Linda Hutcheon (1992) IRONÍA, SÁTIRA, PARODIA.

UNA APROXIMACIÓN PRAGMÁTICA A LA IRONÍA I
El renovado interés crítico con respecto a la ironía como tropo retórico corre el riesgo de velar el hecho de que la inserción de ese tropo en contextos literarios, no ha llamado más que escasamente la atención hasta ahora. Los debates sobre este tema se han centrado inevitablemente sobre ejemplos basados en una sola palabra o sobre una frase aislada. El fracaso no hace más que poner en evidencia una limitación del método analítico utilizado y demuestra, también, el tipo de problema que resulta de la restricción de la ironía un fenómeno únicamente semántico. Las mismas dificultades se presentan con respecto a las relaciones que ligan la ironía a los dos géneros literarios que conceden a este tropo una posición privilegiada: la parodia y la sátira. Lo que complica la cuestión es una ausencia de precisión de las definiciones mismas de la parodia y la sátira. Habría que escudriñar las relaciones del tropo con los géneros desde un punto de vista pragmático a fin de establecer una diferenciación genérica más precisa. La pragmática se distingue de otras orientaciones semióticas por su concentración sobre el efecto práctico de los signos. La pertinencia para el estudio de la ironía verbal y de sus relaciones literarias, se demuestra por la necesidad de determinar las condiciones y las características de la utilización del sistema particular inaugurado por la ironía en el marco de los dos géneros literarios. Lo que deja entender una perspectiva pragmática a este respecto es la posibilidad de combinar la claridad seductora de los modelos estructuralistas con la complejidad dinámica de los modelos hermenéuticos. No se podría ignorar la importancia decisiva de la intencionalidad y de la recepción del texto cuando se trata de un tropo como la ironía, el cual implica una distanciación obligatoria entre el lector y el texto; de ahí la comodidad del uso de la pragmática en calidad de orientación semiótica para abordar los problemas del empleo contextual de la ironía literaria. La unción pragmática de la ironía consiste en un señalamiento evaluativo, casi siempre peyorativo. La burla irónica se presenta generalmente bajo la forma de expresiones elogiosas que implican, al contrario, un juicio negativo. La ironía es, a la vez, estructura antifrástica y estrategia evaluativa, lo cual implica una actitud del autor-codificador con respecto al texto en sí mismo. La parodia no es un tropo como la ironía: se define normalmente no como fenómeno intertextual, sino como modalidad del canon de la intertextualidad. Como las otras formas intertextuales (la alusión, el pastiche, la cita, la imitación y demás), la parodia efectúa una superposición de textos. La parodia representa a la vez la desviación de una norma literaria y la inclusión de esa norma como material interiorizado. La parodia no puede tener como “blanco” más que un texto o convenciones literarias. Es una síntesis bitextual que funciona siempre de manera paradójica, es decir, con el fin de marcar una transgresión de la doxa literaria. La distinción entre la parodia y la sátira reside en el “blanco” al que se apunta. La sátira es una forma literaria que tiene como finalidad corregir, ridiculizándolos, algunos vicios e ineptitudes del comportamiento humano. Las ineptitudes a las que de este modo se apunta están consideradas generalmente como extratextuales en el sentido de que son morales o sociales y no literarias. El género puramente satírico en sí está investido de una intención de corregir que debe centrarse sobre una evaluación negativa para que se asegure la eficacia de su ataque. No hay que olvidar el doble funcionamiento irónico de contraste semántico y de la evaluación pragmática. En el plano semántico la ironía se define como señal de diferencia de significado, a saber, como antífrasis. Como tal se realiza de forma paradójica, por una superposición estructural de contextos semánticos (lo que se dice/lo que se quiere que se entienda). Hay pues, un significante y dos significados. También la parodia representa una señal de diferencia por medio de una superposición de contextos. El tropo, así como el género, reúne la diferencia con la síntesis, la alteridad con la incorporación. Esta semejanza estructural explica el uso privilegiado de la ironía como tropo retórico en el discurso paródico. Ahí donde la ironía excluye la univocidad semántica, la parodia excluye la unitextualidad estructural. En las dos funciones complementarias, pero diversas, se sitúa el núcleo de la confusión terminológica entre la parodia y la sátira. La utilización de al ironía por los dos géneros facilita la confusión de un género con el otro. II Puesto que la pragmática se ocupa de los efectos de la codificación y la descodificación, se requiere una noción de ethos, pero concediendo mayor importancia al proceso de codificación. El ethos será, pues, una respuesta dominante que es deseada y por último realizada por el texto literario. Es una reacción buscada, una impresión subjetiva que es motivada, a pesar de todo, por un dato objetivo: el texto. Desde el punto de vista de la pragmática, sería posible plantear como postulado, ethos no solamente para el tropo, sino para cada uno de los géneros. Había que empezar por una descripción de cada uno de los tres ethos en un estado llamado “puro” o aislado, antes de escudriñar sus entrelazamientos más complejos, pero más usuales en los contextos literarios. En el estado hipotéticamente aislado, la ironía posee un ethos burlón marcado en el sentido (lingüístico), donde es codificado peyorativamente. Como la ironía, la sátira posee un ethos marcado, pero que está codificado más negativamente aún. Es un ethos más bien despreciativo, desdeñoso, que se manifiesta en la presunta cólera del autor, comunicada al lector a fuerza de invectivas. No obstante, la sátira se distingue de la invectiva

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pura por el hecho de que la intención de la primera es corregir los vicios que se supone han suscitado este arrebato. En general se observa que la parodia también está provista de un ethos marcadamente peyorativo. La distancia crítica entre el texto que parodia y el texto incorporado como fondo, no funciona necesariamente de una manera perjudicial para el texto parodiado. La parodia siempre apunta a indicar una diferencia entre dos textos, aún ahí donde el “blanco” está desplazado. Es por eso que el ethos paródico se debería distinguir como no marcado: no marcado (como en la lingüística) porque es valorable de diversas maneras. De conformidad con el sentido “contra” o “frente a” de para, se podría plantear en principio un ethos paródico contestatario, incluso provocador, que estaría completamente de acuerdo con l concepto tradicional del género. Por otro lado, a partir del sentido “al lado de” de para, se podría adelantar la posibilidad de un ethos respetoso, sobre todo en lo concerniente no sólo a la parodia en la metaficción posmoderna, sino también a la parodia litúrgica del Medioevo, a la imitación como género en la época del Renacimiento y aun, tal vez, el carnavalesco bajtiniano. El estado “puro” en el cual se ha intentado describir cada uno de los tres ethos del esquema, raramente se presenta en los textos literarios. Hay casi siempre interferencia de un círculo con los otros dos; debido a lo cual, se encuentran entrelazamientos constantes de los círculos. Sin embargo, habría enseguida que efectuar una primera modificación del modelo para dejar más sitio a la ironía. Ahí donde la ironía coincide con la sátira, el extremo de la gama irónica (donde se produce la risa desdeñosa) se enlaza con el ethos despreciativo de la sátira(que conserva siempre su finalidad correctiva). Al otro extremo de la gama irónica, se encuentra la pequeña sonrisa de reconocimiento del lector que se da cuenta del juego paródico; es decir, crítico al mismo tiempo que lúdico, de un autor como Stanislav Lem: A Perfect Vacuum , que contiene una serie de parodias de convenciones literarias modernas, bajo la forma de las reseñas borgianas (de Borges) de novelas que no existen. Ahí donde se enlazan la parodia y la sátira y donde habitualmente se hace valer también la ironía, se desemboca en un reconocimiento de la intención “desinflante” de autor, en relación con los planos literario y social. Este caso particular del entrelazamiento puede seguir dos direcciones posibles, debido al hecho debido al hecho de que el “blanco” apuntado por la parodia es siempre otro texto una serie de convenciones literarias, mientras que el fin de la sátira es social o moral y, por consiguiente, extratextual. Por un lado, hay (según la terminología de Genette) un “tipo” de “género” parodia que es satírico pero que apunta siempre a un “blanco” intertextual, por el otro, la sátira paródica (un “tipo” de “género” sátira) que apunta a un objeto fuera del texto pero que utiliza la parodia como dispositivo estructural para llevar a cabo su finalidad correctiva. Queda por comentar el momento en que los tres círculos se entrelazan enteramente y llegan a superponerse perfectamente uno sobre otro. Es el momento en que los dos géneros literarios se alían y hacen uso plenamente del tropo irónico. III Catherine Kerbrat-Orecchioni ha demostrado que, si se admite el concepto de ironía como tropo, esto presupone que se reconoce la pertinencia de las nociones de norma y de intencionalidad, nociones que la crítica literaria preferiría omitir, y que ignora de hecho. Las implicaciones teóricas son numerosas, sobre todo en lo concerniente a estos tres aspectos: 1) las complejidades inevitables del concepto general de la intencionalidad; 2) la cuestión de las competencias del lector; 3) la polaridad manipuladora del autor. Habría que tomar en cuenta las complicaciones introducidas por la posibilidad de una ironía inconsciente, no deseada por el codificador pero descodificada como irónica por el lector. Asimismo es concebible que un lector pueda interpretar como paródico o satírico, un texto creado sin ninguna intención de este tipo, al menos por parte del codificador. Si, por el contrario, la ironía escapa al lector, éste leerá el texto simplemente como lee cualquier otro. Estas dos situaciones intencionales, nos sensibilizan a la necesidad de considerar la interpretación, por el lector, de la intencionalidad, así como la intención significante de la codificación en sí. Las competencias del lector, así como su interpretación de la intención, entran en juego con respecto al tropo y a los dos géneros. A propósito de la ironía, debe postularse una triple competencia de parte del lector, lingüística, genérica e ideológica. La competencia lingüística juega el papel principal en el caso de la ironía, donde el lector tiene que descifrar lo que está implícito, además de lo que está dicho. La competencia genérica del lector presupone su conocimiento de las normas literarias y retóricas que constituyen el canon, la herencia institucionalizada de la lengua y de la literatura. La tercera clase de competencia, la más compleja, podría llamarse ideológica (en el sentido más amplio del término). Uno de los reproches mas frecuentemente dirigido al discurso irónico y paródico es el elitismo. La ironía, la parodia y la sátira no existen más que virtualmente en los textos así codificados por el autor, y no son actualizados por el lector más que si satisface ciertas exigencias (de perspicacia, de formación literaria adecuada). El lector que no logra captar la ironía (la parodia o la sátira) es aquel cuya expectativa es, de un modo u otro, insuficiente. La comprensión de la ironía, como de la parodia y de la sátira, presupone una cierta homología de valores institucionalizados, ya sea estéticos (genéricos), ya sea sociales (ideológicos), condición que Kristeva denomina consolidación de la ley. Hay implicaciones pragmáticas a nivel ideológico que rebasan la cuestión de la competencia del lector y que merecen ser al menos mencionadas, sobre todo por que en esos casos también opera una paradoja significativa y ligada a los que ya hemos discutido. La polaridad manipuladora o los efectos manipuladores de cualquier autor como codificador del texto, se reparten siempre entre la agresión y la seducción. En el discurso irónico, paródico o satírico este reparto es un más manifiesto. El ethos despreciativo de la sátira representa la forma de agresión más manifiesta, pero se la encuentra también en la

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función pragmática de evaluación de la ironía burlona. En lo concerniente a la parodia, la cuestión de la agresividad es problemática, o al menos, ambigua, dadas las posibilidades de ethos neutro o deferente. IV Si existe un peligro inherente a la discusión precedente sobre las correlaciones pragmáticas y sus implicaciones para la crítica, es el riesgo de ofuscar diferencias significativas entre la ironía y los géneros, la sátira y la parodia, que recurren muy frecuentemente a ese tropo. De hecho, existen diferencias: 1) en la posición y el grado de dificultad de la localización textual, y por consiguiente: 2) en el grado de visibilidad y 3) en la integridad del signo lingüístico. Es cierto que la posición de actualización textual cambia cuando se considera un tropo intratextual y no un género completo como la parodia y la sátira, con sus componentes estructurales y pragmáticos bien definidos. Los ethos pragmáticos facilitan la localización textual de las características estructurales individuales que sirven para definir los dos géneros, en el sentido en que el “blanco” influye en la estructura. La segunda diferencia está estrechamente ligada a la primera en lo que concierne a la visibilidad textual que sirve de revelador, a la vez, el tropo y a los dos géneros. La ironía está en su máximo de eficacia cuando menos presente está, cuando está casi casi in absenria. En el plano pragmático, la ironía, como la parodia intertextual, instaura lo que Riffaterre llama una dialéctica memorial en la mente del lector, en razón de su estructura común de superposición que, no obstante, señala paradójicamente una diferencia semántica o textual. De nuevo es la similitud estructural de la parodia y de la ironía, la que ilustra mejor este hecho: la parodia parece funcionar siempre intertextualmente como lo hace la teoría intratextualmente. Ambas hacen eso, para marcar, no la similitud, sino la diferencia. No obstante, es siempre un método crítico el que es necesario, aunque no suficiente. No es más que a partir del reconocimiento, a la vez, de la especificidad semántica (contraste) y pragmática (evaluación) de la ironía, que se puede remontar al origen de la confusión taxonómica que rodea la parodia, la sátira y de hecho, todos los demás géneros que realzan este tropo retórico.

[Linda Hutcheon, “Ironía, sátira, parodia. Una aproximación pragmática a la ironía”, en De la ironía a lo grotesco, Ed. Hernán Silva, México, Universidad Autónoma Metropolitana Iztapalapa, 1992, pp. 173-193.]

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