remedio) y nombra el mundo de la manera que una
cierta configuración cultural puede hacerlo (no tiene más opciones)
Pero como las sociedades no son tan inocentes, entonces la cosa
se pone más complicada: es ahora el poder el vector principal que
saca provecho de la socialización lingüística para su reproducción,
para la construcción de subjetividades, para la construcción misma
de la “realidad”. Esta jaula reforzada es lo que tenemos como
discursividades en nuestras flamantes sociedades. Son las prácticas
discursivas los nichos más potentes de reproducción de las
relaciones dominantes. Peor aún en los estilos lingüísticos
caracterizados como el de la ciencia y todos aquellos lenguajes pre-
legitimados por la autoridad de algún poder (en todos los terrenos,
la sexualidad incluida)
“Las personas no hablan, son hablados”, nos recuerda el maestro
Michel Foucault. “Capital cultural y capital lingüístico son
condiciones constitutivas de lo que hablar quiere decir”, nos
recuerda el camarada Pierre Bourdieau. ¿Entonces? ¿A qué viene la
candidez de definir el lenguaje como este puro “fluir”? Parece poco
creíble que el amigo Jonatan esté siendo víctima de una inocentada.
Me parece más bien que el asunto va por el lado de un sustrato
filosófico no bien defecado que presumía una universalidad de
lenguajes bien posicionados en la flamante cultura occidental.
Desde allí se puede condescender a esas pequeñeces del diálogo de
saberes, pensar desde el Sur, interculturalidad, encuentro de
civilizaciones. Pero aún en este trance, es pedir demasiado en
nombre de un presunto lenguaje que “fluye”.
Otra cosa es reconocer también que el mercado lingüístico
(Bourdieau) funciona de modo contradictorio, no es un territorio
plano y unilineal. Como todas las relaciones de poder, allí también
hay resistencia (Foucault) Los pliegues, efectos perversos y fisuras
del lenguaje están por todos lados. La gente se las arregla para
bordear las rigideces del discurso políticamente correcto: desde los
sincretismos que siempre han existido, hasta las novedosísimas
maneras de escribir mensajes de texto (asunto que tanto preocupa
a la compañía “Telefónica” porque está deformando el español) Pero
esto ocurre a pesar del lenguaje mismo, es decir, es la contestación
a sus límites, es la búsqueda de otra semiótica, es la posibilidad de
rupturas con las jaulas discursivas. Lo que sí sería una ingenuidad
imperdonable sería creerse en serio que esto ocurra
“espontáneamente”, como una propiedad de la lengua. Esta
universalidad agazapada es una trampa.
No hay posibilidad emancipatoria que no pase forzosamente por la
superación de los modos de nombrar. Ignorar esta premisa básica
es lo más caro que han pagado todos los intentos revolucionarios
que conocemos.