El origen de la sangre maldita

Un relato basado en La Marca del Guerrero

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II. La biblioteca había quedado destruida, y Beldere podía dar gracias por no haberse quedado atrapado entre las llamas. Había logrado salir por la puerta que daba al despacho poco antes de que los guardias hiciesen aparición y había regresado a su cuarto tan rápido como había podido. Al menos en principio, nadie sospechaba que podía ser cosa suya. Su padre mandó azotar a uno de los criados al sospechar que podía haber dejado el candelabro encendido dentro de la estancia. De haber estado seguro, le hubiese ejecutado. Por si fuera poco, el pueblo llano tenía sus propias elucubraciones. Los rumores corrían como el fuego en un incendio sureño en verano, contradiciéndose y desvirtuándose cada vez más. Se hablaba de si esta familia o aquella otra habían atentado contra la vida de los reyes, de si se habían encontrado huesos carbonizados en la biblioteca e, incluso, de que el fuego era de un color extraño y había tomado la forma de un dragón, achacando el ataque a la brujería. Sea como fuere, la pérdida de la biblioteca era una desgracia inconcebible. No podía consentirse que la familia real no tuviese la mejor y mayor colección de libros del reino. No sólo eran una fuente de sabiduría, sino una muestra de poder. Los libros eran un artículo muy caro, especialmente los antiguos, que hablaban de cosas que ya no existían, cosas destruidas en la Época del Fuego. Muchos de los libros que se habían quemado no tenían copia alguna y sus conocimientos se habían perdido para siempre. Algunos de los señores del reino no tardaron en enviar ejemplares o copias de sus propias bibliotecas, mostrando sus condolencias por la pérdida y asegurando, de paso, que no tenían nada que ver con aquel destructivo incendio. Una de las familias que tuvo a bien enviar a uno de sus miembros para agasajar al rey con media docena de valiosos libros fue la de los Cublión. Concretamente Samo Cublión, que años más tarde sería conocido como el Exterminador de Bárbaros, guardó cuidadosamente los manuscritos en un arcón de tamaño mediano. Luego hizo llamar a su sobrina, Carleta. Carleta era una mujer de generosa figura, con curvas deliciosamente bien definidas. Su pelo era largo y ondulado, su nariz proporcionada, sus rasgos perfilados. Lo único que podía decirse en contra del aspecto de Carleta era que cojeaba un poco, debido a una caída de caballo que había sufrido de niña. Pero Carleta había heredado la esencia de los Cublión y convertía cada inconveniente en una oportunidad. Así, aquella mujer era capaz de centrar la atención en su cojera cuando la situación así la propiciaba, para despertar lástima o deseos de protegerla, mientras que la usaba como prueba de su entereza y perseverancia cuando las circunstancias requerían que demostrase su fortaleza. Cuando Samo la vio llegar pensó que, a pesar de que aún era joven, ella sería perfecta para realizar la tarea. La decisión en su forma de moverse no dejaba lugar a dudas: era una mujer que obtenía lo que quería. Esto era lo que el señor de los Cublión necesitaba.

Carleta, por su parte, miró a Samo con una sonrisa ladeada. Sabía de la atención con la que los hombres vigilaban su cuerpo y disfrutaba de ello con todo el descaro, incluso cuando se trataba de un familiar. - Me alegra verte bien, tío – dijo ella, acercándose y haciendo una inclinación -. ¿Es ése el paquete? Carleta no se dedicaba a dar vueltas alrededor de un asunto antes de abordarlo a no ser que fuera estrictamente necesario. Su interlocutor asintió, sonriendo. - Es todo un baúl. ¿No será demasiado? - No con tu encanto, querida sobrina – respondió Samo -. Espero sabrás encargarte debidamente de la tarea. - Aunque fuse mi propio padre – contestó ella resuelta. Se decía de los Cublión que siempre esperan el momento adecuado, que guardaban sus cartas para sacarlas justo cuando la situación les resultaba más beneficiosa. Los asuntos menores del señorío eran delegados en otros familiares, pero el señor de la casa se encargaba de las grandes estratagemas políticas, algunas de las cuales tenían décadas de de antigüedad y habían sido transmitidas de padres a hijos. La paciencia de un Cublión, según el dicho, no conoce límites. En este caso, la decisión de hacer una copia de todos los libros de su biblioteca, una importante inversión en previsión de que fueran un cebo o una fuente de ingresos en el momento oportuno, había resultado idónea para la ocasión. En un engañosamente modesto carro de caballos, Carleta inició su viaje hacia la Capital, con todos los libros bien guardados en el arcón, escondido en un doble fondo bajo su asiento para asegurarse de que pasase desapercibido en caso de que bandidos de los caminos decidieran asaltarles. Hicieron bien en ser cautos. En el segundo día de viaje, aún en sus propias tierras, tres ladrones salieron de las veras del camino, repentinamente, para agarrar las riendas de los caballos que tiraban del carro. Los animales, frenados, no respondieron a la fusta del conductor, que cesó rápidamente en su intento fútil de huir cuando ocho asaltantes más se dejaron ver, rodeando el carro. A pesar de las prohibiciones, llevaban armas y cotas de malla. Carleta Cublión miró al guardia que la escoltaba. Éste se mostró sorprendentemente tranquilo. En realidad, era un hombre muy sosegado. - No os preocupéis, mi señora. Estos campesinos se echan al camino por el hambre, no por la sed de sangre. No tratarán de haceros daño – la calmó. - ¿Y si lo intentan? – preguntó ella tensándose. - Si lo intentan, les mataré. Los ladrones cerraron el círculo entorno al coche de caballos.

- No quisiéramos entretenervos más de lo nesezario – dijo el cabecilla, aproximándose a una de las puertas del carruaje. - Bien está – respondió con una sonrisa lobuna el guardia -, porque nosotros no deseamos ser entretenidos. - En tal caso, abran la puertezuela y bajen vuesas mercedes para que pue’a revisar todo eh carro tan bonico que sus trae. - No bajaremos del carro. Y ni se os ocurra meter aquí la mano, si veo una mano aquí dentro, advierto, la cortaré al momento. - Pos dígame vuesa merced cómo espera facer la debida entrega de de sus bienes. - Pasad un saco y dentro meteremos nuestros haberes, luego lo tiraremos fuera del carro y ustedes se marcharán de aquí sin dar un solo problema. - Como guste el señor – se inclinó el bandido. Luego ordenó a sus hombres -. Traersus un saco. ¿Qué no le habéis oído al señor? Carleta Cublión suspiró. Últimamente resultaba inevitable ser asaltado en los caminos. Lustros atrás era mucho más sencillo, pero el hambre empujaba al pueblo a hacer cosas como aquella tan continuamente que, en estos tiempos, viajar era una forma de asegurarse de conocer a la peor ralea del reino. Si yo fuese reina, endurecería debidamente las penas por robo y por posesión de armas. Es obvio que el desangramiento no es suficientemente contundente como para rebajar las ganas de asaltar que tiene el populacho, se dijo. Cuando el saco fue tirado al interior del coche de caballos, el guardia lo recogió y depositó en él su bolsa de monedas - la que estaba a la vista-, una cadena fina de plata y varios pequeños objetos de valor más. La Cublión, resignada, le imitó. De improviso el saco cayó al suelo. El guardia lo había soltado y, con un fluido movimiento, había recogido la daga del cinto y había rebanado la mano que intentaba abrir la portezuela desde dentro, introducida por la ventana. La sangre saltó, acompañando el grito de dolor proferido por el reciente manco. El guardia soltó la mano, que había agarrado para poder cortarla debidamente, y se disculpó con su señora, para a continuación abrir de una patada la puerta del coche de caballos e impulsarse con ambos brazos lanzando una patada en su caída al herido. Para entonces el resto de los estupefactos bandidos pudieron reaccionar. - ¡No soltéis los caballos! – gritó uno a quienes los retenían - ¡Los arcos! Los más alejados sacaron apuradamente las flechas y apuntaron con brazos temblorosos, pero al ver que los proyectiles rebotaban inofensivamente contra la cota de malla y el casco que el guardia se estaba poniendo, retrocedieron mirándose unos a otros. Los bandidos más arrojados se acercaron llevando las espadas por delante. Por supuesto, no tenían nada que hacer contra un guardia que había sido entrenado en las artes de la lucha armada. El guardia golpeó primero de una patada al que había tenido la desdicha de estar más cerca. Sus pesadas botas contra el estómago le hicieron doblarse de dolor,

momento que el guardia aprovechó para ensartarle la hoja en el hombro hasta los pulmones. Mientras aquel desgraciado se ahogaba en su propia sangre aún tuvo tiempo de dar un cabezazo con su casco a otro de ellos, que cayó de inmediato inconsciente, y rematar al que había cortado la mano haciendo lo propio con su cabeza. Los otros dos asaltantes atacaron a un tiempo. Pudo incrustarle el tabique en el cerebro a uno de ellos de un puñetazo, cayó muerto o cercano a la muerte de inmediato, soltando el hacha de doble filo que llevaba; el otro, en cambio, le golpeó en el brazo a traición, consiguiendo que perdiese el arma. Tuvo que inclinarse hacia atrás para evitar el siguiente golpe de espada, pero era sencillo. El plebeyo no estaba acostumbrado a cargar con un pesado mandoble y, agotado, atacaba a la desesperada, reuniendo fuerzas antes de intentarlo de nuevo. En la siguiente ocasión, el guardia se agachó, recogió el hacha que el anterior bandido había dejado caer y las tornas cambiaron. Su atacante dudo, echó un vistazo atrás, buscando a alguno de sus compañeros, pero los que habían quedado con vida ya se habían esfumado. Cuando volvió a mirar al guardia, lívido y tragando saliva, éste ya había echado el hacha hacia atrás y, con un golpe desde abajo, le rompió la mandíbula y dejó la hoja clavada en su cráneo. El hombre que había sembrado de cadáveres su alrededor se adecentó un poco antes de volver a coger su espada e introducirse de nuevo en el coche con su señora. - Podemos continuar – anunció sin aspavientos. Carleta Cublión se permitió admirar su entereza durante unos instantes antes de indicar al cochero que siguiera camino.

Su llegada a la capital del reino tuvo una calurosa acogida. Varios niños campesinos corrieron junto al coche, haciendo de compañía antes de que traspasase las puertas de la ciudad, entregándola algunas flores silvestres. Una vez en el interior, la guardia real se encargó de escoltar el vehículo hasta las mismas puertas del castillo, aunque Carleta pudo distinguir los rostros de quienes curioseaban, daban la bienvenida o eran reconcomidos por la envidia. Sonrió levemente. El rey no tuvo a bien recibirla de inmediato, lo cual era un inconveniente, pero se conformó con quedar aguardando en uno de los patios interiores, a la sombra de un sauce. Allí la encontró por casualidad Beldere, que la saludó con la mayor cortesía, puesto que sabía que no estaba el río como para nadar. - Buenas tardes, príncipe – se inclinó ella, levantándose. - Sentaos, por favor. No me permitiría hacer levantar a una dama innecesariamente. ¿Esperáis a mi padre? - Así es, mi príncipe. Vengo a entregarle algunos de nuestros mejores libros para reponer en algo su gloriosa biblioteca perdida.

Beldere sintió una punzada de culpabilidad, por lo que decidió cambiar de tema, aunque estaba deseando saber qué libros eran aquellos que habían traído y si de verdad serían tan valiosos. - ¿Habéis tenido problemas en el camino, señora? – optó por preguntar. - Apenas – contestó la mujer, recolocando los volantes del vestido -. ¿Me permitís deciros que se os ve muy alto y gallardo? Beldere sonrió, agitado y engreído como todo rapaz que se precie. Hizo una inclinación de cabeza muy señorial en señal de agradecimiento. Ese fue el momento que el rey eligió para hacer aparición. Por una vez, el comportamiento de su hijo parecía ser el correcto, y el monarca suspiró, aliviado y meditabundo. - Buenas tardes, es un placer conocerla por fin, señora. Hijo – saludó también, con un majestuoso cabeceo. El niño se inclinó y la mujer se levantó de su asiento. Hizo una reverencia palaciega, profunda y sin prisas, antes de mirar al rey a los ojos y saludarle. - Buenas tardes, Majestad. El placer es indudablemente mío. Permitid que elogie vuestro buen gusto: este jardín en el patio interior es simplemente delicioso. - Me aduláis sin razón – respondió el monarca, no obstante, sonriendo con pomposidad. Beldere se preguntó si nunca se cansaba de recibir halagos. Como vio que la Cublión iba a estar regalándole palabras endulzadas durante un rato más, decidió despedirse respetuosamente y buscar algo más interesante que hacer. Por desgracia, su tutor le atrapó remoloneando y le obligó a dedicarse a los hábitos de estudio, indicando su importancia ahora más que nunca, puesto que la biblioteca había sido reducida a cenizas y así quedaba demostrado que las cosas han de saberse, y no sólo apuntarse. El tutor estaba de mal humor. Le encantaba esa biblioteca. Una vez Beldere hubo terminado sus obligaciones, la picardía de su edad le llevó a los baños de las mujeres, donde tenía escogido un sitio con buena visibilidad. No era el único que conocía el lugar y dos mozos de cuadra, menores que él, lo ocupaban en ese momento. Por supuesto, Beldere sólo necesitó hacerles un gesto para que se retirasen rápidamente, cediéndole el privilegiado lugar y abandonando las inmediaciones para no molestarle. Las ramas del árbol habían sido cuidadosamente recortadas. No se veía tanto como a Beldere le hubiese gustado, pero así tampoco se podía ver a los espías. Se sentó y miró por entre las hojas. A esa hora, las mujeres se dividían entre ir al río a lavar la ropa o, las afortunadas a las que les era permitido, darse un baño en aquellas aguas caldeadas. El desconocimiento de los posibles observadores las hacía desnudarse con toda naturalidad, mientras hablaban entre ellas, reían y se desenredaban los cabellos entre sí. Beldere observó todo aquello mordiéndose el labio inferior.

Dos mujeres se acercaron y él pudo ver nítidamente su piel enrojecida por el calor del agua. Se sentaron cerca del muro vegetal que servía de separación, tan cerca que Beldere respiró por la boca temiendo que pudieran oírle. Tampoco es que fuese a pasar nada, después de todo era el príncipe, pero resultaba emocionante saber que estaba tan cerca sin que ellas fueran conscientes. - Creo que una trenza te daría mucho más estilo, querida – decía una de ellas. - Pero es tan pesado trenzarlas… ¿Seguro que no te importa? - No jodas, querida – respondió la otra mujer. Beldere se tapó la boca y aguantó una risa. Nunca una dama del servicio había hablado así en su presencia. - Carleta Cublión también traía trenzas – empezó a decir la segunda mujer, que parecía haber accedido a que se le hiciera aquel peinado -. Pero a ella ya le pueden quedar hermosas. Con esos pechos, esos labios, ese vestido… Oh, parecía tan suave… - Consuélate pensando – respondió la otra mujer, dividiendo los mechones y comenzando a trenzar – que ahora su pelo estará despeinado y su vestido arrugado en el suelo. - Buen consuelo – terció una nueva sirvienta a la que Beldere no había oído ni visto llegar. Su voz parecía algo más curtida por la edad, aunque no demasiado, y su tono era irónico -. Luego ese vestido tendremos que limpiarlo nosotras, y ese pelo arreglarlo, y aún d’encima de todo, tendremos que callar, no vaya a enterarse la reina. - A mí me da pena – dijo la que estaba siendo acicalada, apoyando la cabeza en las rodillas. - No te muevas querida – la riñó con suavidad la que se encontraba a su espalda -. ¿Por qué habría de darte pena? ¿Que no sabes que vive mejor que tú y que yo? ¡Mucho mejor! Si su marido quiere de vez en cuando desfogarse con otra pues, qué va a hacérsele, muchas soportan lo mismo y sin joyas ni cargos. Beldere había pasado de aguantar la respiración a quedarse sin ella. - Ay, no hables así, no seas envidiosa – replicó la más joven tímidamente -. ¿No te da lástima cuando ha de quedarse en cama porque a su majestad se le fue la mano con…? - Calla – dijo la más experta entre ellas -. Baja la voz, chiquilla. Por un momento echó un vistazo alrededor y el príncipe temió que llegase a verle, pero al poco pareció desistir, se puso en cuclillas para quedar a la altura de las otras dos y habló con voz susurrante. - Tened más cuidado, no vaya a ser, que hasta las piedras escuchan y reverberan lo que se dice entre ellas. Ahora, niña, no le tengas a la reina ninguna pena, que mi marido bien que me agarra a varazos y se va con la que gusta cada vez que le hace, pero no me verás a mí ni decir palabra, que una buena mujer sabe callar esas cosas. Bastante que el

rey no la hace nada muy grave, y bien que la colma luego de regalos, ya me gustaría a mí. Y no hablemos más de esto. - ¿Sabes qué le da lástima a la muchacha? Que siempre que va con otra se pone más fiero y las cosas empeoran – la mujer puso en el pelo de su compañera una cinta plateada para cerrar la trenza. - Sí – terció la más mayor con una sonrisa macabra -. Y luego a nosotras nos toca limpiar todo el estropicio. Las ramas se movieron bruscamente, pero las damas no llegaron a ver quién salía corriendo de allí, posiblemente un mozo de cuadras. Le gritaron de todas formas, de modo que las oyera, asegurándole que sabían quien era y que lo mandarían azotar. Después de darle aquel susto, la más joven, revisando su trenza y fingiendo no estar preocupada, preguntó: - ¿No nos habrá oído? - Ni importa. ¿Qué va a decir, que andaba espiando a las sirvientas y oyó cuchicheos, no sabe ni de quien? No te preocupes. Tenías razón – se dirigió a la otra -, la trenza la hace parecer elegante.

Beldere entró en la estancia con cuidado de no despertarla, utilizando uno de los pocos corredores ocultos que había en el castillo. La habitación estaba oscura, pero por la ventana entraba el brillo de la luna y las estrellas, ofreciendo una luz espectral que bastaba para distinguir las siluetas. La cama estaba ocupada sólo por la mujer, cuyos pechos quedaban al descubierto. Las sirvientas habían estado en lo cierto, su vestido estaba arrugado en un rincón, aunque sobre una silla. Su pelo alborotado denotaba que no había permanecido en el lecho sólo para dormir. Sus brazos estaban desmadejados sobre la cabeza y su respiración era lenta y cadenciosa. La de Beldere, en cambio, se mostraba agitada, delatando su inquietud, como la delataba también el temblor de su mano. La hoja del cuchillo que llevaba reflejaba a rachas la mortecina luminosidad de la luna llena. Se preguntó si sería capaz de hacerlo, si podría. Pero debía. Debía para proteger a su madre. ¿No era acaso quien se veía en obligación de hacerlo cuando era su padre el agresor, siendo quien debía ampararla? Realmente, no tenía elección. Levantó el cuchillo y lo hundió con todas sus fuerzas, atravesando el corazón de Carleta Cublión.

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